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OBRAS DEL AUTOR.


Principios de economia politica, tercera edicion: un tomo
en 8.°


Biblioteca de los economistas espaiíoles de los siglos XVi,
XVIi '!J XVllI: un tomo en 4.° mayor.


Elementos de derecho poUtico '!J administrativo' de España,
tercera edicion :. un tomo en 8.°. .


JJerecho administrativo español, tercera e'dicion corregida,
aumentada y ajustada á la legislacion vigente: dos tomos
en 4.°


Eistoria de la economia polític4 en España: dos tomoR en 4.°




CURSO
DE


DERECHO POLÍTICO,
SEGUN LA HISTORIA


DE LEON y CASTILLA,
POR EL DOCTOR


D. MANUEL COLMEIRO,
INDIVIDUO DE NÚMERO


DE LAS ACADEMIAS DE LA HISTOltIA y DE CIENCIAS MORALES y POLíTICAS,
CORRESPONDIENTE DEL I:-I;;TITUTO DE FRA:-ICIA y DEL DE GINEBRA, ,


PROFESOR HONORARIO DE LAS UNIVERSIDADES IMPERIALES DE CRACOVIA y KHARÉ:On',
CATEDRÁTICO DE DERECHO POLÍTICO Y ADMINISTRATIVO


DE LA DE MADRID, ETC.


MADRID,
IMPRENTA DE FERMIN MARTINEZ GARCÍA,


CALLE DE SIWOVIA, NUMERO 26.


1873




Es propiedad del autor conforme
á las leyes y á los tratados.




PROLOGO.


HACE algunos años que el antor del libro que ahora
salo á lyz, publicó otro semejante con el título De la
constitucion y del gobierno de los reinos de Lean y


. Castilla, el cual halló tan favorable acogida entre los
aficionados á los estudios históricos y á las ciencias
morales y políticas, que los últimos ej~mplares fueron
buscados con afan y estimados en el comercio de la li-
brería, como suelen serlo las obras ·raras y curiosas.


El deseo de corresponder á la benevolencia del pú-
blico, la honra de perseverar en el gremio de los que
cultivan con amor la historia pátria, y la obligacion
de complacer á la juventud que frecuenta las áulas y
escucha y recoge sus palabras, han movido al autor á
escribir y dar á la prensa el CURSO DE DERECHO POLÍ-
TICO, SEGUN LA HISTORIA DE LOS REINOS DE LEON y CAS-


TILLA.
Seria error notorio suponer que el segundo libro no


es más ni ménos que una nueva edicion ó fiel repe-
ticion del primero. Sin duda el pensamiento del au-
tor es el mismo; pero como el tiempo no pasa en balde,
ni las ciencias se estancan, ni el espíritu se satisfa-
ce con la posesion de una parte de la verdad, de tal
suerte ha crecido el caudal de noticias y doctrina que
contiene el que ahora publica respecto del anterior,




VI PRÓLOGO.


que bien merece el título de obra original, puesto que
sobre los antiguos cimientos se ha levantado un nuevo
edificio.


No basta la "filosofía á explicar las vicisitudes del
derecho político y á determinar las causas que influ-
yen en la mudanza de principios, leyes é instituciones
segun las circunstancias de cada pueblo y cada siglo.
Sólo la historia puede recoger los hechos en que se
funda el modo de ser de la sociedad y fij al' la verdade-
ra constitucion de un estado ó su forma de gobierno.
En la política, la ciencia y la historia se prestan mú-
tuo auxilio.


No han faltado en nuestra pátria escritores de buen
ingenio y copiosa erudicion que á fuerza de laboriosas
investigaciones hayan conseguido poner en claro mu-
chos puntos oscuros de la historia política de los rei-
nos de Asturias, Leon y Castilla; mas haciendo justi-
cia á su mérito indisputable, tanto mayor cuanto des-
pertaron la aficion á este linaje de estudios con su
ejemplo y mostraron á sus sucesores el camino que
debian seguir, si querian imitarles, dE\jaron grandes
vacíos por falta de noticias ó por la generalidad del
asunto que trataron, y no siempre, á decir verdad, juz-
garon las antiguas instituéiones con un criterio recto,
elevado y exento de pasion.


El doctor Martinez Marina, diligente explorador de
archivos y bibliotecas, ilustró en su Teoría de las Cor-
tes diversas materias importantes para formal' idea del
gobierno de España durante la dominacion de los Vi-
sigodos, y de Leon y Castilla en el discurso de la edad
media; pero se limitó á recorrer una pequeña parte del
extenso horizonte que se ofrecia á su vista, fijando casi
exclusivamente su mirada en las instituciones popu-




PRÓLOGO. VII


lares. Por otro lado, la Pl'eocupacion q,pe embarga el
ánimo del autor, obstinado en probar que la Constitu-
cion de 1812 no es sino la resurreccion de nuestras an-
tig.uas libertades, falsea el criterio" del doctor Martinez
Marina y le obliga á sacar la historia de su cáuce na-
tural. Con todo eso, seríamos injustos y desagradeci-
dos, si no reconociésemos y confesásemos su grande
erudicion y el mérito contraido al acometer el prime:"
ro una empresa tan. árdua, y al tomar el puesto de
guia en una s~nda tan nueva y erizada de dificultades.


El académico Sempere y Guarinos propendió al ex-
tremo contrario en su Historia del derecho espartol y
en la Histoire des Cortes d'Espágne, ensalzando has-
ta las nubes las excelencias de la unidad monárquica,
y deprimiendo la nobleza, los concejos y las herman-
'dades sin hacer la debida distincion de los tiempos,
causas y efectos de la licencia é indisciplina que tur-
baron la paz de los pueblos en la edad media, yalgu-
nas veces enceI~dieron la guerra civil. No igualó á


. Martinez Marina en sabiduría, y le excedió en la pa-
sion de convertir la historia en manejable instrumen-
to de una escuela ó partido; flaqueza de espíritu que_
ofusca y extravía la razon de muchos escritores que
de buena fe persiguen la verdad, y no pudiendo resis-
tir á las 'tentaciones que los asedian, acaban por abra-
zarse á una sombra.


El Curso de historia de la civHizacion de España
de D. Fermin Gonzalo Moron es una obra estimable,
aunque en ella luce más la erudicion que la crítica del
autor. La generalidad de la materia y la forma ligera
de unas lecciones pronunciadas en una sociedad lite-
raria, en donde el orador procura enseñar agradando,
y no fatigar á su auditorio con una instruccion sólida




VIII PRÓLOGO.


y completa, hoo sido las causas de que este libro deje
mucho que desear á los curiosos.


La Historia de la civilizacion española de D. Euge-
nio de Tápia tampoco llena la medida de las personas
ávidas de noticias tocantes al orígen y progreso de
nuestras instituciones, porque no es posible encerrar
en corto volúmen todo lo que conviene saber acerca de
la constitucion de Leon, Ca'stilla, Navarra, Aragon y
Cataluña, con más lo perteneciente al estado social del
califato de Córdoba y al reino de Granada. Sube de
pun to la dificultad desde "que el a u tor, fiel 31 título de
su obra, abarca la literatura, artes y comercio de tan-
tos pueblos, quedando apénas espacio para investigar
su organizacion política y sus modos de gobierno .


. En la Historia general de España de D. Modesto
Lafuente pueden los aficionados consultar con fruto los
capítulos en que el autor, suspendiendo la narracion,
examina y juzga una época ó reinado; aunque absor-
to el ánimo en la contemplacion de todos los hechos
que refiere la historia, no penetra en la vida íntima de
las instituciones, ni revela los secretos de sus contí-
nuas mudanzas.


La Historia constitucz'onal de la monarquía espa-
ñola del conde Víctor Du-Hamel, no bastante castiga-
da por su traductor, tiene impreso en cada página el
sello de. la pasion política que la inspiró; y por más
que sean dignos de estimacion y aplauso los extranje-
ros que cultivan con buena voluntad nuestras ciencias
y letras, no debemos llevar la indulgencia al extremo
de alabar un libro tan poco merecedor de alabanza.


No parece prudente extender esta crítica á otras
obras de menor importancia, pues podria interpretarse
que el autor aspira á levantar el crédito de la suya so-




PRÓLOGO. IX


bre el descrédito de las ajenas. Al contrario, debe con-
fesar y confiesa que de todas ellas se ha servido y ha
tomado algo útil á su propósito, contentándose con au-
mentar el caudal de noticias, reflexiones y juicios acu-
mulado por nuestros historiadores, jurisconsultos y pu-
blicistas de mayor renombre.


Cuando los pueblos pugnan por constituirse y al
cabo de muchos años de ensayos y tentativas no han
hallado el punto de reposo, hay motivo para presumir
ó sospechar que sus instituciones no responden á las
necesidades y deseos de una generacion tan inquieta y
atormentada con discordias civiles. Si la historia es
maestra de la vida, registren los políticos sus páginas
llenas 4e verdad y provechosa enseñanza, y meditando
sobre lo pasado, procuren descubrir las fuerzas propias
de esta sociedad mudable y antojadiza, releguen á per-
pétuo olvido las instituciones muertas, mantengan el
calor de las tradiciones vivas, pongan en consonancia
las leyes con las costumbres del siglo, y estudien á
fondo el carácter de nuestra raza, tadavía sensible al
recuerdo del socialismo romano y del individualismo
germáRico, con mezcla de aquel espíritu indócil y re-
beld~ al yugo de la autoridad, que hizo derramar la
sangre de tantos Zegríes y Abencerrages.
, La historia antigua, dijo un escritor, es la historia
moderna trocados los nombres. Muchas cosas pasan en
el dia que recuerdan sucesos dignos de saberse y me-
ditarse, si en algo estiman los pueblos la experiencia
á su costa adquirida. Todos los caminos están trillados,
y lo que importa es seguir los llanos y seguros, y no
exponerse á caer en el fondo de un precipicio, toman-
do sin luz y sin guia sendas desconocidas y peligrosas.






CURSO
DE


DERECHO POLÍTIC'O,
SEGUN LA HISTORIA


DE LEON y CASTILLA.


CAPITULO 1.


DE LA CONQUISTA ROMANA.


Vano seria el empeño de disipar las tinieblas que rodean la
historia anterior á la invasion y conquista de los Romanos,
para'discurrir sobre las leyes ó costumbres por que debieron
gobernarse los antiguos pobladores de España en aquellos si-
glos remotos. Dejemos al erudito el cuidado de sondear los
abismos del tiempo y sacar á la luz del dia las dudosas reli-
quias de lo pasado; que el historiador debe acudir á las claras
fuentes de la verdad y señalar los orígenes ciertos de las repú.
blicas y los imperios, y s610 á falta de mejores pruebas, le será
lícito alguna vez aventurarse á recorrer el campo de las con-
jeturas. La severa critica debe fortalecer su ánimo para com-
batir las preocupaciones del :vulgo propenso á lo maravilloso,
y como tal inclinado á enaltecer las glorias verdaderas de la
pátria, mezclándolas con otras que inventaron la ignorancia
ó la malicia, dando con esto ocasion á poner en duda los testi-
monios más claros y fidedignos.


Los pocos pero respetables monumentos que.1a antigüedad
legó á nuestra generacion, permiten afirmar que España fué


1




2 CURSO
habitada por Iberos, Celtas, Fenicios, Griegos y Cartagineses,
cuyas distintas gentes y naciones, posesionadas parcialmente


. de nuestro territorio, introdujeron en la Península nuevos y
'variados elementos sociales, ya asentándose en medio de la:
poblacion indígena y viviendo en la condicion de vecinos, ya
comunicándose á titulo de extranjeros fundadores de colonias
con los-naturales por las vias pacíficas del comercio, ó abríell-
do paso con los armas á su idioma y religion, usos y cos-
tumbres.


Los indígenas eran dados á la agricultura y ganadería.
Los Fenicios á las artes y al comercio y al laboreo de las mi-
nas. Ellos fueron, al parecer, quienes enseñaron á los Españo-
les á cultivar la tierra y beneficiar los metales, y les comunica-
ron el uso de la escritura, y acaso de la moneda. Este pueblo,
más que otro alguno de la remota antigüedad, contribuyó á
reducirlos á la vida civil con el influjo de sus leyes, el ejemplo
de su policía y sus hábitos de trabajo.


Estaba España dividida en regiones ocupadas por Celtibe-
ros, Cántabros, Astures, Galaicos, Lusitanos, Oretanofl, Car-
pentanos, Turdetanos, Arevacos, Ilergetes y otros pueblos que
dieron nombre á las comarcas donde hicieron asiento y fija-
ron su domicilio. La diversidad de razas, el poco trato y co-
mercio de las gentes y la falta de un interes comun y superior
que los aunase, no permitian formar ligas y amistades uura-
deras, y mucho ménos componer un solo estado ó cuerpo de
nacion.


Apetecian los hombres la libertad civil, y amaban la ciu-
dad, única y verdadera pátria. La unidad política, que con-
siste en la armonía de las voluntades y el equilibrio de los in-
tereses, se encerraba en el municipio, tan cercano al hogar
doméstico como el individuo á la familia. Eran los vínculos de
esta comunidad primitiva poderosos al extremo de que la li-
bertad, la propiedad y la vida misma de todo un pueblo se
confundian con la existencia, de la ciudad en la próspera y en
la adversa fortuna; 10 cual explica de un modo llano la des-
esperada resolncion que perpetuó la memoria de Sagunto y de
Numancia.


Fueron los -Cartagineses quienes empezaron la obra de la
unidad nacional, acercando las tribus extrañas, sino enemi-




DE DERECHO POLÍTICO.
gas, y domando á sus régulos con la autoridau de las leyes y
la fuerza de las armas; asentando pactos y conciertos entre
ellas y comprometiéndolas en la defensa de una sola causa;
fomentando f)l tráfico y la navegacion hasta penetrar en lo in-
ter~e la Península en busca de riquezas; mezclando su
sangre con la sangre española, y levantando compañías auxi-
liares de naturales sujecos á un mando superior y á una co-
mun disciplina.


Suceden á los Cartagineses los Romanos, cuyos inveterados
ódios estallan pronto, y se enciende vivísima guerra dispután-
dose la dominacitm de España estos dos pueblos rivales. Roma
y Cartago necesitaban confederarse con las ciudades vecinas
para afirmar y extender su imperio y reforzar sus legiones; de
Gom1e procedia" que los Esparioles t.omasen parte en la contien-
do, peleando no por su libertad, sino por una ú otra servi-
dUlllbre; y con todo eso, la politiea con sus artes y las armas
con sus rigores iban poco á poco fundando la unidad nacio-
nal que facilitó los triunfos de Viriato, aunque no le ayudó lo
bastante á librar á su pátria del yugo extranjero.


Rota y deshecha la última hueste cartaginesa, Roma desde
aquel dia, vencido y expulsado el enemigo, volvió la vista á"
los pueblos indóciles y rebelues, y procuró convertir en domi-
nio universal y absoluto la posesion de España, hasta entónces
parcial y precaria. No fué sin embargo esta empresa obra de
poco tiempo, ni exenta de dificultades y peligros para la se-
ñora del mundo, pues pasaron todavia dos siglos de luchar
los Españoles por su independencia (1). La necesidad y la cos-
tumbre los inducian a confederarse para oponer vigorosa re-
sistencia á la ambicion y codicia de los Romanos; y estas con-
federaciones tomaban más cuerpo, cuando un caudillo como
Viriato ó Sertorio era el alma de la guerra (2). Ninguna idea
de' organizacion política presidia á estas alianzas accidentales


(1) Habíalcs enseñado la experiencia (á 1o~ Romanos) que cada pueblo era tan
sobre sí, y tall sill correspondencia {¡otra cabeza, que por la suya en cualquiera
ocasion de disgusto se rebelaba y ponia en armas. Lobera, Grandez". de ¡" 19lesi"
y ciud"d de Leon, fol. 166. - 1596.


(2) Fué Viriato ('1 primer caudillo de 13 independencia española, puesto que soñó
una patria comun confederándose con Arevacos, TIelos, Cuneos, Va ceas y Celtíbe-
ros. Si (o,·tIma cessisset, HispaniO! RonwltM, dice de él L. An. Floro. Hist. ,·om.,
lib. 1I, XVII.




4 CURSO
y pasajeras: el comun peligro acercaba los pueblos, y vence-
dor ó vencido, cada cual se recogia al abrigo de su ciudad, en
donde daba ó recibia la ley sin plan ni concierto.


Sertorio logró reprimir por un momento la natural inclina-
cion de los Españoles á perpetuar en la Península el régimen
municipal, valiéndose de la autoridad que le daban sus vic-
torias para organizar una manera de gobierno superior que
ponia al servicio de la causa comun las fuerzas de todos.
Tomó la Republica Romana por modelo, porque al fin era ro-
mano. Hizo asiento en Ébora, cabeza de la Lusitania, y ordenó
un Senado con su séquito de magistrados, tales como cónsules,
pretores, cuestores, en sustitucion de los que Roma enviaba
á España. Llamó á las ciencias en su auxilio, y en Huesca
abrió escuelas publicas para enseñanza de la juventud,ó se-
gun otros, para tomar disimuladamente rehenes entre las fa-
milias principales. Sertorio, proscripto por SiJa, no hacia la
guerra á Roma, sino al dictador, y así no aspiraba á consti-
tuir Una España ind~pendiente; pero despertaba el amor de la
independencia en el 'pecho de los españoles, y acaso la fuerza
de las cosas, superior ¡11a voluntad de los hombres, le habria
impelido á proclamar y defender la libertad de su pátria adop-
tiva, si la perfidia romana no se hubiese atravesado en su ca-
mino con una traicion tan odiosa, como la que puso fin á los
dias, é hizo abortar los proyectos de Viriato.


Vencidos, que no domados los Españoles, prevaleció la polí-
tica de Roma, y fué reducida la Península Ibérica á la condi-
cion de provincia.


Roma aspiró desde los tiempos de su fundacion á engrande-
cerse, uniendo al espíritu de conquis_ta la más generosa hos-
pitalidad. Comprendia que para perpetuar su dominacion,
sobre todo miéntras no fueron temidas sus armas, debia es-
forzarse á ganar la voluntad de los pueblos vencidos respe-
tando las leyes, el territorio y el gobierno de cada uno, en lo
cual, y no sin razon,cifraban ellos su libertad. Los primeros
entre los Latinos que se incorporaron á Roma, fueron recibidos
como hermanos y participaron de los mismos derechos y car-
gas que los ciudadanos (cives). Los mayores en dignidad to-
maron asiento en el Senado: los menores se mezclaron con la
plebe: las legiones se confundieron, y hasta los dioses de Alba,




DE DEltECnO POLÍTICO,
desterrados de sus antiguos templos, habitaron el Capitolio
con los dioses de la patria.


Segun la primitiva constitucion de Roma era el domicilio
una condicion necesaria para optar al pleno goce del jzts ci-
vi/atis. En él se encerraba la suma de los derechos políticos
y civiles del ciudadano romano.


El j1M Latii nació con los pactos de alianza celebrados en-
tre Roma y los pueblos latinos, cuando éstos prefirieron con-
servar su autonomía a perderla en cambio del jus civitatis;
y como fueron diversos los tratados, no disfrutaban todos de
igual gTado de libertad. Reconocian la soberanía de Roma, y
estaban obligados a seguirla en caso de guerr~ y á defenderla
tanquam socii ó fieles aliados. Regíans~ por sus leyes y tenian
gobierno propio y magistraturas locale~ .


Tampoco era uniforme el j1tS italic1tm que se extendia a
todos los'pueblos de Italia excepto los habitantes del Lacio, y
consistia en la inmunidad, sino total, parcial de tributos, y
el goce de ciertos privilegios que denotaban mayor ó menor
participacion en el derecho de ciudad. El jus italicum deter-
minaba las relaciones políticas y civiles de caela pueblo de Ita-
lia con Roma, y no obstaba al desarrollo de las libertades mu-
nicipales que eran amplias y distintas segun la índole de las
instituciones usadas en el país, y la estrechez ú holgura de los
tratados de amistad y alianza ajustados con la metrópoli.


Más duro era el régimen de las provincias, como tierras al
fin que por derecho de conquista pasaban á la dominacion
romana. El Senado dictaba la ley á los vencidos, pero no igual
á todas las ciudades, sino mostrándose con unas blando y
con otras rigaroso, segun la conq,ucta que habian observado
durante la guerra. Un procónsul ó Hn pretor gobernaba la
provincia con autoridad casi absoluta, y ejercia en nombre
del Senado el mero y mixto imperio.


España formó al principio una sola provincia bajo la mano
de un pretor. En el año 195'ántes de J. C. fué dividida en dos
partes ó regiones separadas por el rio Ebro; y de aquí la Espa-
ria Citerior y la Ulterior. Augusto alteró esta antigua division
distribuyendo el territorio de la PenjJnsula Ibérica en tres pro-
yincias, Tarraconense, Bética y Lusitania, las dos primeras
imperiales, así llamadas porque las gobernaba el Emperador




CURSO


por medio de legados (le[/atus A u[/ustalis) , y la última sena-
torial, porque continuó debajo de la autoridad del Senado,
cuyas veces hacia un procónsul de su eleccion.


Othon agregó á España las costas de Africa con el nombre
de Mauritania Tingitana, nueva provincia dependiente de la
jurisdiccion de Gades ó Cádiz. Adriano ordenó de distinto mo-
do el gobierno de España, aumentando hasta seis el número
de sus provincias, á saber: Bética, Lusitania, Tarraconense,
Cartaginense, Galiciana y Tingitania, las dos primeras ad-
ministradas por legados - consulares, y por presidentes las
demás.


Constantino el Grande añadió la séptima provincia Baleári-
ca; y cuando dividió la inmenS"a extension del Imperio Romano
en cuatro dilatadas diócesis á cargo cada una de un prefecto
del Pretorio y de vicarios que le seguian inmediatamente en
dignidad y autoridad, cupo en suerte á España formar una
vicaría incorporada á la prefectura de las Galias (1). Era el
vicario gobernador general de España á quien prestaban obe-
diencia los siete legados y presidentes particulares.


No consintió la suspicacia de Constantino que los prefectos
continuasen investidos con todos los poderes de la soberanía,
sino que, reservándoles la administracion civil, puso el servi-
cio militar al cuidado de duques y condes (d1tCeS et comites)
que mantenian la disciplina de los ejércitos en tiempo de paz
y mandaban las armas en caso de guerra.


Estaba ademas dividido el territorio de la Península, para la
mejor administracion de la justicia, en catorce conventos ju-


(1) De estas cuatro prefecturas dos eran orientales y dos occidentales: Italia y
las Galias las del Occidente. La nuesta comprendia las Galias, la Gran Bretaña
y España, en cuyo territorio habia, impe1'ando Vespasiano, 18 colonias, 8 munici-
pios, 13 pueblos de ciudadanos romanos, 46 ciudades latinas, 6 libres, 5 confedera-
das y 256 tribut(\rias, sin contar las contributas, ni los lugares de menor impor-
tancia. Plinii, Hist. nat., lib. nI, cap. I et 1Il.


La monstruosa division del Imperio Romano en cuatro prefecturas resucitaba
la que hizo Diocleciano, cuando repartió las provincias entre él y sus tres asocia-
dos M'aximiano, Galerio y Constancio, encargándose cada uno del gobierno de
las que tomó ó le fueron señaladas.


Ambrosio de liorales advierte que no por pertenecer España á la prefectura de
las Galias, ese ha de entender que estaba sujeta á Francia, que no era así, sino
era estar Francia y España sujetas de una misma manera al Imperio Romano, y
taner este prefecto Pretorio por igual la jurisdiccion y mando sobre ambas>. (:,-6-
nica gen"'al, lib. X, cap. XXXlII.




DE DERECHO POLÍTICO. 7


rídicos (conventlts juridici) ó distritos que comprendian cier-
to número de pueblos sujetos á la misma jurisdiccion.


Habia ciudades regidas por el derecho comun, y muchas
gozaban de distintos privilegios, honores y exenciones, no
siendo igual la condicion de las colonias, los municipios y las
ciudades la'tinas, libres, confederadas, estipendiarias y contri-
butas.


Oolonia valía tanto como lugar poblado de gente sacada de -
Roma; y estos colonos, léjos de su patria, conservaban eljus
C'ivitatis, porque en efecto, en cualquiera parte del mundo
donde habitasen, se reputaban ciudadanos. Otras colonias eran
latinas, otras itálicas, y en fin, algunas ciudades alcanzaban
el título y privilegios de las colonias.


Segun la calidad de las personas se distinguian en patri-
cias, militares y togadas, cuya diferencia suponia un grado
mayor ó menor de estimacion y nobleza; pero siempre desco-
llaban por razon de su dignidad y preeminencia entre los do-
mas pueblos.


lIIu,nicipio significaba lugar incorporado legalmente á Roma
y favorecido con la participacion en los cargos y oficios públi-
cos (munera capiendi), que por regla general reservaban para
sí los ciudadanos. A veces con el derecho de ciudadobtenia el
municipio el derecho de sufragio; de modo que se igualaba
con la colonia en privilegios y honores hasta el punto de poner
en duda cuál de los dos títulos merecia la preferencia.


Entre la colonia y el municipio habia la desemejanza que
aq llella se derivaba de una segl'egacion del pueblo romano, y
éste, por el contrario, debia su orígen á la agregacion de un
pueblo extranjero.


Las ciudades la~inas disfrutaban de las mismas preroga-
tivas que los pueblos del-Lacio. Plinio cuenta varias privile-
giadas con el derecho latino en la España Citerior y en la Ul-
terior. •


Libres eran las inmunes ó exentas de tributos, salvo los
servicios consentidos y estipulados en los tratados de amis-
tad con Roma; y confederadas (ja:derat{e 1 las aliadas ó fi~­
les amigas del pueblo romano bajo cuya proteccion vivian ep.
la paz y en la guerra. Algunos autores suponen que esta-
ban obligadas al stipendiu'ln, y no llevan razon, puesto que




8 CUUSO
el mismo Plinio distingue las ciudades de España que goza-
ban de libertad, las de confederacion y las tributarias ó esti-
pendiarias (1).


Tanto las libres como las aliadas se regían por su derecho
propio, es decir, por sus leyes y magistrados, y sólo con el ca-
rácter de supletorio observaban el derecho romano. Esta suma
crecida de libertad no llegaba á la independencia absoluta,
porque aun siendo recíprocos los déberes que nacían de los
tratados, siempre las ciudades libres y confederadas acataban
la supremacía de Roma, como el cliente respetaba á su patro-
no y se ponía bajo su guarda.


Por último, llamaban ciudades contributce las de órden in-
ferior comprendidas en e( territorio de otra principal y some-
tidas á su j urisdicéion; de suerte que civitas significaba ya la
ciudad propiamente dicha, ya la misma ciudad con sus luga-
res comarcanos; y á éstos alude tambien Plinio cuando refiere
que habia en España ciudades sujetas á otras (2).


Floreció la libertad durante la República, sin que los Roma-
nos se cuidasen de asociarla con la igualdad que suele ser dó-
cil instrumento de la tirani~; y en efecto, sobreviniendo el
Imperio, la ley comun fué cercenando el privilegio. Por otra
parte, transmitida toda la potestad del pueblo á los Césares,
el derecho de ciudadania degeneró en un título de honor con
grande menoscabo de la dignidad del nombre romano; y por
iguales causas y en la misma proporcion perdieron mucho de
su valor el derecho latino y el itálico.


Ayudaron á igualar la condicion de las provincias y las ciu-
dades las sediciones y guerras civiles por alcanzar el princi-
pado; y así Othon, deseoso de atraer á su causa el ánimo de los
Españoles, permitió á los de Sevilla y Mérida añadir algunas
familias nobles á su -comunidad con apellidos de linajes anti-
guos: á los Ilercaones en general hizo ciudadanos romanos, y
á la Bética dió jurisdiccion sobre algunos pueblOíl de Africa


(1) Son decisivos los siguientes pasajes de Plinio: cIn iis colonial VIII, mu-
nicipia VIII, Latio antiquitus donata XXIX, libertate VI, frndere II, stipen-
diaria CXX>. Hist. nat., lib. 1, cap'. r. ,In iis colonias XIJ, oppida civium Uo-
m~norum XnI, Latinorum veterum XVII, frnderatorum unum, stipendia-
ria CXXXVI.. !birl., cap. III.


(2) e Accedunt insulal quarum mentione seposita, pralter civitates contributas
aUis, provincia ipaR CCXCIIII continet oppida.> Hiat. nat., lib. In, cap. lll.




DE DEHEOl-lO POLíTIOÜ.


vecinos al Estrecho (1). Poco despues Vespasiano, combatido
de fuertes tempestades, se mostró todavía más liberal, otor-
gando á toda España el derecho latino (2).


La República no aspiró á la concentracion del poder, con-
tentándose con asegurar su dominacion y hacer respetar su
soberanía. Bastaba á la ambician y grandeza del pueblo ro-
mano constituir la unidad política del mundo antiguo, y des-
deñaba por cálculo ó por advertencia la organizacion del esta-
do de un modo uniforme.


Muenas ciudades conservaron sus leyes, costumbres y ma-
gistrados. Así entendian los Romanos, con color de libertad,
disimular el yugo de su política invasora, fiando al tiempo y
al influjo de una cultura superior acabar la obra de la con-
quista. Por la fuerza de las armas redujeron la Península; pero
nada aseguró tanto su posesion como el mayor trato y comer-
cio de las gentes convidadas á vida más inquieta por las grandes
vias públicas que el genio militar de Roma abria al paso de sus
legiones, la sabiduría de su gobierno, la flexibilidad é indul-
gencia de su religion que no daba motivo á turbar la paz del
universo, y la lengua y literatura gloriosamente cultivadas
por ingenios españoles para honra de su pátria.


Desde el primer siglo de la era cristiana empezó á desvane-
cerse la diversidad de instituc!ones y libertades municipales,
oprimiéndolas hasta reducirlas á un mismo nivel, y luégo
eclipsándola.'3 la autoridad desenfrenada de los Césares. Pre-
valeció en todas las provincias del Imperio el régimen muni-
cipal de la metrópoli, y constituyó el derecho de todos los pue-
blos resignados ó sometidos á la nueva servidumbre. Ab uno,
disce omnes.


La participacion de los ciudadanos en los honores y oflcios
públicos mediante el sufragio que conferia las magistraturas
populares, determinaba el carácter del municipio romano.
Así, pues, municipio equivale á municeps, nu,mera particeps.
Era la ciudad con su vida propia, libre y diferente de la del


(1) < Eailem largitione, civitatum quoque, ac provinclarum animos aggressus,
Hispaliensibus et Emerit~nsibus familiarum adicctiones; Lingonibus universis
civitatcm Romanam: provincial Brnticre Maurorum civitates dono dedit .• Taci-
ti, Hist., lib. l, § XI.


(2) • Universre Hispani~ Vespasianus Imperator Augustus, jactatus procellis
Reipu1Jlicre, Latii jus tribuit •• Plinii, Hist. nato, lib. lIJ, cap. Ill.




10 CURSO
estado: era la comunidad de personas ligadas con los vínculos
del mismo domicilio, las mismas cargas y beneficios.


Descansaba el municipio en la triple base de la religion, la
familia y la propiedad. Los sacrificios y ceremonias del culto,
el favor al matrimonio y la proteccion al pupilo, la adminis-
tracion de la justicia, la cobranza de los tributos, la policía
de los abastos, la instruccion y beneficencia, las obras, juegos
y espectáculos públicos, y en fin, todos los intereses locales
estaban á cargo del municipio, en cuanto su libertad de accion
se compadecia con la unidad política bajo la República y
durante los buenos tiempos del imperio.


Así como en Roma constituyeron el gobierno por espacio do
muchos siglos dos cónsules, el Senado y el pueblo, así hubo en
cada ciudad romana un cuerpo municipal ó curia, asamblea
de magistrados electivos, ordinariamente en número de diez
(decu?'iones), presidida por dos de ellos (dU1tmvil'i), cuya dig-
nidad duraba un año; bien que en algunas partes solia alar-
garse hasta cinco (duumviri quinquenales).


La clase ú órden de los curiales elegia los decuriones, y la
curia los duumviros que ejercian en su nombre la potestad
de administrar la república municipal, acompañada de cierto
grado de jurisdiccion.


Ouriales se deéian los individuos de la curia; y 6rden de
los curiales la clase ó categoría de ciudadanos que en raZOll
de su edad, domicilio y fortuna y por voluntad de la leyeran
obligados á la gestion directa ó indirecta de los intereses co-
munes (1). El derecho de sufragio fué limitado primero segun
el censo, despues segun la propiedad (2).


La dignidad del decurion hubo de ser solicita.da y apete-
cida, porque conferia honores y privilegios que los distinguian
de la plebe; y así merecieron el título de konorati. Más tarde


(1) .Curiales dicti, quin, civilia munera procurant etexequuntur.> ISid., Ethim.,
lib. IX, cap. IV.


(2) .Esse autem tibi centllm millium censum, satis indicat, quod apud nos, de-
curio es.> Plin., Epist., lib. 1, XIX.


Cien mil (nummos) equivalen á cien sextercios. El Emperador Constancio sus-
tituyó al censo la renta de una tierra cuya medida no fuese menor de veinte y cin-
co yugadas romanas.


Todo ciudadano entraba en la curia á la edad de diez y ocho años, á no hallarse
exceptuado por privilegio, ó haber sido declarad9 indigno.




DE DERECHO POLÍTICO. n
de tal modo empeoró su condieion que se hizo el cargo aborre-
cible é insoportable.


Corria de su cuenta y riesgo la administracion de la ciudad,
y no podia ausentarse sin licencia superior. Cada decurion era
reputado exactor tributi, y responsable de la géstion de los
colectores ó perceptores nombrados por la curia, y aun de to-
dos los derechos del fisco. Y como fuese natural el deseo de
sacudir un yugo tan pesado, la ley ordenó que quien nacia
curial no dejara de serlo, aunque recibiese las órdenes sagra-
das ó entrase en la milicia. Si con menosprecio de las leyes
abandonaba la curia, se le buscaba y perseguia, y en donde
quiera que estuviese, era aprehendido y conducido al lugar de
su asiento como siervo fugitivo.


A t31 punto llegaban la opresion y tiranía de la curia, que
no sólo desaparecia la libertad personal, pero tambien el dere-
cho de propiedad. Los bienes de los decuriones estaban afectos
á la curia, de suerte que los decuriones no podian venderlos
sino á persona de igual cóndicion, ó distinta, mediante decreto
de la curia que velaba sobre el empleo del precio.


De abuso en abuso degeneró la curia en verdadera y cruel
servidumbre, y sirvió de castigo á los crimin'ales ó de instru-
mento á venganzas particulares. En vano red..oblaronlas leyes
su rigor contra los curiales que empl'endian la fuga dejando
las curias desiertas, el fisco sin perceptores y las ciudades sin
magistrados, porque ni la severidad de las penas, ni el acre-
centamiento de los privilegios, ni toda la fuerza de la autori-
dad imperial lograron fijar el peligroso domicilio de los lla-
mados á la dignidad de decurion. En aquellas donde los
curiales hac~an rostro á la adversidad, tiranizaban á los pue-
blos sin perdonar al vecino, ni moverles á compasion el des-
amparo del pupilo ó la viuda (1). Por estos pasos y caminos
se precipitó la decadencia y sobrevino la completa ruina del
municipio romano. '


Miéntras subsistieron las libet'tades municipales, tan cerca-


(1) Es notable, entre otros, el siguiente pasaje de Salviano que floreció hácia
la mitad del siglo V: • l. Qure enim sunt non módo urbes, sed etiam municipia
atque vici, ubi non quot curiales fuerint, tot tyranni sint L. ¿ Quis ergo locus
est, ubi non a principalibus civitatum, vi,luarum 'et pupillorum viscera devoren-
tur? .... De gube.·nat'ione Dei, lib. V.




12 cuaso
nas por su naturaleza al hogar doméstico y al individuo, no
fué todo servidumbre en Roma y en las provincias, sLlpliendo
en cierto modo la antigua potestad tribunicia usurpada por
Augusto, las instituciones y magistraturas populares.


Varios emperadores, entre ellos Alejandro Severo, Graciano
y Teodosio, se esforzaron á corregir algunos vicios capitale,;
que minaban la existencia del municipio; y si no acertaron á
salvarlo, por lo ménos alargaron sus dias con oportunos re-
medios. Valentiniano y Valente instituyeron el defensor de la
ciudad (defensor ci'lJitatis) , nueva magistratura municipal,
cuya obligacion era amparar y proteger á las personas mise-
rables y desvalidas contra la violencia de los procónsules y de-
más ministros del Imperio, la avaricia de los exactores y la in-
solencia y el fráude de los ricos y poderosos. Con el carácter
de tribunos ó abogados de los pueblos, y sobre todo de procu-
radores de los pobres, acudian en su nombre á los jueces, y
elevaban sus quejas al prefecto del Pretorio ó al trono mismo
de los Césares. Habia en el fondo de la institucion un espíritu
de caridad y mansedumbre tan conforme á la moral cristiana,
que basta á explicar cómo más tarde al sufragio público reem-
plazó la solicitud paternal del obispo: novedad desfavorable
al principio electivo, de cuya fuente se derivan las magistra-
turas populares; pero al fin necesaria para salvar del diluvio
en que pereció el mundo romano esta preciosa reliquia de su
sistema municipal (1).


Componian la poblacion de España, como la de todas las
provincias del Imperio, dos clases de hombres: libres y sier-
vos. Estos, á los ojos de la ley, no eran personas sino cosas; y
así se concibe que, segun la antigua jurisprudencia de Roma,
el siervo no tuviese pátria, ni familia, ni propiedad, siendo él
mismo propiedad de otro hombre que ejercia sobre él derecho
de vida y muerte. Adriano y los Antoninos volvieron por los


(1) Habia tambien en las ciudades otros cargos ú oficios municipales, por ejem-
plo, los edilos que cuidaban de la policia general, y particularmente de los abas-
tos, de los edificios y vias públicas, de los juegos y espectáculos, de los pesos y me-
ditlas; el curator ,-eipt<b!icre que administraba los bienes y rentas de la ciudad,
pagaba las cuentas, prestaba· el dinero, recibia las hipotecas y ejercia otros acto~
de gestion de los intereses comunes; los vil'i viarum cl",andarum á modo de nues-
tros inspectores ó coladores de caminos; el syndicus ve! pl'ocnl'ato,. ad !itos: el sus-
ceptot' 6 recaudador de los tributos, etc.




DE DERECHO POLÍTICO. 13
fueros de la humanidad, y desde entónces halló la esclavitud
proteccion en la justicia, señal verdadera de la mayor suavi-
dad de costumbres debida á la política de moderacion y tem-
planza de algunos buenos Emperadores, al influjo de la filoso-
fía estóica tan allegada á la virtud, y más que todo, á la moral
pura y austera del Evangelio, sustituida al culto de las pasio-
nes divinizadas por el politeismo.


No era igual con mucho la condicion de los hombres libres,
puesto que habia entre ellos privilegiados, curiales y plebe
rústica ó urbana seguida de una muchedumbre de proletarios.


Formaban la primera clase los patricios y caballeros duran-
te la República; yen los tiempos del Imperio los altos digna-
tarios, ill1estres unos, respectabiles otros, prefectos, procónsu-
les, condes (comites), duques (duces), yen general la milicia
y el clero, dada la paz á la Iglesia por Constantino.


A la segunda pertenecian los moradores naturales ó estable-
cidos en las ciudades que poseian cierto grado de riqueza ó
fortuna en bienes raíces, y participaban de las cargas y hono-


. res municipales.
Por último venia la gente menuda, labradores de poca ha-


cienda y colonos, algunos artesanos y mercaderes, libertos casi
todos, y la inmensa multitud de los que, no pudiendo aplicarse
al cultivo por carecer de tierras (inopes), ni ejercitarse en las
artes y oficios, porque se reputaba servilla obra de mano, pa-
saban la vida en la ociosidad y la miseria con gravámen del te-
soro público, cada vez más exháusto.


Moraban en España muchas familias patricias y senatoria-
les, formando la mayor parte de la pobla.cion de algunas ciu-
dades, como Córdoba, que mereció el título de colonia patricia
en obsequio á la nobleza de sus habitantes. En los municipios
prevalecian las personas de mediano estado, perpetuándose en
la posteridad el linaje de los curiales (1). La plebe urbana no
menospreciaba las ocupaciones fabriles hasta aborrecerlas,
puesto que hay memoria de ciertos colegios de artesanos en
Tarragona, Murviedro, Mérida y Osma; y la rústica, esparcida
por los lugares y las aldeas (pagi, vid), suminis.traba los fru-


(1) .De Maxima, curialis filia, energumena liberata. Item, curialis Maximi fi-
Ham, nomine Columbam, dcemon invaserat, etc. " hallamos en la historia de San
Millan, escrita por S. nraulio, reflriendo3o á la segunda mitatl del sigloV •.




]4 CURSO
tos de la tierra, dividiendo con los esclavos las duras fatigas
del campo (lj.


La libertad y la propiedad, unidas con vínculo indisoluble,
corren á ,la misma vertiente. El siervo no es persona sino cosa,
nada le pertenece, ántes él es. quien pertenece á su señor en
cuerpo y alma. Así como el hombre se va emancipando, la
propiedad se va constituyendo, yen llegando á ser libre y exen-
to de toda potestad ajena, adquiere la plenitud de los derechos
de dominio.


En efecto, el estado general de las personas determina la
constitucion territorial de un pueblo y sus vicisitudes. En el
órden moral, sin propiedad no hay familia. En el órden políti-
co, la c,onfusion de las ideas de propiedad y soberanía engen-
dra el feudalismo, la antigua democrácia dicta las leyes agTa-
rias, y las instituciones modernas consagran la libertad de la
tierra y del trabajo.


En los primeros tiempos de Roma fué muy honrada y favo-
recida la agricúltura. El Romano era labrador y soldado al mis-
mo tiempo; y de aquí que cada uno tuviese su parte del a.r¡er
1'omanus, esto es, dos yugadas al principio, y Riete despues de
la expulsion de los reyes.


Dilatado el territorio por la conquista, y creciendo á la par
la ambician y la codicia de los patricios, cayeron en desuso y
fueron dadas al olvido las leyes agrarias; de modo que la ple-
be -rústica, agobiada con los tributos, oprimida con la mura y
arruinada á eausa de las guerras lejanas que obligaban al la-
brador á perder de vista los campos, enriqueció con sus despo-
jos las familias ilustres por su nacimiento ó fortuna, trocán-
dose aquella primitiva nobleza hereditaria en una verdadera y
poderosa aristocrácia territorial.


Entonces desaparecieron las cortas labranzas y aparecieron
las inmensas haciendas y posesiones, comparables en exten-
sion á las mayores provincias de la República ó del Imperio;
y en vez de cultivar el dueüo su heredad, regaron la tierra


(1) ,Estaba ya en este tiempo (de Aug-usto) España tan poseida de RomanoR, y
como si dijésemos, tan de veras vuelta á la costumbre de Roma, que lo más de ella,
y particularmente lo del Andalucía, tenia ya todas las costumbres de Roma, y todo
el trato era tan romano, que casi se ha bia ya perdido todo lo español antiguo. Ha-
bíase tambien perdido casi del todo la lengua natural, y todos hablaban ya latin
como romano.' Ambrosio de Morales, C}'ón. oene,'al de Hspa.,ia, lib. VIII, cap. LII.




DE DERECHO POLÍTICO. 15
con el sudor de su frente los colonos libres y los esclavos (1).


Habia distintas suertes de colonos libres :censiti que poseian
la heredad á título de enfiteusis; inquilini que la llevaban en
arrendamiento, y originaj'ii ó nacidos y criados en la fiuca
como hijos de antiguos colonos. Estas familias labradoras no
podian ser despedidas por el señor de la tierra; pero en cambio
tampoco podian abandonarla, y cuando pasaba la heredad á
otras manos, pasaba el colono con ella. Poco se diferenciaba la
condicion del colono de nacimiento de la servidumbre de la
gleba; y sin embargo, una tan larga y segura posesion del
fundo casi se confundia con el derecho de propiedad.


Entre los esclavos mediaba asimismo diferencia, porque los
adsc?'iptitii vivian sobre el suelo, y se enajenaban con él como
parte de la heredad (serví .r¡lebm), y los no adscriptos al terre-
no, sin domicilio fijo, se ocupaban en cualesquiera faenas agrí-
colas bajo la direccion de un colono libre ó de un capataz es-
clavo que administraba la hacienda. Aquéllos, por más dignos
de confianza, andaban sueltos; y éstos labraban el campo aher-
rojados durante el dia, y venida la noche eran encerrados en
fuertes mazmorras (ergastuli,ferratile .r¡entts ). No gozaban de
mejor condicion los ciudadanos que cultivaban la tierra enca-
denados por deudas (2).


Tan profunda huella dejó la dominacion romana en España,
que todas las vicisitudes que experimentó en el curso de los si-
glos, no bastaron á extirpar las leyes y costumbres arraigadaR
al calor de una tan poderosa civilizacion.


Cuatro grandes principios de gobierno descubre el análisis
de la sociedadespañola en los tiempos de Arcadio y Honorio, á
saber: la unidad política, la)ibertad municipal, la religion
cristiana y la literatura é idioma del pueblo romano.


La unidad política, porque toda la gobernacion del estado
se hallaba villculada en Homa, centro de la autoridad~ refugio
de las libertades públicas, fuente de las riqlle7.us y honores, y
único domicilio de los ciudadanos, miéntras la Hepüblica dió


(1] .Latifundia perdiderc Italiam,jam vero et provincias: sex dornini semissem
Africro possidebant, cum interfccit cos Nero princeps.> Plin., Hi,o¡. nat.,lib. XVIII,
cap. n.


(2) Columcla, De I'e ¡·1IStica,lih. r, cap. lIl, n et VII; Plin., TIist. nat., lib. XVIII,
cap. VI.




16 qU.RSO
valor á sus derechos. Establecido el Imperio, sobrevino la tira-
nía, pero dejando á salvo un bien que la autocrácia de los Cé-
sares transmitió á la posteridad en el amor á la patria comun
de los Españoles.


La libertad municipal oprimida, mas no sofocada, último
asilo de la dignidad del hombre y protesta viva contra las de-
masías del póder absoluto, en cuanto la ciudad conservó el
principio electivo y vivió debajo de la tatela de sus institucio-
nes propias y de sus magistraturas populares.


La religion cristiana subyugando las conciencias, oponiendo
la fe á la autoridad, ensalzando al humilde á quien defiende
en nombre del cielo de las más altas potestades de la tierra,
templando los rigores de la justicia con la misericordia, y dan-
do á los pu~blos el saludable ejemplo de una severa disciplina
con la obediencia pasiva á los preceptos de la Iglesia, así como
el admirable espectáculo de sus asambleas ó Concilios que con-
tribuyeron no poco á promover la unidad nacional.


En fin, la literatura é idioma del Lacio que llegaron á ex-
tenderse y arraigarse en España, sustituyendo en el uso vul-
gar ellatin á la lengua natural de sus moradores. Aquí nacie-
ron Séneca el filó~ofo., el geopónico Columela, el geógrafo Pom-
ponio Mela, el orador Quintiliano, el poeta Marcial, y tantos
otros ingenios que florecierDn en Roma, y acreditaron haberse
consumado la obra de la conquista de España, puesto que al
cabo los vencedores impusieron á los vencidos la ley de mas di-
fícil obediencia entre todas.


CAPITULO II,
DE LOS PUEBLOS GERMÁNICOS.


Bastaban ya las disensiones intestinas á quebrantar el Impe-
rio Romano, minado sordamente y enflaquecido por los vicios
de su constitucion, olvidadas las leyes antiguas y las loables
costumbres de otros siglos mejores, sin que además conspira-
sen á su disolucion y ruina el asalto continuo de las fronteras,




DE DERECHO POLÍTICO. 17
la uevastacion (le las provincias, el incendio de las ciudades y
la matanza de sus moradores. Aquella altiva Roma á cuyo
nombre tan temido se humillaban los pueblos y se despojaban
de su púrpura los reyes, vióse en peligro de caer en manos de
los Godos, f:!.'ente de natural inquieto y belicoso que suena por
la primera vez en la historia en los tiempos del Emperador De-
cio, y estaba destinada por la Providencia á fundar dos pode-
rosos reinos con los fragmentos de los dominios más dilatados
de la tierra.


Mas antes de referir las grandes mudanzas que tanto influ-
yeron en la vária fortuna de España, pide el órden de las ideas
remontarnos al origen de los sucesos conocidos en la historia
por la invasion de los bárbaros, para poner en claro el íntimo
enlace de las causas y los efectos de aquel cambio sin ejemplo,
que trocó la faz de Europa, y lanzó por nuevos y extraños ca-
minos la civilizacion del mundo entero.


Llamaban los Romanos Germania cierta extensa region que
comprendia la Suecia actual, Noruega, Dinamarca, Finlandia,
Libonia, Prusia, casi toda la Alemania y la mayor porcion de
la Polonia; de modo que la antigua Germania bien abarcaba
el tercio de las tierras septentrionales del continente europeo.
El Rin por el occidente, al mediodia el Danubio, y despues de
este rio los agrios montes de la Carpacia y el Occéano por el
norte, eran los confines de la Germania, dilatándose hácia el
oriente hasta un término indefinido, porque no es posible fijar
las inciertas fl'onteras que separaban el territorio germánico
de la Sarmacia Ó la Tartaria, nacion barbara del Asia que ha-
bia penetrado en la Moscovia y en la Polonia, donde combatian
con sus vecinos y rivales por la posesion de algun desierto (1).


Sea que un exceso de poblacion dejara sentir los rigores del
hambre; sea la aspereza de un clima no suavizado con elculti-
vo, ó el miedo á las armas vencedoras de otras tribus cercanas,
ó en fin la natural aficion de los hombres nacidos debajo de un
cielo inclemente á trasladar sus hogares á tierras m~s apaci-


(1) • German!aomnis á Gallis, Rhretisque, et Pannonlis, Rheno et Danubio fiu~
minilms; a Sarmatis, Dacisque, mutuo metu, aut montibus separatur. Cetera Ocea-
nus ambit, latos sinus, et insularum immensa spatia complectens, nuper cogni-
tis quibusdam gentibus, ue regibus, quos bellum upcruit.> Tacit., De rebus Germa-
norMm, para I.




18 CURSO
bIes y ricas en frutos, es lo cierto que las naciones germánicas,
no resignadas á su libertad y pobreza, codiciaron las opuestas
orillas del Rín y del Danubio, y se fueron agolpando cada dia
en mayor número á los confines del Imperio. Débiles, limitaron
sus deseos á servirle como auxiliares en sus guerras: más fuer-
tes, solicitaron de los Emperadores territorio donde hacer asien-
to, allanándose á prestar obediencia al pueblo romano como
súbditos, ó prometiendo guardarle fidelidad como aliados.
Cuando los bárbaros se hicieron ya poderosos, tomaron por
fuerza de armas provincias enteras, levantaron reyes, impusie-
ron tributos y se apropiaron las tierras de los vencidos; yaun-
que al rebelarse protestasen de su deseo de paz y amistad con
el Imperio, asegurada la posesion de lo adquirido con dolo, lué-
go sacudian el yugo de Roma, y por derecho de conquista se
repartían sus despojos.


Entre los escasos monumentos de la antigüedad relativos á
la Germania, tarde y no toda conocida de los Romanos, respetó
el tiempo un tesoro de noticias, un libro breve en páginas, pero
de precio inestimable, donde el lector atento halla mayor cau-
dal de ideas que palabras, el cual fué objeto de mil eruditos
comentarios. Tácito será nuestra guia para juzgar de las cos-
tumbres primitivas de aquellos pueblos que abren nuevo cáuce
á la historia de la humanidad.


Vivian estas gentes esparcidas por los bosques, formando
tribus diversas que, multiplicadas con el tiempo, tomaron el
nombre de naciones. Ninguna de ellas habitaba en ciudades
cercadas, ni gustaba de que sus casas estuviesen arrimadas
unas á otras, asentando cada familia su cabaña solitaria cerca
del prado, del monte ó del rio. Carecian los hombres de letras,
y apénas se ejercitaban en la industria, porque eran más afi-
ciond.os á la guerra y á la caza que inclinados al trabajo.
Estimaban en poco el oro y la plata, y hacian poco uso de la
moneda, .prefiriendo la permuta en sus tratos, excepto aquellos
pueblos que por vivir en los extremos, tenian comercio con los
Romanos. Cultivaban la tierra, reconociendo el derecho del
cultivador á los frutos, pero no á la heredad, puesto que las
repartian cada año, y siempre les sobraba campo. Sus más
preciadas riquezas consistian en ganados. Sucedian los hijos
á los padres, y no habia entre ellos testamento. Suplían con




DE DERECHO POLÍTICO. 19
sencillas costumbres la falta de leyes, y era su religion la
idolatría.


Respetaban la nobleza en los suyos, y sin agravio del pueblo
poseian esclavos, no siendo muy superior á la condicion de
éstos la de los libertos, sal va cuando pertenecian á la casa del
rey, pues entónces tenian más autoridau que los libres, y aun
que los nobles. Hacian causa propia de las querellas· de sus
padres ó parientes, así como de sus amistades, y era fuerza
ser amigos de los amigos, y enemigos de los enemigos. La ven-
ganza personal ocupaba el lugar de la justicia, porque no
sufrian amonestacion ni castigo sino de los sacerdotes, humi-
llándose sólo á la voluntad del cielo.


Tomaban reyes de la nobleza, y caudillos de los más esfor-
zados, pero con potestad limitada los primeros, y los segundos
gobernaban, más que con la autoridad, con el ejemplo. Solian
recompensar los hechos insignes del padre en el hijo peque-
ñuelo alzándole por rey, y entónces asociaban á su gobierno
personas experimentadas.


El poder de los reyes no era absoluto ni perpétuo. Delibera-
ban los principales acerca de las cosas leves, y discutian las
graves, cuya decísion tocaba á todo el pueblo. En estas asam-
bleas ó juntas nacionales tenia voz el rey por vía de consejo,
no de precepto. En ellas tambien constituian superiores que
administrasen justicia en las villas y aldeas.


Los caudillos ponían grande cuidado en rodearse de muchos
y muy valientes compañeros con quienes usaban de liberali-
dad, porque en la paz les servian de honra, y de ayuda y de-
fensa en la guerra (1).


Penetrando hasta descubrir las raíces de la constitucion
germánica, hallamos dos elementos sociales ó dos principios
de gobierno que si bien se examina, no eran desconocidos al
pueblo romano; pero estaba ya tan gastada aquella civiliza-
cion, que para recobrar su fuerza, necesitaban recibir calor y
vida de una. raza nueva, ardiente y vigorosa.


En primer lugar, un amor instintivo á la libertad personal
que resistia de mil maneras el yugo de la autoridad; y de aquí,
en vez de la justicia la guerra privada; en vez de la mOllar-


(ll [bid; o




20 bURRO
quia absoluta, la potestad limitada de sus reyes y caudillos;
la eleccion en vet de la herencia, y la soberanía del pueblo
de que eran ciego instrumento las asambleas 6 juntas ge-
nerales (1).


En segundo lugar un celo religioso que no se entibiaba
cambiando el objeto apasionado de su culto) ántes parecia
exaltarse á cada mudanza en la ley de sus mayores. S610 así
se lograba templar el carácter vehemente é impetuoso de
aquellos pueblos que apénas doblaban la cerviz sino á la vo-
luntad del sacerdote, velut IJeo imperante, como Tácito lo
refiere.


A no hallarse recíprocamente limitados estos dos principios,
los bárbaros hubieran barrido la civilizacion del mundo, por-
que la libertad indisciplinada de los hombres del norte sin el
freno de la supersticion) 6 la supersticion sin el contrapeso de
la libertad, habrian dado el triunfo al individualismo germá-
nico 6 al socialismo romano, y ele ambos modos era fuerza que
prevaleciese un régimen político derivado de la soberanía
absoluta del príncipe 6 del pueblo.


La desmembracion y conquista del Imperio de Occidente por
los bárbaros, despojada la narracion de los sucesos militares
que la acompañan, es un período de la historia muy digno de
estudio, porque aparte de los estragos que hicieron los inva-
sores en aquel encuentro, queda, pasado el primer hervor de
las pasiones, la obra de la fusion de dos razas enemigas, la una
superior en las. armas, y la otra dotada de may?r cultura. Los
bárbaros caminaban hltcia las tierras codiciadas, llevando con-
sigo á sus mujeres, hijos, rebaños y todas sus riquezas, como
un pueblo que va peregrinando en busca de nueva patria y
nuevo domicilio.


Tal era la ferocidad de sus costumbres, que miéntras la su-
mision de los Romanos no desarmaba al brazo de los bárbaros,
talaban el país) no perdonando las vidas ni las haciendas de
los moradores, á quienes hacian la guerra á sangre y fuego.
Idacio pinta con tristes colores el cuadro de la primera inva-
sion de España, y poco más 6 ménos emplea las mismas pala-


_ bras con que todos los cronistas y escritores contemporáneos él
(1) .Do minoribus re1:Jus principes consultant, no mnjot'ill1lS omnes •.. > ni! ,\'bl'.<


Germano,."m, pars I.




DE DHUECIlO POLÍTICO. 21
más próximos á la época deploran las calamidades de su pa-
tria, y aun de todo el Imperio. Con el cansancio sobrevino la
calma, y á la guerra, el hambre y la peste sucedió la paz, alla-
nándose vencedores y vencidos á vivir en perpétua concordia,
mediante la cesion de una parte de las tierras de éstos en favor
de aquéllos, y la condicion de pagarles tributo por las que sal-
varon del universal despojo. No todo era piedad en los conquis-
tadores, sino tambien miras de particular provecho, pues ni
dura mucho el poder cuando es demasiado, ni con la índole
belicosa de los bárbaros se compadecia fácilmente el trabajo;
de modo que prefirieron entregar el cultivo á manos mercena-
rias ó gozar en la ociosidad de la renta, á labrar los campos
por si mismos, abandonando sus hábitos y ejercicios milita-
res (1).


La maravillol'la rapidez con que los bárbaros se apoderaron
una tras otra de las mejores provincias del Imperio no se ex-
plica, diciendo con el vulgo que les asistió la fortuna en las
armas. Cuando en la guerra es constante la victoria, razon de-
be haber para ello. La fortaleza ó debilidad de los pueblos de
alguna causa procede; y que los Romanos provocaron su des-
gracia y merecieron su castigo, nos lo pone de manifiesto la
historia, enseñando cómo el Imperio dividido entre Arcadio y
Honorio al terminar el siglo IV de la era cristiana, entró en el
período álgido de su disolucion.


En efecto, estaban relajados los vínculos de familia, y rei-
naba la mayor licencia de costumbres. No bastaban las leyes
á reprimir el crÍmen faltando la justicia que desamparaban los
magistrados, unos por culpable debilidad, y otros más indig-
nos por cohecho. Sin causa eran p~seguidos los ciudadanos
inofensivos con destierros y suplicios. No habia propiedad se-
gura ni posesion tranquila, y el labrador abandonaba los cam-
pos cierto de no coger los frutos. Oprimian los ricos y podero-
sos á los pobres y miserables sin compadecerse del huérfano ni


(1) Idatii, Ch1'on.j Isidori, H;~t. Vandalon¿m; Iríense, Ch1'on.
Hé aquí cómo el arzobispo D. Rodrigo explica la mudanza de crueldad en man-


sedumbre poco despues de la venida de los bárharos á España: ,Tandém veró vi-
dentes harbari terram, extinctis cultoribus, elanguere et fructibus defraudari, et
in ipsos penuriam redundare, non misoriis incolarum, sed cooparunt injuria¡ con-
dolere. Undé, et Í!lcolis convocatis, cum ais provincias diviserunt, ut incolre terram
colerent, tributa dominis solitari.> Rod. Tolet., De rebus Hisp., cap. IX.




22 CURSO


de la viuda. Apénas alentaba el municipio, y las ciudades se
poblaban de ruinas. Crecieron los tributos desordenauamente
hasta ser carg'a insoportable á los pueblos, y los curiales y los
no curiales, acosados por los exactores del fisco, huian 16jos de
su domicilio. Las guerras civiles y las invasiones de los bárba-
ros asolaban las provincias sin esperanza de remedio, quebran-
tada la disciplina militar y perdido elvalor indomable de las
~ntiguas legiones romanas (1).


A tal grado de relajacion habia llegado la sociedad, que mu-
chos súbditos del Imperio buscaban en los bárbaros una pro-
teccion que no hallaban en un pueblo sin entrañas. Cundia la
miseria por todas partes, y los rigores del hambre abatian el
ánimo de los ciudadanos hasta el extremo vergonzoso de hacer
el voluntario sacrificio de su libertad. ¿Qué más? La antigua
dignidad del nombre romano cayó en profundo menosprecio,
y los moradores de las provincias renegaban de él, teniéndolo
ya por cosa vil y abominable (2).


Los bárbaros carecian de leyes escritas, de gobierno regular,
de cultura y disciplina. Al mezclarse con los Romanos debian
aficionarse y se aficionaron á las comodidades y regalos de la
vida civil; y sin perder por entero los hábitos de la conquista,
ganaron en suavidad de costumbres, imitando en esto á los
pueblos sedentarios. El patrocinio militar, acaso el único me-


(1) .Fortissimi quondam Romani erant; nnne sine viribus. Timebantur Romani
veteres; nos timemur; vectigalia illis solvebant populi barlmforum; nos vectiga-
les barbaria sumus.' Sal viani Massiliensis, De gubernatione Dei, lib. VI.


(2) ,Malunt sub specie captivitatis vivere liberi, quám sub specie liberLatis osse
eaptivi. !taque nomen civium romanorum, aliquando non solum magno ros tima-
tum, sed magno emptum, nune ultro repudiatur ae fugitur: nee vile tantum,
sed etiam abominabile pené habetur ... Leviores his hostes qu8.m exactorcs sunt:
et res ipsa hoe indieat, ad hostes fugiunt, ut vim exactionis evadant ... Et mira-
mur, si non vincuntur á nostris partibus Gothi cum malint apud eos esse qu8.m
apud Romanos .• Ibid., lib. V.


e Recesserunt á no bis copüe veteres, recesserunt priorum temporum facultates.
Miseri jam sumus, et necdum nugaces esse cessamus ... Pacem et divitias prio-
rum temporum non habemus ... Nihil nobis de pace et prosperitate pristina reli-
quum est, nisi sola omnino crimina qure prQsperitate non esse fecerunt. > [bid.,
lib. VI.


e Totus Romanus orbis et miser ost, et luxuriosus ... In omni enim ferme orbe
Romano, et pax, et securitas non sunt ... Punit enim judex in alio peculatum, cúm
sit ipse peculator: punit sicarium, cüm ipse sit gladiator: punit effractores


, claustrorun et ostiorum, cúm ipse sit eversor urhium: punit expoliatores domo-
rum, cúm sit expoliator provillciarum. > Ibid., lib. VII.




DE DERECHO POLÍTICO. 23
dio entól!ces posible de establecer una gerarquía, se ligó con
el suelo, de donde provino más adelante el feudalismo que dió
color propio á la edad media.


Del contacto de dos pueblos tan distintos, el uno vencedor y
bárbaro, y el 'otro culto y vencido, resultó un compuesto de
elementos vários y discordes, prevaleciendo los más fuertes
entre todos, y triunfando el guerrero del legislador ó éste de
aquél segun se combinaban la accion y la resistencia. Allí
donde el país era muy romano, las antiguas instituciones tem-
plaron la natural rudeza de las leyes ó costumbres germáni-
cas; y por el contrario, donde la tradicion tenia poca fuerza,
brotó del seno de la barbarie una sociedad nueva y un nuevo
régimen político levantado sobre las ruinas del cesarismo, al
cual sustituye en el ejercicio de la soberanía una poderosa
aristocrácia territorial.


CAPITULO 111.


DE LA CONQUISTA GODA.


De la comnn estirpe de las naciones germánicas procedian
los Suevos originarios de las tierras cercanas al mar Báltico, los
Alanos venidos de las orillas del Volga y del Don, y los V án-
dalas descendientes de la Suecia y Dinamarca á juicio de al-
gunos autores. De los primeros dice Tácito que no eran una
gente sola, sino muchos y distintos pueblos, conocido cada uno
con su nombre propio, aunque en comun se llamaban Suevos,
y ocupaban la ma.yor parte de Alemania (1). Sea de esto lo que
quiera, todos ellos, y además los Silingos que andaban revuel-
t.os con los Vándalos, tenian por cuna, segun la opinion gene-
ral, el norte de Europa.


(1) • Nuno de Suevis dicendum est, quorum non una ut Cattorum, Tencterorum-
ve gens: majorem enim Germanire partem obtinent, propriis adhuo nationibus, no-
rninibusque discreti, quarnquam in oornmune Suevi vocentur.> De reb"s Ge,m,,-
norum, pars n. .~ .


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& .. /




\ 24 CURSO
Penetraron los bárbaros en España muy al principio del si-


glo V, llsolando la tierra y dominándola con el terror de sus
armas. Luégo que la redujeron á obediencia, dividieron las
provincias entre sí, ocupando los Suevos la antigua Galicia,
tomando los Alanos la Lusitania y la Cartaginense, y alzándo-
se con la Bética los Vándalos y Silingos. Sin embargo no fue-
ron del todo desposeidos los Romanos, pues conservaron toda-
vía la Carpentania y la Celtiberia con algunas regiones de la
costa hácia el Estrecho.


Apénas empezaron los bárbaros á gozar los frutos de la con-
quista, cuando salva el Pirineo y desciende al llano la nacion
Goda que á unos expulsa y extermina á otros, pata formar de
toda España un solo imperio bajo su dominio.


La ocupacion de la Península por los Godos esun suceso dig-
no de profundo estudio, porque las leyes de este pueblo son
aun nuestras leyes, sus monarcas el tronco de nuestra monar-
quía, su religion la existente, y en suma, todos los principios
esenciales de aquella organizacion política constituyen la base
del derecho público moderno, salvos los cambios que la modi-
ficacion lenta y progresiva de las ideas é intereses comunes
hace necesarios y pide el órden de los tiempos.


Para determinar con alguna precision la índole del pueblo
conquistador, á falta de documentos explícitos tocantes á su
carácter, leyes y gobierno, conviene remontarse á las fuentes
más altas de la historia general de las naciones germánicas, y
apurando la verdad descubrir los orígenes de las antiguas ins-
tituciones de España, las primeras que se dió á sí misma y po-
seyó como estado independiente.


La crítica puso en duda la patria de los Godos, fijando cier-
tos autores la cuna de este pueblo en el norte de Europa, y la
escuela de sus costumbres en los bosques de la Germania, ma-
dre de muchas naciones; al paso que otros, separándose de la
opinion generalmente recibida, defienden que eran una de tan-
tas tribus de la Escitia, de la misma familia que los Hunos; y
es sabido que de los Escitas asiáticos descendian los eu~opeos,
éuya morada limitaba por el occidente la orilla izquierda del
Danubio. Así, pues (prosiguen), los Godos nada tienen de co-
mun con los Germanos; de donde se infiere que van descami-
nados los escritores que para juzgar de las primitivas institu-




DE DERECHO POLÍTICO. 25
ciones de dos pueblos de tan distinto orígen, consultan las mis-
mas autoridades.


Difícil es poner en claro un punto tan dudoso de historia, y
más difícil todavía dirimir la controversia entre los eruditos; ,
pero por fortuna la cuestion de raza no implica la semejanza ó
desemejanza de instituciones, lo único importante á nuestros
ojos; y si llegamos á demostrar que la semejanza existe, el tes-
timonio de Tácito será de gran peso para averiguar las anti-
guas costumbres de los Godos, ora vengan de la Escandina-
via, ora de la Escitia ó la Tartaria (1).


(1) Creyeron los antiguos quo los Godos eran los Getas, pucblo~ indíg-onas do la
Escitia, en cuyo sentido escribe Procopio, siguiéndole gran número de historiado-
res, asi españoles como extranjeros. Elio Esparciano, en la vida de Antonio Cara-
calla, aludiendo á la muerte que esto mal Emperador habia dado á su hermano
Geta, refiere el ingenioso. equívoco do Helvio Portinaz: «Adde, si placet, etiam Ge-
ticus Maximus: quod Getam occiderat fratrem, et Gothi Getm dicerentur >. In Ca-
rae., XL La misma opinion, invocando la autoridad de Estrabon, Pomponio Mela
y Plinio, sigue nuestro Ambrosio de Morales, que hace á los Godos ó Getas origi-
narios de la Escandia ó Escandinavia, es decir, de aquella region septentrional de
Europa hoy conocida con los nombres de Noruega y Suecia. Crón. general de Es-
palia, lib. Xl, cap. l.


Más tardo no faltó quien ó quienes hubiesen puesto en duda la identidad de Go-
dos y Gotas, sustentando que aquéllos eran los Gotones citados por Tácito como
vecinos de los Ligios, y éstos una tribu de la Escitia que habitaba hácia el Ponto.
Tambien hubo autor que dijo eran los Godos los mismos Cimbroa vencidos por Ma-
rio, y de consiguiente un pueblo de la Germania.


Entre los historiadores que muy de propósito trataron de las cosas de los Godos,
se encuentran Jornandes y Procopio. El primero, de nacion godo, de profesion no-
tario, monje y acaso obispo de Rávena, escribió en el siglo VI un libro con el titu-
lo De Geta1run,¿ si~oe Gotoru,m m"iginB et r¡~ebt{¡s gestis, donde los hace originarios de
la Escandia, y luégo los sigue en su peregrinacion de tierra en tierra hasta que
fijaron su morada en la Tracia y riberas del mar Negro. El testimonio de Jornandes
es tanto más digno de fe, cuanto su historia es un compendio de la perdida que en
tloce libros escribió Casiodoro, ministro de Teodorico, rey de los Ostrogodos, varan
señalado en virtud y letras.


El griego Procopio, contemporáneo de Jornandes, en su libro De bello goth/co, no
afirma, aunque algunos lo piensen, que los Godos sean oriundos de la Escitia, in-
terpretando mal estas palabras: ,Hinc longius siti erant Gothi, Visigothi, Vanda-
li aliique omnes populi gothici, qui et Scytm quondam nominabantur, communi
utique illarum partium gentibus appellatione in quibus erant, qui Sauromata-
rum, vel Melanclmnorum, alióve quopiam cognomento gauderent,. Por manera
que segun Proeopio, al nombre de Escitas se hizo comun á todas las naciones asen-
tatlas en los extremos de Europa y Asia, cualquiera que fuese Sil origen; lo cual
no presta el menor fundamento para oponer una autoridad á otra.


Isidoro de Sevilla dijo: ,Gothi, regionem Sarmatarum aggresi, copiosissimis su-
per Homanos irruerunt agminiblls'. El arzobispo toledano D. Rodrigo escribió:
-Sed Josephus et Isidorus, quia ortum eorum (Gothorum) á Scanclia omissere, Scy-
tas et Getas ab incolatu patrioo, non ab origine, appellarunt,. y D. Rodrigo, o bis-


\




26 CURSO
En efecto, eran los Godos segun las crónicas y las historias


más auténticas, de su natural propensos á imitar las leyes y
costumbres de los pueblos con quienes se comunicaban; y así
no es maravilla que habiendo vivido largos años como amigos
ó enemigos en el comercio de las naciones germánicas, hubie-
sen tomado de ellas leyes y costumbres tan en consonancia con
el estado rudo, la condicion belicosa y los pensamientos de
conquista comunes á todos los bárbaros de aquel siglo. Y si
los Godos, ya vencedores, ya vencidos, no fueron inaccesibles
á la civilizacion del Imperio, mal puede ponerse en duda, se-
gun las reglas de la buena crítica, la mayor eficacia de su
contacto con la Germania.


Por otra parte, los hechos plenamente probados acreditan la
perfecta.analogía de las instituciones de los Godos con las de
los Francos, Lombardos, Borgoñones y otros pueblos de la
Germania; de donde se sigue que, bien sean aquellas institu-
ciones propias de la gente goda, bien derivadas de un comun
origen ó extendidas por el influjo poderoso del ejemplo, las
autoridades que dan razon del modo de ser y gobernarse los
bárbaros que invadieron y ocuparon diversas provincias del
Imperio de Occidente en los siglos IV Y V, descubren asimismo
las raíces de la constitucion visigoda (1).
po de Palencia: <Indeque quasi toti Scythoo dominantes (Gothi), Scythoo, ut indige-
me, appellati sunt '. Todos estos autores confirman que Procopio, al llamar Esci-
tas á los Godos, no aludió á su patria primitiva, sino á la tierra que ocupaban poco
ántes de invadir el Imperio.


Olao Magno, aunque escritor del siglo XVI, fué diligente investigador de las an-
tigfledades de los pueblos septentrionales de Europa, y establece como verdad pro-
bada, que los Godos proceden de Gothlandia, añadiendo: .Post e¡¡itum a sua terra,
in Europa et Asia novas terras ..• quoosituri, descenderunt; > cuya noticia, funda-
da solamente en la tradicion, adquiere un grado mayor de probabilidad refiexio-
nando que los Godos más fácilmente se allegaban á los Vándalos, Suevos y otras
naciones germánicas, que á 108 Sármatas, Hunos y demás tribus pa:storales de la
Escitia. Jornandes, De GetM,"m sil'. GotoY1,m origine etrebus gestis, cap. IV; Pro-
copius, De bello gothico, lib. IV, cap. v; S. Isidori, Gron. Gotthorum,. Rodericus To-
let., De rebus Hisp., lib. I , cap. IX; Roderict1S Sanctius, Hist. hisp., pars I, cap. IX;
Olai Magni, Hist., lib. II, cap. XXII; Lucius Marincus, De rebtls Hisp. memo,.abili-
btls, lib. VII.


(1) Un escritor contemporáneo, comparando las instituciones de los Godos con
las de los pueblos germánicos y asiáticos, halla que guardan mayor analogía res-
pecto á las tribus orientales que á la raza septentrional de Europa; de donde in-
flere que Tácito no es guia seguro para investigar los orígenes de la sociedad gó-
tico-española. La vida errante, la condicion de la mujer y las juntas populares son
los tres puntos cardinales en que, segun el Sr. Pacheco, convienen los Escitas con




DE DERECHO POLÍTICO. 27
Los Godos contrajeron hábitos de órden y laboriosidad mién-


tras fueron súbditos de los Hunos, que miraban con menospre-
cio los trabajos del campo, y abusaban de los privilegios de
toda nacion vencedora, obligando á cultivar la tierra á los
vencidos. Aborrecian éstos aquella dominacion, y estaban te-


los Godos y éstos se apartan de los Germanos. Lo mismo habia observado ántes
Gibbon, señalando los caractéres ilistintivos de la Germania y la Salmacia; mas
entre el juicio de ambos escritores existen dos diferencias muy notables, á saber:
La, que Gibbon no halló en la ley de las semejanzas ó desemejanzas motivo bastan-
te poderoso para negar el parentesco de los Godos con las demás naciones de la
Germania, y por el contrario los supone oriundos de la Escandinavia; y 2.a, que
omitió el exámeu comparativo de las juntas populares, teniendo por ocioso aquello
mismo á lo cual da el Sr. Pacheco extrema importancia.


El grave historiador inglés debió considerar camino más seguro para inquirir los
orígenQs de la nacion goda, el estudio de las emigraciones europeas y los argu-
mentos de autoridad, acudiendo á las crónicas, á la tradicion y á la poesía vulgar,
con preferencia á seguir el rumbo incierto de comparar leyes y costum brea no bien
conocidas, cuya lludosa conformidad no tanto significaria la identidad de raza, cuan-
to la frecuente comunicacion y trato de un pueblo con otros pueblos vecinos.


Pruebas tenernos, y muy repetidas, de esta condicion flexible de los Godos, quie-
nes tomaron, ya de los bárbaros, ya de los Romanos, leyes, religion, idioma, letras,
usos y costumbres. Jornandes, hablando de ellos, nos dice que despues de estable-
cidos cerca del Ponto, .jam humaniores et ... pru<lcntiores effecti, divisi per fami-
Iias, populí Vesegothre fa.¡nilire Baltorum, Ostrogothre prreelaris Amalis servie-
bant; - á quien sigui6 nuestro Alonso de Cartagena en aquellas palabras: • Et Hcet
in suo principio ferocitati dediti. .. tamen postquam mores aliarum gentium vi-
derunt, et urbes, humaniores effeeti, benignitatem et mansuetudinem induerunt,
adeó quod et philosophis ad quorum sapientiam humili studio pervenerunt, diú
propriis ducibus se rexerunt, et postea regales fastigium adsciverunt, quod et SIl-
cerdoti0 ornaverunt >. Casi de igual manera se explica Rodrigo Sanchez, obispo de
Palencia.


El otro punto de discrepancia que el Sr. Pacheco señala como medio cierto de
distinguir y separar los Godos de los Germanos, son las jtntas nacionales, frecuen-
tes entre éstos, y conocidas con los nombres de Campos de marzo y de mayo en la
historia de los Francos .• Nada de esto tenernos en la tribu, ni en el imperio godo,
prosigue el escritor; no se sabe que nunca jamás, ui en la FranCia, ni en la Iliria,
ni sobre las dos vertientes del Pirineo, se hayan reunido en asamblea los hombres
libres de aquella nacíon.-


Sin embargo de esta negativa absoluta, hemos podida rastrear algunas noticias
importantes para mostrar que las juntas armadas de la Germania fueron tambien
usadas entre los Godos con los dos caractéres de populares y belicosas que distin-
guían los Campos de marzo y de mayo. Theodorico, rey de los Ostrogodos, mueve
sus huestes en direccion de las Galias y España, para lo cual. egressus urbe regia,
Ollinem gel1tem Gothorulli, qua'! tamen ei prrebuerat, consensum assumens, Hes-
periam tendit -. Vitigis arenga á los suyos, proponiéndoles la paz con los Francos
y la guerra cou Betisario : < Hrec Vitigis, cui assensi Gothi omnes, ad itoc se accill-
xerunt-. I1dibaldo, elegido rey,' pauló post, convocatis Gothis omnibus, hoc fere
modo diseruit ... Hree effecto I1dibaldo, sententiam ejus probarunt Gothi. Evari-
oo, ,"."~,t" Ooth., ,molb", '" 00' roto.it do mit"'''''' 00 '"'ti,'~,m Au-)~




28 CURSO
merosos de mayores males; por cuya razon solicitaron de los
Emperadores provincias donde establecerse. Negáronselas al
principio, invadieron el Imperio, sitiaron ciudades, ajustaron
paces r Y al fin se acomodaron en la Dacia que por via de con-
cierto les cédió Aureliano. Con esto se sosegaron por algun
tiempo y vivieron en comercio con 10s'Romanos, si bien mo-
viendo guerras á menudo, señal de su condicion inquieta y de
sus vivos deseos de asentar sudomicilio' en territori~ propio y
de constituirse en estado independiente.


Todavía nuevas turbas de Godos, desalojados por los Hunos
de sus moradas, hubieron de acudir á Valente para que los re-
cibiese como súbditos, y una inmensa muchedumbre, huyendo
de la peligrosa yecindad de otros bárbaros, pasa el Danubio y
se establece en la Tracia que devasta con sus armas, decla-
rándose enemigos del Imperio aquellos mismos que habian
mendigado el favor de los Césares, y humilládose hasta ren-
dirles obediencia. La pericia militar y la fortuna de Teodosio
el Grande sacaron el Imperio á salvo, y se restableció la con-
cordia dándose á los Godos el título de confederados (j03rlera-
ti), derramándolos por la Tracia, la Frigia y la Lidia, aboliendo
la dignidad real entre ellos, pero dejando á cada tribu gober-
narse por su caudillo en paz ó en guerra. Así fuerunt cum
Romanis XXViII annis (1).


La consumada prudencia de Teodosio y el prestigio de su
nombre pudieron comprimir el ánimo turbulento de los Go-
dos, pero no extirpar las raíce!'l de su genial inconstancia; de
manera que, apénas se quebró el freno de tan inquietas vo-
lmitades, de ~uevo se rebela y pone en armas aquella indómita
gustum oratoribus, qui pacem peterent, etc.' Y no son éstos los únicos pasajes
de las varias historias de la gente goda que pudiéramos citar para desvanecer las
dudas de los ernditos. Jornandes, De Geta.-um sive Gothorum origine et rebus gestis,
cap. LVII; Procopius, De bello gothico, lib. I, cap. XI, lib. U, cap. xxx, lib. UI,
cap. 11, etc. ; Rerum Hisp .. Anac8phalceosis: Hist. hi8p., pars I; Gibbon, Decline ltn(?
(al! o( Roman Empi .. e, chapo X; Pacheco, De la monarqtúa Visigoda, cap. III.


Por lo demás, recomendamos al lector diligente que compare las instituciones de
los pReblos germánicos que hemos descrito en el texto siguiendo á Tácito, con las
leyes y costumbres de los Visigodos que expondremos en el discurso de la obra, y
observará, no la semejanza, sino la identidad más perfecta, teniendo on cuenta los
cambios necesarios que el progreso de la cultura, la posesion definitiva de un nuc-
va territorio y el establecimiento de una monarquía regular introducen en todo
pueblo.


(1) Isidori, Chron. Esto pasó en el año de J. C. 381 segun la misma autoridad.




DÉ DERECHO POI,ÍTICO. 29
gente. Los Visigodos levantan sobre el escudo á su caudillo
Alarico y le proclaman rey segun la costumbre de sus mayo-
res, y conducidos por el descienden á la Grecia, acometen la
Italia y entran en Roma.


A pesar de esta afrenta hecha por los bárbaros á la ciudad
vencedora de tantos pueblos y naciones, todavía les inspiraban
respeto los recuerdos de su grandeza pasada; ni estaba el Im-
perio tan abatido que no infundiese recelo la enemistad de los
Romanos. Por eso solian los reyes godos conquistar y mandar
al principio de su establecimiento en las provincias á título de
delegados de los Emperadores, hasta que, considerándose ya
bastante arraigados en sus nuevas posesiones,sacudian de todo
en todo el yugo que con trabajo y sólo por necesidad soporta-
ban. Tal fué la falaz política de Teodorico, rey de los Ostrogo-
dos, al solicitar de Zenon la venia para invadir la Italia y des-
truir el reino de Odoacro; y tales fueron tambien las artes de
Ataulfo al casarse con Placidia, hermana de Honorío, trocando
las tierras que poseian los Visigodos en Italia por la esperanza
de nuevos dominios en las Galias y España, provincias casi
perdidas para el Imperio. Toma, pues, la vuelta del Occidente,
cruza los Alpes, penetra por las gargantas del Pirineo y asien-
ta su corte en Barcelona, donde á poco murió á manos de un
asesino en servicio de los descontentos, porque era Ataulfo
amigo de la paz con Honorio, y los Godos, naturalmente guer-
reros, amaban las armas.


Sucedióle Sigerico, quien apenas tuvo tiempo para coronar-
se, pues siendo de condicion menos belicosa que prometían sus
palabras, luego fué muerto por los suyos como Ataulfo. Más
afortunado Walia, ó más prudente, movió guerra á los bár-
baros que tiranizaban la Península, estipulando con el Impe-
rio la cesion de toda la provincia de Aquitanía á cambio de
reducir las de España usurpadas por aquéllos, y sujetarlas á la
obediencia de Honorio. Fiel á este tratado, venció á los Silingos
y domó á los Alanos. Los Vándalos aceptaron el partido de
abandonar á España y pasarse al Africa: los Suevos permane-
cieron en Galicia hasta que Leovigildo los subyugó, y desapa-
reció su reino incorporándose en el de los Godos; y por último
Suintila, siendo Heraclio Emperador, despojó.á los Romanos de
las pocas plazas que aun conservaban en la Bética y la Lusita-




30 CURSO
nia, y los expulsó de nuestro territorio. Así la unidad nacional,
fundada por Augusto é interrumpida por la primera invasion
de los bárbaros, se restablece, dilatándose la dominacion de los
Godos por toda España (1).


Miéntras que habitaron las provincias orientales del Impe-
rio, iban poco a poco perfeccionando la obra de su nacionali-
dad. Ya en vida de Valente empezaron a pretender el señorío de
aquellas tierras, no como gente extraña y mercenaria, sino en
calidad de dueños y conquistadores. Entónces fué tambien
cuando el obispo arriano Ulfilas les predicó el Evangelio, y les
enseñó el uso de las 'letras. Querellas de religion segun unos,
puesto que los Godos se dividian en cristianos y gentiles recí-
procamente odiosos, ó segun otros diferencias secundarias de
origen, desunieron esta nacion, derivimdose dos del mismo
tronco, los Ostrogodos ó Godos orientales, y los Visigodos ó
Godos occidentales, nombres despues confirmados por la si-
tuacion geográfica de las provincias que ocuparon á título de
conquista (2).


Obedecian á reyes electivos desde tiempos remotos, elevando
á esta dignidad al que mejor gobernaba en la paz, ó al caudi-
llo más esforzado en la guerra, ó al más fiel guardador de la
religion y las leyes. A éstos escogian y proclamaban de uná-
nime consentimiento; y si por ventura poseian tales prendas
el hijo, el hermano ó el consaguíneo del rey difunto, eran pre-
feridos á otra persona extraña, y sucedian en la corona, no por
derecho de herencia, sino mediante el voto público. Conocian
la nob1ez~ y la respetaban, dando gran parte en el gobierno á
los próceres ó magnates, resolviendo los negocios ménos ar-
duos con su consejo. Los más graves se trataban y resolvían en
las juntas de todo el pueblo; si bien asentada cada familia en
su hogar, y esparcida la gente por un extenso territorio, era
natural que las juntas no muy numerosas de la nobleza susti-


(1) .Vandali Silingui Betica per Waliam regcm omnes extincti.. ldat., Chron,
-Alani. •• qui superfuerant, abolito regni nomine, Gunderici regls Vandalorum,
qui in Gallrecia residerant, se patrocinio subjugarunt.> Ibid • • Regum autem Suc-
vorum deletum, in Gotthos transfertur.> lsid., H':st. Suewrum.


(2) .Ceperunt Gothi jam non ut advenre et peregrini, sed ut cives et dominipoR-
eessori1lUs, imperare, totasque partes septentrionales usque ad Danubium suo jure
tenere.> Jornandes, cap. XXIV, v, et Euttropii seu Pauli Diaconí, Hist. Rom., lí-
ber XII; Olaí Magni, llist. de gentibus septentr., lib. VJII, cap. l.




DE DERECHO POLÍTICO. 31
tuyesen en la pluralidad de los casos á las asambleas genera-
les y tumultuarias de la nacion (1).
~ran los Godos en extremo supersticiosos. Cuando retumbaba


el trueno lanzaban sus flechas al aire, porque (decían) pelean
los dioses entre si, y nosotros debemos ayudar á los nuestros.
De tal manera la supersticion enaltecia la autoridad 'de sus
sacerdotes, que se igualaba con la potestad de sus reyes; y así
todo lo que aconsejaban ó disponian era obedecido sin murmU-
racion por el pueblo y por el rey mismo como precepto divino.
De aquí nació aquel sumo grado de veneracion que llegaron á
profesar, convertidos á la fe católica, á sus obispos, á quienes
dieron tanta mano en la gobernacion del Estado, que nada
importante se hacia sin sU concurso y asentimiento (2).


Entre las naciones bárbaras gozaban los Godos de buena fa-
ma por su mayor humanidad y mansedumbre; y en efecío, no
se cuenta de ellos que al invadir España hubiesen causado los
estragos que señalaron el paso de los Vándalos, Alanos y Su e-
vos. Quebrantados ya los Romanos por las guerras pasadas,
vieron sin pena la nueva conquista, porque aparecian los Go-
dos como vengadores de sus enemigos, y además esperaban
mejorar de fortuna mudando de señorío. Descontentos los mo-
radores de España del Imperio, impotente para defenderlos é
incapaz de gobernarlos, talada la tierra y destruidos los pue-
blos por el hambre cruel que padecieron, sobreviniendo la
peste con espantosa mortandad, empezaron á ver en los Godos


(1) -Sed postquam ad senium pervenisset ( Theodoricus ) ... convocans Gothos, co-
mites, gentisque suro primates, Athalaricum infalltulum adhuc ... regem constl-
tuit.. Joruandes, cap. LIX. Vitigis propone ajustar alianza con los Francos, y el
historiador continúa: - Hree eum audi~sent Gothorum proeeres, ae sibi conducerc
cCllsuisseut, ut ea fierent plaeuit •. Procopius, lib. r, cap. XIlI. Yen otra parte: -Se·
cundum hane legatorum Belisarii orationem, Vitigis, longe cum Gothorum opti-
matibus habita eonsultatione, eum Imperatore paeisci malui '. lbid., lib. II,
cap. XXVlll. Y en otra: .Bree Totilas, quibus assensi Gothorum proccres, abstite-
runt'lb ea deprecari Pretorianum, irsiusque arbitrio permisserunh.lbid., lib. nI,
cap. VIII.


(2) Quasi de ccelo sonnuisset. Olai Magni, Nisl., lib. JII, cap. VI!.
Tambien entre los Francos, despues de la conversíon de Clodoveo, ejercieron


grande autoridad los obispos, aunque no formaron, COJ]lO entre los Godos, un órden
permanente en el Estado .• Creterum tanta ex tune ccepit esset episcoporum auc-
toritas, ut nihll fere, absqlle eorum consilio, fieret.> Ruinart, in Greg. Tttron. Hist.
p~tRra.tione. Sirva esta nota para confirmar las pruebas de la analogía de las instl·
tuciones g6ticas y las germánicas.




32 CURSO
sus libertadores y á vivir con ellos corno vecinos, acabando por
tratarlos corno hermanos. Desde entónces propendieron las dos
razas á confundirse hasta que llegaron á igualarse en la ley,
y quedó perdida para siempre la causa de los imperiales.


Segun la costumbre de los bárbaros, los Godos dividieron las
tierras de España, tornando para sí los dos tercios, y haciendo
merced á los antiguos poseedores del otro tercio restante, re-
partimiento que debia perpetuarse; y por eso la prescripciotl,
el contrato 6 la usurpacion no eran títulos bastantes á dismi-
nuir ó aumentar la parte adjudicada al Godo y al Romano (1).


Esta singular disposicion no se dictó. con ánimo hostil á los
vencidos, sino corno una consecuencia natural de la conquis-
ta. Las tierras .ocupadas por el vencedor le pertenecian confor-
me al derecho de la guerra entre naciones que peleaban por
establecerse y avecindarse en las provincias del Imperio. Así
no abusaban .de la victoria cuando dejaban á los vencidos el
tercio con la carga de los tributos de que estaban exentos los
dos tercios de su propiedad, porque los bárbaros aborrecian to-
da imposicion como señal de servidumbre. Ingénuo, en el len-
guaje de aquellos tiempos, significaba libre é inmune.


La conquista goda no borró las huellas de la dominacion
romana, puesto que engendró cierta confw'la variedad de le-
yes, usos y costumbres, prevaleciendo á veces los principios
nuevos, otras triunfando los antiguos, y las más modificán-
dose recíprocamente; de donde nació una sociedad mixta, eñ
la cual se combinaban elementos muy diversos por su orígen
y su naturaleza. Cuidaron los bárbaros de conservar con leves
mudanzas la organizacion militar propia de su genio belicoso;
y al pasar á la vida sedentaria, fundaron un órden político
sobre el predominio de las instituciones germánicas en la es-
fera del gobierno; de modo que depositando el poder central
en las manos de los Godos, se afirmaban en ]a posesion del
territorio de España, robustecían la autoridad constituilia y
fortificaban los lazos de obediencia entre los Romanos. Estos se


(1) .Sed p1acnit Deo, et tandém in concordiam pervenerunt, quod indigenis ter-
tíam partem, et dnas partes Gothi atqno Suevi possiderent .• Chron. Iriense.V. ade-
más las leyes 8, 9 Y 10, tít. r. lib. X, Fo,·. Jud. . a


Teodorico, rey de los Ostrogodos, reservó para los suyos solamente el t;Jcio de
las tierras ,le Ital ia.




DE DERECHO POLÍTICO. 33
regian conforme á sus leyes, gozaban 'de los derechos compa-
tibles con su condicion de súbditos, y en fln, vivían al estilo
de Roma, en cuanto la libertad de la raza vencida no despertó
la suspicacia de la vencedora. Si una política recelosa alejaba
á los indígenas del poder supremo, no les negaba la participa-
cion en el gobierno local por medio de ciertas magistraturas
populares, ni podia anular la influencia que una mayor cul-
tura debia ejercer en el ánimo de un pueblo rudo, pero dócil
á la leccion y el ejemplo.


Así nos enseña la historia que Alarico dió el Breviario de
Aniano ó el Código Alariciano en que se contenian las leyes
para el uso de los Romanos provinciales sujetos á su domina-
cion, quienes repugnaban someterse á las extrañas prácticas
de los Godos; que desde Eurico, pl'imer legislador del naciente
imperio de Toledo, asoma en el derecho público y privado la
preponderancia de las doctrin,as romanas sobre las tradiciones
germanicas; que la lengua del Lacio, corrompida, y formando
con la ,mezcla de varios idiomas el latin bárbaro, extiende su
predominio á toda la nacion; y en suma,-.los obispos, reduci-
dos los Godos al gremio de la Iglesia, penetran en las juntas
nacionales y logran apoderarse del ánimo de los reyes y mag-
nates; suavizando la aspereza de la monarquía militar el in-
flujo superior de su virtud, dignidad y letras en todo romanas.
¿Qué más'? Hasta la ley que vedaba el casamiento del hombre
godo con la mujer romana y viceversa, no era sino copia de
l.a contenida en el Código de Teodosio, que prohibia al Romano
tomar mujer bárbara, persa ó extranjera (1).


Habia, pues, en España una poblacion compuesta de natu-
rales y antiguos moradores de la tierra, de verdaderos Roma-
nos ó descendientes de ellos avecindados en el país, y bárba-
ros nuevamente venidos que representaban cuatro distintas
naciones; y así como aquéllos llegaron á confundirse genera-o
lizado el nombre de Romanos, así tambien éstos fueron cono-
cidos con el solo apellido de Godos.


Primeramente la separacion de unos y otros hubo de ser
completa, segun se colige del hecho de regirse los Godos y los
Romanos por leyes propias, y de la prohibicion de mezclar SU


(1) Codex 'fheo(Z., lih. JII. l. 1 !Jo ",,,plii,. gentilib"8.
:~




34 CURSO
sangre, para que no borrasen la diferencia de origen los afec-
tos de familia. Con el tiempo á la antigua legislacion perso-
nal ó de raza sucedió la legislacion real ó el derecho comun,
puesto que Chindasvindo ordenó que las leyes godas fuesen
obedecidas en toda la nacion abrogando las extranjeras; y
Recesvindo allanó los últimos obstáculos á la reunion de am-
bos pueblos en uno, proclamando la libertad de contraer ma-
trimonio el hombre godo con la mujer romana y el hombre
romano con la mujer goda, como en otro tiempo la ley Canu-
leya revocó la de las Doce Tablas que prohibia el connubium
entre patricios y plebeyos. La verdad es que la fuerza de la
costumbre habia ya q)lebrantado el precepto, dando hasta los
reyes ejemplo de tener en poco la ley antigua, cuyo espiritu de
discordia perpetuaba la desigualdad de raza y debilitaba el
principio de familia, fundamento de la sociedad civil, intere-
sada en ~acilitar el cóntrato más grave y solemne de la vida
humana (1).


A pesar de todo, los Godos y los Romanos no llegaron á cons-
tituir un solo pueblo, mientras el peligro de caer unos y otros
bajo la dominacion de los Sarracenos no los obligó á formar
causa comun en defem;a de su pátria. Entónces juntaron sus
fuerzas, y desaparecieron los restos de aquella natural a~tipa­
tía que por espacio de tres siglos dividió á los antiguos y los
nuevos moradores de España, ante la guerra encarnizada de
moros y cristianos.


No debieron ser en grande número los Godos que invadieron
y ocuparon la Península, porque ni las escasas subsistencias de
una provincia asolada por los Vándalos, .t\lanosy Suevos per-
mitian abastecer á una excesiva muchedumbre de gente ad-
venediza, ni segun razonable discurso se puede inferir lo con-
trario del constante predominio de la lengua del Lacio.


En efecto, uno de los más vehementes indicios del número y
fuerza de todo pueblo conquistador, es el idioma que al cabo
prevalece; y puesto que entre nosotros el lenguaje vulgar des-
pues de la conquista goda fué un latin bárbaro en verdad, pero


(1) Ll. B, tít. r, lib. n, y 2, tít. r, lib. IlI, For. J?Hl.
De Teudio, rey de los Visigodos, refiere Procopio: • Ex Hispania uxorem duxit.


non visigotham genere, sed é sanguine incHgenre .... De bello gothico, lib. 1, cap. XII.
y Zosímo: <Ex Hispaniis fceminam nobilem in conjugem duxit, etopulentam .•




DE DERECHO POLÍTICO.
bastante más culto que el usual en otras naciones sujetas al
yugo germánico, bien podemos conjeturar que el fracaso del
siglo V pasó aquí con ménos violencia que en el resto de Euro-
pa, salvo Italia cuya suerte corrió parejas con la de España.


Las provincias romanas soportaban con impaciencia la tira-
nía de los Césares. El orgullo de los patricios, la miseria de los
plebeyos, la rapacidad del fisco, la venalidad y corrupcion de
los magistrados, la molicie y licencia de las costumbres, todo
iba minando á la callada los cimientos del Imperio. A la me-
moria de los antiguos agravios juntaron los Españoles el nuevo
agravio de no defenderlos contra los Vándalos, Alanos y S11e-
vos de fiera condiciono Sobrevinieron los Godos más humanos
y apacibles, aunque no ménos valientes ni menos versados en
la guerra; y los Españoles, aborreciendo la crueldad de los pri-
meros invasores, prefirieron vivir libres y pobres con los Go-
dos, á gozar d'J opulencia con los Romanos, si tal nombre me-
rece]a servírlnmbre cargada de tributos (1).


CAPITULO IV.
DE LOS REYES GODOS.


Queda advertido en lugar oportuno como los pueblos de la
Germanía acostumbraron poner reyes que los gobernasen, to-
mándolos de la nobleza y revistiéndolos con potestad limitada.
Algunas de dichas naciones los escogian dentro de ciertos li-
najes; de modo que el sufragio libre estaba templado con la
sllperioridad reconocida ele un ilustre nacimiento. Electivos
fueron los reyes de los Francos, Lombardos y Sajones, bien que
prevaleció entre ellos la loable costumbre de no elevar al sólio
sino al prócer 6 magnate cuyas dotes personales realzaba ve-
nir de estirpe antigua y generosa. Los Vándalos y los Suevos
no conocieron tampoco otra forma de monarquía.


(1) • Dndé et hucusque Romani, qui in regno Gothorum consistunt, adeó am-
plectuntur, ut melius sit illis cum Gothis pauperes vivere, quam inter Romanos
potentes csse, et grave jugum trihuti porLare .• lsid., Chron.




3G CURSO
Los Godos obedecian asimismo á reyes electivos, prefiriendo


los Ostrogodos, como de mayor nobleza, la familia de los Ama-
los, y los Visigodos la de los Balteos que blasonaban de ori-
gen divino. La arraigada supersticion de los pueblos germá-
nicos y su disciplina militar aprovecharon para santificar la
persona del rey y enaltecer la suprema dignidad del Estado;
miéntras que una eleccion encerrada en límites cada vez más
angostos, abria camino á la sucesion hereditaria.


La propension á robustecer la monarquía asentándola sobre
el principio dinástico, se advierte en todas las naciones con-
temporáneas de los Godos, cuya vecindad daba mayor fuerza
al ejemplo. Los Francos establecen el derecho hereditario en el
reinado de Meroveo; y los Vándalos y los Suevos se acercan á
él, aunque el voto público, cuando no la usnrpacion, interrum-
pen á menudo el órden de transmitir la corona de padres á hijos
ó de hermanos á hermanos (1).


Así vacilan los Godos entre el sistema electivo y el heredita-
rio, y se acaba su imperio ántes de fijarse en ninguno de ellos,
porque hasta Liuva prevalece la eleccion, y despues menudean
ensayos y tentativas con ventaja conocidl'l. de la herencia.


Los cuatro primeros reyes visigodos, á saber: Ataulfo, Si-
gerico, 'Valia y Teodoredo, ocuparon el trono por derecho de
eleccion. Turismunclo, hijo mayor de éste, le sucede con igual


(1) • Movet nos hrec causa, quoQ. cum aliarum gentium rogoss nominnt ¿ cm non
nominet et Francorum?' Greg. Turon., Hist. P"ancorum, lih. Ir, cap. IX. Tal era
el poder de la imitacion entre los bárbaros.


A lIIeroveo sucede su hijo Chilperico: á éste su hijo Clodoveo reputado por el
verdadero fundador de la monarquía de los Francos, habiéndola con tal solide. ci-
mentado, que cercano á la muerte (511) divide el reino entre su hijos Teodorico,
Clodoroiro, Childeberto y Clotario. La usurpacion de 1'ipino sustituye á la dinas-
tía "Merovingia la Cárlovingia.


El primer rey de los Vándalos es Gunderico: le sucede su hermano Giserico ó
Genserico que pasa al África: á éste su hijo Hunerico: síguele su hijo Venerico:
luégo vienen Guntamundo, Trasemuntlo é Hilderico, hijo de Hunerico: Gilimel'
.regnum curo tyranide sumpsit •. Isid., Vand. Hist.


Hermerieo fué el primer rey de los Suevos: le sucede en la corona su hijo Hechi-
la: á éste su hijo Receiario: á éste su hijo Masdra por aleccion, y sólo en una parte
del reino, .regem sibiconstituunt., y en otra parte otro hijo, Franta, á cuya muerte
tornan los Suevos á reunirse bajo la ohediencia de aquél: Frumario y Hemismun-
do, hijos de Masdra, disputan la corona y la dividen; pero vuelven á incorporarse
los Suevos muerto el primero. Despues de varios reyes ignorados, • regnum Sue-
voruro suscepit Theudemlrus:' luego Miro á quien sucer1e su h ¡jo Eborico, despo-
jado de la corona por Andeca, último mOllarca de los Suavos.




DE DERECHO POLÍTICO. 37
título, fa\'oreciendo su causa los méritos del padre, muerto en
los campos Cataláunícos en defensa de la pátr~a. Teodorico
debe la corona á un fratricidio, y otro fratricidio la traspasa á
las sienes de Eurico, á quien sucede su hijo Alarico: despues
de él viene Gesaleico legalmente elegido, y á poco despojado
de su dignidad por Teodorico, rey poderoso de los Ostrogodos,
en favor de Amalarico, hijo de Alarico y llieto de Teodorico, y
por tanto de la sangre real de los Amalos y los Balteos. Tendío,
Teudiselo, Agila y Atanagildo entraron á reinar llamados por
el voto público, 6 usurpando la corona á viva fuerza. Liuva
sustituye al tirano Atanagildo, y apénas sube al sólio, asocia
al gobierno á su hermano Leovigildo, quien entra en la plena
posesion del reino mediante el consentimiento tácito de los Go-
dos. Leovigildo, perseverando en la política de su antecesor,
hace partícipes de la potestad real á sus hijos Hermenegildo y
Recaredo; y éste, sobreviviendo al hermano, es coronado como
único sucesor legitimo del padre en el trono vacante. A Reca-
redo sigue su hijo Liuva II sin contradiccion, y pasa el cetro
,rle unas á otras manos, hasta que asentada la corona en las
sienes de Chindasvindo, propone para sucederle despues de sus
dias, y en efecto le sucede, Recesvindo; y finalmente Egica
toma por compañero á su hijo Witiza y le nombra su herede-
ro, el cual fué vencido y preso por Rodrigo (1).


Resulta que durante todo el siglo V y la mayor parte del VI,
primeros de la dominacion de los Godos en España, prevaleció
sin disputa el sistema electivo i mas desde los años 570 en ade-
lante, fué en declinacion tanto, cuanto en progrer:;o el sistema
hereditario. Los historiadores contemporáneos lo ponen de ma-
nifiesto con su lenta variacion de lenguaje (2).


(J) • Isidori, Biclarensls, Vulsre, Pacensis, Idatii, Sebastiani, etc •• Ch,.on.
(2) • Leovigildus ... duos filias suos ... Hermenegildum et Recaredum, consortes


rcgni facit. Chindus,Recesvintllm, filium SUllm regno Gothorum proponit. Egica
in consortio rcgni Vitizanem filium sibi hmrcdem regni facit .• Ch .. on. Biela,.. et
addit. ad Biela,. • • Ervigius rex elegit slli succesorcm in regno ... Egicanem .• CI",on.
Vulsa? ,Egica in consortio regni Vitizanem filium sibi hreredem faciens, Gotho-
rum regnum retemptat .• lsid. Paco Chron.


Mr. Guizot dice: • Pareco haber prevalecido 01 principio de la sucesion heredita-
ria hasta Teudio, y de allí adelante prevalece el principio electivo así en el hecho
como en el derecho. > Hist. des orig. du gouvcl·nement .. ep .. cscntatif, ¡. l, p. 2H. No
es exacto. Cuanto más se aparta la monarquía visigoda de su cuna, tanto más pro-
pende á transformarse de electiva en hereditaria, y esta es la ley de la historia. Al




38 CURSO
Diversas causas concurrian á favorecer esta mudanza. Por


un lado 'aqu~l gérmen de principio dinástico que hacia la elec-
cíon ménos libre, debiendo ser los reyes tomados, en virtud de
antigua costumbre, de la esclarecida estirpe de los Balteos; y
de escogerlos dentro-de un corto número de familias derivadas
del mismo tronco, á preferir la sucesion directa en una sola,
hay en verdad no pequeña distancia; pero á lo ménos el trán-
sito es natural y aun necesario, supuesto que el progreso es
una ley constante del órden social.


Por otro lado las tradiciones germánicas 110 estaban reñidas
con el derecho hereditario, en cuanto la práctica de elegir al
hijo, aun siendo menor, para suceder al padre, digno por sus
virtudes ó sus servicios á la nacíon de tan alta recompensa,
abria la puerta á la vinculacion de la corona en un linaje que
al cabo de pooas generaciones allegaba parciales resueltos á
defender como causa propia la ocupacion del trono por aquella
dinastía.


El ejemplo del Imperio Romano aceleraba este cambio, por-
que así como los reyes godos tomaron de él la majestad de ros
Césares, el manto de púrpura, los oficios palatinos y hasta
los nombres de familia, como Recaredo que antepuso al suyo
el de Flavio, acaso por parecer descendiente de Vespasiano;
así tambien le imitaron en asociar los reyes á sus hijos 6 her-
manos y hacerlos partícipes en la soberanía; de donde se ori-
ginaba la costumbre de obedecer al asociado, mirándole los
súbditos como á legítimo sucesor del príncipe reinante.


y por último, deploraban ltlS buenos las sangrientas discor-
(lias y los crímenes horrendos que la eleccion promovia, des-
pertando la ambición de los nobles poderosos y atrevidos; y
por amor de la paz no llevaban á mallos principales ni el pue-
blo, que de algnn modo se pusiese coto á; las revueltas y tira-
nías de los más osados, siempre aparejados á urdir alguna tra-
ma en menoscabo de la autoridad ó en ofensa de la persona del
mejor de los reyes y de su familia (1).
hecho oponemos testimonios fidedignos; y al L1erecho el Forum Judicum en su tí-
tulo preliminar De electione principum.


(1) De Giserico, rey de 10R Vándalos, cuenta la historia que -ante obitum suum
filiorum agmen accitum ordinavit, ne inter ipsos de regni ambitione eSRet dis-
~ensio, ced ordine quísque, et gradu suo, 'luí aliis superviveret, id est, seniori suo
fieret sequeos successor, et rursus si posteriorejus. (Juúd observantes per nnnorum




DE DERECHO POLÍTICO. . 39


Sin la catastrofe del Guadalete, algun rey afortunado hu-
biera asentado su dinastía en el trono de España, como Clodo-
veo en Francia ó Teodorico en Italia, puesto que los vicios de
la monarquía electiva repugnaban cada vez más á la manse-
dumbre de los Godos, desde que abandonaron la vida militar
por las apacibles tarea.s del campo; y si de algo debemos
maravillarnos, es de que Leovigildo y Recaredo ó Chindasvill-
do y Recesvindo no hubiesen.acometiuo y llevado á buen tér-
mino esta empresa. Verdad es que se necesitaba un esfuerzo
vigoroso ó una consumada prudencia para sobreponerse á la
mayor autoridad que las leyes visigodas depositaban en las
manos robustas del clero y la nobleza, interesado aquél en
mantener sumisos á los reyes con la esperanza ó el temor de
un voto favorable ó desfavorable á su elevacion al sólio en el
primer Concilio que se celebrase, y ésta no resignada á des-
pojarse del derecho de escoger rey entre los suyos, lo cual
debian estimar en mncho los próceres ó magnates del reino,
porque en efecto, era la más alta é importante de sus prero-
gativas.


Perseveraron, pues, los Visigodos en la monarquía electiva
todo el tiempo de su dominacion en España. Una ley de Reces-
viudo <lada en el Concilio VIII de Toledo regulariza el modo
de hacer la eleccion de los reyes, estableciendo que sean ele-
gidos en la ciudad cabeza del imperio, ó en el lugar donde
murió su antecesor, en junta de obispo¡; y de lo¡; Illayores de
palacio ó del pueblo; que el rey no sea extranjero, ni puesto
por conspiracion de los malos, ni por la plebe rústica amo-
tinada (1).
multorum spatia, regnum felicitcr possedere, nec quod in rcliquis gentibus abso-
let. intestino bello fmdaLi sunt, suoque ordina unus post unum suscipiens regnum,
in ~ace populis i~perarunt.> Jornandes, cap. XXXIII.


(l) Ley 2, tít. De elec. prinrip?l1n.
Hay notables diferencias entre el código latino y el romanceado; y asi nuestra


version se aparta en muchos puntos graves de la misma ley seguu el texto del
FUM'O Jt<zgo. Parece justo dar mzon de estas libertades que nos hemos tomado.


Decimos que los reyes deben ser elegidos en la ciudad cabeza del imperio, no
obstante la version enna cibdat de Roma, porque el Forum Judicum expresa in
urbe regia, y la vrbs regia de los Godos era Toledo, en donde fijaron la corte desde
los tiempos de Leovigildo. Confirman esta interpretacion el epígrafe siguiente:
.Concilium Toletanum VIII. .. incipiunt gesta synodalia LII Episcoporum in Urbe
Regia celebrat.a; > y la tercera suscripcion de sus actas que dice asi: cEugenius
Regire Urbis Metr0í'. Eí'.,> cuya firma se halla de igual manera rO\1etida en el Con-




40 CUHSO
Declara, pues, la ley necesaria, para ceñir legítimamente la


corona de los Godos, la voluntad simultánea del clero y la no-
bleza, es decir, que el nombre del nuevo príncipe debia salir
de la urna donde depositasen su voto los primeros dignatarios
de la Iglesia y del Estado.


La intervencion de la nobleza es cosa fácil de explicar, aten-
dida la índole de las instituciones germánicas que daban tanta
mano á los próceres ó magnates en la gobernacion del reino,
juntándose á este poderoso motivo de influencia el ejemplo de
los antepasados, pues leemos en la antigua historia de los Go-
dos que en várias ocasiones fueron los nobles quienes exclusi-
vamente dieron reyes á todo el pueblo.


Teodorico, rey de Italia, convoca á los condes godos y á los
principales de la nacían; y en esta asamblea de la aristocrácia
es proclamado su hijo Atalarico, á la temprana edad de diez
años. De Tendio, Teudiselo, Linva, Sisebuto, Suintila y Tulga
refieren que fueron sublimados al trono por la sola voluntad
de los principales entre los Visigodos; y por último son los
grandes quienes ciñen á Rodrigo la corona.


La participacion del ~lero superior empezó desde Recaredo,
cuando el sacerdocio y el imperio aj ustaron un pacto solemne
de alianza. Entónces, convertidos los más de los Godos á la fe
católica, entraron por las puertas del consejo de los reyes los
obispos y los abades, quienes constituyeron un cuerpo venera-
ble dentro del estado, ayudando á establecer su autoridad en
el gobierno el ascendiente que siempre tiene el clero sobre todo
pueblo religioso, y mucho más si aventaja á los seglares en
cilio IX. V. Aguirre, Collectio maxima Coneil. Hisp., t. lII; p. 435, et t. IV,
p.149.


-Cum couventu pont.ificum majorumque palatii vel populi > equivale en el ro-
manceado á .concello de los obispos ó de los ricos hombres de la corte ó del pablo,'
alterado el sentido en punto muy esencial con sólo sustituir una partícula dis-
yuntiva á otra copulativa. .


.Non forinsecus, aut conspiratione pravorum, aut rusticarum plebium seditioso
tumultu,> se traduce -et non deve ser esleido de fora de la cibdat, nin de consello
de pocos, nin de villanos del pablo>. De donde se infiere cuán grave yerro come-
tería aquel que, olvidando ellihro auténtico, se propusiese estudiar la sociedad
visigoda en una version infiel, parte sin voluntad ú causa de la vária leceion de
los códigos latinos, y parte de propósito á fin de acomodar las leyes á los usos y
costumhres de Castilla en el siglo XIII, puesto que es sahido que el Fuero J,úgo
fué dado como fuero particular á la ciudad de Córdoha por D. Fernando III y á otros
pueblos.




DE DERECHO POLÍTICO. 41
ciencias y letras, y si los pastores de la grey practican la virtud
y se muestran verdaderos apóstoles segun el siglo.


No es tan fácil señalar la parte que al pueblo debe atribuirse
en la eleccion de los reyes godos, puesto que nó puede ponerse
en duda, ni histórica ni legalmente, su concurrencia en algu-
nos casos á este acto de soberanía. Consta, en efecto, que los Su e-
vos, recogidos en lo más apartado de Galicia, levantaron por
su rey á Masdra, y en Italia los Ostrogodos proclamaron á Vi-
tigis. Entre los Visigodos Sigerico, Walia, Sisen ando y'Vam-
ba nos ofrecen cuatro notables ejemplos de eleccion popular,
habiendo sido elevados al sólio en brazos de toda la nacion (1).


El F01'um Jttdicum no está explícito en aquel pasaje cum
conventu pontijlcum majorumque palatii ve! populi O1nnimodo
eli/Jantur assensu, segun el texto literal del VIII Concilio de
Toledo, de dudosa interpretacion; y crece la dificultad al co-
tejar estas palabras con otras del mismo Concilio, donde dice:
Ntt1l1ts ... nisi .qenere Gotktts, et moribltS dilJntts atqtte prtJ!cla-
1'US, cum convenientia omnium lJei sacerdotum, et totius pri-
matus Gotnorum, et con sen su omnium populorum, ad apicem
1'elJni proveltatur (2). Del primer pasaje se infiere que la inter-
vencion del pueblo no era necesaria para la validez del acto;
y del segundo, que faltando su consentimiento, adolecia la
eleccion de un vicio grave, causa de nulidad.


Esta escasa luz del código visigótico puede recibir algun in-
cremento, ya que no llegue á completa claridad, consultando
las actas de los famosos Concilios de Toledo. Prohibe el IVusur-
par la corona, sembrar la discordia ó-conjurarse contra la per-
sona del rey, y ordena que muerto el príncipe en paz, se jun-
ten los principales de la nacíon con los sacerdotes, y de comun
acuerdo designen el sucesor; y en el V se lanza el rayo de la


(1) .Suevi qui remanserant in extrema part.e Galleciro ... Masdram sibi regem
constituunt.> Idat., Chron . • Congregati Gothi ... sibi Ita1iisque regem eligunt Vi-
tigim.> Procop., cap. XI. <Segericus rex á Gothis creatus ... Deinde "\Valia successit
in regnum, ad hac e1ectus a Gothis ut pacem infringeret.> Pauli Orosii, Hist.,
lih. VII. < ¡bique (Cesaraugusta) omnes Gothi de regno Hispanire eonglobati,
Sisenandum sublimant in regnllIn.> De gestís Dagobe·rto I rege Francorum,
cap. XXX .• Adfuit enim in die bus nastris clarissimus Wamba princeps, quem ...
totius gentis et patrire eommunia elegit.> Jul. Areh. Tolet. ,eumque rex (Reees-
vindus) vi.tam flnisset, \Vamba ab amnibus pl'rolcctus est in regna.' Chron.
Ader. JIT. V. Jornandes, cap. LIX.


