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la ~nidad <Itatnlita.
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EI~ LIBl~O
DE
LA UNIDAD CATÓLICA,
AÑO
DE 1876x
MADRID.
IMPRENTA DE ALEJANDlW GOMEZ FUENTRNEBRO,
Bordadores 10.
SANTÍSIMO PADRE.
Rspaña, la naClOn católica por excelencia y
siempre estimada de los Sumos Pontífices J ha
perdido etl nuestros dias la UNIDAD CATÓLICA. el
timbre que más brillaba en su esplendente aureo-
la religiosa, distinguiéndola entre todos los pue-
blos de la tierra, y ha entrado en el llamado con-
cierto de las naciones informadas de la civilizacion
moderna, condenada por vuestra palabra infali- .
ble , renunciando al carácter que le habían impre-
so quince siglos de hazañas y de glorias alcanza-
das al amparo de la Santa Cruz.
Los infrascritos españoles católicos, conside-
rando la profunda pena que este suceso debe causar
en vuestra alma de Pontífice y de amigo amante
de España, han querido, en lo posible, llevar al-
VI
gun consuelo á vuestro acibarado corazon, mani-
festándoos que si en la gran batalla de nuestros
tiempos entre la Fe y el racionalismo hemos per-
dido, no fuimos vencidos sin combatir.
En este Libro de la Unidad católica, que á nadie
pertenece como á Vuestra Santidad, constan en
primer lugar las palabras de enseñanza y de alien-
to que os dignasteis enviarnos, y las que tomando
ejemplo de Vos nos dirigieron nuestros ilustres
Prelados; despues siguen les discursos, completos
ó en extracto, que los Diputados y Senadores pro-
nunciaron en defensa de la UNIDAD CATÓLICA; Y fi-
nalmente, una breve noticia de lo que varios par-
ticulares hicieron para mover á los legisladores á
negar su voto á la nueva ley que autoriza á los
enemigos de Dios para tributarle un culto que le
ofende, dentro de nuestra patria.
Reuniendo en este libro los documentos indi-
cados, ha sido nuestro ánimo que consten en él
todas las razones expuestas en favor de la UNIDAD
CATÓLICA, considerada desde todos los puntos de
vista, no sóln en la esfera teológica, en 1ue la.
consideraron principalmente los Prelados, nues-
tros maestros en religion, mas tambien en el ter-
reno de las glorias nacionales y de las ventajas
políticas que tuvieron en cuenta los diputados y
VII
senadores al hablar en el Congreso y en el Sena-
do, cuerpos esencialmente políticos.
Como en este terreno fué preciso, ora como ar-
gumento de razon, ora como adorno del discurso,
mezclar con la cuestion principal otras secunda-
rias de 'historia y de política, acerca de las cuales
no todos los católicos piensan de igual manera, los
infrascritos creemos deber exponer á Vuestra
Santidad para explicar bien nuestro oQjeto, que no
intentamos añadir ni quitar valor, ni dar por ver-
daderos ó falsos, los juicios que cada represen-
tante del país haya formado y dicho respecto de
estas cuestiones, in dubiis libertas, in ornnibus
charitas.
Así, Ellibl'o de la Unidad católica será un gran
cuerpo de doctrina y un arsenal de argumentos
en defensa de la unidad católica, á la vez que un
monumento que diga á las generaciones venideras
los esfuerzos hechos por el Padre comun de los fie-
les y por el Episcopa.do y fieles españoles para
salvar la unidad religiosa en la gravísima crísis
que hoy atraviesan la Iglesia yel mundo.
j Santísimo Padre! Postrados á los sagrados piés
de Vuestra Santidad, os ofrecemos.E1 libro de la
Unidad católica y con él nuestros corazones, pro-
testando aute el cielo y ante Vos, su Vicario, que
yItl
cuanto más arrecia la tempestad. mayor es nues-
tra fe en el triunfo de la Iglesia; y que á propor-
cion que la impiedad trabaja para separar á las al-
mas del centro de toda unidad) así aumenta nues-
tra adhesion al sagrado trono que tan digna y ma-
ravillosamente ocupa Vuestra Santidad, cuyos
pies besan y cuya bendicion suplican vuestros hu-
mildes hijos,
SANTÍSIMO PADRE,
Francisco de Asís Aguilar.-Marqués de Valle Ameno.
-Manuel Garda Menendez de Nava.-Federico de Salido.
-Domingo Fernandez Vidal.- Vicente Vazquez Queipo.
-Juan de la Concha Castañeda.-Joaquin de la Concha
Alcalde.-Ramon de Garamendi.-Marqués de Bahamonde.
-José Cutoli.-Manuel Llamazares.-Emeterio de Ave-
chuco.-Mariano del Amo.-Juan Quintana.-Antonio Via-
ji.-Demetrio Ruiz.-José Carmenal.-Eugenio Soria.-
Antonio García Cano.-Hilario Ruedas.-Domingo Sierra.-
Manuel Noya.-Condesa de Guaqui.-Señorita de Goyene-
che.-Pascual Cuenca de Asensio (de Almansa).-Pedro Iz-
quierdo.-Eugenio Arratia.-H. C.-Isidro Ortiz de Zárate.
-Lino Redondo.-Pilar de Irujo Alcázar.-Piedad de Irujo
Alcázar.-Virtudes de Irujo Alcázar .-Andres de Hesnestro-
sa.-Julian Perez de Tejada y Cárlos.-Conde de Velle.-
Galo Pobes.-Rafael Aznaga y Aguado (de Jerez).-Cristó-
bal Melgares (de Oaravaca).-Pedro Asarza Martin (de Men-
jibar). Marqués de Mirabel.-Marqués de Viluma.-Lau-
reano GarcÍa y GarcÍa (de Rivadesella).-Un católico.-
Conde de Peñaranda de Bracamonte.-Marqués de la Córte.
-Cayetano Caballero Infante.-Saturnino Olarte.-Condc-
sa de Montijo.- Duquesa viuda de Sotomayor.-Benito
IX
Sanchez Freire.-Enrique del Valle.-Antonio del Valle.-
Fernando con (de Cartagena).-Marqués de Aguila Fuente.
-Luisa Hurtado de Mendoza.-Pablo Castro (de Almunia).
-M. M.-Francisco Añon Figueira.-Un católico.-Gre-
gorio Salazar.-J. M.C.-Luis de Sotomayor (de Jerez de los
Caballeros).-Francisco Manuel de Egaña.-Cárlos Íñigo.-
Fenando Naranjo y Barca.-Alumnos de la escuela Católica
de la Merced en Cádiz.-Una suscritora.-Nicolás Suarez
Castro (de Cangas de Tineo). -Pedro Fernandez Campa (de
Santander).-Un católico.-Joaquin Escribá (de Segovia).-
Francisco de Paula Gonzalez(deSevilla).-Miguel Balleste-
ros (de Cardona).--Joaquin Cerulla( de Tolba).--Angel Gisibet
(de Villanueva y Geltrú).-Andrcs Parlade.-Un suscritor á
El Español.-Marqués de Casa Irujo.-Manuel Sestelo (de
Redondela).-Marcelo Todereti (de Córdoba).-Conde de Su-
perunda.-Ramon Romero Lopez (de Pontevedra).-Alejan-
dro Mon y Landa.-José María Ganda.-Manuel Loimil (de
San Vicente de Berres).-Rufino Garcia Cortés.-José Xi-
menez Paniagua.-Francisco de P. Arrangoiz.-Benito Plá
Huidobro.·-José Gonzalez Sierra.-Juan María de Goyene-
che.- Joaquin Garcia Abaurrea.-E. T.-José Morgades.-
Fernando de Camps.-Eduardo Durán.-Rafael G. de An-
loe.-Francisco de la Concha.
DOCUMENTOS VUNTWICI()S
.
,
•
CARTA DE LA NUNCIATlJRA APOSTOLlCA.
M. I. S.
Muy señor mio: Habiendo llegado á conocimiento de la
Santa Sede el proyecto de Constitucion que se piensa pro-
poner á las Córtes, no ha podido ménos de llamar la aten-
cion del Santo Padre el arto 11 de aquél, relativo á la tole-
rancia de cultos. En consecuencia, el Emmo. Sr Carde-
nal Secretario de Estado, en nombre de la Santa Sede, ha
dirigido al Gobierno español, por conducto de su embaja-
dor en Roma, una reclamacion, y me ha ordenado al pro-
pio tiempo que comunique á Vd. su contenido, lo cual ve-
rifico sin demora.
Los párrafos 2.° y 3.° del expresado arto 11, como usted
debe conocer, están redactados en los siguientes tér-
minos:
«Nadie podrá ser molestado en el territorio español por
sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo
culto, salvo el respeto debido á la moral cristiana.
»No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni
manifestaciones públicas que las de la religion del Estado.»
El fondo y la forma de los párrafos trascritos no pueden
ménos de ser justo motivo de preocupacion y áun de queja
por parte de la Santa Sede, bien se considere con relacion
al Concordato de 1851, que tiene fuerza de ley en los do-
XIV
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
minios de S. M. C., bien se tengan en cuenta las funestas
consecuencias que la 1mblicacion de esta ley acarrearía á
la ¡{acion Española, la cual desde tiempo inmemorial se
halla en posesion de la preciosa joya de la unidad ca-
tólica.
y en efecto, ántes de todo, conviene hacer notar como
punto indiscutible, que ni al Gobierno, ni á las Córtes , ni
ú cualquier otro poder civil del reino asiste derecho para
alterar , cambiar ó modificar ninguno de los artículos del
Concordato sin el necesario consentimiento de la Santa
S8de. Esta múxima de derecho debe ser estrictamente ob-
servada en todo asunto objeto de convenio: con mayor 1':1-
ZOll todavía debe ponerse en práctica, tratúndose de un
punto fundamental, cual es la Religion, base principal de
toda sociedad bien organizada. Pues bien, el proyecto de
la nueva Constitucion se expresa de tal manera, que á la
simple vista aparece una grandísima diferencia entre lo
que en él se dispone y lo que prescribe el artículo 1.0 del
Concordato.
Dícese en éste: {( La Religion católica, apostólica. ro-
mana, que con exclusion de cualquier otro culto continúa
siendo la única de la Nacion Española, se conservará siem-
pre en los dominios de S. M. C. con todos los derechos y
prerogativas que debe gozar, segun la ley de Dios y lo
clis puesto por los Sagrados Cánones. »
Este artículo declara expresamente y sanciona, como es
obvio, el principio de la unidad religiosa, reconoce que la
sola y única Religion católica es la religíon del Estado, y
excluye la profesion de todo otro culto. El arto 11 de la
nueva Constitucion, por el contrario, ni declara que la Re-
ligio n católica es la sola y única Religion de la Nacion Es-
pañola, ni mucho ménos expresa la exclusion de todo o~ro
culto, fuera del católico, sino que al prescribir en la se-
gunda parte , que « nadie será molestado en el territorio
español por sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de
su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cri8-
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
xv
tiana», autoriza explícitamente el ejercicio exterior de
cualquier culto no católico, garantizándose así la libertad
de cultos por la tolerancia religiosa contra la letra y el es-
píritu del referido artículo del Concordato.
Jamás podrá sostenerse que en el primero de los ar-
tículos de este solemne pacto se hubiese expresado un sim-
ple hecho, ó más bien un voto de que se conservase la uni-
dad católica en los dominios españoles, sin empero con-
traer una verdadera obligacion de mantenerla perpetua-
mente y de no consentir en lo sucesivo la existencia de
otros cultos.
La sola lectura del artículo citado manifiesta claramen-
te que, si Lien éste comprende dos partes, incidental la
una y principal la otra, están de tal manera coligadas,
que no pueden dividirse ni tener sustancialmente otro sen-
tido que el siguiente. Aquella religion será siempre con-
servada en España, que de hecho es la religion de la N a-
cion Espaliola.
Es así que de hecho la Religion católica es la única de
dicha Nacion, con exclusion de todo otro culto, y como tal
se anunció expresamente en la proposicion incidental del
artículo mencionado; luego cuando se dispuso y se convi-
no en la proposicion principal que la misma religion sería
siempre conservada, se entendió igualmente convenir
acerca del modo de conservarla con exclusion de todo otro
culto; y de la misma manera que esta exclusion estuvo en
la mento de las altas partes contratantes, así tambien en-
tró en la obligacion recíprocamente contraida y expresa-
da en el artículo.
De otra manera, la proposicion principal de éste no cor-
respondería á la incidental; y la Heligion, cuyo manteni-
miento estable se conviene formalmente en la proposicion
principal, no sería aquella misma que viene indicada en la
incidental, donde se determina y caracteriza como la úni-
ca y exclusiva de la Nacion Española. Es mús: la parte in-
ddental del artículo sería complytamente inútil y no ten-
XVI
DOCUMENTOI!! PONTIFICIOS.
dría razon de ser, lo cual repugna á la índole de una esti-
pulacion solemne, á la gravísima importancia del asunto
objeto del convenio, y á la sabiduría y prudencia de las
altas partes contratantes.
Por consiguiente, si la exclusion de todo otro culto no
hubiese entrado en la mira yen la obligacion contraida por
las altas partes contratantes, se habría omitido la parte
del artículo á que se hace referencia, á la manera que nada
parecido se halla en los concordatos estipulados entre la
Santa Sede y otras potencias católicas, las cuales, por
existir de hecho en su territorio la libertad ó tolerancia de
cultos, no han podido convenir ó expresar la exclusion de
todo culto fuera del católico.
Mas no es solamente el artículo l. o del Concordato el
que queda lesionado por el proyecto de la nueva Constitu-
cion. El arto 2.°, que fué estipulado como derivacion y
consecuencia del 1.°, Y que por lo tanto aclara y da fuerzas
al sentido del mismo, estableció y dispuso que la enseñan-
za en las escuelas públicas ó privadas de cualquiera clase
sería en todo conforme á la doctrina de la Religion católi-
ca, á cuyo fin se convino tambien que los obispos y demas
prelados diocesanos, encargados por su ministerio de velar
sobre la pureza de la fe y de las costumbres y sobre la edu-
cacion religiosa de la juventud, no encontrarían impedi-
mento ni obstáculo de ningun género en el ejercicio de este
derecho y deber.
En el arto 3.0 , además de asegurar decididamente á los
prelados una plena libertad en el uso de sus facultades y
en el ejercicio de sus funciones pastorales, la Reina cató-
lica y su Gobierno prometieron dispensarles su poderoso
, patrocinio y apoyo con toda la eficacia y la fuerza del bra-
zo secular, cuantas veces se hubieran de oponer á la ma-
lignidad de los hombres que intenten pervertir los ánimos
y corromper las costumbres de los fieles, ó cuando debie-
ren impedir la impresion, introduccion y circulacion de los '.
libros malos y nocivos.
DOCUMENTOS
-
PONTIFICIOS.
XVII
Ahora bien: consignándose en el párrafo 2. o del arto 11
ne la nueva Constitucion, que ning"uno será molestado en
el territorio español por sus opiniones religiosas y por el
ejercicio de su culto, salvo el respeto debido á la moral
cristiana, resulta, como consecuencia ineludible, que áun
la enseñanza, así pública como privada, de las doctrinas
acatólicas se halla fuera de la accion de la ley, y no pue-
de ser impedida ó reprimida por el poder civil ni por el
eclesiástico, ó lo que es lo mismo, queda implícitamente
autorizada y positivamente admitida. Esto trae indudable-
mente una manifiesta infraccion del arto 2.° del Concorda-
to, en el que con las palabras más terminantes se convino
flolemnemellte que la enseñanza pública y privada en to-
das las escuelas de cualquiera clase y categoría, sería del
todo conforme á la doctrina de la l'eligion católica. Yaun-
que en fuerza del arto 11 de la nueva Constitucion se deja-
se fuera de la accion civil y eclesiástica solamente la en-
señanza privada de doctrinas acatólicas, difícilmente se
puede comprender cómo podrá verificarse y subsistir en su
plena integridad yextension el libre ejercicio de los debe-
res y derechos recíprocos formalmente garantidos á los
obispos en el arto 2.° citado del Concordato, de vigilar so-
bre la pureza de fe y de las costumbres, y acerca de la
educacion religiosa de lajuventud. Tampoco se comprende'
cómo podrán los obispos invocar con fruto y esperar el,
apoyo y la defensa del poder civil contra las ocultas tra- ,,;'
mas y tenebrosos designios de las personas interesadas en '
pervertir las inteligencias y corromper las costumbres dp.'.,
los incautos, así como contra la prensa clandestina y la -;
insidiosa introduccion y circulacion de los libros malos y ,
nocivos.
Expuestas las anteriores consideraciones, fácil es pre-
ver las funestas consecuencias que se derivan del art. 11 de
la nueva Constitucion, caso de que fuera adoptada por las
Córtes, mayormente que se trata de introducir un infausto
principio en una nacion eminentemente católica, que á la
~
XVIII
DOCUME~TI)S P02'<TIlt'ICIOS.
par que rechaz:l la li bertael ó tolerancia de cultos, piele ;Í.
voz en cuello que se restablezca en España su tradicional
unidad religiosa, encarnaela, si es lícito hablar así, en su
historia, en sus costumbres yen sus glorias.
y no se eche en olvido que el desconocimiento (Ilie los
gobiernos anteriores hicieron de su unidad religiosa fué
una de las causas de la guerra civil que se sostiene tOlla-
vía en algunas provincias del Reino. Por todo esto, y en
vista de las tristes consecuencias que se han insinuado, la
Santa Sede ha creido un deber suyo estrechísimo proponer
. á la consideracion del Gobierno español estas breves COll-
sideraciones, empeñándole ú no permitir la introduccion'
del arto 11 en el repetido proyecto, porque de otro modo
podría comprometer la tan deseada armonía entre la Santa
Sede yel Gobierno español.
Lo que tengo el honor de participar á V d., cumpliendo
las órdenes del Emmo. Sr. Cardenal Secretario de Estado,
á fin de que sirva de norma á Vel. para apreciar la impor-
tancia con que mira la Santa Sede tan grave asunto. Apro-
vecho esta ocasion para reiterar á Vel. los sentimientos de
mi más distinguida consideracion, con (1 ue soy de usted
afectísimo y seguro servidor Q. S. M. B.
Madrid 25 de de Ag'osto de 1875.-JuAN, Arzobispo de
G(tleedonia, Nuncio apostólico.- H. obispo cle ... -Es copia
del original.
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
XIX
BREVE DE S. S. AL EXC:\\IO. SIL OlllSPO DE CADlZ.
« A nnestros venerables IIel'manos Félix i1farla, oUi.~JJO de Cri-
diz; José ¡/]{Wlrl, ol¡isprJ de Canal'ias; Fernando, obisjJo de
Badajo:?, y (í n1wstro amado !tijo RicaJ'do, vicario cajJit1l-
1rt?' de Có?'doba.
PIO, PAPA IX.
Vencl'ablos Hermanos y amado hijo, salud y hOIlrlieioll
<ll)f)stt',lica. Al procUl'ar con nuestra pastoral solieitnrl 1'0-
mover los peligros con que se veía amenazada en España
la unidad católica, no hemos dudado fiue nuestros esfuer-
%OS y trabajos serían secundados por el zolo de los Prola-
(los que rigen cada una de las iglesias ..
La carta (1110 en vuestro nombre y comuu consenti-
miento Nos hab~is dirigido el 12 de Noviembre, ha venido
como esclarecida ]11'neba Ú poner de relieve los ilustres
testimonios con que repetidas veces UDS lwbeis manifesta-
do qne sabeis comllartir con Nos vuestro zeto pastoral. Por
lo cual, no sólo alabamo~ con merecido elogio vuestros
esfuerzos en defensa de la mejor de las causas, sí que tam-
bien confiamos que han de ser muy útiles si con varonil
empeüo procmais que los fieles todos en Espaüase l)ersna-
dan y tengan por cierto cllle con la unidad católica que
sostenemos, se defienden y conservan juntamente, no sólo
el culto debido ú Dios, los .derechos ele la Iglesia y religio-
sidad que ú públicos convenios es debida, sí que tambicn
las antiguas glorias de la nacion, de la paz de los ciucla-
(lanos y la firmeza elel bienestar y salud de la patria. Espe-
ramos, ademús, que para lleyar ú feliz éxito vuestro pro-
pósito, no os ha de faltar la proteccion de Dios y la coope-
l'acion de los demas prelados y varones prudentes; entre
tanto pedimos Ü, Dios derrame sobre vosotros la ahunclan-
xx
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
cia de sus celestiales dones, os damos, con toda la efusion
de nuestro corazon, la bendicion apostólica para vosotros,
venerables Hermanos y amado hijo, y tambien para vues-
tro clero y fieles encomendados á vuestra vigilancia.
Dado en Roma, en San Pedro, dia 12de Enero de 1876,
año trigésimo de nuestro pontificado.
pro, PAPA IX.»
Al leer con profundo respeto y gratitud tan augusto
documento, desde luégo nos hicimos un deber en transmi-
tirlo á vosotros, tanto porque sois interesados en la ben-
dicion apostólica que á todos nos dispensa el Padre comun
de los fieles, como tambien por ser testimonio evidente de
su intercs por la unidad católica en nuestra España.
Recibimos cabalmente esta prueba de cariñosa bene-
volencia en momentos en que, angustiado nuestro corazon
por el temor de tener que lamentar un nuevo agravio á
nuestra fe, pensábamos pediros oraciones á fin de evitar á
la Iglesia una amargura más sobre las variadas y repetidas
que viene años há sufriendo; hablamos de la posibilidad,
casi seguridad podemos decir, si hemos de creer al juicio
público, de que perdamos nuestra unidad católica.
Bien sabeis', amados hijos, porque es harto notorio, que
en las próximas Córtes se va á someter á su juicio y deba-
tes esa unidad que ha sido en todos los siglos, y lo es hoy,
el distintivo de nuestra Nacion, su fuerza y su gloria.
En union con los otros Rdos. Prelados de esta provin-
cia eclesiástica, hemos acudido á ellas pidiendo la conser-
vacion en España de la fe de nuestros mayores en toda su
integridad y con todos los derechos que, como á única
verdad revelada, le corresponde; y aunque confiamos se-
rán atendidos nuestros ruegos, sin embargo, como el
I
asunto es gravísimo! hemos acordado se hagan solemnes
rogativas con objeto de que Su Divina Majestad se digne
ilunlÍnar á los hombres de la ley y del poder, y en el nue-
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
xxt
vo Código se consigne clara y expresamente que en esta
nacion clásica por su catolicismo, sólo se profesará nues-
tra santa Religion , con exclusion de todo otro culto.
En tal virtud, los curas de las parroquias de nuestra
diócesis, en el primer dia festivo des pues de recibida esta
nuestra circular, la leerán á los fieles en el ofertorio de la
Misa mayor; y en los tres siguientes se harán, tanto en
las dichas parroquias como en las iglesias de los conventos
de religiosas, las indicadas rogativas en la forma marcada
en el Ritual in quacumque tribtdatione, y de haberlo así
verificado darán aviso en nuestra Secretaría de cámara los
párrocos y capellanes de religiosas.
En nuestro palacio de Cádiz á 16 de Febrero de 1876.
FR. FELIX MARÍA, Obispo de Oádiz.
RHEVE DE S. S. AL EMMO. CARDENAL MORENO,
ARZOBISPO DE TOLEDO.
«A n1.f,estro amado Hijo Juan Ignacio, de la Santa Iglesia
Romana, presbitero cardenal MOJ'eno , arzobispo de Toledo,
y á los 1)enerables Hermanos sus sufragáneos,
pro, PAPA IX.
Amado Hijo nuestro y venerables Hermanos, salud y
benuicion apostólica. Nos ha sido presentada vuestra carta,
á la cual iba unido un ejemplar impreso de la exposicion ó
peticion que habeis escrito y presentado á los supremos
Congresos de la Nacion, en defensa de la unidad del culto
católico en ese mismo reino. Con una singular complacen-
cia hemos leido, tanto la citada carta, como el insigne do-
cumento publicado por vosotros, en el que resplandece el
zelo sacerdotal, y que está lleno de sabios, graves y no-
bles pensamientos, cual corresponde ú los que defienden
XXII
DOCUMENTOS PON'l'U'ICIOS.
una causa santa y justa, y con gran consuelo hemos visto
que habeis prestado animosos un servicio digno de vuestro
ministerio pastoral á la verdad, á la Religion y á la p¡Ltria.
Por lo cual no podemos ménos de tributaros las debidas
alabanzas á vosotros, y tam bien á todo ese catMico reino,
que de tal manera manifiesta al mundo ser grata á su co-
razon la unidad religiosa, que en la manifestacion del em-
peño de conservar esa unidad, se adunan los Prelados y
clero de las diócesis y provinci"as eclesiásticas, los caba-
lleros mús ilustres, las nobles señoras y los demas fieles
que pertenecen á todas las clases sociales. Y este deseo lo
manifiestan, ya con sus exposiciones elevadas á los que go-
biernan el Reino, ya tambien con fervorosas plegarias que
dirigen al Selior en el seno de las familias y públicamente
en las iglesias, animados de un mismo zelo. Este nobilísi-
mo esfuerzo de todos vosotros, corresponde grandemente {l
todos nuestros desvelos y cuidadosa solicitud, puesto que
nada deseamos con más vehemencia como el que mal tan
funesto y pernicioso Gual sería la ruptura de la unidad reli-
giosa, no llegue á introducirse entre vosotros. Para este
fin no hemos dejado de emplear con todo afan , segun exi-
gía nuestro cargo, cuantos trabajos y oficios nos han sido
posibles cerca de aquell'os que era conveniente hacerlo.
Pues desde el momento mismo en que, accediendo á las
reiteradas instancias de ese Gobierno, enviamos nuestro
Nuncio á Madrid, dimos comision al mismo Nuncio para
que por todos los medios que estuviesen á su alcance pro-
curase, con los que gobiernan la Naciony con el serenísi-
mo Rey católico, que fuesen reparados plenamente los da-
ños inferidos á la Iglesia de España por las turbulencias
civiles durante el tiempo de la revolucion , y para que todo
aquello que se había pactado en el Concordato de 1851, Y
despues en los conveni.os adicionales, fuese con toda fide-
lidad observado. Y como por la Constitucion cL~ 1869, esta-
blecida la libertad de cultos, se infirió una gravísima inju-
ria á la Iglesia en ese reino y al citado Concordato, que te-
rlOCtJMENTOS PONTIFICIOS.
XXIIi
nia fuerza de ley, nuestro Nuncio, segun las insteuccio-
nes que de N ós había recibido, a"lÍ que llegó á :Madrid puso
todo su cuidado y esfuerzo en que se restituyese entera-
mente todo su vigor al Concordato, rechazando absoluta-
mente toda novedad contra lo estipulado en los artículos
de dicho pacto que cediese en detrimento de la unidad re-
ligiosa. Al propio tiempo N ós mismo juzgamos ser de nues-
tro deber declarar al Rey católico nuestro modo de sentir
sobre este punto, en carta que á este fin le dirigimos. Pos-
teriormente, habiéndose publicado en los periódicos espa-
ñoles una fórmula ó modelo de la futura Constitucion, que
había de sor sometido al exámen de los supremos Congre-
sos del roino, cuyo artículo undécimo tiende á que se esta-
blezca en España la libertad ó tolerancia de los cultos no
católicos, determinamos al punto que se tratase esta cues-
tion por el Cardenal nuestro secretario de Estado con el
Embajador de España cerca de esta Santa Sede, entregán-
dolo una nota, fecha 13 de Agosto de 1875, en la que se de-
clarasen las justas causas de nuestras protestas, que con-
tra el dicho artículo exigía de Nós el derecho y nuestro
elevado cargo. Las declaraciones dadas coI} este motivo
fueron reiteradas por esta Santa Sede en la respuesta que
creyó conveniente dar á algunas observaciones hechas por
el Gobierno español en su defensa., declaraciones que tam-
poco dejó de repetir nuestro Nuncio en la corte de :Madrid
al :Ministro de Estado; exigiéndole, en conferencias teni-
das con él, que de sus oficiales reclamaciones se tomase
acta en el :Ministerio de su cargo. Pero con grandísimo do-
lor vemos que todos cuantos esfuerzos hemos hecho, ya por
N ós mismo, ya por el Cardenal nuestro secretario de Esta-
üo, ya finalmente, por nuestro Nuncio en :Madrid, no han
tenido hasta ahora el éxito deseado. Tambien vosotros~
amado Hijo nuestro y venerables Hermanos con toda razon
y justicia habeis desplegado vuestro zelo, habeis hecho
reclamaciones, habeis presentado exposiciones con el fin
üe alejar de "\\"uestra patria 01 funesto mal de la referida
XXIV
DOCUMENTOS PONTIFiCIOS.
tolerancia. A estas reclamaciones, á las demas que han
hecho los Obispos y á las que provienen de una grandísima
parte de los fieles de la Nacion Española, unimos de nuevo
" en esta ocasion las nuestras, y declaramos que dicho ar-
tículo , que se pretende proponer como ley del reino, y en
el que se intenta dar poder y fuerza de derecho público á
la tolerancia de cualquiera culto no católicu, cualesquiera
que sean las palabras y la forma en que se proponga, vio-
la del todo lo~ derechos de la verdad y de la Religion cató-
lica; anula contra toda justicia el Concordato establecido
entre esta Santa Sede y el Gobierno español, en la parte
más noble y preciosa que dicho Concordato contiene; hace
responsable al Estado mism0 de tan grave atentado; y
abierta la entrada al error, deja expedito el camino para
combatir la Religioñ católica, y acumula materia de fu-o
nestísimos males en daño de esa ilustre Nacion, tan aman-
tede la Religon católica.", que miéntras rechaza con des-
precio dicha libertad y tolerancia, pide con todo empeño y
con todas sus fuerzas se le conserve intacta é incólume la
unidad religiosa que le legaron sus padres, y la cual estú,
unida á su historia, á sus monumentos, á sus costumbres,
y con la que estrechísimamente se enlazan todas las glorias
nacionales. Y esta nuestra declaracion mandamos se haga
pública y á todos conocida, por vosotros, amado Hijo
nuestro y venerables Hermanos, y deseamos al mismo
tiempo que todos los fieles españoles estén bien persuadidos
de que Nos hallamos enteramente preparados á defender al
lado de vosotros, y juntamente con vosotros, la causa y los
derechos de la Religion católica, valiéndonos de todos los
medios que están en nuestra potestad. Y de lo íntimo de
nuestro corazon rogamos á Dios Todopoderoso que inspire
consejos saludables á los que dirigen la suerte de esa Na-
cion ; que les dé el auxilio poderoso de su gracia, para que
con la gloria de su virtud, lleven esos saludables consejos
á cabo con éxito feliz, para el bienestar y prosperidad de
~se reino. Y á este mismo fin, vosotros, amado Hijo nuestro
DOCUMENTÓS PONTIFIClOS.
xxv
y venerables Hermanos, seguid elevando vuestras preces
al Señor con fervor y constancia, como ya lo estais hacien-
do 1 y recibid la bendicion apostólica que, tanto á vosotros
y á los fieles rebaños cuyo cuidado se os ha encomendado
como á todos los fieles del reino español, con todo amor en
el Señor os concedemos. Dado en Roma, en San Pedro. á
4 de Marzo de 1876, año trigésimo de nuestro pontificado.
pro, PAPA IX.»
Tal es, venerables hermanos y amados hijos, la carta
que hemos tenido la alta honra de recibir, y que en justa
y debida obediencia tÍ lo mandado en ella por Su Santidad,
Nos apresuramos ú publicar en la forma mús solemne que
Nos ha sido posible. Yal cumplir tan sagrado deber, tene-
mos completa seguridad de que será recibida por todos con
el más vivo interes, con el mayor acatamiento y la más
profunda veneracion; prometiéndonos al propio tiempo
que su contenido derramarú un torrente de luz que disipe
muchas tinieblas en ofuscadas inteligencias, desvanezca
engañosas ilusiones q uo malóvolos extraños fomentan en,
incautos y sencillos corazones, y haga aparecer la verdad 1,
católica con todos sus divinos resplandores, eara que en la
~is!acion, en la política y en los ~iversos ramos de la
administrácion pública ocupe el lugar que le corresponde,
y q""ilé-hoyle dísputan tenazmente funestos novadores,
apoyados en falsas razones de Estado y en supuestas ó exa-
geradas conveniencias.
Os encargamos, por lo mismo, que leais con toda refle-
xion, una y otra vez, esa carta veneranda. Y no os conten-
teis con leerla. sólo vosotros; es preciso además que la ha-
gais conocer á vuestras familias y á vuestros amigos, per-
suadidos de que su lectura les servirá de preservativo con-
tra toda seduccion ó error en un asunto tan vital para
nuestra patria, como es la conservacion legal de su unidad
religiosa; y que encontrarán en ella una regla segura á
XXVI
DOCmfEKTOS POKTIFICIOS.
que debe sujetarse el católico en dicha materia, cualquie-
ra que sea el criterio político de que estime oportuno va-
l(wse para apreciar y resolver las demas cuestioneH que sólo
afectan ú los intereses meramente temporales.
i Tan grande es la importancia del expresado documen-
to! Por su medio, el santo é inmortal Pontífice Pio IX ha
creido conveniente en estas críticas circunstancias levan-
tar su sagrada y vigorosa voz en defensa de nuestra uni-
rlarl religiosa, y para declarar como contrario y perjndicial
Ú los (lel'echos de la verdad católica y ele la Religion , así
como ú lo estipulado en públicos y solemnes tratados,
('ual(lUiel' proyecto que tienda ú destruir dicha ullidacl, y
;'t establecer en Espafta , en una ú otra forma, la libertad ó
In tolerancia de los falsos cultos.
Oigan todos con docilidad esa voz; al ménos oidla vos-
otros, venerables hermanos y amados hijos, con la sumi-
sion debida, guardando en vuestros corazones cuanto el
(~xcelso Pontífice expone en dicho augusto y memorable~.
Üocumellto. Miradlo como un rico tesoro de doctrina bajado
del cielo; y aunque un úngel quisiera enseñaros otra con-
traria ú la suya, no le creuis. Anatematizadle (San Pablo,
Epist. ad Galat., cap. I, verso 8) ; desechadle con horror, y
tenedle por ángel de tinieblas, por espíritu de Satanas.
Esta es la conducta que debe observar todo católico, lo
mismo en la vida pública que en la vida privada, sabiendo,
como sabe, que esa doctrina nos la enseña aquél que por
razon de su eminente dignidad es en la tierra, segun San
Bernardo, 10 más grande de uno y otro Testamento, un
A lmlham, un Molquisedech , un Moises, un Aaron , un Pe-
dro , un .Jesucrist~o (San Bernardo, lib. IIde Consid. ca-
pítulo VIII). Nadie como él merece nuestro respeto, nues-
tra olJediencia y nuestro amor.
Mirad si nó el sublime espectáculo que absorto está
presenciando el mundo en nuestros mismos dias. Observad
eso tropel de gente, esas caravanas de peregrinos que de
todas partes corren presurosos ú admirar y á consolar al
nOCU:\\flmTOR PO'iTIFICIOS.
xxvlt
Romano Pontífice, al inmortal.Pio IX. Van de tierras leja-
nas, como la reina de Salü, á ver y oir ;Í, este nuevo Salo-
mon , Ú inspirarse en su celestial rloctl'ina, {t confortar SUR
almas. Y cuanclo ven su ságrac1a persona, anto la cual to-
dos, hasta los no creyentes, cl01Jlan casi involuntariamen
te la roüilla; cuanclo oyen su palabra, esa palabra que em-
belesa, atrae y enternece los COl':lZones, iinpelidos por una
fuerza irresistible, Sj ven precisados ú exclamar como la
citada Reina en lwesencia llel gran rey (le I8ra61: Verus est
se1'tno q1tem ({udivi in terra mea (Lib. 111 d(~ los Reyes, cap. X.
verR. 6). Mucho y muy bneno i oh Pontífice! habíamos oirlo
de ti en nuestros respectivos paises; todo ello es ve1'([<1<lo-
ro, pero ni la mitad de lo que realmente eres. :Mayol' es tn
sahidurÍa y m'is g1'anrles tus ohras de la que ha pnhlic:1(llJ
tn fama. i Dichosos los que dependen do tu di vina autori-
dad, y gustosos viven sometidos ú tu suprema jurisrlic-
cion espiritual! i Bondito sea el Señor nuestro Dios, que en
hien de la sociedad, y cuando ésta se halla en mayor peli-
gro, y por el amor que siempre ha tenido ú su Iglesia, te
ha colocado en el trono pontificio, y te ha cRtahlccido por
Rey para que hagas equirlac1 y justicia! (Lihros ~T capítu-
los citados) versículos 7, 8 Y 9).
Repitamos tambicm nosotros) venerablcs hermanos y
amados hijos, con santo entusiasmo, cste e<Íntico <1e j ú hilo,
estas tan justas y merecidas alalJanzas; y úun cuanclo os
censure úos moteje con epítotos ridículos la impiedad de
nuestro siglo, qUD tiene la loca pretension ele dar leccio-
nes ele moral y d0 religion al mismo á quien Jesucristo en-
comen(ló el supremo é infalible magisterio de esa moral y
(lc esa religiOll, estad siempre atentos ú lo que os diga
nuestro santo Pontífice. Amad lo que el ama, aborreced lo
I que el aborrece, condeaad lo que él condena. Y en lo re1a-
\\ tivo á la grave cuestion religiosa que en el dia con razon
. tanto preocupa tÍ. nuestra clllCI'ida España, no os separeis
¡ ni un úpice ele lo que con tanta elocuencia v sabiduría se
¡ 'nos dice en la :lClmirahle carta que puhliea~os. Perseverc-
XXVII!
DOCUMENTOS PONTIFICIOS.
mos en la oracion, como en ella se nos manda, procuran-
do que ésta sea cada clia más humilde, fervorosa y cons-
tante.
El santo tiempo de Cuaresma en que nos hallamos es
muy á propósito para interesar en nuestro favor al Dios de
las misericordias: mas á este fin se hace preciso que obser-
veis fiel y exactamente los preceptos del ayuno, de la abs-
tineucia, de la confesion y comunion pascual. Cumpliendo
vuestros deberes cristianos, conduciéndoos como verdade-
ros católicos, ¡ah! no lo dudeis , el Señor se compadecerá
de nosotros, iluminará y derramará sus gracias sobre los
poderes públicos, para que, conformándose con la doctrina
y sabias enseñanzas de la Santa Iglesia y elel augusto Pon-
tífice , su Cabeza visible, resuelvan la cuestion 'religiosa
cual corresponde á la dignidad y reclama el bienestar de
la nacion católica por excelencia.
y en testimonio del amor que os tenemos, desde lo ín-
timo de nuestro corazon os damos nuestra bendicion en el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
En nuestro Palacio arzobispal de Madrid á 19 de Mar-
zo de 1876. -JUAN IGNACIO , CARDE:'fAL MORENO, Arzobispo
de Toledo. - Por mandado de Su Ema. Rma. el Cardenal
Arzobispo mi señor ,-Santiago Pastor Just, canónigo se-
cretario.
nOCUME~TOS PONTIFICIOS.
XXIX
CARTA DE PIO IX i LAS SE~ORAS ESPAÑOLAS.
A las amadas !tijas en (JTisto, duqttesa de Baena, condesa de
8uperunda, y á las demas respetables señoras reunidas con
moti1)o de defender ra causa de la Religion en España.
PIO IX, PAPA.
Amadas hijas en Cristo, salud y bendicion apostólica.
Ha llegado á nuestras manos la carta que Nos dirigisteis,
insigne testimonio de vuestro acendrado amor á la Religion
y á la patria, juntamente con el documento en que tanto
abunda el espíritu de piedad cristiana, presentado por vos-
otras al Rey católico con el fin de que se mantenga íntegra
la unidad religiosa en España. Los excelentes sentimien-
tos que en vuestro escrito mostrais, nos prue~an, amadas
hijas en Cristo', que comprendeis bien y percibís con la
claridad debida la gravedad de la causa que sosteneis, y que
sOlÍ iguales el zclo y fervor que en apoyo de esta misma
causa, cumpliendo con vuestros deberes religiosos, habeis
procurado manifestar en la ocas ion presente.
Por ello os felicitamos en el Señor, pues habéis imitado
á aquella madre de que habla la Sagrada Escritura, la
cual en otro tiempo, en presencia del Rey ú quien el Espí -
ritu Santo llama sapientísimo, no permitió que su hijo fue-
se dividido en dos partes, sino que, por el contrario, dirigió
sus súplicas al Rey para que dispusiera que le conservase
vivo y sin el más leve daño. De la propia suerte vosotras
habeis empleado ahora vuestros esfuerzos contra los que
hacen recordar la perversidad de la falsa madre, para con-
sp,guir que, conservándose en vuestra nacion la unidad de
fe, no se divida en ella el niño que nos dió Dios, «su hijo
hecho de mujer, hecho sujeto á la ley para redimir á los
que se hallaban bajo de la ley,» á saber, Cristo.
xxx
DOCUMENTOS PONTIFICIOS,
Tenemos pnr ciortd q uc Dios ha do premiar con largue-
za YLlC'S tl'O zdú pm'la R~~ligioll; pero adell1ús le pedircmos
(llld extienda ig'nalm'211t~ su protecoion;Í, Yuestl'J. patria,
ll<leielldo por su misel'icordia ciuC los juicios de los hom1wcs
(illO rigen SIlS destillos,'cn lo que atttue ú la causa que
d~rembis, c:mvengau en todo con cl juicio del sapientísi-
mI) l'Lly S:t1omo!l, Entre tant(). amadas hijas on Cristo, en
pl'lldn <le nuestra patornal benl~Yolmioia, {1l1O:'1 todas y ú
cad! mUl (le vosotras síllccramente mostl'amos, y on pl'C-
sagiu de las gracias celestiales, el, todas las que os hahois
l'l~llUiüo para gcstionar en favor de la llnida(l catMica, y
Jo mismo ~l vucstras familias, con el m 'lS pl'ofnnclo afed ')
('ll el S,~ílol' os claalOs nucstea benclicion apostólica,
Dado en Homa, e11 San Pedro, el dia 1;) de Marzo de
lH7fi, auo trigésimo de nuestro pontificado,
Pro IX, PA~A.
BREVE DE S. S,
:\\1, EXC\\IO. SIL AItZOBlSPO BE V,\\LLA-DOLW ..
pro, PAPA IX.
,
Venerabb Hfll'rnano: Bendicion y salad apostólica.
Vienrlo con dolor, venei'able Hermano, q ne las potestades
de las tillieblas triunfan licenciosamcnte en tOllas partes.
pei'mitiéndolo así Dios, nos regocijamos tambicn freeuen-
temento con la magnanimidad de lvs vonerables Pl'elarl()~
(ille impávidos defienden con todas SllS fuerzas la causa elc'
la Rdigion. En efecto: hemos visto una brillante prueba
(le esta g'ran constancia en las exposiciones que juntamen-
te con tus Rnfrag:lllcos dirigiste al Rey y al supreml) GO- 1
hierno del Estado, OPONIÉNDi)TE AL PROYECTO DE J,EY DE Ll- í
BERrAD DE CULTOS, Y nos hemos alegrado en gran manera)
DOCUME:\\T(¡:-; PLl~TIFICIü8.
XXXT
con la fuerza, hrillantez y sahidnrÍa con que liabeis (lotllOS-
trado QUE EL TAL PROYEcTO SE OPO:\\l\\ AL co,ru~ DESEO DE L.\\ /
~ACIO~ , QUE VE~DIÜ "l DiVIDIR LOS ,l:\\DIOS PRECIS.UrENTE
CUANDO L,\\S CRÍTICAS CiRCUNSTANCIAS EXIGE:" L~\\ :.\\1:\\8 ESTRECHA
UNIO~ DE FUERZAS; QUE, POR ÚLTIMO, TlE'WE CO:.\\IPLE'LUm:\\TI':
AL DA:\\O DE LA RELIGIO:--r C.\\.TÓLIC \\ , PUEST0 QUE CUALQCH:n
LIBERTAD CONCEDIDA AL ERROR POR UNA LEY. NE-
CESARIAMENTE SE CONVIERTE EN DESTRUCCION
DE LA VERD"\\.D; pélro úun cuando jnzg¡lmOS s:)lidos y
evidentes lo's argumentos quc habeis aducido, NOS ATEntL\\,
SIN EMBARGO, EL EJE:\\IPLO DE LOS AClTIGCOS PROFETA.S, QUE
TA:'IfTAS VECES E:-¡VIADOS POR DIOS Á LOS PHLcIPES y GO-
BER\\'Acn'ES DE ISRAEL, THAl.l.\\JAROX E:'If VA.NO POR .IPARTAHLEB
DE SU MAL CAMINO. No obstante, el Omnipotente, en cuyas
manos están los corazones de los homures, puedo fk.ilmcn-
te inclinar el ~mimo de los diputados en favor (le vnestras
prudentísimas observaciones, y esto es lo que os clesc2.-
mos. Por lo demás, suceda lo que quiera, siempre resulta-
rá que el puelJlo, con vuestras exhortaciones y ejemplo, se
afirmará en su fe, y que el trigo separado ele la l),lja COU
un nuevo viento ostentariÍ con m,tR esplendor la lozanía (lel
campo del Sefíor, y se hará m;Ís fértil para producir mús co-
piosos frutos. Entre tanto, nos congratulamos y rogamos
vehementemente ú Dios que se muestre propicio ú vuestl'n
zelo y laboriosidad, rniéntras que en prenda y sefíal ele fa-
vor divino y Je nuestra particular benevolencia, damos con
todo amor la bendicion apostólica ú tí, venerable H(~rmall'),
:'t caela uno ue tus sufragáneos, y :l todas y ú carla una (It-
sus diócesis. Dauo en Roma, en San Peuro, el tlia 20 (k
Abril de 1876. Año trigésimo de nuestro pontificado.
PIO, PAPA IX.
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
e
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGANEOS DE TARRAGONA.
Señor: Los que suscriben, Prelados de la provincia
eclesiástica Tarraconense, se acerean con el mayor respeto
al Trono de V. M., pidiendo encarecidamente el restableci-
miento de la unidad católica en nuestra querida España,
patria de tantos Santos, y cuna nobilísima de tantos hé-
roes y de tantos esclarecidos ingenios, célebres por su
acrisolada piedad.
Esta peticion, no ménos racional que justa, es inspira-
da á la vez por la Religion y por el patriotismo.
Jesucristo se entregó á la muerte para congregar en la
unidad á los hijos de Dios que estaban dispersos; ántes de
dar su vida por la redencion de los hombres, pidió á su Pa-
dre celestial que todos fuesen uno, como una cosa son el
Padre y Él, y derramó su preciosísima sangre para presen-
tarse á sí mismo la Iglesia gloriosa sin mancha ni arruga.
La Iglesia de Jesucristo es la columna y firmamento de
la verdad, y la verdad religiosa es una, como uno es Dios.
Por esto decía San Pablo: «Un Dios., una fe, un bautismo.»
No hay ni puede haber más que una sola fe verdadera,
porque Dios, eterna Verdad por esencia, no puede contra-
decirse revelando muchas entre sí opuestas, ó aprobán-
dolas. Una es, pues, la Religion divinamente revelada,
que se halla en la Iglesia católica, apostólica, romana,
edificada sobre la unidad en la verdad, y fuera de la cual
no hay salvacion.
XXXVI
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
No puede amar á Dios corno El quiere sel' amado el que
no ama á su patria, ó sea el conjunto de personas que cons-
tituyen la nacion ó familia á la cual pertenece. El patrio-
tismo cristiano es consecuencia necesaria del amor al pró-
jimo , que la ley de Dios prescribe. Este amor despierta y
robustece en los ánimos el celo por la salvacion de todos,
cuyo efecto inmediato es el vivísimo deseo de la unidad
católica, para que todos se puedan salvar.
Esta unidad religiosa es, no tan solamente un bien
esencial en órden á la felicidad eterna de los hombres, si
que tambien lo es supremo para la dicha de las sociedades
en el tiempo. «La Religion, á la vez que comprende las
creencias: sobre Dios y]as formas de su culto, abraza la
idea moral, y proporciona los medios para que ésta se uni-
versalice y se convierta en hechos ,» de los cuales dependen
el vigor ó la debilidad de los pueblos, así como su prospe-
ridad ó decadencia. Dígalo nuestra España, especialmente
en los siglos de la reconquista, y á principios del actual en
su lucha contra el poderoso extranjero. «¡Ojalá, exclama-
ba Pitt, levante el pueblo español su unidad religiosa con-
tra Napoleon ! Tendríamos segura la victoria.» Y la alcan-
zaron nuestros padres animados de una misma fe. Por esto
Montesquieu era de parecer «que la nacion que tuviese uni-
dad religiosa no debía admitir otros cultos, porque la uni-
dad religiosa es un elemento de fuerza.»
¿ Qué hubiera sido de nuestra querida patria, particu-
larmente en las más aciagas épocas de su historia, sin la
unidad religiosa'? Es verdad evangélica que todo reino di-
vidido en sí mismo será desolado. Y no hay para los pueblos
division más funesta que la que versa sobre las creencias
y la moral.
Vos, Señor, que tanto amais á los españoles, no los
(luerreis divididos, sino unánimes, especialmente en lo que
más importa. Por esto los Prelados que suscriben espe-
ran que ésta su peticion será por V. M. favorablemente
acogida.
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
XXXVII
Dios guarde, etc.-Barcelona '26 de Octubre de 1875.-
FR. JOAQUIN, obispo de Barcelona.-BENITO, obispo de Torto-
sa.-CoNsTANTINO, obispo de Gerona, arzobispo preconizado
de Tarragona.-JosÉ RICART y SANS, Vicario capitular de
Lérida.-JuAN BAUTISTA GRAU y VALLESPINÓS, Vicario capi-
tular de Tarragona.-FRANCISCO JAVIER y FONTANELLAS,
Vicario capitular de Vick.
,
,
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGANEOS DE RURGOS.
Señor: El Arzobispo y Obispos sufragáneos de la pro-
vincia eclesiástica de Búrgos , en cumplimiento de un ine-
ludible deber de su sagrado ministerio, se ven precisados
á recurrir á V. M. pidiendo respetuosamente el manteni-
miento de la unidad católica en España, con arreglo al
Concordato celebrado con la Santa Sede en 1851, Y á laR
venerandas tradiciones y seculares leyes de nuestro país, ya
que observan con hondo pesar que se pone en tela de jui-
cio lo que nuestros padres consideraron como su mejor
timbre, y sostuvieron con tenacidad, y áun sellaron con su
sangre generosa en largos siglos de gloriosísimos com-
bates.
No hay para qué recordar que la Religion verdadera es
una, y que la Iglesia católica profesa esa única Religion
verdadera, fuera de la cual no hay salvacion. Sin incurrir
en la herejía, ningun católico puede poner en duda esta
verdad, como no pueden desconocer que las falsas religio-
nes, en vez de guiar al hombre por el camino que conduce
al fin para que ha sido criado, le extravían. La mision per-
pétua de la Iglesia ha consistido y consiste en difundir por
todo el mundo la verdadera Religion de Jesucristo yen
apartar á los hombres de las sendas del error. El apostola-
do católico, tan fecundo en doctores y mártires, no ha te-
nido ni tiene otro fin que reducir ~1 todos ú la confesion de
XXXVIII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
una misma fe , es decir, á la unidad católica, para formar
un solo redil y un solo pastor, conforme á los deseos y
preceptos del Divino Pastor de nuestras almas, Jesu-
cristo.
Pues bien, Señor; la tolerancia civil de cultos es la an-
titesis de ese dogma católico, puesto que por ella se con-
cede al error dl3recho de ciudadanía, y se le permite obrar
en todas las esferas de la vida social, contraponiéndose su
influencia perniciosa á la salvadora y legítima de la Reli-
gion católica.
La Iglesia no ha podido ménos de considerar á la tole-
rancia de cultos como un mal funesto y detestable. Así es
que, áun teniendo en cuenta las circunstancias de los pue-
blos modernos, los papas Gregorio XVI y Pio IX, aquél en
su Encíclica Mi'l'a'l'i 1)08, Y éste eu la que comienza con las
palabras Quanta CU1'a y en el Syllaous anejo á ella, docu-
mentos declarados obligatorios para todo católico en el
Concilio Ecuménico Vaticano, condenaron con enérgicos
acentos y apostólica firmeza el gravísimo y pernicioso
error de la libertad ó tolerancia de cultos. Los católicos no
pueden dejar de prestar sumision y obediencia á estas so-
lemnes decisiones, glorificadas por el odio de los enemi-
gos de la Iglesia. Ninguno que abrigue en su corazon una
fe firme en la verdad de la única Iglesia de Jesucristo,
puede querer, ni áun tolerar, estando en su mano impe-
dirlo , el ejercicio de las falsas religiones. Se lo veda el
amor de Dios, que nos mueve á desear que su -santo nom-
bre sea honrado en todo el mundo con el verdadero culto
católico, y lo prohibe el amor hacia el prójimo, á quien se
debe evitar todo peligro de perversion.
El error en materia de religion !?iempre es nocivo y pe-
ligroso, yel permitirle sería dar lugar á que hombres as-
tutos y perversos abusen de la libertad de exponerlo con
designios depravados. No hay que olvidar que la ignoran-
cia, la soberbia, la flaqueza y corrupcion del corazon, fru-
tos amargos de la culpa original, nos inclinan más al mal
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
xxxrx
que al bien, y. fácilmente nos hacen tomar el error por la
verdad.
Esto por lo que hace á la doctrina de la Iglesia en ge-
neral. Contrayéndonos á nuestra patria, hay otros moti-
vos particulares, que exigen la conservacion de la unidad
católica. Se halla consignada en un Concordato solemne,
á que no puede faltarse sin violar la equidad yel derecho
natural. Establecida en su arto 1.0 la unidad católica con
sus naturales consecuencias, viene á ser como el alma y
esencia del Concordato de 1851; de ella depende como de
su fundamento, y su destruceion echaría por tierra tan so-
lemne compromiso, con la perturbacion consiguiente en
todas las cosas que son objeto de sus restantes artículos.
En España es además la unidad católica una imperiosa
necesidad social. V. M. sabe que es más fácil edificar una
ciudad en el aire que una sociedad sin religion. Así lo han
reconocido los políticos más eminentes y los más profun-
dos filósofos y pensadores, entre los que es un apotegma y
un axioma el de que Omnis societatis fundamentum convellit,
qui religionem convellit. Y bien, Señor, la libertad ó tole-
rancia de cultos, ¿ no es un ataque á la Religion verdadera
ó sea á la católica apostólica romana'? ¡,No legitima ó le-
galiza los ataques contra el dogma, la disciplina y la mo-
ral católica'? ¡,No implica proteccion hacia el que combate
las enseñanzas de la Iglesia, abriendo la puerta al indife-
rentismo y escepticismo religioso, negacion radical de
nuestra Religion santa'? ¿No es una verdad, comprobada
por una triste experiencia, que la libertad de cultos con-
duce al nihilismo religioso '?
Recordemos la que ha sucedido y sucede en otras na-
ciones en que circunstancias especiales, que por fortuna
no existen en España, dieron ocasion al establecimiento
de la tolerancia de cultos; y á través de las apariencias,
será fácil observar que el espíritu religioso de sus pueblos
desciende, al paso que crecen la incredulidad en el órden
religioso y el espíritu de insubordinacion y falta de respe-
XL
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
to á las autoridades en el órden político y socia1. No es ex-
traño: el libre exámen, que engendró á Lutero y produjo
á Proudhom, trajo la Oommune y conduce al ateismo.
Se ha dicho que solas dos fuerzas pueden contenet á los
pueblos dentro de sus deberes sociales: la represion inte-
rior religiosa y la exterior política, ó, segun una frase
célebre, la Religion ó la metralla. Pero la experiencia nos
enseña que es ineficaz é insuficiente la segunda donde la
primera no ejerce el legítimo ascendiente que le correspon-
de. ¡, Por qué hoy mismo, á pesar de los numerosos ejércit0s
permanentes que empobrecen á Europa, la sociedad carece
de asiento y se halla conmovida, como quien, presa de una
funesta pesadilla, sueña que va á faltarle el pié allí donde
está un abismo'? ¡Ah! Por la ausencia del espíritu religio-
so; por el descreimiento fomentado en todas partes por la
libertad de conciencia y la tolerancia de cultos, á cuya
sombra se hace la propaganda más activa contra la fe ca-
tólica, cimiento el más sólido de la sociedad.
Bajo el imperio de la libertad de cultos, impuesta al
pueblo español á pesltr de sus reclamaciones, ¡,qué hemos
presenciado'? No evocarémos tan tristes recuerdos; pero
creemos que deben servir de leccion y enseñanza á los que
gobiernan, para cambiar de rumbo y evitar que la socie-
dad se hunda en el doble abismo de la irreligion y la anar-
quía. El ataque incesante á la fe católica no puede producir
sino esos frutos amargos que lamentamos. El pueblo que
se acostumbre á ver combatida su fe á favor de la toleran-
cia de cultos, acabará por despreciar las leyes de Dios y
(le la Iglesia, sin respetar los principios sociales, incluso
el de autoridad; porque la tolerancia de cultos engendra
la indiferencia; la indiferencia, la irreligion; y la irreli-
p.'ion, la anarquía.
Coútra la tolerancia de cultos, si en España se estable-
ciera, protestarían su historia, sus monumentos, sus le-
yes, su literatura, sus costumbres, su constitucion secu-
lar, '7 todo, en fin, lo que forma el carácter peculiar de
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
XLI
nnestro pueblo. Desde que Recared0 abjuró el arrianir:mlO
en el más célebre de los Concilios Toledanos, hasta que
nuestros heróicos padres arrojaron de España al Capitan clt'
los tiempos modernos, la Religion católica ha sido el
alma de todas nuestras grandes empresas y el objeto (le
su mayor entusiasmo. Desde que en Covadonga se dispar¡')
la primera flecha contra la morisma, hasta que se clavó
el estandarte de la Oruz en las almenas de Granada, esos
siete siglos de combates, coronados por el más glorioso
triunfo, no fueron sino esfuerzos gigantescos en pró de la
unidad católica en España. Nuestras maravillosas cate-
drales góticas, que levantan sus caladas torres al ciclo;
nuestros Oódigos y literatura; nuestras tradiciones y cos-
tumbres, no son otra cosa que testimonios inequívocos
del elevado propósito de nuestros mayores en favor rle la
unidad católica, que es como la vida de la sociedad espa-
ñola. ¿ Y qué, Señor, gratuitamente se ha de renunciar ;'1
tanta gloria y disiparse esta rica herencia atesorada ú cos-
ta de hntos sacrificios de nuestros nobi~ísimos padres'? N o
podemos creerlo ..
Presta mayor fundamento á nuestra esperanza otra con-
sideracion no despreciable, y es la de que el lazo más fuer-
te y más dichoso que forma la unidad española entre los
antiguos reinos fundidos en ella, es la unidad católica.
Todo lo que debilite y afloje este vínculo comun , tiende ú.
relajar la union de los pueblos unidos y á fomentar la di-
vision política, que por desgracia separa á españoles de
españoles, porque la discordia religiosa es más viva, más
activa y más funesta en sus efectos. Allí donde toma asien-
to el libre exámen, origen y raíz de la libertad ó toleran-
'cia de cultos, se ahonda más y más la division política,
el patriotismo mengua y decrece el espíritu público, sofo-
cado por un frio y egoista individualismo. De manera, Se-
ñor, que la unidad social y la independencia de la patria
están tambien altamente interesadas en la conservacion de
la unidad católica.
XLII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
Comprendemos bien que las sectas anticatólicas; que
extranjeros indiferentes á nuestro bienestar, ó quizá in-
teresados en nuestra ruina; que los sistemáticos enemigos
de todo órden social, trabajen por introducir en España la
libertad ó tolerancia de cultos, gérmen fecundo de discor-
dia; pero por lo mismo no podemos persuadirnos que haya
españoles que quieran cooperar á la realizacion de sus de-
seos. Segun la doctrina católica, la libertad de cultos es
un mal, y como tal sólo puede tolerarse, nunca aprobarse,
cuando, para evitar mayores males, así lo exige la termi-
nacion de una guerra religiosa, y los disidentes y adver-
sarios de la Religion eatólica forman una gran parte del
pueblo. Ahora bien: en España, por la misericordia de
Dios, no estamos en este caso. A pesar de la incansable
propaganda de la impiedad y la herejía, y la proteccion
qne se las ha dispensado durante estos últimos años, es
tan escaso el número de sectarios heterodoxos, que no pa~
san de algunos centenares en la capital y algunas otras
poblaciones. Jamás en tales circunstancias se ha introdu-
cido en país alguno católico la tolerancia legal de cultos,
y mucho ménos podría suceder esto en España, donde tan
solemnemente se ha manifestado la opinion pública en fa-
vor de la unidad católica.
En fuerza de estas poderosas consideraciones, los que
suscriben ruegan con el mayor encarecimiento á V. M. que,
desestimando todo proyecto en sentido contrario, se digne
decretar el mantenimiento y conservacion de la unidad ca-
tólica, preciada joya que tienen en alta estima los españo-
les, como lo reclaman de consuno los derechos de la verda-
dera Religion y los intereses bien entendidos de la patria.
Dios nuestro Señor guarde muchos años la vida de
V. M. para bien de la Monarquía. Búrgos 4 de Enero de 1876.
-Señor: A los R. P. de V. M.,-ANASTASIO, arzobispo de
111trgos.-DIEGo MARIANO, obispo de Vitoria.-JuAN, obispo
de Palencia.-SATuRNINO, obispo de Leon.-GABINO, obispo
de Ca1ahorra y la O«.lzada.-VICENTE, obispo de Santander.
DOCUMENTOS EPIRCOPALF.S.
XLIII
nEL METROPOL1TANO y SUFRAGÁNEOS nE TOLEno.
Señor: El Cardenal Arzobispo de Toledo y los demas
Prelados de esta provincia eclesiástica se acercan con el
mayor respeto al Trono de V. M., en cumplimiento de un
sagrado deber. Vienen á pedirle nó riquezas, ni honores,
ni intereses mundanales, sino lo que vale más que todo
esto, lo que la Nacion anhela, lo que la Religion reclama,
y lo que V. M., como soberano que lleva el glorioso renom-
bre de católico, no puede negarles. Unicamente piden que
se conserve la unidad católica en nuestra querida patria.
Muy ajenos estaban los exponentes de tener que formu-
lar esta respetuosa peticion cuando supieron que había sido
restaurada la Monarquía católica en la augusta persona de
V. M. Creyeron que no sería ya posible se pusiese en tela
de juicio si el error había de disfrutar de los mismos privi-
legios que la verdad, y si la Religion de Jesucristo había
de tener por competidores en esta tierra clásica del catoli-
cismo á la herejía y á la impiedad. Nunca imaginaron que
despues de tantas lágrimas y de tanta sangre derramada.
y despues de los pasados desastres en el período revolucio-
nario, debidos en gran parte á los ensayos antireligiosos
que se hicieron para que los pueblos perdiesen su fe, y la
sociedad quedase sin Dios, hubiera todavía quien quisiera
vulnerar los derechos de la Iglesia é infringir en su parte
más esencial un tratado solemne como el Concordato, que
es la ley del Estado, procurando por mil medios que la uni-
dad católica desaparezca para siempre de entre nosotros. Y
ménos pudieron persuadirse de que se intentase dar este
nuevo golpe al Catolicismo sólo por complacer á una exi-
gua é insignificante minoría, que trata de sobreponerse {I
la mayoría inmensa de los españoles en un punto tan ca-
pital como el de la unidad religiosa, que es el alma y la
vida tle la Nacion.
XI,IV
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
Esto no ha sucedido nunca, ni áun en los países en que
existe la tolerancia religiosa ó la libertad de cultos. Vues-
tra Majestad sabe que en todos ellos el hec7w precedió al
derecho. Sólo cuando han visto casi la mitad de su pobla-
cion compuesta de habitantes que abrazaron cultos distin-
tos; cuando han sufrido repetidas, largas y sangrientas
guerras civiles por motivos religiosos, ó cuando han for-
mado colonias de hombres de diversas sectas, y todos con
igual derecho á ser fundadores, es cuando han promulga-
do la tolerancia religiosa, y siempre con mil restricciones
y fatales consecuencias. La historia de Inglaterra, Francia
y otras partes atestigua esta verdad. Unicamente en nues-
tro desgraciado país se ha seguido un procedimiento inver-
so. El det'echo ha precedido al hecho. La ley estableció la li-
lJertad de cultos, lastimando en lo más vivo los sentimien-
tos del pueblo español, que en vano se opuso á que se
promulgase, fundado, entre otras razones, en que en Es-
paña no existían sectas ni ninguna de las falsas religiones.
Había un solo culto y un solo altar, y se conservaba Ínte-
gra la unidad católica, símbolo de nuestras glorias y lazo
sagrado que unía á todo;:; los españoles principalmente
euando peligraban los intereses de la patria.
Era natural, por eonsiguiente, que, á pesar de haberse
promulgado la expresada ley, y de euanto se ha hecho y
se está haciendo en favor de la libertad de cultos, no se
haya aclimatado todavía en España. Ha sucedido lo que
aquel que edificase hospitales en todas nuestras poblacio-
lles con destino á enfermos de una dolencia desconocida
hoy entre nosotros, por ejemplo, la lepra; y viendo que
(lespues ele concluidos los hospitales se hallaban vacíos,
procurase hubiese enfermos con que llenarlos. La alarma
que semejante conducta produciría en el país sería extra-
ordinaria. Daría un grito de horror al presenciar que se
practicaban diligencias en busca de leprosos, que contami-
nasen á los sanos, sólo por prurito de llenar los hospitales
edificados para esta clase do enfermos.
DOCUMRNTOS EPISCOPALES.
P\\lf!f' \\lua (~osa parü(~ida , aunque ck tnU("}lCl mayor gra-
vedad en el órden moral y religioso, y aun en el político,
está sucediendo en la actualidad. Se ha proclamado en la
Constitucion de 1869 la mas omnímoda libertad de cultos;
y no obstante de que van trascurridos algunos ailos sin que
los espailoles hayan apostatado de la fe para ser herejes,
mahometanos ó judíos; y no obstante tambien de que esos
mismos españoles han protestado y siguen protestando
enérgicamente contra una libertad que detestan, porque
eonocen que ocasionaría la ruina de la patria, que es a lo
que aspiran algunas naciones extranjeras, interesadas por
esta razon en que se establezca la libertad de cultos en Es-
paña , hay todavía pQlíticos que, en vez de procurar que se
derogue esa Constitucion , que desde que se promulgó sólo
ha estado vigente en la parte irreligiosa que contiene, ha-
cen esfuerzos inauditos, con general reprobacion y asom-
bro, para que sancionándose de nuevo en una tÍ. otra forma
el pernicioso principio de la tolerancia religiosa, se abran
de par en par las puertas de la patria a los leprosos de to-
dos los países, esto es, á cuantos quieran venir al nuestro
á fundar sectas del error, contando con la proteccion legal
y adquiriendo carta de naturaleza, si les conviniese, para
poder tranquilamente, y sin el menor riesgo, propagar la
horrible lepra del indiferentismo, de la herejía y de la
impiedad.
¿ y en favor de estos advenedizos se quiere establecer la
libertad religiosa? Será preciso confesar entónces que no se
trata de que los protestantes y sectarios españoles ejerzan
libremente sus respectivos cultos, porque, caso de haber-
los, son en número insignificante, como no sean más bien
incrédulos ó racionalistas, y la política no dicta leyes para
raros y extravagantes caprichos. Habrá que convenir tam-
bien que lo que se pretende es descatolizar al pueblo espa-
rlol; que aventureros de todas partes vengan á ser propa-
gandistas del error, mediante el salario que reciben de las
seetas ;.y que se permita que lUlOS cuantos malos religiosos
~
,
\\ , ¡
~"
XLVI
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
despues de haber huido del claustro y quebrantado sus vo-
tos, se conviertan en apóstoles de la irreligion, cubrién-
dose con la máscara del protestantismo, para poder á man-
salva, y bajo el amparo de la ley, insultar á la Iglesia, mo-
farse de lo más santo que hay en nuestra Religion,
escarnecer á sus ministros, escandalizar á los fieles, vivir
á sus anchas, y dar rienda suelta á torpes y vergonzosas
pasiones.
A este sistema de corrupcion y de inmoralidad se le
llama libertad de cultos ó tolerancia religiosa, y cierta-
mente que no es ni puede ser otra cosa en un país como
el nuestro, en que no existen sectarios entre sus naturales
y donde sólo hay buenos y malos católicos. Así se explica
que la inmensa mayoría de la Nacion deteste una libertad
que más tarde ó más temprano dará por resultado, nó que
los españoles se vuelvan protestantes ó abracen cualquier
otra de las sectas ó falsas religiones, porque esto no es po-
sible, atendido su carácter, sus hábitos y hasta su tempe-
ramento, sino, lo que acaso es. todavía peor, que muchos
que son creyentes hoy, dejen de serlo mañana para no ser
nada en punto de Religion, ni conseguir otra cosa que per-
der con la fe su dicha presente y su felicidad futura. Este
mal inmenso, digno de ser llorado, áun política.mente ha-
blando, se procura acelerar lo mismo en la capital de la
Monarquía, que en las pequeñas poblaciones. No hay me-
dio que no se haya puesto en juego para conseguirlo; ex:-
pendicion de malos libros, predicaciones perversas, publi-
cacion de periód,icos irreligiosos, y establecimiento de es-
cuelas para arrancar del seno de la Iglesia católica á infeli-
ces niños, á quienes los propagandistas engañan y seducen
lo mismo que á sus padres. La perversion de las almas es,
en una palabra, el fin principal de la llamada libertad re-
ligiosa, que por segunda vez se quiere sancionar en Es-
paña.
l, y quién puede ser partidario de semejante libertad '?
Aunque no fuese católico, ni le importase nada el bienes-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
XLVII
tal' de la patria, obrando recta é imparcialmente, tendría
que reprobarla, no sólo por innecesaria, sino por perjudi-
cial á los intereses morales y sociales, que deben ser res-
petados por todos, y mucho más por los extranjeros, en
cuyo favor no puede la ley conceder una libertad que re-
chazan los españoles. Sería un privilegio odiosísimo, con-
tra toda razon y toda justicia, que nadie tiene derecho d~
reclamar, á ménos que se quiera que las leyes y las cons-
tituciones se hagan en España á gusto de los extranjeros
y á disgusto de los naturales, lo cual no ha sucedido ja-
más en ningun país del mundo.
Sin la libertad de cultos han venido siempre aquellos
á nuestra patria; i, y se retraerían de venir hoy, en el caso
de conservarse la unidad religiosa'? ¿Por semejante moti-
vo habrían de interrumpirse nuestras relaciones diplomá-
ticas y mercantiles con los demas países, y de sus resultas
dejarían de prosperar entre nosotros el comercio, la nave-
gacion, la agricultura, las artes y la industria'? Cuando
España no tuviese en su seno los manantiales de riqueza,
y necesitase mendigar la prosperidad á puertas ajenas, fli
esto hubiese de ser á precio de su fe y de sus virtudes cris-
tianas, debería contestar animosamente con el Profeta:
«Bienaventurado llaman al pueblo que tiene sus arcas lle-
nas de oro, que á proporcion de sus tesoros ostenta el más
brillante lujo en sus hijos, que abunda en ganados y rebo-
sa de alegría en la plenitud de todos los bienes de la tier-
ra; mas yo digo mejor: Bienaventurado el pueblo que tiene
al Señor por su Dios. » Los hombres y las riquezas pasan:
sólo Dios permanece, y no es lícito trocar por todo el oro
del mundo la herencia que nos dejó Jesucristo.
Mas nó : no es inconciliable la Religion católica con las
legítimas aspiraciones de los hombres, sino con sus erro-
res; ni buscando la eterna felicidad de los ciudadanos, les
obliga á olvidar la felicidad presente de su patria. Nunca
fué más grande y poderosa España que en las épocas de su
mayor fe, y cabalmente entónces acometió y llevó á cabo
XLVIII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
empresas colosales que asombraron al mundo, sin el auxi-
lio de los extranjeros. Déseles á éstos garantías de órden y
df~ paz; dispénseseles la proteccion racional y prudente que
les es debida, y sin que haya libertad de cultos ni toleran-
cia religiosa, vendrán muchos, como han venido siempre,
cuando por razon de intereses, ó por cualquier otro motivo,
les convenga vivir entre nosotros.
Serían interminables los exponentes, y molestarían de-
masiado la respetable atencion de V. M. , si fuesen á refu-
tar todos los pobrísimos argumentos que se aducen en fa-
vor de la libertad y la tolerancia religiosa. Hasta ha llega-
do á sostenerse por algunos, que habiendo en todos los paí-
ses la expresada libertad ó tolerancia, es de absoluta ne-
cesidad que la haya tambien en el nuestro , so pena de que
nos quedemos rezagados en la marcha del progreso euro-
pea, y fuera del concierto de las naciones más civilizadas.
Se contrista el ánimo al oir esto diariamente, á pesar de
haberse demostrado muchas veces que semejante argumen-
to no merece la consideracion de tal, sino de sofisma muy
vulgar, que para cualquier persona medianamente instrui-
da tiene una contestacion sencillísima: ¿Es un bien ó un
malla unidad religiosa'? No hay una sola nacion que carez-
ca de ella que no lo lamente. Sus hombres de Estado más
ilustres han declarado en mil ocasiones que es un gran mal
la pluralidad de cultos, y todos ellos hubieran hecho cual-
quier sacrificio por conseguir que desapareciese de sus res-
pectivos países. ¿ Y será justo y patriótico que sólo porquc
esas naciones se ven privadas de un bien tan grande como
el de la unidad religiosa, por no haber sabido ó podido con-
servarle, se prive de él á la nuestra, que pide á voz cn
grito que se le conserve'? ¿No sería esto un retroceso y
vergonzosa ignominia, en vez de un adelanto en la senda
de la civilizacion y del verdadero progreso?
Precisamente por ser la unidad católica una singulari-
dad que nos envidian las demas naciones, no sólo hay que
conservarla, sino que es necesario defenderla con la í5an-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
XLIX
cion penal que establecen nuestras leyes. Importa muy
poco que en los países cultos sea cosa abolida y condenada
que se persiga á nadie por puros motivos de fe, lo que tam-
poco es exacto; porque en estos países, á pesar de su de-
cantada cultura, si bien se tiene mucha tolerancia con los
que combaten el Catolicismo, hay mucho rigor con los que
le profesan y no quieren faltar á los sagrados deberes que
les prescribe su religion. Para éstos se reservan las cau-
sas criminales, los procedimientos administrativos, las
prisiones, los destierros , las confiscaciones de bienes; pe-
nas gravísimas que se les imponen por puros motivos de
fe. Nada de esto piden los exponentes para los que profe-
san opiniones falsas en materias religiosas. N o pretenden
que se empleen contra ellos esas injusticias, esas cruelda-
des y esas persecuciones; ántes, por el contrario, desean
que la ley respete las creencias de todos, y que no se en-
trometa en el santuario de la conciencia. Si un sectario ó
un incrédulo guardasen para sí solos su doctrina, es cier-
to que sólo pecarían contra Dios. Mas si quisieran hacer
prosélitos, ó ejercer otro culto del que el país reconoce
como verdadero, entónces insultan á la Religion del Estado,
escandalizan á los débiles, y atacan la propiedad más pre-
ciosa de los ciudadanos, la de su fe y religion. ¿, Y se quie-
re que en España, hollando todos los principios de justi-
cia y desconociendo lo que exige la conveniencia pública,
se permitan tales excesos, ó, lo que es mucho peor, que
los autorice la ley, pues á esto equivale el sancionar en
ella la libertad ó la tolerancia de los falsos cultos, en per-
juicio de la Nacion y de sus más caros y vitales inte-
reses?
¡Ah! nó: V. M. no puede permitirlo sin faltar á los de-
beres que la conciencia y el honor le imponen. Indulgente
y bondadoso con todos, comprenderá desde luego que los
exponentes faltarían tambien á los suyos si al terminar
esta respetuosa exposicion no le rogasen encarecidamente
se oponga, con la energía propia de su noble carácter, á
d
L
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
que se vuelva á sancionar en España la indicada libertad ó
tolerancia, y no le pidiesen que, separándose de lo que
respecto á la cuestion religiosa se expresa en el preámbulo
del decreto en que se convocan las Córtes generales del
Reino, ordene, en uso de su Real prerogativa, que en el
caso que se juzgue conveniente que su Gobierno tome en las
mismas la iniciativa al tratarse de la referida cuestion, lo
haga en un sentido conforme al Concordato y á las legíti-
mas aspiraciones del país; porque V. M. no ha de querer
ser el primer rey de Castilla que proclame en las Córtes,
por medio de sus ministros, en daño de la Religion, como
beneficioso y bueno lo que Dios reprueba y la Iglesia
tiene repetidas veces condenado. Dignándose oír esta re-
verente súplica, dará nuevo brillo, esplendor y firmeza
á su Trono, cuya base más sólida es esa misma Religion,
y defenderá al propio tiempo la causa del Catolicismo, que
es la de la civilizacion, del derecho y de la justicia; causa
gloriosa que los augustos predecesores de V. M. defendie-
ron valerosamente en Covadonga, en Clavijo, enlas Navas
de Tolosa, en el Salado, en Granada y en Lepanto. A su
triunfo se debió nuestro poderío, nuestra nacionalidad y
nuestra independencia, y á él se deberá tambien el que en
su dia volvamos á ser lo que fuimos cuando íbamos delante
de las demas naciones.
En el estado de decadencia en que nos hallamos, sólo
nos queda una joya sin igual, de valor inapreciable, y que
adquirieron nuestros padres derramando su sangre y sus te-
soros en las luchas gigantescas que tuvieron que sostener
con enemigos formidables durante muchos siglos. La uni-
dad católica es esa joya querida, resto de nuestra antigua
grandeza. ¡, Y será posible que la perdamos en el reinado
de Alfonso XII, sucesor ilustre de Recaredo, de Alfonso el
Católico, de Fernando el Santo, de Isabel I, de Cárlos V y
de Felipe II'1 i Ah! No se lo pueden persuadir los exponen-
tes. V. M. ha ofrecido ser, como sus antepasados, buen ca-
tólico. Pues ahora, Señor, es la ocasion de cumplir esta
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LI
palabra, que es palabra de rey. Ahora, que por lo visto
hay decidido empeño en arrebatarnos esa joya muy amada,
y asestar un nuevo golpe al Catolicismo en España; aho-
ra, que la Iglesia se halla perseguida en Italia, en Ale-
mania y en todas partes, y que se encuentra cautivo el
santo é inmortal pontífice Pio IX, su cabeza visible; aho-
ra, en fin, que la potestad de las tinieblas hace satánicos
esfuerzos para. aniquilar la Religion de Jesucristo, apagar
la sagrada antorcha de la fe, y sumir á la humanidad en
las tinieblas y sombras de la muerte en que se hallaba en-
vuelta en los ominosos tiempos del paganismo.
¡Dichoso V. M. si en estos críticos momentos, hacién-
dose superior á vulgares preocupaciones, y sin temer sino
sólo á Dios, se constituye en defensor de la Iglesia opri-
mida, y iogra sacar ileso el gran principio de nuestra uni-
dad religiosa! La historia lo consignará con letras de oro
en una de sus páginas, y colocará su excelso nombre al
lado del de los más grandes y esclarecidos monarcas. Los
pueblos, en los transportes de la más pura alegría, y llenos
de caluroso entusiasmo, le aclamarán como al mejor de los
reyes, le amarán y respetarán como al mejor de los padres;
y Dios, que no en vano ha colocado á V. M. en el Trono de
sus mayores, le colmará de bendiciones, y le concederá un
largo, próspero y glorioso reinado.
Madrid 15 de Enero de l876.-Señor: A los Reales pies
de V. M. ,-Por sí y expresamente autorizado en nombre
del reverendo Obispo de Coria, del reverendo Obispo de
Cuenca, del Vicario capitular de Plasencia, y del. Vicario
capitular de Sigüenza ,-JUAN IGNACIO, CARDENAL MORENO,
Arzobispo de Toledo.
LII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
DEL SEÑOR ARZOBISPO DE GRANADA.
Excmo. Sr.: He recibido con el debido respeto la Real
carta de ruego,!/ encargo que S. M. el Rey (Q. D. G.) se dig-
nó dirigirme con fecha 23 de Diciembre último, con el ob-
jeto de que en el dia 30 de dicho mes, aniversario de su
proclamarion y llamamiento al Trono de sus mayores, se
diesen á Dios nuestro Señor las debidas gracias por tanfaus-
to suceso; y en su virtud dispuse, de acuerdo con mi Cabil-
do, que en la mañana del referidodia se cantase Misay Te
IJezvm en mi sanh Iglesia Metropolitana, como así se hizo
eon gran solemnidacl y con asistencia de todas las autorida-
des, y á la vez dicté las órdenes oportunas, por medio de
mi Boletin eclesiástico, para que se hiciese lo mismo en todas
las parroquias del arzobispado.
Cumplido fielmente por mi parte el piadoso encargo de
Su Majestad, creo que acogerá con su Real benignidad
acostumbrada un humilde y respetuoso ruego, que por el
digno conducto de V. E. me atrevo á dirigirle, estimulado
por mi deber y conciencia de prelado: el ruego de que pro-
cure restaurar cuanto ántes y mantener incólume la pre-
ciada unidad católica de nuestra Nacion, malamente rota
y tirada por el suelo en una noche de infausta memoria; el
ruego de que, como Monarca que se honra con el glorioso
título de católico, cumpliendo lo pactado solemnemente con
la Silla Apostólica I:'n el reinado de su augusta Madre, y te-
niendo muy en cuenta las declaraciones hechas no ha mu-
chos meses por la misma Santa Sede con motivo de la base 11
del proyecto de Constitucion, formulado y aprobado en la
de todos conocida reunion del Senado, no consienta que en
los di as de su· reinado adquiera carta de naturalqza en
nuestro suelo, ni se ampare bajo el manto Real de Recare-
do, de San Fernando y de Isabel la Católica, esa pernicio-
nOCUMENTOS EPISCOPALES.
tIII
sa libertad y tolerancia de cultos, que con fatal acuerdo
defienden y quieren establecer entre nosotros algunos po-
líticos mal aconsejados; libertad que abre las puertas y
fronteras de esta hidalga tierra á toda clase de errores y
falsas sectas, y que en España no ha servido ni servirá ja-
más para otra cosa que para escandalizar al ·pueblo fiel,
para pervertir y descatolizar á algunos españoles, para
inocular más fuertemente en nuestra sociedad el vÍrus
mortífero de la impiedad y del indiferentismo religioso, y
para atizar y acrecentar terriblemente el fuego devorador
de nuestras discordias civiles con el cebo de las contiendas
y luchas religiosas.
Yo abrigo la dulce confianza de que V. E., que es y se
precia de católico, patrocinará con el más vivo interes este
humilde ruego, é inclinará el ánimo de S. M. á que lo aco-
ja y despache favorablemente, satisfaciendo así á su con-
ciencia de Monarca católico y llenando de satisfaccion y de
inefable consuelo al Padre comun de los fieles, al Episco-
pado y Clero de nuestra Nacion y á todos los católicos, que
son la inmensa mayoría de los españoles.
Dios guarde á V. E. muchos años.-Granada 1.0 de Ene-
ro de 1876.-BJENVENIDO, Arzobispo de Granada.-Excelen-
tísimo Sr. Ministro de Gracia y Justicia.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE COMPOSTELA.
Señor: Los Obispos de la provincia eclesiástica Com-
postelana que suscriben, atentos siempre al más exacto
cumplimiento de los deberes que les impone su divino mi-
nisterio, suben todos los dias al altar santo á ofrecer al
Todopoderoso el incruento sacrificio, y á todas horas ele-
van al cielo sus oraciones fervientes en demanda de copio-
sas gracias y bendiciones para V. M. Y Real familia, para
vuestros Ministros responsables y para la Nacion entera,
Ll\\T
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
sin acordarse de las fluctuaciones de la política más que
para rogar al Padre de las misericordias conceda el don del
acierto á los encargados de manejar el timon del Estado.
Empero hoy, impelidos por los estímulos de su conciencia
de Prelados católicos y españoles, se ven en la precision
de acercarse respetuosos y confiados al Trono de Vuestra
Majestad (Q. D. G.) demandando remedio para un gravísi-
mo mal que de cerca amenaza, tanto al Trono secular de
V. M., cuanto á la Nacion católica por excelencia: tal sería
la sancion legal del arto 11 del proyecto de Constitucion,
que se trata de someter á la discusion y aprobacion de las
Córtes, ya convocadas, en el cual se establece la libertad
de cultos en España. Semejante libertad legal, Señor, es
en efecto un mal tan grave para nuestro país ootólico, vi-
vamente interesado en el afianzamiento de la paz interior y
en la conservacion de su independencia, libre de influen-
cias exteriores, que no les es dado señalar otro mayor ni
más fecundo en ruidosas y destructoras consecuencias.
La sana y verdadera filosofía, que despreciando los
delirios de alguno que otro genio extravagante, que en to-
dos tiempos y edades se han presentado en discordancia
con la marcha consecuente de la humanidad sabia y verda-
deramente ilustrada, ha establecido ya desde antiguo los
principios fundamentales de que no hay más que un solo
Dios personal verdadero; no hay más que una sola Reli-
gion aceptable á sus divinos ojos; que ésta no es otra que
la instituida por Él mismo; que entre las conocidas en el
mundo, tan sólo la cristiana católica es la divina, y por
consiguiente que todas las demas, como humanas y en
abierta contradiccion con aquélla, son falsas. Esto supues-
to, la sancion del citado artículo equivaldría á un insulto
al criterio de la sana filosofía, á un insulto á la verdad, á
un homenaje de respeto y asentimiento al error, y en una
palabra, á reconocer oficial y legalmente que son iguales
los derechos del bien y del mal; declaracion que abriría de
par en par las puertas á todos los vientos de falsas y per-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LV
turbadoras doctrinas, que pronto conmoverían en sus ci-
mientos las bases sobre que descansan la sociedad española
y el Trono de vuestros gloriosos antepasados, que por lo
mismo jamás abandonaron el estandarte de la unidad reli-
giosa católica.
Fuera de esto, Dios, que en su inagotable providencia
nunca ha dejado en tinieblas á la humanidad, sin señalarla
clara y perceptiblemente el camino único por el que había
de marchar á la consecucion de sus eternales destinos, por
lo cual p.a hablado á los hombres, tanto en el Viejo como
en el Nuevo Testamento, de tal manera que ningun pen-
sador de buena fe pueda confundir su divina palabra con la
falible de los mortales, ha condenado constantemente la
pluralidad de cultos; significando con toda claridad ser su
designio que no hubiese en el mundo otro que el suyo,
único verdadero. Al efecto, instituyó en lo antiguo su úni-
ca Iglesia del Testamento Viejo, declarando terminante y
repetidísimamente en el Levitico y .Deuteronomio, que sólo
dentro de ella era dable al hombre conseguir su salud eter-
na; y últimamente envió á su Unigénito, elcual, al fundar
su única Iglesiaen el Nuevo Testamento, despues de repetir
declaraciones del Pentateuco, manifestó expresamente que
su designio era que en el mundo no hubiese más que unum
. o1Jile et unus pastor: un solo rebaño y un solo pastor. Ahora
bien: conocidos como nos son estos terminantes designios
de Dios y de su Hijo Jesucristo, es evidente que la procla-
macion legal de la libertad de cultos en la España católica,
que por serlo protesta no querer vivir sino conforme á las
severas prescripciones de la doctrina revelada, valdría
tanto como contrariar solemne y oticialmente las celestes
enseñanzas, oponerse á los eternos designios de la Provi-
dencia, y sacudir sin miramientos el suave yugo de la di-
vina ley; lo cual infaliblemente nos constituiría objetos
señalados de las venganzas del cielo, tan terminantemente
sancionadas en uno y otro Testamento.
Además, la Iglesia católica, apostólica, romana, infa-
LVI
DOCUMENTOS EPISCOPAtES.
lible y santa, á la cual nos cabe la dicha de pertenecer, ha
hablado ya sobre la materia y condenado lisa y terminan-
temente la libertad de cultos, especialmente en las pro-
posiciones 77, 78 Y 79 del 8yllaous; el cual, admitido y
sancionado como está por todos los obispos del orbe, cons-
tituye un cuerpo de doctrina católica, garantida no sólo
por la autoridad infalible de su cabeza el Romano Pontífice,
sino tambien por la de toda la Iglesia universal, de cuya
infalibilidad jamás se ha dudado. Por lo mismo, si llegára
á ser ley en España el arto 11 á que nos referimos; desde
luego se establecería en la Nacíon católica por antonoma-
sia una ley contraria á la misma doctrina católica, cons-
tantemente recordada á su amado rebaño por el inmol'tal
Pio IX.
Amén de lo dicho, nuestra Nacion hidalga, caballeresca
y honrada no puede olvidar que media entre ella y este su-
premo Jerarca de la Iglesia de Jesucristo un pacto solem-
ne, el Concordato de 1851, en cuyos primeros artículos se
estipula explícita y terminantemente la conservacion en
la misma de la unidad católica, con exclusioIl,de todo otro
falso culto. Honra es de los individuos como de las colecti-
vidades el no faltar á lo pactado, y gran mengua y desho-
nor el quebrantar lo convenido; tanto mayor cuanto más
déb}l,..físicamente es la otra parte contratante y más alta su.
jerarquía y dignidad. Por tanto, malparada quedará en se-
mejante caso la pundonorosa hidalguía española, si , porque
el Santo Padre carece de un ejército como el de otras p1)-
tencias de Europa para hacerse respetar, y no obstante su
incomparable dignidad de padre de los católicos, se le in-
firiese la gravísima ofensa de no cumplirle la palabra so-
lemnemente empeñada.
y no se alegue, Señor, que la necesidad obliga; porque
realmente no existe tal necesidad. En España la generali-
dad de sus habitantes, como verdaderamente católica, de-
sea la proclamacion legal de la unidad exclusiva de su
santa Religion, segun la desean su Pontífice Sumo, sus
bOCtJMENTOS EPISCOPALES.
L'Vtt
obispos y sus sacerdotes. Esto prueban los millones de fir-
mas presentadas, como testimonios de esta aspiracion co-
mun, á las Córtes Constituyentes de 1869 ; esto acredita
la completa esterilidad de los esfuerzos de los ministros
protestantes extranjeros, ó apoyados por extranjeros, que
en estos últimos años han abierto sus cátedras de error en
todas ó casi todas las poblaciones notables de España, no
obstante la completa impunidad de que han gozado: esto
acredita el que, áun despues de tales pruebas, ni un solo
culto anticatólico tengamos formalmente establecido en
nuestro país; en donde áun los pocos que no parecen católi-
cos, por lo comun lo son en realidad, aunque tibios, con lo
que dan ocasion á que se dude de sus creencias: pues es lo
cierto que á la hora de la muerte raro es el que no quiere
terminar su vida como tal. Y siendo así, claro es que no
aparece la razondela supuesta necesidad. Tampoco es crei-
bleque la presion venga de afuera, porque en tal caso esta-
mos íntimamente convencidos de que sabría rechazarla
con dignidad el levantado e indomable espíritu de los que
rigen sus destinos.
Ni hay para que combatir el falso supuesto de que, pro-
clamada la unidad legal católica, sobrevendrían persecu-
ciones y torturas que no están en armonía con el espíritu
de la epoca; dado que, como es incuestionable, la Iglesia
católica jamás ha hecho derramar una sola gota de sangre
por causa de religion, y las leyes civiles vigentes en Es-
paña no prescriben tales persecuciones; por tanto, aparece
desde luego infundado semejante temor.
Tampoco debe tomarse en cuenta el que los católicos
españoles, cuando se hallan en países extranj eros, se com-
placen en hallar templos de su culto en que poder cumplir
sus deberes para con Dios; porque dando por supuesto que
si no los hallaran siempre les fuera dable satisfacer esta
obligacion privadamente, jamás esta mera complacencia
de algunos viajeros españoles podría compensar el inmen-
so daño causado á la generalidad de la Nacion con sanciona l'
LVIII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
la libertad de cultos. Por eso mismo el Papa-Rey, cuan-
do, con arreglo á un derecho indisputable gobernaba sus
Estados temporales, nunca dictó ley alguna que sancionase
en ellos la libertad de cultos; lo que, por el contrario, hi-
zo, fué rechazar constantemente con reiteradas protestas
una ó dos imposiciones de afuera, ya que con la fuerza de
las armas no le era dable sacudir tan injusta violencia. Por
eso mismo los políticos extranjeros, que tanto se afanan por
introducir en España la libertad de cultos, se esfuerzan en
sus propios países por conseguir la unidad; y esto áun
saltando por encima de los más sagrados votos impuestos
por la humanidad y la justicia. Es, lastimoso, Señor, que
no se comprenda por todos que si la unidad es la fuerza
y la division la mata, el interes de España consiste en
conservar ilesa la religiosa, al paso que el de los extraños
estriba en introducir entre nosotros la division religiosa,
para conducirnos á la civil y hasta la social, preparando
así el camino para una humillante intervencion extranje-
ra , y úun para la desaparicion de España del mapa de las
naciones independientes.
Así que, en fuerza de las incontestables razones que
acabamos de apuntar, y otras no ménos poderosas que aña-
dirse pudieran; así como en nombre de tantos y tan sagra-
dos intereses que claman por la conservacion de la unidad
religiosa en esta nuestra Nacion católica, apostólica, ro-
mana, adoctrinada y constantemente protegida por el glo-
rioso apóstol Santiago, maestro de la única Religion divi-
na, y terror de los que en todos tiempos han atentado contra
la fe única, que en nombre de Dios nos inculcára, ren-
didamente
Suplicamos á V. M. (Q. D. G.) procure por todos los me-
dios legales y justos que estén al alcance de vuestras augus-
tas manos y las de vuestros Ministros responsables, que,
aunque de hecho haya en España, como hace mucho tiem-
po la ha habido, cristiana tolerancia con las personas, de
derecho no llegue á consignarse en la nueva Constitucion
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LIX
la tolerancia del error y la herejía proclamando explícita
y terminantemente la libertad de cultos; á fin de que no
vengan sobre nuestra amada Nacion y sobre V. M. mismo
los gravísimos males que prevemos en un porvenir no re-
moto, sino que, por el contrario, con la suspirada unidad
se levante aquélla de su postracion, reine entre nosotros la
paz, y con la paz y la observancia de la ley santa del Se-
ñor , la dicha y prosperidad verdaderas·, las cuales hagan
gloriosos y felices los prolongados dias de V. M., por quien
insistirémos rogando sin cesar al Dios de las bondades en
nuestros diarios saerificios y oraciones.
Santiago de Compostela 17 de Enero de 1876.-Señor:
A los Reales piés de V. M. - Por sí, y expresamente auto-
rizado, en nombre del reverendo Obispo de Lugo, del reve-
rendo Obispo de Tuy, del reverendo Obispo de Mondouedo,
del reverendo Obispo de Oviedo y del reverendo Vicario
capitular de OrenSe,-MIGUEL, Arzobispo de Oompostela.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE VALENCIA.
Señor: El Cardenal Arzobispo de Valencia y los demas
Prelados de esta provincia eclesiástica nos acercamos
respetuosos al Trono augusto de V. M. con vivos deseos de
depositar á vuestros piés la amargura que oprime nues-
tro espíritu y el dolor que atormenta nuestro corazon, al
contemplar el peligro en que se coloca á nuestra unidad
católica nacional, prenda riquísima de la fe de los espa-
ñoles, adorno brillante de la corona de nuestros amados
monarcas, camino feliz de nuestras grandes empresas, y
bandera constante de nuestros antiguos triunfos.
Esta unidad, Señor, tan gloriosa, se halla en peligro;
y los Prelados abrigamos la conviccion de que, si no se
conjura, vendrá sobre nuestra amada patria la calamidad
más funesta que puede venir sobre una nacion, esto es, la
tx
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
libertad de cultos ó tolerancia de ellos, con todas sus
perniciosas consecuencias.
N o se concibe, Señor, el motivo racional de esta pro-
yectada novedad tan transcendental en todos los terrenos.
No se concibe cómo siendo la España la afortunada na-
cion que viene poseyendo la hermosa unidad religiosa, tan·
envidiada y codiciada de los hombres políticos de otras na-
ciones, que así lo han significado paladinamente, aunque
sin ser católicos; n:) se concibe, repetimos, por qué haya
8iquiera de intentarse tan perjudicial innovacion, que
afecta íntimamente á la mayoría inmensa de los españoles.
Estamos de acuerdo con el autor de la parte expositiva
del decreto convocatorio ú Córtes , cuando en su párrafo
quinto dice: «Quienquiera que dijese ó diga ahora que las
naciones tienen siempre una Constitucion interna, ante-
rior'y superior á los textos escritos ... que desaparecen, ó
de touo punto cambian y se trastornan ... al vario compás
de los sucesos, dijo ó dice verdad, y verdad tan cierta y pal-
maria, que sufre apénas racional contradiccion.»
Dejando á un lado lo genérico de las naciones, y con-
cretándonos á nuestra querida España, creemos firmemen-
te que esa Constitucion interna es en ella una verdad, y
no es otra que su Monarquía católica. Esta es su Constitu-
cion interna desde hace muchos siglos; y ella ha visto im-
pávida hundirse en el abismo de lo pasado las diferentes
Constituciones externas, ó sean textos escritos, que nos-
otros mismos hemos conocido y la historia tambien nos ha
testificado. El autor del párrafo citado quizá disienta de nos-
otros; pero es lo cierto que no ha habido ni hay en España
otra Constitucion interna, superior ni independiente de los
textos escritos. Estos han vivido más ó ménos, y han sido
más ó ménos perjudiciales á nuestra España, segun que se
han inspirado más ó ménos en la Constitucion interna, esto
es, en la Monarquía católica. Desaparecieron, sí, y se sepul-
taron unos á otros, como los sistemas médicos; pero regu-
larmente siempre con perjuicio de la sociedad.
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXI
Respetabilísima, pues, se presenta ú todas luces esa
Constitucion interna de España, ó sea su Monarquía católi-
ca, que la historia nos ofrece tan fecunda en grandes he-
chos como admirables concepciones. Ni podía dejar de ser
así, porque del consorcio íntimo de la Monarquía con el
Catolicismo debió emanar, como efectivamente emanó,
todo lo magnífico que en las bellas artes como en las le-
tras, en la guerra como en las conquistas, llenó de asom-
bro á los entendimientos levantados, y todavía son objeto
de admiracion en aquellos puntos privilegiados adonde
no ha llegado la piqueta revolucionaria.
.
Señor: la unidad católica española es además el nego-
cio de vital interes para los españoles. La unidad católica
de la inmensa mayoría de los mismos significa los dere-
chos exclusivos de su fe y ele sus creencias salvadoras en
toda España, que tienen á su favor la prescripcion de
muchos siglos y la posesion nunca interrumpida. ¿Qué
autoridad, pues, hay competente en la tierra, que pueda
menoscabar ni herir tan sagrados derechos ~
A todas estas verdades se agrega otra, ele la mayor im-
portancia y valimiento para los católicos. Esta es el prin-
cipio de autoridad, el solemnísimo Concordato con la San-
ta Sede en el reinado de la Madre augusta de V. M. Este
pacto internacional está basado en la unidad católica desde
el primero hasta el último de sus artículos, y no puede
rescindirse sino por los medios señalados por la buena ju-
risprudencia, que debe ser respetada por la política y por
los políticos todos, porque en otro caso se hace imposible
el derecho práctico de la justicia.
Por otra parte, ni la libertad de cultos ni la tolerancia
pueden dejar de ser lo que son: un mal moral y social.
¿ Quién puede dudarlo ~ Cooperar, pues, á él directa ó in-
directamente, ni cabe en la conciencia de un buen católico,
sea de la clase quo quiera, ni puede sustraerse á las prohi-
biciones de la Iglesia nuestra buena madre, de las que ya
han hablado oportunamente varios respetables Prelados,
LXII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
Terminarémos nosotros este aparte diciendo que para el
verdadero católico lo es todo el principio de autoridad.
Señor: V. M. es el nieto de cien Reyes, que todos á por-
fía han procurado sostener, no tan sólo su Catolicismo per-
sonal, sino el Catolicismo legal de su Trono; i,y qué diría la
historia imparcial si en los principios de vuestro reinado
no pusiese V. M. un veto severo á la proyectada libertad, ó
sea tolerancia de cultos'? En estos tristes momentos, en
que la Iglesia de Jesucristo aparece perseguida en todas
partes y abandonada por naciones ingratas; cuando el Vi-
cario de Jesucristo, ese venerable anciano, dignísiino ob-
jeto de respeto hasta á sus mismos enemigos, se halla cau-
tivo en el Vaticano, alimentándose con el pan de las lágri-
mas, i,podrá el corazon católico de V. M. permitir que se
acrecienten las penas de ese augusto y venerable anciano,
que es tambien padrino en el bautismo de V. M., y siempre
le ha manifestado su amor y cariño paternal'? Los Prelados
creemos que V. M. no titubeará un momento en impedir
que se aumenten sus amarguras, prohibiendo· que se trai-
ga á discusion la proyectada perniciosa novedad.
No puede ésta cohonestarse ni motivarse en título al-
guno que tenga un valor legal. Cuanto se ha dicho de la
conveniencia económica, lo ha desvanecido por completo
la experiencia. El Catolicismo, siempre grande por su na-
turaleza y divino origen, ha sido tambien tan tolerante
con las personas, como lo es la caridad que le alimenta; y
por esta verdad práctica afluyeron á nuestra España capi-
talistas y capitales que permanecieron en ella tranquilos,
sin que nadie absolutamente ni de su religion ni de su fa-
milia les preguntase; mas cuando la ley atea del 69 escri-
bió la libertad de cultos, se apresuraron á levantar sus ca-
pitales, desconfiando justamente de la ponderada libertad
de cultos, que no es otra cosa, en el terreno práctico, más
que persecucion y guerra al Catolicismo ~ así como la tole-
rancia de cultos entraña esas mismas tendencias que en su
tiempo se desarrollaran.
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
I,XIlI
Dícese tambien, y con tono magistral, que en Espaíla
debe haber tolerancia de cultos, porque la hay en Europa,
y que así lo demanda el concierto europeo. No queremos
desentendernos de responder á este sofisma, que les pare-
ce un Aquiles á los que usan de él. No son ciertamente ni
jurisconsultos, ni filósofos pensadores los que así hablan.
Son los políticos, y sobrado sabemos que la politica, ni es
la justicia, ni la jurisprudencia, ni la verdadera 'filosofía.
i Concierto europeo ... ! El sentido natural de esta frase pa-
rece que cuerdamente no puede ser otro que la comunica-
cion, inteligencia, comercio, trato, recepcion, etc., de las
potencias entre sí que constituyen la Europa culta. Por lo
demás, cada·una tiene su educacion, su legislacion, su
modo de ser, su modo de obrar, que regularmente dista
mucho de la conformidad recíproca; pero creemos que no
por esto puedan decir los políticos que hay desconcierto
entre las naciones. Ahora bien: estas naciones, ó casi to-
das ellas, abundan en sectarios de falsas religiones; quiere
decir, que no hay en cada una de ellas un concierto reli-
gioso, sino que hay un desconcierto que, digan lo que
quieran los políticos, es una calamidad nunca bastante
ponderada. Cuando, pues, la afortunada España no tiene
la desgracia de ese desconcierto interior religioso, ¿ dónde
está la sensatez que pueda aconsejar que se desconcierte
en religion para pasar á, la calamidad elel desconcierto ele
las demas naciones, que los políticos se permiten llamar,
sin fundamento alguno, el concierto europeo'? Véase, pues,
la fuerza del ponderado Aquiles de los políticos. ¡Ah, Se-
ñor! Menester es que los Prelados digan respetuosos á
V. M. que miéntras la política no se subordine á la justi-
cia, no tendrán estabilidad ni los tronos ni la sociedad.
Creemos firmemente los Prelados de esta provincia que
la tolerancia de cultos no puede traer á esta Nacion sino
un cúmulo de males; que en nuestra España no existe
ninguno de los tristes fundamentos que en otras naciones
han reclamado la tolerancia de cultos; que en España nin-
LXIV
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
guna conveniencia aconseja tan lamentable novedad; que
es inconforme y repugnante á nuestra educacion, á nuestros
usos y á nuestras costumbres; que empañaría con colores
oscuros la brillantez católica de la corona de V. M.; que
conculcaría los derechos respetabilísimos de la casi tota-
lidad de los españoles, que son católicos y repelen esa in-
conveniente tolerancia; que todos nuestros códigos, todas
nuestras leyes, y, en una palabra, nuestro modo de ser re-
ligioso, moral y social, repugnan esa tolerancia que se
nos quiere introducir, ó por exigencias extrañas, ó por
falta de deliberacion en ciertos hombres políticos, que no
ven más que lo que tienen en derredor de sí; y lo mismo
aquéllas que ésta deben ser rechazadas vigorosamente por
la independencia, hidalguía, nobleza y religiosidad que
han dirigido siempre las operaciones dela verdadera España.
Los Prelados, Señor, nos atrevemos á esperarlo todo de
la clara inteligencia y catolicismo de V. M.; queremos
con el mejor corazon el amor de los españoles hácia V. M.,
y la consolidacion de vuestro Trono, afianzado en la unidad
católica, y V. M. puede hacer efectivo este deseo de los
Prelados poniendo su veto á la discusion de tan perniciosa
novedad. Los pueblos le bendecirán, y los Prelados conti-
nuarémos pidiendo al cielo se digne derramar sus bendicio-
nes sobre V. M.
Valencia 22 de Enero de 1876.-Señor: A L. R. P. de
V. ~1.-Por si, y expresamente autorizado, en nombre del
reverendo Obispo de Mallorca, del reverendo Obispo de
Orihuela, del reverendo Obispo de Menorca, del venerable
Vicario capitular de Segorbe y del venerable Vicario ca-
pitular de Ibiza,-MARIANO, CARDENAL BARRIO, Arzobispo
de Valencia.
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXV
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE"VALLADOLID.
Señor: El Arzobispo de Valladolid y los de mas Prelados
de esta provincia eclesiástica acuden con profundo respeto
ante el Trono de V. M., en cumplimiento de un deber gra-
vísimo de su ministerio, exponiendo: Que les ha causado y
está causando profunda inquietud y amarga pena que, en
vez de restablecerse por completo la unidad católica en
nuestriJ, España, otra vez vuelva á ponerse en tela de jui-
cio ante las Córtes futuras esa perfeccion incuestionable de
nuestro estado social.
Fué, Señor, creencia general y como instintiva que al
advenimiento de V. M. al Trono de sus mayores, con el ca-
rácter de restaurador de·los quebrantos ocasionados por el
violento empuje de una revolucion desatentada, desapare-
cería muy luégo la libertad de cultos, que es la libertad del
error, en mal hora introducida en un pueblo que la detes-
taba y detesta. Crcíase comunmente que el restablecimien-
to de la unidad católica sería el más firme apoyo del Tro-
no, yel augurio más consolador de la paz tan suspirada.
Era esa libertad funesta y perturbadora como el supremo
triunfo de la revolucion en España; y por lo mismo pare-
cía fundada la esperanza de que desapareciese al restau-
rarse el órden á la sombra de la Monarquía representada
en V. M. i, Quién podía persuadirse que un delirio revolu-
cionario, por más que apareciese erigido en ley contra la
voluntad de la casi totalidad de la Nacion, y contra el bien
comun de la misma, había de merecer más respeto, una
vez restablecido el órden, que la ley secular por aquél abo-
lida , que la base de nuestra naüionalidad por él arrancada~
Por eso, Señor, nadie extrañará que los que suscriben, y
con ellos todos los que aman el órden monárquico y la vida
tranquila y próspera de la Nacion católica, al ver defrau-
e
LXVI
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
dadas esperanzas que creían legítimas, sientan en el cora-
zon angustia y pesadumbre.
En tal situacion, Señor, V. M. nos ha de permitir que
en asunto tan vital para la patria y la Iglesia, y áun
para V. M. como Rey, le digamos con sinceridad evangé-
lica, que siempre es respetuosa, lo que pensamos y senti-
mos, sin bajos y mundanos miramientos, que pudieran des-
Tirtuar la eficacia de la verdad. Es fuera de toda duda
que V. M. hubiera dado al pueblo español un dia de gran
gozo, y á su Corona un refulgente brillo, restableciendo
la unidad católica, purificando este suelo privilegiado de
las abominaciones del error y de la impiedad, y reanu-
dando así la cadena de las tradiciones gloriosas de sus as-
cendientes, que en tanto fueron más grandes ante el cielo
y el mundo, en cuanto con más empeño y ardor pusieron
su poder al servicio de la Iglesia, conservando incólume
en sus Estados el reinado exclusivo de la verdad católica.
Los Prelados que tienen la honra de hablar á V. M. deplo-
ran en el fondo de sus corazones que las complicaciones
políticas, ú otras causas que les son desconocidas, no ha-
ya.n permitido hasta ahora dar á la mayoría inmensa del
pueblo español esa prueba solemne de identificacion de
vuestros sentimientos con los suyos en asunto de tan vital
trascendencia. ¿ No sería posible, Señor, que ese gran
bien se realizase sin necesidad de nuevas y peligrosas dis-
cusiones'? Ante las pavorosas consecuencias que muy fun-
dadamente puede creerse ha de traer la llamada cuestion
religiosa, ¿no habrá entre los múltiples resortes del poder
alguno que pueda emplearse con éxito en dar distinto y
más favorable giro y desenlace á ese negocio gravísimo'?
¿ Se han calculado bien los resultados prácticos que en las
actuales circunstancias de nuestra desolada patria puede
producir esa cuestion ardiente, que tiene el privilegio de
herir más viva y profundamente que otra alguna las fibras
más delicadas de los corazones españoles'?
Discutir, Señor, si se ha de conservar en España la uni-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXVII
dad católica en toda su integridad y con absoluta exclu-
sion de todo otro culto y de toda propaganda anticatólica,
ó si se ha de dar más ó ménos libertad de cultos, y por
consiguiente de propaganda al error y á las sectas que el
sostienen, es discutir si á España se la ha de conservar la
vida como nacion independiente, ó si conviene arrancár-'
sela tarde ó temprano, hiriéndola eu el corazon. Este
lenguaje podrá parecer duro, y quizá incomprensible, á
ciertos políticos de nuestros dias. Otros, nada amigos de
España, nos comprenderán demasiado. Abrigamos la con-
viccion más íntima de que ese lenguaje, por fuerte que
hoy parezca, sería el mismo que emplearían todos los gran-
des hombres de nuestra historia, hallándose en la situa-
cion en que nos hallamos; y no vacil~WQs en presagiar que
le han de hallar desgraciadamente exacto las generaciones
venideras, si nuestra voz no es escuchada.
No sólo España, el mundo entero, sabe que la vida de
esta. Nacion, sin par en la historia, el alma de su prover-
bial heroismo, el secreto de su indomable fuerza, la base
de sus grandezas, el resorte de sus incomparables conquis-
tas , ha sido la unidad de su fe , que, en medio de las muy
varias y tal vez contrarias condiciones de sus provin-
cias, la dió unidad de sentimientos y de miras en las
grandes empresas que Dios se ~igno confiarla. Los hechos
que esto comprueban son tan notorios y tan solemnes, que
pudiera ofenderse la ilustracion de V. M. con el intento
solo de recordarlos.
