OBRAS
}

OBRAS


DE


DON J I M DONOSO CORTES,
•ARQUES DE VAIftEttAXAS,


ORDENABAS Y PRECEDIDAS DE U N A NOTICIA BIOGRÁFICA


POR


DON GAVINO TEJADO.


MADRID:
IMPRENTA DE TEJADO. EDITOR.


1 8 5 4 .






PROLOGO DEL EDITOR


INo sin consejo, y muy' deliberado propósito hemos di-
cho en nuestro prospecto de la edición presente: .


«Cualquiera que sea el valor atribuido por amigos y
adversarios alas producciones del señor Donoso: cual-
quiera que sea el fallo de la posteridad acerca de la ín-
dole y del aícanze de su inteligencia, nadie negará por,lo
menos, que su nombre goza de un.lugar muy señalado
entre los mas ilustres, de nuestros dias; nadie negará que
sus escritos, sus discursos, y hasta los actos de su vida
privada han sido propagados por el mundo con tan gran-
de y perpetua solicitud, como examinados con- afanoso
interés.» *




IV


«Cuando un hombre obtiene el privilegio de llamar ha-
cia sí con tal imperio la atención de las gentes, gana "sin


'duda el derecho á que, ora se aplaudan, ora se condenen
sus doctrinas, sean conocidas y examinadas en sus por-
menores; para que sean juzgadas, .como siempre deben
se'rlo las de ün filósofo; es decir, en su conjunto.»


«Para este fin, nos proponemos publicar las obras del
«eñor Donoso, coleccionadas según el orden cronológico
de su producción respectiva; y precedidas, por viade pró-
logo , de una noticia biográfica, tan estensa como nos con-
sienten los límites que hemos trazado ¿nuestro propósito.
De este modo, creemos ofrecer un cuadro completo, y en
el orden adecuado para conocer metódicamente el pro-
greso délas ideas, la sucesiva trasformacion de las doctri-
nas, y, por último, el principio que sirve como centco de
unidad alas creencias y álos afectos del señor Donoso:
mientras, por otra paite, suministramos la copia de datos
necesaria para que se aprecie debidamente el vínculo que
siempre liga las ideas de un hombre con su carácter, sus
doctrinas con sus actos, su vida con sus escritos.»


" «Naturalmente, pues, entra en nuestro plan no solo
reimprimir las obras ya publicadas del señor Donoso, sino
aumentar su catálogo pon las muchas que deja inéditas,
no menos importantes por cierto que las publicadas, y
correspondientes á distintos periodos déla vida del autor.
Por consiguiente, daremos cabida á sus discursos parla-
mentarios y académicos, á sus escritos doctrinales y de
polémica periodística, á sus preciosos ensayos históricos,
á sus producciones de amena literatura, y á toda la parte
dé su correspondencia privada,'que pueda publicarse sin
grave inconveniente.»


«En la reimpresión de sus obras ya publicadas ,-y muy
especialmente en la del ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO, L I -




BEIIALISMO Y SOCIALISMO , pondremos apéndices, adverten-
cias y notas, necesarias algunas parala debida ilustración
del texto; convenientes otras para percibir la importante
relación que con el mismo tienen algunos hechos inmedia-
tamente, anteriores ó posteriores á su publicación primiti-
va- Habiendo tomado para este efecto eí consejo y la au-
torización competentes, nos atrevemos á pedir al público
su confianza anticipada en la suma parsimonia y esquisito
detenimiento con que hemos procurado llenar esta parte
de nuestro encargo.»


Desdé que publicamos las anteriores lineas, hemos au-
mentado considerablemente el caudal de advertencias y
consejos con que nos han favorecido personas de ilustra-
ción y rectitud, sinceramente interesadas en el éxito feliz
de nuestra empresa. Todas han creído oportuno, y digna
de lo que el nombre español se debe á sí propio, erigir
este monumento, pobre sin duda en cuanto á su forma»
pero precioso por los" materiales que te constituyen, al es-
critor filósofo , al orador elocuente, cuyos libros y discur-
sos , juntamente, con los del también ilustre y también m a-
logíado' Balines, han traspasado los confines dé nuestra
patria, para restituirse á ella, enriquecidos con el aplauso y
la admiración de la Europa.


Ciertamente no hemos desdeñado, aunque no le haya-
mos seguido, el dictamen de algunos que hubieran que-
rido limitada esta publicación á la de las obras correspon-
dientes á los últimos años de la vida de Donoso: pero esta
limitación se hallaba completamente fuera de nuestro p r o -
pósito , por muchas y muy graves razones.


Faltábanos derecho, en primer lugar, para sustraer á
la pública censura obras que su mismo autor le habia en-
tregado á principios de 1848, es decir, cuando ya, según




sus propias palabras, estaba—«resuelto á seguir nuevos
rumbos y derroteros en las ciencias sociales y políticas»
—añadiendo, que su intento ai publicar aquella colec-
ción era— «señalar á un tienilo mismo el término de una
época importantísima de su vida, y el principio de otra
que no había de ser menos importante.»—Considérese,
pues, como negocio de conciencia, ó como asunto de con-
veniencia, nadie puede tornar á manque nos hayamos juz-
gado sin derecho para ser «rías concienzudos y mas celo-
sos de su buen nombre, que lo era el mismoseñor Donoso.


Por otra parte, cuando se trata de presentar un cuadro
de la vida física, moral é intelectual de uñ hombre qe su
importancia, el respetó mismo debido á su memoria man-
da que no se pague tributo sino ala verdad sincera. Qué-
dense allá las omisiones y las reticencias' para historiado-
res interesados én disfrazarla : pero deben ser rechazadas,
comò una sujesliòn vergonzosa del interés ó del miedo,
cuando se trata de un hombre, que sino exento cierta-
mente de las flaquezas y de los errores, cortejo insepara-
ble de la vida humana, llevó siempi'esu instinto, perpetua-
mente religidspv y su Voluntad, .f'éifyétài&èùfè. r-èctà,- por
donde'quiera que columbraba un rayo dé la verdad y del
bien.


La verdad sola merece apologias;Ia santidad sola me-
rece adoraciones :: allí donde se vea el error, importa rec-


- tificarlo : allí donde se vea la flaqueza, és preciso consig-
narla. Si, que no estorban, antes, por el contrario, maridan
los fueros dé la verdad ensalzar sin reserva lo que es bello,
y condenar sin miedo lo qué es vituperable. Y es j^ l l o ,
sin duda, muy bello el espectáculo de un cristiano y de un
filósofo, que vive en la lucha para morir triunfando. Y es,
sin duda, también muy doloroso, pero también de muy
fecunda enseñanza, el espectáculo1 de las flaquezas y de




vu
los errores, que constituyeron aquella lucha,, y que avalo­
ran este triunfo. ¿Con qué razón, pues, á los que vogan
en este mar turbulento de nuestra sociedad contetDpí>rái-
nea;^on qué derecho pudiéramos privarles de aquel do­
ble espectáculo; ctosoládor.»рот lo que tiene de bello, y
fecundamente ejemplar ¡ por lo que tíen e de doloroso? \


En la vida, como en los escritos de Donoso, lo que
principalmente se nos ofrece, es la historia de una alma,
cuyo último capítulo, que eslo que el desenlazo al drama',
loque el hogar de reposo al viajero fatigado, lo que la
consecuencia á la premisa, contiene la his^ria de lo que
el m i ^ ó Donoso \ ев, testím^nio dé, humildad, Дат aba &u
conversión. Necesario e s , por tanto, y como, necesario,
conveniente ver todo el drama, para sentir con su desen­
laze; seguir en susperegrinacion ál viajero, para gustarían
él y como él , el reposo de sus hogares; estudiar en fin con
gran detenimiento las premisas^para eatenderbien y abar­
car de lleno las consecuencias.. ­ •


Sin duda, esta laboriosa tarea es innecesaria para 1щ
almas de fé virginal, á quienes el contacto delTnundo no
ha sido poderoso,parahacerles siquiera sospeGhaif.elriido
combate que las mas fijrmes,e reenvías* i^níáen#ncon la
razón presuntuosa del siglo en que vivimos: pero:es цо
solamente necesaria, sino de todo punto indispensable
para los que, educados ó rodeadospor escuelas y maestros
de iniquidad, ó vagan" satisfechos en las regiones del or­
gullo, donde sé fabrican por sus manos una religión y una
moral para el uso de sus pasiones; ó se agitan en una des­
igual y tormentosa lucha con funestas preocupaciones.; ó
vegetan como los troncos, sin pensar siquiera que en ellos
hay un alma, y un Dios en el cielo. ¿Tan indiferente es,
por ventura, demostrables cómo la ciencia, reformada por
la religión, estiende sus horizontes, y consolida sus cimien­




Yin


tos; cómo la inteligencia se purifica en el crisol de la fé;
cómo, al término de todo esfuerzo sincero para encontrar
lá verdad, tiene Dios reservado un tesoro inmortal de luz
y de reposo?


Por último, en un siglo que tiene deificada á la mate-
ria, no esté ciertamente de sobra conocer las ideas de un
hombre que consagró la vida al cultivo del espíritu: en un
siglo que proclama esa libertad invasora, forjada en las
fraguas del racionalismo, y que sé convierte siempre en
tiranía, serán inmortales las páginas consagradas á bus-
car, en los ddlninios de la justicia, límites á todo poder hu-
mano , frenos para toda libertad invasora: por último, los
íuturos anales de nuestra literatura contemporánea recla-
man ía conservación de obras, cuyas calidades literarias
les prestan una fisonomía tan especial, un sello tan distin-
tintivo como tienen las producciones de Donoso.


En resumen, hay en todas, sus obras de todos tiempos
mucho que debe ser aprendido; algo que debe ser refuta-
do ; nada que, publicado, ofenda la memoria del que, ha-
biendo sido perpetuamente hombre de bien, «scritor res-
petuoso de la religión de sus padres, celoso tutor de las
tradiciones de su patria, acabó siendo ardiente defensor
de la Iglesia, creyente piadoso, ejemplar cristiano.




NOTICIA BIOGRAFICA.


El rum iter Tacerei, coiitigit ut approipiiKjuarcL
riataaaco : et subito circuinfulsit eum lux. Av
cotto.


Act. Apost. Cap. IX, v. J.


D O N JIJAN DONOSO "CORTÉS vino al mundo, cuando, entraban -á tomar -pose-i
sion de nuestra patria las ideas francesas, que ya, desde fines del pasado
siglo, habían obtenido carta de naturaleza y benévolo hospedage en la
corte de Carlos I I I .—Los ejércitos de Napoleón acababan de invadir la
provincia de Estremadura, y en son de conquista ocupaban las fértiles r e -
giones, donde se meció la cuna de Hernán .Cortés* Entre los moradores del
territorio ocupado, que abandonaron sus hogares á la merced del invasor,,
contábase D . Pedro Donoso Cortés, descendiente del héroe estremeño,,
en compañía de su esposa Doña Elena Fernandez Cañedo, la cual se ha-
llaba en el término ya de su segundo embarazo; circunstancia que les
obligó á detener su marcha de fugitivos en su heredad de Valdegamas, si-
tuada á cuatro leguas de Don Benito, pueblo de su residencia. Bien pronto
la joven esposa, acometida en medio del campo per los primeros síntomas
de su alumbramiento, fué precipitadamente conducida al próximo pue-
folecito, llamado el Valle de la Serena. Allí nació en 6 de mayo de 1809
D, JIJAN DONOSO CORTÍS. —«Habia en la parroquia del Valle (dice con




X


-exactitud su ilustre biógrafo, eíseñor conde.de Montalembert) una imagen
muy venerada de la Santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Se-
ñora de la Salud. La joven madre quiso que su recien nacido fuese ofrecido
en el altar de aquella imagen, y que llévase su .nombre.-—Recibió en el
bautismo los de Juan Francisco María de la Salud»—Pudiera añadirse, que
el piadoso instinto materno quiso poner aquella cuna bajo el amparo de la
que es Asiento de laSabiduria; como si adivinara el rudo combate que, en
nombre de la fé y con auxilio de la humana ciencia, habia de mantener su
hijo con las ideas que penetraban en España, cuando él entraba en la vida.


Y sin embargo, era inevitable que la inteligencia de aquel niño encon-
trara ante sí, como primer asunto de sus meditaciones, aquellas ideas. —
Ni la piadosa eduoacion que :recibiá en'el seno-de' $u familia, era bastante
á evitar el contacto de otros pensamientos que haWa de encontrarse á su
entrada en el mundo; ni los- ejemplos constantes del hogar doméstico
podían hacer en su mente mas poderosas las tradiciones allí depositadas,
d é l o que debían serlo al cabo las violentas agitaciones del espíritu, las
nuevas pasiones, los nuevos intereses, que constituían la vida moral é in-
telectual de nuestra España, desde la guerra de la Independencia.


Ya en su mas temprana edad mostraba el niño aquella energía de in-
teligencia , aquella curiosidad avara, que determinan la índole de su espí-
ritu , singularmente constrastada por aquella suavidad de afectos , que
formaba la base de su carácter. En sus juegos, como en sus estudios in-
fantiles , empezaba á mostrarse aquella naturaleza profundamente antité-
tica , cuyo detenido análisis es sin duda lo único capaz de. esplicar las apa-
rentes contradicciones de su vida y de sus pensamientos.


Hay razón para creer que debían serle trabajosos y. poco gratos los
estudios que versan principalmente sobre la forma esterna de los pensa-
mientos : en algunos ensayos literarios de su primera juventud^ se ve ya
su característica rebeldía contra los preceptos-gramaticales , y , sobré
todo, un notable descuido de las reglas de ortografía. Fué siempre poco
apio para ef estudio de las lenguas; y en cuanto al francés, que llegó á
poseer con bastante dominio, costóle siempre mucho pronunciarlo con
una acentuación medianamente propia; En cambio, desde muy niño mos-
tró especial atención á los estudios históricos; y cotno prueba de la afición
constante que les consagró, bastará decir que, entre sus apuntes de mas
antigua fecha, hay uno, probablemente de 1824, que es todo un resumen
breve, pero exacto y comprensivo de historia universal; y en el cual lo
mas singular no es tant&su exactitud y comprensión, como la índole de las


' notas que lo ilustran. En todas ellas se ve distintamente la intención de
señalar pritícipios, mas bien que hechos; caracteres generales de.cada
época j mas bien que sucesos particulares. Ahí va un solo ejemplo, que es
ben característico. Está resumiendo ta historia de Grecia, y menciona las




empresas que se verificaron antes de la guerra de Troya: cita la espedicion
de Jason, y la liga de los principes del Peloponeso contra Tebas por los
acontecimientos de la familia dé Edipo, y añade : «la primera manifiesta
»que dominaba entonces la unidad individual: la segunda fué un progre-
»so, porque manifestó que habia llegado el dominio de la unidad de fami-
l i a : la guerra de Troya fué ya la señal ostensible del dominio de la unidad
sdenación; y la de Persia, de la unidad de principios : lo que era en
¿aquel peiiodo la Grecia, lo es ahora el mundo.


Estas etfan las ocupaciones y las aptitudes intelectuales de aquel adoles-
cente de catorce años. Teniéndolas presentes, se esplican el desden', y el
escaso aprovechamiento conque estudió las ciencias que solo se estienden
al dominio de los hechos. Sus maestros de ciencias física^ y matemáticas
jamás pudieron'hacerle un discípulo aplicado; y en cambio, en Salamanca,
donde estudió lógica y metafísica á la edad de-once años, habia dejado fama
de buen estudiante.


No se tendrán por inoportunos estos pormenores, que nos muestran al
hombre desde sus primeros pasos emprendiendo la via donde mas ha pro-
gresado su talento, y que, determinándonos las aficiones y aptitudes de su
adolescencia, sirven en gran manera para esplicarnos todo-el desarrollo de
sus facultades en su juventud y en su edad madura.


Ya hemos dicho que tenia once años, cuando emprendió,sus estudios
superiores en tla universidad de Salamanca; es- decir, corriendo el año
de 1820, en los albores de. aquella primera restauración del constituciona-
lismo liberal, que tan mal ensayo habia hecho de su fuerza y de su crédito
en 1812. El imberbe escolar de lógica, interesado con todo el ardor dé la
juventud en el espectáculo de aquella revolución social y política á un niismo
tiempo, discípulo necesario de aqrtel filosofismo que eüttónees invadió las
aulas universitarias, y con tina organización tan idónea para apasionarse
por toda idea nueva, parece que, pertrechado con pelucientes árneses de
miliciano nacional de caballería, se hizo notable en la universidad por la
exaltación de sus opiniones y de su condueta. Pero esta exaltación, lejos
de mataren flor, como pudiera haberse temido, su precoz inteligencia, sir-
vióle de estímulo para examinar los fundamentos racionales de aquellas doc-
trinas que instintivamente amaba: y llevado por su propia inclinación y por
él ageno ejemplo, se dio desde entonces á devorar los libros que por aqué-
lla época estatúan envogá. Poco tiempo le bastó para recorrer desde la En-
ciclopedia hasta Benjamin Constant : y como por otra parte, nifnca aban-
donaba sus estudios históricos, bien püécTe afirmarse que al salir de la
pubertad, esfaban ya completamente formados en su espíritu el gusto y la
aptitud para los estudios histórico-políticos, que constituyen el fondo de
cuanto ha escrito y pensado, y que hoy se determinan con el nombre espe-
cífico de Filosofía de la historia.




xtt


O porque su familia temiese las consecuencias de aquella infantil exalta-
ción; ó porque quisiese tenerle mas cercano de sí, mientras terminaba sus
estudios de filosofía, mandóle á continuarlos en el colegio de Cáceres, titu-
lado de San Pedro, donde cursó los dos siguientes años escolares. El último
de estos, cuya asignatura Qra la filosofía moral, se contaba entonces como
primero de la carrera de Jurisprudencia : y por esta, circunstancia, se en-
contraba el joven estudiante á los catorce años de su edad en el segundo
de los estudios mayores, que en octubre de 1823 emprendió en la univer-
sidad de Sevilla. •


Quedaba por entonces cerrado el paréntesis liberal de 1820. La res-
tauración monárquica de 1823, menos prudente que recelosa, venia á
comprimir los desahogos, pero no á cortar los vuelos, porque esto era
imposible, de aquel espíritu audaz, que se lanzaba tan temprano en los
espacios.dé la ciencia. Con menos recursos sin embargo, y con menos l i -
bertad para seguir el camino que habia comenzado; cuando, mitigado ya el
primer embate de la reacción política, y á favor de la oscuridad en que se
v.eia forzosamente encerrado, pudo creerse seguro nuestro -escolar para
proseguir sus tareas, "convirtió su actividad al cultivo de las bellas letras, que
hasta cierto punto eraiv el único estudio libre de nuestra España en aquel
tiempo. Su íntimo amigo y compañero de entonces, el señor Pacheco, refiere
que, cuando vencido lo mas arduo de sus comunes estudios académicos,
habían obtenido los dos, no sin lucimiento, el grado de Bachilleresen Juris-
prudencia, preguntándose mutuamente qué harían de sus personas para
aprovechar el tiempo, acordaron dedicarse á hacer versos. Y dicho y hecho :
después de estudiar las reglas del arte, buscados el modelo y la inspiración
en las poesías de Melendez, y constituidos en fundadores de una especie
de privada academia, donde, con otros compañeros de sn edad é inclina-
eiones, se criticaban y alentaban recíprocamente, los dos Bachilleres se
dieron á urdir anacreónticas y sonetos. Nuestro filósofo se trocó entonces
en un bucólico Datilo, que tuvo su correspondiente Dorila, á quien con-
sagrar enamoradas endechas; mientras, por otro lado, con vena menos ino-
cente, si bien mas peligrosa,.calzaba el coturno, y escribía su-tragedia
«Padilla * desahogo patriótico y literario á un tiempo-mismo, que sibien
debió mostrar, á su autor que no habia naeid'o para poeta dramático, descu-
brióle el secreto de su. vigorosa imaginación, fecundando en ella el oculto
germen de la incontinencia de formas, con que después ha decorado sus.
magníficos pensamientos.


»Ni esperéis de él (dice el señor Pacheco en su última oración académica*
fiti apuesta al reciente discurso del señor Baralt) el depurado gusto que
signjfi,oa serenidad ni prudencia; ni esperéis la moderación que se deriva de
la duda ó &t la templanza. Es un retoño del antiguo genio cordovés el que
pace y se ostenta al mundo con su valentía, con su desenfado,. con su ne -




xm


ghgencia tradicional: es otro Lucano, que prepara una nueva Farsalia, es-
cribiendo la tragedia de PADILLA : es otro Góngora, no despeñado aun en
sus delirios, sino desenvolviendo las tendencias de Herrera, el gran ima-
ginador; pero un Góngora quizá mas inflexible y menos variado que el
autor célebre de Angélica y Medoro; capaz de sobrepujarle en sus cancio-
nes, incapaz de seguirle en sus romances.»


Sin duda, hay en estos ensayos del señor DONOSO ¿cómo en todá9 las
denlas poesías qué escribió posteriormente, mucho de lo que el señor Pa-
checo dice; pero hay ademas otra cosa, que generalmente no hay en el
Góngora de las canciones, ni en todo Herrera el imaginador; porque hay
culto á las ideas, hay atención muy sostenida al fondo de los pensamientos;
atención, que no perece ni aun se distrae nimca, apesar de la intemperancia
de las formas.—El señor DONOSO , parte por sus inclinaciones y aptitudes
propias, parte por efecto de las circunstancias que habían determinado el
progreso de su educación, era.ya filósofo, cuando se propuso ser poeta;
dejó de ser poeta muy pronto, para vivir y morir filósofo; y aquí está la es-
plicacion de aquella diferencia. Puede parecer, y parece en efecto muchas
veces, que deliberadamente el señor DONOSO sacrifica la idea á la forma; pero
puede asegurarse que cuando esto sucede, sucede á pesar suyo : general-
mente , la intemperancia de sus formas no es sino consecuencia de haber
exagerado la importancia de la idea que aquellas revisten.


Sea de esto lo que se quiera, es indudable que durante el periodo i
(pie nos vamos refiriendo, fué cuando DONOSO formó su gusto y su carácter
literarios; cuando verdaderamente apreció la importancia esencial de las
formas, cuyo estudio habiá hasta entonces desconocido ó desdeñado;—
Debióle alentar y confirmar grandemente en esta tendencia de su espíritu
el ejemplo y el consejo del señor don Manuel José Quintana, con quien el
joven poeta pasaba las vacaciones del verano en Cabeza del Buey, pueblo
cercano al domicilio paterno de DONOSO , y donde el señor Quintana tenia
al lado de su familia, un refugio contra las tormentas políticas de aquel en-
tonces.


Alternando asi sus áridos estudios .de jurisconsulto con estas deleitosas
ocupaciones, vio terminada su carrera de-jurisprudencia á los diez y nueve
años, edad en la cual, «egun los reglamentos de la época, no podía ob-
tener título, ni por consiguiente, ejercer la profesión de-abogado. Las leyes
y los hábitos de nuestra España le negaban todavía los derechos de hom-
bre : la fama de su talento le conquistó sin embargo los de maestro.—
Hé aquí cómo.


Reinstalábase en 1829 el ya citado colegio de humanidades de Gáceres,
cerrado desde 1823; y el señor Quintana fué invitado á desempeñar la cá-
tedra de literatura creada en sus nuevos estatutos : pero ya fuese porque
no le conviniera aceptar este encargo, 6 porque, en su justo orgullo de




XIV


maestro afprtunado,,,quisiera dar á su discípulo una alta prueba de estimar
ciony confianza, el hecho es .queje recomendó como el mas digno de
sustituirle. La recomendación fué atendida; y lo fué de tal manera, que no
solamente se confirió á DONOSO la cátedra citada, sino- que se le encargó
pronunciarla oración inaugural,, con que solemnemente se celebró la re-
instalación del colegio. •


Entonces le conoció el, autor de esta noticia. Acostumbrado á no oír
consejos ni lecciones sino de la ancianidad y de la experiencia, .por la sor-
presa que á él le causó, infiere la que debió causar á los.ojentes aquel
mancebo de veinte años, hablando ̂ en la silla.de los maestros con admira-
ble aplomo, con severo continente , con.robusto acento, un lenguaje tan
desconocido, como nuevas eran para,su auditorio las ideas que atrevida-
inenfe aventuraba. No os figuréis que ya á pronunciar un discurso, acadé-
mico de pulidas formas,,lleno de lugares comunes ó de frases retóricas, aco-
modadas á la solemnidad del momento. No creáis tampoco que, simple eco
de las creencias y de las practicas literarias, de su época, va á disertar ruti-
nariamente sobre algún punto especial de alguna ciencia ó de algún arte.
Nada de eso: desde las primeras palabras os dice que, no juzgándose con
títulos «para hacer un-brillante elogio de las ciencias, y siguiendo su mar-
c h a progresiva en todas sus ramificaciones, presentar el cuadro grandioso
»de las formas y propiedades de nuestro entendimiento, se va á contentar
»con presentar algunas observaciones sobre el carácter que distingue la
«moderna de la antigua civilización; y siguiendo después la marcha de los
«siglos desde el renacimiento de las luces, compararlos entre sí, y todos
«con el siglo xix, en que nace aquel colegio......


¿Os parece que promete mucho? Pues leed el discurso, y veréis que
cumple mucho mas de lo que promete; porque hace nada menos que un
brillante resumen de la historia de la civilización, desde la caída del imperio
romano; y en cada «na de las épocas culminantes, que por cierto sabe
enunciar y caracterizar tan exacta como concisamente, hace una especial
aplicación de las distintas fases que ha ido recorriendo la literatura; y .os
porteen el secreto de la recíproca influencia que ejercen entre sí la cons-
titución social y política, y la literatura de un pueblo y 4e una época de-
terminada. De estas series de paralelos, os dedúcelas deferencias esenciales
y accidentales que debe haber y hay entre las literaturas de diversas épor
cas'y ¿e diversos pueblos. -Os describe al carácter de. la poesía sensual de
la Grecia, «pueblo brillante, siempre amado de las gracias y mecido de
ilusiones» : os presenta el contraste de esta poesía sensual, de formas pul-
cras, de regulares y ordenadas proporciones, con la ruda poesía nacida de
los siglos bárbaros, menos bella, pero mas enérgica.; menos risueña, pero
mas humana : y embebecido ante el. espectáculo seductor de la primera, y
exaltado.ante la vigorosa y trascendental energía de la segunda; viendo




• XV


claramente que aquella es pasada con la civilización que le dio vida; y que
esta otra, fecundada por los siglos ulteriores, es la única fuente,de ori-
ginalidad y de belleza para los poetas contemporáneos; desdeñoso con la
pobre y limitada escuela que no da mas valor á la poesía que el .de un sim-
ple arte de imitación; sectario, en fin, y apóstol de la revolución obrada en
el gusto y en las opiniones literarias de principios de este siglo; y echando
sobre el muerto clasicismo de nuestros padres una mirada ultima de amor
y de compasión y esclama * < ¡O pueblo generoso de la Grecia! Pueblo
> querido de mi corazón! perdona si al considerar el laurel eterno que
»te ciñe, yo no le tengo por el mas digno de ceñir ya nuestras frentes:
jperdona si, contemplando en,silencio con Osian las tumbas de sus pa-
ídres, y evocando sus sagradas sombras, prefiero sus misteriosos gemidos y '
s sus salvajes laureles al aroma de tus flores, y álos acentos de tu lira!..,..»


Y los labios que mandan este magnífico adiós de despedida alas musas de
la Grecia, y al helenismo desfigurado del Lacio, pronuncian osadamente los
nombres de Schiller y de B i r onde WaTter Scott y de madama Stael. Todo
esto bañado, como fácilmente se comprenderá, en una atmósfera de idea-
lismo germánico, de misticismo sentimental, que hacia tan estjaña la forma
como el fondo de sus pensamientos. A tiro de ballesta se veia que aquel
era un discurso revolucionario. Para su autor, de seguro no han sido des-
pués completamente aceptables el espíritu con que está pronunciado, las
doctrinas que sustenta, ni los fines que se propone; pero es indudable que
si alguna vez en sus últimos dias se dignó echar una desdeñosa mirada
sobre $u propia obra, todavia habrá encontrado que envidiar en ella la ar-
diente fé, la poética energía, las nobles esperanzas que daban vida y vigor
á aquellos acentos de su pasada juventud. Habrá visto también, no sin com-
pasión de sí propio,: la tintura de racionalista que .debía á su educación
literaria;. pero habrá siempre mirado con placer y<:on orgullo aquellas pá-
ginas en que, á despecho de su filosofismo, ensalza y preconiza la auste-
ridad del Evangelio, dilatando su alma por las serenas regiones del mundo
cristiano; aquellas otras en que tan elocuentemente apologiza á Pedro el
hermüaño y las cruzadas, espíritu vivificante del siglo que vio nacerla
brújula, el derecho civil y político, la imprenta, las ciencias, las arles;
sé habrá complacido en ver cómo, en los primeros, pasos de su vida, lan-
zaba el anatema sobre el cínico Ginebrino, á quien llama el mas terrible,
como el mas seductor y elocuente.de los sofistas; y el desden con que
trata á los autores de la Enciclopedia; y el sentimiento de rectitud que sino
le impedia llamar brillante al siglo xvm, le enseñaba que en ese siglo, al
lado de todas las verdades y de todas las virtudes, estaban también divini-
zados todos los errores y todos los crímenes.


Aquí se. ve el germen de un eclecticismo propio, individual del señor
DONOSO, cuyo carácter no es tanto la elección dogmática etftre los varios




xvi •
principios que la sola razón le subministra, como eierta aspiración cons-
tante á fundir en uno su razón filosófica y su instinto cristiano. Las luchas
interiores á que esta aspiración le condena, las veremos, ora vagamente
definidas, ora plenamente manifiestas, en todo el progreso de su vida in-
telectual. H último periodo de su existencia no es mas que el término
definitivo dé esta lucha; no es mas que'la victoria decisiva del instinto
del cristiano tüontra:1a razón del filósofo. '


Parece que quien tan lucidamente inauguraba su magisterio, debia ha-
ber tenido muchos oyentes en su cátedra; pero su asignatura no se impu-
taba entre los cursos académicos de filosofía, sino que era puramente de
adorno; y esto explica unhechoque.de otro modo seria increíble; y es
que no abrió su cátedra mas que, con dos discípulos. A mediados del curso
escolar, ya no tenia mas que uno. Este uno era el que os está hablando,
lectores mios. ' \


Todavía es, y muchas veces pienso qué idea le movía, ó que sentimiento
le sustentaba, cuando haciéndome "acudir diariamente y con puntualidad al
aula espaciosa donde estaba su cátedra, me tenia sentado sobre el banquillo
hora y media, pronunciándome un discurso didáctico, del cual puede figu-
rarse el lector lo que se alcanzaría á un chico de diez años. Preciso es que
obrara en él coii mucha fuerza la conciencia de" su deber para llevar tan
adelante la formalidad de su empeñé; si ya no es, y esto parece mas pro-
bable, que se aprovechara de aquella cuasi soledad, para hacerse á si propio
prueba y ensayo de sus fuerzas. Los lectores perdonarán la prolijidad de
este recuerdo grabado en el alma di^ que escribe con indeleble sollo de
gratitud y de ternura. . • .


Durante aquel curso, y á principios del año 1830, contrajo el tierno
afecto que terminó en su enlaze con la señora doña Teresa Carrasco, her-
mana del personaje político que después fué conde de Sarita (Maya. Dios' no
quiso dejarle gozar largo tiempo la felicidad doméstica que abundantemente
le ofrecían las virtudes de su bella y angelical esposa, y las gracias infantiles
de una niña, único fruto de su matrimonio. La muerte le arrebató primero
á su hija, y luego, en el verano de 183S, á su esposa; como si el cielo hu-
biera querido avisarle que su peregrinación per el mundo debia ser una
especie *de solitario sacerdocio, y una misión sin rivales.


Terminado el año académico, y cumplido por consiguiente su em-
peño en el colegia de Cáceres, se trasladó con su esposa á Madrid, donde
ya bullia, bien que tímida y sordamente, la brisa mensagera de los huracanes
políticos que iban á trastornar el fondo y la forma de nuestra patria. Bien
pronto, el joven catedrático de literatura tomó puesto' distinguido en el
círculo literario que iba, por decirlo así, condensándose, cómo una falanje
preparada para convertirse, á la primera ocasión favorable, en heraldos ó
ministros del nuevo orden de cosas, que despuntaba: Solícito y animoso ,




XVII


II.


Veníase entre tanto á mas andar, preñado de tempestades y lleno de es-
peranzas , el tercero y último periodo de nuestra revolución, en lo que va
del presente siglo. La monarquía hereditaria y tradicional, en la vecina
Francia, acababa de dejar el puesto á otra monarquía electiva y revoluciona-
ria: y, al impulso de este nuevo y definitivo arranque del liberalismo francés,
todas las naciones de Europa, cual mas, cual menos, habian esperimen-
ta'do cambios, ó arrostrado peligros de grave consecuencia. En España, es-
tos sucesos coincidían con la existencia de un trono minado por conspi-
raciones domésticas, ocupado por un monarca débil y enfermo, y rodeado
por la impaciente espectativa de un partido, ducho en asimilarse todos los
elementos que no le eran irreconciliablemente hostiles, con agravios que
vengar, gran propagador de esperanzas alhagüeñas, mas activo que sus
adversarios, y tal, en fin, como le necesitaban los nuevos intereses que na-
cían en torno del lecho del moribundo monarca, cuyos ojos turbados bus-
caban, en su última hora, vengadores de sus enemigos, y tutores de su hija
y heredera. Al doloroso y tímido clamor de aquel rey moribundo, repetido
por los labios de una Reina joven y hermosa, respondieron, como otros
tantos ecos de amistad y de concordia, la voz de las tradiciones y el grito de
las esperanzas.


La educación, los instintos, los intereses, las aspiraciones del joven
literato, le llamaban no solamente á mezclar su voz en aquel universal
concierto, sino á señalarse de un modo especial : y esto fué cabalmente lo
que intentó v consiguió, cuando en aquellos críticos dias del otoño de 1832,


acudió á todas las lizas en que se disputaba el premio del talento ; y á los
apreciables esfuerzos que entoces hizo por alcanzarlo, debemos sus.escasos,
pero no indiferentes ensayos poéticos que vieron la luz pública, tales como
su Elegía inserta en la Corona fúnebre de la duquesa de Frias; otra, dedi-
cada á Melendez; sus odas á la Reina Cristina, y á la proclamación de la
Reina Isabel; y por último, su ensayo épico, el Cerco de Zamora, que
escribió en ánimo de concurrir al certamen abierto con designación de
aquel asunto por la Academia española, y el cual, según consta del prólogo
que le precede, no llegó á ser presentado en el concurso.


Sin pararnos en apreciar el mérito de estas poesias, á las cuales por
otra parte su autor nunca dio tampoco grande importancia; y parecién-
donos por lo mismo estrañas en cierto modo al cuerpo de estas obras, he-
mos creido oportuno y adecuado ponerlas por vía de Apéndice en el último
tomo.




xvni


dirigió á Fernando VII una memoria sobre la situación actual de la monar-
guia, cuyas ideas y forma produjeron en los círculos políticos de entonces
placer á unos, indignación á otros, y á todos gran sorpresa. Los enemigos
clel nuevo orden de cosas que se preparaba, le miraron como un adversa-
rio temible; y los amigos, como un auxiliar poderoso. Todos fijaron su vista
con interesada curiosidad en aquel casi imberbe consejero, que levantaba
nasta el regio solio tan osado y magistral acento.


«La Providencia (decia) que guarda en la profundidad de su seno el
^secreto del destino de los hombres, y que siembra á la vez de flores y de •
«escollos el áspero camino de la vida, ha reservado también la copa del
«infortunio para los labios de los reyes..... Apenas V. M. ocupó el trono
»que habia heredado de una larga serie de ilustres antecesores, cuando
»una lucha espantosa empezó a llenar de sangre la arena de este desgra-
ciado suelo; y en vez de los escombros que amenazaba producir, solo
«sirvió de ocasión para que V. M. pudiese entonar el himno de la victoria,
«coronado de laureles. Napoleón habia cubierto con su sombra la luz del
»horizonte europeo : su mano de bronce amenazaba esclavizará la Europa
«toda, que se postraba ante sus pies, como se postra el hombre ante el
«destino : su grandeza eclipsaba todas las grandezas de la tierra, y suplanta
«inflexible hollaba de la misma manera los cetros de los reyes y las frentes
«de los pueblos: habiendo visto derramar la sangre de su rey, y abismarse
»un trono sustentado por cien generaciones, él creyó que la hora era He-
lgada de colocar la'diadema de san Luis sobre la frente de un vasallo : él
íla colocó sobre su frente; y sentada la usurpación sobre el trono, y no
«pudiendo coronarse con la gloria de diez siglos, se coronó con los rayos
«de su gloria. El mundo fué su víctima : la esclavitud su trofeo : los reyes
«perdieron su poder; su independencia las naciones. Llegó en fin la hora
«de Fernando y de su España: el usurpador la pidió el tributo de su inde-
»pendencia y de su rey: pero ella vengó á su rey de su opresión, y al mun-
ido de su tirano. Señor, V. M. gobierna todavía con su cetro á esta nación
«magnánima y generosa, que responderá siempre con un jamás á la usur-
«pación y alevosía : este jamás resonará en los oidos de la posteridad, como
«la sentencia de un gran pueblo lanzada contra el pérfido que ataque su
«existencia nacional, ó los sagrados derechos de su rey."....»


No puede negarse que hay en este exordio tanta habilidad como re-
tumbancia, si se considera que quien piensa acabar por pedir al rey la con-
vocación de Cortes, no podia empezar mejor que lisonjeando el regio
orgullo con el recuerdo de los hermosos dias en que, bajo su enseña y
victoreando su nombre, salvaron los españoles de la ruina y del oprobio
su trono y su persona. No menos hábil es recordar en seguida, como lo
hace, los recientes agravios, inferidos á Fernando por los que conspiraban
contra la herencia de su hija; pintando con fuerte colorido las angustias




XIX


y peligros que entonces rodearon su lecho de dolores; cargando la mano,
como puede suponerse, sobre los inmediatos autores de aquella situación;
y procurando apartar de los liberales, sus naturales adversarios, la sospecha
que contra ellos pudiera producir en el real ánimo el recuerdo de los tres
años que siguieron la bandera de la revolución. DONOSO no puede ni quiere
acaso evitar este recuerdo; pero necesita neutralizarlo, y para eso añade en
seguida:"


«La Francia ha atravesado por medio de los horrores de la república,
»la gloria del imperio, la serenidad de la restauración, y las convulsiones de
«Julio; pero ni de la república, ni del imperio, ni de la restauración, ni de
«sus convulsiones ha nacido el principio que debe serenarla : la tempes-
«tad brama en su seno; y la disolución acomete su existencia. Los espa-
»ñoles saben que la revolución que ataca actualmente á la Europa, esme-
»nos una revolución política que una revolución social, en que se abisman
«todas las existencias, todos los intereses y todas las propiedades : ellos
«saben que toda revolución promovida por las masas va siempre acompa-
«ñada de una irrupción en las propiedades; porque las masas no hacen las
«revoluciones por principios, sino por intereses : ellos han visto que las
«páginas de todas las revoluciones están escritas con sangre, y que siem-
«pre fueron sus primeras víctimas todos los que descollaron. Convencidos
»de estas verdades, Señor, los españoles ni son revolucionarios, ni cons-
«piradores *


A los veinte y dos años, en la edad de las ilusiones, el señor DONOSO
creia que los liberales habían aprendido acerca de las revoluciones todo
esto que él veia con tan precoz exactitud, y casi con intuición de profeta.
Creyéndolo así, continuaba:


«En España no hay mas partidos, que el de la legitimidad, y el de la
«usurpación. El primero, que propiamente no debiera llamarse partido,
«es el de todas las clases del Estado; y representa todos los intereses y
«todas las garantías sociales : el segundo, menos numeroso, pero por lo
«mismo mas fanático, no se apoya en ningún principio ni en ningún inte-
»rés social; y sin embargo, Señor, es fuerte : es fuerte, porque sabe lo
«que quiere; es fuerte, porque tiene una voluntad única y enérgica, y
«porque tiene un sistema ocultamente seguido y, ha mucho tiempo, com-
»binado »


¿Qué fuerza oponer á esta gran fuerza de la unidad enérgica, y de
sistema fijo?


«En la lucha entre el Gobierno y las facciones, .será aquel víctima de
«estas, si se abandona á fuerzas individuales, y se reposa del cuidado de
«su existencia en el imperio de las leyes : jamas las leiyes destruyeron una
«sociedad creada para aniquilarlas, ni conservaron un trono combatido de
«revoluciones : el Gobierno debe tener la fuerza de una facción, y orga-




XX


Mazarse como si lo fuera Los enemigos de V. M. han dicho — divida-
unos para destruir Señor, los buenos dicen—unamos para conser-
var . Las sociedades no existen, si se relajan los vínculos sociales : las
*que solo son palabras para el filósofo, son cosas para los pueblos : jamas
«un nombre ha dejado de producir una revolución; y jamas le ha faltado
ni una bandera ni un partido «


Aqui nos dá el publicista organizada la dictadura del Gobierno para la
resistencia : veamos ahora cómo , á fuer de buen ecléctico, crea la resis-
tencia contra la dictadura.


«Creado el sistema y dada la unidad, es preciso crear la legalidad y el
«entusiasmo. Señor, con el apoyo de sus antiguas y venerandas leyes, ha
< atravesado esta antigua monarquía por medio de los siglos, siempre grande
#y poderosa; y el brillo de sus reyesba esclipsado, en un tiempo, el de
«lodoslos reyes de la tierra. Si V. M., después de haber salido del sepul-
»ero para colocarse sobre el trono, pronuncia el nombre de las antiguas
«Cortes de este reino, ellas sacudirán el polvo de los siglos; inclinarán su
i frente ante el mas generoso de todos los monarcas, y su voz será el
«acento de la fidelidad......


No es difícil ver en estos últimos párrafos la exposición, sucinta pero
perfecta, de un liberalismo doctrinario y. tradicional, que se parece bien
poco al liberalismo radical y revolucionario. Si esta calificación es acer-
tada , no estará demás consignarla como el punto de partida de las opinio-
nes políticas de DONOSO , para que á su tiempo veamos si es tan grande
como han supuesto lo que en este particular sus adversarios llaman su in-
consecuencia.—Dejando la demostración paramas adelante, consigne-
mos ahora otro rasgo que confirma nuestro juicio.


«Señor, una monarquía no puede apoyarse en las últimas clases de la
«sociedad; es preciso que se apoye en las clases intermedias : cuando es-
lías no existen, la sociedad perece en brazos del despotismo oriental, ó
«en el abismo de una democracia borrascosa España, señor, tiene una
«magistratura que representa su gloria, que conserva sus tradiciones, y
«que, siendo el depósito de sus leyes, no puede prestarse á una obra de
«destrucción y de anarquía;' porque representa el orden de la sociedad y
»la madurez de los siglos. Si los que visten la toga, no degradan su.dig-
«nidad ni empañan su esplendor, la toga está destinada á ocupar el primer
«lugar entre las instituciones conservadoras, y á ser el apoyo mas firme de
»V. M. y del trono. El destino de los jueces es el destino mas bello délos
«hombres : ellos son el eco de la ley; su voz es la voz de la justicia, y su
«misión, garantizar todas las existencias sociales. Colocados en medio déla
•sociedad y del legislador, ellos son el centro de todas las relaciones, y los
»que conservan.su armonía. Independencia en la institución, fidelidad en
«sus individuos : estas son, señor, las condiciones necesarias de la toga.»




XXI


«Señor, tales son las bases del nuevo sistema que debe asegurar la co-
»rona en las sienes de las augustas sucesoras de V. M....«


Claramente se ve que el joven publicista no oculta sus pretensiones. Es
mi nuevo Sieyes que, con Benjamin Constant en una mano, la historia de
España en la otra, y los ojos fijos en el estado actual de la patria, propone
y formula una constitución, con el doble propósito nada menos que aten-
der, por una parte, á las necesidades accidentales del momento, y por
otra, á las permanentes y esenciales de nuestro pais. España está comba-
tida por una faGcion fuerte , organizada con sistema, con unidad y ener-
gía : es preciso que el gobierno tenga la fuerza de una facción, y se orga-
nize como si lo fuera* Aquí deja satisfecha la exigencia del momento. Pero
esto es organizar la dictadura ilimitada é indefinida, ¿cómo se le pondrá lí-
mite y término ? ¿ Será urdiendo una constitución facticia, sin anteceden-
tes en nuestra historia, sin raices en nuestras costumbres, importada del
extrangero en brazos del filosofismo revolucionario ? Todo menos que eso.
El nuevo publicista quiere que las antiguas Cortes de este reino sacudan
el polvo de los siglos, é inclinen su frente ante el monarca? y aquí tene-
mos al constitucional tradicionalista : quiere que la monarquía se apoye
en las clases intermedias, para que no perezca en brazos del despotismo
oriental, ó en el abismo de una democracia borrascosa : y quiere en fin
que la representación y fórmula política de estas clases intermedias, sea la
magistratura independiente, que representa la gloria, y conserva las tradicio-
nes de España. Aquí tenemos al doctrinario con su mesocracia, y su poder
judicial inamovible y supremo. Sus estudios histórico-políticos le daban
por resultado un eclecticismo constitucional, suyo propio, que sirve para
explicar cómo, habiendo sido de los primeros doctrinarios de nuestro pais,
ha sido también el primero á romper con un liberalismo que estaba fuera
de sus doctrinas.—Su primera muestra en la vida política, que fué tam-
bién, y dicho sea de paso, la primera y mas osada de las que se dieron
por los liberales antes de la muerte del rey, es la premisa, de donde in-
flexiblemente se derivan, como otras tantas consecuencias necesarias, to-
dos los actos y todas las doctrinas ulteriores de su vida.


Por eso, dando á este documento una importancia especial, hemos que-
rido extractarle en el discurso de esta biografía, negándole en el cuerpo
de las obras de DONOSO un lugar que le veda el respeto debido á clases y
personas; de las cuales, unas han expiado con largo infortunio sus dolorosos
errores, y otras han redimido plenamente su derecho á que se aparten de
la memoria y de los ojos de sus conciudadanos las calificaciones que pudieron
merecer en tiempos de política efervescencia. La sinceridad de estos mo-
tivos quedará justificada con decir, que la memoria se imprimios lujosamente
por cierto, con el beneplácito del Rey, en noviembre de 1832; y este solo
dato bastará para convencer de que, si bien en aquel escrito se traslucen




con haría claridad las .muchas preocupaciones filosofescas de su autor, en el
tiempo que lo produjo, y que nuestra imparcialidad nos manda no ocultar
ni disminuir, nada hay en cambio que lisonjee las pasiones demagógicas,
y si, mucho que pueda servir de fundamento á una Constitución verdade-
ramente nacional, y como nacional, fecunda y provechosa.


Otra prueba mas convincente todavía es la benévola acojida que el joven
DONOSO mereció á los personajes políticos importantes de aquel tiempo. El
Rey mismo le honró en Febrero de 1833 con la especiahsima, y para aquel
entonces escandalosa distinción, de nombrarle oficial de su secretaría del
Ministerio de Gracia y Justicia. Y con verdad sea dicho, las venerables som-
bras de los encopetados burócratas de Carlos III debieron levantarse indig-
nadas contra aquel covachuelista de 23 años.


Tampoco carecía entonces de valor la honra que, en Mayo siguiente, se
apresuró á dispensarle la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, nom-
brándole su miembro honoraria, como una muestra de su aprecio, y como
un tierno recuerdo de aquellos días en que el joven covachuelo invocaba
con todo el ardor de su entusiasta juventud á las musas risueñas del undoso
Bétis. Todavía en aquella época, cultivaba el señor DONOSO la amena lite-
ratura , si bien la consideró siempre como una ocupación secundaria, en
la cual reposaba su mente, ya de lleno entregada á plantearse los mas ra-
dicales-problemas del orden social y del orden humano, con el propósito
de ofrecer sus pensamientos á la consideración de los hombres que se ocupan
en estudiar en las entrañas de las sociedades el germen de vida que conservan,
ó el cáncer que las devora. Con estas palabras propone su asunto en el pró-
logo de su folleto publicado en Agosto de 1854, con el título de CONSIDERA-
CIONES SOBRE LA DIPLOMACIA, Y SU INFLUENCIA EN EL ESTADO POLÍTICO Y SOCIAL


DE EUROPA, DESDE LA REVOLUCIÓN DE JULIO HASTA EL TRATADO DE LA CUÁDRUPLE


ALIANZA.


¿OS acordáis del joven profesor de Literatura que en 1829 llamaba á
Rousseau un terrible sofista, que ensalzábalas Cruzadas y & Pedro elHermi-
taño, que proclamaba al cristianismo como la ley redentora del espíritu y
de la carne?" ¿Os acordáis del joven publicista que en 1852 invocaba con la
voz del patriotismo á las antiguas y venerandas tradiciones de sus mayo-
res? Pues es el mismo que, engolfado ya en el piélago borrascoso de la po-
lítica militante, y acabando de ver en Julio de 1834 el espectáculo fúnebre
y terrible de una demagogia brutal y sacrilega degollando á los sacerdotes
y profanando los altares, esclama horrorizado—«No, Madrid no olvidará
«jamás el diade dolorosa recordación en que ha visto disolverse la sociedad,
«desaparecer la fuerza pública; y en que ha sido testigo de la profanación
«desús templos: como si un instinto fatal enseñara á los monstruos que nos
«infestan, que las sociedades no pueden dejar de existir, si la religión,
«abandonándolas, no las condena á la esterilidad y ala muerte. Los manes




xxwr


«de las víctimas piden venganza, y la sociedad justicia. Las leyes no pue-
«den exijir obediencia, sino conceden protección : y la libertad y el orden,
«para hermanarse y crecer, necesitan que se purifique el suelo que ha te-
«ííido la sangre, y que ha profanado el crimen ..»


Gloriosa página en verdad, inspirada por el sentido moral y por el pa-
triotismo mas puros, fecundados ambos por un instinto religioso, que, no por
ser todavía vago y especulativo mas bien que práctico, deja de ser bello y
fecundo. Nótese bien, y sobre todo por los que acusan á DONOSO de incon-
secuencia política, como por los que le acusan de haberse abismado en
un misticismo supersticioso; nótese bien cómo, al anunciarse públicamente
en la liza filosófica, declara, no ya simplemente que la religión es un ele-
mento civilizador entre otros, una rueda entre otras , de las que constitu-
yen el mecanismo social; sino que es el origen de toda fecundidad y de toda
vida para las sociedades; puesto que, cuando la religión las abandona, di-
ce , quedan condenadas á la esterilidad y á la muerte. La idea ciertamente
no es nueva; y tan nolo es, que Dios la ha constituido patrimonio de la so-
ciedad : lo que sí, era nuevo y casi estraordinario para el liberalismo es-
pañol, cuando DONOSO publicó este folleto, era presentar aquella idea
como el fundamento y esencial condición de toda teoría social.


¿Qué estraño parecerá, pues, que, partiendo de esta idea, consagre á la
acción civilizadora de la Iglesia la especial atención y el lugar preferente
que le dá en sus Consideraciones?


«En la Europa bárbara, dice, solo la Iglesia era una sociedad; porque
»solo en la Iglesia se encontraba unidad de objeto, y armonia de volunta-
»des. Roma aspiró á la dominación en nombre de la fuerza : la Iglesia en
¡¡nombre de la verdad : su título era mas legítimo : sus medios los ha juz-
»gado ya la historia... Ella continuó el movimiento del mundo romano, ele-
»vó las mismas pretensiones, y marchó hacia el mismo fin (el establecimien-
«to de la unidad social); pero mas inflexible aun, porque la verdad es mas
«absoluta que la fuerza, vencedora no perdonó jamás, y protestó vencida.
* En su lucha con los emperadores, al ver postrado álos pies del heredero de
«San Pedro al heredero de los Césares, la imaginación asombrada no alcanza
»á concebir esta revolución inmensa en el destino del mundo. Fuera déla
«Iglesia, solo existían individuos : la voluntad del hombre reinaba sola en
«aquel caos en que naufragaron todas las instituciones humanas (la inva-
«sion de los bárbaros), y abandonada la sociedad á sus elementos primiti-
»vos, no tenia mas vínculos que los de la familia; y apenas existían otras
«relaciones de dependencia, que las del patrono y el cliente, el siervo y
«el señor.»


Aquí están los gérmenes de una filosofía católica, puesto que hallamos,
bien que somera y vagamente concebidos, los principales afectos que de or-
dinario la inspiran y la constituyen. Hallamos por de pronto una espHcita




XXIV


declaración de que en la Iglesia reside la verdad absoluta, lo cual es
tanto como reconocer en ella un criterio universal de todas las verdades:
hallamos luego un afecto de admiración hacia la propia Iglesia, que, una
vez apoderado del espíritu para dictarle veneración á sus doctrinas, puede
y debe terminar en mover la voluntad á cumplir sus preceptos. Porque á
la Iglesia, ó se la niega ó se la confiesa : si se la confiesa, bien podemos,
estar ciertos de que, á poco que ayuden las circunstancias esternas, y en el
supuesto de que no militen contra las fuerzas de la verdad la exaltación de
las pasiones y el influjo de los intereses humanos, se acabará por amarla.
Y esta es toda la historia de DONOSO.


No se crea sin embargo que, falseando los hechos y confundiendo las
épocas, se trataaquíde ocultar las sombras que oscurecen tan hermoso cua-
dro , no. En las CONSIDERACIONES SOBRE LA DIPLOMACIA, como en otros escri-
tos posteriores, que iremos mencionando, no se vé en DONOSO al filósofo
católico : no se ven sino sus actitudes, secundadas por sus estudios histó-
ricos, para llegar á una filosofía católica, como última conclusión de sus
premisas. Mientras obtiene esta conclusión, nos hallamos á cada paso con
el filósofo racionalista. En el final del propio escrito que nos ocupa, le ve-
»mos proclamando, que los pueblos marchan al abrigo de las tempestades
»por la inteligencia, reina del mundo moral, señora del mundo físico. Por-
»qne eran inteligentes, dominaban los sacerdotes á la India y al Egipto. La
»inteligencia de Orféo brilla en la cuna de la civilización griega. En los si-
»glos medios, los claustros dominaban la sociedad, porque en ellos se fun-
»daron las primeras escuelas. Si la clase media ha sido formada por el co-
»mercio y la industria, á la inteligencia debe haber sido constituida en
«poder, y ceñir una corona. Las sociedades infantes obedecen al bardo de
»sus montañas, porque la inteligencia eleva allí su trono sobre las cuerdas
»de la lira.


No hay que ocultárnoslo : este es un himno á la razón humana : es la
proclamación de su soberanía, es el elogio de sus excelencias, el recuento
de sus triunfos. Pero aguardad un poco, y bien pronto oiréis al filósofo
racionalista contaros las miserias y flaquezas que ha padecido esta razón
soberana, los crímenes y los errores que ha engendrado en el mundo:
entretanto, mientras llegáis con él á este punto, que no se halla lejano, ob-
servad , de paso, en dónde localiza el cetro de esa razón, que le fascina y
le encanta; en los sacerdotes del Ganges y del Nilo; en la musa religiosa de
Orféo, domador de fieras; en los claustros de los siglos medios; en el bardo
sacerdotal de las montañas : es decir, donde quiera que vive un principio
religioso; porque el filósofo, cantor entusiasta de la inteligencia, reina del
mundo moral, cree y ha dicho; que la religión sola es el principio de la vida
y de la fecundidad en todas las sociedades. Abjí tenéis al lado propio del
racionalismo que se proclama soberano, el principio opuesto, que le limita




y le destruye. No olvidéis este paralelismo, porque es un hecho fecundo
para explicar al hombre en quien se realiza.


A la luz de ese principio religioso, que, sin advertirlo él , se irradia en
su espíritu racionalista, ha visto las verdades mas importantes del orden
politico, del orden social y del orden humano : á la luz de ese principio,
ha visto la armonía entre los reyes y los pueblos haciendo posible una pri-
mera faz de la diplomacia, que, humana, moral, fecunda, ordenaba en jus-
ticia las relaciones internacionales, y creaba la fraternidad de los pueblos sin
aspirar á absorberlos en la terrible unidad, utópicamente proclamada por
el moderno humanitarismo socialista : á la luz de ese principio, ha visto á
esta misma diplomacia en su segunda época, en aquel dia terrible para la
sociedad en que la inteligencia emancipada de los pueblos pidió á los reyes sus
títulos y examinó sus poderes, convertirse en instrumento de opresión,
truncar y suprimir arbitrariamente las nacionalidades, hollar brutalmente
los derechos-; y proclamando al cabo- los intereses materiales, descender
hasta el materialismo mas asqueroso y estéril: á la luz de ese principio, ha
podido ver lo presente y adivinar el porvenir de la lucha gigantesca pen-
diente hoy entre el Mediodía y el Norte de la Europa, y escribir esas ad-
mirables páginas , verdadero cuadro profético del progreso y desenlaze de
la cuestión en que se fija y formula esta lucha, la cuestión de Oriente;
páginas que escritas en agosto 1834, son hoy el mas completo comenta-
rio, y la mas exacta esplicacion de cuanto está sucediendo en aquellas re-
giones.


Hay en este folleto una nota critica de la Constitución de 1812 -, que
tiene de notable el ser toda una exposición de la teoría constitucional de
Donoso en aquella época, y que se enlaza indisolublemente con todas las
doctrinas que le llevaron á ser, como antes de ahora hemos dicho, el pri-
mer moderado de España, qué presentase formulada toda una teoría de
eclecticismo político. — «Los hombres, dice , que predican aquel código
«como el único puerto de salvación en la borrasca que corremos, © son
«necios, porque no la comprenden; ó malvados, porque la adoptan como
«elemento destructor—los que la desprecian, son pedantes—los que la
«adoran como un recuerdo, pero sin aspirar á constituirla en poder, son
«almas candidas y generosas, á quienes es lícito reposarse en el bello dia
«de su aparición, y en el prestigio que tantas flores derramó sobre su
«cuna. — Entre todos estos hombres se levanta el filósofo s


Veamos qué piensa el filósofo.'—Piensa que.— «las constituciones no
>se hallan formadas en los libros de los filósofos como las reeetas en los de
«los médicos; — » que son puras formas; y como tales, transitorias y va-
riables , según las condiciones de cada época y de cada pueblo. En este
supuesto, cree que la Constitución del año 12; cuando España toda era
pueblo sin trono y sin clases intermedias; cuando las necesidades nacidas




XXVI


de la guerra lo habían nivelado todo en una sociedad para la cual la mo-
narquía no era un poder, sino un recuerdo, fué una constitución apropia-
da á las circunstancias y á la existencia social de la nación española; pero
por lo mismo cree, que en 1820, cuando aquellas circunstancias habían
desaparecido, la resurrección de aquel código fué «un anacronismo moral,
«que debia robar un porvenir á la libertad que nacia. > —En último resul-
tado, ya hemos visto que en 1834, su resurrección le habia parecido una
obra de «necios ó de malvados.»


Esto era lo que el filósofo opinaba acerca de la Constitución del año 12t
lo que el filósofo no vio, ó no quiso ver entonces, fué que, juntamente
con todas esas circunstancias que en cierto modo hacían posible, ó si se
quiere, necesaria aquella constitución, andaba de por medio una dosis no
escasa de filosofismo enciclopedista, y de revolucionarismo á la francesa,
bastante poderoso para imprimirla un sello anti-nacional, que, si bien ac-
cidentalmente la hacia compatible con el estado de nuestra España, la
hacia antipática y contraria á nuestros intereses verdaderamente constitu-
tivos ; y como esenciales, permanentes. El espíritu del filósofo no se ha-
llaba ciertamente libre de las preocupaciones revolucionarias del tiempo
en que él se habia educado; ni tuvo quizás la suficiente energía de carác-
ter para ponerse en abierta y radical pugna con sus intereses y sus amis-
tades de entonces. Como quiera que sea, bastan las apreciaciones que hizo
en su nota crítica, para mostrarnos la distancia que, ya en el albor de
nuestra vida parlamentaria de esta última época, le separaba de los hom-
bres políticos del año 12, y del partido que poco después se formó á la
sombra de ellos.


Por vía de ensayo sobre el carácter del escritor y de la época, ponemos
en esta edicioai, como apéndice á las Consideraciones sobre la Diplomacia,
el artículo criticó que le consagró un periódico de entonces, el MENSAGERO
DE LAS CORTES, y la respuesta que DONOSO le dio en el OBSERVADOR. De-


jando á salvo la buena fé que sin duda inspiró aquella crítica, no será
inoportuno advertir que su ilustre autor, por aquel entonces, pertenecía en
cuerpo y alma á los estáticos adoradores de aquella constitución del año 12,
que tan mal parada habia dejado DONOSO en su nota. Por lo demás, con la
respuesta de este último á la vista, puede considerar el lector los quilates
de humildad y tolerancia que por aquel tiempo tenia el carácter de nues^
tro covachuelo. Lo que no-se debe aquí omitir, por ser rasgo descriptivo
de la época, es que el dia mismo en que el OBSERVADOR publicó la respuesta
de DONOSO , habiéndose encontrado en un café con el crítico censor de su
folleto, este que no le conocía, enterado de que aquel mancebo era su
contrincante, se acercó á él y le abrazó con efusión, prodigándole todo
género de lisongeros cumplimientos. Todavía entonces por lo visto era para
los españoles una regla de conducta que « lo cortés no quita lo valiente.»




XXVI I


Mientras el joven publicista, por medio de estos escritos y polémicas,
conquistaba en Madrid la respetuosa estimación dé cuantos personajes
políticos descollaban en aquella época, ya plenamente transformada por
la publicación del Estatuto Real en periodo parlamentario, la provincia de
Cáceres, nombrándole secretario de la diputación permanente en esta
Corte, de su Sociedad Económica, le mostraba del único modo entonces
posible para ella, el aprecio que hacia de aquellos precoces triunfos. Esta
prueba anticipada de distinción que DONOSO debia á su pais natal, le fué
plenamente confirmada por el mismo, y por cierto con gran provecho de
la causa pública, en el mes de setiembre de 1835. Removidas entonces
por el impaciente y mal aconsejado espíritu de insurrección que en aquel
año hizo en nuestra España sus primeros ensayos, habíanse levantado to-
das las provincias del reino, y organizado sus correspondientes juntas so-
beranas para asesinar generales y sacerdotes , repartirse el pingüe botin
de los empleos públicos, y proclamar sobre estas fecundas bases los gran-
des y sanos principios de nuestra flamante regeneración política. Tal era la
situación que se encontraba al tomar las riendas del gobierno don Juan
Alvarez y Mendizabal, el hombre llamado entonces por la opinión unáni-
me de los liberales para ser núcleo de todas las fuerzas, y corona de todas
las esperanzas. Su primer anhelo debió ser, y fué en efecto, ordenar y
legalizar aquella anarquía, satisfaciendo las exigencias que buenamente
pudiese, y viendo cómo, bajo la anticipada garantía de estas concesiones,
se componía para disolver las juntas soberanas. Con este intento eligió á
DONOSO para enviarlo en calidad de comisario regio á las dos provincias de
Badajoz y Cáceres, en que se había dividido la antigua Estremadura,
y en una y en otra obtuvo el joven emisario un éxito completo, que le fué
por el pronto recompensado con la Cruz y placa de caballero de número
de Carlos III.


No sin placer consignamos este primero de los cargos políticos desem-
peñado por nuestro covachuelista en pro del orden público, y contra aque-
lla inauguración vergonzosa del período de los motines. Su persona y sus
actos debieron desde luego inspirar confianza á los hombres de gobierno»
tales al menos, como por entonces los habia; y una prueba de ello es que,
al darse nueva planta á la secretaría del ministerio donde ya él era oficial
desde el año de 1833, fué nombrado gefe de sección en el mes de enero
de 1836, siendo ministro de su ramo el señor Gómez Becerra. Con todo*
será siempre un hecho de difícil esplicacion esta confianza depositada por
los apóstoles y sectarios mas calorosos del liberalismo Constitucional del
año 12 en aquel joven ecléctico, antidoceañista en las doctrinas, en los
instintos y en los actos: Ciertamente, que aun por entonces la familia libe-
ral no estaba ostensiblemente dividida en los dos partidos señalados des-
pués con los nombres de exaltado y progresista, el uno; moderado y con~




XXVII I


senador, el otro : sin duda no existían aun mas que los gérmenes de esta
división; pero es evidente que ya¿ en sus doctrinas públicamente profesa-
das y defendidas, se habia Donoso colocado en un terreno, que no era á la
verdad el de los hombres del ministerio Mendizabal. ¿Cómopudieron estos
no ver el abismo político que de aquel los separaba? ¿Era que no se ha-
bían parado á conocer siquiera sus ideas? ¿ó era que las habían conocido
sin comprender su índole ni su tendencia? Acaso, y esta- es una esplica-
cion racional, no se unian á él y se aprovechaban de su talento, sino pre-
cisamente porque conocían y comprendían sus opiniones y tendencias:
ello al cabo, el principio de autoridad estaba tan enflaquecido, el gobier-
no tan menesteroso de auxiliares y patronos, como quien tenia que luchar
contra dos enemigos terribles, cual lo eran la insurrección carlista, por
un lado; y por otro, la acción opresora y amenazante de las sociedades
secretas. A impulso de estas dos fuerzas contrarías, y derribado por su
mismo choque, cayó en mayo de 1836 aquél ministerio; y en el dia mismo
de su caida presentó DONOSO la dimisión del cargo de la secretaría del con-
sejo de ministros y de su presidencia, para el cual habia sido nombrado
cuatro dias antes con retención de su plaza en la secretaría de Gracia y
Justicia.


Reunidos por esta época los Estamentos, discutían, entre otros pro-
yectos orgánicos, el de la ley electoral, que habia sido prometida en la pro-
mulgación del Estatuto; y que, destinada á ser parte integrante, fórmula
fundamental y término á un tiempo mismo de la nueva constitución política
creada por aquel código, era, por todas estas razones, una ocasión necesa-
ria de manifestarse ya en hostilidad abierta las tendencias respectivas de
los dos partidos que germinaban bajo la aparente uniformidad de aquella
aurora del parlamentarismo. Los doceañistas, mal avenidos con el exiguo
liberalismo del Estatuto Real, y mientras hallaban ocasión propicia para sus-
tituirlo con el código idolatrado por su corazón, pugnaban por alterar su
espíritu con el ariete de las leyes orgánicas, destinadas justamente á vigo-
rizarlo y Completarlo. Con esta mira, formóse en-las Cortes una falange
que defendía el sistema déla elección indirecta: y DONOSO entonces unien-
do sus esfuerzos á los que dentro y fuera de los Estamentos se hadan para
combatir aquellas tentativas, publicó un folleto titulado, LA LEY ELECTORAL
CONSIDERADA EN SU BASE , Y EN SU RELACIÓN CON EL ESPÍRITU DE NUESTRAS INSTI-


TUCIONES ; opúsculo importante, que se puede calificar como un progra-
ma de las LECCIONES DE DERECHO POLÍTICO que pronunció poco después en
el Ateneo de Madrid, y en el cual se contiene el germen de todas las doc-
trinas que suáíentó durante el que podemos llamar período de gestación
del partido doctrinario en España.


Conviene tener muy presente el carácter de estos opúsculos, porque ni
las ideas esplícitas, ni las tendencias implícitas contenidas en ellos, dejan




X X I X


aceptar como exacta y satisfactoria la esplicacion que han querido dar á
las trasformaciones sucesivas de las doctrinas de DONOSO , los que las supo-
nen producto exclusivo de la impresión producida en su espíritu por los
sucesos políticos, realizados á su vista.—üue estos sucesos, considerados
como fenómenos históricos, entrasen naturalmente en el cuadro de sus
observaciones, y modificasen bajo algunos respectos sus doctrinas, es no
solo posible, sino necesario; pero que dictasen leyes á su espíritu, y domi-
nasen su carácter hasta el punto de hacerle, ellos solos por su sola pre-
sencia , turbar el ordenado curso de sus ideas, y arrojarle en la sima de
un empirismo miope, esto no es de ninguna manera exacto. Uno mismo
es el doctrinario en su folleto sobre la ley electoral, escrito antes de las
saturnales demagógicas de agosto de 1836, que el doctrinario, catedrático *
de Derecho político en el Ateneo en noviembre de aquel año; y que el
moderado, publicando en el año siguiente sus PRINCIPIOS CONSTITUCIONALES
APLICADOS AL PROYECTO DE LEY FUNDAMENTAL presentado por entonces á las
Cortes constituyentes. Es palmaria la unidad é indentidad de doctrinas
que se encuentran en todas estas obras, y no lo es menos la aplicación
que de esta propia unidad é identidad de doctrinas hay que hacer á las
profesadas en las CONSIDERACIONES SOBRE LA DIPLOMACIA , y aun en la ME -
MORIA SOBRE LA SITUACIÓN DE LA MONARQUÍA; sin embargo de hallarse es-
critas estas obras en épocas muy distintas, y bajo el influjo de sucesos en
su origen y tendencia no solo distintos, sino opuestos entre sí; pues que
las tres primeras lo fueron entre los asesinatos de julio de 1834, y los pro-
nunciamientos de 1835, mientras que la última se escribió cuando estaban
bien recientes los desafueros del poder absoluto, y las saturnales monár-
quicas de los voluntarios realistas. Muy somero ha de ser el examen de
todas las doctrinas contenidas en estas varias producciones, para dejar de
ver que ni todos juntos ni cada uno de los sucesos gravísimos, ocurridos
durante los cuatro años que comprende su publicación respectiva, alteraron
ni modificaron siquiera el sistema filosófico-político del ecléctico doctrina-
rio, que, en el mismo sentido, con los propios limites que su escuela en-
señaba , pedia la fusión del orden y de la libertad, al dirigirse á Fernan-
do VII en 1832; y al juzgar y calificar nuestras instituciones políticas después
de promulgado el Estatuto; y al esponer su teoría de gobierno antes y
después del motin de la Granja; y , últimamente, al arrojar sus censuras
con el empuje que lo hizo contra el proyecto, que luego fué Constitución
de 1837.


Antes de hacer la somera exposición que nos proponemos de todas
estas obras, aventurando acerca de las mismas el juicio en común que nos
sugiere la identidad sustancial de las ideas en ellas contenidas, diremos, de
pasada, que el motin de la Granja, mas cauto ya, ó menos tolerante que
habia sido el ministerio Mendizabal con DONOSO , le hizo el honor de pros-




xxx


ffl.


Se propone explicar la teoría general de los gobiernos, y la misión es-
pecial del gobierno representativo; y como quiera que el gobierno tiene
su principio, su objeto y su fin en la sociedad, de modo que, en rigor,
no viene á ser otra cosa sino la acción social, ó si se quiere, la sociedad
misma én acción, necesario le parece definir previamente la idea de so-
ciedad.


He aquí el resumen de sus definiciones. — Sociedad es la reunión de
individuos ligados por relaciones recíprocas y ordenadas. —Los elementos
materiales de la sociedad son los individuos que la componen : sus ele-
mentos constitutivos, las relaciones que los ligan; sus elementos orgánicos,
la forma de gobierno que los rige. — La sociedad es el principio, el objeto
y el fin del gobierno.


cribirlo, declarándolo cesante por reforma en la nueva distribución délos
destinos públicos hecha por el ministerio Calatraya-Landero al recoger
los frutos de aquella insurrección soldadesca. Es decir, que llegado el
momento do clasificarse y dividirse ostensiblemente las dos grandes frac-
ciones del partido liberal, DONOSO figura desde el primer instante, como
doctor y como mártir, en la que tomó el ttonmbre de moderada y conser-
vadora. En cuanto á su libertad como doctor, no fue en verdad muy lata
la que le dejaban sus adversarios, á juzgar por la súbita interrupción que
atajó su profesorado en el Ateneo. El lector verá que en la última de las
lecciones pronunciadas allí, ofrece continuar tratando en otras sucesivas
la teoría especial del gobierno representativo : si ahora se desea una es-


* plicacionde la fuerza qué le cortó la palabra, no hay mas que fijarse en
el tono de aquella lección última; recordar los hechos y los hombres que
entonces dominaban nuestras regiones políticas; aplicar á la índole de
aquellos hechos y á las ideas de estos hombres las alusiones punzantes que
el catedrático les dirige, al hacer sus escursiones por el campo de la histo-
ria; y se comprenderán los graves riesgos y los temores justísimos que
que le obligaron á suspender sus lecciones.'—Dejónos en ellas sin embar-
g ó l o muy bastante para deducir la índole y la estension de las doctrinas
que profesaba, y de las cuales no son sino prólogos ó coméntanos las que
espuso en todos los demás escritos, desde que comenzó su vida pública has-
ta el año de 1838. Ellas, por tanto, deben reputarse como texto principal
para conocer y definir á nuestro publicista, durante este periodo. — ¿Cuáles
eran, pues, sus doctrinas de entonces ?




X X X I


El filósofo omite decimos cuál es el origen de la sociedad misma : esta
es ante todo una cuestión teológica, y aun no le ha llegado el tiempo de ser
teólogo : va á partir de los hechos realizados; no va á buscar él origen ni
la sustancia de su realidad : de lo contrario, habría iniciado al menos la in-
vestigación acerca de Dios, y acerca de la creación, naturaleza íntima, y
lin de la sociedad. No ha visto que sin resolver estos problemas, todos los
demás que proceden de ellos, son problemas insolubles. Racionalista, hasta
cierto punto empírico, no quiere deber ninguna verdad mas que á su razón:
cristiano instintivo, ve que su razón no puede darle aquí lo que necesita;
y no se atreve á negar que lo que su razón no descubre, está ya descu-
bierto en otra parte, y por otro medio que no es la razón.


Pero entre las realidades sociales que encuentra, está el hombre, ele-
mento material; y las relaciones, elemento constitutivo de la sociedad. —
¿Qué es el hombre , considerado en sí mismo?—El hombre es, ó se reco-
noce inteligente y libre. — ¿Qué es el hombre, considerado como ser social?
Es el ser inteligente y libre , modificado por sus relaciones con Dios, con
la naturaleza física, y con los demás hombres.


¿Cuál es el origen común de estas distintas relaciones? — ¿Cuál es el
centro de unidad en que desaparecen su variedad y distinción?—¿Cuál es
la ley que las define, y que determina su recíproca influencia?—¿Dónde está
el criterio de su limitación respectiva?—Son también cuestiones teológi-
cas.—El filósofo aquí no quiete, ó no puede, Ó no sabe abordarlas
¿Las cree inútiles? — ¿Espera que el progreso de su razón filosófica, fecun^-
dada por la ciencia, le dé medios dé resolverlas mas adelante?—¿Las
aplaza tal vez para un momento que acaso busca, que desea, que im-
plora y que prevé; para el momento en que, vencedor de su razón, de
su orgullo ó de su desden, acuda ansioso á las fuentes de la verdad
eterna?.... " ,


Por ahora está observando los hechos. Ve que el hombre en sus re-
laciones con Dios, humillado y prosternado, no concibe mas que la idea del
deber : qne en sus relaciones con la naturaleza inerte, bruta, sin fuerza
que limite su inteligencia ni su libertad, él es señor y rey; y no concibe
mas idea que la de su derecho. Pero ve también, en sus relaciones con
los demás hombres, seres idénticos á él; y de ésta identidad, deduce la
idea de la igualdad; es decir, de derechos y deberes recíprocos y limita-
dos. Cuando la inteligencia del hombre ha llegado á este punto, ya es
un ser completo, porque es el ser moral. La regla de esta.moralidad; ó
lo que es lo mismo, la regla de la reciprocidad y limitación de derechos v
de deberes, que constituye la igualdad, es la justicia; y la justicia, dice el
filósofo, es todo el mundo moral.


¿Pero qué es esta justicia en sí misma? ¿Cuál es su base? ¿Donde está
el ejemplar á que deben acomodarse los actos humanos? ¿Donde está su san-




X X X I !


cion eficaz y plena? ¿Cuál es, en resumen, el eje, donde reposa el mundo
moral? No es difícil adivinar la respuesta implícita que á todas estas cues-
tiones ha de darnos un sistema social y político, fundado en la suprema-
cía de la inteligencia. La respuesta será vaga, indefinida, y estéril, cuando
no sea desastrosa. Empezemos por ver qué es el hombre, definido según
este sistema, y considerado como ser social.


La unidad del hombre, dice el señor DONOSO , descompuesta con e
pensamiento, se convierte en un dualismo, cuyos términos son la inteli-
gencia y la libertad; facultad armónica y espansiva, la primera; inarmónica
y ooncentrativa, la segunda: aquella es causa y principio de la sociedad; esta
es por su naturaleza un principio antisocial y perturbador. Pues bien; el ob-
jeto y fin del gobierno es conservar loque hay de armónico y espansivo en
la inteligencia; y resistir lo que hay de disolvente y perturbador en la liber-
tad. Pero como quiera que la inteligencia es, por su naturaleza, armónica y
espansiva, el gobierno nada tiene que hacer con ella sino dejarla obrar;
y bajo este respecto, deja verdaderamente de ser gobierno; porque, se-
gún el filósofo, todo gobierno, ante todo, es acción: de manera que el fin
directo del gobierno es refrenar lo que hay de individual, de disolvente
y de inarmónico en el principio de la libertad. Luego, todo gobierno es
acción , y es acción resistente : el fin último del gobierno es la resis-
tencia.


El señor DONOSO ha dicho, que solo con el pensamiento convertía en
dualismo la unidad del ser humano: pero de hecho viene después á reco-
nocer este dualismo como una realidad, y no como una simple entidad
lógica; pues que no solamente señala á cada uno de sus términos dis-
tinta naturaleza y distinta acción, sino que al examinar cómo obra el go-
bierno respecto de cada uno de ellos, viene á declarar á la inteligencia,
como un poder supremo, injusticiable y justo por su propia naturaleza;
y por su propia naturaleza también, á la libertad un poder enemigo, per-
petua y necesariamente justiciable. La inteligencia es soberana, santa, in-
falible. La libertad es flaca, amenazadora, rea. Luego todo gobierno consti-
tuido en nombre y por virtud de la inteligencia, es el único soberano
legítimo, el único santo, el único infalible; asi como todo gobierno cons-
tituido en nombre y por virtud de la libertad, es por de pronto ilegítimo, y
ademas encierra en su seno el germen de la ruina social inevitable. Justo
y santo será por consiguiente todo gobierno fundado y poseído por filóso-
fos , por sabios, es decir, por inteligentes.


Si esto no es fundar una especie de oligarquía filosófica; si esto no es
justificar á priori toda especie de despotismo racionalista, es cuando me-
nos mutilar y falsear la idea de gobierno, que lleva en si la idea de legiti-
midad y de justicia.


¿Cuál es, cuál puede señalarse como principio fundamental de una




XXXI11


teoría, que conduce á consecuencias tan desastrosas? No es difícil la con-,
testación. El señor DONOSO, para sacar á salvo su principio, la supremacía
de la inteligencia, ha tenido precisión de separar, lógicamente primero, y
realmente después, dos ideas inseparables.


Ha visto en el hombre un ser contradictorio, antinómico; por una
parte, aspirando ansiosamente á la verdad y al bien;'por otra, engolfándose
ciegamente en el error y el mal : la filosofía y la historia le ofrecen este
perpetuo antagonismo, determinando el curso de los acontecimientos huma-
nos, y siendo la clave para explicar la mezcla confusa de grandeza y de
pequenez, de fuerza y de debilidad, que aquí triunfando, allí sucumbien-
do , deificadas hoy, sepultadas mañana en el lodo, van llevando al hombre
por este valle de lágrimas en guerra perpetua entre su conciencia y sus
pasiones, entre su razón y su instinto, entre su espíritu y su carne. Ha
querido explicar la causa radical y necesaria de este antagonismo, de esta
lucha terrena; y desde el punto que ha pretendido explicarse esto, ha
quedado planteado para él el tremendo, el eterno y fundamental proble-
ma de la humanidad. Ahora bien : este problema no tiene mas que dos
soluciones posibles; la una, que verdaderamente no es solución, porque
no alcanza á vencer á la terrible esfinge, la solución racionalista: y la otra,
única solución verdadera, que disipa todas las sombras, y vence á todos los
monstruos, la solución católica. Mientras llega la hora dichosa de ver á
nuestro filósofo echarse, por decirlo así, en brazos de la segunda, veamos
qué ha conseguido, mientras rindió culto á la primera.


La doctrina católica le hubiera enseñado la unidad esencial y substan-
cial del hombre, dotado, es cierto, de cuerpo y alma, de carne y espíritu;
es decir, de substancias coexistentes con distinción, pero ño con sepa-
ración; corresponsables del mérito y del- demérito, del premio y de la
pena; una y solidaria'mente constitutivas de la naturaleza humana. Pero el
psycologismo racionalista, con su análisis presuntuoso, con su incapa-
cidad radical -para elevarse á síntesis verdaderamente comprensivas, le dio
hecha pedazos la unidad del espíritu humano; y DONOSO, de entre el
montón confuso y arbitrario de esta especie de gabinete anatómico, tomó
para su uso , y considerándolas como piezas diversas, la inteligencia y la
libertad. Engañado por la apariencia de este dualismo, puramente lógico,
rompió la correspondencia armónica que existe entre el entendimiento y la-
voluntad; y al paso que condenó la segunda á una flaqueza fatal, inevitable,
á un reato perpétuo'y necesario, levantó la esencia del primero, hasta de-
clararlo natural y necesariamente infalible y santo. No vio que, perturbada
la volundad en su libre ejercicio, tenia que perecer la luz de la inteligencia
en aquel naufragio: no vio que, perturbado el entendimiento, tenia nece-
sariamente que enflaquecer y malignarse la voluntad ; y como no vio esta
compenetración necesaria de ambas facultades, esta necesaria comunión


T O M O i. i;




X X X I V


.de destino, que no es sino consecuencia de su identidad de origen y de lu
igualdad de su fin, no vio tampoco que, para salvar á la voluntad y al en-
tendimiento de perturbación y de reato, para encaminar á la libertad y á
la inteligencia por el camino de la verdad y del bien, era necesaria una luz
anterior y superior á entrambas, que fuese criterio infalible para la inteli-
gencia, guía segura para la voluntad. No viendo esto; y siéndole de todos
modos necesario buscar un criterio y una guía, no quisó, no pudo, no
supo buscarla ni encontrarla mas que en la pobre inteligencia del hombre.


' Declarada, por este hecho, soberana la inteligencia, preciso le fué bus-
car subditos para este soberano, dominios para este imperio; y encontró á
la libertad. Y como para él, por otra parte, la inteligencia es la esencia de
la sociedad, así como la libertad es la esencia del individuo, vino en resu-
men á declarar al individuo, subdito absorbido por la sociedad. La deifi-
cación de la inteligencia le inspiró, pues, la proclamación de la tiranía; y
sin quererlo ni buscarlo, se encontró con lo <pie hay siempre en el fondo
de toda teoría racionalista; con el. despotismo.


Hé aquí cómo, por distintas vias, fundó DONOSO las mismas consecuencias
que Platón ha depositado en su teoría sobre el gobierno y la sociedad;
Platón, á quien él combate como imaginador de una república qire es, di-
ce elegantemente, «el panteón del género humano.» Las grandes diferencias
que hay en el fondo de sus teorías respectivas, proceden de que Platón no
era cristiano, y DONOSO si. La dignidad humana no podia ser para el pri-
mero tan respetable y sagrada como para el segundo, que tenia noticia de
un Dios crucificado por redimir al hombre: la división de castas, y la con-
siguiente separación irrevocable de funciones sociales, que el filósofo pa-r
gano eleva áteoría, no podia ser admitida por el filósofo cristiano, que al
pié de la cruz no ve mas casta-que la de los santos y la de los reprobos,
la de los justos y la de los pecadores; y que en el organismo de la Iglesia,
ejemplar y modelo de todas las sociedades cristianas, ve la ley de las ge-
rarquias, la cual no es la absorción de unas clases en otras, la tiranía
necesaria de los superiores, y la necesaria abyección de los inferiores, sino
la gradación armónica y acorde de las funciones y derechos de cada in-
dividualidad en cada clase, y de cada clase en el conjunto de todas. Por
otra parte, el filósofo pagano, para quien la materia coexistía eternamente
•con Dios, pudo, en su teoría social, admitir por analogía una especie de tri-
nidad consistente, 1." en el espíritu que rige y gobierna (los filósofos) 2.*,
en la fuerza con que este espíritu obra para 'vencer á la materia, su rival
(los guerreros); y 3.*, en la materia eterna, pero -vil y grosera {él pueblo)
que solo existe para ser perpetuamente dominada como esclava. El filósofo
cristiano sabe que con Dios nada coexiste de toda eternidad; sabe que
todo lo que no es Dios, ha sido creado, espíritu y materia; y considerando
al hombre hechura de Dios, tanto en su materia como en su espíritu, no




X X X V


pronunciará contra ningún hombre la sentencia que irrevocablemente le
constituya esclavo de otro.


Pero si el filósofo cristiano no puede fraccionar la divinidad, como Pla-
tón lo hace, en espíritu y materia; puede, engañado por un miserable psy-
cologismo fraccionar el espíritu, y fundar á manera de Platón, no una tri-
nidad social, pero sí un dualismo constituido 1,°, por la inteligencia que
manda como señora ;-y 2.°, por la libertad que obedece como esclava. Y co-
mo , por otro lado, no pone á la inteligencia mas criterio de su actividad
que la inteligencia misma; resulta que, siendo como son unas é idénticas en
su origen, en su destino y en su fin la inteligencia y la libertad, viene, en
resumen, á no poner tampoco mas límites á la libertad que ella misma.
Porque ¿cómo ha de ser límite de la libertad la inteligencia, que no es sino
la libertad misma; puesto que ambas son términos integrantes del alma hu-
mana, inseparablemente constitutivos del hombre moral? Con qué derecho,
cuando la libertad se desenfrene, vendrá la inteligencia á ponerle freno?
¿Quién, le pondrá freno á su vez á la inteligencia ?


Si por inteligencia, considerada como causa de la sociedad, y por con-
siguiente , como principio de gobierno, entiende el filósofo la suma de in-
teligencias individuales, ó de clases inteligentes, llamadas al ejercicio del
poder social ¿en qué principio fundarán estos gobernantes el derecho de
su soberanía? Qué será, en resumen, su derecho, masque un derecho
puramente humano ? y donde no hay mas fundamento ni razón de la au-
toridad, que el derecho puramente humano, ¿qué hay sino despotismo?
Quien dice autoridad, dice derecho, dice legitimidad; ó lo que es lo mis-
mo , dice, posesión necesaria de la verdad, y necesaria tendencia al bien.
¿Y por ventura, es la razón humana esta posesora necesaria de la verdad y
del bien?


Cuenta que, cuando decimos que esías consecuencias están conteni-
das en las doctrinas de DONOSO, no queremos decir que él las haya dedu-
cido,-ni mucho menos que su alma recta pudiera aceptarlas. Lejos de eso,
toda su teoría social y política se propone hacer imposibles tales conse-
cuencias. -El hecho de la omnipotencia social le espanta ; por eso tiene
censuras para Platón, y anatemas para Hobbes: repúgnale del propio
modo la tiranía del que manda, que la abyección del que obedece : no
quiere, en el primero, imperio absoluto; ni el segundo, obediencia pasi-
va. Sabe bien, y enseña con grande claridad en su magnífica lección sexta
sobre la soberanía absoluta y la soberanía limitada, que no poseyendo el
hombre la verdad absoluta, no puede ejercer ún poder absoluto; sabe
que el principio y justificación de la obediencia, en el subdito, es la li-
bertad con que obedece, y que le hace posible, como subdito inteligente.
Guiado por su esplritualismo de filiación cristiana, y enemigo del materia-
lismo , que hace posible el imperio de la fuerza bruta, rechaza la sobera-




X X X V I


nía popular, que no es sino el imperio de la voluntad, y la fuerza del
número : rechaza también la autocracia despótica, que no es sino el im-
perio de la voluntad de uno solo, y la fuerza sin el derecho. No se le
puede acusar de que se desentienda nunca del.derecho : todas las aspira-
ciones de su corazón, y todos los esfuerzos de su espíritu, tienen por ob-
jeto basar el imperio de las sociedades, es decir, el gobierno, en la razón
y la justicia. '. •


Hasta aquí nada hay que censurarle, y sí, muchosque admirar en su
talento comprensivo, en la rectitud de sus tendencias. Su error empieza,
no tanto donde empieza á localizar la posesión relativa y limitada de aque-
lla justicia y aquella razón, que debe legitimar á los depositarios de la
soberanía social, como donde investiga el fundamento inconcuso, el orí-
gen verdadero de esta legitimidad,—«He localizado, dice, la soberanía en
«la razón, porque habiendo de localizarla en alguna parte, y no pudiendo
«localizarla en la libertad, que ni la comprende ni la explica, ni la cons-
t i tuye, solo en la razón podíamos localizarla; puesto que, : fuera (Je la li-
«bertad, solo la razón existe.»


Enhorabuena : ¿pero no hay ningún princiqio que esté sobre Ja razón
y la libertad? Para el DONOSO de la época que vamos recorriendo, no le
hay. En él no hallamos mas que al sectario de un racionalismo manifiesto,
bien que mitigado, sin duda, por el instinto cristiano, que duerme en su
corazón , y que, para dejarle en paz con su conciencia, le tolera seguir
las filas de un eclecticismo filosófico y político, en cuyas doctrinas piensa
hallar la conciliación de contradicciones, que le asedian y le oprimen.
Una vez alistado en estas banderas, ya sabemos por qué envuelve ala
teocracia católica en el anatema común contra todas las teocracias : ya
sabemos por qué, no considerando á la Iglesia sino como uno de tantos
elementos, si bien el mas valioso de la moderna civilización, creyéndola
por tanto sujeta á las transformaciones esenciales, á la ley de aparición,
progreso y desaparición de todos los fenómenos y de todas las instituciones
humanas, puede decir de ella que—«legítima en su origen (¿por qué?)
«porque ella sola pudo constituirla sociedad, y porque ella sola fué acla-
»mada por las generaciones que Ja vieron nacer; perdió su legitimidad
«después, cuando queriendo perpetuar su yugo, se opuso al desarrollo
«espontáneo de la individualidad humana.»—Ya sabemos por qué eleclécr
tico racionalista tiene inciensos que. quemar en la tumba de Lutero; el que
«concluyó la grande obra de la secularización de la inteligencia humana,
«dejando á la razón que se erigiese un trono, para hacer vacilar y caerlos
«de los reyes :»—ya sabemos por qué tiene ditirambos que consagrar á la
revolución francesa, en que—«la inteligencia desbordada se inocula en la
«clase media de la sociedad para pedir y conquistar el cetro del mundo .:»
ya sabemos por qué ese cristiano, que á toda costa quiere proclamar so-




• X X X V I I


berana su razón, sin abdicar su cristianismo , declarándose juez arbitro
y amigable componedor entre todas las verdades y todos los errores ; re-
celoso de la autoridad que le ofende ̂ temeroso de la libertad que le asusta,
penetra en esa especie de Limbo ecléctico, donde, sino hay pena ni glo-
ria, tampoco hay nunca ni justos que esperen santo advenimiento, ni
párvulos inocentes que, aunque privados de gracia, puedan al menos ofre-
cer á la misericordia divina boca sin blasfemias y pecho sin terrores.


A la luz incierta de este eclecticismo presuntuoso, formó toda su filo-
sofía de la historia; y ciertamente, cuanto terreno puede esplorarse en
este camino con la sola guia de la razón humana, otro tanto vio nuestro
filósofo, descubriendo por dó quiera nuevos y magníficos horizontes. Si
fuera posible hacer la historia de la humanidad sin el criterio de la fe y de
la doctrina católicas, DONOSO la habría hecho; pero desentendiéndose de
este criterio, no se pueden descubrir mas que fenómenos aislados, no se
puede mas que consignar hechos particulares : cuando se llega á la expli-
cación de las causas y de las relaciones, se hacen insuperables las dificul-
tades; y efectivamente, ningún racionalista las ha vencido. La acción del
hombre, sólo puede explicarla quien conozca sn naturaleza; y solo la Iglesia
Católica la conoce : la marcha dé la humanidad, solo puede entenderla
quien sepa su fin y su destino; y solo la Iglesia Católica lo sabe. Católica,
y no racionalista es la filosofía que proclamó el concierto armónico, la
acción paralela y constante de los dos elementos que constituyen el cri-
terio histórico; es decir, la libertad humana por una parte , y la Provi-
dencia Divina por otra. Algunos racionalistas han plagiado esta idea , casi
todos para desfigurarla monstruosamente. DONOSO, que aun en medio de
su eclecticismo, vio con la intuición del cristiano la tremenda ¡limitación
de la libertad humana, y la inefable magostad- de la Omnipotencia Divina,
debió naturalmente apoderarse, y se apoderó de aquella idea para hacer
sus atrevidas y grandiosas escursiones por el campo de la historia. ¿ Pero
qué son la libertad del hombre y la providencia de Dios; qué son sino
ideas abstractas y estériles, cuando el espíritu católico no las concreta y las
fecunda? ¿Qué importa conocer, con luz de, razón sola, que existen rela-
ciones del hombre para con Dios, si se ignora la naturaleza y el fin de estas
relaciones, que solo la fé explica y define? ¿Cuál puede ser el resultado de
esta ignorancia, sino ún vago deísmo, sin provecho alguno gara la gran
ciencia de los deberes; ó un panteísmo humanitario, en el que, sepultada
toda idea de libertad, la libertad de Dios y la libertad del hombre, se le-
vante sobre este doble sepulcro, tremolando su satánica bandera, el or-
gullo humano?


La escuela ecléctica, que, partiendo del supuesto de que el error no es
una oposición radical y absoluta de la verdad, sino la misma verdad incom-
pleta, se habia propuesto la% absurda tarea de componer con errores una




X X X V I I I -


verdad completa y absoluta, se dignó tomar bajo su protección al Cristia-
nismo, y limpiarlo de todas las excrecencias depositadas en su doctrina
por la Iglesia católica. Tan enemiga de lo concreto, como incapaz de con-
cebir lo absoluto, á fuerza de combinaciones, adicionando ó sustrayendo
lo que bien le ha parecido de todas las ideas y de todos los dogmas, nos
ha dado : en el orden teológico, un Dios sin personalidad, vago, inactivo,
que no sirve ni para causa ni para providencia; ni para legislado!», ni para
juez: en el orden social religioso, nos ha dado un dogma sin sanción,
una Iglesia sin pastores, un culto sin ritos, que pueden tomar por suyos
todo género de creencias que no sean las de un cristiano verdadero : en
el orden social político, nos ha dado un poder fraccionado, que tiene
naiedo de su propia autoridad y de la libertad de sus subditos; una libertad
indeterminada, que tiene miedo de sus facultades y de Ja autoridad del
poder; reyes sin cetro; legisladores sin toga; aristocracias sin nobleza;
democracias sin foro y sin tribuna : hasta en el orden artístico y literario,
nos ha dado un idealismo sin imágenes, un sentimentalismo sin pasión,
que han producido esa desdichada falange de copleros psyeólogos, de
dramaturgos jeremiacos, que nos han aturdido el cerebro durante veinte
años con sus dramas patibularios, y sus disertaciones en varia rima.


Por'fortuna de DONOSO, y para honra de nuestra España, había en su
espíritu una tendencia nativa á lo absoluto, que nunca se acomodó' com-
pletamente á la artificiosa maraña de las transaciones eclécticas, y que
es la .que pone en su pluma ese entusiasmo místico que le vemos alimentar
por todo lo que tiene una apariencia de grandeza, y esas ardientes exe-
craciones contra todo lo que concibe como indigno de la magestad de Dios
y de la libertad humana. Su voluntad no estaba dañada; su inteligencia
sí estaba pervertida. Su voluntad recta le inspiraba esos anatemas reitera-
dos contra la impía brutalidad de aquella demagogia sanguinaria .del siglo
pasado : su voluntad recta le dictó esas páginas inmortales contra las doc-
trinas fundadas en el fraccionamiento del poder social, y en la exaltación
de las ciegas turbas populares. Su volundad recta le impulsaba á lanzarse
violentamente en defensa de cuanto creía verdad, sin reparar en los peli-
gros ó en los daños que pudiera acarrearse. No era esto vivir ni pensar
more ecléctico. Los hombres acostumbrados á estudiar el corazón humano,
y á observar el ordinario desenvolvimiento de los caracteres, pudieron va-
ticinar que río profesaría largo tiempo en aquella escuela" de equilibristas
filosóficos y políticos, que le contó en el número de sus adeptos. Según el
camino que tomara su inteligencia, se veía claro que DONOSO habia de
acabar por alistarse en alguna escuela dogmática : y que, atendida su ten-
dencia á partir de principios absolutos, enunciados por afirmaciones sobe-
ranas , había de elegir los dogmas que afirman, y no los dogmas que nie-
gan. Si-hubiera podido, adoptar estos últimos, sus negaciones habrían tenido




X X X I X


que ser tan radicales, como soberanas eran sus afirmaciones; y su volun-
tad recta, inflamada por su imaginación ardiente, no le hubiera, al cabo,
consentido admitir ningún sistema que se fundase en negaciones. He aquí
cómo la índole de su inteligencia, secretamente ayudada por el instinto
cristiano que constituía la rectitud de su voluntad, debían necesariamente,
con el auxilio de Dios, llevarle á profesar la filosofía católica.


La perversión de su inteligencia, hija de su primera educación raciona-
lista, no le dejaba verde lleno el vínculo que liga lo natural con lo sobre-
natural; ó lo que es lo mismo, lo finito con lo infinito, lo temporal con lo
eterno, al hombre y la sociedad con Dibs, la política con la teología. La
escuela en que él había hecho sus primeras, armas, no solamente no era
una escuela teológica, sino que por el contrario, profesaba como doctrina
fundamental la secularización de la inteligencia humana; es decir, la sepa-
ración absoluta de la religión y de la ciencia. Se veía, pues, obligada á
espücar al hombre por el hombre; ó lo que es igual; la tiniebla con la
tiniebla, el abismo con el abismo. Así, el espíritu de su filosofía de la his-
toria era un puro humanitarismo, que, en el orden religioso, tenía que
resolverse en un panteísmo humanitario; y en el orden social y político,
se encontraba sola frente á frente con el puro derecho humano. Negando
de este modo la personalidad de Dios en el orden religioso, se veía lógi-
camente obligada á negar la personalidad del poder en el orden social y
político; y de aqui, I o .—las doctrinas socialistas, que despersonalizando
el poder para difundirlo en la universalidad de los individuos, le suprimen:
2° .— las doctrinas comunistas, que concentrando el poder en el Estado,
vienen á absorber enteramente la personalidad de Jos individuos, locali-
zando la soberanía en un ente de razón, en nadie; y 3". — las doctrinas
eclécticas, que fraccionando el poder y llevándolo como á un beodo del sub-
dito al imperante, y del imperante al subdito, vienen á no personalizado
ni en uno ni en otro, en ninguna parte. Quedándose sola frente á frente
con el puro derecho humano, elevaba aquella escuela á teoría social ne-
cesaria el derecho de lk fuerza; es decir, la supresión de todo derecho
— , y de aqui 1°..—las doctrinas'autocráticas, engendradoras del Cesá-
reo-Papismo, que, poniendo en una sola y única mano la autoridad religiosa
y ia autoridad civil, prostituyen, la primera en servicio de la segunda, y
absorben, en la concentración de esta doble fuerza, la libertad del subdito.
2°. —las doctrinas democráticas, que elevan á criterio de la justicia la fuerza
numérica de ias voluntades—y 3o.—ías doctrinas oligárquicas, que pro-
clamando el imperio de las inteligencias, dejan la libertad del subdito á
merced de todos los caprichos y de todos los errores de los inteligentes.




IV.


DONOSO no podia permanecer mucho tiempo encerrado en este círculo
vicioso, que guarda en todos los puntos de su circunferencia al despotismo:
y en efecto, todas las evoluciones de su inteligencia hasta fines de 1847
no son mas que esfuerzos de su instinto y de su, carácter para libertarse de
aquella especie de encantamento ecléctico que le embargaba en su calidad
de doctrinario.


Ya en su última lección de derecho político, es decir, en febrero de 1837,
lección que naturalmente es como el resumen de todas las que pronunció
en el Ateneo, revolviéndose sañudo contra los demagogos del pasado siglo,
que sino dieron á los pueblos pan ni libertad, quisieron en cambio despo-
jarlos de su Dios, le oimos esclamar «¿ con qué llenaron ese inmenso va-
»ció ? Con la razón humana que sucumbe, si la fé no la sostiene; que
«desfallece si otra divinidad no la guia ; con la razón humana.»


»Flor inodora,
»Estatua muda que la vista admira,
» Y que insensible el corazón no adora.


Obsérvese bien la gradación de sus creencias: le hemos visto, en sus pri-
meros ensayos histórico-filosóficos, proclamar á la religión, como el origen
de toda fecundidad y de toda vida para las sociedades: le heñios visto noble-
mente indignado contra las sacrilegas bacanales de los impíos : y si bien
es cierto que, en un racíonalistíj, esta religiosidad puede ser masque pie-
dad verdadera, una simple opinión política que considere á la religión co-
mo instrumentum fegni, no se nos negará que algo mas hondo y mas tras-
cendente que todo esto hay ya en el hecho de proclamar : que la razón
sucumbe, sí la fé no la sostiene. Sin duda, es posible que aun esta misma
proclamación no sea sino el resultado de meras teorías, profesadas sin la
inspiración vivificadora y fecunda de una piedad sincera. Pero, de todos
modos, en el dominio de las teorías, ó en el de la piedad sincera, siempre
encontraremos que está menos distante de esta última el que declara á la
razón tributaria y cliente de la fé, que el que se limita á consignar el prin-
cipio, vago é infecundo por su misma generalidad, de que los pueblos no
pueden vivir sin religión.


Los verdaderos eclécticos, los doctrinarios concienzudos debieron pro-
clamar como disidente al catedrático del Ateneo, desde que le oyeron en-




señar aquella superioridad de la fé, por mas que durante todo el curso le
hubieran oido enseñar la supremacía de la inteligencia. Desde aquel pun-
to, si hubieran sido previsores, no' debieron ya tolerar su magisterio. Pero
no sucedió así : él siguió dogmatizando con su imperturbabilidad carac-
terística, lo mismo cuando publicaba con su firma el folleto sobre la re-
forma constitucional de 1837 , que cuando defendido por el anónimo,
combatía rudamente al liberalismo exaltado, en el periódico establecido
el mismo año^ y dirigido por él con el título de EL PORVENIR. Duro y
acerbo en sus polémicas, se le vé , como periodista, egercer el mismo
absolutismo de opiniones, la misma pedagogía altisonante que habia eger-
cido como catedrático. En medio de las intrigas políticas y escaramuzas
filosóficas, pasto ordinario del periodismo militante, arroja él unas veces
su cetro, y otras sus dardos; y siempre, lo mismo cuando enseña que
cuando disputa, va alejándose cada vez mas del espíritu como délas formas
que en España defendía la escuela revolucionaria. No es mal speemen,
por decirlo así, de sus'campañas periodísticas de aquella época un artículo
que publicó en EL PORVENIR bajo el epígrafe «LA RELIGIÓN, LA LIBERTAD , LA
INTELIGENCIA»


«Cuando el hombre pensador (dice) se pone á considerar detenidamente
«el rico y variado panorama de la historia; cuando, evocadas por la medi-
»tacion, pasan por delante de sus ojos las revoluciones que han ensan-
«grentado el mundo, que han conmovido la tierra, y que han hecho va-
«cilar sobre sus estremecidos cimientos los frágiles edificios de las'sociedades
«humanas; cuando, sediento por alcanzar el origen de tan ásperostras-
»tornos, pideá las revoluciones y á la historia que disípenlas tinieblas de su
«espíritu, y le revelen ese secreto que le humilla, ved aquí lo que le re-
velan sus oráculos.»


«El hombre es, por su naturaleza, religioso, inteligente y libre. Cuan-
«do estos tres caracteres, que constituyen su naturaleza, sé desarrollan
«armónicamente en su seno, el hombre alcanza su mayor grado de perfec-
«cion y de ventura. Cuando estos tres elementos no se desarrollan armó-
«nicatnente en él , una pertubacion febril le acongoja; y un mal estar in-
> definible y acerbo le atormenta.».


Enunciados así los principios, nuestro publicista, según su invariable
método, busca después la comprobación histórica y dice : —«La reunión
«en un solo nombre de estos tres sublimes caracteres, solo una vez se ha
«realizado en la tierra; solo una vez la han presenciado los siglos.—Hubo
»un hombre cuya voz fué la inteligencia del mundo y la confusión de los
«sabios; siendo así, entre los inteligentes, el mas inteligente.—Hubo un
«hombre qué anunció con su venida el reinado de la fé; que inflamó con
«su purísima llama los corazones mas tibios; siendo así el mas religioso
»entre los hombres religiosos.—Hubo un hombre, en fin, que, cumplida




XLII


«su misión, se resignó á una muerte voluntaria; siendo asi, entre los li-
ebres, el mas Ubre.—-Ved ahí el hombre completamente grande,' el hom-
»bre tipo, el bello ideal de la humanidad entera : Ecce homo.*


Sin detenernos á calificar esta especie de cristianismo filosófico-senti-
mental de nuestro periodista; pasando también por alto el paralelo que
sigue entre Sócrates y Jesucristo, del cual deduce que Sócrates fué entre
los griegos lo que Jesucristo entre los hombres; y limitándonos á mencionar
la aplicación general que hace á las sociedades, de la doctrina y compro-
baciones históricas que deja espuestas respecto del hombre, vengamos á
la aplicación especial que de todo esto hace á la España de 1837.


«Si nuestros lectores se penetran de estos principios, á nuestro enten-
»der generalmente olvidados, podrán recorrer con fruto-el laberinto de la
«historia. Entonces conocerán por qué causas los convencionales franceses
«solo pudieron destruir, y aglomerar escombros sobre escombros. En vano
«un rayo de libertad ardía en sus pechos, y un rayo de inteligencia en sus
«frentes : en el delirio de su exaltación, y en el (lesvanecimiento de su
«poder, destronaron á Dios, y se proclamaron ateos. ¿Qué podia salir del
«pandemonio revolucionario y ateo, sino un lago de sangre ?


«Y si nosotros surcamos también mares que surcan las borrascas; si
«asistimos como víctimas á la descomposición social que llena delutonues-
«tros corazones, y agolpa á nuestros ojos el llanta ¿quién, decidnos, ha
«concitado las borrascas; quién.acelera nuestra disolución; quién causa
«nuestra agonía; quién cava nuestro sepulcro; quién prepara íos negros
«atavíos de nuestros tristes funerales? ¿No es el partido imbécil que conti-
»núa entre nosotros la obra de los antiguos revolucionarios, sin alcanzar
«su poder, sin tener su inteligencia, y que solo se parece á tan enormes
«gigantes en que proclama la libertad, y es ateo?»


«Si, ateo : porque, aunque los individuos que le componen, adoren á
«Dios en el hogar de su familia, el partido será atep, sino le proclama en
«las leyes, como sus individuos en los domésticos hogares. Si, ateo : por-
«que, aunque proclame el nombre de Dios en las leyes, será prácticamente
«ateo, sino.le respeta bajo laforma con que en nuestra sociedad es fespe-
>tado. ¿De qué sirve que le proclame en teoría, sino sabe respetar su cul-
»to? ¿Y sabe respetar su culto el partido que quiere despojar á los tem-
«plos de las riquezas en ellos depositadas por la piedad de los fieles ?—
«¿Ignora por ventura que, á los ojos de los pueblos, son una misma cosa
«el culto, la religión y sus ministros; y que en materias de esta espe-
«cie ningún gobierno quedó impune, sino respetó las opiniones popu-
«lares?»