(2) Ll. 2 ct 8 De electo p¡·incipwn.




42 CURSO


excomunion contra quien ó quienes aspiren al sólio sin el título
de la eleccion popular ó el voto de la nobleza i lo cual significa,
segun buen discurso, que cualquiera de ellos se consideraba
legítimo por si solo para ceñir la corona. Los demás Concilios
nada contienen que disipe por completo nuestras dudas (1).


Con estos tan vários antecedentes queda la razon perpleja,
ya consulte la historia, ya vuelva los ojos á los monumentos
legttles; y así no es maravilla que Marina siga la opinion que
para hacer rey se requeria la voluntad de todos, miéntras
Sempere afirma que solamente los grandes y los obispos con-
currian á su eleccion. Lo que sí debe causar extrañeza es la se-
guridad con que ambos escritores, siendo tan doctos y tan ver-
sados en los orígéqdllft~uestro derecho, resuelven de distinto
modo una de las m:"rduas y oscuras euestiones políticas que
suscita el estudiD del código de los Visigouos.


El historiador Ferreras establece como cierto que ántes de
Recaredo era la corona electiva por los señores de palacio y los
principales de la monarquía, eI}trando despues tambien los me-
tropolitanos y los obispos á ser electores; cuya opinion adopta
en parte Romey, asentando que los reyes ascendian al trono
por aclámacion de todos como caudillos del ejercito hasta Re-
caredo, desde cuando empezaron á ser elegidos por los obispos
y palaciegos (2).


En suma, una eleccion siempre popular, una eleccion siem-
pre aristocrática, ó una eleccion popular hasta Recaredo y aris-
tocrática despues, son las tres opiniones entre las cuales fluc-
túan los historiadores; mas para escoger entre ellas conviene
ántes asentar algunos hechos que son como reglas de buena
crítica, y deben guiar nuestro entendimiento.


En la primera edad de los pueblos prevalecen los gobiernos
más sencillos, la democrácia ó la monarquía, y sólo más ade-
lante asoman las formas mixtas ó los medios términos, propios


(1) ,Sed et dcfuncto in pace principe, primates totius gentis, eum saeerdotibus,
successorem regni concilio eommuni constituant.> Cap. LXXV, Aguirre, Col/ectio
maro., t. III, p. 319. ,Hujus rei causa ... profertur sentontia, ut qui talia medita-
tus fuerit, quem nee eJectio omnium probat, nee gothiere gentis nobiJitas ad hune
honoris apicem trahit, sit á. consortio catholicorum privatus, etc.> Cap. III, Ibid.,
p.404.


(2) Teoría de las Cortes, parto II, cap. 1; Histoire des Cortes d' Espagn6, chapo III i
Historia de Espa¡;a,·tom. III, p.451 i His/o)"ia de E.pa,.ía, tomo I, p. 26S.




DE DEREOHO POLÍTICO. 43
de un eiltado social complejo, fundados en el principio de la
desig'ualdad, y reconocidos por necesarios en virtud de una
larga experiencia.


Las diversas naciones de la Germania en tiempo de Tácito
atravesaban aquel período de la vida civil en que dominan las
formas mixtas, pues la nobleza decidia los asuntos de poca
monta, y todos los de mayor gravedad y consecuencia.


Una vez establecidas en los territorios conquistados,su go-
bierno debia ajustarse á su nuevo modo de ser, que si ántes
estaban aquellos pueblos juntos en la hueste, despues se es-
parcieron por el campo, trocada la condicion inquieta del guer-
rero por la vida sedentaria del labrador.


Finalmente, los cambios políticos verijjado~, no por la fuer-
za de las armas, sino por el influjo de r.'c·tstumbre8, nunca
son instantáneos ni completoil, porque no· se mudan de repen-
te las voluntades, ni corren todas por el mismo cáuce; ántes
sucede que unas se inclinen á lo antiguo y otras prefieran lo
moderno, y s610 al cabo de algun tiempo llega á establecerse
el predominio de la novedad 6 la tradicion.


Aplicando este criterio á la cuestion presente, observamos
que los Visig'odos, derramados por toda España y separados
por distancias largas y difíciles de sa.lvar, no podian,mante-
ners~durante mucho tiempo fieles al espíritu democrático que
presidia á sus antiguas asambleas 6 juntas nacionales. Cuando
formaban un pueblo en armas recogido en su campamento, y
de allí se movian como un enjambro en busca del sitio don do
há de posar, era muy natural que todos deliberasen, y á una
voz eligiesen el rey ó caudillo de alJ.uel ejército en campaña.


Terminada la conquista con la sumision de los Romanos, em-
pezaron los Visigodos á gozar de la vida sedentaria, y unos se
avecindaron en Tolosa ó Barcelona, otros en Toledo, Mérida 6
Sevilla, otros en lugares cortos ó en aldeas esparcidas por los
campos; y entónces la imposibilidad de reunirse en cuerpo de
nacion un dia fijo y en paraje determinado, sugiri6 el arbitrio
de convocar á los nobles y los obispos, y juntos en la corte los
principales del reino, recogieron la herencÍa de las extingui-
das asambleas populares.


Así se advierte que el Concilio IV de Toledo atribuye laelec-
cion de los reyes al clero y la nobleza; y aunque el V deja en-




440 CUHSO
trever la intervencion del pueblo, el VIII sólo admite su con-
sentimiento, es decir, la aclamacion del elegido por el sufragio
de los altos dignatarios de la Iglesia y el Estado. La aclama-
cion, que al principio pudo significar la volúntad posterior del
pueblo confirmando el voto de los magnates, degeneró en vana
ceremonia ó acto de obediencia pasiva; y de este modo pasó la
eleccion de los reyes á constituir el más importante privilegio
de la aristocrácia.


El último caso de eleccion en la apariencia popular que re-
fiere la historia, es el de Sisenando, proclamado rey por la
hueste á la vista de Zaragoza, ántes de encontrarse con los
Francos que con Venerando y Abundancia, capitanes de Dago-
berta, venian de guerra contra Sllintila. Esta eleccion fué vi-
ciosa en su origen, porque ni el lugar, ni la manera, ni el con-
cierto con el enemigo arguyen en favor de su legitimidad, por
más que ,el cronista de Dagoberto cuente como omnes GotM de
regno Hispani(/} conglobati, 8isenandum sublimant in re.q-
num; pues mal pudo ser así cuando no era cabeza del imperio
Zaragoza sino Toledo, ni allí habia muerto el rey, ni pudieron
juntarse todos los Godos sino la gente de armas, y no toda,
porque mucha seguia á la sazon el partido de Suintila. En re-
solucion, Sisenando ocupa el trono con violencia y usurpa la
corona con tiranía, hasta que el Concilio IV de Toledo, por
graves razones de conveniencia pública, reconoce al vencedor
y fulmina la excomunion contra el vencido.


La eleccion sosegada y tranquila de Wamba referida por un
cronista contemporáneo, no ofrece, como algunos pretenden,
el ejemplo contrario á la exclusiva intervencion del clero y la
nobleza en estos actos de soberanía durante el último período
de la dominacion visigoda. En efecto, las palabras de S. Ju-
fian, metropolitano de Toledo, Wamba princeps, quem ... to-
tiusgentis et patrice C(;mm?tnio elegit, significan el concierto
de las voluntades, y no el voto directo de toda la nacion. El
pueblo intervino aclamando al elegido segun el mismo cronis-
ta (populi 'acclamatio extititl; y á esto sólo se redujo su par ti-
cipacion en el derecho de conferir la dignidad real {ll.


(1) <Ibi enim uno eodemque die ... et decedentis regis vitalis terminus fuit, el
pro subsequentis viri jam dicti electiono illa ... populi acclamatio extitit.> Hist,
1Vamlrre regis, ti D. Juliano Tolet. selUs episcol'o,




DE DERECHO POLlTICO. 45
Síguese de lo expuesto que la regla más cierta y constante


de la eleccion de los reyes era el voto comun ántes de la con-
version de Recaredo; y despues de este suceso, cuando la inter-
vencion regular d~ los Concilios asentó y pe.rfeccionó la forma
del gobierno usado entre los Visigodos, solamente el clero y la
nobleza pusieron príncipes en el trono vacante, cesando las
prácticas tumultuarias de un pueblo indisciplinado, y sustitu-
yéndolas con la pacífica costumbre de aclamarlos la multitud
y recibirlos como su propia hechura. Ki los hábitos civiles que
prevalecen en los últimos tiempos de la monarquía visigoda,
ni el esparcimiento de la poblacion por todo el territorio de
España, ni el predominio de los obispos y magnates en los ne-
gocios del reino, ni la escasa parte reservada al pueblo en los
Concilios permiten afirmar lo contrario.


La natural propension de los Visigodos á transformar su
monarquía electiva en hereditaria, pedia la limitacion del su-
fragio, de modo que el poder se fuese concentrando por gra-
dos; y así á la democrácia reerqplazó la aristocrácia, y á ésta
la familia ó dinastía. Era una obra lenta y espontánea de la
sociedad movida al impulso de esas fuerzas misteriosas que ri-
gen el mundo moral y arrastran al hombre obedeciendo á su
instinto, y c9nstituyen la ley del progreso cuya revelacion per-
tenece á la rec6ndita filosofía de la historia.


Hasta aquí hemos hablado del pueblo como partícipe direc-
to por medio del voto, ó indirecto por medio de la aclamacion,
en el nombramiento de los reyes godos; mas conviene adver-
tir que el FO'l'um Judicum excluye del ejercicio de este derecho
á la plebe amotinada diciendo que la eleccion no se haga 'l'US-
ticarum pleóútm seditioso t1tmultu. ¿ Qué diferencia habia pues
entre los Visigodos de populus á pleós rustica?


S. Isidoro, en su famoso libro de las Etimolo.qias, dice que
pueblo es la reunion de todas las personas que componen la
nacion, y plebe la clase ínfima del pueblo, añadiendo para
mayor claridad, que el pueblo comprende á todos los ciudada-
nos con los magistrados (seniores), y la plebe solamente al
vulgo 6 la confusa multitud de los hombres de menor estado
y fortuna. Pleós autem dicta a pluralitate; major enim est nu-
merus minorum quam seniorum: de donde se sigue que opone
los minores á lOR senim'es, como si dijera majares villm'um.




4G CURSO
Segun Ducang'e, llamaban minores las leyes visigodas á los


que no poseían dignidad alguna, y así tambil'm eran conocidos
con el nombre de personas privadas (privatce pe?'sonce), en opo-
sicion á los majores que gobernaban á los habitantes del cam-
po (villa;'um incolce) y juzgaban sus causas; por lo cual en el
VII Concilio de Toledo se emplea la palabra senio;' como sinó-
nima de judex (1).


Asentados estos preliminares, necesarios para la recta inter-
pretacion del texto, se sigue que el Forum Judicu1'J?, decla-
rando legal la eleccion en que tomaba parte el pueblo, no te-
nia por buena aquella en la cual daban su yoto solamente los
menores; es decir, que podia concurrir al acto la tota civitas
de S. Isidoro, ó el cuerpo moral llamado ciudad, compuesto
de todos sus miembros, y cuya cabeza. eran los magistrados,
pero no la multitud sin autoridad ni disciplina, reputando ile-
gítima semejante eleccion tumultuaria.


La expresion plebs r1tStica, usada en el Forum Jttdic'wm,
denota que despues del repartimiento de las tierras adquiri-
das por derecho de conquista, todos ó los más de los hombres
libres de menor estado, seguian la profesion de la agricultu-
ra y habitaban en el campo. Formaban la plebe rlÍstica la-
bradores solariegos y colonos que pagaban el diezmo de- los
frutos al dueño de la heredad, y habia entre ellos Godos y Ro-
manos.


Era sin duda el ánimo del legislador, al excluir de la eleccion
del rey la plebe rlÍstica amotinada, conjurar el peligro de las
usurpaciones, pues mostraba la experiencia cómo podian los
am biciosos alcanzar la corona allegando á su partido ya la
nobleza, ya las turbas ciegas por la pasion, ó seducidas por
pretendientes poco escrupulosos.


y ¿quién sabe'? acaso esta ley encierre un misterio que difí-
cilmente revelará la historia, y ofrece ancho campo á más 6
ménos fundadas conjeturas.


Niebhur, éon gran copia de erlldicion y aguda critica, llegó
á demostrar que la palabra populus, en su sentido verdadero
y primitivo, se oponia áplebs, puesto que en los primeros tiem-


(1) EtMm., lib. IX, cap. IV; Glossadum, tM·b. Majores villw'um, Minores el
rtUa; Aguirre, Col/reNo maxima. t. lIT, p. 420.




DE DERECHO POLÍTICO. 47
pos de Roma, plebs significaba la clase de los plebeyos \ y po-
pulus la de los patricios (1).


Pudiera suceder que esta reminiscencia hubiese penetrado
en el Forum Judicum, y no sin causa, porque los Visigodos
que!'ian rey de su nacion; y siendo muchos más que los Godos
los Romanos aplicados á la agricultura, si la plebe rustica (no
el pueblo) fuese llamada á mezclarse en la eleccion, no estaria
seguro el cetro de España en las manos de la raza vencedora. .
Si el numero favorecia la parcialidad de los Romanos, ¿cómo
no caer en la tentacion de elevar al trono alguna persona no-
ble y principal entre los suyos? No olvidemos que la fusion de
ambas razas se hizo tarde, y nunca por completo, miéntras
subsistió la monarquía de Toledo.


Como quiera que sea, los elegidos :y elevados á la dignidad
real no debian ser profesos en órden alguna religiosa, ni no-
tados de infames, ni de origen servil, ni extranjeros de nacion:
debian ser de sangre goda, de linaje ilustre y buenas cos-
tumbres.


Elegido el rey, seguia la ceremonia de la aclamacion popu-
lar. Habituados los Germanos á vivir contínuamente en la
hueste, elegian y aclamaban en los reales á sus caudillos, le-
vantándolos en alto de pié sobre un pavés ó escudo, para mos-
trarlos á la multitud y darle á conocer el príncipe á quien de
allí adelante debían rendir obediencia. Los Ostrogodos, como
los Visigodos, así lo practicaron, segun lo cuenta Casiodo-
ro á propósito de la eleccion de Vitigis. Recogieron esta anti-
gua costumbre los Fueros de Sobrarve, de donde proceden las
fórm ulas alzar ó levantar rey y jura?' los fueros de la ele'lJa-
cían, para denotar el acto de prestar el' rey elegido ó llamado
á suceder por derecho hereditario el juramento de guardar y
cumplir las leyes del reino. En la elec()ion deWamba, la más
espontánea y ajustada al órden de que hacen mérito las cró-
nicas, se distinguen con toda claridad la eleccion y la acla-
macion.


La solemnidad religiosa de ungir al rey, cuya prioridad per-
tenece á los Francos, pues consta que fué ungido Clodoveo, de~
bió haberse usado por la primera vez entre los Visigodos en la


(l) m.<toi,oe romain~, t. 11. p. 163.




48 CURSO
persona de Wamba (1). La Iglesia ayuuaba de este modo á
sublimar el príncipe á los ojos de un pueblo devoto, presen-
tándote rodeada de tIna aureola divina la majestad humana;
y esta doble sancion parecia favorable á tener por sagrada la
persona del rey, y á consolidar la monarquía con el sello de
santidad que le imprimia la intervencion del cielo. Sin embar-
go, no era tan grande la eficacia de la uncion como esperaron
los sacerdotes, pues Ervigio y sus parciales no respetaron más
la autoridad de Wamba por ser ungido, que ántes de ellos otros
la de otros reyes no consagrados á quienes arrojaron del trono.


Asentado que entre los Visigodos era la corona electiva, res-
ta examinar .si el·hecho estaba siempre conforme con el dere-
cho, ó si por el contrario prevalecian algunas prácticas opues-
tas ó no muy arregladas it lo ordenado y establecido en el Fo-
'J'um Judicum.


En efecto, el curso de los tiempos habia introducido tales
costumbres en el nombramiento de los reyes, que cada vez se
iba eclipsando más y más el principio electivo, lo cual cedia
en favor de la su cesio n hereditaria.
Au~que la sustitucion de los padres revestidos con la digni-


dad real por sus hijos allegados al trono, ó de los hermanos
por sus hermanos no estuviese remda con el principio electivo,
puesto que no excluia Ell voto público, ni era nuevo entre 10'3
Germanos aclamar rey al descendiente ó al colateral en reem-
plazo del ascendiente ó del colateral finado, todavía permitie-
ron los Visigodos que el uso degenerase en abuso peligroso á
su libertad, cuando los hijos ó los hermanos del rey difunto,
con menospreciQ de las leyes y costumbres antiguas, llegaron
á sentarse en el sólio sin consultar á la nacion, como si el reino
les perteneciese por derécho propio, ó fuese patrimonio de su
familia.


Servia de título para esta sucesion lá práctica de asociar un
príncipe,h.ijo ó hermano del rey, á su persona y gobierno, lo
que facilitaba la entera posesion del poder real á quien ocu-
paba ya la mitad del trono vacante.


(1) cAdfuit enim in diebus nos tris clarissimus 'Vamba princeps, quem digné
principari Dominus voluit, per quem sacerdotalis unctio declaravit ... Nam eum-
dem virum ... ungise tamen per sacerdotis manus anté non passus est, quam sedem
IIlliret Regilll Drbis, etc.> Hist. Wamb~ ,'eg;s. V. Es¡,m7a wgl'ada, t. VI, p. 512.




DE DERECHO POLÍTICO. 49
Imitaron los reyes visigodos'en esto, como en otras cosas, á


los Emperadores Romanos, que temerosos de la sedicion mili-
tar por la indisciplina de las leg-iones, discurrieron llamar á la


_ participacion de la suprema autoridad á un pariente ó extra-
ño á quien tomaron por compañero y designaron por sucesor:
medio hábil y discreto de ingerir en una monarquía electiva
un presunto heredero de la corona. Liuva y Leovigildo, Cbin-
uasvindo y Recesvindo, reinando juntos, nos traen á la memo-
ria los nombres de Augusto y ~iberio, Vespasiano y Tito, Ner-
'fa y Trajano. Desde que prevaleció la voluntad del monarca
sobre el voto público, ó se halló el modo de suplir con el tácito


. consentimiento la falta del expreso, el órden de suceder fun-
dado en la eleccion se inclina á la herencia.


Solian los magnates ménos escrupulosos ascender al sólio
apoderándose del reino á mano armada, ya estuviese el tro~o
vacante, ya legítimamente poseido; y acontecia que el rey deil-
amparado de los suyos, víctima de una conj uracion tenebro-
sa ó vencido en batalla por el rebelde, perdia en la contienda
la corona, y á veces tambien la vida. La venganza no siempre
se satisfacia con la muerte del rey, sino que alcanzaba ásu
mujer y sus hijos.


Las leyes del Fo'l'U'm Judicum y los decretos de los Concilios
de Toledo ordenan y establecen que nadie se atreva á tomar el
reino con violencia, ni á cometer atentado alguno contra la
persona y autoridad del príncipe reinante, ni á ofender á su
generacion con muerte, destierro ó despojo de aquellos bienes
que los hijos ó sus pad'res habian ganado segun derecho. A pe-
sar del doble rigor de las penas y censuras eclesiásticas, ni las
conspiraciones cesaban, ni dejaban de repetirse los casos de
infidelidad con perjurio, de usurpaeion y tirania. Tan arraiga-
do est'!'lbá en el ánimo inquieto de los Visigodos el vicio de la
desobediencia, de la ambiéion soberbia y de tentar la fortuna
en el juego peligroso de las discordias civiles (1).


No eran, pues, el mérito y la virtud el único escalan para
subir al trono del reino gótico, como dice Marina, en este
punto y en otras cosas muy indulgente, á fuer de enamora-
do de nuestras antiguas instituciones. Eran asimismo escalan


(1) FO/'lIm Judiwnt. tít. D, eTert'nne JWinrit",m.




50 CURSO
la deslealtad, la traicion, el asesinato y aun el fratricidio, y
tanto que la corona entre los Visigodos, más que símbolo de la
potestad real, parecia guirnalda con que adornaban la víctima
aparejada al sacrificio. Gregario de Tours juzga más sevé-
ramente á los Visigodos, cuando vitupera su costumbre de
acudir al hierro para abreviar los dias de un rey caido en des-
gracia; y sustituirle con otro acaso no mejor. Wamba, decli-
nando ya la monarquía visigoda, bebió el veneno que si no
hizo efecto de muerte, fué bastante á privarle de sentido; y el
conde Ervigio cogió el fruto de su crímen, ciñendo á sus sie-
nes la corona (1).


Fiel la gente visigoda á la tradicion germánica, no consen-
tia reyes con potestad absoluta, sino dentro de ciertos límites
encerrada. Primeramente la intervencion del pueblo y la no-
bleza, y despues el influjo poderoso del clero, enfrenaban la
autoridad de los reyes, participando de la soberania ó mode-
rando su ejercicio. Los Concilios de Toledo, si bien ensalzan
hasta las nubes la dignidad real y recomiendan á los Godos la
sumision y obediencia al príncipe cuya potestad viene de Dios,
no se olvidan de darles consejos de piedad y mansedumbre, ni


. de amonestarlos para que sean ántes escasos que gastadores,
no codiciosos de lo ajeno y guardadores de la justicia. Pasa-
ron los decretos á leyes, los consejos se mudaron en preceptos
y recibieron vigor de la doble sancion civil y religiosa.


Cuatro son los puntos á que principalmente se refieren todas
las prerogativas de la corona visigoda, y así conviene deslin-
dar la autoridad de los reyes en cuanto "legisladores, goberna-
dores, magistrados y caudillos de la nacion.


Como legislador tenia el rey facultad de dictar leyes se-
gun lo creia conveniente al bien público, y las dictaba ya por
sí solo, ya con el consejo de los obispos y próceres del reino,


(1) Teoría de las Cortes, parto JI, cap. l.
De los 32 reyes godos que hubo en España, ocho fueron usurpadores, cuatro des-


pojados de la corona y ocho asesinados, entre ellos dos víctimas de un fratricidio;
es decir, en todo 20 crímenes de 32 sucesiones. El Turonense, á este propósito, es-
cribia: ,Sumpserant enim Gotthi hane detestabilem consuetudinem, ut si quis eis
de regibus non placuisset, gladio eum adpeterent, et qui libuisset anímo, hunc
sibi statuerent regem •• Nist. Franc., lib. IIl, cap. 30. Fredegario, despues de refe-
rir cómo Teudio y Teudiselo fueron asesinados, prosigue su narracion diciendo:
.Gothi veró jam oHm habent hoc Yitium, ctlm rex eis non placet, ab ipsis interfl-
citur •• Nis!. Franc. Epitome.




DE DERECHO POLÍTICO. 51
unas y otras con igual fuerza obligatoria. El rey no era supe-
rior á la ley, antes debia dar el ejemplo de guardarla y cum-
plirla (1 l.


Como gobernador del reino declaraba la guerra, ajustaba
paces y tratados de alianza, convocaba los Concilios, confir-
maba y promulgaba sus decretos, instituia los obispos y los
trasladaba de una á otra silla ó los destituia, nombraba du-
ques, condes, gardingos y demás autoridades, y cuidaba de la
administracion superior por medio de oficiales de su corte ó
dignatarios del palacio.


Como magistrado establecia jueces en las provincias y ciu-
dades del reino, velaba sobre la administracion de la justicia,
sentenciaba ciertas causas graves en uso de su alta jurisdic-
cion é indultaba á los delincuentes. No podia acudir á los
tribunales en causa propia sino por medio de personero, ni
obligar á nadie por sí ó por tercera persona á firmar carta de
donacion ó escrito de deuda, ni despojarle de sus bienes, ni
pronunciar solo sentencia capital, ni decidir pleito' cí vil sin
forma de juicio.


(1) Masdeu asienta como verdad probada que las órdenes y decretos de los reyes
godos no tenian fuerza sino durante su vida, y sólo recibian perpetuidad y vigor


.. de ley, cuando logralcan la aprobacion de los dos estados eclesiástico y secular con
la firma de los obispos y grandes del reino. Hist. crít., t. XI, p. 14. El historiador
pretende comprobar su apinian con gran número de citas de los Concilios de Tole-
00; mas ninguna de ellas sirve sino para mostrar la partieipacion del clero en
ciertos actos legislativos. La eucstioIl se halla resuelta en estas terminantes pala-
bras: -Los príncipes an poder de ennader leyes en este libro todavía ... Y el príncipe
pnede ennader leyes, segund cuerno los pleitos avinieren de nuevo, é <'leven valer así
euemo las otras.> Fuero Juzgo, 1. 12, tito I, lib. n. Citamos el Fuero romanceado
contra nuestra costumbre, porque el texto latino parece incompleto; más bien se
deduce la potestad legislativa de los reyes del epigrafe de la misma ley segun se
contiene en el Fo~um Judicum, donde dice: .adjiciendi leges principibus ma-
nente».


La superioridad de la ley consta de varios pasajes del Cúdi¡:ro visigótico, por
ejemplo: -Sané taro de prresenti, quam de futuris regibns, hane sententiam ... pro-
mulgamus ... > Tít. De electo principum. ,Damus modestas simul nobis et subditis
leges, quibus ita et nostri eu'lmini cIernen tia, et succedentium regum novitas ad-
futura". obedire decernitur, ac pare re jubetur.> Ibid., 1. 2, tít. I, lib. n.


Algunas veces la obJigacion impuesta al rey de guurdar y cumplir las leyes se
fortifica con el juramento: ,Nullus tumen priús apicem regni pereipiat, quam se
iJlaro per omnia supleturum jurlsjurandi taxatione definiat, quod firmiter custo~
rliat et fideJiter adimpleat >. Tít. De elect. p,.incipum, 1. 2. ,Hujus sané legis sen-
tentia in solio principum erit negotiis observanda, atque ita perpetim valitura, ut
non antea quispiam solium regale conscendat, qua m jllramenti fcedere hanc legem
se in omnibus implore promittat..> Ihid .. 1. 5, tít. l. lib. JI.




52 CURSÓ
Por último, en calidad de caudillo convocaba la hueste, apre-


miaba á los morosos, castigaba á los inobedientes, regía las
armas, y usando de su jurisdiccion militar, mantenia la disci-
plina. No todo cuanto ganaba en la guerra cedia en beneficio
de su persona y familia, distinguiendo la ley cuidadosamente
el patrimonio particular del príncipe transmisible á sus hijos,
de los bienes granjeados como rey en beneficio de su pueblo,
los cuales se incorporaban al reino y se vinculaban en la co-
rona (1).


La monarquía visigoda fué eRencialmente militar hasta Re-
caredo, exig'iéndolo así la rudeza de las costumbres, las guer-
ras continuadas y la fuerza de la tradicion. Un pueblo que
necesitaba abrirse paso con la espada al través del Imperio
Romano y ocupar alguna de sus provincias por derecho de
conquista, debia ser belicoso por necesidad y por inclinacion;
yen efecto, éste es el.9arácter que reflejan sus leyes é institu-
ciones. Más adelante, despues de la conversion de Recaredo,
llamado el clero católico á la participacion en el gobierno, el
espíritu religioso suavizó la aspereza y domó la energía de
aquel pueblo que al principio no dejaba un punto las armas de
la mano. Entónces el órden legal fundado en la moral y la
justicia sustituye á la disciplina de los ejércitos, y los Conci-
lios levantan su voz y dan á los reyes consejos de piedad y
mansellumbre, virtudes que no florecen ni siquiera se cultivan
en las monarquías militares.


Rea; eris, si rectajacis; si autem nonfacis, non e?'is, dice
el Forum Judicum, significando que pues no hay potestad
legítima, si no es justa, el rey injusto 'no merece el nombre de
rey, ni puede exigir respeto á su autoridad. Reges jura fa-
ciunt, non persona, denotando que el rey no se pertenece á si
mismo, sino al pueblo que le confia el poder supremo para
defenderle y goberIlJ¡l.rle.


Estas advertencias y consejos á los príncipes no traspasaban
los límites de la política; mas conforme el clero va afirmando
y extendiendo su influjo en la monarquía visigoda, así van
apareciendo máximas y sentencias en que lo humano se mez-


(l)V. tít. De electo principu.m, 11. 3 et 4; l. 13, tít. 1, lib. 1; !l. 2, 5, 9, 11, 12, 13,
et 25, tít. 1, lib. 11; 1. 5, tít. 11; 1. 1, tít. lll; l. '1, tít. m, lib. VI; n. 1,2 et 8, tít. 11,
lib. IX F01". Jud. V. et. Tole/ano Concilia.




DE DERECHO POLÍTICO. 53
cla con lo divino. Los obispos reunidos en el IV Concilio de
Toledo conjuran á todo el pueblo para que guarde la fe prome-
tida á Sisenando en nombre de la potestad de atar y desatar
que poséen como sacerdote8 del Señor , y Egica declara que el
príncipe toma el poder de reinar por mandamiento de Di08 (1).


De esta manera empezó á viciarse el principio de la monar-
quía, porque no se hizo derivar el poder del derecho positivo,
sino de la fuente más alta de toda ley, y se oscureció la idea
de legitimiclad al fnndarla en una vaga saneion religiosa: me-
dio holgado de abonar todas las pote8tades de la tierra, de lo
cual nos ofrece un claro ejemplo el rey Sisenando, cuya piedad
ensalza el IV Concilio Toledano y cuya autoridad confirma,
no obstante haberse rebelado contra Suintila, prevaleciendo
sobre el justo título de la elecion la ocupacion del reino por
tiranía.


No por eso culparemos al clero de ambicio n mundana que,
si existia (pues al fin los obispos son hombres, y como tales
están sujetos á flaquezas), no era el único ni el más pocleroso
móvil de sus accione8. La prudencia política por una parte, y
por otra los hábitos de indisciplina comunes en aquellos siglos,
obligaban á tolerar las usurpaciones, y á robustecer el prin-
cipio de autoridad en un pueblo recien convertido á la fe ca-
tólica con el auxilio de la mistica.


Así pues, cuando los Concilios fulminaban sus anatemas
contra los que maquinasen para escalar el sólio despojanclo de
la corona ó de la vida al príncipe reinante, robustecian el de-
recho combatido por la fuerza; y si alguna vez absuelven á
tal rey del crímen de usurpacion y le confirman en la posesion
del poder con malas artes adquirido, no arguye esta manse-
dumbre una conciencia poco eSCl'upulosa, ni apego á los bie-
nes terrenales, ni flaqueza de ápimo para combatir la injusti-
cia, sino amor á la paz, y el piadoso deseo de atajar, á precio de
una disculpable tolerancia, el incendio de las guerras civiles.


Al amparo de la Iglesia se acogian de buen grado los reyes
en el pleno goce de su autoridad, y no sólo ellos, pero tambien
sus familias. El Concilio XIII de Toledo prohibe ofender de
palabra á la reina Lillbigotona, mujer de Ervigio, y despojar á


(1) Tít. De electo principum, 1. 9 Fo,'. Judiwm, y 1. 19, tít. v, lib. II Fuero
Juzgo. Esta última no se halla en el texto latino.




54 CURSO
los hijos de este matrimonio de su hacienda, tonsurarlos con-
tra su voluntad ó condenarlos á destierro: ley protectora de
la viuda y los huérfanos desvalidos. La reina Cigilona, mu-
jer de Egica, y sus hijos, hallan igual proteccion en el Conci-
lio XVII.


Todavía, mirando por el decoro debido á la familia del rey
finado, decreta el XIII que su viuda no pase á segundas nup-
cias, ni con el sucesor en la corona, sino que tome el hábito
religioso, y por el resto de su vida se recoja en un monasterio
de vírgenes, para evitar ultrajes y humillaciones (1).


Bien merecen las ala"banzas de la posteridad los autores de
leyes tan humanas y tallllenas de prudencia y sabiduría, en-
caminadas á establecer una paz duradera en aquel siglo de
contínuas discordias, á consolidar el órden moral oponiendo á
la venganza la justicia y á robustecer un trono vacilante, lazo
de union del pueblo visigodo y símbolo de autoridad.


En resúmen, la monarquía visigoda era una especie de oli-
garquía, en la cual el clero superior, despues de la conversion
de Recaredo, alcanzó una parte muy principal de autoridad é
influjo en el gobierno. Algunos historiadores y politicos espa-
ñoles y extranjeros imaginan que las formas de aquella mo-
narquía apénas disimulaban la existencia de una verdadera
teocrácia ; juicio más bien inspirado por la pasion de escuela,
que ajustado á las reglas de una crítica casi vulgar (2).


Sin duda el poder civil se subordinaba en ciertos casos al
poder religioso; pero en otros sucedia lo contrario, siendo la
causa de estas recíprocas invasiones la confusion de lo espiri-
tual y lo temporal; como se observa en el Imperio Romano
despues que Constantino el Grande dió la paz á la Iglesia.


Los obispos participan en verdad con los reyes de la sobera-
nía; pero no solos, sino juntamente con los próceres del reino
visigodo. Además, no puede llamarse con propiedad teocrático
un gobierno en el cual hay un rey revestido de tan grande au-
toridad en las personas y cosas eclesiásticas, que descuella so-
bre los prelados, como si fuese su cabeza, disimulando los


(1) Ll. 14,15, le et 17, Fm". Jud., tít. De electo principttm; Aguirre, Collec/io ma-
xima concilio1·ttm, t. IV, pp. 278 et 340.


(2) El Dr. Dunham es quien más abietta y resueltamente profesa la opinion
que combatimos. Hi,'I. de España, t. I, p. 83.




DI<: DERECHO POLÍTICO. 55
Papas y llevando los obispos con paciencia la sumision del sa-
cerdocio al imperio.


La teocrácia no existe sino cuando la religion del estado es
su ley politica, su ley moral y su ley doméstica al mismo tiem-
po, y se confunden el soberano y el pontífice en una sola auto-
ridad reguladora de los actos de la vida y de los movimien-
tos más secretos del ánimo; de modo que el príncipe lleva la
voz de Dios y aniquila la libertad humana, no reconociendo
límites á su poderío ni en el profundo abismo que separa el
fLlero interno del externo.


DE LOS CONCILIOS DE TOLEDO.


Era antigua costumbre de las naciones germánicas celebrar
juntas ó asambleas populares para resolver de comunidad cier-
tas materias de gobierno. Deliberaqan los principales con el
rey, le asistian con su consejo en las COS(lS de poco momento,
y decidian todos los hombres libres, aprobando ó desaprobando
la multitud, si la gravedad de los negocios requeria el con-
curso de los mayores y menores. Observáronla fielmente los
Godos, y la transmitieron á los Ostrogodos y Visigodos domi-
ciliados en Italia y España.


En efecto, celebraron éstos juntas nacionales en los prime-
ros tiempos de su dominacion en la Península Ibérica, por lo
ménos para elegir rey, miéntras duró la práctica de consultar
la voluntad de todos; mas al paso que el gobierno se fué con-
centrando y la. nueva poblacion esparciendo por la tierra con-
quistada, se hacia cada vez más difícil, si no imposible, reunir
las asambleas populares.


Considerando el estado primitivo de la gente goda, sin mo-
rada fija, ni ley escrita, ni gobierno regular, se concibe el uso
inculto de las deliberaciones tumultuosas, propias de un pue-
blo errante, belicoso y rebelde al yugo de la autoridad y á
toda disciplina; pero incompatibles con el órden que pide la




56 CUltSO
sociedad civil y con las artes de la paz, sobre todo con la agri-
cultura, la cual inclina, y aun fuerza á los hombres á la vida
sedentaria.


Trocadas las costnmbres de los Godos desde que empezaron
á gozar de la posesíon tranquila de la tierra conquistada, la
tienda fué reemplazada por la cabaña, la movilidad del solda-
do por el asiento del labrador , yel ánsia del botin por el deseo
de cultivar los campos y guardar las cosechas. El amor á la
familia se confundió con el apego al hogar domestico; y si
ántes podían los Godos deliberar, formando cuerpo de nacion,
despues ya no hubo medio de juntar un pueblo esparcido por
los montes y los valles no sólo de la Península, pero tambien
de la Galia Gótica y de la vecina costa Africana.


Como en aquella época era desconocido el sistema de la re-
presentacion, cayeron en desuso las juntas populares por im-
posibles, y los altos dignatarios del e.3tado se alzaron con el
derecho de limitar la potestad de los reyes, y se mudó la forma
del gobierno, pues al mixto de aristocrácia y democrácia su-
cedió una verdadera oligarquía.


Así pasaron las cosas hasta Recaredo, cuya conversion á la
fe católica en el Concilio III de Toledo arrastró por el mismo
camino á toda ó casi toda la nacion goda. A favor de esta no-
vedad, los obispos católicos, que hasta entónces ha~
apartados de los negocios temporales, llegaron á intervenir
más que los próceres en el gobierno de la monarquía.


Tales fueron las juntas ó asambleas nacionales entre los Vi-
sigodos: institucion popular en su orígen, aristocrática en su
comedio y por último eclesiástica y civil. Entónces tomaron el
nombre de Concilios de Toledo, cuya ciudad era al mismo
tiempo corte de los reyes godos y silla metropolitana muy es-
clarecida.


Asistian á estos famosos Concilios los obispos y abades con
potestad exclusiva de ordenar las cosas pertenecientes á la
Iglesia, como únicos depositarios de la jurisdiccion espiritual.
No era de su verdadera competencia lo temporal; y sin embar-
go solían hacer algunos decretos tocantes al gobierno por via
de amonestacion ó ruego al príncipe, ó á pt'opuesta suya, los
cuales aprobaba y promulgaba despues como ley civil para
bien del reino.




DE DEItECHO POLITICO . 57
..-bL::tió la nobleza al V convocado por Chintila, pero no á los


posteriores (aunque en ellos se trataron negocios políticos y ci-
viles J, hasta el VIII celebrado en los tiempos de Recesvindo; y
desde entónces, siempre que se ventilan asuntos del órden tem-
poral, como en este VIII y en los XII, XIII, XV, XVI Y XVII,
concurren con los obispos y abades los próceres ómagnates y
los dig"natarios de palacio ó el Oficio Palatino.


Iba la constitucíon goda entrando poco á poco en las vías
legales y de:slindando las dos jurisdicciones espiritual y tem-
poral de tal moclo mezcladas y confundidas, que apénas se dis-
cernia lo de Dios y lo del César. Explican este desórden la re-
ciente aceptacion del símbolo de Nicea y el progreso lento de
la disciplina de la Iglesia, la tolerancia de los R,omanos Pon-
tífices que disimulaban prudentes la humillacion de la auto-
ridad episcopal, y la política de los reyes que por granjearse
la voluntad de los pueblos y tenerlos á su devocion, lisonjea-
ban al clero, le honraban y enaltecian asociándolo al gobierno,
para que juntos el sacerdocio y el imperio contribuyesen á fun-
dar y robustecer la monarquía católica en España. La Iglesia,.
débil en su infancia, necesitaba_del protectorado de los reyes
para combatir con sus enemigos; y los reyes no se desdeñaban
de fortalecer su derecho con la sancion religiosa. Este pacto de
alianza entre ambas potestades no fué obstáculo al desarrollo
de una prepotente monarquía, ni estorbó que la Iglesia espa-
ñola floreciese como una rama del árbol frondoso de la Iglesia
universal.


La nobleza no asistia á los Concilios en virtud de un título
superior á la voluntad del príncipe, sino mediante llamamiento
especial y designacion de los próceres por la corona. En el VIII
de Toledo, dirigiendo el rey Recesvindo la palabra á los nobles
allí presentes, los llama A ulte Regite viri decenter electi. En
el XlI Ervigio les dice ilustres A ul{e Re.r¡ite Vi1'i, quos inte-
resse kuic sancto Concilio delegit nostra st{blimitas; y en
el XIII sublimes viri, qni ex A ulte Regalis officio ... nobiscum
sess1lri p1'teelecti s1J.,nt, etc. (1). La designacion del rey no era
tan libre que no debiese tener en cuenta la dignidad de los
nobles que habían de concurrir al Concilio, pues no aparece


(1) Agllirre, ('0110,,1. ma,:e" t. IIl, pp, 366 et 438; t. IV, pp. 2131, 2/9 et 320.




38 CURSO
en las actas firma alguna de persona seglar de menor estado
que oficial palatino, duque, conde Ó prócer.


En las cosas pertenecientes á la Iglesia no intervenian los
nobles, y su asistencia á esta parte del Concilio sólo significa-
ba que los gobernadores de las provincias y las ciudades y
demás ministros y consejeros del príncipe estaban obligados á
conocer las leyes eclesiásticas que debian guardar, hacer guar-
dar y cumplir en los pueblos sujetos á su autoridad, fuera de
contribuir á la mayor solemnidad del acto, aclamándolas, re-
cibiéndolas y mostrándose dispuestos á defenderlas. La juris-
diccion privativa de la Iglesia en cuanto al dogma, costum-
bres y disciplina, resplandecia en aquella ocasion, porque nin-
guna potestad de la tierra amenguaba los derechos del sa-
cerdocio; mas concluidos los asuntos del órden religioso, la
nobleza, hasta entónces pasiva, deliberaba juntamente con el
clero, y tenia voz y voto en los negocios de carácter civil que
se trataban en el Concilio.


Tambien el pueblo tomaba parte en los Concilios, no de un
modo directo sino indirecto, pues asistia á las deliberaciones
como espectador, y aclamaba los decretós como quien debia so-
meterse á ellos éon ciega obediencia; y así la frase omni po-
pulo assentiente no denota que fuese necesario para la validez
de los acuerdos el concurso de la voluntad popular, sino tan
sólo que la adhesion unánime de los circunstantes añadia fuer-
za á lo acordado con la promesa de observarlo bajo solemne y
público jura~ento (1).


La asistencia del pueblo á los Concilios de Toledo se explica
considerando la naturaleza mixta de estas famosas asambleas,
pues segun la antigua disciplina de la Iglesia solian los PadTes
congregar á los fieles y publicar en su presencia los cánones
de nuevo establecidos, non ut s1iffmgium prcestarent, sed ut
defenderent communemfldem edictis, legibus, et si opusfuis-
set, gladio. Añadíase á la tradicion canónica la costumbre de-
bilitada, pero no extinguida, de intervenir el pueblo visigodo


(l) ·Et ideo, si placet omnihns, qni adestis, hrec tertio reiterata sClltentia, vestrllJ
vacis eam cansensu firmate. Ah universo clero, vel populo dictum est; Qui contra
hane vestram definitionem presumpserit, anathema sit, etc.> Conc. Tolel. IV, cap.
'15. Igual fórmula se emplea en el XVI y otros. V. Aguirre, Colleet. mac., t. UI, p.
380, et IV, p. 331.




DE DERECHO POLÍTICO. 59
en los graves negocios del reino, como en la eleccion regular
de Wamba se manifiesta; de donde resulta un doble motivo de
asistir á los Concilios de Toledo para aclamar y recibir tanto
las leyes eclesiásticas, como las políticas y civiles que de ellos
emanaban.


Sin embargo la verdadera índole de dichas asambleas es to-
davía objeto de controversia entre los eruditos. La opinion ge-
neral se inclina á tenerlas por juntas mixtas, en las cuales se
ventilaban las materias más árduas é import.antes á la Iglesia
y al Estado, decidiendo las primeras los obispos, y las segun-
das el clero y la nobleza de comun acuerdo. Otros escritores,
ménos en número, pero no de poca autoridad, sostienen que
los Concilios de Toledo, eran sínodos de la Iglesia española sin
punto alguno de contacto ni la menor analogía con las asam-
bleas nacionales usadas entre los Godos, y sin parentesco pró-
ximo ó remoto con las posteriores Cortes del reino (1).


Que los Concilios de Toledo no intervenian en lo temporal y
eran por tanto extraños á la gobernacion del estado; que los
seglares no tomaban parte en sus deliberaciones y asistian sólo
para informarse de sus decretos y guardarlos y hacerlos guar-
dar en los territorios de su jurisdiccion; que en nada pollian
apartarse de las sentencias de los Padres alli congregados; y
en res~lucion, que eran estas asambleas verdaderos sínodos ó
Concilios nacionales sin mezcla de institucion política, todas
son opiniones graves y dignas de atento exámen.


No permite la sana crítica poner en duda la preponderancia
del estado eclesiástico sobre el seglar en los Concilios de Tole-
do; mas de esto á defender su carácter exclusivo de sínodos de
la Iglesia española, media una distancia considerable.


(1) Aguil're, Collect.max., t. Ir, p.17. Ambrosio de Morales dice: .Lo de entrar
en el Concilio los caballeros de la Casa Real y otros grandes del reino, tiene su ra-
zon particular de q ne eran los Concilios Cortes del reino, y por esto asistian éstos
en ellas, y á vueltas trataban de todo>. C,'ónica genM'al, lib. XII, cap. IlI, núm. 5,
La misma opinion profesan el P. Mariana, el cardenal Aguirre, Alfon.so de Villa-
diego, y entre los contemporáneos Lafucnte y Pacheco. El P. Mtro, Florez, el doc-
tor Aguirre y el académico Cavanilles los reputan sínodos de la Iglesia española.
Martinez Marina se extravía al afirmar que estas juntas no eran eclesiásticas, sino
puramente políticas y civiles, y unos verdaderos estados generales de la nacion.
Teoría de las Cortes, parto I, cap. lI. Sempere y Guarinos vacila, pues sostiene que
eran juntas eclesiásticas en su Historia del derecho espatíol, lib. 1, cap. XIII, Y
asambleas nacionales en la Histo;,'e de$ Cortés d' Espagne, chapo UI. .




60 CURSO
La verdad es que los reyes visigodos, preocupados con la


idea religiosa, muestran un celo tan ardiente por la exalta-
cion de la fe católica , que lo espiritual eclipsa lo temporal en-
comendado á los Concilios. Por otra parte la política los incli-
na á depositar mayor grado de autoridad en un clero sumiso,
que en una altiva y turbulenta nobleza. Así se complacen en
honrar y favorecer á los obispos levantándolos sobre los gran-
des del reino; y así vemos que limitan la prerogativa de éstos
al punto de abrogarse el derecho de escoger los que por razon
de su cargo ó dignidad deben asistir á cada Concilio, y llegan
al extremo de no convocar al XIII sino á los nobles del Oficio
Palatino, como más allegados al rey y ménos sospechosos de
indisciplina.


Pretende el P. Mtro. Florez que los Concilios de Toledo no
fueron Cortes ni sombra de ellas; mas ¿qué significan entón-
ces tantas leyes y decretos puramente civiles acordados en
aquellas asambleas del clero y la nobleza'? El mismo PorumJu-
dicum ¿DO fué ordenado, corregido y añadido en los Concilios
Toledanos VIII, XII Y XVI segun la opinion de los eruditos'?
Que los obispos y los próceres hubiesen procedido en esto en
virtud de excitacion y delegacion de los reyes Recesvindo, Er-
yigio y Egic~, quienes aprobaron despues, confirmaron y pro-
mulgaron el código donde se contiene el derecho comuu y per-
manente de los Visigodos, arguye que los Concilios no goza-
ban de la potestad legislativa sin la participacion del príncipe,
al paso que demuestra cómo ¡;¡e formaban en ellos cánones para
el régimen de la Iglesia y leyes para el gobierno de los pue-
blos (1).


La mejor prueba de la naturaleza mixta de estas asambleas
se deriva de la fuente de toda autoridad en la materia, ó sean


(1) V. Espa¡;a Sag,.ada, t. VI, p. 4L
.Ho buscado con diligencia, dice Cavanilles, una sola ley de carácter meramen-


te civil, pedida por el monarca, hecha por el Concilio, y no la he hallado ni en las
actas conciliares, ni en los códigos de la época .• Histo,o;a de Espalía, t. I, p. 2.2. No
está el autor muy de acuerdo consigo mismo, cuando en otro lugar se' expresa en
los términos siguientes: .En la primera página del Fuero Juzgo se halla el titulo
preliminar de la eleccion de los principes, tomado del Concilio IV de Toledo en
tiempo del rey Sisenando ..• En esta part.e preliminar hay leyes tambien tomada" d"
01,.08 Concilios, si nombre de leyes merecen unos preceptos morales muy buenos.
pero muy difusos, muy repetidos, y que pudieron cómodamente encerrarse en bre-
vísimos renglones.> Ibid., p. 280.




ím tERRCHO POLÍTICO. Gl
las mismas actas conciliares cuyos textos j~lzgamos decisiyos.
En el Concilio IV dc Toledo leemos las siguientes palabras:
Post instituta qUdJdam ecclesiastici ordinis, veZ decreta qUte
ad quorundam pertinent disciplinam, postremam nobis eune-
tis saee;'dotibus sententüt est, PRO ROBORE NOSTRORUM REGUM
ET STABILITATE GENTIS GOTHORUM pOlztijleale ultimttm jerre
decretum ... En el XVI: Ouneta vera qUdJ IN CANOKIBUS VEL
LEGUM EmCTIS depravata eonsistunt ... redueite .. , VaJ'ia quo-
que POPULORm-r NEGOTIA, edJteJ'aque scelerator1tnZ lwminum ges-
ta, jldei sanette eontJ'aría, ita vestrí examinatione j1tdicii,
CANONICE AC LEGALITER jlrmantur .. , Finitis cons1tmatisq1te
omnibus, q1tdJ ob disciplinam eeelesiastieam neccessariafuM'e
deflnienda, VEL RELIQUA, qute nostro clJ3tui ... existere delata.,.
En el XVII: Eis igitur prdJmissis causis (q1tdJ ad Eeclesiam
peJ,ti1wbant) POPULORUiIf NEGOTIA vest;'is auribus intimata,
cum lJei timore prudentidJ vestrte COMMITTIMUS DIRIMENDA (1),


Todavía podemos acudir al testimonio de las crónicas más
antiguas en conn.rmacion de nuestro modo de interpretar el
texto de los Concilios. Escribe el Pacense : Hic (O hintila) Oon-
cilium Toletan11/¡n vi.qinti quatuot episeoporum habitum, UBI
NON SOLUM DE REBUS MUNDANIS, verum etiam et de divinís,
multa igna~is mentibus infundendo illuminat ... y en otra par-
te: Hie (Reeesvindus) erebra O oncília egit, ... ET NON SOLUM
DE l\fUNDANIS ACTIBUS, ver1'tm etiam de 8anetdJ Trinitatis mis-
terio ignorantes animas instruit (2).


Salva la tradicion aquel período de la historia en que vierte
al Suelo con espantosa ruina el imperio de Toledo, y dice el
Concilio de Leon celebrado en 1020: Jttdicato e;',qo ecclesidJ Ju-
dicio ... agatur causa regís, deinde causa populorum (3); Y por
esto mismo siempre fué reputado Concilio mixto, ó Concilio y
Cortes al propio tiempo. Asi pues, ó hemos de trastornar los
flludamentos de nuestra constitucion tradicional, ó debemos
admitir que el mismo espíritu domina en los Concilios anterio-
res y posteriores á la invasion y conquista de España por los


(1) Aguirre, Colleet. maX., t. IIJ, p. 3'19, et t. IV, pp. 322, 331 et 341.
(2) Sandoval, Cinco Obispos, pp. 4 Y 7. Floreció Isidoro, obispo de Beja 6 el Pallen"


Sé, en la primera mitad del siglo VIII. Es autor del Croníeon que lleva su nombre,
y pasa por verídico y bien ¡nlarmada.


(3) Conc. Leg., cap. VI, V, Cortes de tos ¡'einos al I,,,on 11 Ca,'ti/la, publicadas
por la Academia de la Historia. t; I. r, 3.




62 CURSO
Sarracenos, bien que en los primeros haya ejercido el clero ma-
yor predominio que en los segundos.


Fueron los de Toledo en su orígen una institucion eclesiás-
tica, y la continuaeion de otros más antiguos habidos en Es-
paña, desde el Iliberitano tan próximo al universal de Nicea.
Reuníanse los obispos con licencia de los reyes, y deliberaban
con entera libertad bajo la proteccion de un príncipe arriano,
como del II celebrado en tiempo de Amalarico se refiere. El III
es memorable por la conversion de Recaredo y una gran parte
de la nacion visigoda á la fe católica, y entónces empiezan los
reyes, á título ele protectores de la Iglesia, á convocarlos, pro-
mover sus decretos y confirmarlos. Hasta el VIII, congregado
en los di as de Sisenando, no hay noticia segura de la asisten-
cia de la nobleza; pero asoma ya la inclinacion á ingerirse en
el gobierno de los pueblos. De aquí en adelante se hacen mix-
tos por su organizacion y competencia, sino todos, á lo ménos
los principales.


Mueven los eruditos viva controversia sobre si los Concilios
de Toledo merecen un lugar preeminente en la historia, como
tronco y raíz de las Cortes que á menudo se juntaron durante
la edad media en estos reinos'. Niegan la filiacion los autores
que no admiten el Concilio mixto, y discurren con lógica irre-
prensible. Otros tambien la contradicen, aunque no parten de
aquél, sino del opuesto principio.


«Las Cortes españolas, los brazos ó estamentos, son de orí-
gEm esencialmente feudal, y eran asambleas civiles que res-
pondian á ot,ras necesidades y representaban otras costum-
bres.» E¡;;to escribe un docto académico, cuya autoridad no
aceptamos sin criterio (1).


Difícil será demostrar cómo el régimen feudal dió entrada
en las Cortes á los procuradores de las ,ciudades ó brazo po-
pular, representacion de los concejos enemigos de la nobleza
enemiga de las libertades municipales; y más difícil todavía
probar que el Concilio Legionense, poco há citado, famoso en-
tre todos los de su tiempo, tenga el carácter de asamblea pu-
ramente civil.


No puede ponerse en duda, segun las leyes de la buena crí-


(1) m~G;'i', d, Espr¡¡ia, por D. Antonio Cayanilles, t. r, p, 211.




DE DERECHO POLÍTICO. 63
tica, la analogía de los Concilios de Toledo con los de Leon,
Coyanza, Oviedo y Palencia, celebrados en 10s primeros siglos
de la restauracion cristiana iniciada en las fragosas montañas
de Asturias (1). Ahi están sus actas donde consta que concur-
rieron con los arzobispos y los obispos los optimates et p~'inci­
pes ter~·te, y que se trató en ellos de religion y polítrca, de lo es-
piritual y lo temporal. No es maravilla que así hubiese suce-
dido, puesto que segun los antiguos cronicones, Alonso II el
Casto restableció en el naciente reino de Asturias las leyes y
costumbres de la monarquía visigoda tam in Ecclesiam quam
in Pala tia (2).


Es verdad que el curso de los siglos modifica y altera la ín-
dole de los Concilios, porque á la preponderancia del clero su-
cede la superior autoridad de la nobleza, y luégo ambos bra-
zos, eclesiástico y militar, van cediendo el campo á un rival
poderoso que levanta la bandera de las libertades y franquezas
populares contra el injusto privilegio; pero la Iglesia, sino en
su espíritu y esencia, en su forma y vida exterior ¿ no fué bár-
bara en los pueblos del norte, yen la edad media feudal, sin
dejar la institucion de ser la misma un solo instante'? Y la mo-
narquía de Asturias i no es un retoño de la monarquía de To-
ledo, aunque ésta haya sido siempre electiva, y aquélla, tron-
co de la de Leon y Castilla, se hubiese convertido en heredi-
taria '?


El derecho propio de la nobleza leonesa y castellana susti-
tuido al arbitrio del rey, como título para entrar en las asam-
bleas nacionales y deliberar sobre los negocios públicos, sig-


(1) Del Concilio de Leon hemos dado alguna noticia. Ce1ebróse el de Coyanza
en 1050, durante el reinado de Fernando l el Magno, • cum episcopis, et abbati-
bus, et totius nostri regni optimatibus;> y versan sus cánones ó decretos sobre
varios puntos de disciplina eclesiástica y otros relativos á la administracion de
justicia.


Al Ovetense, celebrado en 1115, concurren obispos ,cum principlbus et plebe,> y
allí reunidos, .hrec inter cretera p1acita omnibus iu commune primum se obtu1it
sententia>. El objeto del Concilio es defender la propiedad de las ig1eslM y los par-
ticulares, imponiendo penas y lanzando excomuniones contra los malhechores.


Al Palentino, congrega,Jo en 1129, asisten arzobispos, obispos .et principes ter~
rffi,> quienes deliberan juntos sobre diversas materias eclesiásticas y civiles. Co,'-
tes de los reinos de Lean 11 Castilla, t. l, pp. 1,21,29 Y 36.


(2) .Omnem Gothorum ordine, sicuti Toleto fuerat, tam in Ecclesiam, quaÍn In
Pa'atio, in Oveto cunctastatuit .• CMon. Alóeldm8B, 58. Y. ES1;aiía sagmd(t, t. XIII •. ~,:'II
~~ ! ,


"c. ___ 1




CURSO


nifica el grado mayor de fuerza y potestad que el régimen feu-
dal atribuye á los grandes del reino, y la importancia que el
estado permanerite de guerra con los Moros daba entre los Cris-
tianos á los hombres cuya profesion de toda la vida era la mi-
licia; y en~uanto al clero, favorecian su causa una antigua y
no disputada poses ion , el poder temporal de los obispos dueños
de fortalezas y castillos y señores de tierras y vasallos, y la
vehemencia de los afectos religiosos de un pueblo exaltado con
la lucha contra infieles.


La parte de los Concilios de Toledo en la próspera ó adversa
fortuna de la monarquía visigoda, es tambien asunto de em-
peñada controversia. Nadie pone en tela de juicio la bondad de
aquella institucion; y en efecto, seria ceguedad notoria desco-
nocer su in:flnjo en la obra de mejorar las leyes y corregir las
costumbres de una gente tan fiera y belicosa. Nadie sino el sa-
cerdote, Ve!1f,t lJeo imperante, tenia poder bastante para pro-
teger al débil contra el fuerte, ni para dar consejos de huma-
nidad, ni para asentar el órden y mantener la concordia en
un pueblo aCbstnmbrado á vivir sin conocimiento de la auto-
ridad, ni respeto á la justicia. Numa hubo de inventar una
Egeria que le comunicase las leyes en las cuales Roma libralJa
sus esperanzas de grandeza: Mahoma fingió un ángel cuyas
divinas revelaciones iluminaban su espíritu de profeta y fun-
dador' de una secta y de un imrerio; y los obispos godos, con
mejor intencion, hiúieron descender del cielo el principio ele
autoridad y la nocion del deber. Ensalzaba la santidad del mi-
nisterio la buena fama de los ministros superiores á los hom-
bres del estado seglar en virtud y doctrina.


Culpan al clero de haber impedido la consolidacion de la
monarquia hereditaria entre los Visigodos con sus pretensio-
nes al poder temporal, apoyadas en la mucha uutori:lud de los
Concilios; mas á nuestro juicio no era todavía negada la sa-
zon de establecer el derecho hereditario como ley de sucesion
á la corona, cuando los de Toledo alcanzaban: mayor favor y
valimiento. La monarquía electiva estaba muy arraigaua en
las costumbres del pueblo visigodo inquieto y veleidoso, y era
al mismo tiempo grata á la nobleza, cuya insaciable ambicion
alhagaba la perspectiva de un trono desierto al fallecer cada
principe reinante. La forma electiva debió subsistir mientras




1m DERECHO POLÍTICO. 65
110 penetró la idea de los reinos patrimoniales al abrigo
del régimen feudal, ménos rigoroso en Castilla que en par-
te alguna de España y de Europa; y de aquí la lentitud
de un cambio tan rápido entre los Francos, quienes apénas
conquistaron las Galias fundaron la dinastía de los Merovin-
gios (1). ..


El mayor defecto de los Concilios de Toledo consistia en que
siendo el dique más robusto que la constitucion visigoda opo-
nia á la potestad real, no la limitaban con bastante eficacia,
porque ni del espíritu, ni de las fuerzas del clero podian espe-
rarse sino garantías morales, faltando las positivas. Despro-
visto el clero de todo medio de represion, consentía la violen-
cia de los reyes, y tal vez absolvia á los usurpadores. Así,
aceptando como de grado lo que era fuerza, disimulaban los
Concilios su debilidad, que no habria rayado tan bajo, si aque-
llas asambleas hubiesen sido ménos eclesiásticas y más civiles.
Legitimaban los hechos consumados por no turbar la concor-
dia del sacerdocio y del imperio.


Aunque el consorcio de la religion y la política parezca mons-
truoso en estos tiempos en que tanto se agita la idea de la se-
paracion de la Iglesia y el Estado, entónces pasaba por útil y
necesario. Quebrantan las reglas de la critica más vulgar los
autores que juzgan los Concilios 'J'oledanos segun el espíritu
de nuestro siglo. A la monarquía católica de los Visigodos de-
bemos la unidad del territorio, la nacionalidad presente, reyes
poderosos, una nobleza militar, nervio de la guerra con los
l\foros, los concejos libres de la edad media y otras vigorosas
instituciones, cimiento de nuestras leyes y'gobierno; yen fin,
sin ella acaso no perteneceríamos hoy á la gran familia euro-
pea con sus condiciones de vida y prosperidad, y nos hallaría-
mos oprimidos con el peso de una civilizacion oriental, y en-
vueltos en la espantosa ruina que tan de cerca amenaza al
vacilante imperio de Constantinopla.


Convocaban los Concilios los reyes sin consulta del Papa, y
los mismos prelados, algunos de mucha ciencia y santidad, no
sólo asistian sin protesta, pero tambien se complacian en re-


(1) Sempcre, Histo?'Ía del derecho ~spM¡ol, lib. 1, cap. X¡¡f; Pacheco, De la mO'-
nm'quía visigoda, cap. lIT.


5




66 CURRO
conocer que estaban allí juntos por mandato del príncipe (1).


Abria el rey las sesiones con un discurso ó exhortacion.á los
obispos y magnates á quienes encomendaba el remedio de las
necesidades de la Iglesia y del Estado, al tenor del tomo ó me-
morial donde'se contenian los. puntos ó capítulos que debian
ser objet\¿ de su exámen. Establecidos los cánones y las leyes
convenientes, daban gracias á Dios y al príncipe rogando al
cielo por la prosperidad de su reinado: firmabari lbs obispos,
abades y sefiores por su órden, y el rey confirmaba los decre-
tos del Concilio, comunmente en un edicto público, para que
fuesen guardados y cumplidos bajo penas severas.


No habia época ni térmiIl? señalado á estas convocatorias,
sino que todo pendia del arbitrio del rey: grave defecto de la
constitucion visigoda, pues así eran los Concilios más ó ménos
frecuentes segun la merced del príncipe, 'Y no conforme á ley
alguna del reino. De la merced pronto se pasa al olvido, yel
olvido engendra el menosprecio de las instituciones. El deber
de ajustarse la autoridad á un precepto, es la mejor salvaguar-
dia del derecho de todos.


El XI Toledano ensalzó la gloria deWamba como restaura-
dor de la antigua costumbre de congregarlos durante mucho
tiempo interrumpida, y le agradeció la promesa de convocar-
los anualmente; mas no observó esta ley el mismoWamba,
quien dejó de reinar cinco afios despues sin haber celebrado
el XII (2).


Dúdase, y con razon, de la existencia de otros comicios ó
asambleas nacionales entre los Visigodos fuera de los ConciliaR
de Toledo. Que ántes de afirmar su dominacion en España y
constituirse, se reuniese todo el pueblo para elegir rey, está
probado; mas que en dicbas juntas generales, tumultuarias.Y
accidentales se tratase de materia alguna de gobierno, excepto
la eleccion del príncipe, es pretension difícil de justificar. Ni
en las crónicas, ni en el Libe¡' Judicttm, ni en las actas de los
Concilios, ni en ningun documento conocido se conserva me-


(1) PrincipisJ"ssu. Gonc. Tolet. YIII. Esta frase se halla repetida en el XII, en
el XVI y otros. V. Aguirre, Gollect. max., t. nr, p. 435, et t. IV, pp .. 262 et 320.


(2) .Omissos Conciliorum ordines non Rolum restaurare intenclit, sed etiam an-
nuis recursibus instituit.> Cap. XVI. V. Aguirre, Gollect.max., t. IV, p. 246.


En efecto, celebróse el Concilio X 01 alio 056, y esto XI c11l75; por manera que
transcurrieron iliez y ocho sin convocar nlg'llno.




DR DERECHO POLÍTICO. 67
moria ó vestigio de juntas populares ó nobiliarias, distintas
de aquellas cuyo objeto era proveer la vacante del trono. Nin-
guna institucion se vislumbra parecida al Wittena.qemat de los
Sajones, ó á los jJlacita ,qenet'alia de los Francos. Proviene la
diferencia de que fueron los Godos orientales y oceidentales
entre todos los pueblos bárbaros los que ménos fieles se con-
servaron á las tradiciones germánicas. Las leyes y costumbres
romanas de tal modo encarnaron en ellos, que padeció detri-
mento la originalidad nativa de su raza. De aquí la elevacion
de la potestad real, el predominio del clero y el débil influjo
popular en el gobierno, si bien compensaba este quebranto una
participacion considerable en los negocios de la ciudad.


CAPITULO VI.
DEL OFICIO PALATINO.


Mostraron los Godos particular inclinacion á seguir en mu-
chas cosas tocantes al gobierno el ejemplo de los Romanos,
bajo cuya autoridad vivieron como súbditos, ántes de entrar
en España y hacerse señores de ella. Leovigildo fué el primer
rey que vistió ropas preciosas, usó insignias reales y se igualó
en majestad con los Césares sentándose en un trono. Acaso por
este mismo tiempo se rodeó de una corte compuesta de altos
dignatarios que participaban de su potestad á semejanza de los
ministros modernos: por lo menos ya se hace mencion del Ofi-
cio Palatino reinando Chindasvindo y Recesvindo (1).


Era esta institucion de orígen romano. En efecto, creó el Em-
perador Adriano un senau.o doméstico ó consejo áulico que le
asistiese con sus luces y le ayudase á llevar el peso del go-
bierno en la paz y en la guerra, y ennobleció los nuevos car-
gos llamando á las personas que los desempeñaban Gamites, es
decir, socios ó compañeros. Roma, vencida por los bárbaros,
daba la ley á sus vencedores que acababan por rendir las ar-


(1) Ll. 4, tít. De erecto JWincipum, ct 4, tIt. IV, lib. II Fo?'. Jud.




CtJR'iO


mas á la ciudad, gloria del mundo y asiento de la civilizacion.
Muchas dignida.les del Imperio pasaron á la monarquía visi-
goda, y no fué la ménos principal el Ofjiciunt Palatinttm, Pa-
latinum Oollegium ó A ula Regia, segun el vario lenguaje de
los Conc~os (1).


Componian este alto consejo de los reyes un número incier-
to de duques, gobernadores de provincias y condes con diver-
sos títulos que denotaban el cargo que desempeñaban en la Cor-
te ó Casa Real, por ejemplo, de los Camareros, de los Notarios,
de los Patrimonios y otros de que hablaremos en lugar oportu-
no, todos los cuales pertenecian á la clase de los grandes ó se-.
ñores de Palacio (2).


Asimismo formaron parte del A ula Regia próceres ó mag-
nates quc no ejercian cargo alguno señalado con autoridad so-
bre los pueblos, ni tenian más intervencion en el gobierno que
la deliberaciolLY el voto inherente á su dignidad.


lllusl1'es y sublimes apellidan los reyes á sus consejeros áu-
licos, títulos cortesanos que los Godos introdujeron para ensal-
zar el órden palatino, y recuerdan los spectabiles y clarissimi
de Bizancio (3). ..


Como toda potestad emanaba del rey, bien fuese relativa al
gobierno, bien á la justicia, y los oficios palacianos significa-
ban autoridad ó jurisdiccion, era el rey quien proveia estos
cargos superiores en magnates dignos de su confianza, yale-
jaba de su persona á los indignos. Los próceres sin oficio en la
Corte ó Casa Real tambien ascendían al órden palatino; pero no
todos en virtud de un derecho propio de la alta nobleza, sino


(1) • Ita (Adrianus) domesticum quemdam senatum penes se haherc COJpit, qui. ..
'cOIp.itatus Cresaris dici COJptus est, et ipsi amici, comites : eorum consiliis atque
ope in bello et pace usus.> Pantini, De digni~atibus et officiis rogn; ac do mus regiw
Gothoru.m CommcntMius, verbo COMES.


'Aulre Regiro rectores, illustres Aulro Regiro viri, qni ex Auloo Regalis offi-
cio, etc.,> dicen los Concilios VIII, XII Y XIII de Toledo. En el VlI se usa, Pala-
tioum Collegium >.


(2) -Cum senioribus Palatii.> Cone. V. - .Cum optimatibus et senioribus Pala-
tii.> Ibid. - < Primates Palatii.. Conc. VI.


(8) Cone. Tolet. XII et XIII.
Mr. Guizot padeció una equivocacion al suponer que los vicarios pertenecian al


Oficio Palatino de los Visigodos, lo cual está muy léjos de la verdad, pues nunca
se citan en las crónicas con las dignidades de la Corte, ni suenan presentes á los
Concilios otros vicarios que los de los obi~pos. JIisl. des orig; nes d" gOllvernement
"epresentatif, tomo I, p. 880.




DE DEnECHO poLÍTICO. 69
alguno:; mediante la gracia del príncipe que podia revocarla.


Tal fué la primitiva constitucion del Oficio Palatino, viciada
y pervertida con el tiempo, pues consta que á fines del siglo VII
se hizo un esfuerzo para poner coto al escándalo de conferir
cargos tan honrosos y de tan grande autoridad á personas hu-
mildes, como siervos y libertos, que olvidándose de su orígen,
no sólo pretendian igualarse con sus antiguos señores, sino que
asestaban contra ellos y su posteridad los tiros de la más dura
persecucion y cruel venganza. Intervino el Concilio Toleda-
no XIII, Y ordenó que ningun siervo ni liberto, exceptuando
los fiscales, fuese promovido al órden palatino.


Además procuró este Concilio reprimir la potestad arbitraria
ele los reyes, qlle no contentos con alejar de sí y despedir de su
servicio sin causa á los dignatarios de la Corte y de la monar-
quía visigoda, solian vejarlos y oprimirlos con extremado ri-
gOl', tratándolos como irreconciliables enemigos ó súbditos sos-
pechosos. La asamblea del clero y la nobleza, da~do muestras
ue su amor a la justicia y de prudencia, decretó que nadie fuese
depuesto del órden palatino, ni reducido á prision, ni atormen-
tado, ni despojado de sus bienes, salvo procediendo en forma de
juicio y prévia sentencia que le declarase culpado (1).


Auxiliaba el Oficio Palatino a los reyes en el ejercicio de la
potestad legislativa, asistiendo,en cuerpo á los Concilios y de-
liberando con los obispos sobre las materias de gobierno. No
una vez sola, sino várias, delegaron los reyes en los prelados
yen el A uTa Re.r¡ia su facultad de hacer, corregir ó derogar
las leJes (2).


Tambien solicitaron los reyes su consejo en los árduos nego-
[1) Aguirre, Collect. max., t. IV, pp. 281 et 283.
(2) Heccsvinuo convoca el Concilio VIII de Toledo, y al abrir sus sesiones, ex-


horta á los obispos y nobles ullí rcuniuos á corregir las leyos: quitando 10 supér-
fluo y añadiendo lo necesario. Hé aquí sus palabras: ,In legum sententiis q me
aut depravata eonsistunt, aut ex superfluo vel indebito conjecta videntur, nostnc
serenitatis aeeomodante eonsensu, hrec sola qure ad sineeram justitiam, et nego-
tiorum suftleientiam conveniunt ordinetis; canonum obscura quredam, et in du-
bium versa, in meridiem lucidre intelligeniire redueatis >. Tom. Reg., núm. 9.


Con más clariuad touavia y con más resolucion en ménos palabras se expresa
\Vamua dirigiéndose al Concilio mixto XII de Toledo: ,Nam el. hoe genemlitcr
obseero (les dice) ut quid quid in nostrre glorire legibus absurdum, quidquid jus-
títire videtur es se contrarium: unanimitatis vestrre judicio corrigatur. De ceteris
autem eausis atque negotiis, qure novelJa eompetunt institutione formari, eviden-
tium sententiarum titulis exaranda conscribite >. Tom. Reg.: núm. 5, ti et 7.




70 CURSO
cios de estado, y así llamó Recesvindo á los ilustres varones del
A 1bla Regia in regimine socios, in advM'sitate jidos, et in
prosperis strenuos, pe?' quos justitia leges implet, miseratio
leges inflectit, et contra justitiam legum moderatio cequitatis
temperantiam legis extorquet (1).


En fin, acompañaba el ~ficio Palatino al rey constituyendo
con él tribunal supremo para conocer de ciertas causas graves
en uso de la alta jurisdiccion que le estaba reservada, como se
muestra cuando Wamba se abstuvo de pronunciar por sí solo
sentencia capital en el proceso del conde rebelde Paulo (2).


La nacion goda, naturalmente ruda y belicosa en los prime-
ros tiempos de su dominacion en España, confiaba una parte
del gobierno á su aristocrácia militar, y otra parte la retenia
el pueblo. Pacífica poseedora del territorio conquistado, la no-
bleza cambió de asiento, reemplazando al grado en la milicia
el principio de la propiedad. Entónces pasaron las institucio-
nes nobiliarias á ser permanentes como la tierra misma en que
se fundaban, miéntras que el pueblo ocupado en la labranza se
acomodaba á la nueva gerarquia territorial, se sometia al ór-
den civil sustituido á la disciplina de la hueste, y prestaba obe-
diencia, no al caudillo~ sino al magistrado.


El natural instinto de los pueblos, ó una fuerza oculta supe-
rior á la voluntad de los hombres que los impele á poner en
consonancia la sociedad y el gobierno, movieron el ánimo de
los Visigodos á escoger y adoptar formas políticas regulare8
imperfectas sin duda, pero al fin acreedoras á la indulgencia
de la posteridad por cierto grado de bondad relativa. De aqní
la monarquía templada con las leyes y rodeada de institucio-
nes (entre las cuales descuella el Oficio Palatino) que moderan


(1) Cone. Tolet. VIII. Aguirl'e, Collect. max., t. III, p. 438.
12) • Rie igitur sceleratissimus Paulus, dum convocatis adunatisque omnibus


nobis, id est, Senioribus cuncti~ Palatii, Gardingis omnibus, omnique Palatino
Officio .•. cum prredictis sociis suis judicandus adsisteret, sic prredictus Princeps ...
eum locutus est ... Ob hoe seeundum latre legis edieta, hoc omlies communi defini-
vimus sententia, ut idem perfidus Paulus, cum jam (lietis sociis suis, marte tur-
pissima condemnati interirent.' Juliani Tolet. sed. ep. metrop. Hist. Gallire.
'Vamb~ mitigó el rigor de la pena, y al asociar el Oficio Palatino á su persona


para ejercer este acto de clemencia, debió tener presente la ley de Chindasvinuo
que dice: <Quou si divina miseratio tam sceleratis personis COl' principis misercri
eompulerit, cum adselisu saccrdotum, majorumque Palatii licenciam miserandi li-
benter habebit.' L. 6, tít. l, lib. VI For. J"rl.




DE DERECHO POLÍTICO. 71
la potestad real y regulan su ejercicio; ensayo de un regimen
de garantías contra los abusos del poder destinado á subrogar
la libertad tempestuosa de un pueblo inculto.


Sin embargo faltó mucho para que el Oficio Palatino rayase
á la altura de una institucion' dotada de la eficacia necesaria á
consolidar el órden legal y el principio de autoridad, Por una
parte los reyes, sobre todo aquellos que habian usurpado el tro-
no y usaban del poder con tiranía, desconfiaban de la nobleza,
cuya amistad y enemistad eran casi igualmente peligrosas.
Por otra los próceres, temerosos ó descontentos, solian conju-
rarse para arrebatar la corona de las sienes de un príncipe
digno ó indigno de ceñirla,


Esta reconcentrada hostilidad del rey y la aristocrácia fué
causa del envilecimiento del órden palatino con la entrada en
él de siervos y libertos poco ó nada sospechosos de rebeldía, así
como de los excesos y violencias de Chindasvindo, de quien se
refiere que mandó desterrar y matar á doscientos de los mayo-
res de la nobleza y á quinientos de los medianos, despojándo-
los de sus bienes y agraciando con ellos y con las mujeres y las
hijas de las víctimas de su crueldad, á los que le ayudaron á
tomar e~reino por fuerza. Tal vez los perseguidos pusieron en
duda la legitimidad de un rey que subia al trono sin el título
de la eleccion conforme á derecho: tal vez Chindasvindo cono-
ció la enfermedad de los Godos, y ganando á la nobleza por la
mano, ahogó alguna premeditada conjuracion en su sangre (1).


Pudo la sabiduría del Concilio Toledano XIII aconsejar á Er-
vigio aquella ley protectora del órden palatino; mas ya era
tarde para lograr el fruto apetecido. Los dias de ,a monar-


(1) .Cognito morbo Gothorum, quem de regibus degradandis habebant, unde SaJ-
pius cum ipsis in eonsilio fuerant, quoseumque ex eis Imjus vitii promotum eoutra
l'eges, quia regno expulsi fuerant, cognoverat fuisse noxios,omnes singillati ju-
bct interfiei, aliosque exilio eomlemnari, eorumq ue uxores et filias suis fidelibus
eum faeultati bus tradit. Fertur de primatibus Gothorum hoe vitio reprimendo du-
ecntos fuisse interfectos: de mcdiocribus quingentos interficore jussit, quoad U8-
que hunc morbum Gothorum Chyntasindus cognovisset perdomitum, non cessavit
'luOS suspectos habebat gladio trucidare.> Appendüx> historice F,-ancorum Fredega-
rio auelore, Iih. XI, cap. LXXXII.


Nuestras crónicas callan el suceso, y aun implicitamcnte lo desmienten, puesto
que, segun dicen, Chinrlasvimlú gobernó bien y con mucha paz. No obstante, los
decretos del Concilio XIII de Toledo, amparando y protegiendo contra la violencia
de los reyes á los nobles del órden palatino, sólo pueden hallar una explieacion na-
tural en el testimonio de l'rellegario.




72 CURSO
quía visigoda estaban contados. Los Concilios mixtos XV, XVI
Y XVII celebrados reinando Egica fueron los últimos resplan-
dores de una llama moribunda. En poco estimó Egica los con-
sejos de moderacion y templanza del Concilio XIII, pues sea
por vengar injurias, ó sea en ódfb á los Godos ó por afirmarse
en el trono, mandó matar cierto número de nobles, segun se
presume, de los qne fueron con Ervigio en la conjuracion con-
tra Wamba, todos ó los más grandes con empleo en la Corte y
del Oficio Palatino (1).


Witiza mostró !Ducha benignidad y clemencia al tomar po-
sesíon del sólio, y á poco, trocadas las virtudes en vicios, como
refieren las crónicas, tambien persiguió de muerte á los princi-
pales de la nobleza goda. Esta rápida mudanza y fácil paso de
lamansedumbr'e á la crueldad, no tanto arguye una transfor-
macion de carácter, cuanto el aban~ono de una política blanda
por otra rigorosa en vista de peligros inminentes. Los nobles
jncorregibles debieron conspirar contra Witiza, quien, descu-
bierta la trama que urdian en daño de su persona y autoridad,
empleó para reprimir sus criminales designios la justicia, de-
jándose arrebatar de la pasion hasta el extremo de la vengamm.


Así pues, cuando casi agonizaba la monarquía vis~oda, ni
la deslealtad de los próceres dejó de dar pábulo á la civil dis-
cordia, ni los reyes cesaron de cebarse con odioso encarniza-
miento en la sangre de los nobles, siendo las heridas más pene-
trantes que abrian en el cuerpo de la aristocrácia, las causadas
al Oficio Palatino.


(1) Dudosa es la memoria que nos queda de Egica, ensalzando unos su piedad y
justicia. y otros extendiendo la fama de cruel, avaro, falsario y libidinoso. Lo de
justo y pio puede no tener más fundamento que los tres Concilios que convocó y
mandó celebrar durante su reinado y el haber sido infatigable perseguidor de los
judíos. Sin dejarnos llevar de la apinian de Juan Magno que le denullcia á la pasto-
ridad como autor de la ruina de la monarquía goda, basta para formar mal juicio
dtll rey con la mayor autoridad del Pacense, quien .<lice: • Ric Gothos acerba morto
persequitur>. Siguela el arzobispo D. Rodrigo en estas breves y sentenciosas pala-
bras: • Ric Gothos morte finit, et odio persecutus>. De rebus Hisp., lib. IIl, cap. XIV.


La lealtad dc los Godos de todas clases y estados andaba muy relajada, pues el
mismo Egica Be expresó en el Concilio XVI de Toledo en los términos siguientes:
< Est enim quorumdam srecnlarium, et (quod pejus est) sacerdotum improbanda
satis obstinatio animorum, et fidem suis Principibus sub juramento promissam
contemnunt, et verborum fuco juramenti obnubilant promissionem, dum in arca-
no pectoris retentent infidelitatis perversitatem '. Aguine, COllBct. max., t. IV,
p. 331.




..
DE DERECHO POLÍTICO. 73


CAPITULO VII.
DE LAS LEYES GODAS.


En dónde más resplandece la superioridad moral de los Go-
dos comparados con las demas naciones de orígen germánico,
es en sus leyes compiladas en el Liber legum Visigotlwrum ó
Forum Judicttm, yen romance el Puero Juzgo.


Regíanse los Godos ántes de su entrada en España por usos
y costumbres, y así continuaron despues de la conquista hasta
Eurico (467-483), á quien atribuyen todas las crónicas laglo-
ria de haber sido el primer legislador ó el Numa del Occiden-
te. No se entienda que ántes de Eurico no hubo leyes para los
Godos, sino que este rey fué autor de la transformacion del
derecho consuetudinario en derecho escrito; momento que fija
el principio de un período nuevo y de verdadero progreso en
la historia y civilizacion de los pueblos. Adelantaron y mejo-
raron la obra de Eurico, Leovigildo, Sisenando, Recesvindo,
Ervigio y Egica que dió la última mano al código visigodo (1).


Así fueron los reyes visigodos acumulando y ordenando los
materiales de aquel cuerpo de leyes, el mejor de su siglo por
el conjunto de los preceptos, la abundancia de la doctrina, la
moderacion de las penas, las formas del juicio, yen fin, por la
sabiduría que resplandece en este monumento de la sociedad
gótico-española, en medio de graves defectos más dignos de
indulgencia que de áspera censura.


ll) .Sub hoc rege (Eurico) Gothi legum instituta scriptis habere cceperunt, nam
antea tantum moribus et consuetudine tenebantur.> lsid. Clwon. Gothorum.


,Iste (Euricus) primum Gothis legom dodit.> Ghron. Emilianense.
,Rie (Eurieus) primus leges Gothorum scrijJtis redegit, populique tradidit, que-


madmodum Ptholomeus leges primus Grrecis dedit, Salan Atheniensibus, Licur-
gus Lacedemoniis, Numa Pompilius Romanis.> Luitprandi Ch¡·on .


.In legibus qUtlque ea qure ab Eurico inconsultc constituta videbantur, correxit
(Leovigildus), plurimas leges prretermissas adjiciens, plerasque superfluas aufe-
rens.' lsid. CI!>'o". Gothorum .


• Este (Siscnando) renovó é mejoró el libro de las leyes góticas.> C"onicon de Cm'-
deña.


La parte de Recesvindo, Ervigio y Egica como legisladores del pueblo visigodo,
se colige del tomo régio que cada uno presentó á los Concilios VIII, XII Y XVI d"
'foledo, cuyas palabras hemos referido,




74 CURSO
Miéntras en toda Emopa prevalecia el sistema de las leyes


personales fundadas en la diversidad de origen, y aborrecibles
en cuanto conducian á perpetuar la hostilidad de dos razas,
vencedora la una, la otra vencida, los Visigodos dieron el ejem-
plo de establecer leyes reales ó comunes á todos los habitantes
del territorio, esforzándose con esta hábil y generosa política á
formar un solo pueblo. Es verdad que al principio el FOJ'um
Juilicum rigió únicamente para los Godos, yel BJ'eviaJ'ium
A niani ó Código Alariciano para los Romanos, quienes re-
pugnaban vivir segun los usos y costumbres de los bárbaros,
dando al olvido sus leyes propias; mas apénas, borradas cier-
tas profundas huellas de la conquista, se hizo posible la uni-
dad legal, Chindasvindo y Recesvindo la proclamaron y esta-
blecieron, desterrando de los tribunales toda ley extraña, lo
oual implicaba la abolicion de un odioso privilegio de raza y
la justa igualdad entre Godos y Romanos. Entónces empezó el
FO'l'um Juilicum á tener fuerza y vigor como código general
y fuente del derecho comun de la monarquía visigoda (1).


Para formar cabal juicio de estas leyes, con viene ad vertir que
sus autores las derivan de Dios, principio eterno de justicia,
sólido cimiento del órden moral. No son expresion de la fuerza,
ni aun del poder humano legalmente constituido, sino ell'esul-
tado de una idea fundamental del derecho, superior á la po-
testad de todos los legisladores de la tierra. No son tampoco
reunian accidental de preceptos dictados bajo el imperio de las
circunstancias del dia para acudir á las necesidades del mo-
mento, sino ·la razon aplicada á la vida civil consultando el
bien del pueblo. Ménos todavía son blandas con el poderoso y
duras con el flaco y miserable, sino justas con todos; y si al-
guna vez se apartan del camino recto, es por favorecer á los
mezquinos, pues templan su rigor con la misericordia en las
causas de los pobres (2).


La ley defJe fundarse en la razon y el derecho, y no en sofis-
mas y vanas controversias. La ley muestra las CO:5as de Dios,
enseña á bien vivir, defiende la religion, gobierna la ciudad,
es fuente de disciplina, regla de las costumbres, mensajera de


(1) Ll: 8 y 9, tít. 1, lib. TI For. J¡;a..
(2) ,Cirea victas tamen personas, ae presertim paupertate depressas, severitatem


logis aliquantu1um temperare. > L. 1, tito l, lih. XII For. Jud.




DE DERECHO POLÍTICO. 75
la justicia, salud del príncipe y del pueblo. La ley debe ser
conforme al tiempo y al lugar, igual, honesta, digna, prove-
chosa y necesaria. Obliga á todos, al mozo y al viejo, al varon
y á la hembra, al sabio y al ignorante, al grande y al peque-
ño, al rústico y al cortesano. La pena debe seguir al delin-
cuente como la sombra al cuerpo, y no responder el padre por
el hijo, ni éste por aquél, ni el marido por la mujer, ni la mu-
jer por el marido, ni el hermano por su hermano, ni el pariente
por su pariente, ni el vecino por el vecino, para que el castigo
caiga sobre el culpado. Sentencien los jueces las causas sin
amor y sin Mio, no se dejen vencer del ruego ni del miedo, y
hagan justicia al rico como al pobre; y si hubiere ocasion de
mostrarse benignos, séanlo con los desvalidos y menesterosos.


La prueba de escrituras y testigos manifiesta hasta qué pun-
to los Visigodos se apartaron de las tradiciones germánicas por
seguir el órden de los procedimientos de la legislacion romana.
Procuraban averiguar la verdad por los medios legales, sino
en todos (porque á tanto no alcanzaba la filosofía del siglo),
en la mayor parte de los casos.


En efecto, el uso bárbaro del tormento, poco há general en
la culta Europa, si no estaba proscripto por las leyes, quedó á
lo ménos reducido á tan estrechos limites y rodeado de tantas
cautelas, que descendió á un grado muy subalterno en el ór-
den de las pruebas judiciales (1). De la ley caldaria se hace
meneion una sola vez en el ]?oJ<u"m Judic~tm, y todavía el do-
cumento que á ella se refiere es de autenticidad dudosa (2). De
la prueba del- duelo ó batalla singular no hay rastro ni vesti-
gio en el código visigodo, no obstante haber sido costumbre


(1) LI. 2, 3, 4 et 5, tít. I, lih. VI For'. Jud.
(2) L. 32, tít. I, lib. II Par'. Jud. Esta ley no ocupa su propio y verdadero lugar


en el código romanceado, sino otro m uy distinto, pues viene á ser la 3, tito I, lih. VI
,lel Fuero Juzgo.


Masdeu opina que los Visigodos admitieron la jlruebadel agua caliente, fundán-
dose para ello en la ley citada. Hist. crítiw de Espat7a, lih. nI, núm. LXI. El doc-
tor Martinez Marina lo duda, y cree qne dicha ley, no contenida en los códices gó-
ticos más antiguos y auténticos, fué introdncida en los tiemros posteriores á la
compilacioll primitiva, cuando el abnso se hahia hecho comun, así en los reinos de
Lean y Castilla como en los de Aragon y Navarra. Ensayo histódco, lih. VII, nú-
mero 3 y sigo :\1uñoz y Romero se eqnivocó al decir que por estas razones la Aca-
demia Española no la incl\lYó en la edicion del Fuero Jnzgo en latin y castellano
que hizo en 1815, pues allí está en amhos textos, aunque, segun hemos advertirlo,
en muy distinto lugar. Coleccion de Pue1'Os mtmicipales, t. l, 1" 22.




76 CURSO
generalmente recibida entre los bárbaros apelar al juicio de
Dios, á falta de otros medios de averiguar la verdad.


Procuraban tambien las leyes ajustar á la gravedad de los
delitos el rigor de las penas; bien que alterase ó destruyese la
proporcion entre la ofensa y el castigo el sistema de las com~
posiciones. Al mismo siervo alcanzaba el favor de la justicia,
pues aunque el valor legal de las personas libres ó no libres
era distinto, no por eso carecian los siervos de proteccion, ni
dejaban de hallar amparo en el juez contra la crueldad de sus
señ~res, á quienes despoja la ley del derecho de vida y muer-
te, porque unos y otros son hombres hechos á imágen y seme-
janza de Dios. No satisfecha la ley con dictar reglas de justi-
cia, abre las puertas'á la clemencia, revistiendo al príncipe con
el derecbo de gracia.


Instituia los jueces el rey, ante quien podian los agraviados
esforzar su causa con la esperanza de obtener la debida repa-
racion, y participaban de la administracion de la justicia los
obispos, constituidos por la ley defensores del derecho y pia-
dosos protectores de los miserables.


Tenia la alta jurisdiccion del rey limites convenientes, pueiS
no alcanzaba á dictar sentencia alguna civil 6 criminal sin for-
ma de juicio. Tampoco podia el rey mostrarse parte en causa
propia por sí, sino por medio de personero.


No gozaba el clero secular ó regular de ningun privilegio
que le dispensase de someterse á la jurisdiccion ordinaria.


No faltaban garantías á la libertad y la propiedad, ni la se-
guridad de los campos y las cosecbas fué entregada al olvi-
do, ni abandonado ~l curso de los ríos, ni carecian de regla
los aprovechamientos comunes, ni el comercio marítimo de or-
denanzas litiles á los mercaderes. Las máximas de justicia uni-
versal en que descansaba la legislacion romana, fueron susti-
tuidas con el derecbo de conquista en todos los códigos bárba-
ros; y de aquí que los vencedores y vencidos no obedeciesen
todos una ley comun, pues no sólo no formaban todos parte de
la misma familia, pero ni aun como hombres eran tenidos por
iguales. Los Visigodos, apartándose del camino trillado y tena7.-
mente seguido por los pueblos de su orígen, cedieron al influjo
de la superior cultura de otra raza. El clei'o, penetrado del es-
píritu de Roma, imprimió en el Forum Judicum aquel sello de




bE bERECnO POLÍTICO. 77


humanidad y sabiduría que distingue el cOlljunto de sus leyes,
corrigiendo los errores de la filosofía pagana con las doctrinas
det'Í vadas de las puras fuentes del Ev-angelio (1).


y si á pesar de tantos motiyos de alabanza no faltan otros
para la censura, débese á que siempre las instituciones huma-
nas son imperfectas. Un celo extremado por la unidad de la fe
ortodoxa de tal modo exaltó el ánimo de los reyes acons~jados
de los obispos, que se deslizaron por la pendiente de la intole-
rancia religiosa. La culpa no era tanto de los hombres como de
los tiempos en que vivian.


El reinado de Eurico, príncipe arriano, fué triste y cruel para
los católicos, y el de Leovigildo muy señalado por la persecu-
cio)l con que afligió á la Iglesia e,,;pañola. Gozó de una paz no
muy}arga bajo los reyes Amalarico y Tendio. Lo cierto es que
los arrianos, no respetando en sus adversarios los derechos de
la conciencia· ( salvo en raras ocasiones), forj aron el arma con
que habian de ser y fueron heridos. De aquí las leyes rigorosas
contra los herejes, y las más rigorosas contra los judios (2).


Los escritores nacionales y extranjeros, al hacer la crítica de
las leyes visigodas, las juzgan con una variedad que sorprende.
Montesquieu las califica de pueriles, rudas y desmañadas, lle-
nas de retórica y vacías de sentido, frívolas en el fondo y am-
pulosas en el estilo (3); Gibbon, con mejor criterio, reconoce
que aparte de sus defectos de estilo y del v-icio de la supersti-
cion, anuncian una sociedad civil más culta é ilustrada que las
de los Borgoñones y aun de los Lombardos (4). MI'. Guizot hace
su apología notando que el Liber legum Visigothorum conte-
nía un sistema de leyeS reales, miéntras que en los demás pue-
blos bárbaros regianlas leyes personales (5).


Los líistoriadores, publicistas y jurisconsultos españoles an-
dan tambien discordes, aunque los más se inclinan á ponderar
su bondad, dejándose llevar del amor á la pátria. El doctor
Martinez Marina dice del POr1tm Judicum que es una obra in-


(1) V. lib. II, tit. 1, IV, v; lib. VI, W. 1.11, V; lib. VIII, tít. Il, Ill, IV; lib. XII,
tít. 1, etc. FOl'. Ju·d.


(2) V. lib. XII, tít. 1, II For. Jud.
(8) L'esp"it des lois, liv. XXVIII, chapo 1.
(4) Decline and (al! o( Roman Empire, chapo XXVIII.
(5) Ili,t. des O1·lg. aH flOU1Jernement représentatl{, XV le~.: llisl. de 7a ci1."i7is,,~


Hon, III le~. ro,
'" .~




78 CURSO
signe y muy superior al siglo: su método y claridad (conti-
núa) son admirables; el estilo grave y correcto; las más de las
leyes respiran prudencia y sabiduría; en fin, cuerpo legal in-
finitamente mejor que todos los que por aquel tiempo se pu-
blicaron en las nuevas sociedades políticas de Europa (1). Sem-
pere y Guarinos las juzgó con ménos benevolencia, y acaso con
excesiva severidad, preocupado con la idea contraria al opti-
mismo de Martinez Marina, ciego admirador de nuestras anti-
guas instituciones. Sin embargo, la fuerza de la verdad le ar-
ranca la confesion que, comparado el Fuero J?tz§9 con los de-
más códigos de los bárbaros, se encuentran en él más conside-
rados y protegidos los derechos del hombre y algunas bases
fundamentales de la sociedad (2). Por último, como entre los
jurisconsultos contemporáneos goza de grande "-:i merecida au-
toridad el Sr. Pacheco, cerraremos el proceso de las leyes visi-
godas con las palabras siguientes: « Así como no hubo est'l-do
alguno en aquella sazon que pudiese compararse al gótico en
ilustracion y en poder, debe tambien decirse que no hay legis-
lacion alguna, cuerpo de derecho de los que nacieron y vieron
la luz en tales siglos, que pueda compararse con la de aquella
monarquía» (3).


En resolucion, si el Forum Jttdicum no cautiva al filósofo
por su bondad absoluta, satisface ó debe satisfacer al genio más
escrupuloso ó descontentadizo por su bondad relativa. Ojalá
que el estilo fuese ménos hinchado y reaundante, y el facedor
de la ley se hubiese cuidado algo más de fablar poco é bien (4).


Hallamos una demostracion de la bondad relativa del Fo-
lJ'um Jttdicum en la fuerza obligatoria que este código conser-
va aun en nuestros dias; pues cuando á pesar de tan profunda
revolucion en la~ costumbres, de tan graves mudanzas de go-
bierno, de tantas vicisitudes y trastornos como la sociedad es-


(1) Ensayo hist6rico, lib. J, núm. 40; Teoría de las Cortes, parto J, cap. lIT.
(2) Histo,o.ia del derecho espaliol, lib. J, cap. XVI.
(3) De la monarquía visigoda, cap. IV. V. Códigos espa,7oles, tomo J, disco pre-


liminar.
(4) L. 6, tít. r, lib. J del Fuero Jt<zgo.
El Sr. Cavanillcs llama la atencion sobre un código que parece superior á la


época en que se hizo, y que no puede ponerse en parangon con las Capitulares de
CarIo Magno, sin que la ventaja esté de parte de los Visigodos, si hien huhiera
deseado mayor sohriedad. Hist. de Espa,ia, t. I. pp. 285 Y 293.




DE DERECHO POLÍTICO. 79
pañola experimentó en el curso dilatado de doce siglos, toda-
vía se guardan las leyes godas y se anteponen á las muy pos-
teriores de las Siete Partidas, hay sin duda en su fondo máxi-
mas llenas de pureza, principios eternos de justicia, reglas de
buen gobierno, yen fin, verdades que el tiempo no conculca,
porque no son obra de los hombres, sino inspiraciones de Dios,
primera fuente del derecho.


CAPITULO VIII.
DE LA ADMINISTRACION GODA.


Tan cierto es que la mayor cultura de los Romanos subyugó
á sus vencedores, que así en Italia como en las Galias y en
España, tomaron los bárbaros ejemplo del Imperio para cons-
tituir el gobierno y organizar la administracion de las tierras
conquistadas. Lá corona electiva, las dignidades de Palacio, los
rectores de las provincias, la distincion de clases, las leyes y
costumbres, todo más ó ménos alterado con el contacto de la
nueva sociedad, prevaleció en las nacientes monarquías al es-
tilo de Roma.


Los reyes visigodos que desde Leovigildo se rodearon de to-
da la pompa y majest~d de los Césares, tambien los imitaron
en la institncion de aquellos ostentosos empleos de la corte y
en el establecimiento de diversas magistraturas superiores é
inferiores, conservando, en cuanto era posible, sus antiguas
prerogativas y hasta sus nombres. Este hecho, cuya exactitud
no tardaremos en comprobar, muestra á las claras que la con-
quista goda no significa en España el completo triunfo del
espíritu germánico, sino la coexistencia de dos pueblos de dis-
tinta raza, regido cada uno por sus leyes propias y fiel á sus
antiguas costumbres, prevaleciendo las instituciones del más
culto.


Estaba el gobierno supremo de la nacíon encomendado al
rey, asistido de los Concilios y del Oficio Palatino, segfln hemos
dicho ántes de ahora.


Entre las altas dignidades de Palaría, ó de la !;orte, ocupa-




80 cuas o
ban un lugar eminente los condes del A ula Regia, consejeros
del príncipe y ministros de su autoridad en lo tocante á la go-
bernacion del estado. Eran varios, y sus títulos indican la ca-
lidad de sus funciones, á saber:


Oomes Thesauror,um seu Alrarii, dignidad que recuerda la
Qutestura de la República Romana, refundida en el Procura-
tor A ugustalis, más tarde sustituido por el Oomes Lar.r;itio-
num ó Thesaw)'orum Otwator, cuando Constantino el Grande
reformó la administracion del erario. De este magistrado su-
perior dependian otros inferiores en las provincias, como los
Numéra1'ii del Imperio y de la monarquía visigoda.


Era el Oomes Thesaurorum el encargado de la cobranza de
lus tributos y de la inversion de las rentas por via de sueldo,
pura merced ó recompensa, y quien juzgaba las causas del fis-
co, velut l'ltesauri Regis prtepositus.


Oomes Patrivwnii veZ Patrimoniorum. Descendia por línea
recta delOomes reruv¿ privata1'um, tambien del Imperio; ofi-
cio que instituyó Severo con la denominacion de ProcuratM'
Rerum privatarum Otesaris, el cual administraba los bienes
del rey, ó por mejor decir, de la corona, tales como predios,
siervos, bosques, ganados, etc., y corria con los gastos de la
Casa Real. Tenia este conde sus procuradores en -las provincias
y sus numerarios, ó sean contadores y tesoreros por auxiliares.


Oomes Notariorum era el Primicerius Notat¡'im-'ttm ó Pro-
tonotario del Imperio, como si dijéramos el primero y princi-
pal de los secretarios del César, de donde procede la referida
dignidad usual entre los Visigodos y Ostrogodos. Despachaba
las cartas y privilegio!! reales, y presidia á la redaccion de to-
dos los documentos que debian reducirse á escritura; funciones
análogas á las de los Notarios mayores de los reinos de Castilla
y Lean.


Oomes 8patha'J'ioruvt. Gordiano el Jóven habia formado una
guardia de á pié Y de á caballo para la custodia del príncipe,
la cual recibió en el Imperio Bizantino el nombre de orden ó
cuerpo de los Espatarios, á cuya cabeza se hallaba este conde
Ó primicerio que los Godos pasaron á España.


OomeS' Scanciarum de quien dice Pantino: Httnc nonnulli
poculis\ alii unive1'sis epuUs Regis prtefectum fuisse con ten-
dunt. Pm'ece ser el mayol'llomo mayor de la Casa Real, y jefe




DE DERECHO POLÍTICO. 81
de los escanciadores ó coperos, sino el copero mayor dell'ey,
oficio de grande autoridad en Castilla.


Oomes Oubiculi seu OubiculariM'um, cargo palaciano cono-
cido con el mismo título, y despues con el de PrcejJositus 8acri
Oubiculi en el Imperio. Podria traducirse al lenguaje moderno
llamándole Camarero mayor, ó el principal y superior de todos
los camareros.


Oomes Stabuli parece derivado del Prcepositus Stabulorum,
dependiente del Oomes Rerum privatarum. Pan tino lo inter-
preta qui equorum principis curam gerebat: dicit1t'l' etiam
magister equitum. Otros atribuyen á esta dignidad mayor
suma de atribuciones, suponiendo que su autoridad se exten-
dia á la milicia y á la Casa Real. De aquí vino el nombre de
Condestable.


Oomes ExercitlÍs, Militum seu Rei milita'J'is que los Godos
apellidaron tambien, segun algunos autores, P'J'cejJositus hos-
tis. Ejercia el mando absoluto en todo lo perteneciente á la
milicia y á la guerra á falta del rey, y era, como quien dice,
su capitan general.


Oomes La'J'gitionum, asimismo tomado del Imperio; digni-
dad de Palacio instituida para ordenar y dirigir los actos de
liberalidad y munificencia real, como hacer mercedes, otorgar
perdones, pagar sueldos á la gente de armas y otros semejan-
tes. Sin embargo, es dudoso que este oficio hubiese existido
entre los Visigodos (1).


Regian las provincias los duques, y los condes (no los pala-
~inos, sino otros de menor grado y dignidad), gobernaban las
ciudades, aquéllos y éstos con autoridad mixta, -porque hasta
los tiempos de Constantino el Grande no se pensó en ajustar la
delicada balanza de las potestades civil y militar, ni nadie sos-
pechó que fuese incompatible ó peligroso reunir en una sola
mano el imperio y la jurisdiccion.


Duque (a duce) es un título latino que Constantino intro-
dujo al reformar el sisteI.Ila politico del Imperio, y significaba
un alto empleo militar cuyas principales atribuciones consis-


(1) Casiodori Epist., lib. VII, formo IX; NOlitia utl'aque dignitatum, et Guidi
Panciroli CommB"t"r'ia Imp. O,.ieM., cap. XV, LX, LXXIII, LXXVII, LXXXVII,
LXXXIX, XC et XCI; Petri Pantini, De dignitatibtUl el ofllcii81'egni ac dom, .. re-<
(Ji re Go Iho,.,.,».


o




82 CURSO
tian en mantener la disciplina de ios ejércitos y velar por la de-
fensa de las provincias en caso de guerra. Es verdad que lo;;;
pueblos germánicos conocieron tambien capitanes ó caudillos
de hueste que Tácito designa con el nombre duces; pero aque-
llos duques no eran una dignidad del estado, sino un grado en
la milicia. Los Visigodos tuvieron duq lles de Cantabria, Car-
tagena, Mérida, Lusitania y Narbona (1).


Refieren los historiadores que los Godos, poco despues de la
conversion de Recaredo, hallándose todavía en guerra con los
Romanos, dividieron el territorio en várias provincias, dando
á estos duques el cargo de gobernarlas en tiempo de paz y de
resistir con las armas las acometidas del enemigo alojado cerca
de la frontera. Llamáronlos duces limitanei, como quien dice
generales con mando en las provincias más lejanas y en la
hueste que allí estaba de guarnicion, para defender los límites
ó términos'de la monarquía visigoda (2) ..


Los condes de las ciudades (Oomites civitatum), distintos de
los que formaban parte del A ula Regia ú Oficio Palatino, se-
guian en honor y autoridad á los duques, como lo declara Pan-
tino (3). En efecto, así resulta de las fórmulas de cancillería
conservadas y transmitidas á la posteridad por Casiodoro, di'
los Concilios de Toledo y del mismo Fo-rum Judicum, y se co-
lige de otros documentos y testimonios fidedignos.


(1) <Reges ex nobilitate, duces ex virtute snmmnnt ... et ,luces oxemplo potius
quam imperio: si prompti, si conspicui, si ante ackmagant, admiratione prresunt..
De m01'ibu.>; Germanorum, pars l.


La misma etimologia señala á esta voz D. Alonso el Sabio: <Duque quier tanto
decir, como cabdillo guiador de hueste-o Yen otra parte: ,Duques quier tanto de-
cir, como cabdillos que aducen las huestes-o Ll. 11, tít. 1, Y 16, tít. IX, Parto n.
V. Salazar de Mcndoza, Origen de las dignidades seglares de Castilla y Leon, lib. JI!,
cap. xv.


(2) ,Lo de la guerra tenian los reyes gonos ordenado desta manera. En sus fron-
ter~s tenian capitanes generales que en latin llaman duces, y de allí se tomó la
dignidad de duque, que agora tanto se usa ... Verdaderamente un duque destos era
como un visol'ey de agora.- Ambrosio de Morales, Cr6n. general de Españ", lib. XI!'
cap. XXXI, núm. 1'7.


,Dux apud Gothos, semper primum ¡ocum obtinuit ... ClljUS, ut vis nominis 08-
ten ,lit , id potissimum munus emt, ut in provinciis, bello ducendo gerendoque,
prreficeretur ... Habebat etiam dux, cum bclli muniis, civilem administl'atiouem
conjunctam .• Petri Pantini, De dignitatib1ts et o(tlciis regni ac domus reyire Gol"o-
')'um, ,OT\). \)\lx.


(3) ,Post quom ( ducom 1 in dignitatis ordino comitís proxime honor sequehlltur.>
De dignitntilJ1ls et offidi., ?'r.gni ac domlJ..\ ¡'cairr Gothortlm, "crh. CO:llEs.




DE DERECHO POLÍTICO.


Regir los pueblos con equidad, guardar y hacer guardar los
preceptos superiores, administrar justicia, juntar la hueste,
mantener correspondencia con el rey y ocuparse en los demás
pormenores del gobierno, tal era el ministerio propio de los
condes, administradores y jueces de las ciudades y sus territo-
rios. Y es de advertir que su cargo tenia mas de civil que de
militar, al revés de los duques en quienes lo militar oscurecia
lo civil. No obstante, habia por extraordinario. ciertos Gomites
1'ei milítaris que no gobernaban en tiempos de paz, sino que
hacian ias veces de los duques aa ?'egni limites custoaien-
aos (1).


Mueven escritores de nota controversia sobre la supremacía
de los duques ó los condes, como punto no bien declarado en
la historia y en las leyes; cuestion no de vana precedencia,
sino importante para conocer á fondo la organizacion admi-
nistrativa de la monarquía visigoda.


Pruébase la superioridad de los duques, ya considerando la
mayor extension de] territorio que gobernaban, ya con el Fo-
?'ltm Juaicum donde al nombrar los rita/ores loci antepone
siempre aquella dignidad á la de conde; 10 cual confirman las
actas de los Concilios de Toledo (2).


(1) .Et Ricut ducis in bello, sic comitis potissimum in pace, civilique adminis-
tratione e1ucebat officium.' Pantini, De dignitatibus pi ofliciis, etc., ycrb. COAillS.


(2) Ll. ll, 17 et 25, tít. 1, lih. n, et 8, 9, tít. n, lib. IX FOl' . .lud.
Greg'orio Turonense acredita que los duques eran gobernadores de muchas ciu-


dades reg'idas cada una por su conde. Cuando habla de los duques, dice; .dux ci-
yitatum vel provincire;. si de los condes, ,comes urbi8, civitatis, seu loci;, y al
nombrarlos juntamente, guarda el ónlen de precedencia que antepone aquéllos á
éstos. ,Nunus regum metuit, nullu8 ducem, nullus comitem reveretur.' Hist.
Prancorum, lib. II, cap. xx, lib. VIII, cap. xxx et alibí. Su ilustrador Ruinart aña-
de; ,Ini quibus civitatum cura commiSRa erat, comitcs dicti sunt; duces veró su-
pra multas comitatus constituti, potissimum exercitibus prreficiebantur •. In PNR-
fat., p. 79 (ed. 1739).


Algunas veces resulta confusion de aplicar al duque el nombre, no de la provin-
cia, sino el de la ciudad capital del territorio, si ambos no convienen.


Pellicer observa que los condcs no gobernahan ciudades ni partidos en España
como en la Gaiia gótica; pero no indica el fundamento de su opinion: ni puede mé-
nos de confesar l1ue hubo condes en Toledo, ni esto se compadece con los varios pa-
sajes del F01'um .lu¡J;cum donde se nombra el ,comes civitatis,. Anales de la mo-
narquía, de E"pltña. lib. l, núm. 49.


Garitay defiende que en tiempo de los reyes godos fué más estimada la dignidad
de conde que la de duque, alegando que siempre anteponian los grandeR cuyas n,'-
mas aparecen en las actas de los Concilios de Toledo el primer título al scgllnrlo,




84 CURSO
Ocupan el tercer lugar en la gerarqnía de las autoridades


visigodas los gardingos, última clase de las que merecian el
honroso titulo de majores loci. Cuando el Porum Judicum ó
los Concilios nombran al gardingo, siempre le citan despues
del conde, como éste viene despues del duque.


Cuál fuese la dignidad de gardingo es punto no bien averi-


y el lugar preferente que ocupan los condes asistentes con los duques al VIII de
Toledo. Compendio historial, lib. X, cap. IV.


En efecto, cuando un prócer godo reunia en su persona ambas dignidades, siem-
pre se titulaba comes et d",,", lo cual no denota la mayor dignidad del comes ci"i-
tatis, sino del conde palaciano respecto al duque de la provincia, no debiendo con-
fundirse, ii qui personam principis sequebantur, et officia in Aula exercobant, el,
aUi ... que all administrandas vel regendas provincias et respublicas mittelmntur •.
Pantini, De dignitatibus et of/iciis, etc.


La cita del VIII Concilio Toledano no es feliz, porque si bien suscribe el primero
un Osth"lphus, comes, siguen varios condes y duques, luégo condes y próceres sin
órden fijo, prevaleciendo, sin embargo, la gradacion referida, así como puede ob-
servarse en los demás á que concurren seglares.


Marin cree que la única diferencia entre los condes y los duques consistia en
que éstos eran una dignidad más especialmente militar'que aquéllos. Historia de
la milicia espa.'ola, lib. l, cap. 11. Depping pretende que ambas dignidades se apli-
caban iudistintameute á una misma persona. Hist. gdnéral d'Espagne, t. II, p. 312.
Mariana llama condes á los que gobernaban alguna provincia, y duques á los que
en alguna ciudad ó comarca eran capitanes generaleS:Hist. de España, lib. VI, ca-
pítulo 1. Con más acierto Mosqueta de Villaviciosa en la Numantina, cap. XXVIII,
Ambrosio de Morales, Crónica; general de España, lib. XII, cap. IV y XXXI, Mas-
deu,Hist. crítica, t. XIII, p. 38, Romey, !list. de España,t. I, p. 2M, el doctor Dun-
ham, Ilist. de Españ". t. J, cap. I~', Lafuente, Hist. general de Espaiia, lib. IV, ca-
pítulo IV y otros escritores de nota resuelven la cuestion en el sentido que propo-
nemos. Ducange, en su Glossa1'h,m, interpreta las voces d"x y comes segun nuestra
opinion.


Léense, en Casiooloro los siguientes pasajes: .Decet te honorem, quem geris no-
mine, moribus exhibere, ut per provinciam, cui prresides, nullam fleri violentil\m
patiaris>. Duci Rethiarwin Theodoricus rex, lib. l, epist. II. ,Quia non eat tale pa-
eatis regionihus jus dicere, quantum bella suspecta sunt ... ducatum tibi eredi-
mus Rethiarum, ut milites et in pace regas, et cum eis in fines nostros solemni
alacritate circumeas: quia non parvam rem tibi respicis fuisse commissa, quando
tranquilitas regni nostri tua creditur sollicitudine custodire .••• Lib. VII, formo IV.
,Propterea per illam indictionem in ilIa civitate comitivre honorem secundi ordi-
nis tibi legimus, ut et cives commissos requitate regas, et publicarum ordinatio-
num jussiones constanter adimpleas .• Lib. VII, formo XXVI.


De.donde se colige: 1." Que los duques gobernaban una provincia, y los condes
una ciudad: 2.° Que los duques mandaban las armas y ejercian jurisdiccion mili-
tar ( ut milites et in pace regas ) ; y los condés estaban revestidos del mando políti-
co con la jurisdiccion civil ( ut el cives ..• "'quita te regas). Tuvo Pan tino presente
este pasaje de Casiodoro cuando dijo que el oficio del, comes civitatis emt cives
urbanos requitate regere, et pu blicarum ordinationum jussiones cODstanter adim-
plere •. 3.0 Los condes eran inferiores en digni<1ad y autoridad á los duques (hono-
,.em .<eC1¡.n di ordinis tibi legimus).




DE DEnECRo POLÍTICO." 85
guado, y así no hallamos fácil discernir su carácter civil ó mi-
litar, ni poner límites ciertos á su potestad de imperio ó juris-
diccion. Conjeturan algunos autores que era un oficio prin-
cipal de la corte de los reyes godos; aunque mal se compadece
con el cargo y empleo palaciano el título de majo?'loci consig-
nado en el Forum Judicum, el cual denota autoridad circuns-
crita á determinado territorio, como la de los duques y condes,
que con los gardingos formaban un mismo órden (1).


Tiupkadus era autoridad inferior al gardingo, revestida de
jurisdiccion civil y criminal; y por lo mismo que recibia del


(1) L. 9, tít. n, lib. IX Fo,·. J«d.
Rugo Gracia señala la etimología de gardingo en la voz teutónica wardingern,


vulgo warders, custodes, pree{ecti judicis. V.Notitia appellativ" et verba gothica, etc.
Ducange dice que gardingo procede de garda, custodia, ut gardingi custodes (uerin'
principis vel palMií. V. Glossariurn, verbo GARDINGI. Ambrosio de Morales opina
que debia ser gobernador en tiempo y cosas de paz; yen otra parte que era oficio,
á lo que se puede entender, de justicia, inferior al conde" O'6n. general de España,
lib. XII, cap. IV y XXXI. Masdeu asienta que el gardingo era un lugarteniente del
duqne, como el vicario del conde. Hi.st. crít., tomo XI, p. 37. Lafuente nota que este
vocablo se compone de gCVi'de, cuerpo de tropas encargado de mantener el órden pú-
blico, y ding, tribunal,'y pregunta: ¿~o podian ser los garrlingos jueces de la mi-
licia ó encargados de la justicia militar? ¡.No prueba esto que los gardingos ejer-
cian tambien autoridad militar en las provincias? Hist. general de ESPClf¡~, li-
bro IV, cap. IV. Por último, Cavanilles los califica de empleados militares en pa-
lacio, inmediatos en gerarquía á los duques y condes. Hist. de España, t. I, p. 280.