Despues de esto, ¿qué mal ha hecho á la generacion
presente esa unidad, tal como la teníamos en nuestras le-
yes y en nuestras costumbres, tan amada de nuestros pa-
dres, tan celosamente procurada y defendida por nuestros
más esclarecidos reyes; qué mal ha hecho á la generacion
presente para que se la quiera turbar en su plena y pacífica
posesion de tantos siglos? Se dirá que ahora sólo se inten-
ta cierta modificacion legal de la unidad católica, nó su
abolicion. Señor, cualquiera alteracion que quiera ha-
LXVIII
DOCCMENTOS EPISCOPALES.
cOI'se en este punto ha de ser en mengua de la unidad ca-
tólica, en su perjuicio, y concediendo más ó ménos favor
al error, que necesita muy poco para medrar en daño co-
mun; y hé aquí lo que creemos que V. M. debe á todo
trance evitar.¿,Qué número de españoles piden esa nove-
dad, á todas luces peligrosa'? ¿, Qué razones se alegan'? ¿, Qué
fines se pr~tenden'? ¿,Qué ventajas se esperan de tal inno-
vacion'? Los Prelados que exponen han meditado seria y
detenidamente sobre todos esos puntos, y no aciertan á
encontrar razon plausible para intentarla, ni motivo serio
que justifique su introduccion en nuestras leyes.
Verdad es que los Prelados no están en los secretos de
la alta política, ni conocen los misterios de la diplomacia
moderna: pero i ah, Señor! estamos en medio de los pue-
blos, con la vista siempre fija en sus necesidades, deseos
y tendencias; los recorremos, los oimos, los examinamos,
y, sin que la pasion política nos perturbe, conocemos su
índole y podemos apreciar sus sentimientos. Por eso sería
insigne é indisculpable desvarío menospreciar nuestro dic-
támen cuando se trata de dar ó modificar ciertas leyes,
Pues bieJ:L:. con la sincera imparcialidad de ministros de
Dios, aseguramos á V. M. que difícilmente podría propo-
nerse á las Córtes cuestion más impopular, más odiosa,
más antipática á la generalidad de los españoles que la lla-
mada cuestion religiosa. En las ocasiones en que hasta
ahora se ha tocado en los Parlamentos, ha excitado viva y
profunrla alarma en casi todos los ánimos, y en los más
vehementes, indignacion. El grito unánime, el grito na-
cional, aunque algun tanto reprimido por la violencia, fué
entónces y será ahora, si se le permite, espontáneo des-
ahogo: « No toq ueis, i hombres políticos!, el tesoro de nues-
tras creencias ni el muro secular que las custodia: no rom-
pais el hilo de oro de nuestras venerandas tradiciones: res-
petad nuestro modo de ser en el órden religioso social: de-
jarlnos intacta nuestra unidad católica, corona de nuestra
gloria y garantía de nuestra paz.» Y este grito no fue sólo
DOCUMKNTOS EPISCOPALES.
del vulgo, ó de las masas inconscientes, como ahora se
dice, sino de los hombres más respetables en el foro, en la
cátedra, en la prensa y en el Parlamento, como sería fácil
demostrar.
Esto fué ayer, Señor: ¿, puede creerse que hoy todo haya
cambiado'? ¿, Tan fúcil y prontamente cambia de opinion un
pueblo en materia tan grave, tan conocida y que tanto
afecta al corazon'? Asegurar esto del pueblo espaiiol, sería
ofenderle y desconocer su carácter histórico; lo cual sería
una muy lamentable desgracia y orígen de otras muchas,
como acreditan dolorosas experiencias. No quiera V. M. que
éstas se repitan. Espaiia es católica, á pesar de los infer-
nales esfuerzos y maquinacioues que, ya oculta, ya públi-
camente, se han empleado para descatolizarla, y quiere
continuar siéndolo. Esto lo saben y confiesan áun los mó-
nos afectos á la unidad religiosa. Espaiia tiene la verdad,
y en ella la vida; está segura de que la tiene, y tranquila
en su posesiono ¿, Qué política puede aconsejar que se alte-
re este modo de ser, abriendo puerta más ó ménos ancha al
error para que venga á dividir y perturbar, que es su natu-
ral tendencia'? No es de extrañar que tal política haya me-
recido , áun de personas de sosegado corazon y superior
capacidad, cfl.lificaciones tan duras que por particulares
respetos nos abstenemos de consignarlas.
V. M. sabe en qué concepto y por qué motivos llevan
los Monarcas españoles el muy glorioso y honrosÍsimo tí-
tulo de (Jatólicos, y este reino de España igual dictado de
(Jatólico. Para llevarlo con gloria no basta un término me-
dio, por estudiado que sea: para llevarlo con gloria ... re-
cuerde V. M. la conducta de sus más ilustres ascendientes.
No más sobre esto.
Tampoco se ocuparán los exponentes en llamar la aten-
cion de V. M. sobre las consecuencias que con relacion al
Real patronato podría ocasionar cuaiquiera innovacion acer-
ca de la unidad católica, puesto que, si áun existiendo
ésta en su integri(lad, ofrece el ejercicio de aqw'l no lAves
LXX
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
inconvenientes, los ofrecería mucho más graves alterada
esa unidad y concedidos ciertos derechos á los sectarios.
Sobre este punto ya algun orador, de no vulgar perspicacia
política, ha hecho fundadas indicaciones en el Parlamento,
que no sabemos hayan sido satisfactoriamente contestadas.
Por encima de todas estas y otras mil consideraciones
que se agolpan á la mente de los Prelados que exponen,
está la de que con cualquiera innovacion que se haga en
detrimento de la unidad católica, tal como existía ántes
del período revolucionario, se van á derramar nuevas y
corrosivas gotas de amargura en el ya martirizado corazon
del Vicario de Jesucristo en la tierra. Esto lo saben los
Obispos, sin que les quede lugar á dudas, y basta anun-
ciarlo para que todo corazon católico se sienta estremecido
de horror. El atribulado Pontífice, que tan entrañable amor
profesa á nuestra España, no ha ocultado la dolorosa im-
presion que le causaba el temor de que aquí sufriese me-
noscabo la unidad católica, y posteriormente se ha hecho
notorio que Su Santidad ve con amargura que la pérdida de
esa preciosa unidad traería como consecuencia ineludible
la ruptura del Concordato, la anulacion de sus primeros y
muy esenciales artículos.
j Oh Señor! ¿ Y había de suceder esto en vuestro reina-
do, en el principio de vuestro reinado ~ Por no tomar una
resolucionlque os daría alto renombre, ¿habríais de expone-
ros á que el augusto Representante del divino Fundador de
la Iglesia os dirigiese desde su cautiverio, y en la vehe-
mencia de su dolor, aquella pat¡;)rnal reconvencion: T'IJ,
quoque ,jiU mi'!,
No habría lugar, Señor, al temor de esa reconvencion,
si en España tuviese razon de existencia la libertad ó to-
lerancia de cultos; pero no hay tal razon; y aunque esto
se ha dicho y probado hasta el cansancio, permita vuestra
Majestad que lo repitamos los Obispos, áun á riesgo de pa-
recer molestos, en cumplimiento de un deber penoso. El
establecimiento legal de la libertad ó de la tolerancia de
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXI
cultos en las naciones católicas ha sido siempre motivado
por hechos irremediables y en grande escala, los cuales,
verificados á pesar del legislador y de la ley preexistente,
hacían por lo ménos moralmente imposible el regreso al
estado legal anterior. Fuera de este caso, revestido de las
circunstancias que la historia consigna en cada uno de esos
comunmente sangrientos cambios que han sufrido las na-
ciones ántes católicas, ninguna ha sido tan enemiga de sí
misma, ninguna tan temeraria y tan destituida de sentido
práctico, y áun de instinto de conservacion propia, que
haya querido perder la preciosa joya de la unidad católica
por la mira de otras ventajas, siempre de inferior valía y
comunmente ilusorias.
i, Estamos en España en el caso indicado ~ N ó, y mil y
mil veces nó. En España hay malos católicos, yen gran
número, por desgracia. Por la misericordia de Dios podrán
hacerse buenos conservando la fe, de que los sectarios
querrían despojarlos. Hay tambien, en menor número,
quienes se esfuerzan por aparecer espiritus fuertes, como
se decía en el siglo pasado; pero todos éstos, ni por su nú-
mero, ni por su significacion, ni por su valor, ni por su
influencia en las esferas de la actividad social, pueden
fundar necesidad ni conveniencia moral de que se altere en
lo más mínimo la base religiosa de nuestra sociedad.
En cuanto á sectas disidentes, es tan escasa su impor-
tancia, á pesar de la libertad y proteccion que han tenido
por algunos años en España, sea por las cualidades de los
apóstoles destinados á su propaganda, sea por la infecun-
didad de sus doctrinas en un suelo de condiciones contrarias
á su desarrollo y crecimiento, sea por las causas que quie-
ra, que los mismos adversarios de la unidad católica no
pueden presentar la existencia de aquellas en España como
dato justificativo de la necesidad ó conveniencia de la li-
bertad , ni áun de la tolerancia de cultos.
•
Sería risible, si no fuera horrendo, que porque una so-
ciedad de envenenadores estableciese en España una su-
..
LXXII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
cursal en dias de confusion y desórden, se quisiese, por el
solo hecho de haberse establecido, concederla derechos
para continuar expendiendo veneno, siquiera fuese á puer-
tas cerradas y sin abrir tienda pública. V. M. sabe muy bien
que es veneno, y veneno mortífero para las almas, lo que
expenden y expenderán, si la ley los favorece, los secta-
rios del error.
Se dice por algunos en tono serio, y áun lastimero,
que prueba cierta candorosa sinceridad, que con la unidad
católica exclusiva somos una excepcion entre las naciones
cultas, y nos colocamos fuera del círculo de su actividad
política y económica; que somos hoy débiles y necesitamos
apoyo de los fuertes, ó por lo ménos no darles motivo ni
pretexto para que nos miren con desden ó menosprecio.
Para responder plena y satisfactoriamente á estas ob-
Rervaciollf~s, sería necesario más espacio de tiempo que el
que parece prudente destinar á esta exposicion. Nos con-
cretarémos todo lo posible. «Somos una excepcion entre las
naciones cultas si conservamos en toda su integridad la
unidad católica.» ¿Y qué nacion no se gloría de ser en al-
go una excepcion de las demás'? j Desgraciada la que, ena-
morada de otras, renuncia á su carácter excepcional, si
éste es el que debe ser! Efectivamente, hemos sido y debe-
mos ser una excepciono Si esa excepcion es honorífica y
gloriosa, como los españoles creemos que lo es la que pro-
viene de la unidad católica, léjos de renunciar á ella ni
menoscabarla poco ni mucho, debemos conservarla, con
singular esmero, con decidido y constante empeño, áun á
costa de nuestra sangre, como una perla rociada con la de
nuestros mayores, como una condicion íntima y vital de
nuestra organizacion social y política y de nuestra inde-
pendencia. «Somos una excepcion ... » Pero excepcion quc,
contemplada desde las alturas de la historia, y nó desde
las oscuras sinuosidades de una política sin Dios, es el
blason más ilustre y esplendoroso de nuestra monarquía;
excepcion que otras naciones, hoy al parecer mús grandes,
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXIII
nos han envidiado y nos envidian, aunque otra cosa se os-
tente, y que tal vez nuestros émulos desearían ver desapa-
recer, para nuestro mayor abatimiento. La unidad en el
bien es una perfeccion, no un rebajamiento. La unidad ca-
tólica, léjos de hacernos descender del nivel de las nacio-
nes cultas, nos coloca á mayor altura. Si en otros concep-
tos estamos rebajados, otras son las causas, y algunas po-
driamos señalar, no la unidad católica, ni la llamada into-
lerancia religiosa. ¿Por ventura estuvo rebajada la Nacion
católica en el siglo XVI'?
«Pero con nuestra intolerancia religiosa, se añade,
perdemos en intereses,» etc. En los años que llevamos de
funesto ensayo de libertad de cultos, ya se ha visto que
todo eso no pasa de ser una ilusion de cerebros débiles y
enfermizos. lo Qué hemos adelantado en intereses materia-
les desde que se proclamó esa libertad, que se creía por unos
cuantos manantial fecundo é inagotable de riqueza para
nuestro empobrecido país'? Y áun cuando ella fuese el ve-
hículo, que no lo será nunca, de grandes tesoros materia-
les, ¿qué son éstos en comparacion de los bienes morales
de que nos priva, y de los incalculables y gravisimos ma-
les que por abrir paso al error han venido y vendrían sobre
nosotros y sobre los que nos han de suceder'? i Ay de la na-
cion que dé preferencia á los intereses terrenos sobre los
del orden moral y religioso! Esa nacion está enferma de
gran peligro; lleva en su seno la muerte, por más que en
su exterior, y durante algun período de tiempo, parezca
rebosar vida y salud.
Paz, Sefior, paz, moralidad, justicia y orden necesita
Espafia; y estos grandes y verdaderos bienes no le han de
venir por las concesiones que se hagan al error y á sus pro-
pagadores, sino por la proclamacion y defensa de la ver-
dad y unidad católica. Cuando de esos bienes disfrute .Es-
paña, ella será laboriosa y rica, y de seguro no se aleja-
rán, sino que afluirán á ella los capitales y capitalistas ex-
tranjeros, sin tt'mor á nuestra intolerancia.
-
LXXIV
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
Que «somos débiles y no podemos exponernJs al desden
de otras naciones, que podría sernos funesto.» Señor, la
unidad es la fuerza; la debilidad viene de la division, de la
falta de cohesion entre las partes que constituyen un todo
orgánico. En el órden moral y religioso ese es el efecto
natural de la libertad de cultos y variedad de creencias. Dé-
jese libertad más ó ménos ámplia al error; hónresele con de-
rechos que son exclusivos de la verdad, y el error nos divi-
dirá, que esta es su obra, y dividiéndonos, nos debilitará,
nos envilecerá, extinguirá en la indomable España ese es-
píritu de viril pujanza que áun en nuestro siglo la hizo apa-
recer como nacion de héroes, y enseñar al mundo que el
vencedor de Europa no era invencible.
Por el contrario, restablézcase la unidad católica en Es-
paña íntegra y perfecta, sin condescendencias ni derechos al
error, que no los t~ene ni los merece; volvamos á ser lo que
hemos sido, fuertél en la fe, y serémos fuertes en todo, como
lo fueron nuestros antepasados hasta el asombro del mundo
en su tiempo conocido, y del que Dios les ofreció en premio
de su fe y para dar campo más espacioso á sus glorias.
Señor, pues que habeis hallado al subir al Trono arran-
cada esa base de nuestro edificio social, y á éste, por lo
mismo, conmovido y ameJ?azando ruina, tened la gloria de
colocarla de nueV'lr'y de prestar vuestro apoyo para afian-
zarla. Dad ese dia de gloria á la patria de Recaredo y San
Fernando, restableciendo la unidad católica sin nuevas,
innecesarias y peligrosas discusiones. Tal es el respetuoso
pero ferviente ruego que han creido deberos dirigir los Pre-
lados que suscriben.
Señor: A L. R. P. de V. M.-A vila 22 de Enero de 1876.
FR. FERNANDO, arzobispo de Yalladolid.-BERNARDO, obispo
de Zamora.-MARIANO, obispo de Astorga.-NARcISO. obispo
de Salamanca!! administrador apostólico de Ciudad-Rodrigo.
-Joaquin Garcia Ocaña, gobernador eclesiástico de la dió-
cesis de A vila.-Miguel Lopez de Mendoza, vicario capitu-
lar de Segovia.
DOCUMENTOR EPISCOPALES.
LXXV
DEL PATRIARCA DE LAS INDIAS.
Señor: El Patriarca de las Indias , obligado en primer
término por su mision apostólica cerca de V. M. y por su
carácter de jefe espiritual, delegado pontificio del Ejército
y Armada, á procurar el esplendor del Trono y lagloria de la
patria, ennobleciendo y santificando las almas con la doc-
trina y ejemplo, faltaría á tan sagrado deber si con el ma-
yor respeto y santa sinceridad, confiado á la vez en la Real
indulgencia, no levantase su débil voz para tomar la parte
que toca á su celo y patriotismo en la cuestion religiosa
de estos reinos, tantas veces tratada en las altas regiones
del gobierno, discutida en los debates modernos de la tri-
buna y la prensa, agitada nuevamente con gran calor de
los ánimos en diverso y áun opuesto sentido.
No cabe aquí, Señor, la indiferencia, ni sobre esta im-
portante materia puede guardarse silencio: porque cuando
ú los ojos de todos será plausible siempre la insistencia, el
celo del magistrado por la integridad de su poder, el del
sabio por defender sus sistemas, y el afan del literato en
conservar las leyes del buen gusto, sosteniendo unos y
otros contra sus adversarios los principios de su escuela,
con mayor razon no puede ser extraño el celo por la Reli-
gion, que es el primero de todos los bienes, y el principal
para el individuo, la familia y el Estado entre todos los
favores del cielo.
Ministro de la Religion católica, colocado por sucesion
en la esfera altísima de los Apóstoles, yprofundamente
convencido de la enseñanza divina que le incumbe de
anunciar á las almas la verdad de su doctrina y la santi-
dad de sus preceptos, no aparecerá intolerante, por tanto,
el Prelado que súscribe, porque hoy, llamado por la opor-
tunidad y el peligro, exponga respetuosamente á V. M.,
LXXVI
DOCUMENTOS EPISCOl'ALES.
monarca restaurador y heredero de cien reyes, reflexiones
brevísimas y súplicas reverentes sobre el reinado exclusivo
de la unidad católica en nuestra patria, por desgracia in-
terrumpido pocos años há, cuando en mal hora tambien se
cortó igualmente el hilo de la monarquía hereditaria y
legítima.
Comenzaba, Señor, el año de gracia de 1876, Y en su
dia 1.0 apareció en la Gaceta de ]1:fadrid , parte oficial, el
Real decreto de 31 de Diciembre último, convocando las
Córtes de la Monarquía, y en la notable exposieion que le
precede, los preclaros consejeros de V. M. escriben 10 si-
guient.e , entre muchos conceptos de la mayor importan-
cia: «Las verdades, Señor, no se han de proscribir porque
fueran en tal ó cual ocasion enunciadas sin fortuna, ha-
ciéndose temporalmente sospecho~as ó antipáticas. Quien-
quiera que dijere, ó diga ahora, que las naciones tienen
una Contítitucion interna anterior y superior á todos los
textos escritos; que la experiencia muestra cuán fácllmen-
te desaparecen, ó de todo punto cambian ó se transforman,
ya en uno, ya en otro sentido, al vario compas de los suce-
ROS, dijo-ó dice verdad, y verdad tan cierta y palmaria, que
sufre a pénas racional contradiccion. Y la Constitucion in ter-
na, sustancial, esencial de España, está, á no dudar, conte-
nida y cifrada en el principio monárquico constitucional.»
Sin ofensa alguna ~e V. M., que hoy representa con tí-
tulos privilegiados esa benéfica ill.stitucion, séame permi-
tido, Señor, ya que admiro la exactitud del concepto y la
bellísima frase del notable documento en la parte que tras-
cribo, ampliarla C011 más refulgente hermosura, añadiendo
que preeedió al principio monárquico, y al legislativo su
coetáneo, la unidad de fe, la unidad católica, orígen del
poder Real, base y fundamento de la Constitucion interna,
esencial de nuestra patria, anterior a todo pacto y código
escrito, por muy antiguo que sea; y que una vez arraiga-
da en las costumbres y sostenida por el transcurso de los si-
glos. por SllR beneficioR y glorias, luchó en huena lid, Y
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXVIl
siempre triunfó de toda innovacion peligrosa, hasta los
presentes amargos dias de eclipse para tan luminoso astro.
y esta es , Señor, la clave, si no fallan todas las historias,
que explica nuestras antiguas grandezas, cuya memoria
se debtl al buril de nuestros primeros escultores, á la plu-
ma de los más insignes poetas, á las obras de esclarecidos
escritores, al mérito de los más consumados estadistas, al
esfuerzo de valientes capitanes, á privilegiados ingenios,
y sobre todo, á los Santos, que fueron y serán siempre los
hombres de la linea recta, los héroes del progreso legiti-
mo. Le sublime en todo género, lo bueno, lo verdadero y lo
bello, todo, todo obedeció en nuestra patria á la inspiracion
(livina de la unidad religiosa, y de tal manera, que aun ca-
reciendo de la unidad de territorio, de raza, de idioma, y
de legislacion, la unidad católica ha suplido por todas y ha
reemplazado sus ventajas ;~e fuerza, virilidad y fama.
No es ~orto un sexenio para prueba, y en él todos los
sistemas de gobierno, calcados por supuesto en la más ám-
plia libertad de conciencia, aspecto único que considero,
se han ensayado sin éxito. Yo me atrevo á preguntar:
¿Dónde están los rios de oro que por efecto de la libertad
de cultos debían correr por las fronteras y fecundar nues-
tra empobrecida hacienda? ¿Dónde el mayor desarrollo de
las ciencias y de las artes? ¿ Dónde aq neUa comun alegría,
aquel solaz venturoso de un pueblo oprimido que celebra
su redencion? Nada de eso, y sí, por el contrario, sabemos
(IUC no vinieron los tesoros prometidos; que desaparecie-
ron muchos monumentos artísticos; que huyó de nuestro
suelo la fraternal concordia, y sonando para el ministerio
sagrado en varios puntos elel reino la hora ne abierta per-
secucion, y para la moral y la fe la del triste espectuculo
de la apostasía, de la blasfemia autorizada, y hasta del fu-
silamiento horrible de las imágenes santas; lloramos tam-
bien por añadidura la pérdida de almas cundidas, víctimas
de una seduccion nefanda. No es así, por cierto, como la
Religion católica fertiliza los campos de la humanidad,
LXXVIII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
cuando en su curso majestuoso por el globo le son deudo-
res los pueblos de haber abolido el culto licencioso y cruel
de los falsos dioses, y evangelizado con preferencia á los
pobres y á todos los séres débiles, siendo tales sus conquis-
tas , que con ellas se enlaza la civilizacion de los bárba-
ros, apareciendo el Evang~lio cual comun origen de los
antiguos pueblos convertidos á la fe, para luégo constituir,
andando el tiempo, las sociedades modernas, con sus me-
joras y adelantamientos portentosos.
¡Ojalá que éstas se mostráran agradecidas á una mater-
nidad tan dulce y provechosa, y que interpretando mejor
el espíritu del siglo, sin tomar sus maléficas corrientes de
loca y ateista emancipacion, con voluntad dócil y pruden-
te se sometieran á una paternal providencia, que así quiso
manifestarse á los hombres para ilustrar su ignorancia y
para corregir sus vicios, exigiendo á. cada uno exquisita
vigilancia sobre sí mismo, y el más absoluto imperio sobre
sus inclinaciones desregladas! ¡ Ojalá que, ménos egoistas
y secularizadas, tuvieran presente la profética conmina-
cion de nuestros Libros santos, cumplida más de una vez
en los pueblos ingratos y desdeñosos á los favores y privi-
legios divinos: «Quitado os será el reinado de Dios, y será
dado á un pueblo que haga frutos de élt» Y estos frutos
son, Señor, segun el lenguaje bíblico, frutos de la cari-
dad, de alegría, de paz, de paciencia, de benignidad, de
bondad, de fe, de dulzura y de templanza. Y no es, nó.
que yo abrigue los temores de este anatema respecto de
nuestra querida España; todo al contrario: cuando consi-
dero á V. M. en el Trono de sus mayores, y adornado como
ellos con el título augusto de católico; cuando casi la to-
talidad de los españoles suspiran por el restablecimiento
de la unidad católica; cuando los legítimos custodios de
ella, los Obispos, la reclaman con unánime fidelidad; cuan-
do las lecciones de lo pasado y la calamidad presente de una
guerra fratricida hablan tan alto á la piedad é ilustracion
de vuestros Ministros; cuando I en fin, las nuevas Córtes,
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXIX
próximas á inaugurarse , primeras en un reinado de repa-
racion y justicia, vendrán con noble independencia y reli-
gion acendrada á coronarse solícitas de honorífico renom-
bre y fama imperecedera; en todo, en todo veo señales
consoladoras de reanimarse la fe, y motivos fundados de
lisonjera esperanza.
Así suceda, Señor, y que V. M., heredero de los Reca-
redos, Alfonsos y Fernandos, sea el principal instrumento
de la Providencia, cumpliendo sus designios de bendicion y
misericordia sobre toda la familia española y Real estirpe.
Madrid, de nuestra residencia patriarcal de El Buen
Suceso, 2 de Febrero de 1876 , dia de la Purificacion de la
Virgen Santísima.-Señor: AL. R. P. de V. M., FRANCIS-
CO DE PAULA, Patriarca de las Indias.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE ZARAGOZA.
Señor: Los Prelados metrolitano y sufragáneos de la
provincia eclesiástica de Zaragoza se habían abstenido
hasta ahora de acudir á V. M. en favor de la unidad católi-
ca, como hace tiempo lo verificaron varios de sus herma-
nos, por más que los deseos y sentimientos fuesen entera-
mente los mismos. Circunstancias especiales de sus dióce-
sis, agitadas y perturbadas por la guerra civil, les habían
aconsejado esperar ocasion y tiempo más oportunos. Creían,
por otra parte, que elevado V. M. al Trono de Recaredo y de
los Reyes Católicos, nadie intentaría privarle de la incom-
parable gloria que, como á tan esclarecidos predecesores,
parecía estarle reservada, de restaurar y afianzar la uni-
dad religiosa y política de esta Nacion, floreciente y pode-
rosa siempre que se apoyó sobre estas dos bases, y enfer-
ma, débil Y desgraciada cuando fueron desatendidas ó se
pretendió divorciarlas.
V. M., á su advenimiento al Trono, encontró rota la uni-
LXXX
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
dad religiosa en la ley fundamental, pero no en el corazon,
sentimientos y costumbres de los españoles. Seis años de
impía propaganda, apoyada por empleados del Gobierno;'
seis años en que los autores y fautores de aquella ley no
perdonaron ningun medio para descatolizar á esta Nacion
e implantar y arraigar en ella los cultos falsos de las sec-
tas, no han conseguido que una sola ciudad, un solo pue-
blo se decidiese por éstos. ¿ Dónde está la necesidad de
consignar en el nuevo Código la libertad ni la tolerancia
de cultos, que ningun pueblo ha abrazado, que en todas
partes han sido mirados con desprecio, que no se atrevie-
ron ó se avergonzaron d~ profesar los mismos que en la
prensa ó desde la tribuna los apoyaban?
Poco más hace de un mes que pasaron por Zaragoza '.,
para el Norte las denodadas tropas que acababan de pacifi- !
cal' las provincias del Centro y de Cataluña. ¿Hubo uno solo
entre aquellos guerreros que preguntase en esta ciudad por
capillas protestantes, mezquitas ó sinagogas para hacer allí
sus oraciones? Pero desde los más altos jefes hasta los últi-
mos soldados, todos se apresuraban á entrar en el católico
templo del Pilar, para implorar la proteccion de la Santísima
Madre ele Dios en la campaña última á que eran llamados.
Señor, los sentimientós religiosos de este ejercito, son,
en la casi totalidad, los del pueblo español; en el cual hay
sin duela católicos malos y buenos, fervorosos y tibios,
observantes de los deberes religiosos y prevaricadores que
los conculcan ú olvidan, sobre todo en el hervor de las pa-
siones y miéntras no los amenaza de cerca ningun peligro.
Pero españoles que renuncien al Catolicismo para creer á
traficantes en folletos y Biblias adulteradas, para fiarse
de algun apóstata que ha roto escandalosamente sus vo-
tos, para hacerse judaizantes ó mahometanos, no los hay;
y buena prueba es de ello el ridículo éxito de esas llamadas
eapillas evangelicas, inauguradas en muy pocos pueblos,
donde apénas el oro extranjero ha podido reunir algunas
docenas de miserables, que las abandonan al menor con-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXXI
tl'atiempo, á tan pronto no reciben los prometidos socorros.
El español que apostate desgraciadamente de su Reli-
gion, no admitirá ninguna otra; será puramente raciona-
lista, materialista, escéptico, panteista, ateo. Y si éstos
piden la libertad de cultos, no es más que para destruir el
su sombra toda crec)Ucia religiosa, llevar el indiferentismo
y la incredulidad á las masas del pueblo, y predisponerlas
así para cualesquiera revoluciones. Muy léjos están, segura-
mente, de querer esto los Notables del Senado que suscri-
bieron la base 11 riel proyecto de Constitucion, así como los
Ministros responsables de V. M. , que han declarado aceptarla
en el preámbulo de/convocatoria á Cártes. Pero las conse-
cuencias no serán por eso ménos desastrosas é inevitables.
A la libertad ó tolerancia de cultos es consiguiente la liber-
tad del proselitismo y de la seduccion, la libertad de la pro-
paganda y enseñanza de todos los errores, la libertad de la
profanacion é irrision de las cosas santas, y con eso el desvío
de muchos católicos de las prácticas religiosas, la corrup-
cion de costumbres, el materialismo práctico del pueblo.
La lealtad del Ministerio ha procurado colocar muy alto,
dejándolos fuera de discusion, el Trono y la Monarquía
constitucional representados en V. M. ¿No merecía igual
excepcion la unidad religiosa, que fué siempre el mejor
floron y el empeño más constante de todos nuestros Mo-
narcas? i,No lo merecían los altísimos é incontestables de-
rechos de Dios y de su única verdadera Iglesia? ¿,No lo
exigía además el compromiso solemne contraido con la
Santa Sede por el Concordato de 1851?
Señor, la di versidad ó multiplicidad de cultos, que re-
cíprocamente se excluyen y anatematizan, es siempre un
mal gravísim!J en cnalquier país ó nacion: porque supone,
ó que la verdad religiosa no puede saberse, ó que son indi-
ferentes á Dios la verdacl y el error, ó que el Estado á lo
ménos no debe cuidarse de que sus súbditos acierten ó yer-
ren en el negocio más importante y trascendental de todos,
en un negocio que afecta á todas las clases y á todas las
f
LXXXII
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
épocas y condiciones de la vida. Es un mal que lleva la
discordia y la guerra al seno de las familias, que separa al
hermano del hermano, al vecino del vecino, que imposi-
bilita la buena educacion de los hijos, y rebaja, enerva y
materializa la sociedad entera, aislando á los individuos,
dejándolos sin una creencia comun, sin una regla constan-
te y segura de conducta, y sin un móvil noble que los im-
pela al sacrificio. La facilidad con que Napoleon 1 se impu-
so y dió la ley á tantos pueblos poderosos y aguerridos de
Europa, y la resistencia tan inesperada como absoluta-
mente insuperable que halló, por el contrario, en el pueblo
español, pobre, rendido, desarmado y abandonado entón-
ces de sus Reyes, no tiene otra explicacion razonable que
la division en unos y la unidad religiosa en el otro, como
lo han reconocido hombres eminentes de Estado y observa-
dores profundos. La division y multiplicidad de creencias
es y será siempre en cualquiera nacion un elemento de dis-
cordia, un gérmen de disolucion y de muerte.
En España, que desde tantos siglos viene en posesion
de la verdad; en España, que jamás olvidó la fe recibida
del apóstol Santiago y de sus discípulos; que luchó sete-
cientos años para ser exclusivamente católica; que llevó
su Religion á las más remotas playas y á los más vastos
continentes, y por ella y con ella se elevó á un grado de
poderío, de civilizacion y de gloria á que jamás había llega-o
do ningun otro pueblo; en España, cuya historia, cuyas
instituciones, cuyas leyes, cuyos monumentos, cuya mi-
sion y aspiraciones todas se han cifrado en ser, no sola-
mente católica, sino la propagadora y defensora en prime-
ra línea del catolicismo; en Espana, Señor, la libertad de
admitir otros cultos significa la abdicacion de todas sus
grandezas históricas, la renuncia de su mision y destino
providencial, la prostitucion de un pueblo vírgen é inma-
culado por su fe ante las impuras caricias de una simulada
tolerancia, que acaba siempre por perseguir la verdad, su":"
primir la conciencia y apostatar de Dios.
-
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
LXXXIII
¿A qué fin citarnos el ejemplo de otras naciones, cuan-
do en esta parte nos son incomparablemente inferiores;
cuando el librecultismo en ellas es un cáncer que las de-
vora; cuando no hay verdadero hombre de Estado que no
envidie á España su unidad católica, y cuando apénas hay
soberano ni gobierno que no desee que el pueblo todo
sienta en religion como él ~ ¿ Tan desconocidos son los ma-
nejos de la autocracia rusa para unificar sus estados en el
cisma, los de Alemania para generalizar el llamado culto
. evangélico, y los de Inglaterra, que, despues de perseguir
horriblemente á los católicos durante tres siglos, hoy mis-
mo les escatima sus dereehos civiles para sostener su Igle-
sia establecida, y, hablando siempre de tolerancia, no
puede tolerar, sin embargo, nuestra unidad católica, y se
afana por importarnos toda la anarquia de sus infinitas
sectas ~ Si esas naciones son tan tolerantes en religion
como ponderan, ¿con qué derecho. se empeñan en pertur-
bar á las que no piensan como ellas ~ Deseen en buen hora
que nC) se inquiete sobre este punto á sus compatriotas es-
tablecidos en España; harto saben que no se molesta aquí
á ningun extranjero, miéntras obedezca las leyes y respe-
te las creencias y prácticas de los españoles.
Los Prelados exponentes no molestaran á V. M. descen-
diendo á refutar otros argumentos, tomados de lo que lla-
man el espíritu del siglo, corrientes de las ideas, conquis-
tas de la civilizacion, etc.; palabras huecas que son el
tema perpétuo de todos los r~volucionarios , con que alu-
cinan tal vez á personas poco entendidas, pero que no pue-
den engañar á V. M. Una sola palabra añadirán respecto á
los que han querido rebajar al Episcopado español, supo-
niéndole en disidencia con prelados de otras naciones, que
han sostenido la licitud de la tolerancia civil de cultos.
ilHállase, por ventura, España en las circunstancias mis-
mas de esos pueblos~ La necesidad pudo hacer lícita yáun
obligatoria en ellos la tolerancia civil. Cuando la zizaña de
tal modo se ha multiplicado, robustecido y entrelazado con
LXXXIV
DOCUMENTOS EPISCOPALES.
el trigo, que sin perjudicar á éste no pudiera ser arrancada,
lícito es dejarla crecer con el trigo hasta que llegue el
tiempo de la siega. Pero lo que nunca será lícito, ni moral,
ni político, es allanar el camino, franquear las puertas, au-
torizar al hombre enemigo para que venga á sembrarla. En
nuestra Nacion no existe la necesidad Je esa tolerancia. No
hay un solo pueblo, de los pocos en que se estableció esa
farsa de capillas y cultos heterodoxos, que no desee, que
no deba esperarse que verá con gusto su def'aparicion.
Los Prelados exponentes concluyen, pues, suplicando
encarecirlamente á V. M. que, sirviéndose prestar su aten-
cion á las razones expuestas, considerando que las inno-
vaciones religiosas han sido fatales siempre para los Reyes
y para los pueblos, y que la que se trata de introducir en la
verda-dera y secular Constitucion española por la libertad ó
tolerancia de cultos, sobre dividir mucho más á esta Nacion,
harto destrozada ya por la discordia, sobre llevar la division
á las entrañas mismas de la sociedad, á lo más íntimo y sa-
grado de las familias, será una gran piedra de escándalo, la
ocasion infalible de la perdicion eterna de muchas almas,
lo que un Rey católico, y nieto de cien Reyes católicos, no
puede de ningun modo autorizar; que atendiendo á todo
esto, proc~pedir por todos los medios que están á su
regio alcance, la aprobacion de la libertad ó tolerancia de
cultos, que vendrí, á romper las tradiciones más gloriosas
de nuestra querida patria; privarla de su más rico patrimo-
nio; arrancar la piedra más preciosa de la corona de sus
Reyes, y manchar nuestra historia, rebajar nuestro carác-
ter, y hundirnos en un abismo de males. Dios nuestro Señor
ilumine, dirija y conserve la preciosa vida de V. M., como
ardientemente lo despan y piden en sus oraciones en Zara-
goza á 4 de Febrero de 1876.-Señor: AL. R. P. de V. M.,
-Por sí, y en virtud de comision expresa en nombre de los
reverendos obispos de Teruel, Jaca, Pamplona, y de los
señores vicarios capitulares de Huesca, Barbastro y Albar-
racin,-FR. MANUEL, Arzobispo de Zaragoza.
EXPOSICIONES
DE LOS MM, !iR, Y RR. PRELADOS
Á LOS
CUERPOS COLEG1SLADORES.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE TOLEDO.
El Cardenal Arzobispo de Toledo y los demas Prelados
de esta provincia eclesiástica, acuden respetuosamente al
Congreso con la peticion de que se consigne en la ley fun-
damental del Estado, que la Religion católica, apostólica,
romana, única verdadera, es la que profesa la Nacíon Es-
pafí.ola, y que se prohiba en su territorio el ejercicio de
0ualquier otro culto.
Nada, á la verdad, más distante del ánimo de los expo-
nentes que el intentar mezclarse en ninguna de las cues-
tiones puramente políticas que van ú decidir las Córtes.
Como Prelados y como españoles, desean que á todas ellas
se les den soluciones sabias y justas, y asimismo tienen el
. mayor interes en que cuantas leyes dicte la Representacion
nacional sean dignas de los renombrados legisladores de
Castilla, y tan acertadas, vigorosas y estables como lo re-
quieren la situacion del país y el bienestar de esta Nacion
magnánima, por cuya felicidad y engrandecimiento diri-
gen sin cesar oraciones al cielo.
El fiel desempeño de su sagrado ministerio les obliga,
sin embargo, á presentar al Congreso la anterior peticion,
que en sus terminos es idéntica á la que los Prelados de
esta provincia eclesiástica formularon ante las últimas
Córtes Constituyentes, cuando en ellas se trató de la gra-
vísima cuestion religiosa. Entónces pidieron, como piden
hoy., que se conserve y mantenga legalmente en España la
I,XXXVIII
EXPOSICIO~ES
unidad católica, y esta peticion la fundaron.en razones que
nadie ha podido contestar, yménos rebatir, hasta ahora.
i Tan poderosas y convincentes son! En cambio, todos los
argumentos en favor de la libertad ó tolerancia de los fal-
sos cultos han sido pulverizados con razonamientos tales,
que bien puede afirmarse con verdad que el salvador prin-
cipio de nuestra unidad religiosa está ya, como ha debido
estar siempre, fuera de toda controversia.
Sólo falta que se consigne en la Constitucion de que
van á ocuparse las Córtes generales del Reino; y esto es lo
que vienen á pedir los exponentes al Congreso, confiados
en que no podrá ménos de acceder á tan justa peticion , Ri
es que quiere que la nueva Constitucion tenga fuerza yefi-
cacia legal, y no corra igual suerte que la de 1869, que
por haber sido formada en el hervor de las pasiones revo-
lucionarias , que no pudieron calmar expertos y eminentes
hombres de Estado de opuestas convicciones; haber herido
en lo más vivo los sentimientos del país al resolver la cues-
tion religiosa, y vulnerado los principios de eterna justicia
que rigen en la materia, fué abolida de !techo, segun se ase-
gura en un augusto y memorable documento; siendo sin
duda la causa de esta abolicion, qUf.l es el modo más humi-
llante de anular una ley fundamental, el haber sido con-
siderada, desde que se promulgó, nula de dett'eclw, como
lo es toda ley contraria al bien público y á esos invaria-
bles y sacrosantos principios. No merece entónees el nom-
bre df.l ley, jurídicamente hablando, porque ley tanto quie-
1'e decir como leyenda en que yace enseñamiento, é castigo
escripto que liga é apremia la vida del home , que no faga mal,
é muestra, é enseña el bien que el !tome debe facer, e usar. Y
la ley de Partida, de donde son estas admirables palabras,
como sabe el Congreso, añade: E otrosí es dicha ley, por-
que todos los mandamientos delta deben SM' leales, é derechos,
i complidos segun lJios , é segun justicia.
Tales son los caraetéres de la ley para que sea verdade-
ra ley, y claro es que le faltarían todos á la nueva Consti-
A LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
LXXXIX
tucion, si lo que no es creible , llegál'a á sancionar la lla-
mada libertad ó tolerancia religiosa; porque en vez de vws-
traJ', é enseñar el bien que el1lOme debe facer, é 1f,Sar, le li-
garía, é apJ'emiaría que ficiese el mal , como es el obligarle
tÍ que respete ó mire con indiferencia lo que puede redun-
dar en detrimento de su fe y la de sus hijos, y ocasionar
la perdicion de sus almas; el facultarle para que pueda im-
punemente apostatar de esa misma fe, y hacerse hereje, ju-
dío, ateo, ó lo que mejor le parezca; y el precisarle á que
admita como honesto y lícito, y áun á qne apruebe como
beneficioso y bueno, 11) que la Religion prohibe y la moral
condena.
Sus mandamientos tampoco serían leales, é derec1tos é
complidossegun .IJios, é segun jttsticia, sino todo lo eontra-
rio, porque perjudicarían en alto grado á los más caros y
vitales intereses de la Nacion, y pugnarían además con la
ley de Dios y con las sublimes enseñanzas y doctrina de,la
Iglesia católica. N o obligarían en conciencia, pues ántes
hay que obedecer á Dios que á los hombres; ni el poder pú-
blico podría encontrar razon ni manera de justificarlos
ante el país y ante el mundo, porque la verdad es que la
historia no registra ni un solo caso de quP- se haya impues-
to ó se quiera imponer la libertad ó tolerancia religiosa (¡
un pueblo como el nuestro, que las rechaza, y que en el
transcurso de los siglos ha conservado á costa de inmen-
sos sacrificios su unidad católica. Y en vano sería que
ese poder contase con la suficiente fuerza para llevar ú
cabo y hacer ejecutar los expresados mandamientos ó pre-
ceptos, pues no por eso quedarían éstos purgados del vicio
que los invalida y anula legalmente, ni se borraría el sello
ele la arbitrariedad y de la injusticia á que debieron su
orígen.
Nó: no serían ley, sino un abuso de poder, un acto de
opresion y de violencia, contra el cual clamarían á una
voz la Religion, la moral, la justicia, el derecho y la hon-
rada sociedad española. Contra él clamarían tambien los
xc
EXPOSICIONES
exponentes; yen su doble cualidad de Prelados de la Igle-
sia católica y de españoles, protestarían además enérgica-
mente, como desde ahora protestan ante Dios y ante los
hombres, si es que se trata de sancionar otra vez en la
nueva Constitucion, en una ú otra forma, la libertad ó to-
lerancia de los falsos cultos, destruyendo de un golpe la
obra secular y magnífica de nuestra unidad religiosa.
No es posible que las Córtes generales del Reino acuer-
den tan injusta y desastrosa medida, ni que se presten
á hacer lo que está vedado á todo católico, lo que ha de
desagradar y ofender altamente á la mayoría inmensa de
los españoles, y lo que nadie puede aprobar, y ménos
aplaudir, como no sean cuatr·o extranjeros y unos cuantos
incrédulos y racionalistas, enemigos encarnizados, lo mis-
mo los unos que los otros, de la Religion de nuestros pa-
dres, y que sólo aspiran á arruinarnos por completo.
En su penetracion habrá adivinado ya el Congreso que
lo que las Córtes no pueden hacer sin faltar á gravísimo s
deberes, es el dar su autorizacion para levantar altar con-
tra altar, donde sólo se adora al verdadero Dios del modo
que quiere y manda se le adore; para que en nuestras ciu-
dades, en nuestros pueblos y hasta en nuestras aldeas se
establezcan, en daño de sus habitantes, cátedras de pesti-
lencia y sinagogas de Satanás; y para que cualquier aven-
turero ó mal español, cubiertos con el repugnante y asque-
roso disfraz del sectario, puedan públicamente, con el ma-
yor descaro y de la manera más soez, atacar todos los dog-
mas del catolicismo, ridiculizar los misterios más augustos,
escarnecer las ceremonias más sagradas, y despreciar los
puntos más capitales de la disciplina, como está suce-
diendo en la actualidad. Tamaños excesos, escándalos tan
inauditos, no pueden ser autorizados por las Córtes, ni
por nadie que no haya perdido todo sentimiento de reli-
gion, toda idea de honor y de justicia. Sería una afrenta
para el país, una vergonzosa ignominia que el Congreso no
puede consentir, así como los señores Diputados tampoco
Á tos CUERPOS COLEGISLADORES.
XCI
han de querer que por culpa suya haya quien pervierta á
sus hijos, seduzca á sus hijas, ponga asechanzas á la fe de
sus esposas, introduzca la perturbacion en las familias, y
lleve la discordia y la desmoralizacion á los pueblos.
Esto y mucho más hay que temer desde el momento que
desaparezca de nuestra patria la unidad católica; porque
con tantos elementos de perversion y de inmoralidad como
se irían hacinando en ella, se verían amenazadas de pere-
cer, no sólo la pureza y la santidad de las costumbres, sino
la vida misma de la sociedad. Y lo que alarma y aflige
tambien es que, desmoralizada ésta, no habría ya para
nosotros ninguna esperanza de poder recobrarnos algun dia
de nuestras dolencias, adquirir nuestra antigua pujanza y
salir del estado de postracion y abatimiento en que esta-
mos. Todo, todo lo habríamos perdido, y tambien el honor,
si desatentados arrojásemos al lodo la joya más preciosa
que tenemos, y que como rica é inestimable herencia nos
dejaron nuestros padres. Perdida esa joya por un vano ca-
pricho nuestro, j ah! no hay que dudarlo, quedaríamos
perdidos y deshonrados para siempre; y aunque sea dolo-
roso repetirlo, es preciso que en estos instantes de verda-
dera crísis para el país, se diga en voz muy alta, no una
sino muchas veces, y de manera que todo el mundo lo
oiga, ya se hable en el seno de la familia ó en la calle,
así en las reuniones públicas ó privadas, en la cátedra, en
la academia, en el periódico, en la tribuna y en todas
partes, que sin la unidad católica no hay salvacion posible
para nuestra querida patria.
Divididos y destrozados como nos hallamos por nues-
tras ambiciones, por nuestras luchas intestinas y por nues-
tras disensiones políticas, ~ qué sucedería si llegase á es-
tablecerse la libertad ó tolerancia de los falsos cultos, y si
como único remedio de todos nuestros males, se nos lan-
zase esa nueva manzana de discordia con que se nos brin-
da , y que acabaría de agravar esas disensiones, enconar
nuestros rencores, y envenenar las pasiones que nos agitan
XCII
EXPOSICIONES
y conturban '? ¡,Ni qué esperanza podía haber para esta Na-
cion desventurada, desde que nos faltase el único elemen-
to de cohesion que nos queda, la única idea nacional y re-
generadora que ha permanecido en pié en medio de los
más espantosos trastornos, esa unidad de pensamiento re-
ligioso que en las ocasiones más críticas, en los momentos
de mayor angustia ha hecho, en expresion de un sa.bio
contemporáneo, que nuestro pueblo aparezca como un solo
hombre, y la que le inspiró energía, constancia y los sen-
timientos más puros de elevacion y de grandeza'? ¡, Podré-
mos permanecer tranquilos, no deberémos temer que nos
viésemos reducidos a la abyeccion más degradante, que
fuésemos tal vez el juguete de cualquiera nacion ambicio-
sa, que quedásemos uncidos al carro de algun poderoso
extranjero, y que acaso en dia no lejano peligrase tambien
nuestra nacionalidad y nuestra independencia '?
El corazon sv oprime al pensar los azares á que queda-
ríamos expuestos, y las desgracias que podrían sobreve-
nirnos , si cometiésemos la insensatez de borrar de nues-
tras leyes el gran principio de nuestra unidad católica,
ese principio que no es constituyente, sino fundamental
en el sentido más riguroso y verdadero de esta palabra, y
que por tener semejante carácter y ser la base de nues-
tra sociedad, es tambien Í1tdiscutióle, pues en sano jui-
cio nunca se discute si, arrancado de cuajo y al impul-
RO de un solo golpe el profundo y sólido cimiento en que
descansa un edificio secular y gigantesco, cuya altura se
eonfundiese con las nubes, puede quedar en pié sin desplo-
marse y hacerse pedazos. Es, por último, eminentemente na-
cional y grandemente popular; y lo es hasta tal punto, que
nuestro pueblo le ama y le quiere como á las niñas de sus
ojos, porque encuentra en él secretos atractivos, delica-
das armonías y encantos inefables, que le enamoran y
cautivan dulcemente, y porque no olvida, sino antes bien
reconocido y entusiasmado confiesa, que le es deudor de
cuanto ha sido y es en el úrden religioso, moral y social;
Il LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
XCIII
quc le sirvlO de sosten y apoyo en sus mayores apuros,
de consuelo en sus grandes infortunios, y que le infundió
esperanza y aliento siempre que se vió desprovisto de todo
humano socorro, creciendo su entusiasmo cuando observa
que ese salvador y fecundo principio se enlaza con todas
nuestras glorias, se identifica con nuestros hábitos é incli-
naciones, despierta los más bellos y embelesantes recuer-
dos, y se halla encarnado en nuestra sociedad, como que
presidió á nuestra civilizacion.
y tiene razon para entusiasmarse nuestro pueblo, por-
que lo cierto es que á ese mismo principio se debe que los
sublimes pensamientos que la Religion católica inspira al
hombre, estén en nuestra inteligencia, su moral en nues-
tras costumbres, su caridad en nuestras instituciones, su
justicia en nuestra legislacion; que su nombre haya veni-
do á unirse y á formar uno solo con el nuestro; que su ac-
cion se vea reflejada en el heroismo de ese pueblo; que su
bandera haya sido la enseña gloriosa que dió á nuestros
padres valor en los combates, que los condujo á la victo-
ria , que los guió por derroteros desconoeidos en el descu-
brimiento del Nuevo Mundo, y la que sirve en éste, lo
mismo que en el antiguo, de divisa esclareeida de nuestra
nacionalidad y de símbolo de nuestras glorias.
y cuando el Catolicismo nos ha dispensado tan grandes
y tan señalados beneficios, ¿habrá en esta tierra clásica de
la hidalguía y de la lealtad quien se atreva ú herirle ar-
teramente y á clavar alevoso puñal en sus entrañas, pUf'S
nada ménos que esto es el establecer en nuestro país la li-
bertad ó tolerancia de los falsos cultos'?
Sin inferir una grave ofensa al Congreso, no pueden
los exponentes atribuirle semejante propósito, persuadidos
como están de que ninguno de los señores Diputados ha de
querer incurrir en la tremenda responsabilidad de haber
contribuido ~l que se extinga ó debilite el sentimiento re-
ligioso del honrado pneblo español, que con instinto mús
certero que el que algunos imaginan, conoce su situacion,
XCIV
EXPOSICIONES
sabe quiénes son los que quieren arrebatarle su unidad re-
ligiosa, y por qué; no se le ocultan los medios que se po-
nen en juego para realizar este proyecto, le es notoria la
crísis por que atraviesa en la actualidad; y presintiendo
todo lo que puede sucederle si le sóbreviniere la inmensa
desgracia de que se ve amenazado, no quiere desasirse de
su fe, se abraza á ella fuertemente, como el náufrago á la
tabla del navío destrozado en deshecha borrasca, y con los
ojos fijos en Dios, de quien lo espera todo -< rechaza indig-
nado al que le propone que admita en su seno al reptil ve-
nenoso que ha de emponzoñar su corazon, corromper su es-
píritu y hacerle perder la vida que le sostiene; esa vida
vigorosa y pura que Jesucristo co:nunica á las sociedades
cristianas, vida que E?S la verdadera vida, como que encier-
ra el gérmen fecundo de todo lo grande, de todo lo bello,
de todo lo magnífico~ y de ella brotan, como de un manan-
tial inagotable y rico, las virtudes más sublimes, los sen-
timientos más generosos, las acciones más heroicas; vida,
en fin, que, elevándole en los tiempos pasados al más alto
grado de esplendor y grandeza, le hizo ocupar el primer
lugar entre los pueblos más adelantados y poderosos de la
tierra.
N o serán ciertamente las Córtes generales del Reino las
que contraríen esos nobles y magnánimos sentimientos
del pueblo español, ni el Congreso, á quien los exponentes
tienen la honra de dirigirse, puede prescindir, en lo con-
cerniente á la cuestion religiosa, de lo que quiere y desea
la Nacion á quien representa, y en cuyo nombre hace las
leyes.
Conocidos son de los señores Diputados la opinion de la
generalidad de sus respectivas provincias; los encargos ó
instrucciones que en lo tocante á la expresada cuestion re-
ligiosa recibieron algunos de muchos de sus comitentes
antes y despues de las elecciones; las nobles y francas ex-
plicaciones que no pocos de ellos dieron gustosos al pre-
sentarse candidatos, y los luminosos escritos que en perió-
-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
XCV
dicos y folletos se han publicado sobre el mismo asunto. Co-
nocidos les son igualmente la zozobra y angustia que se ha
apoderado de los espíritus, como sucedió el año 69, cuan-
do malamente se puso a discusion nuestra unidad religio-
sa; la ansiedad con que se forman estadísticas y cálculos
para saber si habra esperanza de que ésta se salve; el asom-
bro que causa que en una monarquía católica, y apénas
acabada de restaurar, quiera hacerse lo que sólo se atreve
a llevar a cabo con temeraria audacia una revoiucion des-
enfrenada, que cual impetuoso torrente lo devasta todo y
no respeta ni lo más sagrado; el entusiasmo religioso,
avivado en estos dias, y que como por resorte mueve los
C0razones de millares de personas para que acudan al tem-
plo á hacer públicas rogativas y á pedir á Dios que se con-
serve en España la fe , que subsista la unidad de creencias
que se derivan de esta misma fe, y que la inmunda planta
del sectario no deje impresa huella alguna en nuestra pa-
tria. Los señores Diputados conocen, por último, y con
admiracion habrán observado, la sorprendente y explícita
manifestacion de la verdadera y deliberada voluntad del
pueblo español, significada por ese número fabuloso de
exposiciones que se están firmando para presentarlas á las
Córtes, suscritas por miles de miles de personas de todo
sexo, condicion y estado, pidiendo se mantenga legal-
mente la unidad católica.
Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, letrados, cu-
merciantes, labradores, industriales, artistas, propieta-
rios, empleados, militares, eclesiásticos, seglares, ricos
y pobres de las distintas opiniones políticas, se han apre-
surado á suscribirlas en todas partes; habiendo sido pre-
sentadas ya al Rey dos muy brillantes en que se formula
idéntica peticion: una con las firmas de innumerables se-
ñoras, que en estos críticos momentos, y sin importarles
nada las acerbas censuras de la incredulidad, ni la sonrisa
con que procura disimular su enojo, se han gloriado de
hacer solemne ostentacion de su catolicismo, suscribiendo
XCVI
EXPOSICIO~ES
ese precioso y razonado escrito, que fué puesto en manos
de S. M. por una comision de damas de nuestra alta aristo-
cracia, más ilustres todavía por su piedad cristiana que
por su noble y esclarecida estirpe. Igual honor tuvieron
algunos egregios personajes, que al suscribir y poner al
pié del trono la otra exposicion, firmada por eminentes
hombres de Estado, por bizarros y beneméritos generales,
por renombrados literatos, por distinguidos caballeros y
por otras muchas personas de las diversas clases sociales,
quisieron dar, lo mismo que los que firmaron tan notable
documento, un público testimonio de amor á su Religion y
de lealtad á su Soberano.
¡Ah! Estos hechos, más elocuentes que las palabras,
demostrarán al Congreso, al Senado y al mundo todo, que
la inmensa mayoría de la Nacion quiere se conserve á todo
trance su unidad religiosa. 1, Y será posible que las Córtes
denieguen lo que con tanta razon pide y reclama'? Su pro-
pio honor, y hasta su conciencia, están interesados en no
oponerse á esos justos deseos y elevados sentimientos. Res-
petándolos el Congreso, logrará qne el importante acto le-
gislativo sobre mi asunto que es de vida ó muerte para
el país, además de la sancion legal, lleve la que acaso es
todavía-más necesaria, la que á las leyes sabias y justas
dan el acatamiento, el aplauso y la aceptacion general.
Conseguirá tambien que ese acto legislativo no adolezca
de ningun defecto ó vicio de nulidad que lo invalide jnrí-
dic~mente: que sus mandatos sean leales, e dereclws , é com·
plidos segun IJios, e segun justicia; y los señores Diputa-
dos, librando á la N acion de los t9l'l'ibles desastres que ine-
vitahlemente vendrían sobre ella con la destruccion de la
unidad católica, que es la más preciosa de nuestras glo-
rias, experimentarán la dulce satisfaccion de haber cum-
plido con un gravísimo deber de justicia, y prestado un
gran servicio á su patria.
Madrid 15 de Febrero de 1876.-JUAN IGNACIO, CARDE-
NAL MOJl,ENO, Arzobispo de l'oledo.-PEDRo, Obispo de Pla-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
XCVII
sencia.-Expresamente autorizado en nombre del reveren-
do Obispo de Coria, del reverendo Obispo de Cuenca y del
reverendo Vicario capitular de Sigüenza.-JuAN IGNACIO.
CARDENAL MORENO, Arzobispo de Toledo.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE TARRAGONA.
El Arzobispo de Tarragona y los de mas Prelados de esta
provincia eclesiástica, con el mayor respeto y santa since-
ridad, vienen á levantar su débil voz ante la sabiduría de
las Córtes en defensa de la unidad religiosa, que consideran
amenazada, llenando de este modo los deberes que les im-
pone su sagrado ministerio.
Penetrados los recurrentes de la exposicion que prece-
de al Real decreto de la convocatoria á Córtes, temen que
la más brillante de cuantas glorias registra en sus anales
esta católica Nacion, sea oscurecida y eclipsada con la ma-
yor de las calamidades, cual es "la libertad ó tolerancia de
cultos. Este recelo, y áun temor, que tiene sumidos á los
Obispos recurrentes en la más profunda pena, les impulsa
á manifestar el acerbo sentimiento y dolor contínuo de que
se sienten poseidos y mortificados los católicos de este
Principado ante la triste idea de que se les irrogue ó pueda
irrogar la mayor de las injurias, otorgando carta de vecin-
dad en la tierra clásica del Catolicismo á las falsas sectas
que muy contados españoles quieren implantar en la mis-
ma, despues de haber merecido siempre en ella el más so-
lemne desprecio.
Una experiencia muy reciente ha probado lo que los
exponentes acaban de sentar; pues que sin embargo del
interes y empeño con que pretendían en los últimos años
instalarse en España los corifeos ó jefes de sectas, no han
conseguido I á pesar de la Constitucion atea de 1869, más
conquistas que unos cuantos adeptos, la mayor parte extran-
f/
XCVIII
EXPOSICIONES
jeros, y alguno que otro español, que hacía. coro con ellos,
movido más que por voluntad, por estar mal avenido con
la moral severa que enseña nuestra única Religion, ó bien
por libertarse de la miseria que le cercaba. Razon por la
.. que, apénas los conocidos como pastores protestantes
fijaban su residencia oficial en alguna de nuestras grandes
poblaciones, se encontraron con tan escasa concurrencia á
sus capillas, ó mejor salas de recreo, que, llenos de rubor y
confusion, hubieron de cerrarlas, ó bien contentarse con
aquellos pocos agregados á fuerza de estímulos y abundan-
tes halagos. Quedaron, pues, burlados, sin prosélitos y con
el descrédito de su enseñanza doctrinal, hija del libre exá-
men; porque el verdadero español prefiere la pobreza y la
miseria en la casa paterna, que es la santa Iglesia católica,
á la abundancia y riquezas en las sinagogas de Satanás.
i, Quién, señores Diputados, será el español que en ma-
teria religiosa anteponga ó prefiera las inconstantes ense-
ñanzas de los librecultistas á los dogmas invariables y
moral segura enseñados por nuestra santa Madre la Iglesia
católica, apostólica, romana'? i,Quién será el que cifre su por-
venir eterno en las cavilosidades y volubilidad de los que
con tanta frecuencia modifican y áun cambian su credo, y
se desentienda de la infalibilidad con que habla, enseña y
propone la verdad, el camino y la vida la casta Esposa de
Jesucristo'? Ninguno.
Si pues en España, por la gran misericordia de nuestro
buen Dios, no existe ninguno de los motivos que puedan
cohonestar la apostasía que envuelve la libertad de cultos,
bien podemos gloriarnos los españoles todos, y repetir con
orgullo, que po~emos la primera y principal verdad, fuen-
te fecunda de todas las demás, y á la cual somos deudores
de nuestras glorias. Así lo proclama muy alto la inmensa
mayoría de nuestro pueblo religioso, de este pueblo que
acaba de conferir á los señores Diputados la elevada mision
que están desempeñando. Y ¿cómo podrían persuadirse los
que suscriben, que siendo casi todos católicos los poderdan-
.i.. LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
XCIX
tes, hayan intentado autorizar á los señores Diputados para
a.menguar y rebajar los fueros sacrosantos de la Religion
que ellos profesan? Se comprendería muy bien tan extraña
conducta si los que han revestido de la potestad al Congre-
so fuesen judíos, incrédulos ó escépticos; pero siendo ver-
daderos católicos los comitentes en su inmensa mayoría
para la que (de paso sea dicho) deben confeccionarse las le-
yes, ó se faltaría á su voluntad, ó debe afianzarse sólida-
mente por los representantes de la nacion el Catolicismo
puro y exclusivo.
Así alej arían de nuestra querida patria las absurdas creen-
cias que, siendo un aborto del entendimiento extraviado
y del corazon pervertido, siembran por do quiera la degra-
dacion del individuo, de la familia y de la sociedad, y á su
sombra el error y el vicio extienden por todas partes su fu-
nesta dominacion. Digan, si no, las naciones que han tenido
la desgracia de franquearles la entrada, lo que las ha su-
cedido, y nos darán por respuesta que la duda trabajaba
los ánimos, la ansiedad los agitaba, y las sugestiones y el
proselitismo agravaban su situacion, que viene á ser inso-
portable desde el momento en que asoma su monstruosa ca-
beza el indiferentismo, plaga la más venenosa de toda so-
ciedad.
Nuestra Espaiia hállase hoy dia colocada en una pen-
diente, y para que no se hunda en el abismo de la igno-
minia, hemos todos de detenerla; y en esta tarea tan glo-
ríosa deben figurar los señores Diputados en primera línea,
redactango, como se debe, el artículo correspondiente á la
base religiosa. Si esta preciosa joya de nuestra unidad ca-
tólica, bajo cuyo saludable imperio han florecido las cien-
cias y las artes, se han purificado las costumbres y perfec-
cionado las leyes, llegase á desaparecer del pueblo á quien
representan hoy los respetables legisladores de las actuales
Córtes; si con :Sus votos ó sufragios elevasen á la categoría
de ley del Estado el artículo 11 del proyecto de Constitu-
cion, que el Gobierno va á presentarles para que lo discu-
C
EXPOSICIONES
tan y aprueben, artículo que entraña la libertad de cultos
en España; en este caso, triste por cierto, los Prelados ex-
ponentes, para no cargar con la responsabilidad tremenda
que ante Dios y la historia contraerían, se atreven, sin ser
profetas, á indicar á los señores Diputados los males sin
cuento que irrogarían á la presente generacion y venide-
ras. Desde entónces quedarían todos los españoles á merced
de los sectarios y asociados á las lógias, supeditados á los
enemigos de la santa y divina Religion en la que han na-
cido y sido educados, y que desean trasmitir á sus hijos
como la más rica de sus herencias y el más sagrado de sus
legados.
.
Tanta es la "importancia de la unidad religiosa, que la
buscan y desean con ánsia muchas eminencias extranjeras,
que, si bien engolfadas en los delirios del protestantismo,
conocen, sin embargo, su gran trascendencia social, y
derramarían á manos llenas los tesoros de su nacion para
proporcionar á sus conciudadanos la inestimable prenda que
de mucho tiempo se pretende arrebatarnos. Comprenden
muy bien que la unidad religiosa es un vínculo de cohesion
que alejaría de su país la corrupcion de costumbres, la di-
vision y la discordia, el acaloramiento de las pasiones, que
tanta perturbacion y tantos estragos de ruinas y sangre
produjeron en los pueblos que tuvieron la desgracia de
abrigar en su seno á la llamada tolerancia y libertad de
cultos.
N o decimos esto de nuestra cuenta; ábrase si nó la his-
toria reciente de Europa y América, y desde luego veré-
mos. el doloroso espectáculo que nos ofrecen las naciones y
repúblicas ostentando en medio de la libertad de cultos la
disolucion política y moral más profunda; las guerras lla-
madas religiosas, que enrojecieron en los pasados siglos el
suelo aleman y francés con la sangre de aquellos infelices
habitantes, talaron sus campos y produjeron el derrumba-
miento é incendio de sus bellas catedrales y magníficas
iglesias. Nada dirémos de Inglaterra, que se nos quiere
1.. LOS CUERPOS COLEGIStADORES.
Cl
presentar como la primera nacion del mundo, y sus insti-
tuciones como modelo digno de ser estudiado é imitado por
los demas reinos bien dirigidos y que se glorian de ser los
más ilustrados, porque á pesar de tanta civilizacion y res-
peto á todo culto, la infeliz Irlanda ha gemido bajo la más
terrible opresion y ha expiado su acendrado catolicismo y
perseverancia en la fe con el más cruel martirio. Estas tan
dolorosas y antisociales escenas se están reproduciendo en
Alemania, en donde actualmente sufre la Iglesia una per-
secucion dura y cruel, que demuestra á la faz de toda Eu-
ropa de cuánto es capaz la intolerancia cuando se ejerce en
nombre de la tolerancia.
N o queremos fatigar la preciosa atencion de los señores
Diputados bosquejando el triste y doloroso cuadro que ofre-
ce la situacion religiosa, y el no ménos lastimoso que pre-
senta la social de las de mas potencias del Norte de Europa,
harto trabajadas en su mayor parte por la revolucion reli-
giosa del siglo XVI, que, abriendo el camino á la revolu-
cion filosófica del siglo XVIII, dió vida á la revolucion po-
lítica y social que tiene hoy en conmocion á todo el mun-
do, pretendiendo con afan romper los vínculos con que la
Religion, la moral, la autoridad y el derecho enlazan á los
hombres y producen en la sociedad el órden y los respetos
debidos á Dios y á sus representantes en la tierra. Prescin-
dirémos de las modernas repúblicas de América emanci-
padas de la madre pátria, porque bien sabido es que, des-
pues de haber consignado en sus Constituciones la libertad
de cultos, se han convertido en un horroroso teatro de per-
turbaciones y trastornos tan variados y profundos, como
tal vez no los hayamos visto en el continente europeo.
Pasarémos tambien por alto los argumentos con que se
pretende defender la libertad de cultos, y que con tanto
acierto como sabiduría han sido refutados por los Prelados
en las respetuosas exposiciones dirigidas á S. M. el Rey,
que han visto ya la luz pública; y sólo nos permitirémos
llamar una vez más la atencion de los señores Diputados
en
EXPOSICIONES
sobre la Índole y carácter de la gravísima cuestion que
nos ocupa, la que, dado el catolicismo que reconocemos
en los individuos del Oongreso, exige que su resolucion
esté basada en la ley de Dios y enseñanzas de la verdadera
Iglesia; y no se oculta á la ilustracion de los señores Dipu-
tados que el magisterio de la ley de Dios y de las doctrin'ls
de la Iglesia no está confiado ni á las Oórtes, ni á los go-
biernos, ni á otras corporaciones, por respetables que
sean, ni tampoco á los dignatarios de la Nacion, por sabios
y religiosos que fuesen, porque á ninguno de los enuncia-
dos se ha otorgado la elevada y legítima mision de ense-
ñar la doctriDca cristiana y de dirigir las conciencias. A nin-
gun católico es desconocido que semejante magisterio
constituye un deber propio y exclusivo de los Obispos
puestos por el Espíritu Santo para regir y gobernar la
Iglesia de Dios, y particularmente del Romano Pontífice,
Maestro infalible de toda verdad revelada.
No pretendemos pasar plaza de exigentes cuando tra-
tamos únicamente de sostener nuestro derecho en una cues-
tion llamada por todos religiosa, y que como quiera que se
haya sujetado á la discusion de nuestros diversos Parla-
mentos , siempre se la ha revestido con el dictado de base
religiosa. Este carácter tan singular de una cuestion, como
quiera que se la denomine, viene á constituir un todo ar-
mónico con la Religion, con la Teología católica, con la
moral evangélica y con la disciplina canónica: y es bien
sabido que las cuestiones que pudiesen surgir sobre tan in-
teresantes doctrinas, no son del poderoso resorte de los
estadistas y políticos, sino sobre todo y princi palmente del
de los Obispos. Oreeríamos ofender la ilustracion de los se-
ñores Diputados si nos detuviéramos á detallar los senti-
mientos del Episcopado y lo que enseña la Iglesia católica
en tésis general sobre la libertad y tolerancia de cultos,
pues su profundo sa"her nos releva de hacerlo por ahora.
Terminamos nuestra respetuosa exposicion rogando al
Padre de las luces las derrame abundantes sobre las Oór-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CIlI
tes del Reino, á fin de que resuelvan la llamada base reli-
giosa, undécima del proyecto de Constitucion elaborado
por los Notables reunidos en el palacio del Senado, en el
sentido que imperiosamente reclaman nuestra historia y la
inmensa mayoría de los españoles.
Tarragona 16 de Febrero de 1876.-CONSTANTINO, Ar-
zobispo de Tarragona.-FR. JOAQUIN, Obispo de Barcelona.-
BENITO, Obispo de Tortosa.-PEDRO, Obispo de Vick.-IsI-
DRO, Obispo de Gerona.-ToMÁS, Obispo de Lérida.-Pedro
Jaime 8egarra, Vicario capitular de Solsona.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE VALENCIA.
Señores Diputados: El Cardenal Arzobispo de Valencia
y los Prelados de esta provincia eclesiástica acuden respe-
tuosos al Congreso, suplicándole rendida y encarecidamen-
te que, inspirándose en el noble sentimiento católico que
forma el carácter de la inmensa mayoría de los españoles,
se sirva desechar con tanta energía como nobleza la base
undécima del proyecto constitucional; base improcedente,
base repugnante á la casi totalidad de los españoles, y
base que está en oposicion con todo lo grande, con todo lo
magnífico y bello que la historia, las ciencias, las artes y
la milicia nos ofrecen como obra imperecedera del genio
español, guiado por la unidad católica.
Decimos que la base undécima es improcedente; deli-
beradamente los Prelados prescinden de la historia de ese
proyecto constitucional, pues aunque como españoles pu-
dieran, como los demás, emitir su juicio y apreciacion,
fijos, sin embargo, en el propósito de no mezclarse en la
política, se concretan exclusivamente á la improcedente
base undécima, que abre la puerta á todos los cultos, para
que luégo, y sin tardar mucho, la pobre España, tan tra-
bajada por la intolerancia de los partidos, experimente las
CIV
EXPOSICIONES
consecuencias disolventes de lus errores religiosos, así en
la tribuna y en la prensa como en el seno de la familia y de
los pueblos.
¿En qué fundamento legal ni social se apoya esa base
undécima'? Nos es desconocido. Constantemente se ha ob-
servado que los gobiernos constitucionales en todos los
proyectos, hasta de leyes nó de primera importancia, han
venido ajustándose á la ley fundamental, y despues á las
exigencias ó creencias políticas de la mayoría ó mayorías
de los Cuerpos colegisladores de donde salieran. En el
presente caso no hay eso origen, ni esa procedencia, ni
esa conformidad. El Gobierno ha dicho que ni existe la ley
del 45, ni la del 69. El Gobierno no ha podido inspirarse
en los principios ó creencias de la mayoría de un cuerpo
legislativo de que no ha tenido orígen; y elegido por
S. M. el Rey, parece tan lógico como constitucional que
las inspiraciones del Gobierno emanen del sentimiento de la
mayoría inmensa de la Nacion. Esta es católica hasta por
confesion de los autores de la Constitucion atea de161J: pa-
rece, pues, indeclinable la consecuencia de que el Gobier-
no en su proyectada base no ha tenido fundamento social
ni legal, y en su virtud esa base es improcedente.
Se ha indicado tambien que las Córtes se reunían para
establecer lo que llaman la comun legalidad. No sabemos
qué a plicacion tendrá la frase de comun legalidad; sólo cono-
cemos una legalidad comun: la justicia y sus obras. Esta es
independiente de la política y de los partidos; mas dentro
de éstos no encontramos legalidad comun posible, porque
á cada hombre político sólo se le presenta legal lo que hace
su partido. Creemos, pues, que si el Gobierno se hubiera
inspirado en esa única legalidad posible, que es la justicia,
no se hubiera atrevido, respetando sus sagrados fueros, á
proyectar la improcedente base undécima.
Croemos que el Congreso no llevará á mal que los Pre-
lados, en nombre del clero y de nuestros amados fieles, le
presentemos respetuosamente la verdad tal ('omo la apre-
Á t.OS CUERPOS dotBOISLADORES.
cv
ciamos en nuestra conciencia, protestando que nuestra
pluma no es dirigida por otro móvil que el de la honra y
gloria de Dios, y el bien de nuestra querida pátria. El Con-
greso va á discutir una nueva ley política para España,
nosotros pedimos al Señor, que es la fuente perenne de to-
das las luces, se digne derramarlas sobre los señores Di-
putados para el más completo acierto. La obra del Con-
greso es de la mayor importancia, y creemos que será más
sólida y de utilidad más comun, si para formarla se inspira
por completo en el oráculo de la justicia, subordinando ú
ésta todas las veleidades de la política, cuyos flancos son
en la práctica tan difíciles de cubrir, porque son obra de
las mezquinas pasiones de los partidos.
Hemos dicho que la base undécima era improcedente:
nos parece ahora justo añadir que el establecer ó acordar
cosa alguna que menoscabe la unidad religiosa, es negocio
sobre la competencia del Congreso. Se nos dirá que en las
Córtes revolucionarias del 69 se acordó la libertad de cul-
tos; pero sobre que aquella desgraciada declaracion no ha
producido otro efecto que la osadía y licencia con que al-
gunos, poquísimos hombres, se pusieron de relieve con to-
das sus feas y detestables pasiones, que los españoles de to·
dos los matices políticos han mirado con desprecio é indig-
nacion ... ; sobre que no ha dado otro resultado, nos atrevemos
á preguntar á los señores Diputados: i, No ha concluido ya
el tiempo de obrar revolucionariamente'? Si ha terminado
ese triste período, y principiado el de la justicia, tan de-
seado por la honradez española, es preciso que lo acrediten
nuestras obras, y el privilegio de dar el ejemplo es de los
Cuerpos colegisladores.
Va á discutirse una ley política fundamental; pero roga-
mos al Congreso no pierda de vista que no nos va á constituir
socialmente. Por la misericordia de Dios, estamos consti-
tijídos. España es una verdadera sociedad, con todas sus ba-
ses y atributos. Sobre ellas descansa el majestuoso edificio
social. Nada falta á España más que la union. La unidad ca-
CVI
EXPOSICIONES
tólica la ha fomentado siempre, porque ese es su carácter; la
política la ha el!ervado, podemos decir que la ha destruido.
La Religion , el principio de autoridad, la justicia, la
familia y la propiedad son las bases en que descansa el sér
de nuescro edificio social. Al formular, pues, una Constitu-
cion puramente política, nos parece que sus autores no han
recibido cometido alguno respecto á ellas. Creemos más;
que los primeros llamados á inclinar la cabeza ante esos
sagrados cimientos son los señores Diputados, cuyo her-
moso ejemplo todos se creerán llamados á imitar. Hasta nos
parece, puesta la vista en las lecciones de lo pasado, que
cuando los legisladores han querido poner su mano en al-
guna de estas bases, no han hecho más que desvirtuarlas,
legando al porvenir recuerdos amargos y desconsoladores.
Si en otras naciones, con el transcurso de los tiempos, han
ocurrido escenas tristes, hechos lamentables, guerras in-
testinas que han demandado la tolerancia ó libertad de cul-
tos para conseguir una paz interior, en España, señores
Diputados, nada ha ocurrido de semejantes desgracias, y,
por el contrario, sólo se fomentan las divisiones cuando se
quiere socavar nuestra unidad católica, á la que están ape-
gados todos los españoles; porque si bien es verdad que no
todos son buenos católicos, al tratarse de su fe, ninguno
quiere ni separarse ni que le separen de ella. Bien podemos
d,.'cir que la proyectada base es repugnante á la voluntad
de la mayoría inmensa de los españoles.
lo Qué fundamento, pues, racional puede apoyar la pro-
yedada base'? Ni siquiera lo vislumbramos.
Se ha dicho, y con insistencia, que esa base era una
exigencia extranjera; no nos atrevemos á creerlo: nos pa-
rece una vulgaridad, y consideramos muy difícil que ante
semejante exigencia, tan degradante como atrevida, deje
de sublevarse el honor, el ánimo y la conciencia hasta del
español más abyecto: sólo puede ser indiferente el que
tambien lo sea á la gloria de España, ó se haya vendido al
oro extranjero.
Á tos CUERPOS COLEGISLADORES.
CVII
Repetimos, seíiore.:; Diputauos, qne no somos fáciles en
semejante creencia, además de que el Congreso se halla tÍ
muy grandeelevacion, y llenará en su caso los deberes de
su independencia, de BU nobleza y de su acreditado pa-
triotismo.
Si examinadas filosóficamente las necesidades morales
y sociales del hombre, de la familia y de los pueblos, se
hallase que la moral del Catolicismo era insuficiente para
acudir á ellas, podría entónces ese supuesto vacío presen-
tarse como fundamento para dar entrada en esta católica
Nacíon á la moral de las falsas sectas. Pero, señores Dipu-
tados, ¿qué deja que desear la moral de la Religion ~atóli
ca para guiar al hombre, consolarle y alentarl~ en sus ma-
yores desgracias, ó evitar su peligroso orgullo en sus pros-
peridades'? ¿Qué encuentra el hombre pensador fuera de la
moral de Jesucristo'? Nada: el vacío, la negacion, el tu-
multo de las pasiones, y el continuo peligro de los pueblos
y de las familias. ¿ Qué hombre abandona el Catolicismo
para hacerse mejor en el órden religioso, moral y social '?
Atendamos, señores Diputados, á lo que han sido y son en
todos tiempos los antiguos y modernos apóstatas, y vea-
mos por otra parte qué significan esas continuadas exposi-
ciones elevadas por los espaíioles de todas las clases pi-
diendo uniformemente la unidad religiosa. Así demuestra
el pueblo español, de la manera que le es posible, que su
voluntad decidida es contra esa improcedente base undé·-
cima del proyecto, porque quiere conservar para nuestra
patria el honroso dictado de católica, así como para nuestros
Reyes el distinguido renombre de católicos, que natural-
mente habría de perderse una vez introducida la tolerancia
de cultos.
Los Prelados tenemos la muy justa idea que se merece
de la sabiduría é ilustracion del Congreso, yen su virtud
creeríamos ofender su delicadeza si, al recorrer nuestra
historia patria, intentásemos demostrarle todas las prue-
bas de grandeza que en todas ocasiones ha dado Espaíia
CVIlI
EXPOSICIONES
dirigida por la unid.ad católica. Todas nuestras glorias las
ha inspirado, dirigido y llevado á cabo la unidad católica.
b Quién puede dudar de esta verdad, si hasta á los mismos
extranjeros ha causado admiracion y envidia'? Cuán gran-
de sea la potencia é importancia de esa unidad religiosa en
una nacion como la nuestra, lo demuestran imparcialmente
In. historia de Napoleon 1 y los sucesos de su ejército en
nuestra España. Ocupada ésta militarmente por numerosi-
simos ejércitos, y hasta oprimida militarmente, padeció
mucho, si, pero insistió hasta el heroismo, y venció. Pe-
leaba por su Religion, por su Trono católico. y en medio
de los reveses consiguientes á tan desiguales ejércitos,
salia del pecho de todos los valientes españoles aquella fra-
se nunca bien ponderada: «No importa. Peleamos en defen-
sa de la Religion, y vencerémos.» Estaban unidos los es-
pañoles en su sentimiento politico, porque lo estaban tam-
bien en el religioso.
Existía entónces la unidad católica, aquel dogma, si
así es lícito llamarle, que, apropiándonos las frases que á
otro propósito dice el Gobierno en el preámbulo del decretCl
convocatorio de Córtes, con más solemnidad que nunca lo re-
conociera y proclamara la Constitucion por siempre venerable
de Cádiz. Esa Constitucion, por siempre venerable al decir
del mismo Gobierno, comenzaba estableciendo que la Reli-
gion católica sería la única de la Nacion.
España yenció al Coloso del siglo, y lo humilló. Los po-
liticos no lo creían así; pero se engañaron. No han conoci-
do todavía la potencia de la unidad religiosa de una na-
cían; por eso no saben apreciarla. El medio seguro de de-
bilitar la fuerza de una nacion es el de multiplicar sus
creencias religiosas. Bien lo conocen los extranjeros, y
por eso con las armas de la envidia hacen guerra al poder
de nuestra unidad religiosa.
Muchos siglos ha que la unidad religiosa está escrita en
todas partes con la sangre misma de los que ]a derramaron
en su defensa. Las montañas de Covadonga, las de San
Á LOS CUERPOS COLECHSLADORES.
CIX
Juan de la Peña, las de Monte-Aragon y otros diferentes
puntos de España, testifican á tod:=-. hora al viajero, que allí
se guarecían los valientes españoles que defendían la unidad
de su fe, y desde allí salían á la victoria, y despues al triunfo
definitivo. haciéndose superiores á todos los trabajos.
Más tarde, á principios de nuestro siglo, han demos-
trado y escrito con su sangre la unidad católica tantos hé-
roes y heroinas como ofrecieron su pecho á las balas del
Coloso del siglo en Zaragoza, en Gerona y en mil y mil
puntos de España, que son bien conocidos á la ilustracion
del Congreso.
Todo esto ha sabido hacer la unidad de nuestra fe reli-
giosa. ¿, Qué fin puede tener, pues, señores Diputados, la
perniciosa novedad de esa improcedente base undécima?
No puede ser sino muy triste, muy perjudicial, muy de-
gradante para nuestra querida patria. El Congreso, en su
alta sabiduría, creemos que lo contemplará concienzuda-
mente, para desecharla con tanta energía como grandeza.
El viajero que al pasar por las montañas de Covadonga y
otros diferentes puntos, recuerda la memoria de los héroes
que defendieron la unidad religiosa á costa de su sangre,
descubre respetuoso su cabeza, y envía á la tumba gloriosa
en que yacen, un cordial saludo de admiracion. Deseamos
tambien que los señores Diputados desechen enérgicamen-
te la proyectada base, para que en su dia nosotros y la
historia podamos tributar á sus nombres escritos, y los de
su familia, un tributo tambien de respeto y de cordial gra-
titud.
Dios nuestro Señor se digne comunicar al Congreso
todo el lleno de luces que nosotros le pedimos, para el
acierto.
Valencia 16 de Febrero de 1876.-MATEO, Obispo de Ma-
llorca.-Francisco lJermudez Cañas, vicario capitular de
Segorbe.-Plenamente autorizado por el reverendo Obispo
de Menorca, y Vicario capitular de Ibiza, MARIANO, CA~
...
D~NAL BARRIO, Ar~obis'po de VaZ,ncia,
ex
EXPOSICIONES
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE COMPOSTELA.
Señore~ Diputados: El Arzobispo de Compostela y los
demas Prelados de esta provincia eclesiástica que suscri-
ben, acuden hoy respetuosos al Congreso de señores Dipu-
tados de la Nacion suplicando el restablecimiento íntegro
de lo estipulado en los primeros artículos del Concordato
de 1851 , es á saber: que la Rcligion católica, apostólica,
romana, única verdadera, es la que profesa la Nacion Es-
pañola, y que se prohibe en su territorio el ejercicio de
cualquier otro culto; consignándolo así en la ley funda-
mental del Estado, próxima á discutirse.
Si esta cuestion fuera de las llamadas puramente poli-
ticas, los recurrentes se guardarían muy bien de interesar-
se en que se resolviera en uno ú otro sentido, circunscri-
biéndose tan sólo á demandar al celestial Padre de las lu-
ces copiosa efusion de ellas sobre los altos poderes legisla-
ti vos, á fin de que las resolviesen con acierto; empero,
como es esencialmente religiosa, y de muy trascendenta-
les conse~ncias para el país, faltarían á un deber muy
sagrado sí , renunciando el uso del incuestionable derecho
de peticion que les asiste, no añadiesen á la oracion al
supremo Legislador del cielo, la súplica y exposicion á los
que en su nombre dictan leyes en la tierra. Por este moti-
vo abrigan la consoladora esperanza de ser escuchados con
benevolencia, y atendidos con justicia, por los elegidos
de la Nacion , de cuya ilustracion y buena fe esperan una
decision salvadora. Al hacerlo, aunque tendrán que expre-
sarse con la claridad y lisura que la entidad del asunto re-
clama, protestan de antemano ser su propósito usar formas
tan respetuosas como exige la alta dignidad del Congreso,
y su propio carácter les impone. Así que. dan por no ex-
presada en este escrito cualquiera frase que pareciera mé-
nos conveniente áun al criterio más clelicado.
Á.. LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXI
N o se detendrán aquí á reproducir lo que no ha mucho
dejaron consignado en otra exposicion elevada á manos
de S. M. el Rey D. Alfonso XII (Q. D. G.) , á saber: que el
garantir en una ley la libertad ó tolerancia de cultos era
contrario á las severas prescripciones de la recta razon, á
los designios de Dios al establecer en el Viejo Testamento
la observancia de la única Religion verdadera, y prohibir
bajo pena de la vida la pdctica de cualquiera otra, y al
plan divino de Nuestro Señor Jesucristo, segun el cual no
había de haber en el mundo mús que un solo rebaño y un
solo Pastor, ni quedar á los hombres otro camino expedito
de salvacion que la fe y la moral, cuya guarda dejó al cui-
dado de su Iglesia infalible. Tampoco harán mencion de lo
que en aquel documento añadían, esto es, que la misma
Iglesia había condenado solemnemente la citada libertad y
tolerancia de cultos, al paso que la honrada Nacion Espa-
ñola se hallaba formalmente comprometida á practicar y
sostener el único verdadero, por lo estipulado en el Con-
cordato del 51. Asimismo pasarán por alto las incontesta-
bles observaciones con que en él refutaban las insosteni-
bles argucias con que algunos .pretendían apoyar lo con-
trario. Nada de esto dirán, limitándose á ratificarlo y con-
firmarlo.
Al presente, tomando por base de sus observaciones el
carácter legislativo que distingue á la elevada Asamblea ú
quien se dirigen, procurarán fundarlas en las condiciones
que debe revestir toda ley para que obligue en conciencia,
para que sea cumplida con espontaneidad, para que sea be-
néfica á todos los legislados, y para que no provoque con-
flictos que redundarán en perjuicio de la misma sociedad,
á cuyo bien aquellas se consagran, llegando hasta ser cau-
sa de su ruina y destruccion.
Es doctrina corriente entre los filósofos en general, y
entre los t.eólogos católicos en particular, que toda ley,
segun gráficamente expresa el Angel de las Escuelas, ha
de ser <4 ordenaci~n de la razon para el bien comun»: or-
CXII
EXPOSICIONES
dinatio 1'ationis arI oonum commune; y esto porque la ley no
tiene fuerza de obligar si no es justa, y no es justa si es
contraria á la recta razon , que es la norma dada por Dios
- al hombre para dirigir sus acciones al fin último. Aho-
ra bien: la libertad ó tolerancia de cultos, ¡, es conforme
al dictámen de esta misma recta razon'? De ninguna
manera.
Segun ella, no hay más que un solo culto verdadero,
el católico apostólico romano; los innumerables, antiguos
y modernos que lo contradicen, todos son falsos: no es li-
cito apoyar el error, la mentira ó la inmoralidad directa
ni indirectamente; y por lo tanto, ni autorizarlo ni tole-
rarlo por medio de una ley que de uno ú otro modo les
otorgue algun derecho. De donde se infiere que la que con-
signase la libertad ó tolerancia de cultos en España jamás
llegaría á ser ley, porque nunca adquiriría el carácter de
justa: jamás sería o1'dinatio rationis, sino ordinatio contra
rationem; y siendo así, nunca merecería el acatamiento,
la reverencia y la sumision de un pueblo culto y civiliza-
do como el español, que no ignora los fundamentos del
derecho y del deber.
Cuando se manda á séres inteligentes y libres, que tie-
nen conciencia cierta de la justicia ó sin razon con que se
les manda, es indispensable que los preceptos legislativos
aparezcan tan justos y racionales á los ojos de todos, que
espontáneamente cautiven la inteligencia y voluntad de la
multitud en su reverencia, obsequio y acatamiento. No
basta mandar porque se dispone de la fuerza para hacerse
obedecer: con ella sólo podrá conseguirse una sumision
material y sensible, mas nunca el rendimiento del espíritu
y del COfazon , sin el cual es imposible obtener su fiel ob-
servancia.
Amén de esto, el objeto de toda ley ha de ser siempre
y exclusivamente el bien comun; nunca la satisfaccion de
planes ó proyectos de unos cuantos, que por espírítu de
()scuela ó de partido, y sólo porq.ue forman parte de su sis-
Á LOS CUEHl'OS COLEGlSLADORES.
CXIII
tema político, por más que no merezcan la aprobacion de
la razon justa, se empeña en legislar exclusivamente se-
gun su modo especial de ver las cosas, haciendo caso omi-
so de la conciencia general y del beneficio del pueblo.
Ahora bien: á nadie se oculta que la casi totalidad de los
españoles es católica apostólica romana, por más que al-
gunos, descuidando el conformar sus actos con la Reli-
gion que profesan (segun ellos mismos atestiguan en oca-
siones solemnes), den moti vo para que se les tenga por
anticatólicos ó escépticos. Siendo así, claro es que no se
dirige al bien comun , sino que lo impide y contraría, cual-
quiera disposicion legal que dificulte á la generalidad la
práctica y cumplimiento de sus deberes religiosos, ósea
verdadera piedra de escándalo para que los abandone; y
como tal fuera la que se consignase en el Código funda-
mental estableciendo en España la libertad ó tolerancia de
cultos, rigurosamente se infiere que ésta nunca tendría
fuerza de ley, por ser opuesta y contraria al bien comun
y general.
Preciso es igualmente que el legislador tenga muy pre-
sente la idiosincrasia ó manera de ser de la sociedad para
quien legisla, como el facultativo el temperamento de su
cliente, á fin de armonizar con aquélla los preceptoslegis-
lativos. De no hacerlo así, resultaría que, ó éstos serían
ineficaces por la fuerza de repulsion que encontrarían en
ella, ó ésta desorganizaría la sociedad en vez de ordenarla
y hacerla marchar rápida y espontáneamente hacia sus al-
tos destinos. Esto supuesto, como la española, segun su
constitucion más de mil veces secular, es eminentemente
católica y repulsiva hasta el heroismo de todo culto que no
sea el único divino y verdadero, preciso é indispensable es
que las leyes que se la impongan, en vez de contrariar
esta su inmejorable organizacion y manera de ser, la favo-
rezcan, la impulsen y estimulen, si es-que se quiere que
adelante en vez de retrogradar, y viva pujante y vigorosa
en vez de desfallecer y morir. No se le imponga, pues.
J¿
CXIV
EXPORIClOXER
una ley que no armoniza con sus sentimientos, una ley
que tiende á imponerla lo que jamás ha querido recibir, lo
que siempre ha repelido indomablemente, áun á costa de
increibles sacrificios.
/, y no son tambien muy dignos de aprecio y estima los
innumerables beneficios que reporta á toda la sociedad civil
la práctica de la única Religion verdadera, sin mezcla de
otros cultos, que no lo son? Con ella viene tambien la paz
y armonía y buena inteligencia entre los ciudadanos; ella
robustece la autoridad pública ~l la vez que la suaviza y
modera, haciendo justos, benéficos y misericordiosos á los
gobernantes: ella reduce á las muchedumbres á la sumi-
sion y voluntaria obediencia á los poderes constituidos,
intimándolas que éstos traen su origen de Dios mismo; ella
despierta en el corazon del pueblo el amor de lo bueno, y
úun de lo bello, cegando así la envenenada fuente de las
sediciones y discordias civiles, y haciéndolo marchar con
paso veloz por la senda de su perfeccionamiento; ella ilus-
tra hasta los entendimientos más rudos con una sabi-
duría celestial, que hubieran envidiado los más aventaja-
dos filósofos de la antigüedad; ella sugiere motivos y da
lecciones y ejemplos á los hombres para inducirles á ejecu-
tar toda clase de acciones nobles, y omitir todo género de
actos viciosos; ella mata el egoismo é inspira aquel des-
'prendimiento generoso que es origen de los más grandes
sacrificios en pró de los demas ciudadanos en particular, y
ele la patria en comun, á la vez que les aproxima más y
más á Dios; ella tiene consuelos para toda afliccion, so-
corros para toda necesidad, resignacion para todos los in:'"
furtunios , dulzuras y esperanzas inmortales para todos los
trances de la vida, incluso el de la muerte; ella, en fin,
es fuente inagotable de toda clase de bienes individuales y
sociales; al paso que los falsos cultos, siendo como son su
antítesis, no son sinomanantial fecundo de todo linaje de
males, así para el individuo como para la sociedad. En
vista de esto, /,cómo es posible desconocer el gran des-
.\\ LOS CUERPOS COLEGISLADOUES.
cxv
acierto que se cometería dictando una ley que conh'ariase
la accion benéfica de la una, á la par que favoreciese la de-
letérea de los otros'? Los legisladores, que hacen en la tie-
rra las veces de Dios, no llUeden legislar sino como Dios le-
gisla, esto es, promoviendo el bien y contrariando el mal.
Los mandatarios de un país eminentemente católico no
pueden legislar sino de una manera tambien eminentemen-
te católica; y ciertamente no es católico aquello que se
opone á las máximas del Catolicismo, como la libertad le-
gal ó tolerancia de cultos.
Hay más: la prevision es otra de las cualidades que dis-
tinguen á un legislador prudente; y en España, tanto la
historia antigua como la contemporánea, nos suministran
lecciones muy saludables para precaver con tiempo los gra-
ves conflictos á que puede dar lugar el insistente propósi-
sito de implant!lr en ella y favorecer otros cultos, fuera del
suyo único y verdadero. i,Descansó por ventura hasta que
logró extirpar el arriano'? i,Se dió punto de reposo, ó se
permitió respiro, hasta sacudir el mahometano'? Dió jamás
carta de naturaleza al luterano , al calvinista, ó á ninguna
Q.c sus infinitas escuelas'? i, Dobló jamás la cerviz ante las
formida'\\:)les falanges del Coloso de este siglo, que con la
dominacion extranjera venía tambien á inocular el virus
de la ijbertad religiosa'? Y cuando en época muy reciente
descansaba tranquilo en sus hogares obedeciendo sumiso á
las autoridades constituidas, i,qué espíritu maligno lo so-
liviantó y provocó en su seno excisiones y luchas que han
inundado de sangre el suelo español, y profundizado la di-
vision entre' hermanos y hermanos, cuyas consecuencias
aún lamentamos amarguísimamente, sino las horribles
blasfemias contra lo que más ama y venera su noble cora-
zon, que, pronunciadas en altos y eminentes lugares, re-
sonaron en el ámbito y ángulos de todo el país, y el revo-
lucionario empeño de implantar por la fuerza lo que su
conciencia católica rechaza'? Prevision, señores Diputados,
i prevision, prudencia, tacto, miramiento! El pueblo es ...
CXVI
EXPOSICIONES
pañol és fogoso é inflamable, máxime cuando se trata de
Religion. i Prevision, pues, y cautela!
Si llegára á ser ley lo que hoy dia no es más que un
proyecto, funestísimo fuera el legado que se dejaría á los
gobiernos encargados de su cumplimiento. El espíritu ca-
tólico es general y potente en España, y tan repulsivo de
todo cuanto le contraría, que ni un solo momento sabe ar-
monizar con ello. La revolucion, que ni es prudente ni pre-
visora, impuso la ley de la tolerancia, y ostensiblemente
se manifestó protectora de todo lo anticatólico. Ello no
obstante, las cátedras del error que se han abierto en va-
rios puntos de España, no sólo no han logrado hacer pro-
sélitos, sino que para permanecer abiertas, aunque por
poco tiempo, ha sido necesario que los agentes de la au-
toridad custodiasen sus entradas. Si esto ha sucedido hasta
el presente, cuando el pueblo español aún no había perci-
bido la fetidez de los asquerosos miasmas de las falsas doc-
trinas, y de la corrupcion de costumbres de los nuevos
evangeljzadores, despues de tan repugnante ensayo, se
repetirá en más grande escala. De aquí resultará que las
autoridades públicas, en obsequio dela ley establecida,
tendrán que convertirse en manifiestas defensoras de los
anticatólicos, y opresoras de los católicos; ó más claro, de
librecultistas en anticatólicas; lo cual será el colmo de lo
increible é inexplicable en un país eminentemente católico,
cuyos gobernantes deben ser su reflejo y su personificacion.
En fin, ¿no ha de pesar nada, ni poco ni mucho, en el
ánimo de los señores Diputados, este clamoreo general y
unánime de todo el Episcopado, eco fiel de la voz autori-
zadísima del gran Pio, del clero y pueblo español? i Re-
flexionad, señores Diputados! ¿ Tan poco ha de pesar en
vuestro juicio su voto ilustrado? ¿ Tan insensible ha de ser
vuestro corazon á sus agudos ayes? Tened en cuenta que
una experiencia reciente y muy dura ha demostrado con-
cluyentemente que, en materias de religion, el pueblo
hispano está inseparablemep.te unido á su clero, así como
j
" ,
. .
A J"OS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXVII
este á su Episcopado. Reflexionad, pues, y dignaos escu-
char prudentes sus justos clamores.
De las someras indicaciones que acaban de apuntar res-
petuosamente los Prelados que suscriben, la profunda pe-
netracion de los señores Diputados deducirá sin esfuerzo
otras muchas no ménos atendibles, que la naturaleza de
este escrito no les permite explanar. Todas en conjunto
acreditan que el proyecto que se trata de convertir en ley
carece de las circunstancias indispensables para serlo; no
es conforme á razon, ni conduce al bien comun, ni de fácil
ejecucion, ni favorable al país; sino por el contrario.
opuesto á su constitucion y organismo, antipático á la ge-
neralidad , manantial inagotable de perturbacion é inquie-
tud, de resistencias embarazosas, de colisiones, tal vez
ocasion de una guerra religiosa, de intervenciones extra-
ñas, y ... ¡lo que Dios no permita! hasta de la pérdida de
nuestra nacionalidad.
Por tanto, suplican rendidísima y encarecidísimamente
á los señores Diputados que, tomando en consideracion lo
que llevan dicho, reformen la obra de la revolucion, pro-
clamen de nuevo lo solemnemente estipulado en los prime-
ros artículos del Concordato de 1851, Y consignen en el
nuevo Código fundamental, «que la Religion católica,
apostólica, romana, única verdadera, es la que profesa la
Nacion Española, y que se prohibe en su territorio el ejer-
cicio de cualquier otro culto.» Haciéndolo así, satisfarán
cumplidamente la general expectacion , merecerán bien de
la Religion y de la patria, y sentarán la más sólida base de
su dichoso porvenir.
Santiago de Compostela 26 de Febrero de 1876.-Por sí,
y en nombre del reverendo Obispo de Lugo, del reverendo
Obispo de Tuy, del reverendo Obispo de Mondoñedo, del re-
verendo Obispo de Oviedo y del reverendo Vicario capitu-
lar de Orense, que expresamente le han autorizado,-
MIGUEL, Arzobispo de (JOl1~postela.
cxvin
ExpostciONF:8
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE SEVILLA.
El Cardenal Arzobispo de Sevilla y demás Prelados de
esta provincia eclesiástica, cumpliendo un deber sagrado
de su ministerio pastoral, y usando del derecho de peti-
cion y representacion que tienen como españoles, se diri-
gen á las Córtes para hacerles una franca y respetuosa ma-
nifestacion, que no pueden omitir, y que consideran de la
mayor importancia.
Cuando oyeron por primera vez la palabra 1·esÜlUJ·acion
despues de seis años de sufrimientos y amarguras, duran-
te los cuales vieron con lágrimas en sus ojos ultrajada mu-
chas veces la Religion, y la patria hondamente perturbada,
creyeron y debieron creer que había Helgado la hora en
que, aniquilados los elementos de destruccion que se agi-
taban en el seno de nuestra sociedad, se reorganizase ésta
sobre sólidas bases, único) modo de que llegára á recobrar
foiU perdida grandeza. Mas como la Religion es el robusto
cimiento sobre que necesariamente debe descansar toda
sociedad bien organizada, y entre todas las religiones la
católica, apostólica, romana es la única que da fuerza y
robustez á los Gobiernos, y paz y prosperidad á los pue-
blos, creyeron que uno de los primeros actos de la restau-
racion anunciada habría de ser el restablecimiento de la
unidad católica, rota, por desgracia, en dias funestos de
conmociones violentas y de pasiones desenfrenadas. ¿ Y
cómo no habían de creerlo así, siendo la unidad religiosa
lajoya más preciada de España, su timbre mlis envidiable,
el fundamento de su nacionalidad y el orígen fecundo dé
sus más esclarecidas glorias'?
Pero desgraciadamente han visto con sorpresa que sus
esperanzas, que. son las esperanzas de la patria, van á que-
dar defraudadas, puesto que en el proyecto de Constitu-
A LOS CUERPOS COLRGH;;T,ADORES.
cxrx:
cion sometido á la deliberacion del Congreso, en vez de
restablecerse la unidad católica, se consigna en su arto 11
una tolerancia religiosa, ó más bifm una libertad de cultos
encubierta, que deja franca la puerta á todos los errores y
subsistente el árbol funesto que tan amargos frutos ha pro-
ducido en estos últimos años. ¿ Y habtían de permanecer
silenciosos los Prelados que suscriben, conociendo, como
conocen, que si el expresado artículo llega á ser ley van á
ver constantemente amenazados el dogma y la moral, de-
pósito sagrado cuya custodia y conservacion les han sido
encomendadas? ¿ Habrían de callar previendo, como pre-
ven, que si el mencionado artículo se aprueba ha de ser
causa de males y desventuras incalculables para la patria '?
Nó : su conciencia de Prelados católicos y de españoles no
se 10 permite, y por eso dirigen su voz á la Representacion
nacional y llaman la atencion del Congreso para que, es-
tudiándolo detenidamente, reconozca que el mencionado
artículo, en su fondo y en su forma, se opone á la ley divi-
na, rasga un tratado solemne, borra para siempre las glo-
rias más ilustres de España, y atraerá sobre nosotros, en
tiempo no muy lejano, mi diluvio de males que sin duda
habrémos de sentir, y que ahora se pueden fácilmente
evitar.
Con efecto: ningun católico puede negar la soberanía
de Jesucristo sobre los individuos y sobre las naciones, y
éstas, no ménos que aquéllos, deben vivir sometidos á su
voluntad soberana, desde el momento en que les es cono-
cida. El es el Salvador del mundo, que vino á librar al
hombre de la esclavitud del error y de la servidumbre del
pecado, cuya mision divina cumplió enseñando á todos la
verdad, tanto en el órden intelectual como en el moral, y
llamando á los hombres para que, congregándose en una
unidad perfecta, conservasen la posesion de la verdad, que
es necesariamente una. Por eso ruega á su Eterno Padre
para que todos fuesen uno como una misma cosa con el
Padre y El, Y anuncia al mundo que ha venido para con-
éxx
EXPOSICIONES
gregar en la unidad tÍ, los hijos de Dios, que se hallaban
dispersos, manifestando siempre su deseo de que todos los
hombres formasen una sola familia, ú fin de que no hubiese
más que un solo redil y un solo Pastor: Unum o1)ile et unus
Pastor. No hay más que una fe y un bautismo, así como
no hay más que up. solo Dios, y cuantos en el trascurso
de los siglos se han opuesto á esta unidad introduciendo
nuevos dogmas, forjando falsas religiones y dividiendo á
los hombres entre sí, en las creencias yen la moral, ó favo-
reciendo estas funestas divisiones, han hecho oposicion á
la voluntad divina y se han puesto en abierta contradic-
cion con el Evangelio. ¿ Y quién dejará de conocer, por
poco que reflexione, que el artículo constitucional de que
nos ocupamos no va á dar otro resultado que fomentar esta
division en nuestra patria, que conservó dichosa hasta
nuestros di as el inapreciable tesoro de la unidad católica'?
-
«Nadie será molestado en el territorio español por sus opi-
niones religiosas, se dice en él, ni por el ejercicio de su
respectivo culto, salvo el respeto debido á la moral cristia-
na. N o se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni ma-
nifestaciones públicas que las de la Religion del Estado.»
i, y cómo podrán conciliarse estas disposiciones con la
unidad predicada por Jesucristo, y que España ha conser-
vado solícita por tantos siglos? Aprobadas por el Congreso,
podrán al amparo de la ley profesarse en el territorio es-
pañol religiones opuestas á la fe católica, y ejercer cada
una de ellas libremente su respectivo culto, lo que por ne-
cesidad ha de producir la division en las creencias. Es
verdad que se prohiben las ceremonias y manifestaciones
públicas que no sean las de la Religion del Estado; pero
¿qué se entiende aquí por manifestaciones públicas? ¿Lo
serán los templos, donde las sectas anticatólicas se con-
greguen para poner en ejercicio su culto? ¿Lo serán las
escuelas, donde las mismas pervertirán con sus falsos dog-
mas á los niños y á los jóvenes? ¿Lo serán los periódicos,
desde donde dirigirán, como acostumbran, violentoR ata-
.( LOR CUERPOR COLlWISLADÚRÉS.
cxxt
que s á la doctrina sacrosanta del Catolicismo? No lo sabe-
mos. La letra del artículo se presta ú diferentes interpre-
taciones, y, no lo dude el Congreso, por léjos que el mal
esté de la intencion de los autores de este artículo, si llega
á convertirse en ley, el mal vendrá, y no habrá delirio, ni
supersticion, ni falRa creencia que no halle medios favo-
rables para hacer cruda guerra á la Iglesia católica y ú la
fe del pueblo espalíol en las diversas interpretaciones que
pneden darse al artículo en que nos ocupamos, dándose
con esto lugar ú funestas y profundas divisiones. Y siendo
así, ¿dónde quedará la unidad que prescribe el Evangelio?
Es indudable que el arto 11 del proyecto de Constitucion
es diametralmente opuesto ,Í- la ley divina. Y no se diga
que en él se establece sólo una mera tolerancia religiosa,
porque, ú se permite p0r él únicamente la profesion priva-
da y oculta de las falsas religiones, y entónces el artíeulo
es inútil, ó se concede algo mAs, y entónces vendrit tí
convertirse en verdadera libertad de cultos, que serú perju-
dicial, porque producirá los males que dejamos indicados.
Inútil en el primer caso, porque ¿ qué necesidad hay dn
consignar en el Código fundamental una tolerancia que se
concedía en España á los que profesaban privadamente di-
versas religiones , áun ántes que se diese el grito de liber-
tad religiosa que esc'l.nualizó tÍ todos los buenos españoles"?
¿ Qué extranjero fué molestado jamás en aquel tiempo
cuando guardaba sus creencias en el fondo de su COl'azon
ó en el secreto del hogar doméstico'? ¿No gozaban los sec-
tarios de las falsas religio~les de completa seguridad en sus
personas y en sus intereses, á pesar de la unidad católica?
¿Pues á qué consignar esa misma tolerancia en la Consti-
tucion del Estado'? Al consignarla se da á entender que
algo se concede; que se concede la facultad de manifestar
de algun modo sus creencias, y entónces ya no es mera to-
lerancia lo que se concede, sino una libertad de cultos so-
lapada, que ha de producir inevitablemente RIlR frutos,
opuestos enteramente al Evangelio.
CXXlí
ÉXPOSICIO"Fi~
Pero hay m:,s, y esto u0be tenerlo muy presente el Con-
greso; el artículo que nos ocupa se opone tambien al úl-
timo Concordato, cuyos artículos no pueden alterarse por
nadie, sino por las dos supremas potestades entre quienes
fué estipulado.
¿ Sel'Ú, pues, justo q uo las Córtes por sí solas, sin el
acuerdn de la Santa Sede, alteren aquel solemne convenio
en un punto tan importante y trascendental como el de la
Religion del Estado'? Compúrese el artículo 1. o del Con cor-
(lato con el11 del proyecto de Constitucion, y se descubrirá
entre uno y otro una contradiccion maI!ifiesta. Por aquél
se declara y sanciona que la Religion católica es en Espaua
la Religion del Estado, y se prescribe su perpétua conser-
vacion, con exclusion de todo otro culto; por éste, ni se
(leclara quo la Religion católica os la sola y única Religion
de la N acion Espauola, ni se expresa la exc1usion de todo
otro culto, sino que, muy al contrario, disponiéndose que
nadie sel'Ú, molestado en el territorio español por sus opi-
niones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo culto,
salvo el r,~speto uebido á la moral cristiana, se autoriza ele
un modo explícito el ejercicio exterior ele otro cualquier
cnlto, contra el espíritu y la letra del referido articulo del
Concordato. N o m énos se opone al articulo 2. o del mismo;
porque si nadie ha de ser molestado en el territorio espauol
por sus opiniones religiosas, ¿cómo se ha de cumplir, se-
gun se previene en el mismo, que la enseñanza en las es-
cuelas públicas y privadas sea en un todo conforme con la
(loctrina ele la Iglesia católiea'?¿ Cómo podran vigilar los
Obispos subre la enseñanza'? ¿Cómo podrán impedir que se
propague la doctrina (kl error'? ¿Cómo ha de prestar el Go-
bierno auxilio y proteccion ~llos Prelados, segun se estipulú
en el·art. 3.° elel Concordato, cuando lo necesiten para opo-
nerse ú la malignidad de los hombres que intenten perver-
tir los ~nimos, ó para impedir la publicacion ó'circulacion
de los libros nocivos'? Aprobado el arto ] 1 del proyecto de
Constitncion, todo esto es imposible; caen por tierra los
Á LOS ct~ERPOS COLEGISLA[)ORES.
(~iXIIT
tres primeros artículos del Ooncordato, y con ellos torlos
los demas que comprende este solemne y rcspetable conve-
nio. Medítelo lJien el Congreso, y al deliberar sobre el in-
dicado artículo, acuérdese que cs representante de una na-
cion que se distinguió en todos tiempos por su firmeza y
lealtad en el cumplimiento de sus tratados, y no le arrebate
este timbre, ni destruya sus glorias, que, abolida la unidail
católica, desaparecerh para siempre.
Bien lo sabe el Congreso, y los Prelados que suscriben
no hacen más que recordárselo: borrada de las leyes fun-
damentales lh España la unidad religiosa, quedan hor-
rados de su historia los nombres de Covaclonga, de Sevilla
y de Granada; el nombre ele toda la Península, en que no
hay un palmo ele tierra sin gloria, porque no le hay en que
no hayan combatido y triunfado los españoles por la uni-
dad religiosa y por la independencia ele la patria; quedan
borrados los nombres de Lepanto, ele Otumba, de Pavía y
de San Quintin, que nos recuerdan los tiempos en que
más se apreciaba y defendía en España la unidad religiosa:
quedan horrados, en fin, los nombres de Bailén, de Zarago-
za y otros muchos en que los españoles, sostenidos por la
unidad católica, vencieron ú los vencedores del resto dI'
Europa, que fué vencida y humillada por carecer de la uni-
dad religiosa. Sí, no lo dude el Congreso: borrada la uni-
dad católica, las glorias de España desaparecen, y ocupan
su lugar las deswnturas é infortunios, que vendrán á au-
mentar considerablemente las desgracias de la patria.