Esto pensaba y esto decia el señor DONOSO en 1837, de aquella porción
/ del liberalismo español, que empezó por robar á los altares sus ministros; j que robó después á los templos sus altares, y acabó quitando á las ciuda-




XLUt


des sus templos. Pero no se limitaba á vituperar á este partido extremo,
con ánimo de exaltar al que por el mismo tiempo, comenzó á apellidarse
moderado : sus aspiraciones eran algo mas vastas que fundar, dentro del
liberalismo, un partido con las ruinas de otro; sino hubiera querido mas
que esto, no habría añadido, para rematar el artículo que vamos extrac- ¿
tando, las cláusulas siguientes: .


«Concluyamos : Entre los varios partidos que han conquistado el pe—
>der entre nosotros, ninguno ha sido hasta ahora bastante religioso ni
"•bastante inteligente»...,. «Ninguno ha comprendido hasta ahora nuestra
«situación política y social: la nación no la ha comprendido tampoco; y
«los partidos devorarán á la nación, ó la nación se devorará á sí propia, si
»los partidos y la nación no admiten nuestro programa. Nuestro programa,
»ó la muerte.»


Claro está que DONOSO veia en nuestra España una revolución mas so-*
cial que política; y consecuente á esta manera de ver, no podia ni queriS:
limitarse ádefender los intereses transitorios de un partido político, sino
fundar toda una escuela que combatiese con la palabra y con la acción á
todas las falanjés de la anarquía política y del ateísmo oficial. No es del
caso decir ahora si DONOSO logró fundar esta escuela : lo que es induda-
ble , es que, á su voz, y bajo la a'dvocacion de sus doctrinas, tomó cuerpo
y figura el partido moderado; quien á su vez, y como si quisiera darle una
muestra evidente de que le reconocía como su magister sententiarum, ¡
le concedió el primer puesto en sus periódicos mas importantes, y en sus
cátedras mas autorizadas. Ya hemos dicho la parte tan principal que tuvo
en EL PORVENIR : pública y notoria es la no menos principal que tuvo en la
fundación y dirección de la REVISTA DE MADRID en 1838 , del PILOTO en 1839;
y la activa colaboración que prestó al CORREO NACIONAL , convertido des-
pués, con su inmediata intervención, en EL HERALDO. Sabido es también
que, durante la época misma dé sus lecciones de Derecho político en el
Ateneo, lé nombró esta corporación presidente de su sección de ciencias
morales y políticas ; lo cual fué tanto como darle la primacía del instituto
científico y literario que, por aquel tiempo, mas aun que h^y dia, era
núcleo, centro y campo de operaciones del partido moderado.


Rodeado incesantemente, en esta misma época de los jóvenes que mas
descollaban en el cultivo de la amena literatura, y obligado á asociarse
con sus consejos, ya que no con sus producciones, al movimiento casi fe-
bril que hizo de aquel periodo uno de los mas fecundos de nuestros anales
literarios .todavía, en medio de sus graves estudios , halló vagar para es-
cribir los artículos sobre El Clasicismo y el Romanticismo, que publicó el
CORREO NACIONAL á mediados de 1838. Hallábase entonces empeñada con
ardor la lucha entre las dos escuelas rivales designadas con aquellos nom-
bres ; y DONOSO, con el fin de terminar un combate que le parecía esté-




XL1V


ril T aplicó de lleno á la exposición y solución de las Cuestiones suscitadas
en aquella arena, el eclecticismo que ya había empezado á abandonar y
aun á combatir en el estadio político. Comparando este opúsculo literario
con su anterior discurso inaugural del colegio de Cáceres, y los dos con
el que á principios de 1848 pronunció con ocasión de ingresar en la Aca-
demia de la lengua, se halla la misma gradación que en sus escritos filo-
sóficos nos le muestra, primero, sectario de aquella especie de Cristia-
nismo estético y sentimental de la escuela francesa, que aspiró á la fusión
tan absurda como impía del esplritualismo cristiano y del naturalismo gen-
tilico ; después, al filósofo, que atraído por un secreto impulso hacia la
región serena de la fó viva y de la caridad fecunda, rinde tributo de ad-
miración sincera al dogma y á la doctrina de Jesucristo : y por último,
al hombre, cuya admiración de artista," por decirlo así, trocada ya en
amor de cristiano verdadero á la religión de sus padres, explaya sus afec-
tos en un himno sin fin á la misericordia divina, que ha dado lnz á su al-
ma , y á su corazón ternura. Los artículos sobre el Clasicismo y Romantir
cismo pertenecen al segundo de estos periodos : son la apología de la
civilización cristiana, considerada bajo el respecto de su influjo sobre la
literatura y las artes, que no es sino, consecuencia de su influjo sobre las
ideas y las costumbres. Hay, pues, aquí una cuestión algo mas que de es-
tética y de* pedagogía: y en efecto, DONOSO que no necesitaba tan plausi-
ble ocasión para elevar á las mas altas regiones los asuntos que trataba,
enunció, con motivo de clásicos y románticos, doctrinas y principios que
reclaman para sí las ciencias morales mas trascendentes, y los intereses mas
preciados de la sociedad.


Aquellos,artículos eran, sin embargo; el último escrito, que especial
y propiamente había de consagrar á cuestiones literarias : llamábanle ya á
pensar y á combatir otras cuestiones de mayor importancia en el ejercicio,
de su nuevo cargo político de diputado á Cortes, para el cual habia sido
electo por la provincia de Cádiz, y que desempeñaba desde el mes de di-
ciembre de 1837, en que tomando asiento en el Congreso, inauguró su
carrera pa^pnentaria. Dios solo sabe los pensamientos que agitarían su
pecho, los afectos que tumultuosamente hervirían én su corazón ambi-
cioso , cuando se vio en posesión de la tribuna, después de haber hecho
tan lucidas armas en la cátedra y en el periodismo. Para un hombre de
sus aspiraciones, á quien sus victoriosas pruebas anteriores debian tener
en el periodo álgido de la vanidad filosófica, la tribuna parlamentaria debia
ser ó un potro de tormento, si en ella le era negado el triunfo, ó un pe-
destal magnífico de nuevas y mas preciadas victorias. Dios quiso que fuera
lo uno y lo otro.


Los que en sus grandes momentos de elocuencia, en sus horas solem-
nes de combate, le han visto dominar á la asamblea, que subyugada por




XI.V


el prestigio de aquella frase rotunda y sentenciosa, de aquel acento so-
noro y penetrante, de aquel continente imperioso, ya lloraba ó se estre-
mecía silenciosa, ya aplaudía arrebatada, ya anhelante le seguía en el orde-
nado curso de sus demostraciones; los que le han visto en estos grandes
momentos que ni habían tenido ni tendrán iguales en nuestros fastos par-
lamentarios; los que saben cuan estrepitosamente ha resonado por el
mundo aquella voz poderosa; los que todo esto han visto y todo esto saben,
no concebirán fácilmente la manera en que fué recibido por el Congreso
español el primer discurso que pronunció en él DONOSO.


Tratábase en aquella cámara de autorizar al gobierno para realizar el
empréstito de Aguado. El ministerio de entonces tenia sobre sí la respon-
sabilidad de dejar bien puesto ante la opinión de España y de Europa el
nombre del partido moderado, cuyas doctrinas é intereses acababan de
entrar, con sus hombres, en la dirección de los negocios públicos. Urgia,
ante todo, restablecer el orden material , hondamente, quebrantado por
una larga serie de motines, y por la desorganización, á un mismo tiempo
social y política, que habia producida el gobierno del partido exaltado:
urgia, por consiguiente, allegar recursos prontos y eficaces para atender
con una mano á las necesidades ordinarias del Estado, y con otra á la ter-
minación de la guerra civil, que por entonces se hallaba en uno de sus
mas críticos periodos. El momento, pues, no podía ser mas oportuno para
que el joven diputado hiciese su primera prueba, si bien, por otraparte, se
trataba de una cuestión en que los números entraban por mucho, y en la
cual, por consiguiente, no era muy grande su especial competencia. Co-
nociéndolo él asi sin duda, y porque además habia en el fondo de aquella
cuestión, al parecer puramente económica, una cuestión de gran trascen-
dencia política, empezó su discurso por recusar en tono sarcástico el sis-
tema de los que la habían tratado hasta allí, encerrados en un dédalo de
números; y con objeto de levantar el debate á mayor altura, buscó en los
archivos de la historia un ejemplo que oponer á los adversarios del em-
préstito , que eran los' progresistas. Suministróle este ejemplo la historia
de la revolución francesa,—«esa revolución (dijo) que como todas las gran-
»des revoluciones, se personificó, en cada uno de sus periodos, en un hom-
»bre grande y poderoso como ella.... en Mirabeau, su infatigable atleta,
»su glorioso representante en la tribuna. La vida de Mirabeau es un dra-
»ma : ved aquí una de sus mas interesantes escenas.»—El orador entonces
avanza algunos pasos hacia el centro de la sala, se pone en actitud decla-
matoria, y añade con enfático acento. — «La escena se pasa en París (estrema
*hüaridad en el auditorio) en 1789 : los personajes son Mirabeau, repre-
»sentantede la revolución francesa, y Necker, ministro de Hacienda, re-
presentante de la monarquía....» — Este singular, exordio viene á parar
en leer al Congreso el discurso pronunciado en la Asamblea Constituyente




XT.YI


por Mirabeau, mas bien que en apoyo de Necker, contra los miembros de
aquella oposición desconsiderada y ciega que quería poner estorbos al
único hombre y al único plan existentes á la sazón en Francia, para cu-
brir el enorme déficit que pesaba sobre su tesoro.


La alusión no podia ser mas directa, ni el ejemplo mejor escogido,
tratándose de una cuestión económica, y de impugnar á una oposición
progresista, porque —«Mirabeau (la decia DONOSO apostrofándola) era un
«progresista, señores, y tan progresista, que era el Júpiter del Olimpo
«revolucionario» (risas y mas risas en el auditorio.)—Pero la hilaridad y el
rumor festivo llegan á su apogeo, cuando el orador ampliando su apostrofe
á la oposición, esclama.—«Si con vuestros discursos entorpecéis el plan del
«ministerio, hé aquí la suerte que va á tocaros. Llegará un dia en que os
«presentéis delante del pueblo, y el pueblos os dirá : hubo un tiempo en
«que os"llamasteis mis amigos; y para acreditarlo interpelabais todos los
«dias al ministerio sobre mi desnudez y mi-miseria. Llegó un dia en que
«el ministerio se presentó entre vosotros, y dijo: yo puedo hasta cierto
«punto cubrir esa desnudez, yo puedo hasta cierto punto remediar esa
«miseria. Mi buena fe, mi marcha firme, mis principios tutelares han sido
«aceptos á los ojos de Dios»—(¡ aquí fué ella! los honorables miembros de
la Cámara popular, que oyen hablar de Dios en una cuestión de empréstito,
y en una asamblea parlamentaria...... ¿Dónde se ha visto extravagancia


igual ?)» Sí, á los ojos de Dios, porque me ha dado victorias : estas no son
«efecto de la fortuna, y si lo son, esta fortuna se parece mucho á la Pro-
«videncia....»


¡ A dónde vamos á parar! ¡ No solo hablar de Dios, sino de la Provi-
dencia en una cuestión de millones, en un Parlamento y en el año de
gracia de 1838! Por fuerza se habia de escitar la hilaridad en la asamblea,
que no sabemos si festejaba


mas que lo nuevo del canto,
la novedad del intento.


Pero no se crea que todo fué hilaridad y rumor festivo en aquella jorna-
da : cuando el orador terminó su discurso, sucedió que de repente se
Oyeron confundidas risas y palmadas, haciendo raro contraste los aplausos
y felicitaciones de unos con los epigramas y sarcasmos de otros. Aquel dia
y en aquel instante quedaron partidos los dos campos en que aun hoy
mismo se dividen los censores de DONOSO : en uno están los que le per-
donan las intemperancias de su estilo en gracia de la nobleza y profundi-
dad de sus ideas: en otro están los que encubren el odio inextinguible que
profesan á sus ideas bajo la capa de la hilaridad que les producen las in-
temperancias del estilo. La Europa entera parece que ha sido de la opinión
de los primeros: vayase lo uno por lo otro.




XLV1I


Tal fué el estreno de nuestro publicista, como orador parlamentario: y
á decir verdad, la fracción exaltada del liberalismo de entonces no tenia
por qué felicitarse de aquel estreno, que desde la cruz á la fecha es una
impugnación y una diatriba contra la aplicación revolucionaria y las ilimi-
tadas pretensiones del parlamentarismo.


Su instinto, su razón y su experiencia le mostraban la necesidad de
constituir para el'gobierno una esfera de acción mas ancha y espedita de
lo que le consentían las doctrinas del parlamentarismo francés importado
á nuestro suelo. Leyendo atentamente su precioso bosquejo histórico, pu-
blicado en la REVISTA DE MADRID de 1838, sobre el origen y carácter DE LA
MONARQUÍA ABSOLUTA EN ESPAÑA , se ve ya casi perfecto en su espíritu el
triunfo de las doctrinas fundadas en nuestras tradiciones políticas, sobre el
doctrinarismo francés, al cual, por otra parte combate directamente y con
gran empuje en todos sus escritos ulteriores, y muy especialmente en
varios artículos que publicó en el PILOTO , y en los que bajo el epígrafe EL
DOCTOR ROSSI Y LOS DOCTRINARIOS publicó en el CORREO NACIONAL , unos y


otros correspondientes al año de 1839. Este es verdaderamente el período
en que, excitado por el ardor de la lucha, y guiado por una serie de estu-
dios históricos mas sostenida y mejor ordenada que en su primera juven-
tud , empezó DONOSO á consolidar el sistema de sus doctrinas políticas. Mas
dado en sus primeros años á la "profesión de teorías abstractas, que al exa-
men concreto de los fenómenos sociales y de los hechos históricos, le he-
mos visto vagar perdido en las vias tortuosas del peligroso idealismo, que
con el usurpado nombre de Filosofía de la Historia ha sido en estos últi-
mos tiempos un "magnífico recurso de la perezosa ignorancia, y un arma
hábilmente esplotada por la 'malignidad de ciertas escuelas para oscurecer
la verdad, y para fundar en sus gratuitas conclusiones histórico-filosóficas
todo un sistema de ateísmo político y religioso.


En estas desdichadas escuelas se han educado aquellos que, con una
buena fé digna de mejor causa, profesan la singular doctrina que identifica
el antiguo sistema constitucional de nuestra España, y el parlamentarismo
engendrado por la revolución francesa. Engañados por la aparente identi-
dad de las formas, no ven el abismo inmenso que separa sus respectivos
principios determinantes; y cuando quieren reducir á práctica la teoría que


' deducen de la absurda amalgama y fusión imposible de aquellos principios
contradictorios, no consiguen sino viciar la noción de lo pasado, alteran-
do su índole ; y quitando, por este solo hecho, á las tradiciones lo que
tienen de fecundo y de aplicable á lo presente. A estos tales visionarios, y


' víctimas dé una seducción cuyo origen no conocen, se dirigen las siguientes
palabras de DONOSO en su ya mencionado bosquejo DE LA MONARQUÍA ABSO-
LUTA EN ESPAÑA.


«LOS que desconociendo de todo punto, dice, la naturaleza y el signi-




XLVII1


«ficado de nuestras antiguas Cortes, reconocen en ellas un signo de liber-
t ad , ven en su decadencia un signo de servidumbre. Y sin embargo, nada
»hay mas opuesto á'Ios hechos históricos, que esta manera de considerar
«aquellas instituciones políticas. La verdad es.que las Cortes no fueron
«nunca otra cosa sino un campo de batalla, en donde el trono, la Iglesia
«y el pueblo lidiaron por arrancar el poder de las manos de una aristocra-
«cia ensoberbecida con sus triunfos. Consideradas bajo este plinto de vista
«las Cortes, lejos de ser un signo de que el pueblo era libre, son un signo
«de que habia un enemigo poderoso que le movia cruda guerra, y que le
«obligaba á combatir para reconquistar su antigua dominación y sus inme-
«moríales derechos. Siendo esto así, la decadencia de las Cortes, lejos de
«ser un signo de servidumbre, fué al contrario un signo de que había al-
«canzadola victoria, y de que en adelante para dominar no le era necesa-
«rio hacer alarde de sus fuerzas y ostentación de sus armas. ¿Necesitó de
«Cortes para dominar en tiempo de Recaredo? ¿Necesitó de Cortes para
«dominar, cuando con su voluntad omnipotente hizo salir armada de todas
«armas de las cavernas de Asturias la monarquía de Pelayo? La monarquía
«absoluta en España ha sido siempre democrática y religiosa : por esta ra-
«zon, ni el pueblo ni la Iglesia han visto jamás con sobrecejo el engrandfr-
»cimiento de sus reyes, ni los reyes con desconfianza las libertades muni-
«cipales de los pueblos, ni las inmunidades de la Iglesia... Solo hallándonos
«en posesión de esta verdad, nos hallaremos en posesión de la causa de
«nuestras grandes miserias, de nuestros largos infortunios, y de nuestros
«presentes desastres.«


Decir esto en una época en que la oligarquía mesocrática reclamaba
para sí todas las prerogativas del trono, y todas las riquezas del altar; de-
cir esto, cuando el espíritu de nuestra constitución política era la mutua
desconfianza entre el poder y los subditos, elevada á sistema por el cons-
titucionalismo moderno, y cuando en nuestra constitución eclesiástica se
abrigaba el germen de un cisma; y decirlo ademas en un escrito, cuya
mayor y mejor parte está consagrada á hacer la apología de la Iglesia ca-
tólica en general, y en particular de la Iglesia española; decir todo esto en
el tiempo que DONOSO lo decia, era ya proclamarse católico en el orden
religioso ; tradicionalista y antiparlamentario en el orden filosófico y en el
órdan político.


No hay un solo escrito suyo de esta época en adelante, qué no sea un
paso evidente de su espíritu y de su corazón hacia las doctrinas católicas.
Recuérdese que por los años 1834 y 1836 le hemos visto proclamar la su-
premacía de la inteligencia, y profesar abiertamente doctrinas racionalistas:
recuérdese que en 1837 y 1838, le hemos visto vacilar ya en la profesión
de estas doctrinas, y modificar lo absoluto de aquel principio, hasta el punto
de proclamar, no ya únicamente el co-imperio de la razón y de la fé, sino




XT.IX


la necesidad en que la primera se halla, para -no sucumbir, del auxilio cíe
la segura : consecuente, sin duda, á esta creencia, le vemos ir cada vez
mas ensalzando el influjo de la Iglesia en la civilización de las sociedades,
cada vez mas descubriendo perfecciones en su doctrina, y cada vez mas
penetrando la perpetuidad de su divino encargo. Pues teniendo en cuenta
esta gradación, veáse ahora la esposicion que hace de sus principios filo-
sóficos en toda la primera parte del artículo que publicó en la REVISTA DE
MADRID de 1839 sobre el ESTACO DE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS ENTRE FRAN-


CIA Y ESPAÑA, EXPLICADO POR EL CARÁCTER DE LAS ALIANZAS EUROPEAS.


Empieza determinando las causas generales que producen las guerras
y las alianzas de todos los tiempos y entre todas las naciones, que son, se-
gún él :. los principios religiosos, los principios políticos y los intereses
materiales. Los principios religiosos dominan en absoluto desde la propa-
gación del cristianismo hasta el tratado de Westfalia: después de este tra-
tado , el Catolicismo, que era el espíritu rector de las relaciones interna-
cionales y de las instituciones políticas, quebrantada su poderosa y magnífica
unidad, abandonó el. imperio de la Europa. Entonces llegó su vez á los
intereses materiales; y Ios-gabinetes pusieron exclusivamente sus miras en
el equilibrio europeo


«Entre tanto, con el abatimiento del principio religioso, y la domina-
«cion del principio materialista, se emancipó completamente la razón hu-
«mana (obsérvense las concomitancias que el autor pone ala emancipación
de la razón humana; el abatimiento de la religión, y el entronizamiento
<ft la materia) «Entonces sucedió que la filosofía, buscando el porqué
«de todaa las cosas, quiso averigar el porqué de todas las instituciones polí-
nicas, religiosas y sociales; y citó ante su augusto tribunal á los reyes, á
«los sacerdotes y álos pueblos. Y como, por una parte, el porqué de estas
«instituciones estaba escrito en una esfera mas alta que la suya; y como, por
»otra, la filosofía negaba todo ío que estaba fuera de su jurisdicción y do-
«ninio, negó el porqué de todas las instituciones existentes, las desdeñó
«como absurdas, las-condenó como monstruosas, y las execró conioopresi-
«vas y arbitrarias; y como la filosofía no podia contentarse á sí propia con
«estanegación absoluta, quiso, nuevo Prometeo, robar al Cielo su lumbre,
»y amasar nuevamente á s.u antojo, dándole el soplo de vida, el barro vil de


.«la tierra quiso reformar todas las instituciones humanas. Nada hay que
»no sea lógico y providencialmente necesario en esta loca ambición de la
«filosofía que tantos vértigos habia de causar al mundo , que' tantas plagas
»habia de traer sobre los hombres, y tal tesoro de calamidades habia de der-
ramar sobre la tierra. La filosofía se separa de Dios, niega á Dios, se hace
«Dios..... Por eso, así como Dios hizo al hombre á su semejanza é imajen,
«la filosofía quiso hacer á la sociedad á su imajen y semejanza. Por eso, á
«imitación de Jesucristo, que dio su Evangelio al mundo, quisó dar su


TOMO I. ¡t




«Evangelio á las sociedades, mostrándolas, en medio de las tempestades
• de la revolución, como Moisés coronada la frente de rayos desde la cresta
•tempestuosa del Sinai, las nuevas tablas de la ley en donde estaban es-
»critos los derechos imprescriptibles del hombre. Asi, la revolución francesa
»debia ser lógicamente el sangriento comentario y el término providen-
c ia l de la emancipación de la razón humana, como también el último de
«sus extravíos.»


No puede ser mas terminante su rompimiento con el racionalismo, ni
mas claro su divorcio con los principios que el liberalismo de estos tiem-
pos reconoce como fundamentales de su doctrina y de sus instituciones.
Quién esto escribe, podrá no estar poseído de aquel espíritu de piedad sin-
cera y activa, qae confirma su fé con obras, y que arregla sus prácticas á
sus creencias; pero indudablemente profesa ya la filosofía católica. Por-
qué ¿cuál es, en resumen, la base de toda filosofía católica, sino la con-
denación del racionalismo? ¿Cuál es su condición primaria, sino la de to-
mar como criterio de todas las certezas, como guia y fundamento para la
solución de,todas las cuestiones filosóficas, el dogma y la doctrina de la
Iglesia? . •


Guando los escritos de DONOSO , en la época de su vida que vamos con-
tando , no nos diesen ya directa y esplícitamente formulado un sistema de
filosofía católica, todavía nos autorizara á" conjeturarlo .asi la tendencia
cada vez menos ecléctica, cada vez mas vigorosa y constante que se ad-
vierte en sus opiniones y doctrinas, y déla cual dan testimonio lo mismo
.sus escritos filosóficos, que sus escritos históricos, que sus escritos políti-
cos , y hasta los que consagraba á la efímera existencia de los periódicos
diarios. Ya en junio de 1838 publicaba el CORREO NACIONAL una serie de
artículos, citados mas'arriba, acerca* del doctor Rossi y los doctrinarios, en
que atribuyendo el origen de esta secta á la necesidad, transitoria por su
su índole misma, en que la Francia y la Europa se hábian hallado de es-
tablecer transacciones entre principios opuestos, de poner paz temporal-
mente entre intereses exclusivos, la juzga incapaz de fundar un dogma,
que sirva para resolver radical y verdaderamente los problemas sociales.
Doctores de una ciencia impótente, aptos cuando mas para ejercer un
criticismo analítico, desposeídos de todo principio evidente, de toda fa-
cultad sintética, «no han podido elevarse (dice DONOSO) ni en sus estudios
históricos, ni en sus estudios filosóficos, ni en sus estudios sociales, á una
síntesis profunda.»—Pensando esto acerca del eclecticismo doctrinario,
acaba DONOSO por despedirlo eortesmente del dominio de la ciencia, con-
siderado como escuela filosófica; y por anunciarle una inmediata, estrepi-
tosa, y mortal caída, considerado como partido político. Los sucesos pos-
teriores digan si era oportuna aquella despedida, y si era fundado este
anuncio': el eclecticismo, todos lo vemosi, con ser cosa de ayer, es ya ac-




t i
tigualla : y en cuanto al doctrinarismo, cayó, como DONOSO habla anun-
ciado , súbita, estrepitosa y mortalmente el dia 24 de febrero de 1848,
en que las falanges socialistas implantaron su terrible dogma en aquel trono
que ni podian, ni sabian defender los doctrinarios.


Una vez negado radicalmente el fundamento de la filosofía de esta
secta, la lógica pedia negar también las consecuencias practicas que esta
filosofía aplicaba al orden político. Y en efecto, DONOSO cuyo espíritu, dotado
de una gran fuerza dialéctica, ni dejaba nunca de verlas consecuencias de
un principio, ni retrocedía ante ninguna, por estrema que fuese, se decla-
ró anti-doctrinario en política, como ya se había declarado anti-ecléctico en
filosofía. Toda la colección de EL PILOTO, al menos durante la época que él
tuvo parte en la redacción de este.diario, y fué desde la creación del mis-
mo en mayo de 1839 hasta el último tercio del mismo año; todos sus ar-
tículos en aquel periódico, lo mismo los doctrinales que los de polémica,
tienden a despojar al constitucionalismo español de^parlamentarismo exótico,
que en su concepto lo hacia tan impracticable como peligroso. Aunque
sea "abusar de la paciencia de los lectores, como quiera que es indis-
pensable probar los hechos que se afirman, allá vá en justificación de
los aquí enunciados, un artículo publicado en aquel periódico, á me-
diados de junio; cuando se hallaba próxima una elección general de Cor-
tes, que en aquella época era cuestión de vida ó muerte para el partido mor
derado.


«Los electores (decía DONOSO) van á decidir soberanamente de qué ma-
«nera ha de ser interpretada la Constitución española : tres son las inter-
»pretaciones posibles; conviene á saber : la interpretación monárquica; la
«interpretación parlamentaria; y la interpretación democrática." Estas tres
«interpretaciones darán por resultado tres diversas especies de monarquías;
«conviene á saber : la interpretación'monárquica dará por resultado la mó-
«narquía constitucional, que es la monarquía pura, en*el sentido que da-
»mos á esta voz, y que explicaremos mas adelante : la interpretación par-
»lamentaría dará,por resultado la monarquía parlamentaria, que es el
«Parlamento, mas un Rey : la interpretación democrática dará por resul-
»tado la monarquía de este nombre, que no es otra cosa sino Ja democra-
«eia servida por un parlamento, y adornada con un trono Veamos los
«caracteres que distinguen á las tres especies de «gobierno que acabamos
«de mencionar


«JLa monarquía constitucional es aquella en que el poder es limitado y
«uno, residiendo en una persona, que le trasmite hereditariamente : esa
«persona es el rey : la monarquía constitucional se diferencia de la monar-
«quía parlamentaria y de la democrática, en que la primera reposa en la
«unidad del poder; y la segunda y la. tercera en lá multiplicidad de los po-
«deres : se diferencia de la monarquía absoluta en que, en la monarquía




1.11 '


• constitucional, siendo uno el poder, es limitado; inientras-que.en la ab-
«soluta, siendo uno el poder, no tiene límites.»


«A la monarquía constitucional la llamamos pura nosotros; porque no
«está adulterada con principios que alteran la índole de una bien ordenada
«monarquía. La monarquía "absoluta es una monarquía adulterada, porque
«en ella el rey pide para sí la omnipotencia social; omnipotencia, que solo
»se aviene con la naturaleza de Dios, pero que no pueden reclamar para
«sí, sino en un acceso de orgullo y de delirio, ni un hombre , ni muchos
«hombres. Las monarquías parlamentaria y democrática son monarquías
«adulteradas; porque el poder por su naturaleza es indivisible, incomuni-
«cable y uno; y en esa clase de gobiernos, el poder se reparte y se frac-
• cióna. Mas claro : llamamos pura á la monarquía constitucional; porque,
«en esa dase de gobierno, está tan lejos el poder de la división, como de
«la omnipotencia; deja división-, que repugna á la índole del poder; de la
»omnipotencia, que repugna á la naturaleza del hombre. Para nosotros,
»el poder no es podor, smo es uno : el'poder no es humano, sino tiene
»límites. .


«¿Cómo se comprende la unidad con la limitación? Esté es el proble-
»ma que solo pueden resolver las monarquías puras; es decir, las monar-
«quías constitucionales. En ellas el poderes uno, porque reside exclusiva-
ámenle en la persona del monarca : es limitado; porque encuentra límites
«en las instituciones populares. Para nosotros, el Congreso y el Senado.no
»son poderes; porque el poder no tiene plural; y porque á la idea de poder
«va necesariamente asociada la de acción directa sobre el subdito; acción,
«que ni tiene el Congreso, ni tiene el Senado : ñero sino son un poder,
«porque no obran directamente sobre el subdito, son instituciones que li-
>mitán el poder, porque limitan la acción que ejerce sobre el subdito el
«único poder de la sociedad; es decir", el monarca. Tal es para nosotros la
«índole de las moitarquías puras; es decir, de las monarquías constitucio-
»nales. Solo en ellas el poder es fuerte, porque es uno : solo en ellas la
«sociedad es libre , porque el poder es limitado....


«La monarquía parlamentaria (es decir, la monarquía ecléctica de los
doctrinarios) no puede ser una realidad, sino donde el Parlamento está
«dominado por una aristocracia poderosa : entonces el Parlamento es Rey;
«pero cuando el monarca es un poder, y cuando en el Parlamento entran
«individuos de todas clases, la-monarquía parlamentaria es el caos : la
«fuerza parlamentaria y la fuerza real se neutralizan ; neutralizándose, Jejos
«de haber dos ppderes en la sociedad, no hay ninguno. Y si por acaso,
«una de las dos fuerzas alcánzala victoria, la monarquía devora al Parla-
«mento , ó el Parlamento devora á la monarquía. La monarquía parlamen-
taria no puede producir nunca, en último resultado, sino la negación de
«todo poder, ó un poder sin límites, alcanzado, no en nombre del dere-




»cho, sino en nombre de la victoria : es decir, el despotismo del vencedor,
»y la servidumbre del vencido.»


Bástalo citado para el propósito presente. Toda esta prolijidad de citas
es necesaria para rectificar el error ó frustrar la malicia de aquellos censo-
res de DONOSO tan olvidadizos ó tan poco perspicaces, que, al acusarle de
inconsecuencia en sus doctrinas y opiniones; : y fundando principalmente
su cargo en las que, formuladas en un solo cuerpo y con él carácter de un
sistema, consignó en su ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO Y LIBERALISMO, se em-
peñan en no reconocer, 1."—el ordenado progreso, la sucesión tan natu-
ral como lógica con que se ha realizado la trasforinacion de sus doctrinas
filosólicas y políticas. 2.°—La antigua fecha que tienen ya aquellas de las
doctrinas políticas y filosóficas, que mas le han impugnado sus censores
bajo el supuesto de jjue no las ha profesado hasta estos últimos tiempos.
3*°'—La absoluta independencia de todo influjo moral de sucesos ó de in-
tereses políticos con que procedía al concebir y publicar aquellas- doctri-
nas ; independencia que, como antes de ahora se ha dicho en el discurso
de esta biografía, deja sin base el supuesto de los-que explican aquellas
trasformaciones por algunas calidades del carácter de DONOSO. Estos últi-
mos verán, y acaso con sorpresa', pero entonces la culpa es solo suya, que
DONOSO profesaba una, filosofía católica mucho antes de escribir expresa-
mente su apología del Catolicismo; y un cuerpo de opiniones políticas anti-
parlamentarias , anti-doctrinarias y anti-eclécticas mucho antes de escribir
expresamente contra el Liberalismo parlamentario, doctrinario y ecléctico.
Esto será bueno ó será malo, según los ojos que miren, y los entendi-
mientos que juzguen, aquella filosofía y estas opiniones; no sé trata ahora de
eso : de lo que se trata-, es de probar la sinceridad con que haií sido pro-
fesadas ; la independencia .y "hasta temeridad con que ñan sido publicadas;
la natural y lógica gradación qué las ha determinado-, desde la antigua fe-
eha en que, según se ha visto, eran teorías mas ó menos vistosas, mas ó
menos dominantes , hasta la fecha en que han sido creencias firmísimas,
opiniones incontrastables, y regla práctica de conducta.
• Por otra parte, lo que mas y mejor confirma la exactitud de estos
asertos y la legitimidad de estas pruebas, es que no todo el partido mode-
rado, á cuya masa in solidum, por decirlo, así, pertenecía DONOSO, dejó
correr sin protesta sus disertaciones anti-doctrinarias. El CORREO NACIONAL,
que-era un órgano importante de aquel partido, sostuvo una polémica, por
lómenos, bastante viva con el PILOTO, á consecuencia de artículos publica-
dos en este periódico de la índole del que dejamos citado. En las discu-
siones particulares que DONOSO tenia casi diariamente con siis amigos,
muchos de ellos saben y pueden dar testimonio de que le hacían severos
cargos por su dogmatismo anti-doctrinario. Y aun puede asegurarse, que
si no tuvieron mayor trascendencia y mas publicidad- estas disidencias,




i.ir


digámoslo así, domésticas y clandestinas, acaso se debió únicamente á que
poí entonces el partido moderado estaba en su periodo mas crítico de lu-
cha con el progresista, y habia eñ todos sus miembros sobrado interés en
mostrarse con una cohesión y unanimidad, que todo lo era, menos in-
cuestionable. •


Y esta, entre otras muchas, es ciertamente una explicación tan natu-
ral como decorosa, del activo concurso que DONOSO prestó en pro de los
intereses políticos del partido moderado, y la no interrumpida consecuen-
cia del partido moderado á su vez en distinguirle y honrarle. En febrero
del año 1838, le llamó á formar parte de la comisión encargada de redac-
tar un proyecto de ley sobre estados escepcionales, objeto del artículo que
acerca de este asunto y con aquel motivó publicó en la REVISTA DE MADRID
en 1839. Aparte del interés de actualidad que , por su objeto mismo y por
la época en que fué publicado, tiene este opúsculo, bien claramente se
vé á su autor én él prosiguiendo la tarea de dar á la autoridad pública la
unidad y la fuerza que la habían quitado los anteriores disturbios políticos;
así como, en la serie de artículos que mas adelante publicó en el PILOTO
sobre la INTERVENCIÓN DE LOS REPRESENTANTES DEL PUEBLO EN LA IMPOSICIÓN


DE LAS CONTRIBUCIONES , á favor del mismo interés de actualidad que de-
fendía, se le vé continuar la refutación del parlamentarismo, y ampliar
en este mismo sentido las apreciaciones históricas de mayor trascendencia
que habia bosquejado en sus opúsculos anteriores sobre la MONARQUÍA ABSO-
LUTA , y sobre el ESTADO DE LAS RELACIONES DIPLOMÁTICAS ENTRE FRANCIA Y


ESPAÑA.


A esta misma época corresponden los artículos que.publicó en el PILOTO
en 1839, con el titulo de ANTECEDENTES PARA LA INTELIGENCIA DE LA CUES-


TIÓN DE ORIENTE , luminosa exposición- de la antigua historia de' aquellas
regiones y de su antigua lucha con la civilización occidental de la Europa:
exacta descripción de la fase que esta lucha recorría en los momentos de
publicarse aquellos artículos, y testimonio vivo de la clarísima intuición
con que su .autor sabia prever las' consecuencias mas remotas de los he-
chos , después y á causa de deducir con su lógica osadía las consecuencias
mas remotas de los "principios. Hoy día es, y aquellos artículos, escritos
en apariencia para tratar una cuestión incidental y pasagera, podrían hasta
tal punto servir de exposición, de explicación y de comentario á la cues-
tión de Oriente, que si se publicasen cualquier dia de estos en un perió-
dico , parecerían escritos aquella misma mañana con presencia de las últi-
mas noticias, por una persona que hubiera asistido á las conferencias de los
gabinetes en los últimos meses trascurridos. Tan cierto es que en esta cues-
tión , como en todas las que afectan al porvenir de la Europa, es «no solo
«conveniente sino necesario espaciar la vista por los cam|K»s de la histo-
r i a ; conocer lo pasado,-como preparación indispensable para el conocí-




«miento cabal de lo presente, pues que mal podríamos de otro modo
«comprender los gravísimos intereses comprometidos en la crisis que pre-
«senciamos.» Los que negaban á DONOSO competencia para tratar cuestiones
prácticas, que pasen la vista por esos artículos; y con un poco de buena
fé hallarán motivo sobrado para cambiar de opinión, ó sobre la competen-
cia de DONOSO , ó sobre lo que el empirismo político llama cuestiones prác-
ticas en su bárbara gérigonza.


Como se vé por esta mención de los escritos políticos correspondientes
á la época que vamos reseñando, hay en ellos dos fases distintas que con-
siderar ; en una están las ideas y los intereses que DONOSO defendía por
cuenta, digámoslo así, del partido en que militaba, y en otra las doctrinas
y las opiniones que profesaba de su propia cuenta y riesgo: aquellas ideas é
intereses dé hombre de partido servían indudablemente de pasaporte y de
escudo á estas doctrinas y opiniones particulares de filósofo : así como á
su vez estas doctrinas y opiniones particulares influían secretamente en e
partido .para determinar conforme á ellas su carácter político : cuando
menos, es indudable que la juventud de este partido; es decir, aquella
porción de él , mas exenta de preocupaciones, y por lo mismo en un con-
tacto intelectual mas estrecho con las ideas de DONOSO que aquellos de sus
miembros educados en anteriores y distintas escuelas, se asimilaba con
mayor facilidad y menos repugnancia aquella parte de opiniones y de doc-
trinas que pasaban Cffi razón por poco ortodoxas eu la. ilustre familia de
los doctrinarios españoles. .


Por otra parte, los sucesos dé'nuestra historia política de aquel tiempo
eran completamente favorables á la heterodoxia liberal y parlamentaria
de nuestro publicista. Por causas, y por medios que ni oportuno parece,
ni necesario tampoco especificar aquí, pues todo el mundo los sabe y los
recuerda, el.partido progresista, abrumado por sus propios escesos, sin
un principio fijo, sin un plan fecundo, impotente para-la .acCion como
para la resistencia, había tenido que ceder el puesto en fines de 1837 al
partido moderado, que si materialmente no poseía muclia mas fuerza que
su adversario, estaba en cambio organizado con mayor cohesión, y poseía
ademas una doctrina fija, y por consiguiente un plan determinado y practi-
cable. Pero, contrastado el influjo de sus doctrinas ¿ y contrariada la eje-
cución de sus planes por el estado mismodel pais, á quien traían desasose-
gado y receloso, de una parte, la prolijidad de la guerra, civil, y de otra, la
misma lucha incandescente dé las pasiones políticas, no tuvo el partido
moderado medios dé evitar la evolución que con prósperas esperanzas, se-
guidas en breve de un logro completo, hacia el partido progresista; y que
consintió en buscar y hallaren un general afortunado el símbolo que fal-
taba á sus pretensiones, y el vínculo de que carecían sus elementos de-
sacordes é indeterminados. Este general arrojó el peso de su espada y




de.sus laureles en-la balanza'; y, roto de esta manera el equilibrio de las
fuerzas con que respectivamente luchaban'progresistas y moderados, de
las manos del nuevo Brenno salió fundada aquella situación política que
se inauguró con el pronunciamiento de Setiembre de 1840. En nuestra
España tienen mucho de personal, v por consiguiente, de violento las lu-
chas políticas para que estrañemos la proscripción en masa, de que enton-
ces fiié victima el partido. moderado : al propósito presente solo cumple
consignar el hecho de esta proscripción como término natural de la en-
carnizada lucha que le habia precedido, para explicar cómo el partido
doctrinario español podia, en silencio y con paciencia, sufrir, sin exco-
mulgarlo, el magisterio anti-doctrinario de DONOSO. En cuanto áeste, ó
mas previsor, ó menos "esforzado de lo que pudiera hacer pensar la.enér-
gica valentía de sus escritos, en el mes de Julio próximo anterior al pro-
nunciamieto de Setiembre pidió y obtuvo, para pasar á Francia árestable-
cer su salud, las respectivas licencias que necesitaba en su doble concepto
de Gefe de Sección del Ministerio de Gracia y Justicia, en cuya plaza habia
sido repuesto en Enero del mismo año, y de Diputado á Cortes por la pro-
vincia de Cádiz, donde habia sido segunda vez elegido en competencia de
la suya natal de Badajoz, que también le habia honrado con su confianza
en aquella legislatura.


"Desde esta época empieza la importancia oficial de DONOSO en la poli-
tica de su tiempo ; la decisión con que habia p r o f e s a sus opiniones; el
respeto que inspiraba su talento; sus compromisos políticos, y hasta sus
particulares relaciones le señalaban un lugar preeminente en las filas de
aquella proscripción , que dispersando por entonces al partido moderado,
reunió á una gran parte de sus personages mas distinguidos en Paris, al
rededor de S. M. la Reina madre Doña María Cristina- de Borbon. Corte-
sano por primera vez de su vida, pero cortesano de una Magestad pros-
cripta , violentamente despojada de la tutela de sus hijas y de la Regencia
del Reino; ligado por otra parte con estrechos vínculos de gratitud á la
augusta Señora por la especial confianza que le debia, no menos que por
la benévola acogida que desde su primera juventud le habia merecido,
DONOSO, en cumplimiento de tan sagradas obligaciones personales, no me-
nos que en defensa de los intereses de su partido y de acuerdo con todas
sus doctrinas y opiniones, hizo entonces esfuerzos que no vacilarán en
calificar de heróieos los que saben cuan grande era su indecisión carac-
teristica para obrar conforme á aquellas propias opiniones y doctrinas tan
independientemente concebidas, como enérgica y hasta temerariamente
profesadas. En fines de la primavera de 1841 vino á Madrid con especial y
directo encargo de la Reina Madre para defender en la prensa y ante el pro-
pio gobierno nacido del pronunciamiento de Setiembre los derechos mater-
nales de aquella Señora, ya que no los que la misma habia renunciado á la




T.VIT


regencia y Gobierno del Reino, al dejar las playas españolas en Octubre
de 1840 : y en efecto, -competentemente autorizado por el Duque ¿, de la
Victoria, cerca del cual cumplió DONOSO SU encargo con tanta lealtad
como energía, publicó en el CORREO NACIONAL SU artículo SOBRE LA' INCOM-
PETENCIA DEL GOBIERNO Y DE LAS CORTES PARA EXAMINAR Y JUZGAR LA CONDUCTA
DE S. M. LA REINA MADRE DOÑA MARÍA CRISTINA DE BORBON, EN SU CALIDAD
DE TUTORA'Y CURADORA DE sus 'AUGUSTAS HIJAS. La naturaleza misma'de este
escrito, junto con la agitación que entre los partidarios de la majestad
proscripta engendraron las circunstancias en que se publicaba, las espe-
ranzas que sostenía y los proyectos á que pudiera servir de base y de
consigna, despertaron los recelos y mermaron la longanimidad con que
habia prometido tolerarlo aquel gobierno, sólido en la apariencia j porque
la fuerza material le apoyaba; débil en la realidad, porque radicalmente
le combatían la ilegitimidad de su origen, la consiguiente violencia de sus
medios, y su absoluta carencia de fines verdaderamente políticos. DONOSO
tuvo entonces que abandonar una/ misión pai-a cuyo perfecto y fecundo
cumplimiento le faltaban ya libertad y recursos; y, dias antes de los san-
grientos sucesos de 7 de Octubre de aquel mismo año, regresó precipita-
damente á Paris, donde ks aguardaban nuevas y mas señaladas muestras
de la regia confianza, como premio de' la celosa lealtad con que habia cor-
respondido á ella, y como justa recompensa de los riesgos que habia cor-
rido durante su corta permanencia en España.


Constituyéndose entonces cronista de aquellos sucesos, quorum pars mag-
na fuil, escribió su relación histórica del ORIGEN, PROGRESO Y DEFINITIVO RE-
SULTADO DE LA CUESTIÓN DE TUTELA DE S. M. DOÍÍA IsABEL II, Y DE LA SERENÍSIMA


SEÑORA INFANTA SU HERMANA : artículo polítieo,-mas bien que verdadero ensayo
histórico, forma sin embargo este escrito parte integrante de los trozos que
dos años después compuso como principio de una Historia de la regencia de
doña Maria Cristina ¿ trabajo intentado con el propósito mas grave de tra-
zar un cuadro completo delúltimo período de nuestra revolución política. El
público aplaudirá que hayamos resuelto no insertar estos trozos en la pre-
sente edición, si teniendo en cuenta, por una parte, que no son sino frag-
mentos incoherentes de una obra apenas bosquejada, considera también
los naturales inconvenientes que ofrece la publicación de hechos y el juicio
acerca de personages, que, por la reciente fecha de los primeros, y por
la circunstancia de vivir todavía muchos de los segundos, no han pasado
en realidad al dominio de la verdadera historia. Ordenados y sellados bajo
seguro depósito quedarán en reserva para tiempos mas oportunos, tanto
los trozos ya escritos de aquella historia, como la gran sunia de importan-
tísimos datos recogidos por su autor, quien habia probablemente renun-
ciado á continuar su comenzada empresa, como le ha sucedido con oirás
de índole semejante.




LVIII


Su ya elevada posición política, y la fama de sus escritos, que por en-
tonces empezaron á ser conocidos en Francia, ibanle granjeando la esti-
mación y el trato de ilustres publicistas y literatos de aquella nación, cuya
amistad y simpatías le han acompañado lealmente hasta el sepulcro. Entre
otros círculos políticos y literarios que le honraron con especiales distincio-
nes , señalóse principalmente el Instituto histórico .de Francia, nombrán-
dole su miembro residente. Esta época de su* emigración es una de las que
mas ejercitaron su infatigable actividad, como también de las mas prove-
chosas para el desarrollo de las dos facultades, que constituyendo, por
decirlo así, los dos puntos extremos de su inteligencia, le hacian tan pers-
picaz para prever lo futuro, como apto para juzgar de lo presente. Los que
tenían por cosa averiguada y por hecho incuestionable que DONOSO no ser-
via para la vida práctica, para lo que vulgarmente se llama un hombre de
negocios; y él mismo, cuando lo aseguraba de sí propio, todos habían es-
tado ciegos para no ver que las calidades eminentes de su talento eran,
por una parte, un conocimiento exacto, profundo y rápido de las perso-
nas y de las cosas con que se hallaba en contacto; y por otra, una asom-
brosa percepción de las últimas consecuencias de los hechos y de los ca-
racteres. Su espíritu se lanzaba, es cierto, con «un ímpetu asombroso en
las regiones de lo absoluto : la índole de su dialéctica, junto con el ardor
de su imaginación, le llevaban á generalizar todas las doctrinas y todos los
hechos, formulando súbitamente á vecas, y como de salto, conclusiones;
cuyo Valor sintético suele- no aparecer bastante demostrado : todo esto es
verdad, y no lo es menos que las llamadas extravagancias de su estilo á ve-
ces no lo son sino por la rapidez con que están formuladas las conclusiones;
pero no es menos cierto que para llegar á estas síntesis siempre profundas,
siempre comprensivas, que ora nos maravillan por lo exactas, ora nos cho-
can por lo prematuras, había ya su talento recorrido todos los grados de la
observación mas penetrante, del análisis mas completo que pueden pedirse
al psycólogo mas minucioso. Descripciones tiene hechas de caracteres, que
le envidiaría Lavater. Los que le trataban, saben con qué agudeza sondaba
los mas ocultos pliegues del corazón humano, y la espontaneidad con que
á sus labios acudia la frase propia y adecuada para calificar las cosas lo
mismo que á las personas. DONOSO no era hombre de negocios por dos razo-
nes muy poderosas; primera, porque le estorbaban para pensar; y segun-
da , porque las calidades de carácter, que son las que constituyen la apti-
tud para los negocios, valian mucho menos en él que las calidades de su
inteligencia, y que las grandes dotes de su corazón. Solo la caridad cris-
Mana, apoderándose, como se apoderó en estos últimos "años, de su corazón
y de su espíritu, fué capaz de modificar su carácter hasta el punto de con-
vertirlo de naturalmente perezoso en febrilmente activo, y de tímido con
esceso en temerariamente arrojado para cuanto creía de su deber.




ux


Las calidades eminentes de su talento que dejamos consignadas, tenían
en París, y sobre todo en los altos círculos que él frecuentaba, un vastísi-
mo teatro en que ejercitarse; y sin duda son ya un resultado, como son
una muestra de lo que se habían desenvuelto con él ejercicio, la preciosa
colección de sus CARTAS DE PARÍS AL HERALDO en 1842, donde juntamente
se encuentran, con aquellos admirables retratos de algunos personages po-
liticos de Francia, aquellos juicios sobre la monarquía de julio, y aquellos
pronósticos acerca de su suerte futura, de los cuales, los primeros son hoy
ya lugares comunes de la historia contemporánea, y los segundos han sido
realizados con tremenda exactitud por la revolución de febrero. DONOSO,
que por muchas calidades de su espíritu, y hasta por los hábitos de su edu-
cación intelectual, tenia mucho de francés en el fondo y en la forma, supo
ver claramente y definir con precisión, los gérmenes de inmediata ruina
que abrigaba en su seno aquella sociedad de gentes que parecían convida-
das á un eterno festín; y aquella civilización rica, variada y culta, que tan
embebecidos solía dejar á nuestros galómanos compatriotas, lo» cuales
oyendo aquellos juicios y aquellos pronósticos, mas de una vez con su bea-
tífica sonrisa de protectora suficiencia, aseguraban, como artículo de fé,
que su autor veia visiones.


Así compartía sus estudios y trabajos favoritos con las tareas menos
fáciles y mas peligrosas que le imponían su continúa asistencia al lado de
la Reina Madre, y su activa correspondencia con los miembros influyentes
del partido moderado, que, bajo su dirección 6 con su consejo, mante-
nían aquí en España suspendida sobre el gobierno de setiembre la espada
que# acabó por matarle en el verano de 1843. Esta fué la época en que
aquel partido que habia pasado-por un verdadero Éxodo en 1840, volvió á
poseer la tierra prometida, no sin haber atravesado su mar rojo por entre
los pronunciamientos correspondientes, y no sin haber hundido en los
abismos tenebrosos á todos sus enemigos. Tocaba de derecho á DONOSO en
la victoria una parte cuando menos igual á la que habia tenido en el com-
bate y en los riesgos; y efectivamente, del trono y de sus colegas políticos
empezó entonces á recibir altas muestras de estimación y de respeto que,
diche sea en honra de nuestro pais, no le han negado ni escatimado en
ninguna 'época dé su vida. Electo diputado por su provincia natal para las
Cortes de fines de aquel año, contribuyó con varonil-elocuencia y erudi-
ción oportuna á que el Congreso abreviara los términos fijados por la ley
del reino para declarársela mayor «dad de doña Isabel II; con cuyo motivo
pronunció el 7 de noviembre un discurso tan justa como umversalmente
aplaudido, al cual se sjguió, por via de ampliación y comentario, el ari í -
culo qué, titulado APUNTES SOBRE LOS REINADOS DE MENOR EDAD, publicó el
propio mes en la REVISTA DE MADRID.


A principios del siguiente inmediato diciembre, pasó á París con el




I.X


carácter de ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de nuestra
Reina en misión especial cerca de su augusta madre, doña María Cristina
de Borbon : y á prinoipios también del siguiente enero, se hallaba ya de
vuelta en Madrid, cumplido su encargo, que fué el de preparar digno y
conveniente regreso á España de aquella señora. Dos meses después, era
condecorado con la gran cruz de Isabel la Católica, al propio tiempo que
nuestra joven Soberana, dignándose nombrarle su secretario particular, le
daba la mas completa y honrosa muestra de la especial confianza que le
merecía, y del grande aprecio en que tenia sus servicios.


Terminada por entonces la guerra civil; desconcertado el partido# pro-
gresista por sus propias disensiones; vencido y desheredado de la porción
de poder y de influencia que le daba derecho á esperar el concurso activo
que su coalición con los moderados prestó para crear la nueva situación
política, era llegada ía primera época, desde la muerte de Fernando VII,
en que el poder público, verdaderamente fuerte, hallase ocasión y medios
de crear y consolidar un sistema de gobierno y de administración. Tal al
menos fué el deseo y el propósito del partido moderado, que hallándose
por el pronto con la fuerza y solidez necesarias para cumplirlos, estaba
ademas formado en la única escuela "política que por entonces profesaba
en nuestra España algunas doctrinas positivas y algún plan realizable;
dado que el partido progresista ño habia profesado más sistema que el de
negaciones en el orden teórico y de supresiones en el orden práctico, y
que el partido carlista habia quedado enteramente fuera de combate. DO-
NOSO era naturalmente llamado á tomar una parte muy principal en aque-
lla empresa tan ardua cómo prolija; y efectivamente, en todas las tareas
emprendidas, como en las principales instituciones creadas desde 1844, se
halla su cooperación ó su asistencia. Como diputado, por cuarta vez ele-
gido en octubre de 1844, redactó y defendió con varios discursos el pro-
yecto, según el cual quedó reformada en 184o la Constitución de 1857.
En enero siguiente de 184o, pronunció también un notabilísimo discurso
sobre la dotación del culto y del clero, contribuyendo de este modo á iniciar
la reparación de las graves ofensas, que venían de años atrás acumuladas
contra la Iglesia y sus ministros. En octubre del mismo año, fué nombrado
miembro del Consejo Real ordinario, que entonces se instalaba f y como
juzgase este nuevo cargo incompatible con el que durante año y medio
venia desempeñando de secretario particular de la Reina Isabel, pidió y
obtuvo ser relevado del mismo, mereciendo en su consecuencia la espe-
cial distinción de que S. M. le nombrase, al tiempo de relevarlo, su gentil-
hombre de cámara con ejercicio; como si quisiese de esta manera mostrarle
su intención y deseo de continuar otorgándole fácil y- frecuente acceso á
su augusta persona. Sujeto á reelección por su nuevo cargo de consejero,
y en su consecuencia, honrado por quinta vez con los sufragios tle su pro-




I.XI


viugia, tuvo ocasión de pronunciar su erudito discurso en defensa de las
proyectadas bodas de nuestra Reina y de su augusta hermana,' que á la
sazón era el mas 'grave asunto de los que agitaban á nuestros partidos. Do-
noso, como puede suponerse, prestó una coopefación directa y eficacísima
para realizar aquellos regios matrimonios, con ocasión de los cuales fué
condecorado-por el gobierno francés con. las insignias de gran oficial de
la legión de honor, y por la merced de su Reina con el título.de marqués
de Valdegamas-, vizconde del Valle.


No faltaban quienes le viesen con desden ó sobrecejo vogar tan prós-
peramente en las olas agitadas del favor cortesano; y aun de entre sus
amigos sinceros solía de vez en cuando ,en el seno de la mutua confianza,
desprenderse tal cual chispa de ingenio, -cuando no un manifiesto repro-
che por aquella aluvión de blasones que se iba acumulando para decorar
un nombre, que»ciertamente sin ellos era ya bastante ilustre. DONOSO , á
quien ni las ingeniosidades ni los reproches en este asunto ofendían jamás,
tenia para todos una respuesta que él mismo en tono familiar formulaba
así cierto dia, dirigiéndose á uno de sus amigos verdaderos: —«d iga V. ;
si V. fuera un rabipso demócrata, y para ganar voluntades, necesitara
frecuentar encrucijadas y tabernas ¿qué traj« usaría V. ? ¿no le sería lo mas
conveniente ir con chaqueta al hombro, garrote en mano y calado el
gorro frigio? Pues aplique V. el cuento, amigó mió: todo lo que mis ideas
tienen que hacer en el mundo, se -hace principalmente en los palacios :
¿qué traje quiere V , que me ponga, sino el que usan los palaciegos?»—•
Muy descontentadizo ha de ser quien tenga que replicar á esto; pero pién-
sese de ello al cabo lo que se quiera, nadie ciertamente habrá tan ignorante
de las calidades características y de los hábitos familiares dé DONOSO , qué en
ninguna época de su vida pueda creerle poseído de la pueril vanidad que
se alimenta con diplomas y blasones. Cabalmente, uno de los contrastes
mas bellos de su vida era el que formaban la modestia de su porte y la
sencillez de su trato con la elevación de su entendimiento, y la altisonan-
cia de sus frases. Cabalmente , esta propia modestia y esta propia sencillez
eran las que le hacían pesado y molesto el trato cortesano, á cuya fre-
cuentación le obligaba su forzosa y no secundaria intervención, en los
asuntos políticos. * - .


Sentaba mal á su carácter y.contrariaba demasiado las tendencias de
su espíritu esta actividad, para que pudiera sobrellevarla'muchp tiempo ni
con mucha afición. Ya el lector habrá observado que en el periodo que va-


- nios reseñando, no se menciona escrito alguno de nuestro personage, asi
como también que entre-sus discursos parlamentarios ninguno hay que ci-
tarse deba con especial encomio, habiendo .sido todos consagrados á cues-


«Iiones políticas ó de un interés pasagero y secundario, ó estrañas cuando
menos a la índole y al progreso de sus tendencias filosóficas. De esta regla




I.Xll


general no merece verdaderamente ser esceptuado, sino el discurso acerca
de la política internacional de España, que pronunció poco después de abier-
taslas Cortes de 1847, para las cuales, en virtud del nuevo sistema electoral
creado el año anterior, había sido diputado por su distrito natural de Don
Benito. Levantándose, en aquella, peroración, sobre todas las cuestiones
de política transitoria, que no .sin calor habían ya iniciado las distintas
fracciones de la Cámara, hizo resonar en medio de aquellas luchas tan
estériles como peligrosas la voz del patriotismo, llamando la atención de
la asamblea hacia los intereses permanentes y fecundos de nuestra España;
determinando el carácter y los límite» de las alianzas que nos convienen;
señalando los actos y las tendencias de nuestra antigua Diplomacia, de
nuestra política tradicional; considerando, en consecuencia, como objeto
y término propios de nuestra ambición y de nuestros proyectos al Portugal
y las costas africanas : verdadero recuento de nuestras glorias, verdadero
resumen de nuestros intereses, verdadero despertador de nuestras legíti-
mas esperanzas, que debieran pasarse de «mano en mano, como un sa-
grado depósito y como regla fundamental de conducta,-nuestros hombres
.de Estado. El Congreso le oyó con vivísimo anhelo, y le aplaudió con des-
usado entusiasmo : lloró con él sobre la tumba de. la infortunada Polonia;
siguió con 41 la marcha triunfante de nuestros antiguos guerreros; y con él
saludó la aurora venidera del día en que, movidos y guiados por una poli-
tica propia, generosa y grande, acudamos adonde nos llaman el honor de
nuestro nombre, el interés de nuestro porvenir-y la voz de nuestros padres.


Aparte de este discurso, repetimos, ninguna otra producción digna de
mencionarse especialmente encontramos desde 1843. Y sin embargo, la
laguna que en esta parte nos ofrece la vida de DONOSO, contribuye en
gran manera para esplicarnos la profunda revolución que vamos á ver
obrada en su espíritu desde el periodo á que hemos llegado.


V.
Su inteligencia había recorrido todas las fases, en que sucesivamente


podían y debían Colocarla la voracidad de su imaginación, el ardor de su
carácter, la experiencia del mundo : en filosofía, desde el dogmatismo
racionalista, pasando por el criticismo ecléctico, hasta el casi anulamiento
de la razón : en política, desde la juvenil exaltación de un liberalismo
ambicioso, pasando por el doctrinarismó parlamentario, hasta la conde-
nación del parlamentarismo y de los doctrinarios. Habia visto en su infan-»
cía la desatentada crueldad de las reacciones políticas : habia visto en su




lx11i


juventud la bárbara impetuosidad de las revoluciones: habia pertenecido en
su edad viril á la escuela, que busca la fusión de la libertad y el orden en
transacciones absurdas é imposibles r habia tocado de cerca la lava, ar^
diente de las pasiones, y sufrido el choque 9e las luchas políticas : habia
probado las amarguras de la proscripción, y las dulzuras de la victoria:
habia experimentado que las grangerias del favor cortesano y las honras de
este mundo no dan felicidad, ni aun reposo á las almas bien templa-
das : habia recorrido las páginas de la historia para buscar en ellas- no lo
nuevo, sino lo verdadero : se sentía carecer de una fuerza que doma-
se sus apetitos violentos, y de un auxilio que restaurase la flaqueza de su
corazón : hallábase, en fin, al rayar en su edad madura, con mucha
ciencia vana ; con mucho desengaño cierto; siri fé viva; con esperanza*
débil; con estéril ternura; con infecundas lágrimas. Era llegado el mo-
mento"; y como si Dios hubiese querido disponerle convenientemente


, para la prueba, permitiéndole pasar cuatro años de una vida activa para
su cuerpo, de reposo para su espíritu, impuso silencio á su palabra; y
empezó á sembrar en su pecho los dolores. Las causas estaban ya perfec-
tas : no faltaba mas que la ocasión: y la divina misericordia no se la hizo
esperar mucho tiempo. .


Dejémosle hablar á él mismo.—«Yo siempre fui creyente en lo íntimo
«de mi alma; pero mi fé era estéril, porque ni gobernaba mis pensa-
mientos, ni inspiraba mis discursos, ni guiaba mis acciones. Creo, sin
«embargo, que, sien el tiempo de mi mayor abandono y de mi mayor olvido
«de Dios, me hubieran dicho:—«vas á hacer abjuración del catolicismo óá
«padecer grandes tormentos.».—«me hubiera resignado álos tormentos por
«no hacer abjuración del catolicismo. Entre esta disposición de ánimo y mi
«conducta habia, sin duda ninguna, una contradicción monstruosa. ¿Pero
«qué otra cosa somos casi siempre sino un monstruoso conjunto de mons-
«truosas contradicciones?»


«Dos cosasme han salvado : el sentimiento esquisito que siempre tuve
«de la belleza moral, y una ternura de corazón que llega á ser una fla-
«queza : el primero debía hacerme admirar el catolicismo, y la segunda
«me debia hacer amarle con el tiempo.»


«Cuando estuve en París, traté intimamente á M... y aquel hombre me
«sojuzgó con solo el espectáculo de su vida, que tenía á todas horas delante
«de mis ojos. Yo habia conocido hombres honrados y buenos; ó por mejor
«decir, yo no háhia conocido nunca sino hombres buenos honrados: y
«sin embargo, entre la honradez y la bondad de los unos y la honradez y
»la bondad del otro, hallaba yo una distancia inconmensurable : y la dife-
rencia no estaba en los diferentes grados de la honradez; estaba en que
«eran dos clases de honradez de todo punto diferentes. Pensando en este
«negocio, vine á averiguar que la diferencia consistía en que la una hon-




I . X J V


«radez era natural, y la otra sobrenatural ó cristiana. M... me hizo cono-
scer á V. y á algunas otras personas unidas por los vínculos de las mismas
»creencias : mi convicción echó entonces raices mas hondas en mi alma, y
pliego á ser invencible por lo profunda.»


«Dios me tenia reservado para después otro instrumento de conversión
«mas eficaz y poderoso. Tuve un hermano, á quien vi vivir y morir, y
«que vivió una vida de ángel, y murió como los ángeles morirían, si mu-
»rieran. Desde entonces juré amar y adorar, y amo y adoro... iba á de-
c i r lo que no puedo decir; iba á decir, con una ternura infinita al Dios
»de mi hermano... Vea Vd. aqui, amigo mió, la historia íntima y secreta
«de mi conversión... Como Vd. vé, aquí no ha tenido influencia ninguna
*»hi el talento ni la razón": con-mi talento flaco y ,con mi razón enferma,
«antes que la verdadera fé, me hubiera llegado la muerte. El misterio de
»mi conversión (porque toda conversión es un misterio) es un misterio de
«ternura. No le amaba, y Dios ha querido que le ame, y le amo: y porque
«le amo, estoy convertido.» "


En esta disposición de ánimo escribió ya sus artículos acerca de Pío IX ,
publicados en EL FARO en setiembre de 1847, y antes del folleto escrito
sobre el mismo asunto por Balmes. Permítase aquí consignar un paralelo
que sugiere el recuerdo de. este gran filósofo. DONOSO ha dicho-con razón,
en la carta de donde están sacados los párrafos anteriores, que Balmes y
él, escribiendo acerca de.aquel mismo tema y asunto, habian dicho las
mismas cosas, formulado el mismo juicio, articulado las mismas opinio-
nes : y ciertamente, basta echar una ojeada sobre los dos escritos, para ver
que en efecto los inspiró un mismo pensamiento y-un idéntico, fin. Sin em-
bargo , el escrito de DONOSO es considerado generalmente como línea divi-
soria de las dos épocas de su vida intelectual, como la primera prenda y
muestra pública de su conversión; mientras que el de Balmes, recono-
cido constantemente como escritor católico, fué agria y cruelmente cen-
surado, por sus antiguos amigos y admiradores. ¿Cómo lo que en DONOSO
se juzgo prenda y muestra de catolicismo, pudo ser censurado en Balmes
como contrario á sus antiguas doctrinas y creencias católicas? ¿Porqué la
obra del primero se aplaude como una iniciación dichosa en la misma es-
cuela que lamenta, como una deserción, la obra del segundo ?


Los hombres de bien deben protestar aquí, con toda la energía que
inspire la rectitud de un cristiano, contra la injusticia de que Balmes fué
víctima, y que,sin duda contribuyó no poco á acortar el'plazo de su pre-
ciosa existencia : ¡ bárbara y ciega saña de los partidos políticos, prontos
siempre á turbar ó á -castigar la noble independencia del filósofo, que su-
perior á las preocupaciones, y desdeñando Íes-intereses pasageros y mez-
quinos, sabe decir lo verdadero y lo conveniente á la eterna causa de la
justicia! Y aquí entra principalmente el paralelo que hemos indicado.




rxv
¿Porqué Balmes fué mártir de sus opiniones respecto á Pió IX? ¿Porqué DO-
NOSO , tan unánime y lisonjeramente saludado cuando inauguró la última
y definitiva fase de su vida intelectual, tuvo , .en el término de sus dias,
que sufrir tan hondas amarguras ? Balmes parecía bueno para defender la
causa transitoria, las conveniencias personales de una fracción política; y
porque, atendiendo al santo y eterno interés de la Iglesia de Jesucristo, for-
muló opiniones que la recelosa intolerancia de partido juzgó contrarias á
aquella causa y á aquellas conveniencias, fué dura y amargamente censu-
rado. DONOSO fué bueno para combatir en la tribuna y en la prensa á la de-
magogia que, bajo distintas formas, amenazaba hundir en el común nau-
fragio las doctrinas y los intereses de la fracción política en que estaba
clasificado : y porque, al buscar sinceramente la raíz del mal que habia
combatido, halló en la razón y en la historia doctrinas que socavaban el
árbol genealógico de aquella fracción, fué acusado de apóstata por los unos,
y desdeñado por los otros como un pobre fanático, tomado de la manía
del misticismo. ¿No es esto verdad? Los partidos políticos, que no tienen
memoria ji i entrañas, no agradecerán ciertamente, ni perdonarán acaso
que esta verdad sé diga; pero debe consignarse en la historia, para que salga
de allí resplandeciente en el dia de la justicia.


Por lo demás, oportuno parece mencionar aquí una carta escrita por Do-
noso en Julio de'1850, donde, al mismo tiempo que se justifican lasepinio-
nes emitidas por Balmes en su folleto acerca de Pió IX", se explica satis-
factoriamente la contradicción que aparece entre el escrito de DONOSO
sobre el mismo asunto, y su célebre discurso parlamentario del i de Enero
de 1849 sobre los acontecimientos, que acababan de trastornar la capital
del mundo Católico, poniendo en fuga al Padre Santo. -—«El sistema gene-
»ral de política adoptado por Pió IX (se lee en aquella carta, escrita en
francés) al comenzar su pontificado; .¿es bueno, ó es malo? Yo he
»dado á esta pregunta dos repuestas en realidad idénticas, en apariencia
«contradictorias. En una ocasión he dicho si : en otra he dicho no. Voy á
«esplicarme. El mundo creia que la Iglesia no era tan Católica como su
«nombre : el mundo creia que la Iglesia era una Reina servida por escla-
«vos, y que solo sus esclavos se la podían acercar libremente. Era necesa-
»rio desengañar al mundo, y Pío IX ha sido el hombre de quien Dios ha
«querido servirse para desengañar al mundo por lo que respecta á su Igle-
«sia : asi debe interpretarse, en mi juicio, la conducta de este gran
«Pontífice. Así como en otro tiempo su divino maestro llamó á sí á los ju-


. «dios y á los gentiles, el gran Pontífice ha venido para llamar á si á los
«monárquicos y á los liberales. Ha sido crucificado por los liberales, como
«su maestro lo fué por los judíos ¡ ay de los judíos! ¡ ay de los liberales!..
«En uno y en otro caso ha habido un llamamiento seguido de una catás-
trofe : y en uno y en otro caso, apesar de la catástrofe, hay que tener


TOMO I. £




1.XV1


»el llamamiento por bien hecho. Este es mi si : he aqui ahora mi no. Me
«parece bien que los liberales hayan sido llamados;'pero á condición de
«que, lo mismo que los judíos, no sean llamados mas que una sola vez
«por todas hasta, el fin de los tiempos : me-parece que nuestro gran Pon-
«tífice será de la misma opinión. Creo estar en el buen camino aprobando
«lo qué se ha hecho; pero no, sin embargo, creyendo que deba renovarse
«la experiencia. Justo, prudente y hasta necesario era que la Iglesia abriese
«sus brazos á-todo el mundo; pero justo, prudente y necesario es también
«que la Iglesia, sin cerrar sus brazos, vuelva los ojos hacia los que han
«encanecido, respetándola y amándola. Nuestro Señor llamó á todo el
«mundo, bendijo á todo el mundo-, perdonó á todo el mundo, y pidió por
«sus enemigos! pero cuando, pasada la catástrofe, salió de su sepulcro, no
«fueron ciertamente sus enemigos con quiénes envió á reunirse á María
«Magdalena, sino con sus apóstoles y sus hermanos.»


Sin temeridad puede asegurarse que si Balines hubiera vivido, habría
dicho este mismo no, después de aquel sí, que tan á mal le llevaron sus
injustos censores. •


El escrito acerca de Pió IX es el último de los comprendidos en la CO-
LECCIÓN* ESCOGIDA de los suyos que publicó DONOSO en dos volúmenes, pocos
días antes de que estallase la revolución francesa de 1848. En cabeza de
aquella ^edición, se halla la siguiente ADVERTENCIA:


«El autor de los escritos que componen esta colección, nt) la publica
«porqué ponga en ella su vanidad, ni porque la estime en mucho : la pu-
«blica solamente para dar esta muestra de deferencia á sus amigos, que
«deseaban hace tiempo ver reunidos los escritos que*sobre materias graves
«ha improvisado en ocasiones críticas ó solemnes. RESUELTO POR OTRA PARTE
»Á SEGUIR DE HOY MAS NUEVOS DERROTEROS V RUMBOS EN LAS CIENCIAS SOCIALES
«Y POLÍTICAS, HA CREÍDO QUE ESTA.COLECCIÓN PODÍA SERVIR PARA SEÑALARÁ
«UN TIEMPO MISMO EL TERMINO DE UNA ÉPOCA IMPORTANTÍSIMA DE SU VIDA, Y El .
>PRBíCn>IO DE OTRA QUE NO HA DE SER MENOS IMPORTANTE. Al formar esta
«colección, le vino al pensamiento la idea de hacer algunas variaciones y
«reformas en los escritos de que se compone : pero no tardó en variar de
«propósito, al considerar, que son escasos los escritos merecedores de
«una revisión esmerada, y que éntrelos que ha dado á luz, no hay nin-
«guno que sea digno de tan alto merecimiento.»


DE HOY MAS , dice DONOSO , voy á SEGUIR NUEVOS DERROTEROS Y RUMBOS EN
LAS CIENCIAS SOCIALES Y POLÍTICAS. . . . Ese de hoy mas era la víspera de la re-
volución de febrero; es decir, de una catástrofe, que vino á señalar nue-
vos derroteros y rumbos á las sociedades y á los gobiernos. ¡ Singular, y
cuando menos curiosa coincidencia; en los momentos inmediatamente
anteriores á un suceso que viene á dejar transidos de pavor á los gobiernos
y estremecidas á las sociedades : singular coincidencia, decimos, esta voz




t x v i r
que sale de en medio del desierto, ofreciendo un apóstol á la verdad, y
un vengador á la justicia ultrajada; singular coincidencia la de este "pre-
sentimiento que hace á un hombre romper pública y solemnemente con
todo lo pasado, y le impulsa á templar las armas con que ha de contrastar
las osadas invasiones del porvenir que avanza proceloso!


Y aquí es ocasión oportuna de refutar, por tercera y última vez, á los
que explican la sucesión de las doctrinas y opiniones de nuestro filósofo
por el influjo que ejercían sobre su ánimo, exaltando su imaginación, los
sucesos exteriores. La colección escogida de. sus escritos se publicó antes
de la revolución de febrero : la ADVERTENCIA que la precede, así como las
causas inmediatas que le decidieron á seguir nuevos derroteros y rumbos;
ó para hablar mas claro, los hechos que directamente provocaron la que él
llama su conversión, son anteriores á la revolución de febrero r luego la
revolución de febrero no es la única, ni la principal siquiera de las espli-
caciones naturales del ardor con que se arrojó en los estudios teológicos,
embebiendo su alma en los arrobamientos del misticismo. Lo que hizo esa
revolución, fué confirmar sus creencias', exaltar su amor á la sagrada doc-
trina que se había apoderado de su espíritu, y dotarle de sin igual pujanza
para combatir las .que con harta razón juzgaba consecuencias desastrosas
de las doctrinas opuestas. ¿No había de amar una verdad, cuya prueba
tocaba con la mano? ¿No había de tener como inspiradas por la Sabiduría
eterna sus predicciones, cuando con sus ojos veia todo cuanto había pre-
visto con la intuición de su fé católica? Y no era aquel el momento de pe -
netrar en el abismo de los males con la antorcha del bien eterno, para.ver
quien era, dónde residía y con qué medios obraba el genio dominador de
aquel abismo? Si, que lo era : y para los que no quieren ser ciegos ni
sordos, aquel hombre que les mostraba el medio de cegar los abismos del
mal nuevo, no era en verdad distinto del que ya antes les había enseñado
cómo se combatían otros males. No era distinto el doctrinario de recto
corazón y de voluntad sana, que combatía en 1836 á la demagogia tras-
tornadora del orden político, no era, no, distinto del católico que en 1849
combatía á aquella misma demagogia, convertida ya en falanje satánica,
trastornadora del orden social, y enemiga del orden humano, t o s que si,
eran ilógicos por timidez, é impenitentes por orgullo, eran los que conde-
nando unas consecuencias, guardaban como sagrados los principios de que
partían; los que juzgaban extinguida la fragua délos rayos, porque callaba
un momento el rugido de la tempestad; los que inermes para resistir al
mal, temían defender el bien que se les mostraba Prosigamos nues-
tra reseña.


Publicada la colección escogida de los escritos, que comprendía euanfo
su autor creyó conveniente presentar como justificación de los triunfos
ganados por su talento en la liza científica y literaria, obtuvo dos honras




I.XVIH


correspondientes á cada uno de estos lauros, siendo electo presidente del
Ateneo y de su sección de ciencias morales y políticas; mientras que la
Academia de la Iengua'le abría sus puertas, nunca en verdad negadas á
ningún género de talentos. Y así debia ser, para que aquella corporación
no recelara de llamar á su seno á un escritor, que ciertamente no se ha-
bía distinguido por lo castizo del lenguaje, ni habitualmente se ejercitaba
en el orden de estudios propios de'aquel instituto. La Academia, pues, no
se dio por engañada, cuando al admitirle, le oyó pronunciar un discurso
acerca de la Biblia, mas teológico que literario, si bien su autor, para
cumplir algo de lo que la ocasión pedia, no dejó de amontonar en él ga-
las propias de^su estilo, y aun de cuidar algo mas de lo habitual en sus
escritos, de la pureza del lenguaje. Pero aprecíese como se quiera el mé-
rito literario de aquella peroración, será siempre un notable documento
en que estudiar el progreso que en la mente de su autor iban logrando
sus nuevos estudios, y el que en su-corazón iba haciendo el reanimado
amor al Dios de sus padres, y á la fé dé su infancia. Como presidente de
la sección de ciencias del Ateneo, también llevó allí -el ardor que ya úni-
camente le inspiraba; y en las varias conferencias que propuso y dirigió en-
tonces, fué por decirlo así, publicando el prospecto de todas las doctrinas y
opiniones que profesó hasta su muerte.


Empezaba, en este tiempo, el último y mas prodigioso esfuerzo de su
maravillosa actividad intelectual: rehacía completamente sus estudios his-
tóricc-filosóficos : formaba voluminosos estractos de lo que leia : escribía
artículos en los periódicos : redactaba notables informes como consejero
real: tomaba activa paite en la gestión de los negocios públicos : peroraba
en el Parlamento : proseguía las pretensiones de su numerosa cliente-
la : conversaba con sus amigos; y en medio de esta agitación, que hu-
biera bastado para agotar tres vidas, todavía le quedaba tiempo sobrado
para ejercer su piedad sincera, y su caridad ardiente. Por entonces fué
también cuando, nuevamente honrado con la especial confianza de S. M.
para dirigirla en calidad de maestro, se puso á escribir para su augusta dis-
cipula unos E S T U D I O S S O B R E L A H T S T O R I A , qué son entrt todos sus escritos iné-
ditos, uno de los mas dignos de especialísima atención, no tanto por su mé-
rito intrínseco, que no es escaso; como por ser la primicia de sus estudios
teológicos, y la única producción en que directamente se haya propuesto
escribir filosofía dé la Historia, sin embargo de ser este el objeto común de
todas sus producciones en todos tiempos. Pero poseído, como estaba, cuan-
do empezó esta obra, del orden de ideas que ha cultivado hasta su muerte,
sucedióle que, proponiéndose escribir de Historia, se sorpendió quizás á
sí propio escribiendo de teología. En las nociones preliminares traza un
plan de Historia Universal, no muy diverso del que siguió Bossuet en su
inmortal discurso, salvo que en la primera sección de su división ero-




LXIX


nolqgica, que comprende los principales sucesos de los tiempos primi-
tivos, plantea y trata cuestiones, que si ciertamente no son estriñas ásu
propósito histórico, corresponden, sin duda, mas propiamente á un trata-
do especial de teología; como son las que versan sobre el acto creador de
la Omnipotencia Divina; sobre la institución de la familia; sobre «1 pecado y el mal; la causa y la pena de la culpa cometida por nuestros primeros
pedrés; el libre albedrío, y la gracia antes y después del pecado. Tales son
los asuntos que trata en los cinco capítulos que escribió de los ESTUDIOS
SOBRE LA HISTORIA , á los cuales en esta edición irán incorporados otros tres
que les son análogos, si bien están escritos en fecha posterior, y por lo
que aparece , con designio de que fuesen primeros de una filosofía católi-4
ca, cuyo plan sé halla entre sus apuntes de última fecha. Estos tres capí-
tulos tratan de la sociedad y del lenguaje, del error fundamental de la.teoria
sobre la perfectibilidad y el progreso del hombre, y de la caridad cristiana.


Comparando todos estos escritos entre sí, y con las fechas á que cor-
responden, puede juiciosamente asegurarse que los trabajos preparatorios
de los mismos que hizo su autor, le sugirieron acaso la idea de abarcarlos
en un cuerpo de doctrina; y evidentemente, en ellos están contenidos los
materiales que le sirvieron para escribir el ENSAYO SOBRE EL CATOLICISMO,
LIBERALISMO Y SOCIALISMO. Con esta fundadísima conjetura, se esplica por-
qué no continuó sus comenzados ESTUDIOS SOBRE LA HISTORIA , si por otra
parte se tiene en cuenta el cúmulo de sus ocupaciones, que no le dejaban
la necesaria holgura para el examen y coordinación dé datos; es decir,
para el prolijo trabajo material que requerían la índole y eflfcunedíatQ ob-
jeto de aquellos ESTUDIOS»


Mientras que estos trabajos y proyectos te ocupaban, ibase cada vez
con mayor furia desatando por Europa el huracán revolucionario de febre-
rt). Con su instinto funestamente perspicaz para conocer á sus mas terri-
bles adversarios, el genio dé la destrucción había tendido sus negras alas
sobre la ciudad eterna, haciendo allí alarde mas espantoso de sus fuerzas,,
y dando muestra*mas cumplida de su designio; como si quisiera, en la pa-
tria inmortal de los Césares y de los Pontífices, extinguir de un solo golpe
el supremo asiento, en la tierra, de la autoridad divina, y el alcázar sa-
grado en que reppsan, como en su eterno asilo, todos los principios tute-
lares de la autoridad humana. En nombre de la libertad, se había salpicado
la silla de san Pedro eon sangre derramada por brutales asesinos. DONOSO
juzgó entonces llegado el momento de desplegar su bandera, de entrar en
la gran liza, armado de todas armas, y de escoger un palenque donde le
oyera el mundo.


Rara vez es concedido al hombre medir la grandeza de su triunfo
por la grandeza de su propósito; pero DONOSO , en aquella ocasión, no
'ba á combatir en nombre de ningún interés humano : él pudo con en-




- L X X


tera confianza esclamar i Exurge domine et judica causan tuam» — y
cuando sú recta intención le hubo asegurado del'auxilio divino, levantó
aquel acento inspirado, que el Congreso oyó con aquel entusiasmo in-
decible en la memorable sesión del 4 de enero de 1849. La asamblea pudo
aquel dia reconocer en el orador perfecta ya la última fase de las que
naturalmente debia recorrer el que, dirigiéndola por primera vez la pa-
labra en marzo de 4838, osó ya hablarla de la intervención de Dios en \m
acontecimientos humanos; el que habiéndola otras veces en los cinco años
anteriores, la habia pedido respeto á las instituciones tradicionales de
nuestros mayores, y protección para la ultrajada religión de nuestros
padres. Era el mismo, que ya venia á decirla : es preciso que escojáis, y
que escojáis pronto, entre la voluntad de Dios, ó la voluntad del hom-
bre; entre el derecho divino, y el derecho humano; entre la doctrina
de la Iglesia, y las proclamas de la logia; entre la libertad que nos dá Jesu-
cristo á precio' de su sangre, y el bárbaro desenfreno délos demagogos im-
píos : entre mi Catolicismo, que lleva en su seno inmortal la verdad y el
bien; y vuestro eclecticismo religioso, filosófico y político, que creyendo,
por medio de arbitrarias combinaciones, defender lo que se debe á la liber-
tad de los pueblos, á la razón del hombre y á la magestad de Dios, va de-
jando á los pueblos sin libertad , al hombre sin razón, y á Dios sin altares.


No hay para qué analizar aquél discurso : cuantos pueden entenderlo,
de seguro lo recuerdan : la Europa lo sabe : el mundo católico lo ha visto
traducido en todos los idiomas cultos, y ha oido las alabanzas que en todas
partes se le h^tributado, y el clamoreo que han levantado contra estas
alabanzas los necios y los malvados de todas las latitudes, acuende y allende
del Pirineo. Todo el mundo recordará la correspondencia pública que, con
motivo de aquel discurso, medió entre su autor y el ilustre filósofo y pu-
blicista , á quien la Francia católica debe tan gloriosas tareas, el señor
conde de Montalembert : y públicas también haremos en esta edición las
muestras particulares de alto aprecio y de admiración sincera, que prodi-
garon entonces, y no han dejado de tributar después á DONOSO los hombres
mas ilustres de la Europa. «Un discurso y algunas cartas (decia con razón
un periódico francés de antiguo y muy justo crédito) han bastado para co-
jocar al marqués de Valdegamas al frente de los primeros^ publicistas euro-
peos.» Numerosos testimonios posee el autor de estas lineas de la exacti-
tud de aquel fallo tan lisonjero para el orador y escritor católico, como
honroso para España.


Nuestro gobierno de entonces hizo la mas oportuna elección que pudiera
ofrecérsele, al nombrar á DONOSO enviado extraordinario y Ministro Pleni-
potenciario de S. M. en Prusia, núcleo, centro y escuela matriz de la mo-
derna filosofía germánica, al mismo tiempo que puesto avanzado para
nuestra Diplomacia, desde el cual podia ya con menos dificultades roanu-




LXXl


dar las interrumpidas relaciones de España con la Rusia, y ensanchar la
limitada esfera de nuestra política internacional con las potencias septen-
trionales. Por lo que tiene Berlín de centro filosófico, halló DONOSO en él
ocasión favorable para estudiar de cerca los estragos del desenfreno inte-
lectual de las modernas escuelas germánicas; tanto mas, cuanto que ha-
biendo llegado á aquella corte en la primavera de 1849, alcanzó á presen-
ciar las atrevidas evoluciones en que por entonces se agitaba la democracia
de allende el Rhin, cqmo respondiendo al grito revolucionario del año an-
terior en Francia : por lo que tiene de puesto avanzado respecto á la Rusia,
pudo entablar con el embajador de esta potencia en Prusia, el barón de
Meyendorff, una interesantísima correspondencia, á un mismo tiempo amis-
tosa y política, que es una ampliación y un comentario bastante curioso de la
que en 1839 habia seguido con la Gaceta de Ausburgo, relativa al pendiente
reconocimiento de nuestra Reina por las cortes septentrionales.


Pero ni aquel clima helado., ni aquellas costumbres ceremoniosas de la
corte prusiana eran simpáticas á la naturaleza meridional y al carácter ex-
pansivo de nuestro embajador : ahogábase en aquella atmósfera de racio-
nalismo nebuloso, 'donde apenas hallaba un templo en que adorar al Dios
de su patria. Así es que en noviembre de aquel mismo año dio la vuelta á
Madrid, habiendo remitido, durante su encargo, á nuestro gobierno una
serie de despachos acerca de los personages, de los sucesos y del estado
general de Alemania, que por muchos conceptos merecen ver y verán la
luz pública, si á ello no se oponen obstáculos insuperables; y que, caso de
haberlos, se adivinan fácilmente, tratándose de la correspondencia de un
embajador con su gobierno.


Restituido á su patria con el aumento de experiencias y de relaciones
que ganó en su excursión diplomática, hallóse en posesión de todos los
datos necesarios para pronunciar su discurso parlamentario de 31 de enero
de 1850 sobre la situación general de la Europa desde enero de 1848: dis-
curso que, siendo quizás menos importante bajo sus principales respectos
que el pronunciado el año anterior, alcanzó una voga no menos lisonjera
para su autor y mucho mas lisonjera para la España; publicado íntegro
por varios periódicos extrangeros, comentado largamente por muchos, y
especialísimamente mencionado por todos, mereció que persona tan com-
petente, entre otros muchos personages políticos, como el príncipe de Me-
ternich, dijera de él en una carta que vio la luz pública por entonces —
«aunque no estoy de acuerdo en algunos puntos relativos al estado de
».las relaciones diplomáticas de Europa, me parece el discurso del mai-
»ques de Valdegamas una de las mas elocuentes y filosóficas harengas que
•se han pununciado en la tribuna moderna, y no vacilo en compararle
»como trozo de filosofía y de elocuencia á las de Demóstenes y de Cicerón:
»no tiene rivales mas que en los oradores de la antigüedad.»—Afortunada-




I X XII


mente, muchas de las lúgubres predicciones que DONOSO hizo en aquel
discurso, no se han realizado; y aun algunas parecen desmentidas por he-
chos ulteriores; pero por desgracia, vivos están, y muy vivos los gérmenes
letales que el orador veia en los principios dominantes de las sociedades
contemporáneas: y quiera Dios que el tiempo no venga pronto á confirmar
sus tremendos vaticinios.


Pero si lúgubres se le presentaban la situación actual y el cuadro futuro
de la Europa, no menos tristemente pensaba de la situación especial y de
los futuros destinos de España. Sus preocupaciones en este punto fueron tan
graves, que, por primera vez de su vida, le obligaron aponerse en hostilidad
con un ministerio del partido moderado, que lo era entonces el presidido por
el duque de Valencia. Consignadas están en su discurso parlamentario de 31
de diciembre de 1850 las causas que le movieron á hostilizar á aquel gabinete,
que, en concepto del orador, era bastante menos celoso de los intereses
morales de la sociedad, que de sus intereses materiales : sus palabras fue-
ron un grito de alarma que del fondo de su conciencia cristiana le arran-
caban sus convicciones, viendo cómo en derredor de nuestras instituciones
seculares, en medio de nuestras antiguas creencias y nuestros antiguos há-
bitos , se iban levantando pasiones disolventes, apetitos insaciables , y ver-
gonzosas concupiscencias. Jamas un gabinete español habia escuchado
cargos mas terribles en boca de un diputado; y jamás habían tolerado tan
sañudos anatemas nuestros partidos políticos. No es probable que los par-
tidos hicieran entonces propósito de la enmienda, para confirmar con sus
actos los aplausos que no escasearon aquel dia á DONOSO ; pero es histó-
rico que el gabinete, tan rudamente combatido por su palabra, dejó de
gobernar á los quince dias. Y sucedió entonces lo que era natural, lo que pre-
veía DONOSO : que si hasta entonces se habia salvado de ciertos odios, gra-
cias á que, según el decir de muchas gentes, su política estaba en las
nubes; cuando quiso un dia descender al fango de lo que se llama política
en estos tiempos, sublevó contra sí todas las vanidades que, comprimidas
hasta entonces, no habían podido buenamente protestar contra los triunfos
de su talento; y empezó á sufrir una doble guerra de alfilerazos y de pu-
ñaladas.


El odio, que hasta allí habia sido latente, estalló, y estalló con un pre-
testo, que hacia mas envenenada su saña, y sus tiros mas certeros. Dios,
que sin duda quería probarle cuando ya le vio suyo, permitió una serie de
sucesos combinados de manera que, juntando en uno todos los rencores,
todas las envidias y todos los desdenes acumulados contra sus doctrinas,
•contra sus fortunas y contra sus creencias, le asaltasen á un tiempo mismo
en el instante que su entendimiento y su conciencia daban la mas bella
muestra de su inmenso amor á la verdad, y de su ejemplar devoción á la
causa del bien eterno. Insultos groseros, calumnias osadas, reticencias ma-




LXXtl I


liguas, todo se prodigó contra su persona, cuando dioá luz su ENSAYO SO-
BRE EL CATOLICISMO. Era natural : tras el apostolado, el martirio : siempre
lia sucedido la misma cosa : desde Jesucristo acá, no ha existido maestro
de verdad que se haya libertado de habérselas con Fariseos; ni Redentor
que no beba, cáliz mas ó menos hondo de amargura.


Nada importaba que aquel libro inmortal tuviese por objeto restablecer
los fueros de la libertad humana, encerrando á la razón dentro de los l í-
mites que la ha trazado la Sabiduría eterna. Esto era combatir al raciona-
lismo ; y es muy natural; los racionalistas le han cargado la culpa de un
misticismo f destructor de la razón y de la libertad humana.


Nada importa que aquel libro tuviese por objeto restablecer en la so-
ciedad el imperio de las verdades católicas, y poner el orden moral bajo
la tutela y al abrigo de la Iglesia, haciendo que su espíritu vivificante y sus
fecundas enseñanzas penetren y circunden á los entendimientos, á ios co-
razones , á las costumbres, á los gobiernos de las sociedades. Esto era com-
batir juntos en uno al ateísmo, al deísmo, al regalismo, á la heregia, al in-
deferentismo, y es muy natural; los ateos, los espíritus fuertes, los regalistas,
los hereges y los indiferentes han puesto el grito en el Cielo contra el re-
trógrado teócrata, que quiere convertir á los gabinetes en capítulos conven-
tuales , los parlamentos en concilios, y los palacios en monasterios.


Nada importa que en las varias cartas publicadas con ocasión de aquel
libro, lo mismo que en sus escritos de todos tiempos, haya proclamado ab-
surdo y tiránico un poder humano sin límites; nada importa que haya pe-
dido constantemente el restablecimiento de las gerarquías sociales, como
primera base de la libertad en el Estado, pues que'es la primera condición
del orden. Nada importa esto, ni hay tampoco para qué considerar que
los absolutismos de todo género han sido eternamente rechazados y anate-
matizados por la doctrina y por la Iglesia Católica. Nada, nada : no hay
cuartel para el atrevido y extravagante soñador, para el apóstata de su an-
tigua comunión política, que, estudiando con la historia en la mano la
filiación del moderno liberalismo; indagando, á la luz de su razón católica,
la radical impotencia de las doctrinas liberales para resolver, ni aun para
plantear los grandes problemas relativos al orden político, al orden social,
al orden humano; mirando con ojos que ven, y escuchando con oidos que
oyen los estragos producidos por la recta aplicación de las consecuencias
lógicas de aquellas doctrinas, osa examinar desapasionada y"desintere-
sadamente los principios teológicos, sociales y políticos en que descansan,
y los encuentra impíos, en el orden teológico; disolventes, en el orden
social; contradictorios, en el orden político. Los liberales y los parla-
mentarios no han querido oirle. Blasplietnasti, han dicho: y al excomulgarle,
le han llamado absolutista.


Nada importa, en fin, que tan humilde como prudente, y tan prudente




txxiv


como humilde, entregue su libro antes de publicarlo á la censura, y acepte
las correcciones de hombres insignes por su saber y su piedad; nada im-


' porta que , alarmada su conciencia cristiana con el malévolo aviso de que
habia enunciado peligrosos errores, vuelva á someter su obra á la única .
censura competente, á la única autoridad legítima para un hijo de la Igle-
sia. Nada importa esto. Para quitarle toda tentación de vanidad, y para
darle una lección de sana teología, no faltará un oscuro servidor de inte-
reses que no son los de la Iglesia Católica, quien falseando el texto explícito
de unas frases; tomando por pretexto otras, solo ambiguas para la mala
fé; fundándose en lo atrevido de alguna metáfora, en algún insignificante
lapsus de estilo ó de lenguaje, contrario al rigoroso tecnicismo de la cien-
cia teológica, le constituya ante la pública opinión reo de heregía.


De todas estas acusaciones, solamente la última fué poderosa á turbar
su tranquilidad y á excitar su resentimiento. Fuese por humildad, ó fuese
por orgullo, es lo cierto, que apenas respondió á los cargos de fatalista
místico y de absolutista monárquico con algunas breves y desdeñosas fra-
ses ; pero cuando vio puesta en tela de juicio la ortodoxia de sus opinio-
nes , la pureza de su doctrina, sintió heridas las fibras mas delicadas de
su alma; y pidió para su libro un juicio inapelable y solemne, que tran-
quilizando su conciencia, le sirviera de escudo contra su adversario. Con
este propósito, creyó oportuno elevar la voz, en son de querella y. en de-
manda de desagravio, á la suprema autoridad de la Iglesia; y esto por va-
rias razones. Primera — por el especial y sagrado carácter del autor de
aquellas censuras que, como sacerdote y en materias propias de su minis-
terio, estaba naturalmente sometido al gefe supremo de la gerarquia sa-
cerdotal. Segunda—por la no dudosa intervención, ó cuando menos, por
la aprobación implícita que aquellas censuras llevaban de cierto Prelado,
gefe superior inmediato del que aparecía como autor de ellas. Tercera—
por la estrechísima relación que esta polémica tenia con la que por enton-
ces'se habia suscitado en la prensa católica de Francia sobre la influencia
de los estudios clásicos del paganismo en la sociedad cristiana; polémica
que, iniciada con motivo del célebre libro de M. Gaume, titulado le Ver
Rongeur, y en la cual DONOSO habia tomado partido por los adversarios del
clasicismo pagano, contenía, bajo las apariencias de una mera cuestión
literaria y pedagógica, todas las ardientes .y ya antiguas cuestiones entre
los ultramontanos y galicanos de la nación vecina : cuestiones que, como
es sabido, afectan nada menos que á la misma santidad y pureza del dog-
ma y de la disciplina católica, y juzgadas por nuestro actual Pontífice tan
trascendentales que, para cortarlas, creyó necesario elevar su voz sagrada,
y pronunciar el santo Pax vobis. Cuarta—porque ocupando DONOSO á la
sazón el elevado puesto de ministro plenipotenciario de S. M. C. en Fran-
cia (para el cual habia sido nombrado en febrero de 1851) se hallaba en




LXXV


una posición bien embarazosa ; y no podía escoger libremente ciertos me-
dios de defensa. El abate Gaduel (que «ste era el nombre del crítico) lejos
de haberse creído en el deber de dirigirle una advertencia secreta, como
parecía prudente y cristiano , tratándose por una parte de un sacerdote, y
por otra de persona constituida en dignidad„puyo descrédito podía refluir en
contra de la católica y honrada nación á quien representaba, se habia dirigido
al público, amigo siempre de-escándalos, y siempre inclinadaá empañar las
reputaciones mas limpias; proceder tanto menos disculpable, cuanto que
atacaba á un hombre, que no podia defenderse: pues habría sido cosa
inaudita, y verdaderamente escandalosa, ver á un embajador manteniendo
ante el público, con un sacerdote y sobre materias de dogma, unafpolé-
mica de suyo prolija. Poníase por tanto en ridículo, si respondía á su cen-
sor; y arriesgaba, por otra parte, su reputación, si le dejaba sin respuesta.
Y no se diga que el deseo de atajar los estragos que el libro censurado pu-
diese producir, en concepto de aquel sacerdote, le impulsaban á dirigirse
al público en derechura, no : una obra que habia corrido libremente por
el mundo católico, sin que una voz católica se hubiese levantado contra
ella; que habia sido traducida al italiano , é impresa en Foligno , en los
mismos estados de Su Santidad, con la aprobación de un asistente de la
Inquisiciony del reverendo obispo de aquella diócesis, no podía producir
los grandes é irremediables estragos, que bastarían apenas para justificar
la conducta del crítico.


Tales eran los puntos capitales en que DONOSO fundó su querella, y su
demanda de desagravio : basta mencionarlos, en obsequio á lo que exige
la exactitud histórica, para comprender el carácter de aquel litigio que
fué funesto para el reposo y para la vida de nuestro embajador; si bien, en
cambio, le grangeó. consuelos augustos, y satisfacciones de las mas dulces
que puede sentir un escritor católico de piedad sincera. Pocos dias antes
de que Dios le llamara así, en abril del pasado año, publicaba acerca de
su persona y de su libro un juicio tan ilustrado como lisongero la primera
de las revistas periódicas que hoy cuenta para su defensa nuestra santa
religión, la Civilta Cattólica, brioso y sabio adalid de la Iglesia, cuyas opi-
niones , considerado el lugar en que se publica, y la augusta protección
con que se honra, gozan de grande y merecida autoridad en todo el orbe
cristiano. Nuestros lectores verán en su lugar oportuno el artículo escrito
por aquella Revista; modelo de prudencia, de caridad y de justicia , en el
que ni se escatiman al autor del ENSAYO los altos elogios que le son debi-
dos; ni se deja sin esplicacion aquella suma de errores de forma, de de-
fectos de estilo, que han podido ser pretexto plausible para censuras me-
nos prudentes, menos caritativas, y mucho menos ilustradas. Aquí nos
limitaremos á insertar uno de los párrafos, donde nos parece- condensada
toda la sustancia del artículo.




LXXVI


«El marqués de Valdegamas, dice, dotado de.elevada inteligencia, de
«vasta comprensión , de mente firme y tenaz, como suelen serlo los na-
turales españoles, es inclinado á afirmar resueltamente lo que le parece
«verdadero; y enemigo de aquella perplejidad é incertidumbre, que si
«unas veces es efecto de pruda/icia, no pocas es indicio de una mente dé-
«bil éirresoluta. Al ver la sociedad que le rodea, trabajada por la duda,
«fluctuando vacilante entre la verdad y el error, ha sentido, por una reac-
«cion consiguiente, la necesidad de estimularse á sí propio, vigorizando
«su innata propensión á la certeza, á la afirmación, al dogmatismo. De
«aquí procede que en sus escritos combatiendo á los eseépticos, y á los
«que llaman libertada la licencia, no se ha detenido á. discernir, en las
«falsas doctrinas, aquellas vislumbres de verdad que siempre rodean al
«error; y en vez de atenerse á las distinciones, necesarias en una discu-
«sion propiamente dicha, ha preferido acometer de frente á su adversario,
«y estrecharlo hasta derribarlo, al fin, con el absolutismo de sus afirma-
«ciones, atrevidas sin duda, pero netas y contundentes. Los enemigos que
«él combatía, ó negaban á Dios; ó, si se dignaban admitir su existencia,
«era para relegarlo, por decirlo así, de la creación; pues que todo lo ex-
«plicaban por la sola intervención de la naturaleza y del hombre: DONOSO,
«en consecuencia, afirmó, que solamente en Dios y en la Sabiduría regu-
«ladora de los sérés»^ de los sucesos, estaba la explicación del hombre y
«de la naturaleza. El incrédulo siglo, á quien se dirigía, desecha la creen-
«cia en los impenetrables misterios de nuestra fé : y en consecuencia, Do—
INOSO quiere, por medio de parangones y figuras, hacer aceptable á los
«entendimientos rebeldes el arcano mas augusto de la revelación, al Dios
«uno y trino. A los que niegan el pecado original, y el enflaquecimiento de
«nuestra naturaleza, que fué la pena del mismo, DONOSO se esforzó enpro-
«barles lo conveniente del primero, presentándolo como casi necesario
«para que se manifestasen los divinos atributos; mientras que exageró, al
«parecer, la segunda, cuando viene á declarar á la naturaleza humana es-
»clava, en todos sus actos, de la culpa y del error. A los que exaltan la
«libertad y la independencia del hombre, les dijo : «no sois libres, sino
«siervos; la verdadera libertad no reside mas que en los santos; es decir,
«en los que auxiliados por la gracia, se sustraen á la posibilidad de pecar»
«Por último, para los espíritus fuertes, que cuentan entre las fábulas los
«milagros y la profecías, pareciéndoles piedra de escándalo aquello mismo
«que debiera hacerlos creyentes, para estos, dijo DONOSO, generalizando su
«frase : «que nuestro Señor Jesucristo no ha triunfado del mundo por la
«santidad de su doctrina, ni por las profecías ni milagros, sino á pesar de
«todas estas cosas.»—Y he aquí Como la vivacidad de la lucha pudo empe-
Ȗarlo en trances arriesgados, de manera que por asegurarse bien de tocar
»la meta, ha parecido á veces como que la traspasaba.




LXXVI1


«Pero también puede preguntarse: ¿cuántos escritores hay de polé-
»mica popular en tiempos de reacción, que se hayan eximido de cometer
«estas faltas? Y esto es muy natural : al ver la intemperancia, digámoslo
«así, de sus adversarios , no es estraño que hayan creído imposible ven-
cerlos sin exagerar un tanto la verdad; pues que ello al cabo las almas,
«obtusas y aletargadas por las densas tinieblas de error que las circundan,
«tienen precisión de que se las despierte y sacuda con afirmaciones atre-
«vidas, resueltas, dogmáticas. El conde José de Maistre, que, bajo mu-
«chos respectos, puede compararse al marques de Valdegamas, fué tam-
«bien tachado , no sin fundamento, de algún extravío en aquel punto: y
«sin embargo, el hecho es que sus escritos, si bien sembrados en tal ó cual
«parte de alguna proposición aventurada y un tanto paradójica, consiguie-
«ron plenamente su fin; pues que derribaron al genio volteriano y libera-
«lesco, siendo, en resumen, una fecunda semilla, de la cual brotaron
«entre los seglares, tantos y tan valerosos campeones de las-doctrinas
«católicas. Sin duda los escritores están obligados á guardar un prudente
«medio entre los extremos ; ¿pero á cuantos es dado hacerlo así, donde la
«discusión requiere vivacidad de formas, energía de figuras, generalidad de
• conceptos, y una marcha, en fin, franca, segura y espedita?»


No se tendrá por inoportuno haber dado tanta extensión á esta cita, SL
se considera que con ella quedan probadas juntamente muchas cosas que
importan, por un lado, á lo que exige la buena memoria del marqués de
Valdegamas; y por otro , á lo que dicta la conciencia de un cristiano.
Queda demostrado que las amargas censuras de que el ENSAYO fué objeto,
carecían de fundamento sólido, por mas que se* apoyasen en algún pre-
texto plausible: queda demostrado que, cualquiera que sea el valor de
aquellas censuras, desde el instante que pueden fundarse en algún pre-
texto, conviene refutar lo que en ellas haya de inexacto, condenar lo que
haya de malévolo, y poner en su verdadero punto lo que haya de plausi-
ble. Para todos estos fines, presentaremos en la edición de aquel libro las
notas y advertencias convenientes, tomando por guia principal las que figu-
ran en la edición italiana, de que anteriormente queda hecha mención,
y con las cuales, al decir de la Civilta Cattolica, «se desvanece todo peligro
«para los lectores de todo género, ora templando las formas aventuradas
«del lenguage; ora restableciendo el sentido de algunas proposiciones am-
«biguas; ora, en fin, aclarando las que se han tachado de oscuras.» Cum-
pliendo asi un deber de conciencia, que nadie seguramente nos impone ni
exige, creemos cumplir la voluntad del mismo autor del ENSAYO, y dar á
sus enemigos una prueba de buena fé, que acaso, Dios no lo permita , no
logre obtener de ellos tan sincera correspondencia.


El marqués de Valdegamas no rehusaba 1os consejos inspirados por la
caridad, así como perdonaba fácilmente las ofensas que recibía de la ma-




t X X V H l


levolencia: por lo mismo que conocía bien á los hombres, les consagró du-
rante su vida un tesoro de indulgencia, que también por su parte necesitaba
para sí mismo. Ningún hombre se ha exaltado nunca mas ardientemente
contra la injusticia ; ninguno profesaba un desden mas altivo hacia los.ne-
cios : y sin embargo, bien lo saben sus enemigos; nadie se ha levantado á
desmentirle antes ni después de aquella ocasión solemne en que pudo decir
con verdad : «Cuando mis días estén contados; cuando baje al sepulcro,
«bajaré sin el remordimiento de haber dejado sin defensa á la sociedad bár-
baramente atacada; y al mismo tiempo, sin el amarguísimo y para mí
«insoportable dolor de haber hecho mal á un hombre.» Para comprender
bien el sentimiento de rectitud, que inspiraba su conducta, importa no
olvidar las terribles tentaciones en que le ponían de dar rienda al humor
satírico, que poseía en grado eminente, las vivas y frecuentes polémicas
mantenidas por él durante veinte años. Todos cuantos le han tratado de
cerca, saben que el primer arranque de su vena sarcástica habría sido fu-
nesto para sus adversarios, si su respeto á la humanidad en un tiempo, su
caridad viva en otro, y en todos el celo de su dignidad propia no le hubie-
ran refrenado en el instante mismo que iba á clavar el dardo. Curiosos, por
demás, son los muchos borradores de escritos polémicos que ha dejado
entre sus papeles; y de ellos la mayor parte, condenados por su autor á
perpetua oscuridad; como si los hubiera considerado mal avenidos con la
caridad cristiana : desahogos del amor propio, irritado con mas ó menos
justicia, escritos como para transigir en secreto con las sujestiones de la
humana flaqueza, no saldrán del fondo en que la voluntad de DONOSO los
tenia sepultados, siquiera nuestra literatura pierda por ello la posesión de
modelos acabados de socrática ironía.


