· ~ LECCIONES ~ DE DE,RECHO NATURAL y DE GE'NTE S, ESClUT AS EN FRANCES POR. ...
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· ~\ LECCIONES
~ DE
DE,RECHO NATURAL


y


DE GE'NTE S,
ESClUT AS EN FRANCES


POR.


EL PROFESOR DE FELICE,
TRADUCIDAS LIBREMENTE AL CASTELLANO
CO;;- VARIAS ILI:STRAClONEii TOMADAS DE LOS AUTORES DE MAS NO'fA


QUE HAN ESCRITO POSTERIORMENTE SOBRE ESTA 1I1ATEIUA,
y AUMEN'l'.\DAS CON LA DIOGRAFL~ DEL AUTOR.


rOA


l!~ ABOGADO DE LOS TRIBU~ALES NACIO~ALES,
aulor y traduétor de varias obras científicas y literarias.


Quid dcceat , quid. non: quo virtns,
quo [erat en-or.




l\fADRID: J 8!. J •
Imprenta dfJ D. Severiano Omari(l.




ADVERTENCIA DEL TRADUCTOR.


. 6'-1 presentar al público la nueva traduecion
que Le tomado á mi cargo de' las LECCIONES DE
DERECHO NATURAL Y DE GENTES que escrihió
el célebre DE FELICE, debo advertir: que he pro-
curado hacerla con toda la libertad posible, sin in-
vertir, DO obstante, el órdcn de las ideas del ori-
ginal de que me be servido, correspondiente á
la última edicion ejecutada en París el año de
:1850; pero conservando la mente del autor, Ile
creido couveniente ilustrar con notas y aclaracio-
nes 3ffuellas proposiciones y materias que las re-
clamaban, )'a por estar presentadas con dcmasia-
da generalidad y de cuya varia intelig'ellcia pu-
dieran sec'uirse errores nocidos, y ya tambicn
por el c'iro que les dan las creencias del autor;
para cuyo efecto me he servido de las doctl'Ínas
de buenos autores, que escribieron con posteriori-
dad á de Felice.


'farnbien me ha parecido oportuno verter con
espresiones mas dccorosas aquellas materias que,
sin faltar á la claridad ncccsaria, deben cubrirse
con un velo de lenguage que no ofenda el pudor
'y respeto debido á la juventud. Y finalmente, no
he querido privar á los ~ctores de la noticia hio-
r,rá6ca del autor, como quiera que es sumamen ...
te importante conocer los estudios y diversos acon-
tecimientos que influycron en la vida de los es-
critores cuyas obras leemos, para apreciar en
su "crdadero valor los principios que en ellas viel··
ten y el fundamento de sus doctrinas.






RELATIVAS A LA VIDA Y ESCRITOS
de Fortunato BaJ"tolome de Felice.


Nació en Roma el 4 de agosto de :1723,
de una familia de origen napolitano. Prin-
cipió sus estudios con los jesuitas que ocupahan
entonces el colegio romano , y á los diez y sie-
te años marchó á Drescia donde siguió sus estu-
dios con Dl'ixia, profesol' de filosofía y matemá-
ticas que tanto conh'ibuyó á propagar en Italia los
nuevos principios de esla~ cien~ias. Diez y siete
horas de estudio aiarÍas familiarizaron éon ellas
al jóven de Felice. Vuelto á Roma en 1145 fue
muy distinguido por los PP. DoseovicJ., Jac-
quier y Le Seur, celosos propagadores de la doe-
trina de Nc\vtan, y de la de I .. eibnitz. A los
veinte y tres años desempeñó una cátedra en Ro-
lna, y poco despues fue nombrado cated,,'ático de
física en la universidad de Nápoles. -Desde en":'
tonces se distinguió por sus vastos conocimientos,'
fruto de \1n trabajo infatigable, y por una dic-
cion siempre lmra y elegante. J ... a primera obra
que publicó fue una disertaeion De utili terome-
tl'iw Cltln cwtcris facultatibus natul'álibus nexu.
Al año siguiente tradujo en latín el Ensayo de los
efectosllel ai,'c sobre el cuerpo humano> escl'ito
PQr Arbutlmot, obra que ilush'ó con notas tan eru-
;tlitas, que habiéndolas leido el ilush'e Baller y el
célehre "\V olfingJe pl'eguntal'OIl cuanto tiempo ba-
cía que C!jel'cia la medicina. Su reputacion se au-




'tI


nlentaha de ,día en día, y era muy numeroso el
concurso de gente de todos scxos y estallos que
asistían á sus lecciollcs. Sus discusiones rC 8
ligiosÁs llevaban un carácter de libertad que pre-
sap,'iaha ya el pal·titlo que posteriormente siguió
Felice con respecto al culto. De!5eamlo .dar á co-
nocer en Italia ,,-arias producciones del estrangero
tradujo· ,las Cartas de 1JJallpertuis sobre el pro-
9,"eso de las ciencias -' el 1Jfétollo tle De"car-
tes -' .el Discurso p"eliminar tle la Enciclopedia
francesa, ·por D ~ Alembcl·t, y otras varias.


El amor no podía menos de ocupar un lu-
gar en, su ardiente cabeza. JIahiéndose enamora-
do á los diez y siete años (le una jóven roma-
na, y hallándola á los veinte y c,inco casada en
Nápoles y obligada pOl' S11 marido á vivir en un
convento, se deddió á arrebat.arla, movido de
sus instancias, y despues de haber recorl'ido jun-
tos varias eimiades de Italia, siendo reconocido
en Róma', fingió una fibsohHa snmision en la peni-
tenciaria. l .. a consideracion de su mérito dulcifi-
cÓ á sus jueces;' y fueron reducidas lasactua-
ciones á un proceso verbal; pero no cesando de
amenazarle la corte de N ápoles se vió obligado
á retirar'se á Toscana y de alli á Monte Alverno,
de donlle se fug'ó y se marcbó á Rimini, uo ha ..
hiendo podido acostumhrarse á las áusteridades de
Jos religiosos de aquellas montañas. Pero no cre-
yéndose aun. seguro en Rimini, marchó á Pé.
saro donde fue mn y bien acoffido por el marflués
Palllcci comandante del fllcl'le. Provisto eo" sus
r~omeildáéiones se fue á Venecia, de aUi á Pá·
dua, y finalmente, .pasaüdu, tos Aipes, ai Der-




VII
'na donde se detuvo, y donde acabó de' disipar las
ilusiones de su loca pasion.. .


Habiendo obtenido algunas gratificaciones del
gobiemo de Berna y del senado académico ,pu-
blicó . dos periódicos para dar á C'Oliocer á la
Italia la literatura ésb.'angera y álá 'Europa sá ..
hia la de Italia y Suiza. Con este' objetodió á
la luz pública nueve años del Estratto delld
letteratura Europea, y 4: vol. del ExceJ'ptum.
totius Italite nec non Jlelvetim liUeraturm, que
salieron á luz desde 1758 á i 762 : periódicos
que se distinguen por su sana crítica no menos
que por su vasta erudicion. Por la misma época
abrazó Felice la religion protestante, y hahién-
dose casado, y teniendo que proveel' á las necesi-
dades de su familia, estableció con este ohjet()
una imprenta en Iverdun, donde no cesó de es-
cribir su ploma nuevas obras. Despues de un Dis-
curso sobre la m,auera de formar el espíritu.
yel corazon de los nifíos, publicó en 1765 sus
PRINCIPIOS DE DERECHO NATURAL Y DE GENTES,
eslradados de Burlamaqui, 8 vol. en 8. Q , del
que dió despues un compendio en 4: vol., con
el título de Lecciones de derecho natural y
de gentes, en t 769. Por este órden siguió pu-
blicando otras muchas ohras, entre la~ que mere-
cen particular mencion la Enciclopedia ó Diccio-
tuwio universal razonado de los conocimie'nto$
humanos, ohra basada en la Enciclopedia de Pa-
rís, y á cuya formacion le ayudaron mas de vein-
te-sabios, Aseguran algunos 8uJores que le valió
una pension de la corte de Rusia la alteracion
que consintió en hacer en el articul() Constanti-




VIII
nopla de su, r E,ncicloped;a; la cual consistió en
atribuir á la emperatriz Catalina II la gloria del
proyecto de enviar desde San Petershurgo á los
Dardanelos una flota rusa, proyecto que antes ha-
bia atrihuido . á Pedro l.


Despues de una vida tan trabajada, murió á la
edad de 66 añ,os, el 7 d~ febrero de 17~9, de-
jando algunos manuscritos importantes.


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PROLOGO DEL AUTOR.


Háse definido al homhre' diciendo que es un
ser racional, y liemos adoptado gustosos una de-
finicio,n que tanto lisongea nuestro amor propio,
considerándonos como seres racionales, es decir,
como seres que siguen en todas sus acciones las
luces de la razono ¡ I1usioll ,;ana! Está nluy dis-
tante el hombre de ser un ser racional., y única-
mente se le puede considerar como un ser capaz
de razon, pues á ]a verdad son tan raros los
seres verdaderamente racionales, como los que
ingénuamenfc se bailan persuadidos de que no lo
son. .
. Ser propiamente racional es el que tieue ejer-
citado, desenvuelto y perfeccionado ~ el entendi-
miento con e] estudio de cÍertas ciencias' que di-
rectamente - tiemlen al noble y grandioso objeto
de ilustrar y mejorar al hombre. Tal (>8 ]a ver ..
dadera iden de ]a razon.


El entendimiento, tal· COn,lO sale de las manos
de la naturaleza, ~o hace al hombre superior,al
bruto, porque la razon no es en sus principios
m~s que- en Ulla facultad ó aptitud IlOl' la que
puede adquirir el homhre los conocimientos ne-
cesal'ios para conducirse de un modo digno áun
ser racional. La razon es llara cl alma lo que los




x.
ojos para el cuerpo: sin eJIos no podria el
Itombre gozar de la luz, y si no huhiera luz le
serian inútiles. Que todas las facultades del alma
y del cuerpo necesitan desarrollarse, ejercitarse,
estenderse y perfeccionarse, porque si no se las
cultiva, estarán sin accion y sin vida como sino
se poseyeran. (1)


N o hasta, pues, al hombre )a razon sola 'Y tal
como sale de manos de la naturaleza para vivir
y eonducirse como un ser racional, sino tIlle de-
he servirse de ella para adquirir los conocimien-
tos necesarios, para saber usar de eHos y obrar
como conviene al fin para que fue criado. La ig-
norancia, ahihuto primitivo del hombre aislado y
salvaje, es en la sociedad la dolencia mas funes-
ta de los homhres, y aun un gravísimo crimen,
puesto que 11aIJándose dotados de inteligencia de-
hen elevarse sohre los brutos y disipar la igno-
rancia, causa ffelleral d~ las desgracias del fréne-
ro humano y de su ingratitud al autor de la na-
turaleza, luz etetna, Supl'elI1a razon ! causa pri-
mordial de todo hien. ,


Si bien ~s cielIto que todas las ciencias contri.,.
huyen en general á desarrollar, ilustrar y perfec-
cionar mas ó menos )á razOIl J no obstante, la que
lOas directa y esclusivamente tiende á tan noble
fin, la que tiene por lÍllico objeto el ilustrarla pa-
ra ql1e ilumine nuestros p~sos ; aquella en fin cu-


(I) El hombre siempre' nace superior al bi'u to; porque
por SR ésencia es racional; aonque el uso ele la razoll neoesite
un desenvolvimiento, como el uso de las facultades animales.
La raz:on no es solo una aptitud actual, porque los niños no
tienen aptitud para usát de eilá y sirtémbargo son raéionales.




X[
'YO conocimiento forma del hombre, esto es, del
ser capaz de razon, un s'er propiamente raeional,
es la ciencia del Derecho Natural. Ella ense-
ña al hombre las máximas que deben servirle de
guia en Jos mas impol·tantes raciocinios, y las re-
gias que deben dirigir su cOlHlucta; eHa nos ins-
truye acerca (~C los yerdaderos principios de nues-
·tros deberes bácia Dios, hácia nosoh'os mismos
'Y bacia nuestros semejantes, y en una palabra,
eHa debe guiarnos por el (~amino recto de los
seres racionales. Sin esta . ciencia andará el hom-
bre entre tinieblas, estravios, confusioll y des-
órden; porque ignorando las leyes naturales, care-
cerá de las nociones de )0 justo é injusto, no
sabrá distinguir el interés general del particular,
ignorará la esencia del bien y del mal, los dere-
chos sagrados de los superiores, los deheres de
súbditos, de parientes, de amigos, conciudadauos,
vecinos y asociados; en una pab,bra, ignorando
este derecho es imposible que sea el llOmbre un
ser racional. Y. des pues de esto ¿podrá descono-
cerse la necesida(l indispensahle de conocer esta
.... • ?
CienCIa •


Consultemos la cspel'iencia, sin embargo: ar-
rojemos una rápida mil'ada por cierta clase de per-
sonas qué componen las sociedad,,!;;; y descubrire-
mos en ellas lazos tendidos por do quiera á la
buena fe, y véremos á ulla parte del género lm-
mano es-fol'záhdose por eng'áñar á la otra. De
a(lui los disturhios qne con tanta frecuencia tilr-
'ban el reposo de la socie4ad, de at¡ui tantas de-
sazones éOIDO contrapesall llls grandes ,-entajas que
se propusieron los hombreS al cstahleeerlá.




XII
Porque aUOflue es verdad que existe en d


mundo la malicia y perversidall y mil vehemen-
tes pasiones que causan en él desórllenes sin euen-
to, no son ellas el orit~eil de los males que nos
afligen y de las desG'racias que eSllerimenta la so-
ciedad, sino la ip;norancia de nuestros deberes, de
nuestras ohliB'acioncs indispensahles, de la ley na-
tural.


Repréndase á aquel el'ia{lo porque toma par-
te de los géneros de su amo para darla á sus pa-
l'ientes, y respoDllel'á' con la mayor serenidad que
aquello no es un robo.PreglÍntesele por que piel'-
(le IJarte del tiempo qúe dehia emplear en seni-
cio de sua,nlO, por qué no le sin'e COIl afecto
y coIi gusto, lJor qué no toma interés por los
l)ienes que se le han confiado como querría que
lliciese su criado con los suyos, y responderá sin
rubor que él no estit oblig'ado a ellll)lear todo el
tiempo en servicio de su señor, y que á cste cs á
quieJl toca cuidar de sus· propios intereses.
¿,C~e~n acaso aquellos artesanos y mercaderes


que ahusando de la buena fe ele los eompra{lores
enearecen estraordioariamcntc el precio de sus ar-
iefactosó de sus géneros, piensan, repito, que co-
meten un ~oho en tales ocasiones? La mayor parte
están persuadidos de que les es lícito vender al
mayor llrecio posihle.


¿ Qué diria una señora del {p'an tono si se
la qU,isiera persuadir que se distrae de sus dehe-
l'es pr:incipales, asistiendo diariamente á las tertu-
lias <- reunione!' donde se em!lJeu el tiempo en jue-
&~ ·,4. conversaciones f~'i,"ob.s, y ulJundonando la
cducaC~ll' de sus.hijos ycl cuidado de sus domé,,-




XIII


ticos? Por mucho talento de fJl1e estuviera dota-
da, no se creeria ohligada á priHn>se de sus diver-
siones, para cuidar de,su familIa.


Uncolollo· (juehabiendo tomat.!o en arriendo
" varias tierras llasta cierto ti e lIl!l o , las apura y


trabaja por al{,ullos años llara obtener coseclJas
forzadas 'lue destruyen su fuerza llroductiva, y
Juego que las ve ac'otadas, las ahandona antes del
término convenido, alec'ando su falta de fertili-
dad, que solo causaron sus ahusos , ¿ cree por es-
to que procede injustamente?


Afjnel artesano que ejecuta mal sus oh ras ; el
otro que pierde la mayor parle del ticJlll>O; este
que emplea los útiles y materiales qn~ se le
dejar.on en depósito; el labrador que engaña con


. sus frutos á los habitantes tle la ciudad que no
conocen su calidad; a{Iuel comisi.onado que se
aprovecha de las luces (Jlle le (lió su lH'incipal so-
brealgull negociu, IJara suplantarle ó para favo-
l'eeer á algun amigo; el acreedor que nerrallllo á
su deudor lo que le dehe le arrastra á un litiC'io
ruinoso; el arrcnte que eX<lG'era su generoso celo pa-


.l>a que su principal no se sina de personas hon-
radas que llOdriall senide éon fidelidaí.l "Y sin in-
terés; el administrador que vende los intereses de
su señor; el tutor que disipa los hienes de su pu-
pilo; el aboü'arlo (jlle emplea su elocuellcia para
hacer parecer que es justa una mala causa; el (lue
no queriendo privarse de sus menores placeres, se
entera muy superficialmente de la causa que debe
defender; el juez que lll'omlllcia una sentencia
injusta; un soheruno que separa sus intereses de
los de su nacion ¿ estarán todas estas p¡'l'sonas hien




XIV
familiarizadas con sus deberes? ¿conocerán á fondo
sus oblig'acioncs? ¿estarán hien penctradas de cllas?
¿.obrarán siempre contra los movimientos de sn errada
t~oIlciencia? De ninguua manera, porque si cono-
cieran sus deberes no se separarian de .ellos; pOl'-
(Iue es una coutradiccion manifiesta conocer los de-
])eres y no cumplirlos: y conocer la aecion hue-
lla y ejecutat' la mala, es un absurdo ineoncebi-
Me y contrario á la uaturaleza bumana. 17ideo me-
lio'ra l,roboque, se ha diebo, deteriora sequOl':
espresioll que puede permitirse á la poesia, pero
que debemos guardarnos hien de adolJtarla en la
moral.


El 110mb re se siente inclina(lo irresistiblemen-
te á buscar elbien en g'eneral y á huil' del mal en
general, por una ley mecánica de la naturaleza lm-
mana, pues solo quedan á su eleceiun, á su li-
bertad, 103 hienes y los males cn lJartieular. Asi
pues, cuando cometemos alg'un error, es porque
1l0S equivocamos en la cleccion de los hienes y
males particulares por preselltársenos los hienes co-
mo males y vice-versa. Pero cuando percibe el
hombre clara, distinta y evidentcmente el verda-
dero bien y el verdadero mal, olJl'ará contra su pro-
pia naturaleza si se nieg'a al pl'imel'O y ahraza el
segundo, y es imposible que obre así, á no ser
que teUfra trastornada la razoll. Y asi no hay du-


. (J


da que cuando nos estraviamos en nuestra eleecion
es por falta de evidencia, pOl'que no es posible
que el hombre vea el bien, se persuada de él bas-
ta la evidencia y sis-a allllismo tiemllo el mal; pOI'·
que la propia evidencia que obli{~a al espíritu á re-
eonocer lo verdadero, fuerza tambien al COl'aZOIl




xv


áabrazar el bien, 'Y un hombre á quien g:uiase siem-
pre la evidencia, conoceria siempre Jo verda-
dero ! abrazaría siempre y necesariamente el
hien.


De, aqui se deduce que serán nuestros estra-
vios mas ó menos notables y frecuentes, segun se
halle nuestra razon mas ó menos ilustrada, y se-
gun se aproximen nuestros conocimientos mas ó
menos á la evidencia. No atribuyamos, pues, á la
malicia humana los males (Iue se causan los hom ...
bres, y los desól'denes (Iue tm'ban la sociedad;
porque esto seria tomar el efecto por la causa y
formarse de la ohra su])lime tIc la creacion la
mas horrible id(~a, é infamar el mas lÍtil de todos
los establecimientos humanos. Porque si el hom-
bre fuera malo por su naturaleza, habitaria las
selvas como bestia feroz, y jamás huhiera esta-
blecido sociedad alguna.


He afluí, pues, dos principios incontestables:
La etJideucilt prolluce indispensablemente la
virtud: la ignorancia es o'rigen necesario de
vicio. Si qUl~remos disminuir la peryersidad de
los hombres y con ella los males de la sociedad
política, declaremos una guerra implacable al ,.j-
eio" y para comhatide ,'ictol'iosamente, ataquémos-
le en sus trincheras. Ilustremos á los hombres
para que conozcan sus deheres, ilustremos á los
)lOmbl'es para que se conformen á las reglas de la
}'ecta raZOll: ilustrémosles para que se halran vir-
tuosos.


No es esto decir que se pueda desterrar del
mundo enteramente el Illal moral; existirá mien-
tras haya Lomhres. Par~ esto era pl'ccisQ que se




XVI
éonociese perfectamente este mal; pero como es-
ta evidencia no existe en los hombres y aun se
opone á ella su naturaleza, lo único que se lme-
de conseguir es que se aproximen á su conoci-
iniento con frecuencia, pues á pesar de todos los
esfuerzos de la razon ilustrada, apenas se podrá
obtener que venzan en la halanza de la probabi-
lidad los conocimientos y la luz á las pasiones
y tinieblas.


N o obstante la evidencia de esta verdad, de
sentimiento mas bien que de demostracion ahstrac-
ta, no llarece que ba sido reconocida generalmen-
te. Los hombres ban sometido lo infinito á las
reg-las mas seguras del cálculo; Ilan medido los
cielos y la tierra; han ohservado sus revolucio-
lles; han calculado sus movimientos, su f!stension,
sus distancias; predicen los eclipses, pesan la a(l-
mósfera, conocen , valuan, emplean la fuerza de
los vientos y de las· aguas; han descuhierto ese
fluido activo que distribuido en el interior de to-
dos los cuerpos, tiende sin ccsar y con fuerza
prodic'iosa á di!i'persar todas sus partcs , si hien ro-
deando todos los cuerlJos, las comprime y Jas de-
tiene con sus inmensos esfuerzos en el Inc'ar que
les marca )a naturaleza; sahen tamhicn los bom-
llres dIrigir en algunos casos la accion poderosa
tIc este móvil uni,ersal, imitar el relámpago y los
truenos; elevan á los aires los pesos 111<\S enormes
con sus flacas y déhiles manos; trazan un cami-
no casi seguro llor la estensa llanura de los ma-
res; . ban al)iel'to los abismos de la tierra para
arrancar esos metales, origen illac'otable de las
l11as tenaces y sangrientas G'uerl'~; "Y aun l!an




XVII
Lecho 'conocer á lá naturaleza que podian obligar-
la á rendirles ópimos frutos en los climas en que
s'; mostraba menos fccunda y mas a"3ra. En ulla
palabra, han lJccho progresos admirahles en las
ciencias mas absh'aclas, en las artes mas compli-
cadas, y no obstante tantos y tan maravillosos
adel~ntos, han despreciado la ciencia que dehía dar-
te"S.las reglas de conducta hácia su autor, hácia


, símísmos y llácia sus semejantes; la -ciencia que
'enseña á calcular los verdaderos bienes, los ver-
'daderos males y que enseña al 'hombre lo que ha
de elegir; la ciencia destinada á (Iisipar las ti-
nieblas de una ignorancia culpable y peligrosa que
es el fnnesto manantial de nucstros:capricllOs y
estravios; finalmente una ciencia (~uyos principios
sentian en su propio corazon ,y 'lue para apren-
derla á fondo, no tenian mas .que: exa millarse á
sí mismos ! fijar la atencionen lo que pasaba
en su interior. J1cro ellos la ¡ginoraron basta tal
punto, fjUe basta hace poco BIaS. de 'un siglo no
ha sido reducida á unsistenia ordenado V se$Yui ..


, ., (J


do,ltaUándose Ilasta entonces esta cie.ncia e\Opar-
cida en los escritos de alg'ullos filósofosantig'uos,
oscnrecida y des{i{~'urarla por los escolástic{)s y cor--
rom pida pOi' los casuistas, y á, I~ cU:itI· considera-
mos aun en el dia como UBa ciencia' nueya.


, . Pero la cieneia de las leyes naturales, no ha
sido 'cultivadá como mcrt~ce, auú : dcspues «(UC ,se
,redujo á shlema, pues comO si: tod'lYia Ilohuhie-
ran' ,'oélio los homhres de su let::H'I)'o, 'V como si


.. (J ~
M;avcrr,onzaran de fIue 8uspadres ic'nol'ascn tan
util ciencia, no' tienen bastantes fuerzas V reso-
lucion para difundirla por toda la. snpcrffcie de


2




XVIll
la tierra; 'Y asi vemos que existen en muchas na-
ciones maestros de latin, de griego, árabe y he-
bréo, y no se lla pensado en establecer maestros
(lue enseñen al hombre el lellguage del corazon:
vemos una docena de catedráticos de derecho ro-
mano en varias universidades de diferentes nacio-
ne~ en que no se observa esta legislacion, y no
se oye hablar en ellas de los principios inmuta-
hles de equidad natural, de lo justo é injusto,
de lo honesto y deshonesto, de la jurispruden-
cia natural,; ~n una palabra, que debe ser la base
de toua legislacioll. lllultiplícanse en el dialos
maéstros que enseñan á los hombres el arte de ma-
tarse 'por su injusticia y perversidad, y no se pien-
sa en enseñarles el arte de ser justos y virtuosos,
para que sepan I~ que ellos deben, y lo que les
es dehido, para que se conformen por cOllviccioll
á cumplir sus deberes, evitando de este modo el
sensible medio de reclll'rir á las 3rmas.


¿No habia motivo suficiente para decir que por
lo mismo que ha sido formado el hombre para ser
una criatura racional y superior á los hrutos, se
empeña á toda costa en hacerse inferior á ellos?
¿. que por lo mismo que ha sido formado I)ara la so-
ciedad y para gozar de los grandes bienes que
esta le llUede proporcionar, la desdeña, y pre-
fiere la vida aislada '1 Y no se aleS'tle (~ontra esta
objecion que el hombre vive coustituido en so-
eiedad, puesto que vive entre sus semejantes,
porque la proximidad y vecindad de los hombres
no contribuyen la sociedad, sino los deberes y los


, derechos recíprocos. ¿Y cumplil'¿i con eH os renun-
ciando á todos los placeres de la vida social, em-






XIX
, pleando todos sus esfuerzos para impedir su c'oce


1" para: -convertir la sociedad de servicios recípro-
-~os en teatro de odios, envidias, calumnias, robos,
lnuertes -y tantos otros l.orrores que se dirig'en
t1irectamente á la destruccion de esta sociedad unÍ-
·'Versal, fIlie es el mas bello atributo de la cr('acion?


\ Pero confiemos mas en los hombres: el por-
'Venir nos ofrece felices camhios. Ya en la- ac-
tualidad. Somos testirros dc los nohles esfuerzos
que se atreve á haccl' la razon para vencer las
preocupaciones mas inveteradas y la mas él'asa ig;.
noraneia: confiémos lmes en que al fi~ dará-áco-
Docer á los homhrcs el verdadero origen de. sus
estravios y de sus males, haciéndoles' pen5al' sé;..
riamente en prevenirlos por medio del eonQcimien'"
t6 de sus deheres y derechos, meditando' las máxi-
mas del hien y del ~al-, de lo jüstó é injusto~ y
estudiando la ciencia del dercclw natnrali -La
marcha de la r~'azon humana eu el- eamino;de- la '
i1ustl'acion es muy lenta, muy_ densas las tini'e-
bIas que le ~ultan, -é- inIlluuerables i loS' obstácn~
los que se le ofrecen., y tanto m,as difíc'iles' de
superar cuanto ([ue se suceden alternati'fallwnte
y se afirman en la misma natul'alezahumana, euan-
do no se ha procurado destruirlos por medio de
una cultura bien entendida, en su orjg'ell y des-
de el momento en que aparecieron.


El niño es dócil: el homhre formado tenaz.
I .. a juventud recibe muy fácilmente la luz que ha
de ser su guia; pero la edmI avanzada, no ba-
lIándose acostumbra.la á su hrillo, cirrra los ojos
al menor rayo que los hiere, no pndicdo sopor-
tarlo de modo al{;uno.




xx
, Asi aownente trabajando para los jóvenes po-


lIemos prometernos algun fruto. La luz que les
presentaremos producirá infaliblemente en sus co-
l'azones]as impresiones mas felices y duraderas;
ellos serán á su tiempo el lustre y ornato de la
sociedad ; penetrados de las máximas dc las leyes
naturales, respetarán los sagrados deberes que la
cimentan, gozal'án de todas las ventajas de una
unlon fundada en la virtud v conforme á las mi-


o) _


ras del tiriador, y IJallarán en este establecimien-
to admirable toda la felicidall de '-Iue los 110lllbres
sonsiJsceptibles en el mundo.


He aqui lo que me ha movido á publicar es-
tas Leeei-ones (le Derecho Natural y de Gentes.
que he estractado de la obl'a l"lrincipios (le De-
recho Natural y ,le Gentes de !\I. BURLAltUQUI,
que acabo de· publicar en 8 vol. en 8. o, y que
por lo luismo solo son propios para los' que ya
han recibido las primel'as nociones. Felices las
sociedades si sus gobernantes se persuaden al fin,
de que. sin' este cstudio, en vano se lisonjean de
hacer á los l-lOmbres Vil'tuosos, y de ver sus cuer-
pos políticos cimentados por la agradable alterna-
tiva de los servicios recíprocos.




\1.


DE DERECHO NATURAL
y DE GENTES.


-'


LECCION· PRIMERA. ' .


!De za naturaleza del. hombre y de sus facultades pnir-
.. cipáles, con re/acioR al derecho natural. '


EL derecho naturales el sistema de;: la.s;'r~glas de
justicia; y . equidad queba gtrabado Dios. en Nuestros w~·
razones, y que nos son reveladas por la xectarazon.
Estas rej;las tienl'n con la nalurall'za del homb¡:ela ,mis-o
llla relacion que las leyes' físi'cas con la . naturaleza de
los cuerpos: de manera, que asi cOIDO . é:splica, , la física
Jas leyes de lus cuerpos examinando su fOl'ma:(!ton y sus
propiedades, del mismo modo deberenios inquirir lll.s le-
yes .naturales, estudiando' la naturale~'a del .hombre y
sus' pdnGipales factll~ades.· . ,.¡.


El ):lOmbre es un' SEr dotado de inteligehcia y de ra-
zon, un ser compuesto de :un cuerpo.' organizadQ, y de
una a.1ma,racion31. Su cuetpo se forma de pal'te~ /ioli-:
das y flúidas, muévese ;nnturalmente',yaupq:úe áparec.t't
débil· al .principio,. crece,. ,y se desarl'<llla. p~tlO á.poco
con,: los alimentos que recibe,hasta, q!letllo&t-l'ándo.se en




(2)
toda su robustez y lozania, 'decáe. insensiblem'ente y pasa
á la ancianidad que le conduce .al fin á la muerte. Tal
es el curso ordinario de la vida humana, á no ser que
lo abrevie algnna enfermedadóalgun accidente.


'Pero adeifias de la admirable máquina de su cuerpo,
se halla dotado el hombre de una alma racional que le
distingue ventajosamente de los brutos, y por medi/) de
la cual piensa y püede formarse justas ideas de los di-
fel'entes objetos que se le presentan, puede comparar-
los mútuamenúi;' deducir principios conocidos de verda-
des desconocidas, juzgar con rectitud de la relacion que
las cosas tien~u;eñire sí y_ cOlH~l hombre, y deliberar
acerca de lo que debe hacer ó evitar, rejo')lviéndose en
su conse'cuelJcia á obrar de tal ó cual manera. Nuestro
espíritu recuerda lo pasado, lo une con 10 presente y
estiende sus mirasl hasta el .por.enir. ,Puede ver las cau-
sas, los progresos 'Y consecuencias de las cosas, y des-
cubl'Í~; '<;OTIlO ¡ de una sola' ,'rili-rada \todo el curso -de la
vida; lo qué le ,pone en e'stado ,de proveerse .de lo ne-
cesario para Sil sostenimiento; y sin que en nada de es-
to se halle sujeto á fuerza alguna que detel'minesu5
operaol;;)l\'es~,! de' 'un modo unifonne·.eS invariable" sino
que pUeae!l <úbral' ó no, smq>en'del": sus áccion~s! y, sus
movimiento!!!, 'ó 'dirigirlas Y'Jl'egularlas' como(cr.ea~ mas
OpOl<tutlÚ.:: '. ' '::: ;,. l' ' r


Las d"fe't~efltes partes de 'lque-se compone el hombre,
son fa . fllent~:de 'otras tantase,species de acciones. lJ nas
son ~S'piiituales porque sei'colIsideran ('onlo dimanadas
ú[JicamenÚ~' del',ehna, y talesusonlas de afirmar;: ne-
gnr, '.fu~gir¡.:disé'upr¡'q concebir,: m0ditar, etc. Oh~a3'cor­
porales porque son propias de solo' 'el ClJe"PO,' como,la
circulacion 'd'e :la:;.san:gl·e~, :eL latido deL corazon~ la di-
g.estionetc.i; y otr.as':haym~sta~ ,de cOl'P0rales Y' :espiri-
ttlales ,'porque 'provienen, de'¡:ambas . sustancias;,: como
las de, b.ablll;r,' ,anclar, Í'espirat";,~.nsegun a Igunosfisiblogis ... ,
tas ,tosi mO'Yiplientos de cabe1J!l ,";ojos. y Lrazos, etci,
"i Las actli&\-Ye5'Jque';d'ependan~del" ,alma, por ol'iginar ...




(3)
se·, Ó recihir de ella su direccion, se llaman acciones
humanas ó voluntarias; de donde se infiere que el al-
ma es el principio de las acciones humanas, y como
estas no se hallan sujetas á fuerza alguna que las de-
termine uniforme é invariablemente, como ya hemos di-
ho, pueden tener una regla que las dirija en utilidad
del que las ejecuta.' Mas para conocer esta regla que
dirige las operaciones del alma, debemos examinar las
facultades principales de esta.


! Preséntanos el alma, no obstante su sencillez, tres
{áeultades pl'illcipales que en. el fondo no son mas que
ctras tantas maneras de obrar; á sabe·r: el entendimien-


,10; la voluntad y la libertad. Es el primero aquella fa-
• caltad del alma por la cual percibe las cosa," (ormán-
dó~ . 'de ellas ideas para llegar á conocer la verdad.
Tres' especies hay de verdades; metatisica, wgica y mo-
ral .. Verdad metafísica es la existencia reaHde las cosas
roDfarme' á las ideas que nos han inducido ·á darles los
llombres con que 'las d~signamos. La verdad logica es
lt ,~artrormida.d de las ideas con Jos objetos que repre-
sentan; y en fin ]a verdad moral, 'en el sentido en que
aquí la tomamos, es la conformidad de nuestras ideas con
las relaciones qus tienen riuestras 'acciones con la ley.
Conocer pues la verdad en toda su estension .• es perci-
bir, las: cosas tales como son en si mismas, sus l'elacio-


. nes:con la ley, y formarse acerca de. ellas ideas confor-
mes ~ 'su naturaleza y á sus relaciones. con' l¡i misma
Jet., .
/uNecesario es sentar aq'ui como unpi·incipioincontes-.


tablé' que el: entendimiento humano les recto por su na-
turaleza, que tiene la fuel'za necesaria para conseguir el
c~nocitniento dé la 'várdad y para distinguirla del error,
especi~hntmte en tado aquello que interesa á . nuestros
debe~& 'Y que .lébe incli~ar á los hombres á una vida
"irtuogll~,. honesta y tranquila, siempre que el hombre
«irlja á Elste fin su' alendon y cuidado; concurren á
emJ\'eUéernos de la 'Verdad; d-e este prin'ci pio la esperien-




(4)
cia y los interiores sentimientos; porque aunque es ver-
dad que nuest.ro entendimiento es bastante limitado, qua
muchas veces recibimos con la leche maternal preocu-
paciones que con' dificultad corrige des pues 'la educa-
cion; aunq ue es \"erdad que otras \"eces nos arrastran ¡as
pasiones á los errores ma5 crasos, yque otras adop-
tamos varias· prop05iciones sin examiuarlas con la aten-
cion dehida, no obstante el grande interes que tenemos
en examinarlas y conocerlas {¡ fondo, la única consecuen-
cia que de aqui debemos deducir es, que es necesario
cultivar nuestra razon, de~onfiar de nosotros mismos,
aprénder á dudar y á suspender nuestros juicios, pl'eve-
nii' y hac~l'~ ·frente á nuestras pasiones y persuadirnos
íntimamente ·de qUe el entendimiento es por su natura-
leza justo' y\ recto, siempre que no concurre algun de-
fecto nuest,ro ft inducirlo· en error. ( réase á BURU)U.-
QUI, tomo' I~ pág. 9 Y sig.)


Por e&tos medios podemos~ en fin llegar á conocer cla-
ra y distintamente las cosas y sus relaciones, las ideas
y su conformidad con los objetos {}ue nos las escilan;, y
finalmente·'adqlliriremos el couocimiento de la verdad,
cuyo caráctel' esencial es la évidencia que necesariamente
produce unaconviocion interior que forma el m.ayor gra-
do de cerleza. Y aunque es verdád que no todos los:
objetos se. ofl·ecen.á nuestra vista con tanta ch\l:idad; y
que á pesat<de . que pongamos cuantos cuidados y aten-
cion es .pos¡'ble ,s.010 podemos alcanz;}!' á ver d6biles res,
plandores que segun su mavor ó menor fuerza produ-
cen diversos gnidcps de pro'ba:bilidad y de verosimilitud,
esto 'es una cOOlsecuencia necesaria de la limitaeion de
nuestt'as facultades.'


No obstante. basta que pueda' el hombre conocer con
certeza elÍ lo relativo á su destillo y estado, lo 'q:ue le
interesa para, su perfeccion y f.elicidad. He d.icho. con
certeza y no con evidencia pOI'que cU,Ellqu ier hombre pue·
de conocer con certeza sus deberes" Ilien sea pOI' medio
de sus estudios 6 'por testimonio: ageDo; pero solamcn--




(iJ)
' __ , pueden conocerlos con evidencia las personas ilustra-
... con superiores conocimientos.
rr::Es pues el óbjeto del entendimientu la verdad, á
~,ódescubrimiento deben dirigir~e. todos lus esfuerzos
.1 hombre; porque su conocimiento es la perfeccion del
entendimiento á que debernos aspi.rar continuamente, y
buanto mas nos acerquemos áél, mas el entendimiento
'I8'V~ perfeccionando.


,. Oponese directamente á la ,'enlad el error, que es
Ju~posiciotl de nuestras ioe.as con la uaturaleza y estado
de las cosas y de sus relllciones con las leyes. Sole¡ el
error puede ser el principio de las .acciones mnlas, pues
la ignOl'aiu)ia qUe muchas veces i se confu nde indebida-
mente con é,l, DO aiend'o en sí mus que una simple pri-
lVacion de ideas, no puede eaus-al' efecto alguno. Y á la
'Verdad 'siencln ,el ert'Ol' consecueucia necesaria de Un jui-
~io falso ,si.: 1M! abstuviera de juzgar .un ignorante no, po-
.iG' ser inducido,en e,·t~r, ni, obraria segun éL;.;porque
lotamente.: obramos 'por una detérminacion de la' volun-
taa"Ja:cuát PIÓ puede detel'lniuarse á accion alguna
sin tener de el·la un conocimiento prévio, verdadero ó
falso.


No obstante, si se cQnsiderá la ignoranciac(i)mo ,sien-
do ''Caus~ del el'ror, pnede ,tambien mirarse como 'prin-
cipio mediato de nuestras acciones, y este es el motin)'
de confundir 1,05 jurisconsultos la ignorancia con el error,
aplicando á '.la una lo que atribriyeh al otro; y en este
~btldo se ,distingne la ignorancia lo-m ismo tI ue el error,.
en: ¡gool'anda o 'error de hecho y de derecho, en volun-
tario é'irn'olU7l{ario, en vencible ó invencibLe, etc:
¡ ; La 'igncil~allcia: Ó error es de hecho cuandoignóramos
Ó nos equivocamos acerca de un hecho fIlle no es muy
conocido,y-de-dm-echo cuando acerca de la disposicio'f1
de una ley. Llámase tambien error ~e hecho el fIue co-
melemú,~ ~ua~d~av~nzamos ' un hech~ por igno'fimcia, en
~yo caso hay. un error' <5 un fal,so enunciado; pero si
el hecho falso lo avanzamos sabiéndo: que lo era, habría




(6)
en ello mala fé y ya no seria error. En cuanto á la ig-
lJOrancia de derecho solo puede comet.erse con respecto
al derecho positivo; pero nadie se presume que ignora
el derecho natural,'y ni aun la gente mas sencilla y
descuidada tienen escusa en esta materia. Nec eá re
l'Usticitati venia pra:beatur. (1)


La ignorancia ó el error de hecho comun es aquel
en que incurren ]a mayor parte de los que tienen inte-
l'és en sabel' un hecho que ignoran: acerca de este er-
rOl' es luáxima en derecho: error communis facit jus,
es decil' que esta máxima escusa asi al que ha incul'l'ido
en él como á Jos demas.


Un título entero emplearon los jurisconsultos roma-
nos pára' tratar espresamente de ]a ignoranCia de derecho
y' de -la de hecho' (2.) ; pero no tanto la consideraron
com.oejerciendo a'lguri ef-ect.o con respecto á las acciones
morales, cuanto C0tnO sirviendo para adquirir , conser-
var Ó 'p€'!l'deralgun' derecho ó alguna accion en justicia;
pudiéndose' reducir' todó cuanto 'dicen á que' la ígnoran-
cia ,de derecho se halla acompañada de algunanegli-
gencia' inescusable ,pei'Oque no sucede así- con la ig-
norancia de hecho; por lo cual exige la equidad que
5010: <da'ñe -O perjudiqué la' pri¡nera., Regulaest, juris
quldem 'ignomntiam cuique nocere, facti vera ignoran-
tiain .non nocere. (3) "
,j -La ;ignorancia en' q·ue; por culpa nuestra' nos halla-


mos" ó el error contl'aido por negligencia, yen que no
hubiéramos incurrido 'si 'tuviésemos cuantos cuidad'os y
cuanta atel1cion estaba /eD'lNlestl'as facultadas, es una ig-
norancia : voluntaria ,'Ull error -I'encible ; pero 'habra ig-
noranoia ,in¡Joluntaria y error' invencible,' si estos' son


" :


:. (


. (~): 'Lib.~ JI. Codo (le .in jU5: I vric. ' "',';', -; .
:. é 2) Digest. ,lib. xxn:, tito -t1.:Cod. lib. fI.1 tit; :x vnr. véase
i Do.mat, leyes civíles, e~c. P!iÍIled' parto lib. l. !it..·'~ VIII sect. l.
;. (3) Digest.; íbid~ loeg';'1X., :' ' :




(7)
~ tales qtie l no hemos podido ni prevenirlOs ni ~hazar­


, los, á pesar de babel' empleado todos los cuidados mo-
r&lmente posibles, segun la constitucion de las cosas hu-
manas y de la vida comun.


,Dist(oguese adema s la ignorancia ó error esellcial de
la ignorancia ó error accidel?tal. La esenciales la que
tiene por objeto alguna circunstancia necesaria en el asun-
to de que se trata, influyendo por esto directamente en
la accion que en su virtud se ejecuta, de tal suerte,
que á no concurril' ~ste error, no se hubiera llevado
á efecto: razon pOI' la cual se le llama tambien error
eficaz. Al contrario ,error accidental es el quena tiene
teladon, alguna necesaria con el asunto de que se trata,
y que pOI' consiguiente no puede considerarse como cau-
sa "eFda'dcra de la accion, '


Todas estas' especies diferentes, de errores pueden
reducirse' á dos clases generales: á errores de práctica
y á e;"ores de espeou,Zativa. Los pl,'imeros son mas fá-
ciles de 'dest::-llir, porque, enseñándonos frecuentemente
)a :"\espel·ienci~. que, prccisalnente los 'medios que ,emplea~
mos para SCI' dichosos son los que mas nos alejan de la
felicidad,·entregándono5 áhienes ilusorios que pasan fu-
gazmente, dejando únicamente en pos de sí ", dolor, Ó
vel'guenza', ~ volvemos á nuestrás primeras reflexidne5"du~
damos de las máximas que ciegoS', acogimos sin¡eXamefli
alguno, y las desechamos, y destruimos poco' á: 'poco ,il
gérmen' de nuestros estravios. Pero los erl'ores de espe-;
ctdativa' se arrargan mucho mas, pOl'qne raras veces nos'
)05 dá á conocer la e.,;periencia~ ,0cultas; sus ra ices eu nueS"1
ttosprimeros, hábitos é indinflci:Qnef' y ,faltos nosptr08 pou
lo comun del poder necesario .para "elevan'}{)s al· punt~
de su'naCimiento,nos hallamos c'Omo ;en un hb:ednto,
para sali('i'del,'cllal tentamos' to'dos:',los 'caminos, i)C/en.
donde au,,: dl1atu:I:o vemos qucnos hemos eq ni vocado en,
ellos, ntHl(j~r'1l1l110S cuasi nUrica;á úOlTÍprendel' 'Qómo' po-
dremos eonseign'ir: nu~stro objeto', Pe'ro estos ert'oreg,; son,
pocopeligrosos;&ieinpre que 'hP inftuyah en l1uestru·co'l'"




. (8)
ducta, y aun dado caso que lleguen á influir pueden ser
corregidos por la esperiencia.


Mas no bastaba que tuviera el alma la facultad de
1"Cpresentarse y de conocer los objetos, sino que 'ademas
debia existir un principio de actividad que la pusiera en
lno\"imiellto, una facultad por la cual se determinase el
hombre, despnes debaber conocido los objetos que se
le presentan, á obrar Ó lIO, segun creyera conveniente:
y esta facultad es la que se llama !'oluntad. Es pues la
'voluntad aquella potencia del alma que la determina á
buscar por sí misma y en virtud de un principio de
actividad ,inherente á su naturaleza, 11) que le es con-
veniente , á obrar con resolucion, á hacer una accion (,
DO ejecutarla, atendiendo siempre á su felicidad.


La felicidad es aquella satisfaccion interior del al-
IDa que proviene de la posesion de algun bien. Jhen es to-
do lo que conviene al hombre para su conservacion, per-
feceion, comodidad, Ó para sus placeres reales. Al con-
trario, mal es todo lo que es opuesto á la conserva-
cion, perfeccion, comodidad y á Jos placeres reales del
hombre.


Refiérellse á ]a voluntad los instliltos, las indinado ..
nes y las pasiones. Instintos son sentimientos escitados
en ·el ahna por las necesidades del cuerpo que la de-
terminan. físicamente y 'jo pena de muerte á satisfacerlos
sin dilación. He dicho físicamente, 110 porque piense que
la armonía del alma y la. del cuerpo se ejecutan por
medio de una aecion recíproca, sino porque el alma no
podria dilatar la satisfa<.cion de las I1€cesidades físicas
del cuerpo, sin desorJenar su mecanismo, causando Sil
completa destruccion .


. Entendemos pOl' ¡:nclinaciones aquellos estímulos de
la voluntad que la dirigen hácia ciertos objetos determi~
nados, de un modo igual, tranquilo y tan proporcionado
á todas sus dperaciones' que lejos de turbarlas las facili-
tan por lo regular. Las pasiones son movimientos mas
impetuosos y turbulentos que sacan' al alma de su na·




(9)
tural asiento, inipidiéndQla por 10 comun dirigir bien sus
operaciones. No obstante, instintos, inclinaciones, pasio-
nes, etc. no son mas que distintas voces con que se es-
presa los actos de la yo/untad, segun los objetos y el
grado de fuerza que la determinan á ellos. La única di-
ferencia que en ellas se observa es, que lo que en general
se llama jnelinaciones y pasiones consideradas en cada
hombre en p:lrlicular, se diferencian y varian notablemen-
te; pero los instintos son siempe los mismos en todos
los hombl'cs, porque dependen de las leyes mecánicas na-
turales y necesarias, al contrario que la3 pasiones é in-
clinac\Oue'i JepellJen absolutamente de la Tibel'tad,


Detel'lnínase siempre. ~ alma á sus operaciones en
virtud de un principio i~emo y de su voluntad, sin
verse obligada ni por su propia naturaleza, ni por otl'a
fuerza estema; /0 que se llama obrar libremente. Es pues
)a libertad un principio interno del alma por el cual se
determina á obrar; modifica y regula sus opel aciones á
su placer, de suerte que puede ó suspender sus accio-
nes y deliberaciones ódirigirLas hácia olra parte; en una
palabra decidirse y oorar segun su el€ecion y COlllO
crea mas conreniente, Fáeil es de conoc-el' que solo de-
finimos aquí la libertad fisica, porque la libertad moral
es mas - diferente; pero no es oportuno hablal'· ahora de
ella. .


Deducese de lo dicho que podemos considerar la li-
bertad como una facultad de elegir lo que creemos
conveniente á nue~tra dicha, v la voluntad t:omo el acto
dé esta facultad ó última dete;'minaciol'l que la pone en
práctica, Esta escelentc facultad presta al hombre una es-
pecie de imperio sobre sus acciones, y le hace rcspon.,.
sable rle ellas, pOlliéntlole en el caso de elegidas, sin
lo cual no se le podrianimputar.


Fácil esde ver 'iue el objeto de la libertad debe ser el
bitm; porque debe recaer la eleccion del hombre sobrll
Jo que conviene á su verdadera felicidad, y como el bien
es uua consecuencia de lo verd(ulero, puesto que lo, falsa




(tU)
no nos pueda c-onducir á él, se sigue fIue la lihertad
llopocl!'a elegÍ¡' el bien, si no descub¡'e antes el enten-
dimiento lo verdadero: y he aqui otro motivo que nos
manifiesta la necesidad de perfeccionarnos, porque sin
conocer lo verdadero, na tiene ninguna guia la libertad
para elegir el hien, ni hay seguridad en nuestra con-
ducla.


llehemos observar acerca de]o verdadero que cuan-
do llega á verse herido nuestro espíritu por la eviden-
cia ya no podemos suspender IIuestro juicio, porque la
evidencia destruye todos los esfuerzos que hagamos con
este objeto; y asi conociendo el torio y sus partes te-
nemos que confesar que el todo es mayor que una de
sus partes é igual á todas juntas. Pero no sucede lo
mismo en aq~ellas ideas acerca de las cuales 110 tene-
mos evidencia; porque entonces nos vemos enteramen-
te libres para formar nuest¡'os. juicios, y allllClue natu-
ralmente nos sintamos inclinados hácia el juicio que lJOS
pai'ece mas verosimil y probable, no obstante, como
la probabilidad no nos quita las dudas acerca del juicio
contrario, 'puede pl'Ouucir en nosotros 'mas ó menos fuer-
za, pero nunca es irresistible, como la que produce la
evidencia; y a!5i podemos decir que donde mas se des-
plega la,libertad humana para, el conocimiento de lo ver-
dadero es en los casos en que interviene solamente pro-
babilidad; y como un hombre ilustrado llega á adqui-
rir la evidencia de las cosas con mas frecuencia que un
ignorante, es claro que aquel es menos libre que este;
pudiéndose decir que la libertad física para conocer lo
verdadero está en razon l;eciproca de los conocimientos
que cada UllO tenga.


No debemos sin embargo deducir de aqui que las
personas ilustradas sean [nenos libres que las ignorantes ó
simples, error'que daremos perfectamente á conocer con
5010 preguntar si ¿ habrá alguno que quiera ser ignoran-
te ó mentecato, porque, 110 pudiendo estos conocer la
evidencia de las cosas sino muy raras veces, se dete¡'-




....


(JJ)
minan á obrar en virtud de reflexiones sábias , con menos
frecuencia que un hombre ilustrado y de buen sentido?
"',Dar el nombre de libertad á la facBltad de permane-
cer sin saner á que resolverse comu sucede con las co-
sas dudosas ó inciertas; llamar asi la facultad de hacer
el loco y de convertirse en juguete de la miseria y dé
la vergüenza ¿no es deprimit' un nombre tan noble? Si
consiste la libertad en sacudir el yugo de la razon, en
no someterse á la evidencia que nos aparta de lo peor,
si á esto se llama, repito, verdadera libertad, deberán ser
únicamente libres los locos y los mentecatos, La natu-
raleza de la libertad consiste propiamente en la eleccion:
el que no sabe elegir no sabe ser libre: tal es el caso
en que se hallan los ignorantes, necios y mentecatos. Al
contl'ario solo merecen el nombre de agentes libres los
que conociendo la naturaleza de las cosas se hallan en
estado de escoger.


Pero hay"que hacer una observacion muy importante
sobre esta materia "á saber: que es muy libre el hom-
bl'e para obrar con respecto á los hienes y males parti-
culares, pero no cuando se trata del bien ó de,! mal en
general. Perfe(cíonando el bien nuestra existencia y des-
truyéndola pOlo el contrario el mal, abrazamos el prime-
ro y evitamos el segundo, por una consecuencia preci-
sa de aque\l.a ley fisica y por consiguiente necesaria que
nos prescribe nuestra propia conservacion: pero con 'res':'
pecto á los bienes y males en pal,ticular, podemos: ele-
gir libremente por la misma razon que no podemos ha-
cerlo cuaudo se trata de ellos en general. Porque ha~
liándose el hombre por su destino en una ahsoluta ne-
cesidad de desear y de buscar el bien y de huir elel mal
en general, sino fuera libre con respecto á ellos para es-
to, se veria espuest-o á cada momento á elegir lo que le
repugnaba, puesto que se le presentada el bien bajo las
apariencias del mal y vice-versa; se veria inclinado ue-
cesariamente á buscar el bien y evitar el mal, y no ten-
dt'ia la facultad de distinguirlo:> pOl' medio de una de~




(12)
tenida reflexion,' lo que seria una contradiccion ma-
nifiesta.


Ademas, sienao la idea del bien en general una idea
simple, es clara y evidente y no puede menos de con-
cebirla la voluntad; pero siendo al contrario la idea del
hien en particular muy compleja, lJO lo cou'cebimos tan
}lronto y en toda su t:steusinn, y se nos presentan mez~
ciados los males con los bienes particulares y vice-~ersa,
Agrégase á esto la razan de que cada objeto causa en el
hombre diferentes impresiones segun las diversas afeccio-
lles que escita en él;' porque unos le afectan, por
ejemplo, en su estimacion ó en su orgu 110; otros hieren
sus sentidos esteriores fasdnándolos por el placer, y otros
le interesan por su amor propio que le induce á su pro-
pia conservacion, y consideraudo el hombre los prime-
l"OS como honestos y convenientes, lus segundos como
agradables y los últimos como útiles, cada UllO de estos
hienes en particular arrastra al hombre en pos de sí
con mas ó menos violencia seguu la. fuerza de las im-
presiones que causan en su corazon, Pero la ,reflexioll y pOLo
consiguiente la libertad ayuda entonces al hombre á dis-
tinguir lo real de lo apar~nte, y el bien sólido y dura-
dero del falso y ti ansitorio.


Todo el sistema de la moral se funda en esta libertad,
R~flexiones, deliberaciones, acciones, investigaciones,
juicios; todo esto supone libertad. De aqui las ideas
del bien y del mal, del vicio y de la virtud; de aqui la
alabanza Ó. vituperio, la aprobacion ó reprobacion de nues-
tra conducta ó de la agcna; porflue si no supusiéramos
la libertad no existirian los afectos y sentimientos natu-
rales de los· hombres UlIOS hacia otros, como la amistad,
la benevolencia, el reconocimiento, el odio, la aversion,
la cólera, las quejas é insultos. En una palabra,· como
{!sta prerogativa es en cierto modo la llave del sistema
de la humanidad,si se la quitara al hombre se con-
fundiriay trastornaría lodo.


Llamáuse acciones ,'oll/nlarias las que de tal modo




- (J.3)
dt>penden de la voluntad humana que no se ejecutarían
sin determinarse á ello la voluntad por algun acto in-
mediato, precedido del conocimiento de) entendimiento,
y que por consiguieute puede c:ala u no ejecutar ó no.


Toda accioD volulltaria lleva consigo dos cosas: una
que se puede considerar como la materia de la accion,
y otra como la forma: la primera es el movimiento mis-
mo de la accion considerado precisamente en sí mismo;
la segunda es la dependencia en que está este: movi-
miento de un decreto de la voluntad, en virtud del cual
se sabe que la aceiun proviene de una cansa libre y ca-
paz de resolverse por sí misma. El ll,SO actual de la ae-
cion considerado precisamente en sí mismo, se llama con
mas propiedad arC{OIl de la volulltad que no accioll li-
bre; porque este último título se dá únicamente al mu-
vimiento de las facultades considerado como dependiente
de U!la dctel'lniuaciol1 libre de la voluntad: pero se con-
sideran tambien las acciones voluntarias, ó absoluta-
mente y en sí mismas como movimientos físicos promo-
vidos por un decreto de la voluntad, ó bien como que
susefectos pueden imputarse al hombre. Ctrando enciCl'-
ran las acciones voluntarias esta segunda mira, tienen el
Dom bre <le accioncs IUllJwllrls, y como somos ten i{los por
moderados ó atrevidos sC(!.Ul1 que ejecutamos oehida ó
illd;~bidamente e~tas aeeione:>, es decir, segun convienen
o no con la ley quc es su rt';:ila, y COIIIO se di! el nom-
L· el l ' 1 l' .. . l' l re e costllfll,J/"{'S a ~n Gi3pOS!ClOlleS mIsmas GCI atina que
resultan de muchos actos rc¡t~rados, ilevan tambien las
acciones humanas el títu,lo de accion('s moraü,.I'. (Vá:LSC
sobre esta lercioll d LOCL!'" .\'o[./,c el entendimiento hu-
mano; a ~I.'1 LnU,l'\'ClíF., lnvcstt~;a({()lles de la ?H'rdad;
á'VOJ.FIO, P.i)"dw!. (,1IIpil". e[ mttoll.; CW,"OILI,AC, Ori-
gen de los conocimientos humanos; Bor .... KET, Ensayo
analítico sobre .'as facultades del alma; á BURLA~A¡~Ur,
tomo 1, C<ip. 1 y n. .




(J4)
I,ECCION JI.


El hombre es una criatura capaz de tI/reccion moral y
rec1poflsable de sus acciones; ,}'us diversos estadus.


Resulta de la uaturaleza dcl homhre que acabamos de
esponer, (lue es una cl'intura rC'almente capaz de elegir y
dirigil' sus acciones)' conducta, puesto qlle puede conocel'
por medio de SIlS facultades la rlaturaleza de las cosas y sus
relaciones con su felicidad, y (I11e ¡me,le detenerse á ele-
gil' con sensatez lo que le conviene. No sin fundamento,
pues, hemos esplicaJo la teoria de sus principales facul-
tades, antes de inouirir las reglas que debe seguir en su
conducta. Y CII verdad, puesto que estas reglas nos de-
ben servir para distinguir [o q!le es Jlaturallllente bueno
de lo que es malo naturalmente; ¿como ddenninaríamos
esto sillo es conociendo [a esencia y [a naturaleza del
hombre y de todas las demas cosas, y cOllsiderando la
conveniencia ó discordancia de las acciones con esta esen-
cia y naturaleza? La espel'lcncia confirma esta verdad.
Figurémol!os que a[gllllo nos dá IIIJa cabal idea de las
leyes df' la naturaleza, y que examinamos despues la
natm'akza y esencia del hombre y de las demas eOlias;
y comprenderellws claramente por este medio la razon
por que dehen 5l:'r reguladas ~. determilladas lluestl'é1S ac-
ciones libre;; del modo que 1é1 regla lo prescrihe. Suce-
de con las ¡t'yes morales lo que con las icyes física¡;
(ple son tan conformes á la naluraleza y pl'Opiedaues
de los cuerpos, que no Plledc muuarsc lIi tilla sola sin
destruir el ulliverso cnlerailWIJ !P.


Puesto que el hombre puede seguir la conducta qne
¡;usle, ,es claro que se le (J¡>bc telH'\, por autol' inmedia-
to de sus accion.es; que es responsable de ellas y fJue
l5e le pueden imputar con razon; ponlue imputar una
accion á algllno, es atribuírsela corno á su verJadero
autor, pouerla por decido asi á cuent;t suya, y hacerle




eH})
responsable de ella; de b que claramente se deduce que
toda accÍon voluntaria es susceptible de implltacíon, ó
que toda accion Ú omision verificada por el hombre pue-
de decirse que ha sido causada por aquel en cuyo po-
der consistia que se velificase Ó no, y que al contrario
toda acciul1 cuya existencia Ó no existencia UD ha depen-
dido de nosotros lIO se nos puede imputar. (Véase á
BVRLAlIIAQt:I, tomo 1, cupo lIT; á PUFf'.E~DOr,FIO, De-
nxho natural y de gente.\', lib. lo cap. Y.


Los diferentes estados del hombre no son otra cosa
que la situacion en (lue se halla lespecto á los seres que
le rodean, con las relaciones que de aquí resultan. Pue-
den reduci¡ se estos diversos est:o¡dos á dos clases gene-
rales: los unos son estados primitivos y originarios, y los
otros accesorios () adventicios. Epitccto comprendió en
muy pocas palabras estos estados que el ho,~bre debe
tener en consideracion para juzt;ar con prudencia acerca
de sus deberes naturales. «Reuues en ti, dice, cnalida-
»des que exigen el cumplimiento de muchos deberes; eres
)jhombre, hahitante ud mundo, hijo de Dios, hermano
),de todos los homhres. Rajo otros conceptos eresademas
»)senador Ú ocupas alguna otra dignidad, eres jó,'en ó au-
)Jciano, hijo, padre ó marido. Medita las obligaciones
2Jf{ue te imponen todos estos nombres; y ten sumo cui-
l.>dado de no deshonrar n:nguno.»)


Estados pues, primitivos y original'íos son aquellos
en que se halla el hombre colocado por el mismo Dios,
independientemente de hecho alguIJo humano. Estos es-
tados son tres, sef,un los tres diferentes modos de con-
siderar al hombre. LO Como hombre, esto es} como un
ser inteligente y racional. ?,. o Como criatura de Dios,
y recibiendo de este Ser Supremo su existencia, esen-
cia y facultades, etc; y 3.0 como miemhro de la so-
ciedad.


El hombre debe conocer lo primel'o, siguiendo el
orden de sus pensamientos, que existe y que es algo,
esto es, un ser participante de la humanidad. «La mis-


.


.




(16)
ma naturaleza, dice Cieeron, 1I0S ha dado por decirlo
asi, cierto orgullo y nobleza, elevándonos sobrc los de-
mas animales.»


Remontándose despucs el hombre á su origen conoce
que dene su existencia, su esencia, cualidades etc. al Ser
Supremo; pOrll'le por poco que use dc sus facultades y que
sc estudie á sí mismo, reconoce indLlrlahlcn~cnte que ha re-
cibido la vida, la razon y cuantas dotes le adornan de
este Supremo Hacerlor, y que en todo esto esperimenta
diariamente, dei modo mas. sensible, los efectos del po-
der y de la bondad del Criador.


Finnlmente, el tercer estado primitivo y originario es
aquel en que se hallan los hombres, unos con respectfl
á otros. Ha bitando todos una mÍsma tierra; vecinos los
unos de los otros, con uua naturaleza comlln, con las
mismas facultades, (;on las mismas inclinaciones, con igua-
les necesidades, con los mismos deseos, necesitándose
unos á otl'OS', y no pudiendo procurarse un estado agra-
dable y lran([uilo sino presÜndose sus mtituos auxilios:
esta es la l'ansa porque se les advierte unidos por una
mlÍ.tua inclinacioJl natural, qne establece entre ellos cier-
to comercio dc servicios y de Cwores, de donde resulta el
bien cOll1un de todos y la ulilidad de cada UIIO en par-
ticular. El estano natural de los hombrcs entl'c sí, e~
pues un estalhl de union y del soeie(:hd, pllesto qlle la
,wr:¿cdad !lO -cs otra cosa que la union dc mlle/zas perso-
nas para protnol'cr el hicll C01711111.


Pero siendo el hombre por su natllreleza un ser li-
bre puede modificar considerahlemente su prilller est;¡c!o
y da,' pOI' m(~dio de diversos estahlecimientos UlI nuevo
aspecto á la vida. humana. De aqui la fOl'macion de Ins
estados accesorios () adventicios qne son jlropiamente ob!':!
del hombre, y en los que se encuentra colocado por sus
IJI'opios actos, y en consecuencia de los establecimientos
de que es autor.


-El primero de estos estados accf'sol'ios es el de fa-
m,t·o; sociedad la mas anti¡;ua y natural de todas, y




(17)
que sirve de fundamento á la sociedad civil, puesto que
un pueLlo ó una nacion no es mas que un compuesto
(, congregacion de muchas familIas. Las familias princi-
piaD su formacion con el matrimonio, union <Í.c¡ue la
misma naturaleza convida á los humbres, y de la cual
nacen los hijos que, perpetuando las familias, sostienen
la sociedad humana y reparan las brechas que la muer-
te abre en ellas diariamente. Diversas son las relaciones
que produce el estado de familia, á saber: la de mari-
do y muge .. , de padre, de madre y de hijos, de her-
manos y de hermanas, y todos los dem:ls grados de pa-
rentes~o que son el primer lazo que une á los hom-
bres.


Otro establecimiento muy importante que produce un
nuevo estado accesorio, es la propiedad de Lienes; ella
modifica el derecho que tenian originariamente todos los
hombres á los bienes de la tierra, y distin¡.;uicudo cui-
dadosamente lo que debe pertenecer á cada uno, ase-
gura á todos el goce tranquilo y apacible de lo que po-
seen; lo que eE un medio muy oportul1o de mantener
entre ellos la paz y Luena armonia.


Pero entre todos los estados producidos por hecho
de los hombres, es el mas considerable el estado civil,
ó el de la sociedad civil y del gobierno.


El carácter esencial de esta sociedad, ({ue la distin-
güe de la mera sociedad natural, es la subordinaciull á
ulIa sociedad soberana, que representa el lugar de la
igualdad y de la independencia, cuya uaturaleza e:il'li-
caremos al tratar del llerecho de gentes.


La sociedad civil y la propiedad de bicne~ hall origi-
nado otros muchos establecimientos que son la hclléza y
el ornato de la sociedad, y de donde resultan otros taB-
tos estados accesorios, como son los diferentes cargos de
Jos que tienen alguna parte en el gobierno, los l1laÍ:Í¡s~
trados, jueces, ofi('iales, príncipes, ministros oe la rcligiou,
doctorcs cte., á los que se deben afladir los que pl'O-
ducen las artes, los oficios, la atiticultura, navegacion y




(18)
el eomercio con todas sus depenlleucias; )0 que forma
litros tantos estados particulares que hacen muy variada
la dda humana. l F('ase á Bld',L.L\IAQ<JI, Derecho natu-
ral, cap. nI y IV. tomo 1, pág. ,;,1 Y siguientes; á
J)rFFEXJlCltFlO, Dacch.o natural)' de gentes, lib. I.
cap.!. §. VII Y si;.)
LECCIO~ I!I.


El hombre debe seguir llna ré'gla C'n su conducla; mc-
dios de hallarla r fundamentos del derecho en ge-
neral.


Por regla entendemos aqui un prillcipio, una máxi-
ma que proporciona al hombre un medio seguro y pron-
to para conseguir el objeto que se propone.


Tanto la naturaleza del hombre como sus necesida-
des, reclamaban que hubiera principios fijos en su con-
ducta y que se conformasen sus acciones á una regla, pues
que al dotarnos Dios de una alma no fue su único ob-
jeto animar nuestro cuerpo y preservarle de la corrllp-
clon. La manera como somos formados, la estructura ad-
mirable de nuestro cuerpo, su íntima union con el al-
ma , todas estas cosas nos manifiestan que no ha for-
mado Dios á )05 hombres de tan admirable modo para
contcmplat' con frialdad cual se destruye á merced del
capricho su mas belia obra.


Nosotros somos creaciones de un Ser infinitamente
sabio, y uinguna criatura suya es abandonada en sus ope-
raciones á los caprichos del acaso, como se ve por la
constante uniformidad de sus producciones 11 de sus efec-
tos. Si elevamos los ojos al cielo veremos que todos los
astros estan sujetos á seguir en sus revoluciones, reglas fijas
que les obligan á mostrarse y dl'saparecer á su debido
tiempo, de modo que pueden reducirse sus variaciones
á cálculos seguros. Si tendemos )a vista por la tierra
que vegeta á nu~stros pies, descubriremos maneras de




(10)
proceder tan constantes como dignas de admil'acion. To-
dos los animales de una misma especie tienen la misma
configuracion; todos pt'Oceden o son estimulados á su
propagacion pOl' leyes constantes y eternamente observa-
das; ¿y habia de ser el ser racional el único que viviese sin
reglas y sin leyes, que desmintiera su naturaleza, que se
hallase dotado en vano de inteli"gencia, y que naciese con
lJlj sentimiento de órden lÍnicamente para tener el privi-
legio de apartarse de él á merced de sus deseos? ¿ I,e
habría colmado Dios de los dones mas perfectos solo pa-
ra darle mas medios de substraerse á su depender.cia? ¿Y
:se podria concebir siquiel'a que hubiese un ser creado
que no se viera obligado á obrar conforme á las miras
del que le dió la existencia? ¿ Hubiera obrado sabia-
mente el Criador, sino se hubiese propuesto en la pro-
duccion de sus criaturas, fines convenientes á su natu-
raleza, sino las sometiera á hoyes que las condujesen á
estos fines? ¿ Nos presentan idea alguna de sabiduría el
caos, el desórden y la confusion? ¿ Y no se deduce al
contt'ario, del órden constallte que reina en el mundo
que este es ob,'a de una uaturaleza mas perfecta y su-
p,erior á t.odo cuanto nos rodea? Por otra parte, des-
pues que Dios ha coordinado todos los demas seres con
infinita sabiduria, ¿ habria abandonado al desórden las úni-
cas criaturas racionales? Jamás hallará cabida ef.ta pre-
suncion en el espíritu de un hombre racional. En efecto,
Dios le ha criado con un fin sabio; y al darle una na-
turaleza mas superior que á sus demas producciones, for·
mó la Di\'inidad designios mas sublimes acerca de su des-
tino.


Quiso que la felicidad de que le hacia capaz l4} con-
siguiese á título de recQmpensa, y la reco~ pensa supo-
lle méritos y los méritos libertad para adquirirlos; asi
fue que dejó Dios al hombre á merced de su propiu al-
'Vedl'Ío y le hizo llevar en sí mismo el principio de IIUS
determinaciones, y obrar por eleccion; pero como una
cl'iatlll'a está espuesta á equivocarse en su ele~cion de-




(20)
be ser regulada al tenor de las nociones ([ue la razon
le dá: he atIui pues la regla y la necesidad de que esta
exista.


La regla supone indispensablemente un fin que se
consigue conformándose tÍ ella; pero por poco que re~
flexione el hombre sobre su esencia reconocerá en breve
que nada hace sino con la mira de su felicidad, último
resultado que se propone en todas sus acciones, ó l:tltimo
término á qne las dirige. Verdad es esta que sabemos
por el . sentimiento Intimo y continuo (Iue tenemos de
ella.


Tal es en efecto la naturúleza del hombre; amarse
necesariamente, buscar en todo y por todo su convenien-
cia, y no poder jamás separarse de ella. La llaturaleza
nos hace desear el bien, y le buscamos por necesidad. Es-
te deseo precede á todas nuestras reflexiones, sin que de-
penda de nuestro alvedrío el tenerlo o no; porque uos
domina y llega á ser el movil de todas nuestras determi-
naciones, y si nuestro corazon se inclina hácia algun bien
l)articular, es por la impresion natural que nos impele
bácia el bien en general. Por eso no depende de noso-
tros el mudar esta inclinacion de la voluntad que nos
ha dado el mismo Criador; porque, á la verdad, aun-
que es conforme á la naturaleza de ¡todo ~er inteligente
y racional obrar siempre ccn cierta mir~ y con un fin
determinado, no es mellaS evidente que esta mira o este
fin, es siempre eri último resnltado el mismo, es decir, el
de su propia utilidad y felicidacl. El deseo de la felici-
dad es pues tan esencial al hombre como su raZOll; y
le es inseparable, ponlue de lo contrar:o habria contra-
cliccian en suponer ·Ull ser racional que se desprendiera
de sus intet~eses, ó (Iue mirase con indiferencia su pro-
pia feliciaad~ Finalmente, el mismo móvil observamos en
los que se abandonan á sus pasiones, entregándose :'t los
crímenes mas \'ergonzosos, puesto que busca~ Sil felici-
dad causando aquellos males, y que se creen infelices
:>ua:ndo no pueden conseguir el goce que se prometen




(2J.)
del. cumplimiento de sus deseos, y al contrario dichosos
cuando lo han obtcnido.


Pero no por esto uebcmos consiuerar el amor propio
yel sentimiento que nos incliua á nuestra felicidad como
un principio malo por su naturaleza, y como fruto de la
depravacion; porque esto scria acnsar al autor de nues-
tra existencia y convertir en ponzoiia sus dones mas pre-
ciosos. Todo cuanto recibimos del Ser Soberano perfec-
tamente, es en sí bueno, y si se quisiera condenar este
sentimiento como malo en sí, á prelesto de que el amor
propio mal entendido y mal dirigido es origen de mul-
titud de desórdenes, se deberia condenar tambien la
razon, pues que de los abusos que de ella hacen los
hombres provienen los errores mas groseros y los mayo-
res desórdelles. Por otra parte nadie condena el amor
para con nuestros semejantes como un principio malo
po.r su naturaleza, y el a mOl' á nuestros semejantes es
una consecuencia necesaria del amor propio, como lo
mauifestaremos con mas claridad mas adelante.


Pero aunque cs verdad que todo cuanto hace el hom-
bre es con la mira ele su felicidad, no es mellaS cier-
to que solamente podrá conseguirla por medio de la ra-
zon; porque el h(j)mbre esperimenta que hay cosas que
le convienen y otras (iue no le convienen; que entre las
primeras no le prestGo todas igual utilidad, sino cIue unas
le convienen mas cIue otras; finalmente, que esta conve-
niencia ó utilidad depende por Jo regular del uso que ha-
ga de ellas, y que ¡¡(luello mismo que puede serie útil
usándolo de cierta manera v con cierta medida, no .le es
'útil si se cscede de los límites de este uso. De suerte
que solamente reconociendo la na~uralcza tIc las cosas,
y las relaciones que tienen entre sí y con nosotros mislnos
podemos saber su conveniencia ó disconveniencia con
nuestra. felicidad, distinguir lo bueno de lo malo, dar
á cada cosa su lu~ar debido, su verdadero prccio, y
regular por consiguiente nuestros deseos é investigacio-
nes; pero' el medio único de adquirir este ditlccrnimieu-




(2~)
to es el de formarse ideas justas de las cosas y de sus re-
laciones, deduciendo de estas primeras ideas las conse-
cuencias que se derivan por medio de raciocinios exac-
tos y bien seguidos. JJuego á sola la razon pertenecen es-
t.3S operaciones; porque en cualquiera sentido que tome-
mos la palabra raZ01l, siempre significará el principal ins-
trumento que nos sirve p~l'a descubrir y demostrar la
,"erdad. Luego todo hombre que es guiado por una fa-
cultad cuyo lInico empleo es distinguir y demostrar la
verdad, será necesariamente discípulo de la verdad y no
}Jará nada que sea contrario á ella; por consiguiente dis-
tinguirá los bienes de los males, colocará cada cosa en
su clase y las estimará en su verdadero precio: punto
único á donde viene {¡ parar, ó mas hien, á donde dpbe
venir á parar todo el saber humano.


Pero aun hay mas: uo hasta, para cUllseguir la fe-
licidad, formarse ideas Justas de la naturaleza y estado de
]as cosas, sino que es tambien necesario que siga cons-
tantemente la voiuntad en nuestra conducta estas ideas V
estos juicios; y solo la razon es la f{Ue puede comunicar ;1
nombre y sostener en él la fuerza necesaria para hacer
hu en uso de su libertad, y para determinarse en todos
los casos conforme á las luces del entendimiento, y á pe-
sar de las impresiones y estímulos que podrian inducirle
á lo contrario.


Se ve pues, que bajo todos asp-ectos es la razon el
único medio que tienen los hombres de llegar á la feli~
<,idad, fin principal para fine la recibieron. A él se di;
l'igen todas las facultades del alma, y asi es que la mis-
ma razon nos puede indicar la verdadera regla de las
acciones humanas. En efecto, sin esta fiel guia el hom-
bre viviria guiado por el acaso; sin conocerse á sí mismo,


. ignorando su orígen y su destino, el uso que debe ha-
, cer de cuarlto le rodea, y semejante i un ciego, trope-


:zal'ia á cada paso, y se estraviaria sin fin alguno, como
en un laberinto.


Debemos deducir de todo esto que la primera idea




(25)
que nos dá la palabra dcrecho, tomada eH el sentido mas
general y con el que tienen cierta relacion todos los sen-
tidos particulares, no es mas f{lle 10 que conoce y aprue-
ba la razon como un medio sesurú y prouto de conseguir
la felicidad. Esta definicion es una consecuencia de los
principios que hemos establecido; porque, puesto que
el derecho, eu su primera nocion significa todo lo que
dil'ige; y puesto que In direceion supone un objeto, un
fin al cual se quiere llegar; que el último fin del hom-
1re es \;J, felicidad, y finalmente puesto que el hombre no
Jmede llegar á conseguir esta, sino por medio de la ra-
20n, dedtícese evidentemente que el dacclto ell general
('S todo lo que aprueba la razon como un medio segu-
J'O y pronto de cOll.'cguir la felicidad. Asi tambien, en
consecuencia de estos principios, cuanclo la razon se ha-
]Ia satisfecha de sí misma por encontrarse bien cultiva-
da, y en aquel estado de perfeccion en que sabe usar
de todo el discernimiento que 'le es propio, se llama rec-
ta razon por escelencia, como que es el primero y mas
seguro medio de direcciol1 fIne tieue el hombre para ir
á su felicidad, A este mismo principio se atuvieron los
jnriconsultos romanos, cuando dcfilJicl:on el derecho ó la
ley del hombre una razon inculcada en la naturaleza,
que matula lo que debe lWGel:í'C Y' prohibe lo contrario:
Le.x est ratio insita in natllrd, qUa? jubet ea qUa? ja-
cienda sunt, pl'Olu'belque contraria.


LECCIO~ IV.


Reglas gCllemlC'.\' de conducta que l?0S suminútra la ra-
ZOll. Nallll'{t!e::;a y pri/,'lf"OS fUlldamentos de la obli-
gaclOn. Del dacclw ~'V de la obl/gacion que le es inhe-
r(,lltc.


Puesto que hemos conocido por la leccion preée-
dente el guia fiel (IlIe debe dirigir todos nuestros pasos,
le preguntaremos ahora las reglas principales de nuestra




(24)
conducta, y los caracteres de Jos verdaderos bienes y
males, para marchal' siempre por el camino de la ver-
lladera felicidad.


IJa primera regla que nos dá la razon concierne al
conocimiento, y difereucias de los Lienes y males, acon-
sejándonos que e,,)xlmincmos COIl atcnciOll la Tlatlll'ale;:,a
de los bicnes y de los malc.\', y que observemos con
cuidado sus difercncias, para saber dar á cada cosa
su justo valor: exámen no dificil de hacel', pues con so-
lo prestar una ligera atencion á lo <Iue diariamente es-
!Jerimcntamos sabemos:


1. o Que componiéndose el hombre de cuerpo y al-
ma existen tamLien Lienes y males de dos clases, á saber,
espirituales y corporales, siendo los primeros los que
a'fectan principalmente al alma, y los segundos los que
tienen su lugar en el cuerpo y que le afectan particu-
larmente.


2. o El segundo discernimiento que nos aconseja bacer
la razon de los bienes y de los males, es el de separar los
verdaderos de los aparentes. Porque muchas veces 105
estrechos límites de nuestro entendimiento, y nuestras
pasiones nos impiden distinguir la realidad de las apa-
riencias, en cuyo caso solo la razon nos puede guiar
con seguridad.


3. o Debemos tambien calcular la duracion de los
bienes y de los males, porque segun sea mas Ó menos
larga aumenta ó disminuye la cantidad de bien ó de mal.
Hay en efecto bienes y males solidos y duraderos, y
otros inconstantes J' transitorios,


4. o Hay ,tambien .hieues y males presentes, y Lie-
nes y males futuros que son ubjeto de nuestras esperan-
zas y de nuestros lemores.


5. o Hay Lienes y males particulares que solo afec-
tan á algunos individuos, y otros comunes y universales
de los que participan todos los miembros de la soeiedad,
El Lien general, es el verdadero Lien; el particular opues-
to al general es un Lien aparente, y por consiguiente




(2a)
un verdadero mal. Fúndase pues el ex~mcn de los bienes
y de los males en estas diferentes especies, exámen que
uos llevará uaturalmente á las reglas siguientes:


La verrladcm dicha 110 pllcde ronsistir CTl cosas que
son incompatibles con la naturaleza y estado del hom-
bre. Lo que es incompatible con la naturaleza de un es-
tado tiende á su destrucci,0n; luego es claro que lo que
tiende á la aestruccion del hombre es iucompatible con
su felicidad.


No basta atCllr!er al bi('n y mal prcsent('s para pro-
curarse una felicidad sólida, sino que es preá\'O exa-
Tntizar tambien cuales serrín las cOllsecllclU'ias natwa-
les que de ellos resulten, para que comparando y
cOTltrap(>sando lo presente COIl lo jutllro pucda conocerse
de anteflwllO cllal deba ser (',1 rcsultado dc\' y,"/r uno
llotro. Lo que principalmente eleva al hombre Lsobre los
hrutos que no wnocen mas que los objetos presentes,
es el conocimiento de las consecuencias naturales de los
bienes y de tos males; y como estas con secuencias pue-
deosel·muchas veces de tal naturaleza que cambien el
hien en mal, y 'el mal en hien, es muy importante no
olvidal'las en un cálculo racional.


Es cOlltm la raZOll buscar lUZ bien que sabemos eOIl
seguridad qlle CClll,l'tUÚ Ull mal nías considerable; porque
este pretendido bien es en tal caso UI! verdadero mal.


Al contr~rio lwda es mas cOl~fol'lnc á la raZOll que
resolvernos á SI!!!';,. Ull rnal del que tenemos seguridad
que nos resulte un bic!l mayor.


Debe pnjcrirsc l!1l biell llI(~ror á otro menor; pOl'-
que es obrar sin trner en considel'acion nuestra feliei-
dad caminar lelltameute hácia ella, por el camino quc
nos ofl'ece un Lien menor, cuando podelllus ootcllerlo con
prontitud pOl' medio de un bien mayor.


Siempre debemos a~pirar ú los bienes mayores que
pueden convenirnos,.r dÚ'l::.ril' tlllestroS deseos.r llllr,I'lJ'()S
des,'elos d pl'Oporctoll de la Ila{lllz¿(",-:.a ,'v del llu!rlto de
cada cosa. PorrIuc es perder de vista nuestra felicidad,




(26)
detenernos en bjen~s menores cuando podemos dirigirnos
á los mayores y mas escelentes, asi como si deseúramos ó
solicitáramos un bien con mas ansia quc la que mereciera,
ó por lo contrario no lo dcseáramos ni solicitúramos cnn
el celo que se merece, seria no conocerle, 110 estimarle
en su justo valor, y en una palabra cllgaüarnos,


lTo es nccesario teller U/la completa certeza acerca
de los bienes y males de cO/lsidcl'{[cioll; basta la sola
probabilidad para obligar rí Ul/a persona p1'lldcnte ti
priwlrse de algullos bienes pcqueilos ,J aun para sufrir
algullos males ligeros, po/' adquirir bienes mur/lO ma-
yorcs, Ó por ('Iúar malel' mucho mas desagradables.
Cuando no podemos persuadirnos hasta la eviJellcia, cs
sumamente racional guiarnos por la probabilidad, aun
cuando sea necesario sacrificar un bien pequciJo y se-
guro á un bien mayor é incierto; regla que justifica su-
ficiente la conducta general de los hombres,


En easo de duda dcve decidirse por el partirlo
mas seguro y que no ~fi'('ce riesgo a 19l1no , Suponga-
mos, por ejemplo, que los argumentos que se alegan
para sostener la mortalidad del alma fuesen tan fuertes
como los que "irven para demostr3r su illmortalidad; en
tal ca30 deberia decidirse por la inmortalidad, y ohral' con
arreglo á esta doctrilla; pOl'flue aun cuando fuera er-
rónea no nos resultaba lwrjllicio algnuo, y por el con-
trario, si erroneamente seguiamos la opinion de la morta-
lidad del alma y obráhamos con arreglo á clla, nos seria
sumamente fatal este elTor.


lYo debemos omitir nada para Jw('rr adqllirir á Tlurs-
lro espíritu gllsto á los bicncs 'vcrdadc/'Os, de suerte que
eSclle nuestros deseos la considclacúJIl de lO.I· bicnes es-
eclentes, .r nos Juzga emplear todos los esf'uerzos nece-
sarios paJa adquirir su posesiono Los h~bilos se forman
por la reiteracion de actos uniformes, y la costumbre
de obrar con arreglo á los consejos de la razon forma
las virtudes.


Pero como para <lpetecer los \'erdederos hicnes, es nc-




(27)
cesarío conocerlos, y esto solo se cons;gue perfeccionan-
do nuestro entendimiento, se nos presenta como uno
Je los pl'incipales consejos dc la razon el ]JClfeccionar
nuestro entendimiento con todas nuestras fuerzas 'Y C(dZ
el auxilio de las ciencias. Porque á proporcion de los
conocimientos Il11C adquirimos se aumenta el imperio de
la razon, y conforme se va e~te aumentando adelauta-
mos en el camino de la felicidad.


Son tan naturales estas reglas que no podemos pen-
sar de otro modo; y tenemos que re~pEtarlas porque no
podernos ignorar su cOllformidad COIl nuestra naturaleza,
de donde depende nuestra ycrdadera felicidad; asi es fIue
nos vemos obligados á conformamos con ella, es decir~
que nos fuerza la razon, por decirlo asi, á couformar á
ellas nuestras acciones, y en este sentido nos decimos
obligados á alguna cosa por las luces de ~a razon ó por
llUcstra propia conciencia. Así pues, podemos definir la
obtigacion, UlZa restriccion de la, liúertad natural, re-
conocida por la mzon ilustrada sobre sus verdaderos
interese\', y que determina al /tombre á obrar de un
modo con prr:(('lnzúa ti otro.


De donde se sigue que puede el hombre determi-
narse á obrar con mas o menos fuerza, segun tengan ma-
yOl' (, menor peso las razones que le determinan, y se-
gun sea la impresion que produzcan en nuestra yolun-
tad los motivos que de ellas resultan; porque es manifies-
to que cuanto llIas poderosos y eficaces sean estos moti-
vos, mas fuerte é indispensable será la llecesidaü'" de
cot'lformar á ellos nuestras acciones: y aqui es doude se
conoce perfectamente cual debe ser la fuerza de la evi-
dencia, y con fine prudencia debemos conducirnos en
caso de incertidumbre.


Ademas de lasiguificacion de regla, tiene el derecho
otras acepciones ó sentidos particulares que es uecesario
indicar aqui: En primer lugar se toma el derecho con
frecuencia, por UIJa cualidad personal, por una potestad,
por UD poder de obrar, por una /myl(ad. T por eso se




(28)
dice que todo hombee tiene derecho ~ mÍear por su
conservacion, que un soherano tiene derecho á levan-
tar tropas para la defensa del estado, En este sentido
definiremos el derecho, la potestad qlle tienc el hombre
de scn'irse de cierto modo de su libNtad y de sus fuer-
zas naturales, ya sea con respecto d si mismo, ó á los
donas hombres, sicmple que apruebe la ra.WIl este
cjcrclcLO de SllS fllcrzas y de su libertad.


Es necesario no confundie la mera potestad con el
derecho, La simple potestad' es una cualidad física; es
la facnltad de obra¡' en toda la estension de las fuerzas
naturales; pero la idea del derecho es mucho mas limita-
da, pues flue sulamente comprende una relacion de Con~
veniencia con una regla que modifica el poder físico, cu-
yas operaciones dirige como conviene para conducir al
hombre á un fin cierto; y por esto se dice que es el de-
recRo una cualidad morill.


A la palabra derecho tomada en la significaeion es-
pEcada correspollde la palabra deber, Porque cuando
aprueba la razon que el hombre haga cierto uso de
'sus fuerzas y de su libertad, ó cuando reconoce en él
cierto derecho, es necesario que para asegurarle este
derecho, sugiera al mismo tiempo á los demas homhres
la obligacion que tieuen de dejarle gozar pacíficamente de
su derecho, respetándole en él y aun favoreciéndole en
su uso. He aqui la idea del deber que corrcsponde al
derecho, Por otra parte d derecho de lllle hablamos aquí
no es mas que un poder moral, (lUC por lo mismo lJO
se estiende al ejercicio de todas bs fuerzas físicas, sino
á aquella pOl'cion de fuerzns fIue !el razon aprueba, ,',i los
de mas hombres no respct3sen este derecho :,erin illútil es-
te poder moral, pOHiuC nadie podria ejercerlo; el po-
dcl' físico de 105 delll<1s, tomado en toda su estensiou,
seria siempre un obstáculo losuperal)\e para el poder mo-
I'al, e~ decir, para el podel' físico limitado íJrIl' la nlzor],
A no existí!' esta ohligacion rigurosa de J'CSjlC'1:11' los de-
fechos de los uemas, no te,,<1ria el llOndJ!'1: dormido nin~




(29)
guno de los derecnos del hombre despierto, 6 mas bien,
nadie tendría mas derechos que los que le diera su poder
físico, y no habria mas sociedad entre los hombres que
la que subsiste entl'e ellos y las bestias feroces; porque
l'eunidos una multitud de homhres que no admitiesen
entre SI ningun deber respectivo, llingun derecho recí-
proco, no formarian una verdadera sociedad; pues que
esta no consiste ünicamente en la reunion de los hom-
ln'es, porque sabemos por propia esperiencia que puede
subsistir sociedad entre hombres flue vivan en paises le-
janos, y no subsi~tir entre hombres que vivan eu uno
mismo; y asi lo que constituye verdaderamente la sociedad
son los deberes rccÍ procos.


Todos los hombres tienen Imes derechos y deheres re-
cípl'oaos. Sin embargo, es necesario distinguir entre el de-
recho y el debe!' con respecto al tiempo en que comienzan
á desarrollarse en el hombre estas cualidades. No está oMi-
gado el hombre á cumplil' los deberes hasta que llega a
la e(lad de la razon y del discernimiento, porque para
cumplir nn deber ó una obligarion, es preciso que
sepa lo que hace y que se halle en estado de comparar
sus acciones con una regla cierta. Pero con respecto á los
derechos, como que pueden procurar la utilidad de al~
guno, sin que este los cOllOZca, nacen y son válidos des-
de el momento de su existencia) y ponen á los demas
en la obligacion de respetarlos.


Distínguense los derechos y los deberes en muchas es-
})ccits. Hay derechos naturales y derechos adquiridos. Los
)l1'imcl'os SO¡¡ los (1 ue pertenecen originaria y esencialmente
al hombre, los cuales sou inherentes á su naturaleza y
de que goza por ser hombre, independientemente de he-
cho alguno suyo particular. Al contraTio, los derechos
adquiridos son aquellos de que 110 goza el hombre na-
turalmente, silla que se proeura por sus hechos: por ejem-
})lo : es uatural al hombre el derecho á cuanto contribu-
~'e á su consenacion, y es ad!lt1il'ido el derecho de pro~
pic~lad.


4




(30)
Hay derechos pelfixtos y rigurosos, y derechos im-


perfectos y no rigurosos. Derechos perfectos y rigul'Osos
son aquellos cuyo cumplimiento se puede exigir con to-
do rigor, empleando la fuerza, si fuC're necesario, para
su ejecucion, ó para· asegurarnos su uso contra los que
quisieran negárnoslos ó tnrbarnos en ellos; pero cuando
solamente nos permite la razon emplear l:'ls vias de he-
cho . para asegurarnos el goce de los derechos que nos
concede, entonces estos derechos son imperfectos y no ri-
hUl·OSOS. Debernos no obstante advertir que esta distincion
de derechos y de los deberes que le son correlativos solo
tiene lu¡;ar en el derecho civil; pon{ue en el natural
todo deber y tOllo derecho es riguroso. 1,0 mismo nos
obliga la ley lIatural á dar limosna que á ser agraJecidos,
á favorecer á {os que necesitan de nnestro auxilio que á no
perturbar á los demas en la pacífica pose~ion de lo que
necesitan para su subsistencia y para su vida. Pero co-
mo el derecho civil no puede tomar en consideracion to-
dos 10<; derechos del hombre, se contenta con hacer que
se respeten los mas importantes, dejando los demas á
merced de sus sentimientos. No se deduce sin embargo,
de que el derecho civil no se haga cargo de los dere-
chos llamados impe~lectos y 110 rigurosos, que no nos
dé á conocer la razon que estos derechos son tan sagrados
como los que tienen accion en justicia por derecho ci"il;
pOl'que si la sancion humana no castiga á los que no cum-
plen COIl los derechos imperfectos y" no I'ip:urosos, o con
los derechos Je la humanidad, ia Justicia di"ina dará con-
tra ellos ulla accion terrible <Jnte Sil tribunal, como .re
lee {'n el capitlllo ,,'LYF de ,4.,'an 1Uatro.


Hay tambien derechos á que se puede legítimamente
renuncial', y: otros l'es¡weto de los clJa/es no es lícita la
renuncia. Podemos rellunciar ;Í la mayor parte de los de-
rechos adquiridos, pero no se nos permite renunciar á los
derechos naturales; porque por lo regular los derechos
adl{uiridos no van acompaiiados de deberes, cU;¡lldo por el
contrario no h",y ningun derecho natural de que no dima-




(31)
ne el cumplimiento de un debel'. Po:, cuya razon, renun-
ciar á un derecho natural seria imposibilitarse de poder
cumplir con el deber que le conesponde. Asi pues, po-
dré l'enunciar el derecho de propiedad de parte de mis
bienes, pero no el derecho sobre todos mis bienes; por-
que entonces carecería de lo necesario para mi propia
subsistencia.


LECCION V.


De la le) ó del poder legisla til'o , ó sea del derecho de
gobernar.


Un ser independiente de cualquier otro no tiene que
seguir mas regla que sus propios caprichos, y por lo mismo
se halla emancipado de toda sujeeion á la voluntad de
otro, y es dueilo absoluto de sí mismo y de sus accio-
nes. Pero no sucede lo mismo con un ser que se supone
dependiente de otro, como superior y dueño. El COlJO-
cimiento de esta dependencia debe naturalmente obligar
al inferior á seguil' pOI' regla de su conducta la volun-
tad de aquella persona de quien depende, pues que la
sujecion en que se baIla le priva de las esperanzas de po-
der procurarse una felicidad solida, independientemente
de la voluntad de su superior y de las miras que sobre
él puede proponerse; lo que tiene tambien mas o me-
nos estension y efecto á proporeion que sea mayor ó me-
nor, mas absoluta o mas limitada, la superioridad del uno
ó la dependencia del otro. Bien se ve . que todas estas
observaciones se aplican al hombre particuJarmente, de
suerte que en cuanto el hombre reconoce un ,Supe-
)'ior á cuya potestad y autoridad está sometido natural-
mente, es una consecuencia de este estado que reconoz-
ca tambien la voluntad de este superior por regla de sus
acciolJes; y en este sentido el derecho se llama ley.


Definiremos pues la ley, Z:lla r(}gla prescrita por un
superior á un inferinr slÍbdito suyo, para imponerle la


:




bZ ' ~,. , (32). . l b o 19aczon eze ejecutar ciertas aCCZOlles o l e a stencrse
de otras, bajo la conminacion de alguna pena. Desenvol·
"amos estas ideas.


He dicho que la leyes una regla. Una regla de con-
ducta, fundada en la naturaleza del ser que debe con-
formarse á ella, debe durar y cstenderse tanto como la
naturaleza de este sel': lo que hace que los principales
caracteres de una ley propiamente dicha, de una ley na-
tural, que es lo que buscamos aqui principalmente, sean
la llllil'ersalidad y la pnpetuidad; y asi se lIal1lan impro-
piamente ltyes las ordenes pasageras y momentáneas
del podel' civil, porque no son universales ui perpé-
tuas.


He af¡adido que la leyes una regla prescrita, por-
que una ley debe ser manifiesta y conocida por Jos que
deben l~onf'Ormar á ella su conduela.


Debe prescribil'se la ley pOI' un superior á un inferior
Sllbdito suro; porque como la leyes la voluntad agena,
es necesal'io para que HOS obligue esta voluntad que sea
superior á la nuestra, y que el que debe ohsenarla de-
penda de ella; p(lt'que sino depende UIl inferior de un su-
}1crior jamás será para él la voluntad de este una regla
de conducta. Asi un rey de Esparla no obligará á un sui-
lO á conformarse con su voluntad, aunque el prLuero
sca superior y el segundo illferior. Distínguese tambien
la ley por esta cond.icion que exige, del mero consejo,
que dado pOl' un amigo, sea superior, inferiOl' (l igual
no tiene fuerza dc ley, siempre que se lilllila it un mero
conseJo.


La ley impone la obligacioll de ejecutar ciertas ac-
ciones ó de abstcnclse de otras; he 3/1ui á J() que se di-
rije principalmente la ley, y por eso se dice que es una
regla de. conducta que oblig'a al iuferiOl' á seguir en sus
acciones la voluntad del superior de quien depende.


He añadido al fin, bajo la COnrnilltlcioll de n/¡:;lma
pella, á lo que se llama sancion de la ley; pon/l/e como
el que está obligado á conformarse á la \o/ulltad de Ull




(33)
superior d~ quien depende liene el po'del' [(sico de se ..
pararse de ella, si el superior no tuviera fuerza para
obligarle á cumplirla, seria inútil las mas veces su 'poder
legislativo. y asi, con razon no se considera propiamen-
te como ley una orden destituida de sancion penal.


La idea que acaLamos de dar de la ley nos dá á
conocer facilmente que toda ley tiene dos partes, una
que determina lo que debe o no hacerse, y se llama
disposicion de ltl ley, y otra que declara el mal con que
amenaza el que no observa lo que manda, á hace lo
que prohibe; y á esta se llama sancion de la ley.


El objeto ó el fin de la ley, puede considel'arse con
respectry al inferior o al superior. El fin de la ley con res-
pecto al inferior o al que debe obedecerla, es que arre-
gle á ella sus acciones y de este modo consiga la felici-
dad. Con respecto al superior, el fin que se propone dan-
do leyes es el de dirigir los pasos de sus inferiores, que
dependen de su voluntad, á la verdadera felicidad. Se ve
pues, que estos dos fines" van á parar á un mismo punto
que es la felicidad de 105 que se conforman á las le-
yes.


La naturaleza y el fin de la ley dan á conocer cual
es su materia o su objeto, el cual puede decirse en ge-
neral que es todas las acciones humanas tanto esteriores
como interiores, es decir, los pensamientos y palabras lo
mismo que las acciones, ya las que se refieren á otro como
la3 que se dirigen al mismo que las ejecuta, por lo me-
nos en tanto en cuanlo puede cOlltribui.' la direccion de
estas acciones al bien particular de cada uno, al de la so-
ciedad en general y á la gloria del le~islador. Esto su:-
pone naturalmente tres condiciones: La que lo man"dado
por la ley sea posible de ejecutarse; 2.,a que la ley sea
útil; 3.a que Sea justa de por sí, es decir conforme al
árden y á la naturaleza de las cosas y á 'la constitucion
del hombre.


La ohligacion que las le) es imponen se estiende
precisamente á lauto como el derecho del superior. De




(54)
suerte que todos los que están bajo la dependencia del le-
gislador, se hallan sometidos á esta obligacion; si hien
cada ley en particular solo obliga á aquellos súbditos á
quienes concierne la materia de que trata la ley. Esto es
facil de conocer por la naturaleza misma de cada ley que
marca suficientemente la intencion del legislador sohrc
este punto; porque en cada ley se designan los que de-
hen estar sujetos á ella, ya de un modo espreso por al-
guna señal ó iudicio de uni\'ersalidad, o por medio de una
restriccion á ciertos individuos; ya añadiendo alguna con-
dicion particular por la que pueden deducir los que la vean
que les cOlJcierne o no aqueila ley.


Ocurre, no obstante algunas veces que se hallan
libres ciertas personas de la obligacion de observar la ley;
á lo que se dá el nombre de di"'pcnsa ó privilegio. Es
este una relajacion del rigor de la ley, y se concede á
ciertas personas por consideraciones particulares: JUlis
pro1Jida rclaxatio. Acerca de lo cual se debe advertir;
1. o que si el legislador puede abro'gat' una ley, con mu-
cha mas razon podrá suspender su efecto con respecto á
tal ó cual persona; 2. o que únicamente tiene esta fa-
cultad el legislador; 3. o que debe usar de ella por mo-
tivos de consideracion , con prudente moderacion, y se-
gun las reglas de la equidad y de la pl'Udencia.


En cuanto á la duracion de las leyes y al modo de
abolirse, se pueden sentar los pt'incipio:3 siguientes: 1. o
las leyes naturales son eternas y nadie tiene derecho para
abolirlas, sin esceptuar al mismo Dios; porque son pre-
cisamente tales como con"ienen á la naturaleza humana
tal como es; y no pueden mudarse ni abolirse mien-
tras sea' la naturaleza humana tal cual es; 2. o la du-
racion de las demas leyes tanto divinas como humanas
depende enteramente de la voluntad del legislador; 3. o
sin embargo toda ley se reputa perpétua y establecida
para siempre, por sí misma y pOl' su naturaleza, mientras
no ofrezca en sudisposicibn y en las circunstancias que
la acompañan ,. nada que manIue evidentemente una in4




(3a)
tencion contraria á la del legislador; 4. o pel'O como pue-
de suceder que cambie de tal modo el estado de las co-
sas que no puede ya regir una ley, pOl' hacer~e inútil ó
perjudicial, deberá y podrá entonces el legislador revo-
carla o abrogarla. El in terés de las sociedades particu la-
res de los hombres está sujeto á ~ mil revoluciones, asi
como todas las cosas humanas, pues hasta las mismas le-
yes y costumbres llegan á ser sucesivamente útiles y
perjudiciates á las mismas personas. A la prudencia del
legisladol' incumbe pues, modificar algunas, cambiar otras,
ó abolirlas enteramente.


De aqui se sigue la necesidad de conocer las dife-
rentes divisiones de la ley. Divídese, I. o en ley di"illa
y en ley humana, segun que tiene por autores á Dios
o á los hombres; 2. o la ley divina es tambien de dos
clases, ó natural o positiva y revelada. La ley divina
positiva revelada es la que no se funda en la constitu-
cion positiva de la naturaleza humana, sino solamente
en la voluntad de Dios, como pUl' ejemplo, la que dió
antiguamente Dios á los .i udíos. ,


Pero todas las diferentes ideas que se pueden conce-
hir de las diversas leyes que se espresan con los nom-
bres de divinas y humanas, llaturales y positivas, de
l'eligion y de policía, de derecho de gentes y de derecho
civil, o con los dernas nombres que se les puede dar,
se reducen á dos especies que comprenden todas las le-
yes de cualquier naturaleza que sean: la una de leyes
inmutables, y la otra de leyes arbitrarias; porque no
hay ley que no tenga alguno de estos dos caracteres; lo cual
es muy importante tener presente, no solo para adqui-
rir una idea de esta distincion general de las leyes, SillO
tambiell porque estos dos caracteres son lo mas esencial
de todas la:; leyes, de suerte que su conocimiento es muy
necesario y de mucho uso.


Las leyes inmutables se llaman así, porque son na-
turales y tan justas en todo tiempo y lugar, que no puede
cambiarlas ni f\bolirlas ninguna autoridad; y las leyes m-




(56)
bitrarlas son las que puede establecer, mudar ó abolíl' una
autoridad legítima, segun crea necesario. Estas leyes in-
mutables ó naturales son todas las que se deducen nece-
sariamente de aquellas dos primeras, á saber, del amor
de Dios r el del prójimo, y son tan esenciales á los
vínculos que forman el orden de la sociedad, que no
se pueden cambiar sin arruinar los fundamentos de este
orden; y las leyes arbitrarias son las que pueden ser es-
tablecidas, cambiadas y aun abolidas de diferentes mo-
dos, sin violar el espíritu de las primeras leyes y sin he"
rir los principios del orden de la socidad, Y asi como es
una consecuencia de la primera ley la obediencia á las
potestades, porque las ha establecido Dios, y otra con-
secuencia de la segunda no hacel' daño á nadie y dar
á cada uno lo que le pertenece, y que todas estas reglas
son leyes esenciales al orden de la sociedad, lo es tambien
por esta razon que sean inmutables.


Pero las leyes que no tienen relacion con estas dos
primeras son leyes arbitrarias, Y asi, como es indiferen-
te á estas dos leyes y al orden natural de la sociedad
que haya cinco, seis ó siete testig03 en un testamento; que
la prescripcion se adfluiera por veinte, treinta ó cuarenta
años; que valga la moneda mas o menos, etc. son leyes
arbitrarias las que regulan esta clase de materias, y se
establecen con variedad segun los tiempos y lugares.


Dos son las causas que han hecho necesario el uw
de las leyes arbitrarias: la primera es la necesidad de
arreglar ciertas dificultades que se originan en la aplica-
cion de las leyes inmutables, cuando~s-tas dificultades son
tales que nI) las regulan las leyes inmutables, y solo
se pueden resolver por leyes positivas; la segunda es la
introduccion de ciertos usos que se han juzgado útiles
en la sociedad. De manera que las leyes arbitrarias son
de dos clases, segun las dos causas que las han estable-
cido; la pl'Ímera es la de las leyes arbitrarias que han si-
do consecuencia de las leyes naturales, como por ejem-
plo, las _que estaLlecen la legítima de los hijos, la ma-




(37)
yor edad y otras semejantes; la segunda es de las que
se han establecido para arreglar las materias arbitrarias,
y son las leyes que marcan los grados oe las substitu-
ciO~5, el derecho señorial ó de vasallaje en los feudos, ete.


Ademas de esta divisiom hay que hacel' otra que
comprende tambien todas las leyes bajo otros dos pun-
tos d~ vista, á sahcr, la de leyes de religion y de poLi-
da. Las leyes de religion son las qtie alTeglan la COll-
ducta del hombre segun el espíritu de las dos primeras
leyes que hemos mencionado. y segun las disposiciones
interiores que le inclinan á todos los deberes húcia Dios, hú-
cia si:mismo y hácia sus semejantes, y que comprende todas
las reglas de la fe y de las costumbres, como tambien
todas tas, del culto divino estel no y de disciplina eclesiás-
tica. Las leyes oe polida Slin las que arreglan el t.rden
esterior de la sociedad entre todos los hombres, va sea
que conozcan o que ignoren la religion, que obsel:ven Ó
que desprecien las leyes.


No deben confundirse estas dos distinciones como
si todas las leyes de la religion fueren leyes inmutables,
y todas las de polida fueran solamente leyes arbitrarias,
porcIue hay muchas leyes religiosas que son arbitrarias, y
muchas leyes de policía fiue son inmutables, Por ejem-
1)10 hay leyes religiosas que arreglan ciertas ceremonias,
el culto divino estemo ó algunos puntos de disciplina
eclesiástica fiue son leycs arbitrarias establecidas por auto-
ridad de potestades espirituales, y hay en policia leyes in-
mutables, tales como las que mandan Ia~ obediencia ['á.
las potestades, las que disponen volver á cada uno lo
que es suyo, las que prescriben la buena fe, la since-
ridad, la fidelidad, etc. Véase ta esposicion de las dife-
rentes especies de leyes en DO)L\T, Tl'lltado de lasJeycs,
cap. XI.


Emanando la ley de un superior, y obligando á su
observancia á los infel'iores, se ofrece naturalmente esta
cuestion: ¿ quién es este sel' (lllC debe sel' considerado
como superior, y con derecho á dar leyes á los de~




(38)
mas; y quienes son esos inferiores obligados á obser-
varlas?


El objeto y la naturaleza de la ley nos la harán re-
solver con la mayor facilidad. Ya hemos visto que el ob-
jeto de la ley, ya se considere con respecto al que la da,
)'a con relacion 4 los que la reciben es la felicidad de
estos últimos. Luego es necesario que el que la da quie-
ra y pueda guial' por este medio á los demas á su fe-
licidad; para lo cual se necesita sabiduría y bondad; por-
que un legislador sin sabiduría no conoceria mejor las
reglas que se deben seguir para obtener la felicidad que
los mismos á quienes queria dirigir á ella con sus le-
yes, y al contrario un legislador sabio, pero malvado,
seria siempre sospechoso y se temeria de él que quisie-
ra engallar á aquellos á quienes pretendia dar leyes. Pe-
ro si estamos comencidos de que el legislador tiene sa-
hiduría para \ el' mejor que nosotros lo que nos conviene
y los medios de obtener nuestra felicidad, si ademas es-
tamos persuadidos de su buena intencion, y de que quie-
l'e eficazmente nuestra felicidad, nos sentimos interior-
mente inclinados á ponernos enteramente en sus manos,
áabandonal'llos á su voluntad, pues que reconocemos en
él todas las cualidades necesarias para conducirnos al fin
que apetecemos.


Esto es lo que nos dá á conocer el fin de la ley; pe ..
1'0 aun hay mas; damos á conocer tambien la naturaleza
de la ley que debe concurril' en el flue prescribe leyes
otra cualidad, que es la superioridad y el poder; por-
que como es necesario á la naturaleza de la ley que con-
tenga la imposicion ó amenaza de alguna pena, es ne-
cesario que sea superior el legislador, porque un igual
no amenaza á sus iguales, y tambien que tenga poder
para imponer la pena con que ha amenazado á los infrac-
tores de las leyes ;pOl'que seria inútil el poder legisla-
tivo si no fuese acompañado. del poder ejecutivo, y mas
que á establecer leyes propiamente dichas se reduciria'
dar sábios y prudentes consejos.




, (59)
Dedúcese de aqui que el poder legislativo, ó lo que


es lo mismo, el derecho de mandar o de gobcruar se fun-
da en una potestad superior, acompañada de sabiduria
y de bondad. Propiamente hablando, no deberia habel'
para obligar y sujetar á criaturas libres y racionales mas
que un imperio, cuya sabiduría y dulzura fuesen aproba-
das por la razon, sin necesidad de recurrir á los mo-
tivos de temor que es cita el poder. Pero como sucede
fácilmente, segun la cOllstitucion del hombre, que ya sea
por ligel'eza y falla de atencion ó por pasion ó malicia,
no le hace tanta impresion como debiera la sabiduría y
sana intencion del legislador, y la bondad y escelencia de
sus leyes, es conveniente que haya otro motivo eficaz,
tal como el temor dd castigo, para doblegar mejor SIl
voluntad. Por esto es preciso que el legislador o el que
debe gobernar á los demas, se halle armado de poder
y de fuerza para sostener su autoridad y para hacer ob-
servar sus leyes en utilidad de los mismos á quienes se
prescrib('u.


Es principb reconocido por todos los fil6sofos que no
puede darse otra razon de la creacion que la bondad de
Dios , y que en ella se ve en todo su esplendor la sa-
biduria y el poder de este ser soberano; de manera que
la idea del Criador es la de un sel' infinitamente pode-
roso, infinitamente sabio, infinitamente bueno; idea igual
á la de superior, soberano y de un ser que tiene un
pleno derecho á gobernar á sus criaturas. l\'Ias para no con-
fundir nuestra opinion con la de Barbcirac y otros, es
preciso que se advierta con la mayor atencion que to-
mamos la idea de Criadm' en toda su estension , como un
ser bueno, sábio y poderoso, cualidades necesarias para
tener derecho á mandétl' á seres inteligentes.


Dios pues, como Criador tiene del'echo por su bon-
dad, poder y sabiduría para mandar á sus criaturas. Tan.;..
to los seres morales como los fisicos fueron objeto de
la creacion, y como Dios establecia en el mundo fisico
por el mismo acto que lo formo, el orden, la corres pon-




(40)
dencia y las relaciones que constituyen SU belleza, y por
consiguiente prescribió á los seres fisicos las leyes que
deben gobernarlos, los seres morales desde el primer
instante de su existencia se han visto sujetos á leyes ade-
cuada!! á su naturaleza, con relacion á la de los demai
seres, porque estas leyes no son olra cosa que el resul-
tado de la naturaleza del hombre y de los seres que le
l·ouean. Crear estos, establecer su couveniencia, su or-
den, sus relaciones, é imponerle la necesidad de con-
serva.' todo esto, es decir, de hacer lo que debe asegu-
)'ar su duracion, no son mas que un acto idéntico de
la creacion; y por consiguiente los seres morales, obli-
gados por la naturaleza de las cosas á conformarse al
orden, á la correspondencía y relaciones establec,idas por
el Criador están obligados tambien á vivir conforme á
las leyes naturales, como consecuencia necesaria de es-
te mismo establecimiento. Es ,pues manifiesto que separan-
do el establecimiento de las leyes naturales, del acto de
]a creal:Íon, como hacen ciertos jurisconsultos, se in-
curriría en el mismo absurdo que si separásemes el es-
tablecimiento de las leyes físicas del acto de la creacion
de los seres físicos. No" busquemos el, fund¡¡,mento de la
obligacion en otra parte que en la creacion y en la vo-
luntad del Criador que, habiendo formado las criaturas
tales como son, les ha impuesto por lo mismo la obli-
gacion de obrar couforme á la naturaleza de las cosas
CIue ha creado. En el hecho de crearlas es claro que quiso
su conservacion, y esta depende esencialmente de la ob-
servancia de las leyes; de las mecánicas para los seres
f¡sicos, de las morales para los seres libres é inteligentes.
Véase sobre esta leccion á BURLAl\lAQUI, tomo 1. prime-
ra parte, cap. VIII, IX Y X; á DOl\lAT , Tratado de las
leyes; á CUMBERLAND, Tratado de las leyes naturales,
cap. V; á PeFFEN"DORFlO, Derecho natural y de gentes,
lib. 1: cap. VI etc.




as


(41)
LECCION VI.


Moralidad de las acciones llllmana.'1.


Hemos visto en la leccion anterior que la leyes una
regla de conducta prescrita á seres libres; pero por la
misma razon (lile se prescribe á seres libres pueden es-
tos conformarse o no á ella, lo que constituye la mora-
lidad de las acciones huma/las, puesto <lue por eslo se
entieude su conformidad Ú oposicion á la ley. De ma-
nera que la moralidad no ('s otra cosa que la confor-
midad de 'la.\' accio!lcs humana.\' con la ley que es su
regla, .r la moral el cOf{iullto de reglas fjue debcmus
seguir ell nuestras acciones.


Rajo dos diferentes aspectos puede considerarse la
moralidad de las acciones humanas: l. o con respecto al
modo como la establece la ley; 2. o con respecto á la
conform!dad Ú oposicion de estas mismas acciones con
la ley. Bajo la primera consideracion se distinguen las
acciones en mandadas y prohibidaJ', y como existe una
obligacion indispensable de hacer lo que está mandado
y de abstenerse de lo que se halla prohibido pOI' un su-
perior legítimo, consideran los jm'iscoIlsultos las accio-
lles mandadas como nccesarias, y las prohibidas como im-
posibles, entendiéndose esta necesid.ad é imposibilidad
moralmente.


Acerca de la conformidad Ít oposicion de las accio-
nes humanas con la ley, resulta la distincion de accio-
nes buenas ó jlistas y de malas ó injusta.\'. Accioll mo-
l'almente buena ó justa es la que es en s¡ lIltl'ma exacta-
mente conforme á la dispfJsieion de la ley, y á cuya eje-
cucion han concurrido disposiciones y circunstancias
conformes á la intencioll del legislador. Digo que una
acciOll buena ó lo que en moral es lo mismo, justa, debe
ser no solamen te cnnforme á la ley sillo que debe ir tlCOlll-
pm;ada de 1m dúposiciollC.\' que ex¡g~ el legislador, cou-




(4~)
dicion que solo se refiere á las leyes divinas naturales (,
reveladas, porque ·la intencion, que es ante Dios la cir-
cunstancia mas esencial, es al contrario la menos con-
siderada en la legislacion humana, porque no conocien-
do los hombres el fondo de los corazones, no pueden
juzgar acerca de él sino pOl' indicios muy equívocos.
Ademas el objeto de las leyes humanas, consideradas
como tales, se limita á regular el esteriOl' del hombre
que es cuanto pueden hacer, y lo suficiente para la tran-
(luilidad pública. .


He ailadido que lo mismo es en moral una accion
huena que una acdon justa, porque como la 11100'al tie-
ue pOl' autor á un ser infinitamente perfecto exige en el
que la practica perfecta rectitud de COl'azon para que sean
reputadas como just~s sus acciones: de suerte, que todas
las acciones que declal'a justas son buenas tambien,
~' jusLas las que reconoce por buenas, Y en efecto, la
bondad moral consiste en dos puntos: primero, en /lO
hacer mal á nuestros semeJantes, y segundo eu hacerles
bien; y la justicia moral no es mas que aquella virtud
pOl' la que damos á D:os, á nosotros mismos y á los de-
mas hombres lo que les es debido; porque estas dos vir-
tudes se rt:ducen á un sentimiento de equidad natural.