Cuando en el año 1855 se puso á discusion en las Cártes
Constituyentes la unidad religiosa, la voz unánime del
Episcopado español se dejó oir añunciando con sentidas
frases los males que habrían de sobrevenir si desaparecía
la unidad católica. Entónces se conjuró la tempestad; pero
vinieron tiempos más aciagos, y se ensayó la libertad rr-
ligiosa: mas este ensayo, verificado en los últimos añoR,
sólo sirvió para demostrar qne no eran vanos aquelloR te-
.mores ni falsos aquellos vaticinios.
CXXIV
EXPOSICIONEs
Testigos somos de los males que han venido sobre nues-
tra patria como consecuencia del grito funesto de la liber-
tad de cultos. ¿ No vimos caer nuestros templos, muchos
de los cuales no sólo eran monumentos de la Religion,
sino tambien joyas inapreciables del arte'? ¿No los vimos
tambien vendidos ti los sectarios del error, que los profa-
naron ejerciendo en ellos sus cultos'? ¿No hemos visto abrir
escuelas para corromper ti la juventud, difundir multitud
de libros para propagar las perniciosas doctrinas del error,
correr por todas partes el torrente de la inmoralidad y de-
clararse ,Í, nombre de la libertad una cruda guerra ú la
Iglesia católica, verdadera esposa de Jesucristo'? ¿No he-
mos visto ocupadas muchas cátedras en nuestras univer-
sidadcs por profesores enemigos del Catolicismo, que ha-
cían público alarde de su impiedad'? ¿No hemos visto in-
troducirse la division en las familias y la desunion en los
pueblos, hasta sentir amenazada nuestra nacionalidad, que
tiene su más robusto fundamento en la unidad religiosa'?
¡ Ah! N o se diga que la libertad de cultos es un adelanto,
una conquista de la civilizacion moderna. Ella es un ver-
dadero retroceso, que lleva á los pueblos al triste estado
en que se hallaba el mundo ántes de ser iluminado por el
Evangelio. ~o se diga que con la libertad de cultos se au-
m~tará la riqueza pública, viniendo á nuestra patria los
eapitales extranjeros. ¡Oh! Proclamada fué por la revolu-
cion de 1868, consignada fué en la Constitucion de 1869;
¿y dónde esU el aumento de la riqueza pública'? ¿Qué ex-
tranjeros han venido á negociar en España con sus capita-
les'? ¿Dónde se halla la abundancia y la felicidad que había
de traernos la decantada libertad religiosa'? Los hechos han
venido (t dar á sus defensores un triste y doloroso desenga-
ito. N o se diga, por último, que con la libertad de cultos se
abrir:t {t la Religion una palestra para alcanzar nuevos triun-
fos y ostentar con ellos su divino poder y su celestial hermo-
sura, pues esto no es más que un débil y especioso pretexto.
¿Qué se diría de un general que despues de haber tomado á
Á LOS CUERPOS COLEGISL.\\DORES.
CXXy
costa de sacrificios una plaza importante, la entregase otra
vez á los vencidos, sólo por el necio placer de conquistarla
de nuevo'? Pues esto y no otra cosa sería establecer la li-
bertad religiosa en nuestra patria. La Religion católica ha-
bía vencido en ella al error; había combatido victoriosa en
todos los siglos contra los enemigos de su fe, los había
arrojado alIado allá de nuestras fronteras, y dominaba so-
la, influyendo benéficamente en nuestras leyes, en nues-
tras costumbres y en todas nuestras instituciones. lo Será,
pues, justo, sera racional abrir ahora las puertas á los
enemigos, que ella misma había vencido, para que destru-
yan su obra de muchos siglos, contentándm:e con decir:
«olla la reconstruirá de nuevo'?» Y no se crea que al hablar
de este modo temen los Prelados que suscriben por la Re-
ligion, nó. Ella es inmortal, y no perecerá jamás. Temen
por los incautos, que fácilmente son pervertidos por las
doctrinas del error; temen por la familia, que, sin el
influjo de la verdadera Religion, se envilece y' disuelve;
temen, por último, por esta patria querida, que con la
unidad católica fué siempre grande y poderosa, y que
sin ella vendrá inevitablemente a ser el ludibrio de los
pueblos.
Por todas estas consideraciones y otras muchas que
omiten por la brevedad, los Prelados que suscriben ruegan
encarecidamente al Congreso que, desechando el arto 11
del proyecto de Constitucion ,lo sustituya por otro que,
estando en armonía con los tres primeros artículos del no-
vísimo Concordato, restablezca en España la unidad reli-
giosa, y como consecuencia necesaria, la unidad de la en-
señanza católica en todas las escuelas públicas y privadas.
De este modo el actual Congreso hará justicia á la Religion
católica, llenaú c!lm plidamente los deseos de la inmensa
mayoría de los españoles, salvará nuestra sociedad, y ten-
drá la gloria de haber contribuido eficazmente {¡ la ventura
y á la prosperidad de la patria.
Sevilla 28 ele Febrero de 1876.-Luu;, Cardenal ..11':;;0-
('XXVJ
EXPU~ICI\\)l'\\ES
hispu de Se/)illtl.-I[n. FÉLIX 1\\LUtÍA, ObisJ)o de Oddiz, en su
!lombre y en el del ilustrísimo señor Obispo de Canarias.-
FI<;R~AI\\DO, Obispo {le Badajoz.-FR. ZEFERINO, Obispo de
Oórdoba.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE BÚRGOS.
El Arzobispo y Obispos sufragáneos de la provincia
l'clesiástica de Búrgos, usando de su derecho como espa-
110les y cumpliendo como obispos un estrecho y sagrado
deber de su ministerio, acuden respetuosamente al Con-
greso en demanda del restablecimiento de la unidad cató-
lica, y de que sea rechazado por inconveniente, innecesa-
rio y ocasionado á graves perturbaciones y conflictos el ar-
tículo ó base undécima del proyecto de Constitucion , que
autoriza la libertad ó tolerancia de cultos.
Sienten hondo pesar al tener que defender ante españo-
los la necesidad, la conveniencia y la justicia de mantener
incólume la posesion quieta, pacífica é inmemorial en que
se hallaba Españú de su unidad católica pocos años hú; pero
al observar el empeño y la tenaz insistencia con que se
pretende convalidar en nuestra patria la más funesta é in-
motivada de las innovaciones, áun despues de haber sido
rebatidos completa y victoriosamente con incontestables
razonamientos, los argumento~, Ó mej 01' dicho los espc-
('losos pretextos alegados por los apologistas de la mons-
truosa libertad de cultos, se ven preeisados los que suscri-
ben á exponer ante el Congreso algunas de las razones en
que apoyan su peticion y expresar el convencimiento Ínti-
mo que abrigan de los males incalculables que, sin mez-
cla de bien alguno, habría de producir, no sólo en elórden
religioso y moral sino tambien en el social y político, la
sancion legal de esa deplorable libertad ó tolerancia.
Trátase en el proyecto á que nos referimos de conceder
al e 1'1'\\) l' , bajo la garantía de una ley constitucional, dere-
chos que sólo corresponden á la Religion católica, úniea
verdadera. Pues bien; ó se permite el error y se le da vida
pública y legal como error, y esto es una necedad ú los ojos
del sentido cornun, ó se le permite como ignorancia y en-
gaño , y entónees sería un baldon para la sociedad que le
autoriza, ó se le permite como medio de descubrir la ver-
dad, y en este caso sería un absurdo, así porque el error
en rcligion, como la duda universal en la cien(~ia, no es
buen punto de partida para la investigacion de la vordafl,
como porque en religion y moral se la conoce toda entera,
y nada queda por descubrir en el seno del Catolicismo.
Otorgar libertad de conciencia y tolerancia de cultos
es lo mismo que reconocer un derecho en el hombre de ado-
rar al Dios verdadero ó al Dios que se finja, él ele negarle
pública y exteriormente, con desprecio de toda ley diyina
y con escándalo de los dernas hombres; es autorizar el
ateismo; es permitir que el error en religion se alce rebel-
de contra la verdad infalible de la Iglesia, y contradiga
con actos externos las creencias del pueblo español, tur-
bándole, dividiéndole é introduciendo en él la discordia:
y todo bajo el amparo y proteccion de la ley. i,Puede per-
mitir esto el poder social? Tanto valdría como permitir la
existencia de un elemento disolvente de la sociedad.
Ya que el genio del mal ha introducido, por desgracia,
tantos gérmenes de division en esta pobre patria, un tiem-
po tan unida, poderosa y envidiada, seria el colmo de
nuestra desventura arrojar en su seno la fatal levadura de
la tolerancia legal de cultos, manzana de discordia en el
órden religioso, que es la m;ls trascendental en sus tristes
efectos, como lo demuestra la historia de otros pueblos.
¡Oh! No podemos pensar con ánimo sereno en las horribles
disensiones que había de producir la mala semilla de la li-
bertad ó tolerancia de cultos.
En esta tic'na católica, qU/3 debe todo su g'lorioso pasa-
do á su unidad religiosa; en este país en que hace siglos no
cxx V111
EXPORIC10:\\ER
se levantan sino templos católico&, ni se quiere ni se pue-
de querer que se abra puerta franca al error, que empaña-
ría la pureza de nuestra fe. ¿ Quién, en efecto, ha reclama-
do esa malhadada libertad ó tolerancia de cultos'? ¿ Qué
pueblo, qué aldea siquiera ha mostrado deseo de quebran-
tar nuestra unidad católica J lazo precioso que une á todos
los españoles, fianza de paz y de reconciliacion para el
pI'esente y el porvenir, y prenda de su independencia y de
su fuerza'? Y si tales son los sentimientos del pueblo espa-
ñol , justo es satisfacer sus legítimas aspiraciones, cuando
tanto alarde se hace de rendir homenaje de respeto al voto
de las mayorías y á las exigencias de la pública opinion.
Cuando las Córtes de 1869, en el período úlgido de la
revolucion que destruyó la monarquía, decretaron la li-
bertad de cultos, escribiéndola en la Constitucion, contra
la casi unánime y solemnísima manifestacion del país,
quedaba la fundada esperanza de que tan peligroso ensayo
sería efímero y cesaría tan luego como desapareciese el
edificio levantado por la impiedad de unos y las malas pa-
siones de otros, que carecía de solidez y consistencia; pero
si ahora se acepta y ratifica la libertad de cultos con la
fuerza legal que presta la monarquía á todo cuanto prote-
g'e, esta determinacion tendrá consecuencias m~lS funestas
que aquel malhadado ensayo, y ejercerá una influencia
más eficaz y perniciosa sobre el únimo de las personas sen-
cillas, á quienes esa secular institucion inspira todo el res-
peto y consideracion que no podía merecerlas la forma de
gobierno entónces establecida, llueva y desconocida en
nuestra patria. Se legalizará con la libertad ó tolerancia de
cultos el proselitismo del error y la propaganda de toda
('lase (le desvaríos; quedarA autorizada la libertad de im-
pugnar y atacar la doctrina católica y de escarnecer sus
rnús augustos misterios y santas prácticas; y fácil es pre-
ver el peligro de sednccion que resultaría para muchos ca-
tólicos y la indiferencia religiosa y la consiguiente relaja-
~ion de costumbres que habían de. producir, en daño de la
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXXIX
misma sociedad, los discursos y los ejemplos que la auto-
rizasen.
Por eso es mayor y más apremiante, si se quiere, el
deber que tienen los que suscriben de levantar muy alta su
voz para impedir, en cuanto está de su parte, que se rea-
lice en nuestra legislacion una novedad de tanta gravedad
y trascendencia, que afecta al bien espiritual y salvacion
de las almas que les están encomendadas, como es mayor
tambien la rMponsabilidad que contraerían ante Dios y los
hombres cuantos contribuyan á despojar á nuestra patria
de la unidad católica, honroso distintivo que la caracte-
riza y ennoblece.
y no se diga que la libertad, ó al ménos la tolerancia
de cultos, es necesaria para que España entre en el con-
cierto de las naciones, y para atraer los capitales extran-
jeros de que ha menester para el fomento de su industria,
comercio y agricultura. Aunque esto fuera cierto, no por
eso debería darse esa preferencia á los intereses materiales
sobre los morales y religiosos. La tolerancia de cultos es un
mal, segun la doctrina católica, y conocida es la máxima
de que no debe procurarse el mal con la esperanza de que
de él resulten bienes. Pero está muy léjos de ser así como
quiere suponerse. El comercio, la industria, la agricultura
y todas las fuentes de la prosperidad pública se desarróllan
al benéfico calor de la moralidad y del trabajo, y al abrigo
de la paz y una prudente y sabia administracion. Donde
eso falte, donde las discordias religiosas vengan á reem-
plazar á esa tranquilidad "y órden sólido, no puede espe-
rarse con fundamento que afluyan capitales extraños, sino
más bien debe temerse que huyan los propios á otros paí-
ses que les ofrezcan más seguridad.
En el nuestro á nadie se ha molestado por sus ideas en
religion , cuando éstas no han traspasado los límites de la
conciencia y manifestádose por actos exteriores hostiles
á los fueros de la Religion católica que en él se profesa.
Esto lo sabe bien Europa y el mundo todo, como saben tam-
i
oxxx
EXPOSICIONES
bien que á la sombra de esta tolerancia han podido vivir y
han vivido de hecho, sin zozobra ni peligro, cuantos ex-
tranjeros no católicos han venido por propio interés á es-
tablecerse en nuestro suelo. Los que digan que otras nacio-
nes que pasan por ilustradas miran á España con desden
porque detesta la libertad de cultos, no dicen la verdad:
la verdad es que en este punto la miran con envidia; por-
que, como ella, quisieran verse libres de ese cáncer que
corroe sus entrañas. El ejemplo, pues, de otras naciones
no puede invocarse en favor de la libertad de cultos para
España, ni esta gran Nacion ha sido constituida para reci-
birlo, sino para darlo á otros países, como su brillante
historia lo demuestra, ni es justo ni político que acepte-
mos por mero espíritu de imitacion los males y desgracias
que aquejan á otros países, bien á su pesar.
¿ Dónde está, pues, la necesidad de introducir en nues-
tra patria la libertad ó tolerancia de cultos, con el funesto
cortejo de sus i!?-finitas y contradictorias sectas hetero-
doxas, que harían de este pueblo católico una Babel, y nos
constituirían en un estado social morboso y anárquico? La
aborrecen con razon los católicos fervorosos; y áun los ti-
bios, que con los primeros forman la casi totalidad de Es-
paña, quieren conservar á toda costa la integridad de su fe
en Jesucristo y en su Iglesia, sin exponerla á riesgos y
profanaciones, como precioso hilo de oro que ha de servir-
les para salir del laberinto de sus pasiones y reconciliarse
algun dia con su Dios. El corto número de descreidos que
no profesan religion alguna, no necesitan templo para
adorar al Dios que niegan y desconocen; y si desean la li-
bertad de cultos, es sólo en odio al Catolicismo. Tienen la
inmensa desventura de no creer, y para tranquilizarse
quisieran que todos fuesen incrédulos como ellos. ¿ Quién,
pues, necesita en España la libertad de cultos? ¿ Serán
acaso esos pocos propagandistas del protestantismo, asa-
lariados por las sociedades bíblicas, que han escandaliza-
do al país con su apostasía y conducta, los que merezcan
Á. LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXXXl
la consideracion de que por ellos se altere nuestra secular
unidad católica'? Mengua sería para nuestros legisladores
semej ante condescendencia.
Lo que la verdadera necesidad, .la conveniencia y
la justicia exigen, es que se respete nuestra gloriosa tra-
dicion: que se cumplan con lealtad los solemnes com-
promisos contraidos con la Santa Sede en los Concordatos,
y particularmente en el novísimo de 1851, que tiene por
base y fundamento la conservacion de la unidad católica;
que se eviten los conflictos que sobre las concesiones de la
Iglesia pudieran surgir de faltarse á lo pactado, por aque-
lla conocida máxima del derecho de gentes, Frangenti
Ildem, fides ll'angatur eidem; y que léj os de alentar al error
con la tolerancia ó libertad legal de cultos; léjos de debi-
litar directa ó indirectamente el sentimiento católico y la
comun creencia de nuestro pueblo; léjos de quebrantar
este freno religioso, sin el cual las masas se convertirían
en perpétuo instrumento de planes trastornadores, porque
nadie es más temible que el que no teme á Dios, se deseche
el arto 11 del proyecto constitucional, y se conserve nues-
tra preciada unidad católica, con lo cual los señores Dipu-
tados adquirirán un título de gloria y prestarán un servicio
inmenso al país á quien representan.
Búrgos 29 de Febrero de 1876.-ANASTASIO , Ariobispo
de Búrgos.-DIEGoMARIANO, Obispo de Vitoria.-PEDRO
MARÍA, Obispo de Osma.-JuAN, ObisplJ de Palencia. -SA-
TURNINO, Obispo de Leon. -GABINO , Obispo de Oalaltorra !I
la Oalzada. - VICENTE, Obispo de Santander.
CXXXIl
EXPOSICIONES
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE VALLADOLID.
El Arzobispo de Valladolid y demas Prelados de esta
provincia eclesiástica se creen en el deber de acudir al Con-
greso de Diputados exponiendo breve y respetuosamente
algunas consideraciones, de las muchas que se ocurren,
en favor del restablecimiento legal de la unidad católica,
en mal hora alterada por la revolucion en el país católico
por excelencia.
Aunque sobre este asunto de tan vital interes se haya
dicho y escrito cuanto pudiera necesitarse para esclarecer-
lo y demostrar la inconveniencia de adoptar para España
un modo de ser en el órden religioso que la generalidad
de sus habitantes repugna, y ninguna razon justifica; to-
davía, para que ahora y siempre conste que los Prelados
españoles abrigan convicciones profundas acerca de la ili-
citud , inconveniencia y funestísimos resultados que daría,
si llegase á establecerse por las actuales Córtes, la libertad
ó la tolerancia religiosa, quieren aquéllos repetir una vez
más sus observaciones, y hacer oir sus clamores y protes-
tas ante las Córtes del 'reino. Así descargarán el peso de su
responsabilidad como prelados y como ciudadanos españo-
les, y suceda des pues lo que suceda, no tendrán que devo-
rar, con otras amarguras, la del remordimiento que pudie-
ra ocasionarles su actitud silenciosa en estos momentos de
angustiosa crisis para la católica España.
Es hasta ahora una disposicion revolucionaria la que ha
planteado y sostenido entre nosotros la llamada libertad de
cultos. Gravísimos males y de difícil reparacion ha causado
en el órden moral el temerario ensayo de esa libertad fu-
nesta en nuestro suelo; pero al fin , como violento avance
de una revolucion transitoria, no era de creer que su dura-
cion se prolongase, ni que sus efectos tomasen las propor~
~ 1 LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXXXlII
dones que podrán tener al amparo de una ley dada en si-
tuacion más tranquila, como es la presente. En ella ¿darán
al mundo las Córtes españolas el espectáculo nunca visto
de un Cuerpo legisla,tivo, compuesto de católicos, confec-
cionando una ley para abolir ó confirmar la abolicion de la
unidad católica en un país, en una nacion compuesta en su
casi totalidad de católicos~ ¡,Qué juicio formarían esos
mismos extranjeros, conjurados hace ya tiempo contra esa
preciosa unidad, única condicion quizá que hoy nos hace
respetables ante el mundo que en otro tiempo asombrába-
mos, qué juicio formarían de nuestro actual carácter, com-
parado con el de nuestros antepasados'? Bien podrían de-
cir, y lo dirian por desventura nuestra, si se adoptase la
innovacion indicada: «La España actual no es la España de
la historia: la España de la historia acaba su vida á manos
de los que se llaman sus hijos. j Victoria para sus émulos y
enemigos !»
Es indudable que una nacion, no ya sólo para ser gran-
de y poderosa, sino áun sólo para conservarse independien-
te y resistir con éxito la accion de los elementos disolven-
tes, que ora se desenvuelven en su seno, ora la amenazan
de afuera, necesita un principio que la dé unidad y cohe-
sion, que la vivifique y sostenga; un vínculo que ligue y
estreche todas sus fuerzas; un resorte poderoso que las em-
puje, en caso necesario, hacia un mismo punto ú objeto;
una idea, en fin, grande y fecunda que, existiendo siempre
viva en todas las inteligencias, haga latir acordes todos
los corazones. Una nacion dotada de esas condiciones
de existencia podrá un dia ser un Estado débil y de es-
casa importancia al parecer: pero, si no las pierde, podrá
llegar á sor un pueblo gigante que, sobreabundando de
vida, arrolle á su paso á cuantos pretendan oponerse á su
marcha majestuosa, y que, acrecentando sus fuerzas en la
lucha, imponga respeto ó miedo en todos los ángulos del
mundo adonde alcancen sus miradas.
Bien sabei~, señore!'! Diputalim;, que esos rasg'iJS breví-
·CXXXIV
EXPOSICIONES .
..
simos son el compendio de la historia del pueblo español.
Vosotros conoceis esa historia, gloriosa sobre todo encare-
cimiento; y puesta la mano sobre ella, convenís sin esfuerzo
con los que exponen, que en España ese principio de vida,
ese vínculo de unidad, esa idea, ese sentimiento comun que
lo domina todo, que lo anima y vivifica todo, que dacomple-
mento y perfeccion á todo, es la uniformidad de creencias,
la unidad de doctrinas religiosas, la unidad de cultos. A
ella, como á un estado perfecto, ha tendido España, em-
pleando persistentes trabajos de eliminacion de extraños
elementos que la debilitaban: y al conseguirla, se mostró
al mundo como el pueblo de vida más robusta y fecunda.
Fácil fuera demostrar que España viene disfrutando de más
ó ménos vigor y prosperidad, cuanto con más ó ménos vi-
vacidad y eficacia ha obrado en ella el principio unificador
y verdaderamente vital de la unidad católica.
Ahora bien, señores Diputados; si se destruyese ese
principio (y se vendría á destruir empezando por modificar-
le segun la base undécima), ¿con qué otro se le sustituye
que dé iguales resultados'? No es cosa imposible destruir
lo existente, por antiguo que sea, y arraigado que esté en
un país, sobre todo cuando se invoca la moda, que todo lo
invade, ó la opinion, que se ha dado en llamar reina del
mundo; pero una serie harto larga de dolorosas y funestísi-
mas experiencias nos viene demostrando lo que la sana ra-
zon y el buen sentido han dictado siempre: que las bases
seculares de la constitucion de un pueblo no se alteran, no
se tocan, sin que el edificio social se conmueva y amena-
ce ruina.
Por eso los que exponen reconocen tan imponderable
gravedad y vasto alcance en la llamada cuestion religiosa,
que, á pesar de sus clamores, parece va á ser objeto de dis-
cusion en las Córtes. Sí, lo repetimos, á riesgo de parecer
molestos: la cuestion es de vida ó muerte para España; si
hay quien no lo vea así por ahora, el tiempo lo hará ver á
cuantos no estén ciegos. i Responsabilidad tremenda pesa
A LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
cxxxv
sobre las Córtes actuales! Responsabilidad que nosotros los
Prelados, atentos á las inspiraciones del primer represen-
tante de Dios, y seguidos del clero y de la mayoría del
católico pueblo español, agravamos, al hacer en descargo
de la nuestra, y sin intencion de ocasionar molestia á los
respetables individuos de uno y de otro Cuerpo, observa-
ciones pacíficas y enérgicas reclamaciones.
Es ya notorio que el pue bl0 español, en su inmensa ma-
yoría , repugna instintivamente cualquiera alteracion, por
leve que parezca, en lo tocante á la unidad católica, como
quien presiente que en asunto de tal naturaleza cualquiera
modificacion puede ser peligrosa y áun mortífera para la pa-
tria. Esque los pueblos cristianos yadultos ybienconstitui-
dos, á semejanza de los individuos, tienen en sí mismos,
cuando Dios no los abandona, una cierta fuerza repulsiva de
todo elemento que pueda heriró lastimar su vitalidad. Des-
acierto lamentable, y de lamentables consecuencias, sería
desentenderse al legislar sobre el punto que nos ocupa de
las ideas y sentimientos de la generalidad del pueblo es-
pañol, y de la actitud que éste ha presentado en todas las
ocasiones en que se ha intentado tocar la base religiosa, so-
bre que descansa su nacionalidad independiente.
y ese desacierto no le disculparían las corrientes de la
opinion en otros países, de que España S8 distingue con
gloria por su carácter eminente y exclusivamente católico,
dado que al legislar para España, nó las opiniones ni exi-
gencias de otras naciones, sino las de España, deben con
preferencia atenderse. ¿Acaso esas otras naciones nos con-
sultan ó toman en cuenta nuestras condiciones interiores,
cuando arreglan y aseguran las que á su vida y conserva-
cion atañen'? No insistirémos más sobre eate punto, harto
delicado bajo ciertos puntos de vista, por lb que puede te-
ner de ofensivo y deprimente para la noble altivez es-
pañola.
Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que en España se
viene dando á Dios unánimemente el culto único que le es
CXXXVI
EXPOSICIONES
agradable, viviendo unánimemente sus hijos de la doctri-
na santa que el mismo Dios se ha dignado revelarnos.
De esto estamos ciertos y seguros, así como lo estamos
de que á esa unanimidad de creencias y de culto debe nues-
tra Nacion sus mejores glorias, sus más grandiosas epope-
yas. Estamos en paz sobre esto. i,A qué obedece, pues, el
empeño de unos pocos de abrir puertas ó rendijas al error,
inquieto y perturbador por natural tendencia, arma satáni-
ca de destruccion y de muerte, elemento de descomposi-
cion y ruina para las sociedades mejor constituidas?
Nó, señores Diputados: vosotros no po deis querer esto,
no os es lícito quererlo, y ménos procurarlo. La conciencia
y la historia os lo dicen; los Prelados, maestros de la mo-
ral evangélica por institllcion divina, os lo aseguramos;
la patria ... la patria en quietud congojosa os recomienda su
porvenir, el porvenir de vuestros hijos.
Bien sabeis que en España todo está empapado de es-
píritu católico. Sobre un suelo amasado con sangre de már-
tires de la Iglesia católica, todo está embalsamado de ca-
tólico aroma. Nuestra historia, nuestra legislacion, nues-
tras costumbres, nuestra literatura, nuestras armas, nues-
tro lenguaje, todo en esta tierra bendita lleva impresa cier-
ta marca de catolicismo. Esta es nuestra gloria, este es
nuestro tipo, este es nuestro carácter nacional. Los que
hemos viajado fuera de España sabemos bien por experien-
cia cuánto esto enaltece á nuestra querida patria.
i, Cómo podría creerse que vosotros, ilustrados conocedo-
res de la historia, españoles de la raza católica y de corazon
católico, habíais de acometer la temeraria empresa de con-
currir al planteamiento de una ley que, alterando la unidad
religiosa, habría de dar por resultado, tarde ó temprano, el
descaractel'izar á vuestra madre y darla otra forma y modo
de ser en lo que tiene de más bello, de más noble y glorioso?
¿Podríais consideraros bastante sabios, bastante fuertes, para
obrar en contra de tantos legisladores eminentes como os
han precedido en los pasados y en el presente siglo; cons-
"t I.OS CUERPOS dOLEGISJ.~DORER.
cxxxvrt
tructores unos y conservadores otros, de esa gran base so-
cial y política, y ansiosos todos de verla firmemente y á toda
prueba sentada? i Ay de los pueblos, ay de los legisladores
que, dando al olvido su glorioso pasado, se arriesgan á en-
sayar novedades peligrosas! El orgullo pierde ú los pueblos,
como pierde á los"individuos, y suele conducirles á vergon-
zosas humillaciones. «Salvarás al pueblo humilde, decía
David al Señor, y humillarás los ojos de los soberbios.»
Por otra parte, es para los que suscriben una verdad
dolorosa que todo ese afan que algunos muestran por que
se establezca en los países católicos la libertad ó toleran-
cia de cultos, cuando no eJeisten razones y motivos sufi-
cientes para ello, trae su origen de errores contrarios ú la
fe, y de mhimas condenadas en los últimos tiempos por la
Santa Sede y por todo el Episcopado. Salvamos las inten-
ciones, y comprendemos demasiado que haya entre los
apasionados á esa novedad quienes no alcancen la relacion
que eJeiste entre los errores condenados por la Iglesia y
la libertad ó tolerancia que ellos anhelan. Los Prelados.
siempre dispuestos á dar razon de lo que afirman, se de-
tendrían á demostrar hasta la evidencia lo que acaban de
asegurar, si no temieran molestar al Congreso con lo que
sería más bien una disertacion que podría formar un libro,
que una sencilla eJeposicion á un Congreso de DiputadoR
católicos que reconocen nuestra competencia en asuntos de
esta índole. Bástenos, pues, decir que lo que del error traf>
su orígen, mal puede servir para bien de las naciones; y
saben los señores Diputados que es condicion esencial de
toda ley, segun Santo Tomás y todos los teólogos, que sea
un dictado de la razon ordenado al bien comun, de suerte
que una disposicion dada contra el dictámen de la recta ra-
zon, ó que no sea para el bien comun de la sociedad para
quien se da, no puede tener jamás razon ni fuerza de ley.
Quisiéramos que el Congreso fijase toda su atencion en e.sta
doctrina, y con perspicaz mirada viese todas sus conse-
cuencias en relacion al punto que nos ocupa.'
CXXXVIlI
EXPOSICION~¡:
«En todo negocio grave, decía San Bernardo (que al
par que un gran teólogo era un gran político y hombre de
Estado J; en todo negocio grave deben entenderse tres co-
sas: primera, si es lícito lo que se pretende hacer, an liceat;
segunda, si es conveniente, an conveniat; tercera, si es
procedente y oportuno, an expediat.
Aplique el Congreso esta máxima importantísima al
gravísimo asunto de la unidad católica en España con recto
é imparcial criterio, y no podrá ménos de convenir con los
Prelados en que toda innovacion en ese punto, todo lo que
no sea declarar que se restablezca plenamente y en todas
sus partes lo solemnemente consignado en los primeros
artículos del Concordato de 1851; todo lo que no sea esta-
blecer como ley del Estado que la Religion católica, apos-
tólica, romana, única verdadera, es la que profesa la N acion
Espauola, y que se prohibe en todo su territorio el ejerci-
cio de todo otro culto; todo, en fin, lo que sea acordar de-
rechos al error y á sus sectarios y propagadores, es ilicito,
es inconveniente J es improcedente é inoportuno, y por lo'
mismo perjudicial y funesto.
Hemos cumplido nuestro deber, señores Diputados; cum-
plid vosotros el vuestro. Sois hijos de cien generaciones de
católicos; sois descendientes de héroes y de santos que lo
han sido á la sombra benéfica y fecunda de la Iglesia ca-
tólica. No querais, no tolereis que venga á infestar esta
atmósfera limpia y pura, iluminada por el sol de la verdad,
el hálito pestilente del error. N o permitais, no tolereis que
venga á ser profanado con cultos sacrílegos y abominables
el suelo predilecto de Dios y de su Madre Santísima.
Os lo piden así millones de españoles hermanos vues-
tros, en cuyos pechos arden á una la llama de la fe y la
llama del amor patrio; os lo ruegan desde sus tumbas, con
muda pero enérgica elocuencia, vuestros más ilustres an-
tepasados; os lo suplican con sus lágrimas vuestras ma-
dres, vuestras esposas y vuestras hijas; os lo demandan por
Dios Ranto, que habita en ellos, vuestros hijos inocentes:
1. tos CUERPOS COLEG1SLADORES.
CXXXIX
os lo piden, en fin, la Iglesia y la patria j ambas madres!
cubiertas de antiguas y nobles cicatrices por sostener y
propagar en el mundo el « único culto santo, y el dulc(~
imperio de un solo Dios, una sola f(> y un solo bautismo.»
Los Obispos os conj uramos, por cuanto hay más santo
en el cielo y en la tierra, tÍ, que no desoigais esas voces, si
no quereis que en una hora terrible sean vuestro tormento:
á que, mostrándoos ante todo y sobre todo españoles, pre-
serveis ú vuestra patria de los males sin cuento que ven-
drían sobre ella si llegase, por ~esventura suya, á des-
viarse de la línea ele sus destinos providenciales, visible-
mente marcados en su historia.
Pedimos al Padre de las luces y dador de todo bien ilu-
mine y asista al Congreso para que en el asunto á que se
concreta esta exposicion, resuelva éste lo que sea para ma-
yor gloria de Aquél y para mayor bien de la Iglesia y de
la patria.
Valladolid 7 de Marzo de l8i6.-Por sí y expresamente
autorizado por el revBrendo Obispo de Zamora, el reveren-
do Obispo de Astorga, el reverendo Obispo de Salamanca y
Administrador apostólico de Ciudad-Rodrigo, el reverendo
Obispo de A vila, y por el Vicario capitular de Segovia , -
FR. FERNANDO , A rzobispo de Valladolid.
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE ZARAGOZA.
El Arzobispo de Zaragoza y demas Prelados de su pro-
vincia eclesiástica no pueden ménos de dirigirse á las Córtes
de la Nacion, impulsados por un deber imperioso y sagra-
do. Van á ocuparse las Córtes en un asunto de vital interes;
va á ponerse en tela de juicio lo que siempre se ha tenido
en España por inviolable: la unidad religiosa, fundamento
primordia,l y el más sólido de nuestra unidad social, y la
más firme garantía de nuestra diclia temporal y eterna.
aXL
EXPOSICIONES
Españoles y Prelados católicos los que suscriben, le-
vantan su voz para conjurar por todo lo más santo á los
representantes de la Nacion para que, sobreponiéndose á la
atmósfera que los rodea, libres de toda pasion, y desde la
region serena de la inteligencia y de la fe , reflexionen ma-
duramente sobre el gravísimo problema que ha de ser so-
metido á su deliberacion, y al ser excitados á votar la base
nndécima del proyecto de Constitucion, mediten lo que en
asuntos de alguna entidad debe siempre considerar todo
hombre que se precie de sensato, á saber, si tal resolucion
~cría lícita, si ventajosa, si prudente.
Queda á salvo, se dirá desde luego, el sagrado princi-
pio de la verdad exclusiva del Catolicismo, y ni siquiera
se intenta en esa base nivelar las falsas religiones con la
sola verdadera, otorgándoles iguales derechos;· pero áun
así cúmplenos hacer ver que la mera tolerancia civil y po-
lítica es ilícita en sí misma, y sólo en fuerza de gravísi-
mas é imperiosas circunstancias, que afortunadamente no
existen en España, y prévia iambien la aquiescencia de la
Santa Sede, con quien media un contrato solemne que lo
impide, pudieran votarla los representantes de una nacion
catolica ..
Temeríamos inferir agravio á la alta ilustracion de las
Córtes si para demostrar que es ilícita en sí la tolerancia
de las falsas religiones y cultos, adujésemos testimonios
de nuestros libros sagrados. Harto conocida debe serIes la
prohi bicion de enlazarse la santa familia de Seth con la
pervertida de Cain, y el resultado funestísimo de la tras-
gresion de este divino mandato. Harto sabi:do es de los se-
ñores Diputados que las leyes dadas por Dios al pueblo de
Israel, no sólo en el órden religioso, sino en el civil y po-
lítico, prohibían bajo las más severas penas áun el trato y
comunicacion con los demas pueblos, siquier¡¡. fuesen limí-
trofes, para precaver á los hijos de aquel suyo escogido de
cualquier peligro de contagio- bajo el punto de vista reli-
giof'o, asi eomo por esta ra7.on misma, al introducirlos en
.~ LOt:i CUERPOS COLEGISLADOHEt:i.
cx!.[
la posesion del misterioso país que había prometido á SU!:l
padres, les mandó exterminar de él á todos los indígenas,
porque « serán, les decía, para vosotros clavos en los ojos
y lanzas en los costados.») Presagio que se verificó, habien-
do ellos prescindido del divino mandato por una conmi-
seracion mal entendida.
Por la misma razon, tampoco nos detendrémos en hacer
notar á los señores Diputados la viva solicitud con que pro-
curaron los Apóstoles y los antiguos Padres de la Iglesia
apartar á los cristianos de toda relacion y trato con los in-
fieles y herejes, como que no podían concebir entre aqué-
llos y éstos otro linaje de comercio, que el que pudiera
darse entre vivos y muertos, entre luz y tinieblas, entre
Cristo y Belial. Y aunque la Iglesia, por razones muy ób-
vi as , hubo de mitigar luégo este rigor, y usar de toleran-
cia en cuanto á las relaciones de la vida civil, vésela pro-
ceder en opuesto sentido por lo tocante á Religion, á
medida que, desapareciendo los vestigios de las falsas, iba
facilitándose la concentracion de los pueblos en la exclusi-
vamente verdadera. (Un solo Dios, una sola fe, un so lo
bautismo, un solo rebaño, un solo Pastor;») estas frases
evangélicas han sido el símbolo de la santa unidad y como
la divisa del verdadero cristianismo en todas las épocas; .Y
la condenacion hecha por nuestro Santísimo Padre Pío IX
de las proposiciones LXXVII, LXXVIII Y LXXIX, formula-
das en su respetable 8yllabus como favorables á la libertad
y tolerancia religiosa, léjos de implicar una novedad, es y
será siempre el eco fiel de la que ha 'venido siendo doctrina
invariable de la Iglesia católica.
y en hecho de verdad, el otorgar libertad ó tolerancia .i
las falsas religiones y garantirles legalmente el ejercicio
público de sus cultos, salvo el caso de una necesidad impe-
riosa y suprema, inferiría á Jesucristo, Señor nue~trol
gravísima y manifiesta injuria en su calidad de Rey y So-
berano que lo es principalísimo de la sociedad humana, ya
que El recibió de su Padre por herencia las naciones de la
CXLIl
EXPOSICIONES
tierra y su dominacion y señorío hasta los confines de ella:
injuria que inmensamente subiría de punto tratándose de
una nacían como la nuestra, que, colmada por El de espe-
ciales y muy señalados favores, se formó y desarrolló al
abrigo de su dulce imperio. Sería, no como quiera una in-
iuria, sino una pérfida conjuracion contra: ese Rey excelso
de los siglos, como lo fuera contra un Monarca terreno el
dar ámplia libertad á sus vasallos para fraccionar el reino,
eligiendo cada cual un soberano á placer, y la forma de
gobierno que mejor le pareciese.
Porque si esto equivaldría á desconocer y conculcar los
fueros de la legitimidad y del derecho, confundiendo al
verdadero soberano con el insolente demagogo que osase
suplantarle, esto y no otra cosa vendría á hacerse con per-
mitir se alzasen altares sacrílegos al lado del altar de
nuestro Señor Jesucristo, cuyos derechos son, á no dudar-
lo, harto más inviolables y sagrados que todos los más sa-
grados é inviolables de los reyes de la tierra. Esto sería
como decir que las diversas religiones, sin exceptuar la
suya, son todas igualmente verdaderas ó todas igualmente
falsas; sería como reducir á problema la verdad; y la santa
verdad, la verdad católica, no puede ni debe sufrir que se
la equipare al error sin hacerse diferencia entre el veneno
que mata y el elixir que da vida; sería ver rebajada á los
~
de los hombres esa Religion santísima, y amenguada
en S11 autoridad y prestigio: porque si con razon pudo de-
cir un filósofo: «o Dios es uno solo, ó no existe Dios,» al
ponerse en espectáculo á vista de las gentes ignorantes
(que en punto á religion son el mayor número) el palmario
desacuerdo entre multitud de religiones que, autorizadasto-
das legalmente, enseñasen el sí y el nó en puntos doctrinales
del mayor interés, esas gentes, la generalidad ignorante y
sencilla, aplicarían á aquéllas el mencionado dilema, y
acabarían por reputarlas todas falsas, y relegarlas á todas,
inclusa la católica, á un desprecio profundo.
Lo propio acaecería tambien en órden á la doctrina mo-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXLlJI
ral por un procedimiento análogo, viniendo á ser contro-
vertibles sus preceptos y problemática su sancion; y así,
rebajándose forzosamente, en plazo más ó ménos largo,
todos sus vínculos, veríamos en todas las esferas de nues-
tra sociedad, rehabilitados y como canonizados los desórde-
nes todos de la pagana, sin que faltasen moralistas como
Sócrates, que enseñasen la prostitucion; ni nuevos Platones,
fantaseando el ideal de una república serrallo; ni algun
austero Caton, enseñando con su ejemplo el suicidio; ni
algun otro Marco Aurelio, que con gravedad filosófica de-
cretase honores divinos á la que, por liviana y disoluta,
fuera el escándalo del imperio. i Ah señores! En vano no~
lisonjearíamos con no haber ido tan allá; pues loqué dique
habría de contenernos, ó con qué viso de razon habría de
señalarse una nueva barrera á la libertad religiosa, des-
pues de haber removido la legítima'? lo Qué derecho habría
de invocarse para rechazar, por ejemplo, al musulman, al
cuákero, al mormon, á los antimatrimoniales , cuando en
nombre de la libertad de pensar y de creer nos la }lidiesen
para sus supersticiosos cultos, su fanatismo extravagante
y su corrompida y corruptora moral'? Y si os figuraseis no
ser ya esto concebible en nuestro siglo, consultad la histo-
ria contemporánea de los Estados-Unidos, donde ven mu-
chos espíritus superficiales el más bello ideal del progreso
y de la 0ivilizacion. Y cuenta que ni allí ni en otra nacion
alguna se han recogido aún todos los frutos de ese librecul-
tismo que en hora menguada ha querido elevarse á la cate-
goría de principio de derecho público. i Ay del dia en quP
desapareciesen de esas naciones y pueblos los últimos ves-
tigios de la doctrina y de la 'moral católica! N o hay desórdeu
ni delirio humano que no pudiera ser reproducido; que áun
á esto alcanza el dicho del poeta latino: lIfulta renaseentur
qUffi jam eeeidere. Más aún: puede todavía progresarse en
esa linea, puede avanzarse indefinidamente. lo Quién si nó
ha dejado de estremecerse al leer los nefandos programar-:
de la Internacional?
CXLIV
EXPOSICIONES
Apelaríamos entónces á la fuerza, se dirá, y al rigor
saludable de las leyes. Pero ¿, qué leyes sabias y justas ha-
brían de formarse, una vez pervertido el sentido moral, ó
qué influencia pudieran ya ejercer las mejores leyes sobre
las privadas y las públicas costumbres, cuando la misma
Religion conspirase á corromperlas'? Las costumbres del
pueblo, sin las cuales las leyes son inútiles, no se forman
multiplicando para él cárceles y presidios, ó ametrallándo-
le en último recurso, cuando, por ser más lógico que los
(lue se erigen en sus maestros, se amotinase y sublevase.
Fórmanse únicamente las costumbres virtuosas bajo la
influencia de la Religion, y nó, por consiguiente, de cual-
quiera, buena ó mala, verdadera ó falsa, sino de la única
que habiendo recibido del cielo el sagrado depósito de la
verdad y el sublime ideal de la verdadera virtud, tiene el
exclusivo derecho de enseñar la primera y trazar á la se-
gunda su fijo y legítimo sendero. Por eso es fuera de toda
duda que el indiferentismo religioso se traduce lógica y
necesariamente por otro indiferentismo social y político,
al que nada interesa el bien ó malestar de los pueblos, ó
el que pierdan ó retengan éstos el más preciado bien do las
inteligencias y de las voluntades, que es respectivamente
la posesion de la verdad y la bella inspiracion de la virtud;
el que mueran ó vivan, en una palabra. Pues« ¿, qué hom-
bre de sano juicio, pregunta á tal propósito San Agustin,
se resolvería á decir á los Reyes: no os importe quien
defienda ó combata en vuestro reino á la Iglesia de Cristo?
¿, N o es cosa que deba interesarnos quien opta por ser re-
ligioso , ó bien sacrílego ... ?» « ¿, Qué muerte hay más fu-
nesta para el alma que la libertad del error?})
De aquí es que el proscribir éste y refrenar aquélla no
es más atentatorio contra la libertad verdadera y legítima!
que la prohibicion y represion del homicidio.
Una cosa es la libertad, la cual puede emplearse bien ó
mal, y ejercitarse en el uso ó en el abuso, y otra muy dis-
tinta es el derecho de usarla, el cual sólo se ejerce em-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXLV
pleándola bien; pues que abuso y derecho son antitéticos.
Nadie, pues, por mucho que exagere los fueros naturales
de la libertad religiosa, podría dar al error lícita preferen-
cia sobre la verdad, ni al mal respecto al bien, ni sus-
traerse, por lo tanto, á la obediencia debida á la autoridad
de Dios, representada en su Iglesia, como ni en nombre de
la libertad política y civil pudiera con derecho emancipar-
se nadie de la pública autoridad y perturbar el órden por
ella establecido.
Sólo, pues, como recurso supremo para evitar otros ma-
les funestisimos, como guerras civiles desoladoras soste-
nidas por el fanatismo religioso, ú hondas y trastornadoras
perturbaciont's sociales, por otro medio inevitables, es
como ha podido establecerse en otras naciones, en materia
de religion, la libertad ó tolerancia, y como únicamente
pudiera en su caso cohonestarse en España. «Si en algun
cataclismo ó en algun letargo político, dice en su Tratado
de derecho natural el justamente célebre Luis Taparelli,
ocurriese en la Religion tal desercion que gran parte de la
sociedad se sustrajese á su vínculo, podría ser oportuna y
alguna vez obligatoria la tolerancia civil en punto á reli-
gion; pero áun en este caso el gobernante debería adoptar
medios prudentes para recobrar poco á poco el inestimable
bien de la unidad religiosa.»
Pero ¡,y dónde está entre nosotros esa défeccion en tan
grande escala, ó qué volúmenes ha sido preciso escribir
para formar el catálogo de los españoles que en esta re-
ciente época de desbordamiento revolucionario, solicitados
y seducidos por mil medios, se hayan hecho protestantes,
judíos ó musulmanes? Los que entre nosotros tienen la
desgracia de estar mal avenidos con el Catolicismo, no es
que simpaticen con ninguna otra religion positiva; perte-
necen á la categoría de aquellos desdichados que, al decir
de San Pablo, quieren vivir sin Cristo y sin Dios; y es
ciertamente harto ridículo que reclamen libertad religiosa
los que no tienen ni quieren tener religion ninguna, y que
j
CXLVI
EXPOSICIOI\\ES
invoquen la libertad de cultos los que ninguno han de te-
ner ni practicar. ¿ Para qué libertad de conciencia en pró
de los que sólo necesitan libertad de no tenerla, ni á qué ni
para qué la libertad religiosa en gracia de los que escarne-
cen toda religion '?
y á ese puñado de malaventurados, para quienes la
unidad católica sería una feliz necesidad, pues que, pre-
cisados á practicar la verdad, pudieran al fin retornar á la
luz, i, iríamos ahora á cerrarles el camino de ese feliz re-
troceso, preparándoles nuevos motivos y alicientes para
confirmarse en el mal, á favor de lo que gráti.camente lla-
maba San Agustin libertad de perdicion'? ¿ Iríamos como á
tender redes y preparar lazos á muchos infelices incautos,
débiles en sus creencias, y olvidando aquel precepto del
Apóstol: «Al flaco en la fe sobrellevadle no en discusion
de opiniones,)} habríamos de dar lugar á: qúe discusiones
atrevidas trastornasen sus cerebros, y la levadura de cor-
rupcion pervirtiese sus corazones, y que la zizaña , en fin,
que á manos llenas sembraría el enemigo, ahogase el di-
vino gérmen de su religiosidad y su fe '?
Porque no ha inficionado apénas, importa lo repitamos,
esa funesta levadura una parte mínima de nuestra socie-
dad, ni cundido há esa zizaña en nuestro campo á tal ex-
tremo, que sea imposible arrancarla sin detrimento de la
buena semilla.
Otorgárase á la Iglesia una libertad verdadera, como
ha venido siempre reclamándola con título el más sagrado;
reprimiérase con mano fuerte por parte de los gobiernos la
impía audacia de la prensa; rehabilitárase á los ojos del
pueblo la dignidad del sacerdocio, harto rebajada por la
humillante postergacion á que se le ha relegado; facilitárase
á los Prelados el plantear sus Seminarios bajo un pié deco-
roso, y establecer institutos religiosos y casas de mision,
al tenor del Concordato; dejárasenos, en fin, expedita la
accion , mucho tiempo há y por diferentes caminos coarta-
da, y no trascurrirían de seguro muchos años sin que S8
Á LOS CUERPOS COLE6ISLADORES.
CXLVIl
viese renovada la faz de España, hasta apénas quedar en
ella, como si dijéramos, algun desventurado pródigo, á
quien pudiera convenir, como al del Evangelio, dejar la
casa paterna no hallándose conforme con el régimen es-
tablecido en ella. Que por lo demás, el sancionar la abu-
siva libertad de unos pocos, ocasionando en el porvenir in-
definido de los siglos la temporal y eterna ruina de milla-
res de infelices hermanos , estaría en palmario desacuerdo
con las reglas todas de la moral y la justicia.
Dedúcese, ya, pues, de las consideraciones que lleva-
mos expuestas, que esa libertad ó tolerancia de los falsos
cultos, reprobada por Dios, anatematizada por la Iglesia, de
suyo funestísima, y que por ahora, á Dios gracias, ningu-
na perturbacion, ningun conflicto, ninguna necesidad
puede cohonestar, es de todo punto ilícita. Mas como quie-
ra que muchos se hayan figurado ver en ella la panacea de
todos nuestros males, importa hagamos ver que tambien
es absurda bajo el aspecto de lo útil, ó sea con relacion á
nuestra prosperidad y engrandecimiento.
Oyese, con efecto, á personas que se dejan pagar de ra-
zonamientos sofísticos y especiosa palabrería, que con la
libertad ó tolerancia de cultos España se alzaría de su pos-
tracion, y, rehabilitada, entraría en el concierto de las
grandes naciones europeas. Parécenos que mejor dirían en
su desconcierto; porque es harto notorio, á quien algo re-
flexiona, que desde la época malhadada en que perdi.eron
ellas su unidad religiosa, han perdido la paz, la estabili-
dad, el órden, el prestigio de la autoridad, siendo éste re-
emplazado por la fuerza bruta, y háse corrompido su moral
pública, y brotado y propagádose en su seno el llamado
pauperismo, sin Dios y sin conciencia, á manera de corro-
sivo cáncer, que no pueden atajar. Así que, en medio de
una prosperidad material tan aparente como deslumbrado-
ra, acaéceles á esas naciones lo que á la antigua Roma,
que con haber reunido en su Pantheon los dioses de todos los
pueblos de la tierra, viniendo con esto á menoscabarse el
CXLVllI
EXPOSICIONES
prestigio de su religion propia, decayó poco á poco de sus
severas costumbres, y hubo de acabar víctima de una cor-
rupcion sin ejemplo.
No eran, nó, librecultistas en sus mejores tiempos
aquellas dos antiguas naciones que hoy se nos presentan
por modelo de instituciones libres. No lo fué Roma, cuan-
do conservaba en vigor aquella ley de las Doce Tablas, en
que se prohibía la introduceion de dioses y de ritos extra-
ños, y cuando Ciceron consideraba como un crÍmen capital
el rehusar obediencia á los decretos de los Pontífices, y
colocaba á la religion y sus ceremonias en el número de
aquellas cosas que los jefes de la república debían mante-
ner incólumes. No lo fué Grecia, <;londe los jóvenes, para
ser admitidos en la clase de ciudadanos, habían de obligar-
se con juramento á seguir la religion de su patria, y á de-
fenderla con peligr9 de su vida. No lo eran, en fin, como
aparece de su historia, las demas naciones antiguas en el
período de su engrandecimiento y prosperidad. La toleran-
cia religiosa fué invocada por primera vez como principio
social en el Congreso legislativo de Francia de 1789, alli
donde se proclamaron los titulados derechos del hombre,
y se dieron por abolidos los de Dios. Pero es más: ni han
sido librecultistas, ni lo son, si bien se mira, esas mismas
naciones europeas que, habiendo acogido aquel impío
cuanto absurdo principio, se jactan de ir al frente de la
civilizacion y del progreso. Blasonan de libertad y de to-
lerancia, y entre tanto, no sólo son intransigentes con
determinadas religiones y cultos, sino que vejan y opri-
men por mil maneras á los que profesan el Catolicismo.
Ejemplos de esto, la tolerancia de Inglaterra respecto á
sus súbditos de Irlanda; la de Prusia, en órden á los cató-
licos del imperio; la de Suiza, la de Holanda y la del nue-
vo reino de Italia, que en la metrópoli del Catolicismo lan-
za de sus pacíficas moradas á los que profesan la perfeccion
evangélica, apoderándose de sus bienes, y áun en nuestra
España misma no era por cierto envidiable la libertad de
. .\\. LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CXr.IX
que gozaba esa Religion santísima en la precitada época,
de funesta memoria, cuando se brindó acogida á toda otra
religion y á cualquier otro culto.
y ahora bien: si no ha habido, ni hay en realidad, na-
ciones librecultistas, ni absolutamente tolerantes, y en
todas se ha puesto un veto ó señalado trabas á determinados
cultos, y áun al que es digno de universal res peto, sin que
este se mire como obstáculo para el bienestar y prosperidad
de las mismas, ¿, por qué se ha de exigir que donde se pro-
fesa aquella Religion augusta, que sola ostenta caractéres
inequívocos de su orígen celestial, haya de transigirse con
todo lo que quiera llamarse religion y culto, áun cuando
entrañe el gérmen de todo error y de toda inmoralidad, y
envuelva manifiesta rebelion á la autoridad de Dios, yexi-
girse esto cabalmente cuando ya la experiencia ha eviden-
ciado que la libertad de cultos significa libertad para el
error y cadenas para la verdad, libertad para la impiedad,
para el indiferentismo, para el materialismo, para el pan-
teismo, para el ateismo, para las sectas innumerables del
protestantismo, y sólo opresion tiránica para el Catolicis-
mo'? ¿,Es acaso que todos estos errores, aptos solamente
para enervar el espíritu, matando en su raiz la virtud y
embruteciendo el alma, son más favorables que el Catoli-
cismo á los intereses de la civilizacion y del progreso social
bien entendido'?
.
Hacemos á los españoles que invocan esa libertad ó to-
lerancia la justicia de creer que no son tan aviesos sus de-
f.!eos, ni tales ni tan pérfidas sus intenciones; pero, dado
el primer paso en plegarnos á exigencias que jamás se da-
rían por satisfechas, el resultado no se haría esperar.
Nó: no nos sugieren los políticos de otras naciones el
rompimiento de nuestra preciada unidad por miras inofen-
sivas, sino egoistas y siniestramente hostiles á nuestra
Religion sacrosanta: nó por facilitarnos nuestro bienestar,
sino para sacar de ello ventajas en provecho propio. Nos
conocen y nos respetan, por más que otra cosa parezca, y
eL
EXPOSICIONES
quieren relajar el vínculo sagrado que todavía nos une, y
que en circunstancias dadas, estrechándonos fuertemen-
te, nos haría invencibles. Ejemplos de esto hemos dado al
mundo, y no lo olvidarán ellos. ¡ Cuanto mejor nos estaría
cerrar nuestros oidos á sus palabras fraudulentas, y abrir-
los únicamente á aquellas sínceras é inefables de nuestros
libros sagrados! «Si oyeres la voz del Señor tu Dios y
cumplieres sus mandatos, El te ensalzará sobre todas las
gentes que moran en la tierra.)} Cuando España prestó dó-
cil oido á esa voz del Señor su Dios, dominó al mundo: si
volviese á escucharla, cifrando su fuerza en la Religion y
toda su confianza en la proteccion divina, ¿,quién dice que
no volvería á dominarlo?
Que afluirían capitales extranjeros, se alega tambien,
J favorecerían el feliz desarrollo de nuestra industria y co -
mercio. Los capitales extranjeros han afluido y afluyen en
abundancia, y plugiese al cielo que fuese siempre para
ventaja nuestra; y no dejarán de afluir por falta de libertad
ó tolerancia de cultos, sino más bien si esta llegára á san-
cionarse , dado que habría de ocasionar forzosamente pro-
fundo malestar, perturbaciones contínuas y guerras tal vez
sangrientas é interminables; que hartas pruebas podría-
mos haber recogido de que no es en España donde puede
blasfemarse impunemente de las cosas sagradas. Los ex-
tranjeros, para venir á ella y establecerse en ella, lo que
buscan y necesitan es paz, seguridad para sus personas, y
que nadie los inquiete dentro del recinto doméstico en los
actos de su vida privada. Sólo esto necesitan, y les basta;
J si algo más exigiesen, deber nuestro es negárselo con
firmeza, no fuese que nos comprendiera aquella maldicion
lanzada por el Señor en el campamento de Gálgala, contra
el pueblo de Israél, para el caso de que le fuese infiel: « El
extranjero que vive en la tierra contigo, subirá y estará
muy alto, y tú descenderás y quedarás muy bajo.» Y si de
rechazarlos no subiésemos, tampoco habríamos de repu-
tarnol'l inferiores á ellos, habiéndonos sobrepuesto genero-
Á LOS CUEttPOS COLEGISLADORBS.
CL!
~amente á miras terrenales y dejándonos guiar de más no-
bles y elevados instintos.
No comprendemos, á la verdad, por qué ha de ser pre-
ciso que todas las naciones sean como vaciadas en una
misma turquesa, sin poder ofrecer, como los individuos,
su carácter y fisonomía peculiares, ni por qué han de ci-
frar todas su principal y casi exclusiva gloria en el mayor
desarrollo de la industria y del comercio, y nó en otras
cualidades de órden superior, que harto más elevan y en-
noblecen. Nada, por cierto, perderiamos los españoles,
siquiera fuese con algun menoscabo material, si pudiése-
mos proferir á la faz del mundo, con noble y santo orgu-
110, palabras parecidas á aquellas hermosísimas del orador
romano: «Gloriémonos cuanto queramos. Nosotros no aven-
tajamos á los galos en valor, ni á los hispanos en número,
ni á los griegos en talento; pero aventajamos á todas las
naciones del mundo en religion y en temor á nuestros dio-
ses. » La nacion que de verdad pudiera hablar así, aduna-
da sobre todo con el vínculo católico, harto más fuerte que
el pagano, sería seguramente la nacion más grande del
universo, y no sosténdría rival en prosperidad y gloria.
Nó, nada perderíamos; ántes bien ganaríamos muchí-
!'limo, áun á los ojos de las demas naciones, con sostener
y estrechar más y más nuestra hermosa unidad, porque
áun ellas, como los individuos, en medio de cualesquiera
desvaríos y á vuelta de un afectado menosprecio, no po-
drían ménos de respetar la noble y generosa virtud, y ven-
dríamos á tener consideracion , y paz, y bienestar, y ri-
quezas materiales, que tambien éstas se dan por añadi-
dura al pueblo religioso que se gloría en tener al Señor por
!'IU Dios. Cuando se censuraba á los Reyes Católicos por
haber decretado la expulsion de los judíos, sin haber te-
nido en cuenta que con ellos saldrían de España cuantiosas
riquezas, la Providencia hizo afluir á ella las fabulosas de
un nuevo mundo descubierto para premiar su fe: y era que,
con ser grandes aquellas riquezas é inmensos estos tesoros,
ctIi
EXPOSICIONÉS
todo lo hubiera dado aquella gran Reina para salvar el
alma de un solo indio. j Ah, señores! Si somos españoles, y
como españoles católicos, ¿por qué no habríamos de levan-
tar nuestros ojos de la tierra y dar toda preferencia á lo que
debe tenerla, en bien de la patria y de la Religion, á la
incolumidad de ésta, á la conservacion de la sana moral, á
la civilizacion bien entendida, al eterno porvenir de las
almas, ya que estamos sobre la tierra como en lugar de
tránsito'?
Pero áun sobre este particular afectan creer algunos
que saldríamos gananciosos con la libertad ó tolerancia de
las falsas religiones; porque el clero, dicen, desplegaría
precisamente mayor celo y actividad, y ganaría en ilus-
tracion , precisado á luchar con los ministros de los dife-
rentes cultos. Al clero español, á vuelta de su circunspec-
cion y modestia, le sobra ilustracion para defender en
cualquier evento la santa causa que le ha sido confiada.
Pero si necesitase adquirir ciencia para sostener luchas de
tal índole, y de ellas pendiesen la bienandanza de nuestros
intereses religiosos y morales, ¿ sería noble y acertado
acuerdo abrir la puerta á los enemigos de nuestra fe, cuan-
do por circunstancias de todos conocidas nos hallamos casi
los Prelados como generales sin ejército; ahora, cuando se
ha dado lugar á que desapareciese el clero regular, sin que
á favor de tantas libertades como se han proclamado en
España haya habido la necesaria para que se reorganizasen
aquellas instituciones utilísimas; ahora, cuando en el
trascurso de ocho años de desastres han estado cerrados
muchos de nuestros Seminarios, y los demás casi desier-
tos; ahora, cuando apénas salidos de un largo período de
impiedad desoladora, en que los sacerdotes, vejados de
mil maneras y reducidos á la última miseria, no han po-
dido hacer otra cosa que llorar; es ahora cuando, sin dar-
les tiempo para rehacerse, sin que hayan tenido tregua
alguna para ensanchar su ánimo, respirando una atmósfe-
ra bonancible, han de abrirse las puertas al enemigo y de-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLlII
cir á ese sacerdocio: • Ahí le tienes; pelea y defiende los
intereses del Oatolicismo , y defiéndelos en pró de nuestras
esposas y de nuestros hijos, y áun "de nosotros mismos,
que, á pesar de todo, queremos continuar siendo cató-
licos '?»
Si de verdad lo sois, señores Diputados, como así lo
creen los Prelados que suscriben, no podréis hablar ni
proceder de ese modo; porque ese proceder y ese lenguaje
se identificaría con el del apóstata Juliano, cuando afec-
tando imparcialidad, fomentaba escisiones entre católicos
y herejes en odio al Oatolicismo; porque ese lenguaje y
ese proceder tendría tanto de católico, como de patriótico
tendría el fomentar guerras perpétuas y no poner fin á
ellas, á trueque ¡fe que los soldados se hiciesen aguerridos
en el fragor de los combates; porque ese lenguaje y ese
proceder tendría tanto de religioso, como humanitario se-
ría envenenar la atmósfera, para que, luchando con las en-
fermedades, se formasen aventajados médicos; porque eSt'
lenguaje, en fin, y ese proceJer en órden á la Iglesia ca-
tólica, sería como el del hijo que admitiese en su casa
concubinas, ni) tanto por vivir mal, cuanto por tener el sa-
tánico placer Je verlas sostener insolentes altercados con
su anciana y virtuosa madre.
N o es, empero, repetimos, porque pueda temer el cle-
ro católico, defendiendo la santa verdad, los sofismas de la
supersticion y del error; lo que teme el clero y tememoR
los Prelados, es la fascinacion del orgullo y de las pasiones
que ciega las almas; es la frivolidad y la altanera ignoran-
cia; es que los fieles hayan de empeñarse temerariamente
en disputas para las cuales son incompetentes, y arrostrar
peligros para los que no se hallan prevenidos; sería el ver
divisiones y disputas en el hogar doméstico, ahuyentán-
dose de él la paz, la confianza y el amor fraternal; sería,
aparte de la ruina espiritual de millones de almas, que en
el trayecto sucesivo de los tiempos carecerían del don ina-
preciable de la fe, ó, seducidas, la perderían, sería, repe-
CLIY
El:POSIC!ONES
timos, un motivo para nosotros de gran temor y sobresal-
to el ver arrojada en medio de nuestra sociedad una nueva
tea de discordia, precisamente cuando del uno al otro ex-
tremo de la Península suben las llamaradas de esa inmensa
hoguera que la política ha encenrlido , y cuando corre la
sangre de millares de víctimas sacrificadas en aras de nues-
tras civiles discordias, y se agrava cada dia más sobre
nosotros, seguramente por nuestras ingratitudes, la for-
midable mano del Señor.
De ahí es que, si á pesar de las consideraciones expues-
tas, la libertad ó la tolerancia de cultos se reputase aún,
no sólo lícita, sino hasta ventajosa, 'considerada en abs-
tracto, todavía fuera preciso examinarla bajo su forma
concreta, y ver si, mirada así, fuera ó no prudente pro-
clamarla.
Es ciertamente ilusion deplorable el figurarse que la
unidad religiosa en nuestra España sea una de esas cosas
meramente accidentales, que pueden abolirse sin inconve-
niente alguno. Muy de corrida han ojeado nuestra historia
patria los que no han echado de ver que precisamente la
unidad católica es la base fundamental de nuestra nacio-
nalidad, y que por ella y sobre ella se ha formado, y por
ella y sobre ella se ha consolidado y robustecido. Lo cual
sentado, no es fácil concebir que ese edificio social dejase
de sufrir quebranto cuando, removida la antigua base,
fuese sustituida por otra enteramente nueva y de elemen-
tos heterogéneos, que, léjos de poder hacer liga, recípro-
camente habían de repelerse.
Unidos estrechamente nosotros por aquella cohesion
misteriosa é indestructible, habíamos sido fuertes y lleva-
do á feliz éxito titánicas empresas; pero hemos perdido
bríos y se ha debilitado nuestra pujanza á medida que se ha
ido relajando aquel vínculo sagrado. ¿ Qué vendríamos,
pues, á seruna vez divididos y subdivididos, y traidosy lle-
vados por aquellas rencorosas escisiones, que son fruto na-
tural de la multiplicidad de religiones y de cultos'? ¿Qué
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLT
seríamos entónces, sino en escala inmensamente mayor,
lo que ahora lastimosamente estamos siendo por motivos
políticos, hermanos luchando contra hermanos, y destru-
yéndonos mútuamente en una eterna encarnizada discor-
dia'? Nó , señores Diputados: no es tan inofensiva como al-
gunos juzgan, sino por extremo peligrosa y de trascenden-
cia suma, esa exótica y malhadada novedad que quiere re-
galársenos; y si hasta aquí, á pesar de ser un hecho, no ha
producido males ni perturbaciones de gran bulto, es que
ni los sectarios la han considerado afianzada, ni los católi-
cos la han mirado como cosa séria, sino efímera y pasajera,
ni ha trascurrido tampoco el tiempo necesario para el com-
pleto desarrollo de sus naturales resultados. Una tal inno-
vacion no se introduce en España porque se quiere y
cuando se quiere, ni se plantea tÍ priori sin peligro de pro-
vocar un choque violentísimo con sus hábitos y costumbres
y con sus sentimientos más hondos y arraigados: que no es
el verdadero pueblo español el que se conoce en los gran-
des y pervertidos centros, sino otro muy distinto, que sólo
ie estudia y conoce donde le conocen y estudian los Prela-
dos, en atmósfera más libre y exenta de miasmas de im-
piedad y corrupcion.
Fuera, pues, imprudente y temerario en alto grado que,
por ceder ~ sugestiones é instancias que en otro tiempo
sábiamente cauteloso rechazaríamos con nuestra proverbial
altivez, ó por pagar un tributo más á la indigna monoma-
nía de ser imitadores de todo lo extranjero, cuando nada
bueno tenemos q \\le envidiarles, ó por complacer á los que
de entre ellos vienen á nosotros, atraidos por el cebo de
nuestro rico suelo, sin acordarse por lo comun de si tienen
un Dios á quien deban adorar, ó por contentar, en fin, á
un puñado de hermanos nuestros degenerados, que miran
con orgulloso desden toda Religion y culto; sería, repeti-
mos , temerario y contra todas las reglas de mesurada pru-
dencia remover lo que es el firme apoyo de nuestra unidad
social, y ensayar un cambio radical y repentino en nuestra
CLVl
EXPOSICIONEI'(
legislacion, en nuestros hábitos, en nuestra manera de 8er,
aspirando á hacer con una sola plumada del pueblo más
altivo de la tierra otro pueblo distinto del que ántes era,
torturándole, aunque chorree sangre, para acomodarle á
un molde de novedad peregrina j y esto, i, cuándo'? precisa-
mente á seguida de prolongados desastres, y cuando ne-
cesitaría ese pobre pueblo algun reposo para vendar sus
heridas y aplicar saludable bálsamo á sus profundas llagas.
Por eso los Prelados que suscriben, teniendo en :nás
elevado concepto á los señores Diputados, no pueden figu-
rarse que hayan de prestar asentimiento á la base undéci-
ma del proyecto de Constitucion, sino ántes bien esperan,
y así se lo suplican , que, negándole sus sufragios, resti-
tuyan á nuestra angustiada patria su más valiente joya, la
que con mayor esplendor brilla en su corona y mejor le
garantizaría nuevas glorias en un porvenir acorde con su
pasmosa historia, con sus grandes tradiciones y heroicos
recuerdos. ASÍ, declinando ellos ante la historia una res-
ponsabilidad inmensa, y declinándola ante Dios, quien
requeriría de sus manos la eterna perdicion de innumera-
bles almas y la temporal de esta Nacion, los bendeciría el
Señor, los bendeciría reconocida la Nacion misma en su
inmensa mayoría, y sus nombres serían trasmitidos con
honor á las generaciones venideras.
Zaragoza 7 de Marzo de 1876.-Por síy en nombre y con
autorizacion de los reverendos Obispos de Tarazona , Te-
ruel, Jaca, Pamplona y Huesca, y los venerables Vicarios
capitulares de Albarracin y Barbastro ,-FR. MANUEL, Af'-
#o'bispo ele Zaragoza.
Á LOF: CUERPOf; COLEGISL,\\ nOR'F.!':.
c!.vn
DEL METROPOLITANO Y SUFRAGÁNEOS DE GRANADA.
Excmos. señores Senadores: El Arzobispo de Granada y
los sufragáneos de su provincia eclesiástica, los Obispos de
Cartagena, de J aen, de Málaga, de Guadix yel Vicario ca-
pitular de Almería, estimulados por su deber y conciencia
de prelados, y por el ardiente amor á su Religion y á su
patria, tienen la honra de acudir hoy al Senado y de dir~
girle el mismo respetuoso ruego que en 29 de Enero último
elevaron al jóven monarca que rige los destinos de esta Na-
cion tan grande como infortunada: el ruego de que, en uso
de su poder y autoridad legislativa, se sirva decretar y
proponer en su dia á la sancion de S. M. la inmediata res-
tauracion y conservacion perenne de la preciada unidad
católica de nuestra monarquía, malamente rota y tirada
por los suelos en una noche de infausta memoria; el rue-
go de que los señores Senadores eviten á todo trance (y está
en su mano el evitarlo) que de las primeras Córtes del
reinado de D. Alfonso XII (Q. D. G.) salga coronada la obra
revolucionaria del año 69, adquiriendo carta real de natu-
raleza en España, y cubriendo su vergonzosa desnudez
con la veneranda púrpura de Recaredo y de Pelayo, de San
Fernando y de Isabel la Católica, esa malhadada libertad
y tolerancia de cultos, que con fatal empeño quieren man-
tener y arraigar en esta tierra clásica del Catolicismo al-
gunos políticos mal aconsejados.
Hemos leido atentamente la exposicion que precede aL
Real decreto de convocatoria á Córtes, y en ella se ve con-
sig'nado el pensamiento político del actual gabinete en ma-
teria constitucional, conforme en un todo con el proyecto
de ley fundamental que se formuló y aprobó en la de todos
conocida reunion dél Senado, con acuerdo y eficaz inter-
"encion del Gobierno de S. M. En dicho proyecto se halla
,CLVIlI
EXPOSICIONES
planteada la que hoy se llama cuestion religiosa en la base
undécima, J muy especialmente en sus incisos ó párrafos
segundo y tercero, en los siguientes terminos: « Nadie
será molestado en territorio español por sus opiniones re-
ligiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo
el respeto debido á la moral cristiana. No se permitirán,
sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públi-
cas que las de la Religion del Estado.» Aquí se ve desde
luego que la ley garantiza la difusion y propaganda de toda
clase de errores religiosos y el libre ejercicio de los falsos
cultos, con sola la restriccion de que sus ceremonias y ma-
nifestaciones no salgan á la calle, y se salve el respeto de-
bido á la moral cristiana, que es muy fácil de salvar y cu-
brir ciertas apariencias ante las autoridades civiles, y más
si en ello hay interes y tal cual habilidad; esto, por lo tan-
to, vendrá á ser en nuestra España, más que mera toleran-
cia, una libertad casi completa de cultos.
En efecto: se dice, en primer lugar, que nadie se-rá
molestado en te-r-rito-rio español po-r sus opiniones religiosas;
y esto, en el terreno práctico y jurídico, ó es una cosa va-
cía de significacion y de sentido, ó es autorizar legalmen-
te á todo sectario español ó extranjero para que en los do-
minios de España pueda difundir y propagar con entera
libertad, de palabra y por escrito, toda clase de errores
contra la Religion católica, que es la del Estado; pues que
en nuestra Nacion, áun en tiempos del Gobierno más abso-
luto, jamás se ha molestado á nadie, ni por tribunales ci-
viles ni eclesiásticos, ni áun por el mismo de la Inquisi-
cion, por meras opiniones religiosas, miéntras no se mos-
traban suficientemente al exterior por palabras ó escritos,
ó por signos y actos innegables, lo cual no podía ménos de
ser así; porque los a0tos ílícitos de la voluntad y las ideas y
opiniones erróneas del entendimiento que no se exterioÍ'i-
zan de modo alguno, son de suyo incoercibles por toda ley
y autoridad humanas; de ellas sólo es responsable el hom-
bre ante el tribunal de Dios y ante el de la penitencia, en
J... LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLIX
el que libre y espontáneamente se presenta como reo y
acusador de sí mismo y de sus más recónditos SE'cretos.
Pero añadiéndose en el referido párrafo ó inciso que ?-a-
die será molestado en territorio español p01'el eje1'cicio de
su culto 1'espectivo, salvo el respeto debido á la m01'al c1'istiana,
es claro y evidente que se garantiza, no sólo la propaganda
del error, sino tambien la libertad de profesar en España
cualquiera religion, y de ejercer cualquier culto en casas,
templos y capillas destinadas al efecto, con tal que se
salven de algun modo las consideraciones y respetos debi-
dos á la m01'al cristiana, nó á la católica; prohibiéndose tan
sólo, al parecer, que las ceremonias y manifestaciones re-
ligiosas de los falsos cultos salgan á la calle ó se practi-
quen en sitios y parajes públicos. y por mucho que se
quiera restringir el sentido y significacion de las citadas
palabras, siempre será cierto que por ellas quedan legal-
mente abiertas las puertas y fronteras de España á la fal-
sedad y al error, y que á éste se le dan garantías y dere-
chos que no tiene ni puede tener; siempre será cierto que,
si llegan á aprobarse tal cual están en el proyecto, la ley
fundamental de la Monarquía española dará amparo y pro-
teccion á los sectarios para que, libremente y sin temor ni
peligro alguno, puedan escandalizar al pueblo fiel con el
ejercicio de los falsos cultos, y pervertirle y corromperle á
mansalva con la inicua propaganda de sus herejías é impie-
dades; y esto creemos firmemente que no pueden ni deben
permitirlo ni autorizarlo con sus votos los dignos repre-
sentantes de esta Nacion católica en ambos Cuerpos cole-
gisladores , sino que deben evitarlo á todo trance, resta-
bleciendo y conservando nuestra unidad religiosa, primero
como políticos, segundo como legisladores, y tercero,
como católicos.
Arte de regir y gobernar bien los pueblos es y debe lla-
marse la verdadera política; y como quiera que el indicar
al monarca y al poder ejecutivo los medios legales necesa-
rios y más adecuados para lograr este buen régimen y go-
CLX
EXPOSICIONES
bierno, es uno de los principales derechos y deberes de los
representantes del país, resulta que éstos son y deben ser
siempre hombres políticos por la misma naturaleza é inves-
tidura. de su cargo. Pero en los señores Diputados y Sena-
dores actuales resalta más grandemente el carácter políti-
co, por traer al seno de las Córtes la doble y altísima mi-
sion de consolidar la restauracion monárquica de D. Alfon-
so XII, Y de formar un Código esencialmente político, el
Código fundamental de esta gran N acion; la nueva Cons-
titucion política, con la que ha de regirse y gobernarse en
adelante la Monarquía Española: y si esta doble mision lle-
va consigo grande honra, impone á la vez sagrados de be-
res y enormísima carga sobre los llamados á realizarla;
pues todos ellos conocen que es de suma gravedad y tras-
cendencia el poner las manos ell.la obra constitutiva y fun-
damental de un pueblo, y que tocar á ella para modificar-
la, alterada y mudarla equivale á tocar, modificar, alte-
rar y mudar el organismo vital del mismo pueblo; y esto,
áun haciéndolo con mucho tiento y con toda la delicadeza y
habilidad posibles, es operacion de suyo tan expuesta y
arriesgada en el cuerpo social como en el cuerpo físico.
Pues ahora bien; las nociones más rudimentarias de de-
recho político constituyente nos enseñan que si á un pue-
blo naciente, ó recien formado, puede dársele a priori una
Constitucion enteramente nueva y conforme á la voluntad
recta y ordenada de los primeros asociados, no puede ni
debe hacerse lo mismo en un pueblo de antigua tradicion
y larga historia, que tiene su modo de ser especial, y que
ha vivido muchos siglos con su organismo propio.
En este pueblo la accion de los poderes constituyentes
debe reducirse á ·reconocer, desarrollar y perfeccionar,
hasta donde sea posible en la Constitucion exterior ó es-
crita, los derechos preexistentes y los principios funda-
mentales de su Constitucion interna y tradicional. Pues es
eosa reconocida y admitida entre los políticos y estadist.as
más doctos, y lo reconoce y admite tambien el mismo Go-
,\\ LOfl CUEHPOS COLEGISL\\.DORES.
CLXI
biel'110 de S. M. en el preámbulo del Heal decreto de convu-
cJ.toria á Córtes «como verdad tan clara, tan cierta y tan
palmaria que apénas sufre racional contradiccion, que las
naciones tienen siempre una Constitucion interna· anterior
y superior á los textos escritos, que la experiencia mues-
tra cuán fácilmente desaparecen, y de todo punto cambian
y se trasforman ya en uno, ya en otro sentido, al vario
eompas de los sucesos.» Y si es cierto é innegable lo que
afirma el Gobierno de S. M. á continuacion de las citadas
palabras, á saber, que esta Constitucion interna y secular
de España, anterior y superior á todo texto escrito, está
basada, cifrada y contenida en el principio monárquico,
no es ménos cierto é inegable, y pudiera haberse afirmado,
si cabe, con mús plena seguridad y certidumbre, que la
piedra angular, que la primera y más honda de sus bases,
qne lo mús esencial y radical de dicha Constitucion inter-
na y secular de España, anterior y superior á todo texto
escrito, es la unidad religiosa, es la unidad católica que
hoy pedimos ú las Córtes, y con nosotros la inmensa ma-
yoría de los españoles. Y así como el destruir la monarquía
en España sería romper y rlestrllir la primera rueda y el
muelle real de su organismo político; así tambien el des-
truir y romper la unidad católica en España sería romper y
destruir el resorte mús podel'oso de su organismo social:
sería como arrancarla el corazon y las entrañas; sería cor-
tar la raiz de su vitalidad nacional; sería poner en contin-
gencia yen gran peligro de muerte su nacionalidad misma,
formada por el eatolicismo, lo cual conviene que tengan
muy en cuenta los dignos miembros de las actuales Córtes
al resolver la cuestion religiosa.
y en efecto, los SellOl'eS Di plltadofl y Senadorcfl, que tan
leidos son en nuestra historia patria, sahen muy hien por
ella que la verdatlera nacionalidad española ha nacido del
catolicismo, y se ha desarrollado y fortalecido al calor ma-
ternal y bajo el amparo y proteccion de la Iglesia católica;
que la raza visigoda no qUlSO unirse nunca á la española,
t
CLXIl
EXPÚSlClO:-<ES
hasta clue en tiempo del gran Recaredo la Iglesia católica
las tomó á ambas de las manos, y las unió y fundió para
siempre en el Concilio III de Toledo; que perdidas por el
desgraciado D. Rodrigo en las márgenes del Guadalete la
independencia y nacionalidad españolas, volvieron á rena-
cer en las montañas de Astúrias y del Pirineo, á la sombra
de la Cruz, y amparadas y sostenidas por el Catolicismo,
el cual fué el único lazo que mantuvo unidas para la gran-
de obra de la reconquista á las dos poderosas nacionalida-
des que salieron de Covadonga y San Juan de la Peña, la
castellana y la aragonesa; que estas dos J?acionalidadcs,
que bajaron paralelas de aquellas escarpadas montañas y
cuevas misteriosas, combatiendo sin tregua ni descanso á
la morisma año tras año y siglo tras siglo, aunque pare~
cieron unirse junto á los muros de Toledo en las personas
de D. Alfonso el Batallador y doña Urraca, no se juntaron,
sin embargo, definitivamente ambas nacionalidades hasta
que cuatrocientos años más adelante las juntó el Catolicis-
mo á la sombra de la cruz primacial del gran Cardenal de
España, junto á los muros de Granada, en las personas de
dos Reyes eminentemente católicos, que por serlo tanto,
legaron á sus augustos sucesores este gloriosísimo dictado:
D. Fernando V de Aragon y doña Isabel I de Castilla.
En el glorioso reinado -de estos dos ínclitos príncipes,
tan afortunados en la paz como en la guerra, la unidad ca-
tólica, que reinaba sin rival y brillaba esplendorosa en
toda la Península, consumó felizmente la grande obra de
la nacionalidad española, coronándola con la unidad polí-
tica y monárquica; y ambas unidades católica y monárqui-
(~a puede decirse que estrecharon más su antigua alianza
en el real de Santa Fe, y celebraron un nuevo y más inse-
parable consorcio bajo los techos arabescos de la Alham-
bra, bendiciéndolas Dios desle lo alto de los ciclos, y dán-
dolas como arras de su sagrado enlace un mundo nuevo,
que sacó de los abismos del Océano, donde pudieran crecer
y dilatarse ... Tan claro aparece en nuestra historia que la
,.\\. LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLXIII
unidad católÍca ha sido la base y como la raiz regeneradora
de nuestra nacionalidad y de nuestra monarquía, que uno
de nuestros más sabios y elocuentes publicistas ha podi-
dido escribir, con tanta galanura como verdad, estas pa-
labras: «La patria y la Religion católica se han confundi-
do en uno entre nosotros: en ningun pueblo de la tierra ha
pasado lo que en España. Setecientos años estuvimos com-
batiendo por el templo y por el hogar, con la cruz en una
mano y la espada en la otra. No hay palmo de tierra en
España que no esté santificado con la sangre de un mártir
é ilustrado con la hazaña de un héroe. Nosotros, creyen-
tes, bien nos podemos llamar hijos de nuestros padres que
creían; los incrédulos que repudian la herencia de ellos,
son extranjeros en España.»
Si, pues, el Catolicismo, que en todos los países del
mundo donde ha llegado ú penetrar ha difundido la luz, la
verdad y la vida, y con ellas la verdadera libertad, la ver-
dadera civilizacion y el verdadero progreso, ha creado
además en España nuestra nacionalidad; si la unidad ca-
tólica ha ll-egado á ser en España el principio generador y
la base más sólida de nuestra unidad política y monárqui-
ca, deben restablecerla cuanto ántes y conservarla inteme-
rada los dignos representantes del país en las actuales
Córtes, á fuer de políticos sabios y prudentes, si quieren
que sea perfecta y estable la grande obra de la restaura-
cion qne han emprendido, y que la patria y el trono des-
cansen seguros so bre su más antiguo y sólido cimiento: y
haciéndolo así, imitarán la prudentísima conducta, tanto
de nuestros antiguos legisladores, como de los eminentes
repúblicos modernos, que ni en códigos ni en constitucio-
nes politicas se han atrevido jamás á tocar la unidad cató-
lica de España, por considerarla siempre como la piedra
angular y la base más inquebrantable de nuestra naciona-
lidad y de nuestra monarquía.
La primera Constitucion que inició el librecultismo en
el infausto bienio de 1854 á 56, despues de haber alarmado
CLXIV
EXPOSICIONES
las conciencias y conmoviuo el país, muri(') ántes ele llacer,
y fué sepultada sin luces y sin duelo en el archivo del Con-
greso. La única Constitucion abiertamente librecultista,
que nació en tierra de España y salió ¡'L la calle en brazos
de la revolucion triunfante, contra los votos y deseos de la
inmensa mayoría de los españoles, que la repudiaba, fué
la de 1869: y ¡notable coincidencia! esta Constitucion fue
engendrada y dada á luz cuando estaba cerrado y solitario
el palacio de Oriente, cuando se hallaba vacío el trono de
los Reyes católicos, y cuando sus dueños andaban peregri-
nos por Europa. Y si juramentado con esta Constitucion un
jóven príncipe extranjero vino á ocupar ese palacio y ese
solio, muy pronto conoció que no se ajustaba éí su cabeza
la corona de San Fernando, ni se hallaba bien sentado en
su trono con tal Constitueion por compañera; y de la no-
che á la mañana, con notable prevision y buen acuerdo, el
príncipe se tornó á su tierra y á su casa, y la Constitucion
librecultista se refugió á la suya, que era el palacio del
Congreso, donde sus padres la quitaron el manto y la co-
rona y la despojaron de toda realeza, y despues de arras-
trar por algun tiempo una vida lánguida y llena de azares
y amarguras, al fin murió, y quedó completamente anulad(t
y ,extinguida á la venida de nuestro jóven monarca D. Al-
fonso, como confiesa el mismo Gobierno de S. M. , dejando
en pos de sí los montones de ruinas y charcos de sangre
que la historia nos enseña han solido dejar en todas partes
los funestos ensayos dellibrecultismo y las innovaciones
impremeditadas en cosas religiosas, las cuales contaba ya
el gran Bacon de Verulamio entre las causas 'primeras y
princi pales de las revoluciones y trastornos de los pueblos.
Piensen, pues, los señores Senadores que no es pru-
dente ni político provocp.r sin gravísima necesidad cue¡=;-
tiones religiosas, ocasionadas de suyo á gravísimos conflic-
tos, y que en España pudiera la que nos ocupa produeir-
los muy sérios con la misma Santa Sede, y de muy fatales
consecuencias para las buenas relaciones ciue deben me-
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
cu:y
dial' entre la Iglesia y el Estado; que no es prudente ni po-
lítico que cuando los g-randes imperios de Europa estún
ensayando toda clase de medios, hasta los más injustos y
violentos, para unificar y sujetar, si pudieran, la religion
en sus dominios, y cuando se ve que todas las naciones
tienden generalmente á la unirlad religiosa, como al ideal
mús bello y mús perfecto. nosotros. que la tenemos, por
la misericordia de Dios, completa y verdadera, dejemos
que nos arrebate esta .preciosa joya, que tanto nos envi-
dian otros pueblos, cualquiera sectario advenedizo, él In
arrojemos nosotros mismos por la ventana con insigne de-
mencia, como una cosa baladí; que no es prudente ni po-
lítico socavar y minal' con la libertad y tolerancia de cul-
tos el más hondo y sólido cimiento de nuestra nacionali-
dad y de nuestra monarquía, que, como dejamos probado,
es la unidad católica', privando d(~ la solidez y firmeza ne-
cesarias á nuestro edificio político y social, combatido por
furiosos vendavales; que no es prudente ni político, en fin,
que cuando nuestra illfortunada patria se ve convertida en
política en una verdadera torre de Babel, en que nadie se
entiende, por la multitud de partidos y fracciones que la
dividen y subdividen, destrozan y desgarran las entrañas,
aüadamos nosotros ahora voluntariamente, y con una te-
meridad incalificabll~, la üivision y discordia religiosa,
que es la más terrible de todas las divisiones y discordias,
y rompamos con nuestras propias manos y sin necesidad
alguna el único vínculo de cohesion y de fuerza que nos
queda, que es la unidad catúlica, para un dia, quizás no
,lejano, en que se ve.m amenazadas, como se vieron á prin-
cipios de este siglo, la integridad de nuestro territorio ó
nuestra misma independencia. Y esto, que no pueden ha-
cedo ni consentirlo los sefíores Senadores como políticos
previsores y prudentes, tampoco pueden hacerlo como
sabios y justos legisladores.
Saben muy bien los señores Senadores los altos deberes
que tienen que cumplir como legisladores, y las conrlicio-
CLXY!
EXPOSICIONES
nes que IIeuen tener las leyes que emanen del poder legis-
lativu de las Córtes, pues las señalan muy claramente
nuestro!, antiguos códigos del Fuero Juzgo y Fu~ro Real,
citados en la Novísima Recopilacion, libro III, título II. «La
ley, dicen, ama y enseña las cosas que son de Dios, y es
fuente y enseñamiento y maestra de derecho y de justicia,
y ordenamiento de buenas costumbres y guiamiento del
pueblo y de su vida ... ; y debe ser la ley manifiesta, que
todo hombre la pueda entender, y que ninguno por ella re-
ciba engaño, y que sea convenible á la tierra y al tiempu,
y honesta, derecha y provechosa.» Admirablemente abarcó
todas estas condiciones la gran lumbrera de la España góti-
ca, San Isidoro de Sevilla, hombre verdaderamente extraor-
dinario, no sólo por su excelsa santidad, sino tambien por
su erudicion enciclopédica, cuando dijo que la ley, para ser
buena y por todos obedecida y acatada, debía ser honesta,
j1Mta, jJossibi1is, sec16ndum loc1tm veZ secundum consuet1tdinem
patrüe, non aliqlto pl'ivato commodo , sed P1'O com1m6ni utilitate
civium scripta: y esto es lo mismo, en sustancia, que des-
pues enseñó Santo Tomás, y con él todos los teólogos y ju-
risconsultos. De lo cual se infiere que no es cierto lo que
enseñan algunos publicistas, á saber, que los poderes sobe-
ranos de la tierra pueden legislarlo todo, ó que no hay para
ellos materia ilegislable. No es cierto que las Cámaras de-
liberantes y legislativas puedan hacerlo todo, ménos hacer
de un hombre una mujer, ó viceversa, como del Parlamento
inglés se ha dicho exageradamente, nó ; ni los Emperado-
res, ni los Reyes, ni los gobiernos, ni los Estados, ni las
Asambleas, ni los Parlamentos pueden legislar cosa algu-
na, sino con entera sujecion ¡L las leyes y mandamientos de
Dios; porque El es el principio y orígen de todo poder y
autoridad: non esse potestas nisi a ]Jeo; Él es el Rey de los
Reyes y el Señor absoluto de todos los que dominan, Re;¡;
1'e,!lum, et ]Jomintts dominantium; y por Él reinan los Reyes
y decretan cosas justas los legisladores: Pe,. me Reges reg-·
nant, et legum conditores justa decernunt.
•
A LOS CUERPOS COLEGISLADOR~S.
CLXVlt
y si los legisladores humanos prescinden de Dios y de
su Religion santísima al legislar , y dictan leyes contra-
rias á las suyas, entónces no serán leyes, sino violencias,
que no tendrán de suyo fuerza de obligar, ni podrán obser-
varse en conciencia, ni harán la felicidad de los pueblos,
sino que labrarán su ruina y perdicion ; porque escrito está
que la justicia eleva las naciones y la injusticia y el peca-
do las deprimen y hacen miserables: Justitia elevat .r¡en-
tes; miseros autem facit pOp1ÜOS peccatum.
Esto supuesto, no es difícil de probar que la ley cons-
titucional sometida á la aprobacion de los Cuerpos cole-
gisladores , en la parte relativa á la cuestion religiosa, es
diametralmente opuesta á la idea que nos dan de la ley
nuestros venerandos Códigos úntes citados. Atendidala ver-
dadera situacion y las circunstancias especiales en que se
halla felizmente nuestra amada patria, la ley que intenta
establecerse de libertad y tolerancia de cultos no ama ni
enseña las cosas que son de lJíos, sino que muestra afecto y
demasiada consideracion y respeto tÍ cosas condenadas y
reprobadas por Dios, como luégo verémos, y es causa y
fomento de enseñanzas y ejemplos contrarios ú la ley san-
ta de Dios. La ley de libertad y tolerancia de cultos en Es-
paña no es fuente y enseñamiento y maestra de dM'eclw y jus-
ticia, sino que será fuente y causa ocasional de gravísimos
errores y de agresiones y violencias contra el legítimo de-
recho y la verdadera justicia. La ley de libertad y toleran-
cia de cultos en España no será M'denamiento. de buenas
C()stllmbres y fluiamiento del pueblo y de su vida, sino que
será bien pronto lo que ha sido siempre donde quiera que
ha llegado á establecerse, causa eficaz de corrupcion en
las costumbres públicas y privadas, y de que el pueblo
caiga en el indiferentismo religioso, y áun pierda del todo
la fe y la moral de Jesucristo.
La ley de libertad y tolerancia ele cultos, en fin , no
será en Espafía convenible ti la tie?'ra y al tiempo, Ó , como
expreRa mejor San Isidoro, seclwd1lm locum , vel secundMJt
ctXVIJl
EXPOSICTO'>ES
cr)}¿sueütdínern patJ'im, non alíquo p7'ivato commodo, sed pro
corn1n¡mi ntiZitaLe civÍ1trn sCJ'ijJta; sino que sed contraria y
diametralmente opuesta á los hechos y derechos sociales,
generadores de nuestra nacionalidad y de nuestra monar-
quía; contraria y diametralmente opuesta it nuestra histo-
ria , á nuestras venerandas tradiciones, tÍ nuestros usos y
co.,tllmbres, á nuestra sabia legislacion y ú esa Constitu--
cion interna y secular de Espaila, anteJ'iM' y snpeJ'i01' ti los
textos esc1'itos, de que arriba hemos hablado. Ni será tampoco
una ley provechosa al comun de los ciudadanos, sino per-
judicial en alto grado á la inmensa mayoría de ellos, siendo
sólo grata y favorable ú unas cuantas docenas de sectarios
extranjeros, y ele españoles apóstatas de la fe de sus maures
y mayores. Una ley de esta naturaleza no os ciertamente
digna de legisladores sábios, rectos y prudentes, como lo
son, sin duda, los dignos repreSenÜl,lltes de la Nacion Es-
pañola, y esperamos, por lo tanto, que no o1Jtendrú la su-
perior aprobacion de nuestros Cuerpos colegisladores.
Tambieu juzgamos conveniente llamar la ateneion de las
Córtes, como poder legislativo del Estado, sobre el tras-
torno que ha de sufrir. necesllriamente nuestra legislacion,
si llega á consignarse en la Constitucionpolítica la liber-
tad y tolerancia de cnltos. Porque los señores Senadores sa-
ben muy bien que la legislacion general de España, lo
mismo q\\le la foral, estan informadas y vivificadas por los
principios del más puro y acendrado catolicismo, y hace ya
muchos siglos que descansan sobre la base de la unidad ca-
tólica. y como quiera que la legislacion de un país unita-
rio en religion no puede aplicarse ni adaptarse bien á una
nacion policultista, una vez proclamada la libertad y tole-
ranCla de cultos en España, tendrían que alterarse, modi-
ficarse y áun derogarse por completo muchas de nuestras
leyos antiguas y no pocas de las modernas; y esto embro-
llaría más y meís nuestra complicada legislacion, embara-
zaría en muchos casos la administracion de justicia, y ha-
ría más difícil y laboriosa, yeso que lo es muchísimo, la
A LOS CFERPO" COLEGT"LAO()RES.
ULxnc
obra de nuestra codificacion, hal'to atrasada por desgracia,
y de nuestra uniüadlegislativa, :'t la quc tanto ha contri-
huido y puede contribuir en adclante la unidad católica, si
felizmente se conscrva, como lo esperamos. Y lo más tristc
y lamentable sería que rompiésemos y arroj:'lsemos á la
calle esta preciosa unidad, y altel'itsemos en su consecuen-
cia nuestras venerandas leyes, sin verdadera necesidad, por
prurito de innovar y de imitar lo extranjero, aunque sea
peor que lo nuestro, y por haeer gracia y placer ú unaR
cuantas docenas de herejes, racilmalistas, incrédulos y
ap{)statas (le su vocacion y de la fe de sus padres, como ya
hemos ilHlicado, y contra la voluntad ele cerca de die% y seis
millones de españoles qne desean 10 contrario. Y esto, qn{~
en cualquier tiempo yen cllalrluier nacion sería indig'no de
sabios y justos legisladores, no es de presumir que lo eOIl-
Riclltall y autoricen con sus votos los aetualeR Senaüol'es-:"
Dipllta(los d(~ la Nacion, los cnaleR habiendo salido (le las
urnas electorales en virtud del sufragio universal, y de-
biendo l'opr~S(mtar en las Cúmaras á todas las clases socia-
les y resolver las cuestiones que en ellas se presenten
conforme <'t las aRpil'aciollOs y deseos, ne) Je algunos pocos,
sino de la casi totaliuad de sus comitentes, segun la ley
inviolable de las mayorías y las presm'ipeiones y pl'Úcticas
constantes del sistema parlamentario, faltarían ú esta loy
y ú estas pr:'lcticas y se pondrían en flagrante contradic-
cion con ellas en la mllS grave y trascendental de todas las
cllestiones, que es la religiosa, si la resolviesen en sentid,)
de libertad y tolerancia, ú gusto de una insignificante mi-
noría, y <'t disgnsto y contra la voluntad de la inmensa ma-
yoría de los españoles, que son católicos, y quieren con-
servar {t todo trance el precioso don de la unidad católica,
que les ganaron y legaron sus padres. Y si esta voluntad,
que puede llamarse mejor que en otros casos nacional; y si
estos legítimos deseos y nobilísimas aspiraciones de nues-
tro pueblo deben ser respetados y atendidas por sus digní-
Ai mos rqwesentantcs como políticos y como legislaclores,
ctxx
ExposiclONES
(1e110n serlo lleCflSariamente, y lo ser{lll Rin dnda por 1m;
mismos, como verdaderos católicos.
Todos los señores Diputados y Senadores que sean y se
precien de verdaderos católicos, segun la doctrina de la
Iglesia, y atendidas las circunstancias especiales de nues-
tra Nacion, creemos firmemente que no pueden, en buena
conciencia, votar la libertad ú tolerancia de cultos consig-
nada en la base undécima del proyecto constitucional, sino
que deben desecharla y defender á todo trance la unidad
católica de España, dando gloria el Dios y un público tes-
timonio de reRpeto y de obediencia ú las prescripeivnes do
su Religion y de su Iglesia en el seno mismo de la Repre-
sentaeion nacional. Porque cierto y Rabido es que el hom-
bre está obligado ú glorificar y servil' á Dios con su cuerpo
y eon su espíritu, en secreto y en público, con su palabra
y con su pluma, con su poder y autoridad, y con todas las
facultades y medios de que pueda disponer en cualquier
estado y situacion en que le haya colocado su adorable Pro-
videncia; que no sólo debe servir á Dios y guardar las pres·
cri pciones de su Religion y de su Iglesia en el santuario ele
la conciencia y del hogar doméstico, como falsamente en-
señan ciertos publicistas, sino tambien en los cargos ofi-
ciales yen los destinos públicos; no sólo en el gobierno de
su casa, de su familia y de su hacienda, sino tambien en la
gestion de los negocios polítícos y en el régimen y gober-
nacion de los Estados; y por lo tanto pueden y deben apli-
carse á los dignos representantes de nuestra Nacion,
como investidos del poder legislativo, aquellas palabras
del gran filósofo, del gran teólogo y del grande Obispo
de Hipona San Agustín, en su preciosa carta' á Vicente,
Obispo de Carteno: Servíant Reges terrdJ Ckristo; etíam
le,r¡es lerendo pro CMisto.
Sirvan los señores Diputados y Senadores á nuestro
Señor Jesucristo, formulando y aprobando leyes en favor
de Cristo, y que estén en perfeota consonancia con las doc-
trinas y preceptos de SH Religion y ele sn IgleRia; y teman,
.
.\\ LOR CUBRPOR COLEG fi'<LA DORBR.
CLxxt
si lo contrario hicieren, el duríRimo juicio Je Dios contra loi'<
maloR legisladoros y g'uhernantes, pues escrito CRt '1: Quo-
niam dU,J'issimum judicium kis qlli prmS1tnt fiet ... et potentes
potente}' tormenta }Jatient1tr. Y no se diga que la cuestion de
libertad ú tolerancia de cultos es meramente política, que
nada tiene que ver con la Religion y con la Iglesia, pues esto
lo desmiente hasta el lenguaje comnn·y el mismo sentido
práctico del pueblo, que la llama á todas horas la c1testion
?'eligiosa, que á la base undécima del proyecto constitucio-
nal que la formllla , la da el nombre de base religiosa, y q ne,
de cualquier modo que se la denomine, es indudable que
está íntimamente ligada con la RcligioIl y con la doctrina
católica, lo cual deben cono ~el' y seguir fielmente los sefio-
res Di putados y Senadores católicos, si quieren resol \\'rr
en buena conciencia la cuestion de que se trata.
Ahora bien: la doctrina católica nos enseüa que, así
como no hay ni puede haber mús que un solo verdaclero
Dios, así tambien no hay ni puede haber mús que una sola
verdadera Religion para homarle y para alcanzar la etrr-
na salY<lcion; y así como la afirmacion de muchos dioses
es la IlegacioIl dn Dios, así la adrnisioIl de muchas reli-
giones es la negacion pr;'¡ctica ele toda religion. El hombre
no es libre t~ independiente para a brazal' la religion q uP-
quiera, sino que tiene obligaeioIl rigurosa de al)l'azar y se-
guir la única verJadera desde el momento que le sea sufi-
eientemente conocida: y la voluntad de Dios es que no sólo
el hombre en particular, sino tambiell los pueblos y na-
eiones, lleguen al conocimiento de esta verdadera Rp-li-
gion, y la abracen y sigan con exclusioll de toda otra,
como lo declar2.n los libros sagrados del Antiguo y Nuevo
Testamento.
En los del Antiguo vemos que desde la creacion hasta
el diluvio, y much08 afios despues, no hubo en todo el
mundo sino una sola religion, la enseñada por Dios á los
Patriarcas; y que cuando despues del diluvio empezaron ú
pprvrrtirse 108 hombrr8 y:'t o.esfigurar y corromper la pri-
CI.XXJI
EXpostcIONES
mitiva l'oligioll uatural con i(lolatdas y supersticiones.
Dios escogiú para SI en el patriarca Abraham al pueblo
israelítico, le prescribió el culto con que debía honrarle
on adelante, y le dió un código de leyes completo y pCl'-
fectísimo, basado en la unidall religiosa, la cual les mandó
conservar ¡'t todo trance, y les prohibió con severísil~las
penas el admitir y tolerar cultos extraños, y el transigir
poco ó mucho con las religiones falsas y ritos idolútticos
do los otros puehlos. Vemos tambien en el santo Evang-i'- .
lio q uo nuestro Selíor J cSllcristo mani festó en yarias ocasiu-
llOS su rlt~seo y volnntad expresa de qnc se reuniesen y
congl'egasen todos los hombres y todos los pu.~hlos y na-
eioIles en la 1mirlad exelusi va de su santísima Religion.
que era el último complemento y suma perfeccioIl ele la
alltigua. Hepetidas veces pidió ú su Eterno Padre en la
llocho de la Cona esta preciosísima unidad de religion y de
amor cutre todos los hombres: Ut orm~es unum sint SiC1tt et
nos ... el tct sint consummati in 1tnWm; y pidió con tiernaR
instancias esta unidad para que se realizase algun dia pUl'
completo el grandioso plan trazado en Sil eternal sabidu-
ría de atraer ú todas las razas, tribus, lenguas, pueblos y
naciones de la tierra al gremio de su Religion y de su Igle-
sia, para que la humanidad entera no formase en adelante
m:'ls que un solo redil. gobernado por un solo Pastor: Et
fient 1tnnm ovile et 1tnUS Pastor. Y esta hermosísima y com-
pleta unidad de todos los hombres en su Iglesia es uno de
los principales fines que se propuRo realizar con su venida.
al mlln(l~ como nos enseña San.J uan: Ut filias Dei qui
erant disjJe1'si, con!lre!laretin 1tn1tm. Y al efecto fundó una
sola Iglesia con una sola cabeza "isible, y mandó :'t los
Apústoles que la anunciasen y difundiesen por todo el mun-
do; advirtiéndoles que los que creyosen su palabra y en-
tI'asen en esta sola Iglesia por la puerta del santo Bautis-
mo, se salvarían; pero que los que no creyesen, se conde-
naría.n sin remedio: Qui credider¿t el ó(tjJtizatus fzterit, sal-
vns f'1'/:t; (j'ld 1)(?ro J1 01l crerTir1rrÍ!, condemn({bituJ'.
A LOS CUEHPOS COLEGlf:iL.\\DOlmf'.
CLXXlll
Los santos Apóstoles, aleccionados en la escuela de su
divi110 Maestro, é iniciarlos por El mismo en estos \\'astísi-
mos planes de su amor y de su misericordia, salie1'o11 es-
forzados y animosos del Cen:lclüo Ú predicar el Evangelio
y Ú, reducir el mundo ú la unidad de la fe y ele la Iglesia de
Cristo, y declararon guerra abierta lo mismo ú los cultos
idolátricos y errores filosóficos que mÜ()llCeS dominaban la
tierra, que tÍ las torpes herejías, que ya empezaban álcvan-
tal' su monstruosa cabeza, sin admitir jamás transacciones
ni acomodamientos de ninguna clase, ni con los unos ni con
las otras. Así es que San Pablo, destinado especialmente
por Dios para maestro de la gentilidad, combate terrible-
mente en sus cartas Los errores y vicios abominables <le
ésta y los de sus filósofos; y entre los sabios consejos que
<la ú su discípulo Tito, recien ordenado obispo d(~ C¡'eta,
es el que evite todo trato y comunicacion con 110m bres he-
rejes, despues de haberles amonestado por dos veces. Hlcre-
tiC1~tn lwminent post unam et sec1tndam corJ'eptionem devita.
El dulcísimo Apóstol de la caridad cristiana, el Discípulo
amado de Cristo y su mús íntimo amigo y confidente, eomo
(lue le encomendó desde la Cruz el cuidado <le su misma
Madre; el que no cesaba de repetir en sus últimos alíos)
como nos dice San Jerónimo: «Hijitos mios, amaos los unos
á los otros;» este mismo Apóstol dice en su segunda carta
que «si alguno llega á vosotros y no profesa la verdadera
doctrina de la única Iglesia de Cristo, no q llcrais reci1lirle
en vuestra casa ni decirle siquiera Dios te gnarde.» No!ite
recipere eum ilb domu';n, nec A ve ei dixeJ'itis. Y el miRtIlO
apóstol San Juan nos hace saber, en su Apocalipsis, la Rt:-
vera reprension (1ue mamM el Señor ú alg'ullos ObispoR de
las iglesias elel Asia :Menor, ,y con especialidad al ohiRpu
de Pérgamo, porqne toleraban y eran demasiado indulgeu-
tes con los herejes y con algullos falsos doctores (lUl) te-
nian abiertas cátedras el0 error, á las cuales HaI:na el miR-
IllO Señor sedes 8atanm, cútedras de Satanas.
Tan distantes estuvieron siempre nuestro divino Reden-
CLXXIV
EXPOSICW:-iES
tal' J esucristu .y sus..:\\ pústoles de esas falsas lihertades y
perniciosas tolerancias, qUJ tan de moda están hoy en to-
das partes, y tan distantes veríamos tambien de ellas ú los
Romanos Pontífices, á los sagrados Concilios, á los San-
tos Padres y Doctores ele la Iglesia, si despues de esta rú-
pida ojeada, que hemos dirigido por los libros sagrados,
q uisieramos dirigirla por los anales eclesiásticos, y aglo-
merar citas y testimonios de unos y otros hechos culmi-
nantes y clarísimos contra la libertad y toleraucia de cul-
tos, pues no podian ménos de estar en completa conso-
nancia con la doctrina y ejemplos de nuestro Señor Jesu-
eristu y de sus santos Apóstoles.
Mas no queremos dispensarnos de citar un pasaje cu-
rioso e importante del grande obispo de Hipona, San Agus-
tin; en el que á la vez se nos descubre húbilmente el ori-
gen histórico y la perversa tendencia del librecultismo
contra la Iglesia católica, despues del esplendido triunfo
conseguido por ésta sobre el imperio politeista de los Césa-
res. Dícenos este gran Santo, en una de sus preciosísimas
cartas, en primer lugar, que Juliano el Apóstata fuó el pri-
mer Emperador que ensayó la libertad de cultos despnes
de la conversion de Constantino el Grande: ól, desertor de
la fe y enemigo de Cl'isto, permitió y dió á los herejes la
libertad de perdicion; y entónces devolvió ¡'L éstos las ha-
silicas, cuando entregó los templos al culto de los demo-
nios: Julianus, desertor CM'isti et inímicus, luereticis libe1'-
tatem pe1'ditio1tis permissit, et t1tnc basílicas lue1'eticis red-
didit quando templa dcemon'iís. Y á la vez que nos muestra
San Agustin el orígen histórico elel librecultismo, poeo
envidiable por cierto, y nada honroso para los secuaces y
panegiristas de este error, nos Jescubre tambien su perver-
sa tendencia, y el fin detestable que se proponía Juliano al
entregar esta libertad á los cultos gentílico y herético: se
proponía nada menos que acabar con la Religion, y hasta
borrar de la tierra el nombre de Cristo, excitando envidias
y ri validades ú la unidad de la Iglesia, de la que él halna
.\\ LU~ CUERPOS COLEGISI.A))f)HES.
CLXXV
caido, y dejando que fuesen completamente libres las dis-
cusiones y predicaciones sacrílegas del error: Ro maria Jn/,-
tans c1wistianum nomen posse periTe de ten'is, si unitati
Ecclesim, de qua lapsus llterat ,incirieret, et sacrílegas riiSC1tS-
siones liberas esse permitteret.
A la tristísima figura de Juliano el Ap6stclta podemo¡;:
agregar otra no ménos triste y repulsiva para completar el
presente cuadro del librecultismo, y esta figura es, por
desgracia, espaiiola: la de Witiza. Este desgraciado prín-
cipe puede decirse que fué el primero despues de la con-
versiun de Recaredo y de toda la gente goda, que parodió
en Espaiia la obra librecultista, ensayada por Juliano en
el imperio despues de la conversion de Constantino, y qui-
zús con sus mismas torcidas intenciones; y así como Julia-
no causó perjuicios inmensos ~l la Iglesia católica, y al
mismo imperio romano, con sus apostasías y sacrílegas li-
bertades, así tambienel rey Witiza, con las suyas y con todo
linaje de liviundades y desórdenes, hizo gemir ti la Iglesia,
afrentó su nobilísimo linaje, escandalizó y trastornó todo
el reino, y lo preparó para la desastrosa jornada del Gua-
dalete , en la q ne hicieron traicion ú la causa espaiiola y
deshonraron su bandera, pasándose al campo enemigo, al-
gunos de su familia y de su raza; viéndose confirmado en
la historia una vez mús aquello de que los que no son fielc:-;
ti Dios, ti su Religion y á su Iglesia, no suelen serlo tam-
poco ni á sus Reyes ni á su patria; y por esto nos inclina-
mos oÍ, creer que las capillas y templos protestantes, ó ele
otras religiones falsas, que abran en Espaiia la libertad (',
tolerancia de cultos, si desgraciadamente se establecen,
mús que escuelas de religion y de moral, serán centros de
perversion y de antiespaiiolismo; y nos tememos mucho
que alguna de nuestras posesiones de allende los mares se
pierda para Espaiia, si no se cuntiene y neutraliza con
tiempo la prop<lganda protestante.