En resúmen: 1.0 Era el gardingo una alta dignidad que seguia""en órden al du-
que y al conde, como se prueba con la ley arriba citada del FOt'urn Judicurn, con las
palabras del Concilio XIII de Toledo, cuando dice: .In publica sacerdotium, se-
niorum, atque etiam gardingorum discussione,' Conc. Tolet. XIII, cap. II; Y con
la autoridad de Julian, metropolitano de Toledo, que refiere haber sido llamados á
sentenciar el proceso del conde rebelde Paulo, los < seniores Palatii, gardingi om-
nes, omneque Palatinum Officium •. De histol'ia Gallice.


2.° Parece probable que haya sido un cargo militar, y lo fundamos en la etimo-
logía, en la autoridad de varios escritores de renombre y en la misma ley, donde se
trata de la ollligacion de acudir ii las armas en caso de guerra, empezando la enu-
meracion de los o1Jligados por los caudillos de la hueste, duque, conde ó gardingo.


3.0 No hallamos razones bastantes á persuadir que gardingo signifique empleo
de la corte ó de Palacio, pues todo se reduce á meras conjeturas; y no parece pro-
bable que fuesen los gardingos guardas del rey, ni jueces de la milicia, cuando
habia un cuerpo de espatarios á las órdenes de un conde y duques con jurisdiccion
militar. Ad.emás la ley referida incluye á los gardingos en el número de los ma-
jores loci, en oposicion á las viliores person ee, tiufadi scilicet, omnisqtw exercitus
compulsores, cargos snbalternos de la milicia, cnyas funciones son lev¡mtar gente
allí donde residen, organizarla y conducirla á la guerra.


4.° Tampoco parece verosimil que el gardingo hubiese desempeñado un cargo da
justicia en el territorio de su residencia, pues las layes del For"rn Judictrm, al
enumerar las diversas autoridades delórden administra:tivo y judicial, tales como
dux, cornes, vicarius, viHictl-8, prrepositus, rectores provinciee, pacür adsertores, ac-




86 CURSO
rey pote:;tad de juzgar, la ley ex-presamente le incluye en el
número de los jueces.


El tiufado mandaba un cuerpo de tropas llamado tiufa á las
órdenes del conde, y tenia á las suyas á los quingentenarios,
centenarios y decanos que estaban á la cabeza de quinientos,
cien y diez hombres de guerra, á semejanza de los tribunos,
centuriones y decuriones de los Romanos.


No falta quien sospeche si habia dos clases distintas de tiu-
fados, una en el gobierno y otra en la milicia; pero además de
que ninguna ley autoriza tal suposicion, no debe causar ex-
trañeza un tiufado civil y militar á un tiempo, pues 8abemos
que los Visigodos no se cuidaban de establecer diferencia entre
los ministros de la paz y la guerra (1).


Vicarius llamaban al juez de una ciudad ó territorio insti-
tuido para sentenciar en lo civil á nombre del duque ó del C011-
de. otrOs entienden por vicario el teniente del conde en el go-
bierno y administracion civil, para dejar más libre y expedita
su autoridad en las cosas tocante;:; á la milicia, y esta opinioD
nos parece mas prohable. En el F01'um Jzulicum se hace fre-
cuente mencion del vicario, y en términos que resalta su ca-
rácter civil y su potestad judicial (2).


Del Prcepositum comitis veZ civitatis da tambien cumplida
noticia el F01'um Judicum, segun el cual es la autoridad que
sustituye al conde ausente, ejerce la jurisdiccion delegada en
los negocios leves, y suspende la resol ucion de los graves hasta
escribir al superior y recibir su respuesta con las instrucciones
convenientes: cargo análogo al de vicario, y acaso el mismo


lores tiBci, defensores cimtatum y otras, omiten el gardingo, acaso porque teniall
mando militar, y no jurisdiccion sobro los pueblos. Ll. 25, tito 1, lib. II, 5, tít. l.
lib. VIII, 13, tito n, lib. XII et alüe Fo-,.. Jud.


Si el tiufado era el jefe militar que seguia en autoridad al, conde, ¿por qué el gar-
dingo no seria tambien jefe militar inmediato al duque'? No es seguir la opinion
de Masdeu, pero si acercarse á ella.


[1) LI. 14, 2"2, 25, tít. 1, lib. II; 11. 1,3, 1,5,8,9, tito 1I, lib. IX For. Jt,d. V. Ambr.
de Morales, C,.ón. gene,.al de España, lib. XII, cap. XXXI.


(2) L. 25, tít. 1, lib. II; 1. 5, tít. 1, lib. VIII; 11. 5. 8. 9, tít. Il, lib. IX; 1. 2, tít. 1,
lib. XII, For. Jud. V. Ducange, Glossa"¡'<m; Pantinus, De dignitatibu8 et ofli-
eiis, etc.; Masdeu, Hist. edt., t. XI, p. 39; Ambr. de Morales, ("'única Ileneral (1"
España, lib. XII, cap. XXXI.


Hállase en el Forum Judicum vica";"s com'itis, y en ninguna parte hemos visto
vicarius dl,cis. L. 22: tito 1, lib. n; 11. 1,3,4, tít. n, lib. IX Fo... Jud.




DE DERECHO POLÍTICO. 87
mudado el nombre, pues si en algo difieren estos magistrados,
no será en la naturaleza, sino en la extension de sus atribucio-
nes (1).


Villicus (a vico) era el juez ó la autoridad cidl de un pago
ó aldea, es decir, de un pueblo de corto yecindario aplicado á
las faenas del campo. Leyendo atentamente el lloJ'tcm Judicum
se colige que el vilico tenia más parte en el gobierno local que
en la adminisíracion de la justicia (2).


El A ctoJ' loci ó procurador del lugar ejercia funciones pro-
pias de una autoridad encargada de la policía judicial, consi-
derando los deberes de aprehender, conducir ante el juez y á
veces castigar con cierto rigor á los delincuentes (3).


Pacis a(lseJ'tor era un juez diputado por el rey para cono-
cer de ciertas causas y dirimirlas por avenencia, y no se ex-
tendia á otras su especial y limitada jurisdiccion (4).


Oompulsor exeJ'citús, segun el mismo nombre lo indica,
queria decir el agente ú oficial inferior que apremiaba á los
reácios y morosos para que acudiesen á la hueste en caso de
guerra, porque el servicio militar á todos obligaba. Llama el
Forum Judicum á éstos compulsores serví dominici; y nada
tiene de extraño que siervos del rey ejerciesen funciones pú-
blicas, cuando todavía gozaban de los honores palatinos (5).


Habia otras magistraturas de carácter municipal dignas de
memoria; mas como formaban parte de una institucion cuya
existencia entre los Visigodos fué y aun es muy disputada por
los eruditos, abordemos la cuestion principal, que el hilo del
discurso nos conducirá al exámen de todos sus pormenores.


¿Subsistió el municipio romano durante la monarquía visi-
goda, ó pereció por repugnante al espíritu del pueblo conquis-
tador ó incompatible con sus instituciones'? Si pudo sobrevivir
á la ocupacion de España por los hombres del norte ¿conservó


,1) L. 3, tít. VI, lib. V; 1. 5, tít. 1, lih. Vln; 1. 5, tít. 11, lib. IX For. J,.d.
(2) L. 1, tít. 1, lih. VI; J. 5, tít. 1, lih. VIII; 1. 2, tít. 1, lib. XII FOI'. J1<d •
• Víci, et castella et pagi ii sunt, qure nulla dígnitate civitatis ornantur, sed yuJ-


gmi hominum convel1tu incoluntur, et propter parvHatem sui majoribus civitati-
bus atribuuntur ... Vicus aut'!lm dictus a vicinis tantum habitatoribus .... Isid.,
Ethim" lih. XV, cap, II.


¡3) L1. 1, tít. 1, et 3, tít. II, lih. VI; 1. 5, tít. 1, lih. Vln Fa". Jwl..
¡4) L. 15, tít. 1, lih. II For. Jud.
(5) L. 4, tít. IV, lib. II; J1. 2, 5, tito n, lih. IX For. Jud.




88 CURSO
su forma primitiva, ó se modificó al contacto de otras leyes y
costl1mbres yen qué sentido? La critica más sutil no alcanza-
rá á desvanecer todas las dudas del lector escrupuloso, opo-
niéndose á ello la oscuridad de aquellos siglos remotos y la
escasez de documentos que ilustren la historia política. y civil
de España al cabo de tantas generaciones. Sin embargo, como
el asunto se presta á nuevas investigaciones, haremos un es-
fuerzo por añadir siquiera un rayo de luz á la dudosa que ar-
rojan los profundos estudios de nuestros eruditos; y renun-
ciando desde ahora á la esperanza de llegar hasta.la verdad,
nos contentaremos con encerrar en más angostos líijlites el
campo de las 'conjeturas.


Antes de entrar en materia, conviene recordar algunos pre-
cedentes.


Los Godos, al establecerse en la Península, cuidaron de con·
solidar su dominacion, adoptando la política de respetar los
usos y costumbres de los Romanos. Así, no podríamos formar
cabal idea de aquella sociedad, á no imaginar la coexistencia
de dos pueblos distintos, el uno superior en las armas, el otro
de mayor cultura, ligados con el vínculo de un gobierno co-
mun, cuya fuerza se iba debilitando hasta la relajacion, con.:.
forme el poder se alejaba del centro de la monarquía. El ven-
cedor no necesitaba invadirlo y llenarlo todo con su autoridad
para mantener los derechos de la conquista. .


La organizacion militar de los Visigodos, la posesion exclu-
siva del trono y de las altas dignidades del estado, una série
de magistrados que representaban al rey y ejecutaban sus
mandatos en las ciudades más populosas y en los más humil-
des lugares, y el mismo orgullo que inspira la victoria, facili-
taron la tolerancia de las leyes y costumbres romanas que no
hacian sombra á la raza dominante, ni ménos ponian en peli-
gro su absoluto imperio. Vivieron ambos pueblos mucho tiem-
po, no como hermanos, sino como vecinos.


Consideradas así las cosas, nuestra opinion no se ajusta á la
de ciertos graves escritores que se representan en la imagina-
cion una España goda, del todo nueva, refundida por la con-
quista, en vez de atenerse á la realidad segun la historia, la
cnal nos enseña que los Godos y los Romanos habitaron junto"
el mismo territorio sin llegar á constituir hasta muy tarde una




DE DERECHO POLÍTICO. 89
sola nacion, puesto que durante más de dos siglos vivió cada
raza de por sí con sus leyes, sus tierras y sus familias.


Hallaron los Visigodos al hacer asiento en España honda-
mente arraigado el sistema municipal, esto es, las curias con
sus curiales, decuriones, decemviros, defensores y demás ma-
gistraturas populares al uso de Roma. Como la curia no ofen-
dia ni molestaba la autoridad del rey, ni causaba recelos á las
juntas ó asambleas nacionales, ni amenguaba los privilegios
del Oficio Palatino, ni siquiera entorpecia la accion de los ma-


. jores et minores loci, pudo muy bien subsistir este precioso
fragmento de la libertad antigua, no como una institucion de
cariwter nacional, sino como una costumbre de origen roma-
no indiferente á la monarquía visigoda.


10s escasos monumentos que se sal\'aron de la destruccion
general y llegaron hasta nosotros, suministran alguna luz en
medio de tantas y tan espesas tinieblas. Abramos el F01'UJn
Judicum, y descubriremos vestigios del órden curial con el
gravámen de prestar á sus expensas ciertos servicios públicos,
y la odiosa prohibicion de enajenar sus ,bienes y transmitirlos
á persona no perteneciente á la curia j todo ello segun en las
leyes del Imperio se contiene. Registremos las crónicas, y sal-
tarán á la vista algunos pasajes en donde se citan nombres
romanos con la advertencia de ser los sujetos á quienes se re-
fieren de la clase de los curiales. Penetremos en los archivos,
y de allí tambien podremos entresacar tal cual noticia rara y
curiosa que induzca á presumir la existencia de la curia. Por
último, comparemos el gobierno de los Visigodos con el de los
Ostrogodos, y notaremos, entre otras semejanzas, el predomi-
nio del elemento romano en los reinos de España é Italia j y
siendo asi que en éste es cierto el municipio ¿por qué razon
será en aquél dudoso?


Entre los autores extranjeros que más de propósito estudia-
ron las leyes visigodas, descuellan MI'. de Savigny y MI'. Gni-
zot, ambos de grande autoridad y merecido renombre. El pri-
mero, preocupado con su idea favorita de la perpetuidad del
derecho romano, defiende la existencia del municipio durante
toda la monarquía visigoda, fundándose en que esta institu-
cion se conservó en el Breviarium Aniani, y aun en el Fo-
rum Judic1tm, donde se hace frecuente mencion de ciertas llla-




90 CURSO
gistraturas populares que acreditan la supervivencia del ré-
gimen municipal.


Opone MI'. Guizot á estas razones que el Breviarium Ania-
ni no con tenia el derecho comun y permanente de los Visigo-
dos, sino la legislacion particular de los Romanos; que siglo
y medio despues de su publicacion los dos pueblos formaron
uno solo j y últimamente que las leyes romanas fueron aboli-
das por Recesvindo en, términos tan claros, que no hay medio
de poner en duda su inobservancia posterior. Añade sin em-
bargo, que del silencio del Forum Judicum no se debe inferir
la completa desaparicion de las libertades municipales; pero
que ni estos miserables restos de una vigorosa institucion ro-
mana hallaron jamás cabida en la ley escrita de los bárbaros,
ni representan parte alguna de su constitucion política, ni de
su legislacion civil (1).


Los escritores regnícolas no dieron por lo comun la suficiente
importancia al exámen de este punto dudoso de nuestra histo-
ria, contentándose con desflorar la cuestion en vez de profun-
dizarla. Masdeu presintió la existencia del municipio romano
en el reino visigodo, pero no adujo pruebas, ni acertó á expli-
car el verdadero sentido de algunas leyes del Forum Judic1tm
dignas de tomarse en cuenta. Tampoco Martinez Marina ni
Sempere y Guarinos satisfacen la curiosidad del lector á pesar
de su vasta erudicion y acostumbrada diligencia, como autores
solícitos por investigar el orígen y seguir paso á paso el pro-
greso de nuestras antiguas instituciones.


Lafuente es parco -en noticias y reflexiones, sirviéndole de
disculpa su plan de escribir una historia general de España;
que no permite descender á la multitud de pormenores propios
de una monografía; y Moron camina á la ligera cuando afir-
ma que ni en las leyes, ni en las actas de los Concilios se des-
cubren vestigios de la curia romana, y que habia absoluta in-
compatibilidad de los magistrados municipales con la auto-
ridad de los condes, jueces, vilicos y actores fiscales que les
sucedieron y reemplazaron en el ejercicio de sus facultades del
órden judicial y administrativo.


Movió esta controversia en una ocasion solemne Seijas Lo-


(1) IIist. des od[Jines dtl flOtwern. repre8enh!ti(, t. r, p. 3UL




DE DEUECIIO l)OLÍTICO. 01
zano, quien, signiendo las huellas de ~loron, se declaró por
el partido de la incompatibilidad de las curias con el gobier-
no de los Visigodos, y aseguró que no se registra en sus leyes
ningun indicio de la existencia del municipio despues de Leo-
vigildo, aunque no parezca verosímil su desaparicion antes de
Recesvindo, en cuyo reinado acabó la diferencia legal de razas.


No convencido el Marqués de Pidal, se lanza a la contienda,
profundiza la materia, la ilustra con maravillosa facilidad, y
apoyándose en documentos fidedignos, concluye en favor de
la existencia del municipio durante la monarquía visigoda, y
nota las vicisitudes quepl'eparan el tránsito de la curia roma-
na al concilium de la edad media. Estos testimonios :y arg'u-
mentos, con otros de nuestra cosecha, ilustrarán el ánimo del
lector y le permitirán formar juicio recto en la cuestion pre-
sente,


La primera y principal autoridad que viene en auxilio de la
opinion favorable á la existencia del municipio entre los Visi-
godos se deriva del Forum Judic~tm, donde se halla una ley
no citada por Masdeu, ni comprendida por Moron en el nú-
mero de los únicos documentos que se refieren á la curia, ni
tampoco aducida por Lafuente con las demás pruebas de la
conservacion del órden de los curiales.


En esta ley se prohibe á los curiales obligados á prestar cier-
tos servicios ó entregar en las arcas públicas el importe de los
tributos, enajenar sus bienes por medio de ventas, permutas
ó donaciones. Mas si contra la voluntad del legislador el curial
enajenare todos sus bienes, la mitad ó una parte de ellos, el
nuevo dueño los adquiera con el gravámen proporcional que
les corresponda. Los curiales pueden entre sí vender, donar ó
permutar, no rehusando el nuevo dueño la carga constituida
"obre los siervos, tierras, viñas ó casas enajenadas por respeto
á la utilidad comun (1).


Nada mas facil que probar la filiacion de dicha ley, y de-
mostrar cómo se deriva de las novelas de los Emperadores re-
cogidas en el Breviarium A niani para uso de los Romanos
sujetos á la obediencia de los Visigodos (2).


(1) L.19, tito IV, lib. V For. Jud. De non alienandis privatoru,m et cwrialiwn
·rebus.


(2) La ley 19, tito IV, lib. V For. JtLd. contiene en resúmen la doctrina de la 2. "'~ ( ~
" fJ "~


.. "




02 CURSO
Es sabido que el Forurm Judicurm no fué obra de un solo


rey, sino de varios. Compiló las leyes visigodas Chindasvindo,
con cuya ocasion abolió las romanas, dejando únicamente con
fuerza y vigor las contenidas en el código nacional (1).


Recesvindo propuso al Concilio VIII de Toledo corregir y
añadir la coleccion existente, it cuyo fin exhortó á los padres
y magnates allí reunidos para que enmendasen las viciosas,
desechasen las supérfiuas é)ncluyesen las necesarias (2).


Ervigio recomendó á los obispos Y á los nobles asistentes al
Concilio XII que reformasen todo lo que en las leyes hubiese
de absurdo ó contrario á la justicia; y. Egica en el X VI encar-
gó á los.mismos que redujesen á 11:\- debida claridad y rectifi-
casen el sentido oscuro ó dudoso de las leyes, corrigies~n las
injustas y suprimiesen las supérfiuas (3).


Pues si la ley del .Por~trm Judicurm, De non alienandis pri-
vatorurm et curialiurm rebus, se salvó de cuatro expurgos su-
cesivos, sin duda porque los autores del código no la juzgaron
absurda, viciosa', oscu,ra, injusta ó supérfiua, es claro indicio
de que existian las curias y los curiales aun en el reinado de
Egica, cuando ya agonizaba la monar.quía visigoda.


Con esto demostramos que MI'. Guizot no lleva razon cuan-
do dice que la curia conservada en el Breviarium A niani cesó
de tener existencia legal desde ChindasV'indo, puesto que ni el
Forum Judicum guarda silencio sobre el municipio, ni faltó
tít. lI, lib. V B,'ev. A.iiani, cuyo epígrafe dice: De boni. deeu";o·nt¿m, y de la 1.
tít. l, lib. XII, De deeu"ionibus, hoe est, de curialibus (1ft »ul/u. ah oflieio eurim
possit absolvi). Ambas traen su orígen de la novela de Teodosio, Ne eurialis prce-
dium alterit .. eond"eat, aut ftdejussor conductoris existctt (hoc est, ut terram al-
terius non Iíeeat locar e eUA';ali) , tít. IV; de otra del mismo Emperador, Ne d.-
curio ad senatoriam dignitatem, 'lJel ad aliquem honorem adspire! (hoc est, ut
tantum offtcio curice.subjieiatur), tít. VIII; de la siguiente limitando en los curia-
les la facultad de testar á la octava parte en favor de los hijos naturales ó sus ma-
ares, etc., tít. IX; Y de otra de Mayoriano, De curialib, .. et agnatione, ve! d·i"trac-
tion. prcediorum eo,."m, tít. r.


(1) L. 8, tít. l, lib. II FOl'. Jud.
(2) 'C In legum sententiis, qure au~ depravata consistunt, aut ex superfiuo, vel


indebito conjecta videntur ... ordinetis.> Conc. Tolet. VIII, Tom. Reg. núm. 9.
(3) ":'\fam e~ hoc generaJiter obsecro, ut quidquid in nostrre glorire legibus a);-


surdum, quidquid justitire videtur esse contrarium, unanimitatis vestrre .iudicio
corrigatur.> Conc. Tolet. XII, Tom. Reg. núm. 5, G,7.


e Cuneta veró qure in canonibus vellegum edictis depravata consistunt, aut ex
superfiuo vel indebito conjeeta fore patescunt, ... in meridiem lucidre veritatis 1'e-
c}ueite.> Coqc. Tolet. XVI, Tom. Reg. núm. 11,




DE DERECHO POLÍTICO. 93
á la institucion romana un lugar en la ley escrita de los bár-
baros, ni dejó nunca de formar parte de la constitucion políti-
ca y de la legislacion civil de los Visigodos. Asimismo queda
probada la compatibilidad de los magistrados municipales con
la autoridad de los condes, jueces, vilicos y actores fiscales
contra la resuelta negativa de Moron.


y si al testimonio de las leyes añadimos el de los cánones de
la Iglesia española, resultará confirmada la existencia de la
curia, puesto que en distintas ocasiones hallamos establecido
como punto de disciplina que los curiales no sean promovidos
á las órdenes sagradas (1).


No son muchas en verdad las noticias que los cronistas nos
transmiten de la curia, ni su lenguaje conciso les permite ex-
tenderse á los pormenores de la vida política y civil de los pue-
blos cuyos sucesos registran en forma de inventario. Con todo
eso, todavía se descubre en Idacio alguna huella incierta de
la institucion, aunque Moron asegura que en las crónicas de
aquel tiempo no hay rastro ni vestigio de organizacion mu-
nicipal. Idacio transmitió á la posteridad el nombre del muni-
cipio Lais en tierra de Galicia, existente en el reinado de Eu-
:rico (2).


En la historia de S. Millan, que vivió del año 474 al 574, es-
crita por S. Braulio, obispo de Zaragoza hácia el 633, se refie-
ren varios milagros que el santo obró en favor de ciertas per-
sonas pertenecientes al órden de los curiales (3).


Observa Moron, á propósito de este pasaje, que la historia de
S. Millan importa al mediodía de Francia; mas en ello se equi-
voca, porque el santo, ordenado sacerdote, sirvió la iglesia de
Birgegio, lugar del obispado de Tarazona; y cuando así no


(1) -Sed ne perturbatio quamplurima Ecclesioo oriretur ... non promoveanturad
sacerdotium ... qui... curire nexibus obligati sunt.> Conc. Tolet. IV, cap. XIX.


En el Inde:c SS. CC. quibus prese,.tim Hispania ab ineunte VI slEcu.lo ,tSquc ad
initiu·m YIlI ·regebatur, se lee: .Ex curialibus. vel qui fuuctioncs injunctas ha~
bet, clericus non sit •. Y en otra parte: _ Causidici ct curiales, vel sooculari mili-
tioo dediti, ad cleruni non admittantur ••


(2) • Signa etiam aliquanta, et prodigia in locis Gallreclre providentur in fluml-
ne Minio de municipio Lais ... Haud procul dA supradicto municipio ... multa alia
os tensa , quoo memorare prolixum est.> Idlatii , ep. C"ro».; Sandoval, Cinco obisÁ
pos, p. 42.


(a) -De Maxima, curialis filia, energumena liberata. Iten¡. curialis Maxlmi tI- -
liam, nomine Columbam, doomon invaserat .... ¡bid.




94 CURSO
fuese ¿ tanta diferencia de leyes y costumbres habia entre los
Godos de aquende y allende el Pirineo'?


Prosigue que tales noticias son relativas á una época ante-
rior á Leovigildo, en lo cual no niega que pudo haberse con-
servado algun resto del régimen municipal en alguna provin-
cia de España, y particularmente en la Tarraconense; pero
¿cómo se aviene esta opinion con la otra, tambien suya, de la
incompatibilidad, y con la afirmacion que el sistema dccurio-
nal estaba unido al gobierno metropolitano de Roma'? ¿Y por
qué habia de tener más hondas raíces en la provincia Tarra-
conense que en otra parte cualquiera de España, si toda de mar
á mar fué romana (1)'?


Entre los manuscritos raros y curiosos que ilustran la histo-
ria de aquellos siglos remoto,"" poseemos un antiquísimo códi-
ce Ovetense, de valor inestimable en la actual controversia.
Contiene, además de diversos croniconefl y documentos impor-
tantes, un Formularium instrumentm'um J'egttm GotltoJ'um, ó
sea una coleccion de fórmulas jurídicas que al parecer estaban
en mIO en el reinado de Sisebuto al otorgar testamento, prome-
ter dote, constituir fianza, hacer donacion, emancipar siervos,
yen fin, son modelos para reducir estos y otros actos civiles á
escritura pública, la cual debia leerse y anotarse en los regis-
tros de la curia, con cuyo requisito adquirian mayor grado de
solemnidad y firmeza. De donde se infiere q ne la curia no se
hallaria tan postrada por los años 615 Ó 616, cuando era el ar-
chivo y depósito de los títulos de propiedad y de los instrumen-
tos que acreditaban el estado de las personas (2).


(1) ¡¡ist. de la civilizacion de España, t. II, p.226.
(2) -Ita ut post transitum meum die legitimo hanc voluntatis mere epistolam


ápUd curire ordinem gestis pubUeís facías adcorporare.> Form. XXI.
.Et quia mihi de pressenti commisslt, ut. post trausitum auum apud gravitatem


vestram eam adpublicarem et gestis publicis adcorporarem, prolnde .•. spero hono-
rifieenciam vcstram, ut eam vobis ingrabanter recensere mandetis. IIli rlixerunt:
voluntas domuissimi illius ... suspiciatur et legatur, ut agnita possit in acta mi-
grare. Ex officio curire est accepta et lecta.' Form. XXV.


De este famoso códice dió noticia el erudito Ambrosio de Morales, segun puede
verse en la España sag1'ada, t. XXXVIII, cap. XL. Existe una copia fiel de dicho
manuscrito en la Biblioteca Nacional, y es la que hemos consultarlo. Mr. Euge-
nio Roziére imprimió y publicó las FórmlllasVisigóticas en Paris, año 1854.


Pelayo, que ascendió á la silla episcopal de OvieJo en 1101, fué quien compiló los
varios documentos que contiene el códice Ovetense; y aunc¡ue pase en la opiniou
de los críticos por autor poco escrupuloso, no hay motivo razonable para suponerle




DE DERECHO POLÍTICO. 95
Grande era la semejanza de las leyes y costumbres de los


Visigodos y Ostrogodos, y no ofrece la menor duda la .existen-
cia de las curias en Italia reinando Teodorico, segun el testi-
monio de Casiodoro, cuyas Epístolas y Fórmulas nos dan no-
ticia de haberse allí moderado el rigor de las leyes tocantes á
los curiales, manteniendo, sin embargo, la obligacion de sa-
tisfacel' lQ.3 debita vecti,qalia, y no dispensándolos de los li,qa-
mina prmdio1'um suorum, es decir, conservando todos los ea-
ractéres de la institucion romana (1).


El período verdaderamente oscuro de la historia municipal
durante la monarquía visigoda empieza en la mitad del si-
glo VII y sigue hasta la catástrofe del Guadalete. La ley.De
non alienandis privatontm vel curialium reb1ts y las Fórmulas
vbigóticas, son las lÍllicas pruebas directas de la existencia de
la enria. No afirmaremos que se extinguió, pues vive en el
Porum Judicum; mas sospechamos que se fué transformando
segun que fué perdiendo de su vigor la tradicion romana.


Rn vano Masdeu se esfuerza en persuadir que subsiste el an-
tiguo municipio, y cita en prueba de ello las leyes donde se ha-
bla del conventus publicus vicinorum. El conventus public1ls
vicinorum nada tenia de comun con hi curia. No era una ins-
titucion local, sino un medio de pn blicidad; y por eso en es-
tas juntas ó reuniones accidentales de vecinos se denuncia el
siervo fugitivo, se hace notorio el hallazgo de los animales er-
rantes, Ó se aplica el merecido castigo á los delincuentes (2).


Algo más significa el .Difensor civitatis, magistratura po~
pular instituida por Valentiniano hácia la mitad del siglo IV
pam proteger a los pueblos contra los gobernadores de las pro>
vincias y demás ministros del Imperio, yen general contra los
abusos de la autoridad. Pasó esta benevola institucion del Có-
digo Teodosiano al Breviariu1n Aniani y de allí al Forum
Judicum en donde se conservÓ aunque modificada.
inventor Je las Fórmulas, que parecen tr~sladadas á la letra del cuaderno de algun
notario.


(1) C(¡siodori Ej;i.<t., lib. n, cap. xxv; lib. IV, cap. XIV; lib. VII, formo XI,VII.
(2) dudcx quotiÚllS OCCi"SllfUS ost reum, non in secrctis aut in absconsis locis.


sed in convcntu publice exerceat disciplinam.> L. 7, tít. IV, lib. VII For. Jud.
-Servi autem ... singuli in conventu publico ad aliorllm terrorem extensi, coram


jUflice Guccntenos ictu$,uccipiant fiagollorum.> L. 3, tít. 1, lih. VIn For. J7Id.
V. n. 14, tito IV. et 6, tít. v, lib. VIII j n. 21, tito l. et 4, tit. Ir. lib. IX Fo,·. J1H¡.




91) CURSO
Eran los .Defensores ci'IJitatum, segun el decreto de Valen-


tiniano, elegidos por las mismas ciudades que los constituian
sus síndicos ó personeros, y estaban en intimo contacto con la
curia (1). Los Ostrogodos respetaron la magistratura de ori-
gen romano, pero no el principio electivo en que descansaba,
pues Teodorico se apropió la facultad de nombrar los defenso-
res á peticion ó ruego de los ciudadanos' (2). Recaredo, más
piadoso que celoso de extender su autoridad, admitió el defen-
sor elegido por el pueblo ó por el obispo reputando ambos ti-
tulas iguales (3).


No obstante los buenos deseos de Valentiniano y de los re-
yes visigodos que siempre miraron con ojos de piedad á los
oprimidos, la magistratura protectora de la curia y su nltima
esperanza llegó á tal grado de corrupcion, que arrancó á San
Isidoro palabras de amarga censura (4).


Así nada más natural que el clero superior, partícipe en el
gobierno yen la administracion de la justicia, se alzase con la
representacion popular en las curias, y salvase los miserables
restos de la antigtla libertad que aun poseian las ciudades,
miéntras el clero inferior se derramaba por los campos y eri-
gia iglesias, centro de la parroquia y orígen del municipio
rural.


La solicitud del párroco no se limitó á la cura de almas, sino
que abarcó laadministracion de los bienes dc su iglesia y la
construccion y reparacion de los templos; con cuyo motivo
pesaban sobre los parroquianos tributos y servicios á cambio
del pasto espiritual que gozaban los vecinos. Fortificaban este
vínculo la proteccion que el sacerdote dispensaba al ~sclavo,
al hnérfano y la viuda, la escuela de primeras letras abierta-
á la infancia y los xeno(locMos ú hospitales para el socorro de


{l) .Hi potissimllm constitllantllr defensores, quos decretis elegerint civitatcs.
Defensores nihil sibi insolenter ... : plebem tantum vel decuriones ab omni impro-
borum insolentia et temeritate tueantllr, ut id tantum qllod esse dieuntur, csse
non desinant. > Codo Theod., 11. 1 et 2, tít. XI, lib. I.


(2) En la fórmula. Defensoris civitatis> transmitida por Casiodoro, hallamos
estas palabras: • Nostra concedit auctoritas ... civium tuorum supplicatlone per-
mota '. Casiad. Epist., lib. VIII, formo X.


(3) • Ideoque jubemus, ut numerarlus vel defens1r, qui electus ah episeopis vel
populis fuerit, eommissum peragat officium .• L. 2, tít. I, lib. XII Fo>·. Jud.


(4) • Et nune quidem eversores, non defensores exisl'l.lllt..> Eth.'lm., lib. IX,
cap. IV.




DE DERECHO POLÍTICO. 97
los pobres y peregrinos; cargas y beneficios bastantes á cons-
tituir un municipio entre civil y religioso (1).


Las rentas de la corona se componian del producto de los bie-
nes 6 patrimonio del rey, de las multas 6 penas pecuniarias y
confiscacione~ con que castigaba la ley ciertos delitos, de los
tributos y de los servicios reales y personales á que estaban
obligados los hombres libres.


Pruébase lo primero con la existencia demostrada de los bie-
nes afectos á la corona y del conde del Patrimonio encargado
de administrarlos. Lo segundo resulta de várias leyes del Fo-
'J'1t?Jt judicum. Lo tercero se demuestra con las actas del Conci-
lio XIII de Toledo, en donde se halla un capítulo])e t'J'ibutm'um
jyrincipali relaxatione in plebe, y el edicto regio que empieza
Flavius Ervigius Rex,' omnibus p'J'ivatis, sive flscalibus po-
p1tlis, etc. Por último, habia cargas equivalentes á nuestros
bagajes, como la de caballos ponere, gravámen á que estaban
sujetos los bienes de los privados 6 curiales.


La nacion goda, belicosa por hábito y por necesidad, daba
suma importancia á su milicia, puesto que para afirmarse en la
posesion de las tierras conquistadas, debia defender con la es-
pada aquello que con la espada habia adquirido. Todo el pue-
blo era dado. al ejercicio de las armas, y esta natural inclina-
cían se robustecía con el vinculo de obediencia y fidelidad que
contraian los agraciados por el rey con donacion,es á título de
recompensa, ó para conservarlos devotos á su servicio. Los in-
génuos debian seguir al patrono á la guerra, y los siervos al
señor.


Tan general era la obligacion de salir á campaña, cuando
invadia el territorio el enemigo, que la ley no exceptuab~ al
duque, ni al conde, ni al gardingo, ni tampoco al diácono, al
presbítero 6 al obispo. Todos, majores y minores loci, ingé-


. nuos y libertos, godos y romanos, acudian al apellido, y s610
estaban exentos del servicio militar el anciano y el enfermo.
Las personas de mejor estado y fortuna llevaban la décima
parte de los siervos armados á su costa en su compañía. Las
penas de perdimiento de la dignidad, destierro, confiscacion
de bienes, azotes, infamia y otras segun la condicion de los


(1) Ll. p, G, tito l, lib. V.
.,




98 CURSO
reos, se aplicaban con rigor á los desobedientes y morosos (1).


La severidad de las leyes militares data principalmente del
reinado de Wamba; y como por aquel mismo tiempo ocurrió
la rebelion del conde Paulo en la Galia Narbonense, no parece
infundada la sospecha de si el ardor belicoso de los Godos se
habia entibiado, ó se habia relajado la disciplina. No~seria ex-
traño, porque desde que los bárbaros, trocando la espada por
el arado, empezaron á gustar las delicias de la paz, pusieron
el mayor bien en la posesion tranquila de sus campos y en el
apego á la casa y la familia: hábitos de la vida civil reñido3
con el genio aventurero que ama las inquietudes y peligros de
la guerra, aborrece el trabajo y confia en llegar á la riqueza
por el camino más corto de la conquista.


CAPITULO IX.
DE LAS PERSONAS.


Habíase ya mezclado la sangre de los indígenas con la de
los extranjeros, cuando los Godos vinieron á España; de modo
que confundidas las diversas razas que en el discurso del tiem-
po se avecindaron en la Península, formaban bajo la domina-
cion de los Cesares un solo pueblo, el cual, por la semejanza
de sus leyes y costumbres con las de Roma, mereció que los
bárbaros le apellidasen romano.


La conquista pasajera de los Vándalos, Alanos y Suevos y
la permanente de los Godos quebrantaron esta unidad opo-
niendo una raza á otra raza. La fuerza de las armas dió el
imperio al hombre del norte; mas no sin ceder al influjo de la
cultura superior de la gente latina.


Los cambios en el idioma que sobrevienen por resultado de
una conquista, son el mejor indicio de la proporcion numérica
de los vencedores á los vencidos, porque la lengua y la nacio-
nalidad caminan juntas y experimentan las mismas transfor-
maciones. Ni el comercio de los sexos, ni la igualdad de las


(1) L1. 8, 9, tít. lI, li~). IX Fo,'. Jucl.




bE bERECHO poLÍTICO. 99
leyes, ní la atracríon de la monarquía contribuyeron tanto á
mezclar los Godos con los Romanos, 'como el vinculo moral del
idioma del Lacio. En él se refleja el predominio de la civiliza-
cion cuyo centro era Roma, y la inmensa ventaja que en el nú-
mero llevaban los antiguos á los nuevos pobladores.


Pusieron los Romanos grande cuidado en extender su idio-
ma por España, y lograron introducirlo como lengua vulgar,
si bien alterado con algunos vocablos usuales en los dialectos
anteriores á su venida. Los Vándalos, Alanos y Suevos habla-
ban el teutónico, y lo mismo los Godos; y aunque ni unos ni
otros por su comunicacion y trato con los Romanos eran ex-
traños allatin, todavía necesitaron ejercitarse y familiarizarse
con este idioma ántes de abandonar su lengua nativa. Por fin
los Godos la olvidaron, pero no del todo; y del contacto de
ambos pueblos nació ellatin bárbaro ó corrompido.


Al conquistar los Ingleses y Sajones la Bretaña, aniquilaron
casi por entero la lengua romana. Los Francos y Borgoñones
adulteraron, mas no extinguieron, el idioma de las Galias. Los
Ostrogodos en Italia y los Visigodos en España corrompieron
y adulteraron ellatin ; pero al cabo lo adoptaron por lengua
propia, y fué la nacional. Este difícil triunfo arguye otros más
fáciles en las ciencias, letras y artes, en las instituciones, le-
yes y costumbres.


Las dos razas germánica y latina se encontraron en nuestro
suelo luchando cada una por dominar á la otra; la primera con
todo el poder de la conquista y la segunda con el influjo de la
civilizacion.


Al principio fué notable el desvío entre los vencedores y los
vencidos; pero con el tiempo, calmadas las pasiones que los
dividian, se aproximaron, teniendo más parte en constituir
esta nacionalidad mixta la vecindad y el interés comun, que
los cálculos de la política ó la sabiduría del legislador .


Por espacio de más de dos siglos estuvo prohibido el matri-
monio de Romano con Goda y Godo con Romana: ley de raza
derogada por Recesvindo con ánimo de borrar la diferencia de
origen, á semejanza de aquella de las Doce Tablas que no re-
conocia por justas las nupcias entre patricios'y plebeyos (1).


(1) L. 2, tít. 1, lih. III For. J1f(J.




100 CURSO
Tal era el derecho antiguo de la monarquía visigoda que lle-
vaba impreso el sello de la conquista y perpetuaba la division
de razas, haciéndola todavía más honda la particion inaltera-
ble de las tierras entre Godos y Romanos; porque la propiedad
es el signo visible de la organizacion de la familia, cuyo régi-
men determina el carácter de las instituciones civiles y políti-
cas, y se retrata en la fisonomía moral de cada pueblo. Acaso
no fué rigorosamente observada la ley, por lo ménos en todo
el periodo de su duracion, y acaso tambien Recesvindo, al abo-
lirla, cedió á la fuerza de la costumbre en contrario (1).


'Como quiera que sea, no se borró la diversidad del origen
hasta despues de la invasión de España por los Moros, cuando
para resistir á la dominacion de otra raza se vieron obligados
á formar causa comun los cristianos.


Apénas se ajustó la paz entre los Romanos y los Sabinos, y
ambos pueblos se fundieron en uno, Numa Pompilio, Sabino
de nacion, reinó sobre los Romanos. No lo entena.ieron ai'li los
Godos, pues no solamente la ley excluye del trono á todo ex-
tranjero, sino que desde Ataulfo hasta Rodrigo no se hallará
ninguno que por casualidad, por sus grandes virtudes ó por
tolerancia forme excepcion á la regla nisi /lenere Gotltus, es-
tablecida en el Forum Judicum. Los Godos poseían la mayor
parte de las dignidades de la Iglesia y del Estado; y tan cierto
es que en el reinado de \Vamba aun subsistia viva, á peRal' de
la ley de Recesvindo, la diferencia de raza, que al declarar obli-
gatorio el servicio militar, usa el rey de la expresion seu sil
Gotltus, sive Romanus,. comO si fuese necesario recordar al
Germano y al Latino que todos pertenecian á la misma familia
y eran hijos de la misma pátria. ~


La poblacion de España durante la monarquía visigoda se
dividia en dos grandes clases, á saber: hombres libres ó ingé-
nuos y siervós ó esclavos.


La conqicion del hombre libre no era igual para todos, por-
que dentro de la libertad cabian muchos y muy distintos gra-
dos. Descollaba la nobleza sobre el vulgo, pues además de
gozar de derechos, honores y prerogativas singulares, parti-


(1) ,",o faltan cronistas que refieran haller algun rey godo escogido mujer cntte
la noble7.R romana.




DE DERECHO POLÍTICO. 101
cipaban del gobierno y disponian de la corona. Los reyes le-
galmente elegidos, y los que atropellando la ley usurparon el
trono, de la nobleza salieron y no de la plebe (1).


Tenia la nobleza hondas raíces en la tradicion germánica,
favorable al culto de la aristocrácia. Un ilustre nacimiento ó
el.valor probado en los combates eran títulos á superior dig-
nidad. Cada caudillo esforzado y de renombre fundaba su va-
nidad y orgullo en la comitiva de jóvenes que á todas partes
le seguian; honrándole en la paz; y en la guerra peleando á su
lado, y muriendo por defenderle. Eran sus comites ó fieles com-
pañeros de armas formados en aquella escuela de la milicia.
Del caudillo recibian el corcel de batalla y el agudo venablo,
así como sencillos manjares servidos en alegres banquetes, y
otros dones que con mano liberal distribuia entre los de su sé-
quito para encender su valor con el deseo de la gloria y la es-
peranza tlel premio.


Una aristocrácia parecida, llena de espíritu militar y mili-
tarmente organizada, era instrumento adecuado á la conquis-
ta; por lo cual prevaleció en los pueblos de origen ó costum-
bres germánicas, miéntras no llegaron á establecerse en alguna
provincia del Imperio. Lós Visigodos siguieron en esto, como
en otras cosas, el ejemplo de la Europa Septentrional, segun
podemos colegir de las escasas memorias relativas á los tiem-
pos anteriores á la irrupcion de los bárbaros, y sobre todo de
las más claras noticias de la dominacion de los Godos en Es-
paña .. La nobleza gótico-española, si bien ménos inculta desde
que hizo asiento la monarquía de Toledo, conserva sin embar-
go la señal indeleble de una institucion nacida en medio de los
bosques de la Germania.


Tampoco fué desconocido este orígen de la nobleza en algu-
nos pueblos de la Península Ibérica, pues de los antiguos Vas-
cones escribe César que tenian por costumbre seguir la bande-
ra de un caudillo, formando una guardia devota á su servicio
hasta el último trance de las batallas, y prefiriendo la muerte


(1) Algunos autores hacen á Wamba labrador, y cuentan que estaba arando
cuando los Godos se le presentaron á ofrecerle la corona: consejas que el vulgo
aceptó bajo la fe de nuestros romances populares.Wamba fué varan ilustre y priu-'
cipal y del Oficio Palatino en tiempo de Recesvindo, segun resulta del Concilio IX
ele Toledo. V. Ambrosio ele Morales, Cr6n. general, lib. XII, caps. XXXIII y XLI.




102 CURSO
á la vida con la afrenta de abandonar en el peligro á su se-
ñor (1).


Díjose que la conquista de España arrancó de raíz la noble-
za romana y la sustituyó con la goda á tal punto que ser no-
ble ó plebeyo no fué en adelante condicion de la persona ó la
familia, sino de la raza vencedora ó vencida. Los autores que
asi discurren desconocen ú olvidan cuán variables y aun ca-
prichosas son las leyes de la historia. Que hayan sido estos los
efectos de la conquista de las Galias por -los Francos ó de lá
Bretaña por los Normandos, no prueba que hubiese pasado lo
mismo en España.


El corto número de los Godos comparauo con la poblacion
general, la fuerza de la tradicion romana, la ley de raza, el
repartimiento de las tierras y la coexistencia de instituciones
de diverso orígen excluyen la idea del triunfo completo y del
imperio absoluto de un pueblo sobre otro pueblo. Salva la obe-
diencia del vencido al venceuor, el Godo y el Romano vivieron
mucho tiempo sin formar cuerpo de nacion, rigiéndose cada
uno por el derecho propio de su raza, así en cuanto á las per-
sonas como á las cosas. Por eso hubo en España dos noblezas:
la goda con sus optimates ó magnates y la romana con sus
familias patricias y senatoriales (2).


Refiere Ambrosio de Morales que los Romanos entraron de
nuevo con armas en España rigiendó el Imperio de Oriente
J ustiniano, á pretexto de dar socorro al rey de los Visigodos
Atanagildo, usurpador de la corona, y luégo prosigue: «Por-
que Romanos verdaderos ó descendientes de ellos que viviesen
en España siempre hubo muchos sin que se pueda pensar otra
cosa; mas estos súbditos vivian á los Godos que tenian el ab-
soluto señorío de la tierra; como tambierl les estaban sujetos


(l) O. J. OtEsaris Oomment., lib. III, cap. XXII.
De los Celtíberos cuenta Valerio Máximo que tenían por gran maldad y afrenta


salir vivos de la batalla, si habian ofrecido su vida por la de su capitan. De los
Vizcainos dice Estrabon, que consentian sacrificarse por sus amigos y confede-
rados, y se ofrecian á la muerte por ellos. V. Ambr. de Morales, C,<6n. gene,<al.
lib. VIII, cap. LlI •.


(2) En la vida de S. Millan se cita á los senadores Kepociano y Proseria, su mu-
jer. SaUltoval, Fundacion de la órden de S. Benito, parto 1, fol. 7. Más claro toda-
vía y de mayor autoridad ea el testimonio del Bre1Jiart<m Aniani donde se halla
una novela de Teodosio JI, cuyo epígrafe dice: Re dec,wio ad >c""to";epn dignitll,-
Icm, t'el ali'luem honorem adsl'iret. V. título VIII.




DE DERECHO POLÍTICO. 103
los otros espailoles antiguos y naturales moradores de la tier-
ra, de que siempre quedaron muchos principales en España en
todas las mudanzas de seiloríos que por ella pasaron» (1).


Sin duda tuvo al principio la nobleza goda más autoridad que
la romana sospechosa de sufrir con impaciencia el yugo del
conquistador, y esperanzada de recobrar tarde ó temprano su
antiguo poderío, por lo ménos hasta la completa expulsion de
los imperiales en tiempo de Suintila; mas no eran personas
viles, ni pertenecian al vulgo los que desempeñaban las pri-
meras magistraturas y obtenian las mayores dignidades del
sacerdocio y del imperio. Nombres romanos se encuentran en-
tre las firmas de los obispos presentes á los Concilios de Tole-
do, tales como Eug~mio, Isidoro, Eusebio, Máximo y otros, y
no faltan Isidoros, Paulos, Severinos y Vitulos entre los nobles
del Oficio Palatino. La léy de Hecesvindo levantando la prohi-
bicion de contraer matrimonio fuera de la raza debió acabar
con estas diferencias de orígen, ya bastante debilitadas por la
costumbre; y desde entónces la riq ueza, el poder, la dignidad
ó el nacimiento fueron los títulos de la aristocrácia sin distin-
cion de linaje godo, indígena ó romano (2).


Habia distintos grados en la nobleza goda, como los optima-


(1) C,·Ón. general, lib. XI, cap. LV.
(2) El doctor Dunham, mirando la conquista de España por los Visigodos al tra-


vés de la de Bretaña por los Sajones y Normandos, afirma que los conquistadores
tomaron el nombre de nobiles, y aplicaron el de viliores á los conquistados, inclu-
yendo en esta clase, no tan sólo á los siervos y libertos, pero tambien tí. los ingé-
nuos ó libres de origen no godo. Hist. de Espa,7a, t. r, p. 152.


Es un error. Idacio refiere; • Cum Pelagorio, viro nobili Gallrecire, qui ad supra-
dictum fuerat regem 1, Theodoricum), Cirilla legatus ad Gal1reciam veniens, euntes
ad eundem regem legatos obviat Rechimundi .... Yen otra parte: < Suevi Conim-
bricam dolose in gres si , familiam nobilem Cantabri spoliant, et captivam abdu-
cunt matrem cum filiis,. Sandova], Cinco obispos, p. 40.


Escritores más modernos deján entrever la coexistencia de esta nobleza indige-
na y romana con la goda. De Teudia cuenta Procopio que < uxorem duxit, nom vi-
sigotham genere, sed é sanguine indigenre;, y no parece verosímil que la mujer
del rey fuese de condicion humilde. De bello gothico, lib. r, cap. XII.


Zosimo, más explícito, dice: < Ex Hispaniis fcerninam nolJilern in conjugem duxit
ot opulentam, ut qure in pIe raque Hispanire loca ha beret imperium •. De bello Gotho-
",an, li b. In.


Del conde D. Jlllian escribe Ayala : • Este conde D. 111an no era de linaje godo,
"ino de linaje de los Césares, que quiere decir de los Romanos •. Crón. de D. Pedro
de Castilla, año 1351, cap. XVIII. •


Por otro lado observamos cuán generalmente se usa en tiempo de los Visigodos
la palabra senador; y senator, segun el Glosario de Ducange, significa el noble




104 CURSO
tes ó primates que tambien llevaban el título de magnates ó
próceres, equivalente al de rico-hombre en la edad media y al
de grande en nuestros dias, y denotaban una alta dignidad,
pero sin participacion de autoridad ni ejercicio de jurisdic-
cion (1).


Seguían en importancia los duques, condes y gardingos por
su órden, todos los cuales pertenecían á la clase superior de
los majores loei, como hemos dicho en su lugar (2) •.


Una monarquía fundada en la conquísta exíge que la noble-
za revista la forma de una instítucíon militar. De aquí los leu-
des ó fieles que acompañan al rey de quien esperan el premio
debido á su lealtad, valor y servicios prestados en la guerra,
arrostrando los mayores peligros y aun la muerte en su de-
fensa. Las donaciones que el rey hace á los leudes son perpé-
tuas, constituyen su peculio y las transmiten á su posteridad.
Tan pleno y absoluto es el dominio en los bienes adquiridos
en virtud de este titulo, que la ley no concede ningun derecho
en ellos al padre ni á la madre del donatario (31.


y no sólo tenian los reyes séquito militar, sino tambien los


romano de origen senatorial, titulo que concedieron los Emperadores á muchos
ciudadanos de las provincias.


Vilior no significa. ciertamente indígena ó romano en este pasaje: • Si majorís
loci persona fuerit, id cst, dux, comes, seu etiam gardingus ... Inferiores sané, ví-
lioresque personal, thiuphadi scilicet, omnisque exercitús compulsares, etc.> L. 9,
tito n, lib. IX For'. Jud.


(1) Ducange, Glossa";um, verbo OPTIMATES; Petri Pantini, De dignitatibns el 0(-
ficiis regni ac domMs regice Gothorum, verbo PROCER. Proceres sunt principes ci-
vium vel civitatis. Isidori, Ethym., lib. IX, cap. IV.


Dice Masdeu: • La nobleza estaba dividida en primates y seniores, como anti-
gnamente en seniores y equites, entre los Godos grandes y caballeros, acaso deri-
vada'esta denominacion del privilegio de tener caballo, otc.> Hi.l. Ci'it., t. XI, pá-
gina 41.


Hay notorio error en suponer semejante divisioll, en atribuir la que fuese á un
origen puramente romano, y en asentar que senior significaba un grado de noble-
za. Senior', segun Ducange, parece equivalente á juez en la introduccion al Conci-
lio VU de Toledo donde se lée: • Quia novimus omnes pené Hi~panial sacerdotes,
omnesque senioros vel judices, et cCllteros homincs Offlcii Palatini jumsse, ctc.'
Glossarium, verbo SENIORES .


• Cum optimatihus et.:senioribus Palatii,> dicen el V y XII. Aguirrc, Col/eOl.
ma.x., t. UI, p. 403 Y 420, Y t. IV, p. 263.


Todo induce á creer que la palabra senior no significa noblezn, sino potestad.
(2) L. 9, tít n, lib. IX For. Jud.; Conc. Tolet. XIII, cap. Il; V. Aguirre, Callee!.


max., t. IV, p. 281. V. cap. VIH.
(3) L. 5, tlt. v, lib. IV Fa,·. Jud.




DE DERECHO POLÍTICO. 105
magnates. Lo que eran los leu,aes respecto al príncipe, eran
en cuanto al prócer los bucelarios, colonos que reciben las ar-
mas y las tierras que cultivan del patrono cuyo pan comen
(bucella); por lo cual no sin propiedad los llama S. Isidoro
clientes, ve'rn({J.


Aunq ue el bucelario estaba sujeto á ·la potestad del patrono
y formaba parte de su familia, no por eso perdia la cualidad '


. de ingenuo ú hombre libre; de modo que podia dejarle ó esco-
ger otro, devolviendo al primero todo lo que de su mano hu-
biere recibido por via de donacion.


El patrono tenia derecho á la mitad de las ganancias del
bucelario; y en cambio se obligaba á protegerle y ampararle.
No permitia la ley revocar las donaciones del patrono al buce-
lario salvo en caso de infidelidad. Si la hija del bucelario que-
dase huerfana y no tuviese hermano que hiciese las veces de
padre, pasaba á la potestad del patrono, quien debia procurar
casarla: con persona de igual clase y respetar las donaciones
hechas á sus ascendientes; mas si ella, contra la voluntad del
patrono, eligiese marido de condicion inferior, todo cuanto el
patrono hubiese dado á sus ascendientes volvia al donante ó
sus herederos (1).


Este vínculo de fidelidad y obediencia ya conocido en la pá-
tria comun de los pueblos oriundos de la Germania, cuyo signo
más visible es la tierra, símbolo de la conquista, encierra el
gérmen de toda una organizacion política que prevaleció en
Europa durante la edad media, y abarca el largo período de la
historia en que domina el régimen feudal (2).


En efecto, salta á la vista la fácil transformacion del pa-
trono y el bucelario en el señor y el vasallo. Toda merced
recibida, fuesen tierras, dinero ú otra cosa de valor, empeña-
ba la fe del donatario, y le comprometia á permanecer en el
servicio del donante, de donde nacian derechos y deberes mú-


(IJ Ll. 1,2,3,4, tít. m, lib. V Fo ... Jud.
(2) ,Magna, et comitum remulatio, quibus primus apud principem suum locus:


et principum, cui plurimi et acerrimi comites. Hrec dignitas, hre vires ... in pace
decus, in bello prresidium ... Expetuntur enim legationibus, et muneribus ornan-
tur ... lam veró infame in omnem vitam, ac probrosum, supersiitem principi SUD ex
acie recessisse. Illum defendere, tueri, sua quoque fortia facta glorire ejus asaig-
nare prredpuum sacramentum esto Príncipes pro victoria pugnant; comites pro
principe .• Tacit., De rebu8 Ge1·m., para l,




106 CURSO
tuos que se hacian hereditarios en las familias de ambos (1).


Juntamente con la nobleza goda existia la romana, y no hl1-
millada y abatida, sino muy honrada y favorecida, puesto que
no desdefíaban los reyes los títulos patricios, ni tenian á men-
gua enlazarse con familias ilustres de aquel orígen, ni dejaban
de respetar en las provincias y ciudades la dignidad senatorial.
Esta nobleza no careció de autoridad é influencia, aun ántes de
la famosa ley de Recesvindo, bien que se mostrase pasiva; pero
levantada al nivel de la goda é incorporada á ella en virtud
de repetidos matrimonios, pudo pasar y pasó á la vida activa.
Desde entónces gozó de una existencia legal corno la nobleza
goda. La igualdad de las razas ante la ley acercó el noble al
noble, el ingénuo al ingénuo, el liberto al liberto, y así es que
en las actas de los Concilios aparecen mezclados nombres roma-
nos con otros bárbaros entre los magnates que las suscriben.


El segundo órden de personas en la sociedad romana era el
de los curiales, es decir, aquella clase media, numerosa y pri-
vilegiada hasta los primeros tiempos del Imperio, agobiada
con tributos y reducida casi á la servidumbre en los siguien-
tes, puesto que la tiranía de los Césares la fué despojando poco
á poco de la mejor parte de sus derechos de propiedad y de fa-
milia.


Los curiales, aunque oprimidos, -gozaron de cierta conside-
racion en la monarquía visigoda, no sólo como gente que con
su trabajo alimentaba el fi¡;co, sino tambien como clase á cuyo
cargo corria la administracion local. Curiales nervos esse rei-
publicd3 ac visce'J'a civitatum, dijo el Emperador ~fayoriano;
sentencia que pasó integra al Breviarium A niani.


Segun las leyes del Imperio, la condicion de los curiales se
hizo hereditaria; de suerte que el hijo del curial nacia curial
y no podia dejar de serlo, ni aspirando á las dignidades sena-
torias, ni acogiéndose al clero ó la milicia. Era necesario este


(1) Vasallo, segun Mondéjar, viene de vassus, palabra que en las historiaS' y do-
cumentos de las naciones septentrionales significa el sueldo, pension ó beneficio
otorgado á un noble por algun pdncipe, iglesia ó,señor. Mem. hist. del rey don
Alonso el Sabio, ap. al lib. VIII, cap. 1. El P. Edmundo Martons escribe: • Vasallu~
dicitur cliens, qui pro beneficio accepto, fidem suam obligat •. D. José Pellicor in-
tentó persuadir que vasallo era título de dignidad, opinion combatida y refutad~
por D. Luis Sala zar de Castro en las Advertencias al engaño, segun el P. Bergllll-
~a. V. Antigüadades de Castilla, lib. V, cap. XXI,




DB DERECHO POLÍTICO. 107
rigor si habian de subsistir las cargas inherentes á los oficios
de la curia, porque á tal punto se hicieron insoportables, que
los curiales arrastraban una vida llena de trabajos y miserias,
como hombres al fin excluidos del goce de la libertad y la pro-
piedad.


No les permitia la ley enajenar sus bienes rústicos Ó urbanos
sino mediante decreto de la curia, ni arrendarlos entre sí, ni
testar de más de la octava parte en favor de los hijos naturales
ó sus madres; y muriendo intestados, y careciendo de herede-
ros en grado próximo, cedia toda su hacienda en beneficio de
la curia. En el Forum Judic1tm se hallan todavía vestigios de
esta legislacion, prueba clara de que formaban parte del de-
recho comun do los Visigodos, y de que los curiales constituian
una clase ó estado entre las personas de orígen romano (1).


El resto de los hombres libres se componia de las personas
privadas (privatce personce) que no estaban revestidas de nin-
guna dignidad ó cargo público; y por eso llevaban tambien
los nombres de minores, inferiores, viliores en oposicion á
majores,potentiores, honestiores. Nótase sin embargo bastan-
te ambigüedad en el empleo de dichas voces, pues ya significan
diferencia por razon de autoridad ú oficio, ya diversidad de
condicion ó estado (2).


Distinguíanse los hombres libres en ingenuos y libertos, cuya
condicion fue muy desigual entre los Visigodos. Una ley anti-
gua agrava la pena del liberto hasta el doble de la señalada al
ingenuo reo de igual delito, y otra de Recesvindo prohibe ad-
mitir el testimonio de los libertos, salvo en aquellas causas en
q ne por excepcion vale el de los siervos quia indignum (dice)
ut libeJ'torurn testimonio ingenuis damna conc1ttiantur (3).


(1) L. 19, tít. IV, lih. V For. Jud. V. cap. I y cap. VIII.
(2) Sirva de ejemplo del primer caso el pasaje siguiente: , Si majoris loci per-


sona fuerit, id est, dux, comes seu etiam gardingus ... Inferiores sané, vilioresque
personal, thiufadi scilicet, omnisque exercitüs compulsares ... > L. 9, tít. n, lih. IX
For. Jud. Y como muestra del segundo: -Si 'luís autem hujus legis pralcepta
transcenderit, si majar persona est, det solidos XV: inferiores veró personal octenos
solidos solvant fisco. Si honestioris loci persona est, X solidos det ... Si veró infe-
rior ..• V solidos det et L fiagella suscipiat ..• Quod si comes civitatis aut aliquis
cujuscumque clausuram (fiumillum) ... evertere pnesumat, X solidos ... dare debeat.
Certé si minar persona hoc fecerit, V solidos ... dare debeat, et L fiagella ... acci-
piat.> L1. 2·1, 26, tít. IV, lih. VIII Fol'. Jud.


(3) L. 12, tít. VII, 11]). Vi 1. 16, tito VI, lih. VIII Fol'. Jud.




108 CURSO
Este general menosprecio hácia los libertos y libertinos no


alcanzaba á los fiscales que no sólo vivian honrados y temidos
de sus antiguos señores, sino que llegaron á poseer dignida-
des palatinas. Extraña contradiccion de afectos é ideas impro-
pia de un gobierno regular, pero conforme á las primitivas
costumbres de los pueblos'de la Germania (1).


Los Romanos no eran, ni con mucho, tan severos con sus
libertos, como se muestra en las fórmulas de manumision usa- .
das en tiempo .de Sisebuto: in.qenuum te, civemque romanum
esse constituo; ingenuum te ... ut, abstersa omni originali
macula ac Jece servili, peifecto gradu, nullÍ1M reservato obse-
quio, in splendidissimo lwminum cmtu, atque in a1dam inge-
nuitatis plerumque vos esse congaudete, etc. (2).


De la manumision nacian relaciones de patronato y clientela
análogas á las del bucelario con su señor, porque el liberto
podia escoger nuevo patrono segun las leyes godas, restitu-
yendo al manumitente los dones que de él hubiese recibido,
y ofreciéndole la mitad de todo lo adquirido con su trabajo.
Si moria el liberto sin hijos legítimos, la parte de sus bienes
debida á la liberalidad del patrono volvia al donante Ó sus he-
rederos. Si hiciese grave injuria á su bienhechor ó su descen-
dencia, perdia el liberto la libertad alcanzada; yen igual pena
incurria si él ó cualquiera de su linaje se atreviese á contraer
matrimonio con persona alguna del linaje del patrono.


Los Romanos solian formar un peculio al liberto, y conce-
derle libertad plena y absoluta (nullius reser1Jato obsequio)~ •
ó limitada y condicional hasta dia cierto ó incierto (ea tamen
conditione servata, ut, quousque advixero, ut ingenuus in pa-
trocinio mihi persistas, et ut idoneus semper adhe1'cas) (3).


Los libertos del rey tenian obligacion de seguirle á la hues-
te, so pena de recaer en la servidumbre, y de quedar sus bienes
á merced del patrono. Los de las iglesias no podian apartarse
del patronato de aquella cuyo obispo le habia otorgado la gra-
cia de la libertad, ni traspasar los bienes recibidos á persona


(1) .Libertini non multum supra servos sunt, raró aliquod momentum in domo,
nunquam in civitate, exceptis duntaxat iis gentibus qure regnantur. Ibi enim et
super ingenuos, et super nobiles ascendunt: apud creteros imparos libertini liber-
tatis argumentum sunt.> Tacit., De morib,.s Germ., pars 1.


(2) Formularit<m instrumentort<m t'egum Gothorum, formo JI et IV.
(3) Formt<larium instrumento .. ",» regum Gotho1'¡,m, formo II et IlI.




bE bEIHlCHO POLÍTICO. 109
extraña, aunque sí les estaba permitiOo cederlos en favor de
sus hijos ó parientes sujetos al mismo patronato. Cuando eran
los libertos encomendados, miéntras servian á la iglesia, reco-
'nocian al obispo por patrono (1).


Tres eran las puertas de entrada á la servidumbre segun las
leyes visigodas, á saber, la generacion, el cautiverio y el deli-
to. La generacion porque el hijo del esclavo seguia la condi-
cion del padre, yen ella perseveraba toda la vida, á no obte-
ner la libertad en premio de sus buenos servicios ó por pura
benevolencia del señor. El cautiverio, porque el enemigo ven-
cido y preso pasaba al dominio del vencedor, conforme al de-
recho de las gentes en caso de guerra. El delito, porque la ley
castigaba ciertos delitos graves con perpétua servidumbre.


Tácito observa que en la Germania prevalecia la servidum-
bre territorial, á diferencia de la personal más usada y frecuen-
te entre los Romanos (2). Y en efecto, el vinculo del siervo con
la tierra convenia á un pueblo de costumbres sencillas, más
dado al ejercicio de las armas que á las faenas del campo, que
necesitaba de la agricultura y aborrecia la vida sedentaria.


Ni era tampoco desconocida á los Romanos la servidnmbre
territorial (se'J'1)itus glebce) ; y si lo fuese, bastaria considerar
que los curiales no podian enajenar sus bienes afectos por la
ley á ciertos servicios públicos, para entender que los Visigo-
dos no introdujeron en este punto una grande novedad (3).


Distinguíanse los siervos en idonei et '/Jiles. Los primeros
que el Fuero Juzgo llama bonos y con1)enibles, eran los más
allegados á sus señores, y los que desempeñaban los servicios


(1) L. 19, tít. VII, lib. V; n. 8, 9, tít. n, lib. IX For. Jud.; Conc. To1et. II1,
cap. XXXVI, et IX, cap. XVI. V. Aguirre, Collect. maxima, t. lII, p. 231, et t. IV,
p.118.


(2) • Ser vis non in nostrum morom, descriptis per familiam ministerlis utuntur:
suam quisque sedem, suos penates regit: frumentis modum dominus, aut pecoris,
aut vestis, vel colono injungit, et servus hactenua paret. > De moribu$ Ge,.m.,
pars l.


(3) .Nam plebeis glebam Buam alienandi nulla unquam potestas manebit,'
dice la ley 19, tít. IV, lib. V For'. Jud.


Más clara se ve la servidumbre territorial romana en los siguientes pasajes del
Fo,.mula,.ium instrumento"um ,.egum Gothor',um: • Et ideo volo pertinere (Eccle-
si re) ¡ocum iIIum ad integrum cum mancipiis rusticis et urbanis, terris et vin'eisó ..
Donamus glorire vestrre (Ecclesire vel Monasterio) in territorio iIlo loco illo ad in-
tegrum ... cum mancipiis nominibus designatis ... cum uxore et flUis, si mili ter edi-
flciis, Yineis, silvis, pl'atis, pascuis, etc.-




110 CURSO
más honrados cerca de sus personas. La ley los favorecia y los
estimaba muy por encima de los viles, clase ínfima de servi-
dumbre.


Había seJ'vi dominici, á los cuales ya hemos dicho que el
Forum Judicum apellida covtjJulsores exercitils: se1'viflscales
que dependian del Patrimonio real, y no podian ser desmem-
brados de él por via de enajenacion, ni dándoles la libertad
sino mediante la, voluntad expresa del rey. Estos poseían tier-
ras y otros siervos (mancipia), cuya plena propiedad radicaba
en el fisco. La condicion de los siervos fiscales fué muy aven-
tajada, puesto que gozaron de la privanza de los reyes, parti-
ciparon de los favores de la corte, y llegaron á penetrar en el
Oficio Palatino.


Por último, húbolos rústicos. y urbanos, segun que sus se-
ñores los destinaban al servicio doméstico ó al cultivo de la
tierra; siervos de la Iglesia (E cclesite familite) y siervos par-
ticulares (ser'vi jJrivati) (1).


Mucho contribuyó la moral cristiana á templar los rigores
de la esclavitud, por más que no haya sido hasta ahora bas-
tante poderosa á desterrarla de todos los pueblos como una ins-
titucion reprobada por el Evangelio. La historia debe hacer
justicia al clero, que se mostró más humano y c,aritativo con
los siervos de la Iglesia que los particulares con los suyos. No
era extraño, porque el sacerdote, en razon de su ministerio,
reunia ordinariamente mayor caudal de virtud que el hombre
del siglo; y por otra parte el apóstol de la caridad necesitaba
confirmar su doctrina con el ejemplo. Así se observa que los cá-
nones exceden en bondad á las leyes relativas á la servidumbre.


Sin duda ofrecia más dificultades la manumision de los sier-
vos de las iglesias que la de otros cualesquiera, por el derecho
irrevocable que la ley visigoda reconocia en las cosas pertene-
cientes á las santas basílicas de Dios; pero no tantas que fuese
imposible. De los oficios menores ascendían estos siervos á
los mayores, haciéndose dignos de mejorar de suerte con sus
buenas costumbres; y tal vez aspiraban á las órdenes sagra-
das y las recibían, precediendo la gracia de la libertad que no
les rehusaba el obispo. Los libertos y todos sus descendientes


(1) Ll. 15,16, tít. VII, líb; v; 1. 7, tít. IV, lib. VI; n. 2, 5, tít. lI, lih. IX For. Jud.;
Aguirre, r!ollect. max" t. IrI, p. 411, t. IV, pp. 14R, 3~8 et alilJi,




bE bERECHO POLÍTICO. 111
quedaban sujetos al patronato de la Iglesia, vinculo perpétuo
de aquellas familias, las cuales en cambio del obsequio debido
vivian y se multiplicaban confiados y tranquilos; y á tal pun-
to llegaba el patrocinio, que la Iglesia les suministraba en
caso de necesidad alimento y enseñanza, esto es, el pan del
cuerpo y el pan del espíritu, como una madre tierna y solícita
haria con sus hijos (1).


Los siervos privados ó particulares no carecian de proteccion
contra la crueldad de sus señores, sino que por el contrario
eran favorecidos de las leyes y los cánones á título de personas
débiles y menesterosas. El FO'J'um Judicum prohibe al señor
dar muerte al siervo reo de un delito sin forma de juicio y
sentencia de juez, so pena de destierro perpétuo y privacion
de bienes que deben pasar á los próximos herederos. En otra
parte castiga con el destierro por espacio de tres años y pérdi-
da de bienes en provecho de sus parientes más inmediatos no
participantes en el crÍmen, al señor que mutile á su siervo,
porq ue destruye (dice la ley) la imágen de Dios. La Iglesia
añade á la sancion civil la religiosa, excomulgando al que ma-
tare al siervo sin justa causa (2).


Para formar cabal idea del estado de las personas en la na-
cion visigoda, no basta conocer la condicion de cada clase se-
paradamente de las demás, sino comparar unas con otras, so-
bre todo en aquellos puntos en que suele ponerse de manifiesto
la desigualdad de las leyes de los bárbaros; quienes fluctuaron
al constituir su derecho entre el individualismo germánico y
el socialismo cristiano.


Gozaban los ingénuos del privilegio de testificar en las cau-
sas civiles y criminales, fiando la justicia en la religíon de su
juramento, en tanto que los siervos y los libertos no hacian fe,
salvo los del rey que ejercian cargos en Palacio, ó los que no
prestando ningun servicio, eran por él habilitados para com-
parecer como testigos. La ley no repugnaba el testimonio de
estas personas por indignas de crédito, sino porq \le creia ajar


(l) L. 1, tít. 1, lib. V For. hd.; Conc. To1et., VI, IX, XVII. V. Agnirre, Collee!.
mu."., t. III, p. 411, t. IV, pp. 148,348 etc.


(2) L1. 12, 13, tít. v, lib. VI For. J"a .
• Si quis servum propríum sine conscientiajudicis occiderit, excommunicatione


bienni sanguinis se munuabit .• Conc. ToJet. XVII, cap. xv . Aguirrc; Colleet. max.j
t. IV, p. 318.




112 dURSO
la dignidad del hombre ingénuo, sometiendo su suerte al di-
cho de otro de inferior condicion y tenido en poco. Sin embar-
go admitia la regla várias excepciones (1).


El uso del tormento C<iJllO medio de prueba en el juicio, con-
firma el predominio de la legislacion personal. Los nobles y
los altos dignatarios de Palacio y sus hijos no podian ser so-
metidos á cuestlon de tormento, sino en las causas capitales.
Los ingénuos sólo cuando era el asunto de mayor cuantía,
esto es, cuando excedia de quinientos sueldos. Los libertos idó-
neos pasando la cantidad litigiosa de doscientos y cincuenta
sueldos, y los rústicos por negocios de ciento en adelante. Los
siervos en todo caso grave ó leve, sin más límite que las for-
malidades y precauciones adoptadas por el legislador para mo-
derar el ri'gor de este instrumento de una justicia ciega é in-
humana :2).


La desigualdad.de laS penas segun el estado de las personas
refleja tambien la desigualdad de condiciones en el reino visi-
godo. Si uno incita y seduce á otro y le persuade á robar ga-
nado, siendo ingénuo paga cinco sueldos, y en caso de insol-
vencia recibe cincuenta azotes; mas el sieryo reo de igual de-
lito, devuelve el hurto y es castigado con ciento y cincuenta
azotes. El ingénuo que ahuyenta el ganado de sus pastos, si es
persoria de mayor estado (konestio'J'), paga cinco sueldos y sa-
tisface el daño doblado; y si de baja condicion (ltumilio'J'j, no
pudiendo hacerse efectiva la pena pecuniaria, incurre en la
corporal de cincuenta azotes, con el doble resarcimiento de per-
juicios. Al siervo se le aplican cien azotes.


La muerte ocasionadá por buey ó toro ú otro animal cua-
drúpedo bravo tenia su composicion señalada en las leyes, se-
gun la condicion de la persona ofendida. Si el muerto era un
ingénuo, la composicion se estimaba en quinientos sueldos ~ si
un liberto en la mitad, y si un siervo, debia el responsable del
daño dar dos de igual valor cada uno.


Las heridas causadas por un ingénuo á otro ingénuo se pur-
gaban mediante una composicion mayor ó menor, consideran-


(1) Ll. 4, 9, tít. IV; 1.6, tít. V, lib. II; 1. 12, tít. VII, lib. V; 1. 2, tIt. 1, lib. VI; 1. 8,
tít. Il, lib. IX For'. Jud.; Conc. Tolet. IVI cap. LXXIV et XIIí, cap. l. V. Aguirre,
Collect. max., t. In, p. 3'78 et t. IV, p. 280.


(2) 11. 2,5,4, tít. r, lib. VI Fol'. Jud.




DE DERECHO POLÍTICO. 113
do la gravedad de la ofensa. Si el ing'énuo hiriese al siervo aje-
no, la composicion se reducia á la mitad, y al tercio y cincuenta
azotes, si un sierv~ maltratase á otro siervo; y si á un ingénuo,
incurria en la misma pena pecuniaria que el ingénuo ofensor
del siervo, y además setenta azotes.


Quien entorpeciese el curso de un rio navegable, si era su-
jeto de calidad, pagaba diez sueldos, y cinco si de llana con-
dicion, y recibia cincuenta azotes. El que destruS'ese las obras
hechas en el rio por el propietario riberiego, si fuese el conde
de la ciudad ú otra persona de nota, satisfacia diez sueldos: si
de inferior estado, cinco y le daban cincuenta azotes, y al sier-
vo ciento (1).


En resúmen, vivieron apartados el Godo y el Romano hasta
que el tiempo fué borrando las huellas de la conquista y des-
apareció la legislacion personal. Para el noble la riqueza, el
poder, la autoridad: el ingénuo sometido al prócer, privado de
todo derecho político, resignado á su condicion mercenaria: el
liberto sujeto á la obediencia del patrono, obligado al trabajo
y mortificado con privaciones, á no recibir de manos de su
bienhechor un peculio con la libertad, y el siervo abismado en
su miseria, si bien protegido por leyes que presagian la muer-
te del paganismo y el triunfo de la moral cristiana.


No existe ningun vínculo poderoso entre las diversas clases
del estado: no hay un órden legal fundado en el principio que
los grandes, los medianos y los pequeños son miembros de un
mismo cuerpo: no forman todos un verdadero pueblo; forman
una multitud sin unidad.


CAPITULO X.
DE LAS TIERRAS.


La libertad y la propiedad corren la misma suerte. Nacen
juntas y juntas se desarrollan, participando de iguales vicisi-
tudes. El esclavo no es persona sino cosa, y asi nada le perte-


For.Jud. /~~.
(1) L. 1, tít. IV, lib. VI; 1. 6, tít. 1 et 1.14, tít. m; 11. 16,19, tít,. VI, lib. VlII ~)) ..


,8 "f 1




114 CURSO
nece, porque él mismo pertenece á su dueño. Conforme el hom-
bre se va emancipando, la propiedad se va constituyendo; y
s6lo desde que llega á ser libre y estar exento de toda potestad
ajena, goza de la plenitud de los derechos de dominio.


Por esta razon reina una perfecta analogía entre el estado
de las personas y la organizacion de la propiedad territorial.
Las grandes labranzas (ingentia rura) penetraron en Roma
con el abuso 11el cultivo por manos serviles. Una pátria potes-
tad absoluta implica el derecho absoluto de testar, como lo de-
muestran las Doce Tablas. Los gobiernos aristocráticos se in-
clinan al derecho de primogenitura; y al contrario, los demo-
cráticos propenden á la igualdad en la sucesion.


La conquista, segun la dura ley de la guerra admitida entre
los pueblos de la antigüedad, era un título universal de adqui-
rir. Ea qUtB ere kostibus capimus (dice Justiniano)juJ'e ,r¡en-
tium statim nostraflunt. Las tierras del vencido, como todos
sus bienes muebles ó inmuebles, pasaban á las manos del ven-
cedor.


Los bárbaros, al invadir las provincias del Imperio, pelea-
ban por establecerse en ellas y repartirse las tierras de los Ro-
manos, la mejor presa que ofrecia el-enemigo, y el fruto más
codiciad'o de la victoria.


Cuando los Godos entraron en España, convinieron con los
Romanos que tomarian para sí las dos terceras partes de la
tierra, respetando la posesion del tercio restante. Esta division
no fué universal, pues quedaron los montes por partir, segun
lo muestra bien claro el Forum Judicum; de modo que pasto
y labor se deslindaron, y continuó la antigua costumbre de
fundar la una en la propiedad individual, y el otro en una co-
munidad negativa (1).


Observa Montesquieu que la division de las tierras no fué
dictada con ánimo hostil, sino con el objeto de satisfacer las
necesidades de los dos pueblos establecidos en el mismo terri-
torio, y así lo creemos; pero esto no impide notar la ardiente
sed de riquezas de los conquistadores, pues si los Visigodos
trataron con más blandura á los indigenas que el Borgoñon


(1) Ll. 8,9, tlt. 1, lib. X Po,.. Jud.
< Sed placuit Deo, et tantlem in COllcOr,Uam pervenerünt, qüod indigenis tertiam


partem, et d uas rartes Gothi atque Buev! possidetent .• Triense Ch,·on.




DR DERECHO POLÍTICO. 115
alojado en la casa del Romano, tambien hicieron uso de mayor
dureza que el Ostrogodo, á quien no adjudicó Teodorico sino
el tercio de las tierras de Italia (1).


Carecemos de noticias respecto á la forma y proporcion
guardada al hacer el repartimiento de aquellos dos tercios en-
tre los Visigodos. Probablemente los reyes habrán tomado en
cuenta la calidad, servicios y demás circunstancias de los su-
yos, asignando á cada cual su parte á título de beneficio mili-
tar, como lo hizo Teodorico en su reino.


Para perpetuar el órden asentado en la concordia, prohibió
la ley á los Romanos pedir ó aceptar parte alguna de las tier-


..ras pertenecientes á los Godos, Y á éstos menoscabar la parcia n
de aquéllos, salvo cuando el rey hiciere merced á, unos ú otros
de nuevas heredades. Sin embargo, no debió ser muy escrupu-
losa la observancia de la ley, toda vez que los jueces de las
ciudades, los vilicos y los prepósitos tenian la obligacion de
restituir á sus dueños las tierras usurpadas á los Romanos, ex-
cepto si hubiese prescrito el derecho de reclamarlas por el
transcu~so de cincuenta años (2). Déjase entrever, ó por lo mé-
nos sospechar, que el vencedor salia abusar de la fuerza para
acrecentar su parte de tierra á expensas de la parte del venci-
do; y no es grande la proteccion que la ley dispensa al despo-
jado cuando al exigir la restituci.o invoca ningun principio
de justicia, sino un interés puramente fiscal.


Mueven los autores la cuestion de si las tierras de los God~s
fueron exentas y tributarias las de los Romanos, y á la verdad
nos parece cosa fácil resolverla. La ley poco há citada, que
manda re vindicar para los Romanos las tierras usurpadas por
los Godos, da la razon en las palabras ut nikiljisco deoeat de-
perú'e; lo cual significa que con este cambio de dominio deja-
ban de pagar tributo. Confirma nuestra interpretacion un his-
toriador de tanta autoridad como es el arzobispo D. Rodrigo,
quien escribe que hecha la division de las tierras, incolis con-
vocatis, cum eis provincias diviserunt (Gotki l, ut incolce ter·
ram colerent, tributa dominis solituri.


Resulta, pues, que los Visigodos se alzaron con el dominio
de todas las tierras de labor de España por derecho de conquis-


(ll De ¡'Esprit de, /o;s, lib. XXX, chapo IX.
(2) Ll. 16, tít. 1 jI. 1, tít, TI! lih, X Fo,', j",/,




116 CURSO
ta, salvo el tercio que continuaron poseyendo los Romanos con
sujeccion al tributo, quedando la propiedad de aquéllos libre y
exenta de gravámen.


No era caso único ni nuevo. Tácito, narrando las costumbres
de los Germanos, dice que no pagaban tributo, cuya tradicion
conservaron los Francos al establecerse en las Galias y los Os-
tragados y Lombardos en Italia, teniendo en mucho vivir in-
génuos y haciendo á los vencidos tributarios. Ingénuo era el
hombre libre de nacimiento; y por analogía llamaban ingé-
nuas las tierras que nada debian al fisco, así como habia hom-
bres sujetos á la potestad de otro, y tierras, en fin, tributarias.


Cuando Recesvindo abolió la ley que prohibia el matrimoni8
entre personas de distinta raza, implícitamente borró la dife-
rencia de tierras inmunes y no inmunés, porque los bienes del
marido y la mujer se juntaban y confundian al constituirse la
familia. Los hijos habidos de estos matrimonios no eran ya
Romanos ni Godos, ni las tierras que heredaban podian distin-
guirse en tributarias y no tributarias.


Pesaban las cargas públicas en los últimos tiempos de la
monarquia visigoda sobre los curiales obligados á prestar cier-
tos servicios, las personas privadas y los siervos fiscales. Prué-
base con el FO'rwm Judicum y con las actas del Concilio XIII
de Toledo, cuando Ervigi~ov.irlo á piedad ó por granjearse
!a voluntad de su pueblo, perdonó á los deudores del fisco los
tributos atrasados (1).


Habia tierras de la corona que pertenecian' al rey en cuanto
rey, y pasaban al sucesor en su dignidad, á diferencia de las
que poseía como particular y transmitia á sus hijos jU're ke're-
dital)·io. Diversas leyes contenidas en el FO'rum Judicum con-
denan el despojo de la viuda y la prole del rey como un aten-
tado contra el derecho de propiedad (2).


(1) Ll.15, 16, tít. VII, lib. V Fo~. Jud.
< Et ideo decrevimus ut omne tributum quod in privatis sive in fisealibus popu-


lis relueet, abso1utionis perpeture debeat sanetione 1axari.> Cone. To1et. XIII,
cap. III.


<Votivum igltur Omnipotenti Deo meo eordis sacrificium delibare, prreoptans ...
omnibus populis regni nostri tam privatis, quam etiam fisealibus servis, viris,
seu etiam foominis, sub tributali exaetiono ... eonsistentibus, hoe deeretum proro~
gamus.- Ervigii odictum. V. Aguirre, Colleet. ma,~ •• t. IV, pp. 282,2A9.


(2) Ll. 14, 15, 16, 1'1, tít. De eleet. p,·ittcip"m.




DE DERECHO POLÍTICO. 117
Del caudal del príncipe salian las donaciones á las iglesias,


cuyos bienes adquiridos en virtud de un titulo irrevocable y
exceptuados de enajenacion, constituian una propiedad per-
pétua. Del mismo fondo se sacaban las tierras benejiciales, ó
sean las que el rey daba por via de beneficio militar en premio
de servicios señalados, sobre todo en la guerra. Las donacio-
nes hechas á los fieles del rey (que así los llama el F orum J u-
dicum) eran tambien irrevocables y se perpetuaban en la fa-
milia del donatario, iniéntras éste no faltase al deber de leal-
tad y obediencia por la merced r«;lcibida.


Poseían una gran parte de las tierras los hombres libres,
propietarios y colonos, Godós y Romanos. Los ricos solian dar
sus tierras en arrendamiento á los pobres con la obligacion de
pagar un cánon anual libremente estipulado, ó regulado por
la costumbre en el diezmo de los frutos (1).


De los curiales ya dijimos lo conveniente en otro lugar, y
asi nos limitamos á repetir aquellas palabras del Forum Ju-
dicum: Plebeis glebam suant alienandi nulla unquam jJotes-
las manebit, último grado de propiedad territorial (2).


CAPITULO XI.
INFLUJO DE LA RE LIGIO N EN LA MONARQUÍA


VISIGODA.


Fueron los Godos idólatras, y como tales adoraban los obje-
tos visibles y los poderosos agentes de la naturaleza, el sol y
la luna, la tierra y el fuego. El trato y comunicacion con los
Romanos, sobre todo despues que los Emperadores por bien de
paz les permitieron establecerse en la Tracia y otras provincias
cercanas al Danubio, debieron facilitar la propagacion entre
ellos, ya del gentilismo, ya del cristianismo.


(1) LJ. 11, 12, tít. 1, lib. x For. Jud.
,Decimas vero prrestatione vel exenia, ut colonis est consuetudo, annua inla-


tione me promito persolvere .• Formu!rwium instrumentorum reuum GQthQrum,
formo XXXVI.


(2) V. cap. VIII y cap. IX.




118 CURSO
Aunque es opinion muy recibida que Valente les envió al


obispo arriano Ulfilas ó Gudila para que les predicase y los
convirtiese, y que en efecto les tradujo 103 libros del Antiguo
y del "Nuevo Testamento, les enseñó el uso de 'las letras y los
imbuyó en los errores de su secta, consta por la historia que
algunos años ántes habian los Godos empezado á profesar la
fé católica, padeciendo muchos el martirio por ella, y al fin
dividiéndose la nacion en dos bandos ó dos pueblos (1).


Las querellas de religion eran muy propias del genio y cul-
tura de los Godos. En otro lugar hemos advertido que la su-
persticion tenia hondas raíces en los bosques de la Germania;
y así los bárbaros, escla'fls de este vieio de. su temperamento,
cada vez que abrazaban un nuevo culto, daban mayores mues-
tras de exaltacion de ánimo con su intolerancia y persecu-
ciones.


Pocas herejías conmovieron tanto el mundo como la de
Arrio en el siglo IV de la Iglesia. Las ardientes controversias
de los católicos y los arrianos turbaron á menudo la paz del
Imperio, y alteradas las conciencias, de la polémica se pasó á
las vias de hecho y á la efusion de sangre.


Arrianos eran los Visigodos y católicos en su mayor número
los moradores de España; diferencia de religion que engendró
discordias civiles y retardó la fusion de ambas razas. Perse-
guidores de los católicos fueron los reyes arrianos Teodorico,
Agila y Leovigildo, como fueron perseguidores de herejes y
judíos los reyes posteriores á Recaredo, principalmente Sisebu-
to, Recesvindo, Ervigio y Egica. Por caso raro se cuenta de
Amalarico y Teudio que siendo arrianos permitieron á los obis-
pos católicos celebrar concilios y reformar libremente la disci-
plina de la Iglesia (2).


La paz de las conciencias allí donde hay diversidad de cultos,
sólo se alcanza cuando la caridad cristiana ha llegado á pene-
trar en las costumbres de los pueblos, ó cuando los pueblos


(1) Isidori Chron. V. España Sagrada, t. VI, p. 484.
(2) • Post Amalaricum Theudis in Hispania creatur in regnum annis XVII, qui


dum esset hrereticus, pacem tamen concessit Ecclesire; adeó ut licencia m catho-
licis epi seo pis daret, in unum apud Toletanam urbem convenire, et qmecumque
ad Eeclesire disciplinam necessaria extitissent, liboré licenterque rlisponere.> T8i-
dori Ch,.on. V. España Sagrada, t. VI, p. 495 j Am br. do Morales, Crón. general,
lib. XI, cap. XLVII.




Dl!; DERECHO POLÍTICO. 119
abandonan la fe viva por la indiferencia religiosa. La perse-
cucion arguye una conviccion profunda y un amor tan ciego
é indiscreto á la verdad, que el hombre que crée poseerla, se
irrita contra su hermano obstinado en el error, y no perdona
medio de persuadirle ó forzarle á recibir la ley que profesa.
Los Godos eran intolerantes, porque eran supersticiosos.


La conversion de Recaredo en el III Concilio Toledano (año
589), fué la señal de abjurar los principales del reino los erro-
res de Arria y reducirse el pueblo al gremio de la Iglesia Ca-
tólica (1). Es el mayor triunfo que la civilizacion romana ob-
tuvo sobre la barbarie, porque Romanos siguieron el partido
del príncipe Hermenegildo cuando se alzó contra su padre
Leovigildo, y romanas eran las ciudades de Córdoba y Sevilla,
centros de la rebelion y plazas disputadas en esta guerra.


No por eso hemos de imaginar que la unidad católica data
en España desde Recaredo. Quedaron muchos pertinaces en su
secta, arrianos, priscilianistas, judíos y aun gentiles, sobre to-
do en Galicia, segun lo atestiguan las leyes del FO'l'um Judi-
cum y las actas de los Concilios.


Una monarquía católica llena de fe yen la cual ejerciatan
poderoso influjo el clero, estaba en camino de mostrarse into-
lerante y perseguidora. En efecto, prohibian las leyes inquietar


- la Iglesia moviendo controversias sobre el dogma, y castiga-
ban con el destierro perpétuo, privacion de honores y confis-
cacion de bienes al hereje contumaz, bien que se abstenian de
mortificarle con penas corporales, practicando el legislador la
máxima del Evangelio que el pecador se convierta y viva (2).


Mas de todos los prevaricadores fueron los JuMas el blanco
principal de la persecucion, motivada en la mayor tenacidad
de este pueblo, ó en su número y ambician, ó en otras causas,
ya políticas, ya religiosas.


Vinieron á España, segun cuentan, despues de la destruc-
cion de Jerusalen por Tito yla dispersion de aquella muche-
dumbre por las provincias del Imperio bajo Vespasiano, quien
señaló á los que nos cupieron en suerte la ciudad de Mérida


(1) < In ¡pais regni sui exordiis lidero adeptus (Recaredus), totius gothicre gentis
populos inoliti erroris Jabe detcrsa, ad culturo rcctre fidei revocavit.' lsid. Chron.
V. Espajia Sagrada, t. VI, p. 400.


(2) L. 2, tito n, lib. XII For. Jfld.


..-




120 CURSO
para que fijasen en ella su morada y asiento. Otros se avecin-
daron de su voluntad, entrando á la deshilada con sus familias,
y se derramaron por la Península, prefiriendo al establecerse los
lugares más favorables al ejercicio de la mercancía.


Empezó el rigor con los Judíos en el Concilio III de Toledo,
y no se mitigó desde entónces hasta el dia de la catástrofe que
puso fin á la dominacion de España por los Godos. Es verdad
que los Judios no estaban limpios de la sospecha de mantener
secretas inteligencias con sus hermanos de Africa para alzar-
se con el reino ó perderlo, y acaso prepararon la invasion de
los Sarracenos. Es posible i pero tambien parece probable que
el agravio hubiese avivado los ódios de raza y religion, y des-


... pertado en los Judíos el deseo de sacudir el yugo de los cris-
tiarios con la esperanza de gozar de mayor libertad bajo la ley
de Mahoma.


Como quiera, Sisebuto obligó á 80.000 de ellos á recibir el
bautismo; violencia que censuró S. Isidoro y reprobó el Conci-
lio IV de Toledo (1).


Todas las aguas del Jordau asi derramadas sobre la cabeza
de un Judío no serian bastantes á purificar su espíritu; y como
sólo una fuerza mayor determinaba estas conversiones, pasado
el peligro revivia la fe escondida en el fondo del pecho, y me-
nudeaban los casos de apostasía en proporcion que arreciaban
los remordimientos de la conciencia.


Prohibian las leyes y los cánones á los Judíos practicar las
ceremonias de su culto, y aun los obligaban á someterse á las
de la Iglesia; falsas demostráciones y actos de hipocresia que
la. moral y la religion aborrecen de consuno. No podian ser tes-
tigos en las causas de los cristianos, ni desempeñar ningun
oficio público con autoridad ó jurisdiccion sobre ellos, excepto
cuando el rey por gracia particular lo permitiese, ni comerciar
sino entre sí, ni poseer casas, tierras, viñas, oliva,res ú otra he-
redad alguna.


(l) • Sisebutus ... qui initio regni sui Judroos ad fidem christianam permovens,
em1l1ationem quidem Dei.habuit, sed non secundum scientiam. Potestate enim
compulit, quos provocare fidei ratione opportuit.> Isid. Chron .


• Non enim tales (Judrei) inviti salvandi, sed volentes, ut integra sit forma justi-
tire ... non vi, sed libera arbitrii facultate ut convertantur suadendi sun!, non po-
tius impellelldi.. Conc. Tolet. IV, cap. LVII. V. Aguirre, Collecf. max. t. IlI,
p.376.




DE DERECHO POLÍTICO. 121
Tampoco podian casarse con mujer cristiana; mas si estuvie-


sen ya casados, los hijos de este matrimonio debian recibir el
bautismo. Los Judíos casados con cristianas debian convertirse
ó separarse de sus mujeres, y sus hijos seguir la religion de la
madre. Si los convertidos tornasen á sus ritos supersticiosos y
circuncidasen á sus hijos, mediaba la autoridad para separar-
los de sus padres. , _


No era lícito á los Judíos tener siervos cristianos; yen cual-
quier tiempo que el siervo de un Judío declarase ser cristiano
Ó se convirtiese á la fe de Cristo, adquiria su libertad.


Por último, Ervigio confirmó las leyes contra los Judíos, y
su sucesor Egica, temeroso de que pasara adelante la conju-
racion descubierta contra el rey y el reino, los derramó por
toda España, los declaró esclavos juntamente con sus mujeres
é hijos, y mandó que éstos, en cumpliendo siete años, fuesen
separados de sus padres y entregados á personas cristianas y
de buena vida para educarlos y doctrinarlos (1).


Tal era la condicion de los Judíos en la monarquía visigo-
da. Sin libertad ni propiedad, sin pátria, hogar ni familia, ar-
rastraban una existencia más triste y miserable que la misma
servidumbre. No estaban exentos de culpa; pero bien pudiera
decirse en su descargo que la persecucion engendró los vicios
de que adolecian y 3;dolecieron todas las razas maldecidas y
proscriptas, las cuales siempre encubrieron con capa de humil-
dad y resignacion proyectos de venganza contra sus opresores.


Montesquieu primero, y despues de él otros escritores, ta-
chan las leyes visigodas de haber dado orígen á todas las má-
ximas y á todos los rigores de la Inquisicion. Si el autor de
L'Esprit des lois quiso significar con esto que la intoierancia
religiosa de los siglos VI y VII es el principio de una enferme-
dad moral exacerbada en los posteriores, nada hay que oponer
a su juicio sobre cosa tan óbvia y sencilla; mas si fué su áni-
mo revelar al mundo un arcano de la historia y persuadir
que en el Liber Judicum se hallan las más hondas raíces de
una institucion generalizada en Europa durante el siglo' XVI,
declaramos que la opinion de Montesquieu nos parece falsa é
insostenible, como inspirada por su amor á la paradoja.


(1) Tít. I1, III, lib. XII For. Jud. V. Conc. Tolet. 1Il, IV, VI, VIII, XII, XVII,




122 CURSO
Para probar el entronque del Santo Oficio con el código vi-


sigodo, seria menester, segun las reglas de la buena crítica,
mostrar por qué pasos y términos de tal causa procedió tal
efecto. No basta afirmar que alli está la semilla, sino que pide
la razon, indócil al yugo de la autoridad, asistir al desarrollo
del gérmen y de la planta que al cabo de ocho siglos rinde
semejantes frutos. En resolucion, si las leyes visigodas son la
piedra sobre la cual se levantó más tarde el tribunal de la fe,
España debió ser.el pueblo de Europa donde primeramente
se hubiese establecido; y léjos de eso, no la admitió hasta el
año 1448, cuando Francia ya la tenia desde 1255.


Uno de los medios de manifestarse el celo religioso de los
Godos eran las donaciones á las iglesias y monasterios y los
privilegios otorgados por los reyes á sus propiedades. Aunque
por estos tiempos no fuesen los bienes eclesiásticos muy consi-
derables, de entónces data el principio de su riqueza y el siste-
ma de amortizacion.


Las donaciones de los reyes y de los particulares á las san-
tas basílicas de Dios (dice la ley) sean perpétuas é irrevocables,
y nulas cualesquiera enajenaciones que hicieren el obispo ó
algun presbítero sin el consentimiento del resto del clero con-
forme á los sagrados cánones. En efecto ya el Concilio III de
Toledo habia decretado queel obispo no pudiese enajenar cosa
alguna perteneciente á su iglesia; regla de disciplina confir-
mada en el IV cuyos Padres añadieron: lmpium est, ut qui res
suas Ecclesüe Olt/risti non contulit, damnum injerat, etjus
Ecclesim alienare intendat (1).


Más curioso que todo esto es otro decreto del concilio VI re-
lativo al mismo asunto. Habian los obispos allí reunidos acor-
dado la perpetuidad de las donaciones del rey á sus fieles, ca-
lificando de inhumano é injusto el despojo sin causa de los bie-
nes otorgados en remuneracion de servicios. En el cánon si-
guiente, ampliando los Padres la referida doctrina, decretan la
perpetuidad de los adquiridos por la Iglesia como consecuen-
cia lógica y natural del principio invocado en favor de las do-
naciones anteriores; de donde se colige que la propiedad de la
Iglesia no se consideraba á la sazon de derecho divino, sino so-


(1) Tít. 1, lih. V Fo ... J,,<L.; C()UC. T()\~t. 1U, CIl.\,. m . ., W ,CIl.\,. 1..'1\..'1\\.




DE DERECHO POLÍTICO. 123
lamente de derecho eclesiástico, y todavía ineficaz miéntras el
decreto no obtuvo la confirmacion de Chintila. Obsérvese ade-
más que el Concilio extendió la doctrina de la perpetuidad á
los bienes que viniesen á poder de la Iglesia por cualquiera tí-
tulo, sin apoyarla en mejor fundamento que el ser así equita-
tivo y oportuno (1).


Pretende Masdeu que el clero pagaba tributos, y lo funda en
várias leyes de Chindasvindo, Recesvindo, \Vamba y Ervigio
que imponen penas pecuniarias á los obispos, presbíteros y diá-
conos como á los legos (2).


Masdeu, á nuestro parecer, no interpreta los textos citados
en su sentido recto y natural. Las penas pecuniarias no deben
confundirse con los tributos, aunque se apliquen al fisco. Hay
mil ejemplos de penas pecuniarias que la ley impone á los du-
ques, condes, gardingos , nobles y plebeyos, clérigos y legos
sin distincion de raza; y es sabido que no pagaban tributo de
sus tierras los Godos, sino solamente 10il Romanos.


Por otra parte tenemos alguna noticia positiva de la inmu-
nidad real del clero, muy en consonancia con el celo religioso
de aquellos tiempos y con el espíritu favorable á la libertad de
la Iglesia y sus ministros, segun entónces se concebia la liber-
tad (3).


Tambien estaba el clero exento de ciertos servicios públicos
(angarite) privilegio otorgado en el Concilio III de Toledo y
confirmado en el siguiente co.n mayor amplitud, como se in-


(1) • Quia ii, qui principibus digné serviunt, atque deferentibus ftd~lé ilUs oh-
sequiuro, constat nos optiroum ministrasse suffragium, dum justé a principibus
aequisita, in eorum jure persistere sancimus indivulsa,. requum est maximé, ut
robus Ecclesiarum Dei adhibeantur a Dobis providentia opportuna jadeo ut qUaJ-
enroque verum Ecclesiis Dei a principibus justé concessa Bunt, vel fuerint, vel
cujuscumque alterius personre quolibet titulo illis non injusté collata Bunt, vel
extiterint, ita in eorum jure persistere firma esse jubemus, ut evelli quocumque
casu, vel tempore nullatenus possint. Opportunum est enim, ut sicut fidelia ser-
"itia llominum non existere censuimus ingrata, ita Ecclcsiis collata (quro proprié
Bunt alimenta pauperum), eorum in jure pro mercede offerentium maneant incon-
vulsR.> Conc. Tolet. VI, cap. xVi IX, cÍlp. I, XVI. V. Aguirre, Collect. max., etc.


(2) L1. 1, 17,22, tito I, lib. II jI. 18, tito IVi 1. 2, tito v, lib. nI j 1. 9, tít. Il, lib. IX
For. Jud.


(3) • Prrecipiente Domino, atque excelentissimo rege Sisenando, id constituit
sacrum Concilium, ut omnes ingenui clerici pro officio religionis, ab omni publi-
ca indictione, atque labore habeantur immunes, ut liberi Deo sorviant, etc .• Conc,
Tolet, IV, cap, XLVII,




124 CURSO
fiere de sus palabras ab om1~i lctbore kabeantur immunes (1).


No así gozaba de la inmunidad personal, ántes las leyes
ordenaban á toda persona eclesiástica de cualquier grado acu-
diese al llamamiento del juez y prestase obediencia á sus man-
datos, castigando hasta á los obispos descuidados en el ejer-
cicio de su ministerio y compeliéndolos á salir á campaña en
caso de guerra. Cuando los reyes poséen tan altas prerogati-
vas que participan del g'obierno de la Iglesia, no se concibe
un clero exento de la jurisdiccion ordinaria.


Sin embargo alcanzaba grande autoridad en la monarquía
visigoda, y no tanto por el favor de los reyes como por la vo-
luntad de los pueblos. Oprimido el municipio, último asilo de
la libertad, y perseguida la Iglesia como enemiga de los dio-
ses de Roma y rebelde á la autoridad de los Cesares, los cris-
tianos buscaron, sino el remedio, á lo menos el consuelo de las
tribulaciones de la vida en la oscuridad de las catacumbas,
hasta que amaneciendo otros días más apacibles pudieron le-
vantar templos bajo cuyas bóvedas resonaron cánticos sagra-
dos, se encendieron cirios y se celebraron las ceremonias del
nuevo culto, con pompa inusitada. El sacerdote abrió escuelas,
fundó hospitales, repartió limosnas, y en fin , practicando la
caridad se hizo amigo del pueblo, y más amigo todavía del
que más necesitaba de proteccion por ser pobre y humilde.


La invasion de los bárbaros causó tan graves perturbacio-
nes con sus robos, talas, incendios y matanzas, que no es ma-
ravilla si contristados los hombres á la vista del mundo ver-
dadero, sentían el deseo de transportarse en alas de su espíritu
á otro mundo mejor, en donde las calamidades pasajeras de
esta vida se trocasen en perpetua bienaventuranza. La fe daba
calor á los afectos religiosos, el cláustro era el puerto de refu-
gio de todos los combatidos por las tempestades de la tierra,
y los ministros de un Dios de paz templaban con el poder de
su palabra la cólera de los vencedores, como Leon el Grande
calmó el furor de Atila al pié de las murallas de la ciudad
eterna ..


Si rayaba tan alto el prestigio del clero en las naciones la-
tinas, subia de punto en España bajo la dominacion de los Vi-


(1) Aguirre, Collact. max., t. lII, p. 374 j t. IV, p. 13.




DE DERECHO POLÍTICO. 125
sigodos. La unidad del Dios infinito, el dogma invariable, la
fe ciega del católico, la sumision y obediencia á los preceptos
de la Iglesia, eran medios eficaces de robustecer el principio
de autoridad en lo divino; y cuando los reyes se propusieron
asentar la monarquía en la alianza del sacerdocio y el impe-
rio, el principio de autoridad se extendió tambien á 10 huma-
no. Los Concilios legislaban sobre 10 temporal: los reyes in-
tervenian en lo espiritual, y de tal modo se confundian ambas
potestades, que las leyes y los cánones derivaban su fuerza
obligatoria de la misma sancion, y un solo acto daba origen
á la censura eclesiástica y á la pena, como si no hubiese dife-
rencia entre el fuero interno y el externo.


Cuando la religion se mezcla en los pormenores de la vida,
penetra en el hogar doméstico y participa de las alegrías y
tristezas de la familia, el sacerdote es la divinidad tutelar del
pueblo; y si además el sacerdote hace las veces del magistra-
do, todo se humilla ante el hombre revestido de este doble mi-
nisterio.


Así sucedió en la monarquía visigoda. El obispo salva los
restos del municipio romano, defiende al pobre, protege al
huérfano, y acoge debajo de su amparo á todos los desvalidos.
El obispo se asocia al juez sospechoso para oir y fallar el plei-.
to, le amonesta si no juzga conforme á derecho, le llama ante
sí, revoca la sentencia injusta, castiga al malo, escuda con su
autoridad al bueno y le libra de las asechanzas del poderoso.
Por último, el obispo recoge la jurisdiccion abandonada y su-
ple al juez que no la ejerce (1).


En menor grado, pero con potestad análoga, intervienen el
presbitero y aun el diácono, quienes velan por la seguridad
del pupilo y la conservacion de sus bienes, y legitiman con
su presencia el acto de otorgar el señor la libertad á su sier-
vo (2).


En suma, el clero cultiva las ciencias y las letras, templa el
rigor de las leyes, suaviza las costumbres, favorece el espiritu
de libertad, modera el poder de los reyes y afirma el imperio


(1) Ll. 22, 28, tít. 1, lib. II; L 3, tít. JIl, lib. IV; L 1, tít. 1, lib. V; 1. 1, tít. 1,
lib. VII; 1. 21, tít. 1; 1. 8, tít. Il, lib. IX FOl'. hd. L. 3, tít. 1, lib. XII del Fuero
J1~ZgO, la cual no 8e halla en la edicion latina de la Academia.


\2) L. 3, tit. IlI, lib. IV; n. 2, 9, tít. VII, lib. V Fot'. Jud.




126 CURSO
de la justicia. Los obispos llevan la sabiduria de los Romanos
al código de los Visigodos y la moral del Evangelio á todas las
esferas del gobierno. L.a preponderancia del clero en aquella
sociedad yen aquellos siglos es el triunfo más completo de la
civilizacion en lucha coo la barbárie.


En todos los mares hay escollos, como inconvenientes y pe-
ligros en todas las instituciones humanas. Hacer causa comun
la religion y la monarquía, es abrir los cimientos del régimen
político que funda la legitimidad del poder supremo en el de-
recho divino; derecho inviolable y absoluto, segun el cual los
reyes ejercen autoridad sobre los pueblos, y los gobiernan con-
forme á su razon infalible. Wamba, ungido por la mano del
Arzobispo de Toledo Quirico, es una persona sagrada por la
voluntad del cielo.


No bastan el principio del derecho divino ni la ceremonia de
derramar sobre la cabeza del elegido de Dios los santos óleos
para constituir una verdadera teocrácia; pero sí basta para
armar el brazo de la Iglesia con la espada de la justicia, para
castigar igualmente los errores y los crímenes, y en fin para
someter a una disciplina de hierro hasta los movimientos del
ánimo que son del dominio de la conciencia.


De aqui la intolerancia del clero y del gobierno y la persecu-
cion religiosa. Aparte de la grao¡e injuria que se hace al nom-
bre cristiano cuando se trueca su ley de amor por otra ley de
cólera y de venganza, fué el encarnizamiento de los católicos
con los Judíos una de las causas que más contribuyeron á la
ruina de la monarquía visigoda y á la pérdida de España en
el siglo VIII, vencida por las armas de los Sarracenos.


No debia ser infundada la sospecha de que los Judíos man-
tenian secretas inteligencias con los enemigos de la pátria,
puesto que refiere la historia cómo entregaron á Tarif la ciu-
dad de Toledo. En Granada, Córdoba y Sevilla no tan sólo pres-
tan los Judíos fácil obediencia al vencedor, pero tambien si-
guen gustosos su partido, poblando en compañia de los Moros
estas y otras ciudades abandonadas de sus moradores cris-
tÍlmos.


Dijimos ya que la debilidad y flaqueza interior de la monar-
quia visigoda, de que dió señalada muestra al hundirse en el
Gnadalete con Rodrigo l provenia de la falta de trabazon entre




DE DERECHO POLÍTICO. 127
los elementos de aquella sociedad, muy distante de formar un
pueblo verdadero. Si las antipatías de raza, el aislamiento de
las clases y las discordias intestinas impidieron consolidar la
obra de la unidad nacional, sin cuya condicion no es posible
oponer resistencia á un enemigo ~roso, y mucho ménos
vencerle y arrojarle más allá de la frontera, los ódios nacidos
de la intolerancia y exacerbados con la persecucion religiosa,
contribuyeron por su parte á suscitar nuevas dificultades al
desarrollo de la nacionalidad gótico-española.


No culparemos al clero de haberse mostrado indulgente con
los usurpadores del trono, ni de poner obstáculos con miras de
ambician mundana á la sustitucion de la monarquía electiva
por la hereditaria. La indulgencia que los obispos juntos en
Concilio usaron con Sisenando y Chindasvindo, no fué virtud,
sino necesidad. Habian entrado en el reino por fuerza y esta-
ban apoderados del gobierno. Negarles la confirmacion de su
dignidad era encender la guerra civil; y así la prudencia acon-
sejaba legitimar la poses ion mal adquirida, dando otro color
á su derecho. En política siempre hallará cabida la prescrip-
cion que purga el vicio originario de la ilegitimidad y la san-
ciona á título de un hecho consumado.


Por más que reprobemos la violencia que los reyes y los obis-
pos emplearon para introducir en España la unidad religiosa,
debemos rendir tributo á la verdad segun la historia, y confe-
sar que esta misma exaltacion de los ánimos no ayudó poco á
emprender y llevar á feliz término la obra de la restauracion
de Espalla oprimida con las armas victoriosas de los Califas.
Sin la fe viva y ardiente de los cristianos refugiados en las ás-
peras montañas de Asturias, es posible, y aun probable, que
los vencidos hubiesen ofrecido su cuello al yugo de los vence-
dores. Abrazaron la causa de Dios, pusieron su confianza en Él,
y fortalecido el espiritu, se negaron á capitular con los infic-
les. Los enemigos de los Judíos rehusaron la paz honrosa con
que les brindaban los hijos de Mahoma.




128 CURSO


.:
CONQUISTA DE ESPAÑA POR LOS MOROS.


Entraron los Moros en España al principio del siglo VIII,
derrocando de un solo golpe el frágil imperio de Toledo. Lle-
varon los hijos de Ismael sus ar~as teñidas en la sangre de
los cristianos desde Calpe hasta el Pirineo, y amenazaron con
ellas á toda Europa caminando del occidente al oriente, como
si se hubiesen propuesto castigar en los pueblos bárbaros la
arrogancia de ,los Alaricos y los Atilas. Cárlos Martel, rey de
los Francos, les salió al encuentro, y entre las ciudades de
Poitiers y Tours les dió tan terrible batalla seguida de tan
cruel matanza; que no puede negarse á esta nacion y su cau-
dillo la gloria de haber salvado la cristiandad y trocado la faz
del mundo con el valor de l()s combatientes y la suerte de las
armas.


Repasaron los restos del ejército africano el Pirineo, y cupo
á España la corta ventura de soportar todo el peso de la guer-
ra entre el cristianismo y el islamismo. Un solo rincon de la
Península resistia al poder de los Califas. En v¡¡,no los Árabes
intentaron reducir á obediencia los Godos que defendian su
libertad al abrigo de los montes cercanos al mar Cantábrico,
ya convidandolos con partidos ventajosos, ya acometiéndolos
en su guarida con ánimo resuelto á someterlos por la fuerza.
Los cristianos menospreciaron los halagos y no temieron las
armas del enemigo á quien esperaron en los desfiladeros, al-
canzando sobre él señaladas victorias.


Á la fama de estos primeros triunfos acudieron de toda Es-
paña los obispos que huían con las reliquias de los santos y los
vasos sagrados de sus iglesias, los monjes que abandonaban
la soledad de sus cláustros, los magnates visigodos vencidos,
pero no' domados por la morisma, las familias sin hogar, los
siervos fieles á sus sefíores, y cuantos en fin alimentaban en
su pecho la llama de la religion, el amor de la pátria y el ódio
á la dO!!linacion sarracena. Así nació el reino de Astúrias que




DE DERECHO POLÍTICO. 129
de humildes principios subió á la cumbre más alta de la gran-
deza, cuando la monarquía española dilataba sus confines por
el Antiguo yel Nuevo Mundo.


Nuestros cronistas atribuyen la pérdida de España á castigo
del cielo irritado contra un pueblo c~J'a maldad habia provo-
cado esta inundacion de la morisma, sólo comparable con la de
los Vándalos, Alanos, Suevos y Godos (1). •


Más tarde los historiadores recogiaron las tradiciones ó las
consejas que corrian acreditadas entre el vulgo, y exornaron
la narracion de los sucesos principales con accidentes que la
critica pone.en duda, si no descarta por fabulosos (2) ..


El Pacense, despues de referir que Rodrigo tumultuose 'te-
.r¡num in1)asit, añade que acudió á defender la entrada al ene-
migo peleando hasta morir abandonado de los suyos vencidos
por la propia discordia, más que por las armas africanas. Se-
bastian, obispo de Salamanca, cuenta que los hijos de Witiza
se confederaron con los Sarracenos, y los solicitaron como au-
xiliares de su torpe venganza (3).


(1) .Et ne adversus eum (Witizam I censura ecclosiastica consurgeret, Concilirt
divolvit, canones obsecravit, omnemque religionis ordinem depravavit. Episcopis,
Presbyteris, Diaconiblls uxores habere prreeepit. lstud quidem seelus Spanim cau-
sa pereundi fuit .• Ade(onsi IlLCh'l'on.


Mosen Diego 'de Valera se explica asi: cE los aborrecibles y detestables peca-
dos deste malvado rey (Witiza) provocaron la ira é saña de N. S., para que la ma-
yor parte tie las Españas con muerto do infinitas gentes fuese puesta debajo del
yugo de los enemigos'de la fe católica; para lo que el diablo, enemigo del linaje
humanal, dió ceguedad universal á los corazones de los españoles, é sembró entre
todos discordia, é puso en los grandes desordenada cobdicia, y en los perlados lu-
juria, y en los letrados y sabios flojedad y pereza .... C .. on. ab"<1'Viada de España,
parto lII, cap. xxxv.


(2) De los conocidos amores de Rodrigo y Florinda 61a Cava, ni lsitioro de Beja,
ni Sebastian de Salamanca dicen una palabra. A otras causas ménos romancescas
atribuyen la entrada de los Moros en España. El C .. onicon Silense, escrito por un
monje entre los siglos XI y XII refiere el lance , de donde tomaron la noticia los
historianores sin apurar la verdad. Los cronistas árabes cuentan el hecho; mas
séanos permitido dudar de su t.estimonio, ya porque estos amores trascienden a
poesía oriental, y ya porque tiene poca autoridad una tradicio~tan acomodada al
genio caballeresco L1e la edad menia.


(3) .Pra;lio fugato omni Gothorum, 'lui CUjTI eo (Ruderico) emulanter, fraudu-
lenterque o b ambitioncm regni advenerant, cecidit. Sic que regnum, simulque cum
patria, malé cum emulorum internitione ammissit.> lsid. Paco CMon.


cFilii namque Viticre, immoderata invidia ob sui patris regno exilium, ducti, et
ipsisdominationem Rudericl, sua machinantes consilia, calliditatis in subversione
regni ad African mittunt: per factores suos vocant Sarracenos, eosq ue advectos,
navigio Hispanlam inducunt .• Sebast. Salmant. B'I'evis Hist.