Pero es necesario tener mucho cuidado de no con-
fundir la justicia natural con la de las leyes civiles. La
ley, dice Ciceron no es mas que una sombra de la jus-
ticia perfecta; porque las leyes mas perfectas dejan siem-
pre en blanco muchas decisiones y estatutos por falta de
luces, de ate ncion ó de exactitud en los legi:;ladores, ó
por hallarse dominados muchas veces por preocupaciones
l'utinal'ias ó por intereses de nacionalidad; yde aqui el
decirse que lo que es' justo en un lugar es injusto en
otro, que es variable la justicia y que no tiene regla
determinada. l)ero los que tal piensan toman por justi-
cia la imágen trazada con feos borl'Ones por algunos, y
esta justicia 110 es mas que la sombra de la que ense-
ila la razon, y comparaqa con la yerdadera no es mas




..
(45)


que lo que el mono con respecto al hombre. Y asi se lIe-
cesita mucho mas para que se repute pOl' justa en el de-
recho civil una aceion buena por su naturaleza, y para
que sea justo todo lo que mandan las leyes civiles; pues
por perfectas que se supongan ,las leyes de! estado, falta
mucho para que conduzcan á la justicia peIfeeta. ¡Cuan
limitada es la inocencia, escl;¡maba Séneca cuando nos
proponemos ser buenos segun la medida de la ley! La
regla de los deberes del hOlllbre se estiende á mucho mas
que el derecho civil.


1 .. 0 ciue acallamos de decil' de la naturaleza de las hue-
llas acciones nos dá á conocer cual es la naturaleza de
las acciones malas ó.injustas. -Lna accion mala o injus-
ta en genel'al es la que es contraria á la di,lposicioll de
la ley ó á la llltencloll del legislado,.. Aüado á la de-
finicion que una acciolJ es mala o injusta si es contra-
ria á la illtCllcioll del legislado,.; porque una accion bue-
na en sí puede hacerse mala si han concul'l'ido en su eje-
elleion disposiciones ó circunstancias directamente contra-
rias á la intencion del legislatlol', como por ejemplo, si
se ejecuta con mal fin ó pOlo algun motivo vicios o.


Propiamente hablando todas las acciones justas tie-
nen igual justicia, pues que todas tienen una exacta con-
formidad con la ley. No sucede lo mismo con respecto á
las acciones malas ó injustas, pues segun sean mas ó me-
1105 opue,tas á la ley son mas ó menos viciosas, porque
sabido es, que hay muchos modos de faltar á los debe-
res. U nas veces se infringe la ley deliberada y malicio-
samente, que es, á donde puede llegar la maldad, por-
que sem<!jante condllctCl. prueba claramente un desprecio
formal y premeditado del· legislador y de sus ordenes;
pero otras veces solo se violan por descuido y falta de
atencion, lo que mas bien que un cl'Ímen es una falta;
si biell hay muchos grados de descuido y puede ser ma-


, I '0 I yor o menor, mas o menos reprensll l e.
Para apreciar el grado de bondad o maldad de las


acciones pueden seguirse los principios siguientes:




(44)
l. " Pueden considerarse las acciones con respecto al


objeto á que se dirigen; pues cuanto este sea mas noble
tanto mas escelente es una buena accion, (, al contrario
tanto ma'i criminal una accion mala.


2. o Con resppclo á la naturaleza de las acciones, se-
gUll es mayol' Ó menor el trabajo de ejecutarlas, porque
cuanto mas dificil es una accion buena, es tantu mas be-
lla y laudable, asi como será tanto mas enurme y digna
de vituperio una acdon mala, cuanto mas fácil fuera abs-
tenerse de ejecutarla. .


3. o Con respecto á la cualidad y al estado del que
la ejecuta. Porque es mucho mayal' HU beneficio recibido
de un enemigo que el que se recibe de un amigo; y al
contrario, es Illas sensible y mas atroz la injuria de un
amigo fiue la que proviene de un enemigo.


11, o Con respecto {l la cualidad y estado de la perso-
na á quien se ofende con una mala acciono U na deso-
))cdiencia á una ley divina es un mal infinito; la injuria
hecha á HU súberano es mucho mas atroz que la que se
hace á un ministro, y esta mas criminal que otra igual
becha á una persona del p u eLlo.


5. o Con respecto á los efectos y consecuencias de
la acciono Porque es tauto mejor (, peor una accion cuau-
tas mas ó menos ventajas, Ó pCijudiciales consecuencias
llayall podido preyerse de ~Ila.


fr. o Con respecto á las circunstancias de tiempo, lu-
gar etc., que pueden hacer tambien las acciones mas Ó
lllenos buenas ó malas. .


í. o Finalmente pueden ser las acciones mas o menos
huenas ó malas, especialmente en la sociedad civil, á pro-
])orcion de las personas que se interesen en ellps, y se-
gun las "entajas ó perjuicios que causen á la segul'idad,
tranquilidad y utilidad p-úhlica del Cllf'rpO político, ley
suprema. de toda sociedad civil; por lo cual debe tener
el legislador en cOllsideracion estas difel'eneias para que
pueda el juez arreglarse á ellas en la impulacion eficaz
'lue debe hacer de las acciones de los hombres. No pen-




(4a)
50' en esto Dracon' cuando estableció la pena de muerte
para todos los crimenes f desde los mas leves.


Atribúyese la moralidad tanto á las personas como á las
acciones; y como las acciones son huenas ó malas, jus-
tas ó injustas, dicese tambieu de los hombres que son vir-
tuosos ó viciosos, buenos ó malos. Hombre vh,tuoso es
el flue tiene h{:bito de obrar conforme á las leyes y á su
deber; y vicioso es el fIue tiene El hábito epuesto: de
manera (iue la virtud consistc en el húbito de obrar
€onformc [l las leyes; y el vicio eH el húbito contra-
rlU.


De C[ue la \'irllld y el ,>'icio sean hábitos se deduce, que
para juzgar con prudencia acerca de ellos, no debemos
fijar la considpracion el! algunas acciones particulares y
pasageras, sino ([ue sc debe telJel' en consideracion toda
la vida y conducta ordinaria del hombrc; asi qlle no se
tendrán por hOlllbres viciosos ú los que por debilidad ó
de otro modo se ha.n dejado arrebatar algunas' veces á co-
meter varias acciones malas, asi como tampoco merecen
et nombre de gentes de Lien los que solo han obrado vir-
tuosamente en c;ertos ca,;os particllhncs. Porque no es
r:leil de hallar entre los hOlllbres virtud perfecta en to-
dos conceptos, y la debilidacl insep~rable ~1e la humani-
dad exi~e que no se les juzgue con todo rigor: pues así
como- se confiesa (ille puede cometel' pOl' debilidad un
hombre virtuoso muchas accioucs injustas, quiere tam-
bien la equidad que se COllozca que no obstante que
haya contraido Ull hombre e! hábito <le muchos vicios,
puede hacer en ciertos casos alguilus accioues reconoci-
das por buenas, y como tales ejecutadas, No s-uponga-
1Il0S á los homlH'cs peores de lo que son, y dislingnlllOS
los grado5 del vicio y de la perversidad con el mismo
cuidado que los de la probidad y de la virtud.


1,os discipulos de Zo)'oastro han c~plicado exactamen-
te, quiú sin s;¡bcrlo, lo que flxige la ley natural, de un
hombre que quiere que lo reconozca por justo, Es pr('cúo
c!(',I'ter!'([1' {r)(fo cri/ll{,Il, dicrll el/os, di' Tll{('Stra lIlallo, de


, a




(4G)
nuestra lengua r de nuestro pensaml'cnto. (I) TI n anti-
guo poeta griego nos ha dejado el siguiente cuadro de un
hombre de esta clase. (( No es hombre justo, dice, el que
'jamás comete ninguna injusticia, sino el que pudieudo
)lila las comete. No es el que se abstiene de las cosas de
¡,poca consecuencia, sino el que, con gran firmeza de al-
,'ma no se deja vencer á la vista de alguna cosa de consi-
lJderacion de que inhumanameute podria apoderarse. No
)Jes tampoco el que líuicamente practica todo esto, de cual-
"quiel" modo que sea, sino el que COI1 ulIa sillceridad sin
))mezcla de fraude y de hipocl'esia, procura mas bien ser
))justo que parecerlo.» (Véase sobre esta leccion á BUR-
I.AMAQUI, primera parte, tomo 1, cap. XI; á PUFENDOR-
FIO , lib. 1, cap. V, VII, VIII, etc.


LECCION VII.


De la ley natural y de su existencia.


Lo que hemos espucsto hasta aqui del derecho y de la
ley en general debe aplicarse al derecho y á la ley natu-
ral ell particulal'.


Entiéndese por ley natural una ley que impone Dios
á todos los hombres, que pueden conoce,. por solo
las luces de la razoll , considerando con ([[encion su na-
turaleza y estado. El derer'ho natural es el I'lstema, la
coleccion ó el cuerpo de estas 1('.F'S.


Como e,l autol" de la ley natural es Dios, es preciso
investigar para demostrar su existencia. 1. 0 Si Dios tie-·
ne POI" sí mismo derecho para imponer leyes á los hom-
bres; 2. o si efectivamente ha hecho uso de este dere-
cho dálldonos realmente leyes, y exigiendo que confor-
memos á ellas nuestras acciones.


El Jerecha de legislador exige tres requisitos esen-


(1) Véase la coleccioll de J. I1vdc 1Il Sarl-ucl", Por-
ta LX x.I.




(47)
ciales, poder, sabiduria y bondad. Si pues Dios posee
estas tres cualidades, nadie osará negarle el derecho de
dar leyes á los hombres. Desde luego no puede dudar-
se qU<::I el que existe por sí mismo y qu e ha creado el
Universo, se hallará dotado de un poder infimto, pues
de la misma manera que ha dado el sel' á todas las co-
sas por su única voluntad, puede conservarlas, mudarlas
ó destruirlas segun su agrado.


No es menos su sabiduria que su poder; pues habiendo
criado cuanto existe, debe conocerlo todo con las causas y
efectos que de cito pueden resultar, mucho lllas; cuando VP-
mos en todas sus obras los fines mas escelentes y lo~
medios mas propios para conseguir estos; en una palabra
cuando todo está marcado, por decirlo asi, con el se-
llo de la sabiduria.


La misma razon nos enseña que Dios es un ser esen-
cialmente bueno, perfeccion que parece dimanar natural-
mente del poder y de la sabiduria, porque ¿cómo podría
inclinarse al mal un ser infinitamente sábio y poderoso
por Sil naturalez,a? No existe raZ0n alguna para ello, pues
que la malicia, la crueldad y la injusticia son una con-
secuencia de la ignorancia y de la debilidad; de ma-
nera que por poco que con,;idere el hombre lo que le
rodea, y que reflexione sobre su propia constitucion re-
conocerá fuera y dentro de si la mano bienhechora de
Sil criador que obra con él como un padl'e. Dios nos
ha dado la vida y la razon; él provee pródigo nuestras
necesidades, ha unido lo útil á lo necesario y lu agra-
dable á lo útil, como podria manifestar muy por menol';
y si á esto agregamos, como veremos en lo sucesivo, que
las leyes que Dios nos da tienden á perfeccionar nues-
tra naturaleza, á prevenil' todos los abusos y á sostener-
nos en el uso moderado de los bienes de la vida, del
cual depende la conservacíon del hombre y su escelencia
y felicidad pública y privada ¿ necesitaremos mas para
reconocer que la bondad de D;os no es inferior á su 'la"""
bidlll'ia y á Sil poder?


.


.




(48)
He aqui pues un superior dotado de cuantlls cuali-


elades son necesarias para tener el derecho m,'ts es tenso y
legitimo de legislador que se pueda conoebir; y supues-
to que [nuestra esperiencia nos dá á conooer que somos
débiles y sujetos á diversas necesidades, y que todo lo


.hemos recibido de él, quien puede aumental' Ó privar-
nos de nnestros hienes, es evidente que conculTcaqlli
lo ncecsario para establecer la soberanía absoluta,de Dios
.y uupstra ahsoluta dependencia.


No basta haber reconocido en Dios las cualidades
de legislador, y pOl' consigu iente el derecho de darnos
leyés ; es preciso tamhiell .demostrar qneha hecho uso
de este derel'ho, dándonos leyes. l\'[ucho hemos avanza-
do ya en la demostracion de 'la existencia de las leyes,
con haber averiguado en Dios el derecho de dar leyes, y
que son suscpptihles tle ellas los hombres; al hallar UI1
superior que posee por su naturaleza hasta lo SUIlIO, lo·
das las condiciones requel'idas para constituir una au-
toridad ~egítiIlJa, y por otra parte á homures que son
criaturas de Dios, dotados de inteligencia y libertad, ca-
paces de obrar libremente por sí, sensibles al placer,! al
dolor, susceptibles de hien y de mal, de recompensa y
de pena. Tal aptitud para dar y recibir leF5 no debe
fJl1edal" inntilizada. Esta ~oncurrencia de relaciones y de
circunstancias indica UII objeto, y debe tener algun elec-
to, así como cierta organizacion en el ojo indica que es-
tamos destinados á ver la I uzo (~Por qué r.os hahia de
haber hecho Dios á proposito para l't'ciLil' leyes, sino flue-
ria imponémoslas? ¿ A qué crear estas facultades para qne
quedasen intltilizada~? Es pues no solamellte posible si-
no tambien muy probaLle, que tal es en general Ilues-
tro destino, á menos fine razones mas fuertes uo prue-
ben 10 contrario; pero lejos d{~ que haya Hlzon alguna
que destruya esta primera presuncioll. veamos como to-
do concurre á robustecerb.


Al eOllsideral' el O\'den admirahle que ha estableci-
uo la suprema sabiduría en el mundo físico llO pode-




=


(43)
moS persuadimos de que haya abandonado al acaso y
al defil,),rden el mundo espiritual () lI1oral. Por el contra-o
rio nos diCta la razan que un ser sábio se propano en
todo Un fin prudente y racional, empleando para obte-
nerlo los medios necesarios. El fin que se ha propuesto
Dios con respecto á sus criatur:Js y al hOlllore en partku~
lar, n() puede ser mas que su gloria por una parte, y
poro~ra, la perfeecion y felicidad de sus criaturas, en cuan-
to es compatible con su naturalpza ó su eonstitucion .. E5-
tos dos objetos tan dignos del Criador se cQmbinany arJUan
pel'fectamente; pOl'qlle la gloria de Días consiste en ma-
lJifestar sus perfecciones, su podel', bondad, sabiduría
y justicia, y estas mismas virtudes uo son: ott'a eO'5a que el.
amor al orden y al bien universal. Asi pues, queriendo
el Set' soberanamente perfecto y dichoso conducir al, h(''11-
Lre al estado de orden y de felicidad que ·le conviene,
tiene que q-uerer lo (iue para esto es necesario. Luego el
lmico medio de llevar á este fin á un ser como· el hom-
bre, dotado ue la facultad de escoger y de seguir un ca...;
mino mas bien que otro, es mostrarle el 'oIerdadero, ¡'Vau...,
dándole que Jo siga sin s~pararse jamás deé!..


Mas para dar mas fuerza á nuestro raciociuio, COIl~
!;iderf\llws las conse'cuencia5 naturales del sistem.a o¡mes-
lo;. ¿Qué serian el hombre yla sociedad si cada. uno fue-
.-á' de . tal. modo seüorde sus acciones qlle' -pudies.e ha.,..
cerio -tod(l' á su antojo, sin mas principio dc. ,conduela
<Iue I su caprrcho Ó sus :pas.iúnes? Supougase ql:le aban-
donando Dios al hombre: 'á. 5J mismo, no, lo \tulliese pres-
~rito :ninguna regla de conducta, I1Gl le huh:i:el"l 5u.ieta(~o
á ley alguna, entonces hi mayol' parte de .la:J: Jacnll~des
y' talentq)s del hordll'l:! le .s.el~ian irHltile~j}De que le ser..,
,-iria' la'antorcha oc la: ni~on, sino seguia más que un
instinto ciego y tosco. :sin ·rltender á sus pns'ol:i 1 ¿ De que
la faqtlta(.J de suspender sus ,itiieios si se deju 'persuadir de
las primer'as apariencias?'¿De que le serrirá Ia,rcflexiott,
sino tiene entre que escog.cr.ó ddihe.rar, y si en ve~ i:lfi
escLlc\:lar lOs consejos de la,prudenciasc.dC'ju .. u'rasll:ar por




(nO)
ciegas inclinaciones? N o solo serian enteramente frívolas es-
tas facultades que constituyen ]a escelencia de la dignidad
de nuestra. naturaleza, sino que nos perjudicarian con su
misma escelencia, porque cuanto mas bella y sublime es
una facultad, tanto mas peligroso es el abuso (lue de ella se
hace.


, Pero; no . seria llnicamente esto una gran desgracia
para el hombre considerado solo y en sí mismo, lo se-
ria mucho mayor para el hombre considerado en el es-
tado de sociedad; porque este estado exige mas que nin-
gun otro \ leyes, para que cada cual ponga límites á sus
pretensiones' y no átente tontra el derecho de otro; pues
ele otra suerte naceria la licencia de la independenda;
y dejar abandonados ú los hombres á si mismos, seria de-
jar campo libre' á las pasiones y abrir la puerta á la.
injusticia y 'á las crueldades. Si quitamos las leyes na-
turales y el lazo moral que mantiene la justicia y la
huena fe en todo un pueblo, estableciendo tambien cier-
tos deberes, bien en las familias (, en sus demas relacio-
nes, vel'emos reducidos los hombres á bestias fero-
ces, reopecto unos de otros, y cuanto mas diestros y
hábiles 5eim, tanto mas peligrosos serán pal a sus semejan-
tes, pues que la destreza se convertirél en astuda y la
habilidad en malicia, y en vano. seria hablar de las ventajas
y dulzuras ;de la sociedad, porque esta se cOllvertiria en
una guerra continua, en un verdadero vandalismo.


Si se alega que los misnlO :hombres no deJarian de
remedial' estos desórdenes estableciendo leyes, respon-
deremos que ademasde que no tendrian fuerza alguna
las leyes humarJas,síno se fundaban en principios de con-
ciencia, reconoce· esta objecÍon la necesidad de leyes
en general; porque si está ene!. orden que establezcan los
homLres et~tre sí una regla de vid~, para estar á cubier-
to de los daños que temiesen unos de otros, J para
procurarse las ventajas que pueden labrar su felicidad
pública (, particular, nos da· á comprender esto mismo
que el Criador que es infin~tamente mas sábio, 'Y po-




(al)
deroso que nosotros habrá seguido el mismo método.


y á la verdad, si se hubIera fiado b valido de los hom-
hres para establecer leyes, me condolería de que sieu-
do infinitamellte mas sábio y mejor que ellos hubiese ol-
vidado su sabiduría y su bondad para remitirse á la de
seres "ici050S y de limitados alcances. Preguntaria cómo
se han manejado los hombres para esto, ¿qué guia han
tenido para establecel' sus leyes, si 110 han hallado en sí
mismos el principio y el modelo? Me quejaria de que
un Dios tan bueno y tan sábio me hubiera abandonado
á los estravios, ó por lo menos á la insuficiencia de las
leyes humanas; puesto qua la ley civil solo tiene fuerza
para impedir que violen los hombres la jU3ticia mani-
fiestamente, sin alcanzar los atentados secretos no me-
nos perjudiciales. Finaimente me doleria de que no hu-
hiera un principio represor para los que velan por el sos-
tenimiento de las leyes; porque una justicia enteramen-
te humana estaba muy espuesta á no ser mas que una
sombra de justicia.


Pero sin buscar fuera de nosotros l'azones que nos
convenzan de la existencia de las leyes naturales, entremos
en nosotros mismos y veremos efectivamente que lo que
debíamos esperar en esta parte de la sabid uria y bondad
divina, se halla dictado por la recta razon que nos ha da-
do, y por los priucipios que ha grabado en nuestro coraZOlJ.


Si hay verdades de especulativa que sean evidentes,
y axiomas ciertos que sirvan de base á las ciencias, no
hay menos certeza en ciertos principios hechos para diri-
girnos en la práctica y para servir de fundamento á la mo-
ral; por ejemplo: que el Criador merece la \'eneracioll
de la criatura: que el hombre debe buscal' su felicidad,
que se debe preferi,' el hien mayor al menOI' , que me-
rece reconocimieuto un beneficio, que vale mas el esta-
do de Ol'den que el de desorden, ctc. Estas' máximas y
otras semejantes son casi tan evidentes como aquella de
que el todo es mayor que cada una de sus partes, ó que
existe la causa antes que el efecto, etc.: todas están




(a2)
dictadas por la mafJ pura razon, y por esto nos vemos
todos como obligados á darles nuestraaprohaci.on. Ape-
nas hay quien cOhtrovierta estos principios generales, y
lÍnicamente se disputa acerca de su aplicacion y de SU$
consecuencias; porque es tan fuerte la evidencia de es-
tas máximas que hasta los libertinos y los prostituidos
apedrearian á los fIue osaran decir en plíblico, que son
inocentes el libertinage y la prostitucion. En vano abri-
ria su escuela un maestro público de las malas costum-
bres. T(){los hablan con horror de los flue se atreyen á
negar la existencia de las ieyes naturales, cuya impre-
sion es tan profuIlch, que no se borra 1Il aun de los es-
píritus resueltos á descoIloce'rlas, silla que embarazan-
do sus pensamientos y arrostrando ó combatiendo los es-
fuerzos que hacen para estraviarse, los conducen á lo~
sentimientos· que desmienten tan estrafias ideas.


Finalmente lo que nos acabará de demostrar la exis-
tenda de las leyes naturales es, que habiendo sido cria-
do el homhre para un fin cierto, y siendo este fin con ...
forme á su naturaleza, el mismo acto de la creacion con-
tenia su propia legislacion; porque creado para un fin,
la voluntad del Criador era tIlle se dirigiese Ít él en to-
das sus operaci'ones; lo contrario seria una contradiccion
manifiesta. Asi pues para dirigirse al fin de la creacion,
es necesa\'Ío seguir la voluntad del Criador, á (Iue lla-
mamos ley natural.


l\Ias:'I;ara que 110 podamo3 alegar ignorancia de esta
ley general, nos la ha manifestado Dios de Hn modo digno
de él, dando al hombre la :llItorcha que llamamos razan,
cuyas luces:' hacen conocel' á los mas simples y menos
instruidos 10tIue es conforme á la ley natural ú á su
voluntad, y laque no lo cs. Entremos en algunos por-
menOl'es "sobre esta maleria, y no nos contentemos con las
palabras, nueon, antorcha, luces, etc.


Todos ,los seres cl'iado5 por la /llallO de un ser ill-
fJnitamcllte !'lábiú, deben tender al fin de su creaciolJ. tos
seres inailimados, incapaces de dirigirse á sí mismos tien·




a


(n3)
CIen á su fin por una fuerza ciega, qua dirige sus mo·
vimientos, segün las leyes que llamamos mecánicas. Los
seres animados, dotados de conocimiento, deben dirigir-
se á él pOI' medio de movimientos espontáneos, habien-
do conocido lo que puede convenirles ó no para llegar
á su fin comUII, igual al de todos los demas seres, á
saber', á Sil conservacion; por consiguiellte en esto no hay
diferencia entre el hombre y el hruto, pues este cono-
ce lo mismo que el hombre los objetos que se ofrecen á
sus relaciones con Sil conservacion <'> destruccion, bus-
ca los primfTos y evita con cuidado los últimos; aun-
que es verdad que este conocimiento se limita en el hru-
10 á la esfera de su existencia y de su destino, y que no
pasa del término de la vida, cuando el hombre, hecho
para otra vida mucho mejor que la present e, como ve-
remos ma,s adelante, debe conocer no solamente lo que
conviene o no á su conservaCion presente, sino que debe
tener á la vista la vida futura, vida de premios y penas,
segun se halleó 'no c~mforme á la voluntad del Criador.
Asi pues, era necesario que su elltewlim iento penetrase
mucho mas que el de los hrlltos, y que ademas del co-
Jlocimiento de los objetos pl'esentes y de su relacion con
su conservacion ~ pudiera ccnocer su~ relaciolles con el
CriadOl' y' con' sus semejante:;, .y las cOlIsecuencias de es-
tas relaciones con la vida futura. Ademas como estas
relaciones suelen ser ya muy sencillas, ya muy compli-
cadas, en tél'minos de no podedas conocer sino por largas
indl1ccionesde ideas sacadas de ciert05 prillcipios generales,
Jlecesitaba 'un entendimiento mas :ilustrado para recibir
ciertos principios, sacar de eltos las consecuencias mas
segura:'l'y las mas ciertas para \lna cOllducta conforme ,á sus
relaciones, á su felicidad y destino. Y esta mayor luz que
tiene su eIIN~rJrlimient() sobre el de los brutos es lo cIue
constituye' su"diferencia, es lo que llamamos razono


l,a ruzon es pues lo que nos hace conocel' las má-
ximas generales de la moral; la que nos \¡3Ce considerar
las relaciones con puestra presente cOl1ser\'acion y na:e~·




(a4)
tra futura felicidad; en una palabra la que nos dá á
conoce.' la voluntad de Dios y la relacion que tiene con
nuestra felicidad; la conformidad de nuestras acciones con
esta yoluntad soberana.


Pero no nos hagamos ilusiones. Todos los hombres
están dotados de razon, esto es, de un entendimiento
hastante ilustrado para conocer la ley natural; pero el en-
tendimiento es una facultad, y toda facultad exige ser
ejercitada y por lo mísmo perfeccionada; de lo contrario
no puede ejecutar sus funciones; dura verdad que jus-
tifica sobrado ti esperiencia, pues que vemos hombres,
cuya l'azon no se halla cultivada, que distan mas de los
uemas hombres que de algunos brutos; porque sino se
cultiva el gérmen de la razon, se sofoca y ahoga, y al' ..
}'astrado el homore por la violencia de las pasiones, lIe-
ga á ser infinitamente peOl' que los brutos. Conócese
hastante por aqui la necesidad de la educacion, y de aque-
lla educacion que nos forrua el coraZOll por el desarl'O-
110 del espíritu. Porque sabido es, que muchas veces es
el espíritu juguete del corazon, si bien es contra su vo-
luntad, y puede recobrar fU ascendiente; pero si el cora ..
zon es el juguete del espíritu, 110 podrá volver este al
corazon á sus verdadel'os sentimientos.


Siendo la razon el intérprete de la ley natural, y
esta ley conforme á nuestra naturaleza y á nuestl'a cons-
tilucion, con razon se ha dicho que la ley natural está
gt·abada en nuestros corazones, porque conocemos lo que
nos conviene o no, lo que 'conviene o no á nuestros se-
mejantes, tanto pOL' el cO!locimiento intimo de nuestra
propia naturaleza como pOI' 'medio de la razono Por eso
jamás es invencible la ignorancia de las leyes natura-
les ..


Parece bastante claro por lo que acabamos de de-
cit', que solo debemos buscar el fundamento de las leyes
naturales y la razon pOl'que prohibe Dios ciertas cosas y
manda oh'as, en la naturaleza misma de' las acciones hu--
manas, en sus diferencias esenciales y en sus consecuen-




(a a)
cias. No 80Íl estas leyes arbitrarias ó tales (Iue pudiera
Días dejar ,de dar/as u dar otras difercntp.s, pues las le-
yes morales fundadas en la naturaleza hUl1una son tan
inmutables como las del movimiento fundadas en la na-
turaleza de la materia. La sabiduria soberana asi como
el soberano podel', no pueden hacer lo que es coutl'a-
dietario, pues siempre sirve de regla á sus detel'minacio-
lles la naturaleza de las cosas. Dios era árbitro, sin
duda alguna, de criar al bombre tal cual es, ó de darle
una naturaleza diferente: pero determillado á criar un
ser racional y sociable, ya no podia prescribir/e Ulas que
lo que conviene á semejante naturaleza. La suposicioll
de que las leyes naturales dependen de la voluntad ar-
hitraria de Dios, destruye y arruina la idea de las leyes
JJaturales; porque sino fueran estas leyes uIIa conse-
cuencia necesaria de la naturaleza. constitucion yesta-
do del hombre, solo tendriamos conocimiento cierto de
ellas por una l'evelacion clara, Ó por otra promulgacion
formal de parte de Dios. Conviniendo pues en que el
derecho natmal es y debe sel' conocido por solo las luces
de la razon, seria destrnirlo concebirle dependiente de
una voluntad arbitraria, porque entonces ya no proven-
dría su conocimiento del movil de la razotl.


Dedúcese de todo lo dicho que las leyes naturales
son: 1. 0 inmutables; porque siendo conformes á la na-
turaleza del hombre, mientras que el hombre sea tal cual
es, es absolutamente neces3l'jo que las leyes natur.ales sean
tales cuales son: 2. o universales; porque no solo están
igualmentp. wmetidos todos los hombres al impe-
rio de Dios, cuya voluntad manifiestan las leyes natu-
rales, sino que tambien teniendo estas fundamento
en la constitucion y estado de los hombres ysiéndoles
promulgadas por la razon, es bien daro que convienen
esencialmente á todos, y que les obligan sin distincioll
alguna, cualesquiera que sean las diferencias que haya
entre ellos; porque jamás llegan á cambiar la llaturale-
za humana. Esta es la diferencia que hay enLre ·Ias le-




(06)
yes naturales y las positivas; porque una ley positiva
5010 concierne á ciertas personas ó á ciertas socieda-
des particulares. « Si la inteligencia, dice Marco Anto-
l'Tlino, es comun (t todos, tambien, lo es la raZon que
»nos hace animales racionales. Si lo ~s la razon, tam-
),bien lo será la que manda lo que debe hacerse ó evi-
),tarse: Siendo esto asi es coml1n la ley; siendo la ley
),coll1l\n somos ciudadanos; siclldo ciudadailOs \-ivimos
,)hajo una misma policía y por consiguiente el mundo
)Jesuna ciudad.)) ( Véase sobl'e esta leccion á BURLAMA-
QUl, segunda part., cap. III y V. á PUFENDOltFlO, lib.
U, cap. Ill. á CV~IBEr.LAND, cap. V y VI.


LECCION VIII.


De los principios ge.nerales de las leyes naturales, y del
modo de desal7vllar}os.


J~os principios de las leyes naturales son aquellas verda-
des ó proposiciones primitivas, por las (lue podemos cono-
cer la voluntad de Dios con respecto al hombre en gene-
!'al, y por consiguiente los casos particulares, por medio de
una Justa y racional aplicacion,


Es neeesario, pues, que estos principios sean verdade-
ros, sencillos y suficientes, verdaderos, es decir, funda-
dos en 'la naturaleza del hombre _que es el verdadero fuu-
damento de las leyes lHiturales. Todo principio falso ó que
110 se funde en la naturaleza humana no podrá conducir
al hombre al verdadero camino ele la felicidad,


Deben ser sencillos, paú que puedan los hombres
comprenderlos faeilmente ; porque siendo obligatorias las
leyes naturales á todos los hombres, es necesario que los
primeros principios de estas leyes sean lan claros que
]lUeda comprenderlos cualquiera, para ·conducirse segun
las luces que arrojeit, lo que exige sencillez .v claridad.


Finalmente, dehe\\;ser suficicutc.s; porque siendo los
}ll'illCipios dc II ucstra cond\tc\.a ~ COII viene ({ ue 56 deuuz-.




-


(iJ7)
can de ellos todas las consecuencias necesarias de to-
dos los casos particulares; de suerte que la t'sposicion de
los pormenores sea propiamente la aplicacion de los prin-
cipios; y corno la mayor parte de las leyes naturales eslall
sujetas á diversas escepciones, es necesario que sus p,'iuci-
píos comprendan la razon de estas escepciones, y que no
solameÍlte se puedan sacar todas las reglas comunes de
moral, sino que sirvan para restringi,' estas reglas cuando
el lugar, el tiempo y la ocasion lo exijan.


El único medio de llegar á conocer los princij)ios ge-
nerales de las leyes naturales, es considerar con atencion
la naturaleT.a del homhre, su cgnstitucioll , las relacioll!:'s
que tiene con los seres que le rodean y cfln los que de ellas
resultan. En efecto, la misma palabca Dererho natural y
la nocion que de é)hemos dado, hacen ver que los princi-
pios de esta cien~ia solo pueden aprenderse pn la natura-
leza y constitncion del hombre, Siguiendo pues este cami-
no, hallaremos al punto <los máximas que son el funda-
mento de todo al sistema de las leves naturales.


J. lodo lo que exúte en la naturaleza del hombre .y
en su cOllstltltÚOIl prilluúva X originada, .y es una CO/lSC-
CUf'nrla npcesal'l'a de esta naturaleza y cOllstltucion, !lOS


¡r indica la illtenclon ó ¡'oltmtad de Dios aCelca dellwmlJ1c,
r nos da á conocer por cons¡guiente las le.yes natllrales.


JJ. ilIas para formarnos llIl sistema completo d« las
leyes naturale.\', es preciso no solamente considerar la
naturaleza del lWllll)/,e tal cual es cn si misma, sino aten-
der tambien tÍ las relaciones que tiene COIl los demas se,·
res yen los (!i,'Cl'SOS estados 1ue de ellas rcsultan; de lo
contrario es claro que solo tendríamos un sistema incollZ-
pleto y dejecluO\'O.


Puede decirse que el fundamento general del sistelua
<le las leyes natu,'ales, es la naturaleza del homb.re cnlen-
<lida COIl todas las circunstancias que le acompaüan, y de
que nios mismo le ha rodeado para ciertos fines, en cualHo
por c!>te medio puede cOllocerse la voluntad de Dios,Fn
ulla palabra, habiendo recibido el hombre dell11is.I,no Di():;




(~3)
todo cuanto tiene ya con re"peclo á su existencia como á la
manera de existir, con solo que est.udlelllOS bieu al hom-
bre, nos instruin=:mos completamente de las miras que se
propuso Dios al darnos el ser, y por consiguiente de las
reglas que debemos seguir para lIeuar las miras del Cria-
dor. Iguales son los medios que tiene I~ fisica para descu-
brir las leyes de la materia.


Ya hemos dicho que se puede considerar al hombre
bajo tres conceptos, ó en tres estados diferentes, que com-
}1fendan todas sus relaciones particulares. En primer lugar
se les f>uede considerar como criatura de Dios, de quien
recibe la vida, la razon y todos lus dotes de que goza. En
segundo lugal', como un ser compuesto de cuerpo y alma,
y dotado de muchas facullades diferentes, como un ser que
ama naturalmente y que desea necesariamente su propia
felicidad. En fin, se le puede considerar, como constituyen-
do una parte del género humano, como colocado en la
tierra entre seres semejantes á él Y con jos cuales se
inclina y aun se vé obligado por su condicion natural á vivir
en sociedad. Tal es, de hecho, el sistema de la humanidad
del que resulta la distincion de IIuestros deberes, la mas
comun y natural, lomada de los tres diferentes estados de
que acabamos de hablar: deberes hacia Dios, hacia nosotros
mismos y hacia nuestros semepntes.


Dándonos á conocer 'a razon á Dios como ser que existe
por sí mismo, como soberano seiJor de todas la~ cosas y en
particular como nuestro criador, conservador y bienhechor,
se deduce desde luego qne tenemos que recollocer por fuer-
za la soberana perfeccion de ese ser supremo, y la ab-
soluta dependencia que de él tenemos) lo que debe es-
citar por comiguiente en nosotros scntimientl)s de respeto,
de amOl', de temor y de perfecta adhcsion á su voluntad. Y
¿para que se habia de haber manifestado Dios á los hombres pm'
medio de la razon sino para que le conociesen y tuviesen
de él sentimientos adecuados á la escelencia de su natu-
raleza, es decir, para que le amasen, le adorasen y obedecie-
sen? E1illfinito respetode que nos dcbemospenelrar hacia.




(j9)
Dios es una consecuencia natural de la inmensa distancia"que
ha\' de su naturaleza á la nuestra. Del"Ívanse tarnLien natural-
m¡nte de la idea que nos formamos de tan gran bienhechor
el amor y el reconocimiento que le tenemos; y su justicia
y poder deben inspirarnos el temor de desagradarle. Lue-
go todas estas consideraciones conl:urren á hacernos cono-
cer la obligacion rigurosa en que nos hallamos de confor-
marnosá su divina voluntad. Estos sentimientus producell
en nosotros lo que llamamos piedad, la cual cuando se es-
presa con señales esteriores, tales como son las costumbres
y el culto, se llama religioll. Mas adelante indicaremos sus
diferentes deue¡'es.


Si luego buscamos el principio de los deberes que nos
conclemen, no será dificil descubrirlo, examinando cual
es la constitucion interior del hombre, cuales han sido las
miras del Criador con respecto á él, Y para qué fines le ha
dado las facultades del espíritu y del cuerpo, que consti-
tuyen su naturaleza. Es evidente que al crearnos Dios se
propuso nuestra conservacion, nuestra perfeccion y nuestra
felicidad, segun manifiestamente aparece de las facultades
COl! que está emiquecido el hombre, que tienden:í estos fi-
nes, y de la fuerte inclinacion que ncs induce á busc~Il' el
bien y á huir del mal. Dius quiere pues, que. cada cual tra-
baje por su conservacion y perfeccion para adquirir la fe-
Jieidad de que es capaz, conforme á su naturaleza yes-
tado.


Mas como pélra mirar por nuestl'a eonservacion y per-
feceion es preciso que nos amemos, se deduce que el
pr incipio de nuestros deberes hácia nosotros mismos es
el amor de nosotros mismos.


Finalmente si darnos al a mOl' propio el primer lu-
gar en el exámen de la cOllstitueion humana, no es por-
que p¡'etendamos que deba cada uno preferirse siempre
á los demas, ó mirar lÍnicamente á su interés particu-
lar, sin eonsideracion al ageno, sino que le damos este
lugar pOI' una parte, porque. cada uno conoce natural-
mente su existencia antes que la d~ otro, y porque los


I •




(6U)
sentimientos del amor üe nosotros mismos preceden á
lw; qne UDS mueven á interesarnos por otro: y por olra
})arre, porque el cuidado de nuestra propia conservaeion
y utilidad nos toca mas de cerca que cualquier otro;
pues aun cuanclo nos propongamos el bien público, co-
mo que constituimos parte del génel'O humano, y por
consigllientQ participamos tambicll de la utilidad comun,
)ladie hay que pueda encargarse de nuestros propios in-
tereses mejor que nosolros mismos.


Dei principio del amor propio es fácil deducir las
le)'es naturales y lus deberes que directamente nos con-
ciernen. El deseo de nuestra felicidad exiga en primcl'
lugal' el' cuidado de nuestra conservacion. Y en segun-
do, que sin perj uicio de las demas cosas, prefirámos el
cuidado del alma al del cuerpo. Nada <lebelllos perdo-
nar para perfeccionar nuestra razon, nprendiendo ú dis-
cernir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo daüoso,
])qra COllocelO bien lo que nos interesa, y para juzgae
hien acerca de ello; pues en esto consiste la perfeccioll
del entendimiento ó la sauiduria. AdeUlas debemos te-
ner resolucion y ourar constantemeIlte conforme á esta
luz, no ohstante toda sugestion ó pasion contraria; por-
que esta fuerza ó esta perseverancia del alma en ~eguil'
los consejos de la sabiduria, es lo que propiamente COIIS-
tituye la "irtuu y forma la perfeccioll de la voluntad,
sin la que de nada nos servirian las luces del entendi-
miento.


Los deberes del hombre con respecto ú IOSi cuiJados
Jel CUerpo, son COllseryar y aumentar sus fuerzas natu-
rales ton los "Iimelltos y ejercicios cooyenicntes; por lo
que deberá evitar todo esceso y todo "icio. La obli~acion
(le com~el'\'arnos compreHde los jostDs límites de la le-
gítima defensa de nuestra vida, de !HlCStro honor y d~
nuestros bienes.


Pero no hasta esto solamente = al advertil' que no
('xi~timos solos en la tierra, (lue nos hallarnos entre una
infinidad de seres semejantes en todo :í 1I0sotros , y su-




- (61)
jetos por nuestro nacimiento á tal estado y por obra de
la providencia, deb~mos deducir que no ha sido la in-
lencion de Dios que cada cual viviese solo y separado de
los demas, sino, que al contrario, quiso que todos vivie-
sen juntos y se constitüyesen en sociedad. N o habien-
do duda de que el Criadol' pudo formar á todos los
hombres á un tiempo mismo, y separarlos, dándoles
cualidades propias y suficientes para este género de v ida
solitaria, es claro que si no ha seguido esta idea, es
porque ha querido que se comenzase por formar eutre
los hombres los lazos de la sangre y del nacimiento, aque-
lla union mas estensa que q ni::.o establecer entre
ellos.


En efecto, es tal la naturaleza y la constitucion del
hombre que no potIda conservar su vida fuera de la
sociedad, ni desarrollar y perfeccionar sus facultades y ta-
lentos, ni procurarse una felicidad solida y verdadera.
¿Qué seria de un niño si UQ socorr~ese sus necesi-
dades ulla mano benéfica y carit'ltiva? Pereceria si na-
die cuidase de su existencia, si nadie le prodigase con-
tinuos auxilios en el estado de debilidad y de iudigencia
en que se halla. Sigámosle en su juventud y solo halla-
}'emos tosquedad, ignorancia y algunas ideas confusas que
apenas podrá manifestar; si por ventura se hubiera aban-
donado al ímpetu da sus pasiones, solo veremos en él
un animal salvage, fer0z tal vez, desconocedor de todas
las comodidades de la vida, sumido en la ociosidad, víc-
tima del fastidio y apenas pudiendo proveer las páme-
ras necesidades de la naturaleza. ConsiGerémosle en la
ancianidad, y veremos como le reducen una multitlid de
flaquezas y de achaq ues casi á la misma dependencia de
los demas, en que se hallaba en su infancia; deppnden-
cia que se dá á conocer mucho mas en las desgracias
y enfermedades, porque ¿qué seria entoncesuel hombre
si se hallase en la soledad? ¿Qué seria de nosotros siu
el socorro de nuestros semejantes, que es el únrco que
nos puede gal'antil' y aun libertal' de los diversos males.


. 6




(82)
y hacer dulce y feliz nuestra vida, cualquiera que sea
la edad ó la situacion en que nos hallemos?


Siendo tan necesaria al hombre la sociedad, le ha
dotado Dios de constitllcion, facultades y talentos que
le hacen propio de tal estado. Tal es por ejemplo, la
facultad de la palabra que nos suministra el medio de
comunicar nuestros pensamientos con suma facilidad y
prontitud, y que de nada nos serviria fuera de la so-
ciedad. La utilidad de la inteligencia solo se desar-
rolla en sociedad; por medio de ella han traspasado
nuestros conocimientos los limites del globo en que nos
encontramos encerrados, hemos llegado á multiplicar, por
decirlo asi, nuestra existencia personal, á pensar. á ohrar
con los demas hombres, y á dar á nuestra voluntad el
poder de constItuirnos á un mismo tiempo en diferen-
tes lugarfs; ¿ para que pues habríamos de haber recibi-
do estas facultades iutelectuales, con cuyo auxilio nos
comunicamos y servimos mútuamcnte los· homhres mas
distantes unos de otros, sino para fine existiese la socie-
dad de los hombres por el habitual ejercicio de estas
mismas facultades?


Pero esta inteli~encia fIue nos hace dlleüos de todo
cuanto respira, que permite que sea nuestra debilidad la
fuerza dominante en la tierra, que nos eleva en fin al
evidente cOllof'.imiento de tantas verdades sublimes é im-
portantes á nuestra felicidad, nos dejada en un estado
que por muchos conceptos seria muy inferior al de los
brutos, si no se hallase enri<!uecido en cada hombre con
las ¡Ilces que le suministran los demas hombres. POI'<{ue
ese don tan precioso de lluestra inteligencia, es una es-
pecie de patrimonio comun, que tiene tanto valor cua\l-
to le dan tocios los hombres, <{ue participan en COlnUII de
sus frutos. Aun cualldo la muerte \lOS separe de la so-
ciedad, no por eso priva ú esta de la parte dc inteligencia
que hemos ellltivado durante nuestra vida; los descubri-
micntos fIue hemos hecho con su auxilio, todos los bie-
lIes cn llll:l palahra, '¡He hemos reportado dc ella suh,




(65) .
sisten despues de nuestra muerte, cuando lús hemos que-
rido comunicar y no privar de ellos á la sociedad. De
manera que subsistiendo despues de nuestra muerte nues-
tra inteligencia para utilidad de nuestros semejantes, se
puede decir tlue estos uos la heredan. Finalmente, si
no fuese nuestra inteligencia comun á toda la sociedad
h'nmana, se hallal'iau . sus progresos, dcspues del tras-
curso de muchos siglos, se hallarian tan poco adelanta-
dos como podrian estarlo en el corto espacio de la vida
de un homhre. Por otra parte sabemos lo poco que ha
progresado la inteligencia humana en algunos i[¡dividuos
que han tenido la desgracia de pasar los primeros años
de su vida eu un completo aislamiento,


¿ Qué liSO haria el hombre, fuera de la sociedad, de
esos sentimientos tan conformes {¡ su naturaleza, qne tan-
tas veces le dominan, á pesar de todos los esfuerzos de
las pasiones contrarias? de aquellos sentimientos, á que
ha unido la naturaleza tantas dulzuras, la benevolencia,
la amistad, el reconocimiento, la compasioll y genero-
sidad? Como que son propiamente estímulos sociales, se-
rian absolutamente ~l1perfluos y aun perjl1diciales fuera
del estado de sociedad, por1lue no pudiendo el hombre
entregarse á ellos, viviria en un contínuo tormento. Es
verdad que no sentiria en semejante estado sus estimu-
las tanto como en sociedad, porque no podrian desar-
rollarse; pero por lo menos ex:stiria su gérmen, y este
gérmen de las inclinaciones sociales demuestra c1m'amen-
te su destino, á saber, la sociedad.


Todo nos dá, pues, á conocer la nf:cesidad de la so-
ciedad y todo nos convida con clla ; necesidades del cs·
píritu y del cuerpo, facultades, estímulos. inclinaciones,
organizacion física, el mismo amor propio, y la necesi-
dad de nuestra conservacion, de nuestt'a perfeceion y fe-
licidad. Por una parte nos vemos inclinados á ella por
necesidad; por otra hallamos en ella ventajas muy consi-
derables, y los placeres mas puros. Esto nos demuestra
con bastante claridad f[Ue la intencioll del Criador es que


!




(64)
vivan los homhres e!! socied3d, y que cada uno se con-
duzca en ella cual conviene para hacer que le sea lo mas
útil y agradable que sea posible, ya á sí mismo, ya á
los demas por medio del ejercicio recíproco de las virtu-
des socia lec; que estrechan de cada veZ mas los vínculos de
los hombres.


Llaman los moralistas sociabilidad, á aquella dis-
posicion que nos inclina á ser benéficos con nuestros
semejantes, á hacerles todo el bien que depende de
nosotros, á conciliar nuestra felicidad con la suya, y á
conformal' siempre nuestra utilidad particular á la co-
muu y general. Cuanto mas nos estudiemos á nosotros
mismos llIas nos convenceremos de que la sociabilidad
es conforme á la voluntad de Dios; porque ademas de Sil
necesidad. la hallamos grabada 'In nuestro corazon~ porque
si pOl' una parte ha inculcado en él el Criador el amor
de nosotros mismos, por otra ha impreso un sentimien-
to de benevolencia hácia nuestros semejantes; pues es-
tas iuc1irJaciones aunque se diferencian mucho, no se
oponen en lo mas minirno, y al imbuírnoslas Dios, ha
querido que obrasen de cOlllun concierto para auxiliarse
mútuamellte, y de ningull modo para destruirse. Asi los
corazones mas bien formados y generosos tienen la mas
pura satisfaccion en hacer bien á los demas hombres;
porque eu esto no hacen mas que seguir una inclina-
cion natural.


Del principio de la sociabilidad se derivan natu-
ralmente todos los deberes "del hombre hácia sus seme-
jantes. Porque, l. o esta union que ha establccido Dios
entre los hombres les manda, que en todo aquello que
liene alguna relacion con la sociedad, sea la regla su-
prema de su couducta el bien COll1un, y que atentos
á los consejos de la prudencia, no busquen jamás 5ll
utilidad particular con perjuicio del bien público.


2. o El espíritu de sociabilidad dehe ser universal.
1.a sociedad humana comprende á todos los hombres con
Ifuienes se puede tl'alar, pucs (Iue está fundada en las




(Go)
mútl1as relaciones que tienen en consecuencia de su esta-
do y naturaleza; por lo cual consiste la sociabilidad en
la disposicion general que inclina un hombre hácia cual-
quiel' otro, yen virtud de la cual se consideran como
uuidos por los lazos de la paz, de la beneficencia y
del afecto, de donde resulta una obligacioll l'eciproca.


3. o Ademas la razon nos dic'ta que deben gozar de
los mismos derechos las criaturas de la misma clase y
especie, y que han nacido con las mismas facultades;
por lo que estamos obligados á consideramos como igua-
les por naturaleza, y á tratarnos como tales; y de aqui
se infiere que si teuemos derechos, debemos tener tambien
deberes, que todo cuanto los demas nos deben lo debe-
mos nosotros tambien, y por consiguiente que no hay
Jlillgun derecho sin deber, ni ningun deber sin dere-
cho. He aqui el fundamento de todos los deberes recí-
procos.


De lo dicho en esta leccion podemos deducil' que
hay tres principios de derecho natural relativos á los tres
estados primitivos del hombre; á saLer: la religioll, el
amor de nosotros mismos y la sociabilidad, principios
que tienen todos los cal'acteres que arriba exigíamos. Son
?-,erdaderos, porque se fundan en la naturaleza del hom-
bre; son sencillos, pOl'que tomados del foudo de nuestra
propia conciencia por medio del -raciocinio mas natural,
nadie puede ignorarlos por poco que atienda á lo que
pasa en su interior, y en fin son slfjicientes, porque
como veremos mas adelante, abrazan todos los objetos
de nuestroS deberes y sus escepciolles, y por consiguien-
te nos dan á conocer perfectamente la voluntad de Dios
en todos los estados y en todas las relaciones del hom-
bre.


Entre estos tres principios genelales existe una su-
hordinacion natural, que sirve para determinar á cual de
estos deberes se debe dar la preferencia. El principio ge-
neral para juzgar acerca de esta subordinacÍon es que la
obligadon mas fuerte debe vencer á la mas débil. (cAte-




(66)
«nienses, decía Socrates, yo os Vtnero y os amo, pero
)antes obedeceré {\ Dios que á vosotros.>! He 3(pli una
máxima de que jamás nos es permitido desviarnos. Este
soln principio debernos obedecer il D/os mas que el los
hombres es capaz de salvar un lllillon de faltas de
fidelidad, cuya escusa buscamos en los respetos huma-
nos.


2. o Si lo que nos debemos á nosotros mismos se ha-
lla en oposicion con lo que debemos á la sociedad en
general, la sociedad debe ser preferida.


3. o Si hay competencia entre un deber del amor pro-
pio y otro de sociabiEdad, debe prevalecer el del amor
propio. 4. o Si la oposicion se halla ent.l'e dos debe-
l'e~ de sociabilidad, debe preferirse el que tiene mas uti-
lidad.


Afjadiremos dos observaciones importautes sobre esta
materia. Dicese que entre dos males se debe tscoger el
menor: que debemos cortarnos un miembro por salvar
todo el cuerpo, máxima de que se abusa en estremo.
Esta es una economia que no tiene uso en la moral, en
donde no tienen compensacion los males y en donde no
es licito elegir entre dos vicios; pqes solamente nos pue-
den reducir á este estremo vituperable nuestros juicios
erróneos. Se pone en paralelo la obligacion de los de-
heres, con intereses flue son nada comparados COIl el de
la justicia.


Aun hay otra ilusion mas especiosa, f que es tan-
to mas indigna de escusa cuanto que es mas meditada, á
saber: el hacer un mal con la mira de causar un bieu.
Este bien parece algunas vet'es tan grande y el mal tau
pequeño, que apenas se halla motivo para vacilar en
hacer el uno para causar el otro; pero la obligacion de
ser justo no admite escepcion alguna. La misma auto-
ridad que prohibe las faltas grandes, prohibe las m .. s
peCJueñas, y llega hasta exigir que nos ahstengamos de
hacer lo que tiene npariencins de ser malo. Y seria ul-
trajar la sabiduría de Dios pensar (Itle nos haya im-




(67)
puesto deheres quc solo pudieran cumplirse violando al-
gun otro debcr. Todo ejercicio de virtud cesa desde que
necesita de la concurrencia del vicio. Si se multiplican
las dudas soLre nuestras aeciones ¿ no es casi siempra
por L111a consecuencia de Jluestros descuidos ? No reflexio-
namos ó reflexionamos poco sobre nosotros mismos; no
consultamos nuestro corazol1 y los principios de justicia
y de conveniencia que nos dá sobre la naturaleza de
nuestras acciones; no atendemos á los consejos que se
nos ofrecen, o si los recihimos los olvidamos y los per-
defnus de vista por nuestras disi paciones; preferimos los \
conocimienlos~ frívolos á la cicllcia de vivir bien, cual
si esta fuera lo que menos nos interesa; nos entregamos
á pasiones vanas ó desarregladas; y aun los mismos que
se hallan con bastante illstruccion temen muchas veces
tenerla en demasia, y hacen profesion y se jactan de ig-
norar los escrupulosos pormenores de sus deberes. ¡Cuau
pocas almas celosas de sus obligaciones se reconocerán
en este retrato!


LECCION IX.


Aplicacion dc los principios gCllrmles de las leyes na-
turales d las acciuncs humanas, y principalmcnte de
la concicncia.


De los principios generales que hemos desenvuelto en
la leccion anterior se deriva el conocimiento de uues-
tros deberes, pero como hay muchos que uo saben
aplicarlos á los casos particulares, ni deducir las consecuen-
cias debidas que de estos principios se derivan, nos pro-
ponemos dar en esta leccion máximas propias para con-
ducirlos a tan importante aplicacion.


Hemos notado en la leccion VI que la moralidad
de las acciones humanas consistia en su conformidad ú
oposicion á la ley, pues que esta conformidad era la
que constituia la justicia o bondad de la accioD, asi como




(63)
su OposlciOn formaba su malicia ó injusticia: de maner:!,
que será hombre Justú el que obra siempre conforme á
)a ley, é injusto el qne se desvia de ella en sus accio-
nes. Obrar conforme á la leyes cumplit' con los deberes
que esta impone hácia Dios, hácia si mismO y hácia sus
semejantes; pues la idea de lo justo es rclati\'a á estas
tres especies de deberes, de manera que si pudiera haber
una aecion conforme á lo (lue uos debemos á nosotl'os
mismos y á nuestro prójimo, sin (lue lo fuese á lo que
debemos :1 lIuestro Criador, tal accion seria injusta.


La idea que acabamos de dar de la justicia moral es
muy diferente de la que debemos formarnos de la jus-
ticia civil; porque teniendo en consideracion las leyes
humanas el urden y la tranquilidad de la socieLlad, son
acciones justas, segun estas leyes, las eoufonnes al órden
y á la tranquilidad del cuerpo político, cuall\uiera que
sean~las l'elaciones que puedan tener con la religion y el
amor propio; de donde se deduce la gran diferencia que
hay entre la justicia moral y la civil. ((Muy poco hace, de-
cia sábiamente Seneca, el que solamente es hombre de
bjen como mandan las leyes civiles (1) » Véase sobre es-
ta materia á BARREYRAC, Dúrursos sobre la permúion
de las leyes: nuestra cane/asion general, &1 fin del to-
mo V del Del'eclzo natural de BURLAlIIAQljI , y del tomo
III, pág. 360, nota 105. Jamás .re estenderán derna-
si ado sobre esta materia los maestros para dar á co-
nocer á la jUl'entlld á fjuicn instruyen, cuan poco ade-
lanta en el camino de la virtud el que le contenta
únicamente eOIl ser buen ciudadano sin ser tambien 120m-
bre de bien.


Lo que es justo segun la justicia natul'al es tambiell
útil; porque la verdadem utilidad del hombre e[, la fe-
licidad á que aspira y que no puede obtener sin obser~.
val' la justicia natural. La verdadera utilidad es pues re_


(1) De ira, lib. JI. cap. XX VII.




(69)
dproca con respecto á la justicia natural. JUas para no
hacemos ilusiones, es necesario que distil1t;umos dos cIa-
ses de utilidad; porque hay una utilidad que solamente
]0 parece al Juicio corrompido de las pasio(~es desarre-
gladas, que sin pensat' en el porvenir, únicamente se
adlliel'en á las ventajas presentes y transitorias: en es-
te sentido tomaba Horacio lo útil cualJdo decia:


Alque l¡"ra utililas , justi pl'Opé lIlaler el a:qlli.
No tuvo distinta idea de la justicia Agesilao en ando


sostuvo que todo lo que era ütil á Lacedemonia era
bueno: las traiciones de 105 romanos con los gaulas y
con Cartago, el pro~ecto de asesinar á Porsena, ~tc., di-
manaban del mismo principio. Pero bay otra utilidad fun-
dada en las luces de la recta razon, que no solamente
atiende á lo '1nc tiene á la vista, sino que examina sus
relaciones y consecuencias mas remotas. De suerte que
esta razon ilustrada juzga verdaderamente t'ttil línicamen-
te lo que lo es bajo todos a~pectos y para lodo el mundo;
y al contrario, condena absolutamente los deseos desar-
reglados que nos hacen suspirar por alguna ventaja mo-
meutánea, que causa una multitud de males.


Llámase propiamemente honesta toda accian, todo
sentimiento, todo discurso que prueba respecto al órden
general; y se llama hombre de bien al que ~nada hace
contrario á las leyes de la virtud; por lo cual se dá el
nombre de honestidad á la pureza d~ ccstumbres • de
postur a y de palabras. Cicer0n definia la honestidad una
conducta prudenle en que las acciones, los modales y
discursos corresponden á lo que somos y á lo que.debe-
mos Sel'.


Siguiendo pues las ideas que acabamos de dar de lo
justo, de lo útil y de lo honesto, no hay duda en que
pueden confundirse con facilidad. Todo lo que es justo
es útil y honesto, lo que es útil es justo y honesto,
y )0 que es hOllesto es al mismo tiempo útil y justo. La
doctrina de los que los separan, estableciendo que hay
cosas honestas, que no 50n útiles ó justas, cosas útiles




(70)
que no son justas ú honestas y cosas justas que no
son honestas ó útiles) es tau pernieiosa como poco s61i-
da. Con ella se confunden de un modo estraüo las ver-
daderas ideas de estas tres cualidades; pucs, como de-
cía muy bien Ciceron, «el lenguaje y las opiniones de
»Ios hombres se han desviado mucho de la verdad y
»de la recta razon, separando lo honesto de lo útil, y
»persuadiéndose, de que hay cosas honestas que no son
l~útiles, y otras útiles sin sel' honestas. Esto es un ver-
»dadero contagio para la vida humana. Asi es tiue vemos
»que Sócrates detestaba :í los primeros sofistas que sepa-
»ral'on dos cosas que se hallab:m, en su concepto, uui-
»das realmente en la naturaleza (1). »


En efecto cuanto mas penetremos el plan de la
providencia divina, mas advertiremos que ha querido unir
el bien y el mal moral al bien y al mal físico, o lo
que es lo mismo, lo justo á lo útil. y auuque en cier-
tos casos parece no ser así, acontece solo por un des-
orden accidental que mas bien que una consecueBcia na-
tural del sistema es un efecto de la ignorar.cia o ma-
licia de los hombres. Esta union, esta armonia, este ma-
l'avilLoso concierto que se halla naturalmente entre lo
justo, lo honesto y lo útil, es lo que constituye la be-
lleza de la virtud y lo que al mismo tiempo nos ense-
ña en qué consiste la verdadera perfeccion del hom-
bre.


Segun estos principios, no será difícil aplicar las leyes
naturales á las acciones humanas; lo cual se efectÍta por
medie de un silogismo cuya maJor sea la ley, la menor
la accion de que se trata, y la consecuellcia el juicio
de la relacion entre la accion y la ley: v. g. el que (lui-
ta á un propietario legitimo lo (Iue le pertenece comete
un crÍmen; be aqui la ley: yo he robado tal cosa á
su legítimo propietario; hé aqui la accion: luego yo he


([) Offie. lib. II, cap. III, Y lib. III, cap. III,




(71)
cometido un crimen: he aqui la conclusion que contie-
ne el juicio que yo formo de la oposicioll de mi accion
á la ley, y por consiguiente la oposicion de la ley á
mi acciono La ley natural prescribe el culto estema (la
ley): yo doy á Dios en los tiempos prescritos por la dis-
ciplina eclesiástica este culto estemo (la acciolJ): lue-
go cumplo con <,ste deber de religion. He aqui el jui-
cio que tengo de la confol'miclad df' mi accion con la ley,
y por consiguiente la aplicacion de la I<,y á la acciono


La aplicacion, pues, de las leyes á las acciones hu-
manas no es mas Ijue el juicio que se f'orma de la mo-
ralidad de esta.\' arr¿one.\' cOlllparadas ron la ley. Pero
como podemos formar dos clases de juicios acerca de
la moralidad de las acciones humanas, uno relativo á
nueE>tras propias acciones y otro respectivo á las acciones
de los tiernas, resultan dos clases de aplicaciones de las
1eyes á las acciones humanas: el Juicio que formamos
acerca de nuestras propias accio'nes se llama conciencia;
el que formamos sobre las accIOnes de los demas se lla-
ma imputacio/!. La conciencia es propiamente hablando
la misma razon instruida de las leyes á qUe debemos con-
formarnos y que juz¡:;a si son nuestras accione-- confor-
mes lÍ opuestas á estas mismas leyes. He aqlli las reglas
principales que debemos seguir con respecto á nuestra
concIencIa.


La Es prccúo ilustrar la conciencia, consultarla y
seguir sus ill.lpirarioncs. No se debe omitir nada para
instruirse exactamente de la volnnt;¡d del legislador y de
la (Iue establecen las leyes, para tenel' ideas justas de
lo que se manda ó se prohibe; porr¡ue si ignoramos ó
nos er!uivocamos sobre esto, no podrá menos de ser vi-
cioso el juicio que fOI'memos de nuestras acciones, y nos
arrojar{l en mil estravios. .


Pero :i'demas, no solo es p¡'eciso esto, sino conocer
la accion de que se trata, para lo cual es .,ccesario exa-
minar esta acciou en sí, y atender á las circunstanci as
l)articulares que la acompaüan, y á las consecuencias que




(72)
puede tener. De lo cOlltrario habria esposicion en enga-
iiarse en la aplicacioll de las leyes cuyas disposiciones
generales sufrén muchas modificaciones, segun las di-
ferentes circunstancias que acompaüan nuestras acciones;
lo que necesariamente influ~'e en la moralidad, y pOl'
consiguieute en nuesll'os deberes. 1'01' eso JlO basta que
e~té un juez Lien instruido en las leyes antes de senten-
ciar sobre un asunto, sino que es preciso que tenga un
conocimiento exacto del hecho de <lue se trata, y de to-
das sus circunstancias.


2.a Antes de determinarse rl srguir los movimien-
tos de la cOllciencia, se 'debe e.'L'{llll¿llar si se tienen
Zas luces y auxilio.\' necesarios para juzgar del asunto
de que se trata. Careciendo de estas luces y auxilios, na-
da podrá decidirse ni menos cmprenderse sin mucha te ..
meridad.


3. a Supuestos en general, las luces y auxilios nece-
sarios para juzgar del asunto de que se trata, es pre-
ciso mirar tambicn si se ha hecho uso de ellas l>n aque-
lla ocas ion ,de sucrte que puedan scguirse las inspira-
ciones de la concicncia sirl necesidad de nuevo e.uímen.
La esperiencia nos ~onYence demasiado de la necesidad
de esta regla.


Estas son las principales reglas de la conciencia, y
esto es todo lo que puede y debe hacer el homLre para
estar moralmente seguro de que no se engañará eu sus
juicios y de que nI) se equi\'ocará eH sus determinacio-
nes. Pues si á pesar de todas eslas precauciones nos equivo-
cásemos, como puede suceder, seria á causa de la de-
bilidad inseparable de la humanidad, y que es escusa-
ble ante los ojos del Soberano legislador.


4.a Podemos juzgar de nuestras acciones ó antes de
hacerlas, o despues: lo que dá ocasiou á dividir la con-
ciencia en antecedente y consecuente: esta distincioll
dá Jugar á otra regla, á saber; que el hombre pruden-
te debe consulta! su conciencia antes r despues de obrar.
Porque determinarse á obrar sin haber antes examina-




&


(75)
do si lo que se va á hacet' es bueno ó malo, es mani-
festar claramente que se miran con indiferencia los debe-
res, lo que es la disposicion mas peligr0sa para el hombre,
y capaz de arrojarle en los mas funestos estravios. Pe-
ro como puede suceder que hayamos formado este jui-
cio a,)asionadamente, o con precipitacion ó con dema-
siada ligereza, debemos reflexionar de nuevo ]0 que he-
mos hecho, ya para conformarnos en nuestra determi-
nacion si fuere justa, ya para corregirla , si es posi-
ble, y para precavernos en lo futuro contra semejan-
tes faltas. El carácter del hombre de bien está en el
háLito de hacer este repetido exámen de nuestras ac-
ciones: nada prueba mejor el deseo de cumplir con los
deb~res.


Los efectos de esta revision de nuestra" conducta son
muy diferentes, segun n()s absuelve ó condena el juicio
que de ella deducimos. En el primer caso 1I0S halla-
mos en un estado de salisfaccion y de tranquilidad que
es la recompensa mas segura y mas dulce de la virtud;
pero si al contrario 1IOS condena ]a conciencia, esta
condenacion va acompaílada de inquietud, de turbacion,
de acusaciones, de temores y remordimientos; estado
tan triste que con razon lo han comparado los antiguos
al de un hombre atormentado por las furias. Por eso
se dice de la couciencia subsiguiente que es tranquila
ó inquieta ó mala.


El juicio que formamos de ]a moralidad de nues-
tras acciones es susceptible de muchas modificacione~
diferentes, que producen nueyas distillciones de la COll-
ciencia. Estas distinciones pueden convenir igualmente
á las dos especies de conciencia, es decir, á la con-
ciencia antecedente y á la conciencia consecuente, aun-
que son mas aplicables á la cOllciencia antecedente.


Es pues la conciencia o decúfva ó dudosa, segnn
]a pcrsuasion que hay con respecto á la cualidad de
la acciono Cuando la conciencia inspira decididamente
y sin ninguna dificultad <¡ue una accion es conforme ó




(7-1)
contraria á la ley, y que se debe en su consecuencia
ejecutarla (, no, se llama conciencia decisiva. Si, al con-
trario, permauece el espíritu como suspenso, por la lu-
cha de razones que de ambas partes se le preseutan, y
que le parecen de igual peso, de suerte que no sabe
á cuales inclinarse, se dice que es dudosa la conciell-
ciaó Hé aqui l(ls reglas principales que dehemos seguil'
cuando sintamos cual(luiera de estas dos especies de con-
ciencias.


La No cumplimos plenamente con nuestro deber ha-
ciendo con cierta especie de repugnancia lo que manda la
conciencia decisiva, sino ejecutándolo pronto, con pla-
cer y voluntad. Al cOlllrario, ~i nos incliuamos sin va-
cilar y sin repugnancia alguna coutra los movimientos
de tal cúnciencia, manifestamos depravacion y ma-
licia, y que somos mucho mas crimin;¡les que si nos
viéramos al'l'astrados por una pasion ó tenLacion violenta.


2. a Con n\\jJceto á la conciencia dudosa, l/O se de-
be omitir nada para ,mli,. d(~ la illcNtidlllll/;re, y debe-
mos ab,rtcllcrllos de obrar hasta que sepamos si lo ¡ta-


I cernas bicn Ó lIlal. 1Je (llro modo dcspreciariamns indi-
rectamente la ley, esponiéndonos voluntarialllente á vio-
larla, lo que seria sumaníente reprensible. Debe obser-
verse esta regl<t especialmente en los asuntos de mucha
importancia.


3. a Pero si nos hallamos rll circunstancias que nns
obl!f;ucn d dctrl1ll¿'zarllos .r á obrar, e" preciso ijue ¡i--
jemos de lluevo la lltellclon para dÚtlllguir el partido
mas segul'O y de mello.\' peligrosas cOllsccuencias. El par-
tido mas seguro es por lo rer;ular el opuesto á la pa-
slOn.


Es neccserio di~tingllir biell la conciencia dudosa.
de la escrllpulosa , que es la de los ilusos: se forma
ordinariamente p01' dificultades frívolas y por temores mal
entendidos que se suscitan en los espíritus débiles é ig-
norantes que llama el vulgo almas - dcli(,adas.


Pcro la conciencia decisiva no es siempre recta, pues




(7a)
asi como en la ciencia de lo verdadero no sostenemo,;
con menor teson el error que la verdad, asi en la cien-
cia del bicu nos decidimos muchás veces sin dudar por
el mal que se presenta bajo las apariencias del bien, con
la misma firmeza y resolucion que por el bien real. Asi
la conciencia dccisiva puede ser recta ó enóllea. Si es
recta, debemos seguir la primera regla de la concien-
cia decisiva; si es errónea la regla sigllicnto •


! •. a Es prccúo seguir siempre los mm,imlelltos de
la conciencia, aun cliando sea oTóllca, siempre que !lO
la crc(l.','WS tal. La razon se fuuda en qne aun cuan-
tI,o sca la conciencia cnóuea, nosotros no la creemos
por eso mCllos recta, y asi no podemos obrar contra
los movimientos de la conciencia errónea que creemos
recta sin despreciar directamente al legislador y á sus
órdenes. Pcro no es escusable el que obra segun los mo-
vimientos de la cor¡ciencia errónea, siempre que el er-
ror no sea invencible, como no lo será cuando verse so·
hre las leyes naturales.


Finalmente la cOllciencia recta es ann de dos es-
pecies, dC/J70i:tnltil'(l ó prcba(;Z('. La conciencia demos-
trativa es la que se funda en principios ciertos y ra-
zones demostrativas; pero si solo se funda en verosi-
militudes, sin demostrar la certidumbre del ohjeto , so-
lo será cOrlt;iencia probable. Existe una probabilidHI in~
trÍnseca que se funda en razones sacadas de la naturale.
za de las acciones y de sus relaciones con la ley, sin
que sean demostrativas, y una prnbabilídad estrinseca
que se funda en la autoridad de las personas ilustra-
das, sobre la naturaleza de l1,\s leyes y sobre su aplica-
cion á las acciúnes de los hombres.


5.a Cuando tene:.nos la conciencia probable debemos
emplear todos nuestros esfuerzos en aumentar el gra-
do de verosimilitud, para acercarnos cuanto nos sea po-
sihle á la conciencia demostrativa é ilustrada, y no de-
hemos contentarnos con la prohabilidad sino cualldo no
podemos conseguir otra prueha mejor. Y éase á BUf-L-\-




(7G)
l\fAQUI, 2. a pade, tomo 11, cap. VIII, pág. 230 Y si ~
guiemes; pero principalmente el escelente Tratado de
la conciencia de 1\'1. LA PL.\.CETTE.


LECCION X.


De la segllnda manrra de aplicar los principios gene-
rales de las leyes naturales tÍ las aCclones lwma-
nas, )' de la imputacioll de estas.


Hemos dicho en la leccion anterior que se podian
aplicar los principios generales de las leyes naturale!" ,t
las acciolles humanas de dos maneras, á saber: con
respecto á las acciones propias y con respecto á las ac-
ciones de otl'O. Para la aplicacion d e estos principios á
nuestras acciones hemos dado ya las reglas; y solo nos
resta ver el modo de conducirnos en su aplicacion á
las acciones de otro: á cuya aplicacion se dá el nom-
bre de implltacion.


La im/Jlltacioll es pues un juicio por el que se de-
clara que d{~bell atr¿buin'c al autor ó causa moral de
una accioll mandada ó pl'ulzib¿da parlas leyes, los efec-
tos buenos ó malos que se or¡'g¿llan de esta accion; y
que por consiguiente le hace l'e,\ponsable de ellos, de-
biendu ser alabado ó vituperado, recompensado ó cas-
tigado . . Llámase auto,' ó causa moral de una accion al
que la produce en todo ó en parte, por una determi-
11acion de su voluntad, bien la ejecute él mismo físi-
ca é inmediatamente, y entoO('es se llama propiamente
autor, bien la pl'ocnre por hecho ageno y entonces se
le dá el nomh,'e de causa.


Todos los hombres tienen derecho á imputar las
acciones agenas á sus verdaderos autores; pero. este de-
recho no siempre es igual, lo que ocasiona la distin-
cion de dos elases de imputaciones, la una simple y
la otra e/ica::.. La primera es la que consiste solamente
en aprohar ó desaprobar la aCClOn, de ,suerte flue el




(77)
untCo efecto que resulta con respecto al agente es "i-


- tlJllerio ó alabanza. Pero la segunda no se limita á la
alabanza ó vituperio, sino que produce ademas algun
efecto bueno ó malo, por lo que respecta al agente, es-
to es, alguII hien ó mal positivo y real que l'ecae so-
bre él.


La imputacian simple puede hacerse por cualr{uiera,
ya tenga ú no un interés particular y pel'sonal en que
se hiciese ó no uc!uella accioll, pues basta que haya un
inlerés g,eneral é indirecto; ~' como se puede decir que
todos los miembros de la sociedad están interesados en
que se ohserven bien las leyes naturales, todos tienen
derecho de alahar ó de censurar las acciones de otro,
segun sean conformes ú opuestas á estas leyes; y aun es-
tán obligados á ello, pon{ue asi se lo exige el respeto
que deben al legislador y á sus leyes, y faltarian ir sus
deberes con la sociedad y cun los particulnres, sino
manifestasen por io menos su aprobacion ó disentimien-
to, la estimacion que profesan á la virtud y la avel'sion
que tienen al vicio.


Mas para pOJCl' hacer lcgitimamente la imputacion
eficaz, es preciso tener un interés particular y directo
en fIlie se ejecute Ó no la accion de que se trata. I,o~
que tienen (al interés son: 1.° los que dehen regular
la accion; 1..0 á aquellos {l quienes afecta la accíoll; es
decir, el legislador y las personas ufcndidas por la accion
de otro. No obstante, hay una diferencia entre el de-
recho del legislatlOl' y el de la persona ofendida; esta
puede renunciar á su derecho, perdonando pOI' un
rasgo :le gcnerosidafl la injuria recibida; pero el legis-
lador, ó mas bien los que tienen en la sociedad el po-
der ejecutivo, deben necesariamente tomar conocimiellto
de la injuria y castigar á su ejecutor como viol"dor de
las leyes y perturbador del (¡rden del cuerpo político.
La razoll de esta diferencia consiste en que la perSfJlla
ofendida no tiene ningun deber f{Ue cumplir en la im-
putacíon eficaz, pues su deber se limita al interés ge-


7




(73)
Ileral que dehe tomar en que se observen como es de-
hido las leyes de la sociedad, lo cual corresponde á
Ja imputacion simpie; pero el derecho del Soberano se
funda en el deber esencial de la soberanía de velar por
la segmidad y tranquilidad del cuerpo político, y si re-
nunciase al derecho de imputar eficazmente una accioll,
hollaria el principal deber de la soberania,


Cuando se imputa una aceil)l1 a alguna persona, se
le hace responsable de las huenas ó malas consecuencias
de la accion que ha cometido; mas para que sea justa
la imputaciolJ, es preciso que haya algulla relacion ó
enlace entre lo que se ejecuto ú omitió y las cOllsecuen-
cias de dicha oillision o ejecllcion, y que ademas su:-
piese el agente esta union, Ó 'lile debían resullar Je
sn accion tales cotlsecllencias, Ó al mellOS, que haya
pod ido prever los efectos de su accion, pl)rq!le sin cn Il-
currir estos re'l u isitos no podria haC'erse la i '11 pll tacion.
Lo mismo deberemos decil' acerca de la accion que ha-
ya producido algun bien; porque no puede atribuirse es-
te bien al que lo causó sin saberlo y sin pensar en ello;
aunque tampoco es necesario p:lra que se pueda decir que
lo Sabf!1l10S, que tengamos una completa certidumbre del
éxito, silla que basta que se haya poJído presumir pOI'
nn cálculo racional.


Hemos dicho en la definicion de la imputacioTl, que
una buena accion produce alabanza á su ejecutor, y
censura una mala; hé aqui el fundamento dd lllPrt"{O
y del demérito, Es pues el Ilu;,.ito ulla cualidad que
da derecho II merecer la apl'Obacioll , estimacioll yamor
de nuestros superiores, ó de lll/estros igr, a les , X las
'ventajas que de ('sto se deducen, El delllh·ito es una
cualidad opuesta, quc haciéndonos dignos de la dC.I'a-
pl'Obacioll y censura de la.\' pCl:\'OllflS COIl quienes 'lIil't'-
mas, nos obliga por decirlo llsi, lt conocer la.l"sticia
de 10.1' St'llfil7liel1lo.\' desj(.l('orables qu(' nos manijinfall,
~r !lOS pONe en la tri.lle obligarioll de ,\·,{!r¡,. los c,fl'ctns
que .son CO/1.<;¡guic/ltes, Estas nociolles del mérito y dd




(79)
demérito tienen su fuudamento en la naturaleza mis-
ma de las cosas, y son enteramente conformes al co-
mun sentir y á las ideas generalmente recibidas. La ala-
banza y el vituperio si3uen Eiempre la cualidad de llues.,.
tras acciones, segull sean moralmente buenas ó malas.
Esto es claro CaD respecto al legislador; pues seria des-
mentirse villanamellte un legi:;lador I]ue no aprobase lo
que es conforme ,1 SIJS ft.yes, y lIue no condenase lo
que les €S cOlltrario. Conforllle á estas decluciones están obli-
gados á regular sus ju¡cios los que dependen de él.


Débese fijar mucho la atencioll en la deflnicion,flue
acabamos de dar del mérito: él nos dá derecho á la
aprobacion, estimacion y benevolencia; pero no á un
reconocimiento de parte del superior ó de lJuestros igua-
les: pon[ue mientras 110 se haga mas que aqllel:o tÍ que
hay injispensable obligacioll, no se hace mas que cnlll-
plir con el deber, y esto solo prouuce cierto derecho
á la alabanza, eslimacion y benevolencia, pero no al
reconocimiento de un igual ó superior. De donde se
deduce, que no adquirirún los hombres n ingul1 derecho
á ser recomper,sados por Dios, aunque cumpliesen per-
fectamente la ley divina, pues aunque Dios les ha hecho
una promesa gratuitamente. ú la cual no puede faltar su
bondad, y no obstante qne le haga en cierto mo-
do deudor de los hombres, no les dá ningun derecho pro-
piamente dicho Ít exigir de Dios lo que ha prometido.


Como el mérito y el demérito son cualidades inhe-
rentes á la bondad () malicia de las acciones humanas, y
esta bondad o malicia tienen diferentes grados, los tie-
nen tambien el mérito y el de demérito, y pueden ser
ma}ol'e'i Ó menores. POlO eso cuando se trata de de-
terminar precisamente hasta qué punto se debe imputar
á alguno una accion, es uecesario atender á estas dife-
rencias; y el vituperio y la alabanza, la recompensa ó
la pella deben ser tambien graduales y proporcionados al
mayor o menOl' mérito y demérito de las acciones.
De suerte que segun sea mas ('¡ menos considerable el


.


.




(30)
llien ó el mal que proviene de una accion, segun sea 111a5
Ó menos fácil ia omision o ejecuclOn de esta aceian; se-
gun se haya cometido con mas ó menos reflexian ó li-
bertad, y las razones que dehen determinarnos ó apar-
larnos de ella, sean mas ó menos fuertes, segull la in-
tencion y los motivos que al ejecutarla tengamos sean
mas ó menos nobles y generosos, así es la Imput3ciol1
mas Ó mellOS eficaz y mas IÍtiles ó perjudiciales sus efec-
tos. Guiados pUC3 por estos principios generales, pasemo~
á esplanar mas la materil.


Dedlícese primeramente de lo que hemos dicho, que
se imputa á una persona toda accion Ú omision de que
ha sido autor ó causa, y que podia y debia hacer ,í
omitir. 2. o Las acci0nes de los flue no tienen uso de
razon, tales como los ni/lOs, locos ó insensatos, no de-
hen impulárseles, pues la falta de conocimiento de sus au-
tores impide la imputacion. _


3. o La embriaguez contraida voluntariamente lIO im_
pide la implltacion de una mala accion cometida en tal es
tado.


l •. o, A nadie se imputan las acciones que son supe--
rim'es á sus fuerzas, si ha faltado la oeasion de obrar, por-
que para la imputacíon de una omision se requieren cs-
tas dos cos;-¡s.


J. a <¿Ile hayan existido las fUf'rzas y medios ncce-
sarios para obrar; y 2.a (lue se haya podido hacer 11S0
de estos medios, sin fallar á algulJ otro deber mas in-
dispensable, ó sin atraerse algun mal mas considera-
hle, al cual no Iwbia obligacíon de oponerse, o de hacer
frcnte.


A nallie se pueden imputar las buenas ó malas cua~
lidades naturales del espíritu y del cue,'po; pero es dig-
no de alabanza ó de \ituperio el que por su cultura las
perfecciona, ó las deteriora por sus desarreglos.


Tamroco pueden atribuirse á ningnno el bien ó mal
que resulte de los ef('dos de las causas eSleriores, y de
los acontecimientos <¡lIe puedan ocurril', sillo en cu~ntu




(8i)
podia y Jebia procurarlos, dirigirlos ó impedirlos, y en
cuanto se ha mostrado en este punto cuidadoso o uegli-
gente. .
Acer~a de las omisiones ó ¡¡cciones que pueden pre-
testa~'se por ignorancia, puede servil' de regla gcnerai,
qu. lIadie es responsable de lo que ejecuta ú omite por
una ignorancia invencible, é involunt:uia en su origen y
en sus causas. Pero la ignorancia o error cuando se tra-
ta de leyes narurales, pasa en general por voluntaria, y
no impide la imputacion de las omisiones ó acciones que
son consecuencia suya. Puede haber, no obstante ca-
sos particulares en que sea el error insuperable y pOl'
consiguiente digno de escusa, cuando l,a naturaleza de
)0 que se ejecuta tÍ omite es de dífícil comprension y las
facultades naturales, ya demasiado limita.las por el carác-
ter y estado de la persona, se hallan faltas de cultura
por defecto de educacíon: circunst<lOcías que debe pe-
sar la prudencia del legislador, modificando h imputa-
cÍon cuando verse sobre tales circunstancias. Asi pues
se puede decir en general que la ignorancia que esclu-
'le la imputacion no es la que pertenece á los priuci-
píos generales que todos deben saber, sino la que con-
cierne á las circunstancias particulares, y al hecho, co-
mo suele decirse, con oposicion al derecho.


Con respecto á las acciones (lue hemos ejecutado
por fuerza, debe distingnirse la violencia fisica de la mo-
ral. La violencia física á que es imposible resistir, pro-
duce una accion involuntaria, que lejos de merecel' 1m-
putacion, no es imputable ni aun po" su naturaleza. En
tal caso la verdadera y única causa de la accion, es
el autor de la violencia, y es el úuico responsable de
ella, pues permaneciendo absolutamente pasivo el :ctgen-
te inmediato, no puede atribuirse el hecho, sino a
]a espada, basto n ú otro instrumento que sirvió para
herir.


Pero si la ejecucion se causa por el temor de al-
gun mal grande con que amenaza una persona pode·




(32)
rosa, que puede e,~l'Clltarlo eIl el :leto, deberemos de-
cir que la accion que irnpeliJos de tal temor comete-
mos, no deja de ser voluntaria, y que por cons;guiente,
generalmente hablando, puede imputarse.


1\1 a s para cOllocer si efecliyameIlte debe imputarse,
debe atelldrrse á si aquella }leró'ona contra quipll se em-
plea la violencia, se baila CJI la rigurosa ob!;gacion de
hacer ó de omitir tal cosa, con rics;o de sufl ir el lllal
con quC' se le amenaza. Si fupse a"i, y 110 obstante se
deterlllina con tIa su dd)('r, 1I0 PS la violencia suficien-
te razon para pOl;erle á cuhiprlo dé toda imputacion.
Porque en general no pupde dudarsc que puede lln le-
gítimo superior reducirnos á la indispPllsable lleeesi(hd
de obedecer sus (Ji denes, con riesgo de padecer algun
mal, y aun con rcligro de nuestra ,ida. }lero si se su-
pone que el que emplea la vjolencia no hace en esto
mas que usar de su derecho é ilJtentar su ejecllcion, no
deja de ser válida la aCClOll, aunque forzada, y 110 de-
ja de ir acompaiJada de todos 'sus efectos mal ales.


Acerca de bs ¡¡cciolJes huenas que ejccutamos lllli-
camente por fuerza, y por decirlo asi por temor de
golpes ó de castigo, por nada deben contarse, y no me-
recen ni alabanza ni recompensa.


Finalmente, cn Cllauto á las acciones manifiestamente
mnias y criminales, á que nos vemos obligados por te-
mor de algun gran mal, especialmente de la muerte, es
preciso sentar pOI' regla general, que tal vez las circuns-
tancias desfavorables en <¡ue lIOS hallamos pueden dis-
minuir el crímén del que sucumbe á esta prueba, co-
metiendo, á pesar suyo, una aceion mala, contra las lu-
ces de la conci(,llcia; pero no obstante permanece siem-
pre viciosa: la uccion en SI misma y digna de censura,
por lo que puede ser imputada, y lo es efeetivameu-
te, á no ser que se pueda alegar en su favor Ji! es-
('cpciol1 de la necesidad.


Pero el 'que ejecuta por temor tilla accion mala, es
por lo Togular responsable de ella; no Jo es mellOS el




(85)
mismo autor de la violencia, y se le puede hacCl' jUi-
t:lmente responsable por la parte que cn ella ha tenido.
Esto nos dá mOlivo par<l aindir a(lui algunas reflexiones
sobre los casos en ({lle C()!lCUITall muchas IWI'sonas en
la cjecucion de una misma accion , y á establecer prin-
cipios por los cuales se p!leda determinal' cuando se pue-
de il1l pll ta r á uno la accian de otro.


Exactamente hahlando , nadie es l'esponsahle mas que
de sus propias acciones; pon{ue las accioucs dc otl'O, no
se 110S puc<lpn imputar sino en cuanto hemos concurrido
á su ejecucion, y en cuanto podemos y debemos pro-
curarlas é impedirlas, tJ dirigirlas al menos de cierta
manera.


Esto supuesto, podemos decil' que cada uno tiene
la obiigacioll general de obrar en cuanto le sea posible
de modo que cualt{uiera otro cumpla con sus deberes,
y de impedir que haga alguna accion mala; y por con-
siguiente de no contribuir á ella con propósito delibe-
rado, directa ni indirectameute.


Con mncha mas raZOI1 es responsable una persona
de las acciones de aquellos sobre quienes tiene alguna
inspeccion particulal', y á los que está encargado oe di-
rigir. Por eso se imputa á un padre de familias la bue-
na t\ mala conducta de sus hijos.


Para que con algun funJal1lento se juzgue que ha
concurrido alguno á una accion agena, no es necesario
que haya seguridad de que pudo procurarla ó impe-
dirla, haciendo ó no tal ó cual cosa, sino que basta
que hubiese sobre esto alguna probabilidad ó verosimi-
litud.


Finalmente no será fuera del caso observar aquique
no hablamos del grado de virtud ó de malicia que hay
en la accion, y que haciéudola peor ó mejor, aumenta
la alabanza ó vituperio, la recompensa ó la pena, sino
que se trata propiamente de estimar el grada de influell-
cia que se ha tenido en la accion de otro, para saber
si se puede considerar á tal persona como la causa mo-




(84)
ral, y si esta causa es mas ó menos eficaz; lo que es
muy importante distinguir.


A tres clases se pueden reducir las causas morales
que influyen en una accion de otro. U nas veces es esta
causa la principal, de suerte que el que la ejecuta solo
es el agente subalterno; otras es al contrario el agen-
te inmediato la causa principal, y d otro la causa su-
balterna; y otras ambos son cau"as colaterales, es decir,
que influyen igualmente en la accion de que se trata.


Llámase causa luincipal de ulla aceion, al que cJe-
cutando ó no ciertas cosas influye de tal modo cn la
omisioll á aCelon de otro, que ti llO scr por esto n o
.l'e llllbi('1a verificado, aunque por otra parte el agente
inmediato lzaya contribuido á ella á sabiendas.


Dúse el nombre de causa sulJaltel'/la al que influ-
ye lc('cJnellte cn la accion de olla; de suerte, que so-
lo rj'r('ce una ligera ocasioll, o que 110 ¡wee mas que
p/'e.\'('ntar mas fácil la eJecllcioll, de manera, que so-
lamente insta ó anillla al agente tÍ ejecutar su reso-
lucion, puesto que ya se hallaba determinado a obrar,
y que Unia para esto todo,( los socorros necesarios: co-
mo cuando se le indica el modo de ejecutarla, el mo-
mento favorable, el medio de escaparse, y cuando se ala-
ba mucho su designio, y se le escita á seguirlo.


Finalmente lIámase causa colateral al que haciendo
ó no hC!clcndo ci('rlas cosas concurre lo bastante y cuan-
to está de su pa,.te á la accion de otro; de suerte que
se juzga cómplice y cooperador su)'o, aunque no se
pueda presumir (:on seguridad que no se hubiera hecho
la acclon sin su socorro. Tales son los que suministran
algull socorro al agente iumediato, los que le ocultan
y le protC'jen, el que mientras otro violenta una puer-
ta guarda las ayenidas pam favorecer el robo, ctc. POlo
lo eomun son igualmente culpables todas las personas que
entran en un complot.


Y_a aplicacion de estas distinciones y de estos princi-
pios se deduce de sí misma. Eu igualdad de circunstan-




(3l»
cias dehen ser tratadas igualmente las causas colaterales.
Pero las principales merecell sin duda algulJa mas ala-
banza (, vitupel'io, y mayor pena ó recompensa tlue las
causas subalternas.


LECCIO~ XI.


Autoridad de las leyes llaturales: cOllsecuencias llatll/,{:~
les y ord:nal'ias de la v¡'rtlld y del I'icio.


Todo cuanto hemos dicho hasta aqui de las leyes
naturales nos dá á COfJ(lCer lo bastante la fuerza y la
autoridad que deben tener en nuestro espíritu. Por una
parte no son mas que el resultado de la naturaleza hu~
mana que no puede subsistir sin la observancia de es-
tas mismas leyes, por otra espresan la voluntad del Cria-
dor. ¿Y aun serán necpsarios otros motivos para deter-
minar nuestra voluntad á conformarse á ellas perfecta-
mente, sin atreverse jam(ts á separarse de ellas? Sí lo
es; porque hay otros motivos t[ue deben determinar ca-
si irresistiblemente á todo hombre racion:}l á conformar-
se á las leyes naturales. La infinita bondad de Dios no
se ha contentado con manifestarnos su voluntad, sino
que ha unido aun al cumplimiento de su voluntad re-
compensas en este y en el otro mundo, para inducir-
nos con mas seguridad á la felicidad, que ha sido el
fin de nuestra rreacion, á la manera que un buen pa-
dre conduce á sus queridos hijos al cumplimiento de
sus deberes por medio de la esperanza de una recom-
pell5a agradahle. Nos limitaremos en esta leecion á espo-
ner las ventajas que nos l'csultan en este mundo de la
observancia de las leyes naturales, que consideramos
como consecuencia" naturales y ordinarias de la virtud.
<> de esta constante disposicion á conformarnos á las ór-
denes del soberano legislador.




(36)
Ref1cxiomllldo en las lecciones anteriores sobre la


naturaleza dd hOlllorc y sO]lre su,; diferclltes estados, he-
mos manifestado que cualquiera que sea el sistclll3. y
el a~pccto hajo qlle se cOllsidere ci sistema de la hu-
manidad, no puedc CllIllplir e! hOlllbre su destino, ni
perfeccionar SIIS talentos y facllltades, ni procurarse !lila
felicidad verdadera cOllcili{lllt!ola con la de sus sCIllejan-
tes, sino por medio de la razoll; que asi Sil prilller
cuidado debe Sf'r ¡ll1,;trar su raZOll, consultarla y seguir
sus consejos; que ella le enseüa que hay cosas que le
convienen y otras que no le son {¡liles; que las pri-
meras no le ofrt'cen igllal conveniencia, ni de un mis-
mo modo; que debe úisti¡¡gllir COII prudencia los bie-
nes de los males, para rc?;ular Sil conducta sobre juicius
ciertos; que la venladel'a felicid:Hl no Jluede consistir
en lo que sea incompatible eOIl Sil natllralez3 y esta-
do, y finalmente, debiendo entrar en sus miras lo fu-
turo, lo mismo que lo presente y lo pasado, no bas-
ta para llegar con seguridad á la felicidad, considerar
meramente le bueno ó malo que se halla en cada accion
presente; sino que es preciso, recordalldo lo paséldo,
considerar tamhien el porvenir, p:l1'a combinar ambos
estremos y ver cual debe ser el resultado de la aecion,
mientras subsistct nuestro ser. Estas verdades están cla-
ramente dl'mostradas; y las leyes naturales no SOll mas
que cotlsecuellcias de estas "enlades primitivas; de don-
de resulta que tienen indispensablemente y por sí mis-
mas una gl'élllJe inflllE-llcia e:1 nuestra felicidad. ¿ Y co-
mo lo podrélllos dudal', cuando hasta ahora hemos vis-
to que el LÍnico medio para descubrir los principios tle
estas leyes, es estudiar en primer lugar la naturaleza y
el estado del hombre, é investigar despues lo que con-
viene esencialm:mte á su pcrfeccion y felicidad?


Pero consultemos la esperiencia despues del racio-
cinio. Vemos por lo regulat· [lile la virtuJ, es uecir, la
observancia de las leyes naturales, es por si misma un
manantial de satisfaccion interior, y súmamente útil por




(37)
sus efectos, ya ~ea á cada uno en pa!,ticular, ya á la
sociedad en general, y el yicio produce por lo contra-
rio efectos muy dií'erentes. Todo lo qne es contrario á
las luces de la razon y de la COllcicllcia no !l\¡edc me-
nos de merCcer IIlla secreta dcsaprobacion de lluestro
espíritu, y C:lUSilrnOS pesares y sonrOjOS; porque el
eorazoll se halla I){~rjd() COll la Idea del CrílllCtl, y la
memoria que de d se no~ ¡¡respnta c:, siempre triste y
amarga; al contrario, tnda cOllfor:lI¡dad con h recta r~­
zon re'prcsenta Ull estado de lH'dell y de ¡wr('('('cioll qne
aprueba el espililn, y estamos cOI1·;titllidos de tal modo,
que Jle¡.;a {l ser para nosotros una huella aeeion , el g6r-
men de una SCCl cta alegria, y recordamos su memoria
con placer.


Ademas de este principio interno de satisí';¡ccion ({ue
se halla lIatur,l!lI1cnte unido á la prúctica de las leyes
n<lturales, ycmos (lile pI'oduce muy buenos frutos este-
riormente, pues que tiende {¡ conservar nuestra salud y
á prolongar nueslrlls dias, ejercita y pC'J'fcceiona todas las
facultades de nuestra alma, nos hacc animar al trabajo
y á toJas las f~nciones de la vida doméstica y civil;
asegura el hllcn liSO y la dUf;lcion dp. nuestros bienes,
desvia de lIosotros una multitnd de males, mitiga y dul-
cilica los que no puede de,;viar, y nos atrae la con-
fianza, la estilllacion V el afpcto de los <lemas hombrcs;
dé donde resulta gra,;de alivio y dulzura en el comer-
cio de la vida y ¡:)raIlJes auxilios para el feliz éxito de
nuestras empresas.


Oosérvpse sobre lo que versa la seguridad cotllun,
la tranquilidarl de las familias, la prosperidad de los JJ'S-
lados y el hien mayor (le c<,da particular. ¿:\' o es so-
hre los gl'andes principios de religioll , de templanza, de
heneficencia , de justicia y de buena fe? Y de donde
rieneu, al contral'io, los grandes des()rd('nes y la ma)'Ol'
parte de los males que turban la sociedad Ó fiue alte-
ran la felicidad del hombre, sino del olvido de estos mis-
mos principios? Adcmas de la inquietud y oprobio que




(33)
acompañan por lo regular las costumbres desarregladas,
arrastra el vicio en pos de si una multitud de males es-
teriores, como el decaimieuto del cuerpo y del espíri-
tu, enfermedades y accieh'ntes funestos, muchas veces
la pobreza y la miseria, errores, resoluciones violentas
y peligrosas, turbaciones domésticas, enemistades, te-
mores contínuos, el deshonor, los castigos, el despre-
('io, el ódio y lo que á esto es consiguiente, mil obs-
táculos en las empresas que se emprfmJpn. Por eso
ha diclHl muy bien un autor antiguo, que la ma-
licia bebe por si misma mas de la mitad de su ve-
neIlo. (1)


Es esto tan generalmente reconocido como que todas las
instituciones clue forman los hombres entre si para su bien
y utilidad comun, se fundan en la observancia de las
leyes naturales, y aun las prer,auciones que toman pa-
ra asegurar el efeclo de estas instituciones serian vanas
é inútiles sin la autoridad de estas mismas leyes. En es-
to se fundan tonas las leyes humanas en general, todos
]os establecimientos pam la cducacion de la juventud,
todos los re~lamentos de policía que tienden á hacer flo-
recelO las artes y el comercio, todos los tratados públi-
cos y particulares.


Para conocer mejor esta verdad, inténtese, si se quie-
"e, formar un sistema de moral sobre principios direc-
tamente conh'arios á los que hemos establecido. Supon-
gamos que remplacen á la razon ilustrada la ignorancia
y las preocupaciones, á la prudencia y á la virtud el
capricho y las pasiones; destiél'rese de ]a sociedad y
comercio de los hombres la justicia y la"benevolencia, y
substitú)'ase en su lugar un amor propio injusto que,
refiriéndolo todo á sí, no atienda al interés de otro, ni
á la utilidad comun : estiéndanse y aplíquense estos prin-


(r) Attalus apuu Sénec. ep. 82.




(89)
ClplOS á los estados particulal"es del hombre, y se ve-
rá al momento cual podr{l ser el resultado de semejan-
te sistema, Sil puesto que fuese recibido y constituido
en regla. ¿Se podrá creer flue hiciese jam{ts la fdicida.l
del hombre, el bien de las familias, el bienestar de
las naciones y del género humano? Ann no ha habido na-
die que se hap atrevido á sostenel' semejante para-
doja, .


No niego que no puedan la ¡uj usticia y las pasio-
nes procurar en ciertos casos algunos placeres ó ven-
tajas; pero adema,> de que produce la virtud con mucha
mayor frecuencia y seguridad los mismos efectos, la ra-
zon y la esperiencia nos enseüan que los bienes que
procura la injustieia no son tan reales, tan puros y du-
raderos co¡no los que son fruto de la virtud; esto con-
siste en <{ue 110 siendo los primeros conformes al esta-
do de un ser racional y social, faltdn por su funda-
mento y solo tienen una apariencia engaüosa, y á la ma-
nera tlue las florcs flue no tienen raices, se secan y
caen- casi tan pmnto como se desplegaron.


Aun ofrece la virtud diH~rsas veutajas COIl respec-
to á los males y á las dpsgracias inhereutes á la huma-
nidad, y á las {Jlle se puede decir en general que
estáll tau esplleslos los hombres buenos como los cie-
rnas. Porque en primer lugar, es muy propia la virtud
para prevenil· Ó desviar por sí mi:,ma muchos de estos
males; y en efecto, las persollas prudentes y modera-
das evitan muchos escollos, físicos y morales en f¡Ue
caen las viciosas; y en spguncIo lugar, en los casos en
que no pueJe evitar los males esta sabic.luria, dá al al-
ma fuerza para soportarla y Ins resarce por medio de
consuelos y dulZllras que disminuyen mucho su impre-
sion. Hay cierta satisfaccion inseparable de la virtud de
que no se lWS puede privar jamás, y 5abido es que nues-
tra felicidad esencial, sufre muy pocos darlOS de los ac-
cidentes pasageros y en cierto modo cstcl'iores que nos
turban algunas \' eres.




(90)
A5i pues consider{lnt!olo bien todu, hay muchas mas


,-entajas de parte de la virtud, que del vicio. Claramen-
te parece que el plnn de la sabiduría diviua ha sido en-
];¡zal' naturalmente el mal fisico con el moral, como el
cfecto con la causa, y unir el biell físico ó la felicidad
cle! hombre al bien moral ó á la prúctica de la virtud,
de suerte, que comunmente hablamio y se~un la natu-
raleza primitiva de las cosas, 110 es mCllus propia la
obscl'\'allcia de las leyes naturales para procurar la fc-
licidad p,',blica y particular, que lo es naturalmentc un
hu en ré¡.;imen de vida para conservar la salud. Y corno
son efecto de la institucion de Dil)s estas recompensas
y cast'igos natllralc:; de la virtud y del vicio, se las pupue
mirar el! verdé!d, cumo una especic de sallejoll dc las le-
)'es naturales, que dá ya Illucha autoridad á las máxi-
mas de la recta razono


="0 obstante lo que aC3bal11os de decir whrc las con-
secuencias naturales de la virtud y del vicio, es preci-
so cunfesar que 110 siempre son exactamente proporcio-
lIadas y conformes al ~rad() de estas mismas cualida-
des. La ~allld, los bienes de fortulJ:\, la cducaciou, con-
dicion y otras ventajas esteriores, depellden por lo rc-
gn lar de ti i versas cirCllnsta licias q uc las COllJ u Il ican con
mucha desigualdad; y se disipan muchas veces [lO l' ac-
cidentes tIlle envuehen igualmente á lodos los hOIll-
bres.


Ademas no es raro ver es¡mesta la inocencia á Sf'l'
el blanco de la calumnia, y la misma virtud sel' oh-
jeto de perseeucion. Y en efecto, ¿ qllé cuadros no nos
ofrecen de esto los anales del género humano? En ellos
"emos el críll1en casi siempre coronado por la fortuna,
hollada ó despreciada la virtud, la inocencia gimiendo
sin apoyo alguno, y C0ll10 ha dicho Hluy Lit>[] uno de
los mejores poetas franceses, alargando el cuello al cu-
chillo de la injusticia empuüado por la fuerza.


Tal es ú la H>rtlad el estado de las cosas. Por una par-
te se ve que en general solo la ohservancia de la:; 1(-






(91)
yes naturales puede establecpl' algun orden en la so-
ciedad y labrar la felícidad de los hombres; pero pOlo
otra parte parece que no se distin¡;uen siempre lo
suficiente la virtud y el vicio, por sus efectos y conse-
cueucias comunes y natufúles, para sostener el orden en
todo caso.


Dcriv;¡se de aquí una gran dificultad contra el sis-
tema moral que hemos sentado. Porque aunque tenga
)a virtud nolorias veutajas sobre el vicio. r:o son tan
g\'ande~ ni tan seguras que puedan l'l'sarcirnos lo bas-
tante de los sacrificios que debernos hacer para cum-
plir CO[J nllestros deberes; pues si no pasa este siste-
ma los límites de esta vida, no parece quc tiene toda
la autOi'idad y fuerza necesaria para determinar al hom-
bre á someterse á la voluntad de Dios manifestada pOtO
Ias leyes ni\lllrales. Mas ¿se habl'{t contentado Dios con
estas ventajas tan leves y tan inciertas? ¿Es \erosimil que
no haya empleado ningllll otro medio lilas seguro, lJIas
eficaz pa!'a inducir á los hombres á b obsenancia de las
leyes naturales, t¡ la c()nservaeion del (lrden ; y que ha-
ya descuidado ta,lto la observancia de las leyes morales,
cuanJo ha darlo reglas invariables á los seres físico~? ¿ Se-
d menos importallte a la helleza y á la perfcccion del
Lniverso la violacion de 13s leyes morales que la tle las le-
~·e5 fisicas? EIl una palabra, hahi'll1 de estar destituidas
de sancion propiamente dicha las leycs naturales, y re-
dtlCldas por cOllsiguiente á la clase de cOllsejos mas bien que
de leyes? En otro fuga!' hemos demost!'ado que ha da-
do Dios leyes propiamente dichas al hombre; y asi es
preciso que !en~an verdadera sanciono Veamos pues cual
sea {'sta. Véase á Ih;RLDI\Qll, 2,a parte, cap. XI; á
Cl,APd'.E, E:cútcflcla de Dios. tomo IL




(92)


LECCION XII,


De la sanclon propiamente dicha de las l"yes natu-
rales. Dcrnostracion de la inmortalidad del alma.


La dificultad que acabamos de esponer supone que
se hl\l1a limitado el sistema del hombre á la esfera de
la vida presente, que no se atiende al porvenil', y POI"
consiguiente que nada mas de lo que se manifiesta en
este mundo hay que esperar de la sabiduría divina en
favor de las leyes naturales. Si podemos pues pl'Obar
que el estado presente del hombre es el pl'incipio de un
sistema mas estenso, y que Dios quiere dar á las reolas
de conducta que nos ha PI'cSCl'itn por la razon, toda
la autoridad de leyes, fortific:'tndolas CDU una saneion pro~
piamente dicha; podrémos deducir que nada falta á la
pel'feecion del sistema moral. Redúcese pues la cuestion
á saher, si el alma es inmortal y si debemos esperar
despues de esta v ida otra de l'ecom pensas y de penas. Es-
forcémonos pues en demostrar en cuanto nrlS lo permi-
ta la naturaleza de las COS<ís, estas dos verdades funda-
mentales de la moral.


La cuestion de la inmortalidarl del alma se halla es-
trechamente unida con lo que llamamos e.\'piritllal¿~lad,
Ó hablando con mas claridad, no se puede delllostral'
la inmortalidad del alma sin haber antes demostrado
que es enteramente difel'ente su natnraleza de la del
cuerpo.


Es un principio incontestable que las operaciones de
los seres son análogas á Sil naturaleza, la cual es la ra-
zon suficiente de estas operaciones; y que la esencia
de los seres es el conjunto de sus propiedades esencia-
les; y pOI' consiguiente no puede el mismo ser pro-
ducir operaciones contrarias, ni hallarse dotado de pro-




-- (93)
piedaues que se destruyan recíprocamente; de manerl\
que las operaciones contradictorias, así como las pro-
piedades que se destruyen recíprocamente, son un argu-
mento cierto de que los seres en que estas se descubren,
son de naturaleza y esencia diferentes. Luego si las ope-
raciones del alma son contradictorias á las del cuerpo,
las propiedades del alma se destruyen recíprocamente con
las del cuerpo.


Todos los filósofos están conformes en que las pro-
piedades del cuerpu se reducen al movimiento y las del
alma al pensamiento. El movimiento es una operacion
contradictoria con el pensamiento. El movimiento solo pue-
de comunicarse á un ser es tenso , solido y dotado de
fuerza de inercia, segun las leyes físicas. Pero el pen-
samiento no puede hallarse en un sel' t;stenso, sólido y
dotado de fuerza de inercia.


He dicho que no puede convenir el pensamiento :.í.
un ser estenso, porque toJo ser estenso se compcne de
partes. ¿Y se halla la facultad de pensar en cada una
de las partes del ser estendido o solamente en su com-
posicion? Si s':? halla en cada nna de sus partes, to-
das menos una serán superfluas, á no ser que se quie-
ran admitir en el hombre inunitas facultades de pensar,
lo que seria un absurdo. Si la facultad de pcns.ar se
halla en la composicion de estas partes, como que di-
cha composicion no es mas que una modificacion de las
part.es, existiria la facultad de pensar en una modifica-
cion; absurdo todavia mayor. Adema!) si pudiera ser es-
tendido el ser pensador, no habria raZOll suficiente pa-
ra colocarle en una parte de nuestro cuerpo con prefe-
rencia á otra', asi fiue se le (leheria esparcir en todo
el cuerpo. Pero esto eit enteramente contrario á la es-
periencia, porque si se corta un brazo ó una pierna á
un hombre, no se le disminuye en lo mas mínimo su es-


- píritu, y permanece con las facultqdes y operaciones que
antes tenia. Mas sino se puede hallar la facultad de
pensar en un cuerpo, en una sustancia entendida, ele-


S




(94)
be necesariamente hallarse en una sustancia entera-
mente distinta del cuerpo, y que sea especialmente muy
simple.


No puede existir la facultad de pensar en una sustan-
cia sólida; porque cuando razonamos comparamos mu-
chas ideas. Llamemos á la accion de razonal' A, Y á las
ideas que comparamos B, e, D; Y supongamos que es-
tas ideas son movimientos de un ser estendido G. Es-
tas iJeas no las podemos comparar sin que se hallen to-
das reunid'ls á un mismo tiempo en la accion A, que
es el l'acincinio. Esto se verifica ó reduciéndose á una
sola parte, mezclándose entre sí las particulas del sóli-
do G, que mantienen Jos tres movimielltos de las ideas
B, e, D, o pasando estos tres movimientos á la misma partí-
cula, adelantándose á la:; en flue subsistian. En e3le Ü 1-
limo caso existirian los movimientos en el cuerpn; lo que
es contrario á los principios mas i,ncontestables de la me-
tafisica; en el primero se penetrarian las particulas; lo
que es incompatible con la solidez.


Finalmente, la facultad de pensal' es libre, y pOl'
eso podemos continuar nuestros pensamientos sobre un
objeto, ó retirado ó dil'igll'lo á otros, sin qne nos de-
termine á ello ninguna causa estema: mas esto es opues-
to á la inercia de los cuerpo~, origen de las siguientes
leye;¡ = l. a. Cada cuerpo persevrra ('11 su estado de re-
poso ó de mopimiento 1l1l!/oJ'/ne en linea recta, á no
que se 'vea obligado á mudar de estado pur las fuer-
zas que le son itnpresa'i. 2. a La mudanza de nwpimiell-
lo es siempre proporcionada á la juerza motriz que
se lo imjJlime, )'" se ejeruta f'll la línea recta á que
,fe ha comunicado la fuerza. 3.a Siempre se opone á
cada acciOlz UlZa reaccion iguhl; ó bien son sirmpre
iguales las aCcloner mútuas del f'UClpO y tienen direc-
ciones contrarias. Se opone de tal manera estapropie-
dad de los cuerpos á la libertad de las operaciones del
alma, que todo hombre que piensa y que [JO se mues-
tra enteramente sordo· al sentimiento Ílltimo , se halla en




(9l»
te'ramenteconvencido de la difercncia esencial de ambas
I '


.'Ústancias.
','Creo oportuno limitarme á estas cortas reflexiones, sen-
~ma,s' a' la par que irlcontestal,les sobre la diferencia
esenéial de las operaciones y propiedades de alma, con
las de 'los cuerpos. :!Has antes de pasar adelante, tl'ata-
j.emos de responder á una objecion de L9cke; y para
que no alucine á las personas para quienes escribimos
prirlcipalmente, la espondremos en el estilo mas seduc-
tor :de un pretendido filósofo contemporáneo.


, (~Yo no se mas, dice, sino que soy cuerpo y que
~if~Í150. ¿ Y por qué, consultando sojo á mis d{;biles lu-
tes, 'he de atribuir á u\la causa düscnnocida lo que
puedo atribuir con tanta facilidad á la lÍnica causa se-
tundaria que conozco algun tanto ? Ya yeo que al oir
esto me interrumpen todos los filosofos de la esclH;(a
diCiéndome. En el cuerpo solo hay estension y solidez,
y así no puede haber en él mas que movimiento y fi-
gura, y no pudiendo formar pensamiento alguno el mo-
vimiento, la forma, la estension y solidez, es claro que
Í1u puede ser materia el alma. Todo este gran racioci-
nio tantas v~ces repetido se reduce á esto. Yo conoz-
é!o muy poco la materia, y apenas adivino imperfec-
tamente alguna de sus propiedades, es asi que ignoro si
estas pr~piedadcs pueden pensar; luego, puesto que na-
da sé sobre esto, aseguro positivamente que no puede
pensar la materia. He aquí claramente espuesta la ma.
nel'a de discurrir de 'a escuela. Locke decia con ingenui-
dad á estos señores: Confesad que sois tan ignorantes
~orrio yo: vuestra in1aginacion, asi como 1a rnia no pue-
de concehir como pueda pensar 11l1' ~uerpo; ¿y podrá
comprender mejor como puede pensar una sustancia, cual-
quiera? ¿No conociendo la materia ni el espíritu, osa-
reis ase~urar algo acerca de ellos? Qué os importa que
sea el alma uno de esos seres incomprensible .. ' que
mamamos materia, ó uno de esos seres incon~prensible5
que llamamos espíritus ~ Pues (Iué, ¿no pnerle nios, cria-


.





(96)
dor de todo "hacer eterna, Ó, de~tl'ujr yuestra alma se-:-
gun su voluntad, cualquiera que sea su substancia?
El supersticioso dice que deben sel' quemados para bien de
las almas, lú5 que presumcn que se puede pensar con. solq
el aux.ilio del. cuerpo. ¡Ah! ¿Y qué diria si fuese el mismo
culpable de i:n~eligion ? En efecto ¿(lué hombre 'se atce~
verá á asegurar, sin incurril' e11 Ul!a absurda impiedad
que no pued,e dar el Criadol' lwnsalllienlo y sentimien-
to á la materia? .Mirad el cOl.Hieto en que os habús
puesto los que asi limitais el poder del Cria~Jor! ctc."
Se conoce en este discurso al hombre de talento, pero
solo se reconoce en él á un infeliz filósofo. ¿Donde. en..,.
cuentra este hombre esa absurda ill1pieddd en negar al
Criador qne pueda dar á la materia pensamiento y sen-
timiellto? Tan imposible le es al Criador dar pensamien-
to á la materia, C0ll10 formar un sel' que sea estenso
y 110 estenso á un tiempo mismo, penetrable é impene-
trable, activo y libre y dotado de fuerza de inercia,
¿Hay algun absurdq en rehusar este poder al Criador?
¿Lil1lítase por esto su poder;) Preciso es conocel' los prin:-
cipios de la" co;;as tan poco (~OI1l0 las conoce el auto~'
de este pasage, para avalJzar semejantes absurdos.


El hombre 110 conoce ni la natllraleza del cuerpo
ni la del alma; estos dos seres son incomprensihles para
Tlosotros hasta ahora, y no es llcceS,lrio saber mllehq
para confesar esta verdad. ¿ Pero debemos deducir de
esto que no nos dehe importar que sea el alma uno de
esos seres iucomprensihles (Itle llamamos malt:.r,¡c" ó
uno de esos seres incomprensibles que lIamanHJs espíri-
tus.? Consecuencia verdaderamente digna del saber. y d~
la religion de su, autor. ¿Debelllos, deducir qn,e no es el
alma una sustancia diferente del cuerpo? Porque no ~Q-¡
nozcamos lanat'uraleza dd fluido eJ(~ctl'ic(), ni Ía clc{
imán ¿d'eberemos deducil~ ,que lIO son estos dos fl~iJos
de diferente naturaleza, á pes:!!' de las diferentes PI;O-
piedades que se hanclescubiel'!o en ellos? ¡Por que, 110
conozcamús la naturaleza de la fuerza " de la "doei-




(97)
d~ld! ¿ deberemos decir que no es la fuerza diferente de
la' 'velocidad? ¿ No se limita toda la ciencia de la natu-
raleZa al conocimiento de alf.\unas propiedades de los se-
res? Y si este conocimiento ha bastado á los grandes holU-
bres para decir que tenia un ser una naturaleza esen~
cialmcnte diferente de la de otro, POfl¡UC se han des-
cubierto en él propiedallés y operaciones diferentes ¿ pOI'
qué no podemos deducir Ílosotros la diferencia 'esencial
entre 'e-I alma y el cl1erpo, supuesto que nos enseiJan
JIU.estro sentido, las leyes de la naturaleza y las esperieu-
das mas triviales, la esencial diferenciá' y notable opo-
sicion elltl'c las operaciolles y propipdades del alma y del
cuerpo':? c' Por qué se 'nos ha de tachar de 'll1ll)ios, y de
querel" \'imitar la olnnipolencia del Cl'itldor ;"t!uando 50S-
tenei-pos' que. ateud'idcifeI' actu'al estado de'; las cosas, no
pt1~d'e' hacer esta omnit)bt,i:!n'~ia que pierlse ~a' materia~
lHn'cho . debería sell~ir 'el 'atular del dis'Ct1l'so(citado, que
discurrit!se su médico tall; tWal como él, V 'Clu.e'lJO lO"':
naciendo por las, diferentes "propiedades y .. opet'-aciones de
~ÓS,í~~¡r}ediMl;.! 'difcrencFa de Sil naturalezA; se los rece-
tase :pÓ,r 'collsiguiente lndl,~ti\ltaniente. Pero tl~jél1los!e eli
su igI1oran'cia, y I pdsC/nog'::,a presentar con t6du: :daridad
la inrilórt'a;lidad dd:'álma;iI ; . j' ,


:EI1'lwimer lugardistingliiremos dos ,espMies de in:-
rrlortandad, inlr!llseca' la tIlia y cst,.!nseca la otl'ir.' Es un
se-r' ¡rJlnartal intrin,secn:r¡')(i~te' cuarido ~o 'pu,edel'por su
i1~t~wáteza ser destruido p'Ól' los demas ser~s )~n~ndos; y
(:ir 'é~)'lodo ser simple é' indivisibte, porq~le 'r .'(:)' no sie!l-


" , do cUdi'po este ser, se snnsh'ae á toda aéeion' de los cúer-
pos q).ie: !supone una reile\.:Íon; lo qut' no' se \'eriliea eu
los sere(simples. Y no se alegue, para eludi¡" h fuer~
z~ 'dihlúestro raciocinio elsi5tellla de la influericia física.
Ó' ~e' la ~ccion del cuerpo' sobre el alma y Id~ e:sta sobr~
el :tu'erpo, porque esta ser'ia' una verda-del'a peticion de
principio. Asi pues, si el alma es un ser simple, inca-
paz de qne le afecten las acciones de los seres criados,
serÍl indestructible, incorruptible ó inmortal intúllsc~amell-




(98)
te y por su naturaleza. 2. o No conocemos mas destrue-
cion que la que se deriva de la sepal'acion de partc:~, y
no teniendo partes un ser simple como el alma. no es-
tará espuesto á semejante destruccion, solo podrá pere-
cer siendo aniquilado ó reducido á la nada;. pero esta
destruccion es superior á las fuerzas de las causas natu-
rales .. y asi podemos decir (lue pues el alma es indes-
tructible por su naturaleza, y no ,pueden influir sobre
ella las causas criadas, es intrÍnsecalllepte inmortal.