Mas dejando á un lado nuevas citas doctrinales é histó-·
¡'icas, debemos pronunciar ya la última palabra, (pIe para
CLXXVJ
EXPOSIOIONEH
todo verdadero católico decide completamoutn la enestioll
en favor de la conservacion de nuestra unidad religiosa, y
CIl contra de la libertad ó tolerancia de cultos; esta es la
palabra del inmortal Pio IX, del vicario de Jesncristo en la
tierra, del supremo moderador de las conciencias en los
lllle mandan yen los que obedecen, y el maestro infalihle
de la verdad revelada. El ha rel'rohado Y condenado en va-
rias Letras Apostólicas, Encíclicas, Alocuciones consisto-
riales y en otros actos y documentos pontificios, que 1me-
Llen verse citados en los párrafos 3.° y 10 elel Sz¡llabns, como
pernicioso error que no puede en conciencia seguir lling'un
católico, la doctrina de aquellos politicos y publicistas que
no dudan afirmar: «Que todo hombre tiene la libertad ele
abrazar y profesar la religion que él considere verdadera,
guiado por la sola luz de la razon; que en cualquiera reli-
gion puede el hombre agradar á Dios y salvarse; ó que á
lo ménos debe esperarse que le agradan y se salvan todos
aquellos que pertenecen á cualquiera ele las sectas que se
llaman cristianas, aunque no vivan en el seno de la verüa-
dera Iglesia ele Jesucristo, que es la católica, apostúlica,
romana.» El ha reprobado y condenado tambien la doctrina
de los que dicen: «Que en nuestra época ya no es conve-
niente que la Religion católica sea tenida eomo la única
religion del Estado, con exclusion ele todos los demas eul-
tos; y que por lo tanto, loablemente se ha establecido por
ley en algunos países católicos que los extranjeros que ,i
ellos vayan gocen elel ejercicio público del culto propio de
cada uno.»)
y por fin, el mismo Pio IX, en su famosa Encielica
Quanta C1lJ'a, ele 8 de Diciembre ele 1864, vuelve á conde-
nar los mismos errores con las sig'uientcs palabras, que re-
eomendamos á la ilustrada y recta consideracion de los
dignos representantes del país en ambos Cuerpos colegis-
ladores: «Os es perfectamente conocido, venerahles her-
manos, que hay en este tiempo no pocos hombres que,
aplicando á la sociedad civil el impío y absurdo priucipio
Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLxxVIl
que llaman del nat1~1'alis}}w, se atreven ú enseñar que la
suma perfeccíon de la pública sociedad y el progreso civil
exigen imperiosamente que las naciones se constituyan y
gobiernen sin tener en cuenta para nada la religion, como
si no existiere, ó por lo ménos sin hacer diferencia alguna
entre la verdadera religion y las falsas. Además, contra-
diciendo á las doctrinas de las Sagradas Letras, de la Igle-
sia y de los Santos Padres, no temen afirmar que es óptima
la condicion de aquella sociedad en la que no se reconoce
en el poder obligacion alguna de reprimir por la sancion
<le penas y castigos á los violadores de la Religion clttóli-
ca, sino cuando lo exigen el órden y la tranquilidad públi-
ca. y como consecuencia de esta idea absolutamente falsa
del régimen social, no temen favorecer aquella opinion
perjudicial y sobremanera funesta para la Iglesia católica
y para la salvacion de las almas, que nuestro predecesor
Gregorio XVI llamaba delirio deliramentum, á saber, que la
libertad de conciencia y de cultos es un derecho propio de
cada hombre, que debe ser proclamado y garantido en toda
sociedad bien constituida; y que todos los ciudadanos tie-
nen tambien perfecto derecho á que se les deje en plena y
omnímoda libertad, que no debe coartarse por ninguna
autoridad eclesiástica ó civil, de manifestar pública y abier-
tamente sus ideas y opiniones, cualesquiera que ellas sean,
de palabra, por escrito, ó de cualquier otro modo.»
Condenadas tan expresa y terminantemente por el Vi-
ca'rio de Jesucristo las doctrinas y proposiciones referidas,
y debiéndose en su consecuencia admitir y seguir única-
mente como ciertas y seguras las contrarias, los señores
Senadores que de católicos se precien, y acaten, como es
justo y debido, la autoridad y supremo magisterio del au-
gusto Jefe del Catolicismo, comprenderán muy bien, en su
alta y religiosa ilustracion, que en una Nacion eminente-
mente católica como la española, cuyos habitantes, casi
en su totalidad, tienen la dicha inestimable de conocer y
profesar hace ya muchos siglos la única religion verdade-
m
...
(JLXXVIII
EXPOSICIONES
ra, con exclusion de toda otra, la única reiigion en la q lH'
es posible agradar á Dios y salvarse, no pueden en buella
conciencia autorizar con su voto la libertad ó tolerancia de
cultos que quiere establecerse: libertad que para los espa-
ñoles sería una verdadera libertad de perdicion, como la
llamaba San Agustin en su tiempo, y en el nuestro la
llama el Padre Santo, la libertad de rebelarse contra Dios;
la libertad de apostatar y renegar de la verdadera fe de
Cristo; la libertad de blasfemar de Jesucristo mismo y de
su religion santísima; la libertad, en fin, de pervertirse y
condenarse: y para los extranjeros infieles, judíos, here-
jes y cismaticos, sería otorgarles la libertad de agrcsion
contra el Catolicismo, que es la que en verdad desean; la
libertad de venir á España, abroquelados con la Constitn-
cion del Estado, á escandalizar á los fieles con el ej ercici ()
de sus falsos cultos, y á L\\orromper y ú descatolizar ú los
pueblos con la libre predicacion de sus errores y con la ini-
cua propaganda de sus malos libros y escritos detestables.
Porque bien sabemos todos, y no lo desconocen los dignofo;
miembros de los Cuerpos colegisladores, que ú los hert\\jl's
y sectarios de este siglo, y muy especialmente á los propa-
gandistas que vengan á España, les cuadra pcrfectamenb~
lo que decía Tertuliano de los de m tiempo, esto es, que su
gran ocupacion no es convertir infieles ni ganar incrédulos,
sino derribar nuestros católicos; ni ponen su gloria en pro-
curar la elevacion de los caidos, sino la ruina de los que es-
tánen pié: Negotiumest kmreticis non etknicos conveJ'tendised
nostros evertendi; kanc magis ,r¡loriam captant si stantibus
}'uinam, non si jacentibus elevationem operent1tr.
y tanto ménos debe permitirse entre nosotros esta pé-
sima ocupacion á los herejes y sectarios, cuanto que nues-
tra querida España, por la misericordia de Dios, no se halb
en la necesidad imperiosa y extrema en que se han visto, y
se ven, otros pueblos para adoptar medidas de tal naturale-
za, ni concurren en eUalas gravísimas causas que pudieran
j nstificar de algnn modo, no ya la libertad, pero ni siqllie-
,t LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
CLXXIX
ra la tolerancia civil de los cultos falsos. Y que en España
no haya esta nocesidad imperiosa, ni concurran estas gra-
vísimas causas, que suelen señalar y admitir los doctores
católicos, lo han proclamado y demostrado, no sólo los
Obispos, sino tambien muchos doctos publicistas y juris-
consultos, y esperamos que volverá á proclamarse y de-
mostrarse hasta la evidencia en ambas Cámaras por auto-
ri~ados y elocuentes oradores; bien que necesita poca ó
ninguna demostracion lo que es público y notorio, lo que
estA ¡'L la vif.:;ta de todos, lo que no se han atrevido ni se
atreverim á negar los mismos adversarios de la unidad ca-
tólica. y es doctrina de los teólogos que el romper esta pre-
ciosa unidad y establecer la libertad ó tolerancia de cultos
á priM'¡, sin una necesidad imperiosa y sin estas gravÍsi-
mas causas, equivale á una aprobacion positiva de los fal-
sos eultos, y á una especie de sancionlegal del indeferen-
tismo relig'ioso, que es la peste mortífera de nuestros tiempos
.Y la gran calamidad de las sociedades modernas; y esto
bien conocen los dignos representantes de la católica Espa-
üa que no pneden ni deben hacerlo sin gravar terriblemen-
te su conciencia ni contraer una responsabilidad tremenda
ante Dios y ante la historia.
Otro dato importantísimo .Y concreto á nuestra España,
y es el último de nuestra expClsicion, debemos proponer á
la alta consi,leracion de los señores Senadores, para que
puedan resolver el problema religioso como sinceros cató-
licos y leales hij os de la Iglesia y del Sumo Pontífice, su
cabeza visible: este dato es el Concordato ajustado entre
la Santa Sede y 01 Gobierno español, autorizado para este
efecto por las Córtes, ratificado por ambas partes contra-
tantes con todas las solemnidades de derecho, y promul-
gado eomo ley dell'eino en 17 de Octubre de 1851. En este
Holemnisimo pacto quedó expresamente estipulado y con-
venido entre 01 Romano Pontifice y la N acion Española «que
se conservaría siempre Gn ella la Religion católica romana
con todos los derechos y prerogativas de que debe gozar,
CLXXX
EXPOSICIONES
segun l:;t ley de Dios y lo dispuesto en los sagrados c{mo-
nes, y con exclusion de cualquiera otro culto.» Así se ve
claramente en el arto 1.0 de dicho Concordato, y se confir-
ma por los arts. 2.° y 3.° del mismo; así está terminante-
mente consignado en las Letras Apostólicas confirmatorias
del nominado Concordato, expedidas en San Pedro de Ro-
ma á 5 de Setiembre de 1851, Y mandadas publicar en Es-
paña por Real decreto de 17 de Octubre del mismo, prévio
acuerdo del Consejo de rr,inistros, y oido además el Conse-
jo Real en pleno; así lo repitió Su Santidad ante el Sacro Co-
legio de Cardenales en su Alocucion consistorial Quibus
l1/'etuosissimis de la misma fecha, y así volvió á repetirlo
cuatro años despues en su otra Alocucion consistorial }\\levw
vestrum ignorat, de 26 de Julio de 1855, con estas pala-
bras: Oautum in primis fuit, ut ipsa Religio , quaeumque alio
cultu excluso, pergens esse sola Religio Mspaniem nationis,
esset ut antea in universo Hispaniarum regno conservanda
cum omnibus juribus et prrerogativis, q1cibus potú'i debet jux-
ta IJei legem et canonicas sanetiones.
Pues bien; la aprobacion de la base undécima del pro-
yecto constitucional es la violacion flagrante del primero
y principal de los artículos del Concordato, y consiguien-
temente de los segundo y tercero, como lo tiene oficial-
mente declarado la Santa Sede; la cual ha hecho notar á la
vez, como punto indiscutible, que sin su consentimiento,
ni el Gobierno de S. M., ni las Córtes, ni otro poder alguno
del Estado tiene derecho para alterar, cambiar ó modificar
por sí solo el menor de los articulos del Concordato, y mu-
cho ménos el primero y más fundamental de todos ellos,
que es el que trata de afianzar y robustecer la unidad cató-
lica de España. Yel afirmar lo contrario, aunque no estu-
viese reprobado, como lo está, por la misma Santa Sede, lo
ha estado y lo estará siempre, como no ignoran los dignos
representantes del país, por las prescripciones del derecho
público y de gentes, por las leyes de la justicia y del ho-
nor, y por la fidelidad y religioso respeto con que una na-
.l LOS CUERPOS COLEGISL.\\DORES.
CLXXXI
cion hidalga y católica como la Española debe guardar la
palabra empeñada y los pactos celebrados con el augusto
Jefe del Catolicismo; el cual, si viese violados por sola la
Nacion los primeros y más esenciales artículos del Concor-
dato, podria declarar írritos y nulos los de mas , y muy es-
pecialmente el arto 42, en virtud del cual pueden poseer y
poseen hoy muchos españoles católicos con tranquila con-
ciencia los bienes de que fué despojada la Iglesia, y que
fueron vendidos conforme á las leyes <Íntes del referido
Concordato; y esto, que pudiera ocasionar tantos conflic-
tos entre la Iglesia y el Estado, y llenar de ansiedad y
turbacioll las conciencias de muchísimos fieles, no nos hu-
biéramos atrevido á indicarlo siquiera, si no lo hubiera he-
cho primero el mismo Pio IX, en su Alocucion consistorial
Nemo 1Jestrum iflJlorat, de 26 de Julio de 1855, ántes citada,
con estas gravísimas palabras, que sin añadir una nuestra,
dejamos á la alta consideracion de los señores Sena-
dores:
«Trajimos igualmente á la memori(). del Gobierno de
Madrid, como clara y abiertamente lo habíamos expresado
en nuestras Letras Apostólicas relativas al mismo Concor-
dato, que como los pactos sancionados en él se violasen é
infringiesen de una manera tan grave, ya nJ tendría mÚfi
lugar la indulgencia por Nos otorgada en razon del dicho
Concordato, en virtud de la cual declaramos que ni por Nós
ni por los Romanos Pontífices nuestros sucesores süriau
molestados de ninguna manera los que hubiesoIl compradu
y adquirido los bienes de la Iglesia, vendidos éÍ.ntes del
nuetltro referido Concordato.»
En virtud de todo lo expuesto, suplicamos encarecida-
mente ;l los señores Senadores que, como políticos previ-
sores y prudentes, como sabios y justos legisladores, y
como verdaderos y fervientes católicos, desechen la base
un(lécima del proyecto de Constitucion, y consignen clara
y explícitamente en la nueva ley fundamental del Estado
«que la Religion católica, apostólica, romana es la única
CLXXXIl
EXPOSIC. Á LOS CUERPOS COLEGISLADORES.
que profesa la Nacion Española, y que se prohibe en todos
sus dominios el ejercicio de cualquier otro culto.» Y para
m,ís autorizar y amparar esta nuestra reverente súplica,
queremos terminarla y coronarla con el sentido ruego que
dirigió nuestro Santísimo Padre Pio IX á todos los que tie-
Hcn algun poder y autoridad para regir los destinos de los
pueblos, en su alocueion JVon semet, de 29 de Octubre de 1866,
con estas palabras:
«No podcmos ménos de rogar encarecidamente en el
Señor ú todos los príncipes y gobernantes de los pueblos,
qne entiendan alguna vez y mediten con frecuencia el gl'a-
vlsimu deber en que están, de cuidar que se acreeiente en
todas partes el amor y culto de la Heligion, y de imp8dir
con todas sus fuerzas que se extinga la luz de la fe en los
pueblos que les están confiados. Y j ay de aquellos g'olJer-
nantes que, olvidándose de que son ministros de Dios para
el bien, descuiden el hacer esto I pudiéndolo y debiéndolo
hacer! Tiemblen y estremézcanse sobremanera cuando con
sus actos y determinaciones destruyen ó menoscaban el
l)reciosÍsimo tesoro de la fe católica, sin la cual es imposi-
ble agradar á Dios; pues al ser juzgados severÍsimamente
en el tribunal de nuestro Señor Jesucristo, verán cuán
horrenda cosa sea caer en las manos del Dios vivo, yexpe-
rimentar el peso de su terrible justicia.»
Que Dios libre de ésta I y derrame torrentes de gracia
y de misericordia sobre todos los seilores Senadores, y que
guarde su vida por dilatados y prósperos ailos, es lo que
piden y desean los exponentes, que esperan ser atendidos y
favorablemente despachados.
Chanada, dia del Patriarca Sau JUSl~, 19 de J\\Ian:o de
1876.-Por sí, y {t nomlwe y con expresa auturizacion de
los sufragúneos de su pr¡)vincia eclesiástica, el Obispo de
Cartagena, el Obispo de Jaen, el Obispo de Múlaga, el
Obispo de Guadix y 01 Vicario capitular de Almería,--
BIENVENIDO, Arzobispo de Granada.
DISCURSOS
PRONUNCIAllOS
I~N ~l L~NGR~~~ D~ ~R~~, DIPUTAD~~
EN FAVOR DE LA UNIDAD CATÓLICA.
I
I
I
I
I
I
I
I
I
I
I
I
DISOURSO
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA,
MARQUÉS DE MONESTERIO,
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATÓLICA,
P~ONUNCIADO EN EL CONG~ESO DE LOS DIPUTADOS EN LA
SESION DEL 28 DE ABRIL DE 1876.
1
Se leyó el artículo 11, que decia:
«Art. 11. La Religion católica, apostólica, romana es la del
Estado. La Nacion se obliga á mantener el culto y sus ministros .
• Nadie será molestado en el territorio español por sus opinio-
nes religiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el
respeto debido á la moral cristiana.
,No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni mani-
festaciones públicas que las de la religion del Estado.,
El Sr. SECRETARIO (Rico): A este artículo hay pre-
sentadas ocho enmiendas; la del señor Duque de Almenara
Alta dice así:
«Los Diputados que suscriben ruegan al Congreso se sirva sus-
tituir el arpo 11 del proyecto constitucional con el siguiente:
cArt. 11. La Religion católica, apostólica, romana, con ex-
»clusion de todo otro culto, es la religion de la Nacíon Española.
"El Estado se obliga á mantener el culto y sus ministros . .,
,Palacio del Congreso 11 de Abril de 1876.-El Duque de Al-
menara Alta.-El Conde de Llobregat.-Salustiano Sanz.-El Ba-
ron de Alcalá.-El Conde de Santa Coloma.-El Marqués de la
Puebla de Rocamora.-Pelayo Camps.,
El Sr. PRESIDENTE: El señor Duque de Almenara Al-
ta tiene la palabra para apoyar su enmienda.
4
DISCUltSO
El señor Duque de ALMENARA ALTA: Señores, soy
nuevo en el campo de la política, nuevo en los escaños del
Congreso, poco ménos que nuevo en el propio ejercicio
de la oratoria; y para colmo de rigores hago mis primeras
armas en un debate de suyo temeroso y difícil, y tengo por
testigo y por censor de esta mi primera empresa á un con-
curso, formidable por el número, por la condicion y por la
calidad de los oyentes; instable, como numeroso; apasio-
nado, como español; movedizo y fogoso, como político. Por
tales consideraciones, mirando tÍ vosotros, y mirándome á
mí mismo, de grado, de muy buen grado dejaría que otro,
ó ménos nuevo ó ménos ignorante que yo, hiciera mis ve-
ees para alivio de mi carga y para contentamiento de vues-
tro gusto, si una fuerza más enérgica que los em bargos del
temor, más eficaz que los consejos de una prudencia me-
ticulosa, más noble que los estímulos del amor propio, la
nncion del deber, no me hubiese enseñado desde antiguo, y
no me repitiese muy oportunamente ahora, que hay mo-
mentos en los cuales al hombre que se honra con el dicta-
do de representante de la Nacionno le es lícito enmudecer.
Así, pues, forzado tÍ hablar, y sin merecimiento ningu-
no , ni anterior ni presente, que me recomiende á vuestros
ojos, he de recurrir y de confiarme por entero á vuestra
benevolencia, la cual, si bien es verdad que no puedo re-
clamarla de vosotros como obra de vuestra justicia, no es
ménos cierto que, dada vuestra tolerancia, tengo derecho
á esperarla como gracia espontánea de vuestra notoria y
proverbial generosidad.
Antes de com mzar la serie de observaciones que me
propongo hacer al arto 11 del proyecto constitucional, creo
necesario llevar vuestra memoria, siquiera sea sólo por un
momento, á un periodo de infausta recordacion para todo
hombre que sienta correr por sus venas generosa sangre
española.
Yermos los campos, revueltas las ciudades, en armas
las fortalezas, derruidos los templos, ludibrio de los ex-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
5
traños y vergüenza de sus propios hijos, esta desventurada
tierra nuestra pareció un punto álos ojos de las gentes imá-
gen de un cadáver herido por la deshonra, que es la muerte
del alma, y acabado por el aniquilamiento vital, que es la
muerte del cuerpo. Al gárrulo vocear de las banderías, que
porfiaban por el mando y por el lucro ; al fragor de la pelea,
que ensordecía los aires; al humear del incendio, que coro-
naba las ciudades; al hervir de la sangre, que empapaba los
llanos y las montañas, buscaban los tímidos en tierra ex-
tranjera la llama del hogar, extinguida en la patria por el
soplo de la discordia, en tanto que áun los hombres de co-
razon entero, que de cerca presenciaban los horrores de
aquella espantable crísis, sintiendo agitarse el suelo bajo
sus piés, faltar aire á su aliento , fe á su alma, dudaban
atónitos si aquel estremecerse de la patria desangrada era
el dolor congojoso, pero templado por la esperanza, que
suele agitar á los pueblos en la víspera de algun fecundo
alumbramiento social, ó el arranque impotente, la última
convulsion, el lúgubre estertor de una sociedad decrépita
que se desploma y espira.
Tres años solamente, señores Diputados, tres años so-
lamente han trascurrido desde aquellas horas preñadas de
angustia, desde aquel tiempo, testigo obligado de tanta
humillacion sufrida, de tanta lágrima vertida, de tanta
sangre derramada. Tres años solamente, y ya la guerra
carlista, merced á la Providencia, ha concluido; la anar-
quía armada ha llegado á su fin, y la anarquía latente
toca á su término, justa y sábiamente enfrenada por el
enérgico vigor del brazo de la ley; las naciones extranje-
ras sin duda no nos envidian, pero en cambio nos respe-
tan; el forzado ya no sueña aquí en redimirse á sí mismo
poniendo á la patria en vergonzosa servidumbre, expía su
delito y cumple la condena que merece su crímen ; nuestro
Ejército, de nombre legendario, en vez de ser piedra de
escándalo para los extraños, y padron de ignominia para
los propios, cs el balu,arte más firme de l~ reconstitucion
DISCURSO
nacional; recuperó la disciplina, y con la disciplina el
valor, y con el valor el heroismo, y con el heroismo enca-
denó á sus banderas el carro de la victoria; y nuestras na-
ves, las naves de D. Juan de Austria y del Marqués de
Santa Cruz, que en hora menguada hasta para sus propios
mástiles tremolaron en ellos la sangrienta enseña de los
bandidos del Mediterráneo, renovando en las sagradas costas
de la patria los ignominiosos dias de Barbaroja y de Dra-
gut, nuestras naves, regeneradas por la sombra del pabe-
llon nacional que las guarece, navegan hacia América
para llevar á los heroicos hijos de esa Cuba española hom-
bres y tesoros que han de hacer para siempre nuestra
aquella isla querida dos veces nuestra: nuestra, porque
supieron hacerla suya nuestros mayores; nuestra, porque
nuestros hermanos de allende los mares han querido ha-
cerla nuestra.
Esta manera de resurreccion, por la cual ha pasado
nuestra España dentro del órden providencial es obra de
todos, como obra de todos suele ser siempre este género de
maravillas; mas si en estas mis palabras va envuelto algun
elogio de mis adversarios políticos, lo cual no me pesa,
tengo derecho á esperar que, llevados ellos de igual ten-
dencia de imparcialidad, no podrán ménos de reconocer
juntamente conmigo que una parte principal, una parte
principalísima de la obra regeneradora corresponde de de-
recho al primer Ministerio de mi Rey. Necesitaba el Ej ército
una bandera, y la Monarquía vino á ser la bandera del
Ejército; querían las Potencias extranjeras de nosotros res-
petabilidad, estabilidad y fijeza en el poder supremo, y fi-
jeza y estabilidad y respetabilidad en el poder supremo
hemos conseguido con la restauracion de la Monarquía le-
gítima, reparacion de justicia que saludaron unánimes to-
dos 101il pueblos de Europa, batiendo palmas de sincero re-
gocijo; y España, España entera, por propia naturaleza
libre y altanera y nobiliaria, ni se ha sentido tranquila, ni •
se ha mirado confiada en tanto que no ha placido á la Pro-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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videncia restauraren su seno un poder supremo cuyo orí-
gen se pierde en los orígenes de la patria misma, cuya
historia se confunde con la gloriosa historia de la patria
comun; amado por conocido; venerado por antiguo; respe-
tado por legítimo: la Monarquía secular, la Monarquía
templada, la única Monarquía verdaderamente española.
Lástima grande, señores Diputados, que quien como yo
de tal manera se complace en celebrar las obras del Minis-
terio presente; que quien como yo se encuentra unido por
vínculos de afinidad política, y lo que estimo en más que
ello, por vínculos de verdadera aficion personal, con el dig'-
no Presidente y con varios de los individuos que lo com-
ponen; lástima grande, repito, que quien como yo, mi-
rando á ellos y mirando á lo que representan, no querría
tener en este sitio manos para otra cosa más que para
aplaudirlos, voz para otra cosa más que para encarecer to-
pos sus intentos, para alentar todos sus propósitos, para
sublimar hasta las nubes todos sus actos; lástima grande
que la primera vez que á ellos me dirijo desde estos escaños
sea desventuradamente para oponerme con toda la ener-
gía de mi alma y con toda la independencia de mi condi-
cion y de mi nombre á una de las soluciones más graves,
más trascendentales, más características del proyecto
constitucional, que apadrina y propone este primer Minis-
terio.
Animos inquietos, que nunca faltan; hombres de condi-
don descontentadiza, que siempre sobran; medradores de
oficio, que abundan por demás; motejen y combatan, si les
place, uno tras otro todos los actos del primer Ministerio
de D. Alfonso XII; no seré yo ciertamente quien ande con
ellos semejantes caminos. Voluntades impacientes, que
porfían por reemplazar el presente con el porvenir, sin
echar de ver que el presente no es toJavía pasado; almas
soñadoras, que pasan por la tierra fijos los ojos en la vision
del ideal, que así suspende los sentidos como cautiva y
enámora la voluntad; vision del ideal donde en consorcio
8
DISCURSO
inefable goza la mente los encantos de un mundo en el
cual coexiste con el movimiento más espléndido el órden
más estable, fundidos los dos en armónico concierto; idó-
latras del porvenir ó visionarios de siempre, con razon ó
sin ella han combatido y combatirán á este Gobierno y á
todos los gobiernos; mas de mí sé decir, que áun cuando
me hallo muy léjos de hacerme encomiador de todos los ac-
tos del Ministerio presente, áun cuando no hago mios to-
dos sus propósitos, ni ménos excuso todos sus procedi-
mientos, ha sido, sin embargo, necesario que llegase un
punto á mis ojos esencial para la vida de España, como lo
es á todas luces la consignacion del mantenimiento ó del
quebrantamiento de la unidad católica en el primer Código
fundamental de la Monarquía restaurada, para que, apesa-
dumbrado por venir de quien viene la solucion que se nos
propone, temiéndome á mí mismo, por ser yo quien debe
combatirla, me haya resuelto, sin embargo, yo, que abor-
rezco la discordia, á levantar en esta parte bandera de
guerra.
Sí, señores Diputados; que si aquí alguna vez, ardien-
do todavía en nuestros pechos sangre verdaderamente es-
pañola, oyésemos de políticos que para evitarle á la patria
la contingencia de algun futuro cautiverio tramaban la
desmembracion de sus dominios, el impío quebrantamiento
de la integridad del territorio, estoy seguro de que todos á
una voz rechazaríamos tan degradante propuesta; estoy
seguro de que todos á una voz, á quien tal desvarío osase
sustentar, todos responderíamos con un Monarca insigne
de la casa de Aragon; «Nada de pactos con la deshonra, ni
una piedra de mis almenas , ni una yugada de mis campos.»
Sí, señores Diputados; que si aquí alguna vez, desva-
necidas las cabezas por el medro que alcanzan en otros lu-
gares hombres y cosas, hubiese alguien que soñara con
implantar el árbol del despotismo en este suelo de los bue-
nos usos, de los nobles fueros, de las santas libertades de
la Edad media; alguien que intentara transformar en sier-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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vos los súbditos, en dictador al imperante, el cetro de la
justicia en espada de la opresion, la corona del monarca en
tiara de autócrata, el príncipe católico en César de renaci-
miento; corno nuestros mayores se opusieron denodados,
yo, y vosotros conmigo, rechazaríamos todos semejante
coyunda; dentro del círculo de la ley, en nombre de la jus-
ticia, lucharía, y relucharía y porfiaría incansable; y si
cayese en la demanda, y si por mi legal defensa me oyese
motejar de rebelde y de traidor, yo, á quien tal dijera, res-
pondería corno respondía á sus acusadores uno de nuestros
héroes legendarios al pié del cadalso, donde el hombre
rara vez se engaña, donde el hombre no intenta nunca en-
gañar á los demás: «Mientes tú, y áun quien te lo mandó
decir; rebelde nó, mas celoso del bien público y defensor
de la libertad del reino.»
Sí, señores Diputados; que si yo alguna vez mirase des-
pertar á mi patria de una noche tormentosa de orgía revo-
lucionaria, en medio de los albores de una restauracion
henchida de fecundas esperanzas, y viese entónces que el
gobierno que en ella presidía, ciego á la experiencia del
pasado, sordo al clamor unánime del pueblo, en vez de
cerrar todo camino á la duda, que es la division y la muer-
te, lo cerraba en cierto modo á la fe, que es la union y la
vida, llevando su mano irrespetuosa allí donde la revolu-
cion, no impunemente por cierto, llevó algun dia su ha-
cha destructora, yo le rogaría, yo le suplicaría, yo conju-
raría á este Gobierno que no consumase con pretexto de
equidad el parricidio intentado por otros en nombre de la
fuerza; y si el Gobierno no me satisfaciese , y si el Gobier-
no no me escuchase, y si el Gobierno me rechazara, yo á
mi vez en esta parte le negaría mi cooperacion , le negaría
mi apoyo, le negaría mi voto, recogería el guante que con
su torpe medida arrojaba al rostro de la grey católica, y
vencido ó vencedor en la contienda aguardaría tranquila-
mente el juicio de Dios y el fallo de la historia.
~ y qué debemos estimar en más, señores Diputados I la
10
DISCURSO
integridad del territorio, la Constituclon secular, ó la reli-
gion unánime del pueblo, cuando esta religion es la pro-
pia verdad revelada, cuando esta religion es la religion ca-
tólica'? Con la unidad de la fe en la vida pri vada y en la
vida pública, yen los usos y en las costumbres, en las ins-
tituciones y en las leyes, cualquier tiranía que se levante
no dura más que lo que dura la union de las bayonetas so-
bre las cuales imagina el tirano cimentar su imperio. El
aliento del catolicismo, que vivifica todo lo justo, es soplo
de muerte que destruye y desvanece y borra cuanto sueña
la injusticia establecer y fabricar y coronar sobre la tierra.
Con la unidad de la fe en el hogar y en la plaza pública,
en el templo y en el trono, la integridad del territorio, si
es dable que se rompa, se restaura luégo ; la patria no mue-
re nunca. Qué, señores Diputados, ¿ no somos nosotros mis-
mos ejemplo viviente de ello'? ¿Dónde estaba España la
víspera de Covadonga'? ¿ Dónde estaba España la víspera del
Dos de Mayo '?
y sin embargo, señor3s, la unidad católica, si tal vez
quebrantada de hecho, sin duda ninguna subsistente de
derecho, porque ella, de igual manera que el propio gér-
men de la institucion monárquica, de igual manera que el
propio gérmen de las libertades públicas, alienta vivifica-
dora en las entrañas mismas de la Constitucion interna de
nuestra patria; Constitucion interna que, si es dable que
padezca alguna vez efímeros eclipses, es imposible que se
desvanezca en tanto que la raza aliente, en tanto que la
Nacion subsista y viva; la unidad católica, que no es pa-
trimonio exclusivo de la generacion presente, sino heren-
cia sagrada que recibimos de nuestros mayores para con-
f ervarla religiosamente y trasmitirla incólume en su dia ~L
las generaciones venideras; la unidad católica, surgida en
nuestro suelo del riego de la sangre de nuestros mártires,
hijos de nuestra propia raza; arraigada en nuestro suelo
por la ciencia y por la virtud de nuestros doctores, hijos
de nuestra propia raza i acrisolada en nuestro suelo. por los
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
11
cruentos sacrificios de nuestros héroes restauradores, hi-
jos de nuestra propia raza; florecida en nuestro suelo por
el valor de nuestros caudillos, por la entereza de nuestros
repúblicos, por el fuego divino de nuestros pintores y de
nuestros poetas, hijos todos de nuestra propia raza; y el
mejor timbre y el mejor galardon y la mejor' corona de la
patria; la unidad católica, herida de mano airada, queda
rota y deshecha, y quebrantada y perdida, en el punto
mismo en que apruebe la Asamblea el arto 11 del proyecto
consti tucional.
Vientos extraños para nosotros soplaron de allende los
Pirineos, y las nubes que amontonaron, en vez de llover
sobre la patria virtudes que le faltan. llueven la semilla
de vicios orgánicos, de que hasta hoy, para dicha suya,
habíamos vivido exentos.
Entiendo que otros señores Diputados que ven, como
veo yo, la solucion propuesta por el Gobierno, de los mu-
chos puntos que tiene dignos de censura, combatirán
aquellos que rechazamos, conforme mejor convenga á ca-
da uno, dada la índole de sus respectivas aficiones, y
dado tambien el carácter de sus respectivos estudios. Eu
cuanto á mí, sin perjuicio de las observaciones de otro
órden que pienso hacer en el texto de mi discurso, me
extenderé principalmente en probar á las Córtes que el
arto 11, por su esencia y por su forma, es un sacrilegio
mirando á la historia del pasado, un error político por lo
que mira al presente, un gérmen de disolucion nacional
por lo que mira al porvenir.
Como obra de una maravilla que la religion explica, la
piedad comenta y la ciencia confirma, este nuestro pue-
blo, que por amor á su suelo luchó durante dos siglolil con
el coloso del mundo antiguo; este pueblo nuestro, en cuyo
encadenamiento empleó Roma tanto espacio de tiempo,
como hubo menester para uncir al carro de su imperio á
todas las demas naciones del Orbe; este pueblo nuestro,
12
DISCURSO
que en los dias de mayor pujanza de la fuerza púnica ha-
bía opuesto á su dominio á Indortes y á Estolacio y á la
heróica Sagunto, coronada de llamas y rodeada de ceni-
zas; este pueblo nuestro, que porfió contra los romanos en
Numancia, y cien veces deshizo con las hordas de Viriato
la renombrada disciplina de las huestes de la gran Repú-
blica; este pueblo nuestro, para dicha suya, abrió un dia
sin resistencia sus brazos indomables á los mensajeros de
la buena nueva, testigos del triunfo del Calval'io ó discí-
pulos de los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.
Cuando los guerreros del Norte fijaron sus tiendas en
nuestro suelo, despues de haberlas paseado en triunfal
carrera desde el Asia, su cuna, hasta el Septentrion eu-
ropeo; desde las márgenes del Danubio hasta los pantanos
de Germania; desde las florestas de Italia hasta los férti-
les campos de la risueña Galia, parecía que llegaban como
ganosos de despojarse de sus hábitos nómadas para con-
vertirse en nacion, nacion semejante á aquella Roma,
con cuya imágen soñaban, aquella Roma que sus mayores
habían conocido poderosa aún y deslumbrante de gloria.
Un presagio misterioso, semejante al instinto que guiaba
á su precursor Alarico en sus primeras correrías por la co-
marca romana, debía murmurar entónces al oido de los
godos que, si llevaban en el ánimo el propósito de trasfor-
mar sus tribus en nacion, necesitaban de un clima exento
de las nieblas del Norte, de un cielo más puro que el cielo
de Jutlandia, de rayos solares henchidos de mayor vida, á
fin de que á su fuego se purificase la flor de la falsa religion
que profesaban, y á su calor se robusteciese y floreciera el
árbol de aquella cultura, por la cual anhelaban con el an-
tojadizo afan propio de un pueblo apénas adolescente.
" Los hijos de las nieblas no encontraron en nuestro pue-
blo, indómito por tradicion, otros enemigos para sus hues-
tes que los presidios imperiales y los bagaudas de las sel-
vas y de los riscos. España, inhabilitada para crear sola
con sus hijos un imperio propio, prefirió el yugo vh;igQdO
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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á todo otro yugo bárbaro, porque el visigodo era ya á la
sazon el bárbaro más romano entre todos los bárbaros,
y España á su vez la más romana entre todas las provincias
romanas j romana por sus costumbres, por sus leyes, por
sus instituciones, y hasta por su propia religion, que no era
otra que la presidida por el siervo de los siervos, que vela-
ba en las márgenes del Tíber el bendecido sepulcro de los
Santos Apóstoles. A pesar de estas semejanzas, y á pesar
de aquella fácil sumision, aquí como do quiera cayó sobre
los naturales la maldicion que persigue á todo pueblo ven-
cido, y la ley de propiedad, y la ley de raza, y la diferencia
de culto, abrió una sima espantable entre el pueblo godo,
señor y arriano, y el pueblo español, esclavo y católico.
j Espectáculo extraño! Vemos de una parte el godo,
que había vencido á los vándalos con Walia, enfrenado á los
hunos con Teodoredo, aniquilado á los alanos con Teodori-
ca, expulsado á los romanos con Eurico, sojuzgado á los
suevos con Leovigildo; el godo, con sus hábitos tradicio-
nales , con sus leyes consuetudinarias, con su religion he-
rética, siempre dócil á las sugestiones del poder, y siem-
pre tiránica para la grey oprimida j el godo, opulento por
los despojos del botin, soberbio porla prosperidad de sus
armas, desvanecido por el exclusivo ejercicio del imperio;
el godo, que teje sobre la raza vencida con sus duques, y
con sus condes, y con sus gardingos, y con sus vilicos, y
con sus millenarios, y sus quingentenarios, y sus centene-
rarios, y sus decanos, y sus bandas de hombres libres, una
red de picas prontas á darse al sol apénas resonaran los aires
con los ecos del cuerno guerrero que empuña en su diestra
el señor de los baltos j el pueblo godo, eterno campamento
militar, pronto á combatir do quiera que sus caudillos le
conduzcan, con tal que á sus espaldas deje segura la pa-
tria adoptiva que se había creado, merced á su fortuna y
gracias á su valor.
De otra parte, enfrente del godo el pueblo español, casi
desheredado del suelo, despojado de las armas, privado del
14
DISCURSO
mando, sin más riquezas que su virtud, sin más poder que
su ciencia, sin más defensa que la esperanza que engendra
la religion, y que la resignada paciencia que la Iglesia nos
ensBña á practicar; el pueblo español, en vez de reyes y
de príncipes poderosos, con sus obispos por caudillos, con
sus monjes por valedores, éstos porcion escogida del plan-
tel católico que en los monasterios Dumiense, Agaliense,
Servitano y Biclarense aprendía juntamente saber y virtud,
único escudo con que había de pelear en los campos de la
persecucion arriana; los Obispos, depositarios de la tradi-
cion conciliar de El vira, de Zaragoza, de Braga, de Valen-
cia , de Gerona y de Tarragona, fundadores de la fe única
verdadera, sucesores de aquella generacion de mártires y
de santos que ilustran los fastos de nuestra Iglesia en los
di as de Roma, y precursores de aquella radiosa pléyade de
Prelados atléticos, que llenan con la riqueza de su saber y
con la grandeza de su virtud la era fecunda para la fe es-
pañola, donde Liciniano muere, Leandro vence, é Isidoro
triunfa. Los Elpidios y los Nebridios; Justo de Urgel, el
gran expositor del Cantar de los Cantares; A pringio de Pax:
Augusta.. el gran comentador del Apocalipsis; Severo de
Málaga, el gran impugnador del conciliábulo de Toledo;
Eutropio, y Juan de Biclara , y el venerable Masona, que
como había presidido al pueblo en los rigores del combate
le preside tambien en los santos transportes de la victoria.
La raza goda de una parte, la raza española de otra,
allí los príncipes, y los magnates, y los guerreros; aquí
los obispos, Y los monjes, y los fieles; allí la fuerza, aquí
el saber; allí el verdugo, aquí la palabra; de parte de los
godos la persecucion y el cautiverio; de parte de los espa-
ñoles la constancia y la resignacion ; la lucha comienza; el
halago y el rigor hacen su oficio; hacen su oficio los ex-
trañamientos y las cárceles; herido el sentimiento católico,
el pueblo español viene al combate con las armas de los
apologistas y de los mártires, y con estas armas lucha, y
con ellas porfía, y con ellas vence. Lajusticia, y la sabidu-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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ría, y la templanza, y la prudencia del clero católico y del
pueblo español, colman la sima que hasta entónces había
separado al balto del indigena; sólo á la Ig'lesia católica le
era dable henchir de flores aquel abismo inmenso; á ella
sola le cupo la dicha de tender el puente donde se confun-
den en fraternal abrazo el godo y el español hechos her-
manos, porque la frente de todos había sido regenerada
por las aguas de un mismo bautismo; desde la feliz conver-
sion de Recaredo , un solo Dios, una sola religion, un solo
culto es el lema de nuestra raza.
Siquiera las huellas de la conquista no se borren en un
solo dia ¿ qué importa? La unidad del territorio! la uni-
dad del poder y la unidad de la fe quedan establecidas; y
aquellas tres unidades que han de ser en lo futuro alma de
nuestra historia, surgen á los ecos de la voz de Leandro,
que triunfa con el sucesor de Leovigildo en el tercer Con-
cilio de Toledo.
Ya no hay godos ni españoles, sino católicos; ya no
legislarán los príncipes hoy para el godo, como Eurico;
mañana para el español, como Alarico; el Fuero Juzgo es
ley comun de todo hombre que vive bajo el cielo de Es-
paña, y el Fuero Juzgo es la obra de la Iglesia católica
y el símbolo del triunfo de la raza española. Ya el godo con
sus hombres de armas no celebrará asambleas militares,
en tanto que el español tiene que contentarse con el dulce
recuerdo de sus antiguos Municipios; el episcopado, re-
presentante de la raza vencida, se sienta más alto que los
optimates, representacion del pueblo vencedor en las
Asambleas comunes á los unos y á los otros, y son los
Concilios nacionales testimonio del triunfo de nuestra ley
y de la victoria de nuestra raza.
Monarquía, Iglesia, nobleza, pueblo, usos, costum-
bres, lengua, arte; todo es ya comun entre godos y espa-
iíoles; su historia desde aquel fausto dia hasta la hora en
que cae la patria herida de muerte á los pies de Tarik, su
historia, repito, 'no es la historia de los godos, ni la histo-
16
!>ISCulíSO
ria de los españoles; es la historia comun, obra de la reli-
gion, obra de la Iglesia; no podemos comprender á Reca-
redo sin Leandro , el apóstol de los visigodos; á Sisenando
sin Isidoro de Sevilla, asombro de su era y maestro de las
eras futuras; á Chintila sin Braulio de Zaragoza, el primer
prosista de su tiempo; á Chindasvinto sin Eugenio de To-
ledo, el primer poeta de su siglo; á Recesvinto sin San Il-
defonso, el primer orador de aquella época, honra de nues-
tra raza y gloria de España.
Vicios quizás no ajenos á una civilizacion prematura,
son causa de que en un dia y en una batalla acabe el in-
menso poderío visigótico. Naufragan, pues, en Guadalete
las tres unidades que habían sido resultado de la fusion de
godos y de romanos: la unidad del territorio, la unidad
del poder y la unidad de la fe.
Los guerreros de Pelayo llevan en el alma el recuerdo
de las tres unidades sumergidas con la monarquía visigoda
en las aguas del Guadalete ; y la íntegra restauracion de es-
tas tres unidades por medio de la fe en su Dios, en su de-
recho yen su espada, es el aliento misterioso que pone en
la mano de aquella falange de héroes, embriagada de la
triple ansia y al parecer sublime locura de la Cruz, de la
libertad y de la patria, la enseña ante la cual por primera
vez vuelven la espalda las aguerridas huestes que en Per-
sia, y en Siria, y en Palestina, yen Egipto, y en los pen-
siles de Antioquía, y en las vertientes del Líbano, y en las
márgenes del Oxo, y á la sombra de las Pirámides habían
derrocado dinastías espléndidas, hundido en el polvo
templos seculares, borrado para siempre del número de los
vivientes pueblos en quienes adoraban sus coetáneos como
encarnada la fuerza de un poderío eterno.
Aquellos hijos de la fe, de la libertad y de la patria, no
pedían más en la víspera de su primera batalla que una
I!\\ima ignorada entre las breñas para que, si eran vencidos,
les sirviera de sepultura donde nunca pu~iese estampar sus
cascos el corcel de sus señores; espacio en el aire, si
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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eran vencedores, para fulminar las saetas que, primero
rechazando, despues persiguiendo, luégo sojuzgando al
enemigo inmenso de risco en risco ,.de campo en campo, de
~omarca en comarca, alzasen de nuevo el altar deshe-
cho, cimentasen de nuevo el trono derribado, creasen de
nuevo la patria perdida.
La Providencia, que vigoriza el brazo de los pueblos
que aman, y esperan, y creen, coronó con una victoria
inenarrable el despertar atlético de aquel futuro gigante
que más tarde debía llamarse España; y á poco del triunfo
de Covadonga, las huestes de Pelayo eran nacion. i,Qué
importa que el caudillo vencedor sea de prosapia goda ó
de raza indígena'? Es el soberano de aquel pueblo, que al
aclamarle rey establece la monarquía. i, Qué importa que en
tropel, donde sólo se distinguen los guerreros por el grado
de valor que han mostrado en el combate, se vean confun-
didos los nobles y los plebeyos godos, y los nobles y los
plebeyos españoles'? De aquella mezcla confusa de linajes
y de nombres surge la gerarquía', y la gerarquía funda la
libertad. i, Qué importa que una ara de roble, alzada so el
cobertizo de una choza, sea el trono primero que la ardiente
fe de aquel puñado de héroes levante al Dios uno y trino
que adoraron sus mayores'? Aquella ermita es templo del
Dios verdadero; aquella fe es la fe de la Iglesia de Jesu-
cristo; aquella adoracion es el culto cristiano, y de aque-
lla fe unánime y de aquel culto solo surge la religion úni-
ca de aquel pueblo, y esta religion es la Religion católica.
i,Qué importa que la linde del naciente reino pueda
ser medida con los ojos desde la cumbre del peñasco que
preside el primer triunfo de sus fundadores'? Dia tras dia,
año tras año, siglo tras siglo, generacion tras generacion,
para que aquel gérmen de monarquía sea un imperio solo,
para que aquel gérmen de independencia sea independencia
comun, para que aquel humilde culto, anidado entónces en
la hendidura de una montaña, sea el culto único y exclu-
sivo de todo el pueblo español; los guerreros de la fe, del
2
18
DISCURSO
trono y de la patria sabrán ser, con la visible proteccion
del cielo, pobladores en los yermos, vigías en el adarve,
legisladores en las asambloas, avisados en la paz, intré-
pidos en la guerra, inquebrantables porla derrota, héroes
en las mazmorras y mártires en los cadalsos.
En vano se opone á la creciente cristiana el vigor mu-
sulman; en vano funda éste en nuestro suelo el poder más
brillante que en sus ensueños de grandeza pudo idear nunca
la mente enardecida de los hijos del desierto. En vano ocu-
pan el trono de Córdoba, uno tras otro, los príncipes más
esclarecidos de su tiempo; y engrandecida la agricultura,
y medrada la industria, y prosperado el comercio, y flo-
recientes las artes, ve Abderraman el Magnífico asentado
en medio del fastuoso esplendor de su palacio de Zahara al
Asia envidiosa rendirle párias y enviarle lo más puro de su
nobleza secular; al Africa sojuzgada colmarle con todos los
dones de su suelo y rodearle de los más valientes de sus
hijos para que le sirvan de mercenarios y de esclavos; á la
Europa atónita diputarle embajadores que solicitan su
alianza; que imploran su ayuda, que mendigan su favor,
el remoto eslavo, el soberbio franco, el orgulloso griego,
e.l desvanecido germano ,. que imagina vinculados en su
raza los gloriosos destinos de la antigua Roma.
¿Qué importa que un dia, más'grande que Pirro, y más
grande que Aníbal, y tan feliz como Alejandro y como
César, surja del suelo andaluz un héroe legendario, que en
veinticinco mortales años de duplicadas correrías, nunca
enfrenado y siem pre vencedor, en el Oriente, y en el Oc-
cidente, y en el Septentrion de la Península, ahuyente, y
acose, y aniquile á toda hueste cristiana que le salga al
paso; que Barcelona, el baluarte de los francos, ceda al in-
vencible empuje musulman; que la Ciudad Augusta, corte
de los Reyes de Leon, quede arrasada; que la venerada
Compostela, la J erusalen de los cristianos españoles, vea
el santuario del Apóstol hollado por la planta del guerrero
y arrancadas las campanas de sus torres bizantinas para
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
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que sirvan de lámparas que iluminen en Córdoba las cala-
das bóvedas de su maravillosa mezquita'? i,Qué importa que
Navarra vacile, que Castilla caiga, que la Monarquía ma-
dre de la reconquista huya con las cenizas de sus muertos,
con las reliquias de sus santos, con los atributos de sus re-
yes á las breñas y á los riscos de Astúrias, y que la patria
quede de nuevo reducida á tener por límites las sagradas
montañas donde había resonado el grito primero de liber-
tad y de victoria '?
En vano cuando este nuestro suelo, implantado de ára-
bes, es estéril para arrojar nuevas hordas sobre los héroes
de la cruz; en vano le acorre el Asia con sus prófugos, el
Africa con sus' sectarios. Hoy son los Almoravides , los pu-
ritanos de aquella era que sin más libro que el Coran, ni
más ley que la cimitarra, imaginan, comenzando con los
españoles cristianos, y siguiendo con los españoles árabes,
sus valedores, encadenar al carro de su triunfo toda nacion
donde flote una bandera que no sea el negro estandarte de
su tiranía. Mañana son los Almohades, ménos salvajes pero
no ménos intrépidos, conjunto abigarrado de tribus que
sólo tienen de comun entre sí el odio por los cristianos y
el valor en el campo de batalla, numerosas como las estre-
llas del firmamento donde vieron su primera luz, ardien-
tes como las arenas del desierto que les había servido de
patria. Luégo son los Benimerines, que testigos en el cerco
de Tarifa de lo que puede el vigor español, imaginan que
muerto el padre que sacrifica su hijo para salvar á su pue-
blo , no ha de haber en la tierra de los Guzmanes quien de-
tenga el nivelador torrente de su conquista. Más tarde es
la casa de Nazar, grata á España porque es andaluza, gra-
ta á España porque es caballeresca, grata á España porque
al terror de sus empresas guerreras, sigue el benéfico in-
flujo de sus leyes en los dias de paz, culta, artística, to-
lerante y noble, último esfuerzo de un poder brillante, que
intenta conseguir con el halago de la política lo que sus
mayores en el tiempo de la virilidad no pudieron alcanzar
•
20
DISCURSO
ni con los tajos de su cimitarra, ni con los botes de su lan-
za. Omeyas, Almanzores , Almohades, Almoravides, Beni-
merines, Nazaritas, arenas de un mismo simoun, olas de
un mismo océano, en vano amenazan y hienden, y des-
trozan y asolan. l,Qué importa? Tarde ó temprano ante el
vigor español vacila su vigor; tarde ó temprano ante la
constancia española cede su brío; tarde ó temprano ante el
empuje español, quebrantados y deshechos, muerden al fin
el polvo .de la derrota.
En tanto, de la omnipotencia de la secta agarena triun-
fan muriendo los mozárabes de Córdoba; triunfa nuestra
Iglesia española con sus Concilios nacionales y con sus
Concilios provinciales, con sus cánones, modelo siem-
pre de pureza en el dogma, de severidad en la disci-
plina, de celo en la moral; triunfa nuestra Iglesia, engen-
dradora de santos, conservadora de sabios y hacedora de
héroes.
En tanto, de la omnipotencia política del Califato y de
Almanzor, de los Almoravides, y de los Almohades y de los
Benimerines, y de los Nazaritas, triunfan consolidándose
las monarquías cristianas. Castilla señorea la Península
desde la costa cantábrica hasta las columnas de Hércules;
Aragon, desde los Pirineos hasta la márgen del Segura.
Castilla, con sus fueros populares y sus privilegios nobi-
liarios, con sus órdenes militares y con ~us clásicas behe-
trías, con su Fuero Viejo y con su Fuero Real, con sus le-
yes de Partida y su Ordenamiento de Alcalá, con sus Córtes
de Leon y de Búrgos, de Toledo y de Soria, de Segovia y
de Valladolid, de Palencia y de Toro; con una lengua gra-
ve, espléndida y sonora, comun al pueblo, y á la clerecía,
y al jurista y al juglar; con un arte que tiene por apóstoles
á Berceo y á Alfonso X, á Juan Ruiz y al canciller Ayala,
al Marqués de Santillana yal converso Montoro; al prócer
Manrique, al cartujano Padilla, á todo el pueblo español,
que es quien concibe, y fermenta, y produce los cantos
místicos y los poemas bélicos de aquella era de eflorescen-
DEl. EXCMO. SR. DÚQUE DÉ ALMENARA AtTA.
21
ma, el anónimo Romancero y el incomparable teatro na-
cional.
Aragon, que es á la vez Aragon y Cataluña; Aragon
con su maravillosa constitucion política, la primera entre
las primeras, por la época de su nacimiento y por la pel'-
feccion de su mecanismo. Cataluña, con sus venerandos
Usatges y sus leyes de mar, sus gremios y su Código de
comercio, sus cónsules y sus Concelleres. Aragon, con su
nobleza culta y belicosa, su pueblo severo y denodado, sus
empresas militares, que restauran el suelo y su gran Jus-
ticia, que conserva la patria; Cataluña, con sus barones,
héroes de todos los climas y caudillos de héroes en todas
sus campañas, los libertadores de Mallorca y de Menorca,
los conquistadores de Nápoles y de Sicilia, y con sus al-
mogavares legendarios, pesadilla de Francia, terror de
Grecia y asombro del mundo. Aragon, con su política agi-
tadora ó pacificadora de Europa, segun los antojos de su
libérrimo querer; Cataluña con sus naves, señoras del
mar, ante cuya enseña todo mástil arría la suya, tan om-
nipotente sobre las aguas que con hiperbólica, pero bellí-
sima frase, puede decir de ella un cronista entusiasta des-
lumbrado cantor de su grandeza, que ni áun los peces
surcan las ondas del Mediterráneo si en su escama no lle-
van esculpidas las sangrientas barras del escudo catalan.
En tanto, en fin, de la omnipotencia guerrera de los
musulmanes, triunfan, venciendo á los árabes y á los afri-
canos, al berberisco y al granadino, Alfonso el Católico,
en las márgenes cantábricas; Alfonso el Casto, en los pan-
tanos de Lutos; Ordoño I, en la cañada de Albelda; Al-
fonso el Magno, en Pancorbo y en Orbigo; Ramiro Ir , en
Madrid y en Si mancas ; Sancho de Castilla y Sancho de N a-
varra , en los campos de Calatañazor; Berenguer de Cata-
luña, en los llanos de Tarragona; Sancho de Aragon, en
Jaca; Pedro de Aragon, en Huesca ; Alfonso de Al'agon, en
Zaragoza; Jaime de Aragon, en Valencia y en Baleares;
Alfonso VI de Castilla, señoreando Toledo, la ciudad régia
22
DISCURSO
de los Reyes visigodos; Fernando el Santo, reconquistan-
do á Córdoba, la corte de los Califas, y á Sevilla, la joya
de las ciudades andaluzas; Alfonso el Emperador, pasean-
do sus banderas invencibles siempre desde las vegas de
Galicia hasta las playas de Almería ; Alfonso VIII, salvan-
do á la Europa entera de un nuevo diluvio de bárbaros en
las Navas de Tolosa , y Alfonso XI, mostrando en el Sala-
do, al mundo atónito del valor español, que si la barbarie
agarena ha de asentar su planta en nuestro continente,
tiene que buscar otras puertas que podrán franquearle
guardadores débiles ó pueblas afeminados: nunca España;
en ella saben sus hijos morir para vencer.
Circundados con la gloria que centellea esta falange de
héroes, Pelayo, el Cid, Isabel la Católica, son las tres
grandes figuras que se destacan sobre todas las que com-
ponen el cuadro, sin ejemplo, de nuestra resurreccion glo-
riosísima donde la sangre y las lágrimas se confunden con
los regocijos de la victoria y con los atronador.:s himnos
de la independencia restaurada; Pelayo, el héroe de Co-
vadonga, personifica el anhelo comun de nuestros mayores
en el punto mismo en que este anhelo surge; el Cid, terror
de la morisma, su azote en vida, su espanto despues de
muerto, personifica la tendencia alentada, cima que se
levanta entre dos cumbres, la cumbre de la partida y la
cumbre de la llegada; Isabel la Católica, la conquistadora
de Granada y la colonizadora de Indias, personifica el tér-
mino y la corona de aquella empresa sin igual. Pelayo, el
Cid, Isabella Católica, personajes que por su grandeza
parecen obra de fantasía con su anhelar y con su combatir,
ycon su esperar ycon su vencer, son imágen viva de la vida
de nuestro pueblo en aquella era, que tambien parece obra
de ensueño. Fe religiosa, dignidad monárquica, amor pa-
trio, pif'dai acendrada, entereza inquebrantable, constan-
cia invencible, virtudes de nuestra raza y elementos esen-
ciales de nuestra nacionalidad, parece que todo se encarna
en el nombre y en los hechos de las tres figuras que inun-
úEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
23
dan con el resplandor de su aureola el crepúsculo y la au-
rora, y el espléndido medio dia de nuestra épica historia.
Tal es nuestro ayer, señores Diputados. Tal es el ayer
de nuestra patria. Ahora bien; si á vista de esta epopeya,
que aguarda todavía un Homero que la cante, á menos que
miremos por cantor suyo el conjunto de las bendiciones
continuas de nuestro pueblo, que atribuye á ella la pose-
sion del suelo que cultiva, del aire que alienta, del purí-
simo cielo que nos cobija; si á vista, repito, de esta epo-
peya de ocho siglos, me pregunta la crítica si era un mis-
mo anhelo el anhelo que mueve el brazo de los soldados de
la Cruz en Covadonga, y en Valencia, y en Granada; si
en todos los Estados y en todas las comarcas se acariciaba
con igual complacencia el magnánimo afan de restablecer
el altar, de restaurar el trono, de reconquistar la libertad,
así en el comienzo de la lucha como al mediar de su carre-
ra, como al tocar á su término, responderé sin vacilar que
la unidad de la patria, la unidad de la monarquía y la uni-
dad de la fe, tri pIe ideal de las huestes de Pelayo, era el
ideal de los cristianos en la época del Cid, Y era el ideal
de los españoles en los di as de Isabel I; y. i designio ver-
daderamente providencial! las tres instituciones que natu-
ralmente surgieron de este triple afan, altar, monarquía,
libertad, fueron á su vez los tres agentes perennes, vigo-
rosos y necesarios que, unidos en lazo indivisible, recon-
quistaron el suelo y restauraron la Nacion.
Agentes necesarios he dicho, y no me arrepiento; mas
si ahora se me pregunta cuál de ellos ejerció mayor influ-
jo en aquella obra de gigantes, tambien sin temor de que mi
aserto sea desmentido, siquiera la respuesta exija comen-
tarios , responderé sin v<;tcilar que de aquellos tres elemen-
tos, esenciales los tres en nuestra constitucion nacional, á
quien más debe la patria en la obra restauradora es al ele-
mento religioso, al elemento católico.
Contribuye la monarquía, haciendo suya la aspiracion
de las muchedumbres sobre las cuales impera, aunando las
DISCURSO
tendencias peculiares de los individuos y de las clases que
constituyen el pueblo, armonizando las respectivas fuer-
zas sociales y dirigiendo éstas y haciendo converger aqué-
llas hacia el fin comun que todos respectivamente se pro-
ponían. De esta unidad orgánica, que es la obra del Pod~r,
resulta mayor claridad y amor más grande por lo que mira
al intento que se concibe, ímpetu más enérgico para ten-
der hacia su logro, facilidad mayor para conseguirlo, y
seguridad más grande de no perderlo. Ser el primer cató-
lico de su pueblo; ser el primer político de su nacfon ; ser
el primer soldado de la patria, su legislador en la paz, su
caudillo en la guerra, llorar cuando la patria llora, triun-
far cuando la patria triunfa, alzarse cuando ella se alza;
sucumbir cuando ella sucumbe, tal es la parte que tiene
la monarquía en la obra de la restauracion : tal su abolen-
go, tal su timbre más puro, tal su título más legítimo.
y á la libertad, señores Diputados, al influjo de la li-
bertad, ¿ qué es lo que le debe nuestra maravillosa recon-
quista ~ Con pan y con fiestas arrullan los tiranos el sueño
de los pueblos que han nacido para la servidumbre; las
hordas de esclavos sirven para encadenar la patria ajena,
nunca para restaurar la propia; al paria ¿qué le importa
el suelo~ i,qué le importa la patria ~ En cambio, señores,
la libertad dignifica al hombre; el hombre ama el suelo,
porque en él venera la tumba de sus padres y la cuna de
sus hijos; porque el suelo es su patrimonio, y este patri-
monio la herencia de los suyos; porque en aquel suelo es
re~entro del hogar, señor dentro de la ley, y las. cos-
tumbres públicas son obra suya, y las instituciones que le
rigen, fiadoras de su independencia y garantía de su bien-
estar; por esto el hombre libre prefiere la muerte á la ser-
vidumbre; por esto aunque caiga no se somete, aunque
le fuercen no se degrada; acecha el momento, rompe sus
cadenas, sacude la opresion, expulsa al tirano, recobra
su independencia propia; y cuando cada uno recobra su
independencia, el concurso de todos restaura la patria.
DÉL ÉXCMO. SR. bUQUE DE ALMENARA ALTA.
25
Y á la religion, ¿qué le debe nuestro ayer gloriosísi-
mo'? ¡Oh, señores Diputados! No es el encarecimiento
quien habla por mi boca; es la verdad quien mueve mi pa-
labra; nuestro ayer gloriosísimo es obra de la religion,
estad seguros de ello; nuestro pasado es obra del catoli-
cismo. Qué, ¿no fué el ideal de la unidad del culto, jun-
tamente con el ideal de la unidad monárquica, y junta-
mente con el ideal de la independencia comun, el ensueño
primero de nuestro~ mayores, así en la falda del Auseba
como en la roca de Sobrarbe.'? Qué, i,no fué el afan del 10-
gro de esta unidad religíosa quien juntamente con el
anhelo de la unidad monárquica y con las ansias por la
unidad nacional durante ocho siglos de incansable porfía,
llevó á los guerreros del altar, del trono y de la patria por
entre sirtes y escollos, entre sangre y entre lágrimas, des-
de la peña de Covadonga hasta los muros de Granada '?
Qué, la unidad de la fe 1, no estaba esculpida con la uni-
dad de la Monarquía en 'Su forma templada, con la unidad
de la libertad con sus formas gerárquicas, en las entrañas
mismas de nuestra constitucion interna, humilde semilla en
tre las malezas de Astúrias, tronco robusto en las márge-
nes del Tajo, árbol colosal en la vega del Genil '? Qué, la
Iglesia, la institucion á que dió orígen la fe heredada,
resucitando en Covadonga con la patria, ¿ no es insepara-
ble compañera de nuestros padres siempre que se mueven,
do quier llevan su planta, en la prosperidad y en la desgra-
cia , cuando la nacion desfallece y cuando la nacion se res-
taura'? i,Qué títulos mejores presenta la monarquía'? ¿Qué
títulos mejores presenta la libertad '?
Sin embargo, señores, harto comprendo que con el pa-
ralelo que acabo de trazar no pruebo mi aserto. Del senti-
do de mi comparacion resultaría sólo un abolengo comun
para la Iglesia, para el trono y para la libertad en nuestra
restauracion; igualdad por lo que mira á la reconquista de
los servicios que respectivamente le prestaron aquellas
tres instituciones; análogos merecimientos y gloria comun
26
DISCURSO
por parte de las tres, y tal conclusion , no sólo sería erró-
nea, dada la historia de España, sino que juntamente re-
sultaría contraria á la tesis que sustento. Nó, señores Di-
putados, nó ; con su accion peculiar y propia llevada hasta
donde hayan podido llevarla sobre la tierra las institucio-
nes á que deben los pueblos mayores beneficios, es cierto
que el altar, el trono y la libertad fueron los tres agentes
de la restauracion de España. Mas esta libertad, de dónde
viene? Este trono, ¿ de dónde nace? La libertad que os he
descrito ántes, ¿qué otra cosa es sino la única verdadera
libertad, hija legítima- de la Iglesia católica? Aquella Mo-
narquía tan necesaria como la propia libertad para la res-
tauracion del suelo, ¿no es acaso la monarquía que nace
del catolicismo, que se informa de su espíritu, que se ali-
menta con su savia, que se rige por sus leyes, que medra
y prospera, y florece á la benéfica sombra de la Iglesia de
Jesucristo?
¿ Quién duda que el hábito del poder que toman los
príncipes con el uso del mando es reclamo que les incita á
la tiranía y aguijon que fácilmente les lleva á osar á todo,
pues todo lo pueden? ¿Quién duda de que estos vértigos
del encumbramiento son más frecuentes y más fáciles allí
donde junta el príncipe al imperio de rey la espada de cau-
dillo, allí donde las huestes cien y cien veces le levantan
sobre el pavés ciegas de entusiasmo, porque juntas con él
corrieron los peligros del combate, juntas con él vertie-
ron su sangre, y juntas con él en el dia, de la victoria se
embriagaron en los regocijos del triunfo, y en la coJicia
del botin y en las fecundas esperanzas de la paz'? ¿ Quién
duda que las grandes muchedumbres, en las cuales las
concupiscencias del lucro pueden tanto, y tanto pueden
tambien las semillas de revuelta, á que fácilmente dan al-
bergue en su seno, quién duda que en las grandes muche-
dumbres es obra fácil agitar el impulso que suele llevarlas
á romper los frenos de la obediencia y á reemplazar por
medio de la rebelion 16 que el derecho tenía establecido
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
27
con lo que la fuerza crea'? ¿ Y quién duda tambien de que
estas tormentas populares son más frecuentes y más te-
mibles cuando la guerra continua engendra por una parte
el hábito de las armas, y multiplica por otra el número de
los descontentos por la pobreza, que es la huella de las
correrías bélicas, y por el mal término que tienen á veces
las empresas mejor meditadas, y los guerreros más dies-
tros y más felices en el arte de combatir y de vencer '?
¿Quién, pues, si esto es verdad, que no lo dudo, quién,
pues, señores Diputados, puede imaginar un pueblo en
mayor riesgo de ser presa del despotismo, resultado ne-
cesario de los extremos del poder, ó un poder más amena-
zado de caer en el fango envuelto por la anarquía, que el
pueblo yel poder que fueron patria y gobierno de nuestros
mayores durante ocho mortales siglos de perpetua guerra '?
y pues la plebe, de suyo arrolladora; y pues el poder, de
suyo avasallador, no acabaron, aquélla con la libertad y
éste con el trono, haciendo imposible con ello la obra de
la reconquista, ¿á qué se debe atribuir este portento'? ¿De
dónde viene semejante maravilla'? Ah, señores; olvidado
del catolicismo, raro es el príncipe que pudiendo ser dés-
pota deje caer de entre sus manos el hacha de la tiranía:
olvidada del catolicismo y brindada de la ocas ion , rara es
la plebe que lleva sin sacudirla la coyunda del mando,
siquiera sea éste justo y saludable y benigno; y ¡ ay de
nuestra patria rodeada siempre y do quiera de enemigos
apercibidos para devorarla; ay de nuestra patria si en al-
guna ocasion no hubiese podido oponer á la morisma otra
cosa más que turbas de mercenarios y de esclavos para ir
con ellas á buscar al enemigo en sus propios campos: ciu-
dades deshechas por la revuelta para que resistiesen el tor-
rente de aquellas inacabables invasiones! ¿ Será, pues,
maravilla para vosJtros que asegure una vez más que en
nuestra restauracion se le debe al catolicismo y á su Igle-
sia, inmediatamente, tanto como á la monarquía y á la
libertad, mediatamente, todo, pues por deberle todo has- .
28
DISCURSO
ta le debemos la propia monarquía y la propia libertad,
libertad y monarquía sin las cuales la restauracion hubiera
sido quimérico imposible~
Sí, señores Diputados j sólo en los pueblos que caen
del lado acá de la Cruz, sólo en los pueblos católicos hay
un poder, que es la Iglesia, que hablando en nombre de Dios
puede enseñar á los poderes de la tierra que el imperio
que ejercen les viene del cielo, y que al cielo tienen que
dar cuenta del ejercicio de él; que el Criador, en quien
deben buscar un modelo, no es tirano de sus criaturas, sino
padre comun de todos los hombres; que así el príncipe,
imágen de Dios por su poder, debe ver en sus súbditos, nó
manadas de siervos, sino tribus de hijos; que el oficio de
reinar no es para regalo de los gobernantes, sino para bien
general de los gobernados, á quienes es forzoso que man-
tenga en paz y en justicia, y de quienes, si la patria des-
fallece, podrá exigir vida y haciendas, pero honra nun-
ca; porque la honra es patrimonio del alma, y el alma sólo
pertenece á Dios, ante el cual el rey y el pechero, quien
manda y quien obedece, todos son iguales, todos son her-
manos, porque son todos hijos de un mismo padre. Fuera
del temor de Dios, no sé que exista muralla ninguna que
pueda oponerse á los desenfrenos de la tiranía. Mas á las
turbas tambien hay un poder que á su vez, si son católi-
cas, conservándolas en los fueros de la dignidad, les im-
pide, sin embargo, el desbordamiento de sus espantables
y desastrados antojos; y este poder es tambien la Iglesia,
que sólo la Iglesia le dice á la muchedumbre que en nombre
de Dios reinan los reyes, que son los príncipes representan-
tes de Dios sobre la tierra, que el poder público es necesa-
rio para la vida de la sociedad, el poder legítimo indispen-
sable para la felicidad del pueblo, que el bien ajeno le está
vedado, que es sagrada la propiedad, la ley inviolable, el
derecho todo y la fuerza nada.
¿Dónde, pues, sino al abrigo de la Iglesia encuentran
las naciones el único instrumento que puede arrancar al
DEL EXCMO. SR. Dt'QUE DE ALMENARA ALTA.
29
pueblo del caos de la anarquía'? ¿ Y todavía me preguntais
á mí, señores Diputados, si esta nuestra patria le debe ó
no le debe todo á aquella divina institucion , la sola fuerza
sobre la tierra capaz de mantener á los pueblos en obedien-
cia, á los príncipes en cordura'? j España, que de tanta
obediencia necesitaba para aprender á combatir; España
que de tanta cordura necesitaba para aprender á vencer!
Mas no me lo pregunteis á mí, señores Diputados; no
me lo pregunteis á mí , que en este sitio augusto y en este
momento supremo las palabras de mi boca podrían sonaros
á férvida apología, siquiera no fuesen más que legítimo
tributo debido á la verdad eterna, reina del mundo; pre-
guntádselo á la crítica histórica de nuestros di as , que por
severa Y'por imparcial es la honra de nuestro siglo; pre-
guntádselo al. silencio ó al desden, antifaces que velan mal
la ignorancia ó la impiedad de los supuestos eruditos enci-
clopédicos del siglo XVIII; preguntádselo, si vuestra pa-
ciencia no se fatiga, á este espíritu de entusiasmo que luce
á través del follaje clásico donde suelen envolver nuestros
escritores de la edad de oro los conceptos de su razon: y
si creeis que mejor conoce al pueblo quien vive para el
pueblo y con el pueblo cuya historia narra, preguntádselo
á Isidoro de Beja , en cuyas clausulas, preñadas de dolor,
parece que se oye el quejido de la España visigoda, que
llora la pérdida de su religion, ahogada en las ondas del
Guadalete; preguntádselo á Sebastian de Salamanca, que
goza en esperanza los rayos del triunfo católico al enume-
rar las victorias de Alfonso el Magno; preguntádselo al
monje de Albelda, que sabe que la fe así alienta en el llano
como en las montañas, á Sampiro de Astorga, que parece
reposarse despues de la zozobra nacional como reposaban
las huestes españolas despues del espléndido triunfo de Ca-
latañazor; á la Orónica compostelana, siquiera sepa más que
de empresas patrióticas de intrigas palaciegas y de revuel:-
tas intestinas, miserable fango del reinado de doña Urraca;
preguntádselo á Pelayo de Oviedo, siquiera cuide mejor
30
DISCURSO
de su mitra engrandecida que de los azares del reino; pre-
guntádselo á Ximenez de Rada, que triunfa con la cruz de
la Iglesia, alIado del pendon de la monarquía, en las Na-
vas de Tolosa; á Lúcas de Tuy, el consejero de doña Be-
renguela de Castilla, que ve crecer á sus ojos la gigantesca
figura de Fernando el Santo; preguntádselo, en fin, á D. Alon-
so el8abio , á este hombre colosal que no necesitaba alzar-
se sobre un trono para ser el sabio más sublime de su tiem-
po, que en el templo, y en la plaza, y en el campo, yen
el hogar adivina y busca y encuentra el sentir, el pensar
y el querer de cuantas generaciones precedieron á la suya;
preguntad á todos los que cuentan lo que oyeron, y á to-
dos los que vieron lo que cuentan, y todos os dirán á una
voz que la obra de la restauracion es legítimo engendro
del aliento católico; que por él la libertad fué santa, la
monarquía grande, la patria inmensa; que á Dios y á su
Iglesia, y á su culto; á su Dios, que era uno; á la Iglesia,
que era una; al culto por cuya unidad anhelaban y porfia-
ban ellos y sus mayores se lo debían todo.
Mas si todavía para persuadiros mejor de esta verdad
inconcusa preferís á la narracion del cronista el propio tes-
timonio del pueblo mismo, sorprendiendo su aliento en el
gérmen de las instituciones políticas, en el espíritu de sus
leyes, en el trazo de sus monumentos y en los ecos de sus
cantares, trasportaos un punto con la imaginacion al tem-
plo, y ~laza pública, y á la villa, y al campo, y á las
ferias· , y a las justas , y á las romerías, y á las fiestas de-
votas donde viven y se agitan y se revuelven los hombres
de aquella era, y preguntad á la cantinela del labrador, á
la salmodía del monje, á la leyenda del guerrero, al ro-
mance del juglar, á la plática de aquellos arrogantes se-
ñores, que doblan reverentes la rodilla ante la imágen de la
Madre gloriosa, al murmullo de aquellas oleadas de engrei-
dos pecheros que con humilde devo0ion desnudan su cabe-
za al resonar en el aire la campana católica, que con su
lengua de bronce repite diariamente para elc;elo y para la
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE A.L~mNARA ALTA.
31
tierra la inefable A ve-María; y al señor, y al pechero, y al
juglar, y al soldado, y al campesino, y al monje, pregun-
tadles por qué ellos y sus progenitores erigieron ántes el
altar de su Dios que la vivienda de sus hijos; por qué alzaron
ántes el templo que la ciudad; por qué restauraron ántes
la iglesia derribada que el estado caido; preguntádselo,
señores, y ellos os responderán que ántes que la vivienda
erigieron el altar, porque al pie del altar encontraban su
consuelo en las amarguras domésticas, la calma en los
azares políticos, el reposo en las tormentas sociales, la
entereza que necesitaban para no sucumbir mirando la
prosperidad del enemigo, el valor que les hacía falta para
buscarle, y enfrenarle, y vencerle y sojuzgarle; que ántes
alzaron el templo que la ciudad, porque en el atrio del
templo aprendían á juzgar á sus iguales, porque en el
atrio del templo dirimían sus contiendas, porque en el
atrio del templo legislaban para los suyos, porque en el
atrio del templo el labrador encontraba su reposo, el mer-
cader su garantía, la industria la emulacion, y el comer-
cio la concurrencia.
Que ántes alzaron el templo que la ciudad, porque la
campana del templo, silenciosa, pero apercibida, velaba el
insomnio del guorrero en las eternas horas de nocturna
atalaya; porque la campana del templo, con el atronar de
su arrebato, sacudía el descuido de la ciudad en las noches
de sorpresa; porque la campana del templo, con su incan-
sable tañir enardecía el ardor de los combatientes cuando
palmo á palmo, ya dentro de la ciudad, le disputaban al
moro el paso del hogar, donde yacía en la cuna, guarecido
por la congoja materna, el niño inocente en quien miraban
todos al futuro soldado de la patria; porque la campana del
templo, con sus vibrantes ecos, le acompañaba al guerrero
que partía para tierras remotas, le acompañaba más léjos
aún que el rumor de los sollozos con que los suyos le des-
pedían; más léjos aún que la vista de los vagos contornos
del albergue nativo, presto oscurecidos por el polvo, pres-
32
DISCURSO
to borrados por la implacable distancia; más léjos aún que
el humo del hogar amado, juguete un punto de los antojos
. del aire y presa luego de las nubes volanderas. Porque la
campana del templo era el alentar de la esperanza en el dia
del combate, el alborozo de la fiesta en el dia de la victo-
ria, el himno triunfal con que saludaba su pueblo la vuelta
. del guerrero vencedor, la voz del cielo que se juntaba con
la voz de la tierra, cuando el paladin afortunado, de rodi-
llas en el templo sobre las losas sepulcrales de sus mayo-
res, al paso que bendecía con sus oraciones al Dios de los
combates, rogaba con sus lágrimas al Dios de los vivos y
de los muertos por aquellos de sus compañeros cuyos ca-
dáveres yacían insepultos en las márgenes de ajenos rios,
donde no resonaba nunca la plegaria del rito católico; don-
de para bendecir el sueño de los muertos no tendía sus en-
treabiertos brazos la Cruz de los cristianos.
Ellos os dirán que ántes restauraron la Iglesia que el
Estado, porque la Iglesia les daba albergue para sus men-
digos, pan para sus pobres, ciencia para sus hijos, puerto
seguro para todo hombre en la soledad de sus claustros,
cuando el alma se sentía débil para luchar con las tempes-
tades del mundo y para vencerlas y señorearlas. Ellos os
dirán que á la Iglesia le deben el aliento que informa sus
instituciones civiles, la norma que preside en susprocedi-
mientos legales, la filiacion augusta de su mágica lengua,
la delicada rima de su poesía incomparable, quejumbrosa
cuando endecha, ardiente cuando enamora, pintoresca
cuando narra, severa cuando adoctrina, vibrante cuando
celebra sus héroes, espléndida cuando canta la majestad
de Dios. Ellos os dirán que la tierra que labran, y el aire
que respiran, y el cielo que los cobija, y los ecos de sus
montañas, y los rumores de sus rios, y el mugir de las
olas que se estrellan en sus costas, que todo, que todo lo
llena, y lo mueve lo armoniza el aliento católico.
Ellos, en fin, para que aprendamos á conocer nuestra
propia historia, para que sepamos cuál es la ley de nuestra
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
33
raza, para que no olvidemos nunca dónde está el primer
elemento de nuestra sagrada Constitucion interna; ellos
nos dirán que tm dia cayeron sus padres en servidumbre;
que hechos á la libertad, preferían la fosa de los muertos al
cautiverio del esclavo; que no podían alentar sin patria;
que en restaurarla tardaron ocho siglos; que fué la cruz el
signo de su victoria, y que al catolicismo, y á la Iglesia,
y á su culto, ellos y nosotros se lo debemos todo.
Sí, señores Diputados; sólo la Iglesia católica, que es-
tima preferible la muerte del cuerpo á la deshonra del al-
ma, podía inspirar á los dispersos de Astúrias el colosal
intento de restaurar la patria, locura sublime, pero locu-
ra al cabo á los ojos de la fria razon; porque sólo la Iglesia
católica, recordando á sus creyentes la estrechez de Belen,
y mostrándoles los resplandores de Roma cristiana, podía
sin delirio gritar á los suyos: «Si Dios esta con vosotros,
¿ por qué temeis?» Sólo la Iglesia católica, que asegura á
la fe sincera y al santo temor de Dios los sobrenaturales
efluvios de la gracia; sólo ella podía enseñar á los guerre-
ros de la cruz que á los usurpadores del suelo no se los
cuenta ántes del combate para vencerlos, sino despues de
la victoria para perdonarlos. Sólo la Iglesia católica, sin
mistificaciones ni fanatismos, podía sustentar en nuestros
mayores aquel valor sereno que es el lauro del confesor,
aquel impulso irresistible, que es la corona del apologista;
aquel fuego inacabable, que es la palma del mártir; por-
que sólo ella puede decir con verdad á su grey que la
muerte del justo no es muerte, sino nacimiento en una vi-
da mejor; que el alma del mártir, cuyo cuerpo sangriento,
y polvoroso y mutilado cae al suelo, al punto mismo se re-
monta al empíreo arrebolada con las galas del ángel y co-
ronada con los fuegos del querubin. Sólo la Iglesia verda-
dera, que auna en mística comunion á los hombres de to-
dos los climas y á los pueblos de todos los tiempos, los que
fueron con los que somos, y los que somos con los que·
han de venir; sólo la Iglesia santa, cuyos obreros labran
3
34
DISCURSO
sin dejar en su mayor parte ni áun escrito su nombro en los
sillares y en las piedras de esta fábrica eterna que llama-
mos catolicismo, sólo la Iglesia católica podía inspirar du-
rante ocho siglos á las generaciones que en ellas alentaron
la idea inefable, y el valor inefable tambien, de morir para
que los suyos vivieran, de combatir para que los suyos
triunfaran; de vencer, para que un dia el nombre de sus
hijos asombrase ti la tierra, el poder d.e sus hijos encadenase
al mundo, y la gloria de sus hijos llenase el orbe.
Tal es vuestro ayer, señores Di putados; su ideal, la uni-
dad de la fe; la unidad de la fe, la causa de su heroismo ; la
unidad de la fe, su dicha al conquistarla; la unidad do la fe,
su gloria al merecerla; la unidad de la fe , la herencia más
rica que legaron á sus hijos; la unidad de la fe, nuestro
patrimonio todavía. Calificad, seilores, el acto de quebran-
tarla.
Señor Presidente, me siento fatigado, y si S. S. me per-
mitiera descansar algunos momentos .....
El Sr. PRESIDENTE: A fin de que pueda V. S. descan-
sar, se suspende la sesion por algunos minutos.
Eran las cuatro y veinte minutos.
A las cuatro y cuarenta minutos, dijo
El Sr. PRESIDENTE: Continúa la sesion, yel Sr. Du-
que de Almenara Alta en el uso de la palabra.
El Sr. Duque de ALMENARA ALTA: Señores, me he
extendido algo más en la parte propiamente histórica de
mi discurso, porque, como tintes dije, me consta que no
ha de faltar quien supla mis omisiones en la parte politica,
ele la cual, por esta razon y por el mucho tiempo que llevo
ele abusar de vuestra benevolencia, prescindiría gustoso si
no fuese porque dicho estudio, siquiera se encierre dentro
de breves términos, habrá de servirme para probaros que
el quebrantamiento de la unidad católica es un inmenso
error político atendiendo al presente, y por lo que en sí
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA .UTA.
35
significa, y por las lógicas consecuencias que entraña, un
gérmen de disolucion nacional para el porvenir, con lo que
una vez probado, como queda hecho, que este acto injusti-
ficable es un acto sacrílego mirando al ayer, quedarán de-
mostrados los tres puntos que constituyen la tésis de mi
discurso.
Tres unidades gloriosas, señores Diputados, tres uni-
dades gloriosísimas eran la herencia que poseíamos ántes
de la revolucion de 1868; ahora en los campos de Alcolea,
como ayer en las márgenes del Guadalete, aquellas tres
unidades, la religiosa, la monárquica y la política, con el
triunfo de una injustificada rebelion quedaron en un pun-
to, y para desgracia de todos, ahogadas en noble sangre
española.
La unidad religiosa cesó entónces por obra y gracia del
violento é injustificado quebrantamiento de un solemne
Concordato; la monárquica, por el hecho del destrona-
miento de la dinastía legítima; la política, por los propios
excesos de la libertad, que aquí como doquiera, perece
siempre víctima de sus desenfrenos, en el punto mismo en
que reniega del aliento católico, orígen de su vida y sos-
ten de su pureza, para trocarse en licencia, donde fatal-
mente se labra por sus propias manos su ruina· y su
muerte.
Nuestro ayer espléndido, desvanecidas las nubes con
las cuales pudo un momento oscurecerle á la vista de los
buenos la fiebre revolucionaria, con la reaparicion del prín-
cipe legítimo en el augusto trono de sus mayores, ha sido
restaurado en uno de sus tres elementos; merced á la Pro-
videncia, y contando con la cordura de los españoles, es de
esperar que su libertad política ni zozobre otra vez, ni otra
vez naufragtle; ¿por qué con la resurreccion de estos dos
elementos de nuestra Constitucion interna no ha coincidi-
do la resurreccion del tercero~ ¿Por qué juntamente con la
unidad monárquica y juntamente con la unidad política, no
nos hemos apresurado tí restaurar la unidad religiosa ~ ¿ Es
•
3H
DISCURSO
que estimamos en ménos que aquellos dos gloriosos ele-
mentos de la vida de nuestra patria el elemento religioso,
cuando no cabe duda que por la era de su orígen y por los
merecimientos de sus obras es el elemento principal de
nuestra Constitucion interna'? ¿Ignoran aquéllos que tal
omision han padecido, aquéllos que tratan de consumarla
hoy por medio de un acto legal; ignoran, repito, que Reli-
gion, y Rey, y Libertad alientan aquí de tal modo enlaza-
dos, que quien atente á la integridad de una de las tres
instituciones que respectivamente los simbolizan, hiere
con el menoscabo de ella, hiere de muerte á las otras dos,
de las cuales es imposible divorciarla'? Y ahora digo yo, sc-
ñores Diputados: en el punto mismo en que acepte el Con-
greso , ora el texto de la base 11, ora otro texto cualquiera
donde no se consigne clara y terminantemente el principio
de la unidad católica, queda herido de muerte el elemento
religioso, y con el elemento relig'ioso, heridos tam bien de
muerte el político y el monúrquico, y sumergida nuestra
Constitucion interna en mares procelosos, donde su nau-
fragio es inminente, porque sela priva. de la fuel'~a de uni-
dad de que había menester para triunfar en la lucha, para
ahogar todo gérmen de discordia, y para cimentarse de
nuevo y engrandecer la patria á la sombra benéfica del ár-
bol de la paz.
Yo bien sé que hay una escuela, que sin miedo de en-
gañarme llamo quimérica, m'1S conocida en España que
por lo efímero de su imperio por el rastro que han dejado
los sangrientos ensayos de sus teorías sociales y políticas,
que imagina mutilada la personalidad humana y privado el
sér racional de su derecho ménos. legislable en el punto
mismo en que se le veda, no la libertad de pensar, cosa que
nadie intenta vedarle, pero sí la libre manifestacion de su
pensamiento, ó mejor dicho, de sus creencias religiosas
por medio del culto, cosa que á mi entender, no sólo se le
puede, sino que se le debe negar en toda tierra que goce
del envidiable don de conocer la verdad única y de adorar-
•
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA AtTA.
37
la con el culto único verdadero. que es el culto admitido
como tal por la Iglesia de Jesucristo. Pero tambien sé que
conforme al sentir de esta escuela, así se le mutila al hom-
bre privándole de lo que ella llama libertad religiosa,
como se le mutila si se le cercena la libérrima facultad de
asociacion política, ó no política, la libérrima facultad de
emitir su pilrecer desde lo alto de la tribuna ó en las pági-
nas de la prensa, de explicar la verdad ó el error, segun
cada cual lo vea y lo entienda, en la cátedra de la ense-
ñanza y en la discusion de la AC:ldemia; en una palabra,
que hay una escuela donde la autoridad no es autoridad, el
derecho no es derecho, la libertad no es libertad, el órden
no es ÓI'den, el hombre no es hombre, ni Dios es Dios.
¿Estais dispuestos, señores Diputados, á levantar el
desvanecimiento humano sobre el quimérico escabel en
donde imaginó sublimarlo vuestra Constitucion de 1869'?
¿Estais prontos á reconocer como patrimonio inalienable
del pueblo aquella serie de pomposos atributos con que le
regalaba, de palabra siquiera, la turba de sus cortesanos,
que siendo por propio oficio esquilmadores de la patria,
sostienen, sin embargo, que la imaginan muerta en tanto
que no la vean asentada perennemente sobre el trono de la
soberanía nacional'? ¿ReconQceis vosotros este principio
'como aquellos supuestos valedores de la Nacion lo preco-
nizan y ensalzan, esto es, la soberanía nacional actuando
constantemente, legitimando con su aliento todo aquello
que se le antoja informar, aquí derrocando repúblicas se-
culares, allá, derribando tronos egregios, aquí creando
monarquías sin tradicion y sin porvenir, allí dando vida á
democracias tormentosas, sin Dios y sin ley, obreras de la
anarquía y precursoras del cesarismo '?
Si sois partidarios, no teóricos, sino prácticos del hom-
bre endiosado; si sois partidarios de la ilegislabilidad de
los derechos individuales, ¿por qué los legislais'? ¿por qué
los limitais '? ¿ por qué los mutilais'? Si en virtud de ellos os
creeís faltos de derecho para negarle al sór racional el ejer-
as
DISCURSO
cicio de todo culto que no sea el culto católico, ¿,por qué
esta limitacion que pone vuestro artículo, que sólo acepta
aquellos que tiene por conformes con la moral cristiana '?
¿, Y el judío y el musulman'? ¿,Por qué sólo dentro del ho-
gar, y sólo en casas sin símbolos externos de la religion
respectiva, tolera el proyecto constitucional que el llOm-
bre, libérrimo por naturaleza; venere y rinda adoracion
libérrima tambien al Dios que libérrimamente haya esco-
gido por· suyo'? i Terrible dilema para ciertos políticos!
i Disyuntiva cruel para ciertos legisladores!
Pero nó; no puede ser esta la causa de vuestras transac-
ciones con las sectas disidentes, nó; que para dicha de
España y para dicha suya, y para dicha mia, ni el Gobier-
no que nos rige, ni la Comision que propone, ni la Cámara
que ha de fallar acerca del proyecto constitucional perte-
necen á otra escuela que no sea la escuela histórica; á la
escuela histórica, repito, señores Diputados, á la escuela
histórica; por esto en vez de dejar á cada ciudadano que
tome, y siga, y sustente y pague la religion que quiera y
el culto que se le antoje, de cIarais religion del Estado la
católica, apostólica, romana, porque además de ser esta
religion para vosotros la religion única verdadera, es la
religion heredada y la religion propia y general de la na-
(~ion en donde vivís, y para la cual legislais; por esto, en
vez de entronizar nuevas y precarias dinastías, restaurais
para bien de todos la dinastía propia de nuestro pueblo, la
dinastía secular, la dinastía legítima representada en el
trono por el legítimo sucesor de San Fernando y de Isabel
la Católica; y de conformidad con este propósito, vuestro
proyecto constitucional pone al parecer gnndísimo cuida-
do en asegurar el prestigio del principio monúrrluico se-
cular, con lo cual conformais vuestros hechos con vuestras
doctrinas; por esto, en fin, en vez de abolir dictados nobi-
liarios y suprimir institutos venerandos, y nivelar las cla-
ses sociales, midiendo el todos los hombres por el rasero
comun de la edad que tienen ó de las rentas que perciben,
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
39
he visto con placer que vuestro proyecto constitucional,
apartándose, y con razon, de lo que sin ella establecía la
Constitucion de 1845, reconoce y proclama el principio de
las gerarquías sociales, elemento esencial de vida, y de
órden, y de libertad de todos los pueblos cultos, no surgi-
dos de la nada, sino hijos del tiempo y obra de la historia.
y si en vuestro Senado, y en vuestra Monarquía, y en
vuestra Constitucion, y en vuestra manera de gobernar os
declarais obreros de la escuela histórica, ¡, por qué la lógi-
ca que para bien de España os lleva ,í, estas conclusiones en
todo, os falta y la quebrais, y la olvidais por completo en
la base religiosa '?
El término tristísimo para los católicos que viene á dar
vuestro arto 11 á la llamada c~tion religiosa, ¡, o bedece-
rá tal vez al criterio escéptico, donde lo grave y lo insig-
nificante se resuelve sólo por la utilidad del momento,
encubriendo á menudo desvaríos y torpezas, ó atropellos
y crímenes, con el epíteto fastuoso de razon de Estado'? Si
tal fuera el móvil de vuestro acuerdo, que de sobra sé que
no lo es, y lealmente lo proclamo: si tal fuese, repito, el
móvil de vuestro acuerdo dentro de los principios de la
escuela utilitaria, os argüiría victoriosamente preguntán-
doos tan solo: ¡, por qué se consuma el sacrificio'? ¡,en obse-
quio de quién'? en recompensa de qué'? ¡,ácambio de qué'?
¡, con qué género de indemnizacion mirando al pasado, con
qué ventaja para el presente, con qué esperanzas para el
porvenir'? Yo sé de un pueblo, que no quiero nombrar, que
petrificado segun sus políticos en el momento de su mayor
grandeza, por una incorporacion legitima vino á ser parte
integrante de otra Monarquía gloriosa tambien, y noble, y
grande; el pueblo incorporado, prefiriendo su estrechez
antigua, donde él era cabeza, á su condicion moderna de
provincia tributaria de su arrogante vecina, alzóse en ar-
mas, arrojó de su suelo á aquéllos sus amos que calificaba
de extranjeros, creó un trono, estableció una dinastía y
volvió á ser lo que ántes había sido; esto es, nacion, con
40
DISCURSO
SU príncipe, y sus súbditos, y sus leyes. y su erario, y su
ejército, y sus fronteras. Habíale servido grandemente
para reconquistar su independencia un pueblo poderoso, de
ley dogmática diferente de aquélla que profesaba el pue-
blo favorecido con su auxilio; desde el punto mismo de la
restauracion de éste, su añejo valedor se trocó en aliado,
en padrino, en protector suyo; y como llegase un dia en
el cual la nacion restaurada hubiese de sustituir su ley anti-
gua con leyes nuevas, en agradecimiento del pasado, para
utilidad del presente y para mayor ventaja del porvenir,
otorgando cierta tolerancia á ciertos cultos, pagó á su
generosa valedora sus beneficios pasados, afirmó su amis-
tad presente y trató de afianzar su alianza futura, sacrifi-
cando así la unidad de su culto nacional á la conserva-
cion y perpetuacion de la independencia del territorio.
¿La Naci9n Española se encuentra en este caso '?
Tambien he visto á otro pueblo guerrero por naturale-
za, como hijo de la montaña, y belicoso por necesidad,
porque tambien eran belicosas las naciones sus vecinas,
que un dia, viéndose á sí mismo pequeño y pobre, y vien-
do ricos, pero sin vigor guerrero, á otros pueblos de su raza
que tenían con él lengua y tradicion comun, pensó, y no
anduvo errado, que invocando el principio de unidad na-
cional de territorio, podría hacer suyo lo que era ajeno,
ser poderoso en breve, sentarse en breve donde se sientan
las naciones que llama la diplomacia potencias de l)fi-
mer órden, y alzó la bandera de la unidad nacional; y la
violencia, y la sorpresa, y la audacia, y la astucia, se-
cundadas por la debilidad, y por la apostasía, y por el
miedo, y por la traicion, hicieron su oficio; y el pueblo
guerrero de la montaña sojuzgó á los pueblos de los llanos
y de las costas, y les dió una ley comun, un trono comun,
un nombre comun. Empero como para llegar á este térmi-
no le había sido menester unir á su causa la causa de la
revolucion , y la revolucion es enemiga natural de la Igle-
sia y del catolicismo; á trueque de conseguir la unidad del
DEt EXCIlIO. SiL DUQUE DE ALMENAltA AtTA.
41
suelo sacrificaron los políticos la unidad católica; para
alcanzar y comprar la unidad nacional perdieron, y enaje-
naron, y vendieron la unidad de la fe. ¿El pueblo español
se encuentra en este caso?
Nó, seiíores Diputados; ni necesitamos crear una na-
cion, ni necesitamos reconquistar la independencia per-
di da , ni hemos menester para vivir ni para engrandecer-
nos de torpes alianzas ni de potentes valedores extraños.
¿ A quién, pues, menguados concupiscentes que así sacri-
fican el derecho eterno á la utilidad de un dia, á quién,
pues, menguados concupiscentes, á quién y para qué in-
molamos el objeto más alto, y más santo, y más fecundo
de nuestra gloriosa tradicion nacional, el estímulo más
eficaz de nuestra reparacion presente, y el sosten más
firme de nuestra grandeza futura? Pero qué digo, señores
:Qiputados, si ni vosotros que habeis de aprobar ó rechazar
el texto en donde se declara rota la unidad de vuestra fe,
ni la Comision que lo formula, ni el Gohierno que lo hace
suyo, perteneceis á la secta utilitaria, ni aquí intenta
nadie, segun parece, rendir culto al torpe escepticismo
que corroe al mundo, sino que, por el contrario, todos ú
todas horas nos extremamos en hacer pública profesion de
nuestro amor al derecho y á la justicia, pública profesion
de ese desprendimiento generoso que heredamos de nues-
tros mayores, pública profesioIÍ de esa política, no sé si
aventurera á los ojos del cálculo, pero digna sin duda á
los ojos de la moral, que ha hecho de nuestra raza el mo-
delo de la nobleza, de la le'altad, del caballeroso proceder
para todos los.pueblos cultos de la tierra!
Pero qué, señores Diputados, ¿acaso alzo mi voz en
medio de un Congreso de librepensadores '1 Estas bóvedas
resonaron un tiempo con torpezas sacrílegas en labios hu-
manos, con blasfemias impías contra la majestad de Dios,
contra la angélica pureza de la Vírgen nuestra Señora;
mas para fortuna de España aquellos tiempos pasaron,
y quiera la Providencia que hayan pasado para no vol-
42
DtSCURSO
ver nunca. Hoy, por el contrario, apénas nos reunimos,
cuantas veces el azar ó la necesidad han traido al Con-
greso materia en la cual podían caber cierto genero de
confesiones, gustosísimo lo declaro, así en el banco del
Gobierno como en las cumbres desde donde oradores radi-
cales (señalando la extrema izquierda) fulminan contra el
poder los anatemas de su ruda oposicion, tanto en un
lado como en el otro de la Cámara, no sólo no se ha aver-
gonzado nadie de confesarse católico, sino que todos se
han apresurado á protestar públicamente de su adhesion
inquebrantable y sincera á la fe santa que profesaron
nuestros mayores; ahora bien, señores Diputados, si sois
católicos, no porque yo lo adivine y lo presuma, sino por-
que tales os habeis declarado una y otra vez, ¿ no me ha
de ser lícito m'güiros en el punto que tratamos conforme
al criterio propio de nuestra religion ? Pues entónces , so-
ñoros, tened entendido que segun la doctrina de nuestra
santa Iglesia, le está vedado al diputado católico, sin que
haya fuerza mayor que le cohiha , la aceptacion de un tex-
to constitucional que implique el quebrantamiento de la
unidad del culto en un pueblo que para dicha suya ha con-
seguido el inefable ideal de congregar á todos sus hijos
bajo una misma ley, formando una sola grey, con un
mismo bautismo, un mismo culto y una misma fe.
No ignoro que los pueblos, semejantes en esto al indi-
viduo, caen á veces en terrible cautiverio; gentes de otra
religion señorean la tierra católica; su vida, su hacienda,
su honor y su hogar, todo está entre las manos del con-
quistador. El católico, ¿qué ha de hacer entónces'? Con
dolor, con muchísimo dolor, inclinar la frente de siervo
ante la brutal imposicion del árbitro de su raza; nunca le
será lícito renegar de su fe , pero sí entónces le será per-
mitido aceptar licencias parecidas á las que se desprenden
del arto 11 del proyecto constitucional; mas ¿ dónue está
en España este diluvio de árabes, que por gracia nos con-
cedan que lleven nuestros hijos f,l bautismo uel cristiano,
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
43
Y que sólo por generosidad nos permitan que adoremos á
nuestro Dios en los templos que conforme al antojo del
Califa permanezcan en pié~
. No ignoro tampoco que á veces en los pueblos católi-
cos, haciéndose las pasiones individuales terceras eficacÍ-
simas de prédicas absurdas, el católico reniega y su apos-
tasía le trasplanta del templo de los suyos al templo del
propagandieta ; entónces se levanta un dogma contra otro
dogma, un altar contra otro altar, una Iglesia contra otra
Iglesia, y el ardor religioso enardece los ánimos, y surge
la lucha, y la guerra se ensangrienta; y en tanto la ruina
cunde, la disolncion avanza, los contendientes han lle-
gado ú ser igualmen te poderosos; sangTe católica enroj ece
los campos de Coutras y de Ivl'y; sangre de herejes los cam-
pos de Dreux y .Tarnac: entónces llega el momento de la
transaccion ; cntónces el católico mús severo, con grandí-
simo dolor de su alma, podrá aceptar el quebrantamiento
de la unidad do la fe, y con ánimo firme de restaurarla en
su dia, merced á sus obras y merced á sus oraciones, vi-
vir en tanto sometido al rigor de la prueba con que la Pro-
videncia se digna visitarle.
Pero qué, señores Diputados, ¿dónde están aquí esas
turbas sediciosas ~ ¿ Dónde esas huestes de príncipes secu-
lares alzados en rebeldía contra la autoridad del César~
¿ Dónde dos partidos igualmente nacionales, igualmente
formidables, llevando enhiesta el uno la bandera de la fe, el
otro la bandera de la rebelion teológica ~ ¿ Dónde, siquiera
com})l'ada con oro y labrada por manos mercenarias, dónde
está la viña del Señor hecha presa de las sectas disidentes~
¿ Su incipiente propaganda , dónde ha caido en tierra tan
poco española que con su ejemplo, extendido el contagio
de campo en campo y de comarca en comarca, le haya
enajenado al catolicismo alguno de nuestros antiguos rei-
nos, alguna de nuestras provincias, alguna de nuestras
ciudades, siquiera la mayoría del pueblo en alguna de
ellas~ Nó, para dicha de España y para mengua Lle los
44
ntSCURSO
sectarios, apénas si la disidencia forma grey, apenas si
la grey se compone de algun individuo más, fuera del poco
envidiable pastor asalariado por sociedades y congrega-
ciones extranjeras.
Así, pues, señores Diputados, si vosotros no sois racio-
nalistas, para los cualC)s es el culto piadosa y tolerable su-
persticion; si no sois utilitarios, para quienes el culto es
objeto tan sólo de política granjería; si úun cuandolo fue-
rais, ni teneis territorio que redimir, ni patria que unifi-
cal', ni protector extraño ú quien complacer, ni aliado ne-
cesario á quien agradar; si ningun pueblo de ajena ley se-
ñorea nuestro pueblo; si aquí la semilla del oro protestan-
te no da fruto; si la fe de vuestra alma es la fe católica y
os veda su doctrina toda transaccion voluntaria con el
error; si vuestra política es la política de la escnela histlJ-
rica, y ésta legisla sólo mirando al tiempo y mirando al
lugar, y el tiempo nuestro no es para Espaiía tiempo de
servidumbre, y el lugar donde legislais es lugar donde
tierra y cielo, todo está lleno de perfume católico, ¿ por
qué, señores Diputados, por qué arrebatar sin asomo de
derecho ú la generacion presente, por qué arrebatarle la
. santa unidad del culto, joya divina que simboliza y com-
pendia la grandeza, y la gloria, y el nombre, y la vida de
nuestra patria de ayer, de nuestra patria de hoy, de la
que ha de ser mañana patria de nuestros hijos '?
Cuando peso friamente la pertinacia con que á veces se
obstina la política en implantar en nuestro suelo' engen-
dros de otros climas tan exóticos aquí como dañosos en
todas partes, me pregunto a mí mismo si los que en ello
se afanan ven en su obra el mal tan repugnante, como yo
lo veo, ó si, por el contrario, será á sus ojos un bien ape-
tecible. La solucion del problema viene pronto; la respues-
ta de mi pregunta es sencilla y obvia. Entiendo que el se-
cuaz de la revolucion obra en cuanto intenta á fin de des-
catolizar un pueblo; obra, repito, conforme le aconseja el
natural cleseo que abriga su ~ínimo de conmover la 800ie-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ."L"mXARA ALTA.
,15
dad, de infernal' la sociedad, de hnn(lir la sociedad. En la
organizacion política de los pueblos, la union es su vida,
la desunion su muerte; dentro de una misma nacion, la
variedad de razas, la variedad de tradicion histórica, la
variedad de lenguas, la yariedad de las instituciones po-
líticas, y áun ti veces la variedad de leyes civiles son gér-
men de desunion, gérmen de di vision, de disgregacion,
de muerte social; pero nunca esta muerte es más segura,
nunca aquella disgregacion más fácil, nunca aquella di-
vision más pronta, ni nunca la desunion m!ls eficaz para
la obra revolucionaria que cuando en vez de tomar por gri-
to de guerra la aversion de comarca por comarca, ó el odio
de ra7.a contra raza, toma por grito de guerra la voz reli-
giosa. ¿ Y por qué? Porque úun en medio del glacial escep-
ticismo que en ciertas ópocas hiela los hombres, si algun
fuego les queda entre las cenizas de su alma, pronto á in-
flamarse, pronto ti llevar sus ardores, hechos incendio,
donde quiera que otro fuego se le opone, es el fuego de las
creencias religiosas; el hogar tiene límites, la religion no
los tiene; la patria tiene fronteras, la religion no las tie-
ne; los ardores y las sañas políticas mudan y pasan, comú
pasan y cambian las banderas que los simbolizan y las pa-
siones que los engendran. Sólo la lucha entre el error y la
verdad no acaba nunca; sólo la Iglesia y los enemigos de
la Iglesia son paladines eternos de antagonismos como
ellos eternos. El hogar, la plaza pública, la cátedra, el
tribunal, las asambleas, el poder supremo son su teatro;
todo lugar, toda nacion, todo continente son su teatro;
hé aquí la fórmula de las luchas religiosas. i Feliz el pue-
blo donde la unidad de la fe opone ú estos exterminios un
valla(lar invencible, y mús aún cuando de esta unidad sur-
gen naturalmente la union y la fuerza, que á su vez en-
gendran la libertad, la autoridad y el órden verdadero 1 i Y
desventurados los gobernantes que con ciertas tolerancias
injustificadas siembran ó ven impasibles cómo siembran
otros, so color de libertad para el culto, aquella que es
46
DISCURSO
por SU naturaleza semilla de muerte para los pobres pue-
blos! i Desventurados los que den vida ti esta planta, c~an
do la planta no existe; sávia al árbol cuando el árbol no la
tiene; el árbol alentado crecerá, florecerá, dará fruto, y
su fruto será ponzoña para los pueblos: dará ramas, y sus
ramas darán sombra, y esta sombra será sombra de muer-
te para la infeliz sociedad que néciamente sueña ellcontrar
á su abrigo calma, y reposo, y bienestar!
t, Y qué es lo que anhela la revolucion'? Desencauzar la
libertad, derribar la autoridad, acabar con el orden; 1, y
habrá de maravillarnos ahora el afan que pone todo revo-
lucionario para privar á la sociedad que lo posee del inefa-
ble beneficio de la unidad del culto'? Mas esta obra, pro-
pia, y natural, y 16gica del individuo, de la turba y de los
gobiernos revolucionarios, 1, no es obra anacrónica, incali-
ficable y absurda en un Gobierno que no lo es, que no lo
quiere ser, que no lo puede ser'? 1, Con qué pretexto de jus-
ticia podrá escudarse, qué ley de equidad se invoca, qué
política, qué conveniencia, qué necesidad '?
Que hay disidentes en España, y que estos disidentes
son extranjeros. Qué, 1, no los hubo siempre ántes de aho-
ra'? 1,No los había durante el reinado de la augusta Madre
de S. M. '? 1,Necesitaron ent6nces vénia de la Constitucion
para vivir honrados, y pacíficos, y seguros en su hogar á
la sombra generosa de esta Nacion, siempre noble, siem-
pre hidalga'? Que hay españoles tan poco espailoles y tan
en extremo desventurados que renegaron de su ley y que
viven en la apostasía; y vosotros, Asamblea de católicos,
para quienes este hecho es una desgracia y sus consecuen-
cias necesarias un mal camino, en vez de atajar este mal,
de conjurar esta desgracia sin ensañamientos, y sin sangre,
y sin horrores, 1, no habeis encontrado otro freno eficaz
para el supuesto contagio que el explícito reconocimiento
en vuestra ley, no ya sólo de los cultos hoy existentes en
España, sino juntamente con este reconocimiento, el de
otro cualquier culto que otra secta cualquiera pueda en-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALME~ARA ALTA.
47
viarnos á cualq.uier hora'? j No sólo se reconoce lo existen-
te! j Se reconoce lo existente y lo posible!
i,Qué es lo que puede obligar, repito otra vez, qué es lo
que puede obligar á nuestra Asamblea á pasar por este
acuerdo'? i,Qué fuerza superior existe que así nos desnatu-
raliza, y nos violenta, y nos cohibe'? i, Dónde está esta
fuerza'? i,Es que existe y yo no la veo'? i,Es que se operan
mistificaciones que el Diputado ignora y que la patria no
presume'? Nó, nó; mi amor á esta patria querida, y mi or-
gullo de español, y mi sinceridad de hombre honrado me
obligan á reconocerlo así, y me obligan á proclamarlo de
esta manera.
j Oh, seDores Diputados! Esta vehemencia mia iIo es
obra de saila, es grito de dolor; no es la ruda oposicion del
adversario, es súplica de amigo, que no aquí (sM'íalando
los bancos del centro izquiM'do) , sino allí (señalando los de la
mayoría), allí es donde están mis amigos de siempre; y
quó , porgue son mis amigos, i, he de mentirles lisonjas, he
de ocultarles la verdad'? N ó, los hombres de mi cuna, de-
ben la verdad entera hasta á sus propios enemigos. i, Y ha-
bré de callarla, y no habré de decírsela á mis amigos'? Yo
no le pregunto á nadie de dónue viene; pero en nombre ue
la patria tengo dereeho, j qué digo derecho! tengo el deber
de preguntarle al Gobierno á dónde vá. Y si cabe en esta
parte, puesto que en él están mis amigos, ueber mayor de
desvelar ante sus ojos, con toda su pavorosa desnudez, la
horrible sima al borde de la cual ponen al pueblo con esta
imprudente mudanza en su heredada Constitucion religio-
sa, y política y social.
i,Pensais enfrenar con vuestro arto 11 las insaciables
concupiscencias de los partidarios del libre exámen'?· i,Por
dónde'? Ellos, que hoy no teniendo Ig-lesia y siendo vosotros
el primer gobierno de una restauracion, alcanzan sin pe-
dirlo lo que les dais, cuando esté en el poder otro Gobier-
no ménos amante que vosotros de la tradiclon nacional,
i, no habrán de pedir, y no habrán ele merecer mayores con-
48
DISCURSO
cesiones aún, mayores auxilios para su causa, que serán
mayores menguas á su vez para los católicos, humillacio-
nes todavía más grandes para vosotros, orígen de nuevos
peligros todavía mayores para el porvenir? Desde el
edicto de Enero hasta el edicto de Nantes; desde el edicto
de Nantes hasta la espantable guillotina de 1793 , ¡cuánta
hiel no apura la Francia, cuánto trastorno no asedia el
poder público, cuánta sangre no colora el suelo y enrojece
los rios! cuánto verdugo y cuánta víctima! Y sin embargo,
en Francia al formularse el edicto de Enero había Hugono-
tes. Desde la dieta de Worms hasta la paz de Westfalia,
i cuánto crÍmen, cuánta desolacion para la infortunada
Alemania! la Dieta de Spira, la insurreccion de los campe-
sinos, la Dieta de Augsburgo , la confesion de Augsbnrgo,
la liga de Esmalkalda, la batalla de Muhlberg, la traicion
de Mauricio de Sajonia; el. gran Cá.rlos V al abrigo de la
noche huyendo de las asechanzas de su propia familia, i él,
que en Túnez había domeñado al Africa, yen Hungría al
Asia, yen Italia yen Flandes al mundo entero; y despues
de la fuga del César, el armisticio de Passau, y la paz de
Augsburgo, y la funesta guerra de treinta años, y las
huestes extrañas de Cristian de Dinamarca, y de Gustavo
Adolfo, y de la Francia de Richelieu, so color de analogías
y protecciones religiosas, hollando con su planta extran-
jera el sagrado suelo de la patria alemana, cubriendo los
campos de cadáveres alemanes, esquilmando, desangrando,
aniquilando aquella pobre tierra, que exánime caía á los
pies del primer caudillo propio, ó del primer aventurero
extraño que intenta señorearla, despues que á cambio de
tantos desastres había logrado al fin la saludable libertad
de cultos. Y sin embargo, en los dias de la Dieta de Worml'3
había ya luteranos en Alemania.