Libertaráse, empero, de este común anatema, y se libertará tan sin me-
noscabo del respeto debido á la memoria de DONOSO , como con gran pro-
vecho de las ciencias sociales y políticas, un artículo de polémica escrito
con ocasión del que en la Revista francesa de ambos Mundos publicó el
señor duque de Broglie, en noviembre de 1852, censurando en común á
DONOSO , á Mr. Gaume y al sabio padre Ventura, bajo el supuesto de que
extremando sus doctrinas católicas, las han aplicado exageradamente á la
defensa de los principios constitutivos de la sociedad en los siglos medios,
y á la consiguiente impugnación de los que dominan á las sociedades ac-
tuales. Pertenece el señor duque de Broglie á la ya difunta escuela del
eclecticismo doctrinario, que le ha contado entre sus mas ilustres campeo-
nes : dicho se está, pues, que este escritor, por muchos títulos respetable,
sale á la defensa del racionalismo filosófico y del parlamentarismo político
que se profesa en su escuela. La ocasión, por tanto, no podía ser mas
oportuna para que DONOSO expusiera y explicara lo que, según su doctrina
católica, entendía respecto á las cuestiones fundamentales, suscitadas por




L X X I X


el señor de Broglie : hácelo en efecto; y lo que es mejor, lo hace plan-
teando y resolviendo estas cuestiones en el terreno de su aplicación prác-
tica á las costumbres y á la constitución de las modernas sociedades. No
parece sino que previo y que previéndolos, quiso refutarlos anticipadamente,
todos y cada uno de los cargos que otro escritor, también muy distinguido
de nuestra España, el señor don Rafael María Baralt, le dirige, bajo una
forma hipotética, en el discurso que, con motivo de su reciente ingreso en
la Academia, ha' consagrado á la memoria de DONOSO , cuyo puesto here-
daba en aquel instituto.


En honra del señor de Broglie y del señor Baralt, conviene apresurarse á
decir que uno y-otro están muy lejos de pertenecer á los que DONOSO tenia
por enemigos ó por despreciadores; sobre todo, el segundo ha tributado
con noble franqueza á la memoria del que fué su amigo el homenaje de
respeto y de admiración, que era de esperar en persona de calidades tan
relevantes. Esta declaración que se debe de justicia al señor Baralt, sírvale
también como testimonio de gratitud por la recta intención, por él afec-
tuoso sentimiento con que ha derramado flores sobre una tumba doble-
mente sagrada para españoles y cristianos. Sin embargo, los fueros de la
imparcialidad le han obligado á poner ciertas espinas entre estas flores,
abriendo, contra las doctrinas en general de DONOSO , y en particular con-
tra las contenidas en el ENSATO, un proceso, que , tal como viene sumariado
en las hipótesis del señor Baralt, si elevadaá plenario, se entregase á un
tribunal de racionalistas y de parlamentarios, seria ciertamente fallado en
pro del señor Baralt, y en contra del señor DONOSO.


En concepto del que estas líneas escribe, la mayor parte de los cargos
dignos de refutación que se han formado contra las doctrinas y opiniones
del marques de Valdegamas, tienen por origen común una preocupa-
ción de escuela, alimentada por dos errores de hecho. Consiste la preocu-
pación de escuela en dos puntos principales; uno, en no haber percibido
acaso en toda su extensión, ó con toda claridad los límites naturales y ab-
solutos de la razón humana; ni la manera en que la doctrina católica viene
á limitar, bajo una forma concreta, esta misma razón, proponiéndola por
una parte, misterios absolutamente superiores á su natural alcanze, y por
otra, enseñándola el auxilio sobrenatural de que necesita aun para lo que es
de su natural competencia : en resumen, consiste este punto de aquella
preocupación de escuela en cierta especie de recelo contra la secreta in-
fluencia de la gracia, y en cierta especie de amorosa inclinación á defender
mas de lo justo los fueros de la naturaleza: como si la doctrina católica no
tuviera precisamente por base el reconocimiento y la perpetua consolida-
ción de la armonía que Dios mismo ha puesto entre la libertad de la natu-
raleza, y la solicitación de la gracia. Consiste el otro punto de la preocupa-
ción en no haberse quizás parado bastante á examinar el lado por donde




L X X X


verdaderamente peca la razón de los racionalistas : no está el error de los
racionalistas, ¿ni quién pudiera decir tal blasfemia y tal absurdo? en supo-
ner aptitud natural en la razón para percibir el orden común de verdades
naturales, que son patrimonio de la humanidad; pues tanto valdría negár-
sela para aprender las verdades sobrenaturales que la religión la propone:
no está tampoco en suponer y afirmar su natural competencia para deducir
de las verdades primarias del orden natural otras verdades secundarias;, pues
si así no fuera, habría que negar también su natural competencia para per-
cibirlas conveniencias, ya que no le esposible el sentido íntimo, de las verda-
des sobrenaturales que la Iglesia la propone. La gracia es un auxilio cabalmente
aplicable ala naturaleza; es decir, para ella, como madre amorosa, no contra
ella, como enemiga sañuda, aunque sí, sobre ella ,• como saludable freno,
como suave estímulo, como auxilio secretísimo y misterioso. Siendo esto
así, no consiste el error que buscamos en suponer que, siendo obra de
Dios lo mismo la gracia que la naturaleza, forzosamente ha dé habeiwpuesto
Dios entre ambas una ley de armonía que las haga, si así puede decirse,
mutuamente comunicables; pues esto y no mas es lo que enseña la doc-
trina cristiana, cuando nos ordena pedir con la libertad de la naturaleza
el auxilio de la gracia; y cuando nos promete que jamás el auxilio de la
gracia dejará de acudir al digno llamamiento de la libre naturaleza. El
error de todas las escuelas racionalistas, según las dosis de orgullo de cada
una, está en suponer, ó que ng existe tal gracia; que no hay mas que na-
turaleza ; ó que existe como una especie de plus, que la vanidad filosófica
puede ó no tomar á buena cuenta; solo necesaria para las inteligencias tan
incultas y rudas que si Dios no se la enseña, jamás verán ni un rayo de
verdad; pero no rigorosamente indispensable para la razón ilustrada del
filósofo, que puede, progresando, y progresando llegar en alas de la per-
fectibilidad humana á ver los resplandores de la verdad absoluta.


La lucha, pues, no viene planteada, ni puede lealmente plantearse en-
tre los racionalistas, por un lado, para quienes la razón lo es todo, pues
que fuera de la razón no hay nada; y los fatalistas místicos pop otro, para
quienes la razón es nada, porque todo lo que hay, está fuera de ella. No,
no es esta la cuestión que puede plantearse, tratándose de DONOSO : la
cuestión es entre la razón de los racionalistas, y la razón de los católicos ;
entre la razón católica, que partiendo á un tiempo mismo de las verdades
reveladas ó sobrenaturales, y de las verdades evidentes del orden natural,
se cree competente, y obra en consecuencia, para demostrar con auxilio
de las segundas la conveniencia y el enlaze de las primeras, á las cuales en
todo caso reconoce como superiores: y la razón filosófica, que partiendo
directa y primariamente de sí misma, se declara competente para inquirir
la esencia de todos los órdenes de verdades, ó se digna cuando mas dar á
las reveladas y sobrenaturales un segundo lugar, en calidad de confirma-




T.XXXI


doras ó comprobantes de sus elucubraciones filosóficas. La razón católica
esluz.de luz : la razón filosófica pretende ser luz universal, absoluta y
primaria : aquella se considera como los ojos que ven lo que el Deus abs-
condüus ha querido mostrarla; esta se reputa como el minero infatigable,
que sondando puede, sin extraño auxilio y por su propia energía, sacar
todas las verdades, de todos los abismos: la primera se postra, y postrán-
dose , vive, crece y se. eleva; la segunda se adora á sí misma; y adorán-
dose, se envilece, se deprime y muere.


. La razón de DONOSO no es mas ni menos que la razón católica : ¿por-
qué , pues, se le combate bajo el supuesto gratuito de que condena en
absoluto á la razón? El ser antiracionalista no arguye profesar un fatalismo
que la Iglesia tiene condenado con tremendos anatemas; así como el ser
racionalüta no significa, en verdad, que se haga de la razón el uso pru-
dente y limitado que impone la razón misma, de acuerdo en este punto
como en todos, con las enseñanzas de la Iglesia.


Estas mismas preocupaciones de escuela, que acabamos de señalar,
son, sin duda, la causa de los dos errores de hecho, que, en nuestra opi-
nión se cometen, al suponer que DONOSO ha elevado nada menos que á la-
categoría de sistema político lo que, en la vulgar acepción, se entiende
por teocracia; y que ha preconizado el absolutismo de los reyes. Tratemos
de esplicarnos. ¿ Se entiende por teocracia, como los autores de aquellas
suposicioues parecen entenderlo,—«el gobierno directo y personal de Dios
ejercido por medio de sus ministros delegados, los sacerdotes y los reyes;
absolutos?»—Pues no es esta la teocracia que ha defendido DONOSO. Ver-
dad es que incídentalmente, y, como para comprobar la sagacidad y fuerza
con que la ciencia de Dios aguza y dilata el ingenio del que la posee,
dice en el capítulo Yin-del libro 2." de su Ensayo estas palabras : — «Si
»el género humano no estuviera condenado irremisiblemente á ver las
«cosas del revés, escogería por consejeros, entre la generalidad de los
«hombres á los teólogos; entre los teólogos, á los místicos, y entre los
«místicos á los que han vivido .una vida mas apartada de los negocios y
del mundo.» — Pero estas palabras no tienen, ni pueden tener el sentido
restricto y limitado en que se necesita tomarlas para hacer buenas aquellas
suposiciones : figuran, donde están colocadas, mas bien como una antíte-
sis que explica y completa pensamientos anteriores; mas bien eom.8 una
comprobación, según queda dicho, de la excelencia de k teología y de la
fuerza fecundante de las virtudes-cristianas, que como proposición, directa
y deducción lógica de un sistema político : el sentido verdadero de aque-
llas palabras y la recta aplicación de la idea que las inspira, deben buscarse
no en una proposición aislada, incidental,' como es aquella; sino en el espí-
ritu general de Ja obra á que pertenece; viendo cómo se enlaza con otras
proposiciones anteriores y subsiguientes. Haciéndolo asi, Se caerá en la


TOMO I. F




LXXXI I


cuenta de que la teocracia preconizada por DONOSO no es el gobierno ne-
cesario , personal y directo, ejercido por los sacerdotes en concepto de de-
delegados de Dios para regir las cosas terrenas, sino el gobierno y la direc-
ción de las sociedades bajo el influjo de la doctrina de la Iglesia, y con arreglo
al ejemplar, inimitable porque no es humano, de sus leyes constitutivas y
orgánicas; la penetración de su espíritu en las ideas-, en las costumbres, en
las leyes de los pueblos; la aceptación de sus explicaciones en lo que res-
pecta al orden uníversaly al orden humano; la adopción de sus máximas
en lo que respecta al orden social; la imitación de su ordenada gerarquía
en lo que respecta al orden político. Esta es, y no otra, la teocracia que
DONOSO ha expuesto, ha preconizada y ha defendido en toda su obra, y mas
especial y directamente en los dos capítulos—«de la sociedad bajo el impe-
rio déla teología católica» y <¡ de la sociedad bajo el imperio de la Iglesia
eatólica» T — y esta es, y no otra, la teocracia que ya mas deliberadamente,
pues que trata de responder á un cargo directo, explica en su citada polé-
mica con Mr. de Broglie.


No siendo público aun-este, escrito, ningún Cargo puede hacerse con él
. á los autores de las suposiciones que vamos combatiendo; pero no pueden
ser absueltos del mismo modo respecto al segundo de loS errores de hecho,
que en nuestra opinión cometen, cuando declaran á DONOSO partidario, y
aun apóstol del absolutismo. No hay semejante cosa, y hay en cambio un
célebre documento público que contradice esta declaración; la carta es-
crita por DONOSO en abril de 1832, y publicada el mismo mes por la ESPAÑA,
en respuesta á ciertas menciones caritativas que de sus escritos y persona
habia hecho el HERALDO. En aquella carta se "encuentra el párrafo siguiente:
«¿Qué eres, pues, se me'dirá, sino estás por la discusión, DE LA MANERA
»(nota berie) EN QUE ES ENTENDIDA POR LAS SOCIEDADES MODERNAS, y sino eres
»ni liberal, ni racionalista, ni parlamentario? ¿Eres absolutista por ventura?
D—Yo sería absolutista, si el absolutismo fuera la contradicción radical de
»todas estas cosas; pero la historia me enseña que hay absolutismos racio-
nalistas, y aun hasta cierto punto liberales y discutidores; y que hay par-
lamentos absolutos. El absolutismo es, pues, cuando mas, contradictorio
»en la forma; no es, empero, contradictorio en la esencia de las doctrinas
«que han llegado á ser famosas por la grandeza de sus estragos. El absolutis-


'«ríio'nolas contradice; porque no cabe contradicción entre cosas de dife-
rente naturaleza : él es una forma, y nada mas que una forma': ¿dónde hay
t absurdo mayor que buscar en una forma la contradicción radical de una doc-
»trina, ó en una doctrina la contradicción radical de una formal El catoli-
»cismó solo es la doctrina contradictoria de la doctrina que combato. Dad la
•» forma que queráis á la doctrina católica; y apesar de la forma que la deis,
»todo será cambiado en un punto, y veréis renovada la faz-de la tierra. »—
Pocos dias después, en otra carta escrita con motivo de las polémicas que




LXXXIU


habia suscitado la anterior, decia DONOSO: «Esla tercera (equivocación de
«sus contrincantes) suponer que soy adversario, del Parlamento, porque
»lo soy del parlamentarismo. El parlamentarismo es una doctrina falsa, la
«cual nada tiene que ver con el Parlamento, que es una forma indiferen-
t e : yo he combatido doctrinas; no he combatido formas. Si fuera enemigo
»del Parlamento, como lo soy del parlamentarismo, no dejaría esta decla-
mación al cuidado de mis comentadores benévolos. Nadie ignora que á mí
•no me arredra ninguna declaración de [principios, y que tengo el valor
•de mis opiniones.»—Ahora bien: ó para los censores de DONOSO que va-
mos combatiendo, el absolutismo no significa lo que entiende DONOSO por
esta forma; ó , s¡ lo significa, no han podido, ni hipotética, ni afirmativa-
mente, ni de modo ninguno, suponer que DONOSO preconizaba como siste-
ma político el absolutismo-. De esto se tendrá convicción aun mas profunda,
cuando se conozca el citado artíeulo de polémica con Mr. de Broglie, en
el cual y sustancialmente se contienen las ideas que acaban de ser ex-
puestas.


Si en esta refutación nos hemos estendido mas de lo conveniente
acaso, dígnese el benévolo lector considerar la importancia de la cues-
tión en sí misma; la alta justicia con que merecen ser refutados algunos
de aquellos censores, que son muy respetables: téngase ademas en cuenta,
que al refutarlos hemos indirectamente respondido en común á todos los
cargos que el vulgo de gentes, mucho menos respetables délo que son aque-
llos, dirige, y dirigirá aun largo tiempo, contra doctrinas cuya responsabi-
lidad, mas que de DONOSO que las profesa, es de la sagrada escuela donde
él las ha aprendido: considérese que hay muchos partidos, y muchos hom-
bres, engañados los unos, interesados los otros en truncar el sentido de las
palabras, y en alterar los límites dp las ideas, para presentar á la doctrina
católica como una bárbara superstición, depresiva de la razón humana en
el orden filosófico; enemiga de todo género de progreso en la vida esterna
de las sociedades; patrocinadora de todas las tiranías, en el orden político;
considérese, en fin, cuánto importa á la sagrada causa de la Iglesia de Je-
sucristo demostrar con uno. y otro raciocinio, con una y otra prueba his-
tórica , que fuera de ella no ha habido, no hay, ni puede haber guia se-
gura para la razón, ni cimiento sólidopara la ciencia, ni verdadera libertad
para los pueblos : que solo en ella y por ella son alguna cosa real y comu-
nicable el progreso de la saciedad y la perfectibilidad del hombre, palabras
cuyo sentido, brutalmente desquiciada por la razan filosófica, tanto quiere
decir para muchos como, deificación del género humano, • supresión de la
Providencia, y absoluto imperio de las mas desenfrenadas pasiones.


DONOSO veia con gran perspicuidad los errores que están en posesión
del mundo, para que quisiera contrastarlos con los que han dominado en
otros tiempos : estos hábiles sorteos, estas maniobras encaminadas á ncu-




I.XXX1V


t ral ¡zar un mal con otro, de que tanto se precia el empirismo ecléctico,
no son planta que crece en las alturas. Las inteligencias nutridas con la
enseñanza católica, por lo mismo que poseen grande energía sintética
para abrazar el conjunto y comprender la identidad de todos los errores,
saben medirlos á todos con el mismo nivel, y condenarlos con una con-


denación común. Nuestro filósofo, que tan plenamente manifiesta veia en
sí mismo esta verdad r mereció de la divina asistencia, cuando yá se acer-
caba el término de sus dias, una ocasión solemne en que hacerla para los
demás tan manifiesta como era para sí mismo. Invitado por una-augusta y
sagrada mágestad á investigar la común raiz de los mas graves errores
acreditados hoy en el mundo, dirigió en "Consecuencia á un ilustre Prelado
de la Iglesia Romana uh extenso informe que, siendo el de mas reciente
fecha entre sus escritos inéditos, puede ser juzgado como el último término
de la extensión que alcanzó-su inteligencia, y Como última muestra de la
fé vigorosa que ardiaen su corazón cristiano. Resumen conciso pero com-
pleto de todas las formas que ha tomado el espíritu del mal, encarnándose,
por decirlo así, en las varias sectas del moderno racionalismo; clasifica-
ción tan ordenada como comprensiva de todos los errores fundamentales
contra las doctrinas católicas, enseñados en estos-últimos tiempos; estadís-
tica perfecta de todas las fórmulas que, como otros tantos emblemas, son
hoy el verbo creado por una filosofiia satánica, resume aquel escrito las
muestras typieas mas acabadas que pudieran desearse de todas las faculta-
des intelectuales, de todos los afectos constitutivos, de todas las calidades
artísticas de DONOSO : exactitud en,el análisis; claridad en la exposición;
amplitud en la síntesis : no hay una sola familia de errores teológicos,
morales, políticos, que se escape á su perspicacia, ni que pueda ocultará su
penetración el flanco por donde han de .ser combatidos; y á su intuición
el vínculo que entre sí los enlaza : todos acuden á su .voz para comparecer
ante él como reos; y él á todos los juzga en sumario-, y los condena en
justicia, como juez que falla con arreglo á uta código infalible, y que ha
registrado el proceso con ojos alumbrados por la fé que todo lo ilumina.
Para que nada falte en este escrito, también hay allí la exuberancia ác,
estilo, la pompa de locuciones, y hasta la incorrección de lenguaje, que
no lograron, del iodo corregir IQS esfuerzos constantes y hasta penosos que
hizo para conseguirlo en los últimos años de su vida.


Si se considera que este escrito, de éstas condiciones, fué elaborado
pocos meses antes de que su autor muriese, con harta razón pueden apli-
cársele palabras dichas por él mismo en la primera obra que dio á la luz
pública: el cristiano, el filósofo, el poeta, que vivían en DONOSO librándose
un perpetuo combate, mientras hizoá su sola razón juez único del campo;
cuando llamados por Dios á reconciliarse entre sí, hicieron paces ante las
aras de la Iglesia Católica, todo en ellos empezó á ser armonía : y cuando




txxxv


se acercó el hora de soltarse sus vínculos terrenos, aquella alma grande
«desplegó toda sti energía, como el cisne que no desata sino sobre su se-
»pulcro todo el raudal de su canto,' ó como la lámpara que brilla mas en
»el momento en que se extingue.»


La actividad de su vida habia sido devoradora : atleta vigoroso ¿ había
luchado consigo mismo , mucho mas qué con el mundo : centuplicada su
fuerza con el ejercicio, amaestrada con la experiencia., estimulada por la
esperanza del triunfo., había, en fin, logrado la mayor victoria. Pero no
impunemente se sostiene ese largo y fatigoso combate : ó el vigor decrece
paulatinamente con el repaso, si la naturaleza es flaca; ó si la naturaleza
es fuerte , como era la de DONOSO , estalla súbitamente y se extingue como
herida por el rayo. Para que todo fuera lógico en su vida física, como en
su vida moral, murió de una enfermedad del corazón; tan súbita, que
apenas tuvo tiempode verla llegar, y tan. violenta, que en un mesie quitó la
vida. Atacado por ella en los primeros días de abril de 1853, solo enton-
ces empezó á temer como oereaüO; el término de sus dias, si bien la tris-
teza profundísima que á deshora habia embargado su ánimo desde algunos,
meses antes, hacen sospechar si tuvo algún vago presentimiento. Su pala-
bra de ordinario fatídica y vibrante, era , en estos últimos tiempos , dulce
y melancólica : todas sus cartas de esta fecha respiran una tristeza, y co-
mo un cansancio de la vida, que eran sin duda ya síntomas precursores
de su cercana muerte. Parece seguro, cuando menos, que estaba ya re-
suelto á dejar el mundo para consagrarse únicamente y para siempre á Dios.
Sin embargo de que la regia munificencia acababa de honrarle con dos altas
mercedes, dándole la gran cruz de Carlos III, y nombrándole Senador del
Reino, fueron muy reiteradas sus instancias al gobierno > para que lerelér
vase del elevado cargo que en París desempeñabay y que sin procurar goze
alguno ala vanidad, le estorbaba para ejercer su caridad tan ardiente como
activa, y para entregarse de lleno á la práctica de su devoción sincera y no
menos ardiente. La historia de su caridad la saben los pobres: contar sus
pormenores, seria profanarla : Dios también la sabia, pues que le otorgaba
tantos consuelos. La historia de sus ejercicios devotos es demasiado bella
para entregarla al escarnió de las gentes mundanas : sábenla los sacer-
dotes y personas piadosas, con quienes incesantemente conversaba : sá-
benla los que le asistían de cerca, y los que presenciaban toda su vida: dí-
cenla los testimonios secretos que su muerte ha hecho manifiestos para su
familia y sus amigos: pregónanla, en fin T sus escritos y sus obras; y con-
fírmala, mas que todo esto, la historia de su muerte.


Para contar esta última historia, no tiene el que escribe la fuerza pro-
pia, ni la calma necesaria: necesita dejar hablar á otros, y escoge á los que
la cuentan mejor, porque habiendo amado mucho á DONOSO, le vieron mo-
rir, y saben ei precio infinito, que como enseñanza y como ejemplo, tiene.




L X X X V 1


la muerte de uu cristiano. Mr. de Bois-le-Gonte. decia á una ilustre señora
en carta que ya ha sido publicada : ,


«Inútil creo decir, sobre todo , á Vos, señora, que tan bien sabíais
«comprenderle y apreciarle, la disposición de ánimo en que ha muerto
«DONOSO COKTKS.—Ocho dias antes de su muerte , conversando con el se-
«ñor R....—«Estoy tranquilo, le decia, porque me veo en brazos de quien
«me veo,»—y le mostraba su Crucifijo. Habia comulgado tres veces durante
«su enfermedad : ayer (el 3 de mayo), á esa de las tres déla tarde , ha-
«biendo sufrido una congoja, que le hizo padecer mucha, dijo:—«Llegó
»el momento : que avisen á la parroquia. «—Mientras se cumplía su deseo.
»se puso á encomendarse á Dios, á la Santísima Virgen y á los santos de
»su devoción con un-fervor, una fé, una serenidad, que conmovió pro-
»fundamente á la hermana de caridad que le asistía» y que ha visto mo-
»rir a tantas otras personasi-r-Cuando llegó el párroco, estuvo con él á
«solas unos momentos, y haciendo en seguida qué entrase todo el mundo,
«recibió el santo óleo, respondiendo en latin*y con acento seguro á todos
«los versículos de los salmos.—Los señores Hubner, de Hatzfeld, de Brig-
»ñole y madama Thaer, que le han visto en sus últimos momentos, sa-
»lieron de su cuarto verdaderamente maravillados. Algunos dias antes
«habia dicho á la hermana que le asistía:—«Si Dios me concede vida,
«procuraré demostrar á Vd. mejor que.ahora lo hago por palabras, cuánto
«le agradezco su solícita asistencia.... Si muera, espero en Dios que aun
»seré á Vd. mucho mas útil.»—Cuando la hermana vio que se le acababa
»la vida, se arrodilló á su cabecera, y le dijo:—Acordaos de mí.—Hizo un
«signo afirmativo con la cabeza, y volvió á sus oraciones, que minutos
«después interrumpió la muerte.... »


La gratitud como español, y la confraternidad como cristiano, mandan
recordar aqui el tierno y elocuente panegírico que consagró á DONOSO uno
de sus mas ilustres y afectuosos amigos, Mr. Louis Veuillot, director del
UNIVERS. La misma gratitud y la misma confraternidad mandan mencionar
el bello tributo de su talento y de su corazón que á nuestro llorado amigo
rindió el señor conde de Montalembert en el artículo ya conocido por el
público español, y del cual tomamos, para terminar nuestra tarea, los pár-
rafos siguientes:


»Lo que mas me admira, nos decia lahermanaque recibió su último sus-
»piro, lo que yo no he visto en nadie sino en él, es que jamás hablaba mal
«de nadie.» Amando así á sus semejantes ¿cómo debería amar á su Dios?
«La misma hermana decia: «Jamás pasa cinco minutos sin pensar en Dios;
»y cuando habla, sus palabras penetran en el corazón, como flechas.»


«Al anunciarle que el emperador enviaba un ayudante de campo para
«mostrarle su afectuoso interés, dio gracias con un movimiento de cabeza;
»y volviendo su mirada dulce y profunda hacia la imagen de Jesucristo He-




LXXXVI t


«vanelo la cruz, que pendia de la cabecera de su cama:—«Que este, dijo,
«se interesé por mi, es lo que me importa.»


«La sincera y perfecta humildad de que estaba poseído, se revelaba á
«cada instante, y se confundía en todo su ser con la mas cristiana pacien-
«cia. Un dia, el piadoso y sabio médico que luchaba en vano contra el mal
«gradualmente vencedor, decia á la hermana: —«¡Cuidáis de un enfermo
«como no suele haberlos: es un verdadero santo!»


«DONOSO que lo oyó, exclamó, incorporándose en la cama, con una ve-
«hemencia inusitada.— «Monsieur Cruveilhier, con tales ideas me quedaré
«en el purgatorio hasta et fin del mundo. Os digo que no soy un santo, sino
«el mas débil de los hombres. Cuando estoy rodeado de gente constante
«en la virtud, se me juzga bien; pero si viviese con gente depravada, no
«sé qué sería de mi. > —Después, volviéndose con una mirada ardiente y
«una expresión indecible hacia su crucifijo:—«¡Vos sabéis bien,Dios mió,
«que no soy un santo!»


«La lucha dolorosa y admirable tocaba á su término. A la extraordina-
«ria y seductora vivacidad de todo su ser, habia sucedido, no el abatimiento
«de la enfermedad, sino la calma del cristiano, seguro de su rumbo y de
«su Dios. Esta calma fué, hasta el fin, el distintivo de su figura y de sus
«palabras. No la interrumpía mas que para dar rienda á su devoción. Mez-
»ciaba á sus oraciones en francés y en latin estas expresivas esclamacio-
«nes de la piedad española— ¡ Jesús de mi alma! ¡ Dios de mi corazón!— Hé
«aquí sus últimas palabras, las últimas al menos que se pudieron oir: —
«Dios mió! yo soy vuesta criatura; vos habéis dicho; yo atraeré todo hacia
«mí. Atraedme, recibidme.»-—Asi murió la tarde del 3 de mayo de 1855,
«antes de haber cumplido los cuarenta-y cuatro años de edad.»


«Todos recuerdan la consternación que esta fúnebre nueva esparció en
«París, y que en breve se propagó á los estremos del mundo católico. Y
¡>no fueron solo'los católicos los que se sintieron heridos por el dolor. Ha-
»bia sabido conquistarse en todas parles amigos : atraía involuntariamente
«hacia sí á los que parecían mas naturalmente lejanos de él, cautivaba á
«los mismos á quienes no trataba de convencer. Fué llorado por ojos no
«acostumbrados á las lágrimas


«Sus exequias ofrecieron un espectáculo edificante y curioso, mas edi-
»ficante que las que contemplamos de ordinario; y curioso, porque en él
«se reflejaba una viva imagen de la acción ejercida por este estranjero,
«amado por todas las clases de nuestra sociedad. Allí se veia á los mas ilus-
tres servidores de las dos monarquías vencidas y proscritas, marchando
«detrás de los grandes del régimen actual. Dos mundos diversos y contra-
arios se reunian por la primera vez en derredor de esta tumba que la relí-
«gion honraba con su duelo, y que iluminaba con sus infalibles esperanzas.»


Es verdad: la prensa toda de París, y luego la de Francia, y luego la de




I .XXXVIU


Europa tuvieron, para lamentar la muerte de Donoso, un lenguage desusa-
do en ocasiones análogas, y que era mucho mas de lo que la fraseología
común en estos casos suele aplicar con ceremoniosa y helada monotonia á
las personas de viso que mueren. Todavía son muchas las gentes piadosas,
y algunas muy ilustres, que acudená pedir áDios el eterno descanso para
DONOSO , sobre la losa que cubrió temporalmente su cuerpo en la parroquia
de Saint-Philippe du Roule. Todavía, el piadoso é ilustrado sacerdote,
que acompañó sus restos hasta Madrid, mezcla, y mezclará mientras viva,
en sus oraciones el nombre, para él tan querido, de aquel á quien vio ser
providencia de los pobres, y siervo de la Cruz. Masdeunavez los prelados
del mundo católicole llaman como autoridad'en auxilio de su apostolado, y
mencionan solemnemente su muerte como ejemplo digno de eterna recor-
dación. No pasa apenas dia, sin que algún publicista distinguido le cite
como apoyo de sus propias opiniones, ó como auxilio de su propia autori-
dad. Su palabra que tuvo siempre, mientras vivió, el raro privilegio de
hallar refutaciones ó aplauso en las inteligencias activas, de remover y de
sacudir á las perezosas, de ser entregada al comento de los unos, á la ad-
miración de los otros, á los sarcasmos de varios, á la indiferencia de nin-
guno; esa palabra va estendiéndose y reproduciéndose cada vez con mayor
fuerza, como ecos repetidos de un acento que no muere.


Sus restos mortales, ahí están esperando que_ al fúnebre triunfo con
que lá piedad y el patriotismo los mandaron trasladar desde París á nues-
tra corte, se siga, por decoro de España y en cumplimiento del regio man-
dato, la erección de un túmulo, que; siquiera pobre y sencillo, recuerde á
Jas edades futuras el nombre español mas celebrado en estos últimos tiem-
pos por los sabios de la Europa, yuno de los mas caros á los católicos de
todo el mundo, que esperan en Dios se habrá dignado recibir en el seno
de su gloria al que fué en la tierra tan elocuente testimonio de su Miseri-
cordia y de su Justicia.


Madrid, 14 de marzo de 1854.


GAVIIÍO TEJADO.




OBRAS


D. JUAN DONOSO CORTES.






DEL


COLEGIO D E HUMANIDADES D E C Á C E R E S ,


EN OCTUBRE DE 1829.


SEÑORES:


ESTABLECIDO ya en fin, por un decreto de nuestro augusto Soberano,
este Colegio, su catedrático de Humanidades va á dirigiros la pala-


bra. Otros mas dignos de ceñirse con las palmas de Cicerón ó con el


laurel de Homero , harían un brillante elogio de las ciencias; y , s i -


guiendo su marcha progresiva en todas sus ramificaciones, presen-


tarían á vuestra vista el cuadro grandioso de las formas y propiedades


de nuestro entendimiento , desenvueltas en su discurso con todo el


brillo de la elocuencia y el halago de la poesía, y analizadas con la


exactitud matemática de un observador profundo. Y o , empero r á


quien no se ha concedido un talento colosal ni una erudición i n -


mensa, me contentaré con presentaros algunas observaciones sobre


el carácter que distingue la moderna de la antigua civilización;
TOMO I. 1




siguiendo después la marcha de los siglos desde el renacimiento de


las luces, los compararé entre s í , y todos con el x ix en que nace


este colegio. Vosotros veréis que él debe ser el siglo de la razón y


de la filosofía : y dando finalmente una rápida ojeada sobre la p r o -


vincia de Estremadura, os la presentaré como la mas privilegiada


por la naturaleza, y la mas dispuesta á serlo por la ilustración. En


vano buscareis en mí razones ni pensamientos profundos, ni formas


elocuentes; pero los acentos que van á despedirse de mi labio,


serán puros como mi corazón, y sencillos como la verdad y la na-


turaleza. Habiendo de recorrer, aunque rápidamente, la marcha del


espíritu humano en sus revoluciones, desde el momento en que, en


medio de la oscuridad de los siglos bárbaros, apareció como un faro


brillante en medio de la oscuridad de los mares la antorcha de la


filosofía, me es imposible dejar de considerar por un momento


aquella revolución espantosa, por la cual, conmovidos los cimientos


vacilantes del imperio Romano , y derruidos al fin, se vio la Europa


toda sumergida en el espantoso letargo y muda degradación que


por tan largo tiempo la oprimieron.


Las naciones, cuando aun no se ha establecido en ellas el sistema


de equilibrio que existe en la Europa desde el siglo x v i , no pueden


conservar su existencia política por la sola razón de sus legisladores;


porque no pudiendo conservarse sin destruir á las que atacan su


existencia; y no pudiendo destruirlas sin una fuerza impulsiva, que


no presta la razón; esta no es bastante para servirlas de apoyo con-


tra el choque violento de las que son impelidas ó por grandes vir-


tudes ó por pasiones elevadas. Entonces, para repeler su fuerza, es


necesaria otra fuerza, que solo puede dar el entusiasmo. Este nace, en


los pueblos bárbaros, del deseo de satisfacer su venganza ó sus n e -


cesidades ; en las repúblicas, del amor de la patria; y en las monar-


quías, de la emulación que escita el esplendor del trono en las clases


elevadas. El primero fue el que condujo á los bárbaros del Norte á


las puertas de la envilecida Roma : el segundo el que inflamaba al


pueblo generoso de la Grecia en Maratón y Salamina para coronarse


con las palmas de la inmortalidad y de la g lor ia ; y al último escu-


charon los valientes campeones de Carlos XII y de Gustavo cuando




— 3 —


derramaban su sangre como buenos por el honor de sus m o -


narcas.


Tended la vista sobre el pueblo romano en los últimos tiempos


de su criminal existencia : en vano le buscareis magnánimo y gene -


roso, aprestándose á la lid coronado dé gloria y de heroismo : solo


le encontrareis abrumado de delitos y adormecido en sus deleites :


ya ha perdido su entusiasmo; y con su entusiasmo, sus virtudes: sus


acentos de gloria y de virtud se han trocado en acentos de adula-


ción y de mentira. Necesitado de hombres grandes, ha recibido en


su lugar todos los dioses de las naciones subyugadas; y con todos


sus dioses, todos sus delitos. Demasiado orgulloso en medio de su


pequenez para ser gobernado por hombres, ha colocado á los que


le gobiernan en el número de sus divinidades; pero ¡ emperadores


de un pueblo envilecido! no os libertaron, no, del sangriento puñal


de los feroces pretorianos ni vuestra divinidad, ni sus adoraciones.


Si existe todavía ese pueblo , cuya protección envidiarán los reyes


abatidos, es porque el nombre de la ciudad de los Emilios y Escipio-


nes vela por la conservación de la ciudad de los Calígulas y los T i -


berios : es porque el genio de la antigua Roma sentado como un


fantasma aterrador sobre los límites de su imperio , le da un aire


aparente de grandeza, cubriéndole con sus alas protectoras. Los


bárbaros se avanzan, y retroceden espantados á su aspecto : vue l -


ven á avanzarse: el gigante titubea : ellos se precipitan en su s e -


no . . . . . ¡ Coloso de las naciones, ya no existes! Y el primer rayo de


la aurora que miró tu destrucción, miró vengado al mundo de tus


crímenes. Tú has pasado : pero como un cometa espantoso que, sa -


liendo de su órbita, precipita en su ruina los globos que le rodean, tú


precipitaste en tu ruina la Europa que oprimieras con tu peso. Las


ciencias y las artes, dando un gemido, huyeron de tu seno desgarra-


do : el genio que presidió á tus victorias, ve ló su frente con sus


alas, por no mirar tu destrucción, y en la ciudad de Rómulo, aban-


donada de sus dioses tutelares, ó solo se escucha el acento de algún


bárbaro, ó solo reina el silencio de la tumba. Cuando considero la


manera como están enlazadas todas las revoluciones de la Europa


moderna con la que destruyó el imperio Romano, yo no sé si este




— 4 —


pueblo presenta un espectáculo mas grande agoviado de trofeos, ó


sepultado en sus ruinas.


En esta revolución concluyen las edades pasadas, y nacen las


presentes : los siglos bárbaros no han sido nulos para la civilización,


que sin ellos no hubiera existido jamás : el íilósofo no los considera


sino como el gran eslabón de la cadena del espíritu humano, que une


la civilización antigua que perece, con la civilización moderna que


nace : la verdad y el error , el envilecimiento y la virtud son impe-


lidos por una fuerza irresistible á un punto donde necesariamente se


tocan. En este momento de crisis, todas las relaciones morales se


confunden; lodos los sentimientos se pervierten; y al caos de-la na-


turaleza , sucede el caos de la sociedad. Tal es el espectáculo que


presenta el imperio Romano á los ojos de un hombre observador.


Tal es el estado fatal, de que ni sus triunfos ni su grandeza le pudie-


ron defender.


Cuando las naciones han llegado á este punto de envilecimiento,


es necesario que una revolución espantosa haga retroceder al hom-


bre al seno de la naturaleza, para que purificado de los crímenes


que le afeaban, vuelva á seguir la carrera que la Providencia le ha


marcado, ceñido de la luz mas brillante y de la mas pura virtud :


así el sol, después de iluminar el horizonte, se sepulta en los mares;


y bañándose en sus ondas, sale vestido de luz en #1 Oriente, mas


radiante que primero. La revolución que precipitó al imperio R o -


mano en su ruina, ha sido necesaria para los progresos de la socie-


dad. La barbarie suspendió por algunos momentos la marcha del


saber; pero la existencia de un pueblo envilecido la hubiera sofo-


cado para siempre.


Y o voy á echar una ojeada sobre estos siglos de barbarie,


porque en ellos se ha formado el carácter de nuestra filosofía y


de nuestra literatura : y no nos avergonzemos, señores, de decirlo;


los bárbaros del Norte han sido nuestros padres.


Luego que hubieron destrozado el imperio de Occidente, se


derramaron por la Europa desgarrada; y asentando en sus con -


quistas su espantoso señorío, oprimieron con la mas horrorosa es-


clavitud las mismas provincias que habían anegado con su sangre.




Las naciones de Europa, no dirigidas ya por una sola cabeza, dejaron


de marchar de un modo constante y permanente : y dominadas por


señores sin relaciones entre s í , dejaron de tenerlas también; y se


vieron sumergidas en un cadavérico letargo. Tan ignoradas unas de


otras como del resto de la naturaleza, solo se conocían á sí mismas


como individuos : así la planta salvaje que crece en el desierto, es


solo conocida de la arena que la sostiene y del viento que la sacude.


Este es el cuadro que presenta la Europa oprimida por sos bárbaros


conquistadores.


Tended la vista por el gobierno interior de estas naciones sub-


yugadas. Lanzados los bárbaros del Norte del seno de la naturaleza


al seno de la sociedad, no por la marcha progresiva de los siglos,


sino por el ímpetu violento de las revoluciones, unieron las maneras


de la civilización con el carácter de la barbarie; y se v ieron, por la


única vez en la duración de los tiempos, reunidos en uno el fiom-


bre de la naturaleza y el hombre de la sociedad. Tal es el monstruo


que levanta su biforme frente en medio de las densas nieblas que


separan la antigua de la moderna civilización : y como un efecto ha


de participar necesariamente de la naturaleza de su causa, veréis


cómo el sistema de gobierno establecido entonces es tan mons-


truoso como el monstruo que le concibió en su seno.


Todos los salvages son por necesidad independientes : como el


espíritu de venganza forma sú carácter, en el espíritu.de indepen-


dencia consiste su virtud. Sin mas necesidades que las físicas, y sin


mas deseos que el de satisfacerlas, no conocen la mutua depen-


dencia que existe entre las clases de los pueblos civilizados : por-


que estando esta fundada en las mutuas relaciones de los socios,


que nacen á su vez de las necesidades facticias creadas por la


misma sociedad, no pueden tener un Estado, cuyo fundamento ni


necesitan ni conocen. Un gefe los conduce á las batallas; pero con


ellas acaba su poder : sus pasiones son sus leyes : su satisfacción su


justicia; y la fuerza y la espada les aseguran la obediencia. Este es


el código que trajeron escrito con letras de fuego los bárbaros del


Norte á la desgraciada Europa. Luego que la hubieron sujetado á su


y u g o , sus gefes asentaron su cetro de hierro sobre las provincias




sujetas á su dominación : y reservándose las partes mas abundosas


de su territorio, repartieron las otras entre los gefes inferiores, se-


gún su valor ó su ferocidad. Empero su existencia era precaria : ex-


puestos de continuo al choque de los gefes de las provincias limítro-


fes; con toda la ambición necesaria para conquistar y destruir, y sin


fuerza bastante para defenderse ni para sostener sus proyectos, for-


maron la idea de reunir bajo sus estandartes los gefes inferiores,


que, independientes como lo fueran en las selvas, ni se sujetaban á


su y u g o , ni respetaban su poder : y concediéndoles el usufructo de


algunas, de las tierras que les habían cabido en suerte, pero reser-


vándose la facultad de despojarlos de ellas á JSU arbitrio, creyeron
haber adquirido bastante fuerza para mantenerlos en.su dominación.


Pero el hacha fatal que va á destruirlos, está suspendida sobre sus


cabezas : los que en un tiempo se contentaban con ser independien-


tes , "aspiran ya á mandar; y para mandar, aspiran á oprimir : los


que en un tiempo vivían desconocidos y sin mutuas relaciones, por-


que estaban sin necesidades, se reúnen en asambleas tumultuosas,


y arrancan de sus reyes la concesión de por vida de lo que les ha-


bían concedido por tiempo indeterminado : y creciendo su orgullo


con su fuerza r y cambiando sus obligaciones en derechos, los tras-


ladan también á sus dignos descendientes. Desde este momento, se


levanta el árbol monstruoso del feudalismo, que estendiendo sus


ramas funestas por la Europa aletargada, cubre con su mortífera


sombra el suelo que le sostiene, y abruma con su peso los pueblos


que le fecundizan con su sudor y con su sangre.


Esta, señores, es una de aquellas revoluciones del mundo polí-


tico , que produciendo un sacudimiento terrible en el mundo moral,


deciden por su poderosa influencia de la suerte de los hombres y del


carácter de los pueblos : una de aquellas revoluciones, que son ra-


ras en la historia del espíritu humano; porque produciendo un des-


nivel absoluto en el sistema de nuestros conocimientos, y haciendo


variar en su objeto y en su marcha nuestra facultad de conocer y de


sentir, aun cuando ellas duren un instante, sus efectos duran mu-


chos siglos. Nosotros nos resentimos todavía de esta revolución mo-


ral que sufrieron nuestros padres; y observando la diferencia entre




las ideas que produjo en el los, y. las ideas que tuvieron las otras na-


ciones en lo antiguo, veremos la distancia que existe entre la antigua


y la moderna civilización.


La Grecia, ese pais querido de las gracias, lleno de grandes


recuerdos y de elevadas virtudes, que dio la civilización y las leyes


aun á sus mismos conquistadores , y que, cuando ya no existe en el


mundo político , conserva todavía el lugar mas alto y eminente en-


tre los pueblos amantes de la civilización y de tas letras, siguió en


su carrera literaria la marcha que le habían señalado su situación y


sus necesidades. Como las artes y las ciencias, en todas sus ramifica-


ciones, están enlazadas entre sí por una cadena invisible, de modo


que señalado el carácter de una de el las, puede conocerse cual es


el carácter de todas las demás; llamaré vuestra atención sobre el


carácter de la poesía en ese pueblo brillante, siempre amado de las


gracias y mecido de ilusiones. ¡ Oh pueblo generoso de la Grecia!


¡ Pueblo querido de mi corazón! Perdona , si al considerar el laurel


eterno que te c iñe, j o no le tengo por el mas digno de ceñir ya


nuestras frentes. Perdona, si contemplando en silencio con Osian las


tumbas de sus padres, y evocando sus sagradas sombras, prefiero


sus misteriosos gemidos y sus salvages laureles al aroma de tus


flores y á los acentos de tu.lira.


El sentimiento precede al raciocinio : por eso todos los pueblos


han sido antes poetas que filósofos; pero el hombre solo siente lo


que necesita sentir, como solo conoce lo que necesita conocer. Si


echamos una ojeada por todo lo que nos rodea, observaremos que


la esencia de las cosas está cubierta con un velo impenetrable, que


el hombre intenta en vano desgarrar. Las relaciones que los ob je -


tos exteriores tienen entre s í ; las relaciones que tienen con nos-


otros, y las formas de que los revestimos, son los materiales de


todos los conocimientos humanos : y si consideráis que su progreso


está íntimamente unido con el de nuestras necesidades, no os será


difícil concebir que, siendo el conocimiento de las relaciones de los


cuerpos exteriores con nosotros el mas necesario para nuestra


existencia y nuestra conservación, ha debido ser el primero en des-


envolverse y en perfeccionarse. Por eso lia sido el primero, y aun




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el único, que se ha desenvuelto en la Grecia. De este solo principio,


al parecer estéril, pero en realidad fecundo, vais á ver cómo se


desenvuelve todo el carácter de su poesía.


Como los objetos exteriores son fijos y determinados, las sensa-


cionesque producen en nosotros, son fijas y determinadas también:


y como los sentimientos que trasladamos á los demás, son siempre


.de la misma naturaleza que los que esperimentamos, los poetas


griegos no han podido trasladar sino aquellos sentimientos determi-


nados y fijos que ellos experimentaban : y vosotros sabéis, seño-


res , que este es uno dé l o s caracteres principales de todas sus pro-


ducciones. No habiendo llegado todavía el espíritu humano á aquel


grado de madurez en que el hombre, replegándose sobre sí mismo,


se reconoce una esencia simple é inmaterial, su religión ha debido


resentirse de la falta de sus conocimientos : sus dioses han debido


ser físicos como los objetos que los rodeaban, y que solo conocían;


y como de dos fuerzas físicas, cuando se chocan-, la mayor arrastra


necesariamente á la menor, siempre que los dioses y los hombres


se pongan en contacto, los segundos serán arrastrados por la fuerza


irresistible de los primeros; y ved aquí, señores, la Fatalidad, que


es el principal carácter de su poesía. Esta debe consistir mas en


imágenes que en sentimientos entre aquellas naciones que contem-


plaron mas bien el espectáculo de los objetos que les rodeaban, que


el espectáculo del corazón : y tal es el pueblo de la Grecia. Resul-


tando el conocimiento de los caracteres de una observación cons-


tante y profunda sobre nosotros mismos, que los griegos no hicieron


porque no pudieron hacer, su poesía carece absolutamente de ellos.


Considerad al mayor de sus poetas, á ese genio inmortal que


vivirá tanto como la ilustración y como el tiempo, y que nadando


sobre las edades, parece un meteoro brillante colocado en la cima


de la Grecia para iluminarla con su esplendor, y para ceñirla con


sus laureles; ese ciego de Smirna que siete ciudades se disputan,


y que luchando con la naturaleza la arrebató todos sus matices, tino


su pincel con todos sus colores, y se vistió con toda su gala y loza-


nía , dejando á la posteridad, aun asombrada, por único patrimonio


la admiración de sus obras, y su reflejo por su única riqueza. Consi-




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aeradle, y no hallando en los caracteres que describe, ni la vacila-


ción ni la irregularidad, que siempre se encuentran en los carac-


teres de los hombres, conoceréis que, mas bien que caracteres, son


pasiones personificadas las que ha puesto en acción por medio de


sus personajes : y ved aquí cómo aun Homero es inferior á la mar-


cha constante y necesaria de las cosas. No conociendo aquellos poe -


tas sino las acciones aisladas de los hombres, y no las acciones


enlazadas entre sí y formando un sistema de que resulta su carác-


ter , la unidad de acción es la vínica que ha podido existir en su poe-


sía dramática : y como es un absurdo que una acción indivisible y


de una duración determinada por su naturaleza pueda tener efecto


en un tiempo indeterminado, la unidad de tiempo es de una necesi-


dad absoluta en todas sus composiciones : y finalmente, como una


sola acción ejecutada en el solo tiempo necesario para efectuarse,


es imposible que se ejecute en lugar diferente , la unidad de lugar


es una consecuencia necesaria de las otras unidades. Tal es el


resumen de la poética de los griegos reducida á su mas sencilla


exposición : la habéis visto nacer de un solo principio, como todo


el sistema de la naturaleza : veréis nacer también de un solo prin-


cipio el sistema de los poetas modernos, cuya exposición acompa-


ñaré con mis observaciones.


La revolución que destruyó el imperio de Occidente, sepultando á


la Europa en la barbarie, apagó con el brillo del imperio la antorcha


de la filosofía, y detuvo por largo tiempo la marcha del saber: pero


si el hombre no raciocinaba, sentía á lo menos en medio de su d e -


gradación : porque las grandes revoluciones políticas, que bastan


para detener en sus progresos la facultad de pensar, no son sufi-


cientes para detener en su marcha la facultad de sentir. Este fenó-


meno que presenta el desenvolvimiento de nuestras facultades á los


ojos del hombre observador, parecerá una quimera á los espíritus


comunes; pero no lo será para vosotros, que conocéis que el senti-


miento es una cualidad inseparable de nuestra existencia, y que el


raciocinio, á lo menos en cierto grado de perfección, es nulo sin


los auxilios de la sociedad. Las revoluciones que la combaten en


sus fundamentos, podrán arrebatarnos todas las máquinas y todos




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sus inventores, y privarnos de este modo de los métodos hallados


para conducirnos al descubrimiento de la verdad por medio de la


experiencia y de la observación ; pero mientras no nos arrebaten


todos los objetos que obran sobre nosotros, y mientras no nos arre-


baten de nosotros mismos, sentiremos , con todo, á pesar de las re-


voluciones. Y ved cómo el sentimiento, aun en la época desgraciada


sobre la que yo fijo mi atención, no siendo destruido por la barba-


rie, fue necesariamente mejorado por la" marcha de los siglos que


corrieron desde los tiempos brillantes de la Grecia hasta la época en


que ahora le considero.


Vosotros veréis cómo la situación fatal en que se hallaba la Eu-


ropa, lejos de retardar sus progresos, los aceleró considerable-


mente : y esto os hará concebir la idea consoladora que está gra-


bada en lo hondo de mi corazón, de que los grandes males que de


continuo oprimen á los hombres, no son del todo funestos para la


doliente humanidad.


Cuando el feudalismo se hubo establecido en la Europa, se es-


tendieron con él por todas partes la desolación y la miseria: los


campos dejaron de producir, negando sus frutos á manos merce-


narias ; y solitarios y yermos , solo presentaban el espectáculo de


la aridez y la tristeza al esclavo sin ventura. En vano buscareis en


este gobierno monstruoso aquella sabia conbinacion entre las cla-


ses inferiores y las clases elevadas, que siendo distinguidas por


gradaciones insensibles como entre nosotros, hacen olvidar á las


primeras todo el horror de su situación, é impide que se desenvuelva


en las segundas todo el germen de su orgul lo, ocultando á unas y


á otras la distancia que para siempre las separa : solo encontrareis


clases oprimidas y clases opresoras : un pueblo que se adormece al


son de sus gemidos, y unos barones que se solazan en el seno de la


embriaguez y las delicias. ¡ Qué revolución tan espantosa en la suerte


de los hombres! ¡ Qué sacudimiento tan universal en todo el sis-


tema de nuestras ideas, y en toda la marcha de nuestros sentimien-


tos ! El hombre de la Grecia era el hombre de la felicidad; y el de la


Europa moderna el hombre del infortunio : aquel se vio mecido pol-


la mano de las gracias, y este por la mano del dolor : la cuna del




— 11 —


primero fué regada con el néctar de sus Dioses: la cuna del segundo


humedecida con el llanto de sus padres. ¿ A qué lugares tenderás la


vista, pueblo brillante de la Grecia, que no los encuentres llenos


con tu nombre y con tu gloria ? Esos bronces que fatigaron tus ar-


tistas, esos mármoles que donde quiera se levantan ¿ qué son sino


la escuela donde aprendes tus virtudes ? ¿ qué son sino los mudos


testigos de la inmortalidad en que reposan tus mayores ? Y tú, entre-


tanto , pueblo sumergido en la barbarie,. ¿ qué mirarás al derredor


de t í , sino el suelo que consiente tu desnudez, y que alimenta á los


que te desgarran ? ¿ Qué mirará aquel sino las flores que le coronan,


y las virtudes que le cercan ? ¿ Qué mirarás tú sino los crímenes que


te manchan, y las atrocidades que te agovian ?


¿ Y qué distancia, por grande que sea, puede serlo tanto, que


iguale á la que existe entre estos dos pueblos mas separados todavía


que por la marcha de los siglos, por el influjo de las revoluciones ? ¿ Y


habrá quien sostenga entre vosotros, que sus obras deben estar mar-


cadas con un mismo carácter, cuando tanto se diferencian los hom-


bres que las producen ? No, señores; vosotros conocéis, que todo el


carácter de la poesía griega nace de que lanzado entonces el hombre


fuera de sí mismo y existiendo en todo lo que le rodeaba , todas sus


producciones han debido tener el sello de lo físico y lo estertor, que era


lo que solo conocía; pero en la época desgraciada que acabo de r e -


correr, no encontrando el hombre objetos agradables en que espaciar


su imaginación, se ha reconcentrado dentro de sí mismo, y ha contem-


plado por la vez primera el caos insondable de nuestro yo moral. Si


la Grecia consideró las relaciones de los cuerpos esteriores con nos-


otros , la Europa de los siglos bárbaros debió considerar las formas


de que les revestimos, y hacer al hombre el objeto de todas sus


producciones, como es el centro de todas sus facultades. Vosotros


vais á ver cómo de esta sola circunstancia va á desenvolverse todo


el encadenamiento de sus ideas.


Todo lo que el hombre produce cuando se contempla así mismo,


es.gravecomo él, y está sellado con el sello de su augusta majestad.


Como la presencia de los objetos físicos influye en el carácter de


nuestros sentimientos, estos revisten á su vez de sus colores á toda




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la naturaleza; el que la contempla poseído de una triste melancolía,


no la mirará risueña y cubierta de verdura, sino melancólica y


sublime. Por eso el hombre, que cuando se contempló á sí mismo,


fue grave y melancólico, la miró grave y melancólica también. Y


v e d , señores, la primera diferencia que existe entre el modo que


tuvieron los griegos de considerarla, y la manera como la conside-


raron nuestros padres. Como aquellos solo conocían los objetos


esteriores-, que son fijos y determinados, sus producciones fueron


fijas y determinadas también : como estos solo meditaron sobre el


hombre , en quien todo es duda y vacilación, sus producciones


tuvieron ese carácter de v a g o , de.indeciso y vacilante, que tanto


nos agrada, porque es conforme al misterio de nuestro corazón y de


nuestra sensibilidad. Los dioses de los griegos obran en sus produc-


ciones de un modo necesario é irresistible ; porque los seres físicos,


como eran el los, puestos en movimiento una v e z , no retroceden


nunca de su primera dirección. El verdadero Dios que nuestros pa-


dres conocieron, se rige y nos gobierna por distintas l eyes : él no


obra en nosotros de ese modo físico y necesario; porque nos ha dado


la libertad con la existencia. Los crueles combates de la incerti-


dumbre y de la duda han sucedido en nuestra poesía á la yerta,
aunque pesada mano de la Fatalidad. ¡ Qué principio tan fecundo en


situaciones trágicas é interesantes! El hombre del paganismo era


arrastrado por una mano de hierro á todas sus acciones : el del Cris-


tianismo lucha, y lucha solo con la adversidad y el infortunio; y


presenta á la contemplación del hombre sensible el espectáculo


grande y magestuoso del combate que sostiene, apoyado en sus


virtudes, contra las tentaciones que le cercan, y las pasiones que le


agitan. Entonces, replegándonos sobre nosotros mismos, observamos


en el silencio de la meditación el caos insondable y misterioso del


hombre, donde al través de alguna luz dudosa que brilla vacilante


en medio de la noche que nos cubre , solo vemos toda su debilidad


en medio de su grandeza ; toda su altura en medio de su pequenez.


Entonces en fin, observando cómo todas nuestras ideas y todos
nuestros principios adquieren un carácter de sistema y de unidad,


aprendemos á conocernos á nosotros mismos ; y dejando el estudio




— 13 —


(le las acciones, que constituye los caracteres, empezamos á medi-


tar sobre los caracteres, que forman á los hombres. La unidad de


carácter debe suceder en el teatro moderno á la unidad de acción,


que los griegos habían establecido ; y como la multitud de acciones


que pueden ser necesarias para desenvolver un carácter, no se


pueden limitar ni á un tiempo ni á un lugar determinado, estas


unidades no deben observarse entre nosotros, para no romper la


misma verosimilitud que las estableciera entre los griegos.


Vosotros observáis sin duda, señores, la distancia inmensa que


existe entre el estado de perfección -que tenia el espíritu humano


entre los gr iegos, y el estado de perfección que presenta entre nos-


otros : distancia inmensa , pero al mismo tiempo necesaria, porque


ha sido producida por la marcha constante de los siglos y la fuerza


irresistible de las cosas. En vano la superficialidad y el pedantismo


levantarán su v o z , y con su voz sus sofismas : estos se desvanece-


rán como el humo ante el raciocinio del filósofo, y ante la vista de


un profundo observador. En vano revestidos del sobrecejo escolás-


tico que les acompaña siempre, gritarán que la naturaleza es una


en todos tiempos, y que la poesía es el arte de imitarla. ¡ Insensa-


tos ! ¡ Cuándo abandonareis por la solidez de la razón la puerilidad


de vuestras declamaciones! Sabed , para confundir vuestra i gno -


rancia , que la naturaleza, en cuyo nombre tanto deliráis, está cu-


bierta con un velo impenetrable á vuestros ojos, como lo está á los


de la razón y la filosofía : sabed que solo conocemos nuestras sen-


saciones , y. que ellas son para nosotros la naturaleza : sabed, en


fin, y es por cierto vergonzoso que no lo conozcáis, que sienten de


distinto modo el hombre de la Grecia que se embriaga con aromas,


y el hombre de la barbarie que se baña con su llanto. Y si sienten


de distinto m o d o , y nuestras sensaciones son para nosotros la n a -


turaleza , ¿ por qué estravio de vuestra razón delirante la naturaleza


siempre es una misma ? ¿ p o r q u é estravio, mas inconcebible aun,


si solo pintamos lo que sentimos, y solo sentimos nuestras sensacio-


nes , la poesía será para vosotros un arte de imitación? ¿Se imita


acaso lo que se siente ? N o , señores : vosotros sabéis que lo que se


siente, se espresa ; y que la poesía no es otra cosa que la espresion




enérgica de las sensaciones, que habiendo herido fuertemente nues-
tra imaginación, se revisten en nosotros de aquel carácter de gran-
deza y de sublimidad que nos arrastra á la contemplación muda y
silenciosa de todo lo bello, lo ideal y lo sublime. La historia de la
poesía es la historia de nuestras sensaciones. Toda revolución en la
facultad de sentir produce necesariamente otra revolución en la fa-
cultad de pintar. ¿Y sentirían del mismo modo los filósofos del Pór-
tico y del Liceo, y los Césares romanos que los bárbaros de la Fran-
cisca de dos Cortes y los reyes de la larga cabellera ?


Yo me he detenido quizás demasiado en esta revolución moral
que separa para siempre la moderna de la antigua civilización, im-
primiendo un carácter tan contrario en todas sus producciones;
pero vosotros conocéis que es tan imposible hablar acertadamente
de los siglos modernos sin conocer su carácter, como conocerle sin
haber antes recorrido la revolución que les ha dado su impulso y
que les ha señalado su carrera. Del examen de esta revolución
resulta el conocimiento de muchas proposiciones que hasta ahora
han estado sujetas á interminables disputas y continuas cavilosi-
dades.


He presentado á vuestra consideración el único principio de
donde nace todo el sistema literario de la Grecia : y vosotros habéis
visto que él era de absoluta necesidad en el estado de perfección
que entonces tenia el espíritu humano. Dando después una ojeada
por la Europa moderna, he probado que la revolución política que
la sepultó enlabarbarie, produjo una revolución moral, que uniendo
su influencia á la influencia de los siglos, hizo variar en su marcha
y en su objeto nuestra facultad de sentir , creando un principio ab-
solutamente contrario al de los griegos, y de una necesidad tan
absoluta como la que entre ellos existiera. Haciendo después un
resumen del sistema literario de nuestros padres y del sistema que la
Grecia profesaba, habéis observado que eran tan contrarios entre
sí como los principios que los habian producido ; pero los princi-
pios que los habian producido, fueron absolutamente necesarios. Sin
esa contrariedad que existe entre ellos, y que ni quieren ni pueden
concebir los espíritus superficiales, la marcha de los siglos estaba




- 15 —


delenida.para siempre, ó hubieran retrogradado en todos, sus movi-
mientos y revoluciones.


Ya solo nos resta, para llegar á la época brillante en que la Eu-
ropa sacudida despertó del profundo letargo que por tanto tiempo
la oprimiera, echar una rápida ojeada sobre la cima de los aconte-
cimientos que la arrancaron al fin del seno de la barbarie y de la de-
gradación. No es mi ánimo, señores, presentar á vuestra vista el
cuadro histórico de estos tiempos, señalando todas las causas parcia-
les que contribuyeron con su poderosa influencia á acelerar una re-
volución tan feliz. El objeto de este discurso es solo considerar las
grandes revoluciones que establecen el encadenamiento necesario
de las cosas y la marcha constante y progresiva de los siglos.


Cuando los bárbaros del Norte destruyeron el imperio de Occi-̂
dente, recibieron la religión cristiana de los pueblos conquistados.
Ella se habia hecho igualmente necesaria para los vencidos y para
los vencedores; porque es igualmente necesaria para la degrada-
ción y la barbarie. Los Romanos envilecidos no habian dejado de ser
hombres; y mientras lo sean, abrigarán en su seno el germen de to-
das las virtudes, como el germen de la corrupción y los delitos. Pero
estando aquellas enlazadas entre sí por una cadena invisible, el que
es capaz de una sola, puede recorrer toda la cadena que las une: el
que practique las primeras es el justo, como el que practique las se-
gundas es el héroe: y como no hay hombre, por degradado que sea,
que no tenga una virtud , el hombre mas degradado puede poseer-
las todas, y aspirar á la heroicidad y á la grandeza. Y ved, señores,
cómo en el corazón humano existe una fuerza innata que nos con-
duce á todo lo que es grande y heroico; cómo hay un sentido moral
que nos hace percibir lo bello, lo justo y lo sublime. El hombre ha
nacido para ponerse en acción continuamente : si se goza en los
contrastes, es porque ellos le ponen en movimiento, sacudiéndole con
toda su energía en medio de la inercia que le oprime.


El pueblo Romano, embriagado con su poder y agoviado. con
sus triunfos, habia perdido su existencia, que pasó con sus acciones.
La Religión cristiana, presentándole en vez de la molicie en que ya-
cía , la austeridad del Evangelio, y en vez de la corrupción que le




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abrumaba, la virtud y el heroísmo, desenvolvió en él el germen sa-
grado de la heroicidad, que por la fuerza de los contrastes le arrancó
de su letargo y sus deleites, para darle nueva vida en la soledad y
en el desierto. Entonces los emperadores dejaron de ceñirse con lau-
reles para ceñirse con cilicios, y abandonaron la púrpura romana
por el sayal del hermitaño. Si pasáis de la consideración del imperio
a la de los pueblos del Norte , observareis que eran melancólicos y
feroces como todos los salvajes. Ellos debieron abrazar una religión,
que siendo elevada y sublime en sus misterios, grave y austera en
sus predicaciones, y haciéndoles pensar mas en el silencio del
sepulcro que en el torbellino de la vida, alimentaba su carácter
melancólico y sombrío, y daba una dirección determinada á sus cos-
tumbres , puliendo en cierto modo su selvatiquez y ablandando su
rudeza. Así, entre dos pueblos contrarios por sus costumbres, por
la marcha de sus ideas y por sus intituciones, la religión cristiana
establece un lazo que los une , y que debe arrancarlos para siempre
de la degradación y de la barbarie.


Devorada la Europa por el monstruo del feudalismo, y comba-
tida por todos los azotes del envilecimiento y la miseria, no encon-
traba ni fuerza para resistir ala opresión, ni esperanza para sacudir la
de su cuello. Los pueblos que la sujetaron á su yugo, perdieron su
entusiasmo cuando nada tuvieron que conquistar; y ella, cuando
doblegó su frente á la servidumbre, ya no le tenia : y como solo el
entusiasmo puede lanzar á las naciones del seno de la degradación
y la miseria al seno de la virtud y la abundancia, si la Europa no
encuentra este fuego que la inflame, la Europa está borrada por el
dedo de laProvidencia del libro de la vida. ¿ Y dónde le encontrará ?
No hay entusiasmo sin reunión de intereses, ni reunión de intereses
sin mutuas relaciones; y la Europa no tenia un interés político co-
mún , por que no tenia ni relaciones políticas ni necesidades comu-
nes ; pero su religión era una, uno el gefe de la iglesia, uno el interés
de la religión, y uno el ínteres de los cristianos. Esto basta : ó el
fuego que puede arrancarla de su ignorancia ya no existe, ó reposa
moribundo en los altares. Un monje llamado Pedro el Hermitaño
marcha en peregrinación al santo sepulcro, cuando el dominio de




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los Turcos habia sucedido al dominio de los Califas, en los santos
lugares: el espectáculo de los peregrinos, vejados por aquellos bárba-
ros dominadores, llena de indignación al entusiasta Pedro; y sur-
cando una lágrima ardiente su mejilla y bajando hasta el sepulcro
del Salvador de los hombres, jura lavarle con la sangre de los
tiranos que le huellan : su juramento es aceptado : vuela, truena en
medio de la Europa, y la Europa sacude el letargo que la oprime; á
su voz se enciende la antorcha del entusiasmo y de la guerra, y la
Europa cae desplomada sobre el Asia que la devora en su seno.


Esta revolución, señores, marcó por fortuna el principio de
nuestra felicidad, mostrándonos, en un horizonte oscuro y lejano to-
davía , al monstruo del feudalismo que muere, y al estandarte de la
ilustración que se desplega. Las naciones de Europa, desconocidas
poco antes á sí mismas, se estrechan con los lazos de un interés co-
mún : sus costumbres rudas y salvajes pierden su selvatiquez, su ru-
deza en medio del Asia afeminada, y en medio de su voluptuosidad y
sus deleites. El esplendor de la corle del generoso Saladino introdu-
jo en Europa un fausto desconocido hasta entonces; y los bárbaros
que la oprimían, empezaron á pensar en el lujo y las riquezas mas
bien que en la opresión y en su engrandecimiento. El espectáculo en
fin de los pueblos comerciantes que visitaron en su carrera, les hizo
aspirar al comercio que enriquece á las naciones. El efecto que esta
revolución produjo en el gobierno interior de la Europa, no fué me-
nos saludable para los pueblos oprimidos. Cuando sus señores se
aprestaron á la conquista de Tierra Santa, tuvieron que asegurar mu-
chas de sus tierras para remediar á sus necesidades. Los reyes»
aprovechándose de tan favorable coyuntura, estendieron por todas
partes su poder; y los pueblos se vieron libres, con la protección del
trono, de su horrorosa tiranía.


Las Cruzadas no introdujeron en Europa la civilización, lanzan-
do de su seno la barbarie; pero si, introdugeron el entusiasmo que
hace germinar todas la virtudes, y da su impulso á todos los talen-
tos. El deseo de ilustrarse es un paso parala ilustración; y este deseo
le habia adquirido con el comercio de naciones ilustradas. El genio
de la invención y de las luces ño tardará en estenderse sobre Eu-


T O M O i. 2




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ropa : la brújula la trazará un camino en la noche de los mares : el
descubrimiento de las pandectas y del código de Justiniano la tra-
zará una senda luminosa en medio del caos profundo délas leyes :
Ja Universidad defBolonia será establecida, y el estudio de la juris-
prudencia prestará mas lustre que el ejercicio de las armas : la in-
vención de la imprenta abrirá nuevos caminos á las luces para que
puedan estenderse : la destrucción del imperio de Oriente hará re-
fluir hacia el seno de la Italia las ciencias y las artes, que arrancadas
á su pesar de la ciudad eterna por el corriente devastador á que
nada pudo resistir, serán otra vez conducidas á su seno por la ma-
no del destino, para seguir las huellas gloriosas de su carro triunfa-
dor , ó sepultarse para siempre en sus ruinas. ,


Las constituciones políticas de las naciones de Europa marcharán
al nivel de tan grandes descubrimientos : Carlos VII y Luis XI le-
vantarán en Francia el estandarte de la monarquía sobre los escom-
bros del feudalismo. Enrique VII y Enrique VIII doblegarán en
Inglaterra la orgullósa cerviz de aquellos barones codiciosos : y bajo
las augustas banderas de Isabel y de Fernando levantará su esclare-
cida frente la vencedora España; y conducida por manos tan felices,
será de un peso decisivo en la balanza de la Europa. Las guerras de
Italia, y las pretensiones sobre ella de Francia, de España y del imperio
estrecharán los lazos de estas naciones; y en el seno de unas guerra,
que durarán largo tiempo , se formará ese equilibrio de la Europa,
por el cual está asegurada la existencia política de cada una de las
naciones que la constituyen , sucediendo la voz de la razón á la voz
del entusiasmo, y el espíritu de comercio y transacciones diplomáti-
cas al espíritu de destrucción y de conquista.


Asi aparecerá la Europa en el siglo xvi, vestida con su gala y
su esplendor en medio de su juventud y lozanía; pero aun afines del
siglo xm y principios del xrv aparece un coloso, cuyas propor-
ciones gigantescas se destruyen en medio de la oscuridad de la bar-
barie , y se ostenta mayor que el siglo que le meció en su cuna, y el
siglo que le condujo al sepulcro. Parece que la naturaleza está ocu-
pada desde la destrucción del imperio romano en reunir los gérmer
nes que debian producir un genio inmortal, que ni tuvo modelos,




— 19 —


ni ha tenido imitadores. Homero fué inspirado por las grandes ac-
ciones de sus padres; la naturaleza, pura todavía, le abrió su seno
virginal, y le enriqueció con sus tesoros : el idioma de la Grecia le
halagó con sus encantos, y su religión le abandonó sus ilusiones.
Dante está solo, apoyado de su genio en medio de la naturaleza;
pero su genio es bastante para elevarle á las regiones de lo ideal y lo
sublime : él se remonta como la reina de las aves, desprecia la lla-
ma que no basta á su entusiasmo, y prefiere al brillo pasagero de
las flores la eternidad de las rocas, y al encanto melodioso de los
cisnes el bramido salvage de los mares. Aprisionada su imagina-
ción en medio de la naturaleza, rompe sus cadenas, se lanza en el
seno de los mundos desconocidos y sin límites ; y en medio de la
eternidad de los siglos, contempla silencioso la eternidad de los
placeres y la eternidad de los tormentos. Siempre melancólico y su-
blime como la naturaleza y como el hombre, desprecia desde su
altura la pequenez del aparato y la elegancia : sus acentos son rudos
y salvajes, su marcha rápiday concisa, su estilo grave y sentencioso;
es sublime en la pintura del dolor en medio de la monotonía de
su estilo ¡ O fuerza de la inspiración y del genio! tú sola pudiste con-
ducir el pincel de Dante cuando grabó aquellas terribles y monóto-
nas palabras en la mansión de los que gimen : ellas están grabadas
en mi corazón, y atruenan de continuo mis oidos.


Así, señores, la naturaleza que pareció adormecida tanto tiem-
po, sacudió'de repente su letargo, y se ostentó mas sublime sa-
liendo del seno de la barbarie , que lo fuera entre los griegos en el
seno de la civilización. La divina comedia está marcada con el ca-
rácter que se formó la Europa en medio del feudalismo , y sellada
con el sello de la grandeza y de la originalidad. El enamorado Pe-
trarca no entonará tan elevados cantares : él no se reposará en las
desnudas frentes de las rocas para excitarse al canto con el horror
de la tempestad y el bramido de los vientos ; pero adormecido al
blando susurro de una fuente querida de su corazón, sus ondas
refrescarán sus laureles, y su trémula mano hará gemir las cuerdas
temblantes de su lira con el amado nombre de su Laura. Él fue
el primero que introdujo la dulzura de la amistad en el entusiasmo




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del amor, saboreando todas sus delicias : él fue el primero que hizo


suceder al furor físico el éxtasis moral , que con tintas tan delica-


das y suaves trasladó á sus producciones : su imaginación ardiente


le arrebató alguna vez fuera del círculo trazado al amor por la mano


de la naturaleza, lanzándole en el laberinto de una metafísica ininte-


ligible ; pero perdonemos sus pequeños lunares al genio inmortal


que fue el primero que conoció aquella correspondencia misteriosa


de dos almas que se entienden y vuelan á confundirse en el seno


de la eternidad, como se confunden sus suspiros, ó como se con-


funden los sones que despiden dos arpas sacudidas. S í , señores;


Petrarca, á pesar de sus defectos, ha revelado á la Europa el secreto


del amor, delicia y tormento de su a lma , y qué ni pintaron ni


conocieron los antiguos.


Vosotros habéis visto á Dante inspirado solamente por su eleva-


ción y su grandeza, y á Petrarca por su amor y su melancolía.


Ariosto no está subyugado ni por su carácter, ni por sus pasiones ;


él se presenta en medio de la naturaleza que le adorna con todos


sus matices : ninguna sensación se graba en él profundamente;


pero todas, al deslizarse por su seno, graban en él la variedad de


sus colores : siente con todos sus sentidos, y pinta con todos los


pinceles: nada llama exclusivamente su atención; pero lo siente


todo : los cuadros que presenta, son como los fantasmas que se en-


grandecen á nuestra vista en medio de la dulce ilusión de un breve


sueño; nos arrojamos á abrazarlos, y sus formas retirándose de


nosotros, se ocultan en un horizonte dudoso y transparente : nos


acercamos mas, la ilusión pasa , y ya no existe. Su Orlando furio-


so no produce una sensación de dolor ó de placer determinada;


pe ro , s í , aquella sensación de vaguedad siempre dulce y delei-


tosa que experimentamos, cuando embriagados todos los sentidos


en un éxtasis profundo , contemplamos con arrobamiento un paí-


sage encantador, y contentos de nosotros mismos, nos dejamos


llevar de las ilusiones que nos cercan, como las ondas dulces y


suaves de la fuente que susurra á nuestro lado : la suave armonía*


]a elegante facilidad son las dotes de su estilo : las acciones caballe-


rosas y galantes de su tiempo son el genio que le inspira : su pin-




— 21 —


cel está empapado en las tintas del Oriente, y su imaginación en-


galanada con la riqueza del iris. Él es el mas original de todos los


escritores, y 'e l mas inimitable de todos los poetas; pero no subyu-


gado por nada , todos dirían al ver su facilidad, que él es superior


aun á su mismo genio.


Yo aparto mi vista con dolor de este espectáculo para fijarla en


el cuadro melancólico del poeta mas grande como el mas desgra-


ciado de la Europa. ¡ Cantor divino de la Jerusalen; gloria de Sor-


rento y de la Italia ! ¿ Qué musa te acompañó en tus gemidos, y te


inspiró en tus cantares ? ¿ Es acaso la musa risueña de la Grecia la


que te embriagó con sus aromas, y te ciñó con sus guirnaldas ? ¿ O


es la musa melancólica de tu religión la que te muestra con su dedo


la fuente dé lo grande, y la que baña tu rostro con su llanto ? ¡ Llanto


sublime, que humedeciendo las cuerdas de su lira , arranca de su


corazón los grandes acentos que le llenan! Tasso no alcanza á la su-


blimidad de Dante; pero tiene una grandeza mas igual y sostenida:


no es tan metafísieo como Petrarca; pero su corazón es mas sensi-


ble ; él llora en el bosque encantado con Tancredo al oir los gemidos


de su dama : llora también con Olindo y con Sofronia; y el que


sabe pintar con el pincel de Homero la ferocidad de Argante, sabe


también pintar en sus acentos pastoriles los interrumpidos sollozos


de la sin ventura Herminia. La Jerusalen no presenta ni la variedad


de matices, ni la frescura de colores que el Orlando; pero s i , un


todo mas sencillo en su concepción , mas sólido en su base y mas


regular en todas sus producciones. Solo á t í , genio sublime, se ha


concedido revestir con las formas elegantes de la civilización anti-


gua un asunto marcado con el carácter de la moderna civilización.


Si algún crítico se atreviere alguna vez á medir con su compás la


extensión de tu talento , ¡ sombra grande y desgraciada! reposa en


el seno de tu esplendor y de tu gloria : su posteridad le juzgará


indigno de ajar con su profana mano los laureles que te ciñen.


Tales son los cuatro colosos que se levantan en el renacimiento


de las letras para servir de columnas al edificio de la moderna civili-


zación ; en vez de ser imitadores, lian enseñado á la Europa que al


templo de la fama solo conduce el camino de la originalidad. Ellos




la han enseñado, que solo siguiendo el principio que se formo en el
seno de la barbarie por la revolución moral producida en nuestra
facultad de sentir, pueden ser sus escritores originales y sublimes :
pero sus escritores no escucharon sus acentos; y el espíritu humano
fué conducido entonces por una fuerza deretrogradaciou. Los filóso-
fos fueron los primeros que dieron este impulso á la marcha de nues-
tro entendimiento : los poetas se resintieron de este impulso, que se
manifestó después en todas sus producciones. De este modo, el espí-
ritu humano, que, cuando renacieron las letras, se mostró constante
en su marcha y uniforme en todos sus movimientos, presentó, cuando
apenas brillaba la antorcha de la filosofía, el desnivel absoluto de
todas sus facultades.


En Inglaterra nace con Bacon en el siglo xvi la filosofía de las
sensaciones : Loke la reduce á principios, y forma de ella un sistema,
que tímido y modesto en sus escritos, pasa á los de Condillac para
popularizarse y estenderse, y de estos á los de Helvecio para desfigu-
rarse y delirar. Este sistema es absurdo, porque todo en él es fijo,
cuando todo en el hombre es vago : es estéril, porque consistiendo
solo en hechos, los hechos solo se prueban á sí mismos: es insuficiente
para esplicar la genealogía de todas nuestras ideas, porque siendo
las sensaciones que analiza fijas y determinadas, no pueden espli-
carse por ellas las ideas, que tienen un carácter de indecisión y
vaguedad: es contrario, en fin, al principio de reconcentración den-
tro de nosotros; porque naciendo en él todo el origen de nuestros
conocimientos de las impresiones recibidas por los cuerpos exterio-
res , nos lanza de nuestro yo moral á todo lo que nos rodea.


Desde el nacimiento de esta filosofía, todo es agitación, todo es
disputa en el seno de la Europa. Hobbes, en el mas consiguiente y
monstruoso de todos los sistemas, será el primero que niegue la
existencia de Dios, citando de continuo la Escritura, y el único tan
imprudente, que se atreva á dar el nombre de impiedad á su creen-
cia , mostrándose así digno maestro de Spinosa. Montaigne asen-
tará con sú indiferencia filosófica las bases del escepticismo que Baile
profesará mas adelante.


Newton, el genio mas grande que ha producido la naturaleza, se




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lanzará en medio de los mundos, y descubrirá las leyes que los ri-
gen en sus revoluciones. Mientras que los filósofos sensualistas solo
conciben al hombre como material y físico, Leibnitz espiritualizará el
mundo llenándole de monadas : y mientras que la filosofía empírica
presenta al hombre rodeado de la materia, que por todas partes le
comprime y le limita, el gran Pascal le considerará como un punto
entre dos eternidades. Esta época, que es de oscilación y de lucha en
el mundo filosófico, lo es también en el mundo literario. El siglo xvi
no produjo entre nosotros sino bellos imitadores de la antigüedad y
de la Italia. El dulce Garcilaso engalanó la musa ibera con los ge-
midos de su lira : el divino León supo elevarse alguna vez á la subli-
midad de Horacio con la sencillez encantadora desús fáciles acentos "•
y el inmortal Herrera, elevando su vuelo sobre todos, imprimió en
la lira castellana el carácter de su elevación y su grandeza. No seré
yo el que con voz impia quiera manchar el lustre de tan grandes es-
critores : pero permítase gemir á un amante de su patria, cuando
la mira conducida solo en alas de la imitación al templo de la-gloria.
¿Y en qué siglo, Señores ? En el mismo en que Tasso habia cantado
los nombres de Bouillon y de Tancredo; y en el mismo en que Sha-
kespeare hacia brillar el puñal de Melpomene en la escena de In-
glaterra , con un brillo que durará tanto como su nombre y como
el tiempo: en vano buscareis en ningún escritor un conocimiento tan
profundo del corazón humano, ni una pintura de una verdad tan es-
pantosa en los grandes caracteres: Shakespeare será la desesperación
de todos los que se atrevan á imitarle. Pero España levantará su
frente al fin, y se ostentará grande y sublime en medio de la Europa,
que admirará sus producciones. Si en el siglo xvi ella se ciñe con
las flores caducas nacidas en la Italia , en el siglo xvn se corona
con las flores brillantes nacidas en su seno: si en aquel ha recorri-
do con lustre el campo de la imitación, en este recorrerá con mas
lustre todavía el campo de la originalidad. Góngora, cuando no deli-
ra , se viste con toda la pompa oriental de la musa castellana : Lope
traza un surco de luz en todo el domininio de las musas, conducido
por la estension espantosa de su genio: y Calderón en fin, se levan-
ta como un gigante que todo lo ocupa con su nómb re, y apoderan




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dose de la escena española, la eleva con su robusta mano al híveí
de la que espira en Inglaterra y la que vá á nacer en Alemania. Asi
se presenta la musa española en el siglo XVH bañada de esplendor,
de majestad y bizarría : el artificio no envilece sus facciones : ella es
inculta y salvage, porque es inculta y salvage la naturaleza.


Loor eterno al filósofo modesto y metafisico profundo que le-
vantando su frente en medio de la superficialidad que le rodea, ha
merecido bien de las musas castellanas, juzgándolas con la fuerza
irresistible de su razón y la solidez que acompaña á su talento : el
nombre del señor don Agustín Duran estará grabado en el corazón
de todos los buenos españole^, como lo está de un modo indecible
en el de todos sus amigos, que se gozan con su saber, y se honran
con sus virtudes.


El siglo XVH , que fué en España el de la originalidad y la gran-
deza , fué en Francia el de la grandeza sin la originalidad ; y es
necesario que confesemos, señores, que si el laurel debido á los que
imitan ; puede ser igual en algún caso al que merecen los que in-
ventan , jamás ningún escritor fué tan digno de refrescar sus sienes
con sus ramas, como el que supo pintar con toda la fuerza de la
verdad y los colores de la poesía el sublime gemido de la desgra-
ciada Andromaca, y el doloroso acento de Fedra criminal. Racine
imitando á Sófocles y á Eurípides, logró esceder á sus modelos:
Molière escedió en la comedia clásica á todos los clásicos griegos y
latinos ; yLaFontaine revistiendo el apólogo con las suaves tintas de
su candor y su naturalidad, le presentó al mundo literario reves-
tido al mismo tiempo con una delicadeza y elegancia desconocidas
hasta entonces. Boileau , en fin, declarándose el órgano de la na-
turaleza, y el sucesor del sabio de Stagira, dio ala Francia los pre-
ceptos del buen gusto, y llamó á todos los escritores y á todos sus
escritos para ser juzgados en su inexorable tribunal, ¿ Y cómo la
nación, que ya llenaba la Europa con su nombre, no supo imprimir
el carácter de sus costumbres y de sus necesidades en todas sus
producciones? ¿Eran aquellas tal vez las mismas que las de los
griegos que imitaron ? No, señores ; la Francia tenia las mismas
necesidades que el-resto de la Europa, porque la Francia, como




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ella , habia estado sumergida en la barbarie; pero habiéndose en-
riquecido con el estudio de la antigüedad los grandes escritores que
en aquel siglo la ilustraron, antes que pudieran desenvolverse y
declararse en su seno sus necesidades morales, se crearon unas
necesidades facticias que trasladaron á sus escritos, y con ellos á su
patria, que recibiendo su impulso marchó con su misma dirección.


Tal es el bosquejo del cuadro que presenta la Europa desde el
renacimiento de las letras hasta la época que acabo de recorrer. To-
das las verdades son en ella problemáticas : todos los errores se
sostienen : todas las contradicciones germinan en su seno; y el es-
píritu humano aunque se agita , parece que ha cesado de marchar.
Pero esta lucha, esta oscilación, este movimiento anuncian que el
siglo de las revoluciones se acerca. Y levanta en fin, su frente el
siglo xvni, y estendiéndose el eco de su voz por toda la duración
de los tiempos, llama á juicio los siglos que pasaron , para que oi-
gan su sentencia los siglos que serán. ¿ Qué circunstancias favore-
cieron á este siglo para juzgar á los siglos anteriores ? ¿ Y qué
circunstancias le fueron contrarias para acertar en sus juicios ? Voy
á presentar unas y otras á vuestra consideración.


Un siglo solo puede ser juez de los demás, cuando reúne en un
solo punto todas las fuerzas que el espíritu humano ha podido ad-
quirir. Francia es este punto en el siglo xvm. Las ciencias y las
artes solo progresan en el seno de la consideración y la abundancia:
nunca los filósofos fueron tan considerados como en este siglo, y en
ninguno como en él se premiaron los talentos. Es necesario el cono-
cimiento de todas las opiniones anteriores para poderlas juzgar : to-
das ellas eran conocidas de los filósofos franceses. Se necesitan hom-
bres, que reuniendo á la vez el conocimiento de las arles y el
conocimiento de las ciencias, hayan adquirido aquella razón univer-
sal , que abrazando en toda su estension el sistema de los conoci-
mientos humanos, pueda, como desde una altura, pesar en su balanza
todas las opiniones que agitan á los hombres, y todos los errores que
abrigan en su seno. Jamás ninguna nación ni ningún siglo miró
filósofos tan profundos ni tan célebres artistas. Si esto es bastante
para el progreso de las luces, es necesario para que puedan estén-




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derse, que el pueblo en que se cultivan, llame la atención de las
naciones que le rodean : la Francia del siglo de Luis XV había he-
redado el lustre de las brillantes victorias del siglo de Luis XIV, y
vistiéndose con todo su esplendor, se coronaba con todos sus laure-
les. El espíritu de sociedad y de cultura, parece que se habia repo-
sado en su seno para siempre : y toda la Europa fijaba su atención
sobre este pueblo que el genio de las artes coronaba, y el genio de
la guerra conducía.


Tales son las circunstancias, que reunidas todas en un siglo, de-
bieron elevarle sobre todos los que le precedieron. Si ellas hubieran
existido solas, el espíritu humano hubiera marchado con un paso
de gigante en la carrera de su perfección; pero circunstancias fa-
tales le detuvieron en su marcha, y oponiendo su poderosa influen-
cia al impulso de las que le favorecían, le hicieron en vez del
primero entre los siglos de las luces, el primero entre los siglos de
las revoluciones.


El espíritu filosófico es por su naturaleza independiente : cuando
la razón no es la sola que preside en materias de razón, ella es
nula en sus progresos. Los filósofos de Francia , reuniéndose entre
sí, perdieron las cualidades que los distinguían unos de otros, y
solo conservaron aquellas en que sus distintos caracteres se toca-
ban : desde este momento, la razón de cada uno de ellos estuvo
sujeta á la razón de todos; y en vez del espíritu de individuo, se
formó un espíritu de cuerpo, que ocupando el lugar de la razón,
empezó entonces á presidir en sus juicios. Sus reuniones se formaron
en el seno de las sociedades mas brillantes de París, y adoptando
su gusto y sus maneras , el espíritu de cuerpo, que era el solo que
conservaban, se perdió en el espíritu de sociedad, que fué siempre
funesto para la razón y la filosofía. Entonces todos sus escritos pre-
sentaron la asociación monstruosa de la puerilidad del gran mundo
y de la grandeza de sus autores, los cuales dejaron muy pronto de
tenerla en medio de la atmósfera de superficialidad que los cercaba.
Uno solo, lanzándose del seno de los hombres al centro de su cora-
zón , y del torbellino de las sociedades al silencio de la naturaleza,
supo trazarse el camino de la originalidad , atacando de frente las




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opiniones de su siglo: el filósofo de Ginebra, con menos erudición y
quizás menos talento que casi todos los filósofos franceses, pudo
elevarse á su nivel, inspirado por el genio déla soledad y de la me-
lancolía. La Francia asombrada de ver á un hombre, que sin respeto
á la opinión pensaba por sí mismo, se prosternó como ante un Dios
ante los pies del filósofo estrangero: la posteridad mas justa, porque
es mas sabia, solo le ha concedido el título del mas terrible, como
el mas seductor y elocuente de todos los sofistas. Tal es ese siglo bri-


.Uanleen el cual se hallaron reunidos todos los errores y todas las
verdades, todos los crímenes y todas las virtudes. Vosotros habéis
visto las circunstancias que le favorecían para ser el siglo de la ilus-
tración , y las que con su poderoso influjo opusieron un dique á
su carrera. Considerad ahora al siglo xix. Él se levanta con toda la
fuerza de la juventud, y con la gravedad que le imprimen los siglos
que le coronan : marcha con un paso asegurado en la carrera de la
ilustración, con todo el saber de las edades pasadas, y con toda la
experiencia de las edades presentes.


En medio de tal siglo se levanta este establecimiento literario, que
no debe perecer. ¡ Cuan firmes son las columnas que le sostienen!
¡Cuan grandes los destinos que le esperan! Todas las universidades
establecidas entre nosotros, lo fueron en los siglos casi bárbaros, ó
en los de oscilación y de disputa. Este colegio nace en el siglo,
que debe serlo de las luces, y en el que se hallan bastante discutidas
todas las opiniones que dividieron á los filósofos, y que abrazaron las
escuelas. Nuestras universidades solo aprendieron en el seno de la
disputa á ergotizar : este colegio puede aprender en el siglo de la
observación y la esperiencia á juzgar y decidir : si aquellas mueren
abrumadas de preocupaciones y oprimidas de recuerdos, este nace
vestido de luz y coronado de esperanzas. Considerad, señores, los
progresos del espíritu humano en la época presente. Biron hace re-
sonar á la musa de Inglaterra con los grandes acentos de su sublime
melancolía, y la hace gemir con los profundos gemidos del infortu-
nio y del dolor. Todo es vago en sus producciones : el velo misterioso
que las cubre, hace que , replegándonos sobre nosotros, contemple-
mos el misterio de nuestro yo moral: el fatalismo de las pasiones




— 28 —-


que arrastran á sus personages con una mano de hierro por ios e s -


collos de la v ida , nos prepara á que contemplemos silenciosos cómo


se huyen los límites del t iempo, y cómo se abre el abismo de la


eternidad. Todo en él nos recuerda nuestra nada : todo es terrible y


misterioso como el hombre : todo está velado con el velo de la na-


turaleza, y sellado con el sello de la contemplación. Ha pintado las


pasiones que nos desgarran con su lucha, y ha enseñado á los poe-


tas modernos cuál debe ser el objeto de sus cantos.


Walter-Scott ha descrito en sus novelas el carácter de la Escocia


y las costumbres de sus padres. Él es el que mejor ha probado que


la aridez de los hechos debe revestirse con el encanto de las inven-


ciones , y que la amable sonrisa de la fábula puede hacer interesante


la verdad. Ninguno ha distinguido como él por gradaciones tan in -


sensibles los caracteres de sus personages : ellos tienen el carácter


general de su patria modificado por el particular de su siglo , que lo


está también por el de su profesión : ninguno como él ha sabido con-


fundir en un solo punto las creaciones de su fantasía y la verdad.en


la marcha de los acontecimientos; la idealidad de las situaciones, y


la realidad de las costumbres y de los caracteres.


La Francia, que en los siglos anteriores se ha negado á seguir ía


marcha de la Europa en la carrera de la ilustración, empieza ya á


distinguir el carácter de sus costumbres y el imperio de sus nece-


sidades. La baronesa de Stael, superior á su siglo y á su sexo , ha


sido la primera que ha sacudido el yugo de las preocupaciones.


Inspirada por el genio de la Alemania, ha sido el órgano de sus


sublimes acentos, y ha juzgado desde su elevación el canto solemne


de la musa solitaria del Rhin , y el canto risueño de la musa b r i -


llante del Censo. No bastando á la inmensidad de su genio el mundo


literario, se lanzó en el caos tenebroso de la metafísica y de las abs-


tracciones ; y la misma que supo apreciar en su justo valor el sistema


poético de Schiller , supo apreciar también el sistema metafísico de


Kant. La Francia escuchó enmudecida su sentencia , y aprendió de


su boca sus destinos.


¿Pero para qué recordar los grandes escritores de las naciones


estrangeras ? ¿ Acaso no abriga España en su seno ninguno con cuyo




— 29 —


nombre pueda gloriarse ? ¿ Ninguno que se haya trazado un camino


en los campos de la originalidad ? Sí : español, yo me gozo en d e -


cirlo ante españoles : el que ha sabido llenar nuestra escena con los \


grandes acentos de Pelayo y los gemidos de Hormesinda, no mo -


rirá jamás entre nosotros, sino mueren la admiración por los ta-


lentos y el amor dé l as virtudes. Y tú, Quintana, si llegan hasta tí


las razones que se despiden de mis labios , perdona la osadía de un
j o v e n , que sin títulos como sin glor ia, se atreve á tributar el ho-


menage debido á la grandeza de tu genio inspirado por la grandeza


de tu corazón. El drama heroico es obra tuya : las vidas de los v a -


rones que ilustraron nuestra patria, obra ,tuya también : tú solo


eres digno de pintar las acciones que los inmortalizan, porque tú


solo eres digno de sentir su grandeza y su sublimidad.


Todo, señores, respira el aura de la felicidad en derredor de


este colegio : los siglos que pasaron, reclinan sobre él su frente


para enriquecerle con sus tesoros : el siglo en que nace, le señala


con el dedo la carrera de la perfección : los grandes escritores que


le rodean, le ofrecen sus páginas, que la mano del tiempo no bor-


rará jamás. Aun la naturaleza, que esquivó siempre las miradas de


los hombres, cediendo á la fuerza irresistible del destino, ha abierto


ya su seno entre sus manos; y las ciencias naturales, casi descono-


cidas en los siglos anteriores, brillan en este con todo su esplendor.


¿ Y á quién debéis, estremeños, la felicidad que se prepara á


vuestros hijos ? Vuestro dedo señala á este nobilísimo.ayuntamiento,


y á este superior y dignísimo tribunal como á vuestros protectores.


Ellos, no considerando bastante agoviadas todavía sus venerables


frentes con la inmensidad de su cargo y con el ejercicio severo de


sus funciones, elevan hasta el trono sus ardientes súplicas, que llegan


hasta el corazón paternal de nuestro augusto soberano. ¡Monarca


grande y generoso! Tú oiste sus plegarias; y lanzándose de tu boca -


el sí que estaba grabado en lo hondo de tu pecho , se lanzaron con


él mil torrentes de felicidad y de ventura.


¿ Y sobre qué provincia se lanzaron ? Considerad conmigo, se-


ñores , el espectáculo grandioso de una provincia, que hija salvage


de la naturaleza, sale de su seno coronada de virtudes, para entrar




— 30 —


coronada de pompa y de laureles en el seno de la ilustración. Ella
reúne á la firmeza y gravedad de los pueblos del Norte la imagi-
nación brillante y lujosa de los pueblos del Mediodía : ella no está
ilustrada, pero ni envilecida en sus costumbres : y si el saber está
lejos de la ignorancia, está mas lejos todavía de la prostitución. Sí:
la provincia magnánima y heroica que estendió su nombre y el im-
perio de sus reyes desde las feraces márgenes del Betis hasta los
lugares en que mece su cuna el Orinoco, haciendo lucir el brillo
funesto de sus armas en la frente del esclavo americano, volará
también en alas de su genio al templo de la gloria, y arrancará las
palmas que le cercan. Las manos que blandieron la espada cente-
llante de Cortés, podrán también rodar sobre la lira de Melendez.


¡Estremeños! yo no ceso de admiraros: la grandeza está pintada
en vuestras frentes, y en vuestras facciones se dibuja la heroicidad
de vuestros padres. Ya no tenéis que mendigar de la piedad es-
trangera la llama que debe encender vuestro talento • ya los hijos
afortunados del Tormes y del Bétis no mirarán con una mirada des-
deñosa á los hijos incultos del Guadiana : ellos verán que el genio
brilla también en sus llanuras, y se ostenta mas grande en sus are-
nas. Postraos, y bañando vuestras megillas con lágrimas de gratitud,
pedid al cielo por la vida de vuestro generoso monarca, y sed felices
en el seno de la ilustración que con mano pródiga os dispensa : él
tiene grabada en lo hondo de su pecho esta máxima digna de Tito y
de Trajano : « La felicidad de los pueblos es el florón mas digno de
»la corona de los reyes. »




CONSIDERACIONES


SOBIIK


L A D I P L O M A C I A ,


Y SU INFLUENCIA EN EL ESTADO POLÍTICO Y SOCIAL DE EUROPA , DESDE LA REVOLUCIÓN


DE JULIO HASTA EL TRATADO DE LA CUÁDRUPLE AL IANZA .






PROLOGO.
X L S T A S reflexiones estaban ya escritas y á punto de publicarse,
cuando la aparición del cólera en Vallecas, y la existencia de al-
gunos casos sospechosos en Madrid, esparciendo el alarma en todos
sus habitantes, y absorbiendo su atención, la separó forzosamente
por algún tiempo de las cosas políticas, á pesar del interés que
presentaban. Yo no creí que debia publicar entonces este ensayo,
porque escrito para ofrecerle á la consideración de los hombres que
se ocupan en estudiar en las entrañas de las sociedades el germen
de vida que conservan, ó el cáncer que las devora , no podía ofre-
cer interés ni utilidad, cuando todos daban treguas á sus meditacio-
nes, porque no tenian un porvenir en que reposarse, ni la esperanza
iluminaba el horizonte de su vida. Por fortuna esa esperanza vuelve


T O M O i. 3




— 31 —


á brillar en todos los corazones, y la enfermedad terrible que ha
sido etazote de la tierra, abandona ya esta capital que fatigó con
sus estragos.


Rara vez los grandes sacudimientos que se verifican en el
mundo físico dejan de estar acompañados de violentas oscilaciones
en el mundo moral, ya sea que el hombre amenazado en su exis-
tencia despliega toda la energía de que se halla dotado antes de
perecer, como el cisne que no desata sino sobre su sepulcro todo
el raudal de su canto, ó como la lámpara que brilla mas en el mo-
mento en que se estingue; óüen consista en que entre el mundo
moral y el mundo físico existe un lazo misterioso que'no es dado al
hombre descubrir sino en sus mas remotas consecuencias: este fe-
nómeno es un hecho constante de la historia; y las preocupaciones
á que ha dado origen en todos los pueblos, le atestiguan. Cuando
esta coexistencia de calamidades físicas y de perturbaciones mora-
les se verifica en un pueblo, el espectáculo que ofrece, es siempre
una lección para los que gobiernan; porque la sociedad se presenta
desnuda de los velos que la cubren, y pueden estudiar en ella los vi-
cios que la manchan , y las pasiones que la dominan.


Este espectáculo se ha ofrecido á nuestra vista, y ha sido fúne-
bre y terrible. Él es una lección, y esta lección es severa. Su re-
cuerdo será indeleble, y turbará largos dias nuestro reposo, como
si estuviéramos bajo la influencia de un funesto talismán; ó como si
turbara nuestro sueño la imagen melancólica de un fantasma impor-
tuno. Ño : Madrid no olvidará jamás el dia de dolorosa recordación
en qué ha visto disolvérsela sociedad, desaparecer la fuerea pú-
blica , y que ha sido testigo de la profanación de sus templos : como
si un instinto fatal enseñara á los monstruos que nos infestan, que
las sociedades no pueden dejar de existir si la religión, abandonán-
dolas , no las condena á la esterilidad y á la muerte. Los manes de




— 35 —


las victimas piden venganza, y la sociedad justicia. Las leyes no
pueden exigir obediencia , si no conceden protección : y la libertad
y el orden para hermanarse y crecer, necesitan que se purifique el
suelo que ha teñido la sangre , y que ha profanado el crimen. La na-
ción lo espera del gobierno y de los que la representan : y ahora
mas que nunca para asegurar nuestro porvenir, y labrar nuestro
destino, deben cumplir su misión DEFENDIENDO EL TRONO, CONSOLI-
DANDO LA LIBERTAD , Y SOFOCANDO LA ANARQUÍA.


Pero no era bastante que los representantes de la nación al
reunirse en el templo de las leyes , tuviesen delante de sí este es-
pectáculo terrible : era necesario también qué la guerra civil, au-
mentando su furor, viniera á cohtristar sus corazones : como si la
Providencia quisiera hacerles conocer que la gloria no se alcanza
sino por medio de un combate sin treguas , que el hombre no se su-
blima sino por medio del dolor , que el infortunio es la escuela de los
legisladores, y que solo en su seno pueden aprender el secreto de
su ventura y de su perfectibilidad las sociedades.


El Príncipe desleal que, cargado de ignominia y agovíado bajo
el peso de las maldiciones de su patria, fué á consumir en el olvido
y en medio de un pais estranjero su inútil existencia , ha vuelto á
aparecer entre nosotros. ¡ Insensato! él no sabe que al" salvar el Pi-
rineo ha dicho el último adiós á la esperanza : él no sabe que pisa su
sepulcro : que en mal hora , obedeciendo á la fatalidad que le per-
sigue , abandonó las playas de un pais hospitalario , que sus ojos no
verán mas : él no sabe que sus brazos no volverán á estrechar en su
seno á las prendas queridas de su corazón : él no sabe que, como
un hombre que llevara en su frente un sello horrible , está solo; que
no escuchará el eco de una voz amiga, y que se ha consumado su
destino. ¡ Insensato! ¿ por qué renuncia á la vida, cuando en su
tumba no le espera la gloria? ¿ Pretende el trono? ¡Infeliz! nó conoce




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que entre el trono y él hay un rio de sangre mas difícil de salvar que
el Pirineo : él no sabe que sus víctimas le acusan : que todos le mal-
dicen : que este suelo le rechaza : que la divinidad le condena; y
que le reclaman las leyes. ¡ Un trono! si él pudiera ocuparle, su
trono sería un osario.


No : él no reinará jamás; ni sus hijos podrán respirar el aire que
nosotros respiramos. El cielo de España no cobijará su frente: su
brillante y pacífico azul, retrato de la inocencia, solo cubre la cuna
de Isabel; y sus benéficos rayos descenderán amorosamente sobre
España , para que se fecunde la libertad en este suelo , tan rico de
gloria , como escaso de ventura.


Madrid \ 4 de Agosto de 1834.




CONSIDERACIONES
' MOURE


LA D I P L O M A C I A .
LA Diplomacia, considerada como una ciencia, no ha existido sino
en Ja Europa civilizada y monárquica (4). El despotismo oriental,
condenado á una inmovilidad estúpida y á una civilización estacio-
naria, se bastaba á sí mismo; porque su destiiio.no era vivir y


(1 ) Así como desde que existen hombres, existen transacciones; la Diplomacia
existe, desde que existen los Estados. Las mismas repúblicas de la Grecia pudieran
ofrecernos ejemplos de repetidas transacciones diplomáticas con los persas : pero
mi objeto no es tratar de la Diplomacia tal como entonces existia; es decir, aplicada
á un interés de momento, é interrumpida, pasado este interés ; sino de la Diploma-
cia puesta en una acción continua, aplicándose á la sociedad entera , y obedeciendo
á principios fijos, determinados y constantes; en una palabra, de la Diplomacia
que, disciplinada por los principios, domina y dirige todos los acontecimientos-
Esta no ha existido sino en la Europa de nuestros dias.




— 3S —


progresar, sino vejetar y crecer. Encadenada allí la inteligencia, y
revestida en su decrepitud de las formas teocráticas, que caracteri-
zan á las sociedades infantes, aquella sociedad no necesitaba sino
de la paz de los sepulcros, y de la soledad de los desiertos.


Las pequeñas repúblicas de la Grecia , llenas de vida interior,
y agitadas de un movimiento continuo, no podían concebir la Di-
plomacia; porque ni la sencillez de sus formas podia hermanarse con
la complicación necesaria en los tratados, ni su movilidad era sus-
ceptible de un sistema; el comercio y la industria no habian llegado
á aquel grado de esplendor , que hace necesarias las relaciones per-
manentes de las naciones entre sí; y siendo la ocupación casi exclu-
siva de los esclavos, no merecían la atención de aquellos hombres
fieros, que solo se alimentaban de libertad y de gloria. Ellos no creían
que la libertad política fuese una ilusión, cuando los hacia tan gran-
des ; ni la Europa moderna debiera creerlo, cuando las páginas que
ella ha legado á la historia, son las únicas en que sus ojos pueden
reposarse con placer, después de haber recorrido tantas oscurecidas
con la huella del crimen, ó con el espectáculo de la degradación
humana. En cuanto á las relaciones exteriores de la Grecia en ge-
neral , el estado de su civilizacien no las habia hecho necesarias : y
cuando el principio que la elevó á la cumbre de la gloria , y el que
adormecía al Oriente se encontraron en su carrera, no lucharon
para transigir, sino para devorarse y reinar. El espíritu humano
estaba dominado entonces por principios absolutos, cuya fusión no
concebía. La Grecia, con su instinto de lo bello en el mundo moral
como en las. artes, hubiera creído ver una Náyade sofocada con los
abrazos de un Sátiro, en la libertad transigiendo con el despotismo.
Su gran tratado con la Persia fue el de Maratón ratificado en Sa-
lamina.


Roma no podia transigir s¡n faltar á su destino. Una sola exis-
tencia independiente hubiera sido incompatible con la suya; porque
su misión era absorber al mundo en su unidad, para lanzarle en un
nuevo espacio, revestirle con sus formas, y sujetarle con su espada
y con sus leyes. La expresión de Catón, Delenda est Cartago, ex-
tendida al Universo, explicaría el destino, como el sistema de Roma.




— 39 —
Ella no podia concebir la existencia sin la dominación ̂ y con esta
idea siempre fija en los distintos períodos de su historia, conquistó
al mundo, que se postró ante sus siete colinas. La Diplomacia su­
pone la coexistencia de muchas sociedades independientes, cuyo
equilibrio es su objeto conservar : los siglos que Roma llena con sus
hechos, se distinguen por la ausencia de simultaneidad de poderes,
confundidos ­ todos en la unidad romana : unidad poderosa, que ni­
veló todas las eminencias sociales; que, con una fuerza de cohesión
sin ejemplo en los anales de las naciones, destruyó todas las sobera­
nías , encadenándolas á la del Capitolio.


Pero el gigante, después de haber devorado la tierra, se devoró
á sí mismo : á la hora de su muerte, los bárbaros del Norte se pre­
sentaron para reclamar su herencia : la unidad romana se descom­
puso en fracciones : la luz de su civilización no brilló mas en su en­
lutado horizonte, y la idea del Estado desapareció con ella. En la
Europa bárbara, solo la Iglesia era una sociedad, porque solo en la
iglesia se encontraba unidad de objeto y armonía de voluntades.
Нота aspiró á la dominación en nombre de la fuerza; la Iglesia en
nombre de la verdad : su título era mas legítimo : sus medios los
ha juzgado ya la historia.