La inmortalidad estrinseca es aquella cualidad <lue
hace á un ser inde:.tructible con respecto á otrq de cual-
quiel' naturaleza que sea, de suerte que seria <;ontradic-
toria su de~,tr~c.cion. Solo es inmortal estrinsecamenteel
{mico ser ,necesario, pOI que no reconoce ningun s.e1' su-
periol' que; [lueQa reducirle Ít la nada, y es contradicto-
ria, su ~e~;~ruc~ion pOl'ql\e(~e lo contrario nó seda un
5el' necesario, Esta especie de"inmortalidad es la que de-
he entelld~H'se cuando dice,!(fl l\póstol hablando de. Di,os,
que el solo posee la inmortaJidad. (1),


As,i 'cuaqdo se pregunta: 1. o si el ·alma hllmana
es inmortal', 2. o si se puede, demostrar la inmortalidad
por ,me<Ji~,de la razon, dirc'!llo,s qu~ es muy obvia la
respuesta, si se trata de la im:nortalidad intrinstca, y
nada hay., JAílS facil que demos~t:ar por la razon de~ueida
de la si.ll;lpl(cída<l,del alma que esinmol'tal intrinsecame~te
hablando. ,Pero si se habla" de la inmortalidad E:strinse':'
ca, cou'lQ ¡ioloconviene á Dios pencialmente, no se pue-
de atribl1;'r al alma sin colocarla entre los seres contin-
geutes, al 'sel' necesario; ,lo q~e seria mi absurdo,' La
razon no~ enseüa que el alma ha tenido un principio,
asi como ,todo ser coutingente, y que habiéndola sa-
cado de 1(1 nada una causa q1lly poderosa y absolutamen-
te libre, I~ ti'ene siempre bajo su dependencia, y puede ha-
cer que cese de existir en cuanto quiera, asi como hizo


(1) 1 Tim. VI, v. di.




(99)
que comenzase á existir cualldo quiso. Asi pues es ,una
gracia que concede este soberano ser á nuestra alma la de
conservarla eternamente.


Ya estarnos pues en la cuestioll de si el ser etemo
le concederá esta gracia. La revelacion no nos deja du-
da alguna sobre ello. ¿Pero se puede demostral' por 50la la
raZOI1 natural? Nadie que conozca lo que es una demos-
tracion propiamente dicha osara dar la afirmativa. Para
esto es necesario conocer la voluntad de Dios; y aun-
que la razon nos dá á conocer con bastallte claridad la
voluntad de Dios, con respecto á nuestras accioues, 110
se estiende!'! sus luces á darnos á conocer la voluntad de
Dios con respecto á las suyas; porque semejante cono-
cimiento seria superior á nuestro entelldimiento, y por
otra part~ no contribuiria á nuestra felicidad,


Pero aun cuando solamente pueda convencemos la
revelacion plenamente de esta inmortalidad, se puede
decir no obstante que nos suministra tal multitud de
razones, tan fuertes y de tanto peso, que nos induce
una certeza muy consoladora.


y en verdad, no es l)l'obable que un ser inteligen-
te que es capaz de conocel' tantas verdades, de hacel'
tantos descubrimientos, de discurrir sobre una infinidad
de cosas, conociendo sus proporciones, sus bellezas y
utilidad: un ser que es capaz de contemplar las obras
del Criador, de elevarse hasta él, de observar sus de-
signios, de penetrar las causas; de elevarse sobre las
causas sensibles hasta el conocimiento de las espirituales
y pivinas; que puede obrar con libertad y con Qiscer-
~imiento, y que es capaz de ejcl'cel' las virtudes mas
heróicas; no es probable, repito, que haya sido forma-
do para existir tan solamente el corto espacio de esta
vida, un ser adornado de ta n su peri ores ~u,a l idades, Los
antiguos conocieron todo el peso de este argumeuto,


Ademas el espíritu humano pOI' su naturaleza }lUe-
de progresar contiuuamente y perfeccional' sus faculta-
des. Y ¡ aun cuaudo . se hallen ellccrra¿los nuestros co-




(100)
nocimientos actuales en ciertos límites, no es asi res-
pecto de los que podemos adquirir y de las invellcio-
Iles de que somos capaces, ni dejos progresos de nues-
tro juicio, de nUf'stra virtud y prudellcia, porque bajo
este concepto es susceptible siempre el hombre de al-
gun nuevo grado de perfeccion y de madurez. Regul:ll'-
mente le sOI'prende la muerte antes rfue haya acabado,
])or decirlo asi, sus progresos, y cuando :mn se ha-
llaba ell disposicion de adelantar mas.


Nada igualaha al placer y alegría que sentian los
paganos mas sáLios y sensatos, creyendo que era su al-
ma inmortal por su naturaleza. Este pensamiento era su
mayor apoyo en medio de las calalllidades á que c;e
hallaban espuestos, y especialmente en medio de las que
les atraía su virtud. Esta creencia les infundia grandes
y consoladoras esperanzas de un porvenj¡, venturoso, y
ella les servia en fin de un poderoso motivo para adhe-
rirse á la práctica de todas las virtudes morales, y pa-
ra mantenel' sometidas sus pasiones al imperio de la
l'azon.


No hay duda que el natttral sentimiento que espe-
rimentamos de la dignidad de nuestro ser y de la gran-
deza de nuestro destino, es lo que naturalmente nos in-
duce á dirigir nuestl'as miras hácia el porvenir, á in-
tentar pCl'petuar nuestro nombre y nuestra memoria, y
que no seamos insensibles al juicio de la posteddad. No
so .. estos sentimientos ilusion del amor propio ni de la
preocupacion. El deseo y la esperallza de la inmortali-
dad son impresiones que nos , .. ienen de la naturaleza;'
J es este deseo tan racional en sí , es tan útil, y está tan
íntimamente unido con el sistema de la humanidad, qu'e
por lo menos 8e puede sacar 'de él una induccion favo-
rable acerca dé que hay un estado futuro. Por grande
({ue ya sea la violencia de este :deseo, aumentase mas,
conforme empleamos'mayol' clúdado en cultivar fluest"a
razon, y que' progresamos mas, en el conocimiento de
la verdad y en la práctica de l'á virtud. Este sentimien-




(101)
to llega á ser el principio mas seguro de las acciones
Dobles, generosas y útiles á la sociedad, y puede decir"";
se que sin él serian todas las miras humallas , mezquinas
y rastreras. ¿Hay acaso apariencia de fIue Dios haya da~
do ;i los hombres esperanzas que jamás debeu ver cum .....
plidas, deseos que no pueden s?r satisfechos, y té-'-
mores por cosas que no pueden llegar á realizarse?


Pero )'a que hemos C(lllsiderado al homhre en cuanto
á lo fi,l'ico cousidcrémosle cn cuanto á lo lIloml. Ya he-
mos visto que es el hombre un ser libre y racional que
distingue lo justo' )' lo honesto, que encuentra en si prin-
cipios de conciencia, que conoce su dependencia delCria-"
do¡', y que ha nacido para cumplir ciel't(¡s deberes: que
su adorno mas bello es la razon y la virtud; que su ma"-
)'01' afan en la vida es progresar en ellas, aprovechando
cuantas ocasiones tiene para instruirse, para reflexionar y
hácer bien: hemos dicho también que cu.anto mas se ejer....;
cita y fortifica en estas ocupaciones tan laudables, tanto
mejor cumple las mirás del Criador, y mas digno se mues-
tra de la existencia que ha recibido, y conociendo que
se le puede pedil' cuenta de su conducta, se condena "o:se
congratula de ella, segun los diferentes modos como ha
obrado.


A esta considera\.:ion añadiremos que si muriese el
alma del hombre con el cuerpo; sería mucho mas preferible
]a cO[Jdicion de las be'itias á la del hombre; porque son
mucho mas puros y mas positivos los placeres de los bru-
tos, aunque esclusivamente sensua1es, puesto ({ue no es",
tán cOlrompidos, disminuidos, ni altel'ados por ninguna
reflexion; porque ellos se aba"ndonan enteramente á es-
tos placeres, y parece que cuando no los disfrutan no los
descon tanto cornó el hombt'e, porque no piensan en
ellos; porque nú acompafla á sllspadecimientos la refle-
xion, 6 porql1e no sufren los padecimientos del espíritu.
Pues segUlJ dice muy bien Séneca. «Las bestias huyen
del peligl"O que ven, y cuando se ven libres de él estáü
tranquilas.» Ademas' las bestiirs;'se hallan libres de~ inquie-




(104)
gun sus obras, y "n el que se aclaren plenaménte por la
aplicaciim de una justicia igual é impa"cial todas las difi..:.
cultades que se oponen en el dia á la Providencia. Es
pues una cosa directamente demostrada que debe haber
un estado de recompensas y de pellas. Y todo hombre que
niegue los premios y penas de la vida futura, recaerá de
consecuencia en consecuencia en el ateismo.


Ademas, sil'ndo Dios un ser perfecto, nada puede ha-
(~er contrario á la recta y perfecta razono yasi es impo~i­
hle que sea la causa de un ~er, ó de la condicion de un
ser cuya existencia n'pugnase á. esta razon, o I~ que es lo
mismo, que no oore conforme á la razon con lbs seres que
dependen de su poder. Si los hombres nos hallamos en-
tre estos seres, y si la mortalidad de nuestra alma repug-
l1aá la recta rélZOIJ, esto es bastante para CO!lVenCel'núS de
que es, inmortal; á cerCa de lo cual podemos tener una
certeza tan infalible cuanto -podamos a:dquirir por el uso
de nuestras facultades, es decir, que nada hay en la na-
l111'alezade que podalllOs estar mas seguros qüe lo que de-
hemose'starlo de esta verdad. Solo nos' ·resfa pues que
vei', si la iU1l1ortalidaddel alma es ó no eontrúia á la rec-
ta l'azon.' '


• Noes pel'judicar á un sel~foi'marle en un;cstado' de fe-
-I1Ciu~d sólido, verdadero,' exe~to de pena;Ílo' es perjudi-
'éade·~rearle en ul1estádb d~ felicidad, mezclada de mal,
s.t~mTll'e(lue sea iufalihlemerlte menor Hl dt'sgr~cIaqtle su
,felicidad, ~' que este 1'(;1' no sufra mas de lo qú~ se aven-
dria ~ Sllfrir para obtener su felicidad unida' á :Sll desdi-
cha.No es tAmpoco perj·utlicar á un ser crearlo' sujeto á
mayor desdicha que felicidad, ,si este ser recibe á Ull mis-'
lOa tienipo poder 1}3I'a' evitar totalmente l~ desgrcia, o al
nierlOS, tanto cuanto se1f riecesa,l'io para irúpe:dit' qlle esceda
J¡'t'tút-alidad de la nesgracia¡á la que consentiriá' en sufril',
para no perder la porcion de felicidad aplicada á sus pe-
nas·. El ,único caso en f{Hese 'l)()dria perjudicará un ser
:11 crearle, sería creándole por lIecesidAd des;raciado sin
remedio, sin recompensa alguna, o sin ponel' algun contl'a-




, (lOa)
peso á su desdicha; y este únieo caso es en el fondo tancho,
can,te y tan directa,l1(~nte QPl'lesto á la razon, que solo el
pensarlo irHligna a un hombre racional, clue hacp- uso de
sus luces natll\'élles. Cada uno puede internarse bastante
«l.ll la idea de la naturaleza, de la razon, y de la justicia,
para COD,ocer que son verdades incontestables eslas pro-
posiciones.


El que piensa que es el alma mortal, dehe cQnVenil'
en una de estas dos cosas: o en que Dios es un ser injus-
to y cruel, Ó, en que el hombrcpuede encontrar en esta
vida remedio y contrapeso á su miseria é infelicidad. Si se
avanza la prllllera pl'oposicion, se contradice una \"erdad
evideJltemente demostrada; aun diré que esto seria tenel'
Wla IlfH,:ion tan indigna y 'tan impía del ser supremo cual,
nadiequerria tenel' ni aun siendo el l'dtimo de los hombres,
y que el mismo que sostenga esta opillion sabe que es fal-
sa. Convenir en la segunda proposicion es desmentir la
historia del ~ombl'e y elsentimieuto interior: vease la es-
planacion de estas ideas en los autores siguientes. BU,RL~~
MAQIH; Princlj}['oS riel derecho natuml. l'I, pago fl 23 y
sigo MACPF.RTUIS, Em'a) o de moralj CLARKE, La existen-
cia de Dios, etc. Tom. JI; LELAl\"D, lTecesidad de la.
revelacioll.


Concluiremos pues diciendo, que es absolutalllep~e,
imposible que siendo Dios un ser infinito, sabio, justo.y
hueno, uú tenga otras miras y 'no se proponga otros fines
al creal' seres dotados de,raz.on, tajes como los hOIlll->res,
á qNienes ha adornado de facultades tan noble!>.y; esccl en -:
tes, dándoles el conocimiento d,e la distir!cion e1eI'rJa é in-
mutaLle del bien y dd mal; es imposible, repito, que no
se haya propú.csto Dios en todo. esto otro fin, que el de
conservar elel'n,amente, una su~esion de seres de tan corta
duracioti en el triste estado de cormpcion, de,desordcfl
y de calamidades qne se halla en elmunclo, donde se ob-
sel'\'an tan mal las reglas del bien y del m"l; donde no
producen casi ningnn efecto sensihle las difereu\.:ias oc·
cesarías de las cosas; donde no se dislinguen lo Slt-




( tOS)
mieutosy principios que k.han de servir de regla; que
esta dir~cion y estos principios provenielltes de un supe-
rior poderoso, sabio y bueno, tienen todos los caracteres
de una ley verdadera. Que esta ley lleva ya consigo en
este mundo su castigo y recompensa; pero que no sieudo
suficiente esta sola sanciono ha establecido Dios una 5an-
cion propiamente dicha de dprecho natural, que tendrá
lugar en la vida futura, para dar á su plan tan digno de
~u sabiduría y de su bondad toda su perfeccion, y para
suministl'at' al hombre en todos los casos posibles los mo-
tivos y socorros que necesita; y finalmente, que atento á la
conducta de los hombres, se propone pedirles cuenta de
ella, y recompensar la virtud y castigar el vicio con una
}'etribucioll exactamente propcrcionada al mérito o demé-
rito de cada uno.


En oposicion á ef.te sistema presentaremos el que su-
pone que todo es limitado en .el hombre en la vida presen-
te,. y que nada hay que esperar o que temer pasada esta;
que Dios no se ha cuidado del hombre despues que lo
.crió y que estableció la sociedad; que despues que nos
.<lió con h razon, el discernimiento del bien y de) mal, no
presta atencioll alguna al uso {Ine hacemos de ella, Sill0
.tV.J.c nos abalIClona de tal modo á nosotros mismos, que pel'-
maneCCtllOS dueflos absolutos de obrar segun nuestra vo-
lun~ad;'que no tendremos que responder de nuestras ac-
~io,nes á nuestrQ Criador,y que á pesar de la distl'ihucion
;desigual é irregular'de los bienes y males de esta vida, á
,pesar detodos los desórdeues é injusticias causados por la
lll~licia o iujusticia de los hombres, uo debemos esperar
.cl,e Dios ninguna comp,ensacion ni reforma .
. ~~ . ¿Puede compararse .este sistema con el primero? Mani-
f\esta. c;:on tanta clariJad las perfecciones de Dios? ¿Es tan
digno ,de su sabi~,ut:i\l., de ,su bondad, de su justicia? .Es
tan propio para reprimir el vicio, para sost.ener la virtud
en .'lmn~'Ompromisos-delicados y peligrosos? ¿D{l tanta soli-
dez al edificio de la sociedad ~ tanta autoridad á las leye<;
naturales como lo e:xije la gloria dd l('gi~I;Hl()r soberallo




_.


(t09)
y el bien de la humanidad? Si huhiera que elegir entre
dos sociedades, una de las cuales admitiese el primer sis-
tema, y la otra el segund/), ¿qué hombre prudente no
preferiria vivir en la primera de estas sociedades? En efec-
to no puede hacerse comparacioIl alguna entre la belleza
y conveniencia de estos dos sistemas; el primero es obra
de la razon mas perfecta; el segundo es defectuoso y ad-
mite una multitud de desordenes. Esto solo indica bas-
tante en cual de ellos está la verdad, pues que se trata
aqui de juzgar y discurrir acerca de los designios y de
las obras de Dios, que todo lo hace con ta mayor sabi-
duría.


Pero aun cuando quisiéramos colocar el conocimiento
'de un est~do futuro entre 105 conocimientos probables y
aun dudosos, siempre será prudente obrar como si vencie-
ra la afirmativa. POl'<lue este es sin duda alguna el parti-
do mas seguro, es decir, el que ofrece menos que perdel'
y que arriesgar, y mucho mas que ganar, en todo evento.
Pongamos en duda la vida venidera. Si hay un estado fu-
turo, no solo sel'OÍ un error no creer en ~Ll existencia, sino
que será un funesto estl'avio obrar como si no existiese;
semejante error arrastra en pos de sí pei-niciosas conse-
cuencias; pero sino existiera tal estado, solo produce el
error de creer que existe en general buenos efectos; no
está sujeto á oingun inconveniente para lo venidero, y no
n()s esponc por lo comun á grandes incomodidades en lo
prescnte. Asi, como quiera que fuese y aun en el caso
luenos favorable á las le)'es naturales, no dudará un hOIll~
hl'e pmdente entre el partido de observar estas leyes y el
de violarlas. Siempre vencerá la virtud' ál vicio. Véase so-
hre'este argumento á Locke, ensayo sobre el entendi-
miento humano, lib. II, cap. XXI, § ¡o.


Siendo pues este partido el mas prudente, aun en la
suposicion de la duda éilleertidumbre que pudiese existíl·,
¿con cuanta mas Tazan 1'10 10 será, si se recónoce como 'no':
puede menos de serasi-, que esta opinion es mucho maS
lwobable que la otra? Una. 11.parieucia de verosimilitud, tina


9




(112)
Se vé por esto que la religion constituye una parte esen-
cial del derecho natural; y por consiguiente que no dehe
tlesterrarse de él; porque es imposible e!ltablecer los prÍn-
·cipios de la sociedad ó de la politica, sin suponer desde
luego los de la religion,
I~a religion es el sistema del conjunto de Jos senti-


mientos y deberes que impone DiQi á los homhres con
respecto á él,para su gloria y para la felicidad de aque-
llos, -afirmado por 1:1 esperanza de recompensas y por el
temOt' de las penas en la vida futura. Hay dos clases de
'l'eligion: la religion natural y )a revelada, segun que la
vueden-cot1ocer los -hombres por las solas luces de la ra-
zon, ó que necesitan de revelacion particular ..


El hombre puede llegar al conocimiento de Dios y de
los deberes para con él, por el mer0 uso de Sil razon, y
sin auxilio de una revclacion particular. En efecto pOl'
poco que reflexione -el hombre sobre su naturaleza, reco-
noce en breve que no es él el aulor de su existencia; sino
que se la debe á la mano omnipotente de Dios; que este
Ser le ha dado )a l'azon y la vida,'Y-todas la vent~jas que
]e son consiguientes; que existiendo este Ser por sí mis-
mo, absolutamente podel'oso, absolutamente huella, sábio
y justo, quiere la razon que le respete, que le ame, qU6
]e .tema,y que se someta á su voluntad en todo.


Debe sentarse pues que establecen perfectamente el
derecho de Dios sobre los hombres, y los fundamentos
de la religion, -por una parte la naturaleza de Dios y
de sus perfecci6ues, y por otro el estauo natural del
homble, y la dependencia necesaria en que está con
1"especto á este Supremo sel'.


Debemos observar tambien, que son tan rigorosa-
mente obligatorios los deberes del hombre con respecto
11 Dios, que, propiamente hablando, y cualesquiera que
sean 'hs circunstancias en '{ue se halle el hombre, no
admiten -escepcioll alguna, pues que 80n siempl'e las
mismas bs relaciones que tiene el hombre con Dios, y
que son su fundamento.




_ (l.5)
. Por la idea que acabamos de dar de Ja réligion, apa ..


rece que encierl'a dos partes esenciales, á sabet': el co-
nocimiento de Dios, ó la teoría, y el culto que se le
debe, o la práctica.


La teoríOl de la l'eligion se puede reducit' á cinco
verdades fundamentales, á saber: 1. o que hay Dios;
~. o que es cl'iador del universo; 3, o que le conduce
y ~obierna con sabia providencia; /1' o que solu hay un
Dios; 5. o que este Dios es U9 ser absolutamente perfecto.


La verdad de la existencia de un Dios se uos pre-
senta por tantos lados, y son tan convincentes las pl'ue-
has que de ello nos dá la razon, que no puede me-
nos de conocerla aun el hombre mas estúpido, asi co-
mo tambian que debe mirarse el ateismo como la ma-
yor estravagancia del espiritll humano. En nuestra Teo-
logía natural demostraremos esta verdad.


En seguida nos enseña la razon que' este Dios es el'
criadé del Universo. Porque manifestándonos claramen-
te la razon: que ningun ser de los de f]ue se compone
el mundo existe por si' mismo, es uecesario que ha-
yan tenido una causa primera; y esta causa es lo que
llamamos Dios. Véase este argumento en CLARKE, so-
hre 111 existencia de Dios. En nuestras lecciones de Oll-
tologia haremes €onocer toda su fuerza.


Srguese de aqui que S'.:l engaüan todos los que ha-
Llan· de la naturaleza como de causa primera de todas
las cosas que existen, y de todos los efectos que admi-
ramos. Porque si se entiende por naturaleza aquella ac-
tividad interna que ob~ervamos en cada cosa, bieu le-
jos de podemos autorizar á negar un Dios, debe con-
ducirnos necesariamente á conocerle como á aquel de quien
emana. Si se entiende por naturaleza la causa prime) a
de todas las cosas, cs una profana afectacion 110 quc-
rer emplear en su lugar, el término claro y conocido por
el que comunmente se designa el Ser Supremo. Tam-
bien debemos señalar entre las ideas falsas con respecto
á la Divinidad, la de imaginarse que Dios es alguna de




(114)
las COS3S que están al alcance de nuestros sentidos, ú
que Dios es el alma del IJniverso.


Segun esto, debemos estar persuadidos de que existe
Ulla providencia. Por providf:llcia 'se entiende un acto
de Dios por el cual conserva, conduce y gobierna es-
te universo, y cuida }lal'ticulannente d(~1 género huma-
uo. En efecto, sino se interesára Dios en lo que nos
(~oncierne, serian cosas yanas y quiméricas toda re-
JigioIJ y todo temor de Dios.


La cuarta verdad de la rcligíon natural es que hay
un solo Dios. Esto se prueba, 1, o porque no hay razon
alguna que .nos incliue á creer que hay muchos, y al
contrario se obsena en todo el universo una uniformi-
dad de designio que evidentemente manifiesta que hay
una sola voluntad que haga mover y que dirija todos es-
tos diferentes .1'esortcs; 2. o porque encierra una eontl'a-
díccion manifiesta la idea de muchos dioses, puesto que
son incompatibles dos seres omnipotentes; y tendriamos
que suponer, que el uno quelTia necesariamente .lo mis-
mo que el otro, y pOl' consiguiente . que la voluntad
de uno de los dos eea necesariamente detel'miriada por
]a voluntad del otro, ]0 que destl'uiriasu libertad; que
se hallaria privado de una perfeccion, puesto que· eS
lnejor ser libre, que sometido á la determinacion de la
'Voluntad de otro •. Y si no estuvieran reducidos á. la ne-
cesidad de querer siemp,'e lo mismo, podria querer el
uuo lo que rehusase el otro; en cuyo caso pl'evaJece-
ria la "oluntad del uno sobre el otro; de manera que
no seria todo poderoso aquel cuya potestad no pudie-
}'a secundal' su voluntad, porque no podría hacer tan-
to como el otro. Luego uno de los dos no es todopo:"
deroso, luego no hay ni puede habel'dos seres todo-
poderosos, ni por consiguiente dos Dioses.


Finalmente la razon nos enseüa que Dios es un
SCl' soberanamente perfecto, porque siendo Dios la causa
primordial de todas las cosas, seria un absurdo supo-
ner que le faltaran alguna de la~ perfecciones de que




(110)
l)odemos formarnos alguna idea, nosotros que !lomos ctia":'
tm'as suyas. Asi pues, no debemos atrilJUil' á Dios ha':'
da que sea finito ó sujeto ~l cantidad, asi como se-
ria tambien un absurdo creer que el Ser Supremo pue-
da SH comprendido plena y distintamente' por nuestra
imaginacion, o por alguna otra facultad de nuestra alma;
puesto que todo cuanto puede concebir un ser finito y
limitado es limitado y finito.


Dos son los errores principales contra la rcligion,
el ateismo r la supa~t¡cion.:E1 ateismo es una malig-
lla y perversa disposicion del espíritu, pOl' la que,
no atendiendo al movimiento de la conciencia, se so-
focan sus remordimientos é inspi,'aciones, procurando
persuadirse que no hay Dios; ó mejor dicho, el ateis-
mo es una disposicion desarreglada del corazon que
nos hace aprobar y sostenel' tenazmente ciertas opinio-
nes, de las que se sigue, por una consecuencia natu-
Tal y necesaria, que no se puede ignorar que no hay
Dios, Véase á BUDEN:;, del atcismo y de la supers-
ticion, á BURLAMAQUI, tal.]}. lIT, pág. 35 y siguientes.


Si se entiende por naluralúmo el panteismo no se
diferencia en el fondo del ateísmo, pues constituye
tllla de sus especies. Pero si se entiende por naturalis-
mo el sentimiento de aquellos que pretenden que has-
tan las luces de la razon, sin necesidad de revelacion,
}Jara salyarse, se diferencia del ateismo propiamente ha-
blando, pero en términog, que puede degenerar en él
n1Uy fácilmente.


El indiferentismo universal á todas las religiones,
que no adopta ninguna en particular, y que á todas
las considera igualmente indiferente, no se diferencia
tampoco mucho del ateismo; puesto que es imposible
ereel' en un Dios, y despreciar todos los cultos que
l\e le tributan, ó creerlos absolutamente iguales é indi-
ferentes.


Lo mismo deberemos decil' del Scepticlsmo; porque
si es general y sin escepcion dudará tambien de la exis-




(110)
tcucia de Dios, pues lo mism!l es negar que dudar de
la existencia de Dios. Y no obstante la c.liferencia que
parece hallarse entre el entusiasmo yel atásmo, no
es biD embargo imposible que se Gonviel'ta el ateis ..
100 en fanatismo, cuanc.lo por una sacrílega apoteosis
transforma en divinidad las criaturas. Porque lo mismo
viene á ser que se transformen en dioses las criaturas,
ó que se transforme en criatura á Dios, como hace Spi~
nosa.


El polit¡cismo ó maquia~'d¡smo se aproxima mucho
al ateismo. No puede creerse la existencia de Dios y
creer que no se conforma la, l'eligiolJ con los intereses
de la república, y que solo debe hacer caso de la reli.
gion en cuanto nos es útil.


Como cuesta. á )a mayor parte de los hombres tan-
to trabajo permanecer en el camillo de )a verdad,. y
observar el medio entre dos estl'emos, sucede que caen
tambicn en el mismo inconveniente en materia de re-
ligion ; y queriendo evitar el ateismo van á parar mu-
chas veces á la· sllpersticioh. que es el vieio opuesto. No
bay duda que creen en la existencia de Dios; pero no
le adoran como conviene. De aqui nace la SUpCl:ft¡cion~
que no es otra cosa que un desarreglo del culto que
se dehe á la divinidad, Por aqui puede juzgarse qué di-
ferencia hay entre la verdadera religion y la supersti-
don. La verdadera religion, ó la piedad honra como con-
"iene á Dios, y como este Inanda, y la supersticion aso-
cia las criaturas al culto del verdadero Dios, de un mo-
do ilegítimo é indebido. Aquella se regula por la na-
tu raleza de Dios, por ]os preceptos que ha dado y por
la vel'dad inmutable; esta solo consulta á su fantasía,
y ridiculas fábulas y ficciolles; así pues, van muy engañados
J os que no veu diferencia alguna entre la s.upersticion
y la religion.


Irnpos:ble es que cuando el hombre atiende á las
perfecciones, no sienta escitU1'5C en él sentimientos de
veuel'acioll, de amor y de temor, y que !JO se halle dis.-




(tt7)
puesto á manifestar estos sentimientos en todas sus ac-
ciones. Este es el origen del culto de Dios; el cual
no es otra cosa que el conjunto de selltimientos inte-
fiores del alma, que producen en nue3tro esplritu las
perfecciones de Dios, y la reunian de todos los actos
esteril)res que les son consiguientes, y pOI' los ;cuales ma-
nifestamos estos sentimientos.


Existe pues, un culto interior y otro e.\'terior. El
interior consiste principalmente en la adoracion, en el
amor y temor de Dios, y en cierta disposicion á obe-
decerle en todo, como á nuestro Criador y seflOr abso-
lutamente bueno y poderoso. La adoracion no es otra co-
sa que el. soberano respeto de que se halla penetrado el
homb¡'e, en consecuencia de la naturaleza y perfeccio-
nes de Dios, y en consideracion á su propia debilidad,
y á la ahsoluta dependencia en que está de este primer ser.
El amor y el tem01' son producidos en el corazon del
hombre por la consideracion de la bondad infinita de
Dios, de su soberano poder. y de su justicia. Cuando
estos sentimientos se hallan grabados en el corazon del
hombre Pl'oducen por necesidad una completa adhesion
á la voluntad de Dios, y una disposicion á obedecerle
en todo. LI<Ímase tambien picrlad el culto interior.


El culto esterior cOllsiste en todas las acciones este-
riore! por las que damos á DIOS el homenage que se
le debe, y que escitan al mismo tiempo en los demas
hombres el sentimiento de piedad y respeto que le tri-
hutamos. La necesidad del culto esterior es de derecho
natural. Pueden verse las razones en lo que añadimos
al BURLA)lAQUI, Derecho natural, tomo nI, pág. 23 Y
siguientes.


Hé aqni pues Jos principales deberes á que el hom-
bre está obligado con respecto á la religion natural.
l. o A dar con frecnencia gracias á Dios, por medio
de actos esteriol'es, por los favores de que le co]m~.
2. o A conformar, en cuanto le sea posible sus accio-
nes á su volutad. 3. o A celebrar su infinita grandcza.




(118)
4. o A dirigirle oraciones; porque la oracion es el al-
lila de la religion. 5. o Cuando liene necesidad de ha-
cer UIJ juramento, solo puede jurar pOI' el nombre de
Dios; debe decil' exactamente la ycrdad, y observar re-
)igiosamente !lUS promesas. 6. o Debe hablar de Dios con
)a mayor circlJnspeccion y con el mayor respeto, para
l'Cconocer su poder. 7. o Todo lo que se hace á hon-
ra de Dios debe ser escelente en su género para ma-
nifestar, cuanto sea posible, los seiltimientos de adora-
cion de <lue sc halla penetrado hácia esta suprema Ma-
t?;estad. 8. o No solamente se la debe honrar en parti-
cular , sino tambien en público á vista de todo el mun-
do, siempre que se pueda hacerlo sin esponer á la di-
vina l'Ifagestad á las befas é insultos de los profanos, y
sin ocasionarse algun mal; bien entendido <lue en ta-
Je!l casos solo es permitido abstenerse de ciertas accio-
nes estel'Íores, cuya omision no lleva ningufla señal de
despreci0, porque no querer hacer una cosa sino clan-
destinamente, es avcrgonzarse de hacerla; al contrario
el cul-to que manifestamos públicamente, no solo pre-
senta el ardor de nuestro celo sino que sirve aun de ejem-
plo á 1m; demas para inducirlos á entral' eu los mismos
iClltimientos.


I.ECCION XIV.


De la libertad de conciencia; de la i,?fluencia de la
l'cligion en la felicidad de la sociedad


:No existe obligacion sin que existan Jos derechos
.l los medios de poderla cumplir. Los deberes á los que
n05 oblioa )a relit;ion, 110S ase¡;uran el (lerecllO á una




(119)
religion. (1), Pero como cada uno es responsable de t05
deberes que ella le impone, se halla tambien cada uno
en derecho de elegit' la que juzgue ser la verdadera y
mas propia para pl'Ocurarle la proteccion y benevolen-
cia de Dios. (2) Finalmente, como todo derecho debe ser
respcladn, tienen todos los hombres obligacion de res-
})etar el derecho de cada UlIO á elegit' una religion,
~IB causarle pOi' ello mal alguno. (3) Porque si la ley


(1) Esto necesita esplicarse. Si por derecho á una religion
se entiende que nadie puede violentar nue!ltras conciencias é
impedirnos que demos á Dios el culto que le corresponde, te-
nemos derecho á la rcligion. Pero este derecho es con rclacion
á otros hOlllbre~ que tienen obligacion de respetarlo; con res-
pecto á Dios no tenemos derecho alguno, pues al contrario
Dios es el que lo tiene de exigirnos los oficios que le debe-
mos, Estos oficios son los primeros en la ley natural, y asi
en este sentido, no será exacto decir que el hombre tiene un
derecho á la ley" sino un deber de obedecerla.


(2) Entiéndase aqui la misma distillcion que en la nota an-
renol'. En el segundo sentido, el homhre no tiene derecho si-
no obligacion, no de elegir la religion que juzgue ser vel'da-
dera, sino de seguir fielmente la que es verdadera, que es una
soJa, como el mismo Dios, la que, como dice Filangieri favo-
rece el órdcn público, enfrena todas las pasiones y aun á 105
hombres entre sí; aquella con cuyo auxilio pueden corregir-
se todos los vicios; en una palabra la religion católica roma-
na, pues con ella puelle y debe procurarse la proteccion y
benevolencia de Dios, á (Inien no se hOllra con una religioIl
falsa, qne no e,~ la suya y con la que quiere y debe ser
adorado. Por tanto, no hay derecho en el hombre de eltgirse
una l'eIigion cnalr[uicra; de otro mo(lo t¡¡mhicn podría inven-
t~rsela el mismo para elegirla; y la religion no es ü1\'cn-
cion ni'e:hechul'a humana sino obra diVina. P éame las no-


\!
las al Ji'l de estfJ tomo, donde se esplanan mas estas
ideas.


(3) Nadie puede violentar la conciencia de otro aunqnl' pro-
fe~e una refigion falsa, pero no e:.; porque este tenga derecho
Ji. elegid" y prufesarla, sino pOl'f{ue nadie lo tiene para infel'jr.




(120)
ualural asegura al hombre el e.iercicio de su libertad en
ll;oas las cosas que son esenciales á su felicidad, siem-
pre (lue no }JCrjudique á otro; ¿por qué rio ha de te ..
llel' el hombre con respecta á la religion, que es el
mayor bien que posee, el mismo derecho, la mis-
ma prerogaliva que con respecto á todas las <lemas co-
sas. que son necesarias á su felicidad?


Por otra parte la esencia de la religion consiste en
los juicios que nuestro espíritu forma de Dios y en los
sentimientos de respeto y de amOl' que le profesamos'.
El objeto de la religioll es el hacernos propicia y favo-
rable la divinidad. Y como la religion no podrá produ-
cia' esta ventaja, sino en cuanto sean reales y sinceros
los sentimielltosque por ella tengamos, debe fundarse
ia religion de cada particular en la evidencia de las
l'azones y en lo" sentimientos de la conciencia, y los
únicos medios que se pueden emplear para esto son el
exámel1, las razones, las pruebas y la persuasion. Las


le la violencia en cosafo de su propia conciencia, ni por la
fuel'7.a se adquiere el convencimicnto y adjul'acion sincera de
los errores, sino por la razon y pel'suasion. Esto se entiende
salvas las penas y censuras eclesiásticas, put:s sin negar la
jurisdiccion de la iglesia, nadie puede contrariar la potestad qult
tiene la misma de imponerlas á los que perteneciendo á su se-
no se conviel'ten contra ella y persisten en el error, apos-
tatando de sus doctrinas. Y esta animadversion no es una coac-
cion que se hace á las conciencias, sino un justo castigo de
crímenes religiosos, que por lo mismo lo son contra la socie-
dad humana que no puede existir sin el respeto á las cosas
santas.


, El caballero Frr.ANGIERI en su obra titulada Ciencia de la
legislacion , se espresa asi sobre este punto. Si el ciudadano se
olvida de las 0bligaciones que tiene contraidas respecto á la
religion y comunica á otros sus impiedarles ó desprt'cia el cul-
to público debe imponcrsele una pena. Ahora, cuando se tl';?,a
de acciones internas V nu se viola algnn pacto donde se ball~
delito civil, aunque intervenga pecado, la ley civil no puede cast1-




(121)
amenazas, la fuer1.a, la violencia y los suplicios son
al contl'ado, medios tan intÍtiles como inj·.lstos, i011-
tiJes porque no podrian producir una persuasion real y
sincera; injustos, porque son dit'cctamente contrario~ al
derecho natmal del hombre. Véase á BURI.AMAQUI, to-
mo 111, pago 1.4 y sio'


La objecion mas especiosa q1le se ha hecho contra
principios tan evidcntes, es que la violencia de la con-
ciencia de otro parece deducirse de aquel principio, de
que los que creen agradar á Dios persiguiendo pueden
y deben hacerlo. Pero no se advierte que hay una con-
tradicion manifiesta e~ pretender pei-seguir por un mo-
tiro .de cunciencia, puesto que es incluit· en la estension
de un derecho una cosa qne dcstrnye por sí misma el
fundamento de. este derecho. Porque con tal suposicion
estariamos autorizados pal'a forzar las conciencias, en
virtud del derecho qne tenemos de obrar segun nues-
tra conciencia. ~ o llay duda que se debe seguir sielll-


gar. El desprecio injurioso del cuJto pú1lico y de la creen-
cia patria admil.e la distincion siguiente: unos no se confor-
man con él, Y otros se IJUdan de él y seducen á los demas:
los primeros violan las leyes religiosas y los segundos las re-
ligiosas y civiles: los primeros deben ser castigados con penas
eclesiásticas, y los segundos con eclesiástica~ y civiles.


y J EREM(AS BENTHAM en Sil tratado de legislacioll civil .r
penal, cap. VI.parte 3.a de las penas, y D. l\.AMON SAJ.AS en
sos comentarios á este capítulo dicen: una de las cnalid;¡des
de la pena es la de ser análoga al delito, pues asi se graba
mas fácilmente en la memoria y van mas unidas las dos idea s
del delito y de la pena: esta analogía debe buscarse en el mo-
tivo que impelió á delinquir, y l\10NTESQUIlW (luiere que los
delitos contra la religion sean castigados con penas religiosas.
Es verdad que la espulsion del templo Ó la escomunion no
las cree penas un sacrílego ó un impío por los efectos qne pro-
ducen; pero la sancion popular hace que se prive de la esti-
macion pública al que mereció estas penas, y tlsto á nadi¡' t'S
indifereute, sean las que quieran las OpllltOllt'S rrligio¡;as.




.(1~2)
}we lo que dicte la conCienCia, pero esto se ha de en-
tender, fuera del caso en ljue se violellte tÍ la con-
ciencia de otro.


No obstante es necesario que esceptuemos de esta
l'egla los dos artículos fundamentales de toda religion,
á sabel', la existencia de una divinidad y su providen-
cia. Por eso se castiga en los estados bien gobernados á
los primeros que inteutan destruir estas ideas, como su-
cedió antiguamente á Diagoras de Melos; y como se hi-
zo con los epicureos que fueron arrojados de las eiu-
dades bien gobernadas. No hay duda alguna en que se
puede reprimir á tales gentes en Hombre de la socie-
dad humana contra quien pecan sin rawn. Véase lo que
decia un autiguo retorico en una supuesta acusacion contra
Epicul'O. «Pero me direis, ¿quereis acaso castigarme ponlue
tengo una opinion ? No, no quiero castigarte por tu opi-
nion siuo por tu impiedad, Es permitido tÍ cada uno
proponer sus sentimientos, pero no es pe1711itido ser im-
¡do, (1 ) Véase á BURLA)1:t\QUI, tomo Ill, cap. 11.


Pero una de las mayores ven/ajas de la religion en
esta vida, es la grdllLle influencia que ejerce en la fe-
licidad de la sociedad civil, supuesto que es su prin-
cipal fundamento y mas solido apoyo. Ponlue en pri-
mer lugal' el estado de SOCiedad en que viven los hom-
hres no podría labrar su felicidad, si no siguiesen en
su conducta las reglas que les presenta la recta razono
De lo cual se deduce, que todos los motivos que pue-
den inclinar de un modo eficaz á los hombres á obset'-
"al' las leyes naturales, tienen una grande influencia en
la felicidad de la sociedad. Es asi que entre todos estos
motivos nin[;uno es tan poderoso como el (IlIe se de-
l'ira Jel temor de Dios y de la depeudencia en que


-


(1) llimc/'ius ..ferion. in Epic. rlzol. Bibl. Cod, 2!¡ 3. pági-
1Ia 1083.




(U23)
de él estamos, luego la l'el igion tiene Ima grande in~
fluencia en la felicidad de la sociedad. En todos tiem~
pos ha ~jercido este motivo un grande podel' en Id e'i-'
píritu humano; y aun en 1 as mas espesas tinieblas del
paganismo, ha sido el manómtial de probidad de mul-
tilud de gentes; y los mislll\1s legisladores se han per-
suadido tanto de la influenci a de este poderoso moti-
"Vosobre las costumbres, qn e todos han puesto á la
cabeza de las leyes que han elado, los dogmas de la
providencia y de un estado fllturo.


Por otra parte, aunque las 1 náximas que la razon nos
presenta, considel'adas en sí mi¡ 'mas pueden hacer alg u-
na impresion en nuestro espíril ',11, solo son hasta tan-
to simples consejos. Pero si ailal limes á esto que no~
impolle Dios la obligacion de pI' acticar estas máximas,
bajo la amenaza ó la esperanza d e penas ó recom pen-
sas considerables, es incontestabl(', que llegando á ser
"Verdaderas leyes adquieren mucha mas fuerza y serán
observadas mucho mejm'; porque adquieren verdadel'a-
mente estas máximas por este mellio fuerza de leyes.
La idea de mOl'al encierra en sí la de obligacion, la idea de
oLligacion la de ley, la idea de ley la de legislador, y la iJea
de legislador Ja de remunemdor o de vengadol': lo que
constituye la sanciono Es pues evidente, que una sociedad
de hombres que no tuviesen relígion ( 1) se abandolla-


.l'ian á todo lo que lisoujease sus pasiouet " mas facilmell'"
te que una sociedad de personas que tu viesen á Dios
los sentimientos, el temor y respeto que h 1 religion ins.,.
pira. ,


En l~r()er lugar, se puede dc'mostrar que la religíoll
es de suma eficacia para la felicidad del ht 1mbl'e y de
la sociedad, porque es una consecuencia urc 'esaría del


(t) SahjJo f':5
dad.


qtW .. sin reJigifll;\ '10 PlH'tle Il'aJwt
·';:I




(124)
estado del hombre con respecto á Dios, y es imposi-
hle que puedan procurarse los hombres una felicidaí{
sólida y duradera, á menos que no obren conforme á
su estado. Y á la verdad, seria estraño suponer por una
parte, que hay una divinidad que ha dado leyes á los
hombres, las cuales son las únicas que pueden formar
la felicidad de la sociedad, y q II e á pesal' de esto, no
es esencialmente necesaria 4 la felicidad del género hu-
mano la religion, es decir, el respeto y temor de
Dios.


Ott'a razon que conGrma las anteriores es el con-
sentimiento de todos los puehlos sobre este punto, y
particularmente el sentimiento de los mas sabios legisla-
dores, que han pensado siempre, que para dar á las le-
yes toda la fucrz<I que necesitabatl, debian apoyar-
las en la religion y en el culto de alguna divinidad. (1)
(,En primel' lugar los pueblos deben estar persuadidos,
decia el filósofo romano en el preámbulo de sus le-
yes, de la potestad y del gobierno de los dioses, que
50n los seriare" y soheranos del universo; que todo se
dirige por su poder, su voluntad y sabiduria; y ({ue el
génel'o humano les debe infinitas obligaciones. Deben
estar persuadidos ele que los dioses conocen el interior
de cada uno, lo que hace, lo que piensa, qué senti-
mientos y qué p:edad tiene, cuando cumple con los ac-
tos de la religioll, y que ellos distinguen al hombre de
hien del malvado. Si se halla el espíritu bien penetm-
tIo de estas ideas, jamás se desviara de lo verdadero
y útil. No se podrá negar el bien que de estas refle-


1,


(r), Ogíges primer rey de Atica, se glol"iaba de ser cuuado
de J upiter, Minos dió leyes á los cretenses, diciendo que es-
'taba inspirado por Joye ; Licurgo persuadió á sus súbditos que
era inspirado pOI' _~ polo. Zamolxis impuso leves á los s'eta",
como r('~ibidas de l\1üwrva. y N uma Pompilio' hizo creel' oí lo'>
!'omauos fIlle se las inspiraba la ninfa Egcrla.




(120)
xione3 resulta, si pensamos en la est.ahilidad que tienen
IGS juramentos en 105 negocios de la v ida, y en los efec-
tos saludables que resultan de la naturaleza sagrada de
los tratados y alianzas.. j Cu:mtas personas no se han apar-
tado del cl'ímen pOl' temor á los castigos divinQ.s! y
cuan pura y sana debe ser ]a virtud que reina en una
sociedad en que iutel'Vienen los mismos dioses como jue-
ccs y testigos!»


Cuando hablamos de la eficacia de la religion ~n la
feI.icidad de la sociedad, supouemos que la religion es
tal como aebe ser ,es decir, digna de Dios, (1) con-
forme á la natul'aleza del hombre, que no contiene lJin-
gun principio antisocial, y en fin que establece una vi-
da futun de premios y penas. Si se forjase, por ejem-
plo., una divinidad indulgente, que autorizase el crimen,
hien fuera por su ejemplo, ó de otra manera, sel11p.jan-
te religion, lejos de fortificar la sociedad, tendería á
destruirla completamente.


No obstante se puede decir, -que aun cuando se ha-
llase desfigurada la religion por algunas supersticiones
y algunos errores leves, si no obstante conserva las gran-
.les verdades, será siem pre de suma utilid.ad. (2) Por-
.que aquí consideramos la religion simplemente como el
apoyo de la sociedad civil; y los aogmasde la reli-
.fiian civil, si es permitido espresarse así (3), deben sel'


-


([) La religiol1 digna de Dios es la verdadera, ]a (Inc el
mismo Dios ha 1'e\l'Iado.


(?) Si los prin¡;ipios naturales de la existencia, providencia,
hOlulaJ y ju~ticiade Dios son capaces de dar órden y felici-
dad á lasna¡;iones, si una falsa religion que sostenga estos prin-
cipios puede hacer esto, (; cuánto mas bien ordcnados y felices
ser;ín los pucblos que profesen la religion vcrdauel'a?


(3) Si por religion civil se entiende una institucion ci,jl,l1(,)
I'S _permitido csplicarse asi, pues la 1'eligion no puede ser lIIS~
titueion civil, sino ohra de Oios, y los legisladores (plf' clip4


10




(126)
~encillos, pocos, enunciados con precision, sin eplica-
cion ni cOlllentario. La existencia de la div;nidad pode-
rosa, inteligente,·bipllheclJOra y previsora, la moralidad
de las acciollcs, la vida futura, la felicidad de los jus-
tos, el castigo de los malos, la salltidad del contrato
¡;ocial y de las h'yes: hé aqui bs lIIúximJs esenciales y
generales de esta reli3ion. Todo ciudadano que las ad~
mita debe estar al abrigo de las leyes y gozar de to-
dos los privile3io~ d~ sus semejantes. Pero si á estos priu-
cipios se aliaden dogmas tÍ opiniones que trastornan es-
tas máximas, la coleceion de tales dogmas formará ulIa
religion, que lejo:) de fol'tifiear la sociedad, solo tcnd,eria
á t1estru irla.


1,0 que at'abo de decir sobre la importancia de la
religion p:na la felicidad de la sociedad humana, tiene
aplicacion lo mismo en la sociedad civil qne en la natural.
Por grandes que 'sean las ventajas que al hombre redunJan
del establecimicnto de la sociedad civil, dd gobierno y tle
Id soberania, es ulIa ,'erdad que tales estahlecitníe~t()s
110 proveen á todo lo que necesita el hombre, y asi re-
clama indispensahletnellte el anxilio dc la religion.


En efecto, las pella~ temporales, la:> promesas mas s(}-
lemnes, el mismo honor serian débiles han'eras para
mantener en su debel' á un hombre que no tuviese re-
ligion y que se· hubiera hecho superior á los temores
de la muerte. Porque sieudo la muerte lo mas temible


ron autoriJad y prestigio á sus instituciones civiles sobre la lia-
se de la religion, anunciándolas como illSpiratlas del cielo, le-
jo~ de constituirse en l,'gisladol'es religiosos ú autores ur la re-
¡¡gion, quisieron por el contr:¡rio, ocultar flue lo e¡'an dr ~u~
propias leyes civiles: lejos de humanizar la rdigion, pretcndie-
ron ui"inizar b legislacion civil, persuadiendo :í los pueblo,>
que el'a dictada pOl' la diyinidad y 110 hechura de ningllll hom-
1r~. La rcligion que no "iene del mismo Dio~, no es rc1iginn:
y (jiu rc1igioll no se goLierna .t los ht¡llllhrrs.




- (127)
para los que no temen á Dios, se esperimel1tarÍa enton-
ces la verdad de esta máxima: El que sabe morir flf)
puede ser ?Jiolr'nt{ulo. (1)


Por otra parte ¿ qué felices efectos no producirá
tambien la piedad ell el soberano para con los súbdil05,
especialmente si es \lna piedad sólida é ilustrada? En
el alto grado de elc\'acion y de poder en que se hallan
Jos soheranos ¿hay un Illoti\-o mas eficaz para hacerles go-
hernar con justicia y con moderacion, que el de la re-
ligion y el temor de Dios? Hágase desaparecer, al con-
trario , todo principio de religinn y de conciencia en lo~
soberanos, y solo se propondrán satisfacer sus paslOncs
é intereses particulares, á los que sacriftcaran sin di-
ficultad el bienestar de ~us súbditos.


Por otra parte es claro, que si los mismos súbditos
son iuclinados á obedecer las leyes y á respetar á su
soberano POl' un principio de conciencia y de religion,
estará mucho mas seguro el bien público que si solo
fueran indm,idos á ello por el único moti\'o de la5 re-
compensas y penas,


Asi pues, todos los hombres están sumamente inte-
resadns en mantener y cOllservar entre sí estos sentimien-
tos de rcligion, y en cerral' á la il'l'eligion y á la impie":'
dad todos los caminos por' donde pudieran deslizarse al
mundo; y nada hay mas estravagante que la conducta de
los que afectan cierta inclinacioll á la impiedad para que
se les tenga por grandes políLicos. Véase á BURLAMAQUI,
tomo lII, cap. JI!.


(1) Sfmec. IIercul. Jur., v. 4'l'í.
• •


-




(123)


I.ECCION XV.


JlllSrno.


Asi como la rcligion es el fundamento de lluestl'O~
deheres para con Dios, asi lamhien el amor de noso-
tros mismos es el origen de donde nacen los dphcres
del hombre para consigo mismo (Leccion Y I1I)' La
primera consecuencia que de aqui se deriva, es qne el
hom.bre debe teabajar en su conservacion, evitando to-
do lo que puede oponerse á ella. Este dehee ocupa sin
duda el primer lugar; porque vanament? se le impon~
drian otros,. si de antemallo no cuidase de su conserva-
cion. Este mismo deber emana precisa y diredamente tle
la idea que tenemos de Dios, el cual como alltor de
la ley natural tiene derecho á exigir la observancia de
este debel' y á castigar su infraccion. I>or eso el hom-
bre debe conservarse, porque es siervo de Dios y miem-
hro de la sociedad humana, á la cual quiere Dios que
('ada individuo procure ser útil. y si el homhre falta ;t
esta ohligacío;l, el legi~lador supremo puede casti¡ru'le con
la misma justicia ([lle UIl amo á Sil criado, Ó Ull sn-
I.crano á su súbdito, cuando se pone fllera dI' e~tado
oc poder declicarse al trabajo u dc;tino qlle se le en-
carga.


Es pues necesario consel'var y aumentar Clwntn sea
posible las fuerzas naturales del cllerpo, con a/inlentos
y PjPlcicios cOllvenientes, abstcni/'llrl()~e por el r:nntl'a-
río de des! l'n i rla3 cnn csecsos en la eom ida ú bebida, ú




pe


(129)
con tra hajo5 demasiado penosos, ó Con cualq uiera otra
clase ue intemperancia. Lo que sostiene el cuerpo sos-
tiene tambien el alma, segun dice Plinio. (1) Cuando
el,cuerpo se halla mal dispuesto, el alma que necesaria-
mente depende de él en todas sus opcraciones mien-
tI'as que le esté unida, 110 puede producir nada bueno.
Se dice del rey Pirro, que todos los dias ofrecia un
sacrificio :í. los dioses, pidiéndoles únicamente que le
cullsenasen la snllld, como (Iue en su concepto todos
los demas bienes se encerraban en este.


Pero como el alma es sin duda la parte mas noble
y mas escelente del hombre, es claro que debe siem-
pre preferirse el cuidado de esta al del cuerpo. Es-
te es otro deber del hombre con respecto á sí
mismo.


Cultivar el alma ó ilustrar la razon es para el hom-
Lre de la mayor imporlancia; porque no puede esperar
una verdadera felicidad sino por medio de la razon, la
cual solo puede conducirle á este objeto, ilustrando y
perfeccionando sus faeu 1 tades.


Debe por tanto dirigir tojo su cuidado á formar
el espiritu y el corazon. El espíritu se forma adquirien-
do recIas ideas de las cosas, y principalmente de nues-
tros deberes. El corazon se forma regulando los movimien-
tos de ia voluntad y ordenando todas las acciones se-
gun lafecta razono En una palabra la perfeccion de la
razon consiste en la sabiduría y la virtud.


La sabiduria es aquel habito que acostumbra il la ra-
zon á tina atellC}On constante, á un discernimiento só-
lido,·{j un razonamiento .,iusto, por el cual el alma se
encuentra en estado de adquirir, y adquiere en cfec~
to el conocimiento de las cosas, sobre todo, de aquellas


(1) COI'poJ'is yaco, €l1jl1S fulcris animus sustiJJetur. [p. li~
bt'o 1. cap. IX.




(150)
que conciernen á su~ deberés y a su felicidad. La vir-
tud es aquel hábito que aumenta y perfecciona la liher-
tad, aquella fuerza del alma que pone al hombre en
estado de seguir con facilidad los consej0s de la sabi-
<.luria (es decir de una razon ilustrada) y de resistir con
vigor todo lo que p()dria determinarla á lo contrario.


Fácil es de probar, que solo estos dos hábitos son
los que pueden perfeccionar la razono Porque en efec-
to, si el fin de la razon no es otro flue conducirnos á
la felicidad, ya dándonos á conocer los "ercbderos bie-
nes, ya por una conducta y una serie de acciones di-
rigidas sobre este con ocim iento, es claro q uesolo 'por
el entendimiento J pOl' la voluntad puede conseguir ella
este doble obJeto. Pero la sabiduria no deja nada flue
desear para la perfeccint} del enteudimient0, y es eviden-
tI! que un hombre reflexivo y capaz de discurril' bien,
se halla en estado de ad'luirir los mas útiles conoci-
mientos, y de no separarse nunca del camino de la ver-
dad, Asimismo se puede decir, que la virtud consiste
('n la perfeccion de la voluntad, pues ella dá al alma la
fuerza necesaria para determinada á seguir coustarlte-
mente los consejos de una razon ilustrada.


Segun· estas definiciones se ve claramente, 'que la
sabiduria en este sentido no es otra COba que el en-
tendimiento ilustrado; y la virtud la voluntad pet-fec-
cionada por la sabiduria. El hombre se ensefla á distin-,
gllir sus verdaderos y sólidos iulereses y á se'pararlos de
aquellos que solo lo son en la apariencia, J elige bien
y con ilustracion, quedando satisfecho de estas eleccio-
lles. La virtud avauza mas, pues que aJlhela el bien de
)a sociedad; y en caso necesario sacrifica, á este bien
sus propias conveniencias, y comprendiendo e~ precio
y la belleza de este sacrificio, uo vacila un punto en ha-
cerlo, cuando lo cree necesario.


Para dar nociones mas particulares sobre lo que
puede inclinat' al homhre á la ~ab¡dLlria ya la virtud, con-
duciéndole á la felicidad, dc!Js advertirse que son di.;.




( 1~1)
feren~f's lo~ conocimientos que pueden contribuir á fIlo'
l:PI~imct· lugar todos los hombres deben grabar pro-
fuudllmente en sn corazoll la idea de Dios, y los sen-
timientos de la leligion ; pOl'llue ¿ como podrá el hom-
hre procurarse una '\ enladcra felicidad, sino conoce el
ser de quien depeudc, y si no está instruido de su vo-
luntad?


Despues de esto, cada uno debe trabaja¡- en [01'-
marse una idea que los antiguos miraban como funda-
meutal en la invcstigacion de la verdadera sabiduria, v
la miraban como cosa tan importante, que habian gra-
hado con caractéres de oro en la puerta del templo de
Delfos esta sentencia: Conócete /t tE múmo. Segun
la prudente advertencia de un antiguo, este precepto d~
Apolo no ordenaba á cada uno (iue conociese su figu-
ra, sus miembros, ni su estatura; porque no son nues-
tro? cuerpos propiamente hablando, lo que espresamos
con la palabra nOSQtros. Y así conócete á ti mismo, q ue-
ría decir, aprenl¡\e á conocer bien tu alma; porque ea
efecto el cu~rpo solo es la urua o el aposento del al-
ma, y solo lo qne hace el alma es lo (iue podemos
considerar como hecho por nosotros. (1)


El conocimiento de .si mismo biell entendido, COIl-
duce a.l hombre á indagat' su ori3eu, y al mismo tiem-
po le entera del papel, por decirlo asi, de que está
encílrg<\do en este mundo P'll' una consecuencia necc-
~al'i~ pe su condicion natural; pues por dicho conocimien-
to aprende, que no existe por sí mismo sino que su vi-
da dimana de un principio mas elevado; que está a<.lo1'-
liado de facultades mas nobles que las de los brutos;
,que su cuerpo no pertenece solo á la tierra; que no
113 nacido para mirar por si solo, sino que forma parte


(1) Cíe. Tuscul., lib. C. XXII.




(152)
<.Iel género llUmallo, con el cual deLe practicar las Je-
)'es de la sociabilidad, y estas son las fuentes de ,don-
de provienen manifiestamente todos los deberes del hom-
bre.


Tamhien es necesario para la perfeerion de nues-
tra alma y de nuestra felicidad, conocer el juste valor
tIe las cosas que ordinariamente escitan nuestros deseos;
pues de aqui depende el mayor ó menor elllpeilo con
que podemos buscarlas. Confieso que esta es tarea di-
:ficil y aun, si se toma en toda su estension, superior
á las fuerzas humanas: pues dHr el justo valor á las co-
sas es conocer á fondo su natUl'aleza, sus relaciones en-
tre sí y con respecto á nuestra felicidad; por lo cual
digo que este conocimiento es superior á las fuerzas hu-
manas. Sin embargo, debemos acel'Carnos á él euanto sea
}losible; y pOI' medio de una atencion constante en cul-
tivár nuestro espídtu, procurar obtener una pal'te, si
110 nos es posible adquirirlo todo.


Lo que ordinariamente arra,;(ra las decisionf's de
lmesfra alma, y la determina ~ las acciones morales sue-
le ser principalmente, la eStllll(/('¡Oll, ó la gloria" las
riquezas y los placeres, La esti 111acioll no es otra cosa que
la huena opin,ion que tieuen de nosotros los demas hom-
})I'es; y la alta idea que se forman de nuestro mérito.
J~sta es de dos clases, á sabel'; estimacion simple y
COlllun " estimacion de tlistlnclon que se llama ho-
1101' 'Y oZ;'rla. La estimacíon simple ó comun consiste en


v h
la repnt:icion de ~ombre honrado. No nos dehemos des-
('nidal' en lo mas minimo para adqniril' y conservar es-
ta reptllacion; y como es ulIa l'ccompensa consecuencia
de la "irtud, despreciariamos la virtud llIisma sino nos la
}lI'ocnrásemos. Despreciar la gloria, dice Tácito, es deg-
preciar las "irtudes que condllcen á ella contclIlptafa-
mfÍ, 'virtutes contelfllluntur. F(:ase la nota al fin del
capllu lo.


La gloria consiste en la distinguida opinioll que los
tIc mas hombres 5e forman de nusotros pos nuestras bue-




(t55)
bas accionrs; es decir, por aquellas que traen á la
sociedad ventajas muy considerables. Tales son las "ir-
tudes eminentes, los talentos superiores, el génio coro-
nado pOI' sus grandezas y atrevidos hechos, la rectitud
y la solidez de .iuicio propio pal'a mauejar grandes ne-
gocios; la superioridad en las ciencias y artes útiles, la
produccion de obras pel'[pctas, los dcscuLrimienLos im-
portantes, C0l110 tambien la fucrza, la destreza, y la
11Ct'rllosura del cuerpD, cuando estos dones naturales se
hallan acompailados de una alma grande, los bienes de
fortuna cuya adquision ha sido efecto del trabajo ó in-
clustria del que los posee, y que le han proporciona-
do medios de hacer cosas dignas de alabanza, etc.


En cuanto á las riquezas, he aquÍ los consejos que
la razon nos presenta: l. e como que el hombre nece-
sita de ellas, puede trabajar en procurarlas si carece de
ellas. 2.. o Solo deberá procurárselas por medios hones-
tos y virtuosus. 3. o Es preciso proporcional' la adqui-
sicion de las riquezas, á las necesidades de la natura-
leza y á las reglas de la moderacion, con al'l'eglo al es-
tado ue cada uno.!,. o Debemos servimos de las ri-
quezas, como de útiles socorros para los demas y pa'"
ra nosotros mismos, y evitar igualmente la prodigalidad
que sin necesidad las disipa, que la avaricia que inutiliza
su posesiono


Con respecto Ít los placeres, (lebe notarse que el sen-
timiento que arrastra al hombre en su busca, y que le
hace huir uel dolor, liada tiene en si, que no sea muy
natural y conforme á razono En efecto, [.osotI'OS somos
inducidos por una ley meeánica á abrazar el bien en
~elJel'al y á evital' el mal, á preferil' las sensaciones agra-
dables á los desagradables; y como todo bien verdade-
ro produce placer ó sensaciones agradables; y todo mal
,'erdadero, produce dolor ó sensaciones desagradables, es
COllsíguÍellte á la constitncioll de nuestra misma natu-
raleza y á una fuerza irresistible que amemos y bus-
(IllemOS el placer.




(154)
Pero como la sensibilidad que tellelnOS ,í 105 place-


l'('g es, por decirlo asi, la parte débil del alma, es
importantísimo para la felicidad del hombre, cOllocer la
conducta que debe observar en este particular. El servi-
cio mas. señalado quc podemos espel'ar de la sabidurÍ\I, es
f'i apremIel' á elegir entrc la multitud de placeres que la
hondad suprema no,; ofrece, los llIas conformes á lJuestra
naturaleza, á nuestro caracte!', á nuestras circunstancias y
que menos sujetos estáll á vicisitudes é inconvenientes,
ensefdndonos al mismo tiempo á distinguir los placeres
reales dc los que dependen de la opinioll y de las preocu--
paciones, y qlle ofuscan á veces nuestm juicio, hasta el
punto .de empeflarnos á de.iar Ulla verdadera satisfaccion,
}lor correr en pos de otra fingida y aun criminal.


Hay placeres inocentes y lícitos, y los hay criminales
y prohibidos. Los primeros son aquellos que en nada se
oponen á la conservacion y á la perfecüion del hombre,
~ino que al contrario coutribuyen á ella en vez de perju-
dicarla; y de estos podemos gozar sin ofenller los dere-
chos de otra persona. Los segundo:> son los que dañan á
Ja eonservacion o perfeccion del hombre en vez de con-
trihuir á ella, los cuales no podemos procuramos sin pro-
ceder injustamente. Los primeros son necesarios al hom-
hre para reanimar sus fuerzas gastadas por el trabajo, y
puede buscarlos iUf1centemente, Pero los otros siendo mas
propiamente males que bienes, y eUcolltrúnuose en oposi-
cion con nuestros deberes. no pueden buscarse sin temOl'
de faltar á estos.


}<'inalmente, el mOllo mas eficaz de asegurarnos con-
tra el atractivo seductor del placer y de sus fatales con-
secuencias, es trabajar con constancia en dominar las pa-
siones. Los movimientos yiolentos del alma inH:rrumpen
las funciones de la razon, y son por tanto los enemigos
)l1aS peligrosos del hombre; por el contrario la 1110dera-
('ion de las pasiones, es el priu ci pio mas seguro de cuan-
to I!cya el sello de la de sabí duda y de ia providad en el
nlundo.




(lá~)
¿Pero puede el homhre llegar á moderar sus pasiones?


Rodeado de escollos, combatido de mil vientos contrarios,
¿podrá llegar al deseado puerto de salvacion? Sí puede
sin duda; para eso tiene una razan que modera SIlS pa-
siones, una luz que le ilumine; reglas que le sirven de
guia, !lila vigilancia que le sostiene, ulJa p.nergía y una
prudeucia de qnc es capaz, y puede procurarse otros
auxilios. Est e!lil/l qUCCdWll llled¿állfl rcrte; nec/lilt llOmi-
mllll gcne!'l in./cllsa alque inimlca Ilatura; ut corpo!'ibus
to! res sall1[tll'cs, mzlllll,.,. nullalll ¿m'l'nerlt: de qu¿bus hOG
diam es! l/le!'ita mellas quod cOlpolum adjÚlllt'nta ad-
ItilJetur cJ.:trillsecus, tllllll101Um salus inclusa in 'J)sis
e.\t (1 t


Aüadiremos por lin, que como el ht)mbre al nacer
trae muy débiles disposicioll(,s p~ra recibir la cultura de
la raz()[), tieue SUllla necesidad de la euseüallza y de los
socorros de los demas hOlIlbres para adquirir la sabiduría
y la virtud. Si al nacer el hombre trajese al muudo cono-
<:Ímientos Jislilltos, seguros y sulicientes, la ciellcia del
bien' y del mal le sería natural, y todos las actos de su vo-
IUlltad tClldriall la misma rectitud que la de los órganos
de los sentidos, cuando están bien construidos. Pero la es-
periellcia demuestra desgraciadamente lo contrario. El en-
tendimiellto no se mallifiesta en los hombres sino despues
de pt'evias opei-acioncs lentas y tardias. La raZOll tiene
necesidad de cultura p:lra o,brar, y sill ella queda estéril.
Todos conOCf:n la necesidad de la educacion, y de una
educacion (Iue tienda á ilustrar el entendimiento, y.á apre-
ciar las cosas y á formar la razon; porque los vieios de la
volnntad suelen provenir de un vicio del entendimiento.
Cualquiet·u que reUS:l hacet· su deber, saca la negativa de
la idea en que estft de que no es un deber ó de que pue-
de dispensarse de él. Si es cierto filIe sea algunas veces el
espíritu juguete del corazon, no es menos verdadero que
:as


(r) Ci~. TuscuI. IY. C. xx. \II.




(156)
tatnLien el cora7.0n se deja llevar del espiritu cuando este
no se ilustra, ó se ilurnina mal. Trabajemos pues, en for-
111ar el espíritu Illuy de antemano, pOI' medio de una hue-
lla educacion, y a~i formamos al JIlismo tiempo el co-
razor!.


y en efeclo, solamente podemos conseguir el conoci-
llJiellto del biclJ y del mal, por Illpdio del de lo verdadero
y de lo falso. ¿Y qué otro medio tenemos para conocer lo
,'erdadero y lo f<llso, que el de las ciencias? Ellas nos dan
á conoc~r la naluraleza de los seres, sus cualidades, sus
diferentes relaciones; ellas nos marcan su justo valor, pa-
ra que no nos dejemos engailar de las apariencias: ellas
forman lluestro discurso, y csticudeu las luces de nues-
tra razono Ellas nos enseiJan los deberes de la humanidad,
y sacan nuestras almas 'Je las tiuiehlas; para darlas á co-
nocer, como dice l\lontagne, todas las cosas altas y bajas,
primeras, últimas y medianas; y finalmente ellas nos ha-
cen pasar una época desgraciada de nuestra vida sin te-
dio y sin fastidio. Y siendo esto,absolutamente necesario,
si hemos dtó cu 111 pi ir fiel m en te nuestros deberes, se sigue
(le aqui naturalmente CIne el ('~tudio de las ciencias es
uno de jos deberes principales de la humanidad. Véase
sobre esta lecdoll, y principalmente sobre la última pro-
posicion á BURL\~AQLI, tomo IlI, cap. IV, tercera
})arle. (1)


(1) Ha dicho el autor ('n ('stc capitulo r¡ne lo que ordi-
n.1l'hll1l1'llte arrastra las d.ecisiolles de nuestra alma y la determi-
na á las acciones morales suele ser la cslÍmacioll ó la gloria,
las riquezas y los placeres, AHI\ELS funda mejor la moral. ,,},ll
moral, dice, 'exige llUella intem:ioll iJ voluntad, ausencia de
todo temor, desinterés y pureza en las razones porrplf~ ohra-
JIIOS. ],.1 moral abraza lo que el hombre dehe hacer, 10 que
e~ deher suyo; y asi las acciont's que 110 se hacen concllrri{'n-
do estas ('il'(~unstaneias, pneJ¡'ll producir bicll, ])('1'0 no lle-
\;/n el carácter de moralidad. Cuando UlJ lJOmbre :;ocorre á un




IJ<:CCION XVI.


De la llucltad natural: Del dcrrcclw del hombre so-
bre Sil vida.


Despues de haber dado tl conocer los derechos del
hombre hacia sí mismo, espondremos sus diferentes dere-
chos, los mas considerables de los cuales son la libertad
natural y la vida.


La libertad natural es el derecho (Iue tienen todos los
hombres, por su propia naturaleza ue disponer de S!lS per-
sonas, de sus acciones y de su" bienes, como juzguen mas
conveniente á '\u felicidad, siempre que no quebranten sus
deberes para con Dios, para consigo mismos y sus seme-
jantes. Así es que son la regla y medida de esta libertad
las leyes natul'3les; pore¡!le a ullq ue esten los hom bres en
el estado primiti\'O de la naturaleza en mutua indepen-
dencia, se hallan dependientes todos de las leyes natura-
les, conforme á las cuales deben dirigir sus acciones. Di-
cha independencia ó liLert3d se llama un derecho natural,
porr¡ue es una pre,'ogativa inherente á la naturaleza del
hombre, y ([ue le pertenece como consecuencia necesaria
de su constituei(.n.


Corresponde á f'ste derecho de libertad ulla obliga-
('.ioFl recíproca, que impone la ley natural á todos los 110111-


desgraciado, no COI1 sola la illtencion dl' haccr hien, sino por
un objeto dc ostclltacion, annfllll! o})]·;¡ nn hien COH reslH'c-
lo al ¡]esdicha(\o, no es moral sn acciol1 , pOHl'lC no ohr;\ ron
de~intr!'('s.H Esta rlocuina es lilas cOl\forIne cun el Evangdio..
ré(/l/se (as l/o(rl.\' (// .fin del (Oll/I!.




(1.)(, )
Lres, y que les obliga á no turhar á los demas en el go('!"
pacifico de su libertad, siempre 'Iue no abusen de ella,
Porque como toUos los hO:11bles tienell el mismo del'cl'h(.
1)01' su mltu~'alez'a, y como cada uno pretende que re3-
peten los demas el uso que hace de su libertad, es consi-
guiente que debe conselltir en guardar con lo,.'; demas lai
lI1ismas atenciones y consideraciones que para sí e'lije.


He dicho que las leyes naturales SOIl la l'cgla y medi-
da de esta libertad; 10 (Iue hien lejos de disminuirla, la
perfecciona y la asegura cümpleraméllte. La perfeccionan
las leyes naturales, porque el hombre es libre unicamellte
l)ara llegar con mas seguridad á la felicidad; y no hay du-
da en que la fiel obscl"Yancia de las leyes naturales es el
único medio que puede proporcionar, en mucho, al hom-
b'e una felicidad sólida.


Para convefJCcrnos de esta ,'erdad, debemos conside-
rar el prineipio y progresos del hombre. Todos los hom-
bres nacen libres. Sin embargo no pel'lnaucceu los jóvenes
dueños absolutos de su co!!ducta, sino que se les dá tuto-
res y curadores, eu una palabra, se flOres, porque no te-
niendo su razon enteramente desarrollada, si se les dejase
entregados á si mismos, se les causaría su ruina, lejos de
proeul'arles su perfeccion y felicidad. Aquella paradoja
entre los Estóicos que solo ,,1 s{lbio es libre, Lien elltendi-
da, contiene un principio sumamente útil sobre el uso de
la libertad.


Efecti"anlente solo la sabiduría nos hace libres yerdad
flue el mismo Jesucristo nos ha enseiJado. Socrates que
llamaba verdad á la virtud, porque no se difereucia de
ella mas que lo que la especulativa se diferencia de la
}lráctica, deeia ¿aspirais á la libertad perfecta? Pues
juzgad de los bienes y los males solamente pOI' lu que son
en sí, y no por la idea que de ellos se ha formado el mun-
do. Inclinaos solo á los verdaderos hienes y h¡d de los
verdaderos males, y gozareis de la libertad mas perfecta de
que jamú.s podei5 disfrutar: he afjui como os hace libres
la verdad.




(:159)
Eligiendo pOl' medio de la libertad, y no ha~iend.o


-eleccion donde hiere la evidencia al enteIHlimientoy pOl'que
entonces nos determinamos por una ley mecáni,ca que nos
induce irresistiblemente á abrazar el bien y .á evir¡¡r el mal,
y no existe tampoco entonces libertad, es pues claro, que
hablando propiamente, solo tenemos libertad en los casos
en que se baIla precedida la e1eccion de un eXamf:'ll que
nos ayuda á profunJizar los motivos que deben detenui-
narllos. Es pues la libertad una facultad que se no~ ha
concedido para supli,' la imperfeccioll de nuestro entendi-
miento, para precavernos del error, y para tomamos el
tiempo necesario para disipar, suspendiendo n u es't ros jui-
c-ios, las tinieblas con qne se hallan muchas veces eu-
Hleltos lus motivos que nos determinan á obrar. Asi es,
que el que hace Una mala eleccion, no hace de su liber-
tad el uso á que est{\ destinada; y solamente hara un ver-
dadero uso de su libertad, y por consiguielite será librt",
el que elija conforme á la naturaleza de las cosas, á su
pedeccíon, consel'vacion y felicidad, y en una palabra, el
que se determi'1e en favor del verdadero bien. Para elegir
el verdadero bien es preciso conOCEr lo verdadel'O, porque
sin estono puede haber tal eleccion. Y así como seria un ab-
surdo decir que ti convencimiento que determina nues-
tra eleccion impide nuestra libertad, no lo seria me-
nos pensar, que estorben nuestra libertad natural las le-
yea naturales, en cuanto nos dirigen en la eleccian de
nuestra:; acciones con respecto á Dios, á nosotros mismo~
y a nuestros semejantes. Si las leyes sujetasen nues-
tra lihertad natural, solamente podrian ser verdadera-
mente libres Jos locos, y tanto mas libres serian cuan-
to mas se separasen de la recta raZOll; y entonces la
libertad, el don mas bello que nos ha dad9 la natura-
leza, tendería directamente á la destruccion del ser que
se viera W'nado con él. Asi pues, solamente es ycnla-
deramente libre el que vive conforme á las leyes, y
tal es el verdadero sábio.


He dicho tamhien, (lile las lrye\l naturales asrgllrau




(140)
la libertad del hombre, esto es, f[Ue le libran de la tlll'-
bacíon que en su goce pudieran hacerle los dernas horn~
bres. Y á la verdad las leye:> naturales ponen un freuo
á la libertad de los dema.s, en cuanto nos podria setO
perjudicial, y por otra parte, dirigeu el uso de nues-
tra libertad, de manera que no hiera el! lo mas mí-
nimo los intereses de lo~ delllas hotnbres, y que al
contrario les sea ventajosa. De este modo asegul'<ln ;, to-
dos los hombres la mas estensa libertad que puedau
prudentemente desear y que les es mas útil. DebellJos
pues no cOllfundir la libertad con la licencia, pue'i esta
110 es otra cosa que una lihertad desarreglada y contra-
ria á nuestros deberes y que nos hace desgraciados: y
la libertad es por decirlo asi, d medio entre la licen-
cia, que pervierte Sll dcstiuo, y entre la esclavitud (Iue
la destruye enteramente.


Debemos observar, que como la libertad es el dere-
cho mas considerable del hombre y (iue le constituye
en seguridad contra todos los demas, puede considerar
y tratar legítimamente como á enemigo á cual(juiera que
se Jo quisiera usurpar, y reducirle :í la esclavitud. Los
romallos tenian á la libertad como un bien iuestimable:
Libertas incsúlI1abilú res cst. (1) De donde se sigue g ue
no es licito al homhre renunciar enteramente y sin re-
serva alguna á su libertad, porque se imposibilitaría de
cumplir sus deberes y de proveel' á su conservarion, lo
que jamás es pel'luitido. Le es por el contrario licito y
laudable renundar parte de la libertad, si de este modo
se facilita el cumplimiento de sus deheres, ó se pro-
cura alguna ventaja cOllsidcl ahle. Pues tal es el esta-
do que deben tener los hombres en la sociedad. En ulla
palabra, Iq pérdida de la libertad es un bien., cuando
nos obliga á ser felices.


(i) Dig, lih, L, tit. XYII~ dediL J'('g. Jnr·., lf'g. CYL




(141)
.Siguese por un orden natural, despues de la libertad


el derecho del hombre sobre su vida. l,a mayor .parte
de 105 filosofas antiguos creían que el hombre era dueüo
de su vida, y que podia darse la muerte cuando quisie-
se. Los estoicos han sido censurados tambien porque en-
sellaban y practicahan el suicidio. Los platollieos al eon~
trario sostenian que la vida es un lugar de descanso,
en que ha colocado Dios á los hombres, y por oonsi-
guiente que no le es licito al hombre abandonarlo se-
gun su capricho. Entre los romanos era mirada como un
rasgo de filosorla y de heroismo la accion de los que
se mataban por un simple disgusto, ocasionado pOt' al-
gun sentimiento o acontecimiento funesto. Entre los mo-
dernos, ha sostenido el abad de San Ciran que hay
algunos casos en que puede suicidarse el hombre; y el
DI'. Donne ha intentado probal' que no está prohibido
el suicidio en la sa~l'ada escritura, y que no fue mi-
rado. como Ull crimen en los primeros siglos de la igle-
sia.


Para juzgar con acierto esta cuestion sentaremos al~
g.nnosprincipios. l. o La vida es de pOI' sí un gran bien,
puesto que es el principio y fundamento de todos los
demas; y por eso se le considera como un bien ines-
timable
, 2. o 'No recibimos este bien de nosotros mismos,
sino de la mano benéfica de Dio~; y es un depósito que
nos ha confiado, y por consiguiente á él solo incum-
be retirarlo cuando lo crea conveniente, y el hombre
no ~iene derecho para disponer de él á su placer, ní
mucho menos para destruirlo enteramente.


3.' o.. El objeto de Dios al darnos la vida es que nos
~irvamos de ella para utilidad nuestra y de la sociedrtd;
porque no estamos en el mundo únicamente para pro-
t:uparnos nuestra utiEdad, sino que nos hallamos estre-
chamente unidos con los demas h,)mores, con nuestra
patria, con nuestl'Os padl'es, y con nuestl'a familia; obje-
tos que. exigen de nuestra parte ciertos deberes á que


11




( i-i2)
no podemos substraernos. Violariamos pues los derechos
de la socÍedafl, abandonando la "ida antes de tiempo, y
en el momellto en que pudiésemos prestarle los servicios
que le debemos.


No hay duda en que proviene de Dios la inclina-
cíon qne sentimos hácia nuestra conservaciDI1, tan natu-
ral á todos los hombrcs, )' aun á todas las criaturas.
Asi pues, la podemos considerar COliJO una ley graba-
da en el corazon del hombre por el autor de nuestro
ser, y que contiene sus órdenes acerca de nuestra exis-
tencia. Así es que todos los que obran contra esta in-
clinacion . natnral j v tan necesaria á la conserv~cion del
llnivpl'so, obran contra la voluntad del Criador. Ademas,
el deber de conserval' nuestra vida como un depósito
sagrado del Cri3dor, es el único fundamento del dere-
eho de la justa defellsa de sí misl1lo , y si no exi:;tie-
1'a este deber seria dificil sostener el derecho de recha-
zar á un injusto agresor, que atenta cODtra nueslJ'ól vi-
da Ó lIuestros bienes, dcre<.:ho que es el Ílnico medio
necesario de cOBservarlos.


El objeto que se ha propueslo el Criador al dar la
vida al hombre, es sil! dnda alguna que viva y subsis-
ta todo el ti.empo que guste Dios, y como este solo
fin no podria llenar las .yastas miras del ser soberana.,.
mente perfecto, se debe aüadil' que quiere tambien.que
viva para gloria de su autor y para manifestar sus pel'.,-
feeciones, ol.jcto que se frustra por el suicidio; porque
al destruirse el hombre, roba al mundo ulla obr.a·que
estaba destinada a la manifestacion de las divinas per-
fecciones.


Finalmente la primera obligacion en que se" halla
el hombre con respecto á sí misl1l'o ~ es la de conseryar:"
se en un estado de felicidad, y de perfeccionarse mas
y mas. Este deber es una consecuencia necesaria del de-
seo que tiene cada uno de ser feliz; y privándonos de
la vida despreciamos los deberes húcia 1Josotros misinos,-
se interrumpe el curso de nuestra felicidad y nos, pri-


./




(145)
vamos de los medios de pt:rfeccionarnos mas en este mun-
do. Es verdad que los <Iue se suicidan consideran la
muerte como uu estado mas feliz que la "ida; pero
discurren muy mal; ponIuc nunca PUCdCll tener cer-
teza y jam~s podrán demostrar que su vida es n~as desgra-
ciada que su In ucrte. Y he a<!ui la clave para respon-
der á dil'crsa5 cucstiones que rcsultan de los diferentes
casos en <Iue puede hallarse el hombre cuando se mi-
cicla.


Concluiremos pues, diciendo, que no tiene el hom-
bre ningun derecho propiamente dicho sobrc su vida; pero
tlue se halla en Ulla obligacion muy l'igurosa de con-
servarla mientras que guste Dios disponer de ella. Ve-
talque PitlUlgoras, decía Cíceron, injussu imperatoris,
id est, Dei, de prresidio el stati(ine vitre decede-
re. Asi, son verdaderos homicidas los que sc qui-
tan la "ida voluntaria'mente contra la voluntad de Dios.
Digo voluntariamente, para indicar que la falta de vo-
Juntad, hace desaparecer el crímen, lo mismo en este
que en todos los delflas. Asi no lo habrá por ejemplo,
en los que se suiciden estando locos, o arrebatados de
algun otro accidente quc les prive de la ,raZOIl.


Ademas dcl suicidio di,.ecto, que cs la accioll de
un hombre que se priva de la vida violepta y. delibera-
damente del cual acabamos de hablar, hay, otro que se
llama indi,.ecto, por el cual se entiende ,t,oda accion vi-
ciosa, o hábito desarreglado, que oca5ioDa una muerte
prematura, sin que haya habida precisamente intencion
deliberada de procurársela. Cométese, entl'egáQdose á 105
arrebatos de las pa!iiones violentas, o llevando una vida
desarreglada, ó privándose de lo necesario por una ver-
gonzosa avaricia, ó esponiéndose inprudellt-em,ente á un
evideute peligro. Las mismas razones que 'pJtohiben que
atentemos directamente á la vida, condenan tambieu el
suicidio indirecto, como es facil de conocer. Véase so-
bre esta leccion á BUl\.LAMAQUI, tomo JII, cap. V y VI
de la 3.1 parte.


• •




(144)


J.ECCION XYII.


De la justa defcnsa dc si m/wu»


SiclIdo cierto que nos manda Dios no abandonnr
sin órden suya el lugar que nos ha sellalado eu la
tierra, y que debemos poner sumo cuidado en la con~
scrvacion de la vida, como que es el deptlsito mas sa-
grado que nos ha confiado el Criador; y siendo fina 1-
mente cierto que toda obligacion exige derecho á los me-
dios de cumplirla, no nos equivocaremos deduciendo de
aqui que tenemos un derecho de los mas perfectos á
hacer todo lo qne sc opone al gran tI·cher de la COIl-
servacion de la vida. De llIancra, que debemos desviar to-
dos los obstáculos y peligros que á d se opongan, y
rehusar todas las acciones estcriores contrarias á la \'0-
]uutad de Dios y á sus 'órdenes con respecto á esto.
Nam j['(re hoc cl'cnit, decian sábiamente los romanos,
ut quod qutl'quc ob tutelmll SUl COlp0,.¡S !l?ccrit, jure
fecisse rxisúmetrLr. (I)


Esta ohligacion se estiende hasta causar el mayor mal
á nuestro próghnn ,que atentára iujustamente contra
nuestra vida,' aunque sin infringir lo que por otra parte
]e debemos·; 'porque esta obligacion es enteramente re-
cíproca;' y cttai({uiel':l que desee que los dernas cum-
plan log' débérés que le uchen, dehe cumplir los suyos
para con los de·mas. La úbligacion de defenderse á sí


(r) L. 3. D. De jllst. et Jllre.




(14lJ)
mismo se pu~de decir fl ue es UIIO de 105 medios mas
seguros de malltcner la paz y la sociedad. Sin ella se-
rian los hombres de bien víctima de los malvados, y
touas las ventajas q\le hemos recibido de la naturaleza
ó de nuestra illllustria nos serian inútiles, si se nos pu-
diese privar de ellas pDr la malicia o .por la violencia.


Debemos observar aqui, que la justa defensa de si
mismo exige tres condiciones necesarias. I.a Que el
agresOl' sea injusto, es decir, ciue atente á nuestra vi-
da, ,sin que hayamos dado motivo para ello. 2. o Que
no podamos cvitar el peligro de un modo seguro, lIi
de otra manera que causando mal, y aun matando á
nuestro advel'sario. 3. o Finalmente, es necesario (Iue
sea proporcionada la defensa al ataque, es decir, que
no se estienda á mas de lo que exige la defensa de nues-
tra persona,


l\Ias para aplicar estos principios á los diferentes
casos que se pneden presentar, debemos distinguir el es-
tado natural del estado civil. Por lo comun, es mas es-
tenso el derecho de la propia defensa en el estado na-
tm al flue en el civil; siendo la l'azon que en el primer
estádo nadie hay encargado, propiamente hablando, del
cuidado de nuestra conservacion, mas que nosotros mis..,
mos; por consiguiente á nosotros nos toca emplear con
este objeto nuestras fuerzas, del modo mas eficaz. Pero
al contrario, en el estado eivil, se halla encargado el
soberano del cuidado de defender á los particulares de
todo injusto agresor; y por consiguiente estos deben
recurrir á su proteccion siempre que las circunstancias
se lo permitan. llé aflui las principales reglas que se
deducen de estos principios.


1. La prudeucia persuade, que antes de ven ir á las
manos, se intenten todos los medios dulces mas biell
que los ásperos: pues por esta.i usta templanza cumpli-
mos lo que nus debemos á llosotros mismos y lo que á
los demas.


n. Pero si son inútiles los medios de dulzura, en




(14G)
el estado natural, mientras que persista alguno en ha-
cernos todo el mal posible, tenemos un derecho ilimi-
tado de rechacarle con la fuerza, y aun de matarles ú
fuere necesario; hasta que nos hallemos libres del pe 4
}igro que nos amenazaba, qne hayamos obtenido la repara-
cion del agravio que se nos ha cansado, y si es posible,
hasta que nos haya dado nuestro adversario seguridad de
que no nos molestará en lo sucesivo.


IlI. Tiene lugar este derecho ilimitado de defenderse,
,a cuando se ataca directamente á nuestra vida, ya cuaudo
se nos quiere causar algun otro, mal considerable que
110 estamos obligados á sufrir: -como por ejemplo, si
el injusto agresol' quiere apalearnos, herirnos ó privarnos
de algun miembro.


IV. Con respecto al tiempo en que se puede comen-
2a1' legítimamente la propia defensa, debe establecerse,
que es permitido comenzar los actos de hostilidad, cuan-
do aparece por manifiestos indicios que intenta alguno
dañarnos, aunque no hayan estallado sus designios, es
decir, que en el cstado de naturaJe¡¡;a se puede preve-
nit' al agresor, cuando se está preparando á dañarno~,
fiiempre que no haya esperanza alguna de disuadirle
de sus designios con amistosas exhortaciones, y que
DO perjudicamos á nuestros propios intereses emplean-
do pste medio de dulzura. "Todo aquel (¡ue me dirige
asechanzas, decia Demostenes (1) Y hace cuanto puede
para sorprenderme ¿ no se ha declarado ya mi enemigo,
'Y no me hace la guerra, aunque solo se haya pre-
pal'ado á ello, y no haya aun disparado flechas o dar-
dos?»


V. Si arrepentido el injusto agresor lJOS pidf' perdon,
ofreciéndonos al mismo tiempo reparar el mal que hu-
biere hecho, debemos reconciliarnos con él sin exigirle


(1) Philip. nI.




(147)
ma~ seguridades que la promesa de ViVir en adelante
pacíficamente con nosotros; el que por sí mismo dá
semejante paso, manifiesta bastante (Iue se anepiente de
su falta, y tiue cstá resuelto á no recaer en ella.


y en efecto sería venganza y no defensa estendcr mas
los actos de hostilidad.


Pero no siempre se permite en el estado civil lo flue
en el natnral. En la sociedad eivil se ha privado á los
parli'iulares del derecho de la justa defensa de sí mismo,
que tenian en la independencia del estado uatural; de
manera que no l~s es lícito tomar satisfaccion pUl' sí mis-
))1 os y segun su modo de entender de las injurias que
han recibido, ni recobrar por medio de la fuerza lo que
se les debe; sino que deben recurrir á la proteccion de
las leyes y de los magistrados que estan encargados del
cuidado de procurar á las personas a?;raviadas la repa-
racion de las injurias y daflOs recibidos, asi como las se-
guridades ueeesarias para lo sucesivo, y del goce de los
derechos de caua uno. Asi pues, no se puede en la so-
ciedad civil, ni prevenir al ;¡gI'CSOl' cuando se prepara
á dañarnos, J.1i tomarnos satisfaccion de la injuria que
nos hubiere hecho; de lo contrario ¿qué necesidad ha-
bia de magistrados y de la institucion de las sociedades
civiles? He aflui pues, las principales reglas que con-
ciernen á la justa defensa de sí mismo en la sociedad
civil.


1. No deben los miembros de la sociedad civil re-
currir á la proteccion del soberano. Si de 10 contrario
apelasen á este e!>tremo, atentarian abiertamente contra
la autoridad soberana, causando un desórden que pro-
duciria por pl'ccisioll la licencia y la anarquia.


II. Por lo comun la defensa de sí mismo á mano
armada no puede estenderse en el estado civil á mas
de lo que es neccsat'lO para librarnos del pelIgro á que
nos vemos espuestos entonces; pues con respecto á la
repal'acion de los perjuicios y á las seguridades 'para en
adelante debemos dirigirno:s al sohel'ano.




(148)
Se ve por estas dos primeras reglas la diferencia


que hay entre los limites de la propia defeusa en el es-
taoo natural y en el de la sociedad civil. Porque en
el estado natural se funda la propia defensa en el de-
recho de la conservacion de sí mismo, y en el que tie-
lle cada uno de reprimir el crÍmen y toda infraccion
de las Jeyes naturales; de modo (lile el ofendido tie-
lle derecho á defenderse y á castigar ó perseguir al in-
justo agresor. Pero en la sociedad civil ha pasado el
derecho de castigar á manos del magistl'ádo, Asi es, que
en cuanto el ofendido ha puesto en salvo su vida o sus
hienes, no pUede ciertamente contilluar mas los actos de
llOstilidad, porque solo toca al soberano tomar las dis-
posiciones cOllvellientes para en lo sucesIvo procurar al
ofendido indemnizaciones justas y darle las seguridades
necesarias.


IIl. Por lo que respecta al tiempo de la defensa,
solo podemos repeler á nuestro enemigo por medio de
la fuerza en el momento que nos insulta y que no te-
.11emos tiempo para recurrir al soLerauo, Por lo que
se ,'e, que en la sociedad civil se encierra el tiempo
de la justa defensa de si mismo á limites muy estrechos,
reduciéndose á un punto indivisible; aunque tenga por
]0 regular mas estension en la práctica y apenas atien-·
dan los ma~istrados á los escesos leves en eslos límites.


Ponl ue fácilmente descubre un juez ilustrado por el
examen de las circunstancias de cada accion, si es lflO-
eenle ó no la defensa.


Hay sin embargo una maxllna general qne parece
debe servil' de regla en tales casos. A saber: ({ue co-
mienza el tiempo que se puede matar á un hombre de-
fendiémlose de él, desde el mOll1ento en que el agre-
SOl' manifiesta atentar á nuestra vida, y hallúndose para
este efecto armado de la fuerza é i{]strnm(~ntos necesarios
se encuentra apostado en un sitio desde donde nos pue-
,de dirigir sus tiros, en cuyo caso se ha de cOlltar talu-·
bien el tielllpo necesario para prevcuirle) sino quere-




(149)
mos seto presa de su furor. Esto es precisllmente lo fiue
)Jaman los juriscollsultos romanos prcI'enir tÍ tiunpo ti un
agresor. aliadiendo qne es mcjor prevenirle qlle esperar
á que haya ejecutado sus pl~rfidas intell~iolles. J)JeZius
cnirn cst OCCUI'/'crC in tcrnpOlc, quam pust CXltUllZ vin-
dicare (1)


IV. Finalmente si en lugar de protegernos el sobe-
rano contra la violenria, 1I0S niega malJifiestameute to-
da proleceion y justicia, podremos usar de estos dere-
'chos y procnrar ¡IOr nuestra consel'vacion pOl' los me-
dios que creamos mas convenientes.


Siendo absolutamente necesarias las riquezas para
la conservacion de la vida, las mismas razones que nos
autorizan á repelcr con la fuerza á un injusto agresor
que atenta contra nuestl'a vida, nos dan taml,ien dere-
cho para rcchazarle cuando solo ataca á nuestros bienes.
Pero debemos distinguir tamhien el estado natural del
civil. Si en el estado natural no estuviere permitidn em-
pleal' los últimos medios contra un injmto raptor, se
autorizaría la maldad y el latrocinio, y quedarian des-
truidas enteramente la tranqlliliJad y seguridad de la so-
ciedad. Pero en el estado civil es necesario recurrir por
lo comun al magistrado, cuya autoridad es suficiente pa-
ra procurarnos coñ facilidad y sin nillguna estorsion la
reparacion de los darlOS que se nos han causado en nues-
tI os bienes. He dicho, por lo comun, porque si nos
hallásemos en tales circunstancias que no pudiesemos re-
cUl'rir al soberano, y que fuese irreparable la pérdida
de nuestros bienes y considen,ble hasta el punto de ar-
l'uinar nuestros negecios, podemos entonces defender
nuestros bienes por nosotros mismos y á todo trance.
La causa de la l'eslriccion de la libertad se funda en


-


(r) CoJ., Jih. lII, tito XXYII. Quando licceat unicuiquc
sine judicc vindicare, etc. Leg. l.




(I~O)
qlle si se pudiera recurrir por la menor injuria á hos-
tiles aclos conlra un ciudadano, ex:i~iria un manantial
de desórdenes y turbulencias perpéluas. Asi pues, solo
debemos U Sal' de este derecho en cuanto nos lo per-
mitan la constitucion del gobierno civil y las leyes pal'-
ticulal'cs del Estado.


1::1 honor e:; sin contl'adiccion el bien mas precioso de
este mundo. Esta palahra tiene diferentes acepciollcs por-
que alguuas veces significa simple cstim{l('icll y mas co-
mUlllnellte cstlmaclon de disúnrioll Tambien significa
la 'virtud, d mérito y la dignidad que procuran el ho-
1101' esterior, y en este sentido se dice que honrall al
hOlllbre estas cualidades. Tomadu este vocablo en un sen-
tido mas lato y COlIlun, significa tamhien la ventaja que
tienen ciertas personas sohre aqncllas cuya ,-ida está
sujeta á alguna censura (lue les desacredita con el plí-
blico, a(Iuella estimacion que gozan aun en las meno-
res y humildes clases los que observan una conduda tan
arreglada que no se han atraido ninguna nota vitupe-
l'able, á las cualcs llamamos gente honrada, porque vi-
ve con honor. Significa tambien el estado de ulla jó-
'Ven honesta que conserva su virginidad, el de una mu-
ger casada que no ha quebrantado la continencia uup-
cial y el de una viuda flue vive castamente. Y finalmen-
te significa la estimacion G reputacion que granjean en
el pt'tblico todas estas diversas clases de hOIlOl'; y este
es el sentido en que decimos de 105 maldicientes que
hieren el honor de las personas.


Pregt'tntase si es permitido rechazar á mano armada
á un injusto agresor que ataca nuestro honor; á lo que
responderemos, que si se entiende por honor la cstima-
clon de distill,ioll se hallará decidida esta duda con lo
que dijimos al fin de la leccion XV. Si se toma el ho-
llor por la virtud () simple cstimacioll, no hay dificul-
tad en seguir la afirmativa; porque como es el honor un
bien muy precioso y sin el cllal no podriall constituir
a fdi cidad del homhre todas las de mas ventajas de la




(lal)
vida, es incontestahle, hablando en general, que cada
cual se halla en derecho de defender su honor, aun
apelando á la fuerza allnque de un modo proporciona-
do al peliglO en qne se halla. Fúndase esta decisioll en
que es una obligacion general por la ley natural el te-
ner por personas hom adas á las q ne no se han hecho
indignas de esta favorable opiniol1 por su conducta.


FillalmeJlte, si se toma el honor por el pudor del
sexo, como casi to(los los pueLlos del mundo colocan
este honor al par que la vida, hay razon para sostener
que puede cada uno defenderlo tambien, auncIue sea
matando al qlIe quiere arrebatárselo. Y á la verdad te-
niéndose el honor por el mas bello adorno del sexo, y
siendo este sexo débil por su naturaleza, debe resguar-
dál'sele por todo" los medios posibles contra la insolencia
de los hombres atrevidos. POI" lo fIue respecta á las so-
ciedades civiles, puestoi¡ue tienen derecho los legislad01
res de imponer á semejante violacion la pena de muerte,
es claro que han podido permitir tambien á toda mu-
-gel' honrada qne defienda á todo trance lo qne lIO lme-
de recobrar si se lo llegan á arrebatar ulla vez; afren-
ta que es tanto mayor cuanto que puede reducir á una
muger de hOllor á la dura necesidad de suscitar eu su
propia sangre la raza de un hombre que procede COD
elia como un enemigo.


Creemos que ser[m suficientes los principios que aca-
hamos de desarrolhl", para resolyer las diferentes cues-
tiones que se susciten sobre la justa defensa de si mis-
mo contra un injusto agresO!' f(l1e ataca nuestra existen-
cia, nuestro honor y nuestros bienes. Pueden verse tam-
bien en GROCIO, en PUFFENDORFIO, pero especialmen-
te en BURLHI.\.Qur, tomo UI, pago 201 y siguientes. Creall-
se las Ilotas al fin del tomo.)




(la2)


LECCION X"l11.


Del dcrccho de Ilc¡;cyidad.


De nada se habla tanto como de la necesidad. Todo
el mundo reconoce su poder. Ella 1105 obliga á obedecer-
la, y fuerza tambien á los mismos Dioses, sirviélldunos del
lenguaje de un sábio del paganismo. (1) Dícese que no la
comprenden las leyes, que siempre se esceptua tácitamen-
te en todos los establecimientos hUlllauos, y que nos dá
derecho para hacer muchas cosas que, fuera de estos ca-
80S de necesidad, pasarían por ilegítimas. (2) Asi pues, de-
hemos examinar con sumo cuidado el fundametlto y es-
tensiOll de e.óte derecho.


La necesidad estrema estahlece leyes que dispensan de
todas las demas, autoriza todo lo (Iue contribuye á nuestra
propia conservacíon, reprueba lo que le es opuesto y es
superiol' á to¿os Jos reglamentos establecidos por los hom-
hres para su utilidad cOlJ\un y privada. 1.a naturaleza
misma le dá sus propias fuerzas, ó por mejor decir, to-
nJa sus formas cuando es ausol utamentc llecesal'Ío cIue
obre en favor nuestro. Fúndase el derecho de convenien-
cia en CáSO de una estl'ema necesidad, en el cuidado que
naturalmente tiene el hOlllbre por su propia cOllservacion,
y en la impo~ibilidad en que se halla de obrar por otro
principio. No es la necesidad un simple favor o privilegio,


(r) Pittacus Laertius in cjns vita.
(2) Cicero.




(f~5)
sino un derecho formal y perfecto; porque e] cuidado de
(lefender nuestra vida no es simplemente permisivo sino
obligatorio.


Las leyes humanas que solo imponen una obligacion
relativa, no pueden trastornar las que impone la naturale-
za y que se fundan en principios precisos y generales; yasí
subsiste en todo su vigor la necesidad unida al derecho
que produce, cualcJlliera ciue sea el estado en cIue se halle
el hombre; porque las disposiciones accidentales son de-
masiado débiles para destruirla, y solamente podrá impe-
dit' sus efectos. Lejos de formar la necesidad una escep-
cion restablece la regla fundamental del derecho, y pri-
va á las leyes posteriores de toda su fuerza, en cuanto
se desvian de 'iU objeto general é inmutable.


El hombre no puede por mas que quiera substraerse á
una obli5acion tan esencial, ni cerrar los oidos á esta voz
de la naturaleza; pues se presume que ha persistido en la
firme voluntad de conformarse á ella, cualesquiera que
sean los empeños q'be se haya impuesto al abandonar el es-
tado primitivo. Se halla tamhien obligado á conservar á su
prójimo, en cur.nto esté de su parte, en virtud de la union
natural ó arhitraria en cIue se encuentre con respecto á él;
pero no obstante, cada individuo debe preferir su pro-
pia conservaeion á la agena, porqnp. Dios le ha confia-
do su cuidado, y tenur,i un dia que dar cuenta del de-
pósito que se le ha confiado por el soberano dispen-
sadol'.


Los deberes hácia nuestros semejantes son accidenta-
les o imperfectos comparados con los que coúciernen á
nuestl'O propio ser, y supollen ocasiones y medios para
cumplir los que no siempre existen. Supongamos que es
absolutamente necesario que de do" hombres perezcá el
lino; es indiferente, si solo se atiende á la felicidad gene-
ral dé Jos hombres fIue se conserve cualquiera de los dos;
porqtlehasta á la sociedad que quede uno con vida. El
deber de cOllservar á lo~ demas pierde entonces toda su
fuerza, POHIllC cesa )a raZOH que lo sostenia; pero no d,eja




( itJ,l)
de suhsistir la ohligacíon de conservarse {t sí mismo. Y
por eso p-stamos ohligados á salvarnos eu un estrcmo pe-
ligro, antes que ~í. salyar á los <lemas.


Conocese el caso de necesidad, en qne no hastan para
conseguil' nuestra conservacion los medios fúciles y ordi-
narios, sino que es necesario emplear los diliciles y cstl'aor-
dinarios. ~ os basta para conocer lodos los casos de necesi-
dadla mera consideracion de nuestra propia felicidad, sin
que necesitemos distinguir, si la cosa nos concierne mediata
6 inmediatamente, si interesa á nuestra persfma, Ó si con-
cierne á nuestros bienes. Si la pérdida de nuestros bienes
lleva consigo la de los medios propios para conservarnos
y por consiguiente la de la vida ó de otra cosa equivalente,
es la pérdida en el fondo la misma, y no deja de produ-
cir el miSIl10 efecto que si perdiéralllos la vida~ de lo con-
trario, será. una gran ventaja que no produzca niugull
efccto.·


Bajo dos clases generales se pueden colocar los casos
de necesidad. La una clase es la de aqucllos casos en (Ille
se ve obligado el hombre á ponerle por sí mismo y por su
propio bien, y á hacer un mal para evitar otro mns consi-
derable. POl' ejemplo, cuando p:ldece un miembro un mal
iucur:lhle que podria dailal'l<1s parles sanas, haciendo pf:'-
rece!' todo el cuerpo, si uo se le cortase: ó cuando 1I0S
interese perder parte de nnestros bienes para sal\'ar los
demas:,. La otra clase comprcnde los casos en f}ueab:,olu-
tamente exige nuestra propia cOllscrvacioll (lne otro pa-
dezca algun mal ya en su persona, ya en sus bienes; co-
mo por ·ejemplo, cuando se halla un hombre en tan in-
minente peligro que solo puede librarse precipitando en
él á otro, aun cuando le hiciese perder Sll vida o su for-
tuna.


En todos los casos semejantes {¡ los que acabo de re-
ferir no se puede dudar que no sea en rigor justo y per-
mitido traspasar las leyes p:lrticlllares hechas para otras
circunstancias; siempre que efectivamente existan las que
supongo en los ejemplos esplicados, y que sea moralmen-




( taL))
te cierta y real la privacion de aquello con quP nos apura
la necesidad. (1)


Las leyes de la necesidad forman una lucha ó com-
promisos lo o entre el amor de sí mismo y la sociabilidad,
en los casos en que se interase en ella el prógimo, como en
los de ullajusla defensa, de que hemos hablado ctIla leceion
precedente; 2. o eutre los diferentes deberes del amor
propio y los de la sociabilidad, cuando las personas con
quienes estariamus obligados á obrar de otro modo si la
uecesiJad nos lo permitiese, no están interesadas ·en :ello.
3. o Entre los deberes dd amor propio y los de la, re-
Jioion. Es preciso plles saber ell que casos podemos' hacer
Jo que prohiben las leyes, o dispensarnos de lo que mau-
dan, cuando 1105 "C11I05 redllcidos sin culpa nuestra á tal
estremo que no podemos, si hemos de obedecer á las leyes,
librarnos del peligro que IIOS amenaza, bien en nuestra
persona Ó eA nuestros bienes.


Para establecer con algllu método las máximas gene-
rales qne deben regular nupstra conducta en los casos en
'lue influya en dla la nccesiJad, debemos distinguir entre
las leyes que tienen relacion COIl Dios, y aquellas que so-
lo cOJ]ciel'l1en {l los hOIll bres.


En cuanto á las leyes con respecto á Dios deben obser-
varse estas dos reglas: l. o Siempre que haciendo ú omi-
tiendo cierta accion se manifestase algun desprecio .. 1 Ser
Supremo, 110 es admitiJa la escepcioll de necesidad por la:
ley que manda ó que prohibe tal acciono 2. o Cuando Ja
ejecucioll Ú omision de cierta accion no lleva consigo nin-
gua despl'ecio á la D¡\'inidad, no obliga inc1ispensablemen-:-
te en caso de estl'f'ma necesidad la ley que por otra parte
manda ó prohibe esta aceion; rines no sufriendo en tal ca-
so ataque alguno la gloJ'ia de Dios) nos dú su infinita 1Jbn-


(1) Véase (¡ erocio, lib. II, cap. n·




( laU)
dad motivo para presumir que no qlliere oblignrnos á es-
}lOnel' inutilmente nuestra vida ó nuestros bienes.


Con respecto h lils leyes C{lle conciernen solilmcnte á
los hombres, presentaremos un principio propio ó apro-
pósito para resolver todos los casos que pueden ocun'i,'.
Siempre clue ejecutando algunas acciones prohibidns por
la ley, bien sea con respecto á nuestros seme./nntes o á no-
soh'os mismos, podamos evitar infaliblemente algun gran
peligro, sin que resulte de ello un mal igual o mayor á
aquel de que nos queremos librar, sufre la ley la esccp-
cion de los casos de necesidad. Pero no la admite, si Ia.
ejecucjon de semejante accion no es un medio infalible de
evitar este peligro mayal' o al menos igual. POI' medios i/l-
falibles entendemos aquí los que tienen una conexion na-
tural y llecesaria con la remocion del peligro de que nos
hallamos amenazados, y 110 una conexion puramente
arbitraria, que depende del capricho de <Hluel de Cjuien di-
mana la necesidad en que se encuentra. Dóbcse medir
tamLien fisicamente la magnitud del mal, 'j no se debe lli
puede comparar el mal moral que hay de una y otra pnr-
te, pues que precisamente e'i este el mal en cuestiono Con
tal f{Ue no nos arrojemos al peligro voluntariamente ó por
culpa nuestl'a (cosas que deben suponerse siempre al ha-
blar de esta mateiÍa) bastan las circunstancias que IJCl110s
marcado para hacernos formar una conjetura verosímil de
la voluntad de Dios. La ley natural se diri.ie á la felicidad
del género humano, y cuando podemos libramos de se-
guro de un gran mal, aun esponiéndonos á otro menor,
debemos preferil' el último. Pero si el mal que abrazamos
es igual al de que nos (lueremos libral', y pOl' otra partp.
no podemos pl'ometernos infaliblemente el evital' por tal
medio el peligro, ninguna .. azon tenemos para desobede-
cer la ley.


Algunas veces nos da derecho la necesidad de sal-·
val' nuestros bienes pilra peijlldicar en los bienes de
otl'O: l. o Con tal que el peligro que amenaza á nues-
tros bienes uo haya sido motivado pm nuestra causa.




(H,7)
'l. o Que lo que queremos consena.r no sea de menor
nlor' que el perjuicio que cansamos á otro, 3, o QlU:
se indémnicen enteralllente al propietario si no debia
sufrir ningull rie'i!;o á no ser pOI'esto, y que se pa~ll(~
nna parte del pc,jl1icio, si se han salvado lJuestros hiellc~;
y los del otro tenían 'lile destruirse de todos modos, ú P!(l
sel' que previéndolo el propietario, o debiendo prevf'r
esta necesidad, haya cOllsentido en su pérdida.


Fúndase el derecho de necesidad en que al haeel'
los hombres la peticioll de los bienes, se han propuesto
~vital' las disputas que cscitaba la cOlllUtlidad primiti\'a, y
,animar la industria hllmana Ú vista de las necesidades,.i
que tendria que proveer cada cual por sí propio; pero !lO
fue el objeto de esta particion que jamá~ pudiera ser el
bien de uno util á los tiernas, Al contrario, se ha qUf'rido
dar ocasion á los hombres para formar mutuamente cierto
'comercio de servicios recíprocos, útil ai cuerpo político, y
que pudieran ejercer reclprocamente los deberes de la hu-
manidad, puesto que antes solo podia encontrar el hombre
l'eCl1rSOS en su rropio trabajo.


Es una comecuencfa del derecho de propiedad que
el propietario distríbnve y vuelve á poner en manos de 105
ciernas lo fine está obligado á darles; pero si no quiere
cJlInplil' volllntariamente esta obli~acion, se le puede ql1i-
tár en caso de necesidad, {, pesar suyo lo que ~slá obliga~
do á dar, bien empleando la fnel'za, en caso de h,dlal'se
en la independencia del estado natllral, bie'n recurriendo
al magistrado, si se hallase en la sociedíld'ci"il.


Todo miemhrú de una sociedad tieneder·echo para "i-
"ir en. la sociedad <'1 <{uien sir've, y en cf¡sode eslrema ne-
cesidad revi\'c en cierto modo el antiguo dCl'echo de ser-
"irse deJas cosas, como si fueran comunes. El que, ha-
Jlándose cn este C:lSO , toma de otro los bienes de qne ne-
cesita para conservar su vida, no comete un verdadero ro-
bo, pues qne no ,'iola el derecho natural. No es esto deci¡·
flue el qne se halla rwecsitndo tenga 1lU derecho perf(,f'to á
lo rllle toma; pues el estallo natl1l'al solo le ('oncede Ull de-


J2




l10ü)
)'f,(:ho imperfecto funuado en la ley de la' humanidad, que
lJOS obliga á socorrer a los que estan en una necesidad ego
trema, cuando no nos hallamos nosotros mismos en tal es-
taJo; pues nada obsta que no den las leyes civilf'S á este
deber natural la fuerza de una obligacion perfecta. De
aquí proviene, que entre los judios cualquiera que nega-
se á los pobres la parte á qne estaba obligado á contri-
buir para su manutencion, podia ser oblit;ado á ello pOl'
los jueces; J po\' eso \0 que tomahan lo:. l.)ob1'es \)01' si
era tenido por UI! roLo.


Pero supuesto que en un estado en que no se toman
las mismas precauciunes para procurar la subsistencia de
los pobres, no puede una persona ni veucer con sus sú-
.plicas la dureza inexorable de un propietario, !l¡ encontrar
por otra parte con que comprar, ó trabajo para ganar
las cosas absolutamente necesarias para la "ida, ¿deberia
morirse de ambre? Hay algun establecimiento humano
,tan sagrado é inviolable 4ue no pueda ser "iolado impu-
nemente por un hombre que se halla proximo á perecer,
porque los ricos á quienes se dirige á implorat' ~lgl1n so-
COl'l'O faltan inhumanamente á sus deberes para COII él? Yo,
jamás podré persuadirme á que sea UIl hombre culpahle
de robo, cuando hallándose reducido ti una estrema cares-
lia de aiimentos, ó de vestidos especialmente, si no fue por
culpa .suya, y cuando no habiendo podido obtener los de
otras persollas que los tienen en abundancia, ni con súpli-
cas, ni con dinero, Ili ofreciéndoles su trabajo y su indus-
tria, quita á tales. personas alguna cosa bien c1andestillameu-
te, bien á viva Juerza. Porque si se puede en un caso de
r.ecesidad dañar á otro en su persona sin cometer delito
alguno, hasta ponerle en peligro de perder la vida pOI'
salvar la propia, con mas razon será permitido, en igual
caso, tomal' Ó destruir el bíen de otro, puesto que esto e~
mucho menos considerable que la vida J que la pérdida
de los miembros del hombre.


Finalmente, como deduzco el derecho de necesidad,
de que en tale~ casos reyive .la convencioo primitiva del




Ir


(:i;JU)
estado ue la natUl'aleza, dir(~ tambien que el que ha to-
mado los bienes de otro, impelido de una nece3idad es-


. trema, no está oUlgado :. la l'estitucion, POl'qne mientras
subsistia lfi cOll1ullidd de lus biclIes, nadie estaba obliga-
do á restituir io qne babia tomado para su USO, pues no
perteneciendo nada á Ilnos lilas que á otros, cada ella 1
tenia igual derecho á sen irse de todo; de manera c¡u e
si se huLiese apoderado nn hombre de mas cantidad de
cosaS' ele que tellia absoluta lIecesidad pal'a sí mismo, to-
dos los demas tenian derecho para arrebatarle lo que ltt
8obt'ase, por subvenir á una necesidad estrel1la, Véase sobre
esta leccion á BC¡,LAlIHQljI, t0l110 IlI, pág. 2E)9 Y siguíell~
tes: á Pm'ENDoRl, lib. IJ, cap. VI : á GROClO, loco .ci-
tato, etc,


LECCION XIX.


De la igualdad natural, primerprincipio de la sociabilidad.


A dos clases generales pueden reducirse todos los de-
beres de la sociedad: deberes primitil'os r absolutos, y
deberes dclil'(irlo.\' Ó condl·(;tulla!r'.I'. 1,0s primitivos ó abso-
lutos son atluellos que IlGcesaríamente ¡¡e derivan de la
constitucion natural, primitiva y originaria del hombre;
tal como la ha establecido el mismo Dios, y que nada mas
suponen, de suerte que todos estan obligados á practícilr-


. ]os para con sus semejalltes. Al contrario los derivados o
condicionales son los lJ ue, suponiendo algun hecho, ó
establecimiento humano, solo obligan en cicrtils circUlls-
tancias y COIl respecto á ciertas personas. Así pues, no
existía el robo propiamente dicho antes del establecimien-
to de la propiedad de los bienes; pero despues de este
establecimiento se mira ya el robo como prohibido pUl'
el derecho natural.
I~os deberes primitivos y absolutos son como el fun-


damento y principio oe los <lemas, que solo son, propia-
mente hablaudo, ulla aplicacion de los primeros á las di-
fel'flllles cil'cunstaucias de la vida, y á los diferentes esta-


r




....


(160)
do!\ lid hombre. Porque asi como los estado~ primitivo,
tlel hombre son' el fundamento y prin('ipio de los esta-
dos acces0rios, asi tall1bien los deber~s pl'imitivos (l'H!
solo pertenecen á los primeros estados, dehen ser tamhieli
('1 principio y fundamento de los deberes derivados Ó COII-'
dicionales, que son los que naturallllente dimanan del es-
tablecimiento de los e~,tado:; ?cce~orios.