9




130 CURSO
Tenemos pues por cierto que las divisiones intestinas naci-


das del espíritu ele indisciplina propio de los Godos, (¡ si se
quiere, del individualismo germ:'mico, tan opuesto a los habi-
tos de obediencia que la autoridad absoluta de 10.3 Césares ins-
piró á la gente latina, e~altado con ocasioll ~e la monarquía
electiva, y todo ello agravado con la falta de organizacion y
enlace de las di versas categorías ó clases del estado y los vi-
cios y errores del gobierno, fueron las verdaderas causas cle la
decadencia y ruina de aquella monarquía, cuya catástrofe es
síntoma del cáncer que roía sus entrañas. En cambio eran los
Árabes conquistadores por fanatismo, tolerantes en religion,
duros en la pelea, unos en la autoridad y el esfuerzo; y así la
fortuna, que no suele ser tan ciega como la pintan, los ayudó
en la guerra de invasion yen la conquista de casi toda Espaüa.


Tomaron los Moros algunas ciudades y fortalezas á 'viva
fuerza, y de otras muchas se apoderaron por avenencia yasien-
to con sus moradores, poniéndolos en la violenta alternativa de
rendirse á condicion de pagar el tributo, ó ser exterminados (1).


Cuando los pueblos se daban á partido, se satisfacian los
conquistadores con la décima parte de las rentas y ganancias
de los cristianos; mas si oponian resistencia, quedaban sujetos
á un tributo doblado, es decir, al quinto de los frutos de sus
heredamientos. A este quinto de la guerra llamaban el lote ó
la suerte de Dios, y era costumbre tan antigua entre ellos, que
venia de los tiempos del Profeta tí poco posteriores.


Los Árabes no se mostraron inaccesibles a la tolerancia re-
ligiosa, ni al respeto á las leyes y costumbres>de los cristianos
en cuanto se compadecian con su dominacion. Los dé Toledo
ajustaron una capitulacion con los Moros, en virtud de la cual
les fué entregada la ciudad, obligándose Tarif á dejarles siete
iglesias consagradas al culto católico. Murcia tambien alcan-
zó treguas y buenas condiciones con que se rindieron sus mo-
radores, asegurándolas con juramento para maym' firmeza.
Olivera, Laca, Valencia y Alicante asimismo se dieron a par-


(1) Los Alára11es las villas que non podian tomar por forcia, tomábanlas por fa-
lagos é composiciones ... é con este engaño levaron de los castiellos y de las villas
los moros, ct estos son los lamados mozárabes, esto es, «mixtl arabes, eo quod
mixti arahiblls serviebant •. Cr6n. Albeldense. V. Sandoval, Cinco obispos, p. 82.


«Omnes cnim alii deditione aut frndere se dedcrunt .. • Ron. ToJet .• De reb¡¡.s JIisp.,
lib. nf , cap. XXlI!.




DE DERECHO POLÍTICO. 131
tido, prometiendo Abdalaziz que los vencidos gozarian de ple-
na libertad para vivir segun su ley, no violar los templos, am-
parar las personas y proteger las haciendas, á cambio de di-
versos tributos que se fijaron en el coneierto. Por el contrario
Merida, que resistió valerosamente á un cerco muy obstinado,
al fin se entregó bajo las condiciones que dictó Muza, duras
como de vencedor (1).


Consintieron los Moros que los cristianos tuviesen jueces pro-
pios para componer slis diferencias y gobernarl()s por la ley
de los Godos; y no faltan documentos que acrediten la exis-
tencia de condes cristianos instituidos por el gobernador moro
para sentenciar las causas de los vencidos, yel favor que los
vencedores solian dispensar á los monasterios (2).


No habríamos formado cabal idea del estado ele España por
aquel tiempo, si nos imaginásemos que todos los pueblos vi-
vian en el mismo grado de sujeccion, ó que este grado fué
igual desue el principio hasta el fin de la dominacion sarra-
cena. Estaban los cristianos más ó ménos oprimidos segun los
asientos que habian hecho con los Moros, y se les guardaban
ó no los pactos y conciertos, segun la buena 6 mala voluntad
de los príncipes 6 sus gobernadores.


Reinaba comunmente la tolerancia, siendo permitido á los
cristianos asistir á los oficios divinos, participar 'tIe los sacra-
mentos, y ejercer su ministerio pastoral á los obispos y presbí-


(1) «Y fué (el hijo de Muza) sohre Olivera, Laca, y Valencia y Alica'lte, y corno
España iba en tanta declinaeion, los venció y rindió, entregando los puehlos con
las mejores condiciones que los cristianos punieron. Y fueron ... que Abdelazin los
recibiese por suyos, y los amparase y defendiese en sus casas, hijos, mujeres y ha-
ciendas, y ellos pechasen y contri huyesen cada año cada vecino un maravedí, y
cuatro me,litlas de trigo, y cuatro de cebada, cuatro cántaros de vínagre, y uno
de miel, y otro de aceite. > Sandoval, Cinco obispos, p. 8:1.


V. Crón. general, parte IlI, cap. 1; Gihhon. Decline and (all of Roman Emp;"e,
chap.L.


(2) Es sahido que los cristianos así libres, corno sujetos al yugo mahometano,
continuaron rigiéndose por el Forum Jud'icum ó seclmdum lex gothica, cuyas pa-
labras se hallan en algunos documentos contemporáneos. De los condes cristianos
y de los monasterios respetados por los Moros da noticia el P. Berganza en sus
A ntigüedades de España, lib. II, cap. l.


El cronista Sandoval inserta una escritura del rey moro de Coimbra, Alboaeen,
en favor del monasterio de Lorban en la cual se lee: • Et Christiani habeant i!l
Colimb snum comitem, et in Goadatha alium comitem de sua génte qui manteneant
eos in bono Juzgo, seeundum solent homines christiani. et isti componeant rixas
Inter ilIos >. Cinco obislJ08, p. 88.




132 CURSO
teros; pero no faltaoron persecuciones y martirios, no pudiendo
excusarse, ni moderar el encuentro de dos afectos religiosos á
cual más profundo y arrebatado. Las ceremonias del culto, el
tañido de las campanas, la presencia de los sacerdotes, todo
daba ocasion á injurias y denuestos que no siempre sufrian
con humildad los cristianos; y sucedia que de los motes infa-
mes, de los cantares ofensivos, de las blasfemias y los ultrajes
se pasaba á la vi as de hecho, mediando la justicia en estas
querellas, y muchas veces la venganza.


Habian los Moros prometido amparar las personas y defen-
der las haciendas de los cristianos; y sin embargo los oprimian
con tributos y los atormentaban sin piedad para que deolara-
sen dónde tenian escondidos sus verdaderos ó imaginados te-
soros. Habian ofrecido gobernar con equidad á los vencidos, y
fueron vejados por emires duros y crueles, y despojados de sus
bienes por alcl1ides ó walíes codiciosos.


Tampoco seria acertado suponer que los rigores de la con-
quista hubiesen reducido á todos los cristianos á un mismo ni-
vel, borrando del todo las distinciones de raza y clase en que
se fundaba la organizacion política y social del pueblo visigo-
do. Consta de memorias antiguas que eran muchos los linajes
principales que formaban parte de la poblacion muzárabe, y
conservaron Ia sucesion de la nobleza goda y romana (1).


Parece qne ante el peligro comun de la cristiandad debian
desaparecer los restos del orgullo de los Godos, y olvidar su
origen distinto de los Romanos; y sin embargo no fué así, pues
poseemos documentos posteriores á la conquista, en los cuales
resalta la vanidad de la raza germánica, obstinada en repu-
tarse superior á la raza latina (2).


(1) .Todavía no es posible que no queilasen algunos destos en quien tambien se
conservó la nobleza de España, como en los demás que nunen fueron sujetos. Y no
hay duda sino que quedaron muchos ... No se debo poner en duda sino que así en
los cristianos libres como en los sujetos, quedaron agora hartos nobles y hombres
de gran casta, que fueron el orígen y como nuevo principio de mucha de la nobleza
que agora tiene España .• Ambr. de Morales, Crón.general, lib. XII, cap. LXXVII.


(2) Dice una escritura de donacion que hizo Teudio, conde de los cristianos de
Coimbra, al abad del monasterio de Lorban, Aydulfo: • Et mando flliis meis,
Athaulfo, Theodoríco et Hermesendo, quod servent vobis id quod mando. Si sic non
fecerint, sint maledicti, et non sint habiti per generationem Gothorum, nec guber-
nent viras christian os in Colimbria, etc.' Huerta, Anales del reyno de Galicia,
apénd. escrito XI.




DE DERECHO POLÍTICO. 133
No penetraremos hasta el fonuo de la sociedad goda y sus


vicisitudes al través de la dominacion de los Morps. El último
asilo de los Godos, rotos y deshechos en las márgenes del Gua-
dalete, será la estrella de nuestra peregrinacion, porque aquel
pueblo es el pueblo cristiano, aquel rincon la cuna de nuestra
monarquía, aquellos valerosos montañeses nuestros antepasa-
dos. El humilde reino de Asturias es el eslabon que enlaza los
tiempos anteriores á la conquista con los posteriores y los ex-
plican. Allí resucitan las leyes, costumbres é instituciones vi-
sigodas, no para perpetuarse en la forma que tenian en Toledo,
sino para modificarse segun el espíritu de la edad media que
ya asomaba al horizonte de Europa, y las particulares circuns-
tancias d~ España, arrojada en la mitad de la corriente de la
civilizacion oriental, y empellada en una guerra de ocho siglos
con los Moros.


CAPITULO XIII.
DE LA RECONQUISTA Y POBLACION DE LOS LUGARES·


RECONQUISTADOS.


Apénas los Godos se habian recobrado del espanto que les
causó la súbita invasion de los Sarracenos, y aun más el rápido
progreso de sus armas, cuando imaginaron levantar el imperio
caido haciendo roatro á la desgracia. La adversidad purificó los
ánimos y concertó las voluntades de los cristianos, en cuyo pe-
cho se encendió más viva que nunca la llama de la fe, el amor
de la pátria, la constancia en los trabajos y todas las virtudes
propias de los pueblos dignos de su grandeza, porque, á ejem-
plo de Roma, no desesperan de su salvacion en medio de los
mayores infortunios.


No bastaba á los Godos fugitivos tener un rey, sino que de-
bían fundar un reino dilatando los confines de las Asturias, y
aumentando el número de las gentes que poblaban su territo-
rio. Eran, pues, la conquista y la poblacion dos hechos insepa-
rables, ambos necesarios para extcnder y asegurar los dominios




134 CURSO
cristianos y lograr la restauracion de España; empresa difi-
cultosa que pedia el doble esfuerzo de las leyes y las armas.


Los primeros reyes de Asturias, corriendo y talandQ la tierra
de los Moros, no sacaban más provecho de sus campañas que
tener al enemigo en contínua alerta y sobresalto, abatirle y hu-
millarle con estas entradas, antecoger á los cristianos sujetos
al nuevo señorío y transportarlos á las montañas en donde
acostumbraban guarecerse, para ir repoblando los lugares de-
siertos ó arruinados desde la conquista, ó fundar otros con las
familias advenedizas, tronco y raíz de una poblacion solariega.
Tambien solian hacer cautivos á los Moros vencidos y presos,
á. quienes acomodaban entre los naturales en calidad de sier-
vos segun las leyes de la guerra. De este modo acudian al re-
medio de sus mayores necesidades, á saber, la de hombres
prontos á la defensa del territorio y de brazos útiles á la agri-
cultura, con lo cual iban asentando los cimientos de la monar-
quía española.


Obsérvase en la historia comun de las naciones que los pue-
blos habituados al gobierno del municipio son los más hábiles
y venturosos en el establecimiento de colonias, porque la,cos-
·tumbre de buscar por sí propios los medios de conservacion y
prosperidad, los dispone it usar con energía y discreccion de su
independencia. La repoblacion de las tierras rescatadas del po-
der de los Moros por las armas de los cristianos, sigue los pasos
de una colonizacion civil y militar á un tiempo: civil, porque
del seno de cada ciudad, villa ó lugar brotaba un municipio,'
y militar, porque cada vecino era un soldado que defendiendo
su hogar, guardaba la frontera opuesta al enemigo.


Empezaba la poblacion repartiendo entre los pobladores las
casas y tierras que dejaban vacantes los Moros fugitivos. Re-
gaban estos soldados labradores los campos con su sangre y su
sudor, restauraban el imperio de Toledo con la espada y lo
mantenian con el trabajo. Así poblaron los primeros reyes de
Asturias Castilla la Vieja, las costas de Galicia y las faldas oc-
ciclentales del Pirineo: despues Zamora, Simancas, Dueñas y
toda la tierra de Campos, de donde salió el reino de Lean, y más
tarde Salamanca, Avila, Cuenca, Medina y otras ciudades y vi-
llas que formaron con muchos lugares el poderoso reino de
Castilla.




DE DERECHO POLÍTICO. 135
Llegó hasta nuestros dias un documento en extremo curioso,


que arroja viva luz en medio de las tinieblas del siglo VIII.
Apénas Odoario, obispo !le Lugo, huido de su pátria, percibe el
rumor que Pelayo empezó á restaurar la monarquía, y Alonso
el Católico á dilatar sus términos con maravillosas conquistas,
vuelve á los suyos, ?iseguido de'muchas familias nobles y ple-
beyas (et cum ctlJterís populís, tam nobiles quam i gnobiles ), se
esfuerza en cultivar y repoblar los campos desiertos y abando-
nados. Distribuye su gente entre diversos lugares, le reparte
ganados, frutos y demás cosas necesarias á la vida, edifica
iglesias y hace merced de tierras con la condicion de permane-
cer los donatarios perpétuamente en su obediencia yen la de
sus sucesores. Hé aquí cómo la repoblacion se hermarra con la
restauracion de la sociedad visigoda en su aristocrácia, sus
hombres libres y sus siervos ó colonos próximos á la servi-
dumbre.


No eran, pues, los reyes quienes únicamente fundaban ciu-
dades, villas y lugares, sino tambien las personas principales
que habian heredado anchas y espaciosas tierras de sus ma-
yores, ó las adquirian de prtlJssura, es decir, ocupando las va-
cantes, Favorecían el intento los campos yermos desde la inva-
sion, la dependencia de las clases y familias, porque muchas
personas de libre condicion vivian bajo el patronato de otras de
mayor estado y fortuna, y los siervos bajo la autoridad de su
señor, sin poder apartarse de las labranzas que ponian á su cui-
dado; todo lo cual multiplicaba los vínculos de la obediencia,
tan necesarios en aquellos tiempos desordenados y rebeldes á
toda disciplina.


Varios condes con mandato ó permiso de los reyes poblaron
lug'ares como Amaya, Santillana, Sepúlveda, Búrgos y otros
de Leon y Castilla; de suerte que no descuidaban unos ni otros
la obra de la reconquista un solo instante, consolidando en los
días de paz la posesion del territorio arrebatado á los Moros,
organizando el país á espaldas de los ejércitos cristianos, y
añadiendo nuevos dominios á los ya ganados para incorporar-
los con igual providencia.


Al abrigo de las ig'lesias y monasterios se fundaban tambien
poblaciones compuestas de sus familias propias y de hombres ~"
libres que acudían de touas partes á gozar del pasto espiritual, 1~-'-<i;\'¡>,


\~~!,l




136 CURSO
de la proteccion y de los privilegios que los reyes con larga
mano dispensaban al clero y al culto religioso. Y tantos eran
los que con el cebo de estas exenciones tomaban vecindad en
aquellos lugares, que los reyes hubieron de limitar á los pre-
lados el derecho de poblacion, no permitiéndoles saear gente
de las tierras pertenecientes á la corona, tino tan sólo admitir
á los ltomines excussos, esto es, á los no avecindados en los lu-
gares de realengo (1).


Otras veces acontecía que el ejército cristiano se derramase
por la tierra y poblase los lugares y castillos situados en la
frontera de los Moros, levantando de esta suerte multitud de
fortalezas con presidio permanente para impedir las algaradas
del enemigo. Así lo hizo Ramiro II despues de la victoria de
Simancas, poblando Salamanca, Ribas, Ledesma, Baños y
otras villas.


La Crónica de D. Pedro de Castilla, á propósito de las behe-
trías, explica de un modo natural y sencillo el progreso de la
poblacion en los términos siguientes: «Debedes saber que se-
gund se puede entender, é lo dicen los antigos, maguer non
sea escripto, que cuando la tierra de España fué conquistada.
por los Moros ... é despues á cabo de tiempo empezaron á guer-
rear, veníanles (á los cristianos) muchas ayudas de muchas
partes á la guerra: é en la tierra de España non avia si non
muy pocas fortalezas, é quien era señor del campo era señor
de la tierra: é los caballeros que eran en una compañía cobra-
ban algunos lugares llanos do se asentaban, é comian de las
viandas que allí fallaban, é manteníanse, é poblábanlos, é par-
tíanlos entre sí; nin los reyes curaban de al, salvo de lajusti-
cia de los dichos lugares» (2).


El P. Ariz inserta en su Historia de Á vila un curioso docu-
mento en el cual se pinta la escena animada de la fundacion
de aquella ciudad por el conde D. Ramon, marido de Doña


(1) El conde de Castilla Fcrnan Gonzalez, al hacer cierta donacion al monasterio
de Cardeña (941), dice al abad: < Insuper damus vobis licentiam populandi, tamen
non de meas homines, eL de meas villas, sed de homiues excusaos, et de alias villas,
et undecumc.¡ue potueritis >. Muñoz, Coleedon de (ueros municipales, p. 25.


Lo mismo ordenó Sancho II al notar que muchos veciuos de los lugares realen-
gos abandonaban el antiguo señorío por disfrutar las franquezas concedidas á los
vasallos de abadengo.


(21 Lopez (lo Ayala, C"ÓI>, de D. Pecl,'o, año n, cap. XIV.




DE DERECHO POLÍTICO. 137
Urraca, reina de Castilla. Llegaban las familias con sus com-
pañías, luégo se juntaban los carpinteros, albañiles y maestros
de geometría ó arquitectos. Aquí cortan y sierran las maderas,
allí labran y acarrean las piedras para las casas y los muros,
bendice el obispo los términos y las cercas, se forma el concejo,
se reparten las tierras entre los vecinos y se amojonan los pas-
tos de cada aldea (1).


Era el derecho de poblar exclusivo de los reyes; de forma
que los condes, obispos, abades y otras cua.lesquiera personas,
para fundar una ciudad ó villa y buscar gente que la habitase,
necesitaban el mandato, ó por lo ménos el permiso del monar-
ca. Poblar era un medio de aumentar el poder del señor de la
tierra, porque se hacian sus vasallos los pobladores. Poblando
se adquiria el derecho de imponer tributos y de ejercer juris-
diccion. Al otorgar mayores privilegios y franquezas á los
nuevos pobladores que gozaban los antiguos de otros lugares
comarcanos, se despertaba en éstos el deseo de alcanzar las
mismas preferentes libertades. De aquí el pasarse de un seño-
río á otro señorío más ventajoso; y por eso la nobleza se dió
por agraviada de D. Alonso el Sabio cuando pobló ciertos lu-
gares, de que se siguió perjuicio á los ricos-hombres de Leon
y Galicia en sus rentas y vasallos.


Toda poblacion suponia una ciudad, villa ó lugar casi siem-
pre murado con su término ó alfoz provisto de tierras de labor,
montes, pastos, aguas y demas cosas necesarias ó útiles á los
vecinos. Segun eran las poblaciones de realengo, abadengo ó
señorío, así pagaban los tributos, prestaban los servicios y de-
pendian de lajurisdiccion del rey, del obispo ó abad, ó del se-
ñor. Aun viviendo en una condicion inmediata á la servidum-
bre, no dejaba de ser favorable la del vasallo á quien amparaba
y protegia el señor natural con su autoridad, ó defendia en
caso de violencia con las armas.


Las cartas pueblas ó los privilegios de poblacion contenian
las exenciones que se ofrecian á los vecinos de ta.l ó cual lugar,
para estimularlos a que fijasen en él su asiento. Más tarde los


(1) Hist. de las grandezas ele Avila, parto II, fol. 5 y sigo
Aunque el P. Ariz no goza ele mucha autoridad eutre los críticos, citamos el pa-


saje para mostrar, sino cómo pasaron las cosas en Ávila, cómo solian pasar en sq-
mejuntes ocasiones.




138 CURSO
reyes, los condes, los obispos y abades mejoraron estas mer-
cedes, y se trocaron las cartas en fueros cada vez más francos
y generosos conforme se iba acercando el día ele la emanci-
pacíon del estad u llano: y así es que las palabras fuer03 y li-
bertade,3 se hallan con frecuencia reunidas en los documentos
contemporáneos.


Habia. tambien malos fueros, los cuales eran odiosos á lo:s
pueblos por cuanto no guardaban proporcion las cargas con
los beneficios. Alonso VI concedió licencia para fundar una
villa en Sahagun, con cuyo motivo «ayuntáronse ¡le todas las
partes burgeses de muchos é diversos oficios, é otrosí perso-
nas de diversas é extrañas provincias é l'einos, Gascones, Bre-
tones, Alemanes, Ingleses, Borgoñones, Provinciales, Lombar-
dos y otros muchos negociadores é extraños lenguajes, é así
se pob~ó é fizo la villa no pequeña. E luégo el rey fizo tal de-
creto é ordenó que ninguno de los que morasen en la villa
dentro del coto del Monasterio, toviese por respeto heredita-
rio ó razon de heredad campo, ni viña, ni huerto, ni era, ni
molino, sacando si el abad por maña de empréstido diese al-
guna cosa á alguno de ellos; pero pudiese haber casa dentro
de la villa, y por ella por todos los años pagase cada \lno de
ellos al abad un sueldo por censo y conocimiento de señorío.
E si alguno de ellos tajase ó cortase del monte que pertenece
al Monasterio, que sea puesto en la cárcel du sea sacado á vo-
luntad del abad. Otrosí urdenó que todos deban ir á cocer el
pan al forno del Monasterio, la cual cosa, como á los burge-
ses é moradores fuese muy grave é enojosa, con grandes ple-
garias rogaron al abad que á ellos les fuese lícito é permiso
de cocel' á donde mejor les viniese, é que de cada uno de ellos
él recibiese en cada un año un sueldo, lo cual les fué otor-
gado» (1).


Estos y otros malos fueros suscitaron discordias entre seño-
res y vasallos, y prevaleciendo los consejos de la prudencia, ó
mediando 103 reyes por bien de paz, llegaron á templarse des-
terrando de ellos lo más odioso. Así pasó en la villa de Sahagun
cuyos fueros confirmaron, no sin reformarlos, Alonso VII y
Alonso el Sabio (2).


(1) Anónimo de Sahagun, cap. XIII.
(~) Muñoz, ColBccion de {Mero, mMnicil'ales, tomo r, págs. 3O'J, 313.




DE DERECHO POLÍTICO. 139
Los lugares de realengo eran bastante más favorecidos, por-


que solian estar exentos ab omniforo malo, 1Jelflscali seu ?'egali
se1'1Jitio, cuya liberalidad cedia por entero en beneficiu -le los
vecinos; miéntras que otorgando 103 reye; estas misma- mer-
cedes á los de abadengo {, señorío, recogian la mayor parte del
fruto los señores, y sólo la menor llegaba a sus vasallos (1).


Tambien alcanzaban las bondades de los reye,:; á los Moros
y Judíos que asentaban vecindad entre los cristianos, y tanto
que además de permitirles vivir en su ley, solian absolverlos
de todo tributo, como se manifiesta en el fuero que Alonso VIII
dió á la ciudad de Palencia en 1194 (2).


otras muchas franquezas contenian los fueros) á saber, que
viviesen seguros aun los criminales perseguid03 por la justi-
cia y los que el rey mandaba echar de la tierra, y permanecie-
sen en la nueva poblacion sin temor de ser molestados; que los
advenedizos no pagasen ninguna deuda por sí, ni por sUoS muje-
res, hijos ó fiadores á cristianos, Moros ó Judíos hasta pasado
cierto plazo, no obstante cualesquiera cartas de apremio; que
los nuevos vecinos gozasen de los mismos fueros, « tan bien de
muerte, cuemo de vida,» que los primeros pobladores; que el
siervo fiscal entrase en la poses ion de su libertad natural des-
de el dia y momento de asentar allí su domicilio, etc. (3).


Convertíanse, pues, estos lugares en .un verdadero asilu de los
reos, deudores y siervos que se amparaban de sus privilegios
contra la autoridad de sus señores y el rigor de la justicia;
«cosa que mirada en comun y por la haz '3e juzgaba que daba
causa á mayores delitos, favor á los malhechores, impedimen-


(1) Dice el P. Bcrganza que por fuero bueno se entiende la exencion de pagar el
tributo correspondiente al vasalla;e, como por exencion de fuero malo la exencion
de pagar las multas correspondientes á los delitos, como el de homicidio, de fuer-
za que se hubiere hecho á alguna mujer y de otras culpas que generztlmente lla-
maban calañas y ahora caluml1ias. Antigüedades de España, lib. VI, eap. JI.


A nuestro juicio todo fuero bueno denota franqueza, y todo fuero malo gravá-
men; y será tanto más malo, cuanto más oneroso. Sirva de ejemplo la o bligacion
impuesta á los vecinos de Sahagun de cocer el pan en el horno del Monasterio.


(2) Pulgar, Bist. de Palencia, lib. lIT, pág. 315.
(3) Canco Legionense, cups. XX, XXI, XXIII, XXIV; V. C6rtes de los antiguos rez-


nos de Leon y de Castilla, t. 1, p. 6. V. los fueros de Oreja, Oviedo, Cuenca, Pla-
sencia, Baeza, Gibraltar, Olvera y otros, y consúltese á Gonzalez, Privilegios de Si-
mancas, t. V, p. 37; Mondéjar, llIemo";as hist6ricas de D. Alonso VIII, parto JI,
cap. 1; Argote de Malina, Noóleza de A ndal"cía, p. 20; Ayala, Hi.t. de Gibralta)',
docum. 1; Escalona, Ilist. de Sahagun, ap. JII, escrito 293, etc.




140 cunso
to á la justicia y desautoridad á los ministros de ella. Mante-
níase esta gente con Sus oficios en aquellos lugares, casábanse,
labraban la tierra, dábanse á vida sosegada» (1).


Así no es maravilla que fuesen creciendo los lugares á pesar
de tantas adversidades, y tal vez á causa de ellas, porque eran
muchos los que deseaban en unos tiempos tan borrascosos aco-
gerse á puerto seguro.


Luégo que la gente vulgar y comun empezó á conocer sus
fuerzas, pusieron los concejos algunas trabas á la libertad de
poblar, ó rogaron á los reyes que en favor de los vecinos pe-
cheros las pusiesen, preponderando ya el valimiento de los po-
pulares. Entónces en vez de levantar el siervo fugitivo hasta l~
libertad, abatieron á los caballeros é infanzones hasta confun-
dirlos con el estado llano, sujetándolos al mismo fuero que los
demás pobladores. Los concejos veían con recelo que los nobles
ganasen vecindad en estos lugares, sospechando que sus vasa-
llos y riquezas, sus mesnadas y castillos, sus hábitos de mando
y dominacion, y el poder, en fin, de que disponian, fuesen es-
collos peligrosos á la nave de sus libertades. Por eso adoptaban
prudentes cautelas, ya no permitiendo á-los nobles morar en-
tre los pecheros á no renunciar los privilegios de su clase, y
ya prohibiéndoles labrar casas fuertes dentro de los muros ó en
el término de la ciudad ó villa contenta y bien hallada con su~
fueros y temerosa de perderlos.


Habia tambien un modo de poblar llamado á medio fuero, el
cual consistia en no satisfacer sino la mitad de los pechos y ser-
vicios á que por regla general estaban obligados los vecinos,
segun se colige de un privilegio otorgado por Fernando IV
en 1306 al lugar de San Felices, donde declara que «non pa-
guen en los servicios, nin en los pechos que acaescieren, mas
de dos un fuero».


Por último, otro modo de poblar era hacer el repartimiento
de las tierras ganadas á los Moros entre los que habian con-
currido á la conquista, á cada uno segun la calidad y el grado
de la persona, el número de gente que acaudillaba y sus par-
ticulares merecimientos.' Reservábanse los reyes las ciudades
y f0rtalezas del territorio incorporado en la corona, y repartían


(1) Moneada, Guerra de Granada, lib. r.




DE DERECHO POLÍTICO. 141
las casas y tierras tomadas al enemigQ entre las iglesias y mo-
nasterios, las Órdenes militares, los caballeros y los peones
que habian servido en aquella guerra. Llamaban los antiguos
á esto keredar y keredamiento al beneficio recibido con la con-
dicion del vasallaje; de forma que el heredado debia reconocer
el señorío del rey, porque en efecto eran estos bienes de realen-
go. Ejemplos muy notables de repartimientos originados de la
reconquista nos ofrecen Córdoba, Sevilla, Murcia y otras ciu-
dades (1).


Tal fué la perseverante política de nuestros mayores para
asentar y extender su dominacion en las tierras ganadas á los
Moros, tan eficaz segun corrian los tiempos, que no sólo los
españoles, pero tambien los extranjeros tomaban parte en nues-
tra mortal contienda con los infieles, por devocion algunos,
por espíritu caballeresco otros, y muchos con la esperanza de
hacer en la guerra su fortuna. Los lugares poblados fueron
creciendo hasta convertirse en villas y cindades de fama por
su vecindario, riqueza y privilegios: su conjunto formó los rei-
nos, condados y señorios, y al cabo todos estos dominios se
refundieron en la corona de Castilla.


CAPITULO XIV.


DEL TERRITORIO NACIONAL.


Dos cosas constituyen principalmente un estado, sea reino,
sea república ó imperio, á saber, el territorio y la soberanía.
En efecto, el hombre solo ó en sociedad con sus semejantes,
necesita de la tierra para vivir, ya como espacio ó lugar de
habitacion, ya como el medio más natural de procurarse el
sustento. Asegurada la existencia colectiva, resta formar el
cuerpo político de la nacion, organizando un gobierno cuya


(1) Crón. de D. Alonso el Sabio, cup. XXVI; Ortiz de Zúñiga, Anales ec!o y sea.
de Sevilla, p. 62; Cascales, Discu'l'sos hist6"icos de Murcia, disco 11, cap. VllI; Mon-
déjar, Memorias histódcas de D. Alonso el Sabio, lib. n, cap. XVIII.




142 CURSO
voluntad libre y fuerte probará que hay un pueblo en posesion
de sí mismo) ó dotado de verdadera autonomía.


Para conservar la integridad del territorio, condicion de una
perfecta nacionalidad, han solido y suelen dictarse leyes que
impidan su desmembracion; y si algun pueblo extraño se atre-
viese á invadir la tierra sagrada de la pátria, aquel que fuese
objeto de la agresion deberia acudir á todos los medios de le-
gítima defensa hasta repeler la fuerza con la fuerza, ó resig-
narse á perder el carácter y el nombre de nacion> pues deja de
serlo la que se resigna al yugo extranjero.


Cuando la victoria corona las armas de un pueblo lanzado
en la senda de las conquistas, despues de la incorporacion ma-
teria! de los reinos ó provincias adquiridas segun el derecho
de la guerra, viene la obra lenta y difícil de la agregacion po-
lítica, comunicando á cada parte el espíritu que anima al todo,
es decir, su idioma, religion, leyes, usos y costumbres, para
asimilar los nuevos á los antiguos dominios y convertirlos en
miembros de un solo cuerpo. Las agregaciones violentas de
territorio no se consolidan sino á favor de la unidad nacional.


Los Asturianos, levantando con las ruinas de la monarquía
visigoda su pobre y limitado reino, transmitieron á la posteri-
dad los principios y las instituciones vigentes en Toledo. Era
una de las leyes fundamentales de aquella antigua organiza-
cion política la indivisibilidad del territorio, y continuó sién-
dolo durante la restauracion. Los pueblos germánicos, tan
amigos de la libertad personal, ó como ahora se dice, tan po-
seidos y penetrados del individualismo, no comprendian cómo
la nacion pudiera ser patrimonio de una familia, por lo cual
ni amaron la monarquía hereditaria, ni consintieron reyes con
potestad absoluta. Por eso mismo distinguieron con cuidado
los bienes propios del rey de los inherentes á la corona, reco-
nociendo el dominio privado del príncipe en aquellos con la
facultad de transferirlos en vida ó por causa de muerte á quien
fuere de su agrado, y reservando éstos al sucesor en el trono
'como vinculados en la dignidad real, pues «todas las cosas que
ganaren los príncipes ... porque las ganaron en el regno, deben
pertenecer al regno» (1).


(1) L. 5. tít. 1, lib. n del FHcro Ju,Z{/o.




DE DERECHO POLÍTICO. 143
Varió con el tiempo el curso de laa ideas, y ya los reyes em-


pezaron á creerse con derecho á disponer de una parte mayor
ó menor del territorio nacional. Ocurrió esta mudanza en Cas-
tilla por el influjo poderoso del feudalismo, cuya institucion,
adema:: de suponer la desmembracion de la soberanía, des-
cansaba en el principio que pertenecia la autoridad y juris-
diccion sobre los vasallos á quien era señor de la tierra. Con-
fundidas las ideas de imperio y dominio, nació de su consorcio
el reino patrimonial y hered itarío, de donde se derivó que sien-
do 10.3 hienes paternos divisibles entre los hijos, podian serlo
los estados y señoríos á voluntad del príncipe: resolucion poco
acertada~ escribe Mariana, y que sin emhargo se usará mu-
chas veces, por tener los padres más cuenta con la comodidad
de sus hijos, que con el bien comun.


No faltó quien la contradijese, porque ya se oponían á la di-
visioD de los reinos los primogenitos de los reyes amparándose
en la ley goda ó en su derecho hereditario segun los tiempos,
ya lo~ nobles y los concejos representaban el daño que á la
cristiandad se seguia de desunir sus fuerzas al frente del ene-
migo; pero con todo eso preyaleció algunas veces el amor de
padre contra la razon de estado así en Lean como en Castilla.
Afortunadamente para nosotros los enlaces entre las diversaS
casas reinant~s en la Peninsula concertaban lo que la política
personal de los príncipes habia desconcertado; y por este camino
lleg'aron á juntarse unas en pos de otras, y al cabo se reunieron
en las sienes de Felipe II, todas las coronas que hubo á la parte
de acá del Pirineo, gracias á los mismos intereses de familia y
al órden de suceder establecido en algunos de dichos reinos,
en los cuales no se adoptó la exclusion de la linea femenina.


Fernando 1 el 'Magno que tanto habia dilatado los confines
de Castilla con la espada, cayó en su hora postrera en la fla-
queza de posponer el bien de Sil pueblo al de su prole, si nD fué
ceguedad del rey que temeroso de las grandes revueltas y al-
teraciones aparejadas para despues de sus dias, creyó obrar
con prudencia al partir el reino entre sus hijos, como un me-
dio seguro de dejarlos á todos heredados y contentos; mal con-
sejo y semilla de mayores discordias (1).


(1) Notan algunos historiadores que 01 primer caso de particion del reino ocur-
rió en los tiempos de Alonso III el Magno; mas no aciertan ni decir que este rey




144 CURSO
Para mejor asentar lo ordenado en su testamento, comunicó


su idea con los magnates j untos en las Cortes de Leon de 1064;
Y aunque los más vinieron en ello y lo aprobaron, á otros pesó
de la partíja. D. Sanc~o, porque era el mayor de los herma-
oos, hacia valer Sil derecho de .primogenitura y la ley goda
que declaraba el reíno indivisible, y prorumpia en quejas
amargas ante su padre diciéndole «que él facia en esto su vo-
lnntad, mas no lo que debia, y que él no consentia en ello;» á
lo cual replicaba D. Fer.nando «que él habia ganado aquellos
reinos, y podia hacer de ellos lo que quisiese». La razon esta-
ba por el hijo contra el padre; mas prevaleció la voluntad del
rey, y sobre todo el voto de los magnates que confirmaron el
testamento (1).


Apénas habia el padre bajado al sepulcro, cuando se encen-
dió la guerra entre los hijos, y con tan próspera fortuna para
el nuevo rey de Castilla, que despojó de su corona al de Leon,
y luégo revolvió contra el de Galicia á donde tambien le fué
siguiendo la victoria (2).


No será fuera de propósito advertir que esta primera des-
membracion de Castilla parece resuelta á semejanza del repar-


dividió sus estados entre sus hijos. La verdad es que le su.cecHó el primogénito
D. García, quien ya se nombró rey de Lean, y puso por gobernadores de Galicia y
Asturias con título de reyes á sus hermanos D. Ordoño y D. Fruela, de donde pro-
cede el error disculpable de suponerlos soberanos independientes. V. Sampiri et
Silensi, Ohf'on.


(1) <Habito magnatorum generali conventu suorum, ut post obitum suum, si
fieri posset, quietam inter se ducerent vitam, regnum filiís suis dividero placuit.>
Sil. OMon. V .. Florez, Espaii a Sagrada, t. XVII, p. 327.


< Y desta particion pesó á muchos de los grandes del reino.> Valera, Orón. abr-e;-
viada, parto IV, cap. XXXIX.


La General cuenta el suceso de esta manera: < E cuando el rey D. Fernando esta
p.articion ovoJecha, pesó mucho al infante D. Sancho que era el mayor, que lo avi~
de ayer todo enteramente, é dijo á su padre que non podie, nin devie de derecho
facer esta particion, ca los reyes godos antiguamente ficieron constitucion entre
sí, que nunca fuese partido el su imperio: despues que fuese siempre do un señorío
é de un señor, é por esta razon non lo devia partir,pues lo Dios ayuntara en él,
mas que lo deviera él ayer, que era fijo mayor é heredero.> Parto IV, cap. I.


(2) Aludiendo el monje de Silos oí las guerras que hubo entre los hijos de Fer-
nando el Magno, dice juiciosamente: < Scrutare etenim regum gesta, quia sociis
in reguo nunquam pax diuturna fuit. Porro hispanici reges tantro ferocitatis di-
cuntur fore, quod quum ex eorum stirpe qnilihet regulus adulta retate jam arma
primó sumpserit, sivo in fmtres, seu in parentes, si superstites fuerint, ut ,ius
regale solus olJtinent, pro viribus contendere parat •• Florez, ERpaña Sag1'uda,
t. XVII, p.274.




DE DERECHO POLÍTICO. 145
timiento de los estados de Navarra por Sancho el Mayor entre
SIlS hijos García, Fernando y Ramiro, quien, aunque bastardo,
tuvo su quiñon de la herencia paterna: nueva demostracion
de que la corriente de las ideas feudales arrastraba la del rei-
no patrimonial, de donde provino el abuso de disponer con
entera libertad del territorio, habiendo entrado tan mala cos-
tumbre en Castilla por la misma puerta que dió paso en la
edad media á otras leyes y estilos de Europa, es decir, al tra-
vés de los pueblos vecinos al Pirineo.


Más triste y de peores consecuencias fué la particion hecha
por Alonso VI, cuando al ajustar el matrimonio de su hija na-
tural Doña Teresa con Enrique de Besanzon de la casa de Bor-
goña, le otorgó por via de dote las tierras ganadas á los Moros
en Portugal que formaban á la sazon un gobierno, despues de
este enlace un condado, luégo un reino tributario de Castilla,
y por último un estado independiente contra las leyes de la
naturaleza y de la historia.


No hemos hallado rastro ni vestigio de la intervencion de
las Cortes en semejante acto, ni es probable que la hubiesen
tenido supuesto el origen del reino de Portugal en una dona-
cion de tierras pertenecientes á la corona y transmisibles á la
descendencia de Doña Teresa por derecho hereditario. El rey
usó de liberalidad con aquella hija, como salia en favor de las
iglesias, monasterios y particulares de su propia autoridad y
"in participacion de los brazos del reino.


Desde entónces acá las artes de la política fueron infructuo-
sas para soldar aquel fragmento de la Península, incorporan-
do el Portugal á España, como se incorporaron Lean y Casti-
lla, Aragon y Cataluña, Castilla y Aragon. El casamiento de
D. Juan 1 con Doña Beatriz, infanta de Portugal, fué una ten-
tativa de reunion de ambas coronas, malograda en Aljubarro-
tao Los Reyes Católicos habian puesto la mira en formar un
solo pueblo' con estos dos pueblos hermanos, casando su hija
mayor Doña Isabel con D. Manuel, rey de Portugal. La tem-
prana muerte del príncipe D. Juan facilitaba el proyecto; mas
quiso el cielo cortar casi de un golpe el hilo de tres preciosas vi-
das, las de ambos reales consortes y la del príncipe D. Mig~el,
fruto de tan acertado matrimonio. Por último, el enlace del
Emperador Cárlos V con la infanta Doña Isabel abrió á Fe-


10




146 CURSO
lipe II el camino del trono portugués en el cual lograron sen-
tarse no sólo él, sino tambien su hijo y nieto; pero los des-
aciertos de nuestro gobierno y en particular del Conde-Duque
de Olivares y las alteraciones de Cataluña fueron causa de la
rebelion de Portugal, y de que divididas nuestras armas no
hubiésemos podido reprimir los conatos de independencia de
sus naturales, ni estorbar que elevasen al trono al duque de
Braganza.


Unidas estaban las coronas de Castilla y Leon en los dias de
Fernando el Magno, y aunque se desunieron á su muerte,
pronto volvieron á juntarse en las sienes de Sancho II el de Za-
mora, y despues todavía en las de su hermano Alonso VI. J un-
tas descendieron otra:¡ dos generaciones de reyes hasta Alon-
so VII, el Emperador, que por bien de paz hubo de contradecir
la política de toda su vida, desmembrando el imperio de Es-
paña fabricado con tanta gloria y árcosta de tantos afanes.


Dividió sus estados y señoríos entre sus dos hijos, haciendo
entrar al primogénito D. Sancho en posesion de la corona de
Castilla, y al segundo D. Fernando en la de Leon con el título
de reyes que usaron años ántes de morir su padre (1).


No se hizo esta division sin tener en cuenta la voluntad de
lmfgrandes, y aun parece que más se debió á su consejo, que
al deseo del Emperador, cuya vida se consagró toda á consti-
tuir la unidad posible dentro del régimen feudal.


Acaso fué su ánimo ahogar el gérmen de futuras discordias
entre Castellanos y Leoneses, ó las que podria encender la am-
bicion burlada de D. Fernando, y no sin causa, pues no dejó
de aprovechar el rey de Leonla temprana muerte de su her-
mano, el de Castilla, para apoderarse de este reino y de la per-
sona de Alonso VIII, hijo de Sancho III, el Deseado (2).


(1) Mondéjar dice que D. Sancho y D. Fernando fueron coronados en vida del
Emperador, cada uno en su reino. Mem. hist. de D. Alonso el Noble, caps. III y V.


Eu efecto, Nuñez de Castro cita una escritura del año 1154, la cual dice: • Re-
gnante Sanctio, Imperatoris filio, in Castella, rege Ferdinando, ejusdem Imperato-
ris filio, in Gallecia;, y el Emperador murió en 1157. C .. ón. de D. Sancho el Desert-
do, caps. X y XV.


Mariana supone la divisiou del reino posterior á la muerte de Alonso VII, y
como si lo hubiese ordenado así en su testameuto, en todo lo cual se equivoca.
Hist. de Espalia, lib. XI, caro V.


(2) El arzobispo D. Rodrigo deja entrever que el Emperador temió la discordia
en la~. siguientes palabras: • Post hale e~n8ilio quorumdam eomitum Amalarici ¡Jo




DE DERECHO POLÍTICO. 147
Si Mondéjar, al decir que D. Sancho y D. Fernando fueron


coronados en vida del Emperador, se expresó con exactitud y
escribió bien informado, la intervencion p'e los nobles en el
acto de separar aquellas coronas aparece clara y manifiesta,
porque la ceremonia de la coronacion supone un pleito home-
nage de los señores castellanos y otro distinto de los leoneses;
y esta sola promesa de fidelidad y obediencia llevaba Implícito
el consentimiento en la desunían de ambos reinos.


Sus resultados no acreditan la prudencia del Emperador,
pues la nueva desmembracion del territorio costó mucha san-
gre, yen poco estuvo que no hubiese afligido á toda la cris-
tiandad. Pasando por alto las alteraciones de Castilla durante
la minoridad de Alonso VIII provocadas por la ambician no
satisfecha de Fernando I1, las desavenencias posteriores de am-
bos reyes y las guerras entre Castellanos y Leoneses en los dias
del mismo Alonso VIII de Castilla y Alonso IX de Lean, obser-
varemos que si una sola mano hubiese entónces regido los dos
reinos, no coptaria la historia la rota de Alarcos, ni los Almoha-
des habrian visto inclinarse á sus banderas la victoria que con
el favor del cielo coronó el esfuerzo de los Castellanos, Navar-
ros y Aragoneses en las Navas de Tolosa, miéntras el ofendido
rey de Lean hacia liga con los Moros, y á espaldas de los cris-
tianos corria la tierra de Castilla y se apoderaba de sus forta-
lezas.


El casamiento de este D. Alonso de Lean con Doña Beren-
guela, hija mayor del rey de Castilla, aunque vicioso á causa
elel próximo parentesco de los consortes, y blanco de las cen-
suras eclesiásticas hasta que se cumplió la sentencia de divor-
cio, fué un suceso fáusto á la monarquÍ:1 de España, ~orque
declarada legitima la prole, se reanudaron los lazos que unian
ambas coronas heredadas por Fernando III para nunca jamás
apartarse. Entónces avanzan impetuosas las armas de los cris-
tianos, penetran hasta el corazon de Andalucía, y se rinden
ciudades tan principales como Córdoba, Jaen y Sevilla.


Alonso el Sabio que dió tantas pruebas de inconstancia, con-
tradijo sus propias doctrinas, pues al mismo tiempo que es-
cribía en las Partidas que el señorío del rey era siempre uno,
Lara et Ferdinandi de Transtamarim, discidia seminare vOlentium, divisit regnum
duobis filiia Sancio et Fernando >. De rebus Hisp., lib. VII, cap. VII.




148 CURSO
mandaba en su testamento al infante D. Juan los reinos de
Sevilla y Badajoz y al infante D. Jáime el de Murcia, desmem-
brándolos de la doble corona de Castilla, aunque en calidad
de tributarios. Por fortuna la última voluntad del rey en esta
parte no fué cumplida, mostrando en tal ocasion las Cortes
que la integridad del territorio, en cuanto se ligaba á la uni-
dad nacional, no debia estar á merced de un monarca dema-
siado sensible á los afectos de familia. No fué vana esta pre-
rogativa, pues al ajustar paces Fernando IV rey de Castilla
con Dionis de Portugal en 1297, hubieron de concertarse en
los límites de sus estados, y para señalar la frontera concur-
rieron de ambos lados los nobles, los obispos y los concejos (1).


Publicadas por Alonso XI las Partidas como cuerpo legal,
tanto las antiguas leyes de los Godos, cuanto el derecho con-
suetudinario acerca de la indivisibilidad del territorio, recibie-
ron confirmacion en aquellas palabras que «el señorío del reino
non sea partido nin enajenado;» ley cuya fiel observancia de-
bianjurar los reyes al subir al trono, los tutores al tomar po-
sesion de su cargo, y el reino mismo, prestando el pleito ho-
menage de costumbre, juraba «no hacer ni consentir nada por
que se enajenase nin partiese» (2).


Cuando con motivo de la guerra de Portugal propuso Juan 1
renunciar las coronas de Castilla y Leon en el príncipe D. En-
rique reservándose por los dias de su vida las ciudades de Sevi-
lla y Córdoba, el obispado de Jaen, el reino de Murcia y el se-
ñorlo de Vizcaya, los de su Consejo le pintaron con tan vivos
colores los daños que de particiones semejantes habian sobre-
venido y los peligros que de llevar á cabo su pensamiento ame-
nazabin al rey y al reino, que tomó el acuerdo de seguir go-
bernando sin ceder una sola almena, conforme al deseo de
cuantos amaban su servicio (3).


La reina viuda Doña Catalina y el infante D. Fernando de
Antequera, tutores de Juan I1, juraron en las Cortes de Se-
govia de 1406 no partir ni consentir que se partiesen ni ena-
jenasen los reinos y señoríos de Castilla y Leon ántesde em-


(1) Garibay, Comp. historial, lib. XIII, cap. XVI.
(2) L. 5, tít. xv, Parto JI: < Como el rey o todos los del reino dehen guardar que


el señorío sea siempre uno, e no lo enajenen nin lo departan'.
(3) C,·ón. rle D. J""" J, año 1390, caps. 1 ~. TI.




DE DERECHO POLÍTICO. 149
pezar á gobernarlos, é igual juramento prestaron los Reyes
Católicos en Iris de Segovia de 1474, D. Felipe y Doña Juana en
Valladolid el año 1506, el Emperador en Valladolid el 1518,
Felipe II en Toledo el 1560, y los posteriores al tiempo de su-
ceder en la corona (1).


Sin embargo de tan solemnes promesas y juras, no siempre
fueron guardadas las leyes. tocantes á la integridad..,del terri-
torio, pues muchos tratados de cesio n se ajustaron y celebraron
por los reyes sin la intervencion anterior ni posterior del reino
junto en Cortes. Mudanzas de los tiempos y estilos nuevos que
procuran disfrazarse con capa de bien comun unas veces, y
otras pasan so color de razon de estado ó modos de gobierno.


CAPITULO XV.


FORMACION É INCORPORACION DE LOS REINOS
DE LEaN y CASTILLA.


Cuando Oppas, el traidor y malvado arzobispo, en su calidad
de mensajero de Alcaman, requiere á Pelayo para que deponga
las armas y se someta á la obediencia del príncipe de los infie-
les, el caudillo de los cristianos, menospreciando la paz con que
se le convida, responde: « Confiamos en la misericordia divina
que de aquÍ saldrá la restauracion de España y de la antigua
gloria de los Godos, y contando con el favor del cielo, tenemos
en poco esa muchedumbre de paganos». Entónces, vuelto
Oppas á los suyos, les dice: « Aparejáos al combate, que no los
reducireis sino por la fuerza». Dios acudió en auxilio de los
nuestros, y la victoria de Covadonga fué el primer premio que
otorgó á"la fe acendrada de los Godos (2).


Sea ó no sea fiel en todas sus partes la narracion del suceso,


(1) C,·6n. de D. J""", [l, año 1406, caps. XXIII y XXIV; Sandoval, Hist. de Cár-
los V, lib. IIl, § VIII; Herrera, Hist. general del mundo, lib. X, cap. XIII; Cabrera,
Hist. de Felipe [J, lib. V, cap. XV!I, etc.


l2) Sebast. Sulmallt. ep. Chron.




150 CURSO
basta que así lo escriban los cronistas contemporáneos para
comprender el espíritu de aquel pueblo en aquel siglo.


El limitado territorio que sirvió de refugio a los cristianos y
de cuna á lá monarquía española, dió origen y nombre glorio-
so al reino de Asturias ó de OviedQ, pues de ambos modos sue-
len llamarle los historiadores. El erudito Ambrosio de Morales
pretende que alguna vez llevaron los primeros reyes de Espafía
el título de reyes de Gijon, fundandose para ello en estas pala-
bras de un antiguo privilegio del monasterio de Santa María
de Obona : A delgas ter , jllius Gegionis regís,. pero el P. Yepes
observa á dicho propósito que Morales no vió sino un traslauo
incorrecto de la escritura, cuyo original dice 8ilonis y no Ge-
gionis, quedando así de manifiesto que sus conjeturas se fun-
dan en un yerro del copista: leccion despues adoptada por todos
los doctos y los versados en la diplomatica (1).


Eran entónces cabeza del nuevo reino ya Cangas ya Pravia,
villas de escaso vecindario, pero al fin proporcionadas para
corte de aquellos humildes reyes. Alonso II, el Casto, trasladó
la silla de la monarquia de Asturias á Oviedo, en donde sub-
sistió hasta que Ordoño II repobló la ciudad de Leon y quedó
en ella de asiento el gobierno, dejando ya de estar en uso el
nombre ,de rey de Asturias por el de rey de Lean, tí(ulo signi-
ficativo de mayor autoridad y grandeza.


Al mismo tiempo Galicia constituia un reino dependiente del
de Lean, gobernado, si no siempre, algunas veces por un hijo
ó hermano del rey, que de ordinario pasaba de aquella digni-
dad á ceñir la corona de Pelayo. Estaba Galicia mal trabada
con la monarquía leonesa; y así eran frecuentes las rebeliones
de los Gallegos y las in~delidades de sus condes, y no faltaron
ejemplos de haber alzado rey, logrando despues sentarlo en
más alto sólio.


Entre tanto en cierto rincon de las montañas de Aguilar se
e¡;¡condla la pJlqueña provincia Lauretana, cuya cabeza era
Amaya~"r-esidencia de un conde D. RolÍrigo por los afias 76l.
De tati humildes principios procedió el condado, y despues rei-


¡


(1) Morales, Cró'!. gfmB~a!, lib. XIII, cap. xXlv;Yep~s, Crón. de la órden de San
Benito, t. I1I, fol. 215; Sa¡;tuoval, Cinco obispos, p. 129; F1orez, España Sagrada,
t. XXXVII, p. 306.




DE DERECHO POLÍTICO. 151
no de Castilla, habiendo llegado á ser la antigua ciudad de
Búrgos asiento y corte de sus reyes (1).


Fueron los Castellanos gobernados por condes sujetos á la
obediencia del rey de Leon. Con el tiempo se quebrantaron es-
tos vínculos entre el señor y sus vasallos hasta el punto de
formar Castilla un estado independiente segun unos, y segun
otros se relajaron sin quebrantarse, de modo que nunca fueron
los condes soberanos. La época en que ocurrieron semejantes
sucesos es incierta; pero sin duda posterior al siglo X, en que
floreció el conde Fernan Gonzalez, pues con ser tan esforzado
y poderoso, todavia, de grado ó por fuerza, hizo pleito home-
uage á Ordoño III (2).


Que los condes de Castilla hubiesen intentado no una, sino
varias veces, sacudir el yugo de los reyes de Leon declarán-
dose en rebelion abierta contra su señor natural, esta fuera de
duda; mas que hubiesen alcanzado la libertad apetecida sin


"" sujeccion ni reconocimiento superior, no parece probable (3).
(1) No están acordes los historiadores respecto á la fundacion y poblacion de la


ciudad de Búrgoa. Los más atribuyen esta gloria á D. Alonso In el Magno, y no
faltan pruebas de ello, segun puede verse en Ambrosio de Morales, Orón. general,
lib. XV, cap. XVI. OtroS remontan su antig1ledad á los tiempos de D. Alol'lso 1 el
Católico, apoyándose en la autoridad de Sebastian, obispo de Salamanca, en cuya
breve historia escrita hácia el año 870, se lee: • Ea tempore populantur Primarias,
Levana, Transmera, Supporta, Carranza, Burgis qure nunc appellantur Castel-
la, etc.' Tal vez el Católico fundó las villas y lugares que el Magno mandó reco-
ger al amparo del fuerte ó castillo edificado sobre el cerro que domina la ciudad;
de suerte que á uno y otro rey cabe su parte de gloria, por haber aquél poblado y
este juntado la poblacion y cercádola de muros.


(2) • Fernandus vera supradictus, quia socer ejus (Ordonii) erat, volens nolena,
cum magno metu ad ejusdem servitium properavit .• Si/ens. Chron.


Mucho varían los historiadores tratando de averiguar el principio de la indepen-
dencia de Castilla. Algunos la remontan á los tiempos de Pelayo, salvo el protec-
torado de los reyes de Asturias y Leon, como Salazar de Mendoza en su Monarquú.
de España, lib. n, tít. IV, cap. V!l!. Esta opinion no es digna de exámen.


Otros señalan el origen de la independencia del pueblo castellano en el rj!illado'·
de Ordoño n, cuando mand6 matar á los cuatro condes Nuño Fernandez ,.Farnan:
Ansurez, Almondar el Blanco y su hijo D. Diego. Rod. Sanct.,Hist.Hisp. V. Hisp;
illust'tata, t. 1, p. 163.


Otros, ~iguiendo al arzobispo D. Rodrigo y á D. Lúcas de Tuy; pretenden que.este
suceso ocurrió en los di as de Ordoño IV el Malo. Berganza, Antigüedades de Espa-
.7a, lib. IV, cap. VI j Mármol, DOilcripcion genera! de Afr"icalt. 1, fol. 131.


Otros desde Sancho 1 el Gordo. Ambrosio de Morales, Cl<ón. general, lib. XVI,
cap. xxx j y otros, en fin, desde Ramiro IlI. Salazar de Castro; Hist. de la casa de
Lara, lib. n, cap. II.


l3) El P.Risco sustenta que los condes eran todavía dependientes de los reyes de




152 CURSO
Dice Ambrosio de Mor!11es que desde Sancho 1 en adelante el


condado de Castilla fué señorío por sí, y los reyes de Leon no
tuvieron ya que ver con los condes para mandarlos (1). Es po-
sible que los condes, favorecidos de las circunstancias, hubie-
sen gozado de una independencia de hecho tal como se infiere
del ejercicio de las prerogativas esenciales de la soberanía, á
saber, poblar, dar fueros, exigir tributos, hacer la guerra, ad-
ministrar justicia, y con todo eso no quedaria probado que hu-
biesen adquirido la independencia de derecho, sin la cual Cas-
tilla no puede ni debe reputarse estado libre y exento de
vasallaje ..


La indisciplina propia de aquellos tiempos explica cómo los
condes de Castilla, aprovechándose de la flaquezoc de los mo-
narcas de Leon,.se alzaron con la tierra que gobernaban en su
nombre y consiguieron establecer la su~esion hereditaria (2).
Abrió fácil camino á su ambicion la acongojada minoría de
Ramiro III á quien fatigaron en-extremo los Normandos, los
Moros y los condes rebeldes de Galicia que tomaron por rey al
infante D. Bermudo. Embarazado el de Leon con tantas guer-
ras, mal podia restablecer su autoridad en Castilla; y así fué
que Garci Fernandez y Sancho García continuaron en la po-
sesion de la recibida de su padre y abuelo.


Sin embargo, no hubo desmembracion de soberanía, puesto
que el conde D. Sancho confirmó en el año 999 una escritura
de donacion hecha por el rey á la iglesia de Leon, y puso al
pié de ella su nombre despues del de D. Menendo, conde de
Galicia; y aun más claro se ve en un privilegio otorgado por
Alonso V en 1012 donde dice: O onstituti JUeJ'unt omnem togam
Palatii, Episcopi et comites Oastellce seu Gallecice, et adjuto1'
meus sancius Oomes. La palabra adjutor puede traducirse lu-
garteniente, porque en efecto el rey dió á los primeros condes
las tierras que poseían en tenencia, aunque despues, ya la con-
tinuada posesion, ya el acrecentamiento del condado de Casti-


Lean en el reinado de Alonso V. Ilist. de la ciudad y corte de Lean, t. 1, p. 239. El
doctor Martinez Marina no admite tal independencia. Ensayo hist., lib. lIl, núme-
ros 18 y 23.


(1) Cr6n. general, lib. XVI, cap. xxx.
(2) El conde Fernan Gonzalez fué con grande ejército sobre las orillas dol Duero


con ánimo de hacer suyas las conquistas del rey de Leon Sancho 1. Refiriendo
Sumpiro el suceso, tlico que el conde < tonebat terram callielo adversus regem >.




DE DERECHO POLÍTICO. 153
Ua en virtud de la reconquista y por las armas de los Caste-
llanos, hubiesen parecido á sus sucesores títulos justos para
reputarse propietarios. De todos modos la palabra adiutor im-
plica el reconocimiento de la supremacía.. del rey de Leon.


Es verdad que en vários documentos se usa la fórmula re-
gnante comite Fernando in Oastella (1030); pero tambien se
usaba por el mismo tiempo la muy distinta Fredinando comí-
tatum gel'ente (1032). Reinando debe interpretarse por rigiendo
ó gobernando, ni puede ser otra cosa, puesto que se halla la
frase 1'egnaJ¿te Roderico comite in OasteZla en escrituras del
siglo VIII cuando los condes de Castilla eran todavía obedien-
tes á los reyes de Leon, y ántes que Ordoño II hubiese hecho
rigorosa justicia de ellos, quía erant eí rebelles.


Por último, refiere Sampiro que Alfonso III celebró Cortes ó
Concilio mixto en Oviedo, año 901, al cual asistió con otros
condes el de Castilla; de donde se colige que tenia lugar seña-
laflo entre los próceres de la monarquía leonesa; y aun añadi-
mos que el acto de concurrir á las Cortes implicaba el recono-
cimiento de la soberanía de los reyes de Lean, como el no
acudir á su llamamiento se reputaba desobediencia y desleal-
tad. Asi, á falta de pruebas, se acumulan los indicios de que
nunca fué un estado independiente el condado de Castilla .
. El casamiento de Doña Mayor, hermana del conde García II
y su heredera, con Sancho el Grande, rey de Navarra, y la ex-
tincion de la línea masculina con la temprana muerte de aquél,
proporcionaron á éste una favorable ocasion de alzarse, como
se alzó, con la soberanía de Castilla. Cercana su hOi'a suprema,
distribuyó los reinos que poseía entre sus hijos; y al segundo,
llamado Fernando, dejó la tierra de Castilla y otras conquis-
tadas al reino de Lean.


Concertado el matrimonio de Fernando con Sancha, herma-
na de llermudo III de Leon, capitularon que el antiguo con-
dado de Castilla seria elevado á reino; de suerte que Fernan-
do 1 el Magno gobernó Castilla con el título de conde desde el
año 1029 hasta el 1032, en el cual tomó el de rey: otro indicio,
sino pt:ueba, de la dependencia de dicho estado, pues no se ha-
bria solicitado el consentimiento de Bermudo, si no tuviese
derecho de otorgarlo en razon de su soberanía.


Entónces se unieron por la primera vez las dos coronas para




154 CURSO
separarse muy pronto, cuando Fernando el Magno, siguiendo
el ejemplo de su padre, dividió los reinos, estados y señoríos
heredados y adquiridos por conquista entre sus cinco hijos,
como si fuesen patrilllonio de su familia. Sucedieron civiles
discordias y guerras fratricidas, cuyo término y desenlace fué
alzarse Alonso VI con toda la herencia de su padre.


La próspera fortuna de este rey, ó por mejor decir, su fuerte
corazon y constancia en los trabajos le permitieron recobrar á
Toledo y otros lugares de la comarca que componian un reino
de los 2\foros con el cual acrecentó sus dominios; y dueño de
la ciudad, trasladó á ella la corte y asiento de su gobierno.


Hubiera sido Alonso VI uno de los reyes más hábiles y ven-
turosos en labrar la grandeza de Castilla, á no haber caido en
la debilidad de dar en dote á su hija natural Doña Teresa el
territorio arrebatado á los Moros en Lusitania desmembránuol0
de su corona; falta grave en quien supo reunir las de Castilla,
Leon y Galicia y ganar la de Toledo.


Alonso VII fué coronado Emperador ó rey de reyes por ha-
berle reconocido muchos por superior declarándose sus tribu-
tarios. En los documentos contemporáneos se titula Rex in tota
8pania, ó bien lmperator constitutus super omnes Ispanif13
nationes , porque en efecto le rendian vasallaje vários princi.
pes soberanos, y no sólo de acá, pero tambien de allá del Piri-
neo, entre ellos Ramiro de Aragon, García de Navarra, Alonso
ue Portugal, el emir de Zaragoza Safad -Dala, Alonso J ardan
conde de Tolosa, y otros duques y condes de Francia y Gascu-
ña. Alonso VII caminaba á la unidad en el Imperio; mas iba
muy delante de su siglo, y aun él mismo deshizo su propia
obra al coronar en"vida á sus hijos Sancho y Fernando, aquél
rey de Castilla y éste de Lean.


Volvieron ájuntarse ambos reinos, para nunca dividirse, en
la persona de Fernando IlI, quien ganó con la espada y resca-
tó del poder de los Moros las ciudades y reinos de Córdoba,
Jaen, Sevilla y Murcia, y los incorporó en su corona.


Alonso X, el Sabio, hizo á su nieto el infante Dionis de Por-
tugalla merced de ~lzarle el tributo y vasallaje que los reyes
de dicho reino debian á los de Castilla, y desde entónces fueron
exentos de venir á nuestras Cortes y de servir con trescientos
caballeros en nuestra guerra con los Moros; liberalidad re-




DE DERECHO POLÍTICO. 155
prensible, pues la política aconsejaba estrechar los vínculos
con el pueblo vecino en vez de aflojarlos, mal vista de los no-
bles enojados ya contra el rey por otras causas, y uno de los
motivos ó pretextos alegados para apartarse de su servicio.


Juan 1 tenia títulos muy justos a la corona de Portugal por
su mujer Doña Beatriz heredera del reino; tnas los portugue-
ses, agraviándose de obedecer a un príncipe extranjero, opu-
sieron las armas a los derechos, alzaron por rey al Maestre de
A vís, y despues de una guerra larga y porfiada, se ajustaron
treguas, y luégo paces, perdida la ocasion de obtener la uni-
dad del territorio y de preparar la fusion de todos los reinos
cristianos de la Península en una sola monarquía con sus lí-
mites naturales.


Aunque en los reinados sucesivos cayeron. muchas y muy
buenas ciudades de los Moros en poder de los cristianos, nin-
guna era cabeza1.e reino, reservando el cielo a los Reyes Ca-
tólicos la gloria de unir a la corona de Castilla la de Granada,
y de recobrar todo lo que faltaba para completar el territorio
que ocho siglos ántes poseían los Visigodos.


Con el venturoso enlace de Fernando é Isabel se logró reu-
nir las coronas de Castilla y Aragon. Esta comprendia no sólo
el pequeño reino de su nombre, sino tambien los de Valencia
y Mallorca y el antiguo condado de Barcelona, ademas de otros
estados y señoríos fuera de la Península. Así, toda la tierra
comprendida entre el Occéano, el Mediterráneo y el Pirineo,
salvo Portugal, pertenecia á un solo soberano.


Queda dicho en el capítulo anterior cómo los Reyes Católicos,
perseverando en su elevada política de formar de toda la Pe-
nínsula un grande imperio, concertaron bodas que debian con-
fundir los derechos de las dos casas reinantes en España y Por-
tugal, y cómo la Providencia en sus secretos designios, frustró
las esperanzas de tres reinos. Asimismo hemos advertido que
Felipe II ocupó el trono portugués con justo título, y lo perdió
Felipe IV, cargando él ante la posteridad con sus propias cul-
pas y con las de sus antepasados.


Navarra fué incorporada á Castilla por Fernando el Católi-
co, quien preparó con arte la invasion de aquel pequeño reino
y lo subyugó con las armas. No podia resistir mucho tiempo
á la presion de dos vecinos tan poderosos como Aragon y Cas-




156 CURSO
tilla, sobre todo despues que ambos estados fueron regidos por
un solo cetro.


Tales son las vicisitudes por que pasaron estos reinos, naci-
dos como arroyuelos en el seno de las montañas, y transfor-
mados en rios caudalosos que van recogiendo en su curso lus
aguas de sus tributarios.


CAPITULO XVI.
DE LA UNIDAD NACIONAL.


Si algunas de las causas que impidieron fundir dos pueblos
en uno solo bajo la dominacion de los Godos desaparecieron Ó
se debilitaron en el periodo de la reconquista, en cambio otras
causas no ménos eficaces hacen imposible á la restauracion
cristiana constituir la unidad en la legislacion, el territorio y
el gobierno. Con las reliquias de la monarquía visigoda se le-
vantó el reino de Asturias, el cual ~levaba hondamente impre-
so el s~llo de su origen; no para conservarlo en su pureza pri-
mitiva, sino para modificarlo segun las necesidades del tiempo
que impelia á toda Europa hácia el régimen feudal, y las par-
ticulares condiciones de España en perpétua guerra con 10;3
Moros.


Pelayo es el sucesor de Rodrigo y el descendiente de Recare-
do. El Forum Judicum contiene el derecho comun de los cris-
tianos que defienden su libertad y no desesperan de la salva-
cíon de la pátria. Alfonso el Casto restablece en su pobre corte
de Oviedo el órden legal que existia ántes de la invasion de los
Árabes en la antigua ciudad cabeza del reino y morada escogi-
da de los reyes visigodos; y Bermudo JI restableció y confirmó
las leyes de Wamba, sino todas las de sus antecesores (1).


(1) e Omnem Gothorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in Ecclesiam, quam
Palatio, in Oveto cuneta statuit.> Chron. Albeldense; V. Florez, España Sagrada,
t. XIII, p. 453 .


• Vir satis prudens (Veremundus lleges Wamhane principe conditas, firmavit.·
Silense Chron., n. 68.


oHic leges Gothorum liheraliter confirmavit •• Rod. Tolet., De rebus Hispanim,
¡th. V, cap. l>1lI.




DE DERECHO POLÍTICO. Hí7
No eran las circunstancias favorables al arraigo y desenvol-


vimiento de la unidad nacional. 'l'odavia se conservan restos
de la distincion de razas, ya en las crónicas al referir sus au-
tores el abolengo de los primeros reyes de Asturias, ya en
ciertos documentos públicos ó privados en que los nobles más
orgullosos cuidan de consignar que la sangre goda circula por
sus venas.


Mayor obstáculo al desarrollo del principio de la unidad
ofrecia el estado permanente de guerra que imposibilitaba á
los reyes de extender su autoridad á los pueblos distantes de la
corte y expuestos á las injurias del enemigo. Viéndose desam-
parados ó débilmente protegidos, apelaban al extremo de
proveer á su defensa, y la costumbre de confiar en sus propias
fuerzas los dias de peligro, fomentaba la inclinacion á regirse
y administrarse por si solos 6 con leve dependencia del monar-
ca, sal,,? en lo tocante á la justicia y algunos otros atributos
esen~s de la soberanía, y aun esos menguados.


T,lilaos en la edad media conspiraban á la desmembracion de
la~beranía y se repartian sus despojos; el clero y la nobleza
con sus privilegios, los concejos con sus libertades. Prevale-
cian sobre las instituciones centrales las locales, y por falta de
una suprema autoridad á cuya sombra se desarrollase la uni-
dad política, no habia nacion, ni siquiera se concebia la idea
de una pátria comun, cerrando el horizonte de los hombres de
humilde condicion la iglesia, el castillo feudal ó los muros de
la ciudad ó villa donde florecia el municipio con sus magis-
traturas populares.


Quedaban algunos vínculos que impedian la disolncion de
aquella mal trabada comunidad, pues al fin los reyes otorga-
ban cartas pueblas y fueros municipales, cobraban tributos,
ejercian la alta jurisdiccion civil y criminal y convocaban las
Cortes ó Concilios. El lazo más fuerte de union entre los pue-
blos era la religion que profesaban, y el grado mayor de au-
toridad real consistia en convocar á las gentes y acaudillar la
hueste en campaña.


Cuando las instituciones locales se elevaron hasta rodear el
trono tomando los procuradores de los concejos asiento en las
Cortes del reino, y los fueros municipales cedieron el paso á
una legislacion uniforme, y la justicia se fué incorporando en




158 CURSO
la corona, y todo, quebrantado el feudalismo, gravitaba hácia
el centro de la monarquía, entónces empezó á constituirse la
unidad política, camino el mtts corto y seguro para llegar á la
unidad nacional.


Contrariaban esta fuerza de atraccion las diferencias de orí-
gen, de príncipes, leyes y costumbres de los diversos estados
que formaron el reino de Castilla. Galicia, ocupada por los Sue-
vos, no perdió su independencia hasta que la sometió Leovi-
gildo. Los Moros nunca estuvieron allí de asiento, y así con
facilidad la ganó Alonso el Católico toda entera, y aun cruzó
victorioso el rio Miño. La union de Galicia con Asturias no fué
muy cordial, puesto que los Gallegos se rebelaron contra Silo,
acaso con ánimo de tener rey propio, siendo vencidos y doma-
dos en esta guerra (1). Otras tres rebeliones ocurrieron en los
reinados no muy distantes de Sancho 1, Bermudo II y Bermur
do III sofocadas no sin trabajo y efusion de sangre. Bien dicq
el cronista Ambrosio de Morales: « Nunca en Galicia faltaban
algu~as rebeliones y levantamientos contra los reyes».


No era extraño, porque además de que la autoridad de los
de Asturias y Leon se debilitaba en los extremos, no parecia
ser la fidelidad una virtud muy propia de los condes y señores
principales de Galicia; y añadíase á esto la costumbre (bien que
interrumpida) de tener los Gallegos reyes distintos ó goberna-
dores con título de reyes, como lo fueron Ramiro 1, Alonso el
Magno, Ordoño n, Ramiro n y otros, con lo cual se alimenta-
ba el espíritu de independencia de los naturales. Como los Ga-
llegos moraban léjos de los Pirineos y no muy cerca de la fron-
tera de los Moros, ni seguian los usos de los Francos, ni ex pe-


(1) Dice la crónica: dste ( Syl0 ) cum Ismaelitis pacem habuit, populos Galleciro
contra se revelantes in monte Cuperium, roello superavit, et suo imperio subjuga-
vit.> Salmant. Ch .. on.


Amhrosio de Morales refiere que Silo hizo la guerra á los Gallegos que se rebe-
laron, y añade: «Parece que viéndose ya muchos cristianos on aquella provincia,
con estar de hecho poblada ... debieron querer tener su rey propio, sin sujeccion al
do Asturias >. C .. 6n. !}Bne-ral, lib. XIII, cap. XXIV.


Sandoval lleva más adelante su conjetura en las palabras siguientes: • Hizo
guerra á los Gallegos, y entiendo que fué por el favor que hacian á D. Alonso, qua
fué el rey Casto, que habiéndole quitado los tios el rcyno, lo recogieron ... y pre-
tendiendo como leales restituirlo en el reyno, levantaron gente, y D. Silo vino con-
tra ellos ... y se dieron batalla, en la cual fueron los Gallegos vencidos >. Cinco
obispo." p. 106.


De cualquier modo, siempro resulta que eran fiojos los lazos de la o hediencia.




DE DERECHO POLÍTICO. 150
rimentaban por entero el influjo de la conquista; y por esta
causa conservaron cierto carácter indócil y obstinado que su-
fria con impaciencia el yugo de los reyes distantes y se rebe-
laba contra la disciplina.


Leon y Castilla alimentaban antiguas rivalidades exacerba-
das con las violencias de Ordoño JI; Y así, por vengar á sus
condes, tomaron las armas los Castellanos, y lograron consti-
tuir desde los tiempos de Fernan Gonzalez un gobierno aparte,
no sin reconocer la supremacía de los reyes de Lean, sobre todo
cuando ocupaban el trono hombres de tan fuerte corazon como
Ramiro II y Ordoño IlI. Pudo la incorporacion de ambos esta-
dos en el reinado de Fernando el Magno calmar los ódios de
Castellanos y Leoneses; mas toda separacion los reanimaba,
agriándose los ánimos con las cuestiones de límites y prepon-
derancia,p~rque Lean esforzaba su antigüedad y Castilla le
oponia su grandeza. Participaban las ciudades de esta viva
emulacion, como Burgos que pretendia la primera voz en las
Cortes por ser cabeza de Castilla, y Toledo que la revindicaba
para sí á título de Urbs Regia de los Godos.
, La reconquista, conservando la denominacion y respetan-


do los confines de los diversos reinos en que se desmembró
el señorío de los Árabes, perdia la mejor ocasion de estable-
cer la unidad política, pues agregando á la doble corona de
Leon y Castilla los reinos de Toledo, Córdoba, Jaen, Sevilla,
Murcia y Granada, más propendía á la confederacion que á
la formacíon de un solo estado, segun con venia á un solo go-
bierno.


Daba pábulo á este espíritu de discordia la legislacion foral
otorgando tan diferentes privilegios y franquicias, cuantas
eran las ciudades, villas y lugares de los reinos ó poco ménos,
porque cada cual se gobernaba por sus leyes municipales ó
recibia el fuero de otra poblacion señalada. Así era que nunca
se invocaba el nombre de la libertad, sino de las libertades, ni
se inquietaban los pueblos por las ajenas con tal de asegurar
las propias, ni llegó á percibirse toda la importancia de hacer
causa comun para defenderlas salvo en los casos de extremo
peligro, acudiendo al medio tumultuario y pasajero de formar
ligas ó hermandades.


Fernando III, mandando trasladar al romance el FO'fum




160 CURSO
J1tdicum y dándolo por fuero municipal á muchas poblacio-
nes, preparaba la unidad nacional á favor de la unidad legis-
lativa; pensamiento que hubiera completado con la publica-
cion de un código general, si otros cuidados no hubiesen lle-
nado sus dias. Dichoso á medias su hijo Alonso el Sabio, levantó
el más duradero monumento á su gloria formando las Parti-
das, que las turbaciones de aquel reinado no le permitieron
proclamar unica fuente del derecho comun al tenor de sus de-
seos. Era el rey en sabiduría muy superior á su siglo; pero
faltóle en esto, como en otras cosas, la. prudencia necesaria
para sortear la opinion contraria á tan grave reforma. Con
más habilidad ó fortuna logró promulgarla.c; Alonso XI en las
Cortes de Alcalá de Henares de 1348, y desde entónces, aunque
en ultimo lugar, tienen fuerza obligatoria.


Al mismo tiempo que las leyes se uniformaban, propendia
la administ~acion á concentrarse, pasando á las manos del rey
la mayor y mejor parte de las antiguas facultades de los con-
cejos; y no apresuraba poco esta mudanza la institucion de
los corregidores, magistrados sumisos á la corona, que tenian
debajo de su autoridad á los alcaldes ó jueces de fuero, cuyo
orígen pop~lar contribuía no poco á mantener vivo el espíritu
municipal.


En suma, todo cuanto dijéremos en el discurso de este libro
que fué fin ó medio de levantar ó robustecer el poderío de los
reyes, favoreció el desarrollo del principio de la nacionalidad,
porque la cabeza regía los miembros y daba unidad al cuerpo
político que la nobleza y los concejos por distintos caminos
habian descoyuntado. .


Ni las reiteradas tentativas del gobierno para establecer 1111
derecho comun, ni los pasos dados en la peligrosa senda de la
centralizacion administrativa produjeron resultados sino á


....


memas, puesto que hoyes, y todavía España, si bien se mira,
parece un conjunto de reinos que obedecen al mismo príncipe,
y no una sola é indisoluble monarquía. Por eso relajándose
los vínculos sociales en los tiempos de discordias intestinas,
retoñan las tendencias al federalismo.


La política de Felipe Il, ora blanda y suave, ora fuerte y vi-
gorosa, tomó por norte la unidad, promoviendo enlaces entre
las familias poderosas de los distintos estados y dominios de la




DE DERECHO POLÍTICO. 161
corona de España, y rodeándose de Consejos que obedecian á
un superior impulso (1).


El conde-duque de Olivares habia tambien imaginado apre-
tar los lazos que unian flojamente los reinos y señoríos de Fe-
lipe IV, á fin de repartir las cargas entre todos sus vasallos con
justa proporcion, y fortalecer de este modo la autoridad del
monarca; mas pecó de atrevido su pensamiento en cuanto de-
biera mirar como imposible ligar partes tan distintas y remo-
tas que no podian subsistir largo espacio bajo una obediencia,
ni gobernarse por una cabeza, ni tener un solo corazon (2).


Todavía en el reinado de Felipe V distaba mucho España de
haber consolidado la unidad nacional, segun se colige de las
perplejidades del gobierno legítimo y de los partidarios del
Archiduque en el trance de empeñarse la guerra de suoesion.
Sin embargo, la abolicion de los fueros de Cataluña y la con-o
vooatoria de las primeras Cortes generales del reino son dos
hechos favorables á la union y dignos de memoria (3).


Desde entónces acá el espíritu nacional fué creciendo yar-


(1) .Para vincular la conformidad de los súbditos hacia casar nobles de Aragon
en Castilla, de Cataluña, Valencia, Navarra, Portugal é Italia alternando, porque
haciéndose la sangre una por la afinidad, lo fueseu las obligaciones, intereses y ra-
zones de acudir á esta monarquía.> Cabrera, Hist. de Felipe 11, lib. V, cap. XVII.


(2) .Desde este tiempo se manifestó el deseo que el conde (de Olivares) tenia en
su mente de unir las provincias de la monarquía en gasto respectivo para la de-
fensa comun, reconociendo el agravio é imposiblo duracion de acudir unos al sus-
tento de todos, y gozar otros el fruto de la quietud á costa de éstos ... Propuso 'luo
si eran poderosos seis príncipes moderados, pero bien unídos, se considerase cuán-
to más lo podian ser, si se uniesen los muchos reinos de S. M. tanto mayores que los
opuestos, y tanto más fáciles de ajustar estando debajo de una obediencia, que eso-
tros que eran de diversos dueños ... porque si Portugal viese, cuando Lisboa fuese
acometida de una armada extranjera, que los Castellanos á porfía iban áJIlorir á su
lado; y si los Castellanos, v\endo esta misma armada sobre Cádiz, notasen igual
amor y correspondencia en los Portugueses; si Nápoles, Sicilia y Milan viesen en
socorro de un peligro las banderas de Aragon, Valencia y Cataluña, y estas coro-
nas en igual conflicto en su socorro á los Napolitanos, Sicilianos y Milaneses, no 118
posible, etc.> Fragmentos históricos de D. Gaspar de Guzman, conde de Olivares, pO~r
el conde de la Roca. V. Valladares, SemanMio erudito, t. Ir, págs. 224, 228.


El cronista Sandoval escribia asimismo por este tiempo: • Fuera bien que to¡las
las provincias de España fuesen una en gentes, leyes y costumbres, con que los re-
yes fueran más poderosos, y los corazones de los vasallos uno, y así el reino inven-
cible >. CincO Reyes, fol. 2.


(3) Decian el cardenal Portocarrero, el conde de San Estéban y los marqueses del
Fresno y de Mancera en el Consejo de Estado, que • tenia peligro la dilacion de
elegir heredero, porque si en este estado faltase el rey (Cárlos JI), arderia la mo-
narquía en guerras civiles con la natural aversion de Aragoneses, Catalanes y Va-


11


...




162 CURSO
..


raigánclose con el progreso de las ideas é intereses úOlDunes.
Las aduanas de tierra establecidas entre Castilla, Aragon, Na-
varra y Valencia; los derechos de tránsito, portazgo y otros
reales, señoriales ó municipales; los privilegios exclusivos de
ciertas ferias que impedian hacer de España un solo mercado;
la diversidad y desproporcion de las monedas corrientes en los
distintos reinos peninsulares; la falta de comunicaciones fáci-
les que ligasen los pueblos y las provincias, en fin todos los
obstáculos á la unidad económica eran asimismo impedimen-
tos á la constitucion de la unidad politica que debia empezar
por la del territorio (1). Hoy no es así. Los tiempos de la im-
prenta, del vapor y de la electricidad, tres fuerzas capaces cada
una por si sola de transformar el mundo, no son propicios á
resucitar el individualismo triunfante enJa edad media.


Es verdad que la topografía de España, sus tradiciones no
del todo muertas, sus medios incompletos de correspondencia
y de cambio, la variedad de sus idiomas y dialectos y un vicio
antiguo de nuestra raza propensa á la indisciplina son rémo-
ras de la unidad política; pero á la desmembracion de los es-
tados se opone la corriente de las anexiones, y á los conatos
de federalismo el principio moderno de las nacionalidades.


CAPITULO X VII.
DE LA MONARQUÍA.


Ninguna institucion politica cuenta Ul'!.a vida tan larga, ni
ha sido tan generalmente aceptada como la monarquía Ó el


• lencianos á Castilla '. Comentarios de la guerra de España por el marqués de San
Felipe, t. l, p. 11.


El conde de Frigiliana confirmaba esta opinion, añadiendo que -lo ¡¡UC decretasen
en Castilla no lo aprobarian los reinos de Aragon, eternos émulos de la gram]eza
de aquélla, con la que seria infalible la guerra civil.> Ibid., p. 12.


Celebráronse Cortes en Madrid el año 1109 para jurar heredero de la corona al
príncipe D. Luis, y fueron las primeras generales, puesto 'lue segun el t'estimonio
del mar'lués de San Felipe, ,jamás se habían juntado en un congreso los reinos do
Castilla y Aragou>. Ibid., p. 312.


(1) V. Historia de la economía polítiea ~n España, caps. LXXI, LXXIV r
LXXXII.




:DE DERIWHO POLÍTICO. 163
gobierno de una sola persona con autoridad más ó ménos li-
mitada. La historia de los pueblos antiguos y modernos nos
enseña que la monarquía recorre tres períodos y muda de faz
segun el espíritu que en cada uno de ellos domina, pues nace
religiosa, crece militar y llega á su término siendo civil, cuyos
caractéres corresponden á las tres edades del mundo que Vico
llama de los dioses, de los héroes y de los hombres.


En efecto, reina la supersticion en la infancia de los pueblos,
yen esta edad todo poder, para que sea respetado ó temido,
ha de hacer ostentacion á los ojos de la ignorante muchedum-
bre de un orígen sobrenatural. Por eso la ninfa Egeria inspira
á Numa las leyes que dicta á los Romanos; y por eso tambien
los primeros reyes de los Godos blasonaban de ser superiores
á todos los nobÍes en nobleza, como descendientes del gran le-
gislador de la Escandinavia, el dios Odino.


En la edad viril prevalece la fuerza templada con la religion,
se constituye y organiza la aristocrácia, y sobre ella se levan-
ta la monarquía militar sedienta de guerras y conquistas. Tal
era el estado de la Germania cuando los bárbaros inundaron
las provincias del Imperio, forzaron las puertas de Roma y
sentaron sus reales en el mismo Capitolio.


El progreso de la civilizacion va domando el genio belicoso
de los pueblos incultos, yentónces se despierta la razon hu-
mana, y la sociedad se funda en el derecho. La monarquía
apare~e rodeada de instituciones que moderan el poder discrec-
cional del caudillo honrado con el título de rey, y se abandona
la forma electiva por la sucesion hereditaria.


A primera vista nada hay más opuesto al sentido comun
que confiar el poder supremo á una persona oscura ó descono-
cida sólo porque la llama al trono la casualidad del nacimien-
to. No se comprende sin esfuerzo por qué hay hombres predes-
tinados desde la cuna á regir y gobernar un pueblo, como si
las naciones fuesen ó debiesen ser contra la razon natural y la
dignidad del género humano propiedad de una familia. Re-
pugna que el anciano doble la rodilla ante el niño, que un
guerrero rinda su espada á una mujer, que un magistrado ad-
ministre justicia en nombre de un rey ignorante d~ las leyes.


y sin embargo, la monarquía hereditaria es la ménos imper-
fecta, y aun pnrliéramos añadir la monarquía por excelencia,




164 CURSO
.la verdadera monarquia. El sufragio público no siempre es
libre, ni acertado, ni incorruptible. Las coronas electivas, no
suelen adjudicarse por el voto del mayor número que por fal-
ta de disciplina difícilmente se concierta, sino por la volun-
tadde un ejército que impone su candidato abusando de la
fuerza.


La superioridad del nacimiento consagrada por la tradicion,
la gloria y el recuerdo de los beneficios debidos á una dinastía,
es un titulo respetable á la posesion del trono. El derecho he-
reditario mata las esperanzas de los ambiciosos, aumenta el
respeto á la persona y autoridad del monarca, protege su in-
violabilidad y desarma su fiereza, porque no goza del poder
con sobresalto como un usurpador, sino con la tranquilidad de
ánimo que le infunde una sucesion pacifica, un órden legal de
todos consentido.


Si en los tiempos pasados, cuando las instituciones políticas
duraban siglos y apénas variaban, se dió preferencia s'obre la
monarquía electiva á la hereditaria, porque pareció ménos
pelig'roso vincular la corona en una familia que abandonarla
al tumulto de las pasiones y exponer los pueblos á las calami-
dades de una guerra civil en cada vacante del trono, hoyes
mayor la necesidad de una ley reguladora de la sucesion,
cuando son tan inconstantes los gobiernos y las reformas tan
fáciles y contínuas; de modo que hoy, más que nunca, convie-
ne admitir la herencia para dar estabilidad al poder. Sea la
monarquía una institucion perpétua en la cual se refleje la
imágen del estado, y subsista, no por la virtud de una perso-
na, sino por la fuerza del derecho.


La monarquía visigoda, como queda dicho, fué militar has-
ta. Recaredo, y desde entónees militar y religiosa, porqlle no
se habia extinguido el espíritu marcial de los bárbaros, pero sí
debilitado después de Sil conversion á causa del ascendiente ó
predominio del clero en el pueblo y el gobierno.


Renació en medio del peligro que por todas partes cercaba á
los cristianos refllgiadosen Asturias, e~genio belicoso de los
antiguos Godos, y se avivó la llama de la fe católica, exaltan-
do los ánimos la guerra de religion. Pasaron los primeros tiem-
pos en desórden, cuidando más aquellos indomables monta-
i)eses de vender caras sus vidas, que (le fl:'\táblecer nna f(¡rma




DE DERECHO POLÍTICO. 165
cualquiera de gobierno; y sin embargo, reconociendo cuánto
importaba á la comun defensa depositar la autoridad superior
en una persona hábil y esforzada para resistir al enemigo,
eligieron á Pelayo caudillo de su nacion.


Que los cristianos no hubies¡n pensado en darse rey al prin-
cipio de su espontánea y tumultuaria resistencia, es muy ve-
rosímil, pues mal se compadece un rey sin reino, ni puede ha-
ber reino donde no hay pátria, ni pátria sin territorio inviola-
ble. Luégo que el suceso de las armas infundió confianza á los
cristianos, creyéndose ya seguros al abrigo de aquellas aspe-
rezas, pusieron nombre al naciente estado y adoptaron una
forma regular de gobierno. Entónces se constituyó el reino de
Asturias, y alzaron todos, nobles y plebeyos, al mismo Pelayo
por rey, continuando en este vástago de la familia real de los
Godos la monarquía electiva segun la costumbre de sus ante-
pasados (1).


Los cronistas de Aragon, aunque varían en punto- al nom-
bre del primer rey de aquella monarquía, puesto que unos pre-
tenden haberlo sido García Jimenez y otros Iñigo Arista, están
conformes en el hecho principal de que primero los montañe-
ses no obedecian á príncipe alguno, y despues tuvieron reyes;
y la corona continuó en la línea aragonesa.


Las misrp.as causas determinaron en Ásturias y Sobrarve los
mismos efectos, á saber, el restablecimiento de las antiguas le-


(1) • Sed et omnes Astures in unum colleeti, Pelagium super se prineipem cons-
tituunt.> Chron. Silense.


Esta concordia de todas las voluntades manifiesta el carácter militar de la na-
ciente monarquía de Asturias, en donde se renueva la forma electiva propia do los
primeros siglos de la dominaeion visigoda.


El historiador Rodrigo Sanehez, obispo de Palencia, juzga con buen criterio el
suceso de la eleccion de Pelayo en el pasaje siguiento: ,Rie igitur Pelagius primus
post cladem Rispaniro prineipatum in ca tenuit, saltem jure, lieet non plené de
facto, ut dictum est: tum quia in eo uno representabatur jus et successio princi-
patus Hispaniro ... tum quia populi christianorum qui in Asturiis latitabant, in
ljuibus residebat jus eligendi principem, eum Pelagium in principem elegerunt:
quamquam illa electio fuit quasi quredam juris coutinuatio potius, quam novi
dominii assumptio .• Hist. Hisp. V. Hisp. illust,·., t. 1, p. 155.


Tan es verdad la juris continuatio, que no fué el menor título de Pelayo á la
corona de Asturias, venir de estirpe real, haciéndole Dulcidio hijo de Favila, du-
que de Cantabria, y Alonso el Católico en una donacion á la iglesia de Lugo, < de
stirpe regis Recaredi et Hermencgildi '. Algunos historiadores le suponen hijo de
Teodoredo y nieto de Recesvindo, y en la Crónica de A ¡anso III se loe: • ex somina
regio Gothorum '.




lGr. CURSO
yes y costumbres, el movimiento popular en favor de la recon-
quista y la institucion de la monarquía electiva, tomando los
cristianos levantados en armas contra los Moros reyes de la ge-
nerosa estirpe visigoda. Hay en suma una continuacion del de-
recho antiguo más bien que la f.wndacion de un nuevo señorío;
y conjusta razon llaman este período de nuestra historia el re-
nacimiento de la monarquía de España, aunque sean dos los
troncos que crecen separados hasta enlazarse y confundirse en
uno solo.


No existe pues ley de sucesion hereditaria en los orígenes de
Castilla y Aragon, como aseguran algunos autores sin funda-
mento (1).


Mas dado caso que todavía esta grave cuestion quedara in-
decisa, bastaria abrir las crónicas contemporáneas ó inmedia-
tas á los tiempos de Pelayo para disipar: el escrúpulo más leve.
Consta por testimonios fidedignos que el reino de Asturias fué
siempre electivo, y que el de Leon empezó á transformarse en
hereditario en una época muy pOtlterior. Y aunque el erudito
Morales escriba que desde Alonso el Católico claramente se de-
duce la sucesion de padre á hijo ó de hermano á hermano, sin
que jamás los Castellanos hubiesen besado mano de rey sin
haber tambien besado la de su padre ó abuelo, no se infiere de
este pasaje la existencia del derecho hereditario, sino que la
monarquía de Asturias se hizo electiva en una familia, medio
término entre ambos sistemas (2).


Mondéjar, escritor no ménos diligente y grave, señala en Ra-
miro 1 el principio de la sucesion hereditaria, porque procuró


(1) Siguen tan errada opinion Palacios Rubios en sus Glossemata legum Tauri,
Malina en su tratado De primogenitis, y principalmente y con grande empeño la
defiende Pellicer en los Anales de España, lib. I!l. Ambrosio de Morales la impug-
na. Cr6n. de E .• paña, lib. XIII, cap. VI. Tambien la impugnan el marqués de Mon-
dejar en sus _Memorias hjstó)'icas del rey D. Alonso el Sabio, lib. V, cap. xxxv, y
Salazar de Mendoza en la Monarquía de Espa.7a, lib. n, tito II, cap. IV.


Dióse por algunos eruditos una inmerecida importancia á ciertas copias viciadas
de la historia de D. Lúcas de Tuy, donde se hallaba escrito que en tiempo tIe Pela-
yo se hizo una ley regulando la sucesion del reino; y siu reparar que otras no lo
decian ni hacian memoria de ello, creyeron habia motivo bastante para afirmar que
la monarquía de España fué hereditaria desde la cuna.


(2) < La sucesion de los reyes da España siempre anduvo dentro de la Casa Real,
sin que jamás hubiese rey que no fuese de la sangre dalla; con ser verdad que los
españoles jamás desde este rey (Alonso el Católico) en adelante, besamos mano de
rey, que no hubiésemos besado la do su padre.> Orón. gener"l, lib. XIII, cap. VI.




DE DERECHO POLÍTICO. 167
eligiesen ántes de su muerte sucesor en el reino á su hijo Or-
doña I; « desde cuando (prosigue) se considera la corona p.ere-
dttaria en todos sus descendientes, reduciéndose poco á poco
aquel derecho de eleccion, invariable hasta entónces, á la for-
ma de lajura y homenage que en su lugar se introdujo, más
como sombra de aquel primitivo derecho que mantenian los
vasallos para elegir por su arbitrio príncipe, que por que per-
maneciese en ellos otro ninguno para oponerse á la sucesion
hereditaria radicada con la práctica de tantos siglos» (1).


Sin embargo de tan respetable autoridad notamos interrum-
pida la línea directa á la muerte de Ordoño Ir, pasando la co-
rona, no á su descendencia legítima, sino á las sienes de su
hermano Fruela II, por haber quedado muy niños los hijos de
aquél, dice Salazar de Mendoza, y no estar bien asentada la
sucesion de padres á hijos (2).


Todavía á este rey sucedió Alonso IV, el Monje, hijo de 01'-
daño II, y no alguno de los de Fruela á quien deberia venir el
reino por derecho hereditario; ni al rey Monje sucedió su hijo
Ordoño el Malo, sino el hermano de aquél, Ramiro n. Tampo-
co Ordoño III transmitió el cetro de Lean á su hijo Bermudo,
puesto que pasó pacificamente á Sancho 1, su hermano.


Además de este órden incierto de suceder que muestra cuán
débil y de poco arraigo era el derecho hereditario en los dos
primeros siglos de la reconquista, la narracion de los cronistas
deja entrever que el sistema electivo no estaba muerto. De
Ordoño 1 dicen elC'l)atttr in regno: de Alonso III que fué nom-
brado sucesor de su padre totius 1'egni 1Jtagnatorum cmtus
summo cum consensu acfavore: de García in regno eligitur:
de Ordoño n in re.qno elevattfr: de Ordoño IV omnes vera ma-
gnates regni e/us, consilio_inito, 1'egem ... elegerunt: de Rami-
ro III in tMono sublimatur re.qio (3).


[1) MemoriM histódcas del ,.ey D. Alonso el Sabio, lib. V, cap. xxxv.
[2) Dignidades seglares de Leon y Castilla, lib. 1, cupo XII.
,Comenzó á reinar el rey D. Fruela, hermano de los dos reyes pasados ... sin que


nadie diga por qué se le dió el reino quedando cuatro hijos y una hija del rey Don
Ordoño; y lo que yo creo es ... quo por ser pequeños estos cuatro infantes, se tomó
rey hombre entero que pudiese <lofender la tierra y hacer la guerra á los Moros.
Así va ya más deshaciéndose con tale<s ejemplos como éste y otros ql1e sucederán,
aquella ley de la sucesion dol reino de Castilla ... mostrándose la verdad de que
nunca hubo tal ley.> Ambr. de Morales, C,.ón. general, lib. XVI, cap. l.


l3) Hé aquí una breve cronología de los reyes de Asturias y Leon acomodada al




lOS CURSO
Más ajustada á la verdad segun la historia es la opinion de


Sandoval, quien refiriendo cómo Fernando el Magno vino á la
-ciudad de Leon y se apoderó del reino en nombre de su mujer
Doña Sancha, añade que ésta fué la primera vez en que clara-
mente se introdujo allí la sucesion hereditaria ya establecida
en Castilla desde el famoso conde Fernan Gonzalez, cuyos prin-
cipios corresponden al reinado de Alonso III el Magno (S66-912).


intento de esclarecer las dudas acerca del derecho electivo ó hereditario de cada
uno á la corona.


1. PELAYO •• Sed et omnes Astures in unum collecti, Pelagium super se princi-
perri constituunt.> Adef. III Chron.


n. FAVlLA •• Filius ejus (Pelagií) FatUa in regno successit.> Sebact. Chron.
No consta con qué titulo entró á reinar; pero como continúa el sistema electivo


en los reyes posteriores, se ve claro que no el ser hijo do Pelayo, sino el escogido
por .el reino, le elevó al sólio; y adviértase que la palabra succpssit en éste y otros
pasajes de las antiguas crónicas y escrituras, significa solamonte el hecho, no el
derecho de la sucesion.


IlI. ALONSO 1, EL CATÓLICO •• Post Faftlani interitum, Adefunsus, qui dicitu¡.
Catholicus, successit in regnum. Vir magma virtutis ... ex semine Leuvigildi et
Recharedi regum progenitus ... qui cum gratia divina regni suscepit sceptra.>
Sebast. Chron.


Dicen unos que sucedió por el derecho de su mujer Ormisenda, hija de Pelayo,
y Mariana añade segun que estaba dispuesto en el testamento de D. Pelayo. Histo-
ria de España, lib. VII, cap. IV. La verdad es que fué rey electivo, y por su fama
y reputacion de vi,. magnil" virtutis ascendió al trono.


IV. FRUELA .• Post Adefonsi decessum, Froila, filius ejus, suecessit in regnum.>
Sebast. Ch1'on.


Como era razon y derecho, dice Mariana, obstinado en hacer la corona horedita-
ria desde Pelayo. Hist. de España, lib. VII, cap. VI.


V. AURELIO .• Post Froilani interitum, eongermanus ejus ... Aurelius, filius
Froilani fratris Adefonsi Magni, successit in regnum.> Sebase. Chron.


Sin embargo Fruela dejó dos hijos, Alonso que reinó despues con 01 sobrenom-
bre de el Casto, y J imena. Cesan pues de reinar los descendientes por línea directa
de Pelayo.


VI. SILO .• Post Aurelil ftnem Sylo successlt in regnum, ea quod Adosendam,
Adefonsl principis filiam, sortius est conjugem. > Sebast. Chron.


El arzobispo D. Rodrigo hace á Silo hermano de Aurelio j pero los obispos de
Salamanc" y Astorga de mayor autoridad como testigos más inmediatos, le ifllpo-
nen casado con Adosinda ó Usenda, hija de Alonso el Católico. Ambrosio de Mo-
rales dice que fué elegido rey en consideracion á su mujer y por respeto á la mo-
maria de aquel príncípe tan amado por su valor y santidad. Cr6n. general, lib. XIII,
cap. XXIII.


Esto mismo confirma el díario de Cardoña al decir que. regnó D. Silo por razon
de Doña Azendo con quien era casado, que fué fija del rey D. Alfonso j> lo cual
significa eleccion y no herencia.


VII. ALONSO II, EL CASTO .• Sylo defuncto, regina Adosinda cum omni Offtcio
Palatino, Adefonsum tllium fratris sni Froilani regis, in solio constituerunt.> Ad-
rUtl() Pp.11J.11U IUl, Sp.hOJ!t nh.t}'+()1'1,




DE DERECHO POLÍTICO. lG9
y en efecto, considerando que las tradiciones y leyes de los
Godos resistian la sucesion femenina, se colige que pues Doña
Sancha llegó á ser reina de Leon y Doña Nuña condesa sobe-
rana de Castilla, debió entónces hallarse definitivamente asen-
tado el órden de suceder en ambos pueblos.


Pudieran algunos críticos objetar que los dos casos de mi-
noridad de Ramiro III y Alonso V, ciñendo uno y otro la co-


• Et cunctia defunctis, Atlefonsus Castus in regno eligitur.> CMon. [dense.
VIII. MAUREGATO •• Mauregatus ... regnum, quod calidé invassit, per sex annos


vindieavit.> Ibid.
Era Mauregato hijo bastardo del Católico, y se apoderó del reino con violencia,


como salia suc,ol'ler entre los Godos.
IX. BERMGDO I, EL DIÁCONO .• Veremundus, suprinus Adefonsi Majoris, filius


videlicet Froilani frat.ris sui, tres annos regnavit, sponte regnum dimissit ... di-
missis parvulis Ramiro et Garsia, suprinum suum Adefonsum, quem Mauregatus
á regno expulerat, sibi in regnum succesorem fecit.. [bid.
'~ Dice Ambrosio de Morales que D. Bermudo entró en el reino por eleccion. No


consta; pero parece lo más probable. Orón. general, lib. XIII, cap. XXVIII.
X. ALONSO II, EL CASTO. Recobra el reino de que le habia despojado Manrcga-


to, y sube al sólio, no tanto por el llamamiento de Bermudo, cuanto por la eleccion
hecha úntes de su persona, alejando á los desceni)ientes legítimos é inmediatos de
su bienhechor.


XI. RAMIRO l .• Post Adefonsi decessum, Ramirus, filius Veremundi principis,
electus est in regnum.> Sebast. CMon.


XII. ORDONO l .• Ramiro defuncto, Ordonius, filius ejus, successit in regnum .•
[bid •


• Ordonio ... vir nobilis et clarissimus, elevatur in regna.> CIIII'on. Iriense .
• XIII. ALONSO III, EL GRANDE. ,Erat enim Aldefonsus unicus Ordoníi Dni. re-


gis filius ... qua advecto, cum totius regni magnatorum coetus, summo cum con-
sensu ac favore, patri succesorem fecerunt.> Sebast. Chron.


Nótese que aun en el caso de sucesion de padro á hijo, interviene el voto de los
principales del reino: prueba clara de que no estaba aUll admitido el derecho he-
reditario.


XIV. GARCiA .• Cujus filius (Adefonsi III) Garsia in regno eligitur.> ChroIJ.
lriense.


XV. ORDOÑO n .• GarBean o mortuo, frater ejus Ordonius, ex partibus Gallecire
veniens, adeptns est rognum.> Sampú-i Chron.


e Defuncto Gursia, Ordonius frater ejns in regno elevatur.> Ch,·on. Iriense .
• Omnes quidem magnates ... facto solemniter generali conventu, eum acclaman-


do sibi constituunt .• Silens. CÚon.
XVI. FauELA n .• Shccessit in regnum.> Samp. Ch,-on.
y sir¡ embargo consta de dicho cronista que Ordoño II tuvo dos hijas, Alonso y


Ramiro. Sandaval nombra cinco, á saber, Sancho, Alonso, Ramiro, Jimena y Gar-
cía. Cinco obispos, p. 255. (


XVII. ALONSO IV, EL MONJE .• Adefonsus, filius Domini Ordonii, adeptus est ~ ..
sceptra paterna.> Samp. Chron.


Este rey, á pesar de tener descendencia logítima, renunció la corona en S\.\ f-
hermano. -0,,




170 CURSO
rona á los cinco .años, son prueba ó vehemente intlicio de la
existencia anterior de la monarquía hereditaria, porque no pa-
rece probable, sobre todo en tiempos de guerra, la eleccion de
un rey niño. Mas si reparamos que tambien los Visigodos nos
ofrecen el ejemplo de un rey de corta edad en Recaredo II, y que
segun el testimonio de Tácito los pueblos germánicos solian á
veces elegir caudillos entre la juventud por su insigne noble-
za ó por los grandes servicios y merecimientos de sus padres,
la objeccion pierde su fuerza (1).


XVIII. RAMIRO n .• Venit quidem Ranimirus in Zemoram cum amni exercitu
magnatorum suorum, et suscepit regnum.> Samp. Chron.


XIX. ORDOÑO UI. e Ramiro dofuncto, filius ejus Ordonius sceptra paterna est
adeptus.> Ibid.


XX.ORDOÑO IV, EL MALO .• Ordonio defuncto, frater ejus Sancius, Ranimiri
fllius, pac!flcé apicem regni suscepit... omnes veró magnates regni ejus, consilio
inito ... regem Ordonium Malum elegerunt.> lbid.


XXI. SANCHO I, EL CRASO. Recobró el reino usurpado por Ordoño.
XXII. RAMIRO IIl .• Sanc!o defuncto, fllius ojus Ranimirus, habens a nativitate


annos quinque, suscepit regnum patris sui.> Ibid .
• Post obitum Santii, fllius ejus Ranimirus quinquennis puer, in throno suhli-


matur regio.> Chron. Iriense.
< Quem fldelis concilius ... in Dominum et principem elegerunt.> Conc. Lcgion.,


ano 974. V. España Sagrada, t. XXXIV, ap. xx.
XXIII. BERMUDO n .• Mortuo Ranimiro, Veremundua Ordanii (III) fllius, in-


gressus est Legionem, et accepit regnum paciflcé.> Pe!ag. Hist.
El Tudense añade: • Quia ipse erat propin'luor generi regali, ad quem spectahat


sceptrum regni.> Hisp. iHust., t. IV, p. 86 .
• Veremundus ... nutu divino pié electus, et solio regni collocatus .• Privo de la


[gl. Comp. V. España Sagrada, t. XIV, ap. x.
XXIV. ALONSO V .• m adeptus est regnum ... Adefonsus ejus (V cremundi) filius. >


Pe/ag. Hist •
• Adefonsus, filias ejus, habens a nativitate sua quinque annos, adeptus est re-


gnum.- Tudense. V. Hisp. i!7ust., t. IV,p. 89.
~XXV. BERMUDO IlI. • Qua mortuo (Adefonso), flUua ejus Veremundus, succcs-


sit in regno patris sui.. Pelag. Hist.
XXVI. FERNANDO I, EL MAGNO. En este rey se juntaron las coronas de 1:.eon y Cas-


tilla, que amhas recayeron en él por linea femenina,á saber: la primera por los dere-
chos de su muj or Doña Sane ha, hermana de Bormudo III m uorto sin sucesion, y la se-
gunda por loil de su madre Doña Nuña, casada con Sancho el Mayor rey de Navarra.


Miéntras en Lean alternaban el principio electivo y 01 hereditario, habia éste
echado ya profundas raíces en el condado de Castilla. De linaje de condes era Fer-
nan Gonzalez, soherano de toda Castilla, como le nombra un privilegio del monas-
terio de S. Millan. Algunos autores le apellidan primer conde propietario, cuyo
gohierno puede fijarse hácia el año 901. Samloval, Cinco obispos, p. 207.


Sucedieron á Fernan Gonzalez de padres á hijos Garci Fernandez, Sancho Gar-
cés, García Sanchez y Nuña Sanchez, madre de Fernando el Magno.


(1) .Insignis nobilitas aut magna patruum merita, principis dignationem ctiam
adolescentulis assignant.> De moribus Germ., pars 1.




DE DERECHO POLÍTICO. 171
Asimismo podrian observar que Fernando el Magno declara


haber sido elevado al sólio de manu JJomini et ab universis
jidelibus; pero ni aun con esto se debilita la opinion de San-
floval, que tenemos por segura (1).


Fernando el Magno asomó á las puertas de Leon como prín-
cipe extranjero y victorioso, por lo cual la ciudad hubiera re-
sistido su entrada á estar mejor fortalecida. Allanáronse por
fin los descontentos á recibirle por rey, y sus muchas hazañas
y grandes virtudes le hicieron pronto bien quisto de sus vasa-
llos. Como prudente y discreto no debia proclamar que reina-
ba en Leon por el poder de su espada, ni timpoco por el solo
derecho de su mujer, cuando ni la sucesion hereditaria era un
título muy antiguo y valedero, ni habia ejemplo de ceñir una
hembra la corona; y así importaba á su política confesar que
estaba sentado en el trono por la voluntad de los Leoneses. Es
sabido que en los cambios y mudanzas de gobierno más suelen
respetarse los nombres que las cosas mismas, y no es raro que
despues de haber las cosas desaparecido, se conserven todavía
por cálculo ó por costumbre las formas y prácticas propias de
una sociedad extinguida y de un tiempo ya pasado.


Para mayor esclarecimiento de este asunto, distingamos los
periodos de nuestra historia, segun que la monarquía va pa-
sando del sistema electivo al hereditario.


I. Prevalece la eleccion libre y popular, bien que los Godos
escogen reyes en la nobleza. (Desde Ataulfo hasta Leovigildo.)


n. Alterna la corona entre várias familias, y suelen suceder
. los hijos á los padres, y agraviarse aquéllos de que el cetro no
1. se conserve en su linaje. (Desde Leovigildo hasta Rodrigo.)


III. En los primeros tiempos de'la restauracion cristiana me-
nudean los casos de sucesion hereditaria, ya de padres á hijos,
ya de hermanos á hermanos; y si alguna vez sale la corOlla do
una línea, es para honrar con ella á otra rama. (Desde Pelayo
hasta Fernando el Magno.)


IV. Se fija la sucesion hereditaria por la fuerza de la oos-


En cuanto á la edad en que Recaredo II subió al trono, no tenemos noticia cier-
ta; pero los escritores indican lo bastante con sus expresiones retate puer, retate
tenera, adhuc parvul..s.


(1) Privo de la iglesia de Astorga: V. España Sagrada, t. XVI, ap. XVII; Chron.
Silensa; Anónimo de Sahagun, cap. XIV.




172 CURSO
tumbre, y se robustece el derecho con el consentimiénto ante-
rior de los pueblos, mediante la coronacion del hijo, vivo el
padre, ó la jura del infante heredero del reino. (Desde Fernando
el Magno hasta Alonso XI.)


V. Por último domina exclusivamente el derecho heredita-
rio establecido ya como ley fundamental del reino, salvo cier-
tos recuerdos ó formas tradicionales de la monarquía electiva.
(Desde Alonso XI hasta nuestros dias.)


Los reyes y -los pueblos contribuian á sustituir el antiguo
órden de suceder con otro más análogo á la nueva sociedad. La
ambicion de aquéllos y el instinto de éstos favorecieron y apre-
suraron el cambio de la eleccion por la herencia; y causas
ocultas, no ménos poderosas y eficaces que las manifiestas, tu-
vieron mayor parte en el suceso que de ordinario se les atri-
buye. Hay en la vida política fuerzas latentes cuyo difícil es-
tudio descuidamos, preocupados con los hechos externos, en
los cuales pretendemos descubrir las causas de ciertos fenóme-
nos, siendo así que ellos mismos son el efecto de otras causas
más hondas y secretas.


Cuando el poder era flaco, porque ni la suavidad 'de las cos-
tumbres, ni el influjo de las leyes, ni las ideas, ni los intereses
comunicaban fuerza y vigor al gobierno, la autoridad real vi-
no á s~r despojo de los grandes y del clero primeramente, y
despues de los concejos ó municipios. En medio de esta insur-
reccion de voluntades sin concierto, los puéblos aleccionados
con la experiencia, fueron inclinándose al principio del órden
simbolizado en la unidad. Así va asomando al horizonte la mo-
narquía, ya viviendo á merced de los poderosos del reino, ya
sacudiendo su tutela con el favor del estado llano hasta ava-
sallarlo todo y entronizar el poder absoluto.


La monarquía significaba el órden opuesto á la anarquía, el
derecho en vez de la fuerza, la organizacion militar necesaria
á la reconquista y la organizacion civil como instrumento de
gobierno.


Este deseo de constituir la unidad en el poder hubiera sido
una esperanza vana, á no revestirse la monarquía de aquellas
formas que mejor cuadraban á la índole de la institucion segun
el siglo. Para que el poder fuese uno era preciso hacerlo per-
pétuo, no ligando lo á la fugaz existencia de una persona~ino




DE DERECHO POdTIco.
vinculándolo en una familia, y declarándolo en fin privilegio
de una dinastía.


La monarquía hereditaria es la única verdadera y de larga
vida. Como es ley de la naturaleza q ne el hombre, así en el
órden fisico como en el moral, siga siempre, y acaso sin darse
cuenta de ello, el norte del bien absoluto, tanto más se aficio-
na á las instituciones políticas, cuanto más se acercan al tipo
de la perfecciono Esta corriente insensible arrastraba las vo-
luntades de todos á preferir el sistemá hereditario, abando-
nando la oligarquía encubierta ó disimulada con capa de li-
bertad durante el régimen electivo.


U na asociacion de ideas, al parecer inconexas, pero herma-
nadas por la fuerza mayor de los hechos, abrió otro portillo
pOF donde penetraron nuevas influencias favorables á la mo-
narquía hereditaria. Lo~ Godos eran un pueblo errante hasta
que apoderándose de las tierras de los Romanos, se hicieron
propietarios. La tierra fué el premio de la conquista y el sím-
bolo de la autoridad. De los bosques de la Germania vino el
gérmen de la feudalidad que propagado por Europa con la ir-
rupcion de los bárbaros, dió origen á los reinos patrimoniales.
Cundió la doctrina por España, y así se explica cómo Fernan-
do el Magno se creyó con derecho á desmembrar sus estados y
repartirlos entre sus hijos, no sin contradiccion del mayor de
ellos, Sancho n, que invocaba las leyes y costumbres de los
Godos opuestas á la division del reino, y su título de primoge-
nitu'ra á toda la herencia paterna.


Doña Urraca, negociando para asentar la corona en las sie-
nes de su hijo Alonso VII, el Emperador, y oponerse á las tra-
mas de su marido el rey de Aragon, escribe á uno de los mag-
nates de Castilla: Tibi etenim notum est... quoniam pater
meus ... regnum totunt tradidit ... si maritum susciperem, et
post obitum meum totius ei dominium regni JU1'e kereditario
testatus esto El mii!!mo rey de Aragon, aparejado á dar la ba-
talla al de Castilla, se detiene, medita y ofrece la paz con ra-
zonables condiciones, y entre ellas jura devolverle y restituirle
omnia castella et civitates quas kabeo, et qum tibi debent set'-
vire Jure ltmreditario, et omne tuum regnum, sicut fuit J)a-
truum tuorum (1). A la muerte del Emperador otra vez se se-


(1) Hist. Compostelana. lib. r, cap. LXIV; AclefoY/si Imp. Chj·on., lib. I.