Considerada la Iglesia bajo este punto de vista, ella continuó el
movimiento del mundo romano, elevó las mismas pretensiones, y
marchó hacia el mismo fin; pero mas inflexible aun, porque la
verdad es más absoluta que la fuerza, vencedora, no perdonó ja­
más ; y protestó, vencida. En su lucha con los emperadores, al
лег postrado á los pies del heredero de San Pedro ál heredero de
los Césares, la imaginación asombrada no alcanza á concebir esta
revolución inmensa en el destino del mundo. Fuera de la Iglesia
solo existían individuos : la voluntad del hombre reinaba sola en
aquel caos en que naufragaron todas las instituciones humanas : y
abandonada la sociedad á sus elementos primitivos, no tenia mas
vínculos que los de la familia , y apenas existían otras relaciones de
dependencia que las del patrono y el cliente, el siervo y el señor.
Echando una ojeada por los siglos medios , es fácil conocer que no
podían existir relaciones exteriores; porque los pueblos no estaban




constituidos todavía. Pero los elementos que luchaban entonces, no
luchaban en vano ; los gérmenes que abrigaban, eran fecundos, y
debían dominar el porvenir.


Los tronos se elevaron en medio de la anarquía, no por la fuerza
de la espada, sino por el trabajo lento de los siglos. Los reyes lla-
maron hacia sí las fuerzas vitales de la sociedad para constituir, el
Estado : los pueblos se agruparon á su derredor, y les ofrecieron
sus riquezas y su sangre, para que en cambio les diesen paz, y
labrasen su ventura. Cuando los soberanos, olvidando su misión,
usaron de aquellas fuerzas para oprimir y no para proteger, los
pueblos se levantaron , y les hicieron comprender que ellos se ha-
bían dado reyes, pero que no admitían señores.


En el siglo xv, la Europa del mediodía empieza á ser monár-
quica : en el xvi, los tronos se encuentran consolidados, y
vencidas todas las resistencias. Este es también el tiempo en que
nació la Diplomacia propiamente dicha , que antes no habia podido
existir.


La protongada lucha de todos los principios que en los siglos
bárbaros aspiraron .á la dominación sin conseguirla, hizo aparecer
en Europa naciones independientes entr.e sí; porque sus fuerzas,
que bastaban para conservarse, no eran suficientes para aspirar á
la conquista. Había, pues, simultaneidad de poderes, que es la
primera condición de la existencia de los tratados : nacidos todos
los pueblos de un origen común , habiendo visto pasar los mismos
acontecimientos, y habiendo estado sujetos á las mismas vicisitudes,
todos obedecían á los mismos principios, y marchaban bajo el im-
perio de unas mismas ideas : las transacciones entre ellos eran
posibles; porque, no habiendo incompatibilidad entre sus principios,
podían adoptar una base reconocida por todos, y ajustar después
sus diferencias. Gobernados monárquicamente, eran regidos por
ideas fijas y reglas estables, que, trasladadas á la conclusión de los
tratados, podian asegurarles un porvenir, que hubiera sido impo-
sible prometerse de la movilidad de las repúblicas antiguas.


Los reyes, ocupados exclusivamente en las relaciones exterio-
res , porque su poder no era disputado todavía por los pueblos,




_ 41 —


podían pensar en su engrandeciraiento por medio de la espada ó de
transacciones ventajosas.


Si la independencia de los pueblos, si su origen común, si la
homogeneidad de sus principios y la estabilidad de sus gobiernos
hacían posible la existencia de la Diplomacia, la complicación de
sus intereses políticos y materiales reclamaba altamente su presen-
cia. Las naciones ya constituidas debieron conocerse , y se conocie-
ron en Italia. Destinada á ser el teatro de todo gran movimiento
político y social, y á ser desgarrada por sus oscilaciones, ella se
abrió otra vez á la invasión de pueblos extraños, que la inundaron
de sangre. Pero estas guerras, menos decisivas y devastadoras que
las de otros siglos, porque las fuerzas puestas en acción estaban
equilibradas, no podían concluirse por la conquista, sino por los
tratados. Por otra parte , el prodigioso movimiento dado por la ci-
vilización á los intereses materiales de los pueblos , y la complica-
ción de sus relaciones comerciales, exigían que se regularizasen
estas sistemáticamente, y que no estuviesen abandonadas á la ins-
tabilidad de todos los acontecimientos.


Así, el carácter de la Diplomacia en su origen era arreglar las
relaciones de unos pueblos con otros, para conservar un equilibrio
político y material entre las naciones, que ni podiah aspirar á ser
conquistadoras, ni podian ser conquistadas. Pero como en las rela-
ciones de unos estados con otros los pueblos desaparecen, y solo se
consideran los que los dirigen; y como los intereses de los subditos
y los de los reyes no estaban todavía en absoluta oposición, á estos
perteneció el nombramiento de los agentes que debian arreglar los
graves negocios encomendados á sus deliberaciones. La Diplomacia,
pues, era , no solamente posible , sino necesaria : sus poderes di-
manaban absolutamente de la potestad real : su creación era un
medio de conseguir un equilibrio estable entre naciones indepen-
dientes , que apelaban ante el tribunal de la razón, después de
haber ventilado en vano sus querellas con la espada. Considerada
bajo este aspecto, la Diplomacia representaba por sí sola el gran
principio de nuestra civilización , de que el imperio del mundo per-
tenece á la inteligencia. Este principio, generalizado solamente en




la Europa de nuestros dias, y presidiendo al desenvolvimiento pro-
gresivo de sus instituciones, es el triunfo mas bello de la humani-
dad, y el resultado mas grande del trabajo de los siglos.


Mientras que los príncipes estuvieron ocupados en sus relacio-
nes exteriores; mientras que sus intereses estuvieron en'armonía
con los de sus pueblos , la Diplomacia , obrando dentro de los lími-
tes trazados por su naturaleza, solo derramó beneficios sobre el
mundo; y su carácter eminentemente humano, porque ella era la
espresion de un progreso en el orden moral, fué respetado por
todos.


Esta primera época de la Diplomacia , que es también su edad
de oro, está representada por la paz de Westfalia, que constituyó
por largo tiempo el derecho público de Europa, y terminó la en-
sangrentada lucha que destrozó por espacio de treinta años el im-
perio de Alemania. La Diplomacia tuvo que arreglar entonces por
primera vez los intereses morales de los pueblos, que empezaban á
formar una sola familia obedeciendo á unos mismos principios.


Las guerras de Italia, en los siglos xv y xvi, tuvieron por ob-
jeto decidir á qué soberano pertenecía la preponderancia entre los
reyes de Europa. Con Lulero nació la lucha de los principios : los
reyes aparecieron en la escena como sus representantes; y las na-
ciones se arrojaron al campo de batalla, no en nombre de un señor,
sino en el de sus creencias. En Bohemia, en donde en el siglo xv
aparecieron las primeras víctimas del fanatismo, fué en donde em-
pezó á manifestarse el incendio , que, convertido en volcan, debía
abrasar á la Alemania. Aquella provincia sacudió el yugo de Fer-
nando 11, que quiso sofocar sus opiniones religiosas, y colocó en el
trono á un príncipe protestante, en la persona del elector palatino
Federico, que poco después fué despojado por el emperador de su
eorona y del Palatinado. Así empezó la lucha de los dos principios
opuestos.


La casa de Austria era el mas firme apoyo de la corte de Roma.
La rama á quien pertenecía el imperio, y la que reinaba en la penín-
sula española,. se unieron para sostener este principio después de
sesenta años de ásperas contiendas. Su bandera fué la unidad poli-




— 13 —


tica y religiosa , que la corte de Madrid pugnaba por conservar en
los Paises-Bajos, y la de Viena en Alemania : su poder era colosal;.
poique dominando en Italia también, y próximas á darse la mano,
amenazaban á todo el Mediodía, ciñendo entre sus brazos á la
Francia, y dictando leyes desde Portugal hasta las fronteras de
Polonia.


Pero la corte de Madrid era un coloso cansado ya de trofeos, y
que caminaba con rapidez hacia su decadencia. Richelieu, que ar-
rancó á la Francia de Ja nulidad á que se vio reducida después de la
muerte de Enrique IV, impidió la reunión de las fuerzas de las dos
cortes , arrancando á la de Madrid la Valtelina. El emperador, que
después de haber sofocado la revolución de Bohemia, no concebía
ya límites que atajaran su voluntad y detuvieran sus triunfos", ame-
nazó de muerte con el Edicto de restitución al protestantismo de
Alemania. Los príncipes protestantes se levantaron en defensa de
sus intereses; sus pueblos en defensa de sus principios : y el Norte
les envió á Gustavo Adolfo, que les enseñó el camino ele la gloria,
La Francia, poderosa ya, porque estaba gobernada por un hombre
de genio, atacó á la «asa de Austria en todos sus dominios- Así, las
fuerzas se equilibraban, y la lucha era devastadora sin ser decisiva,


Jamás el suelo de Alemania habia sido regado con mas sangre,
ni sus hijos ágoviados con tan horrorosa miseria. La .guerra' debia
sostener á la guerra : tal fue el desastroso principio proclamado por
Wallenstein, y practicado por todos los que combatian. Si algún
tratado ha sido alguna vez un don del cielo, lo fué sin duda el que
puso fin á una guerra, que no,podia terminarse por la victoria; por-
que las fuerzas de los contendieras estaban equilibradas, y ninguna
potencia de Europa se hallaba en disposición de decidir la lucha,
arrojándose en la dudosa balanza. La Rusia no existia como poder :
la Dinamarca se retiró desde el principio vencida por Fernando : la
Inglaterra reconcentraba su acción dentro de sí misma, para ocu-
par sola la escena del mundo en la última mitad de aquel siglo; y
su rey, Jacobo I estaba ocupado en disertar sobre la obediencia
pasiva. En esta situación, los tratados de Munster y de Ornabruck
dieron la paz á la Europa, y constituyeron la Alemania. Siendo la paz




— 44 —


eí único objeto de los plenipotenciarios que los arreglaron, sus com-
.binaciones no se dirigieron á hacer dominantes sus ideas, impo-
niendo su yugo á los que combatían , sino á procurar una transac-
ción ventajosa entre los principios existentes, que , convertidos en
hechos, luchaban por dominar las sociedades.


La paz de Westfalia no constituyó ningún poder tiránico en Eu-
ropa , y obligó á todos á que se encerrasen en sus verdaderos lími- -
tes. El protestantismo era un hecho en la sociedad : la paz de West-
falia le admitió como un hecho en la política y en las leyes, y
aseguró su desarrollo espontáneo y su independencia, admitiéndole
en el derecho público , y dándole representación en los grandes
cuerpos del Estado. Las indemnizaciones que, en él congreso de
Viena debian servir de pretexto para oprimir á los débiles y engran-
decer á los tiranos, en la paz de Westfalia fueron por ío general
justas, y proporcionadas á las pérdidas ó á los sacrificios. El elector
palatino entró en posesión del bajo Pala tinado; y mientras que el
alto no estuviese vacante por la extinción de la casa de Baviera, á
quien el emperador se le habia concedido, este príncipe debia re-
cibir la investidura de la octava dignidad electoral, creada al in-
tento para indemnizarle, y que debia dejar de existir luego que se
hubiese verificado la extinción de la casa de Baviera. El edicto dé
restitución fué revocado, y los príncipes protestantes conservaron
la posesión de los bienes de que aquel los despojaba. La Suecia fué
indemnizada con parte de la Pomerania y con la isla de Rugen en
premio de sus heroicos sacrificios; y tuvo ademas voto en la Dieta
del imperio, como parte constituyente de él por sus posesiones de
Alemania. La Francia estendió su territorio por la parte del Rhin;
y si es cierto que la indemnización que consiguió , era tal vez ma-
yor que sus sacrificios, no lo es menos que su poder no se aumentó
por entonces de manera que fuese alarmante para el equilibrio de la
Europa. Las relaciones entre los príncipes del imperio y el empe-
rador se arreglaron de un modo permanente, teniendo por base la
célebre Bula de oro, pero sin dejar por eso de admitir modifica-
ciones , que los siglos habian hecho necesarias. En fin, la Confe-
deración Helvética fué declarada independiente y exenta de la ju-




- ' 4 5 —


risdiccion del imperio; y las Provincias-Unidas entraron en la fa-
milia europea. Estos resultados fueron nobles; pero la Europa no
debia esperarlos mas- de los grandes congresos.


Amaneció un dia en que la inteligencia emancipada de los pue-
blos pidió á los reyes sus títulos, y examinó sus poderes. Este dia
fué terrible para la sociedad : roas terrible para los que la goberna-
ban. La lucha que nació entonces, estará siempre presente en la
memoria de los reyes y de las naciones, como una lección terrible y


* un ejemplar escarmiento. Los príncipes pusieron fin á sus rivalidades
y desavenencias; y colocados en las mismas filas, pugnaron por de-
tener el torrente que les amenazaba. Desde entonces las fuerzas de
la sociedad se reconcentraron; y en vez de ejercitarse en el arreglo
de las relaciones exteriores, tuvieron por objeto formar, su vida in-
terior, proporcionada á su nueva existencia.


La Diplomacia no pudo menos de resentirse de esta revolución,
que la revistió de un nuevo carácter; y olvidando entonces su orí-
gen, y la esfera en que podia agitarse, ejerció un poder usurpado; y
se asoció á lodos los crímenes de la fuerza. En vez de arreglar las
relaciones de los estados entre sí, trató de sujetar los intereses de
los pueblos á los de los reyes que los gobernaban. Esta segunda
época de la Diplomacia, constituida ya en poder, empieza con el
congreso de Viena, cuyas actas son un monumento de innoble opre-
sión, de cobarde tiranía, que servirá de escándalo á la posteridad,
como ha servido de horror á la Europa civilizada.


Ya en el tratado de 30 de mayo de 1814, verificado en París
por los soberanos aliados, se anunciaba este famoso congreso; y ya
entonces las potencias vencedoras, para que el mundo no ignorase
cuales eran los principios que presidian á su política, empezaron la
carrera de sus usurpaciones, declarándose, por un artículo secreto,
con derecho de disponer de todo el territorio abandonado por la
Francia en sus desastres, y de arreglar en dicho congreso sus rela-
ciones con la Europa. Como el principio que servia de base á este
artículo, era, que las naciones que no tienen un señor, pertenecen
al primero que las ocupa, los aliados dispusieron de la misma ma-
nera de las provincias de Alemania y de Italia, con el objeto de ar-




— 4(>*—


reglar después amistosamente sus diferencias, cediéndose mutua-
mente las que mas importaran á sus intereses respectivos. Conse-
cuentes consigo mismas las grandes potencias, no admitieron en ef
gran cqngreso, que iba á decidir del destino de la Europa, á los
plenipotenciarios de príncipes que no reconocían; porque su misión
no era equilibrar los intereses de los pueblos, sino sacrificarlos a los
de los soberanos.


Reunidos todos los plenipotenciarios en Viena, parecía natural
que se constituyera el congreso, y que, puesto que se componía -de
representantes de pueblos independientes entre sí, y que su objeto
era arreglar los intereses de todos, procediese en sus determinacio-
nes por via de deliberación. Pero las grandes potencias, que enten-
dían los principios de otro modo, no consintieron en esta manera de
discutir; porque, según ellas , el congreso no debia dar al mundo
el espectáculo de una asamblea deliberante : como si, quitada la
deliberación de las determinaciones, quedase otra cosa que la fuer-
za. Las potencias signatarias del tratado de París se invistieron del
.derechode deliberar solas, tomando el título de Comisión (quién era
el comitente?) de los ocho : (cíelos cuatro deberían decir, porque
los representantes de la Ffahéia en el dia de su humillación, los do
España * los de Portugal y los de Suecia no podían pesar entonces en
la balanza del mundo) y luego que en su seno se hubiesen agitado
todas las cuestiones y arreglado todos los intereses, se presentarían
las proposiciones á la sanción del congreso, que no debia consti-
tuirse hasta que la comisión hubiese concluido sus trabajos. En su
consecuencia , aunque los plenipotenciarios estaban reunidos desdé
el mes de setiembre, no se realizó la verificación de poderes hasta
el mes de noviembre : y aun en este tiempo, la comisión de los
ocho, é propuesta de Metternich, decretó que no siendo por enton-
ces conveniente uña reunión general, se dilatase para mas adelante.
Gomo el monopolio tiende á la centralización, la comisión de los
ocho degeneró en la de los cinco creada para arreglar los asuntos
de Polonia y de Sajonía, cuyo arreglo definitivo era la- cuestión vital
para él congreso. Esta comisión se compuso de los plenipotenciarios
de Rusia, Píusia , Austria, Inglaterra y Francia.




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La política de los aliados marchaba visiblemente en el camino de
los progresos : el resultado de las nuevas conferencias fué un nuevo
desmembramiento de Polonia, en virtud del cual la Rusia conservaba
la mayor parte, con la promesa especial de formar de ella un reino
unido, que debia ser gobernado por una constitución conforme á sus
necesidades combinadas con las del imperio; obligándose la Prusia
y el Austria á gobernar las provincias queleshabian cabido en suerte
de una manera conforme al mismo tiempo al espíritu de su nacionali-
dad, y á las exigencias de sus respectivos estados. Siguióse otro
desmembramiento de la Sajonia en favor de la Prusia para indemni-
zarla de las pérdidas de territorio que habia sufrido durante el'curso
de la guerra. En el seno de la misma comisión se creó el reino de los
Paises-Bajos, que nosotros hemos visto desplomarse. Todos tenían
motivos de queja, hasta los mismos reyes. El de Sajonia, porque lo
arrebataban una gran parte de sus estados, infringiendo el princi-
pio de la legitimidad , que el mismo congreso proclamaba. El de Di-
namarca , porque, como débil, no habia recibido justa compensa-
ción por el despojo de la corona de Noruega, que fue unida á la de
Suecia para indemnizarla de la pérdida de la Finlandia conquistada
por la Rusia. La comisión de los ocho habia igualmente nombrado
otra compuesta de los plenipotenciarios de las cuatro potencias alia-
das, y después del de Francia también, para arreglar los asuntos de
la Suiza : en vista de su informe, la comisión de los ocho, sin contar
con los cantones helvéticos, declaró en 2t) de marzo de f8i5 la
manera como la Suiza debería quedar organizada, obligando á la
Dieta á conformarse con esta declaración , y negándose de lo con-
trario á garantizar su neutralidad : la Dieta se vio en la precisión de
ceder, puesto que no podia resistir. Guiado el congreso siempre por
los mismos principios, la comisión, creada para arreglar los asuntos
de Alemania y formar su unidad, fué compuesta solamente de los


•plenipotenciarios de Austria, Prusia, Baviera, el Hannover y Wuv-.
temberg, excluyendo á los plenipotenciarios de los príncipes de se-
gundo orden y de las ciudades libres (es decir, á los débiles), que,
solo después de repetidas protestas, consiguieron ser admitidos á la
discusión de intereses que eran exclusivamente suyos.




— 48 —


Así, un congreso que se -anunció al mundo como el reparador
de todos los agravios, como el restaurador de todos los derechos, y
como el apoyo mas firme de los débiles oprimidos , ejerció el poder
mas tiránico que conocieron los hombres. La fuerza, no la justicia,
decidió de los mas sagrados intereses. Napoleón, sujetando las na-
ciones con el poder de su espada, doró la esclavitud con la gloria,
ennobleció sus acciones con su valor y sus peligros, y supo dominar
con el ascendiente de su genio : pero los que sobre el cadáver del
gigante se repartieron sus despojos, sin enemigos que les comba-
tieran , sin tempestades que turbaran su sosiego; los que en el seno
de la paz se proclamaron señores del mundo por el derecho de la
fuerza , unieron á la opresión la perfidia , desmoralizaron los tro-
nos , y disolvieron las sociedades. El que en una lucha eterna supo
vencer todos los obstáculos y coronarse de laureles, pudo encontrar
disculpa á su dominación, comprada á precio de sus fatigas : pero
los que, saliendo del polvo y condenados á la mediocridad, ajusta-
ron una innoble cadena á la cerviz de los pueblos, solo pueden es-
perar la execración de los siglos. El yugo de Napoleón debia ser
momentáneo; porque, después de su muerte ¿ quién vestiría las
armas del coloso ? ¿ Ni quién dominaría al destino, ó guiaría en los
combates el carro de la victoria ? Pero el yugo de la Santa Alianza
debia ser eterno, porque los gabinetes no perecen, cuando todos
los hombres pasan. Solo un medio tuvieron entonces las sociedades
para conquistar su libertad, y recobrar su independencia : este me-
dio fué justo, cuando se hizo necesario, y desde el momento en que
él solo pudo salvar la sociedad de su ruina : este medio fué... el de
las revoluciones, que serian el mayor azote de los pueblos, si no las
hubieran hecho necesarias los tiranos.


Mientras que las grandes potencias arreglaban desde Viena la
suerte futura de la Europa, Napoleón, encerrado en los límites es-
trechos de una isla que no era bastante para contenerle, meditaba
también sobre la suerte del mundo : su frente, oprimida bajo el peso
de las mas sublimes concepciones, abrigaba aun otras que debian
asombrar al universo , antes de que diese el último adiós á su bor-
rascosa existencia. El pensamiento que dirige, y la acción que le




- 49 —


realiza, coexistían en él sin sucederse; porque el genio ni tiene in-
tervalos , ni conoce el reposo, condición necesaria de la debilidad y
de los espíritus comunes : al fin se entrega á la merced de las olas,
se dirige hacia las playas de Francia, animado con aquella fé íntima
que ya habia sentido nacer en su pecho, cuando, dando el último
saludo á las Pirámides, atravesó un mar lleno para él de escollos,
para empuñar un cetro y ceñirse una corona. El prisionero de la isla
de Elba no habia variado en nada del vencedor del Egipto, y su
esperanza en el porvenir era la misma siempre : pero no conocia
que todo habia variado, menos él, y que en el horizonte se habia
eclipsado su estrella. Sin embargo , él no dejará de existir sin ha-
ber dado una larga muestra de su poder á los imbéciles que, como
á Encelado, debian amarrarle á una roca. A su presencia, se des-
plomó como por encanto una dinastía y un trono, cuyos funda-
mentos habia conmovido la civilización, como un árbol cuyas raices
habían secado los siglos, y que no podían fecundar todas las llu-
vias del cielo. Su formidable voz volvió á turbar el sueño volup-
tuoso de los déspotas del Norte, que, declarándole fuera de la hu-
manidad y de la ley, encargaron á todos los soberanos de Europa
la ejecución de esta terrible sentencia : los ejércitos de los aliados
se precipitaron segunda vez sobre Francia : en vano luchó el gi-
gante : sus horas estaban ya contadas en el libro del Destino, que
le tenia preparado los campos de Waterloo, para que escribiese
en ellos la última página de su historia. Cuando la Europa miró á
Napoleón vencido por Wellington , ella comprendió una verdad
que habia ya enseñado la filosofía, á saber; que Dios se vale mu-
chas veces de los débiles para abatir á los poderosos; y que se
complace en producir grandes resultados por medio de impercep-
tibles agentes.


Postrado ya el enemigo, y habiéndole señalado el lugar de su
sepulcro, los soberanos aliados ocuparon militarmente la Francia,
exigieron de ella indemnizaciones por sus gastos y sus sacrificios , y
garantías pecuniarias y territoriales que asegurasen en lo venidero
su tranquilidad, que debia defender por espacio de tres ó cinco años
un ejército de ocupación. Tales fueron las principales bases del tra-


T O M O i. 4




tado ignominioso concluido en París entre la Francia y las potencias
aliadas en 20 de noviembre de 1815.


Si se estudian con atención las determinaciones que le sirven de
base, y las que fueron el resultado del congreso de Viena, se verá
que, si bien es cierto que ya las grandes potencias habían adoptado
principios funestos para la libertad y la independencia de la Europa,
sus miras se dirigían sin embargo mas principalmente á prevenir
que la Francia se revolucionase de nuevo, y pudiera comprometer la
tranquilidad de las naciones vecinas. Para evitar esta catástrofe, de-
terminaron ponerla diques, y rodearla de barreras que bastasen á
resistir su impulso en el momento del peligro : con este objeto en-
grandecieron la Prusia; dieron unidad á la Alemania; formaron el
reino de los Paises-Bajos; aumentaron el poder del rey de Cerdeña,
reuniendo á Genova bajo su cetro; y fortificaron el lazo federal de la
Suiza : pero, amarrado ya el león, las potencias del Norte extendie-
ron suvista por una esfera mas dilatada y un horizonte mas ancho.
Dejaron de considerar á la Francia para juzgar á la Europa : no te-
mieron ya á la usurpación, sino á las revoluciones; porque su ins-
tinto les decia que debían ser mas funestas que las victorias de Na-
poleón , las oleadas de los pueblos.


Desde entonces empieza la Diplomacia á pesar sistemáticamente
sobre la Europa : su principal objeto fué ya sofocar en su cuna los
principios, y mantener las sociedades amarradas á su yugo, despo-
jándolas de su espontaneidad y su energía : y como su plan era
inmenso, y su ejecución debia encontrar obstáculos poderosos, los so-
beranos aliados, para estrechar mas los vínculos de sus mutuas rela-
ciones , se convinieron en renovar en épocas determinadas, ya bajo
sus inmediatos auspicios, ó por medio de sus ministros respectivos,
«reuniones consagradas á los grandes intereses comunes, y al examen
de las medidas que en cada íina de estas épocas se considerasen como
mas saludables para el reposo y prosperidad de los pueblos, y para la
conservación de la paz en Europa.» Este tratado manifiesta bien su sis-
tema , y caracteriza todas sus pretensiones : los congresos que se han
tenido después, no han sido mas que el cumplimiento de esta estipula-
ción , y el desenvolvimiento progresivo de todas sus consecuencias.




— 51 —


El primero fué el de Aquisgran : el rey de Prusia y los empera-
dores de Austria y de Rusia asistieron á él: y dignándose mirar
con ojos compasivos á la Francia regida por los Borbones, hicieron
una señal á sus ejércitos para que despejasen sus fronteras, decla-
rando fenecido el tiempo de Ja ocupación. Luis XVIII fué invitado á
asociarse á la Santa Alianza.; y, como caballero y agradecido, se
sentó en el banquete de ios conjurados. Desde entonces la Francia
ha sido un satélite de la Rusia; y el gabinete de las Tullerías fué
absorbido en el de Petersburgo. Las cinco grandes potencias, her-
manadas entre sí, declararon ante la faz de la Europa su firme
resolución de no abandonar los principios que las dirigían, y de
reunirse con frecuencia para arreglar sus intereses y estrechar mas
sus lazos. Pero, como estas protestas habian ya sido oídas por la
Europa, las potencias aliadas dieron un paso mas en su carrera,
anunciando que sus reuniones podrían también tener por objeto
arreglar los intereses de otros estados, siempre que reclamasen
estos su poderosa intervención.


Su política se manifestó sin velos; y la Santa Alianza borró de
entre los derechos de la humanidad la independencia de las na-
ciones : su intervención no debia verificarse sin ser reclamada por
los estados que necesitaban de su apoyo; pero los estados, para la
Diplomacia, no son los pueblos, sino los reyes que los dirigen ó
los esclavizan; y desde el momento en que esta declaración salió
del augusto congreso para recorrer la Europa, todos los tiranos se
encontraron ya seguros, y todos los pueblos condenados á la hor-
fandad y á las cadenas. Pero la hija de los reyes les enseñó el
camino que conduce á la victoria : una alianza de tigres les enseñó
cómo podia formar unaalianza.de hermanos. La superficie de las
sociedades empezó á ser borrascosa; porque en su seno se abrigaba
el germen de violentas convulsiones ; y el rayo asolador de que es-
taba cargada la nube, no tardó en desprenderse para iluminar la
hora de la venganza, y convertir en cenizas el pavimento que
sustentaba á los reyes.


España desenterró el estandarte que habia tremolado en Cádiz,
que, libre é independiente, habia conservado en otros dias el depó-




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sito de la existencia nacional, y el esplendor inmaculado de su
gloria. Los estados de Alemania exigían de sus príncipes el cum-
plimiento de sus sagradas promesas : promesas por las cuales les
aseguraron la libertad, cuando los pueblos á precio de su sangre
les aseguraron sus-vacilantcs coronas.. Los príncipes habian olvi-
dado en el seno de la prosperidad las obligaciones contraidas en los
dias de su infortunio : pero los* pueblos no olvidaron sus gloriosos
sacrificios; y en el silencio do la conspiración se aguzaban los pu-
ñales que debían clavarse en el seno de los opresores de la liber-
tad alemana.


El gran ejemplo dado por la nación española no podia ser esté-
ril ; porque no era el efecto de un movimiento caprichoso que
produce una ligera convulsión en los estados, sino la expresión de
una necesidad sentida por todos, y satisfecha por algunos. El filó-
sofo no explicará jamas una revolución por el poder de una sor-
presa , ni reconoce á la casualidad el derecho de dirigir los aconte-
cimientos humanos. La revolución , abismándose en la gloria y
abandonando después ostensiblemente la escena del mundo á la
Santa Alianza , no habia renunciado ni á la existencia ni á la victo-
ria ; y se refugió en las entrañas de las sociedades para crecer
en silencio : ella fué un hecho primitivo, pero no aislado en el seno
de la humanidad, y debia producir nuevos hechos que desenvolvie-
sen su principio de vida, y apareciesen espontáneamente en el dia
señalado por la Providencia para su dominación. La aurora de este
dia habia ya brillado en el horizonte de España; y su luz se dilató
como por encanto por otros paises, dispuestos también á saludarla;
porque en la escuela del infortunio habian aprendido á conocerla,
y entre los hierros que los oprimían, la habian erigido un altar.


Las Dos-Sicilias despertaron de su letargo profundo, y pocas
horas fueron bastantes para que en Ñapóles y en Palermo se diesen
al viento los tres colores mágicos que, treinta años antes, habian
electrizado á París. El rey entrega las riendas del gobierno al du-
que de Calabria, que decreta , «que la Constitución del reino de las
Dos-Sicilias será la misma que la adoptada en España en 1812, salvo
las modificaciones que la representación nacional, constitucional-




mente convocada , juzgase conveniente proponer para adaptarla á
los estados de S. M. » El dia de la regeneración habia llegado, y nin-
gún soberano se encontró bastante poderoso para detener á la
libertad en su vuelo, y decirla : «Este pueblo es mió: no te per-
tenece. » =Un coronel de un regimiento, leyendo la Constitución
de las cortes enOporto, basta para hacerla reinar en Portugal: á
su voz se reúnen las autoridades; nombran una junta directiva, y
los gefes de la revolución anuncian que la ley fundamental se halla
restablecida en nombre de D. Juan VI, é invitan á todos á darse
una Constitución, «que su amado soberano no ha omitido darles
hasta ahora, sino porque habia ignorado sus deseos.» Antes de dos
meses, el ejército constitucional ha vencido todas las resistencias;
y el estandarte de la libertad naciente se desplega con orgullo
sobre los muros de Lisboa.


Y la Grecia, sumergida en la abyección tanto tiempo, y la Gre-
cia , cuyas ruinas son mas grandes por" sus recuerdos, y mas
solemnes por su inmovilidad que todas las existencias brillantes que
hoy decoran la escena del mundo; cuyas playas son tan armo-
niosas como la lira de Homero; cuyo polvo es sagrado, porque
contiene las cenizas de los héroes; y la Grecia también comenzó
á descifrar los caracteres en que estaban escritos sus anales, en los
que solo se encuentran la palabra de libertad, la de heroísmo y la de
gloria. Ella protestó contra el silencio de los hombres : manifestó
que su existencia aun no habia pasado , y que aun podia dar nuevo
lustre con sus hechos á la dignidad humana; y, como si la civili-
zación que derramó en otro tiempo por la tierra, hubiera de presidir
siempre á su destino, el primer impulso hacia la independencia le
recibió de una sociedad creada para extender en ella los beneficios
de la educación y de las luces (1); y el primer instrumento de su
gloriosa emancipación debia ser su mismo tirano (2). Mientras que


(1) La sociedad llamada de los Heteristas: su objeto era emancipar a la Grecia
por medio de las ciencias y las artes , que en otro tiempo la colocaron al frente de
todas las naciones.


(2) El bajá de Janina Alí Tebelen, después do haber sacrificado á los griegos
y haber derramado á torrentes su sangre, tuvo que implorar su apoyo para resistir




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en el antiguo continente la libertad triunfaba de todos los obstáculos
que la opuso el oscurantismo, el nuevo mundo abrazaba su imagen
con ardor, y rompia las cadenas que le sujetaban á la Europa, y
con las que le habían ceñido sus bárbaros conquistadores. La eman-
cipación de los pueblos era completa, rápida y simultánea. Así,
las combinaciones de la Diplomacia para asegurar la diadema en la
frente de los reyes y la argolla en la cerviz de los pueblos, lejos
de producir los resultados que esperaban sus autores, convirtieron
en humo las ventajas que de ellas se prometían.


Empero, si los soberanos de Europa no podian reprimir la ex-
plosión del espíritu público, que se manifestaba en todas partes,
no por eso abandonaron los gabinetes el campo de batalla á la mer-
ced del vencedor, ni dejaron de seguir la línea de política que
habian comenzado á trazarse en el congreso de Viena ; que habían
desenvuelto en el tratado de París en 1815, en el de Aquisgran
en 1818; y quedebian completar en los demás congresos que el
estado de Europa habia hecho necesarios.


Ya en 1819 la fermentación de los estados alemanes, que exi-
gían el cumplimiento de promesas tan solemnemente hechas como
fácilmente olvidadas, habia llamado la atención del Austria y de la
Prusia, que habian convocado un congreso en Carlsbad para discu-
tir los medios de atacar el mal en su origen. Conociendo que la
unidad es el elemento necesario de la fuerza, y la fuerza la condi-
ción necesaria del poder, centralizaron la Alemania : el influjo de
los estados desapareció ante la unidad poderosa de la Dieta, que
sola tuvo desde entonces derecho para Interpretar á su antojo el
artículo 13 del pacto federal que les prometía las asambleas populares,
y la facultad mas terrible todavía de hacerse obedecer por medio
de la fuerza armada en todos los estados de la Confederación: y co-
mo su omnipotencia no debia tener otros límites que los que la tra-


al sultán, que, temeroso de su poder y envidioso de sus riquezas , habia jurado su
exterminio. Alí entonces se puso al frente de la Grecia que empezó á conmoverse
á su voz, porque sabia que debia conducirla á la libertad, no pudiondo ya encade-
narla. El monstruo pereció en la contienda en medio de su serrallo; pero la Grecia
fue libre.




— 55 —•


zase la salud de los tronos, se erigió á sí misma en tribunal supremo
de censura; se revistió del derecho de inspeccionar las universida-
des , de sorprender en ellas el germen de opiniones peligrosas ; , y
concedió á todos los gobiernos la facultad de ejercer una censura
previa sobre los periódicos que se escribiesen en sus estados respec-
tivos. Los tiranos tienen también el instinto de su conservación; y
para vivir persiguen á los seres inteligentes en donde se reúnen ó en
donde se ejercitan. A tal punto habian subido á la sazón las preten-
siones de las grandes potencias, que la "Rusia rehusó acceder á lo
resuelto enCarlsbad, á pesar de ser tan favorable á los tronos, por-
que no habia sido la obra exclusiva de la Santa Alianza, única in-
vestida con el cetro del mundo y el gobierno de los pueblos. La hija
salvaje del Norte, huésped en la civilización moderna, enseñaba ya
al Mediodia, que un principio no debe sacrificarse nunca á un resul-
tado ventajoso; porque este pasa, y solo aquel no perece.


Las resoluciones de Carlsbad no debían ser sino los preliminares
del congreso que se reunió en Viena para tratar de los asuntos de
Alemania : en él se resolvió que solo la Dieta (es decir, la Prusia y
el Austria) interpretaría todas las dudas'del pacto federal. Absurdo
espantoso, que sujetaba á un poder nacido de aquel pacto el pacto
mismo que le habia dado la existencia. La Dieta, que era la única
revestida con el poder de interpretar y decidir, era también la única
que tenia el derecho de encargar á un estado de la Confederación el
cumphmiento, por medio de la fuerza, de todas sus deliberaciones.
El legislador y el verdugo debiah ser una misma persona. Así, el
hacha estaba bajo la tutela de las leyes; pero los legisladores olvida-
ban que las leyes estaban también cubiertas con la sangre de la víc-
tima. En cuanto al artículo 13 del mismo pacto federal, se decidió
que las Constituciones existentes no podrían variarse sino por medios
constitucionales; pero los que á su antojo podían decidir los principios
¿no podrían juzgar también de la legalidad de los medios? Sin em-
bargo , esta era una garantía de libertad que no podia existir sin nu-
merosas restricciones. Los plenipotenciarios reunidos declararon
que la soberanía debia permanecer íntegra en los príncipes, ex-
cepto en el ejercicio de derechos determinados que en nada podrían




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perjudicar sus deberes respecto á la Confederación : en fin, el dere-
cho de censura y espionaje concedido á los gobiernos les aseguraba
un porvenir exento de tempestades que amenazaran su existencia.


Pero como el espíritu de libertad no habia aparecido solamente
en Alemania, sino que se extendía triunfante por la Europa, era lle-
gado el tiempo para los gabinetes de realizar sus teorías, ó de pere-
cer en tan deshecha borrasca. La necesidad de un nuevo congreso
fué evidente para todos los soberanos del Norte , que, reunidos en
Troppau para abrir las conferencias preliminares, decidieron en 13
de octubre invitar al rey de las Dos-Sicilias á que se reuniese con
ellos en Laybach, en donde debia verificarse el nuevo congreso,
para juzgar su obra y examinar su conducta. La historia no ofrece
ejemplo de un tribunal semejante : la filosofía buscará en vano, en
la región de las ideas, el tipo posible de esta creación absurda y
monstruosa, que en su repugnante desnudez ni aun se cubre con
la mas ligera apariencia de la verdad ó la justicia. El primer rayo de
la Diplomacia ha caido, y , lo que es mas, ha caido sobre la sien
ungida de los reyes : ya no podía ser dudosa la suerte de los pueblos.
Los tres monarcas deciden «que así como la alianza que las conven-
ciones de 1814, 1815 y 1818 habian consolidado, habia libertado
al continente europeo de la tiranía militar; de la misma manera,
debia poner un freno á la nueva dominación del levantamiento y
del crimen : y que las potencias ejercen un derecho incontestable,
tomando de común acuerdo medidas de seguridad contra los esta-
dos en los cuales la destrucción del gobierno conducía al menoscabo
de todas las constituciones y de los gobiernos legítimos.» La Francia,
por un resto de pudor, no se asoció á este crimen, que sin embargo
dejó pasar sin una protesta pública. La Gran-Bretaña, mas inde-
pendiente en sus movimientos, y mas ligada por los principios vita-
les de su Constitución, protestó ante la faz de la Europa contra el
nuevo derecho público sancionado por las potencias aliadas : pero
mientras que protestaba por medio de una circular dirigida á sus
agentes en las cortes extrangeras, animaba á la corte de Viena con-
tra su desolada víctima. Todos fueron conspiradores en aquel drama
nefando : todos recibirán la maldición de la historia. Al fin , el rey




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de las Dos-Sicilias se presenta en Laybach : desde allí anuncia á su
hijo el duque de Calabria, regente del reino, que la guerra es in-
minente , si no se destruye la Constitución ; y poco después los en-
viados del Norte le aseguran que su augusto padre ha prometido des-
truirla ; y que las potencias no le conceden la paz sino en cambio
de la violación de sus juramentos, y permitiendo que un ejército de
ocupación hollase las fronteras de un pais , que él gobernaba para
mantenerle libre y conservarle independiente. Las potencias alia-
das no tardaron en realizar sus proyectos; porque la amenaza que
pronunciaban sus labios, era fiel intérprete del odio que se abrigaba
en su corazón : y la espada del bárbaro extrangero brilló con una
luz siniestra en la voluptuosa. Cápua y en la magnífica Ñapóles.


Mientras que el emperador de Austria tomaba á su cargo la des-
trucción de la libertad naciente en las Dos-Sicilias, el autócrata de
todas las Rusias tomaba la iniciativa en los asuntos de España. En
este tiempo los reyes habian ya perdido el pudor, que á veces suele
cubrir la fealdad del crimen y la vergüenza de la ignominia con un
velo dudoso, cuando ya ha desaparecido la virtud. Hubo un tiempo
(y este tiempo no le habian visto pasar antiguas generaciones) en
que las dinastías que ocupaban los tronos de la Europa, hundían su
frente en el polvo al levantarse la voz del hombre nuevo que la
Providencia habia destinado á ser su azote, y á fabricar con sus
manos colosales una generación viril sobre los escombros de una
sociedad raquítica y degradada. La hora de la disolución del mundo
antiguo sonó en todas las naciones, y sus ojos le vieron desplomarse
pieza á pieza. Como en el último periodo del imperio de Occidente,
los restos de las artes que decoraban la Italia , fueron trofeos del
vencedor; el jefe de la Iglesia ungia sus sienes augustas; los pue-
blos se prosternaban á sus pies; y el heredero de los emperadores
compraba el permiso de arrastrar en el lodo una existencia imbé-
cil , cediéndole la mitad del lecho de su hija. Entonces fué un es-
pectáculo magnífico y maravilloso de ver el levantamiento de la
nación española, que, en nombre de la independencia del mundo,
sostenía al sol antiguo que caminaba á su ocaso, y oscurecía con su
sombra al nuevo sol que inflamaba el horizonte. Entonces todos los




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reyes aplaudieron á esta nación magnánima : entonces sus hijos
eran mirados con acatamiento por los extrangeros, que, emancipa-
dos por sus manos, veian grabado en su frente el sello del honor.
Entonces el emperador de Rusia reconoció la legitimidad de la
asamblea reunida en Cádiz, y la Constitución sancionada por ella.
¿ Quién diria sino que el momento de la reconciliación de los reyes
con las instituciones era ya llegado, puesto que reconocían su legi-
timidad y aceptaban su principio ? ¡ Vana ilusión! cuando la victoria
conseguida por los aliados cambió las ásperas contiendas en una paz
bonancible, y dio treguas á la zozobra de los reyes y á las fatigas
de los pueblos; el mundo vio con admiración, que los primeros,
sin haber perdido nada, lo habían ganado todo; y que los segundos
á precio de su sangre habian comprado una cadena.


El emperador de Rusia, que en 1842 habia reconocido como
legítima la Constitución de Cádiz, en 1820 la consideraba ya como
la obra del crimen, que debia conducir,á la nación española á la
desorganización y al caos; y proponía á las potencias aliadas que
declarasen de común acuerdo á la corte de Madrid : que el recono-
cimiento del nuevo orden de cosas no podia verificarse sm que las
cortes reprobasen á la faz del mundo los medios empleados para
cambiar la forma del gobierno : es decir, su legitimidad y el princi-
pio mismo de su existencia. Así, un tirano extrangero condenaba á
una nación independiente y libre al suicidio y á la ignominia, ó á
una muerte segura en una contienda desigual, y sin peligro como
sin gloria para el que la provocaba. El Austria se opuso á esta de-
claración , no por amiga de nuestra libertad, sino por temor de que
la Francia aumentase en la Península su influencia, siempre peli-
grosa para el Norte. La Inglaterra la desaprobó también; porque
su sistema no es vencer por medio de la victoria, sino por medio de
la desorganización, á los estados á quienes asesta sus tiros. La
Francia establece en los Pirineos su cordón sanitario; y da á los
facciosos todo el apoyo moral de una nación poderosa, acostum-
brada en otro tiempo á dar leyes al mundo, y humillada ahora hasta
el extremo de conspirar contra una nación vecina.


Sin embargo, la Francia no podia nada contra nosotros sin el




— 59 —


apoyo de los reyes; porque no tenia una voluntad propia é inde-
pendiente, que es la que constituye la individualidad moral de las
naciones": ella estaba pronta á herir, y su víctima señalada; pero
necesitaba una señal de aprobación de Petersburgo ó de Viena;
esta señal de muerte no podia hacerse esperar largo tiempo, y ô ebia
darse en Verona, en donde un nuevo congreso se reunía para de-
clarar fuera de la ley á esta nación sin ventura.


Villéle dirigia á la sazón en Francia las riendas del gobierno.
Un filósofo podría deducir el estado de abatimiento á que aquella
nación habia llegado, del carácter personal del hombre que formaba
su destino. Su alma de lodo jamás pudo elevarse á un pensamiento
sublime, ni á una sintesis fecunda. La sociedad, para él, era un
gran establecimiento industrial; los hombres, en su sistema, eran
las máquinas que le movían; el legislador un empresario ocupado
en calcular la pérdida y la ganancia; y la oscilación de la bolsa, el
faro polar que iluminaba su carrera. Hábil, porque la habilidad es
el patrimonio de todos los que la buscan, despreciador del genio,
porque le ofuscaba en su pequenez y le creia estéril, no tenia mas
medios para gobernar una gran nación, que la destreza. Él creia
verlo todo; y con su vista miope no alcanzaba á divisar la gran
sombra de la revolución , que se dibujaba ya en el porvenir, y que
debía envolver en una noche eterna un trono minado y una dinastía
perjura, que él creia sostener en sus hombros de pigmeo. Su nom-
bre , sin embargo, se salvará del olvido, porque está asociado á
una catástrofe terrible.


Con respecto á España, su sistema era pedir el permiso para
invadirla á las potencias del Norte, y parecer sin embargo inde-
pendiente : posición difícil que él mismo se creaba para luchar con
una dificultad y vencerla, si no con la fuerza de un gigante, por
medio de la intriga de un eunuco. El vizconde de Montmorency fue
el encargado de cumplir sus intenciones en el congreso de Verona :
pero no era este el hombre que debia penetrar sus tortuosas miras,
ni llevar á cabo comisión tan delicada. Metternich , que no tardó en
comprenderla y que dirigia el congreso , le ofreció la cooperación
de los aliados, cuando Villéle solo pedia su permiso. Montmorency




— 60 -


dejó entonces la silla; y Chateaubriand le sucedió en el ministerio.
Entre tanto las tres potencias del Norte, decididas á no abando-


nar á la Francia sola esta nación moribunda, se apresuran á declarar
á la corte de Madrid : que su amistad y la Constitución eran incom-
patibles ; y que solo restableciendo al rey en la plenitud de sus de-
rechos, podría conquistar su gracia y anudar sus relaciones. Villéle,
siguiendo su sistema, mientras que aplaudía en secreto á la tempes-
tad que se formaba en el Norte, se negó á asociarse á esta determi-
nación que colocaba á la Francia en segundo término del cuadro, y
que reducía á la nulidad su independencia política, haciéndola apa-
recer como instrumento de la voluntad agena. Tíllele continuó su
sistema hasta el resultado final de sus combinaciones: así, lo ri-
dículo y lo estravagante debían unirse á lo horrible con un lazo
monstruoso en esta obra de maldición, en que solo la víctima repre-
sentaba á la inocencia, y podia clavar sin rubor los ojos en el cielo.
Las potencias aliadas retiraron de Madrid á sus embajadores : y la
Francia, para que no se creyera un instrumento colocado en la
mano de los reyes, no retiró el suyo sino después, para ser vista de
la Europa , que no reconoció en ella sino á un seide del fanatismo,
afilando el puñal, y aparejándose para perpetrar el crimen. La hora
de su perpetración habia llegado : y el augusto monarca, que cenia
una corona condenada ya por el destino, anunció á los pares y á
los diputados del reino que «cien mil franceses mandados por un
príncipe de su familia estaban prontos á marchar invocando al Dios
de S. Luis, para conservar el trono de España á un nieto de Enri-
que IV. » En vano Foy , Royer-Collard y Manuel elevaron una voz
elocuentemente lúgubre, présaga del huracán que ya bramaba á lo
lejos : en'vano rechazaron con una indignación sublime esa guerra
sacrilega, escándalo déla civilización y afrenta déla Francia, en que
una derrota debia cubrirla de oprobio, y una victoria de ignominia :
sus palabras fueron dadas al viento; porque, cuando Dios quiere cas-
tigar á los reyes, los embriaga; y cuando quiere aniquilarlos, los
ciega : todos los caminos los conducen entonces á la muerte.


Los cien mil hijos de S. Luis pasan el Bidasoa : la traición siem-
bra dé flores su camino; ya que la Providencia, negándoles la lucha




— 61 —


que hace glorioso el vencimiento, no quiso que la victoria, cóm-
plice de su crimen, los ciñese con laureles. Entre tanto el congreso
nacional que todo lo veia perdido menos el honor, caminó triáte-
mente hacia la ciudad famosa que habia sido la cuna, y que iba á
ser el sepulcro de la libertad de España. Solo Cádiz podia servirla
de tumba; porque solo allí no debia ser insultada su memoria por
los vándalos que recogieron su herencia, y solo allí podia reclinar
su frente al abrigo de sus gloriosos recuerdos. Los padres de la patria
en aquella crisis terrible no dejaron de cumplir ni un solo instante
con sus mas sagrados deberes; y solo dejaron sus sillas para enno-
blecerse con la proscripción, vigorizarse con el infortunio, y santi-
ficar con su presencia las cárceles manchadas antes con el cri-
men (1).


( t ) La Constitución de Cádiz es un problema que está todavía por resolver, si
se atiende á la diversidad de pareceres de que es objeto, y á las pasiones que aun
concita. Debe ocupar ciertamente un rango distinguido entre las instituciones huma-
nas la que es suficientemente poderosa para excitar, cuando ya no existe, tantas,
esperanzas, aunque sean quiméricas, y tantos temores, aunque aparezcan infun-
dados : porque solo las ideas grandes y generosas pueden dominar las masas , ora
obedezcan á su dirección, ó ya resistan á su impulso. Pero las reacciones políticas,
que todo lo secan; que conducen á las sociedades aun seguro naufragio; y que
cubren siempre á la verdad con un velo que la desfigura y la empaña , han impe-
dido que hasta ahora se haya juzgado á la Constitución con la imparcialidad de la
historia. Unos , ciegos adoradores de, los principios que la sirven de base, la tienen
siempre presente en su corazón y en sus recuerdos, como en los altares de las di-
vinidades antiguas brillaba sin apagarse jamás el fuego sagrado de Vesta : ella es
su porvenir y su esperanza ; y sus ojos la miran como el tipo de la perfección, y
como el mas firme fundamento de nuestra regeneración política : otros la conside-
ran como el germen fecundo de espantosas tempestades, de convulsiones violentas,
y como el anuncio fatídico de que es llegada la hora de la disolución, y de que se
avanza el caos para envolvernos en su noche. El autor de estas consideraciones no
pertenece á ningún partido; y habiendo nacido demasiado tarde para tener agra-
vios que vengar ó pasiones que satisfacer, puede considerar á la Constitución como
un monumento de gloria sin que le ofusque su brillo, apreciando sus defectos sin
exagerar sus errores. Mi corazón no simpatizará- jamás con los que la desprecian;
pero mi conciencia no me permite quemar incienso en sus altares.


Las constituciones son las formas con que se revisten las sociedades en los dis-
tintos períodos de su historia y su existencia ; y como las formas no existen por sí
mismas , no tienen una belleza que las sea propia, ni pueden ser consideradas sino
como la expresión de las necesidades.de los pueblos que las reciben. No hay una




— 62 —


Entretanto la Grecia prolongaba su gloriosa lucha, y crecia á la
sombra de las disensiones de los tiranos del Norte. Ella ha sido ob-
jeto de muchas transacciones diplomáticas, que no son de este lu-
gar , porque no tienen un carácter político. La Rusia abrazó su causa


constitución esencialmente buena; porque no hay una forma que convenga igual-
mente á todas las sociedades : y no hay una constitución esencialmente mala, por-
que no hay forma ninguna que no pueda representar, en un período dado, las ne-
cesidades actuales de un pais. Las constituciones , pues, no deben examinarse en si
mismas, sino en su relación con las sociedades que las adoptan. Si la razón nos


• dicta esta verdad, la historia nos enseña que las sociedades tienden siempre de
suyo á revestirse de la forma que les es propia, y á darse la constitución que nece-
sitan para reposarse en un todo armonioso y consistente : así se observa, que
cuando los pueblos no rayan todavía en la civilización, y viven sin vínculos comu-
nes , carecen de una constitución fija y de una forma estable. ¿Ni cómo pudiera ser
de otra manera ? No existiendo la sociedad de un modo determinado, no puede
tampoco adoptar una forma fija, ni encerrarse en un cuadro que la comprima ó la
limite. Por eso, los que buscan una constitución en los bosques de la antigua Ale-
mania , y aun en el primer, período de los siglos bárbaros , no saben que buscan un
absurdo, y que encontrarán una quimera : ellos buscan la forma de la sociedad, y
no saben que la sociedad no existe. Pero llega un tiempo en que en el seno de esas
hordas flotantes se eleva un hombre, una clase, ó una familia, que, alcanzando
mas poder que los demás, se constituye en centro de vida, que llama hacia sí todas
las fuerzas existentes, y las imprime una misma dirección. Entonces este nuevo
poder obra de cierta manera determinada, á que obedece toda la sociedad : esta
manera es su forma: esta forma es su constitución: y esta constitución es necesaria:
y porque es necesaria, es buena. Esto no quiere decir que el hecho primitivo que
la sirve de base ; ó de otro modo, que el poder que domina á la sociedad , sea
beneficioso para los asociados; pero si no lo es, el mal no está en la constitución,
sino en el pueblo que la adopta; y su remedio no se encuentra en una revolución
política, sino en una revolución social : verificada esta, la antigua forma, dejando
de ser necesaria, caducará de suyo, y ocupará su lugar otra nueva conforme con
las necesidades de la sociedad regenerada. Esto supuesto, la Constitución de Cádiz
solo debe examinarse en sus relaciones con el estado de la sociedad, al tiempo de
su aparición en la escena del mundo.


Napoleón Invade nuestras provincias, y el trono de España desaparece, dejando
á esta nación huérfana y entregada á la merced del extrangero. Los vínculos socia-
les habían dejado de existir', y como la desigualdad de las condiciones no tiene
otro origen, habia naufragado con ellos. Pero si el ciudadano no tenia interés en
conservar una sociedad que no existia , el hombre no pudo olvidar la profanación
de sus hogares, á donde se refugia siempre como en lo íntimo de la conciencia el
sentimiento de la dignidad humana. Un grito de indignación, présago de la victo-
ria , se elevó entonces en todos los ángulos de esta despedazada monarquía. La na-
cionalidad encontró un defensor en cada hombre : la venganza un instrumento en




— 6 3 —


con ardor, porque su levantamiento abría una larga brecha en el
decrépito imperio de Constantinopla, canal abierto á su ambición
desde el tiempo de Catalina II. La Francia y la Inglaterra la tendie-
ron sus brazos, para que la Rusia no se vistiese los despojos dejados


cada brazo : la independencia un baluarte en cada pecho. Todo español fue soldado,
y toda la Península un campo de batalla. Las consecuencias de esta situación social
son fáciles de conocerse. Absorbidos todos los intereses particulares en un interés
común, desaparecieron todas las diferencias; y se formó una unidad armónica y
compacta, que debia ser irresistible por el concierto de todas las voluntades : la
escala social, en donde se anudan, independientes unas de otras, todas las clases
que constituyen el Estado, desapareció con la ausencia del trono, que formaba su
primer eslabón, y con la presencia de un peligro inminente , que las obligó á con-
fundirse reconcentrándose en un solo punto. El sacerdote, que, inspirado por la
religión, elevaba su voz augusta para proclamar la santidad de la independencia,
no tenia un interés diferente del que, postrado á sus pies, elevaba sug ojos al cielo
pidiéndole una patria; y el magnate, que volaba á combatir para aumentar la glo-
ria que habia heredado de sus ilustres antecesores, no se creia superior al que,
dejando la esteva, regaba los campos con su sangre, condenándose á una muerte
oscura con una abnegación sublime. Un peligro común habia abatido todas las emi-
nencias : un esfuerzo común dio á .todos un mismo nivel, y los elevó á la misma
altura.


Tal era la nación que las cortes de 1812 debían constituir. Toda ella era pueblo,
•y todas las clases habían ido á perderse en él, como los arroyos en el mar. Hecho
que , dominando á la sazón en la sociedad española, debia dominar también en el
código que sus mandatarios preparaban. El principio democrático dominó, y no
pudo menos de dominar en la Constitución de Cádiz ; porque dominaba, y no podia
menos de dominar en la nación española. Los que piensan que las constituciones se
encuentran formadas en los libros de los filósofos como las recetas en los.de los mé-
dicos, echarán de menos en la del año 12 el equilibrio de poderes, que se ha hecho
un lugar común entre todos los aprendices de la política, que solo estudian á la In-
glaterra en vez de estudiar á su pais , olvidando siempre que la espontaneidad es el
hecho dominante en aquella isla privilegiada, y que esa misma espontaneidad en
las instituciones hace imposible su trasplantación á pueblos que obedecen á Otras
influencias. El carácter dominante de la sociedad inglesa, en todos los períodos de
su historia, ha sido la existencia en grupos y fracciones , á quienes la lucha ha con-
ducido á la transacción, y la transacción al equilibrio. El hecho dominante de la so-
ciedad española, en el periodo que acabo de recorrer, era la absorción de todos los
poderes en la unidad robusta que derrocó al tirano. ¿Debían sus legisladores elevar á
rango de poder constituyente un hecho que no existia en la sociedad? ¿Debían estable-
cer una cámara de grandes en una nación en donde las circunstancias lo habían nive-
lado todo; en donde no habia un solo hombre que se creyera pequeño; y en donde
el límite de la altura era el alcance de la espada ? También se echará de menos en la
Constitución de Cádiz la plenitud de la facultad real, necesaria para constituir una




— 64 —


en el campo de batalla. Asi nació ese protectorado impuro en su orí-
gen , y tal vez funesto en sus consecuencias. Un cetro y una corona
han nacido de él. ¿Podrán jamás aclimatarse en la patria de Focion
y Filopemen ? Los tronos no tienen allí raices; y un principio repu-


monarquía : pero es preciso no olvidarse de que el trono estaba entonces vacio , y
de que la monarquía no era un poder, sino un recuerdo. Las cortes no se habian
reunido para crear hechos, sino para armonizar los existentes : y un rey cautivo,
que esperaba de la nación su libertad , no podia ser constituido en poder , sin des-
truir las relaciones necesarias de las cosas, que exigen siempre que el tutor dis-
ponga y el pupilo cumpla; que el protector haga la l ey , y que la obedezca el que
necesita de su amparo : los tronos mismos no tienen otra legitimidad, ni reconocen
otro origen.


Pero si la Constitución de Cádiz fué lo que debió ser, es decir, apropiada á las
circunstancias y á la existencia social de la nación española, ella debió desapare-
cer, cuando'aquellas circunstancias pasaron, y esta existencia se modificó de una
manera diferente : por eso, cuando el rey subió al trono , y de recuerdo se convir-
tió en hecho, y en hecho poderoso é influyente, la Constitución de Cádiz dejó de
existir, trasladando á sus manos el poder. Salvada entonces la independencia na-
cional , y restablecido el curso ordinario de las cosas , los intereses eselusivos y los
cuerpos privilegiados comenzaron á separarse de los intereses comunes y de la
masa de la nación, rompiéndose así la unidad formidable que habia dado el ser al
código de Cádiz : desde entonces estos intereses empezaron á ser hostiles entre sí;
y no era difícil prever que conducirían á la nación á violentas convulsiones. El tro-
no , á cuyo rededor estaban agrupados todos los que buscaban victimas en quienes
vengar su pasado abatimiento, tomó la iniciativa de una marcha reaccionaria y
tortuosa : los hombres, que con sus nobles y generosos esfuerzos pugnaron por
constituir á la nación de una manera conforme á sus necesidades, se vieron conde-
nados á arrastrar una existencia precaria, atormentada con la miseria en el recinto
de oscuros calabozos. El trono no sabia que de la Constitución de Cádiz se habia
escapado un germen de libertad que se difundía rápidamente por todas las clases del
Estado : á haberlo sabido , hubiera usado de la victoria con moderación; y , tran-
sigiendo con la libertad, la hubiera dado una forma compatible con su existencia,
afirmando sus cimientos. La causa de todos los males que han pesado sobre nuestra
patria, ha sido que ni el pueblo ni el trono han sabido transigir : que cada uno de
ellos ha obrado como si el otro no existiera, fluctuando constantemente la nación
entre la soberanía popular y el derecho divino; pero es preciso confesar que el
trono fué el primero en comenzar la lucha, dando el ejemplo de la proscripción que
debia conducirle á su ruina.


Si el trono no supo usar de la victoria, el pueblo desconoció también el modo
de asegurarla al abrigo de nuevas tempestades. La libertad triunfante en 1820 pudo
echar hondas raices en el suelo español, si los hombres que la proclamaron, hu-
bieran sabido medir la distancia que separaba á la sociedad de entonces , de la so-
ciedad que conocieron cuando apareció la Constitución de Cádiz. En 1812 el enlu-




—' 65 —


blicano duerme tal vez en el seno de aquellas grandes rui-
nas.


Así, la Diplomacia, escedíendo en todas partes y en todas oca-
siones sus límites trazados por el derecho internacional, invadió la
política interior, para cuyo arreglo no habia recibido misión de las


siasmo eléctrico, producido por el amor á la independencia amenazada , había for-
mado aquella unidad terrible y vigorosa que era el hecho dominante entonces , y
que absorbía en sí á todos los que debían después combatirle : el trono era un re-
cuerdo en la sociedad como en los corazones , y las clases privilegiadas dormían en
el silencio del olvido. En 1820 estas mismas clases, pasado el huracán, habian
sacudido el polvo, y se ostentaban ufanas al solxlel Mediodía : el espíritu de nacio-
nalidad era solo un recuerdo de gloria; y el trono un hecho absorbenle^y formida-
ble. La libertad no podia revestir las mismas formas en dos sociedades tan contra-
rias; y la Constitución del año 12 adoptada en 1820 fue un anacronismo moral, que
debía robar un porvenir á la libertad que nacía. Establecida pacífica y espontánea-
mente en la primera época, no podia dominar en la segunda sino por medio de la
fuerza , ni sostenerse sino por medio de una lucha encarnizada. Teniendo por base
un solo hdcho y un principio absoluto , la victoria misma no podia darla la existen-
cía, si no arrojaba de la sociedad los demás hechos, y si no sofocaba los otros
principios, suprimiendo así todos los obstáculos opuestos á su dominación. En este
combate de muerte fue vencida; y la libertad tuvo que arrastrar segunda vez lar-
gos lutos, víctima de grandes errores y de ágenos extravíos. La Constitución de
Cádiz hubiera podido durar largo tiempo á pesar de sus errores, si cien mil bayo-
netas no se hubieran arrojado en la dudosa balanza; pero no olvidemos que su exis-
tencia solo se hubiera debido al amor de la libertad que inflamaba á todos los espa-
ñoles : si á la libertad que ella encerraba en su seno hubiera reunido una forma mas
conveniente al estado social de la nación, ella hubiera existido á pesar de los cien
mil hijos de San Luis, que la sofocaron en su cuna. Un pueblo que no hubiera
querido ser libré, no hubiera querido un instante una Constitución tan democrática;
pero un pueblo que quería la libertad, no la hubiera abandonado á la merced de
cien mil eslrangeros, si los vicios de su constitución no la hubieran inoculado un
principio^seguro de muerte.


Yo no concluiré esta nota sin decir algo sobre los partidos que aun se agitan en
España con motivo de la Constitución de Cádiz. Los hombres que la predican como
el único puerto de salvación en la borrasca que corremos, ó son necios, porque
no la comprenden; ó malvados, porque la adoptan como elemento destructor. Los
que la desprecian , son pedantes. Los que la adoran como un recuerdo, pero sin
aspirar á constituirla en poder, son almas candidas y generosas, á quienes es lícito
reposarse en el bello dia de su aparición , y en el prestigio que tantas flores der-
ramó sobre su cuna. Entre todos estos hombres se levanta el filósofo , que la con-
sidera como un hecho imposible en la sociedad, pero glorioso en nuestros anales,
y que allí la respeta y la admira, como un monumento .magnífico de libertad , de
independencia y de gloria.


T O M O i. 5




partes contendientes. Debiendo su origen al poder real, no podia
juzgar á los pueblos sino en virtud del derecho de la fuerza; arras-
trada hasta las últimas consecuencias de este principio de los siglos
bárbaros, que ella debió destruir, la Diplomacia, como todas las
instituciones que llegan á ser tiránicas, dejó de existir como medio,
y se constituyó en poder, y lo que es mas, en poder constituyente.


Poder arbitrario, colosal, que la Providencia ha concedido solo
á la justicia, que no puede abusar de él; y que las circunstancias
depositan como un hecho en el toas fuerte, cuando las sociedades,
próximas á perecer, no pueden salvar su existencia, sino por me-
dió de uña tiranía terrible aunque momentánea. Mas el poder cons-
tituyente , elevado á derecho, reducido á sistema, y ejercido por
individuos que ni le habian recibido de la justicia ni de la sociedad,
es un hecho monstruoso, arrojado en medio de una civilización rica,
fecunda y humana, como la cabeza de Medusa en la sala de*un
festín. Pero está escrito que, así como no hay derecho contra el de-
recho, hay fuerza contra la fuerza; y entonces la segunda, que sirve
para repeler á la primera, es un instrumento de la justicia; porque
su objeto es destruir el obstáculo que se opuso á ella, por los mis-
mos medios con que se creó '.que son los únicos que la naturaleza la
ofrece.


Como un principio falso es tan fecundo en aberraciones, la Di-
plomacia no se contentó con dictar sus leyes á la sociedad, procla-
mando el principio de que los reyes lo son todo, y que los pueblos
no son nada; sino que, trasladando al derecho público y social las
disposiciones del derecho privado, inventó una especie de minoría
para las naciones pequeñas, y revistió de una especie de tutela tirá-
nica á las grandes. En virtud de este principio, que la Diplomacia
no se ha atrevido á proclamar , pero que puede formular el filósofo,
las naciones pequeñas se han visto despojadas del derecho de cons-
tituirse ; derecho, que pasó á las potencias de primer orden, es de-
cir, á media docena de individuos encargados por ellas de constituir
á las menores, según los intereses de las que estaban en posesión de
su tutela. Decepción infame , que no puede concebirse sino en una
sociedad á quien la civilización solo ha conducido al sofisma, el des-




— 67 —


envolvimiento de la inteligencia á una decrepitud prematura é im-
bécil , y que está condenada á arrastrar una existencia sin dignidad
y sin gloria. Los siglos de barbarie, si están oscurecidos por costum-
bres atroces, á lo menos esas costumbres eran fecundas; porque
sirvieron de base á la civilización : si estaban manchados con críme-
nes horribles, esos crímenes entristecían , pero no degradaban á la
humanidad; porque estaban acompañados de una abnegación gene-
rosa, y porque nacian del principio, si se quiere exagerado, pero
siempre vivificador, de la libertad del hombre


Se ha dicho que el triunfo de la civilización consiste en que los
tratados arreglen las diferencias que solo se arreglaron antes con la
espada : yo mismo he probado esta verdad; pero euando los trata-
dos exceden los límites que su naturaleza les impuso ; cuando los
hacen personas sin misión; cuando las sociedades se someten á su
fmperio, la civilización ha perecido. Su triunfo es el de la humani-
dad : la humanidad puede triunfar en las guerras civiles, en medio
de las convulsiones y de las tempestades, que si son testigos de sus
extravíos, lo son también de su existencia. Pero cuando la humani-
dad sufre que se realizen acontecimientos que no son la obra de su
voluntad, y sistemas que no nacen de su inteligencia^^ humanidad
no triunfa, se suicida. Así, la Diplomacia, hija de ^Civilización,
la conduce con la sociedad á la muerte, si la sociedad y la civiliza-
ción no vuelven á trazarla, con una mano poderosa, los límites que
ha traspasado con sus continuas invasiones.


Hubo un momento en que los límites pudieron ser trazados: este
momento fue el de la revolución de.julio : revolución inmensa, po-
derosa , que debió presidir á la regeneración del mundo, y que ven-
cida por la Diplomacia , merced á su generosidad y mansedumbre,
se está devorando á. sí misma, por no haber tenido la conciencia de
su poder y el sentimiento de su fuerza. *


Si el carácter de las naciones puede conocerse por los resultados
generales de su existencia política.y social; y si en su carácter debe
estudiarse su misión, jamás pueblo ninguno pudo desconocer menos
la suya que el de Francia, cuya identidad consigo mismo es el he-
cho mas evidente de su historia. Cuando la sociedad moderna aun




— 63 —


no existia, cuando el suelo de la Europa, en vez de estar'poblado
de naciones, estaba cubierto de tiendas eternamente flotantes, que
aparecían y desaparecían con las generaciones que se abrigaban en


- ellas, las tribus de los conquistadores y los fragmentos de las pro-
vincias conquistadas pugnaban por constituirse, y buscaban en vano
para ello la unidad que pereció en el naufragio de Roma. En medio
de este caos espantoso, se vio aparecer en las Galias un hombre
gigante ,• que constituyó un imperio , y resolvió el problema. Carlo-
magno encontró la unidad que la Europa necesitaba; y rechazando
la invasión germánica del Norte, y la invasión árabe del Mediodía,
constituyó la sociedad franco-romana, una , compacta y poderosa;
y procuró el reposo á las demás para que se constituyeran. Sü im-
perio se desmembró cuando estuvo confiado á la debilidad de sus
imbéciles descendientes ; pero el problema estaba ya resuelto, y el
camino trazado para la sociedad que comenzaba á bosquejarse : y
aunque la unidad establecida por él fué pasajera , aseguró al Medio-
día su porvenir, haciendo imposibles nuevas invasiones peligrosas.


De este hecho primitivo dé la historia de Francia resulta :
1 ."que esta nación fue la primera en conocer la necesidad del Me-
diodía de Eujfirai: 2.° que fue la primera en encontrar el medio de
satisfacerla que habiendo sido la que defendió al Mediodía de
las invasiones que le amenazaban, se colocó naturalmente al frente
de esta parte del mundo en la carrera de la civilización: y 4.° en fin,
que su carácter, despojado del espíritu de localidad, se manifestaba
ya revestido de una tendencia generalizada y espansiva, que ex-
plica su misión, y que nos revela su destino. Cuando las luces rena-
cieron en Europa, los principios filosóficos, encontrados por la civi-
lización italiana, inglesa y alemana , tuvieron que pasar por él para
generalizarse y dominar. Cuando los reyes llegaron á la cumbre de
su poder y de su gloria, la monarquía francesa era la mas sólida y
compacta : y , expresando mejor que cualquiera otra las necesida-
des de su siglo, fue conducida á la dominación. Cuando el movi-
miento filosófico y social hubo llegado á su apogeo; cuando én to-
dos los ánimos se arraigó la idea de la necesidad de una revolución
inminente, pero sin tener la conciencia de cual debia ser el carácter,




— 69 —


ía marcha y el objeto de esta revolución, la Francia tomó la inicia-
tiva ; y revelando su secreto á las naciones, se levantó con una
fuerza convulsiva, y sobre los escombros de los tiempos pasados
escribió los derechos imprescriptibles del hombre con la sangre de
los reyes; y cuando la libertad y la anarquía fueron abismadas en el
seno de la gloria, Bonaparte continuó en el mundo la revolución de
Francia.


Su earacter se ha desmentido solamente en la revolución de ju-
lio ; y como es imposible concebir que un pueblo renuncie de re-
pente su tendencia , sin que un hecho poderoso no le haya: modifi-
cado , este hecho existe, y es la Diplomacia : ella dictó sus leyes
al gabinete de las Tullerías, y le garantizó su existencia con sus
combinaciones. La posteridad las pesará en su balanza; pero como
hay ya algunos hechos concluidos, nosotros podemos juzgarlos con
el carácter que so presentan.


Puesto que el principio espansivo y generalizador existe en la
humanidad, este principio debe estar representado; y no estándolo
ya en el Mediodía, se ha refugiado al Norte, que se presenta como
invasor por todas, partes. La Polonia fue su primera víctima. Los
estados de Alemania, la Italia , la Suiza y*el Oriente se encuentran
amenazados por sus armas. Y si las analogías que nos ofrece la
historia no son ilusiones, sus armas deben ser vencedoras, porque
invaden : deben ser vencedoras por la misma razón que fue vence-
dora la Francia : por la misma que lo fue Roma : por la misma que
lo fue Alejandro : por la misma que lo ha sido Napoleón.


Si después de haber considerado al Norte echamos una ojeada
al Mediodía, guiados por la luz siniestra de los contrastes, su cuadro
se pintará á nuestra imaginación bajo un aspecto sombrío.


La Diplomacia, constituida en poder desde que Napoleón la
abandonó la sociedad palpitante que habia dominado con un cetro'
de hierro, fue bastante poderosa para trazar á la revolución de julio
su esfera de acción, y al espíritu público de la sociedad emancipada
los límites que en otro tiempo solo recibió de la victoria. Pero como
el espíritu espansivo de la Francia era un hecho, que podía ser
contrastado, pero no extinguido por un hecho contrario; su actividad




— 70 —


volcánica viéndose comprimida, se convirtió en fascinación y deli-
rio ; y no encontrando objetos exteriores en que ejercitarse, pugna
por devorar á la nación francesa en sus incendios. Solo por este
hecho general, y no por el de las asociaciones políticas, pueden
explicarse los movimientos febriles y convulsivos que se han expe-
rimentado en Lyon, y cuyas oscilaciones se han comunicado á la
capital del reino.¡


En un pueblo donde las masas han recibido fuertes sensaciones
de terror, de libertad ó de gloria; en donde están acostumbrados
á organizarse bajo el influjo de un nombre y agruparse al rededor de
una bandera; en donde han gustado ya de las borrascas del foro,
mas análogas á las pasiones de la muchedumbre que la monotonía
de una existencia agostada por el trabajo, y limitada por los ho-
gares domésticos, todo gobierno es imposible, si no proporciona á
estas masas un alimento que baste para ocupar su actividad, sa-
ciando su imaginación y sus pasiones, ó si no las encadena con una
argolla de hierro : es decir, que una sociedad así constituida solo
es susceptible de un despotismo asolante, de una república borras-
cosa , ó de un gobierno libre y moderado, pero con una guerra ex-
trangera, que, á falta de un gran sistema de colonización, pueda
servirla de alimento. El despotismo es imposible ya en Europa : la
república, tal como la conocieron los antiguos, no puede existir sin
esclavitud; como la conoce la América, sin un continente virgen y
sin una sociedad infante; como la conoció la Francia, no es posible
sino en un momento de transición, porque no tenia por objeto la
libertad, sino la destrucción de todos los intereses creados por el
trascurso de los siglos. Si la república está destinada á gobernar un
dia la sociedad europea, sus elementos serán nuevos como los de su
civilización; y yo no creo que haya un solo hombre en:la Europa
que haya estudiado bastante la sociedad, y penetrada en su porve-
nir, para que los haya descubierto y combinado. La Francia goza
del único gobierno que es posible; pero la Diplomacia le ha arreba-
tado la guerra, que era su condición necesaria, si habia de libertarse
de esa fermentación que la devora.


La Bélgica nos ofrece otro ejemplo que sirve para caracterizar




— 71 —


la Diplomacia. Francesa por sus costumbres, por su idiom a y sus
recuerdos, y , sobre todo, francesa por su posición, la Bélgica pro-
clamó con aplauso los principios que habían triunfado en París, y
conquistó su libertad é independencia, rompiendo como Alejandro
el nudo de sus relaciones con Holaada , y hollando con sus pies una
corona. En éste gran movimiento social, ella se ostentó al mundo
con unas fuerzas hercúleas, que hubieran sido bastantes para tener
á raya las invasiones del pueblo vencido, puesto qae habían sido
bastantes para constituirla en pueblo vencedor. Pero la Diplomacia,
que ha adoptado por principio que nada puede verificarse en las
sociedades; que ningún hecho nuevo puede conquistarse un lugar
entre los acontecimientos humanos; y que ninguna combinación
espontánea puede perturbar la armonía de sus meditadas combina-
ciones , sin que antes hayan sido reconocidas por ella , y formuladas
sistemáticamente por los que están iniciados en sus profundos miste-
rios; la Diplomacia, consecuente consigo misma, hizo suya la revo-
lución de setiembre, como habia hecho suya la revolución de julio,
y la imprimió el mismo carácter, que debia tener, por resultado las
mismas consecuencias.


Siendo un hecho concluido ya la separación de la Bélgica y la
Holanda, la Diplomacia se apresuró á reconocerle , puesto que no
podia impedirle; pero con la precisa condición de que habia de aban-
donar su tendencia espansiva; tendencia que siempre ha sido su ob-
jeto destruir, porque no estando sujeta al cálculo, escapa á sus
combinaciones- Ella no habia podido aniquilar esta tendencia en
Francia, porque , formando la base de su carácter, no podia des-
aparecer de su revolución sin que se aniquilase ia sociedad entera ¿
como no podia desaparecer de sus anales sin que se aniquilase su
historia.


Entonces la trazó límites, y dándola una falsa dirección, produjo
las consecuencias cuyo carácter dominante acabo de bosquejar. Pero
en Bélgica el principio espansivo era un principio naciente, y tenia
su origen mas bien en la naturaleza de las ideas proclamadas en su
revolución, que en el carácter de aquel pueblo. La Diplomacia en-
tonces le sofocó enteramente : y para impedir que pudiera renacer,




- ?á -


le destruyó en su causa, destruyendo la dominación de las ideas. El
hecho general de la Diplomacia, en la cuestión belga, ha sido redu-
cir una cuestión de principios á una cuestión de territorio y de inte-
reses materiales; y su consecuencia necesaria, destruir en su origen
un entusiasmo fecundo, despojando á la revolución de su carácter
moral, á la .sociedad de su energía, al hombre de su-dignidad y su
heroísmo. El pueblo que, inspirado por la libertad, apareció gigante,
dirigido ya po* la Diplomacia, apareció pigmeo. Bruselas, que habia
visto á sus hijos cubiertos de laureles, pocos momentos después los
recibió cubiertos de ignominia. Los hombres que derramaron glo-
riosamente su sangre por el triunfo de un principio, no tuvieron
fuerza para combatir, cuando solo se trató de la posesión del Luxem-
burgo ó la navegación del Escalda.


Jamás se han presentado á los ojos del hombre observador dos
hechos tan contrarios entre sí, verificados en un mismo pueblo, re-
presentantes de dos opuestos sistemas, y existiendo en un mismo
periodo de la historia , que puede ya apreciar su verdadero carác-
ter. Sin duda una revolución inmensa habia trastornado las fuerzas
vitales de la sociedad, para que apareciese cadavérica, cuándo
acababa de ostentarse llena de vida y movimiento. Y sin embargo,
en su superficie todo se hallaba tranquilo : ninguna oscilación vio-
lenta habia turbado su armonía : los mismos brazos que habían
levantado sobre escombros el altar de la patria, estaban dispuestos
á defenderle, si nuevas tempestades amenazaban su existencia.
Pero las tempestades se aglomeraron sobre su horizonte , y sin
embargo no le defendieron. ¿Cuál, pues, era esta revolución, real,
puesto que sus consecuencias la proclaman; pero no aparente, por-
que sus convulsiones no la indican?


Los hombres superficiales, acostumbrados á no ver una revo-
lución sino en las oscilaciones anárquicas, no podrán esplicar este
fenómeno de la sociedad belga : pero el filósofo, que sabe que una
revolución es como la divinidad que crea ó aniquila las sociedades
con una sola palabra, con su sola desaparición ó con su sola pre-
sencia ; el filósofo, que sabe que esas oscilaciones pasajeras, que el
vulgo distingue con el nombre de revolución, no son sino sus con-




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secuencias mas remotas : el filósofo, que, penetrando con su vista
en las entrañas de una sociedad magníficamente organizada, sabe
distinguir tal vez un principio de muerte , al mismo tiempo que-en
el seno de una sociedad ruda, borrascosa y salvaje un principio
fecundo de vida, nó dudará en designar como Única causa de la
degradación moral ó instantánea de la Bélgica, la desaparición del
dominio de las ideas espansivas de independencia y libertad, y la
presencia de la Diplomacia como poder, apoyándose sobre todos
los intereses materiales de la;sociedad emancipada. Solo la presencia
ó desaparición de aquellas ideas pueden elevar á un pueblo como
por encanto al templo de la gloria, y sumergirle un momento des-
pués en el lodo de la ignominia-


Jamas ningún pueblo ni ningún conquistador han hecho brillar
su espada sobre la cerviz del mundo en nombre de intereses ma-
teriales, sino en nombre de un principio; porque siempre hay en
las naciones un.principio que las domina : bajo su inspiración se
lanzan los pueblos á la arena, nacen los grandes hombres, marchan
las sociedades. Si es un pueblo el que le representa, este pueblo in-
clinará á su favor la balanza de la gloria : así fué Grecia en ios cam-
pos de Maratón : así Roma', cuando al mismo tiempo allanaba los
muros de Cartago, y hacia espirar la libertad en Corinto: así los bár-
baros del Norte, cuando inoculaban en el seno de una sociedad
envilecida el principio de la independencia con un bautismo de
sangre. Si es un hombre, este hombre será un conquistador y ce-
ñirá una diadema : así Alejandro, que debia facilitar á Roma la con-
quista y la asimilación del Oriente , marchó guiado por su estrella,
habiendo encontrado en la tumba de Aquiles un recuerdo, y en su
instinto la esperanza : así Mahoma enseñó al árabe vencedor el cami-
no de todas las naciones , y él ardiente caballo del desierto supo sal-
var sus límites , y refrescarse con las ondas del Tajo y las del Indo :
así Napoleón, destinado á reconcentrar las fuerzas vitales de una so-
ciedad desorganizada, brilló como un metéoro en Egipto, apareció
como un gigante en Moscow. Cuando las ideas que representan es-
tos hombres y aquellos pueblos, abandonaron el dominio del mun-»
do, su estrella se eclipsó para siempre, y se hundieron en la tumba.




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Sí : la razón nos dicta, y la historia, nos enseña que solo en
nombre de la inteligencia se- puede dominar, porque solo á ella
pertenece el dominio absoluto de las sociedades. Sí : la razón nos
dicta, y la historia nos enseña que la inteligencia jestá representada
siempre por un principio en cada periodo de la sociedad; y que,
cuando por un extravio culpable ó por una ignorancia presuntuosa,
la sociedad, quiere gobernarse en virtud de otras leyes que las que
emanan de este principio sagrado, y cuando quiere revestirse de
otras fuerzas que las que recibe de él, su destino es pasar como una
sombra y perecer de inanición, ó arrastrar una cadena-


Asi ía Bélgica, extraviada en el dédalo inmenso de combinacio-
nes que no nacen del principio que las dio el ser, dominada por el
poder bastardo de una Diplomacia que nada sabe, y que no com-
prende á la misma sociedad que piensa que dirige en su delirio, ha
perdido la dignidad y el carácter de una nación que se pertenece á
sí misma: y ni aun su historia podrá aprenderse en sus anales, sino
en los archivos de lina nación extrangera. La corona de su triunfo
se ha marchitado en su frente. Su nacionalidad es unajrrision ver-
gonzosa*, y una palabra sin sentido. Su constitución y su rey la han
venido de Londres: su existencia material la está garantizada por
el gabinete de las Tuilerías : á ella no la pertenece sino una bella
mañana seguida de una noche eterna. Ni ¿cómo pudiera ser capaz
de grandes esfuerzos, de nobles y generosas Virtudes una nación á
quien la Diplomacia ha arrancado de la arena política, á quien ha
despojado de su individualidad , á quien ha condenado á ser teatro,
pero mírica actora de los destinos del mundo? ¿En virtud de qué
títulos, conque poder, la Diplomacia borra así las naciones del li-
bro de la vida?


La Diplomacia constituida en poder no solo es tiránica y absurda,
sino impotente para el bien, aun cuando quiera producirle. El prin-
cipio de tantas calamidades para las" naciones no puede derramar
beneficios sobre el hombre: está condenado á la esterilidad como el
crimen. Todos, al recordar su impotencia, recuerdan sin duda á


«la desgraciada Polonia.
Pura como las nieves que la cercan, interesante como una víc-




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tima destinada al sacrificio, tal apareció al universo, cuando, mi-
rando á la Francia y entre los brazos de su verdugo, hizo resonar
hasta en el polo el eco de libertad que se escuchaba en el Sena. Des-
garrada por un triumvirato de naciones que la Diplomacia había
abortado y que consintió la Diplomacia, ella.se levantó de su sepul-
cro contra sus opresores como un remordimiento aterrador : porque
si ellos habían podido lanzarla en la tumba , la libertad y la religión
pudieron arranearla de su letargo, y revestirla de una aureola de
gloria: su aparición ha sido breve; pero el instante en que brilló, fué
magnífico y sublime : las oleadas de Jos descendientes de los anti-
guos tártaros se estrellaron ante los pies de la hija de la civilización
moderna : día vistió un momento de luz aquel horizonte sombrío :
el héroe ante quien se aplanó el Balkan r y ante quien tembló Bizan-
cio, vio secarse sus laureles en aquella lucha innoble, detenido en
su carrera por la mano de un asesino ó por la cólera del cielo. Pero
su vida, que fué una lucha Constante, era también una agonía pro-
longada. En vano tendió sus manos á la Europa : la Europa no tenia
mas que lágrimas que ofrecerla en holocausto : la Diplomacia no
supo encontrar un remedio para su infortunio en sus combinaciones.
En vano los pueblos quisieron lanzarse en la arena : la Diplomacia
trazó á su rededor un círculo inflexible : ni un soló navio surcó las
ondas del Báltico para sostener en aquellas regiones apartadas á la
libertad espirante*. Mientras que en la cámara francesa combatida
de un furor impotente resonaban aquellas palabras memorables «la
nacionalidad de Polonia no perecerá, » el pié del cosaco la hollaba
sin pudor entre la sangre y el lodo; los muros de Varsovia se alla-
naban , como los de un templo á quien la divinidad ha abandonado;
y el puñal del tártaro se clavaba en el seno de la virgen sobre cuya
frente se agitaban las palmas de la gloria , y que, cubierta con sus
ensangrentadas tocas, bajó otra vez al sepulcro ceñida con la corona
del martirio. Ella reposará en su sueño, hasta que evocada otra
vez por los principios mágicos que solo constituyen su nacionalidad,
se levante ensangrentada y vengadora, y persiga á su tirano aun
en medio de sus triunfos, siempre unida á su existencia como un
cáncer, que hará terrible su agonía y dolorosa su muerte. Entre




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tanto, los hijos de esa nación sin ventura recorren la Europa, vícti-
mas de una noble proscripción, pidiendo el pan de la piedad de
mano del estrangero, y encantando su corazón y sus oidos, no
como los hijos de Atenas con las tragedias de Eurípides, sino con la
relación de sus maravillosas acciones, con la pintura animada de su
glorioso infortunio, contando al huésped que los recibe la profana-,
cion de sus hogares, el triste duelo de sus esposas, la servidumbre
de sus hermanos, y el ñn sangriento de su Polonia adorada, que lu-
chó en vano contra un funesto destino.


Con Ta Polonia ha desaparecido la única barrera que defendía á
la Europa dé la Rusia destinada á crecer y engrandecerse con los
despojos del mundo1, y á quién todos los camino*, el de París como
el de Constantinopla j conducen á la dominación. Pero las conse-
cuencias mas fatales déla política del Mediodía en sus relaciones con
el Norte no han sido inclinar la balanza á favor del autócrata délas
Rusias, y abrirse á sus devastadoras invasiones con la desapari-
ción de sus fronteras naturales, sino herir de paralización y de
muerte las sociedades que crecían bajo su amparo, y encadenar en
ellas un volcan, cuyo principio disolvente está devorándolas con
espantosos progresos. '


Si París, Varsovia y Bruselas han sido los principales teatros de
los triunfos de la Diplomacia, su acción se ha estendido sobre todo
el Mediodía de Europa, de Una manera funesta "para su porvenir
amenazado. Todo sistema tiende á la unidad, porque en la unidad
está su fuerza. El Norte, con un instinto admirable de su conser-
vación , solo está dominado por un principio , se mueve por una sola
voluntad , y presenta en todas sus combinaciones el cuadro de una
maravillosa armonía. Solo la Polonia se atrevió á arrojar en medio
de aquella unidad compacta un nuevo principio y una voluntad inde-
pendiente. La Polonia ha dejado de existir. Los estados pequeños de
Alemania dieron el ejemplo de una noble resistencia á las inva-
siones del poder : la Dieta reunida lanzó un anatema sobre ellos,
y el congreso , que delibera en Yiena en el momento en que yo es-
cribo , se ocupa en absorber en la gran unidad del Norte los peli-
grosos gérmenes de innovaciones que-entorpecían su marcha. Tran-




— 7? -


quilo el corazón de sus vastas regiones, el Norte dirige sus ambiciosas
miradas hacia el Mediodía, da su voto en sus agitados debates, y
paraliza su acción con su terrible veto. Sus águilas se reposan en
Italia : Don Miguel ha sido su representante en Portugal. Colocado
en esta posición formidable, mira con indiferencia las oleadas es-
pantosas que se levantan en la sociedad francesa, seguro de que no' .
llegarán hasta su trono , y que se devorarán en sus esfuerzos impo-
tentes. Entre tanto, su vista se dirige hacia el mar Negro, se de-
tiene en el Bosforo que le espera para entregarle la esposa prometida,
y seguro de su triunfo la prepara el manto nupcial, disponiéndose
para recibir en dote el Mediterráneo y el Oriente.


Estudiando el origen de su fuerza, es fácil conocer que esta
consiste en que, dominada por un solo principio* y una sola volun-
tad , la Diplomacia allí no se ha constituido en poder; y contentán-
dose con reconocer aquella voluntad y aquel principio, obra siempre
guiada por sus inspiraciones, sin permitirse modificarle ni aun en
sus más remotas consecuencias.


El cuadro que presenta el Mediodía, es menos lisonjero; y el por-
venir que le espera, mas sombrío. Cuando la revolución de julio se
apareció á los ojos de todos los pueblos de la Europa, ninguno
creyó que aquella gran catástrofe de la legitimidad, y aquella gran
victoria de un pueblo que se miró soberano, se reduciría á la catás-
trofe de Carlos X y á la victoria de la Carta. Asi como la restauración
no habia sido' solamente una restauración de personas, sino una
restauración de principios, la revolución de julio debió tener el ca-
rácter de una revolución en las ideas : asi como aquella arregló la
Europa, según su principio tradicional, parecia que esta debía
arreglarla según su principio conquistado. ¿ Se equivocó la Europa
cuando pensó que la restauración destronada debia arrastrar en su
caida el principio de su existencia? ¿Se equivocó en pensar que otro
principio debia ocupar el trono que abandonaba el primero, así
como le ocupaba otra persona ? ¿ Se equivocó en pensar que este
nuevo principio, llamado á la dominación de la Francia, estaba
llamado á la dominación del Mediodía, como el principio represen-
tado por la restauración, como el representado por Bonaparte, como




- 78 -


el representado por la revolución de 89, como el que representaron
Luis XVI y Richelieu; en fin, como todos los principios que han
dominado aquella sociedad, representante siempre de las necesida-
des morales de la Europa? ¿O debia creer que la desaparición de
un trono sustentado por cien generaciones era un acontecimiento


. vulgar arrojado en medio de los acontecimientos humanos, sin mas
causa que una infracción á la ley, sin mas consecuencias que una
mudanza de personas ? No : la Europa no debia creerlo así; porque
ni la Europa ni el sentido común conciben un hecho contrario á
todos los antecedentes de la historia, que es la humanidad idéntica
siempre consigo misma en medio de la diversidad de sus revolucio-
nes : pero la Diplomacia lo creyó , y todos han visto las consecuen-
cias de sus principios en las dos naciones que fueron el teatro de su
triunfo : sus consecuencias en la política general del Mediodía no
han sido menos desastrosas.


Declarando la Francia que ella no se pondría á su frente, la
Francia de julio no solo abdicó su poder y renunció á su corona,
sino que faltó á una obligación moral, sagrada para los pueblos co-
mo para el hombre. El Mediodía la habia mirado siempre condu-
ciendo su marcha por medio de los siglos, expresando sus necesi-
dades como sus ideas, y extendiendo su dominación por medio de
la inteligencia ó por medio de las armas. ¿Era moral su deserción,
en el momento en que el Norte gravitaba sobre el Mediodía con
todo el peso de su unidad irresistible? La Francia tenia el derecho
de renunciar á su gloria por respetar el tratado de Viena : ¿pero
tenia el derecho de sacrificar á la Diplomacia una hecatombe de
pueblos? El Mediodía se encontró sin un principio. El de la restaura-
ción habia ya naufragado : la revolución de julio no ha podido formu-
lar el que debia sucedefle. No gobernado por un principio, yo no
encuentro el Mediodía, sino naciones meridionales, abandonadas* á
su individualidad y sumergidas en el caos. La Diplomacia, creyendo
que hace marchar á las naciones, las ha hecho retrogradar hasta los
siglos medios. Pasando la confusión de las cosas á las palabras, el
lenguaje de este siglo será ininteligible para la posteridad. A la
Bélgica se la llama independiente, cuando lo recibe todo de manos




— 79 —


extrangeras : á la Francia poderosa , cuando se somete á un tratado
que causó su ignominia, y cuando renuncia la presidencia en el
banquete de los pueblos : á la Inglaterra sagaz, profunda y previ-
sora , cuando los Dardanelos se cierran á su pabellón» Todos los
principios, todos los elementos coexisten en el Mediodía dé la Eu-
ropa , como coexistían en la confusión anárquica de la edad media;
D. Miguel y Luis Felipe;«Brougham y Calomarde: dentro délos
muros dé una misma ciudad, aquí se afila la espada del republi-
cano , y mas allá la cuchilla del verdugo: entretanto, la Diplomacia
cree que ha constituido la sociedad, y se admira en sus confina-
ciones.


Pero el filósofo puede preguntar : ¿ es este el camino que con-
duce á una regeneración, ó el que conduce á una anarquía? Estos
síntomas, esta confusión , estas oscilaciones» ¿anuncian una nueva
aurora, ó son precursores de muerte? Y sobre todo,.con estos
elementos hetereogéneos y encontrados ¿podría el Mediodía resistir
á las invasiones del Norte? Sin un principio que le guie ¿ podrá ser
uno jamás? Y si la hora del combate sonara para las naciones ¿quién
conduciría á las del Mediodía de Europa á las orillas del Rhin ? La
Francia ha renunciado á su misión, ¿quién saltará ala arena para
levantar la maza de Hércules que debe herir al coloso ? Cuando el
hombre de bien, cuyo corazón arde con el amor de la humanidad
y de su patria, busca la resolución de este problema espantoso, el
porvenir se presenta ante él cubierto con un velo fúnebre, y creé
marchar sobre el borde de un abismo, ó el de un inmenso sepulcro.


Pero á lo menos el tratado de Viena al que todo se sacrifica,
¿tiene una existencia asegurada? ¿Pueden crecerá su sombra las
naciones? Polonia responderá desde su tumba : la Bélgica tiene
una existencia que su soplo de vida no la ha comunicado. La Sui-
za , cuya neutralidad él declaró sagrada, teme en este momento
por su territorio amenazado de extrangeros que le cercan. El tratado
de Viena es un fantasma : pero sobre sus ruinas ningún principio se
ha proclamado, que pueda reunir bajo de su bandera los restos
de este naufragio social, estableciendo su armonía. La Europa de
julio es un gran cometa, que arrojado por una revolución de su ór-




— 80 —


bita, .fluctúa vacilante en el vacío, y que, fuera de todo sistema
planetario, marcha sin dirección y sin concierto á una segura rui-
na , si la mano de Dios no le detiene, y no vuelve á trazarle su
carrera. »


Pero á lo menos si los pueblos perecen ¿ podrá salvarse el trono
de julio ? Un orador filósofo ha dicho en la cámara francesa, que
treinta y dos millones de hombres no pueden hacer un rey : esta
verdad es profunda : ella quiere decir que jamás la fuerza puede
crear el poder : que jamás el derecho puede nacer de un hecho que
otro hecho destruirá; que la legitimidad, en fin, es necesaria á los
reyes. Pero esta palabra de que se ha abusado tanto,-merece que
se la explique. La legitimidad aplicada auna acción particular, es
la conformidad de esta acción con las leyes positivas. La legitimidad
aplicada á un soberano , es la conformidad de sus acciones públicas
con la justicia, que si bien es siempre una, no por eso deja de ser
diversa en sus aplicaciones á las sociedades modificadas por los si-
glos. En cada época de la historia la justicia está representada por
el principio llamado á la dominación, que es la expresión viviente
de la armonía entre el derecho absoluto y las necesidades sociales :
el poder que representa este principio, el que conserva esta armo-
nía, es el solo legítimo sobre la tierra. El poder de un conquistador
puede ser legítimo, si representa aquel principio dominante; pero
su legitimidad no nacerá de la fuerza, sino del principio encarnado
en é l : aquella misma fuerza que le condujo al trono no era suya,
sino de la sociedad, que, como poseedor de aquel principio, supo
regir y comprender.


Considerada bajo este aspecto, la legitimidad de Carlos X no
pasó, sino cuando dejó de ser legítima, si puede decirse así: es
decir; que no pasó sino cuando apoyándose en un principio absolu-
to , dejó de recibir las modificaciones de los siglos, que son la con-
dición necesaria de su existencia. En el mundo no hay mas que una
legitimidad absoluta; esta existe sin duda en Dios : pero solo en
Dios existe. Los reyes , que se proclaman revestidos de un derecho
divino, no saben que al absurdo añaden la blasfemia; y sobre todo,
no saben que los pueblos castigan con mas severidad un absurdo,




que las leyes un crimen. El poder que no representa el principio do-
minante de la sociedad, no solamente es ilegítimo, sino qué también
es débil: no comprendiendo á la sociedad, no puede electrizarla,
haciendo que se realizen como por encanto todas sus exigencias: no
puede llamar hacia sí todas sus fuerzas vitales; y no teniéndolas en
su mano para construir la fuerza pública, ellas se agitan sin direc-
ción y sin sistema, y producen los trastornos y las revoluciones. Si
el trono de Francia sigue apoyado en un hecho, y no se apodera de
un principio, su existencia será efímera y borrascosa; y cuando
llegue á desaparecer, habrá desaparecido para siempre..


Pero la Diplomacia, que, sometiendo el principio que debia go-
bernar el Mediodía al tratado deViena que por todas partes.se retira
de la escena del mundo, ha hecho imposible la existencia de una
unidad compacta que pueda resistir á la del Norte; que ha desmo-
ralizado la sociedad y debilitado los tronos, no por eso se considera
vencida, y cree que apoyándose estos en los intereses materiales
de las clases del Estado, y armonizando á los pueblos por medio de
sus intereses materiales recíprocos, podrá encontrarse esa unidad
qué se busca; y qua con ella el Mediodía podrá inclinar á su favor la
balanza. ¡Vana ilusión! La tendencia de todos los intereses mate-
riales es á complicarse y subdividirse : su efecto, individualizar y
disolver. Una sociedad no puede estar fundada sobre ellos; porque
la movilidad de sus transformaciones solo puede producir una agre-
gación momentánea, pero jamás una sociedad permanente. La so-
ciedad no existe sino entre las inteligencias : la lucha no existe sino
entre las necesidades. Por eso una idea es un principio de cohesión;
un interés, un principio disolvente: Por aquella pertenece el hombre
á la humanidad.; por este se pertenece á sí mismo : y solo por la
coexistencia de estos dos elementos, pueden explicarse la libertad y
el poder. Así la Diplomacia, invocando los intereses materiales para
reorganizar la sociedad, la desorganiza y la disuelve. Arquímedes
pedia una palanca para mover el universo : dadme á mí un princi-
pio , yo constituiré las sociedades.


Pero la Diplomacia que, como todo poder que perece, está con-
denada al absurdo, lejos de abandonar sus teorías, adopta todas sus


T O M O 1. .. 6




- - 8 2 —
consecuencias; y después de haber renunciado á una lucha que tenia


. por objeto la libertad, arroja el guante del desafío en la cuestión del
Oriente. Cuestión inmensa y que encierra en su seno el porvenir del
mundo : cuestión inmensa, que la Diplomacia en su decrepitud no
sabe resolver, ni aun puede concebir. Reduciéndola al cuadro mez-
quino de sus combinaciones, la considera como una cuestión de in-
tereses materiales, y la adopta sin saber que es una cuestión que
llamará á la arena todos los grandes principios, cuyos gérmenes se
han desenvuelto en todas las épocas de la historia en el seno de la
humanidad. ¡ Cómo! los principios que con una fuerza irresistible se
reproducen en todos los puntos del globo, que luchan igualmente en
París y en Varsovia, en la antigua y poderosa Alemania y en el es-
pirante Portugal: los principios, que, absorbiéndolo todo con su
fuerza de asimilación, aparecen en todas las cuestiones, por extrañas
que les sean , que se revisten de todas las formas para combatir en
todos los teatros, que fascinan todas las imaginaciones ¿ se retirarán
de la escena, cuando.todo un mundo se desploma, y un mundo que
les dio el ser ? Los pueblos de la Europa se disputarán el trono va-
cante del Oriente, ¿y los principios no se abrrrtln camino para do-
minar allí las sociedades? Ellos, contemporáneos de los siglos, co-
nocen mejor que los pueblos de la Europa aquellas vastas regiones,
teatro un tiempo de sus mayores combates : allí todo recuerda sus
triunfos, todo indica su dominación : ellos nos dieron las institucio-
nes de aquellos pueblos antiguos, nos han explicado sú gloria :
ellos nos llevarán sobre su tumba ;-y mientras que nuestros ejérci-
tos, huéspedes en aquellos lugares, se disputen una victoria que no
pueden dar las armas, ellos y ellos solos engendrarán el porvenir.
En vano la- Diplomacia quiere arrojarlos del trono del mundo ; el
mundo les pertenece : en vano los borra de sus tratados; ellos es-
tán escritos en las frentes de los pueblos.


El Norte, que conoce mejor el valor de los principios, y que se
alista bajo de sus banderas ; el Norte no piensa, como nosotros, que
los intereses materiales deben presidir á sus determinaciones. El
Austria olvida que tiene delante de sí á Constantinopla, y sacrifica á
sus principios su interés : este sacrificio no es fanático, porque los




— 83 —


gabinetes ni tienen fé, ni pasiones : es el resultado de un cálculo
profundo, que la hace concebir que el engrandecimiento de la li-
bertad le seria mas funesto que el de la Rusia , porque las conquis-
tas de un principio son mas absolutas, y sobre todo mas durables
que las de la fuerza : ella sabe muy bien que un pueblo conducido
por una idea que domina, es mas terrible que un pueblo conducido
por una espada vencedora : en fin, ella sabe muy bien que en la
cuestión de Oriente los principios aparecerán.en primer término del
cuadro, como en todas las cuestiones, con sola la diferencia de que
se agitarán en im campo mas ancho, y en una escala mas grande.
El Austria sabe todo lo que la Diplomacia ignora, y sofocando su in-
dividualización, se absorbe en la terrible unidad que nos amenaza,
como un hábil general que se replega desde la vanguardia hasta en
su espesa falange, para precipitarse sobre el enemigo con una fuerza
irresistible. Guando suene la hora del combate, el Norte levantará
su voz, proclamará su principio, y está seguro de encontrar ecos
que le respondan : mandará á sus águilas volar, y encontrará ejér-
citos que las sigan.


Yo creo que la cuestión de Oriente es solo una cuestión para la
Diplomacia. Cuando el imperio otomano deje de existir, su trono no
estará un momento vacío. Así la historia, que no nos ha pintado en
sus páginas la desaparicion.de un solo imperio sino- precedida de
grandes catástrofes y guerras sangrientas, contará á nuestros hijos
que un mundo desapareció sin convulsiones. La Diplomacia puede
felicitarse con el triunfo de sus filantrópicos sentimientos : ella ha-
brá entonces llegado al límite de la civilización; y la posteridad
agradecida nunca elogiará bastante la inmensidad de su genio, y la
profundidad de sus combinaciones.


Aunque esta es mi opinión particular, yo debo suponerla exis-
tencia de la crisis para juzgar de los medios que la Diplomacia tiene
en su poder para resistir al Norte.' Considerando esta cuestión como
una cuestión de intereses materiales, ella podrá invocarlos en él mo-
mento del peligro; pero los pueblos no responderán á su voz : el
entusiasmo no se manda, y solo pueden producirle los principios. La
libertad, la independencia, la religión y la gloria han producido




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todos los héroes, han inspirado á todos los conquistadores, han sos-
tenido á todos los mártires : el interés no ha producido sino el le-
targo que adormece, y el egoismo que mata. Todos los hombres,
todas las naciones que han dejado una huella estampada en el seno
de los siglos al través de su gloriosa carrera, han crecido á la som-
bra de aquellos principios regeneradores : ¿dónde se oculta el pue-
blo que ha hecho una cosa grande en nombre del interés ? La historia
no le ha visto pasar, ni su nombre se encuentra en los archivos de
la Diplomacia.


Si después de haberla considerado en sus efectos^en Bélgica , en
París, en el Mediodía de Europa tal como ha salido de sus manos,
en sus relaciones con el Norte, y en su posición con respecto á la
cuestión de Oriente, echamos una ojeada sobre el vecino reino de
Portugal, que puede considerarse como la expresión mas animada ,
la emanación mas pura del carácter de todas sus combinaciones,
hasta el momento en que nuestras armas victoriosas le han dado una
nueva vida, esta ojeada será lúgubre como la que se dirige sobre
un vasto cementerio, en donde, evocados por las furias, lucharían
al resplandor de fantásticas hogueras los huesos animados de razas
que fueron enemigas, y que aun en la tumba conservan las convul-
siones de su sangriento fanatismo con el sello de su reprobación.
Nuestros ojos están familiarizados con la sangre, y acostumbrados
á reposarse sobre estériles ruinas : nosotros hemos visto al despo-
tismo y al crimen triunfar sobre la libertad y la virtud : hemos visto
á la anarquía invadir las sociedades , á la disolución combatirlas y
hacerlas retrogradar hasta el primitivo caos : nuestros ojos han visto
la lucha de todos los elementos, y las tempestades no nos asombran:
siempre en medio de su horror se ha escuchado alguna voz sublime;
siempre en medio de su Jucha ha aparecido alguna idea regenera-
dora, algún bello carácter que ha servido de protesta solemne con-
tra la sangre derramada, y de inefable consuelo á la doliente hu-
manidad : pero el espectáculo del embrutecimiento y del crimen
entronizados en un pueblo, sin que se escuche una sola protesta en
nombre de la civilización; el espectáculo de esa servidumbre silen-
ciosa, de ese cielo sin una estrella, de ese abismo sin fondo, de ese




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horizonte sin esperanza y sin luz; ¡oh! ese espectáculo es desolante
y horroroso para el hombre, como la idea de la nada, que no se
atreve á concebir. Parece que la Providencia habia retirado su vista
de ese pueblo, y le había cubierto de una eterna noche, para que
ofreciese el espectáculo del despotismo en toda su fealdad, y sir-
viese de una lección terrible á la Europa, que le ha contemplado con
espanto. Hay algo de repugnante y de funesto en considerar á esa
nación sola en medio de las demás naciones; á ese destino cum-
pliéndose por sí solo, sin entrar en el cuadro délos destinos de la
humanidad; á ese pueblo que buscaba quien se pusiera á su frente,
y le dirigiera en su embriaguez, y que encontrándose en su vértigo
con un príncipe que las tempestades arrojan como una furia en me-
dio de su carrera, le abrazó con convulsiones de bárbaro gozo,
porque una voz interior le decia, como al que meditando un crimen
mira aparecerse un asesino : ESE ES TÜ HOMBRE. = Y si dejando de
considerar á ese hombre y á esa nación , echamos una ojeada sobre
los vínculos que los unieron, estos vínculos no tenían nada de hu-
manos : eran los que existen entre el asesino y el puñal : ellos no se
formaron bajo los auspicios del cielo, sino bajo los auspicios del de-
lito, que fué su numen; y nuestro pecho se oprimía dolorosamente
con su existencia, como si respirara en una atmósfera en que ha
respirado un fratricida, en que se ha cometido un incesto, ó sobre-
cargada con los vapores de sangre que derramó una mano impía
manchada con un crimen nefando. Al considerar el enlace de ese
hombre con esa nación* nos parecia mirar á un monstruo abrazado
con un esqueleto en el seno de un sepulcro.