:Mas cumo la base de todos los dcbc!'C's de la socinhi-
lidad es la igualdad natural, cOllviene lIlle esp1ifluelllos
su naturaleza y fundamellto.


Se ha observado que la naturaleza humana es la mis-
ma en todos los homhres. <Jlle todos ti~nell tina misma
recta ral;OI1, las misllIas facultades, un solo y único ohj~­
to; '[tIC son naturalmente illdependielltes UlIOS de otros,
y (I"C todo:; estan cn igual dcpclItlencia ch, 1 il11pecio de
Oios y de las leyes naturales, Uf/a O.'Ilfl('.I' contlne! dcfl-
/litio, ut nihil sit uni tarn simiL'c, tClm par, qumz OTtllle ....
¡"ler nOl'lllel SU/IlUS.


Sentado e"to, se sigue que es una máxillla funda-
mental del c!f'recho natural, que cada lUlO debe estimar y
LI'.::l3I' Ú los demashombl'cs como á iguales suyos, eno es.
cómo que son hombres lo mismo que (:1. Porque teniendo
cada uno un derecho perfecto de pretendel' (lue se le con~
sidere y se le trate como hombre, el que no ohra asi con
su projimo le hace una verdadera illjuria y viola la ley na-
tUI'al, obrando contra la naturaleza de las cosas. Es este
un deber que se funda el) un estado inmutable, á saber:
aquel ea que se hallan precisamente los homhres, en cuan-
to h()mbres, y que es por consiguiente general, constante
y perpetuamente ohli;;atorio. De manera, que á pesal' de
todas las des:gualdades estel'iol'es y accidcnLdrs produci-
das pOI' la Jl1ulaeioll y c1i\'el':iidad de actos necesarios, suh-
sisten siempre itlvariableme!lte los dc: echos de igualdad
natural, y cOllvient!11 á cada lino ('Oil respecto á cualquier
otro, de cualquiera condiciotl que sea,


Véase pues ,en (IUC consiste prc'piaIllp.nte la igualrlad
de que hablamos; en (¡ne ticuen todos -los hombres un




(JG1)
derecho igual á la saciedad y á la felicidad, de tal ma-
nera, que sin perjuicio de las demas cosas, imponen á to-
do hombre los deberes de la sociabilidad, cou l'e:3pecto á
~us semejalltes, una obligacion ignalmente futl'lc é indis-
pensable, sin que pued;t atribuirse CDII razon llillfíllll
hOlllb"e en el lI1undo, nlguna prel'ogativa sobre los demas,
sobre este particlllar. Y efectivamente, tellieudo todos it;l!:d
naturaleza, y hallándollcs igualmente sometidos á las le-
yes divillils ¿ con qné fundamento podria l'relellder al gil <
110 dispensarse de estas le~"Cs y sujetar il los dCll1as á que "-
las observasen con respecto á éL) El que manifestase senw ..
jan tes selltillJientos 110 podria I1lel1OS de haccrse Sllmameu-
te odicso á tOllos los bOllibres, y de darle motivo para
suspender todo trato f[ne con él tuvieran, lo que destrui~
l'ia toda coufianza y todos los servicios recíprocos.


Debe oLscn3rse C01l mucho cuidado que la igualdad
de que hablamos, y que es el fundamento de los debere:i
reciprocos, es propiamente una igualdad de derecho, 'J
no una igualdad de hecho 6 de fuerz<1, que tiene su origen
en la desigualdad Je las facultades físicas, y en ulIa nlultilud
de acontecimientos ac('identnlcs. cuyo uso es indqwlIllie1l-
te de nuestra voluntad: asi en cualquiera sitllacion que
supongamos á los hombres, jamás podremos hacer iguales
sus condiciones físicas, á 110 ser que mudando las leves
naturales 110 hiciésemos iguales para cada uno de cllos "los
poderes físicos y los actuales. Así pues, toJos los hombre..;
son iguales; la sociedad humana es una sociedad de igual-
dad, no solamente porque todos los hombres estan igll;!!-
mente obligados á prdctical' e11 ella las leycs lJatnrales. ,i-
no tamLíen porque gozan todo<; igual libertad, y snn inde-
pendientes uno:> de otros. Todos tipllcn los mismos de-
rechos, los misll1cs deheres. Deduciremos al¡::;lln;¡S COll-
secuencias muy importantes de este; 6rnn principio de j~;l1ai­
dad.


La prill:lera ('s. fjnc l(j~ snperiores qUE' tratan ('OH du-
reza, illlllllllanidad {¡ h;;r·L:¡rit> /1 Sil.'; sOllletidos, pecan ma-
niíieslalllcllle CO!ltra el deber funt!;mwutal de la igualdad.




(162)
•. El emperador Trajano, dice Plinio, considerándose co-
1Il0 uno de sus propios sú bditos, se mostraba tanto mas
grande y elevado sobre todos, cuanto que no se distin-
guia de ellos en la idea que de sí lIlismo se formaba: siem-
pre tenia en su il1laginacion que era ho:nbre y clue mall-
daba á hombres.) (1)


La segunda es, que cnalquivl'J que desea qne lo~
demas se procuren algun placer, debe prorurar serIes lítil.
Porque querer dispensarse de hacer alMun servicio á
105 demas, y exigirlo de ellos, es suponer desigualdad en-
tre él y ellos.


La tercera es, que cuando se trata de regular dere-
chos comunes á muchas personas, se las debe tratar á to-
das con igualdad, mientras que no haya adquirido nin-
guna de ellas algun derecho particular. Los que violan es-
ta máxima por una vergonzosa acepeioll de personas, ha-
cen al mismo tiempo una injusticia y un ultl'age á los
que sin motivo humillan ó rebajau, puesto que no les
dan lo que les es debido, y que por otra parte les pri-
van de un honor que les dIO la misma llaturaleza.


Finalmente, la tercera es, que deLe considerarse el
orgullo como un vicio directamente contrario al deber de
la igualdad. El orgullo consiste en estimarse á sí propio
mas que á los demas, bien sea con motivo suficiente, ó
sin él, Y en consecuencia de esta prevencion, á despre-
ciarles como si fueran inferiores á nosotros. Esta pasion
es muy opuesta á la verdadera generosidad y grandeza de
alma, como lo ha demostrado perfectamente el gran Des-
cartes. Una de las partes principales de la sabidmia, di-
ce, es saber como y por qué razoll debe estimarse o des-
preciarse á cada UIlO. Yo solo veo en nosotros uua cosa
que pueda darnos justo molil'O }Jara estimamos; y es el
buen uso de la voluntad, y el imperio que ejercemos su··


~I) Plin., paneb'ir. cap. JI, JI. 4·




(fG5)
bre nuestras ueterminaciones ; porque !!OIamente dependen
de nosotros Iluestras acciones, y solo ellas uos pueden y
deben merecer alaba liza ó ,iluperio. Asi, la verdadera
grandeza de alma que hace que solo uos estimelllos en
cuallto justamente podemos, consiste ya el! COlJvencernos
de que lo lÍnico que de l](\SOtl'OS depende es la libre dispo-
sicion de nuestra voluntad, y que solo podemos ser ata-
lIados Ó vituperados por el bllen Ó mal mo qlle bagall10s
de ella; y ~a tal1lbien en sentil' en nosotros mismos uua
Jil'me y constante resolucion de usarla bien.


Nada hay mas COlJtrario á la igualdad natural quo
el de5preciar á alguno pe!' medio de algun signo est~rior,
como son las acciones ofensivas, palabras injuriosas y un
adcmau o una risa burlesca, etc. Y son tanto mas cl'imi-
lJales esta especie de insultos, cuanto que irritan á los que
Jos recihen, y les inflaman con un deseo ardiente de vet.-
ganza; de manera, que muchos rompen enterameute con
el ofensor, y llegan hasta poner su vida á los mayores
peligros, antes que dejar impune la afrenta. Véase 50-
hre esla leccion á PUFEXDORF, lib. nI, cap. II; á BUl\U-
IUQt:l, tom, III, página 283 y siguientes.


LECCION XX.


De la obligariorl de no lzacer mal á nadie; y de fY'parw-
el dai'io que se ha causado: primera ley de Ir"


sociabilidad.


La primera ley general de la sociabilidad consiste en
no hacer mal á nadie, y por consiguiente en l'epal'al' el
JOal <Iue se hubiese causado. Esta leyes absoluta y ge-
lIeral; porque es una consecuencia de la igualdad na-
tural, y como cada uno de nosotros tiene derecho {\ exi-
f5ir de lo!\ demai hombres, que lIO le ca "sen daño ~16uflO,




( tOA:)
debe convenir en que toJos pueJen exigir de él iguar
derecho.


Asimismo es esta ley la mas necesaria, pues que
.. ~in ella no podria subsistir la sociedad, y que caeriBlllos


de un estado de paz en un estado antisocial y de guerra.
r en efecto, aun cuando no recibiórnll10s bien alguno
(le uua persona, <fUf' no quisiera hacer con 11050 tras una
l.:spec.ie de cambio de los servicios mas comunes, no por
eso dejaríamos de poder "i'vir con ella paci/ic:lJllente, siem-
111'C que no nos hiciera mal algnno; pues esto es lo que
generalmente deseamos de la ma)'or parte de los hOIll-
bres, estendiénclose á muy corLo nÚlllero de personas los
comercios de oficios y de bene/icios.


Finalmente, es tambien este deher el mas facil (le
t-.)ecntar; porque consiste por lo l'l't!;ular en ahstenerse
(le obrar, lo que es sumamente facil. Y ú !:t verdad, es mas
faci! abstenerse de toda accion mala, que cjecutar alguna
hucua aun de las menos importantes. ~o matarás, no
adlllterarás, no hurtarás. Para no violar esi~s leyes solo
lIay que permanecer en reposo yen iU<lccion ; lo que uada
cuesta á no ser que nos hayamos entregado sin resena á
la" pasiones violentas que cOlldcna la razon, y particular-
mente á los deseos injustos y desarre3bJos de UII escesivo
,amor propio.


Dirígese pues, la máxima que recomendamos á ponel'
(~n seguridad nuestra vida, nuestros b;enes y todo cuan-
to legítimamente nos pertenece, es decir, no tan soii)
lo que hemos recibido inmediatamente de la naturaleza,
sino tambien todo cuanto hemos adquirido en virtud d!)
olgllua convencion o establecimiento humano, y que sin
esta seguridad nos seria enteramcilte irllÍtil. Asi pues,
t~slá prohibido á los demas en virtu(l de esta máxima, ro-
harBO;; aquellas cosas que legíti:nalllt'lIte nos perteuece,
perjudicarnos en ellas, menoscabarlas l' impC'dirnos sr] uso,
hien sea entera ó parcialmente; prohibicinn que se COB-
tiene tambieu en muchas máximas afl!'mati"tl5, que cou-
denan facilOlenle lo contrario dc -lo que prescriben.




(IBa)
Esto supueMO, se deduce, que si se ha daflado ó


pt>rjutlicado á otro, de cuahluiel'a manera que sea, es
necesario reparar el dallo en cuanto esté de Ilu(,:itra par-
te; pues en 'ano prohihiría la ley natural toda accion
perjudicial á otro, si el que la causa 110 estuviera obli-
gado á reparar sus perjuicios. Ademas, si no huhiera ne-
cesidad de reparar el daüo, uo cesariJI1 los malévolos Je
}lerjuJical' á los bl1enos, y la persuna daüada no podria
vivir pacIÍlcamente con el autor del dallo, hasta que le
indemuizara de él.


Es tan indispensable esta necesidad. que no hay
condicion por elevada qUe sea que se exima de ella.
A ella eslan ohligados los reyes con respecto á sus súbdi-
tos lo mismo que el menor particular; y deben cumplir
esta obligacíon con tanto mas cuidado, cuanto que pue-
den substraerse á ella impnnemente. V éanse los ejemplos
que trae GaoclO, lib. IlI, cap. XVII, § :1, núm. 6.


Mas para tratar metódicamente de la reparacion del
(laño debemos ohservar, que se puede causar daüo á olro
de muchas ma'.leras: l. o Ó por un hecho positivo y de
comision, como sucede en el robo, ó por omision de una
cosa á que e1>tábamos obligados, como cuando no se im-
pide un mal que se podia y debía impedir. 2. o PtHule
rausarse daflo á alguno no solo con respecto á los bienes,
del cuerpo, sino tambien con respecto á los del alma,
de~cuidando ilustrar el espíritu ¿ formar el coraz()n de
las personas, cuya dil'eccion nos estaLa encargada , y mu-
ellO mas si las inducimos al error ó á los vicios. 3. o Pue-
de causarse daílo á alguno ó con ánimo deliberado, ó
por malicia, o por una 5imple falta ó culpa, o por caso
fortuito, (dolo vel culpa, vel caSl1 fortuito.) 4. o En fin
se causa dallo ó por una sola persona ó por muchas.


Asi pues, para penetramos bien de la naturaleza de
la ohligacion en que nos hallamos de reparar los dililos
causados, es necesario estahlecer estas tres condiciones
generales. l. o Que el mal (!lle ~e causa á alguno cstt~
prohihido por alguna lf'y. 'J. e Que eOIlClH'l'a cul-




(tGG)
pa nuestra, bicn sea directa ó indirectamente; 3, o
:finalmente, (lue el (!ue recibe el daüo no consienta
en él.


De manera que no estaremos obligados á repararian
ninguna por el mal que podamos haber hecho á un
injusto agresor, siempre que no IlOS hayamos escedido
de los justos ¡¡mites de la propia defensa. Si no hubier;¡
falt~ nuestra, lejos de estar obligados á reparacion algu-
113, ni aun siquiera se n03 debe imputar el hecho. Final-
mente, si hemos causado dailo á otro de prop()sito delibe-
rado y por malicia, no hay duda que nos hallamos obli-
gados á repararlo, puesto' que es un verdadero crÍmen.
Mas si solo se causó el daüo por simple culpa, hay que
distinguir tres cspecies de culpas, á saber: culpa grande
o muy crasa, culpa leve, y culpa muy leve, lata culpa
levls culpa, et livlssima culpa. De cualquiera clase que
sea, esta culpa aun cuaudo fuera la levísima hay obliga-
cion de reparar los perjuicios, por la razon de exigir la
sociedad que nos comportemos con tanta circunspeccion,
que no sea peligroso llUestro trato con los demas
hombres. Por otra parte es mas justo sin contradiccion,
que sufra el autor del daüo la pérdida, por le\'e que sea
su culpa, que no que recaiga en aquel que recibió el per-
juicio, sin que se le pueda aCll,>ar de culpa ninguna.


Finalmente, si causamos daño á alguno por caso
fortuito, y sin fpIe hayamos tenido culpa alguna, no e~­
tamos obligados á la repal'acion. Porclue entonces el que
consa el daño, siendo tan solo una ocasion inocente de
él, Y no habiendo contribuido á él de modo alguno que
lo haga responsable, ¿pOl' qué ha de sufrir la pérdida mas
hien que aquel ({ue le padece por su desgracia?


Pero debemos atendet' mucho á la restriccion, sin que
hayamos tenido culpa alguna; porque cuando es una
consecuencia el caso fortuito de alguna imprudencia, ne-
~Iigenci~ () falta nuesta, debemos indispensahlemente re-
llarar el daño; puesto que esta oblioaeion es ClJtonce~
efecto de nuriltra culpa ma~ bien que de caso fortuito.




(IG7)
Véase á DO~HT, leyes civiles, etc. primera parte, lib. II.


Si km tenido parte muchas personas en el dallo
causado, debe deducirse la obligacion en que están de re-
parar el dalla por los siguientes principios. l. o ellaS ycces
son los unos la causa principal del dalla, y los demas tan solo
las causas suhalternas; otras, todos son igualmente culpables
y entonces son cansas colaterales. 2. o Las causas prin-
cipales del dalla son las prillleras responsables, y las su-
balternas lo son desplles de estas. 3. o Si el daiío se cau-
só por cansas colaterales, todas estan igualmente obliga-
das á la rcpatacion. Véanse mas desenvueltos e3tos princi-
pios en Ih;RIXilf\QrI, tomo III, pág. 329 Y siguientes.


No solamente se debe e5timar el daüo presente sino
tambien el que es una consecuencia necesaria. Asi 110 so-
lamente debe referirse la estimacion al menoscabo, des-
truccion ó pérdida de la cosa misma que nos conviene. ó
se nos debia, sino tam bien á los frutos qne de ella provie-
ucn, bien se hayan recogido, ó bien no haya podido el pro-
pieta/'io percibirlos por no hallarse aun pendientes, ó por
no haber aun nacido; dcrbiéndose advertir, que C0l110
seria in.iusto que uno se enriqueciese á costa de otro, se
deducian préviamente los gastos necesarios para la re-
colecciono Tambien deben tenerse en consideracion ]os lIa~
mados frutos civiles. Por ejemplo, si se incendia una ca-
sa, hay obligacion no solo de reedificarla, sino tambien de
abOn;)l' al propietario las rentas que hubiera sacado de
ella, en el tiempo que dure la reeclificacion. Véase sobre
reparacion de darlOS á GROCTO, lib. I1, cap. XVIII, y lib.
II, cap. IX; Pufendorf lib. llI, cap. I, § 7 Y sig.; pero
especialmellte á })omut, leyes civiles, etc. primera parto
lib, I1, tít. VII, VIII Y IX.




(t68)


LECCION XXI.


De los deberes comunes de la humanidad; segwuh, /f'.Y
de lt¡ sociabilidad.


No bastan los deberes de que hemos hablado hasta
aqui para cumplir todo lo que exige de nosotros la !locie-
dad; sino que ademas de esto es necesario hacer bien á
)os hombres. Así pues, es una ley general de la sociabili-
dad, que debe contri hui,' cada uno, en cuanto buena-
mente pueda, á la utilidad y felicidad de sus semejantes.
Esta leyes tambien una consecuencia natural de la igual-
dad; porque cada cual desea, no solamente que no le da-
llen los demas, sino tambien que le procuren, cnando lo
necesite, el bien que de ellos depende. Asi pues, debe te-
ner por una jU3ta correspondencia las mismas disposiones
para con los dernas, y efectuarlas cnando llegue la ocasiono


Los .iul'ÍsconsuJtos dividen los deberes de la sociabili-
dad en dos clases: en deberes pe~fectos é impezfcctos.
Los primeros son aquellos cuya práctica es ahsolutamente
necesaria para la consel'vacion del género humano y para
-el sostpnimiento de la sociedad. Al contrario, los de la
segunda clase no son de tan absoluta necesidad, pero-
contribuyen al bienestar y comodidad de la sociedad:
tales son la Eberalidad, la beneficencia, el reconocimiento
y la hospitalidad.


Esta dlstincion es bastante conforme con el ohjeto
de la legislacion IlUmana, que es el de impedir el mal
y procurar por este medio la paz de la sociedad; pero es
ahsnrda en la legislarion natural, Ctl)'O ohjeto es hacpr á
los homhres virtuosos. PorqiJP si los homhres obran co-
mo tales y como cl'iatura5 dotadas de !'llZon si quieren COII-




(IG3)
{Ol'mal'se á lo que su naturaleza exige ó mas bien el Su-
premo Ser de quien la han recibido, si piensan en mos-
trarse micmbros dignos de esta sociedad universal, cuyo
autor y protector ('s Dios, es absolutamente necesario quc
sean fieles ouservantes de la justicia, pero no de sola la jus-
ticia, ExistelJ otras virtudes que no por cstar al abrigo
de todo castigo y dc toda sancion humana, dejan de ser
menos imlj~p{'l}sa\¡lcs y rignrosamente ohFgatorias , y auu
de tanta ma~ fuerza cuanto nws libre es su ejercicio,
puesto que el que lo impone tiene tambien en cuenta la
m~1yol' dispo"iciolJ que tenemos para cumplirlas, Y á la
vcrdad, la humallidad, la compasion, la carida{l, la bene-
ficencia, la liberalidad, la dulzura, el amor de la paz, no
son nombres vanos ni cosas indiferentes, sino deberes
tau rigurosos y tan perfectos, segun la legislacion na-
tural como los que concieruen {l la justicia propiamente
dicha.


Consultemos en efecto el gl'an principio de la igual-
dad natural, qt>.e es el fundamento de la sociedad uni-.
'Versal. ¿ No nos complacemos en recibir estos oficios de
humauiddd cuando los nece~italllos, y en ver á los demas
como los clunplcn con todo el celo que es uua prueba
inequívoca de los verdaderos scntimieutos de la natura-
leza? ¿Pues por qué no nos hemos de creer rigurosamente
obligados á hacer lo mismo COII respecto á los demas?
Se dirá que !!o castigan los lll[lgi~trad()5 á los que no cum-
plen con ellos; 110 ha y duda; pero los magistrados solo
velan por la conscrvacion de la sociedad1civil, que es sola-
mente un hecho humano, .l\1as antes del estable('imiento
de la sociedad civil existía la sociedad natural, que no podia
subsistir sin el cumplimiento de losdeberesde la humanidad
que se llaman deberes imperfectos y [JO rigurosos, Asi pues, á
no sel' ({ue se d~ga que la sociedad civil ha destruido la na-
tural, es necesario considerar los deheres de esta última tan
rigurosos por lo menos como los de la otra_ ¿Deberemos
mirar, por ejemplo, con tanto horror á un artesano que
haya trabajado mal para un hombre rico, como á rc,t~




(170)
cuando manifieste un corazon inacccsiLle á la compasion
hacia una desgraciada familia que carece de lo necesario
para subsistir, y ({lle le ruega que cOllceda una pequPI-lil
parte de lo que prodiga á los perros () {¡ los cahallos etc.?
Pues á pesar de lo absurdo que esto parece, segun la dis-
tincioll de los jurisconsultos, est:wá obligado el primero á
indemnizar 6 la persona cuya obra ejecutú mal, de los per~
juicios que por ello le causo, y el rico no ha illjuriado
á la familia desgraciada, al rehusarle todo Sl)corro, no obs-
tante que ha indignado á la humanidad eutera. El mismo
Jesucristo, ese comentadl)r infalible de las obligaciones na-
turales, n~ ha amenazado sevel'ameute con la muerte eter-
na si no cumplimos con los debereit de la humanidad,
que se llaman en la jurisprudencia civil, deberes imper-
fectos y no rigurosos. Véase el cap. XXV de Sau 1\1ateo,
v. 3¡ hasta el fin.


Pero aun hay mas. 1. .. a ley natural nos manda con
suma rigor fIue cnmplamos los deberes de la humanidad,
aun con respecto á aquelll)s que no los cumplen para
con nosotros, ó que nos daüan , en una palabra que SOI1
nuestros enemigos. PO)'(lue la ley natural nos manda ha-
cer bien á los demas sin dispeusarnos Je esta oblir;acion
cuaudo los otros no la cumplen con nosotros; pues si tal
hiciese, autorizaría la venganza propiamente dicha y que
tan rigurosamente prohibe.


Pero dicen algunos, la ley natural nos autoriza á re-
curril' á la fuerza contra aquellos que atentan á nuestra
vida, á nuestro honor y á nuestros bienes. l .. ue¡;o 1105 man-
da que no cumplamos con los deberes de humanidad, con
respecto á los que nos causan daiio.


Antes de respouder á esta ohjecion especiosa obser-
vemos, que no estan en nuestra mallo la vida, el honor y
los bienes, pues que todos somos meros depositarios de
ellos, dehiendo conserV<lrlos á su verdadero duei'io, pue.-to
que nos lo manda imperiosamente. Y asi habla con impro~
piedad el que diga, que tenemos un derecho perfecto so-
hre la "¡Ja, el honor y los bienes; ponjue 110 hay tal,




$E


(171)
puesto que los hemos recibido de Dios y C¡lle los conser-
vamos en su nombre. Asi l)Ue~, si la iey uatural nos man-
da que rechacemos á un injusto agresor, es porque nos
hallamos rigurosamente obligados á procurar por lIuestra
conservac;on, á defender ú mano armada todo lo que
puede contribui!' á este mismo objeto, por una ley su-
prema, por una le)' que debe preceder ú las de la so-
ciabilidad.


Pero como )05 que nos lJiegan Jos deberes de la hu-
manidad, los que nos aborrecen, ó nos hacen injurias li-


. , . ¡. h ' , gel'as, sIn atentar a nuestra VI( a, a nuestro onol', o a
nuestros bienes, T.uestros enemigos, en una palabra, no se
oponen á lo que nos debemos á nosotros mismos, cuan-
do se presenta la ocasion, estamos rigurosamente obliga-
dos á rendirles los debel'es de humanidad. Porque no
habiendo medio en este caso entre el cumplimiento de
nuestros deheres y la venganza, y estándollos prohibida
)a \enganza por la ley natural, no hay duda que se nos
manda rigurosamente el cumplimiento de los deberes de
la humanidad. He aquí la perfecta conformidad de la ley
natural con los preceptos del Evangelio que nos malldan
hacer bien á los (Iue nos odian, y amar á nuestros ene-
migos: conformidad que no han podido enCOll~rar los
mDré.listas antiguos y modernos.


Concluyamos pues, que la distincioll de deberes en
perfectos y rigurosos y en imperfectos y no rigurosos, ha
podido tener mucha influencia en las costumbres; porquo
nos ha hecho fijar la atenciOll en lu que uos manda la fuer-
za, y ha sofocado los sentimientos del corazon, Conforma-
se muy bien COll esta gerga delos jurisconsultos la educa-
cion comun, y así es que se cuida muy poco de d~sarro­
llar en la juventud los sentimientos de la naturaleza, y
apenas se atiende á cuan poca cosa es ser hombre de bien
como mandan las le)'es (rivilcs), ú cuanto mas se estiende
la regla de nuestros deberes que la del derecho, á cnanta~
cosas exijcn el afecto natural, la humanitlad, la lib!'l'tad,
la justicia y la buena fé: acerca de lo cuul nada disculpan




\1.J:")
las leves civiles (1). Las leyes civiles solo forman buenos
ciudadanos: las 'l:yes natl;rales hombres honrados. y asi,
decir que no nos obligan los deberes de la humauidad ri-
gurosamente, y que no son deberes perfectos, es lo mismo
que decir qne no tenemos obli¡.;acion )'iguros<l de ser vir-
tuosos y homores de bien: múxima horrible el! la ciencia
de las costumbre". Pero pasclIlos á esp};¡nar esta materia.


Podemos hacer bien á los dCil13S Ó de IIn modo inde-
terminado y general, ó de un modo determinado y pat-li-
cular. Del primer modo dañamos Ú otl'O, cuamIo 110 nos to~
mamos el cuidado de cultivar las facultades de su espíl'i-
tu y mantener las fuerzas de Sil cuerpo, parü que se hallo
en estüdo de servir uti!mente á los hOlllores cuando llegue
la ocasion, ó inveill:llldo por su industria cosas que sinen
á anmeutar las comodidade:- de la "ida. Para cOllseguir-
10, es necesario lener continuamente á la vista esta jui-
ciosa máxima de IIn autiguo. "Lo mas importante en todo
al cut'so de la vi(b, es llO creer que sabemos lo que igno-
ramns, y procurar instruirnos siempre. (2))) Asi infringen
sin d!lda nillguna las leyes n:lluralps, las personas que no
abrazando ningu!la proCesion honrada se entregan á la
ociosidad. Lo mismo dehc;n0s decir de aqudhs, que conten~
tas con un nacimiento distin311ído, y con los oienes que les
dejaron sus antepasados, creen que es illdigno de su clase
aplicarse por cl trabaJO á ser titiles al género humano.
Pero, al contrario, los que se esfuerzan por ser útiles á
los demas, merecen ser alalnoos y animados por esto. Los
antiguos deificaron á muchas personas por haber contl'i-
lHlido á hacer mas cc)moda la vida por alguna invencioll
útil, ó pOI' alglln establecimiento bienhechor.


Se hace hien á otro de uo modo detel'lilinado, cuando
:sc concede {l ciertas personas ('n particular alguna cosa de
ql1e les resulta alguna utilidad. Asi pues, se puede hacer


1) Si-neea de ¡u'!, lib. n. cap. 'XXVII.
2) Cullllurla1 <le /(' 1/I,iÚn:, li}), X T, c:\1'- r.




(175)
bie~ á los demas hombres, o con respecto á su persona,
o. ásu fortuna, ó á su reputacion, ó á su espíritu, incli-
I1~ndoles á la sabiduría ó á la virtud. Esta beneficencia
tiene muchos grados. A.lgunas veces podemos ejercerla sin
que·nada nos cueste, ó con una leve incomodidad; lo que
llamamos servicios de utilidad inocente: como son por
eje~plo, dejar beber á alguno en el rio; dar consejos sín-
ceros al que nos los pide; enseilar el camino á una per-


sona que se estravió: 110 destruir lo que tuviéremos de sobra,
sino conservarlo para que sirva á otros; dar limosnas á
)05 pobres; recibir con afabilidad á los forasteros;. efc. Be-
lJeficios todos que no podemos negar sin suma inhuma-
lJidad.


Pero hay un medio mas noble y mas brillante de ha·
ter bien, que llena completamente la atenciOl) de nuestros
deb~~;es, y que merece propiamente el nombre de bene/Í-
cctlcia; el cual consi~te en hacer gratuitamente alguna co-
s.a (lueí.exije gastos ó cuidados penosos para procurar á
otro alguna considerable utilidad. Esta generosidad <!Jg'u;:
sentimi~l1to que ha formado la misma naturaleza para mas
estrechar los lal.Os de la sociedad. Los corazones rectos es-
perimentan el lilas dulce placer en hacer un favor, por-
(Ine para ello n,:> tienen maS que seguir la inclina.cion que
les ha impreso la naturaleza. Y es tanto mas estimable
esta virtud, cuanto que es libre en la sociedad civil, y
que para eJcl'ceda es necesario despojai-se de un bien á
que están muy adheridos los hombres. Pero si es libre
con respecto al tribunal humano, no lo es en el del autor
de la naturaleza, quien para daruos á conocer su necesi-
dad, nos ha criado con una inclinacion muy fuerte al
ejercicio de esta virtud, disposicion de que descubrimos
señales aun entre las bestias.


No obstante, cuah!uiera que sea la lJatúraleza de la
incl¡:nacion de hacer bien~ y por rigurosa <iue esta ohli-
gacion sea, Sefílll1 la legislacion natural debe ser dirigida
por la prudencia y la razono Las precaucionés 'lue eXige
SOIJ las siguieutes.




(174)
La Debe cuidarse de que no redunde el b~n€ficio


que se hace en perjuicio de aquel á quien se quiere hacer,
ó de algun otro; de lo contrario dejeneraria la benefi-
cencia de una débil complacencia, en una adulacion per-
nicio~a, o aun en una gran injusticia. Asi, cuan Sylla ó
César quitaban los bienes á las personas á quienes perte-
necian, para dárselos á los estrangeros, no obraban con li-
berálidad, porque no la hay cuando no hay jm,ticia. Que-
riendo obligar ú Focioll á que se seüalase con un benefi-
cio, dijo, pedid rl los ricos; porque)'o me avergonzar/a
de daros algo, antes de haber pagado á Callicles. Este
Callicles era un bancluero acreedor suyo. (1)


2.a. Las liberalidades deben ser proporcionadas á
nuestro estado y facultades; pues sino, seriamos en cier-
to modo irijllstós con nuestra familia; y á veces sucede
que la lihera,lidad desmedida induce á tomar lo ajeno pa-
ra poder ejercerla.
~ a. Finalmente, se dehe tener consicteracion al méri-
l~faé' las personas y á las relaciones mas ó menos particu-
lares que con ellas tengamos; lo que debe constituir la
preferencia. Y asi, primero: mcrecen la virtud una gran
consideraeion, y realza mas el derecho natural fiue tienen
tos hombres á nuestra bendicencia. Segundo, debemos
atendel" a los sentimientos que nos profesan los demas, y
especialmente á los servicios que de ellos podemos haber
recibido, pues elltonces es la obligacion lIlas fuerte. Terce-
ro, á los diferentes vÍllculos CIUC nos unen con cilos: el
mas general es el que forma la humanidaJ; á este se sigue
el que media entre los que sún de una misma nacion, y
despues entre los ciudadanos de una misma ciudad, entre
los miembros de una misma familia, y entre amigos par-
~iculares, etc. Cuarto, en igualdad de circunstancias se de-
he considerar la necesidad mas o menos urjente de cada


(I) Plutarco inPhoc.




-


(f.7a)
uno. Quinto, finalmente el modo de ejercer la benefi-
cencia realza mucho el valor de los beneficios. como s uce-
Je cuando ejecutamos un beneficio con dilijencia y ale-
gria y con seüales de benevolencia. Sobre esta escelente
virtud hállanse muy bellos preceptos en los escritos de
los filósofos, V entre otros tenemos un tratado de Séneca.


A la liberalidad y beneficencia corresponde natural-
mente el reconocimiento; el cual es aquella virtud pOI' la
que manifiesta con gusto el que ha recibido un beneficio,
que se halla especialmente reconocido, se interesa en to-
do lo que concierne á su bienhechor, busca las ocasiones
de devolvérselo, y cuan Jo se le presentan, le hace to.do el
bien que está eu su mano. Pero demos á conocer la ne-
cesiclad y justicia de este Jeber.


Debemos ohserval' que si nos inclina la misma natUra-
leza al amOl' al prógimo y á procurarle todo el bien posi-
ble, se desarrolla este sentimiento con mucha mayor fuer-
za con respecto á afluellos de quienes hemos recibido algu-
nos beneficios. Siendo absolutamente necesarIos estos sen-
timientos para la felicidad de la sociedad, sin dificultad
reconoce la ra1.ol1 su justicia, y llegan á ser para nosotros
deheres illdispelJsables. Y en efecto, 5i debemos amar á
los hombre y procurar su bienestar, por razonde las re-
laciones de humanidad que hay para ello, ¿con cuanta mas
razon nos imflondrá la ley natural estos deberes con res-
pecto á los que se hau captado nuestra voluntad con sus
beneficios? La misma igualdad natural prueba tambien la ne-
cesidad del reconocimiento. PUl' la misma razon que yo me
creo con derecho á exigir de los ~lernas hombres que me
favorezcan les concedo el derecho uc aspirar a ta itldemni-
zacÍon y correspondencia, y así el qne pretenda eximirse
de la ley del reconocimiento, se hace indigno de los benefi-
cios de los demas hombres.


Lo que es reconocimiento en jurisprudencia natural,
es justicia tu la civil. Y si todo el mundo reconoce la es-
tricta y rigurosa obligacion de esta última, no será dificil
hacer conocer que la obligacion que impone el reconoci-


:




(176)
miento es aun mas fuerte y rigurosa que la que nos impo-
ne la jurisprudencia civil; porque lo que se dá por
favor, vale mucho mas que lo que se cede en vIr-
tud de convencion. Lo que cedemos por este últImo me-
dio, lo cedemos o con el oh.leto de obtener el equivalente,
que prefe,'imos mas (Iue lo que (tamos, como sucede en
las permutas ó compras, o bien con el de sacar el intcl'cs,
como sucede en los préstamos. Asi, de todos modos pro-
curamos nuestra utilidad sin ningun riesgo, porque las le-
yes civile!> gal'autizan lo nuestro por medio de la sancion
temporal que causa toda la impresion posible en los hom-
bres que temen la fuerza. Pero cuando ejercemos la be-
neficencia, damos nuestro crédito, traba.io o tiempo etc.,
por un puro llIovimieuto de afecto, de IlUmanidad Ó de
deber natural, porque toda mira de interes hace per-
der á la beneficencia su valor y naturalcza; nosotros sabe-
mos que la persona á quien concedernos nuestros benefi-
cios solo está obligada al reconocimiento por las leyes na-
tundes, cuya saneion, úllica cosa que dá fuerza á la ley,
no es sensible lJi por consiguiente eficaz. Es pues necesa-
rio ([ue mi belleficencia nazca de una alllla grallde y muy
penetrada de .105 deberes de la hUlllanidad y de su san-
cion. :Y .usi como el que no cumple con los deberes de
la jll~ticja civil, se reputa indigno de la sociedad ciyil, y
es castigado como tal, por los que tieuen ell sn !llallO el
poder coactivo, y la ejecucion de la sancion aneja á tal
cOlltravencion; asi los que faltan á los deberes de la justi-
cia natural ó del reconocimiento, deben reputarse indig-
nos de la sociedad natural y como monstruos de la huma-
nidad.Y a\lnqlle se libren en cste mundo de la pena que
su crímell merece, no lo evitarán ciertamente en el otro en
que les hará conocer el autor de la naturaleza bumalJa y
soberano legislador, que no se han desviado impunemente
de estas eternas é inmutables leyes; leyes cuya obser-
vancia es tanto mas {aeil cuanto qne nos inclina natural-
mente á ella una propcllsioll bastante fllerte; leyes ('uya
fuerza sienten los mismos seres destituitlos de razon, y las




'(177)
bestias mas estúpidas. Por otra parte vá unida al recono-
cimiento tanta satisfaccion, 11ue se :lbandonal'Ía siempre
á él Ulla allllanohle, aun cuando no se le prescribiese.


l)ero aun se (~orlOce mejor la necesidad del reconoci-
miento por su contrario. De;tiérrese del mundo la grati-
tud y se de~te!'rará toda confianza, benevolencia, liberali-
dad y servicio gratuito: ¿qué seria la humanidad eu tal es-
tado? Por eso se nota en todos los hom bres Un horror n a-
tural á los ingratos, pues que no hay vicio que sea detes-
tado con mas generalidad. Esto proviene uo solamente de
considerarse la ingratitud como efecto de una alma muy
baja, sino tambie,; de ([ue este vicio daüa á todos los homv_
bres en general; porrlue como el proceder de los ingra-
tos desanima para egercel' la beneficencia á las personas
benéficas, es una injuria de que todos participan. "Los in-
gratos, dice Ciceron, se atraen el odio de todo el mundo.
C0l110 su modo de proceder desanima á los que Son incli-
nados á la liberaliuad, injuria en cierto modo á todos; de
manera que un ingrato pasa por el enemigo comun de to-
dos los clue necesitan soconos de las personas podero-
sas. (I)J! Con razon dá el nombre de ingrato una idea al-
go mas infame y odiosa que el de injusto; porque al qu e
no es sensible á ks beneficios, ¿qué cosa en el mundo
será capaz de escitar su afecto? "La ingratitud, añade jui-
ciosamente Descartes, es un vicio propio solo de 'los hom-
bres brutales y llenos de pl'esuocion, los cuales piens«ll
fJue son merecedores de todo; ó de los estúpidos que no
l'eflexionan en los beueficios (lue reciben, ó de los pusilá-
nimes y abyectos que conociendo su fl'agilidady necesi-
dad, buscan con hajeza los auxilios de lo\'!, de mas, y ues-
pues que los han recibido, odian á sus bienhechores, por-
que no teniendo voluntad de pagárselos con otros, ó de-
sesperando de poderlo hacer, y creyendo que todo el UlUI1-


(1) De offíe. lib. I1, cap. XVII.




(173)
do es interesado como ellos, y que no se hace bien alguno
sino con esperanza de recompensa, juzgan que los han en-
~añado.» (1)


Se ha pontrovertido si se dehia conceder accion en jus-
ticia contra un ingrato. Antiguamente asi se usaba elltre
los Persas, segun dice Xenofoute, (2) entre los Atenien-
~es (3) Y enh'e algunas otras naciones. Séneca niega que
se deba conceder tal accion y sienta entre otros estas ra-
zones: La Porque se perderia todo (>1 mérito del beneficio
si se pudiera perseguir á un ingrato como se persigne á
un deudor, ó á una persona que se ha obligado en vir-
tud de contrato de arrieudo, porque entonces no hace-
mos un beneficio sino una negociacion. 2. 4 Porque todos
los actos mas nobles y mas laudables cesarian de serlo, si
fuéramos obligados á ellos. 3. 4 Porque no bastarían
tortas los tribunales del mundo para conocer de los pro-
cesos que produjese una ley que diera accion contra los
ingratos. (tI) Yo creo qne puesto que el fin de las leyes
civiles no es hacer á los hombres virtuosos, sino impedir
simplemente las injllsticias mas alarmantes, que turbarian
ell'eposo y seguridad que se han propuesto los hombres
en vista del establecimiento de las sociedades, como lo he-
mos demostrad() arriba, (:rco, repito que nn se elehe dat'
accion en justicia contra los ingratos, por execrable que
$ea este vicio en si mismo y con respecto á la sociedad. Y
~si, son muy convenientes las razones de Séneca, especial-
mente la tercera, porque efectivamente, ademas de que
no habria casi nadie que no se querellase de haber sufri-
do alguna ingratitud, es muy dificil pesar exactamente las
circunstancias que ~umentan ó disminuyen el precio de


(l) De las pa&iones, arto 194.
(2) errop. lib. 1, cap. II.
(3) Valer. Alax. lib. V. cap. III.
(4) De henef. lih. JII, cap. VII.




(179)
un beneficio. Véase sobre esta leccion á BURLAl\IAQur,
tomo IlI, cap. filial; á Barbe)'l'ac, discurso sobre lo que
permiten las ü:;-e.\" y .\lIS bCIlCfi'cios, insertos al fin del
tomo II de los deberes del hombre y del ciudadano.


LECCIO~ XXII.


De las promesas } rOnl'rnclollPS y de la ,fidelidad en
d clllllplimlcllto de la palabnl, tercera ley de la so·
u"abilidad.


Hemos tratado hasta acl'ú de los deberes absolutos
y generales que se dehen llIútnamente los homol'es; pa-
semos ahora á los deberes particulares y cOl1dicionales,
que suponen algun hecho ó algun establecimiento hu-
malla, El primer establecimiellto humaBo que se )JOS
presenta, y cnyo uso es de sUlIla estel1sion, son las
prolllC'sas y convenciones. El vocablo com'cllcloll com-
prende toda clase de promesas, contrato.:-, tratados y
pactos.


Convencion es el consentimiento de dos c) mas per-
sonas, por el fiue se ohligall {\ darse ó hacerse alguna
co"a, El uso de Lis cotlvellcioncs es una cO'nsecuencia
del órden de la sociedad, y el medio mas á propúsilO
para comunicarnos recíprocamente los diversos SOCOITOS
que necesitamos. Es verdad que la ley de la benefi-
cencia obliga á los hombres á prcsLlrse Jl11'¡tuos senicio:.,
cuando tienen necesidad de ellos; pero ademas de fIne
110 todos tienen buen corazon para hacer bien por so-
lo generosidad, sucede tamhien muchas veces que no
s~ hallen en disposicion de dar sin exigir intereses, in-
conveniente que remedian las convenciones. Aclcmas ne-
cesitamos muchas veces cosas de tal naturaleza f{Ue 110




(ISO)
nos atreveriamns á pedirlas á nuestros semejantes como
un favor gratuito. Otras veces tambien, el carácter ó
condicion de algunas personas no les permiten obligar-
se á otros por las cosas que necesitan de ellos, mucho
mas cuando ni aun saben en que pueden series titi-
les.


Así pues, era necesario por muchos conceptos el
uso de las convenciones. I. o Para formar nuevas obli-
gaciones eutre los hombres. 2.. e Para hacer perfectas
muchas obligaciones que no lo eran. 3. o Para estinguir
obligaciones constit'.lidas, como cuando declara un acre-
edor que le ha satisfecho su deudor. 11, o y último, pa-
ra reponer en su fuerza y vigor ohligaciones interrum-·
pidas ó estinguidas enteramente, como sucede con los
tratados de paz, por los que se termina una guerra.


Para que produzcan las convenciones las ventajas
de que acabamos de hablar, es necesario que sean los
hombres fieles en cumplir sus empeños. Es pues una
ley del derecho natural que observe cada uno inviola-
blemente su palabra, ó que cumpla aquello á que se
obligó. Manifiestas son la necesidad y justicia de esta
ley; pues sí se quita de las convellciones la fidelidad,
no habrá ese comercio de sérvicios sohre que versa la
vida humana; se desvanecerá toda confianza, y nos \'e-
remos en la precision de recurril' á la violencia para
hacernos justicia. Prueban tambien la necesidad de es-
te debet' la igualdad natural y la obligacion de no ha-
cer daño á nadie. Finalmente, es de tan urgente ne-
cesidad su práctica para la felicidad de lo,> hombres,
que la obligacíon que de ello resulta es perfecta y ri-
gurosa; de manera, que se puede emplear el temor ó
la autoridad de un superior para conseguir que se eje-
cute.


Las convenciones se pueden dividir en muchas cla-
ses: I. o Hay convenciones obligatorias de una sola
parte, ú obligatorias de las dos 'partes. l,as primeras
(pacta llllilatcralia) son aquellas por las que se obliga




(131)
una persona á hacer alguna cosa á otra, sin que esta
se obligue á cosa alguna, y tales son las promesas gra-
tuitas. Las sf'gundas (pacta b¡latemZ¿a) son :trluellas pOlo
las qu"! se obligan recÍprocameute dos ó mas personas
a hacerse alguna cosa. 2.. o Hay cOl1\'enciolles reales y
convenciones per1onales .. Las reales son las que obligan
á los herederos de los contrayentes: las personales por
el contrario, las qne ~olo obligan á las personas que las
han contraido. 3. o y último, las hay tácitas como mas
adelaute esplicaremos.


No todas las promesas tienen la misma fuerza. Al-
gunas veces soio las hacemos con la mira de manifes-
tar á algulIo nuestra amistad ó henevolcncia; y enton-
ces no es perfecta ni rigurosa la obl igacion en que uos
constituimos; basta que la prometamos sinceramente: y
aquel á quien la hacemos no adquiere por esto un de-
recho perfecto y riguroso, por lo que se llaman ta-
les promesas impelj"ectas. Pero si espresamos mas nues-
tra intencion, esplieándonos de manera que dé un
verdadero derecho á la persona á quien io manifestamos,
entonces se hace perfecta ]a promesa 1 nos obliga en
todo rigor, y tiene el mi~mo efecto que la enagenacion
o traspaso de propiedad; porque es una preparacion, ó
bien para la enagenaeioll de alguna parte de nuestros bie-
nes, ó para una especie de enagenacion de parte de nues-
tra libertad. La primera comprende las promesas de dar,
la segunda las de hacer.


Como la esencia de toda convencion consiste en el
consentimiento de las partes, es necesario cOllocer la
naturaleza y condiciones que debe tener para ql..le sea
verdaderamente obligatoria. Las priucipales son siete:
I.a el uso de la razon; 2..a que se declare suficiente-
mente; 3.a ({ue esté exenta de error; {f. o libre de
dolo; 5.a acompaüada de cierta libertad; 6. a que no
contenga nada contrario á lo que disponen las leyes;


a ' í. que sea reciproca.
Suponen las convenciones el uso de la razon, porque




(132)
siendo estahlecillaq para satisfacer nuestras necesidades,
se supone quc saben los contrayentes lo que hacen, y
que han examinado a'luello á (ll1e se obligan. Por (~so
spn nulas en sí las promesas y com'enLiones de los
niüos, de los imp{¡bel'Os, de los tontos ó insensatos, y
de aquellos á quienes ha privado el vino del uso de
la razono


Es ademas necesario que se conozca recíprocamen-
te el consentimiento de los contrayentes, para lo cual es
pl'eúiso qne haya sido suficientemente declarado. Puede
declararse el consentimiento, ó de un modo forrnal y es-
preso, o de un modo tácito y conjetural. Consentimien-
to formal y espl'eso es el que se declara por los me-
dios ó seüales de que se sirven comunmente los hom-
bres, como, son las palahras, escritos etc. El tácito es
el que se deduce de la misma naturaleza del hecho de
que se trata, y de las circunstancias que le acompaüan,
sin qne se esplique con palabras. Asi es que muchas
,'eces pasa el silencio pUl' uIIa sEüal espresa de consen-
timiento.


La tercera condicion necesaria para el consentimicn.
to es, que el que lo presta tenga los conocimientos
necesarifls del asunto de que se trata, ó que esté exeu-
to de· enor. Hay error en las convenciones, cuando uno
de los contrayentes, ó hien ambos, no conocen el es-
tado de las cosas, ó cuando tal estado es diferente del
(lue s'uponen. En, tales circnn¡;tancias se presume (lue no
se ha consentido aLsoluta SillO condicionalmente, y no
,'erificánJose esta condicion, se puede decir que no se
ha consentido en ella, y por consiguiente que no ha
existido ohtigacion.


Pero es necesario distinguir entre el error esencial y
el accidental. El esencial es el que versa sobre alguIJa
cosa necesaria y esencial á la convencion, ó con res-
}lecto á la mis~a cosa ó á la intencion dc una dc las
jlarLes espres:1da al tiempo de ohligarse. ln accidental es
pOI' el contrario aquel que no tie11e e11 sí mismo, ni




(f85)
.egun la intenelon de los contrayentes ninguna conexion
necesaria con la convencion.


Estos principios nos dau motivo para establecer las
,;iguientes reglas.


1. Cuando se supone alguna cosa en una promesa
gratuita, Lltando la cual no nos hubiéramos detenni-
nado á prometer, es nula la obligacion segun derecho
natural.


n. Con respecto.\ los contratos. si versa el elTor so-
bre alguna circunstnncia necesaria al asunto de que se
trata, es nnla la eonvencion, aun cuando no se hayan
espresauo sobre esto formalmente los contrayentes: pOl'-
que es claro que el (Iue Ee engaña consintió condicio-
nalmente.


JII. Si por el contrario versa el error sobre alguna
cosa accidental á la convencían, no la anulará este er-
rol', á no ser que los contrayentes hubieran convenido
cspresamente en que se anulara en tal caso.


IV. Finalmente, debe tenerse presente que en caso
de duda, es decir, si no se puede conocer con cer-
teza si es el e 1'1'0 l' csenci~l o accidental, no anulará el
error la convencion; porque se presume con fundamento
que toda persona que contrata, conoce la naturaleza del
estado de las cosas, ó que por lo menos debe enterar-
se de ella.


No solamente debe estar el consentimiento libre de
error, sino tambien de dolo. Eutiéndese por dolo toda
clase de engaño, fraude, astucia o disim ulo; en una
palabra, todos aquellos medios por los qne se engaña á
alguno maliciosamente, bien sea directa o indirectamen-
te, positiva ó n<'gati\'amente. Non ruil aulcm conlen-
tus praclor dolum d¡ccrt~, sed adjecit malum; quoniam
Vclcn's dolllllZ bOllum diccbanl, el pro solcltia hoc no-
men accipiebant. (1)


(1) DIGEST., lib. IV. De dolo malo, lego 1. §. 2.




(184)
Acerca de esta materia podemos prescribir las reglas


siguientes:
La En toda convencioo en que hay engaüo de una


parte, hay error de la otra, y error esencial. Así pues,
toda convencían fraudulenta es nula, por contener er-
ror. No obstante, flíndase por lo cOlllun ,í'lieamente la
invalidez de las convenciones en la lllala fé de uno de
los contrayentes, porque ell el fondo hasta est<l razon
para anular un empello. Efectivamente está obligado el
contrayente de mala fé á la reparacÍon del datlO, si
llega á causarse por el contrato, 10 que no siempre se
verifica en el eITOI'.


2. a Si proviene el dolo de un tercero-, y no hay
colucion entre este y el otro contrayente, subsiste la con-
vencion el! toda su fuerza, salvo el derecho que tiene
la parte perjudicada de perseguir al autor del engaño
para obtener la indemnizacion.


3.a Si so\o se l\etermina una oe las partes á pro-
meter ó á tratar pUl' el dolo de la otra, no es obli-
gatoria la promesa ó convencion. Y en efecto, seria un
absmdo imaginar que un engaüo malicioso y criminal
pudiese imponer á otro una obligaGioll en favol' del au-
tor del fraude. Nemo e.x dclicto cond¿t¿olZClll .malll melio-
rern (acere potest, dicen con mucha. razon los juris-
consultos romanos. (1)


4.a Si no interviene dolo en la convencion, aunque
recelásemos que se nos ha eugañado, fundándonos en
la corrupcion general del corazon humano, no por esto
estamos dispensados de cumplir nuestras obligaciones.
De lo contrario no habría ohligacion alguna válida. y
serian lIua simple fórmula todas las convenciones. La
razon de esto es, porque siendo el dolo una especie de


(1) Digest., libro L., titulo XVII. De divo rcg. juro
L. CXXXIV. §, I.




(1m))
delito, jamás debe presumirse que existe mientras no ha-
ya pruehas. DvLwn ex llldids pl'1','picuis probari con-
VCllit. (I)


Finalmente, si despues de haLer contra ido una obli-
gacion con alguno, averiguásemos con toda certeza que
intenta clIgai'¡;¡mos, no tenemos ob!igacion de efectuar
nuestro empellO, [\ menos que nos dé firme seguridad
contra n~estro motivo de desconfianza. Asi lo exige la
seguridad de las convenciones y la del comercio, que
de lo contrario vendria á ser enteramente inútil.


El consentimicllto supone tambien entera libertad; pOLo
consiguiente anulan un contrato el temor ó la violencia.
Dos razones hay para que asi sea: la primera es que
las convenciones dependen de nuestra voluntad, y por
consiguiente no te/lf.!mos obligacion de contraerlas sino
lo creemos conveniente: De donde se dedIH;e, que es
nula una convencion celebrada por fuerza, porqlle el que
por solo salir del aprieto en que se halla dá su consen-
timiento, no tiene intencion séria de obligar~e. La segun-


• da razon se deduce de la incapacidad en que se halla
el autor de la violencia de ad(luirir derecho alguno. ea
virtud de Sil illjusticia. Porque, pl'Ohibiendo la ley.na-
tural formalmellte toda violencia eu las cOllvenciones,¿c()-
1110 seria po~ible que diese derecho para exigir el cum-
plimiento de una convencion que se fundase en una
injuria ó una injusticia?


Pcro cuando contrajimos obligacion con una per-
sona por precavcrllo,> contra el daiio con que un terce-
ro nos amenazaba, y sin que aquella solicitase nuestro
consentimiento, ó sin que hubiese entre csta y el ter-
cero colucion alguna, es v~liuo el empella indudable-
mente. Asi pues, si habiendo sido apresado nno por lo~
piratas, toma dinel'O prestado para su rescate, ó si pro-


(1) L. VI. C. de dolo.




(136)
metiere alguna cosa á alguno para que le escoltase, ó
defendiese de los ladrones; es obli¡;atol'io el empeüo
contraido: porque en tales casos no concurre nada que
haga incapaz á la pers~ona á C{uielJ se le prometió algo
Ó se le pidió la suma IH'estada, de ad<luirir derecbo á
ello, pues aun cuando no hubiera intervenido cOflveneion,
podria pretender legítimamente la paga de la suma que
habia dado, ó el agradecimiento, pOI' haber prevenido
o cortado la desgracia ó el mal que le amenazaba.


l:<'inalmente ¡-,e debe observar lIue las promesas ó con-
venciones contraidas por elTor, sorpresa ó violencia, pue-
den ser á veces válidas, si reco(Jocido el error, Ó HO
existiendo 'JU la violencia, reconoce Ó quiere cumplir la
parte pe,judieada su palabra, renunciando al derecho
que tiene de anular la obligacion. Porque lo que en
su origen era nulo, puede sel· válido por 'un efecto re-
troactivo , si concurre alguna nueva causa capaz de pro-
ducir por sí misma un verdadero derecho.


La sesta condicion necesaria para la validez del Con-
trato es, que no contenga nada contrario á la disposicion
de la ley: porque siendo las leyes la regla de las ac-
ciones humanas y la medida de la libertad, no puede
sel' obligatoria una ~onvencion sino en cuanto se COI1-
tiene en la estcnsion de la libertad que dejan las le-
yes á los hombres. De consiguiente, son nulas por fal-
ta de poder en los contrayentes las convenciones contra-
rias á la ley; y al prohibir el legislador ciertas cosas,
quita el poder o facultad de hacerlas y por consiguien~
te de oLligarse á ellas. Qua: legiblls bonls've moribus re-
pugnant, 12cmincrn (acerc. possc crcr/c/lduTll esto Bien
lejos de que sean obligatorias tales ohligaciones, deben
los que las hubieren contraido arrepentirse de ello, y
no cumplirlas.


Exige tambicn la validez de ¡as convenciones que sea
mútuo y recíproco el consentimiento, puesto que solo
pueden formarse por el acuerdo y conformitlad de la vo-
luntad de muchas personas. Este consentimiento mútuo




(:187)
t's t'lmhíell neces3riu en l/tS promesas gratllit,?s; porque
hasta tanto que no haya aceptacion, permanece la cosa
promelida á disposion del promitenlc. ¡Voll/H;trst liúcra-
útas llolcnti ~/{lr¡lli/'i. lnl'ita fh'llljicill/ll /lO/l datur. Y la
razon es' clara, pOl'llue cuando ofrecemJs nuestro bien
á alguno, no queremos hacérselo tomar por fuerza, ni
menos abandonarlo en aquel momento.


Finalmente, la validez de las convenciones exige ne-
cesariamente flue aquello á (Iue nos obligamos no sea
superior á nuestras fuerzas, y asi lIadie puede obligar-
se á una cosa imposible; esta llJáxima la reconoce todo
el mundo, y cual(luiera que se obliga {\ Un imposible
sabiendo (IUC lo es, no esti seguramente en su entero
juicio, pues qne sahiendo (Iue no puede cumplirlo, fluie-
re sill elllbar¡)o verificarlo.


Si una cosa que 110 era imposible de efectuarse
cuando la prometimos, lleg;a1'3 á ser tal desplles de con-
traer la ohligaeion, sin que huhiera intervenido culpa
del pl'omitellte, es nula la convencion si está íntegra to-
davia la obligacion, mas si alguno de los contrayentes
nos pag!) ya el valor de la cosa., es necesario volverle lo


que dió (1 su equivalente.
Debe 1J0tarse lI111che la restriccion. sill qlle hubiese


intervenido c/llpa de parte del pl'O.'n itcll te , pOl'q ue se-
glln esta regla se deciden la.s cuestiones c¡u!'! se ori¡;illan
con respecto á los rlelUlo/'cs inso!pcntes. en ando se h i-
éieroo insolventes por caso fortuito, y SIt1 iutervenir cui-
pa de su parte, es cruel y búbaro perseguirlos pal'a
el pago. Es cierto flue debeu hacer cuanto esté de su
1>arte para satisfacer á los aCl'eedores; pero la efluidad y
!a humanidad exigen flue den estos tiempo ú sus deu-
dores, para que bU3quen los medios de pagarles. ¿Qué
ráion tall báruara pnddl haher para sumir en un calabo ...
zo á un deudor desgraciado é inocente? ¿Por qué motivo
se le ha de privat' de la libertad, el único bien fjUe le
resta? ¿ Por !j lié se le ha de hacer sufrir la pena de
un culpable, obligándole á arrepenlirse de su proviJad,




(133)
cuando vma tranquilo al ahrigo de su inocencia bajo la
salvaguardia de las leyes, y sin haber ... iolado por culpa
suya las que prescriben la fidelidad en las convencio-
ncs?


Pero si el deudor insolvente se redujo á la imposibi-
lidad de cumplir su palabra y SllS empcllos por su mala
conducta y esccsos, debe ser castig'H.lo sever<llllcnte. A
estos es á los que conviene perfectamente el proverbio
comun que dice, que el que no plledt' pagar COIl Sil
bolsillo, que pague con su persona. Tales deudores deben
ser castig<ldos con la pena que se impone á los monederos
falsos; porque no es mayor crímen falsific<lr un pedazo
de metal acuIl<ldo, que es ulla prenda de las obligacio-
nes de los ciudadanos, que falsificar estas mismas obliga-
cIOnes.


HayempeflOs absolutos y condicionales, es decir que
se contraen ab~olutamente y sin reserva alguna, y otros
cuyo cumplimiento depemlen de algnll acontecimiento;
}Jol·que como es bastante comun en las convenciones que
se prevean acontecimientos que podrian verific<ll' algun
cambio en lo que se trata de proveer, se establece lo que
se ha de hacer si suceden tales casos, lo cual se verifica
1)01' medio de condiciones.


Dividen los juriconsultos las condiciolJes en posibles
y en imposibles, las condiciones imposibles no son pro-
})iamente condiciones. Las posibles se subdividen en ca-
suales ó fortuitas, en arbitrarias y en llli,'L'Ü¿s. Casuales son
afl'lellas cuyo cumplimiento no depende de nosotros sino
del acaso: como si estuviesen concehidas en estos tér-
minos: yo os dare tauto si se hace la paz este allo. Ar·.
bitrarias son aquellas cuyo efecto depende de aquel que
se ohliga á cumplirlas; por ejemplo, yo os dure tanto si
estudias asiduamente en este invierno. 1'listas SOll a1lue-
lIas cuyo cumplimiento depende en parle de la volun-
t.ad de aquel que se obliga, y en parte de la casuali-
dad. Por ejemplo, yo os daré tanto, si os casais con
tal persona.




( :l89)
Son ademas de tres clases las condiciones, segun los


diferentes efectos ({ue pueden tener. Cnas ,tienen por
objeto. el cumplimiento de las convenciones que depen-
de de ellas, como si se dice {{ue se vende, cierta mer-
cancia en el caso de que dicha mercancia se entregue
en un dia determinado, v~. el l. o del mes próxilllo.
Las segundas rcsnelvf'fl las convcnciones, como si ~e
dice que se alcluile tal casa, si llega tal persona, tal dia.
La tercera clase corresponde á las que no cumplen lIi
resuelven las convencioncs, sino (lne solamente las mo-
difican; como si se dijese que si se alquila I~na casa sin
los muebles proHlcLidos, se ha de disminuir, el dquiler
en tanto.


Hay tambien condiciones cspl'csas y las hay táci-
tas ó que 'le sobreentienden. Esprcsas sonar{llCllas que
se esplican en el convenio, como cnando s~ dice, si se
hace ó no tal cosa, si sucede ó no tal cosa. ,Las tácitai
son lasque se comprenden en una convencion, sin es-
presars~ en ella, como si al hace!' la venta de' una he-
l'Cdad dijese el "endedor qlle se resen:a los frutos de 1
aiío; pues esta r('serva encierra la condicioll de que naz-
can frutos, y es lo mismo: que si hubiera dicho que
se reservaba los frutos en el caso de que los hu-
IJiese.


Tambíen nos podemos obligar por medio de un ter-
ceroqlle se llama ¡Jlocarado!'. Podemos encargar,á al-
guno que trate en nuestro nombre, o por llll poder ge-
neral, que le da plena facultad para hacer lo qne juz-
gue mas conveniente a nuestros intereses, ó por un po-
der especial, que reguh espresamente los articulos que
debe 11'atar, y de que mallera debe hacerlo. Procura-
tor autem 'vel Oll7,llillllZ l'erlll7l, ve! ll/ÚllS rei cssc po-
test.


Es necesario atender tambicn á si el poder o'el procu-
rador se estic~Hle hasta la perfecta conclusion de la GOII-
'Vencíon, o si el pi incipal se ha reservado la apwhacion
y ratificacion de esta; y finalmeute es pre('i~o saber si


1,11




(190)
exige el caso que declare el procurador hasta donde se
estiende su poder, sobre todo, cuando es cO;llplicado el
asunto, y si la persona con quien debe tratar el pro-
curadol' ha podido informarse bien del asunto, SIU
ser engaflada.


Estas observaciones nos conducen naturalmente á las
reglas siguientes:


I:a (( El que nombra como es debido un procurador
)Jcon poder gellcral , encargándole que termine las con-
l>venciones, esL{1 obligado á ratificar todo lo que ha he-
»cho su procurador, y son válidas las cOllvcnciolles, cual-
»quiel'a que sea la intencion con que el procurador las
»contraiga, siempre que no baya colllcion entre el procu-
»rador J la persona con quien tiene este encargo de
»tratar.)J He dicho que son válidas cualquiera que sea la
iutencion cbi1 que el procurador las contraiga, porque
suponiendo qne no haya colucion entre las partes con-
tratantes aunque el procurador haga traicioll, á los in;..
tereses de su principal; ¿ por qué no ha de ser válida la
convencion? ¿Seria justo que la persona que ha tra-
tado con el procurador fuese juguete de la perfidia de
este y de la imprudencia de su principal, que confio
sus intereses á una persona cuya 1l1ala índole no co-
nocia?


2.a (Si el principal se ha reservadú el poder de COIl-
),firmar y de ratificar la convencion hecha por su pro-
llcUt'ador. no tendrá vigol' la convencion hasta despues
llde la ratificacion.)) Aqui viene bien aplicar la distin-
cion qúe hacian los romallos entre frcdlls y ,'poTisia.


3,a' "Finalmente si requiere la convencion que ~e se-
»)pa hasta donde alcanza el poder del procurildor, y no
'.'puede saberlo la persona eOIl quien dehe tratar el pl'O-
l.>curador, sino por medio de este ó de Sil principal, y
-descuidaren estos informarle, es v{¡lida la conyencion,
)'aun cuando el procurador se hubiera escedido en los
»límitesde su pode!'.)) POl'ql1e se IweSllllle (itle tenia el


. procurador todo el poder necesal'Ío para tratar; y cOmo




(191)
110 corresponde á la persona con quien trata fijarle 105
límites, 110 está obligada esta por consiguiente á cono-
cerlos, si se le ocultall.


Los signos ó seüales de que nos servimos para de-
notar el consentimiento en las convenciones, son l. o
lü5 gestos ó ac!C'mancs, de los cuales nos ser"imus tal11-
bien en el comercio de la vida, cuando no sabemos la
lengua de los de mas. 2. o El!: idioma que ambas partes
comprenden. 3. o Los testigos á cuya memoria y con-
ciencia apelamos, en el caso de que niegne alguna de
las partes su obligacion. 11, o La escritura en que se
redactan los artículos de la cOIJ"encion. La primera es-
pecie cOlIsistente en seüales es imperfeda; la segunda
es Illuy poco segura, ya porque se pucde olvidar facil-
mente lo (IlIe se ha prometido cumplir ya ponlue haria la
mayor parte de las c01lvenciones inútiles la perfidia de los
hombres. Los testigos son el mejor garante de las convencio-
nes; no obstante no es del todo seguro, puesto que la
5cBuridad de las conveueiones depende de su memoria
y de Sil buena (c; dos cosas que están sujetas tambieu
á cauciono Asi, Jo m;¡.s seguro es r¿dactar los artículos
jel contrato por escrito, y hacerlos firmar por las par-
tes contratantes y por los tEstigos. ~u[Jca serán suficien-
tes las precauciones qUé tomemos para la seguridad de
las obligaciones, y para quitar á las partes contratan-
tes toda ocasiou de negarse reciprocamente lo flue re-
ligiosamente se prometieron. Es verdad que no hacen
las precauciones mucho hONor á la humanitlad; porque
como dice Séneca: Adhibentur ob utraque parte testes:
¡!Le pcr tabulas plurium nomilia illtClpositis pal'ariisfa-
cit ... i O turpelll hornano gcneri fralldis ac nequitire
publiCa? confesionenclll! all111dú nostrú plus quam ani-
mis crcditur.... Eu quid imprimant signa? llC'mpe !le
il/e ncget llccepisse se quod accepit. (1) No ob¡;tante


(1) De hcneliciis, lih. JII. cap. XV.
.
.




(192)
la tranquilidad pública y particular hace necesarias es-
tas atenciones. Prestando un día Perseo dinero á un :lmi-
go suyo, le mandó ll:lccr un recibo formal: sorprendido
ejOte de f[ ue Perseo tomase tales precallciones le dijo:
i Qué! quereis tomar conmigo con todo rigor las pre-
cauciones que exigen las leyes ~ Sí, respontlió Perseo,
para que me \'ol"ais voluntariamente el dillero que os he
prestado, y para no verme obligado á pedíroslo en jus-
ticia. (1) Veáse sobre esta leccion á RrRLA;\,J.\Q"CI, 4. a
part., tomo IV, cap. IV, pago 3 á 93; Pt:FFENlJORF,
lib. IlI, cap. IV, al IX; á DOMAT, leyes civiles, etc.,
primera pal't. lib. 1. tito 1. etc.


LECCION XXIII.


Del uso de la palabra: Que dl'be guardarse 'l'cl'dad tm
Los discursos: Otra It'y de la sociaúilidad.


Despuf's de las convenciones hay otro estahlecimento
humano muy íltil en la sociedad, que es el uso de la pa-
lahra. La palabra es la articulacion de las voces de que se
sirven los hombres para comunicarse sus pensamientos;
10 cual es Sil ohjeto. En efecto, la facultad de la palahra
solo se nos ha dado como un medio muy pronto y cómodo
de comuIl1carnos mutuamente lluestros pensamientos; y
de procurarnos pOl' este medio los socorros, "entajas y
dulzuras tiue nos ofrece la sociedad. De manera (lile,


(1) Plutarch. De 'I'itioso jJlIdorc.




(195)
aunque no tuviéramos otra prueba del destino del hom-
bre en l? sociedad, que la que resulta de la facultad
de la palabra con que está enrirluecido, probari[\ sufi-
cientemente (lue el hombre está destinado á vivir con sus
semejantes.


Es necesario advertir que el establecimiento de la sig-
nificacion de las palabras no se ha hecho por una con-
vencion propiamente dicha, sino por un uso que, con,-
sidel'ado en sí mismo é independientemente de la obli-
gacion en (Iue estamos de descubrir á lus otros lo que
pensamos, siempre <¡ne debemos, nada tiene de obliga-
torio. Así sucede diariamente que un simple particular
inventa lluevas palahras, o dft á las que est:lll )'a re-
cibidas ulla llueva si3nificacion; la que se sigue ó des-
precia por los dcmas en todo o parte, por cierto tiem-
po ó perpetuamente, con una entera libertad .. Esto que
JlO podria hacerse, si el uso de la palabra procedie5e
de alguna convencion obligatoria; porque entonces la
menor alteracion en el. uso recibido y que no se hicie-
ra de COl1lUIl consentimiento, envolveria delito. Lo cua \
uadie se atrcver{t á sostener, pues se halla manifiestamente
refutado por una práctica bastante frecuente á que nadie
se opone, y que sirve al contrario, para hermosear llIara-
villosamente y enriquecer las lenguas.


Para desenvolver, como merece, esta materia que es
una de las mas importantes en la moral, es menester
remontarse á los primeros tiempos, para sacar despues
consecuencias ciertas para la conducta de los hom-
bres.


En primer lugar observamos que si el hombre hu-
biera sido destinado á viVIr aisl<1do, sin tener ningull
comercio ni relacion con los delllas hombres, le hahria
sido enteramente inútil la palabra. Si Dios, por ejelll-
plo, no hubiera criado mas que un solo hombre en
la tierra, este hombre único, jamás hubiera pensado en
inventar un lenguaje. Porque ¿ qué objeto hubiera tClli-
do al hacer esta iuvenciou? Dire mas, jamás habria dcs-




(:194)
cubierto, que la lengua á mas de su primer uso de
servir para la masticacion, pudiese tener otro mucho mas
llOble, cuál es el de espresar sus pensamientos y el de
hablar. Pero destinado por el CriadOl' á vi"ir en socie-
dad, obligado á reculTil' á la asistencia de los demas,
cuando sus fuerzas no bastan para Sil conservílcion Ó Sil
felicidad, preeisado en fin á hacer uso de sus facnlta-
de:;, cuando los otros tengan necesidad de ellas, es cia-
ra que para reportar el hOlllbre de la sociedad todas las
ventajas que el autor de la misma le hahia procllrado,
~. para cumpli:' con los deberes á que estaba obligado
en ella, debia tener el don de la píllahra, cuyu fin
uebe ser el cumplir con los deberes hácia nosotros mis-
mos y hácia el prójimo.


El objeto de la palahra nos concll1ce naturalmente
á conocer el modo como debemos servirnos de ella. POl'-
(}tl.e si se nos ha dado para obtener de los demas los so-
corros que las leyes de nuestra consel'vacion y per--
reccion nos obligan á pedirles y á prestarles cuan-
do tengan necesidad de los nueshos; se sigue eviden-
temente que pecamos contra los principios del Derecho
Natural todas las rcces que hacemos servir la lengua en
nuestro pel:iuici() Ó en el de los dem:¡s .. AI contrario, aDra-
mos conforlllo Ú las leyes divinas, cuando nos servimos
de ella para pedir los socorros cIue efectivamente sa-
bemos ser convenieutes á nuestra conservacion ó pe\'-
feccion , J para dar á nuestros prógimos los que creemos
que les convienen á la suya: pues que es claro que si yo pi-
diera á los otros lo que juzgo que sirve para mi des-
truccion ó imperfcccion; o si les hiciera lo que creo
que se dirije á su destrllccion o desgracia, usaria de
la palabra de un modo enteramente contrario á su
fin.


El uso qne indispensablemente dehemos hacer de la
palabra, nos prohibe dgurosamente el lJl~'llt¿r, es deci¡',
el servirnos de eHa contra las máximas de las leyes na-
turales. Llamo, pues, mentira toda uso de la palabra




(19~)
('ontm,.¡o rí las mtÍ.r:im([s del Derecho Natuml. Si yo
me espreso de diferente modo qlle piensQ, y pOlo eso
me agra vio a ni ¡ III iSlllo Ó á mi progi 1lI0, miento; si
me espreso como pienso, y me llago talllbien perjuicio
á mi mismo Ó [l mi prógimo, miento: porque en am-
h0S casos h<lgo llSO de la palabra contra las máximas
de las leyes naturales. Por ejemplo, si yo descubriese
el camillo (Ille lleva ulla persona á un fnrioso que la
seguía con una pistola ó una espada desnuda en la
m;'no: si re\'Cdase las infidelidades de una l11uger á su
marido que me lo rogaba con inslancia para vengarse. etc.
micnto; (1) porque hago uso de la palabra contra


(r) No podemos convenir en quc se mienta en estos dos
casos: V t'ase como se espresa sobre esta materia AHRENS y
PERRE,\U. Dice el primero «El derccho de veracidad no puc-
de estenderse al sl'utido de fllW cada uno pueda exigir que
tu do lo (lne es vierto se le cOlllunicase por los demas.» "El


LUllllJre nu tinw dcf'('clJO de ('>.igir 'lue otro le diga lo qu e
l,if'lIsa, dice P(,I'!'(';lU, sino en cuanl () por ello resulte el CUlll-
plilllienfo de los mútuos deberes y la rccipl'Ocidad de los bu e-
no~ olicios."


'\05<)tros cre.:mos , qne no es lícito mentir cn Ilingun ca-
so. 1.a lIIentira I'n su esencia cUllsi~le en decir lo coutrario
de lo (lne se siellte. Cuallllo SO!llOS preguntados IJajo cierto
tOllcCpto en el cual 110 sabemos a,/uello que se nos pregunta,
110 faltamos á la venlad, pOrflue lo neguemos. SH>mpre dehe-
mos supont'f en el '1ue pregnnta el deseo de saber aquello
'lue lícitamente puede pregnntar y nosotros responder satisfa-
ci.:ndole. Por cOll'iiguiente, cuanGo sin falta\:' á los debcres de
humanidad () jusI icia, }l0r ejelllplo, revelando un sccrcto 1Ia-
tural, )\0 podemos satisfacerle, guardando religiosamente el
secreto puJemos y debemos contestar diciendo que lo ignora-
mos, b (¡ue no es cierto lo que se supone serlo en la pre-
gunta, porque con efecto no lo es en el sentido en que úni-
camente puede y debe en su caso preguntarse y responderse.
El (Juc iuterroga lo (Iue no deLe obra mal, y la caridad nos




(:l9G)
los deberes de las leyes naturales; igualmente miento,
cuando rehuso la limnsna á un pobre diciéndole que no
tengo dinero, siendo así que llevo lIeuo el bolsillo. Así
pues, no abuso menos de la palabra, y no obro me-
nos contra las máximas del Derecho Natural en los casos
de la primera especie, que en Jos de la segullda.


La verdad moral es, pues, una virtud relativa co-
mo todas las virtudes sociales; y la mentira es un vi-
cio relativo como todos los vicios sociales. En efecto, el
hombl'e solitario, como que no haria uso de la pala-
bra uÍ para su propia consel'vacion, ni para la de 105
uemas, jamás se hahria espuesto {t decir la verdad ni


eflseua á entender en huen sentido las acciones y palabras del
prójimo, y por tanto entendiéndolas como se dehe, sin fal-
tar á la verdad podemos reservar nuestros secretos ó que in-
teresan á otro. El que pregunta cosas que no dehe ni conviene
(pIe las sepa, juzga ndo de Sil institucion como debemos, se
La de decir qne desea saberlas en el concepto de ser licito el
deci das: cuando este concepto no es yerdadero, no es tampoco
faltar á la verdad el negárselas JJajo el miwlO. Ena huella lógica
nos {'nseua que si una proposicion compuesta es falsa en un
estremo y verdadera en todos los demas, puede y debe ne-
garse toda como falsa. Por ejemplo, dice uno ql]e Pedro, An-
tunio y Fri!ncisco, estllvipron tal dia en Cádiz ; los dos últimos
estuviel'on, pero el primero no: aquella proposicion es falsa.
_-\ si pueden rf'ducirse á propn~¡ci()lIes compuestas tudas las pre-
guntas que tienen por objeto averiguar lo que no se debe,
pues suponiendo en el que las hace buena intencion segun el
precepto de la carídad, equivalen todas á esta proposicion ge-
neral: deseo saber y que vd. me (liga tal cosa que sahe, y (lue
puede lícitamente decirme. Esta proposicion tiene dos partes,
11l1a, que se sabe aquello que se pregnllta • y otra que se sabe
de modo que lícitamente puede comunicarse; y como sea falso
este segnndo estremo, aUl1f!lle el primero sea ciertu, es falsa y
dehe negarse toda la proposieiou , ~in ofensa alguna de la ver-
r!;,d; fOl'que con efecto es falso que se sepa cosa que pueda
lícitamente comunicarse.




(197)
la mentira; asi como tampoco sabría ejercer nir)guna
de las virtudes 30ciales, que no pueden ponerse en prác-
tica sino en la sociedad. De aqui podemos deducir que
lo que se llama comunmente verdad moral, no es una
virtud; y lo que se llam'a mentira, tampoco es de su-
yo un vicio: sino que solamente lo son, porque es-
tando el hombre en sociedad no puede proclll'ilrse á sí
mismo nI prestar á los otros los socorros que mantie-
nen la sociedad, sin usar de la palabra con el fin de-
signado por el Autor de la naturaleza, quiero decir, sin
espresarse siempre como piensa. Porque, supongamos
por un momento ó que el hombre solitario tuviese el
uso de la palabra: ó que estando en sociedad tuviese to-
do lo que necesita pal'a ser feliz, el> términos que no
debiese ni pedil' nada á los otros, ni darles nada. En
el primer caso, si el hombre no se espresase como pien-
sa con los demas seres de la tierra, no mentiría pro-
pi amente , segun la idea que hemos dado á esta pala-
bra; y esta aceion seria una accion indiferente, á la
que no podria aplicarse moralidad alguna. En el segun-
do, es decir, cuando tuviese el hombre todo cuanto
necesita para su felicidad, seria absolutamente preciso
suponer una perfeccion mayol' en la naturaleza humana,
con respecto á las fuerzas del espíritu y del cuerpo; y
en tal suposicion nadie seria víctima de los otros, cuan-
do (lO se espre3asen conforme á su modo de pensar;
la perfeccion de su naturaleza haria comprender fácil-
mente á los que los oyeseu , que el que habla de aquel
modo no se ha espresado como piensa; y tomarían Sll
discurso cumo una chanza, que no podria ejercer nin ~
gun efecto desagradable en el espíritu de aquellos á quie-
nes se hubiese dirigido la palabra; asi como cuando se
le dice á algun niüo ó insensato alguna cosa falsa é in-
,,'entada de propósito, en presencia de personas Ílll~stra­
das, no se dice que se falta á la verdad á estas perso-
nas; porquE' comprenden facilmente que el sujeto que habla
á los niños ó insensatos, no se espresa como piensa.




(193)
Concluyamos, pues diciendo, que segun las leyes


n'atul'a les la oh ligacion de ueci l' la verdad. ésto es, uc
cSI1l'esarl1os como pensamos, 110 tiene otro fundamento
que el amo!' de llosotroS mismos y la sociaúiLidad. Lle-
nos de necesi¿ades y débiles por nuestra naturaleza, ro-
deados de mil peligros, no podriamos conservarnos ui
velar por la conservacion ele los del1las, sin socorros re-
cíprocos que solo pueden pedirse y concederse por el
uso de la palabra. Y como todos los hombres ticnen de-
recho á los socorros de los Jemas, touos tienen tambien
derecho á que se le.; diga la verdad, cuando por ella pue-
den obtenerlos. Al contrario, si la veruau pudiere ser.-
les funesta ó impedirles !fue cumpliesen con sus debe-
res; lejos de seto entonces la ve¡,dad 1I10ral un acto tle
virtud, debe considerarse C0l110 nn verdadero delito.


Cuando Abrabam iba á sacrificar á su hijo en la mon-
tilña de Jlfol'Ú'alz, dijo á sus servidores: Queddos ar¡ui, mi
hijo y yo subi,cflws; r cuando hayamos adorado á Dios,
I'olverelllos. Los padres y los intérpretes, 1If) partiendo de
nuestro principio en esta materia, han formado volúmenes
sobre esta pretendida mentira. Abraham no miutió, por-
que hizo uso de la palabra segun las leyes naturales. ~i
hubiera dicho lo que pensaba, sus criados le habrian im-
pedido que hiciese lo (iue se proponia: y aunriue hubiera
salvado á su hijo, no habria cumplido con lo que debia á
Dios: V como en el conflicto de deberes el mas fuerte de-
ba ven~er al que lo es mellaS, Abraha.m hizo, pues, de la
}lalaLra el uso que debía hacer, segun las leyes naturales;
luego no mintió.


Nal'bal, para substraerse á la crueldad del rey de Ty-
ro, aconsejaba á Telémaco que ocultase su verdadcl'a des-
cendencia. "Sostendréis, le decía, que sois de la isla de
Chipre, de la ciudad de Amatonte, hijo de un escultor de
Venus: Yo declararé que he conocido en otro tiempo á
vuestro padre; y tal vez el rey, sin mas examen, os dejará
l)artir. No veo otro medio de salvar vuestra vida y la mia ....
::\0 puedo resolverme a mentir, respondió Tdélllaco: yo




(199)
no soy de la isla de Chipre, y no puedo decir que lo soy ....
Esta mentira, replic,') Narbal, nada tiene que no sea illo-
cente: los mismos dioses no pueden condenarla (deberia
haber dicho que la ordenaban); no hace ningun darlO á
nadie: salva la vida il dos inocentes: y solo engaña al rey
para impedirle perpetrar un gran crimen. Llevais muy al
estrelllo, Telélllaco, el amor de la virtud V el temor de
ofender la relioion. Basta, dijo Telémacu, <fue ]a mentira
sea mentira, para no ser digna de un hombre que habla
en presencia de los, dioses, y que todo lo debe á la verdéld.
El qlle falta á la verdad, ofende á ]os dioses y se ofende
á sí misrllO: porque habla contra su conciencia. Cesad,
Narbal, de propollcrme lo que es indif)l1O de vos y
de mÍ,,,


iHe aqui unas ideas bien estrañas de nuestros deberes!
Es permitido matar á un hombre en presencia de Dios
cuando nos ataca injustamcntf', y no será permitido asegu-
rar nuestra vida, salvando la de nuestro agresor, por me-
dio de una mentira que sin agraviar á nadie, hace un bien
considerable á tres á un mismo tiempo. El que falta á la
verdad, se dice ofelldc á los dioses. El que falta á las le-
yes naturales es quieu ofende á 105 dioses: Y ¿por qué ra-
zon no me determinaría yo á espresarme de diverso modo
qne pienso, para no infringir las leJes mas sagradas de la
naturaleza? La mcntira siempre es mentira: este es un
juego de palabras. La mentira, esto es, el uso de la pala-
bra contra lo quc prescriben las leyes naturales, siempre
es una mentira, esto es, una aceion criminal; nada es mas
cierto. La melltira, esto es, una esprcsion que no está con-
forme con el pensamiento del (lue halJla, dicha con el ob-
jeto de procurarse un bien real á sí mismo y á los demas,
y de impedir que aquel á quien se engalla, cometa un
gran crimen; esta pretendida mentira, lejos de ser una
accion criminal, es al contrario una acejon realmente
virtuosa, porque es conforme á lo que nos debemos
á nosotros mismos y á nuestro prójimo, y es impo-
sible que, cuando cumplimos con nuestros deberes




(200)
hacia nosotros mismos y hacia nuestro projimo, faltemos á
los que debemos á Dios; porque no hay contl'adiccion
real entre nuestros deberes. Las ideas de Telémaco en es-
te pasaje trastornan enteramente el sistema de las leyes
naturales.


¿Será, pues, permitido mentir? Toda la dificultad de
esta cuestion depende de la definicion de la mentira. Si
la definimos segun nuestros principios, todo uso de la pa-
labra contra las leyes naturales; la cuestion viene á ser
esta: ¿Es permitido faltar á las leyes naturales por me-
dio de la palabra? La respuesta es clara. Si la mentira es
toda espresioll diferente de lo que se piensa, como dice
Grocio, todavia diré que es permitido mentir, cualdo Jo
exije lo que nos debemos á nosotros mismos y á los uemas
pOlo derecho natural, porgue el que miente en tai caso, ha-
ce de la palabra el uso que debe haCel" segun las leyes
naturales, es decir, se sirve de la lengua para su propio
hien real y para el de su prójimo; y con tal que obtenga-
mos este fin, ya sea espresánuonos como pensamos, ya ha-
cemos de diferente modo el uso de la palabra gue nos
prescriben las leyes naturales. Finalmente, si definimos la
mentira segun Puffendorf, una eqJl'csion diferente de lo
que se piensa, dicha de propósito deliberado y con in ten-
dOIl de hacer mal y causar pCljuicio á los que nos escu-
chan; la cuestion viene á Sel" esta: ¿Es permitido hacer
daño á los demas? La decision es bien facil.


Véase, pues, facilmeute resuelta esta gran cuestion de
moral. Segun nuestros principios se reduce á una cuestion
de voces. Todos debemos hacer uso ue lluestras facultades
para cumplir con nuestros deberes; pensamientos, pala-
hras, acciones, todo debe dirijirse á un mismo fin; y su
hondad ó malicia moral depende únicamente de este gran
fin. En materia de moral no hay malicia ni bondad abso-
luta; todo es relativo al bien ó mal que los pensamientos,
}lalabras y acciones producen. Asi los golpes dauos á los
niños cuando conviene son un bien para ellos; los que se
dan á UBa persona (¡ue hace uso de su razon, son un mal;




-


(201)
revelar los defectos de una persona á quien puede corre-
jl\'los, es un bien; manifestarlos á los flnc ningun interés
tienen en ello, es un mal; robal' el bien de otro sin ne-
cesidad, es obrar mal; pero tomarlo en uu caso de nece-
sidad, es ohrar bien; porque es obral' segnn el derecho
que nos conceden las leyes uaturales, en consecuencia de
la obligacion que nos imponen de procurar á nuestra con-
sel'vacion. Asi pues espresaruos como pensamos para cum-
pli¡' con nuestl'os deberes, es un bien; si faltamos de es-
te modo á algun deber, es un mal. Definamos, pues, los
términos; elevémonos á los verdaderos principios de las
cosas; y lo .{tle nos parece espinoso y muy embrollado,
se hará muy sencillo y muy fact!. Todos lo~ demas cami-
nos son insuficientes para curarnos de las preocupaciones
dp la ign0rancia; confieso que la que combatimos aqui es
una de las mas fuertes y tambien de las mas peligrosas en
la moral: S. Agustin, uno de los mas grandes genios de la
iglesia, pero tambien uno de los mas ardientes en las con-
troversias que sostenia, sostiene con todo el ardor africa-
no la opinion contraria, y para dar á. conocer hasta donde
le lleva Sil celo.. bastará transcl·ibir aqui tres de sus prin-
cipales máximas. I. a «Que si todo el género humano de-
biera ser esterminado y fuera posible salvarle por una men-
tira, deberia evitarse esta mentira y Jejarle pere-
epI'. 'J.. a Que aUlI cuando diciendo una mentira pudiera
estorbarse que una ó muchas personas pecasen valdría
mas dejarlas pecar, que mentir. 3.a Que aun cuando
mintieudo pudiera impedirse que nuestro prójimo se con-
denase eternamente, valdria mas dejarle perecer, que sal-
varle á espeusas de la verdad:¡) Tales máximas son crtpa-
ces de trastornar todo el edificio de las leyes naturales. (1)


(r) S. A r.UST('f reprueb3 la mentira como debe reproharI;t
todo racional ami;.{o dI' la verdad, y los casos que propone son
JlIas ejemplos ltiperbl'¡jic05 para representar con lUas vivcr.a la




(202)
Pero se dice, facilmf'nle podl elllos hrlcenlOs ilusiones


y tomar el bien aparellte por el real, substituyelldo illlpu-
nellwote la melltira (l la verdad; lo (lile contrihuiria á ha-
cer embusteros á los hombres y á separarlos del camino
de la verdad mora!. Seguramente ese es el cscollo de toda
la moral. Si los hombres pudieran siei.llpre conocer y se-
guir el bien real, Jamás se separarian del verdadero ~allli-
110 de la virtud. Y si se separan en sus pensamientos y
acciones, seducidos por las falsas aparicucias de bienes
imaginarios, ¿qué dificultad habrá en confesar (lue talll-
hien pueden separarse con respecto á las palabras, enga-
iiados por las apariencias de falsos bienes, que las pasio-
nes le>:> presentan corno bienes reales? Por otra parte, ¿de-
berá ocultarse la verdad, por(fuc los hombres ruedan ahu-
sar de ella? ¿Xo son, por \'cntura, iníillitalllcIIte mas fu-
nestas las consecuencias del error, (Iue el abllso que pue-
den hacer los malos de la verdad? Hay muy pucas venla-
des morales de que no se put::de ahusar, cuando nos guian
las pasiones.


¿Es permitido servir;,e de algl1n modo eqlllvoco de ha-
})far? A esto respó'Jdese, que como un discurso el{uívoco
puede tenel· mas de un sentido, si se temiere que alguno


fealdad de la ffi{'ntira, qu(' caso", prácticos y posillL·s. El JlJI.~IIW
BFR.Tu\J\1.\Qur reconoce la 'impIYlihili(lad de ([U e de una verdad
pudiera sl'gnirse la perdicion de todo el gi~lH'rO humano, y esto
que no se ocultó á RGR.J,.'\MAQUI, ni pne;lc ocultarse á nadi{',
no se habia de esconder á la ~liblilllid;Hl de los talentos de San
AGGSTIN. Por lo dem.1s este santo supo1le 1I11a melltira tal que
realmente lo sea, y siéndulo es abominahle, es prohillida, y los
ejemplos que figura cst~n ¡líeu traídus para representer J:¡ (pa/-
dad del enemigo de la verdad. Y hlse la Ilota anterior sol.r!' !a
esencia y naturaleza de la I!1l'ntira, y S(~ conciliar;í facilmente
la doctrina de s. A(~LSl'l~ con las ideas de sociahilidad, de jus-
ticia, de humanidad y amor al prójimo, virtu,lrs que b¡'illaron
en aqnclla ¡;rall lumbrera de la iglesia.




• (20:i)
de los CJup nos oyen, puedan tomarlo en nn sentido qne
les cause finito, será entonces el equivoco ulla mentira cri-
minal; mas sino causase mal á nadie, 110 es vicioso y es
permitido entonces su liSO; siempre (lile por nuestra parte
haya al~una Jl('cp:;idad de hacel' uso de él.


• ¿So~ p(,l'lllitidas las 1'('llrú;c/oIlCS lIlclltales? Las re"tl'ic-
ciolles !1Wilt:t!es oCllltan lo;; verdaderos pensamieutos de
Jos qne ~e sirven de ella~. Si nos servimos de ellas pam
procurarnos un bien real sin ofender al pl't'>jimo, o para
pl'oCUl'ál'sclo á este, sin ofender los derechos de Dios y
Jos uuestros, no ser:1I1 menos permitidas que las espresio-
nes formallllellte coutrarias [1 los pensamientos. Si son
coutrarias á nuestros deberes, serállcrimitlales. Porque eu
el primer caso, la l'cstriccion mental es lllJ uso de la pala-
bra cOllforme ti las leyes naturales: en el último es ente-
ramente contrario. Luego ell el primer caso 110 solamente
estará permitida, sino que aun estamos obligados á servir-
nos de ella; mas en el segundo, nos está rigorosamente
prohibida.


]<'acilmente se ve por lo qne acabamos de decil', que
es pennititlo yaun obligatorio no esp,'esarnos corno pen-
samos COII ios nii,os é insensatos, cuando por este disfr:lz
consultamos {l Sil propio Lien. Del mismo, cllimdo espre-
·sándol1os CO!1l0 pensamos, no podemos conseguit· el ali-
viar á UlI enfermo, se nos prescribe positivame:1te que
le hahlemos contra lIuestro modo de pensar,


Finalmeute, se pregunta ¿ si será permitido á una
persona aellsada de un crimen de que ~s culpahle, ne-
garlo ó eludir las acusaciones con pruebas fabas? Deben
distingllirse dos cosas en cada delito; el ('limen y el da-
iio. La reparacion del daño es indispensable, y puede
cumplirse con este dcber sin ser casti~arlo pOI' las manos
de la justicia j y aun en muchos paises mucho mejor. En
cuanto al crimen, como nadie est'; obligado á acusarse á
sí mismo y á esponei'se á la pena, siempre que no se cause
dalJO á nadie, puede el criminal y aun debe ocultar la
verdad. Digo, siempre que no se cause da/io el nmlie;




(204)
porque si por ejemplo, tuviel'a cómplices el criminal, se-
ria muy peligroso que quedasen impunes; y estaria enton-
ces rigurosamente obligado á confesal' el crimen y á des-
cubrir los complices. Véase sol~re esta leccion á Bur,L.\-
lIIAQL"I, Parto 1., tomo IV, cap, V.


I .. ECCION XXIV.


Del Juramento.


Dando el jUl'amento muchu peso y mucho crédIto á
nuestros discurso, y á todos los actos en que interviene
la palabl'a , exije el orden natural que tratemos aqui de
esta importante materia,


El juramento es un acto por el que para dar mas peso
y crédito á nuestros discursos ó empeños nos sometemos
formalmente á la justa venganza de Dios, en caso de ser
infieles 6 faltar á ellos. Y efectivamente, cuando toma-
mos pOI' testigo á un superior que tiene derecho de im-
ponernos penas, se presume que le rogamos al mismo
tiempo que castigue la pedidia en caso de que incurra-
mos en ella; y este sel' que sabe todo lo que sucede
y que es testigo del delito cometido, es el que le ven-
ga, "Todo jurameuto, dice Plutarco, se reduce á una im-
precaeiol}, contra el perjurio,» Y á la verdad asi nos lo
indican las diferentes fórmulas del juramento que con
mas frecuencia se emplean: por ejemplo: asi Dios lile
ayude; to'no á Dios por testigo; caJ't¿gueme Dios, elc.


En todos tiempos y entre todos los pueblos se ha mi-
rado el juramento comu una cosa muy sauta é in viola-
hle, Los Ejipcios castigaban con pena de muerte á las
perjnros como culpables de dos giandes crímenes: el




• (20a)
uno de violar el respeto debido á la devinidad, y el
atro de faltar á la obligacion mas sagrada entre los hom-
bres. La ley natural nos prescribe que juremos las menos
veces que podamos, (lue lo hagamos con religioso respeto y
que cumplamos inviolablemente aquello á que nos hemos
obligado con j uramellto.


El uso del juramento supone la desconfianza, la infide-
lidad, la ignorancia y la impotencia de los hombres; puesto
que se ha est-ablecido como un remedio áestos males. Y á la
verdad, uo se podia emplear un remedio mas eficaz para oLli-
garnos á decir verdad, o á cumplir nuesh·as palabms , que
el temor del castigo de un Dios que todo lo ve, y que
tudo lo puede, y á cuya justicia estamos sometidos en
caso de falsedad o perfid;a. Así pues, el objeto y el fin
del juramento, de parte del que jura, es dar ma.s ci"édito
á sus discursos, é illspirar confiauza: á los démas, y con
respeto á aquel á cuyo favor se jura, asegurarle' la sin-
ceridad o fidelidad de aquel con quien trata. Siendo esto
asi, es propiamente el juramento, COIl reipecto al comercio
d'l la vida, un medio de que se vale ,la sociedad, y asi
5010 deberá considerarse como un acto <Civil. Es una se-o
guridad que se exige, y cuya fuerza depende'de la im-
presion que causa en el espíritu de l@shom!?res el temor
de la divinidad.


Para conocer bien en que comiste la obligacion y la
forma del juramento, es nece~ario saber en primer lugar
lo que es esencialmente necesario al juramentó, l)ai'a que
sea verdaderamente tal, y para que se pueda decir con· ra-
zon que el qlle lo ha prestado ha jurado. Así 'pues, es de
su esencia, I. o Que siempre se refiera á la (hvinidad:
2.. o Que contenga una sumisioll á la justicia divina,
en caso de falsedad o perfidia.


Ademas, es tambien necesario, para que pueda
presumil'se que el que pronuncia un jnramentn ha jurado
'Verdaderamente: 1 o Que sea conforme á lareligion del
que lo pI'esta: 2. o Que el que jUl'a tenga: uso de 1'3-
~on; 3. o Que tenga verdaderamente intencion de tomal'
l~




(208)
á Dios por testigo. 4. o Y último, que Jure libremente
y no pOl' un inj usto temor. V éanse mas esplicaciones so-
bre esta materia en mi edicion de BGRLAlIUQUI, cuarta
parte, tomo IV, cap. VI, pág. 1M! Y sigo


Si se atiende á la naturaleza y defiuicion del jura-
mento, se conocerá que no produce pOI' su na-
hu'ateza nueva obligacion propia y particular, sino
que solamente se aüade á ella como un vínculo ac-
cesorio, para dar mas fuerza á algun empeño en
que se quiere entrar. En una palabra, no uos obli-
gamos porque jurámos, sino que Juramos por confir-
mar nuestra obligacion. Ademas el juramento solo es un
víuculo accesorio que supone siempre ]a valtdez de la
obligacion á que se aüade, para a5egurar mas n uestl'a
fidelidad á las pel'sollas con quienes nos obligamos; y bas-
ta que no haya vicio alguno que haga nula ó ilicita b
obligacion para estal' seguros de que quiere Dios atesti-
guar el cumplimiento de la promesa, puesto que sabemos
<lue se funda la obligacion de cumplir nuestra palabra
en una máxima evidente de la ley de que es autor.


Sin embargo río debe. deducirse de que no produzca
el juramento una obligacíon, que sea inLÍtil ó supérfluo,
porque aunque los empeuos que se contraen sill juramen-
to sean verdaderamente obligatorios, no obstante todos
los hombres estan persuadidos con razon, que Dios. cas-
tigará con mas severidad á los que ultrajan altamente la
divinidad ,haciéndose culpables del peljurio, que á los
que faltan' simplemente á ~u palabra: lo que es una con-
secuencia del pri.ncipio que acabamos de establecer, que
el juramento 110 cambia la naturaleza del acto á que se
aüade. .


Así pues, por solo la naturaleza de los actos en q II e
hacemos iutervenil' el juramento, debemos juzgar de su
validez ó no validez. Véase lo que digimos eh la leecíon
XXI[, al tratar de la validez de las convenciones.


Acerca del modo de librarse o disper.sarse de la obli-
,aciou del juramento, deberemos establecer csto/ pl'in-




_Si


..


(207)
cipios. 1. o Toda persona cuyas acciones y bienes depen-
den de un superiol' 110 puede disponcl' jamás de ellos con-
tra la autoritJad de este superior, quien por consiguiente
tiena derecho de anular lo que ha hecho COIJtra su vo-
lutado 2. o Un supel'Íor puede poner lími!es si lo cree
conveniente aun á los derechos adquiridos, y con mucha
mas razon á los que estan por adquirir. 3. o El podel'
<let soberano no puede estenderse hailta dispensar d~l cum-
plimiento de un juramento verdaderamente oLligatorio,
que no encierl'a niJlgun vicio, y que liene pOI' objeto una
cosa de que podia dispotlcr á su antojo el que ha jurado.
4. o El que no ejerce autoridad alguna sobre el que ha
jurado, ni sobre la persona á cuyo favor se ha prestado
el juramento, no puede dispensar ó absolver de él.


Dislínguense diversas especies de juramentos segun.
el diferente uso que tienen en la sociedad. Hay jura-
mentos llamados obl igatoriGs, prornisol'ia ; y son aquellos
que se añaden á las promesas y á las conveuciones para
hacerlas mas inviolables. Hay Juramentos afirmativos,
d,sscrtoria, y tales son aquellos por lo~ que se confirma In
que se adel.anta sobre algun hrcho que no está bien averi-
~uado; tal es el juramento de los testigos. Algunas veces
tambien una persona que tiene algull pleito, jura para
tel'minarlo, ó por orden del juez, o por requerimiento
de la otra llarte ,juramentum litis decúorium.


Los juramentos obligatorios esta n muy en uso, y tal
vez mas de lo que convendria, porque las mas veces son
injustos ó temerarios. Para hacerlos debidamente ó ino-
centemente es preciso saber con la mayor certeza que es
permitida o inocente la accion Ú ornision a que nos obli-
gamos; que es una cosa que depende de nosotros, y que
está en nuestras facultades; y finalmente ,es necesari(}
saber si nos' pondrá en algun peligro, aunque sea de po-
'Ca monta, de ofender á Dios y de violar .l)J.l ~ey ,y si hay
necesidad de jura(.


Con respecto á los jllramenlos afirmativos, esto t's,
" los que se hacen para decidir un pleito acerca del


:




(208)
(~ual no hay otras pruebas Con que poder tcrmillule, el
<lue jUl'a es, o la persona interesada ó un tercero. Los que
certifican con juramento U!la acciotl de otro se lIal1Jan
testigos, y su deposicion es justamente de mucho peso
cuando no contiene nada que la haga sospechosa, porque
no se puede presumir legítimamente que quiera un hom-
brede bien y temeroso de Dios esponerse á la \'enganza
divina por interés de otro. No obstante, las leyes natura-
les han establecido con suma prudencia que se reciba con
mucha circunspecciqn el testimonio de un hombre sobre
un asunto flue interese á otra persoua con quien le unan
estrechDs lazos, pOI'que puede suceder con facilidad que
venza la amistad á la conciencía (1). No siu fundamento
querian los antiguos romanos que los testigo~ fueran ri-
cos, especialmente si se trataba de un negocio de gran-
de importancia (2.).


Finalmente la tercera especie de juramento se haee
o por convencion entre las partes, 'O por orden del juez C~).
Porque cuando litigan dos personas sobre alguna cosa que
una de eTlas pretende que se 'le d6bc, y no hay pruebas
suficientes para averiguarlo puede Cldemandante deferir
el juramento á la pal'te contraria, prometicnno desistir de
sus pretensíones. si esta jura que no 'le debe nada. Y si el
demandado conoce que no puede juraren conciencia, co-
rno por ejemplo, si se trata de una deuda de otro de que
es él efectivamente responsable, y que sea real, puede
riferir el juramento, prometiendo satisfacel' la deuda si
el demandante jura que se le debe. (4).


(1) Digest. lih~ XXII, tít. V. De teItibuI, lego IIl.
(2) Ibid.
(3) Di'gest. lib. XII, tít. JI. De jure,iurando. Véase tambien


á Domat, primera parte, lib. DI, tito VI, seco VI.
(4) Digf>st. ¡bid, leg. XXXIV, § G, ': Y siguiente, y lego


XX.XYIII.




(209)
I.Ja pereza o ignorancia de los jueces es causa del


grande abuso que se hace eH el dia de esta tercera espe-
cie de juramento en los tribulIales de justicia. Si las prue-
bas que se llaman rigurosas o plenas no son evidentes,
defieren ó permiten los jueces con suma ligereza que una
de las partes defiera el juramento á la otra: y las perso-
nas que estan bien penetradas de la religiosidad del ju-
rameuto , y que no osando recurrir á él sino en el último
estremo, son por lo regular víctimas de la ignorancia y
de la pereza de los jueces que podrían descubrir la ver-
dad muy facilmente , por medio de un profundo examen
de las pruebas plenas y aun de las no plenas de que nos
permiten usar las leyes en casos de poca importancia,
y empicando en ello un poco de sentido comun. Pel'O co-
mo vell que es el juramento una via mas sencilla, que
no exige aplicacion ni trabajo, la prefieren á las dernas,
y asi el que no tiene reparo en perjurar está seguro de
ganar los peores pleitos. ¡Jm isprudencia -horrible de cuya
existencia jamás me hubiera podido persuadir, si yo mis-
mo no hubiera sido víctima de ella! Mis razones hubie-
ran convencido á los jueces mas estllpidos; pero defi-
riéudome mi parte contraria el juramento no bien se
presentó en juicio, y viendo los jueces la facilidad que
mi parte les ofrecia de terminar la querella, me obliga-
ron al juramento. Yo tuve horror de jurar por una vaga-
tela, no obstante la verdad y evidencia de mi causa, y
referí el juramento, y mostrándose pronto mi contrario á
efectuarlo, fuÍ condenado. Necesario es confesar que es
esta una manera muy faci! de despachar pleitos.


Los deberes del hombre con respecto al jm'amenlo
son: l. o que no se preste sino con grau circunspec-
cion y particulal' atencion á la santidad de este acto 'f
~l respeto que exige; 2. o que jamás se debe jurar te-
merariamente y sin gran necesidad; porque el juramen-
to es el vinculo mas sagrado y respetable; solo se de-
be recurril' a él en asuntos de suma importancia o en
Ca!iO de necesiJad. 3. o Con mucha mas razon condena




(210)
la ley natl1l'al el mal uso que hacen muchos del jura-
mento, haciéndole intervenir á cada paso en las con-
venciones ordinarias; 4. o los príncipes espccialmeute
IlO deben usar del juramento, porque en Pl'imer lu-
~al', no hay nadie que tenga mas interés que ellos en
{Iue se mire su palabra como sagrada é inviolable; y
en segundo, desdice mucho de su car{lctcr y elevacion
hacer cosa alguna que suponga en ellos sospechas de
fraudes, falsedad y perfidia; 5. o solo se debe jural' por
el nombre de Dios; G. o cuando se jura se debe de-
cir illviolablemente la verdad, y tambien cumplir las pro-
mesas y convenciones hechas con juramento; 7. o final-
mente no se debe abusar del juramento para intimi-
dar á las conciencias débiles v timoratas. Véase sobro
esta leccion á DOMAT, leyes ~iviles, etc. l. a part., Ii-
lJro III, tito VI, sect. 6. á PUFENDOl\.FIO, Derecho na-
tural y de gentes, lib. IV, cap. 11.


LECCION XXV.


Del llereclw de los hombres d los bienes de la tier-
ra, y del origen y naturaleza de la. pro-


piedad.


Nadie puede negar al hombre el derecho natural de
proveer á su conservación; este primel' derecho no es
en sí mas que el resultado de un deber que se le im-
pone sopena dealgun dolor ó de la muerte. Sin él sc-
l'Ül sucondi'cion peal' que la de los animalas; puesto
que estos tienen un dCrecho semeJante. Y así es evi-
dente (lue el derechó de proveer á' su conservacion C'OIll'-




(211)
prende el derecho de ndquirir, por sus investigaciones
y trabajos, las cosas útiles á su existencia, y el de
conservarlas despues de adquiridas. Es tambien. eviden-
te que este segundo derecho no es mas que una rama
del primero; porque no puede decirse que se ha ad-
quirido lo que no se tiene derecho de conservarlo; asi
es que el derecho de adquirir y el derecho de propie-
dad no forman mas que un mismo y solo derecho, pe-
ro considerado en diferentes tiempo~.


Asi pues, el hombre tiene por la misma naturale-
za la propiedad esclllsiva de lo que ha adquirido para
su conservacion, por medio de sus investigaciones y tra-
bajos. He dicho la propiedad esclusil'a, porque sino fue-
se tal, no seria un derecho de propiedad. Si cada hom-
bre no poseyese lo que necesita para su cOllservacion,
con esclusiün de todos los demas hombres, seria pre-
ciso que tuviesen todos los hombres un derecho seme-
jante al suyo á estos bienes, en cuyo caso no se po-
dria decil' que un hombre tiene un derecho natural á
proveer á su conservacion, puesto que cuando qusie-
ra usa!' de tal derecho, tendrian tambien los demas el
derecílO de impedírselo, ysel'ia uulo su pretendido de-
recho; porque un derecho deja de serlo cuando los
de mas hombres nos quitan la libertad de disfrutarlo.


Ejercen los hombres este derecho o sobre los ve-
getales ó sobre los animales. Acerca de los vegetales y
de las demas cosas destituidas de sentimiento, no se
ofrece dificultad alguna, pues que pueden los homhres
<lispanel' de ellas á su placer, porque ademas de que
la mayor parte de estas cosas no hubieran nacido sin
el trabajo é industria de los hombres, no tendl'Íamos
la menor razon para pensar que al consumirlas se les
causa ningun dolor o perjuicio: y por otra parte siem-
I)re hubieran sido destruidas.ó pOl' las bestias, ó á cau-
.sa de la vuelta de la estacion poco favorable para la
conservacion de los vegetales. Agreguemos á esto, que
(ualldo los frutos de ]a tierra han llegado á su madu-




(212)
rez, perecen por sí mismos, y que por consiguient~, si
nadie se hubiese aprovechado de ellos, lo~ hub;era pro-
ducido b naturaleza im.'itilmcute.


Pero con respecto á los animales que son sel'es do-
tados de sentimiento, y á los cuales se causa dolo!."
cuando se les mata, parece á primera vista que es al-
go cruel el efectuarlo. No obstante si la cusa se exami-
na mas de cerca, facilmelltc se reconocerá que puede
matar el hombre inocentemente á los animales, y ser-
"irse de ellos para su uso. Porque es cierto, que si no
se matase animal alguno se multiplicarian hasta tal pun-
to, que su número llegaría á ser funesto á los hom-
bres, ya con respecto á sus personas, ya con respec-
to á los frutos de la ticrra, como puede verSE! ,por la
esperiencia. V éase el Exod. XXIH, v. 29. Deut. VII,
v. 2~. Gas~ndi, Sint. Ph. Epic. 3.~ part., cap. XXVII,


. Eurlamaqui, tomo IV, pr.g. I~)I Y siguientes.
Pero aunque pueda el hombre matar inocentemen-


te y conforme á las miras de Dios, á los animales y
servirse de ellos, debe guardar no obstante en esto al-
gunas consideraciones necesarias. En primer lugar debe-
mos usar de este derecho que tenemos sobre los ani-
males con prudente moderacion dentro ele los ¡imites de
nuestras necesidades y por medios racionales, evitando to-
da especie de crueldad. Porque no hay duda que es
muy vituperable el abuso del poder que sobre las bes-
tias tenemos, y principalmente si se halla acompañado
de una cru~ldad sin fundamento ni razon alguna. Esto
parece que quiso decit' l\Ltrco Antonio en este bello pa-
sage de su¡; reflexioucs. (1) «Sírvete de todos los animales,
lly en general de todas las demas cosas; pero que sea
»noble y libremente, como debe servirse un ser que tic-
,ne razon de las cosas que no la tienen. 1\'las en cuan':'


(1) Lib. VI. Cap. XXIII.




(213)
>.lto ~ los hombres, sírvete de ellos segun las leyes de la
¡)sociedad, como dcbemos servirnos de los seres racionales.»)
Esta moderacion es tanto mas necesaria cuanto que en
todos tiempos se ha observado que el placer cruel de
maltratar y de atormentar á los animales sin necesidad,
acostumbra insensiblemente á los hombres á la crueldad
hácia sus semejantes. Los discípulos de Pitú30ras, tra-
tando con dulzura á las bestias se acostumbraban á amal'
á los hombres, y á mallifestarles sentimientos compa-
sivos. (1)


Debe cuidarse principalmente de no ejercer el de-
recho que tenemos sobre los animales de modo que re-
dunde en perjuicio de los demas hombres. Y así, es
pl'ocedC'r con suma injusticia talar los campos y frutos
de la tierra para cazar con mas comodidad; porque in-
teresa á las sociedades civi les que uo usen mal de sus
bienes los ciudadanos: asimismo cuando se matan las
bestias sin la menOl' necesidad y por puro capricho. se
perjudica en cierto modo á toda la sociedad humana,
y se ultraja al mismo ticmpo al Criador, á cuya libe-
ralidad somos deudores de un fnvnr tan considerable co-
mo es el derecho que tenemos sobre las demas criatu-
ras.


De dos maneras puede usar ('1 hombre del derecho
que tiene :í servirse de los bienes de la tierra, ó atri-


o buyéndose para sí solo una cosa, con esclusion de otro
alguno, o de modo 'que puedan servir~e de ella los
dernas juntamente con él: de donde se derivan la pro-
piedad y comunidad. l,a propiedad es un derecho en
virtud del cual nos pertenece una cosa de tal manera
que podemos servirnos y disponer de ella como mejor
nos parezca, y con esclusion de todos los de mas. La


(1) Véase á Porphyl'. ~e ahstiuentia, lib, IlI, cap xx..




(~ 1.4)
comunidad es el derecho por el cual pertenece una ('0-
:;a i;;nalmcnte á muchos y cen esclnsion de todos los
demns. Algunas veces se toma la palaura comunidad por
el derecho primitivo é indeterminado que tienen todos
los hombres originm'jamente para servirse de los bienes
cIuC les presenta la tierra, y de <{ne nadie se ha apo-
derado. De estos di[el'entLs derechos viene la elistincion
que hacen los jurisconsultos ele las cosas que son obje-
to suyo, en pl'Opia<;, comunes y de ningulJo, pero que
pueden pertenecel' al pl'iIlH>" ocupante.


Para comprender el ol'ijen de la propiedad, se dehe
observar, que en un principio existia entre los hombres
una especie de sociedad universal y tácita, en la que cada
uno tenia deberes y derechos esenciales. Esta sociedad pri-
mitiva existia por el solo conocimiento de la necesidacl
que tenían los hombl'es unos de otros, y de la necesidad
en que se hallaban de imponerse deberes reciprocos para
asegurarse derechos recíprocos que interesaban á su e~is­
tencia. Llegando los hombres á muILiplicarse en este pri-
mer estado, en breve Ilegaroll {¡ ser insuficientes las pro-
ducciones gratuitas y espont{weas de la tierra, y se vieron
obligados á hacerse labradores. Entonces fue necesaria la
division de las tierras, para que conociese cada uno la
porcion fIue debia C\lltÍ\'ar. De la necesidad del cultivo,
}'esultó la necesid:Id de la reparticion de las tierras, la de
la in3titucion de la propie~ad territorial, todo lo cual pro-
dujo la division de la sociedad universal en muchas socie-
dades particulares y convencionales.


Generalmente, antes de poderse cultivar una tit>rra ne-
cesita desmontarse, y prepararla por una multitud de tra-
bajos y gastos diversos que se siguen siempre á los des-
montes; es necesario finalmente, que se concluyan Jos
edificios necesarios para la esplotacion, y pOI' consiguiente
que cada cultivador adelante á la tierra riquezas cuya pro-
l)iedad tiene. Asi pues, como estas riquezas incorporadas
en la tierra, no pueden separarse de ella, es claro que
nadie puede resolverse á hacer estos gastos sino con la




(210)
condicion de ser propietario de dichas tierras, pl~es no
siendo asi, perdería la propiedad de las cosas gastadas. Es-
ta condicion ha sido tanto mas justa en el orijen de las
sociedades particulares, cuanto que carecian las tierras tle
'Valor y de precio antes que dichos gastos las hubiesen he-
cho susceptibles de cultura.


Cuando una persona se aplicaba á cultivar una por-
cion de terreno, se presumia que queria aprovecharse de
sus productos, la mayor parte de los cuales se debian so-
lo á su trabajo. El silencio de los demas se consideraba
como una tácita aprobacion; porque toda propiedad exigia
necesariamente una c0nvencioll es presa ó t{¡cita entre el
llllevo propietario y las demas personas, que por una con-
secuencia necesaria de la comunidad primitiva tenian de-
recho á las producciones espontáneas del terreno que
habia pasado á ser propiedad del cultivador.


Se ve pues, pOl' lo que acabamos de decir, que los
que nos dan por fundamento de la propiedad la toma de
}wsesioR no se remontan á su verdatlero orijen. Y en
efecto, mientras subsistia la convencion de cosas, nadie
podia apoderarse de un bien que pertenecia á los demas
lo mismo que á él ¿Y qué derecho hubiera tenido para
impedil' á cualquiera, que fuese á cojer en él lo necesario
para su subsistencia? En el dia anterior gozaba este des-
dichado del derecho que le habia concedido el Criador,
derecho que nadie le podia disputar; y al siguiente se veia
privado de él ¿y por qué? Porque hahia tomado uno pose-
sion de la cosa, se responde; es decil', porque se habia
apodel'ado otro de ella. Asi pues. lo mismo es decil' que
se adquiere el derecho de propiedad de una cosa, porque
se la ocupa, que decir que se adquiere el derecho de una
cosa apoderándose de ella. Responder que nos apodera-
mos de ella porque lIO es de nadie, es no hacer caso de la
comunidad primitiva. Es cierto que en esta comunidad na
pertenecian á nadie en particular los fondos, pero perte-
llecia el usufructo á aquellos á quienes se quiere privar
de su goce y á los que de él se apoderan. Asi pues, en




(218)
cuanto uno se apI'ovecha del fondo priva del usufruto á
los delnas, lo que necesariamente exije una convencion es-
presa ó tácita de los de mas.