174 CURSO
paran los reinos de Leon y Castilla, y despues ocurren á cada
paso testamentos, donaciones, dotes· y cesiones de territorio
que debilitan el poder de la corona y fortifican la idea del reino
patrimonial.


No era tampoco extraño á la consolidacíon de la monarquía
heredita¡ia el ver que se sucedían los años y los siglos, y la
corona pasaba de unas á otras sienes sin apénas salir, y an-
dando el tiempo, sin salir jamás de cierta familia; lo cual mo-
via el ánimo de todos á respetar el hecho como si fuese un de-
recho, convertida en propiedad la mera posesiono Alimentaban
la natural propension de los reyes al principio hereditario que
por sí solo contribuia á dar mayor estabilidad y firmeza á su
poder, el amor paterno y la vanidad del hombre halagada con
la esperanza de transmitir el cetro á su posteridad, y de ser
cabeza de un esclarecido linaje de predestinados á regir la mo-
narquía desde la cuna.


Los medios de que se valieron para sustituir la eleccion con
la herencia son en parte de orígen godo, y en parte de inven-
cion propia y acomodados á la diversidad de los tiempos y
costumbres.


La práctica de los Visigodos de asociar el príncipe reinante
á su gobierno al hijo ó hermano escogido para sucederle, y la
de constituir en Galicia un reino y una corte dependientes de
la cabeza del imperio como escalon que facilitaba el acceso al
trono, fueron en cierto modo restablecidas desde que Alonso el
Casto restauró en Asturias el órden civil y eclesiástico al uso
de Toledo. Los Ramiros, Alonsos y Ordoños que gobernaron
Galicia con título y autoridad de soberanos, recuerdan á Wi-
tiza á quien dió Egica el antiguo reino de los Suevos, y en
efecto lo rigió en vida de su padre, habiendo puesto su asiento
y corte en la ciudad de Tuy.


Siguió á esta práctica otra análoga y no ménos eficaz para
afirmar la corona en las sienes del inmediato sucesor, á saber,
la de coronarle en los dias del príncipe reinante. Así Ramiro 1
hace partícipe de su autoridad al hijo primogénito, despues
Ordoño 1, Y le-nombra rey en varios privilegios; y Fernando
el Magno corona á sus hijos Sancho, Alonso y García reyes
futuros de Castilla, Lean y Galicia, no sólo sin descender del
trono, pero viviendo Doña Sancha y Doña Nuña, madre y




DE DERECHO POLfTICO. 175
abuela de aquéllos y causantes de sus derechos. Así tambieu
el Emperador Alonso VII corona por su mano rey de Castilla
y Toledo á su hijo primero D. Sancho y al segundo D. Fer-
nando rey de Leon, para que despues de su muerte entrasen,
como entraron, en la pacífica posesion de cada reino (1). To-
davía en tiempos más cercanos fueron invocados estos prece:'
cedentes al proclamar rey de España al Príncipe D. Cárlos,
para que reinase en union con su madre Doña Juana la Loca.


De más larga duracion y consecuencia fué la costumbre de
jurar á los infantes herederos de la corona. Debió su orígen á
Alonso VI, cuando postrado en el lecho y al cabo de sus dias,
temió que su hija Doña Urraca, viuda ya del conde D. Ramon,
de la ilustre casa de Borgoña, no le sucediese en el reino, por-
que no tenia muy hondas raíces el derecho hereditario, ni ha-
bia ejemplo de mujer alguna ocupando por sí sola el trono, ni
parecia bien á los ricos hombres de Castilla entregar a manos
débiles las riendas del gobierno, sobre todo estando tan viva
la guerra con los Moros. Para ganar voluntades convocó á los
prelados y á casi todos los condes y nobleza de sus reinos, y
les requirió que prestasen pleito homenage de recibir á Doña
Urraca por reina; y en efecto lo otorgaron, poniendo por con-
dicion el matrimonio de ésta con el rey de Aragon Alonso I el
Batallador, la cual fué cumplida, y cumplida tambien la pro-
mesa (2).


Por la primera vez cuidaron los reyes de perpetuar la coro-
na en su linaje haciendo jurar al heredero; ceremonia repeti-
da, al parecer, en tiempo de Sancho III el Deseado, par!!' ro-
bustecer el derecho de su hijo Alonso VIII (conocido a la sazon
que entró á reinar con el sobrenombre del rey Pequeño) contra
las injustas pretensiones de su tio Fernando II de Leon. Beren-
guela, hija primogénita de este Alonso el Noble ó el de las Na-
vas, fué asimismo jurada heredera, y la ceremonia llegó a ser


(1) Mondéjar, Memodas históricas del rey D. Alonso el Noble, cap. V.
,Parece siguieron en esto los reyes el ejemplo de los Godos sus predecesores,


que hacían participantes del reyno á sus hijos, para introducirlos en la sucesion
,lesde luego. Y todo parece tomado de los Emperadores Romanos, que daban título
y dignidad de César al que querían les sncediese, que era tanto como señalarle por
príncipe heredero del Imperio .• Ambr. de Morales, e.,ón. general, lib. XIII, capi-
tulo, LVI.


(2) Anónimo <le Sahaaun, cap. XIV.




176 CURSO
tan frecuente, que pocos casos se ofrecen en la historia de
yes, sin haber ántes recibido el pleito homenage del reino jun'
~:,,:, -.


to en Cortes, como legítimos sucesores.ªe Ja corona (1). . /,/'
Así continuó la monarquía siendo hereditaria por costumbre.


hasta el siglo XIV, cuando Alonso XI dió fuerza de obligar al
código de las Partidas, en el cual se contiene la primera ley
de sucesion á la corona. Sin embargo, suele acontecer que la
proximidad del grado sea titulo más valedero para heredar el
reino que el derecho de rigorosa primogenitura; de modo que
algunas veces el hijo sucede con preferencia al nieto de mejor
línea. Esta forma de llamamiento fué comun en Asturias y
Leon, y tambien estuvo en uso en el condado de Castilla, pues
á Fernan Gonzalez no suceden los hijos del primogénito Gon-
zalo Fernandez, ni tampoco los de Sancho, hijo segundo (si
los tuvo y le sobrevivieron), sino el tercero García Fernan-
dez (2). '


Miéntras fluctuaba la monarquía entre la eleccion y la he-
rencia, parecia natural seguir en la sucesion aquel medio tér-
mino que sin a~rancar la corona á una familia de reyes, pro-
porcionaba la ventaja de evitar el escol~o de las min?ridades.


Cuando se movió contienda sobre suceder al rey Alonso el
Sabio, alegaban los infantes de la Cerda el derecho de primo-
genitura como descendientes de D. Fernando, hijo mayor y
heredero presunto de la corona, muerto ántes que su padre.
D. Sancho, hijo segundo, les oponia el más inmediato paren-
tesco, la costumbre antigua y el solemne reconocimiento de
su direcho por el mismo rey en las Cortes de Segovia de 1276.
Los de la Cerda replicaban que en todo caso el rey, al hacer
testamento, habia desheredado á D. Sancho (3).


(1) Salazar de Mendoza supone que la primera ceremonia de esta claso se cele-
bró en las Cortes de Segovia de 1276, habiendo sido jurado en ellas Sancho IV el
Bravo. Síguenle sin discernimiento Quintana en su libro de las Grandezas de Ma-
drid, lib.lII, cap. XLIII, y Colmenares en la Historia de Segovia, cap. XXII. Mondé-
jar advierte el yerro, y nota algunos casos anteriores de jnra; pero se equivoca al
añadir que no hay memoria de haber sido jurado príncipe alguno ha-sta Doña De-
renguela, ó cuando más hasta Alonso VIII, pues ten~mos por cierto el de DOlla
Urraca, bien que el de Alonso VIII sea dudoso. Las palabras del arzobispo D. Ro-
drigo relativas á él, • et patria privilegio amplectendus,. no se prestan á una se-
gura interpretaclon. M~morias histÓt'icas del rey D. Alonso el Noble, cap. V.


(2) Salazar de Mendoza, Hist. de la caSC! de Lara, lib. II, cap. VI!.
(3) ,E porquo es costumbre et derecho natural, ct otrosí fuero et ley' Despaña


que el fijo mayor deveheredarlos reynos et el sellorío del padre ... por ende Nós, se-




DE DERECHO POLÍTICO. 177
La cuestion era du~osa, puesto que el derecho de represen-


tacion no estaba aun admitido, ni lo fué miéntras las Partidas
no estuvieron en observancia. El voto de las Cortes, única au-
·toridad competente para resolver las dudas tocantes á la su-
cesion á la corona, habia sido favorable á D. Sancho; y si bien
sobrevino (y no sin causa) IU"desheredacion, sólo otras Cortes
podian aprobar el testamento de Alonso X en cuanto alteraba'
las leyes y costumbres de Castilla en materia tan grave. No
las hubo, y muy, al contrario, Sancho IV fué reconocido y ju-
rado, pocos dias despues de la muerte de su padre por las de
Toledo de 1284.


Pasó el derecho consuetudinario á ser ley escrita, cuando se
hizo el ordenamiento comunicando fuerza y vigor de tales á
las contenidas en el Libro de las Siete Partidas en las Cortes de
Alcalá de 1348 (1).


La doctrina del Código Alfonsino se resume en cuatro pun-
tos ó reglas de sucesion atendibles en el órden que se expresan,
á saber, línea, grado, sexo y mayor edad.


Por razon de la línea es preferido el primogénito á sus her-
manos, y aun los hijos legítimos de aquél, si muriese ántes de
heredar el reino, á sus tios, bien que estén más próximos al
tron<lO de donde se deriva la sucesion. En la misma linea el pa-
riente más cercano es llamado con preferencia al más remoto.
En igualdad de linea y grado, el varon precede á la hembra;
y siendo iguales la línea, el grado y el sexo, el mayor excluye
al menor en edad (2).


Esta ley decidia para siempre dos cuestiones principales, la


guiendo esta carrera, despues de la muerte del infante D. Fernando, nuestro fijo
m"yor, como quier .que el fijo que 61 dejaso do su mujer de bendicion, si él vezquie-
ra mas qua Nos, por derecho dove heredar lo suyo, así como lo devia heredar el
padre; mas pues que Dios quiso que saliese del medio que era línea derecha por do
descendia 01 derecho de Nos á los sus fijos, y Nos catando el derecho antiguo é la
ley de la razon seguu la ley Despaña, otorgamos é concedimos á D. Sancho, nues-
tro fijo mayor, que lo oviese en lugar de D. Fernando, nuestro fijo mayor que era
mas llegado por línea derecha que los nuestros nietos, hijos de D. Fernando.>
Testamento de D. Alonso el Sabio: V.Memorial histÓ'rico, t. II, p. 112. V. Cr6nica
de D. Alonso el Sabio, cap. LXXVI.


Esto ó cosa semejante debió decir el rey á las Cortes de Segovia de 1276.
(1) L. 1, tít. XXVIII del Orden. de Alcalá.
(2) Ll. l, 2, tít. xv, Parto U.
Ni el Espéculo en la 1. 1, tít. XVI, lib. Ir, ni el Fuero Real en la única del tít. n,


lill. L declaran 01 derecho de rcprcsontacion.
12




178 CURSO
primera consignando el derecho de representacion, y la segun-
da admitiendo las hembras á suceder en defecto de varones.
Aquélla habia turbado la paz del reino en los tiempos de
Alonso X, Sancho IV, Fernando IVy aun Alonso XI, es decir,
por espacio de cuatro generaciones de reyes; y la ley de Par-
tida, declarando el derecho de primogenitura transmisible á la
descendencia legítima del primogénito, cerró la puerta á fu-
turas discordias.


La otra cuestion estaba ya resuelta por la costumbre, pues
al suceder Doña Urraca no faltó quien afirmase y sostuviese
que las mujeres no debian reinar, aunque prevaleció la opinion
contraria, acaso más bien por respeto á la fe jurada en el lecho
donde yacia enfermo y moribundo Alonso VI, que por consi-
derar los ricos hombres que á su hija venia segun derecho el
reino, como dice Mariana. Doña Berenguela fué asimismo ju-
rada heredera del reino á falta de varon, y las Cortes de Valla-
dolid de 1217 la proclamaron legitima sucesora, « catando
derecho é lealtad ... porque era :fija mayor del rey D. Alfonso,
su señor, é demás reconocian el homenage que la :ficieran
cuando ella nasció» (1). ..


La prudente gobernacion de Doña Maria de Molina, viuda
de Sancho IV, durante la minoridad de su hijo Fernando IV,
renovada al principio del reinado de su nieto Alonso XI, con-
tribuyó á robustecer la opinion que las hembras podian y de-
bian no solamente ceñir la corona, sino regir sus estados por
sí mismas; lo cual pasó á ser ley escrita al tiempo que se or-
denó la sucesion de estos reinos.


Apénas habian empezado los Castellanos á gustar las delicias
de la paz asentadas las reglas del derecho hereditario, cuando
nuevas y más ardientes querellas vinieron á conmover los pue-
blos y reducir al silencio las leyes de las Partidas. Nadie ig-
nora el desastrado fin del rey D. Pedro, á quien llaman unos
el Cruel y otros el Justiciero, sin que la posteridad haya pro-
nunciado hasta ahora un fallo definitivo. El hecho es que per-
dió el reino y la vida á manos de Enrique II, renovándose en
la mitad del siglo XIV las escenas propias de una monarquía
electiva en los tiempos de la más ruda barbárie.


(1) C,·ún. general. part. IV. fol. 403.




DE DERECHO POLÍTICO. 179
Era D. Pedro hijo único del matrimonio celebrado entre


Alonso XI y la infanta de Portugal Doña María, y así por de-
recho venian á él los reinos de Castilla. Habia además su padre
tenido otros hijos bastardos de várias señoras principales, y
particularmente de Doña Leonor de Guzman, dueña de gran
linaje y estado, pero al fin manceba, siquiera fuese de un rey,
y de cuya comunicacion y trato nació el conde de Trastama-
ra, á quien llamaron en el trono Enrique II el Dadivoso.


Antes ya de la tragedia de Montiel habian los agraviados y
descontentos alzado rey al de Trastamará, sin miramiento á
Doña Constanza y Doña Isabel, hijas de D. Pedro y Doña María
de Padilla, juradas por su órden en las Cortes de Bribiesca
de 1363.


Los títulos de Enrique II á la corona, muerto su hermano,
eran de mala ley y fácil impugnacion, porque si se decia hijo
segundo de Alonso XI, daba en el escollo del derecho de tron-
calidad radicado en el primogénito y extensivo á su descen-
dencia. Si impugnaba el matrimonio de D. Pedro y Doña
María, sobre ser éste un punto dificultoso, él mismo denun-
ciaba la nota de bastardia inseparable de su nacimiento. Si
pretextaba que D. Pedro habia perdido el trono por tirano, le
responderian que él lo cobrara como usurpador.


En lance tan apretado, cuando hubo necesidad de dar color
de legitimidad á la usurpacion, invocaron así Enrique II como
sus parciales las ya enterradas tradiciones de los Godos, acu-
diendo al derecho de eleccion, sin tener en cuenta que la su-:-
cesion hereditaria estaba consagrada por una ley del reino (1).


Cuando más tarde el Duque de Lancáster ó Alencastre, se-
gun las crónicas le nombran, esforzó por la via de las armas
la pretension de su mujer Doña Constanza, hija mayor de Don
Pedro, á la corona de Castilla que entónces ceñia Juan I, hijo


(1) .E de su propia voluntad todos (los del reino) vinieron á nos (Enrique II), é
nos tomaron por su rey é por su señor, así perlados como caballeros é fijosdalgo,
é cibdades é villas del reino. Lo cual non es de maravillar, ca en tiempo de los
Godos que enseñorearon la España, donde nos venimos, ansí lo ficieron, é ellos to-
maron, é tomaban por rey á cUOllquier que entendian que mejor los podia gober-
nar, é se guardó por grandes tiempos esta costumbre en España; é aun hoy dia en
España os uquolla costumbre, ca juran al fijo primogénito del rey en su vida ,10
cual non es en otro reino de cristianos. > Lopez de Ayalu , Crón. del rey D. Pedro,
año XVIII, cap. XT.




180 cunso
de Enrique n, el rey, abandonando el consejo en mal hora se-
guido por su padre, recurrió á otro expediente no ménos pe-
regrino. Convocó Cortes en Segovia, año 1386, á las cuales hizo
un largo razonamiento en defensa de sus derechos al trono,
probando su descendencia de los infantes de la Cerda, argu-
yendo de ilegítimos los reinados de Sancho IV, Fernando IV,
Alonso XI y D. Pedro, yen fin acusando de usurpacion cuatro
generaciones de reyes, como si no tuviesen valor alguno la re-
nuncia de D. Alonso de la Cerda á sus pretensiones concerta-
da entre los reyes de Aragon y Castilla por mediacion del de
Portugal, la sumision de aquél á Fernando IV, prestándole
homenage y juramento de fidelidad, el reconocimiento tantas
veces repetido del reino junto en Cortes y la volunta~ de los
pueblos hasta la desgracia de D. Pedro nunca desmentida (1).


Afortúnadamente para todos se encargó la diplomacia de
concertar las voluntades, ajustando el matrimonio de Doña
Catalina, hija del de Lancáster, con D. Enrique, primogenito
de D. Juan, lo cual puso término á la cuestion dinástica con-
fundiendo en un solo linaje todos los derechos á la corona,
pues si la linea de D. Ped.¡o tenia la propiedad, la de D: Enri-
que disfrutaba de la posesion; por manera que en los !l.ietos
del rey y del pretendiente, se mezcló la sangre de las dos fa-
milias rivales, y uniéndose, se juntaron los títulos de la elec-
cion y la herencia.


Otro caso más árduo de dudosa sucesion ocurrió á la muerte
de Enrique IV. La fama no muy limpia de la reina Doña Jua-
na y la triste enfermedad de que el rey adolecia, segun era voz
pública, junto con la sospechosa privanza de D. lleltran de la
Cueva en la corte, hubieron de ser causa de que la hija de
aquel mal avenido y poco ejemplar matrimonio llevase un so-
brenombre impuesto por la malicia del vulgo y perpetuado en
la historia. Apartáronse las voluntades de los grandes ue la
inocente Beltra.neja, y se allegaron primero al infante D. Alon-
so, hermano del rey, y despues de su inesperado fallecimiento
á la infanta Doña Isabel, cuando por falta de varon quedó la
más próxima heredera del reino (2).


(1) Cortes de los antiguos reinos de Leon y Castilla, t. n, p. 350.
(2) ,Pero los más do ellos (prelados, grandes y cabrtlloros) estaban nflcionadoH


fi In princesa Doña Isabel, é non sin caban. en l,ien sahian el tlcshoncsto yivir ele In




DE DERECHO POLÍTICO. IRl
Sin embargo Doña Juana la neltraneja fué jurada en Madrid


en las Cortes que se celebraron con este motivo en 1462, ha-
biendo sido proclamada y recibida en ellas como princesa y
legítima sucesora de la corona sin la menor controversia. Los
graves alborotos que se siguieron, atizados por la condicion
atrevida de los grandes, y aun más por la flaqueza de ánimo
del rey, llevaron las cosas al extremo de intentar el destrona-
miento de Enrique IV, alzando en su lugar al infante D. Alon-
so. Por entónces se aquietaron los de su parcialidad con que el
rey le hiciese jurar heredero y sucesor de los reinos despues de
sus dias, asentada la condicion que D. Alonso se hubiese de
casar con Doña Juana (1).


Muerto D. Alonso, acogiéronse los de su bando á Doña Isa-
bel, y tanto apretaron al rey, que hubo (le condescender en que
fuese jurada princesa y sucesora suya, como si Doña Juana no
fuese en el mundo (2). Más adelante, sea que Enrique IV se
hubiese arrepentido de esta condescendencia, ó sea que estu-
viese realmente enojado con su hermana á causa de haber-
se casado de secreto con el príncipe de Aragon, declaró que la
desheredaba y desposeía del título de princesa y legítima he-
redera del reino, mandando de nuevo prestar homenage á Doña
Juana, á quien reconoció por hija y verdadera sucesora de la
corona. Los prelados y caballeros que estaban en Val-de-Lozoya
hicieron el juramento que les fué pedido y mandado, no obs-
tante el anterior á Doña Isabel; y en esta humillacion, segun
parece, no dejaron de tEmer parte «las grandes dádivas é ma-
ravedís de juro de heredad, é promesas de mercedes de vasa-
llos é otras rentas» con que 'el rey procuró ganar sus volun-
tades (3).


reyna Doña Juana, por donile sospechando afirma han que aquella hija más fuese
ajena que del rey. > Enriquez del Castillo, Crón. d~ Enrique TIf, cap. CXLV.


(1) Este.es el convenio ajustado entre Cabezon y Cigalos en 1464.
(2) < E puesto que aquello fuese muy molesta cosa para el rey, porque era con-


tra su voluntad, como yn estaba harto de muchas congojas é de poco reposo segun
su condicion ... aceptó de lo hacer. > Crón. de Enrique IV, cap. CXVI.


En efecto, Doña Isabel fué jurada en el campo cerca de la vent.a ile los Toros do
Guisando, lugar oscuro que dió el nombre á este famoso convenio.


(3) Pulgar, Cró". de los Reyes Católicos, parto I, cap. n.
Esto mismo confirma Antonio de Nebrija diciendo: • Alius perfidire sure pretium
ur~em paciscitur, alius municipium, alius arcis prresidium undé iniquam possit
exercerc dominationem agrosque populetur, alius terras decimarum ad comeatus




182 cunso
Resulta de la narracion de estos sucesos que l~ legitimidad


de Doña Juana era cuando ménos dudosa, porque sin penetrar
el misterio de su nacimiento hay dos actos del rey que si no
justifican las hablillas del vulgo, sirven para arraigar toda
mala sospecha, á saber, la jura de D. Alonso y la de Doña Isa-
bel (1). La posterior de Doña Juana en Val-de-Lozoya fué
acompañada de tales circunstancias que permiten formar es-
crúpulo acerca de la validez del acto que rasgaba el convenio
de los Toros de Guisando, pues ni fueron muchos los prelados,
grandes y caballeros de menor estado allí presentes; ni pueden
olvidarse los amaños y artificios del rey para reducirlos á su
partido, ni debe callarse que faltaron los procuradores de las
ciudades y villas con voto en Cortes, cuya asistencia siempre
se reputó necesaria en los casos graves y árduos. Y aunque lo
mismo se diga con verdad de la jura de Doña Isabel, todavía
consta su confirmacion,en las Cortes de Ocaña de 1468 (2).


Si la sucesion a la corona se hubiese de ajustar á las mismas
reglas que una herencia particular, bien podrían oponer á la
Grande Isabel aquel principio ó máxima de la escuela romana:
pater est quem justm nuptim aemonstrant; mas como oportu-
namente escribe Mariana á otro muy distinto propósito, «el
derecho de reinar no se gobierna por las leyes y por los libros


limitancorum decretas, aEus ex decimia regalibus decies centum millia dipondium
anua, alius vicies, aUus tricies, aUua episcopatum, aUus magistratum, et quisque
pro sui scelaris magnitudine debitam mercedem .• Decad., lib. n, cap. III.


Aunque puede haber pasion en los escritores citados, no dudamos de que sea ver-
dad algo ó mucho de lo que refieren.


(1] Llegados á Madrid el Cardenal de España y el Condestable de Castilla, ,tra-
bajaban cuanto podian con el rey suplicándole quisiese por bien de su consciencia,
é por ese usar muchas muertes é males, dar la subcesion del reyno á su hermana,
pues que sabia cuanto sospechosa cosa era á todos los grandes ser su hija la prin-
cesa Doña Juana.> OrÓn. ae Enrique IV, cap. CLXVn.


(2) Escribiendo Doña Isabel á su hermano Enrique IV una carta muy sentida,
como quien temia ser despojada de su titulo de princesa y privada de sus derechos
de sucesion á la corona, le dice: • Lo cual V. A. de su hbre voluntad, usando de
razon é justicia, á mi la Princesa en pública plaza, estando en vuestro poder, en las
ventas de Guisando ... aquello mesmo hizo allí jurar á los M. R. Arzobispos de To-
ledo é de Sevilla, y al Maestre de Santiago, y Conde de Plasencia, é Obispo do Búr-
gas é de Caria, é de otros duques é condes que á la sazan allí se juntaron. E despues
en la villa de Ocaña por mandamiento de V. S. otros muchos perlados, é procura-
dores de las cibdades é villas de estos vuestros reinos lo juraron, segun que
V. S. bien sabe, é á todos es notorio.> Enriquez del Castillo, Or6n. de Enrique IV,
cap. CXLIV,




DE DERECHO POLÍTICO. 183
de los juristas, sino más aina por la voluntad del pueblo, por
las fuerzas, diligencia y felicidad de los pretensores». Las Cor-
tes, legítima expresion de la voluntad del pueblo, llamaron al
trono á la princesa Doña Isabel despues de los dias de Enri-
que IV; y con este título reinó en Castilla, excluyendo á la
Beltraneja, señora digna de mejor suerte, sobre quien carga-
ron todas las culpas de su madre, porque (dice la crónica) «si
más honestamente ella viviera, no fuera su hija tratada con tal
vituperio».


De todos modos, muerta sin sucesion Doña Juana en su des-
tierro el año 1530, en rigor de derechopertenecia la corona de
Castilla á la descendencia legítima de Doña Isabel.


Otro caso de sucesion dudosa y disputada ocurrió al pasar
de esta vida Cárlos TI, sin dejar heredero inmediato que le
reemplazase en el trono. Habia su padre Felipe IV dado en
matrimonio su hija mayor María Teresa, á Luis XIV, rey de
Francia, prévia renuncia formal de los derechos eventuales de
la infanta á la corona de España, segun las cláusulas del tra-
tado de paz de los Pirineos de 1659. La hija segunda Marga-
rita vino á ser mujer del emperador Leopoldo de Austria y reina
de Ungria.


Conforme iban acortándose los dias del desventurado rey de
España, redoblaban las intrigas de Francia y Austria, para
arrancarle una declaracion de heredero favorable á esta ó aque-
lla casa. El rey mostraba repugnancia á designar sucesor; y
á su natural aversion á los negocios se añadia la perplejidad
de su ánimo turbado por una conciencia nimiamente escrupu- .
losa. Apénas sensible á los afectos de familia, no se daba prisa
á fomentar las esperanzas ó calmar los temores de los preten-
dientes á la sucesion de la monarquía, porque amaba poco á
los Austriacos y no aborrecia mucho á los Borbones. Al prin-
cipio mostró mejor voluntad que f1, otro alguno al Duque de
Baviera, nieto de la infanta Doña Margarita, no por ser el más
amado sino el ménos aborrecido; pero la temprana muerte del
presunto heredero de la corona yel secreto descubierto aviva-
ron la llama del deseo y de los celos de las dos cortes rivales.


Verdaderamente María Teresa habia desistido de todos sus
derechos á la corona de España al tiempo de unirse con
Luis XIV, como condicion necesaria de aquel matrimonio y




184 CURSO
mediante un pacto internacional que formaba parte del dere-
cho público de Europa. Faltaba á esta renuncia la sancion de
las Cortes; pero ya entónces tenian poca autoridad, y era opi-
nion comun que el rey podia derogar las leyes como sobe-
rano (1).


No se exigió igual renuncia á la infanta Doña Margarita
cuando se casó con el emperador Leopoldo, aunque sí la hizo
su hija la Archíduquesa María Antonia al contraer matrimo-
nio con Maximiliano Manuel, elector de Baviera, de quienes
descendia el príncipe José Leopoldo, el preferido de Cárlos II
entre todos los pretenqientes. Esta cesion era sin duda ménos
firme y solemne.


Quiso el rey oir el parecer del Consejo de Estado en negoci.o
tan árduo, y despues de larga y porfiada deliberacion, sin te-
per en· cuenta la cuestion de d"erecho, consultó que convenia
fuese nombrado heredero el Duque de Anjou, nieto de la in-


- fanta Doña María Teresa y Luis XIV. No se dejó llevar de la
corriente el conde de Frigiliana, ántes, cuando le llegó el tur-
no de votar, dijo que se armasen los reinos para tener libertad
de elegir rey; que ni el derecho de los Austriacos ni el de los
Borbones era tan claro que no estuviese sujeto á muchas du-
das y litigios; que no se debia olvidar el congreso de Caspe en
que los jueces diputados dieron rey al reino de Aragon con
otras palabras ásperas que no hallaron eco en aquel recinto;
y sin embargo el acento de dolor y despecho con que pronun-
ció su sentencia, lwy destrttisteis la mona1'quia, puede pasar
á los ojos de la posteridad por el presagio del escandaloso tra-
tado para la desmembracíon de los dominios de España y de
una prolongada y sangrienta guerra civil y extranjera.


Prevaleció el voto de los teólogos y juristas favorable á la
casa de Borbon, y no tanto porque fuese mejor su derecho,
cuanto porque lo esforzaron las artes de la diplomacia, y lo
defendieron las armas contra la liga de Austria, Inglaterra,
Holanda y otras potencias de Europa. Con estos títulos subió
al trono de España Felipe V.


(1) Dice un historiador moderno que esta renuncia fué confirmada por las Cor-
tes. Lafuente, Hist. general de España, parto IU, lib. v, cap. XII (t. XVII, p. 280:.


No lo creemos, ó más bien lo negamos, porque no consta do ningun documento
fidedigno, ni durante el reinado de Felipe IV se solian ocupar las Cortes en otra
cosa q uo en pro rogar el servicio de millones.




DE DERECHO POLÍTICO. 185
El testamento de Cárlos II debe reputarse más bien la de-


claracion del derecho que á la corona de España radicaba en
la descendencia de la infanta Doña María Teresa, que un lla-
mamiento voluntario del rey ó una simple institucion de he-
redero. Y si es verdad qae segun las antiguas leyes de Casti-
lla y Aragon los testamentos de los reyes en lo relativo al
órden de suceder debian ser confirmados por las Cortes, tam-
bien es cierto que por falta de este requisito pudiera ponerse
en duda la validez de la renuncia de la hija mayor de Fe-
lipe IV.


Todo pudo y debió ajustarse al principio de la más rigorosa
legitimidad, siguiendo el consejo del marqués de Villena de
juntar Cortes generales en Castilla para rendir solemne home-
nage en nombre de los pueblos al rey, pues era razon (decia)
observase los fueros, y así lo creerian los súbditos, cuando con
nuevo juramento los autorizase sin añadir otros. Consultados
sobre ello los Consejos de Estado y de Castilla, opinaron que
no convenía remover en tiempo tan turbulento los ánimos ce-
lebrando Cortes que enflaquecian la autoridad real y no apro-
vechaban al respeto de la majestad, porque el segundo jura-
mento no ligaria más que el primero ya prestado en el acto de
la proclamacion. Conforme al voto de ambos {merpos, y con
agrado de los íntimos consejeros del rey, se publicó un decre-
to (1701) declarando qne por entónces no serian convocadas las
Cortes del reino, muy á disgusto de algunos magnates y ciu-
dades que las esperaban; y como negarlas pareció opresion, se
hizo correr la voz que era sólo diferirlas (1).


Continuó pues rigiendo el modo de suceder segun la ley de
las Partidas interpretada en beneficio de la casa de Borbon,
cuyo derecho se derivaba de una hembra; y hubiera conti-
nuado sin interrupcion hasta nuestros dias, si Felipe V, lla-
mado al trono como descendiente de la infanta Doña María
Teresa, no hubiese resuelto contra todo fuero y costumbre
sustituirla con la ley sálica de antiguo establecida en Francia.


Tan extraña novedad debía parecer mal en la tierra de las
Sanchas, Urracas y Berenguelas, de María de Molina é Isabel
la Católica, fortaleciendo la tradicion favorable al gobierno de


(1) Comentarios de la guerra de Espai~a, por el marqués de San Felipe, t. I,
año 1701.




186 GURSO
las reinas el considerar que por medio ~e enlaces de familia se
habian unido las coronas. de Castilla y Leon dos veces, incor-
porado Aragon, y aun Portugal estuvo á punto de agregarse
á la de España, rigiendo un solo cetro todos los reinos penin-
sulares.


Tenia pues la ley de Partida la sancion de todos los poderes
del estado, y la confirmaban la voluntad de los pueblos, la
costumbre inmemorial y la feliz experiencia de muchos siglos.
De público se decia que era razon de estado apartar del trono
los príncipes extranjeros, miéntras los hubiese de la sangre
real de España; que pues Felipe V habia renunciado por esta
corona sus dere(}hos á la de Francia, parecia justo en recom-
pensa asegurar en su familia la perpétua sucesion de estos rei-
nos; y por último que convenia uniformar el órden de suceder
recibido en Aragon y Castilla. Sospechábase además que el
rey, amando su posteridad, preferia llaItrar al trono sus des-
cendientes varones de línea transversal á las hembras de mejor
grado; que deseaba heredase ántes el hermano del príncipe de
Asturias que su hija á falta de sucesion masculina, y que la
reina, por amor á los suyos, estaba empeñada en hacer la nue-
va ley (1).


Lo cierto es que la reina manejó este negocio con arte y
disimulo; de modo que prevenidos y dispuestos los ánimos en
el Consejo de Estado, logró un voto uniforme segun la mente
del rey. No pasaron las cosas con igual facilidad en el de Casti-
lla, ántes hubo tanta variedad de pareceres entre sus ministros,
equívocos y oscuros los más que nada concluian, y los otros
opuestos á mudar el órden de sucesion establecido, que el rey,
indignado de la oscuridad del voto ó de la oposicion de los
consejeros, mandó quemar el original de la consulta, para qu~
en' ningun tiempo se hallase principio de duda ó pretexto de
guerra.


La obstinacion del rey le sugirió un medio no muy honroso
de vencer esta contrariedad, y fué mandar que cada consejero


(1) El P. Mtro. Florez, bien conocido en la república de las letras y respetado
por su imparcialidad, escribe: < Miéntras vivió este infante (D. Felipe) resol vie-
ron los reyes alterar una ley fundamental del reino sobre la sucesion de las hem-
bras, dando antelaeion al varon descendiente del rey ántes que á sus nietas ... La
reina enamorada de sus hijos más que de las nacidas de otra, tomó con empeño
tlS~ negocio. > Reinas Católicas, t. rr, p. 992.




DE DERECHO POLÍTICO. 187
le diese su voto aparte y por escrito y se lo enviase sellado á él
mismo; y no está averiguado si la ~ntéreza de aquellos minis-
tros cedió á la prueba, Ó si Felipe Val recontar sus votos en
secreto usó de algun artificio: ello es que aparece haber por
fin el Consejo de Castilla emitido un dictámen uniforme á gus-
to del rey segun el texto de la convocatoria á Cortes expedida
en 9 de Diciembre de 1712 (1).


No se ocultó á la natural perspicacia de Felipe V que no seria
válida la nueva ley de sucesion á la cprona sin el consentimien-
to de los reinos, y aprovechando la ocasion de hallarse reuni-
das las Cortes, determinó pedirles su concurso para la mayor
firmeza y solemnidad del acto; mas los procuradores se excu-
saron de entender en el asunto con la falta de poderes de sus
ciudades y villas; yentónces acordó el rey convocar otras nue-
vas con poderes bastantes, que se celebraron en Madrid el año
siguiente de 1713. Hízose en ellas la proposicion, aprobóse sin
dificultad y se publicó la pragmática de 10 de Mayo de 1713 (2).


Desnudándonos de toda pasion observaremos que Felipe V,
al promover la reforma de la ley de sucesion, no consultó nin-
guna alta razon de estado, sino tan sólo su amor á la familia
y el interés de su dinastía.


Habiendo renunciado la corona de Francia por la de Espa-
ña, deseaba (y tambien Luis XIV) fijarla perpétuamente en la
segunda rama de la casa de Borbon. Un casamiento podia ha-


(1) Comentarios de la guerra de España por el marques de S. Felipe, t. lI,
año 1712.


(2) L. 5, tít. 1, lib. III Nov. Recop.
Hé aquí la parte más sustaucial de esta famosa pragmática que algun dia habia


de ser causa de una guerra civil y de la cfusion de tanta saugre generosa eu nues-
tro tiempo: .Mando ... que por fin de mis dias suceda en esta corona el príncipe do
Asturias ... y por su muerte su hijo mayor varon legítimo, y sus hijos y desceu-
dientes varones de varones legítimos, y por línea recta legítima, uacidos todos en
constante legítimo matrimonio, por el órden de primogenitura y derecho de repre-
sentacion ... y á falta del hijo mayor del príncipe y de todos sus descendientes va-
rones de varonos ... suceda el hijo segundo varan legítimo, y sus descendientes
varones de varones legítimos ... Y siendo acabadas íntegramente todas las,..íneas
masculinas del príncipe, infante y demás descendientes mios legítimos, varones de
varones, y sin haber por consiguiente varon agnado legítimo descendiente mio en
quien pueda recaer la corona segun los llamamientos antecedentes, suceda en di-
chos mis reinos la hija ó hijas del último reinante agnado mio en quien feneciere
la varonía, y por cuya muerte sucediero la vacante, nacida en constante legitimo
matrimonio, la una despues de la otra, prefiriendo la mayor á la meno!', y respec~
tivamente sus hijos, etc.>




188 CURSO
cer que pasase el cetro á las manos de un príncipe extranjero,
acaso á un archiduque, y levantar de nueyo los Pirineos.


El empeño de la reina, la oposicion del Consejo de Castilla,
el modo de vencerla, las excusas de los procuradores y todos
los trámites de la derogacion denotan que no habia necesidad
de variar el órden antiguo de suceder, ni conveniencia en el
cambio, ni oportunidad. Verdaderamente, aparte de las perso-
nas á quienes alcanzaba el influjo de la corte, la reforma des-
contentó á muchos, y fue impopular.


Como quiera, cumplióse la voluntad de Felipe V, y subsistió
la ley sálica sin alteracion hasta las Cortes de Madrid de 1789
convocadas para prestar juramento al príncipe de Asturias, y
«para tratar, entender, platicar, conferir, otorgar y concluir
otros negocios, si se propusieren y pareciere conveniente re-
solver, acord~r y convenir,» segun resulta del exámen de los
poderes otorgados á los procuradores. Y en efecto insinuaron
los ministros de Cárlos IV qne el rey recibiria con agrado una
peticion para el restablecimiento de la ley de PartiUa y cos-
tumbre inmemorial de España en cnanto á la sucesion regular
en la corona, con preferencia de mayor á menor y de varan á
hembra dentro de las respectivas lineas, derogando lo dispuesto
en el auto acordado de 1713. Esta peticion apoyada en el voto
uniforme de los procuradores, fué comunicada al rey por la
Junta de asistentes, á la cual respondió que habia tomado la
l'esolucion correspondien!e á la súplica, encargando se guar-
dase el mayor secreto poi' entónces, pues convenia así á su ,
servicio; y al reino contestó que ordenaria á los de su Consejo
expedir la pragmática sancion que en tales casos se acos-
tumbra (1).


Síguese de lo dicho que en esta nueva alteracion, ó por me-
jor decir, en el restablecimiento de la antigua ley de suceder en
la corona, concurrieron todos los requisitos necesa~os para te-
ner fuerza obligatoria en su dia, á saber, el consentimiento del


(1) -Concurrieron á las Cortes de Madrid de 1~89 los procuradores de treinta y
siete ciudades de los reinos de Castilla y Arag0n, y tratáronse en ellas vários
asuntos de gobierno, elevando peticiones al rey acerca de los excesos de la
amortizacion civil, cerramiento de terrenos de propiedad particular y otros, lo cual
pruoba contra los que 'afirman que los procuradores 110 tenian poderes sino para
jurar al príncipe de Asturias, siendo de notar que fué unánime el voto en el asull-
to principal de la sucesion.' Coleccion de doc"mentos inéditos, t, XVII,




DE DERECHO POLÍTICO. 189
reino, la sancion real y la promulgacion en Cortes. Era segun
el derecho público y práctica constante una peticion de los
procuradores, otorgada por el rey, y en su virtud convertida
en ordenamiento. Faltóle la publicacion á fin de que llegase á
noticia de todos; pero la ley existia y en cualquier tiempo po-
dia el Consejo extender la pragmática á estilo de Castilla, pu-
blicarla y hacerla guardar y cumplir en los dominios de Es-
paña.


Aunque esta cuestión se trató y resolvió en las Cortes de
~ladrid de 1789 como una cuestion nacional, no puede negarse
que afectaba los intereses de la familia reinante en Francia, y
por eso Cárlos IV , obrando con prudencia, recomendó el secreto
por miramiento á la rama primogénita de los Borbones que po-
dia y debia ver con disgusto la destruccion de la obra predilecta
de Luis XIV. Fernando VII no tuvo reparo en dar publicidad
á lo acordado, y mandó expedir la pragmática sancion en sus-
penso con las solemnidades de costumbre; y en efecto se pu-
blicó el dia 31 ue Marzo de 1830. No es un real decreto, como
algunos suponen; no es tampoco una nueva ley de sucesion;
es la antigua ley de Partida restablecida en forma de ordena-
miento hecho en Cortes.


Con tan justo título ocupó y poseyó Isabel rr el trono de sus
mayores; y por si algun escrúpulo pudiera suscitarse respec-
to á su legitimidad, cuidó el rey de que su hija primogénita
fuese reconocida y jurada heredera del reino en las de Madrid •
de 1833. Siempre fallaron las Cortes los casos dudosos de suce-
sion, cuando la fuerza no hizo callar el derecho.


Carece de fundamento la objeccion que la ley sálica formaba
parte del derecho público de Europa. El Congreso de Utrech se
limitó á estipular lo nece3ario á impedir la reunion de la co-
rona de España á la de Francia ó Austria, esforzándose las po-
tencias \!undar una pa7. duradera en la política bien ó mal
llamada del equilibrio europeo. En los diversos tratados allí
ajustados no se hace mencion directa ó indirecta de nuestra
ley de sucesion, ni la dignidad de Felipe V hubiera consentido
que padeciese menoscabo la libertad é independencia de su
gobierno para arreglar á su modo una cuestion interior.


No es atendible la circunstancia de haber ya nacido al tiem-
po de revocar la ley de Felipe V el hijo segundo de Cárlos IV,




190 CURSO
á quien perjudicó más adelante la pragmática sancion publi-
cada en 1830. j Pues qué! la introduccion de la ley sálica en
España ¿no destruyó todos los derechos adquiridos y legítimas
esperanzas de los descendientes de la casa de Austria por línea
femenina de grado más próximo, miéntras los hubiese por li-
nea masculina de grado más remoto'? Una ley de sucesion á la
corona ¿no mira al bien público ante el cual debe ceder y hu-
millarse el interés de la familia que ocupa el trono, y con mayor
razon el de una persona que pretende 'heredar el reino como
si fuese un mayorazgo'?


Tan profundas raíces echó en España el antiguo órden de
suceder, que todas las Constituciones ensayadaE! en nuestro
tiempo desde la de 1812 hasta la de 1869 confirman la ley de
Partida, y segun ella haéen los llamamientos á la corona.


CAPITULO XVIII.
ACLAMACION y CORONACION DE LOS REYES.


Fué costumbre de los Godos derivada de los pueblos septen-
trionales, aclamar á sus reyes electivos, mostrándolos en alto
al ejército, para que los reconociesen por caudillos. Alzábanlos
sobre un pavés ó escudo en hombros de los magnates, como si
quisiesen significar un estado oligárquico con un príncipe sos-
tenido y apoyado en la nobleza, y comunmente destronado
por ella misma.


De aquí nació la expresion alzar ó levantar rey, que tenia
un sentido recto y natural miéntras fué la monarquía electiva,
y figurado cuando pasó á ser hereditaria. De Ramiro III dice
el monje de Cardeña que fué alzado rey, es decir, elegido y
proclamado á pesar de su corta edad de cinco años (1).


En el Fuero de Sobrarbe se encuentran las primeras noticias
de esta ceremonia, sencilla en su orígen, y más solemne y ma-
jestuosa cuando. amanecieron mejores dias para los monarcas


(1) Borganza, Anti[Jüedades de Espa.,7a, t. n, p. 584.




DE DERECHO POLÍTICO. 191
de Leon y Castilla. Segun aquel Fuero y la inveterada cos-
tumbre de los Castellanos y Leoneses, elegido el rey ó recono-
cido por legítimo sucesor de la corona, le aclamaba el pueblo
á las voces de Real, Real, ó'bien Oastilla, Oastilla PO)' el J'ey
n. N., siguiéndose á e.sta proclamacion el acto de poner el
pendon real en la torre del homenage del alcázar donde pasa-
ba la ceremonia. Llamaban torre del homenage nuestros ma-
yores la principal de la fortaleza. Ó castillo en que guardaban
el te.soro del rey, hacian señas ó arbolaban el estandarte cris-
tiano al frente del enemigo, y veníale el nombre de que en ella
prestaba el alcaide juramento de fidelidad al rey ó señor que
le encomendaba la defensa del puesto á riesgo de su vida.


Aunque de ordinario se hacia la proclamacion estando el rey
en el reino, re~asando la historia hallamos algun caso de ha-
berse verificado esta ceremonia en su ausencia. Por Cárlos 1 ó
llámese el V, alzaron pendones en Castilla sin haber salido de
Flandes; lo cual no desdice de la monarquía hereditaria, pues-
to que por ministerio de la ley se transmite la dignidad real
del padre al hijo ó del hermano al hermano, y se perpetúa en
la familia en quien se halla vinculada la sucesion.


Antes de recibir el, rey el pleito homenage de los prelados,
ricos hombres, caballeros, ciudades y villas, juraba la obser-
vancia de las leyes, fueros, privilegios, buenos usos y costum-
bres del reino, y despues le prestaban el juramento de fidelidad
y obediencia como á señor natural, y le pagaban la moneda
forera, tributo que significaba reconocimiento de señorío, re-
novándose la paga cada siete años (1).


Era tan esencial que el rey jurase á cambio de ser jurado,
que en las Cortes de Valladolid de 1518 el doctor Zumel, pro-
curador por la ciudad de Búrgos, sostuvo con mucha entereza


(1) Esforzándose Doña María de Malina á probar el derecho de su hijo Fernan-
do IV, el Emplazado, á la corona, recuerda tres casos en los cuales fué reconocido
por rey, diciendo: • y la otra (vez) despues en las Cortes que fueron hechas en la
villa de Valladolid (1293), donde fueron ayuntados todos los concejos de los reinos,
y lo recibieron ahi por rey y por señor, y le dieron la moneda farera que es cono-
cimiento de señorío '. C,-ón. de Fe,-nando IV, fol. 9.


Este mismo rey, al hacer cierta donacion do yasallos solariE'gos á Fernan Perez
de Monroy en 1309, dice que se los da con todos los pechos y derechos reales, «asi
martiniega, y servicios, y fuensido, y fuonsidora, como otros derechos. cualesquier,
salvo moneda forera, cuando acaeciere de siete en sieto años., Ilist. y anales d~
Placencia, por Fr. A, AIY!ll'cz, lib. 1, cap. XVI.




1!J2 CURSO
que Cárlos V debia jurar ántes que el reino; y si bien algunos
procuradores acudieron á rendirle homenage con demasiada
solicitud? otros no fueron tan diligentes, ni le habrian besado
la mano, si no les hubiesen prometido que su alteza jurarla lo
suplic~do; ni debe callarse que se emplearon las amenazas de
perdimiento de bienes y oficios para reducir á los más animo-
sos y: resueltos (1). Y tanto se confundían los actos de la pro-
cÍama'cion y el juramento, que en Navarra, en donde primero
se usó esta ceremonia, solian decir del rey nuevamente aela-
do que Juró losfueros de su elevacion.


Tambien acostumbraron los reyes de Leon y Castilla coro-
narse en alguna iglesia principal, rodeados de toda la majes-
tad del culto y la grandeza y ornato de su corte. Alonso VII
fué tres veces coronado en Santiago, Leon y To~do, como rey
de Galicia, Leon y Castilla (2).


Aunque asegura el marqués de Mondéjar que todos se ceñian
la corona con su mano propia, sin consentir que ningun mor-
tal se la diese ni le confiriese la órden de caballería, la histo-
ria nos ofrece repetido.s ejemplos en contrario; de suerte qlle'
no fué constante la costumbre en cuanto al modo, ni al acto
mismo de la coronacion (3).


Desde que la ceremonia de recibir el Emperador Leon la co-
rona de manos del patriarca de C?pstantinopla se interpretó
por reconocimiento de la supremacfa temporal de los Papas, y
se divulgó la doctrina que en la Roma cristiana tenia su corte
y asiento el rey de los reyes en quien residia la potestad de


(1) Sandoval, H·ist. de CárEos V, lib. IrI, § VII Y sigo
(2) El Tudense: V. Hisp. illust,.., t. IV, p. 103.; Mondéjar, Mem. hist. de D. Alon-


so el Sabio, lib. Ir, cap: III j Nuñez de Castro, Croón. de D. Enrique l, cap. Ir j Crón.
de D. Alonso XI, cap. CIlI j Sandoval, Cinco Reyes, fol. 1,39,112,156 j Crón. de Don
Juan 1, año 1379, cap. r.


(3) < Coronóse en Leon el rey D. Fernando ... coronále y ungióle, como se usaba
en aquellos tiempos, Servando, obispo de Leon, con los demás obispos y perlado
del reino que fuerou .• Sandoval, Cinco Reyes, fol. 1.


De Alonso VII refiere que fué ungido en la iglesia de Santiago, recibiendo de la
mauo de su obispo D. Diego Gelmirez la espada y cetro real. ¡bid., fol. 112.


Del mismo cuenta que fué tambien ungido en Leon COIl el óleo santo por el arzo-
bispo de· Toledo D. Ramon, quien 'puso una corona preciosa en la cabeza del rey, y
ell su mano un cetro. [bid., fol. 151.


En cambio dice la Cr6nica df Alonso Xl: • Et desque el altar (de las Huelgas)
rué desembargado, el rey subió al altar solo, et tomó la su corona ... ct púsola en la
cabeza, et tomó la otra corona, et púsola á la reina>. Cap. crrr.




DE DERECHO POLÍTICO. 193
relajar el juramento de fidelidad y obediencia de los pueblos,
y la jurisdiccion absoluta para dar y quitar reinos en nombre
del cielo, los príncipes celosos de su autoridad evitaron la oca-
sion de parecer que debian la corona á nadie más que á sí mis-
mos, y así la tomaban del altar y se la ceñian en virtud de su
derecho.


La consagracion del rey, alguna vez practicada entre los
Godos, tambien fué usada en Asturias, Lean y Castilla, aun-
que con ménos frecuencia que la coronacion. Sábese que fue-
ron ungidos Alonso el Magno, Ordoño 1, Fernando el Magno,
Alonso VIII y Alonso XI. En esta solemne ceremonia debemos
ver el complemento y la sancion religiosa de la coronacion; de
forma que todo rey ungido es rey coronado, y no viceversa.
, La diadema apal'ece entónces á los ojos del vulgo como el


símbolo de una majestad sobrehumana. Con estos y otros me-
dios análogos se logró herir la imaginacion de los pueblos en
la edad media, rudos, inquietos é ignorantes, pero por lo mis-
mo prontos á creer, vehementes en su fe, enemigos de los que
no participaban de ella, y sensibles á la pompa y fáusto del
culto católico de que se rodeaban los reyes, cuyas personas to-
maban el carácter de sagradas, y la monarquía el qe una ins-
titucion 'casi divina.


CAPITULO XIX.
MATRIMONIO DE LOS REYES.


El matrimonio de los reyes y sus inmediatos sucesores es un
asunto muyárduo en' las monarquías, ya se considere la ne-
cesidad de perpetuar el linaje llamado á ocupar el trono, ya se
atienda á los enlaces de esta familia con otra á quien asisten
derechos ciertos ó eventuales á la posesion de UIT reino, ora sea
prenda segura de la paz interior en cuanto resuelve una cues-
tion dinástica, ora influya en la política exterior facilitando
aliathas ofensivas ó defensivas en caso de guerra.


El casamiento de Fernando el Magno con Doña Sancha, her-
13




194 CURSO
mana de Bermudo III, reunió por la primera vez las coronas
de Leon y Castilla, y el de Alonso IX con Doña Berenguela las
juntó definitivamente en la cabeza de S. Fernando. El de los
Reyes Católicos confundió en uno solo los reinos de Aragon y
Castilla, y el de Cárlos V con la infanta de Portugal Doña Isa-
bel permitió á Felipe II someter toda la .Península á su pode- ~
roso cetro.


Prolijo seria enumerar los casos en que se asentaron paces
entre Castilla y los estados limítrofes, 6 se pactaron alianzas á
favor de un matrimonio, y sólo por via de ejemplo recordare-
mos que las bodas de Enrique el Doliente con Doña Catalina
pusieron término á la discordia suscitada por la rivalidad de
las casas de Trastamara y Lancáster sobre la sucesion de estos
reinos.


Dos extremos deben conciliarse en los matrimonios reales,
la felicidad doméstica y el bien !lel estado: aquélla porque así la
demandan la razon y la justicia además de la prudencia polí-
tica y el órden moral; y ésta porque el rey no es una persona
pri vada, y por tanto libre de seguir los impulsos del corazon.
Su alta dignidad y sus grandes deberes como supremo magis-
trado de la nacion, le imponen sacrificios á cambio de otros no
menores que por sostenerle en el trono hacen-los pueblos.


¡Qué de lágrimas y sangre no costaron á Castilla las des-
avenencias de D. Alonso el Batallador y Sil mujer Doña Ur-
raca, D. Pedro y Doña Blanca de Borbon! i Qué de ejemplos
funestos á la moral pública y perturbadores de la paz y so-
siego del reino, no dió con sus liviandades la mujer de En-
rique IV y madre de la Beltraneja! i Cuántos rencores Y -:en-
ganzas no suscitaron el orgullo de los favoritos, las mercedes
sin causa, el menosprecio de los buenos y la elevacion de los
malos á oficios y dignidades eminentes, cuando llegó á rela-
jarse el vinculo del amor conyugal, y á dividirse la voluntad
de los reales consortes!


Por estas y otras razones análogas vemos en la historia ca-
samientos de reyes acordados por los grandes ó por las Cortes,
y tratados como si fuesen asuntos de gobierno. Ramiro III
contrajo matrimonio con Doña Urraca con acuerdo de su ma-
dre Doña Teresa, su tia Doña Elvira y los grandes de Leon. El
conde de Castilla Garda Sanchez casó tambien por consejo de




DE DERECHO POLÍTICO. 195
los nobles con Doña Sancha, hermana de Bermúdo III de Leon,
la misma que pasó á segundas nupcias con Fernando el Mag-
no, segun el deseo de los ricos hombres !le ambos reinos, pre-
parando con este enlace la rennion ue las dos coronas. Alon-
so VI concertó el casamiento de su hija Doña Urraca con
Alonso I de Aragon, no sin consultar á los prelados y señores
de su corte (1). De Alonso VII cuenta la O?'ónica general que
«casó teniendo por bien los ames buenos de su imperio, ca ya
era en edat de casar, é de fazer heredero que mantuviese el
reino é los pueblos en paz». En el matrimonio de Alonso VIII·
con Doña Leonor, hija de Enrique II ue Inglaterra, intervinie-
ron las Cortes de Búrgos de 1169 (2).


La::; capitulaciones matrimoniales de Doña Berenguela y el
príncipe Conrado de Suevia fueron ajustadas en las Cortes de
Carrion de 1188; Y habiendo quedado sin efecto, intervino de
nuevo el reino en otro proyecto de boda de la misma infanta
con el príncipe Luis de Francia. En las Cortes de Valladolid
de 1301 se trató del casamiento de Fernando IV con Doña Cons-
tanza de Portugal; y én otras tambien de Valladolid celebra-
das en 1351, se concertó el del rey D. Pedro con Doña Blanca
de Borbon.


Juan I juntó Cortes en Soria el año 1380 para tratar, entre
otras cosas, del matrimonio del primogénito D. Enrique con
Doña Beatriz de Portugal con quien al cabo se casó el rey,
prévio el acuerdo de su Consejo. Enrique el Enfermo se casó


(1) Dec>,evit c"m .;s, dice á este propósito el arzobispo D. Rodrigo. De reb". Hisp.,
lib. V, cap. xxv.


El anónimo de Sahagun cuenta que .el rey (Alonso VIII) ya enterrado, ayuntá-
ronse los condes y nobles de la tierra, y fuéronse para la dicha Doña Urraca su
hija, diciélldole así: Tú no podrás retener ni gobernar el reino de tu padre, si no
tomares marido; por lo cual te damos el consejo que tomes por marido al rey de
Aragon>. Escalona, Hist. de Sahagu,n, ap. I, cap. xv.


Segun la Historia Compostelana, confiesa Doña Urraca haberse casado por acuer-
,lo del rey y de los nobles (communi consilio), y no de su libre voluntad: < Sieque
factum est, quod defuncto genitore meo, secundum eoruro dispositionem ct arbi-
trium, invita nupserint cruento phantastico Aragone¡¡si tyranno, infeliciter ei
juncta nefando et execrabili matrimonio >. Li~). I, cap. LXIV.


(2) Florian de Ocampo, parto IV, cap. v .
• En estas Cortes de Búrgos vieron los concejos et ricos-hornos del regno que era


ya tiempo de casar su rey, et acordaron do enviar demandar la fija del rey D. En- . ~
rique de Inglatorra ... Et esto acordaron todos, que la enviasen pedir á su padre.> ,rr- -'1
¡bid., parto IV, cap. Vil!. j ir


',"




196 CURSO
con Doña Catalina, hija del duque de Lancáster, mediante la
aprobacion de las Cortes de Bribiesca de 1387, continuadas en
Palencia en 1388. Enrique IV tomó consejo de los prelados y
caballeros de su reino juntos en Córdoba fill año 1457, ántes de
resolver su matrimonio con Doña Juana, infanta de Portugal.


Escribiendo Doña Isabel á su hermano Enrique IV con mo-
tivo de los vários proyectos de matrimonio á disgusto de la
princesa, le recuerda cómo el rey, los prelados, los grandes y
caballeros de su corte convinieron segun las leyes y ordena-
mientos, que se viese con cuidado y diligencia cuál de ellos
parecia más honrado á la corona y más cumplidero á la paci-
ficacion y ensanche de los reinos de Castilla, y se lastima de
que sólo por acuerdo particular de algunas personas inclina-
das á favorecer la pretension del rey de Portugal se le hubiese
apremiado á otro casamiento; y añade que hallándose así con-
tra toda razon y derecho cohibida, hizo de secreto sabedores á
los prelados, grandes y caballeros de los tratos que mediaban,
les pidió consejo, y le respondieron que loaban y aprobaban sn
enlace con el príncipe de Aragon (1).


Las Cortes de la Coruña de 1520 suplicaron al Emperador
que procurase volver pronto á estos reinos, y tuviese á bien de
casarse por el bien universal de ellos, para tener sucesion de
su real persona; y las de Toledo de 1525 le propusieron tomase
por mujer á la infanta de Portugal Doña Isabel con quien en
efecto compartió el trono. Por último, al mismo Felipe II ins-
taron las de Córdoba de 1570 para que llevase al cabo su medi-
tado enlace con Doña Ana de Austria (2).


La narracion antecedente demuestra que los grandes y pro-
curadores solian intervenir con su consejo en el matrimonio
de los ,reyes y sus inmediatos sucesores, cuando ocurrian du-
das ó dificultades de gravedad y trascendencia; y aunque esta
práctica más bien parece una loable costumbre que la rigorosa
aplicacion del derecho escrito, todavía las palabras de la prin-
cesa Doña Isabel permiten sospechar si existieron algunas le-
yes y ordenamientos de Cortes relativos al asunto. Por regla
general podemos asentar que no siempre, sino en casos árduos,


(1) Enrlquez del Castillo, C;oón. d0 Enríque IV, cap. CXXXVr.
(2) Sandoval, Hist. de Cí,;olos V, lib V, § XXVII, lib. XIII, § VI: Florez. Rrinal;


Católieas, t. II, pp. 851 Y 891.




DE DERECHO POLÍTICO. 197
precedia el acuerdo ó consejo de los principales del reino, yen
los demás se fiaba la eleccion de consorte á la prudencia del
rey y á su celo por el bien de los pueblos. Subsistió esta cos-
tumbre hasta los tiempos de la decadencia y ruina de las an-
tiguas libertades de Castilla, porque desde entónces prevaleció
la de aju~tar los reyes sus bodas y las de sus hijos como si fue-
sen negocios de familia; cosa natural una vez admitido el rei-
no patrimonial y ordenada la sucesion á titulo y en forma de
mayorazgo.


A otro propósito muy distinto hemos señalado los tiempos
de Fernando el Magno como la época en que empieza á preva-
lecer esta doctrina, porque la sucesion de las hembras, la par-
tija del reino y la carta dotal de Doña Sancha manifiesta:n que
ya se consideraba el poder de los reyes inherente á la posesion
del territorio y no fundado en el principio de la soberanía,
bien así como entre los señores era la tierra símbolo de auto-
ridad.


Así se explica la pretension de este rey, cuando trató con
Bermudo III que diese á su hermana en dote las tierras gana-
das á Lean por Sancho el Mayor de Navarra; y abierto el por-
tillo entraron por él Alonso VI quien, al casarse con Doña Leo-
nor de Inglaterra, le señaló por via de arras buen número de
pueblos y castillos pertenecientes á la corona. El Emperador
Cárlos V ofreció á su esposa Doña Isabel de Portugal trescien-
tas mil doblas, hipotecando para mayor seguridad las ciuda-
des de Andújar, Úbeda y Baeza, como si fuesen de su ~atri­
monio particular y no formasen ya parte del principado de
Asturias (1).


A tal extremo llegaron las antiguas y florecientes libertades
de Castilla, que no bastaba prescindir de la intervencion de
las Cortes en los matrimonios reales, sino que además, y para
colmo de desventura, era preciso tolerar la desmembracion d~
los pueblos por la autoridad absoluta. de los reyes que los ena-
jenaban, confundiendo en su orgullo dos derechos tan distin-
tos, como son la propiedad y la soberanía.


(1) Cascales, Discursos históricos de .'Ifurcia, disco VIII, cap. XVI.




198 CURSO


CAPITULO XX.


JURA DEL INMEDIATO SUCESOR.


Miéntras fué la monarquía electiva, procuraron los reyes ue
Asturias y Leon, como sus antepasados del linaje de los Go-
d03, que les sucediesen los hijos ó parientes mas cercanos, con-
tribuyendo no poco los vínculos de la sangre á perpetuar la
corona en una familia. Entre los medios que esta natural fla-
queza de animo sugirió á los reyes para transformar la elec-
cíon en herencia, fué muy principal hacer jurar por las Cortes
al sucesor inmediato, quedando desde entónces reconocido su
derecho, y en cierto modo elegido rey futuro por los dos Ó tres
brazos del reino segun los tiempos.


Hemos dicho que esta ceremonia empezó a usarse cuando
Alonso VI, á falta de sucesion masculina, concibió el pensa-
miento de transmitir la corona á su hija Doña Urraca; por lo
ménos no registran las crónicas ejemplo alguno mas remoto.
Salazar de Mendoza señaló su origen en la persona de Sanche
el Bravo, sin recordar que las palabras del arzobispo D. Ro-
drigo, etpatris p1'ivilegio amplectendus, dan ocasion á sospe-
char si Alonso VIII recibió tambien este pleito homenage en
vida de su padre Sancho In para robustecer el derecho del hij o
contrlla ambicion poco escrupulosa de su tio Fernando II de
Leon, como oportunamente observa Mondéjar (1).


Cuando así no fuese, consta que el mismo Alonso VIII hizo
jurar á su hija primogénita Doña Berenguela, y despues á su
hermano D. Sancho que finó á los pocos di as de nacido, por
lo cual se renovó el homenage á la dicha infanta, y más tarde
juró el reino á otro hijo del rey á quien llamaron D. Enrique.


Todavía antes de Sancho el Bravo tenemos el caso de su her-
mano mayor D. Fernando, porque dirigiendo la palabra Alon-
so el Sabio á los señores y caballeros juntos en Toledo estando
de partida para Alemania con lá Uusion de ceñirse la corona-


(1) J)Jemorüts h ist6rlcas del rey D. Alon8o el ]\-o!J!e, cap. V.




DE DERECHO POLÍTICO. 199
del Imperio, es sabido que les dijo «fincaba en los reinos el in-
fante D. Fernando su hijo primero heredero por señor y ma-
yorál de todos, é que bien sabian como le habian recibido por
rey e por señor despues de sus di as » (1). Hallamos pues por
nuestra cuenta vários ejemplos de jura anterio"res al de D. Sau-
cho citado por Salazar en concepto de haber dado oríg-en á esta
costumbre: yerro que llevó tras de sí la opinion de muchos y
graves escritores .•


La práctica de jurar al inmediato sucesor fué tan general y
constantemente observada, que pocos reyes se cuentan en Cas-
tilla que antes no hayan sido reconocidos herederos por las
Cortes, sobre todo en caso de duda ó temor acerca de la suce-
sion (2). Así refiere la historia que D. Pedro hizo jurar en las
de Bubierca de 1363 á sus tres hijas Beatriz, Constanza é Isa-
bel, la menor a falta de la mayor, no sobreviniendo varon le-
gítimo heredero del reino, recelándose ya de su hermano bas-
tardo, el conde de Trastamara, pretendiente á la corona. Así
tambien este usurpador, apénas alzado rey, hizo jurar á su
primogénito D. Juan en las de Búrgos de 1366. Por causas
parecidas la infanta Doña Isabel, primogénita de los Reyes
Católicos, fué jurada heredera en las Cortes de Madrigal de
1475, casi al tiempo mismo que sus padres tomaban posesion
del trono. Tanto fiaban los reyes de Castilla en aquella pleite-
sía, que no la reputaron vana ceremonia rodeada de pompa y
majestad, sino título nuevo y poderoso para adquirir la dispu-
tada herencia de sus progenitores.


Yen efecto, cuando Doiia María de Malina hubo de soste'-
ner el derecho de su hijo Fernando IV contra las pretensiones
del infante D. Juan, entre las razones que invocó fué una «que
los reinos los heredara muy bien y muy derechamente del no-


11) C,.ón. gene,.,,¡, parto IV, cap. IX: Colmenares, Hist. de Segovia, cap. XXII:
Quintana, G,.andezas de lIiad1'id, lib. IIl, cap. XLiII: Cabrera, Hist. de Felipe IJ,
lib. V, cap. VII.


(2j -Es cosa averiguada, dice Martinez Marina, que desde los dos Alfonsos VIII
y IX de Castilla y de Lean hasta nuestros dias ... ninguno llegó á ocupar el súHo
sino por este medio.> Teoda de las Cortes, parto Ir, cap. ]l.


Sin emhargo no es cosa tan averiguada, pues Fernando IlI, Enrique II, Cárlos II,
Felipe V y Cárlos In ocuparon el sólio sin habor precedido la jura; y es de presu-
mir que tampoco rué jurado en Cortes heredero del reino D. Pedro; por lo méno8
el silencio de su crónica y de la de su padre Alonso XI nos ¡m~OriZaIl á ponerlo
en dulla.




200 CURSO
ble rey D. Sancho, su padre, y que tal conocimiento le hiciera
el infante D. Juan mesmo, é otrosí que ge lo hicieran todos
los concejos de los reinos por tres veces, la una cuando le hi-
cieran homenage en vida del rey D. Sancho, su padre, etc.»


Enrique Ir en.una carta escrita al príncipe de Gales en res-
puesta á otra por la cual le requeria para que se desapoderase
del reino usurpado á D. Pedro, se excusaba con que dodos los
del reino de su propia voluntad vinieron á nos, é nos tomaron
por su rey é por su señor, así perlados como caballeros, é fijos-
dalgo, é ciudades, é villas del reino. Lo cual (prosigue) non esde
maravillar, ca en tiempo de los Godos que enseñorearon las Es-
pañas, donde nos venimos, así lo ficieron, é ellos tomaron é to-
maban por rey á cualquier que entendian que mejor los podría
gobernar, é se guardó por grandes tiempos. esta costumbre en
España; é aun hoy dia en España es aquella costumbre, ca ju-
ran al fijo primogénito del rey en su vida, lo cual nones en
otro reino de cristianos» (1).


El lenguaje de Enrique II era el único posible y convenien-
te para disimular la fealdad de la usurpacion; y como, en
cuanto hijo bastardo de Alonso XI no podia subir al trono se-
gun la ley de Partida, acude al sofisma de resucitar la mona¡'-
quía electiva, é interpreta que la eleccion de rey está viva por
el hecho de jurar en Cortes al inmediato sucesor.


Isabel la Católica, teniendo noticia de los tratos secretos que
se movian para anular la concordia de los Toros de Guisando,
escribe a Enrique IV, le recuerda que fué declarada y recono-
cida heredera del reino y esfuerz~ su derecho de sucesion con
el juramento que alli y en Ocaña (1468) le habian hecho los pre-
lados, los grandes y los procuradores de recibirla por reina y
señora despues de los dias de su hermano, y así lo cumplieron
en Segovia el año 1474 (2).


En opinion de Mondéjar la jura del inmediato sucesor viene
a ser el símbolo y recuerdo del antiguo derecho de elegir rey
conservado al través de la monarquía hereditaria (3). En efec-
to, así lo entendia Enrique II ó lo aparentaba, no hallando otro


(1) C",6n. del rey D. Pedro, año XVIII, cap. XI.
(2) C,.6n. de Enriqt<e IV, cap. CXLIV: Pulgar, C,.6n. de los Reyes CMólieos,


parto I, cap. v.
(3) .Wemo;·ias hist. del ,'ey D. Alonso el Sabio, lib. V, cap. xxxv.




DE DERECHO POLÍTICO. 201
medio de dar á su usurpacion color de legitimidad; pero no es
así como debe entenuerse segun las reglas de la buena crítica
y segun resulta de la historia.


Más probable parece atribuir el origen de la jura á la cos-
tumbre antigua de asociar al gobierno el padre al hijo ó el
hermano al hermano, de donde tambien procede la coronacion
del rey futuro en vida del reinante. Hay sin duda mayor ana-
logía entre estos actos y la jura, que entre la jura y la elec-
cion, porque la solemne promesa de recibir al heredero por rey
despues de los dias del poseedor de la corona equivale á una
asociacion virtual, es decir, á la re un ion de dos nombres para
facilitar la comunicacion del poder, de modo que no muera el
rey, aunque fallezca la persona en quien vive la institucion.


Todavía nos atrevemos á insistir en que el derecho electivo
no puede ser la raíz de la jura, considerando que esta cere-
monia más significa la declaracion y confirmacion (lel derecho
hereditario, que el libre arbitrio de escoger un principe digno
de sentarse en el trono. No hay memoria de pleito homenage
al hijo del rey anterior á los tiempos de Alonso VI, cuando.ya
la monarquía habia tomado la forma hereditaria; y si fuese
verdad, como pretende. Mondéj al', que la eleccion se red uj o
poco á poco al acto de la jura, en el cual ve la sombra de aquel
primitivo derecho, mayor deberia ser la frecuencia de estas
solemnidades, cuanto más cerca estuviese la monarquía de su
orígen electivo.


En resolucion, es la jura un pacto de que nace una recípro-
ca obligacion entre el rey y el reino, porque si el primero re-
cibe el juramento de fidelidad y obediencia á nombre de su
inmediato sucesor, el segundo declara las dudas acerca de la
sucesion, confirma el derecho y manifiesta su voluntad de sus-
tentarlo en las ocasiones de peligro. Así lo comprendió Cabre-
ra, cuando á propósito de lajura del principe D. Cárlos, primo-
génito de Felipe II, escribe: « homenage que dicen se hace,
porque de presente da nuevo derecho,·y en lo venidero apro-
vecha para el pleito que se moviera sobre la sucesion» (1).


Verificábase la ceremonia de jurar al inmediato sucesor de
ordinario en las Cortes; pero tambien en alguna junta más ó


(1) Hist. de Felipe IJ, lib. V, cap. VII.




202 cunso
ménos numerosa de prelados, grandes y caballeros y en un
solo acto, ó tal vez en lugares y por clases separadas. Doña
Catalina, primogénita de Juan Ir, fué jurada en Toledo el
año 1423 por ciertos prelados y ricos hombres sin asistencia
de los procuradores; y para recibir el pleito homenage de las
ciudades y villas y de los caballeros ausentes, diputaron á otros
en cuyas manos prestasen el juramento de fidelidad segun cos-
tumbre (1). En la jura del príncipe D. Alonso, hermano de
Enrique IV, tampoco suenan las ciudades y villas, sino sola-
mente tres obispos, algunos grandes y vários caballeros; y la
princesa Doña Isabel fué jurada en los Toros de Guisando por
los prelados y caballeros, y despues por los procuradores de
las ciudades y villas del reino en las Cortes de Ocañade 1468 (2).


Cuando era -varon el heredero de la corona, no habia más
que una jura; mas siendo hembra, salia repetirse el acto, por-
que como el pleito homenage se prestaba á condicion de faltar
descendencia masculina, quedaba roto el vínculo de fidelidad
y obediencia contraido con la infanta en el punto mismo en
que sobrevenia el nacimiento de un infante. Si éste maria án-
tes que el rey, pedian la razon y la costumbre no revalidar
un juramento anulado por la interposicion del mejor derecho
del hijo, sino jurar de nuevo á la hija que recobraba el de pri-
mogenitura.


Así cuenta la historia que Doña Berenguela fué jurada á
poco de haber nacido como primogénita de Alonso VIII la vez
primera, y la segunda despues de la temprana muerte del in-
fante D. Sancho, cuya pleitesía perdió tambien su valor con el
nacimiento de D. Enrique llamado á ocupar el trono de Casti-
lla. La infanta Doña Isabel, primogénita de los Reyes Católi-
cos, fué asimismo jurada dos veces, la una ántes de venir al
mundo el príncipe D. Juan, y la otra acabados sus dias. En
semejantes casos se prestaba el juramento con la cláusula de
reconocer á la infanta por heredera y sucesora del reino, si el
rey llegase á fallecer sin dejar hijo legítimo á quien transmitir
la corona, que tal era la fórmula de costumbre.


Miéntras la representacion de los reinos estuvo dividida, era
n~tur'al que la:- jura se verificase en miaa uno separadameúte,


(l) C,·Ón. de D. J"an IJ, año XXllI, cap. l.
(2) Crón. de D. Enrique IV, cap. LXVII y cap. CXVlll.




DE DERECHO POLÍTICO. 203
segun aconteció con Felipe III que fué reconocido príncipe de
Portugal en Lisboa (1583), de Asturias en . Madrid (1584), de
Gerona en Zaragoza, Barcelona y Valencia (1585), y de Na-
varra en Pamplona (1586); mas lo frecuente era ser jurado el
príncipe heredero de los reinos de Castilla y Aragon en sus
Cortes particulares hasta que se juntaron en los tiempos de
Felipe V, pues desde entónces' con Una sola ceremonia quedaba
recibido sucesor de todos los estados y señoríos pertenecientes
á la corona de España.


Tenian obligacion de acudir á prestar el pleito homeuage
las mismas clases á quienes daban la ley ó la costumbre voz y
voto en Cortes, como los infantes, prelados, grandes,. caballe-
ros y procuradores de las ciudades y villas, segun los brazos
que en cada época entraban en la composicion de aquellas'
juntas del reino. A este fin expedian los reyes sus cartas con-
vocatorias señalando el dia y lugar á donde debian acudir las
personas comprendidas en el llamamiento; y llegado el caso,
se celebraba la ceremonia con pompa y majestad real, guar-
dándose el órden de precedencia y los privilegio~ de clase, ciu-
dad ó familia que en las Cortes solian respetarse, segun.lo ad-
vertiremos en ocasion oportuna.


CAPITULO XXI.


DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS.


En la monarquia hereditaria la más alta dignidad despues
del reyes la del inmediato sucesor en la corona, como desti-
nado por la naturaleza y las leyes á regir el reino, y si no par-
ticipe de la autoridad, á lo ménos asociado á la grandeza y
majestad del sólio.


El primogénito del rey, ó aquel de SU8 hijos á quien debia
venir por derecho el reino, llevó en lo antiguo el título de in-
fante primer heredero; y así llamó Alonso el Sabio á D. San-
cho despues de la muerte de su hermano mayor D. l!'ernando,




204 CURSO
hijo primero y heredero de estos reinos, reconociendo en él
aquella primogenitura que cuando no estaba admitido el de-
recho de representacion, le abria el camino del trono.


Reinando Juan I le disputó con las armas la corona Juan de
Gante, duque de Lancáster, marido de Doña Constanza, hija
del-rey D. Pedro. Cansados de librar sus derechos en la suerte
vária de la guerra, ajustaron por bien de paz el matrimonio
de Doña Catalina, hija mayor del duque, con D. Enrique in-
mediato sucesor de Juan I, y fué uno de los capítulos de esta
concordia que tomarian los esposos el título de príncipes de
Asturias, el cual continuó siendo el ordinario del primogénito
del rey de Castilla, á semejanza del de príncipe de Gales que
lleva el heredero del reino de Inglaterra desde el casamiento
de Eduardo, hijo de Enrique m, con la infanta Doña Leonor,
hija de S. Fernando. Singular coincidencia, que un enlace de
las familias reinantes en Castilla é Inglaterra hubiese dado
orígen á la dignidad extranjera, y otro -enlace por el estilo
hubiese introducido una dignidad semejante en nuestra pá-
tria (1). ..:


Siguióse invariablemente esta regla hasta el dia; y aunque
Salazar de Mendoza señala un caso de excepcion en D. Enri-
que,primogénito de Juan Il, que llevó (segun dice) el título
de príncipe de Jaen, cuya opinion adoptaron algunos escrito-
res de autoridad, no hallamos motivo bastante poderoso para
ceñirnos á ella (2).


La crónica refiere que el rey «tomó el cetro de oro, é lo puso
en la mano de D. Enrique, é ge le dió como á príncipe de As-
turias heredero de sus reinos». El mismo rey, estando en Tor-
desillas el año 1444, expidió un albalá mandando entregar á
su hijo dicho principado, y D. Enrique, en virtud de esta carta,


(1) Dice Caseales que en las Cortes de Bribiesca de 1388 queJó asentado que el
infante D. Enrique se llamase de allí adelante príncipe de Asturias, y la infanta
Doña Catalina, su esposa, princesa. Discursos hist. de Murcia, disco VIII, cap. x VI.


En esto no acierta el historiador, porque las Cortes de Bribiesca se celebraron
en 1337, y en 1388 las de Palencia, segun consta de sus actas. Tambien hay error
en suponer que el principado de Asturias tenga orígen distinto de las capitulacio-
nes ajustadas entre el rey y el duque. La Cr6ni.ca así lo refiere, y los cuadernos de
unas y otras Cortes nada contienen que permita sospechar la intervencion del
reino en la creacion de esta dignidad. Lopez de Ayala, Cr6n. de D. Juan I, año X
cap. IlI. Cortes de los antiguos ¡'einas €le LllOn y Castilla, t. Il, pp, 359 y 401.


(2) Origen de las dignidades seglares de CastHla y Leon, lib. III, cap. XXIIl.




DE DERECHO POLÍTICO. 205
ejerció actos de señorío y se intituló príncipe de Asturias (1).


Lo que indujo á Salazar de Mendoza en yerro fué la dona-
cion muy posterior que el débil .Juan II hizo á su hijo del reino
de Jaen con el título de principado á solicitud del inquieto y
bulliciosoD. Juan Pacheco, marqués deVillena, quien, como
gozaba de la privanza de D. Enrique, deseaba para él mayor
estado y riquezas (2). Así pues, Enrique IV, miéntras fué in-
mediato sucesor á la corona, llevó primeramente el título de
prín~ipe de Asturias como todos los primogénitos del rey des-
de 1388, y despues el de príncipe de Asturias y de Jaen, aquél
por derecho de nacimiento t y éste por merced singular, y no
hereditario, sino vitalicio.


EJiítprincipado de Asturias suponia dotacion conveniente á
la segunda dignidad del reino, y conforme á la costumbre de
aquellos tiempos, el príncipe poseyó tierras, fortalezas, ciuda-
des, villas y lugares con señorío y jurisdiccion en su estado.
Así ponia jueces, nombraba alcaides, cobraba rentas, exigia
tributos y gobernaba sus vasallos con toda la voz real. Al prin-
cipio estaba limitado á las Asturias este patrimonio; pero más
tarde fueron comprendidas en él várias ciudades importantes
de Andalucía, como Jaen, Úbeda, Baeza y Andújar.


Estando Juan II en Tordesillas el año 1444 declaró el pri"n-
cipado de Asturias mayorazgo de su primogénito, y le hizo


(1) Cr6nica da n. Juan n, por Fernan Perez de Guzman, año XIX, cap. II: F1o-
rez, España Sag"ada, t. XXXIX, pp. 207, 2!J4 Y 302.


(2) • Dias habia que D. Juan Pacheco, pri~do del príncipe D. Enrique, deseaba
al príncipe estado y riquezas en que poder meter las manos, trayendo inquieto el
ánimo con la ambician de señorío y imperio ... Y considerando de cuanta importan-
cia era el reino de Jaen por ser llave de los reinos de Castilla, puerta de la Anda-
lucía, frontera del reino de Granada y presidio de la milicia toda; y que siendo
señor liesto, tenia á su mano las llaves de la paz y de la guerra, trató con el rey
D. Juan que demás del principado de Asturias ... se diese al príncipe el reino de
Jaen, y siéndole concedido ... le hizo donacion de las ciudades, villas y lugares dél
con título de principado .• Argote de Molina, Nobloza de Andalucía, lib. JI, capí-
tulo OOXLVIII.


Sandoval dice que D. Felipe y Doñ,a Juana fueron jurados príncipes de Lean y
Castilla en Toledo el año 1502. Hist. da CMlos V, lib. 1, § XI.


Esta expresion no significa un título nuevo, sino que la usa el historiador eomo
equivalente á estotra: • Y pasados algunos dias fueron juntos los grandes y prela-
dos y procuradores que allí estaban, y juraron por princesa y heredera de los rei-
nos de Castilla y Lean á la archiduquesa Doña Juana, y al archiduquo D. Felipe,
como á su marido >. Crónica de Felipe I, por D. Lorenzo de Padilla, cap. XII. V. Co-
l€Ocion de documentos in~ditos, t. VIII, p. 48.




206 CURSO
merced de todas las ciudades, villas y lugares de Asturias con
sus tierras, términos, fortalezas, jurisdiccion, pechos y dere-
chos pertenecientes á su señorío por toda la vida del príncipe,
y despues de él á su hijo mayor legítimo con la cláusula de
no poder enajenar (1). Entónces escribió D. Enrique al princi-
pado vindicando su señorío como hijo primogénito heredero
del señor rey y príncipe de Asturias, añadiendo que «los veci-
nos y moradores de ellas son sus vasallos, y que há y tiene de
haber las dichas tierras por título de principado y mayorazgo,
y los otros hijos primogénitos herederos de los reinos de Cas-
tilla y Leon que despues de él vinieren unos en pos de otros
de grado en grado perpétuamente» (2).


En virtud de este señorío envió el príncipe personas q~ re-
cobrasen ciertas villas y lugares usurpados y tomasen posesion
de ellos, nombró corregidores y jueces, y en suma gobernó
aquella tierra como rey tributario de la corona de Castilla, es
decir, con imperfecta soberanía, puesto que no era absoluta sn
independencia.


Tal fué el principado de Asturias hasta los Reyes Católicos
que lo dejaron reducido á un mero título sin autoridad alguna,
perseverando en esta idea todos los reyes de la casa de Austria.
Felipe V no se apartó de tan sábia política, pues habiendo sido
jurado heredero su primogénito D. Luis en las Cortes de Ma-
drid de 1709, acudió el fiscal regio en súplica de que se le aiese
la posesion de su principado como Juan 1 la dió á D. Enriqne
en 1388. Pasada la peticion 1!1 Consejo de Castilla, consultó al
rey que no convenia dar al primogénito más que el nudo nom-
bre, porque de tener otro soberano incluido en los reinos po-
drian nacer muchos, y no pocas veces vistos inconvenientes,
segun podia mostrarse en el ejemplo de D. Enrique contra su
padre Juan II, por lo cual todo se debia agregar á la corona,
dando al príncipe de Asturias alimentos proporcionados á Sil
edad y grandeza; con cuyo prudente dictámen se conformó el
rey, y así continuó hasta nuestros dias establecido (3).


(1) Flotez, España Sag,.ada, t. XXXIX, pp. 201 Y 291.
(2) Ibl:d., p. 302.
El P. Carballo atribuye equivocadamente esta fundacion de mayorazgo á Enri-


que III en favor de su primogénito D. Juan. Antigüedades de AstWJ'ias, p. 421.
(3) Comenta..ios del marqués de San Frlipp, t. l, 1'. m3.




DE DEUECHO POLÍTICO. 207
Una cuestion digna de estudio es si conforme á nuestras le-


yes y costumbres existe ó puede existir el título de princesa de
Asturias por derecho propio ó independiente de la calidad de
mujer del príncipe. Consultando la historia hallamos el pri-
mer ejemplo de haber sido llamada princesa sin el aditamento
de Asturias Doña Catalina, hija primogénita de Juan n, jura-
da heredera de los reinos de Castilla y Leon en Toledo el año
1423. Por su temprana muerte fuéjurada la hija segunda Doña
Leonor heredera de los reinos y señoríos de su padre en Búr-
gos el año 1424; mas no la llamaron princesa, ó por lo ménos
el cronista no lo declara (1).


Doña Juana, hija de Enrique IV, fué jurada en Madrid el
año 1462 princesa heredera del reino: despues Doña Isabel,
princesa, heredera y sucesora del rey su hermano segun la
concordia de los Toros de Guisando en Ocaña el año 1468, y
más tarde volvió á ser jurada la misma Doña Juana en Val-de-
Lozoya en 1470 princesa heredera y legítima sucesora de Cas-
tilla y Leon (2).


Como princesa y primogénita heredera de los Reyes Católi-
cos fué jurada, á falta de varon, la infanta Doña Isabel en las
Cortes de Madrigal de 1476; Y por muerte del príncipe D. Juan,
recobró su título mediante nuevo homenage que le rindieron
las Cortes de Toledo de 1498 (3).


Doña Juana, á quien vino la sucesion de los Reyes Católicos,
tambien fué jurada princesa, primogénita heredera y legítima
sucesora de los reinos de Castilla, Lean y Granada en Toledo
el año 1502. S610 Doña Isabel, hija primogénita de Fernan-
do VII, recibi6 el título de princesa de Asturias por un acto de
potestad real, en atencion á ser la heredera del rey y legíti-


(1) C,·6nica de D. Jitan 11, año XVII, cap. 1, y año XVIII, cap. III.
(2) Cr6nica de D. En.-ique IV, cap. XL, cap. CXVIII y cap. CXL VII.
(3) Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos .
• Como príncipes de Asturias, > dice el Sr. Lafuente hablando de Doña Isabel y


sn marido D. Mannel de Portng"'al. Dist. genM·al de E'spafia, t. X, p. ~6.
En la convocatoria (le estas Cortes se usa solamente el titulo de princesa .• Man-


damos (dice) dar para vos esta nnestra carta, por la que vos mandamos que ... jnn-
tos en vuestro concejo, elijades é nombredes vnestros procuradores de Cortes ...
para facrr el dicbo reribimiento é juramento á la dicha nnestra hija por princesa
é nuestra legitima heredera dostos nuestros reinos de Castilla, de Lean y de Gra-
nada en defecto de varan ... et al serenísimo rey de Portugal como á su legítimo
marido.' Martinez Marina, Teo;·íc, (le ¡ elS C01·tes, parto IT, cap. lIT.




208 CURSO
ma sucesora de la corona, reconocida despues en las Cortes
de Madrid de 1833, en las cuales fué recibida y jurada por el
reino (1).


Vemos pues que el título de príncipe de Asturias es propio
del hijo primogénito del rey y heredero necesario de la coro-
na. Decimos heredero necesario, porque los reyes no pueden
por sí solos alterar ni mudar la ley fundamental de sucesion.


Hijo primogénito es el que adquiere el primer lugar en la
sucesion del reino, del cual no puede ser desposeido, porque el
derecho de primogenitura ha de ser firme y constante, y no
incierto ó variable como una esperanza más ó ménos remota
de ocupar el trono (2).


De todo lo expuesto resulta que en rigor de principios y
conforme á la tradicion no pueden las mujeres llevar el título
de princesas de Asturias. La cláusula del albalá que equipara
el principado de Asturias á un mayorazgo fúndado en la cabe-
za del primogénito del rey y transmisible despues de él al hijo
mayor legítimo, confirma esta opinion. En realidad si el titulo
de príncipe de Asturias es propio y exclmdvo del inmediato SI1-
cesar en la corona, no conviene á las mujeres, cuyo derecho a
suceder es siempre condicional, dada la preferencia en igual-
dad de línea y grado del sexo masculino.


Con mayo_r razon todavía no pertenece dicho titulo á los
hermanos del rey, puesto que se ha reservado desde su crea-
cion para el hijo mayor legítimo, y no para el inmediato suce-
sor por línea recta ó trasversal; y así es que no se tituló prín-
cipe de Asturias D. Alonso, hermano de Enrique IV, reconoci-
do y jurado heredero del reino en 1464, sino tan sólo príncipe,
en la acepcion comun de la palabra; y en este mismo sentido
se llamaron princesas Doña Isabel la Católica y sus hijas Doña
Isabel y Doña Juana por su derecho desucesion y el juramento
en Cortes.


(1) Real decreto de 13 de Octuhre de 18BO.
(2) Salazar de Mendoza, Monarquía de Espa,;a, lih. V, cap. VIII.




DE DERECHO POLÍTICO. 209


CAPITULO XXII.
DE LOS INFANTES DE CASTILLA.


Llaman en Castilla infantes á los hijos legitimos de los re-
yes, no primogénitos, desde que se introdujo el título de prín-
cipe de Asturias para designar al inmed~ato sucesor, y por
igual estilo apellidan á las hijas legítimas infantas (1).


Hemos dicho hijos legitimos, ya porque no lo siendo no per-
tenecen á la familia real, ya porque así es razon para con-
servar el esplendor del trono y de la dinastía, y ya en fin por
cuanto lo autoriza y sanciona la costumbre.


Confirman esta doctrina las leyes de Partida donde dicen:
«Infantes llaman en España á los fijos de los reyes, y fijos
segnn la ley, llaman aquellos que nascen de derecho casa-
miento» (2).


Ocurre alguna vez en el curso de la historia aplicar el nom-
bre de infante á un hijo bastardo del rey; pero en tales casos
no significa dignidad, sino edad temprana (3~ El rey Alon-
so IX de Leon nunca llamó infante á su hijo D. Sancho habido
de ganancia, ni Enrique II rué conocido sino por el conde de
Trastamara, ni el vencedor de Lepanto tuvo otro nombre que
el glorioso de D. Juan de Austria. Tampoco mereció el titulo
de infante el segundo D. Juan de Austria, hijo bastardo de Fe-
lipe IV, aunque la cortesía ó la lisonja se lo hayan algunas
yeces otorgado.


Entienden ciertos escritores que el dictado de infante ha ve-
nido de la costumbre de asociar los reyes godos á sus hijos al
gobierno, y de apellidarlos reyes infantes, como si dijéramos
reyes mancebos ó de corta edad para diferenciarlos de sus pa-
dres; costumbre extendida á los tiempos en que se introdujo


(1) • Sic enim (infantes) appellant Hispani filios 'regum post primogenitum, quí
posteaquam adjuratus est successor, atque regni hreres, dicitur prlnceps.> Mlii
Ant. Nebrisensis, Deead., lib. 1, cap. II.


(2) L. 1, tít. VII, part.!I.
(3) Florez, Reina.' Católicas, t. T, p. 206.


,




210 CURSO
la de jurar al inmediato sucesor (1). Esta opinion no lleva ca-
mino, pues no hallamos usada la palabra en las crónicas, ni
en el Forum J1tdicum, ni en los documentos de la época en el
sentido de dignidad, ni tampoco es cierto que fuesen llamados
infantes solamente los herederos jurados, segun puede com-
probarse examinando las historias y privilegios anteriores á
Doña Urraca. Parece, sí, fuera de duda que la significacion
propia y comun dé la voz latina infans ó menor de siete años,
dió orígen al título de infante, sin ser posible fijar la época en
que empezó á usarse para designar los hijos de los reyes; bien
que puede asegurarse que la dignidad de infante no fué auto-
rizada podey alguna hasta la publicacion de las Partidas.


Cítanse ejemplos de infantes que no fueron hijos, sino des-
cendientes más ó ménos próximos de reyes, como los siete in-
fantes de Lara y los infantes de Carrion; pero supuesto que
hayan existido (y hay razones para dudarlo), á nuestro juicio
carece esta palabra en ambos casos del valor legal que le atri-
buyen, no significando sino mancebos, ó si acaso poseedores de
las tierras de infantado habidas por heredamiento y perpetua-
das en su linaje (2).


Procuraban los reyes heredar á sus hijos no primogénitos
haciéndoles cuantiosas mercedes de tierras y vasallos con pin-
gües rentas y derechos, y traspasándoles el señorio de algunas
ciudades, villas y lugares con toda la voz real. Estos hereda-
mientos, recomendados por las leyes de Partida, tuvieron el
nombre de infantados ó infantazgos, como el d~ Lean, que se
conjetura formado con las tierras en que Fernando 1 instituyó
por herederas á sus dos hijas la9 infantas Doña Urraca y Doña
Elvira, señoras de las ciudades de Zamora y de Toro, el de Cas-
tilla, al que pértenecieron cuatro villas llamadas las Peñas de
San Pedro, Salmeron, Val-de-Olivas y Alcocer con sus aldeas,
que fueron patrimonio de infantes y otros menores (3).


Además de estas ventajas y preeminencias eran los infantes
contados los primeros despues del rey y del príncipe entre la
nobleza, formaban parte del consejo privado de los reyes, con-


(1) El libro de la nobleza, ms. de la Bibl. Nac., K. Uf2, f. 110.
(2) Salazar de Mendoza, Dignidades seglares de Castma, lih. r, cap. VII: Garibny.


Compendio hislOl'ial, t. n, p. 112. ,
\3) Salazar do Mondoza, Monrtt'q1l,a de FspcMia, lih. n. cupo XI.




DE DERECHO POLÍTICO. 211
firmaban sus cartas y gobernaban el reino en los casos de mi-
noridad segun las leyes, ó por ser fuertes y poderosos.


Sus deberes guardaban proporcion con sus derechos, porque
debian dar ejemplo de lealtad y obediencia al rey, asistir á las
Cortes como vasallos de la corona, acudir con su mesnada á la
guerra, y mostrarse en todo dignos de tales padres y de su
grandeza. La costumbre habia querido que no pudiesen con-
traer matrimonio sin real permiso; cosa conveniente para man-
tener limpia de toda mancha la familia en quien se hallaba
vinculada la sucesion al trono y conservarla en la gracia de
los pueblos.


Pasó esta loable costumbre á ser ley escrita en el tiempo de
Cárlos III, estableciendo la obligacion dé dar los infantes cuen-
ta al rey de los contratos matrimoniales para su aprobacion,
so pena de quedar por el mero hecho de contravenir á ella in-
hábiles á gozar de los títulos, honores y bienes dimanados de
la corona. Poco despues se declaró y amplió el precepto, ha-
biendo Cárlos IV ordenado qne los infantes y otras cualesquie-
ra personas reales no tuviesen ni pudiesen adquirir la libertad
de casarse sin real licencia, que se les concederá 6 negará (pro-
sigue la ley) en los casos que ocurran, y con las condicio-
nes acomodadas á las circunstancias (1).


CAPITULO XXIII.


TESTAMENTO DE LOS REYES.


Miéntras fué la monarquía electiva, el testamento de los re-
yes no podia traspasar los angostos límites que el Forum Ju-
dicum les trazaba al distinguir con toda claridad los bienes
patrimoniales del príncipe de los pertenecientes á la corona.
Cuando vino la sucesion hereditaria, yen pos de ella la asocia-
cion de las ideas de propiedad y soberanía, empezaron los mo-


(1) L1. 9 y 18. tít. ll, líb. X Nov. Ra~op.




212 CURSO
narcas á disponer en forma de última voluntad del todo ó una
parte del territorio nacional, como si el reino fuese patrimonio
de su faniilia.


Así de abuso en abuso, del testamento del rey segun el de-
recho comun y privado, se llegó hasta el testamento segun el
derecho público, al principio confirmado por los grandes, prela-
dos y procuradores, y más adelante, olvidada esta cautela, con
fuerza de obligar en virtud del poderío real absoluto, y habi-
do por ley, no sólo á falta de otras en contrario, pero tambien
á pesar de cualesquiera ordenamientos, fueros, privilegios ó
costumbres.


Fernando el Magno, hábil político y conquistador infatiga-
ble, á quien la posteridad venera por sus virtudes y por haber
sido el fundador de la grandeza de Castilla, cayó en la debili-
dad de repartir en su testamento y desmembrar la monarquía,
dejando heredados sus cincos hijos; «de cuya particion (dice
la crónica) pesó mucho á D. Sancho que era mayor, é pertene-
ciale todo segun las leyes é costumbres de los Godos que estas
Españas señorearon, é dijo á su padre que él facia en esto su
voluntad, mas no lo que debia, y que él no consentia ¡m esto.
Yel rey le respondió que élhabia ganado estos reinos, y poclia
hacer dellos lo que quisiese» (1).


No anduvo el rey muy atinado en el hecho, ni fué tampoco
muy feliz en darle color de justicia, porque ni logró su deseo
de alejar todo motivo de querella entre los hermanos, ni era
buena la razon de haber ganado aquellos reinos para sí por
derecho de conquista, pues todo cuanto adquirian los reyes
pro apice regni debia pasar intacto al sucesor (2). Apartando la
vista de este gran yerro, y no obstante las palabras de Diego
de Valera, «desta particion pesó á muchos de los grandes del
reino,» es lo cierto que Fernando el Magno hizo testamento
habito magnatoJ'um generali con'Oent1t, segun refiere el monje
de Silos, y que sin la más 6 menos gustosa aprobacion de In
mayoría de los nobles, la última voluntad del rey en órden al
repartimiento de sus estados, jamás habría sido respetada ni
cumplida .


. (1) Crón. ab~e1)iada por Masen Diego ele Valem, parto IV. enp XXXIX: (lr611. (!q.
neral, parto IV, cap. l.
(~) L. 5, tito T. lib. II POl·. Jud.




D~ DERECHO POLÍTICO. 213
Cercano á la hora suprema Alonso VI, hizo solemne testa-


mento en el cual nombró heredera y sucesora de sus reinos á
su.hija única legítima Doña Urraca, á la sazon viuda del con-
de D. Ramon de la casa de Borgojia. Previendo el caso de que
Doña Urraca contrajese segundas nupcias, dispuso el rey que
su nieto D. Alqnso tomase poses ion del reino de Galicia y lo
gobernase durante la vida de su madre, y despues de sus dias
ciñese las coronas de Leon y Castilla (1). Eran estas demasia-
das novedades para ser admitidas por la sola voluntad del
monarca testador; y así fué que se creyó necesario solicitar la
confirmacion de la nobleza con juramento (2).


No es ménos digno de reparo el testamento de Alonso el Sa-
bio. El famoso autor de las Partidas, donde se consagra la ley
fundamental que «el señorío sea siempre uno, é nQ lo enaje-
nen nin departan,» mandó al infante D. Juan los reinos de Se-
villa y Badajoz, yal infante D. Jaime el de Murcia, desmem-
brándolos de la corona de Castilla, aunque manteniéndolos en
su dependencia como tributarios. Procedió en esto con noto-
ria inconsecuencia, faltó á las antiguas leyes de la monarquía,
y dió el primero el ejemplo de no someter su última voluntad
á la aprobaCion de las Cortes Ó siquiera de los principales del
reino, y así no fué cumplida (3). .


Que el testamento del rey D. Pedro no hubiese sido guarda-
do en ninguna de sus partes, lo explican su desgracia y el ódio
del usurpador fratricida; pero que el de Enrique 11 el Bastardo
lleye el sello de una disposicion familiar, como se echa de ver
en la multitud de mandas de ciudades, villas y lugares, rentas,
pechos y derechos de la corona, y sobre todo en la forma im-
perativa de instituir heredero, sin consagrar un recuerdo á la
ley de suceslon ya vigente, es una sinrazon y un agravio tanto'
más vituperables, cuanto peor asientan en el ánimo de un rey


(1) Hist. Compo.,¡elana, lib. I, cap. LXIV.
(2) ,Cum atlhuc infans e8se (habla Alonso VII 1 proceres totius Gallrecire Legio-


nero ( avus meus) convocasse, et jusisse eos facere mihi hominium etjuramentum:
ct accepto juramento ab uno quoque illorum, dedisse mihi dominium totius Ga-
llrecire ... Hoc ipsa mater mea et omnes Gallrecire proceres sanxerunt"jurejurando.>
lbifl., cap. CVIII.


(3) Mondéjar, lffemo";as hist. del r"y D. Alonso el Sabio, lib. VI, cap. XXXI y
cap. XXXlI: Garibay, Compendio histodal, lib. XIII, cap. XVI:" lffemol'h¡¡ hi,tórico,
t. I, pp. llO y 122.




214 CURSO
que invocó el prinéipio electivo como títúlo único para subir
al trono (1).
, El de Juan 1 dió ocasion á mayores movimientos y disc?r-
dias, porque á pesar de haber el rey ordenado que durante la
minoridad del príncipe gobernasen seis personas á quienes
confirió el cargo de tutores y regidores del reino, y de haber
sido confirmado dicho testamento en las Cortes de Guadalajara
de 1390, todavía las de :Madrid de 1391 acordaron no estar á la
última voluntad del monarca, y establecieron un Consejo de
regencia compuesto de cierto número de grandes, prelados,
caballeros y procuradores. La razon aparente de esta extraña
novedad era que «ninguno de los mayores non oviese tan
grand poder en el regimiento que pudiese dañar á ninguno;»
mas el verdadero motivo «calmar muy grandes envidias, en
guisa que algunos fueron puestos en el Consejo por los con-
tentar, é non les d{1r lugar que se partiesen despagados» (2).


Sin embargo tornó el reino á su primer acuerdo en las Cor-
tes de Búrgos de 1392, con lo cual triunfó de los que estaban
por que se guardase el testamento del rey contra el de los am-
biciosos que llevaban la voz del Consejo. Y aunque se ip.vocó
en este caso la autoridad de la ley de Partida, y al fin prevale-
ció en cuanto li:tS Cortes encomendaron la gobernacion del rei-
no á los tutores nombrados por Juan 1, no se cumplió del touo,
pues en vez de seis debieron haber sido uno, tres ó cinco (3).
Sirva el ejemplo para probar que todavía, sin la sancion de las
Cortes, era ilusoria la última voluntad de los monarcas.


El testamento de Enrique III forma época en nuestro dere-
cho público, no sólo por lo que este rey ordena, sino tambien
por la doctrina que establece. Ko basta ya instituir á su hijo
primogénito D. Juan heredero universal de todos sus reinos y
señoríos y de todos los otros sus bienes así muebles como raí-
ces, confundiendo los pertenecientes á la corona y los tocantes
al patl'imonio particular del príncipe, ni tampoco otorgar un


(1) .Otrosí tenemos por bien que despues de nuestros dias que haya é herede to-
dos los nuestros regnos el infante D. Juan, mi fijo ... á quien nos establecemos é
ordenamos por nuestro heredero univers¡\l de los dichos regnos .• Lopez de Ayala,
e.-ón. de ]J. Enrique 11, p. 117.


No se pudiera expresar con más desenfado la ié:ea uel reino patrimonial.
(2) Lopez de Ayala, erón. de D. Enriq,~e IJI, año I, cap. I.
(3) Ibid., año I1, cap. IV y cap. VI.




DE DERECHO POLÍTICO. 215
testamento valedero sin la intervencion anterior ni posterior
de las Cortes; es preciso romper con la tradicion de tantos si-
glos y proclamar el poderío real absoluto, dando al testamento
fuerza de ley, aun contra cualesquiera leyes, fueros, derechos
y costumbres (1).


Sin duda Enrique III, celoso sobremanera de su poder y te-
meroso de los grandes que tan mala cuenta habian dado de la
gobernacion del reino durante su minoridad, des pues de con-
moverlo y alborotarlo con sus parcialidades en pro yen contra
del testamento de Juan I, se propuso apartar semejantes peli-
gros de la nueva minoridad que se acercaba. Loable era la in-
tencion y digna de un rey que dejó fama de justiciero; mas
para que tuviese su última voluntad fuérza y vigor de ley,
otros requisitos pedia, tales como ser ordenada en Cortes, ó por
lo mEmos consentida y aun jurada en ellas, segun era antigua
costum bre en Castilla, y no llanamente otorgada ante Juan
Martinez, canciller mayor de la puridad.


Los resultados no correspondieron á las esperanzas y deseos
del rey difunto, pues á pesar de haber encomendado la crianza
del principe D. Juan á Diego Lopez de Estúñiga y Jllan de
Velasco, contradiciéndolo la reina viuda Doña Catalina, tu-
vieron por bien las Cortes de Segovia de 1407 entregarlo á la
madre, «pues lo habia parido, é de razon, é de justicia le con-
venia más que á otra persona alguna» (2).


Véase cómo ent6nces volvió Castilla por sus fueros, condes-
cendiendo á la voluntad, no del rey, sino de la reina, opuesta
en punto tan esencial al testamento de Enrique IlI, Y defen-
diendo los derechos naturales de una madre obstinada en guar-
dar al rey su hijo.


Las Cortes de Toro de 1505, celebradas poco despues de la
muerte de Isabel la Católica, juraron por reina de Castilla á la
princesa Doña Juana que estaba en Flandes, y por príncipe
heredero y sucesor de estos reinos á su hijo D. Cárlos. Apre-


(1) • E quiero é mando que todo lo en este mi testamento contenido ... sea habido,
é tenido, é guardado por ley, é que lo no pueda embargar ley, ni fuero, ni costum-
bre, ni otra cosa alguna, porque es mi merced é voluntad que esta ley que yo aquí
hago, así como postrimera, revoque todas é cualesquier leyes, y fueros, y derechos
é costumbres que en cualquier cosa se pudiesen embargar .• Fernan Peroz de Guz-
man, Cr6n. de D. Juan JI, año 1,106, cap. xx.


(2) ¡bid., año 1406, cap. XXII.




216 CURSO
miada la nueva reina á venir á Castilla con su marido D. Fe-
lipe, llegaron y recibieron el pleito homenage de costumbre
en las Cortes de Valladolid de 1506.


Hubo desabrimientos entre el Rey Católico y el Archiduque,
porque el reinar (dice el cronista Sandoval )no quiere compa-
ñia, aunque sea de hijos. Era la causa que Isabel la Católica
habia ordenado en su testamento que «cada é cuando la dicha
princesa mi hija no estoviere en estos dichos mis reinos, ó des-
pues que á ellos viniere en algun tiempo haya de ir y estar
fuera de ellos, ó estando en ellos, no quisiere ó no pudiere en-
tender en la gobernacion de ellos, que en cualquiera de los
dichos casos el rey mi señor rija, administre y gobierne los di-
chos mis reinos é señoríos, é tenga la gobernacion é adminis-
tracion dellos por la dicha princesa ... fasta en tanto que el in-
fante D. Cárlos, mi nieto, hijo primogénito heredero de los
(lichos príncipe é princesa, sea de edad legítima, á lo menos
de veinte años complidos, para los regir é g'obernar» (1).


Sea amor de Isabel la Católica á su real consorte, sea pru-
dencia política segun puede colegirse de los' antecedentes, ello
es que traspasando los límites d~ su autoridad, excluyó de la
gobernacion del reillo á su yerno D. Felipe (2). Las Cortes
no pasaron por ello, y así fue que las de Valladolid de 1506
hicieron pleito homenage á Doña Juana como reina propietaria
y á D. Felipe como su legítimo marido, confirmando la con-
cordia de Villafáfila, por la cual renunció D. Fernanuo el Ca-
tólico la gobernacion de Castilla que le habia encomendado
en su testamento Doña Isabel.


Tampoco fué cumplido en la parte relativa al príncipe Don
(1) Dormer, Discursos "arios de histwia, p. 316.
l2) Es sabido que al advenimiento de Isabel la Cat6lica al trono, tuvo algunas


desazones con su marido á propósito de la gobornacion del reino. Pretendia Don
Fernando gobernar solo como varan, y defendia Doña Isabel su derecho como reina
propietaria, y alegaba ejemplos de otras que habian gobernado en Castilla. Decia
además que < si la princesa Doña Isabel se' casase con un príncipe extranjero, se
apropiarian la gobernacion de estos reinos, y (le apoderarian de las fortalezas y pa-
trimonio real otras gentes de su nacion que no fuesen castellanos>. Pulgar, CrÓn.
de los Reyes Católicos, parto II, cap. n.


¿No habrian movido estas consideraciones el ánimo de Doña Isabel al otorgar
su testamento, supuesto que la princesa Doña Juana se hallaba casada con un
príncipe extranjero? ¿Podría contarse en todo caso con la prudencia de que se ar-
maron los Reyes Católicos al ajustar la concordia de H75~ Hé aquí los anteceden-
tes á que se alude en el texto.




DE DERECHO POLíTICO. 217
Cárlos, pues á pesar de haber Doña Isabel fijado el límite de
su minoridad en veinte' años conforme á lo ordenado en la ley
de Partida, empezó á regir el reino por su persona á los diez y
ocho años, sin que las Cortes de Valladolid de 1518, al jurarle
y ofrecerle la obediencia debida, hubiesen hecho escrúpulo de
ello: bien es verdad que la orfandad de la nacion no permitia
otra cosa.


El advenimiento de la casa de Austria al trono de España
cedió en mengua de las antiguas libertades de estos reinos,
porque la inmensa extension de nuestros dominios en el si-
glo XVI y el espíritu de conquista entónces dominante, hacian
cada vez más fácil, ó ácaso necesaria, la concentracion del
poder en las manos del monarca. Esta era además la tenden-
cia de Europa que fatigada de discordias intestinas á causa de
la violenta oposicion de la aristocrácia y la democrácia, la una
representada por los concejos, y la otra por el régimen feudal,
buscaba en una robusta monarquía, símbolo del principio de
autoridad, un punto de reposo.


En España un rey extranjero, rodeado de ministros extran-
jeros y extraño á las leyes y costumbres del país y á su mismo
idioma, mal podia conocer y apreciar el genio de la nacion y
sus hábitos de gobierno. Así no sorprende que el EmJ2erador
instituya heredero y' sucesor universal de todos sus reinos al
príncipe de Asturias; que imponga condiciones á esta sucesion,
desmembrando ciertos estados de la corona en el caso de haber
descendencia legítima de dicho príncipe y su mujer la reina
María de Inglaterra; que ordene á su albedrío el gobierno du-
rante la minoridad de su nieto el infante D. Cárlos, dispensán-
dole los años necesarios para completar la mayor edad con de-
rogacion expresa de las leyes del reino; que use las expresiones
natural propietario y señornatU1'al de sus reinos y señoríos,
de motu proprio, ciencia cierta y poderio real absoluto como rey
y soberano señor, no reconociendo superiO?' en lo temporal en la
tierra; y por último que en la cláusula final añada.: y quiero
y mando que todo lo contenido en este mi testamento se guar-
de y cumpla, sin embargo de cualesquier leyes,jzteros y dere-
chos comunes y particulares ... y que tenga fUM'za y vigor de
leyfecha y promulgada en 001'tes con grande y madu1'a deli-
be1'acion ... porque mi merced y voluntad es q1le esta ley que




218 CURSO
yo aqui hago, derogu,e é abrogue como postrera cualesquier le-
yes,jueros y derechos, estilos y usanzas y otra cosa cualqttier
que lo pueda contradecir (1).


Los testamentos de los Felipes II, III Y IV tomaron el ante-
rior por modelo, otorgándolos el rey y ejecutándolos el here-
dero como si el reino fuese patrimonio de una persona ó fami-
lia. El de Cárlos II decidió en favor de la casa de Borbon la
contienda tan porfiada que con la de Austria sostenia sobre el
mejor derecho á suceder en estos reinos; y aunque parecia na-
tural que las Cortes hubiesen sido llamadas a consultar ó apro-
bar un testamento que no era en sustancia, ni podia ser sino
un acto de interpretacion legislativa, pues los reyes nunca tu-
vieron autoridad para 'alterar el órden de sucesion a la corona,
prevaleció la opinion contraria al respeto de las leyes funda-



mentales de la monarquía de España y de la tradicion demu-
chos siglos.


Todas las firmezas y cautelas del testamento imperial de-
presivas de los fueros y libertades de Leon y Castilla se repiten
como fórmulas establecidas y consagradas por el uso en el do-
cumento que contiene la última voluntad del pusilanime Car-
los el Hechizado. De muy distinto modo pensaba el conde de
Frigiliana cuando en el Consejo de Estado votaba que se ar-
masen los reinos para que tuviesen libertad de elegir rey, y
que uo se echase en olvido el congreso de Caspe (2).


El rey Luis 1 que sucedió en la corona por renuncia de Fe-
lipe V, dispuso in (f,;'ticztlo mortis de los reinos de España en
favor de su padre, instituyéndole único y universal heredero
como si testase de cosa propia, ó como si no hubiese leyes y
costumbres que ordenasen la sucesion desde tiempos remotos,
reservando á las Cortes declarar los puntos dudosos y hacer
nuevos llamamientos en caso necesario.


De todo lo dicho se infiere que segun la antigua constitucion
de estos reinos, el testamento del rey tenia fuerza y autoridad
en cuanto se ajustaba á las leyes y costumbres establecidas;
que siendo oscuro el derecho ó contrario á los fueros y libCl'ta-
des de los Castellanos, debia ser aprobado en Cortes antes de
su otorgamiento 6 consentido despues de la muerte del rey;


(1) Sandoval, Hist. de C¿erlos V, t. IT, p. 639 (1681).
(2) Marqués de S. Felipe, Comentarios de la guerra· de Espa¡¡a, t. r, p. 1~.




DE DERECHO POLÍTICO. 219
que la historia nos enseña cómo dejaron de cumplirse ciertas
disposiciones testamentarias opuestas á la antigua constitucion
del reino ó desnudas de aquellos requisitos; que empezó á mos-
trarse la voluntad del monarca superior a las leyes en los di as
de Enrique III, y que traspasó los límites de la justicia rayan-
do la autoridad real en el abuso desde el advenimiento de la
casa de Austria al trono de España, y continuando la invasión
del principio de la legitimidad durante los reyes de la casa de
Borbon hasta consolidar la monarquía absoluta.


CAPrrULO XXIV.
TUTORÍA DE LOS REYES .



Uno de los mayores inconvenientes de la monarquía here-


ditaria es que la naturaleza de los reyes no sea privilegiada,
SillO que estén sujetos al dolor y á la muerte en temprana ó
avanzada edad como el resto de los hombres. Y cuando la co-
rona viene por derecho de sucesion, suele acontecer que sean
llamados el hijo ó el nieto menores al trono vacante por la
muerte del padre ó del abuelo. Entónces no pudiendo un niño
regir el reino por su persona, ni el pueblo carecer de gobierno
un solo di a, obliga la necesidad á depositar el poder en manos
seguras y experimentadas, hasta que la madurez de la razon
y las fuerzas corporales permitan el ejercicio de la autoridad
a quien la posee sólo en el nombre.


Las minoridades llevan siempre consigo una cadena de ma-
les por la debilidad propia de todo gobierno interino, las am-
biciones que despiertan, lo pasajero del mando, el peligro de
ceder el regente á la tentacion de ceñirse la corona y las pri-
vanzas que nacen á la sombra de los tutores y otras rivales Ó
enemIgas que se forman al rededor y en la intimidad del real
pupilo.