¿ Imaginais con vuestra base 11 refrenar para el porve-
nir los ímpetus de la revolucion social? Dejad este trabajo,
estéril en vosotros, á los Gobiernos que son obra de la.re-
volucion, á quienes ella engendra y á quienes ella subli-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
49
ma. Vosotros, ¿ por qué género de desvarío sin ejemplo ha-
beis de porfiar en semejante empresa, tan contraria á
vuestras ideas de siempre, tan opuesta á vuestros propósi-
tos de siempre, tan inútilmente ensayada aquí ántes de
ahora por hombres y por gobiernos'? Segun nuestras teo-
rías, no es lícito negarle á la libertad nada de cuanto pue-
da ser legítimo patrimonio suyo; aunque los pueblos no lo
pidiesen, los Gobiernos que aspiran dignamente á merecer
nombre de tales, deberían anticipárselo. En cambio, para
nosotros no es posible que usurpe nunca la licencia el trono
que merece la libertad; en cuanto salve ésta la linde que la
separa de aquélla, nada le podemos dar, nada le debemos
dar, ni siquiera políticamente para contentarla, porque
áun cuando ciertas transacciones no nos estuviesen veda-
das, tal es la licencia, que ni los dones refrenan su codicia,
ni los E'acrificios aplacan sus iras. Y en aras de este ído-
lo implacable, ofreceis y sacrificais vosotros, católicos y
restauradores, para colmar su gusto de hoy y para templar
sus enojos en el porvenir, vosotros le sacrificais , y obli-
gais á la patria á que le sacrifique lo que ni ella ni vosotros
teneis derecho para sacrificarle, el elemento principal, el
elemento esencialísimo de vuestra Constitucion interna.
i Ah, señores Diputados! Un dia no remoto aún, con
aplauso unánime entónces de cuantos se sentaban en estos
escaños, desde el banco azul un hombre sublimado por la
revolucion y desvanecido por los vértigos del propio encum-
bramiento, fulminó en un y"amás, tres veces repetido, un
anatema de eterno destierro contra la dinastía legítima y
secular. Él entónces , como vosotros hoy, en aras de aque-
lla revolucion, como vosotros en aras de ésta, imaginaba
sacrificar con su anatema uno de los elementos esenciales
de nuestra Constitucion interna, arrancar de sus entrañas
el principio de la Monarquía tradicional. Y sin embargo,
¿cuánto ha durado la efímera obra de aquel atentado absur-
do'? i Qué mucho, si osó llevar su mano sacrílega á las en-
trañas mismas de nuestra Constitucion interna! Malil sin la
4
50
DISCURSO
restauracion, que providencialmente ha venido á borrar
aquella sentencia parricida, ¿qué sería hoy de nuestra pa-
tria? ¿ Cuál habría sido su existencia en el porvenir?
i Quiera el cielo que si llega á consumarse el quebranta-
miento de la unidad católica, no tenga más vida vuestra
obra de hoy que la efímera que logró sobre la tierra aquel
torpe iamás, desvanecido engendro de la revolucion de
Setiembre! Pero si así no fuese; si vuestra base 11 alcan-
zara aquí la longevidad que han logrado en otros pue-
blos transacciones análogas á ella; si aquí medrase como
habrá de medrar segun se la alienh; si este crepúsculo de
futura libertad religiosa, como se ha dicho alguna vez,
llega á ser dia; cuando su sol alumbre por entero y á su be-
néfico calor crezcan y se multipliquen las generaciones fu-
turas, entónces, entre los escombros que cubran á la sazon
el suelo, á vista de la sangre que corra por nuestros cam-
pos, en medio de los vapores henchidos de odios y de ven-
ganzas que inficionen el aire, entónces podrían los hom-
bres que inician hoy esta mudanza emponzoñada, los que
la preconizan, y los que la apadrinan, y los que coadyu-
van á ella, entónces, y solo entónces, podrían medir y
comprender la valía del don con que su acuerdo felicísimo
regala á nuestro pueblo; pueblo tan sin ventura, que hasta
los mejores amigos suyos, como ciertamente los sois todos
"Vosotros, donde habían de darle la vida, le dan la muerte.
Recordad el abismo de ignominias en el cual ha yacido
España en tanto estuvo privada de su monarquía legítima;
y así tal vez sin tener que aguardar á que venga el tiempo
á confirmar mis presagios, podrá presumir vuestra mente
cómo habrán de vivir nuestros hijos, privada su Constitu-
cion política del primero y más necesario de los elementos
ele la Constitucion interna de nuestra patria.
¡Oh señores Diputados! No son mis palabras obra del
dolor que embarga mi alma por la pérdida posible de una
institucion queridísima, ni estos mis pronósticos elucubra-
cion febril de una mente enardecida, nó. Mirad el Calvario
DEL EXc:\\IO. SR. DUQUE DE ALME:-<ARA ALTA.
51
que han recorrido otros pueblos; y siendo, como sois, ca-
tólicos y españoles, y restauradores por amor, por necesi-
dad y por deber, decid si ó no el quebrantamiento de la
unidad del culto es un grave, un inmenso, un incalificable
error político, así por lo que mira á la Constitucion inter-
na de nuestra patria, como por lo que mira al estado pre-
sente de la Nacion Española.
Señores Diputados, me rinde la fatiga, y lo que es peor
aún, temo que de igual manera que á mí me faltan fuerzas
para seguir hablando, os falte paciencia á vosotros para
seguir oyéndome.
El tercer punto que debía probar para dejar mi tesis
confirmada por completo, pierde gran parte de su impor-
tancia desde el punto en que hace poco me ha lleva-
do el calor de la improvisacion á señalar juntamente con
las causas los efectos que me autorizan para calificar de
error político, mirando al presente, la aceptacion por el
Congreso del ya por mí harto asendtjreado artículo 11. Esta
involuntaria anticipacion me permite ser todavía más bre-
ve de lo que pensaba en la última parte de mi discurso,
reducida á indicar que el quebrantamiento de la unidad
católica es para España Un germe n de futura y cierta diso-
lucion social.
La Providencia, que así preside el concierto sideral
como el nO menos bello concierto del planeta que habita-
mos ; la Providencia, que rige este como aquel por medio
de leyes, de la misma manera que tiene señalado un prin-
ei pío y un término á la roca, á la planta, al irracional, ha
sujetado al hombre, corona de la creacion, á un principio
y á un fin, si análogo al de aquellos seres por lo que se re-
fiere á su naturaleza material, esencialmente distinto por
lo que atañe á su naturaleza espiritual.
Ha querido además que, como esencialmente raciQnal,
fuera esencialmente sociable, y para ello ha puesto en ar-
monía el fin particular del individuo con el fin general de
la sociedad. Al mismo tiempo le ha placido que mediante
52
DISCURSO
las condiciones de tiempo y de lugar, esta sociedad, que
en su conjunto se llama humanidad, se fraccionase en pue-
blos y en naciones, los cuales, al par que sujetos ú una
mision general, como miembros de la humanidad, se ha-
llan tambien obligados á llenar, como pueblos y como na-
ciones, una mision particular, no independiente de aque-
lla mision general, ántes bien subordinada á ella, y con
ella en perfecta y constante armonía; y por último, ha-
ciendo al hombre inteligente y libre, quiso que las nacio-
nes y la hUlllanidad tuviesen, como sociedades que son
compuestas de hombres, entrambos caractéres; inteligen-
cia para conocer el bien, libertad para profesarlo. Además
de la fe religiosa, segura antorcha de la luz verdadera, la
filosofía y la historia nos enseñan, atendidas las condicio-
nes del pueblo de que formamos parte, cuál es la mision
de nuestro respectivo país.
y si de esta teoría, que tengo por cierta, paso á la his-
toria donde encuentra aquella su confirmacion natural,
¿qué podré decirle al Congreso que sea nuevo ó inesperado
para él? ¿No son acaso confirmacion de esta verdad todos
los cuadros históricos con los cuales habré tal vez fatigado
vuestra atencion, tan de sobra benévola para mí, que no
hallo palabras que puedan encarecer mi agradecimiento?
¿ Cuál es la bandera que sustenta España como nacion desde
el tercer Concilio de Toledo hasta nuestros propios dias'?
¿Es acaso otra que no sea la de la unidad de la fe? Para
conseguir la unidad de la fe desnudan el acero los héroes dr
la reconquista;. por ella, y á la sombra de su enseña, cami-
nan vencidos hoy, vencedores mañana, g'igantescos siem-
pre, desde Astúrias hasta Granada; Arag'on, Castilla, N a-
varra son como naciones obra comun y producto natural ele
este santo anhelo; y cuando despues de la excelsa figura ele
Isabel la Católica una raza extranjera se sienta en el trono
de San Fernando, los príncipes representantes de ella sólo
con enarbolar el pendon de la fe, quedan hechos espaiíoles.
Nuestros padres olvidan Villalar, y Toledo, y Zaragoza, y
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
53
pelean, y mueren por Cúrlos V y por Felipe II; porque el
Rey prudente y el Emperador invicto han recogido el es-
tandarte nacional de España, no ya como los Alfensos, y
los Jaimes, y los Sanchos, y los Berengueres, para lim-
piar de árabes el suelo patrio, y para crear con la Penínsu-
la española un sólo reino, sino para formar del universo un
pueblo solo bajo una misma ley: la ley católica, con un
solo rey: el Rey de España.
Donde el catolicismo padece, España padece; donde el
catolicismo lucha, España lucha; donde el catolicismo
triunfa, Espafia triunfa. Las derrotas alternan con las vic-
torias, las lúgrimas con los laureles: ¿,qué importa'? ¿Cuál
es sobre la tierra la santa causa donde no se presentan jun-
tos los resplandores del Tabor con las tinieblas del Cal-
v Jrio '? Pero triunfante ó vencida nuestra patria, como
todo pueblo que recorre noblemente sobre la tierra el ca-
mino por don ele le sirve de guía la luz ele la Providencia,
cuando triunfa es noble, cuanelo cae es eligna, y siempre
es grande. ¿De qué ~anera resucita Castilla despues ele los
azarosos clias ele doña Urraca'? ¿Cómo el cenagoso erial
donele se arrastran y se revuelven los coetúneos de Enri-
que IV , se trasforma en campo de inmarcesibles laureles
para la generacion que vive ú la sombra elel trono de Isa-
bella Católica'? ¿Por qué ti la España menguada de los
primeros dias de este siglo su ce ele la España épica de la
guerra de la Independencia'? ¿POI' qué'? Porque aquellos
gobernantes, inclinando su frente sobre el pueblo, de él
recibieron el anhelo que sustentan elespues como elivisa de
sus inmortales empresas desde la cumbre del trO'll.o. Por-
que alzando los ojos al cielo, les enseñó la propia verdad;
qne las naciones se subliman cuanelo en meelio elel muelar
eterno ele los tiempos y ele la.s cosas, de aquel variar en lo
accidental que es ley de vida, permanecen invariables
en lo esencial y firmes en el cumplimiento de la divina
mision que han recibido de la Providencia.
¿, y cuál es la mision que nuestro pueblo ha recibido de
54
DISCURSO
la Providencia'? ¿ Podeis dunarlo, seilores Diputados'? En
el Norte de Europa preside la raza germánica; aquí la la-
tina: allá 01 imporio, símbolo del feudalismo toutónico;
aquí la Iglesia, símbolo de la libertad cristiana: allí elli-
brfl exámen; aquí la fe. Y el modo de apercihir esta nues-
tra raza para luchas venideras, grandes sin duda, quizá
inminentes, ¿ha de ser herirla en su Constitucion interna,
desgarrando en Espaila la unidad del culto '?
Ahora, señores Diputados, recordad la historia de otros
pueblos prósperos un dia, y florecientes y grandes; rene-
garon de la mision providencial en cuyo cumplimiento
habían encontrado ántes la senda de su grandeza, y enve-
jecieron tempranamente, y cayeron, y pasaron; recordad
la historia, y estoy cierto de que no daréis vuestro asen-
timiento al arto 11 del proyecto constitucional.
Mas si mis palabras, lo que no creo, resultan ineficaces
para llevar á vuestro ánimo la conviccion que alienta
en el mio; si lo que no espero, se consigna en nuestra
Constitucion el quebrantamiento de la unidad católica, te-
ned presente, señores Diputados, que el golpe que hiere á
la unidad religiosa hiere á todo lo que con ella anida en la
Constitucion interna de la patria.
¿Por qué nó'? si vosotros, católicos y monárquicos, que
qs e nvaneceis de apellidaros así, legislais de este modo,
¿ha de ser maravilla que vengan mañana otras Córtes que
de igual manera que atentan éstas á la Constitucion inter-
na alterándola en una de sus partes, pretendan ellas bor-
rar por completo alguna de las otras'? ¿ Quién sabe si por
procedimientos análogos á los vuestros, como hoy se aten-
ta á la religion, mallana se atentará á alguno de los otros
elementos, y quién sabe si principalmente á actuél que
ahora todos nos esforzamos en asegurar'?
¡ Oh, sí, seilores Diputados! La re belion teológica en
España y en todas partes no es más que la precursora de la
rebelion filosófica, á la cual sucede la rebelion política,
que á su vez abre la puerta á la rebelion social. Antes más
DEL EXC1\\W. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
55
lenta, ahora más rauda, lenta en otros siglos, rauda en el
nuestro, pronto recorre su carrera, que es el Calvario de
las sociedades modernas. El grito de Cádiz no esta muy lé-
jos de las depredaciones de Cartagena. La declaracion de
las libertades absolutas en la Constitucion del 69 esta muy
cerca d e las llamas de Alcoy.
i, y creeis que esto, que dió tal resultado ayer, no lo ha
de dar idéntico mañana? i, Y cual sera la responsabilidad de
las Córtes actuales, que siendo católicas y restauradoras,
dejan abierto, mejor dicho, abren de par en par la puerta
al error, enemigo jurado de la fe, y á los vértigos de la
disolucion el camino por donde llegan los pueblos modernos
á la destruccion de sus poderes legítimos y al aniquila-
miento de la vida social?
Nunca, señores Diputados, nunca individuos de unas
Córtes restauradoras, podemos poner nosotros en el cami-
no de esta obra la piedra por donde toda la fábrica, que
desearíamos poder eternizar, deleznable y efímera, caiga
deshecha en ruinas; nunca individuos de unas Córtes res-
tauradoras podemos contribuir con nuestra cooperacion y
con nuestro asentimiento, ó siquiera con nuestro silencio,
al quebrantamiento de la unidad de la fe.
Celebren en buen hora tan injustificada mudanza disi-
dentes y circuncisos; que al fin cae de una vez el baluarte
de hierro donde hasta hoy se habían estrellado las ofertas
de sus arcas y las maquinaciones de su política. Batan
palmas, si les place, los sectarios de la escuela que cree
mutilada la personalidad humana, en tanto que, conforme
al desenfreno de sus libérrimos antojos, no se le permita
al hombre erigir a la licencia el trono que de justicia le
corresponde á la libertad, apóstoles de los derechos ile-
gislables y precursores de los piratas de Cartagena. Gó-
cense los idólatras del concierto universal de las nacio-
nes cultas, para quienes, á trueque de que no sea España
una disonancia en la armonía europea, nada importa, sin
duda, que sacrifiquemos nosotros, nosotros, que apénas si
DISCURSO
logramos unidad en nada, una de las pocas unidades qne
providencialmente poseemos. Regocíjense los extravagan-
tes, mas no por ello ménos rendidos amadores de la Iglesia
española, que creyéndola dormida, pretenden despertarla
con el aguijon de la rivalidad y con los estímulos de la con-
troversia. Felices nosotros todavía, y feliz la Iglesia; que
si tales valedores llegan ú creerla muerta, quién sabe si
consumidos del celo de la casa del Señor hubieran enarbo-
lado el látigo de la persecucion con el santo propósito de
devolverla la vida.
Tolérenla en buen hora, toleren tan injustificada mu-
danza, siquiera pública y privadamente la deploren, los
católicos que ven en ella un temperamento oportuno para
evitar mayores dalíos, obra de fuerza invencible y superior;
desgracia, sí, pero desgracia irremediable, porque sin duda
gentes de otra ley que yo no veo, venidas de otras tierras
que no sé cuúles son, derribadas nuestras fortalezas, se-
ilorean nuestras ciudades y pueblan con sus picas nuestros
campos; porque al soldado de la patria no le queda ya suelo
donde combatir por ella, risco donde guarecerse derrotado
para alzarse al dia siguiente arrogante y vencedor, aliento
en el alma para hacer de su pecho muralla del heroismo
donde toda extranjera avenida encuentra su término, don-
de toda irrupcion de gente extraña ha encontrado siempre
la deshonra y la muerte; creyentes alucinados, favorece-
dores indiscretos, armónicos cosmopolitas, sectarios de
todas las sectas, tolérenlo y sopórtenlo, y complázcanse
y regocíj ense; yo nó, yo nó, y vosotros tampoco, se-
fiores Diputados; que vosotros, lo mismo que yo, ni sois
cismáticos, ni sois disidentes, ni sois libre-pensadores,
como lo habeis probado en una jura solemne, reciente to-
davía.
Que vosotros, lo mismo que yo, nada teneis de comun
con los ideólogos del 69, como lo habeis hecho patente en
el acto de uncir al carro de la ley, conforme á los precep-
tos de la escuela histórica, los indómitos derechos mala-
DEL EXCMO. SR. DUQUE bE ALMENARA ALTA.
57
mente apellidados infinitos y absolutos, ilegislados é ile-
gislables.
Que yosotros, lo mismo que yo, no concebís siquiera
que haya quien imagine dormida, aletargada vuestra Igle-
sia: i dormida! cuando ayer la mirábamos esclarecer el
mundo con el sol de su doctrina, asombro del Concilio Va-
ticano: ¡aletargada! euando hasta ayer la hemos visto
mártir de la indigencia, profesar el heroismo de la resig-
nacion, que por ser el más silencioso es el más grande de
todos los heroismos.
Que vosotros, lo mismo que yo , sabeis de sobra lo que
vale para los españoles ese pomposo vocablo de concierto
europeo: porque no ignorais que para nada han ejercido
influjo sobre nosotros, ni la añeja Europa, ni la flamante
América; que solos caimos, y solos nos hemos levantado;
solos sostuvimos la guerra; solos alcanzamos la paz; solos
restauramos el trono legítimo; solos hemos devuelto la
honra y la vida á nuestra patria comun.
Mas ¿, podrémos tolerar pacientemente nuestra desgra-
cia, á fin de evitarle á la patria ulteriores desventuras?
Nó, señores Diputados, nó; ni á vosotros ni á mí se nos
oculta que la base 11 es dique harto delezuable para que
no lo arrollen con,su primer ímpetu las alentadas olas de
la creciente rebelion teológica. Hoy se implora tolerancia
en nombre de la equidad; mañana se os pedirá respeto en
nombre de la justicia; más tarde libertad en nombre del de-
recho; y luégo ... luégo guerra y persecucion y exterminio
en nombre del triunfo, de la venganza y de la fuerza.
Pero qué, ¿, somos libres de rechazar ó de aprobar el
parricidio que se nos propone'? ¿, Infama ó no infama nues-
tra frente la marca del esclavo? Nó, señores Diputados, nó;
que vuestro pueblo, para dicha suya, no se arrastra amar-
rada la cerviz al carro triunfal de ningun déspota extraño;
que no hay ajeno señor, que alzándose sobre el trono de
la conquista, fuerce á la libérrima Nacion Española á esco-
ger fatalmente entre la gumía ó el Islam.
58
DISCURSO
j Congratularnos por el quebrantamiento de la unidad
católica, tolerarlo pacientemente, cooperar á él con la efi-
cacia de nuestro voto ó con la tercería de nuestro silencio!
No yo, señores Diputados, ni vosotros tampoco; que para
vosotros, lo mismo que para mí , esa supuesta tolerancia
religiosa es un mal, y la patria todavía es nuestra.
El Sr. PRESIDENTE: El señor Duque de Almenara Alta
tiene la palabra para rectificar.
El señor Duque de ALMENARA ALTA: Señores, la ma-
yor desgracia que puede haber tenido el malhadado arto 11
del proyecto constitucional que se discute, es haber sido
sustentado por mi antiguo y siempre buen amigo el señor
Fernandez Jimenez. El Sr. Fernandez Jimenez recordaba
otros lugares y otros tiempos, y al parecer lo recordaba
con gusto; yo, por mi parte, tambien recuerdo con el se-
ñor Fernandez Jimenez esos mismos tiempos y lugares en
los que S. S. y yo contendíamos defendiendo nuestros mú-
tuos radicales principios en materias de religion, de filo-
sofía y de política, como los defendemos hoy, dando así
público testimonio de nuestra propia y respectiva conse-
cuencia.
Pero el Sr. Fernandez y Jimenez, sustentando estos
principios, ~puede venir á sostener el artículo 11 del pro-
DEL EXCMO. SR. DUQUE DE AL~IENARA AtTA.
59
yedo constitucional'? Yo entendería que el Sr. Fernandez
y Jirnenez, fundúndose en los principios que ha sustentado
hoy, y lo mismo que hoy toda su vida , viniera á defender
el arto 21 de la Constitucion de 1869. Pero el art. 11 del
proyecto constitucional ¿por dónde'? ¿Acaso el Sr. Fernan-
dez Jimenez sustenta verdaderamente el espíritu que él
mismo atribuye al art. 11 del proyecto constitucional'? Yo
creo que nó; ó he entendido mal, ó hay para mí una dife-
rencia esencial entre lo que S. S. sustenta y el principio
del artículo de la Constitucion. Yo veo que este artículo de
la Constitucion es la concesion que hace un partido restau-
rador con lágrimas en los ojos, este partido restaurador
que ama la unidad religiosa, la historia tradicional y lo sa-
crifica con dolor. Y yo no veo esto en el discurso del señor
Fernandez y .Jimenez. i,O es que en el fondo del proyecto
hay otra cosa que no se enseña'? Yo no puedo ni quiero
creerlo, en tanto que se siente en ese banco el actual Mi-
nisterio.
Pero yo no puedo tampoco entender el sentido del ar-
tículo defendido por el Sr. Fernandt'z Jirnenez, en la
forma y con el espíritu con que S. S. le ha defendido.
El Sr. PRESIDENTE: Selíor Diputado, ruego á su se-
ñoría que considere que está rectificando.
El señor Duque de ALMENARA ALTA: Las indicacio-
nes de S. S. son para mí siempre muy respetables.
El Sr. PRESIDENTE: No es más que una indicacion;
como S. S. no tiene la experiencia de estas discusiones, no
hago mús que hacérselo presente.
El señor Duque de ALMENARA ALTA: Por otra parte,
el Sr. Fernandez Jimenez me ha atribuido proposiciones
tales, cuya razon de ser no conocía ni comprendía; yo me
miraba á mí mismo como preguntándome: ¿qué tengo yo
de inquisidor'? i, Cree el Sr. Fernandez Jimenez que inten-
cionadamente he callado lo de la Inquisicion'? ¿ N o ha vis-
to S. S. cómo al hablar yo de aquella época glúriosa de
España he condenado el cesarismo, mirándolo como una de
(JO
DISCURSO
las causas de la decadencia de España, á pesar de la ulli-
(Iad católica'? Y si yo creo que la Inquisicion ha estado casi
siempre al servicio del cesarismo regalista, ¿ puede ser
defendida por mí '? Yo acerca de las consecuencias de osa
institucion tongo la opinion de los Pontífices romanos, no
la de los monarcas que la explotaron, ni la de las muche-
dumbres populares que la aplaudieron.
Empero, yo no tengo para qué seguir al Sr. Fernandoz
Jimenez en ese camino, porque me ha llevado contra toda
razon y sin motivo; yo no quiero seguirle, ni por S. S., ni
por mí mismo, ni por la Asamblea que me escucha. Yo op-
timista, el Sr. Fernandez Jimenez pesimista; yo consa-
grando ditirambos á la historia del pasado, yo levantando
las glorias de este pais y procurando dejar en el olvido
aquello que pueda avergonzarnos, y el Sr. Fernanclez Ji-
menez ensalzando tambien las glorias del pals, pero le-
vantando tambien las sombras de los desastres, de laR des-
gracias, de nuestras faltas, qne no hay pueblo que no las
cometa. Decidme, pues, seiíoreR Diputados, áun cuando
fllose montira la historia del uno y del otro, ¿no eR verdad
que vosotros que me escuchais y perteneceis á una Asam-
blea restauradora y española, debeis adoptar, debeis aplau-
(lir, debeis seguir la historia mia y no la historia del sellor
FeJ'1landez Jimenez, historia que enla forma que la'Presen-
ta S. S. es la que falseada por la impiedad y desnaturaliza-
da por la calumnia sólo sirve para que aprendan 10R pue-
blos ú renegar de su abolengo '?
El Sr. Fernandez Jimenez me atribuía, respecto ~t esta
misma historia, pensamientos que yo no trato en ningnna
manera ele defender.
Yo no he de elecir como Heraclio ...
El Sr. PRESIDENTE: Yo oiría á S. S. con mucho gusto
la historia de Heraclio , pero no se trata de eso; limíteRc
V. S. lo que pueela á la rectificacion.
El señor Duque ele ALMENARA ALTA: Aparte de esto,
Sr. Fernandez Jimenez, bien recuerdo corno recuerda su
DEL EXC~lO. SR. DUQUE DE AU1E:<".\\RA ALT:\\..
61
señoría, ciertos hechos particulares ele j nelíos y ju(laizan-
tes; si bien recuerdo, como recordar:t S. S., el rigor de
Sisebuto y la benevolencia de San I:-;idoro, de lo que ya
me he ocupado en mi discurso; y recuerdo tambien la san-
gre (pIe manchó los campos de Uclés y la rota ele Alarcof',
castigo providencial al menosprecio de la idea relig·iosa.
Pero ¿podrá, negarme S. S. que la tendencia de este pue-
blo, salvo algunos casos de excepcion por razones de nti-
lidad inmediata, como el de los reyes que toleraban los
judíos para poder contar con sus riquezas, ó el de los sc-
ñores que toleraban los moriscos para labrar sus campos,
pocld negarme S. S. que la tendencia constante de nues-
tra raza ha sido el exterminio de las sectas contrarias en
tiempo de los godos, y las cxpulsiones de judíos y moris-
cos en tiempos posteriores'? S. S. sabe ...
El Sr. PRESIDENTE: Señor Di putado, yo tengo mucho
gusto en oir hablar á S. S.; pero le ruego que tenga en
cuenta que estú rectificanclo.
El señor Duque de ALMENAHA ALTA: Hespetanuo las
in<licaciones del Sr. Presidente, debo decir qne acerca de
otros hechos concretos á que se ha referido el Sr. Fürnrm-
dez Jimenez , creo clue no sea este lugar oportullo para que
entremos á uiscutirlos, porriue al fin y al cabo esto no os
una acauemia donde se discuten principios, sino una Asam-
blea donde se establecen fórmulas políticas.
No só si el Sr. Fernandez Jimenez hablaba de las res-
tauraciones en general, ó d,~ la restauracion particular,
concreta, de que yo me he ocupado; si á ésta aludió Sil
señoría, debo decirle qne á mi juicio la revolucion de 186H
que(ló destrnida por el hecho de Sagunto; el grito de i aba-
jo los Borbones! 4\\S el símbolo ele aquella rcvolncion; y 01
grito ele i viva la dinastía! es el símbolo de esta restaura-
cion: en aquélla se proclamaba la soberanía nacional, y ell
ésta, con gran aplauso de toda la Asamblea, se ha oido de
los labios del Sr. Presidente del Consejo de Ministros, que
es autoridad superior á la mia en este ól'den de ideas, como
62 DISCURSO DEL EXCMO. SR. DUQUE DE ALMENARA ALTA.
en todas, la negacion de este principio y la proclamacion
de la Constitucion intel'lla.
y por último, dentro de esta Constitucion interna en-
cuentro yo tres principios, como he dicho al comienzo de
mi discurso, tres ideales. de los cuales la restauracion ha
establecido dos; respecto al tercero, así corno la Constitu-
cion de 1869 estableció la pluralidad de cultos, la Constitu-
cion que haceis ahora, con igual derecho, con igual deber,
debía restablecer la unidad religiosa. Retiro la enmienda.
El Sr. SECRETAHIO (Rico): Queda retirada la enmien-
da del señor Duque de Almenara Alta.
DISCURSO
DEL
SR. D. MANUEL BATANERO Y MONTENEGRO
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATOLICA,
PRONUNCIADO
EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS EN LAS SESIONES DE LOS DIAS
28 DE ABRIL Y V DE MAYO DE 1876.
SESION DEL PIA 28 DE ABRIL DE 1876.
Art. 11.
Lalteligion católica, apostólica,
romana es la del Estado. I,a Nacion se obli-
ga á mantener el culto y sus ministros.
Nadie será molestado en el territorio es-
pañol por sus opiniones religiosas, ni por
el ejercicio de su respectivo culto, salvo el
respeto debido á la moral cristiana.
No se permitirán, sin embargo, otras ce-
remonias, ni manifestaciones públicas, que
las de la religion dpl Estado."
(Proyecto de Constitticton.)
Los Diputados que suscriben ruegan al
Congreso que el arto i1 del proyecto de Cons-
titucion se sustituya con el siguiente:
«Art. f 1. La Religion de la Nacian Espa-
ñola es la católica, apostólica, romana, y la
misma Nacíon está obligada á sostener el
culto y sus ministros.
Se prohibe el culto y la propaganda de
otras religiones."
Palacio del Congreso 19 de Abril de 1876.
-Manuel Batanero.-Fernando Alvarez.-
Claudio Moyano .-Jose de Reina.-Domingo
Caramés.-Alejandro Pidal y Mon. -Gerar-
do Neira Florez.
(Enmienda del Sr. Batanero.)
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Batanero tiene la palabra
para apoyar su enmienda.
El Sr. BATANERO: Señores Diputados, acabais de oir,
de la manera más elocuente que quizá habréis oido nunca,
la historia de la unidad católica en nuestra patria, de los
labios del Sr. Duque de Almenara, que hoy en un solo dis-
curso se ha creado una reputacion parlamentaria.
Habeis oido despues al erudito Sr. Fernandez Jimenez
hacer la historia de la Inquisicion de España, que por cier-
to no había sido tocada por el Sr. Duque de Almenara.
Ambos han emitido con gran lucidez sus ideas, y se han
elevado al terreno de la historia y de la filosofía; pero yo,
que aunque quisiera no podría seguramente seguirles en
5
66
DISCURSO
ese camino, vengo al terreno de mi manera de ser y de mi
constitucion, que es una manera de ser práctica.
Voy á combatir la libertad de cultos en España; voy á
ensalzar la necesidad de conservar en ella la unidad cató-
lica de la manera que entiendo conducente á llevar el con-
vencimiento á los que teneis la bondad de escucharme, y
ruego á los señores Diputados, y ruego al Gobierno que en
gracia de mi poca costumbre en discutir estas gravísimas
cuestiones, me dispensen algun lapsus lingum que se me
pueda escapar.
Si esto sucede, no será seguramente con intencion,
pues no me propongo ofender á nadie; pero hay hechos y
demostraciones de tal índole, de las que necesito traer al
debate para probar mi tésis , que no será extraño lastimen
algo más que los elevados conceptos de los señores Dipn-
tados que me han precedido en el uso de la palabra.
y entro en el terreno de mi discurso y en el de mi en-
mienda.
Yo entiendo, señores Diputados, y creo que lo entende-
réis vosotros tambien , que para variar en un país su primera
y más alta institucion, la que está más encarnada en su his-
toria, en sus glorias y en sus costumbres, que para hacer
esto se necesita proceder de una manera que no deje
duda á nadie de que la modificacion que se va á llevar á
cabo reviste por completo todos los caractéres legales que
necesita para ser respetada en lo sucesivo. Yo entiendo
que para plantear en España la libertad ó tolerancia de
cultos bajo el reinado de Alfonso XII, era necesario haber
hecho una Cámara en que estuviera representada por com-
pleto para esta cuestion la voluntad de la mayoría de los
españoles. Yo entiendo que el Gobierno, al plantear esta
importantísima institucion de la libertad religiosa, debía
haber dicho: no formulo mis opiniones en este caso; Espa-
ña ha conservado su unidad católica por largos siglos: y
el problema de si es conveniente modificarla quiero resol-
verlo subordinándome siempre á la voluntad de la Nacion,
"DEL SR. DATANERO.
67
subordinándome siempre á lo que el país representado en
Córtes decida deliberadamente. No voy á ofender á nadie;
me explicaré. Vengan, debió decir el Gobierno, aquí todos
los partidos, absolutamente todos, lo mismo los moderados
que los progresistas, que los conservadores, que los repu-
blicanos; venga aquí todo el mundo, y no hago cuestion rle
Gabinete este importante asunto.
Si esto se hubiera hecho, si esta cuestion religiosa se
hubiera declarado cuestion libre, si se hubiera planteado
de esta manera, saldría de aquí con autoridad, (salvo
siempre el respeto á los acuerdos de la Cámara). Pero nó,
seilores Diputados, y os lo someto tal como lo creo en lo
íntimo rle mi conciencia; nó , seilores Diputados; el pro ce-
rlimiento del Gobierno, por desgracia nuestra, por desgra-
cia de la Nacion y por desgracia suya, ha sido completa-
mente diverso. Es mús ; el procedimiento del Gobierno, y
perdóneme que se lo diga, ha sido á mi juicio, más violen-
to, mucho más violento en esta cuestion, que fué violen-
to, y lo fué mucho, el procedimiento de los Gobiernos re-
vovolucionarios. La razon es muy sencilla. El Gobierno re-
lucionario, que convocó las Córtes Constituyentes, buscó
sus Diputados ministeriales entre los hombres de ideas más
avanzadas, y trajo un Congreso bajo mi punto de vista al-
tamente perjudicial y calamitoso para los intereses del Es-
tado; pero áun estos mismos revolucionarios, áun aquel
Gobierno no hizo principal cuestion, no hizo bandera de
sus candidatos ministeriales el que tuviesen estas ó las
otras opiniones religiosas. Hay que hacer justicia en esta
parte á la revolucion de Setiembre, y poca le habré de ha-
cer más.
Pero ¿qué se ha hecho en la presente ocasion? lo Qué ha
hecho el Sr. Cánovas del Castillo y su Gobierno, siempre
salvando sus intenciones, para traer un Congreso semi-
constituyente, y el primero de la restauracion? lo Qué ha
hecho el Sr. Cúnovas del Castillo y su Gobierno? Pues ha
hecho lo que no se atrevió á hacer la revolucion de Setiem-
68
DISCURSO
bre; ha dicho: «No me importa que vengan aqui, no me
importa que vengan al Congreso Diputados unionistas ó
moderados (aunque éstos en medida conveniente) ; no me
importa que vengan Diputados de estas ó de las otras opi-
niones;» no ha formado gran cuestlon ni ha aquilatado de-
masiado que sus candidatos, m.inisteriales en algunos ca-
sos, sean más ó ménos dinásticos; no ha hecho cuestion
de nada de esto; ha llamado y admitido á todos, pero ha
dicho una cosa; ha puesto una condicion; con tal de que en
la cuestion religiosa estén conformes en votar el arto 11. Este
es el Evangelio. (El Sr. Fernandez Codórniga: Nó.) ¿Nó,
dice el Sr. Cadórniga'? (El Sr. Pernandez Cadórniga pide la
palabra.) Pues se lo va á oir S. S. al Gobernador de la Co-
. ruña. (El Sr. Presidente del Oonsejo de Ministros, Cdnovas
del Castillo: ¿Por qué no'? Si.) ¿ Sí '? Pues es verdad; y el
Sr. Presidente del Consejo tiene autoridad completa en la
cuestiono
El Gobierno, en suma, se propuso buscar, se propuso
cscoger (y creo que no lo ha logrado) entre 16 millones de
españoles, 400 Diputados y 200 Senadores que votasen la
libertad ó la tolerancia de cultos, no formaré cuestion en
la palal;>ra. A este trabajo, un tanto difícil en España, se
dedicó el Gobierno auxiliado por sus gobernadores de pro-
vincia, y despues que lo tuvo al parecer logrado, despues
de tener en correcta formacion, digámoslo así, sus candi-
datos ministeriales, le asaltó una cavilacion. Creyó el Go-
bierno que todavía no los había escogido bien para el ob-
jeto, que todavía muchos de los que se decían candidatos
ministeriales podrían no responder cumplidamente á lo quc
deseaba el Gobierno, y entónces los Gobernadorcs se apre-
suraron á pasar revista á sus filas, y encontrando algunos
que no resultaban de confianza, los desecharon. Esto con
los que residían en las capitales de provincia se pudo vc-
rificar por medio de conversaciones particulares; pero á
los que estaban fuera de ellas, se les dirigieron cartas y
telégramas. Hé aquí uno;
tlEt SR. BATANERo.
69
«Coruña 1: de Enero.-El Gobernador á D. Manuel Batanero.
-Es indispensable manifieste su adhesion explícita y terminan-
te á la base 11 del proyecto constitucional respecto á la cuestion
religiosa. Urge contestacion.»
Compárese, pues, señores Diputados, la conducta de
la revolucion de Setiembre cuando qu~so plantear la liber-
tad de cultos, sin pararse detenidamente en la idea al
practicar las elecciones, con la conducta del Gobierno en
esta cuestion, y de seguro quien imparcialmente lo exa-
mine dirá que ha estado el Gobierno actual más exigente
que aquella para llevar á cabo su pensamiento.
Pero todavía hay más: elegidas las Córtes en esta for-
ma, hemos venido aq ui; y en otra cosa, y voy á terminar
con esta primera parte de mi demostracion, en otra cosa el
Gobierno actual ha estado más tirante, ha estado más
fuerte, ha estado ménos considerado. con los que pensaban
en la cuestion religiosa de una manera contraria á sus opi-
niones que lo estuvo la expresada revoluciono Entónces, y
á pesar de lo abrumadas que estaban las gentes que no
eran revolucionarias con aquel suceso, á pesar de esto, el
Gobierno revolucionario no coartó el derecho de peticion
para los que pensaban en la cuestion religiosa como el que
tiene la honra de dirigirse en este momento al Congreso.
En el lJiario de Sesiones de las Cfórtes Cfonstituyentes
aparece que_se elevaron aquí tres millones de firmas de
partidarios de la unidad católica; y aunque en aquellos
tiempos turbulentos no se disfrutó libertad bajo much0s
conceptos, lo que es en esta cuestion se disfrutó bastante,
y libremente pudieron elevarse á las Oórtes las exposicio-
nes referidas.
Ahora, señores Diputados, la situacion es diferente;
muchas se han elevado aquí y constan en el lJia'l'io de Se-
siones; pero es lo cierto que los gobernadores, interpretan-
do sin duda las órdenes del Ministro de la gobernacion, Ó
exagerando su celo y trasmitiéndoselo á los alcaldes, han
llevado su violencia en esta cuestion hasta el extremo, so-
70
DISCURSO.
bre to.do. en las po. blacio.nes rumIes, de co.hibir y amedren-
tar á lo.s que hacían y suscribían las expo.sicio.nes en pró de
la unidad católica.
Pues bien, señores Di putado.s; una libertad de cultos
establecida ó sancio.nada po.r este pro.cedimiento., es una
impo.sicio.n fo.rzo.sa, sin autoridad y sin prestigio, y que
no representaría las aspiraciones de nuestros comitentes.
Probado esto, voy ahora á tratar en do.s puntos impor-
tantes lo que me resta decir para sostener mi enmienda, y
para combatir la tolerancia religiosa que se trata de esta-
blecer en el proyecto de Constitucion.
Trataré primeramente la cuestion en su parte política,
y procuraré demostrar á los sellores Diputados que esta ley,
como ley política, sería una gran desgracia para España,
y para el Gobierno. de S. M. el que se estableciese; y des-
pues, y en el segundo, trataré este grave asunto bajo su
aspecto. religioso y como cuestion de derecho.
Por lo que respecta al primer punto, ó sea á la libertad
de cultos como. ley política, creo, señores Diputados, que
una de las condiciones primeras que ha de tener una dispo-
sicion legislativa, y la más esencial, es que sea necesaria,
que respo.nda á las aspiraciones de un pueblo, que sea el
resultado d'e las costumbres antiguas elevadas á ley. Pues
yo, seño.res, no veo que haya necesidad ninguna de esta-
blecer ó de co.ntinuar con la libertad de cultos. En España
no. hay más que católicos ó indiferentes racionalistas, per-
sonas que no creen en ninguna religion. Esto es evidentí-
simo, y la prueba está en los tres millones de firmas pi-
diendo. la unidad católica que se elevaron á las Córtes
Constituyentes, y en las numerosas tambien que se han
presentado. ahora con igual objeto á las actuales Córtes.
Por consiguiente, en esta cuestion no hay más que una
clase de peticionario.s : los que piden la unidad católica; y
en contra de ellos, y en pró de la idea que sostiene el Go-
bierno como idea nacional y conveniente para la patria,
no hay abso.lutamente nadie que pida proteccion á las C6r-
DEL SR. BATANERO.
71
tes para su culto. Pero hay otra prueba tambien de esto
mismo, ó sea de que en España no hay más que católicos
ó indiferentes, y de que esta ley, por lo tanto, es comple-
tamente innecesaria bajo el punto de vista politico. Esta
prueba está en la Constitucion de 1869, que dice así en su
arto 21:
«La Nacion se oblig'a á mantener el culto y los ministros de la
Religion católica. El ejercicio público ó privado de cualquiel' otro
culto, queda garantido á todos los extranjeros residentes en Espa-
ii.a, sill más limitaciones que las reglas universales de la moral y
del derecho. Si algunos españoles profesaren otra religion que la
católica, es aplicable á los mismos todo lo dispuesto en el pár-
rafo anterior.))
Es decir, que las Córtes Constituyentes de la revolu-
cion todavía tenían dudas de si por casualidad habría en
España algun creyente que no profesase la religion que to-
dos profesamos, y lo relegaron al desprecio, puesto que el
artículo constitucional parece que quiere decir: «si hay
algunos españoles tan desdichados que abandonen nuestra
religion ... vamos, les darémos las mismas consideraciones
que á los extranjeros.» Señores, i qué ejemplo más elo-
cuente! Casi se burlaron los Constituyentes del 69 de los
españoles que no fueran católicos como nosotros, en la
persuasion sin duda de que no se burlaban de nadie. Prueba
evidente de que para aquellos legisladores no había en Es-
paña en verdad más que católicos ó incrédulos en ·aquella
fecha.
Pero ¿ qué más? Entre los dignos individuos de la Co-
mision se sienta uno, y no el ménos autorizado por cierto
ni el ménos amigo mio, y yo no le critico por haber varia-
do de parecer, que opinaba de la misma manera. Mirad,
mirad lo que decía un Sr. Diputado de la oposicion entón-
ces; mirad cómo se expresaba en un discurso que pronun-
ció el 3 de Mayo de 1869 con referencia á este punto; ob-
servad cómo se expresaba el Sr. Bugallal. «Considero as-
72
DISCURSO
piracion insensata ese propósito de ir á una libertad de
cultos puramente ideal, puramente de lujo, que ,nadie de-
manda ni hace necesaria aquí. Yo no salgo de mi unidad
católica, que es el desideratu,m constante de la humanidad y
de la historia en materias políticas, en religion y en todo.
¿, Para qué otro motivo de discordia permanente? En vez de
calma quereis suministrarnos estímulos de guerra. j Qué
error, señores, qué error! »
Ahí veis cómo el Sr. Bugallal, miembro de la Comision
constitucional hoy, se expresaba entó,nces, y yo no le
critico porque ahora no piense de la misma manera; pero
es la verdad que entónces creía lo más insensato, lo más
ideal, lo más imaginario que puede haber, suponer que en
España era precisa la libertad de cultos, que nadie deman-
daba, es decir, donde no hay otros españoles que piensen
en religion de diferente manera que nosotros.
Pero otra prueba de que esta leyes completamente in-
necesaria, es que llevamos siete años de revolucion , y ese
tiempo ha demostrado que, á pesar de las provocaciones
que se hicieron para atraer otros creyentes, á pesar de la
libertad realmente excesiva de que aquí se ha disfrutado
para establecer. otros cultos, tÍ. pesar de eso no se ha mo-
dificado el estado anterior á la revolucion de Setiembre; es
decir, que permanecemos absolutamente en la misma si-
tuacion; no han disminuido los católicos; no han venido tÍ.
España esos extranjeros que' se esperaban, ni los españo-
les se han convertido á otra distinta religion.
Creo haber probado, Sres.·Diputados, el punto que me
he propuesto al empezar esta parte del discurso, á saber:
que esta ley, considerada como ley civil, es una ley com-
pletamente innecesaria, además de ser contraria á las cos-
tumbres y á la voluntad de los que deben acatarla; una
, ley hecha para el porvenir si acaso.
Pero además, y por otra consideracion, esta ley no es
buena; y no lo es, porque despoja al Gobierno de un ele-
mento de órden y de fuerza. Efectivamente, la unidad
nEL SR. BATANERO.
"
73
católica da gran fuerza al Gobierno, y es además un
lazo de union entre todos los españoles; y si esto es
bueno, y si esto es necesario, y si esto es conveniente
conservar en toda nacion, en la nuestra es todavía más
importante, porque, como se ha indicado aquí esta tarde,
y es verdad, nuestra Nacion tiene muy pocos puntos de
enlace entre sus diferentes provincias, que han sido dife-
rentes reinos, que tienen diversas costumbres, distinto
lenguaje, diferentes climas; condiciones todas que hacen
que entre unas y otras comarcas de España casi no exista
más punto de enlace que el de la religion, en el cual no
hay divergencia alguná y á todos nos hermana.
Quite el Gobierno de repente este punto de vista, en el
que se halla de acuerdo toda la Nacion Española, y es muy
posible que esta imprudencia aumente el número de nues-
tras discordias y relaje los vínculos de fuerza y de auto-
ridad.
De suerte que como cuestion de gobierno es importante
conservar la unidad religiosa, y es completamente equiv,)-
cado, á mi parecer, el punto de" vista que la Comisiün tiene
en este asunto.
Pero lo chocante es, Sres. Diputados, que el Gobierno
desea, y desea con razon, todas las unidades ménos la
unidad católica; y en realidad no existe ninguna de las
que quiere sostener, y pretende destruir la que todo el
mundo aclama.
La demostracion es sumamente sencilla y creo que la
comprenderá todo el mundo. El Gobierno establece oficial-
mente la enseñanza de la lengua castellana, y hace muy
bien y yo haría lo mismo: en todas las escuelas de España
se enseña nuestro idioma castellano; pero en realidad hay
muchos dialectos que cada provincia quisiera sostener y
enseñar en vez del otro. De suerte que el Gobierno, contra
la voluntad de muchos españoles, que quisieran mejor ha-
blar en gallego, catalan ó vascuence, dice: N ó, pues ha-
beis de hablar todos la lengua castellana.» (Risas.)
74
DISCURSO
La unidad de pesos y medidas es otra aspiracion muy
justa de todo gobierno, yeso que no puede negarse la re-
sistencia que á ello oponen los pueblos, que poseen innu-
merables y distintas, y hasta ahora no se ha podido conse-
guir por completo el planteamiento del sistema decimal.
Es una grande aspiracion política en nuestra Nacion te-
ner una legalidad comun, una Constitucion aceptada por
todos los partidos; es una teoría en que todos están confor-
mes tambien, yel actual Gobierno nos propone la que es-
tamos discutiendo; pero no puede negarse tampoco, que
muchos han rechazado y se han rebelado contra estas lega-
lidades, y me temo que la actual no complazca á la gene-
ralidad.
Por último, el Gobierno ha dicho en principio que de-
sea establecer la unidad constitucional, y de esto se ocupa;
quiere que todos se rijan por unas mismas leyes; que si los
fueros son un bien, los tengamos todos; y si son un mal,
no los tenga nadie; y cuidado que no afirmo ni niego nada
en este delicado asunto.
De suerte que el Gobierno desea la unidad de lenguaje,
la unidad de pesos y medidas, la unidad constitucional, la
legalidad comun; todo esto contra la voluntad de algunos
millones de españoles, y se la"impone ó pretende imponér-
sela con razon y en uso de su derecho.
En cambio existe una sola unidad en la Nacion, que es
la de cultos, institucion secular, que los españoles poseen,
que todos desean conservar, que millones de ellos reclaman
que no desaparezca; unidad de creencias encarnadas en
nuestras costumbres, en nuestras glorias y en nuestra na-
cionalidad; y sin embargo de esto y de que ningun español
no católico se pronuncia contra ella ni ningun extranjero,
el Gobierno propone destruirla por cuantos medios están á
su alcance, y como he probado, bastante violentos.
Pero se añade: ¿ cómo hemos de ser una excepcion ele
las naciones civilizadas'? Este es el argumento que se hace
con más frecuencia.
DEL SR. BATANERO.
75
Precisamente si en algo estamos más civilizados que las
demas naciones, es, á mi juicio, en esta excepciono Somos
los espaüoles muy turbulentos, de sangre ardiente, pro-
pensos á combates, á guerras, á pronunciamientos; pero en
materias religiosas somos unos corderos; todos pensamos lo
mismo; no hay cuestion sobre esto.
Pero el Gobierno dice: no es cosa de que nos critiquen
de poco civilizados; 'y ya que no tenemos más que esta
unidad que no tienen las demas Naciones, imitémoslas,
siendo así que en la unidad religiosa es en lo único en que
ellas debieran imitarnos.
Esto es el Evangelio. Yo no me he de esforzar en con-
vencer á los señores de la Comision; pero me parece que si
SS. SS. no se persuaden, he de persuadir á los demás que
me escuchan ó me lean.
y la prueba de que nuestra unanimidad de creencias no
es un síntoma de poca civilizacion , está en que autores que
no son espaüoles, como Montesquieu, dicen que el pueblo
que tenga unidad católica debe conservarla, porque es un
elemento de fuerza. Tambien un importante hombre de es-
tado de Inglaterra ha dicho que una de las cosas que desea-
ba para su nacion era la unidad religiosa. Y efectivamente,
si se pregunta al Gobierno inglés ó al aleman cuál es su
bello ideal en religion, uno y otro nos contestarán que de-
searían que todos los súbditos de sus respectivas naciones
fuesen protestantes; estoy bien seguro de que preferirán la
unidad religiosa protestante; de suerte que esta excepcion
que nosotros tenemos, la desean todas las demas naciones,
y de buena gana quisieran hallarse en circunstancias aná-
logas á las nuestras. Pues bien; si nosotros pensamos en
cuanto á religion de la misma manera, ¿por qué hemos de
procurar quebrantarla, cuando en este concepto somos más
civilizados que los demás '?
Pero hay otro argumento que se hace en contra de la
unidad católica, yes que con ella no vienen aqttí los capitales
extranjeros. Este es un argumento sin fuerza, porque pl'e-
16
DISCURSO
cisamente los extranjeros han hecho nuestros ferro-carriles,
al ménos en gran parte, miéntras existía la unidad católi-
ca en España , y desde que no la hay por virtud de la revolu-
cion, los caminos de hierro han paralizado sus obras, y los
extranjeros no han venido ni con los siete años de pública
licitacion establecida para que concurrieran ellos, sus ca-
pitales y sus religiones.
Otra consideracion abona en nuestra patria la unidad
católica, yes que es lo más encarnado en nuestra Constitu-
cion interna. Examínese este problema de buena fe, y es-
toy seguro que se me ha de dar la razono
i,Qué constitucion ha habido aquí que haya sido obede-
cida más de quince ó veinte años'? Fuera de estas Consti-
tuciones modernas, i, qué hay que pueda semejarse en du-
racion á la unidad de creencias del pueblo español'? Yo creo
que no hay nada en nuestras costumbres ni en nuestra ma-
nera de ser como la unidad religiosa, que con verdad pueda
decirse que forma la base esencial de nuestra Constitucion
interna.
Otro atgumento se hace en pró de la libertad de cultos
y en contra ~e la unidad católica. Se ha dicho, pero esto
no puedo afirmarlo con completa seguridad, y mucho mé-
nos no estando aquí/el Sr. Ministro de Estado; se ha dicho:
«Es que las demas naciones no consentirían que nosotros
estableciéramos la unidad católica!» (Signos negativos en
algunos ,Ministros.)
Si no es verdad, bien saben los Sres. Diputados y los
Sres. Ministros qlle están sentados en ese banco, que es un
argumento que se ha hecho el de que no lo consentirían las
demas naciones. i Pues no lo habían de consentir'? Y ten-
drían muchísima paciencia y muy poca razon si no lo que-
rían consentir; y si no lo mismo da, porque semejantes
cosas no se pueden imponer á nadie. Tampoco nosotros en
tiempo de nuestro poderío hemos impuesto á ningun otro'
pueblo del continente nuestra unidad católica; ellos se go-
bernaban en materia relig~osa como podían gobernarse, y
DEL SR. BATANERO.
nosotros nos arreglábamos y nos arreglarémos ahora. Pero
además, tengo aquí la copia de un despacho del Gobierno
inglés al nuestro, de 25 de Enero de 1875, en que se ma-
nifiesta que la política de S. M. Británica es la de no inter-
vencion, pero que su opinion era que debía mantenerse la
libertad religiosa.
'Su opinion, bien; eso se comprende, como que esa opi-
nion está muy en relacion con sus intereses. Pero de una
opinion manifestada con mesura, que no ofende, á una im -
posicion , va mucha diferencia. Y además, hago la justicia
al Sr. Cánovas y á todos los señores Ministros, que son
buenos españoles, de reconocer que no habrían de consen-
tir una imposicion semejante. Y no insisto más en esto; y
si he insistido tanto, ha sido porque es evidente que este
argumento se hace en sentido misterioso y terrorífico, y
quiero demostrar al pueblo español desde aquí que no tiene
fundamento.
Además, la unidad católica forma la base de nuestro
carácter nacional; en todas nuestras guerras ha sido el em-
blema de nuestras victorias, lo mismo en la de los Sarra-
cenos que en la de Africa ; ella alentó á los que defendieron
nuestra independencia; y cuando Colon clavó el estandar-
te de la cruz en las playas de América, el mismo pensa-
miento religioso y unitario alentaba su corazon y el de sus
soldados.
Así es que está tan profundamente arraigada en los sen-
timientos del pueblo español la unidad de cultos que, en-
mi concepto, han producido la última guerra carlista los ul-
trajes hechos á la religion católica por la revolucion de Se-
tiembre. Los vascongados no tenían motivos para levan-
tarse en armas para defender sus fueros, que nadie les dis-
putaba, y por consiguiente la causa de su rebelion no
puede buscarse más que en haber lastimado sus creencias,
y en el mayor ultraje de establecer en España la libertad
religiosa.
y esta opinion no es original mia, sino tomada del se-
78
DISCURSO
üor Cánovas, Presidente del Consejo de Ministros, que en
un elegantísimo discurso crítico acerca de la obra del señor
Rodriguez Ferrer, publicada en 1873, sobre los antiguos y
modernos vascongados, ha dicho lo siguiente:
«Tres veces, pues, en sesenta aüos han roto toda disci-
plina y han apellidado la guerra popular por sus montes
esos pueblos á quienes no se alcanza á ver una sola vez
puestos en arm.as con los largos anteojos de la historia. Es
caso que anotará ella seguramente.
»Pero si las causas expuestas bastan para explicar la
extraordinaria participacion que los vascongados tomaron
en la primera guerra dinástica, no son suficientes para dar
razon por sí solas. Durante el largo y próspero y áun glo-
rioso período (digan cuanto quieran los dominadores del
di a) , por que hemos pasado, desde que terminó la primera
guerra civil hasta que cuatro años ó cinco há se inició
tímidamente esta segunda, que amenaza ser tan empeñada
como la primera, los privilegios vascongados kan sido res-
petados con tamaño esmero, que sin que el recelo hubiera
desaparecido del todo, los ánimos estaban aUi ya vueltos
al sosiego y á la paz. Por otra parte, la prosperidad de aquel
país, que tan improductivo parecía en los tiempos bárba-
ros, y tan fecundo es para la industria y hasta para la agri-
cultura de nuestra época, crecía por maravillosa manera;
y, no ya de año en aüo, sino de dia en dia; anunciando
todo á un tiempo el más halagüeño porvenir. De pronto
y á decir verdad, SIN QUE NADIE AME~AZARA SUS PRIVILEGIOS
ni dirigiera el ataque más mínimo á sus propiedades, sin
que hiriese nada su justo orgullo local, y cuando el fe-
dcralismo republicano parecía ofrecerles legítimamente
aqucllo y más que por tan malos y reprobados caminos
buscaron en 1795 sus padres, retumba el tambor en los
montes, y la poblacion unánime de los caseríos y aldeas
corre á las armas. 1, Qué causa Ó razon especial ha habido
para ello?»)
DEL SR. BATANERO.
79
Hé aquí cómo sintetiza la respuesta el Sr Cánovas:
La síntesis de la opinon del Sr. Rodriguez Ferrer sobre
las causas que han encendido de nuevo la guerra civil en
las provincias hermanas, es textualmente ésta.
«La guerra asoladora y fratricida bajo que este país se
encu~ntra, es guer?'a religiosa. En ella se ven las consecuen-
cias de gobernar los pueblos ideólogos y nó hombres de
Estado.
» y á estas lÍltimas páginas del importante libro del se- .
ñor Ferrer remito al lector que apetezca la completa de-
mostracion del aserto.
»La mision del Gobierno siempre, pero mucho más en
una Nacion libre, se cifra en concertar, armonizar y hacer
compatibles los intereses, las cj'eencias, las costumbres, y
hasta las P1'eoc1tpaciones mismas de los pueblos reunidos en
cuerpo de nacion.»
El Sr, PRESIDENTE: Seiíor Diputado, van á pasar las
horas de sesion: si S. S. tiene mucho que decir, puede de-
jarlo para la sesion inmediata.
El Sr. BATANERO: Pues todavía tengo que decir casi
tanto conio he dicho, y agradeceré á S. S. que suspenda
esta discusion.
El Sr. PRESIDENTE: Se suspende esta discusion.
80
DISCURSO
SESION DEL DIA LO DE MAYO DE 1876.
El Sr. PRESIDENTE: Continúa el debate del proyecto
de Constitucion de la Monarquía Española. - Sigue la dis-
cusion de la enmienda del Sr. Batanero al arto 11, Y S. S.
en el uso de la palabra.
El Sr. BATANERO: Señores Diputados, el si pronun-
eiado por el Sr. Cánovas interrumpiéndome en la sesion
del viérnes , vino á dar mayor fuerz!1 y á comprobar de una
manera completa lo que había tenido la honra de exponer
al empezar mi discurso, ó sea que el Gobierno presidido
por el Sr. Cánovas, para variar la manera de ser religiosa
de este país, en vez de haber procedido con imparcialidad
dejando libertad á los electores y no haciendo de Gabinete
la cuestion religiosa, excitó á los gobernadores de provin-
cias para cometer las violencias que denuncié. Tambien
demostré á este propósito, que no contento el Gobierno de
S. M. con lo hecho ántes de las elecciones, y siempre con
el pensamiento fijo de plantear en este país lo que rechaza
la mayoría de la Nacion, todavía aquellas autoridades die-
ron órdenes á los alcaldes para impedir á toda costa el que
se ej erci tase el derecho de petici on , sobre todo en los
pueblos rurales, á los que querían elevar al Congreso
representaciones en pró de la unidad religiosa; de lo cual
deduje y deduzco tambien ahora, Sres. Diputados, que una
libertad ó tolerancia ile cultos planteada en España eon es-
tos precedentes, nace sin autoridad ninguna, y es difícil
•
DEL SR. BATANERO.
81
que pueda ser respetada; es un acto de fuerza del Gobier-
no, que no puede traer sino consecuencias desgraciadas.
Hecha esta introduccion á mi discurso, lo he dividido
despues en dos partes, de las cuales sólo he podido exponer
en la sesion última la primera, ó sea que la cuestion de la
libertad de cultos, considerada como ley política, es una ley
que no corresponde á las necesidades del país, que es la
primera condicion que debe tener una ley; que con ella el
Gobierno se desprende de un elemento de órden de inesti-
mable valor, cual es la unidad de creencias de los españo-
les; que relaja de esta manera el vínculo más fuerte que une
á los españoles, y aquel propósito del Gobierno ataca unq
de los sentimientos que están más arraigados cn la concien-
cia de los españoles; una de las instituciones que forman
parte de su Constitucion interna. Y por fin, yen pró de to-
das estas observaciones, con las cuales terminé la primera
parte de mi discurso, leí unos brillantísimos y concienzudos
párrafos del discurso preliminar escrito por el Sr. Presi-
dente del Consejo de Ministros á la obra del Sr. Rodriguez
Ferrer sobre las Provincias Vascongadas, de los cuales se
deducen las tres importantes conclusiones siguientes: pri-
mera, que los vascongados han sido siempre pacíficos, que
con los largos anteojos de la historia no se les puede ver en
armas ó levantados contra la N acion; segunda, que fueron
y son amantes sobre todo de su religion y de sus fueros; y
por lÍ.ltimo, que la guerra ahora terminada ha sido una guer-
ra esencialmente religiosa, y no una guerra de fueros, puesto
que no se les lastimaron; y al contrario, el cantonalismo
y la revolucion eran simpáticas á esa manera de ser de
aquellas provincias; guerra religiosa, promovida tambien
por gobernar la Nacion ideólogos y no hombres de Estado,
pues los hombres de Estado, añadía el Sr. Cánovas, tie-
nen obligacion , tienen el deber de hacerse intérpretes de
las necesidades, de las creencias y hasta de las preocupa-
ciones de los pueblos que gobiernan.
Tiene razon el Sr. Cánovas; la guerra ha sido una guer-
6
82
DISCURSO
ra religiosa, promovida y ensangrentada por los ultrajes
hechos á la religion católica i y el mayor de ellos consiste
en haber perdido la Nacion su unidad católica por efeCto
de la Constitucion de 1869.
Por consiguiente, y siendo esto cierto, quiere decir que
el ultraje será mayor si el Gobierno de S. M. , Gobierno de
restauracion y más sério , lo sanciona y legaliza y continúa
en la misma senda que trazaron los anteriores, por lo mis-
mo que de aquí se esperaba el remedio del mal.
En este órden de ideas del Sr. Presidente del Consejo
de Ministros, que son las mias, se deduce que, siendo el
orígen de la guerra los ultrajes y las ofensas hechas á la
religion católica, esta guerra hubiera terminado inmedia- ,
tamente que se hizo la restauracion, si con la restauracion
se hubiese echado por tierra todo lo que en materia de
creencias ofendía á esas provincias que se levantaron en
armas.
Consecuencia final sobre este punto: que el dinero
gastado y la sangre vertida en esos quince meses que he-
mos llevado de guerra, es única y exclusivamente de la
responsabilidad del Ministerio que preside el Sr. Cánovasi
con lo cual he terminado la primera parte de mi perora-
cion, ó sea la cuestion política, y voy á entrar ahora en
la segunda, ó sea la parte religiosa y de derecho, que en-
traña esta grave cuestiono
Es una verdad filosófica y de razon, Sres. Diputados,
que está en la conciencia de todos, que no hay más que
un Dios verdadero, una religion verdadera y un culto ver-
dadero.
Es otra verdad innegable, al ménos para nosotros, por-
que creo que en esta Cámara no hay más que católicos,
que la religion verdadera es la católica, apostólica y roma-
na. Siendo esto cierto, siendo ésta la religion verdadera,
siendo todos vosotros católicos, i, pOl' qué ese propósito de
que venga aquí á predicarse el error~ No lo comprendo;
DEL SR. BATANERO.
83
comprendo y comprendería lo que ha sucedido en otras
partes; comprendo que unos Diputados católicos otorgaran
á los protestantes y judíos, que se la pidiesen, la libertad
de cultos; pero no comprendo que no habiendo venido esas
reclamaciones, nosotros espontáneamente la otorguemos;
no comprendo que siendo nosotros católicos, queramos vo-
luntariamente que enfrente de los altares y de los templos
del Dios verdadero se levanten los templos y los altares de
los dioses falsos; no comprendo esta clase de razonamien-
tos. Y que aquí no hay más que católicos, no necesito es-
forzarme mucho, porque absolutamente no hay nadie que
me contradiga. En cuanto al resto de la N acion, no hay
más que ver el número de exposiciones hechas en pró de
la unidad católica y las ningunas que se han hecho por los
que pudieran profesar otros cultos.
Este empeño de plantear aquí la libertad de cultos es
en mi concepto tan insensato, y perdóneseme la frase,
porque no encuentro otra más suave; este empeño, como
dice oportunamente el Sr. Arzobispo de Toledo, es un pro-
ceder tan insensato como el que estableciésemos una por-
cion de hospitales para leprosos, y despues de construidos,
viendo que los leprosos no existían por fortuna, nos empe-
ñásemos en trasportarlos de otras partes para llenar nues-
tros hospitales; ó que nos empeñásemos en hacer una ley
de diques para contener el mar en nuestras costas, á la
manera que los hay en Holanda, porque allí el mar invade
el territorio y es necesario contenerle; tan innecesarios y
tan fuera de razon serían estos diques en nuestro país,
como innecesaria es en él la libertad de cultos.
Pero se dice, y este es uno de los argumentos más en
boga en pró de la libertad de cultos, que con ella se esti-
mula y fomenta el catolicismo, que los mismos sacerdotes
cumplirían mejor con sus deberes, y que como el catolicismo
es la religion verdadera, de este modo haría prosélitos en
otros cultos y aumentaría el número de creyentes y triun-
faría de las demas religiones.
84
DISCURSO
Pero, señores, si aquÍ no hay sobre quién ejercer la pro-
paganda ; si aquÍ todos somos católicos ó incrédulos, y por
consiguiente no puede ensancharse más el círculo; es un
argumento que no comprendo; pero podría suceder en cam-
bio que los de otras religiones vinieran aquí á hacer prosé-
litos entre nuestros creyentes.
Yo creo que el catolicismo se estimula mejor con el
buen ejemplo, con los buenos predicadores y con enseñar
el Evangelio; pero lo que es con predicar el error no com-
prendo que se estimule nuestra religion; esta manera de
proceder sería buena en China, donde van nuestros misio-
neros y hacen realmente prosélitos, y áun en Francia y en
las demas naciones en que hay católicos, protestantes y
otros diversos cultos; allí, donde el catolicismo, como la
religion más verdadera, va extendiendo sus predicaciones
y puede de ellas sacar gran provecho. Pero aquí no es ne-
cesario ese estímulo; aquí sería estéril. Y si no, ¿ seguís
vosotros ese procedimiento con vuestras familias'? ¿ Tratais
vosotros de fomentar sus virtudes poniéndolas en contacto
con las que no las tienen'? ¿ Consentís vosotros que vues-
tros hijos se acompañen ó tengan por amigos á los jóvenes
más jugadores y viciosos'? ¿No tratais de separarlos de las
malas compañías para evitar el peligro'? Si advertís que en-
frente de vuestra casa habitan mujeres de conducta equí-
voca, ¿no procurais dejarla cuanto ántes, ó que vecindad
semejante desaparezca'?· ¿ Consentís, por último, que en-
tren en vuestras casas jóvenes libertinos y seductores'?
¿Los admitís en el seno de vuestra confianza, de vuestras
esposas y de vuestras hijas, por mucha que sea la que ten-
gais en ellas y esteis segurísimos de que sus acrisoladas
virtudes son firme escudo contra todo mal consejo'? Y por
más que en cada prueba os proporcioneis un triunfo, ¿quién
es el que sin necesidad acepta ó provoca tan impertinente
curiosidad'? ¿ Quién es el imprudente que de esta manera
estimula y prueba la virtud de los séres más queridos'? Pues
eso que no quereis para vuestras familias, lo quereis por lo
DEL SR. BATANERO.
85
visto para la religion católica, cuando no hay necesidad
ninguna, ni nadie, repito, viene aquí á reclamar que con-
sintamos otros cultos. l,O es que valen ménos para vosotros
los lazos de la religion que los lazos de la familia ~ Es bien
seguro que vosotros no lo creeis así. (Sensacion.)
Tolerancia de cultos. Vamos á examinar ahora cuándo
es conveniente y hasta necesario aguantar ó establecer en
un país la tolerancia ó . libertad religiosa, en cuyos casos
yo tambien sería librecultista, como lo sería en Inglaterra
ó en cualquiera otra nacion por el estilo.
y para que mi opinion por sí sola no os parezca apasio-
nada ó de poca autoridad, la fortaleceré con la más autori-
zada sin duda para vosotros, y la escucharéis de los labios
de uno de los miembros más importantes de esa mayoría.
Hé aquí cómo se expresa sobre este punto, es decir, sobre
los casos en que es necesaria la libertad de cultos en una
nacion, el Sr. Moreno Nieto en la sesion de 28 de Febrero
de 1855. Decía'Su Señoría: «Yo me levanto ádefencler el
principio augusto de la unidad religiosa; me levanto á
combatir la libertad de cultos, y lo haré con toda la ener-
gía de mi alma, con todas las fuerzas de mi corazon.
}}Ese principio de libertad de cultos, que se presenta
como un principio de civilizacion y de progreso, y como
eL producto á un tiempo mismo del adelanto de las moder-
nas sociedades, no es más que un principio destructor y di-
solvente, cuya realizacion destruye lo que forma la esencia
de una nacion .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . " ...
. »La libertad de cultos destruye la unidad nacional y !tace
que dentro de cada nacion !taya dos como distintas naciones,
dentro de cada ciudad, dos como distintas ciudades; na-
ciones y ciudades que no están de acuerdo ni sobre las co-
sas que la muerte termina, ni sobre las cosas que la muer-
te comienza. ¿Y qué será del Gobierno con la libertad de
cultos'?
86
DISCURSO
»Es tan contrario á la razon y al sentido comun el p1'inci-
pio de la libertad de cultos, que ha sido menester que hubie-
ra lucha entre varias comuniones que vivian en un mismo
país para que viniera al mundo ese principio.
»La Europa, pues, proclamó la unidad, y esto era con-
forme al carácter de nuestra religion. Mas despues vino
esa grande herejía llamada protestantismo; partiéronse
las naciones de Europa en varias comuniones, que se ha-
cían entre sí cruda guerra; y como creciera entre ellas la
lucha encarnizada y ardiente, no habiendo otro medio de
terminar el combate que la paz, firmóse ésta y se procla-
mó la libertad de cultos.
» Ved, señores, las dos grandes y justas proclamacio-
nes de la libertad de cultos. En algunas naciones trabaja-
das por guerras religiosas fué la fórmula de 'la paz ; en los
Estados-Unidos fué la llamada á todas las gentes. i,Estamos
nosotros por ventura en alguna de estas dos situaciones?
En manera alguna.»
Esta es la verdad, esta es la buena doctrina, esta es la
doctrina católica. Cuando en los pueblos hay combate, y
ruando la paz puede lograrse por medio de la tolerancia
religiosa, puede y debe ésta establecerse. En una nacion
·nueva, como en los Estados-Unidos, por ejemplo, se com-
prende que se estableciera y se sostenga. Pero nosotros no
nos hallamos en estos casos, como decía con gran elocuen-
cia el Sr. Moreno Nieto. No hay guerra religiosa por for-
tuna; somos una nacion antigua, y con la mision provi-
dencial de propagar el catolicismo, como tambien dijo el
mismo señor; y además, la llamada de todos hecha por
la revolucion durante siete años no ha dado resultado al-
guno.
Es, pues, completamente estéril, es enteramente vano
DEL SR. BA1'ANERO.
81
el artículo que hoy se discute y que ha de defender la Co-
misiono Hé aquí porqué bajo el aspecto religioso es perju-
dicialla libertad de cultos, y por qué creo que no puede
haber verdadero católico que medite despacio esta mate-
ria, como vosotros la meditaréis, que pueda dar su voto al
artículo de que se trata.
Fáltame un solo punto que tratar sobre el fondo de mi
discurso. Tratada la cuestion política, tratada la cuestion
religiosa, vengo á la cuestion de derecho, ó sea el Concor-
dato.
El Concordato, en su arto l.0, dice:
«La Religion católica, apostólica, romana, que con exclusion
de cualquier otro culto continua1'á siendo la de la Nacion Españo-
la, se conservará siempre en los dominios de S. M. Católica.
»Art. 45. Este Concordato regirá para siempre en lo sucesivo
como ley del Estado en los dominios de España.
»Las partes contratantes prometen por si y sus sucesores la
fiel observancia de todos y cada uno de sus artículos.
'/) y si en lo sucesivo ocurriera alguna dificultad, el Santo Pa-
dre y S. M. Católica se pondrán de acuerdo para resolverla ami-
gablemente.»
Es terminante á mi juicio el compromiso contraido en-
tre la Nacion Española y la Santa Sede; es un contrato
concluido y perfecto. La Religion católica ha de ser para
siempre la de los españoles, miéntras las dos potestades no
modifiquen este estado de cosas. Creo que el contrato no
puede ser más solemne. Y ahora pregunto yo: i,En qué re-
gla de derecho, en qué principio de justicia y equidad cabe
que un contrato se rompa, y no obligue su cumplimiento
por la sola voluntad de una de las partes? Quisiera que me
contestase la Comision, como supongo lo hará, porque no
alcanzo en verdad ni siquiera el pretexto que pueda adu-
cirse en favor de la pretericion hecha de tan solemne con-
cordia; no comprendo por qué la Nacíon Española se ha de
creer libre de cumplir una obligacion tan sagrada, cuando
88
DISCURSO
todos los dias cumple los tratados con las demas potencias.
A no ser que se conceptúe ménos obligatorio é importante
el Concordato que un tratado de comercio, postal ó cual-
quiera semejante. ¡, O la falta de cumplimiento dimanará
de que la Santa Sede no tiene medios materiales para resistir
ni para imponer por la fuerza el respeto á los tratados'? No
comprendo que pueda ser esto, pero si lo fuese, nos lo ex-
plicará sin duda el digno individuo do la Comision encar-
gado de contestarme.
Por estas razones mi enmienda está calcada tambien en
el Concordato, y es, ni más ni ménos, la letra y lo practi-
cado en virtud de la Constitucion de 1845, con muy ligeras
variaciones de forma, como voy á demostrar; únicamente
varié en la primera parte una palabra con respecto á la
Constitucion de 1845. Esta Constitucion dice que la Nacion
se obliga á mantener el culto y sus ministros. Y mi en-
mienda dice que la Nacion está obligada; es la única dife-
rencia que tiene en esa primera parte. ¿Por qué la he pues-
to'? Pues no ha sido más que por creer más propia la pala-
bra gramaticalmente. La Constitucion de 1845 se hizo en
la fecha que expresa; el Concordato en 1851; nosotros ha-
blamos en 1876; por consiguiente, la obligacion fué con-
traida en un tiempo pasado. Estamos obligados, pues, por
el Concordato y por las a~teriores Constituciones, en las
que se obligó la Nacion á mantener el culto y sus mi-
nistros.
Además, yo creo que la Nacion, no solamente está obli-
gada a mantener el culto y sus ministros por esta razon,
por el contrato solemne que media, sino porque es la reli-
gion del Estado. La Religion católica sirve el pasto espiri-
tual á 16.000.000 de españoles, poco mús ó ménos, y está
obligada la Nacion ú pagar á quien la sirve; y por fin,
existe otra razon muy importante, y es que la Iglesia te-
nía sus bienes, de que ha sido despojada por causa de uti-
lidad pública, de que no voy á tratar aquí, y por consi-
guiente tiene obligacion la Nacion de pagarla, por vía de
DEL SR. BATANERO.
89
indemnizacion, como carga de justicia, ya que no se la in-
demnizó de su capital como á los de mas expropiados por
causa de utilidad pública.
Me fijo en esto, porque mi enmienda, seguramente por
esta manera de expresarse, habrá sido calificada de reac-
cionaria ó de poco liberal, y me importaba demostrar que
era justa , y ahora añadiré que esta opinion mia de que la
Nacion está obligada por este concepto á mantener el cul-
to y sus ministros, es la opinion de un hombre eminente,
que por desgracia hoy falta de entre nosotros, y que si es-
tuviera vivo es bien seguro que estaría alIado del Gobierno
y de la mayoría. El Sr. Rios Rosas, tratando de este asunto
concreto de que me ocupo, en la sesion celebrada el dia 9
de Abril de 1869, decía lo siguiente: «Hemos arrebatado al
clero SUiS bienes; le hemos arrebatado su propiedad, que es
sagrada; su propiedad, que es tan sagrada como la que
posee el Sr. Castelar, porque yo no hago ni quiero hacer
esa distincion doctrinaria que veo hacer en esos bancos en-
tre la propiedad individual y la colectiva; para mí toda
propiedad es sagrada; y si el clero tenía una propiedad y
se le ha arrebatado, ¿no tenemos el deber de conciencia,
no tenemos el deber de honor, no tenemos el deber de ver-
güenza de indemnizarle por aquella propiedad?
»Pues dejando á un lado la cuestion de su indemniza-
cion, si ep. todas las Constituciones que nos han sucedido
hemos éonsignado la obligacion de mantener el culto y á
los ministros de la Iglesia católica, "6podemos faltar koy á
esa obligacion't ¿ No presta el clero católico su ministerio á
la católica España? ¿No presta el culto y el pasto espiri-
tual á 16.000.000 de españoles? ¿No presta ese servicio'?
¿No habeis contratado con él para que desempeñe este ser-
vicio? ¿Lo desempeña'? Pues teneis obligacion, teneis el de-
ber estrecMsimo de pagarle. (Algunos señores .J)iputados de la
mino'ria: Que le pague el que lo quiera.) Que le pague el que
lo debe, no el que lo quiera; que le paguen todos, que le
pague el Estado que lo debe; que le pague el Estado, que se ka
90
DISCURSO
comprometido tÍ pagarle; que le pague el Estado. que sufrirla
una ignominia si no cumpliese ese deber sagra~o.»
De suerte que en apoyo de mi enmienda en esta parte
tengo la opinion, de grande autoridad, del Sr. Rios Rosas,
que vosotros, al ménos los Diputados de la mayoría, no po-'
deis tachar de reaccionario.
En suma, tenemos obligacion de pagar al clero por vía
de indemnizacion por sus bienes expropiados; la tenemos,
porque nos presta el pasto espiritual y es la religion del
Estado, que tiene el deber de pagar á quien le sirve. La
tenemos, porque la Nacion se obligó á ello en las anteriores
Constituciones. Y por fin, la tenemos, porque nos hemos
obligado en el Concordato con la Santa Sede, y no pode-
mos darlo por ineficaz sin previa modificacion, convenida
por las partes contratantes. De suerte que esa palabra que
ha parecido fuerte en mi enmienda, es la misma que hu-
biera puesto el Sr. Rios Rosas si por fortuna nuestra viviera
todavía.
Segunda parte de mi enmienda. En la segunda parte
de mi enmienda se prohibe el culto y la propaganda de
otras religiones. En esto se diferencia de la letra de la
Constitucion del 45, pero no de su espíritu ni de su cum-
plimiento, porque con arreglo á la Constitucion del 45,
aunque ella no lo expresaba, á nadie era permitido el cul-
to ni la propaganda de otras religiones; y si yo lo he con-
signado en mi. enmienda, es porque no suc0da lo que suce-
de con el proyecto del artículo y Constitucion que estamos
discutiendo, que por no haber empleado frases claras y
concretas, sin duda para conciliar á todos, cada cual lo in-
terpreta á su manera, y no satisfacen á nadie, como hemos
visto en las discusiones de estos dias.
Mi enmienda, que no es en suma más que lo que dice y
expresa la Constitucion del 45 , en la forma que se practicó,
no es ni más reaccionaria ni más liberal que ella; pero cali-
fíquela la pasion como se quiera, lo cierto es, y creo haberlo
probado, que es justa y conforme con nuestras conciencias,
DEL SR. BATANERO.
91
con nuestras necesidades y con el derecho establecido.
Mi enmienda además nQ dificulta ni se opone á la tole-
rancia práctica que poseíamos con gusto de todos.
Mi enmienda no impide que cada cual piense como lo
tenga por conveniente en religion, sin que por ello ni por
sus opiniones, aunque sean notorias y no sean católicas,
pueda ser perseguido. Con arreglo á mi enmienda, á nin-
guna autoridad se le consiente pueda inspeccionar la casa
de ningun ciudadano ó extranjero que no sea católico, ni
le pueda arrancar de su librería los libros que tenga para el
uso de su religion. Con arreglo á mi enmienda, á nadie se
impide que dentro del hogar doméstico ejercite su culto; y
por fin, con arreglo á mi enmienda, no se prohibe (y án-
tes al contrario creo conveniente que se efectúe) que se
construyan cementerios no católicos donde se crea conve-
niente. Este es el espíritu de mi enmienda; la Constitucion
del 45, conforme se practicaba, y explicada de esta mane-
ra de tolerancia práctica.
He concluido, señores Diputados, los temas que me
proponía tratar en mi discurso. He examinado en la prime-
ra tarde la cuestion política; y examinado el artículo 11
por este prisma, creo haber demostrado que la ley que va-
mos á .hacer con esta base es completamente innecesaria;
ley que nadie reclama, ley á que se oponen casi todos los
españoles, que es contraria á su Constitucion interna, y
que en concepto y opinion del Sr. Cánovas, en el discurso
á que he hecho referencia puede producir graves males y
grandes guerras, como produjo ya en concepto de S. S. la
guerra últimamente terminada. He probado tambien, á mi
juicio, que una Cámara católica, que unos diputados ca-
tólicos no deben espontánea y oficiosamente, digámoslo
así, imponer al país la libertad de cultos, que nadie les ha
pedido, ni la reclaman en pró de sus cultos los creyentes
de otras religiones, que por fortuna no existen. En la cues-
tion de derecho creo haber demostrado asimismo de una
92
DISCURSO
manera concluyente que mediando un contrato con la Santa
Sede, en que se obligó la Nacion Española á respetar la
unidad católica, hay que cumplirlo exactamente, miéntras
no se haga de acuerdo con ambas potestades una modifica-
cion sobre tan importante y trascendental asunto.
En prueba de esta opinion y tésis, y ruego á los seño-
tes Diputados que tengan la bondad de escucharme un mo-
mento más, he traido la del Sr. Bugallal, que en las Cór-
tes de la revolucion fué uno de los defensores más fervien-
tes de la unidad católica, hasta el extremo de creer una
insensatez tocar la cuestion religiosa en nuestro país. He
traido tambien para demostrar esto mismo la opinion del
Sr. Moreno Nieto; la del Sr. Cánovas la conoceis y la he
dado á conocer con bastante detenimiento, y ahora mé im-
porta citar otras dos opiniones no ménos respetables, por
ser de individuos de este Congreso, de diferentes proce-
dencias.
Uno de ellos es el Sr. Sagasta. El Sr. Sagasta, que hoy
se muestra, en mi concepto, tan acérrimo defensor de la
libertad de cultos, que hasta uno de sus órganos más im-
portantes en la prensa se admiraba ayer que pudiera sos-
tenerse en pleno siglo XIX la unidad católica, ese mismo
Sr. Sagasta, persona tan autorizada entre los que de muy
liberales se precian, como todos sabeis, decía en la sesion
del 28 de Febrero de 1854 lo siguiente:
«La Religion católica es la que profesa toda la Nacion
Española.»
«Hay que tener presente el dicho de un célebre legisla-
dor de la antigüedad: « No he dado las mej ores leyes á mi
»país, pero sí las que están más conformes con su índole,
»con sus creencias, con sus sentimientos.»
»Hay que ir con piés de plomo; quizá nosotros fuéra-
mos á proporcionar al partido carlista una bandera nacional
que no tiene; quizá nosotros fuéramos á fomentar la más
horrible de las desgracias que pueden pesar sobre un país:
la guerra civil.
DEL SR. BATANERO.
93
»)La unidad católica es el sentimiento universal de Es-
paña desde un punto á otro de la Monarquía.»
Esto lo decía en 1854, y su pronóstico desgraciadamente
se cumplió en la última guerra carlista.
Pero no es esta sola la opinion respetabilísima que ten-
go que citar. Tambien el señor Presidente de la Comision
actual de Constitucion ha sido en la cuestion religiosa uno
de los más ilustres partidarios de la unidad católica.
El Sr. Alonso Martinez, en la sesion de 28 de Febrero
de 1855, yen un discurso muy erudito por cierto, estable-
ció las siguientes conclusiones: «Tengo gran fe en la uni-
dad católica, porque se enlaza con nuestras glorias (es
verdad), por9lIe forma el genjo de nueBtJ'D pueblo [inDUDa-
ble) , porque ha sobrevivido y sobrevivirá á todas las revo-
luciones, porque se halla encarnada en nuestras costumbres,
en nuestros hábitos y en nuestra nacionalidad.» (Aquí de la
Constitucion interna.) Yañadía el Sr. Alonso Martinez : «Yo
que tengo este convencimiento, creo tambien que la liber-
tad de cultos es un principio destructor de la familia y de-
bilita la unidad gubernamental del Estado.» Me parece que
dados estos defectos no se puede dar una ley más calamito-
sa al país que la que en concepto del Sr. Alonso Martinez
va á dársele con la libertad religiosa.
«Entiéndase, pues, añadía el Sr. Alonso Martinez, que
soy partidario de la unidad católica; que quiero cerrar com-
pletamente la puerta á la libertad de cultos, miéntras no
se necesite á lo ménos en España su establecimiento.» (El
Sr. Alonso Martinez: Y entónces propuse la tolerancia.) La
unidad rechaza tambien la tolerancia.
Y por fin, el Sr. Alonso Martinez dij o: « Yo no a bando-
naré nunca el principio de unidad católica;» y prometió que
moriría abrazado á él.
Yo no puedo decir todavía de una manera concluyente
si el Sr. Alonso Martinez insiste en estas conclusiones (El
Sr. Alonso Martinez: Ya se lo diré á S. S.), pero me temo
que nó, por ser presidente de la Comision Constitucional,
94
DISCURSO
y por no haber hecho voto particular en contra del dictá-
men de la Comision; por eso tengo bastante recelo de que
Su Señoría haya variado de opinion. (El Sr. Alonso Marti-
nez: Ya se lo explicaré á S. S.) Bueno.
Yo bien sé que acaso se me dirá que han variado las cir-
cunstancias, porque á ninguno de los f'leñores que se sientan
en ese banco, tan respetables como son todosjuntos y cada
uno de por sí, no he de hacerles semejante ofensa, como ellos
no me la harán á mí por mi consecuencia. Pero de aquí
surge otro problema que examinar.
i,Pero es verdad que han cambiado las circunstancias?
Porque aunque me adelante algun tanto á lo que se me
pueda decir, yo creo que no puede haber otra razon de ha-
ber cambiado de opiniones personas tan consecuentes y
formales que lade haber cambiado las circunstancias. Pues
bien; vamos á ver, por lo que yo pueda alcanzar, sin per-
juicio de poder ser convencido luégo por mi amigo el señor
Cardenal, que creo es el designado para contestarme, á
pesar de con él es con quien ménos debato esta cuestion, ó
por otro señor individuo de la Comision; vamos á ver si
por lo que resulta de la discusion puede tener alguna fuer-
za esa observacion, si es en la que se apoya; porque si las
circunstancias hubiesen en realidad variado radicalmente,
y nos hallásemos en el caso de otras naciones, yo tambien
sería librecultista.
i,Es que aquí han venido un grandísimo número de ex-
tranjeros que no son católicos, ó que una gran porcion de
españoles se han convertido á otra religion? Nó. i, Nos han
venido en demostracion de esto numerosas exposiciones en
sentido librecultista , ó solicitando el ejercicio de otras re-
ligiones? Tampoco. De consiguiente, por este lado no veo
que haya variado el aspecto de la cuestion; por este lado veo
que el estado de la cuestion es el mismo que tenía en 1845
y en 1869; por lo que respecta á los extranjeros ó á los es-
pañoles convertidos, i,surgieron guerras religiosas? Tampo-
co ; al contrario, las guerras religiosas han surgido, como
,
DEL SR. BATANERO.
95
dijo condolido el Sr. Presidente del Consejo de Ministros
en su citado discurso, por haber tratado de quebrantar en
España la unidad católica.
bNos amenazan otras naciones'? bNos quieren imponer
la libertad de cultos'? Nó; el otro dia, cuando yo emití esta
idea, todos los señores Ministros presentes entónces se
apresuraron á hacer signos negativos, y aunque no estaba
aquí el señor Ministro de Estado, tampoco hace ahora nin-
guno de afirmacion, por lo cual comprendo que las demas
naciones no se mezclan para nada en este asunto, por más
qúe no debiera importarnos.
Aunque parezca ésta una aürmacion acaso inoportuna
para la ilustracion de los que aquí están, no lo es sin em-
bargo, porque ese argumento se ha repetido mucho, y bue-
no es que sepa España que los extranjeros no se mezclan
para nada en que nosotros tengamos libertad de cultos ó uni-
dad católica.
bQué ha pasado, pues'? No ha pasado nada, sino que el
Sr. Cánovas ha pasado por el Ministerio, y el Ministerio ac-
tual opina de esa manera, sin razon que yo sepa por ahora,
que me pueda convencer. El proceder del Gobierno en este
asunto, señores Diputados, no se comprende, y ménos el
del señor Presidente del Consejo de Ministros, más com-
prometido que sus dignos compañeros en pró de la unidad.
Efectivamente es una contradiccion inexplicable que el
Sr. Cánovas del Castillo, siendo diputado en tiempo de la
revolucion de Setiembre, y los demas señores que he teni-
do el gusto de citar, hayan pronunciado discursos predi-
cando á la revolucion la unidad católica, yesos mismos
señores, sin un motivo determinante, sin una variacion
justificada, prediquen á la restauracion la libertad de cul-
tos. No comprendo el por qué de una variacion tan radical,
y esta es la síntesis de lo que hay en el asunto.
El Sr. Cánovas y su Gobierno, y parte de los individuos
de la Comision y de la mayoría, han hecho lo que acabo de
indicar, llevando esta diversidad de pareceres á un doeu-
96
DISCURSO
mento todavía más importante que los que he citado aquí
Ese documento, que no he de leer aquí porque lo cono-
cen perfectamente todos los señores Diputados, es el en que
el Sr. Cánovas, baj o su responsabilidad, hizo decir á S. M. el
Rey que era tan ouencatólico como lo kabian sido sus antepasa-
dos. Esta frase, consignada en un manifiesto tan importan-
te, ó sobra, y es ridícula, y nada de esto procede si no
quiere decir más que S. M. es católico, pues eso es dema-
siado sabido para consignado; ó es la manifestacion de que
sostendría la unidad religiosa como la sostuvieron sus an-
tepasados, y así la interpreto yo, y creo la interprete 'la
Nacion; y siendo así, está demostrado que el Sr. Cánovas
en 1.0 de Diciembre de 1874 hizo prometer al Rey lo que
ahora desea que no se cumpla.
y voy á concluir, ya porque es tiempo, ya porque he
molestado demasiado á la Cámara, ya para que quede tiem-
po de que se discuta esta tarde otra enmienda. Bajo cual-
quier aspecto que se mire la cuestion, creo haber demos-
trado que no debe prevalecer el pensamiento de la Comi-
sion y del Gobierno, y por lo tanto, ruego á los señores
Diputados que cuando llegue el caso de la votacion del ar-
tículo 11, voten en contra de él, por ser completamente
contrario á los sentimientos de todos los españoles como ley
política, y porque, como católicos, evitaréis recordarlo
con pesar profundo en los momentos supremos en que el
hombre no piensa más que en identificarse con Dios. (Apro-
oacion en el centro izquierdo.)
DEL SR. BATANERO.
97
RECTIFICACIONES.
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Batanero tiene la palabra
para rectificar.
El Sr. BATANERO: Acostumbrado á hablar en los tri-
bunales constantemente ejerciendo mi amante profesion,
no teman los Sres. Diputa~os ni el Sr. Presidente de la Cá-
mara que salga yo aquí de la manera de rectificar en ellos
breve y concreta, y restableciendo tan sólo la verdad de los
hechos ó conceptos inexactos que me ha atribuido el señor
Cardenal.
y voy á empezar por una alusion, que me ha parecido
bastante grave, y mucho más injusta é inexacta todavía.
El Sr. Cardena1 ha supuesto, y en mi conciencia no he
dicho ni me ha pasado por la imaginacion lo que S. S. ha
supuesto, que en mi discurso del viérnes dí á entender que
echaba yo aquí de ménos algun partido que acaba de ser
vencido con las armas. N ó , Sr. Cardenal; yo no echo aquí
de ménos á partido alguno concretamente; yo no he dicho
eso ni lo he querido decir, y ahí están las cuartillas, que
en caso de necesidad podrían consultarse. Yo no echo de
ménos al partido carlista, ni podía aludir á él sabiendo,
como todo el mundo sabe, que está voluntariamente fuera
de la leg:alidad y se alejaron de la contienda electoral.
Por otra parte, mis opiniones son bien conocidas por lo
leales y consecuentes en el partido alfonsino, y sería una
verdadera puerilidad el que me entretuviese ahora en de-
mostrar con iargos razonamientos lo que todo el mundo
sabe y S. S. mismo, que no tuve nunca ni tengo más com-
promisos que en la restauracion felizmente conseguida.
Nó, Sr. Cardenal; lo que yo dije en la tarde del viér-
nes y creo haber demostrado evidentemente, fué que el Go-
bierno no procedió en las elecciones de estas Cámaras como
7
98
DISCURSO
debiera haber procedido tratando de plantear y resolver en
ellas el problema más árduo y trascendental para nuestra
patria.
Lo que dije y probé fué, que siendo la bandera del Go-
bierno en estas Córtes y su propósito especial el establecer
en España la libertad ó tolerancia de cultos, y no hago
cuestion de la propiedad de la palabra, porque para el caso
es igual, pues con libertad ó con tolerancia todos los cre-
yentes no católicos pueden establecer aquí sus templos y
sus sinagogas y ejercer sus cultos, como pueden por lo
visto propagar y enseñar sus doctrinas y hasta aspirar á la
enseñanza oficial, debió el Gabinete haber hecho unas elec-
ciones completamente libres, para que estuviesen aquí re-
presentados los partidos en la proporcion que debieran es-
tal', y sobre todo las opiniones religiosas de la Nacion, que
no lo están; y por fin, que para conseguir esto, que era lo
justo, no debieron usarse los procedimientos que denuncié
é hice palpables, y en los que el Sr. Presidente del Con-
sejo de Ministros convino se habían usado, y yo confirmé
finalmente con un telégrama del Gobernador de la Co-
ruña.
Todo esto es muy distinto de los conceptos que su seño-
ría me atribuye; y de su buena fe y de la amistad que nos
une, espero que tendrá la bondad de rectificarlos.
Esto es lo más importante. En cuanto al Concordato, el
Sr. Cardenal ha dicho una cosa que yo no debo dejar pasar.
Dice S. S. que el Concordato no rige, porque ha sido arro-
llado por la revolucion; y prescindiendo de que esta no es
la opinion de algun miembro del Gobierno , le haré observar
que si todo lo que arrolló la revolucion no debiera volver á
España, saque S. S. las consecuencias y medite adónde le
llevan sus afirmaciones.
Tambien ha supuesto el Sr. Cardenal que no hay pari-
dad ni término de comparacion entre la unidad que rechaza
el Gobierno y las demas unidades que desea; y dice: ¿qué
tiene que ver una cosa con otra? ¿ Qué tiene que ver la
DEL SR. BATANERO.
99
unidad de pesas y medidas, la unidad de lenguaje, la uni-
dad nacional con la unidad católica? Pues mucho con rela-
cion á la inconsecuencia del Gobierno.
Pero además, el Sr. Cardenal encontraba una razon que
no me parece muy poderosa para imponer todas las unida-
des menos la católica. Decia S. S.: «Es que las demas
unidades son administrativas y se pueden imponer; pero la
fe no se puede imponer á nadie.»
El Sr. PRESIDENTE: Sr. Batanero, ruego á V. S. que
se concrete á la rectificacion.
El Sr. BATANERO: Voy á concluir, Sr. Presidente.
Lo que yo digo es que no se puede imponer ni la fe ni
la libertad de cultos, porque tan imposicion sería una
como otra.
El catolicismo no es cierto que lo pretendamos impo-
ner; el catolicismo ejerce su influencia por medio de la
persuasion y con dulzura. Nosotros no queremos hacer aquí
católicos á la fuerza. ¿ Quién ha dicho lo contrario? Pero el
Gobierno en cambio, como he probado, quiere la libertad
de cultos impuesta á la fuerza. (iIfuchos señores Diputados:
No , nó.-El Sr. Oardenal pide la palabra.) Sí, sí ; los pro-
cedimientos del Gobierno indican que quiere imponer la li-
bertad de cultos así. (Muchos señores Diputados: Nó, nó.)
Recuerden SS. SS. lo que dijo.
El Sr. PRESIDENTE: Todo eso lo podía haber dicho su
señoría en su discurso, pero nó ahora que sólo tiene la pa-
labra para rectificar.
El Sr. BATANERO: Me resigno y respeto la indicacion
de S. S. ; pero insisto en lo dicho, y recuerdo á la Cámara
que el Sr. Presidente del Consej o de Ministros convino en la
sesion del viérw:s, por medio de un notable sí, con lo que
yo estaba diciendo y con lo que ahora no quiere convenir el
Sr. Cardenal.
Fuera de esto, y fuera de la natural habilidad que tiene
S. S. , y que nadie le puede negar, yo creo que mis princi-
pales argumentos han quedado sin contest~r, y que el se-
100
DISCURSO
ñor Cardenal no ha probado que esta ley sea necesaria y
la quieran los españoles; y miéntras esto no haga S. S., yo
insisto en que mis argumentos han quedado en pié, Y me
siento.
El Sr. BATANERO: Pido la palabra para rectificar.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene S. S.
El Sr. BATANERO: Tampoco entraré en la cuestion de
la legitimidad de las firmas, por.que ni somos jueces de pri-
mera instancia, ni se nos ha sometido el expediente á re-
solucion, por más que las crea verdaderas. De todas suertes,
yo pregunto: pocas ó muchas, buenas ó malas, ¿ dónde
están las que las contradicen'? (Varios Sres. .J)iputados:
Aquí.~El Sr. Oardenal: En nuestras actas.) Eso es otra
cuestion; yo hablaba de firmas contra firmas, de firmas de
los españoles que piden la unidad católica y de las de los
demás que no la piden. (Algunos Sres . .J)iputados: No pi-
den nada.-Otros : Los que no piden nada, están conformes
con nosotros.) No es cierto. Respecto á si son más ó si son
ménos las firmas actuales que las de las exposiciones que
se elevaron á las Córtes Constituyentes, creo que bien cla-
ro expliqué el otro dia porqué ha sucedido esto. Creo ha-
ber demostrado que además de las otras violencias electo-
rales ha habido ... (El Sr. Presidente agita la campant"1a.)
Voy á concluir; ha habido las de coartar el derecho de pe-
ticion, las órdenes de los gobernadores á los alcaldes ...
(El Sr. Oonde de las Almenas pide la palabra para una alu-
sion personal.) Yo no he aludido á S. S. ¿Ha sido gobernador
S. S. '? (El Sr. Conde de las Almenas: Sí.) Pues S. S. ha sido
un gobernador diferente de los otros; y si no aquí está un
documento que lo justifica, y que no leo, porque no se me
permitirá. (Va1'io8 Sres. lJiputados: Que lo lea, que lo lea.
[,,,,, SR. BATANERO.
}01
El Sr. Mariscal pide la pa,labra para una alusion per-
sonal.)
El Gobernador de una provincia que conozco mucho,
decía á los alcaldes de la misma en 6 de Marzo:
«Muy señor mio: A los primeros albores de la paz, hay
quienes pesarosos del resultado, se proponen con febril
impaciencia escogitar otros incalificables medios de reno-
varla ó de alejar los beneficios de la paz, dificultando el
establecimiento de todo órden moral, y llevando por todas
partes lamentables inquietudes á todos los ánimos y gra-
vÍsima perturbacion á las más fundamentales instituciones
sociales. Y siendo uno de los medios el falseamiento de he-
cho del derecho de peticion ejercido sin distincion de sexos
ni edades, pudiendo aparecer como firmantes hasta los que
no saben hacerlo, y ménos discernir lo que piden, me creo
en el deber de llamar la atencion de Vd. para prevenirle vi-
gile é impida tales abusos ... » (Varios Sres. IJiputados: Los
abusos ... ) Los abusos; pero el pueblo español ya sabe cómo
ha de traducir estas palabras. Los abusos, pero para mí son
los de las autoridades. (RumO?·es.) ss. ss. crerán lo que
gusten; pero los que juzguen imparcialmente este docu-
mento, creerán como yo.
«Los abusos en este distrito municipal , y especialmen-
te en las demarcaciones rurales, evitando toda coaccion de
aquel derecho y dándome cuenta ... » (jQuécelo, Sres. Di-
putados, qué celo! ) «dándome cuenta de quiénes y cómo lo
ejerzan, cualquiera que sea el objeto de la exposicion.» (Eso
sí; era una medida general y en ella el asunto religioso fi-
gura como uno de tantos, como de poca importancia, como
si no fuera el objeto principal de la comunicacion; pero de-
duzcan los Sres. Diputados si era lo principal ó nó.) «Pene-
trado Vd., señor Alcalde, de sus deberes y de la importan-
cia del seí'vicio que le encargo, no necesito excitar su celo
ni encarecerle el tino y prudencia que su buen desempeño
exige, limitándome en conclusion á advertirle que se abs-
102
DISCURSO
tenga Vd. , los individuos de ese municipio, los funciona-
. rios públicos y de mas dependientes de su autoridad de po-
ner sus firmas en ninguna clase de exposiciones.»
¿ Qué les parece lo último á los Sres. :Ministros? Impedir
que se firme una peticion ci las Córtes. (El Sr . .kfinistro de
Fomento: Porque está prohibido.) ¿Y tambien á los demás
indíviduos de la demarcacion? (Nó, eso nó.j Pues á mí me
parece que el objeto de todo esto fuó para que no se reco-
giesen firmas en favor de la unidad religiosa. (El Sr. Oar-
denal pide lapalab1'a.-RumOJ'es y p1'otestas en diversos sen-
tidos.) Señores, yo respeto la opinion de todo el mundo;
pero este es mi modo de pensar, é insisto en él por mús
que cada cual deduciú las consecuencias que tenga por
convenientes, incluso la Nacion, que ha de estar conmigo.
(.AIuestras de apj'obacion en el centro izquierdo.)
El Sr. BATANERO: Pido la palabra para retirar la en-
mienda, toda vez que tiene el mismo espíritu que las an-
teriores, y no quiero molestar á la Cámara con una vota-
cion que se hará en otra.
El Sr. SECRETARIO (M,artinez) : Queda retirada.
DISCURSO
DEL
SR. D. XAVIER DE BAROAIZTEGUI,
CONDE DEL LLOBREGAT,
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATOLICA,
PRONUNCIADO
EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS EN LA SESION DEL DlA
l." DE YAYO DE 1876 .
•
SESION DEL DIA 1.° DE MAYO DE 1876 .
•
Art. 11. La Religion católica, apostólica,
romana es la del Estado. La Nacion se obli-
ga á mantener el culto y sus ministros.
Nadie será molestado en el territorio es-
pañol por sus opiniones religiosas, ni por
el ejercicio de 811 respectivo culto, salvo el
"espeto debido á la moral cristiana.
No se permitirán, sin embargo, otras cp-
remonias, ni manifestaciones públicas, que
las de la ~elígi(}ll dpl Estado.»
(Proyecto de Gonstitucton.)
Rogamos al Congreso que sustituya el
arto 11 del ¡)royecto constitucional con el
siguiente:
«Art. H. Siendo la religion del,¡ NaCÍon
Española la católica apostólica romana, ,,1
Estado se obliga á protegerla y á sostenel'
por via de indemnizacion el culto y sus mi-
nistros.»
Palacio del Congre<(J 26 de Abril de 1876.
-El Conde del Llohregat.-Plácido Mal'ia de
:\\Iontoliu.-El Baron de Alcalá.-Pelayo de
Camps,-Luis Mayans.-Nalario Carriqui-
ri.-Alejandro Pidal y Mon.
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Conde del Llobregat tiene
la palabra para apoyar su enmienda.
El Sr. Conde del LLOBREGAT: Señores Diputados, ma-
los momentos me depara la suerte para hacer uso de la pa-
labra por primera vez en este sitio, despues de una discu-
sion lamentable, aunque incidental. Voy á tratar de la
cuestion religiosa en un terreno muy diferente, procurando
elevarla al de los principios y tratando de no herir á nin-
guno de los Sres Diputados que me escuchan. Como es la
primera vez que hablo entre vosotros, y lo hago de una
cuestion tan grave, tan trascendental y tan delicada, de
todo puedo estar seguro, ménos de dominar mi palabra, ni
siquiera mi pensamiento, dada la turbacion y desasosiego
de mi espíritu; turbacion y desasosiego que si me hacen
106
DISCURSO
pronunciar alguna incongruencia que no se halle conforme
con el critorio general de mi discurso, dejo á la ilustracion
del Cong-reso que la corrija y enmiende, rogándoos asimis-
mo que si alguna palabra dura se escapa de mis labios, la
deis por retirada, porque no trato de ofender absolutamen-
te á nadie. Nuevo en el parlam~nto, sin haber pertenecido
nunca á ningun partido político, no tengo, por fortuna ó
por desgracia, historia de que hacerme eco, ni tampoco
pOr qué dirigir acusaciones que alcancen á nadie.
Si hace dos años, Sres. Diputados, se me hubiera dicho
á mí que si tenía la fortuna de venir al parlamento en las
primeras Córtes de D. Alfonso XII, pudiera levantarme de
mi asiento de otra manera que no fuera para prestar mi dé-
bil, pero entusiasta apoyo, á un Gobierno.presidido por el
Sr. Cánovas del Castillo, y al cual perteneciera el señor
Conde de Toreno, yo lo hubiera considerado como cosa
completamente imposible. ¿ Y cómo no, Sres. Diputados,
si el Sr. Cánovas ha sido siempre mi maestro; si en los dis-
cursos del Sr. Cánovas he procurado yo inspirar siempre
mis ideas políticas; si nunca, desde 1867, en que mi que-
rido amigo el Sr. Conde de Toreno escribía conmigo en una
Revista en donde hicimos nuestras primeras armas y en
que yo le recomendaba, así como al Marqués de Pidal, cuya
ausencia de estos escaños es tan lamentable, que se sepa-
rasen del general Narvaez, á quien les unían respetabilísi-
mos vínculos, para seguir la bandera del actual Presidente
del Consejo; si durante la revolucion de 1868, en todos sus
discursos, y especialmente en el que pronunció en el Ate-
neo en 1872, cuyos admirables conceptos filosóficos y po-
líticos conservo grabados en mi memoria, han sido siem-
pre sus escritos mis textos, y su direccion la que he crei-
do más conveniente para guiar en la desgracia y represen-
tar en el Gobierno y ante el parlamento la política de don
Alfonso'? ¿Cómo no ha de ser, pues, un grandísimo sacri-
ncio para mí el levantarme á hacer un acto de oposicion, que
espero sea el último, porque fuera de esta malhadada cues-
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
107
tion no sé qué pueda separarme del Sr. Presidente del Con-
sejo de Ministros; pero un acto de oposicion, un acto de
resuelta oposicion al cabo? Pero en materia tan grave no
cabe vacilar; me lo manda una fuerza que es señora y due-
lia de mí ; lo exige mi conciencia. Sí, Sres. Diputados; esa
sola razon puede obligarme á hacer lo que estoy haciendo
en este momento, contra todas mis afecciones personales,
contra todas mis simpatías políticas, contra todo cuanto
puede unir y acercar en las relaciones de la vida pública,
y hacerlo la primera vez que me levanto á tener el honor de
que escucheis mi débil pero convencido acento.
Dos puntos primordiales era necesario establecer aquí á
la venida de D. Alfonso XII: era el primero consolidar la
Monarquía legitima en el ánimo de los espalioles, de suerte
que desde Irun hasta Cádiz no hubiera más que alfonsinos;
era el otro realzar el régimen representativo, despresti-
giado en los últimos años hasta entre sus más ardientes
partidarios, gracias á un estado revolucionario lamentable
que había traiflo al parlamento grandes desgracias. A lo
primero se iba con una politica de olvido y perdon, que
era convenientísima y que tan bien cuadra á reyes de co-
razon tan noble como D. Alfonso XII; Y á lo segundo se
marchaba con la afirmacion de grandes principios y la
creacion de partidos sólidos, que representasen, no la coa-
licion de intereses, sino la fusion sincera de procedencias
homog·éneas. El SI'. Presidente del Consejo de Ministros, en
su alta inteligencia, así lo comprendió, y aconsejó al Rey
desde el primer momento una política de perdon , de olvi-
do, de reconciliacion, y la llevó hastael punto de haber acon-
sejado á S. M. que nombrase para un altísimo puesto polí-
tico á una persona que se había distinguido durante la re-
volucion por la dureza de sus ataques á la dinastía. Esta
política era excelente; yo siempre la he aplaudido, pues
prueba la generosidad y altas prendas del Rey. Arrastrado
el Gobierno por este noble espíritu de conciliarion, tan
laudable en cuanto ti las personas se refiere, ha ido quizá
108
DISCURSO
demasiado léjos, ha ido demasiado léjos sin quizás, en el
terreno de los principios; porque si todo lo que es olvido,
si todo lo que es perdon en materia de personas une, en
materia de doctrinas divide y separa cuando la transaccion
va más allá de los principios accidentales, de las cuestio-
nes de procedimiento, de las cuestiones de cond~cta y de
forma; cuando se llega en fin, á la esencia, cuando se llega
á los principios fundamentales de la escuela misma. En ta-
les casos, en manera alguna se consigue el fin principal,
que es la union, la creacion y la formacion de grandes par-
tidos, y por ende la consolidacion regular y ordenada del
régimen parlamentario.
i, Es que el actual Presidente del Consejo de Ministros
no es hombre de doctrina, no es hombre de principios '?
Todo lo contrario. S. S. ha defendido de una manera admi-
rable los principios más fundamentales del partido conser-
vador. Con esa inteligencia privilegiada, que yo he admi-
rado siempre desde el dia que he conocido y tratado tÍ su
señoría, ha defendido la Monarquía legítima, ha defendido
la. institucion de las Córtes, ha combatido las doctrinas de-
mocráticas del Sr. Castelar ,ha triturado el sufragio uni-
versal de una manera inimitable; pero al llegar á la cues-
tion religiosa, S. S. ha creido que no era principio inaban-
uonable y sustancial del partido conservador la unidad
católica, y ha dejado, en mi pobre concepto, una brecha
abierta en el partido conservador, por la cual puede inge-
rirse el vírus revolucionario, que de caida en caida, de
vaiven en vaiven, luchando con las dificultades que produ-
ce la contienda y las exageraciones y violencias que trae la
lncha sin quererlo, irritándose los unos y cegándose los
otros, puede llegar fatalmente hasta la persecucion reli-
giosa, que es el principio más característico y odioso de la
escuela revolucionaria.
Yo, señores, en este punto tengo que separarme de la
politica del Gobierno; pero es un deber ineludible de con-
ciencia, porque hay puntos de los cuales no es lícito pasar.
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
109
'{ o soy, es cierto, defensor de la conciliacion, miembro de la
mayoría; partidario de que se forme un gran partido con-
servafl0I11iberal, haré para conseguir este objeto los sacri-
ficios que haya necesidad de hacer, por dolorosos que sean,
para que se formen grandes agrupaciones políticas, mucho
más cuando tantos años de revolucion han subdividido
hasta lo infinito los partidos políticos; y haré todo esto, por-
que nada me parece bastante para consolidar la Monarquía
legítima y el régimen constitucional; pero creo asímismo
que hay un punto del cual no se puede pasar sin compro-
meter esos mismos elevados intereses; el transigir no es
apostatar.