Finalmente, es menestel' confesar que sino hay nadie
que se oponga á la propiedad de un foudo. la simple toma
de posesion puede dar derecho á la propiedad; pOl'flue
por lo mismo que no habria nadie que se opusiese á ello,
se sigue claramente de aqui que nadie necesitaba del bicIl
ocupado, y que cl ({ue se apodera de él puede oprovechar-
se esclusivamente de su sustancia, sobre todo <;i lo cul-
tiva y lo disfruta pOI' cierto tiempo sin oposicion alguna;
pues que en este caso le aseguran plenamente su derecho
el consentimiento tácito de la sociedad universal y la pres-
cripcion. Pero cuando buscamos el origen y fundamento
de la propiedad, no debemos suponer á un hombre aisla-
do, sino viviendo con los demas hombres ell sociedad na-
tUl'al y usando de los bienes de la tierra en comun. He
~ dicho que el origen de I a sociedad es la necesidad que ha-


hia de la cultura. de las tierras, cuando se multiplicaba el
génerq humano basta el punto de no poder subsistir C011
sus pl'Odu.cciones esponÜneas, y que los primeros cultiva-
dores necesitaron del consentimiento espreso ó tácito de
los de mas para emprender la cultura de las lierras que
debia adquirirles su propiedad. Sin este consentimiento
espreso ó tácito, todo ocupan te hubiera sido un usurpa-
tlOI', porque hubiera obrado contra la intencion de Dios
y pOI' consiguiente injustamente. Véase solJre esta cucstion
á BnRLA1\IAQ{iI, tomo IV, pág. 209 Y siguientes.


Para que sea una cosa susceptible de propiedad es ne-
cesario l. o que se pueda poseer por su naturaleza de
alguna manera; porque el objeto de la propiedad consis-
te en la posesiono 2. o Que sea susceptible de dominio
y que se pueda guardar, porque de lo contrario todas
las pretensiones que acer~a de ella se qui.sieran tener serian
inlÍtiles. PUFFENDonno exige ademas de esto otras dol'l
condiciones; la primera es, que las cosas cuya propiedad
fe quiere adquirir sean de al¡;un uso; la segunda, que no




· (217)
~~an de mi uso inagotable; porque seria un placer muy
('rue) apropiarnos una cosa que nos era inutil y que podia
ser util á los demas, y tambien apoderarn0s de ella t:m
solamente por tenerla, no pudiendo dar otra respu.esta al
que nos la pidiese para sí en el establecimiento de la so-
ciedad, y que nos hiciese cargo de que nos era á nosotros
inutil y á los tIemas ventajosa, que esta respuesta: ¿qué os
importa, si 'yo quiero [cllola? «A esto aflUde, Barbeyrac,
no hay réplica (1): pero yo creo que se la dan suficiente los
deberes de la humanidad. Véase á BLr.LA:l\IAQUI, tomo IV,
}lág. 229 Y siguientes.


Resta aun que examinal" otra cuestion, á saber, si el
establecimiento de la propiedad de los bienes es ventajo-
so al género humano, ó si hubiera sido mejor para los
hombres, permanecer en la comunidad primiti\'a. Yo creo
que desde la multiplicacion del génel'O humano, era ab-
solutamente necesaria á la felicidad de los particulares el
establecimiento de la propiedad de los bienes, y tambien
para el reposo y tranfluilidad pública; 1. o porque
)a comunidad universal de bienes que se hubiere podido
"erifical' entre hombres perfectamente equitativos y libres
de toda pasion (lesarreglada, sería injusta, quimérica, y
llena de inconVenientes entre hombres tales como SOllo
2. o Hallán<.lose obligado cada uno, en una comunion de
todas las cosas,á llevar á la masa comun todos los frutos
de su industria y de su traba.io, habria continuas dispu-
tas sobbre la igualdad <.lel trabajo, y sobre lo qué cada
cual consumiera. 3. o Si cada uno pudiese encontraren
el fondo comun lo que necesita para su subsistencia, la
mayor parte de los hombres se entregarian á la pereza y á
la ociosidad, contando con el trabajo de otro, y asi lIe'-
gal'Ía á faltar muy pronto lo útil y lo necesario. ti. o Si to-
do fuese comun no habría necesidades, y no habiendo


(r) Notll 1 ~obre Pnfendorfio, lib. lY, cap. V. § 1.




(218)
necesidades no habria alJes, ciencias, ni mvenciones.
5. o Suponiendo pOI' el contrario la proriedad, cada
uno cuida de lo que le perteuece, todos se eseitan á tra-
bajar, y lAS ventajas que saca cada cual de su aplicacion
é indústria dan lIacimiento á las artes, á las ciencias; á las
invenciones mas útiles y mas cómodas. G. o Final,uente,
pl'Odul~iendo la comunidad igualdad de posesioues y de ri-
quezas, establece tambien eutera igualdad en las condicio-
nes; y esto de.3terral'ia toda subordinaciou, reduciría á los
hombres á servirse á si mismos, y á no poder socorrerse
mutuamente. Asi se agotaría el principal manantial del
comercio mutuo de oficios y servicios, y se hallarian los
hombres en tal independencia unos de otros que casi no
existida ya sociedad entre ellos.


Pero aun produce la sociedad otra ventaja mayor; la
de ponernos en disposicion de satisfacer los mas nobles
afectos del alma; porque si fuesen comunes los bienes
de fortuna ¿habria ocas ion de manifestar la generosidad,
la beneficencia y la caridad? N o siendo asi y careciendo
los principios nobles de objetos sobre que poderse ejer-
cer, pe,'manecerian eternamente en la inaccion. ¿Qué se··
ria el hombre sin ellos? Una vil criatura, que se dis-
tiuguiria de los brutos por su configuracion esterior, es
cierto; pero que tendria una naturaleza muy poco su-
perior á la de los mismos b,'utos. Alguna vez podrían
teneL' lugar el reconocimiento y la compasion; pero en
el estado presente de las cosas tienen mucha mayor
actividad estos sentimientos. Los principios del hombre
están adaptados con infinita sabiduria á las circunslau-
cias estel'ÍOl'es de su condicion, y estos principios reu-
nidos fOL'lllan una constitucion regular en que reina la
armonia pOL' todas sus partes.


Nada es mas conforme, pues, á la recta razan, y
por consiguiente al derecho natural, que el establecimien-
to de la propiedad de bienes, pues que sin esto hu-
biera sido impo5ible que viviesen los hombres en una so-
ciedad pacífica, cómoda y agradable,




(219)
A pesar de todas estas razones, han querido intl'O-


ducir la comunion de los bienes Platon, Tomas l\'Iorus
y Tomas Campanella; por'Iue es facil imaginarsc á los
hombres perfectos, y la dificultad solo está en encontra¡'-
los tales, POI' mas quc se diga que el mio y tuyo son
la causa Je todas las guerras, es cierto por el contra-
rio, que el UllO y tuxo han sido introducidos para evi-
tar cuestiones; y por esto llama el mismo Platon á la
piedra que marca los límites del campo, una cosa sa-
grada que separa la amúlad de la ellemistad .. ( 1) Lo
que da motivo á illfi~lidad de disputas y divisiones es
la avaricia y avidez de los hombres que les arrastra á
traspasar sin reparo los limites del mio y del tuyo re-
gulados Ó pOI' couvenciones particulares Ó pOI" leyes. Véa-


b l ·, B a I,r se so re esta ec:clOn a ljRLA"IAQrI, 1,. par. tomo ,
cap. VII y VIII; á Pufendorfio, lib. IV, cap. IlI, IV
Y V; á Locke, Gobiemo civil cap. IV, edicioll de Ams-
terdam, 1755, etc.


J .. ECCION XXVI.


De los diferentes modos de adquirir la projJl'edad de
los bienes, testamento, sllcesion ab-intestato, pres..,
apcion, etc.


Los modos de adquirir la propiedad de los bienes
no son otl"a cúsa que los difel'etltes actos por' medio
de los cuales adquirimos la propiedad de las cosas,· en
virtud de alguna ley natural ó civil. Divídense de va-


(1) De le~. lib. VIII.




(220)
rias maneras. Unos son O1;ginarios y prÍlmüpos, otros
derivados. Los primeros son aquellos por los que se
adquiere la propiedad de ulla cosa que no era de nadie;
los otros son aquellos que trasmiten de una persona á
otra la propiedad ya establecida.


Hay modos de adquirir pl'incipales por t los que ad-
quirimo~ la propiedad dci fondo y de la misma sustan-
cia de las cosas, y modos accesorios por lo:; que ad-
quirimos un simple aumento sobrevenido á una cosa
que .ya nos pertenecia.


Finalmente hay modos de adquil'il' lIatul'ales y ciyi-
les. La adquisicion natul'al es aquella que se verifica en
"irtud del del'echo natural, ó por sola voluntad del ad-
quil'ente, con respecto á las cosas que no pertenecen á
nadie, (, por solo consentimiento natul'al del !lile trans-
fiere la pl'Opiedad y del que la adquiere, con respec-
to á cosas que ya pertencen á alguno. La adquisicion
civil es al contrario la que se hace en virtud de algn-
na ley civil, es decir que tl'ansfiere la propiedad sin
consentimiento particular del propietario, ó que exige
algo mas que el simple consentimiento de las parles. Es-
ta di v ision la e ncontramos en las institu tas, qu e dicen:
Quarundam enim rcrum domillia nallcúcimur jure na-
turali ... quarundam jure ei!'ili. (1)


Hemos observado en la leccion anterior que, juzgan-
do cpnveniente los hombres abolir la comunidad primi-
tiva, convinieron en asignar á cada uno una parte de
lo que antes estaba en comun, distribucion que se hizo
Ó pUl' autoridad de los padres de familia, ó por conve-
nio, ó por suerte, dando la eleccion de lo que se ha-
hia de. partir. Todas fas demas cosas que no entraron
en esta primera particion se dejaron al goce libre y C(l-


(r) Tust. lib. II; tito 1, § I.




(221)
mun 6 abandonadas al primer ocupante; "es: d;ecir, al
que S;t' apoderase de ellas, antes que Jos delllas,~ ,Es pues
necesario tener presente q.ue, no pútene<;ian ~,nadie los
bienes de la tierra de que JlaJie se bahía apoqerado des-
pues de esta particíon, y, a.-;i se juzgaba que poseisn co-
mo ,propias toJos los homI,H',es qUé entouces existian, las
tielT,ls necesarias para su subsistencia, lo., que, es muy
difel'ellte tle Jos bieues dejaJos en la comunion pl'imi-
tiva, que siendo de todos:, todos tenian derecho á ellos,
sin que ,nadie pudiese apoderarse de la parte mas mí-
11ima, s,in consentimienlo de los demas.


De donde se ve lo {¡ue se entiende por cnsas que
no son de nadie; son estas, las que desp'ugs: de la in-
troduccioll de la propiedad lJan sido ahand.ónadas o: de-
jadasal goce cOlllun ha,s.ta qu~ las poseyese" una per-
sona flue tuviera uecesidU,d de ellas. El derecHo de jJll-
ma 'Qcupante se funda y, saca toda sil fuerza del con-
s.eutill1i'~Jrlo tácito de los demas hombres, que.: :(lej.ando
abandonadas ciertas partes de la tierra, consintieron pOlo
lo mismo en <lue perteneciesen á los que despues dc
ellos 11 egáran y las neccsi tasen. J\' o e~c1u }:cvel dl':l'ceho
de primer ocupante el tácito consentimiento. ,de los pl'i-,
meros propietarios que apropiándose lo que le.s couve~
uia renunciaron al derecho sobre 'lo demas ~ ,en favor
de los que, no encontrándose en la primera diYi,sion,
pudies~n necesitar de ello posteriormente.


POI'.la oClipacion se ~dquierell ó las cO,Saamllebles
Ó las inmu,eb,les. Inmuebles son todas las ,fIue no se
}lUeden transportal' de un lugar á otro si,n destruir1a~
como las diferentes partes de la superficie de la tier-
ra ,las plazas o solares de los edificios, los bosques, pra-
dos, campos, viüas y todo lo adherente á, la supcl'fici.e
de la tierra, hif'ú sea por la naturaleza, como las ál'.
boles y pI3[J~as , bien por mano de los hombres, como los
edificios. Finalmente, todo lo que está unido (, corres-
ponde á los edificios, como tambien lo unido con hiel'-
1'0, plomo, yeso ó dc otro modo perpetuamente,


16




(222)
Por casas muebles se entiende todas lasque pue-


deu: trasladarse' íntegras de un lugar á otro, y que, se
hallan sf'p'ih'ad:as'de la tiernt, corno los árbol~ derri-
bados o' có~·t8db&; los frutos ;cogid'Os, las piedra's s;aca-
das de la~: éarHeras. Los anil:Hates ,se>iblnan muebles vi~
ves, anirnados'·6selnoventes"ytodas las ,demas cosas
muebles ml~ert6s,


POt' la' posés~dn se adquieren los paises desiertos
que nadie sé· :hll1.apropiado ,aun, en toda la estensioll
que 'poseemos; si ¡;i'en; la sociabilidad y la igualdad na-
tural quieren qUé, se potigan' limites á estas pretensiolles
y que no se estiendan hasta ·10 infinito. '


]![1 ,:t!I· di·a -se
'


colocan enÜ'e los derechosae rega_
Ifa los dered'los de caza y pesca; y así, pertenecen al
sob~rano yJ''TlQ pueden ejercerlos los pal ticuiares sino
en tanto et1J cuanto se lo permltt} aquel. Se reputan, pues,
del soberano ¡:las bestiassalvages, por lo menos mien:...
tras útán e:f1 sus tierras; poi'fjue las que se hallan' en
los bósqiiel'i :de'· HU pai; pueden pasar á los: cle'otl'o,
adonGé nd, hav derecho de ir á reclamarlas •


. 'PtledeÍll ,ad{luirirse tambien por derecho de Pll'mer
ocupaniedasf cosas que abandonó su dueño con ánimo
claque nd vuelvan á ser sl1"as.Esta, clase, de có5as aban-
do-naüas'no se presume que éllÚ'anen 01 uominio1tlel' Es-
tado, ,porque hall sido; ya pt'opíedad de u-u 'particular;
pero es natU\~alqt\e se las. considere como de ninguno,
y pOl!: consiguiente ¡como pel'hinecientés al primer ocu-
pante', ·á;J;no set' que: prohiban las leyes á' lüs'particu-
lares. 'que' 'se' las aprnpiel1. .


Pero' fU~l'a del caso' de . que acabamos de hablar,
allaqlle UI)a: persona llO se halle en posesion de una ca-
sai,'no;,poresto pierde su 'propiedad á pesar suyo: _al
contrario conser~a el derecho de recobrarla siempre'que
no renunciase á ella espresa ó tácitamente, á no ser que
la tuviere que abandonar por castigo j). á consecuencia
de una guelTa.


Pero como era necesai'io que la propiedad ,uría vez




(225)
~onstituida I pasase algunas veces ue unas manos á otras.
de. aqui pff)vienen los modos uerivati,'os dé adquirirla.
Todas las adquisiciones derivadas se fundan en el concur-
so dt> la voluntad del propietario que transfiáe su derecho,
'Y de la ue aquel á quien se transfiere, y que Jo acepta.


Efectivamente, el derecho que dá la pi opiedad, ó el
poder que tiene el propietario de disponer de sus bienes
segun su yoluutad, parece consistir principalmente en la
libertad de transferir ó de ceder á otro, cuando lo crea
conveniente, las cosas que le pertenecen, bien sea para
adquirir por este medio otras que le acomuden mas. Ó
)JOl' solo contentar á alguno. Y como toda tra::.lacion de
algun d~recho ó de cosa alguna supone dos personas, una
que transfiere y otra á quien se transfiere, se necesita in-
dispensablemente que 'concurran dos voluntades, una que
tlé y otra que acepte, pOl'q ue la idea de enagellacion de-
nota principalmente que· la cosa enagenada es transferida
á otro por consentimiento del propietario,·y no por efec'
to de una pura violencia; pero por otra parte no sería
conveniente obligar a tomar á alguno lo que naturalmen.
te está separado de su persona.


No siempre basta en la sociedad civil el mero con-
sentimiento de las dos partes para transferir la propiedad;
sino que ademas son precisas algunas formalidades, cu-
ya· falt~ pu~de hacer que se declare el acto nulo; Algunas
veces pasa tambien la propiedad de una persona á otra
sin el consentimiento del propietario, y esto es lo que
da· lugar á la distincion que hemos hecho de ad~uisicion
natural y adquisicion civil.


Por lo que acabamos de decir se puede juzgar si es
llecesaria la entrega de la cosa por derecho natural para
transferir la propiedad. Siendo la entrega de la cosa en
SI misma un acto puramente corporal y físico. no se
transferirá por ella la propiedad hasta que manifieste pOi'
este medio el propietario cual es su intencion. De don-
de se sigue, que cualquier otra señal, que marque de uu
modo igualmente preciso esta intellcioll , puede producir




(224)
el mismo efecto. Por otra parte, siendo la propiedad un
poder moral no se puede concebir que sea ncesario pa-
ra obtenerlo una accion física como la entrega de la
cosa. Sin embargo, como la manera menos equívoca de
dar á conocel' la intencion de transferir á alguno la pro-
piedad de una cosa, es desprenderse de ella en Su favor,
se puede decir que su entl ega es un medio muy propio
para transferirle la propiedad.


Segull estos pritlcipios generales, se debe observar
que los modos de ad(luirir derivativos se efectuan ó en-
tre vivos ó en caso de muerte. La primera especie com-
prende todas las convenciones y contratos en que se ve-
rifica alguna enagenacion de propiedad, de lo que tra-
taremos mas particularmente en lo fucesivo. El otro
comprende los testamentos y sucesiones ab ¿Iltcstato.


El testamento es un acto por el que declara un pro-
pietario las persona~ á quienes deja sus bienes y á quie-
nes quiere qlre pertenezcan despues de su muerte. 1'('-
servándose no obstante su poses ion y su goce, (,011 la fa-
cultad de reVOCfll' la enagcuacioll y de disponer de. otra
manera de sus bienes antes de su fallecimiento.


La facultad de disponer de los bienes por testamento
es una consecuencia natural del derecho de propiedad y
del órdcn de la sociedad. l. o, porque todo el I1lUlJ(ll)
conoce que puede cada cual transferir entre vivos y como
de mallO á mano, bien sea absolutamellte ó bajo ciertas
condiciones, el derecho de propiedad que tiene en. sus
bienes. Y sienao esto asi. ¿ por que no se le permitirá
lo mismo en caso de muerte? 2. o La disposicioll que
hace un propietario de sús bienes á favor de su herede-
ro dá á este algun derecho á ellos aun en vida del testa-
dor; y si el testadol' persevera en las mismas intenciones
hasta su muerte, y el heredero aCf'pta la herencia. la
translacion de propiedad llega á hacerse perfecta, y na-
die puede apoderarse .iustamente de los bielles del difun-
to COIl perjuicio del hereuero. 3. o Si Jos biclJcs de cada
uno quedasen dcspues de su muerte para el pril1lel~~u.-




(220)
pante, y por decido asi, al pillage , esto seria, un manan-
tial de desórdenes, disputas é incomodidades, porque á
tada paso los hijos ¡'¡ otras personas á quicne estaba obli-
gado á manteller el difunlo, por alguna obligacion natu-
ral, se verian privadas de lo que disfrutaban, despues de
habedo ad(¡uiriJo con su trabajo, o conservado con sus
cuidados.


Agréguese tambien la razon 3iguiente. Si un pro-
pietario tiene derecho de disponer como tal de sus bienes
como le acomode durante su vida, debe gozar del mis-
mo derecho al tiempo de su muerte; puesto que dispone
en vida de SllS bienes porque es clueüo de ellos, y que
tan dnerlO es algunos minutos antes de su muerte. Tam-
bien puede suceder (pIe disponiendo un propietario de
sus bienes cuando menos espera la lmlerte, sea acometi-
do de repente de una enfermedad mortal que le prive de
la existencia algunos minutos despues de hecha la dona-
cion. ¿Se dirá que esta donacion solo es \'álida por las
leyes civiles? La úllica diferencia que ofrece, el caso q lle
acabamos de referir con el de un testador, consiste en qne
este se halla casi srgmo de su próxima muerte, y el otro
no piensa en ella. Pero el estar seguro de la muerte o


el figurarla lejana son circunstancias qne no, deben dar
ni quitar á los hombres un derecho natural.


Atendiendo á estos fundamentos han considerallo la
mayor parte de las naciones la facultad de testar como
uu derecho natural, y po,· el cual nos indemnizamos cu
cierto modo de la necesidad en que nos hallamo~ de
abandonar nuestros bienes á nuestra muerte. Pllltárco,
despues de haber dicho flue el legislador Solon permitió
á los Atenienses el hacer testamento. aüade, que de es-
te modo (( hizo á cada cual verdadera y absolutamente
seüor de sus bienes)) ( 1) En el derecho romauo se esta-


(1) Vit. Solon.




(22B)
hleció por· máxima (( que nada pueden exigir los hombres
con mas razon, que la libertad de disponer de sus bie-
nes por última vez, y que los demas deben respetar
e5ta disposicion.» Nihil est enirn 'luod rnagis lwmini-
bus dcbeatur, 'luarn ut supremce voluntatis, post'lumn
aliud velle non possunt, libcr sil stylus, el licitum 'luod
iterurn non redit arbitrium. (1)


PreglUltase tambien si debe ser un testamento un ac-
to revocable o irrevocable, á lo que responderé, l. o ,
que se debe disponer de los bienes con suma prudencia,
y que no se debe mudar de voluntad con ligereza (, por
capricho: 2. o , pero como no obstante, por mas madu-
rez y detencion que asistan á la deliberacion, puede en-
gaüarse el testado:' en la eleccion de sus herederos ó
dejarse prevenir por los ardides de algulla persona, o
tambien cambiar de inclinacion; y como por otra parte
o~urren algunas veces casos imprevistos en que resulta-
rian grandes inconvenientes, si huLiere de subsistir inva-
riablemente la disposicion que se ha hecho de los bienes,
es muy natural que ei testador no se ate las manos, y
(Iue se establezca por reglas, gue solo la muerte fige irre-
vocablemente la voluntad del testador. 3. o Asi es muy
sábia aquella maxllna del derecho romano. Ambulatoria
est voluntas defunti usque ad vitce supremurn eXl-
tumo (2)


Pero si llegase á morir alguno sin haber dispuesto
de sus bienes, ¿á quienes deberán pertenecer? No habien-
do razon para presumir que haya querido abandonar un
propietario sus bienes al primer ocupante, y deJarlos,
por decirlo asi, al pillage, pues que esto seria contrario
á la incliuacion general de los hombres, al bien de las


(1) L. I. C. de SS. Ecc, lih. T. tito JI.
(2) L Ylo D. De adim. ve! transfer. leg. DIGUIT. lib .


.xX.IY. tito lY.




(227)
familias 'val reposo ,del' géner.o llUman.o, es ,mas justo
y racioui,l creer que la intencion' del ,q\H~ muere ab
intestato es que pas~n sus bienes á las personas á quie-
nes tenia mas carií'lo, j'llzr;ando por, tos senlimieutos na-
turales del hombre, y aun por su Jeber. Segun este
principio se ha establecido por regla, acerca de las
sucesiones intestadas, en la mayor parle de las naciones,
que deben pasar los bienes á los mas" próximos parien-
tes del difunto. La misma naturaleza nos indica esta ru-
ta, pues que nos inspira la inclinitcion de prove~r lo me-
jor que nos sea pm.ible, á las necesidades é intereses de
nueslra f¡lInilia, haciéndonos deseéll' á todos el dejarla
en la mayor prosperidad.


A esta inclinaeion se agrega el debel', con respecto
á los hijos, cuya educacioll y m(\lIutencion recomienda
particularmente á los padres y madres la misma natura-
leza, inspirándoles por otra parte sentimientos de la
mayor ternura. Los hijos son, pues, los primeros y mas
próximos herederos de una persona qu.e muere ab in tcs-
tato. Doctrina f{tle conocieron perfectamente los juris.
consultos romanos, cuando dijeron: Curnratio natul'alis,
qU(Hi lex qllr.erlam tacita, liberis parcntum hcereditatem
ad!licel'ct, velut ael debitam success¿ollcrn eos, vacando,
pl'Opter quod et in jure c{¡,iZ¡ suorllln !2(ercdum nomen
introductllln est, ac /le ¡udido quidem parentis, mSl
mCl'ltls de causis submoveri ab ea succesione pos-
sunt. (1)


Sucede muchas veces qué solo queda algun pariente
remoto del difunto, con q1lien nunca ha tenido union <>
amistad particular, y ademas que debe toda su fortuna á
alglln estraIJo. ¿Se podrá dudar en este caso que estimase
el difunto mas á su bienhechor que al pariente? Sin em-
bargo, como la comparacíon que deberia hacerse entre


r) {)ig. ¡.¡b. '~q. tit. '.>.0. De llOu. daumat ¡,eg. ~.




· (223)
el grado de pl\l'enteseo y el de reconocimiento podda
oal' lugal' á embrollados litigios, han convenido todos
los pueblos en establecel', que a no sel' que el difun-
to uo haya"preferido espresamente su bienhechor á sus
parientes, (porque en tal caso es muy justo confOl'-
marse con su voluntad) el pariente nlas remoto sea
preferido al bienhechor, con tanta mas razon, cnanto que
si sucediese lo contrario, los beneficios se reducirian á
un comercio interesado, ell que sacase con usura el bien-
Jlechol' lo que dado gratuitampnte eu la apariencia. POi'
donde se vé (lue al decidir sobre las sucesiones ab in-
[('stato las máximas n atur~des de la razon , no tienen con-
sider3cion á la voluntad precisa del difunto, de la cual
muchas veces no hay seguridad; sino á la que se supone::
(Iue dehe tenel' segun la inclinacion natural y los' debe-
res comunes de los hombres, y á lo que es mas propio
al bien de la paz.


Afladil'emos aqul con Grocio dos escepciones que impiden
que los hijos no sucedan ab intestato en los bienes de sus
padres. Una es , si no hay seguridades suficientes de que
sean hiJOS suyos; y otra, si hay pmebas de que el pa-
dl'e ha querido que no heredase su hijo. (1) Muy justa es
la primera escepcion, porr1ue 110 tenemos ternura p~lter­
nal á los hijos de otro, y cesan las presunciones de la
"oluntad en el momento que aparece manifiestamente lo
contrario. Pero no siempre pnede probarse con razones y
testimonios iorontestables, qne tal persoua es padre de
otra, con la facilidad con que puede asegurarse 'que
tal persona es madre de alguno. La priucipal prueba con
11ue se cuenta aqui es el contrato del matrimonio, por
el cual la mugel' promete solemnemente á su marido con-
ceder á solo él sus favores, y el marido por otra parte
adquiere el derecho de dirigir á su muger y velar sobre
su conducta. Por lo cual se presume siempre que una


(1) Lib. 2. cap. 7. §. 7 Y 8.




(229)
muger no ha violado la fe conyugal; que nn marido se
ha servido de su poder para impedirlo; y rple si ha per-
cibido la infidelidad de su muger, se ha aprovechado del
heQeficio de las leyes para hacerla manifiesta. De suerte
que cada cual tiene derecho á pasar por hijo del mari-
do de su madre, mientras que no se demuestre lo con-
trario, segun aquella sabia máxima de los PUlIllano's. SCln-
pe,. cata est (ínater) ctlamsi ?)ulgo conceperit. Pale,. vera
ú est qllem Iluntla.: dCI7l011strant. (1)


La segunda escepcion tielle lllgar, Ó cuando un pa-
dre ha despedido y como renullciado á uno de sus hijos
en vida, lo (pIe se llama l'mallc/pacioll; Ó cuallllo le ha
desheredado en su testamento. Lo primero estalla muy
en uso entre los Griegos y lo segllndo entre los Roma-
nos. Por esta raZOIl, eran muy sabias las leyes romanas
que querialJ que el padre (lue desheredase á un hijo
manifestase las causas que para ello tenia, y nó to~as
eran admisibles. Dábase tambien á los hijos una a('cion
que se llamaba queja de inoficiosid:zd (J.), por la cual ha-
cían examinar en justicia, no si el testadol' habia tenido
facultad de dar sus bienes por justas causas á otras per-
sanas, sino solamellte si las razones que le habian incli-
nado á hacer una disposicion tan contraria á los senti~
mientos naturales, eran justas y suficientes.


El derecho ¡¡He se llama de representaclon se funda
en que los padres y madres estan obligados á alimentar
no solamente á sus hijos, sino tambien á los hijos de
sus hijos, y asi sucesivamente si son huérfanos. De mane-
ra que el de/ee/lO de represclllaciofl es aquel por el cual
entran los hijos en el lugar de su padre muerto, de suer-
te flue heredan lo que este recibiria si VIVIera aun; y asi
suceden por estirpes juntamente con los tIue estan en el


f) D' L 'b '1. D . . _1 L 5 \ 1 -- 19. l. 2. lit. 'l-' e lO JUS VoC311uO, ego •
(2) lnofUciosi (Iuerela.




(230)
mismo grado que el difulIto: Sine dubz'o nepos flUi loco
succedit. (1). En efecto, seria muy sensible que los hijos
flue se ven IH ivados de su padre por una muerte prema-
tura, se viesen tambien privados de los bienes que tenian
motivo á esperar por belleficio de las leyes, ó por dispo-
sicioll de 5U5 abuelos. Asi pues, suceden, como he dicho,
por csti'TCs; sllcesion (successlO pe,. stúpc.\') , t¡ ue se dis-
ting~e de la succsion por cabeza.<, (successio ti? capilar)
en que en la última cada uno de los coherederos tiehe
una porcion if;ual, y en la otra no tienen muchos hijos,
mas que una porcion de la herencia igual á la que hu-
biera tenido su padre, y á la que tiene cada uno de
los otros coherederos que estan en el mismo grado que
la persona á quien representan. Quolcumque aulcm ne-
potes !uc,.¡nt ex uno filio, pro uno filio Ilumcrantur. (2)


Pero digamos algo acerca de la legítima de los hi-
JOs. La leg/úlIla es una }Jorcion de la hf'rencia que ase-
gura la ley á ciertas personas, la que hubieran recibido
á no hahérsela quitado h\s disposiciones entre ,ivos ó
testamentarias. Papiniano dice, que la legitima es quar-
la leg/tima? partis; lo que nos indica el origen de ]a
legitima. En el antiguo derecho romano la legítima de
los hijos solo era una cuarta parte de la porcion que
debian tenel' ab intestato: qUa/la debita? portiollis. J us-
tiniano la aumentó, aunque con moderaciol1. Nuestras
cosl.umbres la han hecho ascender hasta la mitad de los
bienes paternos y maternos; (3) asi no debemos sorpren-
dernos, si nuestros hijos se, comideran deslle muy tem-


(r) Dig. Lib. l. tito 6. De his guí suí vel alieni juris sunt.
Leg. 'J.


(2) J:..oc. cit. Leg. 2. § 7.
(3) Costumbre del pais de Vaud pOI' Roíve ,tom. I. p~gi­


na 53. Por derecho español es legítima de los hijos, las cua-
Iro quintas partt's.




(251)
prano dueños de lós bienes paternos y maternos, Cj:Hl
gran perjuicio de su educacion.


Pero la legítima ¿ es de derecho natural? Si tomamos
esta palabl'a en Sil rigurosa acepcion, esto es, por la
cuarta parte de los bienes debidos al heredero presun-
tivo, es claro que como trae su origen de la ley civil,
no se debe por derecho uatural. Pero si por legítima
entendemos los alimentos que un padre ó una madre
dehen á ms hijos, Grocio parece inclinarse por la a61'-
mativa; "porque contiene, dice, una porcion de bienes
necesarios á su manutencion.» (1) Pero ¿cstá obligado un
padre por derecho natural á mantener toda su vida á
sus hijos? Despues que los ha educado y colocado en
estado de ganórse la vida, 110 veo que el derecho na-
tural le prescriba mas obligaciones para con sus hijos, y
puede entonces disponer de sus bienes en favor de las
personas que mas ame: pues si sus hijos no se han
grangeado su amistad por las atenciones que le deben
por derecho natural, puede el padre privarlos enteramen-
te, segun el derecho natural, de sus bienes, y dispo-
ner de ellos eu faynr de cualquiera otra persona. Por-
que si Jos hijos heredan á sus padres, uo es tanto en
virtud de una ley espresa del derecho natural" cuauto
porque generalmente no hay nadie por quien se interesen
mas los padres que por sus hijos. Pero si estos faltan
á lo que les d0bell por del'echo natural, hasta el pun-
to de estinguir en su cOI'azon aquella amistad que les
hacia interesarse por la felicidad de sus hijos, no veo
que exista ningun principio de del'echo uatural de donde
pueda infel'il'se la obligacion de los padres de disponer
de los bienes en favor de sus hijos, cuando no los mi-
ran como á tales.


!,'iualmente, la naturaleza de mis razones manifies-
ta que hablo de los hijos que se hallan .ya en edad y


(1) Lib. JI, cap. YII. §. IY. n. 5.




(252)
en estado de procurarse por sí mismos su sustento, y
que han podido por su mala conducta estinguir las obli-
~aciones paternales. Asi es, que la obligacion de la le-
gítima se funda enteramente en el derecho civil, el cual
deberia abolirla por el bien de los mismos hijos, )' no
concederles otra esperanza en los bienes de sus padres
y madres que la que les dá la naturaleza: á saller: el ser
alimentados hasta la edad propia para ganar por si mis-
mos su sustento, abandonando lo restante á la ternu-
ra paternal, aunque permitiendo sin embargo á los hi-
jos la qurja de illC!!iciosidad.


A falta dc· descendientes, es justo que se defiera la
sncesion á los ascendientes, y que vuelvan los bie-
r.es á los padres () á los abuelos: 1. o En reconoci-
miento de las obligaciones que tenia el difunto con sus
padres. 2. o Porque pOl' lo comun provienen de los pa-
dres estos bienes, ó á lo menos los primeros fondos.
3. o Finalmente, porque e3 muy .1usto (Iue un padre
que sobrevive á sus hijos contra el curso ordinario de
la naturaleza, tenga á lo menos en su dolor el tris-
te consuelo de heredal' los bienes que estos dejen.


Si el difunto no deja ascendientes ni descendiente5,
entran naturalmente los colaterales á la sllcesiou, con-
forme al grado de proximidad (pIe tuvieren, segun la
cual se presume (pIe eran mas quel'Ídos del difunto, y
porque asi lo exige tambien el bien de las familias.


Hay otra especie de adqlliskion derivada que no
debemos pasar en silencio, yes la que se hace por la
prescripciou. La prescripcioll es un acto por el cual
se adquiere la plena propiedad de una cosa, agena por
haberla poseido y disfrutado largo tiempo sin opo-
sicion y sil! interl'upcion, con buena fe y COl) justo tí-
tulo, de suerte que el antiguo propietario pierde su dere-
cho en esta cosa: y no puede reclamarla. A esto llama-
ban los jurisconsultos romanos usucapion, (llsucapio,
qllod res capiatur usu) á causa de (Ine se adquiere,
por decirlo así, la propi.edad de la cosa por el uso ú




(2jj)
por una larga posesiono (imcapio cst adject¡'o dominli
per continuationem posJ'cJ'J'ionis tempo riJ' lcge dcfl-
niti (1)


Los antiguos romanos solo conocian la prescripcion
bajo el nombre de uJ'ucapioll; y aun hoy se confUfl-:
den frecuentemente estos dos términos, si bien la pl'CS-
cni'clOfl, propiamente dicha, es el derecho gue resul-
ta de la poscsion que marca la ley para prescribir; es-
to es, despucs de espirado el término de la usuca-
pion.


En cuanto á la poscsioll de buena fe, condicion ne-
cesada para prescri bir, basta segu n el derecho romano
que se haya tenido al principio de la posesion: Ut in
his omnilms casi/mol' ab i/litio Cfllll bOlla fide capiat. ('l.)
Pero tal decision es contraria á la equidad natu-
ral: porque habieudú impuesto el establecimiento de
]a propiedad a cualquiera que se halla en poscsion de
una cosa de otro, sin consentimiellto de este, la obliga-
cion de hacer cuanto esté de su parte para qne vuelva
la cosa á su verdadern dueüo, se sigue <[ue desde que
sabemos que pertenece Ú otl'O lo que posef' 111 os , debe-
mos devohérse!o. Ademas, el del'~cho de prescripcion
no se adquiere I,asta despncg de terminado el plazo de
la usucapion; y la usucapion seco(]\'icrte en ll.\urpa-
cion desde el momellto eu que el poseedor tiene ma~
la fe.


Considerado en si mismo este modo de adquirÍl' la
propiedad, se funda en las leyes n'aturales; es una con-
secuencia del fin de la pt'Opiedad, y necesllrio para
la segUl'idad del comercio. Porque aunque es verdad


(1) Lib. nI. D. De usurpo ct usucapo Libro XXAXI titu-
lo lII.


('1) Codo lib. VII. tit. XXXI, cte.




(254)
que segun la justicia, no se debe privar á nadie con-
tra su volulltad de lo que legítimamente le pertene-
ce, y que es necesario el conseutimiento del propieta-
rio para transferir á otro su derecho de propiedad, el
uso y fin de la propiedad piden que no se dé una es-
tension ilimitada á este principio; sino que se le mo-
difique segun exige la tranquilidad de la sociedad y la
segu1'idad del comercio. Adernas, el fiu que se han pro-
puesto los hombres al establecer la propiedad y co-
mercio, es el de proveer á las necesidades y comodidades
de la vida, asegurándose la posesion de las cosas que
para esto necesitaban o eran necesarias para ello. Y ¿qué
seguridad habria en esto, si uu poseedor qu~ adquirió
una cosa de buena fe y con justo titulo de una per-
sona á quien creia con fundamento su legítimo propie-
tario, aunque en realidad no lo fuese, estuviera espues-
to siempre á verse despojado de lo que ha adquirido
de esta manera, por aquel á qnieu pertenecia desde un
principio esta cosa? Si tal sucediese c.uasi no podriamos
contar con nada de lo que po~eemos , y nos veriamos
todos los dias en peligro de ser privados de las cosas
que nos son mas. uecesarias. Convenia, pues, para la
paz del género humano', para la tranquilidad de las
familias)' pat'a poner fin á las querellas y litigios, ase-
gurar á los poseedores de buena fe que lo fuesen por
cierto tiempo un derecho iucontestable en todo lo que
poseen.


Por otra parte e~ige la equidad natural qne al mismo
tiempo que se mire. por la segUl'idad del poseedor de bue-
na fe, se atienda tambien al interés del antiguo propie-
tario; para lo cual es necesario que el término de la
prescripcion no sea ni muy largo ni muy corto. No
debe ser muy corto, para que el primer propietario
tenga el tiempo conveniente de buscar y recoorat' sus
bienes, pero tampoco debe ser muy largo, para que los
poseedores de buena fe salgan de su incertidumbre y
se ascgurell aeerea de la propiedad de la cosa que poseen.




(250)
Lo que acabamos de esplica¡' se refiere á las adqui-


siciones principales; añadiremos algo acerca de Ja~ adqui-
siciones accesOl'ias. Por adc{uisiciones accesorias enten-
demos todo aumento, ampliacion, acrecentamiento ó me-
jora que puede sobrevellir . á ulIa cosa que nos perte-
llece. Pueden reducirse á dos clases: la una de aque-
llas que provienen únicamente de la misma natura-
leza, y sin· que tengan los hombres parte alguna en
su prod llccÍon; y la otra, de las que deben Sil origen
total o parcialmente al hecho de los hombres, á su in-
dustria o á su trabajo.


La regla general que sobre ellas podemos dar es
q ne lo accesorio pertenece al duefw de la misma cosa
á que se aumenta; acccso,.ium sequitur principale. Pe-
}'o pOI' mas sencilla que parezca esta regla, necesita algu-
nas aclaraciones.


I.a Cuando lo accesorio o el aumento que sobrevie-
Ile á una ·cosa no era de nadie, ó proviene de so-'
la la natul'aleza, o es producido finalmente por el
hecho del mismo á quien pertenece la cosa principal,
entonces' lo áccesol'io sigue sin duda ninguua á lo prin-
cipal, y;' asi Jos frutos de un árbol ó de un campo per':
fcnecen al dueño de los fondos en que se hallan, etc.


2.a Pero cuando lo accesoi'io es total () parcialmen-
te de otra persona, y sobl'e\'iene por el h'!tbajo ó in-
dustria de otro , ó por algun evento natural, entonces
se onglna de aqui una especie de comunidad, ó un
motivo de adquirir el bien de otro ó el producto de
su indu~tria, ya á consecuencia de un principio de
equidad', ya por convenio de las partes, (, en virtud
de alguna ley positiva. Véase sobre esta leccion á Bul'-
Jamaqui ,parto [l' a cap. IX. tomo IV. pág. 240' sigo : á
Pnffendllrf, lib. IV. cap. VI. á XII. Gl'Ocio, lib. 11.
cap. JI, hasta el VII. Domat, Ley'es civiles, etc. Par-
te 2.a lib. 1, II y III, tit. VII. secc. IV. etc. á Cumber-
Jand. De las leyes naturales, cap. VII. etc.




Dos cuestiones agitan esta leccion de Felice que por su
importancia no deLen pasarse sin nota3 que las ilustren:
La Si la prescripcion es de derecho natural: 2.a Si es
de derecho natUl·al la facultad de testar y la su(;esioll ab
il2testato.


Véase lo que sienta AURENS acerca de la cuestion
sobre si la prescripcion es de derecho natural. "La pres-
cripcion supone un espacio de tie1l1po mas ó menos lar-
go, durante el cual ha cesado una persona de usar del
objeto de que era propietario; pero segun de.echo na-
tUl'al no se pierde la propiedad por dejar de disfrutar
de ella por cierto ticmpo, sino por la falta ó cesacion
de la necesidad que de aquella cosa se tenia. GROClO y
PU~'.FENDORF admiten la prescripcion como de derecho
natural; el primero porque, segun él , implica la pres-
cripcion .una tácita enagenacion de la pl'Opif'dad; el se-
glludo. alega la razon de q ne ha sido introducida la
prescripcion por una convencion general cntre los hom-
bres. llera estas dos razones son erróneas. GRoero no
usa bien del vocablo t{lelta. No puede haber euagenaclon
sin voluntad, y esta voluntad se debe espreSUl' por el
consentimiento. Pun'ENDoRF se funJa en un hecho que
jamás se ha verificado, en una ficeion.


«La preseripcion se ha establecido pues por las le-
yes positivas para quitar la incertidumbre en las transac·
ciones sociales.»


La cuestion acerca de si la facultad de. testar es de
derecho natural ha sido tratada de muy clifellente mo-
do por los autores antiguos y las escuelas mode1'l1as. Los
escritores del siglo X VII, tales corno Hugo de Groot,
})uffendol'f, \,"olf, Barbeyrac etc. admiten casi sin cxá·
men el dcrecho de testar y la sucesioll aó intestato; pe-




(~37)
ro Fichte, Gros, Krug, Haus, Drost-IHllshoff. Rot-
teck etc. intentan demostrar ciue ninguna especie de su-
cesion está fundada en el derecho nalLiral. SegUn estos
últimos no hay sucesion testamentaria, porque estingbién-
do la muerte todos los derechos del hombre, no es sus-
ceptible de aplicacion el principio de lá libre disposi-
cion de sus bienes.


Algunos autores han pensado que en ei caso etl que
se hubiera celebrado una con¡'enc¿Oll entre el difunto y
sus herederos r~lativa á la translacion de bienes, se fun-
daría la sucesibn en los principios que l'egulan los con-
tratos. Pero se ha replicado contra tal suce~iOll cOllveri-"
éionál, fluE! semejante contrato tíene una condieioll SUS""
pensiva y lJO tendria objeto en el momento en que se
realizara la ccindicion, porque los dereéhos ele un indi-
viduo se estinguen con su muerte.


Estas opiniones se derivan de un principio que res...;.
tringe demasiado la significacion del derecho.


El derecho tiene por objeto procurar las condicio-
nes necesarias para el desarrollo del homhre en todas
sus relaciones y para la satisfaccion de todas las necesi-
dades intelectuales, [¡sicas ~ de afeceion, fundadas eü lá
naturaleza humana. La natiJraleza ha dott'.do á todos los
hombres de sentil1lielltos de al1lor y de afectos hácia sus
padres y descendientes; y estos afectos deben reco-
lJOcerse por el derecho que debe suministrar los medios
de que subsistan y 'se de3aiTollen;,cuales son, la suce-,
sion intestada y el derecho de tesLar. Porque aun(Iue
hay quien niegue la necesidad de estos medios, alcgan-
dó que pueden subsistir tales afectos sin el vehiculo
de los bienes materiales, no obstante, este argumento
tlesconoee la naturaleza del hombre que no se limita
solo al entendimiento, sino que f{lIier~ espresar sü amor
y sus afectos por medio de alguna cosa sensible y ma-
terial, así como el espíritu se manifiesta por el cuerpo.
El principio de que todos los derechos de ulIa perso-
na se eslinguen con su muerte es demasiado esten.


:17




(253)
so y (lehe restringirse para sel' justo en su aplicacioll'


Algunos autores han considerado precisamente el de-
recho de testar como una consecuelJcia de la inmorta-
lidad del hombre, y parlicularmeute Leibnitz, quien en
su .N(WCl met1wdlls juri.lprudentiac:, p. JI, §. 2.0 dice:
"Testarncnta vero meó jure flllUius t~S.l'ent lllomenti lIi-
si anima essct inmortaLis. Scd qll¿a mortlli l'evera ad-
har: vivunt ideo mallent dOIll¿ni l'C/'Ulll; quos ?)cro hre-
redes re{juirflllt concljJl'cndi Slllzt prQcurato/'es in rcm
Sllam,» Pero á este argumento sostenido aun en los tiem-
pos modernos por Zacarias ha opuesto Gundling la si-
guiente objecio'J « ¡Yoll constat, utl'wn anima sil dam-
nata an SCCilS: quis autem dCllllnala: animre volunla-
tellz censeat c,requcndarn ? ))


Sin entrar eu estas consideraciOlles trascendentales, no
hay duda que el respeto de la última voluntad del hom-
hre se funda generalmente en los sentimientos que pro-
fesa á sus parientes y amigos. Estos sentimientos se fun-
dan en la naturaleza humana, y por consiguiente siem-
pre que la ('¡¡tima volulltad no hiera los derechos de un
tercero, debe procurar el derecho bs coudiciones de su
ejecucion. F~s dcmasindo d('cir, que no pucde tener cfec-
to la voluntad Aespues de la muerte; pues asi como los
efectos de la. ~di\i4ad de todo hombre, por limitada
que sea la esfera ep que ha vivido, se estit~lIden mas alla
de la muerte, asitl)ismo no hay razon para que se opon-
ga la sociedad. á quc;teuga ejecllciou la voluntad, esta-
bleciendo con conocimiento de causa efectos p"ra el ca·
so de muerte.


La suce's:i<?n r¡b intestato se justifica pues por la union
de afecto que existia entre el difuuto y sus mas prúxi-
mas pariente,:;. Pero solo se puede jm;till('ar , en deredlO
natural, la herencia tcstamental'ia o ab illtestato, acerca
de los objetos que han sido impregnados, digámoslo asi
de la persolH.lidad del difllnlo, por ejemplo, la casa,
obras hechas por él, objetos de l'ecuerdo etc. Fuera de
.estas cosas) .la succsion es una iustitucion civil man-




(239)
tf'nida en las ley~5 por razones semejantes, aUnflue me-
1I0S fuertes y mellares en lllllncro que las que justifican
t!n nuestra sociedad el si:óLema de la propiedad privada.


(¡"',rota dr>l traductor.)


LEO-:IO;'i XXVII.


De los deberes que 1'r,wltan di'? la propiedad d~ 'o~'
bienes, .y lid prl:'cio de lar co,\'as.


El derecho que concede la propiedad de los biene5
al propietario, va acompañado naturalmente de deberes,
ya con respecto {t los propietarios, ú á los demas hom-
bres,


El propielario está obligado á observar en el uso
de su derecho la ley natural; porque seria sin d1ll1a
alguna un crill,inal abuso el servirse de sus birnes de tlll
modo fjue se cnnvitticse ('rl fIIellosprecio de la ni;'inidad~
en perjuicio del prú¡.;ímo ó de nosotros mismos. Asi lmes
debemos emplear nuestros bienes en prÍmer lugar, en pro-
curar !a gloria de Dios, bien entendida; en scgunuo 7
en utilidad de 105 dcmas homhrcs, segun las reglas de
justicia, de humanidad y (le prudencia; y finalrnclI-
te en nuestra propia nli.lídad, observando los principios
de la sabiduría y de la moderacion.


Con respecto á los ciernas hombres, cada uno esta in-
dispensablemente obligado á dejar gozar pacíficllmente d~
sus bienes á cuaif{uiera que no sea enemigo suyo, á no
menoscabárselos, ni de!>truirselos, ni quitúrselos, lJien fuera
pOl' violencia Ó pOlo fraude, directa ó indirectamente.
VOl' eso estún prohibiclos el robo, el hurto, las I'apiilas,
las talas y otros crímenes semejantes que atacan de al-
gun modo al derecho que cada uno tien(~ en sus bienes.


:




(240)
Si hemos adqniride> el bien ageRo á efecto de la vo-


luntad del propietar:io, 'esta misma voluntad constituye
aqui la ley, y la convencion que ha interven'ido COl) este
motivo, sirve de regla igualmente al propietario que al
poseedor para saber lo que se deben recíprocamente. Pero
si lo hemos adquirid<;- ignorándolo el propietario, ó conlra
su voluntad, en tales circunstancias está indispensable-
mente obligado un poseedor de mala fé, no solamente
á restituir la cosa á su verdadero duelIo, sino tambien á
resar~irle de todos los frutos de que ha sido privado, y
á indemnizarle en todos conceptos.


COIl respecto al poseedor de buena fé; esto es, el
que ha adquil'ido una cosa de alguno creyendo que era
su verdaderfl propietario, aunque 110 lo fuese, no cstán
muy de acuerdo los Jurisconsultos entre sí sobl'e lo que
de él exi~e la ley natural. Hablando generalmente y con-
siderando la cosa por derecho natural sin atender á lo
que mandan las leyes civiles, parece que la huena fé de-
he producir en favor del poseedor el mismo efecto flue
la propiedad, mientras que el verdadero duei'io no parez-
ca. POI' consiguiente, le pertenecen legitimarl'lente todas
las rell tas y t'ru tos.


Mas si reclama el verdadero dueño su hien cl1ando
posee la cosa el poseedor de buena fé; si éste la ha ad-
quirido á titulo gratuito, es decir, sin que le hayacos-
tado nada, com() por pura dOllacion. Ó por hahersela
encontrado, debe volverla pura y simplemente sin pedil'
nada por ello al propietario; á menos que no se hayan
heeho con ocasion de ella al gUIJos gastos y quP. de ellos
no se haya indemnizado por otra parte de la utilidad que
le haya producido, porque entonces debe el propietario
abonarle dichos gastos,


Pero si el poseedor la adquirió por titulo oneroso,
esto es, dando su va 101' ó aB equivalente, aunque es
iU:ito que el propietario pueda recobrar su hien, Jo es
'hll1bien (Itle abone al poseedor de buena fé lo que ha
""do para adrluirirla; lo cual si no hiciere, puede éste




(24t)
retener la cosa, y si el propietario no la recobra antes
de que se cumpla el término de la prescripcion, muda
entonces enteramente de duerlO: de suerte que el pri-
mero no tiene ya nada f{Ue pretender en ella,


Siguiendo estos principios se satisface prudentemen-
te al interés del poseedor y al del propietario. PO\(lue
por una parte, se asegura á éste el derecho de hacerse
vol\'el' la cosa, illdemnizando al poseedor, y conserva
ademas un recurso natural contra el que le ha retenido
Sll bien, ó le ha privüdo de él maliciosamente. Por
otra se atiende tambien á la seguridad dd comercio,
atendiendo á los intereses de un poseedor que ha toma-
do todas las precauciones f{tIe exigia de él la prudencia,
de modo que no sufra pérdida considerable.


Con mucha mas razon no está obligado el poseedor
de buena fé á restituir cosa alguna si la cosa llegase á
perecer ó á perderse; porque en tal caso ni tiene la cosa
ni sus frutos o utilidades. He dicho un poseedor de bue-
na fé, porque ar:ui solo hablamos de esta clase de posee-
dores; el que es de mala fé, ademas de la obligacion que
proviene de la misma cosa, está obligado por su propio
hecho á restituirla, y sufrir la pena. Afiado que el po-
seedor de hu.ena fé no está obligado á restituir, aun
cuando la cosa se hubiel'a perdido por su culpa; porque
la buena f6- le sirve de propiedad.


Finalmente, cuando se, elJcuentra una cosa que hay
motivo para creer que se habrá perdido con sentimiento
de su dueüo, dehe el que la enenentra informarse de
ello, y estar dispuesto á la restitucion en el mOlllento que
aquel se presente; pero mientras no se presenta el propie-
tario, puede guardarla inocentemente en su pocler. '


El precio dc las cosa\' es tambien una consecuencia
necesaria de la illtrodüecion de la propiedad; porque es-
tablecida la propiedad., habrian provisto los hombres muy
imperfectamellte á sus necesidades, sino hubiesen esta-
hlecido entre sí el comercio, por cuyo medio pueden
procurarse, cambiando recíprocamente sus cosas, aquello




(242)
de (IlIe carecen, daudupor ello aquellas co:;a:; tille no
necesitan.


Pero para que pudiera hacerse el com ercío con uti-
lidad COl1lun de las partes, era necesario que se observa-
se en él la igualdad, de manera que cada uno diera tan-
to como recibía. Y como las co~as que entran en Comer-
cio son por lo comun de diferente naturaleza y uso, era
absolutamente necesario referir á las co!;as cierta idea ú
cualidad, por cuyo medio se pudieran comparar y redu-
C'ÍI' á una justa igualdad; y he aquí el origen del precio
de las cosas.


El precio no es, pues, otra cosa qu e cierta cualidad
o cantidad moral, cierto valor qne se atriLuye á las co-
!>iiS y acciones flllC entran en comercio, y por medio de
la cual se pueden comparar entre SI y ,Juzgar si son igua-
les ó desiguales. Se dice que el precio es una cualidad mo-
ntl; porque ha sido establecido por los hombres, y porque
por él se considera menos la constitucion fí",ica y natural
de las cosas, que la relacion que ticncu con nuestra uti-
lidad ó nuestros placeres; pOl' lo cu;d sirve tambiell de
legla á las cost 1111l bres.


No es e,;to decir, sin cmbnr~o, que la cantidad físi-
ca no entre en la estimaeioll de la,; cosas que son de una
misma natural>:'z;]. y bondad; pOl'llue, !l1l diamante grue-
so, pOI" ejemplo, vale mucho mas que uno pequeüo,
siendo de i~ll;d especie y calidad. -:\las no siempre se
atiende á e~tú en la estimacion de las cosas de diferente
t'speLie y cl1alitlad ; asi una gran masa de plomo, no va-
le mas ([ue una pieza pequeila de oro.


El precio se di\'ide en propio é intrínseco, .r en vir-
tl/al Ó c/llinente. El propio es aquel que se concibe co-
mo inherente á las mismas cosas ó acciolles que entran en
comercio, segun que puedan servir mas ó menos á nues-
tras necesidades, comodidades () placeres. El precio "it·-
tual ó eminente es aquel que va unido á la moneda,
en cuanto contiene virtualmente el valor de toda clase
de cosas ó acciones; y que sirve como de regla ó medi-




(243)
da comun, para comparar y apreciar la suma variedad
de grados oe estimacion de que son susceptibles.


Los fundamentos del precio propio é intrínseco son,
en primer lugar, la aptitud que licuen las cosas para
servir á las lJece~idadts, cOlllodidades ó placeres de la
vida; en una palabra su utilidad, y despues su escasez,
() dificultad que se ofrece para encontrarlas. He dicho
prinH'ramente su ntilidad; y por ella entielJ(lo no sola-
lllente una utilidad real y fundada en la misma natura-
leza, sino tambien la que solo es arbitraria é ideal. De
mlui ,'iene que en el lenguaje comlln digamos, que no
.'\:a1e nada lo que no sine de utilidad alguua.


Pero la utilidad sola, sea cual fuere, no basta para
(lar precio á las cosas; es atlemas necesario que esta utili-
dad vaya acompañnda de cierta escasez; es decir, que no
sean las cosas de tal naturaleza, que cacia uno pueda pro-
curarse facilrnente cuantas quiera. En efecto, las COSAS
mas útiles y "mi mas necesarias, lIO son apreciadas cuan-
do son tan abundantes que es inagotable su uso, COlllO se
yé, por ejemplo con el agua CO!llllll. Sin embargo la sola
escast'z por grand(~ que sea, \la es tampoco suficiente
para dar precio á las cosas, si por otra parte no sirven
de algull uso.


Siendo e~t/)s los verdaderos fundamentos del precio
de las cosas, no hay duda que estas mismas circnns1an-
cías, combinadas de diverso modo, son las que lo aumen-
tan ó disminuyen. Asi vcmos disminuirse el precio de una
cosa de moda, luego qlle esta ha pasado, y que nadie
la usa; y ponerse sumamente barata, no obstante que es-
tuviera muy cara. Al contrario, si una cosa comun que
cuesta poco ó nada, se hace algo rara, al mo:nento empie-
7.a á adquirir Illas precio y aun algunas v('ces carísimn,
como sucede con el agua en los lugares áridos, ó ('o
ciertas épocas, como durante un sitio, etc. En una pala-
hra, todas las circunstancias particulares que contrjbu~'en
¡'¡ la subida del precio de las cosas, se refieren en último
resultado {. su escasez. Tales son la dificultad de Ulla obra,




(244)
la delicadeza y hermosura del trabajo, la reput;lcion del
artista, etc.


E:I mismo ra~ioeinio pued~ hacerse sobre el precio de
inclinacion ó de af!.'lccion, que tiene lugar cuando uno
estima Qna cosa flue posee e~l mas del precio que co-
munmente se le dá por ella, por alguna razon particular;
como por ejemplQ, si ~e ha servido para sacarle de al-
gun gran peligro; si es un mQnumento potable; si es pa-
ra él signo han orifico , etc.


Pero, ¿ será permitido al vendedor aumentar el pre-
cio qe las cosas á proporcioll de la indinacion que mues-
tra á ellas el comprador? A esta cuestion debemos res-
ponder, que si el veudedor no pone en ellas el mismo
predo de inclinacion que el comprador. no le es permi-
tid,O venderlas en mas d!.'l lo qQe el mismo las estima;
porque sino las esqma tanto COlno el cOlnprador, obra
contra su pr9pia conciencia v~ndiéndolas ~n mas de lo
~n q\le las estima. Pero Sl el mismo vendeuor est~ma la
cos,a eq lo mismo que el compradQr, no hay razon para
que no haya de poder exigir el precio en que él mismo
la estima. No hay duda que la inclinacion aumenta el
precio de las cosas, y que aun la maJar parte de ellas
solo lo tienen en la imaginacion del que quiere adquirirlas.
Adelllí\s, si el comprador no dá á la cosa el mismo valor
en que la es.tima, el vendedor es muy dueño de com-
prurla ó de dejarla. Mas si el comprador dá pOlo una co-
sa que el veu.dedor estima un precio proporcionado á esta
estimacio.n, no hay razon par;l n.o poder pedir adcmas
de) precio jntrínse~o de la cos:), u,ua especie de indem-
nizacion del placer que le prcporcionaba la poses ion de
esta cosa;· tanto mas, cuanto que el comprador no se
determina á comprarla por el precio de ir~elinacion, sino'
porque la cosa le caus,a tanto ó m:;¡s plaeer que la su-
ma pedida que se determina á dar po,' ella. El poseedor
de )a lámpara de barro del filósofo Epícteto estimaba
tanto. est" pedazo de tierra, como si cen la lámpara hu-
hiera recibido toda la sabiduría del filósofo; y habién"




(24il)
dosele presentado un loco de la misma especie á pregun-
tólrle el precio, le pidió tres mil dragmas y se verificó el
trato. (1) ¿ Ha y algl) de malo en este concierto? El ven-
dedor creia que no se le podia indemni.wr dc la pérdida
de su lámpara por menor suma: el compradol' no creJa
pagar demasiado con la misma suma un monumento tan
precioso de un homhre tan célebre como Epícteto. Y así
me parece que en las ventas de las cosas en que se siga
el precio de inclinacioQ. son el comprador y "endedOl'
mas bien dignos de lústin;la que de "ituperio.


Pero para juzgar con mas precision del precio de
cada cosa en particular, es necesario distinguir el esta-
do natural del civil. Si suponemos en el estado natural
la propiedad de Lieues , ~s libre cada uno, hablando en
general, de pone~' el precio que quiera á lo que le
pertenece. Pero e.sta libertad debe regu larse, sin em-
bargo, segun lo que exigen el bien del comercio y las
necesidades de la humanidad. Sería, pues, un capricho
infundado estimar sin un motivo particular las cosas.
que se poseen en mucho mas de lo en que comunmente
la:; estiman los delllas hom,bres; y particularmente, seria
sumamente inhumano, aprovecharse de la necesidad é
indigencia de otro para exigir un precio escesivo por
hs cosas ahsolutamente necesarias {t los menesteres de
la vida y qlH' se tienen en abundancia.


Mas en la sociedad civil se ha creido que debian po-
nerse algunos límites á la libertad que tienen los particu-
lares de fijar el precio de sus cosas. El prccio se regu-
la de dos modos; Ó pOl' la ley del soberano y los regla-
meQtos de los magistrados; ó por el solo conscntimiento
de las partes. El primero se llama precio lcg/tirno, y d
segundo precio COIllUll Ó convencional.


(1) Luciano, tratado contra un ignorante.




(246)
Pertenece en efecto, á una buena policía y al bien


comun fijar el precio de las cosas que son mas necesarias
a la vida, como los principales comestibles, para que no
puedan los ricos oprimir á los pobres, y para que no
sea dificil á estos el proveel' á sus necesidades. Asi,
pues, debe determinarse el precio legítimo, atendiendo á
la justicia y e'luid1d, conforme reclama el bien, y no fa-
voreciendo á unos con perjuicio de otros por comidera-
dones particulares, Cuando se tasa el precio de la~ co-
sas ó en favol' del comprador, ó en favor del vendedol',
lÍnicamente es permitido sin duda, al uno el contentarse
con mellaS, Ó al otro el dal' mas; pOl'que cada uno pue-
de renunciar á su utilidad.


Pero si bien es conveniente que la ley fije el pre-
cio de ciertas cosas, no lo es menos que todo lo restante
quede á la libertad de los particulares, á fin de que sa-
cando cada uno algun provecho de su industria y habi-
lidad, se mantenga por este medio la emulacion que con-
tribuye á hacer florecer el l'omercio; y he aquÍ el fun-
damento del peccio convencional.


Varias son las circustancias flue contrihuyell al au-
mento 6 disminucion del precio cOrl'iente de las cosas.


1.0 Segull sean los tea bajos y gastos de los merca-
deres, para trasportar, guardar y vender 5'.\S mercan-
das,


2. o Se puede hacer pa3ar mas caro lo que se ven-
de al fiado, que lo que se vende al cOlltado; porque
el tiempo en que se haya de verificar la paga consti-
tuye una parte del precio.


3. o Los que venden por menor pueden poner ma-
yor precio á sus géneros, que los comerciantes por
mayor. Porque sobre ser mas dificil é incomoda la ven-
ta al por menor, es mas útil el recibil' de una vez una
gran suma de dinero, que el sacada poco á poco en
muchas veces.


l. o Finalmente, el precio alza ó baja todav il á pro-
porcion del numero de compl'adores o vendedol'es, ~




(347)
(le la abundancia (, escasez de dinero, ó del género.


Pero desde que la mayor parte de los pueblos se sepa-
raron de la sencillez de los primeros siglos, y que se
hizo el comercio cada dia mas estenso, no tardaron ea
l:onocer que el valor propio é intrluseco de las cosas no
era suficiente para facilitar su importe, porque en ta-
les circullstancias solo se podia traficar cambiando las
cosas o el trahajo; y era muy dificil que cada uno tu-
,'iera siempre los géneros que los otros con quieues ha-
cia el camLio necesitasen, y que fuesen precisamente
del mismo valot' que los que e~tos les daban, ó final-
m<:'nte que pudiese cada uno ejecutar aquellas obros Ó
servicios que á los otros les convenian. Para remediar
estos inconvenientes y para aumentar las dulzuras y co-
modidades de la vida, la mayor parte de las naciones
juzgaron conveniente referit' á ciertas cosas un valor ima-
ginario , un precio virtual ó eminente que encerrase en
sí virtualmente el valor de todas las que entran en el
comercio.


Asi pues, se puede considerar el precio de la mo-
lleda como una medida comun del precio intrínseco de
cada cosa, corno un medio universal, por el cual po-
demos proveernos de todo lo que nos es necesario, y
hacer toda suerte de contratos, con la seguridad de que
con la misma c;:¡utidad de dinero porque vendemos al-
guna cosa, podemos en lo sucesivo procurarnos otras
que valgan lo mismo. Tal ha sido el o~,jgen de la mo-
neda.


No sin razon se han escogido los metales mas raros
y mas estimados, como el 01'0, la plata y el coLre pa-
ra establecer el precio virtual de las cosas; porque era
muy conveniente que tuviese ciertas condiciones la ma-
teria á que se queria dar este precio, y en efecto to-
das ellas se encuentran en estos metales.


l. o Convenía que c¡;ta maleria fuese escasa para
que tuviese cierto valor intrfnseco, y puediese hacerse
el comercio mas considerablemente. 2. o Era necesario




(243)
que fuese compacta y solida, para que se gastase muy
poco., y durase mucho. tiempo.. 3. o Que pudiese facil-
mente reducirse á pequeñas partes. { •. o En fin. que se
pudiera guardar y manejar con facilidad. Todas estas
cualidades eran esenciales á una cosa que debia servir de
medid,a comun en el comercio, y todas se hallan en
los metales que s,e han elegido para ello.


La moneda, pNes, se ha establecido para ser una
medida comun en el comercio, y por consiguiente igual
para t,odos los particulares de un l1lismo estado. Síguese
de aqui, que conesponde fijar su precio al Soberano
y á los particulares (:ollformarse con él. Por esta razon
están las monedas acuüadas con el sello del Estado, de
suerte que esta señal regula exactamente su valor. Sin
embargo, no es tan absoluto el poder del Soberano para
fijar este valor, qU,e no deba seguir ciertas reglas.


1. a Dehe tenerse en cOllsideraeion el valol' illtrínse-
co del oro, de la plata y del cobre; siguiendo al fijar
su valor la propol'ciJn que hay entre estos metales.


2.a. Se debe tambien atender al precio que dan á los
géneros los estados estranjeros con quienes se mantiene
el comercio. Porque, si por ejemplo, un soberano al-
za demasiado el valor de sus especies, no las querran
los estranjeros con quienes negocian sus súbditos; lo que
l'edundara en gran perjuicio de estos.


3.a Es necesario que sea la moneda de buena cua-
lidad, y que tenga la liga y peso convenientes.


ll.a El soberano debe p<;mer todo su cuidado en im-
pedir los fraudes de los monederos falsos. Para esto con-
viene no solamente empIcar buena liga, sino tambien ha-
cer fabricar con esmcro toda la moneda; de suerte que
unido el trabajo al valor intrínseco de cada pieza val-
ga esta tanto y aun mas, si es posihle, que los géne-
ros porque se cambia en el t~omercio.


5.a Cuando se ha introducido moneda falsa en el co-
mercio, debe el soberano, si puede, tomar la pérdi-
da sobre sí, impidiendo que la sufran los particulares, y




(249)
recogida toda la moneda falsa deberá prohibir que cir-
cule en lo sucesivo.


G.a Siendo la moneda la medida del precio de las
demas cosas, no debe el príncipe alteraren nada el
valor de las especies de que se compone, sino cuando
se halle el Estado en un grande a puro, y le obligue á
ello la necesidad.


7.a Cuando haya que hacerse tales alteraciones , de-
berán limitarse ú las menores qne sean posibles y pl'ecisns, y
de modo que su efecto sea universal; y no por mil'as
de intereses particulares con per.iuicio del bien público:
con intencion ademas de restablecer las cosaS á su pri-
mc!" estado tan pronto eomo 'sea posible.


s.a La última advertencia es , fIHe la medida del pre-
cio del dinero y segun la cual dehe naturalmente subir
ó bdjar, depende principalmente de su abundancia ó es-
casez, la que se debe fijar segun el valor de las tienas,
cuyo valor natural é intrínseco es muy constante, y que
el principal fundamento de los patrimonios. En efec-
to, si cuando circllla 'el dinero en abundancia, las tier-
ras y lo que proviene de ellas estuviesen baratas, se
arruinarian infaliblemente los labradores. Y al contrario,
si cuando el dinero escasea las tierras y sus produccio-
nes se vendiesen muy caras, los que solo subsisten de
su industria se moririan de hambre.


Üe todo lo flue acabamos de decir acerca de la moneda.
y su valor se sigue, que considerado el dinero como mo-
neda, es una mercancia cuyo valor tiene la propiedad
de ser representativo de otro igual valor consistente en cüal-
quiera especie de mercancía; de manera que por medio
de esta facultad, las ventas en dinero no son ¡nas que
verdaderas permutas de una mercancia por otra. No
ohstante, como no es una cosa usual, y como el que
lo recibe vendiendo, solo puede servirse de él dándolo
por otra cosa, solo se emplea en el caso en qtle algu-
no quiera comprar las mercancias de otros, no teniendo
en especie las cosas que desean estos recibir en cam-




(2aO)
Lio; entonces puede considerarse el dinero como una
prenda intermedia, por cuyo medio se verifica el primer
trato para un?, permuta elltre el comprador y el ven-
dedor quien la consuma despues con otros hombres, que
facilitan pOI' esta prenda comun las mercancias que el
ptimer comprador no poseía.


UIl ejemplo aclarará esta idea. Proscribamos el uso
del dinero y las voces de compra y venta, substitu-
~yendo la de permutas, y suponiendo hechas estas en
especie. Entonces es claro que el que quiera conseguix'
la mercancia de otro, necesita tenEr otra de igual va-
lor que darle, y asi necesita vender para comprar. :E:;
evidente tambien que el que quiera dal' salida á su
mercancía, necesita tomal' en cambio otra de igual va--
101', Y por consiguiente necesita comprar para vender.


Pero supongamos que Juan tiene la cosa que con-
viene á Pedro, y que este no tiene la que necesi-
ta Juan: en tal caso recurren al dinero que acallarnos
de proscribir, y lo emplean como una prenda inlerme~
dia, como un valor representativo para .1 uan de la co-
sa que no puede darle en cambio Pedro: en tr,1 caso
como dicho Pedro no tiene dinero es necesario que lo
adquiera cambiando por metálico alguna cosa suya, de
donde resulta que en vez de hacer una pel'l1Hlta hace
dos, y lo mismo tiene que hacer Juan, puesto que
tiene que da\' el dinero qlle le eutrego Pedro á otra
persona para que le venda la mercancia que desea. Es
pues evidente, que en el fondo la operaeion es siem-
pre la misma: puede muy bien comprarse co.n dinero
una cosa usual para venderla, pero para tener este di-
nero, es precis(( haber vendi,do. Y éase sobre esta leecion
á BURLAJlIAQUJ, Priucip. del DcrechoKalural, part. q.a
cap. X y XI, á Puffendorf, lib. IV , cap. XIII, Y li-
hro V, cap. 1. El orden natural y esencial de las so-
ciedades políticas, Edic. XII , . tomo II, cap. XXXVI. l\
]~ielfeld, lnst¿tucione,l' polftica.f. Parto J ."cap XIV §.
XXIII, Y siguientes.




»


(2at)


LECCION XXVIII.


De las reglas de los contratos que suponen la p1'C.ple-
dad de los bienes y el prpcio de las cosas.


Se dividen los contratos eu graciosos ó gratuitos, y
en onerosos o interesados. Los primel'os proeuran á uno
de los contrayentes alguna ventaja puramente gratuita, Los
otros obligan á cumplil' á cada UIIO de los contrayente!>


,una carga ó cnndicion onerosa que se imponen UllO á
otro; porque en tales contratos no se hace ni se dá na-
Ja sino para reCIbir otro tanto.


Cuatro clases principales hay de contratos gratuitos: á
saber, la donacioll, la comislon ó mandato, el prt:stamo
para uso ó comodato, yel depósito.


La DOllaúon es un contrato por el cual nos despo-
jamos del derecho de una cosa nuestra para transferirla
gratuitamente á uua persona que la acepta., bien se le
entregue la cosa en el mismo momento de prometérsela
dar o despues de algun tiempo. Las donaciones son libe-
l'alidades naturales del órden de ia sociedad, donde las
conexiones de parentesco, amistad y humanidad obligan á
hacer hien, ó por la estimacion del mérito, ó por socor-
rer á los que se hallan en necesidad ó pOl' conocimien-
to, ó por otras miras. No hay d.onacion sin acepta-
cioll; esta es una consecuencia de la naturaleza de
toda obligacion; porque mientras que el donatario uo




(202)
acepta, lIO se despoja el donante de la cosa que dá y con-
serva su derccho en ella.


Una vez hecha la donacion es irrevocable por su
naturaleza, cou)o las demas convenciones. Esto, sin em-
bargo, no bast:i para que pueda revocarse por razon('s
poderosas, pues <{ue estas deben considerarse como con-
diciones tácitas.


La Cumisioll Ó el Mandato es un contrato por el
cual nos encargamos, sin interés ó por pura gracia, de
los negocIOs de alguno que nos lo suplica. Los latinos
le liáman lf'la;nlatllln. El orígcn de esle contrato pi·m,je-
ne de la debilidad y las necesidadcs del hombre. Las al1..:..
senciá,;, las indisposiciones y otros muchos impedimen-
tos son frecuentementc causa de que no podamos ocu-
parnos tn nucstros negocios, y por consiguiente que ten-
gamos que recurrit' á los demas hombres. El poder o las
fac\lltad'e!" de un procuradO-l' dependen de la estension
de su comisiono Algunas veces es limitada la procuracion,
y determina espresamente e\ modo con que debe tondü-
~irse en ella: otras, se deja todo á \a prudencia y habi-
lidad del, procurador.


Los que se encargan de cuidar 105 asulltos de ólm,
lo hacen generalmente por tUl principio de hUlllallid;¡d
ó de ainistad , y por esto- sus funciones son gratuitas pues
si exigieran algun salario, seria m~s bien este contrato
Una especie de arrendamIento.


COlllO regularmente st\elcn confiarse los negocios á los
amígos, ó á una persona de mucha confianza, están obli-
gados los procuradores. por honor y por deber, á ejecu-
tar fielmente lo que se les ha encargado. I.Ja razon dicta
que pongan en tales asürttos tooo el cuidado de que son
capáces, esto es, qtlc los desempeüen como hariuu por si
mismos en las cosas que mas estiman y prol)f)l'ciollal-
mente al objeto y naturaleza del contratro. Los antiguos
romanos respetaban particularmente esta suerte de obli-
gaciones, y miraban COÚ10 cosa indigna de lln hombre
de bien el cumplirlas (.011 ut';;lioencia. Por esta l':.tZOll




(2115)
dieron laaccloll de mandato, revistiéndola de tal infa-
mia como á la accion, de hurto. (1)


El que ha dado la comision está obligado á. .pagar
todo los gastos que se han hecho para e.iecutarla; y el
procuradol' puede tambien exigirle una Índemnizacion
de las pérdidas que haya sufrido, por consecuencÍana-
tural y directa de los negocios de que estaba encargado,
porque se supolle que así lo ha estipulado t~cÍtamente:
supuesto que solo ha prometido emplear gratui,tamente
su Índu5tria, Sl1S cuidados y su fiel atencion para maf.e-
.iar bien el asullto de que se trata. Y seria inj.Hsto el
pretender que, ademas de la molestia que se t.oma para
servirnos, emplease tambien su dinero tn favor nuestro.


El pn;stamo de uso (Commodatum) es una conven-
cion por la cual concedemos á alguno gl'atuitamente y
por cierto tiempo el uso de una cosa que nos pertenece:
digo gratuitamente, porque si hubiera precio seria un
arrendamiento.


El préstamo de uso, es una convencíon que dimana
naturalmente del vínculo que la sociedad establece entre,
los hombres, porque como no siempre podemos comprar
ó arrendar todas las cosas de (lue carecemos, y que so-
lo necesitamos pUl' poco tiempo, exige la llumanidad que
nos sirvamos unos á otros gratuitamente.


Las reglas geuerales de este contrato son Ins siguien-
tes: I.a Estamos obligados á guardar y conserval' la cosa
prestada con el mismo cuidado que pondríamos en aque-


. Has cosas que mas estimamos.
2.a No debemos servirnos de ella para otros usos ni


por ma~ tiempo que lo qne nos ha. permitido el pro-
pietario.


(l) DIGFSl'. lib. In. tit. JI. rl(~ his qui nnt:mtm inf<1mi<1.
l~g. I.


IR




(204)
3.a Debe volverse la cosa íntegra y tal como se ha re-


cibido, ó al menos sin mas detel'ioro que el que se si-
gue inevitablemente del uso ordinario.


4.a El que ha prestado una cosa no puede pedirla
hasta despues de concluido el uso para que la prestó. Sin
embargo, si el propietario la necesitase por un acciden-
de im previsto, el que la tiene prestada debe voh'erIa sin
dilacion en cuanto se le pida.


5. a Si pereciese la cosa prestada por algun incidente
sin culpa del que la tiene á préstamo, parece mas justo
que sufra este la pérdida que no el propietario; princ¡pal-
mente si hay motivo para presumir que tal accidente no
se hubiera verificado, 'si hubiera permanecido en poder
de este. Si decidiéramos de otra manera, esperimeuta-
ria demasiado perjuicio el que se ha privado del uso de
su bien pOl' agradar a otro. No obstante el derecho 1'0-
"mano decide la cosa al contral'io, (1)


6.a Finalmente, es justo que satisfaga el propietario
al que tiene la cosa en préstamo, los gastos útiles ó ne-
cesarios que ha hecho para mantenerla y conservarla, pe-
ro no los que pide absolutamente el liSO OIdinario. Asi
el que tiene prestado un caballo ó un esclavo debe man-
tenerlos á su costa; pero si cayeren enfermos, losgas--
tos de la cura son de cuenta del dueño: siempre que no
haya sido pOl' culpa del que los pidió prestados.


El depósito es un contrato pOI' el cual damos á gual'-
dar á alguno qué se encarga de ello gl'atuilamente, UI~a
cosa que nos pertenece o en que tenemos alguu interés,
con la condir;ion de que nos la vuelva tan luegocotrlo
se la pidamos El origen de esta cOfl\'encioll pl'Oviene na-
turalmente de las necesidades de los hombres. Muchai
veces uos hallamos en tales circunstancias que no pode~
mos guardal' lo '"{ue poseemos; y entonces para ponel' en


( r) DrGE!lT. lib. XIII. tito VI. Cornmod. lego y, § ' •.




(200)
seguridad nuestt'os bienes tenemos que entregarlos á algu.
na persona fiel que quiera encargarse de ellos.


El origen, la naturaleza y el fin de este contrato dan
á conocer las reglas que deben seguirse en él.
I.~ Como generalmente se hace el depósito en sect'e-


la, sin escritura, y e~ una convencion de uso muy ne-
cesario, y cuya se¡;uridad depende de la fé del que se
enrarga de él, ninguna ohligacion exige tan particular-
mente la fidelidad. como la del depositario.


2. a El depósito debe ser gratuito; porque es un ofi-
cio de amistau y humanidad; de lo contrario degellera-
ría en un contrato de arrendamiento,


3.a El depositario no debe servirse de la cosa depo-
sitada, porque no se le ha entregado con este objeto. No
le es permitido tampoco abrirla, desempaquetarla (, sa-
carla de un cofre, si se le ha entregado en este estado;
porque es una cosa sagrada, y por el mero hecho de ser-
virse de ella, se hace responsable de cualquier aconte-
cimiento.


4.a Debe guardarse el deposito con todo el cuidado
tle que es uno capáz, y con proporcion á la naturaleza
ele la cosa.


5.a Se debe volver el depósito al punto que lo pida
el que nos lo ha entregado; á no ser que de restituirlo
en aquel tiempo, se cause algl1n perjuicio al deposi-
tante ó á otras personas; como por ejemplo, si el que
nos ha entregado armas en depósito, nos las pidiese en
un acceso de locura, ó si se hubiere descubierto que el
deposito era una cosa robada; ó si la persona de quien
se ha recibido en depósito una suma de dinero, quisie-
re servirse de ella para hacer la guerra á la patda.


F'uera de estos casos, es una grande infamia y un
crÍmen, aun mas enorme que el hurto propiamente di-
.;ho. el negarse á volver un deposito, principalmente si se
tratase del depósito miserable, esto es, de aquel que
se ha confiado por causa de alguna desgracia, como de
un incendio, de un naufragio, de una sedicion, etc •


.


.




(gaG)
Por esto establecieron las leyes romanas s:íLi:nnenle, que
los que rehusasen maliciosamellte restituir semejante de--
pósito. fuesen condenados á dar el doble, (1)


6.a Finalmente, el dueño dd depósito debe, satis-
facer al depositario los gastos que se hubiere visto pre-
cisado á hacer para la custodia de las cosas deposira-
dás. O jiciurn suum nClIlini dcóct essc dmllllo.Hlm. (2)


En cuanto á los contratos onerosos (\{'bc advertilsO
que en todos los que son puralllente (ales, debe guar ..
darse Ulla jnsta igualdad: es decir, que cada uno de
los contrayentes reciba tauto como da, y por consi¡.?,uieu-
te si recibiese uno de ellos menos, puede exigir una
indemnizadon o deshacer el contrato.


Síguese de aqui, qne ambos cOlltraye;ltes d('hen
conocer igualmente la cosa que es objeto de su trato,
Ó pOl' lo menos aquellas eualidades 'lile son de alguna
importancia; y por eonsiguiente está obligado cada COIl-·
tratante á declarar de buena fe los defectos de la cosa
sobre que tratan, asi como declara las cnalidades que
realzan su valor. No hacit~'lldose esto se ataca 1'[\ á h
igualdad que es la base de los contratos OlJerosos; ))01'-
que es bien evidente que un comprador, por ejemplo
no pagada tanto por lo que ~olllpra, sí sllpiera sus de-
fectos esenciales.


El mas autiguo de los contratos onerosos es la pC'l'-
muta ó cambio. El trueque ó cambio es IIna convcneio\1
pOl' la cual se dan los c:ontrayentes ulla cosa del mis-
mo valor, de cualquiera eSlwcie menos dinero; pOl'í¡ue
eutonces seria ulla "{'nta. Es necesario no COllfLHltlir con
el camhio UlJa donacion recíproca, porque ~n esta no


l) Digest. lih. XVI. tit. nI. Depositi, leg. I. .~. J. ~.
2) L. 7. D. Te~t¡¡U1. qucluadlll. opero libro XXIX. ti tu-


1" III.
)


;




(207)
llsy ninguna necesidad de que cada uno dé alguna co-
sa de igual valor que la que recibe.


Pero el contrato mas usual desde la ¡nvencion de
la· moneda, es el de compra, venta, por el cual se
adquiere la propiedad de una cosa ó algun derecho equi-
valente, cutl'cgando p0r ella cierta suma de dinero al que
la v()nde. Se reputa perfecto este contrato, en cuanto
tie han convenido ambos contrayeutes en el precIO
de la cosa ((ue se vende; y desde entonces está obli-
gado á ejecut;¡r cada uno aquello á que se obligó y
tiene aecion uno contra otro para {·xigirlo. Pero si el
contrato contiene alguna condieion espresa o tácita que
suspen(h¡ su efecto, no se perfecciona la venta hasta
que Ja cnndicion se haya realizado del modo en que
se convinieron las partes.


La obligacion natural qne del contrato de venta resul-
ta, es que el vendedor está obligado á entregar la mel'-
cancia al tiempo y del modo en que se han conveni-
do; y el comprador á pagar el precio en que han que-
dado de acuerdo. Pero si desde que se convinieron en el
precio hasta que se verifica la entrega de la mercancía,
sobreviniere alguna disminllcion á la cosa vendida, o
llegare á perecer por algun accidente, suele preguntar-
se, ¿ sobre cual de Jos dos debe recaer esta pérdida?


Para decidir esta cuestion basta solo saber, quién
. es el verdadero propietario al tiempo que se disminu-
ye o perece la cosa; porque es un principio natural, que
asi como los aumentos ó mejoras de una cosa aprove-
chan al propietario, asi tambien le pertenezcan las dis-
minuciones ó pérdidas. Asi pues, si fuere imposible
al vendedor dar desde luego al comprador la cosa ven-
dida, ó !'>i dehiere entregarla á cierto tiempo, o en cier-
to lugar, es muy natural la presllncion de que las par-
tes se han convenido en que permaneciese del vende-
dor la propiedad hasta el tiempo de la entrega, y que
el comprador no ha querido adq1lirirla antes; por con-
siguiente las utilidades ó pérdidas acaecidas son enton-




(203)
ces de cuenta dei ,'endedor. Pero si la cosa vendida es-
tá presente, y solo depende del comprador el recibir-
la, no hay ninguna razon para Cl'eel' que el vendedOl'
conserve la propiedad, y por consiguiente recaen los
accidentes que sobrevengan sobre el comprador.


El contrato de venta, asi como todos los demas, cons-
tituye dos clases de obligaciones. La primera, pertene-
ce á las que son una consecuencia del mismo contt'ato,
aunque no las hayan espresado los contrayentes; la se-
gunda, á las que se han espr~sado formalmente en é1.
Se refieren á la primera clase la obligacion del vendedor
de entregar y responder de la cosa, y el deber en que
está el compradOl' de pagar el precio ~ y de indemnizal'
al vendedol' de los perjuicios que le cause por su
culpa.


En cuanto l\ las obligaciones de la segunda clase,
como depende de la voluntad de los contrayentes el
modificar de diverso modo sus convefl(~iones • manda el
Derecho Natural que se cumpla fielmente aquello en que
se han convenido, y que se conformen con las leyes del
estado en que viven, si quieren que el contrato sea
válido en justicia. La!'> condiciones que por lo comun
suelen ponerse al contrato de venta, son de muchas
especies.


La La compra se verifica o á dinero contado, o
al fiado; esto es, con condicion de que no se ha de pagar
el género hasta cierto' tiempo despues de su entrega.


'2. a , Algunas veces se vende una cosa con la con-
dicion de que, si dentro de cierto tiempo ofreciere otro
mas por ella, sea permitido el vendérsela, á lo que los
jurisconsultos llaman additio in diem. (1)


3. a Frecuentemente se ailade á la venta la dáusu-


(1; Leg. I. D. De in diem addiat. libro XVIII titu-
lo II.




(209)
la llamada cláusula cornnusol'la, por la cual se con-
vienen los contrayentes en que si el comprador uo pa-
gase dentro del plazo señalado, sea nula la \lenta, con
tal que lo apruebe el vendedor; porque esta cláusula
está puesta á fa \'0 l' suyo. (I)


Mas como no es posible que todos los hombres
compren y tellgan todo lo que necesitan, ni que to-
dos puedan hacérselo por sí mismos; y como por otra
parte, no seria justo que pudieran usar y aprovecharse
gratuitamente del uso de las cosas de otro ó de sU
iudustria y trabaJo, ha sido necesario que se lucrase
con ello, y esto es lo que ha dado lugar al contra-
to de arrendamiento. El arrendamiento, en general, es
un contrato por el cual dá uno á otro, mediante cierto
alquiler ó salario, el uso ó goce de una cosa, ó de
su trabajo é illdustria, por cierto tiempo. Llámase ar-
rendatario el que facilita su trabajo, su industria ó una
cosa que le pertenece, y el que se apro ... echa de ella ar-
rendador. Las principales reglas de este contrato son
las siguientes:


1. a Lo mas comun es ttneglar de antemano el al-
quiler ó salario. Mas sillose hubiera hecho, se pre-
sume que las partes se atienen á lo que se hace co-
munmente.


2.a El que arrienda una cosa suya, debe entregarla
en estado de servil' á los usos para que se t0ma en
arrenclamiento, debe entregarla al tiempo señalado, y del
modo y forma que se hubiere convenido.


3.a Debe mantenerla en el mismo estado, con cu-
~'o objeto hará ó satisfará los gastos neces<orios para ello
al arrendador, á mellas que este se haya obligado á pa-
garlos, por el eontrato.


(1) Leg. JI, III, t't V. D. De lego COlmnlS. Lib. X"TiI
lit. III.




(260)
4.a No deLe turbal' en su goce al inquilino hasta


que espire el plazo del arrendamiento; á menos que
sobreve'lga algun caso que se repute esceptuado: como
si el inquilino no pagase el alquiler: si se comportase
de modo que arruinase la casa, ó se sirviese de ella de
un modo ilícito y contrario á las buenas costumbres: si el
dueño quisíel'e habitarla ó hacer en ella algunos repa·
ros necesarios. Pero en estos dos últimos casos está
obligado el propietario á volver al inquilino los al-
quileres no vencidos.


5.a Es tambien un deber del duei'Io el indemnizar al
inquilino de los perjUIcIOs que esperimenta por efecto
de los vicios de la cosa, que conocia o debía cono-
cel·.


El que arrienda su trabajo o industria debe: 1. Q de-
dicarse fielmente á la obra que se le ha encargado.


2.. q Entregársela todo lo mas pronto posible, den-
tro del tiempo convenido.


3. Q No abandonarla sin algun gran motivo.
4. o .Finalmente, debe responder de los perjuicios que


puede haber causado por su negligencia Iy aun pOl' su
ignorancia; á menos que aquel para cluien trabajaba, co-
nociendo su poca habilidad, haya pasado por alto esta
consideracion. El arrendador está obli~ado á gozar de lo
que tiene en arrelldamiellto, como buen padre de fa--
milias; á pagar fielmente al propietario el alquiler ó sa-
lario prometido; y finalmente á indemnizarle del perjuicio
que puede llaberle causado por su negligencia.


5, Q Si la cosa alquilada llegáre á perecer sin que
tenga culpa el alquilador, no solamente no eSlá obli-
gado á pagarla, sino que desde aquel momento cesa el
alquiler.


6. Q Si sucede algun accidente que disminu~)a los
frutos de una heredad qne se dió en arrendamiento,
no está obligado en rigor el propietario á rebajar el pl'e-
rio del arriendo: porque asi como no está obligado el
arrendador á pngar Ulla suma mayor, cuando tiene Ulla




(261)
cosecha mas abundante, asi tampoco puede pedir la dis-
minucion pOl' alguna leve pérdida; pues lo uno se COffi-·
pensa con lo otro,


El préstamo á consuncion (mutuum) es una conven-
cion por la cual se da á alguno una cosa susceptible de
ser sustituida por otra, con la obligacion de restituir
dentro de cierto tiempo otro tanto de la misma espe-
cie y calidad.


Las cosas que se prestan á mútuo se dicen suscep-
tibles de ser restituidas por otras; porque cada una equi-
vale ó es lo mismo que cualquiera otra semejante, de
modo que el que recibe tanto como ha dado de la mis-
ma especie y cualidad, se reputa que ha recibido la
misma cosa. Tales son la plata aeuilada, el 01'0 macizo
y los dernas metales en bruto, el trigo, el vino, la sal, .
el aceite, en una palabl'a, todo lo que se dá al peso,
número o medida.


Esta especie de cosas se designan con el nombre de
cantidad ó mejor de género y las otras se llaman cosas en
e,'pecie. Los jurisconsultos las llaman res fungibiles. Pa-
ra comprender mejor esta idea, se debe advertir que
solo- puede usarse del dinero, de los granos, de los lico-
l'es y demas cosas semejantes, consumiéndolas ó dejan-
do de tenerlas; porque esto es un efecto del orden de
Dios quien al destinar al hOI,ubre al trabajo, le ha he-
cho esta clase de co~as muy necesarias, y las ha dado
tales propiedades, que solo se pueden adquirir por me-
dio del trabajo, y se consumen ó pierden en tuanto se
usall, pal'a que esta necesidad que renace continuamente,
obligue á un trabajo que dllre tanto como la vida. Se
hace, pues, en el préstamo á consuncion UIJa enagena-
cion de la roosa prestada, y el que la recibe asi se ha-
ce dueño de ella; (1) porque de lo contrario no tendría


( I) Instit. Quib. modo re cont. oblig.




(262)
el derecho de consumirla. Inde mutuulll appellaturn es!,
quía ita á me tibi datur, ut ex meo tuum flato


El que presta se llama acreedor, á causa del cré-
dito que funda en la persona á quien presta; y el que
recibe se llama deudor, porque dpbe volver igual su-
ma ó cantidad que se le ha dado.


El deudor está obligado á volverle igual suma o
cantidad que ha tomado prestada, en el término con-
venido, y tiene que pagar los darlOS que resulten á la
cosa pOl' algun accidente ó caso fortuito; y aunque no
se haya apl'ovechado de la cosa p:'estada, no por eso
deja de estar obli~ado á devolver tanto como ha reci-
hido; porque por el pi éstamo adquirio su propie-
dad.


Finalmente, se presta gratuitamente y sin exigir nada por
lo que se ha dado, o bien estipulando del deudor cier-
to provecho ó utilidad que se llama usura ó tnterés. l .. a
usura ó interé5 es un reconocimiento proporcionado á
la suma que un propietario de dinero presta á una per-
50na que se la pide en una necesidad urgente. (1) Es-


( 1) El autor no define ]a usura con la exactitud debida,
y segun el sentido en que ]a toma no podria ser lícita. BUR-
I.AMAQUI en sus Principios de Derecho Natural, obra de ]a
que están tomada., estas lecciones la define: "El interés le-
gal y compensatorio de una suma prestada á una persona bien
acomodada, con el objeto de una utilidad comun.» Y en este
sentido defiende que es lícita. Creemos que esta dennicion es
mas bien aplicable á la palabra intel'és que á la palabl'a usu-
I·a. Por usura se entiende, segun autores respetables, el lu-
cro inmoderado que algunos llevan por el dinero que prestan.
con perjuicio notable del mutuario que obligado de la nece-
sidad en que se encuentra consiente en ello. En este sentido
la usura es siempre ilícita.


y en efecto cuando se presenta una persona á pedirnos
prestada alguna cosa, bien sea fungible ó no fungible, pOJo-




(263)
le reconocimiento reducido á la vigésima ó vigésima quin-
ta parte del capital, es muy confol'me al derecho natu-
ral. Porque si una sociedad de comercio es conforme
al derecho natural, tal usura debe serlo tambien. El
(Jue presta y el CJue recibe prestado, componen una so-
ciedad de comercio; con sola la diferencia de que en
este caso el que presta no arriesga nada, pero que el
que recibe prestado está cspuesto á pel'derlo todo. No
obstante puede tambien este aumentar el dinero, á un
10,20,30, Y mas todavía por 100, cuando el que
lIO arriesga nada, se cOlltenta con el 4 o 5. De este
modo hay compensacion de una parte y otra.


Ademas ,si la usura no fuera conforme al derecho
natural, no habría ningun contrato oneroso que fuese
tal; porque en todo contrato oneroso se prestan servI-
cios reciprocos en utilidad de los contrayentes. Y ¿qué
mayor servicio puede hacer un hombre á otro en una
necesidad urjente, que prestarle cierta suma de dinero.


que la necesita para socorrerse ó para salir de algun apuro
en que se encuentra, por ejemplo, un labrador para sembrar,
tenemos obligacion de prestarle sin llevarle interés alguno,
móderado ó inmoderado, pues en tales casos la necesidad del
pl'ógimo nos pone en la precisioll evangélica y social de au-
xiliarle sin l'etribucion alguua. Asi nos lo manda el Evan-
gelio (Levit. cap. 25, verso 35. S. Lucas. cap. 6. verso 34,) Y
nos 10 dicta la naturaleza, como confiesa JERElIlIAS BENTHAM.
Pero cuando nos pide prestado una persona bien acomodada
que no necesita nuestro dinero mas qcre para acrecentar sus
riquezas por medio de especulaciones ventajosas, bien podemos
llevarle un interés moderado que debe regularsé seglln el tiem-
po porque se presta, la clase de negociacion en que ha de
~mplearse, el estado del pais y otras varias circunstancias. En-
tiéndase pues, con arreglo á esta esplicacion la doctrina qne
sienta de Felice lobre esta materia




(264)
para sacarle de apuros? Porque ¿ quién es el que sue-
le pedir prestado ? Un vecino á quien pongo en es-
tado de arreglar los negocios que le arruinaban en plei-
tos, o de apl'Ovecharse de una ocasion de hacel' una
adquisicion ventajosa. Otro vecino que con mi dinero
reedifica una casa quena se habitaba desde mucho tiem-
po por falta de reparos: ó que consigue est:ngllir una
renta territorial ó seflOrial, durante el tiempo fpIe le
doy para pagarme cómodamente. Un tercero que solo tie-
ne el deseo de aumentar sus riquezas, y á quien facilitó el
medio de emprender una buena especulacion () de dar
mas estension á la que ya habria emprendido y que veía
prosperar. Hé aqui cuantas ventajas positins proporcio-
no á mi prógimo por el préstamo. Es verdad que po-
dria proporcionárselas sin interés principalmente si mis
circunstancias me lo permitiesen, pero si los capitales que
presto, son los que deben sllnlinistrarme una subsistencia
decorosa, ¿ hago alguna injuria á mi progimo en pedirle
un reconocimiento moderado por lo que le prestó? ¿ Có-
mo podrá hallarse injusto tal procedimiento?


Dos observaciones ponddn todavia en mayor claridad
la fuerza de mi raciocinio. La primera es, que por lo re-
gular ,no se presta á interés á los pobres, esto es, á los
que piden prestado para vivir; el verdaderu préstamo que
prescribe entonces el derecho natUl'<\1 es la limosna. Solo
se presta, pues, así á las per~onas acomodadas que pue-
den volver lo que se les dá; Y que piden prestado siem-
pre con la, mira de sacar mucho mas del interés que pa-
gan. La segunda observacion es, que no siempre tienen
los acreedores seguros los fondos prestados. Dichas perso-
llas podrian poner su dinero en los fondos públicos, y
tenerlo en completa seguridad; pero en vez de esta sá-
hia pr~caucion, ceden á las instigaciones de un particu-
lat:, prefieren darselo á él ,y se lo entregan con condi-
cion de p':lgal' el intel·és ordinario; condicion que tienen
(lue cnmplir los mismos acreedores siempre que piden
prestado. ¿ Poddt decirse que h;¡y injusticia en su pro-




(2m))
ccdimiento? ¿ No es mas bien cierto que pecan contra sí
mismos, csponiénclose á riesgos visiLles, y que hacen muy
mal en ceder á los sentimientos de humanidad, de que
suelen SCl' victimas por lo regular? Mientras que arma-
dos otros con una prudencia seyera, o mas bien de una
desapiadada hipocresía, se contentan COll condenar á los
úsureros, dejan gritar á los importunos, y emplean su
dinero de un modo mas seguro y útil. ¿ Quién merece mas
el nombre deJusto y de bcnrjico, el que arriesga sus fon-
dos para ayudarnos en la llecesidad, exigiendo el interés
ordinario; ó el que con pl'etesto de ahorrect:r la usura,
emplea su dinero en el comercio ó en adquisiciones .so-
lidas, no prestando por consiguiellte á nadie y abandonan:-
do así al prógimo en sus angustin~, sin darle un socorro
que tan útil le seria y que está en su mano? (1)


Mas ¿ por qué fatalidad no seria ya el diuero sus-
ceptible de arrendamiento, como antiguamente? En otro
tiempo decían tocare mumnos, alquilar el dinero, prestar
con utilidad: igualmente que conduccre nummos, tamal'
tlitle¡'o en arcendamieuto. El cristianismo, dicen, h<\ des-
terrado estas espl'csiones profanas, Pero si estas espre~
siones denotan acciones conformes á la justicia, á la be.


neficencia y á la humanidad, como acabamos de demos-
trarlo, ¿ se atreverit nadie á decir que el cristianismo las
haya proscrito? ¿ Querrán, (Juizá, poner el cristianismo
en oposieion con las leyes de la naturaleza?


Finalmente, ¿ p()\' qué ¡'azon ha de ser el dinero, bien
el mas comodo de todos, el lÍnico de que no se pudie-
se sacar u ti lidad? Y ¿ por qué d c bel'ia ser su uso mas
gratuito, por ejemplo, que la consulta de IIn abogado,
ó de un médico, que la sentencia de un juez, o la re~
lacion de un perito, que las operacionos de un cirujano,
o las dietas de un procurador? N o obstante, sabido eS,
que todo se consigue con dinero, Tampoco se halla mayor


(1) Ambos tienen ohligacion en tal caso de prestar sia in-
terés si pueden,




(266)
generosidad entre los poseedores de las hel'edades. Cual-
quiera que pida á alguno una porcion de tiel'l'a por mu-
chos años, será despedido sino se obliga á pagar: si pide
á otro una habitacion por favor, no será mejor recibi-
do que por el primero. Todos están obligados á pagar el
uso de un mueble al tapicero ó prendel'O, la lectura de
un libro al librero etc.; por lo cual, conociendo la utili-
dad del dinel'O que es tan necesaria para todos, le túmau
prestado en sus necesidades de un banquero, y puesto
que no ha encontrado hasta entonces mas que personas
interesadas que de todo quieren sacar provecho, que no
quiel'en prestar gratis sus tierras, casas. cuidados ni ta-
lentos, no se asombran de que su prestamista de especies
quiera tambien sacar de ellas alguna retribucion, y su-
fren , sin replicar, que les hagan pagar la usura o el al-
quiler. As) es como reflexionando sobre el movil del in-
terés que ha~e obrar á todos los hombres, y que es el
móvil dichoso é inmutable de sus comunicaciones, se ve que
la práctka de la usura ordinaria no es mas criminal, ni
mas injusta que el uso respectivamente útil de arrendar las
tierras, casas etc. Veo que este comercio destinado ver-
daderamente á pl'Ocurar el bien de las partes interesa-
das es de la misma naturaleza que todos los demas, y
que no es en sí ni menos honesto, ni menos ventajoso á
la sociedad. Esto dio motivo á Saumaise para decir en el
tratado que escribIó sobre esta materia y que merece
consultarse, que la práctica de la uSllra no es menos ne-
cesaria al comercio, que el comercio lo es á la agricul-
tura: Ul agricultura! sine mercalura vix potest subsú-
lere ..• ita nec mercatura sine (ceneratione estal'e.


Concluyamos, pues, diciendo que en el préstamo
á interés np hay la mas leve apariencia de injusticia: que
al contt'ario, se halla en él una útilidad pública y real,
porque es un medio mas de facilitar ej. giro del compr-
cio. Y en materia de comercio lo que es recíprocamente
útil, es justo por necesidad. Y en efecto. ¿ Qué es la
equidad, sino la igualdad ('onst ante de los intereses rf'S-




(267)
pectivos, cer¡uitas ab cer¡uo? Cuando la balanza está en
un perfecto equilibrio, hay en ella justicia.


Seis etenim justum gemind Juspendcl'e lance. (1)


Reeonózease, pues, este gl'an principio de todo co-
mercio en la sociedad: la utilidad ledpl'oca de los C011-
tra)"e11tes es la medida comU11 de lo que se debe lla-
mar justo: porque no podda habel' injusticia donde Il()
hubiese lesiono :Esta máxima siempre verdadera, es la.
piedra de toque de la justicia, y la que ha distinguido lo
p~l'j udicial, de lo que no daña á nadie; nullum falsum.
IlLSC l1oci(!um.


El contrato de soci(dad es una convencían por la
cual ponen dos ó mas personas su dinero en eomun. su~
bienes ó su trabajo, con la mira de partir entre ellos la
gauancia. y súportar la pérdida que soLrevenga á cada
uno. á proporcion de lo que haya traido, o segun el modo
con que se hayan convenido. Los socios deben 'mil'arse
como hermanos, y trabaja,' en los negocios comunes con
toda la fidelidad y el cuidado de que son capaces, y no de-
ben disolver la sociedad fuera de tiempo, ó de un modG
que cause perjuicio á los demas asociados.


La parte que cada uno debe tener en las pérdidas, se
regula segun la parcia n de la parte que puso en el fon-
do, o segun el convenio que se verifico entre ellos. Si los
socios solo hubieran determinado, acerca de la parte que
cada cual habia de tener en las ganancias. la de la pér-
dida deheda arreglarse sobre el mismo pie, Ademas como
cada uno de los socios puede contribuir de diverso modo
unos mas, otros menos, con trabajo, dinel'o Ú otra~ co-


(1) PCl'séo, IV. 10.




(208)
sas, les es libre el regular de diverso modo las propor-
ciones de la ganancia ó pérdida, á pl'0p0l'cion de la dife-
rencia con que contribuyell. Pero es contra naturaleza
de las sociedades, que toda la pérdida sea de un socio sin
que participe de las utilidades, y todo el provecho del
otro sin que participe de las pérdidas, porque toda so-
ciedad debe hacerse para la utilidad comun de los aso-
ciados.


Ademas de 103 diferentes contratos de que hemos ha-
blado, hay otros que se distinguen en que en ellos
concurre la casualidad, esto es, en que depende el cum-
plimiento de la convencion total (, particular de un suce-
so incierto. Tales son las apuestas, la mayor parte de los
juegos, las loterias, los seguros, etc.


Es propio de la naturaleza de estas convenciones, que
los contrayentes den un consentimiento indefinido y an-
ticipado á todo lo que pueda (lcU\'l'Ír, y por consiguien-
te aquel á quien no es favorable, no puede quejarse
justamente de la pérdida que esperimenta, pues que se
sometió á ella voluntariamente v á sabielldas, Si los con-


. trayentes, pues, tienen buena fé, suceda lo que quiera, y
aunque uno tenga todo el provecho y el otro toda la
pérdida, no debe atenderse á esta desigualdad, y no pue-
de exigirse ninguna indemnizacion. Tal es la ley general
de esta clase de contratos.


Las apuestas y promesas, son convenciones por las
que dos personas de las cuales una afirma y la otra


- niega un acontecimiento futuro o ya pasado ó bien al-
guna otra cosa, depositan ó prometen mutuaniente cier-
ta suma que debe ganar aquel cuya opiuion se halle con-
forme á la verdad.


Esta clase de convenciones son permitidas, con tal
que no versen sobre cosas deshonestas o ilícitas. POI' lo
demas á la prudeneia de los soberanos y magistrados cor-
responde el no permitir ni a'utorizar las apuestas, sillo
cuando son moderadas y proporcionadas á la fortuna de
los (Iue las hacen; porque seria indubitablclllente un mal




(269)
}13ra la~ familias y parl la sociedad si se permitiese :i
los particulares ulTiesgar al acaso toda su forlulla.


Los juegos, se dividen en tres clases; jucgos de des-
treza, juegos de a:d,., y juegos mistos que partícipau
de unos y otros. Muchas son las rcflexioncs importante;;
fIne se pueden hacer sobre el jUf'go.


l. o .La primera es, que el juego no <leoe conside-
rarse como un comercio ó una oCllpacion, silla mas bien
f'omo un descanso y nna especie de recreo.


2. o Este recreo nada t ipue 'lue no sea honesto en
íií mismo, siempre que no eseeda de los limites de ona
~ábia mnderaclOll, y ljue no se emplce eH él ni dema-
!-liado tiempo ni grondcs sumas.


3. o Los que ltacen del juego su ocupaciolJ onlilla-
ria, y pOl' decirlo así, su profesioll, pecan abiertamente
contra la ley natural. Porque, sin hablar de las pasiones
([ue por lo eOlTIun \"aH unidas al juego cuando se entre-
ga alguno á él enteramente, y de las injüsticias que son
su consecuencia; fundándose esta eSj)ccie de profesion y
de comercio en la astucia, es df'cir, teniendo pe!' objeto
el enriquecer Ú lUJOS eulI perjuicil) ¿le otros;deoe ser
(:onsider<¡da COIllO enteramente antisocial. Cualldo, pues,
se dice qne la pl'ofesion del juego es contra la ley na-
tural, debe entenderse que se habla mas bien de las COl1-
seeueucias del jUl'go, que del juego en sí mismo; por-
CJne segun la ley natnral al.m los Jlll'gOS de azár nada tie-
nen de injustos; pue.s que adel1las de que cada uno jue-
ga por su propia voluntad. cada jubador espolie su di-
nel'O á Igual peligro. y cada uno como es de sU poner,
,juega lo (ille es SlI)'O y de que puede por consi3uiente
disponer.


,í. o La esperiellcia llIanifiesta que los jl1(,~os de azii¡'
son mucho mas peli¡.Jl'osos que los de hi,bilidad; porque
como por lo ('OllIUII es el vil iuterés el alma de estos jue-
gos, van talllbicn acompaüados las mas veces tie todas
las cOllsecuellcias que pucde p,'odllcir IIna p<lsillll tall
Ilap y t:1Il indigna del hombre,


19




(270)
5. o Siempre se debe jugar con un nohle desinterés


que de tÍ conocel', que mas bien que con la mira de lu-
aar se juega por recreo y por distraccion, en lo que
debe poner todo el mundo suma atencioll; pero princi-
palmente las personas' de un nac:imiellto distinguido.


6. o Finalmente, debe observarse inviolablemente en
el juego la sábia máxima de un filósofo antiguo ( Cuan· ..
dose corre en la liza, se debe hacer cuanto se pueda
por conseguir el premio, pero no es permitido tender la
pierna á su competidor para que tropiece, ni apartarle
con la mano.)) (1)


Estas reflexiones dan á conocer lo suficiente, cuan in-
teresados esl{m los suberauos en impedir que los parti-
culares usell mal de su tiempo y de sus bienes, y en po-
11er límites á la facultad de jugar. En los hermosos días de
la república romana se confiscaba la casa en que se ha-
hia jugado. (2) Se podia injul'iar y maltratar impune-
mente al que hubiese dado dinero para jugar: negándole
la ley toda aecion sobre e~te particular. (3) Y ultima-
mente, se conc( dian cincuenta afIOs para pedir el dinero
que se hubiere perdidl> en el juego. (tI)


El contrato de segum es ulJa convencion por la cual,
mediante ~ierta suma, se aseguran las mercancias que
deben transportarse principalmente por mar, de suerte
(lue si llegaren á perecer, liene el asegurador la obliga-
cian de pagar' su valor; el esegul'ador puede exigir mayor
() menor cantidad segun fuere mayor o mellor el peligro.
Pero seria nulo el contrato que hiciesen, el asegurador que
supiese que las mercancías habian llegado ya á puerto, ó el


(1)
(?)
(3)
el)


Cíe. De Offit'. Lib. 3. cap. 10.
L. nIt. C. De Aleat. Lib. r l. tito 5.
L. 1. pe et. § '1. D. De Aleat. Lib. 'l. tit. 5.
L. 1. C. DI! Alrat. -




(271)
(lueilo de ellas que huLiese recihido la a' .. isos de su pér-
dida. Puede referirse á estos contratos la compra de una
esperanza incierta, como cuando se compra la caza o pes-
ca que hagan un cazador () un pescador, porque ann
cuando la caza ó pesca valiesen mucho mas de lo que
huhiere promet,ido el comprador, ó aUll(lue no produjesen
nada, el contrato deheria ser ejecutado. .


F'inalmen te , los contratos accesorios son aquellos
que no se hacen por sí mismos, sino que suponen otrol
para cuya seguridad sirven. Los principales son dos 1 la
fianza, y la jJlt}lUla ó hipoteca.


La fianza es una convencion por la cual, para ma-
yor seguridad de un acreedor, toma alguno sobre sí sub·
sidiarialllente la ohligacion de otro, de suerte que si el
deudor principal no satisface al acreedOl', está obligado
el fiador á pagar por él, quedándole siempre salvo el
l"Ccurso contra el deudor, para hacerle volver lo que ha
dado en stl nomhre y de su parte.


No siendo la fianza mas que un accesorio de un con-
trato, es claro que no puede estar ohligado el fiadol' á
Jnas de 10 que está el dcudol' principal. Si este, pues,
:\010 se obligárc bajo de condicion, el fiador no debe
nada antes que se verifique su cumplimiento. Tampoco
puede exigir~ele qlle pague en otro lugar o tiempo, que
en el que se hubiese estipulado con el deudor. Igual-
mente tiene derecho á valerse de las escepciones que el
deudor habría podido oponer, y que dimanan de la na-
turaleza misma del contrato principal.


Como las mugeres se dejan facilmente ganar sobre
esta materia, las leyes romanas sáhiamente proveyeron
por el beneficio del Senado-Consulto-Yeleyano estable-
ciendo, que las mugeres no pudieran ohligarse por nin-
guno, cualquiera que fuese. (1)


(1) nigest. Lih. di. tit. r. J,(>g. 1. § r.
.
.




(272)
Es tambien muy natural, que pida el acreedor SI!


paga al deudor principal antes de dirigirse al (iadm' ; por-
'lue este solo se obliga subsidiariamente, y en el caso de
que el deudor principal uo pueda pagar. Y si despues
ue esto no pudiel'e cOIlse¡;uir nada de él, podrá aUldil'
al fiador. A esto llaman los intérpretes del derecho ro-
mano bencficio de discusioú , de ól'den ó de posteridad:
.Beneficium CJ'cu.I'sio"is el ordinls.


La otra especie de convencion accesoria que sirve de
seguridad á los contratos, es la prenda ó hipoteca, por
la cual el deudo!' entreaa al acrcedo!' Íl oLliO'a á su fa-


1:) '. o
VOl' para seguridad de su deuda, ulla cosa de la que no
se desprende el acreedor hasta que se le haya satisfecho la
deuda. De ar¡lti viene qne la prenda o hipoteca val¡:;an
por lo comun mas de lo que se prcsta.


Algunas veces se convieue en que el acreedor se apro-
vecbará de Iás rentas de, la cosa que tiene en prenda, co-
mo por via de intel'és de su dinero, lo que se llama pa(~-·
to antrcrético. E~to debe eutenderse de las prendas que
tlan alglln rédito, porfJue hay otras que son estóriles, y
co"o respecto á las cuales se estipula por medio de una
e1ánsula comll)isol'ia, en virtud ele la cual sino se retira la
prenda dpntl'o de cierto tiempo, queda pOI' el acrepelor.
POl' consiguiente, si el deudo!' no paga al tiempo seilalado,
elacl'eedor puede vender la prenda ó la bipoteca para
ser pagado, ¿ (luedaJ'sela á un justo ¡JI'p('io, sie,npl'e que
esto haya sido estipulado en ('1 aelo de la convencinn.


Todo el tiempo que el acreedoJ' tenga ('n su poder la
prenda, deue cuidarla como á SIlS propios bienes, y ell
cnanto sea satisfecho debe restituida al dUJ(lol'. Pero si la
prenda llegare á perecer si)) culpa suya, por un ca~()
fortuito, no deja de conservar su derpt'ho que se diri¡:c
solamente contra los delJlas bienes del deudo!', aUlJque
110 podrá exit;ir que este le dó otra cosa en prenda ('[) lu-
gar de la <¡ue se le ha perJido, á no ser (ple se hubiese
c':'I1\'cllido asi e(l la primera obligaeion.


La IU}Jott'ca no se difere:J('ja de Lt prenda, propla-




(275)
mente dicha, mas que en que la prenda tiene por objeto
la" cosas muebles, las cuales se entregan al aCl'eedor en
el acto; la hipoteca consiste en asignarle ú obligar á su
favor solamente cierta cosa, principalmente inmueble,
por cuyo medio pueda inelemuizarse en caso de que el
deudor no le pague. Porque como las cosas muebles pue-
den ser rohadas muy facilmente, no asegurarian la paga
de la deuda si solo se hipotecasen dichas cosas. Esta di3-
tincion suele ser de mucho uso entre los ciudadanos de
un mismo Estado, porque obligando muchas veces la
lJecesidad á pedir pi estado por algun tiempo, y no te-
niendo siempre cada llOO cosas muebles que poder dar
en prenda, cuyo valol' iguale á la suma que se pide pres-
tada, seria muy embarazoso para un deudor tener que


, 1 t" , b entregar a Sll acreeclOr sus lerras o su casa, y aSI 3:31 a
que le seüale para la seguridad de la deuda una cosa
inmueble que no puede ser robada y cuya posesion eu
\.odo caso de perderla puede recobral',


Varios son los modos como nos libramos de las obli-
gaciones en que hemos entrado pOI' alguna convenciou,
y por consiguiente de los deberes que resultan de ella.
El mas natural es efectuar aquello en que I)OS hubié-
remos convenido: Tollitur autrm omnis oúZ¡gatz'o solu-
lione ('las quad debetul'. (1)


La compensacion es otro medio de librarse de una
obligacion. Es esta la satisfaccion reciproca de dos per-
sonas que se deben J111'ttuamente alguna cosa de la mis-
ma especie y valor; bien entendido, que la deuda de-
he ser liquida por una y otra par.te.


Nos libramos tamhien de una obligacian, cuando 3fí'le!
con quien estábamos obligados nos da por librt's de ella.


,1) Just. lih. IIl; tit. X}í.X. Q:¡ibus 1l1011is tollilUt obli,
¡;,tlio.