Con razon llamaron nuestros mayores tiempos rotos ó de
roturas las epocas turbulentas de minoridades, porque en efec-
to muy pocas cuenta la historia sosegadas y apacibles. Las




220 CURSO
ménos ocasionadas á discordias son las que sobrevienen en las
monarquías electivas, pues si la nacion conoce el mal, tambien
procura el remedio confiando el depósito de la suprema auto-
ridad ápersonas escogidas de antemano con las cuales se cuen-
ta al hacer la eleccion de un rey niño. No es frecuente el caso;
pero no faltan ejemplos en nuestra misma historia. En cambio
el derecho hereditario subyuga la voluntad de los pueblos á
una regla inflexible, y así recae el gobierno, no en el más dig-
no, sino en el pariente más próximo, ó tal vez lo arrebata el
más resuelto y poderoso.


La forma de la tutoría fué muy vária, y el períorlo de la
minoridad de duracion incierta. Unas veces se juntaron los dos
cargos de criar al rey y gobernar el reino en un personaje, y
otras estuvieron separados: ya la guarda del real pupilo se
encomendaba á su madre, abuela ó tio, ya á un extraño ó ex-
traños. En ocasiones la mayor edad emp~ó á los veinte años,
en otras á los catorce ó ménos: unas veces seguian la costum-
bre y otras observaban el testamento del rey finado. Las Par-
tidas pusieron algun órden y concierto en este punto; mas si
de ordinario fueron' la regla de las tutorías y sirvieron para
declarar el derecho en controversia, no faltaron casos en que
una voluntad superior impuso silencio á la ley.


El primer ejemplo de menor edad ocurrió en los tiempos de
Ramiro III que ocupó el trono de Leon á la temprana de cinco
años, gobernando el reino su tia la monja Doña Elvira (1). No
dejó de haber recias tormentas, porque los condes de Gali-
cía negaron la obediencia al rey y aclamaron á Bermudo n,
cuando apénas habia empuñado Ramiro III las riendas del


(1) < Continens se (Ranimirum) cum consilio amitre sure Domnro Gelvirre, rcgi-
me Deo devotrn et prudentissimre,' dice Sampiro. Sandoval, Cinco obispos, p. 70:
l"lorez, España Sagrada, t, XVII, p. 307.


El monje de Silos, narrando los peligros que amenazaban á Lean cercada por
Almanzor, añade: -Quibus auditis Ramirus puer, quem Legione mater Tera~ia
regiua adhuc tenerum, cum 'luibusdam comitibus armatus hostillus occurrit·.
Espai¡a Sagrada, t. XVII, p, 310.


No cabe duda en que Doña Teresa y Doña Elvira fueron, aquélla la mujer de
Sancho 1 y ésta su hermana, hija de Ramiro n. Ambas pudieron tener parte en el
gobierno; pero debe atribuirse la mayor :í.la tia del rey en razon de la prudencia
y demás virtudes que le reconocen los cronistas.


D. Lúcas de Tuy, siguiendo al arzobispo D. Rodrigo, dice que Ramiro III gober-
nó durante su menor edad, ,cum consilio amittB SUUl oom. Gelvirro, Deo üevotro.
et matris SUal reginm Tl1arasire >. Chron, m.undi. V. IIisp. il¡"str., t. IV, p. 8:>,




DE DERECHO POLÍTICO. 221
gobierno. Duró la guerra que con este motivo se encendió al-
gunos años con grande estrago y mortandad por ambas par-
tes, consumiendo miserablemente los cristianos las fuerzas que
debian emplear contra los Moros, y viéndose el reino en tanto
aprieto y peligro, como nunca habia estado desde la pérdida
de España.


Alonso V ciñó la corona de Leon tambien á la corta edad de
cinco años por voto comun de la nobleza, siendo tutores del
rey y gobernadores del reino Doña Elvira, madre, y el conde
D. Menda Gonzalez, ayo del real pupilo. Pasó esta minoridad
sin detrimento de la paz pública, gracias á la habilidad, tem-
pladas costumbres y condicion apacible de los depositarios de
la autoridad suprema, y sobre todo al acierto en la eleccion de
personas tan dignas de ejercerla. Usaron del poder con pru-
dencia y modestia, y fueron obedecidas y respetadas de gran-
des y pequeños.


No se ·deslizaron ·tan serenos los dias de la minoridad de
Alonso el Koble ó el de la Navas, VIII de su nombre. Habia
Sancho I1I, el Deseado, provisto el cargo de tutor de su hijo y
gobernador del reino en D .. Gutierre Fernandez de Castro,
uno de los ricos hombres de Castilla de mayor autoridad y
experiencia. El conde D. Manrique de Lal'a quedó muy sentido
de aquella muestra de favor; y por otra parte ni él ni sus her-
manos podian allanarse á prestar obediencia á un émulo de su
casa á quien reputaban inferior en sangre y estado, midiendo
las cosas con la soberbia y altivez hereditarias en su esclare-
cido linaje. Lograron con astucia que D. Gutierre renunciase
la tutela en D. García Garcés de Haza, deudo y confidente de
D. Manrique; y con disimulo se fué apoderando de la persona
del rey y entrando en la gobernacioll del reino el señor de la
casa de Lara.


Arrepentido D. Gutierre de su yerro, procuró enmendarlo;
pero asaltándole la muerte, tomaron esta empresa á su cargo
mnchos nobles que le hubieran seguido en vida impacientes
por aba:tir el orgullo de D. Manrique; y Castilla se vió envuel-
ta en una guerra civil, y los Castellanos se dividieron en dos
bandos enemigos, el de los Castros y el de los Laras.


Solicitado D. Fernando II rey de Leon por los primeros para
que favoreciese S11 cansa, entró en CaRtilla con ejército podero-




222 CURSO
so, y OCUpÓ casi todo el reino, no sin ánimo de usurparlo; mas
el ardid de un leal caballero arrebató de sus manos la mejor
prenda de la meditada conquista, llevando al rey niño escon-
dido de una á otra parte hasta que fijó su residencia en Ávila,
«é alli lo criaron (los Avileses), é alli moró fasta que ovo doce
años, en que ovo tiempo para ver, é salir, é andar con él por su
reino» (1).


Obsérvase en el progreso de esta historia que Alonso VIII
tuvo primeramente por tutor á D. Gutierre Fernandez de
Castro conforme al testamento de D. Sancho: luégo á D. Gar-
cía Garcés de Haza por concordia entre los Castros y los La-
ras: despues al conde D. Manrique de Lara que murió en la
batalla de Ruete siendo á la sazon el rey de' edad de nueve
años; y desde aquel dia no consta hllbiese tenido tutor algu-
no, fuera de la parte que la ciudad de Ávila tomó en la crian-
za y guarda de sú persona.


Á la muerte de Alonso VIII recayó la corona en su hijo En-
rique 1 que tenia entónces sólo once años, poca edad para con-
llevar carga tan pesada. Quedó por gobernadora del reino y
tutora del rey su madre Doña Leonor; mas como se sintiese
enferma de peligro, ordenó su testamento en el cual nombró
para que la reemplazase en la tutela y gobierno á su hija ma-
yor Doña Berenguela.


Convidados de la ocasion que á la mano se les venia, resu-
citaron sus antiguas pretensiones los condes de Lara, quienes
( dice Mariana) hacian poco caso del rey por ser niño, y de su
hermana por ser mujer. Las Cortes de Búrgos de 1215, sea que
no tuviesen aficion al gobierno de una mujer, ó sea que se de-
jasen vencer de las dádivas y promesas de los condes, resol-
vieron que Doña Berenguela renunciase su derecho en los tres
hermanos señores de la casa de Lara; y en efecto el mayor de
ellos, D. Alvaro Nuñez, se apoderó del gobierno (2).


(1) O .. Ón. iJene,.al, parto IV.
(2) Trata Martinez Marina con cierta ligereza este caso notable de tutoría, y 10


juzga sin apreciar bien los hechos, puesto que dico lo siguiente: .D. Alonso VIII
dejó encargada la regencia y tutela del príncipe D. Enrique á la reina Doña Leonor,
y en defecto de ésta á Doña Berellguela, hermana mayor del niño rey; lo cual se
ejecutó sin protesta ni contradiccion alguna por parte del reino>. Teoría de las
COl'tes, parto II, cap. XIII.


Ignoramos la fuente ne nonno tome' el escritor la noticia do este doblo nomhra~




DE DERECHO POLÍTICO. 223
Las violencias del nuevo tutor rayaron en los límites de la


tiranía, y de tal modo ofendieron á una gran parte de la no-
bleza, que volvieron los ojos á la desposeida Doña Berengucla
todos los desengañados y descontentos. Tomaron muchos su
voz, y enconados los ánimos se vino á un rompimiento de que
se siguieron robos, muertes .y graves daños. Un triste acci-
dente puso término á los dias del rey menor y cortó los vuelos
á la insaciable ambicion de los Laras, acabando así esta tute-
la, aunque breve, fecunda en adversidades.


Dudoso era el derecho de Doña Berenguela, puesto que no
se fundaba en el testamento de Alonso VIII, sino en el de la
reina viuda Doña Leonor, segun refieren los historiadores; por
lo cual estaban las Cortes llamadas á nombrar persona ó per-
sonas que se encargasen de la guarda del rey y gobierno del
reino. Las de Búrgos y Valladolid de 1215, en vez de poner su
confianza en las notorias virtudes de Doña Berenguela, ayu-
daron los intentos de D. Alvaro, conde de.Lara, y le allanaron
el camino de la tiranía.


La minoridad de Fernando IV fué una de las más borrasco-
sas que registran los anales de Castilla, porque á las Ol'dina-
rias pretensiones de apoderarse de la persona del rey y ejer-
cer la suprema autoridad en su nombre, se juntaron las de los
infantes de la Cerda que aspiraban al trono esforzando su de-
recho po~ la via de las armas. Mediaban en la contienda los
reyes de Francia, Aragon, Portugal y Granada quienes for-
maron alianza para auxiliar con todo su poder á los enemigos
de Fernando el Emplazado. Fuerte corazon y grande entendi-
miento necesitaba cualquier hombre para no desfallecer ante
una conjuracion tan terrible; mas á una débil mujer debian
asistirle dotes y virtudes casi sobrenaturales.


Cuando ya estaba Sancho el Bravo cercano á su última hora,
miento de tutores y gobernadores atribuido á D. Alonso el Noble; mas si sabemos
que Mariana, Nuñez de Castro, Colmenares y otros historiadores escriben que el
derecho de Doña Berenguela se fundaba, no en el testamento del rey, sino en el de
la reina. Este derecho, como tan disputable, no fué alegado en las Cortes de Búr~
gos, ni aunque lo hubiese sido, deberia parecerles muy atendible segun la costum-
bre de Castilla. Hist. de Espa¡7a, lib. XII, cap. IV y cap. v: Orón. de D. Enrique 1,
cap. III: Hist. de Scgovia, cap. XX.


El arzobispo D. Rodrigo dice solamente: .Et custodia pueri regis, et regni gu~
bernatio, remansit penes Berengáriam, reginam sororom ojus .• De rehus Hist., li~
1lro IX, cap. I.




224 CURSO
consideró que muy graves discordias amenazaban turbar el so-
siegQ de Castilla, si no encomendaba el depósito de la soberanía
durante la próxima minoridad á persona competente; y con
buen consejo ordenó que su mujer, la famosa Doña María de
Molina, tuviese la guarda del rey y el gobierno del reino. Para
mejor afianzar el cumplimiento de esta voluntad, recelándose
con razon que seria combatida á causa de no rep\üarse legi-
timo su matrimonio por impedimento de parentesco nunca dis-
pensado, llevó la cautela hasta el punto de hacer que le pres-
tasen pleito homenage de obedecerla (dice la Crónica) todos los
de la tierra. .


Mas apénas finó D. Sancho, se rompi~ron los diques de la obe-
diencia, pues la reina era menospreciada por ser mujer, y el
rey por su tierna edad carecia de autoridad y fuerzas para in-
fundir respeto. «Por las ciudades, villas y lugares, en poblados
y despoblados, se cometian á cada paso mil maldades, robo¡:;,
latrocinios y muerte:;;, quién con deseo de vengarse de sus ene-
migos,quién por co'dicia que se suele ordinariamente acom-
pañar con crueldad. Quebrantaban las casas, saqueaban 10.0;
hienes, robaban los ganados, todo andaba lleno de tristeza y
llanto: miserable avenida de males y daños» (1).


Miéntras el infante D. Juan, tia del rey, acudia desde África
á pretender el trono de Castilla y D. Alonso de la Cerda solici-
taba lo mismo para si, yal fin se convenian en desmembrar el
reino, el infante D. Enrique negociaba en las Cortes de Valla-
dolid de 1295 que le entregasen el gobierno, dejando la perso-
na del rey al cuidado de su madre, á pesar del testamento de
Sancho el Bravo y del homenage con que en vano intentó ro-
bustecerlo.


Así continuaron las cosas hasta que Fernando IV llegó á edad
cumplida para regir sus reinos, bien que Doña María no estu-
viese tan apartada de los negocios que no aClldiese con levas
á fortalecer el partido de su hijo, y no procurase ganar las vo-
luntades del mismo D. Enrique y de D. Juan, atraerse al ve-
leidoso D. Juan Nuñez de Lara y asenta~ paces con el rey de
Portugal, desarmando con su prudencia uno á uno todos los
bandos. Favorecian mucho su autoridad los concejos inclina-


(1) Mariana, mM. g,ne~'al de Espar7a, lib. :xV, cap. l.




DE DERECHO POLÍTICO. 225
dos á su gobierno más que al del infante, sobre todo despues
que en unas vistas con D. Enrique, D. Nuño Gonzalez y otros
ricos hombres, el arzobispo de Toledo Y' más prelados, nueve
dias despues de alzado el rey, acordó quitar el tributo de la
sisa «de que se agraviaba toda la tierra» (1). Por esto, aunque
las Cortes revocaron el testamento de su real consorte en lo
tocante á la·gobernacion del reino, siempre füé Doña María.ha-
bida y reputada por la primera persona durante aquella com-
hatida minoridad.


Para mayores trabajos y amarguras alargó la Providencia
los dias de esta heroina, pues como Fernando IV hubiese muer-
to contra la ley ordinaria de la naturaleza ántes que s.u madre,
luégo alzaron en Castilla pendones por Alonso XI, siendo en-
t6nces de tan tierna edad, que apénas contaba dos años. Con
motivo de la tutoría y gobierno se renovaron las pasadas dis-
cordias, atizando el fuego los infantes D. Felipe, D. Pedro y
D. Juan, y los señores de Lara y de Molina, cuyas parcialida-
des s610 en un punto estaban conformes, á saber, excluir de
toda participacion en los negocioS' públicos á las reinas Doña
Constanza y Doña María, madre y abuela del rey niño.


Finalmente prevaleció el partido del 'infante D. Pedro y Do-
ña María contra el del infante D. Juan y. Doña Constanza que
murió miéntras se celebraban Cortes en Sahagun el año 1313;
y prolongándose estos debates, se aj list6 la concordia de Pala-
zuelos, cuyos' principales capítulos eran que la crianza del rey
estuviese á cargo de su abuela, y cada uno de los tutores go-
bernase en las ciudades y villas que le siguieron en las Cortes
de Palencia de 1313. Estos conciertos fueron aprobados en las
de Valladolid del mismo año.


Renovada la guerra con los Moros, acudieron los infantes
D. Pedro y D: Juan á defender la frontera, y peleando como
buenos, murieron ambos en la vega de Granada. Parecia que
segun lo. asentado en las Cortes, ha debieran suscitarse quere-
llas en órden á la tutoría, porque habian acordado los tres
brazós reunidos en Búrgos (1315), que si alguno de los tres tu-
tores muriese, toda la autoridad recayese en los dos restantes,
y si faltasen dos en el único sobreviviente.


(1) Cí·ó1'Iica del ¡'ay n. Pernando, cap. 1.
1.;




226 CURSO
Sin embargo, el infante D. Felipe, tio del rey, D.-Juan Ma-


nuel, hijo del infante D. Manuel y D. Juan el Tuerto, señor de
Vizcaya, hijo del infante D. Juan, aprovechando la ocasion,
movieron nuevas discordias. Miéntras que el primero lograba
mañosamente que se declarase en su favor el reino de Sevilla,
el segundo solicitaba y obtenia que le reconociesen por tutor
el de Toledo y la -Extremadura, así como la mayor parte de
Castilla llevaba la voz de D. Juan el Tuerto.


En tal estado de confusion se repitieron las calamidades y
miserias propias de los tiempos de anarquía: bandos enemi-
gos, robos, muertes, traiciones y venganzas, usurpacion de las
rentas re~les, tiranía de los poderosos, en suma, la guerra ci-
vil con sus estragos. Acudió Doña María de Molina al reme-
dio ordinario de convocar Cortes en Palencia que tal vez no se
reunieron, porque la asaltó la muerte ántes del dia señalado
para su celebracion (1321). Próxima á rendir el espíritu, malllM
llamar á todos los caballeros, regidores y hombres buenos de
Valladolid donde se hallaba, y les dejó encomendado al rey su
nieto, diciéndoles «que le tomasen, et le guardasen, et criasen
ellos en aquella villa, et que le non entregasen á ome del mun-
do fasta que fuese de edad cumplida, et mandase por si sus
tierras et regnos». Así lo otorgaron y cumplieron como bue-
nos y leales (1).


Quedó el reino á merced de los ambiciosos, mandando como
tutores D. Felipe y D. Juan, cada cual donde hallaba volun-
tades ó fuerzas devotas á su servicio. Los concejos tomaban
hoy á uno y 'mañana lo dejaban por otro, y hubo por ambas
partes apellido de gentes y temores de guerra. Los lugares se
despoblaron y los labradores abandonaron el cultivo no pu-
s.iendo soportar el peso de tantos tributos desaforados, ni tole-
rar tantos daños y violencias; y por falta de autoridad compe-
tente que llamase á Cortes para restablecer la paz pública,
gimió Castilla oprimida y sin más esperanza de remedio que
la mayor edad de Alonso XI, quien se encargó del gobierno á
los quince años.


El derecho consuetudinario acerca de la tutoría de los reyes
pasó á ser derecho escrito despues que este monarca dió fuerza


(1) C,·6n. de/rey D. Alonso IX, cap. XXX.




DE DERECHO POLÍTICO. 227
de ley á las Partidas en las Cortes de Alcalá de Henares de 1348.
Habia Alonso el Sabio considerado los males que nacen de las
contiendas sobre la guarda del rey y del reino, y quiso extir-
parlas de raíz con tanta más razon, cuanto que no les señaló
otra causa más honesta que el deseo de medrar y vengarse de
los enemigos. La dist~ncion de la tutela en testamentaria, le-
gítima y dativa y su órden de precedencia segun la ley roma-
na, son el fundamento de nuestro derecho privado en la ma-
teria, y éste la regla del derecho público en punto á minori-
dades.


En efecto, la tutoría' de los reyes es testamentaria, cuando
el reinante ordena en forma de última voluntad quién ó quié-
nes hau de tener la guarda de su hijo y la gobernaeion del
reino durante la menor edad del inmediato sucesor en la coro·
na: legítima si recae en la madre á quien llama la ley «el pri-
mero et el mayoral guardador sobr'e todos los otros;» y dativa
cuando á falta de tutores testamentarios los nombran las Cor-
tes, debiendo ser una, tres ó cinco personas hábiles, naturales
de la tierra, de buen linaje y sanas costumbres (1).


Así quedó establecida la regla cierta y constante que habia
de sustituir á la varia costumbre de los tiempos pasados; no-
vedad útil sobre todo encarecimiento, pues si no ahogaba el
gérmen de la discordia, la red ucia á términos más angostos
asentando un órden legal.


La primera vez que se hizo aplicaciou de esta ley fué con
motivo de la minoridad de Enrique lIl. Muerto por caso for-
tuito Juan I, no faltó quien se aprovechase de la confusion que
sobrevino para ocultar su testamento. Juntáronse las Cortes
de Madrid de 1391 á fin de acordar el modo que deberia tener-
se en la gobernacion del reino, y tomaron la extraña deternli-
nacion de nombrar un Consejo de regencia compuesto de un
número incierto de grandes, prelados, maestres, caballeros y
procuraáores.


D. Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, más inquieto y bu-
llicioso que á su alta dignidad convenia, descontento de la poca
autoridad que con el acuerdo de las Cortes le tocaba, despues
de haber jurado la concordia de Madrid, se retractó protestan-


fll L. 3, tít. xv, Parto n.




228 CURSO
do que debia guardarse el testamento del rey aprobado en las
de Guadalajara de 1390, y observarse la ley de Partida sobre
minoridades. Replicaron los parciales del Consejo que la vo-
luntad del rey D. Juan era no estar por aquel testamento, y
que «este fecho atañia á todo el regno, é que á ellos placia que
el regno fuese llamado é ayuntado, é aquella ordenanza, ó tes-
tamento, ó ley, ó consejo que entendiesen los del regno que
era derecho, é razon, é servicio del rey, é provecho del regno,
é que á ellos placia de ~st¡lr por ello» (1).


Las desavenencias que al principio quedaron limitadas á la
Corte, trascendieron más tarde á los pueblos, y hubo dos ban-
dos hostiles, uno del Consejo y otro del testamento con «mu-
chas contiendas é escándalos, é ovo en muchos logares por esta
raza n muertes é peleas, é los que podían más echaban á los
otros de la cibdad ó villa do estaban, é tomaban los dineros
del rey, é avia poca avener1'cia é' obedencia en todo el regno,
é muchos escándalos, é mucha discordia» (2).


A la porfía suce_dió el cansancio, y luégo los tratos de paz
rotos y anudados, hasta que las Cortes de Búrgos de 1392 de-
clararon tenér por ordenanza el testamento ya publicado, y
desde entónces quedó la tutoría á cargo de las personas desig-
nadas por el rey. Así procedia conforme á derecho; y sin em-
bargo en un punto esencial se quebrantaba la ley de Partida,
pues eran seis los tutores no debiendo pasar de cinco.


Una minoridad más sosegada y tranquila sucedió al reina-
do de Enrique III, pues desoyendo el infaI¡te D, Fernando, el
de Antequera, los consejos de muchos grandes aficionados á su
persona, y dando un noble ejemplo de lealtad, en vez de con-
sentir que le alzasen rey, él mismo levantó el pendon de Cas-
tilla por su sobrino Juan n. Con esto se ahogó la semilla de
nuevas contiendas. Algo de particular ocurrió en aquella sa-
zon digno de referirse.


Habia Enrique III ordenado en su testamento que lá crianza
del príncipe fuese encomendada al obispo de Cartagena y dos
caballeros principales, y á la reina viuda Doña Catalina y al
infante D. Fernando la gobernacion del Estado. Aceptaron
ambos el encargo que se les hacia; pero resistió la madre a par-


(1) Cr6n. del rey D. E,wiqu<l fll, año r, cap. IX.
(2) Jbirl., allO r, cap. XXIII.




DE DEUIlCHO POLÍTICO. 229
tal' de su lado al hijo, diciendo que á ella más que á nadie to-
caba guardar y criar al rey niño segun todas las leyes divinas
y humanas. Puso breve término á la desávenencia una con-
cordia con aquellos interesados que desistieron de su derecho
mediante ciertas mercedes prometiuas, y fueron la reina y el
infante recibidos y jurados tutores y regidores en las Cortes de
Toledo de 1406, continuadas en Segoyia el año siguiente 1407,
dejando en esta parte de observarse el testamento de Enri-
que IlI.


Apénas entraron los tutores en el ejercicio de su autoridad,
cuanuo acordaron repartir el gobierno por provincias al tenor
Je la última voluntad de Enrique lII, cabiendo á la reina lo de
Castilla y al infante toda Andalucia por ser frontera de los Mo-
ros y teatro de la guerra.


Así continuó la tutoría hasta que fué D. Fernando declara-
do con mej 01' derecho al reino de Aragon en el famoso congre-
so de Caspe, pues no siéndole ya posible desempeñarla por su
persona, diputó á los obispos de Sigüenza y Cartagena, al con-
de de Montealegre y al adelantado mayor de Andalucía para
que la ejerciesen en su nombre, como si fuese él presente: caso
nuevo y no previsto en las leyes de Partida.


Cuatro años despues sobrevino la muerte del rey de Aragon,
lo cual fué causa de que Doña Catalina resumiese toda la tu-
tela y gobierno conforme al testamento de Enrique III y con
el beneplácito de los grandes del reino; mas luego ocurrió la
novedad de resucitar Juan de Velasco y Diego Lopez de Estú-
ñiga sus pretensiones á la guarda y crianza del rey, y la to-
davía mayor de acceder la reina á la intempestiva demanda de
estos caballeros sin acuerdo ni consejo de los señores de la
corte, de lo cual quedaron muy maravillados y descontentos.


A poco falleció tambien Doña Catalina; y considerando que
la mayor edad del rey estaba muy próxima, convinieron todos
los grandes del reino que gobernasen los que habian sido del
Consejo del rey D. Enrique, es decir, la junta de prelados,
condes, caballeros, religiosos y doctores con quienes conferia
los negocios de estado; los mismos que segun su voluntad, de-
bian asistir á 10R tutores y al príncipe su hijo (1).


(1) Cr6n. del rey D. Jt<an II, año 1406, cap. XX y cap. XXII; año 1416, cap. XI
y cap. XII; año 1418, cal'. r.




230 CURSO
Cumplidos los catorce años fijados en el testamento, Juan II


tomó el gobierno de sus reinos, acabando aquella tutoría pa-
cífica, gracias á la prudencia de la reina y sobre todo á la vir-
tud incomparable del infante de Antequera.


Resulta de la narracion anterior que no fueron escrupulosa-
mente guardadas las leyes y costumbres de Castilla respecto á
minoridades, ni cumplido el testamento de Enrique III en todas
sus partes, pues á lo ordenado en punto á la crianza del prín-
cipe se opuso la reina y salió con su intencion; y en lo demás
es de notar que la ley de Partida fija la mayor edad en veinte
años y no catorce, y no admite la tutela en forma de Consejo;
y aunque las circunstancias exigiesen dispensacion de la regla
comun, no debieron ser los grandes, sino las Cortes quienes la
otorgasen ó por lo ménos la confirmasen.


Isabel la Católica, previendo la incapacidad de su hija Doña
Juana para el gobierno, nombró al hacer testamento á Fer-
nando el Católico administrador de los reinos de Castilla du-
rante la menor edad del príncipe D. Carlos. Con la venida del
Archiduque á España empezaron las desazones entre D. Fer-
nando y D. Felipe que acabaron por apartarse muy enojados,
quedándose éste en Castilla apoderado del gobierno en nombre
de su mujer, y volviéndose aquél á sus estados de Aragon.


Con la temprana muerte del Archiduque y la ausencia en
Nápoles del Católico estuvo alg'un tiempo Castilla a merced de
una reina cuya pasion de ánimo dejaba como vacante el tronQ.
Asomaron entónces los bandos y parcialidades con distintos
apellidos; y en tal confusion fué menester que por consejo y
voluntad de los grandes se formase una regencia presidida por
el cardenal Jimenez de Cisneros. Fueron convocadas las Cor-
tes para Búrgos en 1506 , Y no llegaron á celebrarse. Por for-
tuna prevaleció el partido de llamar á D. Fernando yencar-
garle de la gobernacion de¡ reino durante la incapacidad de su
hija y la minoridad de su nieto al tenor del testamento de Doña
Isabel, y con su venida se sosegaron las inquietudes empeza-
das que llevaban camino de ser duraderas.


Diez años sobre poco más ó ménos duró este acuerdo, hasta
que vencido de la ~enfermedad el Rey Católico terminó sus
dias. Ordenó su última voluntad con maduro consejo; y como
siguiese alterada la razon de Doña Juana y estuviese D. Cárlos




DE DERECHO POLÍTICO. 231
ausente en Flandes, encomendó la administracion de los reinos
de Castilla y Aragon al Cardenal arzobispo de Toledo.


Muerto D. Fernando estallaron nuevas discordias acerca del
gobierno de España, porque se lo disputaban el Cardenal, apo-
yando su derecho exclusivo en el testamento del Rey Católico,
y el dean de Lobaina (despues Cardenal, Jitmás tarde Sumo
Pontífice con el nombre de Adriano VI) mostrando el poder que
para semejante caso tenia del príncipe D. Cárlos; mas vinieron
á concordia, yen virtud de ella quedó asentado que ambos go-
bernasen con 'igual autoridad.


Como la mucha experiencia, entereza de ánimo y grande
opinion del Cardenal fuesen una rémora invencible á sustituir
en el mando los naturales con los extranjeros, aconsejaron á
D. Cárlos que agregase al dean otra persona ú otras dos dc
confianza que con su voto hiciesen contrapeso á la autoridad
de Jimenez de Cisneros y lo enflaqueciesen y debilitasen; mas
ni Mr. de Laxao ó La-Chau, ni el holandés Amerstoff lograron
domar el genio altivo del prelado castellano. Él fué el ve .. da-
dero regente del reino: el dean, de carácter dócil y apacible, se
resignó á ser ciego instrumento de la voluntad ajena; yen.
cuanto á los otros dos gobernadores, pasaron sin alcanzarles
más que una sombra de poder.


Como el testamento del Emperador Cárlos V no llegó á tener
efecto en lo tocante á la prevista minoridad del infante D. Cár-
los, su nieto, ignoramos cuántos y quiénes habrian sido los
tutores y gobernadores que en otra escritura se reservaba
nombrar. Lo que está de manifiesto es que el Emperador con-
sideraba la minoridad un negocio de familia, no respetando su
límite ordinario, dispensando la edad de propio movimiento y
con poder absoluto, y habilitando al rey menor para la gober-
nacion, á pesar de cualesquiera leyes, fueros ó costumbres en
contrario (1).


Ménos escrupuloso todavía Felipe IV, nombra tutora de su
hijo Cárlos II á la reina Doña Mariana, debiendo con este solo
derecho, sin otro acto, diligencia, jura, ni discernimiento de
tutela tomar el gobierno desde el dia en que vacáse el trono,
con la misma autoridad que el rey ejercia, «porque es mi vo-


[1) Sandoval, Hisl. d6 Co,rlos V, t. n. p. 653.




232 CURSO
luntad (dijo Felipe IV) comunicar y dar cuanta yo tengo, y
toda la necesaria sin reserva alguna, para que como tal tutora
y gobernadora del hijo Ó hija suyo y mio que me 'sucediere,
tenga todo el gobierno y regimiento de mis reinos en paz yen
guerra, hasta que el hijo ó hija ... tenga catorce años cumpli-
dos para poder ~bernar» (1).


Esta fué la general costumbre, aunque no constantemente
seguida, pues parece que Ramiro III empezó á gobernar por sí
á los diez y nueve años; Alonso V á los veintiuno; Alonso VIII
á los once ó doce, aunque segun el testamento de su padre
Sancho Il, debia haber tenido tutor hasta los quince; Fernan-
do IV á los diez y seis, y Alonso XI á los catorce.


La ley de Partida fijó el término de la minoridad de los re-
yes en los veinte años para el varon, y para la hembra en su
casamiento. Sin embargo, Enrique lIT tomó las riendas del go-
bierno cumplidos los catorce años, y á la misma edad Juan II;
el Emperador á los diez y siete, y á los catorce Cárlos Il segun
el testamento de Felipe IV. De donde resulta que la ley de
Partida no se puso en observancia, prevaleciendo contra ella
la costumbre derivada del derecho civil y conforme á la idea
del reino patrimonial, que cesase la tutoría de los reyes al en-
trar en los catorce años.


Solian los reyes al salir de la tutela y empezar á usar de su
autoridad, reunir las Cortes en las cuales juraban observar las
leyes del reino y guardar sus libertades, privilegios, usos y
buenas costumbres, como así lo hicieron Fernando IV en las
de Medina del Campo de 1302, Alonso XI en las de Valladolid
de 1322, Enrique III en las de Madrid de 1393, Juan II en otras
de Madrid de 1419 y el Emperador en las de Valladolid de 1518.
Tambien prestaba el reino nuevo homenage al rey-en esta oca-
sion, aunque ya le hubiese jurado fidelidad y obediencia al
tiempo de suceder en ia corona.


Los tutores por su parte debian prometer bajo juramento que
gobernarian en justicia, y algunas veces someterse á ciertas
condiciones que limitaban su poder como tales. Los condes de
Larajuraron en las Cortes de Búrgos de i215, al encargarse de
la tutoría de Enrique I, no quitar sus tierras á caballero algu-


pl Florez, Reinas Cal6licas, t. n, p. 961.




DE DERECHO POLÍTICO. 233
no sin consejo de Doña Berenguela, ni hacer guerra á los reyes
vecinos, ni añadir pechos, tributos ni derramas en daño del
reino, bien que despues lo gobernaron con opresion y tiranía.
Los ricos hombres de Castilla, j untos en Búrgos el año 1311,
por recelos que tenian de los tutores de Alonso XI, acordaron
pedirles rehenes, y que enviasen á las Cortes de Carrion de 1312
la cuenta de todas las rentas de la corona, y así se hizo; y la
reina Doña Catalina con el infante D. Fernando, tutores y go-
bernadores durante la minoridau. de Juan II, juraron lo conte-
nido en la ley de Partida, es decir, guardar la persona del rey,
regir el reino en conciencia, mantenerlo en paz y justicia, y no
desmembrarlo ni enajenar parte alguna del señorío (1).


Juntabanse en las minoridades dos clases de cuidados muy
distintos, <lomo eran la guarda del rey y el gobierno del reino,
esto es, la custodia, crianza y educacion del primero y la ad-
ministracion del segundo. Algunas veces una sola persona des-
empeñaba ambos cargos; pero las más corria la crianza del
i'ey por cuenta de su madre, tia ó hermana mayor, yel go·-
bierno estaba encomendado á uno ó más infantes ó ricos hom-
bres; y no han faltado casos en que, trocado el órden de la na-
turaleza, tuvo la reina viuda la gobernacion, y la persona del
rey niño algun grande ó caballero principal en calidad de ayo.


Notable fué la autoridad de las Cortes en punto á minori-
dades, porque apaciguaban las contiendas entre los preten-
dientes á la tutoría, confirmaban los tutores nombrados en el
testamento ó instituian otros segun lo juzgaban necesario ó
provechoso. Las Cortes requerian á los tutores para que gober-
nasen derechamente, y les pedian razon de su conducta du-
rante el ejercicio de su cargo. Las Cortes limitaban su potestad,
ya estipulando que no mandarían matar ni lisiar á nadie, ya
que no echarian pecho ni servicio desaforado, ya dándoles
acompañados ó consejeros para enmendar los yerros ó agra-
vios que cometieren (2). Sin la intervencion de las Cortes cada
minoridad hubiera sido causa de una guerra civil porfiada y


(1) Nuñez de Castro, Crón. de D. Enrique l, cap. nI: Crón. de D. Alonso XI,
cap. XII y cap. XIII: Crón. de D. Juan 1I, año 1406, cap. XXIII, cap. XXIV y ca-.~ '~""., • .
pitulo XXV: Garibay, Compendio historial, lib.'n, cap. XXXIX. ~~~


(2) Cortes de Palencia de 1313 y ordenamiento hecho en las mismas: Ordena-
miento de las Cortes de Búrgos de 1315, etc. Cortes de Leon y Castilla, t. 1, pp. 221, ~
233 y 272. ,~




234 CURSO
sangrienta, pues si á pesar de ellas no se pudieron excusar
tantas discordias intestinas ¿qué hubiera sido á no mediar las
Cortes para concertar las opuestas voluntades ó reprimir la so-
berbia de los poderosos?


Estas altas prerogativas de nuestra representacion nacional
fueron cayendo en desuso d~de que al advenimiento de la casa
de Austria al trono de España declinaron con rapidez nuestras
antiguas libertades. La última voluntad del Emperador pone
en claro cuán poco estimaba y respetaba las leyes, buenos usos
y costumbres de Castilla; menosprecio que cada rey de aquella
estirpe fué llevando á más hasta Felipe IV, cuyo testamento
contiene cláusulas tutelares tan nuevas y extrañas, que sólo se
compadecen con la monarquía absoluta.


CAPITULO XXV.
INCAPACIDAD DE LOS REYES.


Así como la minoridad de los reyes es un grave defecto de
las monarquías hereditarias, porque ni se puede gobernar des-
de la cuna, ni se debe ir contra el derecho de sucesion, así
tambien ocurren otros 'casos de incapacidad para regir el reino,
tales como una dolencia habitual del cuerpo ó del espiritu que
postra las fuerzas del hombre y le inhabilita para atender á
los cuidados de su familia, y mucho más todavía para sop,or-
tal' los trabajos y fatigas del gobierno.


La ley de la Partida que ordena el modo de proveer á la guar-
da del rey niño, añade: «Et todas estas cosas sobredichas de-
cimos que deben guardar et facer si acaesciese que el rey per-
diese el seso fasta que tornase en su memoria ó finase» (1). Por
fortuna no se ofreció en mucho tiempo la ocasion de aplicar
este precepto, y aun pasaron cerca de dos siglos ántes que sue-
ne en la historia el apellido de la Loca.


La pasion de ánimo que afligió durante toda la vida á la su-


(1) Ley 3, tito xv, Parto II.




DE DERECHO POLÍTICO. 235
cesora de los Reyes Católicos, exacerbada primero con los des-
víos y despues con la temprana muerte de su marido, fué cau-
sa de que Doña Juana apénas hubiese sido reina sino en el
nombre, pasando el poder de unas á otras manos hasta que lo
recogió Cárlos V.


Isabel la Católica, previendo aquella desgracia, ordenó que
Fernando el Católico gobernase los reinos de Castilla, si Doña
Juana no quisiese ó no pudiese gobernarlos por sí misma. Las
Cortes de Toro de 1505 juraron á Doña Juana reina propieta-
ria y rey á su marido; y en ausencia de ambos reconocieron á
D. Fernando por administrador y gobernador del reino con-
forme al testamento de Doña Isabel.


Vinieron los nuevos reyes á España y tomaron poses ion del
trono de Castilla, retirándose el Católico á sus estados de Ara-
gon muy descontento del Archiduque, resuelto á ejercer la
suprema autoridad á.nombre de la reina, sin partirla con na-
die y sin respeto á la última voluntad de su madre y bienhe-
chora.


A poco fatigado Felipe el Hermoso de soportar lasimperti-
nencias de Doña Juana, ó acaso movido del deseo de reinar
sin compañía, concibió el mal pensamiento de encerrar á su
mujer en una fortaleza, á cuyo atentado se opusieron algunos
grandes, entre ellos el Almirante de Castilla y el duque de Be-
navente diciéndole que pensara bien lo que hacia; que los áni-
mos estaban alterados y á la mira; que los nobles tendrian
ocasion de mover alborotos con voz de..¡¡oner en libertad á la
reina, yen fin que creceria más el enojo con este acto de vio-
lencia. Otra vez quiso llevar á cabo su traza del encierro, y
ya tenia reducidos á muchos grandes; pero no pudo vencer la
obstinacion del Almirante, quien, viéndose solo y desampara-
do de sus amigos, negoció con los procuradorés á las Cortes
de Valladolid de 1506 y los redujo á que no viniesen en una
cosa" tan fea que seria deslealtad consentirla; yen efecto, con-
firmaron el juramento prestado en las de Toro, y fueron reci-
bidos Doña Juana reina propietaria y D. Felipe rey como su
legítimo marido, con cuyos dos nombres se encabezan las
pragmáticas y provisiones de aquel tiempo.


La inesperada muerte del Archiduque en la flor de la edad y
al principio de su reinado, renovó la ocasion de volver el Rey




236 CUR~O
Católico á Castilla y gobernarla en nombre del príncipe D. Cár-
los, su nieto, y así pasaron las cosas hasta el año 1516. SCl,bida
en Gante la noticia del fallecimiento de D. Fernando, ordenó
D. Cárlos su proclamacion como rey de España en union con su
madre. No todos, sin embargo, pensaban lo mismo. El Consejo
Real escribia al Príncipe en muy distinto sentido. «No hay ne-
cesidad (le decia) en vida de la Reina nuestra señora vuestra
madre, de se intitular rey ... porque aquello seria disminuir el
honor y reverencia que se le debe por ley divina y humana ...
y aun parece que el intitularse V. A. rey podria traer inconve-
nientes, y ser muy dañoso al servicio de V. A. oponiendo, como
opone, contra sí el título de la Reina nuestra señora, de que se
podria seguir division, y siendo, como todo es una parte, ha-
cerse dos.»


No hicieron mella estas prudentes advertencias en el ánimo
del Príncipe, ántes escribió á las ChanciJlerías y ciudades de
Castilla que le tomasen y recibiesen por rey, juntamente con la
Reina Católica su madre. Convocóse en Madrid una junta de
grandes y prelados para dirimir la contienda, y llevando la voz
el doctor Carvaj al, oidor del Consej o de la Cámara, discurrió
largamente sobre el asunto, y dijo en sustancia que pues no
plugo á D. Cárlos aceptar la consulta del Consejo Real, estaban
ya las cosas en términos que no era posible retroceder, mucho
más cuando se seguiria gran desautoridad y aun infamia á la
persona del Príncipe, si dejase de intitularse rey, siendo noto-
ria la indisposic!on de la Reina para gobernar, y ~oncluyó
probando con numerosos ejemplos de nuestra historia, que no
era nuevo reinar el hijo con el padre, la madre ó el hermano.
En resolucion, el doctor Carvajal, por no desmentir su fama de
letrado, defendió con buenas razones el pro y el contra, segun
los vientos que reinaban.


Como quiera, allegáronse los más á su opinion,y á los del
opuesto bando impuso silencio el cardenal Jimenez (le Cisne-
ros, de cuya órden fué D. Cárlos proclamado rey de Castilla con
las solemnidades de costumbre. Sin embargo quedó asentado
que en las provisiones y despachos que de allí adelante se li-
brasen, tuviese Doña Juana la precedencia en el título y en el
nombre.


La Reina, en medio de su habitual dolencia, solia mostrarse




DE DERECHO POLÍTICO. 237
tan celosa de su derecho, qtle cuando oia llamar rey á D. Cár-
los, replicaba con enfado: «Yo sola soy la reina, que mi hijo
no es sino príncipe;» y jamás quiso reconocer en él otra dig-
nidad. No le faltaba razon, pues segun la ley de Partida no
procedia reinar juntos madre é hijo, ni declarar vacante el
trono por incapacidad de Doña Juana, sino nombrar una re-
gencia como si fnese menor de edad.


Tanto repngnaba á la conciencia pública este mal disimu-
lado despojo de la reina propietaria, que en las Cortes de Va-
lladolid de 1518 se puso de nuevo en tela de juicio si convenia
jurar á D. Cárlos y tomarle por rey, siendo viva Doña .Tuana:
duda legitima, porqne además de las razones sobredichas, en la
junta de Madrid de 1516 no se habia oido el voto de las ciuda-
des; por lo cual carecia de competencia para resolver un nego-
cio tan arduo y reservado á la mayor autoridad de las Cortes.


Al fin cedieron los procuradores disidentes con dos condicio-
nes, á saber: que si en algun tiempo diese Dios salud á Doña
.Tuana, señora propietaria de estos reinos, el rey desistiese de
la gobernacion, y la reina solamente gobernase; y que en to-
das las cartas y despachos reales que viviendo la reina se libra-
sen, se pusiese primero su nombre y luégo el de Don Cárlos, y
que no se llamase sino principe de España. De las dos últimas
ninguna fué cumplida (1).


IRfiérese de todo lo expuesto, reduciendo la suma de lo pa-
sado á bre\Te doctrina, que solamente las Cortes pueden decla-
rar la incapacidad del principe llamado á suceder en la corona
ó entrado ya en el ejercicio de su soberanía. Asimismo se co-
lige cuán delicadas se mostraron las de Castilla al calificar á
los príncipes de incapaces para el gobierno, usando de expre-
siones blandas, como enfermedad, pasion de ánimo, indisposi-
cion notoria y otras semejantes á trueque de no menguar el
respeto debido á la majestad real y al infortunio. Tambien die-
ron pruebas señaladas de amor y lealtad á sus monarcas, de-
fendiendo á Doña .Tuana de los dañados intentos de su marido,
y de no escasa prudencia reservando el derecho de la reina
propietaria de Castilla, para cuando Dios quisiese restituirle
la salud.


(1) Mariana, lÍist. general, lib. X:XvII1, cap. XXI y cap. XxII: Sandova!, Hist. ,le
C!tl'los V, lib. n. ~ VI Y lib. III, § VII Y § IX.




238 CURSO


CAPITULO XXVI.


RENUNCIA DE LA CORONA.


Hay entre el príncipe y los súbditos vinculos necesarios y
hasta cierto punto indisolubles, á no mediar un mútuo con-
sentimiento. Sin acudir á la falsa teoría del pacto social, exis-
ten recíprocos derechos y deberes q ne ligan al rey con su pue-
blo, como la cabeza y los miembros de un mismo cuerpo. No
se han creado los reinos para satisfacer la ambician, la vani-
dad ó la codicia de los reyes, sino para que los mantengan en
paz, los gobiernen con amor y les administren justicia. La
bondad del príncipe no es merced sino deuda, así como la obe-
diencia, respeto y fidelidad son más que virtudes; son obliga-
ciones que la ley impone al ciudadano (1). Por eso no es lícito
al rey abdicar con la ·libertad del que renuncia un mayorazgo
ó arroja al suelo la carga que oprime sus hombros. La razon
no lo consiente, la justicia lo reprueba, y s·egun vamos á de-
mostrarlo, tampoco 10 autoriza la historia.


Cuando los Godos, y despnes de ellos, los Ast111'ianos y Leo-
neses levantaban en alto á sus reyes electivos, j111'aban éstos al
tomar posesion del trono, la observancia de las leyes y el man-
tenimiento de los fueros y libertades de la nacion que bajo tales
condiciones les prestaba pleito homenage.


(1) No son nnevas estas doctrinas, ni el antor al exponerlas 8e abandona á las
impetuosas corrientes del dia. Hé aquí una muestra de la libertad con que escri-
bian y se expresaban en el siglo XVII las personas que por razon de su estado de-
bian medir más sus pala1lras: < No pechan de balde los roinos tantos cargos, tan
grandes rentas, tanta autoridad; nombre y dignidad tan grande no se le da [al
rey) sin carga. En balde tuvieran el nombre de rey, si no tuvieran á qnien regir y
gobernar y no les tocara esa obligacion ..• Tan grande dignidad, tantos haberes,
tanta grandeza, magestad y honra, con censo perpétuo los tienen de regir y go ber-
nrlr sus estados conservándolos en paz y justicia. Sepan pues los reyes que lo son
para servir á los reinos, pnes tan bien se lo pagan, y que tienen oficio que les obli-
ga al trabajo. No piensen que son reyes solamente de ]lombre y represcntacion,
que no están obligados á más de hacerse adorar y representar muy bien la persona
roal •• Rep,iblica pOlítica cristiana del Rmo. P. Fr .. Tuan elo Santa María (1624).




DE DERECHO POLÍTICO. 239
Encerraba aquel acto solemne dos juramentos, uno del rey


á su pueblo y otro del pueblo á su rey, y equivalía la ceremo-
nia á firmar un pacto bilateral. Esta loable costumbre se con-
servó durante el período de la monarquía hereditaria; y así
cada vez que un nuevo rey ascendia al sólio de sus mayores,
invocando á Dios por testigo, prometia gobernar segun dere-
cho, como los súbditos prometian servirle con lealtad, so pena
de caer en mal caso y merecer la muerte de los aleves.


Era por tanto cosa llana y comunmente recibida que los re-
yes no podian renunciar la corona á su voluntad, á la manera
que una persona no puede faltar al contrato sin la vénia de la
otra parte con quien su fe la tiene ligada. La doctrina del pac-
to indisoluble, salvo el caso de avenencia, es el asiento más
firme de los tronos, porque la no reciprocidad de los dere-
chos y deberes del príncipe y los súbditos conduce á la peli-
grosa teoria, que si el primero es libre en descargarse á su
capricho del peso del gobierno, los segundos habrán de ser
tambien libres en negarle la obediencia y deponerle de su dig-
nidad.


La primitiva sencillez de nuestras costumbres monárquicas
no consentia red~cir á sistema las libertades públicas, y mucho
ménos era posible consignarlas en una ley escrita,; perQ el buen
sentido corregia los vicios de lds instituciones, cuya defensa
estribaba en la religion del juramento y en la fuerza de la tra-
dicion. Á donde no llegaban estas garantías morales, llegaban
una poderosa nobleza, un clero honrado y favorecido con gran-
des privilegios, y una multitud de concejos ricos en magistra-
turas populares, dueños de las mejores ciudades y villas del
reino, y dispuestos á formar causa comun para conservar sus
derechos.


E! primer caso de abdicacion que refiere la historia despues
de la pérdida de España es el de Rermudo 1 el Diácono que se
privó de la corona de Asturias para ceñir con ella las sienes de
Alonso II el Casto; mas n9 pasó este suceso como si fuese la
renuncia de un derecho privado por la determinacion perso-
nal del principe reinante, sino á modo de disolucion de un con-
trato por la voluntad de las partes interesadas. Yen efecto,
puesto que eran los próceres ó magnates quienes daban la co-
rona, ellos mismos debian ser y fneron los que legitimaron





240 CURSO
con su voto la abdicacion de Bermudo y la elevacion de Alonso
al trono vacante (1).


La segunda renuncia que los anales de Asturias registran,
es la de Alonso III el Grande. No se sabe por qué causa se con-
juraron contra él primero sus he~manos y despues sus hijos;
mas parece verosimil que descendió del trono mal de su grado.
Los antiguos cronicones dicen lo bastante para entender que
la abdicacion no fué voluntaria sino forzosa; pero guardan si-
lencio sobre un punto capital como es el consentimiento ó
aprobacion de la nobleza (2). El arzobispo de Toledo D. Rodrigo
Jimenez de Rada, historiador grave y bien informado, aunque
del siglo XIII, escribe de .este rey: Regimine se jJrivavit, P'I'((J-
sentibusjiliis et jJotioribus regni sui; y es lo probable (3).


Otro ejemplo de abandono del poder real hallamos en tiempo
de Alonso IV el Monje, quien fatigado del gobierno ó movido
de falsa devocion, renunció la corona y al siglo, llamando án-
tes á su hermano Ramiro TI á Zamora para que le sucediese
en el reino. En efecto, acudió sin tardanza, y no solo, sino cum
omni exercit1!- magnatum suorum, es decir, en compañía de
todos los grandes de Galicia en donde reinaba. Sin duda junta
la nobleza de Galicia y Lean hubieron de con¡mir en lá renun-
cia y en elevar al trono á Ramiro á quien negaron la obedien-
cia los Asturianos, tomando por rey á otro D. Alonso, hijo de
Fruela II, sentidos de no haber sido convocados á Zamora para
legitimar los actos que alli pasaron entre los Leoneses y los
Gallegos (4).


(1) • Veremunc1us ... sponte regnum dimissit, reminiscens ordinem sibi oHm im-
positum diaconi, dimissis filiis parvulis ..• Adefonsum, quem Mauregatus il. regna
expullerat, in regnum successorem fecit.> Sebast. CMon. ,


El cronicon del monje de Silos es más explícito, pues dice: ,Patentibus totius
regni magnatorum conventibns, qnnm in po.ternnm solinm invitns intronizaretur,
post trium o.nnorum circnlnm desiderata voto satisfaciens, deposito diademate,
vice sua Aldefonsum Castum, nepotem suum, regem constituit '. Florcz, Espat7a
Sagrada, t. XVII, p. 280.


(2) .Etenim omnes filii regis inter se conjuratione facta, patrem suum expullc-
ruut il. regno.> Samp. Chron.


Casi lo mismo dice el Silcnse.
(3) De 'reou. Hisp., lib. V, cap. v.
(·1) Sandoval, Cinco obispo., p. 263 •
• Astures 8nim indignati, eo quod in cessione Aldefonsi et substitlltione Ranimiri


non fuerant evocati, rebelionem ... factitabant., Rod. Tolet., De "cbus Hisp., lib. Y.
cap. v.





DE DERECHO POLÍTICO. 241
Esta misma concordia de voluntades fué solicitada por Doña


Berenguela al renunciar la corona en su hijo Fernando IU,
pues si bien se la transmitió de su propio movimiento, confir-
maron solemnemente el acto las Cortes generales de Vallado-
lid de 1217 (1).


Juan I, con la esperanza de coronarse rey de Portugal, pidió
parecer á los de su Consejo en 1390 acerca de la renuncia al
trono de Castilla que hacia tiempo meditaba en favor de su
primogénito D. Enrique, reservándose ciertas rentas, ciudades
y señoríos de por vida. El Consejo en un largo razonamiento
nutrido de ejemplos y buena doctrina, disuadió al rey de aquel
propósito, y aun le requirió que no hiciese una cosa tan en
deservicio suyo y daño del reino; y «non fabló mas en este
fecho».


Sucedió á este conato de abdicacion la que el Emperador, es-
tando en Bruselas el año 1556, hizo de todos sus reinos y seño-
ríos en la persona de su inmediato sucesor mediante escritura
pública; y si bien convocó los estados de Flandes y Brabante
y trató con ellos del asunto, no entendió hacer lo mismo en
España, pues se desapoderó de los dominios de Castilla 1 Ara-
gon sin juzgar necesario el concurso de las Cortes. En tierra
extranjera otorgó la carta de renuncia, y en tierra extranjera
aceptó Felipe II la corona, siendo notables las cláusulas de
aquella escritura de cesion, en la cual más parece se resuelve
una cuestion'de familia, que se transmite un cetro poderoso (2).


(1) • Sed extra portam Vallis Oleti, educta multitudine, extremorum Dorii et
Castellre, ubi forum agitur, convenerunt... et ibidem filio regnum tradens ... om-
niJms approbantibus ... ad regni solium sublimatur.' Rod. Tolet., De rebu8 Hisp.,
lib. IX, cap. v .


• Lo cierto es que la Reina, por el deseo que siempre tuvo de su quietud, tornó
segunda vez con aprobacion de las Cortes á renunciar el reino en su hijo; y en esta
conformidad le alzaron de nuevo por rey. > Mariana, Hist. gen., lib. XII, cap. VII.


Fernando In fue aclamado dos veces, la primera cerca de Nftjera, siendo su dosel
un olmo, y la segunda, con mayor solemnidad en Valladolid, segun queda referi-
do. Así lo cuenta Mariana, aunque lo de Nájera y del olmo pasa por dudl'lso.


(2) .Vos cedemos, renunciamos y refutamos ... los nuestros reinos de Castilla y
Lean, Granada, Navarra, Indias ... para que los administreis, hayais y tengais en
propiedad, posesion y señorío pleno de la forma y. manera que Nos los hemos teni-
do ... y os damos poder y facultad tan cumplida como de derecho se requiere ... para
que os llameis é intituleis rey de Castilla y de Lean ... La cual (carta de renuncia)
como rey y señor que en 10 temporal no reconoce superior, queremos que sea ha-
bida, tenida y guardada por todos, como si por Nos fuere feclla en Cortes (, pedi-


10




242 CURSO
No consta que se hubiese notificado la abdicacion á las Cortes;
y sin embargo debian haber sido llamadas á consentirla, ó por
lo ménos á confirmarla.


No fueron los de Borbon más mirados con las antiguas li-
bertades de Castilla q ne los reyes de la casa de Austria, pues
cuando por cansancio ó melancolia resolvió Felipe V apartarse
de los negocios y pasar sosegadamente el resto de su vida en
la amable soledad de San Ildefonso, abdicó en su hijo primo-
génito D. Luis tambien sin acuerdo ni consejo de las Cortes, y
al extender el documento solemne que acredita la abdicacion,
hizo copiar á la letra todas ó las más de las cláusulas conte-
nidas en la famosa carta de renuncia otorgada en Bruselas (1).
Murmuraron las gentes de este alarde de autoridad; pero al
fin el nuevo rey fué proclamado en Madrid y recibido en toda
España, como si el trono hubiese quedado vacante por muerte
natural de su antecesor (2).


La temprana de Luis 1 sin sucesion, y la circunstancia de
haber testado de todos sus reinos y señoríos en favor del pa-
dre, fueron causa de las dudas y controversias que sobrevi-
nieron al ocurrir esta nueva vacante del trono. El Consejo Real,
en vez de procurar que se instalase la regencia nombrada por
Felipe V en la prevision de una minoridad, le representó que
pues era aun sellor natural y propietario del reino, tenia en
justicia y en conciencia obligacion de ceñir de nuevo á sus
sienes la corona. Esforzaban las razones del Consejo la reina


mento y suplicacion de los procuradores de las ciudades, villas y lugares de los
dichos nuestros reinos, etc. > Sandoval, Hist. de CárZos V, lib. XXXII, § XXXVII!.


(1) Censura el Dr. Martinez Marina con vehemencia las formas de esta renuncia
y sus cláusulas irritantes; mas sin excusar la conducta de Felipe V, seria más justo
censurar la del Emperador. Ambos monarcas son responsables ante la historia de
haber menospreciado las leyes y costumbres de Castilla, pero no en igual grado,
pues mayor es la culpa del que dió el ejemplo, que la del imitador. Teo"ía de la.
Cortes, parto n, cap. X.


(2) ,Pasó luégo el príncipe de Asturias á Madrid y fué proclamado rey, aunque
los más de los jurisperitos y los mismos del Consejo Real veian que no era válida
la renuncia no hecha con acuerdo de sus vasallos, que tenian accion á ser gober-
nados por aquel príncipe á quien juraron fidelidad, no habiendo impotencia legi-
tima para dejar el gobierno, ni decrépita edad que no pudiese tolerar el trabajo.
Otras muchas razones daban los legistas, pero nadie replicó, pues al Consejo Real
no se le preguntó sobre la validacion ele la renuncia, sino se le mandó que obede-
ciese el decreto •• Marqués de San Felipe, Oom~nt. de la guerra de Españ(" año
1724.




DE DERECHO POLÍTICO. 243
con.sus ruegos y la corte con sus instancias cada vez más vi-
vas; de modo que lograron conmover el ánimo del retirado
monarca y decidirle á tomar un partido.


Repugnaba á su natural rectitud y conciencia escrupulosa
ir contra la renuncia solemne de sus derechos y el voto de re-
cogerse á la vida privada; mas conocida la flaqueza de aquel
espíritu débil y timorato, trataron de persuadirle y convencer·
le diciendo que la renuncia era nula por falta de persona ca-
paz de admitir la corona, pues el principe de Asturias era me·
nor de once años, y que el voto no debia cumplirse en perjuicio
de los pueblos.


En esta perpleja tribulacion resolvió Felipe V consultar á
una junta de graves teólogos el caso de conciencia, y aunque
no corrieron unánimes lQs pareceres, prevaleció el dictámen
favorable á la relajacion del voto. Comunicado el acuerdo al
Consejo y apremiado á decidir formalmente el punto de dere-
cho, insistió en las razones ya expuestas, añadiendo que de
adoptar otra cualquiera determinacion distinta de la suplica-
da, «faltaria el rey al recíproco contrato que por el nlismo he·
cho de haber jurado los reinos celebró con ellos, sin cuyo asenso
y voluntad comunicada en las Cortes no podia hacer acto que
destruyese semejante sociedad» (1). En vist~ de un deseo tan
uniforme y de tan poderosos argumentos, Felipe V, venciendo
su sincera repugnancia, se resignó á ocupar por segunda vez
el trono de España.


Tenemos, pues, que una autoridad tan digna de respeto
como el Consejo Real, asienta la doctrina del pacto tácito en-
tre el príncipe y los súbditos, de donde nace una recíproca
obligacion que no puede desatarse sino en virtud del mútuo
disenso: por manera que toda renuncia. de la corona será nula
conforme á este principio, y más aun conforme á las leyes y
costumbres de Leon y Castilla, á no intervenir para legitimarla
el consentimiento de las Cortes.


A nuestro juicio fué una gran sinrazon convocar las de Ma-
drid de 1712 para confirmar la renuncia de Felipe V á sus de-
rechos eventuales á la corona de Francia, como acto prelimi-


(1) Comentarios de la guet"l·a ae España \ año 1724; Martinez Marina, Teo,.ia de
las CM/es, par\.. n, cap. x.




244 cultso
nar á la paz de Utrech, y descender del trono de España sin la
voluntad, ó siquiera el consejo de sus reinos (1).


CAPITULO XXVII.
DEL PATRIMONIO REAL Y DE LAS MERCEDES


DE LA CORONA,


Hemos visto en el discurso de este libro que segun las leye,;
visigodas las cosas pertenecientes al dominio privado del r~'y
pasaban á su muerte á los herederos conforme al derecho eo-
mlln, á diferencia de los bienes adquiridos en cuanto rey, (¡\le
cedian en aumento del reino y se transmitían ·al sucesor en la
corona.


Restablecido el Ji'orum Judicum á poco de haber empezado
la reconquista, continuó en observancia la antigua legislacion,
y aun fué clara y expresamente confirmada por Alonso el Sa-
bio al decir: {( Et destas heredades que son raíces, las unas son
quitamente del rey ... de cual manera quier que sean que ho-
biese heredado ó comprado ó gan'§.do apartadamente para si,
et otras hi ha que pertenescen al regno, así como villas ó cas-
tiellos, ó los honores que los reyes dan á sus ricos homes por
tierra» (2).


El progreso de las armas cristianas, dilatando los confines
del territorio nacipnal, enriquecia la corona con tierras, lnga-
res, villas y ciudades que se iban ganando á los Moros. Con
sus despojos se formó ~l patrimonio real, de cuyo fondo, á fal-
ta de un tesoro público, salian las donaciones· que á titulo de


(1) .Pasó á Madrid Milord Legsinton para arreglar las cosas del comercio, y
que otra vez en Cortes generales renunciase sus derechos el rey Felipe á la COTona
de Francia. Convocáronse los procuradores de las ciudades, prelados y nobleza de
los reinos de España, y á 5 de Octubre hizo el rey otra solemne renuncia, donde
sirvieron de testigos los consejeros de Estado, los presidentes de los Consejos con
el decano de ellos, los jefes de la Casa Real y de las GUltrdias. Imprimióse el acto,
se publicó con pregon, y se firmaron cuatro meses <le tregua entre la Inglaterra y
la España.> Marqués de San Felipe. ('ompntm·io.< rI,· la U"M'ra de ESPMiet, nño 1~12.


(2 L. 1. tít. XVIt, Part. n.




DE DERECHO POLÍTICO. 245
piedad hacian los reyes á las iglesias, monasterios y hospita-
les, ó por via !le recompensa á los concejos, órdenes militares,
rieos hombres, caballeros y otras personas que habian presta-
(lo buenos servicios en la guerra, y las cuantiosas mercedes
que con mano liberal dispensaban á sus privados y favoritos,
'ó les arrancaban poderosos descontentos.


Corriendo la liberalidad de los reyes á tantas vertientes, se
empobrecia su patrimonio cada vez más menguado en vasa-
llos, jurisdiccion, tierras, términos, rentas, pechos y derechos
de la corona; de suerte que roto el equilibrio de las necesida-
des y los medios, se hizo necesario cargar nuevos tributos.
POl' eso se dolian los pueblos del exceso, y pidieron la revoca-
cion de ciertas mercedes no justificadas, y algunas se revoca-
ron. Mas ántes de entrar en materia, bien será retroceder al
punto de partida.


Eran los reyes quienes hacian las donaciones, aunque en los
primeros siglos de la reconquista no con entera libertad, pues
prevalecia la costumpre de tomar el consejo de los magnates
y de expresarlo así en las escrituras, aunque en otras se omité
la cláusula; pero de todos modos las confirmaban. Sigue el
P. Berganza la opinion del jurisconsulto Alonso de Villadiego
en cuanto á que la confirmacion era, segun las leyes del Fuero
Juzgo, para corroborar el acto como testigos, y no para legi-
timarlo: opinion, á nuestro juicio, no bastante fundada, pues
además de que el código de los Visigodos habla de las donacio-
nes entre particulares, la palabra conjl1'mat en seguida del
nombre y .título del obispo, conde Ó magnate arguye más que
un medio de prueba (1). Que los reyes andando el tiempo y
conforme se iba robusteciendo su autoridad, se arrogasen el
derecho de hacer mercedes sin tasa y prescindiesen de la con-
firmacion de los grandes, no lo ponemos en duda; mas sépase
que era un abuso.


(1) En la donacion y fueros tle Valpuesta, hecha por Alonso el Casto en 804, dice
el roy: • Facio testamenti privilegium cum consilio et consensu comitum et prin-
cipum me~rum '. Muñoz, Coleccion d. r"eros municipales, t. r, p. 13.


La reina Doña Urraca hizo en 1114 cierta donacion á la iglesia de Oviedo, < cum
consilio curire mere '. Floroz, España Sagrada, t. XXXVIII, p. 347.


En otra donacion de D. Sancho, conde de Castilla, al monasterio de Oña (1011) se
Jée: • El, nos omn~s nobiles, etinfanzones supra nominati ... laudabimus, et coufir- ,.
mamus hoc ([onum, et testificamus>. Muñoz, Colee. cit., t. 1, p. 57. Jí'.1i~~':J~
:'~'" .t¡;.




246 CURSO
Las donaciones reales suponian la traslacion del dominio


incorporado en la corona; y así hallamos en los primeros si-
glos de la reconquista escrituras que suponen la enajenacion
de tierras y vasallos que las pueblan, de pechos y derechos,
inclusa la jurisdiccion; yen fin donaciones tan ámplias que se
decian hechas con toda voz real; es decir, todos los derechos
del rey, exceptuando la superioridad de la justicia, los pedidos
y monedas, la moneda forera, las minas de oro, plata y otros
metales, si los hubiere, y las demás c9sas perteneoientes al do-
minio de la corona de tal naturaleza que, segun las leyes del
reino, no se podian ni debian enajenar (1).


Los reyes empezaron por mercedes de tierras y vasallos: des-
pues hicieron donaciones de lugares, villas y aun ciudades con
título ue señorío y mero y mixto imperio: más adelante con-
cedieron estas y las otras rentas y tributos dealgun término ó
comarca: tambien daban alcaidías ó tenencias de fortalezas y
castillos, ó ponian maravedís á algun su vasallo cada año, á
que llama Alonso el Sabio feudo de cámara, de donde vino asen-
tar estas cuantías en los libros de los contadores (2). Todavía
llegó la prodigalidad de los reyes al extrémo de hacer dona-
éion de las casas de moneda, y de conceder á los particulares
permiso para establecer otras nuevas, con lo cual se inundó el
reino de moneda falsa; y por último, no teniendo ya que dar,
expedian· cartas ó albaláes en blanco que despues llenaban los
interesados con mercedes injustas ó exorbitantes.


Disipado el patrimonio real, acudieron al arbitrio de conce-
der los propiml, baldíos y rentas de los concejos contra toda
razon y justicia, pues siendo propiedad de los pueblos, no po-


(1) • Cum omuibus hominibus et cum omni suo directo,> dicen unas, y otras
< cum solares populatos, vel etiam populaudos: cum illo quod ad jus regale perti-
net, vel pertinere debet, sciJicet de laboribus terrarum, et vinearum, et de balneis
et molendinis, de hortibus, de mercato et de plana, de moneta, de portaticis et de
calumniis, etc .•


Fernando IV, al haeer merced de cien vasallos á Fernan Perez de Monroy en 1307,
dijo: • Estos cien pobladores vos do que sean vuestros vasallos y vuestros solarie-
gos, y que los pobledes á cual fuero vos quisiéredes, y dóvolos con todos los pe-
chos y derechos que yo hé é debo haber dellos, en cualquier manera, así marti-
niega y servicios y fuensido y fuensidera, como otros derechos cualesquier, salvo
moneda forera cuando acaesciere de siete en siete años >. Fr. A. Fernandez, Hist. y
anales de Placencia, lib. 1, cap. XVI. V. Testamento de Isabel la Católica: Dormer,
Disttwsos v{wios de historia, p. il29: L. 3, tito XXVII, Orden. de Alcalá.


(2) Ll. 1 Y 2, tito XXVI, Parto IV.




DE DERECHO POLÍTICO. 247
dian pasar á otro dominio sin su consentimiento, es decir, sin
que el rey cometiese un acto odioso de despojo. Así nada más
natural que los procuradores á las Cortes de Madrid de 1419,
1583 Y 1586 hubiesen levantado la voz y representado el agra-
vio que se inferia á los pueblos lastimados en sus privilegios,
los daños que se causaban á la ganadería y la disminucion de
los pechos reales; á todo lo cual respondieron los reyes excu-
sando lo hetJho con las necesidades del tesoro, ofreciendo en-
mendarlo y mandando que en lo sucesivo se tuviese la mano
en la enajenacion de tierras concejiles (1).


Juntábase al exceso de las dádivas y mercedes otro mal ma-
yor, á saber las continuas usurpaciones de los ricos hombres
poco escrupulosos en la eleccion de los medios de acrecentar
sus estados, fuerzas y riquezas. Así se iba consumiendo el pa-
trimonio real y debilitando la corona, cada vez más pobre de
tierras y lugares, rentas y vasallos, imperio y jurisdiccion; de
suerte que los reyes, al cabo de algun tiempo, se hallaron des-
poseidos de la mejor parte de los principales atributos y pin-
gües derechos de la soberanía.


No siempre era suya la culpa, sino de los tiempos borrasco-
sos en que vivian. Aunque sonaban hechas las mercedes de su
libre voluntad, ó concedidas p'l'op'l'io motu, ó por servicios se-
ñalados, ó en compensacion de otras que no tuvieron efecto ó
fué necesario revocar, es lo cierto que los reyes cedian ias más
veces á los ruegos é importunaciones de los grandes y caba-
lleros cuya lealtad no solia ser muy desinteresada.


Uno de los que más contribuyeron á la disipacion del patri-
monio real fué Sancho IV el Bravo. Impaciente por reinar y
temeroso de que Alonso X le desheredase, procuró ganarse las
voluntades de la nobleza y del pueblo y apoderarse del reino
en vida de su padre. Para robustecer su partido hizo muchas
mercedes de tierras, castillos y oficios; y así como hasta en-
tónces estas donaciones fueron de por vida, desde su tiempo
empezó la mala costumbre de perpetuarlas, declarándolas
transmisibles por juro de heredad .. Las mercedes vitalicias pa-
saban regularmente de padres á hijos mediante confirmacion
potestativa en los reyes; mas las hereditarias, constituidas en


(1) COI'tes de Leon y Ca.,tilla,t. IlI, p. 16: Colee. ms. de Cortes de la Acad. de la
Historia, t. XXIII, f"ls. 1133 y 210. •




248 CURSO
virtud de un titulü irrevocable, cerraban la puerta á todo me-
dio legal de reversion á la corona, salvo el caso de confiscacion
por delito de rebeldía segun la legislacion visigoda. Verdad es
que Sancho IV, en las Cortes de Sevilla de 1284, revocó mu-
chas cartas y privilegios que siendo infante dió «por premia
que le hicieron tambien hermandades, como concejos y otros
muchos omes» (1).


Enrique II es conocido en la historia con el sobrenombre de
el de las Mercedes ó el Dadivoso. La guerra civil que le abrió
paso al trono, le impuso una carga pesada de obligaciones y
promesas que hubo de satisfacer y cumplir el dia de la victo-
ria. Cüronado rey, exháusto el tesorü y agobiados los pueblos
con tributos y empréstitos forzosos, consumió los miserables
restos del patrimonio real en recompensar á sus parciales.


Lás mercedes enriqueñas se hicieron á costa de las -rentas
reales de muchas maneras, porque á unos se dieron maravedís
en jurü de heredad y compensacion de gastos, otros los com-
praron á bajos precios, y aquéllos y éstos se situaban sobre las
alcabalas, tercias y demas rentas de la corona; de modo que al
rey n.o le quedaba sino muy poco ó nada, amen de las ciudades,


I
villas y lugares enajenados. Enrique II las confirmó primero
en las Cortes de Toro de 1371, y despues en su testamento 01'-
denandü que los donatarios «las hayan por mayorazgo, é que
finquen en su fijo legítimo mayor de cada uno dellos; é si mü-
rieren sin fijü legítimo, que se tornen los sus logares del que
así moriere á la corona» (2).


Mariana tüma la defensa de Enrique el Dadivosü diciendo:
«La franqueza demasiada de que algunüs le tachan, desculpan
asáz la revuelta de los tiempos y la cüdicia de los nübles que
no se dejaban granjear sino á precios grandes y excesivas
mercedes; además que estaba puesto en razon hiciese parte de
los premiüs de la victoria á los que se la ayudaron á ganar y
se hallaron á los peligros y trabajos. Todavía en su testamento
corrigió en gran parte.esta liberalidad con excluir de la he-
rencia €le aquellüs estados que dió, á los deudos transversales,
y admitir solam~nte á lüs descendientes, hijos y nietos: traza
con que gran parte de los pueblos que por esta causa se enaje-


(1) Or6n. del rey D. Sancho el Bravo, cap. 1.
(2) Orón. del I'ey D. EariqHe 11, al final.




DE DE~ECHO POLÍTICO. 249
naron y de las donaciones enriqueñas, han vuelto á la corona
real» (1).


Juan II vivió en contínuo sobresalto, no dejándole sosegar
las querellas de la nobleza. Era débil de carácter y de condi-
cion benigna, por lo cual amó demasiado los tratos y concor-
dias que se resolvian en mercedes, aunque fué notado de co-
dicioso. Con su privado D. Álvaro de Luna rayó en el extremo
de maniroto. Complacíase en elevar hombres de poca suerte á
grande estado y fortuna, acaso con el intento de oponer á la
nobleza antigua, orgullosa y difícil de refrenar, otra nueva de
humilde cuna y cortos merecimientos.


Así se explica cómo los grandes y caballeros que acudieron
á las vistas de Tordesillas en 1439 para ajustar la concordia
de Castronuño, suplicaron al rey que tuviese templanza en ha-
cer mercedes, y de allí adelante no las hiciese sino con acuer-
do suyo y de los procuradores de las ciudades y villas del
reino (2). ¿Movíales á ello la envidia ó el celo del bien público?
Habia más pasion que virtud en los enemigos del Condestable,
rico y poderoso, señor de veinte mil vasallos, sin los del maes-
trazgo de Santiago. Fernan Perez de Guzman atribuyé los mo-
vimientos y alteraciones de Castilla p~r este tiempo,«á la cob-
dicia de los grandes y eaballeros que por crecer á aventajar
sus estados é rentas, posponiendo la consciencia y el amor de
la pátria, dieron lugar á ello; é no dubdo (añade) que les pla-


(1) Hist. de Espa,za, lib. XVIII, cap. lI.
(2) Orón. del rey D. Juan JI, año 1439, cap. XI y sigo
.A vuestra merced plega saber que á nuestra noticia vino en como vuestra se-


ñoria ha focho é fasce do un año á esta parte muchas mercedes de villas, é lugares,
é de juro, é de heredad, é de por vida á muchas personas, é asimesmo que vuestra
señoría ha dado é da muchos lugares é tierras de vuestras cibda~. Lo cual es
muy gran daño é destruccion de vuestros reinos; é como vuestra se~ía sabe, hay
pocos lugares en vuestros reiuos 'lue no estén darlos é enajenados. E en más
enajenar, é otrosí en desapropiar, é quitar las tierras é lugares á vuestras cihda-
eles, seria perder del todo vuestro patrimonio é vuestro reino. E demás desto sabe
bien vuestra merced que las rentas ordinarias de vuest.ros reinos no alcanzan á
vuestros gastos é mercedes ordinarias, que fasta el dicho tiempo son fechas con
muy grandes cuantías de maravedís. E si despues acá vuc"tl'a señoría ba fecho ó
fasce otras mercedes nuevas, es forzado que continuadamente vuestra alteza haya
de echar pedidos é monedas á vuestros vasallos, é que del todo se pierdan, allende
de cuanto están destruidos é despechados. E debe vuestra señoria acatar que el
tesoro del reyes en su pueblo; é si el pueblo vuestro es destruido, vuestro tesoro
se pierde. Por ende muy homilmente suplicamos, etc.' Segicro !le Tmodesillas, ca-
pítulo XLIX.




250 CURSO .. ~
cia tener tal rey ... porque en el rio revuelto fuesen ricos pes-
cadores» (1).


Pródigo, que no liberal, nos pinta la historia á Enrique IV.
Él fué quien teniendo ya todo el reino enajenado, «non ha-
biendo en él renta, nin lugar, nin fortaleza que en su mano
fuese que no la hobiese dado, y ya non habiendo juros nin otra::;
rentas de que poder facer mercedes, comenzó á dar cartas fir-
madas en su nombre de casas de moneda» (2). Él es el autor
de las cartas ó cédulas en blanco. Él quien replicando á su
contador que le representaba sus gastos excesivos y sin pro-
vecho, lleno de vanidad, quiso imitar al famoso Alejandro en
aquellas palabras: «Vos hablais como Diego Arias, é yo tengo
de obrar como rey ... y pues no es magnanimidad dar y per-
der, salvo perder y dar, quiero é mando que dedes de comer á
unos porque me sirvan, y á otros porque no hurten y mueran
deshonrados» (3).


Perseverando en esta insensata conducta, y acrecentados los
gastos ordinarios con los ocasiom~dos por las turbulencias del
reino, enajenada la mayor parte del patrimonio real y usur-
pado el resto por tiranos, vino Enrique IV á tan extrema ne-
cesidad que vendido todo, faltó para el mantenimiento de su
persona. Sus dádivas y mercedes, mal'agradecidas y no corres-
pondidas con lealtad,se volvieron contra él; «é así fueron sus
placeres pocos, los enojos muchos, los cuidados grandes y el
descanso ninguno» (4).


Muy de otro modo sentia y obraba Isabel la Católica. Decia
que á los reyes importaba conservar el patrimonio real, porque
enajenándolo perdian las rentas y se incapacitaban para ha-
cer merc~es, dejando de ser amados y temidos. Con tanta di-
ligencia fuardaba lo perteneciente á la corona, que rara vez
se desprendió de las villas y tierras de su dominio. Murmura-
ron que no era franca, porque no daba vasallos de- su patrimo-
nio á los que en aquellos tiempos la sirvieron; mas la prueba
de que esta parsimonia no era ingratitud ni codicia, sino buen


(1) Generaciones y semblanzas, cap. XXXIV.
(2) Anónimo: V. Saez, IJlonedas de Enrique IV, pp. 2 Y 5.
(3) Orón. del rey D. Enrique IV, cap. XX.
(4) Or6n. del rey D. Enrique IV, cap. I: Galindez de Carvajal, Hist. de Enri-


que IV, fol. 5.




DE DEREOHO POLÍTICO. 251
gobierno, la suministra la misma reina, cuando á la hora de
su muerte y en descargo de su conciencia revoca la mayor
parte de las mercedes que hizo.


A pesar de todo tan empobrecido y agotado se hallaba el
patrimonio real en tiempo de Cárlos V, si hemos de dar entero
crédito á la ciudad de Valladolid, que respondiendo á los ca-
balleros leales al Emperador durante la guerra de las comu-
nidades, les decia: «De aquí á Santiago, que son cien leguas,
no tiene el rey sino tres lugares» (1).


Difícil era poner coto al exceso de las mercedes, porque como
no habia ley que las moderase, salvo algunos ordenamientos
hechos en Cortes mal guardados, sólo la mayor ó menor pru-
dencia de los reyes las limitaba. Fernando IV, en un privile-
gio extendido en 1305, dijo ser cosa razonable hacer mercedes
á los buenos servidores, considerando qué merced sea la pedi-
da, el pro ó el daño que de ella pueda venir, qué lugar es aquel
en que con"iste la merced y cómo la merecen. Siguió su ejem-
plo Juan Ir en otro privilegio semejante (2); bien que entre
ambas escrituras media una diferencia, á saber, que en la pri-
mera se consulta más el bien de los pueblos, y en la segunda
prevalece el deseo de eontentar á los poderosos. Por buena que
fuese la intencion de dichos reyes, quedó sin efecto, no bastan-
do á establecer una regla genera110s motIvos que justifimiban
ciertas don'aciones á particulares.


Cuando las leyes no moderan el poder, fácilmente se despeña
y precipita en lo arbitrario, orígen de grandes abusos que sólo
se enmiendan en fuerza de otros mayores. Así cuando los reyes
echaban de ver que por la, necesidad de los tiempos ó por in-
considerada liberalidad estaba gastado y consumido su patri-
monio, solian anularlas, revocarlas ó reducirlas de propio mo-
vimiento ó á instancia de las Cortes.


Ya hemos dicho que en las de Sevilla de 1284 anuló Sancho


tI) Sandoval. Hist. de 0,,,,108 V, lib. VIII, § XXXIV.
(2) • Porque razonable cosa es á los reyes é príncipes facer gracias é mercedes


á los sus súbditos é naturales, especialmente á aquellos que bien é lealmente les
sirven, é aman su servicio, é el rey que la tal gracia é merced face, ha de catar en
en ello tres cosas. La primera qné merced es aquella que le demandan ... La segun-
da quién es aquel que ge la demanda, é cómo ge la merece ó puede merecer, si gc
la ficiere. La tercera qué es el pro ó el daño que le por ello puede venir. > Argote de
Molilla, Nobleza de Andalucía, lib. JI, cap. CC;X:XI,




252 CURSO
el Bravo .muchos privilegios y cartas de mercedes que por la
revuelta de los tiempos (dice Mariana) más se habian violenta-
mente alcanzado que graciosamente concedido (1).


Isabel la Católica convocó Cortes en Toledo el año 1480, sien-
do uno de los principales asuntos que allí se trataron el des-
empeño del patrimonio real destruido y aniquilado á causa del
mal gobierno de Enrique IV. Despues de muchos debates sobre
cuáles mercedes se debian conservar y cuáles revocar ó refor-
mar, se concluyó que todos los que poseian vasallos y rentas
reales manifestasen y justificasen sus títulos ante Fr. Rernan-
do de Talavera y otros jueces que reintegraron á la corona
más de treinta millones de renta usurpados (2).


No contenta con esto, revocó y anuló en su testamento las
pocas mercedes de tierras y lugares que hizo ó confirmó du-
rante su reinado, mandó restituir las alcabalas, tercias, pechos
y derechos de la corona que algunos grandes y caballeros dis-
frutaban por costumbre ó tolerancia, y prohibió perpetuar los
maravedís de juro empeñados con ocasion de la guerra de
Granada.


Algunas donaciones inconsideradas de ciudades y villas que-
daban sin efecto por la abierta resistencia que sus vecinos opo-
llian á pasar del dominio de la corona á señorío particular,
fundándose en sus privilegios, alegando grandes servicios, ó en
fin por creer que se les miraba con menosprecio ó padecia me·
no~cabo su libertad.


Cuando Enrique III hizo merced de la villa de Agreda á Juan
Hurtado de Mendoza, levantóse un clamor general entre los
vecinos diciendo «que el ponerlos debajo de diferente dominio
era desestimar la lealtad de tan sustanciales vasallos, y tl'atal'-
los como á esclavos y cosa de poco precio y estima» (3). En-
rique IV hizo merced de la villa de Castilnovo al marqués de
Villena. El rey, sabida la repugnancia de los moradores á des-
prenderse de la corona, llamó á ciertos hombres de la villa, y
les mandó que tomasen y reconociesen por señor al marques,
porque así cumplia á su servicio; á lo cual respondieron con
ánimo resuelto «que suplicaban á su alteza no se lo mandase,


(1) Hist. de España, lib. XIV, cap. VIII.
(2) Colmenares, Hist. de Segovia, cap. XXXIV.
(3j Cr6n. de Enri'lue lIJ, por el Mtro. Gil Gonzalez Dávila, cap. L.




DE DERECHO POLÍTICO. 253
ni pluguiese á Dios que jamás fuesen enajenados de su corona
real; é que una é muchas veces le tornaban á suplicar que no
se 10 mandase, porque no 10 entendían de facer, ni era cosa que
cumplia á su servicio; é que si sobre aquesto fuesen molesta-
dos é importunados, se pornian á tan buen cobro, que non ha-
brian miedo de ser ajenos, ni apartados de la corona real, por-
que aquella villa no era para ser sujeta d~ otro ninguno que
de rey ó hijo de rey» (1).


No eran vanas estas y otras semejantes palabras, pues hay
repetidos ejemplos de la facilidad con que los pueblos pasaban
del ruego á la amenaza, y de la amenaza á las vias de hecho,
como Madrid cuyos vecinos resistieron pleiteando seis años la
entrada en la villa de D. Leon de Armenia á quien la donó
Juan 1; Sepúlveda que se defendió contra D. Juan Pacheco,
maestre de Santiago, y se pnso debajo de la obediencia de la
princesa Doña Isabel y del príncipe de Aragon, «(entendiendo
que ellos habian de ser sucesores del reino y estaria en su po-
der bien guardada para la corona;» Murcia que se alborotó por
sólo la sospecha de que Enrique IV la queria enajenar, y no se
sosegó ·hasta que se le dieron seguridades de que jamás seria
separada del señorío real, y la ciudad de la Coruña de la cual
los Reyes Católicos hicieron merced al conde de Benavente,
aunque sin fruto, pues sus vecinos y moradores, léjos de reci-
bir á su señor, le resistieron la entrada y sitiaron por mar y
tierra el castillo con tal vigor, que el conde no pudo tomar la
ciudad ni socorrer la fortaleza. Era una nueva faz del antago-
nismo de los nobles y plebeyos, aquéllos obstinados en oprimir
á éstos, como éstos se obstinaban en defender su libertad con-
tra aquéllos, miéntras los reyes ya se resignaban á satisfacer
la ambicion y codicia de los grandes, ya acogian bajo S11 pro-
teccion á los pueblos, segun el lado á: que se inclinaba la ba-
lanza de los sucesos (2).


Las Cortes no guardaron silencio, ántes suplicaron á los re-
yes diferentes veces que se fueran á la mano en hacer merce-
des. Pidieron los procuradores á las de Valladolid de 1325 no


(1) Gr6n. del rey D. Enrique. IV, cap. CLVI.
(2) Quintana, Grandezas de Madrid. lib. IU, cap. XII: Pulgar, Orón. de lo.'


Reyes Católico8, parto l, éap. 1I y parto n, cap. LIl: Cascales, Discursos histódco8
de Jlurcia, disco XI, cap. l.




254 CURSO
diesen ciudades, villas, castillos, fortalezas, aldeas ni hereda-
des pertenecientes al patrimonio real á infantes, ricos hombres,
ricas dueñas, prelados, órdenes, infanzones ú otra persona al-
guna, y les fué otorgado. En las de Bribiesca de 1387 quedó
asentado que tales mercedes como éstas se librasen con acuer-
do del Consejo; ordenamiento confirmado en las de Madrid
de 1419, Valladolid de 1442 y Madrid de 1578 (1).


No por eso dejaron los reyes de continuar usando de libera-
lidad segun lo tenian de costumbre, ni de consiguiente cesaron
las Cortes en sus clamores y quejas. Instaron los procuradores
por que tuviesen templanza, rogando á Juan II «que le ple-
gue d~ dar órden en no querer dar lo que no tiene,» y califi-
cando de inmoderadas é inmensas las dádivas de Enrique IV
en el breve espacio de nueve años (2). .


Las de Madrid de 1419 obtuvieron de Juan II la promesa que
no haria merced alguna hasta que no hubiese cumplido vein-
te años, y las de Valladolid de 1442 le arrancaron el juramento
de n"o desprender de la corona real ciudades, villas, lugares,
fortalezas ni aldeas, ni sus términos y jurisdicciones, por
cuanto deben ser «de su natura inalienábiles é imprescriptí-
biles para siempre jamás». Este juramento fué renovado en
distintas ocasiones, y Cárlos V y Felipe II lo prestaron al subir
al trono (3).


Otras veces las Cortes se contentaron con ménos, pues ya
consiguieron de los reyes que limitasen las mercedes á la cuan-
tía de seis mil maravedís, ya que les empeñasen su palabra
real de no hacerlas de las rentas ordinarias de la corona por
juro de heredad, «porque es traspasarlas y enajenarlas sin es-
peranza de restitucion,» ya que no cederían vasallos á persona
alguna, y. ya en fin que se abstendrian de dar los propios y


..


(1) Cortes de Valladolid de 1325, peto 10: Bribiesca de 1387, peto 14: Madrid de
1419, peto 11: Valladolid de 1442, pet: 1. V. Cortes de Leon y Castilla, t. 1, p. SiG,
t. n, p. 383 y t. III, pp. 20 Y 394. - Cortes de Madrid de 1578, peto 2. V. Colee. ms. de
la Aead. de la Historia, t. XXIII, fol. 59.


(2) Cortes de Ocaña de 1469, peto 4: Santa Maria de Nieva de 1413, peto G: Valla~
dolid de 1441, peto 1. V. Cortes de Lean y Castilla, t. nI, pp. 496, '773 Y 845.


(3) Cortes de Valladolid de 1442, peto 1: Cortes de Leon y Castilla., t. III, p. 398.-
Cortes de Valladolid de 1506 y 1518, pets.lO y 9: Toledo de 1539 y 1560: Córdoba de
15'70, peto 24: Madrid de 1573, pet.15 y Madrid de 1592, peto 4. V. Colce. ms. de la
Acud. de la Hístol'ia, t. XVI, fol. 334, t. XX, fols. 'i y 16 Y t. XXIII, fol~. 9,32 Y 312.




DE DERECHO POLÍTICO. 255
rentas de las ciudades y villas por redundar muy en perjuicio
de ellas y ser cargo de conciencia (1).


En ocasiones pidieron la revocacion de las mercedes hechas
y la reincorporacion á la corona de las ciudades y villas ena-
jenadas, así como la restitucion de sus lugares y.términos de
que los reyes habian hecho gracia á caballeros y personas po-
der.osas con menoscabo de antiguos privilegios y en ofensa del
derecho de propiedad, á lo cual no siempre accedieron los reyes
por temor á los descontentos, limitándose á prometer la en-
mienda en lo sucesivo (2).


De estas promesas y juramentos no solian acordarse los reyes
con frecuencia, Ó no formaban escrúpulo de violarlos. Cárlos V,
á pesar de lo prometido y jUl'ado en las Cortes de Valladolid
de 1518, hizo grata donacion por via de dote á S11 esposa Doña
Isabel, de tres ciudades tan principales de Andalucía como An-
dújar, Úbeda y naeza, sin considerar que el patrimonio real se
hallaba limitado á pocos pueblos y reducido á la mayor po-
breza. Felipe lI, además de haberse obligado con igual jura-
mento al suceder en la corona, otorgó escritura de no enaje-
nar cosa alguna del patrimonio real en las de Toledo de 1559;
obligacion que le recordaron las de Córdoba de 1570 y Madrid
de 1573 y 11579, á cuyas peticiones satisfizo excusando las mer-
cedes hechas coftlas urgentes necesidades de los tiempos pa-
sados y ofreciendo tener consideracion en lo venidero (3).


No fueron solamente los grandes los que devoraron el patri-
monio real, pues tambien se aprovecharon de la liberalidad y
munificencia de los reyes los concejos. Á los pobladores de una
ciudad Ó villa solian hacer donacion de los bienes realengos
contenidos en su término para que los ve@inos los poseyesen y
disfrutasen no ut singuli, sino ut uni'IJM'sitas, y los transmi-
tiesen á sus hijos Y á toda su generacion para siempre; y de


(1) Cortes de Madrid de 1419, peto 9: Valladolid de 1442, peto 2: Salamanca de 1445,
peto 19 y Córdoba de 1455, peto 5. V. Córtes de Leon y Castilla, t. nI, pp. 16, 401, 6"19
y 758.


(2) Cortes de Valladolid de 1442, peto 1 y Santa María de Nieva de 1473, p. 3. V.
Cortes de Leon y Castilla, t. 1, pp. 394 Y 838. Cortes de Búrgos de 1512, peto 26. V. Co-
lecclon ms. de la Acad. de la Historia, t. XVI, fol. 356.


(3) Cortes de Toledo de 1559: Córdoba de 1570, peto 24: Madrid de 1573, peto 15 y
Madrid de 1579, peto 2. V. Colee. 1118. de la Acad. de la Hist., t. XXIII, fols. 9, 32, Jj9
Y 37'2.




256 CURSO
esto hay multitud de ejemplos en nuestra historia (1 l. y no
se limitaban estas donaciones á heredades, ántes era frecuente
hacerles merced de fortalezas, castillos y lugares cortos a títu-
lo de aldeas sometidas a la jurisdiccion del concejo agraciado.


Al fin las donaciones á particulares podian ser vitalicias ó
hereditarias con ciertos llamamientos como las enriqueñas, y
permitian que llegase un dia en el cual, segun derecho, se ex-
tinguiesen en beneficio de la corona; mas cuando las merce-
des. se hacian á un concejo, persona moral que nunca mue-
re, llevaban implícita la condicion de perpétuas á no expre-
sarse lo contrario, y ya no podian aquellos bienes volver al
patrimonio real sino mediante una verdadera y odiosa usur-
pacion.
, La verdad es que todas las donaciones propendian a la per-
petuidad, sin ser extraño, puesto que el derecho hereditario fué


I penetrando no sólo en la sucesion de las tierras y vasallos, pero
tambien en la de las mayores dignidades del reino, y hasta en
los oficios de república por su naturaleza electivos. Heredita-
rios fueron los cargos de Almirante y Condestable desde el si-
glo XV, Y como vinculados en las casas de los Enriquez y los
Velascos, y por el mismo tiempo empezaron a usarse los regi-
dores perpétuos, magistrados ántes populareíl .. Y despues suce-
sivos por juro de heredad en ciertas familias:


Á esta general tendencia obedecieron los procuradGres á las
Cortes de Córdoba de 1455, cuando suplicaron a Enrique IV
que si algunos vasallos fallecieren, la tierra que tuvieren pa-
sase a sus hijos, segun siempre fué en estos reinos, «porque con
mas voluntad (decian) vuestros súbditos é naturales os amen
servir é guardar lo'que cumple á vuestro servicio;» á cuya
peticion responde el rey «que cada que algunas renunciacio-
nes se ficieren, yo las entiendo mandar ver, é que pasen á.
aquellos que yo eri'tendiere que cumple a mi servicio, segund
fasta aquí lo he fecho; é cuanto a los maravedí s de tierras que
vacan, siempre he acostumbrado de los librar de padre á fijo
mayor legítimo, é ansí lo entiendo mandar guardar» (2).


(1) Argote de ~10lina, Nobleza de Andalucía, lib. II, cap. 1 y cap. LXUl: Carva-
llo, Antigüedades de Asturias, p. 369: Colmenares, Hist. de SelJovia: Muiíoz, Co-
lccdon de fueros m,micipales.


(2) Corto cit., peto 4. V. C01·tes de Lean y CaMilla, t. nI, p. GiR.




DE DERECHO POLÍTICO. 257
Celebra la historia en Enrique IV su franqueza, y añade que


«fué tan alto su corazon, tan alegre para dar, tan liberal para
lo cumplir, que de las mercedes hechas nunca se recordaba,
ni dejó de las hacer miéntras estuvo prosperado». La liberali-
"dad es virtud propia de ánimos reales, cuando se regula con
la prudencia, premiando buenos servicios, y no por intercesion
(le privados, ó por vana ostentacion de grandeza.


Más pura es la fama de Isabel la Católica, tan celosa por res-
taurar el patrimonio real, ya declarando revocables las mer-
cedes sin causa, ya mandando que se moderasen las excesivas,
y ya por último anulando en su testamento las que hizo 6 con-
firmó ella misma forzada de la necesidad durante su glorioso
reinado (1 l. No era mezquindad sino justicia y buen gobier-
no, porque «franqueza es dar al que lo ha menester, et al que
lo meresce, segunt el poder del dador, dando de 10 suyo et non
tomando de 10 ajeno para darlo á otro; ca el que da más de lo
que puede, non es franco, mas desgastador, et demás haberá
por fuerza á tomar de lo ajeno, cuando lo suyo non complie-
re; et si de la Hna parte ganare amigos por lo que les die-
re, de la otra parte serIe han enemigos aquellos á quien lo to-
mare» (2).


Ahora bien: los reyes disipadores del patrimonio de que no
eran dueños, porque estaba vinculado en la corona, no daban
de 10 suyo sino de lo ajeno, y miéntras hartaban la hambrien-
ta codicia de los ricos y poderosos, creciendo las necesidades al
paso que menguaban los medios, agobiaron con nuevos pechos
y tributos á los pobres.


(1) • Item, por cuanto el rey mi señor é yo, por necesidades é importuniclades
confirmamos algunas mercedes, é fecimos otras ole nuevo de cibdades, é villas, é
lugares, é fortalezas pertcnescicnt.cs á la corona real, las cuales no emanaron, ni
las confirmamos, ni hecimos de mi libre voluntad, aunque en las cartas é provi.,
sioues <\ellas sueno lo contrario: ó porque aquollas redundan en detrimento é di-
minucion do la corona real... é del bien destos reinos ... por ende quiero y es mi
determinada voluntad que las dichas confirmaciones é mercedes ... sean en sí nin-
gunas é de ningund valor ni efecto, é de mi proprio mol,. é cierta sciencia ..• las
revoco, caso é anulo, é quiero que uo valgan agora ni en algund tiempo, aunque
en sí coutengan que no se puedan revocar, etc.> Dormer, Disc,,.,-sos vf'l"ios de histo-
ria, p. 324.


(2) L. 18, tít v, Parto JI.


11




258 CURRO


DEL PRINCIPIO DE AUTORIDAD EN LA MONARQUÍA.


Así como en el discnrso de los siglos que m~dian desde el
alzamiento de Pelayo hasta los tiempos modernos variaron las
formas de la monarquía, otro tanto ó más varió su espíritu 6
el principio de autoridad que constituia su fuerza y su dere-
cho. Miéntras fué electiva, conservó los caractéres de militar :r
religiosa que le imprimió el pueblo visigodo, aunque prevale-
ciendo el primero sobre el segundo por el influjo de la recon-
quista.


En efecto, ya los reyes fio suben al trono por el voto del clero
y la'nobleza como en la ciudad de Toledo) sino por el de los
magnates que formaban á la sazon una verdadera y poderosa
oligarquía. Del carácter religioso quedaron algunas reliquias
en las ceremonial'¡ de la coronacion y uncion de los reyes, no
tan repetidas que hubiesen llegado á establecer costumbre.


Conforme fué declinando el principio electivo y abriéndose
paso la su cesio n he;editaria, fué tam bien asomando la idea del
reino patrimonial. Ya en los antiguos cronicones se anuncia el
cambio del espíritu de la monarquía en tales expresiones como
estas: adeptus est sceptra paterna, s1Mcepit re,qnu'llt patris
sui, successit in regno pat1'is sui, y otras semejantes, para
denotar que un hijo sucede á su padre en el trono de sus ma-
yores, pasando por encima del sufragio público, nueva especie
de legalidad que asoma, sin llegar todavía á constituir un de-
recho.


El régimen feudal facilitó esta mudanza, porque uniendo la
propiedad con la soberanía, la sucesion debia acabar por ha-
cerse hereditaria. De aquí que los reyes designasen herederos
de sus reinos, ó los repartiesen entre sus hijos y les nombrasen
tutores, guardando las formas del derecho civil. Doña Urraca
sucede á su padre Alonso VI jure lUE1'editario, cuyo título in- ,
voca como equivalente al de reina propietaria (1110).


Las leyes de Partida admiten cuatro modos de ganar con




DE DERECHO POLÍTICO. 259
derecho el señorío del reino, á saber, la herencia, Ja eleccion,
el casamiento y el otorgamiento del Papa ó del Emperador en
aquellas tierras en que pueden poner reyes; y hablando del
primero dicen que es cuando por heredamiento sucede el hijo
mayor ó alguno de los otros que son más propincuos parien-
tes á los reyes al tiempo de su finamiento (1).


Los reyes (añaden las Partidas) «non solamente son señores
de sus tierras miéntras viven, mas aun á sus finamientos las
pueden dejar á sus herederos, porque han el señorío por here-
dad;» y en otras partes llaman al rey señor y á los ·súbditos
vasallos. Señorío, con relacion al rey, es el poder que tiene de
mandar y juzgar á los de su tierra; y vasallaje fidelidad y obe-
diencia que éstos le deben como á su señor natural (2).


Era la frase consagrada por el uso sobre todo al prestar el
reino junto en Cortes el pleito homenage (3). Cada vez se ar-
raiga más la idea que el reino es patrimonio de una familia.


Sin embargo hasta los últimos años del siglo XV no recor-
damos que en ninguna ocasion solemne ó documento público
se hubiese usado la expresion rey ó reina propietaria. Cuando
por muerte de Enrique IV ocuparon el trono de Castilla los Re-
yes Católicos, se suscitaron ciertas dudas acerca de la forma y
órden que se deberia guardar en la gobernacion del reino, en-
tendiendo unos que tocaba á Doña Isabel como reina propie-
taria, y otros á D. Fernando corno su legítimo marido, segun
así se llaman en la concordia ajustada entre ambos consortes
en 1475. Las Cortes de Segovia del mismo año dieron á Doña
Isabel el título de reina propietaria, y como reina propietaria
fué recibida y jurada en las de Toro de 1505 su hija la prin-
cesa Doña .Juana (4).


(l) Ley 9, tito 1, Parto n.
(2) L1. 8, tít. 1 Y 1 tít. XIll, Parto II y l Y 2, tito xxv, Parto IV.
(3) .Quiero que sepades las razones porque fuestes aquí ayuntados (decia Enri-


que III en las Cortes de Madrid de 1391), é quiero vos facer peticiones razonables,
que buenos é leales vasallos, tales como vosotros sodes, deben otorgar á mí vues-
tro rey é vuestro sennor natural, etc.> Cortes de Lean y Castilla, t. II, p. 508.


(4) Pulgar, Crón. de los Reyes Católicos .. Martinez Marina, Teoría de las Oortes,
parto II, cap. IV.


. En el testamento de Isabel la Católica, despues de instituir por heredera á la
princesa Doña Juana, encarga que .la hayan é resciban, y tengan por reina ver-
dadera é señora natural propietaria de los dichos mis reinos, etc. > Dormer, Dist!.
~,!trios de historia, p. 339.




260 CURSO
Dijimos en otro lugar como en las Cort.es de Valladolid


de 1518 se habian suscitado dificultades á propósito de recibir
por rey al príncipe D. Cárlos, siendo viva su madre Doña Jua-
na, reina propietaria.


Pudiera ocurrirse á a,lg'U1l0 que este título significaba reina
por derecho propio, á diferencia de las que yerdaderamente no
reinaban, sino que acompañaban en el' súlio á los reyes sus
maridos; mas aunqne haya podido ser así al principio, sin
duda no se presta á igual interpretacion el título posterior de
rey propietario.


El Emperador Cárlos V instituye heredero y sucesor univer-
sal en todos sus reinos al príncipe D. Felipe, y manda que des-
pues de sus dias sea recibido por rey verdadero señor natural
propietario de ellos. Con mayor abundancia de fórmulas fo-
renses, como si realmente se tratase de traspasarle en vida su
patrimonio, dice en la carta de abdicacion: «Vos cedemos, re-
nunciamos y refutamos ... nuestros reinos ... para que ... los ad-
ministreis, goberneis, hayais y tengais en propiedad, posesion
y señorío pleno, de la forma y manera que nos los hemos te-
nido y al presente tenemos ... y desde hoy dia en adelante nos
desapoderamos, desistimos, quitamos y apartamos de la real
corporal tenencia, posesion, propiedad y señorío, y de todo el
derecho, accion y recurso que á todos los dichos reinos ... ha-
bemos tenido ... y os damos entero y cumplido poder para
que ... podais tomar y aprehender la posesion ... y sean vuestros
propios y de vuestros herederos y sucesores» (1). Casi en igua-
le::; terminos está concebida la renuncia de Felipe V (2).


En los testamentos de los reyes y en los actos soiemnes dr
la jura del inmediato sucesor en Cortes se empleaban las mis-
mas fórmulas, sin qu~ se levantase una sola voz para protestar
en nombre de la dignidad humana y de la libertad de los pue-
blos (3).


Miéntra'S el principio de la legitimidad deriv~do del derecho
hereditario favorecia el progreso y desarrollo de un sistema


(1) Sandoval, Hist. de Clwlos V, t. n, pp. 005 Y 644. (Ed. de Amheres, 1681.)
(2) C'.lartinez Marina, Teoría de las CO)'1'8, parto n, cap. x.
(3) El principo D. Fernando, primogénito de Felipe n, fu" jurado flltlll'O rey y


señor legítimo y natural y here,lct·o y propietnrio ,!c CRtos reinOR. en ln~ CorteR de
1farlritl ele 1;-i7:J. 1'('01'Í(( de '{l.'~ ('oPles, t. 11T~ Bp. XLTI.




DE DERECHO POLÍTICO. 261
político fundado en la idea del reino patrimonial, otro princi-
pio distinto germinaba en las Partidas y propendia á consti-
tuir la monarquía de derecho divino. «Vicarios de Dios son los
reyes (dice Alonso el Sabio) cada uno en su regno puestos so-
bre las gentes para mantenerlas en justicia et en verdad cuan-
to en lo temporal... et los santos dijeron que el reyes sennor
puesto en la tierra en lugal' de Dios para cumplir lajusticia et
dar á cada uno su derecho.» Y en otra parte: «Et tiene el rey
lugar de Dios para facer justicia et derecho en el regno en que
es sennor ... et lo tiene por heredamiento» (1).


No cayó esta semilla sobre piedras, pues además de estar los
animos ya preparados á ver en el rey una persona sagrada y
como protegida del cielo desde que fueron usadas las ceremo-
nias de la coronacion y la uncion, las corrientes del siglo eran
favorables al triunfo de aquella doctrina. Así vemos que los
procuradores a las Cortes celebradas en el real sobre Olmedo
el año 1445, preocupados con los bullicios, levantamientos .Y
escándalos que se movieron en Castilla y los desacatos corneti-
do.s contra la majestad real, piden á Juan II que haga rigoro-
sa justicia de los «que pospuesta la ley devinal, la cual expre-
samen.te manda é defiende que ninguno non sea osado de to-
car en su rey é príncipe, como !\quel que es ungido de Dios,
ni aun de retraer nin decirdél ningunt mal, nin aun lo pensar
en su espíritu, mas que aquel sea tenido como vicario de Dios
é honrado corno por excelente, é que ningunt non sea osado de
le resistir, porque los que al rey resisten, son vistos querer re-
sistir á la ordenanza de Dios, etc.»


En las Cortes de Ocaña de 1469 suplltmron los procuradores
á Enrique IV que cuidase de poner órden en el reino, porque
«propio es á los reyes hacer juicio é justicia, é por el ejercicio
dc aquesta prometió Dios por boca de su profeta á los reyes
perpetuidad de su poder primero, y en persona de aquesta tan
poderosa é virtuosa virtud decia. el Sabio: por mí los reyes rei-
nan ... y pues la justicia tanto es amiga de Dios, bien se puede
afirmar que el ministro della gran amigo es suyo» (2).


De esta manera se iba fortificando el principio de la legiti-
midad con la doble sancion de las leyes divinas y humanas.


(1) Ll. 5 Y 7, tit. 1, Parto n.
(2) Cár/es de Leon 71 Gas/iUa, t. lIT, ¡'p. 458 Y 76i,




262 CURSO
Una monarquía hereditaria segun el órden de primogenitura,
y un monarca segun la voluntad de Dios, tales son los funda-
mentos de la plenitud de la soberanía. Este vínculo indisolu-
ble de la religion y la polHica condujo á proclamar y defender
el poderío absoluto de los reyes con toda la autoridad de un
dogma. No hay derecho alguno contra el rey vicario de Dios
en la tierra, sagrado, inviolable: quien resiste al rey comete
un sacrilegio, porque resiste al mismo Dios.


Consiste el órden legal en el justo equilibrio de los opuestos
principios de autoridad y libertad. La autoridad por sí sola
degenera en tiranía; y la libertad, tambien sola, en licencia y
desenfreno de las pasiones populares. Los abusos del poder ab-
soluto engendran las revoluciones, como los excesos de la de-
mocrácia obligan á buscar la salvacion de la sociedad en un
gobierno fuertemente constituido, y á veces en un hombre re-
vestido con la dictadura, para reprimir con mano sangrienta
á los enemigos del órden legal.


Reinaba la mayor confusion en la edad media. Los nobles á
cada paso y por leves causas llegaban á las armas, y los con-
cejos, divididos en bandos hostiles, convertian la plaza pública
en campo de batalla. No era posible asentar el órden, ni afir-
mar el imperio de la justicia, ni g<?zar un momento de reposo.
Los pueblos volvian los ojos al rey de quien esperaban el re-
medio á sus males. ¿Quién sino él podia restablecer la paz y
extirpar de raíz las discordias intestinas haciéndose respetar
así de los próceres orgullosos, como de los humildes pecheros'?


En tan miserable estado se hallaba Castilla cuando Alonso
el Sabio concibió el pel!Samiento de reformar la sociedad por
la virtud y eficacia de nuevas leyes en disonancia con las 'cos-
tumbres de su siglo, y cuando Alonso XI con más prudencia
y fortuna que el celebrado autor de las Partidas, las publicó y
redujo á observancia en las Cortes de Alcalá de 1348.


Dos fuentes muy copiosas habían suministrado el rico cau-
dal de doctrina que encierra la obra memorable de Alonso X,
el derecho romano y el canónico, ambos muy al propósito de
ensalzar hasta las nubes el principio de autoridad reflejado en
la monarquía.


La Iglesia no se contentó con asegurar la poses ion de su justa
y necesaria independencia, sino que la Roma cristiana, como




DE DERECHO POLÍTICO. 263
la Roma pagana, aspiró á la dominacion universal. La supre-
macía de los Papas, acrecentada y robustecida con el apoyo
del poder temporal, personificaba en el sucesor de S. Pedro la
unidad de la fe católica y le presentaba á los ojos del mundo
rey de todos los reyes de la cristiandad. La antigua disciplina,
segun la cual el clero y el pueblo participaron mediante la
eleccion del gobierno de la Iglesia, cayó en desuso, y fué
sustituida con una vigorosa organizacion del poder espiritual
encomendado á una gerarquía de ministros sumisos y obedien-
tes al Sumo Pontífice que ocupa el lugar de Dies cuyo reino
gobierna sobre la tierra.


Un monje austero, de corazon animoso y carácter inflexible,
Hildebrando, ocupa en el siglo XI la silla de S. Pedro con el
nombre de Gregario VII. Estaba el mundo sumido en la bar-
barie. La ignorancia, la corrupcion y la violencia reinaban en
todas partes. Este hombre extraordinario concibió el pensa-
miento de regenerar la sociedad por el influjo del cristianismo,
para lo cual se propuso conquistar la libertad de la Iglesia y
reconstituir el Imperio de Occidente, proclamando la soberanía
universal del Pontificado.


Pretendia Gregorio VII que toda potestad viene de Dios, en
cuyo nombre la ejerce su Vicario. La autoridad apostólica (aña-
dial es la fuente de donde se deriva la autoridad real. Los em-
peradores, los reyes.y los príncipes no subsisten sino por el
Papa á quien todos están subordinados. Todos le deben obe-
diencia y le son tributarios, porque son miembros de la Iglesia
Romana q ne rige y gobierna su cabeza visible á quien Dios
entregó dos espadas, es decir, dos jurisdicciones, la espiritual
y la temporal.


Esta monstruosa confusion del sacerdocio y del imperio im-
primió su sello al derecho canónico admitido por Alonso el'
Sabio, y contribuyó sobremanera á enaltecer el principio de
autoridad en los reinos de Castilla. No siempre el autor de las
Partidas aceptó las doctrinas que se profesaban en Roma; pero
no siempre tampoco supo resistir á la corriente impetuosa que
empujaba al mundo Mcia la monarquía universal de los Pa-
pas, celosos ad):ninistradores del patrimonio de S. Pedro, cuyo
aumento procuraban alegando derechos de posesion ó propie-
dad á diversas provincias y reinos cristianos, inclusos los de




261 CURSO
España, por más que nunca hayan sido feudos de la Santa
Sede (1). Sin llegar á tan vergonzoso extremo, bastante era
aventurarse al peligro de poner la soberanía de los reye;:] á
merced del Apostóligo, reconociéndole sin limitacioIl ni caute-
la el «poderío de soltar las.juras que los homes fecieren» (2);
porque de ahí á deponerlos ábsolviendo á sus vasallos uel j u-
ramento de fiuelidau, no habia más que un paso.


No contribuyó ménos el derecho romano que el canónico á
formar las Partidas y ensalzar en ellas el principio de autol'Í-
dad. Era un notorio progreso la nnidad en la legislacion; ma;:]
tambien heria de muerte los fueros municipales en que estri-
baban las antiguas libertades populares tan cercanas al hogar
doméstico y tan ligadas con la vida propia de los concejos y
todo el régimen político de la edad media que cerraban la::;
Cortes como la clave del edificio. Nada en el código Alfonsino
deja entrever la esperanza de que algun dia aquellas diversa::;
libertades' oosarán de ser otros tantos privilegios, y reunida.s
en un haz formarán la ley comun.


El derecho romano cautiva a1 jurisconsulto con sus máxi-
mas d~ justicia universal, y admira al filósofo que contempla
este monumento de la sabiduría de un pueblo único en la glo-
ria de dictar leyes á todo el mundo y de perpetuarlas de siglo
en siglo hasta los más remotos. La posteridad honra la memo-
ria de J ustiniano como legislador; pero tambien le acusa de
político disimulado y artificioso. Su Código y sus Pandectas
constituyen un cuerpo de doctrina legal digno de toda alaban-
za en materia civil. No merecen iguales elogios, si se conside-
ran la expresion de una voluntad omnipotente empei'iada en
bonar los recuerdos de la República, enojosos al Imperio le-
.qibus solutum.


La lex regia de dudosa existencia, era el título que justifi-
caba el poder absoluto de los Emperadores, mediante la cesioIl
de los derechos del pueblo romano en favor de Augusto. Al
tumulto de los comicios que al fin denotaba libertad, aunque
tempestuosa, sucedió el q1tiet1tm serviti1tm. Arrog-áronse los
Emperadores la potestad legislativa, al principio con modes-
tia, más tarde sin consultar la razon, ni la conciencia, ni el


,;1) F1orez, España Sagrada. t. XXV, p. 130.
;2) L. 5, tít. v, Parto I.




DE DERECHO POLÍTICO. 265
bien general. La máxima de Constantino contra j'us r.escripta
non valeant, fué sustituida por Justiniano con otras reproba-
das por la moral y la justicia, tales como lex est quod princi-
pi plac~tit: qttidquid p1'incipi placet, legis l~abet v~r¡ofem: sic
volo, sic j'ubeo; sit pro l'atione voluntas.


Más circunspecto Alonso el Sabio, encerró la potestad legis-
lativa en límites no tan holgados. «Los mandamientos de la ley
(dijo) deben ser leales et complidos, segunt Dios et segunt jus-
ticia ». Y en otra parte: «El facedor de las leyes debe amar
justicia et el pro comunal de todos, et ser entendido para saber
departir el derecho del tuerto» (1).


Sin embargo no dejó de imitar su modelo en cuanto á la
concentracion de la pote5tad legislativa, depositándola toda
entera en el rey, aunque la tradicion no era muy favorable al
principio que solo el rey puede hacer leyes, pues los de Leon y
Castilla, si bien legi51aron unas veces de su propia autoridad,
otras, y principalmente en los casos árduos y materias graves,
i:lolian proceder en esto con acuerdo ó consejo de las Cortes (2).


Prevaleció sin embargo la doctrina de las Partidas, y tanto
que Alonso XI afirma en el Ordenamiento de Alcalá que «al rey
pertenesce é ha poder defacer fueros, é leys, é de las interpre-
tar; é declarar, é emendar do viere que cumple» (3). En esto
se fundan los procuradores á las Cortes celebradas en el real
sobre Olmedo el año 1443, para suplicar á Juan Il que revoque
ó declare é interprete ciertas leyes mal entendidas por los que
desconocían su autoridad, úsando de su poderío real absoluto.
El rey así lo otorgó, é hizo sobre ello ordenamiento (4).