Tal es el cuadro que ha ofrecido hasta poco há esa nación des-
graciada , cuyos hijos, cubiertos de miseria y vegetando en el cieno
de la degradación, no excitan en los que los contemplan sino el
horror dé su destino, y en cuya frente se descubre una mancha
eterna de sangre, que se refleja de un modo espantoso sobre las na-
ciones civilizadas, GÓmplices de sus crímenes y de sus extravíos ,
que no han sabido evitar.


Si el principio absurdo de la minoría en algunas naciones y déla
tutela en otras, adoptado por la Diplomacia, puede aplicarse alguna




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vez sin que su aplicación sea un crimen, el estado de Portugal con
respecto á los demás estados de Europa hacia no solamente discul-
pable , sino necesaria esta aplicación en sus negocios interiores. El
principio es absurdo, porque es tiránico j y es tiránico, porque se
apoya eñ la fuerza. Se concibe bien que el poder social, creado para
proteger al débil contra el opresor por medio de la fuerza pública
depositada eñ sus manos, haya puesto á los débiles bajo la tutela de
los fuertes; porque dominando con la fuerza pública á todas las fuer-
zas de los particulares, puede imprimirlas una dirección tutelar,
remediar sus abusos y castigar sus extravíos. La tutela es justa en
el derecho civil, porque la ley que la crea domina igualmente so-
bre el pupilo y el tutor : debiendo su origen á la fuerza de la ley, y
no á la de los hombres, el principio se ennoblece con su origen, y la
justicia y la humanidad le adoptan elevándole al rango de principio
eminentemente conservador y social. La tutela, así considerada,
impone una obligación en el que la ejerce, y es un derecho en el pu-
pilo , que encuentra una garantía suficiente en la responsabilidad
que las leyes imponen sobre el tutor : pero este principio trasladado
del código de las leyes civiles al de las leyes internacionales es
monstruoso , tiránico y absurdo. Declarándose las naciones de pri-
mer orden tutoras de las pequeñas, se arrogan un derecho, cuando
la tutela debe ser una obligación : no estando limitado su ejercicio
por una ley que represente una fuerza superior á la suya, su ten-
dencia es siempre hacia la tiranía , porque es un poder sin respon-
sabilidad : así la Diplomacia, confundiendo todos los principios y
trastornando todas las relaciones, nos ha conducido al principio de
la fuerza , único resultado de sus sublimes teorías, que no pueden
dominar al mundo sino sumiéndole en el caos.


Pero á lo menos ¿ será cierto que las naciones pequeñas, como
los individuos menores, necesitan del apoyo de un tutor para la
gestión de sus intereses, y lar satisfacción de sus necesidades sociales?
¿ será cierto que les es negada la capacidad intelectual que necesi-
tan para cumplir su destino ? La historia desmiente en sus anales
este sistema monstruoso, y se ha complacido en pintarnos á los es-
tados pequeños ocupando un vasto espacio en el mundo por medio




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de su inteligencia y de su actividad. Las pequeñas repúblicas de la
Grecia dominaron al coloso que las absorbió, sujetándole al yugo
de su civilización y de sus leyes, ya que no á la robustez de sus bra-
zos y al imperio de sus armas. Guando la Europa moderna aun es-
taba sumida en la barbarie, las pequeñas, repúblicas de Italia anun-
ciaron al mundo que iba á renacer la luz en aquella noche sombría:
y cuando los grandes Estados que hoy están al frente de los destinos
de Europa se fecundaban en el seno oscuro de un lejano porvenir,
ellas se habían ya constituido en grupos pequeños, pero animados; y
cuando aquellos aparecieron en su infancia, ellas rayaban en la vi-
rilidad. La razón, conforme siempre con la historia, nos enseña
queen el mundo moral un todo es igual«á otro, todo; y que el Ser
Supremo, al animar con su soplo de vida á las sociedades humanas,
no ha contado los seres que se encerraban en ellas para condenar á
las unas á una existencia imbécil, y depositar en las otras con el
monopolio de la inteligencia el cetro de la dominación..


Pero por desgracia la inteligencia y la justicia, que en el inuncfo
moral dominan siempre', no dominan en las socie dades si no se apoyan
en la fuerza. Sin duda el dominio del mundo es su destino, porque
el destino del hombre es la perfectibilidad : sin duda las fuerzas vi-
tales de los pueblos concluyen por servirles de instrumento y de apoyo
en toda época considerable de la historia; pero hay momentos de
vértigo para las naciones como-para el hombre : hay momentos de
fascinación y de delirio, en que las fuerzas físicas sacuden el yugo
de la inteligencia, pugnan por destronarla, y combaten á la socie-
dad, que en este sacrilego divorcio es arrastrada á la anarquía y con-
denada á la muerte. Pero como las sociedades están destinadas á no
perecer jamás ; cuando la inteligencia que debe dominar á un pue-
blo es rechazada por este pueblo delirante, ó por las fuerzas físicas
de otro que se arroja en la balanza, puede llamar á sí las fuerzas
físicas de otra sociedad que aun no haya sacudido el yugo de la civi-
lización, para que la sirvan de instrumento contra el principio disol-
vente que tiene que rechazar, y que necesariamente tiene que su-
cumbir : porque si Júpiter permitió que los Titanes intentasen escalar
el Olimpo, no les permitió sentarse en el banquete de los dioses : el




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destino les habia concedido el combate, pero les habia. negado la
victoria.


En este solo caso la intervención de una sociedad fuerte, orga-
nizada y poderosa en los negocios interiores de una nación débil y
agitada es justa y noble á los ojos de la razón y de la humanidad;
pero no debe olvidarse nunca que la sociedad que interviene, es un
instrumento, no un poder : que viene á servir á la inteligencia del
pueblo amenazado, no á reemplazarle en el trono de que la fuerza
learrojó: que interviniendo, cumple con un deber que la civilización
la impone, pero que no ejerce un derecho que la justicia no le dá :
en fin, que su acción debe limitarse á remover los obstáculos que se
oponían al desenvolvimiento espontáneo de las instituciones de aquel
pueblp > que serán siempre la expresión mas fiel de sus necesidades
sociales. Pero si la intervención es justa, cuando una sociedad se
revela contra la inteligencia que la domina, ó cuando fuerzas extra-
ñas la combaten ¿cómo no lo seria, cuando un pueblo entero renun-
cia á la inteligencia, abre un abismo entre él y la civilización , y
presenta en su marcha y sus acciones un fenómeno moral sin ante-
cedentes en la historia, que la razón humana no comprende, que,
fuera de todo sistema, es una individualización monstruosa y repug-
nante j arrojada en medio de la armonía de los seres y de las socie-
dades , que la miran con horror sin poderla concebir?


El Mediodia puede comprender al Norte : sus principios, aunque
diversos, están en la naturaleza, y entran en el cuadro de la civi-
lización ; pero D. Miguel y Portugal son un enigma misterioso que
abruma al entendimiento humano, que ignoraría su existencia si no
estuviera manchada de sangre, y si no se anunciara á las naciones
como uno de aquellos fenómenos terribles que las aterran en la igno-
rancia de su primera edad, y de los cuales nada saben, sino que
llevan en su seno la destrucción y la muerte. Y sin embargo, la Di-
plomacia ha visto desenvolverse el destino de ese pueblo bajo sus
enlutadas fases, mirándole pasar con una indiferencia estúpida,
considerándole como un hecho que podía enlazarse con todos los
demás, y no mirando en él sino un hecho distinto de una distinta
civilización. ¡Cómo! La Diplomacia, que adoptando el principio de




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una tutela tiránica y absurda sobre los estados pequeños, cree que
no pueden constituirse por sí mismos ¿piensa acaso que pueden sui-
cidarse? La Diplomacia, que proclama el triunfo de la inteligencia,
á quien pretende servir ¿piensa acaso que existe un solo pueblo que
deba emanciparse impunemente del yugo de la civilización? Harto
tiempo los ojos de los hombres han visto precipitarse en la arena
los ejércitos para conquistar á los mas débiles en nombre del mas
fuerte, y establecer sobre el vencido el imperio de la espada:
¿serán menos legítimas las conquistas de la inteligencia y de la hu-
manidad ? ¿No era generoso, no era noble, hacer ondear el estan-
darte de la civilización sobre.los muros de Lisboa, como la oliva
pacífica sobre un campo de batalla? ¿No era tiempo ya de que un
rayo de esperanza descendiese de aquel cielo sombrío , sobre aque-
llos campos de muerte, que pisa solo un fantasma que fué un pue-
blo , y que se arrastra penosamente cubierto con un ropaje ensan-
grentado? Cinco años han bastado á un solo hombre para devorará
una nación entera : cinco años la Europa ha visto sin conmoverse
esa gran catástrofe, esa horrorosa convulsión, y sus ojos han tenido
tiempo decebatse en aquel infortunio sin consuelo. Y sin embargo,
la Europa no ha lanzado un ajrito de indignación, ni sus manos se
han tendido hacia las playas de Occidente llenas de un generoso so-
corro : si cansada de ese espectáculo que pesaba sobre su concien-
cia, ha protestado alguna vez en nombre de la humanidad, si ha
dejado caer algunas gotas de rocío sobre aquel suelo agostado, esa
protección estéril solo ha podido servir para prolongar su dolorosa
agonía. Así un manantial escaso que se pierde entre inmensos are-
nales , no puede evitar la muerte, y aumenta la desesperación del
caminante sediento.


Si la Europa hubiera seguido hasta en sus últimas consecuencias
este sistema desastroso, yo no hubiera trazado estas líneas, ni pu-
blicado tan dolorosas reflexiones : mi pluma se hubiera resistido á
trazar un cuadró cubierto de sombras ; el hombre no puede escribir
sin esperanza; cuando esta desaparece del horizonte de su vida, él
debe envolverse en una silenciosa desesperación, y desaparecer
con ella en el sepulcro.




— 90 —


Pero por fortuna la Providencia, que ha dado á las naciones
* con la vidalaperfectibilidad, sabe detenerlas en el límite que las separa
del abismo : ellas, como el hombre, retroceden espantadas ante la
última consecuencia de un absurdo. Esta última consecuencia para
la Diplomacia ha sido Portugal : el mismo principio que ha presidido
á sus combinaciones con respecto á la revolución de julio, á la de
setiembre, y á la de Polonia; el mismo que la ha señalado su con-
ducta en las relaciones con el Norte y en la cuestión de Oriente, es
el que la ha inspirado en la política desastrosa adoptada con res-
pecto á D. Miguel; pero en aquellas cuestiones el absurdo no era


. aparente , y estaba velado el abismo; en la última el absurdo apa-
rece en toda su horrible deformidad, y el abismo se ostenta sin ve-
los que le cubran, en toda su imponente desnudez. La Diplomacia y
la Europa debían retroceder espantadas, y han retrocedido.


El tratado concluido entre España, Francia, Inglaterra y Por-
tugal para la pacificación de la península ha sido la primera protesta
de la Diplomacia digna de la civilización. Se ha hablado mucho de
este tratado en los periódicos extrangeros , de los cuales unos le con-
sideran como una revolución en el sistema de Europa, y otros como
estéril para la humanidad, y aún paja las naciones que han provo-
cado la cuádruple alianza : yo no sé hasta qué punto son fundadas
estas conjeturas: espero que el porvenir, poniendo en claro la exten-
sión de este nuevo pacto entre las cuatro naciones, nos pondrá en
disposición de juzgar de su verdadera importancia; y solo entonces
sabremos si es un tratado más, ó un primer tratado, base y cimiento
de una nueva era. La historia señalará -á la nación española el lugar
que ha conquistado en esta ocasión entre las naciones civilizadas :
ella también ha arrastrado por diez años el sayal de la servidumbre,
ha bebido en la copa del oprobio , y ha vegetado en la degrada-
ción. Pero apenas la manó benéfica de una reina, que el cielo la dio
para que sembrase de flores la senda de su vida, ha levantado de
su seno la losa sepulcral, esta nación vigorosa se ha levantado'rege-
nerada, casi no se descubre en su frente la huella del infortunio, y
el primer paso que ha dado en la carrera de la civilización ha sido
dar un voto enérgico en favor de la humanidad, y sostenerle con




— 91 —


su espada. Cualquiera que haya sido la influencia del nuevo tratado
en los asuntos de Portugal, la de nuestro ejército no puede ser du-
dosa. Él ha asegurado la corona en las sienes de dos reinas, y ha
defendido la libertad de dos naciones.-Sus laureles no se secarán
jamás, ni perecerá su gloria.


Yo no concluiré estas líneas sin echar una ojeada sobre el nuevo
sistema que la Diplomacia debe adoptar, si no está condenada á pe-
recer i porque, no lo olvidemos, las revoluciones son siempre si-
multáneas , y la institución que no se reforma cuando todo varía, no
tiene un porvenir. El fenómeno mas evidente del Mediodía hasta
ahora ha sido la falta absoluta de unidad, y el dominio del principio
disolvente de la individualización : y como consecuencia necesaria
de este fenómeno , una desproporción alarmante entre sus fuerzas
y las del Norte. El fenómeno mas evidente del Mediodía de Europa
debe ser de hoy más la reunión de las naciones meridionales bajo
una sola bandera, la reorganización de la unidad perdida : y como
consecuencia necesaria de este fenómeno, el restablecimiento del
equilibrio entre las fuerzas que un dia" deben luchar por el domi-
nio del mundo y el monopolio de la gloria. La Diplomacia ha pro-
clamado la unidad que resulta de los intereses materiales : en ade-
lante debe proclamar la unidad de»principios, y adoptarla como base
de sus combinaciones. La Diplomacia ha traspasado sus límites natu-
rales : en su objeto : porque habiendo sido este en su origen
arreglar las relaciones exteriores de los estados entre sí, desde el
congreso de Viena empezó á arreglar las relaciones entre los sub-
ditos y los que los gobernaban : 2.° en su carácter : porque ha-
biendo servido al principio de instrumento, se elevó' después al
rango de poder constituyente; y como consecuencia necesaria de
su nueva posición, no reconoció ningún hecho qué no fuera obra
suya, ó que ella no hubiese modificado, de manera que pudiera re-
clamarle como su propiedad. Las sociedades entonces dejaron de
perteflecerse á sí mismas : las instituciones no fueron el resultado
de las necesidades locales de los pueblos, que renunciaron á su inte-
ligencia; sino el resultado de intereses que no eran los suyos, de
necesidades que no conocían, de combinaciones que ellos no for-




• — 92 —


ruaban, de la fuerza, en fin, que después de haber dominado en los
siglos de barbarie, ha dominado, aunque revestida de otras formas,
en un siglo de civilización. La Diplomacia debe entrar en los lí-
mites trazados por su naturaleza, y borrados por sus usurpaciones.
Su objeto deberá ser arreglar las relaciones que hayan de existir
entre el Mediodía y el Norte : debe reconocer el estado político y
social de los pueblos como un hecho independiente de su poder,
como un hecho que la domina, y al cual debe arreglarse en su mar-
cha, y servir de instrumento para su desarrollo y completa realiza-
ción. Como consecuencia necesaria de esta revolución en su objeto y su
carácter, las sociedades podrán constituirse á sí mismas : su existen-
cia , antes facticia y estéril, porque no era' el efecto de sus fuerzas
vitales sino de combinaciones arbitrarias, será ya sólida y fecunda,
se apoyará fuertemente en el suelo donde se robustecen sus raices;
y los pueblos, antes devorados por una fiebre abrasadora, podrán
crecer tranquilos á la sombra de la prosperidad. Si la Diplomacia no
desenvuelve progresivamente este sistema, perecerá sin remedio;
porque de lo contrario arrastraría á un abismo la perfectibilidad hu-
mana, que no puede perecer: su destino sería el de todos los poderes
usurpados que han oprimido á las naciones con su peso : su natura-
leza los conduce al absurdo, el absurdo á la esterilidad, y la esteri-
lidad á la muerte. Este destino £s triste para la'usurpación; pero es
glorioso para el hombre, y está escrito en todas las páginas de la
historia por el dedo de la Providencia para alimentar su fe y ser-
virle de esperanza.


La Europa dividida al principio en razas que se devoraban á sí
mismas, porque su principio era el de la individualización, después
en familias y en cjases, y mas adelante en naciones, está ya divi-
dida solamente en principios, porque las fuerzas del espíritu hu-
mano tienden siempre á la unidad. La Diplomacia, cuyo objeto no
puede ser otro que arreglar las relaciones entre cuerpos que se
chocan, no puede existir entre los pueblos del Mediodía alistados
bajo una sola bandera (1), agrupados alrededor de un solo princi-


(1) Digo alistados bajo una sola b'andera, porque la Bélgica amenazada por la Ho-
landa, y la Suiza por el Norte y la Cerdeña, no pueden menos de formar parte de




— 93 —


pió, y gravitando hacia un centro común. El Mediodia de Europa
es una unidad; es lo .que era un individuo en los siglos bárbaros, lo


.que fué una familia en los siglos feudales, lo que ha sido una nación en
el siglo xvi; y como la unidad individual, la de familia y la de un
pueblo necesitan de otra unidad diferente para, tener relaciones, la
unidad del Mediodia no puede tenerla sino con la unidad del Norte' :
la Diplomacia«uo puede existir sino entre estos dos cometas que lu-
chan en el espacio por la dominación : si ella no puede conciliarios,
debe abdicar abandonando el campo de las transacciones, para que
los ejércitos se señalen á sí mismos el campo de batalla. El Medio-
día la pide la paz ó la victoria; y ha confiado á sus manos el depó-
sito de su honor; este depósito la obliga á no comprar la paz con la
vergüenza, porque la vergüenza es un precio mas alto que la san-
gre . Yo he explicado las ideas que contiene la palabra legitimidad
de que se ha abusado tanto: como pudieran atribuírseme ideas poco
favorables al mantenimiento de la paz general, y como la Diplo-
macia ha condenado de un modo absoluto la guerra y la decisión,
por medio de las fuerzas materiales de los pueblos, de todas las cues-
tiones que se agitan en todas las naciones civilizadas , yo debo exa-
minar cuál es el lugar que corresponde á la fuerza en medio de la
civilización.


La fuerza es un elemento necesario en las sociedades humanas:
la coexistencia del mundo moral y del mundo físico en el hombre
hacen que su naturaleza sea el resultado de las condiciones necesa-
rias al primero y al segundo : como ser moral, tiende á la conquista
por medio del desenvolvimiento de la razón : como ser físico, por
medio de la fuerza. Cualquiera de estos dos medios que.aniquile la
Diplomacia, no puede verificarlo sin aniquilar al hombre; despo-
jándole del primero, seria una planta; despojándole del segundo, una
inteligencia pura. Puesto que el hombre es ej punto en que estos
dos elementos se reúnen, es preciso que sean armónicos en él. Dios
ha establecido esta armonía, el filósofo la comprende, y el legisla-


líyilianza de los pueblos del Mediodia, á cuya 'política se aproxima también cada
vez mas el rey de Ñapóles.




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dor debe realizarla en las sociedades que gobierna. ¿ Cuál es la ley
de esta armonía? ¿Existe un tipo de evidencia que pueda hacernos
conocer cuándo hay un desquilibrio entre estos dos elementos, y %
cuándo el de la fuerza empieza á ser •tiránico, y deja de ser conser-
vador ? Existe sin duda esta ley, que no es un misterio para el hom-
bre; pero la Diplomacia la ha desconocido, y no pudiendo armoni-
zar, ha querido destruir. .


La fuerza puede tenerse á sí misma por objeto, sirviendo á un
poder usurpado y que solo en ella tenga su origen : entonces la
fuerza es tiránica, porque tiende al dominio del mundo, que no la
pertenece. La edad media es el teatro de su existencia como poder,
y por consiguiente la época de la barbarie y del entronizamiento de
la usurpación.


Pero las ideas llamadas al dominio de las sociedades tienen que
realizarse, que convertirse en hechos para dominar : porque si el
hombre, como ser inteligente, rechaza el dominio de la fuerza, como
ser físico, no puede sujetarse á las ideas, si no se revisten de formas
materiales que se apoderen de sus órganos al mismo tiempo que de
su razón : pero las ideas, al convertirse en hechos, tienen que luchar
con hechos anteriores que las sirven de obstáculos; y como no en-
cuentran en sí mismas medios de vencer una resistencia física, tienen
que servirse de la fuerza para subir hasta el trono desde donde
deben dirigir las sociedades. La fuerza entonces no es tiránica, por-
que no domina, ni se tiene'por objeto; es legítima, porque obedece
á un principio legítimo, sirviéndole de instrumento paraque gobierne
la sociedad. Cuando la fuerza se tiene por objeto, es un elemento de
barbarie y de desorden ; su armonía con el elemento de la razón
está turbada; cuando sirve á la-inteligencia, es ui> elemento de
civilización, "porque obedece á la civilización misma; la armonía
se restablece entonces, y el hombre cumple con su destino, obede-
ciendo al único poder que tiene derecho de mandar á su voluntad.


Así, todos los hechos son necesarios y conservadores, todos
caben en el cuadro inmenso que les ha trazado el Criador. Pero si
todos son necesarios, sus movimientos son irregulares y desastrosos,
cuando traspasan Tos.límites que les están asignados por su natura-




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leza, introduciendo en las sociedades el. desorden y la anarquía :
- en este caso los legisladores deben restablecer su equilibrio, y di-.
rigír su acción. Si para esteno sirven', ¿con qué títulos gobiernan?


Estas ideas no podia'n convenir á la Diplomacia, y sirviéndola
de obstáculo el elemento de la fuerza que no sabia dirigir, le relegó
á los siglos de barbarie, y le negó, como funesto para las sociedades
civilizadas. Así Maratconsideraba álos hombres como obstáculos, y


' no pudiendo dirigirlos, los suprimía. La Diplomacia ha adoptado los
mismos principios, diversos solo en su diferente aplicación. Pero sus
decretos están escritos en cera, los de Dios en bronee : .y los ele-
mentos que se han escapado de sus manos, no obedecen sino á su
voz, y no se pueden extinguir. La Diplomacia ha sido también filó-
sofa á su manera y sin saberlo : proclamando los intereses mate-
riales , ha descendido hasta el materialismo mas asqueroso y estéril;
y proclamando la inteligencia, y aniquilando la fuerza, ha puesto á
la sociedad bajo el yugo de un espiritualismo ridículo : ¿si querrá
conducirnos al mismo tiempo al sistema de las sensaciones, y á la
intuición mística de Proclo y Malebranche ? ¡ Triste fatalidad de su
destino! que bien se eleve hasta Dios, ora se abata en el polvo, no
puede comprender nunca ni á la sociedad ni al hombre. '


Siéndola fuerza un elemento de civilización, todos los esfuerzos
de los gobiernos ilustrados deben dirigirse á evitar sus extravíos, y
que traspase sus límites : este debe ser el objeto de la Diplomacia
en sus relaciones con el Norte. Una guerra promovida para decidir
una cuestión que puede decidirse con un tratado, seria bárbara,
inmoral. Pero si el tratado no puede decidirla ," ó si es ignominioso,,
la lucha seria justa y sagrada, como instrumento necesario de
triunfo para la inteligencia : en este caso no es absurda la expre-
sión vulgar de Dios de las Ejércitos, de que los.'filósofos se ríen,
porque no pueden concebir la idea de la Divinidad asociada á la
de sangre. No : mil veces no : Dios no se asocia á un crimen ; pero
no siempre el crimen preside á las batallas; no siempre es estéril la
sangre que se vierte; no siempre la derraman manos homicidas, ni
siempre su vapor mata, que alguna vez regenera; y alguna vez
de en medio de un lago de sangre se escapa un principio que va á




. — 96 —


tomar posesión del mundo, <S se anega en él otro que le ha esclavi-
zado. Entonces Dios está allí; porque el teatro en qué triunfa la in-
teligencia no es indigno de su gloria. Todas las guerras grandes ó
prolongadas han influido poderosamente en el estado social de los
pueblos , que no han marchado sino con ellas en la carrera de la
civilización. Las Cruzadas abrieron canales al comercio, y debilita-
ron al feudalismo : la lucha continua entre los vencedores del Gua-
dalete y los refugiados en Covadonga, le hizo imposible en nuestro
suelo : las batallas de Crecy, de Poitiers y de Azincourt le hicie-
ron espirar en- Francia. Orean I y Mahomet II no sabian que su es-
pada servia á la inteligencia, cuando lanzaba á la Italia la civiliza-
ción antigua ; y no podían presumir que esta misma civilización iria
á visitar triunfante los. lugares que la miraron proscrita, emanci-
pando á la Grecia, y arrojando á sus imbéciles descendientes del
trono "de Constantinopla. Si por desgracia una guerra con el' Norte
fuese necesaria para salvar la libertad del Mediodía, el triunfo no
podia ser dudoso entre un principio que conquista y un principio
que se extingue : porque no debe olvidarse nunca que si la unidad
del Norte es suficientemente poderosa para aniquilar al Mediodía
en su estado de individualización, no será bastante para luchar
con ventaja, si el Mediodía adopta la unidad que le es propia ;
unidad mas robusta , porque es mas joven, y porque se apoya en
un principio progresivo y esencialmente vital. Pero prescindiendo
del último resultado de esta lucha, siempre.perecería en ella el
principio deletéreo que se apoya en las clases proletarias, y que
amenaza á las sociedades mas cultas con una disolución inminente.


Si después de haber considerado cuáles son los límites de la
Diplomacia, y cuál su esfera de acción en la nueva época que se pre-
para á sus anales, echamos una ojeada sobré las naciones del Me-
diodía de Europa , las veremos marchar , á pesar de todos los obs-
táculos , en la carrera de los progresos, y su porvenir sé pintará á
nuestra imaginación con los mas bellos colores.


Los pueblos han sacudido todos los yugos que habían doblegado
sus frentes. El de la Aristocracia en el siglo xvi; el de un solo
hombre y el • de la Anarquía en el siglo XVHI ; el de la Diplomacia




— 97 —


va á pasar : todos estos poderes han naufragado, porque han desco-
nocido su misión. Los gobiernos para existir necesitan ser el resub- _
tado de las necesidades sociales, el centro de todas las fuerzas, la
reunión de todos los intereses. El poder público se compone de to-,
dos los poderes que dominan la sociedad; la fuerza pública, de to-
das las fuerzas de los asociados : si el poder no reúne todos los ele-
mentos que vivifican las naciones, su existencia está condenada á
una lucha efímera, y su destino es la muerte. Si pudiera existir un
gobierno perfecto, lo sería el que de tal modo reflejase la sociedad,
que no existiera en ella ni un solo interés ni un solo principio que
no tuviera en él su representación, y no depositara en él la fuerza :
entonces el gobierno no se diferenciaría de la sociedad, sino por-
que reünia en un punto armónico y' luminoso todos* los elementos
que ó pugnaban ó estaban oscurecidos en ella. Este gobierno sería
indestructible; porque no existiendo nada que tuviese acción y vida
fuera de él ¿ quién le disputaría el dominio ? ¿cuál sería el campo de
batalla? Pero si semejante gobierno no puede existir, siempre es *
cierto que los que mas se acerquen á este tipo de perfección, do-
minarán por mas tiempo que los que, separándose de él, se trazan
ellos mismos su carrera. Todos los gobiernos que han pasado rá-
pidamente, y que se han sepultado entre ruinas, han perecido,
porque representaban fracciones de la sociedad, que debieron sin
duda reclamar una parte del poder, pero no constituirle; que para
existir tuvieron que ser tiránicos,,como lo son todos los gobiernos
débiles; y que, elevados por la fuerza convulsiva de un momento,
desaparecieron con este momento y con aquella convulsión. Pero los
principios, los intereses, los elementos que se agitan en una socie- *
dad y que la forman diferente de las otras, no pueden ser ni enume-
rados, ni comprendidos por ningún hombre; por eso, ninguno puede
dar á un pueblo una constitución que no sea estéril, y que no con-
tenga dentro de sí misma el germen de su disolución por la pre-
sencia de algún principio extraño al pueblo que la recibe, ó por la
ausencia de algún principio que forma parte de su vida. Las constitu-
ciones, para que sean fecundas, no se han de buscar en los libros de
los filósofos, porque solo se encuentran en las entrañas de los pueblos.


TOMO i. 7




•El principio de la espontaneidad es el único que, adoptado por
la Europa, puede constituirla según sus necesidades. Dominadas
las naciones por principios absolutos y por consiguiente tiránicos,
han marchado como un bajel entre escollos, á la merced de'tor-
mentas que han destrozado su seno. Tiempo es ya de que, que-
brantado el yugo de todos los despotismos, las formas orgánicas de
los gobiernos sean el resultado de todos los elementos existentes en
las sociedades que deben dirigir, y que para dirigir necesitan com-
prender.


La Inglaterra es el tipo de esta espontaneidad : aquel gobierno
admirable no se ha formado en un dia; y los vastos y complicados
resortes que obedecen á su acción, no tienen fecha segura, porque
su origen se pierde en la noche de los tiempos. Todos los principios
y todos los intereses se han combinado "por medio de lentas transac-
ciones , que han asegurado á todos una parte en el poder, robuste-
cido con el tributo de todas las fuerzas vitales de la sociedad : los
hechos que la constituyen, se encuentran reproducidos según su im-
portancia respectiva en el gobierno que la representa. Cuando la
aristocracia era ef hecho dominante de la sociedad, el gobierno era
esencialmente aristocrático : cuando las riquezas y el saber fueron
el patrimonio de la clase media, el elemento democrático presentó
sus títulos, y el gobierno se reformó, porque la sociedad estaba
reformada : él no se ha dicho así mismo «de aquí no pasaré»-per-
qué sabe que esta palabra conciba las revoluciones, y que las revo-
luciones le abismarían en su seno.


Mientras la Inglaterra ofrecia al mundo el espectáculo de un
pueblo marchando con pasos de gigante en su avanzada civilización;
mientras que las otras naciones de Europa pugnaban por consti-
tuirse según sus necesidades sociales, solo España dormía en su
profundo letargo, como un planeta en su eclipse. Apenas la.Provi-
dencia llamó á su seno á su rey, cuando en el Norte de España flotó
como un velo funeral un estandarte ya conocido como el símbolo
de la traición, y eterno en la memoria de los españoles, como un
recuerdo viviente de su esclavitud y su ignominia. Él solo se meció
en el horizontecomo el ángel de la muerte sobre los escombros de




— 99 —


un pueblo que ha pasado : entre tanto, solo se descubría para ata-
jarle en su triunfo, y disputarle la victoria, un trono vacilante, una
nación postrada, y una cuna endeble mecida por violentos huraca-
nes: péro aquel trono vacilante estaba ocupado por Cristina ; aquella
nación postrada esperaba el momento de la inspiración para romper
sus cadenas; y aquella endeble cuna llevaba en su seno el porve-
nir, porque Isabel es el destino de España.


La augusta Gobernadora ,.echando una ojeada'melancólica so-
bre el horizonte español desde ef borde de un abismo, vio el nau-
fragio de la sociedad entera, y la tendió su mano para arrancarla
del oprobio en que yacia. España creyó en su felicidad, cuando
miró á su reina derramando flores sobre- el infortunio, lágrimas
sobre el desgraciado, y cuando sentada sobre el trono, y ceñida con
la diadema, supo hermanar don el prestigio de un ángel la majes-
tad* y la ternura. Ella indagó las causas de nuestra degradación pre-
sente , y estudió los anales de nuestra pasada gloria. No improvisó
una constitución que hubiera sido estéril ; hizo mas-: convencida de
que lo presente está unido á lo pasado , como' se unirá á lo futuro ;
de que un pueblo sin tradiciones es un pueblo salvaje, como una
sociedad sin progresos una: sociedad sin vida ; de qué la Misión de
los legisladores esahacer marchar las sociedades sin qué su movi-
miento las destruya, de hacerlas que se reposen sin que este reposo
sea tm letargo qué las Hiera dé paralización y dé muerte; conven-
cida , en fin, deque la espontaneidad dé las instituciones y dé las
leyes es la única garantía de su duración, porque solo entonces sé
apoyan en las ideas y en las costumbres que deben dominarlas, ella
adoptó por base de su nueva ley orgánica los principios que en
tiempos mas felices hicieron nuestra gloria : los modificó adoptando
las nuevas formas con que se revisten las sociedades modernas, y
que so» él resultado de sus necesidades actuales : finalmente, co-
nociendo en su sabiduría qué ni los principios particulares de la
España de otros siglos , ni los generales de la Europa del siglo xix
son suficientes para constituir una nación, porque no basta para
constituirla apoyarse en lo que fué y en lo que la rodea, quiere sa-
ber en su solicitud los hechos que existen en la sociedad que debe




— 100 —


gobernar: quiere saberlos por el conducto de sus representantes
legítimos, y los convoca para escuchar sus. peticiones, y remediar
los males de esta nación sin ventura.


Ella ha trazado el círculo que no podrá quebrantarse sin un cri-
men , que las pasiones no salvarán sin dejar estampada en este
suelo una huella profunda .de sangre. Las cortes generales del
reino deben concluir la obra que ella ha confiado á sus penosas tareas.*
Los padres de la patria van á tomar sus asientos en las sillas curules
por tanto tiempos vacías. La Europa los observa : la nación los
aguarda como á sus libertadores : el trono los mira como su apoyo
y su esperanza : la posteridad va á empezar para ellos con su apa-
rición en la escena política : ¡ felices, si al concluir su misión y al
volver al seno de sus hogares, vuelven con un corazón puro-y con
una conciencia serena! El divorcio entre la libertad y el orden ha
producido todas las catástrofes de las sociedades humanas: j felices,
si pueden êncpntrar en sus luces y en las lecciones de la historia los
lazos que deben formar su unión restableciendo'su equilibrio. El tro-
no les ha dado ya el ejemplo : ellos acabarán la obra, defendiendo
ese mismo trono, consolidando la libertad, y sofocando la anarquía.


SÉ: nuestro porvenir'está asegurado como el de toda la Europa,
porque los pueblos marchan al abrigo de las tempestades por la in-
teligencia , reina del mundo moral, señora del mundo físico. Nin-
guna clase ha llegado á la dominación sino apoyada en su fuerza.
Preguntad á la India'y al Egipto: los sacerdotes dominaban aquellas
naciones, cuyos anales son los orígenes del mundo, porque la inte-
ligencia había fijado su trono en el recinto de los templos. Pregun-
tad á la Grecia : Orfeo está en la cuna de su civilización y de su his-
toria.. Preguntad á los siglos de barbarie que acaban de pasar á
nuestra vista : los claustros dominaban la sociedad, porque en ellos
se fundaron las primeras,éscuelas. Preguntad ala clase media, salida
del polvo ayer , y hoy reina del universo : si el comercio y la in-
dustria la han formado, solo la inteligencia la ha constituido en po-
der, y la ha ceñido la corona. Preguntad á las sociedades infantes :
ellas obedecerán al bardo de sus montañas, porque la inteligencia
eleva allí su trono sobre las cuerdas de la lira.




Si la inteligencia ha dominado siempre la sociedad, en medio
de los obstáculos que se han levantado en su -camino , su triunfo no
puede ser dudoso, cuando todos los obstáculos desaparecen, y
cuando todos los despotismos se quebrantan. Tengamos fé en el por-
venir que se fecunda* en nuestro seno. Si esta fé no estuviera en
nuestros corazones, la encontraríamos, en la historia.






APÉNDICE.


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO M E N S A G E R O D E L A S C O R T E S , HÚMERO


CORRESPONDIENTE AL 28 DE SETIEMBRE DE 1834.


Consideraciones sobre la Diplomacia, y su influencia en el estado politico y social de
Europa, de$de la revolución de julio hasta el tratado'de la cuádruple alianza,
por D. J. D. Cortés.


La obra cuyo 'título antecede, tiene gran mérito, y descubre en su autor dotes
en nuestra patria y en nuestros días nada comunes. Hay en ella no pocas ideas
sanas, algunas profundas, varias nuevas, casi, todas ingeniosas; y muchas que
pecan por querer serlo demasiadamente. Está escrita con vigor á veces, frecuente-
mente con eleganoia, siempre*empero con resabio de afectación, en estilo mas de
lo debido brillante, y con condición de todo punto estrangera, ó por mejor decir,
francesa pura, y francesa de la época actual y de una escuela particular'de escrito-
res. En suma, encierra grandes perfecciones obscurecidas por no menores defectos;
pero cotejados estos con aquellas y sacadas en limpio las resultas del cotejo, fuerza
es convenir en que el escritor sabe pensar, prenda tan rara como-apreciable, y en
que sabrá escribir, si renunciando al oropel de que reviste sus frases, les deja su
lustre natural, ser cuya calidad es buena y cuya cantidad es la suficiente.




— .104 -


Verdad es que su obra no es del todo original, y aun quizá un eensor escrupuloso
llevaría la cosa mas adelante , y la trataría-de plagio declarado: no podemos decir
tanto nosotros, á lo menos por ahora. Cierto es que al leerla nos decimos: esto lo
hemos visto en otra parte, todo ello trae un olor estrangerp: pero cierto es asimismo
que no nos acordamos de una obra particular de que esté sacado, quizá porque es
estracto, no de una producción sola, sino de varias, ó tal vez por lo escaso de nues-
tra lectura ó lo flaco de nuestra memoria. Mas sea como fuese, el tejido de la com-
posición es uno, aun cuando encierre muchos retazos de varios, y el modo de unir los
retazos y el trabajo original que sin duda media entre ellos, son de mano diestra,
de mano de hombre que.conoce bien la calidad de lo zurcido, y que sabe por su


. parte cómo entretejerlo é imitarlo en la.obra propia.
Hay cierta cosa que llaman los ingleses evideneia,iViíeraa, la, cual suple á me-


nudo la falta de pruebas positivas «para aclarar un hecho. En el escrito de que
tratarnos, esta evidencia acusa al autor de haber bebido sus doctrinas, y hasta, la
manera de expresarlas puras y sin mezcla, en las fuentes de nuestros vecinos. No
hablamos ya solo de la dicción,,como hemos dicho francesa toda, del señor Dono-
so; no del estilo, imitación ajustada, sino traducción de ciertos escritores franceses;
hablamos, sí, de los pensamientos en que vemos las preocupaciones arrogantes de
los hombres de aquella nación, hijas en ellos de una vanidad por algunos creída y
apellidada patriotismo, incomprensibles en un español, á quien razón ningunapodia
aconsejar el empaparse en ellas, y después propagarlas. Sirvan de ejemplo las pá-
ginas 60, 61 y 62; cuanta allí dice el autor respecto á Franeia y su historia, y
su influjo benéfico sobre las demás naciones, solo un francés puede pensarlo, y
ni siquiera á un francés toca decirlo. Todo ello está lomado de las doctrinas de
la escuela de Mr. Buchez y sus consortes. .Todo ello está.desmentido por los he-
chos. La invasión de Carlos VIII en Italia en el siglo xv es un ejemplo de lo con-
trario; pues entregando aquel hermoso pais á los extrangeros, retrasó en vez de
acelerar la civilización europea, cabalmente en la región donde estaba mas adelan-
tada , impidiéndole que se amalgamase con el espíritu patriótico y produjese insti-
tuciones nacionales, libres é ilustradas. Otros casos iguales pudieran traerse á cuen-
to para despojar á Francia del título de civilizadora universal, que sus hijos, malos
jueces por serlo en causa propia, le dan á boca llena, sin atender siquiera á cuanto
para disputársele podría alegar una parte contraria.


Con igual parcialidad se aflige el SEÑOR DONOSO con los franceses, porque no sea
la Bélgica agregada á su imperio. En este punto no la conveniencia de Franeia,
sino el interés de los belgas merecen la consideración de extrangeros imparciales.
Si quieren los belgas ser franceses., séanlo en hora buena,-y el aumento de poder
que de ello resultará á Francia, no debe á nuestro entender causar celos á lo demás
de Europa, por cuanto la imposibilidad de una guerra de invasión que terminase
en dilatar de nuevo el imperio-francés, es hija de otra cosa que de la extensión de
territorio y abundancia de recursos en aquella nación tal cual es ahora, para aco-
meter y proseguir y acabar con ventaja semejante guerra.


..Otra cláusula "hay en la producción del SEÑOR DONOSO , cuya índole es igualmente
francesa é igualmente vituperable. Tal es la de la página 24 respecto á la batalla
de Waterloo. Sin duda lamentamos nosotros como el mejor francés el resultado de
aquella jornada , no por la mengua que pudo, tener el honor nacional de este ú es-




-r- 105 —


lolro pueblo, sino porque allí quedó vencida la justa causa, y despojada una na-
ción del derecho común á todas de disponer de su destino ella propia, y sacudir el
yugo que le habían impuesto y querían volverle á imponer extrangeros invasores.
Pero solo un despique del orgullo nacional, justo desahogo en hijos de un país tan
malamente tratado, puede disculpar la calificación de pequeña, dada á Inglaterra
vencedora en lodos los mares, y dilatando su poder hasta los últimos confines del
orbe, ó la de agente imperceptible al capitán triunfante, cuyas banderas resistieron
victoriosamente en los márgenes del Tajo, y fueron tremolando con gloria desde
allí hasta las .del Garona, perceptibles por cierto á cualquiera vista, á no ser de
topo, ó á no estar anublada por las lágrimas que un noble despecho y amor á la
patria agolpa en los ojos de la nación vencida.


Apuntamos éstas faltas del» SEÑOR Donoso por cuanto rebajan el mérito de su
producción, despojándola del carácter original y nacional que tanto reluce en ella,
y tan bien le asienta en otros parages. Cuanto dice acerca de la invasión francesa
de 1823, es lo que debe decir un buen español y un hombre en quien están herma-
nados afectos nobles con un agudo ingenio y perspicaz juicio..En la nota relativa á
la Constitución de 1812, si bien no concurrimos en todas sus ideas, admiramos lo
ingenioso de algunas de ellas, lo sólido de muchas, y lo bien espresado de todas.
Inútil es disputar con él sobre los puntos en que disentimos, cuando convenimos
ambos en dejar á aquel Código ya muerto, como un monumento glorioso en nues-
tros anales, donde debe ser respetado y admirado como un simbolo y recuerdo de
libertad, de independencia y de gloria.


Seria ocioso entrar en citas para justificar las alabanzas y tachas que no hemos
escaseado á la obra del SEÑOR DONOSO. LOS ejemplos en donde es acreedora á unas


• y á otras, son tan frecuentes y están tan unidos, que la elección entre ellos seria
muy ímprobo trabajo. Baste decir que en todo el escrito no hay casi un periodo que
no encierre un galicismo, ó no sea un galicismo confirmado. EsloéJ corte general de
la frase, eslo la repetición de los pronombres, eslo el uso de' los adjetivos. De los
vicios de estilo podrían-darse pruebas no menos palpables. Sónlq las metáforas
demasiado repetidas y galanas, algunas de ellas incorrectas como la de la
páigna 50 (nota), donde se habla de la escala social (no de la cadena), y se dice que
es el trono su primer eslabón. Y si 'de la desagradable ocupación de buscar "y notar
defectos queremos pasar á la mas cómoda y satisfactoria de admirar y recomendar
primores en casi todas las páginas de la obra á que aludimos, tendríamos que esco-
ger relazos donde, sin faltar defectos, sobrarían pruebas para calificar á su autor de
buen eseritor á toda ley; es decir, uno que piensa bien y sabe ¡espresar -sus pensa-
mientos con claridad, vigor y lozanía, dando así á su composición un grado muy
alto de hermosura.


CARTA DEL SEÑOR DONOSO E N CONTESTACIÓN A L ARTÍCULO ANTERIOR.


MADRID 1.° de octubre de 1834.


Señores redactores del OBSERVADOR : Muy señores mios : remito á Vds. , para
que tengan la bondad de insertarla en su apreciable periódico, la adjunta copia de




— t O S -
la caria que cotvfeeha de ayer dirigí á los redactores del Mensagero de las Cortes,
en contestación al artículo de su número 137 sobre la obra que acabo ¡de publicar
acerca de la Diplomacia, y que Vds. han honrado con sus observaciones. Mi digni-
dad exigía que diera una contestación, como mi dignidad exige que esa contesta-
ción sea la única en un asunto personal; pero que sea con toda la publicidad
posible.


Por esta razón molesto á Vds . , y espero que disimularán esta impertinencia de
su atento S. S. Q.,S. M, B.


JUAN DONOSO CORTÉS. •


MADRID 30 de setiembre de 1834'.


Señores redactores del Mensagero de las Cortes. Muy señores míos : al" conside-
rar las graves ocupaciones que á Vds. agobian, y las cuestiones importantes que
todos los dias se ventilan y resuelven en su apreciable periódico, no he podido
menos de leer con la mas profunda gratitud en su número 137 un artículo destinado
á echar una ojeada sobre el folleto.que acabo de publicar, y que es indigno sin
duda de haber ocupado por un momento la atención de Vds . , que reclaman asuntos
de mayor importancia en la crisis en que la nación se encuentra. Mi agradecimiento
crece- de punto, cuando considero la caballerosa cortesanía con que el autor del artí-
culo trata á un hombre nuevo en la literatura, y que, sin títulos como sin gloria, ha
lanzadora la arena de la discusión unas cuantas páginas que sin el artículo de Vds.
hubiera devorado ya el olvido. Sin duda su autor, ornato glorioso de las letras es-
pañolas, ha querido alentar mi timidez, para que, afirmándose mis pasos con el eco
de su voz , pueda quemar incienso un día en los abandonados altares de las musas
de mi patria. Pero un joven de veinte y cinco años no es fácil de manejar : la ala-
banza que tal vez se le tributa para animarle en su carrera, no pocas veces le,con-
duce á demasías; y.al dirigirme yo á Vds. para darles gracias por su delicada
atención, y para que se dignen insertar en su periódico algunas observaciones sobre
su artículo, temo que califiquen de atrevimiento mi franqueza; porque si Vds. han
tenido la dignación de hablar de mi, yo no tengo derecho de robar á Vds. un tiempo
que es precioso. Pero es ley de la humanidad que la juventud sea presuntuosa, y
Vds. estarán dispuestos á someterse al yugo deesa ley inflexible, que no es dado al
hombre contrastar. Por otra parte-, yo no contestaré nunca á lo que no crea digno
de contestación; {contestando al autor del artículo que voy á examinar, rindo un
verdadero homenaje á su talento. '


El' articulista no comprende cómo uno que no sea francés, puede colocar á la
Francia al frente de la civilización europea. El autor de las CONSIDERACIONES SOBRE
I A DIPLOMACIA , no comprende tampoco cómo un filósofo, por no ser francés , ha de
prescindir de la verdad en sus investigaciones. Hubo un tiempo en que la palabra
extrangero era sinónima de la de enemigo/, esfe tiempo es siempre el de la infancia
de las sociedades, y qoneluye cuando las conquista la civilización, y cuando yan
á perderse en su seno para constituir la humanidad. Entonces el filósofo, que solo
sirve á la inteligencia y solo busca la verdad, la proclama en donde la encuentra,
porque sú objeto no es ensalzar una familia, ni una nación, ni una raza, sino estu-
diar al hombre y esplicarle. La edad media podría entender al articulista : el si-




_ 107 —


glo xix no le comprenderá. La cuestión asi considerada queda reducida á si es ó na
un hecho constante de la historia, que la Francia ha estado al frente de la civiliza-
ción europea. El articulista piensa que no, y cita como prueba de lo contrario la
invasión de Carlos VIII en Italia.


. No sé cuáles habrá» sido sus .estudios históricos : pero me temo que en este
punto no sea muy fuerte, y que haya estudiado la historia con el lente del em-
pirismo, qug todo lo viste con falsos y pálidos colores, y con cuyo sistema se cree
que se conoce la historia, cuando se han, descubierto las consecuencias mas inme-
diatas de los hechos que la constituyen. Es mas difícil de lo que el articulista piensa,,
señalar la importancia respectiva de un hecho cualquiera, y asignarle el lugar que


Jte corresponde en la civilización. Decir que una guerra es un mal, que una invasión
es casi siempre funesta á la sociedad invadida, que la de Carlos VIII lo fué de pronto
para la Italia, son verdades comunes que saben los niños de la escuela. Pero en
el hecho de esa invasión ¿no hay nada mas que considerar? ¿están limitadas' sus
consecuencias á las que se verificaron en el seno del pais invadido? Esta es la cues-
tión ; y esta cuestión no la decidirán seguramente, los niños da la escuela, ni mu-
chos que blasonan de entendidos. En primer lugar, es muy dudoso que la Italia hu-
biera aumentado su civilización, sino la hubiera comprimido la guerra extrangera.
La invasión se verificó cuando solo alimentaba én su seiio monstruos, y cuando
cansados los estados pequeños de las luchas desastrosas interiores, fatigados por crí-
menes horrendos, »y con el espectáculo de una disolución total en las costumbres,
se hubieran reposado tal vez en una servidumbre vergonzosa. Alejandro V I , César
Borgia, Luis Esforcia y Pedro de Médicis no eran por cierto los hombres á cuya
sombra debian crecer los pueblos, y marchar con paso seguro en la carrera de la
perfectibilidad. Venecia no encerraba en su seno un solo germen transmisible de ci-
vilización .social,' porque el principio de su existencia estaba envuelto en un esté-
ril y aristocrático egoísmo. Roma no tenía fuerza para oprimir, ni sus feudatarios
para sacudir su yugo. Florencia se consumía, interiormente con oscilaciones conti-
nuas, que desacreditaban ala misma libertad que las servia de fundamento .Este es-
pectáculo no es el mas á propósito para concebir las lisongeras esperanzas del arti-
culista : pero aun cuando la Italia hubiera suspendido por un momento el curso de
su civilización ¿se suspendió por eso la civilización europea? No. Examinemos la
historia, y ella nos responderá.


La civilización no se transmite de un pueblo apotro, y por consiguiente no se ge-
neraliza sino de tres maneras :por medio de colonias civilizantes (si pueden llamarse
asi) que la trasplantan en medio de sociedades nacientes; por medio de guerras y


. conquistas que la inoculan en pueblos bárbaros ó degradados, y por medió de una
hoja de papel que recorriendo el universo, en pocos dias transmite la verdad á los
remates del mundo. La civilización antigua se difundió generalmente por medio de
colonias : la civilización moderna por medio de la imprenta : la civilización en los
siglos medios por la espada y las conquistas. Si esto es así, la civilización en él si-
glo xv no podia marchar sino con los ejércitos, y por consiguiente debia ser estéril,
depositada en una nación que no podía transmitirla, porque no tenia fuerzas para in-
vadir á las demás. Asi, la civilización italiana no pudiendo salvarlos Alpes,-hubiera
sido nula por mucho tiempo para la Europa, si un pueblo mas poderoso no hubiera
desgarrado su seno para arrancar el germen que se abrigaBaen él, y dársele en dote




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al mundo que le esperaba. Cabalmente porque la Italia era el pais en que la civili-
zación estaba mas adelantada, según el articulista, era necesario que las naciones
de Europa invadiesen la Italia para reclamar su parte de civilización, que es la heren-
cia legítima del género humano. Este fenómeno no fué nuevo en el mundo : ya las
naciones de Europa habían volado al Oriente guiadas-por un hermitañopara ini-
ciarse en l á civilización. Y o sé bien que ni Carlos VIII ni los Cruzados invadieron
la Italia y el Oriente para civilizarse; pero sé también que, porque invadieron la
Italia y el Oriente, se civilizaron. Las intenciones no dejan .rastro de sí en la exten-
sión de los siglos r solo los hechos constituyen la historia; y los hechos dicen que
estas dos invasiones contribuyeron en gran manera á civilizar la Europa, á pesar
de que los que la ejecutaron, solo fueron guiados por el fanatismo y la ambición.
L'homme s'agite et Dieu le mene.


Si esto es cierto ( y valor ha de tener el articulista para pretender probarme lo
contrario) resulta que las guerras Se Italia sirvieron á la civilización del mundo, y
por consiguiente, que habiendo sido la Francia la que tomó la iniciativa en ellas, enton-
ces , como antes y como después, se puso al frente de la civilización. Esta puede
aplicarse á la civilización en general, comprendiendo en ella solamente el progreso
de las ciencias y el de las artes : si de esta clase de civilización pasamos á consi-
derar la civilización social, distinta, aunque dependiente hasta cierto punto de la
primera, los efectos beneficiosos de las guerras de Italia son mas de bulto, y la ini-
ciativa de la Francia se reducirá á los ojos del hombre pensador á la iniciativa de
la inteligencia, que en el siglo xix, triunfando de ¡a barbarie, tnarchó hacia ta do-
minación. .


Con el imperio romano desapareció la unidad, que- es el centro hacia donde
gravitan las sociedades. La edad'media es un periodo de transición entre la unidad
que desapareció con Roma, y la unidad' que renació con las laces. Como, la exis-
tencia en grupos es el carácter de los pueblos infantes y de los siglos bárbaros, la
vida de la Europa en la edad media fue una lucha constante para constituirse por
medio de esa unidad, que es la ley de las instituciones humanas. Ahora bien, todos
los que saben algo, saben que con las guerras de Italia se constituyeron las nacio-
nes de Europa; que solo por medio de estas guerras pudieron conocerse, y solo de
su seno nació ese equilibrio sistemático- que ha presidido después á todas las tran-
sacciones diplomáticas, y que es uno de los cal-acteres que distinguen á la moderna
de la antigua civilización. De todo, esto resulta que el articulista citó un hecha que,
lejos de probar algo contra mi sistema-, bastaría para servirle de fundamento, si yo
no tuviera otros en donde escoger.


Por lo demás, como hablo solamente del carácter en general de la nación- fran-
cesa., y como el carácter de los pueblos y el de los individuos es el resultado de la
generalidad y no de la' universalidad de sus acciones, -un hecho aislado nada pro-
baba contra mi sistema. A nadie se le ha ocurrido decir que el carácter de un
hombre es depravado porque haya cometido una mala acción, y por consiguiente,
que un pueblo no ha estado al frente «le la civilización europea, porque haya ata-
cado una sola vez á esta misma civilización, que conduce en medio de los aconte-
cimientos mas notables que nos ha trasladado la historia. A pesar de esto, he que-
rido contestar para que el articulista sepa cuántas cuestiones se aginan en un hecho
solo, y cuan difícil es estudiar la historia de una manera profunda -y comprensiva.




.— 109 —


El que, considerando un solo fenómeno bajo un solo punto de vista, piensa que co-
noce la humanidad entera; el que considerando un hecho aislado y midiendo su
importancia con un compás mezquino*, piensa que conoce las sociedades; el que
arrancando una página'-suelta de los anales del mundo, piensa que lo comprende
porque la deletrea, y que conoce la historia porque la comprende, es como el
salvage joven y vigoroso que presumiera conocer la anatomía del cuerpo hu-
mano, porque despedazaba toscamente los miembros de un cadáver que le habia
dado la victoria. ' •


Supone el articulista que me aflijo con los franceses , porque no sea la Bélgica
agregada á su imperio. Este es un error : solo me aflijo de que la Bélgica no sea
independiente; pienso sí, que, á haberlo sido, se hubiera agregado á la Francia. .


Se lamenta conmigo por el resultado funesto de la batalla de Waterloo; pero
condena la calificación de pequeña dada por mí á la Inglaterra (no-existe esta cali-
ficación en mi folleto) «ó la de agente imperceptible al capitán triunfante, cuyas
banderas resistieron victoriosamente en las márgenes del Tajo, y fueron tremolan-
do con gloria desde allí hasta las del Garona, perceptibles por cierto á cualquiera
vista, á no ser de topo, ó á no estar anublada po.r las lágrimas que su noble des-
pecho y amor á la patria agolpa en los ojos de ia nación vencida.»


No esperaba yo encontrar un elogio de lord Wellington en el Mensajero de las
Cortes; pero puesto que se encuentra en é l , sera necesario rebatirle defendiendo la
calificación que yo. he dado al capitán triunfante, y que le reserva la historia. Nin-
gún agente es imperceptible hablando absolutamente, pero á todos puede hacerles
imperceptibles la distancia. Wellington, comparado con Zumalaearreguj, es un
gigante : comparado'con Napoleon (y con Napoleon se le compara) es un pigmeo.
Y aunque esta expresión y la de imperceptible fuesen exageradas, la indignación
es disculpable cuando tiene por objeto á Wellington, Jamás mi boca ni mi corazón
colocarán al mismo nivel al azote y al esclavo de. los reyes. *


En fin, el articulista ha descubierto lo que yo no presumía. No hubiera estraña-
do que mi obra fuese acusada de extravagancia ó de paralogismo: ¡pero de plagio!
Es cierto que el articulista confiesa que no está muy seguro de su dicho : que no
recuerda el escritor con cuyos despojos he cubierto mi desnudez y mi vergüenza;
pero no importa : ¿qué se pierde por decir que una obra es un plagio?Nada, abso-
lutamente nada. Y tanto menos se pierde, cuanto el acusado no^raede rebatir una
acusación general, que no apoyándose en ningún punto sólido, no presenta ningún
lado vulnerable. Solo cita á Mr. Buchez y consortes. No conozco á semejante escri-
tor , que debe ser muy menguado, cuando ninguno de mis amigos tiene noticias
suyas, á pesar de que entre ellos se encuentran personas de gran saber y de esco-
gida erudición. Cuando los que me conocen, me han visto calificado de plagiario, la
risa se ha agolpado á sus labios, al considerar la situación cómica de un hombre,
cuyo carácter es la independencia mas inflexible que existió jamás, el desprecio
mas absoluto de la autoridad y del 'ejemplo, acusado de vestirse con harapos que
encontró en el lodo, y con que cubrió su desnudez.


Es preciso esplicarnos, señor articulista. Si es plagiario todo el que no descubre
una idea nueva que haga dar un paso á la civilización, yo soy plagiario, Vd. es
plagiario, .y todos son plagiarios, incluso su maestro de Vd. Bentham. Y para no
hablar ni de Vd. ni de mí , hablemos del maestro. ¿Qué ha hecho Bentham en la




—• 110


legislación? la ha aplicado el principio sensualista de la utilidad, principio coexis­
tente con el mundo, y que se pierde, como el origen dé todos los principios, en el
inescrutable seno de la inteligencia humana* Porque debe Vd. saber que no hay
nada nuevo bajo el sol. Todas las ideas coexisten en la humanidad : y solo se suce­
den en el dominio del irfundo. Todo siglo es continuación y complemento del siglo
que le antecede: y todo filósofo continuación y complemento de un sistema, cuyos
límites no ha creado, y que no puede traspasar. Bentham , pues, no ha inventado
nada, ni aun un sistema; al contrario, es la última expresión del sensualismo en Eu­
ropa. En el siglo XVII invadió la filosofía: en el siglo xvni las costumbres : Bentham
le ha inoculado en las leyes, que era el último periodo que debia recorrer y que
ha recorrido ya. De aqui se deduce que Bentham no ha hecho mas que sacar la
última consecuencia de premisas encontradas por otros. ¿Y habrá de deducirse'de
aqui que Bentham es un plagiario? y si por ventura lo es, ¿qué nombre cuadrará'á
sus desgraciados discípulos? El articulista pesara bien estas consecuencias en la» ba­
lanza de su razón.


¿Se llama plagiario al que no teniendo fuerza ni para inventar', va para hacer
grandes aplicaciones de principios descubiertos, se contenta con hacer estractos del
escritor que le acomoda, ó con repetir monótonamente y con fé implícita sus ideas?
S i : este y solo este se llama plagiario. Y ¿hay alguno que me reconozca en esta
descripción? No : señor articulista. No hay ningún hombre sobre la tierra de quien
yo sea eco, y ninguno que pueda llamarme su discípulo, si por discípulo se entiende
el que tiene en veneración las ideas que recibió de otros sin juzgarlas. Pero si discí­
pulo se Цата al que aprende , y maestro al que enseña, 'nadie reconoce mas maes­
tros que yo : lo son todos* los seres que pueblan el universo : hasta ­los impercep­
tibles como Welligton. A mí me instruyen las verdades como los errores de todos
los sistemas­: aprendo de la, misma manera con el espéctácülb de' la degrada­
ción que con el de la dignidad: humana. Solamente con el último mi imaginación se
empapa en blandos colores ; y con el primero se circunda con una nube funesta,
exhala la desesperación, y se colora de sangre. Sin embargo, Vd. al leer mi obra
dice que recuerda esas ideas : á mi me sucede cabalmente lo mismo. "¿Y por
qué ? porqué ésas ideas, cuando yo las he publicado, existían ya_ de antiguo en la
humanidad, como todas las que publican todos los filósofos del mundo. Desde Piar
Ion y Aristóteles H&sta nuestros dias,, filósofos se llaman sus comentadores, y sus
comentadores son todos los filósofos, como todos los sistemas son reflejos pálidos de
los suyos. .


Vd.: estráña recordar esas ideas. ¿ No sabe Vd. que todo el saber humano se re­
suelve en recuerdos, y que aun esta misma idea es una idea de Plaíbn? Dice Vd. que mi
abra) está' compuesta de retazos qué he sabido zurcir con mano maestra. Vd. no re­
flexiona que si.fuera'así, el zurcido no se conocería tal vez,.pero se conocerían segu­
ramente los refazos, que és peor: y que todo el ingenio humano no basta para ajusfar y
constituir un todo armonioso de pedazos de diferentes sistemas, como el zurcido mas
perfecto no puede constituirle de retazos de diferente calidad y de distintos coloret.
Vd. está convencido de que yo no he inventado mis ideas, aunque no sabe á quien
pertenecen. De lo mismo estoy convencido yo, y padezco la misma ignorancia. ¿Por
qué ? Porque el hombre tiene la conciencia de que nada puede inventar, al mismo
tiempo que le es imposible asignar su verdadero origen á todas las ideas que se depositan




— 111 —


en él: ideas que el hombre no zurce, porque no sean suyas originariamente, sino que
las hace suyas, porque se las asimila. Asimilar y no zurcir, esta es la expresión
conveniente y verdadera, señor articulista. Asimilar y no inventar, esta es la
expresión técnica de los filósofos : porque ha de saber Vd. que entiendo un poco de
metafísiea. Resulta, pues, que yo . he recibido mis ideas ni mas menos del mismo
modo que las reciben los demás hombres, de todos los seres que existen , de todos
los acontecimientos que luchan, de todos los sistemas que se combaten, y de todos
los filósofos que los explican, Pero si yo no yerro, este pequeño catálogo constituye
la humanidad : constituye el siglo xix, que la comprende y la abarca. La voz del
siglo xix será la que Vd. habrá oido cuando recordaba mis ideas : porque el siglo
tiene-también una voz para las inteligencias, que como la de Vd., no son vulga-
res : ese siglo es mi maestro : de ese maestro soy plagiario.


En el artículo en cuestión se habla de mis galicismos. Tiene razón el articulista:
pero lo que ÜO sabe* es que nadie s# puede elevar á la altura de la metafísica con
los auxilios de una lengua que no ha sido domada por ningún filósofo. Por ningún
filósofo he dicho : y no se crea que me olvido de Jovellanps. Jovellanos es la per-
sonificación viviente del sentido común, pero rio es un filósofo. Por otra parte,
nadie ha creado todavía en España el estilo que corresponde al 'siglo xix : • todos
los puristas imitan mas ó menos al de los escritores del siglo x v i , sin saber que
cometen un anacronismo, y que para expresar ideas que viven hoy, las envuelven
en frases que Vivieron hace tres siglos. Es decir, no saben que encierran la vida en
un féretro, y que cubren las formas vigorosas de las ideas .dominantes con un velo
fúnebre que las oculta á nuestra vista: no saben en fin, que en nuestros dias el estilo
del siglo xvi es una momia que los esfuerzos de los hombres no pueden animar.
Decidido ano escribir con aquel estilo, no me quedaba mas recurso que crear el estilo
del siglo x ix , ó valerme del auxilio de tina lengua filosófica y viviente : no tengo
fuerzas, ni voluntad, ni tiempo para emplear el primer medio, y he adoptado el
segundo.


Disimulen Vds., señores redactores, la molestia que les causo, y que será la


última, como ha sido la primera, y no duden del alto afecto que les profesa su


atento S . S . Q. B . S. M . -
JUAN Doloso CORTÉS.






LECCIONES


DERECHO POLITICO,
PRONUNCIADAS


EN EL ATENEO DE MADRID.






32 DE N O V I E M B R E DE 1836 .


D E L A SOCIEDAD Y D E L G O B I E R N O .


SEÑORES:.




INVITADO por la junta gubernativa del ATENEO para desempeñar la
cátedra de derecho político, no he admitido este honroso cargo
porque tuviese títulos para aspirar á él, sino porque estaba seguro
de vuestra benevolencia.


Cuando las sociedades se sienten estremecidas por las revolu-
ciones , separan sus ojos de lo pasado que sucumbe, y los dirigen
hacia el porvenir que pugna por realizarse en el mundo. Los hom-
bres siguen la suerte de las instituciones : así, los hombres de lo
pasado son mirados con desden, y los hombres del porvenir son
llamados á la arena. Esta tendencia de todas las sociedades, en sus
periodos de crisis y de renovación, es un hecho constante de la
historia, y como todos los hechos que se repiten en circunstancias


TOMO i. 8




dadas, es un hecho que se apoya en la razón del género humano.
Con efecto, una sociedad en revolución tiene un presentimiento
vago de que algo de nuevo vaá aparecer y subyugar las voluntades;
y como la humanidad es eminentemente lógica en todos sus instin-
tos , busca la nueva idea que ha de dominar en una frente joven,
como la esperanza que siente nacer en su seno.


Fsta es la causa del papel brillante que representan los jóvenes
en todas las revoluciones : la sociedad personifica en ellos la revo-
lución, y los considera como sus profetas, sus sacerdotes, y sus már-
tires. En vano un joven vivirá con ideas que ya pasaron : en vano
habrán-desaparecido las ilusiones y las esperanzas del horizonte de
su vida : la sociedad, en el periodo que describo, se obstinará casi
siempre en ver en cada joven á la juventud, en la juventud el por-
venir , y en el porvenir el puerto en donde ha de acogerse libre del
naufragio. En vano un hombre de otro siglo estará dotado de una
inteligencia flexible y comprensiva : en vano abrirá su espíritu á la
inspiración de lo presente, y penetrará con sus miradas en -el abis-
mo del porvenir : la sociedad casi siempre no mirará en él sino una
columna ya vacilante de un templo destruido , una inteligencia es-
téril , un hombre que pasó. Así, señores , las revoluciones que son
siempre lógicas, son muchas veces injustas : esta injusticia es favo-
rable para mí, que no puedo presentar mas .títulos para atreverme
á dirigiros la palabra, que mi amor á las ciencias, y mi juventud.


Si el ilustre publicista que debia desempeñar esta cátedra estu-
viese entre nosotros,' yo vendría como discípulo á recibir las inspi-
raciones de su genio, y las lecciones de su elocuencia : pero ya que
esto no es posible , permítaseme á lo menos rendirle aquí el home-
nage que es siempre debido á la superioridad del talento, y á la
santidad del infortunio.


Mi objeto hoy1 es explicar la teoría general de los gobiernos, y
la misión especial del gobierno representativo.


Los gobiernos, no tienen una vida propia , sino una vida de re-
lación : no son entidades escolásticas, sino realidades históricas:
por eso no deben ser apreciados en sí mismos , sino en su relación
con la sociedad.'




— 117 —


Todo gobierno es una acción, de tal manera, que un gobierno
que no obra, abdica : para un gobierno obrar es ser. Añora bien :
toda acción tiene un principio de donde nace, un fin á donde camina,
y un ser que la sirve de término para realizar su fin. El gobierno
tiene su principio en la sociedad, su fin en la sociedad; y el ser
sobre que se ejercita s es también la sociedad. Así, señores, el go-
bierno no es otra cosa que la acción social; ó si se quiere , es la so-
ciedad misma en acción.


Si esto es así, Jos que consideran á los gobiernos en sí mismos,
como preexistiendo á la sociedad, consideran un absurdo : por-
que , ¿ qué mayor absurdo que una acción á la que se despoja del
principio que la "produce, del fin á que se dirige, y del ser sobre
que obra? Por la misma razón, los que consideran á la sociedad
en sí misma é independiente del gobierno, consideran un ahsurdo;
porque ¿qué es la sociedad? la sociedad es una reunión de indivi-
duos unidos por medio de relaciones recíprocas y ordenadas. Ahora
bien : donde hay relaciones recíprocas y ordenadas entre seres
activos, hay acción común : donde hay acción común, hay gobierno.
Para destruir la idea del gobierno, es preciso destruir antes la idea
de la sociedad : estas dos ideas no pueden separarse lógicamente,
mientras no se pruebe que puede existir acción social sin sociedad,
ó sociedad sin acción : la teoría de un contrato social, como origen
del gobierno, teoría no inventada , sino animada y popularizada
por Rousseau, es una teoría históricamente falsa, y lógicamente in-
sostenible. Pero hablaré de ella mas especialmente, cuando analize
el principio de la soberanía.


Si la sociedad es el principio , e l objeto y el teatro de la acción
social personificada en el gobierno, la- sociedad nos ha de revelar el
secreto >de los principios que le dirigen , y de las leyes que le cons-
tituyen.


En toda sociedad hay individuos, y hay relaciones de estos in-
dividuos entre sí. Destruid con el pensamiento á los individuos : la
sociedad perece. Conservad á los individuos su existencia; pero
aniquilad las relaciones que los unen : la sociedad perece también :
de aquí resulta, que hay que considerar en la sociedad dos elenien-




— 118 —


tos distintos : que son la ley del individuo , y la ley de las relacio-
nes , ó lo que es lo mismo, la ley de la asociación.


El hombre se reconoce inteligente y libre; y en relaciones con
Dios, con el mundo físico y con los demás hombres : examinémosle
modificado por cada una de estas relaciones, y veamos qué ideas
imprimen sucesivamente en él.


En su relación con Dios , se humilla y se prosterna : y si no es-
tuviera modificado por otras relaciones, no tendría mas que una
idea; la idea del deber. En su relación con el mundo físico, no en-
contrando una inteligencia que responda á su inteligencia, ni una
libertad que limite su libertad, no tiene mas que una idea; la de su
derecho omnímodo, absoluto , ni mas que un sentimiento; el de la
dominación. Así, señores, con estas dos solas relaciones, no tendría
mas que dos ideas contrarias : la idea de su absoluta esclavitud, y la
idea de su absoluta libertad. Rey de la tierra y esclavo de Dios, este
ser sería un hombre incompleto, porque sería un hombre mutilado.


- Pero este hombre mira á otros hombres delante de sí; y su re-
lación con ellos le constituye y le completa. Su inteligencia, que le
sirve para comprender á Dios, para comprender al mundo, y para
comprenderse á sí mismo, le sirve también para comprender á
los hombres que le rodean y que le modifican : su inteligencia le
dice que ellos son libres é inteligentes como él; y en el santuario
de su conciencia se verifica un progreso, que es una revolución.


La idea de la identidad de los hombres nace en él, y con ella
la idea de la humanidad : su espíritu la reviste de las mismas cua-
lidades que le adornan, y la atribuye los mismos derechos, las
mismas obligaciones que le constituyen. Él era esclavo de Dios;
la humanidad será esclava de Dios. La naturaleza le pertenecía :
el dominio déla naturaleza le pertenecerá también.


Así, ya tenemos las dos condiciones primeras y necesarias de
toda asociación , á saber : la identidad de las facultades de los in-
dividuos que se asocian, y un orden de ideas que les es común. Si
los hombres, al ponerse en contacto, no se reconocieran inteligentes
y libres, no podrían asociarse : si al reconocerse inteligentes y
libres, no tuvieran las mismas ideas acerca de sus derechos sobre




—1-19 —


la naturaleza, y de sus deberes para con Dios, tampoco podrian
asociarse, porque no tendrían un vínculo común, que es la base de
toda sociedad. Es tan cierto esto, que no hay sociedad ninguna
que no tenga un culto, es decir, una manera ordenada de rendir
homenaje al Ser Supremo, y una regla cualquiera para dividirse
el mundo físico, realizando-de este modo su derecho de-dominio y
de apropiación.


En fin, el hombre, que, en su relación con Dios y con la natu-
raleza , solo tendría ̂ jdea de un deber sin límites , y de un derecho
absoluto, en contacto con los demás hombres, tiene la idea de
la igualdad : y esta idea hace nacer en él la de derechos y de-
beres recíprocos, es decir, limitados. Cuando esta idea ha lle-
gado á grabarse en su inteligencia, el hombre es un ser completo,
porque esta idea llev.a en su seno un mundo, que es el mundo
moral. Con efecto, si los derechos y los deberes deben ser recípro-
cos y limitados , es fuerza buscar una regla para su reciprocidad y
su limitación : esa regla es la justicia : y la justicia es todo el
mundo moral.


Todas estas ideas son lógicamente sucesivas : pero histórica-
mente simultáneas. Él hombre no ha creado la sociedad; ha nacido
en la sociedad : y al mismo tiempo que ha estado en contacto con
los demás hombres, ha estado en relación con el mundo físico y
con Dios.. Pero esta situación es compleja : y para explicarla me
ha sido forzoso descomponer los elementos que .la constituyen , y
analizarlos, obedeciendo á una de las leyes necesarias: del enten-
dimiento , que es la ley de la sucesión.


Por lo demás, de este mismo análisis resulta , que los hombres
no han podido vivir fuera de la sociedad , porque no han podido
abdicar su inteligencia, que la ha hecho necesaria : la existencia dé
un ser inteligente supone lógicamente la existencia de muchos
seres inteligentes; porque la imaginación no puede concebir una
inteligencia sola, viviendo de su vida interior : ahora bien, donde
hay muchos seres inteligentes, hay relaciones recíprocas y orde-
nadas ; porque no puede concebirse la existencia de muchas inte-
ligencias, sin que se pongan en contacto y en relación. Donde hay




— 120 —


contacto y relación entre seres inteligentes, hay lógica é históri-
camente sociedad : así, la sociedad es un hecho primitivo y sin
fecha, porque no la tiene el hombre.


Si la inteligencia del hombre es la causa de la sociedad, la li-
bertad del hombre ha hecho necesario en la sociedad el gobierno:
pero esta idea es nueya, y necesita alguna esplanacion.


Descompuesta con el pensamiento la unidad del hombre, esta
unidad se convierte en dualismo; y este dualismo le constituyen
la inteligencia y la libertad. Despojemos al hombre de la segunda,
y concedámosle la primera. La sociedad existiría como ahora exis-
te, y sería tan necesaria como es ahora necesaria. Las inteligencias,
poruña fuerza recíproca de atracción, se unirían, y se uñirían de un
modo indisoluble : porque ¿ qué elemento extraño podría turbar su
concierto, cuando su concierto es su ley? Ahora bien : siendo esta
sociedad de suyo indestructible, no necesitaría realizar un go-
bierno para que la conservase por medio de su acción : y el go-
bierno , no siendo necesario, no seria.


Pero si el hombre, como ser inteligente, está dotado de un prin-
cipio armónico y espansivo, como ser libre, abriga en su seno un
principio de individualismo y de reconcentración. Ahora bien : la
libertad es la que constituye el yó, y la personalidad del hombre.
La inteligencia, la razón son cosas que están en él; pero no son
él mismo, y no le constituyen. El hombre concibe que dos y dos son
cuatro : pero esta, verdad, si bien es cierto que es concebida y po-
seída por el hombre, no es menos cierto que tiene una existencia
absoluta é independiente de él. La razón no es tuya ni mía : no
perecerá contigo ni conmigo : no perecerá con el género humano,
porque vive de una vida eterna en el seno de ])ios. Pero ¡la liber-
tad! La libertad, señores , es el hombre; porque nace, vive -y
muere con él. No la busquéis en el mundo físico : no está allí. No
la busquéis en el mundo de las inteligencias : no está allí. Ñola
busquéis en el Cielo : no está allí. Pero buscadla en el seno del
hombre, y ella os responderá.


Examinemos su carácter. Su carácter es la indivisibilidad, la
intransmisibilidad, y la unidad. Con efecto : es imposible concebir




— 121 - « -


que el hombre divida , trasmita, ó multiplique su yó : cualquiera
de estas operaciones le aniquilaría. De aquí resulta, que el carácter
absoluto é individual de la libertad resiste á toda asociación, y no
puede formar un todo armónico , compuesto de partes subordina-
das entre sí, sino un todo absoluto, independiente é indivisible.
La ley de toda asociación es la dependencia mutua. Ahora bien, la
dependencia de una voluntad es un absurdo en el fondo, y un con-
trasentido en los términos. ' \


Así, señores, si 4a inteligencia del hombre es un principio ar-
mónico y social, la libertad del hombre es un principio antisocial
y perturbador. Las inteligencias se atraen : las libertades se ex-
cluyen. La ley de las primeras es la fusión y la armonía : la ley
de las-segundas, la divergencia y el combate. Este dualismo del
hombre es el misterio de la naturaleza, y el problema de la so-
ciedad. Y una falsa filosofía, para aclarar aquel misterio, le ha ne-
gado; y una falsa civilización, para resolver este problema, le ha
negado también : y los falsos filósofos, y los falsos legisladores
han dicho : El hombre es un selr inteligente; pero no es un ser libre.
La sociedad es la reunión de todas lq§ inteligencias: fuera de la


sociedad no hay nada :_ los individuos no son : ó si son, deben per-


derse en el seno absórtente de una terrible unidad. Y de ésta manera
el panteísmo infecundo ha salido de la cabeza dé los filósofos; y
el despotismo , del seno estéril de los legisladores.


Otros legisladores y otros filósofos, falsos también, han di-
cho.—La libertad es la única ley del hombre : el hombre libre es el


centro de la creación: él no ha nacido para la sociedad : la sociedad


se ha formado para él. El hombre es rey. Y han añadido des^


pues.— Si su voluntad es su regla, no hay regla fuera de él : si no
hay regla fuera de él, no hay Dios: 6 si le hayí el hombre es Dios.
¿Yqué haremos con este Dios sin soles que le reflejen, con este


* rey sin subditos que le sirvan? Para colocar estas dos coronas so-
bre la frente del hombre, ha sido necesario antes aniquilar los
mundos sobre cuyos escombros se divisa sola su figura gigante y
satánica, como la del ángel de la destrucción.


Estos legisladores y estos filósofos en vez de examinar al hora-




J _ 122 —


bre, pretendieron adivinarle : ahora bien : el hombre no necesita
ser adivinado, porque existe: pero necesita ser bien explicado, por-
que no es bastante conocido. No le consideremos, pues, tal como
nos le presenta la filosofía : considerémosle en toda su realidad.


He dicho antes que si la inteligencia del hombre ha hecho ne-
cesaria la sociedad, la libertad del hombre ha hecho necesario el
gobierno.: verdad que se deduce claramente de lo que acabo.de
decir: con efecto, el hombre, absolutamente libre, destruiría la so-
ciedad que su inteligencia ha hecho necesaria; porque la libertad
es, por su naturaleza, un principio disolvente de toda asociación. La
sociedad necesita, pues, de un arma para defenderse contra el
principio que la invade : este arma es el gobierno. El gobierno no.
gobierna sino obrando, porque como he dicho antes, para el gor
bierno, obrar es ser : y no obra siuo resistiendo al principio inva-
sor : por consiguiente, para el gobierna, obrar es resistir. Si el
gobierno es una acción, y si esta acción es una resistencia , el go-
bierno es una resistencia también. Es tan cierto que la resistencia
es su ley, que la historia no nos presenta el fenómeno de un go-
bierno que no haya resistid^: unos resisten á las mayorías, otros
á las minorías, pero todos resisten , porque su misión es resistir.


Pero ciertamente esta resistencia no es indefinida : siendo su
objeto defender á la sociedad de las invasiones de la individualidad
humana, su acción no debe estenderse mas de lo que sea necesa-
rio para evitar semejantes invasiones. Cuando los gobiernos traspa-
san estos límites, dejan de resistir, é invaden : y toda invasión es
un crimen : así la de la sociedad en los individuos, como la de los
individuos en la sociedad. Cuando los individuos invaden , si triun-
fan , la sociedad se sumerge en la anarquía : cuando los gobier--
nos, en vez de resistir, invaden, si triunfan, hay despotismo : si
sucumben, se encuentran frente á frente de una revolución, que es
su tumba.


Así, el gobierno, es decir, el poder, tiene una regla que le
es superior y á que no puede resistir ; y esta regla le traza un lí-
mite que no debe traspasar : ¿ pero cuál es esta regla ? ¿ cuál es
este límite?




— 123 —


Ya hemos visto que el hombre, en relación con los demás hom-
bres, reconoce su igualdad : que la idea de igualdad hace nacer en
él la de derechos recíprocos y limitados; y esta idea, la necesidad
de una regla que presida á su reciprocidad y á su limitación. Esta
regla es la justicia, estrella inmóvil; en eí; horizonte de los pueblos:
ella sola puede enseñarnos en dónde concluye la resistencia legí- *
tima del gobierno , y en qué punto comienza á viciarse , pasando
del estado de resistencia al estado de invasión.


¿ Qué exige, pues , la justicia ? La justicia exige la conservación
de todas las existencias, y por consiguiente la conservación si-
.multánea de la sociedad y de" la libertad del hombre : porque si la
sociedad tiene derechos, porque existe ; la individualidad humana,


'por la misma razón, tiene derechos también. La sociedad, pues,
tendrá derecho á absorber aquella parte de la individualidad que
sea necesaria para su existencia : y la individualidad humana
tendrá el derecho de retener toda aquella parte de la libertad que
la sociedad no necesite para existir. El gobierno encargado de reali-
zar la justicia por medio de su acción, obrará legítimamente, siem-
pre que resista á la destrucción de la sociedad amenazada en.su
existencia por la libertad humana. Obrará ilegítimamente, siempre
que comprima el desenvolvimiento espontáneo de la libertad del'
hombre, después de haher asegurado la existencia de la sociedad.


De aquí resulta, que el problema social, problema que el go-
bierno está encargado de resolver por medio de. su acción, es el
siguiente.—Siendo la ley de la sociedad la subordinación y la ar-
monía , y la ley del individuo la independencia y la libertad, ¿có-
mo se ha de respetar la libertad humana, sin que vacile la sociedad
en sus cimientos ? O lo que es lo mismo, ¿ cómo se ha de conser-
var la sociedad, sin mutilar al hombre?


Si este es el problema que el gobierno debe resolver, por las
diferentes soluciones que le hayan dado , será por las que debamos
juzgar á los gobiernos : porque sus formas no los constituyen : los
constituyen sí, el carácter y la tendencia de su acción.


Por eso analizaremos en las lecciones siguientes los varios prin-
cipios en que los gobiernos se*apoyan : no olvidándonos nunca de




— 124 —


juzgar estos principios y estos gobiernos por su tendencia á retra-
sar ó á acelerar la resolución de este problema. Comenzaremos en
la próxima lección por examinar el principio de la' soberanía. Le
examinaremos en sí mismo, analizando su tendencia. Los reyes le
reclaman para sí : examinaremos los títulos" de los reyes : los p'ue—


• blos le reclaman también : examinaremos los títulos de los pue-
blos : los filósofos han sistematizado el principio, reduciéndole á
teoría; examinaremos las teorías de los filósofos : varias consti-
tuciones le han esmto : le juzgaremos también escrito en las cons-
tituciones. •


Este mismo método nos guiará en el análisis de todas las cues-,
tiones políticas y sociales que habremos de resolver. De nada sirve
considerar una institución ó un principio bajo un solo punto de
vista : la verdad entonces será forzosamente incompleta , y al que-
rer elevarla al estado de principio y de verdad absoluta, con esta
verdad incompleta sancionamos un error. Esta observación nunca
es mas exacta , que cuando se aplica á las instituciones políticas,
que siendo al mismo tiempo teorías fundadas en la razón y realida-
des históricas,, deben ser examinadas al mismo; tiempo á la luz
de la razón y á la luz de ia historia. Solo cuando la historia con-
firma lo que la razón proclama, puede decir el hombre que ha
encontrado la verdad : por eso no hablare de ninguna especie de
gobierno, sin hablar al mismo tiempo de su principio lógico y de
sus consecuencias reales : porque yo creo en la solidaridad, per-
mítaseme esta expresión, de la filosofía y de la historia.


Los "filósofos han clasificado generalmente hasta aliora á los
gobiernos por sus formas : nosotros'los clasificaremos por sus di-
versas tendencias á resolver el problema social : y esta clasifica-
ción será mas luminosa y: mas profunda.


Este problema no tiene mas que tres soluciones posibles : ó la
sociedad ha de absorber al hombre , ó el hombre ha de absorber
á la sociedad, ó la sociedad y el hombre han de coexistir por me-
dio de una constante armonía : estas tres soluciones caracterizan
tres gobiernos diferentes :# á los que tienen por base la obediencia
pasiva y la fé : á los que adoptan por base el desarrollo completo




(le la individualidad humana; y á los que tienden áarmonizar, por
medio de una unidad fecunda, la ley del individuo y la ley de
la asociación. Estos tres gobiernos se han localizado en el mundo.
El primero domina en el Oriente : allí el hombre se pierde en el
seno de la sociedad, la sociedad en el seno de Dios : y una na-
turaleza colosal sirve de teatro á esta teoría petrificante. El se-
gundo nació en el seno de la Grecia : allí se rompe la unidad
terrible del Oriente , el hombre es ciudadano; el ciudadano sube
al trono , y desde él trono conversa con los dioses del Olimpo:
allí en fin , nació la libertad ; y los primeros himnos cantados en
su alabanza, se entonaron en aquellas playas sonoras. Viene Roma
después : su vida fué un combate entre el principio absorbente de
las sociedades asiáticas, y el individualismo de la sociedad griega:
entre los tribunos y los patricios : entre el senado y el pueblo.
El Oriente fué un sepulcro : la Grecia un festín : Roma un campo
de batalla. Sobre este campo de batalla no alzó su trono la victoria;
sino la muerte. La espada de Mario pudo vengar á los tribunos:
la espada de. Sila á los patricios; pero ni aquel pudo dar vida
al pueblo ,. ni éste fortalecer al senado. La república era un
cadáver.


Durante el imperio, ni combaten ni dominan los principios,
porque no hay principios : Roma era una casa de prostitución al
"servicio de los emperadores: y como toda sociedad que no tiene»
elementos de reorganización ha de perecer", Roma pereció. ¿ Quién '
subió entonces al capitolio abandonado para regenerar al mundo?
Una raza venida del Norte, y una religión bajada del cielo.


Aquí concluye la historia de la civilización antigua, y comien-
za la historia de la moderna civilización. De su seño ha nacido el
gobierno representativo, que se ha localizado en la Europa. Se di-
ferencia de los gobiernos de las sociedades antiguas, en que estos
ó mutilaron al hombre para conservar la sociedad, ó relajaron el
organismo social para respetar la individualidad humana, ó pusie-
ron en presencia estos dos principios rivales, para que se entre-
garan á un combate de muerte; cuando la tendencia del gobierno
representativo es respetar la individualidad humana sin relajar




— 126 —


el vínculo social, y conservar este vínculo sin mutilar al hombre.
Así, la clasificación de los gobiernos según sus formas es una clasi-
ficación estéril: y su clasificación por sus tendencias , una clasifi-
cación filosófica y fecunda. Ella, al mismo tiempo que nos explica
el organismo interior de los gobiernos, da una unidad magnífica á
la historia. Por lo demás, el objeto especial de este curso es ex-
plicar la economía del gobierno representativo : ya conocemos su
tendencia : todo lo que no le sirva para realizarla, -y todo lo que
le contrarié en su realización, le es extraño, no le pertenece. En
la lección próxima veremos si los que le proclaman como centro hacia donde gravita la Europa, pueden, sin ser inconsecuentes,
proclamar el famoso principio de la soberanía.


Así., señores, nosotros desenvolveremos aquí los mismos prin-
cipios que pugnan por realizarse en nuestra sociedad; porque un
movimiento social debe ir siempre acompañado de un movimiento
análogo en las ideas : y las ideas tienen tres grandes órganos
para hacer su aparición en el mundo : la prensa, la cátedra y la
tribuna.




' LECHOS MIMA.
29 DE N O V I E M B R E DE 1 8 3 6 .


D E L A S O B E R A N Í A D E L P U E B L O .


SEÑORES:


DEBIENDO ser la lección del martes último el precedente lógico de
la lección de este dia, bueno será que comenzemos por hacer un
breve resumen de los principios que se desenvolvieron en aquella.


Hay tres fenómenos que el entendimiento puede considerar
aislados por medio de la abstracción; pero que coexisten en la
historia : estos tres fenómenos son : el hombre, la sociedad, y el
gobierno. Analizada la unidad del hombre, se convierte en dualis-
mo : este dualismo le constituyen la libertad y la inteligencia : la
libertad se realiza por medio de las acciones; la inteligencia se
ejercita en el descubrimiento de la verdad : la verdad, indepen-
diente del hombre, es el centro de la atracción de todos los seres
inteligentes; por eso todas las inteligencias se asocian : caminando




— 1 2 5 — "


todas hacia un punto fijo , todas se unen forzosamente en la prolon-
gación de su carrera. El hombre, pues> como ser inteligente es un
ser social. Si el movimiento del hombre, como ser inteligente, es
expansivo y excéntricoporque busca la verdad qne está fuera de
él, el movimiento del hombre, como ser libre y activo, es un mo-
vimiento de reconcentración, porque no puede ser completamente
libre, poniéndose en contacto con otros seres libres y activos tam-
bién ; así, la libertad del hombre es el elemento disolvente de la
sociedad, que su inteligencia ha hecho necesaria : la sociedad, para
defenderse del principio que la invade, reúne todas.sas fuerzas
parciales, que constituyen la fuerza pública : su depositario es el
gobierno, cuya misión es conservar Ta sociedad por medio de una
resistencia constante á todas las libertades irrvasoras. La historia
de los gobiernos que resisten, es la historia de los gobiernos tute-
lares : la de los que, en vez de resistir, invaden, es la historia de
los gobiernos tiránicos : la de los que, en vez de resistir, ceden, es
la historia de los gobiernos imbéciles. Los primeros, al pasar, dejan
en pos de sí una huella luminosa : los segundos una huella de san-
gre : los últimos una huella de lodo. Sobre el sepulcro de los pri-
meros cantan un himno las naciones : sobre el de los segundos
escriben los hombres una maldición indeleble y un anatema terri-
ble : sobre la losa funeral de los últimos, se deposita el desprecio
de todas las generaciones que pasan.


Asi, señores, el antagonismo entre la libertad y la inteligencia
del hombre se refleja también en las sociedades humanas, y al
reflejarse en ellas, se traduce en antagonismo entre la ley del in-
dividuo, que es la independencia, y la ley de la asociación, que es
la subordinación y la armonía. - •


La historia no- nos ofrece en sus páginas un solo gobierno que
háyá convertido este antagonismo constante en una unidad fecun-
da. En el Oriente la ley del individuo ha sido sacrificada á la ley
de la asociación : en la Grecia la ley de la asociación ha sido sa-
crificada á la ley del individuo : en Roma estas dos leyes coexi&r
ten; pero coexisten para combatir, y combaten para perecer. Si
el periodo de la república es ef periodo de su combate", el periodo




— 129 —


del imperio es el periodo de su ausencia : y como la ausencia de
estas dos leyes es el caos, y el caos es la muerte del mundo mo-
ral , el imperio desapareció. Sobre sus inmensas ruinas se levantó
una cruz inmensa también, porque era el signo de la renovación
moral del género humano : al derredor de esta cruz se agruparon
las tiendas movibles de los bárbaros del norte, y habiéndose
consumado el destino de la sociedad antigua, la sociedad moderna
comenzó.


De su seno ha nacido el gobierno representativo : su misión es
resolver el problema que el mundo romano, el mundo griego y el
mundo oriental no habian podido resolver. Este problema consiste
en respetar la individualidad humana sin que los cimientos de la
sociedad vacilen, y en conservar la sociedad sin encadenar al
hombre; en una palabra, consiste en encontrar la ley que ha de
convertir en unidad armónica el dualismo incoherente de la ley
del individuo y de la ley de la asociación.


Todo principio que tienda á absorber al hombre en el seno de
ja sociedad, ó absorber la sociedad en el seno del hombre, es un
principio que pertenece á la civilización antigua, y contrario al
gobierno representativo; porque sacrifica y separa todo lo que el
gobierno representativo tiende á conservar y á reunir.


Hoy examinaremos si el principio de la soberanía popular es
un progreso, si debe consagrarse en el templo de la civilización
moderna, ó si debe reposar en el sepulcro de la antigua civili-
zación.


Hay dos clases de soberanías : la soberanía de hecho, que resi--
de en las autoridades constituidas; á esta soberanía la llamo poder, y
existe en todas las sociedades humanas: y la soberanía de derecho,
que los filósofos y las constituciones localizan , ya en los pueblos
con el nombre de soberanía popular, ya en los reyes con el nom-
bre de derecho divino, y que consiste en la posesión de una
autoridad no recibida de nadie, es decir, preexistente, y que
como Dios con una sola palabra crea todos los poderes de hecho,
que con otra sola palabra puede también aniquilar.


Cuando se habla de la soberanía del pueblo, se habla de esta
TOMO i. 9




— 130 —


soberanía que es omnipotente, y que preexiste á todas las autori-
dades constituidas : de ella es de la que pienso ocuparme, reser-
vándome para la lección próxima combatir la soberanía de derecho,
que en siglos de esclavitud y de ignorancia han reclamado los
reyes.


Cuando el imperio romano desapareció, la herencia de los Cé-
sares fué el patrimonio de los pontífices de Roma : en medio del
naufragio de todas las instituciones y de todas las ideas , el mundo
no hubiera podido reorganizarse, si no hubiera encontrado una idea
que le sirviera de estandarte, y una institución que le sirviera do
modelo : aquella idea fué la idea religiosa; esta institución fué la
Iglesia: el pontífice era el representante de una y de otra : así,
señores, en medio de la civilización antigua que perece , y de la
civilización moderna que nace, solo divisamos entre aquel sepul-
cro y esta cuna un personage social, y un trono vacío : el pontí-
fice, y el Capitolio. Cuando el pontífice se hizo monarca, y el Capi-
tolio le sirvió de asiento, los tiempos se anudaron, y el mundo
volvió á gravitar hacia la ciudad eterna.


¿Cuál es el carácter de esta época? La ley de la asociación
habia perecido en el naufragio : solo la ley del individuo exis-
tia. La independencia del hombre, virgen, lozana y vigorosa,
nacida entre las nieves del polo, vino á sentarse sobre el cadáver
del imperio ¿ Qué poder humano hubiera podido ajustar un yugo
á su indómita frente, cuando aun humeaba cubierta de sangre la
espada que le habia dado la victoria ? Y sin embargo, ó el hombre
del Norte habia de sujetarse al yugo de la autoridad y de las leyes,
ó el mundo debia perecer, siendo la sociedad imposible. La ley de
la asociación, no existiendo en la tierra, bajó entonces del cielo,
acompañada de una religión divina. Así, cuando el politeísmo habia
nacido del seno de la sociedad antigua , la religión cristiana ocul-
taba en su seno el germen de la sociedad moderna : los vencedores
de los Césares se humillaron voluntariamente ante un indefenso
sacerdote. Los hombres que con fuerzas hercúleas habían destro-
zado el trono de los emperadores, se humillaron ante un altar : los
indómitos leones se habian convertido' en tímidos corderos. La




sociedad fué entonces y solo entonces posible, porque la lev de la
asociación apareció entonces en el mundo.


De aquí resulta , que la autoridad de los herederos de san Pe-
dro fué tutelar y legítima : porque siendo la autoridad necesaria,
solo su autoridad era posible.


A su sombra creció la autoridad de los príncipes : la autoridad
civil nació del seno de la autoridad religiosa. La misión de esta
había sido constituir la sociedad : no contenta con su alta misión,
quiso traspasar sus límites: proclamó el dogma absurdamente im-
pío de la soberanía de derecho de los reyes, encadenó el entendi-
miento, aniquiló la ley del individuo, y sofocó la libertad humana.


De la independencia absoluta habia pasado el hombre á una ab-
soluta esclavitud : de esta absoluta esclavitud debia pasar otra vez
á la absoluta independencia : porque es ley de todo gobierno tirá-
nico engendrar la reacción que le ha de sepultar en el abismo.


Ya á fines del siglo xm comenzaba á empañarse el astro de Ro-
ma : á principios del xiv los papas se trasladaron á Aviñón, como si
tuvieran un vago presentimiento deque el mundo iba á emanciparse
del Capitolio, porque rayaba ya en su periodo viril, y no necesi-
taba de tutela. Para que pueda conocerse cuál era el prestigio de
los papas en este tiempo, baste decir que Nicolás Rienzi se atrevió
á restablecer en Roma el tribunado : su triunfo fué efímero; pero
no hubiera triunfado ciertamente , si el poder de los papas no hu-
biera ya traspuesto su zenit, y no caminara hacia su ocaso.


El cisma que resultó de la elección de Urbano YI y de Cle-
mente YII, vino á debilitar mas el poder de la Iglesia, y á produ-
cir una espantosa corrupción en toda la Italia : la corrupción entraba
al mismo tiempo que el poder unitario se disolvía. Los condottieri
franceses , alemanes , ingleses é italianos, recorrían sus hermosas
poblaciones, como las habian recorrido antes los bárbaros del Norte.
¡ Triste destino, señores, el de este pueblo providencial! Él se ocupó
en poner contribuciones al mundo, y el mundo le puso á saco;
ya no existe su poder : ¿dónde está Venecia, esa flor nacida como
Venus del seno del mar ? ¿ Qué se ha hecho de Florencia, esa pa-
tria del ingenio, esa reina de las artes? ¿qué es el Capitolio en fin?




. — 132 —


un recuerdo, una ruina. Y cuando ese pueblo que fué rey, en un
momento de distracción busca en su frente una corona, solo se en-
cuentra una llaga, y en sus pies una cadena.


Pero estamos en el siglo xiv: no anticipemos los acontecimien-
tos humanos.


Si la corrupción entraba en las ciudades , el crimen se intro-
ducía en los palacios de los príncipes. El de Milán fué asesinado
por Juan Galeazo Vizconti, que era su sobrino : y Garlos Durazo
asesinó á Juana, reina de Ñapóles, que era su prima. Así, seño-
res , en este siglo comenzaban ya las escandalosas orgias que man-
cillaron la Italia en los dos siglos siguientes : en él comienza tam-
bién á declinar de un modo visible en los ánimos el poder de los pa-
pas, cuya impotencia presente era igual á sus pasados excesos.


Generalmente se cree que la reacción de la inteligencia contra
la autoridad comenzó cuando feneció el imperio de Oriente : es
un error, señores : comenzó en el siglo xiv , y muy á principios
del xv. Como prueba.del ardor con que el espíritu público bus-
caba ya las fuentes del saber humano fuera del círculo de la
teología, baste decir que en esta época fueron registrados, todos
los conventos para encontrar manuscritos : uno de Tito Livio,
regalado por Cosme de Médicis á Alfonso , rey de Ñapóles, bastó
para concluir las diferencias que mediaban entre los dos. Tito Livio
valia ya mas que un tratado. '


También se ha creído que con Lutero comenzó el espíritu de
las reformas eclesiásticas: tampoco es verdad, porque comenzó
en el siglo xiv : 150 años antes de que Lutero existiera, Wiclef
levantó su estandarte contra Roma. Juan de Huss no comenzó á
dogmatizar hasta \ 407 : Lutero no comenzó, concluyó, sí, la grande
obra de la secularización de la inteligencia humana.


Desde el momento que se puso en duda la autoridad de la
Iglesia, empezaron á vacilar también los tronos de los reyes. La
Europa comenzaba una reacción contra la autoridad , y debían ser
sus víctimas todos sus depositarios.


Wiclef generalmente desconocido, da fecha á esta reacción: él
fué el primero que se atrevió á defender el derecho de censura,




— 133


Y aun de insurrección de los pueblos contra los reyes : pero esta
idea no podia ser comprendida en el siglo xrv , y permaneció en
estado de germen hasta el siglo xvn en que concluyeron las guer-
ras de religión, y se levantó borrascoso el viento de las revoluciones
políticas.


En este tiempo, señores , la inteligencia estaba ya secularizada:
la razón se habia erigido un trono, y desde este trono quiso
examinar los títulos de los reyes : de este examen resultó una
lucha terrible entre el principio de la autoridad, que habia do-
minado el mundo, y el principio de la independencia, que aspiraba
á dominarle : entre lo pasado y el porvenir: entre un príncipe y
un pueblo. La revolución, como el principio de Wiclef, no traspasó
entonces los límites de Inglaterra: una isla la bastaba para cuna;
poco después el gigante no cabe en el universo.


Es ley de las revoluciones, señores, que necesitan, para
nacer, desenvolverse y progresar, del impulso de las ideas: por eso
una revolución en la sociedad es un síntoma de que una revolu-
ción análoga se ha verificado ya en las inteligencias. Sidney,
Milton y Loke imprimieron en la revolución inglesa el sello de la
legitimidad : el ultimóla dio la legitimidad déla razón : el segundo
la legitimidad del genio, y el primero» la legitimidad del marti-
rio. Los tres reconocieron ya abiertamente el principio de la
soberanía popular; pero sus obras no se elevan bastante sobre
las circunstancias que se las inspiraron, para constituir un dogma,
ni para servir al mundo de bandera: la hora de la revolución
general no habia sonado aun. Rousseau no habia nacido todavía.


Cuando el mundo gravitaba hacia el porvenir, cuando la
Providencia, en la balanza de la humanidad, hacia pesado el destino
de los pueblos y ligero el destino de los reyes , un hombre hubo
de aspecto lúgubre y siniestro , de carácter antipático' y sombrío,
que, separado de los primeros por el odio, de los segundos por la
indiferencia, y de Dios por el desprecio , proclamó el reinado del
mal; y no sabiendo qué hacer del hombre , se lo arrojó como una
presa á la voracidad de los tiranos. Este hombre es Thomás Hobbes,
filósofo de Malmesbury: genio enciclopédico y profundo , abarcó




— 134 —


casi todo el dominio de las ciencias; habiendo conocido á Gassendo,
á Descartes y á Galileo, su genio no fué modificado por el de
aquellos grandes hombres: y separado de Dios y de la humanidad,
prosiguió solitario su carrera. Aborreciendo la democracia por
instinto, aun antes de haber presenciado sus victorias , tradujo en
latín á Thucídides para oponer la autoridad de los ejemplos his-
tóricos á los movimientos populares que se anunciaban ya en
Inglaterra. En fin , sus opiniones políticas quedaron consignadas
en su tratado de Cive y en el Leviathán.


El destino del hombre, según él, es la esclavitud ó la guerra :
su única ley el egoísmo : en el periodo salvaje habia guerra de
todos contra todos : el hombre salió del estado salvaje, y entró en
el estado social para convertir la guerra en esclavitud; porque
la paz, único bien, según Hobbes , solo existe á este precio. Lo
que hay de original en esta teoría, es que hace nacer la esclavi-
tud de un contrato, por medio del cual los individuos que se
asocian, resignan sin reserva todos sus derechos en el príncipe
que los absorbe. Prueba evidente, señores, de que la teoría de
un contrato social habia fascinado ya en este tiempo todas las
inteligencias. La soberanía de derecho divino reconoce algunos
límites, porque Dios ha de juzgar á los reyes; pero la soberanía
de Hobbes se niega á toda limitación: porque para él Dios no
existe, y el pueblo, desde el momento que resigna sus derechos,
se hace esclavo. Inflexiblemente lógico, niega al pueblo el dere-
cho de resistencia á la opresión, aunque sea la opresión la mas
delirante y absurda: él mismo se propone esta cuestión : si el
príncipe quiere abolir la religión cristiana ¿ qué deben hacer sus
vasallos ? Hobbes dice que, para no faltar á lo que deben á Dios
ni desobedecer al príncipe, deben ser mártires, y morir sin resis-


| tencia para vivir en Jesucristo. Esto, señores , es arrojar el insulto
con una risa demoniaca sobre la frente de la víctima ; Hobbes,
que ha condenado al hombre á la esclavitud; que ha ceñido su
frente con un velo fúnebre ; que le ha dicho : recibirás el pan de
la mano de tu señor como un animal inmundo, y ese pan será
amasado con hiél y con lágrimas : Hobbes, repito, persigue al




— 135 —


hombre hasta en el féretro con sus sarcasmos horribles. Hobbes,
yo protesto aquí contra tu genio en nombre de la humanidad : yo
protesto aquí contra tu conciencia en nombre de la conciencia
-del género humano.


Señores, el siglo xvn pasó ya, y nos hallamos frente á frente
con el siglo xvm: este siglo tiene que reunir todas sus fuerzas,
porque va á emprender una obra de Titanes. Él lo conoce así sin
duda, porque abandonando á los demás pueblos de la tierra, se
localiza en Francia. El movimiento reaccionario de la ley del
individuo oprimida, contra la ley de la asociación opresora, de
la independencia déla razón contra el dominio de las tradiciones,
de la independencia del hombre contra el derecho divino de los
reyes, sé había realizado ya en la filosofía y en la sociedad ingle-
sa ; y habiendo salido allí vencedor, aspiraba á dominar al
mundo , revistiéndose con las formas de una filosofía y una revo-
lución humanitarias. Para esto era necesario destruir todo lo
pasado, y formular un porvenir. Para lo primero , el siglo xvm se
personificó en los enciclopedistas y en Yoltaire : para lo segundo,
el siglo xvni abandonó los salones y desdeñó los palacios, y eñ
un último piso de una pobre casa , encontró á un hijo de ún pobre
relojero, copiando música para vivir : ese copiante dé música era
Rousseau ; y ese Rousseau era el hombre que el siglo xvm buscaba,
cómo ministro de la Providencia, para producir una revolución
providencial. • -


Señores, Rousseau no era un filósofo, porque no conocía pro-
fundamente ni la filosofía ni la historia; pero era un profeta , era
un hombre predestinado; era la personificación terrible del
pueblo. Por eso se encarniza con todas las opiniones : por eso
lucha con todos los filósofos : por eso lanza rayos contra todos los
poderes constituidos, contra todas las eminencias sociales. No
contento con destruir, levanta su bandera y escribe su dogma : y
su dogma y su bandera fueron el dogma y la bandera de. la re-
volución. La soberanía del pueblo era una letra pálida en los libros
de los filósofos ingleses : la soberanía del pueblo es un principio que
vive, que invade , que lucha, que vence en el libro de Rousseau.




— 136 —


Larevolucioninglesa fué un accidente terrible déla vida deunpueblo;
la revolución francesa es una nueva era en los anales de la humanidad.


¿Qué es pues, señores, el dogma de la soberanía del pueblo,
históricamente considerado? Es una máquina de guerra, que sirvió á
la humanidad para destruir la obra de doce siglos. Desde la destruc-
ción del imperio romano hasta el siglo xix, la historia de la Europa
es la historia de sus reacciones políticas y sociales. En los primeros
tiempos después de la conquista, la ley del individuo ó la inde-
pendencia del hombre habia desterrado del mundo al poder, es
decir, á la ley de la asociación. La ley de la asociación se perso-
nificó en los pontífices, y cuando se sintió con fuerzas para luchar
y vencer, sofocó á la ley del individuo, absorbió la individualidad
humana y encadenó la libertad del hombre , que, rompiendo en
silencio sus cadenas, se levantó como un gigante, y derrocó á su
antagonista á su vez. Luis xiv había dicho.—«Yo solo soy el Es-
tado, » El pueblo dijo.—«La soberanía reside en mí.» Aquel dicho
célebre fué la expresión del orgullo: este dicho, no menos célebre,
es la expresión de la fuerza: la misión del siglo xix es pronunciar
una palabra , que, no siendo la expresión de la fuerza ni la expre-
sión del orgullo , sea la expresión sublime del derecho y de la
justicia, único poder absoluto ante quien los pueblos como los re-
yes se deben prosternar.