En esto sucede lo que con las fronteras de la patria: se
puede marchar por todas partes hasta los limites de la Pe-
nínsula; pero al abandonar IruJ;l y atravesar el puente que
lo separa de Hendaya, ya estoy en el extranjero, me en-
cuentro en otra patria, con hombres que han sido mis
enemigos; con intereses opuestos, con lenguaje distinto:
y sin embargo, s610 la distancia de un tiro de fusil me se-
para de mi país; pero sea poco ó sea mucho, estoy en otro
terreno, no estoy en España. Pues lo mismo sucede en la
region de las ideas: hay un punto hasta el cual se puede
llegar y transigir, pero del cual no se puede salir sin fal-
tar á principios políticos esenciales, sin pisar suelo ene-
migo. Así, cuando el Sr. Cardenal decía que el partido
moderado no había sido reaccionario, que en la cuestion
de censo habia transigí do , encontraba que S. S. tenía ra-
zon; pero si el partido moderado hubiera aceptado el su-
fragio universal, hubiera abdicado de sus principios, por-
que en el momento· que era universal el sufragio, ya era
un derecho natural, no era un derecho político; la cues-
tion de principios se hubiera quebrantado, y aunque no nos
separe del sufragio universal más que un real de contri-
bucion al año en el elector, es lo bastante, no se ha pasa-
do la frontera. Lo mismo sucede en la cuestion religiosa.
POl' esto, llegando hasta el extremo que es posihle en un
110
DISCUHSO
católico, me detengo ante el arto lly no penetro en el
campo racionalista, cual sucedería si aceptase la toleran-
cia religiosa legal.
Pero, señores Diputados, hora es ya de que probemos
estos asertos.
Todos sabeis cuál es la doctrina de la Iglesia con res-
pecto á la libertad de cultos; todos comprendeis perfecta-
mente que la libertad de cultos en principio es completa-
mente anticatólica y hasta contraria á la esencia de toda
religion positiva: que ningun católico puede, por lo tanto,
aceptarla como un derecho individual, puesto que es en
todos un deber, y deber natural, el hacer bien y el creer
en la verdad; por lo tanto, es ineludible la obligacion de
aceptar como principio bueno, como consecuencia incon-
cusa de la revelacion, la unidad católica. :Mas tambien sa-
beis que si esta es la tésis teológica, digámoslo aSÍ, es
igualmente cierto que puede haber ciertas circunstancias,
grandes calamidades y males que evitar, que hagan en la
práctica, que hagan en el terreno de los hechos perfecta-
mente licito para un católico el votar la tolerancia reli-
giosa.
Para nosotros, este es el terreno en que debe plantear-
se la cuestion, y del cual no debía sacarse, á saber: si en
las circunstancias actuales, si en los momentos presentes
los intereses de la Iglesia aconsejan, para evitar mayores
males, romper el principio de la unidad religiosa, esa
granjoya de nuestra historia, y que todos, como católi-
cos, debemos considerar como un gran bien para nuestra
patria, como un don inapreciable.
Es tan verdad esto, es tan cierto que esta es la' doctri-
na de la Iglesia, que el mismo señor arzobiflpo de Santia-
go, al sostener en las Córtes Constituyentes de 1869 la
misma enmienda que yo tengo el honor de defender aquí,
decía que puede hab
libertad de cultos con justo motivo,
y que si con justos motivos era lícito pedirla, pedirla sin
ellos era un pecado.
DEL SR. CONDE DEL J,LORREGAT.
111
No creais que voy á decir que la unidad cat6lica legal
es un dogma; no gusto de exagerar, sino de medir mucho
mis palabras: digo sólo que si bien no es un dogma su con-
servaeion política en España, es sí una temeridad en un
catúlico el creer que su juicio individual es más seguro que
el juicio de la Iglesia española y del Romano Pontífice en
este asunto, y que el tener esa confianza en su propio cri-
terio raya en la soberbia raGionalista; no diré que .lo sea,
pero sí que se acerca mucho, repito, el creerse por un ca-
tólico que su propio juicio es superior al de toda la Iglesia
en este punto.
Me ocurre en este momento refutar un argumento que
ha hecho el Sr. Cardenal, aunque en una forma muy res-
petuosa, pero que es muy grave. Me refiero al argumento
vulgar que tanto se repite, de que Su Santidad se con-
formará, y que Su Santidad no tiene más remedio que
conformarse. Este argumento es de mala íudole y de pési-
mo gusto. Es sumamente irrespetuoso y tiene un cal'Úe-
ter completamente jansenista, que no se puede ménos de
lamentar profundamente. i Ojalá que Su Santidad se con-
forme! i Ojalá que no surja ninguna disidencia entre Es-
paña y la_Santa Sede! i Ojala marchen completamente acor-
des! Pero el cantar esta especie de trágala á Su Santidad,
valiéndose de su bondad extrema, es lo mismo que si uno
que quisiera cometer un crímen contra su prójimo se va-
liese de su conocida resignacion para excusar el mal que
trataba de hacerle. No es este un argumento serio y dig-
no de un católico como es el Sr. Cardenal.
Pero ¿ los intereses de la Iglesia exigen realmente,
hay en los intereses de la Iglesia peligros materiales que
evitar, un motivo sério, en fin, que pueda autorizar en
España el establecimiento de la tolerancia religiosa'? En
mi concepto, no lo hay; no amenaza ninguna de esas des-
gracias que pueden evitarse de esta manera; y al contra-
rio, si vemos lo que desde el siglo XVI viene abusándose
de la libertad, si se examinan los grandes crímenes que en
112
DISCURSO
el mundo S'3 han cometido á nombre de la libertad de cul-
tos, se ve que so pretexto de libertad religiosa no se hace
más que perseguir á la Iglesia en todas partes y combatir
sus derechos; no es la libertad lo que me alarma, no es
ese concepto traido al mundo por el cristianismo de lo que
desconfío. Desconfío de sus corifeos principales, de los que
ú nombre de la libertad religiosa vienen á perseguir la li-
bertad de la Iglesia; y desconfío, porque una experiencia
demasiado triste me obliga á ello; porque así como el ár-
bol se conoce por sus frutos, de la misma manera no hay
más que examinar la teoría de los que pretenden realizar
en el mundo la doctrina de la libertad religiosa, y se verá
que es verdad cuanto digo.
Recuerdo un símil qne la otra tarde empleaba el señor
Silvela, con ese talento y gracia picaresca que á S. S. tan-
to distingue. Decía S. S. que de los constitucionales podía
decirse lo que en Castilla se dice del que no tiene pelo: se
le llama pelon ; los que piden la libcrtad religiosa á nombre
de la libertad, guardan un parecido grande con los pelo-
nes de Castilla: y si nó, no hay másque examinar el concepto
que de la Iglesia tienen los principales corifeos de esa doc-
trina, y los libros donde más se pregona el derecho á la li-
bertad religiosa' que tienen todos los hombres. En primer
lugar, no son los revolucionarios de 1789, ni siquiera los
reformadores del siglo XVI, los padres de la libertad reli-
giosa : es ésta antiquísima en el mundo; es una institucion
pagana al punto de cxistir en Roma un panteon donde se
adoraba á todos los dioses conocidos, y había siempre un
lugar preparado para el que viniera de refresco; por consi-
guiente, no podía ser más completa en aquel imperio la
libertad religiosa, que llegaba ála licencia, única solucion
que tiene el problema de la libertad si suprimís el catoli-
cismo, por más que os parezca una solucioll extrema. Mas
yo pregunto.: ¿,hay liberales en esta cuestion'? ¿,Es sincera
esta peticion en el órden religioso'? Yo creo que nó, y
aquí debo hacer justicia á lo que se llamaba liberal~smo en
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
113
tiempo de nuestros padres, ref}riéndome en esta cuestion
al liberalismo filosófico, y en manera ninguna al político,
porque nada tiene que ver con el criterio que aquÍ estamos
examinando, el liberalismo rigorosamente político, el ser
de la escuela parlamentaria y representativa, ó el serlo de
la absolutista.
Digo que nuestros padres fueron más liberales, más sin-
ceros; querían la libertad, incluso para la Iglesia, porque
entónces se pensó en hacer el ensayo verdadero de la li-
bertad, y se decía que no se había traido esta institucion
al mundo más que para combatirel absolutismo y las ideas
despóticas, y que, por consiguiente, la Iglesia no tenía
porqué enarbolar enfrente de aquellas ideas, en cuanto á la
vida práctica se referían, bandera alguna de guerra, su-
puesto que reconocían su independencia absoluta. Había
entónces en el catolicismo (y aquí me adelanto á una obje-
cion que pudiera hacérseme) un partido que se llamó cató-
lico-liberal, que no fué nunca escuela filosófica, sino es-
cuela política, un modtlS vivendi, que encontrándose con el
fenómeno de la libertad en la sociedad civil y política, li-
bertad que no tenía inconveniente en que la Iglesia fuera
libre dentro de sus instituciones, sirvió de vínculo de paz,
ó mejor dicho, de medio de coexistencia pacífica entre la
sociedad que surgía de la revolucion de 1789 y la Iglesia
católica. Mas el liberalismo posterior fué dejando de ser to-
lerante y marcando cada vez más su intransigencia racio-
nalista, su odio á la libertad de la Iglesia, y probando que
lo que quería era coartarla 1>rimero y quitarle despues todos
sus derechos.
Entónces el catolicismo liberal, que era, repito, un
expediente de circunstancias, fué desapareciendo, porque
dejó de tener razon de ser cuando el liberalismo racionalis-
ta fué dominando y dejando de ser liberal: y esto es tan evi-
dente, que no hay más que ver lo que sucede en todas las
partes del mundo con los que profesan los principios revo-
lucionarios. Hoy para ellos representa el concepto del Es-
8
114
DISCURSO
tado lo que para nosotros la Iglesia; es una doctrina cerra-
da: el que no se conforma con su concepto del Estado, es
oscurantista, se le declara fuera de la ci vizacion. La Igle-
sia distingue ambas potestades, distincion que ha traido al
mundo el"cristianismo ; distincion que es el verdadero ci-
miento de toda libertad; porque sin ella no puede ser el
hombre realmente libre. Pues bien; esa distincion no se
admite, no se quiere, contraría la soberanía absoluta del
Estado moderno, porque no considera á la Iglesia como una
de tantas corporaciones que hay dentro del Estado, y por
consiguiente, se opone á que se la conceda ni rnconozca
ninguna especie de autoridad dentro del Estado. Es esto
tan exacto, que la misma libertad religiosa que se invoca,
que tanto se encomia como el fundamento de todas las de-
más por esos corifeo s del liberalismo moderno, la presentan
como un argumento contra la Iglesia, la consideran como
un derecho individual, sosteniendo que el individuo tiene
el derecho de elegir y profesar la religion que más le gus-
te, ó ninguna, si ninguna le agrada. Semejante principio,
á lo que verdaderamente tiende es á destruÍr todo principio
de autoridad; es á que no haya necesidad de reconocer á la
Iglesia para nada: es, en una palabra, á que ésta desapa-
rezca, y con ella todo culto tradicional y positivo.
Si creeis, señores Diputados, que esta doctrina es exa-
gerada, aquí traigo varios documentos y textos que os
convencerían de su exactitud, y que no leo por no moles-
taros; pero sí os recordaré el concepto que del Estado tiene
Hegel, que es el dominante y en que se fundan todas las
escuelas naturalistas, y en el que se apoyan dentro y fuera
de esta Cámara todos los partidarios de la revolucion de
Setiembre.
Hé aquí la fórmula en concreto:
.. El Estado es el Dios presente. el Dios real; el Estado es la
voluntad divina sensible. el espíritu divino que se desarrolla bajo.
una forma real. Es lo divino y lo humano. Es eternamente para
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
115
sí mismo su propio objeto. Tiene todo derecho sobre los particu-
lares. El pueblo organizado en sociedad es el poder absoluto so-
bre la tierra.:t
Pero vamos á los hechos, y veamos en el crisol de la
práctica la realizacion de estos principios; veamos cómo
los grandes servicios que ha prestado la Iglesia, la mucha
antigüedad que tiene en el mundo, todo eso es baladí para
el Estado, y no significa nada para los verdaderos revolu-
cionarios. Y tanto es así, que hace muy poco tiempo, en
Alemania, un célebre profesor que se llama Bluntschli es-
cribía y sostenía que el Estado era Dios, que no había otro
Dios que el Estado, y por lo tanto, que lo que se escribie-
ra en contra de esta gran máxima debía prohibirse y per-
seguirse: eso autor es un catedrático prusiano, y oso lo ha
escrito con aplauso do aquol país y de aquel Gobierno.
Pues aquí para combatir la unidad católica se emplean
osa claso de argumentos, porque no hay otros. Recordad,
si no , el discurso pronunciado por el Sr. Fernandez Jimo-
nez , y veréis que á pesar de su talento y de su vasta eru-
dicion, brotaban de sus labios los argumentos racionalis-
tas, y salían como el agua de un caño mal obstruido, por-
que su misma erudicion y la lógica de su razonamiento le
llevaban á pesar suyo á este terreno. Y cuando se esforzaba
por rechazar esa clase de argllmentos, ¿á cuáles acudía, se-
ñores'? ¡A la Inquisicion y á sus tizones! Argumentos vul-
gares, indignos de S. S. é impropios de su talento: eso sería
lo mismo que si yo para combatir la tésis de S. S. le llamara
mason y otras cosas por el estilo. Eso no tiene que ver nada
con lo que estamos debatiendo. ¿No haco ya mucho tiempo
que concluyó la Inquisicion'? ¿No hace ya mucho tiempo
que la Inquisicion había desaparecido de nuestras costum-
bres , mucho ántes de l810'? Pues entónces, ¿ á qué viene el
Sr. Fernandez Jimenez, sobrándole capacidad é ingenio
para no caer en estos lugares comunes, á decir que los que
defendemos la unidad religiosa queremos la Inquisicion 1
116
DISCURSO
Dice S. S. que es preciso sostener siempre esta lucha.
N ó ; no es un pretexto; lo que hay es que e~ ataque es
siempre el mismo, y que la defensa tiene que ser asimismo
constante de nuestra parte.
Vamos por fin á ver, señores Diputados, si en el terre-
llO de los hechos el mundo contemporáneo justifica la tésis
que estoy defendiendo, á saber: que la libertad religiosa se
pide como una coneesion al principio racionalista; que la
libertad de cultos es el arma de este racionalismo moderno r
hasta el punto, señores Diputados, de que al defender yo
hoy la unidad católica, la defiendo como la garantía más
eficaz, como la única quizá, dado el estado de España, de
la libertad y de los derechos de la Iglesia.
¿Qué significacion pl'áctica es la de la libertad de cultos
en Europa'?
Examinemos lo que pasa en Francia, y para ello fijé-
monos en lo que esU sucediendo en nuestros dias. Cuando
se verifican las elecciones en un pueblo, salen á relucir to-
das las ideas que agitan la sociedad. Pues bien; en las úl-
timas que han tenido lugar en Francia, hemos visto con
este motivo el objetivo que se proponen allí todos los'parti-
dos revolucionarios. Se presentaba en París Clemenceau,
radical importante, y en un manifiesto decía á sus electo-
res: « Es preciso dar al César lo que es del César, y el César
lo es todo.» Pues si el César lo es todo, újuicio de Clemen-
ceau, ¿dónde está el concepto de la Iglesia? Es indudable,
pues, que el César es el Estado, y que teniendo de la reli-
gion la misma nocion que el paganismo, no es otra cosa que
una institucion pública. MI'. Barodet, uno de los diputados
más importantes de aquel Congreso, decía que un clérigo
no era ciudadano ni frances. Hasta ahí llegaba el buen di-
putado; mas esto es radicalismo puro, es presentar muy al
desnudo los fundamentos de la libertad religiosa, tal como
la comprenden, y estas exageraciones es preciso taparlas
con el antifaz ele moderacion que necesitan los conservado-
res para que no conozcan a dónde van antes ele tiempo: así
DEL SR. CO:'DE DEL LLOBREGAT.
117
lo hace el célebre ex-dictador MI'. Gambetta, cubierto con
la piel de mansedumbre que ahora ostenta. Gambetta en
estos últimos tiempos quiere aparecer como conservador,
ocultando sus verdaderos fines de revolucion social. Así es
que, al parecer, no desea otra cosa que la libertad política
más ám}1lia, y cuando habla de lo que á los conservadores
puede afectar de cerca, procura disipar lo¡~ temores que és-
tos puedan abrigar; pero cuando se refiere á la Iglesia, que
es la que realmente estorba é impide la consecucion de sus
deseos de radical reforma, entónces se irrita y sostiene ú
nombre de la libertad que la Iglesia no debe ni puede te-
ner intervencion de ninguna especie en la vida política, y
que, por lo tanto, para no darla importancia, es menester
destruirla, saltando hasta por encima de la libertad de en-
señanza, que es hoy el problema que preocupa en Francia á
los católicos, del propio modo que el de la unidad católica
preocupa á los de España.
Pero vamos más adelante. Inmediatamente despnes de
reunirse el Congreso, y á propósito de la eleccion por la
Bretaña del Conde de Mun, y por suponer que el clero ha-
bía intervenido y cometido grandes abusos en favor de ese
candidato, se abre una informacion parlamentaria. ¿ Y en
qué se fijan los señores Diputados? ¿En averiguar si real-
mente se han cometido faltas electorales? Nada de eso. Se
empieza una especie de requisitoria contra la Iglesia, y se
pide al Gobierno que evite todos los ataques que en su con-
cepto se han realizado contra las libertades galicanas pro-
clamadas en 1682. ¿ Y qué tiene que ver esto con la cues-
tion de que se trata? El explicarse ó no en los Seminarios
con arreg"lo á las doctrinas de la Iglesia católica ,el cum-
plirse ó no los decretos orgánicos del Concordato y las lla-
madas declaraciones galicanas, que por cierto no han sido
reconocidas nunca por la Iglesia, pues hay algunas que son
contrarias á la fe , como la que niega la infalibilidad pon-
tificia, no puede dar ninguna luz sobre la manera como se
ha verificado la eleccion á que he hecho referencia. Esto se
118
DISCURSO
ha hecho en nombre de la libertad de cultos, en nombre de
la libertad electoral, en nombre de todas las libertades.
¿Puede caber prueba mayor de que los partidarios de este
sistema no quieren la libertad de la Iglesia, sino su des-
truccion'? ¿Cabe mayor absurdo que el que librepensado-
res y materialistas declarados examinen si es buena ó mala
la teología de lós Seminarios'? Pues en Bélgica sucede lo
mismo. Allí, donde la libertad de cultos es, por decirlo así,
una institucion nacional, donde hay católicos en los parti-
dos más avanzados, el que se llama partido liberal comete
todo género de atropellos con el que se titula partido cató-
lico; y en prueba de ello voy á citar un solo ejemplo, por-
que estas correrías históricas se hacen siempre pesadas.
En Malinas se habían reunido los católicos para celebrar
con un banquete su triunfo en las elecciones verificadas
allí, exactamente lo mismo que habían hecho los electores
liberales de Amberes y Lieja con entera tranquilidad. Mas
los católicos fueron apaleados, fueron maltratados de la
peor manera posible por sus adversarios, con piedras, pu-
ñal y garrotes. Acudieron en queja á la Cámara, y allí, en
vez de escucharles como era debido, por los que tanto blaso-
naban de liberales y tolerantes, se les recibió con risas, y
los periódicos más importantes ,dijeron que los católicos
tenían la culpa de lo que les pasaba, porque se permitían
el lujo de presentarse en público y hacer una especie de
alarde, cuando para lo único que tenían derecho era para
ser apaleados.
En Austria ocurre el caso de que el Emperador tiene que
negar su sancion á una porcion de leyes por impías.
De Prusia nada necesito decir. Se cree que el príncipe
de Bismark es la mania de todos los católicos, y como to-
dos conoceis sobradamente su marcha é influencia política,
respecto á este particular no he de hablar una palabra.
No he de decir tampoco nada de lo que pasa en Baviera
y de lo que pasa en la misma Suiza, en la cual, segun me
decía un distintruido amigo mio, que ha llegado de allí
DEL SR. CONDE D:gL LLOBREGAT.
119
hace poco tiempo, se han podido librar de una guerra reli-
giosa, merced á la forma federal que hay en aquel país;
tan verdad es que cada pueblo debe estar organizado con
arreglo á sus tradiciones, con arreglo á su historia, y en
tanto que aquel país evita grandes calamidades por ser
república federal, llovieron sobre España cuando tuvo la
desdicha de serlo.
Mas esto que ha sucedido en otros países, en los cuales
vemos que á nombre de la libertad religiosa se va cami-
nando hacia la persecucion de la Iglesia, i, ha sucedido
tambien en España'? En España tambien ha sucedido algo
de esto y se ha notado la misma tendencia. En 1812, cuan-
do se abolió la Inquisicion, lÍnica institucion intolerante
que había en nuestro país, cuando ya en realidad podía
decirse que no había intolerancia en España, deCÍa el se-
ñor Argüelles en su famoso manifiesto, que abolida aque-
lla institucion, todos los españoles serían católicos, y que
no consideraría siquiera como españoles á los que no pro-
fesasen la Religion católica. Y esto revelaba que aquellos
ilustres patricios tenían en mucho el sentimiento religioso,
que daban gran importancia á la unidad católica, que la
consideraban como una verdadera institucion nacional; y
sin embargo, aquellos patricios permitían que hubiera una
verdadera licencia, una libertad desenfrenada en la prensa
en contra de la religion; á la que se insultaba en todas
partes, tanto que en aquella epoca se publicó el famoso
IJiccionario critico-burlesco de Gallardo, bibliotecario de
las Córtes por cierto, y se dió tambien el caso de que los
hombres políticos á que me refiero llegaran á romper con
la Santa Sede por inmiscuirse en los asuntos eclesiás-
ticos.
Vino despues el reinado de doña Isabel JI , Y todos sabeis
lo que fue en esta grave cuestiono La lucha contra la uni-
dad católica no es ciertamente una noveded. En 1837 se
trató algo de ella, aunque muy á la ligera; en 1855 ya se
discutió de otro modo; pero á Dios gracias, salió vencedo-
120
DISOURSO
ra en aquella lucha; y en 1869, todos sabeis lo que pasó.
Hasta esta última época que he citado, puede decirse
que realmente no se ha atacado la unidad católica. Siempre
se decía que so querían corregir los abusos del clero, que
se quería hacer esto ó lo otro en defensa de la misma reli-
gion. Se la hostigó con cautela. Sus bienes fueron consi-
derados primero como una incautacion, despues se des-
amortizaron, más tarde se llegó á negar á la Iglesia el
derecho á ser mantenida por el Estado y al cumplimiento
de las leyes que reconocían este deber. En 1869 ya varió
por completo el aspecto de la cuestiono Entónces se atacó
la doctrina,' se atacó la esencia misma de la religion, y en
este sitio se oyeron frases verdaderamente terribles para
todo el que se precia de católico:
.
Resulta, pues, por la historia que vengo haciendo, que
no sólo por la doctrina en si, sino tambien por la marcha
práctica que se ha seguido en España, y por las conse-
cuencias ·que en ella ha tenido realmente, no se puede de-
cir , ni áun como paradoja, que los verdaderos intereses de
la Ig~esia exigen la continuacion de la libertad religiosa,
porque en nombre de ella y cuando más se exaltaba, he-
mos pasado en España dias de anarquía y persecucion para
la Iglesia y su libertad.
Mas si los altos intereses de la Iglesia no lo exigen, ¿lo
exigen acaso los altos intereses sociales'? Tampoco; y para
probarlo, no voy más que á recorrer los argumentos que
hacen los que defienden la libertad religiosa. Todos, abso-
lutamente todos, están sacados del arsenal racionalista;
casi ninguno tiene carácter cristiano. Y esta prueba es
concluyente para demostrar que es una cuestion de princi-
pios, y no una cuestion política, la que estamos ventilan-
do. En primer lugar, se dice que porqué no hemos de en-
trar en el concierto de Europa. ¿ Y qué concierto europeo es
este'? Tiene que ser naturalmente el movimiento científico
racionalista; porque del movimiento cristiano no se puede
decir estamos separados. ¿Y necesitamos nosotros entrar
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
121
en ese movimiento racionalista '? ~Pueden sostenerlo los
que se dicen católicos'?
Se dice que si no, somos una excepciono j Gloriosa ex-
cepcion, seilores! Excepcion era en el siglo pasado el régi-
men político de Inglaterra; gloriosa excepcion que, unida
á la más gloriosa excepcion de la unidad católica en Espa-
ña, derrotó al coloso del siglo, que representaba el princi-
pio racionalista y cesarista; las dos gloriosas excepciones,
del régimen político en Inglaterra y la de la unidad católi-
ca en España, dando r'eunidas la batalla en este suelo clá-
sico, donde toda causa justa vence al fin , al absolutismo y
aLpaganismo moderno que simbolizaba Napoleon, eran la
admiracion y la esperanza del mundo. Pues qué, señores,
¿ no es un bien envidiado de todos en Europa esta unidad'?
¿Qué contestaban al padre Spencer, Lord Palmerston, Lord
Dcrby, Lord Clarendon y Lord Jhon Russell, cuando les
consultaba su oracion en'pró de la unidad de creencias'? ¿No
le contestaban que era un grave mal la division religiosa,
la pluralidad de cultos'? El Sr. Sagasta decía el ailo 55 que
lo que más nos envidiaban las naciones civilizadas era la
unidad religiosa. ~Pues por qué es malo hoy lo que ayer era
bueno'? ¿ Por dónde han variado los sucesos de esa manera;
ha variado, sobre todo, la índole de las cosas, que lo que
era bueno ayer y se nos envidiaba por todos, es hoy un. bo-
chorno'? Pues qué , ~lo que entónces era un timbre de glo-
ria para la Nacion Española, se pretende que hoy sea ver-
gonzoso? ~Es acaso posible á los ojos de un católico'? Casi
siempre se alegan razones de esta índole. Si se invocaran
por los racionalistas, lo comprenderíamos, sería lógico;
pero por un católico que considera la unidad católica como
el ideal, decir que somos una excepcion lamentable, no lo
comprendo ni me lo explic.o. Se nos citan por la prensa to-
dos los dias las autoridades de los periódicos el Times y el
Jowrnal des lJeóats; el uno es protestante, y el otro, re-
sueltamente racionalista, enemigos de todo el catolicismo,
que no quieren, ni pueden querer la unidad católica, ni
122
DISCURSO
nada que favorezca á la Iglesia. i, Son estas autoridades
sérias'?
Yo veo por todas partes tendencias secularizadoras en
esta cuestion: por toda razon, para anonadarnos, se dice
que somos ultramontanos, y voy á examinar lo que es ul-
tramontano. Si por ultramontano se entiende ser partidario
de la ingerencia de la Iglesia en el Estado, soy fundamen-
talmente opuesto á semejante doctrina, porque no quiero
la ingerencia de la Iglesia en el Estado, ni del Estado en
la Iglesia; son dos esferas completamente distintas, y no
debe ninguna de las dos intrusarse en los negocios de la
otra, por mús que deban vivir en completa armonía. Pero
si por ultramontano se entiende ser partidario de la infali-
bilidad del Papa, defender la Iglesia en la lucha general que
sostiene en el mundo, estar al lado de los derechos de la
Iglesia; si se entiende el querer agruparse al rededor de
Pío IX, Y auxiliar y consolar al Santo Padre, asistiéndole
en su desgracia, cual todo el catolicismo lo hace en nues-
tros dias; si se entiende, en fin, por ultramontanismo el
catolicismo militante, entónces sí soy ultramontano.
y lo sois todos vosotros; y lo seréis, sobre todo, el dia
en que veais esa lucha más evidente en nuestro suelo;
cuando ese dia llegue, los Sres. Bugallal y Cánovas del
CasJ;illo, que no han sido racionalistas nunca y que sólo
creen y aceptan como una triste necesidad política el hacer
el sacrificio de la unidad, ese dia tendrán SS. SS. que estar
unidos con noeotros para defender la libertad y los derechos
de la Iglesia en contra del racionalismo; y entónces , se-
dn SS. SS. llamados ultramontanos, como son llamados
ultramontanos los católicos belgas y franceses; porque hoy
la palabra ultramontano en Europa es sinónimo de católi-
co; desde que los viejos católicos, al aumentar con su di-
sidencia el número de las herejías, empezaron á dar ese
nombre á todo el que creía en la infalibilidad pontificia, es
decir, á todo católico, estas dos palabras se han confundi-
do en el mundo culto.
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
123
y al defender unos aquí yal atacar otros la unidad cató-
lica, i, lo hacemos porque efectivamente se trate de la unidad
católica en la letra de la Constitucion, y nada más que por
eso? Nó, señores, no hay que hacerse ilusiones; se trata de
una cuestion de espíritu, y los católicos defendemos aquí
el espíritu cristiano, y nuestros adversarios, unos á sabien-
das y otros inconscientemente, defendeis lo contrario; su-
cede con esta cuestion como en la batalla de Waterlóo su-
cedía, por ejemplo, con la posicion en que la heroicidad
de la caballería francesa no pudo romper la firmeza de las
líneas inglesas; allí era donde se medía la batalla, porque
del resultado de esa operaci'on dependía el éxito de la mis-
ma ; pero no era la batalla toda. Pues lo mismo sucede con
la unidad religiosa en la cuestion que hoy se debate.
Además, si se dice que este arto 11 no es una concesion
al principio racionalista, yo pregunto: i, dónde está en Es-
paña el pueblo protestante? ¿ dónde esti esa comunidad
verdaderamente seria, que aquí necesite la libertad reli-
giosa ? Yo no la veo. Es, pues, una cuestion de principios
la que aquí se debate, en último resultado, y no simple-
mente una cuestion de práctica, una cuestion de más ó de
ménos. ¿,En qué consiste, si no, que yo que tengo las mis-
mas ideas políticas que el Sr. Bngallal, esté sin embargo
á mucha mayor distancia de ~. S. en esta cuestion, que
lo está S. S. del Sr. Castelar? y si no es una cuestion de
principios, si no es una cuestion de doctrinas, sino tan
solo una cuestion de más ó de ménos, una cuestion de
práctica, Cómo es que estamos tan divididos, cómo es que
estamos tan separados? Es , pues, evidente que esta es una
cuestion de espíritu, porque si no, no combatiríamos de
una manera tan radical, y mucho ménos yo, que no me
gusta luchar ni producir conflictos, ni me gusta hacer ac-
tos de oposicion como el que contra toda mi voluntad estoy
haciendo en este momento.
El hecho mismo de esta discusion lo prueba evidente-
mente. ¿ Qué argumentos se han alegado en ella? Sólo al
]24
D1SCURSO
Sr. Cardenal le he visto alegar algunos de índole cristiana.
¿ y por qué los racionalistas tienen tanto interés, tienen
tanto afan en que sea aprobado el arto 11 '? Si los raciona-
listas no profesan culto de ninguna especie: ¿á qué tanto
interesarse en el éxito de este artículo'? Se interesan por-
que Ven en él una cuestion de principios, una cuestion de
espíritu, que si no fuera así, no le~ interesaría cierta-
mente.
y ya que nos exigís el inmenso sacrificio de la unidad
católica, ¿por qué si vuestro ánimo no es hostil al catoli-
cismo, no rodeais este arto 11 de todo género de garantías
en favor de la Iglesia'? ¿Por qué no le haceis acompailar de
la libertad de asociacion y de la libertad de enseilanza para
las órdenes religiosas? ¿Por qué no le acompailais hasta
del derecho de adqnirir toda clase de bienes, como en los
Estados-Unidos? ¿, Por qué no haceis todo esto, puesto que
deCÍs que estais animados del espíritu cristiano? Si tal hu-
biérais hecho, nosotros no le combatiríamos de la manera
que lo .hacemos; podríamos entónces estar discordes res-
pecto de su necesidad, pero de seguro que no os combati-
ríamos de la manera decidida que lo hacemos ahora, que
vemos en esta cuestion una cuestion de doctrinas y de
principios.
Pero vosotros, léjos de rodear este artículo de esas ins-
tituciones, poneis en seg'uida uno por el cual se reserva la
colacion de grados al Estado. ¿, Y sabeis lo quo significa
esto? Sabiendo lo que en estos momentos está pasando en
Francia, ¿sabeis que esto tiene para nosotros una interpre-
tacion detestable? Yo, seilores, me acerqué á la Comision,
y preguntando por qué no se quitaba semejante cortapisa,
se me dijo que no tenía importancia .. ¡Que no tiene impor-
tancia! La tiene inmensa; votada, no puede establecerse la
libertad de enseñanza para la Iglesia, que es de imprescin-
cLible necesidad si el el arto 11 llega eL ser ley.
Resulta, pues, de todo lo expuesto, que esta es una
cuestion de espíritu, y que no exigen los altos intereses
DEL SlL COCfDE DEL LLOBREGAT.
125
del Estado el establecimiento de la libertad religiosa, <ln-
tes al contrario. Pero se podrá decirnos que hoyes necesa-
ria la tolerancia; que hoy no se puede vivir en un estado
de verdadera intolerancia, y que en España con la unidad
católica ésta existiría. Creo que podré probaros fácilmente
que en España la unidad católica no es la intolerancia.
b Qué es la unidad católica ~ La unidad católica es la pro-
hibicion de todo culto público y la consiguient ~ prohibicion
de toda propaganda. Eso es la unidad católica; y si la uni-
dad católica es eso, la unidad católica no es contraria á la
tolerancia de hecho. Y la prueba de que la unidad católica
legal no produce la intolerancia en España, estc\\ en los he-
chos; aquí siempre ha reinado la más grande tolerancia, y
no hay necesidad de introducir esta variacion tan grave eu
las leyes cuando no lo exigen las costumbres donde existe
de antiguo y cuando nadie ha tratado de destruirla.
La tolerancia, señores, es precisamente una virtud
cristiana; bY cómo no ha de serlo~ Es imposible que el
hombre sea tolerante con aquello que le incomoda, que In
violenta; somos además y naturalmente, intolerantes por
espíritu de amor propio, y desde el momento en que nos
mostramos tolerantes lo hacemos por una virtud cristiana.
La tólerancia en España es un hecho que ha existido siem-
pre, y no se puede destruir, porque está encarnada en
nuestras costumbres desde hace muchísimos años; la Igle-
sia siempre ha sostenido la inviolabilidad de la conciencia;
siempre ha hecho todo lo posible para evangelizar á los
hombres, pero por la persuasion y no por la violencia. A
este propósito me ocurre un hecho histórico que lo de-
muestra en nuestra patria. Cuando el rey Sisebuto se em-
peñaba en convertir á los judíos por la fuerza, S. Isidoro le
dij o reprendiéndole: « k.mulationem .Dei lJaóuit, sed n01t se-
cundum scientiam.» Como veis, señores Diputados, el pas
t1'Op de zele, atribuido ú Talleyrand, era un plagio.
b y por qué se expresaba así S. Isidoro~ Porque no tenia
aquel Rey ningun derecho ú forzarlos á abdicar do sus
126
DISCURSO
creencias para entrar sin quer~rlo en el seno de la Iglesia.
Pero no confundamos una cosa con otra; yo no quiero la
intolerancia de hecho, Sr. Fernandez Jimenez; estoy per-
fectamente conforme con S. S. en este punto, pero no acep-
to la tolerancia de derecho, porque esta es la sancion ¡lel
principio racionalista de la libertad de cultos, que yo,
como católico, no puedo en manera alguna admitir. Y la
prueba de que la tolerancia de hecho existe hace mucho
tiempo en España, está en lo que yo mismo he presencia-
rlo. Yo recuerdo haber visto en Bilbao desde mi niñez }lll
cementerio protestante, con el que nadie se metía; estaba,
por cierto, en un sitio bien público, en un paseo frecuen-
tado, y todo el mundo al pasear junto á él envidiaba la
sombra de sus hermosos árboles; llegó un momento en que
el cementerio se cerró con una verja y se fijaron dentro
cruces y una porcion de signos que no permitian dudar
acerca del objeto á que se destinaba, y aquella misera ver-
ja de madera fué siempre muro impenetrable para la auto-
ridad eclesiástica, sin que jamás se le ocurriera fran-
quearla.
En Málaga ha existido tambien un cementerio protes-
tan te, y yo lo sé precisamente porque su fundador fué el
primer Oonde del Llobregat el año de 1827, por órden ex-
presa de Fernando VII, como lo he oido decir muchas veces
en mi casa. De modo que la tolerancia existía en España; y
es más, ha habido tolerancia excesiva en la cuestion de li-
bros; yo mismo he estudiado en esta universidad con li-
bros racionalistas, y he tenido profesores racionalistas en
pleno reinado de doña Isabel II y en pleno Ministerio N ar-
vaez. No comprendo, por lo tanto, la necesidad de provo-
ear esta cuestion, verdaderamente de principios, y de
traer á las leyes una cosa que ya está en nuestras costum-
bres sin provocar dificultades ni trastornos; no había ne-
cesidad ninguna de provocar esta tempestad, porque bas-
taba con seguir teniendo ojos de mercader con cuanto no
quebrantara verdaderamente la unidad católica, que es
DEL SR. OONDE DEL LLOBREGAT.
127
todo lo que en nuestro país se podría necesitar; el culto
aquí no es necesario, porque apénas hay protestantes en
España, y para los pocos que existen basta y sobra con el
culto d.oméstico, que han tenido siempre libre hace mu-
chos años, sin que nadie se mezclara con ellos ni en los
dias que se suponen ménos"tolerantes.
Además, señores Diputados, ya que aquí somos tan in-
clinados á buscar ejemplos del extranjero, yo, que preveo
que me vais á presentar el argumento de por qué si la to-
lerancia existe en nuestras costumbres no ha de existir en
nuestras leyes, yo me voy á permitir invocar el ejemplo
de Inglaterra. Hay allí una infinidad de cosas, que están
e.n las costumbres, y que los ingleses se han resistido
siempre á llevar á las leyes; tanto, que dirigiéndose el pa-
dre Newman á MI'. Gladstone, le decía:
«Si tan maros os parecen los decretos del S,yllabus, si
tanto os escandaliza la unidad católica, que no es la per-
secucion en España, ¿por qué vais tan léjos á buscar pre-
ceptos y ejemplos de intolerancia'? ¿Por qué no pedís que
desaparezcan de las leyes inglesas.la prohibicion que tene-
mos de salir á la calle con nuestras sotanas y de jugar al
cricket los domingos, y tantas otras como están aún en
práctica'? Nosotros no lo pedimos, ó por lo ménos no de-
claramos intolerantes por esto las leyes de nuestro país,
sabemos contentarnos con la tolerancia general y de hecho
de que gozamos.»
y Disraeli, á quien preguntaban por qué no permitía
residir legalmente en Inglaterra c't los jesuitas, decía «que
las leyes que prohibían esb asociacion en Inglaterra for-
maban parte del cuerpo político-legal de aquel país, á que
no convenía tocar nunca, y que él lo único que podía ha-
cer era no aplicarlas. Estos ejemplos os podían servir para
no llevar la perturbacion al pais con este malhadado afan
de legislar y crear derechos.
Mas si la unidad católica no es la intolerancia, ¿ será tal
vez una cuestion política de otro órdcn la que exija la pér-
128
DISCURSO
dida de nuestra unidad? ¿ Será una cuestion de paz publi-
ca? ¿Habrá en el país temores de una guerra si la cuestion
religiosa no se resuelve de la manera que propone la Co-
mision'? ¿ S~)rá, como decía el Sr. Cardenal hace un mo-
mento, que' si no se establece la tolerancia en las leyes,
que si no se transige, podría suscitarse una veruadera
guerra en España? Pues qué, señores Diputados, ¿ no sabe-
mos todo lo contrario'? ¿No vemos que el sentimiento cató-
lico está profundamente alarmado, que ha estado profunda-
mente lastimado en estos años, que hoy recela de nosotros,
que duda que seamos los mismos de ántes, y que hay mu-
chos que creen que realmente somos hijos de la revolucion?
Pues qué, la guerra que acaba de terminar ¿no lo está de-
mosüando'? ¿Por qué D. Cárlos pudo levantar las fuerzas
que levantó'? ¿Por qué pudo hacer lo que hizo, mucho más
avisado en la manera de aprovecharse del estado moral del
país que en el difícil arte del gobierno de los pueblos'? Por-
que eucontrando al país profundamente lastimado, profun-
damente perturbado y herido en sus sentimientos católicos,
especialmente desde el año de 1873, tuvo la habilidad de
hacer creer que él tremolaba la bandera católica, bandera
que no era la suya; pero como los pueblos son sencillos y
sinceros, cuando se les pone un lema delante creen que
significa lo que gramaticalmente dice, y así como con los
lemas de libertad, de abolicion de quintas y de abolicion
de consumos se ha arrastrado á muchos infelices á la repú-
blica, así tambien con el lema de Dios, patria y Rey se
arrastró á los que creyeron que la bandera carlista era real-
mente la católica.
i Dios, patria y Rey! Lema que no podía ser el suyo ni
podía aparecer en sus labios sino como un escarnio! No po-
día serlo .Dios, porque ~e ofendía tomámlole como bandera
política y como escabel de sus ambiciones personales; no
podía serlo la patria, porque la desgarraba con dos ó tres
guerras civiles á cuál más sangrientas; no podía serlo tam-
poco la palabra Rey, porque él no era rey legítimo de Es-
1'"
"
EL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
129
paña, porque el rey legítimo de España es D. Alfonso XII,
pues jamás se ha practicado en España esa ley extranjera,
la ley Sálica, ni siquiera para la venida de los Barbones,
que se sentaron en el Trono por una infracciou de su es-
píritu.
El pueblo católico de España es un pueblo sencillo y
honrado. Vió enarbolada la bandera de .Dios, patria y Rey,
y cometió una parte -de él el error de seguir la bandera
carlista. i Ah señores Diputados! Si el pueblo católico, ó
mucha parte de él, no hubiera seguido la bandera carlista;
si hubiera permanecido tranquilo, como era su deber, y no
hubiera hecho solidaria su causa de una bandera política
determinada, exponiéndola al riesgo de seguir la suerte de
ésta y produciendo durante un momento, si aquella era
vencida, un eclipse de la religion, y nada más que un eclip-
se, porque la religion no puede morir nunca; si esa parte
de nuestro pueblo se hubiera resignado despues de la re-
volucion , si no hubiera seguido la bandera del pretendien-
te, si hubiera estado en su casa rezando, orando y pidien-
do á Dios mejores dias, seguro es que esta cuestion que
aquí se ventila no se habría ventilado nunca. ¿ Quién me
había de decir á mí que bajo el reinado de D. Alfonso XII
había yo de pedir á una Asamblea conservadora que con-
servara la unidad católica en mi país'? ¿ Cómo había yo de
creer semejante cosa'? Nunca hubiera podido creer en se-
mejante desgracia. Por eso jamás perdonaré á D. Cárlos;
por eso caerán mis maldiciones sobre quien tantos males
ha traido sobre mis montañas natales, y es causa de que se
pueda discutir hoy aquí lo que nunca ha debido ser discuti-
do en la restauracion. Nunca la revolucion hubiera podido
levantar la cabeza, nunca hubiera venido con exigencias
de ninguna especie, sin esa malhadada guerra civil; que
no parece sino que la revolucion y el carlismo forman un
círculo vicioso que no se sabe dónde empieza ni dónde con-
cluye; círculo horrible de cuya aparicion salen siempre
perdiendo los partidos medios y la religion, combatidos ru-
~
130
DISCURSO
damente los primeros por el sufragio universal, que nos
lleva derechamente al socialismo, y la segunda por la li-
bertad religiosa, que nos lleva no menos lógicamente al
indiferentismo y al ateismo.
No lo dud0is. El sentido religioso de nuestro país está
profundamente alarmado, y es una insensatez hacer con .....
cesiones en sentido religioso á la revoluciono Es necesario
hacer lo contrario. Acabais de presenciar una guerra dolo-
rosísima, que acabo de condenar como habeis visto; pero
que si para nosotros como católicos tiene la enseñanza de
que rarísima vez está justificado el acudir á, las armas en
defensa de la religion, tambien como políticos nos presen-
ta la enseñanza de lo que puede producir el sentimiento
religioso en España, y de lo respetable y atendible que
deba ser para un hombre de Estado ese espíritu que ha te-
nido fuerza bastante para poner 60.000 hombres sobre las
armas. Es necesario que esto nos sirva de loccion para pa-
cificar el país, y que no prescindamos de la unidad católi-
ca, que es la verdadera pacificadora de las conciencias.
Recordad lo que ha ocurrido en España des pues que ha
dejado de hablarse de libertad religiosa. Lo mismo en 1823
que en 1837, que en 1856, que en epocas posteriores, ha
habido grandes períodos de tranqnilidad cuando estas cues-
tiones no se han suscitado. El general O'Donnell en 1856
no quiso dar vida á aquella Constitucion nonnata precisa-
mente porque contenía el principio de la tolerancia; y re-
cordad qué período de paz y de grandeza vino para el país,
y cómo pudo hacerse la guerra de Africa, unánimemente
aprobada en España y en Europa. Siempre que la unidad ha
estado libre de toda clase de ataques, ha habido en España
grandes períodps de tranquilidad. Es verdad que se había
perseguido á la Iglesia; es verdad que se la había despoja-
do de sus bienes por medio de las leyes desamortizadoras;
es verdad que había habido el degüello de los frailes; pero
la verdad es tambien que no se había penetrado nunca en
la ciudadela, en la fortaleza de la Iglesia católica en Es-
DEL SR. CONDE DEL LLOBREGAT.
13]
paña, en la unidad religiosa. Se habían talado los verge-
les, se habían destruido los campos que la rodeaban; pero
no se había llegado nunca á poner la planta dentro de sus
muros. No regalemos hoy una primera victoria, porque
será la señal de la lucha del sentimiento, del espíritu ra-
cionalista contra el catolicismo. Yo temo que emprendido
este camino no se retroceda en él. i Ojalá yo esté obcecado
y me equivoque! Pero lo veo con gran claridad, y no puedo
ménos de decirlo así.
No olvideis tampoco que esa misma tolerancia que que-
reis establecer en la ley, y que existía en nuestras costum-
bres, se puede comprometer. El pueblo español es intole-
rante por naturaleza en lo que se refiere á los principios, y
cuando se le excita, responde siempre á ese sen6miento,
y si ahora se legisla sobre la cuestion religiosa y vienen
las alteraciones consiguientes en las leyes, puede muy bien
suceder que esa tolerancia de hecho que existe en las cos-
tumbres desaparezca del todo.
No olvic1eis que todas nuestras guerras, todas absoluta-
mente, han tenido algo de carácter religioso. La guerra
contra los moros, la guerra contra los flamencos, la guer-
ra contra los alemanes, las guerras contra los ingleses, y
hasta la misma guerra de la Independencia tuvo carácter
religioso. España es un pueblo que no quiere de ninguna
manera salvedades en estas cuestiones. Hay en España
comarcas enteras en las cuales se ve un grandísimo respe-
to á los sentimiento religiosos, á los sentimientos católi-
cos, respeto á veces hasta exagerado. No irriteis ese senti-
miento, no juzgueis el resto de España por lo que pasa en
Madrid. Madrid es un pueblo que no responde á lo que es
el resto de la Nacion en estas cosas. Nunca me olvidaré yo
del espectáculo que presentaban en esta capital los Carna-
vales de 1873 y de 1876. Con la misma indiferencia, con la
misma frialdad bajábamos al Prado á ver las máscaras
en 1873 que en 1876, era la misma la cara de todos, el lujo
de los coches, todo lo que se veía allí respiraba indiferen-
132
DISCURSO
cia; yeso que en 1873 acababa de entronizarse la federal:
Cataluña estaba separada de España; amenazaban para
este país las mayores desdichas; la guerra civil de Cuba
estaba en su período álgido; yen 1876, en cambio, se ha-
bía realizado la paz; todo era fortuna y alegría en España;
nuestro Rey había conquistado la corona de la victoria, era
amado por todos sus súbditos; y sin embargo, el aspecto
de nuestro pueblo, la indiferencia era la misma en unaépo-
ca que en otra.
Los grandes pueblos no son ni pueden ser la expresion
del sentimiento nacional. Mirad lo que ha pasado en los
Estados-Unidos yen Francia. En los Estados-Unidos lleva-
ron la capital á Washington, porque temían que Nueva-
York quisiese imponer su opinion á toda la república. En
París les ha sucedido lo mismo; han tenido que llevar la
capital á Versalles para evitar precisamente eso, lasimpo-
siciones de las masas obreras, porque realmente la opinion
de las grandes capitales no suele ser la opinion del país.
Hay otro cuarto aspecto, señores, en la cuestion, que
prueba que tampoco altas consideraciones de Estado exigen
bajo este nuevo punto de vista que se establezca la toleran-
cia religiosa. Este punto de vista es el relativo á lo que la
escuela conservadora debe hacer en el poder. Es evidente
que el interes primordial de los partidos conservadores está
en fortificar el sentimiento monárquico y el sentimiento
religioso; porque si no fortificamos estos sentimientos, los
-conservadores no podrémos ser poder nunca sino por medio
ele la dictadura,. porque no tendrémos tampoco un cuerpo
electoral conforme con nuestras ideas. Como el sentimiento
religioso y el sentimiento monárquico son los verdaderos
sentimientos conservadores de un país, el interes del par-
tido conservador exige, pues, que se propalen y robustez-
can esos sentimientos. Esta ha sido siempre la política de
los partidos conservadores en Europa.
El sentimiento de la unidad es la política conservadora
de todos los tiempos y de todos los países. En el siglo XVI
bE!. SR. CO:-mE bEL LLOBREGAT.
133
especialmente, se ha marcado en el .mundo esta tendencia,
la unidad; pero Alemania y Francia no la pudieron conse-
guir, y tuvieron que aceptar la libertad de cultos como un
modus vivendi tras de grandes guerras. Nosotros más feli-
ces logramos la unidad católica; lo propio sucedió. ántes al
mahometismo que despues al protestantismo en España.
El catolicismo no ha derramado para propagarse más san-
gre que la de los mártires, miéntras que el protestantismo
yel mahometismo han causado multitud de víctimas para
formar Iglesia; el mahometismo, como era un adelanto en
la sociedad en que apareció, fué expansivo y se extendió,
miéntras que el protestantismo, como un retroceso en el
medio en que surgió, se ha reconcentrado y ha venido á
morir á manos del racionalismo, que pronto lo absorberá
por entero.
La aspiracion á la unidad no ha desaparecido en el mun-
do. ¿ Qué quiere el príncipe Bismark sino la fundacion de
un grande imperio evangélico'? ¿ Cómo considera el cato-
licismo, sino como un cisma'? La tendencia á la unidad es
la tendencia de todos los partidos conservadores del mun-
do , y no se comprende cómo nosotros, conservadores de
aye1', conservadores de hoy, que queremos establecer las
ip.stituciones representativas dentro de nuestro credo, po-
damos tender á debilitar esta unidad debilitando uno de
los sentimientos más poderosos, el sentimiento religioso.
La única razon séria que puede darse en defensa de la
libertad religiosa, es decir que los extranjeros lo exigen,
no en sentido de imposicion, pero alegando que han ad-
quirido derechos y que no se puede privarles de ellos. Se-
ñores, para estos derechos sobra y basta con la tolerancia
de hecho. ¿Dónde están aquí esos extranjeros, ni españoles
tampoco, que exijan el establecimiento de la libertad'? Re-
pito, pues, que basta con la tolerancia de hecho para los.
pocos que pueda haber.
En cuanto á la propaganda, no tienen derecho para pe-
dir semejante cosa. Pues qué, i,hemos de permitir nosotros
134
inscuaso
que vengan á hacer propaganda las sociedades biblicas de
Lóndres en nuestros hijos'? loHemos de permitir que ven-
gan á arrancar niños bautizados para llevarlos al error y á
la herejía'? loHemos de permitir que abusando de la miseria
seduzcan para llevarlos á sus escuelas á los católicos po-
bres que han nacido en el seno de la Iglesia'? lo Hemos de
votar esto'? Es imposible que lo hagamos los que no haya-
mos renegado de nuestras creencias. Si las sociedades bí-
blicas de Lóndres quieren hacer propaganda en el mundo,
que vayan al centro de Africa, que allí en las paradisíacas
regiones que rodean el lago Tanganika y el lago Victoria
Nyanza tienen inmensas poblaciones negras que están su-
midas en el más horroroso paganismo. Pero ellos, que con-
fiesan que dentro del catolicismo se salva el hombre lo
mismo que dentro del protestantismo, que no vengan á evan-
gelizar católicos, puesto que nuestra religion considera
que el hombre no puede salvarse dentro de la doctrina pro-
testante. No tienen, pues, derecho ninguno á pedir que se
les permita la propaganda; todo lo que se les puede permitir
y conceder es el respeto á su culto doméstico, porque real-
mente para eso basta la tolerancia; pero querer que con-
signemos en nuestras leyes un principio racionalista, eso
no nos lo pueden pedir á nosotros, no tienen derecho nin-
guno para ello. Esto es tan verdad, señores, que yo com-
prendo que si hubiera una necesidad llegárais á lo que de-
cía el Sr. Bugallal en 1869, pero no al art. lI.
Decía, y con razon, el Sr. Bugallal: «Si hay necesidad
de tolerancia, legalícese primero en- las leyes orgánicas,
en el Ooncordato , en los tratados, en otra parte; pero no se
traiga á la Oonstitucion, no se traiga á la ley fundamen-
tal del Estado, no se declare derecho, porque esto no es
posible. 'J> Pues nosotros hemos empezado por el fin, por es-
tablecerla en la Oonstitucion; y yo, que sostengo que no
hay necesidad de consignarla en las leyes orgánicas, ni en
las secundarias, ni en ninguna parte, mucho ménos he de
permitirlo en la Oonstitucion, y ménos aún consignado en
DEt SR. CONDE DEI. Lt.OBUEGAT.
135
el título que trata de los derechos del hombre. No puede;
pues, consentirse que sea un derecho, y ménos en el esta-
do actual de Europa. Pues qué, ¿el estado actual de Euro-
pa requiere que aflojemos los vínculos religiosos, ó por el
contrario, que nos aprestemos á la defensa de nuestra fe?
Pues qué, ¿no vemos hoy la religion combatida con una
energía como no lo ha sido hace mucho tiempo? ¿No ha
dicho el Rey en el manifiesto de Sandhurst que aquellos
pueblos que más valen son los que más respetan su propia
historia? Pues ¿ por qué no hemos de hacerlo así'? ¿ Por qué
hemos de hacer una Constitucion que hallándose en con-
tradiccion con la mayoría del pueblo español, al cual no
respeta ya sus creencias más queridas, está en el caso que
decía el Sr. Fernandez Jimenez al asegurar que no puede
tener vitalidad, que no puede ser viable una Constitucion
que no está conforme con el espíritu del pais?
Pues ese es el caso de esta Constitucion. Resulta, pues,
señores Diputados, que ni los altos intereses de la Iglesia
lo exigen, ni tampoco altas razones de Estado, porque esta
es una cuestion de espíritu y no práctica, porque no se tra-
ta de establecer la tolerancia que de hecho existía y de de-
recho es una perturbacion, ni lo exige tampoco la pacifi-
cacion del país, porque el país está ya pacificado, y si al-
gun trastorno hubiera que temer, provendría seguramente
de romperse la unidad religiosa, y no de rechazarse la tole-
rancia legal. No hay motivos para romper la unidad; no lo
exige la Iglesia, no lo exigen los intereses del Estado; tie-
ne que ser una cuestion de principios que quiera elevarse á
ley, y esto os una cosa inadmisible, completamente inad-
misible dentro del criterio católico.
Mas suponiendo que realmente se admitiese la toleran-
cia de derecho, que yo no admito, ¿ es aceptable el arto 11?
Tampoco, porque tiene toda clase de defectos. Empieza por
tener el más grande, el de no ser claro, el de servir lo
mismo para tirios que para troyanos; el de poder ser con
él ministros lo mismo el Sr. Fernandez Alvarez quizás que
136
1nscuMo
el Sr. Romero Ortiz; porque ó no dIce nada, en cuyo caso
no es serio ni formal traerlo aquí á discusion, ó dice una
cosa terminante dentro del criterio de los señores de la de-
recha, ó dentro del criterio de los señores de la izquierda.
¿Cuál es, pues, esto que dice'?
. Hallo en la primera parte los términos invertidos, por-
que dice: «La Religion católica, apostólica, romana es la del
Estado. La Nacion se obliga á mantener el culto y sus mi-
nistros ,» y debía decir al revés; porque si la Nacion está
encargada de mantener el culto y sus ministros, puede de-
cirse que el Estado no tiene semejante deber, y encargarse
el pago á los municipios, y se hallará el clero como los
maestros de escuela. Ese defecto es capital, y no sé en qué
se funda, ni ménos me explico la variacion que se ha hecho
en la redaccion de ese artículo con respecto á lo anterior-
mente dispuesto.
. Empieza el segundo párrafo diciendo que nadie será
molestado. Señores, la palabra molestar me ofende. ¿ Exige
la Igiesia que se moleste á nadie'? No parece sino que es
una pretension de la Iglesia molestar, y que para contra-
riarla y prevenirla se dice «nadie será molestado.» Esto es
falso. Aquí no se puede molestar, no ya la opinion, que es
libre de suyo, pero ni las manifestaciones de la opinion
privadamente expuestas; lo que querrá decir el artículo es
«manifestaciones públicas de la opinion ,» pues las demás
están fuera de la jurisdiccion civil. ¿Es eso'?
En cuanto á la limitacion de la moral cristiana, es de
órden público, porque en todos los países cultos se ha de
exigir ese respeto á la moral cristiana; porque no se ha de
permitir, por ejemplo, el robo y el asesinato, ni áun como
expresion de un culto: eso es una cosa que tiene que ad-
mitir todo país civilizado, sea católico ó no católico.
En cuanto á la tercera parte, la encuentro más confusa
aún que las otras. ¿ Qué se entiende por ceremonias ó ma-
nifestaciones'? ¿Lo será un casamiento celebrado á puerta
abierta en el templo? ¿Lo será únicamente la que se cele-
DEL SR. CONDE DEL ttOBREGAT.
137
bre en la vía pública? Pues dígaseme terminantemente, y
si nó, no es fácil comprenderlo; es una cosa ambigua. Ne-
cesitamos más claridad y mejor redaccion en el artículo,
áun los mismos que la combatimos; porque si nos dais li-
bertad de cultos y muy dudosa proteccion en cambio. de re-
galías positivas, tendremos que acudir los católicos desde
el dia siguiente al en que este proyecto sea ley, á podir la
supresion de las regalías y que desaparezca todo genero de
trabas, reclamando toda la independencia, toda la liber-
tad de la Iglesia. Así decia el Sr. Rios Rosas que sucedería
el dia en que se estableciera la lib~rtad religiosa, y así
digo yo que sucederá si el artículo se aprueba sin grandes
restricciones. Los que no lo admitimos tendremos que pe-
dir todo genero de garantías, todo género de libertades
para la Iglesia en contra de ese artículo.
Concluyo, pues, rogándoos encarecidamente que no
aprobeis el arto 11, que no hagais una cosa tan completa-
mente contraria al espíritu general del país. Preguntad, si
nó, al Sr. Montoliu, que acaba de llegar de Barcelona (El
Sr. Montoliu pide lapalaórapara una alusion personal), cuál
es el espíritu público de aquel país; preguntad á nuestros
compañeros que han vuelto de otras provincias despues de
las fiestas que han pasado en ellas , yos informarán que lo~
pueblos todos piden á voz en cuello la unidad católica, y
conservadla. Mirad que es 1ajoya inestimable de nuestra pa-
tria, la esperanza de nuestros hijos; que es uno de los pun-
tos que forman la Constitucion interna de nuestro país;
que es la frontera que no podemos pasar los partidos con-
servadores sin entrar en el terreno de los revólucionarios,
y que es, en fin, la tésis de la Iglesia y la aspiracion más
general y más grande de todo el pueblo español.
DISCURSO
DEL
SR. D. FERNANDO ALVAREZ,
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATÓLICA 1
PRONUNCIADO
EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS EN LA SESION DEL DIA
3 DE MAYO DE 1876.
SESION DEL DIA 3 DE MAYO DE 1876.
Art. H. La Religion católica, apostólica,
romana es la del Estado. I.a Nacion se obli-
ga á. mantener el culto y sus ministros.
Nadie será molestado en el territorio es-
pañol por sus opiniones religiosas, ni por
el ejercicio de S1I respectivo culto, salvo el
respeto debido á la moral cristiana.
No se permitirán, sin embargo, otras ce-
remonias, ni manifestaciones públicas, que
las de la I"eligion del Estado."
(Proyecto de Constitucion.)
«LOS Diputados que suscriben tienen el
honor de pedir al Congreso que se suprima
el arto :!i del proyecto de Constitucion pre-
seutado por el Gobierno de S. M. yacepta-
do por la Comision; y atendiendo á. que el
Concordato de 1851 no debe ser alterado en
ninguna de sus importantes prescripciones
sin que se acuerde entre ambas potestades
lo más justo y conveniente, proponen que
mientras esto suceda, se sustituya el refe-
rido artículo con el i1 tambien de la Cons-
titucion de t 845 , que dice así:
«La Religion de la Nacion Española es la
católica, apostólica, romana.
El Estado se obliga á mautener el culto
y sus ministros,»
Palacio del congreso 18 de Abril de
1876.-Fernando Alvarez.-El Marques de
Vallejo.-El Vizconde de Revilla. -Manuel
Batanero. -
Domingo Carames.- Gerardo
Neira Florez.-El Conde del Llobregat.»
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Alvarez (D. Fernando) tie-
ne la palabra para apoyar la enmienda.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): Señores Diputados,
me levanto con más voluntad que fuerzas para cumplir un
deber de conciencia como católico, y un deber de conse-
cuencia como hombre político; procuraré ser breve para no
molestaros y para dar lugar á otros discursos más impor-
tantes que el mio, que ilustren la cuestion; procuraré ser
tan desapasionado como el asunto lo exige, y desearé que
en este camino no se me opongan dificultades que me obli-
10
142
DISCURSO
guen á hacer lo contrario de lo que pienso y me propongo.
Es precisamente esta cuestionimportante ajena por com-
pleto á todo interés político, en la que los Diputados de la
Nacion no deben tener otra mira ni otro fin que el de res-
ponder á la propia conciencia, cualesquiera que sean los
compromisos que en otro concepto se invoquen, cuales-
quiera que sean las indicaciones en el sentido de compro-
misos que no pudieron ni debieron contraerse, y de pre-
tendida lealtad política ó privada.
Estas cuestiones deben tratarse como esencialmente
religiosas ántes que en el órden político, contra la opinion
del Sr. Candau, que pretende sin fundamento racional des-
pojarlas de este carácter, y que se discutan sólo bajo el
punto de vista constitucional y político.
Como este debate de enmiendas tiene una cosa de sin-
guIar, y es que cada cual se ocupa de la suya, y los indi-
viduos de la Comision suelen quedar sin la impugnacio:!:l
oportuna, me ha parecido conveniente empezar por reco-
ger algunas observaciones hechas por el Sr. Fernandez Ji-
menez en apoyo del dictámen de la Comision, y que no
han sido hasta este momento contestadas.
El Sr. Duque de Almenara en su discurso, que oí con
especial gusto, se mostró defensor entusiasta del principio
religioso; yo le dí por ello mis parabienes privadamente,
y se los repito ahora: este discurso expresaba sus senti-
mientos religiosos y su instruccion no pequeña en la par-
te histórica. Contestóle el Sr. Fernandez Jimenez , aficio-
nado tambien, con provecho suyo y del país, al estudio de
la parte histórica de las cuestiones más importantes; pero
se creyó casi dispensado de hacerlo, no sé si por convenci-
miento ó por habilidad, diciendo que lo que había hecho el
Sr. Duque de Almenara era una oda, no un discurso polí-
tico; y por cierto que el Sr. Fernandaz Jimenez, que en-
contraba un poco extremado lo que hizo el Sr. Duque de
Almenara, cayó en el extremo opuesto.
El Sr. Fernandez Jimenez tomó l~s colores más oscuros
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
143
de su paleta, que ya es siempre sombría tratando los
asuntos religiosos, y no se ocupó de lo que dijo el señor
preopinante, sino sólo en demostrar que hubo en España
largas épocas, que se pueden contar por siglos enteros, de
tolerancia religiosa, y en hacer una historia triste y terri-
ble de una institucion de que nadie había hablado, que na-
die pide que se restablezca, que nadie defiende ahora, y
que no llenó sus puntos de vista racional é histórico, por-
que la mataron los mismos hombres, no religiosos, sino
políticos, que en ella intervinieron; y con esto dió por
terminada su peroracion, medio fácil de lucir los conoci-
mientos de S. S., pero no de tratar fundamentalmente la
cuestion que hoy debatimos. Pero el Sr. Fernandez Jime-
nez acabó diciendo una cosa que ojalá cumpliera la Comi-
sion, y ojalá obtuviera el asentimiento del Gobierno; nos
decía S. S.: la tolerancia que nosotros pedimos, la tole-
rancia que se estampa en la ley fundamental, es la toleran-
cia que ha existido siempre en Roma pontificia. Si hubiera
hablado desde estos bancos, ó al ménos bajo el punto de
vista con que yo miro estas cuestiones, hubiera dicho la
tolerancia de la Santa Sede, porque siempre los tibios cre-
yentes han rehuido dar otro nombre que el de Roma á lo
que es la Cabeza visible de la Iglesia, excluyendo hasta en
el lenguaje el respeto con que se deben tratar estos asun-
tos; pero en fin, yendo á lo que importa, necesito para
descartarme de ulteriores digresiones en el debate, decir
algo acerca de lo que era la tolerancia de la Santa Sede en
Roma, en la capital del orbe cristiano.
Esta tolerancia, como sabe muy bien el Sr. Fernandez
Jimenez, no se ha ejercido en aquella capital sino respecto
de judíos y protestanteH. Respecto de los judíos, ¿qué es lo
que ocurría en Roma? Ocurría en Roma, que en la época
del paganismo existían los judíos con anterioridad al cato-
licismo, no sólo de Roma, sino de todo el mundo, lo cual
recae en ventaja de la humanidad, porque aquí se toca la
diferencia que hay entre las historias antiguas escritas por
144
DISCURSO
judíos y las escritas más tarde por los protestantes, dando
unas y otras testimonio irrevocable de que á esta religion
católica se debieron todos los adelantamientos y progresos
de civilizacion y de cultura, que llevaron al mundo por la
senda gloriosa que entónces recorrió, miéntras que ahora,
precisamente ahora, es cuando se supone que los princi-
pios católicos, que la religion de Jesucristo, que la exce-
lente moral católica predicada por los sucesores de los após-
toles, tiene la culpa de que nosotros seamos una excepcion
vergonzosa en la Europa civilizada. Pues bien; lo que en
Roma se hizo fué lo que ha hecho siempre la Iglesia católi-
ca: perseguir los errores, pero mostrando gran caridad y
afecto respecto de los hombres que yerran: IJiligite komi-
'nes et intel:ficite errores. Estas palabras de san Agustin han
sido siempre el principio y la norma seguida por la Iglesia,
y no encontrará el Sr. Fernandez Jimenez ninguna legis-
lacion en que haya intervenido la Iglesia para que se
impusiera sancion penal contra los hombres que, no per-
teneciendo al gremio católico, hicieran lo que les pa-'
reciese, principalmente en la esfera de sus creencias reli-
giosas.
Allí en Roma continuaron residiendo los judíos, en el
centro mismo de la Iglesia; y para evitar la propaganda, no
para perseguirlos ni vejarlos, se les obligó á vivir en un
barrio separado , á fin de que no tuvieran comunicacion ni
trato con los católicos, á permanecer recluidos todas las no-
ches; y como mi memoria exige que consulte las palabras
textuales, para que el Sr. Fernandez Jimenez, que la tiene
mejor que yo, no se queje de inexactitud, voy á leerlos:
«Los judíos vivían en un barrio cercado, apartado de
todo trato y comunicacion con los cristianos, que se cerra-
ba por la noche para ejercer más fácilmente la vigilancia,
dirigida á impedir toda propaganda, y se les obligaba á oir
la predicacion de la palabra divina en una iglesia inme-
diata al Getto. En esta iglesia había sobre la puerta un
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
145
gran crucifijo con el siguiente versículo, elegido oportu-
namente de uno de los Salmos: Todos los dias estoy tendiendo
mis brazos á un pu,eblo que no cree en mi y me contradice.»
Esto era lo que real y verdaderamente sucedía con los
judíos en Roma.
Se adunaban para ello en la piedad yen la prevision de
la Santa Sede tres cosas: el espíritu de caridad, la espe-
ranza de que esa raza ciega y desgraciada, testimonio vivo
y palpitante de los orígenes del cristianismo, llegaría á
reconocer los dogmas de la Iglesia universal, y á la vez la
necesidad de evitar la propaganda de aquella secta, que no
podía tolerarse de otra manera, dentro de la esfera católica.
Esta era la tolerancia de Roma pontificia respecto de
los judíos. ¡,Es la que pide el Sr. Fernandez Jimenez, como
afirmaba? Pues algo más concedemos nosotros con la tole-
rancia práctica.
i, y qué sucedió respecto de los protestantes? Pues su-
cedió que no fué ninguno de los sagrados Pontífices quien
decretó su tolerancia en Roma. Cuando Pio VII sufría con
ánimo entero el cautiverio, arrastrado por la irresistible
fuerza del emperador Napoleon, establecieron en Roma
los protestantes, en su ausencia y contra su voluntad,
fuera de la puerta llamada del Popo lo , una casa sin forma
alguna de templo, donde las familias inglesas, que acudían
á visitar los monumentos de las artes en la Ciudad Eter-
na, se reunían los domingos á leer la Biblia y hacer sus
oraciones. Pero esto, repito, no lo ordenaron los Pontífi-
ces, no lo consignaron en sus leyes civiles ni eclesiásti-
cas. Cuando regresó Pio VII, lo primero que intentó abolir
fué esa costumbre abusiva, ese hecho transitorio; pero se
lo impidieron las exigencias é imposiciones diplomáticas
de la poderosa Inglaterra, superiores á sus débiles medios
materiales.
Fué, pues, un acto de fuerza y de violencia, que ni el
Sr. Fernandez Jimenez ni la Comision pueden invocar; no
146
nlSCURSO
so escribió nada, y reto ú la Comision ontora á quo prnebe
10 contrario; no se escribió nada en las leyes pontificias
religiosas, ni en las civiles, respecto á esa tolerancia. Su-
cedió allí lo que aquí en la época revolucionaria; so impuso
la libertad de cultos, todos la sufrimos; i, pero estaba por
esto en la conciencia ó en el desoo de los españoles'? i,Era
conforme á las aspiraciones del país'?
Queda, pues, do mostrado , que no es exacto, que no es-
tuvo on 10 cierto 01 Sr. Fernandez Jimenez, á pesar de sus
conocimientos históricos, al decir que lo que propone aho-
ra la Comisionapoyando al Gobierno es lo mismo que exis-
tía en Roma pontificia. Me importaba mucho dejar esto
consignado. Por lo demás, así c:lmo he dado el parabien al
Sr. Duque ele Almenara por su brillante discurso, felicito
tambien al Sr. Fernandez Jimenez por la forma del suyo,
por su elocuente palabra; pero debo decirle con franqueza
que el discurso de S. S. hubiera estado m:ís en cal'Úcter,
mús "en su lugar, pronunciado desde los bancos del partido
constitucional, que alIado del Gobierno y apoyándole.
Hubo en su discurso algo hegoliano, algunas tenden-
cias protestantes; á algunos de los señores constituciona-
les aún les hubiera parecido un poco exagerado. Dicho esto
sin ánimo de lastimar en nada al Sr. Fernandez Jimenez,
he de decir algo asimismo tÍ. mi antiguo y querido amigo
01 Sr. Cardenal. Empiezo por agradece,r lo que manifestó
respecto de mí, que no hubiera estado bien en mis labios,
afirmando que en ésta, como en todas las cuestiones polí-
ticas ,tengo independencia bastante para cumplir con mi
debor. Yo ho apoyado al Gobierno en todo hasta ahora,
dejo de hacerlo en esta cuestion, sin perjuicio de seguir
apoyándole despues cuando me parezca que le asiste la ra-
zon. Esta ha sido la práctica de toda mi vida. Existía el
general Narvaez, de quien tanta necesidad tenemos los
hombres del partido moderado ,á quien tantas deferencias
debíamos, yen tres cuestiones de Gabinete planteadas por
el Sr. Duque de Valencia en su último Ministerio, yo, que
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
147
tanto le quería y respetaba, en las tres voté contra él, por-
que me pareció que no eran verdaderas cuestiones de Ga-
binete, y que las disposiciones que se sometían en ellas
al fallo del Congreso no eran aceptables, y no por ello se
ofendía el partido moderarlo. Se decía que era un poco ter-
co, y pronto se olvidaba.
Esa libertad que entónces tuve, esa pienso tener respec-
to de este Gobierno, sin perjuicio de la consideracion que
le debo y deseo guardarle, y que tengo más aún á lo que
está encima del Gobierno, á la augusta persona que deseé
y procuré con tanto anhelo viniera á ocupar el Trono res-
taurado.
He de estar con mis convicciones alIado del Gobierno
cuando sus actos estén conformes con ellas, y en contra
cuando de ellas se aparte. Diciendo esto el Sr. Cardenal,
hacía justicia á mis sentimientos, y yo le doy las gracias.
por ello.
Tengo que decirle algo tambien de lo que no pudo de-
cirle el Sr. Batanero, por no habérselo permitido la campa-
nilla del Sr. Presidente; nosotros heredamos aquí las obli-
gaciones políticas, y es justo que recojamos esa herencia.
El Sr. Cardenal creyó que. debía justificar su presencia
~n el banco de la Comisiono N o lo creo yo necesario, el se-
ñor Cardenal, perteneciendo á ella, habiendo sido honra-
do, como todos lo somos con ese encargo del Congreso, pudo
haber empezado dando apoyo al dictámen de la Comision;
pero como quiera, S. S. creyó oportuno hacer el elogio,
cual hijo agradecido del partido á qne siempre perteneció,
y pertenecimos ambos, y que tantos diasde gloria y de
verdadera utilidad dió al país durante su administracion.
Decía el Sr. Cardenal: «Señores, en ese partido, como en
todos los partidos que hoy existen y han existido en Es-
pafia ... » (j qué ajeno estaba el Sr. Cardenal de que habrían
de decirle muy pronto que el partido moderado estaba
muerto!)
-Se ocupó despues el Sr. Cardenal en un asun,to que no
148
DISCURSO
deja de ser grave y opuesto á las prácticas parlamentarias
observadas durante el largo período en que he tenido el
honor de ocupar un sitio en estos escaños.
El Sr. Cardenal, refiriéndose á una pregunta del señor
Batanero, contestada por el Sr. Presidente del Consej o de
Ministros de la manera que tuvo por conveniente, dijo que
el Gobierno había hecho bien en preguntar á los candida-
tos á la diputacion cuáles eran las opiniones religiosas que
sustentaban, y si estaban dispuestos á dar apoyo á su pen-
samiento en esta parte; y entendía el señor individuo de
la Comision que esto era muy natural, que no se puede ne-
gar á un Ministro el derecho de preguntar á sus amigos
hasta dónde llega su amistad y su lealtad; que no era una
tiranía. Señores, yo , á quien debo confesar que nadie me
ha preguntado, y agradezco que no se me haya hecho la
pregunta, porque la respuesta no hubiera podido ser satis-
factoria; yo, que he creido que en la escuela conservadora
no se debe admitir el mandato de los electores, á pesar de
que los electores son los que nos dan el derecho de repre-
sentarlos; yo, que nunca he admitido imposiciones de los
electores, que les he dicho que me dispensaran sus votos si
tenían plena confianza en mí, y si abrigaban la menor duda,
no me votasen; yo,. que he sostenido esto como lo justo,
como lo racional y lo digno respecto de los electores,
¿cómo he de aprobar eso que no le ha parecido mal al se-
ñor-Cardenal, y ha defendido como natural y corriente'?
Pero es el caso que no se ha preguntado meramente, sino
que se ha dicho si se admitía ó nó ese compromiso, y no
admitiéndole, se retiraba el apoyo del Gobierno.
Pues yo sostengo que eso no es lícito, que eso no debe
hacerlo el Gobierno; que si los Diputados han de venir al
Congreso con un compromiso formal y de antemano con-
traido, si se les puede llamar públicamente desleales en el
caso de no cumplirle, afirmo sin vacilar que hemos conclui-
do en España con el prestigio del sistema representativo.
Yo añado que los que hayan contraído ese compromiso no
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
149
tienen obligacion absoluta de cumplirle; habrán cometido
una ligereza; pero entre ser esclavos de esa ligereza ó pres-
tar oido á la voz de su conciencia, y cumplir el deber de oir
las discusiones para formar su convencimiento, no deben
vacilar. De otro modo, los hombres que nos estimamos en
algo, si tales imposiciones pueden hacerse y admitirse, no
podríamos continuar en estos bancos. Y esto os lo dice
quien no ha sabido faltar jamás á su palabra de hombre
honrado.
¿Cómo los que proponen la tolerancia escrita de cultos
van á imponer á los que han de resolver cuestion tan grave
nada que pueda coartar en lo más mínimo la libertad om-.
nímoda que tiene el Diputado, sin consideracion á nadie,
de votar lo que crea más justo en este punto? Tenía nece-
sidad de decir esto, despues de lo que manifestó el Sr. Car-
denal; si nada hubiera dicho, habría creido que ningun
Diputado podía estar bajo el peso de compromiso de nin-
guna especie acerca de ese ni de ningun otro asunto que
hubiera de discutirse y votarse en este sitio.
Los deberes políticos nacen ó deben nacer del convenci-
miento que anima á cada cual, nó de imposiciones ajenas,
vengan de donde vinieren. Creo que esta opinion, que te-
nía necesidad de consignar, la he expresado sin lastimar á
nadie; y si alguno se cree lastimado, sepan los Sres. Di-
putados que no pudo ser ese mi propósito.
Decía el Sr. Cardenal, que sabe hemos votado muchos
años juntos, y que ha tenido siempre mi estimacion y la
tiene ahora, por más que en esta cuestion no estemos con-
formes; decía el Sr. Cardenal que los ultramontanos, los
que pensamos en ella de distinta manera que SS. SS. , nos
equivocamos al creer que la Comision y el Gobierno parten
desde la unidad católica hasta la tolerancia, pues lo que
acontece en realidad es que parten de la libertad de cultos
á la tolerancia. Eso, si es exacto respecto de algunos de
los señores de la Comision, no lo es respecto de otros. Lo
es en cuanto á los Sres Candan y Fernandez Jimcnez; pero
150
DISCURSO
en cuanto á los demás nó, porque la unidad católica es lo
que votaron; la unidad católica es lo que creyeron y qui-
sieron durante toda su existencia política; y nó porque se
hayan confundido en una misma comision unos señores con
otros, puede decirse que el Sr. Alonso Martinez, por ejem-
plo, haya sido partidario de la libertad de cultos.
Pero se me dirá: es que la libertad de cultos ha sido y
es un hecho innegable. No voy á discutir ahora la legali-
dad revolucionaria, aunque negándola desde este punto de
vista concreto, dadas mis opiniones especiales, no incurri-
ría en contradiccion; la hay, sin embargo, y muy marcada,
por parte de la Comision y del Gobierno, una vez que eli-
gen de la legalidad revolucionaria lo que les parece y les
conviene, y desechan lo demás; aceptan unas cosas y re-
chazan otras. Al llegar á la cuestion religiosa transigen en
lo que no debían transigir bajo ningun concepto; y claro es
que en esas contradicciones no incurren los hombres políti-
cos que tien~n principios fijos. ¿Proceden de la misma ma-
nera respecto de la institucion monárquica que respecto de
la institucion rel;giosa, que forman la base esencial é im-
prescindible de toda Constitucion española ~ Nó; eligen y
proponen á su gusto lo que se ha de resolver con un criterio,
y lo que se ha de resolver con otro criterio distinto y áun
opuesto. Pero decía el Sr. Cardenal: «¿ Qué pedimos nos-
otros~ Nosotros no pedimos para los que no profesen el culto
católico más que el templo para que oren y el cementerio
para que duerman el sueño de la muerte,») ¿no es esto, se-
ñor Cardenal~ Pero hay la dificultad de que ésta es la inter-
pretacion de S. S., nó la del Sr. Candau, que cree y sostiene
que debe dárseles el templo, el libro y el cementerio, lo cual
ya es algo más, mucho más, y creo que cada individuo de
la Comision que se levante nos explicará el artículo de un
modo distinto. ¿ Se ajusta esa vaguedad del artículo y esa
diferente apreciacion de su textoá la regla, que no debe
desconocerse al formar las leyes, de que sean claras y deter-
minadas para que puedan aplicarse fácil y universalmente~
nEL SR. n. FERNANDO ÁLVAREZ.
151
.,'
A esto responden los señores de la Comision, que ven-
drún las leyes org{micas y lo arreglarán todo satisfactoria
y facilmente. Pues yo a mi vez digo que en esas leyes cada
Ministerio que se suceda aplicará el artículo como le en-
tienda, y habrá propaganda cuando el partido constitucio-
nal llegue al poder, lo cual no tendría nada de extraño,
puesto que reconoce el actual órden de cosas; y si alguna
vez llegara yo á ser Ministro, que no lo deseo, interpreta-
ría el artículo conforme á mis doctrinas. Es decir que en
este país, la cuestion más importante de todas, la cuestion
que perturba los ánimos y las conciencias, va á ser causa
de intranquilidad constante; porque no ha habido valor en
el Gobierno, ni en la Comision, ni en los que prepararon
ese trabajo para establecer la verdadera doctrina, la que
estaba conforme con los hechos sociales, porque no ha ha-
bido valor para traducir en leyes las creencias del pais.
Nosotros quisiéramos, decía el Sr. Cardenal, que el
culto católico fuera universal; pero nadie puede evitar que
se profesen otros cultos en el mundo. Bueno es que los es-
pañoles nos curemos algo de lo que pasa en el mundo; pero
antes, y sobre todo, cuidémonos de lo que pasa en España,
y esto último es lo que hemos de traer á la discusion con
preferencia. La Europa civilizada tiene condiciones distin-
tas y aun opuestas en algunos pueblos de las nuestras, y
lo que nosotros tenemos que hacer es , no lo que convenga
á Europa en general, ó a tal ó . cual nacion determinada,
sino lo que conviene al país en que hemos nacido.
Alegaba tambien el Sr. Cardenal que los partidos con-
servadores han reconocido en cierto modo los hechos consu-
mados, y recordaba á este propósito que el moderado com-
batió rudamente la enajenacion de los bienes de la Iglesia,
y despues la aceptó, procurando obtener de la Santa Sede
la sancion de aquellas leyes. Permítame S. S. que le diga
que está trascordado. Es verdad que el partido moderado, y
muy especialmente un hombre respetable, un hombre dig-
nÍsimo é ilustrado, que dejó perpétuo recuerdo en la his-
152
DISCURSO
toria de nuestro pais, el Sr. Pidal, hubo de calificar aquel
acto de despojo, y con razon sobrada, y ese fué tambien el
punto de vista del partido moderado; ¿ pero lo es que lla-
mado á regir los destinos del país aprobase la enajenacion
de los bienes de la Iglesia'? De ninguna manera.
Otro respetable hombre político, que tengo el gusto de
ver á mi lado, el Sr. Mon, suspendió la enajenacion de los
bienes nacionales hasta obtener la anuencia de la Sede A pos-
tólica, y despues de tratar con la potestad espiritual, 4es-
pues de obtener á duras penas, y haciendo concesionesjus-
tas, lo que se llamó el saneamiento, ó sea la absolucion de
aquel despojo, entónces, sólo entónces se continuó por el
Gobierno la enajenacion de los bienes eclesiásticos; y si no
se hubiera obtenido, aquel Gobierno no la hubiera conti-
nuado, obedeciendo á justos respetos, y teniendo en cuenta
derechos inconcusos. Pues eso es lo que propongo en mi
enmienda; que al resolverse importantes cuestiones reli-
giosas, y eclesiásticas, se haga prévio acuerdo con la Santa
Sede. ¿Es cierto que la tolerancia que pedís es la misma
practicada en Roma pontificia'? Pues quince meses habeis
tenido para impetrar y conseguir de Su Santidad que se
pusiera de acuerdo con vosotros; y nosotros entónces, todos
nosotros, los Diputados conservadores, hubiéramos con-
vertido en ley sin dificultad lo que con ese acuerdo propu-
siérais. Y no hay que oponer que ya buscaréis respetuosa-
mente la anuencia posterior de la Santa Sede; lo razonable
y lo digno para todos era procurar el acuerdo anterior de
ambas potestades.
En cuanto á las opiniones que profesa el Sr. Cardenal,
de que el Concordato yel arto 11 no se contrarían ni se ex-
cluyen, no he de ocuparme en su exámen ahora, porque
siendo ese el punto concreto de mi enmienda, debo tratar
de ello en lugar oportuno.
En el órden de la discusion ocurrió un incidente des-
agradable, del cual, sin pasion de ninguna especie, pero
como hombre político de cierta significacion, tengo necc-
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
153
sariamente que ocuparme. No diré que el Sr. Cardenal tu-
viera la culpa de lo que pasó; pero sí que contra su volun-
tad dijo algunas frases que dieron ocasion á ello. El señor
Cardenal, que es y se confiesa moderado, que poco ántes
había hecho una elevada, digna y merecida defensa del
partido moderado, se quejó de ciertas palabras harto duras
del Sr. Leon y Castillo con relacion al partido referido.
Si hubiera pensado el Sr. Cardenal en que el Sr. Leon
y Castillo usa de cierto tono enfático al expresar sus opi-
niones, aunque las expresa elocuentísimamente, y sobre
todo con una voz envidiable que quisiera para mí, pues así
se me oiría de todos los ámbitos de la Cámara, no hubiera
dado á sus palabras la importancia que las dió. En efecto,
el Sr. Leon y Castillo dijo una cosa que á mí no me moles-
tó; pero empleó una figura retórica, y sin duda al Sr. Car-
denal no le pareció bien desempeñar el papel de Sicambro
y con indudable derecho le disparó ciertas palabras de Tá-
cito, que no eran ménos duras. De este incidente personal
nació otro que yo lamenté mucho con sinceridad, porque
si en alguna cuestion deseaba que no entrase para nada la
pasion política era en la actual, que debe resolverse úni-
camente por los nobles impulsos de la razon y de la conve-
niencia. Pues bien; sucedió que mi amigo el Sr. Pidal que,
prescindiendo de sus dotes personales que yo estimo en
mucho, es jóven y tiene la fogosidad propia de sus años,
se creyó aludido, y con el ardor que le caracteriza, dijo al-
gunas palabras que no consideré muy oportunas, aunque
por lo comun todas las suyas me parecen bien. De esas pa-
labras se querelló el Sr. Conde de Toreno; y lo raro de esto
es, que siendo amigos y compañeros de infancia el Sr. Pi-
dal y el Sr. Conde de Toreno, sostienen con frecuencia
debates personales, y se aprecian y califican sin mucha
caridad. El Sr. Conde de Toreno, permítame S. S. que se lo
diga, que tenía más obliga9ion de meditar sus palabras
por su posicion oficial que el Sr. Pidal, que al fin se sienta
en los bancos de los Diputados, dijo algunas palabras que
154
DISCURSO
no sé lo que parecerían á los demás, pero en mí produjeron
muy mala impresion, y no puedo dejar pasar desapercibi-
das. El Sr. Conde de Toreno afirmó que desde hace tiempo
no era moderado, y esto fué para mí una verdadera nove-
dad. Creía yo que abrigaba ciertas tendencias diferentes de
las que tenemos otros hombres políticos, pero no podía ad-
mitirle otras doctrinas que las moderadas, puesto que en
1870 firmó con los hombres más caracterizados del partido
un manifiesto que honrará siempre á éste, atendidas sus
doctrinas y las circunstancias en que se publicó. El señor
Conde de Toreno, andando el tiempo, formó parte muy
principal de la Junta de Notables del Senado en nombre del
partido moderado, sin que protestase de esa calificacion, y
promoviendo en gran parte aquella junta en tal concepto.
Del Sr. Conde de Toreno, por último, se dij o, y parecía ló -
gico, que estaba en el banco azul en representacion del
partido moderado, y francamente, si S. S. no es moderado,
si rechaza esa significacion y esa representacion, no tiene
ninguna. ,
El Sr. Conde de Toreno, en un momento de despecho,
nos dijo anteayer que el partido moderado había muerto.
Dicho eso por cualquier señor Diputado, en cualquiera de
los bancos de la Cámara, me hubiera encogido de hom-
bros, me hubiera palpado y hubiese dicho: no me encuen-
tro tan muerto como S. S. dice; pero dicho desde el banco
azul, creo que el Sr. Conde de Toreno no obró con la pre-
vision y la prudencia que correspondía, hablando desde
puesto tan autorizado. Yo no reconozco en el Sr. Conde de
Toreno, cuyas buenas dotes confieso, el derecho de matar
partidos; le reconozco sólo el derecho de morir para ellos y
de apartarse de su lado cuando lo tenga por conveniente;
jóven es todavía, y en eso de cambiar de partidos, ancho
campo tiene S. S. para elegir el que mejor le parezca. Pero
matar con violencia y sin motivo justo una agrupacion po-
lítica y respetable, matar al único partido en que ha mili-
tado S. S., cuando entre los demas señores Ministros no
DEL SR. D. FERN"ANDO "hVAREZ.
155
hay uno solo que profese esas ideas, es un acto político, á
mi juicio, poco digno de S. S., yno hubiera querido hallar-
me en su lugar cuando lo dijo. ¿ Y cuándo lo dijo'? Cuando
todos, y yo muy particularmente, hemos oido aseveracio-
nes enteramente contrarias de labios del Sr. Presidente del
Consej o de Ministros, antes y despues de la restauracion.
Cuando el Sr. Presidente del Consejo, y S. S. me ha de
permitir diga esto porque no perjudica á intereses de go-
bierno ni á la lealtad y franqueza de S. S., al revés; cuan-
do el Sr. Presidente del Consejo fué honrado con los podc-
res de S. M. la augusta Reina madre y del entónces Prín-
cipe de Astúrias, tuvo la deferencia de llamar á los hom-
bres de todos los partidos políticos que apoy~ban y desea-
ban la restauracion, entre ellos, á los que sobre el título
general de moderados teníamos cierto matiz que 'se lla-
maba moderado histórico; y S. S., con los miramientos
más exquisitos, con la sinceridad y buen deseo que debía
esperarse, nos dijo que contaba con nosotros como uno de
los elementos más necesarios, más indispensables para la
obra que se le había confiado; nos pidió nuestro apoyo, y
añadió que eso no envolvería la renuncia de nuestras opi-
niones , de nuestros principios de nuestros antecedentes y
de nuestras doctrinas políticas, así como el Sr. Cánovas se
reservaba los suyos.
Pues bien; nosotros estuvimos alIado del Sr. Cánovas,
hicimos lo que pudimos, siquiera en algunas apreciaciones
no coincidiéramos, y fuimos hasta donde puede ir el que
más. El Sr. Cánovas no podrá ménos de reconocer, así
como reconoció ehtónces, que éramos los que de¡;:de fecha
más antigua y con mayor consecuencia y lealtad estába-
mos en los buenos y en los malos tiempos al lado de la di-
nastía de Borbon. Cuando así procedía y hablaba el Sr. Cá-
novas, y lo confirmó en repetidas ocasiones, y Luégo nada
ha dicho en contrario, paréceme á mí que el Sr. Conde de
Toreno, al proferir sus graves palabras, faltó á la disci-
plina ministerial y ¡i las reglas más vulgares de la pruden-
156
DISCURSO
cia, y que habría yo faltado á mi consecuencia políti-
ca si dejara de contestar á lo dicho por el Sr. Conde de
Toreno.
Nó; no fué aquel un acto de consideracion hácia los
hombres procedentes del partido moderado que forman par-
te de la mayoría: los lastimó S. S., no diré inconsciente-
mente, porque no me gusta emplear esa palabra; pero lo
hizo con intencion deliberada ó sin ella, no habiendo recti-
ficado despues que pasó el calor de la improvisacion su dura
frase. El Sr. Leon y Castillo hizo muy bien en aprovechar,
eso que por no encontrar palabra más suave llamaré desliz
de S. S. ; Y dijo con oportunidad: «si el partido moderado
ha muerto, yo no he de vestir luto por ello.» En efecto, las
palabras del Sr. Conde de Toreno no pueden ser útiles más
que á los señores Diputados que se sientan en estos bancos.
(Señalando á los de la minoria constitucion(ll.)
No quiero hablar más de esto, porque me disgusta y
contraría, lo repito, que se traigan cuestiones políticas al
discutirse la cuestion religiosa. Al decir lo que habeis oi-
do, expreso únicamente mis opiniones propias , no las de
los demas señores que firman la enmienda. Si el Sr. Conde
de Toreno no hubiera dado motivo á ello, yo no hubiese
pronunciado ni una sola palabra relativa á la cuestion polí-
tica al tomar parte en este debate. (El 8'1'. Ministro de Ji'o-
mento pide la palabra.)
Si no hubiera ocurrido este incidente lamentable; e;i al-
guien, por la naturaleza del debate, hubiera podido con-
testar á los Sres. Fernandez Jimenez y Cardenal, hubiera
empezado mi modesto discurso como voy á hacerlo ahora.
No os ocuparé mucho, señores Diputados, con observa-
ciones abstractas; sé que esto no es una academia, pero
no profeso tampoco la opinion del Sr. Candau, de que este
es un debate meramente político. Al afirmarlo así el señor
Candau, lo hizo porque le pareció conveniente, pero sin
dar razones de ninguna clase. Pienso todo lo contrario, y
creo que lo primero es la cuestion religiosa, y despues de
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
157
la cuestion religiosa la política y constitucional. Este es
el punto de vista que me parece verdadero, y sobre todo,
es el que profeso.
Re de recordaros, señores Diputados, que lo inmutable
de la revelacion divina, orígen de la única religion verda-
dera, no puede sujetarse, no puede someterse á lo insta-
ble y movedizo de la débil razon humana, y que en materia
religiosa no cabe elegir entre la verdad y el error. El hom-
bre ha recibido de Dios el don precioso de la libertad, pero
nó para que abuse de ella, nó la libertad de la corrupcion
moral, nó la libertad del crÍmen, nó la libertad del peca-
do. Cuando incurre en el crímen ó en el pecado y daña al
individuo ó á la sociedad, la autoridad y la ley le salen al
encuentro y le castigan.
Está en manos del hombre pensar y ejecutar el mal;
puede ser impío, desmoralizado, criminal; puede ser pia-
doso, honrado, moral; hasta ahí llega su libertad de ac-
cion; pero tiene el deber de dar buena direccion á sus ac-
ciones, de no hacer el mal, y sobre todo, de no sustraerse
al principio religioso.
Estas doctrinas, sencillas como son y comprensibles
para todos, porque no las quiero hacer abstractas, ni reves-
tirlas de aparato científico, son las que se vinieron profe-
sando por punto general en Europa hasta la revolucion re-
ligiosa del siglo XVI, que abrió peligrosos senderos á
la filosófica y descreida del siglo XVIII, Y ambas á las re-
voluciones casi permanentes y contínuas que están sa-
cando á Europa, y en especial á España, de su verdadero
asiento.
El afan de los revolucionarios de todas clases, de los li-
brecultistas, de los librepensadores, es empezar su obra
de destruccion, sus actos de fuerza, con persecuciones
violentas á la Iglesia, olvidando siempre, y recibiendo el
justo castigo de este olvido, que la mayor excelencia de la
religion católica es adaptarse á todos los sistemas políti-
cos, desde la monarquía más absoluta hasta la república,
11
158
DISCURSO
siempre dentro de los límites de la moral religiosa. Así
aconteció en la primera revolucion francesa, que asombró
y aterró al mundo con sus sacrílegos excesos y sus delirios
impíos; así ocurrió en las otras revoluciones que afligie-
ron á la misma Nacion en períodos sucesivos; así ha acon-
tecido en nuestra España.
Todas nuestras revoluciones empezaron de igual ma-
nera por desgracia; y como no puede esto ocultarse á la
más frágil memoria, para no molestaros me limitaré á re-
cordarfechas: 1820, 1836,1840,1855,1869. ¿Habeis visto
Ú oido que hayan empezado nunca esos actos de deplorable
violencia sin perseguir á la religion y á sus -ministros'? Hay,
sin embargo, que advertir que esos mismos partidos revo-
lucionarios, perseguidores de la Iglesia, respetaron y áUIl
defendieron siempre la unidad religiosa hasta el año de 1869,
y recordaré luégo las opiniones y los discursos de hombres
pertenecientes á las escuelas más liberales, que defendie-
ron la unidad religiosa con el mismo celo y empeño que
nosotros.
Ocurre ahora además otra novedad inesperada; se revela
una tendencia dolorosa para mí; hay la novedad de que los
hombres de órden, moderados, puritanos, conservadores,
unionistas, ramas triste y sucesivamente desgajadas de un
úrbol frondoso y lozano, los hombres de órden., cualquiera
que sea su denominacion en el negro catúlogo de nuestras
discordias, para su mal y el del país, olvidando honrosos
precedentes, se aprestan asimismo á combatir y destruir
la unidad religiosa. Se me dirá: pues cuando hombres jui-
ciosos de contrapuestas opiniones proceden así, habrá ra-
zones para hacerlo, y los que piensan de otro modo no las
tienen.
Examinemos qué razones son esas. ¿Será la de haberse
establecido la libertad de cultos el año de 1868 por merIio
de actos violentos, y en el año 69 por medio de la Consti-
tucion promulgada en ese año'? ¿Cuáles fueron, os pregun-
to, los resultados del ejercicio de la libertad de cultos en
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
159
España'? Y lo pregunto á los de uno y otro lado de la Cá-
mara. En ese tristísimo período se derribaron los templos,
se profanaron los altal'es; se arrastró el escudo pontificio;
se prohibió entrar en las órdenes religiosas; se estableció,
en una palabra, una persecucion igual á la de Italia, á la
de Suiza, á la de Prusia, bajo el nombre de lib¿rtad de
cultos; es decir, uniendo á la crueldad la hipocresía. Y
esta imposicion innecesaria de la libertad de cultos, i,dió
por resultado y por consecuencia que en España creciera el
exiguo número de los protestantes, ó viniesen de fuera
hombres que profesaran cultos no católicos? Nó; lo que en
verdad resultó es que dentro del país se desacreditó la li-
bertad de cultos para siempre, ménos para vosotros, que
q uereis partir de ella, á fin de llegar á la tolerancia escri tao
y cuando el raís, volviendo los ojos al único remedio
de nuestras desgracias, no ya sólo al principio monárqui-
co, sino tambien al principio religioso, saludó cordial-
mente á la restauracion, i, no la vísteis llegar por sendas
faciles, sin que apénas tuviera que hacer esfuerzo alguno,
sin derramar una sola gota de sangre'? i,Es ese el motivo,
la poderosa razon que os asiste para imponer la tolerancia
legal en un país que no la desea, donde no hay españoles
que la reclamen '?
Señores Diputados, la grandeza de las Naciones arran-
ca siempre de sus tradiciones y su historia, de sus leyes y
costumbres, de las creencias y enseñanzas trasmitidas de
padres a hijos, del conjunto de hechos y elementos sociales
que constituyen su existencia en la serie de los siglos. Vea-
mos si en la historia, veamos si en la legislacion, que es
todavía campo más a propósito para buscar datos seguros
que la historia, porque en ésta cada cual aplica y agrupa
los hechos como bien le cuadra, hay algo que abone ó re-
comiende el establecimiento de la tolerancia escrita.
i, y qué resulta de la legislacion de nuestro pueblo? Re-
sulta que desde los célebres Concilios de Toledo, en que
los reyes y los prelados reunidos legislaban constituyen-
160
DISCURSO
do una manera de Córtes, hasta la época en que termino
la reconquista, lucha inmensa, sangrienta, secular, que
se inició en las asperezas de Astúrias y Cantábria y llevó
de victoria en victoria el estandarte de la fe á los verjeles
floridos de Granada, no hay, diga lo que quiera el señor
Fernandez Jimenez, no hay, no se ve más que el principio
religioso que informa toda la vida social y tocIos los ele-
mentos que han constituido á nuestro pueblo desde Reca-
redo hasta los Reyes Católicos, y desde éstos hasta la Cons-
titucion de 1869. Es verdad que coexistían en períodos da-
dos, primero dos razas y luego tres en España; pero dentro
de la 1egislacion ¿encontrará el SI'. Fel'llandez Jimenez
ninguna ley que entrañara otra tolerancia, cIigámoslo así,
que la civil y administrativa, la tolerancia de hecho, pero
nada escrito en la legislacion de aquella época sobre tole-
rancia religiosa?
Deseo que lo compruebe S. S.; traigo aquí, y no la
leeré, por no molestar á la Cámara, la prueba de lo contra-
rio. En demostracion de ello, ya os dije cuál era la tole-
rancia de Roma pontificia respecto de los judíos, de quien
parecía, así como de los árabes, estar enamorado el señor
Fernandez Jimenez más que de los católicos.
Pues bien; con los judíos se hizo en España lo mismo
que en Roma, obligarles á vivir dentro de barrios cerca-
dos, que se llamaban j1{aerias. No podían ejercer autoriza-
damente oficios ni profesiones honrosas ni contraer enlaces
con las mujeres cristianas, y hasta su principal industria,
que era la usura, les estuvo casi siempre prohibida.
¿Dónde encuentra el SI'. Fel'llimdez Jimenez en la le-
gislacion de España ninguna especie de tolerancia religio-
sa escrita'? En la práctica, sí. ¿ Qué se había de hacer
miéntras coexistía la raza judaica con los demás españoles '?
Abrig[tbanse contra esa raz? odios, justos ó injustos, y
ellos fueron causa de que se les expulsara de España. ¿De
esto puede culparse á los Gobiernos? N ó ; debe im putal'se á
las exigencias del pueblo apasionado. Es lo mismo que si ai
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
161
estallar la guerra última entre Francia y Prusia se impu-
tase á errores ó á capricho del emperador N apoleon, siendo
asi que la Francia, apasionada y orgullosa, le arrastró á
esa irremisible catástrofe; lo mismo sucedió euando la ex-
pulsion de los judios, si bien éstos no fueron de todo punto
inocentes; al contrario, conspiraban incesantemente con-
tra el país, poniéndose de acuerdo con los sarracenos del
otro lado del Estrecho; y esto, y la usura exagerada á que
se entregaban, daba frecuente orígen ti desmanes del pue-
blo amotinado para acabar con los judíos, haciéndose ne-
cesario, á fin de evitar esos escándalos y bárbaras matanzas,
que abandonasen el pais. Todo esto podrá ser malo y cen-
surable, ¿, pero prueba que habia tolerancia en España en
eSaS épocas'? Nó; prueba lo contrario; prueba que habia la
intolerancia religiosa en la ley y en la práctica.
Resulta, por tanto, de la historia y de la legislacion,
que la Monarquía y la Iglesia, más en España que en nin-
guna otra parte de Europa, caminaban siempre de acuerdo,
y prestándose mutuo apoyo, con las ligeras excepciones
que ocurren en la vida de los pueblos; y aconteció que
en las grandes crísis, la Religion fué siempre en apoyo de la
Monarquia y la salvó. Eso sucedió tambien en la guerra
de la Independencia, por más que se quiera atribuir sin
razon á causas diferentes.
Ahora bien; lo que fué constantemente orígen de gran-
deza, poderío y esplendor en tiempos pasados, lo que nos
impulsó en los siglos XV y XVI al frente de la civilizacion
europea que trasmitimos al Nuevo Mundo, descubierto por
el celo religioso, y el noble desprendimiento de Isabel la
Católica, el valor de nuestros soldados y la abnegacion de
nuestros misioneros, ¿,puede ser hoy causa de despresti-
gio, de ignorancia y de barbarie'? No sé con qué razones
podréis demostrarlo.
Desde Recaredo, los reyes españoles trasmitieron re-
cuerdos de su espíritu religioso á las generaciones que se
iban sucediendo; consagraron templos ti la gloria de Dios
i62
DISCURSO
y tí la del arte. Laten todavía nuestros corazones ante el
sentimiento que dió vida á las creaciones de los Alfonsos,
Fernando IU, los Reyes Católicos, Felipe U, de todos los
reyes que, representando dignamente el principio monár-
quico, le quisieron siempre santificado por el principio re-
ligioso.
Registrad los códigos antiguos, el FUfll'O Juzgo, obra
comun de ambas instituciones, el Fuero Real, las Partidas,
la N neva Recopilacion, y los primeros títulos que halla-
réis son los de la fe católica, de la santa Iglesia, del cas-
tigo de las herejías.
i,Fué sólo en esos códigos antiguos, en la legislacion
civil donde se consignó esa representacion viva y secular
de nuestra sociedad, esa inspiracion perpétua del principio
religioso'? Nó; tambien se ha consignado en los códigos
políticos modernos, sin limitacion alguna hasta el de 1869.
Vamos á examinarlos. El primero de esos códigos políti-
cos, dentro ya del sistema constitucional ó parlamentario,
fué la Constitucion de 1812. Ninguno de nosotros los ta-
chados de intransigentes; ninguno de nosotros los tacha-
dos de intolerantes, propondríamos hoy un artículo consti-
tucional semejante al discutido y promulgado por los au-
tores respetables de aquel Código; en él se estableció la
exclusion absoluta y perpétua de otro culto.
y cuando eso se estableció, i, se hizo por hombres pre-
ocupados y fanáticos'? N ó; los hombres que discutieron y
promnlgaron ese Código político, fueron enérgica y exa-
geradamente liberales y admitieron en el órden civil todos
los principios de la revolucion francesa. Pero conocedores
de los sentimientos que animaban á los Españoles en el
órden religioso, tributando sincero respeto á sus creencias
y necesidades, rechazaron las impiedades sacrílegas y los
sangrientos delirios de la revolucion francesa, que llena-
ron de terror al mundo, y mantuvieron lo que existía en el
país: el hecho social, la unidad religiosa, en la forma más
intolerante y absoluta que cabía; tributaron solemne aca-
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
163
tamiento á la religion encarnada en la vida secular de nues-
tro pueblo. Y os lo recuerdo en estos momentos, señores
Diputados, porque tengo tambien necesidad de decírselo al
Gobierno (he visto con gusto un signo, que creo afirmativo,
del Sr. Ministro de Gracia y Justicia), que es quien puede
facilitar que se continue imitando este ejemplo provechoso.
i, y qué resolvió la Oonstitucion de 1837? Mantener la
unidad religiosa. i, Y quiénes la hicieron? La hicieron los
progresistas, partido disuelto con harta pena mia. j Ouánto
más provechoso fuera que estuviesen aquí los progresistas
de un lado y los moderados de otro, debatiendo estas gra-
ves cuestiones, como las debatiamos hace muchos años,
hasta que malas inteligencias y tendencias apasionadas de
todos trajeron la division y la discordia, cuyos tristes re-
sultados estamos sufriendo desde entónces!
Se conservó tambien, como era natural, la unidad de fe
en el Oódigo de 1845. De manera, que los que sostenemos
esta tésis tenemos en nuestro favor, sobre la historia de Es-
paña, todos los códigos civiles y todos los códigos políticos,
ménos la Oonstitucion de 1869.
Vigente la Constitucion de 1845, se publicó el Oódigo
penal, obra, como otras muchas útiles y honrosas, de
esas Administraciones moderadas, de que se quiso ma-
tar ayer hasta el recuerdo. En este Oódigo, redactado
por una ilustrada Oomision, compuesta de jurisconsultos
eminentes de todos los partidos, se procedió con previ-
sion y prudencia laudables. En algunos de sus articulo s ,
derogados durante la época revolucionaria, se penaron
únicamente los actos públicos contrarios á la religion ca-
tólica; de modo alguno los privados, resultando de aquí
indirectamente protegida en la ley, que es como debe ha-
cerse por altos respetos, la tolerancia práctica, que es la
verdadera tolerancia. Restablecido el título de los delitos
contra la religion, se llenarían así el deseo del Gobierno
como las necesidades del país, mejor que con los dos pá-
rrafos que habeis tenido, en mi concepto, y respetando
164
DISCURSO
vuestra intencion, la desgracia de añadir al arto 11, sin
necesidad de perturbar los ánimos, ni lastimar }as concien-
cias de los españoles.
Por último, se realizó un hecho culminante y de gran
significacion; se promulgó en 1851 el Concordato, tratado
solemne entre las potestades espiritual y temporal, que no
puede modificarse ni romperse por el mero arbitrio de una
de ellas.
Ya veis la serie histórica y legal, muy condensada, de
los monumentos en que España ha consagrado durante do-
ce siglos su adhesion inquebrantable al catolicismo; ya
veis cómo la historia y la legislacion, que algo valen, al-
gunas enseñanzas encierran y atesoran grandes experien-
cias fueron fijando y formando el carácter nacional; ya
veis, por último, que nuestros códigos políticos, excepto
uno, y éste erigido sobre las ruinas de la dinastía legíti-
ma y no cumplido por sus mismos autores, vinieron de-
clarando sin interrupcion la unidad católica, si bien acom-
pañada en los últimos tiempos de una verdadera tolerancia
práctica, como luégo demostraré.
Ahora me permitiréis que, sin ánimo de tachar de in-
consecuencia á nadie, partidos ú hombres políticos, ántes
aplaudiéndolos, acuda á doctrinas y afirmaciones perti-
nentes al debate; los traeré con respeto y,parsimonia, am-
parándome de ellos para sostener mis opiniones, para afir-
mar mis modestos raciocinios, como datos que no deben
olvidar las mayorías ni las minorias.
Decía el Sr. Argüelles: «Las leyes que quieren resta-
blecer la tolerancia, producen lo opuesto; provocan las
contiendas, irritan los ánimos, excitan las disputas.»
Si yo hubiera dicho esto, habríais exclamado: argu-
mentos propios de un intransigente, que no merece oirse
con respeto sino porque peina canas; y sin embargo, lo
decía Argüelles. La tolerancia le parecía mal, y c01~ razon,
áun á aquel hombre extremadamente liberal, pero tan prác-
tico y respetable bajo todos conceptos.
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
165
Oigamos ahora al Sr. Pidal, porque me propongo citar á
personas notables de todas opiniones.
Decía este profundo pensador é ilustre hombre político:
iiLa historia y los sucesos hicieron establecer en Ingla-
terra yen francia la libertad de cultos, y la historia y los
sucesos establecieron entre nosotros la unidad de religion.
Por eso aquellos paises tienen y deben tolerar diversas re-
ligiones. Cada uno obra segun sus antecedentes, segun su
derecho establecido, segun sus intereses bien entendidos.
Borrad, como han pretendido algunos espíritus superficia-
les, este gran sentimiento religioso en toda su pujanza y
soberanía, de nuestra historia, y nuestra historia será in-
comprensible. »
y tenía razon el Sr. Pidal en su sólida argumen-
tacion.
El Sr. Pacheco: «La unidad religiosa es un vínculo de
cohesion, tanto más importante en nuestros tiempos,
cuanto más raros y escasos son los que nos quedan. ¿Para
qué despreciarle? ¿Por qué hacerle obfeto de nuestra anti-
patía ~ ¿Por qué declararse contra él, cuando puede conser-
vársele fácilmente ~ .... Querer establecer en Francia la uni-
dad religiosa, fuera sin duda un acto de tiranía; querer
acabar con ella en España, tambien fuera un error.»