Ko es la primera vez que suena la frase. Habíala ya empleado
Enrique IU en su testamento con alguna variante; mas fuó su
hijo Juan II quien usó y abusó de ella (5). Isabel la Católica


:1) Ll. 4 Y n, tito 1, Parto I.
(2) .Emperador ó rey puelle facer leyes sobre las gentes de su señorio, et otro


ninguno non ha poder de las facer en lo temporal, fueras ende si las fecieso con
otorgamiento dellos. Et las que de otra manera son fechas, non han nombre nin
fuorza de leyes, nin deben valer en ningun tiempo.> J,. 12, tít. 1, Parto I.


(3) L. 1, tito XXVIII.
:4) Cortes de Lean y Castilla, t. nI, p.150.
(5) .E si alguna mengua ó defecto hay en este mi testamento, yo (Enrique IUi


de mi poderío real suplo, é quiero que sea habido por suplido. E quiero é mando
que todo lo en este mi testamento contenido, sea habido, é tenido y guardado por
ley, é que le no pueda embargar ley, ni fuero, ni costumhre, ni otra cosa alguna,




266 CURSO
la repite al ordenar su postrera voluntad (1). Dió la última
mano á esta fórmula predilecta de la monarquía fundada en el
principio de autoridad, el Emperador Cárlos V, cuando dijo:
«Es mi voluntad y mando y quiero de mi proprio motu, cien-
cia cierta y poderío real absoluto no-reconosciente superior en
lo temporal, que esto se guarde y cumpla no obstante cua-
lesquiera leyes, fueros y derechos comunes y particulares, y
que tenga fuerza y vigor de ley hecha y promulgada en Cor-
tes, etc.» Desde entónces los reyes al hacer testamento, renun-
ciar la corona, expedir pragmáticas ó eh otras ocasiones so-
lemnes, la emplearon como afirmacion de su soberanía.


Las Cortes, segun hemos dicho, léjos de protestar la usur-
pacion, consintieron la fórmula de la monarquía absoluta y
aun la hicieron suya; y si al principio de autoridad templado
con el de libertad sucedió un sistema de gobierno fundado en
la obediencia ciega y pasiva al rey legitimo y de derecho di-
vino, ó de ello nadie tiene la culpa, ó la tienen todos.


Con la decadencia del régimen feudal á fines del siglo XV,
se amortiguó la perpétua rivalidad de la nobleza y el pueblo;
y no siendo ya necesaria la defensa de las libertades antiguas,
fueron ménos estimadas las antiguas instituciones. Los reyes
se hicieron populares, y á favor de esta popularidad que au-
mentaba el estado social de Europa en el siglo XVI, crearon
un nuevo órden legal sacrificando la libertad á la autoridad


porque es mi merced y volunütd que esta ley que yo aquí hago, así como postri-
mera, revoque todas é cualesquier leyes,y fueros, y derechos é costumbres que en
cualquier cosa se pudiesen embargar.> Or6n. del "ey D. J"an JI, año 1406, capí-
tulo XX.


Juan Ir perfeccionó la fórmula, como se ve en una carta de confirmacion de cier-
tas donaciones hechas á D. Álvaro de Luna (1438), donde dice: .Mas antes de mi
cierta sciencia, é de mi propio motu é poderío real absoluto ... yo las apruebo, é ra-
tifico, é confirmo, cte.> 0,.6". de D. Ali'aro de Luna, apénd., p. 408.


En otro documento del mismo reinado (1439) se lee: .Ca yo por la presente do mi
deliberada voluntad, é cierta sciencia, é poderío real absoluto, é do plenit"din6
mea? potestatis ó como mejor puedo, he por dadas é do la dicha senteneiu ó senten-
cias, etc.> Se(!t<t'o de Tordesillas, cap. XVI.


(1) <De mi prop,.io motu, é cierta sciencia, é poderío real absoluto de que en esta
parto quiero usar, quiero é mando que (el testamento) sea habido é tenido por ley
o como ley, é que tenga fuerza é vigor de ley, é no 10 embargue ley, fuero, ni de-
recho, ni costumbre ... porque mi merced é voluntad es que esta ley (¡ue yo a~uí
hago ... revoque, é derogue, cuanto á ella, todas y cualesfjuier leyes, é fueros, é flo-
rechos, é costumbres, é estilos, é fazañas é otra cosa cualflllier 'lue lo lJUdieoo
enlbarg-ar, ctc." Dorrncr, DisCHI"SOS ra¡j"ins d~~ hútoria, p. 30G.




DE DERECHO POLÍTICO. 267
para constituir una robusta monarquía, como los concejos,
para organizar repúblicas por el estilo de Génova, Florencia y
otras de Italia, habrian sometido la autoridad á la libertad,
huyendo aquéllos y éstos del juicioso temperamento propuesto
por Tácito en sus palabras de eterna verdad, nec totam liber-
tatem pati, nec totam servitutem.


CAPITULO XXIX.
DEL A S C O R TES.


I.


Su orígen y progreso.


Procede la naturaleza, así en el órden físico coma en el mo-
ral, con paso lento y seguro, y aborrece los cambios repenti-
nos. En esto consiste la ley del progreso: cuya tendencia es á
desarrollar el principio de libertad en el indi.viduo y la socie-
dad segun las condiciones de cada pueblo y cada siglo. La
política está ligada con la historia mucho más de lo que sos-
pecha el vulgo, porque la vida de las instituciones no tanto
depende de su bondad absoluta, cuanto de su bondad relativa.
Importa poco poner á una constitucion el sello de la más alta
filosofía, si por otra parte no responde á las necesidades, deseos
y aun caprichos del tiempo en que se dicta y debe ejecutarse;
y el tiempo no es sino un eslabon de la cadena llamada tradi-
cion ó memoria de lo pasado, que determina lo ;presente y pre-
para lo venidero.


Hoy se improvisan constituciones, como Plato n imaginó una
República; pero el viento que las trae se las lleva con la mis-
ma facilidad que varía de rumbo la soberanía nacional ó la
voluntad del pueblo siempre veleidoso. En la edad media las
instituciones se transformaban de tarde en tarde; y aunque
mudasen de sér y estado como todas las cosas humanas, subsis-
tian las mismas, y á favor de su estabilidad y firmeza echaban
profundas raíces. Así nacieron y prosperaron las antiguas Cor-




268 CURSO
tes de Lean y Castilla, segun vamos á exponer y demostrar
anudando el hilo de nuestro discurso.


Hemos dicho en otro lugar que Alonso II el Casto restauró
en Asturias las leyes y costumbres de los Godos, siendo aq uella
edad la continuacion de la floreciente monarquía de Recaredo.
Los reyes, los Concilios, la legislacion, la nobleza, el pueblo y
todo eran reliquias que los cristianos llevaban con 10;-; vasos y
ornamentos sagrados á esconder en las entrañas de los monte;:;
que forman la cordillera septentrional de España, y sc extien-
de á lo largo del mar Cantábrico entre los cabos de Creus y
Finisterre.


Aquellas famosas asambleas de obispos y magnates en las
cuales se ordenaban las leyes eclesiásticas y civiles desde la
ciudad imperial de Toledo, renacen en Oviedo, Lean, Coyanza
y otras partes al declinar el siglo IX, celebrándose con toda la
pompa y majestad propias de los tiempos anteriores á la in-
vasion de los Sarracenos. Coinciden en la presencia de los pre-
lados y próceres del reino rodeados de una silenciosa muche-
dumbre, en su jurisdiccion mixta, dando siempre el mejor
lugar á los asuntos éspirituales, en la convocatoria y confir-
macion de sus decretos por el rey y hasta en las fórmulas y
solemnidades usadas por los Godos (1).


De los primeros Concilios celebrados en los siglos IX Y X
hay escasas noticias, y de algunos tan oscuras, que no es po-
sible resolver si deben ó no reputarse Cortes del reino. En el


(1) Supónese celebrado el Concilio I de Oviedo el año 862, pero es difícil averi-
guar la verdad, y aun determinar el carácter de esta asamhlea.


Del Ir da noticia Sampiro, aunque no has tan te cumplida para fijar su recha.
Sandoval dice 876. Como quiera, y es lo importante al caso, concurrieron .jussu
Regis ( Alfonso III) > vários obispos .cum universis potestatibus, slve et cum co-
mitihus ... et cum istis omnibus, omnis plebs catholica, u bi faeta cst turba hnma-
cliea ad vidcndum, sive ad audiendum verbum Domini >. En él se ventilaron vários
asuntos pertenecientes á la Iglesia: < deinde tractaverunt ea quro pcrtincnt ad su-
lutem totius regni Hispaniro >. Sampiri Chron.


Del 1 Concilio ó Cortes de Lean en 91", hace memoria el SUenso en estas pala-
bras: < Omnes si quidem Hispanim magnates, episcopi, abbutcs, comito" primores,
facto solemniter generali conventu, eum (Ordonium II) accJamando sibi consti-
tuit '. Silense, Chron. V. Flürez, EspMia Sagmda, t, XVII, p. 281.


Al Concilio II de Lean en 914, concurrieron, omnes pontifices, omnes magnates
fidei catholicm ... vcl cunctus promiscuus populus; > y al de Astol'ga del mismo
nno, Rnmiro 111 con su tia Dona Elvira) quienes en tOcIo lo alli acordado proeel1ie-


r011 <CUJ11 C011S811SU om11ís 111aft/latís Pal,1tií ot vOlul1tate opiSCOpOFUI1l >, .E'JJN/it?
SagradCl, t. XVI, p. 444, Y t. XXXIV, [tI'. U;.




DE DERECHO POLÍTICO. 269
siglo XI se ve más claro, porque habiendo llegado á nuestras
manos las actas de los Concilios de Lean en 1020 y Coyanza
en 1050, tenemos ya luz que nos guie con seguridad por este
camino.


Al famoso de Lean fueron convocados por Alonso V omnes
pontífices, et abbates, et optimates ~'egni HispanirB, quienes
allí reunidos, jussu ~'egis, tomaron vários acuerdos relativos
al bien de la Iglesia y del Estado. Nada dicen las actas de la
confirmacion y publicacion de los decretos, acaso porque ca-
recen del final que deberia completar el documento.


No puede ponerse en duda que e~te Concilio es mixto ó Con-
cilio y Cortes al mismo tiempo, y en todo lo esencial fiel tra-
sunto y vivo recuerdo de los antiguos de Toledo. Hasta en el
órden de tratar los negocios yen las fórmulas de costumbre se
les parece !l). Hiciéronse en aquellas Cortes leyes generales Ó
comunes á todo el reino, y otras municipales ó particulares á
la ciudad de Lean y su alfoz, segun el espíritu de las visigo-
das (2).


Semejante al de Lean, aunque no tan celebrado, es el de Co-
yanza de 1050, convocado por Fernando el Magno, y al cual
asistieron episcopi, et abbates, et omnes regni optimates. Cuén-
tase en el número de nuestras Cortes, ya porque concurren el
clero y la nobleza, y ya tambien porque deliberan sobre lo es-
piritual y lo temporal bajo la autoridad del rey, todo conforme
al estilo de los Godos (3).


No necesitamos añadir más pruebas para persuadir y con-
vencer al lector, si dudase que los Concilios posteriores á la
conquista de España por los Árabes sean la j1tris contimtatio
de los anteriores. Insistimos en ello, y sólo de pasada por aho-
ra, como punto de partida para probar la filiacion rigorosa


(1) < In primis igitur censuimus ut in omnibus conciJiis qUle deillceps ceJebra-
bUlltur, causre EccJesile prius judicentur ... Judicato ergo Ecclesim judltio ... ago.-
tur causa regis, deinde populorum.> Co,·tes de Lean 1/ Castilla, t. l, pp. 2 Y 3.


(2) < Leges gothicas reparavit (Adefonsus VI, et alias addidit, qure in regno Le-
glonis adhuc hodie observalltur.> Rod. '1'oJet., De reb",s Hisp., lib. V, cap. XIX:


(3) < Sicut lex gothica mandat, quod Jex gothica jubet. > Cortes de Lean y Casti·
lla, t. 1, pp. 24 Y 25.


C0n razon dice el arzo hispo D. Rodrigo de este rey: < Confirmavit etiam leges
gothicas, et alias addidit qUle spcctabant ud regimen popuJorum ... Constituit etiam
ut in tato regno Legiononsi Jeges gothic¡e seryarentur.' De ,·ebu.9 Hisp., Ji11. VI,
cap. IX y XIII.




270 CURSO
de las Cortes de Leon y Castilla de los Concilios de Toledo,
tronco y raíz de las asambleas ó juntas nacionales de la edad
media, siquiera profesen la opinion contraria respetables es-
critores, obstinados en ver dos instituciones de distinta natu-
raleza allí donde nosotros no acertamos á descubrir sino una
sola, rejuvenecida y acomodada al uso de otros hombres y
otros tiempos.


Entre tanto que- estos Concilios mixtos· se reunian, adelan-
taba la obra de la reconquista, poblándose ciudades, villas y
lugares nuevos y repoblándose los antiguos, merced á los bue-
nos fueros y útiles privilegios que los reyes con larga mano
otorgaban á los vecinos. Muchos siervos y vasallos solariegos
entraron en la posesion y goce de la libertad civil, á cuya som-
bra se fué constituyendo la propiedad, su hermana y compa-
ñera inseparable. Hubo entónces labradores dueños de las
tierras que regaban con el sudor de su frente y mejoraban
pensando en sus hijos; hubo artesanos que seguían los minis-
terios industriales y llegaron á formar gremios para su mütua
proteccion y enseñanza: hubo mercaderes que frecuentaban
las ferias, obtuvieron franquezas yen sus tratos y negocios in-
trodujeron cierto órden y polida. En fin, desde el siglo XI eR
adelante dan los fueros municipales claro indicio de que rena-
cen las artes de la paz y empieza la vida del trabajo.


Con tan poderosos eleIflentos se fué organizando el estado
llano, compuesto de personas libres, de condicion modesta, de
orígen humilde, conocidas en la historia con los nombres de
ciudadanos, hombres buenos y tambien pecheros, porque ellos
solos pagaban los pechos ó tributos. Creciendo en número, in-
teligencia y riqueza, se hicieron respetar de los nobles que es-
timaban en poco las artes y los oficios, y no tenian por honroso
sino el ejercicio de las armas.


Los reyes no perdonaron medio de engrandecer y levantar
el estado llano, pues aparte de la fuerza que prestaba á la co-
rona este aumento de útiles vasallos, contaban con su fideli-
dad y obediencia para reprimir los desmanes de una nobleza
indisciplinada y tan altiva é insaciable de mando, que no per-
dia ocasion de imponer su voluntad al monarca y someterle,
si se mostraba débil"á una vergonzosa tutela.


Es máxima constante confirmada por la historia, que todo




DE DERECHO POLÍTICO. 271
poder social tarde ó temprano se convierte en poder político -:/
penetra en las altas esferas del gobierno. Así se explica cómo
mediante una revolucion lenta y pacifica, los procuradores de
las ciudades y villas tomaron asiento alIado de la nobleza yel
clero en las Cortes generales del reino.


La entrada del tercer brazo ó estamento popular en las Cor-
tes seculariza esta institucion que se divorcia de los Concilios.
Desde entónces cesan las asambleas nacionales de carácter
mixto; y si continúan asistiendo á ellas los obispos, no es para
deliberar sobre puntos de disciplina eclesiástica, sino como
dignatarios del reino para entender en lo politico y civil. Hay,
pues, una verdadera transformacion de los Concilios en Cor-
tes; y en prueba de que subsiste la misma institucion modifi-
cada, observese la duda que asalta á diversos escritores cuan-
do no se resuelven á dar uno ú otro nombre á ciertas juntas ó
congresos de magnates y prelados, y sal van la dificultad lla-
mándolos Cortes ó Concilios.


Sin embargo no falta quien diga: Las Cortes son distintas
de los Concilios. En estos nadie tomaba la voz de otro, ni te-
nia el encargo de defender los intereses de ninguna comuni-
dad: los hombres se representaban á si propios, y obraban en
virtud de un derecho personalísimo: en aquéllas, por el con-
trario, hay delegacion de clases, hay mandato (1).


El mandato no es un principio, sino una forma de gobierno,
necesaria cuando el número, la distancia, la multitud de los ne·
gocioS' ú otras causas obligan á delegar en una ó várias perso-
nas el voto de una clase Ó cuerpo. La esencia consiste en la par-
ticipacion en el poder, y no se altera porque sea directa me-
diante el sufragio, ó indirecta en virtud de la representacion.


Ahora bien: queda demostrado que los Concilios de Toledo
y los de Oviedo, Leon, Coyanza y otros celebrados en los pri-
meros tiempos de la reconquista son una sola y la misma ins-
titucion. ¿Por que estas Cortes ó Concilios no habrán de ser él
es1abon que une las asambleas nacionales del tiempo de los Go-
dos á las juntas nacionales de Leon y Castilla en la edad media?


La representacion ó el mandato no es más ni menos que el
modo de expresar su voluntad una mayoría. La entrada del
estado llano significa el predominio del elemento civil sobre el .~-:¡


(1) Cavanilles, Hisl. de ES1Juña, t. JI, p. 327.




272 CURSO
eclesiástico, y denota el advenimiento de un nuevo poder al
gobierno, .reformando la organizacion política en un punto, y
dejando los demas á salvo. Desde entónr,es fueron tres los bra-
zos del reino, á saber, clero, nobleza y pueblo en vez de los dos
que ántes gozaban del derecho de concurrir á las Cortes y li-
mitaban la potestad real.


Cierto que la novedad era grande; pero no menos grande
fué la reforma electoral introducida en Inglaterra en 1832, y
sin embargo nadie hasta ahora ha negadp la identidad de
aquel Parlamento, ni ha dicho que aquella constitucion no sea
la misma.


¿,Que más'? Muy distintas son la monarquía electiva y la he-
reditaria; y con todo eso ni la historia ha formado escrúpulo
de enlazar la una con la otra, ni los reyes legítimos de Espa-
ña dejaron de honrarse con el título de sucesores de Recaredo
ó de Pelayo.


Pongamos aquí término á esta digresion, y volvamos al
asunto que la ha provocado. La representacion de los concejo;.;
en las Cortes vino muy despacio y por sus pasos contados. Así
que los reyes llegaron á entender cuánta era la fuerza de las
ciudades y villas del reino y cuánto podia pesar su voto en la
balanza política, tuvieron el buen acuerdo de consultarlas, se-
guir su consejo, lisonjearlas con muestras de alta confianza, y
en fin ganar su voluntad. Unas veces les pedian que enviasen
hombres buenos á la corte para prestarles pleito homenage al
suceder en la corona: otras las llamaban á confirmar los decre-
tos de un Concilio, y en efccto aparecen nombres plebeyos en
seguida de títulos nobiliarios: otras mediaban en las cuestio-
nes de paz ó guerra y demás negocios graves. No era extraño,
pues los concejos por aquel tiempo daban señales de fortaleza,
ya guardando á los reyes durante su combatida minoridad, ya
saliendo á campaña con sus milicias, y ya moviendo turbacio-
nes y alborotos, como las frecuentes inquietudes delos burge-
ses en Sahagun, las asonadas de los ciudadanos en Compostela
reinando Doña Urraca y otras muchas en diversos lugares al
apellido de libertad (1 l.


(1) Durante las turbulencias del reinado de Doña Urraca debió el estado llano
adquirir rlesusada importancia, porque 01 socorro de los concejos era muy útil on
aquelhs civiles discol'11ias ~. cn las f!llC!TlI.~ con A 1'Ug'on y Portug-al. En la Atalaya




DE DERECHO POLÍTICO. 273
Todo induce á creer que los siglos IX y X fueron de silen-


ciosa fermentacion del espíritu atormentado de un vago deseo
de libertad, y los XI y XII el período durante el cual las co-
munidades empezaron á influir en el gobierno de un modo in-
cierto é irregular, hasta que llegó el dia en que los procura-
dores de las ciudades y villas t?maron asiento en las Cortes con
los arzobispos y obispos, los ricos hombres y caballeros, y tu-
vieron igual representacion los tres brazos del reino.


Arduo empeño es fijar el momento en que los ciudadanos
hicieron su entrada en las Cortes, aunque no difícil señalar la
época de e,~te memorable suceso. La historia de las Cortes es
una copia fiel de la historia de los concejos, cuyas libertades
y franquezas juraban los reyes guardar al subir al trono, á
cambio del pleito hamenage que las ciudades prestaban al nue-
vo rey. Las cuestiones de sucesion y la promesa de obediencia
y fidelidad como un medio eficaz de resolverlas, constituian á
rle la .. c"ónicas se lée que des pues de la batalla del Campo de Espina en 1111 entre
los Castellanos y los Aragoneses, < ayuntáronse los condes, é los ricos homes, é los
01"08 homes honrados de Castilla é de Lean, é aviaron su acuerdo que alzasen por
rey á D. Alfonso, su fijo de la reina >. Ms. de la Bihl. ]\'ae., X, 137.


La Historia Compostelana refiere como por este tiempo procuraba Doña Teresa,
condesa de Portugal, formar liga con los pueblos de Galicia durante la guerra con
Alonso VII, para 10 que < municipia etiam nova ud iuquiet,mdam, et ud devastan-
dam patriam, et ud rebellandum Regi redificari faciebat >. Lib. Il, cap. LXXXV.


La misma Historia describe los excesos cometidos por las turbas amotinadaR
contra D. Diego Gelmirez, obispo de Santiago, en los térnlinos siguientes: 4: Jura
et potestatem civitatis e~iscopo abstulerant; nec Reginre prreceptis pro posse obe-
dierant; princi¡:ibus etiam et militibus GallrecilC non minimas injurias intulerant,
et c¡uasi reges cxtiterant, extirpaverant, destruxerant, renovaverant, cxaltavcrant,
ut cst consuctudo scrvorum et rusticorum, postquam datul' eis potestatam 1'0-
gnandi >. Ibid., lib, I, cap. eXIlI.


Rl Anúnimo de Sahagun da noticin de tratos secretos cntre Alonso el Batallador
y los burgeses vasallos del Monasterio para aumentar el número de sus parciales
en Castilla.


El Concilio de Oviedo de 1115 fué confirmado por la reina Doña Urraca, < et omni-
bus hominibus habitantilms in regno ejus, tam ecclesiastici ordinis, quam slecula-
ris >. Cortes de Leon y Cftstilla, t. I, p. 31.


De pleito homenage prestado por los procuradores ,le várias ciudades y villas te-
nemos ejemplos en Alonso VI el año 1O~2 y Alonso VII en lln, con cuya ocasion
suenan los nombres de Búrgos, Carrion y Villafranca de :Montes de Oca.


La ciudad de Ávila guarda y defiende á Alonso VIII en la infancia, y su milicia
concejil, con las de Segovia y Maqueda, le ayuda á cobrar el reino ocupado por los
Leoneses.


V, Cr6n. general, parto IV, cap. ¡¡¡: Cr6n. e,breviada por Diego de Valera: San-
cloval, Cinco Rey"s, fols. 38, 131 Y 132: Colmenares, Hist. ele Segoúa, cap. XVII:
:\uflcz de Castro, Crón. de D. Alonso VIII, cap. XXII, etc.


18




274 CURSO
los concejos árbitros de las más graves discordias que pueden
agitar un pueblo regido en forma de monarquía. Ejercian se-
paradamente estos derechos, y separadamente cumplían con
sus deberes, hasta que la comunidad de los intereses por una
parte, y por otra el progreso de la unidad política, impelió á
los reyes á llamarlos á su corte y rodearse de sus procurado-
res, formando á favor de la representacion un concejo gene-
ral, la suma de las voluntades y fuerzas de todos los concejos
del reino.


Así como el advenimiento del estado llano a las Cortes ar-
guye la importancia de los concejos, así tambien los concejos
florecen más y más al calor que les comunican las Cortes. Am-
bas instituciones se prestan mútuo auxilio, y ambas se fundan
en un mismo principio, la mayor estimacion que adquiere el
ciudadano. Juntas debían correr igual suerte, porque con tan
estrecho vínculo se hallaban ligadas la libertad política y las
municipales, q lle era su causa comun, y comunes las heridas
hechas en la cabeza ó los miembros de aquel solo cuerpo.


El reinado de Alonso VIII ofrece el espectáculo de una crísis
laboriosa, precursora de grandes mudanzas. La nobleza se
mu~stra más altiva y bulliciosa que de ordinario durante la
minoridad del re!, Y aun des pues en el cerco de Cuenca: Avila
recoge en sus murallas al rey Pequeño, y luégo le ayuda á
recobrar su reino: aparecen las milicias concejiles, y Alon-
so VIII declara noble á quien quiera que seilrovea de armas y
caballo, y multiplica los fueros municipales, olvidando ó fin-
giendo olvidar «por muchas priesas que ovo,» la confirmacion
de los privilegios de hidalguía contenidos en el Fuero Viejo de
Castilla. Todos son presagios de una novedad en la constitu-
cion de la monarquía, más que nunca propicia á levantar el po-
der de las ciudades y abatir el orgullo de la nobleza, suscitán-
dole rivales que la tuviesen á raya.


El punto mismo en que empieza la repl'esentacion del estado
llano'no es cosa averiguada, ni será posible averiguarla mién-
tras no fueren conocidos los documentos conformes á las noti-
cias anticipadas que nos suministran las crónicas ó los escri-
tores diligentes y dignos de fe, pero cuya autoridad sin prue-
bas no basta á desvanecer los escrúpulos de la crítica.


La primera vez que consta de cierto haber asistido los pro-




DE DERECHO POLÍTICO. 275
curadores de las ciudades, villas y lugares del reino á las Cor-
tes, ocurre tanto en Leon como en Castilla, hácia el fin del
siglo XII. Vacante el trono de Leon por muerte de Fernando II
acaecida en Enero de 1188, le sucedió su hijo Alonso IX quien,
para jurar la observancia de las leyes, fueros y costumbres an-
tiguas, convocó Cortes y las celebró con toda solemnidad en
la capital de su reino al tiempo de ceñirse la corona. Hallóse
pl'esenteel rey cUJn arc7tiepiscopo, et episcopis, et 'magnatibus
regni, et cum electis civibus ex singttlis civitatibus, se toma-
ron allí vários acuerdos, y tanto los obispos como los nobles y
los ciudadanos los confirmaron con juramento (1).


A estas famosas Cortes de Leon en 1188 suceden las de Bena-
vente en 1202, á las cuales asisten los obispos «é mis vasallos
(dice el mismo rey), é muchos de cada villa en mio regno en
cumplida corte;» y luégo otras de Leon en 1208, á que con-
Clurieron los obispos, «é los ricos principes é barones de todo
el regno, é la muchedumbre de las cibdades, é enviados de
cada cibdad por escote,» y así todas las sucesivas (2).


Casi al mismo tiempo que ocurria tan grande novedad en
Leon, Alonso VIII, rey de Castilla, ajustaba las capitulaciones
matrimoniales de la infanta Doña Berenguela con el príncipe
Comado de Suevia, que confirmaron con juramento el arzo-
bispo de Toledo, vários obispos, el maestre de Calatrava, los
barones y príncipes del reino y los mayores de cuarenta Y ocho
ciudades y villas presentes á las Cortes de Carrion de 1188 (3).


No tenemos noticia circunstanciada de otras Cortes cele-


(1) ,Curia habita apud Leg-ionem sub Alphonso IX.> Cortes de Leon y Castilla,
t. I, p. 39.


(2) Cort.s de Leon y Castilla, t. 1, pp. 45 Y 48.
(3) Hé aquí los nombres de los concejos representados en dichas Cortes: Toledo,


Cuenca, Huete, Guadalajara, Coca, Portillo, Cuéllar, Pedraza, Hita, Talamanca,
Deeda, Buitrago, Madrid, Escalona, Maqueda, Talavera, Plasencia, Trujillo, Se-
gavia, A,révalo, Medina del Campo, Olmedo, Palencia, Logroño, Calahorra, Arne-
do, Tordesillas, Simancas, Torre de Lo haton, Montealegre, Fuentepura, Sahagun,
Cea, Fuentidueña, Sepúlveda, Ayllon, Maderuelo, San Estéban de Gormaz, Osma,
Taracena, Atienza, Sigüenza, Medina-Celi, Berlanga, Almazan, Soria, Ariza y
Valladolid.


No existen las actas <le las Cortes de Carrion; pero sí la escritura del contrato
matrimonial que contiene los referidos pormenores, y admiten como auténtica di-
versos historia<lores. V. Sota, Crón. de los príncipes de Asturias, ap. esra. 47: Nu-
ñez de Castro, Cr6n. de D. Alonso VIII, cap. XXXVIII: Mondéjar, Memorias hM.
del rey D. Alonso el Noble, cap. LVI.




276 CURSO
bradas en Castilla más próximas á las de Carrion, que las de
Valladolid en 1252 (1).


Existe un ordenamiento de posturas hecho en ellas, del cual
se colige que asistieron obispos, ricos hombres, caballeros «é
omes buenos de las villas, é otros ames buenos que se ayun-
taran conmigo» (2). En el ordenamiento de otras celebrada;;
asimismo en Valladolid el año 1258 consta que concurrieron
los arzobispos, obispos y ricos hombres «con los omes bonos
de villas de Castiella, é de Extremadura, é de tierra de Leon,»
y en todas las posteriores (3).


Queda pues comprobado con textos cuya autenticidad nadie
ha puesto ni pone en duda, que el brazo popular fué admitido á
las Cortes de Leon y Castilla no más tarde que el año 1188 (4).


(1) Hubo las de Toledo de 1212, Búrgos y Valladolid de 1215, y despues de 1n
incorporacion de ambos reinos, las 1e Valladolid de 1217 y Sevilla de 1250; pero ,le
todas ellas se sabe poco.


(2) Memorias de la Real Academia de la Historia, t. VIII, memo IV, p. 29.
(3) Cortes de Leon y Castilla, t. I, p. 55.
(4) ,y debe advertirse aquí que miéntras los diputa(los populares no tuvieron


asiento en el Parlamento inglés hasta 1226, en Alemania hasta 123'1 yen Francia
hasta 1303, ya figuraba el elemento popular en las Cortes de Arag'on desde 1l:l1 y
en las de Castilla desde 1188 .• Cavanilles, Hist. de Espat'ia, t. II, p. 328.


No faltan anta res que anticipeu la fecha de este suceso. Los editores de la Histo-
.. fa de Espatia por el P. Mariana impresa en Valencia, año 1783, pretenden que l0"
ciudadanos entraron en las Cortes en el reinado de Hamiro lII; opinion que no
merece ser discutida, y mucho menos refutada.


Sumloval en su Histo'Y"Ía de los cinco Reyes, fol. 38, cuenta cómo, llegó D. Alon-
so (VI) á Zamora, donde fué recibido de la infanta Doña Urraca, su bermana, con
grandísimo gozo y de toda la ciudad, y luégo despacharon cartas llamando á 1ae
ciudades y ricos hombres á Cortes á Zamora, para que jurasen al nuevo rey (1065».
El erudito obispo de Pamplona no hizo sino seguir ciegamente á Diego de Valem
en este pasaje: • E despues que fué muerto el rey D. Sancho (U) yel rey D. Alonso
llegó á Zamora, mandó enviar sus cartas á todos los concejos de Castilla y de Leon
que viniesen á las Cortes que queria facer, para que todos lo recibiesen por señor"
Orónica abreviada, parto IV, cap. LIV. La Crónica general de donde está tomada la
noticia, dice que concurrieron á estas Cortes los prelados, ricos hombres y conce-
jos del reino, para prestar al rey el debido homenage. Parto IV, fol. 299.


Además de que la Cr6nica general no inspira demasiada confianza á los críticos,
la historia se encarga de debilitar su testimonio, porque sogun el mismo San,loval
reconoce, des1e que Alonso VI ganó á Toledo, ~c juntaron por su manllado Cortes
en aquella ciudad el año 1086, á las cuales concurrieron solamente los prelallos y
graneles del reino como en los antiguos Concilios; y asimismo á las de Palencia
de 1129 en tiempo de Alonso VII; á las de Leon de 1135 en qne dicho rey fué coro-
nado Emperador; á las de Soria de 1154, segun el cronista Nllñez de Castro; á las
de Búrgos de 1169, cuando Alonso VIl! ajustó su casamiento con Doña Leonor,
hija de Enrique II de Inglaterra, y aun á las de Búrgos de 1177 y 1178. Sandova1,
Cinco Reyes, fols. 75, W~ y 153: Nuñe7- do Castro, C,·611. de Alonso VIII, capítu-




DE DERECHO POLÍTICO. 277
Entónces nació el derecho de representacion, sin el cual no


era posible la asistencia a las Cortes de los concejos que á su
vez representaban á las ciudades, villas y lugares del reino; y
si no hubiese sido 'la necesiclacl misma la inventora del sistema
de la delegacion ó el mandato, pudo aprovechar el estado llano


los JI, XII Y XXII: Garibay, Compenrlio hi,torial, lib. XI, cap. XVII y lib. XII,
cap. XVI.


El ya citarlo cronista Nuñez de Castro, refiriendo las mercedes quc' hizo Alon-
so VIII it la ciudad de Cuenca rescatada por él del poder de los Moros, dice: ,Con-
cedió el rey á los ciudadanos que tuviesen voto en Cortes, dando á la ciudad por
armas una estrella de plata sobre un cáliz de oro en campo. rojo, etc.> Cró.". cit.,
cap. XXIII.


Esta autoridad es muy leve, considerando que no se apoya la noticia en ningun
instrumento, memoria ú otra fuente de verdad. Dcjóse llevar NUl1ez de Castro de
la o[linion de Mártir Hizo, como ésto del deseo de engrandecer su ciudad predilec-
ta cuanrlo dijo: .Á los ciudadanos (de Cuenca) les fué concedido que tuviesen voto
en las Cortes del reino, y á la ciudad la dió por armas una estrella de plata sobre
lIn cáliz de oro en campo "ojo, cte.> JIist. de la. c':'ulnrl de C1benw, parto r, cap. VI.


Sin embarg-o Salazar de Castro supone la concurrencia de los tres brazos del reino
,le Castilla á las Cortes de Búrgos de ll1i, cuando (lice que para excusar tan co-
nocido dallO como seria elleva!1tar el cerco do Cuenca por las muchas necesidades
elol real crietiano, pasó D. Alonso VIII á dicha ciuclad y cOlÍvocó los tres estados,
eclesiástico, noble y plebeyo que debian acudir á las Cortes, • y no sólo pidió al
tercer hrazo de las universidades ó plebeyos un general tributo de cinco marave-
dís por cabeza"pero quiso tambien que se dilatase á los nobles >.JIist. genealógica
de la casa de Lam, lib. III, cap. IlI.


Cita con tal motivo it Mártir Rizo cuya autoridad hemos recusado por sospecho-
sa, y á Colmenares que habla de un modo vago de esta convocatoria, del pedido de
un tributo hecho por el rey á los hidalgos de sus reinos, y de la altiva respuesta del
señor de la casa de Lara, y no añurle respecto al tercer brazo una palabra. Hist. de
SegoviCt, cap. XVII.


A i¡.rual tentacion que Mártir Rizo cedió Fr. Alonso Fernandez cuando escribia:
.La ciudad de Plasencia, segun relacion de graves autores, fué reedificada por el
señor rey D. Alonso 81 VIII (lISO), el cual fué el que la honró haciéndola ciudad
cflbeza de obisparlo, y <lió voto en Corles, y desdo su fundacion siempre la dicha
ciurlad y vecinos de ella acudieron con muchas veras al servicio de los señores re-
yes ... • JI;.t. y anCtles de Plas<lncia, lib. lII, cap. XXII.
~ótese la vaguedad de la frase sep"" gl"(!VeS at!tores que no so nombran. Tampo-


co los documentos con que el autor ilustra su historia suministran la menor prue-
ba ni indicio del voto en Cortes concedido á los placentinos.


El diligente arzobispo D. Rodrigo nada refiere que sea favorahle áestas altas pre-
tensiones de Cuenca y Plasencia. Hablando de la primera rliee: ,Possuit in eam ca-
thedram lidei, el, nomen prresulis exaltavit in ca, congregavit ibi diversos populos,
et univit in populum magnitudinis, statuit in eam r,rresidium fortitudinis, et 1'e-
giam docoris honestavit in ea. Dedit el aldeas suhjectionis et pascnis ubertatis de-
liciavit eam, ampliavit in alto muros ejus et vallavil eam mil ni mime tuto, crevit in
urhcm multitudinis, et dilata est in terminos populorum •. De rebgs Hisp., lib. VII,
cap. XXVI.


De la segun']a dice: • Convertit mallum ad novitatem operum, et eclificavit de-




278 CURSO
el ejemplo de los grandes y prelados que no siempre acudian al
llamamiento del rey en persona, sino por medio de procurado-
res que llevaban su voz y voto en las juntas ó asambleas nacio-
nales.


II.


Los tres brazos del reino.


Tenemos pues en el siglo XII constituidas las Cortes de los
reinos de Castilla, compuestas de tres brazos, el eclesiástico, el
militar ó de la nobleza y el de las comunidades ó del pueblo.
Sólo queda la memoria de los antiguos Concilios. Apartados
los negocios espirituales de los temporales, fué completa la se-
cularizacion del gobierno.


Significaba la palabra corte en otro tiempo el lugar donde
moraba el rey asistido de la gente principal obligada á honrar-
le, aconsejarle y servirle; y esto qu~ria decir tener Oortes, frase
trocada más adelante en nacer ójuntaJ' Oortes consagrada por
la costumbre, pltra denotar la reunion de prelados, no bIes y
nuo civitatem glori81, statuit in ea pr81sidium patri81, et nomen ejus vocavit Pla-
centiam. Convertit populoa in urbem novam, et exaltavit ibi tyaram pontificia,
sacerdotio legis ordinavit eam, et dilatavit terminos ensis sui-. Ibid., lib. VII, ca-
pitulo XXVIII.


La C .. ónica [/fJneral narrando los sucesos de Alonso VIII, cuenta como el rey
• tizo pregonar sus cartas para en Búrgos, é fuese para allá ... é los condes, é los ri-
cos ames, e los perlados, é Jos caballeros, é Jos cibdadanos, é muchas gentes de las
otras tierras fueron y, é la corte rué y muy grande ayuntada. En estas Cortes de
Búrgos (1169) vieron los concejos y ricos ames del reino que era ya tiempo de casar
su rey é acordaron, cte.> C,·ón. genoral, parto IV, cap. VIII .


• Este es el testimonio más antiguo de cuantos he visto (dice Martincz Marina)
en comprobacion de que ya en esta época los concejos de Castilla eran considera-
dos como un brazo del estado.> Ensayo hist6rico, lib. IIl, núm. 35.


Sin embargo la Crónica general habia ya dado á los concejos por presentes en
las Cortes de Zamora de 1065. Por otra parte Martinez Marina se contradice cuan-
do en su Teoría de las Cortes adopta la fecha de 1168 Ó 1169. Parto I, cap. XI.


Sempere y Guarinos no estima en mucho el testimonio de la C"6nica, pues no
hace mérito de él en su Hlstoire des Cortes d' Espagne, cap. IX, ni tampoco en su
Historia del derecho espa"iol, lib. n, cap. XVI.


Como bueno y digno de fe lo admiten Tapia en su Hist. de la civilizacion espa-
ñola, t. r, cap. IV, y Moran en su C~<rso de hist. de la civi!izacion de España, to-
mo VI, p. 25.


La verdad es que el aut.or ó autores de la Crónica gene .. al acogieron con suma
facilidad y ligereza cualesquiera rumores vulgares, y aun las cOllsejas más inve-
rosímiles y los milagros; de suerte que su testimonio dehe recibirse con cautela.
V. Mondéjar, Memo"ias hist. de D. Alonso el Sabio, lib. VII, cap. XIlI y cap. XIV.




DE DERECHO POLÍTICO. 279
ciudadanos, prévia convocatoria del rey, con el objeto de tratar
con él los negdcios graves del estado (1).


Tenia la nobleza el derecho y la obligacion de acudir á las
Cortes, porque si por un lado era privilegio de su clase de orí-
gen inmemorial y un medio de sustentar y defender sus exen-
ciones y franquezas, por otro demostraba reconocimiento de
señorío; y así vemos que el conde Fernan Gonzalez obedece al
llamamiento del rey de Leon por no incurrir en la nota de re-
beldía (2).


Formaban el brazo de la nobleza los infantes, condes, ricos
hombres, caballeros y escuderos; los maestres de las Ordenes
militares solos ó acompañados de algunos de sus caballeros; el
canciller mayor, el justicia mayor, el mayordomo mayor, el
repostero mayor, el copero mayor, el alférez mayor y los ma-
riscales del rey; los adelantados y merinos mayores y otros
oficiales de la corte y del reino segun los tiempos, en lo cual
se retrataba la costumbre visigoda de asistir á los Concilios de
Toledo los nobles de dignidad y el Oficio palatino.


La nobleza tenia representacion como cuerpo, no en virtud
de ningun derecho personal; y así los reyes dirigian sus cartas
convocatorias á los nobles cuya presencia en las Cortes era de
su agrado.


Tambien estaban obligados á concurrir á las Cortes los reyes
tributarios de la corona de Castilla, cuando eran llamados,
como el de Gra~ada desde que se hizo vasallo de Fernando IIl,


(1) • Corte es llamado ellogar do es el rey, et sus vasallos et sus oficiales con él
(¡ue le han cotidianamente de consejar et do servir, et los otros del regno que se
llegan hi ó por honra dél, ó por alcanzar derecho, ó por facer recabdar las otras
cosas que han de veer con él. > L. 27, tít IX, Parto n.


(;J) • Despues desto el rey D. Sancho (l, el Gordo) envió á decir al conde que
fuese ti las Cortes ti Leon ó le dojase el condado; é luégo qne el conde oyó esta em-
'bajada, envió llamar todos los ricos hombres y caballeros de Castilla, é dljoles la
embajada ... demandándoles consejo de lo que debia hacer: é como que era que los
más eran de acuerdo qne el conde no fuese á las Cortes, el conde deliberó de ir, y
les dijo: parientes, amigos y leales vasallos, yo no soy hombre que fago cosa que
mal mo está. E si agora dejase de ir á las Curtes, paresceria que me levantaba con
el condado, "quitaba la obclHencia que al rey del;o.' C,·Ó". abrev., parto IV, capí-
tillo XXVI.


• E fincó el maestre ( de Santiago, D. Fadrique) asegnrado en la merced del rey
( D. Pedro)), é manl1úle que se fuese para su tierra, é dióle liceucia quo non fuese á
las Cortes que se habian de facer en Valladulid .• Lopez de Ayala, C,·Ó". del re.'!
D. Pedro, año n, cap. 11.




280 CURSO
y el de Portugal hasta que Alonso X le soltó la palabra y alz6
el debido homenage. Verdad es que los reyes de Castilla no so-
lian usar de este derecho por no humillarlos. Sin embargo el
rey de Granada confirma el ordenamiento hecho en las Cortes
de Medina del Campo de 1305 (1).


Tomaban además asiento en las Cortes los arzobispos, obis-
pos y abades de religion, esto es, los grandes dignatarios de
la Iglesia que componian el brazo eclesiástico. Fundábase su
derecho de asistencia en una antigua poses ion y en la natural
importancia del clero, sobre todo del superior, en aquella so-
ciedad tan poseida, y aun pudiérnmos añadir, tan llena de
afectos religiosos. Por otra parte, las donaciones de tierras y
vasallos que con mano franca habían hecho los reyes á las
iglesias y monasterios que fundaron ó dotaron conforme iba
adelantando ]a reconquista, constituían un señorío temporal,
é igualaban en cierto modo la condicion de los obispos á la de
los ricos hombres. En efecio, los obispos como los ricos hom-
bres, tenian bienes, g07..aban rentas, cobraban tributos y ejer-
cian jurisdiccion en los lugares de su señorío; y para que fuese
completa la semejanza, tambien acudian al rey con el número
de llJIlzas proporcionado al de sus riquezas y vasallos.


No habia regla fija en punto á la convocatoria de los prela-
dos, aunque si no concurrían todos a las Cortes, no dejaban de
asistir los principales. ¿Cómo, por ejemplo, podia el reyolvi-
darse del arzobispo de Toledo, primado de las Españas? Ya lo
hemos dicho: era potestativo en los reyes llamar por sus cartas
á unos ú otros grandes y prelados, segun era su merced hon-
rarlos con esta muestra de favor, ó imp.?rtaba oír su consejo,


(1) Cuando Alhamar, rey de Granada, se hizo vasallo de Fernando IIl, se oHigó
entre otras cosas á concurrir á las Cortes como uno de los ricos homhres de Casti-
lla. En este pacto se fundaban la reina Doña Catalina y el infante D. Fernando, tu-
tores de Juan n, para decir al emhajador de Jucef. como parescia que eran vasa-
llos de los reyes de Castilla, é las párias que les solían dar, é como enviaban á sus
hijos á las Cortes, cuando quiera que fuesen llamados>. Orón. cit., aiío l40g, cap. IlI.


Los tutores tonian razon, puesto que en carJeza de los grandes y prelados que con-
firman el ordenamiento citado en el texto, se halla: • Don Mahomat Abonanr, rey
de Granada, vasallo del rey, la conf. > COl' tes de Leon y (Castilla, t. r, p. l/R .


• Y rlesque pasó esto, el infante D. Dionis hahló con el rey su ,,[¡nolo üparte, y pi-
dióle merced que le quitase el tributo que los rpyes ,lA Portugal emn tenudos el"
hacer al rey de Leon, que era vonirlc ti Cortes, calla (Jue d onviase á llamar.-
CrÚn. del rey D. Alonso el Sabio, cap. XVIII.




DE DERECHO poLÍTICO. 281
ó convenia asegurarse de la lealtad de los dudosos y atraerlos
al servicio de la corona, salva siempre la costumbre de hallar-
se presentes las personas más señaladas.


De ordinario los individuos ele ambos brazos solian acudir
por sí mismos al llamamiento del rey i pero á veces suplian su
ausencia de las Cortes enviando procuradores que los repre-
sentasen, de cuyo medio usaron en distintas ocasiones los ricos
hombres, los arzobispos y obispos y los maestres de las 6rde-
nes militares (1). No debió ser muy antigua esta práctica,
pues cuando más la vemos admitida y observada en el si-
glo XIV.


Lo que era una excepcion respecto al clero y la nobleza,
constituia la reg'la invariable de los concejos, los cuales asis-
tian á las Cortes por medio de mandaderos, personeros ó pro-
curadores habilitados con poder en forma para llevar la voz
de las ciudades y villas convocadas. Kació el sistema de la de-
legacion ó el manuato de un modo natural y sencillo.


Mucho ántes de la entrada del estado llano en las juntas ge-
nerales del reino, los reyes se correspondian con los concejos
por medio de cartas que les dirigian ó mandaderos que les en-
viaban. Los concejos. contestaban á estas cartas, y solían di-
putar á personas que entregasen al "rey las respuestas, y. de
paso le expusiesen sus necesidades, le hiciesen ciertas peti-
ciones, ó le prestasen el requeriuo homenage. Regía pues, de


(1) -Estando connusco ayuntados ... é D. Fernand Gomez de Albornoz, comen-
dador mayor de ~ontalvan, procurador del maestre de la Órden de Santiago, é los
procuradores del arzobi.,po de Santiago, é de algunos obispos é cabildos, etc.> Car-
ies de Búrgos de 1367. Cortes de Leon y Castilla, t. II, p. 114.


< Estando connusco ... é los procuradores de los otros perlados de los nuestros
regnos ... é los procuracloros del marqués (de Villena), é de los maestres de las Ór-
denes, é de los condes é de los ricos ames de nuestros regnos, etc.> Cortes de Bri-
bies ca de 1387. Jbid., p. 400 .


• Estando ... asentado en Cortes púhlicas é generales con el infanto ... é los perla-
dos, é maestres, é sennores, é ricos ames, é otros caballeros é escuderos, é los pro-
curadores de algunos otros sennores, é de las cibc1ades, villas é In¡rares que á las,
dichas Cortes fueron llamados, etc.> Cortes de Madrid do 1393. Jbid., p. 524.


Los mensajeros del Consojo del rey, requiriendo al arzobispo de Toledo para que
fuese á las Cortos á rendir pleito homenage por las fortalezas que tenia en nombre
de Enrique I1I, le decian: • E si vuestm merced fuere de non ir á las dichas Cor-
tes, nin estar en el di'cllo Consejo, que querades enviar á las dichas Cortes vuestro
j'roeurador con poderío bastante lJara hacer el dicho pleito é homenage por las di-
chas fortalezas, é para todas las otras cosas c¡ ue en las dichas Cortos se ovieren de
ordenar e declarar.> Crón. del.·cy D. En"ique lIJ, adicion V, p. 651.




282 CURSO
antiguo la costumbre de comunicarse el rey con los concejos
y éstos con el rey mediante recíprocos mensajes, como se tra-
tan hoy los negocios por la via diplomática. Unas veces partia
la iniciativa del concejo, y otras el rey le mandaba que envia-
se á la corte algunos caballeros ú hombres buenos con quienes
pudiese platicar (1).


Tal es el origen del derecho de representacion segun n ues-
tra historia, que no es sino el desarrollo y complemento del
régimen municipal. Ejercíase en la edad media colectivamen-
te, porque hacian la eleccion de los procuradores las comu-
nidades, y eran las comunidades quienes les con ferian los po-
deres ó el mandato. Así llevaban los procuradores la voz de
Búrgos ó Toledo, y no como ahora se usa la del pueblo ó la
nacion, resultando los ciudadanos representados por el conce-
jo, y el concejo por los alcaldes, regidores ó jurados que en-
viaba á las Cortes del reino.


Siguese de lo dicho cuán necesario es el estudio paralelo de
nuestras instituciones políticas y nuestras libertades munici-
pales. El progreso ó decadencia de los concejos determinan la
mayor ó menor autoridad de las Cortes, porqne los efectos son
inseparables de sus causas.


La representacion de los concejos no significaba un derecho
comun, sino un privilegio de ciertas ciudades y villas que por
merced de los reyes, por su importancia, ó por costumbre go-
zaban de aquella honra y preeminencia. No corrian los tiem-
pos favorables á la unidad política, obstáculo invencible á la
consolidacion de las instituciones centrales. Por eso dejaron
las Cortes de vivir tanto como la misma monarquía en la cual
se personificaba el estado, miéntras que los concejos reflejaban
la diversidad de intereses, el amor á sus particulares privile-
gios, las discordias, celos y rivalidades nacidas de un espíritu
mezq uino de egoismo local.


No disfrutaban del derecho de representacion los pueblos de
señorío, lo cual estaba en consonancia con la forma establecida
de prestar las ciudades y villas homenage al rey, pues acuJian
por sí en caso de pertenecer á la corona, y cuando no, los se-
ñores llevaban la voz de sus vasallos. Así pues, todo pueblo


1.1) Colmenares, Hi8t. de Seqoria, cap. XXI.




DE DERECHO POLÍTICO. 283
enajenado del patrimonio real perdia su voto en Cortes, y res-
tituido al dominio de la corona no lo recobraba sino en virtud
de una gracía ó nueva concesíon que no se obtenía sin difi-
cultad (1).


No hubo al principio regla fija ni órden constante en ellla-
mamiento de las ciudades y villas á las Cortes. A las memora-
bles de Leon .de 1188 concurren ciudadanos elegidos por cada
ciudad, y á las de Carrion del mismo año asisten los procura-
dores de cuarenta y ocho concejos de Castilla. En las siguien-
tes entraron más ó ménos á voluntad de los reyes que enviaban
sus cartas convocatorias á unas ú otras segun les parecia, aun-
que por lo comun llamaban á las ciudades cabezas de reino y
algunas que no lo siendo, se recomendaban por su antigüedad,
grandeza ó servicios, y ciertas villas que se contaban en el nú-
mero de los principales lugares de la corona.


Notan graves historiadores las Cortes de Alcalá de Henares
de 1348 de muy concurridas, puesto que segun consta de sus
actas asistieron los procuradores de todas las ciudades, villas
y lugares- del reino; bien que duden los autores si fueron ge-
nerales. Como quiera que sea, resulta que en el siglo XIV era
ámplia la representacion de los concejos, y lo prueba el orde-
namiento hecho en las Cortes de Madrid de 1391 para resolver
la cuestion de tutoría durante la minoridad de Enrique III (2).


(1) L. 5, tít. xv, Parto n.
Plasencia tuvo muchos años voto en Cortes, hasta que Juan II trocó esta ciudad


con el cando de Ledesma por la de Trujillo, y desde entóncos dejó de ser convoeada
por haber sa:lido de la corona y queda,lo de soñaría. Los Reyes Cat',licos la íncor-
poraron do nnovo en 1488; mas no logró recobrar su antigua prerogativa. Fcrnan-
dez, Hist. 11 anales de Placencia, lib. IlI, cap. XXIII.


(2) Dicen Mariana, Garibay y Ferreras que á las Cortes de Alcalá de 1348 fueron
llamados muchos concejos que no solian concurrir de ordinario. Hist. de Espa>7",
lih. XVI, cap. xv: Comp. histo~ial, lih. XIV, cap. XXIII: Sinopsi., !tist. eron.,
part. VII, § lI.


Martinez Marina, por el contrario, juzga que estas Cortes, aunque insignes, no
fueron generales á toda la monarquía, por no llaber concurrido á ellas los procura-
dores de los concejos de los reinos de Lean. Teoría de las Cortes, parto I, cap. XVI.


En cabeza del ordenamiento de peticiones hechas al rey Alonso XI, se lée: ,Por-
que en estas Cortes que nos agora fecimos en Alcalá de Henares con los perlados, e
ricos ames, é fijos dalgo, é los de las Órdenes de la nuestra tierra, que eran y con-
nusco, et otrosí procuradores de todas las cibdades, é villas, é lugares de nuestro
sennorio, etc. > Cortes de Leon y CaMilla, t. I, p. 593.


El ordenamiento de las Cortes de Lean de 13'19 empieza con una peticion que á la
letra <\ice asi: ,A los que nos pidieron por. merced que les otorgásomos todas las




284 CURSO
Hácia la mitad del siglo XV la representacion se limita y


contrae hasta quedar reducida á un corto número de ciudade:5
y villas que disfrutan del envidiado privilegio de tener voto eu
Cortes. Ya en las de Alcalá de 1345 y Toro de 1369 se usó la
fórmula «siendo connusco los procuradores de algunas cibda-
des, é villas, é lugares del nuestro sennorío;» mas las primeras
no fueron generales, y las segundas corre8ponden á unos tiem-
pos tan turbados, cual lo muestra el rigor de los ordenamien-
tos (1).


La práctica de convocar á pocas ciudades y villas empieza á
ser frecuente desde las Cortes de Valladolid de 1442, en cuyo
cuaderno de peticiones se léen las palabras que siguen: «Es-
tando y 'conmigo la reina Donna María ... é otrosí los procu-
radores de ciertas cibdades é villas de mis regnos que por mi
mandado fueron llamados ». No era una cláusula nueva y des-
usada, como supone Martinez Marina, ni tampoco le seguire-
mos en la opinion que los reyes con una política artificiosa li-
mitaron las convocatorias á menor número de pueblos, lison-
jeándose de manejar más fácilmente los procuradores, ganar
sus votos y corromperlos (2).


La razon más serena se extravía, cuando la pasion política
reemplaza al criterio de la historia. Declinaba el régimen feu-
dal en el siglo XV, y la sociedad pugnaba por reconstituirse
sustituyendo á la relajaeion de los vínculos de la autoridad la
concentracion del poder en una sola mano. Si las libertades
públicas padecieron menoscabo, no lo atribuyamos á la astu-


mercedeB é gracias que otorgamos en los ayunt.amientos que agora recimos en Al-
calá de Henares é en Burgos á los de Castilla é de Extremadura, etc.' I/Jid.,
p.627.


De aquí se ínfiere que en efecto las Cortes de Alcalá de 1348 no fueron geuorales
de toda la monarquía, como siente "Martinez Marina; pero esto no prueba nada


. contra la ámplia represent.acion popular.
Confírmala, si alguna duda ocurriese, la presencia de los procuradores de casi


cincuenta concejos en las Cortes de Madrid ,je 1391. Cortes de Lean y Castilla, t. n,
p.490.


(1) Co,·tes de Lean y Castilla, t. J, p. 477.
,Primera mente que qual quier omme <1e qual quier condicion que sea, ,[uiel' sea


fiJo rlalgo, que matare ó feriere en la nuestra corte é en el nuestro rastro, quel
maten por ello. Et si sacare espada Ó cochillo para pelcar, 'jud corten la mano. El
si fartare ó rollare ó forzare en la nuestra corte ó en elllllilstro rastro, 'juel maten
pór ello.> Ibid., t. Il, p. 165.


(2) Cortes qc Leon y CaMilla, t. JJI, p. 3\13: Teoría dc las Cortes, parto J, cap. XV!.




DE DERECHO POLÍTICO. 285
cia y perfidia de los reyes, sino al abuso que rayó en los lími-
tes de la licencia. Más veces pereció la libertad por sus propios
excesos, que por los artificios y maquinaciones de la tiranía.


Hay más: si el plan de atentar contra la representacion na-
cional hubiese existido, no se observarian las alternativas que
se observan en el empleo de la cláusula denunciada, y preva-
lecería una sola fórmula como expresion de una sola tenden-
cia. Lejos de suceder así, la antigua forma la regla general, y
la moderna es la excepcion (1).


Sin duda el derecho de representacion se fué reduciendo á
menor n1Ímero de concejos, puesto que los Reyes Católicos di-
jeron en las Cortes de Toledo de 1480: « Acordamos de enviar
mandar á las ciudades é villas de nuestros reinos que suelen
enviar procuradores de Cortes en nombre ue touos nuestros
reinos ... que son las diez y siete que se deben ayuntar y con-
currir,» las mismas cuya presencia es constante ó casi cons-
tante en todas las posteriores. Á las de Valladolid de 1506 con-
curren diez y ocho; y en una peticion acerca del voto en Cor-
tes, se da por supuesto que este número se halla ordenado por
algunas leyes é inmemorial costumbre (2).


(1 \ Hállase reiletida la cláusula de algunas 'Ó ciertas ciudades, villas y \ugal'cs
(lel reino en las Cortes de Valladolid de 1441 y 1451, en las de Burgos de 1453 y en
las de Salamanca de 14m. COl' tes de Lean y Castilla, t. III, pp. 496, 5'76, 642 Y 149.


Emplease la fórmula de los procuradores de todas las ciudades y villas en las
del Real sobro Olmedo de H45, Córdoba de 1455 y Segovia de 1471, y la de los pro-
curadores de las ciudades y villas en las de Toledo de 14G2, Ocaña de 1469 y Santa
María de Nieva de 14"i3. [bid., pp. 451, 6i5, 701,765,812 Y 835.


En resúmen, ,jurante un período de treinta y ocho años á contar desde 1412 hasta
1480, en el cual se celebraron Cortes diez veces, las cuatro fueron estando presen-
tes los procuradores de algunas dudades, villas y lugares del reino, y las seis res-
tantes con asistencia de los de todas las que debian concurrir á ellas segun cos-
tumbre.


(2) La p!Jticion 35 dice así: ,Por algunas 1eyos é inmemorial uso está ordenado
que diez y ocho cibdades é villas destos regnos tengan votos de procuradores de
Cortesy non más; y agora diz que algunas cibdades é villas destos regnos procu-
ran é quieren procurar se les faga merced que tengan voto de procuradores de Cor-
tes; y porque desto so recresceria grand agravio á las ciudades que tienen voto, y
del acrescentamiento se seguiria confusion: suplicamos á vuestras altezas que non
clen lugar que los dichos votos se acrescienten, pues todo acrescentamiento de ofi-
cios está defendido por leyes destos regnos>. Los reyes respondieron que, así se
hará-o Colee. ms. de la Acad. de la Historia, t. XVI, fol. 343.


La oposicion al otorgamiento de 'nuevos votos renace en las Cortes de Búrgos de
1512, en cuya peticion 19 añaden los procuradores que el aeresccntamientosel'ia de
mueho agravio y perjuicio á las ciudades y villas que lo tienen de antigüedad.
¡bid., fol. 355.




286 CURSO
De estas diez y siete ciudades y una villa con voto en Cortes


eran cabezas de reino Búrg'os, Leon, Granada, Sevilla, Córdo-
ba, Murcia, Jaen y Toledo, y cabezas de provincia Zamora,
Toro, Soria, Valladolid, Salamanca, Segovia, Ávila, Guadala-
jara, Cuenca y Madrid (1).


Oviedo, capital del antiguo reino de Asturias, debia tener
voto en Cortes; y auque consta de vários privilegios, y sobre
todo de los ordenamientos hechos en las de Zamora de 1301,
Palencia de 1313 y Búrgos de 1315 la presencia de sus procu-
radares, por olvido ó por descuido perdió la ciudad aquella
prerogativa, y al fin la recobró por merced de los Reyes Cató-
licos en las de Ocaña de 1499 (2). Sin embargo hallamos que
Oviedo no persevera en el URO de su derecho.


Á Galicia, cuya voz tenia ántes la ciudad de Zamora, dió
voto en Cortes Felipe IV por real cédula expedida en juicio
contradictorio con las ciudades y villas que resumian la reprc-
sentacion del reino; y asimismo 10 alcanzó entónces Extre-
madura por quien hablaba ántes Andalucía (3).


Estaba la ciudad de Palencia en posesion de enviar procura-
dores á las Cortes corriendo el siglo xtv, derecho que habia
adquirido al salir del señorio de su obispo para reincorporarse
en la corona reinando Alonso el Sabio. « Por la mudanza de
las cosas, dice Pulgar, y por la omision de los regidore! que
gobernaron la ciudad, dejó perder su prerogatiya, hasta que
D. Cárlos II la otorgó la gracia del voto en Cortes mediante un


(1) A las Cortes-de Valladoli<l celebradas para jurar al príncipe D. Enríque, pri-
mogénito de Juan II, concurieron los procuradores de doce ciurlades, á saber, Búr-
goos, Toledo, Lean, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaen, Zamora, Segovia, Ávila, Sala-
manca y Cuenca, las únicas convocadas. C,·ón. del ,.ey D. Juan JI, año 1424, capí-
tulo IV y año 1423, cap. Ir. -


No obstante, las diez y siete nombradas en el texto. son las que acostumbran
contínuamente enviar procuradores á las Cortes que racen los reyes de Castilla é
Lean>. Pulgar., C,.ón. de los Reyes Cat6licos, cap. XCV.


(2) Cortes de Leon y Castilla, t. 1, pp. 151,222,233, 2í0 y 273.
El voto en Cortes fué devuelto al reino de Asturias por el príncipe D. Alonso ú


quien alzaron rey los descontentos en vida de su hermano Enrique IV, en cierta
junta de prelados y caballeros celehrada en Ocaña el año 1467; mas este acto no
pudo constituir derecho. El P. Luis Carballo dice lo que conliene el texto. Anti-
güedades de AsW,-ias, pp. 261 Y 458; Martlnez Marina, Teoría de las Caries, t. nr,
ap. núm. XXXlI, p. 296.


(3) ('olecc!on de documentos iHédilOS, t. XVII, p. 4~8. Y M8. de la Bibl. Nacio-
nal, F. 185, § 87.




DE DEREOHO POLÍTICO. 287
servicio de ochenta mil ducados, viniendo de esta suerte Pa-
lencia á ser la compradora de uno de los dos votos, cuya venta
autorizaron las Cortes de Madrid de 1650 con la condicion de
que D. Felipe IV empeñase su fe y palabra real de no pedir al
reino consentimiento para que ninguna otra ciudad ó villa
participase de igual merced» (1).


Así pues, desde el año 1666 en adelante fueron veinte y una
las ciudades y villas con voto en Cortes. Por estos términos y
pasos el derecho comun de la representacion vino á ser privi-
legio limitado, luégo merced del rey, y por último un arbitrio
fiscal.


Sin entrar por ahora en el exámen de ciertas causas que con-
tribuyeron á reducir el derecho de representacion de los con-
cejos, pues de ellas trataremos cuando llegue la ocasion de ex-
poner las de la decadencia de las antiguas Cortes de Leon y
Castilla, no pasaremos en silencio algunas que son muy pro-
pias de este lugar.


Nótase que la distancia en unos tiempos en que eran tan di-
fíciles y penosos los viajes, arredraba á ciertas ciudades de en-
viar sus procuradore~ las Cortes; y esto explica la constante
delegacion del reino de Galicia en la ciudad de Zamora, y el
reiterado abandono de su voto por la de Oviedo.


Otras perdieron la posesion que tenian por omision ó descui-
do. Consta de vários privilegios y cuadernos de Cortes que los
reyes solian convocar una, dos y hasta tres veces tal ciudad, y
requerirla que enviase sus procuradores y aun conminarla.
Enrique III dirige segunda carta á Toledo, excitándola á que
se haga representar por un hombre bueno suficiente en las
Cortes de San Estéban de Gormaz de 1394. La ciudad de Búr-
gos no acudió á las de Toro de 1398 á pesar de nueva carta en
que el mismo rey se quejaba de la tardanza. Isabel la Católica
despacha segunda convocatoria instando á Toledo á que en-
vie sus procuradores á las de Valladolid de 1475, y se maravi-
lla de su ausencia, siendo una de las principales ciudades del
reino, y la apercibe de que si no los manda, las Cortes conti-
nuarán hasta fenecer sin los más llamar para ello (2). ¿Qué


(l) HistO'J'ia de Palencia, lib. IlI, t. I1, p. 354.
(2) Colee. diplom. tlcl P. J3urriell: Bibl. Nacional, DD. 124, fols. 115, 13'2 Y 194.




288 CURSO
más'? l, N o dice Pulgar que Palencia p-erdió su voto por la omi-
sion de los regidores que gobernaron la ciudad?


No es justo cargar á-los reyesoóJ.a culpa, si cansados de -espe-
rar procuradores que no acudian á su llamamiento, dejaron
de convocar ciertas ciudades tibias ó indiferentes al uso de su
derecho, y se limitaron á las cabezas de reino y de provincia
y alguna otra solícita por conservar la posesion de su voto en
Cortes. .:


A falta de una regla establé¿láa por ley ó costumbre fijando
la base de la representacion popular, era potestativo en el mo-
narca llamar á unas ú otras; y como no todas las llamadafl
eJ,lviaban sus procuradores, los reyes limitaron las c0!lvocato-
rias sucesivas a las que con mejor título se podian considerar
investidas con la delegacion de los reinos.


111.


Nombramiento de procuradores y sus' salarios.


La entrada de los concéjos en las Cortes no fué una conquis-
ta pasajera, sino el principio de un órden permanente. La ne-
cesidad de ordenar el ejercicio de aquel derecho abrió camino
al sistema de la representacion; y de aquí el nombramiento de
procuradores.


Este modo indirecto de asistir con voz y voto á las juntas
generales del reino, no era propio y exclusivo de los concejos,
pues lo usaron tambien, segun hemos visto, los obispos, los
ricos hombres y los maestres.


Juzgando de lo pasado por lo presente caeríamos en el grave
error de suponer que la forma de la eleccion, el número de los
elegidos por cada ciudad ó villa y la extension de sus poderes
se ajustaban a la misma regla; pero léjos de eso la diversidall
de los privilegios excluía hasta el pensamiento de someterse á
una ley ó costumbre uniforme.


No hallamos memoria ni vestigio de cómo se procedia en el
nombramiento de los procuradores ántes del reinado de S. Fer-
nando, salvo la oscura noticia que nos suministran las Cortes
de Leon de 1188 y 1208, aquéllas en la frase et Cltrft electis ci-
vibus ex singulis civilatibus, y estas diciendo que concllrrie-




DE nrmrWHO POLÍTICO. 289
ron lbS príncipes y barones del reino «é la muchedumbre de
las cibdades é los enviados de cada cibdad por escote;» lo cual
denota una eleccion y una repr~sentacion por concejos, sin di-
sipar las dudas acerca del nlÍ~~ro y proporcion de sus man-
datarios, ni en cuanto a la forma y condiciones del mandato.


Algo más se vislumbra al través del privilegio otorgado por
Fernando III al concejo de Segovia donde se hallan estas cláu-
sulas: « É mando é tengo por pien que cuando yo enviare por
omes de vuestro concejo, que v~gan á mi por cosas que ovü~­
re de fablar con ellos ... É cuando quisiéredes vós á mi enviar
vuestros omes bonos por pro de vuestro concejo, que cate des
caballeros á tales, quales tovierdes pqr guisados de enviar á
mi... É mando é defiendo que estos que á mi enviardes, que
non sean mas de tres fasta cuatro, si non si yo enviase por
má;;» (1).'


Este importante documento prueba que la más antigua cos-
tumbre tocante a la representacion popular favorecia la libre
eleccion de los procuradores; pero dejando á salvo los fueros y
privilegios de cada ciuda.d ó villa en cuanto al modo y forma
de proceder en su nombramiento. La irregularidad que se no-
taba en la posesion del voto en Cor~es trascendia al ejercicio
del deP'echo de sufragio (2).


Habia concejos que nombraban sus procuradores por elec-
cion, otros por turno y los más por suerte. Tal ciudad estaba
representada por sus alcaldes ó regidores, tal otra por un re-
gidor y un jurado, ó un regidor y un caballero ó un vecino
contribuyente. En algunas votaba separadamente el estado de
los hijosdalgo, ó el procurador debía salir de ciertos linajes ó
familias principales. La regla general era la representacion por
personas investidas de un cargo lÍ oficio concejil, insaculando


(1) Colmenares, Híst. de 8egovia, cap. xxr:· Muñoz, Colee. de fuel'os ·municipa-
les, t. 1, p. 113.


(2) Confirma nuestra opinion una de las diversas peticiones que á Enrique IV
hicieron los nobles rebelados contra su autoridad y dice así: ,Otrosí suplicamos
á V. A. que cuando quier que por una gran necesidad de vuestros regnos ... hobie-
se de demandar pedidos é monedas ... aquello se faga ... seyendo llamadas primera-
mente las cibdades acostumbradas, ó seyendo elegidos, é sacados, é nombrados
(los procuradores) en sus concejos, segun lo tienen por sus ordenanzas, é uso, é
costumhre •. Peticiones hechas en CigalBs, año 1464. Colee. de tlocmnentoR ;t1I,r/ilm,
t. XIV, p. HG0.


19




290 CURSO
los nombres de todos los capitulares y sacando dos á la ven-
tura (1).


Tampoco fué constante el número de procuradores de cada
ciudad ó villa, ni el mismo para todas. Segun el privilegio poco
hú citado, podia el concejo de Segovia nombrar desde uno has-
ta cuatro ó más, SI el rey lo queria. A las Cortes de Valladolid
de 1295 concurrieron por Sevilla tres procuradores; á las
de 1299 dos, y á las de Búrgos de 1308 vuelven á enviar los tres
que tenian de costumbre. A las del reino de Leon celebradas en
Medina del Campo en 1305, convocó Fernando IV dos hombres
buenos de cada concejo. En la carta que escribe Enrique JII á
la ciudad de Toledo para que acuda á las Cortes de San Esté-
ban de Gormaz de 1394, le manda que envíe un hombre bueno
suficiente, «é que sea de los oficiales des a dicha cibdab. Así
perpleja corría la costumbre, pendiente del arbitrio de los. re-


(1) Hé aquí algunos pormenores interesantes sobre eleccion de procurador~s en
el siglo XVII: '


Oiudades cabezas de )'Bino. - Búrgos nombraba dos regidores por eleccion.-
Leon dos regidores 1'or suerte. - Granada dos veinticuatros. - Sevilla un alcalllc
mayor ó veinticuatro y un jurado por suerte. - Córdoba dos veinticuatros por
suerte. - Murcia dos regidores por suerte. - Jaen dos veinticuatros por suerte.-
Toledo un regidor y un jurado por suerte.


Oiudades y villas caóezas de provincia. - Zamora un regidor por suert.y un ca-
ballero por nombramiento de los hijosdalgo y del comun. - Toro dos regidores por
suerte. - Soria dos regidores de los doce linajes troncales por suerte. - Vallado-
lid dos caballeros, uno del linaje de los Tovares y otro del de los Reoyos. - Sala-
manca dos regidores por suerte. -- Segovia lo mismo. - A vila dos regidores por
turno. - Murlrid un regidor por snerte y un hidalgo de las parroquias de la villa
por turno. - Guadalajara un regidor por suerte y un caballero tambien por suerte
entre doce que se elegian. -Cuenca un caballero regidor y uu hidalgo caballero
aguisado, ambos por suerte. - Extremadura dos regidores por suerte. - Galieia
dos diputados elegidos por las siete ciudades del reino. - Palencia un regidor y
un vocino contribuyente al servicio de los ochenta mil ducallos por turno, empe-
zando por suerte entre los oficios y las familias. lII •. de la Bibl. Nacional, T 188:
Pulgar, Hist .. de Palencia, lib. In, t. II, p. 351: Nuñez de Castro, Ilist. de GHada-
lajara, lib. IU, cap. 1 : Pisa, Descripcion de la Imp. ciudad de Toledo, lib. 1, capí-
tulo XXIII: Loperaez, Desc)'ipcion hist. del oóispado de Osma, t. II, p. 1M: Ortiz de
Zúñiga, Anales de Sevilla, p. 380.


Habia además no pocas diferencias dentro de la eleccion, turno ó suerte, por
ejemplo: en Sevilla cada capitular votaba diez nombres en secreto, y de los diez
que reunian mayor número de votos, se sacaba uno por suerte. Eu Guaclalajara la
eleccion del caballero no regidor se hacia nombrando el concejo doce, de los cua-
les escogia seis el corregidor, y sólo éstos entraban en suerte. En Soria los doce
linajes troncales elElgian tres de los suyos, que con el testimonio de la eleccion
acudian al concejo de la ciudad, ante quien Be sorteaban los dos procuradores,
quedando el tercero de suplente.




DE DERECHO POLÍTICO. 291
yes, hasta que Juan II, á peticion del reino, puso órden y con-
cierto en el número de los procuradores, mandando que en lo
sucesivo fuesen dOiJ y no más los de cada ciudad ó villa (1).


La libertad de la eleccion fué práctica religiosamente obser-
vada en los primeros siglos de la representacion popular, es de-
cir, en el XII, XIII Y XIV que abarcan la edad de oro de los con-
cejos. Con el tiempo empezaron los abusos influyendo los reyes
con dádivas y promesas para que el cargo de procurador re-
cayese en persona determinada y bien quista en la corte, ó li-
brando cartas y provisiones en que sin miramento alguno se
mandaba al concejo confiar sus poderes á tal favorito ó pala-
ciego. Rota la valla y perdido el respeto á la libertad del sufra-
gio, los excesos fueron cada vez más graves, pues no faltaron
idas y venidas de regidores concertadas para que prevaleciese
la voluntad del rey sobre la de los püeblos, ni dejaron los mo-
narcas de hacer merced de las procuraciones contra derecho y
sin tener en cuenta el voto de las ciudades, ni tampoco fué
desconocida la reprobada granjería de comprar y vender los
poderes causando esc:'mdalos, daños y tumultos en todo el rei-
no y trocando en menosprecio el amor á las antiguas liber-
tades (2). •


(1) Ortiz de Zúñiga, Anale" de Se1;illa, pp. 151, 160 Y 16i: Cortes de Lean y CCM-
tilla, t. 1, p. 1139 Y t. III , p. 85.


Este ordenamiento acerca de los dos procuradores fue confirmado en las Cortes
de Búrgos de 1430 y Zamora de 14!:l2. ¡bid., t. lII, pp. 85 Y 135.


(2) En una carta convocatoria de Enrique IV á la ciudad de Sevilla, decia el rey
nI concejo: • E porque el alcalde Gonzalo ,le Saavedra de mi Consejo é veinticuatro
,lesa ciudad, é Alvar Gome, mi secretario é fiel ejecutor della son personas de
quien yo fio, é oficiales (jesa ciudad, mi merced é voluntad es que ellos sean pro-
curadores, y vosotros los nombredes y elijades ... y no á otros algunos>. Ortiz de
Zúfüga, A nc,les de Sevilla, p. 317.


En la Histo}'ia de Cárlos y leemos el siguiente pasaje: ,Procuraron Xevres y
otros que servian al Emperador que los procuradores que nombrasen las ciudades
fuesen personas que fácilmente otorgasen lo que en Cortes se pidiase ... y así hicie-
ron en Búrgos hrava instancia por que el regimiento nomlJrase procuradores á su
voluntad. Y aunque entre los regidores hubo alguna discordia y competencias,
sacaron por procnrador al comendador Garci Raiz de la Mota, hermano del obispo
1Iota, de quien he dicho lo que valia, y la parte que en todos los negocios era, y del
Consejo del Emperador,.


Yen otro lugar: • Visto esto (como Toledo no queria dar poderes cumplidos á
sus procuradores) pareció al Emperador y á los de 8U Consej o que seria bien que
mandase venir algunos de los regidores que lo cJntradecian, y en su lugar fuesen
otros regidores qua andaban en la corte ... porque sacando los unos y entrando los
ltros, se pudiese hacer lo que S. i\I. mandaba. Y así se hiz0, mandando venir á San-




292 CURSO
Muchas veces levantaron los procuradores Sil voz y con acen-


to dolorido suplicaron á los reyes que ni ellos, ni la reina, ni
el príncipe, ni otros señores se entrometiesen á rogar ni man-
dar fuesen elegidas personas señaladas, sino que las ciudades
y villas nombrasen' libremente las que entendieren convenir al
real servicio y bien público yá la honra y estado de los pro-
curadores, y que sobre esto se despachase carta con vigor y
fuerza de ley, y que si alguna librasen en contrario fuesé obe-
decida y no cumplida. Estas y otras peticiones igualmentejns-
tas y razonables merecieron casi siempre favorable acogida y
benévola respuesta, dado que á veces reyes poco escrupulosos
no las otorgaron lisa y llanamente, sino con tales salvas y re-
servas que equivalian á reconocer el agravio y negarse á la
eñmienda. Y en efecto, la mayor prueba de la perseverancia en
el abuso es la infatigable insistencia de los procuradores en la
;misma peticion reiterada en diversas Cortes (1).


tiago á los del bando popular bajo graves penas, y obligando ii los criados del Em-
perador á ir personalmente á Toledo >. Sandoval, lib. III, § XXI, Y lib. V, § XIll.


(1) Cortes de BÚl'gos de 1430, peto 19. Cm·tes de Leo" y Castilla, t. IJI, p. 85.
Renovóse en las de Palencia de 1431, peto 9, iúsistiendo los procuradores en que


se respetase el difecho de las ciudades y villas ii escoger libremente las Jler~on~s
convenientes al bien de los puehlos, segund lo han de uso é (le costumbre •. ni" ..
p. 101.


Reproducida en las de Zamora de 1432, peto 19.- Respuesta: < Que asaz está hien
proveido>. Ibid., p. 135.


Reiterada en las de Valladolid de 1442, peto 12, que dice así: «Por cuanto la cspi-
riencia ha mostrado los grandes dannos é inconvinientes que vienen en las cin(lo-
des é villas, cuando vuestra sennoría enyia llamar procuradores sobre la eleccion
dellos, lo qual viene por vuestra sennoría se entremeter á rogar é mandar que en-
vien personas sennaladas, é así mesmo la sennora reina vuestra mujer, 6 el prín-
cipe vuestro fijo, é otros s6nnores, suplicamos ... que non se quiera entremeter en
los t~les ruegos é mannamientos ... é ordene é m:tnde que si algunos llevaren las
tales cartas, que por el mesmo fecho pierdan los oficios que toyieren en las dichas
cibdades é villas, é sea privado para siempre de ser procurador, etc.> - Respuesta:
«Que decides bien, é mando que se faga é guarde así; per,o que el conoscimiento
del tal, cuando la procuracion viniere en discordia, que quede á mi merced para lo
mandar ver é determinar>. [bid., p. 401.


< Algunos con importunidad ganan cartas de vuestra sennoría ... para que cuan-
do llama á Cortes ~ manda que le envien procuradores, que envieu á ellos ... Supli-
camas .. que provea en ello mandando que las tales cartas non se den, é si se die-
ren, que sean obedecidas, mas no cumplidas.> - Respuesta: • Así lo he guardado {.
entiendo mandar guardar ... salvo cuando yo non á peticion de persona alguna,
mas de mi propio motuo, entendiendo ser así cumplidero á mi servicio, otra cosa
me plog'uiere mandar é disponer. É demás porque á mí es fecha relacion que algu-
nos compran de otros las procuraciones, lo cual es cosa de mul enjemplo, mi nwrcell




DE DERECHO POLÍTICO. 293
El tenaz empeño de 103 reyes en revestir con los poderes de


las ciudades y villas á personas determinadas, manifiesta que
los procuradores libremente elegidos molestaban con sus peti-
ciones ó con su resistencia á otorgar pedidos y monedas. De
aquí que los reyes, y sobre todo 103 priv~dos y favoritos, no
perdonasen medio de ganar voluntades empleando ya el hala-
go, ya la violencia.


Cuando Alonso X propuso alterar la moneda para arbitrar
recurilOS con que hacer la guerra al rey de Granada, los pro-
cur_adores á las Cortes de Sevilla de 1281 le dieron por respues-
ta segun la Crónica, «más con temor que con amor, que hi-
ciese lo que tuviese por bien, é que les placia».


Enrique IV, mal aconsejado, intentó casar á su hemana la
princesa Doña Isabel, primero con D. Pedro Giron, maestre de
Calatrava, y despues con el rey de Portugal, quien envió sus
embajadores á Ocaña para negociar este casamiento. Allí se
es de mandar é ordenar ... que de aquí adelante ninguno non sea osado de las com-
prar por si nin por otro; é el que la comprare que por el mismo fecho la pierda é la
non haya aquel anno nin dende en adelante, mas que sea inhábile para la haber, é
el que la vendiere que por el mismo fecho pierda el oficio que toviere. - Cortes de
Valladolid de 1447, peto 60. lbid., p. 569 .


• Otrosí ... por cuanto como quier que por leyes é ordenanzas ... est~ estatuido é
mandado que al tiempo que mandare que sean enviados á vuestra corte procurado-
ros, éstos hayan de ser elegidos por cada cibdad ó villa ó lagar de do fueren llama-
dos, segun lo han de uso é de costumbre, que éstos sean rescebidos á las vuestras
Cortes é non otro alguno, vuestra merced por muchas veces en gran dapno de las
dichas cibdades ... é quebrantamiento de sus bueuos usos é costumbres, provée
de las dichas procuraciones é face merced dellas á algunas personas sin ninguna
eleccion nin nombramiento que para ello hayan !le las dichas cibdades ... suplica-
mos, etc.- - Respuesta: • Que proveido está por otras leyes é ordenanzas de mis
regnos ... las quales mando que sean guardadas'. Cortes de Toledo de 1462, peto 37.
¡¡¡id., p. 729 .


• Otrosí... cuanto al capítulo que fabla en la eleccion de los procuradores en las
dichas leyes de Toledo, suplicamos á vuestra alteza que lo mande guardar en la
forma contenida ... sin limitacion alguna, etc.- - Respuesta: • Que mando guar-
dar la ley de ToleeJo que por mí sobre ello fué fecha, segund que en ella se contie-
ne'. Cortes de Salamanca de 1465, peto 10. Ibid., p. 754.


La libre eleccion de los procumdores fué una de las peticiones hecbas en Cigales
á Enrique IV (\464) Y uno de los capitulos de la sentencia compromisoria de Medi-
na del Campo (1465).


Las Cortes de la Coruña de 1520 vol vieron á suplicar, que los reyes no envien
instruccion ni forma á las ciudades de cómo hau de otorgar los poderes ni el nom-
brar de las personas, sino que las ciudades y villas otorguen libremente sus pode-
res á las personas que tuvieren celo á sus repúblicas,y que solamente se les envio
á decir y notificar la causa por quo son llamados para que vengan informados '.
Sandoval, lIist. de C6"/08 V, lih. V,!o1 XXYII.




294 CURSO
abrieron tratos con intervencion de los grandes y procuradores
que estaban en la corte de Castilla, habiéndolos requerido y
amonestado, y «teniéndolos encerrados é apremiados en cierto
lugar, é usando con ellos de ciertas amenazas para que vinie-
sen en el acuerdo é,ponsentimiento del dicho matrimonio» (1).


y si este testimonio, por ser de parte interesada, pareciere
sospechoso, no se podrá decir otro tanto de lo ocurrido en las
Cortes de Valladolid de 1518.


Habíanse reunido para jurar rey de España al príncipe Don
Carlos. El doctor Zumel, procurador de Búrgos, resistia con
entereza de animo prestar el pleito homenage, miéntras D. Car-
los no jurase guardar las libertades, privilegios, usos y buenas
costumbres del reino; lo cual movió grande escándalo, y dió
motivo á decir que habia incurrido en pena de muerte y perdi-
miento de bienes. Otros procuradores pensaban lo mismo; mas
al fin cedieron a la intimacion de que fuesen a las Cortes y ju-
rasen bajo graves penas.


Por no querer prestar el juramento ordinario ántes de que
les otorgase el rey ciertas peticiones, no fueron admitidos los
procuradores de Salamanca á las Cortes de Santiago y la Co-
ruña de 1520, ni tampoco los de Toledo, desterrados de órden
de Cárlos V y amenazados de penas más rigorosas (2).


De mayor eficacia y sutileza eran los medios suaves de cor-
rupcion que se empleaban para quebrantar el ánimo de los
procuradores. Hernando del Pulgar, escribiendo al obispo de
Caria, le decia: «Los procuradores del reino que fueroJ;! lla-
mados tres años ha, gastados é cansados ya de andar acá tanto
tiempo, más por alguna reformacion de sus faciendas, que por
conservacion de sus consciencias, otorgaron pedido é monedas
(en las Cortes de Santa María de Nieva de 1473), el qual bien
repartido por caballeros é tiranos que 'se lo coman, bien se ha-


(1) Enriquez del Castillo, C,.6n, del rey D. Enrique IV, cup. CXXXVl.
Entre las peticiones hechas en Cigales á Enrique IV habia una que decia: .Otro-


sí despues de venidos los tales procuradores á vuestra corte sean seguros é libres en
sus votos, é non les sean puestos temares, ni fechas premias ni prisiones sonre el
otorgamiento de los dichos pedidos é monedas; é para esto vuestra alteza les dé las
seguridades que sean justas é necesarias, para que ellos sin temor alguno Jluedan
decir é allegar lo que entendieren que les cumple en defcnsion de las cil)(ladcsy vi-
llas que los enviaron é de la justicia dellas>. Colee, ele docmnentos inéditos, t. XIV,
p.360.


(2) Sandoval, Hist. de Cárlos V, lin. V, §§ XI Y XIV.




DE DERECHO POLÍTICO. 295
lIará de ciento é tantos cuentos uno solo que se pueda haber
para la despensa del rey» (1).


A extirpar de raíz este vergonzoso abuso oada vez más cre-
cido y desordenado, iba derecho alguno de los capítulos de la
sentencia compromisoria de Medina del Campo por el cual
quedó asentado que «los procuradores al tiempo de ser elegi-
dos jurasen que non recibirian del dicho señor rey (Enrique IV),
nin de los reyes que despues de él vinieren, nin de otra perso-
na dádiva, nin recabdo, nin dineros, nin otra cosa nin' merced,
aunque les fuese dado de gracia, ó non lo procurando, ó por
remuneracion, salvo el salario razonable para sus manteni-
mientos de ida, venida y estada en la corte» (2).


Al mismo propósito se dirigían las vigorosas peticiones acor-
dadas en las poco há citadas Cortes concluidas en la Coruña
el año 1520, aunque no muy libres, sobre que los procuradores
todo el tiempo que les durase el oficio no pudiesen recibir mer-
ced alguna para sí, ni para sus mujeres, hijos ni parientes so
pena de muerte y perdimiento de bienes; y que acabadas las
Cortes dentro de cuarenta dias fuesen obligados á volver y dar
cuenta á su república de lo que hubiesen hecho, so pena de
perder el oficio yel salario: peticiones que casi en iguales tér-
minos tuvieron cabida entre los capítulos reclamados por las
comunidades de Castilla, añadiendo los comuneros la razon
por que estando libres los procuradores de codicia y sin espe-
ranza de recibir merced alguna, entenderían mejor lo que fue-
re servicio de Dios y de su rey y bien público en lo que por sus
ciudades y villas les fuere cometido (3).


Suscitó se pues, en el seno mismo de las Cortes, mucho tiem-
po despues de acabada la guerra de las comunidades, la cues-
tion tan debatida en nuestros dias de las incompatibilidades
parlamentarias, mediante una peticion hecha en las de Madrid
de 1573 para que no pudiesen obtener la procuracion de las
ciudades y villas los servidores de la corona y patrimonio real,
no sólo porque como gente asoldada carecia de la libertad de
dar su voto conforme á su conciencia, sino porque eran habi-
dos por sospechosos entre los procuradores independientes y


(1) Memorias de la Acad. de la llistO!<ia, t. VI, p. 132.
(2) Colee. ?nS. de la Acad. de la Histo,<ia, t. XV, fol. 250.
(a) Sanaoval, Hist. de CIr .. ,os V, lih. V, ¡\ XXVII Y lih. VII. ~ I.




296 CURSO
causa de graves discordias. No gustó Felipe II de la reforma
que excluia de las Cortes á sus criados, ministros y demás per-
sonas que llevaban gajes del rey y debilitaban el influjo del
gobierno en la representacion nacional, y así respondió seca-
mente que en esto no convenia hacer novedad (1).


Sin embargo no seria justo culpar á los reyes y disculpar á
las Cortes como suele hacerse adoptando un criterio que podrá
ser el de una escuela política, pero no conduce á la averigua-
cion de la verdad segun la historia. Si alguna vez los procu-
radores reconocieron el abuso y clamaron por que se le pusiese
coto, otras muchas se humillaron hasta fatigar al rey con sú-
plicas de mercedes nuevas y confirmacion de las recibidas, ale-
gando lo costoso del oficio y la mala paga de los salarios de
la procuracion; y á tal extremo llegó la flaqueza de aquellos
centinelas de las públicas libertades, que en las Cortes de Va.-
lladolid de 1518, despues de tantos alardes de indepenuencia,
acabaron por rogar al Emperador que les hiciese merced de
admitirlos en su casa real en el e3tado de los gentil-hombres,
y cuando no, les diese licencia de,vivir con señores, aunque
fuesen regidores ó jurados ó ejerciesen otros cargos; á cuya
extraña peticion respondió Cárlos V con más dignidad otor-
gando lo primero y no lo segundo por ser muy en perjuicio de
los reinos y contra las leyes (2).


Era el oficio de procurador á Cortes retribuido por las ciu-


(1) Cortes cit., peto 48. Colee. ms. de la Aead. de la Historia, t. XXIII, fol. 48.
Para que el lector forme cabal idea de la magnitud de dieho abuso en el si-


glo XVII y pueda comparar lo pasado con lo presente, ponemos aljuí la relacíon de
los procuradores á las Cortes de ~fadrid de 11332 á 16.'36 con expresion de los cargos
y oficios que desempeñaban.


Búrgos un procurador presidente del Consejo de Indias y gentil-hombre de la
casa del rey. - Lean un caballerizo del rey y un capitan de infantería. - Granada
un vocal de la Junta de Aposento del rey y su gentil-hombre. - Sevilla un conta-
dor de la Avería en la Casa de contratacion de aquella ciudad. -Murcia un gentil-
hombre y maestre de campo de la milicia y batallan del reino de Valencia. - Za-
mora un mayordomo del rey y gentil-hombro del infante Cardenal. - Madrill un
secretaría del rey y de la Cámara del infante Cardenal y aposentador de ~u pala-
cio. - Avila un contador del Tribunal Mayor de Cuentas, caballerizo del rey y su
gentil-hombre. -Toro un caballerizo del rey. -Valladolid un gentil-hombre del
rey y caballerizo'de la reina. - Cuenca Ull caballerizo del rey y de]éositarío gene-
ral de la ciudad de Cuenca, y un secretario del rey. - Toledo un tesorero general
del rey. Colee. ms., t. XXVII, fol. 281.


(2) Cortes de Búrgos de 1515, peto 2, Valladolid üe 1518, pet. 11, y la Coruña
de 1520, peto 42. Colee. ms., t. VI, fol. 83, t. XVI, f01. U7l y t. XX, fols. 37, 3~:; ,,~.




DE DEUECRO POLÍTICO. 297
dades y villas que los enviaban en calidad de mensajeros, y así
les pagaban salario con que hacian la costa de ir, estar y vol-
ver á dar cuenta de su mensaje. No acostumbraban touos los
concejos satisfacer estos gastos con la puntualidad debida, ni
entre los que contribuian á ellos el gravámen era igual. Como
los propios con la mala administracion se habian casi consu-
mido, y los pueblos se hallaban muy alcanzados, intentaron
las ciudades y villas de voto en Cortes repartir la carga entre
todos los lugares del partido, como se repartian todos los de-
más servicios ordinarios y extraordinarios; mas resistieron la
novedad aquellos lugares, y no sin causa, puesto que no se les
comunicaba el privilegio del voto en Cortes, ni se les interesa-
ba en la eleccion de los procuradores, ni se les llamaba á par-
ticipar de lo favorable, y sólo se contaba con ellos para lo odio-
so. Buena ocasion se perdió de extender y arraigar la repre-
sentacion del estado llano convirtiendo en derecho comun el
privilegio de pocos, y haciendo llevadera la carga de la pro-
curacion, que por pesada la excusaron diversas ciudades y vi-
llas y perdieron con el no uso su'voto; y aun las que lo con-
servaron, fué con menoscabo de la independencia de sus pro-
curadores. '


Parece que al tiempo de celebrar las Cortes de Valladolid
de 1351 no estaba aun admitido dar salario á los procurado-
res, puesto que lo piden y no se les otorga (1). Justificaba 10:-3
salarios de la procuracion no sólo la costa de ir, estar y volver
con el mensaje, pero tambien el ejemplo de los regidores, pues
en realidad el cargo de procurador era un oficio concejil.


Escribe Sempere y Guarinos que desde las Cortes de Ocaña


(1) .A lo que dicen que fue mi merced é es que los procuradores de las mis cib-
dades, é villas, é lugares que aquí venieron llamados á eslas Cortes, que les den á
cada unos en los lugares ande venieron cierta cuantía de mI'. para la costa que
aqui ficieron, á c.ada uno fasta que tornen á las ciudades, villas é lugares que acá
los enviaron, cte. - Á esto respondo que yo fablaré con ellos é con los de la tierra
que aquí son, é cataré como les faga merced.> Cortes cit" peto .22. Cortes de Leon y
Castilla, t. n, p. 140,


Por la sentencia compromisoria de Clfedina del Campo se fijó el salario de la pro-
curacion en 140 mrs. cada dia. Debieron subirlos más tarde, pues consta que los
procuradores á las Cortes de Toro de 1505 cobraron á razon de 500, y por último, en
virtud de una real cédula expedida en 1510 ascendieron á 800. Colec. m8., t. XV,
p. 253: Colee. m". de cm'tas y otl'os'documentos de los Reyes Católicos que posee el
Ayuntamiento de Zamora.




298 CURSO
de 1422 corrieron los salarios de los procuradores á cargo del
tesoro del rey, y atribuye á esta novedad la mala suerte de
nuestras antiguas libertades, así en el reinado de .Juan JI como
en los posteriores, y en prueba de ello nota que tres años des-
pues, á las de Valladolid de 1425 asisten doce ciudades y no
más (1).


En efecto, cuenta Fernan Perez de Guzman que estando el
rey en Ocaña mandó responder á las peticiones que le hicieron
los procuradores á las Cortes referidas, «é ordenó que los sala-
rios que habian de haber fuesen pagados de sus rentas; por ende
que ante de entonce las cibdades é villas los acostnmbraban
pagar á sus procuradores, en lo qual recibian agravio espe-
cialmente Búrgos é Toledo que eran francas» (2).


Sin embargo no acierta Sempere y Guarinos en dos cosas
muy principales. En primer lugar la fórmula «siendo connus-
ca los procuradores de algunas cibdades, villas é lugares del
nuestro sennorío,» no constituye la regla general sino la ex-
cepcion, segun hemos demostrado; y en segundo aquella no-
vedad no fué permanente, pues consta de vários cuadernos de
Cortes y otros documentos fidedignos que en los siglos XVI
Y XVII eran las ciudades y villas quienes pagaban los salarios
á sus procuradores (3).


(1) Histoi',-e des cortes d'Espagne, chapo XIX: Hist. del derecho español, lib. III,
cap. xxv.


(2) Crón. del rey D. J"an JI, año 1422, cap. XX.
Garibay, hablando de cierta carta que Mosen Diego de Valera escribió á Juan Il


dándole consejos y avisos saludables en materias de gobierno, dice que el rey se
holgó mucho con ella, porque decia las verdades y lo cumplidero á su servicio;
mas con todo eso el Condestable y sus parciales hicieron de modo que no sólo le
dejase de dar lo que salia, sino tambien los salarios de la procuracion. Comp. his-
torial, lib. XVI, cap. XXXIX.


Si Garibay escribió bien informado, resulta que lo acordado en Ocaña dur6 todo,
ó casi todo el reinado de Juan 1I, cuando mimos.


(3) D. Felipe y Doña Juana escribieron una carta á la ciudad de Toledo para
que á los procuradores Pero Lopez de Padilla, regidor, y Miguel de Fita, jurado,
que fueron á las Cortes de Valladolid de 1506, les pagase sus salarios sÍn señalar el
tanto, refiriéndose á la costumbre establecida, ydan licencia para que se añada una
ayuda de costa en atencion á lo moderado del salar-io y á los grandes gastos de la
procuracion.


Otra carta por el mismo estilo expidió Fernando el Católico en favor de Fernan-
do de Avalas y Francisco de Ávila, procuradores por la misma ci udad á las de Búr-
gas de 1515. Burriel, Colee. diplomática, Bibl. Nacional, DD, 134, fols. 41 y 69.


En estas Cortes suplicaron los procuradores al rey' mandase dar sus cédulas




DE DERECHO POLÍTICO. 299
Lo que hay de cierto y averiguado en el asunto es que las


ciudades y villas con voto continuaron obligadas a satisfacer
los gastos de la procuracion, y que se excusaban cuanto po-
dían de llevar la carga oponiendo la costumbre en contrario,
ó intentando repartirla entre todos los lugares de su jurisdic-
cion, ó bien acortando los salarios hasta reducirlos á una can-
tidad insuficiente, ó en fin rehusando con mil pretextos y ro-
deos el pago de lo ofrecido y devengado. Los procuradores, no
bastante ricos para vivir en la corte mucho tiempo á su costa,


para las ciudades é villas que les pag-asen los salarios de los dias que estuviesen
eu ir, é venir y estar con lo Jemás que les suelen acrescentar de ayuda de costa por
ser los salarios tan pequennos ... non embargante las ordenanzas de las ciudades>.
Peto 31.


En las de Valladolid de 1518 suplicaron que mandase librar los acostamientos de
todo el tiempo que les era debido á cada uno en su ciudad, y el rey así lo otorgó.
Pet.76.


En las mismas dicen: • Otrosí porque los procuradores que venimos con V. A. de
acostamionto de los anUOS 11,12 Y 14 annos, fueron librados treinta mil mrs. paga-
dos en seis annos, suplicamos á V. A. que mande que así los dichos treinta mil ma-
ravedises como los otros quince que se nos libraron, se nos libren é paguen todo
este anno;, y el rey responde que todo lo que buenamente pueda hacer, mandara
que se haga. Peto '18.


En las de la Coruña de 1520 sJlplican que mande á las ciudades y villas que pa-
guen á los procuradores los salarios de costuml>re, y á los que recihan poco salario
provea S. M. se les dé é supla lo que justo fuere, segun el tiempo que ovieren esta-
do en las Cortes. Peto 46.


En las de Toledo de 1559 exponen: < Y porque algunas ciudades no acostumbran
dar salarios á sus procuradores, y otras los dan tan pequeños, que es muy peque-
ña ayuda para las costas que hacen ... suplicamos á V. M. que les haga la merced
de mandar que á los procuradores que no traen salario, porque sus ciudades no lo
acostumbran dar, se lo den y paguen agora, no embargante la costumbre que tie-
nen; y á los 'lue traen pequeño salario, se lo acrescicnten, y que á los unos y á los
otros se les dé de salario cada dia en venir á estas CorLes otro tanto como suelen y
acostumbran dar á los regidores de sus Ayuntamientos, cuando salen á entender
en negocios de su ciudad ... y que aquel se les pague por ciudades'. Peto 100.


En las de Madrid de 1592 suplicaron -que mandase repartir el salario y gastos de
los procuradores entre las unas y las otras ciudades, villas y lugares, así las que
eligen, como las de su partido por quien tamhien son elegidos, con la ig'ualdad y
forma que se reparten los servicios reales ordinario y extraordinario, pues siendo
igual y comun á todos el beneficio, es justo que lo sea la costa, y carga de las obli-
gaciones de las Cortes, y no que las paguen unas y otras no, muchas de las quales
son de señorío, y por estar relevadas de estas cargas, llevan y traen á su vecindad
muchos vecinos de las t.ales ciudades y villas que tienen el dicho voto en gran daño
y disminucion deUas >. Peto 62.


Por último, en las de Valladolid de 1602 y Madrid de 1619 se renuevan sustan-
cialmente las súplicas anteriores. Pets. 52 y 22.


V. Golee. ",s. dela Acarr. d" la Histol'i", t. XVI, fol. 314; t. XX, fols. 31,38, 116
y 141; t. XXII, fol. 72 y t. XXIII, fol. 387.




300 CURSO
cansados de pedir y esperar en vano los gajes propios de su
oficio, tomaban al rey por protector de sus intereses, y le ha-
cian árbitro en sus contiendas con las ciudades. Con esto, aun-
que los reyes no pagasen los salarios de la procuracion, man-
daban á los concejos pagarlos, y siempre recibian merced los
que para conservar su independencia no debieran solicitar ni
admitif ninguna sino de los pueblos que repr~sentaban.


La junta de Tordesillas, intérprete fiel de los deseos de las
comunidades, pidió al Emperador entre otras cosas, que 1m;
salarios de los procuradores se pagasen de los propios y rentas
de la ciudad ó villa que los enviare, y que se tasasen y modc-
rasen por el concejo, justicia y regidores del lugar, no obstan-
te cualesquiera provisiones, leyes ó costumbres que lo limita-
sen (1). Tenian en esto razon los comuneros, y ponian el dedo
en la llaga.


IV.


Poderes de los procuradores.


Asentado el principio que las Cortes resumian las libertades
municipales y eran como el centro de aquellos estados, con
facilidad se comprende que cada concejo enviase sus mensaje-
ros al rey para obtener respuestas favorables á sus peticiones,
ya fuesen relativas al bien comun del reino, ya tocantes al
particular de cada ciudad ó villa que por lo ménos aprove-
chaban la ocasion de solicitar la confirmacion de sus privi-
legios.


Así pues, los concejos otorgaban á los procuradores poderes
especiales, yen ellos se contenian los capítulos generales ó par-
ticulares que presumian necesarios segun la convocatoria, ó
sean las instrucciones á que debían ajustarse en el desempeño
de la procuracion. Cuando los reyes demandaban algo no pre-
visto en los capítulos ó previsto para negarlo, los procuradores
no lo otorgaban en manera alg'una por falta de poder, ó se re-
servaban el voto hasta consultar las ciudades y villas que los
enviaban, so pena -de incurrir en responsabilidad. -Querian los
concejos estar en cierto modo presentes en las Cortes, porque


(1) Sundovul, HEst. de Cá,.¡os V, lib. VII, S 1.




DE DERECHO POLÍTICO. 301
tal era su derecho; de suerte que la representacion no impli-
caba una delegacion absoluta y una confianza ilimitada, sino
un verdadero mandato imperativo.


y no bastaban á las ciudades y villas con voto en Cortes e:'l-
tas cautelas, sino que para mayor firmeza y seguridad era cos-
tumbre volver y dar cuenta al concejo del modo cómo habian
cumplido su mandato. Los comuneros suplicaron al Empera-
dor acordase que acabadas las Cortes los procuradores dentro
de cuarenta dias fuesen obligados á ir personalmente á su ciu-
dad y manifestar el uso que hubieren hecho de sus poderes so
pena de perder el salario y declarar el oficio vacante (1) ..


A este juicio de residenciase sometió en mal hora para el
Antonio de Tordesillas, procurador por Segovia á las Cortes de
la Coruña de 1520; Y sin esperar el fallo de la autoridad com-
petente, el pueblo alborotado le arrastró por las calles y le
ahorcó en castigo de haber otorgado el servicio ~xcediendose
de sus poderes. Si otros escaparon de la muerte en Búrg'os,
Zamora y Valladolid, fue porque no pudieron ser habidos, que
á caer en las manos de sus perseguidores, los habrian tratauo
como enemigos de la pátria.


Solian los concejos otorgar á los procuradores elegidos en
el pleno uso de su libertad poderes ordinarios y bastantes; mas
cu¡:tndo los reyes les imponian personas determinadas, repu-
tándolas sospechosas, tomaban la precaucion de conferírselos
especiales y limitados con cláusula expresa de que avisasen á
la ciudad en cualquiera caso imprevisto, para que mandase
responder lo conveniente, y alguna vez les obligaron á jurar
la observancia de los capítulos asentados.


Tropezando los reyes con dificultades invencibles en esta for-
ma de da:r los poderes, discurrieron romper el lazo que unia la
voluntad del procurador á la ciudad ó villa que representaba,
porque siendo solo y dueño de su voto, mucho se adelantaba
para rendir de grado'ó por fuerza aquella conciencia á si mis-
ma abandonada.


Ordenaron primero en las Cortes de Búrgos de 1515 que los
procuradores presentasen sus poderes al secretario y escribano
de ellas á fin de que el presidente y sus adjuntos los examina-




302 CURSO
sen: práctica nueva y no extraña á la suerte futura de nues-
tras libertades antiguas, pues siendo los jueces ministros del
rey, so color de justicia, podian falsear la representacion de las
ciudades.


Perseverando en esta política artificiosa, mandó Felipe IV al
expedir la convocatoria á las de ~fadrid de 1632, que las ciu-
dades enviasen sus procuradores revestidos de poderes absolu-
tos y bastantes para votar todo lo que les fuere propuesto, sin
cuya plenitud de derecho no serian admitidos; y como medio
seguro de que no se eludiese lo mandado, ordenó que los pro-
curadores, ántes de tomar asiento en las Oortes, prestasen so-
lemne juramento de no tener instruccion de su ciudad, ni des-
pacho restrictivo del poder, ni órden pública ó secreta que lo
contradijese; que si durante su procuracion recibiesen alguna
opuesta á la libertad del voto, la mostrarían al presidente de
Oastilla; y por último, que no habian hecho pleito homenage
en contrario:


Arraigóse el nuevo sistema de representacion, favorecido de
la corriente de una opinion extraviada, y cada vez más pro-
pensa á enaltecer los derechos de regalía á expensas de las pú-
blicas libertades. Los jurisconsultos difundian y autorizaban
las doctrinas más favorables á la con::;agracion del poderío real
absoluto, olvidando la historia nacional. Unos decian que la
celebracion de las Oortes era un acto de pura gracia de parte
del monarca: otros que no tenian antoridad sino por via de
consejo; y el de Oastilla, sin respeto á la tradicion de la cual
debiera ser fiel depositario, no hizo escrúpulo de consultar al
rey « que era propia y nativa accion suya, como duefío sobe-
rano, limitar 6 extender á su albedrío los poderes de los pro-
curadores, cuya fuerza y uso consistian en tolerancia, y no en
derecho» (1).


v.


Inmunidad y privilegios d.e los procuradores.


En vano habrian las leyeR y costumbres asentado el princi-
pio de libertad en el nombramiento de los procuradores á 001'-


1) Martinez Marina. T,oJ'Ía d~ 7a8 rOl'te .• , ]lar!. I. cap. XXIlr.




DE DERECHO POLÍTICO. 303
tes y en el otorgamiento de sus poderes por los concejos, si no
se hallasen protegidos con tal eficacia que fuesen inviolables
por su voz y voto en el desempeño de su mandato. No basta
constituir libremente los cuerpos populares llamados á la par-
ticipacion en el gobierno: es preciso aseg'urar la justa indepen-
dencia de sus individuos, poniéndolos á cubierto de toda ofen-
sa en su persona y propiedad, si la representacion nacional ha
de ser eco tiel é intérprete legítimo de las necesidades y deseos
del pueblo que por medio de la eleccion expresa su voluntad,


Por regla general y conforme al derecho comun todos los
mensajeros que el rey enviaba llamar por sus cartas ó acudian
de su grado á la corte en demanda de justicia, debian ir y vol-
ver seguros bajo la proteccion de la ley, la cual imponia la
pena de los aleves á los que se atreviesen á matarlos, herirlos,
prenderlos ó deshonrarlos de dicho, de hecho ó por consejo (1).
No hablaban estas leyes señaladamente de los procuradores á
Cortes; mas los comprendian en calidad de mensajeros, y de
aquí el origen de su inmunidad.


Es notable en la historia el reinado de Fernando IV por el
favor que alcanzó el estado llano, y no sin causa, pues al im-
pnlso que'Doña :María de Molina dió á las comunidades se de-
bió la salvacion de aquel trono reciamente combatido en lo in-
terior por la mayor parte de la nobleza, y en lo exterior por
una liga formidable de reyes que con sus armas esforzaban las
pretensiones de D. Alonso de la Cerda. Entónce_s se otorgaron
á las ciudades y villas muchas y grandes mercedes para con-
servar los concejos al servicio del rey.


Apénas entró en su mayor edad, celebró Cortes en Medina
del Campo y Búrgos los años 1302 y 1303, Y cuidó de celebrar-
las con frecuencia, como aquel que mucho estimaba y agra-
decia la lealtad de los concejos en las discordias pasadas. Ya
en aquéllas suplicaron los procuradores que « los omes buenos
que vengan seguros á las Cortes,» y el rey lo otorgó (2); pero
en otras, tambien habidas en Medina del Campo el año 1305,
insistiendo en lo mismo, pidieron á Fernando IV que hiciese
ordenamiento para que fuesen y viniesen seguros «ellos et 10
que tragieren de venida, et de morada, et de ida desde que sa-


(1) Ll. 2 Y 4, tít. XVI, Parto n.
(2) Cortes cit., peto 7. CO¡'/e,9 ele Lean y Castilla, t. J, p. 113:J.




304 CURSO
lieren de sus casas fasta que tornasen;» á lo cual respondió:
«Tenemos por bien et mandamos que cualquier ó cualesquier
que contra esto pasaren cí lo ficieren matando ó firiendo ó en
otra manera cualquier, que mueran por e110, et dc lo qne ovic-
ren la meitad que sea para nos, et que en ning-nn tiempo non
hayan perdon, nin cobren nin hayan los sus bienes ellos nÍI1
los sus herederos» (1).


Confirmó este rig-oroso ordenamiento Alonso XI en las Cortes
de Valladolid de 1322, y todavía aumentó su severidad, dando
á los ofendidos licencia para matar á los ofensores sin incurrü'
en pena (2).


No era poco defender las personas y propiedades de los pro-
curadores contra los atentados de la enemistad particular; mas
aun faltaba protegerlos contra la astucia ó la viol~ncia del po-
der real que podia disfrazar la persecucion con capa de justi-
cia. Sólo cuando ningun peligro ni temor oprime su conciencia
son inviolables los elegidos del pueblo.


Por un raro capricho de la fortuna no fué un rey benigno y
de condicion apacible quien dió esta prueba de moderacion y
templanza, sino el único entre todos los de Castilla que la pos-
teridad distingue con el renombre del Cruel. Habiénaole hecho
presente los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1351
que algunas personas por malquerencia ó por hacer daño les
movian acusaciones maliciosas cí demandas que los obligaban
á prestar fianzas, ordenó que los alcaldes de corte no conocie-
sen de pleito alguno ni querella contra los procuradores hasta
que volviesen á sus tierras, salvo por las rentas, peehos y de-
rechos reales, ó por injurias ó contratos en la corte misma, ó
por sentencia dada en causa criminal; de suerte que por otros
motivos no pudiesen ser llamados á juicio, ni presos, ni com-
pelidos á dar fiadores (3).


{l) Ordenamiento otorgado á los concejos de los lugares de Castilla en las Cor-
tes referidas, peto 5. Ibid., t. l, p. 175.


En otro ordenamiento otorgado á los del reino de Leonllecl1o en las mismas Cor-
tes se dice: .Otrosi á lo que me padieron por merced que quando los omes bonos de
los conceios vanieren á mio mandado á las Cortes ó en mio servicio, '-l ne vengan
seg.urDs é vayan seguros. Esto gelo otorgo, é mando que sea así,. Peto 6. ¡bid.,
p. 171.


(2) Cortes cit., peto 101. Ibid., p. 367.
(3) Cuadernos l y II otorgados en las Cortes cit., pots. ;:u y 2G. Corles de l.eOI1 JI


Castilla, t. n, pp. 20 Y 1l'2.




DE DERECHO POLÍTICO. 305
A pesar del silencio que guardan los procuradores á las Cor-
t~s :mcesivas, dudamos de la fiel observancia de estos ordena-
mien~os, puesto que, renovada y ampliada la peticion en las de
Tordesillas de 1401, responde Enrique IV que los procurado-
res no sean prendados por deuda del concejo; mas si fuere suya
propia, que la pague ó envie el concejo procurador que no ten-
ga deuda alguna (1).


Era una revocacion de la prerogativa de los procuradores;
y sin embargo se hizo caso omiso del retroceso en las Cortes
de Valladoli<l de 1602 y Madrid de 1607, cuando suplicaron al
rey que su exencion de no ser reconvenidos en juicio hasta que
aquéllas fuesen acabadas y ellos tornados á sus casas, se ex-
tendiese á todo lugar y por todo el tiempo de la procuracion;
peticion inútil, excusándose Felipe III de hacer novedad con
que las leyes y pragmáticas proveian lo bastante y conve-
niente.


Tanta veleidad ó contradiccion arguye que la inmunidad y
privilegios de los procuradores no constituian un derecho per-
manente, sino sujeto á todas las mudanzas que el carácter per-
sonal de los reyes ó sus consejeros y ministros introducian en
el gobierno en un tiempo en que valian y podian más los hom-
bres que las instituciones; y así pasaban por pura merced los
fueros sagrados de la procuracion. -


otra de sus adehalas era tener posada conveniente en la cor-
te, como todas las personas que formaban el séquito del rey;
derecho que parece introducido en virtud de una peticion he-
cha á Juan 1 en las de Búrgos de 1379 y fué confirmado en una
cédula de Enrique IV dada en 1465, y más tarde en las de To-
lédo de 1525; pero sin duda cayó en desuso esta prerogativa
de los procuradores, cuando en las de Madrid de 1607 renova-
ron la súplica para que se les diese aposentamiento; á la cual
respondió Felipe III en términos ambiguos que se tendria cuen-
ta de hacer con ellos todo lo que fuere razonable (2).


(1) Corto cit., peto 8. I/;;d., p. 54l.
(2) • Otrosí á los que nos pidieron por merced que cada que mandáremos raeer


Cortes ó ayuntamientos, que mandásemos que sean dadas posadas convenibles é
barrio apartado :'i todos los procuradores de los nuestros regonos, é que sea entre-
gado el h"xrio ,,1 primer procurador que viniere de Ca~tiella, ó de Leon, ó de las
Extremacluras, ó del Andalucía para que lo guarde ti reparta en la manera que de-
biere: A e~to respondemos que nos piden razon, é nos place de lo mandar asi guar-'


20




306 CURSO
Alojar á los procuradores no era sino hacer extensiva á los


mandatarios de los concejos la antigua costumbre de hospedar
al rey y a su corte en los pueblos por donde transitaba, 6 como
dice la ley de Partida, dar posadas al rey y á los de su compa-
ña. Siendo así que los procuradores acudian llamados por car-
tas reales y traian mensaje de las ciudades y villas que los en-
viaban, solicita"ron y obtuvieron la merced dispensada á todas
las personas de la regia comitiva, y no sin razon, ya se toma-
se el aposentamiento por una honra señalada, ya por ayuda de
costa, 6 ya fuese necesidad imponer esta carga á pueblos de
escaso vecindario, cuando se reunía en ellos una multitud ele
gentes cuya presencia tanto importaba al bien comun.