Hasta aquí la historia de la Europa se diferencia de la historia
del Oriente y de la historia griega; porque, como ya vimos en la
lección anterior, en el Oriente y en la Grecia se localizaron sin
combatir, en la última, la ley del individuo; en la primera, la ley de
la asociación, cuando en la Europa moderna coexisten y combaten
de un modo encarnizado y sangriento : pero si nuestra historia se
diferencia de la historia oriental y de la historia griega, se parece
á la de la república romana, en la que estas dos leyes coexisten y
combaten también.


Y sin embargo, señores, fuerza era que la Europa de nues-
tros dias ofreciera un fenómeno nuevo en el mundo , si el mundo
no habia de quedar estacionario é inmóvil; este espectáculo le
ofrece el siglo xix.




— 137 —


En Roma coexistieron la ley del individuo y la ley de la aso-
ciación : pero coexistieron para combatir, y combatieron para
perecer; porque como dije en la lección anterior, Mario pudo ven-
gar á los tribunos, Sila á los patricios, pero ni aquel pudo dar
vida al pueblo, ni este fortalecer al senado. La República era un
cadáver.


En el siglo xix estas dos leyes coexisten; pero coexisten para
hermanarse por medio de las formas variadas, flexibles y fecun-
das del gobierno representativo, cuya misión es respetar la libertad
humana, sin que la sociedad vacile en sus cimientos, y conservar
la sociedad sin encadenar al hombre.


Así, señores, todo el que proclame la soberanía popular ó el de-
recho divino de los reyes , proclama una reacción : proclama el
principio de una civilización ya muerta , proclama un principio
estéril: es retrógrado, porque retrogradar es proclamar un princi-
pio que yace entre los escombros de lo pasado, y cuyo origen,
contemporáneo de la fábula, se pierde en el seno del Oriente,
ó de la democrática Atenas.


Todo el que proclama la armonía entre la ley del individuo y
la ley de la asociación, entre la sociedad y el hombre, es pro-
gresista : porque progresar es proclamar un principio nuevo en
la historia, nuevo en el mundo, y que lleva, señores, al porvenir
en su seno.


Aquí pondría yo término á esta lección, sino hubiera algunos
que, confesando que el principio de la soberanía popular es una
máquina de guerra, no por eso dejan de creer que, considerado
en sí mismo, es un principio verdadero : veamos, pues, antes de
concluir, si la filosofía nos da los mismos resultados que la his-
toria.


La soberanía de derecho es una é indivisible : si la tiene el
hombre, no la tiene Dios : si se localiza en la sociedad, no existe
en el Cielo. La soberanía popular, pues , es el ateísmo : y cuenta,
señores, que si el ateísmo puede introducirse en la filosofía sin
trastornar al mundo, no puede introducirse en la sociedad sin he-
rirla de paralización y de muerte.




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El soberano está en posesión de la omnipotencia social: todos
los derechos son suyos; porque si hubiera un solo derecho que no
estuviera en él , no sería omnipotente; y no siendo omnipotente,
no sería soberano : por la misma razón, todas las obligaciones
están fuera de él; porque si él tuviera alguna obligación que cum-
plir, sería subdito : soberano es el que manda; subdito el que
obedece : soberano el que tiene derechos; subdito el que cumple
obligaciones. Así, señores, el principio de la soberanía popular,
que es un principio ateo, es también un principio tiránico; porque
donde hay un subdito que no tiene derechos, y un soberano que


\no tiene obligaciones, hay tiranía.
En la lección del martes último vimos que el hombre, en con-


tacto con los demás hombres, tuvo la idea de la igualdad , y por
consiguiente la de derechos recíprocos y limitados : que entonces
sintió la necesidad de una regla que presidiese á su reciprocidad
y á su limitación : esta regla es la justicia : ahora bien : el prin-
cipio de la soberanía popular no reconoce reciprocidad en los
derechos, ni limitación en las obligaciones. La idea de lo justo
desaparece de donde'soló hay un señor y un esclavo : de aquí re-
sulta , que el principio de la soberanía, que es un principio ateo y
un principio tiránico, es también un principio inmoral, porque des-
truye la justicia. Es tan cierto que la justicia y la soberanía popular
no pueden coexistir en el mundo, que, reconociendo la existencia
de la primera, queda aniquilada la segunda : porque si el pueblo
solo puede hacer lo que la justicia exige, el pueblo es subdito, la
justicia soberana. Esta es la verdad , señores, y porque esta es
la verdad, la soberanía del pueblo es un abordo : prosigamos.


Al arrancar la soberanía del Cielo , y al localizarla en la tierra
¿en qué parte del hombre la han localizado los filósofos? La
han localizado en la voluntad; y localizándola en ella, han sido
consecuentes. Si la hubieran localizado en la inteligencia y no
en la voluntad, hubiera quedado aniquilada su teoría; porque
si el dominio del mundo pertenece á la inteligencia, el domi-
nio del mundo pertenece á Dios, que es la inteligencia misma :
si el dominio del mundo pertenece á la inteligencia, el dominio




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de la sociedad pertenece á los mas inteligentes : si pertenece á los
mas inteligentes ¿ qué es la democracia ? ¿qué es el pueblo? ¿ dónde
está su soberanía ? ¿ dónde está su corona ? Al contrario : si la so-
beranía reside en la voluntad, Dios queda destronado : el hombre,
en cuya frente brilla el rayo del genio, es igual á un ser estú-
pido é imbécil; porque si todas las inteligencias no son iguales,
todas las voluntades lo son. Solo así es posible la democracia : solo
así es posible la soberanía del pifeblo. Así, señores, el pueblo
para ceñir con una diadema su frente, para hacer á la voluntad
soberana, ha negado el poder de Dios, el poder de la inteligencia,
y el poder de la justicia.


Hasta aquí, he probado que el principio de la soberanía po-
pular es absurdo : me resta probar que es imposible.


Si la soberanía reside en la voluntad general, y la voluntad
general es la colección de las voluntades particulares, todos los
individuos de la sociedad deben tener una parte activa en el ejercicio
del poder soberano : si el poder soberano no se realiza sino por
medio de las leyes, todos los individuos de la sociedad deben te-
ner una parte activa en la confección de las leyes. Los ignorantes
tienen los mismos derechos que los sabios; porque tienen una vo-
luntad como ellos : las mugeres tienen los mismos derechos que
los hombres; porque tienen una voluntad como ellos : los niños tie-
nen los mismos derechos que sus padres; porque tienen una volun-
tad como ellos: los proletarios tienen los mismos derechos que los
poderosos;' porque tienen una voluntad como ellos: en fin, señores,
los dementes deben reclamar una parte en la soberanía, porque al
negarles el Cielo la razón, no les despojó de la voluntad; y la
voluntad los hace soberanos.


Señores, sin duda retrocedéis como del borde de un abismo,
delante de estas consecuencias; y sin embargo, son lógicas, son
necesarias. La ley, ó ha de ser la expresión de la razón, ó la ex-
presión de la voluntad general : en el primer caso, deben hacerla
los mas inteligentes, y deben hacerla obedeciendo á lo que dicta
la razón, y á loque exige la justicia; pero entonces proclamáis la
soberanía de la inteligencia : en el segundo caso, si la ley ha de




— 140 —


ser la expresión de la voluntad general ¿ con qué títulos rechaza-
reis á ninguna voluntad de la confección de las leyes? En el mundo
de las inteligencias hay categorías, pero no las hay en el mundo
de las voluntades : una inteligencia puede diferenciarse de otra
inteligencia : una voluntad no se diferencia nunca de otra voluntad:
y no podéis admitir unas y rechazar otras, sin ser ilógicos , in-
consecuentes.


Admitámoslas, pues; todo»los ciudadanos están en el foro : la
votación se ha verificado ya : su resultado es, que por la mitad
mas de una de todas las voluntades, ha sido aprobada la ley. Ahora
bien: según la teoría de la soberanía popular, esa ley no liga sino
á los que la han votado : la voluntad es inenagenable, porque su
enagenacion sería un suicidio : una voluntad que se somete á otra
voluntad, se enagena, y enagenándose se aniquila. Para explicar
la validez de las decisiones de la mayoría es fuerza recurrir á la
razón : ahora bien , si la razón es bastante poderosa, si tiene títulos
suficientes para dominar las voluntades, la razón es soberana :
pero ¿qué es entonces la soberanía del pueblo? Señores,.un ab-
surdo , un imposible.


Resumiendo ya todo lo dicho, resulta, que los herederos de
San Pedro recibieron como patrimonio suyo la herencia de los
Césares, y representaron la ley de la asociación, que habia des-
aparecido del mundo dominado por la independencia germá-
nica : que no satisfechos con constituir la sociedad, esclavizaron al
hombre : que á su sombra creció la autoridad de los reyes, y se
proclamó el absurdo principio del derecho divino : que una reac-
ción fué. entonces necesaria : que esta reacción comienza en el
siglo XTV , en que Nicolás Rienzi proclama en Roma el tribunado,
los papas se retiran á Aviñon, los condotieros recorren las ciuda-
des , el crimen se introduce en los palacios, la inteligencia comienza
á emanciparse de la teología, y Wiclef proclama el principio de
las reformas políticas y eclesiásticas : que á mediados del siglo xvn
se consumó la reacción contra la Iglesia, y á fines del xvm, la
de la soberanía popular contra el derecho divino. Viniendo la
razón en apoyo de la autoridad de la historia, nos hemos creído




— 141 —


autorizados para afirmar que el dogma de la soberanía del pueblo
es una máquina de guerra que ha servido á la humanidad para des-
truir la obra de doce siglos; pero que, considerado como principio
social, no tiene valor alguno, porque lógicamente es insostenible, y
prácticamente irrealizable.


Dos banderas se han tremolado, señores, desde el origen de
las sociedades humanas en el horizonte de los pueblos : la bandera
de la soberanía popular, y la bandera del derecho divino. Un mar
de sangre las separa ; y ese mar de sangre atestigua , cuál es el
destino de las sociedades que las adoptan, cuál es la suerte de las
sociedades que las siguen. Una nueva bandera candida, resplan-
deciente , inmaculada ha aparecido en el mundo ; su lema es : So-
beranía de la inteligencia, soberanía de la justicia : » sigámosla,
señores : desde su aparición, ella sola es la bandera de la libertad;
las otras de la esclavitud : ella sola es la bandera del progreso; las
otras de las reacciones : ella sola es la bandera del porvenir; las
otras de lo pasado : ella sola es la bandera de la humanidad; las
otras de los partidos.






6 DE D I C I E M B R E DE 1836.


T E O R Í A D E L D E S P O T I S M O .


SEÑORES:


HABIENDO examinado ya en el dogma de la soberanía popular el
principio de la ley del individuo, ó lo que es lo mismo, de la liber-
tad humana, llevado hasta sus últimas consecuencias* hoy y el mar-
tes próximo examinaremos la ley de la asociación, ó lo-que es lo
mismo, el principio de la subordinación y la armonía, llevado tam-
bién hasta sus últimas consecuencias lógicas; es decir, hasta lo ab-
surdo , lo imposible : porque lo absurdo ó lo imposible forman el
Jérmino fatal de todo principio exclusivo de absorción y de todo
principio disolvente.


Este examen es necesario para comprender el verdadero espí-
ritu y la tendencia social del gobierno representativo; y es necesa-
rio por tres razones poderosas : 1 . a porque para conocerle es pre-




— 144 —


ciso limitarle, separarle de todo lo que le es extraño, de todo lo
que le repugna, y de todo lo que no le pertenece : en una palabra,
para saber lo que es, es preciso saber antes loque no es. 2.a Porque,
históricamente considerado, es el último gobierno que ha hecho su
aparición en el mundo, y mal podría conocerse cuál debe ser su
tendencia, si no averiguáramos antes los problemas que los demás
gobiernos han dejado sin resolución, y las necesidades sociales que
han dejado de satisfacer; y 3.a en fin, porque siendo el último que
ha presentado sus títulos para dominar la sociedad, es también,
considerándole filosóficamente, el resultado lógico de los gobiernos
reaccionarios que le han precedido en la historia.


Con este motivo haré aquí una observación importante. Toda
reacción es una verdad exagerada, ó una verdad incompleta. El go-
bierno representativo, ¡mes, no se propone descubrir nuevos ele-
mentos sociales, nuevos principios de reorganización : todos los
principios, todos los elementos posibles existen desde que existie-
ron el hombre y la sociedad, que los abrigan en su seno : en este
sentido puede decirse con la Eterna Sabiduría.—Nihil sub solé no-
vum : y en este sentido puede decirse también que no es nuevo el
gobierno representativo. Pero si los elementos sociales existen de
toda eternidad, pueden combinarse sin embargo de maneras diver-
sas, y en su diversidad infinitas: y en este sentido el gobierno repre-
sentativo es nuevo, porque ofrece una nueva combinación de los
elementos sociales.


Si esto es así, el gobierno representativo no puede emanciparse
de lo pasado : porque la primera condición de todo gobierno es ser
posible, y lo pasado encierra todo lo posible en su seno. No siendo
posible en su emancipación, el gobierno representativo reclamará
su herencia. Heredero, pues, de todas las reacciones políticas y
sociales que han luchado por el dominio del mundo en los mas gran-
des campos de batalla, el gobierno representativo deberá reunir to-
das las verdades que existían en estado de dispersión, deberá com-
pletar todas la verdades incompletas, deberá trazar límites á todas
las verdades exageradas. En la teoría del despotismo, al través del
velo ominoso que la cubre , divisará la idea del poder majestuosa y




— 145 —


sublime : y en el seno mismo de una reacción demagógica, al tra-
vés de las tocas sangrientas que la ocultan , divisará la estatua de
la libertad pnra, candida y resplandeciente : y ved, señores , cómo
es necesario estudiar lo pasado para comprender el presente, que le
continúa y le completa: y cuan necesario es estudiar los principios
que absorben al 'hombre, y los que disuelven la asociación, para
comprender cómo se organiza un poder fuerte en" una sociedad
emancipada y libre.


Los gobiernos despóticos , ó lo que es lo mismo, aquellos en
que ha sido sacrificada la ley del individuo á la ley déla asocia-
ción , la libertad al poder, la independencia á la subordinación y
á la armonía, han sido formulados por los filósofos , y se han rea-
lizado en la historia : hoy loa consideraremos en las teorías de los
primeros;' y el martes próximo estudiaremos su desarrollo y su
progreso en las sociedades humanas.


El Oriente, señores , es para nosotros un enigma : una noche
eterna cubre el pensamiento político,, religioso y social de aque-
llas vastas regiones en que se verificó la incubación misteriosa
del género humanó : el Oriente, como la divinidad, no se revela
sino por medio de los fenómenos sensibles que ha abandonado á
la historia. Pero el pensamiento íntimo y profundo de su civiliza-
ción reposa inmóvil, velado y silencioso, libre de las investiga-
ciones de los hombres, al abrigo de la oscuridad de sus templos.
La casta sacerdotal es la falange sagrada que defiende su recinto
contra la aproximación de los profanos : es dogma del Oriente que
la verdad mata al que la mira con sus divinos resplandores : solo
pueden mirarla sin morir los que se inician en sus sagrados miste-
rios ; pero la iniciación que les permite beber en los raudales de
la sabiduría, los hace mudos. Los filósofos allí conversan con la di-
vinidad , pero no conversan con los hombres.


Así, renunziemos á buscar en la filosofía egipcia ó indostánica
la teoría de las instituciones orientales.


El filósofo que ha formulado esta teoría, no nació en las orillas
del Ganjes ni del Nilo, sino en el seno de la democrática Atenas.
Viajero como todos los grandes hombres de la antigüedad, Platón


TOMO i. 10




habia visitado la Grecia, la Italia y el Egipto, cuando queriendo
dejar al mundo un testimonio de su genio, escribió los cuatro diá-
logos que con los títulos de Gorgias, las Leyes, la República y la
Política, contienen su dogma político y social; el dogma, señores,
mas osado que han contemplado los siglos. Sin duda en la mente-de
Platón no germinaron todas las ideas que constituyen su dogma.
Sócrates le habia enseñada que habia un Dios; y los discípulos de
Pitágoras pudieron transmitirle las tradiciones orientales que ellos
habían aprendido de la boca de su maestro : pero la unidad ma-
gestuosa de su teoría es suya : el soplo de la animación que la
circunda y la embellece*, suyo también : y sobre todo, señores,
suya es la osadía de luchar con el espíritu de lá Grecia y de su
siglo.


En medio del politeísmo griego, Platón proclama la unidad de
Dios : en medio de la democracia mas turbulenta busca un rey
para ceñirle una corona : en medio del triunfo absoluto de la ley
del individuo proclama la ley de la asociación : en medio de una
libertad invasora proclama un poder fuerte : en medio del indivi-
dualismo proclámala umdad social : y cuando ha encontrado la
unidad social y la unidad política, se eleva en alas de su genio
para absorberlas y absorberse en el seno de la unidad religiosa.
Jamás hombre ninguno ha luchado tan osadamente con las ideas
recibidas : veamos rápidamente, porque no puede ser de otra
manera, cómo procede en su dogma.


El genio de Platón, demasiado vasto para contentarse con la
observación fraccionaria é incompleta del mundo de los efectos,
quiso estudiar el mundo de las causas en donde tienen su origen,
y averiguar la relación que los une, y la unidad que constituye
su ley. Él fué el primer filósofo del mundo que en la unidad de
Dios encontró una trinidad constante : descubrimiento que en la
edad media le valió el título de filósofo cristiano, y que fué causa
de que en la escuela de Alejandría se acusase al Cristianismo como
plagiario de la doctrina de Platón. Sin duda , señores , me disimu-
lareis de buen grado si no sigo yo aquí á Platón en las regiones
oscuras de una metafísica tenebrosa y para nosotros estéril. Bas-




_ 147 —
lará para mi propósito decir que una vez encontrada la trinidad
divina, le sirvió para explicar al mundo, reflejo de Dios; al hom-
bre, reflejo del mundo, y á la sociedad reflejo del hombre : de esta
es de la que vamos á ocuparnos ahora.


¿Cuándo será perfecta una república? La república, ségunél,
será perfecta siempre que refleje á un hombre perfecto. ¿ Cuándo
será un hombre perfecto? Será perfecto cuando su razón mande
como señora; su valor la defienda, y sus pasiones la obedezcan
como esclavas. Por consiguiente, será perfecta una sociedad cuando
sea mandada por la razón, defendida por el valor y obedecida
por las pasiones. Será mandada por la razón siempre que la man-
den los mas inteligentes, es decir, siempre que los filósofos sean
los gobernantes', á los que da el nombre de magistrados. Será de-
fendida por el valor siempre que haya una clase cuya misión es-
clusiva sea obedecer y combatir, y á esta clase la llama la clase de
los guerreros : será en fin servida por las pasiones siempre que
el pueblo, representante de las pasiones en la sociedad, no tenga
ningún cargo público : siempre en fin que calle y obedezca. Se-
ñores , la república de este filósofo me parece que es el panteón
del género humano. .


Ya hemos encontrado su trinidad social : la constituyen los
magistrados , los guerreros y el pueblo, que reflejan á la razón, el
valor y las pasiones constitutivas de la trinidad humana. Sigamos
al filósofo en la inflexibilidad de su lógica.


Como la mas ligera invasión de los guerreros en el mando ó
del pueblo en la defensa de la sociedad, podria romper la armonía
de su república, arrebata de los hogares domésticos la educación,
esa gran palanca moral de las sociedades antiguas, y la coloca en
el Estado. Este para levantar un muro insuperable entre" las clases
que constituyen el organismo de su república, dará una educación
uniforme á los individuos de una misma clase, pero diferente á
cada una de las clases de la sociedad ; la clase de los magistrados
aprenderá á gobernar : la de los guerreros á combatir : y la del
pueblo á labrar la tierra y á obedecer. Es decir, señores, que Pla-
tón eleva á teoría la separación irrevocable de las diversas funckt-




— 148 —


nes sociales, ese hecho característico de los gobiernos orientales:
esto manifiesta, sea dicho de paso, cuánto yerran los que creen
que Platón al escribir su república tuvo siempre delante de sí co-
mo un modelo á Esparta. Platón, señores, iba mucho mas allá : y
al escribir dirigía sus miradas al Oriente. Prosigamos.


Los poetas con sus cantos degradan á la divinidad multiplicán-
dola, y ensalzan y alimentan las pasiones : su influencia en la re-
pública habia de ser corruptora, porque su tendencia irresistible
seria elevar al pueblo y deprimirá los magistrados. El inflexible
Platón proscribe todo género de poesía que no se ejercite en dar una
alta idea de los héroes, y una alta idea de los dioses. Así, este hom-
bre, lógicamente revolucionario, se atreve á lanzar de su república
á Homero : y lanzándole de ella, ha sacrificado el ge'nio griego al ge-
nio oriental : ha protestado contra las jornadas de Maratón, Platea
y Salamina ; ha condenado al vencedor, y ha colocado una diadema
en la frente del vencido : de él, como de Catón, podría decirse :


Victrix causa diis placuit, sed victa Platoni.


En fin, no satisfecho aun con haber creado una aristocracia
perpetua que sirviera de garantía á la perpetuidad de su repúbli-
ca , sofoca la individualidad humana, destruyendo la propiedad y
aniquilando la familia. Los intereses particulares podrían ponerse
en pugna con el interés general; y para que esta pugna no se
realize, todos los bienes serán propiedad del Estado : las afecciones
domésticas podrían robar ala república la afección esclusiva de
los ciudadanos que debían sacrificarse por ella : para que esto no
se verifique, todos los ciudadanos serán hijos exclusivamente de la
república. Al nacer serán arrancados del seno de sus madres : y
para qué no puedan reconocerlos después, irán como un rebaño
de ovejas á amamantar en común á todos los hijos del Estado.


Yo veo aquí la sociedad, ¿pero dónde está el hombre? Platón
le ha desterrado también de su república.


Este filósofo, señores, no pertenece á la Grecia, pertenece á
la civilización oriental: es una estatua egipcia colocada en el Par-
tenon. Cualquiera diría que es un viajero que, peregrinando por




— 149 —


tierras extrañas, ha hollado con un pie desdeñoso la ciudad de Mi-
nerva; y viendo que en ella el hombre parece un Dios y la divinidad
parece un hombre, ha sentido nacer en su corazón un recuerdo
subtime de la divinidad que protegió su infancia, y que habita ma-
gestuosa en los santuarios de Sais.


Platón , señores, no comprendió ni el organismo de la socie-
dad ni la naturaleza del hombre. No comprendió el organismo de la
sociedad, porque solo vio en ella el poder, que existe, pero que
no existe solo. No comprendió la naturaleza del hombre, porque
solo vio en él la inteligencia, que existe en él en verdad, pero
que no le constituye. El hombre es-un ser inteligente : pero sobre
todo, señores, es un séf libre; porque si cómo ser inteligente se
parece á la divinidad, y como ser organizado al mundo que le
rodea, como ser libre solo se parece á sí mismo. Habiendo des-
conocido el elemento de la libertad en el hombre-, no pudo admi-
tirle tampoco en la constitución de su república : por eso al mismo
tiempo que soñó un poder armado de todas armas, y que colocó en
su mano el rayo que aniquila , no concedió á los individuos ni aun
el escudo que defiende.


Así, señores , el sistema de Platón no es un sistema falso, sino
porque es un sistema incompleto. Pero los errores pasan,. las ver-
dades constituyen el patrimonio del género humano : y él gobierno
representativo, que para conducirle en la carrera de la perfectibili-
dad está dotado de una fuerza de asimilación poderosa, sé asimilará
para completarlas todas las verdades incompletas que han engen-
drado los siglos.


Si entre los filósofos, de la antigüedad solo Platón podia reve-
larnos el dogma político, social y religioso del Oriente, entre los de
la Europa de nuestros dias hay muchos que pueden enseñarnos
cómo se conduce la víctima al altar, y cómo se sacrifican los dere-
chos de los pueblos al derecho divino de los reyes.


Entre todos quizá Bonald es el que ha formulado la teoría del
despotismo mas una, mas lógica y mas completa : si á esto se.aña-
de que él es el que mejor refleja á Platón, no estrañareis que sea
de él del que me ocupe en este momento.




— 150 —


Bonald como Platón , para explicar la sociedad y el hombre,
recorre á una trinidad metafísica que los abarca en su seno. Según
él la "fórmula de causa, medio y efecto es la mas general, posible;
comprende todos los seres, y explica todos los fenómenos y todas*sus
categorías. De esta deduce otra tan general en su esencia, y es la
siguiente ; toda causa es al medio lo que el medio es al efecto : lo
que quiere decir que la causa obra sobre el medio para determi-
narle , como el medio obra sobre el efecto para producirle. Dios es
la causa mas general y absoluta ; y la naturaleza con todos sus fe-
nómenos es el efecto mas universal y mas absoluto también. Entre
las naciones antiguas, solo la sociedad hebrea tuvo una idea de la
causa, es decir, de Dios. La sociedad griega.y la sociedad romana
solo tuvieron idea de la universalidad de los efectos, pero no de
Dios que es su causa : por eso dice Bonald que la sociedad hebrea es
la mas fuertemente constituida entre todas : y para probarlo cita en
su abono la milagrosa existencia del pueblo judío, que ha visto pasar
delante de sí las sociedades humanas como vapores que se disipan,
mientras que él solo dotado de la inmortalidad, porque adora á Dios
en el tabernáculo, vive sin que le abata el infortunio, vive sin que
las tempestades le arrebaten, vive sin que las revoluciones le con-
muevan.


La sociedad griega y romana es á la sociedad hebrea lo que la
sociedad hebrea es á la sociedad cristiana : porque si la primera
solo conoció el efecto, es decir, la naturaleza física, y la segunda
el efecto y la causa, es decir, la naturaleza física y áDios, la última
habiendo conocido á Dios y á la naturaleza, ha conocido también á
Jesucristo, que es el medio universal que los abarca. Desde enton-
ces la \erdad se ha manifestado al hombre sin velos, y el género
humano conoce cuanto hay que conocer, y espera todo lo que hay
que esperar.


No solamente la sociedad cristiana es mas perfecta que las so-
ciedades antiguas, porque es la única que ha conocido á Jesucristo,
sino también porque ha conocido mejor que la hebrea á Dios, y
mejor que la griega y la romana al hombre : y ha conocido mejor
á Dios y al hombre, porque la antigüedad, no habiendo tenido un




— 151 —


término medi« que enlazase- la inmensidad del primero con Ja peque-
nez del segundo, no pudo tener una idea cabal de las relaciones
fijas y eternas que los unen : mientras que la sociedad cristiana ha-
biendo conocido á Jesucristo que ,. participando de la naturaleza del
efecto y de la naturaleza de la causa, fué el representante sublime
de la divinidad y del género humano, vio reunidos en *un solo punto
los dos polos del mundo moral, y por una intuición maravillosa tuvo
el conocimiento de las leyes que los ligan. Veamos cómo Bonald
constituye las sociedades con estos principios.


Ante todas cosas niega al hombre el derecho y el poder de crear
una filosofía y una constitución, y niega que las diversas sociedades
deban ser gobernadas por constituciones diversas. Una es la ver-
dad : uno el género humano: una la constitución que le es propia, y
que exclusivamente le conviene. ¡ Desgraciado del siglo que inventa
constituciones , é innova en materia de deberes! En moral, toda
doctrina que no es tan antigua como el hombre, es un error : en po-
lítica toda constitución que no rea'lize en la sociedad la trinidad de
la causa , del medio y del efecto, ó que turbe las relaciones necesa-


. rías que existen entre estos términos fatales, es una constitución
efímera, y que levantada sobre arena el viento se llevará.


¿ Cómo se realiza en el hombre su trinidad necesaria ? Se rea-
liza por medio de la inteligencia que le manda, por medio de los
órganos que le sirven, y por medio de los objetos en que estos ór-
ganos se ejercen. ¿Cómo se realiza en la sociedad ? .Se realiza por
medio de tres personas necesarias, que son las que la constituyen:
el poder que es la causa, el ministro que es el medio , y el subdito
que es el efecto. En la sociedad doméstica el padre es la causa, es
decir, el poder : la madrees el medio, es decir, el ministro : el hijo
es el efecto, es decir, el subdito. En la sociedad pública el rey es
la causa , es decir, el poder : la nobleza que produce magistrados
ó combatientes, el medio, es decir, el ministro; y el pueblo el
efecto, es decir, el subdito. En la sociedad religiosa, Jesucristo es
el poder : el sacerdote el ministro : el pueblo cristiano el subdito.


Esta es la constitución primitiva, eterna, invariable y necesa-
ria de Bonald. ¿Cómo se vicia esta constitución? Se vicia siempre que




— 152 —


se supriman algunas de las personas necesarias , y siempre que se
alteren sus relaciones, que son necesarias también. Se vicia la cons-
titución del hombre siempre que, en vez de considerarle como una
inteligencia servida por órganos, se le considere como un orga-
nismo dotado de inteligencia : porque entonces se traslada la so-
beranía de sii inteligencia, que es la causa ó el poder, á la organi-
zación, que es el medio ó el ministro. Se vicia la constitución de la
sociedad doméstica siempre que es permitido el divorcio, porque
en él se suprime una de las personas sociales y necesarias : y siem-
pre que se afirma que el hijo nada debe al padre luego que lle-
ga á su mayor edad, porque -suprimiendo al subdito, la sociedad
queda también suprimida. Se vicia la sociedad pública siempre
que al poder, es decir, al soberano se le imponen obligaciones;
y siempre que se suprime el ministro , es decir, el patriciado ó la
nobleza. Se vicia la sociedad religiosa por el presbiterianismo , que
no imprimiendo carácter de consagración ásus ministros, los anula.
En fin, se vicia la constitución natural de todos los seres,- cuando
confundiendo la causa con el efecto, se niega la existencia de Dios,
ó se la confunde con la existencia del mundo.


Por el contrario, se conserva la constitución natural y primi-
tiva siempre que se considere á Dios como causa, á Jesucristo
como medio , al universo como efecto. Se conservará la constitu-
ción de la sociedad religiosa siempre que se admita la consagra-
ción del ministro, consagración que le liga perpetuamente á la
divinidad y á los fieles. Se conservará la constitución de la so-
ciedad pública con la ausencia de las instituciones populares. Se
conservará la constitución de la sociedad doméstica, consagrando
la indisolubilidad del matrimonio, y admitiendo el principio de
que los hijos están ligados perpetuamente por medio de deberes
con sus padres. En fin,-se reconocerá la constitución natural del
hombre, siempre que se le defina. — Una inteligencia servida por
órganos.


Ya veis, señores, que Bonald es el eco lejano de Platón. Los
magistrados, los guerreros y el pueblo se traducen fácilmente en
poder, ministro y subdito. La razón , el valor y las pasiones pue-




— 153 —


den traducirse también en inteligencia, órganos y acción. El des-
potismo es uniforme, porque la inmovilidad es su ley; para él
modificarse es morir : y estad ciertos de que siempre que se modi-


fica, degenera : siempre que se mueve , se mueve hacia su sepul-
cro : y cada vez que dá un paso hacia su sepulcro , la libertad dá
un paso hacia su trono.


Constituidas las tres personas sociales, veamos cómo se mueven,
y cuáles son las condiciones de su perpetuidad.


El poder , según Bonald, es el ser que quiere y que obra para la
conservación de la sociedad. Su voluntad se llama ley; su acción
se llama gobierno. Quiere por sí mismo : obra .por medio de sus
ministros, que sirven (rninistrant) para ilustrar la voluntad del
poder, y para realizar su acción en el subdito ¡ produciendo así el
bien general, que debe ser el término de la voluntad del poder y
del servicio del ministerio público.


Antes de pasar adelante me permitiréis que haga áqui una ob-
servación. Si el poder y el ministerio público son medios como Bo-
nald afirma, y el bien general es fin, el último solo es necesario;
y los primeros deben sufrir las modificaciones que sean convenientes
para su realización, puesto qae solo para su realización existen. Su
existencia es necesaria; porque sin ellos el bien general no puede
realizarse : pero el mismo Bonald confiesa en otra parte que el po-
der puede estar en manos opresoras, y el ministerio público en
manos degradadas : siendo esto así, el bien- general, que es el
único necesario en su esencia, no podrá sin embargo realizarse
sin garantías contra las personas que deben realizarle : garantías
que sirven á un mismo tiempo entonces para producir la felicidad
del subdito , y para conservar puro el ministerio y el poder. Bonald
estaba sin duda muy lejos de creer que sancionaba con sus propios
principios 1a intervención del pueblo (es decir, del subdito) en la
voluntad y en las acciones de la autoridad, que él ha hecho omni-
potente.


Como la menor alteración en la ley política del Estado la vicia-
ría , Bonald, para fijarla de un modo irrevocable, quiere que el
poder sea uno, que resida en varón, y que sea propietario y




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perpetuo, porque solo asi su existencia está asegurada, y su inde-
pendencia es una verdad. Quiere que el ministerio público sea el
patrimonio inenágenable de una corporación , porque solo las cor-
poraciones no se extinguen : esta corporación es la nobleza, y 1%
nobleza deberá ser propietaria , no solo porque así será indepen-
diente , sino también porque saliendo del estado doméstico en que
el subdito solo trabaja para sí, para entrar en el estado público en
que los hombres solo trabajan para servir al Estado, su misión
sería irrealizable é imposible, si careciendo los nobles de bienes de
fortuna, tuviesen que pensar en sí propios antes que en la salvación
de su patria; el forum debe ser su hábitacon : solo el subdito queda
relegado en sus hogares domésticos.


Para que no exista en la sociedad ningún-elemento de fuerza
al servicio de la libertad humana , la educación será pública, uni-
forme ,-universal y perpetua. La dispensará el Estado , y la dispen-
sará por medio de una corporación religiosa ; porque solo una
corporación religiosa conserva un fondo común de ideas, un fondo
común de tradiciones, y ligada por votos y ppr sacrificios, puede
enseñar con su ejemplo la práctica de los deberes. Solo los jesuí-
tas según Bonald, reunían todas las •condiciones necesarias para
desempeñar tan grave cargo cabal y cumplidamente: su extinción
le parece que es una calamidad pública , y una falta irreparable.


En fin, después de haber constituido la sociedad, establece la
teoría de la responsabilidad del poder de esta manera. El poder de
la sociedad doméstica , es decir, el padre , solo responderá de sus
acciones ante el poder de la sociedad pública, es decir, ante el
monarca : y el poder de la sociedad pública , es decir, el principe,
solo responderá de sus acciones ante Dios, único poder que tiene
derecho de juzgar á lospoderes sociales, porque es el único que tiene
en su manó el corazón de" los reyes.


Así, señores, Bonald se lo ha robado todo al hombre, menos
la esperanza que reposa en su seno: la esperanza, que no está su-
jeta al dominio de los filósofos , ni á la voluntad de los tiranos.
Bonald, como Platón , ha desconocido el organismo de la sociedad
confundiendo la idea del poder, buena en sí y necesaria, con el




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poder práctico que necesita de limitaciones si no ha de degenerar
en una monstruosa tiranía : le ha desconocido, porque quiere fi-
jar á la sociedad en el suelo, cuando su destino es marchar como
un noble combatiente que no reposa nunca , á la conquista de la
civilización y de la perfectibilidad humana: le ha desconocido
haciendo de la sociedad un lago inmóvil, sin saber que la inmovi-
lidad es la muerte. El orden reina en su sociedad como reina en
Varsovia, como reina en el sepulcro : el orden de Varsovia y el
orden del sepulcro no es orden , es silencio : y si ese silencio
llega á ser interrumpido, no lo será ciertamente por la brisa suave
de las reformas, sino por eLhuracán terrible de las revoluciones.
Nada hay , señores , mas espantoso que el silencio de un pueblo,
siempre présago de desventuras: cuando todo un pueblo calla,
prestad un atento oido, y escuchareis antes de mucho su esplo-
sion y el gemido de sus víctimas.


No concluiré, señores , sin hacer una observación importante.
Cuando Bonald escribia, la revolución francesa habia espantado ya
al mundo con sus crímenes. Cuando Platón con sus ojos fijos en las
Pirámides, esos sepulcros de los reyes , echaba los cimientos dé
su república f ese gran féretro de la libertad humana , habia visto
los reveses de la expedición de Sicilia, habia presenciado los exce-
sos del pueblo, el desbordamiento de la democracia , cómplice de
la elevación del joven, inmoral y petulante , que la conducía al
abismo , después de haber profanado sus templos, y mutilado
las estatuas de sus dioses : habia presenciado en fin la muerte del
justo, y la indiferencia del pueblo , el martirio de Sócrates , y el
crimen de Atenas, ¿ creéis vosotros, señores, que los libros de
Platón y de Bonald son otra cosa que una protesta sublime , una
reacción injusta, como todas las reacciones contra los excesos de
la muchedumbre ? ¿ Creeréis por ventura que no se encierra una
lección terrible en este similüer cadens de los acontecimientos hu-
manos?


Señores, fuerza es confesarlo: la razón nos dicta, y la historia
nos enseña , que todo poder, el de los pueblos como el de los re-


ates , perece por un suicidio. Cuando en nombre de la libertad se




— 156 —


proclama el terror; cuando en nombre del pueblo se pide el ostra-
cismo , la inteligencia se retira de esa obra de maldición, y deja
la sociedad abandonada á la merced de los bárbaros : entonces la
duda, ese marasmo del mundo moral, se apodera de algunas
inteligencias, que dotadas de fé poco robusta en la perfectibilidad
del hombre , no creen en la libertad, porque la miran en un
momento de eclipse, y buscando una nueva fé y una nueva
creencia mas sólidas y mas firmes , las encuentran al pie de los
altares y en el derecho divino. Esta situación es horrible, señores:
este divorcio entre la libertad y la inteligencia es un sacrilegio:
como el maridaje entre la inteligencia y el despotismo , entre la
libertad y la anarquía, es una profanación. La inteligencia sin la li-
bertad es infecunda: la libertad sin la inteligencia desfallece y se
extingue: para que vivan unidas, suprimid los escándalos que
presiden siempre á su divorcio. ¿ Queréis que el despotismo sea
imposible ? ¿ Queréis que la libertad viva dotada de una juventud
eterna ? Pedid al Cielo para el despotismo las reacciones , para la
libertad la templanza, para el despotismo excesos, para la libertad
justicia : porque solo la justicia y la templanza tienen un porvenir:
los excesos y las reacciones no le tienen. . »




I1C11 CUARTA.
20 DE- D I C I E M B R E DE 1836.


D E L D E S P O T I S M O Y D E SU R E A L I Z A C I Ó N
EN LA HISTORIA.


SEÑORES:


E N las tres lecciones anteriores, hemos recorrido un espacio del que
no debemos apartar los ojos, y hemos consagrado principios que.es
necesario tener presentes si las hemos de enlazar lógicamente con
las que van á seguir.


En la primera digimos que solo habia tres gobiernos posibles:
los que resisten á tes invasiones de la libertad sin sofocarla, y con-
servan la sociedad sin encadenar al hombre : los que sacrifican la
ley del individuo, que es la independencia, á la ley de la asociación,
que es la subordinación y la armonía; y los que sacrifican la ley de .
Ja asociación á la ley del individuo, la subordinación á la indepen-
dencia, la sociedad á la individualidad humana. Estos dos últimos
gobiernos dominaron exclusivamente las sociedades antiguas ; el




— 158 —


primero, que es el único que resuelvo cumplidamente el proble-
ma social, se está realizando en Europa. Siendo, cronológicamente
considerado, el último que ha aparecido en la historia; y conside^
rándole filosóficamente el resultado lógico de los gobiernos reac-
cionarios que le han precedido en el mundo , nos pareció conve-
niente estudiar las- reacciones políticas antes de describir el orga-
nismo interior del gobierno representativo, que ellas han hecho
necesario, y que ha sido su heredero. Solo considerando así á la
humanidad, la humanidad es una, idéntica y perfectible: el pre-
sente es la realización de las tendencias pasadas, como el porvenir
será la realización de las tendencias presentes. Tendencias que
nacen , tendencias que se realizan, tendencias que pasan: ved ahí,
señores, la obra inmensa de que es actor el género humano, cuyo
teatro es el mundo , cuyo reflejo es la historia.


Consecuentes en estos principios , examinamos el dogmade la
soberanía del pueblo, y en vista de eŝ e examen nos creímos auto-
rizados para afirmar que el dogma de la soberanía del pueblo,
lógicamente considerado, era irrealizable ó imposible, y que con-
siderado históricamente, era una máquina de guerra que habia servi-
do á la humanidad para destruir la obra de doce siglos.


Del examen del principio disolvente, pasamos al examen del
principio de absorción : de la democracia pasamos al despotismo.
El despotismo como la democracia ha sido una realidad y una teo-
ría , y como ella también, ha sido formulado por los filósofos, y ha
dominado en el mundo. En la lección última le consideramos teóri-
camente, y en vista de este examen nos creímos autorizados para
afirmar : primero, que las teorías de estos filósofos no eran falsas
sino porque eran incompletas; y eran incompletas, porque no ha-
biendo estudiado en el hombre sino la inteligencia', ni en la sociedad
sino el poder, no vieron en el hombre la libertad, ni en el Estado
los individuos que le forman: segundo, que la conformidad visible


, entre las teorías de estos filósofos nos revelaba la ley del despotismo,
que es una inmovilidad uniforme : inmovilidad que no puede tur-
barse sin que el despotismo marché hacia su sepulcro, y la libertad
hacia su tronó : y tercero, en fin, que el dogma de Platón y de




— 159 —


Bonald fué una protesta contratos excesos de la democracia que en
Francia habia destronado á Dios y condenado á Luis; que en Atenas
habia visto morir á Sócrates y habia coronado á Alcibiades.


Habiendo considerado al despotismo en los libros de los filóso-
fos , veremos hoy cómo ha nacido esta idea degradante en el seno
de la humanidad, y cómo se ha realizado en la historia. Antes de
todo veamos cuál es la forma natural y primitiva del despotismo. Lo
será aquella sin la cuál pueda existir, porque existe así en las demo-
cracias , como en las monarquías, pero con la cual existe siempre.
Ahora bien: el gobierno teocrático es siempre despótico. Siempre
que Dios es el legislador inmediato de la sociedad, la sociedad es
esclava. ¿Ni cómo puede ser de otra manera? Qué puede ser el hom-
bre delante de Dios sino su pálido reflejo? Si la teocracia es la forma
natural y primitiva del despotismo ¿ de qué manera se ha realizado
esta forma en las sociedades humanas? Esta, señores, y esta sola es la
cuestión, cuestión que me propongo resolver. Para conseguirlo, es
fuerza que recuerde aquí algunos principios que he desenvuelto ya,
pero cuya importancia liunca puede ser tan evidente como en la
cuestión que ventilamos ahora.


Es ley del entendimiento no poder conocer los demás seres ni
conocerse á sí mismo, sino por medio de las relaciones que los
unená los demás seres con quien estañen contacto. Ahora bien,
el'hombre está en relaciones con Dios, con los demás hombres; y
con la naturaleza física;.y.estas relaciones que explican su sey,
constituyen su existencia. En su relación con Dios, el hombre se ha-
milla y se prosterna: y si no estuviera modificado por otras relaciones,
no tendría mas que una idea, la idea del deber. En su relación con
la naturaleza física, no encontrando una inteligencia que responda
á su inteligencia, ni una libertad que limite su libertad, no ten-
dría tampoco mas que una idea, la de su derecho omnímodo, ab-
soluto ; ni mas que un sentimiento, el de su dominación. Así, se-
ñores, con estas relaciones el hombre no tendría mas que dos
ideas contrarias entre sí: la idea de su absoluta libertad, y la idea
de su absoluta esclavitud. Pero el hombre, que está en relación con
Dios, y con la naturaleza física, está en relación con los demás




— 160 —


hombres también : y esta relación haciendo nacer en él la idea de
la igualdad , es decir, la de derechos recíprocos y limitados, y la
idea de la justicia, que debe presidir á su reciprocidad y á su limi-
tación , le constituye , le completa.


Estas ideas y estas relaciones coexisten en él, porque al mismo
tiempo que ha estado en relaciones con los demás hombres, ha
estado en relaciones con la naturaleza física y con Dios. Pero si to-
das estas ideas coexisten en él, una sola está llamada á dominar en
cada período de la historia y en cada período de la vida de los
pueblos. Cuando la relación del hombre con Dios es la que predo-
mina", la idea del deber es la que conduce por medio de los siglos
á las sociedades humanas. Cuando su relación de superioridad sobre
la naturaleza es la que predomina, la idea del derecho omnímodo,
absoluto, es la única que se levanta en el seno de la humanidad, la
única que se escribe en su bandera , la. única que se ostenta triun-
fante y vencedora. En fin, cuando su relación con los demás hom-
bres es la que predomina, la idea de derechos recíprocos y limitados
nace en el hombre, vive en la sociedad y domina en los gobiernos.
En el período de la historia en que ha predominado la relación del
hombre con Dios, y la idea del deber, el mundo es un templo : Dios
solo le habita: su trono es un altar: la humanidad está postrada porque
su vida es la fé. Cuando la relación con la naturaleza física domina
á la relación con Dios; cuando la idea del derecho omnímodo , abso-
luto , sucede á la idea absoluta del deber „ la humanidad se levanta :
el esclavo que adora, se convierte en soldado que combate: coloca
sobre su frente la diadema del ídolo : el que fué altar es su trono: el
mundo que fué templo es ya su habitación. En fin, señores, cuando
su relación con los demás hombres predomina ; cuando la idea de
los deberes recíprocos sucede á la idea absoluta del deber ; cuando
la idea de derechos limitados sucede á la idea del derecho omnímodo,
absoluto, las sociedades ni combaten ni se postran; marchan. El
primer período lleva escrito en su bandera:—Teocracia, esclavitud.
El segundo: — democracia, soberanía del pueblo, independencia abso-


luta. El tercero:—gobierno representativo, soberanía de la inteligencia,


soberanía de la justicia, libertad. Los dos primeros períodos son los




— 161 —


períodos de las reacciones políticas. El último es el período de los
progresos sociales : los dos primeros períodos son los períodos de
los gobiernos incoherentes. El último período es el período de los
gobiernos armónicos.


Así, señores, la teocracia , es decir, el despotismo considerado
en su forma natural y primitiva, nace cuando domina la relación
del hombre con Dios, y cuando el hombre está subyugado por la
idea exclusiva del deber. ¿En qué periodo de la historia subyuga
al hombre esta idea y domina aquélla relación ? Y ¿ de qué manera
se realiza entonces el gobierno teocrático en las sociedades huma-
nas ? Problema es este, señores, de difícil solución, y sobre el cual
me permitiréis que aventure algunas conjeturas.


Si nosotros encontrásemos un periodo en la vida de los pueblos
en el cual se realizasen fenómenos que solo puede explicar la teo-
cracia , ese indudablemente sería el periodo de su existencia y de
su realización en la historia.


Ahora bien, uno de los fenómenos que mas universalmente se
presentan en los pueblos que aun no han salido de la infancia , son
los sacrificios cruentos , los sacrificios humanos. Y es tan cierto,
señores, que este fenómeno pertenece á la mas remota antigüedad,
que apenas encontrareis su origen consignado en la historia, resul-
tado siempre de la civilización de los pueblos viriles : y que por el
contrario, le encontrareis siempre consignado en las tradiciones y
en la poesía; que es el reflejo y la civilización de los puéflos infan-
tes. Veamos pues, cómo ha sido posible este fenómeno, y cómo ha
aparecido en el mundo. El sacrificio del hombre no puede tener por
objeto al hombre mismo : porque siendo el acto mas sublime de ab-
negación de la personalidad humana , esa abnegación no se puede
exigir por quien nada puede dar en cambio de la personalidad que
se sacrifica; ni puede concederse por quien se considere' igual al
que le exige. Tres condiciones son necesarias, indispensables para
su realización. Primera : que le exija un ser omnipotente. Segunda:
que al exigirle pueda ofrecer á la víctima una vida que no se ha de
extinguir nunca en cambio de la que ofrece en el altar : y tercera:
que la víctima tenga fé en la existencia de la divinidad que la re-


TOMO I. 11




clama , y en la existencia de la segunda vida que esa divinidad le
promete. Es decir, señores, que los sacrificios humanos solo han
podido nacer en las sociedades dominadas por una sola idea : la
idea de Dios : por un solo sentimiento , el sentimiento de la eter-
nidad. Y como este sentimiento y aquella idea no pueden existir en
un pueblo sin que la teocracia le domine, me creo autorizado para
afirmar que el gobierno teocrático es la ley de todos los pueblos
infantes , puesto que en todos los pueblos infantes se han verificado
los sa orificios cruentos. Prosigamos.


Las pruebas judiciarias , conocidas en la edad media, esa larga
infancia de la moderna civilización , fueron conocidas también en la
infancia de las sociedades antiguas; puesto que hay sospechas vehe-
mentes de que existieron en los primeros tiempos de Grecia y de
Roma, y está averiguado que las conocieron los celtas. La práctica
de las pruebas judiciarias reposa en la creencia de que el Ser Su-
premo obra directamente sobre los elementos, sobre el mundo y
sobre el hombre, sin necesidad de las causas segundas sujetas á le-
yes determinadas y fijas. Ahora bien, donde Dios obra directa-
mente sobre el mundo físico y sobre el mundo moral, hay teocra-
cia , porque hay soberanía directa de Dios y esclavitud directa del
hombre.


En la infancia de Roma y en la noche de la India se encuentra
un fenómeno que llamará poderosamente vuestra atención. Este fe-
nómeno consiste en la existencia de una familia religiosa, diferente
déla familia carnal que nosotros conocemos. Los vínculos de aquella
familia religiosa consistían en la participación hereditaria dé unas
mismas ceremonias fúnebres : ella es la base de la legislación in-
dostánica, y explica la comunidad de nombre de los Cornelios que
estaban enlazados entre sí, no por medio de la sangre, sino por
medio dé una comunidad de cosas sagradas.


En fin, señores , eñ la antigüedad griega y romana, como en la
antigüedad del Oriente , como en la antigüedad escandinava desde
el tiempo de Odino , era creencia común que todos los fenómenos
físicos eran efecto de una voluntad celeste. Admitido este dogma,
estudiar la voluntad del cielo en todos los fenómenos de la natura-




— 163 —


leza fué la ocupación mas digna del hombre. Y esto explica los
agüeros, los oráculos, los auspicios y la magia. Así, señores , yo
me creo autorizado para afirmar que al penetrar en la noche de los
tiempos y en la cuna de las sociedades, la filosofía mira siempre
una divinidad junto á ella.


Si esto es verdad, ya hemos encontrado la forma natural y
primitiva del despotismo. Esta forma es la teocracia. Hemos visto
cómo se realiza en las sociedades : se realiza por medio de la rela-
ción del hombre con Dios, cuando predomina á las demás relacio-
nes ; por medio de la idea del deber, cuando eclipsa y absorbe á
las demás ideas. En fin, hemos visto en qué tiempo hace su apari-
ción en el mundo. La hace en el crepúsculo dudoso que sigue al
caos y que precede á la luz; cuando la divinidad deposita al hom-
bre en la tierra como la madre al niño en su cuna.


Pero los gobiernos teocráticos no han sido absolutamente idén-
ticos , porque la idea de Dios no ha dominado las sociedades de una
manera idéntica y uniforme. Veamos, pues, sus diferencias, tal
vez poco observadas hasta ahora por los filósofos y por los publi-
cistas. Es de esencia en los gobiernos teocráticos que la autoridad
civil y la autoridad religiosa sean una cosa misma. Pero en unas
sociedades la autoridad religiosa absorbe en su seno á la autoridad
civil, como se verificó en las sociedades asiáticas : en otras la autori-
dad civil se sirve como de un instrumento de lá autoridad religiosa,
como sucedió en Roma y en Esparta. En la primera, Numa revela
al pueblo lo que la divinidad le ha enseñado : en la segunda, Li-
curgo no se atreve á marchar sin que Apolo Deifico sancione sus
leyes con su inspiración divina. Pero al fin Numa impone su perso-
nalidad á Roma : Licurgo impone su personalidad á Esparta : el
pueblo piensa que aun obedece á Dios, pero ya obedece á un hom-
bre. Este periodo de la teocracia es el periodo de su degeneración
y de su decadencia. Cuando se verifica en la historia, el mundo va
á salir de su infancia, y va á entrar en su periodo de virilidad. Los
cimientos del poder vacilan, porque el subdito se apresta para el
combate. *


Así, señores , la teocracia pura , el despotismo en todo su rigor,




-t- 164 —


solo se ha realizado en el Oriente: pero aun en la teocracia pura el
filósofo puede encontrar diferencias.


Dios puede ser adorado como sustancia universal, infinita : en
este caso Dios es el mundo, y el mundo es Dios : todo lo que existe
es parte de él : él es todo lo que existe. Dios puede ser adorado no
como sustancia que absorbe todas las sustancias, todos los seres
que existen, y que absorbiéndolos permanece inmóvil en el espacio
y en el tiempo, sino como causa universal y separada de la univer-
salidad de los efectos , que ella crea por medio de una acción
constante, pero que no la constituyen. Dos pueblos del Oriente,
parecidos entre sí por sus instituciones teocráticas, pero separados
por su carácter, por sus costumbres y por su civilización, nos pre-
sentan el modelo ideal de cada una de estas formas. Hablo, señores,
de la India, y del pueblo de Dios, es decir, del pueblo judío.


El Oriente es la cuna del género humano : la India es la cuna
del Oriente: la religión es la cuna de la India. En la India solo el
hombre es pequeño, todo lo demás es grande. A donde quiera que
dirija sus miradas, encuentra lo inmenso, lo infinito delante de sí.
El Océano le aprisiona : una vejetacion colosal le invade: los mons-
truos le amenazan: los bosques le sepultan: los perfumes le enervan.
Por eso verá á Dios en los bosques, en los monstruos, en la
vejetacion, en el Océano, en la sustancia en fin. Indolente, porque
conoce su impotencia; enervado, porque solo aspira aromas;
inofensivo , porque es débil; en vez de resistir á la naturaleza que
le invade, huirá como un ciervo del cazador que le persigue, y
buscará un refugio en el seno de Dios. Tal es allí el hombre : im-
bécil, incapaz de progreso, panteista.


Si la unidad abstracta ó el panteísmo es la ley de la India, la
unidad activa ó el teísmo es la ley de la Judea. Si allí es adorada la
Divinidad como sustancia inmóvil, aquí es adorada como causa
activa y vivificante. Dios allí se revela al hombre por medio de los
fenómenos físicos: aquí se revela al hombre por medio de la inspi-
ración entusiasta de los profetas. Allí las castas fijan al hombre en el
suelo, como Dios los árboles en sus bosques": aquí la tribu, falanje
nómada y guerrera , conduce al hombre de la tierra de la esclavi-




— 165 —


tud á la tierra de la libertad : de la tierra de Faraón á la tierra
prometida. Allí el hombre es rico de imaginación, débil de cuerpo:
aquí el hombre es pobre de ideas, pero de cuerpo robusto y de un
carácter lúgubre y sombrío. Allí el hombre es el hombre de la con-
templación : aquí el hombre es el hombre de la conquista y de la
guerra. El indio, en fin, adora á Dios en el mundo, que está inmó-
vil : el pueblo judío adora á Dios en el tabernáculo, que marcha pre-
cedido de una columna de fuego.


Y ved cómo aun los gobiernos teocráticos puros se diferencian
notablemente entre sí. Ahora bien; la diferencia que existe éntrela
teocracia panteista déla India, y la teocracia teísta del pueblo judío,
es un fenómeno digno de que le dejemos consignado , porque esa
diferencia parala humanidad ha sido un verdadero progreso. Y lo
ha sido, porque alimentando el Dios de Israel la actividad humana
que proscribe el Dios de la India , ha hecho posible la emancipación
del hombre, porque ha hecho posible la resistencia y el combate:
combate y resistencia que debían preceder á la victoria. Nada diré
del Egipto, porque es el reflejo de la India. Nada tampoco de la
China ni de sus veinte y dos revoluciones, porque ni esas revolu-
ciones ni ese pueblo han influido directamente en el destino del
género humano. Pero diré dos palabras de la Persia, de la Persia,
señores, que, colocada por la mano de Dios como una tienda mag-
nífica entre la India y la Europa , entre los tártaros y los árabes, ha
estado siempre abierta para todos los pueblos históricos y para to-das las ideas progresivas y fecundas.


La raza de Irán , por su carácter, por sus costumbres y por su
civilización, se coloca á una distancia igual entre la India y el
pueblo judío. En la Persia, la sociedad está mas civilizada que en
el pueblo de Dios: y el hombre allí es mas activo que en la India.
En esta el hombre se resigna ; en el pueblo judío combate. El persa
sabe resignarse y sabe combatir. La idea dominante del pueblo
judío es la guerra : el único sentimiento que le conmueve y le sub-
yuga es el odio al género humano. La Persia no está dominada por
ninguna idea exclusiva, por ningún sentimiento absorbente. En fin,
señores, la teocracia sufrió en ella una transformación importante.




— 166 —


La unidad de Dios se rompe : y el principio del bien que ha de ser
el vencedor, y el principio del mal que ha de ser el vencido, pugnan
allí por la dominación del universo. Cuando la unidad terrible se
disuelve , cuando la discordia arde en la habitación de los dioses,
el mundo comienza á marchar por sí mismo, el yugo que oprime su
frente, es mas liviano: el poder del hombre nace, porque el po-
der teocrático declina. Así, señores, la Persia merece una bella,
página en la historia de la perfectibilidad humana. El panteísmo in-
dostánico, al tocar su suelo para pasar á la Europa, se modifica y
degenera. Cuando llegue la hora del combate sucumbirá, y sucum-
bió con efecto en Maratón, en Salamina y en Platea.


Sin embargo, la teocracia vencida no es la teocracia aniquila-
da. Atenas la rechaza de sus muros ; pero Esparta la abre sus
puertas, y la conduce á sus templos.


Cuando se habla de la Grecia en general, se habla de Atenas,
se habla de la Jonia, porque esa es la verdadera Grecia, la Grecia
libre, la Grecia vencedora del panteísmo del Oriente. Pero cuando
se penetra en la variedad de las ciudades que la constituyen, cuan-
do se estudia su organismo interior, el genio dórico, grave y severo,
despide algún reflejo amortiguado del genio oriental. La autoridad
religiosa no domina en Esparta á la autoridad civil como ya digí—
mos antes : pero la autoridad civil no es bastante fuerte todavía
para emanciparse de la autoridad religiosa, que la sirve de instru-
mento. El magistrado necesita aun de la túnica del sacerdote.


Este antagonismo explica la guerra del Peloponeso. Con efecto,
era imposible que dejasen de encontrarse de frente alguna vez el
genio sombrío y sacerdotal de Esparta con el genio democrático y
petulante de Atenas. En el terrible combate á que apelaron, el
genio dórico, ya lo sabéis, llevó lo mejor de la batalla. Un nuevo
espectáculo se presenta después á nuestra vista. Alejandro ha apa-
recido en el mundo. ¿ Cuál fué su misión, señores ? No sé si me
acusareis de amigo de paradojas y tal vez de visionario: su misión
fué salvar el genio griego, esclavizando á la Grecia, porque escla-
vizándola se asimiló al Oriente por medio de sus victorias: al Orien-
te , señores, que fué vencido por la espada de Alejandro después de




haber sido vencedor con la victoria de Esparta. Alejandro es la
Grecia vencida, que se personifica en un hombre para sorprender
al vencedor en sus propios hogares , cuando aun le dura la embria-
guez de su reciente victoria. Así, Roma vencida en Italia va á
pedir cuenta á Cartago de las victorias de AnibaL


He nombrado á propósito á Roma. Ella es la que después de la
Grecia se presenta á nuestra vista. El despotismo teocrático parece
inmortal; señores, también en Roma se encuentra. Dos genios en-
contrados luchan en su seno: el genio latino, que representa la
libertad; y el genio etrusco, que representa el despotismo teocrático
del Oriente. Roma, en una palabra, es Esparta y Atenas encerra-
das dentro de un mismo recinto.


Roma recibió de la Etruria su ciencia augural, sus ceremonias
fúnebres, y su religión siniestra y sombría: del Latium recibió sus
costumbres agrícolas, y de los latinos sus costumbres guerreras.
El principio etrusco dominó evidentemente en los primeros tiempos
de su historia. Como prueba de su preponderancia en las costumbres,
bastará citar su preponderancia en las primeras leyes de Roma. En
los fragmentos de la ley de las Doce Tablas , que aun se conservan,
hay once artículos consagrados á los muertos. En ellos se lee este
anatema supersticioso y terrible.—Todo el que pronuncie un encanto
funesto, es parricida.—Ya veis, señores, que solo podría dar toda
su expresión á esta sentencia de muerte una.voz que saliera de una
tumba.


No es mi ánimo referir aquí los triunfos y los reveses de los dos
principios que se disputaron el dominio del Capitolio : esto me aleja-
ría demasiado del objeto de este curso, que no es un curso de histo-
ria. Bastará para mi propósito, después de haber conocido en Roma
la presencia del principio teocrático, decir que este se debilitó con-
siderablemente con las victorias de los plebeyos, que eran sus anta-
gonistas, sobre los patricios, que eran sus depositarios; y que este
combate tuvo fin con la república romana, con la cual, como he
observado en otra ocasión, ambos principios sucumbieron. Del im-
perio nada diré, sino que Roma era una casa de prostitución al
servicio, de los Césares. Los bárbaros del Norte la purificaron. La




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religión cristiana se apoderó de la tutela del mundo, y los pontífices
desde el Capitolio llenaron la alta misión de constituir la sociedad,
que habia sido disuelta en el naufragio de Roma.


Una nueva teocracia se organizó entonces. En la lección segunda
vimos ya que ella era el único poder posible en la Europa moderna,
porque ella sola podia sustituir un lazo de unión al principio disol-
vente de la independencia germánica. Entonces examinamos su
origen, sus progresos, su decadencia y su ruina : su origen re-
monta á los tiempos inmediatos á la conquista de los bárbaros del
Norte : su movimiento progresivo se dilata hasta fines del siglo xm:
su movimiento de decadencia principia en el xiv, en que Nicolás
Rienzi proclama en Roma el tribunado, los papas se retiran á Aviñon,
la corrupción invade la Italia, los condottieri recorren sus hermosas
poblaciones, el crimen se introduce en los palacios, la inteligencia
se emancipa de la teología , comienza la restauración de la anti-
güedad griega y romana, y Wicíef levanta la bandera de las refor-
mas políticas y religiosas. A mediados del siglo xvn se consuma la
destrucción del despotismo teocrático. En su última mitad se con-
suma en Inglaterra la destrucción del despotismo de los reyes, y á
fines del siglo xvm el despotismo teocrático, y el despotismo de los
reyes que de él habia nacido , desaparecieron completamente del
Mediodía de la Europa, vencidos , y vencidos para siempre , por
la revolución francesa, que es, señores, una revolución huma-
nitaria.


Si reflexionamos sobre este gran periodo de la edad media que
la ocultaba en su seno, veremos con admiración que la existencia
de todos los elementos que luchan en él, ha sido necesaria para que
se verificase la emancipación de la sociedad, y la emancipación del
hombre. Sin el poder teocrático délos papas, que eran los represen-
tantes de la idea religiosa, único vínculo de unión entre los con-
quistadores y los conquistados, entre los vencedores y los vencidos,
la sociedad hubiera sido imposible. Sin la preponderancia de los
reyes, los pueblos no hubieran podido esquivar el yugo de los so-
berbios barones. Sin los barones feudales, que opusieron un espíritu
constante de localidad al espíritu absorbente de los pontífices de




Roma, la teocracia no hubiera podido ser vencida. Asi, señores,
el dedo de Dios, que es visible en la naturaleza , es también visible
en la historia.


Réstanos solo averiguar cómo se ha generalizado en la Europa
la idea del derecho divino de los reyes.


Esta idea no es propia de la civilización germana; entre las
nieves del Norte, solo la independencia del hombre es de derecho
divino. Su germen se encuentra entre los escombros de la civiliza-
ción vencida; para estudiarle es preciso que consideremos el im-
perio.


Es doctrina corriente entre todos los legistas romanos , que el
pueblo por la Lex regia habia abdicado su soberanía, y habia
resignado todos sus derechos én manos de los emperadores. Esta
máxima estaba en posesión de la sociedad, cuando los bárbaros del
Norte la inundaron con sus huestes.*


Veamos cómo penetró en la nueva sociedad esta teoría : y cómo
al penetrar en ella se transformó en derecho divino


El poder de los gefes de los bárbaros habia sido en los bosques
efímero y transitorio. La asamblea de los hombres libres érala única
soberana que todos reconocían. Pero cuando sus tiendas eternamente
vagantes se fijaron en el suelo después de la conquista, cuando se
vieron dispersos en un inmenso territorio, cuando de la vida nóma-
da pasaron á la vida estable;, en fin, cuando pusieron un término
á su larga peregrinación, tuvieron necesidad, de reconocer un po-
der público mas fijo, mas estable, mas poderoso, y le reconocieron
de hecho en los gefes que los habían conducido á la victoria. Sin
embargo, las atribuciones de los reyes bárbaros eran todavía de-
masiado limitadas para que pudiese peligrar la libertad y la inde-
pendencia del pueblo vencedor. Habiendo pasado del periodo er-
rante al periodo fijo de la sociedad, las nuevas relaciones de los
individuos con el ge fe del Estado, y las de la sociedad vencedora
con la sociedad vencida, hacían necesaria la existencia de las leyes,
que escribiéndola fijasen la costumbre, y que estableciesen de un
modo permanente las relaciones entre el monarca y el subdito, y
las transacciones, demasiado frecuentes ya, délos particulares entre




sí. Ahora bien, señores : los bárbaros para todas estas cosas tuvie-
ron que recurrir á los sacerdotes y á los legistas, que eran los únicos
depositarios del saber en aquellos tiempos de oscuridad y de tinie-
blas : y como los sacerdotes y los legistas estaban educados en las
máximas despóticas de la ley imperial, hicieron pasar sus doctri-
nas * y aun sus expresiones, á todas las fórmulas judiciales, y á
todos los documentos históricos. Pero como no podían fundar la
soberanía de los reyes bárbaros en la Lex regia, la hicieron des-
cender del cielo. Nadie protestó entonces contra esta teoría, que era
una decepción. No los reyes bárbaros, porque se adormecían blan-
damente con los perfumes que se quemaban ante su divinidad. No
el pueblo vencido, porque estaba acostumbrado á la mas pesada
servidumbre. No el pueblo vencedor, porque se veía ensalzado en
sus reyes, que ni tenían fuerza, ni voluntad entonces para opri-
mir á los hombres que habían conquistado el mundo con su espada.
Y ved, señores, cómo sin protesta de nadie se introdujo una men-
tira en la historia.


Cuando los reyes quisieron convertir mas adelante esa mentira
en un* derecho ,.la Europa contestó á su blasfemia con una revolu-
ción, que fué una verdad, y una verdad bien terrible. De hoy mas,
el despotismo no puede existir sino como un accidente pasajero. Y
no puede existir, porque la teocracia, que es su forma natural y
primitiva, ha desaparecido para siempre. El Indo y el Ganges la
han visto naeer : el Támesis y el Sena han sido su sepulcro. El es-
pacio inmenso que los separa, es el palenque en que la teocracia ha
combatido cuerpo á cuerpo con el género humano. Ese combate ha
ocupado á la fábula , ha llenado la historia, y ha fatigado los.siglos.
De hoy mas, ni la fábula divinizará sus laureles, ni la historia nos
contará sus combates, ni los siglos estarán llenos de sus vicisitu-
des. La humanidad necesita de reposo después de haber combati-
do , puesto que el monstruo está á sus pies, y no se levantará : no,
señores rno se levantará : porque lo que una vez pasó, no vuelve;
los muertos no resucitan, y el derecho divino muerto está. Por
ventura ¿ no hemos asistido todos, todos , á sus regios funerales?
Un solo príncipe ha querido evocar su sombra : y en mal hora para




— 171 —


su raza la evocó, porque en aquel mismo instante desapareció del
mundo el trono de Glodoveo, y se levantó el trono de Julio. ¿ Qué
vieron entonces los ojos de la Europa? Vieron atravesar las plazas
públicas ministros condenados : atravesar los mares reyes proscri-
tos. ¿Contra quién combatiría ya la humanidad? ¿Contra quién
combatiría este Hércules ? Por ventura ¿ no está ya la tierra purgada
de monstruos? Señores, no nos olvidemos que si es terrible el Hér-
cules cuando combate, y magnífico cuando vence, solo es subli-
me el Hércules en reposo.






LECCIÓN QUISTA.
5 DE E N E R O DE 1 8 3 7 .


IDENTIDAD DE LOS DOS PRINCIPIOS REACCIONARIOS,
LA SOBERANÍA B E L PUEBLO Y EL DERECHO DIVINO DE LOS REYES.


SEÑORES-


EN las lecciones anteriores hemos descubierto el origen de los dos
principios reaccionarios que se han disputado el imperio del mundo,
que han dominado en la historia, y que han servido de alimento
á todas las revoluciones políticas y sociales. Para comprenderlos
mejor, los hemos considerado aislados. Después de haberlos estu-
diado , hemos contemplado su combate : después de haberlos visto
combatir, los hemos seguido en su decadencia, y en su desapari-
ción y su muerte.


En la lección segunda examinamos el dogma de la soberanía
del pueblo, y le examinamos á la luz de la historia, y á la luz de la
filosofía. La historia, respondiendo á nuestras investigaciones, nos
le presentó como un principio de reacción contra el derecho divino




— 174 —


de los reyes) principio que habia servido á la humanidad como una
máquina de guerra para destruir la obra de los tiempos de oscuri-
dad y de barbarie. La filosofía nos presentó este dogma como ateo,
porque despojaba á Dios de la omnipotencia, que solo á Dios perte-
nece, y la localizaba en el mundo en donde la omnipotencia no
existe : como tiránico, porque donde hay un soberano omnipo-
tente , este soberano está en posesión de todos los derechos, y el
subdito solo está en posesión de todas las obligaciones; y en donde
hay un soberano que no tiene obligaciones , y un subdito que no
tiene derechos, hay tiranía : como inmoral, porque no recono-
ciendo entre el soberano y el subdito derechos limitados y obliga-
ciones recíprocas, desterraba de las sociedades la justicia, que solo
existe en ellas para presidir á esa reciprocidad y á esa limitación:
como subversivo, porque no pudiendo localizarle sus partidarios
en la inteligencia del hombre sin reconocer á esa misma inteligen-
cia como soberana , y sin convertir la soberanía de todos en sobe-
ranía de algunos, la soberanía de la democracia en soberanía de
una aristocracia inteligente , la localizaron en la voluntad, que obe-
deciendo en el hombre á la razón que debe dirigirla por una contra-
dicción monstruosa, fué elevada al mando de las sociedades hu-
manas. Es decir, señores, que ¡a razón, reina del hombre en el
santuario de su individualidad y de su conciencia, fué esclava del
hombre en la plaza pública : y que la voluntad, que debe ser es-
clava de la razón en el santuario de la individualidad humana , fué
proclamada reina del hombre en el forum. Como absurdo, porque
si la soberanía reside en la voluntad general, y la voluntad gene-
ral es la colección de las voluntades particulares, todos los indivi-
duos de la sociedad deben tener una parte activa en el ejercicio del
poder soberano , y por consiguiente en la confección de las leyes;
sin que sea motivo de exclusión ni la menor edad, ni la ignorancia,
ni aun la demencia : porque al negar el Cielo el uso pleno de su ra-
zón ,á los menores, á los ignorantes y á los dementes, no los des-
pojó de la voluntad; y la voluntad los hace soberanos : como impo-
sible , en fin, porque no pudiendo enagenarse la voluntad, la
mayoría que aprueba la ley, no puede exigir la obediencia de la mi-




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noria que la rechaza, sin cometer un atentado, ni la minoría puede
someterse á una ley que no es la obra de su voluntad, sin cometer
un suicidio. "


Después de haber analizado y combatido el dogma disolvente,
analizamos y combatimos el dogma de absorción : de la democracia
pasamos al despotismo. En vista del examen de las teorías filosófi-
cas que le formulan , nos creímos autorizados para afirmar que los
filósofos.que le defienden, han desconocido la naturaleza del hom-
bre , y la naturaleza de las sociedades humanas. Han desconocido la
naturaleza del hombre, porque habiendo estudiado en él exclusiva-
mente el elemento de la inteligencia, han prescindido del elemento
de la libertad, que es el que principalmente le constituye. Han des-
conocido, la naturaleza de las sociedades, porque no habiendo estu-
diado en ellas sino el poder que las defiende, han prescindido de
los individuos que las forman.


Después de haber examinado el despotismo en los libros de los
filósofos, quisimos ver su aparición en el mundo. Para distinguirle
de todo lo que no fuera él, quisimos averiguar cuál era su forma
natural y primitiva; y habiendo observado que siempre que el go-
bierno es teocrático , el gobierno es despótico; que siempre que
hay soberanía directa de Dios, hay esclavitud directa del hombre,
nos creímos autorizados para afirmar que la teocracia es la forma
natural y primitiva del despotismo en la historia. Para descubrir
el período de su aparición en el mundo, vimos cuál babia sido el
período de la aparición de las pruebas judiciarias, de la ciencia au-
gural, y de los sacrificios humanos: fenómenos que solo puede ex-
plicar la teocracia, porque solo aparecen en los pueblos dominados
por la idea exclusiva de Dios, de la eternidad, de lo infinito. Y como
estos fenómenos aparecen siempre en el primer albor de la vida de
las sociedades, nos creímos autorizados para afirmar que la teocra-
cia es la ley de todos los pueblos nacientes.


Averiguado el momento de su aparición en la historia , estudia-
mos el despotismo teocrático en todas sus transformaciones impor-
tantes, al través del espacio de los siglos, Es de esencia en todo
gobierno teocrático que la autoridad civil y la autoridad religiosa




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sean una cosa misma ; pero unas veces la autoridad religiosa ab-
sorbe en su seno á la autoridad civil, otras veces la autoridad civil
se sirve como de un instrumento de la autoridad religiosa. En el pri-
mer caso, la teocracia brilla en todo su esplendor : en el segundo,
su estrella comienza á eclipsarse en el horizonte de los pueblos.


Nosotros le examinamos en estos dos períodos críticos de su
existencia. En el primero tuvo por teatro alas sociedades asiáticas,
en donde está su zenit, en donde se encuentra su cuna : en el
segundo fué su teatro la Europa, en donde se encuentra su ocaso,
y en donde ha hallado su sepulcro. Entre las sociedades asiáticas
vimos pasar delante de nosotros á la India, que adora á Dios en el
mundo como sustancia inmóvil, infinita : al pueblo judío, que adora
á Dios en el tabernáculo como causa vivificante y fecunda : á la
Persia, que rompe la unidad terrible del principio teocrático, sir-
viendo así de transición entre la India y la Europa. AI salir del
Oriente, señores, salimos de un templo : al entrar en la Europa,
entramos en el forum.


La historia del Oriente es la historia de Dios, la historia del po-
der : la historia de la Europa es la historia de la libertad, la his-
toria del hombre. Sin embargo, la teocracia, que fué vencida en
ella, no fué por eso aniquilada. Esparta la ofrece un asilo, si Atenas
la rechaza de sus muros. Obligada á combatir, combate y vence en
la guerra del Poloponeso en que fué hollada la magestad de la
ciudad de Minerva : pero Alejandro nace, y el genio griego, ven-
cedor con la ayuda de su espada, penetra en las misteriosas regio-
nes del Oriente.


Roma viene después. Roma, señores , es el mundo: para ella
entre el Oriente y el Occidente no hay barreras. Los dos genios
rivales viven en una misma ciudad : el genio etrusco y el genio
latino se entregan en ella á un combate de muerte: su campo
de batalla y su sepulcro fueron las siete colinas. El periodo del im-
perio fué un periodo de marasmo para el mundo moral. Con el
imperio tuvo fin la civilización antigua, y principio la moderna ci-
vilización.


La teocracia vuelve entonces á aparecer en la tierra con los




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pontífices de Roma : legítima en su origen , porque ella solo pudo
constituir la sociedad, y porque ella sola fué aclamada por las ge-
neraciones que la vieron nacer, perdió su legitimidad después,
cuando queriendo perpetuar su yugo, se opuso al desarrollo espon-
táneo de la individualidad humana ; cuando buscando otra legiti-
midad que la desús beneficios, la hizo descender del Cielo; cuando
proclamó el derecho divino de los reyes, repugnante á la raza
vencedora, y tradición absurda de las máximas despóticas de la ley
imperial, conservadas por el clero y por los legistas en las formulas
judiciales y en los documentos históricos. Cuando los reyes quisie-
ron convertir esas fórmulas en un derecho, la Europa respondió á
su blasfemia con una revolución, que puso un término al dominio de
la teocracia en el mundo.


Mi objeto, señores , al presentaros hoy un breve resumen de
cuanto hemos dicho ya en las tres lecciones últimas acerca de la
soberanía del pueblo y del derecho divino de los reyes, ha sido dar
fin á este examen con una observación importantísima , que es el
objeto dé esta lección. Se cree generalmente que el dogma de la
soberanía popular es esencialmente contrario al dogma del derecho
divino de los reyes. Esta creencia es un error, señores. Estos dos
principios reaccionarios no han luchado en el mundo, porque sean
contrarios en su esencia. La soberanía del pueblo y el derecho di-
vino de los reyes, el despotismo y la democracia, son una cosa
misma. Preguntádselo á la razón, preguntádselo á la historia. La
razón y la historia os demostrarán la identidad de su naturaleza por
la identidad de las catástrofes que con su aparición han llenado de
luto á la humanidad y han fatigado á los siglos. La razón y la his-
toria os demostrarán que estas dos reacciones están unidas entre
sí por vínculos estrechos, y que en su antagonismo aparente se
encierra una constante armonía. *


Con efecto, señores, ¿ qué es lo que proclaman los reyes cuan-
do proclaman su derecho divino? Proclaman su omnipotencia : ¿qué
proclama el pueblo cuando proclama su soberanía? Proclama su om-
nipotencia también. Si los reyes y los pueblos proclaman su omni-
potencia , los pueblos y los reyes proclaman una cosa misma. Y'aSí


TOMO i . 12




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es la verdad , señores. Los pueblos como los reyes al proclamarse
soberanos se declaran en posesión de todos los derechos, y exentos
de todas las obligaciones. Los pueblos como los reyes condenan
como delito de alta traición , la resistencia del subdito, que para los
reyes es el pueblo, para el pueblo es la minoría de los individuos
que le forman. Los pueblos como los reyes exigen del subdito lo
que constituye su esclavitud; es decir, .la obediencia pasiva. Los
reyes niegan la existencia en el hombre de ciertos derechos pre-
existentes é imprescriptibles, que son su salvaguardia y su escudo;
porque si los reconocieran, reconocerían en ellos el término de su
poder y la limitación de su voluntad: y reconociendo aquel térmi-
no y esta limitación, dejarían de ser omnipotentes, dejarían de ser
soberanos. Los pueblos como los reyes deben negarla existencia de
esos derechos imprescriptibles; y deben negarla , porque recono-
cer la existencia de derechos independientes de la voluntad general,
es negar su omnipotencia: y negar su omnipotencia, en la ma-
yoría es un suicidio ; en la minoría, es decir, en el subdito, sería
el mayor atentado. Y no se diga que los pueblos, lejos de descono-
cer los derechos imprescriptibles del hombre, los han proclamado
siempre como el Palladium de sus libertades el dia mismo en que
han conseguido la victoria: esto, en vez de ser una disculpa , es
una nueva acusación : porque si proclamando su soberanía son ab-
surdos , proclamando después los derechos imprescriptibles, sin
dejar de ser absurdos, son también inconsecuentes. Pero son inconse-
cuentes en vano : porque es ley del mundo moral que los principios
se desenvuelvan por medio de sus consecuencias lógicas, á pesar
de la voluntad de los pueblos, y á pesar de la voluntad de los
hombres. Cuando la superficie de la sociedad está tranquila , las
inconsecuencias no engendran tempestades; pero si el huracán con-
mueve sus cimientos, la lógica la subyuga. Estad seguros de que
el pueblo que se proclamó ayer soberano , escribirá hoy la tabla
de derechos con tinta ; pero la borrará mañana con sangre. Esta es
la ley fatal de todas las revoluciones.


Si esto es así, podemos afirmar sin riesgo de equivocarnos, que
el dogma de la soberanía del pueblo y el dogma del derecho divino




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de los reyes son una cosa misma. Que estos dogmas severamente
analizados se traducen en el dogma de la omnipotencia social. Que
el dogma de la omnipotencia social es siempre el despotismo. Que
este despotismo, realizado por un hombre, se llama derecho divino
de los reyes, como se llama soberanía popular, cuando se realiza por
un pueblo. Esta observación es importante , es fecunda : veamos
algunos de sus resultados prácticos.


Hasta ahora la escuela teocrática ha atacado como subversivo
el dogma de la soberanía.del pueblo , y la escuela demagógica ha*
rechazado como absurdo el derecho divino de los reyes. De hoy
mas, la escuela teocrática no podrá atacar la soberanía del pueblo
sin suicidarse, porque atacando la soberanía del pueblo, ataca su
propio principio. No podrá tampoco defenderla, porque su defensa
sería la abdicación de los reyes. La escuela demagógica no podrá
atacar el derecho divino sin suicidarse , aniquilando el principio de
su existencia: y no podrá defenderle sin arrancar al pueblo su co-
rona. Atacar la soberanía del pueblo en nombre del derecho divi-
no , es atacar la omnipotencia en nombre de la omnipotencia.
Atacar el derecho divino en nombre del pueblo soberano, es ata-
car la tiranía en nombre de la tiranía. Guando la escuela teocrática
proclama el orden, esta palabra significa la omnipotencia de un
rey. Cuando la escuela demagógica proclama la libertad , esa pa-
labra significa la libertad délas facciones; y la libertad de las fac-
ciones y la omnipotencia de un rey se traducen en esclavitud del
subdito y en despotismo del soberano : y el despotismo del sobe-̂
rano y la esclavitud del subdito se traducen en degradación para
la sociedad, en luto para las familias , en catástrofes para los
pueblos.


Así, señores, estas dos escuelas decrépitas, pulverizadas , es-
tériles , ni pueden defenderse, ni pueden combatirse , porque la
impotencia es su ley. ¿Quién podrá atacar á una de ellas? El que
las ataca á las dos. ¿ Quién las atacará á las dos ? El que ataca el
principio que las anima y las sustenta. ¿Quién atacará este princi-
pio? El que pulverizeel dogma de la omnipotencia social. ¿Cómo
se pulverizará este dogma? Probando, cerno nosotros hemos pro-




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bado , que ese dogma profesado por los reyes , ó profesado por
los pueblos ,"es siempre el despotismo.


Habiendo considerado el dogma de la soberanía del pueblo y
del derecho divino de los reyes en las lecciones anteriores, no bajo
el punto de vista del principio común en el que se identifican, sino
bajo el punto de vista de sus aplicaciones prácticas en lo que se
diferencian, hemos estudiado en ellas con separación su origen.


Habiendo considerado hoy á estos dos principios bajo el punto
"de vista de la unidad que los comprende y los abarca, bueno será
que averigüemos cómo se ha realizado en la sociedad la omnipo-
tencia social, que se encuentra siempre en el seno del despotismo
en medio de la variedad aparente de sus formas. Antes de todo,
demos una significación fija á las palabras.


En una de mis lecciones anteriores manifesté que existen dos
soberanías diferentes : la soberanía de hecho , á la cual "llamé po-
der, y que reside en las autoridades constituidas, y la soberanía
de derecho, que consiste en la posesión de una autoridad ilimitada,
preexistente , que, como Dios, con una sola palabra crea las au-
toridades de hecho, que con otra sola palabra puede también des-
truir. Esta soberanía de derecho es la que yo llamo omnipotencia
social : omnipotenoia que proclama la escuela demagógica con el
nombre de soberanía del pueblo; omnipotencia que proclama la
escuela teocrática con el nombre de derecho divino de los reyes.


Hay dos grandes periodos en que se divide siempre la existen-
cia de las sociedades : el periodo espontáneo, y el periodo reflexivo:
el periodo de la fé, y el periodo de la razón. Estos dos periodos cor-
responden forzosamente al estado de su virilidad y al estado de su
infancia. En la infancia de los pueblos; cuando las costumbres son
las leyes, y el estado es la familia ó la tribu, débil todavía la so-
ciedad , porque apenas brilla en el horizonte el primer rayo de su
aurora, no podría afirmarse en el suelo sin una constitución ro-
busta , sin una unidad terrible, que absorbiendo en su seno la om-
nipotencia social, luchara con ventaja por medio de un esfuerzo
vigoroso contra los monstruos que la combaten, contra los peligros
que la cercan. ¿Pero en qué manos ha de depositarse este poder?




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Suponed la existencia de una sociedad infante y civilizada al mismo
tiempo. Este problema entonces no tiene solución; porque si como
sociedad infante necesita de un poder omnipotente, como sociedad
civilizada se resiste de una manera invencible al reconocimiento y
á la localización de la omnipotencia social. Con efecto , señores; la
idea del mando y la idea de la obediencia , el soberano y el subdito
ni pueden existir ni pueden concebirse sino como la expresión de la
superioridad del que manda, reconocida por el que obedece. Ahora
bien; el subdito, en el periodo reflexivo de las sociedades, no puede
reconocer en el soberano, cualquiera que este sea, una superioridad
absoluta; porque entonces ni seria un hombre ni un pueblo, sino
un Dios; por consiguiente el subdito, en el periodo reflexivo de las
sociedades humanas, no puede reconocer en el soberano la omnipo-
tencia social, ni cuando adopta el nombre de soberanía del pueblo,
ni cuando adopta el nombre de derecho divino de los reyes. Para
reconocerla es preciso suponer, ó que la idea del mando y la idea
de la obediencia no tienen por fundamento una superioridad recono-
cida , lo cual seria un absurdo; ó que el hombre puede entregarse
sin reserva á la merced de otros hombres. Es decir, que la identidad
de la naturaleza del hombre da pbr resultado un antagonismo cons-
tante ; que la igualdad es el fundamento de la desigualdad mas ter-
rible, siendo el fundamento de la tiranía y el fundamento de la
esclavitud. Así, señores, la omnipotencia social no puede concebirse
por la razón : no puede escribirse en la bandera de los pueblos viri-
les : no puede presidir al destino de los pueblos civilizados. Filosófi-
camente considerada , es un absurdo : históricamente considerada,
su realización seria ahora un retroceso, seria un anacronismo.


Si la omnipotencia social qp puede ser concebida por la razón,
puede ser explicada por la fé. Si es un anacronismo funesto cuando
aparece en medio de las sociedades civilizadas, es la única espe-
ranza de salvación cuando se realiza en el seno de las sociedades
infantes.


Un pueblo infante reconoce la omnipotencia social, poi que la
omnipotencia social es la que le constituye. En ella reconoce á la
fuerza; y la fuerza es la única divinidad que adora, porque la fuerza es




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la única divinidad que necesita. La omnipotencia social se ofrece á su
imaginación, no en la forma de una idea que se concibe; entonces la
rechazaría porque es una idea falsa, sino con- la forma de una nece-
sidad que se impone, de un sentimiento que subyuga. Pródigo de
sus derechos en medio de las catástrofes que le amenazan, abdicará
su libertad en manos del impostor ó del hombre fuerte que le ase-
gure la existencia y le prometa la victoria. Vencer para existir : ser
fuerte para vencer: ser uno para ser fuerte : no encontrar resistencia
para ser uno : ser omnipotente para no encontrar resistencia : ved
ahí el destino de todos los pueblos que nacen hasta que rayan en su
periodo viril; hasta que el edificio social, vigorizado por el trascurso
de los siglos, se afianza en sólidos é indestructibles cimientos.


La omnipotencia social es, pues, la ley de todos los pueblos
infantes , porque la omnipotencia social es la única garantía de su
frágil existencia. Por eso al hacer su primera aparición en el mundo
todas las sociedades humanas la buscan, y no reposan hasta que
existe en su seno. Si por acaso se ofrece á su vista un adalid ven-
turoso, probado ya en los combates, ese adalid eselgefede la tribu.
Nadie le dá la omnipotencia, la toma. La sociedad entera se agrupa
á su derredor para que la sirva de escudo. A su voz, que es una
voz de mando, responde la tribu con su voz, que es una voz de
obediencia. Todos siguen sin murmurar al favorecido de los dioses:
todos acatan prosternados al hijo de la victoria.


Esta debió ser la forma mas general de lá omnipotencia en las
sociedades primitivas. Pero si en ellas no existe un adalid que des-
cuelle ; si ante la falanje nómada no se presenta un enviado del Cielo;
si no hay ninguno en cuya frente brille inmortal el rayo protector
de una estrella amiga, entonces la saciedad entera se declara omni-
potente. No existiendo un hombre digno de conducirla á la victoria,
la sociedad se hace hombre. No pudiendo localizar la omnipotencia
en un ser, la localiza en una agregación. No pudiendo depositarla
en un guerrero , la deposita en la asamblea de todos los guerreros.
El poder público varia entonces de forma, pero no varía de natu-
raleza. La relación entre el soberano y el subdito, que es la que
constituye la naturaleza del poder, es siempre la misma : el primero,




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llámese asamblea, ó llámese caudillo, es omnipotente . llámese
asamblea ó llámese caudillo, absorbe á los individuos en su seno,
sofoca la voluntad humana, y proclama el imperio de la fuerza.


Y si descomponiendo la unidad de la tribu, queremos encontrar
la ley de las sociedades infantes en la unidad indestructible que es
su primer elemento, es decir, en la unidad de la familia, también
en ella encontraremos un poder social omnipotente. El padre, señores,
es á un mismo tiempo monarca y pontífice en su tienda. La mugery
los hijos no tienen personalidad delante de él. Él solo está en posesión
de todos los derechos sociales. Su voluntades la ley. Su inteligencia
es el intérprete de su voluntad. Su brazo aplica la ley que su vo-
luntad ha dictado, y de que ha sido intérprete su inteligencia.


Y no se diga que la constitución de la familia es el secreto de
los siglos; que solo puede ser alimento de la fábula y no objeto de
la historia. No, señores : la constitución de la familia se revela por
medio de las costumbres que ella ha hecho nacer, y que refleján-
dola la perpetúan. Las costumbres primitivas se revelan por medio
de las leyes que las consignan en los códigos: y los primeros códigos
de los pueblos vivos están. Ellos son los monumentos inmortales
en donde los siglos estampan una huella y escriben su secreto, en
donde las generaciones que se deslizan y mueren, al deslizarse y
morir, dejan grabada su efigie, expuesta á la contemplación de
las generaciones futuras. Ahora bien, señores, la constitución de
la familia en los primeros tiempos de Roma , según-resulta del es-
tudio de sus leyes, nos ofrece una copia fiel de la constitución de
la familia primitiva. El padre estaba en posesión de la omnipoten-
cia doméstica . los esclavos eran cosas : los hijos eran esclavos :
la muger era de la misma condición que los esclavos y los hijos.


Y no se crea que esta organización fué la obra de las leyes.
No, señores : las primeras leyes de los pueblos organizan el Esta-
do ; pero se limitan á consignar la organización de la familia : por-
que cuando comienza en las sociedades el imperio de las leyes,, las
costumbres dominan todavía como soberanas en los hogares do-
mésticos. La misión de la civilización romana no fué crear la om-
nipotencia doméstica, fué. debilitarla y destruirla : no fué pro-




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clamar el imperio de las costumbres, fué emancipar de su dominio
á la ley. Por eso en tiempo délos emperadores la ley, soberana ya,
manda en los hogares, como manda en el forum; se hace reconocer
por el hombre en la calidad de marido ó de padre , como se hace
reconocer por el hombre en calidad de ciudadano; y vencedora en
fin de las costumbres, emancipa á los esclavos, emancipa á los
hijos, emancipa á la muger, y destruye la constitución de la familia.


Si la misión de la civilización romana fué destruir la omnipoten-
cia doméstica , la misión de la civilización moderna es destruir la
omnipotencia social en donde quiera que la encuentre. Si la misión
de la civilización romana fué emancipar á la familia, la misión de
la civilización moderna es emancipar á las naciones.


Los que se oponen á esa emancipación, proclamando la omni-
potencia social en nombre del pueblo ó en nombre de los reyes,
no tienen el conocimiento del hombre, ni tienen la inteligencia de
la historia. Pretenden nada menos que hacer retroceder la corriente
de Jos siglos, adoptando por tipo de las sociedades viriles el con-
fuso embrión de las sociedades primitivas. ¡Conatos impotentes!
¡ esfuerzos estériles ! señores. La humanidad marcha con pasos de
gigante en la carrera de la emancipación. La Providencia la con-
duce. La humanidad es el Ulises de Homero, llevado por la mano
de Minerva al través de los mares borrascosos. ¿Quépueden contra
el destino los sofistas ? ¿ Qué pueden contra la libertad los adula-
dores de los pueblos ni los aduladores de los reyes? Si las socieda-
des en su infancia tuvieron que refugiarse en el seno de la tiranía
para conservar su mísera existencia, las sociedades adultas y civi-
lizadas pueden marchar por sí solas sin necesidad de los tiranos.


Y cuando la humanidad ha quebrantado ya todos los yugos;
cuando ha visto pasar delante de sí el féretro lúgubre del derecho
divino de los reyes; cuando no tiene una sola fibra que no re-
suene con una vibración dolorosa al recuerdo de sus penosos com-
bates , de sus largos infortunios; cuando, heredera de las grandes
catástrofes que el dogma de la omnipotencia social ha sembrado,
y que ella sola ha recogido, mira con horror por todas partes el es-
pectáculo de aglomeradas ruinas, ¿ hay quién se atreva á aconse-




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jarla que vuelva á recorrer los mares enemigos que presenciaron
sus naufragios, y que permanezca unida para siempre á ese prin-
cipio funesto , como Sísifo á su roca ? No, señores; mas bello es
su destino, mas ancho su horizonte , mas grande su porvenir. La
inteligencia emancipada ya brilla con todo su esplendor en el ho-
rizonte de los pueblos : ella, y ella solamente , conducirá á las so-
ciedades humanas. Aun tiene que combatir con rudos y temibles
adversarios: pero no desmayemos, señores, porque si el Cielo ha
concedido á sus contrarios el combate, les ha negado la victoria.






10 DE E N E R O DE 1837.


D E L A S O B E R A N Í A A B S O L U T A Y D E L A S O B E R A N Í A
LIMITADA.


SEÑORES:


AL dar principio á estas lecciones, me propuse hacer pasar delante
de vuestra vista los dos principios reaccionarios que, con el nombre
de soberanía del pueblo y de derecho divino de los reyes, han fati-
gado con su presencia á las sociedades humanas, antes de examinar
el principio luminoso y fecundo, que, salido del seno de las tor-
mentas políticas, brilla ya en el horizonte de los pueblos para
servirles de faro en toda la prolongación de su carrera. El plan
que me he propuesto seguir, está conforme con las exigencias lógi-
cas de la razón y con las exigencias de la cronología; está conforme
con las exigencias de la cronología, porque es ley del mundo
moral consignada con caracteres indelebles en todos los monu-
mentos históricos, que los pueblos como los individuos hayan de




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soportar largos dias de dolor antes que amanezcan para ellos her-
mosos dias de bonanza; que .la victoria sea la recompensa del
combate, la felicidad del infortunio; que las reacciones, en fin,
precedan á su reposo. Si esta es la ley de la humanidad, es tam-
bién la ley de todos los seres, porque es la ley de la creación, •
señores. Está conforme con las exigencias lógicas de la razón;
porque no proponiéndose el gobierno representativo , como ya lo
he dicho otra vez, descubrir nuevos principios , nuevos elemen-
tos sociales, sino reunir todas las verdades que se encuentran en
estado de dispersión, completar todos los principios incompletos, y
trazar límites á todos los principios exagerados, á su estudio debe
preceder el de las reacciones políticas , depositarías de esas verda-
des en estado de dispersión , de esos principios exagerados, y de
esos principios incompletos.


Desde la lección segunda procedimos á este estudio, que hemos
prolongado en el espacio de cuatro lecciones sucesivas. En ellas
hemos visto al hombre del Oriente absorbido en el seno de Dios y
exhalando en un himno sin fin su desmayada existencia. Hemos
visto al hombre de la Europa levantándose como el Hércules de
los pueblos antiguos , ajustándose las armas para combatir, y
marchando hacia el campo del combate. Ese campo fué la Grecia :
en ella lidiaron esos dos hombres, tipos de todos los hombres; y
dos gobiernos, tipos de todos los gobiernos, por la diadema del
mundo ; y el hombre de la Europa, lidiando por sus propios ho-
gares, llevó lo mejor de la batalla. Al despotismo teocrático, que
todo lo petrifica, sucedió entonces el despotismo de las masas
populares, que todo lo inflama y todo lo conmueve : al despotismo
del Dios-mundo sucedió el despotismo del hombre-Dios : pero del
seno del hombre Dios debia nacer la idea de la libertad; y del seno
del Dios del mundo debia salir la idea del poder : y el poder y la
libertad, señores, son los dos elementos armónicos, los dos polos
indestructibles, eternos, de todas las sociedades. Así la Providen-
cia hacia concurrir al Oriente y al Occidente á una misma, obra,
los hacia llenar una misma misión , y cumplir un mismo destino : la
guerra en los pueblos infantes, como el comercio en los pueblos




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adultos, es algunas veces un medio de trasmisión para la inteli-
gencia : es algunas veces un principio de armonía: los pueblos
piensan entonces que combatiéndose se aniquilan, y no saben que
se abrazan.


Desde que los dos principios reaccionarios aparecieron en el
mundo, el universo ha sido su palenque, el hombre ha sido su
presa, la sociedad ha sido su víctima : pero es preciso confesar
que los reyes fueron los que primero arrojaron el guante en el
desvanecimiento de su poder, en el vértigo de su orgullo: los
pueblos le levantaron entonces , y después de las vicisitudes mas
horribles, por ellos se ha declarado la victoria.


Nosotros hemos presenciado su último combate en una nación
vecina. Hemos visto al vencedor salpicar con una mancha de sangre
sus bien ganados laureles, embriagado con sus triunfos. Un momento
hubo, señores , en que los pueblos de la Europa, fijos los ojos en
la Francia, inmóviles , suspensos y pendientes del oscuro desenlaze
del drama mas terrible que han presenciado los siglos, pudieron
dudar si la bandera de la civilización volvería á tremolarse en el
mundo, ó si la barbarie iba á asentar sobre escombros sus pendo-
nes haciendo retroceder á la sociedad estremecida á su primitivo
caos. La tormenta empero pasó sobre las frentes aterradas : el
vencedor, como Sila, abdicó su sangrienta dictadura, y los pueblos
entonces solo vieron á un vencedor en reposo y á un monstruo
vencido; porque el torrente popular volvió á entrar en su madre,
y la teocracia no salió de su sepulcro.


Ahora bien, señores, si el pueblo, venciendo al trono en su
sangrienta reacción, emancipó á la humanidad del yugo de los reyes,
entrando después en reposo, la emancipó de su propio yugo : si
pulverizando las instituciones feudales, pulverizó el derecho divino,
abdicando su dictadura, se despojó de su omnipotencia; y despoján-
dose de su omnipotencia, se despojó de su soberanía. Y ved por qué
la revolución francesa ha sido magnífica, ha sido sublime : su subli-
midad y su magnificencia no consisten tanto en haber sabido vencer,
como en haber sabido abdicar: no consisten tanto en haber conse-
guido la victoria como en haberla hecho fecunda, dando fin con




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ella á todos los dogmas reaccionarios, y siendo causa del rápido
desarrollo del único principio legítimo que está destinado por la
Providencia á dominar en las sociedades humanas, principio que
me propongo examinar en esta lección y en las lecciones si-
guientes.
- Pero antes me creo obligado á reclamar al mismo tiempo vues-


tra atención y vuestra benevolencia : vuestra atención, porque la
materia que ahora discutimos es grave de suyo, y mas grave toda-
vía por las grandes cuestiones sociales, morales y políticas que
encierra en su seno : vuestra benevolencia, porque siendo esta
una cuestión metafísica, habré de sermetafísico también. Yo declaro
solemnemente que no sé tratar con ligereza cuestiones que son
graves, que no sé tratar con superficialidad, ó si se quiere, con
una claridad aparente cuestiones que han consumido la existencia
de los mas grandes filósofos: para mí, señores, un metafísico, á
quien todos entienden sin necesidad de graves meditaciones, es un
metafísico que no sabe metafísica, es un metafísico falso. En las
cuestiones trascendentales y complejas la claridad relativa es la
única posible; la claridad absoluta es siempre un síntoma de error.
Pues qué, señores, las cuestiones que han atravesado como un
enigma oscuro y misterioso los siglos, las cuestiones que han hecho
inclinar bajo su peso frentes que han sido el santuario de la inteli-
gencia humana, ¿serán accesibles á todas las inteligencias sin que
hayan pasado antes por una laboriosa iniciación ? No , mil veces
no, señores: porque si el hombre está condenado á buscar el pan,
que es el alimento de su cuerpo , con el sudor de su frente , está
también condenado á buscar con el sudor de su frente el alimento
de su inteligencia; y el alimento de la inteligencia es la verdad. Si
la escuela sensualista enseñara tantas verdades como errores en-
seña , todavía la excluiría yo del número de las escuelas filosóficas:
y la excluiría, señores, porque proclamando á la ciencia metafí-
sica , clara de suyo y accesible, ha desconocido el destino del hom-
bre y el destino de las sociedades humanas: proclamando á la ciencia
metafísica, clara de suyo y accesible, esa proclamación impía que
no ha sido bastante poderosa para vulgarizar la ciencia, porque esto




— 191 -


es imposible, ha sido sin embargo bastante poderosa para abrir, el
tabernáculo de las ciencias á una invasión de pedantes que, no
pudiendo alcanzar con su vista miope al tabernáculo de Dios, han
dicho que no existe : á una invasión de pigmeos que, no pudiendo
abarcar con sus inteligencias raquíticas los principios eternos del
orden moral, los han negado: á una falange de eunucos dispuestos
á negar la maza de Hércules aunque la vieran, porque sus débiles
manos no la pueden sostener.


Y no se crea, señores, que esta digresión es viciosa, no : ata-
cando con mis débiles fuerzas á los qué proclaman la vulgarización
del poder; atacando á los que proclaman la vulgarización de la
filosofía, ataco á los que proclaman la democracia política y social.
Desde que se ha descubierto la sublime panacea de que pensar es
sentir, todos los que sienten, aunque sean imbéciles, creen que pien-
san : y como los que piensan deben mandar, todos se creen con de-
recho al mando , porque todos están dotados de la facultad de sentir.
Señores, el filósofo debe ser severo, porque la filosofía es un sacer-
docio : el filósofo ni debe degradarse, ni debe prostituirse : y se
prostituye y se degrada cuando convida á las masas populares al
festín de la soberanía, y cuando mercader impuro de ta inteligencia,
vende en las plazas públicas como un ridículo farsante ó un asque-
roso histrión el secreto de la sabiduría sin el trabajo de pensar. En-
tro ya en la cuestión que ha de ocuparnos hoy, señores.


El hombre es un ser inteligente y libre, y solo siendo inteligente
y libre, es un ser social : porque para la existencia de la sociedad
dos condiciones son absolutamente necesarias : que sea posible el
gobierno, y que sea posible el subdito : el gobierno, ya lo sabéis,
conserva á la sociedad por medio de su acción ; y para que esta ac-
ción sea eminentemente conservadora, es preciso que el gobierno
sepa prever los obstáculos y calcular las resistencias: ahora bien, solo
la inteligencia sabe prever y puede calcular; solo la inteligencia
hace posible el gobierno. Si la inteligencia hace posible el gobierno,
la libertad hace posible el subdito : con efecto, señores , un ser no
es capaz de obediencia, sino cuando es capaz de desobediencia : no
puede obedecerse sino en la suposición de poder desobedecer : el




— 192 —


mundo físico no obedece nunca : y no obedece nunca, porque no
desobedece jamás. Si la facultad de la desobediencia hace posible
la obediencia; si la obediencia hace posible el subdito; la libertad
es la única que hace posible el subdito; porque un ser libre es el
que desobedeciendo, puede prestar obediencia, el que prestando
obediencia, puede desobedecer.


De estas observaciones resulta , que la libertad hace posible el
subdito, y la inteligencia hace posible el soberano; que el hombre
manda porque está dotado de inteligencia, y obedece, porque está
dotado de libertad : porque la libertad no es otra cosa que la facul-
tad de obedecer : de ellas resulta también que los que han localizado
la soberanía en la voluntad de los pueblos ó en la voluntad de los
reyes, han confundido en el hombre la soberanía con la desobe-
diencia , y en los pueblos la soberanía con la insurrección. Con
efecto , señores , ¿en qué se funda el principio de la localización
de la soberanía en la voluntad humana ? se funda en el siguiente
raciocinio : es soberano el que manda : la voluntad manda siem-
pre , porque puede obrar en sentido contrario á lo que dicta la ra-
zón; manda siempre, porque las acciones son siempre determina-
das por la voluntad : ahora bien, «i la voluntad no depende de
nadie, y si las acciones dependen siempre de la voluntad , la vo-
luntad es soberana. Este raciocinio es falso; es vicioso á todas luces,
y lo es : 1porque lejos de resolverse se esquiva por él la cues-
tión : y se esquiva, porque no tratándose de averiguar un hecho sino
de descubrir un derecho, no tratándose de averiguar quién es el
que manda, sino quién es el que deba mandar; por este racio-
cinio se reconoce el hecho del mando, pero no se prueba el dere-
cho de la soberanía : 2.°, porque es falso que la voluntad sea
soberana; y, por consiguiente, el hecho en que se apoya, es falso
también. Un ejemplo demostrará cumplidamente mi aserción. Su-
poned que un padre, cuyas fuerzas físicas están agotadas , impone
un mandato á su hijo, y le exige su obediencia : suponed que el
hijo, mas fuerte que el padre, no cumple aquel mandato; pues
bien /'señores, este acto, para los filósofos que estoy combatiendo
ahora, es un acto de soberanía, y en este acto de soberanía fundan




— 193 —


la localización de la soberanía en la voluntad humana. Es decir, que
dando el nombre de soberanía estos filósofos á un acto, á que la con-
ciencia del género humano ha dado el nombre de. desobediencia, y
queriendo convertir ese acto en un derecho , han dado el nombre de
derecho al crimen.


Y no se crea que este es un hecho aislado, y que siéndolo, no
puede elevarse á principio para combatir un dogma-, no, señores :
todos los hechos que sirvan de base para localizar la soberanía en
la voluntad del hombre, han de ser forzosamente crímenes morales
ó crímenes políticos, crímenes públicos ó crímenes privados : ó la
voluntad ha de obedecer á la razón, y entonces ho puede localizarse
en ella la soberanía, porque no puede localizarse en la obediencia ;
6 ha de desobedecer á la razón, y entonces se localiza en la deso-
bediencia , se localiza en el crimen.


Si esto es así, señores, me creo autorizado para afirmar que la
voluntad no es soberana nunca: ni cuando obedece, porque la so-
beranía no puede fundarse en la obediencia ; ni cuando desobedece,
porque la soberanía no puede fundarse nunca en la insurrección.


Por otra parte, señores, si, como hemos dicho antes, un ser.no
es capaz de obediencia, sino cuando es capaz de desobediencia : y
por consiguiente no es subdito, sino en el supuesto de que pueda
desobedecer, los filósofos que localizan la soberanía en la voluntad,
apoyándose en la desobediencia, la localizan, apoyándose en un he-
cho que constituye al subdito en vez de constituir al soberano. El
hombre, pues, como ser libre nunca es mas que un subdito sumiso
ó un subdito rebelde.