(274)
Porque uada es mas cierto que la máxilua que dice, ca-
da uno puede renuncial' su derecho.


1.as obligaciones recíprocas se resuelven por una
retractacion mtÍtua de las partes; á no ser que prohiba
desacerse el trato una vez contrahido alguna razon pal'-
tieular, ó algulla ley positiva; porque es indubitable, que
las leyes positivas pueden prohibir, en cierta clase de cou-
vem'iones, que se deshagan los empellOs contrahiclos,
~unque no se hayan ejecutado en todo o en parte; en
el matriln<;mio, por ejemplo, aunque 110 esté todavia
consumado.


l .. a infidelidad de lino de los contrayentes qnc no
cumple su palabra, libra al otro de la suya, y destru-
ye ó mas bien rompe la obligacion de este, La razon,
C:'Y que las obligaciones respectivas de las partes se sos-
tienen á manera de condiciories t[leitas.


l.as obligaciones que se fundan únicamente en cier-
to estado de personas, desaparecen desde el momento (lue
este estado 'no suhsiste ya. Asi, un ciudadano lIO está obli-
gado á obedecer á los magistrados de una república,
cuando pasa á otro estado-, ó cuando los (lue eran ma-
gistrados ya no lo son.


El tiempo solo destruye las obligaciones cuya du-
racion dependia de un término fijo. Y si quisieren con-
tinuarlas pa¡,ado este término, necesitan hace!' ulla llue-
va eonvencion, que por lo comun suele sel' tácita.


:Finalmente, la muerte disuelve las obligaciones pu-
l'amente personales haciendo imposible su ejecucion. Mas
si las obligacíones del difunto eran reales, los herede-
1'os que su ceden en sus bienes están obligados á cum-
plirlas. Véase sobre esta leccion á Burlamaqui, pal'. 4.a
tomo IV. cap, XII y XIII, á Domat, Leyes civiles ctc.
Par. l.a lib. I. tit. L .. VIII, á Puffendorf, libro 'V,
cap. JI .... XI. á Grocio, lib. II, cap. XII, etc.




(27i))


I~ECCION XXIX.


Del matrimollio.


La materia del matrimonio es de las mas importan--
tes en la moral; porque siendo esta sociedad el princi-
pio y fundamento de todas las demas, era necesario di-
rigirla por leyes sábias; y la esperiencia nos ha demos-
trado suficientemente que el abandono incom,iderado del
hombre á los placeres del amor, arrastra consigo las
mas funestas consecuencias. El) efecto, antes del esta-
blecimiento de las sociedades civiles, los dos sexos en
el comercio que tenian juntos, no seguían mas que sus
apetitos brutales. l~a5 mugeres pertenecian al primero que
se apoderaba de ellas.


Quos venerem incel'tam ral'ientcs more ,ferarllTll,
Vil'ibus ecZitior, ca!debat, ut in greg~ tawus. ': <


Era, pues, del mayol' interés el establecer una re-
gla y un órden eu el comercio de los dos sexos, as€-


(1) Horac. Lib. 1. sato llI. 't-, lO!),




(278)
gura)' la subsisleneia de Jos hijos, y IH'oyeer á su edu-
cacion, ]0 cual solo pudo conseguirse, sujetando á cier-
taS formalidades la uníon del hombre con la muger.


COllcubüu prohibere vago, dare jura mariti.l'. (1)


La~ leyes del matrimonio pusieron freno á ulla
pajion que no quisiera recnnocel' ninguno. Determi-
nando los grados de consanguinidad que hacen ilegí-
timas las aliauzas, han enseüado á los hombres á cono-
eel' y respetar ]05 derechos de la natnl'aleza; en {iIJ,
Ilaciendo cierta la condicion de los hijos, han asegura-


_ do c:udadanos al estado y dado á las sociedades una
. forma estable y ordenada. No hay ningnn<:s leyes fllle
mas hayan contribuido á mantener la union y la paz
catre los hombres. Así, su instiluciou es muy anti-
gua.


Pero en la investigacion dé e::;tas ]eyes, es preciso
cuidar de no confundir las leyes positivas, ya divinas,
)'a humanas, eOIl las leyes naturales, pues l'sta cOllfu-
sion ha sembrado dificultades en esta materia.


Debe tenel'sc presente tambien , que en materia d(~
derecho natural la prueba que se saca de las co~tumbres
y cid consentimiento ele las nnciolJes, o de los sentí·
miento.s de los filosofos, no cs suficiente para estalJle-
celO que tal ó cnal cosa es de derecho natural. Sabi-
do es, cuantos estravios han padecido aUI1 las nacio-
lIes mas s¡'t!Jias é ilustradas en las cosas mas importan-
tes, (:J. J


(1) Id. n~ Arl. Poet. v. 3gS.
('>.) E:;ta propo5ieiou es demasiado ahsolula. Creemos flue


solo se refiera á tales {¡ cualf's naciones; pUf'S (ple nu pUf'-
den mellOS de ~er de derecho natural arlllcllas cosas fIne torJas




(277)
Lo pi'lInero que se presenta á la imaginacion cuan-


do se examina la naturaleza del hombre con res )ecto á
l


los placeres del amor, es aquella inclinacioll natural que
le induce á ellos; inclinacion que es una consecuencia
de las leyes fisicas del cuerpo humano; porque es tal
su constitucion que á vece~ aunque no !e faltase nada
no sabría el homhre evital' el deseo de los placeres del
amor y la viva sensacion de esta propension violenta.
Tal e~, pues, la disposicion fisiea que el AutOl' de 1;1
naturaleza ha querido emplear para conducir al bomhre
por el atractivo del placer, á la obra de su reproduc-
('ion; asi como le ha obligado por igual medio á con-
~enarsé , satisf:.cienclo á la sensacion que le illclina á to·
mar el sustento: en lino y otro ('a~o no se ocupa mas
que de la sensacion agradable que se procura ,- mien-
tras (lile llena realmente el objeto mas nobl(', el mas
importante que ha podido proponerse el Conservador
Supremo del individu.o y de la especie.


Pero pOlo mas natural que sea e esta inclinacioll, pOl'
mas vivacidad qne lleve consigo, no conviene sin em-
bargo deducir de afJui, qne no deba sujetarse á nin-
guna regla; ó (Iue el hombre pueda entregalse á ella
sin resena y sarisfacer, de cualquier modo que sea,
sus deseos. Al contrario, el hombre se halla tanto mas
intereSildo' á observ:ll' soLl'e esta materia los mas prudentes
y sabios miramientos y precauciones, cuanto que la es-
periencia de todos los dias nos demueiltra, que los ma-
yores desordenes V las mas grandes desgracias son con-
!Secuencias inevitables del ah;:¡ndono inconsiderado del


las naciones de ClJmnn acuerdo han adoptado. Lo que se ha
aprobado de edad f'n edad, en todas las naciones, dice Ci-
ceron, á pesar de su diversidad de intereses y costumbres es
indudablc que es la misma verdad.




(278)
hombre al deleite y los placeres. Y aSI, cuanto ma!>
\'IVOS son los estímulos del amor, tanto mas debe pre-
"emr la razon los desordenes que esta pasion podria cau-·
sal'.


Es uecesario advertir aquí, que siendo el anhelo
de satisfacer este deseo natural formado por los estí-
mulos del amOl', una consecuencia necesaria de Ulla
t.:ausa meClnlca, este anhelo, repito, no es criminal,
á menos que 110 vaya acolllpailado de actos ilegítimos, (,
sed escitado por la intemperancia ó por el hábito, (1) Los


(r) El amor es una pasion que debe estar suborJinada y
reconocer por señora á la razon, la cual quiere que en la
union de los dos sexos se observen las reglas convenientes
pam la reprodllccion de la especie y moralizacion del instinto
natural del sexo y las relaciones naturales establecidas por
él; por consiguiente el derecho natural y la sociedad civil
quieren que el hombre elíja una sola compañera, para que
los hijos que de ella hubiese tengan padre cierto y que se re-
conozcan en la familia los mútnos deberes y derechos de es-
posos, padres é hijos etc. Asi pues, son contrarias á la recta
razon las uniones fuera del matrimonio que solo tienen pOl'
objeto la sensualidad: Todo deseo que no vaya ordenado por
las leyes del matrimonio es torpe y reprobado por las leyes de
la naturaleza. Los estímlllos naturales del amor ilícito no son
criminales si la voluntad del hombre no les dió su consenti-
miento; pero lo serán si se los dió, puesto que es libre en
prestado, y que los condena la razono El hombre puede pro-
ponerse tamhien lícitamente el satisfacer los deseos de la co-
municacion sexual, comunicacion que dice K rause ser un objeto
del matrimonio; en este caso, como es natural el deleite que
de ella resulta, no es culpable el consentimiento racional.
pero los esposos no han de preferir como objeto principal
de su enlace la satisfaccion de su apetito, sino la reproduc-
cíon de su especie, asi como llO es propio de los sere s ra-
ciouales comel' pOL' solo el gusto de ll)~ maujares, sino para




(279)
casuistas, que no han distinguido lo que es natural de
lo (lile es voluntario, han dado frecuentemente decisio-
nes absurdas, condenando como criminales en el hOIll-
bl'e las acciones naturales mas inevitables.


Adviértase tambien, que el deseo de satisfacel' es-
te instinto natural no debe confundirse de tal modo con
)a propagaciolJ d~ la especie, que todas la., veces que
falte el último fin, sea el primel'o absolutamente ilegí-
timo. Pasando en ~ilenciu el matrimonio de los ancia-
no~ que no puede proba¡'se que sea en sí absolutamen-
te perjudicial, hay pel'sonas de amhos sexos que en
la flor de su edad son incapaces de pl'Ocrear, el pOl'
alglln accidente, el por un defecto natural, y no dejan
por otra parte de sentir los mismos deseos que los 111 él S
aptos para la nlllltiplicacion; suponiendo que eí'ota in-
capacidad sea cunocida, como lo es algunas vecec;, de
un modo indlldable, ¿ convendrá condenar á tales gen-
tes á una abstinencia insoportable?


Para conocer las reglas que la razon presenta al
hombre sobre el matrimonio, no hay mas qUf' atender
al fin que Dios se ha propuesto formando al h,Ombre


pl'oeurar su propia conservaciou. Pero este deseo no debe li-
mitarse solo á lo físico, pues el deseo de uniou, como dice
Ahrens no encierra solo el de una uniLu parcial sino com-
Illeta (lue abraza todas las partes de la naturaleza ó personali-
dad sexual. El amor verdadero y digno del hombre debe re-
fnit'se tanto á lo físico como á lo moral, tanto al cuel'po co-
mo al alma, á toda la individualidad humana. -en alior pu-
ramente físico solo puede couvenir á los brutos; pero uo un
ser dotado de inteligencia y capaz de los sentimientos mas
"levados, llamado {¡ moralizar por la ínter?Jencioll de sus fa-
cultades intelectuales todas SlU acciones, y tí imprimir aun en
.\lIS actos (isicos aquel earclcter de dignidad que dcnota en él
Ü, conciencia de ul/a natllrale"Za mas elc'Z'ada.»




(230)
~m!lceptiLle de los placeres del amor. El principal obje-
to que se ha propuesto la Providencia, es indudablemen-
te la conservacion del género humano, pues estando el
hombre por su naturaleza sujeto á la muerte, hubiera
sido absolutamente necesario, o que Dios criase todos
]os dias hombl'es nuevos, o que el género humano pe-
¡'eciese con la primera generacion, sino bubiera est~­
})Iccido un medio de. reparar las pérdidas de la so-
ciedad,


lVlas no es solamente el fin de Dios, que traba-
.te el hombre en la multiplicacÍon del género humano;
sÍno que quiere tambien (Iue se aplique á esta obra im-
portante de un modo digno de un ser racional y so-
cial, procurando principalmente por el intel'és de los
hijos, Estos objetos exigen muchas cosas: el cuidado del
cuerpo y de la salud; el mantenimieuto y la perfeccioll
de las facultades del alma, una atencion constante á
los intereses de la sociedad humana, el sustento y la
cducaciotl de los hijos, Así pues ¿ seria conveniente á un
sel' racional é inteligente el abandonarse tan ciegamente
á los primeros movimientos de ia naturaleza, que los
placeres que busca, se convirtiesen para él en un ma-
nantial fecundo de dolores y amargnras, y debilitan-
do su cuerpo y su espíritu, se hallase reducido á un
estado pe0r que la muerte misma? ¿ Ademas, Cf'men-
drja al hombre qne forma parte de esta sociedad y que
ha nacido para ella, el entregarse á los placeres con
perjuicio de esta misma sociedad, )' de un modo que
turbase su orden y dulzura?


Finalmenle, debe sobre todo tenerse ell eonsidera-
cion lo que exige el bien de los hijos, cuya criallza y
educacíon son el principal fiu de la Providencia. Interesa
tanto esLo á la sodedad, que se puede decir, que la
atencion ó negligencia de los homhres en este punto es
la causa ptOóxima de la felieidad ó desgracia de la so-
ciedad en general, de la de las familias y de los par-
ticulares cIue las componen. Horaeio atribuye lus in-




(231)
fortunios de Roma y las guerras civiles ú la \"iolaci(m
de las leyes matrimoniales. (1)


Podemos, pues, dp.ducil' de estas reflexiones, que
no debe considerarse el matrimonio simplemente, co-
mo una sociedad que se termina con la union de dos
personas de diferente sexo para su ventaja particular
ó para su placer; sino qUt es necesario mirarla como
una sociedad relativa, y por decirlo asi preparatoria pa-
ra la sociedad paternal y para la familia. Esto es lo fluC
no se debe perder de vista. Asi pues, se puede defi-
llil' el matrimf)nio; La sociedad de Ull hombre .y una
muger que se obligan ti amane .y SOCOITC1:\'e, } qUI'
se prometen recíprocamellte SIlS ffl(lores, con la mira
de teller hijos y de edw:arlos rü' ulla manera COfl7)('-
nie!llc ti la naturaleza del hombrc, tÍ la fdicidad de
la familia r al bien de la sociedad. Y como toda so-
ciedad encierra la union ..te muchas personas para su
utilidad comUIl, la razon dicta que se prméa en cuan-
to sea posible, al bien de todos en gene¡'al y de cada
noo en particular; así lo pl'C5cribe la ley de la equi-
dad.


He ¡¡(¡ui, pues, la rf'3la gener¡¡l que la naturaleza
y la I'nZOll quieren (Ine siga el homhre aCNca del ma-
I ri 111011 io; á sa ber, q 11 e se de be tener cOllsiueracion ú In
que reclama la felicidad del padre, de la madre y de
los hijos; para lo cu:d elehe servil' de principio y re-
gIa fundamental la utilidad combinada de estas tres
personas, sáhiamente dirigirla eutre ellas y referida t'u
fin al bien de la sociedad.


Aplicaremos c!'tos principios generales á algunas cues-
t iones parlicul~rcs. La pri mera que se presell ta. es la de si
UII hombre que podia casarse siguiendo las reglas de la
prudencia, ¿ estará en efecto obligado ú hacerlo por dere-


-


(.) T,iL. Uf. Od. YT, \'. XYIT. y !-oigo




(~m~)
dIO natural? Suponemos que lo físico y lo moral no b
hayan rehu.iiado nada para formar un verdadero padre de
familias. POI' poco qUe se examinen las miras de la na-
turaleza, nadie podrá declararse por la negativa.


En primer lugar, los hombres están rigurosamente
ohligados por derecho natural á todo lo que ccntribuye
esencialmente al mantenimiento de la sociedad, y siendo
el matrimonio su fundamento, no podemos negar que
esten obligados por derecho uatural á casarse. (1)


La edad en qlH' empieza el hombre á ser apto para
reproducirse, es la de la pllbert~d, hasta entonces pare-
ce habel' trabajado la naturaleza solamente en el des-


(1) Por la misma razon de que estan obligados los hom-
llres por derecho natural á todo lo que contribuye al sosteni-
1l1iento de la sociedad, no exige el derecho natural que con-
traigan matrimonio los hombres siempre que no tengan ocasion
ll~ haeerlo de un modo que puedau cumplir bien los, objetos dd
matrimonio que aniba hemos mencionado. Acerca de este pun-
to se esplica Heinecio con sumo juicio y prt'cision. "Aunque los
(lue se creen idoneos, dice, para conseguir el fin de la pro-
crea,cion obran bien si contraen matrimonio, no es tal la obli-
gacion de contraerle, que se pueda ciecir que obra contra el
derecho natural el que prefiere un casto celibato á un matri-
monio desgraciado. Porque como á nadie se le puede imputar
la oruision de la accion, sino hay ocasio/l de hacerla, y OCllt'-
ripndo muchas veces que ya á causa del mismo negocio, ya
el tiempo, lugar y olras circunstancias apartan del propósitn
ue contraer matrimoniu, y por consiguieute falta la ocasio/l ¡J!~
contraed\", no se puede vituperar que permanezca eelihe aqtlf'l
á 'quien la divina providencia no presentó un partido CO/1\-e-
lliente. » En efecto, el matrimonio es un bien c\úmdo se puede
('ont1'ae1' ccrno es debido, cuando se pueden llenar sus ohjetos
4: pero ~erá un bien l'uando no pnede sostener esta sociedad.
('ualldo no se pueden dar ciudadanos útiles al E5tado ; y cnalHln
~1I ('debraciou hace ju/'eliees á los esposos y :í sus hijos?




(235)
3t't'ollo V rohuste7. de todas las partes de este tl}{Jh-jduo: al
nillO soÍo le suministra lo que le es necesario para nutrirse
y crecer, el cual vive, ó por mejor deci,', no hace toda-
\'Ía mas que vejetar en ulla vida á él solo propia, débil
"V encerrada en él mismo, v que no puede comunicar á
ios demas; pero presto se" multiplican en él los princi-
pios de la vida, y adquiere sucesivamente no solo
todo lo que necesita para su existencia, sino tambien
los medios de darla ó otros seres semejantes. Hé aqui la
sábia economia de la naluralaa, y seria preciso sel' muy
ciego para 110 reconocer sus miras. c' De qué uso seria,
pues, en un célibe el mecanismo admirable de sus partes?
¿Habrá trabajado para él inutilmente la naturaleza? Ade-
mas, autl cuando el celibato perjudique mas rara vez,
que el uso inmoderado que puede hacerse de los placél'es
del sexo, sin embargo la privilcion es muy frecuente-
mente un manantial fecundo de males pal'a las personas
formadas particularmente por la naturaleza para el ma-
trimonio, y que tienen mucho temperamento.


La inclinacion, tan general como invencible, que
tienen mutuamente los dos sexos, el placer tan sensi-
hle que ha unido la naturaleza á la cópula, nos man:-
tlC'stan con bastante claridad, que están hechos uno pa-
nI el OLIO, y que se obra contI a las miras de la naturale-
7.a no uniendose por un matrimonio cnnveniente. Pues
asi como la gravítacion universal es una pl'opiedad gene-
ral de los cuerpos, así tambien la tendencion de un sexo
hácía otro es una propiedad natural y general del hombre.
y así como las ll~yes partículal'es de la gravitacion uni-
versal producen las diferentes adhesiones de las partes
constituyentes ó integrantes de los cuerpos, que los quí-
micos llaman afinidades, asi las leyes particulares de la
tendencia general de ambos sexos fluC son las de una ra-
zon ilustrada, dehen dirigir la tendencia universal)' fijar
sus particulaées adhesiunes. Toda la diferencia ent.re estos
dos casos consiste en que la gravitacion particular a~i
como la universal, ('s una fuerza ciega, en v~z de qUf',




(234)
aunque la tendencia general de Jos sexos lo sea taml¡jpl1
ha dejado la naturaleza á la razoll la direccion de esta
telldencia particular, asi como al formal' al hombre con
una propeusion irresistible al bien eu general, ha puesto
en sus manos la eleccion de los bienes en particular.


Finalmente, ¿ no es un bien el matrimonio? Los de-
fensores mas exaltados del celibato no pueden disputarlo.
Luego todos los homhres deben élbrazar este estado, POi'
derecho natural esléllllOS obligados {t abrazar con entusias-
mo todo lo que es un bien, ya físico, ya moral, ya ci-
vil. Y el matrimonio es á un tiempo bien físico. moral y
civil; la naturaleza nos ha provisto de todo lo que era
necesario para abrazarle, y sino le abrazamos, todas las
privaciones de la uatul'aleza 5c,n para nosotros supérfluas
yaun muchas \'eces funestas á lo físico, á Jo moral, ó á
lo civil. y tal vez á todos tres,


Pero si los hombres están obligados por derecho na-
l.m'al á conformarse con las miras de la naturaleza por
medio del matl'imonio, ¿ por qué no llaman las leyes
civiles al estado del matl"imonio á aquellos que se hacen
sordos á la voz de la naturaleza? El disgusto al matrimo-
nio es una conseclJencia natural de la corrupcion de
costumbres, Asi nos Jemuestran la historia de Esparta, de
Atenas y de lloma, Si queremos que los esfuerzos de la~
leyes civiles puedan hourar el matrimonio, y hae~r oil'
á los hombres la voz de la naturaleza, es necesario em-
pezal' reformando las costumbres, Pero, j ay! i qué débil
recurso sún las leyes civiles para enderezar el corazon
humano corrompido! j Qué triste figura hacen en Roma
los Censores, en Atenas los Areop;¡gitas, los Eforos en
},acedelJlollia, cuando e,~tas respetables magistraturas lll)
se ocupan en evitar lo contrario á las buenas costumbres,
SillO solamente en ,'en garlas • en restablecerlas cuanclo han
decaido!


Corno quiera que sea, interesa á la sociedad y al sobe-
1'ano el promovel' los mall'Jlllonios por todos los medios
posibles; porque no solo cOllsisle la principal fuerza 11('




(280)
1m Estado en el m'¡mero de habitantes, SIllO que siem-
pre se ha observado, que log ciudadanos unidos con los
vinculos del maldmonio, (Iue los padres de muchos hi-
jos son mejores ciudadanog, y mucho mas adictos al go-
híerno' y al Lien público, que los solte¡'os. La razon es
porque los primeros están ligados ú la sOf'iedad con
muchos mas yincutos que \'0 s segundos; cada uno de
su; hijos les representa á si mismos, y puede decirse qne
se hallan multiplicados en ellos; son, por ,decirlo asi, ra-
ma" d'e un mismo tronco 'que 110 forman mas que un
todo con él; son en cierto nwdo una eslension del amo,'
de sí fllismos.


El matrimonio pertenece, pues, á la poliLica mas Líen
que á la religion , por no decir (lile es ulla ünton ente-
rament.e civi\, (1) porque solo las familias son las que


(ti F.l matrÍ1'I.1OnlO no es pUl'amente un contrato civil, dicf"
('1 célcLre orador 1\11'. de Portalis, porque tiene su principio en
la naturaleza (1'](' se ha dig'nado asociarn0S en este punto á
.fa gTan obra de la creacion; tampoco es un acto puramente r(~­
ligioso, porque existíó antes que se elevara á saClamento por
J. C. pues tuvo su origen en el. hombre. E.I matrimonio es UI1
contrato de derecho de gentcs, dice l\fr. Bernardi. pues que ha
sido recibido en todos los puehlos cultos. La ley civil, es la
forma juri(lica drl matrimonio. La ley religiosa le hace mas sa-
~rado e inviolahlc, lo perfecciona, lo' ennoblet<e y santifica. To-
dos los pueblos, decia Portalis, han hecho ititervenil' al cielo en
un contrato que debe ejcrcer tanta influencia cn la suerte de los
f'SpOSOS, y (PlC uniendo lo presente á lo f~turo parece que hacp.
depender su felicidad de una serie de sucesos inciertos cuyo
resultado se presenta al espil'itll como el ft'Uto de una bcndi-
(,ion particular. En tales casosban implurado nuestras esperan-
zas y nuestros temores el sOcorro de la religion establecida en-
tre el cielo ~. la ticrra para llenar el inmenso espacio (pIe los
,>p.para.


JlIan B:lllti~la Vico ('11 ,l'1l r¡'rflcia ~'rl"!'a di('p tamhil'n. La
20




(280)
componen y mantienen el cuerpo político. ~i los cuer-
pos y los colegios que hay en él, considerados única-
mente como tales, ni una reuníon de ciudadallos consi-
derados como injividuos, no merecerian este noml)) e,
pues que solo serian sociedades momentáneas que se des-
tl'Uirian cada dia. Mas el matrimonio ha merecidn las pri-
meras atenciones de los legisladores, con el objeto de
formar las familias. Un populacho desordenado, á quien
no une el vínculo conyugal, y sin propiedad particulat'
seria una confusion, en la cual seria absorvida una so-
ciedad.


El matrimonio puede mirarse bajo dos puntos de vis-
ta diferentes, o simplemente como un contrato, una so-
ciedad, ó bien como una sociedad que tiene por objeto
la felicidad comun de los conjuntos, la propagaciou de
)a especie y la edueacion de los hijos.


Considel'ado el matrimonio bajo el primer aspecto
exige, como cualquiera otra convencion, que los 'lue le
contraen tengan uso de razon, y presten su consenti-
miento con c0110cimiento de causa y cntera libertad, y
por consiguiente, que este consentimiento esté exento de
el'ror, de sorpresa y de violencia.


opmlOn de que la union del hombre y de ]a muger sin matri-
monio solemne seria inocente, es acusada de error por el uso
de todas las naciones, Todas celebran religiosamente los ma-
trimonios.


Finalmente, lord Ellanboroug sin embargo de ser protestan-
te decia estos años últimos á la cámara de los lores. "Mucho
#liento oir hablar de la ceremonia del matrimonio como de un
acto puramente civil. Yo espero. que V. SS . se guardaran de
considerarle bajo este aspecto y de quitar al sexo mas débil es-
te freno religioso, que es una de ]as mejores gal'antías de su vir-
tud, y el mas seguro fundamento de la dicha de la sociedad
civil, porqne lo es de la doméstica ...




(231)
Pero, si se considera como una sociedad cuyo prin-


cipal objeto es la propagacion de la especie " esta sociedad
exige entonces ot1'05 muchos requisitos, que -san conse-
cuencias necesarias del fin para que se estableció.


l. o E~ necesario que las partes'contratantes se-hallen
en la edad de pubertad, esto es, que sean capaces de te-
uer hijos. Aunque esta edad se diferencia entl'e los diver-
sos pueblos, y parece que depende de la -temperatura
del clima y cualidad de los alimentos, se fija; sin embar-
150, la pubertad en las pal'tes meridionales de la Europa
Ú los 12. años en las hembras y á los 14 en los- varones,
pero en las provincias del norte apenas lo son láS pri-
meras á los 1 II Y los segundos á los 16.


2., o LJ 11 hnmbre (lue se casa, quiere tenel' hijos qne
scan suyos y no supuestos- ó bastardos -' po 1; consiguiente
es una condicion esencialmente necesaria' al matrimonio,
que la mugel' prometa al hombre con 'qui-én se casa en-
tera fidelidad, concediendo únicamente á él Sus fa~ores.
Asi lo requiel'e el interés del marido, de la muger mis-
ma y de los hijos.


3. o Es una cOllsecuencia de todo lo que acabamos
de deLir, que la muger se obligue á vivir siempre con su
marJdo, á vivir con él en una sociedad Íntima formando
una sola familia. Este es el mejor medio de educar bien
sus hijos; el marido está mas segui'o de la castidad de
su esposa; y ambos se haltan en mejor disposiciou para
hacerse la vida dulce y agradable. De donde se sigue,
que el matrimonio mas ordenado, el mas 'P~rfeclo y
conforme al derecho natural y á la constitucion -de la vi-
da civil, abraza ademas de la promesa de concederse
reciprocamente sus favores, otro artículo por el cU,al
se obliga la muger á estar siempre al lado de su ma-
rido, á vivir con él en una estrecha sociedad, formando
con él una sola familia ,para educar mas comodamen-
te á sus hijos, y para prestarse ambos mutuos socorros y
placel'es.


Si consideramos el matrimonio en el estado de natu-
:




(288)
raleza, tenia el marido sobre su muger el del'echo de vi·-
da y muerte, lo que era justo en su origen. Cuando no
se· callocia todavia mas que la ley natural, la cabeza
de la familia era el soberano de ella, era el LÍnico juel en
su casa, y tenia. pOI' consiguiente el derecho de condenat'
á muerLe á los que lo hubiesen merecido. Asi luego, (pIe
pOI' el contrato de maLrimonio entraba una muger volun-
tariamente en esta familia, se reputaba flue se sometia á
esta ley, asi como ~e presume que un estnIlJe,'o que se
determina á fijarse en un pais, se somete á sus leyes. Pe-
ro es .11'lenester advertir que no era el matrimonio lu que
daba es-te .podel' al marido, ni lo que sujetaba á la muge!' á
un poder nuevo: sucedia esLo porque como uingnna fa-
milia puede subsistir sin un poder soberano, cuando la
muger abandona la casa de su padre para entrar en la
de su marido:, no hace ma& que muda.' de familia y pOI·
consiguiente dé soberano, del mismo modo precisamen-
te que 11n estrangero no se impone un nuevo yugo, sino
que dejando su antiguo .soherafJG, se sll.ie[a a otro que
halla esLablecido en el nuevo pais que elige pala su re-
sidencia.


Pero en el estado civil todo gefe de familia ha renun-
ciado á esta cualidad en favor del soberano legitimo, á
quieH pertenece el derecho de castigar los crímenes, Ade-
mas, la superiol'idad del marido wlwe la mll~er es con-
traria á la igualdad natural, á la fine no pneden destruír
ni la fuerzá, ni la dignidad, ni el valol' Clue se conside-
I'an como .el ftmdamento de esta pretendida superioridad,
ademas 'de que l1l' lodos los hombres poseen estas CI1;Jli-
dades con esclusion de las mugeres. En {'tlanto ~ la 1';1-
zon que se alega á favor de los homhl'es, el'co muy dificil
probar, que la naturaleza haya dotado mejor á los hom-
hres que á las mugercs. (1)


C 1) El principio de la igualdad dí-J humlll'l' y dl~ la lnugt'r J




(289)
Es verdad que el marido puede I'eprendec á'su mu-


gel' moderadamente con respecto á: lás faltas domésticas;
peroto mismo puede esta reprender á su marido. Ademas,
la 'mugerha tenido siempre accion coutra el marido, cuan-
do el trato que sufria era demasiado,' du·ro:ó. injusto; lo
que puede dal' luóal< ·muchas \'eces á la M'puad(jl) y al
divorcio. .;; :,' ,', ¡


tEs contraria al derecho natural '\a JUDHgál11ia sillluJ-
l~lJea? ,La resolucioll de esta cuestiQu:,pide, un <;ómpuln


,'¡; 1".1';


----------------~-------------~~----,-~,.-------


cOllcebido de moJo que deQa, l'('pal'til'se, eutre ellos igl,lalmentn
tuJas las funciones privadas, y, sociales, • p.r~9<1~fo ,ctl~e han sos-
h~llido, Hegel, el, ami!:;o de K,aht y H.ugoe!~ ,~u, del'eC~? natu-
ral (:\'aturreclzt) descansa en una cumple~a' 'co'nfu:Siondf! la na-
tiÚ'aleza de ambos sexos', y jamás podría: encontrar aplicacion
en la vida social. '


'El"llomhre 'V la muger tienen las mismas facultedesi funda-
ment~les- de int~lig~ncia, dice un autor ya citado; ,1)(11,'0 hay
entre "e-]}os una diferencia' notable en Cl1<Jrito al Ill¡odo de m;lni-
ter;tarlas, de la cual rcsu.ltau, para cada UnO fquci;nes diferentes
(' u el IllatrimOllio.' ." '.


Es propio ue la uatlJ;ale.za, d,el homl;r~ ji~'igir ~'us pensamien -
loS y sentimientos hácia lo exterior, mientras q~e la muger con-
centra sus afectos en la intimidad ele la vida: en !él' hombre'hay
una ra(JIlltad de concepcion mas esl ensa ,qlJ e le háC'e mas sabio,
en la 'muger predomina el sentimiento, la faoulrad de compren-
der las relaciones particulares y personales; In que la hace esen-
,'ildmente artista. Sígllese de aqui, que r,~mprendiendo mejor
el- IDal'ido el mlHfllo, esterior; representa fi, la' familia eu sus l'e~
lacioQcli' esteriores , . y que está rc~erYi\da ,particl1l~l'mel1te á la
muge!'. la gestion de los asuntos dumésticoS: . '
.sil~ e;nbar~(), como rl'.lC ('n to(la s()ciedjc;1 dehk habe'r un grfe


fine' la dirija, y cemo él marielo tiene á su cargo :lad funciol1e,~
Illas pesadaH, como está dotado dp- una facnlhl<l de eoncepeion
mas estensa y le d!1ll mas esperipTícia sus rclaciOlH's ('(\11 el
mundo estpriol·. j'S justo (111(' ;í. él se \(' ('Ilt':l1;¡;ne esta dire'C-
cíOll.




(290)
exacto·· de los dos sexos que componen la especie huma-
na porqué> eseonstanle que si nacen muchas mas,h.em-
bras que varones, lejos de ser contraria la poligámia al
derecho natural,.será una consecuencia de este mismo
derecho. Despues, de muchas investigaciones se ha averi-
guado que nacen menos hembras qU.e varones, los regis-
tros de casi toda la Europa convienen unánimemente
en demostrarnos, que para doce hembras, nacen trece
varones', ó veinte y"un varones para veinte hembras, y
que como generalmente mueren mas niños que niñas,
se hallan lus dos sexos en un núme1'O igual con corta
diferencia á la edad de veinte años. Siguiendo, pues, este
cálculo v·erificado generalmente por las mas exactas in ves-
tigacibneíl', es tan contraria la polígámill' al derecho na-
tural COI1Jl'ó elb'f1rto:; puesto qUé todo hombre casado que
toma se'gund'a' ,Íllugerusurpa nn bíen que la naturaleza
destinaba á .?tro" á 'un soltel·o á quie~. el pollgamo p.riva
de un bien que le correspondia. '.,,,. .,


Pero ",se dice. que, siendo tan· funestos á los .~arQnes
los furores ~de la. guerra, la navegacion y otros mil ac-
cidente~,es probable que haya mas hembras que v:al'Olleos
para Casarse, y que esta 'considel'adon debe favorece!" la
poligámia. No obs,tante todos es~os aceidentes no se lle-
van de diez'hombres uno, y está demostrado po\" la es·-
periencia, ql,le de cincuenta partos mueren comlÍnmente
muchas mas mugeres, es decir que de cin<:uellta partos
hay uno que es fatal,á la pal·ida. Y suponiendo queto-
das las mugel'e~ cds.adas tengan cada una cuatro partns so~
lamente, perecerán ocho de ciento. Pero .sin detenemos
el) estaobsenacian; la'igualdad de número entre losd05
'sexos hasta patademostl'ar, que la poligámia es utla le-
sion enorQle hecha al derecho natural, y íJue lleva én pós
de sí la despoblacion, por do quiera que se halla estable-
cida ó solamente tolerada. (3) . ,
..


(3) La razon fisiológica sacada de la igu¡tldad que se halla




(291)
Si por estas razones, se dice, es contraria al derecho


lJatul'alla poligámia , tampoco s~ra permitido á un hom-
hl'e que ha estado ya casado una vez, el pasar á segun-
das nupcias. Tres cuestiones hay á cerca de esta materia,
cuyas soluciones se refieren mutuamente unas á otras.
Si la vid" del célibe es contraria al derecho natural, se
sigue necesariamente, visto el número igual de varones y
hembras, que la poligámia tanto simultánea como suce-
siva lo es tambien. Pero como por desgracia de la so-
ciedad se toleran los solteros, es absolutamente necesario
tolerar tambien la poligámia por lo menos sucesiva, por-
que en este caso los que pasan á segundas' llupcias, se ca-
san con aquellas jóvenes, que á no ser por esto queda-
rian en el celibato, abandonadas por aquellos jóvenes
que prefieren una vida contraria á las miras de la na-
turaleza. ' :',.


Pero ¿ en qué consiste la esencia d'el~malrimonio?
¿ Es en el contrato, o eu :Ia consumacionc; Q ,finalmen-
te. en ambos requisitos? A esto responderé; que siguien-
do la sencillez del del'echo natural, el consentimien to
<le Jas pal'tes, acompañado en ,las sociedades políticas


t'ntl'e el número de individuos que pertenecen al género ma.'!-
\'ulino y femenino está subordinada á muchas alteraciones. La
historia social nos demuestra los perniciosos efectos para la mo-
ral y la civilizacion de los pueblos que han est:::blecido por me-
dio de la poligámia una injusta opresion sobre las mugeres.
A dmitida la poligámia, la desigualdad que causaría la distribu-
('ion del amor del marido (> de la muger entre, mucbas perso-
Jlas, destruiria la intimidad y confianza que nace del con v enci-
miento en que se hallan dos personas a'cer~a de que se poseen
en toda. la totalidad de sus afectos. Ninguna de estas razones
existen para la poligámia &imultánea, es decir, pata-que el cón-
yuge pase á segundas nupcias muerto el otro cónyuge, por lo
fiue está permitida.




~~92)
de las condiciones que prescriben las le)es, forma
la esencia del matrimonio; porque siendo UII coutl'a-
lo consistente en el consentimiento de las partes que con-
tratan, no veo por que no, haya. de terminal' el contra-
to y por consiguiente la esencia del matri/nonio el con-
sentimiento de un hombre y una muger en vivir jun-
tos y en concederse recíprocamente sus favores para te-
IJel' hijos. He aqui como debe pensarse sobre este pun-
to. El consentimiento de las partes cOlltIatanles produ-
ce la propiedad reciproca de lo que es objeto del .con-
trato, y 1ft propiedad nos dá .el derecho de usar de ello.
Asi pues, siendo la consumacion .del matrimonio el uso
de la pmpiedad, .el marido y la muger son verda(lera-
mente dueños del goce de sus mütuos favores por .el
coutrato , aun cuando este goce no se haya seguido to-
da\'ia. De este modo es un verdadero adulterio el de
una muge.a·'f!qti~, habiéndose desposado con un ausen-
te ycasatlQl por' :JJlcdio de ;pl1ocuradol', (:oucedie~e sus
favoJ'esá·"otro.


Otra'cuestion ocurre acerca de si el matrimonio es
absolutameute por derecho natural ulla sociedad iudiso-
luble que debe durar tanto como la vida; o hablando
con mas claridad, ¿ si es permitido el divorcio?


Siguiend() t()S principios que he establecido arriba,
dil'é que la naturaleza y el fin del matrimonio demues-
lrall ,que estasq.cie~a(l debe ser de alguna duracion; por-.
(Iue si el malrilD(Hlio tiene por objeto, no solamente
el dar hijos al mundo sino tambiell su educaci(¡o, y la ley
natural impone al padre y a la madre la . obligaoion . de
trabajar en~no de comun conciei-to, dicta la razon que
el marido,. y la !TIuger vivan unidos pOI' lo menos tan-
to tiempo, ~uanto' es Ilec~sario para que puedan ediJcal'
sus hijos.; y. ti~,sta., que habiendo llegado á una edad Je
madurez ,~tél,J t¡n estado de conducirse por sí mismos,
y cumpJil·:C~111s.\1¡S deberes.


Sin embargo" ,cuasi 110 hay apariencia de que un
hUlllbrc )' uua muger (iue lJa)'ull VIvido juntos hasta (1'1e




(295)
sus hijos han sido educados, lJllieran "arel'se de la li-
bertad de separarse, aun cuando se les conceda. Ade-
mas los hijos (lue han sido el objeto del matrimonio,
s.on preNdas que estrechan siempre mas la union del
marido y la muger, y que les hacen perder etlteramente
de vista el deseo de separarse; á menos que no hava
l'azones muy poderosas. •


Fremina cum senu¡t, retinet connubia partu ~¡
Uxol'isque decus matris reverentia pet)sa~. (1)'"


Pero aun cuando el matrimonio fuese por 'si mis-
mo una sociedad perpétua, pu~den sobrevenir casos que
autoricen el divorcio. Todas las sociedades tienen de
comun, que están fundadas con ciertas condiciones esen-
ciales, ':J que la obligacion de una de las parLe~ es re-
lativa á las de las otras, de tal ·modo , que si falta una
á las obIigacione3 esenciales del contrato, se encuentra
la otra en libertad de cumplíl' :ó no las suyas. Estás
máximas tienen tambien su aplicaciol1 en el matrimo-
nio.


y en primel' lugar, puesto (Iue el objeto de1 matri~,
monio es no solamente el lúútuo consorcio., sino la
procl'eacion, síguese de aqui que por del'ech,)' natural
la desereioll maliciosa del marido o de la muger, una
negativa obstinada del deber conyugal y la impotencia
son causas legítimas de divorcio. De dunde aparfce, que
el adulterio y desercion maliciosa no rom pian el matri-
monio en virtud de una ley Diviua, pUl'amenta posi-
tiva, sino pO)'({\te es tal la naturaleza de todas fas COIl-


.1) Claud. lib. 1. in Entru}!. v. ";2 y ;3.




(294)
vf'nciones, que cuando' ulla de las partes no cumple sus
obligaciones, queda la otra enteramtnte libre de las
suyas. Asi en este caso,' un marido ó una muger ~stál1
lI<ituralmente en plena lihertad de volverse á casar, si
les acom~da.


Pel'o entremos en algunos pormores sob,'c la de-
mostracion de una verclCld tan importante á la tranqui-
lidad de las familias. Un padre puede despedir de Sil
casa á up hijo rebelde;, y ,¿ no será permitido á un
marido (íl~e está unido, pOI' lo menos naturalmen-
te, cOn sú esposa de un modo tan estrecho, como lo
está un padre con su hijo, el echar á su muger cuan-
do es de un humor insoport<ible é incorregible, y por
consiglliente que se muestra un miembro rebelde de la
familia? ¿Será preciso que se ,'ea condenado á sufrir es-
te' tormento continuo? '


'Si .un marido, al ci:mtrat'io, maltrata á sumuger sin
justa causo'; sino la asiste con lo que fe debe á una
espo&a, y si obra con ella como f'nemigo mas' bien que
como esposo; ¿ 110 será jnsto' que tenga la libertad de
librarse - de esta fsc1a\itud por el divorciD ? Porque en
estos' dos rosos, ¿cómo osm'á nadie lisonjearse de COll-
seguir el objeto del matrimonio? ¿ Qué marido querrá
pl;estat: el debel' eonyugal á una muger que detesta; o
que, IIlugel' quená conceder sus favores á un hombre
que la' horroriza? ¿Cómo podrá concebirse que se eJe-
cute la accion mas amigable y la mas tierna de la hu-
manidad, entre dos personas que se miran mút'uamente,
o al menos una de ellas,- como enemi~os mortales? Es
preciso confesar, que sr los vínculos dd matrimonio de-
Lieran subsistir aun á este precio, el matrimonio, es
decir, el establecimiento humano mas agradable, el mas
dulce, seria el pero mas insoportable de la humanidad;
porque en los casos que suponemos, repugnaria á la na-
turaleza.


El mah'imonio es una sociedad de seres racionales,
cuya union formada por un vínculo moral ,consiste mas




(290)
en su hllelU. inteligencia que en la comunicacíon de Sil
cuerpo: de otro modo se l'edtlciria á HU simple comer-
cio carnal, mas 'brutal que el de las bestias, muchas de
las cuales manifiestan cierta especie de amistad h¡'lcia
aquellas con quienes se aparé:m. Cuuhdo la unioll, pues,
de los corazon~s no acompaña á la de los cuerpos, una
pareja tan mal a\'enida vive en una, esclavitud perpétllu,
mas bien que en una sociedad digna del hombre. Esta-
mos dispensados de cumplir los votos aun hechos con
juramento, cuando son impertinentes ó se con\'ierfcn ('11
pe/jllicio de tercero; ¿ y por qué no podremos libertar-
nos del matrimonio por razones tan poderosas conlo las
,de que se trata?


La u:Hnraleza de todo c,ontrato exige, q Ile ambos
contrayen>tes tengan uu conocimiento igual de ,la cosa
misma que es ohjeto dc su trato, y de todas las cuali-
dades (lile ion de alguna considel'acion; y si alguno de
t'Hos falta á este debel', el contrato es, ipso jacto, nu-
lo segull todas las leyes. Pues si ellúarido ó la mugel·,
leJOS de darse ú conocer uno á otro sus malas cUlilida-
des, sus defectos mucho mas esenciales (1UC los. de un
caballo, óde una mercancia cualquiera, las hall' ocul-
tado hasta que han hecho caCl' á la otra pal'te en sus
redes, ¿por qilé no será nulo este contrato? ¿ U~l ma-
l~ido brutal, una mugel· perversa no producirán· en uiJa
casa un mal tal'! cnnsidel'able por lo menos, como los'
defectos ocultos' de u na mercancía? (1)


• (I) El vínculo del matrimoaiu es por su naturaleza indiso-
luble. La naturaleza de las elevarlas obligacione~ que se contraen
por el matl'ÍnlOnio y que no pueden asimilarse con las de los
demas contratos comunes y vulgares; los perjuicios que la di~
solucion acarrearia á la esposa á quien se privó de su ' virgi-
nidad y belleza; el desórden que se causa en las familias que
,'en volver á su seno un miembro á quien creian exento de




(296)
El Evangelio, se dice, que nunca se opone á las


verdaderas máximils del derecho n:ltural ~ no concede
el divorcio mas que en el· caso de adulterio. Pet:o este
mismo Evangelio supone en el hombre costumbres evan-
gélicas. (1) Y en tal sllposicion la euestion de si el di-
vorcio es permitido, viene á sel' inútil; porque entonces
110 habrá causas que Jo autoricen •


. En cuanto á la impotellcia, conviene mucho distiu·
guirla de la esterilidad ó infecundidad del hombre; pOl'-


la necesidad de 1Il1S auxilios; el impetu que se da á las pa-
siones humanas y á la instabilidad de los deseos que siempre
en a,umento llevan al hombre en pos de una felicidad ilusoria:
el cerrarse la puerta á los saludables efectos del arrepentimien-
to y del perdon; el peligro que hay de que el e~iritu de
versatilidad é inconstancia se haga trascendental á la adrnini5-
tracion . publica , y otras l1111chas poderosas raznnes persua-
den. q!1c el divorcio en cuanto al vínculo es sumamente fu-
nesto. "El divorcio, decia MI'. Cochin ataca á lm mismo tiem-
po á la dignidad del sacramento, á lil honestidad pública y
al interés de las familias.»


La separacion en cuanto á la cohabitacjol1, en los casos
estremos. de adulterio, crueldad que haga insoportable b vida
comu~ y otros que pueden verse eu los canonist3s es mall'
conforme á la natul'3leza de las cosas y ¡jI Evangelio, pues
ella sofoca el eSf'ándalo, satisface al (;¡'(]en por el momento,
lo consel'va para el porvenir y no cierra la puerta al arrepen-
tjmie.uto y al pcr(~on. (Y éase el discurso pron.uTleiado por el
ll,¡buno CARION NISAS en la asamblea constituyente.)


(1) "Xo separe el hombre lo que Dios unió, dice el Evan-
gelio. Cualquiera que l'cpudiare á su muger, á no ser por for-
njc.a~ion y; se casare con otra peca, y el flue se casal'l~ con
la l'/;pudiada peca tambiell. (S. Math. XIX. S.) ¿Cómo puede
suponer aquí costumbres ovangélicas el Evangelio, c!lando ha':
bla del adulterio, y cnardo claramente dice qne en este caso
haya lllgal' al diyorcio. (, separacion en cuanto ;1 la eohabita-
cion ¡.




(297)
que esta puede depender de algunos VICIOS ocultos, y
existe muchas veces sin ser de naturaleza. Un hombre
muy vigoroso, y por naturale7.a potente puede dejar de
serlo por otl'as cansas; pero el que pOi' naturaleza
lo sea, siempre será estéril.


Por lo que respecta á los matrimonios entre los pa-
rientes, si se quiel'e atender á lo que exigen el bien de
las familias, la ventaja de la sociedad y las reglas de
]a honestidad y de la moderacion, se hallará que no
faltan razones pal'a hacer ver que el derecho natural pro-
hibe esta clase de matrimonios, pOI' lo menos entre los
padres y sus hijos, Porque 1, o no puede darse ninguna
razon buena pat'a autoril:ar e"tos matrimonios, y de nin-
gun modo son necesal'Íos. 2. e Parece que ticnen en sí
mismos algo contrario á la honestidad; ya pOl'que la
famitiar.itlad que produce naturalmente el matl'Ímonio en-
tre dos esposos, parece enteramente incompatible con
el respeto que deben los hijos á aquellos de quieues tie-
llen el ser; ya principalmente, porque si estos matrimn-
lIios fueran permitidos, la gran familiaridad que reina
entre las personas de una misma familia, abriria la puer-
ta á mil desórdenes.


Por otra parte, e~tando establecido el matrimonio pa-
ra la multiplicacion del género humano, no parece con-
veniente que se ullan con una persona a quien han
dado el ser mediata (, inmediatamente, y que la san-
gre vuelva á entrar, por decirlo asi, en la fuente de
que dimana. Finalmeute, seria Ii~uy peligroso que ha-
hiendo concebido un padre o una madre alllor pOl'
una hija ó hijo, no abusasen de su antoridad para sa-
tisfacer uua pasion criminal, aun en vida de la mu-
gel' Ó del marido á quien dehe el hijo ti ser en parte.
Esto prueha que esta especie de incesto es contra-
ria al derecho natural, igualmente que al derecho
ci vi l.


Con respect'l ¡t los matt'jmonios entre hermanos y
hel'mal~as, no puede defenderse que sean cOlltrarios al




(293)
derecho natural. Porque aparece por la historia del ori-
gen del género humano, n·ferida en la sagrada Escri-
tura, que 105 hiJos del pt'imer hombre y de la prime-
ra muger han debido nccesariameute casarse unos con
l,tros. (1) Y ¿(Iué apariencia hay deque Dios haya que-
rido reducir á los hombres á la necesidad de violar
una ley natural? Tanto mas, cuanto que nada le obli-
gaba á no criar mas que Un hombre solo y una mu-
gel'.


A e~to se responde comunmente, que Dios ba dis-
pensado de la ley en los casos de que se trata. Pero
supollen gratuitamente esLa dispensa: y ademas discur-
ren sobre el prinCipio fal"ísimo y muy peligroso, de
que Dios puede dispellsar de lu (lIJe está prohibido por
la ley natural. No puedeu admitirse dispensas en mate-
ria de cmas contrarias al derecho natural, sill destruir
la esencia de este derecho y sin hacer injuria á la san-
tidad igualmente que á la sabidmia de Dios. Es minat'
el fundamento de toda mOJ'alidad, y hace¡' depender lo
justo y lo injusto de una "olulltad enteramente arhi-
traria.


«() l.a moral y la fIsiologia están de acuerdo en prohi-
bir los matrimonios entre estas personas. Porque por una parte
las rela ciones existentes entre ellos producen lIaturalmenl e
afecciones morales enteramente diversas de las del amor: la
rehleion entre hermanos y hermanas es ulla amistad no del ca-
rácter de jas amistades ordinarias sino de una amistad funda-
da en la comunidad de descendencia y alimt'ntada por la igoal-
dad de cuidados que han recibido ue la misma mano. La fi-
siologia se declara cuntra estas uniones porque son contrarja.~
á la ley' que se manifiesta en todos los reinos de la naturale-
za, segun la cual es el fruto tanto mas vigo¡OosO cuanto mas
se encuentran las cansas de }JI'odnccion en sel'es que pertene-
ciendo siempre al mismo géuf'ro no tienen un mismo origt·lI.




(299)
Otros hay que responden por medio de una distin-


cíon eutre las reglas de derecho natural que se de-
rivan de la santidad de Dios., y las que no dimanan
de aqui y pueden sel' mutables, segun las circunstan-
cias de los hombres, Es cierto que hay leyes na!urales
cuya observancia es mas importante que la de otras, y
por consiguiente cuya violacion es mas criminal. Pero
esto no obsta para que con respecto á su esencia no di-
manen todas de la santidad de Dios, y no sean de es-
te modo igualmente inmutables, Siendo siempre la mis-
ma la naturaleza del hombre en que están fundadas,
Dios no puede dispensar ninguna, sin contradecirse y
desmentirse.


En cuanto á los otros grados de parentesco, es
todavia mas dificil dal' ninguna razon suficient~ para
probar, que los matrimonios coutl'aidos entre parien-
tes en cualquier gndo, sean ilícitos por derecho na-
tura 1.


Finalmente debe advertirse, que así como las leyes
civiles prescriben ciertas formalidades á los demas con-
trat05, cuyo defecto los hace nulos ante los tribuna-
les civiles, asi tambien se reputan ilegítimos los matl'i-
monios, ó no tienen por lo menos ciertos efectos ci~
viles, cuando carecen de las fOl'malidades requerid:{s
por las leyes del estado; y aunque esto no esté funda-
do en la ley natural, sin embargo, como ordena que
los miembros de un estado se sometan á sus leyes, en
vano querrian valerse de que por derecho natural son
absolutamente indiferente estos requisitos, cuando no hay
facultad para hacer leyes ó anularlas.


Basta ver sobre esta leccion el capítitulo XIV de
los Principios del Derecho Natural de Burlarnaqui,
4,a parto tomo V. Adviértase que al tratar alli las cues-
liones de la obligacion de casarse y de la poligámia,
he defendido la afil'mativa en ambas á dos; 10 que es
contradictorio. POI'que si cada uno está obligado por
derecho natural á casarse ~ como el número de las helU-




(500)
ras es con corta diferencia igual al de los varones, la
poligámia es un hurto de los mas considerables; porque el
})Qlígarno quita por ello á oll'a persona el medio de cum-
plíl' con un deber que le impone el derecho natural, y
asi esta puede decir al polígamo, tu segunda muger
(~S mia. Pero cuandoescribia sobre Burlamaqui, no ha-
hia leido todavia el Suplemento contra la poligárnia de
Mi'. Michaelis, profesol" de Gotinga, que me ha hecho
volver de mi erroJ".


I.ECCION XXX.


De la familia: del poder paternal: de los debere,r
recÍprocos de los ptJdres, madres, hiJos, criados)"
esclavas.


Del mall'Ímonio nacen los hijos, l<ls cuales forman
('on sus pad, es y madres de quienes reciben el Sel", aque-
Ha sociedad que llamamos familia. La )Py natural man-
,la á los padres 'luP. cuiden de sus hijos, que los man-
tp.ngan y les den UlJa c:luc,acion cOIl\'enicnte. Quiere tam-
lijen que los hijos reconozcan como sus superiores á su!>
padres y madres, y que se confOl"men COII respeto á su
voluntad, Esta autol'¡dao es la mas anliguil y la mas sa-
p:rada que se conoce entre Jos hombres, y e.os propia-
mcuk lo qne se llama ¡;od('1' paternal.




(501)¡
Para elevarnos á su verdadero origen es .necesari~


distinguirla en el estado natural y en el de la sociedad
civil. En el estado de naturaleza, cada familia 'aislada
era un estado cuyo gefe tenia un derecho absoluto SQ'-
bre todos sus miembros; mugeres, hijos, cl'iados, ésélavos,
todos dependían enteramente de este gefe; que era Sil
verdadero soberano: toda la familia re~onbcia en sus
manos el poder legislativo, el derecho de hacer la guer-
ra y de formar tratados y alianzas. Las mugeres y los
hijos eran lJaturalmente iguales á los maridos y á ·105 pa-
dres; pero inferiores y súbditos de sus soberanos. De
manet'a que si solo se considera en el gefe de la fa-
milia la cualidad de padre o de marido, en vano:,.e
buscara en él el origen de un pode,', cualquiera 'lue
sea. Mas si le miramos como sobel'ano, se· halla en el
su fuente porque tiene la plenitud del poder.


Pero como los pueblos no conservaron largo tiempo
la lui de la ley dada por el Arbitro de ·la natul'aleza,
perdieron de vi~ta los deberes hácia smf hijos, á que
les obligaba el podet' soberano: creyeron que nada· de-
bian á estos: no consideraron su conservacion como 'una
obligacion natural, y no considerándolos mas que como
un bien que les pertenecía, para disponer de élá, Sll
antojo, como una propiedad que podiau hacer· crecer pa-
ra utilizarse de ella, ó dejarla abandon~da como an-
drajos que se arrojan á los que una e!\trema necesida(l
puede obligar á recojedos, Este gran desorden en las .fa-
milias hizo conocer tambien á los homhres la necesidad
del establecimiento de las sociedades· civiles,


Por esle eatablecimiento pa.só el poder da los ge-
fes de familia al gefe de la nacían que le absorvio de
tal modo, que no dejó de él ni aun la sombra, Asi fue
que el podel' paternal que emanaba de la cualidad de
soberano o de ~cfe de familia, se hallo enteramente en
manos del mag¡stl'lIdo, del príncipe y del monarca pOtO
el establecim iento dp, las SOCIedades civiles; y los hijos
que nacieron dcspnrs d,~ la épo('a dr dicho estableeimien-
~t




(502)
.to. se l.'ppl,lt..'1r.on , ¡pso jacto, súbditos de este lluevo S(,-
l)(~l'al1(}, j:fue' quedu por cOllsiguiente obligad u á procu-
rar 10,5 cuidados que exigían la .cunservacioll y educacioll
de t;'!t()~ .nuc;~:os súbditos.
·p~j'Q,como un gefe no. podía velar por los cuida-


dos (ple.J~eclalUan touos tos miembros de la uacion , pu-
so en su jugar personas ({Ile, uespues de él, luvjc~ell
el m3\Y-Glr· iJllcrés en su conscrvaciqll y cducacion, fun-
d~lId~~~tas j~lslas esperanzas en la ternura de. los \~ue
les hahiar,¡ dado el ser, De aquí proviene que ilii)illJ
lo. Sobt:l'~nos estendido ó puesto limites al poder patcl'-
nal, estohes".á aquella rama de pOIIer soberano que ha-
hia.o¡, cpntipdo . á los padres y maures, segun han .juz-
gado .co~w~Qhmte á las costumbres de Sil;; naciones .


. Un p(:lder .paternal in{kpendiente )' "Ul! diferente
del poder sQbei:auo con que está l'evestidu el gefe de la
~iedlld c~vil, es una quimera. Solo hay en la nalura-
le~a:.ull:pouel' fíSICO que ·es el fundamento uel p(}(!f'r
·moral. El. .soberano es una potencia mOl'al sostenida por
-el!.poder, físico .ue la naciLln, que se ha despojado de
dr,mQr.aIUlente.cn favor de la. soberanía. Y despues de
eslaabdicaciqf\,,tot<il de pOUCl' ,¿C9mo nos atreveremos ¡'l
!t'ecQnocel' ;.en·.lQs padres y miHII'~s uu poder .sobre. su;;
hijos .. ,~¡;, decir, sobre. su's igllalft~·, diferente é indelJe,11-
di.ente del. pe . el sobci'ano ?EI hombre antes de ser pa-:-
chfeup ,ten\w-.poder paternal: pues ¿de dOllde recibe
e9te poder en el IUQmellt.o que llega á serlu? ¿ El acto
dé la generaciolJ ha pr~cediJo nue\'c me&es al n"c:mien-
to, durante c;uyo tiempo uo tenia este poder: el naci-
miento del hijo no aumenta las cualidades f{ siras y mo-
rales del padre r;i de la madre; ¿ cn:'1 serú, pues, la can-
sa de este ppder? Las leyes se dice, pero las leyes natura-
les solo le daban este podel' cuando era el padre sobera-
110 en su ·casa ell el estado de naturaleza; las leyes na-
turales mil'C\n. por otra parte á lo,; hombres, sin la cua-
lidad de soherania y cumo perff'cla11lpnte iguales. Asi purs
el soherano es quien dec!flr;¡llt!o al p:tdrc y a la madre




(505)
tutores natos del hijo) les confian el poder ueceurio PIl-
l'a desem peila .. este cargo.


Concluyamos, pues, diciendo que el poder paternal
pertenece al padre como soberano; en el estado de la na-
turaleza la ml1ger no tenia parte en él, porque estaba su-
jeta al soberano poder, igualmente que sus hijos. Pero
despues que se estab!eciel"On los cuerpos politicus en que
los gefes de familia han renunciado su poder en favor
del soberano legitimo, se halla el podel' paternal en ma-
nos de este, quien le confia á los padres y madres du-
rante el tiempo de )a educacion, que debe ser el de la
mellar edad, v así cuando las leves declal'an á Ull joven
mayal' de ed;d, se l'eputa que ~l soberano retira el po ...
del' que habia confiado al padre y á la madre para que
cumplie~en con el deber de la educacion. Hablo del
padre y de la madre, porque en el estado civil no hay
desigualdad entre ellos; porque ademas, los hijos estáu
ordinariamente bajo la disciplina de las madres durante
su tiema edad; y finalmente, porque se ve con fre-
cuencia d¿sempeñar las mugeres el deber de la educa-
cion con mucho mas juicio· y sabidul'ia que los maridos.


Finalmente, se puede juzgal' de la estension y lími-
tes del poder paterna) por el principio que acabamos de
establecer. En general, hallándose un padt'e en la obli-
gacion indispensable de educar bien á sus bijos, y de
prestarles todos sus cuidados hasta que est';o en estado
de conducirse por s{ mismos, debe ser su poder de tanta
estension cuanta sea necesaria para este fin y no mas. Por
consiguiente, )05 padres tienen derecho á dirigir la cou-
ducta y acciones de sus hijos como juzguen mas venta-
joso á uua buella educacion; pueden castigarlos con mo-
deracion, pal'a inducirlos á cumplir con su deber, y si
un hiJO es muy díscolo é incorregible, la mayor pena
que U11 padre puede imponerle, es el arrojarle de la fa-
milia y desheredarle. Porque si bien los hijos deben he-
l'edal' los bienes de sus padres, no tanto se funda es-
to en una ley espl'csa del derecho natural" SIIIO en (l'H!




(504)
por lo regular no hay nadie pOl' quien se intel'esen mai
los padres y las madres ((ue pOI' sus hijjs; pero cllhndf\
~e manifiestan incorregibles, y pagan 1's cuidados que
han: puesto sus padres y sus ma(h'es educándoles con una
negra ingratitud, cuando ha terminado el tiempo de la
educacion prescrito pOl' las leyes, los pa(It'es y madl'e~
pueden desheredarlos y aun arl'Ojados de su casa; 110 te-
niendo ya obligacion alguna con respecto á ellos, pues qua
pasan entO!ICeS bajo el imperio de las leyes,


El poder paternal no comprende el derecho de vida
y muérte sobt'e los hijos.que han cometido algun crfmen~
porque este poder no se deduce de la educacion como
ohjeto del poder patel'lJal. Todo lo que puede hacel' un
padre es denunciarlos al sobel'ano para que los castigue
segun la cualidad de los crímenes. Porque en primer
lugar el padt'e es ciudadano antes de sel' pad,'e, y debel1.
preferirse los llltereses de la sociedad á los de la famili",
(lile solo son aparentes, cua.ndo se encuentran en oposi-
('ion con los de la sociedad. Ademas el interés de la so-
ciedad exige que el crímeu sea castigado. Y como pOLo
otra parte, los hijos son 5ttbditos del soherano q ne con-
fia su educacion á los padres y madres, estos son l'eSpOll-
:la bies de ella, y no teniendo facultad para castigar sus
crímenes, deben recurrir á la autoridad del soberano pa-
ra salvar á un tiempo lo que deben á este y al :Estad'l.
Hallandose el hijo de Casio dispuesto á publicar la ley de
)a di"isifJn d€) las tierras, ley fatal al reposo de los roma-
1I0S" y no habiendo podido disuadirle su padre de este
propósito le hizo mori.': porque los padres entre los ro--
manos tenian todo el poder soberano sobre sus hijos. El
pueblo ,'ió con asombro arrancar á su magistrado de 1 ...
tl'ihuna de las arengas, y no se atrevió á hnCC1' resisten-
cia al~una penetrado del deber de un padre, y COIlO-
dendo que este deber httcia el bien público era todóvia
mas sngl'iulo que la ley que favorecia las personas de los
tribunos.


ConfoFme se desenvuelve y I-'t'rf('('ciona la razou en




(50~) ,
Un niño, y que e!te se va aproxim!ndo ;. una edad ma-
dUl'a, se disminuye insensiblemente la autoridad paternal.
Vu niito en su edad tierna no conoce lo ,que conviene
, ., d . '1 a su conservaclOn ; a sus pa res pues, toca procUl'arse ()
'Y hacérselo abrazar, porque á aquella edad no hay in-
teligencia ni voluntad, y las leyes quieren que un hijo si-
ga la voluutad del padre, de la madre ó de su conduc-
t01' , que tienen inteligencia, voluntad y libertad por él;
llero conforme se des&l'rolla en el niño con la edad la
iuteligencia, los padres disminuyen sus atenciones, por-
'tue ven que por lo menos (ln aquellos actos mas senci-
110s puede dirijil'se por sí mismo, y asi sus atenciones
empiezan á ser menos necesarias. Y á medIda que adelan-
ta en el conocimiento de las leyes, se apróxima á su
libertad, de suerte que no bien ha llegedo á aquel es-
tado que ha hecho á su padre un hombre libre, !le hace
el hijo qn hombre libre tambien ,y elúll icovinculo que
le queda con su padre es el del reconocimiento, que no
deja de ser muy fuerte en una alma bien nacida,


Si adquiere alguna cosa un hijo mientras.est~ baj()
la potestad y direccion paternal, bien sea'pol' donacion,
ó de otro modo, debe aceptarla por él el padre;'pero per--
tenece la pl'opiedad aLhijo: ,el padre puede solliniente dis-
frutar de ella, y mantener, con sus productos á; su' hi;lO
hasta que éste sea capaz de tomar la administl'a~iotipor
sí mismo. Porque aunque por una parte" ')1 as: :cósás que
entran en propiedad, no sir'ven menos para' ,log: :u:sog de
la vida á los niños que á .los hombt'esfol'rillGOS; y Ilun
son mucho mas uecesarias á los primeros, i aausade Sll
poca fuena y de la debilidad ue su jlliqio', que no les
permiten proveel' á sus necesidades, y 'malle,~r! :cual icon ':'
viene sus intereses; por 'otra parte, no:ptiai't'ndO' l<Qs, ni-
flos adquirir, á causa de la- .falta de juicio" del~spel;jell­
cía, las leyes civiles han subsanado esto 'enc8<rg:ind(\':~los
padres, á las madres o sus 'conductores que la~' tacepten,
en su nomhre. Ademas:,.,los ,padres y las madres· tienen:t!1
~oce de ellas en jndemni~acion de los gastos de,educacion.




(506)
Acerca de las utilidades que pu{'de hacer un hijo ya


mayor con su trabajo ó industra, deben pertenecerle
esclusivamente.Pero si estas utilidades proviniesen de Jos
mismos bienes del padre, seria muy justo que este se las
apropiase en resarcimiento de Jos gastos que está obliga-
do á hacer para su sustento y educacion. Y general mete
es muy conveniente que se de algun derecho a los padres
en los bienes de sus hijos, para tenel' un medio lTIas de man-
tenerlos el! la snmision y respeto á la autoridad paternal:
porque la sumision y dependencia de los hijos son muy ne·
cesarias á su educacion que no es posible verificarla de otro
modo. Ademas la razon y la esperiencia concurren á con-
"encernos de que el dejar á ]os hijos la propiedad de Jos
hienes, es un medio seguro de hacerlos independientes
de los que están encargados de su educacion, porque no
estando desarrollada aun en ellos la raZOll, no reconocen
mas estimulos para obrar que los placeres. Y ¿ qué
eosa mas propiá para a'Jmentarlos y hacerlos mas in-
tensos en esta edad fogosa, que la 'propiedad de los
bienes? Asi, se renuncia á la educacion de los hijos si
.se les ,concede antes\de hallarse concluida. La sumísion
y dependencia de la juventud está en )'aZOll inversa de
la propiedad de los bienes, y el bueno ó mal resu 1..;
lado de la educacion está en razon·directa de la· depen-
dencia de la juventu:d con respecto á los que están en-
c:al'gados de ella.


Finalmente, el que los hijos no deban tener nada
propio durante su menor' edad, es 'una sonsecUéncta ne-
cesaria del es.tado en que 'se hallan en este tiempo; en
tal estado se reputa que no :tienen inteligencia, voluntad
Xii li.bertad; y" en. efecto, J¿i ;mayor 'parte cuasi 110 la tie-
nen, por mas Husion que uno seha¡;a.· Por propiedad en-
tiendoAqui', la facultad de ejercer el derecho de dicha
propiedad por. ,si mismo; la enagena'cion y otros ))10dos
semejantes 'de disponer de . los bienes, extgen por su na-
turaleza el ·acto de una volunt~d racional, la eua\' no
puede halIat'se en esta clase ¡'de personas. ' , ..




(307) ,
, Estos pl'incipl'Os son tamLie'n los fun,Jdm'ébtú*'tenérll-


les de l~,s sábias leyes ·de 105 romanos sobre el,peculio
de losbijos de familíá. I,laman peculillm una especi~'de
patrilrionio qlle: podian tener un esc1a'vo,ó 'tin' ~í.io de
familia, aUlIque no pudiesen disponer dé él. Se'gutl 'las
reglas del derecho romallO, lo que los hijos 6" esclavos
adquirían era para el seüor ó para el pad!,~'. >Sín embar-
go, lo que gauaba un hijo, de familia ,enlti h'ilerra; y
Jo que su padre ó su madre ó 105 dhóid lrñ+l~ntes, I'e
daban con este motivo, lepertenecia escJllsídinente , de
suerte .qt;e podia disponer(Je ello con'JO ~ej:ol: le parc-
dese, y' sin que su padre 'pudiese cnt~'r\d~r:;e'n" esto. A
este peculio llamaban pecúlirÍlIl c(J\'lrC1l.f~. '.(1.1Yiib mismo
sll,~edia con lo qne ganaba ún- hijó de .~(NÓ'iifi~( en éual-
f{ui~l~ empleo que le 'procuraba alg\un' 'sÁfdH8;[ptí.'blieo , y
esto es lo que sellaln?ha pectdiwnqúasi'JaW"ilhse.'(2.) ,
¡')(IE\, -peculio e,ivil ,Ham'adó 'pecútiurh "j3HghHn,kl, :26'11-


sistia 'tVhien en los :biénes' '1lh~ mi hijo ~e: fatlHtrlSádcfUi-
rhl' ftiera de todo :emplcH tkl blico, ya 'poi"! ~~lic;i?illitstJ\ia,
por cl()'oaeion, () poi- fesUlmento,' Iya' p'Ot' dT~I~ó'Stqí6n de
las leye~, de cuyos hienes tenía el padrc'e\;)nWífrtlcto, y'
á :IOs'~1I3Ies daha,tt lbs intél'ptetes el ~b~~lWé-d~J}éCulilllJl
{úlfJen titiü m , ó bierl"coosis-tía el pecii1~oil?J~nü"<f,n la
ttH1idrid' que hacia cotd~s' bíeiJes prol)¡b¡;¡Jde5t':i'padre~
b' cÓ'nocasion de ellos!'E5tú~; :eslahan ~M'dIt'lhHú~nte á: lá'
dr~p'o~icion del padl'é;' y~e~';clo 'q'ue'tsl¡Ilh~h~ti !.}('ru-:
[úlm' 'p'rofeúitiurn. I~cis" ',~sd,avos no t'énlliri:; b,t\'Os: (l) "
- "!Fin;~hnente , aunque la patrIa :pbtesta¿h~eufdlilti?pl'in-'


:: .1 . :~ ~ 1 '; :, '1 .' .. '\'~', 'l'''!:~:::, .!.
,


:j • ,,¡¡ f.' I '1' ..
'~ ! ~ \ . ( : ¡ f' r' i .


"


."t.'- .", l,'t'i
(.¡), , ~:p i g:~~ t,' 1 i b, -l \1 .. lilh;1 1. i ' , ¡ ¡' , .:. I ,,! '1 ':' " : i
(~~" ;;Cp¡d. Ji,h. ,1., tito i ¡ ,2,7 t.) :q~\¡nof1iciO!l'Q It~~t~W\~ }.eg. ,J7' ;.'


_ ,Jlt ;:c;¡se a, los jI!w:r,r.r~tes},e~ .I?igcst. ,~n .~l!íFh,/:) lit. ~. !)~,r_ec~llJ.o,; y de la\ I~stlt, }~, ~.}1t. ?1 i)<;,~ (I~~:;t,s,A)ers~~~s Cl~l;)
(IU~ adq'dlh\ur; y pnnclpal\l1cntc 'a Domat. 1"arL ~, ht,'2. 'tito '.1:
S:Ccc:'i''!'''' ',,'1' ,~r ,,1 " ,':~ilt,,¡'H In!,,! '; i:'




(508)
cíp.almente en la obigacion en que tlstán un padre y una
madre de educar bien á sus hijos, esto no obsta para que
puedan, procurando la maJar utilidad de sus hijos" con-
tiar á algulla .persona ilustrada el cuidado de su edllca-
cioo. Mas en.tonces al descargarse del peso de la edu-
eaeion, d~ben remitir tamhien su podel' paternal á la
persona á quie'u la encargan, y aun desde el momento en
que pas~n los hijos á la direccion de un estallo, se repu-
ta que pasa ~ambien el podel' paternal, no quedando
á los padrl'!s y ,madres mas que la ternura, que f'S qui-
zá el mayor obstáculo para una educacion racional.
TaU1bi~'ll pueden los padres entregar sus hijos. á al-


gun hOIP~rede. bien que quiera adqptarlos, siempre que
¡ea pal'a .. ~~Hida~ de ellos. Por la adopcion se despoja
un padl'~ .. IHj.tHl.l del poder patel'J:.Ialsobre su hijo, y le
transfier~. ~lpa~re. adoptivo. C~mC?- era una especie de in-.
famia el np J~Qer hijos, fue 'autOl'iz~da la adop~ion por
las leyes;, ~ra" suplir á la est.erilid:ad· de los matri,monios,
y p~ara !~pspelo. de Jos que deseaban perpetuar su nom-
bre en cierto modo., .por ll1e.~io :de la sucesion en here-
deros de·:~ú,:eleccion. .


Los ,TO,ll,lanps. ,usaron con mucha' frecuencial tle 1~.
adop~ion~; ~l Pádre adoptivo, despues' de haber obteDi~
do el CQIlst:,?,tiu)iento del p;.¡qre ,,~tur;d ,:acudia al t:r1~,u~í11
del Pret~r plll',ahacer ratificar' el acto de adopcion, ó
bien se dit:igia"al ,pueblo reulli~o., en. curias que paha I un
deCl'eto <;ppfil'lp~~ivQ 4 requerimieoto¡ de los trih,~pos~ ,E.Jl
este segul1~o ,ca;!\ose espresa~a"ta a<\O:Pcion~onJ~I''Pala­
bra adrogacion. Para 'efectuarla era necesario,!. e que
el padre adoptivo no tuviese hijos ni esperanzas de te-
nerlos, 2. o que él padreádoplivo-tiivie~e diei y OChA
ailos mas, que el hijo á quien adoptaba, 3. e fil1al-
mente, nu se reputaba válida la iadbpcion, . hasta oespues
de hitber' 'si;db .!ccnfir~ada por: ercol.egi.o d,e porHí,fice~ .


. Po~ ~t~i~?J, la,patIÍl'aJe.zaj~er.mlt~ tam,bien a¡~,p: pa.-:
dreque ~rece .de los medio,s. ,necesal'lOS paffl,¡~lJ.b~
sisti'r y piírá mantelíer á su~ J~ijos,' ~ine los empeñ.6 y




(:>09)
aun ({ue 10$ venda, porque "ale mas esponerlos á llua
esclavitud llevadera, que dejadós morir de hambre, I. .. a
naturaleza da pleno derecho á todo]o que es absoluta-
mente necesario para obtener los fines que ella pres-
cfibe,


Cuando los IJijos han llegado á la edad de hombres,
f'S decir, cuando son mayores de edad pueden ser con-
siderados, ó en el estado de naturaleza o en el de la so-
ciedad civil. En el estado natural, siendn el padre so-
berano de su familia, se reputaban sujetos los hijos á
este poder soberano eu todas edades, hasta que hubie·
sen sido emancipados por el matrimonio, . y que saliesen
de la cása parlel"lla para formar una familia aparte.,
POl'que sillo salian de la casa, no se reputaban eman-
cipad0s por el matrimonio, y estaban siempre suj~tos
al gefe de la familia, y continuaban, en formar¡p~rle.
de ella.


Pero es menester disculTit· de otro modo acerca, d,~
los padres, é hijos en las sociedades civiles. No teoien'-:.
do .los padres mas poder sobre sus bijas que el que'les
confia el s-oberano pal'a cumplir COn el graQ deber de .la
educacion" cuando esta se h.alla· conclu,ida, lo cual de...;
ciaran las. l.eyes. fijando la edad de la mayoria,; retira el
soberano el podel' paternal, y el. padre no elehe ya
lJacel' uso de, él. En cuanto un jóven es mayor;> d~; «:dad
se r?puta -que ha. llegado á la edad de la liber~ad: el,
padre y: e~ :h',to,. el tutor yel pupilo son igu¡lIes; to-,
uos estáo'¡ igu~lme,nte sometidos.á las mismas leyes; 1-
va no lmedd pl'et~ndel' un padre .ninguna (lomiuacion: s.o"":
iJre la libent:\d;') ,¿;sobre los bienes;(le Su hijo, :pq~, que,
este· enton:ces! ya.' no depende; de.l padl'e. , ,. '


Pero, si l.os hijos son entetarocpte independi'lmt~s¡d~
sus padres,,' ~ll' cuanto son mayol'es, ¿ cesará: tp<Ja :re:-
lacirm enlre los padres á sus hij.os? ¿ Deberán ·.~~r l.os
padres indifeventes. ~ sus hijos? j N.o permita Dios que,
saquemos una c.onclusi.on directamente .opuesta á nues-
tros principios! La flspel'iencia del padre, 5U juicio.y




(510)
su edad son cualidades' f{lIe le dan derecho' l¡{ ser hon-
rallo po\' su hijo-: todo 'lo que el padre' ha' hecho por
él durante el tiempo de la educacion que le 'ha dado,
]e grangeo un reconocimiento sin límites. Y estos de-
rechos que son, los de la humanidad, son derechos muy
perfectos considerados á la luz de la razono (, Esta es
]a primera y mas antigua de todas las deudas, deda
con mucho juicio Platon. Un hijo debe grabar en su
corazon ,que todo cuanto tiene y posee, pertenece á
los que le han dado (',l ser y Ichan educado; de suer-
te' que está obligado 'á suministrarles cu'anto les sea po-
sible' ;iá saber, en primer lugar rir¡upzas; en' segun-
do 10'5 bienes del cnérl)o y' por último los del eSI)iritu.


1 • , Que' les vuelva con ventaja los sumos cuidados é illquie-
tüdes' (lue les cans6 en otro tiempo, que lo ;'haga priu-
éipahnente' en su' vh.iez, que es cnando más lo nece-
sitan. Debe hablar siempre de ellos con sumo reS-
peto.Debe sufrirles con l'esignac:ion' cuandodesfogllen
en elldssu cólera', ya'pOr simples pafabras, 'ya por
aedodes, :J1ues debe aCOI'darse de que nada· es -mas dig-
lÍo dé verdoo 'que la colera de un padl'e que cree ha-
~er' sido ofendido' pm: ;su hijo. E'n :firr~' debe des-
pues ,de la muerte levallUlIles monllJ'neí¡Jos:,¡~ y: honrar su
mém-~áa; (Dei legziJll,r'ülJ.. 1 VJ _
~ ':'En"generál, nad'á 'és iHias eO'I'Ifo\'ll'le'con Jas miras


dé la;PI'ovidenc:ia' y 'con,: las leyes'; nIH'utal~'S ,que el
que los;'bijós de ü'na :misma. falllilia,cuJtrv~h'f manten-
ganel1UJe 'sí aq Ilellai ~-inistad" cuyos pl'imel'.os! fundamen-
tos ha ;ah'ojado 'la 'tn'i:Sthá;'!hat:unle'za; 'y que l)'t,'esto ljne
ésfÍt'n:llHidos por los ví'nC'oltls:de la sangre"yJeI:naómiento~
tengan unos húcill 'Ott'QS :uha"~)enevolenéia <;O'flm,n que les
jridlflel,~hdomunic¡wse todo~ los socorrns;,,~l á'procnrar-
se 1tóth,!;1 las dulzuras 'que' de ellos depem.1en.
, . Atle In as del marido,' In'muger y lbS, hijos, hay tO..l
davia :6tros ll'Iiembro's ,m'euos' considnrái~lt!s'tlJi, una 'fa-
milia~ <lue se lIam',ili 1,~e''¡l1irlotcs,po'rqu~,) éff:efecto"sir-
"en ii'los padres' ¡de f'i\niiJ'i¡¡,.' . ,1




(311)
Cuando el género humano empezó á multiplicarse,


y se reconoció lo útil que era descargar en otro la fa-
liga y cuidados que piden la mayor parte de los ne-
gocios domésticos, se introdujo muy presto el uso de
tener criados qne . constituyesen parte de la familia. Pa-
reciendo esto muy útil á dueflos y criados, se resol-
vieron muchos insensiblemente á entrar con este carác-
ter en la familia de alguno para siempre, con la COtl-
dicion de que se les diese el sustento necpsario y to-
das las demas cosas necesarias á la vida. De manera que
la servidumbre ha sido desde luego establecida pOlo un
libre consentimiento de las partes, y por un contrato
de hacrl' para que /lOS dell.


Hay dos especies de servidumbre; una perfecta, y
otra imperfecta; esta líltima solo se verifica para cier-
to tiempu, o bajo ciertas condiciones, y para ciertas co-
sas. Tal es la de los manumitidos (lihe/'ii): la de los
esclavos á quienes se daba la libertad por testamento,
pero solo al caho de algun tiempo, ó hajo ciertas con-
diciones (slatulibcri:) la de los deudores insolventes, que
se hacian e!>c1avos de sus acreedores por condena del
juez hasta que pudiesen pagarles (llexi addicti:) la
de los labradores (adl'cripti o adscriptitii glcbCEJ que es-
taban adictos á las tierras que se le" daba: la de los
esclavos entre los judius',' que concluía al caLo de sie-
le años ó en el año dd jubiléo: la de las gentes de ma-
no muerta; y finalmente la de los mercenarios ó gen-
tes asalariadas que es hoy la mas comun.


U na persona mercenaria qlle llamamos criado o do-
méstic0' debe d:esempeñar fielmente el trabajo ó servicio
á que se ha obligado, arrendando sus servicios á sU señor;
y éste por ot1'a parte 1(') está á pagar exactamente el s:\-
lacio que ha prometido al criado., 4demas:, como' en
tal contrato es lilas superior 18 condi(Íull del' amo que
la del criado, debe este respetarle segun el rango que
ocupe en el mundo: y cuando por malicia o pura ne '
gligellcia eu mple mal COII sü deber puede reprenderle




(512)
el amo con moderacion, pero no ¡ .. ponerle un ~u­
ligo corporal de alguPla consideracioll, y menos todavía
matarle por Sil propia autoridad. Véase sobre esta leccion
á Hurlarnaqui. Part. 4. a cap. XV. I .. ocke, Gobierno ci-
"i1, capitulo IV, V Y XIV. á Puffendol'f, Derecho Na-
tural y de Geutes, lib. VI. cap. II y IIl. á Gracia, lib. n.
capítu lo V. ete.


lJel modo de interpretar las conv6I1c,'ones y las
lefe.f. '


. Cuando !\e quiel'e espticíll', alguna ley, convencian
lÍ otro' cualq~lier acto; se p~'ocUl'a (',onocer cual ha si-
uo la intellcionde su autor; y como solo se puede co-
nocel' esta intenciun pOl' medio de los signos de que
se ha sel'vido para man,ifestarla , ó de las circunstancias.
en que se hallaba, todainterpl'ctacion se funda en con-
Jeturas: pues que solp pú~de .iuzgarse de la ¡ntencion
del autor por los, signos ó indicios mas, vel'Osímiles, Ó
pUl' las circunstancias ,que aC(,HUpaÜan la declaracion de
su voluntad.


Nq"pOl: esto deLe creerse, que las reglas de la in-
terpretadon ,no sean cunada: seguras. Las couJeturas 50-
hrc clue eslán establecidas, SG fundan en 1,\ naturale;¡a
misma ~e, lal; cosas , y' a'lgtlllaS V~Cl'$ se llevan á tal gl'U-




(515)
do de evidencia que forman una demostrac1on mo-
ral.


Llis oonjetul'as que nos suministran las l'cglas de UlJa
buena interpretacion, se deducen de muchas fuentes. Las
principales son: .L o La nat~ralcza misma del negocio
de que se trata, subrtracta matcll'(J,; 2. 0 El sentido
ordinario de las v-oees, tal cual 111 tienen en el uso
comun y popular. 3. Q La conexion que tienen los tér-
minos oscuros con otras palahras de la misma persona
que son bastante claras f •. o Los efectos o consecuen-
cias que resultan de cierto ¡¡.en,tido ó de .ci.erta int.er-
prelacian. 5. o Algunas veces se sacan tarnbien conjetu-
A'as del estado y cualidad de las personas, y ,de las re-
laciones que tienen entre sí. 6. o Filialmente, la razon de la
ley 6 de la convencion, esto es, las miras 6 los motivos
del legisladol' ó de los contrayentes es tambien aqui de
grande uso. Desenvolvamos estos pl'incipios, estable-
ciendo las reglas de interpretacion que se deri\'an de
ellos.


Es, pues, una t'egla y máxima comun de los juris-
consultos, que las voces que son algo oscuras, deben
esplicarse s~empre conforme á la naturalt:za del asunto
de que se trata. La tazon de esta regla se funda' en la
presy.ncion de que el que habla liene siempre á 1a vista
el ne.gocio cuestIOnable, y que asi todo lo que dice se
l'efiel'c á él. De este modo, cuandQ dos generales' de
ejército convienen en una tr{~gt.1.a de quince dias, la na-
turaleza misma de la tregua hace conocer que por la
palabra dia entienden el espacio de 2l. horas, en que se
comprende el tiempo de la noche, y el en que nos
~Iumbra el sol. Tambien' puede aplicarse la misma re-
gIa al voto de Jephthé, y de Agamenon; porque cuat-
{luiera que habla de un sacrificio, se pl'esume que su-
pone tácitamente una cosa de tal naturaleza que pueda
ser sacrificada.


Siempre que por otra parte no haya conjeturas su-
ficientes (lue obliguen a dar á los lt"rminos Ull s6ntiuG




(314)
particular, de ben tomarse en el propio, segun el uso
comun y po Pillar. En efecto, como toda persona que
tiene intenciOI1 Ó está en la obli¡.;acioll de dar á cono-
cel' sus pensamientQs, debe emplear Jos términos en el
sentido que comunmeute tienen, se debe suponer por
consiguiente, pal'a esplicar una ley ó convencion, que
el legisladol' o los contl"ayentes no se han separado del
uso recibido, Así es que fue una verdadera superchería
)a de los Locrianos, cuando despues de haber jura-
do á los Sicilianos que vivirían en paz con ellos mien-
tras que pisasen la tieITa en que estaban, y tuviesen ca-
hezas sobre los hombros, los arrojaron del pais en la
]wimera ocasion que tuvieron, á pretesto de que cuando
hicieron tal juramento tenían cabezas de ajos sobre sus
hombros y tierra dentro de sus zapatos, que arrojaron
poco despues.


Si se encuentran términos facultativos, es necesario
esplicarlos segun la definicion que les dan los peritos,
o los que entienden el arte ó ciencia de que se trata;
~ no sel~ que el que hable no entienda el arte ni 105
tél'minos; pOl'que entonces debe interpretarse pOI' la sé-
}'ie del discurso Ó pOI' otl'as circunstancias, el semido que
puede haber tenido en la imagirlacion del que los usa.
Asi 1 los nombres de los paises de que puede hacerse
mencion en un tratado, deben entenderse seglln el uso
de las personas inteligentes, mas bien que segun el USIl
vulgar, porque esta clase de negociaciones se hace co-
munmente pOI' personas inteligentes.


Las espresionea oscuras deben esplicarse por los pa-
sages del mismo acto en que está el sentido claro y
neto. Debe atenderse mucho á la conexion del discur-
so, y no se debe admitir selltido alguno qlle no sea
conforme á lo que sigue. ó á lo qU e precede. Por con-
siguiente, cuando una persona se ha esplicado una vet
cCJn clat'idad, debe esplicarse por aquella cláusula lo
(lile puede haber dicho oscuramente en otro lugar ha-
blando de la misma cosa, á no ser que uo "parezca ma-




(5Ia)
nifiestamente que ha mudado de yoluntad. Esta regla
está fundada en aquel prillclpio, de que en <:a50 de
(luda d€be prcsumirse siempre, que el que habla: está
de acuerdo cOl1t-igo mismo. Es, pues, una m{\Xima jui-
ciosa del derecho romano, qUe cada flarte de ulla ley
dcba interpretarse pOI' el tenor de toda la ley, como
tambien (Iue I.,s leyes se esplican llllas pOl'otras. hz-
ú'vile est, núi tuta lege per.l'pecta, UNa atiqUrl 'yu/.'
particflla proposita ,judicare I'el re'\jJolldere. ,( 1')


Los efectos ó consecuencias que rcsu!tpn de. dar
lal sentido, sirven tambien m~chas veces para descu-
¡.rir el verdadero. Y asi cualldo de tomarse los ténui-
nos ¡¡.bsolutamente y á la letra, hiciesen nulo un acto
y sin efecto; ó condujesen á algun absurdo ó injusti-
(~ia, es preciso separarse entonces del significado pro-
pio y ordinario, cuanto sea uecesario para evitar ta-
les inconvenientes; m~xima establecida en el derecho ro-
mano con resp.ecto Ít las leyes: In, ambigua voce le-
g/s, ea potius (lccipiellda csl signi(icatio, qure '!Jitio
caret; prresertim CUlIl ettam valuntas legis e.x; hoc
mUigi pas.l'it. (2) Esta regla ha sido muy bien, espli-
cada por Ciceron. "Todas las leyes, dice, debep re-
ferirse á la utilidad del est¡¡do : .Y por consiguiente con~
"ielle esplicarlas por las, m,ir.as del bien pliblicq., lIlas
bien quc por el sentido prop,io y literal de las ,Y¿C~s .••
El objeto de los legisladores no fue el e,!~al?lllce.l;co­
sas perjudiciales al estado: y. auu cuando lwbieran que-
rido hacedo, sabi¡¡n muy bic:n que tales; leye& se. des-
preciarian en .cuanto se conociesen sus inconvenientes.
:En efecto.,. .si todos d,esean mantener las leyes, no es
por ellas mismas sin!,) por el ~ieu de la república, la


(rl Lpg-. ')"1' D. nI' Lq~ih. Lill. I. tito nT.
('1) [.";4. 1 g. u. ,])t· Lcr:ib. 1.. 1 tito In.




(516)
que creemos que solo puede gobernarse pOl' huenas
leyes.)) (1)


El estddo y cualidad de las personas y las relaciones
que tieuen entre si pueden suministrar alguua vez con-
jeturas, para esplicat' siempre lo que este Of.CUJ'O y du-
doso. Es necesario, pues, esplicar siempre lo que sea
oscuro con respecto al estado y condicion de las perso-
nas, y á las relaciones quo haya entre ellas. Se funda
la razon, en que se cree que cada uno habla siem-
pre conforme á su estado y á las circunstancias en que
se eneuentra. Asi, si alguno prometiese un dote á una
soltera sin especificar la suma, deberá detel'minarse es-
ta relativameute á la cualidad de la jl.ven r á la fortuna
del que promete y á los sentimientos que la profese.


Finalmente, es de un grande uso en materia de in-
terpretacion, lo que llamamos la razon de la ley ó de
la convencion. Por ello se entiende los motivos y mi-
ras que han movido al legislador á dar cierta ley, o á
los contrayentes á verificar el contrato. I.Jas conjeturas
que se sacan de aq ui son de mucha fuerza, con tal
que se conozcan con certeza los motivos que determi-
naron á los legisladores y á los conll'ayentes, y las mi-
ras que se p,'opusieron. Es pues una máxima constan-
te',' que se debe esplicar conforme al objeto que ten-
ganuna ley ó convencion, y que debe desecharse toda
interpretacion que le sea coutraria.


La razon· de esta máxima se manifiesta por sí mi!l-
ma. Lo que determina el vel'daoero sentido de una ley
o convencion , es la intencion del legislador y de los con-
trayentes, la cual consiste en las miras y eR el fin que
se han propuesto, Si la razon de la ley ó de la eon-
vencíon está espresada en ella, no se ofrece entonces


(1) De inventione, Lih. I. cap. xx. x: YHf.




(317)
dificultad alguna. Si al contrario llO ]0 está,' es nece-
sario recurrir para conocerla á alguna de las (:onjetu-
1'3S de que hemos hablado anteriormente, COIDO' á la
naturaleza de la cosa,' o á la ocasion y circunstaucias
particulares en que se hizo la convcucion ó la ley.


Esta máxima se lisa geuel'almente y sirve principal.
mente para damos á conocer las ocasiones en que debe~
mos estender una I~y o convencio .. á casos no espre-
sad05; ó al conlrario, restringirla á ciertos cásos, aun-
que parezca se hallan comprendidos en ellos POl' espre-
sarse en términos generales. '


La disposicion de una ley debe estenderse á caSO$
que no están espresados en sus términos, siempre que
la misma l'azon que movió' dicazmenle,al ,legislador á
dar esta ley, convenga al' caso de que, se trata. Por
ejemplo, si una ley establece ci~l'ta pena' contra el que
ha muerto á su .padt'e, ésevidentisimo que' el legisla-
dor quiso que esto se estendiese igualmente al que hu-
biese muerto á su madre. aunque no sé espliC:ise' deler-
minadamente sobre' este caso. Si la ley 'prohibe la es-
traccion de lana fuera del páis, debe entenderse tambien
(lue prohibe la estraccion de ovejas. S~ t~miendo una
hambre ó escasez se prohibe la salida 'd~ gran()s ~ dicha
prohibicion debe entendet'setambien con respecto á la
hariua etc.


Facilmente se comprende la justicia' de esta máxima,
pues siempre se debe presumir q:ue el legislador está de
acuerdo consigo mismo, y pOI' consiguiente, cuando
conviene perfectamente á cierto caso que uo 'está espre-
sado en la ley el mismo fin que el legi'slador se propu-
so .al hacerla, debernos estender á él su disposicion. En
('fecto, como no todos los casos posibles pueden espre-
sarse e~ las leyes, deben aplic~rs,e á los casosenlera""
l1Iente semejantes, ~' donde manifiestamente tenga lugal'
la misma razono Nun possunt omnes artlculi sz"gillatllll
aut legiblU: rlul srriptis compre,hf'ndi; sed c11m in aliqua
.'flllW sententlrz e(7mm '1!lllnl'lésta esl , is fjui juri.l'dictiolli
~2




(518)
prreest, ad súnilia extende/'e, atque ita jus dieere de-
bel ... Quoties lege aliquid unUl{l vel altcrwn illtrocluc-
tum est', bona occasio est, cretela qure lendunt ael eam-
dem utilitatem, vel interpretatione, ~'el certe jurisdic-
tione suppleri. (1)


Esta estension que se da á las leyes es oe un gl'ande
uso para reprimir los fraudes y ardides, con que gentes
sutiles intentan eludir la ley ó la convencion, bajo pre-
testo de qu,~ no han hecho liada contrario á los términos
de la misma ó de, su obligacion, aunque hayan obrado
abiertamente en 'fI'aude de una ú otra. Esta doctrina
la han eSRlicado muy bien los juri~consultos romallOS.
Contra legf!~nfacit quod lex prohibet , in jraudelll I'Cro,
qui, salvis verbis legis, sellt~ntialll ,c.ius cirCUmVelllt;
fraus elli~1"f lcg(fi,t, ubi, quod fier¡ IlOtit, fie"; autellZ
no.n velu/t.,: id /i,l~, ctquod ,distal dic,(ulll el sententia~
¡lOe dútat frf-lus ,flb eo quO(! c¡o;lt~a legem fit. (2)


Hemos hablado de lo concernicute! á la estension de
las conven'ciones,ó: de las leyes ~ tp~S d~ lo que se coo-
tiene en sus mi~mos términ¿s. Mas tambien se las limita
algunas ,'ecesá 'una sola parte de lo que espresa sucon-:
tenido tomado en toda su estension, por Jo que es tam-
hien una regla de buen'a illterpretacion, que cuando cesa
la razon principal de una ley o tonveQcion con respecto
á ciertos casos, deben esceptl1arse estos de la disposicion
de la ley <> de, la comencioll, por mas generales q tiC
sean sus térnlinos; porque en tales circunstancias sel'ia
un absui'do pretender, que el legislador ó los conh'a-
yentes hayan querido comprehender esto~ casos en ,las
espl'esiones generales de que se han servido. En el tra-
tado de paz que pus~ fin á la segunda guerra púnica,


(1) Leg. 12. ;:3. D. De Legib.lib. lo tito 3. lego 2j.
(2) Leg. 29- 30. D. LeSiL liL. 1. tito 3.




(319)
habia la cláusula de que los cartagineses no hatian la.
guerra ni dentro ni fuera del Africa sin permiso del
pueblo romano. Pregúntase si debe entenderse esta pa-
labra, hacer la guerra, tanto de una guerra ofensiva
como defensiva? El objeto de este tratado que era suje-
tar á los cartagineses é impedir que se engrandecieran
con conquistas, nos demuestt'3 que debía restringirse á
las guerras ofensivas, de lo contrario incluiría una in-
justicia manifiesta.


Añadiremos todavia aqui algunas aclaraciones sobre la.
)'estriccion de las leyes, que serviran ~ara modificar los
principios que acabamos de establecer. .


l. a Aun cuando la razon de la lev cese en algu-
nos casos estraordinarios, no pOlo eso se debe restrin~
gil' la generalidad de su disposicion, cuando 'pur otra
parte hay fundamento para creer que el legislador no ha ...
lJló de estos casos particulares, ya porque ae<mt~zJ:an ra"
l'as veces, ya por evitar la molestia de una discusioó di-
ficil. ASl , el testamento que haga un niño, antes <le la
pubertad, será nulo, aunque se vea que tuvo bast~nte;
juicio para testal' deliberada y prudenlemen:te, y' que la'
Jey solo declare nulos los testamentos del impubet por,
defecto de su juicio.


Con mucha mas raZOIl no se debe restringir ápre-
testo de que sCt'ia duro aplicarla á cierto . (jaso ,si el·· le";
gislador ha declarado formalmente que quería qqe se
observase exactamente en toda su estension':y á la le-
tra. Entonces 110 hay mas remedio' que decir con 105
jurisconsultos romanos" quod quidem pérqakm ,dunl17z,
est: sed lex ita Jcripta esto i. . " : :


F'inalmente, los principios que acabamos de estable-
cer acerca de la intel'pretacion e.stJll1siva (, l'eshictiva de
las leyes, se refiel'en á la maxima comutl::· de que las
leyes deben interpretarse segun la equidad. La 'equídad
no es otra cosa que la igualdad. La igualdad exige que
se juzgue del mismo modo en un caso semejante al de
flue habla la ley, :¡j su razon ti~ne allí una justa aplica-


.





(320)
(lino,: y asi debe entonces estenderse la ley. Al contrario,
seria ofellder esta misma igualdad, juzgar de un caso
particular atendiendo á 10i términos generales, de una
ley, cuando la razon de esta no lo permite; entonces
es necesario restl'ingir la generalidad de los términos.
Siendo esto . así" podemos definÍr la equidad una mter-
pretacion justa, fundada eH la razon de la ley ~ pOI' la
cual;s~c().tdgeQ,Josdefectos que en ella se encuenlran,
1)01' estar concebida en términos demasiado generales ó
d,emasiado :limitados.


Es neces¡lri:o, oonvenir en que el nombre de equidad
puede servir facilmente de ,prelesto á la arbitl'81'iedad:
]a facUidad de pasar de la una á la otra, es la única
!'azoo qu~ puede alegarse en los lugares, en que se su-
jeta eLjpez al.. teste;> preciso de la ley. La arbitrariedad
es tan peHgfQ~a~i en S,ll linea en los jueces como en los
reyes; peOOlnO;3S1 )a equidad.


N u n~a es p~rmitido al juez: dar una sentencia con-
traria álo,s tét'minos de la ley., El cuerpo de las leyes
abraza un sistema de equidad general y unido. Cada ma-
lería tiene prindpios fundamentales que, como radios
de . una' iH.lisma circunferencia, tenninall en el mismo
centro; y el juez debe fundar las razones que le deter-
minen en, este sistema, en estos principios, y nunca en
su ilnagin,aciQu . .A este centro debe dirigir la letra de la
ley, porqli~ l~ l~y, no está en las palabras SillO en su
sentido; ~uRpalllb .. as s~ espHcan por su esplritu, y si la
misma ley:, no. condu.ce á descubrirle, debe buscat'se en
las decisiO,J},es, de otrás leyes y en los pri meros princi pios
de la legislacion. Dificil es no conocel' consult:indolos si
la Jey. dic~ precisamente )0 que parece decir, si debe
aplicar.~e¡ á· la cuestion que se presenta. Si las leyes ci-
viles no ~o,nducen á los conocimientos que solicita el
juez, debe 'CQDsultar la ley COlJ el derecho público y natu-
ral, y comparárlos juntos. l;as leyes de los hombres so-
lo se han hecho para libra!" el derecho natural de los
ataques de los transgresores. Es propio de la liquidad il




(521)
adaptar las palabras de las leyes civiles~'á hsdeyes natu-
l'ales, pOl'que estas son inmutables y¡;las'ott'a~¡'atbitnl"""
rías, y asi conviene inas aproximarse á la 'jl1st~ci'a ,: que
separal'sé de ella por adherirse á una justi:c'j;a ¿pi.:.._
nable, '!,., ; ,


La equidad permitida en los j'uicios; ~ féhnal e's no se
estiellde tanto como en los árbitro'5.El'l '~s{tis:' I1enunciau
las partes, por decirlo así, á las leyes ,esérltas. para re-
ferirse á la equidad natural, que' suponen halll(1's<een el
espiritu y corazon de 105 que 'toman' por! ,~tbitros, á
quients es permitido no deteuerse en 1 uttaltly: ",¡dosa.
y atende!' á diversas circun~tandas que :,110 h¡f"pto'dldo ni
debido prever el legislador ~ Su única ~egla~ es~ la j{1st~ci3,
regla bastante segura si se sabe conocer ·ysp;gúil'. To-
dos los pleItos de los hombres deberían ponerse en ár-
hitI'os, si se eligieran personas que tuviesen bastantes lu-
ces y rectitud para ser buenos legisladores. Pocas per-
sonas deben aceptar, un ,.po~er t~n e~tenso.


El magistrado está sujetó á lo que determina la ley,
cuando permite (, prohibe con claridad en circunstancias
determinadas, pues estonces no puede servil,te de pre-
testo la equidad para no conformarse con la letra de la
ley. ~I< ádúJro, seg\\n)a pr:~~>tica .,de,~iv<e.~'l~·'.\l,~,?ipn,es"
e¡¡t~, t~lJ}p~én mas, Ó ~rnos_"suJe~o'~ie~t~. ,~l\\l\\¡~,IA(')'\ d~~e­
ria sujetarse á ella aun c~l~n~o; ~st,~ >q~~Wcif/ll. I1R\\~lqie.­
se pOI' sentada en el podel' que se le ha dado. Las leyes
se hacen pal'a casos generales; para las cosas que suce-
den mas frecnentemente. Si es infinita la diversidad de
éircunstancias, sino pueden estas enumerarse y mucho
mellOS! _ponerse ;por es-crito, e.s prec~r <}oe;c,tat tef sea
Dlucha$ vÍ'lCQsmuda:. laequidlul:bablar'J*t.\'I·elb;! eS':lá
parte del: :del'echOf.{ue '00 ,.c:Hú escrita .. ¡Si ,la n1a5 ,Ie\'e
alteracioll .én la tés¡~de 'la leyó puede :harel'liDjup.toplo jus-
to ,:dehe. ~l' suintérp"eLe l~:,eqllidad insepa.1óhW de la
justit.i<l¡ Lar justicia milJca,:es ~rjgur05a;: :penSáb e8t<b,:}~6(:011¡"
fu n di.l' ,Ia~ideas , es :t011llir .eL rigor de hr!ley. pdIr estaiyst
la ofen4e cuando uno se :Q:tUlit'lieá: lo ~rítiJ()ldfda e~II .. e-




(322)
sion. La ~quidad,conduce á la justicia y corri~e el vicio
ó lo defoctuoso ;de la ley .


. Finalmente,. como toda la equidad debe fundarse en
la .ley .natur~,lque es tambien la base de la leYi.civil,
toda ley debe tener por principio la equidad; esta eor-
l'el .. cion;de,la ,una con la otra y su conexion son necesa-
1'ias. Una; dee;isiou contral'ia al derecho civil que se fun-
da en el natural" no puede .ser equidad; una ley sin equi-
dad no :}lU€1de . ser buena ley; la equidad en lOs juicios
debe compa-ra1:se,á la buena fé en Jos contratos, Por ella
,esplican ,}$ ;:partes contratantes el verdadero sentido de
las .palafl·es .q~l ,contt'ato ,: ponen en claro suamLigue ....
dad; ¡11, &úplen'á ,lo que no se ha esplicado bastante tel'-
minaJl~ell)-ente •.


" :;. J.-':';!" ¡
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DéT'ineilio.de .4~te~z'tJ'ar >las(:co~trbversias lin~t~ lhl q~i~
'. n6 til#teti :i~~ 'comun , :t qlái "si/ ha!l~n ate! esttulá
. iláturat tbn'~1Pecto á ·:esto. . , 'jI! "
.,.)r!;.r.c:),.h(~"d' .1


, , " '1' (' f! - ( ") r..! :: . ~ . , ~ ~ : ¡. ') : i j • í . , I "
f_ l,.!


? ó:~ ~ J,',.},' < :,


! ;" Do; 'lI1odos) ba-y, decia· sabiamenteCicel~on ~. decv~n­
tilar, ullla."controversia; 'el! uqo'es la :dísoosion de razones
de .un~,y otra parte. e{(}tvo la fuerza. Elpr.imero con-
viene :propiamente alhomp~e~ 'el segundo' solo"pertenc'-
ce á. lóe H~toSJ :Kos'ocup~remos;"pues; en,esta lee-
cioa de,~8) duorentes modds' de Hegar al e'll.álm\eI1ide las
'r.az~mle.51 110'1 am1baá partes' eritrelos que, sehaHaÍJ ¡el}' 'el
estado Jialurah; Estos moaosd8ou cuatro; a sabel', la·1 con-




(525) ,
(('rencla amigable, la trall.\'accion, la rivdlacZOll y los ár-
bitros; á los r¡ne se pueden añadil' 'oH'os dos medios
que se prescriben comunmente y son la 'sUerte y los com-
bales singulares. (1) .' ,'.: '


La conferencia anu{;ablc consiste en una entrevista
de las partes, ó de aquellos á quienes han dado comision
para examinar las razones de ambas sin formalidad algu-
na, á fin de procurar convenirse enlcls' principales pun-
tos de su disputa. Este medio cuasi solo tiene lugar des-
pues de haber recurrido á la fuerza" est9' 'es, despues
que se han batido bien y se han templa~-o los e::plritus
por las ealamidades de la gnen'a. Tales slon' los tratados
y ajustes que se hacen cOl1lunmente' 'de~pües 'de la guer-
ra. Sin embargo, seria mucho mas prudé'nte el tentar
esta vía antes que las de hécho~ . ','~'


La lransnccioll ei una convencioÍl eritr~dos Ó mas
personas, qUIenes para prevenir ó terlhinal' 'una" querella,
arreglan su pleitf)' aníigahl~rilente deliliodWeh' 'que se con·
vienen, 'Y que cada {lha prefiere esperaudo ~á'naf y no per-
del' en ~plla. Las transacciones evitan ó te¡'lninan las dis-
putag dé muchosnlodos, segun la naturálezii cielos pl~i­
tos y he; diversas cOllvencÍones que los ·coh'chryen. Así, el
{{tie tenia algünaptetension, ó desis~e de E!tla por una
transaécion, ó c'ónsigtie u~a parte yalln' ~,'vece'sel todo'.
El deudor de una sUlnade dinero., ópá'ga,' 6' se' obliga, ó
es absuelto del todo ó de partc~ El'lqtie disputaba una
fiallZa,"una servidumbt',e.? cUálrhieP dti~ójm!t'echo" [, bi"ll
se sujeta ó se libl':\' cle'!'t-~r;: 'Y fiúa'l'(ñdriré!;3/;¡!ve,iificah
t1'ansaceion concondjdio'n:e~ segun t~~h'igh~ ge'nehtl~s' dé
las convenciones. Estas tt'ilrisacdotle~;strlda'áeglan los al-


o • l '
lereados ((ue se hallán!comprehen'aj(~o$ dri' €llla's por la


.(tlp" .~J! .. ,·~;d·;~; .
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(J} l De üffic, Liik-r .. 'cap.: I'I :,! ,,1,




(524)
jntencion de ,las p.a1'~es, bien se esplique con espresiones
generales, Ó pal'tic,ulares , bien se conozca pOl' una conse-
cuellcia necesaria qe la que se h& espresado; y de ningllO
modo se estienden á los particula~'es que uo s'e espre-
$a1'on.
, Las transacci~nes á que uno de los contrayentes ha
sido obligado P01'. dolo del a.tro" 110 tienen efecto alguno.
Así, ei qu'e por una tl'anSaCCiOll ahandonase 1I1i dere.cho
llne no ha pod4dq. 'probar ,porfaltade: un tiwlo que te re-
teuia su con~r~l'io" volverá á entrar eu su derecho; si pu-
diere probarlq~: .~i: ~I qu~ tenia adquirido un derecho,. por
,1:1n testalJ~~nt;Q.~o;l'~!111nciase" iguorápcJolo, por u,na itran-
saccion co~ ,~l,heredexo, tam.poco tendria efecto esta rran~
sacciQn; eIJ, cU~,l?;t9'sC pre~ellte el ~estamento, aun cuando
el heredero su pieSe tal ~;spos~ciop., 'porque es regla ge-
nc~'a~'J qu.~ .e~., ~RJO ¡y::el err0J:: an,ulflutocJa tl'ansaccion.


, Laqu~diac{orztP~n.elu.gar cuando ?OS personas ó dos
estallos. ~~. ,h~c~~. gllFvra PQr .so~te.ner,~s Ipretension'es l'e-
cíproFas~ 'y¡ p~rH,pe.rwna Ó ,est~dQ n~p~ral interce.g,e'l pat'a
aju~tarlas ?ep.tiencla~. de las p1\rt:eS"que IHl)enazaqq:~cUl'rir
á la fl,l;et'~~~ ?q~e:; ,ban l'eGurrido. J~. La pane de ·.media-
dOF es la fl)~S ~illallte d.e t()d.as :á. los. Qjo~ del hOQlbre hu-
)~'Vl0 y, sAbio~:y ',p~'efe",ibre .~'I o4.ioso,~splendor. que q~u
las v.ictorias, ,que: ~i~rnpt;e sang~jnat'~ps, ),levan ,mil desgr:).:-,
cías ;p,ara, Los, m,isJ;nO~. qUf;! la~. alq~Q:r;an <1., .<;osta de ;la ·~an.-
gre y<,le.l. l'fl'P0,so ¡ ,p~t~li,cq, . ,,',
, ·Esta ;rrl.~4jf1c~~~ tiel1~pOr, prin.eipio un JI?q~iyp ;tali
.lfluda~l;e~, q He S.e.l;~r J?neci~o ,D1~~pa ~gn(».~a~ci.a para d~lipr.e ...
ciar con ueci().Ql'pul~o á los q~. ;la' 9fr.~cen,. aunque se
\!~ese .qlle .~I~neq~)ggu.a rela.civn: pa:rticulat' con ~uestro
,enemigo ; ;pol,'qp~ {~bre depeudl1r pe:: ~ada uno el, aceptar
o no sus proposiciones, comunmente son amigos los que
asi proceden, para no verse obligados á hacer suya la call··
sa de una de las dos pal't~~, _~ _~f~~to, hay muc~.as ve-
ces un gr:ar¡de '-íñiúés en que no se encienda la guerra,
o no dure mucho tiemf'o entre dos potencias, ya por'que
"olarian algunas de sus chi~pas.á nuestro pais, ya PQrque




(32iS)
es peH.gl'oso para lJosotros, que estas dos potencias (, una
.sola, se arruinen o debiliten. En tal caso reclama nues-
tra propia conservacion, que trabajemos sériamente en
ahogar deanlemano el fuego que, se ha encendido entJ'e
nuestrosveciuos. Y aUIl cuando no tuviéramos un interés
particular en ello, el bien de la paz en general exije que
cada uno baga cuanto le sea posible, para apaciguar á los
que tienen algun altercado.


Es preciso aceptarse la mediacion por las partes intere-
sadas; como tambien que el mediador no se empeñe en la
guerra que quiere concluir; y que uo favo.re~a á una de
las potencias conperjllicio de la otra. En una palabra,
debe mostrarse legislador justo, imparcial y amigo de
la paz.


La mec;liacion puede ejercerse por muchas personas o
poteociasá un mismo tiempo, sie~pre que ninguna de
ellas se halleya,;pbligada pOl' algun tratado particular. á.
socorrer' á .una ,de, las partes, enca~o de que se: declal'e
la guer.ra; ,por!lue no puede anularse, ni restringirse una
promesa por Ulla convencion posterior con un, tercero',.
:Nada obsta tampoco el que despues' de haberexalJlinado
bien las pretensiones respectivas de ambas partes, :estien';"'
dan junt<ls articulas de paz,segurr .las parezc~ masjuto
y razonable, para proponerlos. á las partes que están: eq
guerra, ,df.clal'átú:j.ola~al mismo ,tiel~po, que· ~i, '\lila· dfJ
c1l3~ rehus:,ts~ ;lé.l paz bajo tales /cpndiciones. tomará'n, .el
partido de la que, las acept~; p~ro: por esto de' Qing'un
modo se hacqn árl,1ilras de las dos p~l'tes contra su voluni-
~a.,I, ni se ,ah:ibuyen el derech~ y la autoridad de deeidü:
sucontieuda,.con, ~autoridad; lo que, se,da contrario, á.1a
independencia d¡e.le~tado natural, pues! que no. se hace esta
pl'Oposicioq de ,m~pera que pare.zca,que están absoluta-
~ente obliga(jias ,á <,onsentir en eUa; porque en rigor. no
lo están. J>~l·O :como pOl' derecho natural puede· cada LHIl)
defender aqu~Lá f¡uien cree que s~ ha perjudicado., sobre
todo ,cuando .teme' que le pueda sobrevenir por esto al-
sun mal; se dedara manifiestamente un am~n' sincero á la




(320)
'paz y ;\ la equidad, intentando avenir á los otros con
condiciones razonables, y no queriendo tomar las armas
contra los que rehusen nuestra meuiacion, antes de ha-
hel' probado estos medios sua,'es, tanto mas laudables
cuanto (lue facilmente puede prevenil'¿ terminar san4
gl'Íentas guen'as,


Algunas veces se apela á la vía de los árbitlOS los
cuales son de dos clases, Hay unos á cuyo juicio deben
someterse las partes bien sea justa o irjjusta la sentencia;
y esto tiene lugar cuando el arbitramento se funda en un
compromiso. Hay tambien árbitros cuyo juicio solo tiene
fuerza en cuanto es conforn1e á lo que un hombre de
bien y justo debe pronunciar, por lo cual está sujeto á
ser enmendado. '


Debe observarseaqui, qua aunque es cierto que en un
negodio litigioso puede'cadauna de las partes buscar todos
los medios de avenimil:!nto 'pal'a evitar la' g.uerra, sin em-
bat;go 'el que pide está mas; obligado á ello ~que 'el que po-
tiee; porque la cansa del poseedor es siempi'e mas favora-
l>le~ por el. mismo de~'echo ,natural.


Lá' razon queo'bliga '¡ireferirse á un árbitro, mani-
fiesta desde luego el modo como se de'be obrar, El ádJi-
tl'9 ;$e. toma, porque' et ~inbl' propio hace á cada 'uno 50S-
pechosOen su causa. Debe pues el árbitro no dejarse'lIe-
"al' 'l1t1r él amor Ó'el!bdid, y pronunciar la sentencia uni-
CBn1en1!e l seguti dérecho 'y equidad : haciendo lo cual, no
deberá; tener cuidado' dél. injusto resent¡mient~ del, que
-baya sitio condenado; Parece, p~les, q:tte; no puede pru-
,lelltemente lofnal'se á un hombre por' '{lrbitro en una
()~usa 'C!! que' tiene esperanzas de adquit~il" .a'lguna utili-
dad. ó ~Ioria fall ando' á fayo1' de unade !Itis partes, y que
no adquiriría si fallase á favol' de fa otra; '~n Ulla pala-
hra, 'siempre que teriga' algun jnterés' pal'ticulal' en que
\1ná ! tÍt' btril pátte qi1:ed'c victoriosa.' Porque': érl tal caso
¿qué niedió háIJI'ia p'~ra que guardase exad:M1nente aque-
lla perfeétá neutral'ida'd é imparcialidad~titÍla,' 'que cons ...
tittlye; el verdadero' ;cat~cter de UÍl árbiti,o?" "




(3~7)
'No debe tampoco mediar entl'e el árbitro y las par-


tes convencion ,o promesa alguna, en virtud de la cual se
obligue aquel á pronunciar en favor de una de ellas,
tenga ó no razon pues el árbitro no puede pretender otra
recompensa por su fallo que la de haber juzgado como
oebe. A esto se reduce el elogio que Plinio hace de Tra-
jano, por las causas que sentenciaba este emperador. Nec
aliud libi scnlenlice luce pretium, quam bené judicas-
se. (1) Esto solo se ha de entender con respecto á la sen-
tencia; porque en cuanto á lo demas, si el árbitro se
viere obligado á hacel' gastos, á empiear mucho trabajo o
mucho tiempo en conocer del negocio, como no está obli-
gauo á hacer todo esto gratuitamente, podrá aceptar (,
exigir alguna prudente indemnizacion.