El Sr. Rios Rosas, á quien no quiero olvidar en esta
importante cuestion, porque la trató con claro talento y
acerada frase, amparó el ejercicio del derecho de peticion
muy de otra manera.que lo haceis vosotros. A falta de mo-
jores razones se arguye dentro y fuera del Congreso contra
ese inmenso número de firmas pidiendo la unidad religiosa,
preguntando á los señores Senadores y Diputados que pre-
sentan las exposiciones: ¿y es eso verdadero ~ Yo tengo que
decir que no hay derecho para dudar lo. El Senador ó Diputa-
do que crea ó tenga motivos para asegurar que no es cierto
traiga las pruebas, y pida que se lleven á los tribunales
las exposiciones que se hallen en tal caso; hacer otra cosa,
afectar recelos sin motivo alguno, es lastimar el derecho
1G6
D1SCURsO
de peticion, que tanta importancia tiene y tanto respeto
merece. No pareee sino que nos hemos propuesto quitar
prestigio á lo más respetable y acabar con todo. Nadie tie-
ne derecho á echar sombras sobre el libérrimo ejercicio del
derecho de peticion, sin aducir pruebas irrecusables. Na-
die tiene derecho á poner en duda la legitimidad de esas
exposiciones miéntras los tribunales no decidan acerca de
su falsedad.
Pues bien; refiriéndose á exposiciones elevadas en caso
análogo, decía el Sr. Rios Rosas:
«Los Obispos hubieran faltado á su deber si creyendo
que la unidad católica estaba en peligro hubieran callado;»
y añadía:
«En la cuestion religiosa no hubiera renunciado á mis
principios por ningun interes del mundo, por ninguna
consideracion de partido, de sistema, ni áun de patriotis-
mo; primero que la patria es la conciencia.»
Mi convencimiento es el mismo, pero admiro y envidio
la grandeza y el nervio de la frase.
Acabo de leer en un periódico, por otra parte bien eR-
crito y muy intencionado, hoy mismo he leido con pena en
El Imparcial, un artículo contra el digno y respetable se-
ñor Cardenal Moreno, que ciertamente no es razonable ni
fundado, y creo que si los señores que dirigen ese periódi-
co hubieran tenido presentes las palabras del Sr. Rios Ro-
sas en defensa de los Prelados que cumplían un deber
ineludible y honroso, no le hubieran escrito. El Sr. Carde-
nal Moreno, cumpliéndole, ha hecho lo que hacemos nos-
otros, volver por el principio religioso, que creemos vul-
nerado, y merece por ello más bien elogio que censura.
(El Sr. Presidente del Oonsejo de JIinistros: ¿En qué fecha
decía eso el Sr. Rios Rosas~) En 1855.
El Sr. Sagasta ha dicho tambien algo respecto de este
punto, y aunque no voy á lecr todo lo que expuso, leeré lo
bastante para acabar de demostrar que hasta 1869, en la
historia, en la legislacion, en los códigos políticos y on
t)EL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
167
los discursos de los hombres de todas las escuelas ha habido
una opinion unánime respecto de la unidad de religion.
Luégo exam inarémos si ha habido motivo para cambiar de
opinione s.
«La unidad religiosa, decia el Sr. Sagasta en 1855, la
unidad religiosa, dentro del catolicismo, ese inmenso be-
neficio, ese gran bien que S. S. (el Sr. Nocedal) dice, y
que yo ni po l' un momento dudo, que nos envidian todas las
naciones del globo, no se os debe á vosotros, nó, sino al
partido progresista;» y continuaba el Sr. Sagasta con igual
vehemencia: «quizá fuéramos nosotros á dar al partido car-
lista una bandera que hoy no tiene.» & Y cómo, en breves
mios, lo que era entónces tan envidiable, se ha hecho tan
vituperab le ahora'? La verdad es que la unidad religiosa se
debía á todos, al partido progresista que la conservó y res-
petó en las Constituciones de 1812 y 1837, Y á nosotros los
moderados, porque á nuestra vez la conservamos y respe-
tamos en la Constitucion de 1845.
No puedo olvidar en esta revista retrospectiva que me
permito hacer, porque veo que no os molesto, al Sr. Olóza-
ga, digno y elocuente sostenedor de las doctrinas liberales.
DeCía el Sr. Olózaga: «Si para que los españoles vivan
tranquilos, cualquiera que sea su opinion particular sobre
dogma, sobre puntos de cualquiera especie que sean de re-
ligion; si para esto no se necesita que se añada que no se
perseguirá á nadie por motivos religiosos, consideremos cuál
podrá ser el resultado de consignar en el artículo ese prin-
cipio. El hecho seguro es, que de darle lugar en la (Jonstitu-
cíon, ó no servirá de nada, ó servirá sólo para fomentar cultos
y sectas nuevas. ¡,IJebe esto desearse'?¡,Puede esto hacerse'?»
Meditad sobre el valor de estas palabras de recta apre-
ciacion y buen sentido, no pronunciadas por nosotros los
supuestos intransigentes, sino por los Sres. Olózaga y Ar-
güelles.
Voy á citar, por último, á un hombre político importante
á quien llegué á conocer y tratar; á uno de los Diputados
168
DISCURSO
de más sentido práctico y de mayor iniciativa que ha teni-
do el partido progresista, al Sr. Sancho, que aunque mi-
litar de profesion, sabía de todo, y sabía mucho de política,
y tenía una manera especial de formular sus opiniones.
Decía el Sr. Sancho, por cierto· nada fanático en pun-
tos religiosos: «Se ha pedido que se añadiese en el artículo
que nadie podrá ser perseg16ido pO?' sus opiniones religiosas,
y esto destruiría todo el efecto del artículo, p01'q1te nadie
es ni p1tede ser perseguido por opiniones. ¿ Quién ha perse-
guido jamás por opiniones ~ Por lo que se ha perseguido en
muchos países y en muchas ocasiones ti los hombres, ha
sido por la expresi01t de sus opiniones, pO?' atraer á ellas ci
otros, por querer hacer p1'osélitos; pero por la opinion que
tuviesen, jamás. Ni áun el tM')'ible Tribunal de la Inquisi-
cion persi!J1tió ni pudo perseguir las opiniones.» (El Sr. Ro-
mero 01'tiz: Se perseguía y se quemaba.)
Pues bien; ya que me haceis esa interrupcion, que no me
molesta, digo al Sr. Romero Ortiz, y tambien al Sr. Fer-
nandez Jimenez: primero, que entre las afirmaciones de
SS. SS. Y las del Sr. Sancho, de memoria respetable y casi
contemporáneo de la Inquisicion, me adhiero á la del ülti-
mo; y segundo, que sumen SS. SS. todos los resultados de
las hogueras y de los autos de fe que celebró la Inquisicion
en España; pongaI!- á su lado la estadística terrible tambien
de las hogueras, de las crueldades y de las barbaries ue
toda especie ejercidas en las guerras religiosas de Inglater-
ra, Francia y de Alemania, y veré mas á qué lado se inclina
la balanza.
Siento haberos molestauo con estas citas ó argumento:;
<le autoridad, tomados de notables uiscursos que pronun-
ciaron hombres políticos importantes de partidos diversos
y contrarios' respecto de la cuestion religiosa; y no recuer-
do las palabras elocuentes dichas en otras ocasiones por el
Sr. Presidente ue la Comision y por el Sr. Presidente del
Consejo de Ministros, porque van á tomar una parte impor-
tante en el debate, y no tengo precision de hacerlo. (El se-
DEL SR. D. FERNANDO ALVAREZ.
169
fior Pt'esídente del Oonsejo de Afiníst1'oS: Ruego á S. S. que
lea mis palabras.) No había pensado leerlas, pero defiero al
ruego de S. S. ; son cuatro renglones los que traía apun-
tados.
El Sr. Cánovas decía en la sesion de 8 de Abril de 1869:
«He deseado, y deseo en el fondo hoy todavía, el man-
tenimiento de la unidad religiosa; he creído siempre q1te es un
.r¡ran bien para el país.» Y como yo creía entónces y creo
ahora lo mismo, es natural que traiga en mi apoyo sus sen-
tidas y elocuentes palabras.
El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Cá-
novas del Castillo): Pero detrás de esas frases hay otra
que dice: «Jamás votare la intolerancia religiosa.»
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): Cuando S. S. me haga
Qste argumento, yo le contestaré que no hay tal intoleran-
cia religiosa, que no hay más que el cumplimiento de un
deber ineludible por parte de los católicos, que no podemos
transigir, sin necesidad imperiosa y reconocida por todos,
con las religiones falsas.
Me advierten aquí que el Sr. Presidente del Consejo de
Ministros dijo tambien en otra ocasion, y si lo dijo tuvo
razon sobrada, «que quita1'la unidad católica en España M'a
hctcer política carlista.»
El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Cá-
novas del Castillo): No he dicho eso, ni nada parecido.
El Sr. PIDAL Y MON: Ya lo veremos.
El Sr. Presidente del CONSEJO DE MINISTROS (Cá-
novas del Castillo): El Sr. Pidal puede pasar esas palabras
al Sr. Alvarez para que las lea, y ahorremos tiempo; pero
no las leerá, porque eso no es exacto.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): Decía, Sres. Diputa-
dos, que yo no he visto el texto; pero siendo exacto, hon-
raría al Sr. Presidente del Consejo, que ya tendrá el medio
y la oportunidad de explicar que en esa apreciacion no ha
sido inconsecuente, como tambien procurarán hacerlo los
de mas señores á quienes he citado; varios de ellos viven y
]70
DISCURSO
están presentes y oirémos con gusto sus explicaciones. El
resultado es , que con la revolucion de 1868 se nos echó
encima violentamente y de improviso ese engendro de la
libertad de cultos, que no sirvió más que para perseguir
el culto católico y cuando un principio nuevo y descono-
cido empieza por renegar de su nombre, el de libertad, y
se ejecuta en sentido opuesto, el de opresion y tiranía, no
creo que debieron quedar muy encantados del resultado, ni
los individuos de la Comision que han dado el dictárnen ni
el Gobierno de S. M. para tomarle, despues de la restaura-
cion de la Monarquía legítima, como punto de partida ne-
cesario é inexcusable de sus procedimientos y conducta.
Debo decir ahora, Sres. Diputados, por qué me he crei-
do obligado á tomar parte en este debate, no sólo bajo el
punto de vista de la cuestion religiosa, sino tam bien bajo
el aspecto de la cuestion política.
La opinion que ahora sostengo no es del momento; es-
taba hondamento arraigada en mi ánimo. Al rayar feliz-
mente la aurora de la restauracion , recibí, cuando no lo
esperaba, una invitacion tres veces repetida del palacio
de Buenavista, en la noche del 30 de Diciembre de 1874;
no acudí desde luego al llamamiento , porque creía que se
hacía solamente para que expusiera mis opiniones con:o
hombre político, segun se había anunciado á los demas ex-
Ministros conservadores. Estaba enfermo; dí mis excusas al
Sr. Presidente del Consejo de Ministros, y rogué que le ad-
virtieran que por mis compañeros de opinion política sabría
la que en aquellos momentos pI' ofesaba; pero en la última
invitacion, ya se expresó que era llamado para desempeñar
la cartera de Gracia y Justicia. Yo, Sres. Diputados, que he
tenido una vez esta honra, que no ambicioné, ni ambiciona-
ré en el triste estado político de nuestro país, creí que en
aquellos momentos era una obligacion aceptar la honra que
se me dispensaba; y cualquiera que sea mi situacion polí-
tica en adelante, j amás olvidaré esta distincion, y la agra-
deceré profundamente al Sr. Presidente del Consejo, que
DEL SR. D. FERNA~DO ÁLVAREZ.
171
hizo suya la iniciativa de un respetable hombre político en
cuanto á mí se refería.
Pero procediendo con la lealtad y con la franqueza que
acostumbro, manifesté cuál era la marcha que necesitaría
seguir si aceptaba la cartera que se me ofrecía, atendida
su especialidad. No se aceptaron estas opiniones; algunos
Sres Ministros manifestaron estar conformes con ellas en el
fondo, si bien disentían de la oportunidad, porque en aquel
momento sólo se trataba de formar un Ministerio transito-
rio para mantener el orden; dejando á S. M., cuando lle-
gase, la verdadera designacion de un Ministerio definitivo.
Insistí, sin embargo, en que se me autorizase para consig-
nar en la Gaceta de aquel mismo dia mis opiniones explí-
citas y claras en la cuestion religiosa ante el país, y los
Sres. Ministros, usando de un derecho que respeto, no lo
creyeron conveniente. En su vista, nos separamos con la
mayor cordialidad y recíproco sentimiento. No tengo mo-
tivos para arrepentirme de lo que entónces hice; no he de
detallar, porque no hace al caso, lo que entónces ocurrió;
diré únicamente que la línea de conducta que hoy sigo,
arranca desde aquellos momentos, y que no es un acto de
hostilidad al Gabinete, sino la profesion sincera de las opi-
niones que he sustentado siempre, ántes y despues de la
l'estauracion.
El proyecto presentado por el Gobierno, en lo que se
refiere al arto 11 , se apoya en fundamentos poco sólidos; y
aunque es algo pesado rebatir de nuevo lo que han dicho
señores que ocupan el banco ministerial y el de la Comi-
sion, los Sres. Diputados tendrán paciencia para escuchar
una vez más las razones en que apoyamos nuestra opinion
los defensores de la unidad religiosa. El argumento más
fuerte, casi el único, el que resume todo el pensamiento
de la Comision , le condensó su presidente el Sr. Alonso
Martinez, cuando interrumpió á un orador y exclamó: « ¡, Y
la Europa civilizada 1» Se pretende que por ser católicos, y
buenos católicos, que no acertamos á transigir sobre el
172
DISCUMO
principio religioso sin que recaiga ántes una resolucion so-
lemne de la Santa Sede que nos autorice y tranquilice para
ello, somos una triste y vergonzosa excepcion y estamos
fuera del concierto universal de las naciones.
Lo niego de todo punto. Estamos en el concierto uni-
versal de las naciones desde que, restaurado el trono de
don Alfonso XII, á los pocos meses nos habían reconocido
todas las de Europa y la mayor parte de las de Asia y
América; y ese es el modo real y verdadero de estar en el
concierto ,de los pueblos cultos. Nadie puso como con-
dicion para reconocernos que se estableciera el principio
ele la tolerancia; yo he preguntado si había compromiso
sobre esto, y nadie me ha contestado afirmativamente.
¿ y cómo lo había de haber? ¿Quién se hubiera atrevido á
decir que habría tolerancia hasta que las Córtes y el Rey
lo acordasen?
El reconocimiento vino de todas partes, y ántes que de
ninguna otra de la Santa Sede, que por espacio de seis años,
á pesar de lo mucho que las exigencias de un pueblo reli-
gioso como el nuestro pesan siempre sobre la Santa Sede,
se negó resueltamente á reconocer, así á los Gobiernos mo-
nárquico y republicano, como á los demás que se sucedie-
ron en España durante el febril período revolucionario; y
al mismo tiempo, no hubo medios de mover la constancia
inquebrantable del venerable Pontífice, hoy la cabeza vi-
sible de la Iglesia, para que reconociera las pretensiones
del carlismo, único campo donde se sostenía entónces ofi-
cialmente el principio religioso, aunque de una manera
que ha traido su ruina y la de España.
El reconocimiento de la dinastía restaurada por parte de
la Santa Sede, se hizo sin reservas; desde luego se acreditó
un Nuncio en Madrid, en la inteligencia de que el Gobierno
de S. M. no había de producir ningun género de dificulta-
des para conceder á la Santa Sede el pleno restablecimien-
to de las leyes religiosas y eclesiásticas. i, Y cómo vamos á
pagar esta condescendencia, y la lealtad y la consecuencia
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
173
de la Santa Sede? ~ Qué hemos hecho hasta ahora para dis-
minuir las amarguras de ese venerable anciano, persegui-
do , vejado por las más importantes naciones de Europa,
empresa en la cual no debe aparecer nunca España, como
espero que no aparecerá? ~ Cómo hemos correspondido á
sus consideraciones? ~Mantenemos respetuosa y escrupu-
losamente el Concordato, que obliga ti la Nacion Española,
cualquiera que sea el Gobierno que la rija? Pues el artículo
1.0 de ese Concordato establece la unidad religiosa de la
misma manera que se establecía en la Constitucion del año
1812, Y el Gobierno, que representa al país, tiene la obli-
gacion estricta, si hay que hacer alguna alteracion ó modi-
ficacion en ese Concordato, de abrir ántes, si no lo está ya,
una negociacion para acordar con la Santa Sede la manera
de verificarlo. Entre tanto, no puede faltarse ti los com-
promisos contraidos. ~ Cuáles serán los resultados si se es-
tablece la peligrosa doctrina de que el Concordato puede
ser alterado por la voluntad de una sola de las partes con-
tratantes, si se pretende que la situacion política del país
exige que se rompa la unidad de fe establecida en el arto 1.°;
y el Santo Padre respondiera: queda roto el Concordato, y la
Santa Sede no se cree obligada á cumplir ninguno de los
artículos restantes? No se niegue este triste resultado, que
está no solo en la esfera de lo posible, sino tambien en la
esfera de lo probable. Nadie puede afirmar con seguridad lo
que sucederá; y como puede suceder lo que yo temo, ruego
al Gobierno que lo medite mucho.
Desde el año 44 al 51 todas las Administraciones mode-
radas, principiando por aquella á que perteneció mi respe-
table y querido amigo el Sr. Mayans, que empezó á pro-
mover las negociaciones para celebrar el Concordato, ne-
gociaciones en las cuales yo le ayudé, aunque en modesta
esfera, como ayudé despues á los Sres. Pidal y Arrazola,
todas las Administraciones moderadas, repito, trabajaron
durante esos siete años para lograr ese Concordato que
honra al país, y que si al principio se recibió esquivamen-
12
174
DISCURSO
te por alguna parte del clero, hoy está unánimemente
admitido, y sería una verdadera desgracia para España
que no continuase, con especialidad en t\\stos tiempos, y en
los que han de venir, si Dios no lo remedia.
Se dice que la tolerancia legal, que la tolerancia escri-
ta no debe alarmar á los católicos; empecemos por fijar la
significacion de la palabra tolerancia. Un profundo pensa-
dor, Balmes, llamaba ya la atencion, yel Diccionario de
la Lengua lo confirma, sobre que á la significacion de to-
lerancia va siempre unida la idea del mal. No se tolera
nunca, no hay necesidad de tolerar lo que es bueno de
suyo; lo que se tolera es lo que, siendo más ó ménos malo
ó imperfeéto, hay cierta conveniencia, Cierta necesidad
en no romper con ello. Hay en estos momentos la exagera-
da pretension de erigir la tolerancia en una nueva especie
de virtud religiosa, en una especie de panacea universal,
que ha de curar todos los males de este país, sin más que
consignarla en ese Código fundamental, que nos ha de
abrir generosamente la puerta para entrar de llenú en el
concierto de las naciones europeas. Pues yo, negando todo
eso, digo que la tolerancia legal es lo mismo que la liber-
tad de cultos, una libertad más ó ménos limitada. La ver-
dadera tolerancia, la que merece propiamente ese nombre,
es la tolerancia práctica. Desde que la estableceis en la
Constitucion , es un derecho legal y perfecto; deja de ser
tolerancia y se convierte en un derecho constitucional, so-
lemne, rigorosamente aplicable. No es que tolerais, que
consentís otros cultos que el del Estado; es que teneis que
respetarlos. Y cuando consignais la pretendida ·tolerancia,
de la manera indefinible y vaga para todos que lo haceis,
nadie se considera satisfecho, resultado necesario de las
transacciones descoloridas é indecisas. Recordad las aspi-
raciones de los diversos partidos.
Los señores Constitucionales, que repugnan ese artículo
indeterminado y abstracto sustituido á la libertad religio-
sa que crearon, quedan naturalmente descontentos, no le
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
175
admiten. A los partidarios de la unidad, como se quebranta
el espíritu de la religion católica, nos afecta y lastima lo
mismo que se quebrante para eso, como que se rompa para
establecer la libertad de cultos; siempre se falta á princi-
pios importantes de doctrina religiosa, á que no podemos
renunciar. Como la justicia no tolera la iniquidad, ni la ver-
dad el error, ni la virtud el vicio, nosotros, los verdade-
ros católicos, los que creemos que no hay más que una re-
ligion verdadera, no podemos, no acertamos á tolerar el
culto público y la propaganda de las religiones falsas. De-
seamos que se nos explique desde los bancos de enfrente
dónde está consignado el principio de que la doctrina reli-
giosa verdadera, sin necesidad absoluta y reconocida por
todos, que aquí no existe, abra la puerta caprichosamente
á cultos ignorados. N o soy yo partidario de lo que llamais
intolerancia. Cuando haya una necesidad absoluta y se me
demuestre, y ántes que á mí se demuestre á la Cabeza visi-
ble de la Iglesia, nada tendré que oponer ni opondré; pero
¿dónde están los que piden la tolerancia escrita? ¿ Cuántos
son'? l,En qué datos y fundamentos se apoyan? ~Renuncia
remos á la unidad católica, única que nos resta, meramente
para atraernos los aplausos de la Europa culta, para hacer
que la tolerancia, que hoy no es necesaria, lo sea rigorosa-
mente despues? Pues tened en cuenta que al hacer eso abrís
ancha puerta á la libertad de cultos y contra vuestra vo-
luntad la tendréis, y con ella la falta de vigor y virilidad
en la Nacion , la discordia en los pueblos y la intranquili-
dad en las familias. La familia española, modelo de virtu-
des y respetos, y ejemplo para todas las naciones, se reba-
jaría á las proporciones de la familia francesa ó de cual-
quiera otro país librecultista.
Si existiera en rigor necesidad demostrada, si hubiera
hoy verdaderamente esa necesidad, repito, yo votaría con
vosotros la libertad ó la tolerancia legal de cultos, porque
ese es el espíritu de la Iglesia; pero en los pueblos que no
la necesitan, como no la necesita el nuestro, no existien-
176
DISCURSO
do el keclw, no puede establecerse el derecko sin faltar á
todas las reglas, á todos los deberes y á todos los principios
de recto y buen sentido. A eso quisiera que se me diese res-
puesta, porque si me probais con los números, con la esta-
dística y con razones morales á la vez que es necesario, re-
tiraré mi enmienda; pero no lo podeis probar; de vuestros
labios ha salido la confesion de que casi la totalidad de los
españoles son católicos; que la religion de la N acion Espa-
ñola es la católica; reconoceis que constituimos una excep-
cion real y verdadera, y existiendo ésta, es indispensable
proceder lógicamente y respetarla.
Además, señores, ¿ es cierto que la libertad de cultos y
lo que se llama tolerancia religiosa, se hallen establecidas
en todas las naciones de una manera uniforme, de una
manera que dé por resultado ese concierto universal, si no
de todos, de los pueblos más importantes'? Nó, señores;
hay diferencias muy grandes entre unos y otros pueblos.
¿Puede compararse la tolerancia ó libertad intolerante que
existe en Rusia, en Prusia, en Francia y en Italia con la
verdadera libertad de cultos de que se goza en Inglaterra
yen los Estados-Unidos? Pues ¿qué quiere decir esto'? Que
en cada pueblo se legisla, en esta y en todas las materias,
conforme á sus condiciones especiales; y hacen bien; pro-
ceden cuerdamente. El hecho de verdad es que á la sombra
de estas aspiraciones y por todos medios, el espíritu re-
formador, el espíritu revolucionario empezó, y ahora más
que nunca persevera en su trabajo, por desligar en todas
partes la institucion religiosa de la institucion monárqui-
ca, para debilitar á ambas, para abrir el funesto camino
que le ha de conducir á su predominio y á su triunfo; y
vosotros, inconscientemente como dicen ahora, contra
Vllestra voluntad, como decíamos ántes, vais á andar por
esos tortuosos caminos á paso de gigante.
Fijémonos en esto. ¿ Cuál es la verdadera lucha que hoy
se riñe en Europa y en el mundo'? No es la lucha de la re-
ligion católica con las sectas protestantes, que decaen vi-
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
177
siblemente, nó; es la lucha de la religion católica con el
racionalismo, con la falta de toda creencia religiosa, y á
ese término podeis llevarnos por el camino que seguís. No
lo dudeis: en plazo más 6 ménos largo, la tolerancia es-
crita engendra la indiferencia; ésta, la falta de sentimientos
religiosos; y la carencia de sentimientos religiosos, la in-
moralidad y la anarquía. El principio de autoridad padece
y se enerva tambien con el afan de secularizarlo todo para
arruinarlo todo. No dudo que vuestra tolerancia, favorecida
por las consecuencias naturales del sufragio universal, to-
mará cuerpo en la nueva Constitucion; i, pero os habréis
atraido por eso la buena voluntad de los partidos avanzados?
N ó; rechazan la tolerancia con que los brindais , lo mismo
los constitucionales y los radicales que los republicanos.
Todos ellos os contestarán que no la quieren, que la re-
pugnan. i, Y por qué? Porque los librecultistas y los libre-
pensadores lo que quieren es la abolicion de todas las re-
ligiones, la desaparicion de todas las creencias, persuadi-
dos de que ese es el camino seguro de empujar á las socie-
dades perturbadas á los abismos del desorden, explotarlaR
miéntras puedan y abandonarlas luégo en su inmensa y
merecida desgracia. i Cuán diferentes son, señores Di puta-
dos, los frutos que producen siempre la religion y la moral
católicas!
Abriendo la mano á la facultad de elegir cultos, daréis
carta de naturaleza con el dogma arbitrario y caprichosa-
mente mudable á la moral, tambien variable y arbitraria,
andando el tiempo licenciosa y perturbadora, y en pós de
todo eso la libertad de cultos, que será siempre en España
la libertad de agresiones contra los católicos.
Vosotros, los que esto proponeis; vosotros, los que esto
voteis, estad seguros de que no han de pasar muchos años
sin que deploreis amargamente haberlo hecho. Quisiera no
ser profeta, quisiera equivocarme, porque al hablar así no
me ciega el amor propio; me aflige profundamente lo que
pudiera llamar la realidad del porvenir inexorable.
i 78
DÍSCURSO
Vamos á tratar ahora de lo que puede suceder aqul con
la tolerancia en lo que se refiere á las relaciones necesarias
con la Santa Sede, en un país donde se ha declarado, y
donde se declara todavía, que la religion del Estado es la
católica.
Bajo el punto de vista del Estado, yo os probaré luégo
que será una gran calamidad. Bajo el punto de vista de la
Iglesia, puede sostenerse con buenas razones que podría
ganar mucho si se estableciera, en vez de la tolerancia, la
absoluta libertad de cultos. (Un Sr. IJiputado de la minoría
constitucional: i,Por qué no la votais '?) Despues que expli-
que mi pensamiento, me diréis si la quereis así; yo no la
acepto tal y como vosotros la aceptais.
La libertad de cultos supone siempre en el Gobierno el
propósito de no intervenir para nada en las cuestiones re-
ligiosas , de no elegir entre la verdad J el error, de dejar
á cada ciudadano que profese la religion que le parezca,
de no preocuparse con lo que pueda suceder á la religion
católica ni á las demas religiones. A unos les parecerá que
el indiferentismo es la mejor manera de que los hombres se
eviten el trabajo de profesar culto alguno; á otros les pa-
recerá que es buena tal ó cual religion; pero como el Go-
bierno no se cuida de eso para nada, no tiene que preocu-
parse tampoco con lo que la Iglesia haga dentro de su co-
munion, siempre que respete y cumpla las leyes civiles.
La Iglesia , dado este caso, se vería libre de todos los víncu-
los y ligaduras que, á cambio de la proteccion que la dis- .
pensan las Monarquías ó los Gobiernos, la imponen para
ejercer su ministerio.
S~ dais á la Iglesia la libertad de enseñanza, que no se
la daréis; si le dais la libertad de entenderse para todo con
su cabeza visible; si además de hacerla esas dos concesio-
nes esenciales, cuando hay libertad de cultos, no la per-
turbais 2n el nombramiento de todo su órden gerárquico,
la Iglesia quedará con más libertad de accion, cumplirá sus
fines de mejor.manera, y llegará á tener una influencia le-
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
179
gítima tal, que si vosotros la concediérais todo esto, vues-
tras doctrinas politicas y sociales durarían bien poco. Esta
es, á mi entender, la libertad de cultos genuinamente apli-
cada, nÓ la libertad de cultos establecida por la revolucion
de 1868, que permitía profanar los templos y fusilar las
imágenes sagradas. (Varios 81'es. IJip~ttados d~ la izquieJ'da:
N ó, jamás.) No lo hariais vosotros; pero se hizo en los tiem-
pos ele vuestra libertad religiosa, en el período revolucio-
nario.
El Sr. Marqués de SARDOAL : En 1834 se hizo más.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): En 1834 se hizo más
por los mismos que han hecho despues esto.
El Sr. PRESIDENTE: Ruego á los Sres. Diputados que
no interrumpan al orador.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): A mí no me disgustan,
ni me desconciertan las interrupciones, porque tengo fe y
seguridad en lo que digo. ~Acontecerá con la tolerancia re-
ligiosa lo mismo que con la libertad de cultos'? N Ó. Podrán,
si gustan, contestar muy bien á esta pregunta el Sr. Minis-
tro de Gracia y Justicia y el de Estado. Al consignar en la
Constitucion que el Estado es católico, que la Nacion se
obliga á mantener el culto y sus ministros, no dispensais
ningun favor al clero, os limitais á cumplir el deber de
entregarle una indemnizacion justa y escasa de los bienes
y rentas de que fué violentamente despojado.
Al establecer, digo, todo lo expresado, ~renunciais al
ejercicio del patronato, á la aplicacion de las regalias y á
la ejecucion de los privilegios pontificios'? Nó; es decir que
vosotros, sin patrocinar, sin dar proteccion á la religion
católica en lo que forma el punto capital de sus aspiracio-
nes y de su doctrina, conservais el ejercicio do todo lo pre-
ceptuado, que no tiene otro fundamento, que el ser la reli-
gion católica lÍnica y exclusiva en nuestra España. Pero
tened en cuenta que naciendo casi todos esos derechos de
antiguas concesiones y de privilegios pontificios, si la Santa
Sede, provocada por vosotros y agotada su longanimidad,
..
Íso
jnscuRso
los retirase, quedarían hondamente perturbadas las rela-
ciones entr.e la Iglesia y el Estado.
No es imposible que la Santa Sede, que toma fuerzas y
energía del mismo cúmulo de desgracias que la abruman,
y de la persecucion ó el abandono de los reyes y príncipes
temporales, resuelva ejecutar un acto nuevo de dignidad y
de firmeza, que traería tristes é inevi tables consecuencias
para España.
Yo, señores, he dicho que si la libertad de cultos hu-
biera de llegar- á ser verdadera y noblemente ejecutada,
seria una era de prosperidad para la Iglesia, pero digo
ahora, como ántes dije, que para el Estado sería la mayor
de las ealamidades. Yo no quiero la separacion de la Igle-
sia y el Estado; quiero, por el contrario, que la Monarquía
y la Iglesia católica permanezcan siempre unidas para evi-
tar la comun ruina.
Juntas cayeron cuando la revolucion se enseñoreó de
España; juntas debieron ser restauradas; no puede darse
razon sólida para que no haya sucedido. Respetar el acto
revolucionario de la libertad de cultos como punto de par-
tida, miéntras se desatiende y prescinde con razon de otro
acto revolucionario que derrocó la Monarquía, es incurrir en
una grave contradiccion que nada justifica.
Yo, que he sido y soy tan monárquico como el que
más; yo, que no he variado en mis firmes propósitos de
adhesion y lealtad, y espero no variar en el resto de mi
vida, os digo que ante todo es para mi la cuestion religio-
sa , porque nací dentro de la Iglesia, porque soy católico,
porque no puedo acomodarme á las exigencias revolucio-
narias, cualesquiera que sean, lo mismo en el orden reli-
gioso que en el político.
Muchas razones, muchos argumentos de caracter secun-
dario tenía aún que alegar en apoyo de mi enmienda; pero
voy á abreviar mi tarea, porque estoy fatigado; he per-
- r!ido la costumbre de hablar con el alejamiento forzoso de
la política despues de tantos años. Pero no por eso omitiré
•
D~L SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
181
nada de cuanto directamente se refiere al apoyo concreto
de la enmienda que he tenido el honor de presentar, con el
de otros seiíores Diputados, que piensan enteramente como
yo en esta cuestion, con abstraccion de sus opiniones polí-
ticas, y sin perjuicio de volver despues cada uno al puesto
que ocupa en los bancos de esta Cúmara.
Seiíores Diputados, ni en el manifiesto de Sandhurst,
ni en las explicaciones que precedieron á su publicacion,
se dijo nada que prejuzgara la cuestion religiosa; se die-
ron, por el contrario, seguridades de que esta trascenden-
tal resolucion se dejaría integra á las Córtes. i, y ha venido
completamente íntegra'? Ya os dije que absolutamente nó.
El primer Ministerio de la restauracion, con gran senti-
miento mio, no creyó oportuno declarar en.su vigor el
Concordato y derogar todas las disposiciones revoluciona-
rias en el órden religioso, para resolver esta cuestion de
plano evitando los rodeos y los apuros en que ha dE? tropezar
si se lleva á cabo ese artículo, orígen permanente de per-
turbaciones y de luchas.
Cuando el Sr. Cardenal decía «queremos un templo para
que oren los protestantes nacionales y extranjeros que lo
deseen, un cementerio inviolable para que duerman el sueño
de la muerte ,» al cabo ya fijaba un límite. Por lo que hace
al cementerio, nadie se ha opuesto; los había en Málaga,
en Bilbao, en Alicante y otros puntos; esa es una medida
municipal, nadie se ha opuesto á ella, y ya existían ántes.
Pero cuando el Sr. Cardenal decía: nosotros no' queremos
más que un templo para los que no sean católicos, yo decía
para mí: bY por qué eso que quiere el señor Cardenal, y
supongo quiere tambien la Comision, no se ha consignado
en la letra del artículo constitucional'? i,Por qué no se ha
dicho lo que se queria decir'? No sucedería lo que al pre-
sente; sabríamos por donde caminar en adelante. El Sr. Mi-
nistro de Estado nos dijo hace pocos dias: «nosotros no que-
remos más que el culto privado.» Y por cierto que es ya
necesario preguntar: bes lo mismo profesar el culto privado
182
inSCURSO
que el culto doméstico, y uno y otro que erigir nuevos tem-
plos'? Pero una vez establecido el templo, ¿se hace el señor
Cardenal la ilusion de que no ha de venir la propaganda
necesariamente'? ¿Se hace esa misma ilusion el Sr. Ministro
de Gracia y Justicia'? Miéntras S. S. sea Ministro, ya sé que
no tolerará la propaganda pública; pero algun clia dejad
ese puesto, y eutónces ahí quedará el principio; el orígen
autorizado para que la propaganda se realice, y vendrá mús
ó ménos yelada en la prensa, en la ens~ñanza y en el libro,
y entónces no servirá de disculpa á S. S. Y á sus compañe-
ros de Gobierno sostener que no quisieron eso, porque re-
sultará siempre que SS. SS. abrieron la puerta para que eso
sucediera.
En el manifiesto de Sandhurst, repito, ni en las expli-
caciones que precedieron á su publicacion se dijo nada que
prejuzgara la cuestion religiosa; y entiendo que en este
camino se debió haber perseverado; aceptando mis modes-
tas indicaciones, se debió haber puesto en vigor el Concor-
dato, que no estaba derogado por ninguna ley expresa.
Además, esta cuestion se debió mantener absolutamente
abierta, no se debió resolver incompleta y provisionalmente
por nadie, reservúndose sólo á la iniciativa del Gobierno; nO
debió reunirse la Junta del Senado, ni debió, por último,
traerse aquí resolucion alguna miéntras no precediera el
acuerdo necesario con la Santa Sede. Para resolver acerca
de la unidad religiosa ó de su desaparicion, no basta oir á
los hombres políticos, es necesario oir ántes á los maestros
de la doctrina, á los prelados y á la Santa Sede. Y este eX{t-
men en el órden religioso debe ser anterior á la discusion
política en el Parlamento. Es innegable que 'la materia de
que se trata envuelve una cuestion política importante,
una cuestion constitucional, pero despues de tratada y re-
suelta la religiosa. Yo presumo que las negociaciones con
la Santa Sede han existido y existen, y me fundo para ello
en que el Gobierno puso en labios de S. M. en el discurso
de apertura estas palabras: «Reanudadas felizmente las in-
OEt SR. D. FERNANDO lLVAREZ.
183
terrumpidas relaciones con la Santa Sede, trátase entre
ambas potestades, dentro de las condiciones que imponen
los deberes respectivos de la Iglesia y el Estado;» y la Co-
mision del mensaje puso tambien en boca del Congreso una
afirmacion igual. Partiendo de tal supuesto, manifesté al
Sr. Ministro de Estado mi deseo de qu!'l pusiera sobre 'la
mesa la negociaciones entabladas; S. S. me dijo que pen-
saba presentarlas en el Senado, y yo no quise. poner
á S. S. en el caso de que, pedidas públicamente, me dijera
que no conceptuaba oportuno traerlas; pero de todas ma-
neras, puesto que el Gobierno decía que existían negocia-
ciones, lo debemos creer. Estando pendientes, no se debía
traer á debate esta cuestion hasta que se terminaran; yen
el caso de no haberse iniciado las negociaciones, deben
entablarse, puesto que la naturaleza del asunto así lo exi-
ge. Miéntras esto no se realice, la cuestion propuesta en el
arto 11 no tiene 'estado, no se halla en las condiciones y en
la sazon necesaria para ser resuelta por las Córtes; no po-
demos votar de una manera definitiva ese artículo los que
profesamos la Religion católica sin faltar á deberes respe-
tables é imprescindibles. El acuerdo que se tome en el ac-
tual estado de las cosas puede traer resultados graves que
tendrémos despues que lamentar.
Los Concordatos pueden y deben modificarse en lo que
no sea dogmático, innegable, segun las verdaderas é im-
periosas necesidades de la Iglesia y el Estado; pero de co-
mun acuerdo, no al mero arbitrio de aquélla ó de éste ais-
ladamente.
Os recordé, señores Diputados, que en el Código penal
teneis una resolucion muy fácil, dentro de la tolerancia
práctica, para cuanto pueda ocurrir, sin más que restable-
cer el título de los delitos contra la Religion, en vez de los
dos párrafos que habeis añadido al artículo constitucional.
Con la simple lectura de ellos os penetraréis de la manera
acertada y previsora en que resolvió esta importante cues-
tion la Comision de Códigos, compuesta de hombres ilus-
]84
D!SCURSÓ
tres, pertenecientes á todos los partidos y á todas las es-
cuelas liberales.
«Art. 129. El que celebre actos públicos de un culto que no sea
el de la Religion católica, apostólica. romana, será castigado
con la pena de extrañamiento temporal.
»Art. 130. Serán castigados con las penas de prision correccio-
nal: primero, el que inculcare públicamente la inobservancia de
los preceptos religiosos; segundo, el que con igual publicidad se
mofare de alguno de los misterios ó sacramentos de la Iglesia, ó
de otra manera excitare á su desprecio; tercero, el que habiendo
propal({do doctrinas ó máximas contrarias al dogma católico,
persistiese en publicarlas dC'spues de ha ber sido condenado por la
autoridad.
»El reincidente en estos delitos será castigado con el extraña-
miento temporal.
»Art. 133. El que con palabras ó hechos escarneciere pública-
mente alguno de los ritos ó práctlcas de la Religion, si lo hicie-
re en el templo ó en cualquier acto del culto, será castigado con
una multa de 20 á 200 duros y el arresto mayor. En otro caso, se
le impondrá una multa de 15 á 150 duros yel arresto menor.))
y como sabeis, señores Ministros y señores de la Co-
mision que, establecido el Código penal, ningun delito,
ni~gun acto criminal puede ser sometido á los tribunales
ni castigado sino conforme á los preceptos expresos consig-
nados en el mismo, la consecuencia inmediata es que al
que no celebrase ó ejecutase los actos públicos comprendi-
dos en los artículos anteriores, nadie podía acusarle, per-
seguirle ni castigarle, porque no existía sancion penal
para los actos privados en materia religiosa. Os recordaré
ahora el arto 136 , que dice así:
«El español que apostatare públicamente de la Religion cató-
lica, apostólica, romana, será castigado con la pena de extraña-
miento perpétuo. Esta pena cesará desde el momento en que vuel-
va al gremio de la Iglesia.»
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
185
Este gravísimo pecado religioso, el más grave de to-
dos, cae bajo la jurisdiccion penal sólo para los españoles,
y en el único caso de que se haga público por medio de actos
externos. M.iéntras permanece en el fuero interno, Dios, ú
quien nada se oculta, y la Iglesia, si el culpable lo revela
en la esfera espiritual, le juzgan y castigan conforme á la
ley divina.
Resulta de aquí que, con arreglo á nuestra legislacion
penal anterior al Concordato, y no modificada despues de
promulgado éste hasta el período revolucionario, la tole-
rancia existía en el órden judicial, puesto que los tribuna-
les no podían penar en materia religiosa más que actos
públicos; y bajo este concepto, restablecida aquella legis-
lacion, para nada se necesitan.los dos últimos párrafos del
arto 11.
Despues de leidos estos artículos, conviene que tengais
presentes estas palabras 'que leí con pena en el preámbulo
del Real decreto de convocatoria: «Pedir el restableci-
miento de la unidad católica, tal como existía en 1868 es,
ó no hacer nada práctico, ó querer renovar las antiguas
persecuciones por puros motivos de fe;» y segun el mani-
tiesto de los notables, «querer lastimar los fueros de la
conciencia.» Responderé á estas afirmaciones con otras del
Sr. Pacheco, eminente jurisconsulto. Oidlas bien. «Ningu-
na de las Cpnstituciones españolas hechas en este sig'lo
por nuestra escuela liberal han proclamado abiertamente la
tolerancia, mucho méuos la libertad religiosa; todas, sin
embargo, han respetado los f1le1'OS de la conciencia; todas han
puesto un .freno; todas han hecho imposibles las anti[!ltaS
persecuciones por causas de fe, tan impropias de nuestro
tiempo.» ~No os parecen proféticamente escritas estas pa-
labras para impugnar aquellas dos afirmaciones '?
Quería leeros otro comentario del Sr. Pacheco á estos
artículos del Código penal en que se completan satisfacto-
riamente y sin la pasion de la polémica, ni el calor del mo-
mento, las observaciones corltenidas en el manifiesto d,0
186
DISCURSO
los Notables del Senado yen el decreto de convocatoria; y
como parece que ha de contestarme el Sr. Alvarez Buga-
llal, persona de cuyos labios no pueden salir sino frases
autorizadas, le ruego, como rogaría al señor Presidente
de la Comision, pues ambos tienen tantos medios de satis-
facer mi deseo, que expresen la exactitud de mis asertos
cuando establezco que desde la promulgacion del Código
penal no hay en la estadística criminal de España un solo
dato de haberse perseguido á nadie por sus opiniones reli-
giosas privadas. Los artículos leidos lo impiden absoluta-
mente; pero además estoy seguro de que el resultado de la
estadística ha de confirmar estas palabras mias. ¿Dónde
están, pues, las exigencias que obligan á recurrir á la to-
lerancia escrita? ¿Cómo se demuestra que era insuficiente
é ineficaz la tolerancia indirecta establecida en el Código
penal? ¿Es acaso la existencia en proporciones atendibles
de diversos cultos en España, ó el espíritu de indiferentis-
mo más real y verdadero, pero que no necesita toleran-
cia alguna, lo que hace indispensable eso que presentais
como absolutamente necesario para que nos pongamos al
nivel de las naciones civilizadas '?
Voy á concluir; en cualquiera de las rectificaciones po-
dré añadir, si fuese necesario, algo que ahora haya omitido
por olvido. Y al hacerlo, reiteraré la observacion de que el
Gobierno de S. M. incurre en visible contradiccion al resol-
ver cuestiones de grande, de igual ó de mayor importancia
en sentido diferente. Y yo pregunto: los que miran la tole-
rancia religiosa como el cumplimiento de un deber, ¿por qué
no llevan ese mismo espíritu, esa misma tendencia al terreno
de los principios políticos? ¿,Será por arrostrar la nota de
inconsecuencia? Ciertamente nó. Ceden en esta parte á no-
bles impulsos, á deberes estrechos de lealtad y de pruden-
cia, que reconozco y aplaudo. ¿, Permitirá el Sr. Presidente
del Consejo de Ministros, tolerará el Gobierno de S. M. que
se discuta en los periódicos la Monarquía, y se encarezcan
las pretendidas ventajas ó la legitimidad del sistema repu-
DEL SR. D. FERNANDO "\\LVAREZ.
187
blicano'? ¿,Consentirán el Gobierno y las autoridades que se
abran círculos en tal ó cual forma, sin inscripciones en las
fachadas, pero donde se reunan libremente, no digo los
republicanos y los radicales, pero ni áun los constituciona-
les, que al cabo reconocen la Monarquía restaurada, para
profesar libremente, aunque sin publicidad, dentro de aque-
llos muros inviolables sus doctrinas respectivas'? ¿, Consen-
tiréis que en esos círculos se instalen cátedras para ense-
ñar con abstencion absoluta ·de manifestaciones públicas,
doctrinas socialistas, comunistas, republicanas, para su
uso particular, y que hagan lo mismo respecto de las su-
yas los carlistas recientemente vencidos'? Seguramente
que no lo tolerarán, y harán bien. El Gobierno y las auto-
ridades tolerarán de hecho, prácticamente (como es justo)
tÍ los revolucionarios y á los carlistas pacíficos que abri-
guen en su fuero interno las doctrinas políticas que esti-
men mejores; no les perseguirán por ello; respetarán su
convencimiento, pero de ningun modo consentirán la pro-
fesion colectiva en lugares determinados, la propaganda, la
organizacion, la enseñanza, en una palabra, el culto comun
y autorizado de sus principios políticos, sin otra limitacion
que la de hacer manifestaciones públicas de ellos al aire li-
bre, en las plazas y en las calles. No lo consentiriais, como
no lo hicieron en su tiempo los Gobiernos revolucionarios,
y cerraron los círculos políticos en nombre de la libertad
absoluta de asociacion, y de los derechos individuales con-
signados en la Constitucion de 1869. Cedeis ahora, y ce-
dieron ellos, á las inspiraciones de una justa prevision; la
necesidad de defenderse los obligaba á ello. Pues bien, se-
ñores Ministros y señores de la Comision; eso que quereis
y haceis respecto del Rey y de la Monarquía, eso mismo,
nada más que eso deseamos y pedimos encarecidamente
que hagais respecto de Dios y de la Religion católica.
188
DISCURSO
RECTIFICACIONES.
Rectificó el Sr. PRESlDEl'iTE DEL CONSEJO DE MINISTROS.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): Pido la palabra para
rectificar.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene V. S.
El Sr. ALVAREZ (D. Fernando): Voy á ser muy breve.
No es cuestion de aritmética, Sr. Presidente del Consejo;
es cuestion de verdaderas necesidades morales la de conver-
tir la tólerancia práctica en libertad ó tolerancia escrita,
segun las condiciones del momento. Yo he dicho que si aquí
ocurriera una necesidad imprescindible, reconocida por to-
dos, ora una guerra religiosa, ora un número considera-
ble, expresado, nó por centenares ni millares, sino por
millones de sectarios de religiones falsas, habría necesi-
dad imprescindible para mantener la paz pública, para el
lmen órden de la Monarquía, de admitir la tolerancia legal
(le cultos, la admitiría, y ::'tntes nó. Yeso me parece muy
fundado, cuando se trata sobre todo de un país que se rige
por el sistema parlamentario y por la ley de las mayorías;
lo que yo no concibo es que se someta la casi totalidad de
la Nacion á una minoría exigua de otros cultos, ni que se
abra capl'ichosam~llte la puerta para crear una necesidad
que ahora no existe, perturbando la opinion religiosa de la
mayoría del pais.
El Sr. MINISTRO DE FOMENTO (Conde de Toreno) usó de la pa la·
bra para ocuparse no del fondo del anterior discurso, sino de la
alusion política que le había dirigi¡lo el Sr. Alvarez. Despues lo
hizo extE'nsamente ~l Sr. Presidente del Consejo de Ministros com-
batiendo la enmienda. y cuando terminó dijo:
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
189
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Álvarez tiene la palabra.
(A votar, ti votar.) Ruego á los señores individuos de la
mayoría tengan la tolerancia que deben tener con las opo-
siciones.(Bien, bien.)
El Sr .. Álvarez tiene la palabra.
Muckos señores lJiputados de la mayoria: A votar, ú
votar.
El Sr. ÁL V AREZ (D. Fernando): ¿ Por qué quereis im-
pedirme que hable'? Que se vote más tarde ó que se vote
otro clia , ¿ qué importa'? ¿ Tanta priesa teneis '? Que yo ha-
ble, ó que no hable un poco más para rectificar, ¿ evitará el
juicio que forme la historia de vuestros actos en este lugar
yen este clia'? ¿Es esa la tolerancia de que dais muestra'? ¿Es
esa la falta de pasion con que quoreis resolver este af:mnto
importantísimo, vosotros, los que no habeis tomado parte
en el debate, y que no podreis disculparos con el calor de
la discusion'? (Un Sr. lJiputado: Creíamos q uo no tenía su
Señoría ya nada que decir.)
El Sr. PRESIDENTE: Ruego á los Sres. Diputados guar-
den silencio, y cuanto más silencio se guardo, más pronto
se votará.
El Sr. ÁL V AREZ (D. Fernando) : N o he de abusar yo de
la condescendencia del Sr. Presidente, y le doy gracias
por su imparcialidad y por su energía.
El Sr. PRESIDENTE: N o es condescendencia.
El Sr. ÁLVAREZ (D.Fernando): Los hombres impulsa-
dos por sus pasiones, áun sin darse cuenta de ello, van más
allá dlJ lo que quisieran. Estoy seguro de que mañana los
que tan sin razon me han interrumpido, pensándolo fria-
mente, estarán pesarosos de sus impaciencias. Tienen,
pues, que agradecer, como yo, al Sr. Presidente que haya
vuelto por los fueros de la Cámara.
He dicho que estoy fatigado, y además en los estrechos
límites de una rectificacion no puedo contestar á todo lo que
hadicho con su elocuente palabra el Sr. Presidente del Con-
sejo de Ministros ;'necesito solamente decir algo; así, pues,
13
190
DISCURSO
dejando á un lado lo ménos importante, diré que he visto
con pena que el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, no
manteniendo lo que ha afirmado en otras ocasiones respec-
to de que los moderados podían y debían estar alIado del
Ministerio, no sólo con sus antecedentes y con sus doctri-
nas, sino tambien con su nombre y su bandera, sostenga
hoy el parecer contrario; esto es, el de que los hombres
elel partido moderado se dén por muertos como tales, con-
forme á la afirmacion repetida del Sr. Ministro de Fomento.
Cuando el trascurso del tiempo haya confundido en un solo
partido, que yo no veo formado todavía y que no sé si lle-
gará á formarse, á moderados, unionistas y constitucio-
nales disiclentes; cuando no haga falta que esos hombres
del partido moderado, los más leales y consecuentes de to-
dos, apoyen el trono restaurado; cuando desaparezcan los
electores consecuentes que puedan enviar aquí, fuera del
sufragio universal desacreditado para todos, Diputados de
su color político, entónces desaparecerá el partido mode-
rada, y yo, sin embargo, si eso sucede, continuaré profe-
sando sus doctrinas miéntras exista y conserve fuerzas para
ello. Esas doctrinas, practicadas por él constantemente para
honra suya, son las que constituyen el verdadero método de
gobernar, y han sido aplicadas por todos los que, partiendo
de opuestos puntos, tuvieron la necesidad y el valor de
hacerlo en momentos críticos. No es exacto que no tenga
ya importancia ese partido, ni sea necesario como tal; yo
ruego al Sr. Presidente del Consej o, porque al Sr. Ministro
de Fomento no quiero pedirle nada despues que ha procla-
mado caprichosamente la desaparicion de las opiniones po-
líticas en que militó, yo ruego al Sr. Presidente del Conse-
jo que vuelva la vista á todo lo que existe de importante en
todos los ramos de la Administracion; que recuerde las
numerosas leyes promulgadas en la época liberal de Es-
paña, y me diga si no encuentra más rastros de lo que ha
hecho con fortuna y acierto el partido moderado, que de
lo que haya hecho ningun otro partido. Y tranquilo con
DEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
191
esta seguridad, no vuelvo á hablar más de este asunto.
Dejando este desagradable incidente á un lado, procu-
rare, en cuanto mi memoria ya debilitada lo permita, rec-
tificar algunas observaciones del Sr. Presidente del Conse-
jo. Explicó S. S. sus opiniones sobre la unidad religiosa y
sobre las circunstancias en que las manifestó. No le hice yo
ningun cargo directo sobre ello. Traía en apoyo de mi tesis
las doctrinas políticas de los hombres ilustres de todos los
partidos; quería demostrar que no había ningun partido en
España que hubiese tendido á sostener la libertad de cultos
ni la tolerancia legal ó escrita, hasta 1869; Y al hacer esta
reseíla me referí tambien al Sr. Cánovas del Castillo, aunque
sin leer textualmente sus palabras mientras no me dirigió
á este fin un ruego expreso. No ha habido, pues, motivo
ninguno para que S. S. crea que tenía la menor inten-
cion de mortificarle contraponiendo sus palabras á sus
actos.
Decía el Sr. Presidente dl'l Consejo de Ministros que es
necesario acomodar la política á las circunstancias, y que
más de una vez hay que hacer lo que ántes se repugnaba.
Cierto; pero como las circunstancias y las verdaderas ne-
cesidades del país son las mismas que en 1869, Y á mi jui-
cio no han variado en nada por actos revolucionarios efí-
meros y sin vida propia, no comprendo porqué debía variar
en la cuestion que se debate la política del Gobierno ni la
politica de la mayoría, que mantienen y deben mantener
opiniones conservadoras. He dicho, y repito, que no que-
remoS" la intolerancia religiosa, y no es lícito ni justo com-
batirnos en ese terreno; queremos sólo la tolerancia prác-
tica, que da los mismos resultados sin quebrantar los prin-
cipios religiosos. Dije, sin embargo, al mismo tiempo, que
si el hecho social á que se refiere con insistencia el Sr. Pre-
sidente del Consejo llegara á tomar cuerpo desgraciada-
mente y ser de tal naturaleza que lo que no hay en España,
esto es, la existencia de diversos cultos, se realizara de
una manera que viniese á constituir desgraciadamente una
192
DISCURSO
necesidad verdadera, im pel'iosa y reconocida por todos, no
me opondría, como nunca se ha opuesto la Iglesia en casos
extremos, á que se estableciera lo que se llama tolerancia
escrita en las leyes, y yo creo debe llamarse libertad de
cultos, más ó ménos limitada.
Observa el Sr. Presidente del Consejo de Ministros que
se han creaclo intereses que constituyen un hecho; que no
es ya una cuestion libre, atendidos los intereses que se
han creado. loDónde están esos intereses'? lo Quién los ha
explicado'? Vamos á hacer una votacion, que no será la ül-
tima, y laComision hasta ahora no los ha explicado. El
Sr. Presidente del Consejo, dando á su peroracion el gran
valor que merece, no ha descendido á esos detalles. Yo
niego que haya esos intereses creados dentro de España. A
los extranjeros lo que les debemos es proteccion, seguri-
dad individual, respeto para el ejercicio privado de su
culto, órden y tranquilidad para que consagren su inteli-
gencia y sus capitales á la industria; no les debemos más.
Donde hay régimen parlamentario no se ha de sacrificar la
inmensa mayoría de los españoles á algunos millares de
hombres indiferentes, que no han menester libertad de cul-
tos, puesto que ninguno profesan, y á algunos millares de
extranjeros, sectarios de diferentes cultos, que no tienen
derecho á exigir de nosotros, que poseemos el grande be-
neficio de la unidad religiosa, que renunciemos á él por
complacerlos; basta que les aseguremos cumplida protec-
cion para su culto privado.
Afirma el Sr. Presidente del Consejo de Ministros que
queremos restablecer en el Código penal el título de deli-
tos contra la religion , para llevar á los hombres á presidio.
Es un error incomprensible. Yo siento mucho que el señor
Presidente del Consejo de Ministros, que no habrá tenido
necesidad, Ú ocasion, ó tiempo para estudiar detenida-
mente este extremo, no recuerde que la pena más grande
que había en el Código penal no pasaba de multas, de pri-
sion correccional y de extrañamiento respecto de los após-
193
tatas. (El8r. P1'esidente del Consejo de .Ministros: De extra-
i'iamiento perpétuo.) A los que públicamente apostataren de
su rcligion; á los españoles, no á los extranjeros; y ese
extrañamiento perpétuo ciertamente, pena justa y análo-
ga, cesa desde el momento en que vuelve á profesar la re-
ligion católica; eso es lo que dice el Código, y ha de ser el
que se castiga acto público, porque al apóstata que lo es
dentro del recinto doméstico, nadie le molesta ni persi-
gue. Precisamente había yo citado el título de los delitos
contra la religion para probar al Gobierno y á la Comision
que con penas leves, y sólo penando actos públicos, se con-
seguía con facilidad lo que no podrá conseguir este Minis-
terio ni otro alguno, estableciendo en el arto 11 de la Cons-
titucion dos pánafos embarazosos y perjudiciales, y con-
signando en ellos la prohibicion de manifAstaciones públi-
cas de los cultos no católicos, que exigirún la necesidad de
aliadir nuevos artículos al Código penal y de aumentar pro-
bablemente el número y la importancia de sanciones pena-
les en materia religiosa. El tiempo traer A á S. S. desenga-
ños sobre esto, y demostrará con hechos palpables, que no
es infundada ó ligera mi opinion,
Que en periodos antiguos de nuestra historia hubo una
tolerancia que llegaba al punto de permitir otros cultos
diferentes del católico, como sucedió al conquistarse á To-
ledo y :i Granada. Indudable; y si hubiera aquí ahora, como
entónces, un número respetable de sectarios de otros cul-
tos, como lo hubo en aquellas épocas de sarracenos y ju-
díos, nosotros diríamos que era indispensable tolerarlos y
respetarlos. Pero es el caso que hoy no los hay, y no hemos
de aplicar el remedio cuando el mal no existe. Hechas
entónces las capitulaciones, era necesario respetarlas; ha-
bía una necesidad clarísima, y el Estado y la Iglesia lo
reconocieron. Hoy que no existe, ¿, par;1 qué invocar aquel
ejemplo, que no es congruente, ni imitarle'? Precisamente
la clave de la cuestion está en eso; en demostrar esa nece-
sidad, y hasta ahora no se ha probado, ni se probad.
194
DiscuRSO
No estamos en el caso de faltar á nuestros principios
religiosos en su parte más esencial por seguir esas corrien-
tes del mundo civilizado, que se invocan, suponiendo no
sé por qué, que no puede haber civilizacion donde existe
la unidad de fe, unidad de aquellas creencias y doctrinas
que derramaron la civilizacion por todo el mundo.
Ha convenido conmigo el Sr. Prnsidente del Consejo de
Ministros, en que el manifiesto de Sandhurts dejó la cues-
tion íntegra á las Córtes; pero resulta que el Gobierno, si
bien no ha pactado, si bien no ha dado ninguna seguridad
á potencias extranjeras, ha hecho afirmaciones ante todo
el mundo, ante la diplomacia universal; y encuentro al-
guna contradiccion en estos dos hechos, colocados. uno
frente á otro.
Creía yo además, que en la cuestion religiosa, puesto
que se había convenido en dejarla íntegra á las Córtes, no
debía haber intervenido el Gobierno ántes de la manera que
lo hizo, y ahora hasta el punto de convertir en cuestion de
Gabinete lo que no puede, ni debe serlo por su naturaleza.
Donde hay una cuestion de conciencia, superior á todos los
respetos humanos y á todas las consideraciones y mira-
mientos políticos, no puede haber racionalmente cuestion
de Gabinete, y nunca he visto apelar en cuestiones análogas
á ese duro extremo; y es más de extrañar, y mas inexpli-
cable esto, cuando es obvio que no era menester acudir á él.
Aun cuando ya lo sabe, aseguro al Sr. Presidente del Consejo
de Ministros que mi enmienda, no por ser mia, no por-
que yo la haya sostenido con escasas fuerzas y mediano
acierto, no porque he evitado extremar su defensa hasta
donde pudiera, por respetos á que nunca deben faltar los
hombres políticos, sino porque real y verdaderamente la
mayoría abriga de antemano un propósito inquebrantable y
resuelto, formado "":)1' buenos ó malos móviles, que yo no
juzgo de intencion. ", será desechada. CreaS. S.que si pasan
de 20 ó 30 votos 103 que aprueben mi enmienda, me admi-
raré de tal resultado. Nó; no me he propuesto, ni se ha
DEL SR. D. FERNA:t\\00 .hVAREZ.
19)
propuesto nadie venir en estos mOfuentos á alcanzar triun-
fos imposibles, sino á cumplir deberes de conciencia; pero
creo que hubiera sido mejor para la mayoría y mejor para
el mismo Ministerio dejar la cuestion libre, porque le hu-
biera dado al Ministerio el mismo resultado, y hubiera pa-
recido que se obedecía más á convicciones propias que tí
imposiciones políticas.
Se dice que va á suceder aquí lo que sucedió cuando la
revocacion del edicto de Nantes: nó; ni en el fondo de am-
bas cosas hay la menor analogía, ni nosotros pedimos per-
secuciones para nadie; crea el Sr. Presidente del Consejo
de Ministros que si se pudiera perseguir ti alguno por lo que
he dicho, me hubiera condenado al silencio; me he limita-
do á asegurar que con el antiguo Código penal, si se resta-
bleciese en esta parte, no hay persecucion posible, sino
por actos públicos, y que S. S. ó los Gobiernos que le su-
cedan han de penar mús gravemente de lo que estaban pe-
nados en el Código.
El Concordato, dice el Sr. Presidente del Consejo, no
resuelve la cuestiono Si yo no temiera cansar al Congreso,
ahora que le debo mayor deferencia porque nadie me inter-
rumpe, leería el artículo del Concordato, y resultaría que
es el mismo de la Constitucion de 1812. Si el Sr. Pidal, de
respetable memoria para mí y para todos, en los últimos
momentos de las negociaciones pasó notas en uno ú otro
sentido que no conozco y por tanto no puedo apreciar, eso
no es de la cuestion; oficialmente debemos atenernos al
texto del Concordato. Es verdad que el Sr. Pidal fué rega-
lista, como lo fueron todos los hombres de su edad, como
lo he sido yo, aunque la mia no era tanta. Entónces era na-
tural y áun necesario serlo, porque las circunstancias eran
muy diversas; pero hoy, en el estado actual de la Iglesia
católica, para nada hace falta. Si el SI'. Pidal sostuvo esa
opinion, bueno habría sido traer los datos originales: el
Sr. Bertran de Lis, luego Ministro de Estado, sostuvo la
contraria, y lo que se acordó y sancionó entre ambas Po-
196
DISCURSO
testades, fue el mantenimiento de la unidad religiosa tal
como existia entóncos, y su pcrpétua conservacion en los
dominios de S. M. C. Esto se puede variar, yo no lo niego,
pero por los trámites regulares, no convirtiendo una cues-
tion esencialmente religiosa en una cuestion meramente
de derecho público y político. Todos los Concordatos pueden
ser modificados en momentos dados, pero por medio de una
negociacion prévia y detenida. Ha dicho S. S. que esta ne-
gociacion no ha existido en cuanto á haberse promovido por
el Ministerio; pero ha existido en cuanto la ha promovido Su
Santidad: pues bien: desde el momento en que se ha pro-
movido, sea por quien qniera, y aún no se ha resuelto, yo
rDpito que no está la cnestion de ninguna manera en esta-
do de resolverse ahora, aquí, en estos momentos. El Gobier-
no sabe que esta mayoría se compone de Dipnta(los católi-
cos, por más que votando contra la unidad religiosa ni) lo
parezcan, y debía tener en cuenta los mnchos disgustos, las
muchas amarguras y contrariedades que han de pesar so-
bre ellos por este voto, que considero impremeditado.
Si el Sr. Presidente del Consejo de Ministros acierta en
su manera de apreciar la cuestion, lo cual es fácil, porque
reconozco su superioridad política y de toda especie, cuan-
ta más seguridad tenga de que hubiera conseguido su ob-
jeto por medio de negociaciones con la Santa Sede, más
razones había para que ahorrase ú los Sres. Diputados de
sus opiniones los sinsabores que les ha de ocasionar el voto
que tanta impaciencia tienen por emitir.
Ha hablarlo con vehemencia el Sr. Presidente del Con-
sejo de Ministros del regalismo; y yo, que reconozco siem-
pre en S. S. el don de la oportunidad, debo decirle que hoy
no la ha tenido en esta parte. ¿Qué tiene que ver lo que
<lebatimos con el regalismo'? ¿Qué tiene que ver el espíritu
del principio religioso COn disputas de mayor ó menor ex-
tension sobre atribuciones respectivas en la esfera y res-
pGcto de los limites de ambas potestades'? Esos Monarcas
regalistas, desde los Reyes Católicos hasta Fernando VII;
DEL SR. D. FERNANDO ALVAREZ.
197
esos Monarcas regalistas, celosos de sostener las atribucio-
nes del patronato y de todo cuanto creían que debía ser en
ellas respetado, ¿ sabe S. S. que ni una sola vez hayan
tratado de debilitar nunca, ni bajo ningun concepto el
princi pio de la unidad religiosa'? Jamás se ha tratado de
eso en España; y si no, traiga S. S. los datos que lo de-
muestren. Habrá habido cuestiones reñidas respecto de la
provision de beneficios, habrá habido cuestiones nacidas
del patronato entre la Santa Sede y el Gobierno español;
pero ·en el sentido de conceder á otras religiones el dere-
cho exclusivo que tenia la religion revelada, no podrá ci-
tar S. S. caso alguno. Y de eso respondo yo, que por razon
de cargo he tenido á mi disposicion y he leido muchos do-
cumentos históricos referentes á los asuntos religiosos y
eclesiásticos.
Algo ha hablado del carlismo el Sr. Presidente del Con-
Rejo de Minü;tros, y supongo que con esto no habrá que-
rido hacer alusion ú los firmantes de esta enmienda. (El
Sr. Presidente del Oonsejo !tace un signo negativo.) Si alguna
esperanza pudiera haber para el carlismo de reproducir los
males, los desastres que la guerra última causó; si alguna
esperanza pudiera haber para ese partido, estaría de seguro
en la desaparicion de la unidad religiosa. La revolucion lle-
vó las cosas por esa corriente politica, y contra su volun-
tad empujó á los campos de Navarra, no sólo á los carlistas
de todos tiempos, sino á muchos de los hombres de órden.
No dirijais, por Dios, las cosas de manera que puedan lle-
gar á repetirse los males, los desastres que la guerra civil
nos ha hecho sufrir, resolviendo la cuestion religiosa de un
modo que no puede defenderse bajo ningun concepto, y q ne
sólo se justifica por el capricho de ir, como vosotros decis,
á la zaga de la Europa civilizada, destruyendo para ello en
España un hecho social invariable durante la série ele los
siglos.
Voy á terminar, no sólo porque he hecho las rectifica-
ciones de mayor interés, sino porque estoy fatigado. Mi
198
DISCURSO
tarea es infecunda bajo el aspecto de los resultados; me li-
mito á llenar un deber de conciencia y de consecuencia po-
lítica; siento que el Sr. Presidente del Consejo de Minis-
tros haya dado tanta importancia á que se resuelva la
cuestion religiosa de la manera que propone, que la haya
declarado cuestion de Gabinete.
De mí sé decir, que si no hubiera pensado siempre como
pienso ahora, si no hubiera pensado hoy como pensaba án-
tes de la restauracion, al ver que se hacía cuestion de Ga-
binete la religiosa, hubiera votado como voy á hacerlo.
Las amenazas de cuestiones inmotivadas de Gabinete, lé-
jos de hacerme retroceder, me han hecho ir alguna vez al
punto de donde querían apartarme.
y ahora, si el Sr. Presidente me lo permite, voy á leer
algunas palabras relativas á la cuestion suscitada por el
Sr. Presidente del Consejo de Ministros referentes á las
persecuciones que nosotros á su juicio, ciertamente equi-
vocado, queriamos restablecer en el Código penal respecto
á la cuestion religiosa. Ant~s busqué para citarla la opi-
nion del Sr. Pacheco y no pude encontrarla; ya la he ha-
llado, y voy á leerla, si el Sr. Presidente me lo permite.
« Yo respeto, dice nuestra ley penal, vuestras opinio-
nes; no trato de investigar vuestras creencias; yo no os
exijo áun que ejecuteis ningun acto del culto que reconoz-
co. Sois libres para adorar á Dios como os lo inspire vues-
tro juicio; la Inquisicion ha muerto para siempre; las anti-
guas inscripciones en las puertas de los templos no se re-
petirán; pero yo os prohibo que ejerzais actos de hostilidad
contra esa fe y ese culto, que son los mios, que son los de
la inmensa generalidad de mi pueblo; yo os mando que los
respeteis, que os abstengais de provocar su subversion. Si
así lo hiciéreis, si lo intentéí.reis, yo os castigaré como
perturbadores de la paz pública.»
~ y la ley tiene razon en obrar de este modo, no sólo
porque la Constitucion se lo manda, sino porque el buen
sentido aprueba plenamente los preceptos de la u,na y de la
!lEL SR. D. FERNANDO ÁLVAREZ.
199
otra. La ley al penar sólo la celebracion de actos públicos
de un culto que no sea el católico, consagra el verdadero
principio de la libertad de conciencia, y áun de la libertad
del culto secreto y privado. No prohibiendo, no imponien-
do penas sino al que celebrare actos públicos de un culto
que no sea el católico, claro es que reconoce como exentos
de su alcance á los que privadamente oren y sirvan á Dios
en la forma que tengan por oportuna. Nadie quita al fabri-
cante inglés que en un salon de su casa lea devotamente
la Biblia y la esplique á sus hijos en el sentido de su par-
ticular iglesia; nadie impide al comerciante israelita que
cierre el sábado su escritorio para entregarse á considera-
ciones de piedad. Libres son el uno yel otro para hacerlo;
ninguna autoridad, ni eclesiástica ni ci vil, le ha de decir
una pahbra. Lo que veda la ley y lo que castiga son actos
públicos de un culto que no sea el de la religion católica.»
Nada he de añadir á estas observaciones; sería desvir-
tuarlas.
Esto es lo que entendía el Sr. Pacheco de la aplicacion
de ese Código penal que, segun el Sr. Presidente del Con-
sejo de Ministros, iba á producir persecuciones en materias
religiosas. Y como no tengo más que decir, me siento,
dando las gracias al Sr. Presidente por su benevolencia, y
esperando tranquilo el resultado de la votacion, que dará á
mi enmienda escaso número de votos.
Leida por segunda vez la enmienda del Sr. Álvarez (D. Fer-
nando), y hecha la pregunta de si se tomaba en consideracion,
se pidió por ~ompetente número de Sres. Diputados que la vota·
cíon fuera nominal; verificada ésta, resultó desechada aquélla
por 225 votos contra 37, en la forma siguiente:
8eñores que dijeron NO :
Silvela.-Fernandez Cadórniga.-Rico.-Martinez (D. Cándi-
do ).-Cánovas del Castillo (D. Antonio ).-Martin de Herrera.-
Lopez de Ayala (D. Adelardo ).-Salaverría.-Romero Robledo.
200
DISCURSO
-Toreno (Conde de ).-Alonso Martinez.-Alzugaray.-Alvarez
Bugallal.-Fernandez y Jimenez.-Cardenal.-Candau.--Piñero.
-Goróstidi.-Trives (Marqués de ).-Scdano.-Elduayen.-Ga-
mazo.-Estrada.-Corbaehc.-Finat.-Patilla (Conde de la).-
Amat.-Roda (D. Cecilio).-Alarcon Luján.-Muros (Ylarqués
de).-Cancio Villamil.-Garrido Estrada.-Pcrez Zamora.-Pa-
htll.-Cantero.-Fabra (D. Camilo ).-Vazquez (D. Ignacio).-
Danvila.-Hurtado.-Aurioles.-Vmalba (D. Federico).-Goicoe-
rroteu'-'}onzalez Goyeneche.-García Goyena .-lVIaldonado Ma-
canáz.-~fau'zanera (Vizconde de).-Rius y Salvú.-Botella (don
Ftaneisco).-Torres de Mendoza.-Kavarro y Rodrigo.-Zamhra-
na.-San Miguel' de la Veg'a (Marqllés de).-Bas.-Montes y
Verdesoto. -Agramonte (Conde de).-Hereclia.-Caclenas.-Cla-
vijo. -Figuera (D. Fermin).-Oliva.-Gonzalez Vallarino.-Cam-
poamor.-Estéban Collantes (D. Saturnino).-Guirao.-Almenas
(Conde de las).-Arnau.-Cárdenas.-)fena.-Hernandez y Lo-
pez.-Mariscal.-Cánovas del Castillo (D. Emilio).-Torres-Ca-
brera (Conde de).-Lasala -Villalobar (Marqués cle).-Pallares
(Conde de).-Riquelme.-Montevirgen (Marqués de).-Gisbert.-
Isasa.-Ulloa.-Balaguer.-Torrado.-Rodriguez Gayoso.-Ga-
lante.-Fabra (D. Nilo).-Rivas y Urtiaga.-Pastor y Magan.-
Escobar (D. Angel).-Cruzada Villaamil.-Robledo Checa.-Pe-
rez Aloe.-Guillelmi -Encinas (Conde de las).-Fabié.-Alba-
cete.-Azcárraga (D. Manuel).-Fuentes.-Gaset y Matheu.-
Marton.-~avarro Ituren.-Lopez Gonzalez.-Bernad.-Viscon-
ti.-Navaf?cués.-Soldevila.-Bosch y Labrús.-Sallchez de Mi-
lla.-Suarez Inclán.-Gutierrez de la Cámara.-Jove y Hévia.-
Aranaz.-Botella y Andrés.-Sanc hez Chicarro.-Salamanca (Mar-
qlles de).-Le,·)ll y Castillo.-Anglada.-Peñuelas.-Barrio Ayu-
sO.-Avila Ruano.-Parra.-Muñiz.-Zabálburu.-Romero Ortiz.
-Camacho. -Bayo. - Sanchez Bustillo. - Suarez Sanchez.-
Grotta.-Casado.-Genoves.-Nuñez de Prado.-Veña.-Caste-
llarnau.-Gosalvez.-Miranda.-Anton Ramirez. -García Asen-
Río . -Torres Valclerrama.-Gonzalez Alonso.-Boguerin.-Mar-
tiuez de Aragon.-Vierna.-Acapulco (Marqués de).-Perez Gar-
('hitorena.-Cabezas. - Gonzalez Vazquez.-Toro y M::>ya.-Mas-
pons.-Dacarrete.-Cisneros.-Moreno Nieto.-Castell de Pons.
-Cabirol.-Valentí.-Borrajo.-Groizard.-Lopez y Lopez.-Ta-
viel de Andrade.-Moreno Mora.-Bayon.-Rojas.-Linares.-
DEL SR. D. FERNANDO ALVAREZ.
201
Núñez de Arce.-Arias.-Angulo.-Rius y 'fauled.-Arenillas.
-López Dominguez.-Carnicero.-MartÍnez Corbalan.-Villal-
ba y Perez.-Cerdá.-Rubio.-Fontall.-Garmendia.-Villavaso.
- Vida.-Batlle.-Bañercs.-Pons.-Sedó.-Puig y Llagostera.
-Cos-Gayon.-Piñan. -Monedero y Monedero. -Argenti.-Lo-
pez Guijarro.-Vivanco.-Roda (D. Arcadio).-Sanchez de LeoD.
-Polo.-Barca.-Guadalest (Marqués de ).-Ordoñez. -Viudes.
-Echalecu.-Nieto Álvarez.-Cuadrillero.-Puent6 y Pellon·.-
Albareda.--Veraguas (Duque de).-Sardoal (Marqués de).-Sa-
gasta.-Reig (D. Eduardo).-Martorell.-Benayas.- Guilhou.-
Navarro Diaz.-Alba Salcedo.-Vega de Armijo (Marqués ue la).
-Juez Sarmiento.-Quevedo.-Autrines (Vizconde de los).-Mu-
I10z Herrera.-Salazar.-Alvarez Mariño.--Fernandez Villaverdc.
-Quintana.-Castelar.-Carballo.-Zayas.-Condc y Luque.-
Garda de Zúñiga.-Sr. Presidente.-TotaI225.
Se adhirieron posteriormente: Carreras y Gonzalez.-Daban.
•
-Almech.-Escudero .
,señores que di/eran SI:
Sanz.-Cápua.-Alvarez (D. Fernando).-Mayans.-Mon y
Menendez.-Carriquiri.-Vallejo. -Caramés.-Moyano. -Alcalá
(Baron de).-Revilla (Vizconde de).-Martinez MOlltenegro.--Rei-
na.-Sala.-Moreno Leante.-Perier.-Villa de Miranda (Vizcon-
de de la).-Cavero.- Gonzalez Regueral.-Almenara Alta (Du-
que de).-Batallero.-Llobregat (Conde del).-Alboloduy (Mar-
qués de).-Malpica (::\\farqués de).-Rocamora (Marques de la
Puebla de).-Garda Camba.-Pidal y Mon.-Montoliu.-Camps.
-::\\Ioraza.-Bonanza.-Saltillo (Marqués del). - Neira Florez.-
Villa nueva de Perales (Conde de).-Verdugo.-Vazquez de pug'a.
-Sanjurjo y Pardiñas.-Total 37.
Se adhirió dcspues: Souto.
DISCURSO
DEL
SR. D. CARLOS lVIARIA PERIER,
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATOLICA,
PRONUNCIADO
EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS EN I~A SESION DEL DIA
;) DE MAYO DE 1876.
SESION DEL DIA 5 DE MAYO DE 1876.
Art. H. La Religion católica, apostólica,
romana es la del Estado. La Nacion se obli-
ga a mantener el culto y SUg ministros.
Nadie sera molestado en el territorio es-
pañol por sus opiniones religiosas, ni por
el ejercicio de BU respectivo culto, salvo el
respeto debido a la moral cristiana.
No se permitiran, sin embargo, otras ce-
remonias, ni manifestaciones públicas, que
las de la religion del Estado."
(Provecto de Constttuclon.)
Rogamos al Congreso se sirva admitir
la siguiente enmienda al arto i1 del pro-
yecto de Constitucion, el cual debera re-
dactarse de este modo:
«Art. H. La Religion de la Nacion Espa-
ñola es la católica, apostólica, romana. El
Estado se obliga a mantener el cuao y sus
ministros.
»Ninguna persona eerá perseguida en
EBpaña por las opinionee religiosas que
profese priyadamente, miéntras no ata-
que con actoli ó manifestaciones públicas IÍ.
la Religion católica.
Palacio del Congreso 24 de Abril de 1876.
-Carlos Maria Perier.-José Manuel Diaz
de Herrera.- José Moreno Leante. - Pedro
Pascual Sala. - Gonzalo Sanchez Arjona. -
Javier Maria Los Arcos. -
Conde de Tor-
reánaz.;';
El Sr. PRESIDENTE: El Sr. Perier tiene la palabra
para apoyar su enmienda.
El Sr. PERIER: Señores Diputados, la enmienda que
voy á tener el honor de apoyar despues de los incidente5 y
discusiones que habeis presenciado, es todavía de las que
se refieren á la más alta y delicada cuestion que puede pre-
sentarse en una Asamblea española; y conociéndolo yo así,
no es mucho que me halle poseido del gran temor con que
pronuncio mis palabras.
N o son éstas arma de oposicion en mis labios; la cues-
tion social y religiosa que debatimos, está en nuestro áni-
14
206
DISCURSO
mo muy léjos y por encima de oposiciones y Ministerios.
Mis palabras y nuestros votos son tributo de conciencia 'y
deuda de honor. La conciencia resueltamente católica de
los que esta enmienda hemos firmado, no nos permite ir un
punto más allá, tocante á la base religiosa de la Constitu-
cion española, de lo qne sus términos expresan, ni nos
consiente dejar de dar en esta solemne ocasion testimonio
auténtico de la fe que profesamos; el honor nos veda sos-
tener con nuestra voz y nuestros votos de hoy lo contrario
de lo que hemos proclamado ayer y siempre, lo contrario de
lo que alguno, como el que tiene la honra de hablar en este
momento, ha escrito y publicado en libros y revistas, que
muchos de los señores Diputados presentes conocen y leen.
En 1869, recien congregadas aquellas Córtes Constitu-
yentes, como en 1875, recien venida la anhelada restau-
racion, el público de España, el colegio de mis electores,
han sabido cómo pienso en esta materia; y ese pensa-
miento y el de mis dignos compañeros es lo que voy áma-
nifestar por tercera vez al dirigirme á vosotros en este re-
cinto, ya que las graves ocasiones de hacerlo se repiten con
tal frecuencia en una época de tantas vicisitudes y tantas
agitaciones para nuestro pais. Antes y despues del perío-
do electoral, yo he dicho claramente mi sentir á cuantos
debían saberlo; y como el distrito que aquí me ha traido es
mi propia patria, á la cual he representado siempre entre
vosotros, conocía tambien mis claras opiniones muy de
antemano.
La enmienda que os proponemos mantiene la unidad re-
ligiosa en España, al par que respeta la libertad de con-
. ciencia y la de la vida privada; más que esto no exigen ni
consienten á mi ver las verdaderas condiciones de eso que
se ha dado en llamar nuestra interna Constitucion. Otros
dos firmantes de ella, mis dignos amigos los señores Sala
y Moreno Leante, votaron, como yo, la del señor Álvarez,
porque su redaccion era exacta y literalmente igual á la
primera parte de la nuestra, y porque su prCttmbulo en nada
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
207
se oponía, sino al contrario, facilitaba la adopcion de la
segunda. Debemos conservar la unidad religiosa que posee-
mos en esta base esencial de las sociedades, como timbre
especial de nuestra nacion y de nuestra historia; y más hoy
que las cuestiones religiosas se agitan en Europa con tanta
energía y en tan encontradas direcciones.
No es difícil, señores Diputados, conocer que en el giro
incesante de las disputas humanas hay un turno que co-
rresponde tÍ aquellas ideas que conmueven á la humanidad,
como ya indicó ligeramente mi querido amigo el Sr. Duque
de Almenara.
Comenzó la moderna edad con las luchas religiosas que
promovieron en los siglos XVI Y XVII Luthero y Melancton;
y en pos de ellas surgieron las luchas filos6ficas del si-
glo XVIII, que ha sido llamado por algunos, y nó con des-
acierto, siglo de Voltaire, el filósofo de la impiedad: tÍ és-
tas siguieron las luchas políticas que agitaron las postri-
merías del siglo XVII y los principios del presente; y han
venido despues, aceleradas y recrecidas por todos los me-
dios de que disponen los adelantos de la moderna civiliza-
cion, las luchas sociales, que todavía no han pasado. Hoy
renacen tambien las luchas religiosas.
Pero hay una circunstancia singular en los momentos
presentes. Cualquiera de las cuestiones indicadas evoca
hoy dia y atrae á sí á todas las demás. Así la cuestion so-
cial , que fluctúa entre el individualismo, y el socialismo,
hácese á la vez, republicana en política, materialista en
filosofía, y atea en religion. Y hay otra singular coinciden-
cia: el turno de luchas religiosas que hoy renace, tiene su
comienzo en Alemania, como le tuvo en el siglo XVI; so-
lamente que esa circunstancia á que ántes me referí de los
adelantos mismos de la civilizacion material presente,
hace que tengan mucha más extension las cuestiones que
agitan á los pueblos: de cierto que Felipe, Landgrave de
Resse, no llevó tan léj os su accion, como hoy la llevan
Guillermo de Prusia y el príncipe de Bismark.
208
DISCURSO
En medio de este movimiento general, que indudable-
mente agita á los pueblos de la época moderna, notadlo
bien, en todas partes se hacen armas contra el catolicis-
mo; en todas partes tambien el catolicismo acude á la de-
fensa de los derechos y de los intereses morales de la hu-
manidad; y hay, en vez de esa especie de agonía y muerte
(algunos llegan hasta á decretarle la sepultura) en medio
de todo eso que se anuncia pomposamente del catolicismo,
un verdadero movimiento religioso, que el catolicismo
impulsa, que el catolicismo protege yal cual da el catoli-
cismo la victoria.
No ha mucho, á fines de 1874 ó principios ne 1875, se
fundaban en la América del Norte siete nuevos obispados;
poco ántes en la moderna Francia se ha sentido y se siente
todavía una restauracion del sentimiento religioso cat01i-
co, que hace dedicar á Dios la N acion entera en un famo-
so templo sobre las alturas de Montmartre, bajo una ad-
vocacion católica, y en que el pueblo y el ejército se dis-
putan el honor de tener capillas especiales que lleven sus
nombres.
En Inglaterra, señores, no ha muchos años que un sa-
cerdote católico, un apóstol anglicano, nacido de la alta
nobleza de aquella ilustre nacion, Jorge Spencer, á quien
citó tambien el Sr. Conde del Llobregat, se dirigió á con-
• sultar á los hombres de Estado y particularmente ú Lord
Clarendon, á Lord Jhon Russell y Lord Derby , y hasta al
mismo Lord Palmerston, sobre los inconvenientes que, en
su opinion, podía producir la division religiosa en Ingla--
terra; y estos ilustres hombres de Estado le contestaron, que
las disputas r3ligiosas llevadas hasta el extremo que se
iban llevando, podían llegar á la destrnccion del poder de
la patria en la misma próspera y sólida Inglaterra.
,
Esta opinion de los hombres principales de Inglaterra
acerca de la gran ventaja de la nnidad religiosa, est;Í, con-
firmada por otros hombres principales tambien de la no
ménos culta y próspera Bélgica. Tengo en mis manos, y
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
209
ruego al Congreso me consienta leer, una carta reciente-
mente dirigida á un Diputado, amigo mio, aunque se sien-
ta en banco muy distante del que yo ocupo, en la cual, ,Í,
propósito de esta misma cuestion, le dice con fecha 3 de
Marzo de este mismo afio lo que va ,í oir el Congreso. Es el
Baron de Hauleville, autor de varias obras notables de po-
lítica y de derecho, director de la acreditada Revista gene-
ral que se publica en Bruselas, uno de los canonistas mús
afamados de Bélgica, y de los más elocuentes oradores del
Congreso de Malinas, de aquella Asamblea en que tanto
figuró el conde de Montalembert. Dice así á propósito de
la cuestion, en que se ocupa la Asamblea española: «Fe-
licito á Vd. por su eleccion y por la terminacion de la guer-
ra; ahora espero que emprenderún Vds. una acertada polí-
tica. La cuestion capi'tal para Vds. en el órden político es
la libertad de cultos. Si yo fuera espafiol, mantendría por
todos los medios la 1tnid(td j'eligiosa de mi pa1s, beneficio
inapreciable j tan grande es! Y en verdad, creo que este
principio es conciliable perfectamente con la tolerancia
civil en materia religiosa. Nuestras instituciones naciona-
les (las de Bélgica) han sentido mucho la influencia de las
ideas francesr.s.»
Por manera, que el movimiento religioso que en nues-
tros dias se señala en toda Europa, tiende, en medio de las
agitaciones que hacen aparecer lo contrario, á la creacion
de una verdadera unidad; unidad que es el bello ideal de
la vida humana en todo lo esencial para ella; unidad que
es lo que solamente puede hacer la felicidad de las nacio-
nes, cuando se elige bien el punto en que debe proclamar-
se ; porque hay otras materias en que la variedad viene. á
ser el complemento de la unidad, para producir el bien uni-
versal bajo la armonía que une ú las dos.
En medio de ese movimiento religioso se va elaborando
lentamente, y á fuerza de grandes desgracias, un impor-
tantísimo dilema en la vida pública de las naciones euro-
peas; y este dilema, ¿sabeis cuúl es, Sres. Diputados?
210
DISCURSO
Este dilema es que en materias de fe, que en materias re-
ligiosas , hay que optar entre ser c1'istiano cat6lico ó ateo.
No creais esto por mis palabras solamente; robuste-
cen tambien mis opiniones las de personas mucho más au-
torizadas en este punto. Ya se han pronunciado ú la faz de
Europa en el presente siglo estas solemnes frases:
« ¿ Creeis en Dios'? Si creeis, sois cristiano cat6lico; si
no creeis, atrevéos ú decirlo, porque entónces declarais la
euerra , no solamente ú la Iglesia, sino á la fe del género
humano. Entre estas dos alternativas no há lugar más que
para la ignO)'ancia ó la mala fe.»
Se creerú, sin duda, que este es un texto de algun
ilustre Pontífice, de algun sabio Obispo, de algun escritor
católico: y sin embargo, no hay nada de eso, Sres. Dipu-
tados ; esta sentencia es, sí, de un profundo escritor, de
un crítico poderosísimo, como acaso han visto pocos las
edades; pero no ha nacido en el campo de la Iglesia, sino
en 'el seno de la más radical revoluciono Abrid las prime-
l'as páginas del libro intitulado Pe la justicia en la Revolu-
cíon II en la Iglesia, y allí encontraréis esa sentencia. Pe-
dro José Proudhon es su autor. Y Proudhon añade: «Si yo
no fuera ateo, sería católico. )}
Planteada así la cuestion que hoy agita á Europa, i, ex-
trañaréis, Sres. Diputados, que los que tenemos la fe cató-
lica como vida de nuestra alma y como alma de nuestra
vida, acudamos á defenderla por encima de todas las con-
sideraciones allí donde sea menester; que acudamos á pro-
clamarla sin ningun género de miramientos, allí donde
sea oportuno hacer una nueva proclamacion de nuestra fe'?
Es necesario reconocer que todo lo que tiende á la li-
bertad de cultos, tiende cuando ménos ú la declaracion del
Estado ateo, tiende á una de las formas del ateismo , r1 que
se refiere la sentencia de Pl'oudhon. El ateismo eil el Estado
tiene otra fórmula con que se expresa; se llama tambien
«indiferencia en materias religiosas; » y el indiferentismo,
que en la conciencia individual produce indudablemente
,
,
DEL SR. D. CARLOS MARIA PERlER.
211
el ateismo, en la conciencia de los pueblos produce tam-
bien indudable y fatalmente el ateismo.
La doctrina del ateismo en los Estados, como la de la
indiferencia en materia de religion , es doctrina falsa, es
una doctrina que no resiste á la crítica. La nocion religio-
sa se funda en principios muy sencillos, que pueden ex-
presarse en brevísimas palabras, y que, si bien son más
propias de desarrollos extensos en una Academia que en
una Asamblea deliberante, al fin y al cabo, si las discusio-
nes han de tener un fundamento sólido, cuando se refie-
ren á materias constituyentes, como la en que nos ocupa-
mos ahora, si han de tener este fundamento sólido, en las
Asambleas como en todas partes, preciso es, Sres. Diputa-
dos, referirlas á los principios esenciales, científicos y filo-
sóficos, á que ellas por sí mismas se refieren indudable-
mente.
y estos principios, repito, son muy sencillos. Desde el
momento en que aparece en la mente humana una idea
principal; desde el momento en que se presenta en ella la
idea de la existencia de Dios, se presenta acompañada de
la idea de su gran poder, de su perfeccion absoluta; y des-
de el punto en que ambas ideas,. complementarias la una
de la otra, se han presentado en la mente, sucede que al
lado ue la conviccion que crea la idea, nace tambien un
sentimiento de respeto y adoracion hácia ese Dios en cuya
existencia se cree; porque es ley constante de nuestra
alma, que cuando existe en el entendimiento una idea
esencial, brote en seguida en el corazon un sentimiento
correlativo. Así, á la idea ue la religion acompaña siempre
el sentimiento religioso, propio de los individuos y propio
de los pueblos; y con el sentimiento religioso se presenta
la necesidad de la práctica del CI~ltO.
Esta es la nocion de la religion (que no es menester
ahora explicar más) en los individuos y en los pueblos. Y
como las religiones no las inventan los Gobiernos, sino que
las sienten los pueblos por altos orígenes y causas históri-
212
DISCURSO
cas, que no es del momento desarrollar, resulta que los Go-
biernos tienen obligaciones que cumplir relativamente á
esta materia; y cuando hay un pueblo como el español, que
por razones especiales, por razoues principalísimas, por ra-
zones que no pueden rebatirse, profesa la unidad católica,
el Gobierno tiene el deber ineludible de ser católico, como
lo es el pueblo que representa. De manera que el Gobierno
nada de gracia concede á un pueblo, cuando, como sucede
en España, se declara católico, para representar verdadera
y genuinamente al pueblo que rige.
Una vez que la doctrina del Estado ateo, la indiferencia
en materia de religion no puede aceptarse, porque es to-
talmente falsa, queda otra cuestion, que ya se acerca más
á la práctica: la de cómo debe el Estado profesar la reli-
gion católica en el pueblo que rige.
Ya veis, Sres. Diputados, que sin gran detenimiento
y sin ningun extravío, he llegado al punto concreto á que
se refiere la discusion presente. Y á propósito de la manera
como debe el Estado profesar la religion católica del pue-
blo español, hay tres formas que te.ner en cuenta: hay la
forma de la libertad de conciencia, la forma de la libertad
de la vida privada, y la. forma de la libertad de cultos;
cada una de ellas puede aplicarse á un pueblo segun sus
circunstancias especiales, segun las peculiares condiciones
de la Nacion, de su historia, de su organismo, de los ele-
mentos vitales de aquel pueblo mismo. Por manera, que
esta es una cuestion rela~iva, nunca en ninguna parte se
ha dicho que sea una cuestion dogmática; pero sí una
cuestion político-religiosa, la primera de todas las cues-
tione¡:: que pueden presentarse á la decision de una
Asamblea.
Lo que hay que probar, pues, para establecer la liber-
tad de cultos en España, es que las condiciones especiales
de España exigen que esta libertad de cultos se establez-
ca; y miéntras esto no se pruebe, y sí se pruebe lo contra-
rio, todo lo que tienda á establecer la libertad de cultos,
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
213
será una errada manera de resol ver la cuestion religiosa.
l., y consienten, Sres. Diputados, las circunstancias de la
N acion Española, su historia y los sacrificios de toda su
vida nacional, que se establezca la libertad de cultos1
l.,Pllede hacerse esto sin violentar toda la organizacion más
principal de su vida, sin tocar y herir las fibras que palpi-
tan mas poderosamente en su corazon 1
i Ah, señores! Si en España no hubiera habido una
guerra de siete siglos, que por más que se haya citado al-
gunas veces ligeramente en esta Asamblea, conviene re-
cordarla siempre; si no hubiera habido una guerra de sie-
te siglos, guerra gigantesca, incomparable, como ningun
país la ha tenido, en la cual solamente á impulsos de la
fe religiosa se hubiesen lanzado los débiles restos de la
N acion) que parecía que, agonizando ya, iba á ser borrada
del mapa de Europa; si no existieran las hazañas de tantos
héroes, aquellas fervientes adhesiones de tantos espíritus,
aquel movimiento nacional, ensalzado, cantado y prego-
nado en todas partes del mundo como una epopeya; si no
existiera aquel movimiento en el cual España hizo al Me-
diodía mas que Polonia al Oriente, que fué guardar á
toda Europa, guarecerla en una guerra que no era de na-
cion á nacion, sino de continente á continente, y en que
luchaba do una parte el Africa entera y áun Asia, y de otra
s610 España, que con la sangre do sus hijos defendía á toda
Europa detrás de sí; si no hubiera habido todo esto, se pu-
diora preguntar todavía: l., en qué se funda la unidad reli-
giosa en la patria española '? ••
Si no hubiera habido inmediatamente despues un suce-
so, que tambien han cantado las naciones, quo tambien
nos han envidiado los pueblos, on el cual se hubiera visto
á un genio especial, de esos que produce la humanidad
rara vez, á un Cristóbal Colon, concibiendo en medio de la
ciencia y de la fe un proyecto colosal, el descubrimiento
de un mundo á que su grande alma aspiraba; y que iba pa-
seando por toda Europa, recorriendo su propia patria y las
214
DISCURSO
demás, pidiendo como de limosna ayuda parallevar á cabo
aquel prodigio (que prodigio fabuloso era para aquellos
tiempos) ; si no se hubiera visto desdeiíado y desatendido
en todas las naciones, sin que nadie le hubiera prestado
apoyo, y hubiera llegado al gabinete de una Reina católica
y al claustro humilde de un convento, y sólo en aquel ga-
binete de una mujer espa1101a y católica, y en aquel claus-
tro, donde era guardian un fraile español y católico, hubie-
ra encontrado el apoyo que buscaba con tanto afan, y por
virtud de aquel apoyo se hubiera lanzado a explorar mares
ignotos y á plantar en países desconocidos la bandera de
nuestra patria; si no hubiera llegado á un continente des-
conocido, y hubiera descubierto lo que entónces parecía
una fábula, y despues de descubierto lo hubiera bautizado
con el bautismo español cristiano y hubiera llevado la ci-
vilizacion y la fe á aquellas regiones salvajes; si no hu-
biera sucedido todo eso, entónces se pudiera preguntar:
¿en qué se funda la unidad católica en España '? ..
Si no hubiera habido todavía en nuestros modernos
tiempos otro hombre gigante, de esos que no son conquis-
tadores ni civilizadores científicos y cristianos, como Cris-
tóbal Colon, sino acaso instrumentos providenciales y do-
lorosos, grandes capitanes, que llevados de una ambician,
de una soberbia y de un temperamento heroico se lanzan
desde su patria á recorrer el universo entero, sin tener más
límites á su ambician que la guadaña de la muerte ó el iatrás!
de la fortuna; si no hubiera habido un Napoleon I, que hu-
biera hecho córte" suya de todos los soberanos reinantes, y
hubiera venido á España para buscar un aumento de esa
córte, y hubiera encontrado aquí el tropiezo, que le llevó
á Santa Elena y despues al sepulcro; si no hubiera habido
aquella guerra moderna, llamada de la Independencia,
guerra épica, guerra gigantesca tambien (cuando todas
las demás naciones sucumbían) al grito de patria y 1'eli-
gion, entónces, Sres. Diputados, se podría preguntar: ¿en
qué se funda la unidad religiosa de España'? ..
DEL SR. D. CÁRi..OS MARÍA PERIER.
215
Pero cuando hay t0do esto en la historia de una nacion;
cuando se han sufrido los rudos embates y angustias de lu-
~has épicas, y han venido irrupciones extranjeras en nom-
bre de falsas religiones, y se ha encontrado una fuenm
de unidad y de heroísmo en el sentimiento religioso para
rechazar las fuerzas invasoras, y se ha regenerado la Es-
paña , y hemos vuelto á tener en virtud de esa fuerza una
patria, con la cual nos enorgullecemos, entónces no se PU8-
de ni preguntar en qué se funda la unidad religiosa, ni
dejar de prestar acatamiento Asambleas y Gobiernos á
sentimientos que palpitan poderosamente en las entrañas
de la Nacion y pululan por todas partes.
En España, Sres. Diputados, no hay más que una cla-
Re de profesores de doctrinas religiosas; en España no hlly
mús que católicos ó indiferentes en materia de religion.
y esto que digo yo, Y lo digo con plena conviccion, se ha
dicho en este mismo sitio con toda la autoridad que puede
exigirse para ser creido. Uno de los hombres ilustres, in-
dudablemente sabio y probo, pero que sustenta con granrle
error las ideas que se esparcen en España de indiferencia en
materia religiosa, el Sr. Salmeron, ha dicho aquí que no cree
en la religion católica; pero que no cree tampoco en ning·u-
na otra religion; no quería ninguna religion positiva: por-
que la guerra que hoy se hace ~L la religion católica no es
guerra á esa religion sola, sino guerra á todas las religiones;
solamente que como la religion católica es la religion ver-
dadera, y es tan sabia y se cimenta en todos los elementos
verdaderos de la naturaleza humana, y es poderosa, incon-
trastable, han tenido buen cuidado los adalides astutos y
expertos de no gastar mucho tiempo en ir á buscar otraR
religiones estériles, que por sí solas perecen y se caen; y
emplean todo su afan y sus medios en ir á buscar la religion
verdadera. Y aquí tenemos explicado el motivo de esa uni-
versal cita de todos los no creyentes para combatir la reli-
gion católica; porque pasa lo que dice el dilema de Proud-
hon: « La fe está en los católicos, ó no está en nadie.»
216
DISCURSO
Hay tambien autoridades que pueden servirnos para
corroborar esta idea, á saber: que en España no hay cre-
yente que no sea católico. Un periódico muy ilustrado que
se publica en Madrid, estampaba en 10 de Febrero de 1875,
las siguientes palabras textuales: « Los seis años últimos
han puesto las cosas bien en claro en nuestra patria. Las
tentativas de propaganda protestante no han producido
resultados. La trasformacion de miserables locales en
templos para las sectas heréticas, y la distribucion :'l bajo
precio de Biblias protestantes, no han serviJo más que
para poner de manifiesto la imposibilidad de que esta secta
prospere en España, y algo semejante sucede en todos los
países extranjeros. El protestantismo no logra aumentar
sus huestes en ninguno. En el siglo XVI, quien no era ca-
tólico, era protestante ó judío; necesi.taba siempre dar
culto á Dios, segun sus creencias. En el siglo XIX, el
que abandona el catolicismo se entrega á la incredulidad
ó la indiferencia; no quiere en ningun caso culto ni iglesia.»
Estas palabras, como se ve, se aproximan bastante al
sentido de las de Proudhon, y son, como he dicho, de un
ilustrado periódico, de sereno y sosegado criterio, de serie-
dad en sus conceptos; y todos habréis comprendido que
me refiero á la ilustrada publicacion La Epuca, no contra-
ria al espíritu que puedan tener en las demas cuestiones
los que sostengan la oportunidad de establecer la toleran-
cia religiosa.
Pero hay todavía otro texto m:'ls oficial, que para mí
tiene grandísima importancia, porque se refiere ú un
hombre público de los más eminentes que tiene nuestra
patria; ú un hombre público lleno de ilustracion , de servi-
eios, de merecimientos, y lo que acaba de aquilatar ú mis
ojos más todavía sus muchos títulos, lleno de modestia. El
Sr. D. Francisco de Cárdenas, mi ilustre amigo, decía en
un decreto de 9 de Febrero de 1875, que lleva su firma, las
palabras siguientes: «La ley de 18 de Julio de 1870 prescin-
dió de que el matrimonio es sacramento entre los católicos,
,
,
DEL SR. D. CARLOS MARIA PERIER.
217
sin considerar bastante que la religion santa que así lo es-
tablece es la única que, con pocas excepciones, profesa la
Nacion Española.»
De manera que, si como todos atestiguan, porque en
esto á mi ver no hay diferencia de opiniones, en España
no hay más que creyentes católicos, y los pocos, muy po-
cos, que no lo sean no tienen ninguna otra religion posi-
ti va , y sabido es que solamente las relig:ones positivas
pueden exigir y tener un culto, entónces, señores Dipu-
tados, ¿para quién vamos á establecer en España la liber-
tad de cultos? ¿O es que se ha de legislar en una nacion
para los intereses, para las tendencias y para las exigen-
cias de otras naciones? ¿ Dónde iríamos ti parar, señores
Diputados, si este principio se admitiera por un momento
en el ánimo de los que hemos de contribuir á formar las le-
yes en esta materia? ... Solamente podría alegarse , y se ha
alegado alguna vez, un argumento mús á propósito de la
libertad de cultos, con relacion, no ya á España, que no
hay español que pueda disentir del culto católico, sino ú
los extranjeros; y es el argumento famoso, muchas veces
repetido, (lel advenimiento de los capitales extranjeros:
que es necesario que España no se aisle, que no sea una
excepcion en Europa, para que vengan á beneficiarla con
sus capitales, con sus industrias, con su ingenio, con sus
empresas, los extranjeros, que de otra suerte no pueden
venir aquí, porque huyen de esta especie de irracional ex-
cLusivismo con que los rechazamos. ¿Y es serio este argu-
mento, seilores Diputados?
Antes ele 1868 ya había en España el especialísimo, el
colosal comercio, relati vamente al país, que se ejerce cn-
tre .T erez y Cádi;;; con Inglaterra, y entre Cataluña y Can-
tabria con los Estados-Unidos; había el magnífico sistema
de nuestros faros, la red perfecta ele nuestros telégrafos, y
cerca de 6.000 kilómetros ele ferro-carriles, construidos,
explotados en su mayor parte 1)01' capitales extranjeros,
con ingenieros extranj eros, con maquinistas extranj eros:
218
DISCURSO
y á nadie se le ha ocurrido decir que las verdaderas mejo-
ras que recla.maba la civilizacion material presente hubie-
ran menester que se estableciera en España la libertad de
cultos. Precisamente me consta lo contrario, porque formé
parte de unas Córtes y de una Comision parlamentaria en
que se abrió informacion para averiguar en qué consistía
la crísis que sufrian las empresas, y se convino en que
consistía en la prisa con que se habían hecho los ferro-
carriles (esas grandes artérias de la riqueza de los pue-
blos) ántes de tener carreteras y caminos vecinales; y se
trató de averiguar qué remedio habría quo evitase el tris-
te espectáculo de tener que cerrar los ferro-carriles con
que se envanecía España. Y entónces, léjos de sospecharse
por nadie que la unidad religiosa fuera causa de que Espa-
ña no participase de las mejoras materiales del siglo, lo
que se demostró es que por haberlas aceptado demasia-
do deprisa estábamos en una crísis que era necesario
salvar.
Esto quiere decir que los capitales extranjeros no han
menester la libertad de cultos para nada en España. Esto
quiere decir que los capitales extranjeros han menester
tres cosas, y ninguna más: primera, órden; segunda, jus-
ticia; tercera, probabilidad de ganancia; que á esto tien-
clen todo:310s capitales y capitalistas: y á donde haya esas
tres cosas, de seguro acudirán los capitales extranjeros
ti verificar las empresas que indique la conveniencia ge-
neral.
Pero dejando aparte, señores Diputados, estas consi-
deraciones generales, que son muy pertinentes á la cues-
tion , y con las que, léjos de querer molestar á la Cámara,
he querido fundar lo que voy á seguir diciendo, pasemos
ahora á otras más concretas, más directas todavía. Veamos
cuáles son en derecho constituyente laK reglas que se si-
gnen, á propósito del establecimiento ó mudanza de reli-
ligion en una nacion cualquiera.
Muchas autoridades pudiera citar; pero deseando C011-
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
219
cretarme, porque estimo que sólo á esta costa he de lograr
la atencion del Congreso, me fijo en una sola. El autor
mús renombrado de derecho constituyente, el Baron de
Montesquieu, declara ante todo, en su Espírit1~ de las le-
yes, á propósito de religiones, qne la cristiana es incom-
patible con el despotismo, y añade estas bellas frases:
«¡ Cosa admirable! La religion cristiana, que parece no te-
ner más objeto que la felicidad de la otra vida, es la que
nos hace felices en ésta. Despues de ella, el mayor bien son
las leyes políticas y civiles.»
y dice tambien terminantemente á nuestro propósito:
«El principio fundamental de las leyes políticas en punto
~t religion, es que en el caso de poderse recibir ó no reci-
bir en el Estado una religion nueva, no se debe admitir.»
Esto lo han alegado, este texto le han invocado muchos
Obispos españoles, cuya sabiduría é ilustracion es notoria,
cuando se discutió la cuestion religiosa el año 69, Y cuando
se ha anuncíado estadiscusion en que hoy nos ocupamos; y
la verdad es que á quien conozca la trascendencia que lle-
van consigo las variaciones en materia religiosa, no le pa-
recerá que el profundo y sesudo autor que he citado andaba
exagerado ni estaba fuera de razono Cuando en una nacion
se ha verificado la unidad de la patria bajo las bases prin-
cipales en que se apoya todo su organismo, y estas bases
principales pueden reducirse, como en España, al senti-
miento monárquico y al sentimiento religioso, sin pe:r:jui-
cio del sentimiento de libertad é independencia, que no le
cito como miemhro separado, porque se compenetra con los
dos primeros, y porque léjos de ser un término de oposi-
cion es un término de armonía; cuando el sentimiento mo-
nárquico y el sentimiento religioso han logrado la grande-
za de la patria, con gloria, con esplendor y con fecundi-
dad; cuando los desmanes, los extravíos y tristezas que se
hayan sufrido, á los ojos de una severa crítica, no pueden
atribuirse ni al sentimiento mon'trquico ni al sentimiento
religioso, sino á otros sentimientos que en ellos, como en
220
DISCURSO
todo lo humano, se introducen algunas veces para extra-
viarlos ó envenenarlos, es necesario mirar con mucho cui-
dado cuanto atañe á esos dos sentimientos) ejes de la vida
nacional; mirar con mucho cuidado cuanto hiera ó toque y
estremezca esas fibras íntimas del corazon de los españo-
les, esas poderosas palpitaciones, como ántes dije, del
sentimiento nacional. Si no se quiere tener una patria pe-
queña, degradada, descreida, envilecida, es menester no
tocar siquiera ni estremecer á menudo esas fibras intimas
que atañen á su manera de ser y le dan el tono de su viri-
lidad.
Aquí se ha reanudado la tradicion monárquica con gran
acierto, con intuicion admirable, por el Sr. Presidente del
Consejo de Ministros. Todos sabeis en qué forma y por qué
manera se hizo la restauracion del principio monárquico,
áun ántes de pisar el suelo de la amada patria nuestro j ó-
ven rey D. Alfonso; ~ recordais que hubiera algun plebís-
cito, alguna Asamblea convocada, alguna reunion que pu-
diera dar á entender que se fundaba el principio monárquico
en otra cosa que en la legitimidad del principio hereditario,
como decía con notable insistencia el Sr. Presidente del
Consejo de Ministros, al contestar á bellísimas y elegan-
tísimas, pero tambien intencionadísimas indicaciones del
elocuente Diputado Sr. Castelar'? El 30 de Diciembre de
1874 se proclamó en España la restauracion , yel 31 apa-
recía la Gaceta de 1/1 adrid con una viñeta que, en vez d~
decir: «Hepública española, » tenía las armas de España,
y con ellas los símbolos de la Monarquía; y en la primera
columna de la primera página de ese primer número de
aquella Gaceta de la restauracion, decía sencillamente el
Sr. Presidente del Consejo de Ministros: «En virtud de los
poderes que me otorgó S. M. el Rey D. Alfonso XII en San-
dhurst, con fecha tantos de Agosto de 1874, vengo en nom-
brar Ministros de la Regencia interina ó del Gobierno pro-
visional, á los señores siguientes. » Quedó restaurada la
tradicion monárquica; quedó restaurado el derecho he re di-
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
221
tario j y consecuencia de ello ha sido traer aquí á estas Cór-
tes y á esta discusion, separado en dos partes ó fragmentos,
el proyecto de Constitucion española, poniendo en la una
como resuelto lo relativo á esa Monarquía, que ya desde
entónces estaba proclamada por su propio dererecho, y en
la otra lo que estamos ahora discutiendo y todo lo que nos
queda por discutir.