Ahora bien, señores, en el hombre, como"en las sociedades
humanas, no hay mas que dos elementos posibles; el elemento de
la razón, y el elementó de la libertad : fuera de estos dos elementos
no hay nada : nada existe. En uno de ellos, pues , hemos de loca-
lizar el mando : en el uno hemos de localizar forzosamente los de-
rechos y. en el otro las obligaciones : uno de ellos ha de hacer po-
sible la sumisión : él otro ha de hacer posible la soberanía. Si la
libertad es la que hace posible la obediencia, como hemos probado
ya, la razón forzosamente hace posible el mando ¡porque no ex-


TOMO r. 13




— 194 —


pilcándole Ja libertad, solo puede explicarle la razón; puesto que
fuera déla libertad y de la razón no hay nada, nada existe. Si esto
es así, la razón es la única soberana de la sociedad, la única sobe-
rana del hombre.


Hasta aquí, señores, he localizado la soberanía en la razón, .
porque habiendo de localizarla en alguna parte, y no pudiendo
localizarla en la libertad, que ni la comprende , ni la explica, ni
la constituye, solo en la razón podíamos localizarla; puerto que
fuera de la libertad solo la razón existe.


Ahora vamos á proceder al examen de las pruebas directas de
esa soberanía, única legítima, señores , única posible, y ante la
cual desaparecen y se eclipsan todos los principios ilegítimos, to-
dos los principios desastrosos, todos los principios bastardos. Nos
proporcionarán esas pruebas la razón, la autoridad y la historia:
y cuando la razón nos presente por sí misma sus títulos; cuando
ella propia nos dicte, su defensa; cuando veamos á sus mas ar-
dientes adversarios reconocer á pesar suyo su supremacía en la
sociedad, su supremacía en el hombre; cuando la historia nos la
muestre presidiendo en todos tiempos al destino de las sociedades,
y señalando su marcha y su carrera á los siglos; entonces, y solo
entonces, podremos levantar su estandarte con orgullo : su es-
tandarte , señores, que es el estandarte de la humanidad, colo-
cado por la Providencia como el Lábaro de salud en el horizonte
de los pueblos.


Ocuparé en este examen no solo lo que nos falta aun de esta
lección, sino también algunas de las lecciones sucesivas; y ocu-
paré por tanto tiempo vuestra atención, señores, no solo porque
toda cuestión de gobierno puede traducirse siempre en una cues-
tión de soberanía, cuestión que por su importancia eclipsa ó ab-
sorbe á todas las demás, sino también porque la- soberanía de la
razón anunciada vagamente por casi todos los filósofos, y defen-
dida por muchos, no ha sido, como veréis mas adelante, teórica-
mente sostenida y formulada por ninguno, á lo menos de cuantos
yo conozco hasta ahora. Veamos antes de todo cuáles son los dos
caracteres distintivos de la omnipotencia social, cuales son los ca-




— 195 —


racteres distintivos de la soberanía de derecho, soberanía que solo
existe en la razón absoluta, como la de hecho solo existe en lá ra-
zón limitada.


El primero entre todos los caracteres de la soberanía de dere- .
cho es la espontaneidad, señores. Con efecto, el subdito y el so-
berano se diferencian entre sí, porque el primero obra para cum-
plir con un precepto del segundo, cuando el segundo obra, porque
obra; es decir, que mientras que la acción del primero tiene su
principió y su origen en el precepto del segundo, el precepto del
segundo, que es su acción, no está determinado por ninguna otra
acción, por ningún otro precepto.


Si la espontaneidad es el primero de todos los caracteres que
distinguen al soberano de derecho, del que por derecho es sub-
dito , la infalibilidad es el segundo de los caracteres que deben
distinguirle; porque es ley del mundo moral que todo poder ofrez-
ca al subdito en su constitución una garantía proporcionada á la
importancia de las atribuciones de que se halla revestido.: sin esa
garantía ni puede concebirse la existencia del soberano, ni la
existencia del gobierno. El gobierno y el soberano existen, porque
su existencia es necesaria para Ja conservación de-la sociedad ; y
si la conservación de la sociedad es la razón como el objeto de su
existencia, ni el soberano ni el gobierno pueden concebirse lógi-
camente si no ofrecen una garantía de que se conservarán á la so-
ciedad, proporcionada á la cantidad de poder de que se hallan
revestidos. Ahora bien, señores: el soberano de derecho es om-
nipotente ; y para que ofrezca una garantía proporcionada á su
poder, es fuerza que sea infalible, porque la infalibilidad es la
única garantía contra la omnipotencia.


Y ved, señores, cuan errados anduvieron los filósofos que lo-
calizando la omnipotencia social en la voluntad humana, proclama-
ron la soberanía de los pueblos.: con efecto, nada hay menos es-
pontáneo, nada hay menos infalible que la voluntad del hombre,
porque la voluntad no se declara nunca, sino cuando la razón la de-
termina : y es siempre un efecto de la razón que es siempre su causa.


No erraron menos los que no viendo en el hombre sino el ele-




— 196 — .


mentó de la inteligencia, y no viendo la inteligencia sino en el
poder social, proclamaron á ese poder omnipotente, dejando á los
individuos sin- escudo y á la libertad humana sin defensa : porque
si á la inteligencia del hombre no puede negarse hasta cierto punto
el carácter de la espontaneidad, porque nunca obra como efecto, y
obra siempre como causa, nadie sin embargo ha pretendido hasta
ahora que el hombre como ser inteligente sea un ser infalible; y no
siéndolo, tampoco en su inteligencia puede localizarse la omnipcg-
tencia social, porque la omnipotencia social sería en el hombre in-
teligente como en el hombre libre un poder sin fundamento lógico:
es decir, un poder sin garantía. Ahora bien, si la omnipotencia
social no puede localizarse ni en la inteligencia ni en la libertad,
y si fuera de la libertad y de la inteligencia no hay nada ni en la
sociedad ni en el hombre , la omnipotencia social no puede escri-
birse en ¡as constituciones de ¡os pueblos, porque no puede ¡ocafi-
zarse en las sociedades humanas.


Pero si en la sociedad ño hay mas que el hombre con su liber-
tad caprichosa y con su inteligencia limitada, mas allá está el ta-
bernáculo de Dios y el santuario dé la razón absoluta : y solo allí
puede encontrarse la omnipotencia, porque solo allí la omnipoten-
cia es á un mismo tiempo infalible y espontánea : y siendo allí
solo infalible y.espontánea, solo allí al lado"del poder omnipotente
se encuentra su garantía. Así, señores , cuando unos filósofos pro-
claman la omnipotencia de la justicia, y otros proclaman la omni-
potencia de la razón, ni unos ni otros proclaman la omnipotencia
de la razón y de la justicia del hombre, sino la omnipotencia de la
razón y de la justicia absoluta : y en este sentido proclaman una
•sola omnipotencia: porque la justicia absoluta y la razón absoluta
son una cosa misma; pero esto necesita de alguna explicación.


El hombre, que con su razón comprende algunas verdades frac-
cionarias, cree al mismo tiempo en la existencia de otro mundo
donde existen todas las verdades posibles, verdades á las que con-
tinuamente aspira, aunque su inteligencia, en todas ocasiones limi-
tada , le dice que no las puede poseer. Esta creencia, señores , es
un hecho; y este hecho reconocido basta por ahora á mi propósito.




— 197


Cuando el hombre considera á esas verdades enlazadas armónica-
mente entre sí, las nombra con una sola palabra, y esa sola pala-
bra es la razón absoluta. Cuando en vez de considerar á esas ver-
dades en sí mismas, quiere expresar el gozo que tendría si las
poseyera, á su posesión da el nombre de supremo bien , suprema
felicidad. Cuando considera á esas verdades como presidiendo á
las relaciones de los hombres entre sí, las dá el nombre de justi-
cia, Cuando personifica á esas verdades, les dá el nombre de Dios.
Así, señores, las verdades eternas, consideradas en su estado de
reposo, son la razón absoluta : la razón absoluta poseída cambia
su nombre por el bien supremo, suprema felicidad : la razón ab-
soluta explicada pierde su nombre en el de justicia; y la justicia,
el bien supremo y la razón absoluta personificadas pierden su nom-
bre en el nombre" de Dios.


El bello ideal, sobre cuya definición se ha disputado tanto en
nuestros dias, puede explicarse de la misma manera. El hombre,
que como ser inteligente busca siempre en el mundo una inteligen-
cia" que le mande, como ser físico busca siempre en la inteligencia
una forma que la realize y la exprese : por eso así como á las
verdades eternas consideradas en 'sí mismas, poseídas, aplicadas
ó personificadas las ha dado los nombres de razón absoluta, su-
premo bien , justicia y Dios; así también consideradas en su forma
las ha dado el nombre de bello ideal: así como Dios, personifica-
ción de todas las verdades, es considerado unas veces, como un
ser que llama hacia sí y que perdona, y otras como un ser que
rechaza y que se venga, así también el bello ideal que es la forma
de esas mismas verdades, la forma de esa misma personificación,
atrae también y subyuga : cuando atrae se .llama lo. bello; cuando
subyuga lo sublime : y lo sublimé y lo bello corresponden á venga-
dor y clemente.. • .


Y ved, señores, cómo la omnipotencia de la razón y la omni-
. potencia de la justicia son una misma cosa; y siéndolo, constituyen
la sola omnipotencia que , sin ruborizarnos , podemos reconocer:
la omnipotencia que existe en el Cielo.


Y sin embargo las sociedades no pueden concebirse sin un




•. — 198 —


gobierno que las dirija : es decir, sin un soberano que mande, y
sin un subdito que obedezca. Cierto , señores : pero ese soberano
no ha de ser omnipotente, porque no puede ser infalible; y ese
subdito debe gozar de derechos; porque ese subdito en presen-
cia de ese soberano, cualquiera que sea, es siempre un hombre
en presencia de un hombre; y ese subdito y ese soberano son
siempre dos hombres en presencia de Dios. La cuestión conside-
rada' ya dentro de sus verdaderos límites se reduce á que esa so-
beranía sea beneficiosa para las sociedades; ó de otra manera:
la cuestión se reduce á saber quiénes son los hombres que deben
gobernar los Estados para que la razón y la justicia, y con ellas la
prosperidad y la ventura, sean el patrimonio de los pueblos. Ya lo
veis, señores, esta cuestión es eminentemente práctica, y por
consiguiente su resolución es una resolución- eminentemente útil:
así como la cuestión de la soberanía de derecho de la omnipoten-
cia social, es una cuestión que lleva en su seno tempestades, y
cuya resolución, difícil de suyo y laboriosa, ha sido para las gene-
raciones pasadas.un manantial fecundo de catástrofes sangrientas.


Si Dios es omnipotente porque absorbe: en su seno todas las
verdades, ó lo que es lo mismo, si la razón absoluta es la única
depositaría de la omnipotencia, la razón limitada será depositaría
de la soberanía social, limitada como ella también; porque, si Ja
infalibilidad es la única garantía proporcionada á un poder omni-
potente , la probabilidad del acierto, ó lo que es lo mismo, la ra-
zón limitada es la única garantía de un poder limitado. Si la razou
absoluta es la única que tiene un derecho omnímodo al dominio,
del mundo, la inteligencia del hombre, que es un reflejo pálido
de la razón "ahsoluta, deberá ser un reflejo pálido de su poder om-
nipotente i y ese reflejo pálido es la soberanía social. Si el grado
de poder debe ser proporcionado al grado de inteligencia, todos
los individuos de la sociedad son hombres, y como hombres inte-
ligentes ; pero no todos deberán gozar de derechos iguales, por-
que no todos están dotados de un grado igual de inteligencia, y
no estando dotados todos de un grado igual de inteligencia, no
pueden ofrecer todos una misma probabilidad de acierto, un gra-




— 199 — . '


do igual de garantía. Si esto es así, señores, los mas inteligentes
tienen derecho á mandar: los menos inteligentes tienen obligación
de obedecer. Pero los mas inteligentes no tienen derecho al mando
absoluto , porque por mas inteligentes que sean, no están dotados
de una inteligencia absoluta. Los menos inteligentes no-están obli-
gados á la obediencia pasiva : .porque por poco inteligentes que
sean , no están absolutamente despojados .de inteligencia y de ra-
zón : solo así, señores, puede coexistir en el mundo un poder
fuerte y una sociedad emancipada y libre : solo así las sociedades
humanas pueden mirar en su horizonte la estrella que preside á
su ventura, la estrella que debe dirigirlas en medio de los mares*
en donde, merced á la inteligencia, no irán á sumergirse désaia-
das en el insondable abismo de la omnipotencia social.


Pero esa misma omnipotencia, que en el estado normal de las
sociedades es el mayor azote del cielo, porque Cuando se considera
en el que la ejerce se llama tiranía, y cuando se considera en el
que la sufre se llama esclavitud; esa misma omnipotencia que a b r
sorbe en su seno á las sociedades constituidas, ¿ no es la única que
puede salvar del naufragio á las sociedades que se constituyen?
Esa misma omnipotencia que devora á las sociedades rohustás ¿no
es la única que puede salvar y constituir á las sociedades débiles,
como salva y constituye á las sociedades infantes? En fin, cuando
suena para los pueblos la hora fatal de las revoluciones sociales "y
políticas; cuando los que obedecen se insurreccionan contra los
que mandan; cuando esa mar borrascosa á que se llama muche-
dumbre, agitada por recios huracanes, hiere, rompe sus diques,
azota les cimientos de los tronos que vacilan, é inunda los alcáza-
res de los reyes que naufragan; cuando el poder constituido y limi-
tado desaparece de la sociedad cual leve arista que arrebata la
tormenta; cuando el soberano y el subdito se confunden en un
naufragio común; cuando en ese naufragio común se pierden y se
nivelan todas las gerarquías, ¿no será necesaria la omnipoten-
cia paraque se salve á la sociedad entera conmovida en sus ci-
mientos?


Y sin duda , la omnipotencia es necesaria en esos periodos de




• — 200 —


cataclismo, en que un vapor de sangre se desprende del corazón
de las naciones, mancha la*túnica resplandeciente de la libertad,
roba á los ojos de los hombres la estatua de la justicia, y oculta á
la vista de los pueblos el astro de la inteligencia. Sin duda un po-
der omnipotente es entonces necesario para que pueda decir á la re-
volución como Dios á la mar embravecida. « No pasarás de aquí....»
¿ Pero en quién reside entonces ese poder colosal que ha de apri-
sionar al monstruo ? ¿ Le depositareis en las autoridades constitui-
das? Sobre las frentes de sus depositarios ha pasado la tempestad.
¿Le depositareis en el trono? El huracán se le lleva. ¿Le deposi-
tareis en el pueblo? ¿Pero dóndeestá el pueblo? ¿Le componen
las víctimas, ó le componen los verdugos? Cualquiera que sea vues-
tra respuesta, os responderé á mi vez, que ni los verdugos orga-
nizan, ni las víctimas destruyen : y el poder que se levante, debe
destruir los monstruos, y debe organizar el Estado. Y ved, seño-
res, cómo los reyes y los pueblos al consignar en las constitucio-
nes su poder constituyente, consignan eñ ellas á un mismo tiempo
su tiranía y su omnipotencia : su tiranía en presencia de las so-
ciedades, su omnipotencia delante de las revoluciones; porque
cuando las revoluciones aparecen, las constituciones pasan'Jos
pueblos pasan, los reyes pasan, y en lugar de las constituciones,
de los reyes y de los pueblos, que se retiran de la escena, invade
la escena el caos. •


¿En quién, pues, residirá la omnipotencia? En el hombre
fuerte, señores : en el hombre fuerte é inteligente que las.consti-
tuciones no adivinan; y que el destino reserva ignorado de sí pro-
pio , é ignorado de los pueblos, para oponer sus hombros de Hér-
cules al grave peso del edificio que cae, dé la sociedad que se
desploma : en el hombre fuerte é inteligente que aparece como
una divinidad, y á cuya aparición las nubes huyen , el1 caos infor-
me se anima, el Leviatan que ruje én el circo, calla, las tempes-
tades se serenan. Así se forma, así nace, así aparece el poder
constituyente : él no pertenece al dominio de las leyes escritas, no
pertenece al dominio de las teorías filosóficas ; es una protesta con-
tra aquellas leyes y contra estas teorías.




— 201 —
Así, señores, el poder constituyente es una escepcion terrible


á que está condenado el género humano, para quien por una con-
dición monstruosa es siempre á un mismo tiempo la mayor de todas
las desgracias , y la mayor de todas las fortunas. El poder constitu-
yente no puede localizarse por el legislador, ni puede ser formulado
por el filósofo, porque no cabe en los libros, y rompe el cuadro de
las constituciones : si aparece alguna vez, aparece como el rayo
que rasga el seno de la nube, inflama la atmósfera, hiere á la víc-
tima, y se extingue.


Dejémosle pasar, y no le formulemos.
Cuando él haya pasado , el dominio de las sociedades volverá á


pertenecer á los mas inteligentes (1), y la omnipotencia , ese dere-
cho de Dios, solo habitará en su tabernáculo, solo existirá en el
Cielo. El rey que la pida para sí y el pueblo que la proclame, son
un rey ateo y un pueblo impío. Los-hombres que la consientan, con-
sienten su ignominia, son esclavos : el dominio del mundo solo per-
tenece á los mejores, y humillando ante los mejores nuestras fren-
tes , ño somos esclavos, no somos ateos, no somos impíos.


(1) Esto necesita de alguna explicación : el poder constituyente, colocado en una
sola mano en medio de una crisis social, no es una escepcion, es una confirmación


del principio de la soberanía de la inteligencia. Si el que se halla revestido de ese


poder domina á la sociedad á su antojo, y si la sociedad reconoce su dominación,


consiste en que toda la inteligencia de la sociedad se ha refugiado en su seno : por


eso no digo que cuando él haya pasado, el dominio de la socíeflad volverá á perte-


necer á la inteligencia : esto seria falso, porque nunca habia dejado de pertenecería;


pero digo que volverá á pertenecer á los mas inteligentes, porque dejará de perte-


necer á un solo hombre inteligente; es decir, que la sociedad volverá á entrar en


su estado normal.


Cuando mas adelante acuso de impiedad y de ateísmo al pueblo ó al rey que


proclama ese poder, hablo del pueblo ó del rey que le proclama como un derecho


•que les pertenece aun en el estado normal de las sociedades ; porque en su estado


de cataclismo y de tormenta, el poder constituyente, ó la díctaduradelpueblo,del


hombre ó del rey que la salve del naufragio, es un poder constituyente legítimo,


es una dictadura necesaria : sola la victoria confiere en esos casos el derecho, y le-


gitima el poder. ' .






24 DÉ ENERO DE 1837.


DE LA SOBERANÍA DE LA INTELIGENCIA, CONSIDERADA
EN L A HISTORIA.


SEÑORES:


E N la lección última dimos principio al examen del dogma que sirve
de fundamento al gobierno representativo; dogma que una vez rea-
lizado en las instituciones políticas de la Europa, debe poner un
término á todos los principios reaccionarios, debe reclamar como
suyo el porvenir, debe dominar el mundo. En ella vimos que si todo
poder debe ofrecer al subdito una garantía de acierto , y que si esta
garantía debe proporcionarse siempre á la importancia de las atri-
buciones de que se halla revestido, el que se proclame omnipotente,
debe ser infalible, porque la infalibilidad es la única garantía contra
la omnipotencia : no siendo infalibles los pueblos, les negamos la
omnipotencia : no siendo infalibles los reyes, negamos la omnipo-
tencia á los reyes : no pudiendo localizarla en el mundo, la locali-




— 204 -


zamós en el Cielo : no pudiendo localizarla en el hombre , lá locali-
zamos en Dios : no pudiendo localizarla en la razón humana, la
localizamos en la razón absoluta . ella sola es infalible; y porque ella
sola es infalible, ella sola es omnipotente, señores.


Si la omnipotencia social es un poder que oprime bajo su peso
á los hombres que le proclaman para sí y á los pueblos que le su-
fren-, la soberanía limitada- es un elemento necesario de todas las
sociedacfes. La cuestion-de la soberanía reducida á sus verdaderos
límites, consiste en averiguar en qué manos debe depositarse el go-
bierno para que llene su misión en las sociedades humanas. Si su
misión es conservar, y si solo conservan los que preveen ; si solo
preveen los seres inteligentes, y si conservan mejor, porque pre-
veen mejor los que están dotados de mas inteligencia, los mas inte-
ligentes tienen derecho á gobernar, porque solo los mas inteligen-
tes ofrecen ana garantía proporcionada al poder de que se hallan
revestidos.


Hay, pues, dos soberanías : la soberanía de derecho y la sobe-
ranía de hecho : la soberanía omnímoda y la soberanía limitada : la
soberanía de Dios y fe soberanía del hombre : la soberanía de tara-
zón absoluta y la soberanía de la inteligencia.


De esta es de lá única de qué debemos ocuparnos. La razón nos
ha presentado ya sus títulos : veamos si la historia los confirma: y
si en el desarrollo espontáneo de los. pueblos que nacen y en las
trasformaciónes de los pueblos que crecen, la inteligencia es la
única que los conduce en su marcha > la única que les revela su des-
tino , estaremos autorizados para afirmar que ella sola es la reina
del mundo ,• puesto que ella sola engendra las ideas, y puesto que
ella .sola domina los hechos.


Antes de todo fijemos la significación de las palabras í la inteli-
gencia considerada en sí misma no es otra cosa que la facultad de co-
nocer; pero puede ser considerada como una facultad activa del
hombre : y como el hombre recorre el periodo de la infancia, el pe-
ríodo de la virilidad y el periodo de la. decrepitud, la inteligencia
obedeciendo á las leyes de su organización, obedece á la ley de to-
das sus trasformaciónes : por eso hay una inteligencia propia de la




— 20*5 —


decrepitud, que consiste en la facultad de conocer las cosas que
pueden hallarse al alcanze aun de los hombres decrépitos : otea in-
teligencia propia de la juventud, que consiste en la facultad de co-
nocer todas las ideas que están sujetas al dominio del hombre en el
estado de sumas completo desarrollo; y otra, en fin, propia de su
infancia, que consiste én la facultad de conocer todo lo que se dibuja
en el limitado horizonte que se inflama con los brillantes colores de
la aurora de la vida. El hombre, eniin, infante, adulto, ó decrépito,
puede estar modificado por circunstancias particulares que influyen
de un modo directo en el desarrollo de su inteligencia, que está des-
tinada á reflejar todas sus modificaciones : y ved cómo la inteligen-
cia es siempre una misma, porque es siempre la facultad de cono-
cer, y sin embargo diferente de sí propia, porque aprisionada en
nuestros órganos y obedeciendo sus leyes, todas sus vicisitudes la
trasforman, y el tiempo al pasar la modifica : y ved también, cómo
el hombre es un ser idéntico á sí mismo, porque es siempre inteli-
gente , y sin embargo diverso de sí propio en los varios periodos de
su vida y de su existencia. Así, señores, el hombre es varioyuno,
múltiplo é idéntico; porque es uno, existe la humanidad; porqué es
vario, existen los individuos:los individuos son el resultado y la ex-
presión de todas sus diferencias : la humanidad es el resultado y
la expresión de todas las armonías. .


Acabamos de ver cómo se manifiesta la intelígelícia en el hom-
bre : veamos cómo se manifiesta y sé realiza' en las sociedades hu-
manas. .


Las sociedades como el hombre están dotadas de inteligencia; y
la inteligencia en las sociedades como en los individuos está sugeta
á la ley de todas las trasformaciones sociales. Ahora bien, señores:
los. pueblos nacen , crecen y degeneran : y una es la inteligencia
propia de los pueblos que degeneran, otra la de ¡los pueblos que
crecen, otra, en.fin, la de los pueblos que nacen. Por éso la inteli-
gencia social, como la inteligencia del hombre, es una .porque es
siempre la facultad de conocer : es varia, porque se modifica y se
trasforma. Así Newton se parece á todos los hombres, porque es
hombre : se diferencia de todos los hombres, porque es Newton:




— 206 —


España se parece á todas las sociedades, porque es una sociedad : se
diferencia de todas, las sociedades, porque es la sociedad española.
En el seno del hombre, como en el seno del mundo, la unidad y la
variedad coexisten.


De estas observaciones resulta : i.° Que la inteligencia social.
examinada en la historia no es la inteligencia en abstracto, la in-
teligencia inmutable, la inteligencia idéntica siempre á sí misma,
sino la inteligencia concreta, la inteligencia localizada en el espa-
cio, modificada por el tiempo : la inteligencia, en fin, que ani-
mando el seno de las saciedades humanas, las sigue en todas sus
revoluciones y se trasforma con ellas : 2.° Que siendo esto así, el
tipo de la inteligencia de una sociedad infante no debe buscarse en
el seno de una sociedad adulta, ni el tipo dé la inteligencia de una
sociedad bárbara en el seno de una sociedad civilizada; porque la
inteligencia de un pueblo que se agita apenas, porque nace, no
puede ser idéntica á la inteligencia de un pueblo que crece y que
progresa. En fin, señores, lo que me he propuesto demostrar ante
vosotros, si os dignáis concederme vuestra atención , es que la in-
teligencia propia de los pueblos que nacen, domina siempre en los
pueblos que nacen : que la inteligencia propia de los pueblos que
crecen, domina siempre en los pueblos que crecen : que la inteli-
gencia propia de las sociedades civilizadas domina de la misma
manera en las Sociedades que han llegado al zenit de la civilización
y á su mas completo desarrollo : y por consiguiente, que el domi-
nio del mundo pertenece á la inteligencia, puesto que la razón así
lo dice, puesto que así lo dice la historia.


Ahora bien, señores, ¿ cuál es la inteligencia propia de una
sociedad que nace? Lo será la facultad de conocer todo lo que ne-
cesita para asegurar su infancia contra los monstruos que la ame-
nazan , contra los enemigos que la cercan. Lo que necesita es
vencer, porque para ella vencer es existir. Entre dos tribus que
luchan, la que bebe la sangre de sus enemigos en los cráneos de
sus enemigos, es la mas inteligente, porque la victoria, en los pue-
blos que nacen, es la inteligencia misma.


No consideréis á la tribu que vence en su relación con la tribu




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que sucumbe: consideradla cuando se ajusta las armas para com-
batir, cuando marcha hacia el campo del combate, pidiendo al
Dios de sus mayores ó la muerte de los bravos ó la vida de los
héroes.


¿Quiénes son aquellos dos hombres inspirados que con una sola
palabra producen un incendio en aquella confusa multitud, y que
con otra sola palabra serenan la tempestad que se desprende del
corazon.de los hijos del desierto? Son un bardo y un caudillo, es
decir, el hombre que vence, y el hombre que hace posible la
victoria : porque-el guerrero cúmplelo que ha anunciado el pro-
feta: fa espada ejecuta lo que promete la lira.


Cuando el profeta entusiasta que ofrece la inmortalidad en sus
himnos, es el mismo que vence en el campo del combate! cuando en
su frente brillan á un mismo tiempo un rayó de esperanza y un rayo-
de gloria, cuando en ella tienen su trono y su asiento dos inspira-
ciones sublimes, la inspiración de la poesía y la inspiración de la
guerra, entonces ante ese hombre inspirado y favorecido del Cielo
todos los demás hombres se postran; ante esa frente que anima una
doble inspiración, todas las frentes se inclinan. Su imperio sobre la
tribu que le sigue es una fascinación. Si manda, su voz de mando
subyuga : si canta, su voz armónica cautiva: porque su voz, cuando
no es la voz del Cielo, es la voz de la Sirena.


Y no se crea, señores, que -me ha dado estos matizes la poe-
sía : los he encontrado en la historia : ella atestigua la verdad de
estas observaciones en todas las páginas que ha consagrado á la
descripción del estado social de los pueblos primitivos : pero no
siéndome posible invocar su testimonio tan detenidamente como yo
quisiera, porque rompería invocándole el cuadro estrecho de estas
lecciones, me permitiréis que solo os eite un ejemplo, que basta
ahora á mi propósito.


Entre las razas del Norte que, conducidas por la Providencia
como á la sala de un festín, á los funerales del imperio, consuma-
ron la revolución mas grande que han presenciado los siglos, una
hay mas robusta, mas independiente, mas fiera que todas las de-
mas, y que, azote de Dios para los mares y azote de Dios para los




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pueblos, ha estampado .una huella ancha, sangrienta y profunda
en dondequiera que ha asentado su estandarte, por donde quiera
que ha dilatado su dura dominación, en todas las regiones, en fin,
en donde como pirata ó como conquistadora ha hecho prueba de
su calamitoso pSderío. Hablo de la raza escandinava, señores.


Ella fué la primera entre todas las del Norte que invadió como
un torrente la Italia ciento once años antes de nuestra era, siendo
cónsules Cecilio Mételo y Papirio Carbo : sus guerreros entonces
llevaban el nombre deCimbrios. Roma á la sazón tocaba al límite
de su poder y de su gloria; .y sin embargo, esa raza de gigantes
venció á la reina del mundo en cuatro grandes batallas. Tres pue-
blos son los únicos que han eclipsado el astro de Roma; los galos,
los cartagineses y los Cimbrios : pero Brenno la sorprendió en su
cuna. Apenas rayaba en su virilidad cuando tuvo que combatir con
Cartago, y con Aníbal : con Cartago, señores , que era á la sazón
el pueblo mas fuerte entre los pueblos : con Anibal, que era el
hombre mas grande entre todos los hombres, y que lo sería aun si
César.y Napoleón no hubieran, existido,


Solo los Cimbrios invadieron sus--hogares, cuando desde sus
hogares dictaba leyes al mundo, y cuando el mundo en cambio
de sus leyes le daba inciensos que ardían, en los templos de sus
dioses. Pero como la dominación estaba prometida al.Capitolio , un
hombre hubo que supo lavar en la sangre de los bárbaros la afrenta


* de Roma; Mario fué ese hombre que, devolviendo al polo .sus hi-
jos , libró de su profanadora presencia á las matronas romanas.
Cuando los Cimbrios fueron completamente derrotados, sus muje-
res, poseídas de ün vértigo feroz devoraron á sus maridos, insulta-
ron á sus padres, y como sonámbulas delirantes se precipitaron
entre las.•ruedas,homicidas de sus carros, que por primera vez sin
duda las habían conducido á la ignominia, puesto que no las ha-
bían llevado á la victoria.


Desde su "primera invasión hasta la destrucción delimperio no
conocemos los hechos de armas de los pueblos escandinavos. Pero
en el tiempo, de la conquista y en la edad media vuelven á apare-
cer en el mundo, y aparecen como piratas, que recorriendo los




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mares sin Dios y sin ley , no solo fueron de los primeros que se
presentaron para recoger la herencia de los Césares vencidos, sino
que también amenazaron con el yugo de una segunda invasión á
los pueblos vencedores. Famosa ya en el siglo v. por sus célebres
y siempre funestas correrías en el Océano germánico y en las cos-
tas de la Galia , infestaron con el nombre de sajones el archipié-
lago de la.Gran Bretaña, que sujetaron á su imperio. A últimos del
sigloix saquearon á París con él nombre de normandos, y se
apoderaron de la Neustría, que se llamó después Normandía, Ani-
mados con sus victorias, penetraron en la Rusia por el Dniéper, *y
volvieron á elegir-á la Inglaterra para teatro de sus devastadoras
incursiones. Alfredo les disputó su posesión en cincuenta y seis
reñidas batallas; pero, el destino de los antiguos bretones era su-
frir la pesada dominación de los pueblos escandinavos : y cuando
Alfredo, mas grande que su destino, hubo desaparecido de la es-
cena , la ocuparon como conquistadores los cimbrios de Dinamarca
y los dinamarqueses de la Normandía: los primeros fueron condu-
cidos por Canuto : los segundos por Guillermo, que trocó su corona
ducal por la**corona de rey en la batalla de Hasting. En fin, seño-
res, la Europa meridional, ese magnífico Edén abierto á las incur-
siones de todos los bárbaros del' mundo, y que con su acción
enervante les hace olvidar.el inclemente cielo y las nieves eternas
é inexorables del polo, la Europa meridional, repito , fué profa-
nada segunda vez por estas nuevas hordas de nuevos bárbaros del
Norte, que tremolaron su enseña delante de Sevilla,'que la asenta-
ron en Italia, en dónde después de haber fundado grandes esta-
blecimientos dieron principio á la fundación del opulento reino de
Ñapóles.


Si hay una raza nacida para sujetar á su yugo los imperios , y
cuyo amor á la independencia absoluta presente todos los caracte-
res del mas ardiente fanatismo,, esa raza es la de los pueblos es-
candinavos , señores : sobrios y robustos como todos los pueblos
del Norte, fanáticamente fieros como todo pueblo conquistador,
lúgubremente sombríos como la bruma que se asienta en los ma-
res que los ciñen, turbulentos como las hondas que surcaban,


TOMO i. 14




— 210 —


indolentes como acostumbrados á confiar al Océano, su porvenir y
su destino, ¿ ante quién inclinarían su cerviz esos idómitos piratas,
tiranos de los mares, y huéspedes de funesto agüero para todas las
naciones?


Y sin embargo hubo un hombre á cuya voz magnética y su .̂
blime obedecieron como á la voz de una divinidad los fieros escan-
dinavos : hubo un hombre que ajustó un yugo á sus frentes-., gue
los obligó á vivir en cuerpo de nación , que absorbió, en fin4 álos
individuos en la unidad social, de la que fué reconocido como único
representante. Ese hombre fué Odino, señores, y Odino fué un bardo
y un guerrero; es decir, que los escandinavos,, obedeciendoáJa
ley de todas las sociedades infantes , reconocieron el dominio de la
inteligencia cuando la vieron brillar en una frente animada por la
inspiración de la guerra y por la inspiración de la poesía.


Aliado de Mitrídates en la obstinada lucha que sostuvo contra la
república romana, y vencido con él por las armas de Pompeyo,
Odino abandonó el Asia setenta años antes de nuestra era, y se
abrió paso por el Norte de la Europa : en medio ¿de sus rápidas
conquistas que comenzó ppr la Rusia y que dilaté deipues por la
Sajonia , la Escandinavia y por todo el resto del Norte, iba esta-
bleciendo en todas partes un gobierno, una religión y un culto:
según las crónicas irlandesas de que hace mérito Mallet en su in-
troducción á la historia de Dinamarca, jamás se habia escuchado
en el Norte una elocuencia mas popular y seductora que la suya.
Él inventólos caracteres rúnicos, y los primeros acentos armoniosos
que se dilataron por aquellas vastas regiones, fueron también los
acentos de su lira. El Norte le erigió altares y le reconoció como
. á su Dios. ¡ Magnífico espectáculo, señores, el de un pueblo que
llora sobre una tumba, que la convierte en un altar, y que ;pro-
clamando en alta voz la apoteosis de su bardo y su caudillo „ pro-
clama la apoteosis del genio; y proclamando la apoteosis del genio,
proclama la apoteosis de la inteligencia! Porque no debemos olvi-
darnos, señores, de que es ley dé todas las sociedades infantes que
solo los himnos las constituyen, y solo las robustecen las victorias :
y como la inteligencia de una sociedad consiste en el conocimiento




de todo lo que la constituye y la-hace fuerte, una sociedad infante
obedecerá á la inteligencia siempre que obedezca al hombre que
es bardo ert la paz y caudillo invencible en los combates; puesto
que solo la constituye el poeta y la hace fuerte el guerrero; puesto
que solo la constituye la lira , y la hace fuerte la espada.


Cuando un pueblo guerrero pasa de la vida nómada á la vida es-
table ; cuando los vencedores se'dispersan por el territorio con-
quistado ; cuando para consolidar su dominación se fijan y se
establecen en medio de los vencidos, la sociedad se transforma.
Las artes de la paz comienzan, la guerra deja de ser la primera ne-
cesidad del pueblo , popque puede vivir seguro en medio de sus
conquistas robustecido por sus recientes victorias. Poco antes, para
ese pueblo, existir era luchar y vencer: para ese mismo pueblo
la existencia es ya el reposó. Antes le constituían los encantos : ya
le constituyen las leyes. Antes le vigorizaban Jas conquistas : ya
solo es fuerte por medio del desarrollo de las artes, solo es grande
por medio del cultivo de las ciencias.
* La inteligencia, que sigue á la sociedad en todas sus vicisitudes,


y qué para dominarla obedece á la ley de todas sus trasforma-
ciones, se trasforma entonces también: del estado espontáneo
pasa al estado reflexivo : ya no es el representante de la inteligen-
cia social el hombre que canta y el hombre que vence, sino el hom-
bre que medita y el hombre que enseña : el sacerdote hereda el
poder del bardo, y el legislador el del caudillo : la inteligencia
social pasa á las bóvedas del templo y abandona las cuerdas de
la lira.


Tal es la historia, señores , de todas las sociedades asiáticas:
con efecto, ¿cuál es el organismo interior de la sociedad de la
India ? Tres castas la constituyen principalmente : la casta de los
vencidos, que es una casta impura y una casta de maldición, por-
que es la casta de los débiles y* de los ignorantes : la de los guer-
reros, que es la casta de los conquistadores y la de los brahmas;
es decir, la casta délos sacerdotes. Los vencidos eran esclavos de
los guerreros,' porque la debilidad es esclava de la fuerza : los
guerreros obedecían á los brahmas , porque los fuertes deben obe-




— 212 —


decer á los sabios : los brahmas solo obedecían á Dios, porque la
inteligencia solo debe obedecer á la razón absoluta: la inteligen-
cia del hombre sólo debe obedecer á la inteligencia divina.


El Egipto, que es para nosotros todavía un enigma oscuro y
un geroglífico inmenso, porque no fué visitado por los griegos»sino
después de la era de los Faraones, era que duró mil años , durante
los cuales se desenvolvió la civilización egipcia en toda su pureza,
nos presenta sin embargo el mismo espectáculo que la India; divi-
dido en castas también , la de los sacerdotes es la que rige á 1» so-
ciedad con un cetro de fierro: en el Egipto como en la India, y eñ
la Persia como en la India y en el Egipto; los reyes estaban con-
denados á una perpetua tutela : los sacerdotes, únicos depositarios
del saber, porque eran los únicos herederos de las tradiciones de
los siglos, velaban sobre su conducta, ejercían un poder censorio
sobre todas sus acciones, y arreglaban hasta los menores detalles
de su vida. Así, señores,, en las sociedades asiáticas el pueblo era
esclavo de los reyes, los reyes esclavos de los sacerdotes : los
tronos pesaban sobre los pueblos : los altares pesaban sobre W*s
tronos : la sociedad era esclava del poder.; pero la sociedad y el
poder eran esclavos de la inteligencia.


Si en este periodo social se presenta un hombre favorecido del
Qelo; sí en su-frente predestinada se descubre el genio del legisla-
dor y la inteligencia del sacerdote; si al mismo tiempo que se ciñe Ja
cuchilla del sacrificio lleva en sus manos las tablas de la ley, ese
hombre solo encontrará delante de sí frentes que se prosternen,
voluntades ¿me le obedezcan, ecos que respondan á su voz, escla-
.vos que le sigan, y un pueblo en fin, que le ensalze. Tal fué Moisés,
cuando envolviendo su planta la tempestad, y ceñida su frente de
rayos, se apareció á los ojos del pueblo de'Israel allá en las crestas
del Sinaí. Tal fué el pueblo judío, cuando prosternado y atento al
drama maravilloso , cnyosúnieos adores eran su Dios y su profeta,
vio al último avanzarse lenta y magestuosamente como un destello
sublime de la inteligencia divina.


Ahora bien, considerándole filosóficamente, Moisés es para el
pueblo de Dios lo que Odin para los pueblos escandinavos. El pri-




— 213 —


mero es el representante de la inteligencia propia de una sociedad
que se emancipa, que sale del periodo espontáneo y pasa al periodo
reflexivo de la vida de las sociedades humanas; como el segundo
lo es déla inteligencia propia de una sociedad que nace. Odin sub-
yuga como bardo, y manda como guerrero; Moisés domina como
legislador, y subyuga como profeta.


En fin, señores, si recorremos el código de Moisés y los demás
códigos de todos los legisladores del Asia, observaremos que un
mismo carácter los distingue, porque son siempre la expresión mas
universal y completa de todo el saber humano en aquellos tiempos
tenebrosos, en aquellas edades oscuras. El dominio del legislador
es en ellas omnímodo, absoluto : el hombre físico, como el hombre
moral; la tribu que abarca al hombre, como los hombres que cons-
tituyen la tribu, todos reciben la animación y la vida de su vasta
inteligencia. El hombre como la familia, la familia como la sociedad
obedecen á sus fórmulas; nadie resiste, nadie tiene la voluntad de
resistir al impulso de su acción, porque su acción es inteligente,
porque su acción es social, porque su acción es civilizadora, por-
que, él es la inteligencia misma..


La inteligencia,. pues, domina así en las sociedades que se re-
posan como en las sociedades que nacen , así en las sociedades in-
móviles y eternas del Asia, como en las sociedades turbulentas del
Norte de Europa : así en las nebulosas playas del Báltico, como
en las riberas pacíficas del Indo. Abandonemos ya estas regiones,
y consideremos antes d© concluir esta lección á la Grecia, reser-
vándonos para la lección próxima consultar la historia de nuestros
dias.


La historia de la Grecia puede dividirse en tres grandes perio-
dos i el periodo de su infancia, el periodo de su virilidad , y el
periodo de su mas completo desarrollo. El periodo de su infancia
es el periodo de la poesía :- el periodo de su virilidad es el periodo
de sus legisladores y de sus constituciones : el último es el periodo
délos filósofos. El primer periodo pertenece al dominio de la fá-
bula : los otros al dominio de la historia. Pero la fábula como la
historia pertenecen, señores, al dominio de la filosofía : ella es la




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emanación mas pura, la expresión mas ingenua del estado primi-
tivo de las sociedades humanas.


Ahora bien, señores; en la infancia de la Grecia,, tal como la
fábula la pinta, yo no veo mas que bardos que constituyen la so-
ciedad, y guerreros que la robustecen con victoriasi Amphion re-,
cibe una lira de las manos de Apolo , y á los sonidos mágicos de
su lira encantadora se alzan los muros de Tebas. Orfeo recibe otra
lira de un dios, y con sus suavísimas vibraciones las piedras se
conmueven , los bosques silenciosos murmuran, las fuentes gimen,
y el trace fiero se doma r porque toda la naturaleza canta y los
mármoles suspiran. Y si abandonando la tierra penetra en el bára-
tro profundo y en la región oscura de la muerte, aUí también, con
las vibraciones de su lira el Can Gervero enmudece > las serpientes
no agitan sus anillos, la rueda de Ixion se para, Tesiphone cede á
sus cantos, las tinieblas huyen, los tormentos se suspenden , y el
reino de Pluton y Proserpina deja de ser la mansión del silencio y
la mansión de los dolores.


Y ved cómo la Grecia, obedeciendo á la ley de todos los pue-
blos infante^, hace su aparición en el mundo ¿ cuando el eanto. del
poeta inunda su seno de armonía. Toda sociedad infante se consti-
tuye por medio del canto , se robustece y se dilata por medio de la
guerra; por eso toda sociedad infante tiene su bardo y tiene su
caudillo : por eso la Grecia que inmortalizó al poeta Tebano y al le-
gislador de la Tracia, inmortalizó también á Hércules, á Aquiles y
á Teséo. El periodo de su infancia, que comienza con el hardo de
Tebas, concluye con el bardo de Esmirna. ¡ Magnífico periodo, se-
ñores, el que comienza con Amphion y concluye con Homero! con
Homero, sol resplandeciente de la inteligencia inspirada, sol que
no tiene ocaso, sol que brilla inmortal en el horizonte de los pue-
blos y en la extensión de los siglos.


Entramos ya en el segundo periodo de la Grecia': en el periodo
de sus constituciones ; este es el periodo de Licurgo y de Solón : el
periodo en que estos dos grandes hombres imponen su personalidad
á dos grandes ciudades : ala aristocrática Esparta y á la democrática
Atenas. Cito este periodo para que observéis conmigo, señores, que




líis leyes del mundo moral, como las del inundo físico, son cons-
tantes , determinadas y fijas. Con efecto, si íá Grecia infante , obe-
deciendo á; la ley de- la infancia social, se sometió á la inteligencia
representada por el bardo y el, guerrero, la Grecia viril, obede-
ciendo á la ley de la virilidad de las naciones, se sometió, como se
sometieron las sociedades asiáticas, á la inteligencia, no represen-
tada ya por el guerrero y el bardo de una tribu errante, sino pol-
los legisladores de los pueblos. Sin embargof, si la humanidad es
siempre idéntica á sí misma porque está sujeta á leyes idénticas y
providenciales, es también diferente de sí propia, porque está su-jeta á otras leyes que continuamente varían. Por eso la Grecia , que
se parece á la India porque reconoce cerno ella-el dominio de la in-
teligencia , forma un contraste visible con la India, porque reco-
noce el dominio de una inteligencia diferente en su forma de la
inteligencia reconocida por todas las sociedades asiátipas. La Grecia
como la India obedece á la inteligencia representada por sus legis-
ladores : ved ahí lo que constituye su identidad : pero los legisla-
dores de la India pertenecen á la clase privilegiada de los brahmas, y los legisladores griegos pertenecen á la clase común de todos los
ciudadanos : ved ahí lo que constituye su diferencia. Este segundo
periodo en que los griegos se fijan por medio de las leyes y se ponen
en contacto con él mundo por medio de sus colonias, tuvo fin con
U} fundación d&Bizancio verificada 658 años antes de Jesucristo.


Aqui principia la era de los filósofos, porque concluye la era de
los legisladores. Este periodo se dilata hasta la batalla de Queronea,
y es el mas grande , el mas fecundo, el mas bello entre todos los
periodos bellos, fecundos y grandes de la historia. La sociedad en
él no obedece á la inteligencia representada por un bardo ó un
guerrero, ni á la inteligencia representada por un legislador, sino
á la inteligencia representada por la filosofía. La inteligencia en él
no es,el patrimonio exclusivo de un hombre inspirado por los dioses:
es el derecho común de todos los hombres de tálenlo : la inteligen-
cia pasa del templo de la divinidad al hogar de la familia.


Para que pueda comprenderse mejor el influjo de los filósofos
ea la sociedad griega durante el periodo que describo, me permi-




— 216 —


tiréis que haga aquí algunas observaciones que considero útiles, y
que son quizá necesarias.


La esfera de la legislación varía en cada uno de los periodos en
que se divide la historia de los pueblos. La legislación de los pue-
blos infantes, y la de los pueblos sujetos al yugo de la teocracia,
absorbe en su seno, no solo á la sociedad, sino también á los indi-
viduos que la forman; y.arregla no solo la vida pública del Estado,
sino también la conducta privada de los hombres; porque á los ojos
del legislador , la legislación y la moral, las costumbres y las leyes
son una cosa misma. Pero cuando la sociedad pasa del periodo de
su infancia á su periodo viril; cuando la inteligencia no cabiendo ya
en un templo se derrama eq las ciudades; cuando oprimida con la
tánica del sacerdote viste el manto del filósofo, entonces las leyes
y las costumbres se separan, la legislación habita en el foro, la mo-
ral se refugia en los hogares domésticos, y se desarrolla espontá-
neamente en el seno de la; individualidad humana.


Ahora bien, señores, cuando las leyes no arreglan las costum-
bres; cuando los legisladores se declaran incompetentes para juz-
gar de la moralidad de las acciones, una nueva institución es ne-
cesaria para que vele sobre la moral que los legisladores no dirigen;
para que conserve en su primitiva pureza las costumbres que los
legisladores abandonan. La república romana, cuya constitución es
la mas robusta y la mas fuerte entre todas las constituciones del
mundo , y cuyo instinto por todo lo que engrandece y conserva no
la engañó jamás en ninguna de las vicisitudes de su portentosa his-
toria, encontró un remedio á la incompetencia de-las leyes en el
tribunal de la familia y en el tribunal de los censores. El mundo
cristiano ha encontrado un remedio á esa misma incompetencia en
la predicación confiada al sacerdocio. En la sociedad griega, el le-
gislador era ya incompetente para abarcar en el círculo estrecho de
las leyes la moral privada que conserva pura á la familia, y lajnoral
pública que vivifica y que hace fuerte el Estado : el tribunal cen-
sorio que hubiera podido suplir á la insuficiencia de las leyes no
existía; y la predicación que hubiera,suplido con ventaja al tribu-
nal de los censores, no podia existir sino con el cristianismo. El




—.217 —


trono del mundo moral estaba, pues, vacante : los filósofos y los
poetas dramáticos le ocuparon gptonces, y compartieron entre sí
la enseñanza de la moral y la dirección de las costumbres. Los pri-
meros las dirigieron en las escuelas : los segundos en los teatros.
Los primeros las dirigieron por medio de las teorías sobre la natu-
raleza de la divinidad y sobre la naturaleza del hombre : los segun-
dos por medio de sus tragedias, en las que condenaban los grandes
crímenes á espantosos infortunios. Los primeros las dirigieron per-
feccionando la razón : los segundos trazando límites á la voluntad
humana. Los primeros las dirigieron ensanchando el horizonte de
la inteligencia : los segundos sacrificando las pasiones subversivas
en el altar de las Euménides.


¿Cuál fué el espectáculo que ofreció entonces lá Grecia domi-
nada por la filosofía ? Un espectáculo iVnico en los anales de la hu-
manidad , señores. El espectáculo de un pueblo á quien agobian
los laureles, porque cada uno de sus hijos teje para su sien una
corona. Coronas la ciñen los vencedores en Maratón , en Salamina
y en Platea. Laureles la dá Herodoto cuando en los juegos olím-
picos es tan grande como Júpiter improvisando á Minerva; porque
contando sus combates, él improvisa la historia.- Laureles la dan el
fundador de la Academia, y el fundador del Liceo, cuando en su
vuelo sublime recorren el horizonte de la inteligencia humana , y
cuando obedeciendo á su voz se hace ateniense también el genio de la
filosofía. Laureles la dan los que inspirados por los dioses, animando
los mármoles y el lienzo, obligan al genio délas artes áque habite en
el Partenon, abandonando el Olimpo. Y como si la faltase aun una
bella flor para su espléndida corona , nace Demóstenes, y con él in-
vade la plaza'pública magestuosoy sublime el genio de la tribuna.


Este fué el último y el mas ilustre de todos los ciudadanos, seño-
res. Un nuevo espectáculo se ofrece á nuestros ojos. Los historiadores
han desaparecido. Los filósofos han desaparecido. Los artistas han
desaparecido. Los guerreros han desaparecido. Los oradores han
desaparecido también. La Grecia está4iuérfana , porque la inteligen-
cia ha abandonado sus hogares. La Grecia arrastra los lutos de la
viudez, porque la ha abandonado la gloria. Sus laureles se secan,




— 218,—


porque yacen en el sepulcro todos sus grandes ciudadanos. La Gre-
cia desfallece, porque para consolarla en su horfandad¿ cercan su
lecho de dolores los sofistas : los sofistas que aparecen siempre para
conducir al sepulcro á los pueblos agonizantes cuando la inteligen-
cia los'abandona y los condenan los dioses. Ellos dieron la cicuta á
Sócrates : ellos condujeron á su patria como la víctima al altar á
los funestos campos de Qucronea, ancho sepulcro de su gloria.


Señores, los sofistas han vuelto á aparecer en la Europa de núes-1-
tros dias ¡sofistasfuéronlosque barbarizaron la Francia, cubriendo
su frente dé un velo fúnebre, y trasladando el cetro de oro que di-
rige su destino, de Una aristocracia inteligente alas musas populares:
sofistas son los que proclaman hoy los principios disolventes que
aquellos sofistas proclamaron : sofistas son los que no concibiendo
el poder sin el despotismo, ni la libertad sin la anarquía , no pueden
mandar sin ser tiranos, ni saben obedecer sin ser conspiradores.


Pero su última hora suena ya : la juventud de nuestros diasque
se avanza pensativa y silenciosa , purgará á la tierra de monstruos.
Su misión es. grande, es magnífica, es sublime : para cumplirla
debe meditar incansable en los principios eternos del mundo moral :
'idebe consultar con ojos ávidos la historia : debe aplicar un atento
©ido al estruendo dé las revoluciones; y debe pedir á los siglos que
la revelen los secretos de las edades pasadas. Cuando se lanze al
estadio político, después de haber puesto un término á este combate
solitario, triunfará, señores : triunfará marchando impávida con
el desden en los labios, y la gravedad de la inteligencia en la
frente entre la guillotina y la hoguera, entre el inquisidor y el
verdugo.




M C C 1 0 I OCTAVA.
3 1 DE E N E R O DE 1 8 3 7 .


C O N T I N U A C I Ó N D E L M I S M O A S U N T O .


SEÑORES: . . . . . . . . .


ÁNIÍES de bosquejar rápidamente el cuadro del desarrollo de la in-
teligencia en la Europa dé nuestros dias, como prometí en la lec'cion
del martes último, me permitiréis que diga dos palabras sobre
Roma. La historia es bella contemplada desde el Capitolio. Supri-
midle, y es incomprensible la historia. El pueblo rey que le habitó
en otro tiempo, dictó sus leyes al mundo; ¿cómo pues ha de co-
nocerse la historia del mundo si no se conoce también la historia
de sus señores? Sin embargo, como yo no haré/mas que saludar
de paso al coloso para rendir homenaje á su grandeza, os indicaré
los escritores modernos que, en mi entender, debéis consultar de-
tenidamente para comprender la historia de Roma. Y cuando hablo
de los escritores modernos, no es porque me olvidé de los historia-




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dores antiguos , sino porque los orígenes de Roma han sido mas
conocidos por los eruditos de nuestros dias que por los escritores
romanos. Esté fenómeno es fácil de explicar. Roma que se ocupó
mas en producir guerreros que historiadores; que se ocupó masen
dar materiales para la historia que en escribirla, no pensó en te-
ner una historia propia sino en tiempo de la segunda guerra púni-
ca : aun entonces no habiendo ningún romano bastante conocedor
de los anales de la ciudad eterna para escribirlos , hubb de encar-
gar su redacción á los griegos establecidos en Italia. Sus trabajos
históricos no han llegado hasta nosotros; pero debieron resentirse
de dos vicios esenciales : de la adulación hacia el pueblo romano y
de la falta-de documentos auténticos; porque los libros de los ma-
gistrados y los anales de los pontífices habian sido presa de las
llamas. En cuanto á los historiadores que han llegado hasta noso-
tros, éntrelos cuales el mas antiguo, y en mi entender el mas
profundo es Polibio, y el mas apreciado Tito Livio , aunque solo
conocemos cuarenta y cinco libros de su historia, compuesta de
ciento cuarenta y uno, se resienten también de la misma falta de
documentos, y ademas de falta de inteligencia de la misión de la
historia. Para los romanos la historia era un ejercicio oratorio, no
era una obra grave y monumental legada por las edades que mue-
ren á las edades que comienzan; por las edades pasadas á las eda-
des futuras. Por eso en vez de consultar en sus historias generales
los documentos fehacientes , adoptaron sin crítica las fábulas de los
griegos : por eso , en fin, fueron inhábiles para escribir una his-
toria general, parto laborioso de una razón severa, mientras que
brillaron como escritores de memorias é historias contemporáneas,
que se prestan mas fácilmente á las galas de la imaginación, á la
pompa del lenguaje, á la nitidez del estilo y á la animación de las
pasiones.


Desde el siglo^ xv en que renacieron las letras en Europa, co-
menzaron los eruditos á dedicarse como al estudio de su predilec-
ción al estudio del organismo interior de la república romana.: ya
desde entonces tuvieron algunos , no diré la conciencia, pero sí
el presentimiento vago de que sus historiadores habian iluminado




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la noche de sus orígenes con los reflejos brillantes, pero engaño-
sos , de la fábula. Ese presentimiento no tardó en convertirse en un
escepticismo profundo con respecto á los orígenes de Roma : la
crítica pasó del escepticismo que duda al dogmatismo que niega;
del dogmatismo que niega al dogmatismo que afirma. Luis de Beau-
fort fué el hombre de la destrucción : Tico ha sido el hombre de
la reforma. La crítica del primero, Como negativa, fué estéril; la
crítica del último, como afirmativa, es fecunda. El primero demos-
tró que la infancia del pueblo romano no habia tejido historiado-
res : el segundo nos ha dado su historia. Reservándome hablaros
de él mas detenidamente en otra ocasión, me contenXaTé por añora
con indicaros que su ciencia nueva ha sido el origen de la renova-
ción de los estudios históricos en nuestros dias , y que debe medi-
tarse no solo como precedente de la escuela reformista de allende
el Rhin, sino también como, la obra en que este reformador atrevi-
do ha penetrado mas profundamente en el simbolismo oscuro de
las edades pasadas. La reforma comenzada por él ha sido concluida
por Niehbur, el investigador mas profundo de los tiempos moder-
nos. El sepulcro de Roma le ha revelado el secreto de su infancia:
sentado*sobre sus inmensas ruinas, ha evocado los siglos que allí
duermen, y los siglos obedeciendo á su voz han comparecido en
su presencia. La ciudad antigua vestida de galas, vestida de luz,
como si para ella dieran principio los tiempos, se ha manifestado
al historiador como una visión sublime. Niehbur, señores, hubiera
podido explicar la historia romana á los historiadores de Roma. En
fin, para completar el estudio del estado primitivo de aquella ciu-
dad , será bueno que consultéis la historia de los antiguos pueblos
italianos de Mieali. En cuanto á la narración de sus tiempos histó-
ricos para la república, podéis consultar á Ferguson y á Michelet,
para el imperio áGibbon, y sobre todo, que Sfontesquieu sea vues-
tra guia en el estudio de Roma : él solo puede enseñaros el secreto
de su dominación, porque solo sú genio ha sido bastante grande
para comprender el genio del Capitolio, que se ha formulado sin
esfuerzo en su vasta inteligencia.


En la lección última observamos que la inteligencia social con-




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siste en la facultad de conocer todo lo que un pueblo necesita para
cumplir su misión, para llenar su destino. Los pueblos infantes ne-
cesitan vencer á los enemigos que los cercan , y venciéndolos son
inteligentes : por eso los pueblos infantes que reconocen el dominio
del guerrero que vence y del bardo que hace posible la victoria,
reconocen el dominio de la inteligencia, porque el bardo y el guer-
rero son'la inteligencia misma : por eso el pueblo conquistador que
se dispersa por el territorio conquistado, y se establece y se fija en
medio de los vencidos , reconociendo el dominio del legislador y
del sacerdote, reconoce también el dominio de la inteligencia; por-
que solo las leyes pueden constituirle, y solo por medio del rápido
desarrollo de las artes de la paz pueden lanzarse en la carrera del
progreso.


Si esto es así, señores , pata averiguar si Roma ha reconocido
también el dominio déla inteligencia, fuerza es averiguar primero
cuál es su misión, y cuál era su destino. La misión de Roma era
absorber al mundo en su unidad, revestirle con sus formas, y suje-
tarle con su espada y con sus leyes. Roma, pues , para ser inteli-
gente, debia abarcar en su seno dos inteligencias distintas; la
inteligencia propia de los pueblos que nacen, y la inteligencia pro-
pia de los pueblos que se establecen y se asientan : la de los prime-
ros , porque como ellos estaba condenada á la victoria ó á la muerte:
la de los segundos,. porque debiendo absorber al universo en su
unidad, debia imprimirle el sello de su legislación y de sus formas.
Sin él sus conquistas hubieran sido efímeras y pasageras ; su espada
hubiera podido hacer al mundo esclavo; solo sus leyes podían hacer
al mundo homogéneo.


Roma, pues, debia obedecer á la ley de los pueblos infantes y
á la ley de los pueblos adultos. Dos civilizaciones diversas, dos
periodos diferentes effla historia de la humanidad, debían coexistir
en él Capitolio, debían habitar dentro de sus muros, debían fecun-
darse sobre sus siete colinas. El pueblo romano , en fin, debia ser
fuerte para vencer : debia ser sabio para conservar: debia ser un
pueblo legislador y un pueblo guerrero. Pero ni debia ser legislador
á la manera de las sociedades que rayan en su periodo de virilidad,




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ni debia ser guerrero á la manera de las sociedades iluminadas por
el primer albor de la vida. La civilización romana debia tener algo
de común con todas las civilizaciones, porque debía ponerse en con-
tacto con el mundo : pero al mismo tiempo debia tener algo de ex-
clusivamente propio, algo de profundamente íntimo que constituyera
suyo, que explicara su superioridad sobre todas las civilizaciones,,
algo que hiciera inteligible la personalidad romana : esa. personali-
dad absorbente en la que se perdieron como los rios en la mar todas
las personalidades de la tierra: ¿quées pues, ló que constituye la
personalidad del pueblo romano? Ó lo que es lo mismo,, siendo
guerrero ¿en qué se diferencia de todos los pueblos guerreros? Siendo
legislador ¿en qué se diferencia de todos Jos pueblos legisladores?
Esta, y sola esta es la cuestión. • . '


Con efecto, señores, Roma no pudo dominar al universo por las
cualidades comunes á todos los pueblos del mundo: porque lo que
constituye la igualdad, no puede producir en unos la tiranía y en otros
la servidumbre : solólas cualidades que la hacían diferente de todos
los pueblos de la tierra, de todas las sociedades humanas, pueden
explicar sus triunfos, pueden explicar su^dominacion,: pueden ex-
plicar su dilatado señorío. Ahora bien : lo que distingue al pueblo
romano de todos los pueblos infantes, es que siendo siempre instin-
tivas las guerras de los últimos, fueron siempre sistemáticas las del
primero. Lo que le distingue de los pueblos legisladores, es que
mientras que estos fundaron siempre su legislación en circunstan-
cias locales y. transeúntes, él la fundó en principios invariables,
absolutos. En fin, señores, se diferenciaba de todos los pueblos le-
gisladores,, porque él solo poseía la ciencia de la legislación; se
diferenciaba de todos los pueblos guerreros, porque él solo poseía la
ciencia de la guerra.


Ya poseemos el secreto de sus victorias. El pueblo romano ven-
ció á todos los pueblos , porque era el mas inteligente de todos los
pueblos: Roma subyugó al mundo, porque era la inteligencia del
mundo. Su dominación tiene el sello de la-legitimidad aporque yo


„veo el sello del poder legítimo en todo poder inteligente, Roma tuvo
también esta creencia; ella tuvo siempre la conciencia de su supe-




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rioridad sobre todas las sociedades humanas: aspiró al trono del
mundo, porque el mundo la pertenecía : nunca subyugó á un pueblo
en nombre de la fuerza, sino en nombre del derecho. Oid al fecial
cuando con la frente velada se avanza hacia los enemigos para "de-
clararles la guerra en nombre de Roma: escuchad su fórmula ter-
rible—Audi Júpiter,jzudite fines, audiat fas —Y después de haberle
escuchado, condenad, si os atrevéis, la dominación de un pueblo
que en nombre de la inteligencia invoca á los dioses para que pre-
sencien su combale, y á la justicia para que sancione su victoria.


Pero para que no dudéis de la legitimidad" de su dominación,
para que quede cumplidamente demostrado que Roma era la única
inteligencia del universo, echaré una rápida ojeada sobre el estado
social de los pueblos que la rodeaban, cuando, levantándose como
conquistadora, los sujetó á su yugo y los encadenó al Capitolio.


El mundo occidental estaba exclusivamente ocupado por tribus
feroces y guerreras : el mundo oriental por pueblos decrépitos y
por i;eyes imbéciles y fastuosos. Atenas estaba entregada á la cor-
rupción y á los sofistas < Esparta á la barbarie y á la merced de
las facciones : El Egipto y jas. sociedades asiáticas doblaban su cerviz
con una indolencia estúpida ante los generales de Alejandro, que
herederos de su ambición , pero no herederos de su gloria, se dispu-
taban en una lucha innoble los despojos de su grandeza y el cadáver
del Oriente. ¿En dónde buscareis el porvenir? ¿Le buscareis en la
Grecia? El astro hermoso que presidió á su destino, habia ya tras-
puesto su zenit, se habia ocultado en los mares. ¿ Le buscareis en
el Asia? La debilidad y la decrepitud no le tienen. ¿Le buscareis
en la Europa ? La barbarie no tiene porvenir, si el germen de la in-
teligencia no viene á hacer fecundo su seno.


Ahora bien : entre el mundo de la barbarie y el mundo de la
decrepitud , entre el Occidente, que e*a un confuso embrión, y el
Oriente, que era un vastísimo sepulcro, se levanta el pueblo inspi-
rado, el pueblo inteligente y guerrero, el pueblo rey, el pueblo
del porvenir. El trono del mundo está vacante; él le conquistará
con su espada. La coronadel mundo está en el lodo; él se la ceñirá, •
porque está hecha á la medida de su frente. Como la tribu nómada




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se postra ante el caudillo que la conduce al combate; como el pue-
blo de Dios se inclina ante su profeta, cuando se avanza hacia él
desde las crestas de Sinaí, así el mundo se postra ante el Capito-
lio. Cuando el pueblo providencial que le habita, después de haber
vencido á Aníbal, después de haberse asimilado la Italia, salvó los
mares que le ciñen y los Alpes que le aprisionan, no los salvó para
luchar por un imperio disputado, sino para tomar quieta y pacífica
posesión de la herencia qué le estaba prometida. Casi á un mismo
tiempo sus vencedoras legiones penetran en Numancia, conquistan
la Macedonia, allanan los muros de Cartago, y echan por tierra
los muros de Corinto. *


¡Corinto! Este nombre es sagrado tres veces para mí. Corinto
fué el sepulcro de un principio noble, de un hombre grande y de
una liga santa : de la libertad, de Filopemen y de los Aqueos. Los
últimos griegos murieron allí. La libertad y sus mártires debían re-
cibir la muerte de una misma mano, en un mismo día, en una
misma hora; y debían reposarse en un mismo sepulcro. El recuerdo
de la desaparición de Un pueblo es siempre lúgubre y solemne :
pero si ese pueblo que desaparece es la Grecia, ese recuerdo es
tres veces solemne y tres veces lúgubre. Él causa en el alma, cuando
llega á despertarse, una vibración que se parece al último gemido .
de una lira que se rompe: disimuladme , señores, esta breve di-
digresion. Si Roma hace inclinar la frente bajo el peso de graves
meditaciones, la Grecia es para el corazón un manantial fecundo
de inextinguibles placeres. En aquella hay un no sé qué que abru-
ma : en esta un no sé qué que cautiva : aquella me subyuga, como
me subyuga siempre la virtud; esta me embriaga, como me embria-
ga siempre el perfume de la inocencia. Sea este el último adiós que
mi labio dirija á esa patria de la belleza y del encanto , de la liber-
tad y de la gloria.


Cuando Roma hubo penetrado en Numancia , glorioso asilo de
lañndependencia ibérica; en Cartago', esa ciudad famosa cuya ima-
gen turbaba el sueño de Catón; en Corinto , último refugio de la
nacionalidad griega, la regeneración providencial, confiada por el
destino al Capitolio, se realizó en el espacio y se consumó en el


TOMO i. 15




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tiempo. El germen de la inteligencia penetró en el Occidente; el
de la fuerza en el Oriente, y la unidad niveladora de Roma fué la
ley del universo.


Admirad conmigo,-señores, la marcha providencial del gé-
nero humano. En la lucha de Roma con el mundo, yo no veo mas
que la lucha entre la inteligencia y la barbarie, entre la fuerza y
la-decrepitud. En el triunfo de Roma, yo no veo mas que el triunfo
de un pueblo inteligente y guerrero sobre los pueblos decrépitos ó
bárbaros; ¿cuál es el espectáculo que se ofrece á nuestros ojos des-
pués? Roma, en tiempo de Sila, se corrompe por medio del epicu-
reismo que el pueblo griego habia inoculado en sus venas. Roma
se debilita por medio de las facciones. Cuando fué corrompida y
débil, dejó escaparse de su sien ta corona del universo , y la reina
del mundo fué esclava de un señor. Cuando los Césares suben al
Capitolio, Roma débil y corrompida se enerva : y como el mundo
era Roma, el mundo se debilita, se corrompe y se enerva también.
¿Dónde encontraremos entonces el porvenir?El porvenir entonces
bajó del Cielo, y descendió del polo. Los bárbaros del Norte inocu-
laron el germen de la fuerza en el antiguo mundo entregado á las
lentas convulsiones de una prolongada agonía : y el Cristianismo
depositó en el seno de los bárbaros el germen de la inteligencia:
Así, señores, cuando la inteligencia y la fuerza se extinguen en el
Oriente y en el Occidente, la inteligencia y la fuerza se fecundan en
el seno de Roma. Cuando Roma se debilita , la fuerza se refugia en
el seno de un pueblo bárbaro, y desciende del polo. Cuando la inte-
ligencia desaparece del horizonte del mundo, baja del Cielo para
rejuvenecer á las naciones bajo la forma de una religión divina. Así,
señores, el espíritu de Dios marcha delantp délos pueblos : su brazo
fuerte los detiene en el borde del abismo y en el límite que los
separa del caos. La Providencia se revela al hombre en la historia.


En algunas de mis lecciones anteriores he procurado demos-
traros que cuando los pontífices de Ltoma recibieron la herencia de
los Césares vencidos, dominaron legítimamente el mundo; porque
eran los únicos representantes de la inteligencia sociaL : debiendo
encerrar en un brevísimo espacio acontecimientos que apenas po-




— 227 —


tlrían referirse en muchas lecciones sucesivas, me permitiréis que
no insista en las pruebas de ese hecho ni en las de la legitimidad de
esa dominación.


En los primeros siglos después de la destrucción del imperio,
los bárbaros estaban agitados aun de la fiebre- de establecimientos
y de conquistas : la sociedad no tenia una existencia solidadlos con-
quistadores un asiento seguro, ni los vencidos se resignaban toda-
vía sin murmurar á su dura esclavitud. Los visigodos, los hunos,
los vándalos, los hérulos, los ostrogodos se apoderaron, unos des-
pués de otros, de la Italia, que á su vez fué reconquistada por Beli-
sario y por Narsés .hasta que este llamó á su seno á los lombardos
que la conquistaron toda, dejando solo á los emperadores de Oriente
Rávena, Roma y algunos puertos de mar. Reunidas todas estas ciu-
dades, compusieron el Exarcado á últimos del siglo vi. A principios
del vii, esta sed de conquistas pasó de Europa ai Oriente, en donde
la espada de Mahoma lo sujetaba todo á su poder. A principios
del viH, sus falanjes se desbordaron por la Europa : un siglo antes la
Europa, sin unidad y sin existencia fija, hubiera sucumbido ante la
espada del profeta; pero en el siglo VH, que siguió al establecimien-
to de los lombardos en Italia, la religión se habia estendido por todo
el Norte de la Europa; y los mayordomos de palacio de los imbéci-
les descendientes de Clodoveo sostenían con una mano firme el cetro
de los meróvingienses en Francia. La religión que daba al mundo la
esclavitud y la fatalidad, y la que emancipaba á los pueblos, dándo-
les la libertad y revelándoles la Providencia, se hallaron frente á
frente á principios del siglo vm entre Tours y Poitiers: la última llevó
lo mejor de ía batalla. La inteligencia representada por la cruz salvó
á la Europa de la barbarie representada por los adoradores de
Mahoma.


Con el siglo vm, comienza una nueva era, porque los pontífices
son reconocidos como soberanos de Italia , y la corona imperial bri--
11a en las sienes augustas de Garlo-Magno. Es decir, que apenas se
constituye la sociedad, cuando la inteligencia sube al trono en me-
dio de las aclamaciones de los pueblos.


Señores, Cárlo-Magno es.el coloso de la edad mecha: jamás




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existió hombre ninguno tan completamente grande como él: per-
mitidme que le dedique algunas palabras.


Él apareció en el mundo y sobre el trono , cuando el trono era
un nombre, y cuando el mundo era el caos. Él convirtió aquel nom-
bré en un poder', y abarcando al mundo con su vasta inteligencia,
arrojó en su seno el germen de la reorganización.social. El cristia-
nismo, para imprimir en las sociedades el sello de su acción civili-
zadora , .necesitaba de una espada: Cárlo-Magno, para constituir la
sociedad , necesitaba de una idea. Cuando el genio del cristianismo
y el genio de Cárlo-Magno se avistaron en el Capitolio, Cárlo-Magno
se encontró en posesión de su idea, y el cristianismo en posesión
de su espada.


Cárlo-Magno se dedicó á la recomposición del imperio de Occi-
dente por medio de sus guerras sistemáticas, y á la reorganización
social por medio de la propagación del cristianismo: cincuenta y tres
expediciones hizo en persona contra los bárbaros de allende el Rhin,
y contra los bárbaros de aquende los Pirineos. Él fué el azote de to-
dos los pueblos idólatras> y el amparo de todos los pueblos cre-
yentes. Lá barbarie vencida retrocedió hasta el polo, y dejó de ame-
nazar con una nueva inundación a l a Europa, porque el hombre
grande la defendía con su escudo para que floreciese en el seno de
la paz, y al abrigo de su poderosa tutela.


Y no creáis, señores, que ocupado en subyugar á los pueblos
idólatras, y en civilizar á los pueblos subyugados, pensó solo en la
prosperidad de la Francia. No : Cárlo-Magno era el alma del mundo:
y á pesar délos obstáculos casi insuperables que en aquella edad de
hierro se oponían á que se estableciesen vínculos estrechos entre
pueblos apartados , él se puso en relación con todos los príncipes de
su siglo. Los reyes de Asturias le ofrecían en homenaje los trofeos
que recogían en sus batallas. Los emperadores de Oriente y los dos
califas procuraban ansiosos su amistad, y los últimos heptarcasde
Inglaterra imploraban su protección y su amparo. Y ved, señores,
cómo la Europa bárbara, que habia puesto término á Una civilización
decrépita, se sometía al influjo de una civilización naciente, pero
fecunda: y cómo los mismos hombres' que. habian hollado con su




— 229 —


planta el trono de los Césares raquíticos que rigieron las riendas del
universo romano en su prolongada agonía, inclinaron sus bárbaras
frentes ante el trono del nuevo César que acometió la obra • de la
reorganización de la sociedad, y puso el hombro al grave peso de
un mundo violentamente estremecido.


No contento con organizar la sociedad que dirigía desde su trono,
quiso depositar en su seno el germen de vida de las sociedades fu-
turas. No contento con su dominio en lo presente, quiso determinar
el porvenir, arrojando el germen de la inteligencia en el seno de la
barbarie. Él llamó cerca de su persona á todos los grandes ingenios
de su siglo: y ¡ cosa increíble, señores! ese mismo hombre que
habéis visto ocupado, en vencer y en gobernar á Ja Europa, recibió,
á los años de edad, lecciones de gramática de Pedro de Pisa, y
lecciones de astronomía, de retórica y de dialéctica del célebre
Alcuino de York. El vencedor de cincuenta y tres batallas estableció
en su propio palacio una academia palatina, compuesta de todos los
sabios de su tiempo, y presidida por él con el nombre alegórico de
David* El dominador de todo el Occidente compuso .una gramática
tudesca, é hizo recoger los antiguos cánticos guerreros de casi todos
los pueblos germanos. El gigante que defendía con su escudo la
sociedad Franco-Romana en el Mediterráneo, en el Océano, en el
Rhin, se ocupaba en prevenir* por medio de una circular á todos los
obispos y á todos los abades» que estableciesen escuelas en toda la
extensión de su vasto imperio y de sus dilatados dominios. Señores,
ciertamente la inteligencia del mundo se habia refugiado en la frente
imperial de ese bárbaro que fatiga el entendimiento y abruma la
imaginación.


En las escuelas establecidas por Cario Magno, porque de las
escuelas trasformadas después en universidades es de las que voy
á ocuparme principalmente, se' enseñaban las siete artes liberales,
a las que Boecio, que floreció en la corte de Theodorico, y que fué
el único que conservó en él Occidente alguna idea de Aristóteles,
llamaba trivium y quadrivium. A la manera de filosofar enseñada
en ellas, es á lo que se llamó escolástica después. El célebre Al-
cuino , de quien ya he hecho mención, fué el fundador de la esco-




— 230 —


lástica en Europa. Guando Carlo-Magno falleció á principios del si-
glo rx j después de haber inoculado en la Francia con el hombre
modesto de escuelas el germen del progreso y de la perfectibilidad,
su genio se refugió en el alma de Alfredo el Grande que, legislador,
rey, filósofo y guerrero, asistió en persona á cincuenta y seis bata-
llas , reformó la legislación inglesa, suavizó las bárbaras costum-
bres de los indómitos bretones, llamó cerca de su persona todos
los sabios que entonces florecian, fué el fundador de otra academia
parecida á la que habia fundado Carlo-Magno, estableció por todas
partes escuelas en la isla sujeta á su dominación, obligó por una
ley á todos los que poseían una renta determinada á que enviasen á
ellas á sus hijos, y aun tuvo que vagar para traducir las fábulas de
Esopo, y el Consuelo de la filosofía de Boecio. El escolástico mas
célebre de este siglo fué el irlandés Juan Scoto, que invitado por
Alfredo, explicó la escolástica en Oxford.


Entre todos los grandes establecimientos de Cario Magno, él de
las escuelas era el único que la Europa se apresuró instintivamente
á imitar, porque era el único que llevaba en su seño el germen de
la moderna civilización. A pesar de la barbarie que entorpecía su
rápido desarrollo, y á pesar del feudalismo, que discurría como un
principio deletéreo y disolvente por las venas de la Europa desgar-
rada , en todas partes se establecieron escuelas al lado de los con-
ventos : porque las ciencias, al aparecer en el mundo, aparecieron
como hermanas de la moral, y crecieron y se desarrollaron á la
sombra protectora de una religión divina. Entre las escuelas, mo-
násticas del siglo xi, las mas famosas eran las de Francia, Italia y
Suiza, y entre las seculares que habían comenzado ya á difundirse,
las más célebres eran la de Salerno, cuyo origen se perdía en el
tiempo de Tos príncipes lombardos, Ta de Pavía, la de París, la de
Oxford, la de Bolonia y la de'Montpeüier.


En el siglo xn las escuelas se transforman; la inteligencia ha-
bía crecido en silencio, y no cabiendo ya en su pequeño recinto,
París, Salerno y Bolonia convierten para recibirlas sus célebres
escuelas en tres grandes universidades.


En el siglo xm, debilitado el sistema feudal porque sus mas




dignos campeones' habian encontrado un sepulcro glorioso en el
Oriente, y enriquecida la Europa con las obras de Aristóteles que
difundieron los árabes de España, las universidades se aumentaron,
y su benéfico influjo comenzó á dilatarse por la sociedad entera.
Ved aquí el número de las que fueron creadas en aquel siglo y en
el siguiente, y el orden cronológico de su creación. La estadística
de las universidades puede ser considerada como la estadística rao-
ral del desarrollo de la inteligencia en Europa.


La universidad de Ñapóles fué fundada en. . . . . . . . 1224
Tolosa! 1228
Salamanca. 1240
Pádua en la primera mitad del siglo.
Montpellier . . . . . . . . . 1289
Lisboa. 1290


1290


Gozaron del privilegio de universidad en el si-
glo xm; pero la época precisa de su fundación
es desconocida.


SIGLO XIV.


Roma..
Orleans
Pisa. .


. t 1303
1305
1338
1340
1346
1348
1354
1361
1364
t365
1387


Perpiñan.
Valladolid
Praga.
Huesca,
Pavía."
Angers.
Viena.
Heidelberg




— 232 —


Colonia.. 1388
Ferrara. 4391
Erfurt 1392


p^, m ™°' ) Fueron fundadas en el siglo xiv; pero se ignora la épo-
„. y ca precisa de su fundación.. Siena. . .y r


En fin, señores, según asegura Thon Villani, á mediados del
siglo xiv aprendían á leer en las escuelas de Florencia diez mil
niños : mil doscientos estudiaban aritmética, y seiscientos reci-
bían una educación literaria.


Cuando se difundían las trnjversidades con una rapidez tan
asombrosa, la inteligencia no podía permanecer estacionaria por
mas tiempo.


A fines del siglo xiu, y á principios del xrv, nos encontramos
ya frente á frente con un coloso ,. cuyas proporciones gigantescas
se distinguen en medio de la oscuridad de la barbarie, y que se
ostenta mayor que el siglo que le meció en "su cuna, y que el si-
glo que le condujo al sepulcro. Homero fué inspirado por las gran-
des acciones de sus padres : la. naturaleza, pura todavía, le abrió
"su seño virginal y lo enriqueció con sus tesoros : el idioma de la
Grecia le halagó con sus encantos, y su religión le confió sus ilu-
siones. Dante está soto en medio de la naturaleza : pero su genio
es bastante p*ara elevarle á las regiones de lo ideal y de lo sublime.
Él se remonta como el ave de lúpiter; desprecia la llanura, que
no basta á su entusiasmo; y prefiere al brillo pasageró de las flores
la magestad severa de las rocas, y al encanto melodioso de los
cisnes, el bramido siniestro de los mares. Aprisionada su imagi-
nación en medio de la naturaleza, se lanza en el seno de otros
mundos desconocidos y sin límites, y en medio de la eternidad de
los siglos; contempla la eternidad de los tormentos. Él ê " grave
como la naturaleza , sublime como el dolor, y lúgubre como la
noche. '


En pos de él se avanza otra figura menos grande, pero quizá




— 233 —


mas bella, porque sino es el genio del dolor, es el genio apacible
de la melancolía. El enamorado Petrarca no entonará, señores, tan
elevados cantares» Él no se.reposará en las desnudas cimas de las
rocas para escitarse al canto con el horror de la tempestad y con
el bramido de los vientos; pero adormecido al blando susurro de
una fuente que cautiva su corazón , sus ondas refrescarán sus laure-
les , y su tímida mano hará gemir las cuerdas de su lira con el amado
nombre de su Laura : él será el primero que cante aquella corres-
pondencia misteriosa de dos almas que se entienden, y que vuelan
á confundirse en el seno de la eternidad, como se confunden sus
suspiros ó como se confunden los ecos de dos harpas sacudidas.


Y ved, señores, cómo la Europa rompió.la densaniebla en que
la habia envuelto la barbarie, cuando los hijos de las musas.la ino-
cularon la inteligencia con sus sublimes acentos. El poeta que cons-
tituye las sociedades en su infancia con los sones de su lira, preside
también á su civilización, cuando despiertan del letargo : privile-
giado entre todos los seres, su destino es que nada haya grande sin
su presencia, necesaria igualmente en aquellos acontecimientos que
elevan la sociedad á su mas alto grado de esplendor, y en aquellas
grandes convulsiones que la precipitan ó la despedazan. El poeta
que ciñe el laurel de la victoria en las sienes de los héroes, canta
también el himno fúnebre sobre el sepulcro de las naciones. La lira
es igualmente sublime sobre el escudo del vencedor, y sobre la
tumba del vencido.. -


Así, señores, la inteligencia depositada por Carlo-Magno en las
escuelas en estado de germen, se difundió por toda la Europa en el
espacio de tres siglos. Fecunda aun en medio de la barbarie y la
anarquía, mientras que el Occidente feuflal marcha á k conquista
del Oriente civilizado y decrépito, ella abandona las escuelas,
conquista para sí las universidades, y segura allí de su domina-
ción, observa tranquila el combate de dos mundos, que, solo
para adornarla con sus despojos,- pelean. En el siglo xiv, mientras
que el astro de la Iglesia y el astro del feudalismo se extinguen,
mientras que los papas abandonan el Capitolio retirándose á Aviñon,
y los barones, á quienes habia perdonado el sol de la Palestina y el




— 234 —


hierro,de Ios-infieles, hallan un ancho sepulcro en cada campo de
batalla. El astro de la inteligencia sigue, elevándose en él horizonte
del mundo., sin que ningún astro rival se oponga á su marcha ven-
cedora , sin que haya poder humano que contraste su destino.


En este siglo, como habréis observado ya, la inteligencia se
trasforma: así como en el siglo XH abandonó las escuelas para habi-
tar en las universidades, así en el xiv pasa de su periodo de incu-
bación á su periodo de actividad, y á su periodo militante, de su
periodo de reposo. Para dominar á la Europa se hace hombre : y
después de haber animado el seno de Dante, anima también el seno
de Petrarca. Ahora bien, señores; Petrarca fué coronado ; y car-
denales, y repúblicas, y príncipes le dirigieron embajadas, solemni-
zaron sus triunfos, quemaron incienso ante su divinidad, y envi-
diaron sns laureles.


En el siglo xv, la inteligencia invade los palacios : los príncipes
de la casa de Aragón la abren las puertas de Ñapóles : Luis Sforcia
las de Milán, los príncipes de la casa de Estelas de Ferrara : el ge-
nio de Platón, en fin, encontró una nueva academia en ros mag-
níficos jardines de losMédicis.


En los dos siglos siguientes abandónala lira del bardo, y se re-
fugia en el seno del filósofo.


En el siglo xvm no cabeya en tasescuelas, no cabe en las uni-
versidades , no cabe en los palacios : y en la forma de un libro que
enseña ó de un libro que cautiva, invade los talleres, discurre por
las plazas, y penetra en los pacíficos hogares. La inteligencia en-
tonces deja de ser el patrimonio del poeta y el patrimonio del filó-
sofo. La inteligencia desbordada se inocula en la clase media de la
sociedad que pide en su nombre el cetro del mundo, y le conquista.
Los bárbaros se le disputaron : pero los bárbaros sucumbieron. Ella
ostentó su toga resplandeciente en la tribuna ; y los monstruos vol-
vieron á dormir el sueño estúpido de la ignorancia en sus cavernas.


Tal es, señores, la historia de Europa y la historia del mundo.
Cuando la inteligencia se alberga en el seno de un hombre, todos
los hombres le siguen : cuando la inteligencia le abandona, su po-
der efímero pasa. Cuando la inteligenóia se refugia en el seno de




— 235 —


una sociedad, la espada de esa sociedad alcanza á los polos, y soiñete
á Jas naciones. Cuando ta inteligencia se retira de su seno, la socie-
dad desfallece. Mientras que Napoleón representó la inteligencia de
la Francia, los príncipes le acataron, los pueblos le obedecieron,
llenó el mundo con los resplandores de su gloria, fué un astro sin
eclipse, fué vencedor, y fué rey : cuando no fué el hombre de la
Francia, fué el hombre de Waterloo y el hombre de Santa Elena:
gorque está escrito que la inteligencia es el poder: que la inteligen-
cia es el derecho : que la inteligencia es la vida (1).


(1) En algunos de los últimos anteriores párrafos acaso el lector haya observado
que el señor Donoso se ha eopia'do á si mismo, intercalando en esta lección trozps
enteros, pertenecientes á su discurso de apertura del Colegio de Cáceres, Del descu-
brimiento de estehurtillo literario hecho en terreno propio¡ nosotros.solos somos res-
ponsables , por haber creído no indignode ver la luz pública un trabajo que su autor
tenia condenado á la desdeñosa oscuridad en que, muchas yeces con razón plausi-
ble , lia sepultado ciertas obras de su primera juventud,-


Nota del editor.






l i l i
14 DE F E B R E R O DE 1 8 3 7 .


DE LA SOBERANÍA DE LA INTELIGENCIA CONFIRMADA
POR LA AUTORIDAD Dfc LOS FILÓSOFOS,


SEÑORES:


TRES son las fuentes de la certidumbre para el hombre: la razón,'la
autoridad y la historia. Cnando la razón afirma lo que niega la*his-
toria y lo que la autoridad condena, ó cuando niega la razón lo que
la historia atestigua y la autoridad deporte, hay incertidumbre, hay
perplejidad, hay duda en la conviccion^tímana. Pero cuando la ra-
zón, la autoridad y la historia confunden sustestimoniosen favor de
un principio; cuando este principio es el resultado lógico de su ma-
ravillosa identidad, de su completa armonía, entonces ese principio
sale de la esfera de las verdades contingentes, y pasa á la esfera de
las verdades absolutas; sale de la región de los principios proble-
máticos, y se eleva á la región de los principios eternos : entonces,




• — 238 -


enfmj el entendimiento humanóse repesíeeft-el 60HM> algo de
fijo y de constante, porque reconoce en él el sello de la evidencia.


Por eso, queriendo yo elevar el dogma de la soberanía de la in-
teligencia á la clase de un hecho universal y de un dogma absoluto,
he' invocado en las lecciones anteriores el testimonio de la teoría y
el testimonio de los hechos, el testimonio del mundo de tas concep-
ciones.y el testimonio del mundo de las Teaiidades, el testimonio de
la razón y el testimonio de la.líistoria, Hoy ule propongo demostra-
ros que la autoridad ha sancionado como evidente el dogma que


•proclama como cierto la razón, y que la historia ha escrito tam-
bién en sus anales. Invocaré primero el genio filosófico de la anti-
güedad , y después el genio filosófico de la Europa de nuestros
dias.


El genio filosófico, entre todos los pueblos antiguos, se localizó
en el pueblo griego..El del, pueblo griego se localizó en Atenas; y
la filosofía brillante de Atenas se refugió principalmente en el seno
de Platón, reverbero de sus mas sublimes resplandores.


Estudiemos su misticismo ideal: para Platón la ley del universo
y de todos los seres es una constante armonía. En primer término
del cuadro, y en la mas alta de todas las esferas, brilla con un res-
plandor inextinguible el mundo de la unidad absoluta, el mundo de
la inteligencia, el tabernáculo de Dios. De su seno increado, como de
un manantial fecundo, se desprende en creaciones sucesivas y ar-
mónicas el mundo de las ideas y el mundo de las realidades :. el*
primero, purísimo-y resplandeciente, porque es el reflejo inmediato
de la inteligencia divina; el segu/ido, pálido y descolorido, en donde
solo existen ejemplares degenerados de aquellos tipos eternos, por-
que las sombras los empañan ,lá noche los cubre y las tinieblas
los envuelven. Así,.seño|^, Platón reconoció la, soberanía^de la
razón absoluta como!principio vivificante y fecundo 5 puesto,que
todo lo que brilla> la refleja; puesto que lodo lo queyi\seVnace de su
seno; puesto que fuera de su lado no hay luz ¿ puesto que las som-
bras nacen, cuando su fulgor se extingue; puesto que fuera de ella
no hay nada, ó si algo existe, es la noche, y si algo reina, es
el caos.-




— 239 —


En una de mis lecciones anteriores•, consagrada á analizar el
dogma político de Platón, manifesté que esta trinidad armónica,
que para él era la ley de todos los mundos creados, le sirvió de tipo
y de modelo para explicar al hombre y el organismo interior de las
sociedades humanas : en el primero, Platón no vé sino la inteligen-
cia que manda, el valor que te obedece, y las pasiones que la sir-
ven : en las segundas, confiere exclusivamente el derecho deman-
dar á los filósofos, es decir, á los mejores, á los mas inteligentes ;
impone á los guerreros la obligación de la obediencia, y sujeta ai
pueblo al yugo-de la servidumbre. Obligado Sócrates á explicarse
claramente sobre esta desigualdad monstruosa entre los habitantes
de una misma ciudad y los ciudadanos de una misma república,
dice, que aunque todos los hombres son hermanos, Dios no les ha
repartido con una mano igualmente pródiga sus dones, sino .que
antes bien prefiriendo á los destinados á gobernar, ha mezclado
algunos hilos de oro en la brillante trama de su vida, mientras que
solo ha mezclado algunos hilos de plata en la de los guerreros, y
otros metales mas viles, como el hierro y el bronce, en la de los
labradores y en lá de los artesanos.


Ya veis, señores, que la idea fundamental de Platón; Ifridea
dominante en su sistema político y filosófico; la idea que en su
vuelo sublime elevaba á ley de los mundos y-de las sociedades,
á ley, en fin, de la creación, era la del dominio legítimo de la
razón absoluta y de la inteligencia del hombre, dominio tan exclu-
sivo para él; que, una vez reducido á práctica, debia convertirse
en una monstruosa tiranía.


Mientras que de los labios inspirados de Platón descendían hasta
el seno de sus discípulos absortos aquellas mágicas palabras que
eran el encanto de los griegos, y que habían de ser un texto sagrado
para las generaciones futuras .entraba por la puerta de'la ciudad
un joven extrangero, subdito del rey de Macedonia, y que,'ambi-
cioso de sabiduría, quería aprender el secreto de la naturaleza, él
secreto de la divinidad y el secreto del hombre', de la boca del
discípulo de Sócrates, y del discípulo de Homero : todos habéis
adivinado ya sin duda , señores, que1 hablo de Aristóteles, hijo de




— 240 —


Nicomaco : de Aristóteles, que debia aprender en la Academia para
enseñar después en el Liceo : de Aristóteles, que debia ser discí-
pulo de Platón para ser mas adelante el rival de su fama y de su
gloria : de Aristóteles, en fin, astro resplandeciente, que debia'vi-
vificar alas sociedades con su lumbre, adorado igualmente por dos
razas enemigas, por dos religiones.'contrarias y por dos mundos
rivales; por los árabes y por los europeos, por el Oriente y por el
Occidente, por los adoradores de Jesús y por los sectarios de Ma-
homa. « • .


Cuando la humanidad se encontró en posesión de estos dos hom-
bres, se encontró en posesión de las ciencias de las cosas : ellos
trazaron al entendimiento humano un límite que el entendimiento
humano no ha traspasado aun; un límite que no han podido salvar
ni las revolueiones.en sus estremecimientos, ni los siglos en su car-
rera. Platón es un filósofo : Aristóteles es un filósofo : pero Aristó-
teles y Platón son la filosofía. Ellos se completaron combatiéndose ;
porque es ley del mundo moral que la verdad absoluta sea el re-
sultado de las verdades incompletas, y que los principios armónicos
salgan del seno de los principios divergentes.


Dft son los únicos métodos que conducen al hombre al descu-
brimiento de todas las verdades : el de la inducción? y el de la ob-
servación : el sintético y el analítico : el primero condujo á Platón á
su misticismo ideal; el segundo condujo á Aristóteles á su idealismo
realista. Platón, indiferente á las tempestades de la sociedad, y re-
fugiándose en el mundo de sus ideas, contemplaba desde su eleva-
ción las esencias de las cosas, y miraba pasar desde su altura él
torbellino de las pasiones humanas : atento solo á la celeste armo-
nía délos globos que llenaban el espacio j las convulsiones del mundo
se estrellaban á sus pies sin ocupar su inteligencia : él pensaba sin
duda que' el filósofo no debia ser arrastrado por su torrente, y que
solo debia ejercitarse en la contemplación de las verdades eternas,. ;*
viendo pasar la vida como un sueño t y el mundo como un fan-
tasma. ,


Aristóteles al contrario, colocado en medio de la naturaleza, Ja
estudia en su magnífica variedad, la observa en todos sus fenóme-




— 241 —


nos, la arranca sus secretos, y se los revela á las generaciones
futuras : colocado en medio de las sociedades, las sigue atento en
todas sus trasformaciones; las estudia en su estado febril y en su
astado de reposo; analiza cuidadosamente las causas de su pro-
greso y las causas de *su decadencia * las vé en el crepúsculo de su
«aurora, en el zenit de su carrera , y en la noche de su sepulcro; y
salvando el espacio y abarcando el tiempo, hace comparecer de-
lante de sí á las sociedades que nacen, á las sociedades que pro-
gresan y á las sociedades que se extinguen. Platon desdeña el
estudio fenomenal de la naturaleza y de las sociedades humanas:
perdido en las sublimes regiones de la luz increada y de las ideas
esenciales, domina con las leyes de su entendimiento á las leyes
de la creación, impone su personalidad al mundo, le abarca con
su síntesis, y le encadena con sus fórmulas. Aristóteles rompe el
simbolismo oscuro de su inaccesible metafísica, penetra en la región
de las sombras, descorre el velo misterioso que habia arrojado Pla-
ton entre la verdad y el hombre, desvela los fastos; y procediendo
á la conquista de la verdad por medio de lentas observaciones , y
elevándose á la síntesis por medio de la análisis, afirma sobre una
base indestructible á las ciencias.


Pues bien, señores, entre estos dos grandes genios de la anti-
güedad, nacidos para ser los representantes de los dos únicos
sistemas que luchan por la dominación del mundo; entre estos dos
hombres representantes del antagonismo que es la ley de la huma-
nidad entera; entre estos dos filósofos que fueron la expresión vi-
viente de los dos principios , que son los polos eternos de toda filo-
sofía ; entre Platon, en fin, que constituye las sociedades á priori,
y Aristóteles que no se atreve á formular su organismo sino después
de haber comparado entre sí ciento cincuenta y ocho constituciones
de los diferentes estados de la Grecia y de la Italia, hubo sin em-
bargo un vínculo común, un principio que los dos atacaron, y que
los dos defendieron; el principio de la soberanía déla inteligencia.
Aristóteles, como Platon, creia que el gobierno de las sociedades
humanas debe confiarse á los mejores, á los mas inteligentes; y
como Platon, también miraba desdeñoso aquella democracia ligera,


TOMO i. 1G




— 242 —


aun tiempo petulante y borrascosa, que embriagada con inciensos,
dictaba leyes en medio de su embriaguez y en medio de sus estre-
pitosas bacanales. Su opinion sobre la democracia y Atenas está
consignada en estas palabras que han llegado hasta nosotros.—Los
atenienses han sido los primeros que han sembrado el trigo y los
inventores de las leyes i usan muy bien del primero, pero muy mal
de las segundas.—Esta sentencia de incapacidad lanzada contra la
democracia por la filosofía , no ha sido revocada por la historia:
veamos si ha sido confirmada por los filósofos de la Europa mo-
derna.


Siéndome imposible analizar en el breve espacio de una lección
sus doctrinas, y siéndome mas imposible aun considerarlas histó-
ricamente siguiéndolas en su lento desarrollo^ me propongo dar
unidad á todas las escuelas filosóficas, encerrándolas en una fórmula
que las comprenda y las abarque : esta fórmula es la siguiente:


Dios, la naturaleza física, y el hombre, son los tres únicos sé-
res á quienes los filósofos pueden negar ó conceder en sus sistemas
la supremacía universal y la omnímoda dominación del mundo ; de
donde se han originado en el campo de la filosofía tres encontradas
escuelas : la que proclama la soberanía exclusiva de Dios; la que
proclama la soberanía absoluta de la naturaleza • y la que proclama
la soberanía absoluta del hombre : el dogma filosófico de la pri-
mera es el idealismo divino ; el de la segunda el materialismo; el
de la tercera el idealismo humano.


Señores, no hay mas que estas tres graades escuelas posibles:
pero si no hay mas que estas tres grandes escuelas posibles, cada
una de ellas se subdivide en grupos pequeños y rivales, que adop-
tando en su generalidad un dogma común, disputan sin embargo
encarnizadamente sobre sus mas remotas consecuencias. Asi, todos
los que profesan el dogma del idealismo divino, proclaman la sobe-
ranía exclusiva de Dios : ved ahí lo que constituye su unidad: pero
unos consideran á Dios como una sustancia inmóvil y absorbente:4
otros le consideran como causa universal, activa y vivificante : ved .
ahí lo que constituye su diferencia* Los últimos se llaman teís-
tas : los primeros panteistas, y están representados por Espinosa.




— 24.1 —


Si la escuela teista y la escuela panteista reconocen un dogma
común que constituye su unidad, reconocen también un método
común, como el único que puede conducirlas al descubrimiento de
todas, las verdades : ese método consiste en el ejercicio de la razón
humana : ahora bien : entre los filósofos que profesan el dogma de
la soberanía exclusiva de Dios y que consideran á Dios como causa
activa y vivificante del mundo, hay algunos que negando la compe-
tencia de la razón humana para enseñarnos lo que debemos adoptar
como cierto y lo que debemos rechazar como absurdo , apelan
como al criterio de todas las verdades, á la revelación divina, é in-
clinan su frente ante la Iglesia, que como única depositaría de las
verdades reveladas, es para ellos la única depositaría de todas las
verdades posibles : ved ahí una nueva variante del idealismo di-


* vino: los que la profesan, forman la que se ha llamado en nuestros
dias la escuela católica.


Si sujetamos á un rigoroso análisis la escuela que profesa el
dogma del idealismo humano, y que destronando á Dios y á la na-
turaleza, hace del hombre el rey del universo y el centro de la crea-
ción, observaremos que obedeciendo también á la ley fatal que
domina todas las escuelas filosóficas, se subdivide en dos escuelas
rivales, que profesando un dogma común, siguen distintos rumbos,
y que siguiéndolos, llegan á convertir la unidad de su origen en un
dualismo divergente, compuesto de dos principios encontrados. Así,
mientras que Descartes dice :—«Pienso, luego existo.»-^Fichte
dice : — «Quiero, luego soy.»—Esdecir, que el primero localiza el
idealismo humano en la inteligencia, y el segundo en la vo-
luntad.


Solo la escuela que profesa el dogma del materialismo es una, in-
divisible é inmudable, como es inmudable, indivisible y una la ver-
dad , y como es uno, inmudable é indivisible el absurdo. Así, seño-
res , el Océano de las opiniones humanas rueda sus ondas volubles
entre dos polos eternos, entre dos abismos inmóviles : entre Dios,
y los materialistas : entre el símbolo de todas las verdades, y la per-
sonificación de todos los errores. Si he honrado al materialismo dán-
dole el nombre de escuela filosófica, mi ánimo no ha sido honrarle




— 244 —


con esta denominación, ni profanar con ella el nombre de la filoso-
fía; ha sido solo rendir un homenage á la costumbre.


Formuladas ya todas las grandes escuelas filosóficas, solo me
resta examinarlas en el espacio y en el tiempo : pero siéndome im-
posible proceder á este examen histórico , las consideraré en el es-
tado en que se ofrecen á nnestros ojos en el siglo xix, puesto que
por fortuna en todos los siglos coexisten, y elegiré como teatro de
mis observaciones la Francia, puesto que, como veremos mas ade-
lante, se han localizado todas en esa nación vecina. Pero antes me
permitiréis que diga dos palabras sobre la Francia del siglo xvm.


Si el siglo XVII habia sido para la Francia el siglo de los poetas,
el siglo de las victorias y el siglo de las liviandades, el siglo-xvm
fué para ella el siglo de los filósofos y el siglo de las revoluciones:
si aquel fué el siglo deRacine, éste fué el siglo de Rousseau : si*
aquel fué el siglo de Luis XIV, este fué el siglo del pueblo : este, en
fin, fué el siglo de los demagogos, si aquel fué el-siglo de los priva-
dos. Si en el siglo XVII la Francia se puso en contacto con el mundo
por medio de sus victorias, en el siglo xvnr el mundo se puso en
contacto con la Francia / inoculándola el germen de una literatura
y de una filosofía que no habia nacido en su suelo. Y así debia ser,
señores : todos los pueblos debían enriquecer con su inteligencia la
inteligencia de la Francia, si la Francia habia de realizar una re-
volución en nombre de todos los pueblos. La Francia del siglo XVII
se explica por sí misma ; la Francia del siglo xvm no puede expli-
carse sino por la Inglaterra*


Con efecto, señores : destruid con la imaginación la constitu-
ción inglesa : Mentesquieu es todavía un hombre grande, pero es un
hombre incompleto : suprimid el nombre de Locke en los anales de
la filosofía : Condillac no existe: el contrato social no existe : el
Emilio no existe: y Rousseau queda despojado de los mas bellos
florones de su expléndida corona. Suprimid á Bolingbroke : Vol-
taire, que ni podia ser cristiano ni podia ser ateo, no hubiera sido
tampoco deísta. Formulemos ya el carácter del siglo xvm, tal como
resultó del contacto de la Francia con la Inglaterra.


Tres dogmas le constituyen: un dogma filosófico, un dogma.




— 245 —


religioso, y un dogma político : el dogma del materialismo, el dog-
ma del deísmo, y el dogma"de la soberanía del pueblo. Cuatro he-i
raidos lo anuncian : Voltaire, Condillac, Diderot y Rousseau : el
filósofo, el catedrático, el hierofanta, y el profeta. Cuando el mate-
rialismo se inoculó en la filosofía, y el deísmo se inoculó en el pue-
blo , la religión y la inteligencia velaron sus frentes, y dejaron pa-
sar á la revolución, ese sangriento comentario de esas anárquicas
doctrinas..


Con este motivo me permitiréis que haga aquí una observación
importante. Cuando el virus materialista, salvando el Adriático, se
inoculó en las venas de Roma , esa amazona de las naciones se sin-
tió desfallecer en medio de sus triunfos, se vio acometida de un
vértigo en medio de su carrera, y decrépita ya aunque joven, tuvo
que confiar su destino á la merced de los Césares, que como á una
pupila demente la ciñeron una argolla. Cuando ese mismo virus
discurrió por las venas de la Francia, el edificio social se estre-
meció en sus cimientos, y una tribu de bárbaros convirtió el fes-
tin de la civilización en una orgía nefanda. Así, la presencia del
materialismo es siempre un síntoma de muerte. Mensagero de una
divinidad terrible, él no salva los mares, y no aparece en las na-
ciones sino para reclamar sus víctimas. .


Sin embargo, señores, no todos los que; están reputados por
materialistas, lo son en realidad : Locke, que pasa generalmente
como gefe de la escuela, no lo fué nunca; puesto que.distinguiendo
la reflexión de las sensaciones y haciéndola entrar como elemento
necesario en la formación de las ideas , reconoció el principio de la
actividad del alma : sin embargó, fuerza es confesar que dando
una importancia desmedid i á las sensaciones, no apreció debida-
mente el valor intrínseco del principio espiritualista , y que por su
falta de estudios psicológicos puede ser acusado con razón de ten-
dencia al materialismo. Esta tendencia es mas visible aun en Con-
dillac, que desconociendo completamente las leyes del entendi-
miento , sino se atrevió á convertir las ideas en sensaciones puras,
dijo por. lo menos que una idaa era siempre una sensación tranfor-
mada. El materialismo en toda su fealdad y en toda su desnudez solo




— 246 —


apareció en los escritos de Holbach y de Helvecio, hombres comu-
nes, y escritores vulgares y olvidados, que en un momento de vér-
tigo se presumieron iniciados en los misterios de las ciencias, por-
que algunos de los mas célebres filósofos de aquel siglo se habían
dignado honrar con su presencia sus banquetes, y porque, para so-
lazarse sin duda , habían conversado con ellos alguna vez sobre el
estudio de las letras y de la filosofía.


La revolución vino á sorprender á la Francia en medio de las
orgías de un estúpido materialismo : mientras que los sangrientos
demagogos acometieron la obra de convertir las plazas públicas en


• cementerios y las ciudades en osarios , los materialistas prácticos,
con sus acciones, hicieron inútil la predicación y la enseñanza de
los materialistas teóricos, que se condenaron al silencio en medio
de los clamores de las víctimas y de la algazara báquica de los
verdugos. Pero apenas cesaron esta horrible algazara y aquellos lú-
gubres clamores, y cuando la Convención no se habia desprendido
aun de su sangrienta dictadura , los filósofos materialistas volvie-
ron á ocupar la cátedra para apoderarse otra vez del cetro de esa
misma sociedad que ellos habían desgarrado. Garat, Tracy, Ca-
banis, Degerando, Maine de Biran, La Romiguiére, Gal! y Volney
fueron los que mantuvieron el pabellón de la escuela : pero esa
escuela , que aparecía entre el sepulcro de la república y la cuna
del imperio, era un monstruoso anacronismo; su misión habia sido
destruir; su misión, pues, estaba ya cumplida.


Por eso, aunque al principio no encontró adversarios que com-
hatieran su dogma, el germen cíe disolución y de muerte se desar-
rolló en su seno. Degerando, Maine de Biran y La Romiguiére de-
sertaron de las filas del materialismo : y aun el nombre de Cabanis
no puede leerse siempre en su bandera.