No puede apelarse del juicio de un árbitl'O, por no
haber juez superior que reforme la sentencia. Lo mismo
sucede en la sociedad civil, cuando ¡\O tiene 'interés 'el
soberan,>, en el modo de ventilarse un asunto, que se ,ha
remitidó, á la'decision de un árbitro de comun consen-
timiento de las partes, Y si en algunas partes se permite
apelal'de la sentencia de un :&llbitl'o, es en virtud de una
ley particular y positiva. Dáse tambien alguna vez el
npmbre de, árbitros á jueces estraordinarios, 'encargados
de examinar y decidir un asunto sin observar todas la'8
formalidades y trámites del-foro, por lo que no hay ra~
zon pal:a' no apelar de un juiciq como este. En cualquier
otro caso debe pasarse P@l; lá sentencia de 'los árbitros,
seaó no justa;i porque una cosa es, decir como' debe
conducirse ,Utl ,árbitro en un juiCio, y otra el deber y las
ohligélciones'mutuas de los, que han puesto en: sus uia..;
nos Ull compromiso. ,.'


Para saber en que consiste el deber de' :un : ar ..
bitro, es menester considel"a}', si ha sido elegido o esta-


(1) Panegyl:ic. Cap, L. XXX n. l.




(323)
l}lecido en cU31idad de juez pl'opiamente diého, ó.i líe
le ha.dado un poder mas estenso que, segun Séneca, es
en cierta manera esencial á todo árbitro. (,Una buena
(~ausa, dice, parece que se halla en meJol es manos cuan-
do se remite á un juez, que cuando se entrf"ga á la de-
cision de un árbitro. Porque el juez está obligado á
las fórmulas que le prescriben erertos trámites, de los
que no le es permitido separarse; y el árbitro teniendo
plena libertad de .i uzgar lIegun su conclencia" puede aila-
dir ó suprimir algo y pl'onunciar no segun las Jeyes ó
re.glas. r;gorosas de justicia, sino segun 10 que le dicte la
humanidad o la compasion.ll (1)


Finalmente es claro, que eu un pleito entre Jos ciu-
dadanos de un mismo estado, no puede el árbitro juz-
gl;lr regl,llarmente mas que segun las leyes civiles, á que
están :&ome~idas amhas partes. Pero cuando estas no reco·-
nocen ning~n tribunal comun~ debe regularseel árbitro


})or las leyes naturales;. á nienos que aquenas hayan con-
.sentido en conformars.e con las leyes positivas de algull
~stado.


No 'siempre es permitido remitir á: la d'ecÍsron de la
'slIerte el éxito de una contt'ovprsia, pues no hay plena
facultad·:para ah, aZar esta vía cuando se juzgue á proP()-
sito, .sibo' cuando se trata de· algulla cosa 'sobre qu'e tene-
mos plena propiedad. : rorqne :es. demasiado importante la
ohli~aciOfíl ~:n .que está,. pór, ejemplo, un estado de de-
fendér La .vidaó el honOl~ dé tos ciudadanos y otras co-
sas sClallej,aotes; y asi. mismor laobligl\cion :en:' que: está el
soberan(.):de)nantenel~ elbien"del estado ; para que el es-
tado ',úel ,soberano puedarJ.t;enunC'ia,' al 'uso de los medios
mas natUl'ales y seguros para su pro.pia conservacion y la
de los: dentas. N o obstante; si el que ha' sido atacado in-


jI ( , , "


..


(1) De Benef. Lib. 3. cLfP' 3. ,r.. I~, R, D, 36.




(529)
justamente, l'S tan débil (ille no tiene espe~nza alguna de
p-oder resistir al enemigo, nuda obst~ ~t que ofrezca de-
ddir su agravio por la sue1'fe, esponiélido;¡e á uu peligro
incierto por librarse de otl'O cierto; porque entonces de
dos males inevitables es este el menor.


Aun hay otro medio de ventilar las contiendas entre
los que se hallan en la independencia natural; este es el
duelo ó el combate singular cuyo uso no parece que de-
he desecharse enteramente cuando se muestran prontas á
decidir su contienda pOi' las armas dos personas, que con
su allercado rausariall grandes males á pueblos enteros.
l,a historia nos presenta ejemplos de estos duelos sosteni.
dos de uno á uno por ulla y otra parte; de dos á dos;
de tres á tres; o de cierto número contra otro igual.


Es cueslion, si para ventilar una disputa, podremos
remitirnos al éxito de un combate semejaute á los de que
acabamos de hablar. Si se mira esta cuestion por la parte
política, deben considerarse estos comhates como medios
muy temerarios de ventilar las contiendas, porque de un
solo golpe que frecuentemeute se debe al acaso, se ar-
riesga la libertad y conservacÍoll de un estado entero; y
solo podrá permitirse, si considerados todos los demas
medios no hubiere mayor esperanza de un buen éxito que
en este combate, que en el' de todas las fuerzas del es-
tado, que podrían ser menores y mucho mas débiles que
las del enemigo; porque entonces puede abrazarse este
partido, como el mellor de dos males á que nos halla-
mos inevitablemente espuestos. Pero este caso es muy
nro; porque la parte superior en fuerza, estando cuasi
segura de la victoria de su~ armas, no querrá igualarse á
la ptra aceptando un combate singular.


Si se examina esta cuestion por la parte moral, no du':'
daremos decidirnos por la afirmativa, con tal que se ob-
tenga la aprobacion del estado; porque' es mucho mas
preciof>a la vida de un ejército entero que la de un solo
particular, quien por otra parte está obligado por derecho
lutural á sacrificarl~ por el hien de la sociedad. Si ha-




(550)
biendo pues considerado un estado que un com-
bate singular es el lÍnico medio de cl)useguir su li-
bertad ó cooservacioo, mandase o permitiese á uo ciu-
dadano genel'oso que se ofrece á ello, el tomar sobre sí la
satisfaccion, aun con riesgo de su vida, no faltaria á la ca-
)'¡dad esponiendo un hombre á ]a muerte, puesto que
p()r este medio salva á muchos: ni el ciudadano pecará
tampoco contra si mismo ni contra Dios, porque espone
su vida por orden ó aprobacion del superior que tiene de-
recho á obligarle á ello. (Véase sobre esta leccion á Pu¡.'-
l'ENDOl\F.)




CONCLUSION GENERAL.


" l. El uetaUe que hemos hecho en esta primera par-
te ue nuestras LECCIONES de los diferentes deberes del
hombre hácia Dios, para eonsigo mismo y para con sus
semejantes, deberes que bemos desenvuelto por las sim-
ples luces de la razon: su perfecta conformidad con lo
que Dios se ha dignado enseiiarnos por medio de- la re·
,"elacion, conformidad que· hemos procurado iridicar en.
todas las ocasiones que se han presentado: todo esto,
repito, dándonos á cOllocer la exactitud de aquella es-
presion del juicioso Sofocles en su Edipo, sobre que
«las leyes naturales han descendido del cielo; que Dios
es su único padre; que no l~s ha creado la raza mor-
tal de' los hombres,) nos summistra el mayor argumen-
to, y un argumento decisivo en favor de la divinidad
de la revelacion y de su Autor. Porque si es cierto que
las leyes naturales tienen á Dios por autor, toda doctrina
que se conforme á cilas debe dimanar del mismo ori-
gen. Aquel, pues, que enseiJa la misma doctrina; que
nos exorta á ~brazarla y á seguirla; que con su ejem-
plo nos cnseÍla el camillo de perfeccionarla y de hacer-




~32)
la todavia mas sublime; aquel, repito, sel'á un nrda-
dero ministro de Dios, un hombre escogido, un hom-
bre segun el corazon de Dios y por consiguiente iuca-
paz de mentir, de, engañar y de seducil'. Y si este
hombre nos repite incesantemente, que es enviado de Dios
y que es su mismo Hijo y nos hallamos por otra
varte persuadidos de la santidad de su doctrina y de sus
costumbres irreprensibles, no podremos negarnos á re-
conocerle por el Cristo del Etcmo y el Hijo de Dios
'vivo: y no podremos menos de creer que· no nos ha
enseñado mas qne lo que su Eterno Padre le ha en-
señado á él, Y que nos ha mostrado la via de Dios en
,¡>e/dad. i Cuán gl'ala no será esta perfecta conformidad de
la ley. natural con el Evangelio, y la demostracion que se
saca Je aqui de la divinidad de este último! i Ciertamen-
te es muy consolador para un cristiano, que la ley que
siente grabada en su COl'azon, sea la misma que Dios
se ha dignado revelade por medio de su IH'opio hijo,
llara enmendar por ella los estravios de Ulla ra-
zon corrompida ó ahogada por una mala educacion; y
que las recompensas de la vida fntura que le hacia vis-
lumbrar la razon, se hallen tan perfectamente espli-
cadas y tan claramente confirmadas por la l'evelacion!
¿Podrán imaginal'se mot~vos mas poderosos par'a inclinar
á un ser racional á conducirse coastautemente segun las'
luces de la sana razon, ilustrada por las de la lel'e-
lacio n , á meditar incesantemente sus máximas y á ma-
nifestar á ellas la ~as sincera adhesion' en todas las ac-
ciones de la vida?


H. El mismo desarrollo de los deberes de la huma-
nidad nos hace tambiell admirar la sencillez de la le-
gislacion Dh'ina. Por lo mismo que Dios crió al homb,.~
para .la sociedad, le dio la legislacion mas stlblime,
]a mas estensa; porque el hombre, como criatura dr
Dios, reconoce facilmcnte todos sus deberes de. amür~
de respeto y de temor háeia Sil Cl'iadO!'; y como deu-
dor de su esencia y existencia ú su Criador, recono/'e




(535)
'tue no puede disponer de ellas sino q-ue las ha reci-
bido, como un deposito de que es respo1lsable. CriadCl
(>n fin, para ti! sociedad y debiendo "ivir con sus se-
Inejantes que son perfectamente iguales á él~c:onoce to-
das las consecuencias que de esto se deducen y cum-
ple sin dificultad todas las obligadones que tiene para
con ellos. De manc:'a que á menos que su razon no esté
~nteramellte sofocada por laspasiolles o pOl' falta de
educacion ,estos sencillos principios le harán virtuoso y
}Wl' consiguiente feliz.


Ademas, no estando escrita esta admirable legisla-
cian , silla es grabada en el COl'azon delhomhre ; sien-
do el resultado de su naturaleza ,de su origen y de Sil
destino, es la ünicacapaz ·de hacer al -hombl'e virtuoso,
porque este código lo lleva el hombre siemprecolIsigo.
y no le ,es posible Su.mil,lo ·en el olvido. porque siem:..
pre ci1tá flresente ante nuestra 'Vista,. pesa las acciones
antes y despues de su -ejccucion : nos avisa sin intermi-
sion, sin faltar nunca 'Y aun muchas vece's á pesar nut's-
tro, de su honestidad ó de su torpeza; mientras <Ine
los magistrados mas estudiosos ignoran ,la maJor parte
de las leyes de su pr0pio pais, ·vié"ld06e obligados á
cada momento á consultar los volúmenes, en, q;ue 'se con-
tienen. Lycul'.go ,aquel _ gran legislador,' fue el único que
conoció esta verJad; par eso prohibia espresamente po-
ller sus leyes por escrito quel'iendo imprimidas -en el
espíritu y COl'azoo de, ilusconciudadanos po!" la prácti-
ca y por -el-uso:; « pe.rsuadido , dice Plutal'éo, de (Iue lo
que hay -lnas fuerte y mas eficaz parca hacer losestadol>
felices y los pueblos 'virtuosos, es aquello que está im-
preso en las costümbres y en el esp rrit u de los ciudada,...
llOS. (1) LJ-curgo logr~ su objeto. En eJecto ,_ el gobier-




(554)
no de Lacédemonia en el que estaba dividida la autoridlllt
en cinco cuerpos diferentes, dos reyes, un senado, cin-
eo eforos y la asamblea del pueblo, era una e~pecie de
paradoja política. Parecia que la oposicion de todos
estos diversos poderes que se harrenaban recíproca-
mente debia ser un manantial perenne de tUl'bulencías
y disensiones. intestinas. Sin embargo, no se halla en
la historia U11 :Estado que haya sido menos agitado
que Esparta: y Polybi~ dice, que ninguno de todos los
pueblos conocidos habia conservado pOI' mas tiempo Sil
libertad. (1) No fue esto ciertamente efecto de un go-
bierno tan defectuoso en su constitucion, corno lo era.
el de Lacedemonia, y asi no se puede atl'ibuír la cau-
sa mas. que á las .costumbres de los Espartanos, y por
consiguiente á. la legislacion de .Lycurgo, que tanto se
aproximaba á la legislacion natural. En tanto que se
observó fielmente, el interés' del Estado prevaleció so-
bre las'Considera.ciones particulares, y Esparta hizo
temblar á sus vecinos, pel'O sucumbió en cuanto se
sep:ll'ó de ella.


Hechas €'stasconsideraciones, ¿qué juicio podremos hacer
de aquella enorme mole de vohímenes de leyes, glosas
y comenllalÍos de.que se compone el derecho civil, mo-
le propia mas· ¡Lien para invitar á los magistrados á per-
nltlOecer en ,la ignorancia, que p~ra ,fol'mar las costum-
bres de una. nadan y para hacerla Vil'tl,lOsa?


No ,obstante para conducir á los hombres á la "ir ...
tud, es preciso acostumbrarlos á elta desde muy tem-
pl'ano: la edad destinada para la 'educacion es propia-
mente la única p1\l'a conseguirlo. A esta edad se comien-
zan á fOl'mar los hábitos de un joven, 5(; le desenvuelve
el gét~men de la razon que le hace girar por. los pl'inci-


(1) Lib. VI. ~ap. VI.




. (530)
pios de lo justo y de lo honesto lIeyandole á las COl1se~
c!lencias mas sencillas, para que en lo sucesivo, ejer-
citada ya la raZOIJ, pueda aplicar estos principios á
las consecuencias mas complicadas y remotas; y conocidas
estas máximas y hechas estas aplicacioues sistemática-
mente en la tie1'lla edad, jamás se bonan del espíritll
del homhre, y SOIl su guía por toda su vida.


Pero es illlposible hacer otro taut() con las leyes
civiles, porque en prime.' lugar son tan poco cohe-
rentes entre si, que ?arecen ser mas bien opra del pu-
ro acaso, que de uua raZf)1) ilustrada. Guiados los que
las constituyen por diferentes mil'as é intereses se cu i-
dan poco de la ullifQrmidad que debe existir entre
ellas, y sucede con la formacian de este cuerpo eute-
ro de leyes, lo que con la formacion de ciertas islas, pues
queriendo yarios paisanos limpial' sus campos de le-
¡Jos, piedras" yerbas y broza inútil, lú arr;oja\.l á un río
donde se ven estos materiales arrastrados por las cor-
rie:utes., amontonarse en del'l:edor de algunos. juncales,
consolidarse allí y formar, en ·fin una tien'a firme.


Sin emhargo de la ullifOl'inidad de las miras del
legisladol',,· de la dependellcia de las leyes entre sí,
dimana su escelel~cia de la cual depende el blt~n . ~xito;
si esta llega á faltar, son imítiles las leyes, y ;501.Q isit,v~n pa-
ra dar á conocer que hay unpndf.'l' let~l>lat¡v(l,en el
Estado. Pero para establecel' e5ta .dependeucia . y obte-
ner lá escelencia de la legislacion. es preciso p'oder
.'efel'Ír todas. las leyes á un principio sencillo como el
de la utilidad pública, esto es de la utilidad del mayor
número de hombres sometidos ·á. la. misma forma d~
gobienlO: pt'incipio cuya est.eo::.ion, y . fecutldidad no
tfldos conocen; principio que encierra toda la moral y
la legislacion; y principio últimamente que muchos. re.
piten sin entenderlo, y del que los mismos legislado-
res no tieuen todavía mas que una idea superficial; á
Jo menos l>i hemos de juzgar por la infeli(údad de Cl1a~
~i todos los pueblos de la tierra,


.


.




(55G)
Ademas de la incohcl'encia de las leyes civiles entre


sí. es nn ohstáculo mayol' que el primero para su de-
1)enuencia y VOl' cOllsiguicnte para su escelencia Slt
multiplicidad, porque la multiplicidad de las leyes l'e-
pugna á Sil perfecciono Tácito lo ha dicho antes que
)'0; la multitud de leyes en un gobierno es una p1"lle-
ha de su COITupcion. En efecto, ¿para qué se nece:;ita-
ban nuevas leyes si las primeras bastasen para repri-
mir la i"justicia ? ¿ Para qué las terceras, si las segun-
das fueran' suficientes? l:oa de dos; () los deseos del
hombre han llegado a 110 conocer ya freno, ó el freno
está mal forjado, esto es mal hechas las leyes. En lal
caso si se hacen otras, es dificil- que un número infi-
nito de leyes. principalmente de :decisiones hipotéticas, no
ofrezcan pl'etesIos y esperanzas á uu espíritu a\-ivado y
pl'evenido por su iutel'és: de suerte que la mul[iplicidad
de leyes aprueba y fa'Vorece la corrupcion.


Finalmente, ]as leves naturales haciéndonos conocet'
llUeslros debercs, nos persuaden -de unrnodo que no de-
ja duda alguna de su Justicia, de su honestidad, de Sil
re]acion con nuestra felicidad. Al cOlltrario, es un defec-
to grandisinlo en una ley civif el razonamiento; porque
en este 'l'aciacinio de la leyes donde se cree frecuente-
mente . h~llar I.JI' medios de fundar un interés de que se
está PI'Mtul)-adoj en este discurso es donde los espíritus
sutiles prócurawhllscal'efugios para dudir el \'cnladel'O
sentido de la ley : y finalmente este razonamiento, ha da-
tlo motivo á esos in.nensos >comcl1tariog:queefl VP.Z d(~
ilustl'ada aumentan su confusion, Seniej-anl-e ral0hamicn-
to, es iudigno de la maje-stad de la ley. l\Tihil miki ''lJidc-
tUl' ¡,.igidius, d~cia Sén~ta, qualn h'x Cll7n prologo: JU-
DEAT LEX; NON SUADEAT. Si" embargo, un ser ra-
cional se inclinará con mucha l'nas eficacia á la obsel'\'an-
cia de las leyes, cuando conozca su ¡'elacioncon 'los pode-
rosos motivús que deben determinarle á cOllformarse con
ellas. Y las leyes naturales nos lo hacen vel' en to-
da la evidencia 1 mientras que es del interés de las




· (357)
h'yes civiles el ocultál'lloslo: jubcat ¡ex, non sua-
deat.


Si pues, las leyes civiles sou incoherentes eutre ~¡, y
de ningun mouo constituyen un sistema: si &u mimero es
exorbitante, y si no persuaden: ¿cómo se pretenderá gra-
barlas en el corazon dc los hombres; colocarlas en él
con el mismo órden y la misma facilidad que se graban
las leyes naturales; inducir á los hombres por este me-
d¡o á reconocer el interés que debe determinarlos á con-
formarse con ellas, llegalldo á formal' las costumbres de
una nacion y á hacerla virtuosa? Hace mucho tiempo quc
el derecho civil ha renunciado á esta preteusion; porquc
todo legislador reconoce que solo hará con sus códigos
hipocritas tIue no se couformarán con sus decretos, sino
en cuanto puedan temer que d poder coacti\'O c;liga.
sobre ellos: y que emplearán toda la astucia humana pa-
ra infringirlas impunemente. Para conseguil' este objeto
seria preciso que las leyes civiles pudiesen regular el in-
terior del hombre; pero á esto se dice que como no pue-
den penetrarle, no deben escudriiJat' lo que pasa en él, ra-
ciocini(' fundado en una de a(luellas máximas góticas que
ha consagrado el uso, sin que nadie haya osado exami-
narlas.


El derecho civil no puede I'egulár el interior del
hombre; sus leyes no pueden penetrarle; y no deben in-
jerirse en lo que pasa en él. Pero en pl'imcl' lugar estas
mismas leyes civiles mandan su observancia, y desde qlle
los hombres están obligados á obsen,arlas, es absolu.ta-
mente ~ecesario que se determine su voluntad á ello; de
suerte que estas mismas leyes regulan 1:15 detel'miuaciones
de la voluntad, y pOlo consiguiente el illteriOl' del hombre.
:\[a5 se dice (Iue el hombre se somete á ellas conlra su vo-
lunlad y solo por temor: sea así (,ti bllen hora; pero se
somete sin embargo, se dctenniua al tii¡ á cúnfonnar sll
voluntad con la del soberano legislador: cble regula pues
t'l interior del hombrc, mal 'lile le pese, y todo lo que
podlia deducirse de 3(lui, scrí.\ qne hay hombres cuyo co-




(538)
razon 'se amolda por la razon á la voluntad del sobel'3no


, I . , y otros a quienes so o rmde el temol'. Pero las leyes na-
turales, cuyo imperio sobre el corazon humano reconoce
lodo el mundo, ¿no están sujetas á la misma suerte? Por
otra parte, para que una ley civil sea sábia, mas diré,
para que nos obligue, debe ser una aplicacion o un co-
JIlentario. segun las circunstancias de una nacion, de las
leyes naturales. Jamás soberano alguno con tal que sea
:llgo racional se ha atrevido á atribuirse abiertamente la
facultad de hacer leyes á su fantasía, y sin tener conside-
racion f~on los principros naturales de lo justo y de lo in-
,iusto; la palabra hacer le)'es, es una manera muy impro-
pia de hablar; porque pOI' esta esp,'esion no debe enten-
derse el derecho y la facuhad de imaginar, imél1tar é ins-
tituit' leyes positivas que no estén ya hechas; es decir, que
IlO sean consecuencias y comentarios de las leyes natura-
lei. Y si las leyes naturales regulan el interior del hom-
bre, si tienen derecho á mezclarse en lo que pasa en
él, ¿ por qué se lo hemos de negar á las que son
sus aplicaciones, sus consecuencias, y sus comenta-
rios?


Pero aun habria otl·o medio de revindicar este dere-
cho á las leyes civiles, y de darles la eficacia de hacer
á los hombres virtuosos, que nadie ha negado á las le-
yes naturales. Tal seria el de ponerles el seBo de estas
últimas, por espresarme así. Es decir, convendria l. o
que obligase el legislador á todos sus slÍbditos, sin es-
cepcion alguna, á instruirse en el derecho Ilatural. Aun
tluisiem yo que se prefiriese esta instruccion á la de la
religion; porque sobre abrazar tambian el derecho na-
tural los deberes religiosos y desenvolverlos metodica-
mente, se estiende mucho sobre los deberes de la so-
ciabilidad; cosa que no suelen hacer las instrucciones
comunes de religion. Ademas, siendo el raciocinio mu-
cho mas conforme á la naturaleza de un ser racional
"ue la simple 'fOzJde 1;l0 Catequista, los deberes del hom-
bre desenvueltos. por la rllzon harian mucha mas impl'c-




(559)
sioo en él, que la lectura de uo catecismo. (1) El le-
~islador deberia mostrarse jnflexible contra la inobser-
vancia de las leyes naturales, apoyo el mas firme de
la felicidad del Estado; deberia hacerlas inviolables por
medio de aquella sancion, que mueve ordinariamente
á la mayor parte de los hombres á la observancia de las
leyes civiles: porque la observancia de las leyes natura-
les es la que debe formar la primera ley del Estado.


2. o Pero como las diferentes circunstancias físicas
y morales hacen muy complicada la aplicacion de las le-
yes naturales á ciertos casos, y la mayor .parte de
los hombres jamás sabrian hacerla. está obligado el legis-
lador á formar leyes civiles por cuyo medio se enseñe
esta aplicacion. He aquí el escflllo en que ha chocado la
mayor parte de las legislaciones humanas: porque habien-
do perdido de vista las leyes naturales que 110 debian
hacer mas que comentar, han pretendido dar reglas de
conducta á los hombres sacadas de su propio fondo, sin.
hacerse cargo de que el hombre no es susceptible de
otra regla mas que de la que está fundada en su natura-
leza, y que le conduce cla"a y directamente á su felicidad.
:El legislador sensato debe, pues, referir sus ~eye~ ea


(1) Siendo indudable, como acaba ele decir Felice en la
primera hoja de esta cOTlclusion, que la religiun revelada ó cris-
tiana nos enseña el medio de perfeccionar y hacer mas sublime la
doctrina de las leyes natu rales, y que establece esta doctrina de
na modo mas claro y terminante para snplir los estravios de
una razon currompida 6 sofocada por nna mala educacion, es cla-
ro que el estudio de la religl:<m revelada se debe anteponer al
de las leyes naturales, pues ademas de abrazar los deberes re-
ligiosos y de sociabilidad, :lllemas de comprender la doctrina
de las leyes natnrales las perfecciona, esplica y determina d.
'un modo mas sublime y ma~ claro, porque no solo le desen-
vuelve por la razon grabando 1IU conviccion en el corazon del
hombre, sino que le,~ da el sello de uua autoridad infalible cual
es la del mi!lIDO Dios.




(546)
cnanto seap.osible, á los pl,jncipios de las leyes natul'ale~
y proponerlas como consecnenóas evidentes de sus de-
~isiones siempre infalihles. Repetam stúpemJuris le natu-
l'fl (1) decía ~ahiamente Ciceron. Esta es la verdadera
fuente de la legislacion; plles seglt'n él añade, non (¡¡
p/'(etoris edicto, ut pleriqllc nUllG, neque á X/l. Tabu-
lis, ut Superiores, sed penillls e.x intima philosophla
Iúwl'ienda juris disciplina. (2) Este es, en efecto, el
verdadero objeto de la filosofía; objeto que ha mucho
tiempo nos ha mostrado el divino Sócl'ates; l}ero que
los hombres por desgl'acia cansi siempre han perdido
de vista. Sócrates autem prilllus philo,\'(~phiaill devoca-
·vit e ceelo, et in urbibus collocavit, et in domos etiam el
introdu.xit, el coegít de Vlta et nlOlibllS, rebu,fqlle bo-
nÍ5 el maüs qllf:erere. (3) Instruidos los h<>mbl'es por
~ste medio de Los principios de las leyes naturales y
penet"ados de su santidad; reconocerán facilmente, esta
misma cllalidad en las leyes civiles, y se moveran á ob-
servfll'I'as mas bien pOI' la razon q!le por el temor; y la
legislacion humana podrá tisonjearse de ejercer tanto
imperio sobre el corazon del hombre, como las leyes
uatuI'ales.


En efecto, ¿ que imperio no tenurán sobre el corazon
humano aquellas leyes civiles que se deríball claramente
dt: las leyes naturales, (, que son copia de ellas, como
por ejemplo las que prohiben el hurto, el homicidio, ó
que ordenan la repal'aóon del daño? Y al contrario,
¿ qué indiferencia no sentimos con respecto de aquellas
leyes que no dimanan claramente de~ las decisiones del
derecho natnral, y que se separan de él, como la ley


, t) De Lt"g. lib. r.
~2) Ibid.
(3) Tu~cu1. S




(541)
del ostracismo, la pena de -muerte que impuso Dracón
por las menores faltas_, la de los romanos que condenaba
al último suplicio á todos los esclavos que se hallasen
hajo el mismo techo ('on su señor al tiempo que este
hubiese sido asesinado, aun cuando no hubiera ninguna
prueba de su complicidad en el homicidio, elc. ? Si que-
remos sujetar el corazon del hombre, es preciso atacarle
por el COl'aZún; y el único medio es el estudiar su na-
tUl'aleza v conformarse á ella.


3. o "No basta que haya unÍon y enlace entre las le-
yes civiles y las naturales: E'S necesario tambien que la le-
gi~lacion humana, imi!ando á la divina natural, contenga
leyes cortas, precisas, bien meditadas, coherentes entre sí,
y principalmente dictadas con tal claridad que no necesi-
ten de otras para interpretarse. Pueden servir de modelo
las leyes de Moysés, las de Dracón, Lycurgo, Rómulo,
N mna y las tie las XII Tablas; pero sobre todó es suma-
mente necesario velaren su ejecucion porque nos acostum-
bramos á despreciar las leSTes cuando conocemos que pue-
den infringirse impunemente.


Pero si ellegisladol' quiere conseguir su grande obje...,
~o en las leyes que dé , si desea que ejerzan algun impe-
I'!O sobre el COl'azon de sus stÍbdiios, debe cuidar de no
multiplicarlas sin necesidad: y aun debe mirar esta nece-
sidad como una verdadera desgracia; porque toda nue-
va ley civil es un nuevo paso que dá la nacion hacia la
corrupcion Ya hemos visto que bastan al hombl'e las le-
yes naturales para cumplir con sus deberes, para sel' vir-
tuoso y para obtener su felicidad, verdad que conocerá
el hombre poI' poco que conozca las leyes naturales. Si ade-
mas ellegisladol' ha dado mas fuerza á estas leyes por una
sancion civil. la razon y el temo\', motivos los mas pode-
rosos de las determinaciones hl1manas, deben sin duda
inclinal' al hombre á vivir conforme á estas leyes. Pero si
estos dif{ues no hastan para cletenel'la impetuosidad de las
pasiOllcs, ¿ como potIdn lisonjearse Jos hombres de de-
tenerla COl) un dir¡ne mncho mas débil, cual es la lcgisla-




(542)
cion rivil, que esceptuando el temor temporal no tíen8
otra fuerza que la que le dan las leyes naturales? ¿Son
o no confo,'mes estas nuevas leyes civiles á las leyes na-
turales? Si lo son , ¿qué necesidad hay de hacerlas?
Se supone que Jos hombres no conocen la necesidad
de observar las primeras y que es preciso darsela á cn-
nacer por las segundas. Para esto seria preciso de~eono·­
cer enteramente la natm'aleza humana. Pero aun siendo
asi, C.por qué pues, no se castigan severamente las trans-
gresioues de las leyes naturales, y de las consecuencias
que distintamente emanan de ellas, antes que hacer
otras nuevas que por lo cOlllun disfrazan la verdadera
fuente de las leyes? ¿ No valdl'Ía mas afirma,' el primer
dique que es el de las leyes n¡¡turales, repararle cui·
dadosamente pOI' los parajes en que ha podido sel' ~es­
truido, y por medio de una vigilaucia escmpulosa ha-
cerle indestructible y ponerle á cubierto de todo ata.,.
c(ue? Ademas la vigilancia en la ejecuciou de estas le-
)'es será mucho mas fácil; y al contrario será imposi-
hle la vigilancia en el cumplimiento de las leyes en un
clle,'po político de una legislacion inmensa, porque aque-
]Ios mismos á quienes se confia este cuidado, ignoran
la mayor parte de ellas, Roma fue virtuosa mientras que
foroló su legislacion la equidad natural, o las leyes de
las XII Tablas, que no eran mas que un comentaI'io de
esta, La institucion del PretOl', la multiplicidad de ju-
risCOlIsllltos la p.'ecipitaron en la corrupcion; lo cual
estaba en el orden de las cosas; porque á fuerza de
multiplicarse los edictos del Pretor y las respuestas de
Jos .iurisconsultos, contt<arios los unos á las otras, na-
tut'álmente debia sofocarse en el corazon de los roma--
nos la simple luz de las leyes naturales, lo cual veri-
ficado, la ignorancia en unos, y la espe,'anza de impu-
nidad que oh'os vislulllbrabarl en el conflicto de las
leyes, sumergió generalmente á toda la nacían en el
tlesórden,


:Finalmente, si las nuevas leyes civiles no son con-




(545)
t'Ol"meS á las LEYES NATURA.LES, qué 'efecto se
puede esperar de ellas ? Los ignorantes las temeran
por algunas semanas, es decir, hasta que los mismos
magistl'ados las olviden; las gentes ilustradas lloraran
amargamente, y con razon, la ceguedad del poder le-
~jslati vo, (1)


FIN DEL DERCCHO NATURAL.


(1) l .. a teoria que sienta aqui el autor da que los estados
se pueden y deben regir por solo las leyes naturales es unll
verdadera utopia que no nos detenemos en refutar, porqlt6
cualquiera persona de mediano conocimiento reconocel'iÍ. la ¡w-
pu¡;ibilidad de que pueda ponerse en práctica"




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(51a)


NOTAS.


Leccion JII. El hombre d('be segllir una regla en
lfU condacta. Véase la Tlot'i final á la!leccion XlV.


Lcccion XIV. De III libertad de conciencia. En la
IlOta tercera dI! este cap' tulo hemos sentado que nadie pue-
de violental' la conciencia dc otro, aunque profese una
religion falsa. El hombrc es libre en sus acciollcs, y
110 lo seria si los demas pudieran violentarle en ellas.
Pero de aquí no se infiere que tenga el 'hombre dere-
cho para obl'ar segun se ·le· antoje, pues que debe ,ins-
tl'uírse en sus deheres, y si pOl' falta de esta instl'Uc-
cionobra mal, aunque verdaderamente haya podido. ha-
cerlo, porque tiene el libre alvedrio, habra faltado con-
tra Dios. POI' esta razon hemos sentado en la nota se-
-gunda que el hombre no tiene del'echo á elegir la religioll
i'Jue quiel'a, sino que tiene obligacian de seguir la religion
cristiana sí la COlJoce, ponlue es la que nos ha sido re-
velada; porque en ella vemos todos los carácteres de la
divinidad y poJ'(!ue está perfectamente deacllerdo C011 el
mundo· físico y con la ualuraleza del hombre como ha
demostrado evidentemente Air. Gelloude en su e.\]JVsicion
del dogma católico. Don divino es la razoll del hombre y
una e1l todos eHos la maestra universal que nos enserIa
unos tnism<ls p'rincipios de l'eligion natural, pero sola
ella sin el- auxilio .de la r.evelacion es insuiiciente para
aplicados y la 11ltima leccion que nos da de si es esta de
su propia insuficiencia. Por la razon conocernos la nece-
sidad de luces sobrenaturales para dar culto á Dios como
es/debido; rOl' lo dCllIa:5 es illcuf'stiollable que esa misma
klz Ó razon natural, es don g.ivino con que clholllbre




(346)
superior á Jos demas vivientes, se eleva al conocmllento
de su 3'.ltOl', se hace semejante á él, le ama y le sirve, nos
convence de la necesidad de buscar en su mismo origen
eterno, en la razon infinita de Dios. de la que ella no es
mas que un destello, en Dios mismo, en su palabra reve-
Jada, las luces sobrenaturales de la verdadera l'e1igion, e:;
decil', que la misma religion natural uos couduce al co-
nocimiento necesario de la fé divina y religion revelada,
Los }>l'incipibs generales del derecho de la naturaleza s.on
comunes á todos los hombres. pero en su ap!icacion sin la
luz de la fe y revelacion se desconocen, y torpísimos erro-
res coutrarios á la ley natural nos ofrece la historia del
mundo venerados como reglas de moralidad y justicia auo
por los pueblos mas cultos. El hurto no era punible,
dal' la muerte á los padres ancianos el'a Ulla virtud lauda-
ble de los hijos. La torpeza y lubricidad y lil embriaguez:
vergonzosa tenian sus dioses tutelares y se honraban COIl
ellas: las víctimas humanas ensangl'eutabau la tierra desde
las aras de los ídolos, los votos inhumanos y sá~nlego¡
eran gratos á la divinidad. Los sabios no acel'tab<ln á se~
ñalar el supremo señor y gobernadol' del universo, y el
desacuerdo de sus Qpiniolles decia Ciceron, nos hace
desconocer á nuestro duéño" no sabiendo si servimos al
~ol o al ah'e. En esta coofusion, eu tan gl'ande deprava-
cion ,de ideas religiosas y'cosLumbre,s, impotente la fazou
pal'a rectificarlas ¿ quien tendría podel'. y aUlori~!ld ,para
auxiliada y establecer un culto, santo, independie:nl~ y
superior á las opiniones, cierto é inalterable? Los-prínci ...
pes no podian establecerlo, seria una institucit)n civil sin
sancion ni autorÍrad sobre las opiniones de los, clemas
hombres, solo la palabra de Dios impondría silencio, y
si ella es necesaria para la felicidad entera del ~énero
humano, la bondad del Criador habló á los hoq¡bres y su
palabra no se perderá jamás entre. ellos. Pero si la reve-
laLÍon es necesaria aun para asegurarlos en las verdades
que se derivan de los principios de su razon oscurecida
por el tumulto de las pasiones, la religion envuelve en




(5,i7)
su misma idea otras verdades importantísimas que cs~cderá
ahsolutamente los límites del entendimiento humano, El
objeto de la rellgiou es el mismo Dios, ser infinito, in-
comprensible al hombre limitado: forzoso es que esta
tenga cosas superiores á la razoll objeto de la fé no del
entendimiento de un ser finito, No digais dice MI'. Ge-
noude, yo no quiero cree¡' lo que no comprendo, por-
que entonces sereis conducidos á 110 creer ni en la crea-
cion, ni en la elel'llidad, ni en el hombre, ni' en el uui-
verso, Buscad lo que ha sido re\:elado por Dios y cuando
hayais reconocido que ha hablado, inclinad \>Uf'stl'a razon
y repetid con el incréduio estas palabras, Ser de los sel'es
yo 110 puedo comprenderte, pero mi grandeza es ano-
nadarme ante tí. La naturaleza y la religi()n viniendo de 1
mismo autor debian tener el mismo carácaer, Asi es que
todas las oscuridades en el . (H'den de la gracia tieneu
os(~uridade!! correspondientes en el orden de la naturale.,..
za. Los que se niegan á creer los dogmas revelados,'
porque son misterios, se ve¡,án obligados á no creer en
lo que ven, porque todo es misterio á su alrededor. El
bOlllbre que no quiere creer en Jesucristo y en su igle-
sia, se ve obligado á no creer ni en Dios ni en sí mismo,
porque la naturaleza y la Biblia son dos libros escritos
por la misma mano." IÜ dogma de la inmortalidad del al-
ma, las perlas y premios de la otra vida dehian revelars~
álos mortales. l.uego por razou natural se demuestra que
existe la revelacion, y el sistema geueral de las religiones
de todos los pueblos y de todos IO¡,tiempos que funda-
ron sus creencias para darlas autorillad ",n la voz de sus.
oráculos y falsas divinidades, y la politica de sus legisla-
dores que atribuyeron sus leyes para hacerlas respeta-
bles pOl' su orig'en, á las inspiraciolles dd cieio con-
ven,cen por consenlimieuto de todo el mundó que no
puede menos de ser por ello una ley de la naturaleza
de que es evidentemente necesaria una l'evelacion divina
que establezca la religion y dirija las costumbres.¿ Y
('uúl tierá esta revelacion? Consignada está rn 10& libros




(548)
santos de la igte~ia catolica apost61ica romana, La l'eligion
que profesan los catolicos es la única verdadera, Sus li-
bros vienen sellados con todos los caructprt:s de la dh'i-
niclad, Alli están las l'e,'claciones que desde la creacion
del hombre se sirvi6 Dios haccr en diferentes tiempos
porque necesaria sien)IH'e su palabra nunca ha faltado eu-
tre los hombres, asi como tampoco el verdadero culto.
Rlantiguo testamento que hoy veneran los calülicos es el
mismo que hoy consenan los judios y que consel'val'áu
hasta el fin del mundo, los judios que pOI' especiar pru-
videncia de Dios siendo los mayores enemigos del cris ~
tianismo han sido, son y serán fieles depositarios de un
título lwecioso de la fé de los ct'istianos y testigos il'l'ecu-
sables de su autenticidad. En este libro están las profecías
que anunciaron siglos antes la vcuida de Jesucristo, seiía-
lando el tiempo y todas sus circunstancias, con tanta
pr'ecision que los incrédulos se han ,isto obligados á
decil' que eran una historia de J esucrito e~crita despues
de su muerte V de vistos los sucesos, Los judios dicen
que no y defienden la antigüedad de su ley y que nadie la
ha alterado, ¿ Es digno de crédito un te~timonio tan
poderoso? Y los judios que no niegan la legitimidad de
esas pl'Ofecías tan claras ¿ como 110 creen qué se ban
cumplido? Para que se cumpla la profecía que anunció
su ceguedad hasta el fin de los tiempos; pat'a que den
testimonio á todos los hombres dc que son auténticos 105
libros del antiguo testamento, de que es divina la ley de
gracia y los librps c¡¡J.ólicos; para que sean siempre de-
positarios de los documentos de su misma infamia y
hOl'rendo Deicidio. para que se l'.umpla la profecia de que
andarán dispersos por el mundo hasta su fin, sin formar
cuerpo de uaciou, sin rey, sin templo, sin sacrificios, pa-
l'aque exista siempre vivo un milágro del omnipotent~ á
!(,S ojos de toda la posteridad del primer hombre, Des-
pues los milágl'Os de Jesucristo, Sil doctrina. su muerte,
su resul'l'eccion, la pl'Opagacion del Evangelio por do<:~
lwmhres rusticas y cobardes contra el podcl' .. de los sá-




(349)
bias y los reyes, predicando la austeridad de las costum-
bres y la peuiteneia contra las delicias del mundo y las
pas:ones desordenadas, y venciendo á los sábios,á los
reyes y al furor de las p«Eiolles, y denihando los ídolos
y hadcndo caflar á los oráculos del gentilismo, todo esto
que siglJifica? ¿ Quien es capaz de ohrar tanto prodigio?
:->i la doctrina del Evangelio adulase las pasiones, y COfl-
'Cupisccucia como la del Alearan, diriamos que Ja (>1'0-
pagal'Ofl los vicios: si huhiese contado· ~on el poder de
los ejércitos, ql1c fue por la fuerza de las. armas; si
-COl! d. esfuer~ode los sabiGs ,á ellos seatrihuiria la
obra, yal favol' de los pl'Íncipes si dIos hubiesen res~)e­
tado a los ápostoles, Ultimamente la revelacion seria i·flu-
til si no hG.bieseun juez supremoé infal4ble autorizado
por la misma que dirimiese las -disputas st>bre la intcligen-
cia de Jos libros santos, La unidad ue la creencia desapa-
.reeel'ia por la interpretacion y espirito privado, como su-
·cede entre los protestantes y b palabradeD~os es l1 na,
y el intérprete de eHa en la ti·erra . es la iglesia católica.
De todo esto se iJ'lfict'e, ql'lC el hombre haciendo uso de
su razon y reconocicnd-o un seilor supremo <le tod.aSi las
cosas ha de reconocer un culto y la· n'ccesidad .de la l'~­
yelacioo: que esta no es otí'a que la cont:enida ~Q las
sagl'adas escrituras: {{ue dos motivos desucl'etlibil¡'dad
son evidentísimos y que la ,'azon humana no puede
menos de proclamar la religion catonca, como la única
verdadera.


Leccion XV. De tos deberes del hombre. COIl rCSi){.'c-
lO á si ,mismo. Dice Felice en -esta leccion<i1l6 ~() que
ordinarIamente arrastra al ~hombre á las accl'ones mol'a-
Jes suele Sf:l' la estima'Cio" ó la gloria, las riquezas y. los
})Iaceres, Desde el momento que intocl'vtmg.an estos olJjc-
tos en las acciones. no pueden s'el' morales. Porque miell-
tl~a~ se obra en vista de un interés personal, tales como los
,fIue dice }<'c1ice, está bajo el dominio é imperio de es-
te interés qué cautiva su razon: y no puede delprlllilldr-
se entonces lihrelUcute, segun lo que reconO('e 511 I'flZOll


24




(:>:10)
como bien general;;:pues obedece á un motivo interesad()
J determinado por sus afecp.iones y pasiones personales. Así
pues la moralidad consiste elJ obrar bien, conforme y
los preceptos de Dios, sin llevar en esto ninguu moti.
vo de 'interés, alabanza ó gloria, y con buena Ínten-
eion.


I .. cccion XVII. De la justa defensa de sE mismo.
Pna que sea It'gítimo el derecho de defensa, esto es, el
derecha de, s(Jf:virse de medios de la fiw/'za fiúca en los
(:asos en ·.que' no se puede recur,.i" á las leyes para re-
chaz,ar un :ataque f/sico, se requiere ademas de lo (lue
ha dicho Felice. en e!'lta Ieee ion, que no podamos dejilt·
de usat' de él: ,sin correr un pclig'o continuo de perder
la vida : pueS. 'cuando ,tenemos la, certeza de que ha ce-
~ado el ata~ue :·ó ·{;uando potl·elllos substraemos de un
mo{jo seguro de Lá· tepeticioo, . de, los ataques, no te-
nemoo;(dereo.node: usar ¡ de rep.'csálias.


J:..as le~(és; 'dkeí Krpuse, no obstante, no comlenan
siempre el. ·t!:s:6e,particulat, lo que no ,puede autmizar
la verdadcl'a··'j-usticia ,y menos aun la moral. POI', eJem-
plo, cuandg 'un· hpmbl'e pOI' hallarse encolerizad.o Ó. pOi'
otro motivbli¡el'e,o/ÍRjUl'ia á otro, pero cesa en SU8 nfen-
sas inmooioatamente,' obraria .injl1stam.ente el ofendido
si le cGfl'respoudiera del mismo ~llodo, enjugar de repa-.
rat' este iRsulwpdl'medio de la· 'fl'ultlrid .. d judicial. El;-
te procedet',;!ejQs de sostener. d honOl~, como cr'eenal-
gunos, lo her.iria violentamellte. Porqne es mas des-
honroso cometer estas violen:cias en, qne. ,se abdica' ia
dignidadhpma'l1a, -sirviéndose el hombre ~ como. un, bw-
to de los 'medios físicos, que 'no el recibirlas. El uso
de la fllen;a:maate.rial del homblle en est(j)s. casos es siem~:
pre ind~uojl:l.e.éL, pues 5010 Jlluede sei' necesario en,el.
caso de un ataque continuad.o,l) Hé a<luLput:s, I'aso-elra.
negativamente la cuestion de s¡. es lícito matar á UIl
hombrp. que' nos hiri@ en nuestro honor.,


COII respecto á la defensa' de nuestt'os biGnes se ha-
lla reducida con rar,on, como dice PeI'YrZ\u, {l mas. f'~-




.a
(3a!)


tt'echos límites; 1. o -pql'que el mal qr.re senos Caa8! por
un robo, por importaute que sea no pl1cde Comparar-
se con el que se causa al culpable quitándole la "ida;
2. e porque aun suponiélldolos iguales entre' sí, como
que siempre debe considerarse como posiLle la repara-
cíon del primero, nada justifica el esceso del segundo •


. Finalmente, en ningul1 caso nos es lícito apelar á
la defensa cuando podamos implorar el auxilio del so-
berano, porque como dice Felice pág. 247 párrafo 3 re-
sla 1.


«No deben los miembros de la sociedad civil recUl'-
rit' á los medios de hecho y á la violencia sino cuan-
do las circunstancias no les pel'mitan recurrir á la pro-
t~ccion del sobcrauo.


Leecion XVIII. Del derecho de neces.idad. En nin-
gun caso es permitido al hombre comopt'etende F eli-
ce en esta leccion (pág. 15[ •. pár. 2) prt:cipitar á su se-
mejante en un peligro haciéndole perder la vida ó la
fortuna por salvar la propia, cuando aquel no ha co-
metido nirlgur. atentado contra éste en tos ~érQJinos que
se esplic:l1J en la Icecion XVII


Para demostrar esta cuestion que se sale completa-
mente dc la esfera del derf'cho y que es propil:i. de la
mDral, supongamos un caso:


Dos náufragos se 3poderan de tina tabla que solo
puede sostener á UllO, de manerll que ambos deban pe-
recer si el uno no arroja al otro en el mar. ¿ Podrá ba-
cérlo? La solucion de esta Cllf'stion no es dudo"3.
Nadie adquiere en tales circunstancias el derecho de sa-
crificar la vida del progimo para conservar la suya Hay
colisiones inevitables en la ~ida de serrs finitos é im-
perfectos que pueden p,'nducir gr:lndes desgracias; pe-
J'O deben estas preferirse por un hombre moral á actos
que serian crímenes. La moral no puede recolJocer en
manera Hlguna en un hombre el derecho de matar á Sil-
hiendas á otro en tales casos.


Tampoco es conforme á la moral y á la justicia 11)
.
.




(5a2)
"que cita Felice en la pág. 156 pár. 2, sobre que fa ne-
cesidad da derecho para perjudicar en I.os bienes de otro.
por eonservar los nuestros. Es l'egla en derecho que na-
tlie puetle lucrar eOil dailO de otr0. Esta regla se fun-
da en la moral. Lo únieo que en I-os casos de neceEi-
dad puede h.acerse es miral' ~mtes por si que pOl' el pru-
gimo, pero no el causar un lllal al prógimo por librar-


110S de él nosol-ros, cuando aquel no haya dado causa
á dicho mal;, pues cada uno debe padecel' los ma~es que
la providencia le envíe sin hacerlos sentir á otro. No
hablamos a~Iui del caso eu que se vea espuesta una per-
sotta á pere\!'er de flecesidad por RO bab€l' cumplido su
})rógim@ la ohligacion que tiene de SOCOITel' á su se-
mejante, pues en tal caso podrá tomar á olro lo flue ne-
,~esi~e pam su subsistencia, con tal que no reduzca .l\
este á la necesidad, y con lílS dcmus. l.imilaciou.cs que
~ es.ponen en· esta leccioll.,




TABLA
DE LAS LECCIONES


DE DERECHO NATURAL,


COMPRENDIDAS EN ESTE PRIMER VOLUMEN.


Pág.


ADV'E1\TENCIA DEL TRADUCTOR.. • • • • • • • • • • IIl.
1iOTICIAS RELATIVAS A LA VIDA Y ES<!l\ITO'S DE FOR-


TUNATO BARTOI,OlllE DE FELICE, •• ~ • • • •• V
PRÓr,(,GO DEL AUTOR. • • • • • • • • .,. • • • 'o IX
LIlCCION PRIlIll:RA. De la naturaleza del llOmbre y


de sus facultades principales con relacion al De-
recllO Natural. • . • . • • • • • . . • • . . •• 2


LECCIOl'f JI. El hombre es una cn'atura capaz de
direccion moral y responsable de sus acciones;
sus diversos estados. . . . . • • . • . ••.. o. 14


LECCIOl'f liT. El hombre debe seguir una regla en
su conducta: medios de hallada y fundamen-
tos del DerecllO en genaal. . . . . • • • . o.. 18


LF,(;CION IV. Rpglas generales de conducta que nos
sUlIlinútra la razono Naturaleza y primeros fun-
dmncntos de la obligacioll. Del Derecho y de la
vbltgacioll que le es colll'rente. . • • . . . • •. 23


LECCION v. De lrl ley ó del poder lpgislativo, ó
J'C(¡ del Derecho de gobcmar. • . . • • • • .? 31




(5j-i)
LF,ccIO~ VI. Jl1liralidád de las accwnc,( huma-


nas. . . . . • . . . . . . . . .. . • . .. [1 f
LtccION vU. De la ley natural y de su e:ústen-


cta .• 11 • • • .._ • .. '. •• .. • • • • • '. • .. • • ..
LECCIO~ VIII. De los principios generales di? tas


leyes naturale,f y del modo de desarrollarlo.f ..
LECCION IX Aplicacioll de los principios genera-


le:f de las leyes naturales a la." acciones huma-
nas, y principalmente de la conciencia. . . , .
LECCIO~ x. De la segunda manera dé aplicar los


principios generales de las leyes naturales á las
ru:cioms humanas y de la imputadan de estas.
LECCIO~ XI. Autoridad de las leyes naturales: con-


secuencias naturales ~'Y ordinarias de la virtud
.Y del vicio. . . . . . . . • . . . . . . . . . . .


LECCION XII. De la sandon propiamente dicha de
las leyes naturales. Demojt7aciolZ de la imnor-
talidad del almu. . . . . . . • . . . . . . . . .


I .. Ec,GWN, XIII, D(Jl.es-tado del hombre con respecto
á Dios. De la religwn natural. . • . . . . • .


J ... J<:C,IlION, XIV. De la libertad de conciencia: de la
ir?fluellcia de Ü¡, . religz'on en la felicidad de la
sociedad. . ...•...•..•.....•..•


LECCION 'xv. De los deberes del hombre con res-
,pect,o . á si minno. • . . . . • • . . . . . • . .
L}<:CCIO~ XVI. De la libertad natural: Del Derecho


del hombre sobre' su vida. . . : . . • . • . . . .
LECGION XVII. De la justa dcjen.fa de sí mismo.
LECCION XVIII. Del De.,.echo de necesidad. . . .
LECCION XIX. De 1« igualdad natural: Primer prin-


cipio de la sociabilidad. . • • . . • . • . • . • .
LECC10N xx. De laobligacion de no hacer mal


á nadie r de repara, el daño que se ha cau-
sado; p,imera ley de la sociabilidad. • . . .


l;J<:CCION XXI. De los deberes comunes de la hu-
m(mirlad: segunda ley genrral de la sociabi-
lit/adti it ,. • • .. • • • • • • • • ~ • • • • • • • •


56


85


111


118




(5aa)
IA'iCCION XXIt •• De ,fas promesa,s: y.conl'enciones, y


de la fidelidad en el cumplimiento de la pala-
bra: tercera ley .de la sociabilidad. . . . . • .• 179
I~ECCION XXIII. Del uso de la palabra: que debe


guardarse verdad en los discursos: otra ley de
la sociabilidad. . • . . . . • . • . . . • . • . . 1 9 ~


LECCION XXIV. Del Juramento. . . . . . . . . . . 204.
I~EccION XXV. Del Dc/'ec.o de los hombres tÍ


los bienes de la tierra, J' del on:!fen y natumie-
za de la propiedad. . ..• . . . . • • . . . . . 10:1


LECCION XXVI. De los di(elelltes modo!" de adqui-
rir la ppqpiedadde los hieneJ': testamento, .su-
ce()'!oll imestada, prescl'ipcion , etc. . . • . . . . 2. 1 9


¡,ECCION XXVII. ,De tos Deberes 'fJite resultan de la
propiedad ,de IOJ' bieltes, )' del precio de las
cosas, . • ." •.•.•..•.•.......• : _. 239'


r,ECCWN xxvIlL.De las reglas de los contratos_que .
suponen la propiedad de los bienes y el precio
de las cosas. •• ....... '. . . . . . . . 251


LECCWN XXIX. Del Matrimonio . .....•...•. 2.7 [).
I,EccION xxx. De la familia, del poder paternal:


.de los deberes recipror:os de los padres, madres,
de sus ¡liJos, criados y escla!'os. . . . . • • . . . 300


LECCION XXXI. Del modo de illtelpretar las conven-
ciones J las leyes. • . . • . . . . . . • . . • . . 31 'A


LECCION XXXII. Del medio de terminar las contro-
versias entre los que no tienen juez comun, y que se
hallan en el estado natural con respecto d esto. 32.'2.


CONCLUSION GENERAL. ...• 33 r .
... "TOT ... 4S. ti ...... ti • • • • • • •• • ••• ti • ti 3/,:)


FIN DE LA T'\lIT,J\,




ERRATAS.


Pág. Lln. Dice. Léase.


9· 2.1 •• mas
"


muy
49' 10. anuan aUllan


110. l. no muy ~nuy
116. 3 'l. á las a sus


- J47' 27, No ueben, etc. (ü:ase como se 'lall~t


154. á ponerle
en lapdg. 351.li. 11)


20. á pOllcrs(~
157. 11. petieion I particioll
18fl . 14. eolucion coluslon
216. l. fondo fundo
228. 10. dado dió
235. 23. fondos jillldos
21,9, 19· Y que Y que son
3[17· 15. , carácter. cara caer




-


LECCIONES
DE


DE.RECHO NAT'URAL
y


I)E GENTES,
ESCRITAS EN FRANCES


rOR


EL PROFESOR DE FELICE,
TRADUCIDAS LIBREMENTE AL CASTELLANO
CON VARIAS n,L"s1'RAClONES TOlllADAS DE 1',05 AUTORES DE MAS NOTA


QUE HAN ESCRITO rosTEuroRMENTE SOBR.: ESTA MATERIA,
Y AUllrr.;'í·l'.~DAS C05 LA DIOGRA~'IA DEL AU1'OR.


rolt


UN ABOGADO DE LOS TRmTJ~ALES NACIOÑALES
autor y traductor de varias obras científicas y literarias.


Quid d ... ccaf, quid non: quo virtu",
1uo ferat error.


DERECHO DE GENTES.
=


TOMO SEGUNffO.


Librería de Carda, calle de la Concepci,m GerÓnima.




11; r \ T}? TD: ! ~~ ': T
Tm ')/,":1::! de D, Scv:'i'i,,¡w ,j : I,"(l,


Jo




~ECCIOllES
DE DERECIIO NJlTURAL


y DE GENTES.


DEI1ECHO DE GENTES,


J.EC<:10N PR1MER A.


TOllo lo que hasta '!Ijni hemos esplicado ac~rca de
los derechos y debt'l'es del hombre, concierne á la so-
ciedad natural y pl'il1Jit inl, que el mislllo Dios ha es-
tablecido y que es independiente del hcc\;o humano,
Conviene tratar ahora de la socie(bd civil ó del cl1er-
po político, que con l'azorJ pasa por la mas perfec-
ta de Icts sociedades, y {t la cu.d se ha dado por lo
mismo el nombre de E~tado por escelencia.


Para este efecto )'e[)etil'emos afluí en lo sustancial 31-
• J


gunos principios que hemos establecido en las Leccio-
lleS anteriores, y dest'nyolvel'emos mas ampliamente
algunos otros flue se rdieren á esta lIlétteria,




(4)
l. O La sociedad humana es por sí 'misma y en su


Ol'lgen una sociedad de igualdad é independencia.
2.. o El establecimiento de la soberanía Je~tl'uye es-


ta independencia. •
3. o Este establecimiento no destruye la sociedad


natural.
fl • o Al contrario, sirve para fortalceerb.


Pero por granoe que sea la mutacion que el go-
bierno y la soberanía dan al estado natural, no por
{'50 debe creerse que el estado civil clt'strllya propia-
mente la sociedad natural, ni qne alJiquile las relacio-
nes esenciales ylle tienen los homhres entre sí, C0l110
tampoco las de Dios con los hombres. Esto 110 seria
ni [¡sien ni moralmente posible; al contrario, el esta-
do civil snpone la lIatura!cza misma del homhre, tal
como el Criador la ha formado: su Jlon<; el ('slndo pri-
milivo de union y de sociedad COIl todas las relacio-
nes flue este estado comprende; y sUJlone ell fin la de-
pendt'ncia natural de los hombl'f's COIJ respecto á Dios
y á SIlS leyes. Bien lejos de trastorlJar el {~()hierno I'S-
te pl'ime¡· orden, se ha establecido mas hien pnra dar-
le ma)"or fucr-za y estabilidad. C'm él se ha querido
poner á los hombres eu estado de cumplir mejor COIl
los deberes que les prescriben las le~es naturales, y
llegar con mas seguridad á Sil destino.


Así p~u'a formarse una .iusta idea de la sociedad ci-
"jI, se dira qlle es la misma sociedad llatural 11lOdifi-
cada de suerte, fIue hay nn soherano q \le IHnnJa en
ella, y de cuya voluntad depende todo lo que pnede
interesar it la felicidad de la sociedad, para que puc-
d:w los hombres procurarse por este medio de un mo-
do mas seguro la diehll á que n~tllralmelltc aspiran.


El establccimi~nto de. las sociedades civiles produce
tambien nuevas relaciones entre los hC!ll1hn"í; qlliero
decir, aquellas existen entre los diferentes cl)('rl)(\:; <[Ile
se llaman Estados ó Naciones, lo que dá lugar al Derecho
de Gentes y a la política .. En efecto, en el mon~ellto




(ti)
que S6 forman los Estados, [Idquieren en cierta .. ma-
nera propiedades personales, y en su consecuencia se
les pueden atribuir 105 mismos derechos y las mismas
obligaciones que se atribuyen á los partil:ulares, (¡OlUO
miembros de la sociedad humaJlf!: porclue es bien cier-
to que si la razon impone á los particulares; ciertos
deberes mutuos, prE'scl'ibe tambieu e~las mismas reglas
de conducta á las naciones (que no son mas que la
l'eunion de hOlllbres) en los asuntos que puedan tener
unas con otras. Asi pues, se puedell aplicar á lospue-
Llos v á las N aeiolles lodas las m:udmas de derecllO
lIatur~1 que hemos esplicado hasla aquí; y la misma
ley que se llama natural cuando se habla de los par-
ticulares, se llama derecho de gentes, o. derecho de
las naciolles, cuaudo se aplica á los hombres, consi-
derados (:omo formando aquellos diferentes cuerpos que
llamamos :Estados ó Naciones.


Conv ielle, pues, advertir q ne el estado natural q u e
tienen ullas naciones con l'cspecto á otras, es un estado
de sociedad y de paz: esta sociedad es tambien una socie-
dad de igualdad é iuuependencia, y establece entre ellas
una igualdad de derecho que las obliga á guardarse mu-
tuamente las misma" consideraciones y los mismos mira-
mientos. El priucipio general del derecho de gentes no
es, pues, otra cosa que la ley general de la sociabilidad,
que obliga á la práctica de los mismos deberes á que
están sujetos los particula! es. Así la ley de la igualdad
natura\, la que probibe hacer mal á nadie y manda
reparar e\ dai10 causado; la ley de la beneficencia, la
fidelidad en las cO(JvenciuJles, etc. SOl! otras tantas le-
yes de derecho de gentes, que imponen á· los pueblos
e) á sus soberanos los mismos deberes á que obligan á
los particulares.


Con razon divide Hobbés ]a ley natural, en ley na-
tural del hOlllbrc y ley natural de los Estados. La ley
natural de los Estados se llama derecho de gentes. « Las
llIaximas, ailadc, de aUlbas leyes SUlJ prcciSillllenle las Illi~·




(G)
ma~ , y com') los E~tados en el momeuto que se fol'tUUPi
adqnieren, en cierta manera propiedades person~les, la
misma ley, que se llama natural cuando se habla ,de los
deberes de los particulares, se llama derecho de gentes,
cuando se la aplica al cuerpo entero de un Estado ó de
una nacÍon. (1)


Importa mucho fijar la. atencion en la naturaleza y
origen del derecho de gentes, tal cual acabamos de pre-
sentarlo; pues de ella se sigue, que las múximas del de-
recho de gentes no tienen menos autoridad que las mis-
maS' leyes. naturales de f]UC hacen parte, y que son no
menos sagradas y respetables, pues que unas y otras tie-
nen igualmente á ])ios por autor.


No siendo asi no podria haber tampoco otro derecho
de gerJtes verdaJeramente obligatorio, y que tuviese pOI'
sí' fuerza de ley,; porque estando todas las naciones en
una perfecta igualdad, es evid~~nte fiue si hay entre ellas
alguna ley comun, es absolutamente necesario que tellga
á Dios, su COll1un soberano, por autor.


El consentimiento tácito ó los usos de las naciones,
sobre quc algunos doctores establecen un derecho de gen-
tes, 110 puedcn producir por si mismos ulla ,ertiadera
ohligacion; pues no se infiere de que muchos plleb/os
durante algun tiempo hayan oh rada de cierta manera en
talo cual negocio, que se hayan impuesto la necesidad
de practicar siempre lo mismo en lo sucesivo ~ y mucho
menos que todos los demas pueblos estén obligados á
(~ollforma\'se con tal uso.


Lo que acabamos de decil' del derecho de gentes,
presenta á los príncipes y gobernantes muchas reflexiones
importantes; entre otras la de que, no siendo el dered10
de gentes en el fondo mas ({ue el mismo derecho natu-
ral, solo hay una misma regla de justicia para todos


~r) De Cive, cap. I,í· § 4.




(7)
los hombres, de suerte que los príncipes que la infdn-
jen, no cometen un crimen lJIellOr que los particulares:
tanto mas cuanto que sus malas acciones tieneu pnr Jo
comun consecuenciai mucho mas funestas que las de los
particulares.


Otra consecuencia f¡Ue puede deducirse de los princi-
pios que hemos establecido soore el estado natural de
las naciones y sobre el derecho de gentes, es la de for-
marse Ui1a jU:-ita idea de aquel arle tan necesario á los
gobernalltes, y que se llama poL!tica. La política es,
pues, aqIJel arte, aquella h2bilídad por la cual pruvee
un soberano á la cOllservacíon, segundad, prospertdad
y gloria de la nacion que gobierna, sin perjudicar á los
demas pueblos, y aun procuraudo su utilidad en cuanto
es posible.


En una palabra, lo que llamamos prudencia con
respecto á los particulares, se llama polític>a' con respec-
to á los soberanos; y así como es vituperable en los
particulares afJuella mala habilidad por la cual se pro-
curan su utilidad con perjuicio de los dernas, y que
se llama astucia ¿ m;¡üa, lo es igualmen te en los pi ln-
cipes, cuya política llega á procurar las ventajas de su
nacion, con perjuicio de lo que deben á los otros pueblos
por las leyes de justicia y de humanidad.


Facilmente se comprendelá por lo que acabamos de
decir de la sociedad civil en general, que es el mas im-
portante de todos los f'stablecimientos humanos, y que
su objeto es de la mayol' eSlensiol1, supuesto que abra-
za todo lo que puede int~resar a la felicidad de la socie-
dad humana, pOI' cuyas razones es igualmente' importan-
te á los súbditos Y á los soberanos el instruirse sobre
esta materia. Véase á Rnrlamaqui, Tomo 6. cap. 1.
Gl'Ocio, Disc. Prelil1l. IJib. 1. cap. 1. § 1 l. Y sigo PUf1
fendorf, Lib. 2. CBp. 3:. 'Yattel, Preliminares, etc.




(8)


IJECCION 11.


Del origell de las sociedades civiles; y d6 $U$
':ventajas.


LA. sociedad civiL, segun Bodin, es el recto gobierno
<le muchas familias, y- de Lo que Las es cornU/l, con po-
der soberano; pOl' donde designa tanto un estado goher-
nado pol' uno solo, como el que 'lo es por muchos. Cuan-
<lo dice Badia, el recto gobierno, distingue las sociedades
aprobadas ó fundadas en la justicia, de las criminales, co-
mo SOR las de lus bandoleros y piratas etc. Toda sociedad
.c'¡vil se reputa que tiene por base la justicia. Y de este
obje~o Hniven;al que se propone toda sociedad, resulta una
idea general de equidad ({tle debe reinar entre las na.cio-
nes, y á que se llama Derecho de Gentes.


Alude despues, de muchas familias, para espresar
que es necesario que se reuna cierto número de familias
para compouer ulla sociedad civil; sin esta union de mu-
.ehas familias no habria mas que sociedades transitorias, en-
teramelite opuestas á las miras que se han propuesto los
hombres al formar los cuerpos políticos; pues que ~u ob-
jeto era que subsistiesen ccmo aparece en todos sus re-
glamentos.EI hombre que desea perpetuarse, no cons-
truye edificios para que duren solo un dia.


Añade Bodin , y- de lo que las es cornun : por donde
euseñíl que toda sociedad supone un interés público, y que
es de esencia del goLierno el \ dar por este interés COlnUll,
mientras que cada particular trabaja en utilidad de los
asociados, eu su defensa y para la prGtcccion pública.




(9)
Imaginémonos varias familias, cada una de las cuales


se oeu pa en su illterés particular, y niega todo socorro á
la causa general y tendremos que convenir en que no seran
ya asociadas. Imaginese un gobierno que se apropie lo
que cada uno da, no será ya un cuerpo político; porque
para ser tal, es menester que haya una conespündencia
l'eciproca, una sociedad entre el pueblo y el gobierno.


Finalmente, concluye Bodin su definicion con estas
palabras, con poder soberano: este es el lazo que une
todas las partes de la sociedad, como la quilla de un na-
vio sostiene todas sus partes y sin la cual no formaria un
navío. En efecto, la sociedad civil 110 está afecta á una
ciudad o á un territorio: consiste en la estricta y constan-
te union de las partes del cuerpo político bajo las mismas
leyes, cou Ja obligacion de observarlas y con la facultadde
limitarlas, estenderlas ó derogadas. He aquí el dere~ho
esencial de la soberania.


Se lée , pues; de una sola mirada en ladefinicion que
acabamos de esplicar, que para la composicion de una so-
ciedad civil es absolutamente necesario un gobie1'llo rec-
to fundado en la justicia de las familias, un ¡nteres co-
mun y la soberania.


Cuando se pregunte cual ha sido el origen de la so-
ciedad civil, puede mirarse esta cuestion bajo dos aspectos
diferentes: porque ó bien se pregunta cual ha sido de he-
cho el primer origen de los gobiel'l1os, ó bien cual es el
derecho de conveniencia con respecto a él, es dedr, cua-
les son las razones que deben mover á los hombres á re-
nuncial' á su libertad natural, y á preferir el estado civil.
Veamos primeramente lo que puede deci¡'se acerca del
hecho.


Como el establecimienlo de la sociedad y del gobierno
es cuasi tan antiguo como el mundo, y como tenemos muy
pocos monumentos de los primeros siglos, nada puede de-
cirse de seguro sobre el primer origen de las sociedades
civiles; y t&do lo que acerca de esto avanzan los políticos se
reduce á conje~uras mas ó menos \'crosimiles.




(10)
Es muy verosímil, que los hombres procurasen al es-


tablecer las sociedades mas bien en remediar los males que
esperimentaban, que en procurarse todas 'las ventajas que
resultan de las leyes, del comercio, de las artes y ciencias,
y de todas las demas cosas que adoman hoy la historia.


La naturaleza de los hombres V su modo comnn de
obrar, no permiten referir el establecimiento de todos los
Estados á un principio general y uniforme: sino que es
mas natural pensar que difereutes circunstancias han da-
do origen á 105 diversos estados.


La primera imagen de los gobiernos se vio sin duda
en la sociedad monárquica o en las familias; pero es
probable que la ambiciono sostenida por la fuerza ó la des-
treza, sujetase por la primera vez á muchos padres de fa-
milias á la domiuacion de ungefe : pues esto parece muy
bastante conforme con el natural de los homhres, y aun
parece apoyado pOl' el modo con que habla la historia sa-
grada de N emrpu (1), primú rey de que tenemos noticia.


El primer cuerpo político de que se habla en la his-
toria, es el monárquico, que es sin contradiccioll el mas
antiguo y el mas universalmente establecido, como lo ates-
tigua la Escritura. (2) Los pueblos mas antiguos de que
habla Moisés, los B~bilonios, los Asirios, los Egipcios, los
Elamitas, las naciones que habitaban á las riveras del
Jordan y en la Palestina estaban sometidas á reyes. La
historia profana está de acuerdo en este punto con los li-
bros sagrados. Homero exalta siempre las prerogativas de
la dignidad real y las ventajas de la subordinacion. y aun
parece que no tuvo este poeta idea de nillguna otra forma
de gobierno. Durante aquel largo periodo de siglos de que
se lisonjean los Chinos, solo fueron gobernados por reyes.


el) Véase el Génesis, cap. 10. V. S y sig,
(').) Id. 10. V. 10. I. Reg. 8. V. 20.




(11)
Asi no pueden cOllcebit' lo (lue es un estado republicano. (1)
Lo mismo 'puede decirse de todos los pueblos de Oriente.
A lo cual se agl'ega que todas las antiguas repúblicas, Ate-
nas, Roma, elc. empcl.aron sometiéndose al gobierno mo-
narquico.


No es dificil dar á conocer las razones por qué el
gobierno l11onúl'quico es el primero cuya idea se ha ofre-
cido á la imaginacion de los hombres; pues era mucho
ma~ facil á los pueblos, cuando pfnSal'On en e5tahlecer el
orden de la socieliad, el reunirse baJO HU solo gefe que
hajo de muchos. Ademas, la dignidall real era una imagen
de la autoridad qlle tClIinn los padres desde un principio
sobre sus hijos, puesto que en los primeros tiempos eran
estos los ¡:;cfes y legisladores de sus familias. Las repúbli-
cas vinieron despncs de la tírauía, pues los primeros hom-
bres no podian pensar en este remedio antes de haber sen-
tido el peso del despotismo. Queriendo, pues, reunirse en
cuerpo político, lo formaron al modelo de la autoridad de
que gozaban los padres originariamente, idea que parece
espresarse en el nombre d'e Abimclech, UIlO de los pri-
meros soheranos de que habla la historia, pues que Abi-
melech significa en \lehreo mi padre rey. (2) Pero investi-
guemos el modo y los motivos por que se cstableciü la dig-
nidad real.


En las diferentes sociedades que se formaron despues
de la dispersion del género humano, se bailaron personas
distinguidas por su fuerza, prudencia y valnl'. Ac[uellos en
tluienes se reconocieron estas cualidades, mas necesarias
entonces que nUlIca, no tardaron en granjearse la estima-
cion y confianza pública. Los servicios cIue prestaban á los
<lemas, aumentaron su consideracion y escitaron su reco-


Mem. de la China por el P.·~Le;Cornte, TOlll. 2, ·Car. 9
y("asc ;í Clt:c. in !Jol. atl"lIcsiod. Theogon. paco Su. .




(:12)
nocimiento. Asi fueron adquiriendo insensiblemente una
especie de autoridad y la necesidad, unida á la estimacion,
obligo á los pueblos á ponerse bajo su direcciono


Consultemos los fastos de todas las Naciones: exa-
minemos el modo como refiere la historia el ori-
gen de las Monarquías, y verémos que los primeros so-
heranos debieroll su elevacion á los servicios que ha-
bian prestado á la sociedad. (1) La sagrada Escritura;'
por una parte, y la Historia prof;¡na por otl'a pre-
sentan dos hechos que pudemos aplicar al origen de las
diferentes Soberanias que se establecieron eu los pri-
meros tiempos.


l\ioysés dice que Nemrod fué el primero que em-
pezó á sel'. poderoso en la tierra. Inmediatamente des-
pues añade el historiador sagrado, que N emrod era
un cazador muy diestro y muy afamado: (2) todo lo
cual nos induce á creer que debio su elevacion á es-
tas dotes; pues hallandose la tierra algun tiempo des-
pues del diluvio cubierta de selvas que sel'vian de gua-
rida á multitudes de bestia:. fel'Oces, y siendu necesario
estar contÍnuamente alerta contra sus ataques debia Sf'l'
entonces muy considerado un hombre que reuniese lus
talentos necesal'Ío.s para destruirlas. N emrod, por sus
útiles cazel'Ías en toda la comarca de Sennaár, se hizo
en ella célebre. Bien pronto vio reunirse en derredot,
de él á los habitantes; los cuales como le haLian vis-
to frecuentemente á su cabeza, se acostumbraron insen-
siblemente á recibir y á ejecutar sus ordenes. Véase
pues, como por el consentimiento tácito de los que se
habian unido voluntariamente bajo su conducta, quedó
su gefe, y es verosimil que llegase á fundar el primel'
reino que conocemos, edificando ciudades con el objc-


(1) Árist. De Rep. L. 1. cap. XIV. Cíe. De Leg. 1. 3. De
onic. Lib. 2. cap, XII, etc.


(2) Gen. V.ql 9.




(13)
100 de asegurar su poder. y de reuni.. á sus nuevos
súbditos 'j fljarlos en ellas.


Herodoto nos pl'esenta un hecho qu~., aunque d~
fecha muy posteriOl', puede tambien servir para juzgal'
acel'ca de los motivos que habran podido determinar
á los pueblos á establecer el gobierno lIlonárqtlico. Di-
ce este historiador que los Medos, despues de haber
sacudido el yugo de los Asyrios, hallándose por algun
tiempo sin nillguna forma de gobierno!, no tardaron en
ser presa de los desórdenes y escesos mas alarma ntes.
Habia entonces entre ellos U1l hombre muy sabio y muy
prudeIlte, llamado Déjoces, al cual tomaban muchas
"('ces lo'! Medos por árbitro de sus altcreados. Déjoces
oía sus quejas, y terminal~a sus diferencias.: su rectitud,
sus lllces y su inteligencia no tardaron en adquiride
la estimacíon general, de manera que acudian de di-
versas partes de la Media a imploral' su socorro; has-
ta que agobiado con el número de los negocios que se au-
mentaha de dia en dia, tomó el pal tido de retirarse.
Entonces vieronse renacer al momento las disensiones y
el desórden y celebrando los Medos un consejo, COll-
vinieron en {llle el único medio de remediar los ma-
les [¡!le les afligian, era el de elegir un Rey. Esta el ee·
cion recay(\ pOI' unrHJimidad en Déjoces. (1)


Este hecho y el de Npmrod arro.ian lllces bastantes
sobre el origell de las primeras soberanias. Aconteci-
mientos srmejantes á los de que hablamos, ó muy
parecidos por lo menos, habrán dado principio al go-
bier,w monárquico, cuyas dos primeras y principales
fUllciones han sido siempre administrar justi<'Ía á los
pueblos, y marchar á su caLeza en tiempo de guerra.
Tales obligaciones se ven elocuentemente espresadas en
las r<l7.ones alcg;¡das por los israelitas, cuando pidie-
ron á Samuel que les gobernase un Rey. (2)


(J) Ljb."2. n. 97.
('>.) 1 Rf'g. 8. \'. :\0,




(14)
]<'ormado este cuerpo político, se reunieron muchofo


llespues por diversos motivos, y temiendo otros padres
tle familias ser insultados ú oprimidos por estos esta-
dos nacientes, se determinaron á formar otros seme-
jantes y á nombrarse un gefe. Pero no debemos for-
marnos de estos primeros estados la misllla idea (Iue
de los del dia; porclue los establecimientos humanos
son siempre débiles é imperfectos en su pr,incipio, y
solo el tiempo y la esperiellcia pueden perfeccionar-
los poco á poco. I~os primeros Estados dehian ser vc-
l'osimilmente muy pequeilos y los llC'yes no eran
cuasi mas que una especie de l\Ltgistrados particulares,
establecidos para juzgar los pleitos G para Ill<UHJar lus
ejércitos; por lo que vemos en las historias mas an/;-
guas, que en un mismo pueblo habia algunas veces
muchos Reyes.


Pero el establecimiento de una sociedad civil y de
una autoridad Soberana entre los hombres, ¿ era ah
sol uta mente necesario al género humano y sin ella no
l)Odia ser feliz? l .. a soberania que debe quiza su pri-
mer origen á la usurpacion, á la ambicion )' á la vio-
lencia, encierra un atentado contra la igualdad y la
independencia natural? Cuestiones son estas muy im-
}1ortalltes y merecen examinarse COIl cuidado.


Desde luego convengo en que la sociedad primiti-
va y originaria qne ha establecido la naturaleza entre
Jos hombres, es una sociedad de igualdad y de iude-
I)endéncia: es verdad tambien que toJos los hombres
están obligados á conformar sus acciones á la ley na-
tural, y es cierto finalmente que esta leyes de suyo
muy perfecta y muy propia para provéer á la COllSer-
vacion y á la felicidad del género humano. Talllbien
es preciso cenvenir en que si mieutras los hOlllbres
vivieron (')1 la sociedad natural hubieran observado exac-
tamente las leyf's naturales, nada hubiera impedido su
felicidad y no hubieran tenido necesidad de estable-
cer un podél' soberano en la tierra; habrian "iv ido ell




(fa)
un comercio mlíl.uo de sf'l'vicios y de beneficios, en
una sencilléz sin fausto, eu ulla igualdad sin envidia,
y no se huLiera conocido olra superioridad que la de
la virtud, Ili otra ambician que la de ser Jesiu--
leresados y generosos. Pero los hombres no siguieron
pOI' mucho tiempo una regla tan perfecta; (,1 Impelll
de sus pasiones debJiu'¡ presto la fuerza Je la ley na-
tural; que ya no fue un freno bastante poderoso pa-
ra contener al hombre abandonado á sí mismo y de-
bilitado y obcecado por las pasiones. Esplicaremos eslo
mas deteIlluall1pnlp.


Los estímulos de la ley natural que prohibe toda suer-
te de injuria3 y de injusticias \lO eran bastante pode-
rosos para obligar á todos los hOlllhl'f'f> Ú ,,;vil' en la
independellcia del estado de naturaleza, i'in tener na-
da que templ' unos de otros. Es verdad que hrtY gen-
tes que naturalmente aprecian la honestidad, la illo-
('encia, la buena fe, la probidad; de suerte que no
ajarian en lo mas mínimo estas "irlndes ólun cuando- es-
tuvieran srgur;¡s de ([uedar impunes. Hny tambien
Illllchos que sin obrar por un motivo de virtud, l'eprí~­
men en cierta manera sus pasiones, y se abstienen de
insulta¡' á los <lemas por temor del mal que de hacprlo
podría resultarles {¡ ellos mismos. Si todo el mundo fue-
se como tales persollas~ no habriól habiao mucha lJece-
sidad de la socicd1d civil. Pero hay una infinidnd de gCIl-
tes que menosprecian los drberes mas sagrados siclI1-
pre que creen que les resulta alguna utilidad de vio-
larlos, y que tienen bastante fuerza o deslreza para da-
iJar impunementf'; y asi nos hariamos traicion ú nosotros
mismos sino desconjii\ramos de tales perversos, y nos es-
pondriamos de prOp(\siLO delibel'ado it lo que -dice un
historiador latino, ,dól inocencia 110 siempre halla en sí
misma su .. seguridad.)l (T)


(1) ALhel'baI aplld ~aIlmt.lI1bf'llo Jugurth.C;,¡p. r4.




(16)
La primel'a ventaja, pues, de la sociedad civil es la


de poder, con el auxilio del magistrado, obligar á los
malvados á que dejen á toJos los demas hombres po-
seer pacíficamente sus derechos, .


Ademas en el estado de naturaleza no habia tampo-
co oh'a cosa necesaria á la felicidad y tranquilidad de
la sociedad, es decir, un juez comun reconocido pul' tal,
que pudiera terminar los pleitos que se suscitan to--
dos los dias entre los particulares, En tal estado era
cada uno árbitro ahsoluto de sus aéciones, y tenia de-
recho á juzgar por si de las leyes naturales y de su apli-
eacion, independencia y libertad suma que no podian
menos de producir el desórden y la confusion, princi-
palmente en el caso en que hubiese oposicion de inte-
rés o de pasiones.


EIl'ecurso de una composicion amistosa o d~ las de-
cisiones de árbitros no hasta para el mantenimiento de
la paz; porque los que se inclinan á violar las demas le-
yes naturales, no tienen reparo en correr á las armas
inmedi3tamente, sin mol~starse en tentar antes las vías
pacíficas. Por otra parte, como el referirse al juicio de
Un árbitro, es obra de mera convencion y de la volun-
tad, si Una de las otras partes no estuviese satisfecha
eon la sentencia, ¿ nó podria despreciarla si se sentia con
fuerza suficiente para hacerlo impunemente; pueslo que
un árbitro, principalmente en el estado de naturaleza, no
tiene la autoridad necesaria para obligar á las partes,
á pesal' suyo á pasar por 10 que ha determinado?


Finalmente, como en el estado natural no habia na-
die que tuviese autoridad para hacer ejecutar las leyes
ó castigar su violacion. este tercer inconveniente de la
sociedad primitiya debilitaba cuasi enteramente la virtud
de las leyes naturales; porque atendida la constitucion
de los hombres adquieren las leyes su mayor fuerza del
poder coactivo, el cual por medio de ejemplares casti~os
intimída á 105 malos, y balancéa la fuerza superiOl' del
placer y de la compasioo.




(17)
Tales eran los illCOllveUlentcs 'In!' acompañabl\n al


estado natm'á1.La gran libertad )' ltl independencia de
que ~ozaban los hOlnhres, tus alTojabllll á un desorden
perpetuo; asi pues, la necesidad lo~ ha forzado á salir
de CSt¡1 indepp.lldt'ncia y á buscar un remedio contra
)05 males qlle les ocasionaba, el eual hallaron en el
('stahl!'cimieuto de la socied3d civil y de una autoridad
soberann.


Mas esto solo ha podido conseguirse ejecutando dos
ensas necesarias; la pr¡mel a, unil~lld(jse por medio de
uua sociedad mas reducida; y la segunda, formando
t'sta sociedad bajo la depelJ(lencia de una persona que
tuviese derecho á mandar Cll ella para mantener el orden
y la paz. Por este medio remediaron los inconvenientes·
de que hemos hablado. El sGberano publicando sus leyes,
instruye á los particulares de las reglas que deben seguir.
:No es ya cada uno juez independiente en su propia cau-
sa; se reprimen los caprichos y las pasiones, y los hom-
bres están obligados á contenerse dentro de las conside-
raciones que se deben lll1úS á otros.


Pero liada prueba mejor la necesidad y ventaja del
establecimiento de la sociedad civil, que la sola idea de
la liúertad natural; eS esta el derecho que da la natu-
raleza á toJos los hombres, de disponer de sus personas
y bienes del modo que -juzguen mas com'cniente á su.
fdicídad, con tal que lo hagan sin infringir la ley natu-
ral y sin perjuicio de los demas: á este derecho que da li-
bertad, corresponde una obligacíon recíproca, por la
cual la l~y natural obliga á todos los homhres á respetar
la libertad de los demas, y á no turbarles en el buen
uso que hagan de ella.


Las leyes naturales son, pues, la regla y la medida de
la libertad: y asi es que en el estado primitivo y de la 11:\-
tmaleza no tenian los hombres mas libertad que la que les
concedian las leyes naturales. Es, pues; muy oportuno
advertir aquí, que el estado de libl'rl¡ld natural no e5
un estado <le entera independencia. No hay duda rple lOe
~




(18)
hallan en él los 110mbres independientes unos (le ofl'os.
pero todo,> están bajo la dependencia de Dios y de sns
leyes. La indepcndencia, hablando en gencral, es un
estado que no puede convenir al hombre, pues que por su
naturaleza depende de un SllperiOl·.


La libet·tad y la independencia de todo superior SOIl
dos cosas enteramente distintas que no deben confundirse.
La primera pertenece esenciallllC'lIte al hombre, la otra
lIO puede cClllvenide. Pero la libertad del hombre lejos
de ser incompatible COIl la depelldeucia de un soberano
y la obediencia á sus leyes, cs al contrarill este imperio
del soberano y la pl'Oteccion que prestaN los hombres lo
que asegura mas su libertad.


Esto se comprenderá completamente, si se t¡('Be pre-
sente lo que hemos establecido antes de hablar de 1<1 li-
bertad natural. Asi hemos demostrado que las I'estric-
eiones que pone la ley nalmal á la libertad del hombre.
bien lejos de disminuirla ó destruirla, constituían su per-
feccion y segmidad. El ohjpto de las leyes uaturales no
es tanto limitar la libertad del hombl'e, cuanto hacerle
obrar conforme á sus verdaderos intereses, y at1elllas,
poniendo estas mismas leyes un freno á la libertad tic
los hombres en cuanto podria ser peligrosa pal'a los t!p-
mas, asegm'an á todos los hombres el mas alto grado
de libertad que pueden justamente apetecer y que mas
les conviene.


Podemos, pues. concluir diciendo, que en el estado
natural no podian los homhres gozar todas las ventajas de
la libertad, sino en cuanto estaba som('tida á la \'azon y
que eran las leyes naturales la regla y medida de su
ejercicio; pero si es cierto de hecho' que el estado de
naturaleza estaha acompaiíado de t.odos los incoll\'eniell-
tes de que arriba hemos hablado, y que debilitaban cua-
si enteramente la impresiou y la fuerza ele las leye5 na-
turales, deberelJlOs convenir en que la libertad natural
debía relajarse éonsíderablemente, y que no conteniéndo-
se dentro de los límites de la ley natural, no podia me-




(19)
1I0S de dejenera,r en licencia y l~educir á los hombres al
estado mas deplOl'able. Divididos en perpetua guerra, el
mas fuerte oprimia al mas débil; nadie podia poseer con
tranquilidad cosa alguna, ni disfrutar del reposo, y lo que
es mas digno de observarse, es que todos estos males
eran causados principalmente por aquella misma inde-
pendencia en que estaban los hombres unos de otros, y
<jue les quitaba toda seguridad en el ejercicio de su Ji ~
hertad; asl por ser demasiado libres perdian la libertad,
porque no hay ya libertad desde q u.e las leyes dc:jan de
servirla de regla.


Si es, pues, cierto que el estado civil dá una nu e-
va fortaleza á las leyes naturales; si lo es igualmente
que el establecimiento de un soberano en la sociedad
provee mas efieazmente á su observancia, deberemos con-
venir en que la libertad de que goza el hombre en este
estado, es mucho mas perfecta, mas segura. y mas pro-
pia para procurar su felicidad, que la que gozaba en el
estado natural.


No hay duda en que el establecimiento del gobieno
y de la soberauÍa modifica considerablemente la libertad
natural, que por él es uecesario que el hombre renuncie
á aquel arbitrio soberano que tenia sobre su persona y
ac<:iones, en una palabra que renuncie á su indepen-
dencia. Y ¿ qué mejor uso podian hacer los hombres de
su libertad, que renunciar á I.odo lo peligroso que tenia
para ellos, no conservando mas que lo que les era util y
conveniente para procurarse una sólida feliddad? La li-
hel'tad civil es, en el fondo. la misma libertad natural;
pero despojada de aquella. parte que constituia la inde-
pendencia de los ral'ticul~~es, por la autoridad que p~ra
ello dieron á su soberan().


Esta libertad civil va t~mbieo acompaiiada de dos v€n-
tajan muy considerables que no tenian li,l. libertad natu-
l'a1. I,~ primera es el derecho de exi;il' del soberauo que
use bien de su aL1tol'idad.~ y conforme á las mit;as para
que se le ha confiado. La segunda son las segurid¡tdes


.


.




(20)
qne se proporcionan Jos pueblos p:1ra la ejecucion de
este primer derecho; seguridades n{'cesarias, y sin las
('Ilale~ no podrian ~ozal' de una libertad slJlida.
Asi·~ pues, para definir bien la libertad civil, es


preciso decir que es ]a mismalihel'tad natural despoja-
da de ar¡uella parte que constituia la independencia de
los particulares, por la autoridad que para ello dieron
lo:; homhres á su soberano y acompaj'¡ada del derecho de
exigir de él, que use bien de su autoridad, y de Ulla.
sCf,uridad moral de que este derecho tendrá su efecto.


Puesto que la libertad civil aventaja en mucho á/a
n[ltural, podremos decir, que el estado ci\'íl que procu-
ra al 'hombre semejante libertad, es el mas racional, y
por consiguiente el verdadero estado natural del hombre.
En efecto, siendo el hombre por su naturaleza un ser
inteligente y li1)re, que puede reconocer su estado, cual
es su úllimofIn, y tamal' las medidas necesarias para
Hrgal' á él; en este punto de vista debercmos considerar
~lJ estado natural, y así el estado natural del hombre se:"
d aquet que es mas confo¡'me a su naturaleza, á su
c0l13titucion, á la razon, al buen uso de sus facultades
y á su último fin, circunstancias todas que convieuf'o
perfectamente al estado civil. En una palabra, conducien-
do á los hpmbres el establecimiento de un gobierno y
de Ull pod'cí' soherano, á la observancia de las leyes na-
turales y por· consiguiente al camino de la fdicidad, los
hace yo1ver á éntrar en su estado natural, delo cual ha-
bian salido por el mal us:o que hacian de su libertad.


rero fijemos la atencion en las l'eflexloncs que aca-
bamos de haccl' ~obre las··yentajas que sacan los }wm-
bres del gohierno. l. e ',SQrr muy propias para rectifiea¡'
el espiritu de los hombres de las ideas falsas que se for-
man pOl; I'ó éomun sob.'e este punto ,creyendo que el
estado civil solo ha podido establecerse el! perjuicio de
su libertad natural , y que solo se ha inventado el go-
hií'rno para sélrhfacer la amhicioll de los hombres mas 110-
t,;b!cs COIl perjuicio del resto de la sociedad. 2, o Inspi-




(21)
ran á los, hombl'~!I :1mor y respeto hácia un establecimien-
to' tan saludable, disponielido!es ¿l sujetarse vo,luptaria-
melJ~e á todo lo que exige de ellos la soci~t;la~, p~l'slla­
Jidl)s de que de esto les resultan gr~ndes ventajas.
3. o Pueden tamhien contribuir mucho á, aCI',ccen.tal' el
amOl' .. de la patria, cuyas primeras semillas ha. echado
l;¡ misma naturaleza en el corazon de todos,los hombres,
~' que cOl1lribnye tan eficazll}cnteá la felicidad d;e l;¡ssp-
{;icdadcs. Sesto Elllpirico' refiere «qnfl los antiguos Per-
sas telliall la costumbre cuando moría el rf'y, de pasar
.'jllco dias ell la anarq\lia, para obligarse á ser mas fie-
Jes á su sucesor, por la esperienl'ia <Iue habia adquirido
.le las desgrat'Ías d,~ la anarquia, y ele los bomicidío5,
rapiñas y otros funestos males que ile\'a en pós de si,,) (1)


Ya hemos visto. ('u~n propias son estas n~fle~iones
para f:Ul'ar las preocu pacion'ps de los pueblos, ve;;¡mos las
lecciones no menos importantes que presentan á los mis-
mos soberanos. ¿ Qué cosa hay mas propia para hacer co-
noc(w ,á losprí.ncipes toda la e,stensioll de sus dehere~,
que el l'eflexiowlr seriamente' el) los fines' que los pue-
hlos se han propuesto al confia'rles su linert~d .'.~sto er.,
to~Ias st.¡s venta.ias, y, llls .ohli~~~íooesque 'h_aln·.c~ntraido


éll encargar"e de un depó'si(J'tan preciosó? Si f"lóA'ihom_
Jmls h.;\O ren?lIciado. ~I su )~l~:~!l~e~d,e~~~~~'~,n~:~f[ad. oa'-
lural ': nom~ratJdose gefe,s, es para ponerse !aclJ,blerlo
(le,Jos maI~s. que les'oP'.rilii!~t~?:'y' con, la: ~¿pJi·'an;za' de
que l1fI~!.al',!án -bajo 'la ,',p,i:9t~e~ion ':'1 "con el ari,*;ilio,'d~ 105
('uidaaos, d~ susoherano la' verdádeí'a feliciidád.Asi he'-
m~s '~ist~'~~~e.la libert~l,~i~i~ d~)~\~, 1(~~¡¡}~?:\i4fi':e eld~-
}'f'(:JIO de eXIgIr de, su:~o1Jerano" que4sal',a' de' s'ti i\ti-
loiídád e~n'torme al' ~nieto ,p~nl,'qlie'5e)e :ilíi,bt~h c60-
~¡¡,dC!, es decir, para h.1i~(h; á 'los"hombi:es'sriUio~'v\jÍ'-


,; ;, .. ,;!. ( ': : i. ,.1 .; .... ':'


(1) fdv~l'S' l\fatfH'luat.ll(i{ ~,.5 )). Vease ~iHe~¡¿Ú¡ótU lih. ~
('.11" 6. Y sig-.' ..' -, . . . ,


. , '-,1 .'


• t( í




(22)
tU050S, y p'ar'a 'procurarles por este medio la verdade-
I'a félicidad. En una palabra, cuanto hemos dicho de las
mayores ventajas que proporciona el estado civil sobre
el natUl'al,;supone que el estado es como pued~ y' debe
ser; yqú~ los súbditos y el soberano cumplen recípro-
c.~amente COIl sus deberes. Véase á Burlamaqui, Tom. 6.
cap. 2,. y 3. Puffendorf, Lib. 7. cap. I. Gracia. Disc.
Prelim. Ldcke. Gub. Civil. Cap. 6. y 7.


LECCION III .


• "1 "


De la constitLiciofl esencial de 10s 'Bstados, ó del modo
de constitúirse : del gobierno y de los .úÍ,bditos.


' •. !


..


, ])es:í~ue~ ~e~ hab~r tl'átadó del 'origen de las soci,edildes
civilé~ '~l.e:,!w:! e,~ :o~'d.eri :?,a,~u~'a,l :que exalllinel~os cual e?
la C?,f!~~~t,u~ipp esencIal d~: Ios,est~os, es deCIr, cual es
la m~.n~sa,.cólDo' .se' fOl:n,t~~" ,Y )~! estructura de estos
m.a~a~I~~~9,se,d¡{iclos.""" .. " , '


: P~ .. ~o';9u,~, ,I~,ernos dic~6,~n '1::1. ~ecCíonante~'iol' resplta,
que'.,el;,~lllc~ medio qii'e podi~~,':emplcar con fruro los
ho\uhr,es ~ Eara l~bral:~e, die ' l~.s' 'ma~e's' que le~'aqQejaban,
en ,el estado, de náfnraleza, . y', pára, procura~'l¡e t?das las
ventakas que .f~It~ball á su s~guri,dad y 'á ~u ,(l~cha,; ~ebia
sacarse del hombre mismo y' dI¡! los socorros de la socie·
dád. P~f~,,~~f~:':';fect~ era" ~e~e~ario que se reunie;;e: una
mul,tlt~~~ehomhl'es de .fa] mare!:a, que depcndíe~e la
conserva'éion' de- los unos de la de los otros, á fin de
que todos tuvieran necesidad de socorrerse mutuamente,
y 'IllidTáan' pOI~ esta union de fú'erzas é ¡ntcl'eses 'i'ecl1a-
zar facilmente los insultos de q~e 110 hubicra p~~lido li-
brarse cada uno'en parti'cular, cbntener sujetos á so. deber
á los que quisiel'an estraviarse de él, Y trabajar con mas
efieacia en su comuu utilidad.




(2:))
Dos obst:lculos, sill embargo, se oponían á este


grandioso objeto. El primero es la diversidad prodigiosa
de inclinaciones y sentimientos, la cual va unida en la
ma)'Ol' parte de Ulla gran f.dta de penetl'acion que les
impide discemi¡' lo (lue es mas ventajoso al fin gene-
raI; y de UlJa obstinacion estremada en s¡)stelJer lo que
se imbuyó en su entelldimieuto, y en persistit· en el
partido bueno ó m:tlo que han tomado, prnpiedad muy
comun en los necios. El segundo obstáculo es la indo-
lencia ó mejor dicho, la repugn:tl1cia con 'lue se mue-
v,~n á hacet' lo que cs conveniente á 1 él, sociedad, cuan-
do pOl" otra parte no hay fuerza superior capaz de obli-
gar á cumplir con su deber á los que una vez se nie-
gan á ello.


Para evitar estos inconvenientes et'an pues necesa~
rias dos cosas. En primer lugar, reunir para siempre las
voluntades de todos los miembros de la sociedad, de
tal suerte que en )0 sucesivo todas deseasen una mis-
ma cosa con respecto á lo que es conccrniente al ob-
jeto de la sociedad. En segundo lugar, se debia estable-
cer un poder superior sostenido por las fuerzas' de todo el
cuerpo por medio del cual se pudiera intimidar á los que
(luisiesen turbar la paz, y hacer sufrir un mal presente y sen-
sible á cualquiera que osase obrar contra la utilidad comUI).


De esta union de voluntades y fuerzas resulta el
cuerpo político ó el estado, y sin ella no podría conce-
birse socied.ad civil; porque por elevado que fuese el
número de coufederados, si cada uno seguia siempre
su juicio particular con respecto á las cosas que inte-
resan al bien comun, no harian mas que embarazarse
unos á otros, y la diversidad de inclillaciones y de
juicios, la ligereza y la inconstancia natUl'al al hombre
destt'uirian en breve, la concordia, y los hombres re-
caerian en los inconvenientes del estado natural. Por
otra parte semejante sociedad no podria oblal' mucho
tiempo de comnn concierto y con un mismo fin, ni
mantener aquella armonia (lue constituye toda su fuerza,




(24)
~iuo tn~iel'a un poder !\upt.'riol' flue ~Jl'vl('~e de fttllO cú·
IIlUIl pam reprimir la incollstancia y malicia humalla, y
para obligar á ca(la particular á referir todas sus accio-
nes al bien p,íblico.


Todo esto se ejecuta por medio de eOJlveneiones;
porque esta uníon de voluntades en una misma pprso-
na [JO puede hacerse de tal manera qUé' S(~ destruya la
diversidad natural de inclinac¡orj(~s ~' sentimientos, sino
que se hace por una obligacion en que se constituye de
someter su yoluntad partícular á la de una persona so-
la ó· de una reunion de person<ls, de suerte que to-
das las resOiUctOlles de esta asamblea en <!f"[llellas cosas
l'elativas á la seg~ll'idad Ó ntilida~l plíblil~a , se consideren
(~omo la volnntad positiva de todos en getlcral y de ca-
da uno en particular.


En l.uautoá la rcunion de fuerzas que produce el
plJdet SoberanQ ,uo se hace tampoco de moJo que co-
munique. cada.uno todas sus fuerzas físicamcnte á una
sola persoria:, ·en términos que despues de e~to se que-
d~ cqmo sil)! vigor y sin aecion; sino que esto se eje-
~uta pOl~; Ulla, cOllvencion por la cual se obligan todos en
general y cada UIlÓ en particular á usar de sus fuerzas
~ail~olo de 1« mallera que ies prescriln la persona á
quien de comup cOllsentimiento han dado la direccion so-
perana.


POI' ~ta reunioo del cuerpo político hajo un mis-
mo gefe adqu'ier~, eaaa partictllat· tanta fuer!.?, como to-
da la sociedad en COllltln. Si hay, por ejemplo, un mi-
Hon de hombres et't la república, cada individuo tiene
medios con que resistir á este ll1illon, }lOl' Illedio de la de-
pendencia :en que están de un podel' Supremo (lue los
~íUieta á todos y les impide d:\llal'Se unos {t otros; esta
multiplicacioa .de fllerza (~[) el cucrpo poJ:ti('o PS muy
pal'pcida á la dp.los miembros 'Pil el Cllc¡'pn humano; "e-
pirense unr):;, de: otru,'i, y no tcndrftn)' a vigor; pero, ha·,
jlandose uniJos se aUl1wnta la fuerza de cacla 11110, 'j
tudos .íu,llto:~ fom,¡w un cucq}O robusto y animado.




(2a)
Rl estndo se puede defillir una sociedad por la cual


\lna multitud de hombres se reune bajo la dependenc.ia
de un soberano, para hallar bajo su proteccion y
por Inedio de su yigilancia la feliei(Lld á que natural.,
mcnte aspIran. La de/inicion que da Ciceron viene ft ser
la misma con corta diferencia. il1lllt¿tUc!O jur¿s COllSCll-
Sil et lltilltatls CO/JllUzlOnC soc¿ala. Una multitud de geu-
tes unida pOI' la cotllunidad de intercsés, y por le-
yes comunes á (lue se someten de comlln consenti-
miento.


El estado se considera, pues, como un cuerpo, ca·
})lO una person1 moral cuyo gefe o soberano es la ca-
heza, y los súbditos 105 miembros; en su consecnencia
se atribuycn ú esta persona ciertas acciones propias de
('lIa, cicrlm dcrechos, ciertos bienes particulares distin-
tos de los de cad:1 ciudadano, y los cualí's no pueden pre-
tender un particular ni cada uno de estos, ni muchos,
ni aun todos juntos, sino tan solamente el soberano.
Est~ union de muchas personas en un solo cuerpo,


producida por e~ concurso de las voluntndes y fuerzas
de cada particular en una misma persona, distingue tam-
hien al estado de !lna mullitud; porque esta multitud
no es BIas que un conjunto, una reunion de personas,
c3(1a ulla de Ins clwles tiene su voluntad particular, liber-
tad parajllzgar segun sus ideas de todo lo que lmeda pro-
ponerse, para determinarse como mejor le agrade, ,y asi
llO puede por consiguiente atribuirse una sola voluntad
{¡ esta reuniou; pero al contrario el estado es un cuerpo,
una socied"d animada por una sola alma que dirige to-
dos los movimientos de este ('uerpo y á cUY9s miem·
bl'OS hace obrar de un modo constante y uniforme y
COll referencia á un mismo y {¡nico ohjeto, (iue es la
utilidad cOl1lun.


Siguiendo los principios que acabamos de establecer
~obre el modo. de formnrse los estaclos, si suponemos
que una multitud de gentes, indí'pendientes unas de otl'as,
quieren establecer Ulla socictbd ei, il , es absolutameute




(2G)
necesario que jntervenguu entre ellas convenciones y un
estatuto general.


La primera convencion que debe intervcnil' entre
ellas, es aquella por la cual se obliga cada uno con todos
los demas á reunirse por siempre ell uu solo cuerpo, y
á arreglar de comuu consentimiento lo concemiente á su
couservacion y comun seguridad, de manera que los que
no entren en esta. primera obligacion, ciuedan fuera de
la sociedad naciente.


2. o Debe hacerse despues un estatuto que establezca
la forma de gobierno; sill lo cual no pueden tomarse niu-
gunas medidas fijas para trabajar útilmente y de concierto
eu la seguridad y bien cOl1lun.


3. o Finalmente, arreglada ya la forma del gobier-
no , debe mediar todavia utra convencion, pOlo la que
despues de conferir á una o muchas p(!rsonas la facultad
de gobernat', los que han sido revestidos con esta auto-
ritbd supl'ema, se ohligan á velar cuidadosamente por
la seguridad y utilidad eomun, y los demas les pl'ome-
teu una fiel obediencia. Esta tíltima convencían encier-
ra una sumision de fuerzas y voluntades al gefe de la
sociedad, por lo mellaS en cuanto lo exige el bien co-
mun; asi se forma un estado regular y un gobierno
perfecto.


Esta última convencion no aparece tan claramente
en los estados democráticos, donde los mismos sobera-
nos son en diverso concepto súbditos, no obstante de
que en toda convenClO1l se necesitan dos personas diferen-
tes. Observaremos, siu embargo, que en todo estado po-
pular hay. una diferencia muy marcada entre cada ciu-
dadano y la asamblea general, que decide de los ne-
gocios públicos; lo qúe forma y constituye dos pel'sonas
,"erdaderamente distintas, aunque de diferente naturale-
za, cad¡:t una de las cuales liene distinta voluntad, ac-
ciones diversas y derechos enteramente diferentes. Y en
efecto, no siempre quiere el pueblo lo q~lC quiere cada
ciudadano; ni io que hace cada ciudadano se considera he-




(27)
eno por el pueblo; y al contrario, lo que hace el pue-
blo, no se reputa hecho pOI' cada ciudadano. Finalmeute,
tomado cada ciudadano pOI' sí solo no tiene el poder so-
berano ni aun una parte de él, pues que este reside úni-
camente en el pueblo reunido y congregado, POI'que una
cosa es' tener Una parte de la soberania, y otra tener dere-
cho de votacion en una asamblea revestida del poder so-
berano. Y por eso no e3 contradictorio suponer una con-
vencíon entre cada ciudadano y la asamblea del pue-
blo.


Pero en el gobierno aristocrático ó monárquico apa-
rece mucho mas claramente esta segunda convencion, por-
que en el momellto que están designados los senadores
o el rey y' han aceptado la autoridad soberana, se da y
se recibe por . una y otra parte fe ó testimonio de esto,
y recíprocamente se obligan á ciertas cosas. Antes de esta
aceptacion no estaban los ciudadanos mas obligados á obe-
decer al rey ó á los senadores elegidos, que lo estaban es-
tos á velar por la salud y el bien del estado. Y asi, solo
eu virtud de e~ta convencían están los unos ohligados
no menos estrictamente que los otros á prestarse fidelidad
y á ejercel' sus funciones.


Sucede tambien muchas veces, que Jurarite un in-
terregno , en cuyo estado s(')lo subsiste )a r.rimera de las
convenciones de que hemos hablado, se delIbera bajo qué
forma de gobierno se vivirá en )0 sucesivo, como hi-
cieron los principales señores de Persia, (1) despues de
la muerte de Cambises y de la muerte del Mago que
falsamente se decia hermano suyo, y como practico Bruto
con los que obligó á conspirar contra la vida de Tarqnino
el Sobel'bio, último rey de los romanos.


Aunque el origen de la mayor parte de los estados nos


(1) Heredoto ~ lib. lIJ. cap. LXXII.




(23)
5<>a Ile5cono{'ido, no po\' ~~.~O dehelllos IInaginal'[)o~ que
Id que acaoalllos d~ decir acerca del llIoJu con yue :;e
forlllun lits sociedades ci"iles, sea una pura suposicioll;
porqué siendo cierto ,{ue toda sociedad civil ha tenido
lIit principio, no puede concebirse el modo COIllO se lJa-
lH,it!J relllJido los lIlienlhw5 ,que la cOlllponen, pal:a "¡vil'
jonIo,; h"jo la dependencia de una autoriJad sohera-
na, siu s,uponel' las cOLlyenciollcs de que, he!nos ha-
blado •


.El S0be!'aTlo en un ('sta<lo (',; a'IIlP;la persona C¡lIe
tiene <lel'echo de maliciar CII : él en l'dtil~1O resulta-
do. ,/\si pues, la sDhcl',\IIia se defille: el (~el'eeho dt>
m;lIIdar ell ¡íltimo resultado el) la, sociedad ei\ il, de,-
}'eeho que los miembros de esta sociedad hall deferi-
do á,U{)al~l,isma persona, para manteller ('ti ella el or-
den interior y defenderla dl~l esterio1' ; y en general, pa-
raprocl1rarse bajo su protC'cc;ion y vigila'H:ia una feli-
cid;\d 'verdaJt'ra. y sobre :touo para asegurarse el ej{~r­
ciciode su lihertad.' '


Digo en primer lugar, ,que la soberanía C5, el de-
recho de malldar siempre que sea ntcesario en la socie-
d"d, para hacer eOlllpl'elider que la natur.deza,de la sobe-'
ran'ia consiste pl'iudpqhJ.lellLc f.O dos cosa::;, Primera. en
el ,dere,cho, tle 1lI<llldal' {¡ ,Jos',mit!mbros de:.la sociedad; es-
to es,; de diri.gil', sus acciones á cu)'a diret:cion va uni-
do el .i:\Jlpel:~ , Ó facll~t¡¡d de obli¡?;arlesá la obediencia
de sus órdenes. La scgund,a es, ylle este derecho dehe
ejercerse sielllpre que sea recf;sario de talsllerte que 10;-;
ooslos,pal'ticlllarcs estéu, o,h\¡g~dosa: some~el'se. á él, sin
que ningunt> pueda resistirse {¡ ello, De ID cor¡~rarjo, si
esta autoridad no fuese superior á las dellJ~l:" ~e-La tierra.
no PQd¡,ja; procurar á la, socicda~1 el orden .y la segul,idad
que SOIl los filie" para qlle ha sido cslabll'cidn.


He dicho en segundo IIl~al' ctue es un derecho deferi(lo
{¡ Hna persona y no a nnbombre, para dar él entell(ler que
esta persona p,wde ser no SOblll(>lIte un \Iolllbl'e s(Jlo, Sll10
tamhicll IllUdlOS hombres r~lIl1idus el) UII c(),lI~e.io~ ~. for-




(2!l)
mando una voluntad por la pluralidad ele sns votos, C0l110
lo esplicarelllos Ola" p;¡rticnlannellte df>SpllC'S. ,


He didIU en tCl'cpr lugar, ú una mi"lIIa person;¡, 'para
indicar que la soberania no puede sufrir division, ni párti-
cion; que no existe soberallia ('uaTlllo hay mucho:;, porqlle
entonces ninguno manda absolutamente; y no estando obli-
gado nin¡';llllo á ceder al otro, es absolutamente nece5a-
l'io que por su conc;nreneia caiga todo en el de~órden y
la confusion. .


ljl¡imamente, be ailadido para conseguir una verdade-
ra felicidad etc., para dal' á conocer el fin de la sobera-
nia, que es la felicidad ele los pueblos. En cuanto los so-
.oerallos pierden de vista este fin y se separan de él por sus
interesf'S particulares Ó SIJS caprichos, la soberania degenf'ra
en tirania, y desde entollces deja de ser una antoridad le-
gitima.


Un buen príncipe, uno que gobierna sábiamenle'la so-
ciedad deb~ ~star muy penetrado de la gran verdad, de
que solo se 1(" ha confiado el poder soberano para la salud
oel estado y la felicidad de todo el Pllehlo; que liD le f'S
permitido proponerse en la administracion de los negocios
su propia satisfaccion, () su velltilja particular; sitiO que
debe referir todas sus miras y todos sus intereses al ma-:-
yo!' bien del estado y de los pueblos que le están -S0IÚe'-
tidos. Yo me obligo, debe decir illteriormente un sobe-
rano al subir al trollo, á vivir sulo para mi pueblo; sacrifico
mi reposo á su tranquilidad; hago voto de no darle mas que
leyes útiles y justas; de no tener ya voluntad que no sea
conforme á sus leyes. Cuanto mas poderoso mehaee, ¡lle-
nos líbel'tad me <Ie¡a. Cuanto mas s~ entrega á mi poder,
mas inter<;s me debo tomal· poré\. Yo le soy responsable
tie mis debilidades, de mis pasiones y de mis errores; ledoy
oerechos sobre todo lo <file tengo; finalmente, reriUncio
á mí mismo desde que consiento ClI reinar; y el' hombre
Jll'ivado se allonaua pOtO ceder al rey su alma enter-a: Hé
aquí conio pensaball UI! Alltonirll1 y lln!\''[arco Allrel(o. ro
JFt) tengo ya ¡wda propiu, deeia'eI uuo: ~lU mr..f7/wpa-




(50)
lacio no es mio, decía el otro, y todos los monarcas que
han sido semejantes á ellos han pensado asi.


Todos los demas miemLros Jel estado, se llaman súb-
ditos, es decir, que estan obligados á obedecer al sobera-
no. De dos maneras se hace el hornbre miembro ó stibdito
de un estado, ó por una convencion espresa ó por una
tácita. Con respecto al modo de verificarse la esprcsa no se
of¡'ece dificultad alguna; con respecto al cOllsentimiento
tácito, debe tenerse presente que se presume haber estipu-
lado los primeros fundadores de los estados y todos los
que en lo sucesivo se han hecho miembros de ellos, que
sus hijos y descendientes tcndrian, al venir al mundo, el
derecho de gozar de las ventajas comuncs á todos los miem-
hros del estado; con tal que cuando llegasen estos des-
cendientes á la edad de )a raZOll, quisieran someterse al
gobierno y reconocer la autorídad del soberano.


He dicho. con tal que los descendientes reconociesen
la autoridad del soberano; porque no puede tener fuerza
}Jastante la estipulacion de los padres para sujetar á los
11ijos á pesar suyo á una autoridad á que no quisieran
someterse; asi la autoridad del soberano sobre los hijos
de los miembl'os del estado, y recíprocamente el derecho
que tienen estos hijos á la proteccion del soberano y á las
ventajas del gobierno, se fundan en un consentimiento re-
cíproco. Déducese de que los hijos de los ciudadanos, lle-
gados á una edad de di~c .. ecion, quieran vivir en el lugar
de su familia, ó en su patria, que quieren someterse al po-
der que gobierna el estado, y por consiguiente que deben
gozar. como miembros de él, de las ventajas que de aqui
se deducen; esta es tambien la razon por qné los sobera-
nos, reconocidos ya por los padres, no tienen necesidad de
hacer pi'estar juramento de fidelidad á los hijos que nacen
despues en sus estados.


Ademas, es tambien una máxima que se considera co-
mo una ley general de todos los estados, que cuando una
persona entre en el tel'l'itorio de un estado y con mucha
lllas razon., cuando qtúel'c disfrutar de las ventajas (iue en




(51)
él se gozan, se presume que renuncia á su }ihel'tnd natural y
que se somete á las leyes y al gobierno establecido, por lo
menos en cuanto lo exige la. seguridad plíhlica y particular;
de manera que si se negare á hacerlo, puede ser tratado
como enemigo y obligarsele á salir del pais: por lo cual se
verifica una especie de convencioll tácita por la que Se:: so-
mete por algun tiempo al gobierno.


Frecuentemente se llaman los sl'lbditos de un estado
ciudadanos. La palabra ciudadano corresponde á la latina
ci"es, que no designa otra cosa mas que lo qne entre nos-
otros se conoce con el nombre vulgar de vecino. En Roma
y en otras parte,; estaba prohibido á los ciudadanos y á las
personas libres eJercer las artes mecánicas las cuales eran
patrimonio de los esclav/)s: todos los ciudadanos eran ve-
CIllOS.


El ciudadano es un súbdito libre, es decir, que ejer-
ce una profesioll libre. El abuso que puede hacerse en
el otorgamiento de las carlas de vecindad, no debe destruir
esta regla general: una sociedad bien gobenJada no debe
admitir en esta clase á un populacho vil. Ni los manumiti-
dos en Grecia, ni sus descendielltes eran ciudadanos, aun-
que eran Greigos, regla fIue no pudieron doblegar las ne-
cesidades mas urgentes del estarlo; y aUrJfIue Demóstenes
despues de la fatal jornada de Chcrona, arengó al pueblo
pilhendo que los manumitidos se declarasen ciudadanos
de Atenas, no lo pudo conseguíl·.


No sucedia asi en Roma: el haber nacido libre en
aquella capital bastaba para ser ciudadano, y asi se \'ió
plagada la ciudad de ulla multitud de gentes originarias
de manumitidos y de estrangeros.