VI.


Convocatoria y celebracion de las Cortes.


Era prerogativa propia de los reyes visigodos convocar los
Concilios de Toledo. Los de Asturias, Leon y Castilla continua-
ron ejerciendo este derecho de la soberanía no s610 miéntras
las Juntas del reino se compusieron de grandes y prelados,
pero tambien despues de la entrada del estado llano en las Cor-
tes. En efecto, la unidad del poder simbolizada en la monar-
quía obligaba á tomar al rey por juez competente de la oca-
sion, motivos y demás circunstancias de la convocatoria.


El ser tan esencial y exclusiva del monarca aquella alta pre-
rogativa, no supone la necesidad en todo caso de su interven-
cion personal, pues habiendo reyes menores, eran los gober-
nadores del reino quienes convocaban y celebraban Cortes en
su nombre; de forma que el derecho residia de contínuo en la
corona, aunque en el hecho pasase á los depositarios de la po-
tes tad real.


Expedíase la convocatoria despachando cartas de llamamien-
to á los prelados, grandes, caballeros y concejos de ordinaria
asistencia á las Cortes en las cuales se indicaba el lugar y dia
de la reunion, y acostumbraban los reyes mostrar en esto tanta
solicitud y cuidado, que si una ciudad 6 villa no enviaba sus
dar de aquí adelante en las Cortes é ayuntamientos que mandáremos facer. > Cor~
tes de Búrgos de 1379, peto 5. Co,.tes de Leon y Castilln, t. JI, ]l. 28;.




DE DERECHO POLÍTICO. 307
procuradores en virtud de la primera, les requerian para que
r~parasen su omision ó descuido en otra segunda.


No habia período cierto ni épocas señaladas para convocar
Cortes: grave defecto de nue::stro antiguo régimen político y
una de las causas más poderosas de su decadencia y ruifla,
porque dieron los reyes en alargar los plazús, y á la tardanza
sucedió el olvido y luego el desuso de apoyarse el gobierno en
la repl'esentacion nacional. Verdad es que las de Palencia de
1313 ordenaron que los tutores nombrados en ellas durante la
minoridad de Alouso XI las llamasen cada dos añoS entre San
Miguel y To1os Santos; y si ellos no, las convocasen los pre-
lados y los consejeros del rey, quedando obligados los tutores
á venir so pena de perder la tutoría (1); mas esto era una cau-
tela propia del caso y de ningun modo un ordenamiento gene-
ral. Con tan leye fnndamento dijeron algunos autores que las
Cortes eran bienales. Otros con mejor discurso afirman que des-
(le Felipe II se hicieron trienales; y en efecto, así resulta del
exámen de las fechas en que este monarca tan celoso de Sil au-
toridad y juzgado con tanta pasion por nuestro siglo, celebró
Cortes para pedir el sffi'vicio ordinario que se prorogaba de tres
en tres años, procediendo con más escrlÍpulo que ciertos reyes
constitucionales que tal vez no le imitan enabstenel'Se de exi-
gir tributos sin serIes ántes debidamente otorgados (2).


l\'fas si no habia período fijo para la convocatoria, existían
ordenamientos fundados en la antigua costumbre de llamar it
Cortes en casos graves, en circunstancias difíciles y en ocasio-
nes en que se reputaba necesaria la presencia de los tres bra-
7.05 del reino por via de autoridad ó de consejo. En las de Leon


(l) Cortes cit., orden. 11. Ibid., t. I, [l. 236.
(2) Felipe II celebró Cortes en los años 1.360,1:363, 1566-1567,1570-1571,15;3-1575,


1376-lG78, 157H-1582, 1583-15~5, 1580-1388, 15il8-15BO, 1592-1:;98.
llien decift el Lic. Salazar en 1625: • Las ciudades no quieren perder el derecho


de enviar sus procuradores <Í las Cortes cada tres años á \'otar el dicho servicio
(ordinario), y gozar las mercedes qne por semejantes concesiones suelen hacerse'.
y en otra parte: • Y aun4ue las cinclailes y sus procuradores han resistido q ne en
el dicho servicio se sitúen juros por no ser esta hacienda fija, en cu.anto pende de
la concesion de las Cortes que se suelen hacer cada trienio '. Causas de la despo-
úlacion ele Espa/7a, cap. IV (ms.).


:'\0 hahian pedido un plazo más corto los comuneros á Cárlos V: < Item, que de
aquí adelante perpétuamente de tres en tres años, las ciudades é villas que tienen
voto en Cortes se puedan ayuntar é se junten por sus proc\lr"dore~ que se"n e]8-
gidos de todos tres estados'. Sandoval, Hist. de CÍI"los Y, lih. VII, § 1 (.t. r. 1'.235).




308 CURSO
de 1188 (famosas segun hemos notado por haber sido las pri-
meras celebradas cum episcopis et magnatib1tS, et cum electis
civibus ex singulis ci1Jítatibtts) dijo Alonso IX: Promissí
etiam quod nonfaciavt guer9'am vel pacem vel placitttm, nisi
c'lhlt consilío episcoporum, nobilíum et bonorum hominum, per
quorum consilio debeo regí (1).


No llegó esta solemne promesa á constituir derecho perma-
nente, pues los reyes continuaron haciendo la guerra, ajus-
tando la paz y dictando las leyes y reglas de gobierno que bien
les parecian, sin el concurso obligatorio de las Cortes. Del pru-
dente arbitrio del rey pendia convocarlas ó dejarlas de convo-
car, como aquel que era el único soberano.


Solian reunirlas para prestar homenage al nuevo rey, Ó jn-
rar al inmediato sucesor en la corona, ó nombrar tutor ó tu-
tores en caso de minoridad. Tambien 1It,S convocaban para
restablecer la paz en el reino afligido de discordias civiles, ú
hacer ordenamientos importantes, y sopre toao para que los
procuradores á nombre de sus ciudades y villas les otorgasen
pedidos y monedas y otros cualesquiera tributos ordinarios ó
extraordinarios en vísperas de una guerra.


Salvo este l~ltimo punto del cual hablaremos con la debida
extension más adelante, todos 103 demás se hallaban compren-
didos en el número de las cosas generales ó árduas que segun
las Cortes de :Madrid de 1419 requerian la intervencion del rei-
no (2). No siempre sin embargo observaban y cumplían los
reyes dicho ordenamiento, y así daban lugar á que los procu-
radores se quejasen del olvido y se lo recordasen con aquella
franca y respetuosa libertad que en las Cortes usaron nuestros
mayores (3). .


(1) Cortes de Leon y Castilla, t. r, p. 40.
(2) < A lo que me pedistes por merced que por quanto los reyes mis antecesore~


siempre acostumbraron que quaudo algunas cosas generales 6 árduas nuevamente
querian ordenar ó mandar por sus regnos, facian sobre ello Cortes con ayunta-
miento de los tres estados ... é de su consejo ordenaban é mandaban facer las tales
cosas, é non en otra guisa, lo cual despues que yo regné non se habia fecho así, é
era contra la dicha costumbre, é contra derecho á buena razon, etc. -A esto yos
respondo que en los fechas grandes é árduos asi lo he fecho fasta aquí, é lo entiendo
de facer de aquí adelante .• Cortes cit" peto 19. Cortes de Leon y Castilla, t. nI,
p.21.


(3) ... < La primera ( razon ) porque segun leyes de vuestros reinos, quando 108
reyes han de hacer alguna cosa de gran importancia, no lo (101)011 hacer sin consejo




DE DERECHO POLÍTICO. 309
Juntábanse comunmente los tres brazos, puesto que sólo


concurriendo todos eran y se decian Cortes generales; y aun-
que á veces faltaban los grandes 6 los prelados, y á veces s610
acudian algunos 6 ciertos de ellos, estas excepciones no alte-
raban la regla. Explícase la irregularidad considerando que no
siempre venian á las Cortes todos los nobles, obispos y concejos
llamados por las cartas reales; y así no era culpa de los re-
yes, sino de los brazos, si aquellas juntas no aparecian más
completas.


La nobleza y el clero tenian ménos interés que las ciudades
en acudir á las Cortes, porque los privilegios é inm~nidades de
su clase los eximían de las cargas que pesaban sobre los peche-
ros. Por otra parte las frecuentes alteraciones de Castilla de tal
modo los dividian en bandos enemigos, que se recelaban de ir á
las Cortes temerosos de que les quebrantasen el seguro, 6 se
excusaban por evitar la humillacion de prestar un odioso ho-
menage. En ningun período de la historia se nota más usada
en las Cortes la fórmula de a~r¡unos 6 ciertos J)?'elados y ricos
hombres que durante el reinado de Juan II, porque en medio
de aquellas turbaciones y alborotos andaba perezosa la obe-
diencia al rey, y los que se la negaban por seguir la parciali-
dad de los infantes de Aragon, ponian cuidado en guardar sus
personas, huyendo del poder absoluto y condicion vengativa
de D. Álvaro de Luna.


Tambien denota la presencia de algunos prelados y ricos
hombres que aquellas Cortes no son generales sino particula-
res á Leon ó Castilla, segun se observa en las de Alcalá y Búr-
gas de 1345 yen las de Leon de 1349 (1). Asimismo en otras
las circunstancias del reino disculpim la falta, como en las de
Toro de 1369 convocadas por Enrique II apénas sentado en el
trono y no extinguida la llama de la guerra civil. Por igual
razon no fueron concurridas las de Madrigal de 1476, cuando
los nobles y los prelados estaban perplejos entre seguir á Doña
Juana 6 someterse á Doña Isabel.


Debia siempre asistir el brazo de las ciudades, y tan esencial


f\ K"biduría de las cibdades e villas principales de vuestros reinos, lo qual en esto
no guardó vuestra alteza I Enrique IV ), hablando nosotros con humill reveren-
cia, cte.> Cortes de Ocaña de 1469, peto 2!J. Cortes de Leon y Castilla, t. IIl, p. SIY.J.


(1) Cortes de Leon y Castilla, t. 1, pp. 417, ,183 Y 62";.




BI0 CURSO
era su presencia, que sin él no habia Cortes. Mas como quiera
que en várias ocasiones se emplea tambien la expresion de al-
gunas Ó cie1'üu ciudades, sin perjuicio de confirmar aquí la
explicacion anteriormente dada, añadiremos que era muy pro-
pia de las Cortes particulares de Leon ó Castilla, á las cuales
sólo asistian los concejos de uno ú otro reino. Tales fueron las
de ~'ledina del Campo y Búrgos de 1302, las de Valladolid y
Medina del Campo de 1318, Y las de Búrgos, Leon y Zamora
de 1342. No eran bien vistas las Cortes particulares; de suerte
que los procuradores suplicaron que no se repitiese el mal ejem-
plo de desmembrar la representacion del reino, y los reyes ofre-
cieron enmendarse, aunque no siempre se mostraron escrupu-
losos en el cumplimiento de su palabra (1). La causa ordina-
ria de la division eran discordias, y alguna vez el propósito de
arrancar á las Cortes separadas un voto difícil de obtener de
las Cortes reunidas; pero es lo cierto que no prevaleció esta
costumbre (2).


Era condicion esencial que las Cortes se celebrasen en lugar
seguro, para poder con plena libertad conferir y acordar lo
conveniente al pro comun, sin que el más leve temor diese
ocasion á torcer la voluntad de los prelados, grandes y procu-
radores. Así se 'lió en las de Palencia de 1313 donde se trató


(1) ,Otrosí á los que me pidieron merced que pues yo agora estas Cortes facia
aquí en Castiella apartadamiente ne los de Estremadura é de tierra de Leon, 'lue
daquí adelante que lo non liciese nin lo tomase por uso; tengo que piden mio ser-
vicio, é otorgo de lo facer así commo ollas me lo pidieron .• Cortes de Búrgos de
1301, peto 23. Oel'te8 de Leon y Castilla, t. r, p. 140.


-Otrosi á los que me pidieron que cuando oviere de facer Cortes '1ue las faga con
todos los amos de la mi tierra en uuo, esto me place é otórgogelo, é lo que fasta
agora fize, fízelo por partir peleas et reyertas que pudieran y acacscer.> Cortes de
Medina del Campo de 1302, peto 6. Ibid., p. 169.


(2) <Y desque Hegaro~ todos á Alcaraz , acordaron que se viniese el rey á bacer
Cortes á R'úrgos con los Castellanos, y despues que fuese á bacer Cortes á tierra de
Lean. Y esto bacian porque entre D. Juan "uñez y el infante D. Juan y D. Diego
babia muy gran desamor, y por guardarse de pelea, por oso partian las Cortes en
esta guisa.> elr6n. de D. Fernando IV, f. 25.


,Et porque los de Estremadura estaban desacordados et desavenidos de los de
CastieHa por algunas escatimas que rcscibieron dellos en el ayuntamiento ,le
Carrion , posieron con los de la tierra de Lean de se non ayuntar con ellos; et por
esta razon llamaron á los de Castiella que veniesen á Cortes á Vallctlolit, et ú Jos
del Estremadura st de tierra de Lean que veniesen á Cortes á lIIedina del Campo.,
Orón. de n. Alonso XI, cap. XV.


El mismo Alonso XI pidió y obtuvo el pecho ele las alcahalas scparadatnente en
las Cortes de Burgos y de Lean en 1342. ['¡id., cap. CCLXIV y cal'. CCLXV.




DE DERECHO POLÍTICO. 311
de resolver la cuestion de la tutoría de Alonso XI, que los pre-
tendientes á la gobernacion del reino se salieron al campo con
sus parciales dejando la ciudad tranquila. Por estar ocupada
la de Búrgos de gente armada, protestaron algunos procura-
dores y rehusaron asistir á las que allí debieron celebrarse en
1506, y aplazadas por cuatro meses, al fin no tuvieron efecto.


y no s610 se dictaron severas leyes para reprimir cualesquiera
desl¡rdenes graves, sino que tambien fueron perseguidos por
la justicia con desusado rigor los atentados contra particula-
res cometidos en el lugar donde se celebraban las Cortes mién-
tras estaban reunidas; y así hizo Alonso XI en la villa de Me-
dina del Campo el año 1328 un ordenamiento confirmado en
las Cortes de Madrid de 1329, para que «(entretanto que se
ayunten las Cortes ... que cualquier ome que sea de cualquier
condicion, quier sea ome fijodalgo, quier non, que matare á
otro en la corte 6 en el su rastro, que muera por ello; et si fl1r-
tare 6 robare é le fuere probado, ó lo fallaren con el furto ó con
el robo, que muera por ello» (1).


Juntas las Cortes, cada brazo se constituia, mostrando los
procuradoaes sus poderes, y los grandes y prelados las cartas
convocatorias, en cuyos títulos se fundaba el derecho de asis-
tir y determinar los asuntos tocantes al pro comun. Los Fla-
mencos de la corte y privanza del Emperador tuvieron la au-
dacia de penetrar en la sala donde se reunian las de Valladolid
de 1518 i mas el doctor Zumel, procurador de Búrgos, menos-
preciando las ofertas y amenazas de los palaciegos, levantó la
voz diciendo que se vulneraba la libertad de la nacion consin-
tiendo que extranjeros tomasen parte en las consultas y deli-
beraciones de los naturales contra toda razon y justicia; y tan
graves fueron sus palabras que el ministro Chievres y otros dos
consejeros flamencos (uno de ellos Sauvage, gran canciller de
Castilla y sucesor en el oficio del cal'denal Jimenez de Cisne-
ros) hubieron de pasar por la humillacion de salir expulsados
de aquel recinto. En las de Toledo de 1538 sucedió haberse pre-
sentado en la sala donde se reunia la nobleza un secretario del
mismo Emperador so color de notar los acuerdos, y en reali-
dad con el poco honroso encargo de observar y tran.smitir á su


(1) Cortes cit., peto lO. COl' les <le Lco', !I CasWla, t. 1, p. 406.




312 CURSO
amo cuanto ocurriese dentro. Lleváronlo á mal los noLles; y
así fué que al verle entrar dijeron los más discretos y resuel-
tos: «fuera, que aquí no tenemos necesidad de secretario». Sa-
lióse en efecto, y luégo acordaron que un señor leyese y otro
escribiese lo conveniente (1).


Deliberaban los tres brazos separadamente, porque cada bra-
zo tenia su representacion particular y sus interese:::; aparte. El
clero escudado con inmunidades y la nobleza apoyada en pri-
vilegios, miraban las cosas por distinto lado que las ciudades
sujetas por lo comun á contribuir con pechos y servicios, y
siempre en vela de sus libertades y franquezas.


Sin embargo, esta separacion material ele los brazos ni fué
perpétua ni absoluta, pues á veces los reunia el rey en su pre-
sencia, y les manifestaba los negocios gTaves y arduos que
requerian su consentimiento ó consejo; y entónces solian res-
ponder en el acto, ó pedir traslado de las proposiciones y per-
miso para retirarse a platicar entre sí ofreciendo dar por escri-
to la respuesta. Así se hizo en las Cortes de Palencia de 1388,
Toledo de 1406, Segovia de 1407, Guadalajal'a de 1409 y otras,
gozando los procuradores de amplia libertad para cemunicarse
entre sí y con los nobles y prelados y éstos con aquéllos, cuan-
do convenia ponerse de acuerdo. Debió sin duda caer esta prác-
tica en olvido ó introducirse alguna costumbre que la limitase,
puesto que los procuradores a las de Valladolid de 1520 supli-
caron a Carlos v que tuviesen libertad de se juntar cuantas
veces quisieran y donde quisieren libremente, y platicar y con-
ferir los unos con los otros (2): peticion renovada por los co-
muneros, porque lo contrario (decian) «es impedirles que no
entiendan en lo que toca a sus ciudades y bien de la república
de donde son enviados» (3).


No gustó Carlos v de tanta libertad, cuando en las Cortes de
Toledo de 1538 prohibió toda comunicacion entre los brazos de
la nobleza y de las ciudades, receloso de que juntos le negasen
el nuevo tributo de la sisa, aunque al fin despnes de reiteradas
instancias cedió, a lo ménos en parte, permitiendo que una


(1) Miniana, Continuacion de la Hist. de Espr"ra, lib. L cup. In: ¡yr.'. "e la Bi-
¡)liotew 1\'ac., § 110.


(2) Sandoval, His!. de Cíf1'los Y, lib. V, ¡; XXVII.
(3) Ibid., lib. VII, ::; l.




DE DEnECRo POLÍTICO. :313
junta de doce diputados de la nobleza platicase con los procu-
radores de Búrgos y Toledo, reducido un derecho esencial de
toda representacion por estamentos y una antigua y loable cos-
tumbre de Castilla á los angostos términos de una gracia ó
merced de la corona.


De ordinario abria el rey las Cortes con un discurso ó razo-
namiento por el estilo de la memoria ó tomo regio de los Go-
dos, en que manifestaba las causas de la convocatoria y los ser-
vicios que esperaba de sus reinos. Siendo el rey menor de edad,
eran los tutores quienes ejercían éste, como los demás actos de
soberanía; y sí por acaso 81. rey mayor no pudiese asistir á la
ceremonia, delegaba su autoridad en alguna persona allegada
al trono. Así llevó la voz de Enrique III postrado por la última
enfermedad á tiempo que se juntaban las Cortes de Toledo
de 140G, el infante D. Fernando, yen el razonamiento que hizo
á los grandes, prelado:> y procuradores les dijo: «Ya sabeis
CfJmo el rey mi señor está enfermo de tal manera quél no pue-
de ser presente á estas Cortes, é mandóme que de su parte vos
dijese el propósito con que él era venido á esta cibdad» (1).


Cada brazo daba su respuesta al rey por separado, siendo la
pri.mera voz en las Cortes el señor de la casa de Lara que ha-
blaba en nombre de la nobleza; privilegio inherente á este ilus-
tre título desde qlleel conde D. Pedro defendió con tanta va-
lentía los fueros de los hidalgos contra Alonso VIII, cuando
para proseguir el cerco de Cuenca les pidió un tributo de cinco
maravedis de oro por cabeza en las Cortes de Búrgos de 1177 (2).


A tal punto era esta precedencia un derecho de todos reco-
nocido, que el obispo de Cuenca suplicó al infante D. Fernando


(1) Crón. de D. Jlum JI, año 140G, cap. II.
(2) Mártir Rizo refiere el caso del modo sig'uiente: <üpúsose á los intentos de.


D. Diego (Lopez de Raro que favorecia la parte del rey) D. Pedro, conde de Lara.
Arrimósele gran número de nobles que arrebatadamente se salieron de las Cortes,
determinados á defender con las armas la franqueza ganada por ellas con el esfuer-
zo de los antepasados. Decia que en ninguna manera sufriria que en su villa se
abriese aquella puerta, y se hiciera aquel principio para oprimir á la nobleza y
tl'abajalla con nuevas imposiciones, bien que fuese necesario dejar el cerco de
Cuenca >. Hist. de Cuenca, parto l. cap. VI.


A este conde D. Pedro atribuyen las arrogantes palabras: ,No ha de pechar con
la hacienda quien sirve con persona y vida, ventaja de los nobles á los plebeyos '.
Xuñez de Castro, C,·Ó". de D. Alonso VIII, cap. XXII: Salazar y Castro, Hist. ge-
ilealrigica de la c(!,'a de La,.a, lib. I, cap. 1: Colmenares, Hist. ele Se{}ovia, cap. XVII.




314 CURSO
en las dichas Cortes de Toledo, «qne ansí por quien es, como
por ser señor de la casa de Lara ... quiera primero en todas es-
tas cosas responder, porque la costumbre de estos reinos es que
la primera voz en Cortes sea el señor de Lara». Con calor de-
fendió su prerogativa el infante D. Juan, señor de Lara, en las
Cortes Valladolid de 1425 contra el obispo de Cuenca que hizo
un razonamiento por mandado de ,Juan JI al propósito de la
jura del príncipe D. Enrique, protestando que pues no hablaba
por sí ni en nombre de su Iglesia, no parase perjuicio á la po- _
sesion de aquella nobilísima casa.


Tenia la segunda voz el arzobispo de Toledo ó su procura-
dor, á fuer de la mayor dignidad del estado eclesHtstico; de
suerte que en las Cortes referidas, despues de haber respondido
el infante por los nobles, habló el obispo de Sigüenza por la
Santa Iglesia de Toledo, « é por los perlados así presentes como
absentes destos reinos» (1).


La ciudad de Búrgos llevaba la voz de los concejos, no sin
contradiccion de otras que se creian con mejor derecho al goce
de esta preeminencia. Para ponerse al cabo de la cuestion con-
viene advertir que eran de antiguo llamadas á las Cortes las
ciudades obligadas á satisfacer los pechos ó tributos; y como
Toledo fuese por privilegio libre y exenta de todaearga, no
acudia á las juntas del reino, porque nada habia de otorgar.
Sobrevinieron en esto las de Alcalá de 1348 á las cuales, por
ser conforme á la voluntad de Alonso XI tan concurridas, no
pudo Toledo excusarse de enviar sus procuradores, quienes
pretendieron en aquella ocasion el primer voto y mejor asien-
to entre los demás, fundándose en que dicha ciudad fllé silla
de los reyes godos, y debia en todo tiempo ser habida y repu-
tada por de mayor grandeza que otra alguna de España.


Contradijo Búrgos la pretension de Toledo, y no sin causa,
ya se considerase la antigua posesion de su alta prerogativa,
ya revindicase aquella honra y preemine~cia como cabeza de
Castilla. En tal estado intervino el rey y cesó la porfía sin
agravio de ninguna de las partes querellantes diciendo: « Los
de Toledo farán lo que yo les mandare, é así lo digo por ellos,
é por ende fable Búrgos».


(1) C,·Ó¡¡. de D. Jnan JI, año 1406, caps. 1][, lV Y Y, y;tllO 142G, cap. 1I: Sa1azar
y Castro, Hist. genealógica oe ¡" ""'" ele La,.", lih. 1, cal'. I y lib. Ill, cap. IX.




DE DEItECHO POLÍTICO. 315
Repitióse muy de véras la escena en las Cortes de Valladolid


de 1351 y en las sucesivas con sus formas judiciales de testi-
monios, protestas y demás propias del caso; y no sólo siempre
que se celebraban de ordinario, pero tambien cuando se reu-
nian con motivo de la jura solemne de un rey ó príncipe, se
renovaba la contienda entre los procuradores de ambas ciuda-
des sobre cuál debia preceder en el acto de rendirle home-
nage (1).


A esta constante rivalidad que acredita la fuerza Jel privi-
~gio en el mismo seno de la representacion popular, se aña-
dian otras no tan vivas y empeñadas. Leon, reconociendo la
primacía de Búrgos, pretendió en las Cortes de Toledo de 1406
la segunda voz yel segundo lugar en el órden de los asientos,
en cuyo debate se mezcló.Sevilla. El infante D. Fernando con-
sultó al canciller Juan Martinez sobre la costumbre en tales
casos seguida, y oída su informacion, falló el pleito entre Búr-
gos y Toledo al tenor de la sentencia ó concordia impuesta por
la autoridad de Alonso XI; Y en cuanto á las demás ciudades
dijo el canciller que estaba en uso hablar primero Leon, luégo
Sevilla y desplles Córdoba. El infante, como cuerdo, no quiso
agraviar á nadie, y así se excusó de resolver la cuestiono


Tambien Granada, prevalida del favor que la dispensaron
los Reyes Católicos al determinar que en la enumeracion de
los títulos reales se antepusiese su nombre al de Toledo, se juz-
gó con derecho á precederla en voz y asiento en las Cortes;
mas Fernando é Isabel no dieron oidos á pretension tan injus-
ta, como ofensiva á una ciudad sobre todas insigne por su an-
tigüedad y nobleza.


Sosegadas, sino contentas, las principales, votaban las res-
tantes cabezas de reino, y las ciudades ó villas cabezas de pro-
vincia, segun el órden de sus asientos (2).


Solían presidir el estado eclesiástico el arzobispo de Toledo,
y el Condestable de Castilla la asamblea de la nobleza.


(1) C'rón. del rey D. Pedro, año 1351, cap. XVI y cap. XVII.
(2) erón. do D. Enriq,," JIJ, año 1393, cap. XXII: Crón. d. D. J,.an JI, año 1106,


cap. V: Salazar de Mendoza, lfIonfM'qnía de Espa/ia, lib. Ir, tít. VI, cap. XVII: Mar-
tinez Marina, TeOl'ía de las Cortes, parto I, cap. XXVI: Cortes de ~eon y Castilla,
t. III, p. 1.


Los dehates sobro procedencia do la voz se extellllian á la prcce(lencia del asiento,
ó por mejor decir habia un solo dehate sobre todo. Hemos referido lo que pasó en




316 CURSO
Desde las Cortes de Valladolid de 1506 hallamos introducida


la costumbre de nombrar el rey presidente del brazo de 1.as ciu-
dades á una persona calificada, de ordinario el Canciller ma-
yor, á quien acompañan otras dos que sirven los oficios de le-
trado de las Cortes y de asistente. En las de Valladolid de 1518
tuvo la presidencia en nombre de Cárlos V su gran Canciller
Sauvage, de nacíon flamenco, novedad que llevaron mal los
procuradores, murmurando que no era justo dar á extrarijeros
entrada en las juntas del reino. Sin llegar á este abuso, habia
razon para temer el exceso de autoridad; y así lo comprendie-


las Cortes ne Alcalá entre los procuradores de Búrgos y Toleclo, y cómo el roy
apaciguó la contienda sobre hablar primero. La cuestion del asient811uedó resuel-
ta conservando Búrgos el inmediato á la mano derecha del rey, y señalando á To-
lena lugar apartado on un banco en frente del trono.


Para mayor claridad ofrecemos al lector un cuadro demostrativo del órdon de los
a~ientos por ciudades, sacado de un curioso manuscrito anónimo existente en la
Biblioteca Nacional (T. 118), el mismo que consultó Martinez Marina y publicó en
su Teoria de las Cortes, parto r, p. 339, Y se refiere al estado de la represontacion
de los reillos de Castilla en los últimos años dol siglo XVII, puesto que aparece la
ciudad de Palencia con voto en Cortes, y ya hemos dicho que rué Cárlos JI quien
~e lo restituyó y cómo.


Presidente.
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~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ¡~


(Cit;dades c(,bc""s de .. cino.)
(I;!l Avila.


~ Salamanca.


~ Guadalajam.
Tolello.
~ 10) Segovia.


~ Cuenca.


Valladolid. ~ ~ Palencia.


Adviértase: 1.0 Que la presidenéia, no asistiondo el rey, tocaha al presidente de
Castilla: :(.0 Que la preeminencia de los asientos so determina empezanrlo á contar
por el primero á la derecha del presidente, siguiendo por el primero iL su izquier-
da, luégo el segullllo á la derecha y así los demás: de donlle resulta que Búrgos
tenia la primera voz y el primer asiento en Cortes, el segundo Lean, Granada el
tercero, etc. Toledo ocupaba un lugar indefinido.




DE DERECHO POLÍTICO. :117
ron las comunidades al pedir qne á los procuradores no se im-
pusiese presidente que estuviese con ellos.


1Htimamente las Cortes de Madrid de 1789 fueron presididas
por el gobernador y hasta cinco ministros del Consejo y Cáma-
ra de Castilla en calidad de asistentes ó adjuntos (1).


No deliberaban los brazos en público, ántes era condicion
guardar secreto acerca de lo que se platicaba en las Cortes; y
para que fuese inviolable, todos 10 juraban en manos del pre-
sidente, segun se hizo en las de Búrgos de 1515, en las cuales
se supo11e de uso y práctica antigua .
. No agradaba á los reyes el voto secreto, por parecerles que


con el habia demasiada libertad para negar 10 que por respe-
tos humanos pudieran los brazos conceder.


Los procuradores mostraban al presidente de las Cortes los
poderes otorgados por las ciudades para que los examinase y
diese por buenos, si no ofrecian reparo conforme á derecho y
á las cláusulas de la convocatoria, y &1 mismo, acompañado
del asistente y letrado de las Cortes, entregaban las peticiones
generales y particulares que los tres recibian á nombre del.rey
á quien daban cuenta de su contenido, y cuyas respuestas
transmitian á los procuradores.


Constituidas las Cortes empezaban deliberando sobre el pun-
to ó puntos propuestos por el rey ó comunicados por el presi-
dente, y pasaban en seguida á los demás que les sugeria su
celo del bien público, no acordando ni resolviendo, sino ele-
vando diversas peticiones al trono. Acordaban y extendian las
peticiones unas veces los tres brazos reunidos, y otras t y eran
las más) solamente los procuradores, porque el clero y la no-
bleza, segun hemos dicho, estaban exentos de pechos y servi-
cios, y gozaban de tales privilegios que separaban su causa de
la del pueblo; y así tenian ménos interés en la reforma de los
abu~os y en el alivio de las cargas que pesaban principalmente
sobre el estado llano.


Algunas peticiones eran promovidas por intereses particu-
lares, otras contrarias á la justicia, y muchas el eco fiel de las
pasiones del vulgo y de su ceguedad en materias de gobier-


(1) Sandoval, Ili.,t. rl,' cárlos V, lib. IIl, \'1 VII Y lib. VII, ~ 1; Coleccion d~ do~
""mentos inédito", t. XVII.




318 CURSO
no (1). La prudencia de los reyes solia moderar el celo indis-
creto de los procuradores, disculpables cuando con demasiada
facilidad y ligereza se dejaban ir con la corriente del siglo.


En efecto, acostumbraban tomar consejo de los prelados,
condes, ricos hombres y caballeros, y oido su parecer, daban
las respuestas. Tambien las hacian ver por los 'de su Consejo
solo ó en union con los grandes y obispos, segun se no~a en las
Cortes de Segovia de 13i36, Madrid de 1391, Búrgos de 1453 y
muchas posteriores. Desde las famosas de Toledo de 1538 siem-
pre responde el rey á las peticiones de los procuradóres con
acuerdo de los ministros de su Consejo, cayendo en desuso la
consulta del clero y la nobleza, cuya decadencia como poder
político abrió paso al influjo snperior de la magistratura en la
monarquía de España durante los siglos XVI, XVII Y XVIII.


Las peticiones de los procuradores, juntamente con la res-
puesta del rey á cada una, formaban el cuaderno de peticiones,
del cual se daba traslado á todas las ciudades y villas con voto
en Cortes, sea por mano de sus personeros al retirarse despa-
chados, ó sea que el rey se tomase tiempo para resolver y las
remitiese directamente á los concejos. Cuando la respuesta era
favorable constituia ordenamiento con fuerza de ley hecha en
Cortes.


Hasta muy entrado el siglo XV no parece que los procura-
dores hubiesen tenido graves motivos de queja en razon del
poco aprecio que hacian los reyes de sus peticiones; mas ya
en las Cortes de Btlrgos de 1430, Palencia de 1431, Madrid de
1433 y Valladolid de 1440 suplicaron al rey que por haber pe-
ligro en la tardanza 'Y daño al servicio público, no dilatase las
respuestas. No debió seguirse la enmienda, puesto que las de
Toledo de 1525 suplicaron que «todas las veces que se juntliscn
procuradores de Cortes ... y trujesen capitulos generales ó par-
ticulares de sus ciudades, los mandase el rey ver y proveer pri-
mero que en ninguna cosa entendie:3en, porqne non faciéndo-
se, despues de otorgaao el servicio, se dejan muchas cosas de


(1) ,Otrosí muy poderoso sennor, somos ciertos que algunas personas, procu-
ranno sus propios intereses, tovieron manera commo se hiciese una peticion á voz
de los procuradores que vinieron á Cortes por vuestro mannado á la cfbdu¡1 ne Sa-
lamanca el anno que pasó de sesenta é cinco, etc.' Cortes de Santa María de i'>ien1
de 14i8, peto 25. Cm-te,1 <fe Lean y Castilla, t. lII, p. 8;6.




DE DERECHO POLÍTICO. 319
proveer ... y se van los procuradores con respuestas generales
s'in conclusion de lo necesario». Otorgó la peticion Carlos v,
satisfecho de la liberalidad de los procuradores, y estableció
que ántes de acabar las Cortes se respondiese á los capítulos
generales y particulares que por parte del reino se diesen, cuyo
ordenamiento fué inserto en la Recopilacion (1).


A pesar de estas firmezas y seguridades hallamos que el reino
suplica de nuevo á Felipe II en las Cortes de Toledo de 1559
que mande proveer á los capítulos acordados en las de Valla-
dolid de 1558; Y en las de Madrid de 1579 pidió lo mismo res-
pecto á los puntos asentados en las de Córdoba de 1570 y Ma-
drid de 1573, diciendo con amargura que «(pues los procurado-
res de Cortes que agora somos, y los que de ordinario vienen
á ellas, dan sus capitulos habiendo precedido trato y comuni-
cacion particular sobre cada uno de ellos y gastado mucho
tiempo y trabajo en su conferencia y ordenacion ... sea su ma-
jestad servido que á éstos y á los que adelante dieren, se res-
ponda ántes que ;:le acaben las Cortes ... pues por no haber sido
oidos hasta aquí de ordinario, se dejan de proveer casi todos,
y viene á no ser de efecto la ocupacion y trabajo que el reino
toma, y á quedar sin remedio muchas cosas que lo han me-
nester».


Insistieron todavía en tan buen propósito los procuradores
a las Cortes de Madrid de 1583 y 1586, citando en éstas para
más esforzar su di::;curso la ley recopilada, «(por cuya inobser-
vancia (decian) no se sigue el fruto necesario al bien público,
ni el que se debiera recoger oyendo á los comisarios del reino
que están enterados del hecho y de la razon de todo lo que se
suplica; con lo cual el reino gozaria del beneficio de las Cortes,
y el trabajo de los procuradores seria de efecto para la repú-
blica». ¡ Vanas palabras! Los reyes con respuestas vagas ó pro-
mesas jamás cumplidas tiraban á entretener el tiempo y salir
del paso, cuidando sólo de obtener los servicios (2).


De::;de que el de millones fué por la primera vez concedido á


(11 Peticiones 23, 17,10,14 Y 6 de las Cortes cit. V. Co,.tes de Lean y Castilla,
t. ITI. pp. 89,103,167 Y 389; Colee. ras. de la Acad. de la Histwia, t. XX, fol. 139: .
leyes 8, tito VII, lib. VI Recup. y 8. tít. VIII, lib. IIT ,Yov. Recol'. (~.~. '.


(2) Cortes cit., petR. 6, 4, 71,52 Y 1: V. Colee. ras. de le. Awd. de la Historia.
t. XXII, fol. a, t. XXIII, fols. Hl, ~5 Y 20.) Y t. XXV, fol. 3. ~




:320 CURSO
Felipe II en las Cortes de Madrid de 1588 con el caráter de do-
nativo y la fuerza de contrato mútuo y recíprocamente obliga:..
torio para el rey y el reino, se introdujo la costumbre de re-
ducirlo á .escritura pública, insertando en ella las condiciones
propuestas y aceptadas por una y otra parte. Entónces sin per-
juicio del derecho de peticion y de los capítulos generales acor-
dados en las Cortes, los procuradores de las ciudades y villas,
aprovechando la ocasion favorable que se les ofrecia de dictar
las condiciones del servicio, exigían á cambio de la obligacion
en que el reino se constituia, que el rey otorgase ciertas 1'efo['-
mas tocantes á diversas materias de gobierno.


Versaban las condiciones de millones que no se re{erian al
tiempo y modo de pagar el donativo, sobre puntos económicos,
tales como rompimiento de dehesas, comunidad de pastos, pri-
vilegios de la Mesta, enajenacion de tierras públicas y com~e­
jiles, adquisicion de bienes raíces por manos muertas, prohi-
bicion de sacar oro y plata y materias crudas, provision de
oficios seculares y beneficios eclesiásticos, mercedes de la coro-
na y otros semejantes. Los reyes se tenian por obligados en
conciencia á guardarlas y cumplirlas, y empeñaban su fe y
palabra de no ir contra ellas, so pena de nulidad del servicio;
y Felipe IV les dió fuerza y virtud de ley como pragmática he-
cha y promulgada en Cortes (1).


No obstante las solemnidades del derecho y las formas esta-
blecidas ~ara mayor seguridad del contrato, inclusa la humi-
llante de que el rey habia de despachar y entregar al reino
todas las cédulas y provisiones que le pidiera acerca del cum-
plimiento de las condiciones estipuladas ántes de otorgar la
escritura del 'Servicio, es lo cierto que tantas, y al parecer tan
poderosas garantías, fueron poco eficaces. Dábanse las reales
cédulas, cobrabanse los millones y continuaban los abusos que
los procuradores pretendian enmendar.


No habia límite á la duracion de las Cortes, sino que estaban
abiertas el tiempo necesario para despachar los asuntos que el
rey les encomendaba. Así que acababan de tratarlos y exten-
dian el memorial de peticiones, el rey despedía á los procurado-
res que con las respuestas ó sin ellas, ibanse á las ciudades de


(1) Real cédula de 13 de Julio de 1639. V. Ripia, PI'actica ele la administ,'acion y
cobr"n~a ele l(,s rentas reales, t. IJ, p. 9.




DE DERECHO POLÍTICO. 321
donde procedian á dar cuenta y satislaccion del desempeño de
su mandato: buena práctica que se relajó en el siglo XVII,
cuando los cortesanos se hicieron procuradores y los procura-
dores cortesanos. Cortes hubo que fueron convocadas para solo
treinta días, y Cortes que duraron cuatro, cinco y hasta seis
afios (1).


La.prolongacion inusitada de las Cortes no significaba que
los reyes profesasen más amor ó más respeto á la institucion
que sus antepasados, sino muy al contrario. Llamaban á los
procnradores para que les otorgasen el servicio ordinario y ex-
traordinario, y concedido ó prorogado regularmente por seis y
ann por nueve años, no se cuidaban de despedirlos, ni de en-
tretenerlos con nuevas y útiles proposiciones.


Miéntras los reyes observaron los buenos usos y'costumbres
de Castilla, las Cortes fueron breves, porque las convocaban á
menudo y qncrian evitar á los pueblos el gravámen de los sa-
lariOIi excesivos aumentando sin necesidad la costa ele la pro-
cnracion. Cnando empezaron á mirarlas con desvío las convo-
caron de tarde en tarde, y como si olvidasen qne estaban reH-
nidas, no atendían á ellas, ni se daban prisa á fenecerlas.


Los llrocuradores á las de "Madrid de 1583 á 1585 sup1icaron
á Felipe II tuviese á bien mandar que las Cortes fuesen más
breves y se redujesen al tiempo que antiguamente solian du-
rar, fundándose en la mucha costa y demasiados gastos de tan
larga procuracion en peljnicio de las ciudades que pagabftl1
Balarios; y los procuradores que no los llevan (añadian) no
pueden las más veces tolerar el mucho gasto que hacen con
tan prolongada asistencia.


Casi en iguales términos se explicaron en las de Madrid
de 1588 á 1;>90, á cnyas juiciosas peticiones dió el rey por res-
puesta que la ocurrencia de los negocios habia sido causa de
la dilacion tocante á lo paRado, y en lo venidero se procuraría
la brevedad posible: promesas sin efecto, pnes no sólo no se
remedió el mal, sino que se agravó, y lo que es peor, se toleró


(1) Estando Enriquo IV en Madrid convocó Cones que se celebraron en Toledo
el año 146-2, en cuya convocatoria (lijo: ,é serán conmigo (los procurarlores) fasta
treinta (1ia~~.


En el reinaclo de Felipe II solian durar las Cortes dos años: en los de Felipe III J'
Felipe IV se celcbrnron las Cortes de Madrid de 1 601·1 flll. 1628-](1?~, lr,3"2-1G.1G, lmq-
1 r,18. 1 rilO-1üG4 y otras.




322 CURSO
sin levantarse una voz bastante celosa ó independiente para
repetir la queja (1).


VII.


Otorgamiento del impuesto.


Hemos observado en otro lugar que la libertad y la propie-
dad de tal modo se hermanan, que estos dos derechos del
hombre en la vida civil constituyen en su esencia uno solo. Así
se explica naturalmente por qué ambos se desarrollan j untos y
caminan paralelos en la sucesion de los tiempos que registra
la historia (2).


En los primeros siglos de la reconquista, cuando la monar-
quía se apoyaba en la nobleza y el clero, los reyes levantaban
las cargas públicas con el producto de los bienes reservados á
la corona, con los servicios personales de sus vasallos, algunas
prestaciones en especie y las penas pecuniarias ó caloñas. Eran
derechos feudales ó tributos debidos en reconocimiento del se-
ñorio, y no verdaderos impuestos ó contribuciones (3).


Creciendo el estado llano en número, instruccion y riqueza,
y sobre todo despues que los procuradores de las ciudades to-
maron asiento en las Cortes, templado el régimen feudal con
vigorosas instituciones populares, las cargas personales se fue-
ron transformando poco á poco en reales y las prestaciones en
especie convirtiendo en imposiciones pecuniarias.


Pecho en la edad media llegó á significar lo mismo qqe tri-
buto ó gabela, y pecheros se llamaron los que pagaban C011-
tribucion de sus bienes, á diferencia de los exentos ó excusa-
dos. Pechero tanto valia como plebeyo, pues el noble, por
privilegio de su clase, no pechaba.


Entónces gozaba el rey de tan grande autoridad sobre los
pueblos en cuanto á la imposicion de tributos, como aqnel qne
era señor y dispensador del territorio. Las cartas de poblacion
y los fueros municipales, además de las leyes que en ellos se
contienen, son títulos de propiedad á favor de un vecindario


(1) Pets. 31 y 7: V. Colee. ms. rle la Acarl. ,1" In [[isla/·i.-,. t. XXIII. rol~. J;;r;
y ~16.


(2) V. cap. X.
(31 V. JI;sl. de le, economía política en Es)"",,,. t. J. ""p. :<l.l -:.




DE DERECHO POLÍTICO. 323
que recibe de la corona cierta porcion de tierras con la obli-
gacion de contribuir más ó ménos á llevar ·las cargas públi-
cas, dando cada cual de lo suyo al rey una parte en frutos, en
dinero ó en servicios.


'Constituida la propiedad individual á la sombra de los con-
cejos, nació naturalmente el deseo de poner coto á lo arbitrario
en materia de impuestos, considerando que no hay derecho de
propietlad allí donde el impuesto no es libremente consentido.
Para obtener de los reyes esta importante con cesio n que los
despojaba de la plenitud de su soberanía, era preciso esperar
el momento en que el brazo popular tuviese representacion en
las Cortes, y alcanzase la autoridad yel prestigio de un ver-
dadero poder del estado.


No llegaron las cosas á sazon hasta los primeros años del si-
glo XIV. Reinaba en Castilla Fernando el Emplazado, cuyo
trono reciamente combatido de la nobleza, salvó de muchos y
grandes peligros la insigne Doña María de Molina, haciendo
liga con los concejos que ofrecieron asistirla y defender la cau-
sa del rey menor de edad contra todos sus enemigos.


Aun despues de haber tomado Fernando IV las riendas del
gobierno, continuó Doña María siendo la protectora de los con-
cejos y la medianera en las discordias entre el rey y los procu-
radores de las ciudades llamadas á Cortes. Dice la crónica que
convocadas las de Valladolid de 13Ü7, «los omes buenos acor-
fIaron con la reina las peticiones que querian facer al rey;» y
cabalmente una de ellas fué que no exigiese tributos ni servi-
cios contra fuero. El rey así lo otorgó, entrando por ménos,
segun se infiere de su natural condicion, la gratitud que la
prudencia, pues no hubiera sido cordura enajenarse la volun-
tad de los concejos cuando la fe de los nobles era tan du-
dosa (1).


Confirmaron este ordenamiento Alonso XI en las Cortes de


(1) O,.ón. de D. Fernando IV, cap. XIII.
,Otrosi á lo que me pidieron, por que la mi tierra era muy yerma é muy pobre,


et que pues gracias á Dios que guerra ninguna non avia, que me pidien por mer-
ced que quisiese poblar é criar á los de mi tierra ... et que non oviese de echar ser-
vicios nin pechos desaforados en la tierra. A esto digo que lo tengo por bien; pero
si acaesciere que pechos oviere mester algunos, pedir gelos hé, et en otra manera
no echaré pechos ningunos en la tierra.> Corto cit., peto 6. C'Mtes de Lean y C'asti-
lla~ t. 1, p. 1,~-:.




:324 ceRSo
Madrid de 1329, los tutores de Enrique III en las de 1391, el
mismo Enrique III en las de 1393 y Juan II en las de Vallado-
lid de 1420 (1).


Funesto precedente asentaron las de Toledo de 1406, cuyos
procuradores, despues de haber concedido á Enrique nI hasta
la suma de cuarenta y cinco cuentos de maravedís para la
guerra de Granada, accedieron á la propuesta de «repartir


(1) • Otrosi á lo que me pidieron por merced que tenga por Nen de les non echar,
nin mandar pagar pecho desaforado ningnno especial nin general en toda la mi
tierra sin ser llama,los primeramiente á Cortes: A esto responda que lo tengo por
bien é que lo otorgo.> Cortes de Madrid de 13"29, peto 68. Cortes de Leon y (!a.st;¡ 1 ({,
t. I, p. 428 .


• Otrosi non echarán pocho ningnno mas de lo que fuere otorgado por Cortes ('
por ayuntamiento del regno; pero si fuere caso muy necesario de guerra, que lo
puedan facer con consejo e otorgamiento de los procuradores de las cibdades e yi-
!las qne estovieren en el Consejo; e esto que sea en monedas, e non pedidos, nin
empréstidos en general, nin en especial.> Cortes de Madrid de U;91, peto 8. JI¡id.,
t. JI, p. 489 .


• La tercera cosa es ... que non echaredos ni!,' demandare des mas mr. nin otra
cosa alguna de alcabalas, nin de monedas, nin de servicio, nin ele empréstirlo, nin
de otra mauera qualquier á las dichas cibelades é villas é lugares, nin persnlln~
singulares dellas nin de alguna dellas, por mesteres que digades que vos recre-
cen, á menos de ser primeramente llamados é ayunla<l.os los tres estados que dellen
venir á vuestras Cortes é ayuntamiento, segunt se debe facer, é ~s de buena cos-
tumbre antigua, etc.> Cortes de Madrid de 1393, peto 3. Ibid., t. n, p. 527.


Esta peticiou dió origen á la pragmática de Madrid que pasó á ser la ley 1, titu-
lo VII, lib. VI Recop.


Martin8z Marina señala mayor antigüedad al otorgamiento del impuesto por los
pueblos, remontando sus investigaciones hasta la monarquía visigorla, y citanllo
en la edad media el ejemplar de las Cortes de Búrgos de 1177.


Las citas del tiempo de los Godos sólo prueban el deseo del legislador de prote-
ger la propiedad particular contra la violencia y la eoilicia de los príncipes quP
tomaban lo ajeno sin escrúpulo, ó forzaban á lLacer escrituras dc donacion ó ,lcu,la
en favor nel rey. L. 5, tito 1, .lib. II FOl'. J1lIi.


A las Cortes de Búrgos de 1117, convocadas por Alonso VIII par" pedir á lo~ no-
bles cinco maravedis !le oro por persona con el objeto de allegar recursos y prose-
guir el cerco de Cuenca, no asistieron los concejos ni podian asistir, porque aun
no tenian representacion las ciunades. Como segun su fuero la nol)leza no pecha-
ba, el rey la juntó en aquella ocasion para persuanirla de la necesida,l del donati-.
va; lo cual es muy distinto del otorgamiento del impuesto en Cortes genernles.
Teoría de las Cories, parto II, cap. XXXI.


El ¡¡octor Mal'tinez Marina faltó algunas veces á las reglas de la crítica por su
afan de probar que la Constitucion de 1812 no encerraba nada nuevo, y que debia
ser aceptada como la restauracion lisa y llana de nuestras antiguas liberta!les. Por
eso se complace, respecto á las Cortes de Búrgos de 1177, en seguir sin maduro
exámen la opinion de Garibay y Salazar de Mennoza, como éstOR siguen ciegmnentc
la de Mártir Rizo y Colmenares, Compendio hi8to>'ial, lib. XII, cap. xx: Hist. ge-
nealó!Jica de la casa de Lara, lib. III, cap. Ill: J[ist. de Cuenca, parto I, cap. VI;
Hi"t. de Segada, cap. XVII: Nuñoz de Castro, r,·ón. de D .. \lrI!1S0 VIll, cap. XXIT.




DE DERECHO POLÍTICO. 325
mas, si fueren nece¡,;arios, sin haber de llamar procuradores,
por que las cibdades é villas no oviesen de gastar en los en-
viar». Verdad es que la autorizacion sólo fué concedida por
aquel año; pero abierto un portillo, Dios sabe hasta dónde se
puede ensanchar (1).


En efecto, apénas eran corridos algunos desde el abandono
de esta prerogativa (aunque limitado y condicional), cuando
Juan II, para satisfacer la costa de una grande armada que de-
bia ayudar al rey de Francia contra el de Inglaterra, no sólo
tomó las monedas y pedido que le otorgaron las Cortes de ~fe­
dina del Campo de 1419, pero tambien mayor ca~tidad que la
concedida. Los procuradores á las de Valladolid de 1420 alza-
ron la voz doliéndose del agravio, por más que el rey se excu-
sase con la necesidad, y protestase que no había sido su inten-
cion quebrantar ni menguar la buena costumbre y posesion
fundada en razon y justicia de no exig'ir tributos nuevos sino
prévio consejo y otorgamiento de las ciudades y villas del rei-
no ó de los procuradores en su nombre.


Los que estaban allí reunidos no admitieron la disculpa, án-
tes responden «que sienten muy gran agravio al presente, et
muy gran escándalo é temor en sus corazones de lo que ade-
lante se podria seguir, por ser quebrantada la costumbre é
franqueza tan amenguada é tan comun por todos los sennores
del mundo, así de católicos como de otra condicion, la cual toda
su autoridad é estado seria amenguado é abajado, no~ que-
dando otro privillejo nin libertad de que los súbditos puedan
gozar nin aprovechep, quebrantado el sobredicho;» y conclu-
yen suplicando al rey que provea al remedio, y ordene que en
lo sucesivo no se pueda hacer lo semejante por necesidad ni por
otra razon alguna. El rey así lo otorgó é hizo ordenamiento en
forma, y mandó librar la carta suplicada para mayor solemni-
dad y firmeza (2).


Es rápida la pendiente de los abusos y por tanto muy difícil
pararse en la mitad del camino, Todas las promesas y segnri-
!iades que Juan II dió á los procuradores cuando les dijo que
de allí adelante, si algunos menesteres le sobreviniesen, le llla-


(ll C,·6n. de D, J"an TI, año 1400, cap, XI! y c"p, XIII.
:.c!; I:O,.t68 no Leon y Castilla, t, lll, p, 2:3; Martinez Marina, Teol';a de laB ()O,'-


l¿s,1. III, ap, xxv,




326 CURSO
ceria hacérselos saber primero que mandase echar ni derramar
tales pechos, y guardaria acerca de ello todo lo que los reyes sus
antecesores acostumbraron guardar en los tiempos pasados,
no fueron parte para que su hijo Enrique IV no diese motivo
á que los prelados, grandes y caballeros reunidos en Cigales
el año 1464 hiciesen una peticion al rey denunciando este abu-
so de su autoridad; y aun añadieron que despues de venido::;
los procuradores á las Cortes, fuesen seguros y libres en sus vo-
tos, «é no les sean puestos temores, ni fechas premias ni pri-
siones sobre el otorgamiento de los pedidos é monedas;» acu-
sacion grave y escandalosa (1).


En la famosa sentencia compromisoria de Medina del Campo
dada en 1485 para poner paz entre los dos bandos de amigos y
enemigos de Enrique IV que deseaba por medio de una con-
cordia atajar el incendio de la guerra civil, además de otros
capítulos tocantes á diversas materias de gobierno, hay uno
en el cual deciden los árbitros que el rey no eche, ni reparta,
ni demande pedidos ni monedas sin otorgamiento de las Cor-
tes, y que sus ministros «no sean osados de repartir más dine-
ros de los que fueren otorgados por los procuradores, so pena
de perder los oficios» (2).


Tan rigoroso consideraban los buenos reyes este deber que
Isabel la Católica, cercana á su hora suprema, mandó exami-
nar si las rentas de las alcabalas eran de calidad que justa-
mente se pudiesen perpetuar, averiguando su orígen, si la im-
posicion fué temporal ó no, si precedió libre consentimiento de
los pueblos, yen fin, si era tributo justo y ordinario, yencar-
gó á sus testamentarios que en caso de sustitncion con otro,
juntasen Cortes para que con su beneplácito se diese órden
como los súbditos acudiesen á la sustentacion del estado real
sin recibir agravio (3). Así procuraba la mejor de las reinas
acallar los escrúpulos de su temerosa conciencia, vol viendo á
las ciudades y villas los fueros que en vida tuvo la flaqueza de
olvidar.


Al tiempo de prestar juramento de fidelidad y obediencia á
Cárlos V, los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1518


(1) Colee. de doe,,,nentos inéditos, t. XIV, p, 369.
(2) Colee. ms. de la Acarl. de la Histo"ia, t. XV, fols. 250 y 23;1,
(3) Codicilo de la Reina Católica: V. Dormer, Discu)'soS v{¡,'ios de Idstori«, JI, 3~1.




DE DERECHO POLÍTICO. 327
le suplicaron mandase confirmar las leyes y pragmáticas de
estos reinos, « é los privillejos é libertades é franquezas de las
ciudades é villas dellos, y non ponga nin consienta poner nue-
vas imposiciones, é ansí nos lo jure;» todo lo cual les fué con
llana voluntad otorgado (1).


Las de la Coruña de 1520 concedieron con mucha dificul-
tad el servicio que les fué pedido, no sin mediar amaños y
violencias para vencer la o bstinacion de los procuradores
opuestos al partido de los Flamencos. Los más débiles ó com-
placientes, por haber traspasado el límite de sus poderes, fue-
ron aborrecidos de las ciudades que los enviaron, y persegui-
dos de muerte, yen la sangre de alguno se cebó la furia po-
pular.


Sobrevino la guerra de las comunidades la cual, si bien ter-
minó con la vietoria que alcanzaron los imperiales sobre los
alterados en los campos de Villalar, no dejó de encender los
ánimos al apellido de" libertad , ni de persuadir al Emperador
que sólo gobernando con moderacion y templanza podría con-
jurar el peligro de nuevas tempestades en Castilla. Así hubo
de prometer en las Cortes de Valladolid de 1523 no pedir ser-
vicio salvo con justa causa y en Cortes segun las leyes del rei-
no; y en las de 1527 sufrió en silencio la repulsa de los nobles,
cuando á la demanda de un servicio extraordinario para aten-
der á los gastos de la guerra contra infieles, le respondieron
que «saliendo él en persona á campaña, cada uno le serviria
con su persona y hacienda; pero que darle por via de Cortes
dineros, pareceria ser tributos y pechos que su nobleza y esta-
do no toleraban:» vivo recuerdo de lo que pasó en una ocasion
semejante en las de Búrgos de 1177.


Los procuradores por su parte manifestaron que todos los
puel;llos estaban pobres y alcanzados, y que era imposible ser-
virle con ninglln dinero; y el brazo eclesiástico protestó que
cada uno de ellos le serviria con todo lo más que pudiese de su
hacienda; mas que en general por via de Cortes y nueva im-
posicion, que esto no lo habian de hacer, sino resistirlo. «Vis-
tas por el Emperador las respuestas (prosigue su cronista) no


! 1) Colee. MS. ,le la Acarl. de le! Histo~ia, t. XX, fol. 15: Sandoval, Hist. de C¿".-
I~" V, lib. nI, ;:; x.




328 cum;o
les dijo palabra desabrida, ni aun mostró mal rostro, y mandó
q Utl se deshiciesen las Cortes» (1).


En otro lugar hemos dado noticia de las de Toledo de 1;);38
Llonde fué resueltamente negado el tributo de la sisa al Empe-
rador, quien no llevó este desaire con igual paciencia, ni dejó
de-vengarse de la nobleza y el clero, puesto que son las úl-


. timas á que concurren los tres estados del reino.
Tuvo Felipe Il Cortes por la vez primera durante su reinado


en Toleclo el año 1559 á las cuales pidió el servicio de costum-
bre. Poco despues las de Madrid de 1567 recuerdan al rey las
leyes antiguas sobre que no se impongan peehos nuevos sin
otorgamiento de los procuradores del reino juntos en Cortes,
se conduelen de lo mucho que habian creciclo las cal'gas públi-
ca!;! y suplicán se guarde lo que de antiguo se hallaba O1'<1e- .
nado, El rey disculpa los nuevos tributos con las apremiantes
necesidades de la corona y añacle: «En lo que decís de adelan-
te, holgaremos en las necesidades que se ofrecieren tener el
consejo y parecer del reino» (2).


Las de Madrid de 1576 á 1578 hicieron un poderoso esfuerzo
para reintegrarse en la posesion y ejercicio de su ya cercenada
prerogativa diciendo que segun derecho natural, costumbre
antiquísima y fueros de estos reinos «siu junta de él é otor-
g'amiento de sus procuradores no podian criarse ni cobrar;;e
ningunas nuevas rentas, pechos, ni monedas, ni otros tributos
particular ni generalmente ... lo cual se ha observado y guar-
dado por todos los señores reyes pasados inviolablemente).
Enumeran en seguida los muchos tributos nuevos que habia
cargado el ",Consejo de Hacienda, y concluyen suplicando al
rey que «todas las dichas rentas y arbitrios que se han criado
é impuesto é cobran en el reino sin el dicho llamamiento de
Cortes y sin otorgamiento de sus procuradores, cesen y se qui-
ten, y se reduzcan al estado que ántes de esto tenian, así por
la forma con que se han introducido, como por el perjuicio que
han hecho ... y manda que en adelante se guarde á estos reinos
sa antigua costumbre y estilo».


La respuesta del rey no fué clara ni te¡'minantc. « El estado


¡l) Colee. tns. de la Ac"d. de la Historia, t. XX, f(J1. 12G: Sandoval, Hisl. de C,;,'-
los V, lilJ. XVI, \i n.


(2) Pet.3. Colee. m8., t. XXIJ, fol. 216.




DE DEltECHO POLÍTICO. :32U
de las cosas (dijo) no ha dado lugar para poderse dejar de usar
de los medios y arbitrios que se han usado; pero se irá miran-
do y procurará con todo cuidado de dar en ello la órden con-
veniente y posible en beneficio del reino en cuanto las necesi-
dades forzosas dieren lugar:» promesas vagas y poco sinceras
que jamás fueron cumplidas.


Insistieron todavía las Cortes de Madrid de 1579, 1583, 1586,
1588 Y 1592 en la defensa de su prerogativa más por fórmula
repetida de unas en otras, que con la esperanza de recobrar un
derecho incompatible con la monarquía absoluta. El lenguaje
de los procuradores, de arrogante que era, se convierte en hu-
milde, como si estuviesen convencidos de su debilidad ante la
resignacion de los pueblos á la voluntad indomable de Feli-
pe n. «Está proveido, se mirará lo que convenga, mandaremos
se guarden las leyes,» son las palabras que pudieron arrancar
al rey tac:iturno (1).


Era de la privativa competencia del reino junto en Cortes,
y en su ausencia de una Comision llamada de Millones, com-
puesta de cuatro procuradores elegidos ad !lOc, el conocimien-
to de todos los negocios relativos á la administracion, cobran-
za y distribucion de este servicio. En las Cortes de Madrid de
1632 se puso por condicion al prorogarlo, que los cuatro co-
misarios fuesen designados por la suerte y agregados á ellos
tres consejeros, todos siete con igual voto. En 1639 reformó
Felipe IV la planta de la Comision, organizándola en forma de
Tribunal Supremo con un presidente, tres ministros del Conse-
jo de Castilla, uno del de Hacienda y los cuatro procuradores
arriba dichos en representacion del reino. Por úl.timo, en 1658
propuso el rey y consintió el reino la incorporacion de la Co-
mision·de }'Iillones al Consejo de Hacienda (2).


Por estos rodeos y con tales artificios, aprovechándose los
ministros de Felipe IV de la debilidad de los procuradores, ó •
corrompiéndolos con dádivas y promesas de grandes merce-
des, perdieron las Cortes de Castilla su más alta y preciosa


(1) Cortes tle Madritl de 1567, peto 3; 1518, peto 1; 157!), peto 4 ; 1583, peto 166 ; 1586,
]Jet.. 2 y 1388, peto 8: V. Colee. ms. de la .lead. de la Historia, t. XXII, fol. 246 y
t. XXIII, fols. 58, 96, 166, 20'7 Y 386.


(2) Eserit'frM de millones: Gal'ma, Teatro 1miverwl de ERpafía, t. IV, p. 401: La
Ripia, l'n'<ctica de la administracion y eoórcm:::a de las rentas ,-cales,adicionada por
Gallard, t. II, p. 65.




330 CURfiO
prerogativa, cual era el otorg'amiento del impuesto. Biell pudia
preverse cercano el dia en que la delegacion temporal de las
Cortes en la Comision de Millones y la red nccion de ésta al
Consejo de Hacienda diesen por resultado al:wrse el rey con la
autoridad absoluta sobre la propiedad particular y la fortuna
de los pueblos (1).


Así fué. Todavía Felipe IV convoc61as Cortes de Madrid de
1660 para que le consintiesen ciertas imposiciones; pero ni
Doña Mariana de Austria, reina gobernadorg durante la mi-
noridad de Cárlos II, ni éste despues de haber entrado en su
mayor edad, se cuidaron de reunir una sola vez las Cortes.
¿Para qué'? La prorogacion del servicio de millones en 1667 se
obtuvo solicitando el consentimiento de las ciudades por medio
de cartas que las excusaban de enviar procuradores. La de las
alcabalas se alcanzó pidiendo la dipntacion del reino á las
mismas que la revistiesen con los poderes necesarios para
otorgar el encabezamiento. El Consejo de Hacienda hacia la
distribucion de los servicios entre las veinte y una provincia:;
de Castilla, y todo se concluia sin la molesta intervencion de
ninguno de los brazos del reino.


Sin embargo aun subsistia el principio que para imponer
nuevos tributos era necesario el consentimiento de la nacion.
Escrito estaba que «no se echen pechos ni monedas sin se lla-
mar á Cortes y ser otorgados por los procuradores» (2): pro-
testa viva contra la doctrina que h!lce al rey dueño de toda ri-
queza pública y privada .


• No tardó mucho tiempo en desaparecer este vestigio de una
libertad importuna á nuestros monarcas. Felipe V, enseñado
en la escuela de Luis XIV, usa de un lenguaje imperativo no
acostumbrado en Castilla, cuando en 1705 decreta que sus va-
sallos le sirvan con un donativo general para las urgencias de


(1) < Lo que más nuevo pareció (dijo un contemporáneo), si bien más cómodo
al rey, fué introducir que para imponer tributos generales á los vasallos, bastase
que los concediese el reino en Cortes sin la comunicacion y consentimiento de las
ciudades. Ya fuese que la razon 6 el arte lo persüadiesen, el conde (de Olivares)
consiguió cuanto propuso al reino, ó sea verdad que los procuradores han conse-
guido de honores cuanto han pretendido por medio del conde .• Fragmentos histú-
ricos de la vida de D. Gaspa-;' de G1Q'm(¡n, conde de Oli1'ares,' V. Vallaclares, Sema-
nario e"wMto, t. II, ]l. 174.


(2) L. 1, tito VII, lib. V!. Recol'.




DE DERECHO POLÍTICO.
la guerra y establece reglas para su cobranza, y cuando en 1729
reforma el servicio de millones en virtud de su propio motu y
poderío real absoluto (1).


Para que no quedase rastro ni memoria del otorgamiento
del impuesto por el reino junto en Cortes, no pasó de la Nueva
á la Novísima Recopilaeion la ley que prohibia hacer derramas
á voluntad del príncipe, por supérflua y anticuada.


VIII.


Potestad legislati\la.


Grande fué la autoridad del clero y la nobleza, así en los
Concilios de Toledo durante la monarquía visigoda, como en
las otras juntas tambien mixtas celebradas despues de la pér-
dida de España en los reinos de Asturias, Leon y Castilla. No
siempre necesitaban los reyes llamar á estos dos brazos para
ejercer la potestad legislativa; pero no podian excusar su con-
sejo, y aun su acuerdo, cuando entendian dar mayor estabili-
dad y firmeza á sus actos, ó cuando ordenaban cosas árduas y
de general observancia. No es nuestro ánimo exponer la par-
ticipacion de los obispos y ricos hombres en el gobierno, sino
averiguar cuándo y cómo el reino junto eIl Cortes entró en el
goce de la eminente prerogativa de concurrir con el monarca
á la formacion de las leyes.


El docto lVIartinez Marina, propenso á enaltecer nuestras de-
caidas libertades, pero cuya crítica suele resentirse del im-
posible deseo de rodear con el prestigio de la antigüedad la
Constitucion de 1812, deduce' el poder legislativo de las Cortes
de la autoridad de los Concilios, citando á este propósito el de
Leon de 1020, el de Coyanza de 1050 y otras várias juntas na-
cionales donde se encuentran las palabras prtlicipi1mls, decre-
vi'mus, mandavimus, constitttim1tS, etc. (2).


No negarnos que tal haya sido el principio de aquella potes-
tad llevada á más alto punto en época posterior; mas en tanto
que no penetró en nuestro derecho público la máxima que para
legislar se requería el concurso del rey y las Cortes, la ínter-


(1) L, 1), tít. x, lih, VI Nov. Recop,: Coleo. >ns. do la Aoad. de la Historia, to-
mo XXX, fol. 16, y t, XXXI, [ols, 82 y 413.


(2) Te01'ía de las Cort es, parto JI, cap. ¡(VII.




332 CURSO


vencion de los prelados y magnates era un acto voluntario del
príncipe, como si procediesen en virtud de un mandato supe-
rior ó con autoridad delegada. Las palabras del Concilio de
Lean Jussu ipsius regís talía decreta dec1'evimus, confirman
nuestra opinion hasta disipar la menor sombra de duda.


Existe. un documento de precio inestimable para la historia
ue nuestra constitucion, del cual no han sacado partido razo-
nable Marina, ni Sempere, ni otros escritores contemporáneos
rrue muy de propósito trataron la materia. Hablamos del pr-
denamiento hecho en las Cortes de Lean de 1188, en donde
Alonso IX dice: Promissi etiam q1tod non Jaciam ijUe1'ra1Jl,
veZ pacem, veZ placitum nisi cum concilio episcop01'um, nobi-
lium et oonor1tm homimlm per q1tor1lm consilio deoeo regi (1).


Ahora bien: desde el momento que el rey ofrece sustituir á
los decretos del príncipe solo los decretos del príncipe con el
consejo de los tres brazos del reino, la potestad legislativa re-
side en el rey con las Cortes. Y no fué pasajero este ordena-
miento, puesto que en las siguientes de Lean de 1208 dijo el
mismo Alonso IX: Una nooisc1lm vene1'abilium episcoporum
crotu reverendo, et totius re.qni prima tu m et oaron1tm .qlorio-
so colegio, civi1lm mu,ztitudine destinatoruma sin!J1l{is civi-
ültibus considente: Ego A ljons1¿s ... multa deliberatione Pl'f13!ta-
bita, de unive1'sorum consensu, hanc Zegem edidi miki, et á,
meis posteris omnibus observandam ... » (2j. De donde se infie-
re que por lo ménos las leyes que se daban con el carácter de
perpétuas debian ser hechas en Cortes para mayor estabiliuau
y firmeza.


Otro tanto sucedía en Castilla segun consta del ordenamien-
to que hizo Alonso el Sabio en las de Sevilla de 1252, en el cual
declara que procedió con el consejo y acuerdo de los tios y
hermanos que nombra, «é de los ricos ames, é de los cavalle-
ros, é de las órdenes é ames buenos de las villas, é otros ames
buenos que se ayuntaron conmigo». Lo mismo expresan el de
comestibles y artefactos de 1256, otro de 1264 que contiene
várias leyes para los pueblos de Extremadura y muchos pos-
teriores (3).


(1) Cortes de Leon y Castilla, t. 1, p. 40.
(2) Ibid., p. 46.
(3) Colee. ms. de la Acad. de la Histo~ict, t. 1, fol. 286 y t. II, fols. 2, 139 Y 21R.




DE DERECHO POLÍTICO. 333
1'10 queremos significar con esto que sólo fuesen valederas


las leyes hechas con intervencion de las Cortes, como pretende
Martinez Marina, pues además de los repetidos ejemplos que
nos muestra la historia en multitud de ordenanzas, cédulas,
pragmáticas y otros estatutos con fuerza de ley, obedecidos,
guardados y cumplidos por los súbditos que los reputaban ac-
tos legítimos de la potestad real, l1allamos escrito en las Par-
tidas: «Emperador 6 rey puede facer leyes sobre las gentes
de su señorío, é otro alguno non ha poder de las facer en lo
temporal, fueras ende si lo ficiere con otorgamiento dellos» (1).
y no se diga que esta leyes la expresion de la voluntad perso-
nal de Alonso el Sabio, porque es bien sabido que las Partidas
recibieron fuerza de obligar en las Cortes de Alcalá de Hena-
res de 1348.


Reinando Juan 1 pretendieron las de Búrgos de 1379 un gra-
do mayor de autoridad que no alcanzaron, pues habiéndose
quejado los procuradores de que «algunos omes ganaban cal'-
tas para desatar los ordenamientos fechos en ellas,» y supli-
cado al rey mandase «que las tales cartas fuesen obedescidas
é non cumplidas, é lo que fuese por Cortes ó por ayuntamiento
que non se pudiese desfacer por tales cartas, salvo por Cortes,»
les fué respondido que las cartas ganadas contra derecho fue-
sen obedecidas y no cumplidas; «pero en razon de desatar los
ordenamientos 6 de los dejar en su estado, nos faremos en ello
lo que entendiéremos que cumple á nuestro servicio» (2).


Conforme el brazo popular iba creciendo en importancia, así
los procuradores. van pasando del ruego humilde á la peticion
vigorosa. Los reyes por su parte, convencidos de que las excu-
sas no aprovechan y no satisfacen las promesas, acceden de
buen ó mal grado á los imperiosos deseos del estado llano. .


Juan 1, mal seguro en el trono de Castilla disputado con las
armas por el duque de Lancáster, marido de Doña Constanza,
hija primogénita del rey D. Pedro, necesitado de fuerzas y apu-
rado de recursos, no perdonó ocasion de granjearse la volun-


(1) L. 12, tít.. 1, Part.. I.
(2) Cal-tes de Leon JI Castilla, t. 11, p. 29!).
Ya en las de Merlinu del Campo de Il105 habian pedido los procuradores ,qu~


aquellas mercedes é aquellas cosas que el rey les otorgase en esta.' Cort.es, > no [as
revocase á rnénos de hacerlo en otms, y el rey así 10 ot.orgó; mas el ordenamiento
si,la se referia ú lo contenido en • este cuaderno >. Ibid .. t. I. p. 172.




334 CURSO
tad de los pueblos. Celebrando Cortes en Bribiesca el año 1387,
hizo un ordenamiento de leyes entre las cuales, sin mediar pe-
ticion conocida de los procuradores, estableció «que los fueros
valederos, é leyes, é ordenamientos que non fueron revocados
por otros, non sean perjudicados si non por ordenamientos fe-
chas en Cortes, maguer que en las cartas oviese las mayores
firmezas que pudiesen ser puestas» (1). Desde entónces, y no
ántes, como supouen algunos escritores, quedaron los reyes de
Leon y Castilla privados de establecer y derogar las léyes á su
albedrío, puesto que las dadas con participacion de las Cortes,
no se podian revocar sin su consentimiento.


Pasaron los reinados de Enrique lII, Juan II y Enrique IY
sin que las Cortes formasen una sola queja con uwtivo de la
infraccion de la ley de Bribiesca, y no por eso debemos supo-
ner que los reyes se mostraban escrupulosos en su observancia,
sino más bien colegir que los procuradores disimularon el
agravio. No era D. Álvaro de Luna (verdadero rey de Castilla
con el nombre de privado) tan poco ambicioso que se conten-
tase con un poder limitado; y así no hay por qué extrañar si
en su tiempo empezó el uso de aquella fórmula dé cancillería
«de mi cierta ciencia y poderío real absoluto no reconociente
superior en lo temporal, re,,:oco, caso é anulo, no embargante
cualesq uier leyes, fueros, ordenanzas y costumbres é fazañas ...
y como rey y soberano señor así lo establezco, ordeno y mando,
y es mi merced y voluntad que vala y sea firme y estable y va- .
ledero como si fuese instituido y ordenado, fecho y establecido
en Cortes» (2).


Tan duras é irritantes parecieron estas cláusulas, que los
procuradores á las de Valladolid de 1442 rompieron el silencio
y alzaron la voz diciendo: « Por cuanto ()n las cartas que ema-
nan de V. A. se ponen muchas exorbitancias de derecho, en las
quales se dice no obstante leyes, é ordenamientos, é otros de-
rechos, que se faga, é cumpla lo que vuestra sennoría manda,
é que lo manda de cierta ciéncia, é sabidoría, é poderío real
absoluto, é que revoca, é anula, é casa la.s dichas leyes que
contra aquello hacen ó hacer puedan; por lo qual non apro-


\1) Orden. cit., tractado lII, 1. 9: V. Oortes de Leon y Ca'tilla, t. n, p. :J~1.
(2) erón. de D. Juan Il, año 1441, cap. XXX y alio H,:¡, cap. II!: ~'lorez, Esp,ti;"


Saql·ada. t. XXXIX, p. 29G.




DE DERECHO POLÍTICO. 335
vecha á vuestra merced facer leyes nin ordenamientos, pues
está en poderío del que ordena las dichas cartas revocar aqué-
llas: suplicamos á vuestra sennoría que le plega que las tales
exorbitancias non se pongan en las dichas cartas ... é que non
sean cumplidas, é sean ningunas é de ningun valor ». El rey
otorgó la peticion y mandó guardar la ley de Bribiesca, mas
sólo con relacion á «las cartas que fueren entre partes ó sobre
negocios de personas privadas,» y se abstuvo de confirmarla
por via de regla general (1).


Por eso mismo era tan comun la inobservancia de las leyes
hechas en Cortes, que cuando se reunian, acostumbraban los
procuradores pedir la confirmacion de las anteriores, y mu-
chas veces suplicaban al rey ratificase su palabra con jura-
mento, sin que á pesar de tantas firmezas y cautelas lograse
el reino verlas guardadas y cumplidas. Llegó el desórden al
extremo que las Cortes de Salamanca de 1465 manifestaron
sin rebozo á Enrique IV que las ciudades y villas del reino
tenían perdida la esperanza del remedio, y sospechaban que
renovar la súplica «seria escrebir é no aver otro efecto». No
se disculpó el rey, ni se opuso á lo que los procuradores ima-
ginaron para asegurar la ejecucion de lo ordenado en Co1'- •
tes (2).


En esta constante alternativa de legislar con las Cortes ó sin
ellas, y prometer y jurar la observancia de las leyes y librar
cartas contra fuero, se pasaron algunos años de resignacion y
abandono. Los Reyes Católicos expidieron multitud de prag-
máticas sobre las materias más graves y diversas del gobierno,
y las Cortes no suscitaron ninguna dificultad al ejercicio de su
fecunda iniciativa. Confiaban demasiado los pueblos en la jus-
ticia, prudencia y sabiduría de aquellos príncipes y descansa-
ban en sus virtudes. La Reina, temerosa de que la gobernacion
de Castilla cayese despues de sus dias en manos de extranjeros¡
ordenó en su testamento otorgado en Medina del Campo el
año 1504, que estando D. Felipe y Doña Juana fuera del reino
«no llamasen á Cortes los procuradores que á ellas deben é sue-
len ser llamados, ni ficiesen fuera de los dichos sus reinos é se-


(1) Cortes cit., peto 11: V. Cortes de Leon y Castilla, t. nI, p. 406.
:~) Cortes cit., peto 21: V. ('o,.t,'s de Leo" y Ca8W Zn, t. IlI, p. 'i"fl.






:136 CURSO
ñorios leyes é premáticas, ni la,; otra,; cosas que en Cortes se
deben facer segun las leyes dellos» (1).


Apénas habían pasado dos años desde la muerte de 18abe11a
Católica, las Cortes de Valladolid de 1506 hicieron la peticion
siguiente: « Los sabios antiguos y las escriptnras dicen que
cada provincia abunda en su seso, é por esto las leyes y orde-
nanzas quieren ser conformes á las provincias, y no pueden ser
iguales, ni disponer duna forma para todas las tierras; y por
esto los reyes establecieron que cuando hubiesen de hacer le-
yes para que fuesen provechosas á sus reinos, y cada provincia
fuese bien proveida, se llamasen Cortes y procuradores que en-
tendiesen en ellas, y por e'lto se estableció ley que no se hicie-
sen ni revocasen leyes sino en Cortes. Suplican á VV. AA. ql1e
agora é de aquí adelante se faga é guarde así; y cuando le-
yes se hubieren defacer, mandar llamar sus regonas é procura-
dores dellos, porque para las tales leyes serán dcllos muy mns
informados, é vuestros regnos justa é derechamente provei(los;
é porque fuera desta órden se han fecho mnchas premáticas de
que estos vuestros regnos se sienten agraviados, manden ql1e
aquéllas sean revistas, é provean, é remedien los agravios que


• las tales premáticas tienen» (2).
En esta peticion que va más allá de 10 justo al negar al rey


la potestad de hacer las leyes y dar pragmáticas para el go-
bierno de los pueblos, se entrevé la poca confianza que inspi-
raban á los procuradores una reina privada de la razon y un
rey extranjero. Como quiera, no faltaron quienes aconsejasen
á D. Felipe y Doña .Juana la ambigua respuesta, «qne cuanclo
fuere necesario lo mandarian proveer de manera que se die.se
cuenta dello».


Desde aquí adelante fué menguando á toda prisa la partici-
pacion que las Cortes tuvieron en el ejercicio de la potestad
legislativa; y no sólo en cuanto al hecho, pues tambien el
principio padeció menoscabo. Los procuradores á las de Madrid
de 1579 usan un lenguaje tan humilde que raya en bajeza. « Pa-
rece seria conveniente y necesario ( dicen) dar parte al reino de
las leyes que se hubiesen de hacer y publicar estando junto en


- Cortes, y suplican no se hagan ni publiquen á lo sucesivo sin
(1) Dormer, DisCH1"SOS t'á1~i()8 de h¡st01~in, p. 313.
(2) Corte~ eit., ]lBt. G: V. no/~r. "'.'. '7, /" Arar!. r!e /(1 lli.,IOl'ifl, t. XVI, fol. :1:1:1.




DE DERECHO POLÍTICO. 337
darles noticia de ellas;» á lo cual responde Felipe II que {( ten-
drá mucha cuenta en mandar se dé al reino satisfaccion, como
es justo» (l). .


Mayor fué el descuido ó la humillacion de los pro~uradores
á las Cortes de lHadrid de 1592, cuanclo léjos de revindicar su
derecho á intervenir en la formacion de las leyes, reconocen la
llsurpacion de esta prerogativa y se contentan con pedir que
las Cortes sean oidas por via de consejo. « Aunque el hacer de
las leyes y estatutos (dijeron) ha sido siempre de la suprema
jnrisdiccion del príncipe á cuyo cargo está el gobierno de sus
súbditos, y hacer para ello las leyes convenientes, pero para
acertar en esto, como cosa que importa tanto, siempre los re-
yes han procurado tomar parecer de sus reinos, etc.» Así dis-
curren y terminan á lo mismo que las anteriores, no solicitan-
do el concurso de las Cortes á nombre y en virtud de alguna
ley ó costumbre antigua ó de las antiguas libertades y fran-
qllezas de Castilla, sino «porque á lo ménos por este camino se
habrá hecho la diligencia necesaria para que más se acierte».
El rey, cada vez más engreído con el poder que le abandonan
los más obligados á disputárselo, responde «que no es bien ha-
cer en ello novedad, porque cuando el Consejo vé que convie-
ne, se hace, yen las ocasiones que se ofrecieren, se mirará lo
que convenga» (2).


Avivóse un poco la llama de la tradicion en las Cortes de
Valladolid de 1602, en las cuales volvieron á suplicar los pro-
curadores que no se promulgasen nuevas leyes, ni se revoca-
sen en todo ó en parte las antiguas sino en Cortes, avisando al
reino y estando junto, y en ausencia á su dipntacion, para ad-
vertir lo que más pareciese conveniente al real servicio y bue-
na gobernacion del estado: voz que tuvo eco en las de Madrid
de 1607 y 1611 sin lograr más fruto que respuestas vagas y de
pura ceremonia (3).


En suma, la participacion de las Cortes en la potestad le-
gislativa creció y menguó segun las vicisitudes de la institll-
cion misma, y sobre todo del brazo ó estamento popular. Al
principio ejercieron el modesto derecho de peticion: más ade-


(1) Cortes cit., peto 4. Jold., t. XXIII, fol. 96.
(2) Cortes cit., peto 26. Ibid., fol. 311.
(8) Cortes cit., pets. 1 y 5. lbiel., t. XXVI, falso 188 y 155.




338 CURSO
lante lograron que las leyes hechas en Cortes no se pudiesen
revocar sino por otras tambien hechas en Cortes: luego quedó
reducida ,su prerogativa á dar su parecer ó consejo cuando el
rey se dignaba oirlas acerca de alguna ó algunas leyes nue-
vas; y por último legislaron los reyes con plena libertad sin
consultarlas, como lo pide la naturaleza de la monarquía ab-
soluta.


Esta es la verdad segun la historia. No siempre fue necesa-
rio el concurso de las Cortes para hacer las leyes, ni siempre
las hicieron los reyes por su sola voluntad. Al añadir aquella
cláusula final de multitud de reales pragmáticas, «quiero y
mando que tenga fuerza y vigor de ley hecha y promulgada
en Cortes con grande y madura deliberacion» ¿no ponian ellos
mismos en duda su derecho de legislar por sí solos y de propia
autoridad?


IX.


Decadencia de las Cortes.


Las Cortes, en cuanto á la representacion que en ellas tenian
las ciudades y villas del reino, participaron de la próspera y
adversa fortuna de los concejos, porque en la edad media eran
todo ó casi todo las libertades municipales. Un vínculo indiso-
luble ligaba la suerte de las Cortes á la organizacion del con-
cejo que nombraba sus procuradores, les otorgaba sus pode-
res, les comunicaba sus instrucciones, les pedia cuenta de su
conducta yen fin les pagaba sus salarios. El procurador no
habla en nombre propio, ni vota segun su conciencia, pues no
tiene voluntad. Fiel mandatario del concejo, lleva la voz de la
ciudad que le envia al rey con un mensaje.


Cuando la monarquía, sintiéndose débil para reprimir los
excesos de una turbulenta nobleza, se inclina á los concejos
cuyas milicias salen á campaña en defensa del rey oprimido,
como sucedió durante las borrascosas minoridades de Alon-
so VIII, Fernando IV, Alonso XI y Enriq ne lII, Y mientras no
se consolidaron en el trono Sancho IV, Enrique II, Juan 1 y
los mismos Reyes Católicos, las Cortes se engrandecen, se
reunen con frecuencia, obtienen respuestas favorables á sus




,DE DERECHO POLÍTICO. 339
peticiones y ejercen influjo poderoso y tal vez decisivo en las
cuestiones de gobierno.


Aun en medio de esta prosperidad habia algo que á la larga
debia traer la decadencia. Avecindados los nobles en las ciu-
dades más ricas y populosas de CastIlla, tomaron por blanco
de su ambrcion las magistraturas populares, con lo cual mu-
chos de los principales concejos perdieron de su natural vigor
con su organizacion y tendencias aristocráticas. Por otra par-
te, allí en donde se conservó la antigua costumbre de proceder
á la eleccion de los oficios de república en junta general de
vecinos, de tal manera se arraigó el abuso de sustituir el de-
recho con la violencia, y á tal punto llegaron las discordias y
alteraciones del vecindario, que vários reyes, deseosos de asen-
tar el órden y afirmar el imperio de la justicia, pusieron ofi-
ciales concejiles de su mano, y acabaron por instituir corregi-
dores sobre los alcaldes ordinarios elegidos por las mismas
ciudades, de quienes se dijo que atendian más al interés propio
que á la voluntad del rey.


Con esto, y con haberse trocado los oficios de república de
electivos en vitalicios, y por último, si no todos, algunos en
hereditarios, la organizacion municipal se trastornó de modo
que el concejo dejó de ser una institucion popular, y dejaron
los procuradores de ser los verdaderos representantes del esta-
do llano.


Como en la edad media todo se regía por el privilegio, po-
cas eran las ciudades con voto en Cortes. Aconsejaba el buen
sentido aumentar su número hasta convertir el privilegio en
un derecho comun á todas las del reino y extenderlo á las vi-
llas de mayor importancia. Léjos de eso, las que gozaban del
monopolio de la representacion, se opusieron constantemente
á la concesion de nuevos votos, alegando «los grandes incon-
veniéntes que se siguen y han experimentado, y los muchos
gastos que de ello resultan así á la hacienda real como al rei-
no». Tan tenaces fueron en este punto las ciudades privilegia-
das, que las Cortes de Madrid de 1632 y 1649 todavía impu-
sieron semejante condicion al otorgar el servicio de millones
en la forma ordinaria (1). 4


(l) Cortes de :\fadrid de 1632, escrito de millones, cond. 80: Cortes de Madrid de ti
lG4H, oscrit. de millones, cond. 78.




:340 CURSO
Uno de los vicios más peligrosos de la institucion era sin


duda la falta de ley ó costumbre que fijase un plazo cierto
dentro del cual debiesen los reyes llamar á Cortes. Como sólo
estaban positivamente obligados á convocarlas para obtener
la concesion de pedidos y monedas primero, y des~mes del ser-
vicio de millones, las reunieron cada tres años, luégo cada
seis, y por último Cárlos II halló modo de eludir la convoca-
toria é imponer, repartir y eobrar los tributos supliendo el
consentimiento de las Cortes con una ficcion ó falsa legalidad.
Es cierto que segun las leyes del reino «sobre hechos grandes
y árduos debian hacerse Cortes;» mas un precepto tan vago
abria ancha puerta á lo arbitrario (1).


Mucho clamaron los procuradores contra el abuso de opri-
mir á los concejos para que nombrasen personas señaladas que
viniesen á las Cortes. Los reyes prometieron repetidas veces la
enmienda; pero todavía, al protestar que era su voluntad que
las ciudades y villas eligiesen libremente sus procuradores,
añadieron, «y esto se entienda salvo cuando Nos, no á peticion
de persona alguna, sino de nuestro proprio motu, entendiendo
ser as~ cumplidero á nuestro servicio, otra cosa. nos pluguiere
mandar y disponer» (2).


Rayaba el abuso (le la autoridad en materia de elecciones
aun más alto, cuando se considera que elegido un procurador
en discordia, era el rey llamado á dirimirla, y el mismo rey dió
el escándalo de dispensar la menor edad y la cualidad de na-
tural originario de los reinos de Castilla á fin de que sus favo-
ritos, atropellando las leyes, tomasen asiento en las Cortes (3).


No era toda la culpa de los reyes. ¿ A quién sino á los pue-
blos debemos imputar el tráfico inmoral de la procuracion á
Cortes? Las de Valladolid de 144710 denunciaron y pidieron
al rey que lo prohibiese como lo hizo, so pena de que «el com-
prador pierda el oficio y no lo haya aquel año, ni dende en
adelante, y sea inhábil para lo ayer, y el vendedor, por el mis-
mo fecho, pierda el oficio que tuviere» (4).


(1) L. 2, tít. Vl!, lib. VI Recop.
[2) L. 5, tít. VII, lib. VI Recop.
(3) L. O, tít. VII, lib. VI Recop.: Cortes de Madrid de 1617, escrito de millones,


cond.71.
(4) Cortes cit., peto 60. Cortes de Leon y Castilla. t .. ITI, p. 5D9; L. i. tít. "JI,li-


bro VI Recop. '




DE DEnECRo POLÍTICO. 341
Tampoco se alcanza la raza n por qué las Cortes de Búrgos


de 1430 suplicaron al rey que los procuradores fuesen personas
honradas, es decir, de calidad, y no labradores ni sesmeros,
péticion indiscreta que les fué otorgada (1).


Ennoblecer las Cortes era causar una herida mortal á la
institucion cuya vida se alimentaba del principio popular.
¡Qué triste espectáculo ofrecell al hombre que medita sobre las
vicisitudes de la política las Cortes celebradas en el siglo XVII
en su agonía! Allí abundan los procuradores palaciegos, gen-
til-hombres, mayordomos y caballerizos del rey y los infantes:
los altos dignatarios del reino, consejeros de Estado y Guerra,
de las Órdenes y de Hacienda: los maestres de campo, sargen-
tos mayores y capitanes de la milicia española: los títulos de
Castilla duques, marqueses y condes: los comendadores y ca-
balleros de Santiago, Calatrava y Alcántara: los corregidores
y alcaldes mayores, etc. Allí no faltan regidores y veinticua-
tros, nobles todos ó su mayor parte; y sólo de vez en cuando
se desliza algun humilde jurado ó vecino de tal ciudad ó villa,
resto miserable de la verdadera y legítima representacion del
estado llano. Verdad es que la nobleza y el clero contribuian
al servicio de millones; pero aun siendo así ¿estaba bien re-
presentado el brazo de las ciudades'?


Nada más justo que los concejos pagasen salarios á los pro-
curadores que enviaban á las Cortes, y sin e,mbargo nada más
perjudicial. Sintieron la carga los concejos pobres y empeña-
dos, y por aliviarla, dejaron de nombrar procuradores y per-
dieron su derecho. Otros más ricos y holgados, por economía ó
ruindad, imitaron su ejemplo, ó si acaso nombraban procura-
dores, solian corresponder á sus buenos servicios con ~ala
paga. La costumbre de alargar la duracion de las Cortes has-
ta seis años aumentaba la costa del oficio, y de aquí que los
procuradores, consumida su hacienda, solicitasen del rey mer-
cedes con mengua de su entereza, y que muchos concejos se
inclinasen á revestir con sus poderes á palaciegos y cortesanos.


La indifereneia yel abandono de las ciudades subieron de
punto al ver cuán poco caso hacian los reyes de las peticiones
de los procuradores, cómo dilataban el darles satisfaccion y


(1) Cortos cit., pd.la. Cortes de Lean y Castilla, t. IlI, p. 85: L. 4, tít. VII, li-
hro VI Recop.




342 CURSO
respuesta y la incorregible inobservancia de las leyes y orde':'
namientos hechos en Cortes. En vano suplicaron las de Toledo
de 1525 que el Emperador oyese benigna mente y recibiese sus
peticiones generales y especiales: en vano ofreció responder á
ellas y hacer justicia ántes que las Cortes se acabasen, puesto
que no se cumplió, y todo quedó reducido á pura ceremonia (1).


Las de Salamanca de 1465 acordaron con beneplácito de En-
rique IV que residiesen en la corte de contínuo cuatro procura-
dores con cargo de solicitar las leyes y pragmáticas hechas en
las de Toledo de 1462, «porque no se habian guardado ni te-
nido efecto alguno;» y las celebradas en esta misma ciudad el
año 1525 suplicaron, y les fué otorgado, que dos procuradores
residiesen cerca del rey para entender en la administracion y
beneficio del encabezamiento general (2). Lo primero fué inú-
til diligencia: lo segundo dió orígen á la Diputacion de Millo-
nes que andando el tiempo concedió el servicio á nombre de
las Cortes, y más tarde desapareció refundida en el Consejo de
Hacienda.


Recibieron las Cortes el golpe de gracia en las Cortes de To-
ledo de 1538. Habíalas convocado el Emperador para imponer
con su consentimiento el tributo llamado de la sisa ó contribu-
cion de consumos, ya conocido en Castilla reinando Sancho IV,
pero tambien alzado por su· mujer Doña María de Molina du-
rante la minoridad de su hijo Fernando IV; hábil política que
le valió la amistad de muchos concejos. Era el nuevo tributo
propuesto por el Emperador tan impopular, que halló viva re-
sistencia, sobre todo en la nobleza, con cuyo motivo pasaron
ásperas demandas y respuestas, y al fin fueron los grandes
despedidos de mala manera; y desde entónces ni Cárlos V, ni
sus sucesores de la casa de Austria volvieron á convocar Cor-
tes generales, esto es, de los tres brazos del reino (3).


(1) Cortes cit., peto 6. L. 8, tito VII, lib. VI Recap.
(2) Cortes cit., peto 21. Cortes de Lean y Castilla, t. lIT, p. 750; lo 13, tir. VII,


li b. VI Recap.
(3) Sandoval, Hisl. d~ Cárlas V, lib. 1II, § IX Y lib. V, § XIII.
En una relacion manuscrita de lo sucedido en estas Cortes, famosas por la ex-


clusion del clero y la nobleza, se refieren curiosos pormenores dignos de ser con-
tados. Como el Condestablo suplicase al Emperador en nombre de los grandes y
caballeros que no saliese del reino, le respondió Cárlos V con enojo; < dineros pido
y no consejos;' poco más ó menos las mismas palabras que el arzobispo de Sevilla




DE DERECHO POLÍTICO. 343
Aquella nobleza que batallando con los comuneros y ven-


ciéndolos en Villalar, aseguró la corona de España en las sie-
nes de Cárlos V, perdió su derecho de representacionen las
Cortes en premio de su lealtad y buenos servicios. Cometió la
falta de mirar con indiferencia la ruina de las antiguas liber-
tades de Castilla, en vez de mediar en la contienda y oponerse
con todas sus fuerzas al triunfo de la democrácia y del abso-
lutismo. Los procuradores, abandonados de las clases privile-
giadas que tan valientes se mostraron en las Cortes de Toledo
de 1358, no tuvieron el arrojo necesario para hacer rostro á los
reyes que acabaron por romper el débil freno de su voluntad.
Sirva este caso de leccion y ejemplo á los políticos enamorados
del principio de la igualdad y partidarios de la cámara úni-
ca, pues la libertad corre más peligro cuando un solo obstáculo
se opone á la ambicion de los príncipes, que cuando por medio
de acertadas combinaciones las resistencias se multiplican.


Cayeron las Cortes en menosprecio, ofreciendo los procura-
dores pasto abundante á la murmuracion de los que contem-
plaban .su debilidad en otorgar servicios y su celo mal em-
pleado en solicitar mercedes, sin atender, como era justo y
debido, al alivio de las cargas públicas, ni al remedio de los
muchos y graves males de la monarquía (1).
D. Gutierre do Toledo dió por respuesta á Diego de Valera, cuando escribió cierta
carta llena de advertencias al rey Juan II: • digan á Mosen Diego que nos envie
gente ó dineros, que consejo no nos fallece-.


Formó empeño el Emperador en que los grandes votasen en público para obli-
garlos á mostrarse más sumisos, y levantándose en medio de la plática. relativa á
este punto el conde de Coruña, dijo, • que así se ejecute, pues lo manda S. M., y
asimismo me parece que será bien que vuestras señorías supliquen á S. M. se sirva
de hallarse prasente el día que hubiere de votar el conde de Coruña-o


Al ver el Emperador que los grandes le negaban la sisa, los despidió diciendo que
aquellas no eran Cortes, ni eran brazos los señores allí reunidos, á lo cual repuso
el marqués de las Navas: • dicen que los que aquí estamos no somos Cortes, ni
brazos, ni merecemos ser nada, pues no servimos á S. M.; Y yo entiendo ,]ue si dié-
semos medios para servirle, lo seriamos y mereceríamos todo >. Bibl. Nacional,
S. llO.


Finalmente, para que no faltase algo de grosera y brutal violencia, cuentan que
el Emperador irritadú amenazó al Condestable con arrojarle de lo alto del corredor
donde conversaban. El Condestable desarmó la cólera de Cárlos V con una serena
y aguda respuesta: < Mirarlo há mejor V. M., que si bien soy pequeño (y era ver-
dad) peso mucho -. Y en efecto, pesaba tanto cuanto toda la nobleza de Castilla.
Sandoval, Hist. de Cá"los V, lib. XXIV, § VIII.


Pi El P. Mariana escribia al principío del siglo XVII lo siguiente: <Quisieron
en primer lugar (nuestros antepasados) que no pudiesen los príncipes sancionar




344 CURSO
El advenimiento al trono de España de una dinastía extran-


jera convidaba á restaurar la costumbre de llamar á Cortes,
para estrechar los vínculos del rey con su pueblo. Instaron á
ello los grandes, llevando su voz el marqués de Villena, quien
esforzó su opinion diciendo que importaba enmendar muchos
abusos, establecer nuevas leyes segun la necesidad de los tiem-
pos, promulgarlas de acuerdo con el reino para que fuesen me-
jor guardadas y cumplidas, y que así debía el rey esperar ma-
yores tributos y habria más órden en la cobranza; y por último,
que era justo observase el rey los fueros, lo cual creerían los
pueblos cuando con juramento lo prometiese, y esto confirma-
ría los ánimos en la fidelidad, amor y obediencia á Felipe V.


Consultados los Consejos de Estado y de Castilla, se opusie-
ron á la convocatoria ponderando el peligro de encender las


las cosas de más importancia sin consultar ántes la voluntad de la aristocrácia y
el pueblo, exigiendD que al efecto se convocase á Cortes generales á hombres ole-
gidos entre todas las clases del estado ... ¿Por qué se crée que han sido oxcluido~
de nuestras Cortes los nobles y los obispos, sino para que tanto los negocios pú-
blicos como los particulares se encaminasen á satisfacer los caprichos del roy y la
codicia de unos pocos hombres~ ¿No se queja ya á cada paso el pueblo de que se
corrompe con dádivas y esperanzas á los procuradores de las ciudades, únicos que
han sobrevivido al naufragio, principalmente desde que no son elegidos por vota-
cion, sino designados por el capricho de la suerte, nueva depravacion de nue~tras
instituciones, que prueba el estado violento de nuestra república, y lamentan haR-
ta los hombres más cautos, á pesar de que nadie se atreve á despegar ellabio'¡. Del
Rey y de la inslitudon ¡'eal, cap. VIII.


y en otra parte; .Algunos tienen por grande sujecion que los reyos, cuanto al
poner nuevos tributos, pendan de sus vasallos, que e3 lo mismo que no hacer al
rey dueño, sino al comun, y aun se adelantan á decir que si para ello se acostum-
bra llamar á Cortes, es cortesía del príncipe, pero si quisiese, podria romper con
todo, y hacer derramas á su voluntad ... Bien se entiende que presta poco lo (¡ue en
España se hace, digo en Castilla, que es llamar los procuradores á Cortes, porl1ue "
los más de ellos son poco á propósito como sacatlos por suerte, gentes de poco ajoho
en todo, y que van resueltos á costa del pueblo miserable á h',nchir sus bolsas:
demás que las negociaciones son tales que darán en tíerra con los cedros del Liha-
no. Bien lo entendemos, que como van las cosas, ninguna querrá el prinei po il que
no se rindan, y, seria mejor por excusar cohechos y costas, que nunca allá fuesen
ni se juntasen .... De la moneda de ".llon, cap. 1I.


Con más libertad se explica el autor anónimo de una sáiira de la corte en tiempo
de Felipe UI, que dice así: < He visto medrados y lucidos los procuradores ,1e Cor-
tes, y ellos y sus hijos con hábit03 y crecidas mercedes, cuando lo restante está en
un hospi~al (que lo es toda España); que si las cabezas de los reinos los colgáran
cuando vuelven medrados, ó por lo ménos los remitieran al brazo tlel vulgo que
los apedreara, fuera hien hecho; que si S. M. nos hubiera menester á todos, fuém-
mas ligeros sin tributos, seguros de que los trajéramos de los enemigos '. C"",(a de
Co>-nelio Tácito al conde Claros, ms. de la Bib!. Nacional.




DE DERECHO POLÍTICO. 345
pasiones, la importancia de conservar ilesa la autoridad del
rey, el temor de abrir una feria á la ambicion sedienta de mer-
cedes casi siempre desproporcionadas al mérito de los preten-
sores, el recelo de que el vulgo pasase de la mansedumbre á
la insolencia con menoscabo de la dignidad real, la turbacion
consiguiente á las quejas y disputas sobre cualquiera decreto
tachado de contrario á las leyes establecidas, la dificultad de
obtener por este medio mayores tributos, pues las Cortes ántes
procurarian el alivio que aumentarian la carga de los pue-
blos, yen suma, que con tales beneficios, en vez de obligados,
se creerian descontentos.


Esta retahilá de sofismas políticos, obra de los graves juris-
consultos que tenian asiento en uno ú otro Consejo, demuestra
que el cuerpo de la magistratura era enemigo encubierto del
gobierno popular y amigo declarado del poderío real absolu-
to, porque órgano é intérprete de la ley, participaba de la so-
beranía. ~o amaban aquellos graves magistrados las Cortes
por espíritu de clase y de escuela, y las temian porque les ha-
cian sombra.


Siguió el rey el parecer de los Consejos y negó á Castilla las
Cortes que concedió á Aragon y Cataluña, habiéndose celebrado
las de Zaragoza y Barcelona de 1702, condescendencia en que
tuvieron parte el natural inquieto de los Catalanes y Aragone-
ses, su conocida aficion al Archiduque y el apego á sus fueros.


Sin embargo hubo Felipe V de llamar á Cortes generales que
se reunieron en Madrid los años 1712 y 1713, para ratificar las
renuncias del rey á la corona de Francia y de esta casa real á
la de España segun el ueseo de las potencias que á la sazon
negociaban la paz de Utrech, y asimismo para dar mayor so-
lemnidad y firmeza á la pragmática suncion de 1713 alteran-
do el órden de sucesion en estos reinos.


Una grande novedad introdujo Felipe V digna de memoria.
Hasta su tiempo Castellanos y Aragoneses celebraron Cortes
por separado. Las primeras generales, esto es, comunes á todos
los reinos incorporados en la corona de España) fueron las de
Madrid de 1709 en las cuales fué D. Luis jurado príncipe de
Asturias y legítimo sncesor de la monarquía (1).


(1) .Enla iglesia de S. Gcrónimo, el dia 'i de Abril, se juró fideliclad y recono-
ció por lcgíLimo sucesor de la monarquia de España, á Luis de l'orhon, príncipe de




346 CURSO
Generales fueron tambien las de 1713. Felipe V hizo el lla-


mamiento para celebrar Cortes «de mis reinos tIe la corona de
Castilla y los á ellos unidos». Asistieron los procuradores de
veinte y nueve ciudades y villas. De Aragon y Valencia estu-
vieron representadas Calatayud, Jaca, Fraga, Borja y Peñís-
cola: de Cataluña y las Baleares ninguna. Estaba reciente la
abolicion de los fueros decretada en 1707, y prefirieron los ven-
cidos protestar en silencio, á somelerse a las leyes de Castilla
y reconocer el derecho de conquista.


Si Felipe V y sus sucesores no hubiesen sido tan poco amigos
de las Cortes i qué buena ocas ion ofrecia un congreso de pro-
curadores ó diputados por todos los reinos agregados a la co-
rona de España, para constituir sólidamente la unidad nacio-
nal introduciendo la uniformidad en la legislacion, el territo-
rio y el gobierno!


En resúmen, las antiguas y venerandas Cortes tIe Castilla
declínaron de su pasada grandeza desde que les faltó la savia
que las nutria faltándoles las libertades municipales. En VilIa-
lar corrieron peligro, mas no quedaron tan lastimadas como
generalmente se crée, puesto que reviven en Valladolid el año
1523 y se celebran todavía siete veces antes de llegar el las de
Toledo de 1538. Entónces, despedidos por el Emperador ofen-
dido los dos brB.zos privilegiados del reino, á saber, el clero y
la nobleza, fueron heridas de muerte.


Ya los reyes no -vieron en las Cortes compuestas sólo de pro-
curadores más que una formalidad necesaria para imponer
tributos á los pueblos. Por eso no las reunen sino cuando ocur-
re pro rogar el servicio de millones.


Doña Mariana de Austria, gobernadora del reino durante la
minoridad de su hijo Carlos II, avisando á las ciudades el fa-
llecimiento de Felipe IV, suspendió la celebracion de las Cor-
tes convocadas para ~iadrid en 1665 con el objeto de jurar al
príncipe de Asturias, «por no ser ya necesaria esta funcion».


Asturias, juntándose como en Cortes los reinos de Castilla y do la corona de Ara-
gon ... Hubo alguna dificultad en el ceremonial, porque jamás se habian juntado
en un congreso los reinos de Castilla y Aragon ... Los diputados de Zaragoza se
sentaron tlespues de los de Búrgos, porque los de Toledo tenian asiento en otra par-
te, no estando la antigua cuestion decidida: siguió Valencia, y las demás ciuda-
des sortearon sus asientos. > Marqués de S. Felipe, Comentadus de la !I"er¡-a de Es-
paña, año 1709, t. I, p. 312.




DE DERECHO POLÍTICO. 347
Llegado el caso de la próroga del servicio de millones, pre-
firió á llamar los procuradores de las que segun ley y cos-
tumbre antigua tenian voto en Cortes, solicitar el consenti-
miento de sus concej os, atacando la raiz de la representacion
nacional. Estaban los concejos sumisos y obedientes á los cor-
regidores, y eran estos magistrados ciegos instrumentos del
gobierno.


Al comunicarles las instrucciones relativas á un asunto tan
grave y delicado, se les recomienda usen de prudencia y maña
para vencer las dificultades que se ofrecieren; se les manda
que alcen el cabildo, si la mayor parte de los regidores se mos-
trase contraria, no permitiendo llegar á los votos miéntras no
fuere seguro el resultado favorable, y se les encarga que ha-
gan las diligencias y empléen todos los medios y esfuerzos po-
sibles, «y se acostumbran en tales ocasiones,» para reducir
á los regidores que se opusieren, hasta conseguir el fin de-
seado (1).


Con esto, y con tener por legalmente concedido el servicio
cuando la mayoría de las ciudades lo consentia, once concejos
resumian la representacion de todo el reino. Mezquina como
era, habria tenido algun valor, supuesta la libertad del voto;
mas sino la letra, el espíritu de las instrucciones deja entrever
que los corregidores debian manejar con arte los concejos, y
oprimirlos con el peso de su autoridad, siendo necesario, hasta


(J) Los ministros del Consejo asistentes de Cortes, al enviar á los corregidores
la real cédula de 25 de Julio de 1667, solicitando el consentimiento de los concejos
par" la prorogacioll del servicio do millones, les decian : .Luégo que vm. la reci-
ba, disponga laejecucion con la buena rlisposicion y maña que se espera üe su pru-
dencia, venciendo las dificultades que se ofrecieren, y procuranrlo que se vote el
servido cuando vm. le tenga seguro segun 10 reconociere en el ánimo du los re-
gidores; y en caso que por algun accidente viere vm. que no tiene mayor parte,
alzará el cabildo sin dar lugar á que se acabe de votar si no es en favor, y despues
continuará en las diligencias convenientes para reducir á los regidores que se
opusieren, aplicando vm. todos los medios y esfuerzos que fueren posibles y se
acostumbran on tales ocasiones, para conseguir el fin que tanto importa, ctc.>


Los diputados del reino, en virtud de los [loderes que hubieron de la mayor par-
te de las ciudades y villas de voto en Cortes, otorgaron la escritura de prorogacion
del encabezamiento general ele las alcabalas en 1670 y 1679. Archivo de la Cámara
de Castilla, Cortes, 2.


Segun las leyes del reino no se podian conceder cartas de naturaleza á extranje-
ros sino con otorgamiento de las Cortes. Felipe V, en 171(;, sustituyó á este consen-
timiento el de las ciudades y villas de voto en Cortes. L. 6, tito XIV, lib. 1 l{ov. Ro-
copilacion.




348 CURSO
arrancarles el consentimiento que se les pedia. en nombre del
rey y se esperaba obtener de tan fieles y leales vasallos.


Así fué prorogado el servicio de millones por la primera vez
en 1667, y así tambien en 1680, 1684 Y 1686.


Poco gana la causa de la libertad, cuando se acude á las
fuentes del poder, llámense plebiscitos, asambleas primarias 6
concejos, porque el voto directo no es ménos accesible al ex-
travío, á la corrupcion ó la violencia que el mandato, sobre
touo siendo imperativo. La mejor defensa de la liberLad estriba
en la. fuerza de las instituciones.


CAPITULO XXX.
DE LA NOBLEZA.


I.


Su progreso y decadencia.


Dejamos la nobleza goda en los últimos dias del imperio de
Toledo ya mezclada y confundida con la romana, pero no tanto
que formasen ambas un solo cuerpo, aspirando á ejercer los
ilustres linajes de los conquistadores cierto grado de suprema-
cía respecto á los no ménos ilustre.;; de los conqúistados. La
in vasion de los Sarracenos estrechó los vínculos de amistad
entre unos y otros, porque ante el comun peligro desapare-
cieron los vestigios de la division de razas; y así tanto en los
pueblos sujetos al yugo de los Árabes, como en los que acu-
dieron á las armas para defender sus hogares, todos los nobles
se agTuparon al rededor de una bandera, y en la guerra con
los Moros fueron el nervio de la milicia cristiana.


Todavía de vez en cuando, en los primeros siglos de la re-
conquista, asoma la pretension de conservar las antiguas riva-
lidades; mas son débiles y vanas tentativas de algunas fami-
lias orgullosas que al fin ceden y se allanan á olvidar su orÍ-
gen, gozando toda la nobleza de los mismos privilegios de la
sangre. Los Manriques y Enriquez, los Fernandez, Ramirez y




DE DERECHO POLÍTICO. 349


otros nombres patronímicos muy frecuentes en Leon y Casti-
lla, manifiestan su raíz gbda, miéntros los Casos, Gayos, Pon-
ces, Balbines, etc. nos traen á la memoria diyersas familias
romanas, sin qUe, despues de constituido el reino p'e Asturias,
fuesen teniUos en más ó ménos estimacion aquéllos ó éstos por
obra de la ley Ó en virtuJ de la costumbre. Entre los Muzára-
bes quedaron vários linajes de la primera nobleza romana y
goda, como los Barrosos y GuJieles, los Armildez y Chirinos
dc Toledo, borradas las huellas de la division de razas, se-
gun las crónicas y los documentos que ilustran nuestra his-
toria (1).


Si en Il}edio de la confusion que siguió de cerca á la inva-
sion de los Moros puJo aquella nobleza tener importancia como
el brazo de la guerra, luégo que Alonso el Casto dió asiento á
la nueva monarquía, recobró su influjo en el gobierno. 1\0
tarJaron los nobles en poseer tierras y vasallos, asistir á la
corte, concurrir á los Concilios, confirmar los privilegios rea-
les, gobernar las provincias y honrarse con el título de condes.
I~ran ellos quienes elegian rey y lo sentaban en el trono. Otor-
gando el mismo Alonso el Casto una escritura de donacíon en
favor de la iglesia de Valpuesta (804), declara que la hace cwm
consensu comitum et principum meorum; de donde se colige
el temprano restablecimiento de la dignidad y autoridad de
los condes, y el favor señalado que el rey dispensa á los nobles
que no llevan este titulo al llamarlos princlpes, es decir, prin-
cipales ó mayores personas del reino, dictado equivalente al de
optimates, p?'imates et magnates de los Godos, que tambien se
hallan en las primeras Cortes ó Concilios de la restaura-
cion (2),


Obsérvase asimismo que los condes dilatan su señorío por
las tierras encomendadas á su gobernacion poblando lugares,
concediendo fueros á los pobladores, fundanuo iglesias y mo-
nasterios, y aun empleando en las escrituras la palabra re-
gna1'e por 1'egere, como si quisiesen manifestar que su domina-


(1) Ambl'. de Morales, Cr6n. general de Espana, lib. XII, cap. r,XXVII: Sandoval,
mneo obispos, p. 82: Carvallo, Antigüedades de Asturias, pp. 48,76 Y 107: Conde de
Mora, Hisl. de Toledo, parto n, lib. II, cap. XII, etc.


(2) Muñoz, Colee. de fueros municipales, t. r, p. 13: Conc. Legionense, ,anno
1020 habitum: > Conc. Cojacense, 'anno 1050: > Curia apud. Legionem, <anno 1188,
etcétera: , Co,·tes de Leon 1/ Castilla, t. 1, pp. 1,21 Y 38.




350 CURSO
cion en el territorio se acercaba á la soberanía (1). No debe
maravillarnos esta desmedida ambicion de los condes, conside-
rando la poca fuerza de los reyes para reprimirla, y la misera-
ble conrlicion del pueblo tan próxima á la servidumbre, cuya
humildad se reflejaba en la obediencia ciega y pasiva á sus se-
ñores naturales. Así se explica cómo los de Castilla llegaron á
ser casi soberanos, fundadores del estado de aquel nombre y
tronco de una nobilísima estirpe enlazada con la casa rei:tl de
Leon.


La memoria de las contínuas usurpaciones y tiranías de los
magnates godos debia contribuir á fomentar entre los nobles
de estos tiempos el espíritu de rebeJíon, como se muestra en
Nepociano, conde del Palacio y corte de Ramiro 1 á quien in-
tentó arrebatar el cetro; y aunque fué 'castigado con rigor,
todavía incurrieron en deslealtacllos condes Alrlreto y Piniolo,
vencidos por dicho rey, príncipe dado al ejercicio de las armas,
y con los rebeldes severo y rigoroso (2). .


Tambien Alonso III pasó por estas amarguras y luchó con-
tra la adversidad, hahiéndosele rebelado en Galicia Fruela
Bermudez, Hermenegildo y 'Witiza, los tres, sino condes, seño-
res'poderosos, y por ultimo descendiendo de