Llegada á su periodo de disolución, puede decirse que dejó de
existir, cuando aparecieron en la Francia otras escuelas filosóficas
que invadiendo su propio terreno, se engrosaron con sus desertores;
siendo en el dia tan lamentable su estado y tan perdida su causa,
que entre los escritores de alguna nombradía solo Broussais lo de-
fiende como su único representante. Puesto que la losa del sepul-




ero la cubre, dejémosla en él, señores, y hablemos de las escuelas
que se han vestido sus despojos.


La primera por el tiempo en que apareció, y á mis ojos tam-
bién por su importancia, es la escuela conocida con el nombre de
ecléctica por los filósofosy con el nombre de doctrinaria por los
políticos. Averigüemos su origen, y examinemos su doctrina.


Cuando la revolución, que en la asamblea constituyente levanta
su bandera y escribe su dogma, que en la legislativa se ajusta las
armas para combatir, que en la Convención combate y vence , fué
á perderse en el imperio y á refugiarse en la espada de un soldado,
abandonó su obra de destrucción, y comenzó.la de reorganización
de la Francia estremecida. Esta reorganización no podia realizarse
ni en nombre del derecho divino, que habia perecido ya, ni en
nombre de la soberanía del pueblo, que habia convertido á la Fran-
cia en un lago de sangre :. no podia.realizarse tampoco en nombre
del materialismo.que seca los corazones y conmueve las sociedades,
ni en nombre de un espiritualismo inflexible, que provoca siempre
catástrofes sangrientas y espantosas convulsiones. La Francia, pues,
necesitaba de un nuevo dogma político que dominase la sociedad,
y. de un nueva dogma filosófico que dominase la inteligencia. Pero
para encontrar elnuevo dogma necesitaba, primero sacudir el yugo
de las antiguas doctrinas, y para sacudirle solo necesitaba que la
iluminase la luz del buen sentido ». que los principios reaccionarios
habian arrancado de su seno.. .


La escuela escocesa^ poco fecunda porque es poco atrevida,
pero cuya prudente timidez la ha librado de los escollos de un dog-
matismo fanático, inoculó el germen del buen sentido en Royer-
Collard que comenzó á enseñar en 1811 y se le trasmitió á la Fran-
cia. Preparada entonces ya para buscar el nuevo dogma que habia
de constituirla, quiso estudiar y conocer los.sistemas filosóficos de
allende el Rhin, y dirigió sus miradas hacia esatierra que, aunque
antigua como los siglos, es siempre una tierra de creación , porque
no ha dejado de ser fecunda todavía.


En ún breve espacio de tiempo la Alemania habia producido á
Leibnitz, á Lessing, á Kant, á Fichte, á Schelling y á Hegel : y la




— 248 —


historia de la filosofía no encierra nombres mas bellos en sus pági-
nas. Pero entre todos, el que mas se distingue como metafisico, es
Kant, con quien no puede compararse ningún filósofo moderno.


Kant, señores, ha hecho una revolución en los sistemas filosófi-
cos que se han disputado el dominio del mundo; y no ha hecho
una revolución porque haya inventado nada, sino porque ha ele-
vado á la región de las verdades principios que pertenecían á la re-
gión de los problemas. Kant ha demostrado : 1 ."que el idealismo ra-
cional ó el examen psicológico del entendimiento humano es la base
de toda filosofía; y 2.° que podian trazarse los límites de ese idea-
lismo racional, analizando las leyes de la inteligencia. Con efecto,
señores, Kant ha procedido á ese análisis; y la razón del hombre
no tiene un solo secreto íntimo y profundo que no le haya sido re-
velado.


Madama Stael, Cousin, y Benjamín Constant fueron los que prin-
cipalmente hicieron conocer á la Francia los sistemas filosóficos de
la Alemania. El segundo, discípulo de Royer-Collard, adoptó como
base de la metafísica el idealismo racional del filósofo de Kcenisberg:
pero adoptando esta base como dogma, declaró que la misión del
siglo xix era proceder, por medio del examen de todos los sister
mas filosóficos, á la reunión en un cuerpo de doctrina de todas las
verdades exageradas ó incompletas que encerraban en su seno : ved
ahí, señores, loque constituye el eclecticismo : eclecticismo que en
política, como en filosofía, provoca desde luego una suspensión de
armas entre todos los combatientes; que condena como desastrosos
todos ios principios reaccionarios; y que tiende á convertir su anta-
gonismo en una unidad fecunda, y su divergencia en una constante
armonía.


La Carta francesa es el símbolo de esta doctrina proclamada por
eminentes filósofos y por eminentes oradores : ved aquí sus opinio-
nes sobre la localización de la soberanía en las sociedades humanas.


Royer-Collard ha dicho en su discurso sobre la Patrie :
«Ahora como entonces podemos apelar de la soberanía del pue-


blo á otra soberanía, única que merece este nombre, que es supe-
rior al pueblo y superior al rey , y que es inmudable é inmortal co-




— 249 —


mo su autor; hablo de la soberanía de la razón, único legislador
verdadero de la humanidad.»


Tal es el texto arrojado como un oráculo de Delfos á la merced
de los comentadores por el gran sacerdote de la doctrina. Guizot fué
el que le comentó primero en un discurso pronunciado en la cámara
en 1830, con motivo del artículo que debí» reemplazar al se-
gundo de la ley de 25 de marzo de 1822. En él desenvuelve su
teoría sobre la legitimidad de los gobiernos, aplicándola al go-
bierno de la restauración y al gobierno de julio : veamos cómo se
expresa :


«La restauración debió el principio de fuerza que la sostuvo á
haberse presentado ante la Europa como una garantía de paz y de
reposo necesario á la Francia después de tantos triunfos y fatigas.
Estableciendo por otra parte un gobierno que no era el resultado de
su propia fuerza, ni de la voluntad de algunos; un gobierno en fin, que
se fundaba en el derecho anterior y consagrado ya por los siglos,
puede decirse hasta cierto punto que con la -restauración comenzó
la Francia á respetar los derechos y á reconocer el imperio de esta
idea saludable que sirve de fundamento á las sociedades humanas,
á saber : que existen derechos adquiridos, derechos antiguos que
no deben sujetarse continuamente ai dominio de las discusiones,
sino que antes bien subsisten por sí mismos y son la base del edifi-
cio social. Este principio que la restauración abrigaba en su seno, es
sin duda el mas valeroso de todos sus títulos, y el que la constituyó
fuerte, no solo á los ojos déla Francia sino también á los ojos de
la Europa.»


« Pero sobre todo, lo que constituyó principalmente su fuerza,
fué la adopción de la Carta, es decir, de los principios mas esen-
ciales y de los mas bellos resultados de nuestra revolución.»


«La tendencia á la paz , el respeto á todos los derechos adqui-
ridos, la adopción, por medio de la Carta, de todos los grandes
principios, de todos los grandes resultados de nuestra revolución,
fué, en una palabra, lo que constituyó el genio tutelar de la restau-
ración, y lo que fué causa de su benéfica influencia; así como sus
pretensiones al poder absoluto, y su tendencia á restablecer todo él




_ 250 —


antiguo orden de cosas, sin averiguar antes si su restablecimiento
era ya conveniente para las nuevas generaciones, fué lo que cons-
tituyó la influencia subversiva y el genio maléfico de la restau-
ración.»


Yed, señores»cómo Guizot dá bien claramente á entender que.
la restauración fué tutelar y legítima % mientras que tuvo la inteli-
gencia de las necesidades sociales de la Francia; y que perdió su
legitimidad, cuando su genio maléfico pudo viciar su teoría y la des-
pojó de su inteligencia. La falta de inteligencia de la restauración
es lo que en su concepto hizo legítima la revolución de julio, hecha
por la inteligencia del pueblo contra el genio maléfica de la restau-
ración que la llevaba al abismo.


• «Si estoés así, continúa Guizot, me creo autorizado para afirmar
que nuestra revolución no puede ser acusada de usurpación ni de
violencia, y que no se, la debe considerar como un hecho consu-
mado por el pueblo en un acceso de cólera. Si después de haber de-
mostrado su legitimidad moral y su necesidad política, os hablara de
su conducta después de la victoria; sime detuviera á demostrar hasta
qué punto ha sido prudente y entendida, no solo en la elección de
su soberano, sino también en las niodifioaoiones hechas á la carta,
y en su modo de proceder hasta con sus enemigos; si insistieraí
repito, en todos estos puntos, fácil me sería demostraros que por
sus obras, asi como por su origen, ha sido nuestra revolución ple-
namente legítima, y mas legítima quizá que ningún otro aconteci-
miento déla misma naturaleza hasta ahora.»


Así, señores, para Guizot, como para Royer-Collard, una revo-
lución es legítima en su origen, cuando se realiza en nombre de la
inteligencia, y continúa siendo legítima, mientras que la inteligen-
cia no la abandona. -


Oigamos al duque de Bróglie, que es mas esplícito aun. Con
motivo de una proposición de Boissy-d' Anglas sobre los grados
conferidos en los cien días, pronunció un largo discurso en la cá-
mara de los pares , del cual estracto los párrafos siguientes:


«Los gobiernos buenos, prudentes, justos, ilustrados y ra-
zonables son los únicos legítimos : y entre ellos, los mas legítimos




— 251 —


son los mejores, los mas ilustrados, los mas razonables y los mas
justos.»


«Los gobiernos de hecho imponen la obediencia: los gobiernos
legítimos la obtienen, porque la merecen. »


«Esta doctrina lleva consigo la ventaja (ventaja que para mí es
también la mayor prueba de su verdad) de separarse igualmente
del dogma insensato del derecho divino, y del dogma no menos
insensato, no menos absurdo, de la soberanía del pueblo, tal como
se profesa en nuestros dias.»


«Yo no creo en el derecho divino; no creo que una nación sea
el patrimonio de una familia; no creo que pueda ser poseída por
ella como un rebaño, y que lo sea de tal modo que cualquiera que
sea la conducta de la familia que la posee, cualesquiera que sean
los crímenes con que se manche , conserve siempre el derecho de
gobernarla y dirigirla. Pero tampoco creo en la soberanía del pue-
blo. No creo que un pueblo tenga derecho de mudar la forma de
su gobierno cuando le agrade : yo no reconozco en la mayoría
de una nación el derecho de convertir en leyes sus caprichos:
derecho es este que no puedo reconocer ni aun en la universalidad
de los ciudadanos, ni aun en la nación entera, porque no le reco-
nozco en ningún hombre en particular; puesto que los hombres no
viven para obedecer á sus caprichos, sino para obedecer á las le-
yes eternas de la verdad y la justicia, para conducirse como seres
morales dotados de razón, para cumplir sus promesas cuando han
empeñado su palabra, y para cumplir sus juramentos cuando los ju-
ramentos los ligan. Las obligaciones de los pueblos para con los
gobiernos, no son, en mi entender menos sagradas que las de los
gobiernos para con los pueblos. El régimen de—tal es mi volun-
tad—^no me parece ni menos insolente ni menos abyecto en la plaza
pública que en los palacios de los reyes.»


Aplicando después esta doctrina á la restauración, dice:
«Hasta 1820 el gobierno déla restauración ha trabajado seria-


mente , con sinceridad y con fruto por hacerse cada vez mas nacio-
nal , y fundar la paz, la libertad, el orden, la prosperidad y el cré-
dito : en esta época era legitimo, y de diaendia iba siéndolo mas. Pero




— 252 —


desde 1820 hasta \ 828, las cosas mudaron de aspecto, y la res-
tauración siguió una marcha contraria á la que la habia salvado
hasta entonces. »


Sin embargo , Mr. de Broglie piensa que el gobierno de la res-
tauración no llegó á ser completamente ilegítimo sino después de
los decretos de 1830; decretos que en su opinión hicieron legíti-
ma la resistencia de la Francia : de aquí deduce la legitimidad de
la revolución de julio, legitimidad que no ha perdido después su
gobierno, porque su política interior y exterior ha sido inteligente y
previsora.


En fin, Mr. de Remusafc, abundando en la opinión de estos ora-
dores , se expresó.así en su discurso sobre la Pairie, hablando del
trono de julio: .


«Sus títulos son de aquellos que sanciona la razón. Su legiti-
midad se funda en su mérito ; y el mérito hace legítimos todos
los poderes. Resignémonos, señores, á verlos á todos recibir su
validez y su fuerza de este principio, á verlos á todos hacer su
aparición en el mundo bajo, los auspicios de la inteligencia : sin
duda deseáis que los poderes sean estables : ahora bi&a, ¿en dónde
encontrareis la estabilidad sino en la razón, que es donde tienen su
origen? ¿En dónde la buscareis sino en la razón, que está dotada
de una juventud eterna?»


Después de la revolución dé julio se han desarrollado rápida-
mente dos nuevas escuelas filosóficas, la escuela sansimoniana y
la escuela social : na me detendré á examinarlas, porque creo que
solo pueden ser consideradas hasta ahora como un síntoma del es-
tado febril de una nación que se regenera , perô no como escuelas
filosóficas que tengan un dogma fijo y una bandera conocida: los
principios sociales, filosóficos y fecundos que proclaman, no las per-
tenecen : y las aplicaciones que de ellos hacen, ó son ridiculas ó
absurdas. El sansimonianismo, considerado en los principios que le
sirven de base, es mas antiguo que San Simón. Condorcet ha sido su
personificación en la Europa de nuestros dias.


Con efecto, señores, ¿ cuál es el principio que le sirve de base?
El principio siguiente.—La humanidad está dotada de una perfec-




— 253 —


tibilidad indefinida. La ley del progreso es su ley. ¿Cuál es el prin-
cipio que le sirve de término? El siguiente.—El progreso indefinido
de lá humanidad debe dar por resultado la emancipación sucesiva
de todas las clases explotadas, realizando en las sociedades la con-
fraternidad proclamada por el Evangelio entre todos los hombres:
cuando esto se verifique, la mujer y el hombre constituirán un solo
personaje social; las clases menesterosas habrán desaparecido, y
la humanidad solo abrigará en su seno á ciudadanos.


Pues bien, señores : la ley del progreso ha sido demostrada
por Turgot y popularizada por Condorcet á fines del último siglo :
Condorcet, como San Simón, está dominado por la idea de la eman-
cipacion.de la mujer y de las clases proletarias : Condorcet, en fin,
como San Simón, divide la sociedad actual en dos clases rivales y
enemigas : en la de los propietarios pobres, y en la de los propie-
tarios ociosos : en una clase explotada, y en otra clase explotadora.
En cuanto á la escuela social, puede considerarse como una variante
de la escuela sansimoniana.


¿Cómo reparten los sansimonianos el poder social en el festín
de la soberanía? Esta es la única cuestión que nos pertenece, porque
es la única cuestión que ventilamos ahora. Ved aquí el principio pro-
clamado por el maestro y adoptado por la escuela.—A cada uno se-
gún su capacidad : y á cada capacidad según sus obras: — fórmula
magnífica, señores, en la qué se proclama la soberanía de la justicia
y la soberanía de lá razón; la soberanía de la virtud y la soberanía
de la inteligencia. Entre Royer-Collard y San Simón hay un abismo:
ni en el tiempo ni en el espacio podrán saludarse esos dos hombres
desde sus opuestas riberas, porque la eternidad los separa. Y sin
embargo, señores, cuando esos filósofos meditan sobre el problema
de la soberanía, el Océano separa sus hondas, las riberas se unen,
el espacióse suprime, los dos filósofos se entienden, sus ideas se ar-
monizan , sus pensamientos se encuentran» Tanta es la fuerza de
cohesión de un principio luminoso.


Solo nos resta examinar de paso la escuela católica, magnífica
y magestuosa, aunque ultrajada por los tiempos y por las revolucio-
nes : los dogmas que sus partidarios defienden, son tan antiguos




— 254 —


como el mundo; porque el idealismo divino que es su base, es una
de las tres grandes escuelas filosóficas que desde el principio de la
creación han subyugado á las generaciones humanas. Al examinar-
la, señores, examinémosla con respeto; porque el hombre que se
respeta á sí propio, debe respetar también todos los poderes caídos,
todas las grandes ruinas.


Esta escuela apareció en la Francia, cuando respirando apenas
libre del yugo de los demagogos, el yugo de la autoridad habia de
parecería ligero : porque la soberanía popular, y no me desmentirá
la historia, va á perderse siempre por medio de una sangrienta
reacción en el derecho divino.


Ninguna escuela ha contado nunca entre sus partidarios un nú-
mero tan crecido de escritores eminentes : los principales son Saint-
Martin, de Maistre, Bonald .Chateaubriand, Lamennais, Ballanche
y el Barón de Eckstein que, aunque dinamarqués, se halla estable-
cido en Francia.


Su dogma común, porque no puedo detenerme aquí á exami-
nar los diversos matizes quedos caracterizan, es el siguiente. La
razón délos individuos solo engendra la divergencia y la lucha : y
la divergencia y la lucha dan por resultado el caos : la razón del
hombre, pues, es un principio disolvente: pero la fé, que es la vida
de su corazón, está destinada á unir lo que la razón separa : por
consiguiente la fé es el principio social, es el elemento armónico: la
fé de los pUeblos primitivos se realizó por medio de la obediencia á
una revelación primitiva : la fé, en los pueblos adultos, debe manifes-
tarse por medio de la obediencia á la autoridad, que ha sido su depo-
sitaría; solo obedeciéndola, puede estar la sociedad en reposo. Si hay
un dogma directamente contrario al de la libertad y al de la inteli-
gencia, ya lo veis, esedogma es el de la escuela católica, señores.


Sin embargo; consultad las obras de los que le defienden,
cuando descendiendo de la región de sus sublimes teorías examinan
el organismo interior de las sociedades humanas; y encontrareis en
ellas escrito con caracteres indelebles el principio déla soberanía
de la inteligencia rechazado por su dogma.


No me detendré á examinar á Bonald, porque ya lo he hecho en




— 255 —


una de mis lecciones anteriores : en ella demostré que su teoría es
idéntica á la de Platón? y que ambas dan por resultado lógico, que
el dominio del mundo pertenece á los mas inteligentes : pero oiga-
mos á Saint-Martin y á Ballanche.


Saint-Martin explica la sociedad y el gobierno por el pecado
original" si este no hubiera existido, los hombres hubieran sido
iguales en derechos, porque hubieran sido puros igualmente : y
siéndolo, no hubieran necesitado ni de penas, ni de reyes, ni de
legisladores : pero con el pecado nació la desigualdad entre los que
tendieron á purificarse por medio de sacrificios y adquirir asi una
naturaleza mejor y mas digna de sa origen, y los que por el con-
trario se sumieron mas y mas«n la abyección de su caída. Esta de-
sigualdad hizo necesario el mando, y necesaria la obediencia : hizo
necesario el gobierno, y necesario el subdito : pero ¿ quiénes son
los que deben mandar? ¿Quiénes son los que deben obedecer?
Saint-Martin es esplícito : deben mandar los" purificados, deben
obedecer los impuros : deben servir los «que aun no han lavado con
la expiación su mancha : deben gobernar los mejores. ¿ Qué quiere
decir esto ? Que deben mandar los justos : ahora bien, señores : la
soberanía de la justicia y la soberanía de la razón es una misma
cosa : el gobierno de los justos se traduce en el gobierno de los in-
teligentes.


Ballanche, como Saint-Martin, piensa que el hombre pasó, por
medio del pecado, de la edad de la inocencia á la edad del infortu-
nio; y que separado de Dios por su crimen, solo podía rehabilitarse
por medio de la expiación. Dos grandes, rehabilitaciones se han
realizado ya en el mundo : la de Moisés, que fué local porque inició
en el camino de la yirtud á un pueblo solo : y la de Jesucristo, que
fué universal porque inició al género humano. Guando la expiación
de la humanidad llegue á consumarse, la humanidad entrará en
quieta y pacífica posesión de la herencia que la estaba destinada.
Entonces las aristocracias habrán desaparecido : no habrá mas que
pueblo : la esclavitud y la servidumbre pertenecerán á la historia:
la justicia ocupará el trono del mundo, y el Evangelio será la única
ley de los hombres.




— m —


¿Veis al católico, señores, no retroceder ni aun delante de la
soberanía del pueblo, si en el corazón del pueblo tiene su asiento la
justicia?


Tal es Ballanche : melancólico, piadoso, y sin embargo, libre:
Ballanche es una lira armoniosa cuyas suavísimas vibraciones son
el eco mitigado, dulce, plañidor y melodioso del infortunado Vico;-
candida y pura su alma, se pierde como un blando perfume por las
regiones etéreas; y su imaginación colora al porvenir con tintas
suaves y apacibles. Lástima, se dirá, que esas regiones sean sue-
ños , y esas tintas ilusiones : pero destruid las ilusiones, y todo lo
demás es ilusión; destruid los sueños, y todo lo demás es sueño.


Y ved, señores, cómo el germen de la libertad y el principio
de la soberanía de la justicia y de la inteligencia fecundan siempre
el seno de todos los sistemas filosóficos : y así debia ser : porque la
libertad , la justicia y la inteligencia son una misma cosa. Yo re-
conozco siempre en el hombre sabio el varón justo, y en el hombre
justo una alma libre; como presumo en el alma de un hombre cor-
rompido, el alma de un imbécil esclavo , ó de un sangriento de-
magogo (1).


( 1 ) Innecesario parece encarecer la importancia de esta lección, donde Donoso
formula, mas directamente que en ningún otro de sus escritos, su opinión sobre las
escuelas filosóficas contemporáneas. Para comentarla dignamente, cada párrafo exi-
giría una nota : nosotros ^ o r tanto, remitimos al lector á nuestra noticia biográ-
fica , seguros de que cada cual por sí mismo hará los comentarios convenientes en
su lugar oportuno, recordando no sin enternecimiento cuan ilustre discípulo, cuan
piadoso maestro ha llegado á ser Donoso, profesando, en sus últimos años con su
inteligencia, y lo que es mejor, con su cristiana vida, en esa misma escuela católica,
á la cual en 1837 saludaba como Á UN PODER CAÍDO , Y COMO Á U N A GRAM RUINA.


Nota del editar.




W O N DÉCIMA.
2 1 D E F E B R E R O D E 1 8 3 7 ,


I M P O R T A N C I A D E L A S R E F O R M A S P O L Í T I C A S .


SEÑORES:


E N la lección del martes último dimos fin al examen detenido de los
tres dogmas que han luchado sin treguas hasta nuestros dias por el
dominio de las sociedades humanas, á saber: el dogma del derecho
divino que, ajustando en la frente del hombre el yugo inflexible de
la autoridad, ha negado sus fueros á la razón , ha desterrado al
ciudadano de la ciudad política, y sofocando la ley de progreso en
el seno de la.humanidad aletargada, y confundiendo todas las rela-
ciones de los seres entre sí, ha convertido el universo en un vastí-
simo sepulcro en donde duerme una sociedad inmóvil, compuesta de
seres estúpidos y marmóreos, regida por un tirano : el dogma de la
soberanía del pueblo que, concitando tormentas convierte á la socie-
dad en un mar borrascoso, surcado por recios huracanes; convierte


TOMO i. * 17




á la civilización en una orgía nefanda, en ese festín de la barbarie
que se celebra en la oscuridad de la noche y que se termina en la
oscuridad del caos : el dogma, en fin, del dominio de los mas inte-
ligentes , dogma que pone un término á todas las reacciones, dogma
que es el único que puede hermanarse con la ley de la perfectibili-
dad y del progreso, porque arranca las sociedades humanas así del
marasmo teocrático que entorpece su desarrollo, como de la fiebre
popular que las precipita y las devora; así del yugo de la servidum-
bre, como del abismo de la anarquía; y porque considerando al hom-
bre como un ser inteligente y libre, dotado de derechos y dotado
de deberes, asigna su verdadero lugar á ese hijo de la Providencia,
despojándolo al mismo tiempo de la arrogante corona de un Dios y
de la humilde argolla de un esclavo.


Este examen nos da por resultado lógico : 1.° Que los dogmas
reaccionarios de la soberanía del pueblo y del derecho divino de
los reyes, son una misma cosa, considerados en su origen, en su na-
turaleza y en sus consecuencias sociales. Tienen un mismo origen,
porque los dos se fundan en el dogma absurdo de la omnipotencia
social. Tienen una misma naturaleza, porque ambos consagran el
principio de la obediencia pasiva del subdito y de la infalibilidad legal
del soberano, consagrando así el principio de la servidumbre y el
principio de la tiranía. Son idénticos en sus consecuencias sociales,
porque ambos conducen á la sociedad á su sepulcro, ó por medio de
un espantoso letargo, ó por medio dehorribles convulsiones : 2.° Que
si el dogma de la omnipotencia social engendra siempre el despo-


. tismo, la libertad no puede hermanarse y vivir sino con el dogma de
la soberanía limitada : 3." Que sí la soberanía limitada es la única
conveniente y la única posible, la cuestión se reduce á averiguar á
quiénes deben confiarse las riendas del gobierno, si el gobierno ha de
ser tutelar y provechoso para las sociedades.humanas : 4.° Que
siendo la misión del gobierno conservar á la sociedad por medio de
una previsión constante, debe depositarse el gobierno en los mas
previsores, en los mas inteligentes : 5.° Que el gobierno délos mas
inteligentes debe dar por resultado convertir en una unidad fecunda
la ley del individuo, ó lo que es lo mismo, la libertad y la indepen-




— 239 —


dencia del hombre; y la ley de la asociación, ó loquees lo mismo, la
subordinación y la armonía, asentando así sobre una base indestruc-
tible el poder, y protegiendo el libre y espontáneo desarrollo de la
libertad humana.


Tal es, señores, el resultado de nuestras investigaciones sobre
los dogmas políticos que han luchado en el tiempo, que se han loca-
lizado en el mundo, que han dominado en la historia. En las leccio-
nes .que van á seguir, examinaremos el organismo interior del
gobierno llamado representativo, que tiene por objeto evitar todos
los escollos de los principios reaccionarios, declarándose el here-
dero de todas las verdades que por exageradas ó incompletas los han
hecho infecundos, ó los han precipitado en tristes y lamentables
errores. Pero antes de proceder á este examen, me ha parecido
conveniente demostraros hoy su importancia, libre de las exagera-
ciones de los que á fuerza de limitarla la anulan, y de los que á fuerza
de extenderla la pervierten y la desnaturalizan.


Si la razón no nos demostrara, señores , que la humanidad es
siempre idéntica á sí misma, la historia bastaría para demostrarlo
en sus páginas. Una ley providencial preside á su desarrollo en el
espacio, y á su desarrollo en los siglos : esta ley es latey de las reac-
ciones que hace de cada hombre un soldado , que convierte á la •
humanidad en una reunión inmensa de incansables combatientes, y
al mundo que ella habita, en un anchuroso campamento regado con
su sudor, y teñido con su sangre. ¡ Triste destino, señores, el de
las sociedades humanas ! Si las despojáis de los principios en cuyo
nombre combaten , aniquiláis el mundo moral, convertís al universo
en un vastísimo sepulcr o , y las despojáis á ellas mismas de su mas
expléndida corona ; si las dejais entregadas á la merced délos prin-
cipios , esos principios al inocularse en ellas, se convierten en llama
abrasadora, que no pueden apagar todas las lluvias del Cielo. Supri-
midla idea del poder y la idea de la libertad : el soberano no existe:
el subdito no existe : la historia no existe : las sociedades no existen.
Proclamad elimperio necesario de esas dos grandes ideas: al ino-
cularse en las sociedades humanas, esas dos ideas de salud son dos
gérmenes de muerte. El soberano quiere convertirse en señor, el




— 260


subdito en monarca : el primero no concibe el poder sin la servi-
dumbre, ni el segundo la libertad sin la licencia. La idea de la libertad
se formula entonces en soberanía del pueblo, y la idea del poder en
derecho divino de los reyes: y los reyes y los pueblos como dos
ilotas insensatos, ó como dos bacantes furiosas , se entregan á un
combate sacrilego. La idea del poder y la idea de la libertad eran
hermanas: ¿quién, señores, las convirtió en enemigas? ¿Qirién
manchó, con el crimen y la sangre, sus túnicas resplandecientes
cuando bajaron inmaculadas del Cielo? ¿ Quién ha convertido la
tierra, ese magnífico Edén, en un sangriento palenque ? ¿Quién ha
convertido al hombre en un infame fratricida?


No seré yo, señores, el que resuelva estas cuestiones, que es-
pantan á la imaginación y abruman la inteligencia. Ellas son un
enigma oscuro, un geroglífico inmenso que no han podido descifrar
las generaciones pasadas, que no pueden descifrar las generacio-
nes presentes, y que no descifrarán tampoco las generaciones futu-
ras ; porque el sentido oculto que en sí encierran, es el secreto de
Dios, y no el secreto del- hombre niel secreto de los siglos. Bastará
para mi propósito consignarlas como un hecho que, siendo universal
y constante, puede ser elevado á ley de las sociedades humanas.


Y no creáis que estas lúgubres consideraciones sugeridas por el
melancólico recuerdo del combate sin treguas á que hemos visto en-
tregada á la humanidad á causa de los dos principios reaccionarios
que la han sugetado á su yugo, sean consideraciones ociosas, con-
sideraciones estériles; no señores : son consideraciones útiles, son
consideraciones fecundas; porque si hemos puesto un término al exa-
men del principio de absorción y del principio disolvente, poniendo
un término al examen del dogma de la soberanía del pueblo y del
derecho divino de los reyes; no por eso hemos puesto un fin al exa-
men de todos los principios absolutos, y no por eso dejará de ofre-
cerse á nuestra vista el espectáculo de nuevas y sangrientas reaccio-
nes ; porque, y aquí reclamo poderosamente vuestra atención, las
reacciones han existido, no porque los reyes hayan reclamado su
omnipotencia y los pueblos su soberanía , no : lo contrario es la ver-
dad: los pueblos se han proclamado soberanos, y los reyes se han




— 261 —


proclamado omnipotentes, porque los pueblos y los reyes habían de
sujetarse forzosamente á la ley de las reacciones, que es la ley pro-
videncial y suprema de las sociedades humanas. Ahora bien : si el
germen de las reacciones devora como una úlcera el seno de la hu-
manidad, ese germen se asimilará forzosamente todos los principios,
é imprimiéndoles el sello indeleble de su acción, los trasformará siem-
pre en principios divergentes y en principios reaccionarios. Es esto
tan cierto, señores, que ni aun los principios armónicos que salen
del seno de los principios exclusivos, pueden hacer su aparición en
el mundo, sino cuando en las entrañas de la sociedad estremecida
se hace sentir la necesidad de una reacción saludable contra todas
las reacciones. Solo una reacción, en su origen santa, puede poner
el hierro libertador en las manos de las víctimas : ¡felices, señores,
si usando con templanza de su legítima victoria no cambian la corona
del mártir por la cuchilla del verdugo!


Por eso apenas acabo de combatir los dos principios reacciona- -
rios, que levantando dos opuestos estandartes, dividen á la humani-
dad en dos bandos enemigos, cuando ya me veo precisado á com-
batir otras nuevas reacciones, que atajándome el paso, entorpecen
mi marcha y retardan mi carrera. Veamos quiénes son los comba-
tientes , y examinemos su dogma.


El espectáculo de las revoluciones políticas y sociales , que com-
ponen la trama de la historia, y el de los sacudimientos terribles que
han producido en la Europa de nuestros dias, ha sido eausa de que
se desenvuelvan en ella dos creencias igualmente absurdas, porque
son igualmente reaccionarias. Hombres hay, señores, tan mengua-
dos de entendimiento, tan escasos de vista y tan pobres de inteli-
gencia; tan duros de carácter y tan ardientes de corazón, que con-
fundiéndolo todo en medio de las sombras que los envuelven, pero
creyendo que todo lo ven clara y distintamente, porque confunden
en su deplorable ignorancia el astro que dá la luz y que no brilla
para ellos, con la llama del fanatismo, que sin alumbrarlos los que-
ma , se presentan en las plazas públicas; y como energúmenos deli-
rantes, ó Como empíricos impudentes, se proponen curar las llagas
de las sociedades moribundas con la virtud de una fórmula, á la ma-




— 262 -


ñera de los mágicos de las pasadas edades, que libraban de los espí-
ritus maléficos á un alma poseída, con la virtud de un conjuro. Para
ellos la palabra cuestión no tiene plural; porque nunca ven mas
que una cuestión de hecho, y una solución posible : esa cuestión es
siempre una cuestión política , y esa solución la encuentran siempre
en una forma determinada é inflexible de gobierno, que han soñado
tal vez en medio de su delirio. Si la guerra convierte los campos en
un lago de sangre; si una administración viciosa seca los manantia-
les de la prosperidad y las fuentes de la riqueza pública; si la mise-
ria engendra la corrupción; si la corrupción destruye todos los
vínculos sociales; si el hombre hacina las víctimas, y si la peste las
devora, ni la peste, ni el hambre, ni la corrupción, ni la guerra pue-
den considerarse sino como causas aparentes del mal íntimo y pro-
fundo que postra las fuerzas vitales de la sociedad estremecida. Pre-
guntadles cuáles son las causas verdaderas del germen de muerte
que ataca sus visceras y que se desarrolla en sus entrañas; ó por mejor
decir, no se lo preguntéis; porque, con una generosidad sin ejem-
plo entre los poseedores de remedios maravillosos y entre los doc-
tores en ciencias ocultas, ellos publicarán por los cien órganos des-
tinados á la trasmisión de las ideas en las sociedades modernas,
que la sociedad perece por no haber querido aceptar la forma de go-
bierno que por su bien la proponían. En vano la historia les ofrecerá
en sus páginas notables ejemplos de que la libertad como la servi-
dumbre, y la ventura como el infortunio, pueden desarrollarse bajo
una misma forma en el seno de las naciones, y atravesar con un
mismo ropage la corriente de los siglos: ellos no tienen la inteligen-
cia de la historia : y los siglos, elocuentes para los demás hombres,
pasan silenciosos y mudos para ellos, sin que su entendimiento los
abarque, sin que sus labios les pregunten, sin que sus ojos los vean.
En cuanto á los acontecimientos contemporáneos y á las catástrofes
recientes, lejos de que iluminen su ceguedad y de que disipen su ilu-
sión, alimentando sus pasiones, exacerban su perturbación mental,
los hacen mas ridículos, los hacen mas ilusos, los hacen mas cie-
gos. Si no se os ocurre ninguna denominación que sirva p5ra carac-
terizarlos , yo les daré el nombre de puritanos políticos.




— 263 —


La desgraciada edad en que estos hombres florecen, es la edad
de oro de las constituciones políticas. En esto como en todo lo demás,
la Francia puede servirnos de lección y de modelo. Mientras que la
fiebre revolucionaria la postró exánime y convulsa en un lecho de
dolores, todos los partidos que se sucedieron en el mando y que la
acompañaron en su prolongada agonía , la dotaron sucesivamente de
varias constituciones inmortales que llegaron á su ocaso sin atrave-
sar su zenit, y que como los rios en la mar fueron á perderse en
el imperio. Ahora bien, señores : es un fenómeno no observado has-
ta ahora por ningún filósofo y por ningún historiador, á lo menos
de los que han llegado á mi noticia , y sin embargo muy digno de
observarse, porque encierra en su seno consecuencias importantes
y fecundas, que las dos asambleas que no obedecieron á una cons-
titución escrita, es decir, la Constituyente y la Convencional, fue-
ron también las únicas que imprimieron el sello indeleble de su
acción en la sociedad entera; las únicas que con fuerzas hercúleas
decidieron como soberanas su destino; las únicas que decretaron
las victorias y dominaron los acontecimientos; las únicas que no
abandonaron el timón en medio de aquella deshecha borrasca y de
aquella lúgubre tormenta; las únicas, en fin , que fueron grandes,
porque hicieron grandes. cosas y ejercieron un poder omnímodo y
terrible.


Examinada ya" la creencia reaccionaria de los que no ven en la
sociedad sino el gobierno, ni el gobierno sino en la forma exterior
que frecuentemente es una mentira, voy á examinar la creencia
reaccionaria de los que yo distinguiré con el nombre de escépticos
políticos; creencia que es tal vez mas general en la Europa de
nuestros dias de lo que piensan algunos poco atentos á los sínto-
mas alarmantes que se desarrollan silenciosos en el corazón de las
naciones.


Hombres hay, señores , tan flacos de corazón en presencia de
las revoluciones políticas y sociales, tan tibios de fé en la perfecti-
bilidad humana, tan llenos de la idea de la vanidad de todas las
ilusiones, que concluyen por suicidarse á sí propios, apagando ellos
mismos la antorcha de la esperanza que Dios ha colocado en su




— 264 —


seno, para que sea la luz interior que los guie en el sendero de la
vida. 'Si aplicando á la historia su lúgubre telescopio, quieren re-
correr sus páginas , pasan desapercibidas las que conservan en
gloriosos caracteres los dias de bonanza, de prosperidad y de ven-
tura que han brillado para el mundo, y permanecen inmóviles de-
lante de sus ojos fascinados como aterradores espectros, aquellas
que conservan en caracteres de sangre la lúgubre relación de los
grandes crímenes de los reyes, de los grandes escándalos de
los pueblos; de los dias nefastos para la humanidad, y de las espan-
tosas catástrofes que han fatigado la tierra. La humanidad á sus
ojos es siempre la presa de un hado inflexible ; el hombre una víc-
tima ; la libertad una ilusión, y la ventura un fantasma. El universo
les parece un sepulcro, y el género humano vive en él como una
planta agostada en medio del desierto, ó como su propio corazón
en medio del vacío.


Si la sociedad que los sustenta se estremece, porque el despotis-
mo teocrático la abruma, ó porque sedientos demagogos la fatigan,
no los consultéis sobre la reforma de sus instituciones, á todas lu-
ces necesaria, si ha de aplicar un calmante al dolor agudo que la
aqueja y á la ardiente fiebre que la devora. Ellos creen en sus ma-
les como creen en el destino; pero no creerán en la virtud de las
reformas políticas, porque les parecen ilusiones.


En las tristísimas épocas, en que estos hombres aparecen, si
sus doctrinas se propagan, si su desolante escepticismo contagia los
ánimos, la llama del entusiasmóse extingue en las sociedades, el
fuego sagrado de Vesta se apaga en la humanidad, el género hu-
mano siente apenas latir su corazón con tenues y lentas pulsacio-
nes : y el hombre que se mira en medio del Océano sin una estrella
amiga que le guie, sin un rayo de esperanza que le sirva de con-
suelo , se entrega á la merced de los hados, como el piloto que en
medio de la tormenta se resigna á morir, abandona el timón , cru-
za los brazos, arroja una mirada estúpida sobre el'mar que para
devorarle le aguarda, hasta que llega á naufragar en un áspero
bajío.


Las reformas políticas ¿ sou ilusiones en verdad como los escép-




— 265 —


ticos políticos pretenden, ó son una sublime panacea como los pu-
ritanos aseguran? Cuestión es esta, señores, que nos es forzoso
resolver antes de examinar el organismo interior del gobierno
representativo; porque siempre es bueno apreciar el valor intrín-
seco y la verdadera importancia de aquello que se examina. Si las
formas políticas no son nada, ¿ para qué procederíamos al examen
del gobierno representativo que es una forma especial de las institu-
ciones sociales ? Y si las formas políticas lo son todo, bueno es saber
que al tratar de ellas, de la libertad ó de la servidumbre, de la
prosperidad ó del infortunio , de la vida ó de la muerte de las so-
ciedades tratamos.


Cada una de las sociedades humanas, como cada uno de los
individuos que las componen, adopta para su vida interior un ré-
gimen especial, una marcha .diferente : siendo cada una de esas
sociedades con respecto á las demás un todo armónico, homogéneo,
su régimen, si se le considera respecto al de las otras, debe ser
también homogéneo y unitario : y como esa unidad y esa armonía
no pueden existir sin un centro común desde donde se irradie la
actividad social á toda la circunferencia, ninguna sociedad puede
concebirse sin él; la juxta-posicíon de los individuos nunca podría
producir un todo armónico que viviera con una vida propia; y no
viviendo con una vida propia, la sociedad no sería un ser, seria
un .nombre, un agregado. Los gobiernos son esos centros de ac-
tividad social; y siéndolo, son tan necesarios como las sociedades
mismas.


Ahora bien : el gobierno así considerado no es otra cosa que la
acción social: pero si el gobierno es el representante de la sociedad
como depositario de su acción, no absorbe sin embargo en su seno
la personalidad de los individuos que, gozando de una vida propia,
se mueven independientes de su esfera. Los individuos como el go-
bierno, obran : y obran como seres inteligentes y libres. Hay, pues,
dos acciones que coexisten : la acción del gobierno y la acción del
hombre : la acción social y la acción del individuo : la acción pri-
vada y la acción pública. Veamos su desarrollo.


La acción del gobierno se llama ley : la ley sobre la generali-




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dad délos ciudadanos, sobre sus relaciones permanentes, su acción
acaba en donde acaban los derechos y los deberes sociales; manda
en la plaza pública, dirige la acción del ciudadano, pero respeta la
conciencia del hombre. Las acciones de los individuos no tienen un
nombre especial, consideradas en sí mismas: la sociedad las ignora,
y no ha podido nombrarlas en sus fuentes bautismales: no se reali-
zan en la plaza pública, pero se refugian en los hogares domésticos.
Ahora bien: entre los hogares domésticos y el forum, hay la misma
distancia que entre el ciudadano y el hombre : y de la misma ma-
nera queel hombre influye en el ciudadano, los hogares influyen en
el forum : y de la misma manera que los hogares influyen en el
forum, y el hombre en el ciudadano, influyen las ideas y las cos-
tumbres en las leyes.


¿Qué resulta de aquí? Que cuando entre el ciudadano y el hom-
bre , entre las leyes y las costumbres, entre el hogar y el forum,
entre la acción pública y las acciones individuales hay correspon-
dencia y acuerdo, hay también en las sociedades humanas prospe-
ridad y armonía.


Pero ese acuerdo absoluto, esa correspondencia armónica es
imposible, señores : y la divergencia y el combate entre las cos-
tumbres y las leyes es la ley déla humanidad, el espectáculo de los
siglos, y el alimento de la historia.


Este fenómeno explica todos los males que agobian á la sociedad
y dá razón de todas las revoluciones. Con efecto : cuando una socie-
dad padece, el origen de su padecimiento se ha de encontrar forzo-
samente, ó en la acción de los individuos, ó en la acción del gobierno
ó en las acciones simultáneas del gobierno y de los individuos : exa-
minemos estas tres enfermedades sociales que son las únicas posibles;
y examinándolas, obraremos como filósofos : de lo contrario obra-
ríamos como empíricos.


Sucede con frecuencia que siendo las leyes benéficas y tutelares,
son las costumbres viciosas y corrompidas : y como es ley del mundo
moral que sobre los pueblos corrompidos desciendan siempre espan-
tosos infortunios, la sociedad á quien la corrupción envenena, se
siente desfallecida y convulsa: pero como la corrupción que discurre .




* — 267 —


por sus venas y que empozoña sus visceras, no ha sido la obra de
un periodo apreciable de tiempo , sino la obra lenta de los años y
muchas veces de los siglos; y como por otra parte no obra como un
incendio que abrasa, sino como un fuego latente que consume, es
muy difícil que puedan caracterizar el mal y descubrir su origen los
que no hayan meditado profundamente sobre el organismo interior
de las sociedades humanas. Y sin embargo, llegado el mal á sumas
alto grado de incremento, la sociedad se levanta como un espectro
aterrador, y pide el bálsamo que cura ó la sangre que enloquece:
su salvación ó sus víctimas.


Los puritanos políticos se visten entonces de gala porque ha líe-
gado su hora: prestadles un oido benévolo y atento. Ellos os dirán
que todo lo que sucede era forzoso que sucediera, porqué siendo
viciosa la forma del gobierno, una revolución política era urgente
y necesaria : la sociedad que, como el hombre, desea siempre lo que
la dicen que la conviene y cree siempre lo que desea, se entrega á
merced de los empíricos, que escalando la cima del poder, miran
desde su altura cómo la nave naufraga.


Ni podía ser de otra manera, señores; toda revolución política,
en el primer momento de su aparición, debilita el poder : y un po-
der fuerte era la única esperanza de salud para esa sociedad estre-
mecida. Cuando las costumbres son la causa del desarrollo de las
revoluciones, solo puede terminarla el gobierno por medio de la
dictadura; porque solo siendo dictador puede meter en su cauce el
torrente de las costumbres desbordadas, puede imprimir una nueva
dirección á las ideas, y asentando el-estandarte de las leyes hasta
en el hogar de la familia, puede extirpar el cáncer que á la sociedad
devora. Es preciso no confundir jamás las revoluciones políticas con
las revoluciones sociales : las primeras no pueden servir de reme-
dio á las segundas : cuando las costumbres se vician, solo las leyes
las corrigen : no toquéis á sus depositarios : su desaparición es la
muerte.


Cuando las costumbres son puras y las leyes son viciosas; cuan-
do el origen del mal que la sociedad lleva en su seno, no existe en
los hogares y solo se encuentra en el forum; cuando el movimiento




ebril que á la sociedad agita, no parte de la circunferencia para
penetrar en el centro, sino que parte del centro y se irradia por la
circunferencia; cuando la sociedad en fin, rica, adelantada y pode-
rosa es regida por instituciones decrépitas que no pueden satisfacer
sus necesidades actuales; cuando esas instituciones inmóviles obran
sobre ella del mismo modo que el dia primero en que tuvieron su
origen, aunque su origen se pierda en la noche de los siglos, enton-
ces llega el dia y suena la hora en que la sociedad se levanta, pide
sus títulos al poder, y quiere medir su inteligencia: y como sus títu-
los están escritos por otras generaciones, y como su inteligencia se
ha refugiado en su memoria, la sociedad se erige en tribunal, y le
dice:—Fueron valederos tus títulos cuando los abonó lu inteligencia;


cuando tu inteligencia y la mia marcharon unidas : pero hubo un


tiempo en que te cansaste de seguirme y buscaste sueño y descanso


en medio de la carrera: cuando despertaste, te hallaste sin mí : y en


vez de precipitar tu marcha para seguirme, aunque de lejos me si-


guieras, volviste tu cara hacia el Oriente, de donde ambos veníamos,


y diste la espalda al Occidente, á donde yo me dirigía: tú seguiste á


las edades pasadas obedeciendo al reclamo de tus antiguos amores:


yo gravité hacia las edades futuras para tenderlas la mano, para


cumplir mi misión, para llenar mi destino. Yo reino en el porvenir,


tú reinas en lo pasado : nuestros vínculos están disueltos : la eterni-


dad nos separa.


Cuando la sociedad formula esta terrible sentencia, el poder de-
crépito sucumbe : y si un poder inteligente le sucede, y ese poder
inteligente en el momento de su ascensión declara que la borrasca
ha pasado; si, haciéndose el centro délas fuerzas vitales de la socie-
dad, procede sin treguas y sin descanso á su reorganización; si dis-
tribuye las recompensas y el castigo en nombre de ía justicia, esa
palabra mágica que es la primera necesidad de los pueblos, y que
es la única que puede serenar las tempestades, cerrando la cima de
las revoluciones; entonces, señores, ese poder inteligente y fuerte
es un poder legítimo; la reforma política en donde tiene su origen,
es al mismo tiempo legítima, benéfica y necesaria. Ella es un don
del Cielo, y un bálsamo para la tierra.




- 260 —


En fin, cuando la sociedad está gobernada por leyes viciosas y
por instituciones decrépitas; cuando el hombre es depravado y el
ciudadano corrompido; cuando el primero sacude el yugo de la mo-
ral y el segundo el yugo de la ley; cuando el poder se compra y el
subdito se vende; cuando la corrupción reina en el forum y pene-
tra en los hogares; cuando una misma gangrena consume el estado
y devora la familia, la sociedad está herida de muerte : su salva-
ción es imposible. El poder no puede salvarla, porque es corrom-
pido y corruptor : la sociedad no puede salvarse, porque es cor-
ruptora y corrompida : y fuera del poder y de la sociedad no hay
nada.


Entonces la'Providencia borra á ese pueblo del libro de la vida:
borra á esa sociedad del libro de las sociedades : un pueblo con-
quistador la sirve de instrumento : el dedo de Dios le guia; la des-
trucción le precede, y la victoria extiende sobre él sus alas. En-
tonces la sociedad que vence, hace expiar sus crímenes á la sociedad
que sucumbe con un bautismo de sangre; cuando su expiación se ha
consumado, sale del seno de sus escombros magnífica y resplande-
ciente, como renace de sus cenizas el Fénix.


Tales son, señores, las tres únicas enfermedades posibles para
todos los pueblos y para todas las sociedades : la dictadura, la re-
forma y la conquista, son los tres únicos remedios que pueden
salvarlas de esos inmóviles abismos Las reformas políticas puedezi
ser un remedio; pero no son jamás una sublime panacea : las refor-
mas políticas no son un remedio siempre; pero no siempre son es-
tériles y vanas.


Y ved aquí, señores, una nueva prueba de que el dominio del
mundo pertenece á los mas inleligentes. Con efecto : si toda cues-
tión política y social es siempre una cuestión compleja; si no puede
precederse á su resolución , sino por medio de lentas observaciones;
si esa resolución ha de ser el resultado de un minucioso análisis de
todos los elementos que la forman y la constituyen, para que sea
digna de los que mandan y beneficiosa para los que obedecen; si
es forzoso distinguir cuidadosamente, cuando se procede á este exa-
men, la parte que tiene la sociedad en los males que la agobian, y la




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parte que tiene el gobierno en la parálisis que la mata ó en las con-
vulsiones que la agitan; si es preciso, en fin, antes de hacer una re-
forma averiguar : \.° si una reforma es necesaria : 2.° si debe rea-
lizarse en las costumbres, ó verificarse en las leyes : 3.° si debe dar
por resultado, para que satisfaga la necesidad sentida, un aumento
de fuerza en el subdito y una disminución de fuerza en el poder, ó
un aumento de fuerza en el poder y una disminución de fuerza en el
subdito; si todo esto es necesario, repito , para resolver cumplida-
mente todas las cuestiones políticas y sociales, ¿ podrán llenar su
misión, podrán cumplir su destino, y llenándola y cumpliéndole,
podrán regir la sociedad y reorganizar el Estado los que no tienen la
inteligencia de la sociedad, m la v&teVtgewiva de su misión, ni la in-
teligencia de su destino, porque no tienen la inteligencia de lo pa-
sado , ni la inteligencia de lo presente, ni la inteligencia del porve-
nir, ni la inteligencia de la historia ? Señores : la exaltación al poder
de esos hombres imbéciles, es á mis ojos la mayor afrenta de la hu-
manidad, el mas terrible azote para los pueblos, y el mayor de todos
los escándalos sociales. Volvamos, para concluir, á la cuestión que
ventilamos ahora.


No: diré yoálos escépticos políticos. El cetro de la humani-
dad no ha sido confiado por la Providencia á un genio maléfico, ni
á un Dios inflexible : la sociedad no está condenada al caos. Si las
revoluciones la agitan, si. la fiebre la devora, si la corrupción la
consume , si los crímenes la manchan , es porque su destino es el
combate, como condición de la victoria. Vosotros sois los que inocu-
lando el escepticismo en sus venas y alejándola del campo del com-
bate, secáis las palmas que crecen para su bien, amontonáis en su
horizonte las tormentas, la preparáis un yugo sin saberlo, la ar-
rojáis como una víctima indefensa y resignada á la merced de un
tirano, y hacéis posible su muerte. Vosotros sois su único genio
maléfico : porque esas catástrofes que tanto lamentáis, solo han po-
dido turbar algunas veces su reposo; mientras que vuestros acen-
tos fatídicos la matan, porque la enervan. Tened piedad de sus
males : sin vosotros, la veréis avanzarse como un noble comba-
tiente hacia el campo del combate, y la veréis purificada y victo-




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liosa de sus crímenes, de su corrupción, de su fiebre y de sus revo-
luciones ; pero con vuestra presencia ni hay salud para la sociedad
ni salvación para vosotros: no hay salud para la sociedad, porque
la tenéis sin armas en presencia de sus tiranos : no hay salvación
para vosotros, porque nunca las habéis tenido ; y esos que son sus
tiranos, van á ser vuestros verdugos.


Y volviéndome hacia los*puritanos políticos, les diría : Hubo un
tiempo , y ese tiempo no es tan lejano que no le hayan visto nues-
tros padres , en que dominada la sociedad por sangrientos dema-
gogos y por fogosos tribunos, pudo medir con ojos espantados el
abismo de las revoluciones. En ese tiempo, de. triste recordación, la
libertad veló su frente, la justicia veló su frente, el crimen paseó
las calles públicas. El pueblo creyó ser libre, y se miró con cade-
nas : creyó nadar en la abundancia, pero los demagogos no le die-
ron pan; y para saciar su hambre, le arrojaron los troncos mutila-
dos de las víctimas. Ese mismo pueblo, á quien no dieron pan sus
tribunos ni libertad sus demagogos, fué despojado de su Dios por
sus demagogos y por sus tribunos: ¿qué le dieron en cambio? ¿ con
qué llenaron ese inmenso vacío? Con la razón humana que sucumbe
si la fé no la sostiene, que desfallece si otra divinidad no la guia;
con la razón humana


Flor inodora,


Estatua muda que.la vista admira ,


y que insensible el corazón no adora.


Ahora bien . ¿tenéis vosotros algo mas que ofrecer? No : porque
sois unos copiantes sin genio : y Ja sociedad os rechaza, porque la
sociedad es una víctima con experiencia. Vosotros como ellos no ex-
plicáis los males que á la sociedad atormentan sino por el vicio de
sus instituciones : y como ellos también, no encontráis el remedio
sino en su absoluta reforma. Vosotros como ellos proclamáis la liber-
tad , y como ellos también dais principio á su reinado sofocando la
libertad del pensamiento, y sujetándole al yugo de vuestras estériles
ideas. ¿No sabéis que el pensamiento es libre como el aire de los cam-




— 272 —


pos, inmenso como el mundo, y que no cabe en la estrecha y os-
cura prisión de vuestras frentes raquíticas ? Si vuestro sistema es un
plagio, si vosotros os parecéis á los demagogos franceses, sabed que
el siglo en que nosotros vivimos, no se parece al siglo en que ellos
existieron; por eso si ellos hicieron una revolución, vosotros no
podréis componer una revolución con todos vuestros motines : su
bandera en vuestras filas se ha convertido en harapo.


Tales son, señores, los dos partidos reaccionarios que me he visto
obligado á combatir, porque mi conciencia los rechaza y mi razón
los condena. Cada uno de ellos es bastante poderoso para inocular
en un pueblo, sino el germen de la muerte, porque la sociedad los
conoce, el germen de una terrible convulsión ó dé una lenta pará-
lisis.


Y si, como sucede con frecuencia, ambos existen en una misma
sociedad y á un mismo tiempo, entonces los hombres que teniendo
una cabal inteligencia de la historia, comprenden los males, sin de-
sesperar por eso del porvenir de las sociedades humanas, se encuen-
tran en una situación bien dolorosa y terrible. Si por ventura lamen-
tan el estado febril á que la sociedad se ha visto reducida, y pugnan
por volverla á su estado normal y de reposo, uno de. estos dos par-
tidos maniacos grita al mundo—no hay peligro.—Y como en un coro
discordante el otro le responde—no hay remedio.—Decid al uno que
el peligro es inminente, y os acusará como á traidores : decid al
otro que aun es posible el remedio, y os compadecerá como á ilusos
visionarios.


Tal es el destino de los que, consagrando su vida al descubri-
miento de la verdad, nacieron en mal hora, porque abrieron sus ojos
á la luz para mirar escándalos, para presenciar catástrofes y para
medir abismos : pero si combaten incansables en la brecha, el por-
venir será suyo, será suya la victoria : porque los abismos se llenan,
las catástrofes se suspenden, y los escándalos pasan. Solo es eterna
la verdad; solo es eterna la memoria del varón fuerte que sabe
defenderla entre ruinas.




L A L E Y E L E C T O R A L ,


CONSIDERADA


EN SU B A S E , Y EN SU R E L A C I Ó N


CON EL ESPÍRITU


DE NUESTRAS INSTITUCIONES.


( 4835 ) .






CUANDO las Cortes coavocadas según el Estatuto van á dejar á la
nación española su ultimo y mas precioso \egado en una \ey ufe l e c -
ciones, fuera mengua guardar un silencio indiferente, y por lo in-
diferente, criminal. En los momentos terribles en que las sociedades,
sintiéndose estremecidas, y llevadas por un impulso que no conocen
hacia un porvenir que desconocen también, se reposan por un ins-
tante para divisar el faro que ha de iluminar su marcha, los hom-
bres revestidos con el carácter augusto de la magistratura política
no son nunca bastante poderosos para señalarlas el camino que con-
duce á la salvación : los representantes vuelven entonces su vista
hacia los representados; y si estos no elevan una voz que sea apoyo
de la suya; si no les tienden una mano, que enlazada con su mano
haga comunes los esfuerzos ; si retirándose del estadio político, los
abandonan; abandonándolos, se condenan á la muerte, porque los
condenan al error.


Por fortuna no será este el destino de mi patria. Trabaj'ada por
dolorosas convulsiones y por largos infortunios, lucirá para ella el
dia de su ventura, porque aun vive en su seno la esperanza, y arde
en su corazón la fé. Sus convulsiones han sido terribles, sí, pero
no han sido las convulsiones que acompañan á un pueblo en laago-


TOMO i. 1*5




-r- 276 —


nía á su sepulcro, sino las que acompañan á un pueblo que busca
ansioso la idea que ha de regenerarle; que lucha con los obstáculos
que jas generaciones pasadas han arrojado en medio de su camino,
en cuyo límite le espera la victoria para ceñirle, en premio de su
combate, de inmarcesibles laureles. La prodigiosa actividad de la
prensa periódica, cuando va á discutirse en las Cortes la ley que ha
de ser el instrumento de la prosperidad de la nación ; el generoso
apoyo que todas las inteligencias ofrecen á los dos cuerpos colegisla-
dores; la ansiedad de los que temen; la confianza de los que esperan;
la turbación de los que fluctúan y vacilan; todo prueba que la na-
ción española no es indiferente á su destino; que sus fuerzas vitales
no la han abandonado-, y que sus representantes pueden contar con
ella. Ansioso-de contribuir por mi partea que una ley que encierra
en su seno la salvación de la monarquía , repose en una base, que
sea digna del siglo en que aparece, de los legisladores que la decre-
tan , y del pueblo que la recibe, voy á -examinarla en esa base, y
solo bajo su aspecto constitucional, recordando antes los grandes
principios que constituyen el estado político de Europa: principios,
que los legisladores deben tener siempre presentes; porque ellos
solos pueden resolver las grandes cuestiones, sometidas hoy á su
deliberación.


PRINCIPIOS.


La ley de elecciones es al mismo tiempo un medio y un fin: es
un medio, cuando se la considera con relación al poder político que
los electores crean; es un fin, cuando se la considera con relación
al poder político que los electores ejercen : porque los que crean un
poder, son un poder también. Si esto esasí, una ley de elecciones
será viciosa, siempre que su resultado sea conferirla facultad electo-
ral á los que no tengan derecho de elegir; porque, eligiendo, han de
dar existencia á un poder bastardo; y será perfecta, cuando confiera
la facultad electoral á los que tienen derecho de ejercerla; porque,
ejerciéndola, han de constituir un poder legítimo. En los principios
hasta aquí asentados, no hay diferentes pareceres, ni encontradas
opiniones; y cabalmente por esa razón, he querido comenzar por




— 277 —


ellos, seguro de que es necesario siempre convenir en las bases
para discutir después sus consecuencias. Pero ¿ en quién reside la
legitimidad del poder? Cuestión es esta de difícil resolución; si bien
no tan difícil, que hayamos de eludirla por miedo de no poder resol-
verla: porque ¿cómo juzgar de una ley, que será perfecta cuando dé
por resultado un poder legítimo, y viciosa, cuando dé por resultado
un poder bastardo, sin averiguar antes en qué consiste la legitimi-
dad del poder? Bien sé que hay muchos que, no pudiendo sufrir el
yugo de los principios, ni el imperio de las teorías, pretenden re-
solver estas cuestiones, sin llamar en su apoyo á los primeros, y
sin reconocer á las segundas : al escribir estos renglones, no me di-
rijo á ellos como lectores, y desde ahora los recuso como jueces:
jamás llegará á tal punto mi modestia, que reconozca como á pares
míos á los que, empezando por negar sus fueros á la razón para des-
cubrir la verdad, envilezen su inteligencia y se condenan al absurdo.


La misión del poderes constituir las sociedades, y conservar-
las después de constituidas : y si solo uno existe que pueda llenar
esta misión, ese solo será legítimo, porque ese solo es posible y
necesario. Ahora bien; solo la inteligencia puede establecer la uni-
dad entre los individuos, que vivirían aislados si no fueran inteli-
gentes. Y solo la inteligencia puede conservar esa unidad, y con
ella á las sociedades : porque solo la inteligencia sabe prever; y
las sociedades no se conservan sino por medio de una constante
previsión en el poder que las dirige, que es idéntico siempre al
que las ha constituido. Si esto es así, solo será legítimo el poder de
la inteligencia; porque soló la inteligencia puede constituir, y sabe
conservar : si esto es así;, todo poder que no tenga eu ella su orí-
gen , y que no haya recibido de ella su misión, es un poder efímero
y bastardo : aunque.las manos de los hombres le levanten altares;
aunque en ellos ardan lodos los aromas del Oriente; aunque una
generación raquítica le tribute adoraciones, los cimientos en que se
apoya , son frágiles; y pasará como el humo.


Esto dice la razón, y lo confirma la historia. Mirad aquella so-
ciedad iníante: los individuos que la componen, llevan impreso to-
davía en sus frentes el sello de un orgullo agreste y de una indoma-




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ble independencia. ¿Quién es aquel á quien obedecen como cor-
deros los que tigres parecían? Es el bardo inspirado por el Dios
de la tribu, ó el adalid á quien una divinidad amiga envia sueños
de victoria. Es la inteligencia dé aquella sociedad, que ha elegido
por asiento la frente coronada de un caudillo, ó la lira de un poeta.
Si pasa delante de vosotros, y le preguntáis al pasar cuál es su his-
toria, os responderá que un Dios se apareció entre sus padres; que
ese Dios tocó la frente de uno de ellos, colocó en el firmamento
una estrella que le sirviera de guia, y le dijo: «vencerás, porque al
resplandor de aquella estrella me verás á tu lado en los combates,
y tu pueblo será, entre todos los pueblos, mi elegido.» Así, los ojos
de los hombres al penetrar en la noche de los tiempos, y al descu-
brir la cuna de las sociedades, miran siempre á una divinidad jun-
to á ella. Ahora bien, una divinidad para los pueblos que nacen,
es la inteligencia, misma : sigamos á esta inteligencia en sus tras-
formaciones, al través de los siglos y la historia.


Todo poder á quien pertenece la dominación, es expansivo; y
por medio de la expansión, extiende sus pacíficas conquistas.: Ya he-
mos observado que la inteligencia constituye.las sociedades bajo la
forma de la divinidad, y las conduce después, eligiendo por su re-
presentante á un bardo ó aun caudillo. Cuando las tribus nómadas y
las hordas errantes se fijan, se trazan límites y se constituyen en
naciones, la inteligencia pasa de un hombre á una chse, y de la
lira á un templo : su poder, sin dejar de ser el mismo en la esen-
cia , se reviste de otra forma; y el cetro de la dominación pasa de
las manos de un adalid vencedor á las de los sacerdotes de la India,
y la de los magos de la Persia. Pero la inteligencia crece en el seno
de los siglos, los templos no pueden contenerla, y se derrama* en
los palacios: este es el primer paso hacia su secularización; porqué
al lado del trono de los sacerdotes se eleva el trono de los patricios.
Pero llega un tiempo en que, después de haber crecido silenciosa y
modesta , ni el manto sacerdotal ni el patriciado le bastan, y se
precipita en el campo para combatir por el dominio del mundo:
entonces elige por su representante á una,nacion entera, que ator-
mentada por la divinidad que la agita, se vé arrastrada por una




— 279 —


mano de bronce hacia un destino que ignora . sus falanges no en-
cuentran resistencia : los mares que se dilatan á sus pies, dan libre
paso á sus colonias : y sobre los muros de tfidas las capitales tre-
molan al aire libre sus victoriosos pendones. Así los griegos ven-
cieron, y se asimilaron el Oriente para colocarle en ofrenda sobre los
altares de Roma. Así Roma encadenó al universo; y cuando, con-
cluida su misión, la abandonó la inteligencia, los bárbaros del Norte
entonaron el himno de la victoria sobre su sepulcro; y el astro belfo
que presidió á su destino, eclipsado para siempre, no volvió árepo-
sar sus amorosos rayos sobre sus siete colinas.


Aquí comienza Buestra historia, que careciendo de la unidad
severa de lá antigua, y teniendo por carácter distintivo la varie-
dad y la riqueza, no se presta tan fácilmente como aquella á las
fórmulas filosóficas : sin embargo, puede asegurarse que la histo-
ria moderna dá por resultados, 1.°Ia emancipación sucesiva de
todas las clases de la sociedad : 2.° la encarnación de la inteligen-
cia en cada una de las clases emancipadas : 3," el dominio de cada
una de estas clases, luego que recibió en su seno á la inteligencia;
4 . " la secularización absoluta déla inteligencia; y 5.° su pacífica y
omnímoda dominación por medio del gobierno representativo.


No fueron los bárbaros del Norte los que, para regenerar al
mundo, destrozaron el Capitolio: el rayo que debia abatir al gigante,
se habia forjado en la Palestina, y habia reposado inerte hasta la
hora señalada en las catacumbas déla ciudad eterna. La civilización
antigua habia dado ya todos sus frutos : la inteligencia de aquellos
pueblos nada podia enseñar ya al hombre : la religión cristiana se
apoderó de su tutela, como mas universal y mas inteligente : los
bárbaros del Norte fueron sus ministros; y al que llame sacrilego
á este enlaze, le diré que el mundo estaba entonces dividido entre
la barbarie y la degradación; y una religión que llevaba en su seno
la perfectibilidad humana, no podia vacilar en elegir por instru-
mento á un pueblo bárbaro contra un pueblo degradado. La barba-
rie tiene un porvenir : la degradación no le tiene ; y si le tiene, es
un sepulcro.


La Iglesia fué inteligente, y por eso fué la primera enuinci-




- 280 —


pada, y la que dominó- en la sociedad primero : su poder dejó de
existir, cuando sus ministros le despojaron de la inteligencia, y le
dotaron largamente de absurdos. Las municipalidades sacudieron
después el yugo de los barones y el yugo de los reyes: con su
emancipación, aparecieron en medio de las naciones algunos cen-
tros de actividad y de vida, que no pocas veces se ligaron entre
sí para defenderse de sus encarnizados enemigos : la inteligencia
se refugió dentro de sus muros; y al mismo tiempo que dirigía sus
fuerzas artísticas y comerciales, los iniciaba en el poder político
que ejercieron, principalmente en los Paises-Bajos y en Italia. Al
lado de estos grupos,' que la inteligencia empezaba á vivificar,
existia un grupo luminoso T en qne la inteligencia, y solo la inteli-
gencia presidia: las universidades, en la edad media, fueron un gran
poder político, que los poderosos acataban, que los reyes consul-
taron , y que miraban con respeto hasta los pontífices de Roma. Y
todos hacían bien; porque en el seno de las universidades, li-
gado , pero no vencido por el yugo de Roma y el yugo de Aristóte-
les , crecía eí principio de la razón independiente, Hércules que
habia de purgar la tierra de monstruos; y á quien la tierra había
de llamar su soberano, y ceñir una diadema , cuando subiese al
trono que le tenían preparado los que ya le adoraban en su cuna.


Ese Hércules fué revelado, por fin, al mundo. En el fondo de la
Alemania se vio tremolar su estandarte , nuevo entonces en la Eu-
ropa. Él secularizó á la inteligencia, que, una vez emancipada, de-
bía dominar como señora. Entre tanto, una ley providencial habia
abatido en el polvo al tan fastuoso, como estragado imperio de
Oriente; y su civilización moribunda vino á rejuvenecer la Europa,
rejuveneciéndose en Italia : por las venas de los hijos de los bár-
baros del Norte circuló entonces una nueva vida : la hora de la re-
generación del mundo moral habia sonado; y cuando á su sonido
se levantó un adalid, y se declaró el intérprete de la razón humana,
las sociedades, dispuestas ya á recibir en su seno al huésped que
para su ventura el Cielo las concedía, sintieron un estremecimiento
de placer, al oír resonar en el espacio la voz de aquel fogoso tribu-
no. Sin embargo, era necesario combatir ; y los campeones de la




— 281 —


razón combatieron largamente en grandes campos de batalla. La
revolución francesa puso un término á lucha tan desastrosa : ella
condenó á muerte á tas instituciones absurdas : demolió los frágiles
cimientos de todos los poderes usurpados; y sobre el campo del
combate, cubierto de ruinas, asentó con mano fuerte la bandera
de la civilización; y escribió en ella el destino de las generaciones
futuras. Saludemos á sus mártires, saludemos al genio de esa re-
volución magnífica : bajo sus alas protectoras crece la libertad, y
manda la inteligencia : en vano espíritus débiles le condenan, le
desconocen ó le insultan: no por eso empañarán su lustre, ni harán
vacilar al coloso : su planta está firme, porque la sirven de pedes-
tal los siglos : su frente está radiante, porque la animó el soplo de
la inspiración divina. La emancipación de todas las clases de la so-
ciedad es, desde entonces, completa y absoluta ; seríamos muy
ingratos si, espectadores del gran drama que comienza en la cru-
cifixión de Jesús, y que coneluye en la expiación de Luis, no
supiéramos agradecer la grande herencia con que han dotado á la
humanidad tan grandes y costosos sacrificios.


No seré yo el que desenvuelva, én el corto espacio que ofrecen
las páginas de este opúsculo, todas las consecuencias de esa revolu-
ción ya consumada; y pienso que mis lectores me agradecerán que
me limite á llamar su atención hacia la mas bella de todas; es de-
cir, hacia el gobierno, á que los publicistas, no muy filósofos en
esta parte á la verdad, han llamado representativo.


Comenzaré por observar que la tendencia de la civilización de
la Europa hacia él, ha debido ser irresistible, cuando le vemos es-
tablecido en Inglaterra, aun antes de que esa misma civilización
tuviera una existencia asegurada, y se hubiese revestido de una
fisonomía. La presunción llega á convertirse en certidumbre, si
observamos que apenas aquella existencia se realiza, y esta fiso-
nomía se descubre libre de velos, y exenta de celages , todas las
sociedades del Mediodía de la Europa, obedeciendo á un impulso
fatal, gravitan hacia él, como las masas gravitan hacia su centro^
Estas consideraciones no han sido bastante poderosas para que
nuestros publicistas, al examinarle y definirle, hayan estudiado en




— 282 —


el carácter dé nuestra civilización su verdadero carácter, y en la
naturaleza de esa misma civilización su verdadera naturaleza; y
sin: embargo ella sola, que le reclama como su necesidad, y que le
adopta como su producto, puede explicarle y le explica.


, Engañados lastimosamente por las apariencias, porque ven que
hay electores y elegidos, han dado el nombre de representantes á
los segundos, "y á los primeros el de representados : sofisma evi-
dente, porque se confunde la esencia de un gobierno con el modo
de existir que le caracteriza : sofisma funesto, porque traslada el
poder de la asamblea de los elegidos para ejercerle, y que le ejercen
en virtud de un derecho propio, á las.asambleas délos que elijen,
y que no pueden ejercerle sino en fuerza de un derecho usurpado.
No : mil veces no : en el estado político y social de Europa, tienen
derecho á mandar los mejores; y como no los conoce la ley, comi-
siona, para que se los designe, á los buenos ; los electores al elegir
no hacen mas que pronunciar un nombre que la ley busca , y que
no sabe. Así, los que , supuesta la nomenclatura de representantes
y representados, defienden los votos imperativos, y sostienen el de-
recho de los últimos á lanzar el anatema de la degradación sobre
los primerosson mas lógicos que los que , estremeciéndose con
el espectáculo de una invasión demagógica, niegan las consecuen-
cias , abrazándose al principio que las contiene en su seno. El ins-
tinto del bien los hace inconsecuentes; pero con el instinto solo no
se salvan las sociedades : se salvan con teorías luminosas que rea-
lizadas condenan á muerte á los monstruos, y á los absurdos al
olvido.


La antigüedad conoció la división de los gobiernos en monár-
quicos , aristocráticos y democráticos : y los publicistas modernos,
plagiarios dé la antigüedad, han adoptado esa división como un
dogma. Tracy quiso un dia ser original comentando á un hombre
grande , y dio á luz la peregrina idea de que los gobiernos ó son
buenos, ó son malos : ciertamente no cometió un error el publicista;
pero dijo una inocentada; y in hoc non laudo. Grande ha debido ser
el apuro délos filósofos modernos al clasificar al gobierno estable-
cido hoy en el Mediodía de Europa, sin alterar la nomenclatura que




— 283 —


nos legaron, los antiguos. No es monárquico; porque nadie sostendrá
que sé le caracteriza bien, llamándole gobierno de un monarca; no
es aristocrático; porque este nombre está reservado:al gobierno de
una clase revestida de privilegios, y los privilegios han pasado ya:
en fin T no es democrático; porque en él no dictan leyes las masas;
Es verdad que los antiguos hicieron otro descubrimiento que ha ser-
vido á los modernos para resolver el problema : ademas de los tres
gobiernos indicados, reconocían la existencia de los gobiernos mix-
tos: y alborozados nuestros publicistas con hallazgo de tanto precio,
mixto llamaron al gobierno que habia dado á luz la civilización de
Europa.


A esto nada Jengo que oponer, sino que no hay gobiernos mix-
tos, ni han existido jamás. La suposición de su existencia reposa en
un principio que es falso á todas luces : es decir, en el principio del
equilibrio de los poderes. Gon efecto, si fuera posible que el monar-
ca , el pueblo y la nobleza , obrasen como poderes íntegros en su
acción, independientes y armónicos; teniendo todos una fuerza igual,
tendrían también igual derecho á imponer su nombre al gobierno
que todos constituian; pero este equilibrio es imposible, y no hay
ningún ejemplo de él en ningún' periodo de la historia. Si alguna
vez se presenta este fenómeno en los anales del mundo, su efecto
nunca sería la acción sino el reposo; y el reposo en los gobiernos,
es la muerte. Ahora bien : si todos estos elementos no pueden com-
binarse de manera que tengan igual dominio, uno solo ha de pre-
valecer; y ese solo es el gobierno, porque ese solo gobierna : los
demás podrán ayudar en su acción; podrán entorpecer su marcha;
y deberán tenerse en cuenta en la historia que se escriba de los
obstáculos que tuvo que superar, y de los elementos que supo asi-
milarse , para que su acción fuese rápida y completa; pero no po-
drán llamarse poderes como él, ni levantar un trono al lado de su
trono.


Los proclamadores de los gobiernos mixtos han confundido
siempre la coexistencia de los dos elementos débiles con elelemento
dominante, en calidad de Obstáculos o medios, con su coexistencia,
imposible de concebirse en calidad de poderes gobernantes como él,




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y que contribuyen á su constitución : origen fecundo de graves erro-
res y de dolorosos estravíos. Y ño se diga que una cuestión de no-
menclatura es una cuestión de palabras; no: una ciencia, que tiene
una nomenclatura absurda, es una ciencia absurda también; ó por
mejor decir, no es una ciencia, es un error. El volumen que ha
de contener los principios del derecho público constitucional, no está
escrito todavía : y es el desideratum de la Europa.


El gobierno que es actualmente la necesidad de los pueblos ci-
vilizados, dista tanto de los gobiernos por la antigüedad conocidos,
como la moderna de la antigua civilización. Un volumen no basta-
ría para explicar el abismo que para siempre las separa; pero bas-
tará á mi propósito indicar algunas de las diferencias que las carac-
terizan. El carácter de la civilización antigua es la localidad, y la
universalidad es el carácter de la moderna civilización : por eso los
pueblos modernos se abrazan, mientras que los antiguos combatían.
En la antigüedad no hubo emancipación sucesiva de clases; por eso
el poder que dá la inteligencia, fué un monopolio en algunas; mien-
tras que un destino inexorable condenaba á la esclavitud á las de-
más. La libertad nació espontáneamente entre los griegos; y por
eso nos admiramos todavía de su unidad y de su sencillez : la liber-
tad, en Europa, ha sido resultado del trascurso de diez siglos, y la
consecuencia de lentas combinaciones; por eso es mas tolerante y
mas fecunda, si bien no tan bella , porque carece de su sencillez y
su unidad. ¿ Y habrá de aplicarse al gobierno del Mediodía de Eu-
ropa la nomenclatura inventada por los filósofos de la Grecia?


Pero sino es el gobierno de un monarca, ni el de la aristocracia,
ni el de la democracia ; sino es tampoco un gobierno mixto , ¿cómo
se le llamará? se le llamará el gobierno de las aristocracias legíti-
mas. Pero esto necesita explicación.


Queda demostrado por la razón, que el dominio del mundo per-
tenece á la inteligencia : y por consiguiente, que el poder legitimo
es siempre uno é idéntico en su origen : queda demostrado por la
historia, que el egercicio del poder está reservado siempre á los hom-
bres, á las clases, ó á los pueblos, á quienes la inteligencia concede
la dominación; y por consiguiente, que el ejercicio del poder está




— 285 —


sujeto á continuas variaciones. Dedúcese de aquí, que cuando se
trata de explicar la naturaleza de un poder dado para distinguirle
de los demás, no se pretende explicar la naturaleza absoluta del
poder; porque siendo esta siempre idéntica á sí misma, no daría por
resultado diferencias, sino su misma identidad. Se pretende solo
explicar su naturaleza respectiva : y para explicarla, no se ha de
considerar el principio en donde el poder reside, sino las manos que
ejercen el poder; veamos, pues, á quien ha confiado la inteligencia
en Europa el ejercicio legítimo déla soberanía : porque esta, y esta
sola es la cuestión.


Sucesos cuyo encadenamiento nos asombra, descubrimientos
cuya coexistencia es siempre un síntoma seguro de que una inmen-
sa revolución se ha consumado en las elevadas regiones del mundo
moral, y que conmueve las del mundo físico, porque va á reali-
zarse también, habían cambiado completamente la faz de toda la
Europa.


Dividida antes en grupos luminosos y pequeños, que alterna-
tivamente combatían, dominaban, y seveian reducidos á la mas re-
pugnante abyección, ?áfe presentaba, en el periodo que describo,
una, compacta y poderosa; porque solo en ella habia un gran
centro de actividad , y un gran foco de inteligencia y de poder. El
grupo de las municipalidades habia ido ganando insensiblemente


• terreno, mientras que el de las fuerzas nobiliarias veia estre-
charse rápidamente su horizonte, y limitarse su esfera de acción.
El sol de la Palestina habia sido fatal para los caballeros cruzados:
todos los campos de batalla les fueron siempre funestos : sus manos
dejaban escaparse lentamente el poder, mientras que conquistaban
la gloria, y hacinaban sobre los sepulcros de los bravos una gran-
de cosecha de laureles. El grupo donde se refugiaban las fuerzas
de los ministros del altar, estaba exánime y moribundo. El astro
de Roma habia traspuesto su zenit, y caminaba hacia su ocaso; sin
que en su carrera le siguiesen las aclamaciones de los pueblos. En-
tre tanto, el grupo de las universidades aumentaba su poder, y dila-
taba su influencia. En fin, llegó el dia, y sonó la hora en que el
de las fuerzas nobiliarias, y el de Roma desaparecieron de todo




— 286 —


punto como poderes. Entonces los dos únicos poderesque quedaban
en el campo del combate, en ver dé lanzarse como enemigos á la
arena centonaron el himno de la paz, se ciñeron la oliva, y se lla-
maron hermanos. El Cielo bendijo su unión, y las naciones sintie-
ron en sus entrañas un estremecimiento de alegría.


Las municipalidades emancipadas invadieron el recinto de las
universidades : las clases propietarias, comerciales é industriosas
se iniciaron en los misterios de la inteligencia, que las reveló el arte
de gobernar, y las confió el ejercicio de la soberanía , que le per-
tenece, luego que se le hubo revelado. Sí, solo á estas clases per-
tenece él ejercicio de la soberanía, porque sólo estas clases son
inteligentes : solo á estas clases pertenecen los defechos políticos;
porque solo estas clases pueden ejercer legítimamente la soberanía:
su gobierno es el délas aristocracias legítimas, es decir , inteligentes,
porque solo la inteligencia da la legitimidad : se diferencia del go-
bierno de la democracia , porque el gobierno de la democracia es
el gobierno déla fuerza : se diferencia del de la aristocracia, porque
la aristocracia es tiránica y exclusiva, y tiende siempre á la recon-
centración del poder, mientras que el gobierno de las aristocra-
cias legitimas tiende á ensanchar su esfera, á dilatar su horizonte,
y á reunir armónicamente los elementos que le constituyen' en un
centro de actividad y de expansión. ¡Magnífico espectáculo! el de
una sociedad sin parias , en donde los que dirigen, dirigen en •
nombre de la inteligencia , y los que obedecen, solo obedecen á la
ley; en donde disfrutan de la libertad civil todos los que ignoran,
como de la libertad política todos los que saben. Jamás el sol ilu-
minó con sus rayos una sociedad antigua tan dotada de derechos, y
tan rica de esperanzas.


Tal es el gobierno con que ha dotado á la Europa la revolución
francesa, no bien comprendida , hasta que á historiadores imbéci-
les y mercenarios han sucedido historiadores imparciales y filóso-
fos. En su primer periodo es en donde debemos estudiar su tenden-
cia y examinar su carácter; porque, no dirigida en él la revolución
por causas extrañas, dio libre curso á las ideas que en su seno se
escondían : si sois imparciales, no busquéis el secreto de las revó-




— 287 —


luciones, si no en el periodo, siempre breve, de su espontaneidad.
Las clases medias en Francia, dotadas ya de antiguo de una pode-
rosa inteligencia, reclamaron el asiento que las pertenecía en la ci-
ma del poder; para reclamarle se levantaron, é hicieron resonar
su voz; esta es la historia de su primer periodo. La Europa, á quien
la revolución no se dirigía, quiso sin embargo responderla; sus ejér-
citos profanaron el suelo de la Francia: sus tesoros llevaron á su
seno las discordias. Las clases medias de Francia podían combatir el
desmoronado edificio de instituciones condenadas ala decrepitud;
pero no bastaban para resistir á todos los reyes coligados : viendo
ante sí un abismo, llamaron en su socorro á las clases proletarias, y
las despertaron del letargo en que yacían : hicieron bien; el nuévjo
elemento introducido en la revolución produjo tempestades y distur-
bios ; pero salvó el porvenir de las naciones. Si hubo crímenes,
crímenes fueron de Europa, y no de Francia : ella solo puede recla-
mar una larga serie de desdichas y un gran legado de gloria.


APLICACIONES.


No faltará quien me acuse, porque aun no he hablado de la ley
de elecciones : si así sucediera, no me sería difícil probar que he
tratado de ella largamente; porque se trata de una cuestión, siempre
que se discuten los grandes principios que¡ la resuelven y la abar-
can. En el breve espacio de este opúsculo, he procurado bosquejar un
sistema ; ni podía ser de otro modo, si se atiende á que una ley de
elecciones parte de un sistema es, y parte tan principal, que puede
por sí sola afirmarle, y por sí sola conmoverle. Bajo el gobierno de
las aristocracias legitimas vivimos; y por consolidarle en nuestro
suelo pugnamos : si nos decidimos á traspasar sus límites, no lo
hagamos como imbéciles, sin conocer lo mismo que apetecemos.
Bueno será̂ contemplar detenidamente nuestra posición'; y ya que
es forzoso elegir, que esto sea con conocimiento de causa, después
de haberla-examinado.


Sobre el modo de elección, que es la base principal de la ley,
y la única que trato yo de examinar ahora, hay dos pareceres en-




- 283 -
contractos; unos combaten por la elección directa, como mas útil; y
otros por la indirecta, como mas acertada y conveniente : por lo de-
mas , los sostenedores de ambas piensan que combaten en un mis-
mo terreno, y que combatiendo, reconocen como ley al gobierno
representativo. Tiempo es ya-de que se disipe su ilusión, y de que ad-.
viertan que sin saberlo, á encontrados gobiernos obedecen, y á con-
trarios fines por contrarios rumbos caminan. Examinemos, pues, el
orden lógico de ideas, y la serie de inducciones que constituyen á
los dos métodos en sistemas no solo diferentes, sino también con-
trarios, y de todo punto incompatibles.


El sistema de la elección indirecta reposa en el principio demo-
crático de la soberanía del pueblo : los partidarios de esta sobera-
nía se dividen en partidarios lógicos, y partidarios inconsecuentes.
Los primeros proclaman el sufragio universal : los segundos nie-
gan los derechos políticos á las clases proletarias, y convidan á todas
las demás al goze de la soberanía; pero aunque las convidan, las te-
men; y como las temen, las engañan. En tan apurada situación, han
recurrido ala elección indirecta, elección que es una monstruosidad
inconcebible : por ella se niega, aun mismo tiempo, y se reconoce
en el pueblo el derecho de la soberanía : se le reconoce este dere-
cho , porque se le convida á ejercerle : se le niega, porque de tal
manera se debilita su acción al tiempo de realizarla, y de tal manera
se anula su voluntad al tiempo de trasmitirla, que estas precaucio-
nes pueden llamarse con razón uua sentencia de incapacidad mo-
ral, lanzada por la ley contra el soberano á quien debe su existencia.
Esta sentencia, que la ley lanza contra el soberano, la lanzo yo con-
tra la ley. Imbécil puede llamarse la ley que obedece al miedo:
imbécil puede llamarse la ley que proclama la decepción : imbécil
puede llamarse la ley que abate la frente ante un soberano á quien
declara en estado de tutela : imbécil puede llamarse la ley que pro-
clama, á un tiempo, é insulta ala soberanía: imbécil puede llamarse
la ley que, fluctuando entre todos los principios, solo obedece á to-
dos los absurdos.


Contra ella se levantan todos tos proletarios, y la dicen : tú
reconoces la soberanía del pueblo: ¿no somos nosotros parte del




- 289 —


pueblo? ¿pues porqué nos eliminas del poder? La ley calla, y los
partidarios del sufragio universal aplauden. Vienen después las cla-
ses medias é inteligentes de la sociedad, y la dicen : ¿porqué bus-
cas tu apoyo en los que saben, si, como vil cortesana, haces señas
también á los que ignoran? ¿porqué das el poder al mismo tiempo
á los que tienen bienes, y á los que se los codician? La ley calla , y
los partidarios de la inteligencia aplauden. Llega el momento de la
elección: de la urna fatal salen los nombres de los elegidos del pue-
blo .: el pueblo todo los mira, y no Ios.conoce : entonces se levanta
contra la ley, y la pregunta : ¿quiénes son? La ley lo sabe, pero
calla : la sociedad la maldice; y el pueblo destruye con sus manos
colosales una obra que no es obra de sus manos. Cuando esto su-
cede, concluye el reinado de una ley que debió sus efímeros triun-
fos á una decepción, y su existencia aun absurdo.


Sí, á un absurdo.: porque un absurdo es el principio de la so-
beranía del pueblo, tal como sus partidarios le conciben. Voy á
examinar este principio famoso; y examinándole, daré una prueba
evidente, de que, cuando me lanzo una vez en el estadio político,
no me retiro de él antes de haber ventilado todas las diferencias,
antes de haber examinado todas las cuestiones, y antes de haber
luchado con todas las. dificultades* Vencedor ó vencido, siempre
es honroso combatir, cuando por buena causa se pelea : el honor
consiste en levantar el guante : solo'Dios decide después de la vic-
toria.


Las sociedades pueden ser consideradas bajo dos aspectos dife-
rentes; según que se las contempla en su estado normal y de reposo,
ó en un estado febril y de excepción, producido por un sacudimiento
terrible y por espantosas convulsiones. Bajo el primer aspecto, la
sociedad se presenta á nuestra vista como un agregado de indivi-
dualidades, que, aunque están unidas entre sí por notables seme-
janzas, están separadas también por notables diferencias. No exis-
tiendo entonces'el pueblo como unidad absoluta, sino como agregado
de unidades dotadas, no de una vida completa, pero sí de una vida
propia, no puede reclamarla soberanía, que, considerada como
derecho, es una é indivisible; porque no es uno é indivisible como


TOMO i. 19-




— 290 —


ella. Para reclamarla, debería comenzar por destruir todas las in-
dividualidades; pero destruidas estas, queda destruido el agregado;
y por consiguiente queda suprimido el pueblo. De aquí resulta, que
el pueblo, en el estado normal de las sociedades, no adquiere el
derecho de la soberanía sino por medio del suicidio..


¿Cuál es el error funesto que ha podido conducir á los hombres
que combato á tal absurdo, sin que se espanten de sus terribles
consecuencias? Vedle aquí: ellos han creído que en el estado nor-
mal de las sociedades el pueblo es un ser, cuando solo es un agre,
gado de seres; es decir , un nombre. De aquí resulta , que los que
adoran su soberanía, á un nombre solo adoran : que ios gobiernos
que repudiando todos los partidos se declaran sus servidores, á un
nombre solo sirven. De aquí'resulta, que, en el estado normal de
las sociedades, no existe el pueblo : solo existen intereses que ven-
cen, é intereses que sucumben; opiniones que luchan, y opiniones
que se amalgaman; partidos que se combaten , y partidos que se
reconcilian. El hombre de estado que no se alista en alguna de las
banderas de los intereses, délas opiniones, y de los partidos que
luchan, está solo, y como solo sucumbirá. En vano al ver inmi-
nente su caida, mirará á su derredor para ver pasar al pueblo, y
procurarse su ayuda ; solo verá, pasar en un. círculo sin fin intere-
ses, opiniones y partidos; entonces se desvelarán sus ojos : le aban-
donarán sus pérfidas ilusiones : pérfidas, porque le bordaron un
engañoso horizonte, y rompieron el funesto talismán cuando le
hubieron arrastrado al borde del precipicio. Entonces, en fin, con-
siderando su situación, conocerá que está condenado á la esterili-
dad, porque está abandonado de todos.


Pero las sociedades no siempre presentan el espectáculo de la
tranquilidad y de la calma : el huracán también combate sus ci-
mientos , y trastornan su faz las ráfagas de las revoluciones. En
estos momentos, de crisis, en medio del naufragio de todos los in-
tereses y de la encarnizada lucha de todos los partidos, suele apa-
recer una idea que es el iris de paz y de esperanza : al encamarse
en la sociedad que la recibe en su seno, todas las semejanzas se
identifican en ella, y con ella desaparecen todas las diferencias :




— 291 —


todas las unidades se aniquilan, porque una nueva unidad las ab-
sorbe; todos los seres se suprimen, porque un solo ser aparece
radiante y coronado. Ese ser es el pueblo, á quien dio vida aque-
lla idea, y á quien hizo nacer soberano, porque le hizo hacer inte-
ligente. Ese pueblo inteligente y soberano hace una revolución : la
idea que le. dio la vida le abandona : la.calma vuelve á brillar en el
horizonte :.las tempestades se serenan : la armonía de «las seme-
janzas sucede á su identidad de un momento : las diferencias salen
á luz otra vez, y el pueblo vuelve á ser lo que era : un nombre,
un agregado. . - *


De aquí resulta que un pueblo que proclama su soberanía , es
un pueblo que proclama su unidad : y un pueblo que proclama su
unidad, es un pueblo que proclama su existencia. Pero si este pue-
blo no existe sino porque le dio el ser una idea; si solo existe para
realizarla por medio de una revolución, y si deja de existir en el
momento que la realiza, solo es soberano una hora , porque solo
una hora existe; y solo es soberano, porque es el instrumento de
la inteligencia.


De todo resulta-: 1.° que los partidarios de la soberanía popu-
lar confunden el estado normal de las sociedades con su estado de
crisis y de escepcion : 2.° que en el primer estado, no hay sobera-
nía popular, porque no hay pueblo : 3.° que en el segundo estado,
hay soberanía popular; pero que esa soberanía va á perderse y
confundirse en la soberanía de la inteligencia, á cuya voz nace el
pueblo, á cuya voz sirve el pueblo, y á cuya voz deja el pueblo
de existir; y 4.° que los que confundiendo los fenómenos que apa-
recen en el seno de una sociedad agitada , con los que se verifican
en el estado normal de las sociedades, adoran la soberanía popu-
lar , adoran un absurdo: y los que niegan al pueblo la soberanía en
los momentos: de crisis y en su estado escepcional, desmienten á la
historia, calumnian á la razón, y pronuncian una blasfemia."Los
primeros, únicos de quienes me ocuparé por ahora, son partida-
rios de los votos imperativos, de las sentencias de degradación , y
de la elección indirecta.


Enseguida vienen para combatirlos á todos, los.que apoyándose




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en la razón y consultando la historia, piensan qúo solo á la inteli-
gencia pertenece el dominio del mundo: fíeles siempre á su bande-
ra, solo en la inteligencia depositan la soberanía, y solo conceden
su ejercicio á las .clases ilustradas : estos son los partidarios de la
independencia del elegido con respecto al elector, y de la omnipo-
tencia parlamentaria, cuando los elegidos se encuentran congrega-
dos. Estos, en fin, son los partidarios de la elección directa. Yo
probaré que este método es el mejor, absolutamente considerado;
y el único posible, si se le considera en su relación con el espíritu
de nuestras instituciones.


Es el mejor, considerado absolutamente, porque él solo dá por
resultado Ja verdad, cuando el método contrario dá por resultado la
mentira : es el mejor, porque, ejerciendo el derecho electoral elec-
tores conocidos y llamados por la ley, y siendo ellos solos Jos que
eligen, el resultado de la elección es el que la ley buscó, y el que
la ley necesita; cuando el método contrario dá por resultado siempre
una elección que la ley no ha podido prever y desear; porque ni á
su voluntad rii á su previsión, ni aun á la voluntad y á la previsión
de los que eligen pueden sujetarse jamás los discordantes elemen-
tos que á la elección contribuyen. Ahora bien :. la ley que abandona
á la casualidad la creación del poder político que ha de gobernar el
Estado, es una ley sin inteligencia y absurda ; y que entregándose
ciegamente en manos de la casualidad, en manos de la casualidad
abdica. Por el contrario , una ley que habiendo estudiado las nece-
sidades de la sociedad, conoce el poder político que la conviene, y
quiere producirle; y para producirle confiere el derecho de elegir
á los que también le conocen y le quieren, es una ley inteligente y
previsora, y digna de fijar la suerte de un gran pueblo.


Esta ley, que es la mejor, considerada en si misma,. es la única
posible, en su relación con el espíritu de nuestras instituciones. No
os olvidéis, procuradores y proceres del reino, de que bajo el go-
bierno de las aristocracias legítimas vivimos, y de que por consoli-


darle en nuestro suelo pugnamos. No os olvidéis de que la elección
indirecta , hija del dogma de la soberanía del pueblo es, y al dogma
de la soberanía del pueblo conduce; como los rios se llevan á la




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mar, en donde tienen su origen. No creáis que, al dar vuestro voto,,
votáis una cuestiou de conveniencia, sino una cuestión de gobierno:
á los que os digan que la elección directa no es popular, porque
prescinde de las masas, respondedles, que el gobierno que defen-
déis, no es el gobierno de las masas, sino el de las inteligencias
sociales, es decir, el de las aristocracias legítimas. Yo no temo la
democracia en las calles; pero la temo en la ley, porque no la temó
cuando combate, sino cuando vicia el espíritu de nuestras institu-
ciones. Sus rugidos , rugidos son que ya conozco, y no me asustan
cuando los oigo al aire libre;- pero si por ventura resuenan en el
recinto que es vuestro, me estremecen; porque la ley que convoca
en él á los que los lanzan, al revestirlos con su manto, los santifica
y los hace invulnerables.


Hasta ahora los jefes de uno y otro bando han considerado esta
cuestión como una cuestión de conveniencia : se engañan : lastimo-
samente se engañan; y porque havisto el abismo á que su error les
conducía, he trazado estos renglones. No os engañéis como ellos :
el debate es constitucional: si votáis la ley indirecta, tened enten-
dido que votáis una revolución. Cierto, esa revolución no es inmi-
nente , merced á que las masas duermen aquí todavía el sueño de la
inocencia, y á que no están preparadas á responder al llamamiento
de la ley; pero al fin resonaráen sus oidos, y se levantarán : se
levantarán, cuando amaestradas por la ley en el ejercicio del poder,
cuando cortejadas por la ley que reconoce su soberanía, cuando
lanzadas por la ley en las tormentas del-foro, empiezen á gustar de
aquel poder, á gozarse en éstas tormentas, y á engreírse con aquella
soberanía. La ley indirecta hubiera concluido con la Constitución de
Cádiz si no hubiera muerto antes á manos de asesinos. Haced vues-
tra ley con la vista fija en el porvenir, y viviendo en vuestra mente
la memoria de lo pasado : solo así mereceréis bien de la posteridad y
de la historia.


Antes de abandonar este asunto, me haré cargo de una obje-
ción , que á ser justa, seria grave, y aun mas que grave todavía.
Hay quien teme que el resultado de la elección directa sea funesto
para la libertad en España. ¡Cómo! ¿Cuando todas las clases del




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Estado abren las arcas que encierran sus riquezas, para levantar ejér-
citos que abatan el ominoso pendón que tremola con escándalo ea
las montañas del Norte , se duda de la opinión de los que esas ri-
quezas sacrifican? El gobierno ha dicho : « Españoles .necesito de
vuestra sangre;» y • le ha respondido la nación • « Hé aquí mis ve-
nas.» Y cuando todos hemos escuchado esta repuesta, digna de
aquella pregunta, ¿ podremos dudar'aun, sin riesgo de calumniar á
la nación española? ¿Dudaremos de su destino y de su porvenir,
cuando ella tiene fé en su porvenir y en su destino?


Creó que no habrá ni proceres ni diputados que tales temores
anuncien en la tribuna nacional; y si los hay, les ruego que consi-
deren el efecto que sus palabras han de producir, cuando la nación
los escucha, y los contempla la Europa; y cuando esto hayan con-
siderado , les ruego que preparen la respuesta que darían al preten-
diente , si apareciéndose entre ellos les dijera : « Ya lo veis • todos
los caminos conducen á mí : el de la libertad y él de la tiranía: los


proletarios me aclaman : las clases medias vacilan, y vosotros me te-


méis : abdicad en mis manos el poder : yo soy la salvación, porque


soy la necesidad de lanacion española.» No : nada tendrían que res-
ponder , sino hundir su frente en el polvo, y dejar pasar por medio
de sus filas al pretendiente coronado.


Pero otros podrían responderle , y no dejarían pasar al bárbaro
sin respuesta, y sin que la amarillez del miedo se hubiese asentado
en su estúpida frente, y los colores de un orgullo insensato hubie-
sen abandonado sus pálidas megillas': ellos harían pasar delante de
él á esta nación magnánima, á quien los ojos del mundo civilizado
han visto atravesar por medio de una crisis con gloria, magnífica
en su levantamiento, y en su reposo sublime : ellos harían pasar
delante de él á 400.000 combatientes armados de todas armas, que
contra él se.dirigen, que por la libertad combaten, y que á las opi-
niones de la nación obedecen. Entonces volaría al Norte otra vez,
pidiendo un abrigo á sus montañas, engendradoras de las fieras.


La elección directa, proclamada por la comisión del gobierno,
y adoptada por el gobierno mismo, que como suya la presentó á
la deliberación de las cortes, se sometió después al examen de




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una comisión, compuesta de individuos* del" Estamento de señores
procuradores; individuos á quienes es imposible esceder, y muy
difícil igualar en patriotismo y en ilustración. El éxito dé la elec-
ción directa no debió parecer dudoso, si se atiende á que, apoyada
por eí gobierno, estaba proclamada por la opinión pública y por la
prensa periódica, que la ha defendido con grande inteligencia y
calor, si se esceptúa un periódico de esta capital, que la ha ata-
cado con energía, y con una sorprendente habilidad de detalles
Y sin embargo, sea, como yo pienso, que no hay comisión que no
valga menos que cada uno de los individuos que la componen, ó
sea que motivos poderosos, y del público ignorados, hayan influido
de una manera fatal en el ánimo de los individuos'de la comisión,
es el hecho que, en vez de resolver el problema, han fabricado con
sus manos un monstruo, que nuestras manos tocan", que nuestros
ojos ven, pero que«4a inteligencia no concibe, y que aspira á deco-
rarse con el nombre de ley, y á recibir las adoraciones de los pue-
blos. Si yo los viera prosternados á sus pies, creería hallarme tras-
ladado por la fuerza de un irresistible conjuro , ó de otra operación
mágica, á aquellas remotísimas edades y distantísimas tierras, de
quienes habla largamente la historia, y asegura que en. ellas eran
dioses.los monstruos, y los hombres sus esclavos; pudiendo abonar
estos hechos las orillas históricas del Ganges, y las sagradas- már-
genes del Nilo. .


El Estamento, al remitir á su comisión el proyecto de ley elec-
toral , ha sometido á su resolución los siguientes problemas que el
proyecto encerraba» en .sus artículos : El resultado de la elección
será una mentira ó una verdad? La comisión para evitar escollors
y prevenir escisiones, ha respondido : Será una verdad y una men-
tira. El Estamento preguntaba : ¿ Volarán los que ignoran, ó los que
saben? La comisión para evitar escollos y prevenir escisiones , ha
respondido : Votarán los que saben y los que ignoran. El Estamento
preguntaba : ¿ Votarán las clases-que dependen de otras, o las in-


dependientes ? La comisión para evitar escollos y prevenir escisiones
ha respondido : Votarán 'las clases independientes y las que dependen
de ellas. El Estamento preguntaba : ¿Viviremos bajo el gobierno de




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las aristocracias legítimas, ó bajo el de la democracia? La comisión,


para evitar escollos y prevenir escisiones, ha dicho : Viviremos
bajo el gobierno de la democracia, y bajo el de las aristocracias le-


gítimas. Así, la comisión, al contestar á las preguntas*del Estamen-
to, iba fabricando, sin saberlo, el monstruo á quien Torre de
Babel podia llamarse, porque es el símbolo de la confusión de las
lenguas.


Y abandonando ya la sátira, porque su dejo es siempre triste
para mi corazón, y amargo para mis labios, diré que la comisión
no ha tenido la inteligencia de la ley, porque no ha comprendido
todas las cuestiones que se encerraban en su seno. Dominada por la
funestísima idea de que él método de elección es una cuestión de
conveniencia, y no una cuestión de gobierno, ha creído posible una
transacción, que en realidad es imposible : el resultado de todo ha
sido, que deseando combinar la ley directa con^a indirecta, no las
ha combinado : porque la lógica, que domina al mundo, como una
divinidad inflexible, condena á la esterilidad y á la muerte las in-
consecuencias de los hombres.


Para que la elección directa exista, no basta que se lea su nom-
bre en los artículos de la ley; sino que es necesario también que se
realize en la sociedad, dando por resultado de su realización.todas
sus legítimas consecuencias. La ley que la prohibe realizarse, no la
dá el ser porque la nombre; sino que por el contrario, cuando la
nombra, la aniquila. Y con efecto : la comisión la ha aniquilado.


- La elección directa debia dar por resultado la opinion«de las
clases independientes é ilustradas : y ciertamente no será ese el
resultado de la ley que la comisión propone. La elección directa
debia conferir el poder político á los mejores de entre los buenos:
es decir, á los mas independientes é ilustrados , «ntre los ilustra-
dos y los independientes; y ciertamente no será ese el resultado de
la ley que la comisión propone. La elección directa debia dar un
resultado por la ley previsto; y ciertamente ni la ley ni los hombres
podrán prever el resultado de tan diferentes elementos. Si esto es
asi, no ha habido tratos de paz entre los individuos de la comisión
que la ley directa sustentaban, y los que la indirecta defendían:




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ha habido si., combate, y combate de muerte, á que ha puesto
término una completa victoria por parte de los unos; y por parte
de los Stros, una derrota completa. También en el seno de la comi-
sión hay, como en la sociedad , vencedores y vencidos.


¿Nicómohabia de ser de otra manera ? ¿ Qué habia de produ-
cir, sino la muerte de la buena causa, esa transacción inaudita?
Pues qué ¿podrá hacer el hombre lo que la divinidad no puede?
Cuando la verdad y la mentira no caben en el mundo, ¿podrá de-
cirlas el hombre: «Sois hermanas, entrad las dos en el círculo de mi
ley'!» Cuando la historia nos ofrece en sus páginas un antagonismo
perpetuo entre los qué saben y los.que ignoran, entre los que tie-
nen y los que necesitan, ¿podrá decirles la ley : quiero reunir en un
punto la luz del sol y la oscuridad de la noche, los harapos y la seda:
y por eso os convido á que gustéis como hermanos el néctar que
he de ofreceros en el festín de la soberanía ? Sí, podrá decirlo la
ley, podrán decirlo los hombres; pero estad ciertos de qué", si se
reúnen en ese sacrilego festin , no será para beber en una misma
copa, sino para darse la muerte.


Es preciso no hacerse ya ilusión: la elección directa ha sucum-
bido; la indirecta ha quedado sola con los honores del triunfo en el
campo del combate; y asi.debia suceder, si se atiende á que todas
las ventajas de la posición estaban de parte suya. Con.efecto, para
la primera, no vencer era dejar de existir: cuando para la segunda,
existir era ya haber vencido. La razón de este fenómeno es muy
clara: siendo el sistema de la elección directa un sistema lógico,
queda destruido en el instante en que se pone en contacto con cual-
quiera sistema que no sea él, y que rompa su precisión y su armo-
nía : por el contrario, siendo el método indirecto un agregado
monstruoso de elementos incoherentes, triunfa siempre que se
asimila elementos, que pugnando hacen mayorsu incoherencia, que
es su vida : de aquí resulta, que, para la elección indirecta, tran-
sigir era vencer ; y para la directa, transigir era condenarse á
muerte.


Pero ese suicidio no está consumado aun; porque detras de la
comisión están los Estamentos, que juzgarán á la comisión, y á su




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ley. ¡Legisladores! no deis á este pueblo magnánimo una ley que
sería el desdoro de este pueblo : que vuestro último legado no sea
el legado de una ley.que es imposible : que el último saludo que
á la nación dirijáis, no comprometa su porvenir y su gloria : no
creáis á los que os digan que solo sois legisladores del presente, y
que las cortes que os sucedan, cuidarán del porvenir : los que esto
puedan aconsejaros, no saben que gobernar es prever.; y que á los
legisladores que sin prever gobiernan, les aplicará la posteridad
este capítulo de Montesquien:


« Cuando los salvages de la Luisiana quieren coger fruta, cortan


el árbol por el pié. y la cogen. »


CONCLUSIÓN.


Al examinar la base de la ley electoral, he tenido que recurrir
á los principios que constituyen la existencia política de las nacio-
nes que giran hoy dentro de la órbita de la civilización. Esos prin-
cipios no son para tratados en- el breve espacio de las páginas de
un opúsculo, sino en una obra consagrada á resolver los problemas
mas difíciles que ofrece al entendimiento la mas grave y trascen-
dental filosofía. A Jos que con mi propia confesión me acusaren , yo
les responderé : — «Ha pasado el tiempo, no sé si por desgracia ó
por fortuna, en que la sociedad sin voz y sin alas, esperaba tran-
quila y silenciosa á que el filósofo la enseñara verdades, y á que el
genio la revelara sus oráculos : ha pasado el tiempo en que sus
ojos se dirigían reverentes hacia el gabinete del primero para pre-
guntarle cómo debía pensar, y al santuario del segundo para pre-
guntarle cómo debia de obrar, y qué debería creer. Una revolu-
ción inmensa separa á ese tiempo del tiempo en que vivimos : la
sociedad ha sacudido el yugo de la tutela ; ya no escucha á los orá-
culos; los da : no recíbelas verdades; las proclama : no "obedece á
la voluntad agena; impone la suya á todos : no pregunta si ha de
marchar; marcha : no preg