Los ciudadanos igualmente que los Sllbditos son
naturales ó naturalizados. Entre los Griegos era necesa-
rio habel' nacido de padres que ambos fuesen naturales
para obtener el grado de ciudadano: los que no tenian
esta procedencia se llamaban mestizos y no tenian estado
ni privilegios: sin embargo, algunos se libraban de esta
calificacion, y el mismo Themistocles nacido de eslrange-




(52)
ro fue reputado por ciudadano por exigirlo asi la gloria
de Atenas y la felicidad de ia (~recia. La lJIisma prúc-
ttca hubo durante algul1 tiempo en noma; pero des-
pues sc mandó que soia la cualidao de! padre detel'lllina-
se la de ciudadallo. Esta regla es 1Il;IS conforme á los
YCl'daderos prillcipies: la Illun-el' que parlicipa de la:;
di15uidades del Illarido es ciudadau;].
~-o son iguales las prerogativas entre el ciudacLt-


no que lo es por nacimieuto y el que lo es por con-
cesion; porque aunque este último goza de los mismos
privilegios que el primero, sin embargo no puede, se-
gun las venladera:; máximas, ejercer los oficios muni-
cipales, porque se presume que IJO tiene el mismo co-
nocimiento de los negocios públicos, ni la misma adhe-
sion que el ciudadano antiguo. En SuiLa solo se con-
ceden cargos públicos á los hijos de los nuevos ciuda-
danos, cuando han llacido despues de la recepcion de
su!, padres. Erí una gran parte de Alemania hay la mis-
ma práctica. lIechas estas eseepciones todos los cillda-
dnlOs de cualquicra clase que seau gozall de los mís-
TI1n5 derechos que como tales les pertenecen, y asi no ha
tenido razon Aristóteles al decir, que el noble era mas
ciudadalJo que el plebeyo: y éste cuauelo vivia de sus
l'entas, mas que el ner;ociallte Ó el labr;)c!or. Los gra-
dos que puede tenel' cada ciudadano en la rep,íhlica,
se multiplican hasta el illfinito y son di..,tiociones inde-
pendientes del derecho de ciudad, pues aunque forman
ciudadanos mas notables, no por est!) los hacen mas
ciudadanos,


Tambien se puede ser ciudadano sin ser súbdito,
enando este título se ha dado simplemente COIllO un
título de honor. Luis XI file el primer rey de FralJ-
cia que tuvo derecho de cilldadanía entre los suizos.
J,os atenienses dieron este ejemplo etl la persona de
muchos reyes, y aun en nuestros días se han \"Íslo re-
plíblicas que han concedido este mismo titulo á par-
ticulares, (iue no por eso dejan tIe ser súbditos de




(55)
~u soberano, pero todo esto son escepciolles de la regla
f;eneral. A veces dos ciudades se otorgal! el derecho de
ciudadanía, y en tal caso no se hace una s,'.bdita de la
otra; mas el particular de cada ul!a puede hacerse Súh-
dito de la que ma:> le agrade de las dos: puede mu-
dar su domicilio )' gozar de íos })I'i\'ii( gios de ciuda~
liano en aqut'lIa el! quo no había residido, sin tener ne-
cesidad de ser naturalizado.


Fillalmellte, ademas de la relacion general de miem-
bros de una misma s()ei(~dad tiellen los ciudadanos res-
pectivamente diversas relaciones parliculcwes, que pueden
reducirse ú dos prillcipales. tTua ciue se fOl'lnr. cualldo
al~unos componen ciertos cHcrpos partieulares; yla otra,
cuando los soberanos cOlllian á ciertas pérsonas alguna
parte del 3obiel'l1o. Esto:', cuerpos particulares se llaman
compall¿as, c/lIllam,\", colegios, sociedades, comllllillade,l';
pero es menesler tener nluy presente que todas esta:;
:;ocledades particulares estan subordinadas al soberano.
Ademas pueden considel'at'se unas como mas antiguas que
los estados; y oli'as COIÍIO formadas despnes drl estableci-
miento de las socIedades civiles. Estas' son tamLien o pú-
hlicas, si estan establecidas ¡lOr la autoridad del sohera-
nCl~ y entonces gozan por lo comun de algun priYilC'gio
particular coufonne á sus patentes: ó bien particulares-
que SOll l"s que los particulares han for\ll"do por si,
11I1SI110S.


POI· tiltimo, estos cuerpos pal'ticulal'ess'on' legítimos
Ó ilegitimos; los primeros son aquellos q'ue' 'no tenien-
do en :sí nada opllesLo al' biten úrden, á las buenas cos,..
tumbres, ni á la autoridad del soberano, se reputan 'apro-
bados por el estado, aunque no se les h"ya ¡Jado auto-
llzacioll formal. En CIl;1nto ,á los cuerpos ilegítimos, son no
solo aquellos cuyos mil'l1lbl'os se asocian pe\\'3 cometer
abiertamente algllll crimen, como las bandas de ladrones,
rateros, co('sarios y salteadores de caminos; sino tall1Lieu
tnda suerte de asociaciones en qne entran los ciutbdanos
.. in consent.imiento de' soberano, y oc no modo opne:-.to


:)




(54)
al fin de las sociedades civiles; tales empellO:> se llaman
cábalas, facciones y conj ul'aciones.


Diversas son las razones pOlo que se forman. lVr uchas
veces los esp{ritus sediciosos procuran pOl' estas ligas cri-
minales apoderarse del gobieruo, o por lo menos variar
el curso de los hegocios públicos de un modo que se
acomode á su gu~to y á su ventaja particular. Algunos
Ipüeren enriquecerse á costa del público; otros pretenden
por este mediopollerse á cubierto de las pesquisas y cas-
tigos. Tambien se deben consideral como cábalas y en-
laces sospechosos y peligrosos, no solamente las ligas par-
ticulares cuyo objeto se oculta, sino tamDien las (pIe se'
encubren con un prelesto plausible, cOuJO el de defen-
derse á si mismos, reformal' cieltos abusos y hacer de-
poner á algunos ministros á pretesto de que prev«(rican
en ;;u empleo; porque atacan los derecho:> del sobera-
no á quien toca proveer á todo esto: y es de temer fILIe
cuando tales facciones se eucuentren con bastante poder
couviertan sus fuelzas contra el mismo estado. Por eso
decia Othon á sn" soldados que hahían pl'Olllovido Ulla
sedicion: Sé muy bien que todo esto lo ha beis hecho
por el amor que me tenies: pero entre la confusion y las
tinieblas ofrecisteis ocasioll para emprender algo contra
mí. ('1). De este modo muchos pasos muy inocentes eu
el fondo, se hacen ilícitos, cuando se dan por vía de cá-
bala. Asi pues es permitido, por t'jelllplo, prCoiclltar ulla
peticional,soherano, acusar á alguno cte.; pero t;uando
vamos á esto. acompañados de un gran número degen!cs
que se han juntado espresa~ente para ello, le da-
mos las apariencias de sedi·cion. Por esta ruzon prohiben
á los soldados ~ las leyes de la guerra, bajo pena de muer-
te ir á pedir su paga en tropel.


Los. ciudadanos á quienes conGa el soherano alguna


(1) Tat. Hist. Lib. 1. cap. 84.




(:ir;)
parte del gohieruo, la cual ejercell CI1 511 nomhre y por
su autoridad, tienen en su consecuencia relaciones
particulares COIl los ciernas ciudadJllos, y tienen obligacio-
lIes mas estrictas con el so Le l'ftIJ O ; lIálllunse millistros,
oficiales p,íblicos ó magistrados. Tales son los regentes
del reino durallte una l1Iinoría; 101> gobemanles de las
provillcias y cilldades; los cOlllandantes de los ejércitos;
los inlendeutes de la hacicllda pública; los presidentes
de las audiencias deju,,~i("ia; los embajadores o euviadoscer-
ca de las potencias e~trillljcras, ele. Corno todas estas Ih'rso-
uas tienen en su IIlallO llna parte del gobierno, representan
al soberallo; y se llali~aiJ ministros públicos, Hay otros que
esta n simplelllellte encargados de la ejecllciun de los ne-
gocios, como son los consejeros que no hacen mas que
proponer sus dictálllelles; los secretarios; los recauda-
dores de las rentas públicas; los soldados y los oficiales
Sil balternos , etc.


Conclniremos esta leccion con algunas observaciones
sobre \a diferencia que hay eutre una cil(;. uua ciudad, y
lItla replíblica, plleb pOI' no enteuderse la propiedad de
estas YOCC5 SC \'211 divisiones eutre los pr!ucipes y plei-
los enlre los particulares. Aun algunos de quienes l1atu~
ralrneute deheria esperarse la mayor instruccion, confun-
den la cité COII la ciudad, y la ciudad con la repúbli-
('a , y no distillguen al ciudadano del simple habitante.
Tales personas !J;l\J escrito acerca de la }'t'¡ll'dJlica, sin co-
nocer las leyes civiles ni el derecho público, y 110 aL('I)-
diendo á los pl'illcipios ,hall elllitido ws opiniorJcs fruto
de sola la il1laginacion; lo cual es igual ú edificar uua ca-
fía sin poner los cimientos,


Forman una rep,'¡)¡lica ó lIlIa sOt:icd<ld política HU
número de familias, de t:iudadauos ó de silllples súbditos
tan luego como se ~Olll{'[en Ú llll llIismo ;obierno, sin
(lue sea I'equisito illdis]lell~alJle que tf'ngau el mililllo idio-
ma, las mismas costu III bres y la III iSllIa rel igioll. Pero 1 a
cité es un pueblo uuido por el l1Iismo culto, el mismo idio-
ma, las llli"lllas le~'('s priV,1df\s, la lIlisma soherallía; e s


.


.




(38)
COIl corta diferencia lo que llamamos un distrito; y es-
te pueblo aunque esté esparcido por los campos formará
una misma cité, aunque no forme parte de la república.
Una ciudad no es otra cosa mas que un conjunto, mas
1') menos consider<'l.ble de casas encerradas en un mis-
mo circuito de murallas con puertas; esta clausura es
lo que distu!gue la ciudad de ulla villa o aldpa.


Hechas estas distinciones facil es conocer que una
provincia puede abrazar muchas cités, asi como una cité
muciJas ciudades; y qne puede una ciudad no ser una
(:ité, pues que hay muchas; bajo dos soberallos y divididas
el! dos provincias. COll1prélldese lambien que la cité puede
estelJ(lerse mucho lilas que la ciudad, y así cUillldo Jos
romanos trataron con los Sabinos, que estos uej,.rian su
patria y sus costumhres, no significab~, esto que abaudona-
sen sus campos y los dC'jaran desiertos; sino que reci-
Liesen las leyes y la religion de los rOlllanos; y asi
Homa y las pertenencias de los Sabinos no fueron mas que
una misllla cité. C:uando lo:; romanos vencieron á los Vols-
cos, los Tusclllallos y los Ecuos, les dieron Vuto delioerati-
·,0 en las élsalTlble3, les admitieron á las dignidades, pe-
ro les permitieron guarda¡' sus dioses y sus costumbres
de manera (¡ue formaron parte de la república y no de
la cité; y f:le,'on llamados IllUIl¡Cl/)¡OS.


Son tan marcadas est;¡s distillciones, como que m nellas
,le estas ciudades municipales abandonaron sus costumbres
y tomaro!l las de los romanos, para formar con cilos una
misma cité: y cuando Tiberio traslado todo el poder del
pueblo al senado del cual era dueflO, fueron reducidas es-
tas mismas ciudades á recobrar sus primeras costumbres
l)ucsto que habia!l perdido las ventajas que tnvieron en
abandonarlas, tomando las de los romanos. El tratado he-
(,ho con los habitantes del Lacio, era tambien de olra es-
pecie. En é\ se decia que los latinos que fllesen á habiLar á
~oma" ~erian ciudadanos siempre que hubiesen dejado hi·
JOS ~cgltlmos en su provincia: politica escel¿ntc, que im-
})edla q!le P,-om3 se poblase escC:Sivamente, y que se despo-




(57)
blasen las ciudades vecinas. Llamábanse á estos Socii. Acer-
(~a de este punto se hallan elltre los romanos una infini-
dad de diferencias imperceptibles por decirlo asi, y una
gran di\'el'"idad de caracteres en los derechos que daban á
cada pueblo.


La ciudad y la cité 5011 UOS cosas tan distintas, como
tIue dispone una ley, qne aquel qUEo ha llevado fuera de la
ciudad lo fine estaba prohibid,) trasportar fuera de la cité,
no ha contra,'ellido á la prohibicioll. Forma Ulla cité ua-
cion, un can!OI1 que vive spgun las mismas leyes, las mis-
lilas costumbres,' la misma l'eligiolJ y que usa del mismo
idioma, y aUIl diria yo que no influye para hacer perdel' el
nombre de cité que haya alguna diferencia de cnlto en un
mismo fonJo Je I'cligion, alguna altcracion ligera en el
idioma. Asi pues, la ciudad, puede ser cité o no serlo: y
tambien existir la cité sin ciudad, por reducirse á lugares
y caseríos. Una y otra puedell no constituir república y
depender de ella sin estar incorporadas á ella. De este
modo se conocen muchos territorios sujetos á repúblicas
de que no forman parte, por no estar sus habitantes en la
asociacioll. Esta práctica de sujetar las ciudades á)a re-
pública puede ser contra la buena politica de una demo-
uacia; pero no lo es contra la naturaleza de la cosa, co-
mo dice muy bien un autor célebre (1).


Al contrario, no puede imaginarse una república sin
cité, porque pal'a esto seria preciso suponer otl'as tantas
costumbrcs como súbditos; pero la república pucde, ha-
blando absolutamente, existir sin ciudad ni villa. Tal fue
la república de Aten;¡s. cuando trasladándose á los navios
abandono la ciudad al acercarse el rey de Persia. ]~os de
,L\'Iegalopolis hicieron casi )0 mismo á la vista de Cleome-
nes rey de Lacedemonia. Y aun puede decirse llue la ci-


(1) Espíritu de las leyes, lib. 10, cap. 6.




(áU)
té :iali() de la eiudad cll'lUdo Pompcyo abandoné! {¡ Ro-
ma, llevándose cOllsigo doscientos senadores y los ciuda-
danos mas notables yl1e «uisie ron seguirle, pues como él
decía muy bien: .Noll est in parietiblls TCspllblica. Los de
sn partido la formaban en su campo.


La ignorancia de estos principios puede traer mayores
consecuencias que lo que á primera vista parece. Cuando
Jos Cart¡¡gincses enviaron sus pmbajadores para recibir las
leyes que el senado <}llisiera tlictar¡es, le suplicaron líni-
camente que no o'rdenase la dcstrllc cion de su ciudad. una
de las mas hermosas del mundo, monumento de las vic-
tl)rias y de la ~hri;¡ del nombre t omiHlO. El senado res-
pondía: fJuc su C¡tl~. rl"iÚ¡[ell7, conservaria todos los de--
techos, privilegios .Y libcrtadcs de qlle habia gozado hasta
eutonces, con lo que los etnbaj"dores rrgresaron satisfe·-
dIOS. Pero poco deS¡HleS pidii. el cónsul trescientos rehc-
ne:; cartagineses, los cuales recibidos, pidio que se le entre-
gasen las armas y máquinas de guerra, y entregaJas pu-
Li¡có que caJa habitante saliese de la ciudad con lo que
ljlllslese llevar consig-o , permitiéndoles habilar donde
les acomodase, CO¡¡ tal que fuese á ochenta estadios del
mar. La indigllacion y la desesperacion suministraron ar-
mas a los cartagilleses; pero sus csfucrzos solo pudieron
diferir su pérdida. La ciuJad fue enlregada al hierro)' ;t
las llamas, y á las imprecaciones y flue.ias de los desgracia-
dos hahitantes se respondió espli('ándoles la diferencia que
habia cntre una ciudad y una cíté, de manera que fueron
"¡ctima de esta distincion.


Los que manejan los asuntos de los príncipes, pue-
den cometer faltas muy escnciales po\' la ignorancia de es-
tas cosas que parecen {¡ primera "isla de poca importan-
cia. Por ejemplo, en el segundo artículo del tratado de
1505 entre los caDlolJes de Berna y de Fribllrgo, se lee
fine la alianza cutre las dos rep¡íblicas durará miclltra,;
fille e~léll en pie las Illurallas -dc las dos ciudades. La
aliallza e:\isle entre 103 pueblos; es illdcpClldiente de las
11ILllaIlas, pUC.5 fiUC la guerra o UH terrelllOto puede des-




(59)
truirlas ó hacerlas de~apart'cer; de manera que estos tér-
minos no espresan la illtencion de las partes contratantes.
Véase á 13udalll;l{ui, tomo 6. cap. l. y 5. Lockc. GoL. ci-
vil, cap. S. Puffcndorf, lib. 7. c<tp. 2. 'Yattel, lib, l. cap.
1. y 3.


LECCION IV.


Del o!'ijcll ¿I/Illcdiato de la so!J('rania, de sus fundamentos,
sus caractt;res, .sil l'stell,l'iort f sus limiles.


A 1 examinar cual es el ol'lgen de la soberanía, ei
lIueslro objeto haolar de sU origen próximo é inmediato,
y es bien cierto que la autoridad soberana, igualmente que
el título en (Iue €stá fundado este poder y que contituyc
su tlerecho, resulta inlllt'diatamentp. de las mismas conven-
ciolJes f{lle fOrln<l1l la sociedad civil, y que constituyen al
goLierno. Y ell efecto, consideremos el estado primitivo
del hombee, y vercmos que 110 tiene dllda que los nom-
bres de soheranos y de sllbdilo~, de senores ~ esclavos son
desconocidos á la naluraleza, pues que ella no hact' mas
que hacernos hombre;;, iguales, libres todos é indepen-
dientes unos de olros, pOl'lIue ha querido que todos aque-
llos á quienes ha dotado con las mismas facultades, tuvie-
sen tambien los mismos derechos: es, pues, incontestable
(Iue eu este estada primitivo y de naluralezu nadie tiene
por si un derecho origillario para mandar á los demas o
erigirse en soberano. Solo Dios tiene por sí mismo, por
una consecuencia de su uatllraleza y perftcciones, unde·
recho natural esencial é inherente de dar leyes ~ ios hom-
hres, y de ejercer sobre ellos una soberanía absoluta,; no
sucelle ¿lsí con el hombre respecto á otro homLre; todos
son por naturaleza tall independielltes unos de otros, como
SOIl dependiellte..; del imperio de Dios; asi pues, esta liber-




(40)
tad, esta imlepeudellcia es un derecho natural al hombre,
y ~cl cual no puede privársele lícitamente contra su vo-
luntad.


Mas si e~to es asi y existe en la actualidad sin embar-
go, una autoridad soberana entre los hombres, ¿de donde
podrá provenir esta autoridad sino de las convenciones que
han hecho con este objeto los hombres entre sí? Por-
que del mismo modo que trasfieren sus bienes á alguno
por medio de UIW convencÍon, pneden despojarse por una
sumision voluntaria del derecho natural que tenian de
disponer plenamente de su libertad y de sus fuerzas na-
turales en favol" de otro que acq)!(' la renuncia.


Es preciso, pues, convenir en que la boheranía reside
originariamellte en el pucblo y en cada particular con res-
pecto á si mismo; J (tite la traslaeion y reunion de Jos
derechos de todos los particulares en la persona del sobe-
rano, es lo (Iue le constituye tal y lo qne produce verda-
deramente la soberanía. Nadie podrú dudar, por ejemplo,
que cuando los romanos eligieron á Rómnlo y á N urna por
sus reyes, no les confiriesen por este mismo acto la sobe-
ranía que no poseian antes} á la qUE 110 tellian otro de-
recho que el que les dal,,) la eleecion de este pueblo.


Este argumento es terminante: La sociedad civil es
un hecho humano, y por cOllsiguiellte el principio es in-
contestable: lueno todo lo que se derivéI de ella y por
consiguiente el podet' civil lo es talllhit'n. Y ¿podrá des-
eonocerse esta verdad hasta el pUllto de negar á la nacion
el Ol'ijen del poder soherano? Abranse las historias, sino
se quiere tomar la molestia de raciocinar: J{~anse las fór-
mulas de la ereccion de los soheranos: Examínense los es-
trechos limites del poder cOlltiado á los primeros monar-
l~as, y se vel'á que los primeros reinos fueron constituidos
de modo que la nacion tenia llIucha parte en el goLierno.


IJa soberanía electiva es aquella cuyo poder e~lá (,0-
metido al soberano solamente dllrante la vida; despues de
r;\l I1H1tll'te vuelve á los quc se Jo han confiado, esto es, á
la lIacion, .Nada hay mas cl<\l'O fjue el origen dd poder ei-




(4J)
vil en estas soberanías, Y toda la diferencia entre la so-
beranía electivn y la hereditaria consiste, en que en la pri-
mera elige la nacion al soberano con condicion de poder-
le d,ll' un sucesor despues de su mUCi te, y al contrario
en la soberallia hereditari¡¡ la nacian, al elegir el sobera-
no, trasmite el poder á este y á falta suya á sus here-
deros. En la primera, elige la Nacion para durante la
vida de un hombre; en la tíltima mientras exista algu-
IJO de una familia: pero el tiempo mas ó menos largo
que el poder civil permanece en manos de la misma
familia, en nada altera el origen de este poder.


Antes de la creacion de 105 tl'ihllllos del pueblo,
('lI~nd() .~c IIolll)¡raha {'Il Roma un dict<ldol', cesaban to-
dos los demas poderes: su autoridad era absoluta, pero
sin elllbargo, la repltíblica era siempre soberana. .El
dictador era lln ciudadano escogido para ejercer un
poder sin límites (l!le no estaba sometido á apelacion
alguna; pero no podia durar mas tiempo que el Con-
sulado del que le habia nombrado. Lo mas que podia
durar erall seis meses; podia pedírsele cuenta de su ad-
winistracion despues de f'spirado el tiempo de la magis-
tratura; el {'illd:-tdano elegido era un simple depositario
de la autoridad: su magistratura era soberana pero su
persona no lo era.


Sin emhargo, ,mnque sea cJaro qne la soberania debe
stl origell inlllf'diato El las eOI1\'cnciollE'S humauas, esto no
obsta para poder decir con razon, ,que es de derecho divi-
no igualmente que df' derecho hum<lno. En eff'cto, despues
de h rllultiplieacion de los hOlllbres, habiendo hecho "el' la
recta razon, que el estal,lecimiento de las sociedades ci-
viles y de una <ltltol'idad soberana era <lbsolntamente ne-
ces''''io para el orden, tranquilidad y conservacion del gé-
nero hUlIlano, tenemos una prueba tan cOllvincente de que
este c~tahlecimiento es/á en las miras de la Providencia,
('omo si PI lUislIJO Dios lo hubiera declarado á los homhres
pOI' un~ revelacion positi\'a; porque Dios que ama esen-
('ialmpnte el ordell, fluierc sin duda que haya en la tiel'-




(12) ,
ra una autoridad suprema, la cual sola t's capaz de procné\
rarIe y de mantenerle entre los homures, . velando en la
observancia de las leyes naturales,


Pero si estos títulos magníficos realzan considerable-
mente la soberania y no hay duda qne la hacen muy res-
}Jetable, SOll tambien al mismo tiempo una leccion po-
clerosa para los soberanos; porque I1n podrún merecet'
el título de lugares tenientes de Dios en la tierra, sillo en
cuanto se sirvan de su autoridad de un modo eOllforme á
las miras para que les ha sido confiada, y correspondan á
las inteneionc's de Dios, {'sto es, para la felicidad de los
pueblos, trabapndo en cuanto les sea posible en hacerlos
súLios y virtuosos.


'Yo ereo que la mayOl' parte de los e{'Je han afirmado
({ue el poder soberano emanaba inmediatamente de Dios,
se han propuesto menos el estahlecet' el origen de la sobe-
rania en sí misma, que en ponerla en seguridad, dimane
tle donde quiera, cOlltea las máximas de los r¡ue abusando
de la ignoeancia de los pueblos, la hacen depender del
Papa, como si tuviera el derecho de ab~olvee á los súb-
,litos del .iaramento de fidelid;¡d, y de autorizarlos para
asesinat' al príncipe, á pretesto Jc heregía, (1) Pero estos
jurisconsultos !se hubieran podido fundar mucho mejor, re-
montándose al verdadero OI'igen del poder sobcr;¡no ; por-
que tan luego como la autoridad soberana se derive inme-


(1) AClui principian á notarsc las iJeas de protcstaulismo del
autur y su pl'evcncioll contra la iglesia, Por mi rl'inan lus reye"
y los legisladures decretan lo justo, dice Dio . , cn las santas es-
crituras, Jesucristo reconoció en Pilatos una autoridad emanada
del cielo, y los apt'¡stol{'s y la iglesia calólica cmeuaron siem-
pre la doctrina de su :MaesIl'O, QIW el soherano st'a elegido pOl'
d pueblo, (IUC suceda por derecho ht'rcditario es indiferente, La
doctrina del l'egi~'illio y tiranicidio está condenada pUl' la iglesia




(45)
diatamente de la nacían, y no sea mas que nna consecuen-
cia de la convencíon entre los súbditos y el soberano, to-
das las pretemíones romanas se destruyen naturalmente
'! se ve fácilmente su poco fundamento. He aqui la cau-
sa de no haberse hecho uso jamás de razones tan débiles
como que las que se han alegado sobre esta materia; por-
que para impugnar un absardo, se sostenía otro tan per-
nicioso á los súbditos, C0l110 ti primero lo era á los so-
beranos.


lIabiendo defillido anteriormente la soberania, el de-
recho de mandélr en l'dtimo result~¡do en la sociedad
civil, que los miembros de ella !Jan deferido á ulla per-
'lona para mantcllPl" el ól'den inlprior y la sfguridad es-
terio!', esta definicion nos hace COl1ncer cuales son los ca-
racteres propio" del pode!' que gobierna al estado; y es-
to es lo que conviene desellvolver aqui mas detenida-
mentc.


El primer caracter de la soberanía y del cual pro-
ceden todos los demás, es que es '.In poder soberano é
independiellte, es decir, un pode!' que juzga de todo
lo (lile es sllsceptible de tlirecciolJ humana (estando en
sus atribuciotles) y pucde interesal' á la salud y ven-
taja dc la sociedad; de suerte qne este poder no re-
conoce ninguu superior en la tierra del cuál depeu-
da (en lo r¡ue á id cOllcierne.)


Pero es necesario advertir que cuando decimos que


y ni contra los principes impíos es líc~ta la rebelion. Los cris-
tianos obedecieron siempre en lo temporal á los Ctnpetadores
gentiles, y aunque les ordenasen sacrifica r á los ídolos no por
('so se creyeroll autori7,ados para sublevarse contra ellos: obe-
decian á Dios 110 haciéndose idólatras, huian del furor del ti-
rano, ó padecian el martirio. la santa Sede ni enseñó, ni con-
sintió nunca otra doctrina. Téngase presente esta nota para en
adelante.




(44)
d poder civil es por su naturaleza soberano é inde-
pendiente, no entendemos por estas palabras que no de-
penda, en cuanto á su origen, de la voluntad humana;
queremos decir únicamente, que establecido ulla vez
este podér, no reconoce en la tierra ninguno superior
lJi ignal á él, ni por consiguiente lo que hace ó
establece dentro de la esfera de sus facultades no pue-
de anularse por ninguna otra voluntad humana, como
superIor.


Es absolutamente necesario ql1e en todo Gobierno ha-
ya semejante poder supremo, asi lo exige la natura-
leza misma, porque no podria susistir sin esto; por-
que puesto que no pueden multiplicarse los pode-
res hasta el lIllinito, es indispensable detellernos en al-
gun grado de autoridad superior á los demas; y sea
cuál fuere la forma de gobierno, bién monárquica,
aristocrática, democrlllica o mixta. ¡es siempre preciso
que esté sometida á una d~cision soberana; pues que
implica contradiccion el decir ({ue haya alguno superior
á afluel que tiene el mas alto rango en un mismo or-
den de séres.


El segundl) carácter de la soberania, que es una
consecuencia del primero, es que 110 está obligado el
soberano, como tál, á dar l-llcnta á nadie en la tier-
ra de su conducta, ni sujeto á nIngulla pcna de par-
te de los hombres; porque uno y otro supone un su-
periol'.


Dos modos hay de dar cuenta á otro de nuestras ac-
ciones. El uno como á un superinr que tiene dere-
cho á anular lo que se hace, sino está á su gusto,
y aun de imponer alguna pena; y este modo no pue-
de convenir al soberano. El otro, como á un igual
cuya aprobacion deseamos, y de esta manera no irnpnrta
'Iue de cueuta el soberano porque aun todos aquellos que
son sensibles al honor, procuran conciliarse por este me-
dio la cstimacion y aprobacion de los hombres, hacien-
do conocer á todo el mundo (Iue obran sábiamente y con




(4a)
illtegridad: lo cual no envuelve ningllna dependencia.


He dicho que d soberano, ca 1110 tal, no era responsa-
ble ni digno de castigo, se entiellde, mientras que es
soberano y no ha abusado de su derecho; porque no
podrá npMarse que si el soherano, olvidando totalmen-
te la soberania qne se le ha confiado se sirviese de ella
de un modo dircctallleTllc opuesto á Sil destino, y se
h ¡ciese asi enelll igo del Estado, no podrá negarse, re-
pito, que no vuelva b sÍJberania (ipso jacto) á la Ka-
cio", y que no pucda ésta obrar con el que era su
f,ohcnl!Jo de la manera mas con\'cniente á sus intereses
y seguri(\;¡d; porque sea cual fllere la idea que podemos
forlllarnns de la soberania, 110 podrá ilfirmarse ni pretpn-
del'se raznnahleml'ntP, que sea un derecho y un titulo se-
guro para hacer impunel1lpnte todo lo que pUfdan inspi-
rar las pasiones ma:; desordenadas, y para llegar á ser de
este modo el enemi30 de la sociedad.


El tercer caracter esencial á la soberania , es ser su-
perior á toda ley humana, pero no puede dudarse que el
soberano mismo está sometido á las leyes divinas, bien sean
naturales, bien positivas.


Rr{{TlTIl t¡ment!orlllll in propr¡os grc{{cs,
L('t{('s in ip.\'os illlp('r¡llIn rst JOI'lS.


HORAT. Lib. 3. oJo J.


Pero con respecto a las leyes puramente humanas, co-
mo toda su fuerza y obligacion depende de la voluntad
misnw del soherano, no puede decirse propiamente ha-
blando, que le obliguen; porque toda obli¡;acion supone
necei'ariantcnte dos personas, un superiol' y UlI inferiOl'.


Sin clllbar~o esta regla general tiene algunas escepeio-
nes á saher: J.:l Que el solJeraIJo oche seguir las dispo-
siciones de las le)'es civiles en lodos los aclos de Sil ad-




(46)
ministl'acion. 2., O Est;l sujeto en su~ negocios particula-
res á todas las leyes concernientes á la propiedad. 1Ie di-
..110 en sus negocios particulares: porquc cuanda ohra co-
mo príncipe y á nOlllhre del Estado, solo está sujeto á las
leves fundamentales y á las de derecho de gentes. 3. 0 El
l)\~íncipe está somnido á ciertos reglamentos de Jlolicia ge-
lleral, (.'ollsiderados como in\'iolables en el cstado, ú me-
nos que no haya sido esceptuado de ellos, ó csprcsa-
mente por una práctica inmemorial, u t:lcitanwntc por
una cons('cuencia necesaria de su dignidad: y clIalldo ha-
hlo de las leyes, hablo de las fiue conciernell al l's!,l(lo de
las personas, y principalmente de las que arreglan la \"3-
]idacion de los matrimollio!'!. Estas leyes se hall estable-
cido para asegurar familias al estado: y este tiene llll gr:m-
de interés en asegurarse de la familia real. 1,. o EII cuan-
to á las leyes que tiene por ('bjcto las costtllnbres y el
buen árden, debe el príncipe sin duda respetarlas y
sostenerlas con sU ejemplo. En t0(\08 los demas casos en
que tienen las luces toda su fuerza tÍllicamctJte del so-
berano, puede dispEnsarse de ellas él misllIo, siempre que
]0 juz3ue á propósito. ¡y([¡n impulle fjU(ctiúct lacere, id
('sl R('gcm cssc. (1)


Finalmente, suponemos la sobcrania tal C0l110 es en
SI misma, y que el e:;tahlccimiento de las leJes civiles GI'-
pende en último resultado de sola la yolulltad del (j!,e
goza de eHa.


Esta soberanía, la cual acallamos de )'('>prc~('ntar,
}'esiLlia originariamente en el pueblo; pero en cllanto
este trallsfiril) Sil derecho á un soberano, no puede Sll-
})onerse sin contradiccioll que permanezca aun duellO de
ella. Asi la clistincion que hacen los políticos de ulla
Soberanfa real (Iue reside siempre en el pueblo, y ulla


(1) C. Jlemmius apud Sallus(. Rrll. JI/gll!'t Cap. 30.




(47)
,Sobenmía actual que cOITC>spolHle al rf'y, f'S tan ah-
surda rOlllo pelil!;l'osa; es IlIl1y ridíclllo pretender que
aun despues de habel' deferido un pueblo la autoridad
soheralla á \lll rey, quede CII po,;('sioll de esta JIIisllIa au-
toridad superior á la del rey iIIislllo.


Convielle, pues, ol.bt'rvar sobre esto un justo medio,
~. establecer principios que 110 favorezcan la tiranía, ni
el espíritll de indl'IH:~ndellcia ~. de rebelioll.


1,:: Su hay duda que Cll cuanto un pueblo se ha
sOlllctido Ú UII ICV, yer,iMleri1l11ellte la!, nI) tiene va el


. . .


poder soberano; de lo contrario habria d()s soberanos á
un tiempo ell un Illislllo Estado: lo qlle repllglla á la
definieioll del poder soberauo.


'1.. C Pero de aquí nu se Sir;llC 'lile el pueblo hay:¡ con"'
feriJo el Jloder sobe rallo de tal 11I:\fl('l'a que !lO se haya re-
servado en lIill¡':UII caso el derccho de recobrarle. Esta re-
serva es algunas veces l'spresa, pero siempre la hay tá-
('ita, cuyo efecto se manifiesta, cuando aquel á quien se ha
I'onfiado la autoridad soberana, abusa de ella de un moJo
directo ~' totalllleute contrario al fin para Ifue se le ha {'on-
tia do , COIIIO aparecerá lIlucllO Illas claro en lo sucesivo.


Pero nunque sea ;¡\¡~olnt;lIncnte lIecesario que haya
en el Estado llll poder solwrano {~ indelwmlicllte, se no-
tan sin embargo algnnas diferf'\1cias, principalmente en
las 11I0narql1l;¡s y nri,.;toeracias, en (,1 modo con que lo
{'jercen aquellos {¡ quienes se ha confi<ldo este poder.


EII algullos e.stados gobit'l'IIa el prillcipe segun 10 .I11/-
ga á }ll'opc\sito; en otros está obligado á seguil' ('iertas
reglas fijas y constantes, de las <¡tiC no puede desvial'se;
esto es lo qlle yo \lamo modificaciones de la soberania,
y de aqlli lIace la distincioll de la soherauía absoluta y
de la soberanía limitada.
J~a soLerallía absoluLa no es, pues, otra cosa que


el derecho de go{¡ern;:¡r el Estado (',lino se crea á )11'0)10-
sito. segun lo c'i.ige la situacion de los asulltos, y sin te-
ner obligacion de consultar á nadie, ni de seguir ('iertas
reglas determinadas, fijas y I'erpétué\s.




(43)
Muchas y muy importautes son la,~ reflexiones que


sobre esto hay que hacer. I,a palabra poder absoluto es
por Jo comun muy odiosa Ít los republicanos, y es pre-
ciso confesar que mal enteudida, puede causar impre-
siones desagradables en el espiritu de los principes, so-
bre todo ell boca de los aduladores. Para formar!'!os de
ella Ilua justa idea, debemos remontarnos á su origeu.
En 1:'1 estado natur<J cada lino tiene uIJa libertad abso-
luta de disponer de Sil persona y acciones, del modo
que juzgue lilas conveniente á su felicidad, y sil] estar
ouligado á comultar ú nadie, con tal que no haga llada
contrario ú las leyes naturales. Cualldo una 1lI11ltitud de
hombres se reunen piu'a forlllal' Ull f'st<ldo, este cuerpo
tiene por consiguiente j~tlal lihertad con respecto á las
cosas que interesan al bien comun. Asi plles, cuan-
do el cuerpo entero de ciudadanos confiere ·Ia sohe-
!'anla al príncipe con aquella esfension y aquel poder
absoluto que residi;¡ en él en un principio, y sin aüadir
ningulla restriccioll particular, se dice que esta sobera-
nía es absoluta. Siendo c~t() así, no dehe confundirse un
poder absoluto con !Ill pode!' árbitro, despótico y sin
límites; pO!'(lue l'esulta de lo que acab;¡mos de decir acer-
ca del 0\ igen y naturaleza de la soberanía absoluta, qUE'!
se halla limitada siempre pOI' su misma naturaleza, por
h intencion de los qne la hall concedido al soberano y
por I;¡s mismas leyes de Dios, lo que val1los á esplicar.


El objeto que se han propuesto los hombres, all'e-
nunciar á su indepelldencia natural '! al estabiecer el
gobierno y la soberanía, ha sido sill dllda relllCdiar los
males ({ue sufrian y asegural' su felICidad; sielldn esto
as!, ¿cómo podría conceuirse qne los que con {'~te obje-
to han conceuido un poder absoluto al soberano, Iwplll
teni:io intencioll de darle un pockr arhitrario y sin lí-
mites, de suerte que tuviese derecho á sati~ra¡;e!' Slb pa-
siones y capricho~ aun con perjuicio de" la vida, de lo"
hienes y de la libertad ele sus súbditos? Ya hemos demos-
trado arriba qne d ('ontrario el (,!'o!ado ('¡"il el:l necesaria-




(49)
mente á los súbditos el derecho de exigir del soberano,
que usara de su autoridad en utilidad del púhlico y COll-
fOl'me á I~s miras con (Iue le habia sido confiada. Es me-
nester, pues, reconocer que jamás han tenid@ intencioll
los pueblos de conceder la soberanía absoluta sino baJO
]a precisa condicion de que seria para elsoberano la su-
prema ley el bien público: por consiguiente, mielltrali
obra el principe con este fiu, está autorizado por el pue-
hlo: mas al contrario, si solo se sirve de su poder
vara la ruina de sus súbditos, obra tÍnicamente pOI' SI
lllismo y de ninglln modo en virtud del poder que le ha
t:oufiado el pueblo.


Ademas, la natmaleza misma de la soberanía no per-
lllite que se esLienda el poder absoluto mas allá de los
límites de la utilidad pública; la soberania absoluta no
puede dar al soberano mas derecho que el que el mis-
mo pueblo tenia en un principio. Y como antes de la
formacion de las sociedades civiles, nadie tenia la facul-
tad de h-acerse mal á si mi~mo ó á los demas; es c1at·o
que el poder ahsoluto no da al soberano el derecho de
maltratar á sus súbditos.


En el estado de naturaleza cada uno era clut'!ño ab30-
luto de su persona y acciones, siempre que se contu-
"iese dentro de los limites de la~ leyes naturales., El podet'
absoluto ~olo se forma de la reunion de todos los dere-
chos de los particulares en la persona del soberano; por
consiguiente el poder absoluto del soberano se encierra
dentt'o de los mismos limites que reducian el que teniau
en un principio los particulares.


Pero pasando mas adelante diré, que aun cuando
supiéramos que un pueblo quisiera efectivamente conce-
der á su soberano un poder arbitrario y sin límites, esta
concesion seria en sí nula y de ningun efecto. Nadie
puede despojarse de su libertad hasta el punt() de some-
terse á un poder arbitrario, que le trate ab.solutamen-
te segun su capricho; porque en tal caso renunciaria {l
su propia vida, de la cnal no es duci'lo~ renullciaría á


-4




(~O)
, )


su deher ~ lo que nunca es permitido; y si esto es cier-
to con respecto á un particular que se redujese á la es-
clavitud, mucho mas lo será con respecto á un puehlo
eulero que se compone de particulares, cada uno de los
cuales está entc¡'amente destituido de este poder.


y esto acaba de proba¡' invellcihlemente que la sobe-
rauía, por mas absoluta que se suponga, tiene sin em-
hargo limites, y. no puede comprehender el poder arbi-
trario de hacer todo lo que se (luiera sin otra regla lit
raZ011 que la voluntad despótica del soherano, Y ¿ c'~­
mo podriamos atribUir semejante pode¡' á la criatura,
cuando el mismo ser soberano no lo tiene? Su dom illa-
cioo absoluta no se . funda eo una \'oluntacl ciega; Sil
"oluntad soberana es siempre detel'lninada por las reglas ill-
mlltablesde la sabiduria, de la Justicia~' de la beneficencia.
}:n una palabra, el derecho de manda¡' ó la soberanía de-
he establecerse siempre en ültimo resultado sobre un po-
der benéfico; sin lo cual no puede producir una verda-
dera obligacion, porque la razon no potlI'ia aprobado ni
someterse á él, Y esto es lo que disLingue el imperio y
la soberanía de la violencia y del latrocinio.


Pero aun cuando el poder absoluto, considerado en
si mismo y cual acaL:\lnos de manifestar, liada tenga de
odioso é ilegitimo, y por consi;;uiellte puedan los pue-
blos concederlo bajo este pie al soberano, es preciso
conveuil' en que la espenencia de todos los tiempos ha
enseñado á los hombres que esta clase de gobierno no
era la que comenia mejor, ni la mas propia para pro-
curarles un estado delicioso y tranquilo. Por mas dis-
t¡meia que medie enLre los súbditos y el soberano, c1.lal-
quiera que sea el grado de elevacion en que este últi-
mo se haUe colocado sobre los demas, es un hombre co-
mo ellos; sus almas están, por decirlo asi, vaciadas en
el mismo molde, todos ellos sujetos á las mismas preo-
cupaciones y todos ron accesiLles de las mismas pasiones.


y aun muchas \'cces la misma elevacion (lue ocupan
105 soberanos los espone á tentnciOllrs (Iue no espel'Ímen-




(DI)
tan los particulares. La mayor pat'te de los principes no
tienen bastante virtud, ni bastante valor para moderar Sus
pasiones, cuando ven que todo les es lícito. Y así dehen
temer los pueblos, que una autoridad sin línlites se COII-
,'ierla en su perjuicio; y que no habiélldose reservado nin-
guna seguridad de que el soberano no abusará de ella,
abuse efectivamente.


Estas reflexiones, justificadas pOI' la espenencla, son
las que han movido á la mayor parte de los pueblos, y á
los mas prudentes á poner límites al poder de sus sobe-
ranos, y á lwcscribirles el mOllo como deben gobernar; y
esto produce la soberanía limitada.


Esta limitacion del poder soberano ademas de ser ven-
tajosa para los pueblos, no es perjudicial para los prinei-
pes; y aun puede decirse que se dirige á sn beneficio, y
que constituye la mayor fuerza y seguridad de su antori .
dad. No es perjudicial á los principes, porque si.realmcn-
te no pudieren resolverse á tener solo una autoridad li-
mitada, en sus manos está el no admitir la, COl'Oua; pero
una Vf:Z aceptada con estas condiciones, no pueden ya
despues destruirlas y procural'hacerse aLsolutos. Es ven-
tajosa á los Priucipe5, pues que aqnellos cuyo poder es
absoluto y quieren cumplir con sus deb~res,en concien-:-
~ia, estáll ohligados á una vigilancia y cit'cúlJspecc~on mu:-
cho mayor y mas penosa para ellos, que los;)flué ti e-
lH~n, por decirlo a~i, todo su trabajo seüaladoplú pudien-
dO'separarse de ciertas reglas. '


Finalmente, esta limitacion de la sdbel'aóía, afianza
hasta lo sumo la autoridad de los príncipes; ponltl~ es:-
tando asi menos espue~tos á los deseos del abuso del po-
der, se libran de la terrible venganza que ejercen alguna '¡'el.
]os pueblos sobre los príncipes, que teniendo; tÍnaJautori-
..tao absoluta abusan de ella escesivullIeute. Et:podelli ab-
soluto dejenera facillllenteen' despotismo, y elidespotislllo
dá lugar á las mayores revoll;lciones y mas fllne~tas p"l'a
los soberanos: asi lo acredita'laesperienci.a de todos los
tiempos. Es, pues, Ulla dichosa impotencia para los rc-


:




(52)
y~s el nftpoder hacer nada contt'a las leyes d.~ su
pais.


FA pod!'l', como dice muy bien Theopompo Rey ~e
Lnccdemnnia, está mas seguro cu;;tnto es menos envidiado 'f
menos a~on;e(iclo~ Cuando la reina Sil mujer le .nlOtejú ia
institucionde '1{)S Eforo5 que limitaban considerablemen-
t~ el poder de los reyes, haciénflole presente el perj'uicio
qttC .causaba á Stl'S hijos, dejándoles la dignidad real mas
dé.bil qlle él la habia recibi.do; )"0 se la dejare mas fue/"-
tt'!, l"-esp(')ndi-O, porque serlÍ lIUU duradera.


La :iimitacion de la soberanía se verifica por lo que ~Ia­
mamos tr-yes fundamentales del estado. Las leyes funda~
menta~es:del estado tomadas en toda suestension SI'},O, no
solamente las oConstttl\ciones pOl" las cuales determillael
cuerpo entcl'O de la uacion cual debe ser la fogma de go-
bierno y, el modo de sucedel' en la corona, sino tambien
las cotl'veneiones entre el, :pueblo y aquel a quien se ha
dlfet'iclo 'la roberania, ,las ,cuales l1egulan el modo eon qne
se debe:gobernar, y Jil-Or las que se, ponen Jimites ála all-
((Jridadsobel'ana. Ef>!os reglamt'ntc)s se llaman leyesfwl-
tlame,"'ltales; porque son IC!)mO la hase y el fundamento
dd estado sobre que se el~va el edificio del gobierno, y
~CliS conside"an los pueblos 'como lo que formü toda Sil
fnerzl.y .s~gHridad.


No obstante se llaman leyes impropia y abusivameIY,.-é;
porque, pL'opiam'ente hablando, son vérdaderas convenmo--:
nes: aunque siendu obligatorias entre las partes contra~atltes~
tiene' 1a misma fuel:za que :lejes;, ,Pero entremos en ,algu-
nos' pqrm~nores:-


'1 j 0. (,En primer lugar- ,ObS€fl\'arem05, que, hay una es-
pecie d;e .• le~', .fundamelltaL por derecho y por' úccesidad
esencial:.ti todos los ~{)hirl'nos, aun en los estadds en :f/ue
es· ma~ qhsoluta la soberan1a, y esta leyes! la deL I>.i.eu
público ;,de la.cual 110 pucd(~ separarse, :iGmá¡; elsohr.ra-
tlO sin Jalllll' á su deber; 'fllem .110 bas~a, esto, solo' para
hacel'limit.ada la sohet'anfai Así pllCS, 1:l.G promesas f'S-
p,re:;a~ Ó tácitíl~, por las qtW se ohlisan los reyes. á vrcC5




(05)
<:00 juramento, ctlando obtienen la corona, á g<'lben.a-l'-
~egun las le)'cs de justicia y de equidad, á velal' pur
el bien público, á no oprimir ~ nadie, á protejer á IUi
l1UClIOS, Ó castigar á los malos, y á otras cosas !leme-
jallles, no limitan en modo alguno su autoridad, y en
nada dismilluyen el poder absoluto, pues basta qne se
dejen á la di';J1osicioll y juicio del soberano ~a eleccion de
los medios fIara procurar la ventura dd Estado y el mo-
do de practicarlos: de lo contrario seria nula la disLin-
cíon entre poder absoluto y poder limitado.


Pero con respecto á las leyes fundamentales, propia-
mente dichas, no son mas que precauciones particulares
que toman los pueblos, para obligar de un modo mai
fuerte á los soberanos á que usen de su autoridad confor-
me á la regla gcnel'al del hiel] público, lo que puede
hacerse de diferentes modos, pero de suerte que estas li-
mitaciones tendrán ma!Y' Ó menos fuerza, segun el mayor
ó menor número de precauciones que haya t:emado la na-
cíon á fin de que tuviesen ejecucion.


A.sí l. o puede una nacion exig;r del soberano,
qne se obligue pOI' una promesa particular á no hacel"
)1llevas leyes: á no hacer ninguna nu·cva imposicion: á ll~
levantar impuestos mas que sobre cíertar, cosas: á (JO
Ual" empleos á cierta clase de personas: á no tomar á su
sueldo tropas cstnlOJCl'aS, ele. Entonces la autoridad so-
herana se encuentra verdaderamente limitada con respec-
to á estos diferentes e&tremos; de suerte que todo lo qua
el rey hiciese en contra de las obligaciones á que se han
sujetado seria :.le nmgun valor y fuerza. Pero si sobre-
"inieren algunos casos estrao!"dinarios en que juzgare el
soberano, que exigía el bien público que se separase de
Jas leyes fundamentales, el príncipe no podd!. hacerlo por
sí mismo infringiendo sus obligaciones, sino que deberá
en tales circunstancias consllltar al mislllo pueblo o ;4.
~us representantes. De 10 contrario, podria facilmellte
el soberano .. prctcsto de utilid;td <> necesidad, eludil" Sil
}lalllbra y clllpeüos dc:struyelldo el ~feclo de las precaucio-




(iS4)
nes que ha tomado la nacion pal'a restringir su poder.
Pero para mayOl' seguridad de la ejecucion de las obli-
gaciones en que ha entrado el soberano, y que limitan
su poder, es couven ¡ente exigir formalmente de él, que
convocará una asamblea general del puebl<. ó de sus
representantes ó de los grandes de la nacion, cuando se
trate de cosas que no han querido clejarse á su dispo-
sicion: ó bien puede la na(:ion establecer de antemano
llll consejo, un senado, ú un parlamento, sin cuyo COll-
lientimiento no puecia hacer nada el príncipe COIl respecto
á las cosas que no ha querido someter ú su voluutau.


Sin embargo, no es faeil el entenderse, cllanuo se
habla de lo que pueden los soberanos. Este poder ofrece
dos ideas diferentes, que importa no confulldi¡'. J<~sta pa-
lahra esp.'esa la facultad 'de obrar inddinidarnente por
la superioridad de fuerzaa: y en estc sentido decia Plinio
al emperador Trajano: Es mucha dlcha poder todo lo
tlue se quiere. Esta })alabra espresa tambien esta misma
facultad, })ero l'estringida dentro oc los límites del de-
})er. y en este segunuo sentido aüade el mismo Plinio:
Es magnanimidad lW querer mas de lo que se puede.
}~l soberano puede tollo lo que le permilen sus deberes.
y cuando limita la actividad de su poder por las leyes
fundamentales, en nada disminuye su cslension sino que
ejerce en aquello mismo un acto de soberania. El prin-
cipe no deroga su dignidad cuando se sujeta á las leyes
del Estado. j Qué digo! no hay ninguno que no se glo-
rie de repetirlas, y que no intente persuadir que las si-
gue, aun cuando mas se separa de ellas, Tiberio decia:
« No basta solameute que el buen príllcipe se someta á
hts luces del senado, es necesario tambien que sirva á ]a
generalidad de los ciudadallos, y muchas veces á cada
uno en particular.)J De esta manera pronunció él mismo
la sentencia qu~ le declara un mal prÍi'eipe.


Los emperadores romanos cOllocían, sin' duda, la
tli~oiuad de los sobel'anos y eran muy celosos de ella:
"in embargo, declararon en una ley (lirigida al sellado,




(a~))
que es conforme á la humanidaLI el deliberar sobre las
le y es con los mismos á '1 u ie nes interesan. "Congregaré-
1lI0S, dicell, los grandes de nuestra corte, "uestra com-
paflía lnra tratar de la ley. Si agradare, será dictada;
y vuestro consentimiento unánime será confirmado por
n Ilestra autoridad. Sabed, que no publicaremos ninguna ley
110 siendo asi, port{ue cOllocemos fiue interesa á nues-
tra gloria.» ( l )


Un prílJcipe que coloca su trono en medio de sus
súhdltos, qne delibera COIl ellos sobre los males del es·-
tado y de sus remedios; (lue quiere oir de su boca lo
'lue mas puede convenir á sus necesidades y al honor
del estado, es un príncipe 'IlIe teme los consejos perni-
ciosos é interesados de sus aduladores. Semejante prínci-
pe demut::stra que alBa y busca la verdad que se aleja
de él. Asi, desea, merece y obtiene el amor de sus pue-
hlos; y bien lejos .de atacar por este medio á sus derechos,
asegura al contrario su corona. No es imperfeccion ni
debilidad en una autoridad soberana, someterse á la ley
de sus promesas ó á la justicia de las leyes. La necesi-
tIa'l de hacer bi~n y la impotencia de hacel' mal son los
mas altos gradus de la perfecciono Dios, segun el pensa-
miento de Philon, no puede hncee mas; y asi son los
sobel'anos en esta divina impotencia. sus imágenes en la
tierra, pues que le deben imitar particularmente en sus
estados,


La historia nos enseüa, que algunos pueblos han in-
sel'tado formalmente en sus leyes fUlldamantales una cláu-
sula comisoria, por la cual se declaraba al rey privado de
]a corona, si llegaba á violar estas leyes. Para probar es-
to se trae un ejemplo sacado del Juramento de fidelidad
(Iue los pueblos de Al'agon prestaban en otro tiempo á


(i) Coa. Lib. S. De Cunstit. !1lÍllcip. et .EJiL'I¡~,




(06)
sns reyes. ( Nos que valemos tantl) como "os, os hacemolll
"nuestro Rey, con condicion de que guardareis y obser-
>;vareis nuestros privilegios y nuestras libertades, y de
"otra manera nó. »


Ademas, aunque·· la cláusula comisoria nO 5e halle
es presa eh los formularios de los juramentos de los reyes
de las monarquias limitadas, sin embargo, se con~idera
1I0bl;eenleudida en términos equivalentes. Tales son por
ejemplo, estos de los reyes de Francia. Juro en nombre
de Dios Todopoderoso, r prometo gobem~r bien y de-
bidamente los slÍbditos encomendados a mi guarda, y
cOlll'crtir mi poder en juicio, justicia y misericordia.
Este juramento encierra todo lo que debe un rey á su~
súbitos, ~onservando su so}¡erania; porque el que go-
bierna bien y debidamente y hace justicia, cumple to-
dos sus deberes y gobierna segun las leyes' recibidas y
aprobadas. Esta fórmula es igual en su esencia á la de
Henriqne, duque de Anjou , cuando recibio la corona
de Polonia. Bastará citar la última cláusula que es comi-
liorja: si quod absit, sacrarnrntUTn mezan violapero, nu-
llarn nobir incolce hujus regni obedientiam prceslare de-
bebunt. Cuando tilia nacion se da un soberano, se cree
(}tte repite sus le)'es fundamentales, con el pueblo de
Aragon: Nos que valemos tanto como 'vos. os hacemos
nuestro RE Y, con condicion de que guardareis las lc-
)'es fundamentales, segun las cuales pretendemos ser
gobernados, r DE OTRA MANERA NO. Asi es que
lie sobreentiende siempre la cláusula comisaria y pueden
recurl'ir al juramento los súbditos, sea la que fuere la
fOI'mula en que se preste, 'aun cuando solo se entienda
tácitamente la cláusula comisaria, asi como puede un mal
pdncipe eludirla por la fuerza, aun cuando la cláusula es-
té es presa.


Asi limita una nacion pOI' medio de e~tas precaucioIJes
Ja autoridad que (1.í al soberano asegurando su libertad;
porque, como hemos visto alltel'iormc?l1te. la libel'l.ad r.Í-
vil debe ir acompañad", no 5010 del d81'echo de exigir




(01)
del soberano que use hien de su autoridad, sino t.am-
bien de la seguridad moral de que este derecho teudl'á
efecto: y )0 único que puede dar á los pueblos esta se-
guridalJ, son las precauciones que tomen contra el abu-
so del poder soberano, limitando así su autoridad, de
modo que puedan tener efecto facilmente,


Vese por ac!ui, que las leyes fundamentales de un
estado no se han hecho para los prillcipes sábios ,{ue
solo suben al trono con el objeto de corresponder á las
intenciones de )09 que les han confiado la pleuitud del
poder, sino para aquellos que miran la soberanía co-
mo un dominio del que pueden disponer segun su ca-
pricho, y los súbditos, como esclavos criados para ellos
y destinados á sacrificar sus bienes y SllS vidas en su
servicio, y á renunciar á sus pasiones y deseos por
]a suprema ley. A semejantes príncipes es claro que
IlUnca podrán contener bastante las leyes, ni tam-
poco formar un fuerte dique contra los males de que es-
tán amenazados sus súbditos pul' su perversidad. Üeúltase
generalmenLe á los monarcas soberbios un secreLo que
deberia sin embargo servirles de leccion, yes que nada
hay ahsoluto mas que el poder de las I~yes, y que el
mas absoluto de los monarcas es aquel que es mas amado.


Aun hay otro modo de limitir el poder de aquellos
á quienes se ha encargado la soberanía. Y es el de no
confiar todos los diferentes derechos que comprende, á
una misma persona, sino distribuídos en manos sepa-
radas, en diferentes personas ó en diferentes cuerpos, pa-
ra modificar 6 re~tringir la soberanía. Por ejemplo, si su-
ponemos que el cuerpo entero de la nacion se reserva el
pode)· legislativo y el de crear los principales magistra-
dos; que entrega al rey el po~ler milit<lr y ejecutivo etc.
y que cOliGa á un senado compuesto de las principales
personas el poder ,iudicial, el de imponer impuestos etr..
se comprende muy bien (Ille esto puede ejecutarse de di-
versas maneras, entre las cuales toca elegir á la pru-
dencia.




(Da)
Sí se establecé el gobierno sobre este pie, por el ac-


to primordial de la asociacion, se verifica entonces una
especie de division de los derechos de la soberanía, por
un contrato ó una estipulacion reciproca entre los di-
ferentes cuerpos del estado. Esta division equiliora el po-
del', y estahlece entre los diferentes cuerpos del estado
una dependencia mútua, que contiene á cada uno de los
que tienen parte en la autorida1 soberana dentro de
los límites que les asigna la ley, asegurando asi la li-
hel'tad; porque por ejemplo, la autoridad real se halla
contrarestada por el podel' del pueblo, y á estos dos po-
deres sirve como de contrapeso otro tercero, para te-
nerlos siempre en equilibrio, é impedir quc el uno se
eleve sobre el otro.


Los jurisconsultos dividen las soberanías en patri-
moniales, y de usujiucto; á las primeras las conside-
rau como herencia de los prlncipes, como si dijéramos
sus campos o sus rebaflos; máxima injuriosa á la htl-
mallidad, y qUe no huhiera osado reproducirse en en
siglo ilustrado, sino se fundase en apoyos muchas ve-
ces mas fuertes que la razon y la Justicia,


En efecto, el patrimonio es un bien del que pode-
mos usar ó abusar, si queremos: en una palabra, es-
tá establecido para bien del poseeder: pero el prínci-
pe está establecido para el bien del estado. Este solo
3l'gumtmto deberia causar rubO!' á los partidarios de la
opinion que combatimos. Porque, si la nacían ve evi-
dentemente que el heredero de su príncipe es un sohe-
rano pernicioso, ó incapaz de velar pOl' el bien del es-
tado, puede cscluide. Tenemos a la vista un ejemplo bien
l'lotable en la sahia conducta que el rey de Espaüa rei-
nante ha tenido con respecto á su hiJO primogénito, es-
c1uyéndole de la sucesion de sus c~tados, porque ha sido
)'ccclnocido incapaz de gobernarlos. Si los estados de Espa-
jia fuel'an un verdadero patl'imonio, don Carlos hu-
hicl'a cometido una gran injusticia, pero como no lo son
IIU obrado CJmo verdadero rey y palhp de sus súbditos.




(a 9)
Un reino electivo no es un reino patrimonial: luego


un reino hereditario tampoco lo es. En el reino eleclivo
y en el hereditario, la fuente del poder soberano es la
misma: dicho poder se confia en ambos á una persona
para el mismo fin, y se le entrega bajo las mismas con ..
dicion€s; toda su diferencia' consiste en que en el rei-
no electivo se confiere el poder soberano al príncipe so-
lamente durante su vida: en el hereditario, para evi-
tar ]05 i!Jconvenientes inseparahles por 10 comuo á las
elecciones, se le confiere al príncipe y á su familia; mas
]a diferente duracion de una cosa no cambia su natu-
raleza.


Dícese no obstante que los príncipes que han adqui-
rido un estado por derecho de conquistá, ó aquellos á
(Juienes se ha entregado un pueblo sin limitacion alguna,
poseen estos estados en plena propiedad y como verdade-
ros patrimonios. ¡Lindas razones por cierto! La corona,
.. 1 icen , le pertenece en plena propiedad por derecho de
conquista. Luego el estado conquistado muda de natu-
raleza; y siendo asi que antes de conquistarse estaLa es-
tablecido el príncipe para el bien del estado, despues
de couquistado se hace un dominio del SeflOr. y ¿quién
es el SerlOl' de esta conquista? No será seguramente el
soberano (Ine le ha conquistado, á menos que no le
haya conquistauo por sus propias fuerzas personales, sin
hacer uso de las del estado; porque si ha hecbo su con-
quista valiéndose de las fuerzas del estado, á este debe-
rá pertenecer en propiedad, y no al principe, si puede te-
ner lugar en tal caso el derecho de adquisicion y de
propiedad, propiamente dicho. Porque como hemos ma-
nifestado, el príncipe no es dueflO de lo que adquiere
por Jos medios que le suministra el estado.


Mas para conocer mejor lo absurdo de esta razon,
distinguiremos dos especies de conquistas, legítima una, y
la otra ilegítima. Si la conquista es legítima, el conquis-
tador arroja al usurpador, y recobra sus antiguos oere·
eh os ; pero como estos antiguos derechos no le concediall




((lO)
aquellos f!stados como bienes patrimoniales, no concibo
yo por qué ba de poder considerarlos como tales, cuan-
do ha recobrado su poses ion por las armas. Si l!l con(1uis-
ta es ilegitima, lejos de poder considerarla como un pa-
trimonio del príncipe, se cOlJsidera á este realmente co-
mo uo "andiclo; y tal título j:Cllnás le dará un 'Verdadero
derecho sobre los pretendidos lluevos súbrlitos, á no sel'
que estos agoLiados al fio por la fuerza y no hallando
medio de sustraerse á su potestad, no tomen la resolucion
de someterse al yugo del tirano.


Pero se aiJade, pl1diem!o el vencedor quitar la vida
á los Yellcidos, con mucha lIJas raLOn podrá, (kjaodoles la
"ida, mirarlos como persouas cuya propiedad le pertene-
<:e? ¡Principio bal'baro! 1,os derechos de la guerra, aunque
sea la mas legítima, no nos autorizan á estender las hos-
tilidades mas de lo necesario para conseguir una entera sa-
tisfaccion: toda hostilidad que esceda de estos limites es.
inhnmana y bárbara, es contra el derecho natural y de
gentes. Reducir á la esclavitud á los vencidos, despues.
de haLer tomaJo la satisfaccion que creemos que nos de-
ben, es obrar contra los derechos mas sagrados de la hu-
manidad. Y asi no hay hoy nin¡;una llacion culta que no-
condene tan cruel práctica.


Pero un pueblo, se añade, se ha entregado sin reser-
'Va á un soberano para evital' un mal mayor: como cuan- '
do los Ejipcios, para remediar sus necesidades urgentes.
durante el hambre, digeron á José: compranos á 1IOSO-
tros y á nnestras tit:l'ras por pan, y seremos esclavos de
}<'araol1. (1) Pero ¿podrá ningull puehlo entregarse de
tal modo que dé al príncipe la facultad de mirar esta na-
cían como un Lien que le pel'tenece en plena propiedad,
de modo que pueda abusar de él si lo juzgare convenien~


(1) Gen. :j;, r~l.




(GI)
te.? l~a naturalez:\ de esto no }1('rmitc que egtcndamos el
pod.er absoluto á mas de los límites de la utilidad pú-
blica: pOffllle la soberania absoluta no puede dar al so-
berano mas derecho, que el que tenia eu UIJ principIO
el pueblo mismo. Es asi (lue antes de la forlllaciofl de las
sociedad('s civiles nadie tenia la facultad de da:wrse á si
mismo, ni á los demas: luego el peder absoluto no da
derecho al ~oh('r¡mo para maltratar á '>U3 súbJitGs: luego
11n pueblo que se cutrt'f;a sin lilllitaeion alguna il un so-
berano PO¡' evitar un mal 111<1)01', no puede entregnrse á
.el de modo que le permita C'jercer sobl e d un poder
arbitrario, cual se f1ecesital'ia pnl'a qlle (1 soberano le
poseyera como UIl patrimonio. Pero oigamos aun á nues-
tros autOl~es.


N.ada obsta, rf'plican los Jurisconsultos que comba-
tjmos, paJ:a que la soberania no pueda entra!' en el
-comcl'C'Íe, asi ~omo cualquier otro derecho, porque nada
hay en estG contrario á \a naturaleza de la soberanía: y
si en la c0Hvencion entre el príncipe y el plH'blo se es-
presó q:tle ,el príncipe lendria pleno derecho de disponeL'
de la COI'Orla, corno juzgase á propósito, no hay duda
que se habda constituido un reino patrimonial.


::lo ,r,e,ria seguramente un bien patrimonial, segun la
idea que nos formamos por lo COI1lUlI de un patrimonio
<lcstiuadGl ál biel! del dueiio. Porque si el soberano dis-
pone de la enrona, CO(1JO Jo cree á propúsito, en ,¡rtud
de una {'onveneion entre él yel pueblo, solo ha elegido
dicho sGhúano UII sucesor pOl' comision ó encargo, J no co-
mo s.e.uor que mira á la nacion como su propio patl'ilÍlonio.
Hem-os vislo á Pedro 1, elllperadol' de RlI~i;¡, nom-
brar á su muger para suc'edúle, no obst:wte que te-
ni" hijos; sin embargo, esta nacion ha tllilnifestado cla-
ramente rJllC' Sl1 soberano no poseía el imperio á tí-
t!llo de patri!UonÍo. VII rey que ha)'a obteniclo de la
uacion el derecho de nombrarse sucesor, debed. miraL'
!in reino ('OfIlO un patrimonio, de la misma manel'il que
,n pnedq mirar 1'01110 un pútrimollio \lna casa dI' calll-




(62)
po, de la cual se me ha concedido el goce con el derecho
de concederlo despues de mi muerte a la persona que ten-
ga por conveniente.


Es verdad que se alegan illfinidad de ejemplares, de
enagenaciones hechas en todos tiempo por los soberanos;
pero tales enagenaciones ó no han tenido ningún efecto, e)
bien han sido hechas ó aprobadas por un consentimien-
to espreso (, tácito del pueblo, (, finalmente no hall te-
nido otros titulos que la fuerza.


En efecto, ¿ qué hubieran hecho los habitantes de Pér-
gamo, de la Bithynia, de la CjTelláica cuando fueron deja-
dos en testamento por sus reyes al pueblo romano? No les
quedaba otro partido que el someterse de buena volun-
tad á un legatario tan poderoso, Para alegar un ejem-
plar de enajenacion capaz de formar autoridad, debe-
ría citarse el de algun pueblo que se hubiese resistido
á semejante disposicion de su soberano, y que hubiera
sido coudenado por la mayoría como injusto y rebelde.
Si este mismo Pedro I, que nombró Ú Sil muger para
sucederle, hubiel'a querido sujetar su imperio al Gran
Señor (, á cualquiera otra potencia vecina, ¿se creer:i
que los rusos lo habrian sufrido y que su resistencia
se hubiese tenido por Ulla rebelion? Ningun estado grall-
de de Europa vemos que se repute enajenable, y si
algullos pequeños principados han sido considerados co-
mo tales, consiste en que no eran vcrdadel'as soberauías;
pues dependian del Imperio. con mas ó menos libertad;
sus seflores traficaban con los derechos que tenian sobre
estos territorios, pero no podian sustraerlos de' la depen-
deucia del imperio.


Concluyamos, pues, diciendo quc la espresion de
estados patrimoOlales envilece la humanidad, )' cubre de
verguenza á esos débiles juriscollsultos que hncen uso
de ella, Hace á los hombres iuferiol:es á. los rebaños,
y solo puede servir para qne se engendren ell el espíri-
tu de algunos soberanos ideas muy opuestas á las que
deben ocuparles. Yéa.sc á Burlama(Jl1i, cap_ G y ,. ",Yat-




(G5)
te1, lib. 1, cap. 3. Puffcndorf, lib. 7, cap. 5 y 6. Gro-
cio, lib. J, cap. 3, § 7 Y siguientes. Loche, Gobiel'llo
civil, cap. 9.


I.ECCION V.


De las parles dc la soberanía () de los difi'rnlles de-
recllOs escnelales éjue encierra.


Puede considerarse la sohcl'anía como una reunion de
diversos derechos y de muchos podercs distintos, pero
conferidos para un mismo fin, es decir, para el bien
de la sociedad; y todos esencialmente necesarios para
este mismo fin : estos diferentes derechos y estos diferen-
tes poderes se llaman partes esenciales de la soberania.


Para conocer cuales sOn las partes de la soberanía,
hasta atender á su naturalcza y á su fin. La sobcranía
tiene por objeto la conservacion, la tranquilidau y fe-
licidad del estado, tanto con l'especto al intedor como
al esterior; de manera que encierra en sí todo lo que
es esencialmente necesario para procurar este doble fin.


Siendo esto así, la primera parte de la soberania,
que es como el fundamento de todas las demas, es el
poder legislativo, en vil·tud del cual establece el sobe-
rano reglas genel'ales y perpetuas, que se llaman leyes,
pOI' las que se instruye cada uno de lo que. debe ha-
cer para conservar la paz y el huen orden, de lo que
Je queda de su libertad natural, y el modo como de-
Le usar de sus dCI'echos para no turbar el reposo pú-
hlico.


Porque pOl' mediu de las leves se atraen ú la uni-




(G4)
dad aquella 'prodigiosa diversidad de sentimientos é incli-
naciones/ que se observan entre los hombres, y estable-
ce entre ellos aquel concierto y armollia esencialmente
n ecesarío á la sociedad, que dirige todas las 2cciones
de los miembros que la componen al bien y felicidad
COOll1U; bien entendido que las leyes del soberano no
deben teller nada opuesto á las leyes divinas, bien sean
naturales, bien l'eveladas.


El poder legislativo es tan esencial á la soberania, co-
mo e~ta á la sociedad civil. Porque el objeto del esta-
hlecimiento de la sociedad civil es el bien público, que
110 podl'ia conseguirse sino hubiera una voluntad general
que es la del soberano, y si no se conformarau todos CDn
esta voluntad general flue contiene las leyes civil es. Es
verdad que en Roma formabau las leyes el senado, el
pretor y el pUf·blo; pel'o se advierte muy diferente
fuerza y autoridad en las leyes de unos, que en
las de otl'OS. Por este ejem plo veremos cuan esen-
cial ~s el poder legisl:ltivo á la soberania propiamente di-
cha.


Los senado consultas no eran propiamente leyes, eran
ordenanzas que por lo regular no reconocia el pueblo.
No eran perpetuas, ni habia necesidad de revucarlas
para que no estuvieran ya en vigor. Su dllracion natural
no era mas que de un año y para tener fuerza legal
era preciso que fuesen autorizadas ptir los comicios del
pueblo, y publicadas despues. Tito Livio dice á cada ins-
tan te: Senatus dccrcl'it: populus jussit.


Lo que ordenaban los pretores, no llevaba el nom-
hre de ley, sino el de edicto. Para conocer la diferen-
cia que habia entre las leyes y los edictos, 110 tenemos mas
que observar lo que se practicó en tiempo de Augusto.
Lo que ol'denalla como emperador, coma magistrado de
la repúhlica, se llamaba cdic[(JI'; lo que establecia revistién-
1\.010 con el sello de la autoridad del pueblo, verdaclero so-
hera no, se lIamahan ll'ges Julia:.


J,os edictos de lo!! peetorcs solo Iplfian frlcl'za durante




(Ga)
su magistratura. Pero cuando contenían l'eglamentos úti~
les al bien ptiblico, los conservaban sus sucesores: po-
co á poco la tácita aprobacion y el uso general les die-
ron aiguna fuerza, y 10 mismo sucedió <,on respecto á
los Senados-Consultas. J uliauo, Prefecto de Roma cuyo
hijo fue emperador, hizo una recopilacion de los edictos
comentándolos y colocándolos bajo diferentes títulos qua
IJresentó al empc"ador Adriauo, los que fueron aprobados
por uu decreto del senado autorizado por el príncipe. Y
MIo entonces se hicieron los edictos absolutos como las le-
yes, en virtud del carácter que se les imprimió.


Las leyes que hacia el pueblo contenían un pode,' muy
diferente. Ellas obligaban á todas clases de la república,
eran pe¡'pétuas; no necesitaban ningtll1a apl'obacion y dn-
raban hasta que las derogaba este mismo pueblo que
las habia hecho. Y asi los jurisconsultos, que han colo-
cado en la misma clase los senado-consultas, los edictos da
los pretores y los plebiscitos, no debian tener el menor co-
nocimiento del gobierno de la reptíblica romana. La so-
herania residia en Roma en la asamblea legítima del pue-
hlo. Allí es donde debe buscarse su caráctel' esencial,
que consiste en el poder legislativo, tal como le ten ia
el pueblo, esto es, sin el recurso de superior ni de
igual. Los decemviros por mas soberanos que fuesen en
el fondo. ::.fectaban no serlo, haciendo creer al pueblo que
no se arrogaban el poder legislativo. ce Nada de cuanto
os proponemos, decian al pueblo, puede adquirir la fuerza
de ley sin "uestro consentimiento: Romanos, sed voso-
tros mismos 105 autores de las leyes que deben hacel' Vll(;S-
Ira felicidad.)


Los griegos pensaron como los romanos acerca del po-
der Ip.~islativo. En general ,han estado siempre los hom -
bres de tal modo persuadidos d" que <,ste poder era esencial
á la soberania, qne los legisladores mas sábios creyeron
qne ¡l"hian revestirse con la divinidad, vei'dadpl'a fueute
.. le toda sd1('1"¡nia, l\'Ii¡~')s se retiral;n de tiempo en ili'.'lllpO
á una cueva, dO,1(!3 se jactaba de tener conversaciones


ES




(66)
familiares con Júpiter, Menés, uno de los mas afamados y
antiguos legisladores del Egipto, atribuía sus leyes á HeTmés,
por 011'0 nombre :i\Iercurio. Licurgo tuvo la precaucion de
escudarse eOllel voto de Apolo antes de trabajar en la
reforma de Esparta. Zaleuco, legislador de los Locrienos,
se decia illspirado de l\linerva. Zathranslés cutre los Ari-
mapas publicaba que hauia recibido sus ordenanzas deull
genio adorado de ac!uellos pueblos. Zamolx.is ensalzaba en-
tre los Cetas sus comunicaciones con la Diosa Vesta. Nu-
ma entretenia á los romanos COll sus conversaciones con
la ninfa Egeria. Otros muchos ejemplares podrían ci-
tarse sobre esta m¡¡teria.


Al poder legislatim se debe agregar el coactivo, es de-
cir ,el derecho de establecer penas contra los que turben
la sociedad COll sus desórdenes, y la facultad de imponer-
las en. el acto; pues sin esto el e!>tablecillliento de la so-
ciedad civil y de las leyes seria enteramente inútil, y na-
die podria prometerse vivir enpú y en seguridad. Pero
para que ellemol' de las penas c<luse una ianpresion bas-
tante fuerte· 'en los espíritus, es necesa1'Ío qne se estienda
el del'echo de c.tstigdr hasta el poder de hacer sufrir el
mayol' de todos los males nat.urales, quiero lkcit' la muer-
te; de lo contrario el temor de la pena no seria siem-
pre capaz de contraresLar la fuerza del placer y de la pa-
sion ; en ulla palabra, e5 necesario que haya mas in-
terés en ohs~nar h ley, (lue en violarla. De mauera que
el derecho de la espada es sin contradiccion la facultad
mayol' que puede un hombre ejercer sobre otro.


Sin el podet· ejecutivo seriai nútil el legislativo, asi
eomo el establecimiento de las sociedades civiles; porque
si hubiCl'an sido suficientes para contenet' á los hom-
bres las leyes sin sancion uatural, estos hubieran sido fe-
lices con la legislacion uatural, y el establepilllicnto de
las sociedades civile" hubiera sido inútil. Asi pues, so-
lamente produce e~te establecimiento el fin que se pro-
pusiet'On los homl.H'es al establecdlas, valiéndose de las pe··
nas impuestas pOl' los superiores de las sociedadeii




(6'7)
civiles á los que no viven conforme á las leyes"


Ademas, es necesario para mantener la paz'en un
eSlado, que el sobel ano tenga derecho de conocer las
controversias originadas entre los ciudadanos, y de de-
cidirlas en último resultado; como tambien el de exa-
min~r las acusaciones ¡nteuladas contra alguno, para ab-
solverle o coudeudrle por su sentencia con arreglo á las
leyes. Y esto se llama jurisdiccioll Ó poder judicial. Tam-
Lien tiene el derecho de indultar á los reos, cuando lo
exija alguna razon de utilidad púlJlica,


De donde resulta que cuaudo Augusto se apoderó
de todas las partes de la soberauía, lo hizo en térmi-
nos que se mandó entre oll'as cosas, que habda apela-
cion ante él de la sentencia de los jueces, y que tendl;ía
el voto de Minerva eu todos los triblJ.nales, como nos lo
enseña Dion Casio. (1) Este calculus Minervce significa
el poder de indultar á los que han Sido declarado convictos
del delito y condenados jurídicamente.


Ademas, como ~l ~niodo de pensar de los ciudada-
nos y las opiniones recib.iclas puedan influil' mucho en da-
ño o ulilidad del estado, es absolutamente necesal'io que
la soberania comprenda el derecho de examinar las doc-
tl'Ínas que se enseñan en ét,. p¡¡r~qu,e.no se el1&eñe públí ...
camellle mas que lo que es ';9flforme á la verdad, y al
bien y tranquilidad dcla socjedad.De aquí se deduce
que es pro¿io del soberano elestablecor los preceptores
públicos, las academ.Ías, las escuelas públicas, y que le
corresponda de derecho el poder soberano en materia
de religion, pOl' lo menos en cuanto pu~de permitirlo la
naturaleza de la cosa. Véase la nofa final á la leecioo XL


Despues de habel' asegurado el reposo público en el
ioterior, es menester poner el estado en seguridad con


(1) Lib. 51.
..





(68)
Te5p-ecto al esterior, y pt·ocul·arle de 105 estados estran-
jeros todos los auxilios y ventajas que necesite ya en tiem.
po de paz, ya en tiempo de guerra. POI' consiguiente el
soberauo debe estar revestido de la facultad de reunir y
armar á los súbditos, ó levantar el número de tropas qU&
sea necesa¿iÍo pal'a la seguridad y defensa del estado, y
de hacer la paz cuando lo juzgue á propósito. De aqui
proviene lamÍlieo el derecho <le contratar obligaciones púo
blic.as, & hacer tratados y aliauzas con los estados es-
tranjero5, y de obligar á todos los súbditos á obsenar.
las.


Pero como los negocios plíblicos tanto en lo interior
como en lo esteri01' no podl'jan manejarse ni ejecutarse
por una sola persona, ni el soberano podria atender por
si á todas estas funciones, es necesario (Iue tenga el de-
recho de crear ministros y magistrados subalternos, que
pro,rean al 'bien público y despachen los asuntos en Sil
nombre y bajo su autot·i(lad. El soberano que les ha con-
fiado estos empleos, puede y debe obli~arlos á cumplir.
los y á hacer1esdar u.na cuenta exacta de su administra-
cion.


En fin, 40s asuntos detestado exigen necesariam~n­
te considel'ables' gastos ya en tiempo de paz, ya en tiem-
po de guerra, á los cuales no puede ni debe suminis-
tral' el soberauo po~ sí mismo; y así es nf~cesario COll-
cederle tambien 'el derecho de l'escna·rse una parte do
los bicn¡>sde 'osqciudadal~os ó de las l'ell[aS del pais,
lí de obligar á 105 ciudadanos á contribuir con sus bie-
ues ó; trabajo y: (.on S1I servicio per!!Onal en cuantü 10
requieran ¡lasi necesidéldes públkas, Lo que se llama De-
recho de Sll~<f¡d¡os ó de· impuestos .


. Ultimalnente, puede referirse á eslCl parte de la so-
berania el dert'cho de acuñar monpda, y el de caza y
pesca. Estas diferentes partes de la soherauia solo las con-
sid~;'al'emós alui como derechos inseparables de su na-
turaleza, estendiénJonos m~.s sobre ellos, cuando exa-
minemos los deheres que imponeI! al soberano. Véase á




(69)
l~urlamaqui, tOIl1. VI, cap. VllI; á Putl'endo-rf, lfb. VII.
cap., IV; á 'Yattcl. lib. l. cap. IV; á. Lo.cke, GobieJ:-
DP. civil, cap. X, XI Y XII. elc.


LECCION VI.


De las dh.JeNas forma.l· de g-oóierno·


Todos los pueblos han conocido que; era esencial
(¡ 5U seguridad y felicidad el establecer un.gohiemo. To-
dos han conycniuo en que era absolutamente necesario un
podel' soberano, á cuy.a vuluntad estu~iese todo someli-
~o. enteramente. .


Pero cuanto :mas Jlccesario' es 'el establecimiento ,dci
un soberano, tanto mas ililportante: es 'hU, cleceion, lo
qu;c, ha dado O('USitlO á que los pueblos'schay;:in di'vidjd{)
estl'a~rdjnarjame¡lte ,sobre, ella y que!láayan ¡puesto el po-
der soberano en ,difcl'entes, manos'~ s.eguu'ql!e l:an es-
timado mas con,clliente á,su se~tlrid(\d y ásu· felicidad;
y 'a·IiD esto usando de combíuacloües, y mo:cliiicac,iünesque
pu~d(mvariat' mucho. He aqui. el drigeb¡ de ·bs dáfer.en."
le$ fbnnas de gobierr:o. !i!'h,


Hay, pues, diversas formas de gobierno, se~H1 l1!ue fec-
sitIe inmediatamente la soberanía en difereHtes']Yenonas,
ó q.u'e 'pertenece á una ,sc\a asamblea mas:¿ menos nu-
meros;a; y esto es lo que constituye la. aonstitucÍOll del
estado. "" l." '


Todas estas diferefltes formas pueden ;l'oaucil'§e á <105
clases gener[¡les, á sabel', á las formas simples, y á las
compuestas Ó In islas, g ne son prod ueídas por la mezcla
O reunion de las simples. : .,,'


Son formas simples de gobierno la d,emocracia" la
arisLocracia y la monan! uia. Algunos pueblos mas des~




(70)
confiado!! que otrns han colocado el poder soberano en
la misma muchedumbre, esto es, en todos los gefes de fa ....
miliacongregados y reunidos en un consejo; y estos go-
biernos son los llamados populares ó democráticos. Otros
mas atrevidos, pasando al estremo opuesto, han estable-
cido la monarquia, ó el gobierno de un hombre solo.
Así la monarquía es un estado en el cual el poder sobe-
rano y todos los derechos que le son esenciales residen
indivisiblemente en un solo homhre llamado rey, mo-
narca o emperador. Otl'OS han seguido un medio entre
estos dOfl estremos, y han remitido toda la autoridad so-
berana á un consejo compuesto de los ciudadanos prin-
cipales, y este es el gobierno de los magnates, o de
otra manera el ,gobierno aristocrático.


, .Finalmente; ha hahido otros pueblns que se han per-
suadido de que convenia estaLlecel' por ulIa mezcla de las
formas simples de gobierno, uno mistoó compuesto, y
háóendo una 'especie de particion de la sobel'ania, con-
fiar 'sus diferentes partes á distintas manos; templal', por
ejemplo, 'la monarquia COlJ la aristocracia, y dar al mis-
mo tiempo' al pUúbla alguna parte en' la soberania; lo
que puedeejecutal'se de diferentes maneras.


,Para conocer mejor la naturaleza de e::.tas diversas
formas de gobierno ,debe observarse; : qllecom0en las
democracia.'s!lis el soberano Ulla pel·soua-.. nlOral compues.;.
la y formada por la reunion de todos los- gefus de fa ...
milia :eu'u,na sola, voluntad, son ab501utamel)~e ~eéesa­
rías tI'es cosas piú'a su constitucion.


La Que' haya cierto lugar y cierto tiempo señala-do pa-
:ta, deliberar, en' comun sobre los negocios públicos; pues
no siendo asi podrian reunirse los miembros del conse"
jo soberano' en , diferentes lugares, de donde nacerian san-
cioneslque;(¡uebrantarian la unidad esencial al estado.


2.a Deb~ estableceJ'se pOI' regla, que In pluralidad
de votos ha de pasal' pOi' la voluntad de toJos; de' otl"(l)
modo no podta terminal'se ningun asurito por sel' imposi-
ble qUtl sean' m~chas persona5' del m¡'¡!no dictamen;.Es




(71)
ncc~snrio ,pues; mIrar- como una cualidad f'!ienrial de Uft
cuerpo moral, que el parecer del mayor número de los
(Iue le componen pase por la voluntad de todo el cuerpo.


3.a Finalmente, es esencial al establ.ecimiellto de una
democracia, que se creen magistrados que este n encarga-
dos de convocar la asamblea del pueblo eo los casos es-
traordinarios, de despachar en su nombre lus asuntos or-
dinarios y de hacer ejecutar los decretos de la asamblea
soberana; porque no pudiendo e:.tar siempre en pie el
consejo soberano, es evidente que no podrá proveerá to-
do por sí mismo.


Coo respecto á las aristocracias, puesto que la sobera-
nía reside en un con sejo ó senado compuesto de las per-
sonas principales de l:l nacion, es absolutamente neceS:lflO
que concurran á establecer una aristocracia las mi~ma5
condiciones que son esenciales {¡ la constitucion de la de-
mocracia y de que acabamos. de hablar.


Ademas, la ari5tocl'acia puede ser de dúsc1ases ; o de
nacimiento y hereditaria, ó elecliva, La arislo cracia hel'e-
ditari a es aquelb que está reducida á cierto número de
familias. J á la cual solo el nacimiento dá dercho, y pa-
sa de padrls á hijos sin mediar eleccinn y 'con esclusion
(le todas las demas personas: la aristocracía" ell,étiva es
:,\ contrario aquella á que se dá el gobierno- en "virtud de
eleoci-on, y sin que dé ningun derecho á ello el naci-
miento.


,Fin'almente, hay que hacer una adverte;neia que se
apliCA igualmente á las democracias que á In<; aristocracias,
y es, que en un estado popular (, en un gobierno de prin-
cipales, cada ciudadano Ó lada miembro delcoflsejo supre-
mo no tiene el pode,' soberano, ni un:l parte; sillo que
)'eside 6 en la asamblea ¡?;eFleral del pueblo convocada se-
gun las leyes, ó en el consejo de los prinr.ipa~es ; porque
1toa cosa es tener una parte de la s~)heraf¡ia, y otra
tener derech() de votacion en una asamblea revestida del
poder soberano.


La monal'qula se' establece cuando el C'uerpo er.tero




(72)
del pueblo confiere la autoridad soberana á un soto hOm4
hl'e, lo que se hace por una convencion entre el rey y sus
súbditos; ademas, si en todo cuerpo político hay un sobe-
rallO y súbditos, ]a convencion que es la base de toda so-
ciedad civil, debe tener lugar no solo en un estado monár-
quico, sino tambien en la aristocracia y en la democra-
cia. Véase lo que hemos dicho en la leecion 3. a


Los gobiernos mistos ó compuestos, se establecen, co-
mo hemos dicho, por el concurso de dos (, de tres formas
~impJcs; cuando, por ejemplo> ·el rey ,los principales y el
pueblo, ó solamente los dos últimos se pCII·tCIl entre
:¡l lag diferentes partes de lasoberania, en términos que
unos administren algunas partes y otros las otras; esta
cornbinaclOn puede hacerse de, muchas maneras, como se
vé en la mayor parte de las repúblicas.


Es,ver,da(l"que consideraudo la sohcI'ania en sí misma,
y en su plenitud y perfcccion, todos los derechos que en-
cierra, deben pertenecer orig.inariamente á una mlsma per-
sona, ó a UH mismo cuerpo, sin particion ni division, de
manera que solo haya una sola voluntad suprema qu€ go-
bierne el estado, porque, . propiamente hablando no puede
haber muchos &oberanos en un Estadc, de suerte que pue 4
dan obrar. como le:; acomode, jndependientemente unos
de ol1'6~ó bien opuestamente. Esto es moralmente impo-
siblll, y terlderia manifiestamente á.la destruccion y mina
de la sociedad.


Pero, ef>ta unidad del poder supremo no o\)sta para
que el cu"erpo entem de la nacion en quien reside origi-
nariamente, l1!potestfld suprema, no pueda por la ley fun-
damental. alTeglar el' gobiel1no, ,de modo que ~-v[))e[a el
ejercici9 de las diferentes pal'tes del podel' soberano á diver-
sas personas ¿. diferentes cuerpos, que pupdan olmirillde-
pendientem'eute. unos de oh'os en la eslension de lo~ de-
rechos qUé ,s.eles han cOllfiado;. sino siempre de IHJ lllodo
~ubordinad(\ á las leye., d.equ¡e~e5 los ban recibido.


y con tal de que las leyes fundamentales que eslahle.
ecn esta especi6 de djyision de la süberania, regulen 10&




(75)
Hmite§ respectivos de aquellos á quienes la canfian. tao
perfectamente, que facilmeme se vea la estension de la jll-
risdiccion de cada uno de estos poderes colaterales; esta
divisiou no produce ni pluralidad de sol,eranos, ni opo-
sicion entre ellos~ ni ninguna irregularidad en el gobiel'no.
Porque en efecto siendo asi no hay nunca propiamente
hablando, mas ¡lue un solo soherano que tenga en sí mis-
mo la plenitud de la soberanía; no hay mas que ulla vo-
luntad suprema. Este soberano lo forma el cuerpo de to-
dos los cindauanos, formado por la reunion de todos los
urelelJes del estado, y esta voluntad suprema es la mist'na
ley por la cual dá á conocer su voluntad el cuerpo ente-
1'0 de la nacian.


Los qne dividen entre sí de esta suerte la soheranfa,
no son pues mas que los ejecutores de la ley, puesto que
de la ley misma tienen su podet', Y como las leyes funda-
mentales ion verdaderas cOf,lvenciones, pacta COllventa,
que se cE'lebran entre los diferentes órdenes de la repú-
blica, por I'as.cuales estipulan, que cada unq de ellos ten-
drá tal ó cual parte en la soberanía, y que esto establece-
rá la forma de gohierno, es e\'idente que cada una de las
partes contratantes adrluiere así un derecho primitivo de
ejercer y de conservar el poder que se le ha concedido.


Asi no puede despojarsele deél á pesar suyo y por so·
la la voluntad de las otl'as, á lo menos mientras que
no haga un uso contl'at'Ío á las leyes , ó· que no se
opollga (nauifiesta o totalmente '31 bien Pliblico. En una
palabra, la constitueion de estos gobiernos no : puede mu-
darse sino d,el mismo moda y por el mismo, método con
que Se ha establecido; es,decir,por el concUl'so . unáni-
me de todas las partes coutratantes, que han. fijado la
forma del gohierno pOI' el coutratp primitivo de asociacion.


Esta ecollomla del gobierno, esta constitllcion del.esta-
do no destruye, pues, de ninglln modo la unidétd, que con-
viene á un cuerpo mora' compuesto de muchas personas
ó de muchos cuerpos realmente distintos y sepat'ados; pe-
ro unidos,e~tre sí por una obligacioll recíproca, por una




(74)
ley fundamental que no constituye mas que un sol" con-
junto.


De Jo que acabamos de decir acerca de la naturaleza
de los gobiernos mistos. o compuestos, rewlta, que en to-
dos ellos está la soheranía siempre limitada; porque co-
mo no se r;onfian á ulIa sola persolla todas sus difel'entes
ramas, sino que se ponen en distintas manos, se halla pOl'
lu lllismo restl'ingido el poder de los que tienen parle en
el gohiel'no, y el podel' de uno se hace respetar del poder
del otro; lo que produce un equilibrio de poder y de au-
toridad, que asegura el bien público y la libertad de los
p3rticulares.


Pero con respecto a los gobiernos simples, puede ser
('n ellos la soberanía absoluta ó limilada. Algunas veces los
qúe la tienen la ejercen de un modo absolulo, y otras de
un modo limitado por las leyes fundamentales que ponen
limites· al poder del soberano, "con respecto al modo con
que se "debe gohel'Oar.


Sobre lo cual es del caso observar, que todas las cir-
cunsüiucias accidentales que pueden modificar las monal'-
quías· Ó lAs aristocl'acias simples, y limitan en cierta ma-
nera Jasohel'ania, no pOl' eso ca mbian la forma de gobier-
no, pues este queda siempre el mismo, Puede tener un
gobierno álglmas circunstancias de otro, cuando el modo
co~ que gohierna el sobel'ano parece sel' tomado de la
forma del ú!tif!1o ; pel'o no pOI' eso muda de naturaleza.
Por ejemplo, en un estado democrático puede el pueblo
encargar el cuidado de muchos asuntos á Ull gefe o á un
senado. En un estado aristocrático puede haber un ma-
gistrado principal revestido de una autoridarl particular, o
tamh:en una asamblea popular á quien" se consulte algu..;.
nas vece.s. Y en fin, en un estado monárquico pueden pro-
ponerse"los negocios importantes en un senado, elc. Pe-
1'0 tl)das e~tas ci,'clll1stélncias accidentales en nada· mudan
]a fOl·mll delgobiern o; y no pOI' esto hayl1na division de
la sobel'anía", pues el estado permanece siempre ó pura-
mente democrático, ó aristocrático ó mouál'f¡uic(),




('10)
'En efecto,hay una gran diferencia entre ejercer un


poder propio, y obrar con un poder estraflo y precario,
del cual se nos puede despojar siempre que acomode á
aquel de quien lo tenemos; así, lu que constituye el ca-
ractel' esencial de las repúblicas mistas o compuestas, ylo
que las distingue de los gobiel'Oos simples, es que los di ..
ferentes ordenes del estado que tienen parte en la sobe..;,
ranía, poseen los derechos que ejercen con un título igual,
esto es, en virtud de h ley fundamental y no á título de
simple comision, como si solo fueran ministros ó ejecuto-';';
re~ de la voluntad de ob'o. Conviene, pues, distinguir de-
tenidamente estas dos cosas, la forma de gobierno y la
manera de gobel'Oar.


Finalmente, sucede con el cuerpo político lo misrI10
que con el cuerpo humano; facilmente se distingue'un
estado sano y bien constituido de un estado etlfetmo~
Tales enfermedades provienen o del abuso del podel' so~
berano, 6 de la mala constitucion del estado; y es pre';';
ciso buscar la causa o en los defectos de los que go';'
biel'Oan, ó en los defectos del gobiel'no.


En las monarqías, las producen los defectos de las
personas; cuando el rey no tiene las cualidades necesa-
rias para reinar, y aprecia poco ó nada el bien público,
y hace á l:'US súbditos víctimas de la avaricia ó ambi-
cion de sus ministros.


En las ari~tocracias, los d~fectos de las personas;
cuando los partidos y otros caminos tortuosos d:Jn en-
trada en 'el consejo á los perversos ó á gentes ineptas,
yescluyen las personas de mérito; cuando SP. forman
fl'acciones y cábalas, cuando los grande:; tratan al pue-
blo como á un esclavo, etc,


En fin, se ven tambien alguna vez en las dem'ocra-
cias turbat' las pasiones las asambleas, y la envidia'
oprimir al mérito.


En cuanto á los defectos del gobiemo, puede ha L
herlos d~ muchas clases. Por ejemplo, si las leyes d~l
estado no son conformes al natural del pueblo, corn'Ó st




(70)
tendiesen á inclinar á las armas el un pu~bl-o que no e~
b(!licoso, sino inclinado mas bien á las artes pacíficas; si
estas leyes no son conformes á la situacion y cualidades
del pais, como si por ejemplo, no se favOI'eciese el co-
me¡:cio y las manufacturas en un pais que tiene situa-
cion propia, y que produce lo tIue es necesario para
ello; si la constitucion del estado hace la espedicion de
los negocios muy lenta ó muy dificil, como en Polonia,
donde la oposicion de uno solo de los miembros de la
asamblea rompe la dieta.


" Ordinariamente se d~signan estos defectos en el go-.
biel'llo con nombr~s particulares. La corrupcion de la
monarquía se llama tiranía; olig;1rquía el abuso de la
aristocracia; y el abuso de las decmocracias se llama
aJ;\al:quia. Pero muchas veces sucede que estas p:tlabras
~egull la aplicacion que se las da, dellotan menos que
algun· defecto vel'dadel'o, Ó que una enfel'medad en· el
e,>tado, alguna pasion (, algun descontento particular dd
los qtle las usan.


Diremos algo acerca de los estados cntnpuestos. qne
se forman por la ubion de muchos estados p~rticuTares-:
podemos definidos; una congregacion de estados perfec-
tos unidos por alglln vínculo particulal' tan estrecha-
mente que parecen foi'mar un solo cuerpo en lo que
les interesa en comun, aunqne cada uno de ellos con-
~el'v:e por oUa parte su soberan ía plena. y entera, é in-
dependiente ele las demas.


Está reunion de estados se forma, ó por la unrOB
de .do:;, ó mas estados distintos bajo un mismo rey, ro-
mo estaban por ejemplo la Inglaterra, Escocia é Idan-
da, antes de la union qne se hizo en nucsl!'os días de la
Escooia con Inglaterra; (, cuando muchos Estados inde-
petHtientes se confederan para formar .iuntos un s(\)o
cuerpo, como las Provincias' U lIidas de los Parses.Ba.io3
'Y' los' Cantones Suizos~ La primera especie de union
puede. hacerse c\ c()fl ,ocas ion de un matrimonio, ó en
lirw.dda una flllQCsion; ó cuando un pueblo elige por




'7'7) \
11eyá un prrncipe que era ya soberano de 011'0 ReiIm,
de suerte que estos difel'cntes estados vienen á l'eunir-
1ie ha,jo UII pdncipe Ilue los gobierna á cada uno en
particular por sus leye5 fundameutales.


En cuanto á los estados compuestos que se forman
por la <,onfederacion perpetua de muchos, conviene te-
n.et' IlI'€sente, r¡lIe esta cunfcderacion es el único medio
por el ('Uaf pueden conservar su libertad muchos '.:'stados
peq.ueürys, dt'masiado débiles para defenderse cada cual
POt' f;.j solo cOlltra sus en<,migos,


Estos estados eonfederados se obligan mlltl1amente á
~jer-cer de comun consentimiento ciertas partes de la
soberanía, principalmente ar¡uellas que son cOllcernientes
" Sll 1'nútua defensa contra los ellemigos del esterior.
Pero ('aeJa uno de estos cOllff'derados conserva una ente-
1'3 lib€1.,tad de ejercer, como mas conveniente crea, las
partes de la soberallia que no comprendió deber ejercer-
se en COIl1UIl en el acto de la confederacion.


Es ahsolutamente necesario en los estados confede-
radas, que s-e seila!en ciertos tiempos y lugares para reu-
l'lirse ordilJ<triamente, y que se nombre algun miernbrd-
(tue tenga facultadd de convocar la asamblea para los
negocios cstraordinarios que no admiten dilacion; ó bien
5e ilUede, tomando otro partido, establecer otra asamblea
que t?stá siempre en pie, compuesta de diputado~ de
<::ada -estado y (pIe despachen los llegocios comunes 8egun'
las órdenes de sus superiores.


El int"!rés comun y general sé di¡'ige por un conse-
jo compuesto de diputados de cada estado; contándose
la repúhlica federativa no por sus súbditos, sinopo¡' las'
ciudades y prm'incias que ia componen. Aunque 'cnda'
uno perinanece súbdito' de su 5ober::¡no particular, 'sin
cmbal'go está al mismo tiempo sometido á las if'yes ge ..
ner<tles, políticas, () elfO policía, que emanan del conse-
jcl' gerwral y qtl~ tienen por oLjeto el intelts comun, y
.11 mismo tinnpo á l<ts leyes p<1rliculares de su país,


Una repulJlica feJerativa debe semcjal'se á unafami-




(78)
Ha unida y bien gobernada. Si el padre distribuye fas
porciones de su dominio entre sus hijos para que las
administren, cada UIIO regirá la suya segun crea conve-
niente al terreno y á los frutos que produce. Pero la
autoridad y los consejos paternales les impedirán ~ober­
narla mal y disiparla. La un ion que esta autortdad man-
tendrá entre los hermanos y los motivos de ayudarse mú-
tuainente, todo se referirá á la masa comun. Si las par-
tes que componen un todo quieren persuadirse, que
su interés particulal' depende del interés geueral, el
cuerpo recibirá una gran fuerza, y la dulzura y la buena
inteligencia reillarán mas bien que el precepto. Y éaseiá
Blldamaqui, Tomo 6. parto 2.. cap.!. Grorio, Lib. i.
cap. 3. § 8. Y sigo Puffendorf, Lib. 7. cap. 5. Lockc,
Gob. civ. Cap. 9.


J~ECCION VII.


1;Je los diferentes modos de adquirir .r de perdcr la.
Soberanía.


El único fundamento legItimo de toda adquisicion de
l{l soberanía J. es el consentimiento ó la voluntad del pue ..
bl(). Pero como este consentimiento pueda darse de di-
ferentes maneras, seguu las circnnstancias que le acom-
pañen, de aqui viene el uistingllirse diferentes modos de
~dquirj¡, la soberanía. Algunas veces se vé un pueblo
compelido por la fuerza de las al'mas á someterse á 1"
dominacíon del vencedor; otrils dá el pueblo por su PI'O-
pia voluntad á algu no la autoridad soberana con una ple-
na y entera libertad. A.,i pues, pueue adquirirse la 50-
bel'ania por fuerza y por violencia, ó libre y ¡volunta-
riamente.


Estas diferentes adquisiciones de la soherania pueden




(79)
convenir á toda clase de gobiernos. Pero como se desar-
rollan especialmente, en las monarquías, 1I0S ¡imitare-
mos p.'incipalmtnte á examinar esta materia por lo res-
pectivo á los reinos.


La soberanla se adquiere por la fuerza, ó mas bien
se apodel'an de ella por la conquista y la usurpacíon.
La conquista es la adquisicion de la soberanía por la su-
perioridad de las arméis de un pl'Íucipe estranjcro, que
llega á reducit' á los vencidos á someterse á su imperio.
USUI'pacion se dice pl'Opiameute el acto que comete apo-
derándose de la sobcrallla de una persona á quien estaba
nalul'alm.enle sometida, pero el uso confunde frecuente-
meute estas dos voces,


Muchas obselvaciones hay que hacer sobre la con-
quista, considerada como un medio de adquiril' la so-
berania.


l. o La conquista considerada en si misma es mas
bien la ocasion de adquirir la soberanía, que la causa
inmediata de la adquisioll de la soberanía. Esta es s:empt'e
el consentimiemto del pueblo, espl'eso Ú tácito.' sin este
consentimiento subsiste siempre el estado de ¡?;uerra entre
dos enemigos, y no puede. decirse qu~ el.uno .e~té
obligado á obedecer al otro .. Pues lo que efectivamente
rewlta es, que el consentimiento del vencido es arran-
cado por la superioridad del ,'en,cedor.


. 2. o Toda conquista legitim!l supone que el vence-
dor haya tenido un justo motivo de hacer ]a guerra al
~encido; de lo contrario la cl)nq uista no es en sí un
título suficiente para adquiril' la sobei'anía, porque na-
die puede apoderarse de la soherania de una nacion por
la sola toma de posesion, como se hace con una cosa
que no pertenece á nadie. Asi, cualldo Alejandro tlevó
la guerra á los pueblos mas remotos que jamás hahian
oido hablar de él, no era semejante conquista un título
mas legítimo de adquirír la sobel'ania, que el latrocinio
es un medio legítimo de enriquecerse. La cualidad y el
número de las personas no mudan la naturaleza da




(80)
la accion, la jnjuria es la misma, y el crimen igual.


Pero si la guerra es justa, la conquista lo es tambien.
Es justa la guerra, ó hien porque el enemigo poseía el
mismo pais conquistado, que poseia anteriormente con
justo titulo el veucedor, ó bien porque el enemigo rehusa
dar satisfaccion al vencedor Justamente ofendido, ó per.
,iudicado. En el primer caso es justa la conquisti'l, porque
el nncedor recobra sus derechos: en el segundo lo e~
tambien, porque el vencedor retiene las tielTas conquista-
das como una indemnizacion del iusulto ó de la lesion que
recibia del vencido.


y ¿qué diremos de las conquistas injustas, y de una
sllmision arrancada por una violencia injusta? ¿Podrá esto
dar un derecho leAítimo? Si el pueblo despues de haber
sostenido sus derechos y á su soberano en cuanto ha esta-
do de Sll parte, recibe la ley del Illas fuerte, y se somete
á ella voluntariamente, estaeleccion del pueblo dá legi-
timidad á la conquista, que era injusta en su origen. Pe-
1'0 si el pueblo no se conforma á ella; si soto se somete á
]a fuerza, hien haya mudado el usurpador la forma del
gobieruo, bien la haya jejado tal cual era, nunca se
IJará legítiina la conquista; el conquistador será siempre
un usurpador, y sus pl'etendidos súbditos podl'án al'!'ojarle
del pais cuando hallen un medio de hacerlo, como el mis-
mo autor lo dice arriba.


Augusto parece que conocio esta verdad, pues que se
guardó bien de declararse soberano del Imperio, por te-
mor de no esperil11entar 1:1 mism=\ suerte que César. Solo
once dias llevó el título de dictador per~étuo, título que
habia sido demasiado funesto á César. El temor de ser
considerado corno l'n lburpador, y el mismo peligro en
que se vio su predecesor le hicieron ~'.\1}1ar otras medi-
das. Asi pues acumulú insensihlemento en su Fr~ona to-
das las dignidades de la rcplíblica. Tl'('ce cOllsulados, el
tt'jLunad0 renovado en su favol' cada diez aiios, el IlQm~
bre de príncipe del s"l'(,dc, y el de emperador que al prín.
eipio solo ~ignificaba el general del ejército, pero al qtiC' sura




(31)
(lar un sentido mas estenso: tales son los títulos por medio de
Jos cuales el tirallo de la república romana acostumbro al
pueblo á su yugo. El senado nada perdío de sus hon'ores
sino que conservo siempre grandes derechos. Augusto d¡,"¡-
dió con él t(l{las las provincias del Imperio, si bien retuvo
para sí las prillcipales; hasta que dueüo del tesoro y da
las tropas, afectalldo una gran dulzura en su gobierno,
para flue el pueblo le reconociese tácitamente, fue efecti-
,"amente soberano.


El derecho de gentes admite, pues, una especie de
prescripcion entre los reyes ó entre los pueblos libreli
con respecto á la soberanía, pues asi lo exige el interés y
la tranquilidad de las sociedades. Es preciso que uua
posesion continua y pacífica de la soberanía la ponga á
cierto tiempo fuera de todo ataque: de otro modo jamás
tendrian fin las disputas concernientes á los reinos y á.
sus límites, lo que seria un manantial de guerras per-
petuas: apenas habria un soberano que poseyese su au-
tOl'iJad legítimamente. No hay duda que es un deber de
los pueblos el resistir al principio al usurpador con to·
das sus fuerzas, y permanecer fieles á su soberano; pero
si á pesar de todos sus esfuerzos, fuere vencido su so-
herano, y no pudiere hacer valer sus derechos, á nada
mas estan obligado1S, y pueden mirar por su COllserva-
cian. 1Aos pueblos no pueden subsistir sin gobierno; y
corno no estan obligados á espOllerse á gU"ClTas perpetuas
VOl' sostener los intereses de su primer soberaJlo, pue-
den hacer legítimo en virtud de su consentimiento el de-
recho del usurpado.'. Y en tales cirCllllstancias el sobe-
rano despojado deberá consolarse de la pér4ida de su»
estados, como de cualquier desgracia que le aconteciese.


Pero el modo mas legítimo de adquiri)' la soberanía
('5 índubitablemente el que se funda en el consentimien-
to libre del pueblo: estc se manifiesta ó por via de eleccion
,i por derecho de sllcesion. Por esta razon se distinguen
los reiilos en electivos y sucesivos. JAu eleccion es aquel
;Jcto por el cual tlel!igna el pueLlo )a persoua á quien


6




(32)
jU7;ga capal de suceder al rey difunto en el gobierno del
estado, y en el momento que esta persona ha aceptado la
oferta del pueblo, se halla revestida con la soberania.


Dos clases de elecciones pueden distinguirse, una ente-
ramente libre, y otl'3 coartada y restringida en ciertos
puntos. La primera es, cuando se puede elegir la pef-
SOlla á quien se juzgue á Pl'opósito ; y la segunda, cuan-
do hay precision de elegi\' una perSOIl.1 que sea por ejem-
plo, de cierta naeion, de cierta familia, ó de cierta re-
liginn, etc. Entre lo!,; antiguos pcrsasno podia se.' rey,
el que no hubiese sido instruido ilor los, magos (1).


El tiempo que media entre la muerte del rey, y la
cleccion de su sucesor, se llama interregno. Durante el
interregno, es el estado un cuel'po imperfecto que ca-
rece de gefe, pero no por eso está destruida la socie-
dad civil. Entonces vuelve al pueblo la soberanía, y has-
ta que haya elegido lluevo rey, puede ejercerla como
crea conveniente; y aun es dueño de mudar la forma
del gobierno. Pero es una precaucion muy prudente pa-
ra prevenir los desol denes da un interregno el desig-
nar con anticipacion á los que, durante este tiempo,
deban tomar en su mano las riendas del gobierno. Asi
en Polonia el arzobispo de· Genesna y los diputados
de la pequefla y gean Polonia son los seüalados para es-
te caso.


Llámanse lOs que estan revestidos con este cargo
Regente.l' del Reilio ~ Los romanos los lIannban Interreges.
Son estos unos magistrados estl'aol'dillal'ios, nombrados
para cierto tiempo, y por decirlo asi provisionalmente;
que en nombl'e y autoridad del pueblo ejercen hasta la
eleccion del monarca, los actos de la soberania; estan-
do obligados á dal' cuenta de su administracion.


(x) Cícero de Di,~illat. lib. r. C<lp. ~ r.




(85)
El otr~ modo de adquirir la soberania es el


derecho de sucesion, por el cual los príncipes que
han atlquirid() la corona, la trasmiten á sus suceso-
res.


Parece á primera vista que los reinos electivos aventa ...
jan á los hereditarios, en que en los primeros puede siem-
pre elegirse un pl'Íllcipe de mél'ito y habil pat'a gobet'-
nar; sin embargo, la espel'Íencia ha hecho ver que por
mas mal que vaya, el bien del estado exige que los t'einos sean
sucesivos. Porque 1. o se evitan por este medio gran-
des inconvenientes (lue nacen de las frecuentes elecciones,
con respecto al interior y al esterior. 2. o Hay menos
disputas é incertidumbre con motivo de los que deben
suced~r. 3. o Un príncipe cuya corona es hereditaria
como tiene la esperanza de dejar la corQna á sus hijos
cuida mas de su reino y gobierna meJOl' á sus súbdi-
tos, que si solo la poseyera durante su vida. [l' o Un
reino, donde está arreglada la sucesion á la corona tie-
ne mas consistencia y fuerza; y puede formar proyec-
to's mas vastos, y proseguil" su ejecucion con mas segu-
ridad, que si fuera electivo, 5, o Finalmente, la persona
del r'ey es mas respetable á los puehlos por el brillo de
su nacimiento, y tienen motivo para esperar que ten-
drá las cualIdades convenieutes para el tl'0nO, por las
impresiones de la sangre noble de que procede, y pO['
la educacion que ha recibido.


El pueblo es quien regula el orden de la sllcesion,
y aunque hablando en general, sean dueiios los pu eLlos
de establecer la sucesiol1 cemo quieran, sin embargo exi-
ge la prudencia, que sigan en esto el método mas ven-
tajoso al estado, lilas propio para mantenel" en él el or-
den y la paz, y para establecer su seguridad. Los méto-
dos mas comunes son la sucesion puramente hereditaria
que sigue con muy poca diferencia las reglas del derecho
comun, y la sucesion lineal que recibe modificaciones
mas particulares.


Asi pues) el hien 'del estado reqUIere, que
.




(84)
la suce~ion 'puramente hereditaria se separe en muchas.
f:osa~ de las sucesiones entre particulares.


l. o El reino debe pet'manecer invisible, y no par-
tirse entre muchos herederos del mismo ~rado; porqu~
en primf'r lugar, esto debilitaria considei'ablemente el es-
tado, y quedaria en peor disposicion de resistir á lo~
ataques que puede ten-er que sufrir. Por oLl'a parte, te ..
niendo los sltbditos diferentes se ilOa' es , no estarán tan'
f'strechament-e unidos entre sí. Y finalmente, es~o po-


,dria dar motivo á guerras intestinas, como 10 ha justi-
ficado demasiado la esperiencia.
~. o La corona debe penmmecer en la posteri.dad


del primer r"eY, Y no pasar á sus parientes en litlca
~olateral, y menos todavia á los que solo tienen con él
relaciones de afinidad. Esta es, sin duda, la intencion de
un pueblo que ha hecho herediLaria la corona en la {'¡¡-
milia de un pl"Íncipe: Asi pues, á meOili> que no se haya es-
plicado de otro modo, ti faüa de descendientes del primer
rey, vuelve ála nacíon d dere<:hode disponer del reino.


3. o Soto se dene admitir á la sucesion aquellos que
hayan nacido de un matrimonio contrahido conforme á
las leyes .del pais. Muchas son las razoues que hay para
ello.


Primer1\.Que esta fue indudablemente Id intencion
de los pueblos, al dar la corOlla á los .descendientes
del rey.


Segunda. Que k,s TlUehlO'S no respetan tanto á los
hijos naturales del rey, como á sus hijos legítimo~.


Tercera. Que el padre de los hijos n;¡tur"les no es
'Conocido de tlna manera indudable, no habiendo me-
dio de averigua~' quirn sea el padre del que noce fue-
ra d~ matrimonio : sin embargo es de la mayor impor-
tancia, qae no haya ninguna duda sobre el nacimi-eil-
to de 'los que deben relnar, para evit<\r los altercados
que podrían originarse sobre este punto, y desgarrar el
l'eino. Por esta razon en muchos paises alumbran la~
veinas en público o en presencia de muchas personas.




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(8;))
Cual'ta. Los hijos adoptivos, no siendo de sangre


real, estan tambien escluidos de la corona, que debe
volver ·,á la disposiciou del pueblo, cuando llega á fal,
tal' estirpe regia.


Quinta. Entre los que estan en el mismo grado, hien
en realidad, ya por representacion, los varODftS son
preferidos á las hembras, porque se les ju,zga mas pro-
pios para hacer la guerra, y para las cIernas funciones
del gobierno,


Sesta. Entre muchos val'ones Ó muchas hem-
hras en el mismo grado, debe suceder el primogénito.
El lIacimiento es lo que dá este derecho; porque sÍeu-
do la corona á un mismo tiempo indivisible y sucesiva,
el primogéuito, en virtud de su nacim1cnto, tiene un
derecho de preferencia que no puede quitarle el segundo.
Pero es muy Justo que el primogénito dé á sus hermanos
con qué mantenerse decorosamente segun su clase: lo que
ie les asigna para este efecto, se llama irlfantazgo.


Sétima. En fin, debe tenerse- presente que la co-
rona no pasa ti sucesor por capricho del rey difunto, si-
no por la voluntad del pueblo que la ha depositado eu
la fami\ia real. Síguese de esto que la herencia de los
hienes particulares del rey, y la de la coro'oa son de
una naturaleza enteramente diferente, y que .DO tienen
entre sí ninguna conexion necesaria; de suerte que en
rigor puede el sucesor aceptar la corona, y rehusat' Ja Sll-
.cesion de los bienes patrimoniales, y entonces, no está
obligado á satisfacer las deudas inherentes á est05 biene5.


Pero es preciso confesar que el honol' y la equi-
dad apenas penniten á un príncipe .que Silbe al trono
el usar de este derecho rigoroso, y si respeta la glo-
ria de su casa, encontrará en su ecóllomfa v' ahorros
medIOS de sati~factr las deud~s de su predece;or: .siem-
pre que esto no se haga;{, costa del tesoro público. Es-
tlls son las reflas de la sucesion puramente hel'editarin,


Como en la sucesion hel'ediLal'ia ,.qüe llama á 1",
torolla, al pariente IDIlS proximo del último rey, pue-




(86)
dan sobrevenir confusion y disputas, acerca del grado
d~ ·proximidad, cuando los que quedan están poco dis.-.
tantes del tronco comun, muchos pueblos han estable-
cido la sucesion líneal de rama en rama, cuyas' reglas
son las siguientes:


Primera. Todos los que desciendan d~1 primer rey,
se reputa que" forman otras tantas líneas ó ramas, que
lienen derecho á la corona, á proporcion de la ma-
yor proximidad de grado en que se hallen.


Segunda. Entre los de e~ta línea que esten en el
mismo grado, dá la preferencia en pri III eL' lugar el sé-
xo, y despues l