Yo prescindo ahora de los sistemas que cada parte de
la Cámara entiende que son los más legítimos; yo lo que
hago es señalar este hecho, que es muy expresivo, á pro-
pósito de la virtualidad que en España tiene el principio
monárquico;_ virtualidad que perdería indudablemente (J'
ésta ha sido la intuicion del gran talento del Sr. Presiden-
te del Consejo de Ministros) desde el momento en que se
entregara á discusion: porque discusion quiere decir duda,
y duda quiere decir que lo mismo se puede resolver que sí
ó que nó; y desde el momento en que hay en una nacion
una época más ó ménos larga de años, de meses, de días ó
de horas, en que está un principio esencial de esa nacion
sujeto á discusion y se puede decir sí ó nó, ese principio
queda herido, vulnerado, y vulnerado ó herido de muerte:
y por eso son muy lógicos los señores de la oposicion, como
el Sr. Castelar, que estuvo perfectamente en su derecho
con arreglo á sus doctrinas y á su clarísimo talento, al re-
clamar otra cosa; y por eso estuvo tambien en su derecho
el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, no menos pers-
picaz, evitando todas esas discusiones, con sólo aquellos
sencillísimos renglones de la Gaceta, que he tenido el honor
de recordar al Congreso. Pues bien; yo digo ahora: el sen-
timiento religioso, para afirmar, para robustecer, para
dar sávia de vida al pueblo español, ¿era ménos importan-
te que el sentimiento monárquico, para afirmar, para dar
sávia de vida á la dinastía de nuestro Monarca? Si el sen-
timiento monárquico da vida á las instituciones que están
á la cabeza del Gobierno del país, que presiden sus desti-
nos, que satisfacen las necesidades del órden y la paz, y
15
222
DISCURSO
sin las cuales no hay posible adelanto social, porque no
hay posible vida; el sentimiento religioso es á su vez para
el pueblo español una condicion de toda su vida, su ener-
gía, su gloria y sus aspiraciones; se le desentona, se le re-
baja, se le hace enfermar, se le deja raquítico y moribun-
do, si tal sentimiento se le quita.
Yo no digo, Sres. Diputados, que no se pueda aplicar
por estas consideraciones la libertad de cultos en nacion
alguna; hay casos, y esta es la diferencia que apunté al
principio, de algunas naciones que por su estado especial,
por su historia, por sus precedentes permiten la libertad de
cultos, que en ellas tiene razon de ser, y que es reconocida
por la Iglesia y por el Sumo Pontífice, sin que haya esas
contradicciones, que tan ligeramente he visto alegar en
este sitio y fuera de aquí. Todo esto es, segun dije ¡'¡ntes,
una cuestion relativa, aunque de mucha importancia, y
cada pueblo tiene esa relacion especial. Hay naciones en
que la libertad de cultos puede y debe existir. ¿No ha de
existir en Francia, si es la patria de Cal vino? ¿No ha de
existir en Alemania, si es la patria de Lutero? ¿No ha de
existir en Inglaterra, si es la patria de Enrique VIII, el
rey que quiso hacerse teólogo? ¿ No ha de existir en Sui-
za, si es la patria adoptiva de Zuinglio? Y á propósito de
esto he de decir que los hechos en que se funde el estable-
cimiento de la libertad de cultos han de preceder, y no se-
guir, al establecimiento de esta libertad, para que Sea le-
gítima; porque claro es que si un hombre ó una coleccion
de pocos hombres, por despótico arbitrio, por ambiciosa
idea, se empeñan en convertir un pueblo creyente en un
pueblo de descreidos, una sociedad de unicultistas en una
sociedad indiferentista ó de todos los cultos, y se hacen
Gobierno, y desde el gobierno imponen eso, lo lograrán tal
vez; pero el sentimiento religioso, como todos los senti-
mientos humanos, protestará enérgicamente. Y no prueba
nada el argumento de decir que se da vigor y se estimula
este sentimiento religioso con la libertad de cultos; porque
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
223
yo diría á cualquiera de los señores que tan donosos argu-
mentos ofrecen: pues probad á que vuestros hijos anden
en medio de otros que hayan recibido mala educacion; pro-
porcionadles malas compañías, por el gusto de ver si así
conservan y robustecen el santo amor ú sus padres. y me
contestarían: el sentido comun, que es el más prudente
de todos los sentidos, nos dice que las malas compañías son
la base de la mala educacion, y la mala educacion es causa
de que llegue á perderse el corazon del hombre. La liber-
tad de cultos, indebidamente establecida, lo que da de sí
es la triste indiferencia. La libertad de cultos no ha de es-
tablecerse en donde no es pedida, en una patria de fe reli-
giosa católica, sin necesidad de sus súbditos. No es tam-
poco, á mi juicio, argumento serio el de la cuestion arit-
mética, á que el Sr. Cánovas se refería; porque sabido es
que alg'unas docenas de personas, cuya mira interior sería
eurioso examinar, son cosa insignificante alIado de 17 mi-
llones de españoles. Nosotros estamos en un caso contrario
al que citan todos los autores para establecer la libertad de
cultos en una nacion; y estamos en un caso contrario,
porque léjos de haber aquí provincias que ele antemano
fueran de otro culto disidente y luégo hayan venido á
unirse en la misma soberanía, y á cuyos habitantes sea
menester atender en esas exigencias de su conciencia, su-
cede todo lo opuesto. Si aquí, por ej emplo, se hubiera ve-
rificado alguna vez en los tiempos presentes el bello ideal
de la union Ibérica: y Portugal, en vez de ser, como, es ca-
tólico, fuera protestante, despues de haberse unido Portu-
gal á España por un medio legítimo como un regio matri-
monio ú otro, entónees el Poder público, el Gobierno de
esta Nacion tendría que atender á la creencia portuguesa,
si era protestante, y habría un caso claro y evidente para el
establecimiento legítimo de la pluralid2.d de cultos.
El imperio aleman esb hoy en la misma situacion. Si
realizara, como á ello aspira, la unidad completa de la pa-
tria alemana, y la realizara como en lo militar en lo comer-
224
DISCURSO
cial, en lo civil, en lo administrativo, en lo economlCO y
en lo religioso, que tÍ eso aspira, repito, rindiendo tributo
á la ley de unidad de que ántes hablé (por mús que le gus-
te que se rompa en otra parte), entónces Baviera, que es
católica, unida á Prusia, que es protestante, estarían
dando un ejemplo evidente de que en aquella patria ale-
mana era necesario establecer la libertad de cultos. Pero
en España sucede todo lo contrario. En España tuvimos
una infinidad de patrias separadas; en España tuvimos As-
túrias, Leon, Navarra, Castilla, Aragon, Valencia, Cata-
luña, Murcia, Jaen, Córdoba, Sevilla, Granada, que eran
reinos aparte, con habla distinta en muchos, con trajes
diferentes, con costumbres distintas tambien; y sólo al
calor del sentimiento religioso, sólo ;'1 la alta tempera-
tura que da el poder incontrastable del sentimiento re-
ligioso católico, se fundieron esos reinos separados en
una Pátria unida. Y si aquí por la unidad religiosa se ha
creado la patria, ¿en nombre de qué vamos tÍ quebrantar
ese principio, al cual debemos la vida y grandeza de la
misma patria '?
Del derecho constituyente debemos pasar al derecho
constituido, porque bueno es que estos principios tengan
sus correspondientes comprobaciones. La materia, señores
Diputados, es harto grave; y yo creo que no os debe doler
que invirtamos algunos momentos más en la discusion de
aquello que imede decirse que más vale á los ojos de los
españoles, para que dejemos afirmados y robustecidos los
anteriores argumentos; aunque yo aseguro que seré parco
todo ]0 posible en estas observaciones, á fin de no moles-
taros. Si lo consentis, voy á indicar los antecedentes que
tiene el derecho constituido en nuestra Patria, despues de
haber hablado del derecho constituyente.
«El Fuero Juzgo de Enrico y sus sucesores, libro 5.°,
año 466 y siguientes.
»El Fuero Real, dado tÍ Búrgos y sus concejos en 1255
por Alfonso el Sábio, libro 1.0, títulos 1.0 y 5.°
,
,
DEL SR. D. CARLOS MARIA PERIER.
225
»La Partida 1.. de las siete del mismo Rey y del mismo
siglo XIII.
»)La Novísima Recopilacion de nuestro siglo, en donde
está refundido tambien el Ordenamiento de Alcalá de Al-
fonso XI, de 1332 ó siguientes.»
Todos estos son verdaderos é importantes monumentos,
no ya de historia vaga, ni de apreciaciones inciertas, ni
de juicio arbitrario, sino documentos escritos, que han
pasado cada uno á la faz de todas las Naciones, inspirando
envidia á la Europa en sus respectivos tiempos, porque
eran efectivamente superiores á su época, no solamente en
España, sino en toda esa tan decantada Europa. Si los con-
sultamos, si leemos todos los documentos que he citado,
cualquiera podrá ver que la religion católica era la religion
española, vivamente sentida, poderosamente profesada, y
que los legisladores, tan sabios como eran, se inspiraron
en los sentimientos de la patria, para la cual legislaban.
Pero no nos contentemos con estas citas, que no por ser
de Códigos antiguos podemos omitir en la especie de com-
pilacion que me propongo hacer con la mayor brevedad,
para que quede expuesta entre el conjunto de considera-
ciones que estoy sometiendo á la sabiduría de la Cámara.
Vengamos á nuestros Códigos modernos, que tambien de-
bemos tenerlos presentes. Todos ellos se han escrito ya en
nuestro siglo.
No quiero citar la Carta otorgada á los españoles por
José Napoleon en Bayona á 6 de Julio de 1808; quiero solo
hablar de Constituciones españolas, y aquella no era es-
pañola, aunque prueba el sentimiento vivo religioso que
en España había y se trataba con ella de halagar. Comen-
cemos porla Constitucion de 1812, y os pido indulgencia,
porque los textos que voy á leer los teneis de sobra cono-
cidos; pero hace á mi propósito recordároslos en estos mo-
mentos.
En la Constitucion de 1812, la base religiosa se estable-
ce de la siguiente manera: «La Religion de la Nacion Es-
tiÍsCUluio
pañola es y será perpétuamente la católica, apostólica, ro-
mana, única verdadera. La N acion la protege por leyes
súbias y justas, y prohibe el ejercicio de cualquiera otra.»
El Estatuto de 1834, no dice nada de religion, pues
sólo hablaba, como todos sabeis , de los Estamentos ó Cór-
tes del Reino.
Pero la Constitucion de 1837 , que sobrevino, dice en su
artículo ll.o lo siguiente: «La Nacion se obliga á mantener
el culto y los ministros de la Religion católica, que profe-
san los españoles.» Veis la unidad proclamada como hecho
cierto; la unidad proclamada como elemento de derecho en
el Código constitucional.
Constitucion de 1845, arto 11.0 : «La Religion de la N a-
cion Española es la católica, apostólica, romana. El Estado
se obliga á mantener el culto y sus ministros.»
Constitucion de 1856, la no sancionada, obra, nó de
partidos conservadores, nó de personas que asombraran
por sus exageraciones católicas, obra de personas que to-
dos recordais, cuyo talento yo reconozco, pero cuyas opi-
niones tanto distan de las que pudieran representar los par-
tidos conservadores, que son acaso los que podrían ser ta-
chados de exageraciones católicas. Y dice así en su artículo
14.0 : «La Nacion se obliga á mantener y proteger el cul-
to y los ministros de la Religion católica, que profesan los
españoles.» El hecho de la unidad religiosa proclamado
ayer mismo, en 1856, por el Sr. D. Nicolás María Rivero
y las Córtes que estaban á su lado, y la obligacion del Go-
bierno relativamente al reconocimiento de ese hecho. Aña-
día: «Pero ningun español ni extranjero podrá ser perse-
guido por sus opiniones ó creencias religiosas, miéntras
no las manifieste por actos públicos contrarios á la reli-
gion.» La unidad religiosa reconocida, no ya sólo como
hecho indudable en la NacionEspañola, sino como derecho
en la Constitucion de la N acion Española, formada por los
demócratas españoles en 1856, es decir, ayer mÍsmo.
Viene la de 1869, Y esta es la primera que deja de re-
DEL SR. D. CÁRLOS MARIA PERIER.
227
conocer el hecho, omitj endo su dec]aracion, y ]a primera
tambien que establece ó intenta establecer (porque ya se
ha dicho aquí que esa Constitucion no seha cumplido 1l1111-
ca, ni áun por sus propios padres) el derecho, como si la
unidad no existiera. Y dice así el arto 21.°, y os ruego de
nuevo que me perdoneis el que vuelva á leerle, á pesar de
que ayer lo oísteis con motivo de la enmienda del Sr. Ro-
mero Ortiz, la cual reproducía ese mismo artículo íntegro.
«Art. 21.°: La Nacion se obliga á mantener el culto y los
ministros de la Religion católica;» no dice ya si es ó no es
de los españoles, pero claro es que eso se infiere todavía:
«el ejercicio público ó privado de cualquiera otro culto
queda garantido á todos los extranjeros residentes en
España, sin más limitaciones que las reglas universales
de la moral y del derecho.» Seguís viendo Sres Diputados,
que no se atreven en 1869 á decir todavía que no sea cierto
el hecho constante que revelan todas nuestras Constitucio-
nes, de que la unidad católica es una verdad en España,
y que todos los españoles que tienen religion tienen la re-
)igion católica;.sino que dicen que los extranjeros cuando
vengan aquí tengan esa libertad, que no es necesaria para
los españoles. Y se añadía en el último párrafo, como ya
hizo observar otro Sr. Diputado, para que no pudiera de-
cidirse si había ó no algun español no católico, esta forma
dubitativa: «Si algun español profesare otra religion que
la católica, es aplicable á los mismos lo dispuesto en el
párrafo anterior.» Es decir, que aquí se asienta el hecho
claro y cierto de que los extranjeros que quieran venir,
sean muchos ó sean pocos, tendrán la libertad de profesar
la religion que tengan por conveniente; y se agrega por
una especie de aditamento, por vía de misericordia, que si
algun español profesare utra religion que la católica, le
será aplicable lo dispuesto respecto de los extranjeros. Y
yo pregunto: ¿ es esta manera de establecer derecho cons-
tituyente'? Yo apelo al sereno criterio de todos los Sres. Di-
putados en general, incluso al de los mismos que han de-
228
DISCURSO
fendido este artículo, entre los cuales hay pensadores tan
eminentes y personas tan ilustradas.
Por fin, Sres. Diputados, de paso en paso, de Constitll-
cion en Constitucion, llegamos al proyecto en que nos ocu-
pamos, y en éste al artículo relativo á la cuestion religiosa,
que dice así:
«Art. 11.0
La Religion católica, apóstólica, romana, es
la del Estado. La Nacion se obliga á mantener el culto y
sus ministros. Nadie será molestado en el territorio español
por sus opiniones religiosas, ni por el ejercio de su res-
pectivo culto, salvo el respeto debido á la religion cris-
tiana. N o se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni
manifestaciones públicas que las de la religion del Es-
tado.»
Cuando he leido este artículo, cuando he meditado
acerca de él (y os declaro que lo he hecho muchísimas ve-
ces con el intento de penetrar en su espíritu yen todas las
eventualidades, que sin ser de su espíritu, podía encerrar
en su letra para el porvenir) le he encontrado tan pelig'foso,
tan vago, tan indecisivo, que francamente, por el interes
de la patria, por el de las doctrinas que profeso, y que
creo profesan los españoles y los que aquí los representan,
me he estremecido. Yo veo una trasposicion de términos,
al parecer sencilla; veo que se dice que la Religion católi-
ca, apostólica, romana, es la del Estado; y no veo que se
diga, como han dicho siempre los legisladores al hacer
nuestros diversos Códigos fundamentales, que la Religion
eatólica, apostólica, romana, es la de los españoles y la
del Estado.
Esta simple omision en el proyecto, de la declaracion
de un hecho cierto, que no ha sufrido alteracion alguna
desde las últimas Constituciones, es cosa más grave
de lo que á primera vista parece, pues cualquiera creería
que España ha cambiado en su modo de ser tocante á esta
materia. Aun la misma Constitucion de 1869 deja entre-
ver de cierta manera que la religion católica es la religion
,
I
DEL SR. D. CARLOS MARIA PERIER.
229
de los españoles; y aquí se omite absolutamente todo lo
que puede referirse á eso.
Debo hacer tambien una declaracion franca, á saber:
que á mi juicio, al hacer esto los autores del proyecto del
Senado, y la Comision que se sienta en ese banco, no han
previsto lo que pudiera desprenderse de las observaciones
que estoy haciendo. Hago desde luego esta declaracion
y me anticipo al cargo que pudiera hacérseme por atribuir
á los señores de la Comision y á los que redactaron este
proyecto en el edificio del Senado, el haber omitido inten-
cionalmente esas palabras; pero esto no evita el que me
parezcan malas, el que me parezcan defectuosas, porque
no basta que no haya habido intencion de dejar al descu-
bierto intereses muy queridos, sino que es preciso que en
efecto no hayan quedado al descubierto esos intereses; y
cuando se nota que esto sucede, conviene poner el opor-
tuno remedio.
Yo me he acercado á la Comisiqn, como me he acerca-
do á muchas personas ilustradas, animado del deseo de de-
purar lo que hay sobre este asuuto; y se me ha dicho, con
tristeza mia, que no se admite cambio ni en una coma, ni
en una tilde, cosa que lamento en verdad en este momento,
porque aquí no os una coma ni una tilde, aunque sí cosa
sencilla en su redaccion material, lo que debe cambiarse.
El arto ll. o debiera decir que «la religion católica, apostó-
lica, romana es la de la Nacion Española, y del Estado, y
que éste se obliga ó está obligado á mantener el culto y
sus ministros;» y así se ahorrarían á mi juicio, ciertas in-
terpretaciones peligr05ísimas para el porvenir.
Todavía, si la Comision fuera tan benévola, que acep-
tara, como yo se lo ruego encarecidamente, esta senci-
lla variacion, que no es contraria al espíritu del artículo,
todavía si llep.ara ese vaCÍo, accediendo al ruego que le
hago, haría en mi concepto un gran servicio al país y un
gran beneficio á todos 108 que se precian de católicos.
Vuelvo á decir que, á mi juicio, este párrafo debía 1'e-
230
DlsctJRSO
uactarse de la siguiente manera: «La Religion cat6lica,
apostólica, romana es la de la Nacion Española y la del
Estado, y éste se obliga á mantener el culto y sus minis-
tros.» ([JI/, señor IJiputado: Está obligado.) Se obliga, ó
está obligado. De esta suerte se evitarían los inconvenien-
tes gravísimos á que me he referido ántes. Si es la Nacion
la que se obliga á mantener el culto y sus ministros, como
oísteis anoche al Sr. Romero Ortiz, anticipándose á lo que
yo tenía intencion de decir y diré ahora más autorizado con
la observacion de S. S., resulta que con esta redaccion del
articulo, lo mismo pueden ser pagadas las atenciones del
culto y clero por el Estado, que por las provincias, que por
los municipios; esto es, por quien paga á los maestros de
escuela, á los veterinarios y demas personas que desempe-
ñan oficios concejiles, y les paga en muchos casos del mo-
uo que todos sabemos, puesto que por las costumbres que
hay en España, por el abandono en que se hallan esos fun-
cionarios, el Gobierno ha tenido que dictar incensante-
mente severísimas mellidas , amenazando con castigos á
los ayuntamientos y alcaldes que no pagaran á los maes-
tros; y tendrían que ir mendigando los euras párrocos el
sustento diario en la puerta consistorial; y si hay un al-
calde que crea no ser esta una atencion tan preferente como
otra, no sólo se le dejará en la miseria, sino que se le im-
pondrá la humillacion ante su propia feligresía, que es un
mal todavía más grave.
Siguen despues la segunda parte y la tercera del artícu-
lo, que se complementan y relacionan. La segunda parte
dice así: «Nadie será molestado en el territorio español por
sus opiniones religiosas ni por el ejercicio de su respectivo
culto, salvo el respeto debido á la moral cristiana.»
Aquí la salvedad sólo se refiere á los cultos protestan-
tes, y se deja preterido todo lo que concierne á las demas
religiones; es decir, que se nota cierta parcialidad ies-
peeto de los mismos extranjeros. Hay además las claras
frases que dicen: (por sus opiniones religiosas, ni por el
I
i
DEL SR. D. CARLOS MARIA PERIER.
231
ejercicio de su respectivo culto.» Me importa mucho lla-
mar la atencion sobre ellas, porque se ha discutido ám-
pliamente dentro de la mayoría sobre si el culto que esta-
blece este proyecto de la Comision es culto privado ó cul-
to público, es la tolerancia religiosa en la vida privada ó
en la vida pública; y conviene hacer notar que al decir «el
respectivo culto ,» ya se dice verdaderamente libertad de
cultos. Creo que en esto me hallo conforme con algunos
señores de la Comision: el culto, en primer lugar, es la
manifestacion religiosa en el exterior; de manera que con
sólo decir culto, se entiende la manifestacion exterior; y
áun cuando es cierto que hay veces en que se dice « culto
interno',» para separarle del «culto externo,» lo es tambien
que cuando no se hace distincion, con sólo decir culto se
entiende por regla general el culto externo.
y como se trata de un artículo de tanta trascendencia,
que vuelvo á decir se refiere á 10 más importante, á 10 más
capital que hay en las entrañas de la sociedad española,
vale la pena de evitar las malas interpretaciones que pue-
den tener lugar.
Pero viene luego el tercer párrafo, que dice: « No se
permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifesta-
ciones públicas que las de la religion del Estado»; y pu-
diera creerse, y han creido algunos que en esto se hallaba
la limitacion del culto reducido al culto privado.
Señores Diputados, yo debo manifestar con la franqueza
y lealtad propia de toda, discusion, cualquiera que sea, y
especialmente de esta en que hago el sacrificio de hablar,
porque mi conciencia me lo manda; debo con lealtad com-
pleta, una vez que me he levantado, decir todo mi pensa-
miento y lo que comprendo de esta cuestion en los termi-
nos en que está planteada; y dire desde luego que esa li-
mitacion, si no es capciosa en el espíritu de sus autores,
de seguro es capciosa en la letra que leemos. ¡, Se prohiben
las ceremonias y manifestaciones públicas que no sean las
de la religion del Estado? ¡, Se han prohibido las ceremo-
232
DISCURSO
nias de otras religiones'? N ó, porque los protestantes no
tienen manifestaciones ni ceremonias en las calles y plazas
públicas; las ceremonias y manifestaciones públicas que
tienen los protestantes son las de los templos, que son edi-
ficios públicos.
Por esto he dicho que he leido y releido tantas veces el
artículo de la Comision; y le he tenido que leer y releer
con doble motivo. porque cuando creía andar algun camino
en eso de resolver mis dudas, me he encontrado con la in-
terpretacion que debía considerar auténtica, por salir de
los bancos del Gobierno y de los de la Comision; y he vis-
to, Sres. Diputados, que del banco del Ministerio ha s:üido
una interpretacion que decía: « yo sostendré el arto 11.0 del
proyecto de futura Constitucion, porque autoriza sólo la
libertad privada de cultos.»
Esto decía el Sr. Calderon Collantes, Ministro de Esta-
do, en el Congreso, en la sesion del 14 de Marzo de 1876,
y consta literalmente en el .Diario ae Sesiones: tengo en-
tendido que en otro lugar hizo la propia manifestacion.
Craro es que el Sr. Ministro de Estado creía ver establecida
esa idea en la limitacion de las ceremonias y manifesta-
ciones en la calle y la plaza pública; pero como esas no son
las ceremonias y manifestaciones únicas del culto; como
hay tambien cultos, y son los que tienen más afan de que
se rompa nuestra unidad católica, que no tienen manifes-
taciones en la calle; resulta que no está ahí asegurada la
libertad privada de cultos, sino que está establecida la li-
bertad del culto público. y sobre esta interpretacion su-
plico á la Comision que nos diga su parecer, porque ha sido
interpretado este artículo por un individuo de la misma,
amigo particular mio, á quien siempre oigo con mucho
gusto, el Sr. Silvela, del modo siguiente. El Sr. Silvela
decía con su claro talento, contestando á un Sr. Diputado
de la izquierda de esta Cámara: « Señores, lo cómo os em-
peñais en creer que el culto público no es el establecido en
el arto 11.0 del proyecto'? Pues donde hay un templo, 1, no
DEL SR. D. c..\\.RLOS MARÍA PERIER.
233
hay una puerta á la calle, y en él entra el que quiere,
como sitio público, s610 que guarecido de la intemperie?»
Yo digo que si esto no fuera tan cierto como lo es, ten-
dríamos que modificar el Diccionario de la lengua y el ha-
bla española, y decir cuando vamos al teatro, que no va-
mos á un sitio público, y cuando vamos á la plaza de to-
ros, tampoco vamos á un sitio público, porque son edifi-
cios con puertas. b Y es esto serio, y sobre todo, se puede
defender en un proyecto de Constitucion? Yo me alegraría
mucho que así fuese, porque eso se acercaría más al senti-
do de mi enmienda. Yo ruego, pues, encarecidamente á
mi amigo el Sr. Calderon Collantes y á mi amigo el Sr. Sil-
vela, que traten de concertar estas dos interpretaciones,
porque lo demandan imperiosamente la seriedad del asun-
to en que nos ocupamos y la gravedad de la materia, que
tanto está llamando la atencion con motivo de este artícu-
lo, que amenaza perturbar las costumbres, la vida y el
modo de ser de la España entera. En España he dicho que
. puede producir perturbacion la aplicacion, segun sea de
un modo ó de otro, de este artículo. España, creo haberlo
recordado bastante, es católica, y una de las ocasiones
en que ha probado serlo, es precisamente esta.
No seré yo ciertamente de los que hagan menosprecio
del derecho de peticion, que se ha ejercido, aunque no
haya presentado esas firmas que en otros lugares se hau
tratado de poner en duda; el derecho de peticion en nin-
guna materia podrá ejercitarse en España con más fruto
que á propósito de la materia religiosa, y no creo justa
aquella especie de imprecacion que hizo el mismo Sr. Sil-
vela, permítame S. S. que lo diga, ya que ahora me viene
á las mientes, cuando decía: «esos firmantes (y por cierto
que S. S. no manifestó nada que hiciera concebir sospecha
sobre la verdad de las firmas) , esos católicos que se ocu-
pan en firmar las exposiciones que aquí nos traen de toda::;
las provincias, más valiera que se ocuparan en dar dinero
para levantar templos. » Esto dijo S. S. é increpaba ele est\\;l
234
DISCURSO
modo á los católicos, haciéndoles un cargo porque no se
presentaban á hacer un pequeño sacrificio pecuniario,
miéntras daban la firma, lo que nada costaba. El Sr. Sil-
vela olvidaba entónces una cosa que estaba echando por
tierra su argumento en el mismo instante que lo hacía:
los católicos españoles firman exposiciones en favor de la
unidad religiosa, y á la vez levantan templos con su pro-
pio dinero; esos templos que su Señoría queria que levan-
tasen. Y para que no lo dude, le diré á S. S. que en Ma-
drid se están levantando actualmente cuatro con el dine-
ro de los españoles, sólo con simples colectas, y uno de
ellos está ya abierto al culto; estos templos son: uno en
el barrio de las Peñuelas, otro en el de la Prosperidad,
otro en el de Tetuan y otro en el barrio de Salamanca. Hay
otros dos templos recien edificados: como uno es de patro-
nato particular y otro de patronato del Real Patrimonio, no
los he citado; el de Recoletos y el del Buen Suceso; pero
como á lo que han podido hacer para su ereccion esos pa-
tronatos, se han agregado las colectas particulares, debo
añadir tambien esas dos iglesias á las cuatro mencionadas.
Y aún diré más á S. S. No há mucho, en plena revolu-
don, nó porque lo derribara la revolucion, como ha derri-
bado más de otros cuatro ó cinco templos, lo cual desde
luego no sería el ánimo de S. S., porque yo sé bien que el
Sr. Silvela está léjos de querer que los católicos vayan
dando dinero para levantar templos, tÍ fin 'de que la revo-
lucion los vaya derribando (léjos de mí semejante suposi-
cion); por desgracia, digo, segun parece no intencional,
la iglesia de Santo Tomás, uno de los templos principales
de "Madrid, fué destruido por el fuego en plena revolucion,
y en brevísimos días se reunió la cantidad suficiente para
llevar ¡\\, cabo las obras de reparacion : si su ejecucion se
ha llevado á cabo con mús ó ménos fortuna, eso no tiene
nada que ver con la proteccion que han dispensado los ca-
tólicos. y si el Sr. Silvela quiere saber la exactitud de
este hecho relativo á los católicos q1te firman exposiciones
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERlER.
235
y dan dínM'o para levantar templos, pregúnteselo al Sr. Mi-
nistro de Hacienda, qne se puso al frente de la colecta y
reunió en pocos di as las grandes cantidades que han servi-
do para reedificar dicho templo.
Hay otra ciudad importantísima en esta patria espailo-
la, ciudad católica como todas las demt¡s, la ilustre, la
próspera Barcelona, que emula á las principales capitales
del extranjero, desde que logró derribar las murallas mi-
litares que la ceñían como un círculo de hierro que estre-
chaba la expansion de su vida, y salió á espaciarse por los
alrededores de aquellas pintorescas colinas; y en su en-
sanche, en el que hay un vecindario numerosísimo, agre-
gajo al que ya Barcelona tenía, ha sido necesario atender
al culto. Porque no se había de hacer lo que se hizo cerca
de París al formar un pueblo, en el cual se olvidó la igle-
sia. Dió esto lugar á que un escritor francés, con mucha
oportunidad, dijera que desde el momento en que se for-
maba un pueblo era preciso inspirar el soplo de religion y
moral que le diera vida, y que un pueblo sin campanario
es cuerpo sin alma. N o habían, pues, de hacer esto en Bar-
celo na , donde el sentimiento católico es tan poderoso como
en Madrid y en toda España; y por consiguiente, al hacer
el ensanche se han erigido seis templos nuevos con el di-
nero, con las colectas de los católicos, que firman exposicio-
nes á favor de la unidad y dan su dinero para levantar
templos.
Otro orador no ménos ilustrado que el Sr. Silvela,
no ménos amigo mio ciertamente, el Sr. Fernandez Ji-
Illenez, con quien tantas veces he departido, con quien
tantas veces he descutido, persona cuya elocuencia tantas
veces he admirado, ese orador y otro que ayer dió nuevas
muestras de la profundidad de su intencion, de la clariJad
de su entendimiento y del gran alcance de sus actos polí-
ticos, el Sr. Romero Ortiz, tomaron, para atacar lo que yo
defiendo, por objeto de sus argumentaciones un artificio
(me atreveré á llamarlo así en el buen sentido de la frase)
236
DISCURSO
un artificio retórico, que vendría á querer decir trasposi-
cion de términos. Cuando se va á atacar un objeto que se ve
que es muy fuerte y que tiene pocos flancos vulnerables,
se hace una cosa por los hábiles oradores, que es decir: en
vez de ese término de oposicion, á favor de cierta oratoria
pintoresca y lozana, pongo otro, de modo que no se vea
y se le encuentre allí el auditorio, y crea que es el objeto
de que se trataba; y como ya es un objeto débil en vez del
fuerte, cuya lucha se esquivaba, entónces se arremete con
ese objeto allí suplantado, y de este modo hay ocasion de
darse aires de victoria con toda la gallardía y la galanura
de que son capaces oradores tan distinguidos como el se-
ñor Fernandez Jimenez.
Esta trasposicion de términos que se hizo, consiste en
lo siguiente: ¿vamos á hablar contra la religion católica,
ó contra la Iglesia católica cuando ménos'? Nó, porque eso
no es tan fácil, ó no es tan conveniente. Cojamos la Inqui-
sicion, y puesta la Inquisicion en vez de la religion cató-
lica, se verá con cuánta facilidad y cuán bien se ataca.
Esto fué lo que hizo S. S. al contestar al discurso del se-
ñor Duque de Almenara, con que se inauguraron estos de-
bates.
El Sr. Duque de Almenara no había hablado de Inqui-
sicion, como no ha hablado de Inquisicion ninguno de los
s3ñores que han defendido la unidad religiosa; como no he
hablado yo de Inquisicion ni en esta ni en ninguna de tan-
tas discusiones como he tenido sobre esta materia con el
señor Fernandez Jimenez; y á pesar de ello tomó á su car-
go S. S. la Inquisicion para combatirla. «Trasposicion de
términos)l, repito, se llama esta figura; figura discreta,
graciosa, habilísima, pero que una vez descubierta no tiene
fuerza ninguna. Además, los argumentos que se hagan á
propósito de la Inquisicion, nada tienen que ver con la Igle-
sia católica, porque la Inquisicion no era institucion reli-
giosa, si no más bien política, como elmismo Sr. Fernan-
dez Jimenez, con su grande erudicion, que es una de las
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
237
cosas que yo le envidio, tuvo buen cuidado de hacer notar.
Tambien se traen, á propósito de las materias eclesiús-
ticas, argumentos como el que el Sr. Romero Ortiz traía
ayer delante de esta Cámara. Su serroría, con gracejo, leía
una causa del Santo Oficio, orig'inal, textual, que había
pedido á Toledo para tener el gusto de leerla aquí. ..
El Sr. PRESIDENTE: Si quiere S. S. venir á hablar de
la enmienda ...
El Sr. PERIER: Vaya si quiero, Sr. Presidente; pues
si ese es mi único objeto; muy pronto voy á dar gusto á
S. S. , porque voy por pasos contados á ese objeto.
El Sr. Romero Ortiz traía un expediente del Santo Ofi-
cio con el ánimo de producir efecto en sus oyentes. Ya ha
contestado uno de los señores que rectificaron, me parece
que fué el Sr. D. Fernando Álvarez, lo que yo pensé con-
testarle y hoy le contesto. Tambien yo podría traer á la
Cámara el expediente de una causa criminal seguida ante
un tribunal civil, en la que había absolutamente los mis-
mos incidentes y las mismas pavorosas torturas que nos
describía el Sr. Romero Ortiz, sin más diferencia que la
causa del tribunal civil se refería á una mujer, y la del
Sr. Romero Ortiz se refería á un hombre. Pero cuando no
se defiende la Inquisicion, cuando nadie piensa en esto
para dar fuerza á sus argumentos, ¡,á qué hablar de los
excesos de la Inquisicion?
Otra cosa decía el Sr. Fernandez Jimenez, que es rela-
tiva directamente á la enmienda que propongo y al artícu-
lo del proyecto constitucional á que la enmienda se refie-
re, porque debe tenerse presente, y yo rogaría al Sr. Pre-
sidente y á la Cámara que presente lo tuvieran, que mi
enmienda se refiere á un artículo del proyecto, para susti-
tuirle con otro, y que todo lo que yo diga relativo al artícu-
lo está dentro de la defensa de mi enmienda.
Decía el Sr. Fernandez Jimene~ que íbamos á estar so-
los en Europa, si se aceptara el pensamiento de la enmien-
da que proponemos. Su señoría se referia á otra anterior;
16
238
DISCURSO
no se SI dirá S. S. lo mismo de la mia, que algo varía en
los términos, si bien en cuanto á la unidad religiosa tiene
el mismo espíritu. Nosotros hemos tratado de evitar que
aparezca que los españoles católicos quieren nada de per-
s()cucion, sino que quieren conservar la integridad de lo
que poseen, puesto que no hay necesidades españolas,
puosto que no hay motivo racional legítimo, para exigir
otra cosa. A fin de evitar que se aplique á nuestra enmienda
ese espíritu que se ha llamado intransigente, ajeno á la
ci vilizacion , hemos puesto de intento, nó lo que no ha es-
tado en el ánimo de los que han sostenido otras enmiendas,
sino lo que ha estado en su ánimo y tambien en la práctica,
durante el reinado ilustre de Doña Isabel II, Y yo por mi
parte no tengo inconveniente en aceptar como letra escri-
ta, en los términos que habeis visto; y j ojalá que se acep-
. tara de ese modo el mantenimiento de la unidad religiosa!
Con esa tendencia se prueba que la Iglesia católica no tie-
ne ese exclusivismo ni es" intolerancia; pero tiene el alto
deber de proteger los intereses primordiales, los intere-
ses morales de la humanidad, debidos á la verdadera reli-
gion.
Decía, repito, el Sr. Fernandez Jimenez, tratando de
dar fuerza al argumento: «ahí lo teneis; España con vues-
tra proposicion, señores de la unidad religiosa, andará sola
por todo el mundo, por toda la Europa irá sola, únicamen-
te en compañía de la República del Ecuador. Sólo en la
República del Ecuador yen España habrá lo que vosotros
quereis. »
Esta alegacion es de bastante importancia, y me obliga
á hacer muy brevemente respecto á los Códigos extranje-
ros lo que he hecho muy brevemente tambien con respecto
á los Códigos nacionales; y rogaría al Sr. Presidente y á
la. Cámara que me permitieran hacerlo, á fin de que se
complete el razonamiento, y no huelguen ni vacilen mis
argumentos de uno ni de otro lado.
Es cierto que la Constitucion de la República del Ecua-
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERlER.
239
dor de 1861 dice en su arto 12. 0: «La religion de la Repú-
blica es la católica, apostólica, romana, con exclusion de
cualquiera otra. Los poderes políticos están obligados á pro-
tegerla y hacerla respetar.» Y no dice más. Pero tambien
es cierto que recorriendo los artículos de todos los códi-
gos constitucionales de ~os diversos países de América y
Europa, encontrarémos el caso que S. S. creía exclusivo
de España y del Ecuador, más extendido y generalizado de
lo que S. S. cree, bien sea partiendo de la unidad católica,
ó bien partiendo de otras afirmaciones religiosas, que ven-
gan á establecer limitaciones en las manifestaciones con-
trarias y en el ejercicio de cualquiera otro culto. En todos
verá S. S. prohibido con severidad, con mucha más seve-
ridad que lo que acaso infiere S. S. que pueden desear los
que defienden la unidad religiosa católica, cualquier culto
que no sea el del Estado.
La Constitucion del Perú dice tambien, y esto se le ha
olvidado á S. S.: «La religion católica apostólica romana
es la religion del Perú. No se permitirá el ejercicio públi-
co de ningun otro culto. »
y por cierto que este artículo relativo á la base religio-
sa viene á ser sustancialmente igual por su sentido á la
enmienda que he tenido el honor de someter á la Cámara,
la cual tengo la seguridad de que s"ería aceptada por Roma,
puesto que Roma ha aceptado el artículo de la Constitucioll
del Perú; y valía la pena de tener esa seguridad, á mi
juicio, cuando se trata de una cuestion que tanto importa
á la Santa Sede y á la N acion.
I,a Confederacion de Suiza, en su Constitucion de 12
de Setiembre de 1848, tiene el arto 41.°, que dice: «La Con-
federacion garantiza á todos los suizos que proftlsen cual-
quiera de las confesiones cristianas, el derecho de estable-
cerse libremente en toda la extension del territorio suizo,
con arreglo á las disposiciones sig'uientes :
«Primera. Ningun suizo pe1'teneciente tÍ una comunion
cristiana será expulsado ni molestado, si quiere estable-
240
DISCURSO
crees en cualquiera canton, siempre que se halle provisto
de los documentos auténticos que á continuacion se ex-
presan:
»Una fe de bautismo, ú otro documento equivalente.
»Una certificacion de buenas costumbres.
»Un testimonio que acredite que goza de los derechos
civiles, y no se halla. inhabilitado legalmente.,>
Vean los Sres. Diputados qué clase de tolerancia es la
que se practica en la libérrima Suiza, cuyas glorias tantas
veces ha cantado el Sr. Castelar en este sitio. Se expulsan
y se prohibe que se establezcan en el territorio las confe-
siones que no sean las cristianas, se expulsa del territorio
á los que no pertenezcap. á esa religion.
NORUEGA.
La Constitucion de 1814 dice en su arto 2.°:
«La religion evangélica luterana es la del Estado. Los in-
dividuos que la profesen están obligados á educar á sus hi-
jos en ella. Los jesuitas y demas órdenes monásticas no son
tolerados. No podrán tampoco establecerse en el reino los
judios, segun se acordó anteriormente.»
INGLATERRA. Acta sobre la religion: «Nadie puede ser
objeto de pesquisa en razon de sus opiniones religiosas, en
tanto que su manifestacion pública no lesione la moral y
el órden establecido.
»La observancia de los domingos y de las fiestas se
considera como de órden público; en su virtud, es obli-
gatoria para todo individuo residente en territorio britá-
nico.
»Los católicos no pueden ejercer las funciones de Re-
gente, de juez en el tribunal de Westminster, de Lord Can-
ciller, Lord Guarda-sellos, Lord Lugar-teniente, Lord de-
legado en Irlanda, ni ser miembros de las universidades ó
colegios anglicanos. Los sacerdotes católicos no pueden ser
miembros del Parlamento.
»Los individuos pertenecientes á una confesion no cris-
tiana'pueden ser miembros del Parlamento, con la condi-
cion de que sean dispensados por una decision especial de
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
241
la Asamblea del juramento de la confesion de la verdadera
fe cristiana.»
Notad, señores Diputados, que hasta llegar á este pun-
to en Inglaterra, hasta el bill de emancipacion de 1830, se
han pasado muchos años, porque ántes del bill de emanci-
pacion de los católicos, éstos en Inglaterra no tenían exis-
tencia legal ninguna; los católicos en Inglaterra eran unos
verdaderos párias; yeso no es de siglos pasados, sino que
existió hasta el siglo presente, hasta en 1830, en plena
civilizacion europea y en plena civilizacion inglesa. Y ha
sido menester, señores Diputados, para que en Inglaterra
se rompan esos moldes tan estrechos, como diría un ilustre
amigo mio, que no sé si en estos momentos se halla en
estos bancos, que hubiese en Inglaterra cerca de dos mi-
llones de católicos ingleses, un arzobispo, 12 obispos,
1.621 eclesiásticos, 1.016 iglesias ó capillas, 6 colegios
de primera clase, 10 de segunda y 1.000 Y más escuelas.
Cuando todo esto ha existido en esta nacion, que señalais,
y con razon, como maestra de costumbres políticas, y á la
que tanto nos proponemos imitar y tan poco imitamos
cuando llega el caso de las verdaderas y útiles imitaciones,
cntónces se ha hecho la concesion, no en virtud, de con-
sideraciones á los extranjeros; no en virtud, como pro-
ponen algunos señores Diputados, y como he oido fuera de
aquí, de la consideracion de que los católicos extranjeros
que vay~n á Inglaterra tengan una capilla pública donde
oir misa y celebrar las ceremonias de su culto, nó para
que los viajeros tengan esas necesidades satisfechas, sino
para que esos dos millones de súbditos, que miéntras no
han llegado á ese número no han hecho alteracion en la
Constitucion de Inglaterra, sean atendidos en sus intereses
morales: para eso, precediendo la existencia de los fieles,
se les ha concedido la existencia del culto. Hay mucha di-
ferencia, señores Diputados, entre reconocer que existe
diversidad de creencias y concederles lo que la concien-
cia reclama, y reconocer que en España no existen, y que
242
DISCURSO
sólo para algun viajero transeunte es necesario hacer lo
que tanto daño puede traer á la pobre, á la destrozada, á
la combatida, á la estremecilla, á la torturada España.
Hay más todavía. La Constitucion de 19 de Mayo
de 1818 de Baviera, dice en el arto 9.°: «A todo habitante
está garantizada la libertad de conciencia absoluta; el cu,l-
to doméstico no puede, pues, ser impedido tÍ nadie, cual-
quiera que sea su religion.
»Las tres confesiones cristianas existentes en el reino
gozan de los mismos derechos civiles y políticos.
»Las personas que profesen un culto no cristiano tienen
la libertad de conciencia absoluta, pero no pal,ticipan de
los derec7w$ de ciudadano, sino en los términos consignados
en las leyes orgánicas sobre su recepcion en la sociedad
política.»)
Vayan viendo el Sr. Fernandez Jimenez y la Cámara
entera la clase de libertades y de expansion que dejan
todas las naciones, esas que están flamantes en el concier-
to europeo; que para la cuestion de que tratamos, lo mis-
mo da que la intolerancia parta del culto nacional católico,
que del culto nacional de otra cualquiera religion.
ITALIA.
Estatuto y ley fundamental de la Monarquía,
fecha 4 de Marzo de 1848:
«Art. 1.0 La Rcligion católica. apostólica, romana es
la única religion del Estado. Los demas cultos existentes en
la actualidad son tolerados con arreglo á las leyes.»
Por manera, que si no hay diversos cultos existentes,
no están tolerados; y todavía, si los hay existentes, serán
tolerados con arreglo á las leyes.
El art. 28.° añade: «Las Biblias, Catecismos, libros li-
túrgicos y devocionarios, no podrán imprimirse sin prévia
licencia del ordinario.)
Portugal, el tranquilo hermano nuestro y hoy envidiado
de España, el tranquilo Portugal:
La Carta constitucional de 1826, que sabido es que tiene
un acta adicional de 5 de Julio de 1852, dice en su arto 6.°:
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERIER.
243
",La Religion católica, apostólica, romana continuará
siendo la Religion del reino. Todas las demas religiones
serán permitidas á los extranjeros con su culto doméstico ó
pa1,ticular, en casas destinadas para ello sin forma alguna
exterior de templo.
»Art. 145. Nadie puede ser perseguido por motivos de
religion, siempre que respete la del Estado y no ofenda á
la moral pública.»
Pero es de notar que en Portugal no se han contentado
con los preceptos escritos en la Carta constitucional, sino
que han llevado al Código penal otra porcion de artículos
complementarios de aquélla, y que es muy interesante te-
ner presentes al apreciar esta materia en que me voy ocu-
pando.
El Código penal, en su última edicion oficial, dice lo
siguiente:
«Art. 130. Aquél que falte al respeto á la Religion del
reino, católica, apostólica, romana, será condenado á la
pena de prision correccional desde uno hasta tres años, y
á una multa, conforme á su renta, desde tres meses hasta
tres años en cada uno de los casos siguientes :»
Desde tres meses hasta tres años: calculen los señores
Diputados lo que á una renta como la antigua del Duque
de Osuna correspondería.
«1.0
Cuando injurie á la misma Rcligion públicamente
en cualquiera dogma, acto ú objeto de su culto, por hechos
ó palabras, ó por escrito publicado, ó por cualquiera medio
ue publicacion.
»2. o Cuando intente por los mismos medios propagar
doctrinas contrarias á los dogmas católicos definidos por
la Iglesia.
»3-. 0
Cuando intente por cualquiera medio hacer prosé-
litos ó conversiones para religiones diferentes ó secta re-
probada por la Iglesia.
»4.0
Cuando celebre actos públicos de un culto que no
sea el de la misma Religion católica.
DISCURSO
»Si el delincuente fuese extranjero, serán sustituidas en
estos casos las penas de prision y multa por la de expulsioD
temporal del reino.»
.
Siguen especificando casos particulares los arts. 131,
132, 133 Y 134, que no quiero leer por no abusar de la be-
nevolencia del Congreso; y llega el 135, Y ruego á los se-
ñores Diputados que tengan. la bondad de prestar especial
atencion:
«Art. 135. Todo portugués, que profesando la Religion
del Reino falte al respet o á la misma religion, apostatando
ó renunciando á ella públicamente, será condenado á la
pena de pérdida de los derechos políticos.
»Si el delincuente fuere clérigo de órde:n sacro, será ex-
pulsado del Reino para siempre.
»Estas penas cesarán luégo que los delincuentes vuel-
van á entrar en el gremio de la Iglesia.»)
Tengo aquí el texto original, pero lo leo en castellano;
sin embargo respondo de su autenticidad y exactitud.
Ya ven los señores Diputados de qué manera va sola por
el mundo la unidad religiosa que defendemos aquí con la
que se profesa en el Ecuador. Ya ven los señores Diputados
que en las naciones principales y más civilizadas de Euro-
pa, partiendo, ya de la misma Religion católica, ya de otros
cultos distintos, se.legislaen las Constituciones yen los Có-
digos para reprimir todo lo contrario á la religion que pro-
fesan esas naciones ó esos Estados. Tal vez vaya más solo
el artículo de la Comision en compañía de un solo artículo
tambien de otra Constitucion americana; tal vez vaya más
solo ese artículo con la Constitucion de la República de Ve-
nezuela de 28 de Marzo de 1864, que en su arto 14.0 lite-
ralmente dice así: «La Nacion garantiza á los venezola-
nos ..... }) entre otras cosas lo siguiente:
«l. a La libertad religiosa; pero sólo la Religion cató-
lica, apostólica, romana, podrá ejercer culto público fuera
de los templos.»)
y es muy de notar, segun ya dijimos, que los protestan-
DEL SR. D. CÁ.RLOS MARÍA PERIER.
245
tes extranjeros, que al parecer son los que más se afanan
por que se lleve á cabo esta funesta novedad entre nosotros,
no tienen ningun culto público fuera de los templos.
Este es el sentido del artículo de la Comision, auténti-
camente interpretado y declarado por el Sr. Sil vela; no pa-
rece sino que está copiado, en su espíritu al ménos, de la
Constitucion de aquella República. Y yo digo ahora: seño-
res de la Comision, ¿no veis que va solo por el mundo, se-
gun las pruebas que acabo de presentar, ese vuestro ar-
tículo con el de la República de Venezuela '?
• Señores, á mí me parece como cosa soñada cuando oigo
hablar de que para entrar en ese decantado concierto euro-
peo, que ya habeis visto á lo que queda reducido, es me-
nester sacrificar la unidad religiosa de España; es decir, es
menester sacrificar lo que da á nuestra nacion carácter
distintivo, carácter esencial, carácter independiente; lo
que la ha hecho grande y prepotente, lo que la hace gloriosa
en su historia, lo que puede hacerla todavía poderosa, unida
y feliz. Yo no sé, señores Diputados, si en España se quita
la razon de su unidad, si la fe , si el sentimiento nacional de
la unidad religiosa se debilita, yo no sé adónde vamos á ir
á ouscar orígenes de unidad, para declarar y probar y ha-
cer que sea cierta la que han menester siempre todas las na-
ciones, para ser organismos fuertes y respetados; yo no sé
á qué otro principio podríamos acudir, ni á qué otra filo-
sofía; si será á la filosofía reciente, que copiada de otras
naciones vemos traer aquí con pretensiones superiores á sus
merecimientos, porque no se hace más que traducir las fi-
losofías extranjeras, tan rebatidas acaso en su propio país
con argumentos incontestables; filosofías, que si hay mu-
cho de noble en estudiarlas para saberlas apreciar, no hay
tanto en querer imponerlas ligera y presuntuosamente en
una Nacion que no ha menester copiar ninguna clase de
sabiduría de otras naciones, para tener un tesoro de sabios
autores como el que tiene España. Y por cierto que lo co-
menzó á mostrar desde el tiempo en que estaba sujeta á la
246
DISCURSO
influencia de aquellos Códigos antiguos, cuyos artículos
antes leí, porque todavía, al concluir la Edad media, cuando
se inauguró el Concilio de Tl'ento, saben los señores Dipu-
tados que acudió a aquella ilustre asamblea una pléyade de
ilustres y sapientísimos varones españoles, que dejaron
muy alto el nombre español, no digo en la historia eclesiás-
tica, sino en la historia universal, probando que la unidad
religiosa no estorba al desarrollo de las ciencias y las ar-
tes. i Qué digo estorbar! cuando veo que los extranjeros
vienen á pedir por favor y con afan que se les permita estu-
diar nuestros monumentos artísticos; vienen a impetrar de
los cabildos de las catedrales que se les deje tomar anota-
ciones de sus archivos, ya de mlÍsica sagrada, ya de pro-
yectos arquitectónicos, ya de libros y códices especiales,
para llevar á otros países un destello de aquella sabiduría
que atesora nuestra patria hasta en sus archivos más igno-
rados, y que hubieran desaparecido ya si se hubiera man-
tenido la famosa secularizacion de las incautaciones, que
de las bibliotecas y archivos de las catedrales, pagados
por los fieles católicos, intentó realizar el Sr. Ruiz Zorri-
lla, con triste inspiracion, cuando fué ministro.
Si no supiera que en España hay todos esos monumentos
de grandeza, que vienen, repito, á estudiar y á imitar los
extranjeros, creería, al oir hablar de cierta manera, que es-
tábamos, nó en Europa, sino en otra parte de la tierra donde
algunos humorísticos, ignorantes y ligeros escritores de
ciertas naciones extranjeras, dicen que está España, como
dolorosamente y con gran pena mia repiten á veces algu-
nos labios españoles. Y me admira tambien, señores, que
cuando en España se quiere que sacrifiquemos á ese famoso
y decantado concierto europeo la unidad religiosa, que es
un asunto vital para nuestro país, no haya una voz siquie-
ra que pida que entremos en el concierto europeo, su-
primiendo el ignominioso espectáculo de las corridas de
toros.
Pero tambien el Sr. Fernandez Jimenez empleó otro
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERlEIt.
247
argumento que recuerdo en este instante, y no quisiera
dejarlo sin contestacion, porque, aunque no le tiene, se le
da mucho alcance, y tambien lo repitió en la tarde de ayer
el Sr. Romero Ortiz. Ambos señores decían: «Pide Roma,
pide la Iglesia católica, que tiene allí su cabeza visible,
que no haya libertad de cultos en España. ¿ Con qué dere-
cho se pretende esto, cuando en Roma existe una iglesia
protestante y otra iglesiajudáica '? La ciudad que eso tiene,
¿con qué derecho exige que otra nacion no lo tenga'? ¿ Qué
privilegio es ese'? ¿ Qué significa eso '?»
Significa que en Roma cristiana, la ciudad universal,
como decía con profundo sentido el Sr. Cánovas del Casti-
llo presidiendo el Ateneo de Madrid, la ciudad nobilísima
á cuyo lado todas las demas de la tierra parecen plebeyas,
segun la elocuente frase del Sr. Castelar, pronunciada en
este mismo sitio, había y hay un providencial destino; sig-
nifica que allí en donde se custodia por autoridad sagrada
é inmutable el tesoro de la cristiana religion y doctrina.,
para que no le corrompan y despedacen las disputas de los
hombres, que lo disuelven todo, se ha consentido, por fi-
nes altísimos, y sin el peligro y daño que en otra cual-
quiera parte habría, una representacion de la ciega sina-
goga y del hijo extraviado, el protestantismo, como para
excitarles á toda hora á que vuelvan de su ceguera y de
su extravío; significa lo que signifiea tambien aquel por-
tentoso coliseo de Flavio y Tito, destruido por los nobles
feudales en los siglos de hierro, y atendido con amorosa
solicitud y grandes dispendios para evitar su total ruina
por Gregario XVI y Pio IX; lo que prueba el panteon de
Agripa, conservado incólume por todos los papas, como
las columnas incomparables de Trajano, Marco A~relio y
Foca, los arcos de Constantino, Tito y Septimio Severo, y
tantas otras maravillas del arte antiguo; lo que demuestra
el emularlas y vencerlas en la singular fábrica de San Pe-
dro del Vaticano, la obra de arte más grande y más bella
del mundo; lo que el magnifico taller de mosáicos creado
248
DISCURSO
por Pio IX; lo que el Breve reciente del mismo á favor del
estudio literario de los clásicos antiguos; es á saber: que
la Religion católica acoge y consagra todo lo grande y be-
llo de la humanidad, al par que guarda con exquisito es-
mero la pureza del dogma y de la moral cristiana, y procu-
ra, para bien de esa humanidad misma, atJ"aeJ' tÍ ellos á to-
dos los pueblos y conse1"vaJ'los en aquellos que los poseen.
Resulta, pues, que ni la filosofía, ni la historia, ni el
derecho constituyente, ni el constituido, ni los ejemplos de
dentro ni de fuera de España, abonan la dañosa novedad
que en nuestra patria se introduce por el artículo undécimo
del proyecto de Constitucion.
y no he de molestar más al Congreso; termino rogán-
dole que se sirva aceptar la enmienda que le proponemos.
DEL SR. D. CÁRLOS 1.IARÍA PERIER.
249
REOTIFIOAOIONES.
El Sr. PERIER: Pido la palabra para rectificar.
El Sr. PRESIDENTE: La tiene V. S.
El Sr. PERIER: Voy á hacer las breves rectificaciones
á que dan lugar las observaciones con que me han favoreci-
do el señor Candau, individuo de la Comision , yel señor
Ministro de Gracia y Justicia, no sin dar ante todo las más
expresivas gracias al Sr. Candau, cuya cortesía me obliga
sobremanera por lo que ha dicho acerca de mi persona sin
merecerlo yo, ni sin devolverle los elogios con que ha te-
nido á bien honrarme.
Despues de esto, debo contestar al Sr. Candau, resta-
bleciendo la significacion genuina de los conceptos que he
tenido el honor de exponer al Congreso, y que ahora estoy
en el caso de restaurar, puesto qne el Sr. Candau me los
ha atribuido de una manera equivocada. Ha sido el prime-
ro atribuir, á la manera como yo he apoyado mi enmienda,
la intencion de dar á este asunto un carácter puramente
religioso. (El Sr. Oandau: Su señoría, nó; otros, sí.)
El Sr. Candau tiene la bondad de advertirme que este
cargo lo dirigió á otros que hicieron uso de la palabra an-
teriormente, y no á mÍ. Yo me alegro de qus el Sr. Can-
dau lo reconozca así; porque es lo cierto que he comenzado
estableciendo el verdadero carácter de esta cuestion , que
es, religiosa, sÍ, pero religioso-política. Claro es que una
cuestion que se refiere á la manera de establecer y profe-
250
DISCURSO
sar la religion en España, tiene que ser forzosa é ineludi-
blemente cuestion religiosa. El error estaría en declararla
exclusivamente religiosa. No es una cuestion dogmática;
es una cuestion político-religiosa, pero que encierra la más
grave que puede presentarse á un Gobierno y á una Asam-
blea en la vida de las naciones. Le he dado toda esa impor-
tancia, y me alegro, repito, de que el Sr. Cambu haya
reconocido en este punto, que he puesto los tantos donde
deben ponerse.
Ha dicho S. S. á continuacion, que se alegraba de que el
discurso del Sr. Perier le diera lugar á decir que siendo
ésta una cuestion política, nada tiene que ver para el sen-
tido religioso, y que por consiguiente la Comision podía
proponer á la resolucion del Congreso aquello que mejor
juzgara, sin que por eso debiera incurrir, sea el que fuere
el sentido de esta propuesta, en ninguna clase de anatema,
como ligeramente se decía fuera de aquí á propósito de esta
discusion. No es posible que de todo el fonclo y de toda la
forma de mi discur80 pueda deducirse que una Comision,
que un Gobierno, que una Asamblea cualquiera, puedan
hacer en materias religiosas, aunque á la vez sean políticas,
aquello que bien les plazca, sin incurrir en censuras. ¡Harto
interes tendría la manera de resolver la cuestion religiosa,
si pudiera hacerse respecto de ella todo cuanto se preten-
diese, sin que por eso se pudiera merecer censuras religio-
sas, cuando de esa base constitucional ha do resultar el
estar, ó nó, atendicla como lo exigen íosantecedenteshistó-
ricos de España, la religion, que es la vida de los pueblos!
Ha dicho tambien el Sr. Canclau, que he cantado las
excelencias del sentimiento religioso; y me ha favorecido
S. S., añadiendo que estaba completamente de acuerdo
conmigo respecto de esa grandísima importancia; pero que
no era menester en modo alguno que yo hiciera eso en una
Cámara que tenía en mucho los sentimientos religiosos.
No ha sid.ilr mi intencion hacer excitaciones ni dar lec-
ciones de esta clase eL los Sres. Diputados. Pero sí me ale-
DEL SR. D. CARLOS MARÍA PERlER.
251
gro de lo que resulta de este justo enea mio que yo hacía de
los sentimientos religiosos para dar su fundamento sólido á
las disposiciones legislativas; si me alegro de que haya
arrancado cuando ménos la adhesion explícita del Sr. Can-
dau á ese entusiasmo mio. Yo quisiera, sin embargo, que
hubiera respecto de esto mayor correspondencia entre cl
artículo que como resultado de esta conviccion propongo
yo , y el artículo que propone,la Comision, que en mi con-
cepto no está en armonía con los sentimientos y conviccio-
nes, que de consuno profesamos el Sr. Candan y yo.
Ha dicho tambien S. S., atribuyéndome igualmente un
concepto equivocado, que el sentimiento religioso de que
ántes hablaba está señalado y atendido en el párrafo pri-
mero del arto ll. o Yo encontraría en efecto atendido y con-
sagrado en el párrafo primero del arto ll. o el sentimiento
religioso, si el artículo estuviera redactado en la forma que
proponía y que todavía propongo á la Comisiono
El Sr. PRESIDENTE: ¿No conoce S. S. que lo que esb'l
haciendo es contestar y no rectificar~
El Sr. PERIER: N o me propongo contestar; al contra-
rio, voy señalando los conceptos equivocados que me ha
atribuido el Sr. Candau, y ruego al Sr. Presidente que con-
sidere que no he de abusar de la rectificacion, ni he de de-
clararme rebelde á las indicaciones de S. S.
He dicho que mi pensamiento no era negar á la Comi-
sion ni al Sr. Candau que tuviesen sentimientos análogoH
al mio; pero que al formar la redaccion del párrafo primero,
sería mejor que se variase, diciendo, no solamente que la
Religion católica, apostólica, romana es la del Estado,
sino que la Religio.n católica, apostólica, romana es la
Religion de la Nacion Española. Si la Comision tuviera la
bondad de admitir siquiera esta ligerísima alteracion, pro-
duciría esto un gran bien, alteracion que el Sr. Candau ha
dicho que cree redundante, que la cree una cosa pleonásti-
ca, pero á que yo doy mucha importancia.
Me ha atribuido el Sr. Candau otro concepto equivoca-
252
DISCURSO
do; me ha dicho que ponía á los españoles en una disyunti-
va inconveniente; en la disyuntiva de ser católicos ó ser
ateos. S. S. no ha entendido bien mi argumento; solamente
de este modo se explica que haya podido incurrir en seme-
jante equivocacion: yo dije que se estaba elaborando en el
mundo civilizado por virtud del crecimiento de las escue-
las racionalistas, que niegan toda religion positiva, ese
gran dilema: ó católico ó ateo; y recordará S. S. que cité
la autoridad de Proudhon , que es el que había presentado
este dilema. No me atribuya, pues, S. S. una originalidad
en este punto, que no reclamo; yo recojo argumentos de
valía, aunque vengan de personas, que militan en campos
tan contrarios al mio.
Me ha atribuido tambien el Sr. Candau otro concepto
equivocado. Dice que yo me había mostrado tímido ante la
libertad de cultos, y que esto demostraba poca fe en su
alto destino, en su poder inmenso, y que S. S. tenía en
este punto más fe y más confianza que yo. He dicho, y este
era el concepto equivocado que voy tÍ restablecer, que el
catolicismo no se pierde, como no se ha perdido en otras
partes, por la lucha con otras religiones; pero que no era
legítimo, ni justo, ni conveniente, á título de probar su
robustez, entregarla, no ya sólo á la discusion con otras
sectas disidentes del cristianismo, sino al trabajo incesante
del racionalismo, para conseguir la indiferencia: este era
un proceder poco católico.
Añadía tambien el Sr. Candau, que en mi concepto el
momento presente de la historia de España exigía la per-
secucion religiosa. Su Señoría me atribuia un concepto
equivocado, que sólo con leer la enmienda se rectifica. La
enmienda mia no encierra nada de persecucion, ni de in-
transigencia, ni de imposicion, sino que tiene dentro de
los límites católicos todo lo que puede conceder la religion
católica en España.
Tambien me ha atribuido el Sr. Candau, y esto importa
mucho rectificarlo, porque no se refiere á mí sólo, sino á
DEL SR. D. CÁRLOS MARÍA PERlER.
253
otra persona respetable, haber sostenido que en el primer
decreto de S. M., redactado por D. Francisco de Cárdenas,
se habia reconocido que aquí existía la unidad religiosa
más completa. Yo á propósito de contestar á una equivoca-
da interpretacion que S. S. da á mi cita, diré quo leí el
preámbulo, y nó las disposiciones del decreto del Sr. Cárde-
nas, para probar, como se prueba con otros textos oficiales,
que en España no hay más que católicos; y esta autoridad
es muy de atender, porque viene de una persona tan com-
petente, que se hallaba en puesto oficial, y de hombre emi-
nente, veraz y observador profundo, y que por consiguiente
decía oficialmente lo del'to á una Nacion; por eso la cité.
No creo necesario hacer más rectificaciones respecto
del SI'. Candau, y me contento con decir al SI'. Ministro
de Gracia y Justicia, que ha tenido la bondad de contestar
á uno de mis argumentos, diciéndome que lo que yo pro-
ponía en esa ligerísima alteracion del párrafo primero del
artículo de la Comision no era posible admitirlo, porque se
oponía al arto 38 del Concordato, que no comprendo este
argumento del Sr. Ministro de Gracia y Justicia ...
El Sr. PRESIDENTE: Pero, Sr. Perier, V. S. no tiene
que contestar á los argumentos del Sr. Ministro de Gracia
y Justicia.
El Sr. PERIER: Sr. Presidente, no voy á contestar al
argumento; lo que voy es á rectificar el concepto equivo-
cado del argumento mio en que se funda el argumento del
Sr. Ministro de Gracia y Justicia.
Yo creo que no se opone el Concordato á lo que yo pro-
pongo ... (Rumores.)
El Sr. PRESIDENTE: Permítame S. S. Despues de ha-
ber hablado S. S. tres horas .....
El SI'. PERIER: Voy á concluir, si S. S. me deja decir
dos palabras. Decía que lo que ya había propuesto, y sin
duda el Sr. Ministro de Gracia y Justicia no se ha hecho
cargo de ello, es que añadiendo la palabra N acion á la pa-
labra Estado, se evitaban graves males, y que esto no se
17
254
DISCURSO DEL SR. D. CARLOS MARIA PERlER.
opone al artículo del Concordato; y accediendo gustoso á
los deseos del señor Presidente, me siento, dando gracias
á S. S. y al Congreso por la tolerancia que conmigo han
tenido.
VOTAClO:'i.
8eilnres que dijeron si:
Moyano.-San Cárlos (:Marqués de).-Mayans.-Los Arcos.-
Pere;¡; San M:illan.-Torreánaz (Conde de).-Perier.-Sala.-
Mor'eno Leante.-Maspons.-Diaz Herrera.-García Camba.-
Total, 12.
DISCURSO
DEL
EXCJ\\lIO. SR. D. CLAUDIO :MOYANO,
EN DEFENSA DE LA UNIDAD CATÚLICA I
PRONUNCIADO
EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS EN LA SESION DEL DIA
8 DE ?olA YO DE 1876.
SESION DEL DIA 8 DE MAYO DE 1876.
Art. 11. La Religion católica, apostólica,
romana es la del Estado. La Nacion se obli-
ga á. mantener el culto y su. ministros.
Nadie será. molestado en el territorio es-
paltol por 8US opiniones religiosas, ni por
el ejercicio de dlJ respectivo culto, salvo el
respeto debido á. la moral cristiana.
No se pcrmitiran, sin embargo, otras ce-
remonias, ni manifestaciones publicas, que
lag de la ~eligio n del Estado.»
(Proyecto d,e Constltucton.)
El Sr. PRESIDENTE: Ábrese discusion sobre la totali-
dad del artículo,
El Sr. Moyano tiene la palabra en contra.
El Sr. MOYANO: Un deber de cortesía me obliga á prin-
cipiar dando las gracia~ á mi amigo el Sr. Conde de Tórres
Cabrera por el cariñoso hospedaje que me ofrecía en sus
tiendas, cabiéndome el sentimiento de no poder aceptarlo,
porque, entre otros inconvenientes, tienen los muertos el
de no poderse mover de donde los ponen. ¿O es que, como
decía el poeta,
«Los muertos que vos matasteis
Gozan de buena salud 7.
Entónces, tampoco puedo ir adonde se encuentra hoy
el Sr. Conde de Tórres-Cabrera, porque no me han conven-
cido los consejos que el ilustre Sr. Marqués de Miraflores,
cuya memoria todos respetamos, daba en la carta cuyos
párrafos ha leido S. S. El Marqués solía equivoearse, como
todos nos equivocamos: y la prueba de su equivocacion es
el ejemplo que está dando esta mayoría.
El Marqués de Miraflores daba por muerto al partido
lHSCURSQ
moderado y á la uníon liberal, partidos de los cuales, se-
gun esa carta, no quedaban más que restos deformes impo-
sibles de conciliar; pues de esos restos se forma hoy la
mayoría, y no hay ni tal deformidad ni tal incompatibili-
dad, á lo que parece.
Señores, si bien es cierto que me ha correspondiao el
primer turno en contra del arto 11, no lo es ménos que
vengo á este debate despues de haberme precedido en él
muchos oradores, elocuentes todos y todos verdaderamen-
te instruidos. Se ha hablado, se ha tratado de la cuestion
religiosa en la discusion del mensaje á la Corona. Se ha
tratado cuando la totalidad de este proyecto, y se ha tra-
tado , por último, con ocasion de las ocho enmiendas que
se acaban de discutir. Es decir, que yo entro en un campo
ya segado, y en el cual, para hallar alguna espiga, se ne-
cesita más vista que la que yo tengo: esto supuesto, me va
á ser muy dificil dar alguna novedad al debate, lo cual me
quitaría hasta la esperanza de ser escuchado por vosotros,
si no fuera porque só por experiencia propia las muchas
consideraciones que guardais á los .años, que por mi parte
os agradezco tanto más, cuanto que soy de los pocos viejos
que aquí nos sentamos, el que más se ha permitido moles-
taros hasta ahora; no abusaría, pues, de vuestra benevo-
lencia, que en varios de vosotros considero hasta afectuosa,
y permitidme esta jactancia, sin duda porque veis en mí al
que en otro tiempo era el compañero de vuestros padres, y
siempre guardamos cierto respeto cariñoso á los que fueron
amigos de nuestros padres. No os molestaría, digo, si la
cuestion de que nos ocupamos no fuera de tal naturaleza
que yo no quedaría bien con mi conciencia si sólo me lj-
mitara á votar, y dudo que lo quede con mi partido.
La cuestion que se ventila hoy, como todas las cuestio-
nes religiosas, tiene el privilegio de herir viva y profun-
damente el corazon de un pueblo, y más si este pueblo es
España, y España acaba de pasar, ó mejor dicho se en-
cuentra en la Circunstancia en que hoy nos encontramos:
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
259
despues de tantos desastres, despues de tantas perturba-
ciones como las que ha sufrido este país, España siente la
necesidad de huir de todas aquellas cuestiones que pueden
dar lugar á dividir los ánimos más de lo que por desgracia
se encuentran. Y no hay cuestiones más ocasionadas á di-
vidir los ánimos en todas partes que las cuestiones religio-
sas. Grande es, pues, la responsabilidad que el Gobierno ha
contraido al traerla aquí. i, Y cómo no traerla, se me dirá,
si se está haciendo una Constitucion para el país, yen to-
das las Constituciones que ha habido en lo que va de siglo,
lo mismo aquí que fuera de aquí, se ha resuelto la cuestion
religiosa'? i, Cómo no tratarla en la nuestra'? i, Cómo no re-
solverla'? Yo creo que había un medio muy sencillo para
no haber tratado esta cuestiono Si toda la razon consiste en
que estamos haciendo una Constitucion, con no haber he-
cho esa Constitucion habíamos salido del paso: si no se hu-
biera traido esta Constitucion, si no hubiera habido este
proyecto, como no ha debido haberlo, no habría habido ne-
cesidad de ocuparse de la cuestion religiosa; si se hubiera
restablecido, como creimos muchos que iba á suceder, la
Constitucion del 45, resuelta estaba allí la cuestion reli-
giosa y no habríamos tenido que ocuparnos ahora de ella;
á nadie habría sorprendido el restablecimiento de la Cons-
titucion de 1845, Y me inclino á creer que más ha sorpren-
dido el que no se restableciera. Pero no se ha restablecido
por consideraciones que yo ahora no discuto; todavía teníá
el Gobierno otro camino para no ocuparnos hoy en esta
cuestion; hubiera el Gobierno hecho lo que tenía obliga-
cíon de hacer; hubiera el Gobierno seguido el camino que
debía seguir; hubiera el Gobierno restablecido el Concorda-
to de 1851. Restablecido el Concordato habría quedado re-
suelta la cuestion, y hoy no tendríamos necesidad de resol-
verla; el Concordato era una ley del Reino, más que una
ley del Reino; era una ley internacional, y sabido es que las
leyes internacionales, sin que se pongan de acuerdo las
partes contratantes, no se pueden nunca derogar, y el Con-
DIsCURSO
cordato no lo había derogado nadie; no se ha derogado, por
lo ménos, con el consentimiento de Su Santidad, que era
la otra parte contratante.
En todas partes, cuando se ha celebrado un Concordato
con Su Santidad, como cuando se celebra cualquier trata-
do, se han observado estos principios, que son de sentido
comun, y de derecho internacional. ¿ Qué sucedió en Fran-
cia'? En Francia la revolucion de 1789, como saben los se-
ñores Diputudos, echó abajo todos los cultos, concluyó con
la religion ; vino, andando el tiempo, Napoleon I, Y éste
restablece la religion católica, y pide á Su Santidad la ce-
lebracion de un Concordato; el Papa le mandó al cardenal
Consalvi, con el cual se hizo el Concordato de 1801. Dema-
siado sabeis por cuántas fases ha pasado Francia despues
ele este tiempo; desapareció N apoleon I, vino la restaura-
cion; desapareció la primera rama de la restauracion , vino
otra que desapareció tambien; vino la Repüblica, luégo el
Imperio, despues la República comunista, la República del
petróleo, y por último la República posible ó moderada; y
¿qué sucedió al Concordato en todos estos cambios'? Que
en estos tiempos continúa estando tan vigente como el
año 1801. ¿Por qué no está vigente en España'? ¿Quién lo
ha derogado'? Pues si se hubiera declarado terminantemente
que estaba vigente, á buen seguro que no tendríamos hoy
necesidad de tratar una cuestion tan grave y de tan pavo-
1'osas consecuencias, comüla que ahora nos ocupa.
¡Es que, como decía hoy el Sr. Conde de Torres-Cabre-
ra, lo que hacemos no es contrario á la religion católica, y
que el arto 11 no es contrario al Concordato'? Señores, apé-
nas se concibe cómo se puede hacer esta aseveracion; se
estableció algo en el Concordato acerca de que la unidad ca-
tólica se conservaba en España'? Tanto se estableció ó con-
cordó, cuanto que esa afirmacion constituye su arto 1.0, uno
de los más importantes que tiene; y despues de oir á esos
señores, no parece sino que el Concordato no resolvió nada
sobre esto. En el arto LOse dice textualmente:
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
261
« Artículo 1.0 La Religion, católica, apostólica, romana, que,
C01¿ exclltsifJn de cuaZquiera ot1'O culto, continúa siendo la única
de la Nacion Española, se conservará siempre en los dominios
de S. M. Catélica, con todos los derechos y prerogativas de qne
debe gozar, segun la ley de Dios y lo dispuesto en los sagra-
dos cánones. )
En el Concordato, pues, se mantenía la unidad católi-
ca en España; y si el Concordato es una ley internacional,
locon qué derecho so Qcha abajo hoy esta ley ~ ¿ Es, como
ha dicho en el Senado un Sr. Ministro, precisamente el ele
Estado, que este arto 11 de la Constitucion es igual al ar-
tículo i.0 del Concordato' No tengo para qué molestar {¡
los Sres. Diputados demostrando que son dos cosas comple--
tamente distintas. ¿Es, como decía el Sr. Ministro de Gra-
cia y Justicia el último dia, en que el Concordato parte estú
vigente y en parte no~ Entónces yo hago al Ministro de
Gracia y Justicia de hoy, Sr. Martin de Herrera, la misma
pregunta que hice en 1855 á otro Ministro de Gracia y Jus-
ticia, me parece que el Sr. Arias, que dijo lo mismo, y yo
pregunté; locuáles son las hojas que se han roto, y cuáles
las que quedan íntegras~ ¿Qué es lo que no está vigente,
pregunto yo hoy~ loEs quizá el art. l.0~ ¿ y con qué auto-
ridad ~
¿Pero será que el arto 11 de la Constitucion no tiene
nada contra la religion, contra el Concordato, que es la
tésis que sostuvo el Sr. Presidente del Consejo de Minis-
tros ~ Esto ya sería una razono El Sr. Presidente del Conse-
jo de Ministros partió del principio de que el Concordato
está vigente; no sostiene que este artículo sea igual al
Concordato; lo que sostiene es que-este artículo en nada
va contra la religion ni contra el Concordato. lo Y es cierto
esto~ Pues á fe que no bastaría que lo dijera el Sr. Presi-
dente del Consejo.
Hay aquí una cosa particular, á la cual no ha contes-
tado nadie hasta ahora, yes indispensable, porque es la
que resuelve la cuestiono Concurren dos partes ú la cele-
262
DISCURSO
bracion del Concordato; el Gobierno español y Su Santi-
dad; el Gobierno español dice: «con una nueva ley que
presento yo, no dispongo nada en ella contrario al Con-
cordato;» y esto se tiene aquí por artículo de fe, porque
lo dice el Sr. Presidente del Consejo de Ministros. Pues es
necesario oir lo que dice la otra parte contratante, porque
el Gobierno español dice: «nada contra la religion, nada
contra el Concordato;» pero i, qué dice á todo eso Su San-
tidad? Pues vamos á verlo, porque no basta oir al Sr. Pre-
SIdente del Consejo.
Su Santidad acaba de declarar en estas terminantes pa-
labras que yo me voy á permitir leer al Congreso, con fe-
cha 4 ele Marzo de este año, lo siguiente: « Y declaramos
que dicho arto 11, que se pretende proponer como ley del
R0ino, y en el que se intenta dar poder y fuerza de dere-
cho público á la tolerancia de cualquier culto no católico,
cualesquiera que sean las palabras y la forma en que se
proponga, 1)iola del todo los derech.os de la verdad !I de la reli-
gion católica; anula contra toda justicia el Concordato es-
tablecido entre esta Santa Sede y el Gobierno español, en
la parte más noble y preciosa que dicho Concordato con-
tiene; hace responsable al Estado mismo de tan grave aten-
tado; y abierta la entrada al error, deja expedito el cami-
no para combatir la religion católica, y acumula materia
de funestísimos males en daño de esa ilustre Nacion, tan
amante de la religion católica. »
Es decir, que de las dos partes contratantes, una (y no
digo principal ni no principal) declara que lo que se hace
ahora es contrario á la religion católica y al Concordato
celebrado entre Su Santidad y el Gobierno español. i,Habrá
despues de esta declaracion terminante de Su Santidad
quien se atreva todavía á sostener que con el arto 11 no se
viola el Concordato, ni es contrario á la Religion católica?
Pues de todas estas cuestiones, de todas las consecuencias
que pueden traer, nos habríamos librado si se hubiera resta·
blecido la Constitucion de 1845, ó si nó, con haber resta-
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
263
blecido el Concordato. Pero no se ha hecho ni lo uno ni lo
otro. 1,Y por qué? Porque se quería traer esta cuestion in-
tacta á las Córtes; yo no he oido más razon; el Gobierno no
ha resuelto esta cuestion ántes, porque quería traerla ínte-
gra á las Córtes españolas; quería que el Rey con las Córtes,
como ha sucedido en los negocios 'úrduos, resolviera sobre
éste lo más conveniente. i, No veis que este está resuelto?
i, No os detiene el temor de que Su Santidad retire ú su vez
todo aquello ú que se obligó?
¡, Pero es cierto, Sres. Diputados, que esta cuestion
haya venido íntegra ú las Córtes , ó es que esta cuestion
ha venido ya resuelta? Basta recordar lo que sobre este
asunto ha mediado desde la constitucion de este Gobierno;
al poco tiempo se celebró una reunion de personas, en ma-
yor ó menor número, que se llamó la reuníon del Senado,
porque tuvo lugar en aquel Palacio; reuníon que se verificó,
como todo el mundo sabe y el Gobierno no ha negado, por
iniciativa de este y con su aplauso. Aquellareunion tuvo por
objeto ver si era posible hallar una legalidad comun ~ los
diferentes partidos liberales; en varias cuestiones no hubo
dificultad ninguna, porque hay cosas que son ya comunes
en las Oonstituciones , hasta que se tocó con la cuestion re-
ligiosa, que á propósito y por miedo de que en ella no hu-
biera acuerdo, se dejó para lo último.
Viene la cuestion religiosa, yen esta cuestion no hubo
avenencia, no hubo. acuerdo ; unos opinaban por una solu-
cion igual á la que hoy se nos propone,'y otros por la so-
lucion que contenía, ó al menos parecida, la Constitucion
de 1845; Y hubo mayoría y minoría, y el Ministerio, se-
gun se decia y luego se ha visto, se inclinó por la mayoría.
Primer acto por el cual se resuelve en España en estos di as
la cuestion religiosa en favor de la tolerancia ó de la li-
bertad de cultos, de que luégo me ocuparé; primer acto,
pues, en que el Gobierno ya impide que esta cuestion vi-
niera íntegra á las Oórtes el dia que hubieran de reunirse.
No hablo de una carta ó de una comunicacion que se atri-
264
DISOURSO
buyó á un diplomático que tenemos en el extranjero, so-
bre si había oido ó no había oido á un Nuncio en otra córte
palabras que indicaban que á Roma le era agradable esta
solucion que contiene el arto 11; Y no me hago cargo,
porque no lo sé y no puedo traerlo como argumento, sólo
ví, estando en el campo, que los periódicos amigos del
Gobierno se apresuraron á decir que Roma estaba conforme
con ella, y repitieron aquello de Roma locuta est, causa
finita est; y ya está todo concluido, porque había hablado
Roma, y había haMado en el sentido que creyó aquel di-
plomático : Roma locuta est, causa finita esto Pero ó no ha-
bló Roma, ó habló en otro sentido; y entónces , causa non
estfinita; es decir, era.finita si Roma estaba conforme con
la libertad de cultos; pero como resulta que no lo está,
causa non est finita; la cuestion no ha concluido, segui-
mos como ántes ; pero la verdad es que no se quería traer
aquí íntegra la cuestion, porque así como se daban facili-
dades á todo aquél que hablaba en favor de la libertad de
cultos, se oponían toda clase de obstáculos á todos los que
pretendían defender la unidad católica, yeso se hacía
porque se decía que era preciso que viniera á las Córtes
íntegra la cuestion religiosa.
Llega la convocatoria; bY qué se dice en el decreto de
la convocatoria á este propósÍto ~ Que el Gobierno está con-
forme con la solucion del Senado. ¿Puede decirse despues
de esto que la cuestion viene íntegra á las Córtes por par-
te del Gobierno'? Ha habido una reunion de los partidos li-
berales; acuerdan una solucion por mayoría; el Gobierno
la acepta, y bajo ese supuesto, entre otras cosas, convoca
las Córtes. ¿ y qué hacen los gobernadores para traer esas
Córtes'? Cuanto han podido por averiguar cómo opinaban
los candidatos y apoyar á los que decían que eran favora-
bles á la libertad de cultos; es decir, apoyar á los que de-
cían que apoyarían lo aprobado en el Senado. Mi amigo el
Sr. Batanero obtuvo del Sr. Presidente del Consejo la afir-
macion de que eso era cierto, y no tengo necesidad por con-
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
265
siguiente de molestar al Congreso aduciendo mayores prue-
bas para demostrarlo . El Sr. Presidente del Consej o ha conve-
nido en que á los que solicitaban el apoyo del Gobierno, éste
les pedía por sí ó por medio de sus gobernadores que di-
jeran cuüJes eran sus opiniones respecto á .esta cuestion,
á esta cuostion que decía quería traer íntegra á las Córtes.
Lamento el que haya candidatos que soliciten el acta del
Gobierno, en vez de procurar merecerla de sus electores; si
ha habido, que yo no lo sé; si ha habido algun candidato que
solicitara del Gobierno su apoyo, comprendo, porque yo
no soy tan escrupuloso, que el Gobierno quisiera saber sus
opiniones; pero precisamente la cuestion en que el Gobier-
no no podía hacer eso, es la presente, es la religiosa. En
esta cuestion no le era permitido al Gobierno averiguar,
ni áun relativamente á esos candidatos que iban á solicitar
su apoyo, las opiniones que tenían. ¿, Y por qué'? Por lo
que dijo el mismo Gobierno; porque el Gobierno quería
traer íntegra esta cuestion á las Córtes. Pues si quería
traer íntegra esta cuestion á las Córtes, lo mismo le daba
que los Diputados opinaran de una manera que de otra;
puesto que las Córtes habían de resolver; fuera la libertad
de cultos, fuera la unidad católica, lo que ellas resolvie-
ran eso sería la ley del país. Esto parecía quP, debía haber
hecho el Gobierno, si de buena fe quería traer la cuestion
íntegra á las Córtes. Así es que no es cierto que la cues-
tion no se resolviera declarando vigente la Constitucion
de 1845 ni el Concordato de 1851, porque se quisiera traer
íntegra á las Córtes, porque á haber querido eso, ni se
hubiera llevado la cuestion al Senado, ni se hubiera per-
mitido el Gobierno preguntar á los candidatos que parecían
ministeriales cómo opinaban. ¿Para qué'? La cuestion, pues,
señores, no viene íntegra, por desgracia, la cuestion vie-
ne ya resuelta por parte del Gobierno, que era el que de-
cía que quería traerla Íntegra. No creo, sin embargo, que
venga resuelta por la vuestra, porque no creo, ni quiero
creer, ni puedo creer, me está vedado' creer, que haya uno
266
DISCURSO
solo entre vosotros que por ser Diputado haya sido capaz de
sacrificar á Jesucristo. De consiguiente, por parte nuestra
sigue la cuestion íntegra, por más que por parte del Go-
bierno venga resuelta. Pero, en fin, la cuestion está aquí,
la cuestion h.a venido, la cuestion hay que tratarla; y
puesto que hay que tratarla, vamos á entrar en ella.
Ante todo, me conviene sentar dos cosas; y es la pri-
mera, que siendo aquí todos católicos, cosa que yo oigo
con gran satisfaccion, porque áun cuando se sepan las co-
sas que agradan, siempre tenemos gusto de oirlas, que
aquí se levanta á hablar acerca de este asunto cualquier
Sr. Diputado y empieza por decir que es católico, empieza
por confesar esto en primer término, y hoy nos ha añadi-
do el Sr. Conde de Torres-Cabrera que es tambien apostó-
lico romano, y que por ser todos católicos, y esto lo con-
fieso con toda la sinceridad de que soy capaz, la cuestion que
nos ocupa no puede ser bandera de ningun partido, abso-
lutamente de ninguno. La cuestion lo es de todos; no hay
partido que tenga derecho á monopolizada; es la bandera
bajo la cual nos cobijamos todos los que aquí hemos tomado
asiento. Ahora, si de esta discusion, si de la votacion que
recaiga sobre el artículo que nos ocupa resultase que algu-
nos disgustaban al catolicismo, y que éste disgustado lla-
maba á otras puertas, culpa será de los que tal hayan he-
cho; culpa será de los que hayan disgust.ado, nó de los que
le reciben en su casa.
Esto demuestra, Sres. Diputados, que yo, que reconoz-
co que el catolicismo no es hoy bandera de ningun partido,
no quisiera que lo fuera nunca; únicamente deseo que sea
la bandera de todos los españoles. Esto es lo que quería de-
jar consignado ántes de entrar á debatir la cuestiono
Segundo: aquí se ha hablado mucho en dos sentidos
opuestos, diciendo unos que la cuestion es religiosa y no po-
lítica (y éstos han sido pocos), y afirmando otros muchos,
incluso el Sr. Presidente del Consejo de Ministros, que es
política, <¡ue la religion no tiene que ver nada con ella; y
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
267
á mí me admiran estas dos opiniones, particularmente la
del Sr. Presidente del Consejo de Ministros. No se puede
negar, señores, que la cuestion, dígase lo que se quiera,
es religiosa; y como es religiosa, hay que tratarla en este
sentido. No por esto digo que es exclusivamente religiosa;
discuto de buena fe, y tengo que confesarlo; que la cues-
tion, además de religiosa, es política, pero siempre esen-
cialmente religiosa; y como es esencialmente religiosa,
los católicos tenemos que dar una grande importancia á las
doctrinas religiosas que la resuelven.
Pero sucede una cosa particular: la cuestion es reli-
giosa, sí; pero no somos competentes para tratarla, por-
que no somos ni Obispos ni Concilio; y porque no somos
competentes, la resolvemos como nos parece.
Señores, este no es un modo iógico de discurrir. Yo creo
que cuando no se tiene competencia para resolver una
cuestion, lo que hay que hacer es buscar á los que la ten-
gan, paraque ellos la resuelvan. Es muy cómodo y muy sen
cillo decir: yo no tengo competencia, y sin embargo ha-
go lo que me acomoda: cuando lo natural es que el que no
tenga competencia se someta al que la tenga y acepte lo
que éste diga. i, Dónde está? i,A quién tenemos que acu-
dir? i,Quién tiene competencia para resolver la cuestion
religiosa? Pues la competencia para los que somos católi-
cos, como lo somos todos, está en la Iglesia. .
Señores, los que de católicos nos preciamos, reconoce-
mos la revelacion divina. De aquí parte todo. Creemos que
los sagrados libros fueron inspirados por Dios, y lo cree-
mos pomo punto de fe, aceptando en tal concepto lo que
en ellos se contiene, con arreglo á la inteligencia é inter-
pretacion infalible de la Iglesia, cuya cabeza visible es el
Sumo Pontifice, Vicario de Jesucristo en la tierra. Y sin
extenderme sobre esto, por razones fáciles de comprender,
no he de dejar de decir, por lo que conduce á mi propósito,
que en los cuarenta y cinco libros del Antiguo Testamento,
en todos se habla del monoteismo y de la adoracion al Diof3
268
DISCUltSO
omnipotente, criador de todo cuanto existe, como del pri-
mero de los preceptos que debemos cumplir. Tratase del po-
liteismo y policultismo como de una cosa abominable y dig-
na de los mayores castigos. Ofrece derramar sus bendicio-
nes sobre los que cumplan sus mandatos, pero nó sobre los
que sigan supuestos dioses ajenos y les diesen culto. Lo
mismo se prescribe en la nueva ley. J esncristo ,partiendo
del principio de que Dios es uno y a él sólo debe adorarse,
manda sus Apóstoles a predicar el Evangelio por todos los
~iInbitos de la tierra, y les dice: «el que crea y se bautice,
sera salvo, condenundose el que no crea.»
Establece además la I~lesia, dotándola de la facultad
de interpretar los sagrados libros, concedi~ndola el don,
nunca bastante estimado, de la infalibilidad.
Ahora bien; ¿cómo ha entendido la Iglesia la cuestion
nel culto que estamos obligados a dar á Dios'? ¿Ha admiti-
do la libertad'? Nunca; siempre la ha condenado, y recien-
temente, como antes he leido, el actual Pontífice. Pues al
ménos en este sentido si la Iglesia tiene condenada la li-
bertad de cultos, no somos nosotros buenos católicos al
desobedecer los mandatos de la Iglesia, la cual tiene es-
tablecida la unidad católica.
Es que, se dice, nosotros queremos lo mismo; nosotros
respetamos la Iglesia, nosotros reconocemos la Iglesia
como la única que . ha recibido la facultad de interpretar
los libros sagrados. Todo esto lo aceptamos; pero se dice
aquí por muchos que lo creen con sinceridad, que aquí no
se trata de la libertad de cultos, se trata l1nicamento de la
tolerancia: y una cosa es la tolerancia y otra es la libertad
de cultos,;, son cosas distintas: nosotros, como c3:tólicos,
ereyendo y confesando todo lo que cree y confiesa la Igle-
sia catolica, y condenando la libertad de cultos, no por
este art. 11 la aceptamos, sino que únicamente elevamos
á ley la tolerancia religiosa que se practica. Esto hay ne-
cesidad de demostrarlo de una vez; lo que llamais toleran-
cia de cultos y libertad de cultos, SOIl dos Gosas iguales,
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
269
enteramente iguales: tolerancia y legalidad son dos pala-
bras que no pueden estar reunidas; por eso no se puede de-
cir tolerancia legal. Pues si la tolerancia no es más que un
acto puramente moral, se tolera precisamente lo que no
está en la ley; se tolera lo ilícito; se toleran por razones de
otro órden muchas veces cosas que no podemos remediar, y
pasamos por ellas; quisiera llevar en esto la conviccion á los
señores Diputados: la tolerancia es un acto moral; pero des-
de el momento en que la tolerancia se lleva á la ley, ya no
es un acto moral, ya es un ej ercicio legal, ya es un dere-
cho, y produce todas las consecuencias: toleramos mu-
chas veces cosas malas; toleramos el vicio alguna vez en
alguna forma; ¡pero decir que se tolera la virtud! ¿Le ha
ocurrido á nadie el decir nunca: se tolera la virtud, se
tolera al hombre de bien'? Alguna vez se tolera á un bri-
bon, porque no se puede acabar con todos; pero decir que
se tolera á un hombre de bien., sería un pueblo abyecto
aquel en que se dijera semejante cosa.
En el momento, pues, en que la tolerancia constituye
un precepto, deja de ser tolerancia y pasa á ser un dere-
cho, del cual hacen uso aquellos á quienes comprende ó
beneficia.
Así es que no comprendo que á los señores que se sien-
tan en estos otros bancos no les ~atisfaga el artículo, por-
que es el establecimiento de la libertad de cultos. Iba á
poner un ejemplo para demostrar lo que es la tolerancia
y lo que es el derecho: el que tolera puede perturbar: el
que tolera puede prohibir; puede oponerse: todo eso puede
hacer el que tolera, porque puede cansarse de tolerar;
vive el tolerado lo que quiere el tolerante; la imprenta,
por ejemplo: figuraos que no hubiera ninguna ley de im-
prenta y hubiera sin embargo un fiscal por el cual tuvie-
ra que pasar todo lo qne se imprime, y que este permitie-
ra alguna vez, segnn las instrucciones del Gobierno, cier-
tas cosas. Este Gobierno, este fiscal ¿ podría algun dia im-
pedir eso que estaba t~lcrando'? Cuando le diera la gana,
18
270
DISCURSO
cuando quisiera, el fiscal estaría autorizado á todas horas
para que un periódico no dijera hoy lo mismo que se le
había permitido decir ayer, porque no había sido más que
una tolerancia. Poro hay una ley de imprenta, y se esta-
blecen las materias y la forma en que pueda examinarse;
y entónces ya no está en manos de fiscal, ni en manos del
Gobierno ni de ninguna autoridad el impedir lo que el pe-
riódico publique con las condiciones de la ley; esa es la
diferencia que hay entre la tolerancia y el precepto. Y
traida al caso presente, decidme: ántes de 1869 no había
tolerancia escrita, como vosotros deCÍs (que yo no lo con-
cibo); pues si entónces algunos protestantes, algunos ju-
díos hubieran querido celebrar su cultq, que se les tolera-
ba, y la autoridad hubiera querido impedir aquel culto,
lolo habría conseguido'? Sí. loLo habría podido impedir? Sí,
cuando lo tuviese por conveniente. Si los que ejercían ese
culto eran perturbados, no por una autoridad, sino por
un grupo cualquiera que se metía en la capilla ó en la si-
nagoga, lopodían salir á la calle y llamar á los agentes de
Orden público y decirles: nosotros estamos en estos ejer-
cicios, pero un grupo se ha entrado en nuestra iglesia y
nos está incomodando, hagan Vds. el favor de entrar y de
ponerle en órden; podrían esos individuos de Orden públi-
co entrar y hacer eso? Podrían entrar, sólo por ese espí-
ritu de tolerancia de hecho; pero si no quisieran entrar, no
habría fuerza que les obligara á ello, ni los disidentes se
podrían quejar, porque habiéndoles reclamado su auxilio
no se lo habían prestado.
Paro se sanciona este arto 11, Y hay una capilla protes-
tante, una sinagoga, y entra en ella un grupo y trata de
perturbar el culto; lopueden salir los protestantes ó los
judíos á la calle y reclamar el amparo ó proteccion de los
agentes de Orden público? Es claro que sí; y los agentes
faltarían á su deber si no les prestaran ese auxilio, tenían
que prestárselo lo mismo que á mí, católico, si soy pertur-
bado en la iglesia. Por consiguiente, si esto se-hace, loes
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
271
posible sostener que la tolerancia legal es lo mismo que la
tolerancia práctica que nosotros hemos consentido hasta
aquí? Decid, pues, que es conveniente la libertad de cul-
tos, y luégo hablaremos de eso; pero no digais que no la
quereis, y que lo que estableceis no es la libertad de cul-
tos, sino la tolerancia; porque es mejor abordar las cues-
tiones resueltamente, y no de esta manera que yo no quie-
ro calificar. La tolerancia pues, elevada á precepto legal,
deja de ser tal tolerancia, y se convierte en derecho, en
cuyo mantenimiento hay que sostener al que reclama au-
xilio. Eso sucede en todas partes; no hay país, de seguro,
en donde haya más leyes sin uso que Inglaterra; por ejem-
plo, se pide allí que se deroguen esas leyes, y los ingleses
no las derogan. ¿Y por qué'? Porque puede venir un dia en
que tengan aplicacion, y por consiguiente, conviene no
derogarlas: y miéntras no esté derogada la ley, pueden
dejar de tolerar lo que hoy estén tolerando en contra de
ella.
Se ve, pues, Sres. Diputados, que no es que no se trate
de la libertad de cultos, y sí de la tolerancia, sino que se
trata de la libertad de cultos; yes bueno partir de aquí; el
arto 11, una vez sancionado, establecerá en España la li-
bertad de cultos; y si no, yo, que reconozco el talento de
la Comision y del Gobierno, creo que les hade ser difícil ex-
plicar la diferencia que hay entre la tolerancia legal y la
libertad.
Pero se dice, y aquí entran las únicas razones que he-
mos oido en defensa del artículo: nosotros, al establecer la
libertad de cultos, no hacemos nada nuevo; lo que hacemos
es seguir la corriente de todos los demas pueblos de Euro-
pa, siendo una afrenta para nosotros el que no aceptemos,
el que no dispongamos, el que no entreguemos á nuestro
país á los adelantos que han aceptado todos los demas paí-
ses. España es la excepcion; los demas plieblos que nos
rodean, todos tienen libertad de cultos, y es una afrenta
para nosotros que cuando los demás gozan de esto, España
272
DISCURSO
esté privada de ello. No tendré que decir mucho !'!obre
esto, porque ya se ha contestado bastante; pero no me
creo dispensado de hacer algunas observaciones para de-
mostrar qué débil es la razon en que hasta ahora se han
fundado, aparte del argumento de que no vendrán los
capitales extranjeros, los que están siempre diciendo
que es una afrenta para nosotros que no tengamos la
libertad de cultos, cuando la tienen todos los demas
pueblos.
Es decir, señores, que cuando todos los demas pueblos
tienen y sienten una desgracia, es una vergüenza para nos-
otros el que no seamos tan desgraciados como ellos. Más cla-
ro: todos los pueblos que nos rodean tienen el cólera, y
nosotros por un milagro de la Providencia, estamos sanos
y buenos; pues es una vergüenza que estemos sanos y bue-
nos los españoles, cuando todas las demas naciones tienen
el cólera. (Risas.) Señores, yo creo que sería una vergüen-
za para nosotros el que todos los pueblos gozaran de un
gran bien, y nosotros por una preocupacion , por una ley
inconveniente, estuviéramos privados de ese bien; pero si
lo que gozan los demas pueblos es un mal, i. por que ha de
ser una vergüenza para nosotros el no tenerlo ? ¡, Es e!'!to
serio '?
Pero en cuanto á la libertad de cultos establecida en
otros pueblos hay mucho que decir.
Es sabido, señores, y de vosotros más que de mí, que
hubo un tiempo en que toda Europa tenía la unidad católi-
ca; he dicho mal casi tQda Europa. Por ejemplo, España
tenía la unidad católica desde Constantino hasta la invasion
de los godos, desde la conversion de Recaredo hasta la
invasion de los sarracenos, y se mantenía la unidad cató-
lica desde la toma de Granada, y si quereis desde Feli-
pe nI hasta el año de 1869; es decir, hasta ayer. Francia era
católica desde la conversion de Clodoveo, aquel sicambro
de que en su elegantísimo discurso hablaba el Sr. Leon y
Castillo; era católica desde la conversion de Clodoveo has-
DgL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
2i3
ta Enrique IV, Y lo fué despues desde la toma de la Roche-
la hasta la revolucion de 1789. Austria fué católica desde
los antiguos Emperadores romanos católicos, hasta la in-
vasion de los que se llamaron bárbaros del Norte, y fué ca-
tólica despues desde su conversion hasta Lutero. Italia fué
católica siempre. Prusia es nacion protestante desde que
es reino. Rusia fué siempre cismática como imperio. Gre-
cia y el Imperio de Oriente fueron católicos hasta el cisma
de Focio; volvieron á ser católicos y á caer luego en el
cisma que continúan. Portugal ha seguido las vicisitudes
de España.
Ha habido un tiempo, pues, en qU(~ casi toda Europa era
católica. ¿ Y cómo han ido dejando de serlo los pueblos que
constituyen esta parte del mundo'? Han ido dejando de ser-
lo, por circunstancias que ninguno pudo evitar. Dejaron
de ser católicas Francia é Inglaterra despues de sangrien-
tas guerras, des pues de luchas crueles, despues de au-
mentarse tanto el número de individuos de otras religio-
nes, que los católicos no podían con ellos; y no pudiendo
unos con otros y teniendo necesidad de vivir juntos, vi-
nieron á pactos y á convenios y á tolerarse unos á otros.
Pero en todas partes, y no me detengo en esto, porque lo
ha hecho el otro dia con mucha elocuencia el Sr. Perier;
en todas partes el hecho ha precedido siempre al de-
recho; nunca se ha pretendido que se declare ese princi-
pio , como si fuera un derecho de los españoles, nó. Se ha
establecido la libertad de cultos donde no se ha podido se-
guir sosteniendo la unidad católica; pero nunca de buenas
á primeras, como vulgarmente se dice, sin una necesidad
tan imperiosa como fué la que tuvo Inglaterra en tiempo de
Enrique VIII, la que tuvo Francia en tiempo de Enrique IV;
todo eso ha sido preciso para que los GobiernOEl católi-
cos cedieran y admitieran la libertad de cultos. Se habla
mucho de Roma. Señores, cuando San Pedro fué á Roma,
se encontró con una porcion de hebreos, á los cuales no se
podía. echar, porque San Pedro no tenía el poder temporal,
274
DISCURSO
y más bien puede decirse que los hebreos fueron los que
consintieron á los cristianos, que nó el que los cristianos
sufrieran á los hebreos. Pasaron siglos; la Santa Sede ad-
quirió el poder temporal, y los Papas, ya reyes y pontí-
fices en la segunda mitad del siglo VIII, no pudieron
concluir con los judíos despues de los Riglos que habían
estado en Roma y de las riquezas que allí habían ad-
quirido; pero los sujetaron á las restricciones que el se-
ñor Álvarez os expuso el otro dia, y que ya indicó en
las Córttls Constituyentes el Sr. Cardenal Cuesta. No se
les dejaba libres, vivían en un barrio aparte, con puertas á
los extremos, y se les obligaba á ir á escuchar la predica-
cion del catolicismo á una Iglesia inmediata, y se tomaron
grandes precauciones para que no hicieran la propaganda
de su culto. En cuanto á los protestantes, su estableci-
miento data de principios de este siglo, despues del cauti-
verio de Pio VII. Pio VII se encontró con que los ingleses
habían abierto durante su ausencia una capilla; quiso cer-
rarla y no pudo, porque se opusieron algunos diplomáticos,
entre ellos el embajador de Inglaterra, y entónces Pio VII
se resignó á cerrar los ojos y les sufre; pero nunca la Igle-
sia ha elevado esa tolerancia á derecho. La Iglesia ha cer-
rado los ojos, pero no ha autorizado eso; lo mismo han he-
cho en todas partes de Europa donde desapareció el catoli-
cismo y vino la libertad de cuItos.
Se habla mucho por los que dan una importancia exa-
gerada al principio de libertad, y se dice que el derecho
más estimable es el de la libertad de pensar, y que cuando
tenemos libertad de pensar en todas las cosas, en ninguna
nos hace falta tanto como en la religion, que concierne á
la salvacion de las almas, porque es lo que afecta á los in-
tereses morales. ¿Por qué, pues, se dice, teniendo libertad
de pensar no tenemos libertad de tener nuestro culto ~
Es necesario comprender que hay una gran diferencia
entre la libertad de pensar y la facultad de hacer lo que se
piensa. Son dos cosas distintas. La libertad de pensar la
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
275
hemos recibido de Dios; pensamos sin saberlo, y muchas
veces en cosas que no queremos; ¿ pero somos completa-
mente libres de ejecutar lo que pensamos~ ¿En qué país
del mundo 1m criminal puede ejecutar el crÍmen sólo por-
que diga: yo tengo la libertad de pensar~ Hay muchas co-
sas que se piensan y no pueden hacerse, mucho ménos
cuando se trata de exagerar hasta ese punto la libertad de
pensar en cosas malas.
Como de todo esto ya ha oido el Congreso hablar bas-
tante, yo, que siento causarle la molestia que le estoy cau-
sando, voy á limitarme á algunas observaciones que no he
oido aquí, siquiera no tengan gran importancia en este re-
cinto, pero pueden tener alguna fuera de él, Y aquí no se
habla sólo para los señores Diputados, sino para que nos
oiga el país; y puesto que tanto se ha hablado de libertad
de cultos, justo es que se hable algo de unidad católica.
Se ha ::tlegado el principio de la reciprocidad; se ha di-
cho: si nosotros no concedemos la libertad de cultos; si
nosotros no permitimos que vengan aquí las personas que
profesen otra religion á practicar su culto, no nos permiti-
rán ejercer el nuestro en otras naciones. Este es un gran
error; y por lo mismo que es tan grande, no se ha citado
por ninguno de los individuos de la Comision; pero como
ese argumento se ha hecho en otras partes, bueno es ha-
cerse cargo de él.
Esta reciprocidad no es necesaria para que un español
católico, que se encuentre en país donde haya libertad de
cultos, pueda entrar en el templo católico y profesar allí su
religion. La cuestion religiosa está tratada en las Consti-
tuciones de todos los Estados; y si en un país se halla es-
tablecida la libertad de cultos, el católico puede entrar
donde se esté diciendo misa, donde se esté celebrando el
culto católico, sin que nadie le pregunte cuál es su reli-
gion; la libertad de cultos está consignada en la Constitu-
cion de ese Estado, y todo el mundo puede hacer uso de ese
derecho.
276
DIscunso
Hablar de capitales es una cosa tan excusada, que ni
siquiera me permitiría hablar dos minutos sobre ella des-
pues de lo que aquí se ha dicho; pero he de hacerme cargo
de un argumento del Sr. Presidente del Consejo de Minis-
tros, cuando contestando á mi amigo el SI'. Álvarez, decía
que puesto que el Sr. Álvarez creía que podría establecerse
la libertad de cultos si hubiera necesidad de ella, si hubie-
ra tal número de personas pertenecientes á otras religiones
que hicieran indispensable esa medida, la cuestion religio-
sa era para el Sr. Álvarez una cuestion de aritmética. No
me parece eso una cosa seria tratándose de una cuestion
tan grave; pero por lo demas, ¿ qué duda tiene que todas
las cuestiones tratadas en el estilo jocoso con que parecía
tratarla el Sr. Presidente del Consejo son cuestiones arit-
méticas'? ¿ Pues no es cuestion aritmética la misma vida mi-o
nisterial del Sr. Presidente del Consejo de Ministros'? Pues
si votaran como yo pienso, en sentido de la unidad ca-
tólica 200 Diputados y 70 en favor del artículo, ¿qué sería
del Sr. Presidente del Consejo de Ministros, como tal Mi-
nistro, ó qué sería de nosotros '?
La cuestion, pues, de la existencia del Ministerio y del
Congreso viene á ser una cuestion de aritmética, una cues-
tion de números, y en eso vienen á resolverse muchas
cuestiones. Nosotros mismos, ¿ no somos producto de una
cuestion de aritmética'? Si nuestros contrincantes hubieran
obtenido mayor número de votos que nosotros, ellos esta-
rían aquí y nosotros en nuestras casas. Pues las leyes, ¿ por
quién se hacen más que por la mayoría de los legisladores,
• y para el mayor número de los legislados'? Pues si yo si-
guiera este modo de argumentar, cuando se nos dice que
con la, libertad de cultos vendrían muchos capitales y sería-
mos más felices, porque la industria florecería, miéntras
que ahora, por falta de esos capitales está arrastrando una
vida miserable, podría yo decir: pues la cuestion para el
Sr. Presidente del Consejo de Ministros viene á ser una
cuestion de cuartos. Pues entónces, la grave cuestion de
DEL EXCMO. SR. D. CLAUDIO MOYANO.
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saber qué camino hay que seguir para ir al cielo, y si hay
uno ó varios para la salvacion del alma la cuestion; de ¡;i
no ha venido el Mesías, como sostienen los judíos, que de-
cir con los cristianos que el Mesías vino y nos abrió las
puertas del cielo; ó que es lo mismo adol'ar con los católi-
cos al Dios de la Eucaristía y rendir fervoroso culto á la
Virgen Madre, que negar con los protestantes la presencia
real de Jesucristo, y oponerse á rendir el homenaje debido
á la Madre del Redentor del mundo, viene por último á re-
ducirse , en concepto del Sr. Chovas, á una cuestion de
cuartos. i, Sería digno?
Pero yo no acudo á semejante argumento; le he presen-
tado sólo para haeer ver que no es un argumento serio
cuando se trata de una cuestion tan grave como ésta.
y por otra parte, ¿qué tiene de verdadero eso de que
con la libertad de cultos nos vamos á llenar de capitales
extranjeros? Seis ó siete años hace que tal libertad se esta-
bleció, y no tengo noticia de que la consecuencia se haya
realizado; y por más que el Sr. Presidente del Consejo de
Ministros lo afirmaba, creo que lo haría para dar fuerza á
su opinion; no tengo noticia alguna, y si no yo pediré esos
datos al Sr. Ministro de Fomento de las fábricas que se ha-
yan abierto con capitales extranjeros. ¿Qué fábricas se han
abierto: qué establecimientos industriales se han creado,
qué bazares de comercio se han establecido? Porque yo no
he visto nada de eso; he visto aquí en Madrid, despues de
esa ley, algunos individuos vestidos de árabes, que no sé
si lo serían, pues tambien en esto cabe engaño, andando
por esas calles con una porcion de zapatillas de tafilete, de
las que no han debido vender muchas, pues hace tiempo
que no los he vuelto á ver. Tambien por aquellos dias, re-
cien establecida la Constitucion de 1869, uno vestido de
moro, en la esquina de la calle de Espoz y Mina tendía la
mano para recoger las limosnas que le diéramos los católi-
cos. Esto es lo que he visto; y por el contrario, muchos de
vosotros acaso hayan conocido una persona muy importan-
DISCURSO
te y muy instruida, que había vivido muchos años en Es-
paña y en Madrid, á cuya casa asistía nuestra buena so-
ciedad en las grandes fiestas que daba, y que vivía aquí
muy tranquilo haciendo buenos negocios, porque maneja-
ba muy bien su fortuna, sin que nadie se metiera con él,
y que en cuanto se estableció la libertad de cultos lió su
equipaje, se marchó y no ha vuelto, porque dijo: «hasta
aquí he estado muy respetado y querido; pero como esto
tiene que desaparecer, y Dios sabe lo que sucederá cuan-
do desaparezca, me voy.» (El 81'. AloltsO Afartinez: Pues
pedía la libertad religiosa con vehemencia.) Entónces ha-
cía lo que el fabricante de licores, que los hace para que
se emborrachen los demás, y él no los prueba. (Risas de
aprobacion. )
Hay un argumento serio, alegado de buena fe en favor
de la libertad de cultos, y no tratado hasta ahora; el de
que con la libertad de cultos, y esto lo dicen muchísimas
gentes con toda sinceridad, hay más estímulo para los fie-
les y para los sacerdotes, porque donde no hay más que el
culto católico el sacerdote se descuida, no estudia, no ad-
quiere los conocimientos que adquirir